Fe
y Razón
Revista virtual gratuita de
teología
Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y
Razón”
Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la
evangelización de la cultura
Nº 75 – Diciembre de 2012
“Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est”
“Toda verdad, dígala quien la diga,
procede del Espíritu Santo”
(Santo Tomás de Aquino)
“Hoy
se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de
la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa
o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está
en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San
Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y
misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada
para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).
Contacto: feyrazon@gmail.com
Fundadores de la
Revista: Ing.
Daniel Iglesias, Lic. Néstor Martínez, Diác. Jorge Novoa.
Equipo de
Dirección: Ing.
Daniel Iglesias, Lic. Néstor Martínez, Ec. Rafael Menéndez.
Colaboradores: Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic. Horacio Bojorge, Mons.
Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Carlos Caso-Rosendi, Ing. Agr.
Álvaro Fernández, Mons. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Diác. Jorge Novoa, Dr. Gustavo
Ordoqui Castilla, Pbro. Miguel Pastorino, Santiago Raffo, Juan Carlos Riojas
Álvarez, Dra. Dolores Torrado.
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Sección |
Título |
Autor o Fuente |
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Editorial |
Equipo de Dirección |
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Magisterio |
Papa Benedicto XVI |
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Magisterio |
Papa Benedicto XVI |
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Espiritualidad |
Mons. Héctor Aguer |
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Espiritualidad |
Pbro. Dr. José María
Iraburu |
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Espiritualidad |
Diác. Perm. Prof. Milton
Iglesias |
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Teología |
Santo Tomás de Aquino |
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Iglesia |
Proposición
17: Preámbulos de la fe y teología de la credibilidad |
Sínodo de los Obispos |
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Iglesia |
ForumLibertas |
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Iglesia |
Luces y
sombras del Concilio. La laguna que Juan Pablo II quiso colmar |
Sandro Magíster |
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Iglesia |
Elizabeth Azarola y
Dionisio Negueruela |
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Familia y Vida |
Los Obispos del Uruguay |
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Oración |
Liturgia de las Horas |
Equipo de Dirección
1.
Presentaciones del Ciclo de
Charlas sobre el Pensamiento de Juan Pablo II
El Ciclo de Charlas sobre el Pensamiento de Juan Pablo II, organizado por el Centro Cultural Católico “Fe y Razón” en el contexto del Año de la Fe, se desarrolló con buena concurrencia de público durante cuatro sábados consecutivos en la Parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y San Alfonso de Montevideo. A medida que obtengamos las presentaciones realizadas en dicho Ciclo, las publicaremos en nuestra revista. Por el momento disponemos sólo de la presentación del Ing. Daniel Iglesias Grézes, Nuevas amenazas a la vida humana según la encíclica Evangelium Vitae. Esta presentación, que es un resumen del Capítulo 1 de la Evangelium Vitae, puede ser vista, descargada o compartida en esta dirección:
2.
Colaboraciones
El presente número de “Fe y Razón” incluye
colaboraciones, que mucho agradecemos, del Diác. Perm. Prof. Milton Iglesias
(sobre el Adviento) y de Elizabeth Azarola y Dionisio Negueruela (sobre los Equipos de
Nuestra Señora).
3.
Derogación
de la “Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo” (Ley Nº 18.987)
El Centro Cultural Católico “Fe y Razón” se
adhiere a la “Petición para la derogación parlamentaria de la ley de aborto”
del Plenario de Organizaciones Pro-Vida del Uruguay e invita a todos sus socios
y allegados uruguayos a firmar dicha petición, que está dirigida a todos los
precandidatos a la Presidencia de la República y/o al Parlamento Nacional.
Después de enumerar nueve hechos, la referida petición concluye así:
“Ante todo lo
anterior, le solicito:
·
Incluya en su programa de
gobierno la derogación parlamentaria de la ley de aborto y comprométase
públicamente en ello.
·
Promueva una legislación que
proteja la vida desde el momento de su concepción.
·
Promueva una ley integral de
apoyo a la maternidad.
·
Fomente la adopción y cree un
plan de adopción nacional ágil y eficaz.
·
Haga pedagogía pública contra el
aborto y fomente el respeto y valor de la Vida Humana, desarrollando para ello
un plan integral en todos los ámbitos y muy especialmente en el de la salud y
la educación.
·
No destine fondos públicos a
iniciativas que atenten contra la Vida Humana en cualquiera de sus fases.
·
Instaure servicios de verdadera
ayuda a las mujeres que cursan un embarazo con dificultades, brindándoles apoyo
durante y después de su embarazo para que puedan llevarlo a término y ejercer
una maternidad, en condiciones de contención y dignidad. Para ello es de
urgencia el desmantelamiento de programas que van en la línea contraria y que
proveen asesoramiento en métodos abortivos.”
4.
¡Feliz
Navidad y feliz Año Nuevo!
“¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!” (Lucas 1,14).
“Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre sus hombros y se le da por nombre: «Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz».” (Isaías 9,5).
“Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga vida eterna.” (Juan 3,16).
El Centro Cultural Católico “Fe y Razón” desea a todos sus socios y amigos una muy feliz Navidad y un buen año del Señor 2013.
Dios mediante, nos reencontraremos con ustedes el 1º de febrero de 2013.
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Santa Misa para la Clausura del Sínodo
de los Obispos
Homilía del Santo Padre Benedicto XVI
Basílica Vaticana, Domingo 28 de octubre de 2012
Venerables
hermanos, ilustres señores y señoras, queridos hermanos y hermanas:
El milagro de la curación del ciego Bartimeo ocupa un lugar relevante en la estructura del Evangelio de Marcos. En efecto, está colocado al final de la sección llamada «viaje a Jerusalén», es decir, la última peregrinación de Jesús a la Ciudad Santa para la Pascua, en donde Él sabe que lo espera la pasión, la muerte y la resurrección. Para subir a Jerusalén, desde el valle del Jordán, Jesús pasó por Jericó, y el encuentro con Bartimeo tuvo lugar a las afueras de la ciudad, mientras Jesús, como anota el evangelista, salía «de Jericó con sus discípulos y bastante gente» (10,46); gente que, poco después, aclamará a Jesús como Mesías en su entrada a Jerusalén. Bartimeo, cuyo nombre, como dice el mismo evangelista, significa «hijo de Timeo», estaba precisamente sentado al borde del camino pidiendo limosna. Todo el Evangelio de Marcos es un itinerario de fe, que se desarrolla gradualmente en el seguimiento de Jesús. Los discípulos son los primeros protagonistas de este paulatino descubrimiento, pero hay también otros personajes que desempeñan un papel importante, y Bartimeo es uno de éstos. La suya es la última curación prodigiosa que Jesús realiza antes de su pasión, y no es casual que sea la de un ciego, es decir una persona que ha perdido la luz de sus ojos. Sabemos también por otros textos que en los evangelios la ceguera tiene un importante significado. Representa al hombre que tiene necesidad de la luz de Dios, la luz de la fe, para conocer verdaderamente la realidad y recorrer el camino de la vida. Es esencial reconocerse ciegos, necesitados de esta luz, de lo contrario se es ciego para siempre (cf. Jn 9,39-41).
Bartimeo, pues, en este punto estratégico del relato de Marcos, está puesto como modelo. Él no es ciego de nacimiento, sino que ha perdido la vista: es el hombre que ha perdido la luz y es consciente de ello, pero no ha perdido la esperanza, sabe percibir la posibilidad de un encuentro con Jesús y confía en Él para ser curado. En efecto, cuando siente que el Maestro pasa por el camino, grita: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí» (Mc 10,47), y lo repite con fuerza (v. 48). Y cuando Jesús lo llama y le pregunta qué quiere de Él, responde: «Maestro, que pueda ver» (v. 51). Bartimeo representa al hombre que reconoce el propio mal y grita al Señor, con la confianza de ser curado. Su invocación, simple y sincera, es ejemplar, y de hecho –al igual que la del publicano en el templo: «Oh Dios, ten compasión de este pecador» (Lc 18,13)– ha entrado en la tradición de la oración cristiana. En el encuentro con Cristo, realizado con fe, Bartimeo recupera la luz que había perdido, y con ella la plenitud de la propia dignidad: se pone de pie y retoma el camino, que desde aquel momento tiene un guía, Jesús, y una ruta, la misma que Jesús recorre. El evangelista no nos dice nada más de Bartimeo, pero en él nos muestra quién es el discípulo: aquel que, con la luz de la fe, sigue a Jesús «por el camino» (v. 52).
San Agustín, en uno de sus escritos, hace una observación muy particular sobre la figura de Bartimeo, que puede resultar también interesante y significativa para nosotros. El Santo Obispo de Hipona reflexiona sobre el hecho de que Marcos, en este caso, indica el nombre no sólo de la persona que ha sido curada, sino también del padre, y concluye que «Bartimeo, hijo de Timeo, era un personaje que de una gran prosperidad cayó en la miseria, y que esta condición suya de miseria debía ser conocida por todos y de dominio público, puesto que no era solamente un ciego, sino un mendigo sentado al borde del camino. Por esta razón Marcos lo recuerda solamente a él, porque la recuperación de su vista hizo que ese milagro tuviera una resonancia tan grande como la fama de la desventura que le sucedió» (Concordancia de los evangelios, 2, 65, 125: PL 34, 1138). Hasta aquí San Agustín.
Esta
interpretación, que ve a Bartimeo como una persona caída en la miseria desde
una condición de «gran prosperidad», nos hace pensar; nos invita a reflexionar
sobre el hecho de que hay riquezas preciosas para nuestra vida, y que no son
materiales, que podemos perder. En esta perspectiva, Bartimeo podría ser la
representación de cuantos viven en regiones de antigua evangelización, donde la
luz de la fe se ha debilitado, y se han alejado de Dios, ya no lo consideran
importante para la vida: personas que por eso han perdido una gran riqueza, han
«caído en la miseria» desde una alta dignidad –no económica o de poder terreno,
sino cristiana –, han perdido la orientación segura y sólida de la vida y se
han convertido, con frecuencia inconscientemente, en mendigos del sentido de la
existencia. Son las numerosas personas que tienen necesidad de una nueva
evangelización, es decir de un nuevo encuentro con Jesús, el Cristo, el Hijo de
Dios (cf. Mc 1,1), que puede abrir nuevamente sus ojos y mostrarles el
camino. Es significativo que, mientras concluimos la Asamblea sinodal sobre la
nueva evangelización, la liturgia nos proponga el Evangelio de Bartimeo. Esta
Palabra de Dios tiene algo que decirnos de modo particular a nosotros, que en
estos días hemos reflexionado sobre la urgencia de anunciar nuevamente a Cristo
allá donde la luz de la fe se ha debilitado, allá donde el fuego de Dios es
como un rescoldo, que pide ser reavivado, para que sea llama viva que da luz y
calor a toda la casa.
La nueva
evangelización concierne toda la vida de la Iglesia. Ella se refiere, en primer
lugar, a la pastoral ordinaria que debe estar más animada por el fuego del
Espíritu, para encender los corazones de los fieles que regularmente frecuentan
la comunidad y que se reúnen en el día del Señor para nutrirse de su Palabra y
del Pan de vida eterna. Deseo subrayar tres líneas pastorales que han surgido
del Sínodo. La primera corresponde a los sacramentos de la iniciación
cristiana. Se ha reafirmado la necesidad de acompañar con una catequesis
adecuada la preparación al bautismo, a la confirmación y a la Eucaristía.
También se ha reiterado la importancia de la penitencia, sacramento de la
misericordia de Dios. La llamada del Señor a la santidad, dirigida a todos los
cristianos, pasa a través de este itinerario sacramental. En efecto, se ha
repetido muchas veces que los verdaderos protagonistas de la nueva
evangelización son los santos: ellos hablan un lenguaje comprensible para
todos, con el ejemplo de la vida y con las obras de caridad.
En segundo lugar, la nueva evangelización está esencialmente conectada con la misión ad gentes. La Iglesia tiene la tarea de evangelizar, de anunciar el Mensaje de salvación a los hombres que aún no conocen a Jesucristo. En el transcurso de las reflexiones sinodales, se ha subrayado también que existen muchos lugares en África, Asia y Oceanía en donde los habitantes, muchas veces sin ser plenamente conscientes, esperan con gran expectativa el primer anuncio del Evangelio. Por tanto es necesario rezar al Espíritu Santo para que suscite en la Iglesia un renovado dinamismo misionero, cuyos protagonistas sean de modo especial los agentes pastorales y los fieles laicos. La globalización ha causado un notable desplazamiento de poblaciones; por tanto el primer anuncio se impone también en los países de antigua evangelización. Todos los hombres tienen el derecho de conocer a Jesucristo y su Evangelio; y a esto corresponde el deber de los cristianos, de todos los cristianos –sacerdotes, religiosos y laicos–, de anunciar la Buena Noticia.
