Fe y
Razón
Revista virtual gratuita de teología
Publicación
del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”
Desde
Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura
Nº 96 –3 de marzo de 2014
“Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est”
(“Toda verdad, dígala quien la
diga, procede del Espíritu Santo”)
Santo Tomás de Aquino
“Hoy se hace necesario rehabilitar la
auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de
la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo
que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice
San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los
discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una
apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.”
(Documento de Aparecida, n. 229).
Contacto: feyrazon@gmail.com
Fundadores de la Revista: Ing. Daniel Iglesias, Lic. Néstor Martínez,
Diác. Jorge Novoa.
Equipo de Dirección: Ing. Daniel Iglesias, Lic. Néstor Martínez, Ec. Rafael Menéndez.
Colaboradores: Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola, R. P. Lic. Horacio Bojorge, Mons. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Carlos Caso-Rosendi, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Mons. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Diác. Prof. Milton Iglesias Fascetto, Pbro. Dr. José María Iraburu, Diác. Jorge Novoa, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Pbro. Miguel Pastorino, Santiago Raffo, Juan Carlos Riojas Álvarez, Dra. Dolores Torrado.
|
Sección |
Título |
Autor o Fuente |
|
Editorial |
Equipo de Dirección |
|
|
Magisterio |
Papa Francisco |
|
|
Teología |
Introducción a la escatología
en el Catecismo de la Iglesia Católica (CICA)
|
Mons. Dr. Antonio Bonzani |
|
Biblia |
Diác. Jorge Novoa |
|
|
Pastoral |
Ing. Daniel Iglesias Grèzes |
|
|
Historia |
Pbro. Dr. José María Iraburu |
|
|
Iglesia |
NotiCEU |
|
|
Iglesia |
Publicación del Concurso para la asignación del Premio
Internacional “Economía y Sociedad” |
Fundación Centesimus Annus
–Pro Pontifice |
|
Familia y Vida |
Uruguayos por la Vida |
|
|
Familia y Vida |
Uruguayos por la Vida |
|
|
Oración |
Aciprensa |
Un tiempo de oración
y de penitencia
Equipo de Dirección
1. Mons. Daniel Sturla, nuevo Arzobispo de
Montevideo
En este número
publicamos un comunicado de NotiCEU (el boletín de noticias de la Conferencia
Episcopal del Uruguay) en el que se anuncia el nombramiento de Mons. Daniel
Sturla sdb como Arzobispo de Montevideo. Mons. Sturla, actual Obispo Auxiliar
de Montevideo, asumirá
como Arzobispo el próximo domingo (9 de marzo), en la Catedral Metropolitana de
Montevideo.
Felicitamos a Mons. Sturla y pedimos para él abundantes bendiciones del
Cielo, para que gobierne nuestra Arquidiócesis como un Pastor santo, sabio y
prudente.
2. Dos alertas de CitizenGO: marihuana y
aborto
En este número publicamos también dos “alertas” de CitizenGO referidas a nuestro país:
·
En una alerta se pide a los líderes de
la oposición que impulsen activamente un referéndum contra la Ley N° 19.172,
que legalizó el cultivo, la producción, la distribución y la comercialización
de marihuana en el Uruguay.
·
En la otra alerta se reclama a los partidos y
sectores políticos y a los candidatos de las próximas elecciones nacionales que
incluyan en sus respectivos programas de principios y planes de gobierno la
derogación de la Ley N° 18.987, que legalizó el aborto voluntario en el
Uruguay.
“Fe y Razón” se adhiere a ambas iniciativas y pide a todos sus lectores que las apoyen con su firma y con una labor de difusión lo más amplia posible.
Las dos alertas han sido lanzadas por Uruguayos por la Vida, un nuevo grupo pro-vida que actúa, desde Uruguay, en coordinación con CitizenGO.
CitizenGO es un portal internacional que promueve la participación cívica para defender y promover el derecho humano a la vida, los derechos naturales del matrimonio y de la familia, la libertad religiosa, la libertad de educación, etc. Si bien es una organización aconfesional, su accionar se basa en un ideario cristiano. Ha surgido a partir de HazteOir, un exitoso portal español con características similares. Podría decirse que es algo así como una extensión de HazteOir al nivel internacional.
***
Dios todopoderoso y eterno, te rogamos que, a través de la oración y la penitencia propias del tiempo de Cuaresma, podamos prepararnos adecuadamente para celebrar la Pascua de Nuestro Señor Jesucristo.
***
No olviden visitar nuestro nuevo sitio: www.revistafeyrazon.com
|
Papa Francisco Misas matutinas en la Capilla de la Domus Sanctae
Marthae Lunes 10 de febrero de 2014 A misa no se va con el reloj en la mano, como si se debieran contar
los minutos o asistir a una representación. Se va para participar en el
misterio de Dios. Y esto es válido también para quienes vienen a Santa Marta
a la misa celebrada por el Papa, que, dijo en efecto el Pontífice el lunes 10
de febrero, a los fieles presentes en la capilla de su residencia, «no es un
paseo turístico. ¡No! Vosotros venís aquí y nos reunimos aquí para entrar en
el misterio. Y ésta es la liturgia». Para explicar el sentido de este encuentro cercano con el misterio, el
Papa Francisco recordó que el Señor habló a su pueblo no sólo con palabras.
«Los profetas –dijo– referían las palabras del Señor. Los profetas
anunciaban. El gran profeta Moisés dio los mandamientos, que son palabra del
Señor. Y muchos otros profetas decían al pueblo aquello que quería el Señor».
Sin embargo, «el Señor –añadió– habló también de otra manera y de otra forma
a su pueblo: con las teofanías. Cuando Él se acerca al pueblo y se hace
sentir, hace sentir su presencia precisamente en medio del pueblo». Y
recordó, además del episodio propuesto por la primera lectura (1 Re 8,
1-7.9-13), algunos pasajes referidos a otros profetas. «Sucede lo mismo también en la Iglesia» –explicó el Papa–. El Señor
nos habla a través de su Palabra, recogida en el Evangelio y en la Biblia; y
a través de la catequesis, de la homilía. No sólo nos habla, sino que también
«se hace presente –precisó– en medio de su pueblo, en medio de su Iglesia. Es
la presencia del Señor. El Señor que se acerca a su pueblo; se hace presente
y comparte con su pueblo un poco de tiempo». Esto es lo que sucede durante la
celebración litúrgica que ciertamente «no es un buen acto social –explicó una
vez más el obispo de Roma– y no es una reunión de creyentes para rezar
juntos. Es otra cosa» porque «en la liturgia eucarística Dios está presente»
y, si es posible, se hace presente de un modo aún «más cercano». Su
presencia, dijo nuevamente el Papa, «es una presencia real». Y «cuando hablo de liturgia –puntualizó el Pontífice– me refiero
principalmente a la santa misa. Cuando celebramos la misa, no hacemos una
representación de la Última Cena». La misa «no es una representación; es otra
cosa. Es propiamente la Última Cena; es precisamente vivir otra vez la pasión
y la muerte redentora del Señor. Es una teofanía: el Señor se hace presente
en el altar para ser ofrecido al Padre para la salvación del mundo». Así, el Papa Francisco volvió a proponer, como lo hace a menudo, un
comportamiento común en los fieles: «Nosotros escuchamos o decimos: “pero, yo
no puedo ahora, debo ir a misa, debo ir a escuchar misa”. La misa no se
escucha, se participa. Y se participa en esta teofanía, en este misterio de
la presencia del Señor entre nosotros». Es algo distinto de las otras formas
de nuestra devoción, precisó nuevamente poniendo el ejemplo del belén
viviente «que hacemos en las parroquias en Navidad, o el vía crucis que
hacemos en Semana Santa». Éstas, explicó, son representaciones; la Eucaristía
es «una conmemoración real, es decir, es una teofanía. Dios se acerca y está
con nosotros y nosotros participamos en el misterio de la redención». El Pontífice se refirió luego a otro comportamiento muy común entre
los cristianos: «Cuántas veces –dijo– contamos los minutos... “tengo apenas
media hora, tengo que ir a misa...”». Ésta «no es la actitud propia que nos
pide la liturgia: la liturgia es tiempo de Dios y espacio de Dios, y nosotros
debemos entrar allí, en el tiempo de Dios, en el espacio de Dios y no mirar
el reloj. La liturgia es precisamente entrar en el misterio de Dios; dejarnos
llevar al misterio y estar en el misterio». Y, dirigiéndose precisamente a los presentes en la celebración
continuó así: «Por ejemplo, yo estoy seguro de que todos vosotros venís aquí
para entrar en el misterio. Tal vez, sin embargo, alguno dijo “yo tengo que
ir a misa a Santa Marta, porque el itinerario turístico de Roma incluye ir a
visitar al Papa a Santa Marta todas las mañanas...” ¡No! Vosotros venís aquí,
nosotros nos reunimos aquí, para entrar en el misterio. Y esto es la
liturgia, el tiempo de Dios, el espacio de Dios, la nube de Dios que nos
envuelve a todos». El Papa Francisco compartió con los presentes algunos recuerdos de su
infancia: «Recuerdo que siendo niño, cuando nos preparábamos para la Primera
Comunión, nos hacían cantar “Oh santo altar por ángeles guardado”, y esto nos
hacía comprender que el altar estaba custodiado por los ángeles, nos daba el
sentido de la gloria de Dios, del espacio de Dios, del tiempo de Dios. Y
luego, cuando hacíamos el ensayo para la Comunión, llevábamos las hostias
para el ensayo y nos decían: “mirad que éstas no son las que recibiréis;
éstas no valen nada, porque luego estará la consagración”. Nos hacían
distinguir bien una cosa de la otra: el recuerdo de la conmemoración». Por lo
tanto, celebrar la liturgia significa «tener esta disponibilidad para entrar
en el misterio de Dios», en su espacio, en su tiempo. Y, llegando ya a la conclusión, el Pontífice invitó a los presentes a
«pedir hoy al Señor que nos done a todos este sentido de lo sagrado, este
sentido que nos haga comprender que una cosa es rezar en casa, rezar en la
iglesia, rezar el rosario, recitar muchas y hermosas oraciones, hacer el vía
crucis, leer la Biblia; y otra cosa es la celebración eucarística. En la
celebración entramos en el misterio de Dios, en esa senda que nosotros no
podemos controlar: sólo Él es el único, Él es la gloria, Él es el poder.
Pidamos esta gracia: que el Señor nos enseñe a entrar en el misterio de
Dios». |
(L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua
española, n. 7, viernes 14 de febrero de 2014).
Fuente:
Vuelve a la Tabla de Contenidos
«Aún no veo la hermosura del
Creador, sino la ínfima hermosura de las criaturas. Pero creo lo que no veo, y
creyendo amo, y amando veo…». (2)
Mons. Dr. Antonio BONZANI ADORNA (3)
1. UN LLAMADO APREMIANTE del
Papa Benedicto XVI en orden a la Verdad escatológica:
«Nosotros hoy con frecuencia tenemos un poco de miedo a hablar de la vida eterna. Hablamos de las cosas que son útiles para el mundo, mostramos que el cristianismo ayuda también a mejorar el mundo, pero no nos atrevemos a decir que su meta es la vida eterna y que de esa meta vienen luego los criterios de la vida. Debemos reconocer de nuevo que sólo en la gran perspectiva de la vida eterna el cristianismo revela todo su sentido. Debemos tener la valentía, la alegría, la gran esperanza de que la vida eterna existe, es la verdadera vida, y de esta verdadera vida viene la luz que ilumina también a este mundo. (...) La voluntad de vivir según la verdad y según el amor también debe abrir a toda la amplitud del proyecto de Dios para nosotros, a la valentía de tener ya la alegría en la espera de la vida eterna». (4)
Es más, hoy se tiende no sólo a callar la fe en la Vida Eterna sino que peligra la fe misma, según reconocía el Papa Benedicto XVI en distintas oportunidades: «En nuestro tiempo, cuando en vastas regiones de la tierra la fe corre el riesgo de apagarse como una llama que se extingue, la prioridad más importante de todas es hacer presente a Dios en este mundo y facilitar a los hombres el acceso a Dios». (5)
En esta perspectiva, el Papa Benedicto XVI, con la lucidez característica de todo su pontificado, señala con total claridad la celebración de un Año de la fe con el «Deseo que el Año de la fe contribuya (…) a abrir a los hombres el acceso a la fe».
Afirmaba en la Carta Apostólica Porta Fidei del 11 de octubre de 2011:
«Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para (…) redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada» (n. 9) (6).
«Para comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento (…)» Reafirmando que: «el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia (…)» y sin «olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aun no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo (…)» (n. 10), manifestaba que:
«11. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden
encontrar en el Catecismo de
la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable.
Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II: (…) regla segura para la enseñanza de la fe y
como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial (7). (…) El Año de la fe deberá expresar un
compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de
la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo
de la Iglesia Católica. En efecto, en él se pone de manifiesto la
riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en
sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la
Iglesia, de los Maestros de teología a los Santos de todos los siglos, (…) el Catecismo ofrece una memoria permanente
de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha
progresado en la doctrina, para dar
certeza a los creyentes en su vida de fe.
En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. (…) la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración».
«12. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural». (8)
1.1. Las
dos dimensiones de la FE (9)
El Papa remite implícitamente a San Agustín, quien ha operado, a propósito de la fe, una distinción que permanece clásica:
la distinción entre las verdades creídas y el acto de creerlas: «Aliud sunt ea quae creduntur, aliud fides
qua creduntur (‘una cosa es lo que se
cree, y otra la fe por la cual se
cree)» (10), la fides quae
y la fides qua, como se dice en teología. La primera se dice también
fe objetiva, la segunda fe subjetiva. Toda la reflexión cristiana sobre la fe
se desarrolla entre estos dos polos. Se perfilan así dos orientaciones.
- Por una parte, están los que acentúan la importancia del
intelecto en el creer y por tanto la fe
objetiva, como asentimiento a las verdades
reveladas,
- por otra parte, están los que acentúan la importancia de
la voluntad y del afecto, por ende la fe
subjetiva, el creer en alguien (“credere
in”), más que creer algo (“credere
aliquid”);
en fin,
- por una parte los que acentúan las razones de la mente y,
- por otra parte, los que, como Pascal, acentúan “las razones del corazón”.
En formas diversas esta oscilación reaparece a menudo en la
historia de la teología:
- en la Edad Media, en la distinta acentuación entre la
teología de santo Tomás y la de san Buenaventura;
- en el tiempo de la reforma entre la fe fiducial (análoga a la mano que tiende el mendigo para recibir
la limosna) de Lutero en Dios Salvador, que es fiel a sus promesas) y la fe
católica unida a la caridad (fe y obras); en efecto, «La fe sin la caridad no da
fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la
duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente…» (Porta Fidei, 14). (11)
- más tarde entre la fe en los límites de la simple razón
de Kant y la fe fundada en el sentimiento de Schleiermacher y del romanticismo
en general;
- más cerca de nosotros entre la fe de la teología liberal
y la existencial de Bultmann, prácticamente privada de todo contenido objetivo.
La
teología católica contemporánea se
esfuerza, como otras veces en el pasado, por encontrar el justo equilibrio
entre las dos dimensiones de la fe. Se ha superado la fase en la que, por
razones polémicas contingentes, toda la atención en los manuales de teología
terminaba por concentrarse en la fe objetiva (‘fides quae’), es decir en el conjunto de las verdades a creer. «El acto de fe –se lee en un autorizado
diccionario crítico de teología– en la
corriente dominante de todas las confesiones cristianas, aparece hoy como el descubrirse
de un Tú divino. La apologética de
la prueba tiende así a colocarse detrás de una
pedagogía de la experiencia espiritual que tiende a iniciar a una experiencia cristiana, de la que se reconoce la posibilidad
inscripta a priori en todo ser humano”. (12)
El Magisterio contemporáneo nos invita a pensar «en la mujer que toca sus vestiduras con la esperanza de ser salvada (cf. Mt 9, 20-21); confía totalmente en él y el Señor dice: «Tu fe te ha salvado» (Mt 9, 22). También a los leprosos, al único que vuelve, dice: «Tu fe te ha salvado» (Lc 17, 19).
Así pues, la fe inicialmente es sobre todo un encuentro personal, estar en contacto con Cristo, confiar en el Señor, encontrar el amor de Cristo y, en el amor de Cristo, encontrar también la llave de la verdad. Pero precisamente por esto, esa fe no es sólo un acto personal de confianza, sino también un acto que tiene un contenido.
La ‘fides qua’ exige la ‘fides quae’, el contenido de la fe, y el Bautismo expresa este contenido: la fórmula trinitaria es el elemento sustancial del credo de los cristianos. Es un «sí» a Cristo, y de este modo al Dios Trinitario, con esta realidad, con este contenido que me une a este Señor, a este Dios, que tiene este Rostro: vive como Hijo del Padre en la unidad del Espíritu Santo y en la comunión del Cuerpo de Cristo». (13)
En otras palabras, más que apoyarse sobre la fuerza de
argumentaciones externas a la persona, se busca ayudarla a encontrar en sí
misma la confirmación de la fe,
buscando despertar aquella chispa que hay en el “corazón inquieto” de cada hombre por el hecho de ser creado “a imagen de Dios”.
Los Padres de la Iglesia son modelos insuperados de una fe que es objetiva y subjetiva a la vez,
preocupada del contenido de la fe, es decir la ortodoxia, pero al mismo tiempo
creída y vivida con todo el ardor del corazón… El Apóstol había proclamado: “corde
creditur” (Rom 10,10), con el
corazón se cree, y sabemos que con la palabra corazón la Biblia entiende
ambas dimensiones espirituales del hombre, su inteligencia y su voluntad, el
lugar simbólico del conocimiento y del amor. En este sentido, los Padres son
indispensables para reencontrar la fe
como la entiende la Escritura.
1.2. Una catequesis que ilumine con la
certeza de la fe el más allá de la vida presente
La verdad sobre el destino último del cosmos, de la historia, de la Iglesia y de la persona humana se considera parte integrante-esencial de la ‘fides quae’, teniendo presente cuanto afirmaba el arzobispo San Anselmo OSB insistiendo ya en su época (siglo XI) en que no hay que ‘disputare’ acerca de las verdades de la fe ‘quomodo non sint’, sino hay que ‘disputare quomodo sint’, donde ‘disputare’ significa no tanto poner en duda el dogma cristiano o cuestionarlo, sino buscar las razones (‘rationes’) del mismo, es decir, buscar de qué modo la verdad dogmática se imponga a la comprensión de la inteligencia.
En este sentido leemos: «Si el cristiano puede comprender (‘intelligere’) lo que la Iglesia cree, que dé gracias a Dios, si no puede, agache la cabeza para venerarle (‘sumittat caput ad venerandum’)». (14)
También Santo Tomás afirmaba: «fides est eorum
quae sunt supra rationem. Unde incipit articulus
fidei, ibi deficit ratio» (In com. 1
Cor 15).
En orden al contenido de la catequesis, el Beato JUAN PABLO II proclamaba:
«La Iglesia no puede omitir, sin grave
mutilación de su mensaje esencial, una
catequesis constante sobre lo que el lenguaje cristiano señala como las cuatro postrimerías del hombre:
muerte, juicio (particular y universal), infierno y gloria.
