Fe y Razón

Revista virtual gratuita de teología

Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 97 –7 de abril de 2014

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

(“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”)

Santo Tomás de Aquino

 

 

“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

Contacto: feyrazon@gmail.com

 

 

Fundadores de la Revista: Ing. Daniel Iglesias, Lic. Néstor Martínez, Diác. Jorge Novoa.

 

Equipo de Dirección: Ing. Daniel Iglesias, Lic. Néstor Martínez, Ec. Rafael Menéndez.

 

Colaboradores: Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola, R. P. Lic. Horacio Bojorge, Mons. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Carlos Caso-Rosendi, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Mons. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Diác. Prof. Milton Iglesias Fascetto, Pbro. Dr. José María Iraburu, Diác. Jorge Novoa, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Pbro. Miguel Pastorino, Santiago Raffo, Juan Carlos Riojas Álvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Señor Resucitado, danos el Espíritu Santo

Equipo de Dirección

Magisterio

La libertad y la ley

Papa Beato Juan Pablo II

Magisterio

Un aporte a la reflexión en este tiempo electoral

Los Obispos del Uruguay

Biblia

¿Pentecostés o Babel?

Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola

Biblia

La tentación del “respeto humano”

Diác. Jorge Novoa

Pastoral

Reflexiones sobre la necesidad actual de la apologética

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Historia

Hernán Cortés, pecador y apóstol

Pbro. Dr. José María Iraburu

Familia y Vida

Animalismo y antihumanismo

Lic. Néstor Martínez Valls

Familia y Vida

Comunicado con motivo del Día Internacional del Niño por Nacer

Asociación Familia y Vida – Madrinas por la Vida – Centro de Bioética Rioplatense

Oración

Pregón Pascual

Wikipedia

 

 

Señor Resucitado, danos el Espíritu Santo

 

Equipo de Dirección

 

Recordemos el relato de la primera aparición de Cristo resucitado a sus discípulos en el Evangelio de Juan: “Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros.” Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: “La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.” Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.”” (Juan 20,19-23).

 

El domingo. La resurrección de Cristo ocurrió en “el primer día de la semana”. Por eso ese día se transformó en “el día del Señor”, el domingo cristiano. En el Evangelio de Juan las primeras dos apariciones de Jesús resucitado tienen lugar en domingo. La primera aparición se produce el mismo día de la resurrección de Cristo. La segunda aparición se produce “ocho días después”, es decir (según el modo hebreo de contar los días), el domingo siguiente. Este detalle no es una mera casualidad. Los primeros cristianos celebraban la eucaristía sólo los domingos. Juan destaca la importancia de la celebración eucarística del domingo como lugar de encuentro de los cristianos con Jesús resucitado.

 

La paz. Jesús resucitado dirige tres veces a sus discípulos el saludo de paz. La palabra hebrea “shalom” (=paz) significaba la integridad del cuerpo, la liberación aportada por el Mesías y la felicidad perfecta. El triple saludo de paz de Jesús resucitado a sus discípulos no es mera cortesía, sino un signo eficaz mediante el cual Jesús les reitera el don de su paz, otorgado ya en la Última Cena. Jesús posee la paz y la comunica como un regalo suyo. La paz de Cristo es distinta de la que da el mundo; excluye la turbación y el miedo y va ligada a la esperanza de un encuentro definitivo con Cristo.

 

La alegría. Jesús motiva el reconocimiento de sus discípulos presentándose en medio de ellos y mostrando las manos y el costado. El encuentro con Jesús resucitado hace pasar a los discípulos del miedo a la alegría, parte integrante de la paz de Cristo. Los discípulos pasan del encierro por miedo a los judíos a la alegría de haber visto al Señor.

 

La misión. El don de la paz es seguido por el envío o misión. El encuentro con Jesús resucitado conlleva una misión. Jesús, el enviado del Padre, envía a sus discípulos a dar testimonio de Él. La misión de los discípulos manifiesta que la resurrección de Jesús es para todos los hombres una fuente inagotable de alegría y paz. Los discípulos obedecieron inmediatamente el mandato misionero, anunciando al Apóstol Tomás la resurrección de Jesús.       

 

Jesús, modelo de sus discípulos. “Como el Padre me envió, también yo os envío”. Jesús, el enviado del Padre, es el modelo de los discípulos enviados por Jesús. El Evangelio nos invita a ser enviados de Jesucristo, testigos de su resurrección. Para ser un enviado de Jesucristo, el discípulo debe recibir el Espíritu Santo, el cual lo capacita para vivir en la paz de Cristo y para amar y perdonar como Jesús ama y perdona.

 

El Espíritu Santo. A fin de fortalecer a los discípulos para su misión, Jesús resucitado les comunica el Espíritu Santo. Éste capacita a los discípulos para hacer lo mismo que hace Jesús. El don del Espíritu Santo es simbolizado por el soplo de Jesús sobre los discípulos. En los dos momentos de su glorificación (muerte y resurrección), Jesús entregó su Espíritu, cumpliendo la Promesa de la Última Cena. El Evangelio de Juan, al unir el día de Pentecostés con el día de Pascua, subraya la relación de la misión de la Iglesia con la resurrección de Cristo. El Espíritu Santo Consolador da a los discípulos la paz, la alegría y la fuerza para realizar la misión que Jesús les encomienda. El Espíritu Santo, enviado por el Padre en nombre del Hijo, recuerda a los discípulos las palabras de Jesucristo, Palabra del Padre y luz verdadera, está siempre con ellos y mora en ellos, en unión con el Padre y el Hijo.

 

La reconciliación. Como Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, la misión de sus discípulos incluye el ministerio del perdón de los pecados. La reconciliación con Dios y con los hermanos es necesaria para alcanzar la paz y la alegría que los discípulos han recibido en su encuentro con el Resucitado.

 

***

 

Dios todopoderoso y eterno, te rogamos que en la gran fiesta de la Pascua de tu Hijo, Nuestro Señor, nos concedas, por medio de tu Santo Espíritu, llegar a ser testigos fieles de Cristo resucitado, y agentes de verdadera reconciliación, alegría y paz.

 

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La libertad y la ley

 

Papa Juan Pablo II

 

«Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás» (Gn 2,17)

 

35. Leemos en el libro del Génesis: «Dios impuso al hombre este mandamiento: "De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio"» (Gn 2,16-17).

 

Con esta imagen, la Revelación enseña que el poder de decidir sobre el bien y el mal no pertenece al hombre, sino sólo a Dios. El hombre es ciertamente libre, desde el momento en que puede comprender y acoger los mandamientos de Dios. Y posee una libertad muy amplia, porque puede comer «de cualquier árbol del jardín». Pero esta libertad no es ilimitada: el hombre debe detenerse ante el árbol de la ciencia del bien y del mal, por estar llamado a aceptar la ley moral que Dios le da. En realidad, la libertad del hombre encuentra su verdadera y plena realización en esta aceptación. Dios, el único que es Bueno, conoce perfectamente lo que es bueno para el hombre, y en virtud de su mismo amor se lo propone en los mandamientos.

 

La ley de Dios, pues, no atenúa ni elimina la libertad del hombre, al contrario, la garantiza y promueve. Pero, en contraste con lo anterior, algunas tendencias culturales contemporáneas abogan por determinadas orientaciones éticas que tienen como centro de su pensamiento un pretendido conflicto entre la libertad y la ley. Son las doctrinas que atribuyen a cada individuo o a los grupos sociales la facultad de decidir sobre el bien y el mal: la libertad humana podría «crear los valores» y gozaría de una primacía sobre la verdad, hasta el punto de que la verdad misma sería considerada una creación de la libertad; la cual reivindicaría tal grado de autonomía moral que prácticamente significaría su soberanía absoluta.

 

36. La demanda de autonomía que se da en nuestros días no ha dejado de ejercer su influencia incluso en el ámbito de la teología moral católica. En efecto, si bien ésta nunca ha intentado contraponer la libertad humana a la ley divina, ni poner en duda la existencia de un fundamento religioso último de las normas morales, ha sido llevada, no obstante, a un profundo replanteamiento del papel de la razón y de la fe en la fijación de las normas morales que se refieren a específicos comportamientos «intramundanos», es decir, con respecto a sí mismos, a los demás y al mundo de las cosas.

 

Se debe constatar que en la base de este esfuerzo de replanteamiento se encuentran algunas demandas positivas, que, por otra parte, pertenecen, en su mayoría, a la mejor tradición del pensamiento católico. Interpelados por el concilio Vaticano II 60, se ha querido favorecer el diálogo con la cultura moderna, poniendo de relieve el carácter racional –y por lo tanto universalmente comprensible y comunicable– de las normas morales correspondientes al ámbito de la ley moral y natural 61. Se ha querido reafirmar, además, el carácter interior de las exigencias éticas que derivan de esa misma ley y que no se imponen a la voluntad como una obligación, sino en virtud del reconocimiento previo de la razón humana y, concretamente, de la conciencia personal.

 

Algunos, sin embargo, olvidando que la razón humana depende de la Sabiduría divina y que, en el estado actual de naturaleza caída, existe la necesidad y la realidad efectiva de la divina Revelación para el conocimiento de verdades morales incluso de orden natural 62, han llegado a teorizar una completa autonomía de la razón en el ámbito de las normas morales relativas al recto ordenamiento de la vida en este mundo. Tales normas constituirían el ámbito de una moral solamente «humana», es decir, serían la expresión de una ley que el hombre se da autónomamente a sí mismo y que tiene su origen exclusivamente en la razón humana. Dios en modo alguno podría ser considerado autor de esta ley, a no ser en el sentido de que la razón humana ejerce su autonomía legisladora en virtud de un mandato originario y total de Dios al hombre. Ahora bien, estas tendencias de pensamiento han llevado a negar, contra la sagrada Escritura (cf. Mt 15,3-6) y la doctrina perenne de la Iglesia, que la ley moral natural tenga a Dios como autor y que el hombre, mediante su razón, participe de la ley eterna, que no ha sido establecida por él.

 

37. Queriendo, no obstante, mantener la vida moral en un contexto cristiano, ha sido introducida por algunos teólogos moralistas una clara distinción, contraria a la doctrina católica 63, entre un orden ético –que tendría origen humano y valor solamente mundano–, y un orden de la salvación, para el cual tendrían importancia sólo algunas intenciones y actitudes interiores ante Dios y el prójimo. En consecuencia, se ha llegado hasta el punto de negar la existencia, en la divina Revelación, de un contenido moral específico y determinado, universalmente válido y permanente: la Palabra de Dios se limitaría a proponer una exhortación, una parénesis genérica, que luego sólo la razón autónoma tendría el cometido de llenar de determinaciones normativas verdaderamente «objetivas», es decir, adecuadas a la situación histórica concreta. Naturalmente una autonomía concebida así comporta también la negación de una competencia doctrinal específica por parte de la Iglesia y de su magisterio sobre normas morales determinadas relativas al llamado «bien humano». Éstas no pertenecerían al contenido propio de la Revelación y no serían en sí mismas importantes en orden a la salvación.

 

No hay nadie que no vea que semejante interpretación de la autonomía de la razón humana comporta tesis incompatibles con la doctrina católica.

 

En este contexto es absolutamente necesario aclarar, a la luz de la palabra de Dios y de la tradición viva de la Iglesia, las nociones fundamentales sobre la libertad humana y la ley moral, así como sus relaciones profundas e internas. Sólo así será posible corresponder a las justas exigencias de la racionalidad humana, incorporando los elementos válidos de algunas corrientes de la teología moral actual, sin prejuzgar el patrimonio moral de la Iglesia con tesis basadas en un erróneo concepto de autonomía.

 

Dios quiso dejar al hombre «en manos de su propio albedrío» (Si 15,14)

 

38. Citando las palabras del Eclesiástico, el concilio Vaticano II explica así la «verdadera libertad» que en el hombre es «signo eminente de la imagen divina»: «Quiso Dios "dejar al hombre en manos de su propio albedrío", de modo que busque sin coacciones a su Creador y, adhiriéndose a Él, llegue libremente a la plena y feliz perfección» 64. Estas palabras indican la maravillosa profundidad de la participación en la soberanía divina, a la que el hombre ha sido llamado; indican que la soberanía del hombre se extiende, en cierto modo, sobre el hombre mismo. Éste es un aspecto puesto de relieve constantemente en la reflexión teológica sobre la libertad humana, interpretada en los términos de una forma de realeza. Dice, por ejemplo, san Gregorio Niseno: «El ánimo manifiesta su realeza y excelencia... en su estar sin dueño y libre, gobernándose autocráticamente con su voluntad. ¿De quién más es propio esto sino del rey?... Así la naturaleza humana, creada para ser dueña de las demás criaturas, por la semejanza con el soberano del universo fue constituida como una viva imagen, partícipe de la dignidad y del nombre del Arquetipo» 65.

 

Gobernar el mundo constituye ya para el hombre un cometido grande y lleno de responsabilidad, que compromete su libertad a obedecer al Creador: «Henchid la tierra y sometedla» (Gn 1,28). Bajo este aspecto cada hombre, así como la comunidad humana, tiene una justa autonomía, a la cual la constitución conciliar Gaudium et spes dedica una especial atención. Es la autonomía de las realidades terrenas, la cual significa que «las cosas creadas y las sociedades mismas gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar paulatinamente» 66.

 

39. No sólo el mundo, sino también el hombre mismo ha sido confiado a su propio cuidado y responsabilidad. Dios lo ha dejado «en manos de su propio albedrío» (Si 15,14), para que busque a su creador y alcance libremente la perfección. Alcanzar significa edificar personalmente en sí mismo esta perfección. En efecto, igual que gobernando el mundo el hombre lo configura según su inteligencia y voluntad, así realizando actos moralmente buenos, el hombre confirma, desarrolla y consolida en sí mismo la semejanza con Dios.

 

El Concilio, no obstante, llama la atención ante un falso concepto de autonomía de las realidades terrenas: el que considera que «las cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre puede utilizarlas sin hacer referencia al Creador» 67. De cara al hombre, semejante concepto de autonomía produce efectos particularmente perjudiciales, asumiendo en última instancia un carácter ateo: «Pues sin el Creador la criatura se diluye... Además, por el olvido de Dios la criatura misma queda oscurecida» 68.

 

40. La enseñanza del Concilio subraya, por un lado, la actividad de la razón humana cuando determina la aplicación de la ley moral: la vida moral exige la creatividad y la ingeniosidad propias de la persona, origen y causa de sus actos deliberados. Por otro lado, la razón encuentra su verdad y su autoridad en la ley eterna, que no es otra cosa que la misma sabiduría divina 69. La vida moral se basa, pues, en el principio de una «justa autonomía» 70 del hombre, sujeto personal de sus actos. La ley moral proviene de Dios y en Él tiene siempre su origen. En virtud de la razón natural, que deriva de la sabiduría divina, la ley moral es, al mismo tiempo, la ley propia del hombre. En efecto, la ley natural, como se ha visto, «no es otra cosa que la luz de la inteligencia infundida en nosotros por Dios. Gracias a ella conocemos lo que se debe hacer y lo que se debe evitar. Dios ha donado esta luz y esta ley en la creación» 71. La justa autonomía de la razón práctica significa que el hombre posee en sí mismo la propia ley, recibida del Creador. Sin embargo, la autonomía de la razón no puede significar la creación, por parte de la misma razón, de los valores y de las normas morales 72. Si esta autonomía implicase una negación de la participación de la razón práctica en la sabiduría del Creador y Legislador divino, o bien se sugiriera una libertad creadora de las normas morales, según las contingencias históricas o las diversas sociedades y culturas, tal pretendida autonomía contradiría la enseñanza de la Iglesia sobre la verdad del hombre 73. Sería la muerte de la verdadera libertad: «Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque, el día que comieres de él, morirás sin remedio» (Gn 2,17).

 

41. La verdadera autonomía moral del hombre no significa en absoluto el rechazo, sino la aceptación de la ley moral, del mandato de Dios: «Dios impuso al hombre este mandamiento...» (Gn 2,16). La libertad del hombre y la ley de Dios se encuentran y están llamadas a compenetrarse entre sí, en el sentido de la libre obediencia del hombre a Dios y de la gratuita benevolencia de Dios al hombre. Y, por tanto, la obediencia a Dios no es, como algunos piensan, una heteronomía, como si la vida moral estuviese sometida a la voluntad de una omnipotencia absoluta, externa al hombre y contraria a la afirmación de su libertad. En realidad, si heteronomía de la moral significase negación de la autodeterminación del hombre o imposición de normas ajenas a su bien, tal heteronomía estaría en contradicción con la revelación de la Alianza y de la Encarnación redentora, y no sería más que una forma de alienación, contraria a la sabiduría divina y a la dignidad de la persona humana.

 

Algunos hablan justamente de teonomía, o de teonomía participada, porque la libre obediencia del hombre a la ley de Dios implica efectivamente que la razón y la voluntad humana participan de la sabiduría y de la providencia de Dios. Al prohibir al hombre que coma «del árbol de la ciencia del bien y del mal», Dios afirma que el hombre no tiene originariamente este «conocimiento», sino que participa de él solamente mediante la luz de la razón natural y de la revelación divina, que le manifiestan las exigencias y las llamadas de la sabiduría eterna. Por tanto, la ley debe considerarse como una expresión de la sabiduría divina. Sometiéndose a ella, la libertad se somete a la verdad de la creación. Por esto conviene reconocer en la libertad de la persona humana la imagen y cercanía de Dios, que está «presente en todos» (cf. Ef 4,6); asimismo, conviene proclamar la majestad del Dios del universo y venerar la santidad de la ley de Dios infinitamente trascendente. Deus semper maior 74.

 

Dichoso el hombre que se complace en la ley del Señor (cf. Sal 1,1-2)

 

42. La libertad del hombre, modelada según la de Dios, no sólo no es negada por su obediencia a la ley divina, sino que solamente mediante esta obediencia permanece en la verdad y es conforme a la dignidad del hombre, como dice claramente el Concilio: «La dignidad del hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberándose de toda esclavitud de las pasiones, persigue su fin en la libre elección del bien y se procura con eficacia y habilidad los medios adecuados para ello» 75. El hombre, en su tender hacia Dios –«el único Bueno»–, debe hacer libremente el bien y evitar el mal. Pero para esto el hombre debe poder distinguir el bien del mal. Y esto sucede, ante todo, gracias a la luz de la razón natural, reflejo en el hombre del esplendor del rostro de Dios. A este respecto, comentando un versículo del Salmo 4, afirma santo Tomás: «El salmista, después de haber dicho: "sacrificad un sacrificio de justicia" (Sal 4,6), añade, para los que preguntan cuáles son las obras de justicia: "Muchos dicen: ¿Quién nos mostrará el bien? "; y, respondiendo a esta pregunta, dice: "La luz de tu rostro, Señor, ha quedado impresa en nuestras mentes", como si la luz de la razón natural, por la cual discernimos lo bueno y lo malo –tal es el fin de la ley natural–, no fuese otra cosa que la luz divina impresa en nosotros» 76. De esto se deduce el motivo por el cual esta ley se llama ley natural: no por relación a la naturaleza de los seres irracionales, sino porque la razón que la promulga es propia de la naturaleza humana 77.

 

43. El concilio Vaticano II recuerda que «la norma suprema de la vida humana es la misma ley divina, eterna, objetiva y universal mediante la cual Dios ordena, dirige y gobierna, con el designio de su sabiduría y de su amor, el mundo y los caminos de la comunidad humana. Dios hace al hombre partícipe de esta ley suya, de modo que el hombre, según ha dispuesto suavemente la Providencia divina, pueda reconocer cada vez más la verdad inmutable» 78.