Un tercer
aspecto tiene que ver con las personas bautizadas pero que no viven las
exigencias del bautismo. Durante los trabajos sinodales se ha puesto de
manifiesto que estas personas se encuentran en todos los continentes,
especialmente en los países más secularizados. La Iglesia les dedica una
atención particular, para que encuentren nuevamente a Jesucristo, vuelvan a
descubrir el gozo de la fe y regresen a las prácticas religiosas en la
comunidad de los fieles. Además de los métodos pastorales tradicionales,
siempre válidos, la Iglesia intenta utilizar también métodos nuevos, usando
asimismo nuevos lenguajes, apropiados a las diferentes culturas del mundo,
proponiendo la verdad de Cristo con una actitud de diálogo y de amistad que
tiene como fundamento a Dios que es Amor. En varias partes del mundo, la
Iglesia ya ha emprendido dicho camino de creatividad pastoral, para acercarse a
las personas alejadas y en busca del sentido de la vida, de la felicidad y, en
definitiva, de Dios. Recordamos algunas importantes misiones ciudadanas, el
«Atrio de los gentiles», la Misión Continental, etcétera. Sin duda el Señor,
Buen Pastor, bendecirá abundantemente dichos esfuerzos que provienen del celo
por su Persona y su Evangelio.
Queridos hermanos y hermanas, Bartimeo, una vez recuperada la vista gracias a Jesús, se unió al grupo de los discípulos, entre los cuales seguramente había otros que, como él, habían sido curados por el Maestro. Así son los nuevos evangelizadores: personas que han tenido la experiencia de ser curados por Dios, mediante Jesucristo. Y su característica es una alegría de corazón, que dice con el salmista: «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres» (Sal 125,3). También nosotros hoy, nos dirigimos al Señor, Redemptor hominis y Lumen gentium, con gozoso agradecimiento, haciendo nuestra una oración de san Clemente de Alejandría: «Hasta ahora me he equivocado en la esperanza de encontrar a Dios, pero puesto que Tú me iluminas, oh Señor, encuentro a Dios por medio de Ti, y recibo al Padre de Ti, me hago tu coheredero, porque no te has avergonzado de tenerme por hermano. Cancelemos, pues, cancelemos el olvido de la verdad, la ignorancia; y removiendo las tinieblas que nos impiden la vista como niebla en los ojos, contemplemos al verdadero Dios…; ya que una luz del cielo brilló sobre nosotros sepultados en las tinieblas y prisioneros de la sombra de muerte, [una luz] más pura que el sol, más dulce que la vida de aquí abajo» (Protrettico, 113,2-114,1). Amén.
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VATICANO,
21 Nov. 12 / 10:27 am (ACI).
Queridos
hermanos y hermanas:
Avanzamos en este Año de la Fe, llevando en nuestros corazones la esperanza de redescubrir cuánta alegría hay en creer y encontrar el entusiasmo de comunicar a todos las verdades de la fe. Estas verdades no son un simple mensaje de Dios, una particular información sobre Él, sino que expresan el acontecimiento del encuentro de Dios con los hombres, encuentro salvífico y liberador, que realiza que las aspiraciones más profundas del hombre, sus anhelos de paz, de fraternidad y de amor.
La fe lleva a descubrir que el encuentro con Dios valoriza, perfecciona y eleva lo que es verdadero, bueno y bello en el hombre. De este modo, se da la circunstancia de que, mientras Dios se revela y se deja conocer, el hombre llega a saber quién es Dios y, conociéndolo, se descubre a sí mismo, su origen y su destino, así como la grandeza y la dignidad de la vida humana.
La fe permite un conocimiento auténtico sobre Dios, que implica a toda la persona humana: se trata de un "saber", un conocimiento que le da sabor a la vida, un nuevo sabor a la existencia, una forma alegre de estar en el mundo. La fe se expresa en el don de sí mismo a los demás, en la fraternidad que nos hace solidarios, capaces de amar, derrotando la soledad que nos hace tristes.
Este conocimiento de Dios mediante la fe, por lo tanto, no es sólo intelectual, sino vital. Es el conocimiento de Dios-Amor, gracias a su mismo amor. Además, el amor de Dios hace ver, abre los ojos, permite conocer toda la realidad, más allá de las estrechas perspectivas del individualismo y del subjetivismo, que desorientan las conciencias. El conocimiento de Dios es, por tanto, la experiencia de la fe, e implica, al mismo tiempo, un camino intelectual y moral: marcados en lo profundo por la presencia del Espíritu de Jesús en nosotros, podemos superar los horizontes de nuestros egoísmos y nos abrimos a los verdaderos valores de la vida.
Hoy, en esta catequesis, quisiera detenerme sobre lo razonable de la fe en Dios. La tradición católica ha rechazado desde el principio el denominado fideísmo, que es la voluntad de creer en contra de la razón. Credo quia absurdum (creo porque es absurdo) es una fórmula que malinterpreta la fe católica. De hecho, Dios no es absurdo, en todo caso es misterio. El misterio, a su vez, no es irracional, sino sobreabundancia de sentido, de significado y de verdad.
Si contemplando el misterio, la razón ve oscuro, no es porque en el misterio no haya luz, sino más bien porque hay demasiada luz. Al igual que cuando los ojos del hombre se dirigen a mirar directamente al sol y sólo ven tinieblas ¿quién podría decir que el sol no es brillante? Aún más, es la fuente de la luz. La fe permite al hombre ver el "sol" de Dios, porque es acogida de su revelación en la historia y, por así decirlo, recibe verdaderamente toda la luminosidad del misterio de Dios, reconociendo el gran milagro: Dios se ha acercado al hombre y se ha ofrecido a su conocimiento, condescendiendo al límite de la criatura de la razón humana (cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, 13).
Al mismo tiempo, Dios, con su gracia, ilumina la razón, le abre nuevos horizontes, inconmensurables e infinitos. Por este motivo, la fe es un fuerte incentivo para buscar siempre, sin parar nunca y sin desfallecer, el descubrimiento de la verdad y la realidad inagotable. Es falso el prejuicio de algunos pensadores modernos, que aseveran que la razón humana quedaría como bloqueada por los dogmas de la fe. En realidad, es todo lo contrario, como han demostrado los grandes maestros de la tradición católica.
San Agustín, antes de su conversión, busca con mucha inquietud la verdad, a través de todas las filosofías disponibles y las encuentra todas insatisfactorias. Su fatigosa búsqueda racional es para él una pedagogía significativa para el encuentro con la Verdad de Cristo. Cuando dice, "comprende para creer y cree para comprender" (Discurso 43,9: PL 38,258), es como si estuviera contando su propia experiencia de vida.
Ante la revelación divina, el intelecto y la fe no son extraños o antagonistas, sino que ambas son condiciones para comprender su sentido, para recibir su mensaje auténtico, acercándose al umbral del misterio. San Agustín, junto con muchos otros autores cristianos, es testigo de una fe que se ejerce con la razón, que piensa e invita a pensar.
Sobre esta huella, san Anselmo en su Proslogion dice que la fe católica es fides quaerens intellectum, donde la búsqueda de la inteligencia es un acto interior al creer. Será especialmente Santo Tomás de Aquino –afianzado en esta sólida tradición de lo razonable de la fe– el que se confronta con la razón de los filósofos, mostrando cuánta vitalidad racional nueva y fecunda enriquece el pensamiento humano cuando se insertan los principios y las verdades de la fe cristiana.
La fe católica es, pues, razonable y nutre también confianza en la razón humana. El Concilio Vaticano I, en la Constitución dogmática Dei Filius, afirma que la razón es capaz de conocer con certeza la existencia de Dios por medio del camino de la creación, mientras que sólo pertenece a la fe la posibilidad de conocer "fácilmente, con absoluta certeza y sin error" (DS 3005) la verdad acerca de Dios, a la luz de la gracia. El conocimiento de la fe, además, no va en contra de la recta razón.
El Beato Papa Juan Pablo II, de hecho, en la encíclica Fides et ratio, sintetiza así: "La razón humana no queda anulada ni se envilece dando su asentimiento a los contenidos de la fe; éstos en todo caso se alcanzan mediante libre y consciente elección" (n. 43). En el irresistible deseo por la verdad, sólo una relación armoniosa entre la fe y la razón es el camino que conduce a Dios y a la plenitud de sí mismo.
Esta doctrina es fácilmente reconocible en todo el Nuevo Testamento. San Pablo, escribiendo a los cristianos de Corinto sostiene: "Mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles" (1 Corintios 1,22-23).
De hecho, Dios ha salvado al mundo no por un acto de fuerza, sino a través de la humillación de su Hijo único: de acuerdo a los parámetros humanos, el modo inusual dado por Dios contrasta con las exigencias de la sabiduría griega. Y sin embargo, la cruz de Cristo es una razón, que San Pablo llama: ho logos tou staurou, "la palabra de la cruz" (1 Corintios 1,18). Aquí, el término logos significa tanto razón como palabra y, si alude a la palabra, es porque expresa verbalmente lo que elabora la razón.
Por
lo tanto, Pablo ve en la Cruz no un evento irracional, sino un hecho de
salvación que tiene su propia racionalidad reconocible a la luz de la fe. Al
mismo tiempo, tiene tal confianza en la razón humana, hasta el punto de
asombrarse por el hecho de que muchos, incluso viendo las obras realizadas por
Dios, se obstinan en no creer en Él: "En efecto –escribe en su carta a los
Romanos– las perfecciones invisibles [de Dios], es decir, su eterno poder y
divinidad, vienen contemplados y comprendidos por la creación del mundo a
través de las obras realizadas por Él" (1,20).
También
San Pedro exhorta a los cristianos de la diáspora a adorar "al Señor,
Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a responder a todo el que os
pida la razón de la esperanza que hay en vosotros" (1 Pedro 3,15). En un
clima de persecución y de fuerte necesidad de dar testimonio de la fe, a los
creyentes se les pide que justifiquen con motivaciones fundadas su adhesión a
la palabra del Evangelio, dar la razón de nuestra esperanza.
Sobre
esta base, acerca del nexo fecundo entre entender y creer, se funda también la
relación virtuosa entre ciencia y fe. La investigación científica conduce al
conocimiento de verdades siempre nuevas sobre el hombre y el cosmos. El
verdadero bien de la humanidad, accesible en la fe, abre el horizonte en el que
se debe mover su camino de descubrimiento.
Por
lo tanto, deben fomentarse, por ejemplo, las investigaciones puestas al
servicio de la vida y que tienen como objetivo erradicar las enfermedades.
También son importantes las investigaciones para descubrir los secretos de
nuestro planeta y del universo, a sabiendas de que el hombre está en la cima de
la creación, no para explotarla de manera insensata, sino para custodiarla y
hacerla habitable.
Así, la fe, vivida realmente, no está en conflicto con la ciencia, más bien coopera con ella, ofreciendo criterios básicos que promueven el bien de todos, pidiéndole que renuncie sólo a los intentos que –oponiéndose al plan original de Dios– pueden producir efectos que se vuelvan contra el mismo hombre. También por ello es razonable creer: si la ciencia es un aliado valioso de la fe para la comprensión del plan de Dios en el universo, la fe permite al progreso científico realizarse siempre por el bien y la verdad del hombre, fiel a este mismo diseño.
Por eso es crucial para el hombre abrirse a la fe y conocer a Dios y su proyecto de salvación en Jesucristo. En el Evangelio, se inaugura un nuevo humanismo, una verdadera "gramática" del hombre y de toda la realidad. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: "La verdad de Dios es su sabiduría que sostiene el orden de la creación y el gobierno del mundo. Dios, que "hizo Él solo, el cielo y la tierra" (Sal 115,15), puede dar, Él sólo, el verdadero conocimiento de todo lo creado en la relación con Él" (n. 216).
Confiemos
que nuestro compromiso en la evangelización ayude a dar nueva centralidad al
Evangelio en la vida de muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Oremos para
que todos vuelvan a encontrar en Cristo el sentido de la vida y el fundamento
de la verdadera libertad: sin Dios, de hecho, el hombre se pierde. Los testimonios
de los que nos han precedido y han dedicado su vida al Evangelio, lo confirman
para siempre.
Es razonable creer; está en juego nuestra existencia. Vale la pena darse por Cristo; sólo Cristo satisface los deseos de verdad y de bien arraigados en el alma de cada hombre: ahora, en el tiempo que pasa, y en el día sin fin de la bendita eternidad.
