Fe y Razón

Revista virtual gratuita de teología

Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 74 – Noviembre de 2012

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”

(Santo Tomás de Aquino)

 

 

“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

Contacto: feyrazon@gmail.com

 

 

Fundadores de la Revista: Ing. Daniel Iglesias, Lic. Néstor Martínez, Diác. Jorge Novoa.

 

Equipo de Dirección: Ing. Daniel Iglesias, Lic. Néstor Martínez, Ec. Rafael Menéndez.

 

Colaboradores: Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic. Horacio Bojorge, Mons. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Carlos Caso-Rosendi, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Mons. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Diác. Jorge Novoa, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Pbro. Miguel Pastorino, Santiago Raffo, Juan Carlos Riojas Álvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida

Equipo de Dirección

Magisterio

Homilía en la Apertura del Sínodo de los Obispos

Papa Benedicto XVI

Magisterio

Homilía en la Apertura del Año de la Fe

Papa Benedicto XVI

Espiritualidad

Reforma o apostasía. La reforma de la Iglesia (1)

Pbro. Dr. José María Iraburu

 

Ciencia y Fe

El movimiento del Diseño Inteligente

William Dembski

Iglesia

Intervención en el Sínodo de los Obispos

Mons. Héctor Aguer

Iglesia

El cristianismo se convierte en la religión mayoritaria en África

InfoCatólica

Iglesia

Declaración de Buenos Aires

V Encuentro de Centros Culturales Católicos del Cono Sur

Iglesia

Aleteia.org: un llamado a la unidad católica en la red

R. P. Jorge Enrique Mújica LC

Historia

Eric Hobsbawm y el Fin de la Historia

Carlos Caso Rosendi

Familia y Vida

Comunicado ante la aprobación del proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo

Vicaría de la Familia y la Vida de la Arquidiócesis de Montevideo

Familia y Vida

Carta abierta al Sr. Presidente de la República

13 organizaciones pro-vida del Uruguay

Familia y Vida

Dantesca jornada en el Palacio Legislativo

Lic. Néstor Martínez

Oración

Salmo 2

Biblia de Jerusalén

 

 

Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida

 

Equipo de Dirección

 

1.      Ciclo de Charlas sobre el Pensamiento de Juan Pablo II

 

El sábado pasado, en la Parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y San Alfonso (Tapes 956 casi San Juan) de Montevideo, comenzó el Ciclo de Charlas sobre el Pensamiento de Juan Pablo II, organizado por el Centro Cultural Católico “Fe y Razón” en el contexto del Año de la Fe, con el apoyo de la Facultad de Teología del Uruguay “Monseñor Mariano Soler”. Este Ciclo continuará en el mismo lugar durante los próximos tres sábados. A continuación incluimos el programa completo del Ciclo. Recordamos que la entrada a estas charlas es libre y gratuita.

 

Fecha

Horario

Tema general

Expositores

Ponencia

Sábado 27/10/2012

17:00-19:00

La obra filosófica de Karol Wojtyla

Ec. Rafael Menéndez

 

El personalismo tomista de Karol Wojtyla

 

 

 

Lic. Néstor Martínez

Tomismo y personalismo

 

 

 

 

 

Sábado 03/11/2012

16:30-18:30

La encíclica

Fides et Ratio

Mons. Antonio Bonzani

 

La continuidad entre el Vaticano I y el Vaticano II en el compromiso de la fe según la Fides et Ratio

 

 

 

Prof. Ignacio Pérez Constanzó

La Fides et Ratio ante la filosofía y ante la cultura

 

 

 

 

 

Sábado 10/11/2012

17:00-18:30

La encíclica

Veritatis Splendor

Pbro. Sebastián Pinazzo

 

La respuesta de Juan Pablo II frente a algunas tendencias de la teología moral surgidas en la segunda mitad del siglo XX

 

 

 

 

 

Sábado 17/11/2012

17:00-19:00

La encíclica Evangelium Vitae

Lic. Néstor Martínez

 

El nuevo concepto de embarazo a la luz de la Evangelium Vitae

 

 

 

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Nuevas amenazas a la vida humana según la Evangelium Vitae

 

2.      Monseñor Antonio Bonzani

 

El Pbro. Antonio Bonzani, Rector de la Facultad de Teología del Uruguay “Monseñor Mariano Soler”, ha sido nombrado Capellán de Su Santidad, recibiendo de esta manera el título de Monseñor. Al querido Padre Antonio, amigo y colaborador de “Fe y Razón”, le damos nuestras felicitaciones por este reconocimiento a su abnegada y fiel labor apostólica.

 

3.      Aborto y reproducción artificial

 

Durante el mes de octubre, la “Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo”, que legaliza el aborto bajo muy amplias condiciones, fue aprobada por la Cámara de Senadores (por 17 votos contra 14) y promulgada por el Poder Ejecutivo. Uruguay se convirtió así, lamentablemente, en el segundo país de América Latina (después de Cuba) en legalizar el aborto. Recordamos a nuestros lectores que, según la doctrina católica, es preciso resistir y combatir esta ley inicua mediante la objeción de conciencia y otros medios pacíficos, y seguir trabajando en pos de su pronta derogación.

 

Con profunda consternación informamos que durante ese mismo mes la Cámara de Representantes de nuestro país aprobó el proyecto de “Ley de Reproducción Humana Asistida”, contrario al orden moral natural de muchas y muy graves formas, y que, EN LA VOTACIÓN GENERAL DEL PROYECTO, DICHA APROBACIÓN FUE UNÁNIME. Recordamos a nuestros lectores que, según la doctrina católica, la inseminación artificial y la fecundación artificial son gravemente inmorales. Empero, el citado proyecto de ley no sólo legaliza esas técnicas de reproducción humana artificial (que tienden a convertir al ser humano en un producto industrial más), sino que también legaliza su aplicación a mujeres solas o a parejas que no son matrimonios, la donación de esperma y de óvulos, y la congelación y destrucción de embriones “sobrantes”, y establece el carácter secreto de las donaciones de gametos, por lo que en general se prohibirá que las personas engendradas mediante estas técnicas conozcan la identidad de uno o dos de sus progenitores biológicos. Por si todo esto (y más) fuera poco, un legislador ha propuesto que, cuando el proyecto sea tratado por el Senado, se le agregue la legalización del alquiler de úteros. Esperamos que los uruguayos provida, cuya atención quizás ha estado centrada de un modo casi exclusivo en el tema del aborto, se opongan de un modo más enérgico e incisivo contra este cúmulo de barbaridades. Por lo demás, la fecundación artificial está muy ligada a prácticas abortivas y eugenésicas.

 

Rogamos a Dios nuestro Padre que, en este tiempo de tribulación, en Uruguay y en todo el mundo, nos conceda renovar nuestra fe en Jesucristo, el Camino, la Verdad y la Vida, y dar un testimonio más coherente y atractivo de esa fe, tanto en el nivel individual como en el nivel comunitario.

 

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Santa Misa para la Apertura del Sínodo de los Obispos
y Proclamación como Doctores de la Iglesia
de San Juan de Ávila y de Santa Hildegarda de Bingen

 

Homilía del Santo Padre Benedicto XVI

Plaza de San Pedro, Domingo 7 de octubre de 2012

 

Venerables hermanos, queridos hermanos y hermanas:

 

Con esta solemne concelebración inauguramos la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tiene como tema La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Esta temática responde a una orientación programática para la vida de la Iglesia, la de todos sus miembros, las familias, las comunidades, la de sus instituciones. Dicha perspectiva se refuerza por la coincidencia con el comienzo del Año de la fe, que tendrá lugar el próximo jueves 11 de octubre, en el 50º aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II. Doy mi cordial bienvenida, llena de reconocimiento, a los que habéis venido a formar parte de esta Asamblea sinodal, en particular al Secretario general del Sínodo de los Obispos y a sus colaboradores. Hago extensivo mi saludo a los delegados fraternos de otras Iglesias y Comunidades Eclesiales, y a todos los presentes, invitándolos a acompañar con la oración cotidiana los trabajos que desarrollaremos en las próximas tres semanas.

 

Las lecturas bíblicas de la Liturgia de la Palabra de este domingo nos ofrecen dos puntos principales de reflexión: el primero sobre el matrimonio, que retomaré más adelante; el segundo sobre Jesucristo, que abordo a continuación. No tenemos el tiempo para comentar el pasaje de la carta a los Hebreos, pero debemos, al comienzo de esta Asamblea sinodal, acoger la invitación a fijar los ojos en el Señor Jesús, «coronado de gloria y honor por su pasión y muerte» (Hb 2,9). La Palabra de Dios nos pone ante el crucificado glorioso, de modo que toda nuestra vida, y en concreto la tarea de esta asamblea sinodal, se lleve a cabo en su presencia y a la luz de su misterio. La evangelización, en todo tiempo y lugar, tiene siempre como punto central y último a Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios (cf. Mc 1,1); y el crucifijo es por excelencia el signo distintivo de quien anuncia el Evangelio: signo de amor y de paz, llamada a la conversión y a la reconciliación. Que nosotros venerados hermanos seamos los primeros en tener la mirada del corazón puesta en Él, dejándonos purificar por su gracia.