En una cultura que tiende a encerrar el hombre en su
vicisitud terrena más o menos lograda, se pide a los pastores de la Iglesia una
catequesis que abra e ilumine con la certeza de la fe el más allá de la
vida presente; más allá de las misteriosas puertas de la muerte se
perfila una eternidad –de gozo en la comunión con Dios o –de pena lejos de Él. Solamente en esta visión escatológica
se puede tener una medida exacta del pecado y sentirse impulsados decididamente
a la penitencia y a la reconciliación». (15)
Se trata de realidades que se comprenden como pertenecientes al patrimonio de la fides quae (es decir, al contenido mismo de la fe católica), y por tanto no sólo vinculan el consentimiento de fe, sino que animan la esperanza hasta llegar a proclamar:
«Alabado seas, mi Señor,
por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar...». (16)
Con el
Catecismo de la Iglesia Católica (CICA) de 1992 se cumple la sentida necesidad de
llegar a un catecismo único y normativo para toda la Iglesia que «sirva de texto de referencia seguro y
auténtico para la enseñanza de la
doctrina católica, y muy particularmente para la composición de los catecismos
locales (...) que tengan en cuenta las diversas situaciones y culturas,
pero que guarden cuidadosamente la unidad de la fe y la fidelidad a la doctrina
católica». (18)
Con motivo del
X aniversario de la publicación del Catecismo, se celebró en el Vaticano del 8
al 11 de octubre de 2002 un congreso catequístico internacional (19), y el
mismo Papa Juan Pablo II se dirigió a los participantes recordando, entre otras
afirmaciones, que el Catecismo «en cuanto exposición completa e íntegra de
la verdad católica, de la doctrina «tam de fide quam de moribus» válida siempre
y para todos, con sus contenidos esenciales y fundamentales permite conocer y profundizar, de modo positivo y sereno, lo que la Iglesia
católica cree, celebra, vive y ora. El Catecismo, al presentar la doctrina
católica de modo auténtico y sistemático, a pesar de su carácter sintético (‘non omnia
sed totum’), remite todo el contenido de la catequesis
a su centro vital, que es la persona de nuestro Señor Jesucristo. (...) No conviene
olvidar tampoco su índole de texto magisterial colegial (...) destinado a
convertirse cada vez más en un instrumento válido y legítimo al servicio de la
comunión eclesial, con el grado de autoridad, autenticidad y veracidad propio
del Magisterio ordinario pontificio». (20)
El 2 de
febrero de 2003, el Papa reconocía “cuán amplia y profunda es la exigencia
de un compendio breve, que contenga todos los elementos fundamentales de la fe
y de la moral católica, formulados de manera sencilla y clara. Sin embargo, la
experiencia demuestra que no es fácil, en estas síntesis, salvaguardar siempre
y plenamente la totalidad y la integridad del contenido de la fe católica”.
(21)
Con la convocación del Año de la Fe el 11 de octubre de 2011 y su solemne apertura el 11 de octubre de 2012 (22), el Papa Benedicto XVI vuelve a insistir en la importancia del Catecismo: «No es casualidad que el beato Juan Pablo II quisiera que el Catecismo de la Iglesia católica, norma segura para la enseñanza de la fe y fuente cierta para una catequesis renovada, se asentara sobre el Credo. Se trató de confirmar y custodiar este núcleo central de las verdades de la fe, expresándolo en un lenguaje más inteligible a los hombres de nuestro tiempo (…) También hoy necesitamos que el Credo sea mejor conocido, comprendido y orado. Sobre todo es importante que el Credo sea, por así decirlo, ‘reconocido’». (23)
Ante «un analfabetismo religioso que se difunde en medio de nuestra sociedad tan inteligente» –reafirmaba– «Los elementos fundamentales de la fe cada vez menos conocidos», convencido que:
«… para poder vivir y amar nuestra fe, para poder amar a Dios y llegar por tanto
a ser capaces de escucharlo del modo justo, debemos saber qué es lo que Dios nos ha dicho; nuestra razón y
nuestro corazón han de ser interpelados por su palabra. El Año de la Fe, el
recuerdo de la apertura del Concilio Vaticano II hace 50 años, debe ser para
nosotros una ocasión para anunciar el mensaje de la fe con un nuevo celo y con una nueva alegría. Naturalmente, este mensaje lo encontramos primaria y fundamentalmente
en la Sagrada Escritura, que nunca leeremos y meditaremos suficientemente. Pero
todos tenemos experiencia de que necesitamos ayuda para transmitirla rectamente
en el presente, de manera que mueva verdaderamente nuestro corazón.
Esta ayuda la encontramos en primer lugar en la palabra de la Iglesia docente: los textos
del Concilio Vaticano II y el Catecismo de la
Iglesia Católica son los instrumentos esenciales que nos indican de modo auténtico lo que la Iglesia cree
a partir de la Palabra de Dios. Y, naturalmente, también forma parte de ellos
todo el tesoro de documentos que el Papa Juan Pablo II nos ha dejado y que
todavía están lejos de ser aprovechados
plenamente.
Todo anuncio nuestro debe confrontarse con la palabra de Jesucristo: «Mi doctrina no es mía» (Jn 7,16). No anunciamos teorías y opiniones privadas, sino la fe de la Iglesia, de la cual somos servidores. Pero esto, naturalmente, en modo alguno significa que yo no sostenga esta doctrina con todo mi ser y no esté firmemente anclado en ella”. (24)
3. Las verdades escatológicas
El Símbolo de los Apóstoles,
presentado por el CICA en la primera parte, «culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al final
de los tiempos y en la vida eterna» (n 988). Por consiguiente, el CICA
presenta la doctrina acerca del destino último del hombre en dos artículos:
·
el undécimo: «Creo en la Resurrección de la carne» (nn 988-1019; cf Compendio, nn 202-206);
considera la muerte y la resurrección;
·
el duodécimo: «Creo en la Vida eterna» (nn 1020-1060;
cf Compendio, nn 207-216); presenta el juicio particular, el cielo, el
purgatorio, el infierno, el juicio final, y la
esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva.
Artículo 11. «Creo en
la resurrección del carne»
El CICA ubica
la fe en la resurrección de los
muertos como elemento esencial del credo cristiano desde sus comienzos (cf n
911) ya que «si no resucitó Cristo, vacía
es nuestra predicación, vacía también vuestra fe... ¡Pero no! Cristo resucitó de
entre los muertos como primicias de los que durmieron» (1 Cor 15,14.20).
Podemos
sintetizar aquí la doctrina acerca de la resurrección de la carne, en dos partes
fundamentales:
A) La relación entre la
resurrección de Cristo y nuestra resurrección (nn 992-1004)
B) El misterio de la muerte como «separación del alma y el cuerpo», en la
espera de la reunificación en el día de la resurrección de los muertos (nn
1005-1014).
Se trata de
dos elementos esenciales de la doctrina de la Iglesia acerca de la ‘carne’, en
la perspectiva de Tertuliano, citado en el n 1015.
A) La relación entre la resurrección de Cristo y nuestra
resurrección (cf Compendio, n 204) encuentra
su fundamento bíblico sobre todo en la teología de Juan: «Nosotros resucitaremos como Él, con Él, por Él» (n 995).
Acerca de la
resurrección, se ofrecen unas clarificaciones que el CICA expresa en estos
puntos:
* La
resurrección es la restitución de la vida incorruptible a nuestros cuerpos,
reuniéndolos a nuestras almas por la virtud de la resurrección de Jesús (n
997).
* Todo hombre
resucitará: para la vida si sus obras fueron buenas, para la condenación si sus
obras fueron malas (n 998).
* El cómo de la
resurrección «sobrepasa nuestra
imaginación y nuestro entendimiento, no es accesible más que por la fe» (n
1000) (25); la única descripción atendible consiste en el proponer las
comparaciones bíblicas de la siembra en el cuerpo corruptible y de la
resurrección en un cuerpo incorruptible (cf 1 Cor 15);
* el cuándo de la
resurrección es un misterio íntimamente asociado a la venida gloriosa de Cristo
al final de los tiempos (cf 1001); la vida cristiana en la Tierra es, desde
ahora, una participación en la muerte y en la resurrección de Cristo por medio
de las obras con que, dejando el hombre viejo, se vive como resucitados (cf nn
1002-1004; cf Compendio, nn 125-131).
B) El segundo aspecto que el CICA
trata (nn 1005-1014) es el misterio de
la muerte (cf Compendio nn 205-206) la cual «en un sentido es natural, pero por la fe
sabemos que realmente es ‘salario del
pecado’ (Rm 6,23; Gn 2,17)»
(1006).
Los aspectos
que el CICA presenta con respecto a la muerte son, fundamentalmente, los
siguientes:
* La muerte es
‘separación del alma y el cuerpo’ (nn
997-1005). En este sentido hay que precisar que la Iglesia, hablando de alma y
cuerpo, no pretende presentar una antropología dualista de tipo platónico.
Basta pensar en la carta Recentiores
de la Congregación para la Doctrina de la Fe del 17 de mayo de 1979. La muerte
está considerada antropológicamente como el fin del hombre «entero», quedando a
salvo el hecho que el ‘yo humano’ (o alma) subsiste más allá de la muerte, en espera de reunirse con su cuerpo transfigurado
al final de los tiempos.
* La muerte es el final
de la vida terrena: es decir que está cargada de un
significado antropológico de limitación y de finitud del hombre, que se abre a
una necesidad de eternidad, a la que sólo Dios puede dar respuesta en Cristo
Jesús (cf n 1007).
* La muerte
entró en el mundo a causa del pecado (Gn 2,17; 3,3.19; Sap 1,13; Rm 5,12;
6,23). Aunque el hombre poseyera una
naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no morir. La naturaleza humana cayó
en la mortalidad a causa del pecado. Sólo la victoria de Cristo ha transformado
la condición de miseria en la que el hombre había caído (nn 1008-1009).
Además es importante la ‘Lex orandi’, es decir, la LITURGIA: «Las exequias cristianas»:
CICA nn 1680-1690; (COMPENDIO nn 354-356). RITUAL DE LOS
SACRAMENTOS, Textos litúrgicos oficiales,
BAC, Madrid, 1983, pp 461 ss. (26)
* Sólo en y
por Cristo la dramaticidad antropológica de la muerte se transforma en ‘una ganancia’ (Fil 1,21). Por el
bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente ‘muerto con Cristo’, se une
plenamente a la Pascua del Señor con la muerte física. (27)
Esta
experiencia es para el creyente un llamado de Dios, ya que en la muerte, Dios llama al hombre hacia Sí. Es el fin de la
peregrinación terrena, en el que la vida ‘no
termina, se transforma’, al que hay que prepararse espiritualmente con la
oración y una vida santa (nn 1010-1014).
Coherentemente
con la antropología utilizada (28), el
CICA explica nuestra resurrección como la reunión de nuestros cuerpos con las
almas ‘por la virtud de la resurrección
de Jesús’ (n 997). Resucitar es llegar a la forma definitiva de vida que en
Cristo nos ha sido indicada: su
presente es nuestro futuro.
Podemos
resumir así la doctrina de la resurrección de la carne según el CICA: la
resurrección de la carne es una restitución de la vida al hombre entero, alma y
cuerpo, o también ‘espíritu encarnado’ (dimensión antropológica); los hombres
resucitan, a imagen y como miembros de Cristo resucitado (dimensión
cristológica); todo hombre en la resurrección de la carne tendrá su cuerpo (cf
n 1016), resucitando con su identidad y reunificando alma y cuerpo (identidad
corpórea).
Podemos
destacar el rechazo de toda postura reencarnacionista: «La muerte
es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que
Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para
decidir su último destino. Cuando ha tenido fin ‘el único curso de nuestra vida terrena’ (LG 48), ya no volveremos a otras vidas
terrenas. ‘Está establecido que los
hombres mueran una sola vez’ (Hb
9,27). No hay reencarnación después de la muerte» (n 1013).
Retoma la enseñanza el Papa JUAN PABLO II: «La
revelación cristiana excluye la reencarnación, y habla de un cumplimiento que
el hombre está llamado a realizar en el curso de una única existencia sobre la
tierra (...) Por tanto, el hombre halla en Dios la plena realización de
sí: ésta es la verdad revelada por Cristo». (29)
También: «Podemos
admitir que la idea de una reencarnación
brota del intenso deseo de inmortalidad y de la percepción de la existencia
humana como ‘prueba’ con miras a un fin último, así como de la
necesidad de una purificación completa para llegar a la comunión con Dios. Sin
embargo, la reencarnación no garantiza
la identidad única y singular de cada criatura humana como objeto del amor
personal de Dios, ni la integridad del ser humano como ‘espíritu encarnado’». (30)
La reflexión
del CICA acerca de la muerte y de la resurrección de la carne se abre hacia el
‘puerto final’ donde todos son llamados (por parte de Dios) a desembarcar (cf
vocación universal a la santidad) para la vida eterna, como gozosa y agradecida
celebración del triunfo de la Vida.
Artículo 12. «Creo en
la vida eterna» (cf Compendio, n 207)
«El cristiano que une su propia muerte a la
de Jesús ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna
» (n 1020). Llegamos al último capítulo de la reflexión de la Iglesia sobre ‘sí
misma’: la meta final, la vida eterna (31). Se trata del artículo del Credo que
concierne el estado final de los creyentes, las realidades últimas.
Se habla, por
tanto, del «Juicio particular» (nn
1021-1022; cf Compendio, n 208), del «Cielo»
(nn 1023-1029; cf Compendio, n 209), de «la
Purificación final o Purgatorio» (nn 1030-1032; cf Compendio, n 210-211),
del «Infierno» (nn 1033-1037; cf
Compendio, nn 212-213) y, finalmente, del «Juicio
final» (nn 1038-1041; cf Compendio, nn 214-215) con los «Cielos nuevos y la tierra nueva» (nn
1042-1050; cf Compendio, n 216).
Vamos a presentar
cada uno de los ‘novísimos’ para destacar la perspectiva emergente del CICA,
que retoma algunas líneas de fondo de la Tradición viva de la Iglesia,
intentando una expresión renovada con un lenguaje bíblico y esencial.
* El Juicio Particular
El Nuevo
Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del «encuentro final con Cristo en su segunda
venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución
inmediata
después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe» (n
1021).
Notamos
que el Catecismo supone la antropología ‘dual’ (32), ya que vuelve a hablar del alma separada a propósito
del juicio particular: «Cada hombre, después de morir, recibe en
su alma inmortal su retribución eterna en un juicio
particular que refiere su vida a Cristo,
- bien a través de una purificación (cf. conc. de Lyon: DS 857-858; conc. de
Florencia: DS 1304-1306; conc. de Trento: DS 1820),
- bien para entrar inmediatamente en la
bienaventuranza del cielo
(cf. Benedicto XII: DS 1000-1001; Juan XXII: DS 990),
- bien para condenarse inmediatamente para
siempre (cf. Benedicto XII:
DS 1002)» (CICA 1022).
* El Cielo
El CICA habla
del premio eterno, en los términos de un “estar
con Cristo”, donde «los elegidos viven ‘en Él’, aún más, tienen allí, o mejor, encuentran
allí, su verdadera identidad, su propio nombre» (n 1025); «el cielo es la comunidad bienaventurada de
todos los que están perfectamente incorporados a Él (el Cristo)» (n 1026).
La perspectiva
cristológica del CICA tiende a subrayar la relación de los bienaventurados con
Cristo, evitando formas de despersonalización, de confusión o de pérdida de
identidad.
La visión beatífica de
los elegidos es también ella un don de Dios, posible sólo cuando y porque «Él mismo abre su misterio a la contemplación
inmediata del hombre y le da la capacidad para ello» como
manifestación gratuita de su misterio trascendente e infinito (n 1028).
«Esta vida perfecta con la Santísima
Trinidad, esta comunión de vida y de amor con Ella, con la Virgen María, los
Ángeles y todos los bienaventurados se llama ‘el cielo’» (CICA n 1024). En este sentido «Por cielo se entiende
el estado de felicidad suprema y definitiva» (Compendio, n 209).
* El
Purgatorio
Los
hombres «que mueren en la gracia y en la
amistad con Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su
eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de
obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del Cielo» (n
1030). Esta purificación es llamada por la Iglesia Purgatorio o ‘fuego purificador’ (cf n 1031) todo
centrado en el amor-caridad y es algo completamente distinto, ya que no tiene nada que ver, con el castigo de los condenados.
La
‘verdad’ y doctrina del Purgatorio, que tiene sus raíces en algunos textos de
la Escritura, en la Tradición y en la práctica de las oraciones de sufragio por
los difuntos, tiene su definición magisterial en los Concilios de Florencia (DH
1304) y de Trento (DH 1580. 1820).
* El Infierno
«No podemos estar unidos con Dios» salvo
que elijamos libremente amarlo (n 1033). También en este caso la perspectiva
con que el CICA toma en consideración el estado de los condenados es la de una
relación con Cristo, en este caso de rechazo. El CICA reafirma decididamente la
fe de la Iglesia en la existencia del infierno y de su eternidad (cf n 1035),
que encuentra su motivación en los reiterados discursos de Jesús acerca de la posibilidad real de
condenación (cf n 1034). Supone la verdad de ‘la posibilidad real de la salvación
en Cristo para todos los hombres’ (RM 9); mientras que la condenación
eterna es una posibilidad real basada en la libertad humana de optar por el bien
o por el mal (33). Por tanto, reafirmará el Papa Juan Pablo II: «La condenación sigue siendo una
posibilidad real, pero no nos es dado conocer, sin especial
revelación divina, si los seres humanos, y cuáles (34), han quedado implicados efectivamente en ella
(...) El pensamiento del infierno (...) representa una exhortación necesaria y
saludable a la libertad, dentro del anuncio de que Jesús Resucitado ha vencido
a Satanás, dándonos el Espíritu de Dios, que nos hace invocar ‘Abbá,
Padre’ (Rm 8,15; Gal 4,6)». (35)
La
existencia del infierno quiere ser también llamado a la responsabilidad, a la
conversión y a las obras de justicia y caridad. Apela a la total y libre
responsabilidad del hombre para evitar una eventual condenación, como
consecuencia del pecado mortal, en el cual el hombre quiera persistir hasta el
final. BENEDICTO XVI nos recuerda: «Jesús vino
para decirnos que quiere que todos vayamos al paraíso, y que el infierno,
del que se habla poco en nuestro tiempo, existe y es eterno para los que cierran
el corazón a su amor». (36) La voluntad misericordiosa de
Dios, en efecto, no quiere «que nadie
perezca, sino que todos lleguen a la conversión (2 P 3,9)» (n 1037). (37)
La
verdad del infierno eterno supone la existencia y la acción del maligno: «El maligno intenta siempre arruinar la obra de Dios, sembrando división
en el corazón humano, entre cuerpo y alma, entre el hombre y Dios, en las
relaciones interpersonales, sociales, internacionales, y también entre el
hombre y la creación. El maligno siembra guerra; Dios crea paz».
(38)
* El Juicio Final y el cosmos renovado (cf Compendio 214-216)
El Juicio
Final es, según la doctrina católica, la manifestación del «bien que cada uno haya hecho o haya dejado
de hacer durante su vida terrena» (n 1039). Dicho juicio acontecerá en
coincidencia con la venida gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo (n 1046).
Siempre en esta perspectiva, se trata esta verdad de fe en la parte
cristológica del CICA: «Desde allí ha de
venir a juzgar a vivos y a muertos» (nn 668-682).
Es un misterio
cuándo sucederá, pero
hará comprender el sentido de toda la historia y los caminos admirables por los
que la Providencia habrá conducido los acontecimientos; será el triunfo de la
justicia de Dios sobre todas las injusticias
cometidas por sus criaturas. Esto llama a los hombres a la conversión cotidiana, al santo temor de Dios, a las
obras de justicia y de caridad (cf nn 1040-1041).
