Fe y
Razón
Revista virtual gratuita de teología
Publicación
del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”
Desde
Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura
Nº 98 –5 de mayo de 2014
“Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est”
(“Toda verdad, dígala quien la
diga, procede del Espíritu Santo”)
Santo Tomás de Aquino
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Sección |
Título |
Autor o Fuente |
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Editorial |
Equipo de Dirección |
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Magisterio |
Mons. Daniel Sturla sdb |
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Magisterio |
Naturaleza de la
Sagrada Liturgia y su importancia en la vida de la Iglesia |
Concilio Vaticano II |
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Teología |
Comunión de los divorciados vueltos a casar. El Cardenal
Kasper y la luz de los Padres |
Dr. John Rist |
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Teología |
Jesús,
los pobres y los otros en la exégesis de los principales teólogos de la
liberación –7 |
Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola |
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Biblia |
Los 50 personajes históricos del Antiguo Testamento
confirmados por la arqueología
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Pablo Ginés |
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Pastoral |
La actual crisis de la Iglesia
Católica en Uruguay y toda América Latina |
Ing. Daniel Iglesias Grèzes |
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Pastoral |
P. Santiago González |
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Liturgia |
Pbro. Dr. José María Iraburu |
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Oración |
Catecismo de la Iglesia Católica -Compendio |
Su triunfo es nuestra victoria
Equipo de Dirección
1.
Más de 1.600
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frutos. En julio, Dios mediante, publicaremos el N° 100 de nuestra revista.
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2. Las elecciones internas
El domingo 1° de junio tendrán lugar las elecciones internas de todos los partidos políticos del Uruguay, las que serán determinantes para la selección de sus respectivos candidatos a la Presidencia y la Vicepresidencia de la República, el Senado y la Cámara de Diputados.
En el N° 97 de Fe y Razón publicamos un documento titulado “Un aporte a la reflexión en este tiempo electoral”, firmado por todos los Obispos del Uruguay. Hoy recordamos el numeral 5 de ese documento:
“Una sociedad sin niños, una sociedad que no protege la vida de los más
indefensos, es una sociedad que pierde el sentido de la vida, se envejece, se
entristece, se suicida. Tenemos una muy baja natalidad. Creemos que la
aprobación de la ley del aborto ha sido un paso en falso de nuestra sociedad.
Seguimos entendiendo que es necesario tomar medidas que protejan la vida humana
desde el momento de su concepción y busquen asegurar la posibilidad de un digno
desarrollo en la niñez.”
A nuestro juicio la aplicación práctica de este criterio de discernimiento moral-electoral requiere que los ciudadanos del Uruguay no voten a ningún candidato que no se haya comprometido a derogar la abominable ley de aborto que rige en nuestro país desde 2012.
***
“Llena, Señor, nuestro corazón de gratitud y de alegría por la gloriosa ascensión de tu Hijo, ya que su triunfo es también nuestra victoria, pues a donde llegó Él, nuestra cabeza, tenemos la esperanza cierta de llegar nosotros, que somos su cuerpo. Por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.”
Mons. Daniel Sturla
Arzobispo de Montevideo
Montevideo, Pascua de 2014.
Queridos hermanos y amigos:
“¡Alegría mía, Cristo ha resucitado!” Con este antiguo saludo pascual quiero llegar a cada uno de ustedes para que “levantemos el corazón” desde la esperanza renovada de la Pascua.
Hace unos días el Vicario Pastoral, que ha trabajado mucho en la pastoral carcelaria, me entregó el “Protocolo de la vida y atención religiosa en las cárceles”. Es todo un avance que la sociedad civil y el estado reconozcan la necesidad espiritual de nuestros hermanos que están privados de libertad. Muchos de ellos son jóvenes. La alegría del paso dado me trajo, con todo, cierta tristeza. Pensé: si esa asistencia espiritual la hubieran recibido antes de caer en la cárcel, ¿estarían allí ahora?
Discutimos si está bien o no la regulación de la marihuana, nos quejamos de la sociedad consumista, nos horrorizamos por los casos de violencia doméstica o de prostitución infantil, pero estas situaciones se dan en el trasfondo de un gran vacío espiritual, o, como muchos llaman, de una pérdida de valores en nuestra sociedad. ¿Hacemos algo para remediarlo?
Se habla a nivel político de los problemas de nuestra educación. Y aunque aparece aquí y allá el tema de los valores, la mayoría de las discusiones se refieren a la caída en el nivel de conocimientos de nuestros chicos. Pero, ¿tenemos en cuenta su formación espiritual? ¿Nos ocupamos realmente de ayudarles a construir un sentido de vida y un proyecto que los realice como personas y ciudadanos? ¿O reservamos la “asistencia espiritual” para la cárcel y los centros de rehabilitación de adicciones?
La Pascua es la gran fiesta de la liberación y del triunfo de la vida. Lo fue para el pueblo judío que la sigue conmemorando como la salida de la esclavitud de Egipto por la mano poderosa de Dios. Lo es para los cristianos que celebramos en ella la muerte y resurrección de Jesús. Cristo nos libera del pecado, de la deshumanización, del mal y de la muerte. El cirio pascual encendido en nuestras iglesias nos recuerda que Jesús es la luz capaz de disipar las tinieblas del corazón y del espíritu humano.
Los seres humanos somos contradictorios y complejos, pero Dios es simple. Cuando nos acercamos a Él nuestra vida se hace más sencilla, nuestros problemas cotidianos encuentran caminos de solución o, al menos, recibimos mayor claridad para resolverlos y fuerza para sobrellevarlos. Jesús nos libera, aligera la carga a veces pesada de nuestra vida, y sana nuestras heridas. Nos impulsa al bien, nos llena de esperanza y alegría.
La educación de nuestros niños, adolescentes y jóvenes no puede desconocer la dimensión religiosa. A veces los chicos están cargados de actividades, ¿está entre ellas su formación religiosa? Las familias católicas o de tradición cristiana no pueden dejar para más adelante lo que es su primera responsabilidad, la que asumen el día del bautismo de sus hijos. Se les ha preguntado en ese día: “¿Saben que se obligan a educar a su hijo en la fe para que este niño, guardando los mandamientos de Dios, ame al Señor y al prójimo como Cristo nos enseña en el Evangelio?”
Cuando uno ve jóvenes cristianos llenos de vida, de iniciativas, de espíritu misionero y de servicio, orantes y alegres, encuentra que la Pascua sigue presente entre nosotros. Cristo está vivo, la luz pascual brilla. Las tinieblas del consumismo, del sexo por diversión, de la droga y la delincuencia, dan paso, en quienes se acercan a Cristo y descubren el gozo de su amistad, a la luz del servicio, del amor puro, de la vida plena de sentido.
Abrirse a la dimensión religiosa en la formación de las futuras generaciones es un “debe” de nuestra sociedad. Educar en la fe a los niños, adolescentes y jóvenes constituye, para las familias cristianas, las comunidades parroquiales y los centros educativos católicos, un deber primordial. Es el camino de felicidad más cierto que podemos ofrecerles, es el regalo más hermoso, es la mejor herencia que dejar a las jóvenes generaciones. ¡Felices pascuas!
Con mi bendición.
+ Daniel Sturla sdb
Arzobispo de Montevideo
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Naturaleza
de la Sagrada Liturgia
y su
importancia en la vida de la Iglesia
Concilio Vaticano II
La obra de la salvación se realiza
en Cristo
5. Dios, que "quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad" (1 Tim 2,4), "habiendo hablado antiguamente en muchas ocasiones de diferentes maneras a nuestros padres por medio de los profetas" (Hebr 1,1), cuando llegó la plenitud de los tiempos envió a su Hijo, el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo, para evangelizar a los pobres y curar a los contritos de corazón [8], como "médico corporal y espiritual" [9], mediador entre Dios y los hombres [10]. En efecto, su humanidad, unida a la persona del Verbo, fue instrumento de nuestra salvación. Por esto en Cristo “se realizó plenamente nuestra reconciliación y se nos dio la plenitud del culto divino” [11].
Esta obra de redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada por las maravillas que Dios obró en el pueblo de la Antigua Alianza, Cristo la realizó principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada Pasión, Resurrección de entre los muertos y gloriosa Ascensión. Por este misterio, "con su Muerte destruyó nuestra muerte y con su Resurrección restauró nuestra vida” [12]. Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació "el sacramento admirable de la Iglesia entera" [13].
En la Iglesia se realiza por la
Liturgia
6. Por esta razón, así como Cristo fue enviado por el Padre, Él, a su vez, envió a los Apóstoles llenos del Espíritu Santo. No sólo los envió a predicar el Evangelio a toda criatura [14] y a anunciar que el Hijo de Dios, con su Muerte y Resurrección, nos libró del poder de Satanás [15] y de la muerte, y nos condujo al reino del Padre, sino también a realizar la obra de salvación que proclamaban, mediante el sacrificio y los sacramentos, en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica. Y así, por el bautismo, los hombres son injertados en el misterio pascual de Jesucristo: mueren con Él, son sepultados con Él y resucitan con Él [16]; reciben el espíritu de adopción de hijos "por el que clamamos: Abba, Padre" (Rom 8,15) y se convierten así en los verdaderos adoradores que busca el Padre [17]. Asimismo, cuantas veces comen la cena del Señor, proclaman su Muerte hasta que vuelva [18]. Por eso, el día mismo de Pentecostés, en que la Iglesia se manifestó al mundo, los que recibieron la palabra de Pedro "fueron bautizados. Y con perseverancia escuchaban la enseñanza de los Apóstoles, se reunían en la fracción del pan y en la oración, alabando a Dios, gozando de la estima general del pueblo" (Act 2,14-47). Desde entonces, la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo "cuanto a Él se refiere en toda la Escritura" (Lc 24,27), celebrando la Eucaristía, en la cual "se hacen de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su Muerte" [19], y dando gracias al mismo tiempo "a Dios por el don inefable" (2 Cor 9,15) en Cristo Jesús, "para alabar su gloria" (Ef 1,12), por la fuerza del Espíritu Santo.
Presencia de Cristo en la Liturgia
7. Para realizar una obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, "ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz" [20], sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los Sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza [21]. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: "Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos" (Mt 18,20). Realmente, en esta obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima Esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por Él tributa culto al Padre Eterno.
Con razón, pues, se considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia.
Liturgia terrena y Liturgia celeste
8. En la Liturgia terrena pregustamos y tomamos parte en aquella Liturgia celestial que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, y donde Cristo está sentado a la diestra de Dios como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero [22], cantamos al Señor el himno de gloria con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos esperamos tener parte con ellos y gozar de su compañía; aguardamos al Salvador, Nuestro Señor Jesucristo, hasta que se manifieste Él, nuestra vida, y nosotros nos manifestamos también gloriosos con Él [23].
La Liturgia no es la única actividad
de la Iglesia
9. La sagrada Liturgia no agota toda la actividad de la Iglesia, pues para que los hombres puedan llegar a la Liturgia es necesario que antes sean llamados a la fe y a la conversión: "¿Cómo invocarán a Aquel en quien no han creído? ¿O cómo creerán en Él sin haber oído de Él? ¿Y cómo oirán si nadie les predica? ¿Y cómo predicarán si no son enviados?" (Rom 10,14-15). Por eso, a los no creyentes la Iglesia proclama el mensaje de salvación para que todos los hombres conozcan al único Dios verdadero y a su enviado Jesucristo, y se conviertan de sus caminos haciendo penitencia [24]. Y a los creyentes les debe predicar continuamente la fe y la penitencia, y debe prepararlos, además, para los Sacramentos, enseñarles a cumplir todo cuanto mandó Cristo [25] y estimularlos a toda clase de obras de caridad, piedad y apostolado, para que se ponga de manifiesto que los fieles, sin ser de este mundo, son la luz del mundo y dan gloria al Padre delante de los hombres.
Liturgia, cumbre y fuente de la vida
eclesial
10. No obstante, la Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza. Pues los trabajos apostólicos se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo, todos se reúnan para alabar a Dios en medio de la Iglesia, participen en el sacrificio y coman la cena del Señor.
Por su parte, la Liturgia misma impulsa a los fieles a que, saciados "con los sacramentos pascuales", sean "concordes en la piedad" [26]; ruega a Dios que "conserven en su vida lo que recibieron en la fe" [27], y la renovación de la Alianza del Señor con los hombres en la Eucaristía enciende y arrastra a los fieles a la apremiante caridad de Cristo. Por tanto, de la Liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios a la cual las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin.
Necesidad de las disposiciones
personales
11. Mas, para asegurar esta plena eficacia es necesario que los fieles se acerquen a la sagrada Liturgia con recta disposición de ánimo, pongan su alma en consonancia con su voz y colaboren con la gracia divina, para no recibirla en vano [28]. Por esta razón, los pastores de almas deben vigilar para que en la acción litúrgica no sólo se observen las leyes relativas a la celebración válida y lícita, sino también para que los fieles participen en ella consciente, activa y fructuosamente.
Liturgia y ejercicios piadosos
12. Con todo, la participación en la sagrada Liturgia no abarca toda la vida espiritual. En efecto, el cristiano, llamado a orar en común, debe, no obstante, entrar también en su cuarto para orar al Padre en secreto [29]; más aún, debe orar sin tregua, según enseña el Apóstol [30]. Y el mismo Apóstol nos exhorta a llevar siempre la mortificación de Jesús en nuestro cuerpo, para que también su vida se manifieste en nuestra carne mortal [31]. Por esta causa pedimos al Señor en el sacrificio de la Misa que, "recibida la ofrenda de la víctima espiritual", haga de nosotros mismos una "ofrenda eterna" para Sí [32].
Se recomiendan las prácticas
piadosas aprobadas
13. Se recomiendan encarecidamente los ejercicios piadosos del pueblo cristiano, con tal que sean conformes a las leyes y a las normas de la Iglesia, en particular si se hacen por mandato de la Sede Apostólica.
Gozan también de una dignidad especial las prácticas religiosas de las Iglesias particulares que se celebran por mandato de los Obispos, a tenor de las costumbres o de los libros legítimamente aprobados.
Ahora bien, es preciso que estos mismos ejercicios se organicen teniendo en cuenta los tiempos litúrgicos, de modo que vayan de acuerdo con la sagrada Liturgia, en cierto modo deriven de ella y a ella conduzcan al pueblo, ya que la liturgia, por su naturaleza, está muy por encima de ellos.
(Concilio Vaticano II,
constitución Sacrosanctum Concilium sobre
la sagrada liturgia, Capítulo I, Sección I).
Notas:
[8] Cf. Is. 61:1; Lucas 4:18.
[9] San Ignacio de Antioquía, A los Efesios, 7, 2.
[10] Cf. 1 Tim
2:5.
[11] Sacramentarium Veronese (ed. Mohlberg), n. 1265; cf. también nn. 1241, 1248.
[12] Prefacio Pascual del Misal Romano.
[13] Oración antes de la segunda lectura del Sábado Santo, como estaba en el Misal Romano antes de la restauración de la Semana Santa.
[14] Cf. Marcos 16:15.
[15] Cf. Hechos 26:18.
[16] Cf. Rom 6:4; Ef 2:6; Col 3:1; 2 Tim 2:11.
[17] Cf. Juan 4:23.
[18] Cf. 1 Cor 11:26.
[19] Concilio de Trento, Sesión XIII, Decreto sobre la Sagrada Eucaristía, c. 5.
[20] Concilio de Trento, Sesión XXII, Doctrina sobre el Santo Sacrificio de la Misa, c. 2.
[21] Cf. S.
Agustín, Tractatus in Ioannem, VI, n. 7.
[22] Cf. Apoc
21:2; Col 3:1; Heb 8:2.
[23] Cf. Filip
3:20; Col 3:4.
[24] Cf. Juan 17:3; Lucas 24:27; Hechos 2:38.
[25] Cf. Mateo 28:20.