 

Quisiera ahora reflexionar brevemente sobre la «nueva evangelización», relacionándola con la evangelización ordinaria y con la misión ad gentes. La Iglesia existe para evangelizar. Fieles al mandato del Señor Jesucristo, sus discípulos fueron por el mundo entero para anunciar la Buena Noticia, fundando por todas partes las comunidades cristianas. Con el tiempo, éstas han llegado a ser Iglesias bien organizadas con numerosos fieles. En determinados periodos históricos, la divina Providencia ha suscitado un renovado dinamismo de la actividad evangelizadora de la Iglesia. Basta pensar en la evangelización de los pueblos anglosajones y eslavos, o en la transmisión del Evangelio en el continente americano, y más tarde los distintos periodos misioneros en los pueblos de África, Asía y Oceanía. Sobre este trasfondo dinámico, me agrada mirar también a las dos figuras luminosas que acabo de proclamar Doctores de la Iglesia: San Juan de Ávila y Santa Hildegarda de Bingen. También en nuestro tiempo el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia un nuevo impulso para anunciar la Buena Noticia, un dinamismo espiritual y pastoral que ha encontrado su expresión más universal y su impulso más autorizado en el Concilio Ecuménico Vaticano II. Este renovado dinamismo de evangelización produce un influjo beneficioso sobre las dos «ramas» específicas que se desarrollan a partir de ella, es decir, por una parte, la missio ad gentes, esto es el anuncio del Evangelio a aquellos que aún no conocen a Jesucristo y su mensaje de salvación; y, por otra parte, la nueva evangelización, orientada principalmente a las personas que, aun estando bautizadas, se han alejado de la Iglesia, y viven sin tener en cuenta la praxis cristiana. La Asamblea sinodal que hoy se abre está dedicada a esta nueva evangelización, para favorecer en estas personas un nuevo encuentro con el Señor, el único que llena de significado profundo y de paz nuestra existencia; para favorecer el redescubrimiento de la fe, fuente de gracia que trae alegría y esperanza a la vida personal, familiar y social. Obviamente, esa orientación particular no debe disminuir el impulso misionero en sentido propio, ni la actividad ordinaria de evangelización en nuestras comunidades cristianas. En efecto, los tres aspectos de la única realidad de evangelización se completan y fecundan mutuamente.

 

El tema del matrimonio, que nos propone el Evangelio y la primera lectura, merece en este sentido una atención especial. El mensaje de la Palabra de Dios se puede resumir en la expresión que se encuentra en el libro del Génesis y que el mismo Jesús retoma: «Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne» (Gn 1,24, Mc 10,7-8). ¿Qué nos dice hoy esta palabra? Pienso que nos invita a ser más conscientes de una realidad ya conocida pero tal vez no del todo valorizada: que el matrimonio constituye en sí mismo un evangelio, una Buena Noticia para el mundo actual, en particular para el mundo secularizado. La unión del hombre y la mujer, su ser «una sola carne» en la caridad, en el amor fecundo e indisoluble, es un signo que habla de Dios con fuerza, con una elocuencia que en nuestros días llega a ser mayor porque, lamentablemente y por varias causas, el matrimonio, precisamente en las regiones de antigua evangelización, atraviesa una profunda crisis. Y no es casual. El matrimonio está unido a la fe, no en un sentido genérico. El matrimonio, como unión de amor fiel e indisoluble, se funda en la gracia que viene de Dios Uno y Trino, que en Cristo nos ha amado con un amor fiel hasta la cruz. Hoy podemos percibir toda la verdad de esta afirmación, contrastándola con la dolorosa realidad de tantos matrimonios que desgraciadamente terminan mal. Hay una evidente correspondencia entre la crisis de la fe y la crisis del matrimonio. Y, como la Iglesia afirma y testimonia desde hace tiempo, el matrimonio está llamado a ser no sólo objeto, sino sujeto de la nueva evangelización. Esto se realiza ya en muchas experiencias, vinculadas a comunidades y movimientos, pero se está realizando cada vez más también en el tejido de las diócesis y de las parroquias, como ha demostrado el reciente Encuentro Mundial de las Familias.

 

Una de las ideas clave del renovado impulso que el Concilio Vaticano II ha dado a la evangelización es la de la llamada universal a la santidad, que como tal concierne a todos los cristianos (cf. Const. Lumen gentium, 39-42). Los santos son los verdaderos protagonistas de la evangelización en todas sus expresiones. Ellos son, también de forma particular, los pioneros y los que impulsan la nueva evangelización: con su intercesión y el ejemplo de sus vidas, abierta a la fantasía del Espíritu Santo, muestran la belleza del Evangelio y de la comunión con Cristo a las personas indiferentes o incluso hostiles, e invitan a los creyentes tibios, por decirlo así, a que con alegría vivan de fe, esperanza y caridad, a que descubran el «gusto» por la Palabra de Dios y  los sacramentos, en particular por el pan de vida, la eucaristía. Santos y santas florecen entre los generosos misioneros que anuncian la buena noticia a los no cristianos, tradicionalmente en los países de misión y actualmente en todos los lugares donde viven personas no cristianas. La santidad no conoce barreras culturales, sociales, políticas, religiosas. Su lenguaje –el del amor y la verdad– es comprensible a todos los hombres de buena voluntad y los acerca a Jesucristo, fuente inagotable de vida nueva.

 

A este respecto, nos paramos un momento para admirar a los dos santos que hoy han sido agregados al grupo escogido de los doctores de la Iglesia. San Juan de Ávila vivió en el siglo XVI. Profundo conocedor de las Sagradas Escrituras, estaba dotado de un ardiente espíritu misionero. Supo penetrar con singular profundidad en los misterios de la redención obrada por Cristo para la humanidad. Hombre de Dios, unía la oración constante con la acción apostólica. Se dedicó a la predicación y al incremento de la práctica de los sacramentos, concentrando sus esfuerzos en mejorar la formación de los candidatos al sacerdocio, de los religiosos y los laicos, con vistas a una fecunda reforma de la Iglesia.

 

Santa Hildegarda de Bingen, importante figura femenina del siglo XII, ofreció una preciosa contribución al crecimiento de la Iglesia de su tiempo, valorizando los dones recibidos de Dios y mostrándose una mujer de viva inteligencia, profunda sensibilidad y reconocida autoridad espiritual. El Señor la dotó de espíritu profético y de intensa capacidad para discernir los signos de los tiempos. Hildegarda alimentaba un gran amor por la creación, cultivó la medicina, la poesía y la música. Sobre todo conservó siempre un amor grande y fiel por Cristo y su Iglesia.

 

La mirada sobre el ideal de la vida cristiana, expresado en la llamada a la santidad, nos impulsa a mirar con humildad la fragilidad de tantos cristianos, más aún, su pecado, personal y comunitario, que representa un gran obstáculo para la evangelización, y a reconocer la fuerza de Dios que, en la fe, viene al encuentro de la debilidad humana. Por tanto, no se puede hablar de la nueva evangelización sin una disposición sincera de conversión. Dejarse reconciliar con Dios y con el prójimo (cf. 2 Cor 5,20) es la vía maestra de la nueva evangelización. Únicamente purificados, los cristianos podrán encontrar el legítimo orgullo de su dignidad de hijos de Dios, creados a su imagen y redimidos con la sangre preciosa de Jesucristo, y experimentar su alegría para compartirla con todos, con los de cerca y los de lejos.

 

Queridos hermanos y hermanas, encomendemos a Dios los trabajos de la Asamblea sinodal con el sentimiento vivo de la comunión de los santos, invocando la particular intercesión de los grandes evangelizadores, entre los cuales queremos contar con gran afecto al Beato Papa Juan Pablo II, cuyo largo pontificado ha sido también ejemplo de nueva evangelización. Nos ponemos bajo la protección de la Bienaventurada Virgen María, Estrella de la nueva evangelización. Con ella invocamos una especial efusión del Espíritu Santo, que ilumine desde lo alto la Asamblea sinodal y la haga fructífera para el camino de la Iglesia hoy, en nuestro tiempo. Amén.

 

Fuente: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2012/documents/hf_ben-xvi_hom_20121007_apertura-sinodo_sp.html

 

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Santa Misa para la Apertura del Año de la Fe

 

Homilía del Santo Padre Benedicto XVI

Plaza de San Pedro, Jueves 11 de octubre de 2012

 

Venerables hermanos, queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy, con gran alegría, a los 50 años de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, damos inicio al Año de la fe. Me complace saludar a todos, en particular a Su Santidad Bartolomé I, Patriarca de Constantinopla, y a Su Gracia Rowan Williams, Arzobispo de Canterbury. Un saludo especial a los Patriarcas y a los Arzobispos Mayores de las Iglesias Católicas Orientales, y a los Presidentes de las Conferencias Episcopales. Para rememorar el Concilio, que algunos de los aquí presentes –a los que saludo con particular afecto– hemos tenido la gracia de vivir en primera persona, esta celebración se ha enriquecido con algunos signos específicos: la procesión de entrada, que ha querido recordar la que de modo memorable hicieron los Padres conciliares cuando ingresaron solemnemente en esta Basílica; la entronización del Evangeliario, copia del que se utilizó durante el Concilio; y la entrega de los siete mensajes finales del Concilio y del Catecismo de la Iglesia Católica, que haré al final, antes de la bendición. Estos signos no son meros recordatorios, sino que nos ofrecen también la perspectiva para ir más allá de la conmemoración. Nos invitan a entrar más profundamente en el movimiento espiritual que ha caracterizado el Vaticano II, para hacerlo nuestro y realizarlo en su verdadero sentido. Y este sentido ha sido y sigue siendo la fe en Cristo, la fe apostólica, animada por el impulso interior de comunicar a Cristo a todos y a cada uno de los hombres durante la peregrinación de la Iglesia por los caminos de la historia.