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La meditación cristiana y la otra
Reflexión en el programa "Claves
para un Mundo Mejor" (15/09/2012)
Mons. Héctor Aguer, Arzobispo de La Plata
Un notable pensador del siglo XX,
el Dr. Viktor Frankl, psiquiatra, creador de
Si ése es un dato de la cultura
contemporánea, hay que notar también que existe un dato paralelo: el intento de
escapar por la tangente –digamos así– y de colmar ese vacío, que sólo puede
colmarse con el arraigo en el fundamento sólido y último de las cosas, mediante
la búsqueda de religiones alternativas y de una espiritualidad vaga, genérica,
que podríamos calificar de light.
El ideal sería sentirse bien. El
ansia de felicidad del hombre tiene que ver con la colmación de un vacío
existencial, con el hallazgo del verdadero sentido de la vida; no se reduce al
sentirse bien. Para asegurar la percepción subjetiva de sentirse bien, se
difunde una especie de religión alternativa, una vaga espiritualidad, sin
verdades dogmáticas, sin preceptos morales, sin culto, sin la referencia a
Dios, a un Dios personal.
Como alternativa de la fe y de
una religiosidad digna de ese nombre, esa propuesta pseudo-espiritual adopta
distintos tipos de prácticas. La más difundida y la más light de todas es una cierta versión de la meditación que
consistiría en una técnica psicofísica de respiración; con eso ya se llegaría
al estado de plenitud, a ese sentirse bien, que es lo que busca el hombre
agitado y consumista de la gran ciudad, que impone a sus habitantes un ritmo de
vida vertiginoso y que no deja pensar.
En realidad, ese ejercicio no
conecta con nada ni con nadie. A no ser con el mismo sujeto. En todo caso
consiste en un mirarse espiritualmente el ombligo, para decirlo de una manera
grotesca.
Además quiero explicar
rápidamente que esa respiración presuntamente meditativa no tiene nada que ver
con la meditación cristiana. Meditación es un término clásico de la
espiritualidad cristiana y esa realidad es uno de los momentos, el momento
clave (podríamos decir), en el camino de la oración. El camino de la oración
comienza con la escucha de
La meditación consiste en
confrontar
La meditación cristiana no es un
camino solipsista, de aislamiento, alternativo a la pertenencia a la comunidad
de los creyentes, a
La espiritualidad, en sentido cristiano, no es un fenómeno simplemente natural; tiene que ver con el Espíritu Santo, con la comunicación a nosotros de la vida de Dios por la gracia y por los dones del Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo quien nos hace reconocer a Jesús como Señor, como Dios verdadero, como centro de toda nuestra vida y el que nos encamina al Padre. De hecho podemos llamar a Dios Padre porque tenemos el Espíritu del Padre y del Hijo.
Allí está la verdadera espiritualidad, la fuente de una meditación en serio
cuyo objetivo no es simplemente sentirse bien, ni mirarse uno mismo y adoptarse
a uno mismo como referencia absoluta de la vida, sino entrar en comunión con
Dios. Allí, entonces sí nos encaminamos hacia la recuperación del sentido, la
colmación del vacío existencial. Ése es el camino que no excluye la cruz, pero
que nos orienta a la verdadera felicidad.
Fuente:
Revista virtual “El Caballero de Nuestra
Señora”, Buenos Aires, 2ª época, Año 13, Nº 202,
7/10/2012.
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–¿Y
usted cree que una Iglesia que en su conjunto se ha torcido a un lado,
supongamos, al lado izquierdo, podrá recuperar la verticalidad de la verdad
católica?
–Por
supuesto que sí. Y lo confieso con la fe de la Iglesia: creo «en el
Espíritu Santo… y en la Iglesia una, santa, católica y apostólica».
Pero tanto en Israel como en la Iglesia, así lo comprobamos en su historia, solamente se producen las verdaderas reformas necesarias cuando, por obra del Espíritu Santo, se dan al mismo tiempo varias condiciones fundamentales.
1.
El reconocimiento de los males. Los falsos profetas y los Pastores
sagrados que van con ellos no reconocen los errores y desviaciones del pueblo,
o los subestiman en su gravedad, en buena parte porque ellos son, por acción u
omisión, los responsables principales de esos males. Por eso dicen con aparente
piedad: «vamos bien; paz, paz, confianza en el Señor; calamidades como las
actuales, o peores, siempre las ha habido». Éstos no se asustan por nada: ni
por la difusión de gravísimos errores contra la fe, ni por la falta extrema de
vocaciones, ni por el absentismo masivo en la Misa dominical, ni por la
difusión generalizada de la anticoncepción, etc. Y así se tienen por «hombres
de esperanza».
Pero
los Pastores y profetas verdaderos ven las cosas de otro modo: «Vamos mal, y es
urgente la conversión y la reforma. De otro modo, se arruinará el Templo de
Dios y su Pueblo se dispersará entre los infieles» (véase Is 3;
Jeremías 7; Oseas 2;8;14; Joel 2; San Gregorio Magno, San Carlos Borromeo, San
Pío V, San Pío X…) A estos Pastores, profetas y creyentes, que permanecen
fieles, se refiere el Señor cuando le ordena a su ángel: «recorre la ciudad [de
Dios] y pon por señal una tau en la frente de los que gimen afligidos
por las abominaciones que en ella se cometen» (Ez 9,4).
2.
El reconocimiento de las propias culpas, que han traído todos esos
males, es igualmente necesario para la reforma. «Eres justo, Señor, en cuanto
has hecho con nosotros, porque hemos pecado y cometido iniquidad en todo,
apartándonos en todo de tus preceptos… Nos entregaste por eso en poder de
enemigos injustos e incircuncisos apóstatas…» (cf. Dan 3,26-45). No
tiene posible reforma una Iglesia local mientras no reconoce que sus pecados
son la causa de todos los males que le afligen. Atribuir a la secularización
creciente del mundo la apostasía creciente del pueblo cristiano viene a ser
como si la luz echara a las tinieblas la culpa de la oscuridad reinante en un
lugar. Un lugar se queda a oscuras cuando disminuye o se apaga la luz.
Evidente.
3.
Los males que nos abruman son castigos medicinales. «Todas las cosas
colaboran al bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28). Estos males tan grandes
que Dios permite en el mundo y también, en otro grado, en su Iglesia deberían
ser aún mayores si estuvieran exactamente proporcionados a la gravedad de
nuestras culpas. Pero la Providencia divina suaviza la justicia con la
misericordia, a causa del amor inmenso que Dios tiene a su Iglesia. «No nos
trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas» (Sal
102,10). Los males que nos afligen son, pues, medicinales, humillantes, motivos
fuertes para la conversión y la reforma.
4.
No hay remedio humano para nuestros males. Ésta es una convicción de
fe absolutamente necesaria para la reforma. Por eso aquellos Pastores, profetas
y fieles que no reconocen la gravedad de las miserias que abruman al pueblo, ni
su raíz diabólica, aunque alcancen a verlas en alguna medida, y que no asumen
tampoco la gravedad de sus propias culpas, mantienen –si es que la mantienen–
la «esperanza», una falsa esperanza de superar los males con remedios humanos,
con sus propias fuerzas, sin reafirmación de las verdades negadas o
silenciadas, sin verdadera conversión, penitencia y expiación, sin cambiar sus
pensamientos y caminos, sin entender tampoco la absoluta necesidad de la
oración de súplica, que pida al Señor una salvación en modo alguno merecida. Y
así van de mal en peor.
«Son
necios, no ven» (Jer 4,22). «Pretenden curar el mal de mi pueblo como cosa
leve, y dicen ¡paz, paz!, cuando no ha de haber paz. Serán confundidos por
haber obrado abominablemente» (6,14-15; cf. 8,11). «Maldito el hombre
que en el hombre pone su confianza, y de la carne hace su apoyo, y aleja su
corazón de Yavé» (17,5).
La
verdadera reforma, por el contrario, es suscitada por aquellos que nada esperan
de nuevas fórmulas catequéticas, pastorales, teológicas, litúrgicas,
organizativas, de presunta eficacia mágica; aunque sepan reconocer en medio de
esa efervescencia de iniciativas todo lo que en ellas haya de bueno, positivo y
bienintencionado, que no es poco. En todo caso, los que piden-procuran-esperan
las reformas necesarias tienen muy claro que nuestros males tienen raíz
diabólica y que no son sanables por remedios humanos. «Levanto mis ojos a los
montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?… El auxilio me vendrá del Señor, que hizo
el cielo y la tierra» (Sal 120,1-2).
5.
Hay remedios divinos sobreabundantes. Las reformas no se dan, por
urgentes que sean, cuando en Pastores y fieles falta la verdadera esperanza en
el amor y en el poder de Dios. Lo dan entonces todo por perdido, ven el proceso
de la descristianización siempre creciente como una dinámica histórica
irreversible, sin que a ellos, por lo demás, les importe gran cosa. Se resignan
–ellos creen que piadosamente–, a que la Iglesia sea entre los pueblos un
conjunto insignificante de comunidades mínimas, sin fuerza real alguna para
iluminar el pensamiento, las instituciones, el arte, las leyes, la cultura, las
costumbres del mundo de su tiempo. Citan, pobrecitos, el Evangelio de Cristo: pusillux
grex (pequeño rebaño, Lc 12,32), y se quedan tan tranquilos. Habrá que
decirles: «Estáis en un error, y no conocéis las Escrituras ni el poder de
Dios» (Mt 22,29).
Los
sagrados Concilios de reforma, lo mismo que los santos especialmente movidos
por Dios para realizar ciertas reformas, nunca se han amilanado ante la
gravedad de los males del mundo y de la Iglesia de su tiempo, por muy
difundidos que estuvieran, o aunque parecieran insuperables al estar tan
arraigados. Siempre han tenido una fe y una esperanza firmes en el poder del amor
del Señor para purificar a su Iglesia de los males que la afligen, por grandes
que sean.
Pongo un ejemplo histórico. La simonía, la compra de altos cargos eclesiásticos, puede en una cierta época y región de la Iglesia estar tan extendida y arraigada, que muchos la ven como algo normal en la vida eclesial, y otros, que alcanzan a conocer su maldad gravísima, la consideran sin embargo como un mal irremediable. Unos y otros no intentan la reforma. Y no la consiguen, por supuesto. Con lo que se ven confirmados en su convicción inicial: «no hay nada que hacer». Y así es como males muy graves, gracias a moderados y deformadores, «hombres de poca fe» (Mt 6,30), pueden durar largamente en una Iglesia. Por el contrario, todo movimiento reformista parte de una fe firmísima en el poder del amor de Dios para sacar de las piedras hijos de Abraham (Mt 3,9), para transformar la roca en un manantial de agua viva (Núm 20), para hacer florecer los más áridos desiertos (Is 35,1), para hacer abundar su gracia donde abundó el pecado (Rm 5,20).
Los que ignoran el amor del Señor por su Esposa, los que desconocen el poder del Salvador para salvar, no creen posibles las reformas necesarias de la Iglesia, tampoco creen posible que se difunda en el mundo el Reino de Cristo por el apostolado y las misiones, y estiman irreversible el acrecentamiento continuo de la apostasía. Lo dan todo por perdido. Pero a ellos ese proceso siniestro no les importa gran cosa, y no faltan tampoco algunos locos que lo consideran un progreso histórico.
En
fin, es una gran vergüenza que tantos Pastores, religiosos y laicos vean hoy en
la Iglesia como insuperable una multiplicación desbordante de errores
doctrinales y de abusos morales, litúrgicos y disciplinares, y en consecuencia
limiten sus aspiraciones apostólicas al cuidado de unos pequeños grupos y
movimientos, en los que osan estimar a veces «la esperanza de la Iglesia» (sic).
Esos grupos y movimientos serán de verdad la esperanza de la Iglesia sólo si se
empeñan en su verdadera reforma, bien unidos a los Pastores y fieles,
convencidos de que «para los hombres es imposible, pero para Dios todo es
posible» (Mt 19,26).
6. La oración de súplica es el medio principal para las reformas de la Iglesia, y nace de la fe en el poder de Dios y en el gran amor fiel que tiene a la Esposa de Cristo. «Levántate, Señor, no tardes, extiende tu brazo poderoso, acuérdate de nosotros, no nos desampares, no nos dejes sujetos al poder de tus enemigos, no permitas que tu gloria sea burlada y blasfemada, ten piedad de nosotros»… Está muy bien que se promuevan concentraciones multitudinarias, que se fomenten a favor de graves causas numerosas campañas en grupos laicales y religiosos, que se muevan los movimientos, que se acuda incluso a la elocuencia de los medios publicitarios, en vallas, camisetas, diarios y mochilas, pancartas y globitos.