[26] Postcomunión para ambas Misas del Domingo de Pascua.
[27] Colecta de la Misa del Martes de la Octava de Pascua.
[28] Cf. 2 Cor
6:1.
[29] Cf. Mateo
6:6.
[30] Cf. 1 Tes
5:17.
[31] Cf. 2 Cor
4:10-11.
[32] Secreta del Lunes de la Semana de Pentecostés.
Fuentes:
· Para el texto: http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19631204_sacrosanctum-concilium_sp.html (a esta versión del texto le faltan todas las notas).
· Para las notas: http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19631204_sacrosanctum-concilium_en.html (la traducción de las notas del inglés al español es de Daniel Iglesias Grèzes).
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Comunión de los divorciados
vueltos a casar.
El Cardenal Kasper y la luz de los Padres
No es mi intención intervenir en lo que compete al Cardenal respecto a
la doctrina sobre el matrimonio, sino más bien, tratar esta cuestión desde mi
especialidad: la doctrina de los Padres de la Iglesia
John Rist
Doctor en Filosofía, catedrático en la Universidad Católica de América y
profesor del Instituto Patrístico Augustinianum, de la Pontificia Universidad
Lateranense
El 20 de febrero el Cardenal alemán Walter Kasper dio una
conferencia, titulada «El Evangelio de la Familia» ante el Consistorio
Extraordinario sobre la Familia, convocado por el Santo Padre, para tratar
principalmente las dificultades con las que se encuentran actualmente los
matrimonios católicos –desplazamientos masivos, inmigración, coste de la
crianza y educación de los hijos, envejecimiento de la población,
individualismo, aislamiento de la vida urbana, divorcio civil, etc.
Un católico casado como yo podría pensar que tales
circunstancias aconsejan, no relajar las normas que prohíben la comunión a los
divorciados vueltos a casar, sino más bien que Roma establezca requisitos mucho
más serios en la formación para el matrimonio que los novios deben recibir de
los sacerdotes u otras personas; (ser) conscientes de estas dificultades del
matrimonio en la sociedad contemporánea sería un avance notable para resolver o
al menos reducir el problema y aliviar la presión sobre los tribunales que
resuelven los casos matrimoniales.
Sin embargo, el Cardenal Kasper propone que se liberalice la norma sobre la
Comunión para dos grupos de católicos divorciados vueltos a casar: aquellos que
sinceramente creen (o quizá incluso saben) que contrajeron matrimonio canónico
sin la intención firme o sin una adecuada comprensión respecto a las normas
sobre la validez del mismo; y, en segundo lugar, aquellos que han contraído un
segundo matrimonio civil porque su matrimonio católico ha fracasado
«irremediablemente» –con énfasis en que el «grupo probablemente muy pequeño» de
estos últimos sería el que especialmente merece la relajación de esa norma.
Con todo, no es mi intención intervenir en lo que compete al Cardenal
respecto a la doctrina sobre el matrimonio, sino más bien tratar esta cuestión
desde mi especialidad: la doctrina de los Padres de la Iglesia. Ya que, aunque
el Cardenal Kasper admite que no podemos simplemente volver a la antigua
doctrina, sí afirma –al sugerir al mismo tiempo un paralelo impreciso con el
desarrollo de la doctrina sobre la penitencia por la apostasía– que los datos
sobre la Iglesia antigua son suficientemente imprecisos como para que pueda
encontrarse un fundamento patrístico a un planteamiento más relajado. Para
manifestar lo débil de esta pretensión, me permito aproximarme a los pocos
textos que el Cardenal ofrece para apoyar su posición –limitándome al período
anterior al siglo sexto, ya que a partir de Justiniano en el Oriente el avance
del cesaropapismo hace que la doctrina primitiva se deforme, en favor de un
enfoque más relajado.
Aunque otros han sugerido testimonios
«primitivos» –pero inexistentes– a favor de la propuesta del Cardenal, éste prudentemente no aporta nada
de los más de 150 primeros años del cristianismo, posiblemente porque acepta
que durante ese tiempo las normas del matrimonio fueron todavía estrictas y
apostólicamente fundamentadas. El primer texto que cita, de la mitad del siglo
tercero, es de Orígenes (Comentario sobre Mateo, 14,23-24) que informa
que los obispos de ciertas iglesias locales «no sin razón» permiten la Comunión
a aquellos divorciados vueltos a casar. No obstante, Orígenes también dice –no
una sino tres veces– que esta práctica es contraria a la Escritura:
¡difícilmente puede esto considerarse como una aprobación, ni siquiera como
tolerancia, por parte de un teólogo tan bíblico! Aparte de los concilios (los
trato más adelante), el Cardenal Kasper ofrece más documentos sólo del siglo
cuarto, cuando indica que Basilio (cartas 188 y 199), Gregorio
Nacianceno (Oratio 37) y Agustín son conscientes de la misma
práctica; lo que omite es indicar que ninguno de ellos está a favor de lo que
claramente se opone a su doctrina ordinaria.
Más allá de los teólogos «privados», el Cardenal Kasper afirma que en el
Concilio de Nicea (325) aparece una actitud más pastoral, supuestamente
en el Canon 8, que (según él y otros) «confirmó» una postura más relajada.
Aunque ocasionalmente se haya interpretado así ese texto, su objeto casi
incuestionable es permitir la Comunión, no a los divorciados vueltos a
casar, sino a los viudos vueltos a casar; hemos de tener presente que el
volver a casarse por segunda vez, en cualquier circunstancia –incluyendo la
viudez– era muy controvertido, lo que explica que el Concilio examinara esta
duda. Tampoco se fortalece la posición del Cardenal Kasper cuando aplica mal el
concepto paulino de metanoia y de ahí deduce que los
Padres podrían considerar el «arrepentimiento» por el fracaso de un primer
matrimonio para justificar que contrajeran un segundo matrimonio.
En conclusión, según nuestro análisis, la postura del Cardenal se
apoya en una mala interpretación de un número muy reducido de textos, dejando
de lado muchos otros que los contradicen. ¿Cómo puede haber sucedido esto?
A mi juicio, estamos ante un ejemplo de un método demasiado frecuente en
el mundo académico, especialmente si el trabajo está condicionado por algún
interés o ideología: hay una cantidad arrolladora de textos en un sentido y uno
o dos textos que podrían interpretarse en sentido contrario; de donde se deduce
la conclusión deseada, o al menos que el asunto quede abierto.
Es posible que el Cardenal Kasper pueda citar otros
textos; desde luego, podrá citar a los pocos peritos cuya pista ha seguido.
Pero evidentemente ¡una práctica académica engañosa no debería ser más
convincente si hay varios ejemplos de ella que si sólo hay uno!
John Rist, Ph.D., ocupa la Catedra
de Filosofía Padre Kurt Pritzl OP en la Universidad Católica de América. Fue
profesor de Clásicos en la Universidad de Toronto durante 30 años y actualmente
es profesor en el Augustinianum, el Instituto Patrístico de Roma. Rist tiene
numerosas publicaciones sobre filosofía antigua, patrística y filosofía moral.
Está casado y es padre y abuelo.
Publicado el 2 de abril de 2014 con el título
«Remarriage, Divorce and Communion: Patristic Light on a Recent Problem. Philosophy
Professor John Rist Critiques Cardinal Kasper's Consistory Speech» en Zenit
y con el título
«Cardinal Kasper’s new approach to the remarried has shaky historical
foundations. The cardinal’s case is based on a doubtful interpretation of a
tiny number of texts» en Catholic
Herald
Fuente: http://infocatolica.com/?t=opinion&cod=20541
Jesús, los pobres y los otros en la exégesis
de
los principales teólogos de la liberación –7
Miguel Antonio
Barriola
I –Problema de la riqueza en Lucas
J. Dupont tiene un capítulo muy completo y equilibrado sobre la preocupación teológica de Lucas en torno a la riqueza. Después de haber realzado el modo propio del Tercer Evangelista al presentar las Bienaventuranzas, contrapuestas a los “¡Ay!”, plantea el asunto de la riqueza en estos términos: “Las Bienaventuranzas de Lucas hablan de una situación exterior y parecen hacer abstracción de las disposiciones interiores de aquellos a quienes están dirigidas” (1).
Como ya se ha visto ad abundantiam, afirmaciones como ésta son las que han retenido la atención de Gutiérrez (primer talante) y de J. L. Segundo, quien no pareció en lo sucesivo haber cambiado idea.
Pero Dupont se preguntaba también: “El hecho de que los ricos han recibido su parte de felicidad en esta vida, ¿constituye, por lo tanto, la explicación suficiente de su condenación eterna?” (2) Después pasa revista de los escritores y exegetas que han hablado del ebionismo de Lucas (E. Renan, Loisy, K. Kautsky, que llegaba a descubrir en Lucas hasta un verdadero odio de clase y la glorificación de la revolución social) (3). Concluye su panorámica con este juicio: “Estas visiones un tanto simplistas no están más en curso hoy en día; de todos modos permanece la convicción de que el problema de la riqueza ha sido muy particularmente el objeto de las preocupaciones de Lucas” (4). Y, anticipando la síntesis de su encuesta, escribe: “El examen (de los textos) mostrará, como veremos, que en su pensamiento (de Lucas), el riesgo que corren los ricos para su salvación no resulta de las ventajas temporales conectadas a la riqueza, sino de la razón de un cierto estado de espíritu, que invade normalmente a los acaudalados” (5).
La riqueza, no hay duda, significa un fuerte peligro de condenación, de encerrar al hombre en la soberbia, de la que deriva la impiedad respecto a Dios y la injusticia hacia el prójimo. El hecho salta a la vista desde cada página del Evangelio, del Nuevo y ya del Antiguo Testamento. Con todo, no es considerada como un fatalismo, hasta el punto de considerar las personas de fortuna como irremisiblemente alejadas de Dios, de su Cristo y de la Iglesia.
De hecho, J. Dupont nos recuerda muy oportunamente cuál haya sido el contexto doctrinal, en el que Lucas inserta la parábola de Lázaro y el rico. “El capítulo 16 puede ser considerado como una unidad… se compone esencialmente de dos parábolas. Nosotros quisiéramos mostrar que, en el pensamiento del evangelista, estas dos parábolas se refieren al mismo tema: el del uso del dinero. El ejemplo del administrador astuto debe enseñar a los discípulos (v. 1) un buen uso del dinero; el del hombre rico debe hacer comprender a los fariseos (v. 14) el peligro al que uno se expone, usándolo mal” (6).
También Dupont propone un comentario similar al que ya hemos encontrado en I. Howard Marshall: “Limitándonos al v. 25, se podría creer que el rico sufre los suplicios del infierno únicamente para compensar la felicidad gozada durante su vida. Pero los últimos versículos demuestran que es necesario tener en cuenta otra cosa. La condenación de los ricos no es inevitable. Para escapar a la misma no tienen otra cosa que hacer más que convertirse, como ya son invitados a hacerlo por parte de Moisés y los profetas… Pero, ¿en qué consiste esta conversión?... El acento está colocado en la previsión, una previsión que se extiende mucho más lejos que la vida presente y se muestra preocupada por la vida eterna. Esto es, justamente, lo que le falta al hombre rico de la parábola. Contrariamente al administrador astuto, este hombre aparece ante todo como un tonto.
La verdadera previsión no consiste simplemente en desembarazarse de los propios bienes, como si fueran intrínsecamente malos, o por un motivo ascético: tener acceso a la liberación ambicionada por un sabio estoico. Es a los pobres a quienes deben ser dados. La sabiduría que prepara el futuro eterno no se distingue, entonces, en la práctica, de la caridad preocupada de aliviar la miseria de los pobres” (7). Recuerda después Dupont el v. 13 (del cap. 16), que hace de gozne entre la primera y la segunda parábola sobre el uso del dinero: “Ningún siervo puede servir a dos patrones: u odiará a uno y amará al otro, o se aficionará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero” (8).
“Parece así –continúa Dupont– que nos invita a ver en el rico el ejemplo de un siervo de Mammona. No se trata de un avaro que busca acumular bienes. Si él está apegado a su fortuna, se debe al tenor de vida dispendioso que se consiente a sí mismo. Pero él está apegado y con un amor que Dios reivindica sólo para Él. Según este punto de vista, él no es sólo un tonto que olvida que todo no termina para el hombre con la muerte; es un impío, porque atenta a los derechos de Dios. Entregado al servicio de Mammona, asume para con este ídolo una actitud que desconoce el exclusivo señorío de Dios. ¿Cómo no va a tener necesidad de una conversión radical, para salvarse?
Iluminados por el v. 14 (los fariseos apegados al dinero) y por las noticias de la primera parte del capítulo, los últimos versículos de la historia del hombre rico y del pobre Lázaro aportan un complemento capital, que no podría ser ignorado en la interpretación de la parábola. Se ve el error que se cometería ateniéndose solamente a la declaración de Abraham en el v. 25 y buscando únicamente allí la explicación de la suerte que le toca al rico en el más allá. Los sufrimientos del rico lo castigan, no por su riqueza como tal, sino por el hecho de que, sordo a las enseñanzas de Moisés y los profetas, no ha comprendido la urgencia de la conversión. Enteramente ocupado por los placeres de la existencia, ha olvidado la vida futura, descuidó al pobre que estaba a su puerta; ha desconocido al mismo Dios” (9).
Si el autor uruguayo ha leído todo el pensamiento de Dupont, es extraño que no aluda (ni siquiera en nota) a una discusión sobre ese punto con un exegeta, con el que se encuentra en diametral oposición, cuya obra, pese a todo, es llamada por Segundo como “clásica” (10).
Ni siquiera en estas notas mías se aceptan todas las posiciones de Dupont; pero, al menos, se ha buscado discutirlas, observando otros lugares de los Evangelios y confrontando con el punto de vista de varios autores, así como también trayendo a colación pasos no tenidos en cuenta de la vasta obra del mismo Dupont, que sirven para contrabalancear ciertas afirmaciones suyas que, tomadas por sí solas, no hacen justicia a la totalidad de su pensamiento.
Por ejemplo, para ver cómo no se trata únicamente de una división de clases sociales, y que importa mucho tener en cuenta las disposiciones religiosas, véase, para más, este comentario sobre la parábola del rico embriagado con sus recursos en grano (Lc 12,13-21): “La fortuna del propietario enriquecido por una buena cosecha no nos es presentada como adquirida de mal modo; los proyectos que él concibe para usufructuar sus ventajas no son inmorales. Su error fatal consiste en no haber contado con otra cosa que con la vida presente. Su olvido del más allá no le ha permitido tomar conciencia del modo en que debía usar su fortuna a beneficio de los pobres. Es en esto que Lucas lo considera culpable; su caso no es diferente del de aquel hombre rico de 16,19-31. Su falta implica tres aspectos inseparables: olvido de Dios, de la vida eterna, de sus obligaciones hacia los pobres. ‘Tonto’ verdaderamente, porque no ha sabido usar con sabiduría la fortuna de la que disponía” (11).
II –Lucas, el evangelista de los pobres
En esta aproximación nuestra a los textos neotestamentarios sobre la pobreza, la preferencia demostrada por Jesús por todos aquellos que menos cuentan en la estima de la gente, predilección que no significa la clausura de toda posibilidad de salvación para ningún otro grupo social, convendrá detenernos un poco sobre el modo con el que Lucas considera el tema.
Ya Dante llamó a Lucas: “scriba mansuetudinis Christi” (12). Ahora bien, uno de los objetos primarios de la misericordia de Jesús en el Tercer Evangelio son los pobres. No que los demás evangelistas no sean testigos de lo mismo, pero Lucas se vuelve el teólogo de esta preferencia, a lo largo de sus dos obras: Evangelio y Hechos. No por nada un famoso estudio sobre este evangelista lleva como título: Lukas – Evangelist der Armen, H. J. Degenhardt, Stuttgart (1965).