Después del Juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo,
glorificados en cuerpo y alma y el mismo universo será renovado (n
1042). Se realizará plenamente la comunión de todos los hombres en unidad, sin
las heridas del egoísmo, del pecado y de las pasiones (cf n 1045). El cosmos,
el universo visible será transformado, participando en la glorificación de
Jesucristo resucitado (cf Rm 8,19-23) (cf nn 1046-1047).
Podemos así
resumir la doctrina de la Iglesia concerniente a la Vida eterna.
La escatología
es vista como una relación del hombre con Cristo. Cada “novísimo” es presentado
por el CICA como una particular relación del hombre con Cristo, quien juzga,
purifica, salva a quien ‘se deja’ salvar.
Los
‘novísimos’ tienen un carácter cósmico-comunitario, por lo cual la salvación,
la purificación o la condenación no van consideradas como experiencias individuales,
sino como dimensiones que involucran a todos los hombres y el entero universo,
llamado a transfigurarse en una ‘nueva creación’. Se puede notar que, de
acuerdo con el Vaticano II, la verdad escatológica viene asumida por el
Catecismo como horizonte esencial del hecho cristiano, superando la ubicación
sectorial de la escatología, a menudo marginada en apéndice de los distintos
tratados de la teología preconciliar.
Eligiendo el misterio pascual
como núcleo generador de la propia escatología, el
CICA
- por un lado
abre al horizonte escatológico todos los contenidos dogmáticos
(escatologización de la teología),
- por el otro
vuelve a centrar cristológicamente todos los datos de lo escatológico cristiano
(cristologización de la escatología).
En el CICA no
se habla del «limbo»,
mientras se afirma explícitamente que «la
gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (1 Tm 2,
4) y la ternura de Jesús con
los niños (Mc
10,14) nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños
que mueren sin bautismo» (n 1261). (39)
Afirmaciones
liberadoras se leen con relación al «fin del mundo»: en
el n 1047 se habla no de aniquilación, sino de transformación del universo
visible. El n 1048 transcribe GS 39 hablando de la consumación de la Tierra y
de la humanidad, donde el verbo latino consummare
no significa terminar o tener fin, consumir (en latín el verbo sería consumere), sino «llevar ad summum», es decir llevar a plenitud,
a la máxima perfección. (40)
Recordamos aquí los textos principales
del Concilio Vaticano II:
* LG VII
(nn 48‑51), presta más atención a la META trascendente y
definitiva de la vida personal y de la historia humana misma, tal como Dios nos
la ha revelado: la Iglesia del Cielo (“Ecclesia
Coelestis”: es el título real de todo el capítulo VII); para la Iglesia y
la humanidad peregrina se trata de la plenitud «todavía no» alcanzada.
* GS III
(33‑39; cf también AA 5.7), que nos presenta el camino de la
humanidad por el mundo y la historia. (41) Parece acentuar más el «ya», el
camino, con la recuperación de la continuidad en la discontinuidad entre el
compromiso por el progreso humano temporal y el Reino de Dios).
Como conclusión del presente aporte hacemos
referencia
a)
A nivel de
Iglesia universal
- al Papa BENEDICTO XVI, quien reafirma en muchas oportunidades el patrimonio de fe ‘escatológica’ del
Catecismo de la Iglesia Católica, remitiendo en su Encíclica Spe salvi (42) a los numerales del mismo
Catecismo. (43)
- al Papa
FRANCISCO: «Ser cristianos significa creer que Cristo ha resucitado verdaderamente
de entre los muertos. Toda nuestra fe se basa en esta verdad fundamental, que no es una idea sino un acontecimiento.
También el misterio de la Asunción de María en cuerpo y alma se inscribe
completamente en la resurrección de Cristo. La humanidad de la Madre ha sido
«atraída» por el Hijo en su paso a través de la muerte. Jesús entró
definitivamente en la vida eterna con toda su humanidad, la que había tomado de
María; así ella, la Madre, que lo ha seguido fielmente durante toda su vida, lo
ha seguido con el corazón, ha entrado
con Él en la vida eterna, que llamamos también Cielo, Paraíso, Casa del Padre».
(44)
b)
A nivel de
Iglesia en América Latina a alguna pautas
eclesiológicas ofrecidas por el Papa FRANCISCO al CELAM el 9 de julio de 2013
en Rio de Janeiro:
«5.1. El
discipulado-misionero que Aparecida propuso a las Iglesias de América Latina y
el Caribe es el camino que Dios quiere para este ‘Hoy’. (...) Dios es real y se
manifiesta en el ‘hoy’.
Hacia el pasado su presencia se nos da como ‘memoria’ de
la gesta de salvación sea en su pueblo sea en cada uno de nosotros; hacia el futuro se nos da como
‘promesa’ y esperanza (...)
El ‘hoy’ es lo más parecido a la eternidad; más aún: el ‘hoy’ es chispa
de eternidad. En el ‘hoy’ se juega la
vida eterna (...) el discípulo-misionero vive tensionado hacia las
periferias... y la eternidad en el encuentro con Jesucristo». (45)
La escatología
en el Catecismo de la Iglesia Católica parece oscilar entre la simbología
tradicional y la visión gozosa «de la
tierra nueva y de los cielos nuevos» en los que los anhelos de la humanidad
serán perfectamente saciados y el designio paterno de Dios tendrá su
cumplimento.
Mientras
tanto, alentando nuestra esperanza, la Iglesia nos hace rezar: «Te pedimos, oh Señor Dios nuestro, prepara
nuestros corazones con tu poder divino, para que, cuando venga Jesucristo tu
Hijo, seamos encontrados dignos del Banquete de la Vida eterna y merezcamos, sirviéndonos
Él mismo, recibir el alimento celestial». (46)
Aula Magna, Jueves 13 de junio de 2013.
Notas
1) Notamos que el
CICA no usa, oportunamente, el
término escatología (que aparece sólo como adjetivo en la reflexión acerca
de la oración en el n 2771), que indica habitualmente este capítulo de la
doctrina cristiana.
2) SAN AGUSTÍN, «Nondum video pulchritudinem Creatoris, sed extremam pulchritutidem
creaturarum. Quod non video credo, credendo amo, et amando video». Cf IDEM,
Sermón 65 A, 4, en IDEM, OBRAS COMPLETAS DE SAN AGUSTÍN, Sermones (2º) (51-116), BAC, Madrid, 1983, tomo X, PP 248-261, aquí
p 251.
3) Membro do Comitê Científico do II Simpósio sobre o Pensamento de Joseph RATZINGER de Rio de Janeiro, 2012. Capellán de Su Santidad, profesor ordinario de teología dogmática y rector de la Facultad de Teología del Uruguay en Montevideo.
4) Cf BENEDICTO XVI, Homilía a la
Pontificia Comisión Bíblica, 15 de abril de 2010.
5) Cf
BENEDICTO XVI, Discurso en la
bendición de las antorchas, explanada del Santuario de Fátima, 12 de mayo de
2010. Cf también: «Como sabemos, en
vastas zonas de la tierra la fe corre peligro de apagarse como una llama que ya no encuentra alimento. Estamos ante una
profunda crisis de fe, ante una pérdida del sentido religioso, que constituye
el mayor desafío para la Iglesia de hoy. Por lo tanto, la renovación de la fe
debe ser la prioridad en el compromiso de toda la Iglesia en nuestros días. Deseo que el Año de la fe contribuya, con
la colaboración cordial de todos los miembros del pueblo de Dios, a hacer que
Dios esté nuevamente presente en este mundo y a abrir a los hombres el acceso a
la fe, a confiar en ese Dios que nos ha amado hasta el extremo (cf. Jn 13,1), en Jesucristo crucificado y
resucitado» (BENEDICTO XVI, Discurso a los participantes en la plenaria de la
Congregación para la Doctrina de la Fe, 27 de enero de 2012). Anteriormente había expresado con las mismas
palabras la misma preocupación: «En
nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra
ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a
Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios». (BENEDICTO XVI,
Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la remisión de la Excomunión
de los cuatro obispos consagrados por el arzobispo LEFEBVRE, 10 de marzo de 2009).
6) Cf JUAN PABLO, Fidei
depositum, Constitución Apostólica en forma de ‘motu proprio’, 11 octubre de 1992.
7) Cf JUAN PABLO, Fidei
depositum, Constitución Apostólica del 11 octubre de 1992 en:
AAS 86 (1994), 115 y 117.
8) Cf BENEDICTO XVI, Porta fidei, Carta Apostólica del 11 de octubre de 2011, n 11-12.
9) ‘Creer’ viene de ‘credere’, que significa ‘cor’ ‘dare’,
es decir ‘dar el corazón’.
10) Cf San AGUSTÍN,
De Trinitate XIII, 2, 5.
11) Cf también BENEDICTO XVI, Justificado por la fe:
la centralidad de Cristo, Catequesis del Miércoles 8 de noviembre de 2006: «San Pablo nos
ayuda a comprender el valor fundamental e insustituible de la fe. En la carta a
los Romanos escribe: ‘Pensamos que el hombre es justificado por la
fe, sin las obras de la ley’ (Rm
3,28). Y también en la carta a los
Gálatas: ‘El hombre no se
justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo; por eso
nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por
la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley
nadie será justificado’ (Rm
2,16). ‘Ser justificados’ significa ser hechos justos, es decir, ser
acogidos por la justicia misericordiosa de Dios y entrar en comunión con él; en
consecuencia, poder entablar una relación mucho más auténtica con todos
nuestros hermanos: y esto sobre la base de un perdón total de nuestros pecados.
Pues bien, San Pablo dice con toda claridad que esta condición de vida no
depende de nuestras posibles buenas obras, sino solamente de la gracia de Dios: ‘Somos justificados gratuitamente por su
gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús’ (Rm 3, 24)». Cf también IDEM, La doctrina de la justificación. De las
obras a la fe, Catequesis del miércoles 19 de noviembre de 2008; IDEM, La doctrina de la justificación. De la fe a
las obras, Catequesis del miércoles 26 de noviembre de 2008.
12) Cf Jean-Yves LACOSTE - Nicolas LOSSKY, “Foi”, en: Dictionnaire critique de Théologie, Presses
Universitaires de France, 1998, p 479. El Papa BENEDICTO XVI en Porta Fidei afirma: «la fe es decidirse a estar con el Señor para
vivir con Él» (n 10) y «es (…) el
encuentro con una Persona que vive en la Iglesia» (n 11).
13) Cf
BENEDICTO XVI, Lectio Divina, durante
el encuentro con el clero de Roma por el inicio de la cuaresma el jueves 23 de febrero de 2012.
14) Cf, por ejemplo, San ANSELMO, Epistola de Incarnatione Verbi, I.
15) Cf JUAN
PABLO II, Reconciliatio et Paenitentia. Exhortación Apostólica
Post-Sinodal sobre la Reconciliación y la Penitencia en la Misión de la Iglesia
hoy, del domingo 2 de diciembre de 1984,
n 26.
16) Cf San Francisco de Asís, Cántico de
las criaturas, Fuentes franciscanas,
263. Recordamos la visita pastoral del Papa Benedicto
XVI a Asís el domingo 17 de junio de 2007, en OR es. del 29 de junio de 2007.
17) La auto-comprensión explícita del Magisterio
Pontificio acerca del ‘valor doctrinal’ del Catecismo
de la Iglesia Católica, aprobado el 25 de junio de 1992 por el Papa Juan
Pablo II, se manifiesta de manera inequívoca cuando él mismo lo entrega a toda
la Iglesia declarando «cuya publicación ordeno hoy en virtud de la
autoridad apostólica, es una
exposición de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica, atestiguadas o
iluminadas por la Sagrada Escritura, la Tradición apostólica y el Magisterio
eclesiástico. Lo reconozco como un instrumento válido y autorizado al servicio
de la comunión eclesial y como norma
segura para la enseñanza de la fe (...) que (pastores de la Iglesia y
fieles) lo utilicen constantemente cuando realizan su misión de anunciar la fe
y llamar a la vida evangélica (...) La aprobación y la publicación del
Catecismo de la Iglesia Católica constituyen un servicio que el sucesor de
Pedro quiere prestar a la Santa Iglesia católica (...) el de sostener y
confirmar la fe de todos los discípulos del Señor Jesús (cf Lc 22,23)...»,
Cf JUAN PABLO II, Fidei Depositum,
Constitución Apostólica para la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica escrito en orden a la aplicación
del Concilio Ecuménico Vaticano II, del 11 de octubre de 1992, n 4. Cf también
JUAN PABLO II, Laetamur magnopere, Carta Apostólica del 15 de agosto de
1997 con la que promulga la edición típica en latín del CICA (la edición
original del 1992 era en francés). En dicha Carta el Papa Beato ofrece el CICA
«como una exposición completa e integra de la doctrina católica,
que permite que todos conozcan lo que la Iglesia misma profesa, celebra, vive y
ora en su vida diaria».
En efecto, comprende el Catecismo como «nueva exposición autorizada de la única y perenne fe apostólica». Cf también IDEM, Discurso en la
ceremonia de presentación del nuevo texto, el 8 de setiembre de 1997: «encomiendo
ahora este texto definitivo y normativo a toda la Iglesia, en particular
a los Pastores de las distintas diócesis esparcidas en el mundo: en efecto son
ellos los principales destinatarios de este Catecismo (...) Los teólogos podrán
encontrar en el Catecismo una autorizada referencia doctrinal para su
incansable investigación» (n 1. 2).
18) Cf JUAN PABLO II,
Fidei Depositum. Constitución Apostólica para la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica
escrito en orden a la aplicación del Concilio Ecuménico Vaticano II, del 11 de
octubre de 1992, n 4, en: CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, Montevideo, 1992,
Ed. Lumen, p 13. En esta edición de Montevideo destacamos la importancia de la carta de la Conferencia Episcopal del
Uruguay que presenta el Catecismo, firmada el 11 de noviembre e 1992; cf pp
3-8.
19) Cf,
por ejemplo, en OR es del 18 de octubre de 2002, p 19, también REDAZIONE, Il Catechismo dieci anni dopo, en ‘Regno-Doc’,
Bologna, (2002) 19, pp 600-611.
20) Cf JUAN
PABLO II, Discurso del 11 de octubre
de 2002, en OR es del 18 de octubre de 2002, p 18 s.
21) Cf OR es del 21 de marzo de 2003, p 3. En la misma
Carta el Papa nombraba al Card. Joseph RATZINGER presidente de la Comisión
especial para la preparación del Compendio del Catecismo de la Iglesia
Católica, que se termina el 20 de marzo de 2005, Domingo de Ramos y que el
Papa Benedicto XVI entrega a la Iglesia el martes 28 de junio de 2005 como “una
síntesis fiel y segura del CICA” ya que “contiene, en modo conciso,
todos los elementos esenciales y fundamentales de la fe de la Iglesia”. Cf
BENEDICTO XVI, Motu Proprio del 28 de junio de 2005.
22) Cf BENEDICTO XVI, Porta Fidei, Carta Apostólica del 11 de octubre de 2011, nn 11-12.
23) Cf BENEDICTO XVI, Catequesis del 17 de octubre de 2012.
24) Cf
BENEDICTO XVI, Homilía en la Misa
crismal del Jueves Santo, 5 de abril de 2012. También afirma: «Podríamos decir que la nueva evangelización inició precisamente con el Concilio, que el
beato Juan XXIII veía como un nuevo Pentecostés que haría florecer a la Iglesia
en su riqueza interior y extenderse maternalmente
hacia todos los campos de la actividad humana». Cf IDEM, Discurso a los nuevos obispos, jueves 20
de setiembre de 2012, en OR es del 30 de setiembre de 2012, p 5. Con referencia
al Concilio recordamos: «que los textos dejados en herencia por los
Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, ‘no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y
que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del
Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el
deber de indicar el Concilio como la
gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con
el Concilio se nos ha ofrecido una
brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza’. Si lo leemos y acogemos guiados por una
hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza
para la renovación siempre necesaria de la Iglesia». Cf IDEM, Porta fidei, Carta Apostólica del 11 de
octubre de 2011, n 5.
25) Cf, por ejemplo, la afirmación de Santo Tomás: «fides est eorum quae sunt supra rationem. Unde
incipit articulus fidei, ibi deficit ratio (La fe concierne / atiende lo que
trasciende la razón. Donde comienza el artículo de la fe, allí la razón se
queda» (In com. 1 Cor 15).
26) Cf CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Directorio
sobre la piedad popular y la liturgia, Colección CELAM 164, Bogotá, 2002.
Cf Capítulo VII: LOS SUFRAGIOS POR LOS
DIFUNTOS (pp
235-247), aquí n 255. «La Iglesia ofrece el sacrificio eucarístico
por los difuntos con ocasión, no sólo de la celebración de los funerales, sino
también en los días tercero, séptimo y trigésimo, así como en el aniversario
de la muerte; la celebración de la Misa en sufragio de las almas de los
propios difuntos es el modo cristiano de recordar y prolongar, en el Señor, la
comunión con cuantos han cruzado ya el umbral de la muerte. El 2 de
Noviembre, además, la Iglesia ofrece repetidamente el santo sacrificio por
todos los fieles difuntos, por los que celebra también la Liturgia de las Horas».
27) En esta perspectiva, el CICA habla de «la Pascua definitiva del cristiano, es
decir, la que a través de la muerte hace entrar al creyente en la vida del
Reino» (n 1680), dentro del tema de «Las
Exequias Cristianas» (nn 1680-1690), recordando oportunamente que «La muerte de un miembro de la comunidad (o
el aniversario, el séptimo o el trigésimo día) es un acontecimiento que debe
hacer superar las perspectivas de ‘este
mundo’ y atraer a los fieles a las
verdaderas perspectivas de la fe en Cristo resucitado» (n 1687).
28) Cf «alma significa el principio espiritual del hombre» (CICA 363) y «La
Iglesia enseña que cada alma espiritual es directamente creada
por Dios (cf Pío XII, enc. Humani Generis, 195: DS 3896;
Pablo VI, El Credo del Pueblo de Dios,
8) –no es ‘producida’ por los padres–, y que es inmortal (cf Concilio de
Letrán V, año 1513: Ds 1440): no perece cuando se separa del cuerpo en la
muerte, y se unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección final» (CICA 366).
Cf Santiago del CURA ELENA, Reencarnación y fe
cristiana, en AA.VV., Pluralismo religioso en España, Sociedad de Educación Atenas, S.A.,
Madrid, 1997, pp 513-564.
29) JUAN PABLO II, Tertio Millennio
Adveniente, 9.
30) Cf
JUAN PABLO II, El Espíritu y el ‘cuerpo
espiritual’ resucitado. Catequesis del 4 de
noviembre de 1998, en IDEM, Catequesis
sobre el Credo (VI), Ed. Palabra, Madrid, 2000, p 151.
31) El CICA trata específicamente de «Nuestra Vocación a la Bienaventuranza» (nn 1716-1729).
32) Cf
Antonio BONZANI ADORNA, Un Aporte del
Teólogo JOSEPH RATZINGER – BENEDICTO XVI a «lo
que hace el ser humano, humano»:
la verdad del ‘homo corpore et anima unus’
(Gaudium et Spes, 14, 1).