Todo
eso está muy bien y, en su medida, es necesario, pues quiere Dios servirse de
esas modestas mediaciones –«cinco panes y dos peces» (Mt 14,17)– para realizar
sus obras de salvación. Pero todos los empeñados en esas santas empresas
apostólicas deben saber con toda certeza que la oración de súplica ha de ir
siempre por delante, como la proa de un barco. «Ora et labora», pero el ora
por delante. Sí, es cierto, «a Dios rogando y con el mazo dando»; pero a
Dios rogando por delante. (Puede verse mi escrito Oraciones de la
Iglesia en tiempos de aflicción). Sólo intentan y consiguen reformas
en la Iglesia aquellos que creen en la promesa de Cristo: «pedid y recibiréis»
(Jn 16,24).
–¡Increíble!… Aplicando el Decálogo 1-6, se ha enderezado la imagen de la Iglesia.
–No,
señor. Aplicando el Decálogo 1-10.
7. El ejercicio de la Autoridad apostólica es condición imprescindible para las reformas de la Iglesia. Y ese ejercicio se realiza de dos modos:
1.– Por el ejercicio de la autoridad
personal de los Pastores apostólicos. Fácilmente se comprende, pues, que
si se debilita el ejercicio de la Autoridad apostólica, por influjos culturales
de origen protestante y liberal –y por temor a la Cruz–, se multiplican
indefinidamente en la Iglesia los errores doctrinales y los abusos morales,
litúrgicos y disciplinares. «Herido el pastor», o al menos debilitado, «se
dispersan las ovejas del rebaño» (Zac 13,7; Mt 26, 31). Las reformas necesarias
de la Iglesia requieren hoy sin duda una gran parresía en los Pastores
sagrados que las pretendan; una fuerza apostólica como aquella de San Pablo: los
Apóstoles, «aunque vivimos en la carne, no militamos según la carne; porque las
armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas por Dios para derribar
fortalezas, destruyendo consejos, y toda altanería que se levante contra la
ciencia de Dios y doblegando todo pensamiento a la obediencia de Cristo,
prontos a castigar toda desobediencia y a reduciros a perfecta obediencia»
(2Cor 10,3-6).
2.– Por la aplicación de la ley
canónica o por la creación de nuevas normas se ejercita también la Autoridad
apostólica, que tiene gracia de estado para guardar la Iglesia en la verdad y
la rectitud. La historia nos enseña que ciertas grandes epidemias doctrinales o
disciplinares sufridas en la Iglesia nunca han sido vencidas sin la aplicación
firme de las leyes canónicas, o incluso a veces sin la creación de otras normas
nuevas, que se estimen necesarias.
Sólo un ejemplo. Hacia el año 306, reunidos los Obispos en el Concilio regional de Elvira (Iliberis, cerca de la actual Granada), celebran el primer concilio de la Hispania bética, y en uno de los cánones enfrentan el absentismo de algunos fieles a la Misa dominical. Pues bien, no se limitan entonces los Pastores sagrados a reafirmar que la Eucaristía es el centro y el culmen de toda la vida cristiana, etc. Afirmar ese convencimiento de la fe es lo principal, sin duda. Pero ellos no se limitan a eso, sino que formulan un canon conciliar por el que debe sacarse por un breve tiempo de la comunidad eclesial, para reproche público, a quien, viviendo en la ciudad, es decir, pudiendo asistir a la Misa, no lo hace durante tres domingos seguidos. Es una medida disciplinar –canónica, conciliar–, que manifiesta en los Obispos una voluntad eficaz y cierta de reforma. Por lo demás, se sobrentiende que quien durante años no va a la Misa dominical, queda ipso facto excomulgado: «Si quis in civitate positus tres dominicas ad ecclesiam non accederit, pauco tempore abstineat, ut correptus esse videatur» (canon 21).
8.
Buscando la gloria de Dios. El amor a Dios, el primero y más
importante de los mandamientos cristianos, lleva a procurar en la Iglesia las
reformas necesarias; da fuerzas eficaces para suscitar en la comunidad
cristiana una fidelidad de amor plena y santa, una tal santidad que los
hombres, «viendo vuestras buenas obras, glorifiquen al Padre que está en el
cielo» (cf. Mt 5,16). Este amor infunde en Pastores y fieles «un celo,
un celo de Dios», que reforma en la Iglesia todo lo que hay en ella de falso o
de malo, para que pueda presentarse ante Cristo y ante la humanidad «como una
casta virgen» (2Cor 11,2). Es un amor al Señor que, por encima de todas las
cosas, busca que entre los hombres «no sea deshonrado el nombre de Dios ni su
doctrina» (1Tim 6,1). Sin ese amor, sin ese celo doxológico, no hay reformas en
la Iglesia, por muy necesarias que sean.
9.
Procurando la salvación de los hombres. El amor a los hermanos,
el segundo de los mandamientos evangélicos, semejante al primero, busca de todo
corazón su bien temporal y su salvación eterna. Y por eso procura con todas sus
fuerzas aquellas reformas que la Iglesia necesita para manifestarse más santa y
pura entre los hombres, como «sacramento universal de salvación». Sin ese amor,
sin ese celo soteriológico, no hay reformas en la Iglesia. Y entonces Pastores
y fieles ven con fría indiferencia –si es que lo ven– que «es ancha la puerta y
espaciosa la senda que lleva a la perdición, y que son muchos los que entran
por ella» (Mt 7,13). Pero esto a ellos no les afecta especialmente, porque son
cainitas: «¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gén 4,9).
10.
El amor a la Cruz, la vocación al martirio, es, en fin, la condición
principal para que puedan darse en la Iglesia las reformas que ella necesita.
Ésta es, pues, sin duda la causa más importante de que las necesarias reformas
ni se hagan ni se intenten, por obvia que sea su necesidad. Por el contrario,
los Obispos, los fieles cristianos, los teólogos, los Sínodos y Concilios
regionales, las congregaciones religiosas, que de verdad propugnan las reformas
que en conciencia estiman necesarias, aquellas que ciertamente son queridas por
Dios, saben bien que sufrirán persecuciones durísimas por parte de los
deformadores y de los moderados, que de ningún modo quieren enfrentar los males
ampliamente vigentes en la Iglesia de su tiempo.
Los
moderados, en concreto, conocen perfectamente que, si de verdad intentan
superar con la gracia de Dios ciertos males de la Iglesia, van a arriesgar muy
gravemente sus favorables posiciones en la comunidad eclesial, y con toda
probabilidad van a ser perseguidos, depuestos o marginados. Por eso, no lo
intentan, e incluso frenan con extremo celo atento a quienes lo procuran. Por
su horror a la Cruz, los moderados se obstinan con pertinacia en su moderación,
rechazan con todo cuidado el martirio, y no mueven ni un dedo, ni se arriesgan
en nada por las reformas necesarias, pues si temen las persecuciones del mundo,
aún temen más –y con mucha razón– las persecuciones internas de la Iglesia. Así
las cosas, en el mejor de los casos, combatirán los males tímidamente, con
algunas palabras bien medidas, que a nadie molesten, y fomentarán quizá algunas
reuniones y manifestaciones. Poco más. Es decir, nada.
Habrá
que recordar de nuevo aquella advertencia de San Juan de Ávila: «Si se nos ha
de dar lo que nuestro mal pide, muy a costa ha de ser de los médicos que nos
han de curar» (Memorial a Trento II,41).
La
hermosa cabecera de este blog expresa bien que sólo por la cruz se pasa de la
apostasía a la reforma, de las tinieblas de la mentira y del pecado a la luz de
la verdad y de la santidad. Hemos de comprobarlo sobradamente cuando más
adelante estudiemos en concreto algunas personas y Concilios especialmente
suscitados por Dios para la reforma de la Iglesia. Todos ellos verificaron
aquellas palabras de San Pablo: «todos los que aspiran a vivir piadosamente en
Cristo Jesús sufrirán persecuciones» (2Tim 3,12).
Reformadores, moderados y deformadores. Para terminar este Decálogo para la reforma, y a modo de síntesis, ilustro lo dicho mirando una grave cuestión actual: la aceptación o el rechazo de la encíclica Humanæ vitæ.
–Los
reformadores quieren que su doctrina sobre la moral conyugal se enseñe
con más firmeza y urgencia en la predicación, en los cursillos
prematrimoniales, en la confesión sacramental, y que sean públicamente
reprobados dentro de la Iglesia tantos maestros del error que hoy la impugnan.
Están por la reforma.
–Los
moderados quieren que la doctrina de la Iglesia afirmada en la
encíclica se mantenga, pero que normalmente se silencie, dejando que los
matrimonios se atengan sin más a su «conciencia», y cuidando de que, por
supuesto, no se contradiga ni se sancione a los innumerables autores católicos
que hoy la impugnan abiertamente. Ante todo y sobre todo, la libertad de
expresión. La verdad acaba imponiéndose por sí misma. Éstos son los culpables
principales de que no se produzcan las reformas necesarias, porque estando
ellos en la luz de la verdad, la apagan.
–Los
deformadores, que se parecen mucho a los protestantes, y aún más a los
modernistas, son menos ambiguos, son bastante más claros. Ellos quieren
sencillamente que la Iglesia cambie y rectifique la enseñanza de esa encíclica,
que tan «gran perjuicio» ha ocasionado a la relación de la Iglesia con el mundo
moderno (cf. Card. Martini, Coloquios nocturnos en Jerusalén,
2008, pgs. 141-142). Ellos están por la reforma, pero entendiéndola al revés,
como cambio, es decir, como falsificación mundanizada de la doctrina católica.
–¿Y qué podemos hacer nosotros, los laicos, sin autoridad alguna en la Iglesia, para colaborar en las reformas que necesita, tanto en lo doctrinal como en lo disciplinar? Nada. Nada de nada.
–Está
usted muy equivocado.
Los buenos laicos cristianos colaboran de mil modos a las reformas de la Iglesia. Es cierto que son los Pastores sagrados quienes encabezan las acciones más específicamente orientadas a las reformas necesarias. Pero es muy importante que en esa tarea sobre-humana se vean ayudados por todo el pueblo cristiano: en primer lugar por las personas especialmente consagradas, sacerdotes y religiosos, pero también por los padres de familia, profesores, artistas, escritores, administrativos, empresarios y obreros, sanos y enfermos, cultos e ignorantes, trabajadores y jubilados.
Estamos en guerra. Los cristianos han de tener siempre presente la enseñanza de Cristo, recordada por el concilio Vaticano II: «toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas» (GS 13b). «A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final» (37b). Estamos en guerra, y la guerra la hace todo el pueblo, encabezado por sus generales y capitanes. Dentro de este campo bélico, Pastores y fieles, bien unidos, han de «vigilar en todo tiempo y orar» (Lc 21,36), para no ser engañados y vencidos en el combate. Todos ellos, unos y otros, están gloriosamente llamados a luchar en esta gran batalla, cada uno a su modo, «según el don y la vocación que el Señor les dio» (1Cor 7,17).
Pastores
y fieles han de luchar juntos contra la mentira y el pecado. Los
laicos cristianos, muy especialmente los padres de familia, colaboran en las
reformas necesarias guardando fidelidad a la doctrina y disciplina de la
Iglesia, lo que supondrá para ellos no pocas veces actitudes heroicas,
colaboran teniendo hijos, educándolos bien en el Evangelio, dándoles buen
ejemplo, vacunándoles contra las herejías del tiempo, ayudándoles a liberarse
de tantas ocasiones próximas de pecado (modas, TV, playas, internet, viajes
peligrosos, etc.), que muchas familias cristianas aceptan sin lucha, cuidando
bien su oración y su catequesis, su escolarización, los grupos en que se
integran, sus lecturas y actividades, procurando que todo lo vayan configurando
a la luz del Evangelio, y no según el mundo: los horarios, los modos de vestir,
los trabajos y las vacaciones, las celebraciones, etc.
En
todo eso y en tantas cosas más, los laicos están colaborando con Cristo y con
sus mejores capitanes en la lucha contra los deformadores y también contra los
moderados –lo que a veces será más difícil, pues éstos pasan por buenos, y lo son
en muchos aspectos de sus vidas y acciones–. Y así están contribuyendo muy
eficazmente a las reformas que la Iglesia necesita. Si hubiéramos de expresar
en dos palabras su contribución principal a la obra de reforma, nos
limitaríamos a las dos palabras elegidas por la Virgen María en La Salette,
Lourdes, Fátima y en tantos otros lugares: oración y penitencia.
Pero
aquí me detendré un poco más indicando otro medio también importante que tienen
los laicos para contribuir a las reformas que la Iglesia necesita:
Los
laicos han de denunciar los errores doctrinales y los abusos morales y
disciplinares. Dentro de la Iglesia, en parroquias, catequesis,
colegios, publicaciones, Universidades, congregaciones religiosas, hay ciertos
males que, por su naturaleza, difícilmente pueden ser combatidos directamente
por los laicos. Y esto es así por diversas causas: porque carecen para ello de
misión específica, porque no se les tendrá en cuenta, porque no tienen los
medios de acción precisos, porque les faltan a veces conocimientos teológicos y
canónicos para argumentar, y por otras causas. Pero, sin embargo, la
denuncia de esos errores y abusos siempre está al alcance, o casi siempre, de
los fieles.