Lucas insiste con mucho gusto en la ternura de Jesús hacia los humildes y los pobres, mientras que los orgullosos y los ricos insensatos son severamente tratados, como hemos visto en los párrafos inmediatamente precedentes. Desde el comienzo de su evangelio (caps. I-II: una especie de ouverture, donde aparecen en síntesis los grandes temas preferidos por su enfoque teológico), encontramos un anticipo de las Bienaventuranzas en María, proclamada bendita por el mismo Espíritu Santo, que hablaba por boca de Isabel (Lc 1,41-42). María, a su vez, anuncia el estilo de actuar del Señor: “Ha derribado el trono de los poderosos y elevó a los humildes; colmó de bienes a los hambrientos y envió a los poderosos con las manos vacías” (Lc 1,52-53).
En el segundo volumen, dirigido a Teófilo, se complace en subrayar la solidaridad y la preocupación de los primeros cristianos para hacer que su koinonía se extendiese hasta a las necesidades cotidianas de la vida (Hech 2,44-45; 4,32-37; 6,1-2).
Pero es también claro que, para Lucas, la situación de los ricos es difícilmente compatible con la salvación. Con lo cual no hace él figura de innovador. Sus palabras más duras son las que, ya según Marcos, Jesús había dirigido al rico (Mc 10,23-27). Sólo que se encuentra en Lucas una insistencia particular, testimonio de la importancia que tenía para él el problema de la riqueza.
¿Por qué, pues, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de Dios” (Lc 18,25)? El primer “¡Ay!” responde: porque los ricos han “recibido su consolación” (6,24). La respuesta de Abraham, que ya hemos tratado, insiste sobre la misma tecla (“Tú has recibido bienes en la vida”: 16,25), agregando sin embargo que, si bien es difícil, de todos modos habría sido posible, escuchando a Moisés y a los profetas, emprender el camino de la conversión.
J. Dupont explica: “No encontramos en estos textos ningún reproche, al que no nos haya habituado ya la tradición bíblica, de la que se hace eco la carta de Santiago (2,6; 5,4-6). No se acusa a los ricos de oprimir a los pobres; se declara simplemente que han recibido su cuota de felicidad, como si esto fuera suficiente para justificar su desgracia eterna…
No hay duda de que Lucas considera a los ricos como desgraciados, y que nos invita a considerar su suerte como lamentable… Pero esto no decide todavía la cuestión de saber si su infelicidad va unida sólo al dinero que poseen o si es necesario también tener en cuenta el estado de espíritu que la riqueza crea en ellos. Que los Ayes nada digan de este estado de espíritu no permite concluir que la situación espiritual no tenga importancia a sus ojos. Los Ayes no pueden ser aislados de otros textos, que dan testimonio de la reflexión del evangelista sobre un problema que lo ha particularmente preocupado” (13).
Lucas no quiere condenar el uso del dinero, sino más bien el servirlo. Según todos los evangelistas, Jesús hizo uso del dinero. Pagó los impuestos (Mt 17,24.27). No rechazó (como los zelotas) el tributo al César (Mt 22,17-22 y paralelos); compraba para sí y los suyos los alimentos cotidianos y ofrecía limosnas (Jn 12,6; 13,29. Ver: Jn 4,8).
La infelicidad del rico, entonces, no viene de sus haberes, sino del hecho de haber cerrado el horizonte, fijándolo en sus riquezas: “Allí donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Lc 12,34). Aun cuando los ricos escuchan la palabra, “las preocupaciones, la riqueza y los placeres de la vida la sofocan, y no llega a la madurez” (8,14).
¿Qué se pide a los ricos que quisieran tener parte en la vida eterna? No es suficiente desembarazarse de sus bienes. “Hoc et Crates fecit philosophus” (=esto también lo hizo Crates, el filósofo), respondía San Jerónimo (14). No se trata del desapego estoico, de una libertad respecto a los negocios, para dedicarse más plenamente a la sabiduría. Para Lucas es esencial que el dinero sirva para aliviar a los pobres. Es la lección de la parábola del mayordomo astuto. Sus amigos son los pobres, que lo introducirán en las mansiones celestes (Lc 16,9).
Hemos aludido al caso del rico importante (18,18-27), a propósito del cual usó Jesús la fortísima comparación del camello y del ojo de la aguja. Pero, por oposición, se presenta el caso de Zaqueo, rico también él, que demuestra cómo las excepciones son siempre posibles. Jesús declara: “hoy la salvación ha llegado a esta casa” (19,9). Pero en la narración lucana, esa afirmación está estrechamente ligada a la declaración del rico publicano: “Señor, ahora mismo doy la mitad de mis bienes a los pobres; y si he defraudado a alguno, restituyo cuatro veces más” (v. 8). Donde se ha de notar que Zaqueo no se hace mendicante, dado que retiene la mitad de sus bienes.
En el pensamiento de Lucas, por tanto, el rico condenado es aquel que amontona para sí mismo (12,21), para su satisfacción inmediata, en lugar de dar sus bienes en limosna (12,33). El rico que hiciera participar de sus haberes a los pobres, merecería ser llamado, no ya desgraciado, sino feliz (14,13-14: “Cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!”) En el contexto del Tercer Evangelio no es posible escuchar: “¡Ay de vosotros los ricos!”, sin recordar que la práctica de la limosna podría evitar su desgracia; la infelicidad de los ricos no parece separable de una actitud egoísta en relación con la miseria de los pobres.
Pero esto no es todo. Está el aspecto formalmente religioso y moral. Hemos ya recordado que el dinero se sustituye a Dios, llegando a hacerse adorar (Mammona): “No podéis servir a Dios y a Mammona” (16,13). Con todo, no se trata de una guerra en acto, que pide a los hombres o bien alinearse con Dios o, al contrario, con un sistema de despojo de los débiles. El conflicto es interior ante todo; se sitúa en el corazón del hombre.
No olvidemos que el cap. 16 de Lucas forma una unidad, que tiene como tema el uso de las riquezas (de sabia manera: vv. 1-13; o de modo estúpido: 19-31). Y bien, en el v. 14, para introducir la segunda parábola (Lázaro) Lucas nota la reacción de los fariseos: “Los fariseos, que estaban apegados al dinero, escuchaban todas estas cosas y se burlaban de él”. La respuesta de Jesús no va dirigida principalmente a pedir un gesto de renuncia a los bienes; baja más a lo profundo: “Vosotros sois los que se justifican a sí mismos ante los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que es exaltado entre los hombres es detestable ante Dios” (v. 15). Por lo tanto, en medio de un grupo de parábolas que tienen en la mira la ambición de riquezas, Lucas no teme usar una sentencia que critica el orgullo. La reacción que siente Dios ante el amor al dinero es de la misma naturaleza que la que le inspira la idolatría.
Sus discípulos nada poseen y lo han dejado todo. Sin embargo, también a ellos dirige el Maestro sus amonestaciones contra las inquietudes sobre qué comerán o de qué se cubrirán (12,22.29). Esta necesidad de elemental seguridad está en la raíz de la tendencia a acumular riquezas. No se trata de condenar esta necesidad de seguridad, inherente a la condición humana. Se quiere mostrar que tal urgencia se descarría, cuando busca su apoyo en los bienes terrestres; no existe seguridad auténtica que no se fundamente en Dios y sobre la conciencia aguda de su solicitud paterna.
El problema de la riqueza toma aquí su dimensión propiamente religiosa. Henos aquí, tan lejos del dualismo ebionita. Lejos también de que los Ayes supongan que la riqueza es considerada mala en sí misma, independientemente de las disposiciones del alma que crea en los ricos. La riqueza es una desgracia porque vuelve indiferente al hombre para los bienes de la vida futura y no permite a los ricos darse cuenta de sus deberes hacia los pobres, pero también porque tiende a desarrollar en ellos un sentimiento de seguridad radicalmente incompatible con la confianza que Dios reclama para Él solo. Encerrado en su riqueza, el rico se comporta como si Dios no existiese, como si él no dependiera de Él. Actitud impía, que no puede desembocar más que en la catástrofe” (15).
III –Jesús y sus discípulos acaudalados según el
Evangelista de los pobres
Hasta aquí nos hemos ocupado de la predilección teológica con la que Lucas pone de relieve la ternura de Jesús para con los pobres. También se ha visto la preocupación que causa en el ánimo del mismo evangelista el peligro de las riquezas y las graves amonestaciones que recoge de la tradición, que recordaba con fidelidad semejante posición de Jesús. También se ha dicho ya muchas veces que esto no quiere decir negación absoluta de salvación para los ricos, lo cual demuestra que la opción de Jesús no era exclusiva ni excluyente. Podemos ahora confirmarlo en breve, sintetizando igualmente las noticias que sólo Lucas nos ha transmitido sobre las relaciones de Jesús con personas de buena posición económica.
Así, su capítulo 8º describe el grupo de mujeres adineradas que acompañaban a Jesús y los Doce, sirviéndolos “con sus bienes” (v. 3). Entre ellas se pone de relieve especialmente a Juana, “esposa de Cusa, administrador de Herodes” (ibid.).
Jesús era muy amigo de Lázaro y sus hermanas Marta y María, familia acomodada (10,38-42), a juzgar por el precio del perfume usado para la unción de Jesús en Betania (Jn 12,5; ver: Mc 14,5). Ya hemos recordado a José de Arimatea, “miembro del consejo, hombre bueno y justo” (Lc 23,50; Mt 27,57 lo presenta como “hombre rico” y “discípulo de Jesús”). Finalmente, el propio Lucas, evangelista de los pobres, dedica no menos dos volúmenes a Teófilo, que seguramente era un hombre “ilustre” del imperio romano. En efecto, el adjetivo “krátistos”, exclusivamente usado por Lucas en todo el Nuevo Testamento (Lc 1,3; Hech 23,26; 24,3; 26,25) es aplicado a Teófilo, así como a los procónsules romanos Félix y Festo.
El término “asfalés” (seguro) (16), también empleado únicamente por Lucas, poniéndolo en labios de las autoridades romanas (Hech 21,24; 22,30; 25,26), evoca el sustantivo de la misma raíz “asfáleia” (seguridad), con el que Lucas desea asegurar a Teófilo sobre la firmeza de la catequesis ya recibida por él (Lc 1,4). Por lo cual es muy probable la identificación del destinatario de los escritos lucanos con algún egregio representante del Imperio romano, convertido, pero todavía no profundamente enraizado en la fe (17).
IV –¿María subversiva en el Magnificat?
Ya hemos recordado que Lucas, en el pórtico de su Evangelio, recuerda la alabanza a Dios por boca de María, del cual exalta los juicios históricos, que han consistido en el abatimiento de los poderosos y la exaltación de pobres y humildes.
Lamentablemente estos versículos, con frecuencia, son interpretados como fundamento para la lucha de clases. Esta operación es tanto más seductora, en cuanto que un plan semejante emana de los labios de la Madre del Mesías, tiernamente amada por todo cristiano y en modo especial por los pobres.
En el prólogo propuesto a una publicación exegética sobre los dos primeros capítulos de Lucas, J. M. González Ruiz, recordaba que Ch. Maurras (18) proponía cínicamente: “El Magnificat hay que cantarlo en latín, con música muy buena y orquestada de lo mejor y gran cantidad de incienso, a fin de que el pueblo no se dé cuenta del mismo” (19).
Si el fundador de Action Française se colocaba en tales extremismos, no menor es la exageración de la otra orilla, como se ve en ciertos conceptos del mismo González Ruiz: “Con su libro –destaca–, C. Escudero Freire justifica con máximo rigor científico esta lectura ‘subversiva’ del Magnificat, que es la única posible, y que también es la única fuente para construir, partiendo de allí, una mariología auténtica, ‘que no pueda ser secuestrada’ por los ‘caciques’ que han querido dominar nuestra fe cristiana” (20).
También G. Gutiérrez ve en el canto de María una expresión muy apta para una “espiritualidad de la liberación… Pero, al mismo tiempo lo ve como a uno de los textos de mayor contenido liberador y político del Nuevo Testamento. Esta acción de gracias y esta alegría están estrechamente ligadas a la acción de Dios, liberando a los oprimidos y humillando a los poderosos: ‘Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías’ (vv. 52-53). El futuro de la historia está en la línea del pobre y despojado. La liberación auténtica será obra del mismo oprimido, en el cual el Señor salva a la historia. La espiritualidad de la liberación tendrá como punto de partida la espiritualidad de los ‘anawím’” (21).
Parece que no es posible exagerar el lado sociopolítico de la pobreza de María, ni tomar en este sentido exclusivo su pronóstico sobre la inversión de las situaciones. El mismo Escudero Freire, por ejemplo, no descuida el aspecto religioso de la pobreza en el Magnificat, pero acentúa demasiado lo social: “Téngase en cuenta –intenta observar– que la palabra clave para indicar la condición de María, tapéinosis (v. 48), se aplica como adjetivo a toda una clase de gente irrelevante, pobre, sin prestigio ni influjo, tapeinoús (v. 52), que han constelado la historia de la salvación y que por la actividad divina, absolutamente gratuita, llegaron a ser personajes importantes, verdaderos ascendientes de María” (22).
Se impone, en consecuencia, una encuesta exegética sobre el fondo ambiental del que surge este himno poderoso y sobre todo religioso. Es sabido, en efecto, que el júbilo de María es un todo trenzado de Salmos varios y cánticos del Antiguo Testamento, pero en modo especial su trama es ofrecida por el himno de Ana, la madre de Samuel (I Sam 2,1-10). Ahora bien, como ya se adelantó más arriba, el marido de esta mujer estéril no era ciertamente un pobre desde el solo punto de vista social. Podía permitirse mantener dos mujeres, hecho que suponía gastos considerables. No obstante, Ana, después de haber sido escuchada por el Señor, se enrola entre los “hambrientos” y “miserables” (I Sam 2,5.8). Su pobreza, pues, consistía en la humillación moral por ella sufrida de parte de la otra concubina, Penina, a razón de su infecundidad.
Escudero Freire coloca bajo el título “Dios exalta a los insignificantes” la consideración de la persona de Abraham, como lo hace la misma María al fin de su salmo. Y bien, como hemos recordado, según la explicación exegética de San Agustín, Abraham era rico en ganados, hasta el punto que tuvo que separarse de su sobrino Lot, a causa de los constantes litigios entre los pastores de ambos (23).
María fue pobre también desde el punto de vista económico y social (baste recordar las condiciones del nacimiento de su hijo, anunciado como “rey” por parte de Gabriel: Lc 1,32-33). Pero el sentido más profundo de su pobreza es, sobre todo, de sello religioso. Los pobres eran la porción privilegiada del pueblo elegido en marcha hacia la salvación. La Virgen de Nazaret es la personificación excelsa de esta colectividad, porque en ella la indigencia accede a su más elevada realización y es agraciada con la redención, la cual, como es evidente, no significó para ella un cambio de status social, sino el acceso a un nivel superior, pero sobre todo espiritual: la dignidad de Madre del propio Hijo de Dios.
Lo dicho deberá poner matizaciones a alguna de las frases recién citadas de Gutiérrez. Por ejemplo: “La liberación auténtica será obra del mismo oprimido, en él el Señor salva la historia” (24). Escapa del pelagianismo con la segunda parte de su frase: la actuación del Señor. Pero… dado el sentido activista de toda aquella, su obra primera, que no se volvía atrás ante medios claramente rechazados por aquel mismo Señor, siempre queda la duda de si se tratará de una frase ornamental o de un principio teológico realmente activo en toda su sistematización.