 

El Concilio remite a la doctrina clásica sobre la ley eterna de Dios. San Agustín la define como «la razón o la voluntad de Dios que manda conservar el orden natural y prohíbe perturbarlo» 79; santo Tomás la identifica con «la razón de la sabiduría divina, que mueve todas las cosas hacia su debido fin» 80. Pero la sabiduría de Dios es providencia, amor solícito. Es, pues, Dios mismo quien ama y, en el sentido más literal y fundamental, se cuida de toda la creación (cf. Sb 7,22; 8-11). Sin embargo, Dios provee a los hombres de manera diversa respecto a los demás seres que no son personas: no desde fuera, mediante las leyes inmutables de la naturaleza física, sino desde dentro, mediante la razón que, conociendo con la luz natural la ley eterna de Dios, es por esto mismo capaz de indicar al hombre la justa dirección de su libre actuación 81. De esta manera, Dios llama al hombre a participar de su providencia, queriendo por medio del hombre mismo, o sea, a través de su cuidado razonable y responsable, dirigir el mundo: no sólo el mundo de la naturaleza, sino también el de las personas humanas. En este contexto, como expresión humana de la ley eterna de Dios, se sitúa la ley natural: «La criatura racional, entre todas las demás –afirma santo Tomás–, está sometida a la divina Providencia de una manera especial, ya que se hace partícipe de esa providencia, siendo providente para sí y para los demás. Participa, pues, de la razón eterna; ésta le inclina naturalmente a la acción y al fin debidos. Y semejante participación de la ley eterna en la criatura racional se llama ley natural» 82.

 

44. La Iglesia se ha referido a menudo a la doctrina tomista sobre la ley natural, asumiéndola en su enseñanza moral. Así, mi venerado predecesor León XIII ponía de relieve la esencial subordinación de la razón y de la ley humana a la sabiduría de Dios y a su ley. Después de afirmar que «la ley natural está escrita y grabada en el ánimo de todos los hombres y de cada hombre, ya que no es otra cosa que la misma razón humana que nos manda hacer el bien y nos intima a no pecar», León XIII se refiere a la «razón más alta» del Legislador divino. «Pero tal prescripción de la razón humana no podría tener fuerza de ley si no fuese la voz e intérprete de una razón más alta, a la que nuestro espíritu y nuestra libertad deben estar sometidos». En efecto, la fuerza de la ley reside en su autoridad de imponer unos deberes, otorgar unos derechos y sancionar ciertos comportamientos: «Ahora bien, todo esto no podría darse en el hombre si fuese él mismo quien, como legislador supremo, se diera la norma de sus acciones». Y concluye: «De ello se deduce que la ley natural es la misma ley eterna, ínsita en los seres dotados de razón, que los inclina al acto y al fin que les conviene; es la misma razón eterna del Creador y gobernador del universo» 83.

 

El hombre puede reconocer el bien y el mal gracias a aquel discernimiento del bien y del mal que él mismo realiza mediante su razón iluminada por la revelación divina y por la fe, en virtud de la ley que Dios ha dado al pueblo elegido, empezando por los mandamientos del Sinaí. Israel fue llamado a recibir y vivir la ley de Dios como don particular y signo de la elección y de la alianza divina, y a la vez como garantía de la bendición de Dios. Así Moisés podía dirigirse a los hijos de Israel y preguntarles: «¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor nuestro Dios siempre que lo invocamos? Y ¿cuál es la gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy?» (Dt 4,7-8). Es en los Salmos donde encontramos los sentimientos de alabanza, gratitud y veneración que el pueblo elegido está llamado a tener hacia la ley de Dios, junto con la exhortación a conocerla, meditarla y traducirla en la vida: «¡Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni en la senda de los pecadores se detiene, ni en el banco de los burlones se sienta, mas se complace en la ley del Señor, su ley susurra día y noche!» (Sal 1,1-2). «La ley del Señor es perfecta, consolación del alma, el dictamen del Señor, veraz, sabiduría del sencillo. Los preceptos del Señor son rectos, gozo del corazón; claro el mandamiento del Señor, luz de los ojos» (Sal 19,8-9).

 

45. La Iglesia acoge con reconocimiento y custodia con amor todo el depósito de la Revelación, tratando con religioso respeto y cumpliendo su misión de interpretar la ley de Dios de manera auténtica a la luz del Evangelio. Además, la Iglesia recibe como don la Ley nueva, que es el «cumplimiento» de la ley de Dios en Jesucristo y en su Espíritu. Es una ley «interior» (cf. Jr 31,31-33), «escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones» (2 Co 3,3); una ley de perfección y de libertad (cf. 2 Co 3,17); es «la ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús» (Rm 8,2). Sobre esta ley dice santo Tomás: «Ésta puede llamarse ley en doble sentido. En primer lugar, ley del espíritu es el Espíritu Santo... que, por inhabitación en el alma, no sólo enseña lo que es necesario realizar iluminando el entendimiento sobre las cosas que hay que hacer, sino también inclina a actuar con rectitud... En segundo lugar, ley del espíritu puede llamarse el efecto propio del Espíritu Santo, es decir, la fe que actúa por la caridad (Ga 5,6), la cual, por eso mismo, enseña interiormente sobre las cosas que hay que hacer... e inclina el afecto a actuar» 84.

 

Aunque en la reflexión teológico-moral se suele distinguir la ley de Dios positiva o revelada de la natural, y en la economía de la salvación se distingue la ley antigua de la nueva, no se puede olvidar que éstas y otras distinciones útiles se refieren siempre a la ley cuyo autor es el mismo y único Dios, y cuyo destinatario es el hombre. Los diversos modos con que Dios se cuida del mundo y del hombre, no sólo no se excluyen entre sí, sino que se sostienen y se compenetran recíprocamente. Todos tienen su origen y confluyen en el eterno designio sabio y amoroso con el que Dios predestina a los hombres «a reproducir la imagen de su Hijo» (Rm 8,29). En este designio no hay ninguna amenaza para la verdadera libertad del hombre; al contrario, la aceptación de este designio es la única vía para la consolidación de dicha libertad.

 

«Como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón» (Rm 2,15)

 

46. El presunto conflicto entre la libertad y la ley se replantea hoy con una fuerza singular en relación con la ley natural y, en particular, en relación con la naturaleza. En realidad los debates sobre naturaleza y libertad siempre han acompañado la historia de la reflexión moral, asumiendo tonos encendidos con el Renacimiento y la Reforma, como se puede observar en las enseñanzas del concilio de Trento 85. La época contemporánea está marcada, si bien en un sentido diferente, por una tensión análoga. El gusto de la observación empírica, los procedimientos de objetivación científica, el progreso técnico y algunas formas de liberalismo han llevado a contraponer los dos términos, como si la dialéctica –e incluso el conflicto– entre libertad y naturaleza fuera una característica estructural de la historia humana. En otras épocas parecía que la «naturaleza» sometiera totalmente el hombre a sus dinamismos e incluso a sus determinismos. Aún hoy día las coordenadas espacio-temporales del mundo sensible, las constantes físico-químicas, los dinamismos corpóreos, las pulsiones psíquicas y los condicionamientos sociales parecen a muchos como los únicos factores realmente decisivos de las realidades humanas. En este contexto, incluso los hechos morales, independientemente de su especificidad, son considerados a menudo como si fueran datos estadísticamente constatables, como comportamientos observables o explicables sólo con las categorías de los mecanismos psico-sociales. Y así algunos estudiosos de ética, que por profesión examinan los hechos y los gestos del hombre, pueden sentir la tentación de valorar su saber, e incluso sus normas de actuación, según un resultado estadístico sobre los comportamientos humanos concretos y las opiniones morales de la mayoría.

 

En cambio, otros moralistas, preocupados por educar en los valores, son sensibles al prestigio de la libertad, pero a menudo la conciben en oposición o contraste con la naturaleza material y biológica, sobre la que debería consolidarse progresivamente. A este respecto, diferentes concepciones coinciden en olvidar la dimensión creatural de la naturaleza y en desconocer su integridad. Para algunos, la naturaleza se reduce a material para la actuación humana y para su poder. Esta naturaleza debería ser transformada profundamente, es más, superada por la libertad, dado que constituye su límite y su negación. Para otros, es en la promoción sin límites del poder del hombre, o de su libertad, como se constituyen los valores económicos, sociales, culturales e incluso morales. Entonces la naturaleza estaría representada por todo lo que en el hombre y en el mundo se sitúa fuera de la libertad. Dicha naturaleza comprendería en primer lugar el cuerpo humano, su constitución y su dinamismo. A este aspecto físico se opondría lo que se ha construido, es decir, la cultura, como obra y producto de la libertad. La naturaleza humana, entendida así, podría reducirse y ser tratada como material biológico o social siempre disponible. Esto significa, en último término, definir la libertad por medio de sí misma y hacer de ella una instancia creadora de sí misma y de sus valores. Con ese radicalismo el hombre ni siquiera tendría naturaleza y sería para sí mismo su propio proyecto de existencia. ¡El hombre no sería nada más que su libertad!

 

47. En este contexto han surgido las objeciones de fisicismo y naturalismo contra la concepción tradicional de la ley natural. Ésta presentaría como leyes morales las que en sí mismas serían sólo leyes biológicas. Así, muy superficialmente, se atribuiría a algunos comportamientos humanos un carácter permanente e inmutable, y, sobre esa base, se pretendería formular normas morales universalmente válidas. Según algunos teólogos, semejante argumento biologista o naturalista estaría presente incluso en algunos documentos del Magisterio de la Iglesia, especialmente en los relativos al ámbito de la ética sexual y matrimonial. Basados en una concepción naturalística del acto sexual, se condenarían como moralmente inadmisibles la contracepción, la esterilización directa, el autoerotismo, las relaciones prematrimoniales, las relaciones homosexuales, así como la fecundación artificial. Ahora bien, según el parecer de estos teólogos, la valoración moralmente negativa de tales actos no consideraría de manera adecuada el carácter racional y libre del hombre, ni el condicionamiento cultural de cada norma moral. Ellos dicen que el hombre, como ser racional, no sólo puede, sino que incluso debe decidir libremente el sentido de sus comportamientos. Este decidir el sentido debería tener en cuenta, obviamente, los múltiples límites del ser humano, que tiene una condición corpórea e histórica. Además, debería considerar los modelos de comportamiento y el significado que éstos tienen en una cultura determinada. Y, sobre todo, debería respetar el mandamiento fundamental del amor a Dios y al prójimo. Afirman también que, sin embargo, Dios ha creado al hombre como ser racionalmente libre; lo ha dejado «en manos de su propio albedrío» y de él espera una propia y racional formación de su vida. El amor al prójimo significaría sobre todo o exclusivamente un respeto a su libre decisión sobre sí mismo. Los mecanismos de los comportamientos propios del hombre, así como las llamadas inclinaciones naturales, establecerían al máximo –como suele decirse– una orientación general del comportamiento correcto, pero no podrían determinar la valoración moral de cada acto humano, tan complejo desde el punto de vista de las situaciones.

 

48. Ante esta interpretación conviene mirar con atención la recta relación que hay entre libertad y naturaleza humana, y, en concreto, el lugar que tiene el cuerpo humano en las cuestiones de la ley natural.

 

Una libertad que pretenda ser absoluta acaba por tratar el cuerpo humano como un ser en bruto, desprovisto de significado y de valores morales hasta que ella no lo revista de su proyecto. Por lo cual, la naturaleza humana y el cuerpo aparecen como unos presupuestos o preliminares, materialmente necesarios para la decisión de la libertad, pero extrínsecos a la persona, al sujeto y al acto humano. Sus dinamismos no podrían constituir puntos de referencia para la opción moral, desde el momento que las finalidades de esas inclinaciones serían sólo bienes «físicos», llamados por algunos premorales. Hacer referencia a los mismos, para buscar indicaciones racionales sobre el orden de la moralidad, debería ser tachado de fisicismo o de biologismo. En semejante contexto la tensión entre la libertad y una naturaleza concebida en sentido reductivo se resuelve con una división dentro del hombre mismo.

 

Esta teoría moral no está conforme con la verdad sobre el hombre y sobre su libertad. Contradice las enseñanzas de la Iglesia sobre la unidad del ser humano, cuya alma racional es «per se et essentialiter» la forma del cuerpo 86. El alma espiritual e inmortal es el principio de unidad del ser humano, es aquello por lo cual éste existe como un todo –«corpore et anima unus» 87– en cuanto persona. Estas definiciones no indican solamente que el cuerpo, para el cual ha sido prometida la resurrección, participará también de la gloria; recuerdan, igualmente, el vínculo de la razón y de la libre voluntad con todas las facultades corpóreas y sensibles. La persona incluido el cuerpo está confiada enteramente a sí misma, y es en la unidad de alma y cuerpo donde ella es el sujeto de sus propios actos morales. La persona, mediante la luz de la razón y la ayuda de la virtud, descubre en su cuerpo los signos precursores, la expresión y la promesa del don de sí misma, según el sabio designio del Creador. Es a la luz de la dignidad de la persona humana –que debe afirmarse por sí misma– como la razón descubre el valor moral específico de algunos bienes a los que la persona se siente naturalmente inclinada. Y desde el momento en que la persona humana no puede reducirse a una libertad que se autoproyecta, sino que comporta una determinada estructura espiritual y corpórea, la exigencia moral originaria de amar y respetar a la persona como un fin y nunca como un simple medio implica también, intrínsecamente, el respeto de algunos bienes fundamentales, sin el cual se caería en el relativismo y en el arbitrio.

 

49. Una doctrina que separe el acto moral de las dimensiones corpóreas de su ejercicio es contraria a las enseñanzas de la sagrada Escritura y de la Tradición. Tal doctrina hace revivir, bajo nuevas formas, algunos viejos errores combatidos siempre por la Iglesia, porque reducen la persona humana a una libertad espiritual, puramente formal. Esta reducción ignora el significado moral del cuerpo y de sus comportamientos (cf. 1 Co 6,19). El apóstol Pablo declara excluidos del reino de los cielos a los «impuros, idólatras, adúlteros, afeminados, homosexuales, ladrones, avaros, borrachos, ultrajadores y rapaces» (cf. 1 Co 6,9-10). Esta condena –citada por el concilio de Trento 88– enumera como pecados mortales, o prácticas infames, algunos comportamientos específicos cuya voluntaria aceptación impide a los creyentes tener parte en la herencia prometida. En efecto, cuerpo y alma son inseparables: en la persona, en el agente voluntario y en el acto deliberado, están o se pierden juntos.

 

50. Es así como se puede comprender el verdadero significado de la ley natural, la cual se refiere a la naturaleza propia y originaria del hombre, a la «naturaleza de la persona humana» 89, que es la persona misma en la unidad de alma y cuerpo; en la unidad de sus inclinaciones de orden espiritual y biológico, así como de todas las demás características específicas, necesarias para alcanzar su fin. «La ley moral natural evidencia y prescribe las finalidades, los derechos y los deberes, fundamentados en la naturaleza corporal y espiritual de la persona humana. Esa ley no puede entenderse como una normatividad simplemente biológica, sino que ha de ser concebida como el orden racional por el que el hombre es llamado por el Creador a dirigir y regular su vida y sus actos y, más concretamente, a usar y disponer del propio cuerpo» 90. Por ejemplo, el origen y el fundamento del deber de respetar absolutamente la vida humana están en la dignidad propia de la persona y no simplemente en el instinto natural de conservar la propia vida física. De este modo, la vida humana, por ser un bien fundamental del hombre, adquiere un significado moral en relación con el bien de la persona que siempre debe ser afirmada por sí misma: mientras siempre es moralmente ilícito matar un ser humano inocente, puede ser lícito, loable e incluso obligatorio dar la propia vida (cf. Jn 15,13) por amor al prójimo o para dar testimonio de la verdad. En realidad sólo con referencia a la persona humana en su «totalidad unificada», es decir, «alma que se expresa en el cuerpo informado por un espíritu inmortal» 91, se puede entender el significado específicamente humano del cuerpo. En efecto, las inclinaciones naturales tienen una importancia moral sólo cuando se refieren a la persona humana y a su realización auténtica, la cual se verifica siempre y solamente en la naturaleza humana. La Iglesia, al rechazar las manipulaciones de la corporeidad que alteran su significado humano, sirve al hombre y le indica el camino del amor verdadero, único medio para poder encontrar al verdadero Dios.

 

La ley natural, así entendida, no deja espacio de división entre libertad y naturaleza. En efecto, éstas están armónicamente relacionadas entre sí e íntima y mutuamente aliadas.

 

«Pero al principio no fue así» (Mt 19,8)

 

51. El presunto conflicto entre libertad y naturaleza repercute también sobre la interpretación de algunos aspectos específicos de la ley natural, principalmente sobre su universalidad e inmutabilidad. «¿Dónde, pues, están escritas estas reglas –se pregunta san Agustín–... sino en el libro de aquella luz que se llama verdad? De aquí, pues, deriva toda ley justa y actúa rectamente en el corazón del hombre que obra la justicia, no saliendo de él, sino como imprimiéndose en él, como la imagen pasa del anillo a la cera, pero sin abandonar el anillo» 92.

 

Precisamente gracias a esta «verdad» la ley natural implica la universalidad. En cuanto inscrita en la naturaleza racional de la persona, se impone a todo ser dotado de razón y que vive en la historia. Para perfeccionarse en su orden específico, la persona debe realizar el bien y evitar el mal, preservar la transmisión y la conservación de la vida, mejorar y desarrollar las riquezas del mundo sensible, cultivar la vida social, buscar la verdad, practicar el bien, contemplar la belleza 93.

 

La separación hecha por algunos entre la libertad de los individuos y la naturaleza común a todos, como emerge de algunas teorías filosóficas de gran resonancia en la cultura contemporánea, ofusca la percepción de la universalidad de la ley moral por parte de la razón. Pero, en la medida en que expresa la dignidad de la persona humana y pone la base de sus derechos y deberes fundamentales, la ley natural es universal en sus preceptos, y su autoridad se extiende a todos los hombres. Esta universalidad no prescinde de la singularidad de los seres humanos, ni se opone a la unicidad y a la irrepetibilidad de cada persona; al contrario, abarca básicamente cada uno de sus actos libres, que deben demostrar la universalidad del verdadero bien. Nuestros actos, al someterse a la ley común, edifican la verdadera comunión de las personas y, con la gracia de Dios, ejercen la caridad, «que es el vínculo de la perfección» (Col 3,14). En cambio, cuando nuestros actos desconocen o ignoran la ley, de manera imputable o no, perjudican la comunión de las personas, causando daño.

 

52. Es justo y bueno, siempre y para todos, servir a Dios, darle el culto debido y honrar como es debido a los padres. Estos preceptos positivos, que prescriben cumplir algunas acciones y cultivar ciertas actitudes, obligan universalmente; son inmutables 94; unen en el mismo bien común a todos los hombres de cada época de la historia, creados para «la misma vocación y destino divino» 95. Estas leyes universales y permanentes corresponden a conocimientos de la razón práctica y se aplican a los actos particulares mediante el juicio de la conciencia. El sujeto que actúa asimila personalmente la verdad contenida en la ley; se apropia y hace suya esta verdad de su ser mediante los actos y las correspondientes virtudes. Los preceptos negativos de la ley natural son universalmente válidos: obligan a todos y cada uno, siempre y en toda circunstancia. En efecto, se trata de prohibiciones que vedan una determinada acción «semper et pro semper», sin excepciones, porque la elección de ese comportamiento en ningún caso es compatible con la bondad de la voluntad de la persona que actúa, con su vocación a la vida con Dios y a la comunión con el prójimo. Está prohibido a cada uno y siempre infringir preceptos que vinculan a todos y cueste lo que cueste, y dañar en otros y, ante todo, en sí mismos, la dignidad personal y común a todos.