Comunicación del jueves 8 de noviembre 2012 en el II Simpósio sobre o
Pensamento de Joseph RATZINGER, Rio de Janeiro, 2012 (PUC-Rio) de próxima
publicación. Cf «el alma pertenece al
cuerpo como ‘forma’, pero eso que es ‘forma’ del cuerpo es espíritu,
convirtiendo al hombre en persona y abriéndolo de cara a la inmortalidad. Este concepto de alma es algo radicalmente nuevo frente a todas las
antiguas ideas sobre la psyché. Ese concepto es producto de la fe cristiana y de las exigencias que plantea el
pensamiento». Cf también Catecismo de la
Iglesia Católica n 365 (COMPENDIO, n 69-70). El Prof. Ratzinger insiste aclarando: «puesto que se trata
de algo central, vamos a repetirlo de otra manera: el concepto de alma tal como lo hemos utilizado en la liturgia y la
teología hasta el Vaticano II tiene tan poco que ver con la Antigüedad como la
idea de resurrección. Se trata de un concepto estrictamente cristiano, y
sólo ha podido formularse de ese modo sobre el terreno de la fe cristiana, cuya
visión de Dios, del mundo y del hombre es expresada por dicho concepto en el ámbito de la antropología». Cf Joseph RATZINGER, Escatología, Barcelona, Herder, 2007, p 167.
La Comisión Teológica Internacional en 1990 expresa la convicción que los conceptos
expresados por los términos ‘alma’ y ‘cuerpo’ no pueden ser considerados
como ‘préstamos’ helenísticos, en cuanto se encuentran ya en algunos pasajes
del Nuevo Testamento y en el uso judeo-cristiano, sino que ‘dichos términos
son elementos clave para la expresión de la fe y para su anuncio, así como
para la comprensión del destino del hombre después de la muerte, en la espera
de la resurrección’. La misma Comisión pidió la recuperación de la
terminología tradicional como elemento precioso para la enseñanza de la fe al
Pueblo de Dios. Es así que la nueva editio typica tertia del Missale
Romanum del 2002 retomó el término ‘alma’ en 30 oraciones. Cf Maurizio
BARBA, Il ritorno dell’anima nell’eucologia delle Missae Defunctorum,
en ‘Ecclesia Orans’, Roma, 20 (2003) pp 209-233, aquí p 216.
33) Cf el aporte de Erio CASTELLUCCI, Le realtà future,
en “Sacra Doctrina”, Bologna, 43 (1998) 3-4, p 289.
34) Si es posible ‘saber’ sólo por ‘especial
revelación divina’, no puede ser por una Revelación ‘pública’ (cf DV 4: «no hay que esperar otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación de
Jesucristo nuestro Señor»), por tanto, no podrá ser más que ‘privada’.
Pero el Papa no dice que ya se dio alguna vez, como en el caso de Fátima o de
Santa Faustina KOWALSKA (+ 1938), según la cual el infierno es poblado por
tantos que no creían que existiera; o Santa Margarita María ALACOQUE (+1690)
que lamenta la damnación de muchos religiosos. Cf Manfred HAUKE, ‘Sperare per tutti’? Il ricorso all’esperienza dei santi nell’ultima grande controversia di
Hans Urs von Balthasar, en ‘Rivista
Teologica di Lugano’, Lugano, VI (2001), pp 195-220, aquí p 211. Una buena guía
a la bibliografía clásica y reciente acerca de los criterios de la autenticidad
de revelaciones proféticas se encuentra en Pierre ADNES, Révélatios privées, en ‘Dictionnaire de Spiritualité’, 13 (1987)
482-492; Jean GALOT, SJ, Le apparizioni
private nella vita della Chiesa,
“La Civiltà Cattolica”, Roma, 136 (1985) c 3235, pp 19-33. Más reciente
Giandomenico MUCCI, Rivelazioni private e
apparizioni, LDC-La Civiltà
Cattolica, Roma, 2000. Cf también CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, PREFACIO a las Normas sobre el modo de proceder en el discernimiento de
presuntas apariciones y revelaciones, aprobado por el Siervo de Dios, el
Papa Paulo VI el 24 de febrero de 1978 y emanado por el Dicasterio el día 25 de
febrero de 1978. Ciudad del Vaticano, 14 de diciembre de 2011. Cf Gianpaolo
SALVINI SJ, Il discernimento di presunte
apparizioni, en ‘La Civiltà Cattolica’, Roma, 164 (2013) 3902, pp 160-166.
35) Cf JUAN PABLO II, Catequesis
sobre el Infierno, Miércoles 28 de julio 1999, n 4. La terminología “Posibilidad
real” de la condenación eterna, la encontramos en COMISIÓN TEOLÓGICA
INTERNACIONAL, Problemas actuales de escatología, n 10. 3. Cf también
CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, El Mensaje de Fátima, del 13 de
mayo de 2000.
36) Cf BENEDICTO XVI, Homilía del domingo 25
de marzo en OR es del 30 de marzo de 2007, pp 8-10, aquí p 10.
37) Acerca del infierno cf JUAN PABLO II, El Infierno como rechazo definitivo de Dios,
Catequesis del miércoles 28 de julio en OR esp del 30 de julio de 1999, p 3. «No se trata de un castigo de Dios infligido
desde el exterior (...) es la situación en que se sitúa definitivamente quien
rechaza la misericordia del Padre incluso
en el último instante de su vida. La
redención sigue siendo un ofrecimiento de salvación que corresponde al
hombre acoger con libertad. (...) Por eso, la ‘condenación’ no se ha de
atribuir a la iniciativa de Dios, dado que en su amor misericordioso Él no puede querer sino la salvación de los
seres que ha creado. En realidad, es
la criatura la que se cierra a su amor. La ‘condenación’ consiste
precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios, por elección libre y confirmada con la
muerte, que sella para siempre esa opción. La sentencia de Dios ratifica ese estado”. Anteriormente había afirmado: “Solo
quien haya rechazado la salvación, ofrecida por Dios con una misericordia
ilimitada, se encontrará condenado, porque se habrá condenado a
sí mismo». Cf IDEM, Juicio y
misericordia, Catequesis del 7 de julio de 1999.
38) CF BENEDICTO XVI, Angelus del domingo 22 de julio de 2012, en OR es del 29 de julio de 2012, p 1.
39) Para el texto en original y castellano, cf http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_index_it.htm
. Cf también COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, La esperanza de salvación
para los niños que mueren sin Bautismo (del 19 de abril de 2007), BAC, Madrid, 2007. El documento,
reconociendo que «la teoría del limbo... continúa siendo una opinión teológica
posible…», afirma que «puede haber otros caminos que integren y salvaguarden los principios de fe
fundados en la Escritura:
- la
creación del ser humano en Cristo y su vocación a la comunión con Dios;
- la
voluntad salvífica universal de Dios;
- la transmisión y las consecuencias del pecado original;
- la necesidad de la gracia para entrar en el Reino de Dios y
alcanzar la visión de Dios;
- la unicidad y la universalidad de la mediación salvífica de
Jesucristo;
- la necesidad del Bautismo para la salvación.
No se llega a estos
otros caminos modificando los principios de la fe o elaborando teorías
hipotéticas; más bien buscan una integración y una reconciliación coherente de
los principios de la fe bajo la guía del
Magisterio de la Iglesia, atribuyendo un peso mayor a la voluntad salvífica
universal de Dios y a la solidaridad en Cristo (cf GS 22), para motivar la esperanza de que los niños que mueren sin el Bautismo
pueden gozar de la vida eterna en la visión beatífica». Cf IBIDEM, n 41.
40) Temáticas
escatológicas aparecen, también, en otros contextos doctrinales
significativos, como, por ejemplo, tratando de la Eucaristía (nn 1402-1405,
‘1419’); de las exequias cristianas (nn 1680-1690); del Padre Nuestro: “Venga
tu Reino” (nn 2816-2821, ‘2859’).
41) Sobre la
necesidad de leer en la GS los «pasajes que tratan de mostrar con todo el
realismo de la fe la situación del pecado en el mundo contemporáneo y explicar
también su esencia partiendo de diversos puntos de vista», cf JUAN PABLO
II, Dominum et Vivificantem, Carta
Encíclica del 18 de mayo de 1986; en el n
29 indica los nn 10. 13. 27. 37. 63. 73. 79. 80 de la GS.
42) Cf
BENEDICTO XVI, Spe Salvi, Carta
Encíclica del 30 de noviembre de 2007. Acerca de la Encíclica, cf, por ejemplo, cf Guzmán CARRIQUIRY LECOUR, América, el Continente de la Esperanza, bajo
la luz de la Spe Salvi, en Soleriana, Montevideo 35/36 (2010-2011) n 31-32,
pp 23-42. Cf también, Santiago del CURA ELENA, Spe Salvi y la Escatología cristiana, en Santiago MADRIGAL (ed.), El pensamiento de Joseph RATZINGER, teólogo
y Papa, EP, Madrid, 2009, pp 149-193; también Pablo BLANCO SARTO, La teología de Joseph RATZINGER. Una introducción, Palabra, Madrid, 2011, en
particular: ‘El más allá’, pp
263-285.
43) Cf, por ejemplo, en la II Parte (nn 32-48): n 32 la nota 25 remite al CICA n 2657: El Espíritu Santo ( …) nos educa para orar en la esperanza; n 43: la nota 33 remite explícitamente a CICA nn 988-1004 (‘Creo la resurrección de la carne’); n 43: la nota 34 remite al n 1040: el Juicio Final; n 45, la nota 37 a los nn 1033-1037: el Infierno; n 45 la nota 38 a los nn 1023-1029: el Cielo; n 47 la nota 39 a los nn 1030-1032: la Purificación Final o Purgatorio; n 48 la nota 40 a n 1032: la Purificación Final o Purgatorio.
44) Cf FRANCISCO, Homilía del 15 de agosto de 2013. Recordamos algunas catequesis del mismo Papa Francisco, especialmente la Catequesis del miércoles 27 de noviembre de 2013, sobre la muerte: «prepararse bien a la muerte, estando cerca de Jesús…»; la Catequesis del miércoles 4 de diciembre de 2013, cuando explicaba: «¿qué significa resucitar? La resurrección de todos nosotros tendrá lugar el último día, al final del mundo, por obra de la omnipotencia de Dios, quien restituirá la vida a nuestro cuerpo reuniéndolo con el alma, en virtud de la resurrección de Jesús. Ésta es la explicación fundamental: porque Jesús resucitó, nosotros resucitaremos…»; también la Catequesis del 11 de diciembre de 2013, explicando la afirmación «Creo en la vida eterna», aclara «en especial me detengo en el juicio final. No debemos tener miedo (…) Pero si nos cerramos al amor de Jesús, somos nosotros mismos quienes nos condenamos. La salvación es abrirse a Jesús, y Él nos salva».
45) Cf FRANCISCO, Discurso a los obispos del CELAM, Rio de Janeiro, domingo 28 de
julio de 2013. OR es del 2 de agosto p 15s
46) Cf LITURGIA HORARUM, Editio Typica, TPV, Roma, 1977, Tomo I,
p 142: Oratio de la I semana de
Adviento, Feria IV: «‘Praepara,
quaesumus, Domine Deus noster, corda nostra divina tua virtute, ut veniente Christo Filio tuo, digni
inveniamur aeternae vitae convivio, et cibum caelestem, Ipso ministrante, percipere mereamur». Cf Lc 12,36s: «Dichosos los siervos, que el Señor al
venir encuentre despiertos, yo os aseguro que (...) los hará ponerse a
la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá».
Vuelve a la
Tabla de Contenidos
Pescadores de hombres (Mc 1,16)
Diác. Jorge Novoa
“Y pasando por la
ribera del mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando
las redes en el mar, pues eran pescadores. Y Jesús les dijo: venid en pos de
mí, y os haré ser pescadores de hombres. Y al punto, dejadas las redes, fueron
tras Él. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a
su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al
instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los
jornaleros, se fueron tras él.” (Mc 1,16-20).
San Marcos
nos presenta en los primeros capítulos de su Evangelio esta perícopa que
describe la llamada de Jesús a sus discípulos. La imagen se concentra en
torno a dos polos: 1) Jesús; 2) Andrés y Pedro, Santiago y Juan.
Podemos
iniciar nuestra meditación sobre la escena bíblica de la "llamada de Jesús
a sus discípulos" pidiendo al Espíritu Santo su luz para que nos
introduzca en la oración. Utilicemos algunas preguntas básicas. Tratemos de
contestarlas, aunque más no sea de forma general. ¿Dónde los llama Jesús? ¿Cómo
los llama? ¿Para qué los llama?
¿Dónde?
Ellos son llamados en el lago de Galilea. Para todo hombre de esa
región, ese lugar era un espacio cotidiano. Muchos galileos recorrían el lago
con sus embarcaciones pequeñas buscando el sustento diario. El Señor, al pasar
por el Mar de Galilea, ve a unos pescadores que están trabajando y se dirige a
ellos en un tono imperioso. La llamada de Jesús los alcanza en su trabajo
diario, ocupados en las tareas cotidianas, "lavando las redes". Se
desprende claramente de esta escena, y de otras, que Jesús se acerca al hombre en
las situaciones de la vida diaria.
El seguimiento de Jesús lleva a estos pescadores a una nueva vocación
que les será presentada mediante una alusión a su antiguo trabajo. "¡Feliz
cambio de pesca!: Jesús les pesca a ellos, para que a su vez ellos pesquen a
otros pescadores" [1].
¿Cómo?
Jesús toma la iniciativa "acercándose" a los pescadores que se
encuentran en sus barcas y les hace una invitación. Él se muestra cercano. La
llamada que nace de su Corazón misericordioso y compasivo alcanza el corazón
del hombre enfermo por el pecado, que necesita ser sanado. "Como la
misericordia está en sus labios, la enseña misericordiosamente" (San Agustín).
¿Para qué?
Los invita a ser sus discípulos. No hay en primer lugar una serie de
verdades a las que se deben adherir. El seguimiento está referido directamente
a Él. Seguirlo podría expresarse claramente con la imagen de alguien que camina
detrás, como el mismo texto lo expresa: "fueron tras Él". Seguimiento
en su sentido más profundo significa entonces unión personal con Jesucristo el
Señor, participando de una vida de amistad por el ejercicio de las virtudes
teologales.
En el seguimiento de Cristo hay un misterio de intimidad. La Sagrada
Escritura nos enseña que es necesario "estar con Él" o, como lo
expresa el vocabulario joánico, "permanecer" en Él. La mirada del
discípulo descansa sobre el maestro; su gozo es compartir la vida con Él yendo
a "zaga de su huella".
¿Ellos se habían preparado para este encuentro? Ciertamente no. De todas
formas no son las cualidades personales de estos pescadores las que mueven la
elección [2] del Señor. Lo central es lo que Él pondrá en ellos. "La
elección depende de lo que Cristo aporta, no de cualidades que posean los
llamados. Un traidor, un indeciso oscilante entre respuestas valientes y
negaciones cobardes, en fin, un grupo no muy sobresaliente ni brillante,
conforman un ramillete de datos que muestran a las claras cómo el valor
principal es la persona aglutinante de Cristo, no el agudo ingenio o el coraje
apasionado de los convocados". [3]
Luego de responder de manera general a las preguntas básicas, reflexionemos
en torno a los dos polos que
concitan la escena; por un lado está Jesús,
por el otro los cuatro pescadores que
son llamados.
Jesús llama
Jesús es el centro de la acción. Tres verbos nos indican el recorrido
que realiza desde una realidad exterior a otra más interior del que es llamado.
Ellos son: pasar (caminar), ver y decir
(llamar).
Dice el texto que
Jesús pasaba… Cumpliendo
su misión recorría los pueblos y aldeas anunciando el Reino de Dios. Algunas
corrientes de pensamiento ponen a Dios desentendiéndose del hombre y del mundo
que creó. Jesús al "pasar" anuncia la salvación, "sanando a
muchos enfermos y liberando de espíritus impuros". El mal retrocede ante
el Mesías. Con la llegada del Reino de Dios, que irrumpe en la plenitud de los
tiempos, se inaugura el año de gracia del Señor.
Hoy también, Jesús pasa en medio de nuestras tareas cotidianas. Él está
presente en medio de nosotros, como nos lo prometió: "Yo estaré con
ustedes todos los días hasta el fin del mundo". Sus huellas están
presentes en nuestra historia personal y social; Él camina cerca de nuestros
conflictos, se acerca silenciosamente para acompañarnos y fortalecernos en
nuestro camino. Muchos católicos damos testimonio del "paso del
Señor". Su acción no se puede reducir a un esquema o plan determinado. Ella
es siempre "nueva", fruto de su amor de buen Pastor.
La segunda acción que Jesús realiza, hace referencia al modo en que posa
su mirada (vio) sobre la realidad.
Es Él quien, viendo las intenciones de los corazones, los invita a seguirlo. Su
mirada no nace de la curiosidad, ni se posa sobre la realidad para investigarla
científicamente. La mirada de Dios se posa sobre nuestra existencia con un
juicio misericordioso. Jesús manifiesta históricamente la mirada de Dios que se
compadece del hombre pecador con un amor de benevolencia.
Finalmente Jesús les
dirige su Palabra.
Él los invita personalmente con una Palabra eficaz que deja los corazones al
descubierto. El Padre al enviarnos a su Hijo nos dice su última Palabra, la más
entrañable, su Palabra Eterna que está (apud
Deum) en su seno, aquella que existía en el principio y era Dios, su Hijo.
Ella es una Palabra desbordante, ninguna otra será necesaria hasta el final de
los tiempos. Ella es luz para nuestro camino, y al tiempo que nos esclarece el
misterio de Dios, nos revela el destino eterno del hombre.
Pedro y Andrés, Santiago y Juan responden.
¿Qué debemos dejar?
Los pescadores se sienten conmovidos por la voz de Aquel que los ha
llamado. Su voz ha penetrado hasta el núcleo más íntimo de su ser
repitiéndoles: "Sígueme". Como toda realidad de la existencia humana,
es portadora de un dinamismo; "os haré" pecadores de hombres. Dios en
y con nosotros realiza su obra. Aquellos que, siendo llamados, responden
favorablemente crecerán en el conocimiento íntimo de Jesús al tiempo que irán reconociendo,
cada día más, sus dones y debilidades.
Reflexionemos sobre este "pasar" de Jesús por nuestras tareas
cotidianas. Ellas representan para nosotros un lugar seguro, donde muchas veces
nos refugiamos, pero, al igual que Simón y Andrés, Santiago y Juan, para
seguirlo debemos dejar lo que nos impide ir "detrás suyo". "Las
intervenciones de Dios en la vida de los hombres no tienen nada que ver con el
formalismo y la rutina. Dios viene a nosotros siempre a «hacer nuevas todas las
cosas» (Ap 21,5), y siempre que Él viene a nosotros es necesario, en cierto
sentido, que lo dejemos todo y lo sigamos" [4].
Estos dos grupos de discípulos, que el texto nos muestra, al ser
llamados dejan las redes y barcas, a los que el segundo grupo agrega al padre y
los jornaleros. Cuando las cosas o personas están ordenadas a Dios, nunca son
un obstáculo para seguir su llamada, pero en otras oportunidades ellas pueden
ser un obstáculo que hay que ordenar o superar.
En primer lugar siempre debemos tratar de "ordenar". ¿Qué
significa "ordenar"? San Pablo resuelve esta misma problemática en la
comunidad de Corinto (Cap. 7), con aquellos convertidos del paganismo que
consultan al apóstol, pues viviendo en el matrimonio y dado que el esposo o la
esposa no han abrazado la fe, surge el interrogante: ¿debemos abandonarlo(a)?