No está excluida la colaboración humana en la obra de la salvación y es resabido que el Señor de los destinos históricos ha adoptado instrumentos de castigo, llamados Nabucodonosor o Ciro. Pero… es ÉL quien emplea estos recursos y no permite que su mano sea forzada. Faltando una interpretación profética revelada (porque se ha cerrado la comunicación pública y obligante de Dios a la humanidad), es siempre bastante arriesgado postular la anexión de Dios a un proyecto humano, al modo con que se decía en la Alemania de la IIª Guerra Mundial: “Gott mit uns” (=Dios con nosotros. ¿Con Hitler y el nacionalsocialismo?). El Señor alejó siempre el ansia de “justicia ya”, obtenida con medios violentos. Baste recordar el reproche dirigido a los hijos de Zebedeo, cuando éstos le propusieron hacer caer fuego del cielo, a fin de castigar a una aldea samaritana que se había negado a hospedar al Maestro (Lc 9,54-56).
Tampoco podemos evaporarlo todo en abstracciones, interpretando que los “poderosos” que Dios depone son sólo “los demonios”, “los sabios del paganismo”, “los fariseos”, todas fuerzas del pasado, lejanas y muchas ya inofensivas. Así lo han interpretado, desgraciadamente, muchos predicadores y escritores, para no inquietar a más de un personaje con estas flechas ardientes que, proviniendo de labios de María, nos juzgan a todos.
Pero es igualmente imperioso no olvidar que en esta “subversión” de situaciones hay en el Magnificat (como, por lo demás, en todo el Nuevo Testamento, que recibe el oráculo de Jer 31,31 ss) un centro, un núcleo, médula y corazón.
La Transformación principal siempre ha de ser la interior: “Has dispersado a los soberbios en los pensamientos de su corazón” (Lc 1,51). Ahora bien, se trata de la operación más difícil de llevar adelante; tan difícil que sólo Dios puede ponerla en acto, según las profecías ya mencionadas de Jer 31,31 y Ez 36,26 (25), así como también y sobre todo se lo puede confirmar por la teología paulina (26).
Aplicándolo al Magnificat, lo ha explicado de modo muy certero el exegeta español I. Gomá Civit: “La reprobación del orgullo se respira en la totalidad del Evangelio. Se da por descontado que el orgullo tiene su fuente en la insondable interioridad de cada persona. Momento fuerte (de este análisis) en San Lucas: la parábola del fariseo y el publicano (18,9-14). Como en otras parábolas, se trata de la personificación escénica de dos modos de pensar, sentir y actuar. Sutil historia tipificante, que fácilmente se refleja sobre cuantos proceden a aplicarla a otros sin el propio discernimiento: nada más atrayente que la tentación de revestirnos a nosotros mismos con el atuendo del ‘publicano’, mientras que tenemos en el fondo alma de ‘fariseo’” (27).
Podemos aplicar a la parte central del salmo mariano, lo que hemos escrito en otra parte: “La falta de este poderoso centro unificador, espiritual e interior es precisamente aquello que ha hecho dispersar la atención de los ortoprácticos hacia tantas agitaciones, que reciben su punto <unificador> de lo que no une: la lucha de clases, el primado concedido a la preocupación material, que hace ver a Dios disuelto en la historia. Es una unificación desde abajo, que en realidad es equivalente al desbande y a aquellas ‘amalgamas híbridas de elementos heterogéneos’” (28).
La dispersión es pronosticada por María, sobre todo, para “los soberbios de corazón” (Lc 1,51), cuando allí dentro no se tiene más confianza en el poder de Dios y se prefiere buscar la propia organización. Y más todavía, cuando ésta es explícitamente concebida, contradiciendo claros mandamientos del Hijo de Dios, enmascarando con su contrario el amor debido también a los enemigos.
Así sucede que muchos quedan atrapados por el propósito de “derribar del trono a los poderosos” o de “despedir a los ricos con las manos vacías” (Lc 1,52-53), sin prestar atención al verso precedente, que indica el manantial más profundo de toda discordia y rotura del amor: la hyperefanía, la soberbia del corazón concentrada (29).
“La palabra de Dios –explica Gomá Civit– nos comunica, a través de la transparencia del alma de María, que en el nuevo orden de la salvación o redención –es decir, de la liberación– queda proscrita la autocracia del poder y poseer. Pero en su orden y modo de expresarse, nos está indicando que esta autocracia del poder y poseer, causa de tantas injusticias y desórdenes en la Babel humana, no es otra cosa que el síndrome de la única y profunda raíz del pecado humano: la soberbia de la mente y del corazón. Es a los soberbios o hyperefanoi a quienes es dedicada la expresión más poderosamente reprobadora del Magnificat y de todo el Evangelio de la infancia (1,51)” (30).
Es la misma explicación que ofrece L. Monloubou: “El Magnificat no se limita al recuerdo de exigencias socio-políticas: su explicación del misterio de Dios no es constreñida a la presentación de los temas teológicos provenientes de estas experiencias. El vocabulario que evoca estos acontecimientos históricos está en el marco, en sentido propio, de un vocabulario que proviene de otro campo metafórico (vv. 50-54). ‘Temer’ adopta una connotación particular, cuando tiene a Dios como objeto y si trata de ‘poderosos’ o ‘ricos’ o ‘hambrientos’, se hace la precisión que esta gente tiene el ‘corazón orgulloso’ o, al revés, ‘humilde’. La orientación religiosa del binomio riqueza-pobreza es muy conocida en el Antiguo Testamento. (Véase: Bammel, Theologisches Wörterbuch zum Neuen Testament, VI, 890-894)” (31).
Trabajar, mejor aún dejarse hacer (por parte de Dios), para antes que nada purificar el corazón frente a todo conflicto, limpiar la fuente de donde manan “los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios… la altivez (la hyperefanía), la estupidez” (Mc 7,21) es la empresa más dura, la menos aparente y mensurable (siendo por hipótesis interior), pero es también la que da frutos a largo alcance y más duraderos.
“Bajo esta luz –seguimos todavía con Gomá Civit– , que los simples deben discernir como por instinto, el Evangelio cristiano de la liberación es personalmente costoso y difícil, pero total. Sería menos costoso ir enseguida al cambio de las situaciones sin contar con la conversión o ‘metanoia’ de la libertad por parte de aquellos que deberán actuar en aquellas situaciones ya dichas. Pero es también pertinente preguntar si los solos cambios estructurales no se reduzcan, más de una vez, a la transferencia de las injusticias… Cantar el Magnificat, anunciar la caída de los soberbios no implica la promoción de la soberbia de los humildes. Si mañana Lázaro tomara el puesto del epulón y se comportara como él, el mundo continuaría a tener necesidad de liberación como hoy” (32).
El mismo autor advierte sagazmente a todos aquellos que se maquillan hábilmente de “humildes por orgullo” (33), o hablan por activa y por pasiva de pobreza, porque “viste bien”: “Nadie en concreto cumple en sí mismo el canon de la perfecta soberbia (ni tampoco, exceptuando un milagro, el de la ‘pura humildad’). La vida de cada hombre se desarrolla a lo largo de una imprecisa dialéctica entre su propia mezquindad y el atractivo divino. En esta dialéctica, también el humilde puede verse enredado por la falacia, cuando descubre que sus habituales condiciones de pobreza, debilidad y humillación encuentran ser el ámbito de la predilección divina (porque lo dicen los profetas). Pero se marchitará enseguida, si se deja halagar por la tentación de hacer ‘propia’ ‘su’ bienaventuranza; si se deja seducir por la tendencia a proclamar limpios y santos por derecho a todos aquellos que se encuentran de su parte y pecadores a todos los demás. Si aquel ámbito se cristaliza en estructura, la tentación se vestirá de celo por la causa del bien contra la del mal. Y sabrá hasta codificar el vocabulario de la humildad para conectar el orgullo con títulos de virtud. Con palabras recitará el Magnificat; pero en su espíritu dirá la acción de gracias del fariseo (Lc 18,9.11-12) (34).
Desgraciadamente las precedentes reflexiones son aplicables a la discusión en curso a propósito de la teología de la liberación. Así lo siente O. González de Cardedal: “Cualquier crítica a la teología de la liberación parece caer bajo la sospecha de servir de ayuda a las fuerzas, poderes o ideologías contra las que ella surge con razón. Para más quienes ejercen tal crítica son chantajeados con el llamado a las masas pobres del mundo, a cuya liberación se opondrían. Si es verdad que es necesario ser lúcidos, para no sucumbir a este riesgo real, no es aceptable la intimidación, y a veces el terrorismo, que es de rúbrica ante toda posible crítica contra ella. Porque, si bien sus intenciones son absolutamente cristianas y evangélicas, no por esto sus ideas son necesariamente verdaderas, ni sus métodos obligatorios, ni su praxis la única que nace del Evangelio. No vale la buena voluntad, porque la realidad no es construible por el hombre; no bastan, por ende, los fines buenos cuando los medios son malos; es necesaria la buena inteligencia para descubrir y aceptar el lugar donde uno se encuentra, haciéndolo pasar como el único lugar de la verdad y la propia praxis como la condición única para ser considerados como hombres de bien o cristianos verdaderos” (35).
María y su hijo apenas nacido ponen por obra de modo insuperable, silencioso pero eficaz, la verdadera “humillación” de los poderosos, de los ricos y sabios. Porque ante ellos se prosternan los magos de Oriente, extraños a Israel, pero que saben relativizar “poder y haber”, poniendo sus tesoros a los pies del humilde rey Mesías (Mt 2,12). Hacia ella igualmente y sin sombra de “lucha de clases”, ya que la reina-pobre y su Hijo reciben a los unos y a los otros, sin preguntar antes a qué facción pertenecen, vienen no menos los marginados pastores, transformados en los primeros mensajeros del gozoso anuncio angélico (Lc 2,14-20).
Notas
1) Les Béatitudes…, III, 149.
2) Ibid.
3) Ursprung
des Christentums (1908) 338-346. En: J. Dupont, ibid., 149-151.
4) Les Béatitudes…, 151-152.
5) Ibid., 152.
6) Ibid., 163.
7) Ibid., 181.
8) Nos permitimos hacer notar por nuestra cuenta que Jesús alerta contra la actitud de “servir al dinero”, sin condenar a quienes “se sirven del mismo”, tal como lo hizo el administrador sagaz.
9) Ibid., 182.
10) El hombre de hoy…, 175, n. 2.
11) Les Béatitudes…, 185.
12) De monarchia, I, 18.
13) Les
Béatitudes…, III, 195-196. Para lo que sigue, nos
inspiramos ampliamente en este capítulo de Dupont: “Le malheur des riches”, ibid., 193-203. Véase también: I. Howard Marshall, Luke – Historian and Theologian, 122-123;
141-144; 206-209.
14) Commentarius
in Matthaeum (19,21); PL, XXVI,
144.
15) J. Dupont, Les Béatitudes…, III, 203.
16) De donde viene el castellano “asfalto”.
17) Ver: Sabugal, ¿Liberación y secularización? Intento de una respuesta bíblica, Barcelona (1978) 307; J. Roloff, Hechos de los Apóstoles, Madrid (1984) 43.
18) Charles Maurras fue un monárquico acérrimo, gran colaborador de L’Action Française. Sólo simpatizaba con la Iglesia porque veía en ella su organización jerárquica. Muchos católicos adherían a sus posturas. Finalmente murió reconciliado con la fe católica.
19) “Prólogo” a: C. Escudero Freire, Devolver el Evangelio a los pobres, Salamanca (1978) 13.
20) Ibid.
21) Teología de la liberación…, 272-273.
22) Devolver el Evangelio…, 207, n. 75. Advirtamos que, si es verdad que María no se considera aislada, sino que se une a todos los pobres de la historia, no parece adecuado hablar de clase, sobre todo teniendo en cuenta la carga conflictiva que la palabra ha tomado en estos tiempos. María atribuye a Dios el trastorno de la situación (Lc 1,51-55) y no a enfrentamientos violentos entre “clases” opuestas.
23) Ver: Gn 13, 2: “Ahora bien, Abraham era muy rico en ganados, plata y oro”. Leer hasta los vv. 5-9.
24) Teología de la liberación…, 273.
25) “Pondré mi ley dentro de ellos y la escribiré en sus corazones” (Jer 31,33). “Os daré un corazón nuevo y pondré en vosotros un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que sigáis mis caminos y que observéis y practiquéis mis leyes” (Ez 36,26-27).
26) “La ley del Espíritu, que da vida, te ha librado en Cristo Jesús, de la ley del pecado y de la muerte. Lo que no podía hacer la ley, reducida a la impotencia por la carne, Dios lo hizo, enviando a su propio Hijo… para que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros, que ya no caminamos conforme a la carne sino al espíritu” (Rom 8,2-4). Notar ese “pasivo divino”: “se cumpliera en nosotros”, indicando que colabora también cada uno, pero que si no fuera por el “carburante” del Espíritu Santo, seríamos incapaces de “caminar conforme al espíritu”.
27) El Magnificat – Cántico de salvación, Madrid (1982) 146.
28) M. A. Barriola, Fieles al Papa desde América Latina – Otra respuesta al Cardenal Ratzinger, Montevideo (1987) 173. Citando: Libertatis Nuntius, VII, 6.
29) En efecto: está escrito: dianoia tes kardías, como indicando una raíz muy interna: noús = inteligencia. Dia-noia el centro mismo de aquella inteligencia. Y esto, todavía en el kardía: el corazón. Al pie de la letra, sería como decir: los más íntimos pensamientos del corazón. Será difícil encontrar una expresión más insistente sobre la concentración interior y sobre la atención y urgencia que reclama.
30) El Magnificat…, 131.
31) La prière selon Saint Luc, Paris (1976) 234 y n. 40.
32) El Magnificat…, 110-111.
33) Hubo un formador en mis años de Seminario, que agudamente pensaba: “Si los orgullosos supieran la gloria que tendrán en el cielo los humildes, se harían ‘humildes por orgullo’”.
34) El Magnificat…, 119.
35) “Proclamas
de fondo y método en la cristología” en: Salmanticensis, XXXII (1985) 390.
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Pablo Ginés
Jefe de redacción de ReligionenLibertad.com
En el número de marzo/abril 2014 de la revista Biblical Archaeology Review, el académico Lawrence Mykytiuk hace una lista de 50 personajes históricos del Antiguo Testamente que figuran en fuentes arqueológicas, como estelas de piedra, sellos de arcilla, recibos, tabletas o inscripciones funerarias que han conseguido perdurar a través de 2.000 o 3.000 años, pese a guerras, terremotos, expolios y saqueos. Por supuesto, se trata de gente de importancia "mundana": reyes y funcionarios, cuyo nombre figuraba en documentos oficiales. La lista incluye:
- 5 faraones egipcios
- 1 rey moabita
- 5 reyes y líderes arameos o sirios
- 9 gobernantes del reino del norte, Israel
- 14 autoridades de Judá, el reino del sur
- 6 reyes o señores de la conquistadora Asiria
- 5 reyes o señores de Babilonia
- 5 reyes de Persia
Estos 50 nombres son los que Lawrence Mykytiuk considera confirmados e identificados
con inscripciones contemporáneas a su vida. Cada uno de ellos los argumenta con
una larga nota a pie de página. No incluye personajes citados o aludidos en
inscripciones de generaciones posteriores a la que vivieron.
Ajab, el esposo de la pérfida Jezabel
Por ejemplo, a Ajab, rey de Israel, lo conocemos en la Biblia como el perseguidor del profeta
Elías, motivado por su pérfida esposa, la pagana Jezabel. Si no fuera
por la Biblia, de él sólo tendríamos un par de menciones en inscripciones en
piedra, como su mención
en el Monolito de Kurkh, encontrado en 1861, en el que Salmanaser III
describe su victoria contra una alianza de 11 o 12 reyes en la batalla de
Qarqar en el año 853 a.C., y uno
de los vencidos es "A-ha-ab-bu Sir-ila-a-a", es decir, "Ajab
Señor de Israel", quien acudió con "2.000 carros y 10.000
infantes". Aunque Salmanaser "hinche" las cifras para darse más
gloria, esos 2.000 carros implican la mitad de la fuerza aliada a la que se
enfrentó, por lo que Ajab debía ser el líder e impulsor. Además, los palacios y edificios que
tenemos de su época demuestran que su reino, aunque tomado por la impiedad
según Elías, era económicamente fuerte.