 

Por otra parte, el hecho de que solamente los mandamientos negativos obliguen siempre y en toda circunstancia, no significa que, en la vida moral, las prohibiciones sean más importantes que el compromiso de hacer el bien, como indican los mandamientos positivos. La razón es, más bien, la siguiente: el mandamiento del amor a Dios y al prójimo no tiene en su dinámica positiva ningún límite superior, sino más bien uno inferior, por debajo del cual se viola el mandamiento. Además, lo que se debe hacer en una determinada situación depende de las circunstancias, las cuales no se pueden prever todas con antelación; por el contrario, se dan comportamientos que nunca y en ninguna situación pueden ser una respuesta adecuada, o sea, conforme a la dignidad de la persona. En último término, siempre es posible que al hombre, debido a presiones u otras circunstancias, le sea imposible realizar determinadas acciones buenas; pero nunca se le puede impedir que no haga determinadas acciones, sobre todo si está dispuesto a morir antes que hacer el mal.

 

La Iglesia ha enseñado siempre que nunca se deben escoger comportamientos prohibidos por los mandamientos morales, expresados de manera negativa en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Como se ha visto, Jesús mismo afirma la inderogabilidad de estas prohibiciones: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos...: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso» (Mt 19,17-18).

 

53. La gran sensibilidad que el hombre contemporáneo muestra por la historicidad y por la cultura lleva a algunos a dudar de la inmutabilidad de la misma ley natural, y por tanto de la existencia de «normas objetivas de moralidad» 96 válidas para todos los hombres de ayer, de hoy y de mañana. ¿Es acaso posible afirmar como universalmente válidas para todos y siempre permanentes ciertas determinaciones racionales establecidas en el pasado, cuando se ignoraba el progreso que la humanidad habría hecho sucesivamente?

 

No se puede negar que el hombre existe siempre en una cultura concreta, pero tampoco se puede negar que el hombre no se agota en esta misma cultura. Por otra parte, el progreso mismo de las culturas demuestra que en el hombre existe algo que las transciende. Este algo es precisamente la naturaleza del hombre: precisamente esta naturaleza es la medida de la cultura y es la condición para que el hombre no sea prisionero de ninguna de sus culturas, sino que defienda su dignidad personal viviendo de acuerdo con la verdad profunda de su ser. Poner en tela de juicio los elementos estructurales permanentes del hombre, relacionados también con la misma dimensión corpórea, no sólo entraría en conflicto con la experiencia común, sino que haría incomprensible la referencia que Jesús hizo al «principio», precisamente allí donde el contexto social y cultural del tiempo había deformado el sentido originario y el papel de algunas normas morales (cf. Mt 19,1-9). En este sentido «afirma, además, la Iglesia que en todos los cambios subsisten muchas cosas que no cambian y que tienen su fundamento último en Cristo, que es el mismo ayer, hoy y por los siglos» 97. Él es el Principio que, habiendo asumido la naturaleza humana, la ilumina definitivamente en sus elementos constitutivos y en su dinamismo de caridad hacia Dios y el prójimo 98.

 

Ciertamente, es necesario buscar y encontrar la formulación de las normas morales universales y permanentes más adecuada a los diversos contextos culturales, más capaz de expresar incesantemente la actualidad histórica y de hacer comprender e interpretar auténticamente la verdad. Esta verdad de la ley moral –igual que la del depósito de la fe– se desarrolla a través de los siglos. Las normas que la expresan siguen siendo sustancialmente válidas, pero deben ser precisadas y determinadas «eodem sensu eademque sententia» 99 según las circunstancias históricas del Magisterio de la Iglesia, cuya decisión está precedida y va acompañada por el esfuerzo de lectura y formulación propio de la razón de los creyentes y de la reflexión teológica 100.

 

(Carta encíclica Veritatis Splendor del Sumo Pontífice Juan Pablo II a todos los Obispos de la Iglesia católica sobre algunas cuestiones fundamentales de la enseñanza moral de la Iglesia, Cap. II, sec. I).

 

Fuente: http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor_sp.html

 

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Un aporte a la reflexión en este tiempo electoral

 

Los Obispos del Uruguay

 

Los uruguayos nos enfrentamos nuevamente a un tiempo electoral. Lo hacemos con alegría, “nos gusta votar”, porque sentimos fuertemente en este tiempo nuestra condición de ciudadanos, responsables de nuestro país, de su presente y de su futuro. Los Obispos del Uruguay queremos sumar nuestra reflexión para colaborar como ciudadanos y como pastores a un mejor discernimiento a la hora de las opciones que se presentan. En la “Carta del bicentenario” que publicamos en noviembre de 2011 tratamos con mayor amplitud algunos de los temas que aquí presentamos. También en las Orientaciones Pastorales recientes nos referimos a ellos.

 

Por su naturaleza y misión, la Iglesia no se identifica con ninguna ideología, sistema o partido político. Ella anuncia el Evangelio, que incluye criterios éticos que se encuentran intrínsecamente vinculados al accionar político, y que deben guiar particularmente a los cristianos, en su vida personal y social.

 

En el marco de una laicidad positiva, los cristianos, a través del testimonio y la labor política, proponemos, en diálogo con los otros ciudadanos, principios y valores que nos identifican, como aporte a la forja de la sociedad democrática que entre todos se construye.

 

Son muchos los temas que nos preocupan a los uruguayos. Los Obispos, sin pretender un exhaustivo inventario de las urgencias a que debe darse respuesta, subrayamos algunas que nos parecen las más importantes a tenerse en cuenta en este año de discernimiento:

 

1. La desintegración social afecta de lleno la sociedad abierta e integradora, “en la que es difícil sentirse extranjero”, país de cercanías, que fuimos y  aspiramos a ser nuevamente. Junto a la ruptura del tejido social, incluso de orden geográfico –que se hace notoria con la existencia de los numerosos asentamientos y en la marginación cultural–, se da la pérdida de valores consensuados. Es un fenómeno de gran amplitud y extensión que alcanza a muy variados ámbitos y niveles de la sociedad, y que incide en la problemática de la seguridad ciudadana.

 

2. La pérdida del sentido de la vida está en la base de muchos de los males que nos aquejan. Las filosofías individualistas y hedonistas que parecen prevalecer han incidido en el debilitamiento de las vivencias comunitarias y de los vínculos sociales. La verdad se diluye en verdades parciales y, en este relativismo de ideas, el mismo ser humano se ha convertido en relativo. Crece el consumo de alcohol y drogas especialmente entre los jóvenes (la reciente regulación del consumo de marihuana plantea serios interrogantes sobre sus consecuencias). Los ancianos son poco valorados en su experiencia y sabiduría de vida y los jóvenes no encuentran quien los escuche y acompañe en su crecimiento. Los casos de violencia doméstica parecen difundirse cada vez más y el altísimo porcentaje de ciudadanos con  “privación de libertad” es un reflejo de la problemática social que nos golpea.

 

3. La pobreza y la indigencia siguen teniendo “rostro de niño”. A pesar de los esfuerzos que la sociedad uruguaya y sus gobiernos llevan a cabo para combatirla,  de la disminución porcentual que se ha dado en estos años, de la baja desocupación, encontramos ese “núcleo duro” de pobreza y de indigencia, generalmente en las periferias de nuestras ciudades, del que no es fácil salir y que nos interpela a todos los uruguayos. A su vez, los pobladores de los rincones más lejanos de nuestra campaña siguen aislados y relegados con respecto a muchos servicios esenciales, lo que los motiva a un proceso de emigración a las ciudades que lleva décadas. La cristiana “opción preferencial por los pobres”, que no es una opción ideológica sino evangélica, se ve en nuestra tradición reflejada en la expresión artiguista de “que los más infelices sean los más privilegiados”.

 

4. La familia se ve afectada por esta filosofía individualista y hedonista, con graves consecuencias para la sociedad. El alto número de divorcios, la frecuencia creciente de la formación de “parejas de hecho” son síntomas de desvalorización de la familia y del compromiso matrimonial, signos de la dificultad que vivimos para asumir compromisos públicos, permanentes y para toda la vida. La definición de la familia como “base de la sociedad” en el artículo 40 de nuestra Constitución no es acompañada por políticas que la promuevan adecuadamente, sino más bien lo contrario. Se ha debilitado el valor del contrato matrimonial y sus responsabilidades como fundamento de la familia y la educación de los hijos. Se niega la existencia específica del matrimonio como unión de varón y de mujer, diluyéndose en un simple acuerdo entre privados. Se ha pretendido hacer equivalentes la unión homosexual y el matrimonio natural.

 

5. Una sociedad sin niños, una sociedad que no protege la vida de los más indefensos, es una sociedad que pierde el sentido de la vida, se envejece, se entristece, se suicida. Tenemos una muy baja natalidad. Creemos que la aprobación de la ley del aborto ha sido un paso en falso de nuestra sociedad. Seguimos entendiendo que es necesario tomar medidas que protejan la vida humana desde el momento de su concepción y busquen asegurar la posibilidad de un digno desarrollo en la niñez.

 

6. La educación enfrenta algunos problemas muy serios, entre otros: la deserción en la enseñanza media, sobre todo en los adolescentes que viven bajo la línea de pobreza, y el ausentismo docente. La ley que rige el sistema educativo parece no haber contribuido a su buen gobierno. Continúa desconociéndose en su sentido pleno la libertad de enseñanza: sea de los padres para elegir la forma de educación de sus hijos, sea la de proponer una educación basada en los propios principios. Se imponen programas únicos y se discrimina el uso de recursos públicos, sin dar plena libertad de opción a los padres más pobres. Conforma un grave riesgo considerar que es el sistema educativo el principal educador, relegando a la familia a un papel secundario. La situación de “emergencia educativa” requiere para su abordaje de un amplio consenso, que demanda el concurso y el aporte de toda la sociedad en su conjunto. Las experiencias educativas positivas en ambientes carenciados nos muestran que, cuando el chico es puesto en el centro de la atención, se pueden dar pasos efectivos para beneficio de los más necesitados. La Iglesia ofrece su experiencia en este campo.

 

7. Elaborar las leyes que nos rigen es una tarea que implica la defensa de los derechos inherentes a la personalidad humana, como dice nuestra Constitución (art. 72). Esta noble actividad supone la búsqueda de consensos (sobre todo en aquellos temas que son más esenciales), un diálogo inteligente y un sentido de responsabilidad. Las leyes tienen un alto contenido pedagógico para todos, de ahí la importancia de su claridad, que refleje y fortalezca el sentido de justicia que da estabilidad al orden social.

 

Como ya hemos señalado, no pretendemos con estas reflexiones hacer referencia a la totalidad de los temas a encarar por la sociedad uruguaya. Podría citarse a vía de ejemplo: la salud, la seguridad ciudadana, el maltrato a la mujer, los problemas inherentes a la economía y a la organización del trabajo. Hay dos temas que se han puesto o se quieren poner a consideración de la ciudadanía: la baja de la edad de la imputabilidad y el desarrollo del país en su relación al medio-ambiente con la problemática específica de la minería a cielo abierto. Son temas que nos  interpelan  y nos exigen informarnos debidamente, procurando tener los elementos necesarios para una decisión responsable.

Teniendo presente las próximas instancias electorales y la consiguiente labor de un nuevo gobierno, anhelamos y pedimos a Dios que, con el esfuerzo mancomunado de todos, pueda alcanzarse el mayor bien para la República.  Así lo esperamos, apoyados en la ayuda maternal de María, Virgen de los Treinta y Tres, asociada desde los comienzos de nuestra Patria a su historia y a su pueblo.

 

Florida, 28 de marzo de 2014.

 

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¿Pentecostés o Babel?

                                                

Miguel Antonio Barriola

 

1 –Impresiones sobre la exégesis actual

 

La labor de los biblistas consiste en exponer lo más claramente posible el texto sagrado, inspirado por el mismo Dios, para el pueblo creyente. Cuando haya pasajes intrincados, tratarán de aclararlos, tal como lo hizo el exégeta por excelencia, la misma PALABRA hecha carne (Jn 1,14), a los viajeros de Emaús (Lc 24,25-29) y después sus enviados, a la manera del diácono Felipe, que le preguntó al ministro de la reina de Etiopía: “¿Entiendes lo que lees?” (Hech 8,30); explicándoselo acto seguido.

 

Pero, ¿con qué nos encontramos en el día de hoy? Una intrincada selva virgen de hipótesis tras hipótesis, que enredan la comprensión, en lugar de servirla. Y… tal impresión no proviene de “fundamentalistas”, “literalistas”, “tradicionalistas”, sino de honestos exégetas, que con lúcido sentido común contemplan la “Babel” en que se deshilacha el estudio de la Biblia.

 

Sirvan de muestra las reflexiones del gran experto español L. Alonso Schökel, del cual ofrecemos un ramillete de certeros pronósticos.

 

“Nuestra disciplina bíblica tiene un instituto especial, privilegiado y fatídico. Privilegiado porque ha cundido en el mundo cristiano el interés por el tema bíblico, hasta derramarse un poco al mundo no cristiano. Fatídico, porque la Biblia es limitada y no crece” (1).

 

“Sobran temas por estudiar; pero, como el tema “T” lo estudia un solo profesor, se deduce que no interesa al mundo académico y que no merece ser estudiado. Que, si lo estudio, quedaré marginado. Y yo necesito un puesto, un ascenso, una fama… De hecho las razones sociales pesan más que el amor a la verdad. Es más importante ser conocido que conocer. Ahí tenemos un tremendo condicionamiento de nuestra tarea de comprender y explicar la Biblia” (2).

 

“Nuestra situación se ha vuelto muy difícil, casi desesperada… No hay tiempo para leer despacio, contemplativamente” (3).

 

Comprobación análoga nos sale al encuentro desde la vasta, sólida y penetrante experiencia de un gran especialista en el Nuevo Testamento: G. Segalla.

 

“Dado el carácter académico que ha adquirido el estudio del Antiguo y Nuevo Testamento, para acceder a la enseñanza universitaria es necesario proponer una contribución que represente un progreso en el estudio analítico. De aquí el aluvión incontrolable de hipótesis, que, especialmente en el AT, se traducen a veces en un conocimiento más profundo del ambiente histórico y literario de un texto y no de su sentido; se obtienen nuevas adquisiciones en arqueología o filología semítica, pero se pierden el texto y su mensaje. También para el NT, dada la multiplicación de los métodos críticos, literarios y semióticos, de ellos deriva una mezcolanza de hipótesis. Para más, tales métodos tratan los textos del NT al modo de textos profanos y ponen entre paréntesis a Dios, resultando prácticamente como <métodos ateos>, como ya los llamaba A. Schlatter en los comienzos del siglo pasado (1905) (4). O sea que se prescinde del hecho real que se trata de textos sagrados, considerados por la fe de la comunidad en la cual y para la cual han nacido como <palabra de Dios por medio de la palabra humana>, cuyo protagonista principal histórico-literario es el mismo Dios. Por lo cual pierden aquello que les es más propio, su identidad. Para más, a causa de la excesiva atomización, a veces el texto termina asemejándose a un reloj desarmado y analizado en sus piezas, que no se acierta más a colocar en su conjunto” (5).

 

2 –¿Qué hacer?

 

No nos creemos capacitados como para ofrecer la receta mágica que resuelva y ponga orden en lo que han (¿y hemos?) ido haciendo tantos “aprendices de brujo” en el área hermenéutica. Pero no estaría mal prestar oídos a las voces de alerta, provenientes nada menos que de Benedicto XVI, que no es un exegeta, pero a quien nadie negará sus vastos y profundos conocimientos en patrística (6), autores medievales (7) así como en teología (8) y no menos en Sagrada Escritura (9). Sería, pues, saludable, meditar y poner por obra las indicaciones sobre métodos aceptables pero insuficientes (como el “histórico-crítico”), que él viene criticando ya desde 1988 (10).

 

Sirva de muestra un solo párrafo, rebosante de enorme sentido común: “Estoy convencido, y espero que también el lector se pueda dar cuenta de ello, que esta figura es mucho más lógica y desde el punto de vista histórico también más comprensible que las reconstrucciones con las cuales hemos tenido que confrontarnos en los últimos decenios. Yo sostengo que justamente este Jesús –el de los Evangelios– es una figura históricamente sensata y convincente” (11).

 

De modo que me uno al deseo del ya mentado y renombrado G. Segalla: “El libro sobre Jesús del Papa no es por cierto un libro entre tantos. Me auguro que su influjo sea el que el Eminente Autor se esperaba y se espera” (12).

 

3 –Abrir perspectivas

 

Muy brevemente, quisiéramos también advertir sobre cierta tendencia “aislacionista”, observable entre los estudiosos de la Biblia. Me refiero a ciertas actitudes, que se toman como punto de referencia casi absoluto, que emergen en algunas posturas, las cuales, al menos para un biblista católico, no cuadran con sus funciones dentro de la Iglesia. La Escritura es el “alma de la teología” (DV 24). Ahora bien, el alma ha de vincularse con todo el cuerpo de la Iglesia y por lo tanto, ser vista y vivida según “la analogía de la fe” (ibid., 12).

 

A su vez, no hay teología (ni exégesis (13)), que no tenga de fondo una filosofía. De ahí la justa lamentación de un joven pero avezado profesor de la Gregoriana (14), al comentar los resultados de un congreso de biblistas, sin relación casi con la filosofía y la teología: “Qué difícil es el tema y qué poco garantiza buenos resultados una reunión de meros exégetas (und wie wenig ein Treffen von Exegeten allein gute Ergebnisse garantiert) se lo ve, por ejemplo en: A. Izquierdo García (Ed.), Scrittura Ispirata…” (15).

 

Con lo cual cobra mayor relieve la renovada recomendación de un biblista clásico, nutrido en la sólida escuela de J. M. Lagrange, que nunca escondió su deuda con Santo Tomás de Aquino, realizada hace muy poco por el sólido teólogo tomista J. P. Torrell, al reeditar los enjundiosos comentarios de P. Benoit a las cuestiones De Prophetia (ST II-II, qq. 171-178): “Hay que leer los cuatro volúmenes de Exégèse et Théologie (de Benoit) para hacerse una idea más exacta del talento de este representante de una especie que ha llegado a ser rara, un exégeta que no ha renunciado a ser un teólogo” (16).

Notas

 

1) “El exegeta en la sociedad”, en su obra (junto con J. M. Bravo): Apuntes de Hermenéutica, Madrid (1994) 142.

 

2) Ibid., 143-144. Ya desde 1972 venía exponiendo estas inquietudes. “Los hombres nos piden pan y nosotros les ofrecemos un puñado de hipótesis sobre un versículo del capítulo 6 de San Juan; nos preguntan sobre Dios y les ofrecemos tres teorías sobre el género literario de un Salmo; tienen sed de justicia y les proponemos una disquisición etimológica sobre la raíz <sedaqá>. Estoy haciendo un examen de conciencia en voz alta y siento como respuesta: <hay que hacer esto sin omitir aquello>” (“La Bibbia come primo momento ermeneutico” en: AA. VV., Esegesi ed Ermeneutica –Atti della XXI Settimana Biblica, Brescia 1972, 147).

 

3) Apuntes…, 145. En un “Apéndice” final propone máximas penetrantes, que fotografían esta angustiante situación. Seleccionamos algunas: “La ciencia bíblica ya no es el conocimiento de la Biblia, sino de los biblistas”. “Es más lo cocinado que lo comido. Lo que se escribe es más de lo que se lee” (Ibid., 155).

 

En un estrecho colaborador del recién citado L. Alonso Schökel, podemos igualmente espigar comprobaciones por el estilo: “Actualmente al multiplicarse el número de ediciones y las revisiones continuas de la Historia, cada vez resulta más difícil hablar de su finalidad”. (Se refiere al Deuteronomio). “Para no marearnos con un mar de hipótesis…” (J. L. Sicré, Introducción al Antiguo Testamento, Estella 2001, 206 y 217).

 

4) Cita aquí a: A. Schlatter, “Atheistischen Methoden in der Theologie” en su obra: Zur Theologie des Neuen Testaments und zur Dogmatik, München (1969) 134-150. Se nos ocurre comentar que hay que andar verdaderamente desnorteados, como para arribar a métodos “a-teos”, para estudiar “Teo-logía”.