 

El Año de la fe que hoy inauguramos está vinculado coherentemente con todo el camino de la Iglesia en los últimos 50 años: desde el Concilio, mediante el magisterio del Siervo de Dios Pablo VI, que convocó un «Año de la fe» en 1967, hasta el Gran Jubileo del 2000, con el que el Beato Juan Pablo II propuso de nuevo a toda la humanidad a Jesucristo como único Salvador, ayer, hoy y siempre. Estos dos Pontífices, Pablo VI y Juan Pablo II, convergieron profunda y plenamente en poner a Cristo como centro del cosmos y de la historia, y en el anhelo apostólico de anunciarlo al mundo. Jesús es el centro de la fe cristiana. El cristiano cree en Dios por medio de Jesucristo, que ha revelado su rostro. Él es el cumplimiento de las Escrituras y su intérprete definitivo. Jesucristo no es solamente el objeto de la fe, sino, como dice la carta a los Hebreos, «el que inició y completa nuestra fe» (12,2).

 

El evangelio de hoy nos dice que Jesucristo, consagrado por el Padre en el Espíritu Santo, es el verdadero y perenne protagonista de la evangelización: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres» (Lc 4,18). Esta misión de Cristo, este dinamismo suyo continúa en el espacio y en el tiempo, atraviesa los siglos y los continentes. Es un movimiento que parte del Padre y, con la fuerza del Espíritu, lleva la buena noticia a los pobres en sentido material y espiritual. La Iglesia es el instrumento principal y necesario de esta obra de Cristo, porque está unida a Él como el cuerpo a la cabeza. «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20,21). Así dice el Resucitado a los discípulos, y soplando sobre ellos, añade: «Recibid el Espíritu Santo» (v. 22). Dios por medio de Jesucristo es el principal artífice de la evangelización del mundo; pero Cristo mismo ha querido transmitir a la Iglesia su misión, y lo ha hecho y lo sigue haciendo hasta el final de los tiempos infundiendo el Espíritu Santo en los discípulos, aquel mismo Espíritu que se posó sobre Él y permaneció en Él durante toda su vida terrena, dándole la fuerza de «proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista»; de «poner en libertad a los oprimidos» y de «proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).

 

El Concilio Vaticano II no ha querido incluir el tema de la fe en un documento específico. Y, sin embargo, estuvo completamente animado por la conciencia y el deseo, por así decir, de adentrarse nuevamente en el misterio cristiano, para proponerlo de nuevo eficazmente al hombre contemporáneo. A este respecto se expresaba así, dos años después de la conclusión de la asamblea conciliar, el Siervo de Dios Pablo VI: «Queremos hacer notar que, si el Concilio no habla expresamente de la fe, habla de ella en cada página, al reconocer su carácter vital y sobrenatural, la supone íntegra y con fuerza, y construye sobre ella sus enseñanzas. Bastaría recordar [algunas] afirmaciones conciliares… para darse cuenta de la importancia esencial que el Concilio, en sintonía con la tradición doctrinal de la Iglesia, atribuye a la fe, a la verdadera fe, a aquella que tiene como fuente a Cristo y por canal el magisterio de la Iglesia» (Audiencia general, 8 de marzo de 1967). Así decía Pablo VI, en 1967.

 

Pero debemos ahora remontarnos a aquel que convocó el Concilio Vaticano II y lo inauguró: el Beato Juan XXIII. En el discurso de apertura, presentó el fin principal del Concilio en estos términos: «El supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado de forma cada vez más eficaz… La tarea principal de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de este o aquel tema de la doctrina… Para eso no era necesario un Concilio... Es preciso que esta doctrina verdadera e inmutable, que ha de ser fielmente respetada, se profundice y presente según las exigencias de nuestro tiempo» (AAS 54 [1962], 790. 791-792). Así decía el Papa Juan en la inauguración del Concilio.

 

A la luz de estas palabras, se comprende lo que yo mismo tuve entonces ocasión de experimentar: durante el Concilio había una emocionante tensión con relación a la tarea común de hacer resplandecer la verdad y la belleza de la fe en nuestro tiempo, sin sacrificarla a las exigencias del presente ni encadenarla al pasado: en la fe resuena el presente eterno de Dios que trasciende el tiempo y que, sin embargo, solamente puede ser acogido por nosotros en el hoy irrepetible. Por esto mismo considero que lo más importante, especialmente en una efeméride tan significativa como la actual, es que se reavive en toda la Iglesia aquella tensión positiva, aquel anhelo de volver a anunciar a Cristo al hombre contemporáneo. Pero, con el fin de que este impulso interior a la nueva evangelización no se quede solamente en un ideal, ni caiga en la confusión, es necesario que ella se apoye en una base concreta y precisa, que son los documentos del Concilio Vaticano II, en los cuales ha encontrado su expresión. Por esto, he insistido repetidamente en la necesidad de regresar, por así decirlo, a la «letra» del Concilio, es decir a sus textos, para encontrar también en ellos su auténtico espíritu, y he repetido que la verdadera herencia del Vaticano II se encuentra en ellos. La referencia a los documentos evita caer en los extremos de nostalgias anacrónicas o de huidas hacia adelante, y permite acoger la novedad en la continuidad. El Concilio no ha propuesto nada nuevo en materia de fe, ni ha querido sustituir lo que era antiguo. Más bien, se ha preocupado para que dicha fe siga viviéndose hoy, para que continúe siendo una fe viva en un mundo en transformación.

 

Si sintonizamos con el planteamiento auténtico que el Beato Juan XXIII quiso dar al Vaticano II, podremos actualizarlo durante este Año de la fe, dentro del único camino de la Iglesia que desea continuamente profundizar en el depósito de la fe que Cristo le ha confiado. Los Padres conciliares querían volver a presentar la fe de modo eficaz; y si se abrieron con confianza al diálogo con el mundo moderno era porque estaban seguros de su fe, de la roca firme sobre la que se apoyaban. En cambio, en los años sucesivos, muchos aceptaron sin discernimiento la mentalidad dominante, poniendo en discusión las bases mismas del depositum fidei, que desgraciadamente ya no sentían como propias en su verdad.

 

Si hoy la Iglesia propone un nuevo Año de la fe y la nueva evangelización, no es para conmemorar una efeméride, sino porque hay necesidad, todavía más que hace 50 años. Y la respuesta que hay que dar a esta necesidad es la misma que quisieron dar los Papas y los Padres del Concilio, y que está contenida en sus documentos. También la iniciativa de crear un Consejo Pontificio destinado a la promoción de la nueva evangelización, al que agradezco su especial dedicación con vistas al Año de la fe, se inserta en esta perspectiva. En estos decenios ha aumentado la «desertificación» espiritual. Si ya en tiempos del Concilio se podía saber, por  algunas trágicas páginas de la historia, lo que podía significar una vida, un mundo sin Dios, ahora lamentablemente lo vemos cada día a nuestro alrededor. Se ha difundido el vacío. Pero precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza. La fe vivida abre el corazón a la Gracia de Dios que libera del pesimismo. Hoy más que nunca evangelizar quiere decir dar testimonio de una vida nueva, trasformada por Dios, y así indicar el camino. La primera lectura nos ha hablado de la sabiduría del viajero (cf. Sir 34,9-13): el viaje es metáfora de la vida, y el viajero sabio es aquel que ha aprendido el arte de vivir y lo comparte con los hermanos, como sucede con los peregrinos a lo largo del Camino de Santiago, o en otros caminos, que no por casualidad se han multiplicado en estos años. ¿Por qué tantas personas sienten hoy la necesidad de hacer estos caminos? ¿No es quizás porque en ellos encuentran, o al menos intuyen, el sentido de nuestro estar en el mundo? Así podemos representar este Año de la fe: como una peregrinación en los desiertos del mundo contemporáneo, llevando consigo solamente lo que es esencial: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas, como dice el Señor a los apóstoles al enviarlos a la misión (cf. Lc 9,3), sino el evangelio y la fe de la Iglesia, de los que los documentos del Concilio Ecuménico Vaticano II son una luminosa expresión, como lo es también el Catecismo de la Iglesia Católica, publicado hace 20 años.

 

Venerados y queridos hermanos, el 11 de octubre de 1962 se celebraba la fiesta de María Santísima, Madre de Dios. Le confiamos a ella el Año de la fe, como lo hice hace una semana, peregrinando a Loreto. La Virgen María brille siempre como estrella en el camino de la nueva evangelización. Que ella nos ayude a poner en práctica la exhortación del apóstol Pablo: «La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente… Todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él» (Col 3,16-17). Amén.

 

Fuente: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2012/documents/hf_ben-xvi_hom_20121011_anno-fede_sp.html

 

Nota: Los destaques en letra negrita son de “Fe y Razón”.

 

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Reforma o apostasía. La reforma de la Iglesia (1)

 

José María Iraburu, sacerdote

 

1.      Las reformas de la Iglesia

 

La Iglesia es santa: «una, santa, católica y apostólica». Es ésta una verdad primera de nuestra fe. La Iglesia es santa porque «Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla, purificándola con el baño del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo resplandeciente, sin mancha ni arruga ni cosa parecida, santa e inmaculada» (Ef 5,25-27).