Las inscripciones en piedra tampoco son "la verdad absoluta": la supuesta victoria de
Salmanaser no debió ser tan victoriosa, porque la realidad es que no
le alcanzaron las fuerzas para ocupar Siria ni castigar a los reyes aliados
contra él.
¡La Biblia en un recibo!
Otro ejemplo curioso se da cuando encontramos un nombre bíblico ¡en una factura
o recibo! Por ejemplo, entre las
130.000 tabletas amontonadas en el Museo Británico, que se traducen y analizan con
lentitud exasperante. Un día de julio de 2007, el profesor Michael Jursa de la
Universidad de Viena se sentó a traducir y transcribir esas tabletas cuando se
encontró una muy bien conservada y fácil de traducir: una factura del año 595 antes
de Cristo, 8 años antes de que los babilonios conquistaran Jerusalén,
episodio descrito con detalle por Jeremías. En la factura leemos:
"1,5 minas [0,75 kg] de oro,
propiedad de Nabu-sharrussu-ukin, el jefe de los eunucos, que
envió a través del eunuco Arad Banitu a [el templo de] Esangila; Arad Banitu lo
entregó. En la presencia de Bel-usat, hijo de Alpaya, guardaespaldas real;
Nadin, hijo de Marduk-zer-ibni, mes nueve, dia 18, año 10 de Nabucodonosor rey
de Babilonia".
Y, efectivamente, en Jeremías 39,1, se describe con detalle la entrada de los
jefes y generales de Nabucodonosor en Jerusalén. La Biblia española de 1884
traducida por Torres Amat de la Vulgata latina enumera jefes: "Semegarnabu,
Sarsachim..." La
Biblia de la Conferencia Episcopal Española de 2011 en cambio habla del "príncipe
de Sinmaguir, jefe de los magos, Nabusazbán, jefe de los eunucos..."
¡Es lo que pasa cuando se traduce un idioma semítico, que no escribe las
vocales ni separa las palabras! En realidad, el "nabu" (señor) no va
con Semegarna (o Sinmaguir) sino con Sarsachim (Sharrussu-ukin), el jefe de
eunucos (como le llama la Biblia y la factura del templo, 8 años anteriores a
la conquista). Y así, la
factura del Nabu-Sharrussu-kin, jefe de eunucos, confirma lo meticuloso y documentado
de Jeremías al enumerar a Nabusarsakin, jefe de eunucos, entre
los generales que entran triunfantes en Jerusalén. De hecho, este personaje
está en el texto de Jeremías porque Jeremías
es detallista y exacto, ya que Nabusarsakin no vuelve a ser mencionado ni
cumple ninguna función narrativa o
teológica más.
Sobná, el "predecesor" de San Pedro
Lawrence Mykytiuk menciona también algunas personas, fuera de su lista de 50,
que considera "casi reales", es decir, casi comprobados en su correlación
entre el nombre bíblico y el documento arqueológico. Un ejemplo es Sobná, el mayordomo de palacio
de Jerusalén... a quien los católicos gustan de mencionar cuando debaten con
protestantes acerca del
poder del Papa. Jesucristo explica a San Pedro: "a ti te doy las
llaves del Reino". Y el símbolo de las llaves, a un judío, le hace pensar
en Isaías 22,22, donde se describe la función de un mayordomo del
reino davídico: "Pongo
sobre sus hombros la llave del palacio de David: abrirá y nadie
cerrará; cerrará y nadie abrirá". En la ausencia del rey, el vicario o
mayordomo tiene todo ese poder. Unas frases antes, en Isaías 22,15, vemos que
un mayordomo anterior se portó mal, un tal Sobná, y por eso Dios le va a
castigar quitándole las llaves.
Mykytiuk considera que Sobná
existió entre el 726 y el 686 antes de Cristo, y que quizá también es el personaje
mencionado en 2 Reyes 18,18 y siguientes (cuando aún no era mayordomo o vicario
de palacio). En 1953 se encontró una tumba de un mayordomo real cortada en la roca
en Silwan (o Siloam), cerca de Jerusalén, pero la inscripción del nombre no
está completa aunque podría ser Sobná. Es tentador atribuirlo a Sobná, de quien
leemos en Isaías 22,16, reprochándole: "te estás labrando un
sepulcro en alto, excavando en la roca un lugar de reposo"...
Quizá sin la vanidad de Sobná y su caro sepulcro no se habría escrito el texto
de Isaías, el símbolo de las Llaves no nos habría llegado por la Biblia, quizá
Jesús no lo hubiera conocido o utilizado para explicar el poder que estaba
entregando a Pedro, el
nuevo senescal, vicario del Rey, portador de las Llaves. O quizá lo habría
usado y el lector moderno no lo habría entendido, al carecer de una referencia
bíblica anterior. Eso se evitó, quién sabe, por la vanidad de Sobná que tanto
molestó a Isaías.
Lista de 50 personajes históricos del Antiguo Testamento confirmados en
inscripciones auténticas
Biblical
Archeology Review, marzo/abril 2014. Para ver las notas detalladas de las pruebas
arqueológicas de cada uno (en inglés):
5 faraones de Egipto
·
Sosac (=Shishak =
Shoshenq I). Años: 945–924 a.C. Aparece en: 1 Reyes 11:40, etc.
·
So (= Osorkon IV).
Años: 730–715. Aparece en: 2 Reyes 17:4
·
Tiracá (=Tirhakah =
Taharqa). Años: 690–664. Aparece en: 2 Reyes 19:9, etc.
·
Necó II. Años:
610–595. Aparece en: 2 Crónicas 35:20, etc.
·
Ofrá (= Apries).
Años: 589–570. Aparece en Jeremías 44:30.
1 rey de Moab: Mesá (=Mesha). Primera mitad del siglo IX a.C. Aparece en
2 Reyes 3:4–27
5 personalidades de Aram-Damasco
·
Hadadezer, rey de
Sobá. Primera mitad del s. IX a.C. 1 Reyes 11:23, etc.
·
Ben-hadad, hijo de
Hadadezer. En el 844/842. 2 Reyes 6:24.
·
Jazael, rey de
Siria. 844/842–c. 800 a.C. 1 Reyes 19:15, etc.
·
Ben-hadad, hijo de
Jazael. Principios del s. VIII a.C. 2
Reyes 13:3, etc.
·
Rasón, rey de Siria
(=Rezin). Mediados del s. VIII a.C. al 732. 2 Reyes 15:37, etc.
9 gobernantes del Reino del Norte, Israel
·
Rey Omrí. 884–873.
1 Reyes 16:16, etc.
·
Rey Ajab (esposo de
la malvada Jezabel, perseguidor de Elías). 873–852. 1 Reyes 16:28, etc.
·
Rey Jehú.
842/841–815/814. 1 Reyes 19:16, etc.
·
Rey Joás (al que
Eliseo le pedía tirar flechas para profetizar). 805–790 a.C. 2 Reyes 13:9, etc.
·
Rey Jeroboam II.
790–750/749. 2 Reyes 13:13, etc.
·
Rey Menajén
(=Menahem). 749–738. 2 Reyes 15:14, etc.
·
Rey Pécaj (=Pekah).
750(?)–732/731. 2 Reyes 15:25, etc.
·
Rey Oseas
(=Hoshea). 732/731–722. 2 Reyes 15:30, etc.
·
Sanbalat "el
joronita", gobernador de Samaría bajo el dominio persa. Mediados del s. V
a.C. Nehemías 2:10, etc.
14 autoridades del Reino del Sur, Judá
·
Rey David. c.
1010–970 a.C. 1 Samuel 16:13, etc.
·
Rey Ozías (=
Azariah). 788/787–736/735. 2 Reyes 14:21, etc.
·
Rey Ajaz (=
Jehoahaz). 742/741–726. 2 Reyes 15:38, etc.
·
Rey Ezequías (el
que vio cómo Isaías hacía retroceder la sombra en el reloj de sol).
726–697/696. 2 Reyes 16:20, etc.
·
Rey Manasés.
697/696–642/641. 2 Reyes 20:21, etc.
·
Jilquías
(=Hilkiah), sumo sacerdote que encontró el Libro de la Ley y lo dio al rey
Josías. Entre 640/639 y 609 a.C. 2 Reyes 22:4, etc.
·
Safán el secretario,
escriba del reinado de Josías. Entre 640/639 y 609 a.C. 2 Reyes 22:3, etc.
·
Azarías, sumo
sacerdote en el reinado de Josías. Entre 640/639 y 609 a.C. 1 Crónicas 5:39,
etc.
·
Guemarías, hijo de
Safán, funcionario del rey Joaquín. Entre 609 y 598 a.C. Jeremías 36:10, etc.
·
Rey Joaquín (=
Jeconiah = Coniah). 598–597. 2 Reyes 24:6, etc.
·
Selemías, padre del
funcionario Jucal. Finales del s. VII. Jeremías 37:3, etc.
·
Jucal (=Jehucal),
funcionario del rey Sedecías. Entre el 597 y el 586. Jeremías 37:3, etc.
·
Pasjur, padre de
Godolías, funcionario de Sedequías. Finales del s. VII. Jeremías 38:1
·
Godolías,
funcionario de Sedequías. Entre el 597 y 586. Jeremías 38:1
6 reyes y señores de Asiria
·
Rey
Tiglat-pileser III (= Pul). 744–727. 2 Reyes
15:19, etc.
·
Rey Salmanasar V.
726–722. 2 Reyes 17:3, etc.
·
Rey Sargón II.
721–705. Isaías 20:1
·
Rey Senaquerib.
704–681. 2 Reyes 18:13, etc.
·
Adrammelech (=
Ardamullissu = Arad-mullissu), hijo y asesino de Senaquerib. Principios del
siglo VII a.C. 2 Reyes 19:37, etc.
·
Rey Esarhaddon. 680–669.
2 Reyes 19:37, etc.
5 Reyes y líderes de Babilonia
·
Rey
Merodach-baladan II. 721–710 y 703. 2 Reyes 20:12, etc.
·
Rey Nabucodonosor
II. 604–562. 2 Reyes 24:1, etc.
·
Nabusazbán el jefe
de eunucos (=Nebo-sarsekim, =Sarsachim), general de Nabucodonosor. Principios
del siglo VI. Jeremías 39:3
·
Rey Evil-Merodac (=
Awel Marduk = Amel Marduk). 561–560. 2 Reyes 25:27, etc.
·
"Rey"
Baltasar (=Belshazzar): en su banquete una mano escribía en la pared.
Históricamente era gobernador bajo el rey Nabónidas. c. 543?–540. Daniel 5:1,
etc.
5 reyes de Persia
·
Rey Ciro II (= Ciro
el Grande). 559–530. 2 Crónicas 36:22, etc.
·
Rey Darío I (=
Darío el Grande). 520–486. Esdras 4:5, etc.
·
Rey Jerjes I (=
Asuero). 486–465. Ester 1:1, etc.
·
Rey Artajerjes I
Longimano. 465-425/424. Esdras 4:7, etc.
·
Rey Darío II
Nothus. 425/424-405/404. Nehemías 12:22
Fuente: Análisis y Actualidad A&A, Año VIII, número 9 (313) | Del 1 al 14 de
abril de 2014.
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La
actual crisis de la Iglesia Católica en Uruguay y toda América Latina
Daniel
Iglesias Grèzes
Ver:
una encuesta de Latinobarómetro
Recientemente el diario “El País” de Montevideo publicó los resultados de la última encuesta de Latinobarómetro sobre la religión en dieciocho países de América Latina. Véase esa noticia en esta página.
Juzgar:
dos diagnósticos sobre la actual crisis de la Iglesia
Hace poco un amigo me envió por email este artículo de Nathan Stone SJ, titulado Tu cara de cuaresma. Según este autor jesuita, la actual crisis de la Iglesia Católica (o al menos el alejamiento de la práctica religiosa de gran parte de sus fieles) se debería al excesivo rigorismo del clero católico, que lo aleja de la gente. La Iglesia Católica de hoy estaría haciendo más hincapié en la Ley que en el Amor.
A mi juicio se trata de un diagnóstico muy equivocado, que parte de una premisa falsa, puesto que hoy en día la gran mayoría de los sacerdotes católicos no son rigoristas, y ni siquiera rigurosos. Más aún, muchos de ellos tienden con mayor o menor fuerza al laxismo moral y al abandono de las prácticas ascéticas y penitenciales. Además, no es difícil apreciar una correlación inversa a la planteada por el autor: a mayor laxismo clerical, menor eficacia pastoral.
Amo a la Compañía de Jesús y tengo varios amigos jesuitas. No obstante, debo decir lo siguiente. Es evidente que la Compañía de Jesús, en su gloriosa historia, nunca (ni siquiera remotamente) ha estado más alejada del rigorismo que hoy. Sin embargo en los últimos 50 años ha perdido más del 50% de sus miembros. Algo análogo podría decirse de toda la Iglesia Católica: nunca ha estado más alejada del rigorismo que hoy, y nunca ha sido tan grande el porcentaje de católicos alejados de la Iglesia.
Por supuesto, si todos los católicos fuéramos santos, a la Iglesia
Católica le iría mucho mejor. Pero, ¿en qué estamos fallando concretamente? Consideremos
por ejemplo la gran pérdida de impulso misionero sufrida por la Iglesia
Católica en los últimos 50 años. Tradicionalmente, los misioneros católicos se
dedicaron sobre todo a evangelizar, bautizar, enseñar, etc. y a las obras de
misericordia corporal y espiritual; y dieron muchísimo fruto, ganando a pueblos
enteros para el Reino de Cristo. Hoy en día, sin embargo, muchos misioneros
católicos se dedican casi exclusivamente a la asistencia social, como si fueran
representantes de una ONG cualquiera, y algunos de ellos incluso se jactan de
no predicar la doctrina católica y de no haber convertido ni bautizado a nadie.
No es raro que no se conviertan aquellos a quienes nadie les predica la verdad religiosa
y salvífica.
Joseph Ratzinger, en uno de sus libros, cuenta una anécdota de su época
como Cardenal. Reunido con dos Obispos sudamericanos que le hablaron de sus
proyectos pastorales y asistenciales, uno de ellos le contó que el líder de una
comunidad indígena le había agradecido las muchas obras de caridad que la
Iglesia Católica había hecho en su comunidad en las últimas décadas, pero le había
comunicado que él y toda su comunidad se habían vuelto protestantes, porque
además de bienes materiales ellos querían tener una religión. Eso movió a estos
dos Obispos a preguntarse si no se habrían equivocado al pensar que primero
debían resolver las necesidades materiales de la gente y sólo después de eso
anunciar el Evangelio. Estaban (esto lo digo yo, no Ratzinger) engañados por el
demonio, a quien Jesús contestó: "No sólo de pan vive el hombre, sino de
toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mateo 4,4).
El mismo Jesús dijo en otra ocasión: "Busquen primero el Reino de
Dios y su justicia, y todo lo demás les será dado por añadidura" (Mateo
6,33). Pero nosotros, los católicos de hoy (a diferencia de nuestros
ancestros), parecemos obsesionados por la añadidura, y así apenas convertimos a
nadie. En América Latina, la Iglesia Católica optó por los pobres (desde 1968),
pero los pobres optaron y siguen optando por las comunidades evangélicas. Algo parece
fallar en el diagnóstico de Nathan Stone, ¿no?