 

5) Teologia Biblica del Nuovo Testamento, Torino (2005) 540. Se podría comentar: como también suele suceder con tantos “psico-análisis”, incapaces de “psico-síntesis”.

 

Fácil sería multiplicar los testimonios de esta desazón por parte de notorios especialistas. Podríamos concluir este repaso con el severo juicio de K. A. Kitchen: “El mundo no tiene necesidad de esa clase de postmodernismo fraudulento (todo es política, poder, indeterminación –conocimiento nada explícito, ni claro– con orientación de <género> , etc.), que está por debajo de nuestros minimalistas. Tiene necesidades más prácticas que afrontar” (On the Reliability of the Old Testament, Michigan / Cambridge 2003, 463). Llaman hoy en día “minimalistas” al numeroso grupo de intérpretes, sobre todo del AT, que a partir de 1970 ponen en duda gran parte de la historia de Israel. Los patriarcas, el Éxodo, David y Salomón serían sagas, epopeyas inventadas en épocas tardías (la edad persa, por lo general), para dotar con cierto abolengo al pueblo hebreo, después del exilio babilónico.

 

6) Su tesis doctoral en San Agustín.

 

7) Otra tesis suya en San Buenaventura.

 

8) Profesor en las prestigiosas Universidades de Bonn, Tübingen, Regensburg y otras.

 

9) El ya citado G. Segalla, en otro artículo suyo, comentando el Jesus von Nazareth de J. Ratzinger-Benedicto XVI, estampa su impresión de encuentros personales con el entonces Card. J. Ratzinger: “A tal propósito se ha de recordar que el Autor (= Ratzinger-Benedicto XVI) justamente en este nivel de base tiene una excelente preparación. Conoce bien la lengua griega y cuando es necesario se muestra como un fino filólogo… Yo mismo en los 10 años en que fui miembro de la Pontificia Comisión Bíblica (1986-1996) de la cual él, en cuanto Prefecto de la Congregación para la Fe, a partir de 1981, presidía cada año la semana de estudio… recuerdo sus intervenciones discretas y su entusiasmo en la preparación del documento oficial de 1993: La interpretación de la Biblia en la Iglesia” (“Gesù di Nazaret tra passato e presente: un ‘ermeneutica ecclesiale in armonía con l’ ermeneutica storica e canonica” en: AA. VV., Il Gesù di Nazaret di Joseph Ratzinger –Un confronto, Asissi  2011, 27).

 

Me permito añadir mi propia experiencia, ya que a partir de 2001 he participado también en las sesiones de la PCB, siendo el Card. Ratzinger su presidente hasta 2005. Poco hablaba, pero al final de cada semana de discusiones, resumía de modo eximio los temas que se habían tocado. No se le escapaba nada, en una pasmosa capacidad de intelección y síntesis.

 

10) Repasar su conferencia en New York, publicada en italiano: “Interpretazione biblica in conflitto –Problemi del fondamento ed orientamento dell‘ esegesi contemporanea” en: AA. VV., L’Esegesi Cristiana oggi, Casale Monferrato (1991) 93-125. Insistirá sobre idéntica problemática en la Exhortación Apostólica postsinodal Verbum Domini (2010), números 34-36.

 

11) Jesus von Nazareth, Freiburg / Basel / Wien (2007) 20-21.

 

12) “Gesù di Nazaret tra passato e presente…”, 60.

 

13) Ver las advertencias al respecto en Juan Pablo II, Fides et Ratio (1998): “Una expresión de esta tendencia fideísta difundida hoy es el <biblicismo>, que tiende a hacer de la lectura de la Sagrada Escritura o de su exégesis el único punto de referencia para la verdad. Sucede así que se identifica la Palabra de Dios solamente con la Sagrada Escritura, vaciando así de sentido la doctrina de la Iglesia confirmada expresamente por el Concilio Ecuménico Vaticano II… No hay que infravalorar, además, el peligro de la aplicación de una sola metodología para llegar a la verdad de la Sagrada Escritura, olvidando la necesidad de una exégesis más amplia que permita comprender, junto con toda la Iglesia, el sentido pleno de los textos” (Nº 55).

 

14) Fallecido, lamentablemente, en 2010.

 

15) D. Hercsik, “Das Wort Gottes in der nachkonziliarischen Kirche und Theologie”, en: Gregorianum, 86/1 (2005) 141.

 

16) Saint Thomas d’ Aquin –La Prophetie, Deuxième édition entièrement mise à jour par Jean-Pierre Torrell, Paris (2005) 6. (Resaltado por mí).

 

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La tentación del "respeto humano"

"Se debe obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch 5,29)

 

Diác. Jorge Novoa

 

El respeto humano es un arma potente en manos del demonio. El santo Cura de Ars advertía: "¿Sabéis cuál es la primera tentación que el demonio presenta a una persona que ha comenzado a servir mejor a Dios? Es el respeto humano ¡Oh, maldito respeto humano, qué de almas arrastra al infierno!"

 

La cultura dominante evita cada vez más definir. Si al mal que me aqueja no puedo nombrarlo, ¿cómo podré curarlo? La definición permite un diagnóstico apropiado para poder combatir una enfermedad, en este caso una enfermedad espiritual. Este espíritu del mal que penetra la cultura imperante y favorece la "confusión" es el demonio.

 

El texto del libro de los Hechos de los Apóstoles en 5,29 detalla perfectamente a qué nos referimos cuando aludimos al "respeto humano". Es la desobediencia a las mociones de Dios, para adecuarnos obedientemente a los sentires, pesares y deseos de los hombres, impulsándonos a complacer más a los hombres que a Dios.

 

El respeto humano supone un exceso de preocupación por el juicio de los demás sobre nosotros, nuestras decisiones y opciones (tenemos la necesidad de ser reconocidos y admirados por lo que hacemos o decimos); o la incapacidad, de la que hacemos gala, para asumir nuestras decisiones delante de los demás. Esta actitud se parece a una máquina que, una vez alimentada, convierte a su cultor en prisionero, y permanentemente lo hace vivir de cara al "qué dirán". El demonio utiliza estos miedos para obstaculizar y en muchos casos paralizar cualquier movimiento hacia Dios.

 

El respeto humano se apoya en la apariencia. Si observamos detenidamente los términos que designan esta realidad, vemos que ambos son insignes. El respeto es la consideración sobre la excelencia de alguna persona o cosa. Es una suerte de miramiento, atención y deferencia con alguien o algo. Humano es lo relativo al hombre; un gesto humano es un modo de expresar compasión y generosidad. Ambos términos, presentados separadamente, expresan realidades sublimes de la existencia humana; pero el demonio los disfraza, presentando bajo el ropaje de lo sublime un rasgo deshumanizador.

 

El respeto humano es negativo para la vida espiritual, y debe ser reconocido y enfrentado con valentía, implorando al Señor en la oración que nos permita descubrir las artimañas del enemigo de la naturaleza humana. Su aparición en la vida espiritual está destinada a favorecer la tibieza. El hombre que ha sido atraído hacia las cumbres de la santidad, llamado por el Señor a vivir quijotescamente su existencia, ahora comienza a ocultar estos impulsos, guardándolos en su corazón, debido al efecto que provocará esta decisión en los demás. Sórdidamente el demonio entabla la batalla en el corazón del hombre, cargándolo con el peso que supone que su decisión puede entristecer, herir o producir un distanciamiento afectivo. El combate se libra en el pensamiento, apareciendo un sinnúmero de argumentaciones que los “maestros de la vida espiritual” llaman las falsas razones.

 

Enseña San Ignacio, en las reglas de discernimiento de espíritus: "En las personas que van intensamente purgando sus pecados, y en el servicio de Dios nuestro Señor de bien en mejor subiendo, es el contrario modo que en la primera regla; porque entonces propio es del mal espíritu morder, tristar (entristecer) y poner impedimentos, inquietando con falsas razones para que no pase adelante; y propio del bueno dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando todos impedimentos, para que en el bien obrar proceda adelante" .

 

El mal espíritu trabaja por lo general en el ámbito de los afectos, y nos susurra sobre la impresión que causará en nuestros familiares, amigos o compañeros de trabajo la decisión que hemos tomado. Nos invita sutilmente, en caso que debamos nosotros comunicar la noticia, a hacerlo difusamente, ocultando las verdaderas motivaciones.

 

Ejemplos: el hijo que ha "recibido" el llamado a la vida religiosa y se pregunta por la reacción de sus amigos, padres, etc. El joven que ha comenzado a frecuentar la parroquia y la celebración dominical y siente el peso de confesar valientemente el camino emprendido.

 

La entrada de Teresa de los Andes en el Carmelo convulsiona a toda la familia. Su padre se ausenta de la casa en los últimos días; no tiene el valor de regresar "para no encontrarse en el momento de la separación". Especialmente disgustados por su ingreso en el Carmelo están su hermana Rebeca, desolada por la próxima ausencia, y su hermano Lucho, “que ha perdido la fe y no entiende la vocación de su hermana, a quien adora”.

 

Agustín, en las Confesiones, nos refiere la lucha que sostiene Victorino. "Temía Victorino disgustar a sus amigos fanáticos idólatras, que eran muy poderosos por hallarse constituidos en la cumbre de las mayores dignidades civiles y religiosas, y juzgaba que sus odios y enemistades, por proceder de personas tan principales y altas, habían de caer sobre él con tanto mayor ímpetu y fuerza, cuanto era mayor la influencia y poder de aquellas eminencias babilónicas y de aquellos elevados cedros del Líbano, que aún el Señor no había derribado y deshecho. Pero después que con el estudio continuado y fervorosa oración adquirió más fortaleza y convencimiento de la fe, temía se verificase en él el dicho del Salvador de que no le había de reconocer por suyo en presencia de los santos ángeles, si él temía confesar a Cristo delante de los hombres; le pareció que se hacía reo de un delito muy grave en avergonzarse de recibir los sacramentos, que vuestro Verbo humillado había instituido, no habiéndose avergonzado de cooperar a los sacrificios sacrílegos y cultos inventados por la soberbia de los demonios, a quienes él, soberbio también, había imitado recibiendo las sacrílegas órdenes con que se dedicaban y destinaban los hombres al culto y servicio de los ídolos. Un día, pues, despreciando el respeto humano que le hacía perseverar en la vanidad y mentira, y avergonzándose de no seguir la verdad, repentinamente se resolvió, y, sin más pensar en ello, dijo a Simpliciano, según este mismo contaba: Ea, vamos a la Iglesia, que quiero hacerme cristiano" (Confesiones, L. VIII, C. II).

 

El Santo Padre exhortó a vencer el respeto humano diciendo: "¡Sentíos orgullosos de ser cristianos! ¡Demostradlo siempre con la palabra, con el comportamiento, en el ambiente del trabajo, en la familia, en la profesión, sin respeto humano alguno!"

 

El respeto humano promueve un silenciamiento de la vida cristiana vivida como testimonio, reduciendo el espacio evangelizador a nuestra parroquia, familia, etc. En la sociedad actual se puede hablar de todo menos de Cristo, se puede justificar casi todo (homosexualidad, lesbianismo) excepto los mandamientos de la ley de Dios. Hay una censura cultural implícita en la vida cotidiana que nos invita a ocultar nuestro seguimiento del Señor, mientras escuchamos a otros que, sin ningún tipo de miramientos, se pavonean expresando a viva voz su adhesión a cantantes, deportistas, espiritistas y líderes políticos…

 

El respeto humano en un texto bíblico

 

Este texto bíblico tomado del Evangelio según San Mateo nos ayudará a reflexionar sobre el respeto humano:

 

"Porque Juan decía a Herodes: "No te es lícito tener a la mujer de tu hermano". Herodías le guardaba rencor, y quería hacerlo morir, y no podía. Porque Herodes tenía respeto por Juan, sabiendo que era un varón justo y santo, y lo amparaba: al oírlo se quedaba muy perplejo y sin embargo lo escuchaba con gusto. Llegó, empero, una ocasión favorable, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un festín a sus grandes, a los oficiales, y a los personajes de Galilea. Entró (en esta ocasión) la hija de Herodías y se congració por sus danzas con Herodes y los convidados. Dijo, entonces, el rey a la muchacha. "Pídeme lo que quieras, yo te lo daré". Y le juró: "Todo lo que me pidas, te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino". Ella salió y preguntó a su madre: "¿Qué he de pedir?" Ésta dijo: "La cabeza de Juan el Bautista". Y entrando luego a prisa ante el rey, le hizo su petición: "Quiero que al instante me des sobre un plato la cabeza de Juan el Bautista". Se afligió mucho el rey; pero en atención a su juramento y a los convidados, no quiso rechazarla".

 

El Bautista es un hombre de Dios, medita la ley de Señor día y noche en su interior; conociendo la situación en que se encuentra Herodes, y las devastadoras consecuencias que el pecado traerá, no solamente para él, sino también para el pueblo, le advierte que vive ilícitamente, fuera de la ley de Dios. "No te es lícito"…, que para nada significa no puedes, sino "no debes", o mejor dicho, puedes, usando tu libertad, obrar el bien y aborrecer el mal. Herodías ante la palabra del Bautista arde interiormente; el rencor es un fuego que consume el alma, alimentando un resentimiento tenaz que desea se consume la muerte del Bautista. El rencor oscurece la inteligencia, quita la paz e instala en el corazón la violencia.

 

Herodes respeta al Bautista; las cualidades que destaca de esta personalidad emblemática de la Escritura son las que caracterizan a un hombre de Dios: es "varón justo y santo". Las palabras del Bautista, agudas como una espada de dos filos, le producen la perplejidad de la Verdad. En estas vidas enfangadas por el pecado, la palabra de Dios por medio de Juan abre la herida con la intención de sanar para reconciliar. De esta verdad en la Iglesia dan testimonio los santos.

 

El demonio espera para tentarnos una ocasión favorable, mediada por el debilitamiento espiritual, que se expresa en la pereza de cumplir con los deberes religiosos, en una cierta aridez en la oración, o en el enfriamiento de las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad). En la Sagrada Escritura, nos cuenta San Lucas, luego de tentar a Jesús en el desierto, se retiró buscando un momento oportuno. El clima festivo del cumpleaños de Herodes, rodeado de hombres y mujeres que lo reconocen y admiran, parece el lugar apropiado para vencer el respeto que tiene al hombre de Dios, en aras de conservar el respeto humano.

 

Herodes tiene el corazón empecatado y el respeto humano es la soga que le impide volar. Es un hombre disoluto que expresa toda su vaciedad ofreciéndole a la hija de Herodías lo que quiera, "todo lo que me pidas"… Una danza insinuante, unos amigos y una fiesta son la ocasión favorable para decidir la violenta muerte del precursor del Mesías. Precisamente una vida tan vacía responde injustamente, dando rienda suelta al rencor que promueve la ceguera de Herodías. Finalmente, Herodes ejecuta el pedido de muerte para el Bautista, con una aflicción que se inclina ante el juicio de los hombres y se pasea indiferentemente ante el juicio de Dios.

 

Dice el Aquinate comentando el Credo en el artículo 1: "Asimismo, todos aquellos que obedecen a los reyes más que a Dios o en aquellas cosas que no deben obedecer, los constituyen dioses suyos. Hechos 5,29: "Se debe obedecer a Dios antes que a los hombres".”

 

"Lo único que para mí habéis de pedir es fuerza interior y exterior, a fin de que no sólo de palabra, sino también de voluntad me llame cristiano y me muestre como tal..." (San Ignacio de Antioquia, De la Carta a los Romanos, 5-6).

Fuente: www.feyrazon.org/Jorgerespeto.htm

 

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Reflexiones sobre la necesidad actual de la apologética

 

Daniel Iglesias Grèzes

 

1.    La apologética: definición y valor

 

La apologética es la ciencia que demuestra racionalmente la credibilidad de la fe y defiende a la fe de los ataques que pretenden invalidarla o desestimarla. Estudia y prueba los fundamentos racionales de la fe cristiana y católica (los “preámbulos de la fe”) y defiende de las críticas a las principales verdades de esa fe. La apologética católica clásica se estructura en tres partes, que se refieren respectivamente a la fe en Dios, la fe en Jesucristo y la fe en la Iglesia Católica. Se las solía denominar así: demostración religiosa, demostración cristiana y demostración católica.

 

Las demostraciones apologéticas operan de un modo distinto que, por ejemplo, las demostraciones matemáticas. El conocimiento de una demostración matemática produce de por sí un conocimiento matemático, dado que éste es un producto de la “razón pura”, por así decir. En cambio, la fe –nos dice la doctrina católica– es un acto de la inteligencia imperado por la voluntad, movida por la gracia de Dios, por el cual el hombre asiente a la Divina Revelación y se adhiere a ella. Por lo tanto, es un acto que involucra a toda la persona, no sólo a su razón. Además de una dimensión intelectual, tiene una dimensión moral. Esto explica por qué tener grandes conocimientos de apologética no es condición necesaria ni condición suficiente para la fe. Por un lado, Dios puede conceder el don de la fe a personas sencillas que tienen pocos conocimientos apologéticos; y, por otro lado, puede suceder que alguien sea erudito en apologética y no tenga fe, por ejemplo por no tener una disposición moral adecuada.

 

¿Cuál es entonces el valor de la apologética? La fe tiene un carácter racional, por lo cual exige un conocimiento (aunque sea mínimo) de las razones que la hacen creíble. La fundamentación científica de los motivos de credibilidad ayuda a adquirir un conocimiento teológico más pleno de la fe y a convertir en certeza refleja la certeza vulgar que muchos cristianos tienen sobre el hecho de la Revelación y sobre la obligación moral de creer en ella. Además, la apologética satisface el interés de los numerosos cristianos que no se conforman con tener dicha certeza vulgar y desean saber con precisión las razones por las que se conoce que Dios nos ha hablado, el modo como lo ha hecho y el valor de la fe. Por esto la apologética sirve también para estimar la fe y desearla.

 

2.    Crisis de la apologética

 

La tradición católica concede gran importancia a la apologética. Lamentablemente, en los últimos 50 años (después del Concilio Vaticano II) la apologética católica sufrió un eclipse muy notorio y casi generalizado, debido a influjos protestantizantes y liberalizantes en el pensamiento católico. Incluso la misma palabra “apologética” cayó bastante en desuso en el ámbito teológico y hasta suele estar mal vista, habiendo sido sustituida sobre todo por la expresión “teología fundamental”.

 

La actual teología fundamental incluye la disciplina antes denominada apologética, pero no se identifica simplemente con ella. Podría decirse que la teología fundamental tiene dos partes, una que en esencia coincide con la antigua apologética (aunque hoy se practique de forma diferente) y otra que podríamos denominar “teoría del conocimiento teológico”. En la práctica parece prevalecer el interés en esa segunda parte. Muchas obras contemporáneas de teología fundamental suelen estar más orientadas al estudio dogmático de las nociones de “revelación” y “fe” o al estudio del método de la ciencia teológica que a la demostración de la racionalidad de la fe católica.

 

En el descuido del enfoque propiamente apologético ha incidido la influencia de la teología protestante en la actual teología católica. En el marco de la clásica contraposición protestante entre la fe y las obras, los protestantes tienden a ver a la apologética como una mera obra de la razón, una de las obras humanas contrapuestas a la gracia de Dios y a la fe (“sola gracia” y “sola fe”, sin las obras, son principios protestantes) que no pueden contribuir a la salvación del hombre. La tendencia fideísta del protestantismo conduce a despreciar el esfuerzo racional para fundamentar la credibilidad de la fe. La fe cristiana sería tanto más pura cuanto menos se apoyara en la luz de la razón y más se asemejara a un salto hecho a ciegas.

 

En esta cuestión se debe considerar también el influjo del liberalismo en la teología católica contemporánea (sobre todo en la teología “progresista”). Los liberales tienden a ver falsamente a la apologética como un intento intolerante o fanático de imponer la propia fe a los no creyentes. En esta óptica distorsionada, la apologética se opone al espíritu de diálogo y a la convivencia pacífica.