 

De la santa Iglesia de Dios hablan ya, desde el principio, Ignacio de Antioquía, el Martirio de Policarpo, el Pastor de Hermas, la Carta de los Apóstoles (160-170, Denzinger-Hünermann=DS 1), los Símbolos bautismales de Roma (DS 10), de Jerusalén (DS 41), el Credo de Nicea, completado en Constantinopla (381: DS 150). La Iglesia ciertamente es santa y santificante, porque es el Cuerpo mismo de Cristo, su Esposa virginal, la Madre de todos los vivientes, o como dice el Vaticano II, el «sacramento universal de salvación» (LG 48b; AG 1).

 

La Iglesia es santa porque el Espíritu Santo es su alma, es santa por la eucaristía y los sacramentos, por la sucesión apostólica de los Obispos, por su fuerza espiritual para santificar laicos y sacerdotes, célibes y vírgenes, sobradamente demostrada en la historia y en el presente.

 

La Iglesia es santa, pero está siempre necesitada de reforma. Por eso la palabra reforma es tradicional en la Iglesia de Cristo. Nunca, por supuesto, en la tradición católica se habla de «re-forma» para expresar un «cambio de forma», pues la forma de la Iglesia, su alma, es el Espíritu Santo, que no cambia. Por el contrario, siempre se habla de reforma o bien como un «desarrollo» perfectivo de algunas formas precedentes, una «renovación», o bien como la «purificación» de ciertas doctrinas y prácticas que se habían desviado de la verdadera forma católica.

 

La Iglesia, por obra del Espíritu Santo, ha vivido en su historia muchas reformas de diversos géneros, alcances y promotores. Así podemos recordar, por ejemplo, la reforma de Cluny, la de San Gregorio VII, las reformas promovidas por los Reyes Católicos y el Cardenal Jiménez de Cisneros, la gran reforma del concilio de Trento, las reformas litúrgicas, las reformas realizadas por San Pío V, San Carlos Borromeo, San Pío X, y las impulsadas por San Bernardo, San Francisco, Santa Teresa de Jesús.

 

En el ámbito del protestantismo, los protestantes han considerado su escisión de la Iglesia en el siglo XVI como la Reforma por excelencia, y han considerado a sus fundadores como reformadores. La expresión «Ecclesia semper reformanda», empleada por el teólogo calvinista Gisbert Voetius en el sínodo de Dordrecht (1618-1619), vendría a ser por tanto un lema protestante. Pero bien sabemos nosotros, los católicos, que los protestantes, negando la autoridad apostólica, la libertad y el mérito, la necesidad de las buenas obras, el sacerdocio, el sacrificio eucarístico, la mayoría de los sacramentos, el culto a la Virgen y a los santos, los votos y la vida religiosa, la ley eclesiástica, etc., no fueron reformadores, sino grandes deformadores de la Iglesia y del cristianismo (cf. mi artículo, Lutero, gran hereje, 27-10-2008). Los católicos, pues, de ningún modo debemos cederles el uso de la palabra reforma, como si fuera propia de ellos.

 

A fines del XVIII, ciertos historiadores alemanes acuñan el término contrarreforma, que en el siglo siguiente se generaliza por influjo de Ranke. Pero con esa denominación la gran reforma católica iniciada en el XVI, la tridentina, aparece sólo como una mera reacción a la escisión protestante. De ahí que la Iglesia promueva más bien la expresión reforma católica, adoptada por Maurenbrecher en 1880 y difundida en las obras de Pastor. En tal expresión, la reforma de la Iglesia originada en Trento es ante todo fruto del Espíritu Santo y de las fuerzas internas de la misma Iglesia, siendo la escisión protestante sólo su ocasión histórica.

 

El concilio Vaticano II promueve importantes reformas, partiendo siempre del convencimiento de que «toda renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su propia vocación […] La Iglesia peregrina en este mundo es llamada por Cristo a esta perenne reforma (perennem reformationem), de la que ella, en cuanto institución terrena y humana, necesita permanentemente» (UR 6a). «Ecclesia semper reformanda» es, pues, un lema verdadero, ya que la Iglesia, que «encierra en su propio seno a pecadores, y es al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y la renovación» (LG 8c; cf. Gaudium et spes 43f). «Para conseguirlo, la Iglesia madre no cesa de orar, esperar y trabajar, a fin de que la señal de Cristo resplandezca con más claridad sobre la faz de la Iglesia» (LG 15). Así entiende la Iglesia su propia reforma.

 

El Cardenal Ratzinger, en su Informe sobre la fe (1985, fin cap. III), observa: «Debemos tener siempre presente que la Iglesia no es nuestra, sino Suya. […] Verdadera reforma, por consiguiente, no significa entregarnos desenfrenadamente a levantar nuevas fachadas, sino –al contrario de lo que piensan ciertas eclesiologías– procurar que desaparezca, en la medida de lo posible, lo que es nuestro, para que aparezca mejor lo que es Suyo, lo que es de Cristo».

 

¿Cuáles son en la historia de la Iglesia las causas que posibilitan o que exigen una reforma?

 
1.–A veces el progreso en un cierto campo de la vida eclesial promueve una reforma. Se hace ley entonces de aquello que de hecho, por obra del Espíritu Santo, se va viviendo, aunque con ciertas dificultades. Es, pues, la vida misma de la Iglesia la que hace posible y conveniente la norma. Así se produce, por ejemplo, en el Concilio de Elvira (306, can. 33) la norma del celibato sacerdotal. El Espíritu Santo, «el Espíritu de verdad, os guiará hacia la verdad plena» (Jn 16,13).

 

2.–Pero más frecuentemente las reformas vienen a producirse cuando en las Iglesias se han producido desvíos doctrinales o se han establecido abusos intolerables –tolerados quizá durante siglos–, por ejemplo, en los beneficios clericales, en la investidura de los Obispos, en la vida de ciertas órdenes religiosas, en el modo de realizar el vínculo conyugal, en el uso injustificado de las armas, en lo que sea. Aquello que va mal en la Iglesia debe ser reformado. Aquello que va bien, no necesita ser reformado. Por ejemplo, «Cartusia nunquam reformata, quia nunquam deformata».

 

¿Necesita reforma la Iglesia en nuestro tiempo? Sin duda alguna, en muchas cosas y con gran urgencia. Es verdad que la pregunta es muy amplia y ambigua, pues hace referencia a asuntos diversos, complejos y delicados, que habremos de ir considerando con orden y cuidado. Pero lo que sí podemos afirmar ya desde ahora es que aquellas Iglesias locales que están mundanizadas, secularizadas, con más errores que verdades, arruinadas, sin vocaciones, en disminución continua, padeciendo en la mayoría de sus bautizados una apostasía generalizada y un alejamiento crónico de la Eucaristía, evidentemente necesitan una reforma profunda y urgente. Tienen que elegir: reforma o apostasía.

 

2.      Apostasías en la Iglesia

 

Herejía, apostasía y cisma. Dice el Código de Derecho Canónico que «se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos» (c. 751). Según esto, pudiera pensarse que en no pocas Iglesias descristianizadas la mayoría de los bautizados son herejes o apóstatas o cismáticos o las tres cosas a la vez. Pero vayamos por partes y precisando más.

 

La definición de la apostasía viene ya sugerida por la etimología del término: apoikhomai, apartarse, alejarse. Recordemos que el sacramento del Bautismo lleva consigo una apotaxis, una ruptura del cristiano con Satanás y su mundo, y una syntaxis, una adhesión personal a Cristo y a su Iglesia. Pues bien, por la apostasía el bautizado se separa de Dios y de la Iglesia.

 

En este sentido, Santo Tomás entiende la apostasía como «algo que entraña una cierta separación de Dios (retrocessionem quandam a Deo)». Por la apostasia a fide se renuncia a la fe cristiana, por la apostasia a religione se abandona la familia religiosa en la que se profesó con votos perpetuos, por la apostasia ab ordine se abandona la vida sacerdotal sellada por el Orden sagrado. Y «también puede uno apostatar de Dios oponiéndose con la mente a los divinos mandatos [pero a pesar de ello] todavía puede el hombre permanecer unido a Dios por la fe. Ahora bien, si abandona la fe, ya se retira o aleja de Él totalmente. Por eso la apostasía en sentido absoluto y principal es la de quien abandonó la fe, y se llama apostasía de perfidia» (STh II-II,12,1).

 

Herejía y apostasía. Es, pues, apóstata aquel que abandona totalmente la fe cristiana después de haberla recibido en el bautismo. Según esto, ¿el que abandona la fe parcialmente, es decir, sólo en algunos dogmas concretos, es hereje, pero no apóstata? No hay en esta cuestión, que yo sepa, enseñanza del Magisterio apostólico. Pero creo que acierta Suárez cuando afirma que la herejía es una especie de la apostasía, y que consiguientemente, en el fondo, todos los herejes son apóstatas (De fide, disp. XVI, sec. V,3-6). Como veremos en seguida, ése parece ser el pensamiento de Santo Tomás.