Clarísimamente, el diagnóstico de los Papas Pablo VI, Juan Pablo II y
Benedicto XVI (*) sobre la actual crisis de la Iglesia es muy distinto al de Nathan
Stone. En esencia, esos tres Papas dijeron que la Iglesia Católica sufre hoy una
gran crisis de fe que conduce al cisma, la herejía o la apostasía y que
alimenta una gran corriente de infidelidad doctrinal y moral en el clero, la
vida religiosa y el laicado. Por ejemplo, ¿qué porcentaje de los sacerdotes
católicos de hoy cree firmemente, no digo ya en la doctrina de la Humanae Vitae sobre la anticoncepción,
sino en algo mucho más central: la doctrina de la Dominus Iesus sobre la unicidad y universalidad salvíficas de
Cristo y de la Iglesia? La Dominus Iesus
no hace más que reiterar la fe católica de siempre, que es también la del Concilio
Vaticano II; pero aún así fue rechazada airadamente por amplios sectores de la
Iglesia, o dejada de lado como algo "que causa división". ¿A dónde se
llegará con esa clase de actitudes? Si ni siquiera creyéramos que (como dice el
Vaticano II) el catolicismo es la única religión verdadera, ¿a quién podríamos
convertir?
Stone presenta el Evangelio de Jesucristo como una amnistía general,
irrestricta e incondicional, sin exigencias doctrinales, ni morales, ni
ascéticas, ni de ningún tipo. Esto es una profunda falsificación de la Divina
Revelación. Se podría citar muchísimas palabras de Jesús o de la Biblia que no
encajan en ese falso esquema. Un ejemplo entre miles posibles: si Jesús quiere
que su Iglesia deje de lado toda "práctica excluyente" (?), ¿qué
quiere decir aquello de: "no tiren sus perlas a los cerdos" (Mateo
7,6)?
No falta en el artículo la falsa erudición: en la Vulgata, San Jerónimo tradujo el término griego “metanoeite” por la expresión latina “poenitentia agite”, que significa “haced penitencia”, no “arrepentíos”, como dice el autor.
Stone falsifica
también la historia de la Iglesia y de la espiritualidad católica, al escribir:
“No es que Jerónimo no supiera griego. La Iglesia ya iba bien encaminada con su
religión sufrida, autoritaria y penitencial. No le cabía en la cabeza que
la conversión podría ser motivo de alegría.”
Respondo que si algo se destaca en la espiritualidad católica clásica,
la de los santos de todos los tiempos, es precisamente la alegría. De ahí el
refrán tradicional: “un santo triste es un triste santo”.
Stone critica exagerada e injustamente al clero católico: “los encargados de anunciar la Buena Noticia sobre la misericordia infinita de Dios suelen andar todo el día con una cara de funeral. Han escogido la cuaresma eterna sin pascua, la muerte ineludible sin resurrección, el rigor inhumano sin alegría. Eso no es el camino de Jesús. Sus discípulos no son así.”
El autor también presenta un falso panorama de la actual realidad eclesial: “¿Cómo llegamos a estar amarrados a esta pastoral de exclusión, imposición y frialdad? ¿Qué pasó para transformar el amor incondicional del Padre en una burocracia de condiciones para ser cumplidas bajo amenaza de fuego eterno? ¿A quién se le ocurrió que la compasión universal del Señor es sólo para algunos? (…) La Iglesia suele repetir los mismos esquemas de épocas pasadas, a pesar de los malos resultados. Su programa está orientado a la resignación, al temor y a la muerte; sin abrir espacio a la juventud, los proyectos y la vida. No tiene tiempo para los pobres, los alejados y los que más necesitan oír una palabra de consuelo. Eso no va con el mensaje de Jesús. Nuestra labor se ha vuelto autorreferente. Nada tiene que ver con el Reino de alegría y amor.”
La conclusión del autor es peligrosamente ambigua: “Nuestro Dios es bueno. Su amor es incondicional y universal. Dejemos las costumbres excluyentes. Volvamos a la misión que Cristo nos encomendó.”
¿Ya no rige para
los cristianos la Ley de Dios, que Jesús no vino a abolir, sino a llevar a plenitud?
¿Cuáles son las “costumbres excluyentes” que tendríamos que dejar? ¿Los
requisitos mínimos para recibir el bautismo, la eucaristía, el matrimonio y los
demás sacramentos? ¿La mitad del Código de Derecho Canónico, que de todos modos
casi no se aplica hoy? Pero el error teórico es más grave que los errores
prácticos, porque aquél perpetúa a éstos, impidiendo totalmente su superación.
¿La Iglesia Católica debe “volver” a la misión que Cristo le encomendó? ¿Y qué
ha estado haciendo hasta ahora? ¿Acaso ha traicionado radicalmente a
Jesucristo? ¿En qué queda entonces el dogma católico de la indefectibilidad de
la Iglesia (por la gracia de Dios que la asiste)?
Me parece que en su esencia más profunda el error de Stone (como el del “progresismo”
católico en general) es el funesto intento de separar el amor de la verdad,
apreciando el amor y subestimando el valor de la verdad. No puede haber verdad
sin amor, pero tampoco amor sin verdad. La predicación de la verdad es la
primera y principal de las obras de caridad. La Beata Teresa de Calcuta
insistió mucho en eso.
Actuar: hacia una
posible terapia
¿Qué hacer ante esta crisis? Se trata de un tema muy amplio y complejo.
Aquí me limitaré a recordar tres aportes anteriores que de ninguna manera
pretenden tratar el asunto exhaustivamente, sino sólo abordar algunos de sus
aspectos particulares.
·
Diez claves para el renacimiento o la renovación de la cultura católica
·
Reflexiones sobre la catequesis kerygmática, la teología académica y la
cultura popular
·
Reflexiones sobre la necesidad actual de la apologética
Nota
(*) Probablemente el Papa Francisco, más allá de algunas diferencias de matiz, coincida en buena parte con ese diagnóstico de tres de sus predecesores en el ministerio petrino. La aparente semejanza entre las posiciones de Nathan Stone SJ y las del Papa Francisco es muy superficial. En verdad entre ambas posiciones hay años luz de distancia. El hecho de que Stone use varias expresiones del Papa Francisco no significa que ambos coincidan en el diagnóstico de la actual crisis de la Iglesia. El diagnóstico de Stone es muchísimo más unilateral y cuestionable que el que surge del magisterio del Papa Francisco considerado en su conjunto. En pocas palabras: Francisco no es un progresista, aunque los progresistas quieran usarlo a su favor.
Vuelve a la Tabla de Contenidos
Desconocimiento del Amor de Dios, por culpa de una teología modernista y
horizontal; y omisión del Temor de Dios, por culpa de una pastoral acomplejada
y debilitada.
P. Santiago González
Sacerdote de la
Archidiócesis de Sevilla
¿Por qué se ha abandonado, en la mayor parte de la población católica,
la asistencia a la Misa Dominical?... ¿Cómo es posible que en España (nación de
tradición cristiana) la participación en Misa (en días de precepto) apenas
supere el (equis) % de los bautizados?...
No es sencillo responder a estos interrogantes, y sería pretencioso
hacerlo en un breve artículo, pues el tema da para una tesis profunda. Sin
embargo podemos aproximarnos a la realidad de esta masiva desafección a la
celebración de la Fe. Y esa aproximación yo propongo que se haga a través de
las CAUSAS que han llevado a esta «huida» de la Santa Misa. Creo que son básicamente
DOS Causas:
·
La primera es el desconocimiento del AMOR de DIOS.
·
La segunda es la omisión del TEMOR de DIOS.
¿Para qué vamos a Misa? Pregunta de catequesis, tanto de comunión como
de confirmación. La respuesta correcta es: para dar gracias a Dios por su
infinito amor, ya que la Santa Misa es el memorial de la pasión, muerte,
resurrección y ascensión de Nuestro Señor Jesucristo. Vamos a Misa para
reconocer el infinito amor de Dios por nosotros, y porque ese amor suscita una
respuesta desde nuestra realidad humana y espiritual. La respuesta de un
corazón agradecido es hacer de la Misa el centro de la vida, no sólo de la
semana (o del día, para el que vaya diariamente a Misa). Cuando de verdad creemos
que la Misa es eso: Santo Sacrificio de Amor, entonces si dejamos de ir es
porque o no tenemos FE o, sencillamente, nuestro corazón es frío como el hielo
y duro como el metal más denso. Si no vamos a Misa en domingo es porque nos da
igual el Amor de Dios por nosotros, despreciamos su crucifixión expiatoria por
nuestros pecados. Por eso la primera causa del abandono de la Misa dominical es
el desconocimiento u olvido del Amor que Dios nos tiene.
¿Y qué colabora a que lleguemos a ese desconocimiento? Pues colaboran
las concepciones de la Misa imbuidas de teología modernista y “progre”, a
saber: Misa como asamblea sociológica, eliminación del sentido sacrificial,
liturgia del tipo show sin referentes
sobrenaturales, redundancia del banquete pascual en detrimento de la cruz, y
toda clase de abusos litúrgicos de origen protestante u orientalista.
Con ello llegamos a la segunda causa: omisión del Temor de Dios, que,
recordemos, es un DON del Espíritu Santo. Es el temor «afectuoso» de ofender a
quien más nos ama: Dios Nuestro Señor. Y es temor también a perder para siempre
a Dios (condenación eterna). Se ha omitido el Temor de Dios porque,
sencillamente, se ha aniquilado el «sentido de pecado». Y, aplicado a la Santa
Misa dominical, hay que recordar que faltar a Misa UN DOMINGO es PECADO MORTAL,
tal como indica el punto 2181 del Catecismo de la Iglesia Católica. Sin embargo
HOY DÍA:
- La mayoría de los que faltan a Misa NO SABEN que eso es pecado mortal.
- En poquísimas ocasiones se enseña que es pecado mortal faltar a Misa
(homilías, cartas pastorales, catequesis, formaciones, charlas, etc.), y eso es
porque se ha sustituido el SANTO TEMOR DE DIOS por el DIABÓLICO TEMOR AL MUNDO.
Y esto es una clave fundamental.
Desconocimiento del Amor de Dios, por culpa de una teología modernista y
horizontal; y omisión del Temor de Dios, por culpa de una pastoral acomplejada
y debilitada. Ésas son, en mi opinión como sacerdote, las causas principales de
que la Santa Misa (cuya asistencia es deber moral emanado de los mandamientos
1º y 3º de Dios, y 1º de la Iglesia) haya sido borrada de las conciencias de
una inmensa mayoría de los católicos.
***
(Nota de Fe y Razón: El siguiente texto del mismo autor está
en la sección de comentarios del artículo anterior).
Por pregunta directa respondo a Roberto, que me interroga sobre qué soluciones concretas daría. Pues éstas:
1. Que cada niño/a apuntado en catequesis de comunión vaya a Misa todos los
domingos con SUS PADRES y no con el catequista. Y que se controle esa
asistencia.
2. Que hagan la comunión no todos los "apuntados" sino los que
durante dos años (veranos incluidos) se hayan hecho partícipes como mínimo de
la Misa dominical.
3. Que los padres reciban catequesis al menos una vez al mes.
4. Que se exija al catequista una mínima vida sacramental de Misa y confesión.
5. Que los niños/as hagan su primera confesión el primer año y se vayan
habituando a confesarse antes de comulgar por vez primera.
6. Que inmediatamente después de la primera comunión se siga la catequesis de
poscomunión y pre-confirmación con el mismo catequista y que ese proceso
concluya con la Confirmación a la edad de DOCE años.
7. Que las llamadas "Misas de niños" sean Misas de FAMILIA donde se
eviten los shows que son pan para hoy
y hambre para mañana.
8. Y que los Obispos apoyen a los párrocos en todo este proceso, por si se
dieran quejas a la Diócesis por desacuerdo de parte de los padres que sólo
buscan el jolgorio de la fiesta de ese día (de la Primera Comunión).
De momento le doy estas ocho.
Un abrazo.
Fuente:
http://infocatolica.com/?t=opinion&cod=20489
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La Oración de los fieles,
edición española
José María Iraburu, sacerdote
–La Oración de los fieles en la Santa Misa es una gran Oración
que el Concilio Vaticano II restableció «de acuerdo con la primitiva norma de
los Santos Padres» (Sacrosanctum Concilium 53). Tiene su origen en los
Apóstoles, como se ve en algunas exhortaciones de San Pablo: «ruego, pues, lo
primero de todo, que se hagan oraciones, peticiones y acciones de gracias por
todos los hombres, por los reyes y por todos los constituidos en autoridad,
para que podamos llevar una vida tranquila y sosegada, con toda piedad y
respeto» (1Tim 2,1-2).
En esta gran Oración universal litúrgica «el pueblo, ejercitando su
oficio sacerdotal, ruega por todos los hombres» (Ordenación General del
Misal Romano 45), y «es muy útil para manifestar y favorecer la activa
participación» de los fieles (ib. 16). La Iglesia, en efecto, se
manifiesta en esa magna Oratio como «sacramento universal de salvación»
(LG 48; AG 1). La Esposa de Cristo, ya en documentos muy
antiguos, tiene por la fe una conciencia cierta de que ella está causando
continuamente con el Salvador el bien espiritual del mundo entero: «para
decirlo brevemente, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en
el mundo» (Carta a Diogneto VI,1; después del 150). En la solemne
liturgia del Viernes Santo se mantuvieron siempre una serie de oraciones por
las grandes intenciones de la Iglesia.
–Las principales normas litúrgicas para la
Oración de los fieles
las hallamos en el –Concilio Vaticano II (1963, SC 50), en las
instrucciones dadas en un fascículo por el –Consilium postconciliar para
la renovación de la liturgia (17-IV-1966, resumidas en la edición
española de la «Oración de los fieles», 1968, 1ª ed.), en la –Ordenación
General del Misal Romano (1970, nº 16, 45-47) y en las –Orientaciones
Pastorales que la Comisión Episcopal de Liturgia y su Secretariado
establecieron como introducción a la obra.
Dispone el Concilio que la Oración común o universal de los fieles
se haga «después del Evangelio y de la homilía» (SC 53). «Toca al sacerdote
celebrante dirigir estas súplicas, invitar a los fieles a la oración con
una breve monición y concluir las preces. Conviene que sea un diácono o un
cantor el que lea las intenciones. La asamblea entera expresa sus
súplicas o con una invocación común, que se pronuncia después de cada
intención, o con la oración en silencio» (OGMR 47).
«De suyo ha de ser un solo ministro el que proponga las intenciones,
salvo que sea conveniente usar más de una lengua en las peticiones. La
formulación de las intenciones por varias personas que van turnándose, exagera
el carácter funcional de esta parte de la Oración de los fieles y resta
importancia a la súplica de la asamblea» (Orientaciones 9). Esta norma
se infringe con frecuencia, también en las celebraciones más solemnes de la
Misa: Congresos Eucarísticos, etc.
«La serie de intenciones, normalmente, será la siguiente: 1- Por
las necesidades de la Iglesia. 2- Por los que gobiernan el Estado y por la
salvación del mundo. 3- Por los que sufren cualquier dificultad. 4- Por la
comunidad local» (OGMR 46; cf. Orientaciones, 10).
* * *
–El libro de la Oración de los fieles es un subsidio litúrgico de la
máxima importancia, pues en sus oraciones deben reafirmarse en forma orante
las principales verdades de la fe (lex orandi lex credendi), ha de
mostrarse a los fieles la situación real de la Iglesia y del mundo, y de modo
consecuente se deben suscitar las peticiones que han de ser elevadas a Dios con
mayor insistencia y urgencia. Importa, pues, muchísimo la calidad
doctrinal y orante de este libro, que da forma concreta en la Eucaristía a la
voz suplicante de la Esposa de Cristo. La oración de la Iglesia es la
fuerza más influyente en la historia del mundo.
Aquí trataré de la Oración de los fieles
editada por el Secretariado litúrgico de la Conferencia Episcopal Española. Convendría, quizá, que la nueva
Comisión Episcopal de Liturgia (2014-2017), elaborase un nuevo
subsidio litúrgico para la Oración de los fieles, pues aunque el actual
reúne un gran número de oraciones muy dignas y hermosas (519 formularios),
incluye también algunas bastante deficientes, y sobre todo omite o no integra
suficientemente algunas graves peticiones extremadamente urgentes que hoy la
Iglesia debería elevar al Señor.