 

3.      Necesidad actual de la apologética

 

En la perspectiva católica, en cambio, el hombre contribuye a la obra divina de la redención por medio de su respuesta libre a la gracia de Dios (respuesta que, también ella, si es positiva, es obra de la gracia); y resulta sumamente lógico y “natural” que el cristiano procure compartir con los demás la alegría de la fe y la esperanza de la salvación, sin recurrir a violencia alguna, confiando en la fuerza intrínseca de la verdad revelada por Dios en Cristo.

 

En el post-concilio se han manifestado claramente en la Iglesia Católica actitudes anti-intelectuales y anti-apologéticas, con consecuencias muy negativas para el pueblo fiel. Se ha debilitado en muchos católicos el arraigo del árbol de la fe en el terreno racional de los “preámbulos de la fe” y se ha dejado a muchos fieles casi indefensos frente al ataque doctrinal de los muchos adversarios de la Iglesia, por ejemplo sectas y nuevos movimientos religiosos.

 

Por otra parte, en los últimos años se han manifestado con fuerza en Occidente formas de ateísmo y laicismo agresivamente antirreligiosas, y especialmente anticatólicas. Sin duda los cristianos no debemos reaccionar con violencia frente a los cada vez más frecuentes ataques e irreverencias contra lo sagrado cristiano; pero tampoco cabe que nos crucemos de brazos, indiferentes.

 

Aunque la vieja apologética católica incurrió a veces en tendencias racionalistas o en excesos polémicos, cumplió un rol positivo y necesario. El descuido de la apologética es una de las causas de la actual crisis eclesial. La apologética renovada es un componente esencial de la nueva evangelización requerida en los países de tradición cristiana.

 

4.      Signos de una revalorización de la apologética

 

Gracias a Dios, hoy es posible apreciar varios signos de una tendencia, cada vez más clara, hacia una revalorización de la apologética.

 

La Providencia ha querido preservar a la Iglesia Católica en los Estados Unidos de América de la crisis general de la apologética católica. En realidad, en Estados Unidos la apologética católica no sólo ha sido conservada, sino que ha vuelto a florecer en las últimas décadas, por medio de las obras de muchos magníficos apologistas (en su mayoría laicos). Algunos de los principales exponentes del vibrante ambiente de la apologética católica norteamericana contemporánea son Jimmy Akin, Scott Hahn, Karl Keating, Peter Kreeft, Stephen Ray, Tim Staples y Michael Voris. A medida que estos autores van ganando influencia también más allá de los Estados Unidos, están contribuyendo a la revitalización de la apologética católica a nivel mundial.

 

Por otra parte, en paralelo con el descuido de la apologética católica en el ámbito académico, debido en parte a una “apertura al mundo” bastante mal entendida en muchos sectores católicos, se constata un hecho que, aunque hoy ya es evidente, no ha sido debidamente subrayado por muchos observadores: en Internet se está produciendo una especie de renacimiento o relanzamiento de la apologética católica.

 

Además, conviene citar tres pronunciamientos recientes del Magisterio de la Iglesia que apuntan en la misma dirección.

 

En primer lugar, citaré un texto de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, reunida en 2007 en Aparecida (Brasil): “Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

En segundo lugar, citaré un texto del último Sínodo de los Obispos, reunido en 2012 para tratar el tema de la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana.

 

“Proposición 17: Preámbulos de la fe y teología de la credibilidad

 

En el contexto contemporáneo de una cultura global, muchas dudas y obstáculos causan un extendido escepticismo e introducen nuevos paradigmas de pensamiento y vida. Es de una importancia primordial, para una Nueva Evangelización, subrayar el rol de los Preámbulos de la Fe. Es necesario, no sólo mostrar que la fe no se opone a la razón, sino también destacar una serie de verdades y realidades que se refieren a una antropología correcta, que es iluminada por la razón natural. Entre ellas están el valor de la Ley Natural y las consecuencias que tiene para toda la sociedad humana. Las nociones de “Ley Natural” y “naturaleza humana” son susceptibles de demostraciones racionales, tanto en el nivel académico como en el popular. Tal desarrollo y emprendimiento intelectual ayudará al diálogo entre los fieles cristianos y las personas de buena voluntad, abriendo una vía para reconocer la existencia de un Dios Creador y el mensaje de Jesucristo, el Redentor.

 

Los Padres Sinodales piden a los teólogos que desarrollen una nueva apologética del pensamiento cristiano, es decir una teología de la credibilidad adecuada para una Nueva Evangelización. El Sínodo llama a los teólogos a aceptar y responder a los desafíos intelectuales de la Nueva Evangelización participando en la misión de la Iglesia de anunciar a todos el Evangelio de Cristo.”

 

(XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Proposición 17;  véase: http://www.vatican.va/news_services/press/sinodo/documents/bollettino_25_xiii-ordinaria-2012/02_inglese/b33_02.html. Esa página contiene una versión no oficial en inglés de las proposiciones finales del Sínodo. La traducción al español es mía).

 

Por último, citaré un texto del Papa Francisco: “El anuncio a la cultura implica también un anuncio a las culturas profesionales, científicas y académicas. Se trata del encuentro entre la fe, la razón y las ciencias, que procura desarrollar un nuevo discurso de la credibilidad, una original apologética [109] que ayude a crear las disposiciones para que el Evangelio sea escuchado por todos. Cuando algunas categorías de la razón y de las ciencias son acogidas en el anuncio del mensaje, esas mismas categorías se convierten en instrumentos de evangelización; es el agua convertida en vino. Es aquello que, asumido, no sólo es redimido sino que se vuelve instrumento del Espíritu para iluminar y renovar el mundo.” (Papa Francisco, exhortación apostólica Evangelii Gaudium, n. 132; la nota 109 dice: “Cf. Propositio 17”).

 

5.      Algunas propuestas prácticas

 

En un artículo anterior sostuve la conveniencia de intensificar mucho el contenido apologético de la catequesis e incluso propuse la elaboración de un Catecismo Apologético, complementario al valiosísimo Catecismo de la Iglesia Católica y a otros excelentes catecismos actuales.

 

Ahora quiero subrayar la importancia de otras dos iniciativas prácticas: a) la formación apologética de los seminaristas; b) la incorporación de la apologética en las homilías.

 

Acerca del primer punto, pienso que habría que elaborar nuevos manuales de apologética que  presenten de forma sintética y convincente el conjunto completo de los fundamentos racionales de la fe católica, en diálogo con los hombres de nuestro tiempo y tomando en cuenta el estado actual de los conocimientos científicos, filosóficos, históricos, bíblicos y teológicos.

 

Acerca del segundo punto, pienso que hay que evitar los dos extremos: tanto la ausencia o el defecto (hoy demasiado frecuentes) como el exceso de la apologética en las homilías. En este sentido, probablemente sería útil preparar guías homiléticas que tomen debidamente en cuenta el factor apologético.

 

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Hernán Cortés, pecador y apóstol

 

José María Iraburu, sacerdote

 

La vuelta de Quetzalcóatl

 

Antiguas tradiciones de México, según el noble mestizo Fernando de Alva Ixtlilxochitl, hablaban de Quetzalcóatl, «hombre justo, santo y bueno», que en tiempo inmemorial vino a los aztecas «enseñándoles por obras y palabras el camino de la virtud, y evitándoles los vicios y pecados, dando leyes y buena doctrina». Predicó especialmente en la zona de Cholula, y «viendo el poco fruto que hacía con su doctrina, se volvió por la misma parte donde había venido, que fue por la de oriente», asegurando antes de irse que «en un año que se llamaría ce ácatl volvería, y entonces su doctrina sería recibida, y sus hijos serían señores y poseerían la tierra». Quetzalcóatl «era hombre bien dispuesto, de aspecto grave, blanco y barbado». Su nombre, literalmente, «significa sierpe de plumas preciosas; por sentido alegórico, varón sapientísimo». Más tarde, en Cholula «edificaron un templo a Quetzalcóatl, a quien colocaron por dios del aire» (Historia de la nación chichimeca cp.1). El año aludido, ce ácatl, era el 1519.

 

Bernardino de Sahagún, por otra parte, recogiendo informes de los indios, cuenta que el año calli, es decir 1509, fue en México un año fatídico, en el que se produjeron extrañas señales, misteriosos y alarmantes presagios: se incendia el cu de Huitzilopochtli, sin que nadie sepa la causa, atraviesa los cielos un cometa desconocido, se levantan las aguas de México sin viento alguno, se oyen voces en el aire... «Moctezuma espantóse de esto, haciendo semblante de espantado», procura la soledad, interroga a adivinos y astrólogos (VIII, 6)... Es el año 1509.

 

Un día, finalmente, según la Crónica mexicana de Fernando de Alvarado Tezozómoc, se presenta ante Moctezuma un macehual, un hombre del pueblo, comunicando con el mayor respeto que en la orilla del mar de oriente «vide andar en medio de la mar una sierra o cerro grande, y esto jamás lo hemos visto». Verificada la increíble noticia, confirman al tlatoani que, efectivamente, «han venido no sé qué gente, las carnes de ellos muy blancas, y todos los más tienen barba larga» (León-Portilla, Crónicas indígenas cp.2).

 

Una vez más los nigrománticos defraudan al tlatoani: «¿qué podemos decir?», y éste, perdiendo ya los nervios, manda arrasar sus casas y matar sus familias. «Se juntaron luego, y fueron a las casas de ellos, y mataron a sus mujeres, que las iban ahogando con unas sogas, y a los niños iban dando con ellos en las paredes haciéndolos pedazos, y hasta el cimiento de las casas arrancaron de raíz» (cp. 2).

 

Moctezuma, hombre profundamente religioso, como guardián del reino y del culto, «quedó lleno de terror, de miedo. Y todo el mundo estaba muy temoroso. Había gran espanto y había terror. Se discutían las cosas, se hablaba de lo sucedido... Los padres de familia dicen: ¡Ay, hijitos míos! ¿Qué pasará con vosotros?... ¿Cómo podréis vosotros ver con asombro lo que va a venir sobre vosotros?... Moctezuma estaba para huir, tenía deseos de huir; anhelaba esconderse huyendo, estaba para huir. Intentaba esconderse»... Pero los blancos barbados se aproximan más y más a Tenochtitlán, y el tlatoani «no hizo más que esperarlos. No hizo más que resignarse; dominó finalmente su corazón, se recomió en su interior, lo dejó en disposición de ver y de admirar lo que habría de sucedir» (cp. 4).

 

Ya toda resistencia a lo que fatalmente había de suceder era inútil. «Había vuelto Quetzalcóatl. Ahora se llamaba Hernán Cortés» (Madariaga, Cortés 27).

 

Hernán Cortés (1485-1547)

 

Extremeño, nacido en 1485 en Medellín, de padres hidalgos, inició Cortés sus estudios en Salamanca, los dejó pronto, dicen que bachiller, y en 1504 se embarcó para las Indias. Escribano en Santo Domingo, dado a sus negocios, fue siempre «algo travieso con las mujeres», como dice Bernal Díaz (cp. 204). Refiere Francisco Cervantes de Salazar que, estando un día enfermo –digamos, de un cierto mal–, soñó Cortés «que había de comer con trompetas o morir ahorcado», y así lo dijo a sus amigos (2,17: Madariaga 71). Presiente extrañamente la acción y la gloria.

 

A los 26 años está en Cuba, como secretario del gobernador Velázquez, al mismo tiempo que cría ganado, mostrando sus dotes de empresa. Alcalde de Santiago a los 33 años, siendo uno de los hombres más prósperos y mejor relacionados de la isla, se hace con el mando de una expedición autorizada, más o menos, por Velázquez, y financiada en gran parte por el propio Cortés. Recala primero en Trinidad, y el 10 de febrero de 1519, se hace a la vela hacia México con once navíos, quinientos ochenta soldados y capitanes, cien marineros, dieciséis caballos y diez cañones. Era el año ce áctl de la era mexicana.

 

Bernal, soldado y compañero, describe a Cortés como alto y bien proporcionado, dando en todo señales de gran señor, «de muy afable condición en el trato con todos sus capitanes y compañeros», algo poeta, latino y elocuente, «buen jinete y diestro de todas las armas», «muy porfiado, en especial en las cosas de la guerra», algo jugador y «con demasía dado a las mujeres». Era, por otra parte, hombre muy religioso. «Rezaba por las mañanas en unas Horas e oía misa con devoción. Tenía por su muy abogada a la Virgen María Nuestra Señora», y era limosnero, sumamente sufrido, el primero en trabajos y batallas, sumamente alerta y previsor (cp. 204).

 

Mendieta, conociendo las flaquezas de este Capitán, señala sin embargo que él fue ciertamente elegido por la Providencia divina para «abrir la puerta y hacer camino a los predicadores de su Evangelio en este nuevo mundo», en aquellos años trágicos en que media Europa, conducida por Lutero, se alejaba de la Iglesia, «de suerte que lo que por una parte se perdía, se cobrase por otra». De hecho, Lutero emprendió en 1519 su predicación contra la Iglesia, y en ese año inició Cortés la conquista de la Nueva España. También señala Mendieta otra significativa correspondencia: «el año en que Cortés nació, que fue el de 1485, se hizo en la ciudad de México [en realidad en 1487] una solemnísima fiesta en dedicación del templo mayor [el de Huichilobos], en la cual se sacrificaron ochenta mil y cuatrocientas personas» (Historia III, 1).

 

Conductor de una altísima empresa

 

En las Instrucciones que el Gobernador Diego Velázquez dio en Cuba a Hernán Cortés, cuando éste partía en 1518 hacia México, la finalidad religiosa aparece muy acentuada entre los varios motivos de la expedición: «Pues sabéis, le dice, que la principal cosa [por la que] sus Altezas permiten que se descubran tierras nuevas es para que tanto número de ánimas como de innumerable tiempo han estado e están en estas partes perdidas fuera de nuestra santa fe, por falta de quien de ella les diese verdadero conocimiento; trabajaréis por todas las maneras del mundo... como conozcan, a lo menos, faciéndoselo entender por la mejor orden e vía que pudiéredes, cómo hay un solo Dios criador del cielo e de la tierra... Y decirles heis todo lo demás que en este caso pudiéredes» (Gómez Canedo 27).

 

Este intento estaba realmente vivo en el corazón de Cortés, que en el cabo San Antonio, antes de echarse a la empresa, arengaba a sus soldados diciendo: «Yo acometo una grande y hermosa hazaña, que será después muy famosa, que el corazón me da que tenemos de ganar grandes y ricas tierras, mayores reinos que los de nuestros reyes... Callo cuán agradable será a Dios nuestro Señor, por cuyo amor he de muy buena gana puesto el trabajo y los dineros..., que los buenos más quieren honra que riqueza. Comenzamos guerra justa y buena y de gran fama. Dios poderoso, en cuyo nombre y fe se hace, nos dará victoria» (López de Gómara, Conquista p. 301).

 

También el franciscano Motolinía considera la conquista como guerra justa y buena, sin que por ello apruebe los excesos que en ella se hubieran dado. Así, en su carta a Carlos I, en 1555, defendiendo contra las acusaciones de Las Casas el conjunto de lo hecho, recuerda al Emperador que los mexicanos «para solenizar sus fiestas y honrar sus templos andaban por muchas partes haciendo guerra y salteando hombres para sacrificar a los demonios y ofrecer corazones y sangre humana; por la cual causa padecían muchos inocentes, y no parece ser pequeña causa de hacer guerra a los que ansí oprimen y matan los inocentes; y éstos con gemidos y clamores clamaban a Dios y a los hombres ser socorridos, pues padecían muerte tan injustamente, y esto es una de las causas, como V. M. sabe, por la cual se puede hacer guerra».

 

Es ésta una doctrina del padre Vitoria, como ya vimos (54), formulada en 1539. En nuestra opinión, es hoy ésta la razón que se estima más válida para justificar la conquista de América. Actualmente las naciones, según el llamado deber de injerencia, se sentirían legitimadas para entrar y sujetar a un pueblo que hiciera guerras periódicas para someter a sus vecinos y procurarse víctimas, y que sacrificara anualmente a sus dioses decenas de miles de prisioneros, esclavos, mujeres y niños.

 

Primera misa en Cozumel

 

Cortés y los suyos, llegados a la isla de Cozumel, en la punta de Yucatán, en su primer contacto con lo que sería Nueva España, visitaron un templo en el que estaban muchos indios quemando resina, a modo de incienso, y escuchando la predicación de un viejo sacerdote. Allá estuvieron mirándolo, cuenta Bernal Díaz, a ver en qué paraba «aquel negro sermón»...

 

Melchorejo le iba traduciendo a Cortés, que así supo que «predicaba cosas malas». Se reunió entonces el Capitán con los principales y por el intérprete les dijo «que si habían de ser nuestros hermanos que quitasen de aquella casa aquellos sus ídolos, que eran muy malos y les hacían errar, y que no eran dioses, sino cosas malas, y que les llevarían al infierno sus ánimas. Y que pusiesen una imagen de Nuestra Señora que les dio, y una cruz. Y se les dijo otras cosas acerca de nuestra santa fe, bien dichas».

 

El papa, sacerdote, y los caciques respondieron que adoraban «aquellos dioses porque eran buenos, y que no se atrevían ellos hacer otra cosa, y que se los quitásemos nosotros, y veríamos cuánto mal nos iba de ello, porque nos iríamos a perder en la mar». No conocían a Cortés, al decir esto. «Luego Cortés mandó que los despedazásemos y echásemos a rodar unas gradas abajo, y así se hizo. Y luego mandó traer mucha cal, y se hizo un altar muy limpio» donde pusieron una cruz y una imagen de la Virgen, «y dijo misa el Padre que se decía Juan Díaz, y el papa y cacique y todos los indios estaban mirando con atención» (cp. 27).

 

Métodos apostólicos tan expeditivos –¡y tan arriesgados!– se mostraron sumamente eficaces para manifestar a los naturales la absoluta vanidad de sus ídolos, y recuerdan los procedimientos misioneros empleados en la Germania pagana por San Wilibrordo y sus compañeros, cuando, con el mismo fin, destruyeron santuarios paganos y se atrevieron a bautizar en manantiales tenidos por sagrados. Tiene razón Madariaga cuando dice que «no hay quien lea este episodio sin sentir la fragancia de la nueva fe: la madre y el niño, símbolos de ternura y debilidad, en vez de los sangrientos y espantosos dioses» (133). En Cozumel se inició la evangelización de México.

 

Tabasco y la victoria de la Virgen

 

El 12 de marzo de 1519 fondean en Tabasco, al oeste de Yucatán, y a los requerimientos y teologías de los españoles, los indios responden esta vez con una lluvia de flechas. Los estampidos de las armas españolas y sus caballos les hicieron cambiar de opinión, y también, según López de Gómara, la intervención de Santiago apóstol a caballo, que el bueno de Bernal Díaz niega con ironía (cp. 34).

 

Ya en tratos de paz, Cortés les pide a los indios dos cosas: la primera, que vuelvan a las casas los que huyeron, como así se hizo; y «lo otro, que dejasen sus ídolos y sacrificios, y respondieron que así lo harían». En seguida, Cortés les habló del Dios verdadero, de la santa fe, de la Virgen, «lo mejor que pudo». Los de Tabasco se declararon dispuestos a ser vasallos de Carlos I, y ofrecieron presentes de oro y veinte mujeres, entre ellas Doña Marina, que, con otros, se bautizó; ella conocía la lengua de Tabasco y la de México. Finalmente, se hizo un altar, y los indios, muy atentos, vieron aquellos guerreros barbudos vestidos de hierro adoraban una cruz de maderos, hacían procesión con ramos festivos, y se arrodillaban ante «una imagen muy devota de Nuestra Señora con su hijo precioso en los brazos; y se les declaró que en aquella santa imagen reverenciamos, porque así está en el cielo y es Madre de Nuestro Señor Dios». Al lugar se le puso el nombre de Santa María de la Victoria (cp. 36).