Jesucristo.
El Maestro enseñó a los discípulos que los errores y males internos en la
comunidad eclesial deben ser denunciados, y que la corrección fraterna
ha de hacerse con una discreta gradualidad, llena de humildad, caridad y
prudencia. La corrección se hará primero en privado, advirtiendo de sus errores
y abusos a la persona o al grupo desviados. Si esto no basta, convendrá
reiterar el intento en compañía de otros fieles. Y «si los desoyere, comunícalo
a la Iglesia, y si a la Iglesia desoye, sea para ti como gentil o
publicano» (Mt 18,15-17).
Vaticano
II. La Iglesia quiere que todos sus hijos sean verdaderos confesores
activos de la fe católica, y que no soporten pasivamente la presencia
impune de herejías y sacrilegios dentro de la comunidad eclesial. Con eso
ellos, unidos a sus Pastores, están procurando ciertamente las reformas en la
Iglesia.
«Los
laicos, como todos los fieles cristianos, tienen el derecho de recibir con
abundancia de los sagrados Pastores los auxilios de los bienes espirituales de
la Iglesia, en particular la palabra de Dios y los sacramentos. Manifiéstenles
[a sus Pastores] sus necesidades y sus deseos con la libertad y confianza que
conviene a los hijos de Dios y a los hermanos en Cristo. Conforme a la
ciencia, la competencia y el prestigio que poseen, tienen la facultad, más aún,
a veces el deber, de exponer su parecer acerca de los asuntos concernientes al
bien de la Iglesia. Hágase esto, si las circunstancias lo requieren, a
través de instituciones establecidas para ello por la Iglesia, y siempre con
veracidad, fortaleza y prudencia, con reverencia y caridad hacia aquellos que,
por razón de su sagrado ministerio, personifican a Cristo» (LG 37a).
«Por
su parte, los sagrados Pastores reconozcan y promuevan la dignidad y
responsabilidad de los laicos en la Iglesia. Recurran gustosamente a su
prudente consejo […] Consideren atentamente ante Cristo, con paterno amor, las
iniciativas, los ruegos y los deseos provenientes de los laicos […] Ayudados
por la experiencia de los laicos, están en condiciones de juzgar con más
precisión y objetividad tanto los asuntos espirituales como los temporales, de
forma que la Iglesia entera, fortalecida por todos sus miembros, cumpla con
mayor eficacia su misión en favor de la vida del mundo» (ib. 37cd).
Y
no olvidemos en esto que muchas veces el Padre celestial, también entre los
hijos que forman su Iglesia, revela a los más pequeños verdades que quedan
ocultas a los más sabios y eruditos (Lc 10,31; 1Cor 1,26-29).
Código
de Derecho Canónico. La Iglesia, en los cánones 211-213, da forma
imperativa y disciplinar a esa misma enseñanza del Vaticano II que acabo de
citar, empleando sus mismas palabras. Y añade algo importante: «Los fieles
tienen derecho a tributar culto a Dios según las normas del propio rito
aprobado por los legítimos Pastores de la Iglesia, y a practicar su propia
forma de vida espiritual, siempre que sea conforme con la doctrina de la
Iglesia» (c. 214).
Actualmente hay comunidades parroquiales que, sometidas a un párroco modernista, se ven obligadas a sufrir durante años una violencia enorme, mucho mayor, por ejemplo, que si les obligaran a cambiar de rito, pasando del rito latino al maronita –aunque éste sea un rito ortodoxo y unido a Roma–. Ahora bien, si la Autoridad pastoral no puede cambiar de rito a una comunidad parroquial, menos aún puede permitirse atropellarla sometiéndola a un pastor modernista en doctrina, moral y liturgia. Y los fieles católicos, reclamando su derecho, resistiendo este abuso intolerable, contribuyen mucho a la reforma de la Iglesia.
Redemptionis Sacramentum. Esta instrucción de la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos (25-III-2004), del tiempo de Juan Pablo II, quiere que los fieles laicos contribuyan activamente en la lucha por la dignidad de la liturgia católica. Y perdonen que les ponga un ejemplo: si hace falta, grabando discretamente una Misa sacrílega, para denunciarla a la Autoridad diocesana pertinente.
«Cuantas veces la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos tenga noticia, al menos probable, de un delito o abuso que se refiere a la santísima Eucaristía [o a otra parte esencial de la sagrada Liturgia, obviamente], se lo hará saber al Ordinario, para que investigue el hecho. Cuando resulte un hecho grave, el Ordinario envíe cuanto antes a este Dicasterio un ejemplar de las actas de la investigación realizada y, cuando sea el caso, de la pena impuesta» (n. 181).
«De forma muy especial, todos procuren, según sus medios, que el santísimo sacramento de la Eucaristía sea defendido de toda irreverencia y deformación, y que todos los abusos sean completamente corregidos. Esto, por lo tanto, es una tarea gravísima para todos y cada uno, y excluida toda acepción de personas, todos están obligados a cumplir esta labor» (n. 183).
«Cualquier
católico, sea sacerdote, sea diácono, sea fiel laico, tiene derecho a
exponer una queja por un abuso litúrgico [o por una herejía manifiesta]
ante el Obispo diocesano o el Ordinario competente, o ante la Sede Apostólica,
en virtud del primado del Romano Pontífice [can. 1417]. Conviene, sin embargo,
que, en cuanto sea posible, la reclamación o queja sea expuesta primero al
Obispo diocesano» (n. 184).
En
otras ocasiones, con el favor de Dios, hemos de considerar más detenidamente
las armas apostólicas, espirituales y también canónicas que la Iglesia pone en
manos de los fieles laicos para afirmar la ortodoxia y para rechazar la
heterodoxia.
*
Post post. (Si post data es lo añadido a una carta o escrito,
bien podemos llamar post post a lo que en un blog se añade a un post,
¿no?). Pues bien, díganme ustedes, y permítanme que elija este ejemplo: ¿www.infocatolica.com
es dentro de la Iglesia una publicación deformadora? No,
ciertamente. ¿Y es moderada, es decir, tolerante con los deformadores?
En absoluto. InfoCatólica es un portal católico iniciado y mantenido en la
web principalmente por laicos católicos con una finalidad ciertamente
reformadora. Se le ve la intención siempre que se presenta la ocasión. Y a
veces sin ella. Ahí tienen ustedes en este portal católico un medio fuerte para
trabajar por la reforma. Ayúdennos, pues: oración y penitencia, colaboración y
ayuda económica. Marchando.
Fuente: Blog “Reforma o apostasía” (http://infocatolica.com/blog/reforma.php),
posts 05-07.
Índice de Reforma o apostasía.
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Contenidos
Adviento, también tiempo de
penitencia
Diác. Perm. Prof. Milton Iglesias
Hay una condición que es básica en toda religión sincera y que es punto de partida de renovación religiosa: la penitencia. Es un instrumento que renueva al mundo, una corriente de gracia que refresca. Es arrepentirse, pedir perdón de los pecados, cambiar yo para cambiar al mundo. No hay religión sincera sin conversión interior.
Parecería que en la actualidad la
penitencia ha desaparecido del vocabulario general. Esto debe preocuparnos.
¿Tenemos conciencia de que todos nosotros somos pecadores? Le echamos la culpa
a Dios de todo cuanto nos sucede, de lo que nos desilusiona, de lo que nos
falla. Muchas veces nos parecemos a esas familias que se hablan por interés pero
no se aman. ¿Tenemos confianza en Dios, amor, alegría? ¿Sabemos qué es la cruz?
¡Tenemos que cambiar! Salir del pecado, dejar la desconfianza, la testarudez,
las negativas a aceptar la voluntad de Dios. El perdón nos devuelve el amor que
nosotros rechazamos antes y nos inunda de él.
Cuando se acerca la Navidad rezamos, pero ¿esperamos algo de Dios? ¿Qué esperamos? Hagamos una verdadera conversión, una sincera penitencia y recibiremos el don de Dios que Él nos tiene prometido.
Digamos con recogimiento: “Padre, perdóname porque he pecado. No sabía lo que hacía; tampoco sabía lo que Tú hacías y querías. Padre, no soy digno de Ti; soy un pecador, pero una palabra tuya bastará para sanarme.” Y Cristo vendrá entonces hasta nosotros en medio de la seguridad, del amor y de la alegría.
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Exposición
del Símbolo de los Apóstoles – Prólogo
Santo Tomás de
Aquino
1. Lo primero que le es
necesario al cristiano es la fe, sin la cual nadie se llama fiel cristiano.
Pues bien, la fe produce bienes.
2. Primeramente por la fe se une
el alma a Dios. En efecto, por la fe el alma cristiana realiza una especie de
matrimonio con Dios (Oseas 2,20): "Te desposaré conmigo en la fe".
Por lo cual al ser bautizado el hombre, desde luego confiesa la fe, cuando se
le pregunta: "¿Crees en Dios?", porque el bautismo es el primer
sacramento de la fe. Lo dice el Señor (Marcos 16,16): "El que crea y sea
bautizado será salvo". Porque el bautismo sin la fe es inútil, por lo cual
es de saberse que nadie es acepto a Dios sin la fe (Hebreos 2,6): "Sin la
fe es imposible agradar a Dios". Por esta razón San Agustín, comentando a
Romanos 14,23: "Todo lo que no proceda de la fe es pecado", escribe:
"Donde falta el conocimiento de la eterna e inmutable verdad, falsa es la
virtud, aun con las mejores costumbres".
3. El segundo bien es que por la
fe comienza en nosotros la vida eterna. Porque la vida eterna no es otra cosa
que conocer a Dios, por lo cual dice el Señor (Juan 17,3): "La vida eterna
es que te conozcan a Ti, el solo Dios verdadero". Pues bien, este
conocimiento de Dios empieza aquí por la fe, para perfeccionarse en la vida
futura, en la cual lo conoceremos tal cual es. Por lo cual se dice en Hebreos 2,1:
"La fe es la sustancia de las realidades que se esperan". Así es que
nadie puede alcanzar la bienaventuranza, que es el verdadero conocimiento de
Dios, si primero no lo conoce por la fe (Juan 20,29): "Bienaventurados los
que no vieron y creyeron".
4. El tercer bien es que la fe
dirige la vida presente. En efecto, para vivir bien es menester que el hombre
sepa qué cosas son necesarias para bien vivir, y si tuviera que aprender por el
estudio todas las cosas necesarias para bien vivir, o no podría alcanzar tal
cosa, o la alcanzaría después de mucho tiempo. En cambio la fe enseña todo lo
necesario para vivir sabiamente. En efecto, ella nos enseña la existencia del
Dios único, que recompensa a los buenos y castiga a los malos, y que hay otra
vida y otras cosas semejantes, que nos incitan suficientemente a hacer el bien
y a evitar el mal (Habacuc 2,4): "Mi Justo vive de la fe". Lo cual es
manifiesto, porque ninguno de los filósofos de antes de la venida de Cristo, a
pesar de todos sus esfuerzos, pudo saber tanto acerca de Dios y de lo necesario
para la vida eterna cuanto después de la venida de Cristo sabe cualquier
viejecita mediante la fe. Por lo cual Isaías (2,9) dice: "Colmada está la
tierra con la ciencia del Señor".
5. El cuarto bien es que por la
fe vencemos las tentaciones (Hebreos 2,33): "Por la fe los santos
vencieron reinos". Y esto es patente, porque toda tentación viene o del
diablo, o del mundo, o de la carne. En efecto, el diablo tienta para que no
obedezcas a Dios ni te sujetes a Él. Y esto lo rechazamos por la fe. Porque por
la fe sabemos que Él es el Señor de todas las cosas, y por lo tanto que se le
debe obedecer (1 Pedro 5,8): "Vuestro adversario el diablo ronda buscando
a quién devorar: resistidle firmes en la fe".
El mundo, por su parte, tienta o
seduciendo con lo próspero o aterrándonos con lo adverso. Pero todo lo vencemos
por la fe, que nos hace creer en otra vida mejor que ésta, y así despreciamos
las cosas prósperas de este mundo y no tememos las adversas (1 Juan 5,4):
"La victoria que vence al mundo es nuestra fe", y a la vez nos enseña
a creer que hay males mayores, los del infierno.
La carne, en fin, nos tienta
induciéndonos a las delectaciones momentáneas de la vida presente. Pero la fe
nos muestra que por ellas, si indebidamente nos les adherimos, perdemos las
delectaciones eternas (Efesios 6,16): "Embrazad siempre el escudo de la
fe". Con todo esto queda patente que es grandemente útil tener fe.