“En cuanto a los demás, digo yo, no el Señor:
Si un hermano tiene una mujer no creyente y ella consiente en vivir con él, no
la despida. Y si una mujer tiene un marido no creyente y él consiente en vivir
con ella, no lo despida. Pues el marido no creyente queda santificado por su
mujer, y la mujer no creyente queda santificada por el marido creyente" (I
Cor 7,10-14).
"Ordenar" es ganar al "hermano alejado" para Cristo,
dando testimonio con la propia vida, para que el otro conozca, ame y sirva al
Señor. Como enseña el Apóstol San Pablo: "Que nadie procure su
propio interés, sino el de los demás" (I Cor 10,24)… lo mismo
que yo, que me esfuerzo por agradar a todos en todo, sin procurar mi propio
interés, sino el de la mayoría, para que se salven (cf. I Cor 10,33). La
salvación del "hermano" es el fin último que mueve el obrar
cristiano.
¿Y si el obstáculo persiste? Debemos orar incesantemente, para que Dios
abra el corazón que se encuentra endurecido y nos ayude a perseverar integrando
la incomprensión que vivimos, ofreciéndosela a Él.
Podemos dividir los obstáculos, según el texto, en dos grupos: redes y
barcas = bienes; padre y jornaleros
= afectos.
Los bienes que tenemos muchas
veces nos atan, esclavizándonos a su servicio. Uno puede incluso tener poco
pero igualmente alguna de sus posesiones puede tener su corazón esclavizado.
Nosotros los clérigos, y en muchos casos viviendo pobremente, quedamos
esclavizados a veces por la "posesión" de un libro sencillo. Los
bienes, en la cultura materialista, quieren ocupar el lugar de Dios. Ellos
según su lógica diabólica nos proporcionan "felicidad", "dignidad"
e incluso le dan a nuestra vida "plenitud". De allí que, en la
cultura imperante, el hombre se mide por lo que tiene y no por lo que es. Este
lenguaje aplicado a los efectos que producen en nosotros, es manipulado en
favor de los intereses que promueve la sociedad de consumo.
También algunos afectos
pueden obstaculizar nuestro seguimiento de Jesús. Cuando los hijos de Zebedeo
dejan a su padre en la barca, el texto no nos describe su reacción. Ellos,
aunque nos pueda resultar paradójico, con esta decisión cumplían con el cuarto
mandamiento en plenitud. La honra que recibieron estos padres por la entrega de
sus hijos, Dios no la dejará sin recompensa. Es cierto que las decisiones
cuestan porque muchas veces se toman con la incomprensión de los demás. De allí
que el cura de Ars sentenciaba sobre el “respeto humano” [5]: "¿Sabéis
cuál es la primera tentación que el demonio presenta a una persona que ha
comenzado a servir mejor a Dios? Es el respeto humano ¡Oh, maldito respeto
humano, qué de almas arrastra al infierno!"
¿Qué respondemos nosotros al Señor?
En el oficio de la pesca, las redes y la barca son, para los pescadores,
una parte de ellos mismos. Son sus sueños, sus proyectos, expresan su autoridad
e independencia. Los pescadores conocen y aman su oficio. La barca los ha
introducido tantas veces en el Mar de Galilea, permitiéndoles afrontar vientos
fuertes y noches apacibles. Ser pescador en el Mar de Galilea es algo seguro,
pero ser pescador de hombres en el mar del mundo inspira incertidumbre y temor…
Nuestro corazón aún sigue amarrado en algún muelle desolado. Nuestras
"supuestas seguridades" muchas veces nos dejan anclados, adormecidos
y convencidos de la inexistencia de riesgos en las costas que habitualmente
transitamos. Nosotros sentimos el peso de nuestra inestabilidad, sentimos la
fuerza que tienen los "falsos" amores del pasado y experimentamos
nuestra fragilidad, que está a flor de piel. Nuestra existencia centrada sobre
nosotros mismos impide que el centro de nuestra vida lo ocupe Dios. Hay que
desplazar del centro de atención los intereses personales para morir al egoísmo
que debilita nuestra entrega al Señor.
Él está "bordeando" nuestras casas y nuestras vidas. Dejemos
que tome posesión de ellas. Jesús quiere dirigirnos su Palabra. Ella es
portadora de la vida eterna y se posa sobre nosotros para calmar las
tempestades que hay en nuestro corazón. "Tu Palabra, Señor, es la Verdad y
la luz de mis ojos". Ella nos indicará lo que debemos dejar y el camino
que debemos tomar. Él nos invita a abandonarnos en su Palabra. Ella ciertamente
nos llena de confianza; incluso nos impulsa a ir más allá de nuestras seguridades.
Ante la voz del Señor que pasa y nos llama, no permanezcamos
indiferentes. Su paso es lo más importante que ocurre en nuestra vida. Si
estamos destinados a ser sus sarmientos, debemos saber que solamente podremos
dar fruto si "permanecemos en Él".
Lo primero que debemos hacer es dejarnos amar por el Señor. No debemos
poner resistencias. Debemos dejar que entre en nuestra vida, casa, trabajo y estudio.
Su presencia iluminará todo de manera totalmente nueva.
El pescador del Mar de Galilea depende de su barca, sus redes y su
ingenio. El pescador de hombres en el mar del mundo, depende de la respuesta
que dé a la gracia de Dios y de la docilidad que tenga a las mociones del
Espíritu Santo. Hay que permitir que Jesús tome posesión de nuestro corazón,
para que vaya orientando nuestra mirada hacia sus intereses ("la mies es
mucha y los obreros pocos…"), para que vaya modelando en nosotros un
corazón semejante al suyo.
La vida del arriesgado "pescador del Señor" queda embargada
por el gozo que le infunde el Espíritu Santo, llenándolo de admiración ante la
obra que Dios realiza y le encomienda. Debemos segar sin pausa lo que ha
sembrado el Señor o sembrar lo que cosechará. Porque ya sea que sembremos o
cosechemos, la obra es toda de Dios. Como nos enseña San Pablo, "Él es el
que da crecimiento".
La barca que el Señor confió a los "pescadores de hombres" es
maravillosa. Nuestro timonel en ella es Él. Tiene sus velas desplegadas en
dirección del cielo y navega en mares tormentosos con la certeza de que arribará
a su destino. Ella es impulsada por el soplo del Espíritu Santo, que
desplegando sus velas la introduce "mar adentro". La vela mayor lleva
el cáliz y la patena, la menor un nombre dulce, María. La Iglesia Católica es
la nave que el Señor construyó sobre la roca de Pedro, para que sea a través de
los tiempos el Arca de Alianza y Salvación.
Notas
[1] San Jerónimo, Comentario al Evangelio según San Marcos (Mc 1,13-31).
[2] "No me eligieron ustedes a mí, sino que yo los elegí a ustedes". Interesante tesis doctoral sobre el verbo Eklegomai en el Evangelio según San Juan a cargo del Pbro. Dr. Daniel Kerber.
[3] Pbro. Dr. Miguel A. Barriola, Presentación de la tesis doctoral del Pbro. Dr. Daniel Kerber.
[4] Thomas Merton, El pan vivo, Rialp, Madrid, 1963, p. 164.
[5] Para comprender lo que significa esta expresión, véase: Jorge Novoa, La tentación del "respeto humano". "Se debe obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch 5,29), en: http://feyrazon.org/Jorgerespeto.htm.
Reflexiones sobre la catequesis kerygmática,
la
teología académica y la cultura popular
Daniel Iglesias
Grèzes
1. Dos ideas sobre la catequesis
kerygmática
Según la práctica tradicional de la Iglesia Católica, la catequesis presupone la fe. Dicho de otro modo: no se da catequesis a los no creyentes, sino a quienes ya han hecho un primer acto de fe cristiana y quieren prepararse para recibir el Bautismo (los catecúmenos) o bien a los bautizados que se preparan para recibir otro sacramento (por ejemplo, la Confirmación o la Primera Comunión). A los no creyentes se les dirige un primer anuncio del Evangelio que incluye una invitación a la conversión y al Bautismo. Sólo si el destinatario de este anuncio lo recibe positivamente (aceptándolo) puede convertirse en catecúmeno. La catequesis es pues siempre una “segunda etapa” del proceso evangelizador.
A esto se suma otro hecho notable: casi todos los catecismos antiguos y modernos (incluso el actual Catecismo de la Iglesia Católica) tienen un estilo marcadamente enunciativo, no tanto argumentativo. Es decir, en general los catecismos dicen qué es lo que los cristianos deben creer, pero pocas veces explican (al menos de forma detallada) por qué deben creerlo. Se esfuerzan mucho más en presentar las verdades de la fe católica que en justificarlas o defenderlas.
La secularización experimentada durante los últimos siglos y agravada en las últimas décadas, sobre todo en las naciones de Occidente, ha planteado problemas muy serios a la catequesis. En la Cristiandad por lo común la fe católica se transmitía sin mayores dificultades de padres a hijos, con la ayuda del influjo de un sinnúmero de tradiciones o costumbres cristianas, que impregnaban los distintos aspectos y estamentos de la sociedad. La crisis espiritual y moral causada por la secularización ha cambiado radicalmente el panorama socio-cultural en los últimos 50 años. Hoy muchos de nuestros catequizandos provienen de familias más o menos alejadas de la Iglesia Católica, con conocimientos religiosos muy pobres, una práctica sacramental escasa o nula y un estilo de vida poco cristiano. Además, la sociedad secularizada tiende a influir fuertemente en sentido contrario a la labor catequética. En resumen, y con perdón de la franqueza brutal, muchos de nuestros catequizandos son casi paganos con algún barniz cristiano. En estas condiciones, no es extraño que su fe cristiana sea con frecuencia muy frágil. Todo esto ayuda a explicar, por ejemplo, la falta de perseverancia en la vida cristiana de muchos niños católicos después de recibir la Primera Comunión, tras varios años de catequesis.
La reflexión realizada en todos los niveles de la Iglesia acerca de estos problemas ha arrojado ya algunos resultados importantes. Uno de los principales es la extendida convicción de la necesidad de una “catequesis kerygmática”, o sea una catequesis que incluya en sí misma el “kerygma” o primer anuncio del Evangelio. El Papa Francisco, en los números 164-165 de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, lo expresa de la siguiente manera:
“Hemos redescubierto que
también en la catequesis tiene un rol fundamental el primer anuncio o «kerygma», que debe ocupar el centro
de la actividad evangelizadora y de todo intento de renovación eclesial. El kerygma es trinitario. Es el fuego
del Espíritu que se dona en forma de lenguas y nos hace creer en Jesucristo,
que con su muerte y resurrección nos revela y nos comunica la misericordia
infinita del Padre. En la boca del catequista vuelve a resonar siempre el
primer anuncio: «Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está
vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte».
Cuando a este primer anuncio se le llama «primero», eso no significa que está
al comienzo y después se olvida o se reemplaza por otros contenidos que lo
superan. Es el primero en un sentido cualitativo, porque es el anuncio principal,
ese que siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y ese que siempre
hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis,
en todas sus etapas y momentos. Por ello, también «el sacerdote, como la
Iglesia, debe crecer en la conciencia de su permanente necesidad de ser
evangelizado».
No hay que pensar que en la
catequesis el kerygma es
abandonado en pos de una formación supuestamente más «sólida». Nada hay más
sólido, más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio. Toda
formación cristiana es ante todo la profundización del kerygma que se va haciendo carne cada vez más y mejor, que nunca
deja de iluminar la tarea catequística, y que permite comprender adecuadamente
el sentido de cualquier tema que se desarrolle en la catequesis. Es el anuncio
que responde al anhelo de infinito que hay en todo corazón humano. La
centralidad del kerygma demanda
ciertas características del anuncio que hoy son necesarias en todas partes: que
exprese el amor salvífico de Dios previo a la obligación moral y religiosa, que
no imponga la verdad y que apele a la libertad, que posea unas notas de
alegría, estímulo, vitalidad, y una integralidad armoniosa que no reduzca la
predicación a unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que evangélicas.
Esto exige al evangelizador ciertas actitudes que ayudan a acoger mejor el
anuncio: cercanía, apertura al diálogo, paciencia, acogida cordial que no
condena.”
Partiendo de esta enseñanza del Papa, quisiera aportar dos ideas o reflexiones, con la esperanza de que personas más competentes en la materia puedan profundizarlas y desarrollarlas.
Mi primer aporte consiste en señalar que la catequesis kerygmática puede o no ser una gran contribución a la solución del problema antes expuesto, dependiendo de cuál sea el contenido transmitido en ese primer anuncio del Evangelio que, con toda razón, se pretende ahora incluir en la catequesis. Me parece advertir (no hablo ahora del Papa Francisco, sino de la Iglesia en general) una tendencia a reducir el kerygma al anuncio de la resurrección de Cristo. Muchos razonan así: el kerygma es el anuncio de la Buena Noticia. ¿Y cuál es la Buena Noticia? Que Cristo resucitó.
Esto es verdad, obviamente, pero no es toda la verdad. Opino que esta tendencia reduccionista puede llegar a frustrar buena parte de las esperanzas puestas en la catequesis kerygmática, porque la resurrección de Cristo, aunque es la verdad central de nuestra fe, no es su verdad primera, ni lógica ni cronológicamente. En otras palabras, hoy el primer anuncio del Evangelio no debe ser simplemente igual al discurso de San Pedro en Pentecostés (cf. Hechos 2,14-41), cuyo centro fue éste: ese Jesús, a quien ustedes conocieron y vieron morir en la cruz, ha resucitado; y nosotros somos testigos de ello. Ese discurso de Pedro fue muy eficaz porque sus oyentes eran judíos religiosos, que ya creían en Dios, en la creación y en la caída, ya creían en la Biblia hebrea (el Antiguo Testamento) y ya esperaban un Salvador. Hoy nuestro primer anuncio del Evangelio debe partir “de mucho más atrás”. Debe parecerse más al discurso de San Pablo en el Areópago de Atenas (cf. Hechos 17,16-34): dirigiéndose a un grupo de paganos, Pablo, antes de hablarles de Jesús y de la resurrección, les habló de un Dios al que ellos adoraban sin conocer, el Dios que ha hecho el mundo y todo lo que hay en él.
Un excelente
ejemplo de lo que hoy podría funcionar bien como primer anuncio del Evangelio
es el numeral 1 del Compendio del
Catecismo de la Iglesia Católica: “¿Cuál
es el designio de Dios para el hombre? Dios, infinitamente perfecto y
bienaventurado en Sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente
al hombre para hacerlo partícipe de su vida bienaventurada. En la plenitud de
los tiempos, Dios Padre envió a su Hijo como Redentor y Salvador de los hombres
caídos en el pecado, convocándolos en su Iglesia, y haciéndolos hijos suyos de
adopción por obra del Espíritu Santo y herederos de su eterna bienaventuranza.”
En otras palabras, el primer anuncio del Evangelio debe ser global. Cuando nos limitamos a anunciar la resurrección de Cristo, muchos de nuestros oyentes la consideran como un simple hecho histórico del pasado, sin mucha relación con ellos. No valoran la Redención porque no tienen un sentido del pecado. No comprenden de qué ni por qué tenemos que ser salvados. Opino que, como en el último texto citado, la Buena Noticia de Jesús hoy comienza así: “Soy amado, luego existo”. Nuestra existencia no es absurda, no carece de un sentido absoluto. No somos hijos no deseados de la fría y caótica Madre Naturaleza. Dios existe y hemos sido creados por Él, que es Amor, por amor y para el amor. Dentro de este marco luminoso y feliz se puede desarrollar luego toda la historia de salvación, centrada en Cristo y en su resurrección.
Mi segundo aporte consiste en señalar que hoy no basta que la catequesis sea kerygmática; debe ser también apologética, puesto que no sólo debe transmitir los contenidos de la fe católica, sino también ayudar a fortalecer esa fe mostrando su razonabilidad y defendiéndola de las críticas que se le hacen. Así los catequizandos podrán estar mejor preparados para enfrentar las tentaciones de la increencia, de las sectas, de las supersticiones y de las nuevas formas de religiosidad no cristiana, tentaciones que pululan en el Occidente actual.
Por lo tanto, la catequesis debería prestar especial atención a los “preámbulos de la fe”, las verdades de fe accesibles a la sola razón natural: la existencia y cognoscibilidad de la verdad y la bondad, la existencia, unidad y unicidad de Dios, la espiritualidad e inmortalidad del alma humana, etc. También debería exponer con algún detenimiento las razones por las que creemos en Jesucristo y en la Iglesia Católica y la refutación de los principales argumentos anticristianos y anticatólicos. Por último, debería insistir mucho en la estructura fundamental de la fe católica: creemos en todo lo que la Iglesia Católica propone a sus fieles para ser creído porque (con buenas razones) creemos que esta Iglesia ha sido fundada por Cristo (la Palabra de Dios hecha carne) y que, gracias a la asistencia del Espíritu Santo, ella es indefectible en la fe y transmite sin error la verdad revelada por Dios en Cristo para nuestra salvación.
Por lo tanto opino que sería muy provechoso elaborar un “Catecismo Apologético”, que complemente los excelentes catecismos actuales, de estilo enunciativo, con una exposición mucho más argumentativa de las principales verdades de la fe católica.
2. Brecha entre la teología académica y la
cultura popular
Lamentablemente, hoy parece existir en
la Iglesia Católica una gran brecha entre la teología académica y la cultura
popular. Muchos teólogos, encerrados en una “torre de marfil intelectual”, se
ocupan mayormente de cuestiones muy especializadas que sólo muy indirectamente
se relacionan con las preocupaciones vitales de la gran mayoría de los fieles
cristianos. Así la carrera académica de los teólogos a menudo tiende a
perjudicar su servicio pastoral a todo el Pueblo de Dios. Una señal clara (pero
no única) de este fenómeno es la escasa presencia de los teólogos católicos en Internet, ese formidable “nuevo
areópago” que permite establecer un diálogo evangelizador en ámbitos
amplísimos, con interlocutores muy diversos en todo sentido.
En la vida cristiana, todo (también la
cultura) debe tener como objetivo la gloria de Dios y el bien de los hombres.
Superando la tendencia a un academicismo estéril, la cultura católica debe
tener siempre muy presentes los interrogantes, dudas, carencias, objeciones,
necesidades e intereses de las mayorías, tendiendo muchos puentes entre la vida intelectual y las actividades
prácticas (pastorales, caritativas, políticas, etc.) de los católicos.
3. La controversia de la “teología
kerygmática”
En este contexto resulta interesante recordar la controversia ocurrida a mediados del siglo XX sobre la “teología kerygmática”. Lo haré mediante dos citas.
“(En 1936) J. A. Jungmann denuncia una separación entre la teología escolástica y la predicación. A este prestigioso historiador de la liturgia se unieron otros profesores de la Facultad teológica de Innsbruck. Algunos (de ellos) querían añadir, a la teología "científica" o escolástica, otra teología de carácter vital o catequético, centrada en el anuncio (kerigma) de Cristo. La propuesta no fue plenamente aceptada porque se llegó a la conclusión de que la teología tiene intrínsecamente dimensión Cristológica y misionera. Pero dejó su huella en la conciencia teológica e influyó notablemente en la renovación catequética.” (http://www.clerus.org/clerus/dati/2005-03/22-13/Tpasto.htm)
“Los teólogos llamados kerigmáticos (de kerigma = proclamar) han propuesto también una sistematización cristocéntrica, e incluso una doble Teología con un doble objeto. El contexto histórico en que apareció esta Teología kerigmática es el siguiente: Conmovidos por las quejas de los pastores de almas sobre la ignorancia y la mediocridad de vida de sus feligreses, cierto número de teólogos creyeron que la razón de ello estaba en una presentación deficiente del cristianismo y en una enseñanza poco adecuada de la Teología.