 

Todo esto llegaba a oídos de Moctezuma, el cual «despachó gente para el recibimiento de Quetzalcóatl, porque pensó que era el que venía», y a sus mensajeros les instruyó con cuidado: «veis aquí estas joyas que le presentaréis de mi parte, que son todos los atavíos sacerdotales que a él le convienen» (Sahagún 12,3-4). El tlatoani azteca «no podía comer ni dormir», y envió hechiceros que probaran con los españoles sus poderes, pero fue inútil. Entonces «comenzó a temer y a desmayarse y a sentir gran angustia» (12,6-7).

 

Los españoles se hacen a la mar, siempre hacia México, llegan a San Juan de Ulúa, fundan Villa Rica de la Vera Cruz, nombre significativo, que une el oro al Evangelio de Cristo...

 

Cempoala y los calpixques aztecas

 

Llega un día a los españoles una embajada de totonacas, con ofrendas florales y obsequios, enviada por el cacique gordo de Cempoala –así llamado en las crónicas–. El cacique en seguida, «dando suspiros, se queja reciamente del gran Montezuma y de sus gobernadores», y Cortés le responde que tenga confianza: «el emperador don Carlos, que manda muchos reinos, nos envía para deshacer agravios y castigar a los malos, y mandar que no sacrifiquen más ánimas; y se les dio a entender otros muchas cosas tocantes a nuestra santa fe» (Bernal cp. 45).

 

Pero el cacique gordo y los suyos estaban aterrorizados por los aztecas, y «con lágrimas y suspiros» contaban cómo «cada año les demandaban muchos hijos e hijas para sacrificar, y otros para servir en sus casas y sementeras; y que los recaudadores [calpixques] de Montezuma les tomaban sus mujeres e hijas si eran hermosas, y las forzaban; y que otro tanto hacían en toda aquella tierra de la lengua totonaque, que eran más de treinta pueblos».

 

En estas conversaciones estaban cuando llegaron cinco calpixques de Moctezuma, y a los totonacas «desde que lo oyeron, se les perdió la color y temblaban de miedo». Pasaron, majestuosos, ante los españoles aparentando no verlos, comieron bien servidos, y exigieron «veinte indios e indias para sacrificar a Huichilobos, porque les dé victoria contra nosotros» (cp. 46). Cortés, ante el espanto de los totonacas, mandó que no les pagaran ningún tributo, más aún, que los apresaran inmediatamente.

 

Cuando lo hicieron, en seguida se difundió la noticia por la región, y «viendo cosas tan maravillosas y de tanto peso para ellos, de allí en adelante nos llamaron teúles, que es dioses, o demonios» (cp. 47). Entonces los totonacas, con el mayor entusiasmo, resolvieron sacrificar a los recaudadores, pero Cortés lo impidió, poniendo a éstos bajo la guardia de sus soldados. Y por la noche, secretamente, liberó a dos de ellos, para que contasen lo sucedido a Moctezuma, y le asegurasen que él era su amigo y que cuidaría de los tres calpixques restantes...

 

El terror que los guerreros y recaudadores aztecas suscitaban en todos los pueblos sujetos al imperio de Moctezuma era muy grande. De ahí que la acción de Cortés, sujetando a los calpixques en humillantes colleras que los totonacas tenían para sus esclavos, fue la revelación de una verdadera libertad posible.

 

Murmuraciones y temores

 

Acercándose ya a Tlaxcala, algunos soldados que en Cuba habían dejado haciendas, metidos más y más en el corazón de México, temiendo por sus propias vidas, comenzaron a murmurar en corrillos, recordando que habían ya perdido 55 compañeros desde que iniciaron la expedición. Aunque reconocían que Dios hasta ahora les había ayudado, pensaban «que no le debían tentar tantas veces», sino que convenía regresar a Veracruz y replegarse en el territorio totonaca, al menos hasta que Velázquez les enviara refuerzos. Finalmente, todo esto se lo dijeron a Cortés abiertamente.

 

«Y viendo Cortés que se lo decían algo como soberbios, les respondió muy mansamente», y después de recordar las grandes hazañas cumplidas entre todos, con él siempre en la vanguardia –lo que era innegable–, les añadió: «He querido, señores, traeros esto a la memoria, que pues Nuestro Señor fue servido guardarnos, tuviésemos esperanza que así había de ser adelante; pues desde que entramos en la tierra en todos los pueblos les predicamos la santa doctrina lo mejor que podemos, y les procuramos de deshacer sus ídolos. Encaminemos siempre todas las cosas a Dios y seguirlas en su santo servicio será mejor... [Él] nos sostendrá, que vamos de bien en mejor». Por otra parte, si retrocedieran, Moctezuma «enviaría sus poderes mexicanos contra ellos [los totonacas], para que le tornasen a tributar, y sobre ellos darles guerra, y aun les mandara que nos la den a nosotros» (cp. 69). No había otra sino seguir adelante.

 

Tlaxcala

 

Extrañamente los tlaxcaltecas, deponiendo su primera actitud belicosa, pronto vinieron a paz con los españoles, y se hicieron sus mejores aliados, en buena parte porque ya no querían soportar más el yugo de los mexicanos. Los caciques principales le dijeron a Cortés que, de cien años a esta parte, ellos estaban empobrecidos, arruinados y aplastados por el poder mexicano, sin sal siquiera para comer, pues Moctezuma no les daba opción para salir a conseguir nada (cp. 73). Y así estaban todas las provincias, tributándole «oro y plata, y plumas y piedras, y ropa de mantas y algodón, e indios e indias para sacrificar y otras para servir; y que es tan gran señor que todo lo que quiere tiene, y que en las casas que vive tiene llenas de riquezas y piedras y chalchiuis [piedras verdes], que ha robado y tomado por fuerza, y todas las riquezas de la tierra están en su poder» (cp. 78).

 

También allí Cortés, después de tranquilizarles, realizó sus acostumbradas misiones populares: exposición de la fe, deposición de los ídolos, instalación de la cruz y de la Virgen Madre «con su precioso hijo», misa, bautismos, y prohibición absoluta de sacrificios rituales y comer carne humana. Y cuenta Bernal Díaz:

 

«Hallamos en este pueblo de Tlaxcala casas de madera hechas de redes y llenas de indios e indias que tenían dentro encarcelados y a cebo, hasta que estuviesen gordos para comer y sacrificar: las cuales cárceles las quebramos y deshicimos para que se fuesen los presos que en ellas estaban, y los tristes indios no osaban ir a cabo ninguno, sino estarse allí con nosotros, y así escaparon las vidas; y de allí en adelante en todos los pueblos que entrábamos lo primero que mandaba nuestro capitán eran quebrarles las tales cárceles y echar fuera los prisioneros, y comúnmente en todas estas tierras los tenían» (cp. 78).

 

Eran estas cárceles de dos clases: el cuauhcalli, jaula o casa de palo, y el petlacalli o casa de esteras. Con estas acciones Cortés hacía efectivas aquellas palabras que había dicho al cacique de Cempoala: que los españoles habían venido a las Indias «a desfacer agravios, favorecer a los presos, ayudar a los mezquinos y quitar tiranías» (López de Gómara, Conquista 318).

 

Guerra en Cholula

 

Diecisiete días llevaban en Tlaxcala, y había que ir pensando en continuar hacia México. Pero de nuevo comenzaron las murmuraciones entre algunos soldados, pues les parecía, dice Bernal Díaz, «que era cosa muy temerosa irnos a meter en tan fuerte ciudad siendo nosotros tan pocos». Los más fieles de Cortés «le ayudamos de buena voluntad con decir «¡adelante en buena hora!». Y los que andaban en estas pláticas contrarias eran de los que tenían en Cuba haciendas, que yo y otros pobres soldados ofrecido teníamos siempre nuestras ánimas a Dios, que las crió, y los cuerpos a heridas y trabajos hasta morir en servicio de Nuestro Señor Dios y de Su Majestad» (cp. 79). Y emprendieron la marcha.

 

Los tlaxcaltecas, cuando vieron a los españoles decididos a seguir hasta México, les pusieron muy sobre aviso contra las cortesías y traiciones de Moctezuma, que no se fiaran en nada, y también intentaron persuadirles de que no fueran por Cholula, porque allí «siempre tiene Montezuma sus tratos dobles encubiertos» (cp. 79). Sin embargo, el 13 de octubre de 1519 la pequeña armada de Cortés se encaminó hacia Cholula, acompañados por unos 500 cempoaleses y unos 6.000 tlaxcaltecas, que hubieran querido ir muchos más, pues eran enemigos feroces de los cholultecas.

 

Cholula, con sus centenares de teocalis, venía a ser un centro religioso de suma importancia, y allí estaba precisamente el gran teocali dedicado a Quetzalcóatl. También allí Cortés y los suyos hicieron a su modo las misiones populares acostumbradas. Reunidos todos los caciques y papas, «se les dio a entender muy claramente todas las cosas tocantes a nuestra santa fe, y que dejasen de adorar ídolos y no sacrificasen ni comiesen carne humana, ni usasen las torpedades que solían usar, y que mirasen que sus ídolos los traen engañados y que son malos y que no dicen verdad, y que tuviesen memoria que cinco días había las mentiras que les prometió, que les daría victoria cuando le sacrificaron las siete personas, y que les rogaba que luego les derrocasen e hiciesen pedazos» (Bernal cp. 83).

 

Como otras veces, el mercedario padre Olmedo hubo de moderar los ímpetus de Cortés contra los ídolos, haciéndole ver que «al presente bastaban las amonestaciones que se les ha hecho y ponerles la cruz». Y ahí quedó la cosa, pero no sin antes quebrar y abrir las casas-jaula, «que hallamos que estaban llenas de indios y muchachos en cebo, para sacrificar y comer sus carnes. Les mandó Cortés que se fuesen adonde eran naturales», y amenazó duramente a los chololtecas que no hicieran más sacrificios ni comieran carne humana.

 

Así las cosas, pronto supieron los españoles que los chololtecas, por mandato de Moctezuma, tramaban una celada para matarles. Reunió entonces Cortés a los caciques, y les mostró que sabía lo que preparaban: «Tales traiciones, mandan las leyes reales que no queden sin castigo». En efecto, el castigo fue una gran matanza.

 

«Estas fueron –escribe Bernal– las grandes crueldades que escribe y nunca acaba de decir el obispo de Chiapas, fray Bartolomé de las Casas, porque afirma [en la Brevísima Relación] que sin causa ninguna, sino por nuestro pasatiempo, y porque se nos antojó, se hizo aquel castigo... siendo todo al revés, y no pasó como lo escribe». Y añade: «Unos buenos religiosos franciscanos fueron a Cholula para saber e inquirir cómo y de qué manera pasó aquel castigo..., y hallaron ser ni más ni menos que en esta relación escribo, y no como lo dice el obispo. Y si por ventura no se hiciera aquel castigo, nuestras vidas estaban en mucho peligro..., y que si allí por nuestra desdicha nos mataran, esta Nueva España no se ganara tan presto» (cp. 83; +J. L. Martínez, Cortés 232-236).

 

El mestizo Muñoz Camargo, en su Historia de Tlaxcala, al comentar estos sucesos, señala que «tenían tanta confianza los cholultecas en su ídolo Quetzalcohualtl que entendieron que no había poder humano que los pudiese conquistar ni ofender, antes [entendían] acabar a los nuestros en breve tiempo, lo uno porque eran pocos, y lo otro porque los tlaxcaltecas los habían traído allí por engaño [?] a que ellos los acabaran».

 

La matanza y la destrucción de ídolos tenidos por invencibles hizo «correr la fama por toda la tierra hasta México, donde puso horrible espanto». En tal ocasión todos «quedaron muy enterados del valor de nuestros españoles. Y desde allí en adelante no estimaban acometer mayores cosas, todo guiado por orden divina, que era Nuestro Señor servido que esta tierra se ganase y rescatase y saliese del poder del demonio» (II, 5).

 

Entrada pacífica en Tenochtitlán

 

En este tiempo Moctezuma, angustiado por los más negros presagios, se encerró durante días en el Gran Teocali, en ayuno, oración y sacrificios de su propia sangre. Y cambiando de actitud a última hora, envió mensajeros para que invitaran a Cortés a entrar en México. Los embajadores aztecas recomendaron con sospechosa insistencia un camino, pero Cortés no se fió, y en momento tan grave, según escribió después a Carlos I en su II Carta, «como Dios haya tenido siempre cuidado de encaminar las reales cosas de Vuestra Majestad desde su niñez, e como yo y los de mi compañía íbamos en su real servicio, nos mostró otro camino, aunque algo agro, no tan peligroso como aquel por donde nos querían llevar».

 

Tenochtitlán, la ciudad maravillosa, señora de tantos pueblos, quedaba aislada, como extranjera de sus propios dominios. Allí habitaba Moctezuma, el tlatoani, en su inmenso palacio, con una corte de varios miles de personas principales, servidores y mujeres. Cuando salía al exterior, era llevado en andas, o ponían alfombras para que sus pies no tocaran la miserable tierra, y nadie podía mirarle, sino todos debían mantener la cabeza baja. Tenía recintos para aves, para fieras diversas, e incluso coleccionaba hombres de distintas formas y colores, o víctimas de alguna deformidad que los hacía curiosos. Éste fue el emperador majestuoso que, haciéndose preceder de solemnes embajadas y obsequios, prestó a los españoles una impresionante acogida en Tenochtitlán. Bernal Díaz lo narra con términos inolvidables, en los que admiración y espanto se entrecruzan: «delante estaba la gran ciudad de México; y nosotros aún no llegábamos a cuatrocientos soldados» (cp. 88). Era el 8 de noviembre de 1519.

 

Cortés y los suyos son instalados en las grandiosas dependencias de las casas imperiales. El tlatoani, discretamente retenido, está bajo su poder, y se muestra dócil y amistoso. Al día siguiente de su entrada en Tenochtitlán, Hernán Cortés visita a Moctezuma en su palacio, y éste, con su corte, le recibe con gran cortesía. El Capitán español está acompañado de Alvarado, Velázquez de León, Ordaz y Sandoval y cinco soldados, entre ellos el que contará la escena, Bernal Díaz (cp. 90), más dos intérpretes, doña Marina y Aguilar. Comienza el diálogo y, tras los saludos propios de aquella profunda cortesía tan propia de aztecas como de españoles, Cortés va derechamente al grano.

 

Cortés empieza por presentarse con los suyos como enviados del Rey de España, «y a lo que más le viene a decir de parte de Nuestro Señor Dios es que... somos cristianos, y adoramos a un solo Dios verdadero, que se dice Jesucristo, el cual padeció muerte y pasión por salvarnos» en una cruz, «resucitó al tercer día y está en los cielos, y es el que hizo el cielo y la tierra». Les dijo también que «en Él creemos y adoramos, y que aquellos que ellos tienen por dioses, que no lo son, sino diablos, que son cosas muy malas, y cuales tienen las figuras [los dioses aztecas eran horribles], que peores tienen los hechos. Que mirasen cuán malos son y de poca valía, que adonde tenemos puestas cruces –como las que vieron sus embajadores [los de Moctezuma]–, con temor de ellas no osan parecer delante, y que el tiempo andado lo verán».

 

En seguida continúa con una catequesis elemental sobre la creación, Adán y Eva, la condición de hermanos que une a todos los hombres. «Y como tal hermano, nuestro gran emperador [Carlos], doliéndose de la perdición de las ánimas, que son muchas las que aquellos sus ídolos llevan al infierno, nos envió para que esto que ha ya oído lo remedie, y no adorar aquellos ídolos ni les sacrifiquen más indios ni indias, pues todos somos hermanos, ni consienta sodomías ni robos».

 

Quizá Cortés, llegado a este punto, sintió humildemente que ni su teología ni el ejemplo de su vida daban para muchas más predicaciones. Y así añadió «que el tiempo andado enviaría nuestro rey y señor unos hombres que entre nosotros viven muy santamente [frailes misioneros], mejores que nosotros, para que se lo den a entender». Ahí cesó Cortés su plática, y comentó a sus compañeros: «Con esto cumplimos, por ser el primer toque».

 

Moctezuma le responde que ya estaba enterado de todo eso, pues le habían comunicado «todas las cosas que en los pueblos por donde venís habéis predicado. No os hemos respondido a cosa ninguna de ellas porque desde ab initio acá adoramos nuestros dioses y los tenemos por buenos; así deben ser los vuestros, y no cuidéis más al presente de hablarnos de ellos». De este modo transcurrió el primer encuentro entre dos mundos religiosos, uno luminoso y firme, seguro de su victoria en la historia de los pueblos; el otro oscuro y vacilante, presintiendo su fin con angustiada certeza.

 

La vergonzosa caída de Huichilobos

 

Una mañana, «como por pasatiempo», fue Cortés a visitar el gran teocali, acompañado por el capitán Andrés Tapia –por quien conocemos al detalle la escena–, con una decena más de españoles. Por las empinadas gradas frontales, ciento catorce, subieron a lo alto de la terraza superior del cu, se aproximaron a los dos templetes de los ídolos, y retirando con sus espadas las cortinas, contemplaron su aspecto horrible y fascinante: «son figuras de maravillosa grandeza y altura, y de muchas labores esculpidas», le escribirá después Cortés al Emperador en su II Carta.

 

Los ídolos, cuenta Tapia, «tenían mucha sangre, del gordor de dos y tres dedos, y [Cortés] descubrió los ídolos de pedrería, y miró por allí lo que se pudo ver, y suspiró habiéndose puesto algo triste, y dijo, que todos lo oímos: "¡Oh Dios!, ¿por qué consientes que tan grandemente el diablo sea honrado en esta tierra? Ha, Señor, por bien que en ella te sirvamos". Y mandó llamar los intérpretes, y ya al ruido de los cascabeles se había llegado gente de aquella de los ídolos, y díjoles: "Dios que hizo el cielo y la tierra os hizo a vosotros y a nosotros y a todos, y cría con lo que nos mantenemos; y si fuéremos buenos nos llevará al cielo, y si no, iremos al infierno, como más largamente os diré cuando más nos entendamos; y yo quiero que aquí donde tenéis estos ídolos esté la imagen de Dios y de su Madre bendita, y traed agua para lavar estas paredes, y quitaremos de aquí todo esto".

 

«Ellos se reían, como que no fuese posible hacerse, y dijeron: "No solamente esta ciudad, pero toda la tierra junta tiene a éstos por sus dioses, y aquí está esto por Huichilobos, cuyos somos; y toda la gente no tiene en nada a sus padres y madres e hijos en comparación de éste, y determinarán de morir; y cata [mira] que de verte subir aquí se han puesto todos en armas, y quieren morir por sus dioses".

 

«El marqués [Cortés, luego marqués de Oaxaca] dijo a un español que fuese a que tuviesen gran recaudo en la persona de Muteczuma, y envió a que viniesen treinta o cuarenta hombres allí con él, y respondió a aquellos sacerdotes: "Mucho me holgaré yo de pelear por mi Dios contra vuestros dioses, que son nonada". Y antes que los españoles por quien había enviado viniesen, enojóse de las palabras que oía, y tomó con una barra de hierro que estaba allí, y comenzó a dar en los ídolos de pedrería; y yo prometo mi fe de gentilhombre que me parece agora que el marqués saltaba sobrenatural, y se abalanzaba tomando la barra por en medio a dar en lo más alto de los ojos del ídolo, y así le quitó las máscaras de oro con la barra, diciendo: "A algo nos hemos de poner [exponer] por Dios".

 

«Aquella gente lo hicieron saber a Muteczuma, que estaba cerca de ahí el aposento, y Muteczuma envió a rogar al marqués que le dejase venir allí, y que en tanto que venía no hiciese mal en los ídolos. El marqués mandó que viniese con gente que le guardase, y venido le decía que pusiésemos a nuestras imágenes a una parte [la Cruz y la Virgen] y dejásemos sus dioses a otra. El marqués no quiso. Muteczuma dijo: "Pues yo trabajaré que se haga lo que queréis; pero habéisnos de dar los ídolos que los llevemos donde quisiéremos". Y el marqués se los dio, diciéndoles: "Ved que son de piedra, e creed en Dios que hizo el cielo y la tierra, y por la obra conoceréis al maestro"».