 

Veamos la cuestión en alguien concreto. ¿Lutero fue solamente hereje o también apóstata? Sabemos bien que Lutero destroza todas las convicciones fundamentales de la Iglesia: los dogmas, negando su posibilidad; la fe, devaluándola a mera opinión personal; las obras buenas, negando su necesidad; la Escritura, desvinculándola de Tradición y Magisterio; la vida religiosa profesada con votos, la ley moral objetiva, el culto a los santos y a la Virgen, el Episcopado apostólico, el sacerdocio y el sacrificio eucarístico, y todos los sacramentos, menos el bautismo…

 

Pero Lutero, ante todo y sobre todo, destroza la roca que sostiene todo el edificio de la Iglesia, ya que estando los cristianos «edificados sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas, siendo la piedra angular el mismo Cristo Jesús» (Ef 2,20), niega la fe en la divina autoridad apostólica del Papa y de los Obispos, sucesores de los apóstoles. Por eso todo el mundo de la fe se le viene abajo. No estamos, pues, solamente ante la herejía, o ante un conjunto innumerable de herejías; más propiamente parece que estamos ante la apostasía. Lo explico más.

 

Fe católica y opinión personal. La fe teologal cristiana es algo esencialmente diferente de la opinión personal que un hombre pueda formarse considerando en libre examen la Escritura revelada. Como enseña el Catecismo, «por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios… La Sagrada Escritura llama “obediencia de la fe” a esta respuesta del hombre a Dios que revela (cf. Rm 1,5; 16,26)».

 

La fe cristiana es, por tanto, una «obediencia», por la que el hombre, aceptando ser enseñado por la Iglesia apostólica, Mater et Magistra, se hace discípulo de Dios, y así recibe Sus «pensamientos y caminos», que son muy distintos de los pensamientos y caminos de los hombres (Is 55,8). Así lo enseña Santo Tomás:

 

«El objeto formal de la fe es la verdad primera revelada en la Sagrada Escritura y en la doctrina de la Iglesia. Por eso, quien no se conforma ni se adhiere, como a regla infalible y divina, a la doctrina de la Iglesia, que procede de la verdad primera, manifestada en la Sagrada Escritura, no posee el hábito de la fe, sino que las cosas de fe las retiene por otro medio diferente», es decir, por la opinión subjetiva. No puede dar más de sí el libre examen protestante.

 

«Es evidente que quien presta su adhesión a la doctrina de la Iglesia, como regla infalible, asiente a todo lo que ella enseña. De lo contrario, si de las cosas que sostiene la Iglesia admite unas y en cambio otras las rechaza libremente, no da entonces su adhesión a la doctrina de la Iglesia como a regla infalible, sino a su propia voluntad. Por tanto, el hereje que pertinazmente rechaza un solo artículo no se halla dispuesto para seguir en su totalidad la doctrina de la Iglesia. Es, pues, manifiesto que el hereje que niega un solo artículo no tiene fe respecto a los otros, sino solamente opinión, según su propia voluntad» (STh II-II, 5,3).

 

Santo Tomás, por tanto, si no le entiendo mal, enseña que todos los herejes son apóstatas de la fe católica. Lo que enseñará más tarde Suárez de modo explícito. Y Lutero no era solamente hereje, era también apóstata.

 

Apostasía explícita o apostasía implícita. Se da una apostasía explícita cuando un cristiano declara abiertamente que rechaza la fe católica, o cuando públicamente se adhiere a otra religión, o cuando por palabras o acciones se declara ateo. Pero también se da una apostasía implícita, pero cierta, real, cuando un cristiano, sin renunciar expresamente a su fe, incluso queriendo mantener socialmente su condición de cristiano, por sus palabras y obras está afirmando claramente que se ha desvinculado del mundo de la fe, es decir, de la Iglesia.

 

Un ejemplo. Si un cristiano durante muchos años no va a Misa, y no tanto por simple desidia, sino por su manifiesta convicción –bien conocida por sus familiares y amigos– de que la Eucaristía no es propiamente necesaria, al menos para todos los cristianos, está negando abiertamente la fe católica y rechazando el mandamiento de Dios y de la Iglesia. Parece que en este supuesto puede apreciarse una apostasía implícita. Ésta, en cambio, no se da propiamente en aquel cristiano que, manteniendo la fe en la Eucaristía y en su necesidad, vive sin embargo durante muchos años distante de ella por negligencia, por las presiones del mundo en que vive, por su condición de pecador público o por otros motivos.

 

Preguntas peligrosas. Vamos adelante, sin inhibiciones. ¿Hoy en la Iglesia católica, en nuestras parroquias, serán quizá apóstatas, explícitos o implícitos, una gran parte de los bautizados? ¿Y en nuestros Seminarios y Facultades no serán también apóstatas una parte no exigua de los docentes de teología? Quedan, con el favor de Dios, muchos posts por delante en este blog, y no es cuestión de adelantarse en los comentarios a numerosas cuestiones que han de ser analizadas con orden, precisión y cuidado. Pero tampoco los comentarios, por ser prematuros, si se producen, van a causar perjuicios excesivos.

 

Hacerse preguntas como éstas, ya se comprende, resulta hoy sumamente peligroso. Por eso la inmensa mayoría de cristianos, incluidos muchos Pastores sagrados, lo evitan. Pero aquí, con el favor de Dios, no vamos a ponernos límites a la hora de buscar la verdad de la santa Iglesia católica, para afirmarla con toda la lucidez y fuerza que el Señor nos dé. La reforma más fundamental y urgente, la que nos puede librar de una apostasía siempre creciente, es la metanoia, es decir, «el cambio de mente». Y éste no puede producirse si, cerrándonos a ciertas cuestiones, no le dejamos al Espíritu Santo «conducirnos hacia la verdad completa» (Jn 16,13).

 

3.      La apostasía, el máximo pecado

 

Judas es el primero de todos los apóstatas. Él creyó en Jesús, y dejándolo todo, le siguió (en Caná «creyeron en Él sus discípulos», Jn 2,11). Pero avanzando el ministerio profético del Maestro, y acrecentándose de día en día el rechazo de los judíos, el fracaso, la persecución y la inminencia de la cruz, abandonó la fe en Jesús y lo entregó a la muerte.

 

La apostasía es el mal mayor que puede sufrir un hombre. No hay para un cristiano un mal mayor que abandonar la fe católica, apagar la luz y volver a las tinieblas, donde reina el diablo, el Padre de la Mentira. Corruptio optimi pessima. Así lo entendieron los Apóstoles desde el principio:

 

«Si una vez retirados de las corrupciones del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, de nuevo se enredan en ellas y se dejan vencer, sus finales se hacen peores que sus principios. Mejor les fuera no haber conocido el camino de la justicia, que después de conocerlo, abandonar los santos preceptos que les fueron dados. En ellos se realiza aquel proverbio verdadero: “se volvió el perro a su vómito, y la cerda, lavada, vuelve a revolcarse en el barro”» (2Pe 2,20-22). De los renegados, herejes y apóstatas, dice San Juan: «muchos se han hecho anticristos… De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros» (1Jn 2,18-19).


La apostasía es el más grave de todos los pecados. Santo Tomás entiende la apostasía como el pecado de infidelidad (rechazo de la fe, negarse a creer) en su forma máxima, y señala la raíz de su más profunda maldad:

 

«La infidelidad como pecado nace de la soberbia, por la que el hombre no somete su entendimiento a las reglas de la fe y a las enseñanzas de los Padres» (STh II-II,10,1 ad3m). «Todo pecado consiste en la aversión a Dios. Y tanto mayor será un pecado cuanto más separa al hombre de Dios. Ahora bien, la infidelidad es lo que más aleja de Dios… Por tanto, consta claramente que el pecado de infidelidad es el mayor de cuantos pervierten la vida moral» (ib. 10,3). Y la apostasía es la forma extrema y absoluta de la infidelidad (ib. 12,1 ad3m).

 

Las mismas consecuencias pésimas de la apostasía ponen de manifiesto el horror de este pecado. Santo Tomás las describe:

 

«“El justo vive de la fe” [Rm 1,17]. Y así, de igual modo que perdida la vida corporal, todos los miembros y partes del hombre pierden su disposición debida, muerta la vida de justicia, que es por la fe, se produce el desorden de todos los miembros. En la boca, que manifiesta el corazón; en seguida en los ojos, en los medios del movimiento; y por último, en la voluntad, que tiende al mal. De ello se sigue que el apóstata siembra discordia, intentando separar a los otros de la fe, como él se separó» (ib. 12,1 ad2m).

 

El fiel cristiano no puede perder la fe sin grave pecado. El hábito mental de la fe, que Dios infunde en la persona por el sacramento del Bautismo, no puede destruirse sin graves pecados del hombre. Dios, por su parte, es fiel a sus propios dones: «los dones y la vocación de Dios son irrevocables» (Rm 11,29). Así lo enseña Trento, citando a San Agustín: «Dios, a los que una vez justificó por su gracia, no los abandona, si antes no es por ellos abandonado» (Dz 1537). Por eso, enseña el concilio Vaticano I, «no es en manera alguna igual la situación de aquellos que por el don celeste de la fe se han adherido a la verdad católica, y la de aquellos que, llevados de opiniones humanas, siguen una religión falsa. Porque los que han recibido la fe bajo el magisterio de la Iglesia no pueden jamás tener causa justa para cambiar o poner en duda esa misma fe» (Dz 3014).