Para corregir este problema, los kerigmáticos propusieron que se diese
prioridad a la proclamación del mensaje cristiano sobre la Teología científica,
y que se procurase que la predicación se inspirara en Cristo y en la historia
de la salvación. Algunos de sus teólogos exageraron aún más las necesidades del
apostolado, al proponer construir al lado de la Teología tradicional otra
llamada Teología kerigmática. La primera de las dos sería científica,
sistemática, estaría preocupada por la investigación y se impartiría en las
universidades; la segunda tendría por objeto a Cristo y se encaminaría a la
predicación, se preocuparía de la Psicología y de la Pedagogía en la
presentación del mensaje cristiano, y sería la Teología de los seminarios. La
primera de estas dos Teologías se ocuparía de comprobar la veracidad del dato
revelado, mientras que la segunda lo estudiaría bajo los aspectos del bien y
del valor; la primera se expresaría en lenguaje técnico, pero la segunda lo
haría en términos sencillos; la primera sería una Teología del intelecto
mientras que la segunda estaría destinada a ser acogida en el corazón.
La proposición kerigmática de una doble Teología fue atacada desde su
presentación, y finalmente rechazada por la Iglesia al considerar que no podría
ser fiel a su objeto una ciencia teológica que en lugar de ocuparse de la
comprensión del mensaje revelado se dedicara a promover la piedad de sus
partidarios; y no porque esto último fuera indeseable, sino porque no es la
materia que corresponde a la Teología.” (René Latourelle, La Teología, Ciencia de la Salvación, texto condensado, Cap. 2;
véase en: https://es.catholic.net/biblioteca/libro.phtml?consecutivo=564&capitulo=7292)
4. Una reflexión sobre esa controversia
En mi opinión, el mismo cariz que tomó la controversia de la “teología kerygmática” es un reflejo del problema que preocupaba a sus propulsores (y no sólo a ellos). Se teorizó demasiado sobre un problema esencialmente práctico, cuya solución no está en cambiar el objeto de la teología sino, como insinuábamos antes, en tender puentes (teológicamente bien fundados y construidos) entre la teología científica y académica y la predicación (en las homilías, la catequesis, etc.).
Obviamente, esta solución práctica requiere también una formación específica (por ejemplo de los seminaristas) que puede concretarse de diversas maneras (por ejemplo, dentro de la enseñanza de la teología pastoral). También requiere unos recursos específicos: por ejemplo, libros de divulgación teológica, escritos por teólogos competentes en un lenguaje accesible para el gran público, de un nivel cultural medio o bajo. En todas las disciplinas científicas se admite pacíficamente la legitimidad y conveniencia de una literatura de divulgación. No se ve por qué, con las precauciones del caso, la teología debiera ser una excepción a esta regla.
En suma, más allá de las exageraciones y errores señalados en el punto anterior, resulta clara la necesidad actual de algo parecido a lo que se proponía originalmente la “teología kerygmática”: no como disciplina separada de la teología científica, ni (menos aún) como contrapuesta a ella, sino como su necesaria extensión en forma de divulgación.
El problema de la divulgación teológica no debe ser confundido con otro problema práctico importante: el de cuál deba ser el nivel exigible de conocimientos teológicos para los seminaristas de hoy en cada país (o en un determinado país).
5. Algunas ideas prácticas
En lo que respecta a la formación de los
catequistas y predicadores en general, creo que hay dos errores importantes a
evitar.
Un primer error es el de dar más
importancia a las formas de transmisión del contenido que al contenido mismo;
por ejemplo, insistir mucho más en la metodología catequética que en la
doctrina que el catequista debe enseñar. También este error puede provenir de
una especialización excesiva. El experto en pedagogía o en comunicación puede
fácilmente sobrevalorar el aporte de su propia disciplina, convirtiendo a la
parte auxiliar en el centro del todo.
Un segundo error (que podríamos llamar
tal vez “pedagogitis”) es el de sobrestimar la pedagogía y subestimar la
didáctica. Lo explicaré con un ejemplo tomado de la formación docente, un tema
análogo al analizado aquí: este error se da, por ejemplo, cuando se insiste
mucho más en la enseñanza de teorías pedagógicas muy abstractas y complejas que
en las formas más didácticas de enseñar a leer y escribir o a realizar las
operaciones aritméticas.
En lo que respecta a la formación
teológica, pienso que sería muy importante retomar la costumbre escolástica de
la disputatio. Ésta era un método de
enseñanza y de adiestramiento intelectual ampliamente practicado en las
universidades medievales. Consistía en la discusión de una tesis filosófica o
teológica, claramente definida, entre los alumnos que afirmaban la tesis y los
que la negaban. La discusión debía ceñirse a los principios y al método de la
ciencia respectiva (filosofía o teología, según el caso). Al final el maestro
decidía la cuestión disputada, dando sus argumentos y rechazando los argumentos
contrarios.
Esta forma de enseñanza (que exigía un
buen dominio de la lógica) se refleja por ejemplo en la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, que tiene una naturaleza
profundamente dialogal. La Summa es
un conjunto ordenado de discusiones sobre unas tesis relevantes y bien
definidas. Una obra así no es el resultado de un rapto de inspiración, sino el
producto destilado de muchas lecciones y disputas escolásticas y de la
asimilación del contenido de muchos libros de autores de todas las tendencias.
Esto contrasta con el carácter poco
dialogal de gran parte de la teología contemporánea, sobre todo en la corriente
“progresista”. Paradójicamente, quienes más hablan del diálogo suelen ser los
que menos lo practican en serio. Una de las razones de este fenómeno es el
temor de los teólogos progresistas a una discusión leal, a fondo y
metodológicamente correcta (es decir, acorde a los principios y reglas de la teología
católica) de sus tesis principales. Ellos temen que una discusión así ponga
claramente de manifiesto el carácter herético (o al menos contrario al
Magisterio de la Iglesia) de algunas de sus posturas.
Debido a la escasez de verdadero diálogo
teológico, tanto en la etapa de formación como en la etapa de ejercicio del
oficio teológico, muchas obras teológicas contemporáneas son largos monólogos
que adolecen de un excesivo individualismo. Un ejemplo notable de esto es la
obra de Pierre Teilhard de Chardin, un pensador tan original como
intelectualmente aislado, ensimismado en sus concepciones personales,
expresadas además en un lenguaje propio, inventado por él. ¡Cuánto bien le
podría haber hecho la discusión escolástica en regla de sus teorías!
Por último, opino que, por lo general, a
los teólogos católicos de hoy fieles al Magisterio, sea cual sea la formación
que recibieron, les vendría muy bien una mayor comunicación (también en el
nivel intelectual) con gente “común y corriente”. Esto sería muy útil tanto
para ellos mismos como para su ministerio teológico, que es un servicio
eclesial. Por ejemplo (y esto vale también para los sacerdotes en general), no
deberían cometer el error de transmitir en las homilías apenas unas migajas del
sabroso pan de su teología, subestimando la inteligencia o los conocimientos de
sus oyentes, o su amor a la sabiduría.
Vuelve a la Tabla de Contenidos
Grandeza
y miseria de los aztecas
José María Iraburu, sacerdote
El imperio azteca
En el inmenso territorio que llamamos México, y que hoy concebimos como una unidad nacional, coexistieron muchos pueblos diversos: al sur mayas, zapotecas, al este olmecas, totonacas, toltecas, al centro tlaxcaltecas, tarascos, otomíes, chichimecas, al norte pimas, tarahumaras, y tantos más, ajenos unos a otros, y casi siempre enemigos entre sí. Entre todos ellos habían de distinguirse muy especialmente los aztecas, que, procedentes del norte, fueron descendiendo hacia los grandes lagos mexicanos, hacia la región de Anáhuac. Conducidos por su dios Huitzilopochtli –para los españoles, Huichilobos–, dios guerrero y terrible, llegaron en 1168 al valle de México (término que procede de Mexitli, nombre con el que también se llamaba Huitzilopochtli), y establecieron en Tenochtitlán su capital.
De este modo, el pueblo azteca, convencido de haber sido elegido por los dioses para una misión grandiosa, fue desplazando a otros pueblos, y ya para 1400 toda la tierra vecina del lago estaba en sus manos. En 1500, poco antes de la llegada de los españoles, el imperio azteca reunía 38 señoríos, y se sustentaba en la triple alianza de México (Tenochtitlán), Texcoco y Tacuba (Tlacopan).
El pueblo azteca llevó a síntesis lo mejor de las culturas creadas por otros pueblos, como los teotihuacanos y los toltecas. Organizado en clanes, bajo un emperador poderoso y varios señores, fue desarrollándose con gran prosperidad. En astronomía alcanzó notables conocimientos, elaboró un calendario de gran exactitud, y logró un sistema pictográfico e ideográfico de escritura que, con el de los mayas, fue el único de la América prehispánica.
Por otra parte, los aztecas, aunque no conocían la rueda ni tenían animales de tracción, construyeron con gran destreza caminos y puentes, casas, acueductos y grandiosos templos piramidales. Ignoraban la moneda, pero dispusieron con mucho orden enormes mercados o tianguis. Tampoco conocían el arado –pinchaban la tierra con una especie de lanza–, pero hicieron buenos cultivos, aunque reducidos, ingeniándose también para cultivar en chinampas o islas artificiales.
En cuando a las artes diversas, los pueblos indígenas de México alcanzaron un alto nivel de perfección técnica y estética.
Así, en 1519, antes de la conquista, los objetos que
Hernán Cortés envió a Carlos I –una serie de objetos indios de oro, plata,
piedras preciosas, plumería, etc., que había recibido de los mayas, de los
totonacas y de los obsequios aztecas de Moctezuma–, causaron en Europa verdadera impresión.
Alberto Durero, que pudo verlos en Flandes en la corte del emperador, escribió
en su Diario: «A lo largo de mi vida, nada he visto que regocije tanto mi
corazón como estas cosas. Entre ellas he encontrado objetos maravillosamente
artísticos... Me siento incapaz de expresar mis sentimientos» (+J.L. Martínez,
Cortés 187).
La ciudad grandiosa
La capital del imperio azteca era Tenochtitlán, construida en una laguna, y consagrada en 1325 con la dedicación, en su mismo centro, de un grandioso templo piramidal o teocali (de teotl, dios, y cali, casa).
Cuando en noviembre de 1519 los españoles avistaron por primera vez aquella ciudad formidable, una de las mayores del mundo en aquella época, quedaron realmente asombrados... «Desde que vimos cosas tan admirables –cuenta el soldado Bernal Díaz del Castillo–, no sabíamos qué decir, o si era verdad lo que por delante parecía, que por una parte en tierra había grandes ciudades, y en la laguna otras muchas... y por delante estaba la gran ciudad de México; y nosotros aún no llegábamos a cuatrocientos soldados» (cp. 88)...
Cuatro días más tarde, ya entrados en la ciudad, Cortés y los suyos, a caballo los que lo tenían, y acompañados de caciques aztecas, salieron a visitar aquella gran ciudad formidable. Lo primero que visitaron fue el tianguis, el inmenso mercado de la plaza de Tlatelolco: mantas multicolores y joyas preciosas, animales y esclavos, alimentos y bebidas, plantas y pájaros, allí había de todo, distribuido con un orden perfecto.
«Solamente el rumor y zumbido de las voces y palabras
que allí había –cuenta Bernal– sonaba más que de una legua, y entre nosotros hubo
soldados que habían estado en muchas partes del mundo, y en Constantinopla, y
en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan bien compasada y con tanto
concierto y tamaña y llena de tanta gente no la habían visto». Y junto a esto,
«veíamos en aquella gran laguna tanta multitud de canoas, unas que venían con
bastimentos y otras que volvían con cargas y mercaderías;... y veíamos en
aquellas ciudades cúes y adoratorios a manera de torres y fortalezas
[pirámides truncadas], y todas blanqueando, que era cosa de admiración, y las
casas de azoteas» (cp. 92).
Otro soldado, Alonso de Aguilar, al visitar también
aquella gran ciudad aún no conquistada, confiesa que «ponía espanto ver tanta
multitud de gentes», y escribe: «Tendría aquella ciudad pasadas de cien mil
casas, y cada una casa era puesta y hecha encima del agua en unas estacadas de
palos, y de casa a casa había una viga y no más por donde se mandaba, por
manera que cada casa era una fortaleza» (Relación, 5ª jornada).
Año y medio más tarde, el 13 de agosto de 1521, el poder azteca que tenía su centro en aquella gran ciudad de Tenochtitlán, se vendría abajo para siempre, dando lugar a la Nueva España.
Religiosidad y altura moral
Cuando los españoles entraron en México, fueron descubriendo pueblos profundamente religiosos, en los que la religiosidad era propiamente la forma fundamental de la existencia individual y familiar, social y política. Tenían, aunque politeístas, alguna idea de un Dios superior, creador de todo, inmortal e invisible, sin principio ni fin (Hunab Ku, para los mayas, Pije Tao para los zapotecas...) También tenían cierta noticia de una retribución final tras la muerte, y practicaban, concretamente los mayas y aztecas, una ascética religiosa severa, con oraciones, ayunos y rigurosas mortificaciones sangrientas.
Las oraciones aztecas que nos han llegado son
realmente maravillosas en la profundidad de su sentimiento y en la pureza de su
idea: «¡Oh valeroso señor nuestro, debajo de cuyas alas nos amparamos y
defendemos y hallamos abrigo! ¡Tú eres invisible y no palpable, bien así como
la noche y el aire! ¡Oh, que yo, bajo y de poco valor, me atrevo a parecer
delante de vuestra majestad!... Pues ¿qué es ahora, señor nuestro, piadoso,
invisible, impalpable, a cuya voluntad obedecen todas las cosas, de cuya
disposición pende el regimiento de todo el orbe, a quien todo está sujeto, qué
es lo que habéis determinado en vuestro divino pecho?» (Sahagún VI,1)...
Con algunas excepciones, casi todos esos pueblos, mayas, aztecas, totonacas, obsesionados por el misterio del devenir y de la muerte, practicaban sacrificios humanos, de enigmática significación. Coincidiendo con otros autores, Christian Duverger, al estudiar la economía del sacrificio azteca, ve en éste un intento de sostener y dinamizar los ciclos vitales, ya que «la muerte libera un excedente de energía vital»... Y precisamente en el sacrificio ritual, la artificialidad de la muerte provocada es lo que hace posible orientar hacia los dioses esa energía, logrando así que se «transmute la fuga de fuerzas en brote de potencia» (La flor letal 112s). De este modo la sangre humana ofrecida a los dioses, vitaliza las fuentes de toda energía, y alimenta las reservas de fuerza que el sol simboliza, concentra e irradia.
La educación azteca era también profundamente religiosa. Junto a ciertos conocimientos manuales, guerreros, musicales o astrológicos, o de higiene, cortesía y oratoria, se iniciaba a los muchachos, entre los 10 y los 20 años, en la oración, en el servicio a los ídolos, en la castidad, con muy severas prácticas penitenciales. Y la ascesis era tanto más dura cuanto más alta era la condición social de los muchachos. En la alta sociedad, por ejemplo, la embriaguez podía ser castigada con la muerte. Ya aludimos más arriba (21) al cuadro realmente impresionante que traza Bernardino de Sahagún cuando describe la antigua pedagogía religiosa de los indios de la Nueva España (Historia Gral. lib. VI).
Concretamente, a quienes por su cuna estaban destinados a ocupar lugares de autoridad se les educaba desde niños en el autodominio y la más profunda humildad religiosa: «Mira que no sea fingida tu humildad, mira que nuestro señor dios ve los corazones y ve todas las cosas secretas, por muy escondidas que estén; mira que sea pura tu humildad y sin mezcla alguna de soberbia» (lib.VI, 20)... Entre los aztecas, como observa Jacques Soustelle, «el ideal de la clase superior es una gravitas completamente romana en la vida privada, en las palabras, en la actitud, junto con una cortesía exquisita» (La vida 222).
Es interesante observar, por otra parte, que estas
grandes culturas, al mismo tiempo que sufrieron muy graves desviaciones de la
vida sexual, a su modo apreciaron mucho la castidad, y supieron
inculcarla eficazmente. En este sentido, la llegada de los españoles pudo
ocasionar cierta relajación, al menos en determinados aspectos. Así, por
ejemplo, refiere Diego de Landa que las mujeres mayas del Yucatán «preciábanse
de buenas y tenían razón, porque antes que conociesen nuestra nación,
según los viejos ahora lloran, lo eran a maravilla» (Relación cp. 5).
Las grandes cualidades de los indios
Las cualidades de los indios mexicanos impresionaron a los primeros españoles quizá aún más que sus vicios y horribles supersticiones. Un franciscano, por ejemplo, de la primera evangelización, Motolinía, habla muchas veces de los indios de México con verdadero entusiasmo. En su Historia de los indios de la Nueva España, aunque se refiere generalmente a indios recién cristianos –la termina en 1541–, refleja también en buena parte lo que aquellos indios ya eran antes del Evangelio:
«Estos indios casi no tienen estorbo que les impida
para ganar el cielo, de los muchos que los españoles tenemos, porque su vida se
contenta con muy poco, y tan poco que apenas tienen con qué se vestir y
alimentar. Su comida es paupérrima, y lo mismo es el vestido. Para dormir, la
mayor parte de ellos aún no alcanzan una estera sana. No se desvelan en
adquirir ni guardar riquezas, ni se matan por alcanzar estados ni dignidades.
Con su pobre manta se acuestan, y en despertando están aparejados para servir a
Dios, y si se quieren disciplinar [para hacer penitencia], no tienen estorbo ni
embarazo de vestirse y desnudarse. Son pacientes, sufridos sobre manera, mansos
como ovejas. Nunca me acuerdo haberlos visto guardar injuria; humildes, a todos
obedientes, ya de necesidad, ya de voluntad, no saben sino servir y trabajar.
Todos saben labrar una pared y hacer una casa, torcer un cordel, y todos los
oficios que no requieren mucha arte. Es mucha la paciencia y sufrimiento que en
las enfermedades tienen. Sus colchones es la dura tierra, sin ropa ninguna;
cuando mucho tienen una estera rota, y por cabecera una piedra o un pedazo de
madero, y muchos ninguna cabecera, sino la tierra desnuda. Sus casas son muy
pequeñas, algunas cubiertas de un solo terrado muy bajo, algunas de paja, otras
como la celda de aquel santo abad Hilarión, que más parecen sepultura que no
casa».
«Están estos indios y moran en sus casillas, padres y
hijos y nietos; comen y beben sin mucho ruido ni voces. Sin rencillas ni
enemistades pasan su tiempo y vida, y salen a buscar el mantenimiento a la vida
humana necesario, y no más. Si a alguno le duele la cabeza o cae enfermo, si
algún médico entre ellos fácilmente se puede haber, sin mucho ruido ni costa,
vanlo a ver, y si no, más paciencia tienen que Job...»