 

Los ídolos fueron descendidos de buena manera, en seguida se lavó de sangre aquel matadero de hombres, se construyeron dos altares, y se pusieron en uno «la imagen de Nuestra Señora en un retablico de tabla, y en otro la de Sant Cristóbal, porque no había entonces otras imágenes, y dende aquí en adelante se decía allí misa».

 

Lo malo fue que sobrevino una sequía, y los indios se le quejaron a Cortés de que era debido a que les quitó sus dioses. «El marqués les certificó que presto llovería, y a todos nos encomendó que rogásemos a Dios por agua; y así otro día fuimos en procesión a la torre [del teocali], y allá se dijo misa, y hacía buen sol, y cuando vinimos llovía tanto que andábamos en el patio los pies cubiertos de agua; y así los indios se maravillaron mucho» (AV, La conquista 110-112).

 

Esa escena formidable en la que Cortés, saltando sobrenatural, destruye a Huichilobos, puede considerarse como un momento decisivo de la conquista de la Nueva España. No olvidemos que Moctezuma era no sólo el señor principal de México, el Uei Tlatoani, sino también el sacerdote supremo de la religión nacional. La primera caída del poder azteca no se debió tanto a la victoria militar de unas fuerzas extranjeras más poderosas, pues sin duda hubo momentos en que los aztecas, fortísimos guerreros, hubieran podido comerse literalmente hablandoa los españoles; sino que se produjo ante todo como una victoria religiosa. El corazón de Moctezuma y de su pueblo había quedado yerto y sin valor cuando se vio desasistido por sus dioses humillados, y cuando la presencia de los teúles españoles fue entendida como la llegada de aquellos señores poderosos que tenían que venir.

 

Moctezuma se hace vasallo de Carlos I

 

Cortés, teniendo ya a Moctezuma como prisionero, le trataba con gran deferencia, se entretenía con él en juegos mexicanos, y conversaba con él muchas mañanas, sobre todo acerca de temas religiosos, en los que el tlatoani mantenía firme la devoción de sus dioses. Se acabó entonces el vino de misa, y «después que se acabó cada día estábamos en la iglesia rezando de rodillas delante del altar e imágenes, cuenta Bernal; lo uno, por lo que éramos obligados a cristianos y buena costumbre, y lo otro, porque Montezuma y todos sus capitanes lo viesen y se inclinasen a ello» (cp. 93).

 

Un día Moctezuma pidió permiso a Cortés para ir a orar al teocali, y éste se lo autorizó, siempre que no intentase huir ni hiciera sacrificios humanos. Cuando el rey azteca, portado en andas, llegó al cu y le ayudaron a subir, «ya le tenían sacrificado de la noche antes cuatro indios», y por más que los españoles prohibían esto, «no podíamos en aquella sazón hacer otra cosa sino disimular con él, porque estaba muy revuelto México y otras grandes ciudades con los sobrinos de Montezuma» (cp. 98).

 

En diciembre de 1519, a instancias de Cortés, Moctezuma reúne a todos los grandes señores y caciques, para abdicar de su imperio, y pide que todos ellos presten vasallaje al Emperador Carlos I. La reunión se produce sin testigos españoles, fuera del paje Orteguilla, y los detalles del suceso nos son conservados por el relato de Bernal Díaz (cp. 101) y por la II Carta Relación de Cortés a Carlos I.

 

La abdicación del poder azteca tiene por causa motivos fundamentalmente religiosos.

 

Todos los señores, les dice Moctezuma, deben prestar vasallaje al Emperador español representado por Cortés, «ninguno lo rehúse, y mirad que en diez y ocho años ha que soy vuestro señor siempre me habéis sido muy leales... Y si ahora al presente nuestros dioses permiten que yo esté aquí detenido, no lo estuviera sino que yo os he dicho muchas veces que mi gran Uichilobos me lo ha mandado». Es hora de hacer memoria de importantes sucesos antiguos: «Hermanos y amigos míos: Ya sabéis que no somos naturales desta tierra, e que vinieron a ella de otra muy lejos, y los trajo un señor cuyos vasallos todos eran», aunque después no lo quisieron «recibir por señor de la tierra; y él se volvió, y dejó dicho que tornaría o enviaría con tal poder que los pudiese costreñir y atraer a su servicio. Y bien sabéis que siempre lo hemos esperado, y según las cosas que el capitán nos ha dicho de aquel rey y señor que le envió acá, tengo por cierto que aqueste es el señor que esperábamos. Y pues nuestros predecesores no hicieron lo que a su señor eran obligados, hagámoslo nosotros, y demos gracias a nuestros dioses por que en nuestros tiempos vino lo que tanto aquéllos esperaban».

 

Todos aceptaron prestar obediencia al Emperador «con muchas lágrimas y suspiros, y Montezuma muchas más... Y queríamoslo tanto, que a nosotros de verle llorar se nos enternecieron los ojos, y soldado hubo que lloraba tanto como Montezuma; tanto era el amor que le teníamos».

 

Madariaga comenta: «Aquella escena en la Méjico azteca moribunda, en que los hombres de Cortés lloraron por Moctezuma, es uno de los momentos de más emoción en la historia del descubrimiento del hombre por el hombre. En aquel día el hombre lloró por el hombre y la historia lloró por la historia» (319).

 

Pérdida y conquista sangrienta de México

 

De pronto, los sucesos se precipitan en la tragedia. Desembarca en Veracruz, con grandes fuerzas, Pánfilo de Narváez, enviado por el gobernador Velázquez para apresar a Cortés, que había desbordado en su empresa las autorizaciones recibidas. Cortés abandona la ciudad de México y vence a Narváez. Entre tanto, el cruel Alvarado, en un suceso confuso, produce en Tenochtitlán una gran matanza –por la que se le hizo después juicio de residencia–, y estalla una rebelión incontenible. Vuelve apresuradamente Cortés, y Moctezuma, impulsado por aquél, trata de calmar, desde la terraza del palacio, al pueblo amotinado; llueven sobre él insultos, flechas y pedradas, y tres días después muere, «al parecer, de tétanos» (Morales Padrón, Historia 348). Se ven precisados los españoles a abandonar la ciudad, en el episodio terrible de la Noche Triste.

 

Los españoles son acogidos en Tlaxcala, y allí se recuperan y consiguen refuerzos en hombres y armas. Muchos pueblos indios oprimidos: tlaxcaltecas, tepeaqueños, cempoaltecas, cholulenses, huejotzincos, chinantecos, xochimilcos, otomites, chalqueños (Trueba, Cortés 78-79), se unirán a los españoles para derribar el imperio azteca. Construyen entonces bergantines y los transportan cien kilómetros por terrenos montañosos, preparando así el ataque final contra la ciudad de México, es decir, contra el poder azteca, asumido ahora por Cuauhtémoc (Guatemuz), sobrino de Moctezuma.

 

Comienza el asalto de la ciudad lacustre el 28 de julio de 1521, y la guerra fue durísima, tanto que al final de ella, como escribe Cortés en su III Carta al emperador, «ya nosotros teníamos más que hacer en estorbar a nuestros amigos que no matasen ni hiciesen tanta crueldad que no en pelear con los indios... [Pero] en ninguna manera les podíamos resistir, porque nosotros éramos obra de novecientos españoles y ellos más de ciento y cincuenta mil hombres». La caída de México-Tenochtitlán fue el 13 de agosto de 1521, fecha en que nace la Nueva España.

 

Con razón, pues, afirma el mexicano José Luis Martínez que esta guerra fue de «indios contra indios, y que Cortés y sus soldados... se limitaron... sobre todo, a dirigir y organizar las acciones militares... Arturo Arnáiz y Freg solía decir: «La conquista de México la hicieron los indios y la independencia los españoles»» (332).

 

Cortés recibe a los doce franciscanos

 

Ya vimos que Hernán Cortés en 1519, apenas llegado a Tenochtitlán, le anuncia a Moctezuma en su primer encuentro: «enviará nuestro rey hombres mejores que nosotros». Así se cumplió, en efecto. El 17 o 18 de junio del año 1524, «el año en que vino la fe», llegaron de España a México un grupo de doce grandes misioneros franciscanos. Y Cortés tuvo especialísimo empeño en que su entrada tuviera gran solemnidad.

 

Ya cerca de México, según cuenta Bernal, el mismo Hernán Cortés les salió al encuentro, en cabalgata solemne y engalanada, con sus primeros capitanes, acompañado por Guatemuz, señor de México, y la nobleza mexicana. Y aún les aguardaba a los indios una sorpresa más desconcertante, cuando vieron que Cortés bajaba del caballo, se arrodillaba ante fray Martín, y besaba sus hábitos, siendo imitado por capitanes y soldados, y también por Guatemuz y los principales mexicanos. Todos «espantáronse en gran manera, y como vieron a los frailes descalzos y flacos, y los hábitos rotos, y no llevaron caballos, sino a pie y muy amarillos [del viaje], y ver a Cortés, que le tenían por ídolo o cosa como sus dioses, así arrodillado delante de ellos, desde entonces tomaron ejemplo todos los indios, que cuando ahora vienen religiosos les hacen aquellos recibimientos y acatos; y más digo, que cuando Cortés con aquellos religiosos hablaba, que siempre tenía la gorra en la mano quitada y en todo les tenía gran acato» (cp. 171; +Mendieta, Historia III, 12).

 

«Esta escena –comenta Madariaga– fue la primera piedra espiritual de la Iglesia católica en Méjico» (493).

 

Pide misioneros

 

Poco después de la llegada de los Doce apóstoles franciscanos, el 15 de octubre de 1524, escribe Cortés al Emperador una IV Relación, de la que transcribimos algunos párrafos particularmente importantes para la historia religiosa de México:

 

«Todas las veces que a vuestra sacra majestad he escrito he dicho a vuestra Alteza el aparejo que hay en algunos de los naturales de estas partes para convertirse a nuestra santa fe católica y ser cristianos; y he enviado a suplicar a vuestra Majestad, para ello, mandase personas religiosas de buena vida y ejemplo. Y porque hasta ahora han venido muy pocos o casi ningunos, y es cierto que harían grandísimo fruto, lo torno a traer a la memoria de vuestra Alteza, y le suplico lo mande proveer con toda brevedad, porque Dios Nuestro Señor será muy servido de ellos y se cumplirá el deseo que vuestra Alteza en este caso, como católico, tiene».

 

En otra ocasión, sigue en su carta, «enviamos a suplicar a vuestra Majestad que mandase proveer de Obispos u otros prelados, y entonces nos pareció que así convenía. Ahora, mirándolo bien, me ha parecido que vuestra sacra Majestad los debe mandar proveer de otra manera... Mande vuestra Majestad que vengan a estas partes muchas personas religiosas [frailes], y muy celosas de este fin de la conversión de estas gentes, y que hagan casas y monasterios. Y suplique vuestra Alteza a Su Santidad [el Papa] conceda a vuestra Majestad los diezmos de estas partes para este efecto. [La conversión de estas gentes] no se podría hacer sino por esta vía; porque habiendo Obispos y otros prelados no dejarían de seguir la costumbre que, por nuestros pecados, hoy tienen, en disponer de los bienes de la Iglesia, que es gastarlos en pompas y en otros vicios, en dejar mayorazgos a sus hijos o parientes. Y aun sería otro mayor mal que, como los naturales de estas partes tenían en sus tiempos personas religiosas que entendían en sus ritos y ceremonias –y éstos eran tan recogidos, así en honestidad como en castidad, que si alguna cosa fuera de esto a alguno se le sentía era castigado con pena de muerte–; y si ahora viesen las cosas de la Iglesia y servicio de Dios en poder de canónigos u otras dignidades, y supiesen que aquéllos eran ministros de Dios, y los viesen usar de los vicios y profanidades que ahora en nuestros tiempos en esos reinos usan, sería menospreciar nuestra fe y tenerla por cosa de burla; y sería tan gran daño, que no creo aprovecharían ninguna otra predicación que se les hiciese».

 

«Y pues que tanto en esto va y [ya que] la principal intención de vuestra Majestad es y debe ser que estas gentes se conviertan, he querido en esto avisar a vuestra Majestad y decir en ello mi parecer. [Por lo demás] así como con las fuerzas corporales trabajo y trabajaré para que los reinos y señoríos de vuestra Majestad se ensanchen, así deseo y trabajaré con el alma para que vuestra Alteza en ellas mande sembrar nuestra santa fe, porque por ello merezca [a pesar de mis muchos pecados –nos permitimos añadir–] la bienaventuranza de la vida perpetua».

 

«Asimismo vuestra Majestad debe suplicar a Su Santidad que conceda su poder en estas partes a las dos personas principales de religiosos que a estas partes vinieron, uno de la orden de San Francisco y otro de la orden de Santo Domingo, los cuales tengan los más largos poderes que vuestra Majestad pudiere [concederles y conseguirles], por ser estas tierras tan apartadas de la Iglesia romana, y los cristianos que en ellas residimos tan lejos de los remedios de nuestras conciencias, y como humanos, tan sujetos a pecado».

 

Todo se cumplió, más o menos, como Cortés lo pensó y lo procuró. Con razón, pues, afirmó después Mendieta que «aunque Cortés no hubiera hecho en toda su vida otra alguna buena obra más que haber sido la causa y medio de tanto bien como éste, tan eficaz y general para la dilatación de la honra de Dios y de su santa fe, era bastante para alcanzar perdón de otros muchos más y mayores pecados de los que de él se cuentan» (III, 3).

 

El emperador promovió también algunos obispos pobres y humildes, como Cortés los pedía, hombres de la talla de Garcés, Zumárraga o Vasco de Quiroga.

 

Soldados apóstoles de México

 

La religiosidad de Cortés fue ampliamente compartida por sus compañeros de milicia. Como ya vimos más arriba (76-77), Bernal Díaz del Castillo afirmaba que ellos, los soldados conquistadores, fueron en la Nueva España los primeros apóstoles de Jesucristo, incluso por delante de los religiosos: ellos fueron, en efecto, los primeros que, en momentos muy difíciles y con riesgo de sus vidas, anunciaron el Evangelio a los indios, derrocaron los ídolos, y llamaron a los religiosos para que llevaran adelante la tarea espiritual iniciada por ellos entre los indios.

 

Pues bien, el mismo Bernal, cuando en su Historia verdadera da referencias biográficas «De los valerosos capitanes y fuertes y esforzados soldados que pasamos desde la isla de Cuba con el venturoso y animoso Don Hernando Cortés» (cp. 205), no olvida a un buen número de soldados, compañeros suyos de armas, que se hicieron frailes y fueron verdaderos apóstoles de los indios: (…)

 

Ya se ve que no había entonces mucha distancia entre los frailes apóstoles y aquellos soldados conquistadores, más tarde venteros, encomenderos o comerciantes. Es un falso planteamiento maniqueo, como ya he señalado, contraponer la bondad de los misioneros con la maldad de los soldados: los documentos de la época muestran en cientos de ocasiones que unos y otros eran miembros hermanos, más o menos virtuosos, de un mismo pueblo profundamente cristiano. (…)

 

Elogios de Hernán Cortés

 

Pero volvamos a nuestro protagonista. A juicio de Salvador de Madariaga fue «Cortés el español más grande y más capaz de su siglo» (555), lo que es decir demasiado, si no se ignoran las flaquezas del Capitán y las maravillas humanas y divinas del siglo XVI español. También elogiosa es la obra Hernán Cortés, escrita en 1941 por Carlos Pereyra. Pero los elogios vienen de antiguo, pues ya en el XVII Don Carlos de Sigüenza y Góngora, escribe el libro Piedad heróica de Don Fernando Cortés, que es publicado mucho más tarde en México, en 1928.

 

En nuestro siglo, el mexicano Alfonso Trueba, publica en 1954 su Hernán Cortés, libertador del indio, que en 1983 iba por su cuarta edición. Y en 1956, el también mexicano José Vasconcelos afirma en su Breve historia de México que Hernán Cortés es «el más grande de los conquistadores de todos los tiempos» (18), «el más humano de los conquistadores, el más abnegado, [que] se liga espiritualmente a los conquistados al convertirlos a la fe, y su acción nos deja el legado de una patria. Sea cual fuere la raza a que pertenezca, todo el que se sienta mexicano, debe a Cortés el mapa de su patria y la primera idea de conjunto de nacionalidad» (19). Por otra parte, «quiso la Providencia que con el triunfo del Quetzalcoatl cristiano que fue Cortés, comenzase para México una era de prosperidad y poderío como nunca ha vuelto a tenerla en toda su historia» (167).

 

Otro autor mexicano, José Luis Martínez, en su gran obra Hernán Cortés, más bien hostil hacia su biografiado, ha de reconocer, aunque no de buena gana: «el hecho es que mantuvo siempre con los indios un ascendiente y acatamiento que no recibió ninguna otra autoridad española» (823). Y documenta su afirmación. Cuando en 1529 se le hizo a Cortés juicio de residencia, el doctor Cristóbal de Ojeda, con mala intención, para inculparlo, declaró: «que así mismo sabe e vido este testigo que dicho don Fernando Cortés confiaba mucho en los indios de esta tierra porque veía que los dichos indios querían bien al dicho don Fernando Cortés e facían lo que él les mandaba de muy buena voluntad» (823). Y años más tarde, en 1545, el escribano Gerónimo López le escribe al emperador que «a Cortés no solo obedecían en lo que mandaba, pero lo que pensaba, si lo alcanzaban a saber, con tanto calor, hervor, amor y diligencia que era cosa admirable de lo ver» (824).

 

Ciertamente, hay muchos signos de que Cortés tuvo gran afecto por los naturales de la Nueva España, y de que los indios correspondieron a este amor. Por ejemplo, a poco de la conquista de México, Cortés hizo una expedición a Honduras (1524-1526), y a su regreso, flaco y desecho, desde Veracruz hasta la ciudad de México, fue recibido por indios y españoles con fiestas, ramadas, obsequios y bailes, según lo cuenta al detalle Bernal Díaz (cp. 110).

 

Por cierto que Cortés, al llegar a México, donde tantos daños se habían producido en su ausencia, no estaba para muchas fiestas; «e así –le escribe a Carlos I– me fui derecho al monasterio de sant Francisco, a dar gracias a Nuestro Señor por me haber sacado de tantos y tan grandes peligros y trabajos, y haberme traído a tanto sosiego y descanso, y por ver la tierra que tan en trabajo estaba, puesta en tanto sosiego y conformidad, y allí estuve seis días con los frailes, hasta dar cuenta a Dios de mis culpas» (V Carta).

 

Y poco después, cuando la primera y pésima Audiencia, estando recluido en Texcoco, también en carta a Carlos I, le cuenta: «me han dejado sin tener de donde haya una hanega de pan ni otra cosa que me mantenga; y demás desto porque los naturales de la tierra, con el amor que siempre me han tenido, vista mi necesidad e que yo y los que conmigo traía nos moríamos de hambre... me venían a ver y me proveían de algunas cosas de bastimento» (10-10-1530).