 

Hubo apóstatas ya en los primeros tiempos de la Iglesia. Como vimos, son aludidos por los apóstoles. Pero los hubo sobre todo con ocasión de las persecuciones, especialmente en la persecución de Decio (249-251). Y a veces fueron muy numerosos estos cristianos lapsi (caídos), que para escapar a la cárcel, al expolio de sus bienes, al exilio, a la degradación social o incluso a la muerte, realizaban actos públicos de idolatría, ofreciendo a los dioses sacrificios (sacrificati), incienso (thurificati) o consiguiendo certificados de idolatría (libelatici). Y en esto ya advertía San Cipriano que «es criminal hacerse pasar por apóstata, aunque interiormente no se haya incurrido en el crimen de la apostasía» (Cta. 31).

 

La Iglesia asigna a los apóstatas penas máximas, pero los recibe cuando regresan por la penitencia. Siempre la Iglesia vio con horror el máximo pecado de la apostasía, hasta el punto que los montanistas consideraban imperdonables los pecados de apostasía, adulterio y homicidio, y también los novacianos estimaban irremisible, incluso en peligro de muerte, el pecado de la apostasía. Pero ya en esos mismos años, en los que se forma la disciplina eclesiástica de la penitencia, prevalece siempre el convencimiento de que la Iglesia puede y debe perdonar toda clase de pecados, también el de la apostasía (p. ej., Concilio de Cartago, 251). San Clemente de Alejandría (+215) asegura que «para todos los que se convierten a Dios de todo corazón están abiertas las puertas, y el Padre recibe con alegría cordial al hijo que hace verdadera penitencia» (Quis dives 39).

 

La Iglesia perdona al hijo apóstata que hace verdadera penitencia. Siendo la apostasía el mayor de los pecados, siempre la Iglesia evitó caer en un laxismo que redujera a mínimos la penitencia previa para la reconciliación del apóstata con Dios y con la Iglesia. De hecho, como veremos, las penas canónicas impuestas por los Concilios antiguos a los apóstatas fueron máximas.

 

Y siguen siendo hoy gravísimas en el Código de la Iglesia las penas canónicas infligidas a los apóstatas. «El apóstata de la fe, el hereje o el cismático incurren en excomunión latæ sententiæ» (c. 1364,1). Y «se han de negar las exequias eclesiásticas, a no ser que antes de la muerte hubieran dado alguna señal de arrepentimiento, 1º a los notoriamente apóstatas, herejes o cismáticos» (c. 1184).

 

El ateísmo de masas es hoy un fenómeno nuevo en la historia. El concilio Vaticano II advierte que «el ateísmo es uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo» (GS 19a). «La negación de Dios o de la religión no constituyen, como en épocas pasadas, un hecho insólito e individual; hoy día, en efecto, se presentan no rara vez como exigencia del progreso científico y de un cierto humanismo nuevo. En muchas regiones esa negación se encuentra expresada no sólo en niveles filosóficos, sino que inspira ampliamente la literatura, el arte, la interpretación de las ciencias humanas y de la historia y de la misma legislación civil» (ib. 7c). Y eso tanto en el mundo marxista-comunista, más o menos pasado, como en el mundo liberal de Occidente. Pero se da hoy un fenómeno todavía más grave.

 

La apostasía masiva de bautizados es hoy, paralelamente, un fenómeno nuevo en la historia de la Iglesia; la apostasía, se entiende, explícita o implícita, pública o solamente oculta. El hecho parece indiscutible, pero precisamente porque habitualmente se silencia, debemos afrontarlo aquí directamente. Vamos, pues, derechos al asunto. Imagínense ustedes a un profesor católico de teología –imagínenlo sin miedo, que no les va a pasar nada–, que, en un Seminario o en una Facultad de Teología católica, después de negar la virginidad perpetua de María, los relatos evangélicos de la infancia, los milagros, la expulsión de demonios, la institución de la Eucaristía en la Cena, la condición sacrificial y expiatoria de la Cruz, el sepulcro vacío, las apariciones, la Ascensión y Pentecostés, afirma que Jesús nunca pretendió ser Dios, sino que fue un hombre de fe, que jamás pensó en fundar una Iglesia, etc. Y pregúntense ustedes, si les parece oportuno: ¿estamos ante un hereje o simplemente ante un apóstata de la fe? Y tantos laicos, sacerdotes y religiosos –todos ellos bien ilustrados–, que reciben y asimilan esas enseñanzas ¿han de ser considerados como fieles católicos o más bien como herejes o apóstatas? La pregunta, deben ustedes reconocerlo, tiene su importancia. ¿O no?

 

4.      Qué ha de reformarse en la Iglesia

 

–«Pero, vamos a ver ¿y usted quién es para decir, y para decir públicamente, qué es lo que ha de reformarse hoy en la Iglesia?». –Primero de todo, tranquilícese el objetante, y en seguida atienda a razones.

 

En la Iglesia debe reformarse todo lo que en ella esté mal. Cuando un templo está gravemente deteriorado –ventanas rotas, tejado con grandes agujeros, muros cuarteados, etc.– sea por negligencia de sus cuidadores o por diversos accidentes inculpables, hay que restaurarlo. Y si no se restaura, se irá arruinando. Lo mismo pasa con la Iglesia, templo construido con piedras vivas sobre la roca de Cristo y de los apóstoles. Si en Ella se dan en forma más o menos generalizada ciertos errores, desviaciones y abusos, es urgente realizar las reformas doctrinales, morales y disciplinares que sean precisas. Si no, crecerá la ruina, irá adelante la apostasía.

 

En la catequesis, en la predicación, la eliminación sistemática durante decenios de la soteriología, salvación-condenación, falsifica notablemente el Evangelio: es un mal muy grave, que requiere reforma. La generalización de la anticoncepción en los matrimonios cristianos es un grave mal, que requiere reforma. El absentismo mayoritario de los bautizados a la Misa dominical es un horror nunca conocido, al menos en proporciones semejantes, en la historia de la Iglesia: es un mal gravísimo, que requiere reforma.

 

El retraso durante decenios de la Autoridad apostólica para reprobar los errores doctrinales que se difunden en el pueblo cristiano causa muy graves males, difícilmente reparables; y cuando se produce con frecuencia, es un grave perjuicio, que requiere reforma. Y como éstos, tantos y tantos otros daños en el Templo eclesial, que exigen reformas cuanto antes. Reformas que el Espíritu Santo quiere y puede hacer, ciertamente, renovando la faz de la Iglesia.

 

El Concilio Vaticano II tuvo una clara intención de reforma, consciente de que la Iglesia en la tierra necesita perennem reformationem (UR 6). Y Pablo VI expresa claramente esta convicción en un discurso a los Padres conciliares (29-IX-1963, n.25):

 

«Deseamos que la Iglesia sea reflejo de Cristo. Si alguna sombra o defecto al compararla con Él apareciese en el rostro de la Iglesia o sobre su veste nupcial ¿qué debería hacer ella como por instinto, con todo valor? Está claro: reformarse, corregirse y esforzarse por devolverse a sí misma la conformidad con su divino modelo, que constituye su deber fundamental».

 

Pero hoy prevalece, como lo eclesialmente correcto, pensar que vamos bien, con deficiencias, sin duda, con «luces y sombras», pero que vamos bien. Un cierto buenismo oficialista es afirmado hoy así por los moderados con buena conciencia. Incluso fundamentan su actitud con piadosas consideraciones sobre la Providencia divina, la virtud de la esperanza, etc. En mi artículo Reformadores, moderados y deformadores hago notar cómo reformadores y deformadores coinciden en que muchas cosas están mal y exigen reforma; pero difieren en que los deformadores exigen cambios en doctrinas y normas católicas, mientras que los reformadores pretenden que se reafirmen y apliquen. Entre unos y otros, los moderados, centristas repletos de equilibrio, quieren el mantenimiento de las doctrinas y normas, pero siempre que se silencien discretamente y sobre todo que no se exijan, para evitar divisiones y tensiones enojosas. Son éstos sobre todo los que nos pierden.

 

Los moderados, que hoy prevalecen en muchas Iglesias locales, admiten la necesidad de las conversiones –esto no podrían negarlo–, pero no de las reformas. Quizá con buena voluntad, pero con discernimiento erróneo, estiman así que un verdadero amor a la Iglesia y a su jerarquía exige un apoyo indiscriminado al presente católico. Y por otra parte –todo hay que decirlo– tienen muy en cuenta que esa actitud no sólo les evita a ellos persecuciones dentro de la comunidad cristiana, sino que les abre caminos ascendentes de prosperidad eclesial. Pero sus actitudes son falsas, y no conducen a una santa reforma de la Iglesia, sino que la impiden, y llevan a una apostasía siempre creciente.

 

Estamos mal. Muy necesitados de conversión y de reforma. Sólo el reconocimiento humilde de los pecados y errores que hoy se dan en la Iglesia hace posible su reforma. Y ese reconocimiento no parece que hoy esté suficientemente vivo en la conciencia de Pastores y fieles. No se deja oír –al menos yo no lo oigo– un clamor pidiendo reforma, como se oyó en ciertos períodos oscuros de la Edad Media, del Renacimiento o de la Ilustración. Más adelante, con el favor de Dios, he de recordar aquí algunos Concilios de reforma y he de estudiar también la figura de algunos santos reformadores antiguos o modernos. Pero adelanto ahora algunos ejemplos, para que al considerar lo que los santos veían en su tiempo nos demos cuenta de que en el nuestro en buena parte estamos ciegos.