«Si alguna de estas indias está de parto, tienen muy
cerca la partera, porque todas lo son. Y si es primeriza va a la primera vecina
o parienta que le ayude, y esperando con paciencia a que la naturaleza obre,
paren con menos trabajo y dolor que las nuestras españolas... El primer
beneficio que a sus hijos hace es lavarlos luego con agua fría, sin temor que
les haga daño. Y con esto vemos y conocemos que muchos de éstos así criados
desnudos, viven buenos y sanos, y bien dispuestos, recios, fuertes, alegres,
ligeros y hábiles para cuanto de ellos quieren hacer; y lo que más hace al caso
es, que ya que han venido en conocimiento de Dios, tienen pocos impedimentos
para seguir y guardar la vida y ley de Jesucristo». Y añade: «Cuando yo
considero los enredos y embarazos de los españoles, querría tener gracia para
me compadecer de ellos, y mucho más y primero de mí» (I, 14, 148-151).
El Señor, «que enseña al hombre la ciencia, ese mismo
proveyó y dio a estos Indios naturales grande ingenio y habilidad para aprender
todas las ciencias, artes y oficios que les han enseñado, porque con todos han
salido en tan breve tiempo, que en viendo los oficios que en Castilla están
muchos años en los aprender, acá en sólo mirarlos y verlos hacer, han muchos
quedado maestros. Tienen el entendimiento vivo, recogido y sosegado, no
orgulloso ni derramado como otras naciones... Aprendieron a leer brevemente así
en romance como en latín... Escribir se enseñaron en breve tiempo, y si el
maestro les muda otra forma de escribir, luego ellos también mudan la letra y
la hacen de la forma que les da su maestro». Todas las ciencias, artes y
oficios –la música y el canto, la gramática y la pintura, la orfebrería, la
imaginería o la construcción–, todas las aprendían de tal modo que con frecuencia
superaban en poco tiempo a los maestros españoles (III, 12-13, 398-411).
Dominadores de muchos pueblos
El mesianismo azteca tenía sus fundamentos en el gremio sacerdotal y en una formidable casta de guerreros. De este modo la potencia del pueblo azteca fue sujetando poco a poco bajo su dominio a muchos pueblos y señoríos. Los embajadores aztecas, con grandiosa pompa y acompañamiento, visitaban estos pueblos y les invitaban a ser súbditos. La embajada de Tenochtitlán era la primera. Si no bastaba, seguía la de Texcoco, y si tampoco ésta conseguía el objetivo, a la embajada de Tlacopan correspondía el ultimátum, la última advertencia. Una vez sujetada la ciudad o provincia por la razón o la fuerza guerrera, se procedía a las ceremoniosas negociaciones, en las que se fijaban los tributos (Soustelle 203-213). Los pueblos sujetos conservaban normalmente sus propios señores y leyes, sus idiomas, costumbres y dioses, aunque habían de reconocer también al dios nacional azteca.
Por otra parte, como hace notar Alvear Acevedo, hay que tener en cuenta que «la guerra, la conquista y el sometimiento de otros pueblos, tenían motivos económicos y políticos, pero también razones religiosas de búsqueda de prisioneros para su inmolación» (87). En todo caso, a principios del siglo XVI, el emperador Moctezuma, el gran tlatoani (de tlatoa, el que habla), recibía tributo de 371 pueblos. Cada semestre, pasaban los recaudadores o calpixques a recoger los impuestos que en especies y cuantías estaban perfectamente determinados. Así era el gran imperio azteca, y el náhuatl era su lengua.
Esta ambiciosa política guerrera de los aztecas trajo una muy precaria paz imperial entre los pueblos, pues, como señala Motolinía, «todos andaban siempre envueltos en guerra unos contra otros, antes que los Españoles viniesen. Y era costumbre general en todos los pueblos y provincias, que al fin de los términos de cada parte dejaban un gran pedazo yermo y hecho campo, sin labrarlo, para las guerras. Y si por caso alguna vez se sembraba, que era muy raras veces, los que lo sembraban nunca lo gozaban, porque los contrarios sus enemigos se lo talaban y destruían» (III, 18, 450).
El lado siniestro de un mundo pagano
Según narra Bernal Díez del Castillo, los soldados españoles, primero en Campeche, en 1517, al oeste del Yucatán, y pronto a medida que avanzaban en sus incursiones, fueron conociendo el espanto de los templos de los indios, donde se sacrificaban hombres, y el horror de los sacerdotes, papas, «los cabellos muy grandes, llenos de sangre revuelta con ellos, que no se pueden desparcir ni aun peinar»... Allí vieron «unas casas muy grandes, que eran adoratorios de sus ídolos y bien labradas de cal y canto, y tenían figurado en unas paredes muchos bultos [imágenes] de serpientes y culebras grandes, y otras pinturas de ídolos de malas figuras, y alrededor de uno como altar, lleno de gotas de sangre» (cp. 3). En una isleta «hallamos dos casas bien labradas, y en cada casa unas gradas, por donde subían a unos como altares, y en aquellos altares tenían unos ídolos de malas figuras, que eran sus dioses. Y allí hallamos sacrificados de aquella noche cinco indios, y estaban abiertos por los pechos y cortados los brazos y los muslos, y las paredes de las casas llenas de sangre» (cp.13). Lo mismo vieron no mucho después en la isla que llamaron San Juan de Ulúa (cp. 14). Eran escenas espantosas, que una y otra vez aquellos soldados veían como testigos asombrados.
Avanzando ya hacia Tenochtitlán, la capital azteca,
hizo Pedro de Alvarado una expedición de reconocimiento, con doscientos
hombres, por la región de Culúa, sujeta a los aztecas. Y «llegado a los
pueblos, todos estaban despoblados de aquel mismo día, y halló sacrificados en
unos cúes [templos] hombres y muchachos, y las paredes y altares de sus
ídolos con sangre, y los corazones presentados a los ídolos; y también hallaron
los cuchillazos de pedernal con que los abrían por los pechos para sacarles los
corazones. Dijo Pedro de Alvarado que habían hallado en todos los más de
aquellos cuerpos muertos sin brazos y piernas, y que dijeron otros indios que
los habían llevado para comer, de lo cual nuestros soldados se admiraron mucho
de tan grandes crueldades. Y dejemos de hablar de tanto sacrificio, pues desde
allí adelante en cada pueblo no hallábamos otra cosa» (cp. 44).
Huitzilopochtli
Pero el espanto mayor iban a tenerlo en Tenochtitlán, en el corazón mismo del imperio azteca. Aquel imperio formidable, construido sobre el mesianismo religioso azteca, tenía, como hemos visto, un centro espiritual indudable: el gran teocali de Tenochtitlán, desde el cual imperaba Huitzilopochtli. Este ídolo temible, que al principio había recibido culto en una modesta cabaña, y posteriormente en templos más dignos, finalmente en 1487, cinco años antes del descubrimiento de América, fue entronizado solemnemente en el teocali máximo del imperio.
Durante cuatro años, millares de esclavos indios lo
habían edificado, mientras el emperador Ahuitzotl guerreaba contra varios
pueblos, para reunir prisioneros destinados al sacrificio. La pirámide
truncada, de una altura de más de 70 metros, sostenía en la terraza dos
templetes, en uno de los cuales presidía el terrible Huitzilopochtli, y
en el otro Tezcalipoca. Ciento catorce empinados escalones conducía a la
cima por la fachada principal labrada de la pirámide. En torno al templo,
muchos otros palacios y templos, el juego de pelota y los mercados, formaban
una inmensa plaza. En lo alto del teocali, frente al altar de cada ídolo, había
una piedra redonda o téchcatl, dispuesta para los sacrificios humanos.
A la multitud de dioses y templos mexicanos correspondía una cantidad innumerable de sacerdotes. Solamente en este templo mayor había unos 5.000, y según dice Trueba, «no había menos de un millón en todo el imperio» (Huichilobos 33). Entre estos sacerdotes existían jerarquías y grados diversos, y todos ellos se tiznaban diariamente de hollín, vestían mantas largas, se dejaban crecer los cabellos indefinidamente, los trenzaban y los untaban con tinta y sangre. Su aspecto era tan espantoso como impresionante.
Los sacrificios humanos
Los aztecas vivían regidos continuamente por un Calendario religioso de 18 meses, compuesto cada uno de 20 días, y muchas de las celebraciones litúrgicas incluían sacrificios humanos. Otros acontecimientos, como la inauguración de templos, también exigían ser santificados con sangre humana. Por ejemplo, en tiempos de Axayáctl (1469-1482), cuando se inauguró el Calendario Azteca, esa enorme y preciosa piedra de 25 toneladas que es hoy admiración de los turistas, se sacrificaron 700 víctimas (Alvear 92). Y poco después Ahítzotl, para inaugurar su reinado, en 1487, consagró el gran teocali de Tenochtitlán. En catorce templos y durante cuatro días, ante los señores de Texcoco y Tlacopan, que habían sido invitados a la solemne ceremonia, se sacrificaron innumerables prisioneros, hombres, mujeres y niños, quizá 20.000, según el Códice Telleriano, aunque debieron ser muchos más, según otros autores, y como se afirma en la crónica del noble mestizo Alva Ixtlilxochitl:
«Fueron ochenta mil cuatrocientos hombres en este
modo: de la nación tzapoteca 16.000, de los tlapanecas 24.000, de los
huexotzincas y atlixcas otros 16.000, de los de Tizauhcóac 24.400, que vienen a
montar el número referido, todos los cuales fueron sacrificados ante este
estatuario del demonio [Huitzilipochtli], y las cabezas fueron encajadas en
unos huecos que de intento se hicieron en las paredes del templo mayor, sin [contar]
otros cautivos de otras guerras de menos cuantía que después en el discurso del
año fueron sacrificados, que vinieron a ser más de 100.000 hombres; y así los
autores que exceden en el número, se entiende con los que después se
sacrificaron» (cp. 60).
Treinta años después, cuando llegaron los soldados españoles a la aún no conquistada Tenochtitlán, pudieron ver con indecible espanto cómo un grupo de compañeros apresados en combate eran sacrificados al modo ritual. Bernal Díaz del Castillo, sin poder reprimir un temblor retrospectivo, hace de aquellos sacrificios humanos una descripción alucinante (cp.102). Pocos años después, el franciscano Motolinía los describe así:
«Tenían una piedra larga, la mitad hincada en tierra,
en lo alto encima de las gradas, delante del altar de los ídolos. En esta
piedra tendían a los desventurados de espaldas para los sacrificar, y el pecho
muy tenso, porque los tenían atados los pies y las manos, y el principal
sacerdote de los ídolos o su lugarteniente, que eran los que más ordinariamente
sacrificaban, y si algunas veces había tantos que sacrificar que éstos se
cansasen, entraban otros que estaban ya diestros en el sacrificio, y de presto
con una piedra de pedernal, hecho un navajón como hierro de lanza, con aquel
cruel navajón, con mucha fuerza abrían al desventurado y de presto sacábanle el
corazón, y el oficial de esta maldad daba con el corazón encima del umbral del
altar de parte de fuera, y allí dejaba hecha una mancha de sangre; y caído el
corazón, estaba un poco bullendo en la tierra, y luego poníanle en una
escudilla [cuauhxicalli] delante del altar.
«Otras veces tomaban el corazón y levantábanle hacia
el sol, y a las veces untaban los labios de los ídolos con la sangre. Los
corazones a las veces los comían los ministros viejos; otras los enterraban, y
luego tomaban el cuerpo y echábanle por las gradas abajo a rodar; y allegado
abajo, si era de los presos en guerra, el que lo prendió, con sus amigos y
parientes, llevábanlo, y aparejaban aquella carne humana con otras comidas, y
otro día hacían fiesta y le comían; y si el sacrificado era esclavo no le
echaban a rodar, sino abajábanle a brazos, y hacían la misma fiesta y convite
que con el preso en guerra.
«En esta fiesta [Panquetzaliztli] sacrificaban
de los tomados en guerra o esclavos, porque casi siempre eran éstos los que
sacrificaban, según el pueblo, en unos veinte, en otros treinta, o en otros
cuarenta y hasta cincuenta y sesenta; en México se sacrificaban ciento y de ahí
arriba.
«Y nadie piense que ninguno de los que sacrificaban
matándolos y sacándoles el corazón, o cualquiera otra muerte, que era de su
propia voluntad, sino por fuerza, y sintiendo muy sentida la muerte y su
espantoso dolor.
«De aquellos que así sacrificaban, desollaban algunos;
en unas partes, dos o tres; en otras, cuatro o cinco; y en México, hasta doce o
quince; y vestían aquellos cueros, que por las espaldas y encima de los hombros
dejaban abiertos, y vestido lo más justo que podían, como quien viste jubón y
calzas, bailaban con aquel cruel y espantoso vestido.
«En México para este día guardaban alguno de los
presos en la guerra que fuese señor o persona principal, y a aquél desollaban
para vestir el cuero de él el gran señor de México, Moctezuma, el cual con
aquel cuero vestido bailaba con mucha gravedad, pensando que hacía gran
servicio al demonio [Huitzilopochtli] que aquel día honraban; y esto
iban muchos a ver como cosa de gran maravilla, porque en los otros pueblos no
se vestían los señores los cueros de los desollados, sino otros principales.
Otro día de la fiesta, en cada parte sacrificaban una mujer y desollábanla, y
vestíase uno el cuero de ella y bailaba con todos los otros del pueblo; aquél
con el cuero de la mujer vestido, y los otros con sus plumajes» (Historia
I, 6, 85-86).
Diego Muñoz Camargo, mestizo, en su Historia de
Tlaxcala escribe: «Contábame uno que había sido sacerdote del demonio, y
que después se había convertido a Dios y a su santa fe católica y bautizado,
que cuando arrancaba el corazón de las entrañas y costado del miserable
sacrificado era tan grande la fuerza con que pulsaba y palpitaba que le alzaba
del suelo tres o cuatro veces hasta que se había el corazón enfriado» (I, 20).
Estos sacrificios humanos estaban más o menos difundidos por la mayor parte de los pueblos que hoy forman México. En el nuevo imperio de los mayas, según cuenta Diego de Landa, se sacrificaba a los prisioneros de guerra, a los esclavos comprados para ello, y a los propios hijos en ciertos casos de calamidades, y el sacrificio se realizaba normalmente por extracción del corazón, por decapitación, flechando a las víctimas, o ahogándolas en agua (Relación de las cosas de Yucatán, cp.5; +M. Rivera 172-178).
En la religión de los tarascos, cuando moría el representante del dios principal, se daba muerte a siete de sus mujeres y a cuarenta de sus servidores para que le acompañasen en el más allá (Alvear 54)...
Las calaveras de los sacrificados eran guardadas de diversos modos. Por ejemplo, el capitán Andrés Tapia, compañero de Cortés, describe el tzompantli (muro de cráneos) que vio en el gran teocali de Tenochtitlán, y dice que había en él «muchas cabezas de muertos pegadas con cal, y los dientes hacia fuera». Y describe también cómo vieron muchos palos verticales, y «en cada palo cinco cabezas de muerto ensartadas por las sienes. Y quien esto escribe, y un Gonzalo de Umbría, contaron los palos que había, y multiplicando a cinco cabezas cada palo de los que entre viga y viga estaban, hallamos haber 136.000 cabezas» (Relación: AV, La conquista 108-109; +López de Gómara, Conquista p. 350; Alvear 88).
«Lágrimas y horror y espanto»
Como hemos dicho, en casi todos los meses del año, religiosamente ordenado por el Calendario azteca, se realizaban en México muy numerosos sacrificios humanos. Fray Juan de Zumárraga, arzobispo de México, en una carta de 1531 dirigida al Capítulo franciscano reunido en Tolosa, dice que los indios «tenían por costumbre en esta ciudad de México cada año sacrificar a sus ídolos más de 20.000 corazones humanos» (Mendieta V, 30; +Trueba, Cortés 100). Eso explica que cuando Bernal Díaz del Castillo visitó el gran teocali de Tenochtitlán, aunque era soldado curtido en tantas peleas, quedó espantado al ver tanta sangre:
«Estaban todas las paredes de aquel adoratorio tan
bañado y negro de costras de sangre, y asimismo el suelo, que todo hedía muy
malamente... En los mataderos de Castilla no había tanto hedor» (cp. 92).
Bernardino de Sahagún, franciscano llegado a México en 1529, donde vivió sesenta años, en su Historia General de las cosas de la Nueva España (lib. II), describe detalladamente el curso de los diversos cultos rituales que se celebraban en cada uno de los 18 meses, de 20 días cada uno. Por él vemos que a lo largo del año se celebraban sacrificios humanos según una incesante variedad de motivos, dioses, ritos y víctimas. En el mes 1º «mataban muchos niños»; en el 2º «mataban y desollaban muchos esclavos y cautivos»; en el 3º, «mataban muchos niños», y «se desnudaban los que traían vestidos los pellejos de los muertos, que habían desollado el mes pasado»; en el 4º, como venían haciendo desde el mes primero, seguían matando niños, «comprándolos a sus madres», hasta que venían las lluvias; en el 5º, «mataban un mancebo escogido»; en el 6º, «muchos cautivos y otros esclavos»...
Y así un mes tras otro. En el 10º, «echaban en el fuego vivos muchos esclavos, atados de pies y manos; y antes que acabasen de morir los sacaban arrastrando del fuego, para sacar el corazón delante de la imagen de este dios»... En el 17º mataban una mujer, sacándole el corazón y decapitándola, y el que iba delante del areito [canto y danza], tomando la cabeza «por los cabellos con la mano derecha, llevábala colgando e iba bailando con los demás, y levantaba y bajaba la cabeza de la muerta a propósito del baile». En el 18º, en fin, «no mataban a nadie, pero el año del bisiesto, que era de cuatro en cuatro años, mataban cautivos y esclavos». Los rituales concretos –vestidos, danzas, ceremoniales, modos de matar– estaban muy exactamente determinados para cada fiesta, así como las deidades que en cada solemnidad se honraban.
Fray Bernardino de Sahagún, tras escuchar a múltiples
informantes indios, consigna fríamente todos sus relatos –en los que a veces se
adivinan cantilenas destinadas a ser retenidas en la memoria, para mejor
recordar los ritos exactos–, y finalmente exclama: «No creo que haya corazón tan
duro que oyendo una crueldad tan inhumana, y más que bestial y endiablada, como
la que arriba queda puesta, no se enternezca y mueva a lágrimas y horror y
espanto; y ciertamente es cosa lamentable y horrible ver que nuestra humana
naturaleza haya venido a tanta bajeza y oprobio que los padres, por sugestión
del demonio, maten y coman a sus hijos, sin pensar que en ello hacían ofensa
alguna, mas antes con pensar que en ello hacían gran servicio a sus dioses. La
culpa de esta tan cruel ceguedad, que en estos desdichados niños se ejecutaba,
no se debe tanto imputar a la crueldad de los padres, los cuales derramaban
muchas lágrimas y con gran dolor de sus corazones la ejercitaban, cuanto al
crudelísimo odio de nuestro enemigo antiquísimo Satanás, el cual con
malignísima astucia los persuadió a tan infernal hazaña. ¡Oh Señor Dios, haced
justicia de este cruel enemigo, que tanto mal nos hace y nos desea hacer!
¡Quitadle, Señor, todo el poder de empecer!» (lib. II, cp. 20).
La poligamia
Cuenta Motolinía que en México «todos se estaban con las mujeres que querían, y había algunos que tenían hasta doscientas mujeres. Y para esto los señores y principales robaban todas las mujeres, de manera que cuando un indio común se quería casar apenas hallaba mujer» (I, 7, 250).