6. Pero puede alguno decir: es
una tontería creer en lo que no se ve; así es que no se puede creer en lo que
no vemos.
7. Respondo. En primer lugar, la
imperfección de nuestro entendimiento resuelve esta dificultad: porque si el
hombre pudiese perfectamente conocer por sí mismo todas las realidades visibles
e invisibles, necio sería creer en lo que no vemos. Pero nuestro conocimiento
es tan débil que ningún filósofo pudo jamás descubrir a la perfección la
naturaleza de un solo insecto. En efecto, leemos que un filósofo vivió treinta
años en soledad para conocer la naturaleza de la abeja. Por lo tanto, si
nuestro entendimiento es tan débil, ¿acaso no es insensato no creerle a Dios
sino lo que el hombre puede conocer por sí mismo? Por lo cual sobre esto se
dice en Job 36,26: “¡Qué grande es Dios, y cuánto excede nuestra ciencia!”
8. En segundo lugar se puede
responder que si un maestro enseñase algo de su ciencia y cualquier rústico
dijese que eso no es tal como el maestro lo afirma por no entenderlo él, por
gran necio tendríamos a ese rústico. Pues bien, es un hecho que el
entendimiento de los ángeles excede al entendimiento del mejor filósofo más que
el entendimiento de éste al del rústico. Por lo cual necio es el filósofo si no
quiere creer lo que dicen los ángeles, y con mayor razón si no quiere creer lo
que Dios enseña. Sobre esto se dice en Eclesiástico 3,25: "Muchas cosas
que sobrepujan la humana inteligencia se te han enseñado".
9. En tercer lugar se puede
responder que si el hombre no quisiera creer sino lo que conoce, ciertamente no
podría vivir en este mundo. En efecto, ¿cómo se podría vivir sin creerle a
nadie? ¿Cómo no creer ni siquiera que tal persona es su padre? Por lo cual es
necesario que el hombre le crea a alguien sobre las cosas que él no puede
conocer perfectamente por sí mismo. Pero a nadie hay que creerle como a Dios,
de modo que aquellos que no creen las enseñanzas de la fe, no son sabios sino
necios y soberbios, como dice el Apóstol en Primera Epístola a Timoteo 6,4:
"Soberbio es, y no sabe nada". Por lo cual dice San Pablo en la Segunda
Epístola a Timoteo 1,12: "Yo sé bien en quién creí y estoy cierto".
10. Se puede todavía responder
que Dios prueba la verdad de las enseñanzas de la fe. En efecto, si un rey
enviase cartas selladas con su sello, nadie osaría decir que esas cartas no
proceden de la voluntad del rey. Pues bien, consta que todo aquello que los
santos creyeron y nos transmitieron acerca de la fe de Cristo marcadas están con
el sello de Dios: ese sello lo muestran aquellas obras que ninguna pura
criatura puede hacer: son los milagros con los que Cristo confirmó las
enseñanzas de los Apóstoles y de los santos.
11. Si me dices que nadie ha
visto hacer un milagro, respondo: consta que todo el mundo adoraba los ídolos y
perseguía a la fe de Cristo, como lo atestiguan aun las historias de los
paganos; y sin embargo todos se han convertido a Cristo: sabios y nobles, y
ricos y poderosos y los grandes, por la predicación de unos cuantos pobres y
simples que predicaron a Cristo. Y esto ha sido obrado o milagrosamente, o no.
Si milagrosamente, ya está la demostración. Si no, yo digo que no puede haber
mayor milagro que la conversión del mundo entero sin milagros. No hay para qué
investigar más.
12. Así es que nadie debe dudar
de la fe, sino creer en lo que es de fe más que en las cosas que ve; porque la
vista del hombre puede engañarse, mientras que la ciencia de Dios es siempre
infalible.
Fuente: Revista
virtual “El Caballero de Nuestra Señora”,
Buenos Aires, 2ª época, Año 13, Nº 202, 7/10/2012.
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Proposición 17: Preámbulos de la fe y teología de la credibilidad
Sínodo de los Obispos
En el contexto contemporáneo de
una cultura global, muchas dudas y obstáculos causan un extendido escepticismo
e introducen nuevos paradigmas de pensamiento y vida. Es de una importancia
primordial, para una Nueva Evangelización, subrayar el rol de los Preámbulos de la Fe. Es necesario, no
sólo mostrar que la fe no se opone a la razón, sino también destacar una serie
de verdades y realidades que se refieren a una antropología correcta, que es
iluminada por la razón natural. Entre ellas están el valor de la Ley Natural y
las consecuencias que tiene para toda la sociedad humana. Las nociones de “Ley
Natural” y “naturaleza humana” son susceptibles de demostraciones racionales,
tanto en el nivel académico como en el popular. Tal desarrollo y emprendimiento
intelectual ayudará al diálogo entre los fieles cristianos y las personas de
buena voluntad, abriendo una vía para reconocer la existencia de un Dios
Creador y el mensaje de Jesucristo, el Redentor.
Los Padres Sinodales piden a los teólogos que desarrollen una nueva apologética del pensamiento cristiano, es decir una teología de la credibilidad adecuada para una Nueva Evangelización. El Sínodo llama a los teólogos a aceptar y responder a los desafíos intelectuales de la Nueva Evangelización participando en la misión de la Iglesia de anunciar a todos el Evangelio de Cristo.
Nota: Esa página contiene una versión no oficial en inglés de las
proposiciones finales elaboradas por el último Sínodo de los Obispos. La
traducción al español es de Daniel Iglesias Grèzes.
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Luces y sombras del Concilio. La laguna que Juan Pablo II quiso colmar
Se refería a la acción misionera de la Iglesia. La génesis del decreto
conciliar Ad gentes y de la encíclica
de 1990 Redemptoris missio en las
memorias inéditas del Padre Piero Gheddo, que trabajó en la redacción de ambos
documentos.
Sandro Magíster
Roma, 9 de noviembre de 2012.
En el Sínodo de octubre pasado sobre la nueva evangelización ha causado impresión la crítica dirigida por el Cardenal indio Telesphore Placidus Toppo a esas órdenes religiosas que actúan "como multinacionales para responder a las necesidades materiales de la humanidad, olvidando que el objetivo principal de su fundación era traer el Kerygma, el Evangelio, a un mundo perdido".
La crítica no es nueva. Y ha sido dirigida por los últimos papas, en numerosas
ocasiones, a la generalidad de la Iglesia Católica, alentada para que reavive
su enfriado espíritu misionero. El punto de inflexión fue el Concilio Vaticano
II.
"Hasta el Concilio la Iglesia vivía una estación de fervor misionero hoy
inimaginable", recuerda el Padre Piero Gheddo, del Pontificio Instituto de
las Misiones Extranjeras, que fue uno de los expertos llamados al Concilio por Juan
XXIII para trabajar en la redacción del documento sobre las misiones. Pero
después hubo un colapso repentino. Tanto es así que en 1990, veinticinco años
después de la aprobación del decreto conciliar Ad gentes, Juan Pablo II sintió la necesidad de dedicar a las
misiones una encíclica, la Redemptoris
missio, precisamente para despertar a la Iglesia de su letargo.
El Padre Gheddo fue llamado para trabajar en la redacción de esta encíclica. Y
dice: "Juan Pablo II, con la Redemptoris
missio, deseaba ciertamente confirmar el decreto conciliar Ad gentes, pero quería también colmar
una laguna de ese texto, muy bello, pero apresurado e incompleto. Es decir,
quería tratar temas que en el Vaticano II había sido examinados con demasiada
prisa, o incluso se habían ignorado. Puedo afirmar esto, pues me reuní varias
veces con el Papa mientras yo preparaba las tres redacciones del documento,
entre octubre de 1989 y julio de 1990".
En estas semanas el Padre Gheddo –que tiene 83 años, ha realizado numerosos
viajes a todos los continentes, ha escrito más de 80 libros traducidos en
distintos idiomas y ha sido, hasta 2010, director de la oficina histórica del
Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras– está poniendo en orden sus
memorias concernientes al Concilio y el post-concilio. Algunos de sus apuntes
han sido publicados por Zenit y Asia News.
Durante el Concilio
Sobre el caso del decreto conciliar Ad
gentes, que él ayudó a escribir, el Padre Gheddo dice: "El decreto
tuvo un camino muy laborioso y controvertido. Ante todo, las exigencias y las
soluciones propuestas por los Padres conciliares eran muy distintas según los
continentes. Por poner un ejemplo que recuerdo bien: las Iglesias asiáticas,
ricas de vocaciones y con una antigua tradición de celibato en las religiones
locales, insistían en mantener el celibato sacerdotal; desde América Latina y
África, en cambio, algunos episcopados pedían su abolición, o la admisión del
clero casado bajo ciertas condiciones".
El documento corrió el riesgo incluso de ser cancelado. Sigue el relato del Padre
Gheddo: "Las dificultades aumentan cuando el 23 de abril de 1964, entre la
II y la III sesión conciliar, la Secretaría del Concilio manda una carta a
nuestra comisión: el esquema sobre las misiones debe reducirse a pocas propuestas.
Ya no debía ser un texto largo y razonado, sino una simple enumeración de
propuestas. La idea era simplificar los trabajos del Concilio para que éste
concluyera con la III sesión. Algunos textos basilares podía ser bastante
amplios; otros, considerados menos importantes, tenían que limitarse a pocas
páginas de propuestas. Era voz común que los gastos para los padres
conciliares, unos 2.400 en total, y el aparato del Concilio eran totalmente
insostenibles para la Santa Sede. La comisión de las misiones trabajaba a
marchas forzadas, también por la noche, para respetar esta petición,
concentrando el texto en 13 propuestas. Pero apenas la noticia se difunde entre
los obispos llegan las protestas, algunas vehementes como la del Cardenal
Frings de Colonia, que envía una carta a los obispos alemanes y a otros,
incitándoles a protestar: “¡Pero cómo! ¿Se afirma que el esfuerzo misionero es
esencial para la Iglesia y después se quiere reducirlo a pocas páginas?
Incomprensible, imposible, inaceptable”. Un grupo de obispos pide la abolición
del documento sobre las misiones, integrando el material en la constitución Lumen gentium sobre la Iglesia. Otros,
en cambio, más numerosos y aguerridos (entre ellos había misioneros 'de
foresta' que con sólo verlos era imposible decirles que no), proceden a ponerse
en contacto personalmente, uno por uno, con todos los Padres conciliares,
conquistando seguidores. La batalla en el aula se concluye con éxito: sólo 311
padres conciliares se pronuncian a favor del documento sobre las misiones
reducido a 13 propuestas; los otros 1.601 piden que el decreto misionero se
salve integralmente. Su suerte se reenvía a la IV sesión del Concilio, la más
larga de todas, desde el 14 de septiembre al 8 de diciembre de 1965".
Uno de los puntos de controversia se refiere al papel de la congregación
vaticana Propaganda Fide: "Por
un lado se solicitaba incluso la abolición de la congregación para la
evangelización de los no cristianos. Por otra, muchos Padres pedían que se
potenciara aún más para así recuperar su papel guía, superando así la función
sólo jurídica y de financiación de las diócesis misioneras que hasta ese
momento había asumido. Efectivamente, desde su nacimiento en 1622 hasta
principios del siglo XX, Propaganda Fide
había tenido un papel fuerte, vigoroso, en la estrategia y en la guía concreta
del trabajo misionero, como también en la vida de los institutos y de los
mismos misioneros. Pero posteriormente su papel se redujo, mientras adquiría
mayor fuerza la Secretaría de Estado, con las relativas nunciaturas
apostólicas. No pocos obispos querían, por tanto, reforzar la congregación de
las misiones, de cuya libertad de acción sentían la necesidad, para garantizar
así su misma libertad".
La petición de estos obispos misioneros no llegó a buen puerto –dice el Padre
Gheddo– "también porque la tendencia a la centralización y unificación del
gobierno de la Iglesia era, quizás, inevitable".
Viceversa, sobre otro punto controvertido, a un grupo de obispos de las
regiones amazónicas el éxito les sonrió: "Es un hecho que he seguido
personalmente", recuerda el Padre Gheddo. "Mons. Arcangelo Cerqua del
PIME, prelado de Parintins en la Amazonia brasileña, y Mons. Aristide Pirovano,
también él del PIME, prelado de Macapà en Amazonia, se hicieron promotores de
una 'acción cabildea' que llevó a incluir en el decreto Ad gentes, en el último momento, la nota 37 del capítulo 6, que
equipara las prelaturas de la Amazonia brasileña (en esa época 35), pero
también muchas otras de América Latina, con los territorios misioneros
dependientes de Propaganda Fide. Sin
esta equiparación, América Latina habría quedado excluida de las ayudas de las
pontificias obras misioneras de las cuales se beneficia actualmente. En la
votación decisiva, en noviembre de 1965, 117 padres de América Latina rechazan
el texto presentado a votación, que no menciona para nada las prelaturas.