 

Santa Catalina de Siena (1347-1380) visita una vez al Papa Gregorio XI en Roma, acompañada por su director espiritual, el beato Raimundo de Capua, dominico, que le hace de intérprete, y que escribió su Vida. En ella narra esta escena:

 

«Mientras hablábamos, la santa virgen se lamentó de que en la Curia Romana, donde debería haber un paraíso de virtudes celestiales, se olía el hedor de los vicios del infierno. El Pontífice, al oírlo, me preguntó cuánto tiempo hacía que había llegado ella a la Curia. Cuando supo que lo había hecho pocos días antes, respondió: “¿Cómo, en tan poco tiempo, has podido conocer las costumbres de la Curia Romana?” Entonces ella, cambiando súbitamente su disposición sumisa por una actitud mayestática, tal como la vi con mis propios ojos, erguida, dijo estas palabras: “Por el honor de Dios Omnipotente me atrevo a decir que he sentido yo más el gran mal olor de los pecados que se cometen en la Curia de Roma sin moverme de Siena, mi ciudad natal, del que sienten quienes los cometieron y los cometen todos los días”. El Papa permaneció callado, y yo, consternado» (n. 152).

 

San Juan de Ávila (1499-1569), en un informe que envía al Concilio de Trento, ve así los males de la Iglesia en el XVI:

 

«Hondas están nuestras llagas, envejecidas y peligrosas, y no se pueden curar con cualesquier remedios. Y si se nos ha de dar lo que nuestro mal pide, muy a costa ha de ser de los médicos que nos han de curar» (Memorial II,41). «… en tiempo de tanta flaqueza como ha mostrado el pueblo cristiano, echen mano a las armas los capitanes, que son los prelados, y esfuercen al pueblo con su propia voz, y animen con su propio ejemplo, y autoricen la palabra y los caminos de Dios, pues por falta de esto ha venido el mal que ha venido… Déseles regla e instrucción de lo que deben saber y hacer, pues, por nuestros pecados, está todo ciego y sin lumbre. Y adviértase que para haber personas cuales conviene, así de obispos como de los que les han de ayudar, se ha de tomar el agua de lejos, y se han de criar desde el principio con tal educación [alude a los Seminarios], que se pueda esperar que habrá otros eclesiásticos que los que en tiempos pasados ha habido… Y de otra manera será lo que ha sido» (Memorial II,43). «Fuego se ha encendido en la ciudad de Dios, quemado muchas cosas, y el fuego pasa adelante, con peligro de otras. Mucha prisa, cuidado y diligencia es menester para atajarlo» (II,51).


San Claudio la Colombière (1641-1682), en los umbrales del Siglo de las Luces y del inicio acelerado de la descristianización de Europa, justifica que no pocos cristianos, como los monjes antiguos, abandonaran un mundo secular cada vez más degradado por el pecado:

 

«Como la depravación es hoy mayor que nunca, y como nuestro siglo, cada vez más refinado, parece también corromperse cada vez más, dudo yo si alguna vez se han dado tiempos en los que haya habido más motivos para retirarse completamente de la vida civil y para marcharse a los lugares más apartados… Existe, en medio de nosotros, un mundo reprobado y maldito de Dios, un mundo del que Satanás es señor y soberano… Ese mundo está donde reina la vanidad, el orgullo, la molicie, la impureza, la irreligión… Decís vosotros que ese mundo no está ni en el teatro, ni en el baile, ni en las carreras, ni en los círculos, y que tampoco se encuentra en los cabarets ni en las casas de juego. Pues bien, si sois tan amables, ya nos diréis dónde hemos de localizarlo para rehuirlo» (De la fuite du monde, en Écrits 295-296).

 

San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716) hace el mismo discernimiento hablando del mundo, y recordemos que por esos años no está hablando todavía de un mundo contrapuesto en todo a la Iglesia, sino que habla de un mundo cristiano en gran medida degradado: «Nunca ha estado el mundo tan corrompido como hoy, porque nunca había sido tan sagaz, prudente y astuto a su manera» (El amor de la Sabiduría eterna n. 79).

 

¿Por qué hoy este lenguaje está en la Iglesia proscrito? Apenas se oye nunca, ni siquiera en publicaciones católicas de perfecta ortodoxia y calidad informativa y espiritual. ¿Faltan para él fundamentos reales?


La santísima Virgen María, en sus últimas apariciones, hace muy graves denuncias sobre la situación de la Iglesia. La Virgen de La Salette llora los pecados del pueblo cristiano, especialmente los de sus sacerdotes y personas consagradas (1846). Y la Virgen de Fátima, en 1917, les dice a los tres niños videntes:

 

«Jesucristo es horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes… Rezad, rezad mucho, y haced sacrificios por los pecadores, pues van muchas almas al infierno por no tener quien se sacrifique y pida por ellas… No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido»…

 

Eso lo dice la Virgen ¡en 1917!, cuando todavía eran muchos los cristianos que se confesaban e iban a Misa, que guardaban hasta la muerte la unión conyugal, que tenían hijos y los educaban cristianamente, cuando las playas estaban desiertas y los Seminarios y Noviciados llenos, cuando muchos sacerdotes y religiosos eran fieles a la doctrina y disciplina de la Iglesia, y florecían las misiones, y había un influjo real de los cristianos en la vida política, etc. ¡Cuánto han crecido desde entonces los males en la Iglesia! ¿Que diría hoy la Virgen en Fátima a los Pastores sagrados y al pueblo católico?… Juan Pablo II, visitando Fátima (13-V-1982), se lamentaba diciendo:

 

«¡Cuánto nos duele que la invitación a la penitencia, a la conversión y a la oración no haya encontrado aquella acogida que debía! ¡Cuánto nos duele que muchos participen tan fríamente en la obra de la Redención de Cristo! ¡que se complete tan insuficientemente en nuestra carne “lo que falta a los sufrimientos de Cristo”! (Col 1,24)».

 

Fuente: Blog “Reforma o apostasía” (http://infocatolica.com/blog/reforma.php), posts 01-04.

Índice de Reforma o apostasía.

 

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El movimiento del Diseño Inteligente

 

William Dembski

 

Según el darwinismo, causas naturales no dirigidas son las únicas responsables del origen y el desarrollo de la vida. En particular, el darwinismo descarta la posibilidad de que Dios o cualquier inteligencia rectora jueguen un rol en el origen y desarrollo de la vida. Dentro de la cultura occidental, el ascenso del darwinismo ha sido verdaderamente meteórico. Y sin embargo a lo largo de este ascenso siempre ha habido disidentes que consideraban inadecuada la visión darwinista de que causas naturales no dirigidas podían producir toda la diversidad y complejidad de la vida.

 

Hasta mediados de la década 1980-1990 este disenso era esporádico, estaba centrado en gran medida a nivel de bases y buscaba principalmente influir en la opinión pública a través de los tribunales (y no era muy eficaz en eso). Con el movimiento del Diseño Inteligente, este disenso ahora se ha vuelto focalizado, prometiendo abatir el dominio cultural del darwinismo tanto como los movimientos de la libertad en Europa Oriental abatieron el dominio político del marxismo al final de los años ’80.

 

El movimiento del Diseño Inteligente comienza con la obra de Charles Thaxton, Walter Bradley, Michael Denton, Dean Kenyon y Phillip Johnson. Sin emplear la Biblia como un texto científico, estos académicos criticaron al darwinismo por razones científicas y filosóficas. Por razones científicas ellos encontraron al darwinismo inadecuado como marco de trabajo para la biología. Por razones filosóficas ellos encontraron al darwinismo irremediablemente entreverado con el naturalismo, la visión de que la naturaleza es autosuficiente y por ende no necesitada de Dios o cualquier inteligencia rectora. Más recientemente, académicos como Michael Behe, Stephen Meyer, Paul Nelson, Jonathan Wells y yo han dado el siguiente paso, proponiendo un programa de investigación positivo en el que las causas inteligentes se convierten en la clave para entender la diversidad y complejidad de la vida.

 

Por medio de este enfoque doble de criticar al darwinismo por una parte y proveer una alternativa positiva por la otra parte, el movimiento del Diseño Inteligente ha ganado rápidamente adherentes entre los mejores y más brillantes en la academia. Ya es responsable de que el darwinismo haya perdido su ventaja en el mercado intelectual. Si llegare a ser completamente exitoso, el Diseño Inteligente desbancará no sólo al darwinismo, sino también al legado cultural del darwinismo. Y dado que ningún aspecto de la cultura occidental ha escapado a la influencia del darwinismo, similarmente ningún aspecto de la cultura occidental escapará a una reevaluación a la luz del Diseño Inteligente.

 

¿Qué es entonces el Diseño Inteligente? El Diseño Inteligente comienza con la observación de que las causas inteligentes pueden hacer cosas que las causas naturales no dirigidas no pueden hacer. Las causas naturales no dirigidas pueden ubicar piezas de un juego de palabras cruzadas sobre un tablero, pero no pueden arreglar las piezas como palabras o frases con significado. Obtener una configuración con significado requiere una causa inteligente. Esta intuición de que hay una distinción fundamental entre causas naturales no dirigidas por una parte y causas inteligentes por la otra ha sustentado los argumentos de diseño de los siglos pasados.