 

Amistad con los franciscanos

 

Desde el principio los escritores franciscanos ensalzaron la dimensión apostólica de la figura de Hernán Cortés, como en nuestro siglo lo hace el franciscano Fidel de Lejarza, en su estudio Franciscanismo de Cortés y Cortesianismo de los Franciscanos (MH 5, 1948, 43-136). Igual pensamiento aparece en el artículo del jesuita Constantino Bayle, Cortés y la evangelización de Nueva España (ib. 5-42). Pero quizá el elogio más importante de Cortés es el que hizo en 1555 el franciscano Motolinía en carta al emperador Carlos I:

 

«Algunos [Las Casas] que murmuraron del Marqués del Valle [de Oaxaca, muerto en 1547], y quieren ennegrecer sus obras, yo creo que delante de Dios no son sus obras tan aceptas como lo fueron las del Marqués. Aunque, como hombre, fuese pecador, tenía fe y obras de buen cristiano y muy gran deseo de emplear la vida y hacienda por ampliar y aumentar la fe de Jesucristo, y morir por la conversión de los gentiles. Y en esto hablaba con mucho espíritu, como aquel a quien Dios había dado este don y deseo y le había puesto por singular capitán de esta tierra de Occidente. Confesábase con muchas lágrimas y comulgaba devotamente, y ponía a su ánima y hacienda en manos del confesor para que mandase y dispusiese de ella todo lo que convenía a su conciencia. Y así, buscó en España muy grandes confesores y letrados con los cuales ordenó su ánima e hizo grandes restituciones y largas limosnas. Y Dios le visitó con grandes aflicciones, trabajos y enfermedades para purgar sus culpas y limpiar su ánima. Y creo que es hijo de salvación y que tiene mayor corona que otros que lo menosprecian.

 

«Desque que entró en esta Nueva España trabajó mucho de dar a entender a los indios el conocimiento de un Dios verdadero y de les hacer predicar el Santo Evangelio. Y mientras en esta tierra anduvo, cada día trabajaba de oír misa, ayunaba los ayunos de la Iglesia y otros días por devoción. Predicaba a los indios y les daba a entender quién era Dios y quién eran sus ídolos. Y así, destruía los ídolos y cuanta idolatría podía. Traía por bandera una cruz colorada en campo negro, en medio de unos fuegos azules y blancos, y la letra decía: «amigos, sigamos la cruz de Cristo, que si en nos hubiere fe, en esta señal venceremos». Doquiera que llegaba, luego levantaba la cruz. Cosa fue maravillosa, el esfuerzo y ánimo y prudencia que Dios le dio en todas las cosas que en esta tierra aprendió, y muy de notar es la osadía y fuerzas que Dios le dio para destruir y derribar los ídolos principales de México, que eran unas estatuas de quince pies de alto» (y aquí narra la escena descrita por Andrés Tapia).

 

«Siempre que el capitán tenía lugar, después de haber dado a los indios noticias de Dios, les decía que lo tuviesen por amigo, como a mensajero de un gran Rey en cuyo nombre venía; y que de su parte les prometía serían amados y bien tratados, porque era grande amigo del Dios que les predicaba. ¿Quién así amó y defendió los indios en este mundo nuevo como Cortés? Amonestaba y rogaba a sus compañeros que no tocasen a los indios ni a sus cosas, y estando toda la tierra llena de maizales, apenas había español que osase coger una mazorca. Y porque un español llamado Juan Polanco, cerca del puerto, entró en casa de un indio y tomó cierta ropa, le mandó dar cien azotes. Y a otro llamado Mora, porque tomó una gallina a indios de paz, le mandó ahorcar, y si Pedro de Alvarado no le cortase la soga, allí quedara y acabara su vida. Dos negros suyos, que no tenían cosa de más valor, porque tomaron a unos indios dos mantas y una gallina, los mandó ahorcar. Otro español, porque desgajó un árbol de fruta y los indios se le quejaron, le mandó afrentar.

 

«No quería que nadie tocase a los indios ni los cargase, so pena de cada [vez] cuarenta pesos. Y el día que yo desembarqué, viniendo del puerto para Medellín, cerca de donde agora está la Veracruz, como viniésemos por un arenal y en tierra caliente y el sol que ardía –había hasta el pueblo tres leguas–, rogué a un español que consigo llevaba dos indios, que el uno me llevase el manto, y no lo osó hacer afirmando que le llevarían cuarenta pesos de pena. Y así, me traje el manto a cuestas todo el camino.

 

«Donde no podía excusar guerra, rogaba Cortés a sus compañeros que se defendiesen cuanto buenamente pudiesen, sin ofender; y que cuando más no pudiesen, decía que era mejor herir que matar, y que más temor ponía ir un indio herido, que quedar dos muertos en el campo» (Xirau, Idea 79-81). Y termina diciendo: «Por este Capitán nos abrió Dios la puerta para predicar el santo Evangelio, y éste puso a los indios que tuvieran reverencia a los Santos Sacramentos, y a los ministros de la Iglesia en acatamiento; por esto me he alargado, ya que es difunto, para defender en algo de su vida» (Trueba, Doce 110; +Mendieta, Historia III, 1).

 

Leonardo Tormos escribió hace años un interesante y breve artículo, Los pecadores en la evangelización de las Indias. Hernán Cortés fue sin duda el principal de este gremio misterioso...

 

Final

 

En 1528 visitó Cortés a Carlos I, y no consiguió el gobierno de la Nueva España, pues no se quería dar gobierno a los conquistadores, no creyeran éstos que les era debido. Pero el rey le hizo Marqués del Valle de Oaxaca, con muy amplias propiedades. Cortés tuvo años prósperos en Cuernavaca, y después de pasar sus últimos años más bien perdido en la Corte, después de disponer un Testamento admirable, murió en 1547. Tuvo este conquistador una gran esperanza, ya en 1526, sobre el cristianismo de México, y así le escribe al emperador que «en muy breve tiempo se puede tener en estas partes por muy cierto se levantará una nueva iglesia, donde más que en todas las del mundo Dios Nuestro Señor será servido y honrado» (V Carta).

 

Y tuvo también conciencia humilde de su propia grandeza, atribuyendo siempre sus victorias a la fuerza de Dios providente. Francisco Cervantes de Salazar refiere que oyó decir a Cortés que «cuando tuvo menos gente, porque solo confiaba en Dios, había alcanzado grandes victorias, y cuando se vio con tanta gente, confiado en ella, entonces perdió la más de ella y la honra y gloria ganada» (Crónica de la Nueva España IV, 100; +J. L. Martínez 743).

 

Esta misma humildad se refleja en una carta a Carlos I escrita al fin de su vida (3-2-1544): «De la parte que a Dios cupo en mis trabajos y vigilias asaz estoy pagado, porque siendo la obra suya, quiso tomarme por medio, y que las gentes me atribuyesen alguna parte, aunque quien conociere de mí lo que yo, verá claro que no sin causa la divina Providencia quiso que una obra tan grande se acabase por el más flaco e inútil medio que se pudo hallar, porque sólo a Dios fuese atributo» (Madariaga 560).

 

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Animalismo y antihumanismo

 

Lic. Néstor Martínez Valls

 

En el Uruguay se está discutiendo una ley de protección a los animales que incluye penas de cárcel de hasta dos años por violencia ejercida contra animales. De hecho, existe desde hace años una declaración de derechos de los animales.

 

Algunos sostienen que todas las vidas son iguales y tienen los mismos derechos. Si este razonamiento se aplicase coherentemente, los mismos vegetarianos estarían violando con su práctica los derechos de los vegetales. Obviamente, más aún lo harían todos los defensores de los derechos de los animales que no fuesen vegetarianos.

 

Otros tal vez sostengan una gradación en los derechos de los seres vivos, de modo que sólo el ser humano, por ejemplo, tendría derecho a la vida (en el caso de los defensores de los derechos de los animales no vegetarianos), o sólo los animales, racionales o no (en el caso de los defensores de los derechos de los animales que además son vegetarianos).

 

El primer grupo podría objetar a esto su carácter “discriminatorio”, pues de todos modos se sigue estableciendo una jerarquía entre los vivientes y sus derechos correspondientes.

 

El problema con todas estas argumentaciones es que efectivamente el derecho a la vida es el derecho fundamental, base de todos los otros derechos y supuesto por tanto por todos ellos. Para poder tener y ejercer cualquier derecho, en efecto, hay que estar vivo. Eso quiere decir, entonces, que no se puede tener derecho alguno si no se tiene derecho a la vida.

 

Y este argumento se aplica a todo sujeto de derechos, no solamente al ser humano. Si el perro tiene derechos, es claro que sólo puede tenerlos en la medida en que está vivo y que, por tanto, también para el perro, en esa hipótesis, el derecho a la vida sería el derecho fundamental.

 

Por tanto, si un vegetal o un animal tienen un derecho cualquiera, por débil que sea ese derecho, tienen también derecho a la vida. Y entonces, sostener un derecho cualquiera en un animal o en un vegetal lleva necesariamente a ser vegetariano o a alimentarse sólo de materia inanimada, respectivamente.

 

Y si se dice que no necesariamente el tener derecho a la vida es incompatible con el hecho de ser muerto para servir de alimento a otro ser vivo, entonces también se puede quitar la vida a quien tiene derecho a ella, por alguna otra razón, eventualmente más grave que la mera necesidad de alimentación, y entonces, lamentablemente eso hay que aplicarlo también al ser humano no nacido, y tenemos justificado el aborto.

 

No es una cuestión de competencias ni de “partidismos”, pero sí de lógica: las razones dadas muestran que reconocer derechos a los animales es debilitar los derechos de las personas. Si los animales son personas, las personas son animales. Son dos caras de la misma moneda.

 

Sin duda que somos animales, pero “animales racionales”, es decir, dotados de inteligencia, voluntad, libre albedrío, en definitiva, personas. Ahí está toda la diferencia, y solamente ahí tiene sentido hablar de derechos.

 

Desde este punto de vista, entonces, el “animalismo”, al menos en la medida en que se basa en la afirmación de los derechos de los animales, es una forma de antihumanismo. Se inscribe admirablemente en el contexto global del ataque contra el ser humano que caracteriza asombrosamente a la cultura actual, que por eso ha merecido el nombre de “cultura de la muerte”.

 

Lo primero para derrotar al ser humano es convencerlo de que no tiene una dignidad especial. Ése ha sido siempre el sueño de todos los tiranos. Y es que efectivamente, una humanidad convencida de que no es esencialmente distinta del ganado puede ser tratada como ganado con mucha más facilidad.

 

Obviamente, para lograr eso no se puede recurrir a la razón; es necesario por tanto recurrir al sentimiento. Eso tampoco es novedad. Al “pobres animales” ha precedido el “pobres mujeres que abortan” y el “pobres homosexuales”. También tenemos el “pobres delincuentes”, el "pobres enfermos terminales" o incluso el “pobres no nacidos con síndrome de Down”, etc. 

 

En todos esos casos el sentimiento ha servido para promover o “justificar” prácticas que degradan a la persona humana, al matrimonio, a la familia, a la sociedad toda en definitiva. En estos tiempos de “pensamiento débil”, eso es muy fácil de hacer.

 

El futuro de la humanidad, por tanto, depende en parte de que haya personas que piensen reciamente, con lógica, en forma objetiva, racional. En particular depende de eso el futuro de la libertad humana, ese bien tan frágil y cuya existencia real, a nivel social, es tan difícil de verificar.

 

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Comunicado con motivo del Día Internacional del Niño por Nacer

 
Asociación Familia y Vida – Madrinas por la Vida – Centro de Bioética Rioplatense


El martes 25 de marzo a las 20 hs. en el Teatro del Centro, Plaza de Cagancha 1164, tuvo lugar el acto conmemorativo del Día Internacional del Niño por Nacer.


Los grupos pro-vida firmantes convocaron a este acto en un momento particularmente duro para el derecho a la vida en nuestro país. Cada hora y media en promedio es asesinado legalmente un ser humano no nacido en el Uruguay. 16 no nacidos por día son privados de la vida bajo el amparo del sistema legal. Se ha querido convertir por ley en un derecho lo que es el atentado contra la vida humana más inocente e indefensa. El Estado uruguayo reconoce el derecho de matar al inocente y por tanto desconoce el derecho a la vida.


Se ha conseguido legalizar el aborto con una continua campaña de mentiras en torno a las cifras. Se comenzó diciendo que en nuestro país había 150.000 abortos por año, tres veces la cantidad de nacimientos, cosa que seguramente en ninguna sociedad ha ocurrido en toda la historia de la humanidad. De ahí se pasó a decir que los abortos eran 33.000 por año, cifra igualmente de fantasía que nos daría un porcentaje de abortos anuales sobre el total de la población que doblaría al de los países más abortistas del mundo. Ahora las cifras oficiales dicen que ha habido 6.676 abortos en el primer año, y de golpe pretenden decir que estamos entre los países de incidencia particularmente baja del aborto. Es conocida la estrategia en todo el mundo de muchos grupos que promueven la legalización del aborto, de falsificar las cifras agregándoles varios ceros para poder conmover a la opinión pública.


Igualmente se nos dice que con la legalización disminuirá la cantidad de abortos, lo cual va contra la experiencia de países mucho más desarrollados y eficientes que el nuestro, en los cuales los abortos legales aumentaron sostenidamente por años y por décadas después de la legalización.


Como muestra del impacto que tienen estas leyes violatorias del derecho a la vida, poco después nuestro Parlamento votó por práctica unanimidad una ley de fecundación in vitro, con la cual serán eliminados por año una cantidad de seres humanos ya concebidos semejante a la cantidad de los otros abortos.

 
Se dice que este año la tasa de fecundidad de las mujeres uruguayas llegó al nivel más bajo desde que existen registros. Y, en realidad, hace años que estamos por debajo de la cantidad de hijos por mujer necesaria para que no disminuya la población. Esto agrava el envejecimiento de la sociedad uruguaya y aumenta el problema de la seguridad social al aumentar la diferencia numérica activos-pasivos.


La ley actual obliga a los centros de salud a realizar abortos o a tercerizarlos, imponiendo así una filosofía totalmente opuesta a los principios fundacionales de esos centros. Felicitamos a los médicos que han opuesto la objeción de conciencia en defensa de los valores más básicos de su profesión y rechazamos las presiones que han recibido desde el gobierno.


Hace al menos dos legislaturas que se han introducido en el Parlamento proyectos de ley de ayuda a la mujer embarazada en situación difícil, que sin embargo no han sido tratados a la fecha. Han primado por el contrario los intereses de poderes internacionales que incluyen en su agenda la legalización del aborto como instrumento de opresión mediante la baja de la población de los países en vías de desarrollo. Hay en nuestro país grupos que apoyan a las mujeres embarazadas de múltiples maneras y, sin ayuda alguna del Estado, tienen un éxito impresionante en lograr que las mujeres traigan sus hijos al mundo. Se debería apoyar a esos grupos en vez de legalizar la muerte del no nacido.


Exigimos a los candidatos en todas las próximas elecciones que se comprometan públicamente a derogar la ley de aborto y a aprobar la ley de ayuda a la mujer embarazada. Exhortamos firmemente a no votar a aquellos candidatos que no se comprometan a derogar la ley de aborto.

 

Montevideo, 25 de marzo de 2014.

 

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Pregón Pascual

 

Exulten por fin los coros de los ángeles,
exulten las jerarquías del cielo,
y por la victoria de rey tan poderoso
las trompetas anuncien la salvación.

Goce también la tierra, inundada de tanta claridad,
y, radiante con el fulgor del Rey eterno,
se sienta libre de la tiniebla
que cubría el orbe entero.

Alégrese también nuestra madre la Iglesia,
revestida de luz tan brillante;
resuene este templo
con las aclamaciones del pueblo.

[Por eso, queridos hermanos,
que asistís a la admirable claridad de esta luz santa,
invocad conmigo la misericordia de Dios omnipotente,
para que aquel que, sin mérito mío,
me agregó al número de los Diáconos,
complete mi alabanza a este cirio,
infundiendo el resplandor de su luz.]

[[V: El Señor esté con ustedes.
R: Y con tu espíritu.
V: Levantemos el corazón.
R: Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V: Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R: Es justo y necesario.]]

Realmente es justo y necesario
aclamar con nuestras voces
y con todo el afecto del corazón
a Dios invisible, el Padre todopoderoso,
y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.


Porque Él ha pagado por nosotros al eterno Padre la deuda de Adán
y, derramando su Sangre, canceló el recibo del antiguo pecado.

Porque éstas son las fiestas de Pascua
en las que se inmola el verdadero Cordero,
cuya Sangre consagra las puertas de los fieles.

Ésta es la noche en que sacaste de Egipto
a los israelitas, nuestros padres,
y los hiciste pasar a pie el mar Rojo.

Ésta es la noche en que la columna de fuego
esclareció las tinieblas del pecado.

Ésta es la noche en que,

por toda la tierra,

los que confiesan su fe en Cristo

son arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado,
son restituidos a la gracia y son agregados a los santos.

Ésta es la noche en que,
rotas las cadenas de la muerte,
Cristo asciende victorioso del abismo.


¿De qué nos serviría haber nacido
si no hubiéramos sido rescatados?

 

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!
¡Qué incomparable ternura y caridad!
Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo.

Necesario fue el pecado de Adán,
que ha sido borrado por la muerte de Cristo.
¡Feliz culpa que mereció tal Redentor!

¡Qué noche tan dichosa!
Sólo ella conoció el momento
en que Cristo resucitó del abismo.

Ésta es la noche de la que estaba escrito:
«Será la noche clara como el día,
la noche iluminada por mi gozo.»


Y así, esta noche santa
ahuyenta los pecados,
lava las culpas,
devuelve la inocencia a los caídos,
la alegría a los tristes,
expulsa el odio,
trae la concordia,
doblega a los potentes.

En esta noche de gracia, acepta, Padre Santo,
el sacrificio vespertino de esta llama,
que la santa Iglesia te ofrece
en la solemne ofrenda de este cirio,
obra de las abejas.

Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego,
ardiendo en llama viva para gloria de Dios.
Y aunque distribuye su luz,
no mengua al repartirla,
porque se alimenta de cera fundida,
que elaboró la abeja fecunda
para hacer esta lámpara preciosa.

¡Qué noche tan dichosa
en que se une el cielo con la tierra,
lo humano con lo divino!

Te rogamos, Señor, que este cirio,
consagrado a tu nombre,
para destruir la oscuridad de esta noche,
arda sin apagarse
y, aceptado como perfume,
se asocie a las lumbreras del cielo.
Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo,
ese lucero que no conoce ocaso,
Jesucristo, tu Hijo,
que, volviendo del abismo,
brilla sereno para el linaje humano,
y vive y reina por los siglos de los siglos.

 

Amén.

 

Notas:

·         La parte entre corchetes simples […] se omite si el que canta el pregón no es un diácono.

·         La parte entre corchetes dobles [[…]] se omite si el que canta no es sacerdote ni diácono, es decir cuando es un seglar.

 

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Preg%C3%B3n_pascual

 

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1.       Miguel Antonio Barriola, “En tu palabra echaré la red” (Lc 5,5). Reflexiones sobre Dios en la historia.

2.       Daniel Iglesias Grèzes, Razones para nuestra esperanza. Escritos de apologética católica.

3.       Néstor Martínez Valls, Baúl apologético. Selección de trabajos filosóficos y teológicos publicados en “Fe y Razón”.

4.       Guzmán Carriquiry Lecour, Realidad y perspectivas del laicado católico en nuestro tiempo.

5.       Miguel Antonio Barriola, “Cristo amó a la Iglesia” (Ef 5,25). Reflexiones sobre la cristología de J. L. Segundo y la eclesiología de H. Küng.

6.       Horacio Bojorge, Teologías deicidas. El pensamiento de Juan Luis Segundo en su contexto, Segunda edición.

7.       Daniel Iglesias Grèzes, En el principio era el Logos. Apologética católica en diálogo con los no creyentes.

8.       Daniel Iglesias Grèzes, Vosotros sois la sal de la tierra. El choque entre la civilización cristiana y la cultura de la muerte.

9.       Daniel Iglesias Grèzes, Soy amado, luego existo. Reflexiones sobre el darwinismo, el diseño inteligente y la fe cristiana.

10.    María Cristina Araújo Azarola, ¡Atrévanse a pensar! Selección de escritos filosóficos.

11.    Néstor Martínez Valls, “No sin grave daño”. La necesidad urgente de la filosofía tomista en la Iglesia y en el mundo.

                                                              

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