Demasiado pocos, sobre un total de 2.153 votantes. Sin embargo,
contemporáneamente, otros 712 Padres votan a favor pero iuxta modum, obligando por lo tanto a reescribir el texto porque no
había sido plenamente aprobado por los dos tercios de los votantes. De esta
manera se consiguió hacer incluir las prelaturas de América Latina entre los
territorios que reciben ayuda de las pontificias obras misioneras".
Comenta el Padre Gheddo: "Hechos como éstos, pero también otros muchos,
como por ejemplo la aprobación de la colegialidad del Papa con el episcopado,
confirman la evidente intervención del Espíritu Santo guiando la asamblea del
Vaticano II".
Esto no impide –prosigue el Padre Gheddo– que en el intervalo entre la III y la
IV sesión del Vaticano II "había en la comisión un sentimiento de ansia,
en alguno incluso casi de desesperación. El texto enviado a los obispos en el
verano de 1965 era cinco veces más extenso que las precedentes 13 propuestas a
las cuales se había intentado reducirlo. Parecía un éxito increíble. Pero la
responsabilidad más grande para la comisión de redacción llega después. Los
meses decisivos son octubre y noviembre. Se enriquece el texto con muchas de
las observaciones sugeridas por los obispos. En noviembre hay veinte votaciones
que lo aprueban con una gran mayoría, pero con más de 500 páginas de 'modos',
de sugerencias, de propuestas en el aula que siguen pidiendo adiciones,
correcciones, distintas formulaciones. Faltaba menos de un mes para que
terminara el Concilio y ¡parecía que había que empezar desde el principio! Después,
misteriosamente, al final todo se arregló. El conjunto del decreto se aprueba
en la última sesión pública con 2.394 votos favorables y sólo 5 en contra, el
más alto nivel de unanimidad en las votaciones de todo el concilio. '¡El
Espíritu Santo existe verdaderamente!', exclamó el Cardenal Agagianian, Prefecto
de Propaganda Fide y uno de los
cuatro moderadores de la asamblea".
Después del Concilio
Una vez ya en el inmediato post-concilio, sin embargo, el sueño de un nuevo
Pentecostés misionero cedió el paso a una tendencia opuesta. Recuerda el Padre
Gheddo: "Se reducía la obligación religiosa de evangelizar a compromiso
social: lo importante es amar al prójimo, hacer el bien, dar testimonio de
servicio, como si la Iglesia fuese una agencia de ayuda y de socorro de
emergencia para remediar a las injusticias y las plagas de la sociedad. Se
exaltaban el análisis 'científico' del marxismo y el tercermundismo. Se
proclamaban como verdades tesis del todo falsas: por ejemplo, que no es
importante que los pueblos se conviertan a Cristo, con tal que acojan el
mensaje de amor y paz del Evangelio".
Estas tendencias se manifiestan también entre los obispos que participan, en
1974, en el Sínodo sobre la evangelización. Es Pablo VI, con la exhortación
apostólica post-sinodal Evangelii Nuntiandi
de 1975, quien reafirma con fuerza que "incluso el testimonio más bello se
revelará a la larga impotente si el nombre, la enseñanza, la vida y las
promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, no son
proclamados".
"Pero no se escuchó a Pablo VI", comenta el Padre Gheddo. Y también
su sucesor, Juan Pablo II, con la encíclica Redemptoris
missio de 1990 tuvo que enfrentarse a un muro de incomprensión.
Recuerda el Padre Gheddo, que colaboró con el Papa en la redacción de la misma:
"No pocos, en la Curia vaticana, contestaron esa encíclica antes incluso
de que saliera. Decían: 'Una encíclica es demasiado, sería suficiente una carta
apostólica, como se hace para el aniversario de un texto conciliar'. Pero
también después de su salida la Redemptoris
missio fue infravalorada en la Iglesia por teólogos, "misionólogos",
revistas misioneras. Decían: 'No dice nada nuevo'. Pero en cambio introducía
temas nuevos y absolutamente revolucionarios, nunca mencionados por el decreto
conciliar Ad gentes, como por ejemplo
en el capítulo titulado 'Promover el desarrollo, educando las conciencias'.
Tenía razón Juan Pablo II cuando constataba que en la historia de la Iglesia el
impulso misionero ha sido siempre signo de vitalidad, y cómo su disminución es
signo de una crisis de fe".
Prosigue el Padre Gheddo: "Observando hoy las revistas y los libros, los
congresos, las campañas de entes y organismos misioneros, uno se pregunta si la
Redemptoris missio es conocida y
vivida. Digamos la verdad. La gravísima disminución de las vocaciones
misioneras depende también de cómo se presenta la figura del misionero y la
misión ad gentes. Hace medio siglo se
hacían vigilias y marchas misioneras haciendo hablar a los misioneros sobre el
terreno, pidiendo a Dios más vocaciones para la misión ad gentes y animando a los jóvenes a ofrecer sus vidas por las
misiones. Hoy prevalece la movilización sobre temas como la venta de armas, la
recogida de firmas contra la deuda externa de los países africanos, el agua
como bien público, la deforestación, etc. Cuando temas como éstos adquieren el
peso mayor en la animación misionera, es inevitable que el misionero quede
reducido a un operador social y político. Pregunto: ¿se puede pensar que un
joven o una chica que han sido educados para denunciar y protestar, para
recoger firmas contra las armas o la deuda externa, puedan sentirse atraídos
por convertirse en misioneros? Para tener más vocaciones misioneras es
necesario que los jóvenes sientan fascinación por el Evangelio y la vida en la
misión, que se enamoren de Jesucristo, la única riqueza que tenemos. Todo el
resto viene por consiguiente".
Una nota de confianza
Con Benedicto XVI se ha puesto en primer plano la lucha contra el relativismo,
contra la idea de que todas las religiones son equivalentes y son vías de
salvación. Entre los muchos textos de este pontificado sobre el tema, está la Nota doctrinal de la Congregación para la
Doctrina de la Fe sobre algunos aspectos de la evangelización.
Comenta el Padre Gheddo: "La nota fue deseada y aprobada por el Papa, y se
publicó el 3 de diciembre de 2007, fiesta del misionero por excelencia, San
Francisco Javier; sin embargo, ha sido prácticamente ignorada por la prensa
católica y misionera, cuando en cambio es un texto que los institutos
misioneros diocesanos, la prensa, los grupos y las asociaciones misioneras
deberían conocer y debatir para tener un punto de referencia concreto en el
clima de secularización y relativismo que corre el riesgo de hacernos perder la
brújula de la recta vía".
Pero no obstante todo esto, el Padre Gheddo sigue teniendo confianza y para
confirmarlo, de un tirón, indica algunas cifras: "Hoy hay demasiado
pesimismo sobre la eficacia de la misión entre los no cristianos. La realidad
es distinta. En la milenaria historia de la Iglesia no hay ningún continente
que se haya convertido a Cristo tan rápidamente como África. En 1960 los
católicos africanos eran aproximadamente 35 millones, con 25 obispos locales;
hoy son 172 millones, con casi 400 obispos africanos. Según el Pew Research Center de Washington, en
2010, en toda África, los cristianos y los musulmanes tenían, ambos, poco menos
de 500 millones de fieles, pero sólo en África negra, al sur del Sahara, los
cristianos son 470 millones y los musulmanes 234.
En 1960 en Asia había 68 obispos asiáticos y en ningún país se notaba un
crecimiento sostenido de los bautizados. Sólo en la India había un buen índice
de conversiones y aquí, hoy, los católicos son al menos 30 millones, el doble
de la cifra declarada. Lo mismo vale para Indonesia, Sri Lanka, Birmania,
Vietnam, donde los católicos son ya el 10 por ciento de los 85 millones de
vietnamitas, con numerosas conversiones y vocaciones. En 1949, cuando Mao subió
al poder, China tenía 3,7 millones de católicos; hoy, no obstante la
persecución, se estima que hay 12-15 millones y los cristianos en su conjunto
son 45-50 millones. En Corea del Sur, donde la religión es libre y las
estadísticas son creíbles, los católicos son más de 5 millones, el 10,3 por
ciento de los surcoreanos, y los cristianos, en total, el 30 por ciento.
El efecto positivo del Concilio y de los Papas es evidente en la promoción de
las jóvenes Iglesias, que hoy son misioneras fuera de los propios países y
hacia Occidente. Los estereotipos como que la misión ad gentes se ha acabado y que no tiene eficacia deben ser borrados,
porque no corresponden a la realidad de los hechos. Juan Pablo II escribió en
la Redemptoris missio: 'La misión ad gentes está todavía en los
comienzos'. No conocemos los planes de Dios, pero probablemente también este
periodo de estancamiento de la misión ad
gentes tiene su significado positivo. Lo entenderemos, tal vez, dentro de
medio siglo".
Fuente: http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1350359?sp=y
XI Encuentro Internacional de los Equipos de Nuestra Señora
Elizabeth Azarola y Dionisio
Negueruela
Equipo 7 de Palencia (España)
¿Qué son los Equipos de Nuestra Señora?
Los Equipos de Nuestra Señora son
un movimiento, reconocido oficialmente por la Iglesia Católica, formado por
parejas unidas por el sacramento del matrimonio que quieren vivir una
espiritualidad conyugal, ser felices en pareja y en familia y vivir el Evangelio
con una fe madura y adulta.
Orígenes
Fue fundado en 1938 por el
sacerdote francés Henri Caffarel y cuatro matrimonios que deseaban vivir su
amor a la luz de la fe. Los Equipos se multiplicaron y para preservar la unidad
se redactó en 1947 la Carta Fundacional de los Equipos, en la que se establecen
los medios para poder vivir mejor la fe como matrimonio cristiano. Estos medios
son:
·
La oración personal y conyugal, diaria.
·
La lectura de la palabra de Dios, diaria.
·
El diálogo conyugal, al menos una vez al mes (la
sentada).
·
La regla de vida.
·
El retiro espiritual, anual.
De ellos, son características propias del movimiento: la oración conyugal y la sentada. La oración conyugal consiste en la unión íntima y profunda de los esposos que quieren ir juntos, en todo momento, hacia Dios, y cuya expresión máxima es la oración. La sentada es la reunión de los esposos, abriendo sus almas, bajo la presencia de Dios.
Las parejas se unen en equipos
base, integrados por 4 ó 5 matrimonios y un consiliario, que en la mayoría de
los casos es un sacerdote, y que se reúnen una vez al mes.
En el mundo
En la actualidad existen alrededor
de 12.000 equipos en 70 países. El movimiento está presente en los cinco
continentes y sus miembros son casi 130.000 personas, entre parejas, viudos y
consiliarios. Es un movimiento organizado y cada seis años tiene lugar un
encuentro internacional en el que participan equipistas de todo el mundo.
Del 21 al 26 de julio de este
año, el Encuentro fue en Brasilia. Brasil es el país del mundo en donde hay más
equipos. En América del Sur, el movimiento está en todos los países, excepto en
Uruguay y Venezuela. Como uruguaya
sentí nostalgia, el día de la inauguración, al ver las banderas de América entrando
solemnemente. La mía no estaba.
Bajo la mirada gozosa de Dios
Todo encuentro viene acompañado de emociones y envuelto en un halo de alegría, sobre todo si los que se encuentran están unidos por ideales comunes y lazos espirituales. Para nosotros tenía un significado especial el volver a Brasil juntos y después de más de 40 años de casados, porque en ese país vivimos nuestros primeros cuatro años como matrimonio.
El amor a Dios y el amor al prójimo, y en primer lugar al prójimo más próximo que es nuestro cónyuge, nacen de una misma fuente: Dios. Dios es amor y todo amor verdadero procede de Dios. Como se afirmó en el Encuentro: “El amor de la pareja es la revelación viva del amor de Dios”. El Papa Benedicto XVI, en su saludo paternal a los participantes del encuentro, nos dice que nosotros somos el dulce rostro sonriente de la Iglesia, los mensajeros de la belleza del amor alimentado por la fe.
Acogida
Después de un largo viaje de 24 horas desde nuestras casas en Palencia hasta nuestros hoteles en Brasilia, con una larga espera en el aeropuerto de Rio de Janeiro, Jesús Manuel, Mariángeles y Pedro Pablo y nosotros llegamos a nuestro destino en donde nos esperaban, con gran entusiasmo, Astrid y José Javier, responsables en España de la organización del viaje a Brasilia, los cuales enarbolaban una gran bandera española y nos daban una calurosa acogida, haciéndonos sentir a todos los que llegábamos dentro de la gran familia de los E.N.S.