Las observaciones que siguen son meras apreciaciones mías; pero creo que
están fundadas en la verdad y que son compartidas por muchos sacerdotes y
fieles laicos. Para el presente estudio tengo a mano la Oración de los
fieles de 1968 (339 pgs.), y las ediciones de 1992, 2005 y 2012 (595 pgs.).
Las tres últimas son idénticas, son meras reimpresiones, con el mismo número de
páginas. Eso indica que la obra, al menos desde hace ya veinte años, y quizá
más, permanece invariable, y que no se estima, al parecer, que sea necesaria o
posible su reelaboración.
La actual Oración de los fieles española
se expresa hoy en las peticiones con un lenguaje suave, eufemístico,
desdramatizado, políticamente correcto, no alarmante, que resulta desproporcionado a la gravedad
de los males que sufren la Iglesia y el mundo, y que no expresa el ardor
suplicante de la tradición bíblica y litúrgica de la Iglesia. En mi obra Oraciones de la Iglesia en la aflicción (Fundación GRATIS DATE, Pamplona
2001) recordaba yo el maravilloso genio suplicante de las oraciones de
Israel y de la Iglesia católica.
–Israel. «Dios mío, los gentiles han entrado en tu heredad, han
profanado tu santo templo, y tu viña ha sido devastada, pisoteada por los
animales. Estamos aplastados bajo el peso de nuestras culpas. No tenemos
sacerdotes, ni profetas, ni altar, y sufrimos dispersos, oprimidos,
esclavizados. Pero con toda justicia, Señor, han sobrevenido sobre nosotros
estas penas, porque en todo hemos pecado, apartándonos de tus preceptos. Y
reconocemos que no nos tratas como merecen nuestros pecados, ni nos pagas según
nuestras culpas… No nos abandones, Señor, apresúrate a socorrernos, por tu
bondad, por tu misericordia, no tardes, extiende tu brazo poderoso, ten piedad
de nosotros, acuérdate de las promesas que hiciste a nuestros padres, ven a
salvarnos, pues sólo en Ti ponemos nuestra esperanza». La luz de las oraciones
bíblicas es como un fuego luminoso, quemante y ardiente.
–Iglesia. En la antigüedad y en la edad media prosigue ese
clamor suplicante con una intensidad igual o acrecentada. En ella
encontramos en la liturgia ordinaria oraciones impresionantes, y aún más en las
rogativas hechas en tiempos de aflicción. Están siempre formuladas «in spiritu
humilitatis», «de profundis», y nacen a veces cuando el pueblo cristiano se ve
en extrema aflicción por herejías y cismas, por hambres, pestes y guerras…
«Señor Jesús, Redentor del mundo, nos acercamos a tu altar, y postrados en tu
presencia confesamos nuestros culpas, por las cuales somos justamente
oprimidos. Tu Iglesia, Señor, tu Esposa, que en los tiempos pasados fundaste y
ensalzaste, decae en el error, el pecado y la tristeza. Y no hay quien la
consuele y la levante, si no eres tú, oh Salvador nuestro. Tú conoces bien a
los que nos persiguen, vence a quienes nos combaten, humilla la soberbia de los
que blasfeman de Ti, cambia su mente y su corazón. Y restáuranos, Señor, por la
gloria de tu nombre, por la intercesión de tu santa Madre. No desprecies
nuestras súplicas cuando clamamos en la aflicción. Ven a visitarnos en la paz y
sácanos de la angustia presente. Amén». Ese de profundis humilde y
contrito, como el del publicano de la parábola, ese ardor audaz y esperanzado
de la súplica, vibran poco en la edición española de la Oración de los
fieles.
–Males muy graves que sufren hoy la Iglesia
y el mundo están escasamente aludidos en las preces de la Oración de los
fieles, y como
ya he dicho, se suelen expresar en un lenguaje suave, light, buenista,
moderado, eclesiásticamente correcto. No se ruega al Salvador, con la potencia
suplicante característica de la oración bíblica y de la tradición litúrgica de
la Iglesia, que se apresure a vencer los errores y los males que las mismas
preces claramente deberían indicar. Pongo algunos ejemplos.
-El ateísmo, en formas culturales muy diversas, crece más y más
en el mundo, prescindiendo de Dios, como de una hipótesis innecesaria y falsa.
Nunca en la historia de los pueblos la irreligiosidad había tenido una
extensión tan grande. «Es este ateísmo uno de los fenómenos más graves de
nuestro tiempo» (Vat. II, GS 19). Pero en la Oración de los fieles
se alude a este mal en formas leves y parcas.
-La apostasía de las naciones de antigua filiación cristiana
no se declara tampoco en forma abierta en la Oración como un hecho
terrible, ni se suscitan súplicas frecuentes, apremiantes y desgarradoras,
pidiendo al Señor que con la fuerza inmensa de su gracia conceda regresar a la
fe y a la vida de la Iglesia a todos los hijos pródigos que están dispersos,
cuidando cerdos y pasando hambre.
-La gran disminución de las Misiones en la Iglesia actual
fue ya señalada por Juan Pablo II: «la misión específica ad gentes
parece que se va parando» (Redemptoris missio 2), sustituida por el
diálogo interreligioso y el asistencialismo benéfico. No son raros los casos de
misioneros que declaran con satisfacción que ellos no predican el Evangelio a
los paganos, pues han superado la antigua teología de la misión. Y a esa
actitud frecuente en la Iglesia hoy se añade que en medio mundo es imposible
predicar el Evangelio, bajo pena de expulsión, cárcel o muerte: en los pueblos
islámicos, en China, en no pocas de las naciones hinduistas, en Israel. Sin
embargo, esta realidad dramática apenas se declara, aunque sea en forma
implícita, en la Oración de los fieles. Pocas veces se pide con apremio,
como San Pablo: «insistid en la oración, orando también por nosotros [los
apóstoles], para que Dios nos abra puerta para la Palabra, y podamos anunciar
el misterio de Cristo. Pedid que lo exponga como es debido» (Col 4,3-4).
-La anticoncepción sistemática en la mayoría de los
matrimonios cristianos es en la Iglesia actual uno de los más graves males,
que profana habitualmente la santidad de la unión conyugal, que degrada la vida
familiar, que amenaza gravemente a las naciones con un verdadero suicidio
demográfico. Pero estos terribles males apenas se mencionan en las Oraciones
cuando se alude a la familia. Por ellos tendría la Iglesia que suplicar al
Señor con gran frecuencia e insistencia: Señor, asiste a los esposos para que
no perviertan su matrimonio por medio de los anticonceptivos, separando el amor
conyugal y la apertura a la vida, de tal modo que colaboren fiel e
incondicionalmente con Dios Creador… Oraciones claras, conmovedoras, urgentes,
que al mismo tiempo 1) reiteren la doctrina católica de la moral conyugal, 2)
denuncien una situación generalizada de pecado, y 3) pidan a Dios con esperanza
su gracia salvadora.
-El divorcio, lo mismo. Hoy se multiplican más y más los
divorcios, cada vez más facilitados por leyes criminales, y con frecuencia
seguidos de segundas nupcias, es decir, de adulterios. Tampoco la Iglesia eleva
un clamor suplicante intenso y mantenido, para que Dios se apiade de su
pueblo, y le libre de esta plaga que destruye matrimonios y familias. En
general, las series de oraciones por los matrimonios (425-429 et passim)
reúnen súplicas muy verdaderas y correctas, pero que silencian casi siempre los
principales males que han de ser superados: la anticoncepción, el divorcio, el
adulterio.
-El aborto, la matanza de los inocentes, que continuamente crece
en el mundo, siendo el mayor horror y la vergüenza de nuestro tiempo, no
suscita en la Oración una súplica frecuente, dolorida, angustiada,
esperanzada, invocando la salvación que sólo puede darnos el Omnipotente
misericordioso. De modo semejante a la anticoncepción, apenas el aborto
es aludido con todas sus letras como una peste gravísima que ha de ser vencida
fundamentalmente por la oración, y precisamente por la Oración de los fieles en
la Eucaristía.
Casi al final de la Oración de los fieles (456-486) se incluyen
18 series de intenciones «por diversas necesidades o circunstancias»: paz,
enfermos, Seminario, Hispanoamérica, vocaciones, Pro Orantibus, Domund, Clero
indígena, Infancia misionera, comunicaciones sociales, Migraciones,
inauguración de curso (I-II), vacaciones, elecciones, buen tiempo, «en defensa
de la vida humana», Tráfico. Entre las siete intenciones «en defensa de la
vida humana», no se menciona, por supuesto, la anticoncepción; y en cuanto al
aborto, la única que se acerca un poco al tema dice: «Por la Iglesia, voz de
los que no tienen voz: para que, fiel a su misión de iluminar las conciencias
de los creyentes y de los hombres de buena voluntad, recuerde constantemente a
todos que la vida humana es un don precioso de Dios. Roguemos al Señor»… En eso
se queda. No, no basta. El combate orante de la Oración contra
«el crimen abominable» del aborto (GS 51), hecho legal y financiado en
la mayoría de las naciones de Occidente, exige que las armas de la oración
estén mucho más afiladas y se ejerciten con una fuerza contundente mucho más
grande y frecuente.
-Los alejados, el número abrumador de bautizados
no-practicantes, desvinculados durante decenios de la Eucaristía –a veces
el 80% o más en muchas Iglesias locales, algo nunca conocido en la historia de
la Iglesia–, no suscita el horror debido en las Oraciones, ni motiva
unas súplicas suficientemente insistentes y fervientes: No permitas, Señor, que
tus hijos bautizados, habitualmente alejados de la Eucaristía, malvivan, se
queden muertos, al no recibir a Cristo, pan de vida: «si no coméis mi carne… no
tendréis vida en vosotros» (Jn 6,53). Ésa es una súplica que, en variedad de
fórmulas, habría de estar casi siempre presente en las Misas, especialmente en
las Eucaristías dominicales. Pero, que yo recuerde, apenas se ora por esta
intención en la Oración de los fieles de la Misa IV de Pastores, y en
forma indirecta: «Por la multitud incontable de los bautizados que viven al
margen de la Iglesia. Roguemos al Señor» (398). Poco es eso. Muy poco.
–El impudor, el desprecio de la castidad, la pornografía,
aunque en el mundo y en el mismo pueblo cristiano produzcan estragos hoy en
proporciones quizá nunca conocidas, no dan lugar a las oraciones que habrían de
elevarse a Dios para librarnos de esas enormes epidemias mundiales, promovidas
por el diablo a través de potentísimos medios de comunicación, organismos
estatales y fundaciones de inmensa riqueza.
–El Purgatorio, posibilidad probable en la mayoría de los
cristianos difuntos, pues la mayoría mueren «imperfectamente purificados» (Catecismo
1030), apenas es aludido en los muy numerosos formularios de preces para las
Misas de difuntos (491-519). Por esta omisión, en la práctica, se colabora a
que en la conciencia del pueblo católico desaparezca la fe en el Purgatorio,
negado por los protestantes. Y el problema se agrava cuando no pocos sacerdotes
en la homilía declaran que «nuestro hermano goza ya de Dios en el cielo», o con
mayor optimismo aún: «ya ha resucitado»… En la Oración de los fieles, en
la gran mayoría de las preces, se pide a Dios lo que de Él se espera (lex
orandi, lex credendi): «que descansen de sus fatigas y tengan parte en la
resurrección gloriosa» (493), «que sea introducido en el reino de la luz y de
la vida» (495): así, sin más, sin aludir casi nunca a esa «purificación final»
que enseña la fe católica (Catecismo (1031).
Este cuadro erróneo se completa si el sacerdote elige en el Misal Romano
el formulario Por un difunto (6,B), que en la postcomunión pide a Dios «que
nuestro hermano viva ya la alegría de participar en la resurrección de Cristo»…
Ya. Por lo visto, sin que nos hayamos enterado, se ha cumplido ya la Parusía
del Señor, pues justamente cuando ella suceda, «en el último día», entonces
será la resurrección de los muertos (Catecismo 989; cf. Jn
6,39-40; Flp 3,20-21)… Es verdad que alguna vez la Oración alude al
Purgatorio sin nombrarlo: «Para que los fieles difuntos, purificados de
sus culpas, alcancen la eterna bienaventuranza» (492; cf. 505, 516);
pero lo hace muy pocas veces y con escasa claridad. No basta con eso, ni
remotamente, para confesar y confirmar la fe de la Iglesia.
–El diablo, que con la carne y el mundo es el más poderoso
enemigo del Reino de Dios en los hombres (Mt 13,1-23; Ef 2,1-3; 6,12 et
passim), apenas es mencionado en la Oración de los fieles.
Podría prolongarse ampliamente la lista de las grandes omisiones. Por
ejemplo, si en las 18 series de preces especiales (456-486), a las que he
aludido, se incluye un formulario para orar por «la responsabilidad en el
tráfico», ¿no habría más razón y mucha más urgencia para orar por los Centros
católicos de enseñanza –universidades, escuelas y colegios–, pidiendo al Señor
¡que den educación y doctrina católica a sus estudiantes!? Et sic de cæteris.
* * *
–Se evita generalmente en las preces
litúrgicas aludir de modo explícito a la confrontación del Reino y del mundo,
tan extremadamente fuerte en el tiempo actual. Los poderes del mundo se alzan hoy contra
Dios y contra su Mesías, rechazan a Cristo, el Salvador único del mundo, apartan
positivamente de las sociedades su yugo suave, estimándolo aplastante. Los
gobernantes de las naciones, obligados a veces por los grandes Organismos
Internacionales, producen leyes abiertamente criminales, contrarias tanto al
orden natural del Creador como a los mandatos de Cristo Rey: leyes que fomentan
los pecados, inculcándolos en leyes, planes educativos y medios de
comunicación, e incluso a veces los financian: anticoncepción y aborto,
divorcio, ideología del género y homosexualidad, destrucción del matrimonio y
de la familia, eutanasia, ruptura sistemática con toda la tradición nacional
cristiana, falsificación de la historia, adiestramiento de niños y adolescentes
en las formas diversas de la fornicación, presentándolas todas como igualmente
«naturales», normales y sanas, etc.
La Oración de los fieles parece ignorar esta realidad enorme del
tiempo presente. El grupo de las preces que, según está mandado, se elevan a
Dios «por los que gobiernan el Estado», son beatíficas, serenas, neutrales,
moderadas, correctas. En modo alguno expresan esa «dura batalla» (GS 37)
que atraviesa toda la historia humana «entre el bien y el mal, entre la luz y
las tinieblas» (ib. 13), es decir, entre Cristo y Satanás, entre
aquellos que son ovejas y los que son lobos. Son paupérrimas, pero
políticamente impecables:
«Para que los dirigentes políticos de nuestro país y de todos los países
del mundo cumplan sus palabras y promesas (sic!), en orden al bien común
de los ciudadanos», como si fuera deseable siempre que sus intenciones y
palabras se cumplieran… «Por los gobernantes de las naciones, para que respeten
los derechos de los ciudadanos y trabajen por lo que conduce a la dignidad de
la persona»… «Para que fomenten siempre la paz y el desarrollo, y respeten la
justicia y la libertad. Roguemos al Señor»… Son súplicas diplomáticas,
inatacables, sea cual fuere el régimen político imperante. Pólvora mojada. No
molestan a nadie. Ni denuncian con vigor los gravísimos males que tantos
poderes políticos, aplicando una ingeniería social diabólica, causan en los
pueblos, conduciéndolos por caminos de perdición. No pide la Iglesia al Señor
con audacia esperanzada, combativa, suplicante, que sujete con su brazo
poderoso a los gobernantes malignos, que les dé un corazón nuevo, que confunda
sus intentos y detenga sus acciones criminales. Él, que vive y reina por
los siglos de los siglos. Amén.