Del tlatoani Moctezuma cuenta López de Gómara
que en Tepac, el palacio en que normalmente residía, «había mil mujeres, y
algunos afirman que tres mil entre señoras y criadas y esclavas; de las
señoras, que eran muy muchas, tomaba para sí Moctezuma las que bien le parecía;
las otras daba por mujeres a sus criados y a otros caballeros y señores; y así,
dicen que hubo vez que tuvo ciento y cincuenta preñadas a un tiempo, las
cuales, a persuasión del diablo, movían, tomando cosas para lanzar las
criaturas, o quizá porque sus hijos no habían de heredar» (Conquista p. 344;
+Francisco Hernández, Antigüedades I,9)...
El enigma de los contrastes inconciliables
Quienes se asoman al mundo del México prehispánico no pueden menos de quedarse admirados de lo bueno, horrorizados de lo malo, y finalmente perplejos, al no saber cómo conciliar lo uno y lo otro. ¿Cómo es posible que en medio de tantas atrocidades se produjeran a veces, en los mismos que las realizaban, elevaciones espirituales tan considerables? (+L. Séjourné, Pensamiento 21). Es un misterio... Se desvanecería el enigma si tales elevaciones fueran sólo aparentes, pero resulta muy difícil dudar de su veracidad.
Ciertos rasgos de nobleza espiritual parecen indudables y relativamente frecuentes. Recordemos en aquellos primitivos pueblos mexicanos el sentido profundo de una transcendencia religiosa que impregnaba toda la vida, el sentido respetuoso de la autoridad familiar y social, la conciencia de pecado, las severas prácticas penitenciales comunes al pueblo o las excepcionales realizadas por algunos –como el llamado ayuno teuacanense de algunos jóvenes: cuatro años de oración, de celibato y de abstinencia rigurosa (Hernández, Antigüedades III,17)–, las oraciones bellísimas alzadas frecuentemente a los dioses... ¿Cómo relacionar todo esto con tantos otros errores y crímenes?
La clave del enigma está en que los mexicanos profesaban sinceramente una religiosidad falsa. La profundidad de su religiosidad, frente al Absoluto de unas divinidades superiores a lo humano, explica lo mucho que en ellos había de noble y admirable: es la presencia misericordiosa de Dios, que también actúa allí donde los hombres lo buscan y apenas lo conocen (+Hch 10,34-35). Y la falsedad de su religiosidad es lo que explica el abismo de los horrores diabólicos y de las supersticiones ignominiosas en el que estaban hundidos.
(José María Iraburu, Hechos de los apóstoles de América,
Fundación Gratis Date, Pamplona 2003, 3ª edición, pp. 34-38).
Fuente: http://www.gratisdate.org/nuevas/hechos/default.htm
Vuelve a la Tabla de Contenidos
Mons.
Daniel Sturla es el nuevo Arzobispo de Montevideo
NotiCEU
El Papa Francisco designó Arzobispo de Montevideo a Mons. Daniel
Fernando Sturla Berhouet sdb, hasta ahora Obispo Auxiliar de Montevideo. A las
12 hs de Roma del martes 11 de febrero (9 hs de Uruguay), la Santa Sede dio a
conocer este nombramiento a través del L’ Osservatore Romano, a la vez que
informó la aceptación de la renuncia de Mons. Nicolás Cotugno, presentada al
cumplir 75 años de edad, como lo establece el Código de Derecho Canónico.
Mons. Sturla, séptimo Arzobispo de Montevideo, tiene 54 años de edad, es
oriundo de Montevideo y fue ordenado sacerdote en la Congregación Salesianos de
Don Bosco (SDB) el 21 de noviembre de 1987. El Papa Benedicto XVI lo nombró
Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Montevideo, asignándole la sede titular
de Phelbes, el 10 de diciembre de 2011, siendo consagrado el 4 de marzo de
2012.
Asumirá como Arzobispo
de Montevideo el próximo 9 de marzo, en la Catedral Metropolitana.
En la Conferencia Episcopal del Uruguay es Obispo Responsable del
Departamento de Misiones y del Departamento de Laicos. Asimismo, es Delegado
suplente al Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM).
Montevideo fue erigida como Diócesis por el Papa Pío IX, el 13 de julio
de 1878. El 19 de abril de 1897, por mandato del Papa León XIII, fue creada la
Arquidiócesis de Montevideo. En la actualidad, cuenta con 84 Parroquias, 98
sacerdotes del clero diocesano y 120 sacerdotes del clero religioso.
Con este nombramiento, la Conferencia Episcopal del Uruguay pasa a estar
conformada por 10 Obispos residenciales, 2 Obispos Auxiliares y 6
Obispos eméritos.
*****
Curriculum vitae de Mons. Daniel Fernando Sturla
Berhouet, sdb
Arzobispo
Metropolitano de Montevideo
Mons. Daniel Fernando Sturla Berhouet, sdb, nació en Montevideo,
Uruguay, el 4 de julio de 1959.
Realizó sus estudios elementales y secundarios (hasta 4º año), en el Colegio
San Juan Bautista de los Hermanos de la Sagrada Familia. Obtuvo el
Bachillerato en Derecho en el Instituto Juan XXIII de los Salesianos.
Realizó los estudios de Filosofía y Ciencias de la Educación en el Instituto
Miguel Rúa de los Salesianos, en Montevideo. Estudió Teología en el
entonces Instituto Teológico del Uruguay, hoy Facultad de Teología del
Uruguay Mons. Mariano Soler, donde obtuvo la Licenciatura en Teología.
Entró en la Congregación Salesiana, en la Inspectoría (Provincia) del
Uruguay, a fines de los años setenta, haciendo el noviciado en 1979 y su
primera profesión religiosa el 31 de enero de 1980. El 21 de noviembre de 1987
fue ordenado sacerdote. Ha ocupado diversos cargos, tanto pastorales como de
gobierno, sobre todo en su Congregación Salesiana. En particular:
- Consejero de estudios en las Escuelas Profesionales Talleres Don
Bosco;
- Trabajó en las obras sociales de los Oratorios Salesianos y en los
inicios del Movimiento Tacurú, en los años 1981, 1984 y 1985;
- Encargado, a varios niveles, de los novicios salesianos;
- Director del Instituto Preuniversitario Juan XXIII;
- El 28 de octubre de 2008 fue nombrado Inspector Salesiano para el
Uruguay;
- Poco después, fue elegido Presidente de la Conferencia de Religiosos y
Religiosas del Uruguay (CONFRU).
El 10 de diciembre de 2011 fue nombrado Obispo Auxiliar de Montevideo y
titular de Phelbes. El 4 de marzo de 2012 fue consagrado Obispo. Dentro de la
Conferencia Episcopal del Uruguay (CEU), ocupa los siguientes cargos: es
Responsable del Departamento de Misiones y del Departamento de Laicos y
Delegado suplente al Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM).
Es profesor de Historia de la Iglesia en el Uruguay en la Facultad de
Teología del Uruguay Mons. Mariano Soler y ha publicado diversos artículos
sobre su materia y un libro: “¿Santa o de Turismo? La secularización del
calendario en el Uruguay”, Instituto Preuniversitario Juan XXIII,
Montevideo, 2010.
El 11 de febrero de 2014 ha sido nombrado Arzobispo Metropolitano de
Montevideo por el Santo Padre Francisco.
Fuente: http://iglesiacatolica.org.uy/noticeu/mons-daniel-sturla-es-el-nuevo-arzobispo-de-montevideo/
Publicación del
Concurso para la asignación del
Premio Internacional “Economía y Sociedad”
Segunda edición -
Año 2015
Fundación Centesimus Annus –Pro Pontifice
Para
promover el conocimiento de la
Doctrina Social de la Iglesia
Católica, la Fundación Centesimus
Annus –Pro Pontifice convoca:
• Un premio por el valor de 30.000 euros para publicaciones en el campo económico
y social.
•
Un premio para los jóvenes investigadores en la doctrina social por el valor de € 20.000 y
se dividirá entre dos o más investigadores jóvenes.
Los premios tienen una periodicidad
bienal y los próximos se concederán en 2015.
Requisitos de la publicación para el Premio Internacional
El premio será concedido a un
trabajo que haya sido publicado a partir de 2005. La obra premiada
deberá sobresalir por su contribución
original a la explicación, profundización o aplicación de la Doctrina Social de la Iglesia, ser de reconocida
solidez doctrinal y de excepcional calidad. La Fundación
Centesimus Annus –Pro
Pontifice pretende premiar contribuciones comprensibles
al gran público, que expresen con fuerza profética un
compromiso cristiano en la actividad económica y social. El jurado tomará en
consideración los trabajos publicados en lengua francesa, inglesa, italiana,
portuguesa, española y alemana. En el caso de que los ganadores fuesen más de
uno, el premio se dividirá equitativamente entre ellos.
Requisitos del Premio
Internacional para los jóvenes
investigadores
Este premio se divide entre dos o más tesis realizadas
en el marco de la Doctrina
Social de la Iglesia. Pueden participar los jóvenes investigadores
nacidos después del 1 de Enero de 1980.
Para participar, las solicitudes deben ser
enviadas al jurado del Premio
junto al trabajo y su duplicado acompañado de una breve
presentación del director de la tesis. Se tomarán
en cuenta los artículos publicados en
inglés, francés, italiano, portugués, español
y alemán.
Entrega de los trabajos
Los trabajos que corresponden a los criterios antes indicados pueden ser enviados antes del 15 de abril del 2014 a la siguiente dirección:
Fondazione Centesimus Annus –Pro Pontifice
Segreteria
Cortile S. Damaso 00120
Ciudad del Vaticano
Soros pretende "experimentar" en Uruguay la legalización de la
marihuana
Uruguayos por la Vida
Se ha aprobado la ley Nº 19.172, que regula la producción, distribución
y consumo de la marihuana, y por la cual el Estado uruguayo se hace
distribuidor de la marihuana y se permite su cultivo privado. Esta ley atenta
contra el bien común poniendo en peligro la salud pública y el bienestar de los
ciudadanos. Pretender combatir el narcotráfico legalizando la distribución y el
cultivo de la marihuana es como querer apagar un incendio con combustible.
Distintas autoridades médicas, psiquiátricas y educativas han advertido
repetidamente al Gobierno en los últimos meses acerca de la peligrosidad de la
marihuana y de la inconveniencia de la ley en cuestión. Haciendo oídos sordos,
el Parlamento ha terminado aprobando esta ley, que ha sido refrendada por el
Ejecutivo.
Es alarmante saber que detrás de este proyecto está la figura de George
Soros, el magnate especulador financiero que no ha tenido problemas en
destruir la economía de países enteros con sus combinaciones bursátiles. Soros
es además el principal impulsor de la legalización de la marihuana en todo el
mundo. En nuestro país ha financiado la campaña publicitaria a favor de la ley
y ha remachado reuniéndose públicamente en EE.UU. con el Presidente Mujica y
hablando de nuestro país como el lugar apropiado para “experimentar” con
esta ley.
No queremos que la población uruguaya, especialmente los jóvenes, sirvan
de ratas de laboratorio para los “experimentos” del Sr. Soros, a costa de su
salud y arrostrando todos los males familiares y sociales que sabemos que traen
consigo las drogas. Incluso se especula con la posibilidad de que Monsanto,
empresa de la que Soros es accionista, esté proyectando intervenir en el
mercado uruguayo de la marihuana legal con una marihuana genéticamente
modificada, 10 o 15 veces más potente que la natural.
¿Qué quieren, destruirnos? La elemental defensa de la soberanía
de nuestra Nación nos exige oponernos a este engendro jurídico.
Por eso te invitamos a firmar para pedir a los actores políticos que
apoyen activamente la realización de un referéndum en contra de esta ley. Las
últimas encuestas dicen que un 66 % de la población está en contra de este
atentado a la salud y la soberanía de los uruguayos, así que es real la
posibilidad de derogarlo mediante un referéndum, si éste se realiza. Escribe a
los candidatos y pídeles que convoquen un referéndum.
#SorosNoSomosRatasDeLaboratorio
Para ver la ley, pinche aquí.
*****
¡Firma esta petición ahora: http://www.citizengo.org/es/3838-convertir-uruguay-un-narcotraficante!
CitizenGO
protegerá tu privacidad y te mantendrá informado/a sobre esta y otras campañas.
542 personas han firmado. Ayúdanos a llegar a 1.000 firmas. Firmar la alerta es sumamente sencillo: basta ingresar cuatro o cinco datos y apretar el botón "Firma" para que el siguiente mensaje sea enviado por email a los Senadores Abreu, Amorín, Bordaberry, Lacalle Herrera y Larrañaga y al Diputado Lacalle Pou.
*****
Sr. Candidato a las
próximas elecciones presidenciales y legislativas:
Le escribo para
pedirle que apoye activamente la realización de un referéndum en contra de
la ley 19.172 que regula la distribución y el cultivo de la marihuana.
Esta ley contraria al
sentir mayoritario de la población uruguaya y al dictamen de tantos grupos
médicos, psiquiátricos y educativos atenta contra la salud pública y contra la
soberanía de la nación al venir impuesta por poderes económicos extranjeros
que quieren “experimentar” con nosotros.
Los uruguayos no
podemos quedarnos cruzados de brazos y en silencio ante este ataque a nuestra
juventud y por tanto a nuestro futuro.
Me comprometo a firmar
en el referéndum si éste se produce y a participar en su difusión y en la
recolección de firmas según mis posibilidades.
Atentamente,
[Tu nombre]
Firma para derogar
la ley de aborto en Uruguay
Uruguayos por la Vida
En 2012 se legalizó el aborto voluntario en el Uruguay, mediante la Ley N° 18.987 (Ley de Interrupción
Voluntaria del Embarazo). Debido a esto, en 2013 fueron
abortados legalmente unos 6.000 seres humanos. Cada hora y media es
asesinado legalmente un ser humano en nuestro país, gracias a esta ley de
aborto. La ley fue votada por los legisladores electos por la ciudadanía.
Mientras no hagamos nada para derogarla, somos todos cómplices de homicidio.
Ésta es una campaña de
recolección de firmas para reclamar a los partidos y sectores políticos y a los
candidatos de las próximas elecciones nacionales que incluyan la derogación de
la ley de aborto en sus respectivos programas de principios y planes de gobierno.
No buscamos un efecto jurídico directo, sino un efecto político: hacer
ver con claridad a los candidatos y demás políticos que una parte importante de
la ciudadanía uruguaya no votará a quien no se comprometa con la defensa del
derecho a la vida, el más básico de los derechos humanos.
Con tu firma estarás haciendo historia a favor de la cultura de la vida
y en contra de la cultura de la muerte. Muchas gracias.
Si bien apoyamos totalmente la campaña de recolección de firmas en
papeletas que, con el mismo objetivo que la nuestra, está realizando el
Plenario Nacional de Organizaciones Pro Vida, las diferentes características de
nuestra campaña, debido a su carácter virtual, hacen posible y recomendable la adhesión a ambas.
*****
¡Firma esta petición ahora: http://www.citizengo.org/es/4719-derogacion-ley-del-aborto!
CitizenGO
protegerá tu privacidad y te mantendrá informado/a sobre esta y otras campañas.
Firmar la alerta es muy sencillo: basta ingresar algunos datos y apretar el botón "Firma". No olvides poner en el campo DNI tu número de Cédula de Identidad, con puntos y guión; o sea, con uno de los siguientes dos formatos: XXX.XXX-X o X.XXX.XXX-X (donde X es un dígito).
Uruguayos por la Vida
recopilará las firmas y las presentará oportunamente a los partidos políticos
junto al siguiente mensaje.
*****
Estimados Señores
candidatos a cargos electivos del gobierno nacional:
Por este intermedio,
los abajo firmantes les reclamamos que, en sus respectivos programas de
principios y planes de gobierno, incluyan el compromiso de derogar totalmente
la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. La existencia o no de este
compromiso será uno de los criterios fundamentales para determinar nuestro voto
en las próximas elecciones nacionales.
Los saludamos muy
atentamente.
[Firmas]
San José,
casto esposo de la Virgen María,
intercede para obtenerme
el don de la pureza.
Tú que, a pesar de tus inseguridades personales,
supiste aceptar dócilmente el Plan de Dios tan pronto supiste de él,
ayúdame a tener esa misma actitud
para responder siempre y en todo lugar a lo que el Señor me pida.
Varón prudente, que no te apegaste a las seguridades humanas,
sino que siempre estuviste abierto a responder a lo inesperado,
obténme el auxilio del divino Espíritu
para que viva yo también en prudente desasimiento de las seguridades terrenales.
Modelo de celo, de trabajo constante,
de fidelidad silenciosa, de paternal solicitud,
obténme esas bendiciones para que pueda crecer cada día más en ellas
y así asemejarme, día a día, al modelo de la plena humanidad: el Señor Jesús.
Amén.
Fuente: http://www.aciprensa.com/Oracion/sanjose.htm
Suscripciones gratuitas a la Revista
Complete y envíe este formulario. Se enviará automáticamente un mensaje a su email pidiendo la confirmación de la
suscripción. Luego ingrese a su email
y confirme la suscripción.
Publicaciones del Centro Cultural Católico Fe y Razón
|
Nuevo
sitio de Fe y Razón |
|
|
Viejo sitio de Fe y Razón |
|
|
Viejo blog de la Revista Virtual Fe y Razón |
|
|
Colección de Libros Fe y Razón |
|
|
Grupo Fe y
Razón en Facebook |
|
|
Presentaciones de Fe y Razón |
Venta de libros de la Colección “Fe y Razón”
Títulos
disponibles en www.lulu.com/spotlight/feyrazon, en dos versiones: impresa y electrónica:
1. Miguel Antonio Barriola, “En tu palabra echaré la red” (Lc 5,5). Reflexiones sobre Dios en la
historia.
2. Daniel Iglesias Grèzes, Razones para nuestra esperanza. Escritos de apologética católica.
3. Néstor Martínez Valls, Baúl apologético. Selección de trabajos filosóficos y teológicos
publicados en “Fe y Razón”.
4. Guzmán Carriquiry Lecour, Realidad y perspectivas del laicado católico en nuestro tiempo.
5. Miguel Antonio Barriola, “Cristo amó a la Iglesia” (Ef 5,25). Reflexiones sobre la cristología
de J. L. Segundo y la eclesiología de H. Küng.
6. Horacio Bojorge, Teologías deicidas. El pensamiento de Juan Luis Segundo en su
contexto, Segunda edición.
7. Daniel Iglesias Grèzes, En el principio era el Logos. Apologética católica en diálogo con los
no creyentes.
8. Daniel Iglesias Grèzes, Vosotros sois la sal de la tierra. El choque entre la civilización cristiana
y la cultura de la muerte.
9. Daniel Iglesias Grèzes, Soy amado, luego existo. Reflexiones sobre el darwinismo, el diseño
inteligente y la fe cristiana.
10. María Cristina Araújo Azarola, ¡Atrévanse a pensar! Selección de escritos
filosóficos.
11.
Néstor
Martínez Valls, “No sin grave daño”. La
necesidad urgente de la filosofía tomista en la Iglesia y en el mundo.
La versión electrónica de los títulos 1, 3-6 y 8-11 es gratuita.
Donaciones al Centro Cultural
Católico “Fe y Razón”
(se requiere tener una cuenta en PayPal)
· Vaya a la página:
http://revistafeyrazon.com/index.php?option=com_content&view=article&id=79&Itemid=92
· Presione el botón Donar.
· Ingrese sus datos:
o cuenta de PayPal (dirección de correo electrónico); e
o importe de la donación (en dólares estadounidenses).
·
Presione el botón correspondiente
para finalizar la transacción.