Organización
Merecen especial mención los minuciosos detalles tenidos en cuenta por los encargados de la organización del Encuentro, en todos los aspectos: en la acogida y atención en los hoteles, y en el traslado en los autobuses a los centros de reuniones, que fueron el gimnasio Nilson Nelson, la Expo-Brasilia y la explanada de los ministerios.
- En el gimnasio Nilson Nelson
tuvieron lugar la apertura del Encuentro, las Eucaristías diarias, las diversas
conferencias y la clausura del mismo.
- La Expo-Brasilia era el lugar
en el cual almorzábamos y celebrábamos las reuniones de los Equipos Mixtos.
- En la explanada de los
ministerios, junto a la catedral de la ciudad, fue el gran testimonio ante el
mundo de nuestra fe y de nuestro amor conyugal y también el lugar en el cual
hicimos “la sentada”.
Vivencias
Comenzamos el XI Encuentro
Internacional, el primero que tiene lugar fuera de Europa, con el traslado de
los participantes de los diferentes hoteles, en sus respectivos autobuses, a la
explanada del Gimnasio Nilson Nelson, en donde tuvimos la primera experiencia
de confraternización con miembros de diferentes equipos, y en especial con los
brasileños, en una comida campestre preparada para la fiesta de bienvenida.
Seguidamente entramos en el mencionado gimnasio para las ceremonias cívica y
litúrgica de apertura. Después de escuchar el himno de Brasil y las palabras de
bienvenida de las autoridades presentes, se abrió el acto con el Himno a la
Alegría de Beethoven que, como nos dijeron M. Carla y Carlo Volpini,
responsables del E.R.I., expresa una invitación a ponernos en el camino de la
fe verdadera, que está hecha de acogida, justicia, verdad, esperanza y paz para
toda la humanidad. Nos encontramos alrededor de 7.500 personas, de 54 países,
en un ambiente de alegría, fraternidad y comunicación. El tema del Encuentro
fue el análisis profundo de la parábola del Buen Samaritano, parábola que,
según el consiliario del ERI, el Padre Angelo Epis, es una relación perfecta
entre el mensaje final de Lourdes (“Parejas reflejo del amor de Cristo”) y el
“Anda y haz tú lo mismo” de este encuentro.
Al día siguiente, domingo 22 de
julio, y en este ambiente espiritual, nos dispusimos a participar de los actos
programados, cuya culminación encontró su punto álgido en la celebración de la
Eucaristía concelebrada por varios obispos y consiliarios y cuya expresión
máxima ese día llegó para nosotros en el momento de darnos la paz los unos a
los otros desde el fondo de nuestro corazón. Cada uno de nosotros sentimos
multiplicada por 7.500 personas, como un torrente de luz, la viva paz de Cristo
que nosotros ofrecíamos a los demás. Vivimos la Comunión de los Santos en el
Cuerpo Místico de Cristo.
Equipos mixtos
Al terminar las conferencias nos trasladamos a la Expo-Brasilia, en donde después de almorzar tuvo lugar la reunión de los equipos mixtos, constituidos cada uno de ellos por integrantes de distintos países. Nuestro equipo estuvo integrado por equipistas de Toledo, Orense, Madrid, Pamplona, Argentina, Canadá (eran colombianos), Paraguay, y nosotros de Palencia. Nos sorprendió la apertura sincera y la alegría de cada uno, con gran deseo de todos de compartir la experiencia de fe y vida de cada pareja, lo que nos hizo sentir más profundamente la universalidad del movimiento y de la Iglesia.
Contenido del Encuentro
En este ritmo de vida y trabajo
desfilaron, raudos como el viento, los siguientes días del Encuentro:
·
Escuchando
sabias y profundas conferencias que nos adentraban en la profundización de la
parábola del Buen Samaritano, aplicada sobre todo a las vivencias en el
matrimonio.
·
Emocionándonos
con los testimonios de parejas de diversos países que nos narraban sus
experiencias de vida de buenos samaritanos, como cristianos y como miembros de
los Equipos.
·
Disfrutando
de la participación diaria en la celebración de las fervorosas Eucaristías que
estaban siempre acompañadas por el coro integrado por equipistas de la mayoría
de los países asistentes, entre los que se encontraban Pedro Pablo y
Mariángeles, y que con sus cantos acompañando las diferentes partes de la
celebración nos invitaban a vivir con alegría y a dar gracias a Dios por todo
lo recibido en nuestra vida. Personalmente sentimos una emoción incontenible al
escuchar la “Cantiga de Matrimonio”, del P. Zezinho, que nos recordaba nuestra
decisión y sentimientos de entrega del uno al otro, con el deseo de ambos de
que Cristo estuviera siempre presente en nuestra vida.
·
Abriendo
nuestros corazones en nuestro equipo mixto, con los compañeros del mismo,
recordando y siguiendo las enseñanzas de Cristo: “Allí en donde estén dos o más
reunidos en mi nombre, allí estoy yo”.
El hilo conductor de todos los
actos (eucaristías, conferencias y reuniones de equipo) fue, como dijimos, la
meditación de la parábola del samaritano. Ante un mundo que se desangra por los
cuatro costados (guerras, explotaciones, injusticias, pobreza), resuena en
nuestros oídos una voz que nos apremia: “Ve y haz tú lo mismo” que el samaritano,
pon bálsamo y venda las heridas, lleva el amor de Cristo a todos los pueblos,
da testimonio del amor conyugal a los hogares rotos, lleva tus deseos de paz y
justicia a todos los ambientes en los que te tocare actuar. “Atrévete a vivir
el Evangelio”.
Catedral humana
En la gran explanada de los ministerios, junto a la moderna catedral de Brasilia, dedicada a Nuestra Señora Aparecida, cuyas torres como brazos se elevan al cielo en actitud de súplica por la ciudad de Brasilia y el mundo entero, los equidistas, ataviados con camisas y pañuelos blancos junto a una gran cruz y junto a imágenes de diferentes santuarios marianos, realizamos nuestra sentada dando testimonio de nuestra fe y de nuestro amor conyugal en Cristo, ante los ojos atónitos de las personas que observaban el espectáculo y aquellos que se conectaban, en directo por Internet, desde diversos países.
Nueva responsabilidad en el E.R.I.
y envío
Como en todos los encuentros
internacionales, llegó el momento de la despedida y el nombramiento del nuevo Equipo
Responsable Internacional que marcará las pautas de nuestro movimiento hasta el
año 2018. María Carla y Carlo Volpini de Italia entregaron el testigo a José y
Tó Moura Soares de Portugal, quienes afirmaron que cuando se nos confía una misión
debemos poner allí todo lo que tenemos y somos, con nuestro pasado y nuestro
presente. Terminaron su saludo inicial como responsables diciéndonos: “Queridos equipistas y consiliarios
espirituales: Atrevámonos a vivir el Evangelio
con fe, esperanza y caridad, siguiendo las palabras de Cristo: “Ve y haz tú lo mismo.”
Y finalmente, tras la celebración
de la Eucaristía, presidida por el Nuncio Apostólico en Brasil y concelebrada
por obispos y consiliarios de todo el mundo, emprendimos el regreso a nuestros
países, renovados y llenos de optimismo e ilusión.
Defendiendo
la vida ganamos todos
Los
Obispos del Uruguay
1. Los Obispos del Uruguay expresamos nuestro pesar por la aprobación de la ley llamada “de interrupción voluntaria del embarazo”. Entendemos que esta ley es un claro retroceso para nuestro pueblo, que ha fundado su existencia en el respeto a la libertad, en la defensa de la vida de todo ser humano y en la solidaridad con el más débil.
2. La vida
humana es un derecho inalienable consagrado en la Constitución de la República
y en el Pacto de San José de Costa Rica, ratificado por nuestro país. Creemos
que esta ley:
3. Un hijo que viene es siempre una bendición de Dios, una esperanza y una apuesta generosa en un país envejecido. Por ello la sociedad no debe permitir o alentar la eliminación de vidas, sino atender a la madre que vive la situación de un embarazo no deseado y procurar “salvar a los dos”. Defendiendo la vida, ganamos todos. Por eso la Iglesia en el Uruguay ha amparado la vida del niño y de la madre en dificultades, tanto a través de su enseñanza constante como por la acción de diversas instituciones.
4. No por haber sido aprobada esta ley es moralmente buena. La moralidad de los actos no depende de las leyes humanas. Recordamos el deber y el derecho de seguir las obligaciones de la ley natural inscritas en la propia conciencia. Invitamos a todos a continuar respetando y cuidando a los niños desde su concepción.
5. Los derechos humanos y este primordial derecho a la vida no pueden quedar sujetos a mayorías circunstanciales de un cuerpo legislativo o electoral. Sin embargo, ante la situación que se ha creado, sigue siendo el deber de los laicos católicos y de los hombres y mujeres de buena voluntad aportar sus esfuerzos para procurar que nuestra legislación respete el derecho a la vida humana desde su concepción. Quedando en manos de los ciudadanos la elección de los medios que estimen oportunos, alentamos las iniciativas legítimas que busquen la derogación de esta ley.
6. Mientras no
sea derogada la ley en cuestión, creemos que su reglamentación debe ser
extremadamente cuidadosa para no aumentar el daño que ya provoca. Se debe
respetar la conciencia de los médicos y de otros trabajadores de la salud y no
discriminar a aquellos que presenten una objeción de conciencia. Debe
considerarse atentamente el artículo 10 de la ley y ser respetuosos de la
objeción de ideario de aquellas instituciones que, por su propia identidad, no
admiten realizar abortos. Advertimos la injusticia e inequidad incluida en este
artículo, que niega el derecho a la objeción de ideario a las futuras
instituciones de salud.
7. La Iglesia acompaña a la Patria desde su gestación. Es parte de esta sociedad pluralista donde levanta su voz con todo derecho, en el respeto a la opinión diversa pero en la serena convicción de que, al defender la vida humana, está siendo fiel a sí misma y a las raíces de nuestra existencia como nación.
En la marcha de nuestra historia común no estamos solos. Por eso, ponemos el futuro de nuestro pueblo en manos de Dios Providente. Por intercesión de nuestra Patrona, Santa María la Virgen de los Treinta y Tres, le pedimos al Padre que con su gracia ayude a todos a defender el recto orden moral y una vida personal, familiar y social fundada en el respeto por la vida de cada ser humano y en el amor social que nos une en un camino de crecimiento y fraternidad.
Los Obispos
felicitamos y alentamos a todos aquellos que desde la actividad política, en
diversas asociaciones civiles o como simples ciudadanos han defendido la vida
humana del concebido no nacido. Invitamos a todas las mujeres y hombres
uruguayos a unirnos en el esfuerzo de construcción de un país donde cada vida
humana sea recibida no como una carga sino como verdadera bendición.
Florida,
13 de noviembre de 2012.
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Mirad las estrellas
fulgentes brillar,
sus luces anuncian
que Dios ahí está,
la noche en silencio,
la noche en su paz,
murmura esperanzas
cumpliéndose ya.
Los ángeles santos,
que vienen y van,
preparan caminos por
donde vendrá
el Hijo del Padre, el
Verbo eternal,
al mundo del hombre
en carne mortal.
Abrid vuestras puertas, ciudades de paz,
que el rey de la gloria ya pronto vendrá;
abrid corazones, hermanos, cantad
que vuestra esperanza cumplida será.
Los justos sabían que
el hambre de Dios
vendría a colmarla el
Dios del Amor,
su Vida en su vida,
su Amor en su amor
serían un día su
gracia y su don.
Ven pronto, Mesías,
ven pronto, Señor,
los hombres hermanos
esperan tu voz,
tu luz, tu mirada, tu
vida, tu amor.
Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador.
Amén.
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Daniel
Iglesias Grèzes, Razones para nuestra
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3.
Néstor
Martínez Valls, Baúl apologético.
Selección de trabajos filosóficos y teológicos publicados en “Fe y Razón”.
4.
Guzmán
Carriquiry Lecour, Realidad y
perspectivas del laicado católico en nuestro tiempo.
5.
Miguel Antonio
Barriola, “Cristo amó a la Iglesia” (Ef
5,25). Reflexiones sobre la cristología de J. L. Segundo y la eclesiología de
H. Küng.
6.
Horacio Bojorge, Teologías deicidas. El pensamiento de Juan
Luis Segundo en su contexto, Segunda edición.
7.
Daniel Iglesias
Grèzes, En el principio era el Logos.
Apologética católica en diálogo con los no creyentes.
8.
Daniel
Iglesias Grèzes, Vosotros sois la sal de
la tierra. El choque entre la civilización cristiana y la cultura de la muerte.
9.
Daniel
Iglesias Grèzes, Soy amado, luego existo.
Reflexiones sobre el darwinismo, el diseño inteligente y la fe cristiana.
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pensar! Selección de escritos filosóficos.
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