–La persecución de los cristianos en el mundo, terrible hoy en bastantes naciones
–marginación, expolios, exilios, incendio de iglesias, violaciones, cárcel,
muerte– tendría que suscitar en la Iglesia una oración sumamente frecuente y
apremiante, como la de los primeros cristianos cuando fue Pedro encarcelado:
«la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él» (Hch 12,5). Pero ese magnus
clamor, que no se produjo en el siglo XX, cuando el Imperio Comunista aplastaba
a los cristianos en tantas naciones, tampoco se alza en el XXI, cuando el
cristianismo es entre todas las religiones del mundo la más perseguida, con
gran diferencia…
Se diría que no nos duelen los azotes terribles que sufren
nuestros hermanos. Pareciera que no somos miembros de un mismo Cuerpo, y que
los golpes que unos reciben no duelen igualmente a los otros. La Oración
de los fieles debería suscitar ese dolor y la súplica consecuente al Señor;
pero apenas cuando se celebra Misa de mártires se alude discretamente a esos
sufrimientos: «Por los cristianos que sufren persecución o discriminación
social por su fidelidad al Evangelio: para que salgan fortalecidos de la
prueba» (404). Y con eso sólo, orado de vez en cuando, con eso nos quedamos. No
está bien. Está mal.
–La insuficiencia soteriológica y la tendencia horizontalista son
también bastante acusadas en la Oración de los fieles. El Misal Romano,
como ya indiqué, señala cuatro intenciones que no deben faltar en la Oración de
los fieles, y la segunda es «por los que gobiernan el Estado y por la
salvación del mundo» (OGMR 46). Las Orientaciones de la
edición española enumeran también esos cuatro grupos de intenciones, pero no
mencionan «la salvación del mundo», no se sabe –sí se sabe– con qué razón:
hablan simplemente de «las naciones y los asuntos públicos». Y de hecho, raras
veces la Oración pide «por la conversión de los pecadores», aunque
emplee a veces, sobre todo en los formularios de Cuaresma, expresiones suaves
equivalentes. En todo caso, se evita casi siempre aludir al peligro de la
condenación eterna. Una frase como «líbranos de la condenación eterna», la
del Canon Romano de la Misa, apenas resulta imaginable en la Oración
de los fieles. Sería como un rayo que estalla de pronto en una noche
serena. La salvación o condenación de los hombres, constantemente aludidas en
el Evangelio predicado por Cristo, es un tema que prácticamente queda fuera de
la Oración de los fieles.
Esta cuestión es tan grave que requiere una
consideración un poco más amplia. La fe distingue en el mundo de los males tres momentos: 1º– el
pecado (el acto culpable, rechazar la voluntad de Dios, resistir la moción
de su gracia, mentir, ofender al prójimo, robar, matar, etc.); 2º– las
consecuencias temporales del pecado (injusticia, hambre, soledad,
violencia, angustia, guerra, pobreza, etc.), y 3º– la consecuencia eterna
del pecado, la condenación, el infierno. Pues bien, en la Oración de los
fieles, la inmensa mayoría de las intenciones olvidan pedir la liberación
1º del pecado y 3º de la condenación eterna, y casi todas van referidas a la
liberación 2º de las consecuencias actuales del pecado. Horizontalismo
no-soteriológico.
Un ejemplo lamentable de lo que señalo podemos verlo en las intenciones
para la Misa del día en la Natividad del Señor. En ese formulario de
preces se pide por la difusión de la Buena Nueva de la salvación, por todos los
pueblos, por todos los que sufren, por los difuntos, por nuestra ciudad. Pero
apenas pide al Salvador que salve del pecado a los hombres. Los Evangelios, por
el contrario, celebran al narrar el Nacimiento de Jesús que «nos ha nacido un
Salvador», que «quita el pecado del mundo» (Lc 2,11; Jn 1,29), y que lleva «por
nombre Jesús, porque él salvará al pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). Y eso
es lo que la Liturgia católica ha de celebrar ante todo en la Natividad de
Jesús, orientando sus peticiones en esa dirección. Bendito sea Dios, que por
nuestro Señor Jesús nos salva 1º del pecado, 3º de la condenación eterna, y
también en buena parte 2º de las consecuencias del pecado en este mundo. Pero
no. La Oración de los fieles invoca a Jesús casi exclusivamente como al
Salvador de las consecuencias temporales del pecado:
«Por todos los pueblos, razas y naciones: para que encuentren la paz,
don de Dios y fruto del amor y la justicia, y cesen las guerras, la segregación
racial y toda clase de opresión y de violencia». «Por todos aquellos que llevan
en su carne la señal de Cristo pobre y paciente: los enfermos, los que pasan
hambre, los emigrantes, los presos, los exiliados, los refugiados, los
marginados sociales, los mal vistos, los que sufren los horrores de la guerra,
los que lloran la pérdida de sus seres queridos, los que no tienen trabajo, los
que viven sin hogar, los ancianos que viven solos, los niños huérfanos: para
que puedan sentirse amados de Dios y sus corazones se llenen de gozo. Roguemos
al Señor». De los pecadores, nada. Y las otras preces insisten en lo mismo:
«hambre, enfermedad, soledad, prisioneros, refugiados, desterrados, emigrantes»…
Bien está suplicar al Señor que, por el nacimiento humano de su Hijo eterno,
alivie al mundo de las consecuencias del pecado (2º); pero mal está que no se
pida para los hombres la salvación del pecado (1º) y de la condenación eterna (3º).
¡Pues esto es lo principal que nos concede la gloriosa Natividad de
Jesús!
Esta tendencia horizontalista se manifiesta con gran frecuencia
en la Oración de los fieles, y es una de sus deficiencias más graves y
frecuentes. Se verá, por ejemplo, defraudado aquel que, celebrando la gloriosa Asunción
del Señor a los cielos, espere encontrar en la Oración de los fieles
súplicas ascensionales: «levantemos el corazón. Lo tenemos levantado hacia el
Señor», o exhortaciones orantes como la de San Pablo: «si habéis resucitado con
Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de
Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Col 3,1-2).
Apenas hallará apuntado ese espíritu (163, 1ª petición) en el conjunto de los
cinco formularios que se ofrecen (163-167).
* * *
–Las deficiencias y omisiones que observamos en la Oración de los
fieles afectan a muchos puntos de la doctrina y espiritualidad de la
Iglesia, que no es posible enumerar completamente. –Los Pastores (395-398)
guían, cuidan, enseñan, denuncian… pero no se menciona que celebren la
Eucaristía, el Sacrificio de la Nueva Alianza, y los sacramentos. –Las
Vírgenes (405-406): se pide por ellas y por muchos otros, cumpliendo con
todos… pero no se alude a la vinculación especial de las vírgenes consagradas
con Cristo Esposo. –Por la unidad de los cristianos (443-450) ofrece más
de una vez súplicas «por todas las Iglesias», como si hubiera más de
una, la Católica. Y el mismo error aparece en otras ocasiones: «Para que la
gracia de Dios brille sobre las Iglesias desunidas» (90)… No se está refiriendo
la oración a la unión de «las Iglesias» locales católicas, expresión plural que
sería tradicional y verdadera, sino a las diversas confesiones y comunidades
cristianas: a un montón de «Iglesias»… En fin, se da en la Oración de los
fieles un conjunto de deficiencias y omisiones que, siendo diversas,
manifiestan siempre un mismo espíritu, el de los años 70, que aún persiste
atenuado: van todas en la misma dirección.
–La Oración de los fieles es muy escasa en expresiones
bíblicas. Contrasta mucho en esto con las Preces de Laudes y
Vísperas, elaboradas en la nueva Liturgia de las Horas, pues en éstas
son frecuentes las peticiones que parafrasean textos bíblicos. Trenzan así en
las oraciones litúrgicas Palabras divinas y palabras humanas. Y ello tiene
mayor importancia de lo que pueda parecer a primera vista. Miro, por ejemplo,
la I Semana del Tiempo Ordinario: «Padre todopoderoso, haz que florezca
en la tierra la justicia y que tu pueblo se alegre en la paz» (Dom., Iª
vísp.), «Glorifiquemos al Señor Jesús, luz que alumbra a todo hombre y Sol de
justicia que no conoce el ocaso, y digámosle: ¡Oh Señor, vida y salvación
nuestra!» (ib. laudes). «Que baje hoy a nosotros tu bondad y haga
prósperas las obras de nuestras manos» (lunes, laudes), «Salva a tu
pueblo, Señor, y bendice tu heredad» (ib. vísp.), «Congrega en la unidad
a todos los cristianos, para que el mundo crea en Cristo, tu enviado» (ib.)…
Son oraciones profundamente inspiradas en la Biblia, en la Liturgia cristiana,
en la tradición de los Padres y grandes Maestros espirituales, que nos
mantienen dentro del mundo armonioso de la fe católica.
Neologismos expresivos. La Oración de los fieles,
escasa de inspiración y de terminología bíblica, aunque guarda en sus preces
habitualmente un nivel digno y ortodoxo, emplea a veces palabras extrañas a la
tradición litúrgica y al pensamiento cristiano. La introducción ocasional de
estas expresiones modernas no produce en ella ningún efecto positivo.
–«Para que los jóvenes y los adolescentes de hoy se sientan interrogados
por el sacerdocio y lo acojan como proyecto para su vida» (460):
interrogados… acoger como proyecto. Más bien: para que los jóvenes y
adolescentes que sean llamados por Dios al sacerdocio acojan fielmente ese
ministerio apostólico sacramental, hoy muy escaso en tantos lugares de la
Iglesia. O algo así.
–Otro ejemplo: …«que nuestros pastores vivan ilusionadamente su
entrega y servicio a los hombres» (461). Ilusión, ilusionadamente, son palabras
prácticamente ajenas al lenguaje cristiano y litúrgico, y tampoco suponen una
adición positiva. Los cristianos vivimos de la fe (Rm 1,17), no de ilusiones;
vivimos de la fe operante por la caridad (Gal 5,6). Las ilusiones no tienen
verdadera realidad. Es cierto que el lenguaje moderno ha dado al término “ilusión”
una posible acepción de esperanza, pero ha sido un desarrollo semántico
precario, sin un fundamento en la realidad, porque inevitablemente se mantendrá
siempre como acepción primera de ilusión la que indica el DRAE:
«concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por
la imaginación o causados por engaño de los sentidos». No camina por ahí el
pensamiento y la vida de los cristianos. Por eso la liturgia católica siempre
emplea términos realistas, acepciones propias, objetivas, creando un lenguaje
sagrado que excluye deliberadamente las expresiones imprecisas del lenguaje
popular y vulgar, aunque empleadas éstas en su sitio sean perfectamente
legítimas.
¿Soluciones? No parece que sea posible revisar un
libro de casi 600 páginas, y conseguir mejorarlo. Más bien sería
deseable que la Comisión Episcopal de Liturgia, por medio de su Secretariado,
lograra la elaboración de una Nueva Oración de los fieles, renunciando a
la reimpresión indefinida de la anterior. Y si no se viera posible a corto
plazo la creación de esta nueva obra, quizá fuera más viable y conveniente que
publicase una adaptación de las preces para la Eucaristía logradas con mayor
perfección en otras naciones y en otras lenguas.
***
Post post.– En El libro de la Sede, otro
importante subsidio litúrgico del Secretariado Nacional de Liturgia, editado
por primera vez en 1983 (796 págs.; reimpresión actualizada, 2010, 911 pgs.),
se contienen también formularios para la Oración de los fieles, que son
bastante semejantes, en méritos y en defectos, a la obra que acabo de analizar.
Hoy, por ejemplo, Lunes IV de Cuaresma, tiempo de gracia y conversión,
se hacen seis peticiones en favor de «los que lloran… enfermos… tristes… necesitados…
oprimidos… esperanza». Ninguna petición por la conversión nuestra, de los
pecadores, de los que viven lejos de Cristo. Es tremendo.
Sólo otra observación crítica concreta. Con alguna frecuencia se
proponen en El libro de la Sede unas intenciones que van en dos partes:
la primera afirma una verdad o testimonia un hecho; y la segunda eleva sobre el
tema una oración suplicante. Por ejemplo: «Son las realidades efímeras: el
dinero, el placer, el poder, el dominio, el prestigio, lo que más se valora. Para
que todos comprendan que la presentación de este mundo se termina y que el
momento de la conversión es apremiante, roguemos al Señor» (III Dom. T.Ord.-Año
B). Pues bien, esta forma de oración litúrgica, que yo sepa, no tiene
precedente en la tradición de la Iglesia. La primera parte es no-orante; y,
partiendo de ella, se eleva en la segunda parte el vuelo de la oración. Resulta
así una dualidad inconveniente. La considero una fórmula fallida. La liturgia
tradicional uniría las dos partes en un vuelo oracional único: «Muestra, Señor,
a tus fieles la condición efímera del dinero, del placer, del prestigio, para
que siempre entiendan que la presentación de este mundo se termina y que el
momento de la conversión es apremiante. Te lo pedimos, Señor». Así sí. La
intención formulada al modo tradicional unido-continuo es mucho más favorable
para la oración de la asamblea litúrgica.
Fuente: http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1403300859-265-liturgia-1-la-oracion-de
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Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.
Veni, Sancte Spiritus
Veni, Sancte Spíritus,
et emítte cælitus lucis
tuæ rádium.
Veni, pater páuperum,
veni, dator múnerum,
veni, lumen córdium.
Consolátor óptime,
dulcis hospes ánimæ,
dulce refrigérium.
In labóre réquies,
in æstu tempéries,
in fletu solácium.
O lux beatíssima,
reple cordis íntima
tuórum fidélium.
Sine tuo númine,
nihil est in hómine
nihil est innóxium.
Lava quod est sórdidum,
riga quod est áridum,
sana quod est sáucium.
Flecte quod est rígidum,
fove quod est frígidum,
rege quod est dévium.
Da tuis fidélibus,
in te confidéntibus,
sacrum septenárium.
Da virtútis méritum,
da salútis éxitum,
da perénne gáudium. Amen.
Fuente:
http://www.vatican.va/archive/compendium_ccc/documents/archive_2005_compendium-ccc_sp.html
Nota: la versión en español no es una traducción literal de la versión en
latín.
Vuelve a la Tabla de Contenidos
“Hoy se hace necesario rehabilitar la
auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de
la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo
que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice
San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los
discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una
apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.”
(Documento de Aparecida, n. 229).
Contacto: feyrazon@gmail.com
Fundadores de la Revista: Ing. Daniel Iglesias, Lic. Néstor Martínez,
Diác. Jorge Novoa.
Equipo de Dirección: Ing. Daniel Iglesias, Lic. Néstor Martínez, Ec. Rafael Menéndez.
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2. Daniel Iglesias Grèzes, Razones para nuestra esperanza. Escritos de apologética católica.
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publicados en “Fe y Razón”.
4. Guzmán Carriquiry Lecour, Realidad y perspectivas del laicado católico en nuestro tiempo.
5. Miguel Antonio Barriola, “Cristo amó a la Iglesia” (Ef 5,25). Reflexiones sobre la cristología
de J. L. Segundo y la eclesiología de H. Küng.
6. Horacio Bojorge, Teologías deicidas. El pensamiento de Juan Luis Segundo en su
contexto, Segunda edición.
7. Daniel Iglesias Grèzes, En el principio era el Logos. Apologética católica en diálogo con los
no creyentes.
8. Daniel Iglesias Grèzes, Vosotros sois la sal de la tierra. El choque entre la civilización
cristiana y la cultura de la muerte.
9. Daniel Iglesias Grèzes, Soy amado, luego existo. Reflexiones sobre el darwinismo, el diseño
inteligente y la fe cristiana.
10. María Cristina Araújo Azarola, ¡Atrévanse a pensar! Selección de escritos
filosóficos.
11.
Néstor
Martínez Valls, “No sin grave daño”. La
necesidad urgente de la filosofía tomista en la Iglesia y en el mundo.
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