 

A lo largo de los siglos los teólogos han argumentado que la naturaleza exhibe características que la naturaleza misma no puede explicar, sino que en cambio requieren una inteligencia más allá y por encima de la naturaleza. Desde Padres de la Iglesia como Minucio Felix y Basilio el Grande (siglos III y IV) a escolásticos medievales como Moisés Maimónides y Tomás de Aquino (siglos XII y XIII) y a pensadores reformados como Thomas Reid y Charles Hodge (siglos XVIII y XIX), encontramos a teólogos haciendo argumentos de diseño, argumentando desde los datos de la naturaleza hasta una inteligencia que opera más allá y por encima de la naturaleza.

 

Los argumentos de diseño son algo viejo. En verdad, los argumentos de diseño siguen siendo un elemento básico de los cursos de filosofía y religión. El más famoso de los argumentos de diseño es el argumento del relojero de William Paley (como en la Teología Natural de Paley, publicada en 1802). Según Paley, si encontramos un reloj en un campo, la adaptación de medios a fines del reloj (es decir, la adaptación de sus partes a la función de dar la hora) aseguran que es el producto de una inteligencia, y no meramente el resultado de procesos naturales no dirigidos. Así también, las maravillosas adaptaciones de medios a fines en los organismos, sea al nivel de organismos completos o al nivel de varios subsistemas (Paley se centró especialmente en el ojo del mamífero), aseguran que los organismos son el producto de una inteligencia.

 

Aunque es intuitivamente atractivo, el argumento de Paley había caído en desuso hasta hace poco. En los últimos cinco años el diseño ha experimentado un resurgimiento explosivo. Los científicos se están empezando a dar cuenta de que el diseño puede ser formulado rigurosamente como una teoría científica. Lo que ha mantenido al diseño fuera de la corriente principal de la ciencia en estos últimos 130 años es la ausencia de métodos precisos para distinguir los objetos causados inteligentemente de los objetos causados no inteligentemente. Para que el diseño sea un concepto científico fructífero, los científicos tienen que estar seguros de que pueden determinar confiablemente si algo es diseñado.

 

Johannes Kepler pensaba que los cráteres lunares habían sido diseñados inteligentemente por habitantes de la Luna. Ahora sabemos que los cráteres fueron formados naturalmente. Es este temor de atribuir falsamente algo al diseño sólo para ver esa hipótesis derribada más tarde lo que ha impedido que el diseño entrara en la ciencia propiamente dicha. Con métodos precisos para discriminar los objetos causados inteligentemente de los causados no inteligentemente, los científicos ahora son capaces de evitar el error de Kepler.

 

Lo que ha emergido es un nuevo programa para la investigación científica conocido como Diseño Inteligente. Dentro de la biología, el Diseño Inteligente es una teoría de los orígenes y el desarrollo biológicos. Su tesis fundamental es que se necesitan causas inteligentes para explicar las estructuras complejas y ricas en información de la biología, y que estas causas son empíricamente detectables (1).

 

Decir que las causas inteligentes son empíricamente detectables es decir que existen métodos bien definidos que, con base en características observables del mundo, son capaces de distinguir confiablemente las causas inteligentes de las causas naturales no dirigidas. Muchas ciencias especiales han desarrollado ya tales métodos para delinear esta distinción –notablemente la ciencia forense, la criptografía, la arqueología y la búsqueda de inteligencia extraterrestre (como en la película Contacto).

 

Siempre que estos métodos detectan causalidad inteligente, la entidad subyacente que descubren es información. El Diseño Inteligente correctamente formulado es una teoría de la información. Dentro de tal teoría, la información se convierte en un indicador confiable de causalidad inteligente, así como en un objeto adecuado para la investigación científica. Así el Diseño Inteligente se convierte en una teoría para detectar y medir información, explicar su origen y rastrear su flujo. Por lo tanto el Diseño Inteligente no es el estudio de causas inteligentes per se, sino de las vías de información inducidas por causas inteligentes.

 

Como resultado, el Diseño Inteligente no presupone un Creador ni milagros. El Diseño Inteligente es teológicamente minimalista. Detecta inteligencia sin especular acerca de la naturaleza de la inteligencia detectada. La “complejidad irreducible” del bioquímico Michael Behe, la “información activa” del físico David Bohm, la “complejidad funcional” del matemático Marcel Schützenberger y mi propia “información compleja especificada” son rutas alternativas hacia la misma realidad.

 

Es la detectabilidad empírica de causas inteligentes lo que hace al Diseño Inteligente una teoría completamente científica y lo distingue de los argumentos de diseño de los filósofos, o lo que ha sido llamado tradicionalmente “teología natural”. El mundo contiene eventos, objetos y estructuras que agotan los recursos explicativos de las causas naturales no dirigidas, y que pueden ser explicados adecuadamente sólo recurriendo a causas inteligentes. Los científicos están ahora en posición de demostrar esto rigurosamente. Así lo que ha sido una duradera intuición filosófica está siendo ahora realizado como un programa de investigación científica.

 

El Diseño Inteligente implica que el naturalismo en todas sus formas debe ser rechazado. El naturalismo metafísico, la visión de que las causas naturales no dirigidas gobiernan completamente el mundo, debe ser rechazado porque es falso. El naturalismo metodológico, la visión de que por el bien de la ciencia la explicación científica nunca debería exceder las causas naturales no dirigidas, debe ser rechazado porque ahoga la investigación. No se gana nada pretendiendo que la ciencia pueda salir adelante sin causas inteligentes. Más bien, dado que las causas inteligentes son empíricamente detectables, la ciencia debe permanecer siempre abierta a la evidencia de su actividad.

 

¿Dónde deja esto a la creación especial y la evolución teísta? Desde el punto de vista lógico, el Diseño Inteligente es compatible con todo desde el creacionismo más crudo (por ejemplo, Dios interviniendo en cada punto para crear nuevas especies) hasta la evolución más sutil y de mayor alcance (por ejemplo, Dios fusionando sin costuras todos los organismos en un gran árbol de la vida). Para el Diseño Inteligente la primera cuestión no es cómo los organismos llegaron a ser (aunque ésta es una cuestión de investigación que es necesario abordar), sino si ellos muestran señales claras y empíricamente detectables de ser causados inteligentemente. En principio, un proceso evolutivo puede exhibir tales “marcas de inteligencia” tanto como cualquier acto de creación especial.

 

Si usted es cristiano, ¿cuál es la utilidad teológica del Diseño Inteligente? Es importante darse cuenta de que el Diseño Inteligente no es una estratagema apologética para embaucar a la gente con el Reino de Dios. El Diseño Inteligente es un programa de investigación científica.

 

Dicho esto, el Diseño Inteligente sí tiene implicaciones para la teología. El desafío más severo a la teología en los últimos 200 años ha sido el naturalismo. Dentro de la cultura occidental, el naturalismo se ha convertido en la posición predeterminada para toda investigación seria. Desde los estudios bíblicos hasta el derecho, la educación, el arte, la ciencia y los medios, se espera que la investigación proceda sólo bajo la suposición del naturalismo.

 

C. S. Lewis lo dijo de esta manera: “Las hipótesis naturalistas… te encuentran en todas partes… Esto viene en parte de lo que podemos llamar una “resaca”. Todos tenemos el naturalismo en nuestros huesos y ni siquiera la conversión quita instantáneamente la infección de nuestro sistema. Sus hipótesis se apresuran a regresar a la mente en el momento en que se afloja la vigilancia.” (Cita de su obra Milagros).

 

Haciendo evidente el diseño en la naturaleza, el Diseño Inteligente promete curar a la cultura occidental de esta desafortunada resaca de la Ilustración. En verdad, el Diseño Inteligente suministra la más clara refutación del naturalismo a la fecha. El naturalismo mira a la ciencia para justificar su rechazo del propósito en la naturaleza. El Diseño Inteligente muestra que el naturalismo fracasa en sus propios términos. Por cierto, hay buenas razones filosóficas para rechazar el naturalismo –la misma existencia del mundo y la inteligibilidad del mundo plantean preguntas que la ciencia no puede responder, y que señalan más allá del mundo. El Diseño Inteligente muestra que también hay buenas razones científicas para rechazar el naturalismo. (2)           

 

Fuente: http://www.arn.org/docs/dembski/wd_idmovement.htm

Publicado originalmente en Cosmic Pursuit, Primavera de 1998.

Traducido del inglés por Daniel Iglesias Grèzes.

 

Notas del Traductor

 

1)    Como se verá luego, Dembski no quiere decir que la ciencia sea capaz de demostrar por sí sola la existencia de Dios.

 

2)    Para profundizar en el tema del Diseño Inteligente, son recomendables los siguientes libros: Phillip Johnson, Proceso a Darwin; Michael Behe, La caja negra de Darwin; Jonathan Wells, Íconos de la evolución; Guillermo Gonzalez y Jay Richards, El planeta privilegiado.

 

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Intervención en el Sínodo de los Obispos

 

Mons. Héctor Aguer, Arzobispo de La Plata (Argentina)

 

Extracto de sus declaraciones:

 

Entre las causas de la situación actual de la fe hay que considerar los errores teológicos y filosóficos que circulan en los centros académicos, seminarios y noviciados y que se divulgan mediante la predicación y la catequesis para confusión del pueblo de Dios. La nueva evangelización requiere superar esos defectos que debilitan la certeza de la fe; para ello, cuidar que la formación de los agentes pastorales se ajuste al magisterio de la Iglesia.

 

Ante la emergencia de la cuestión antropológica, importa destacar la mediación de la filosofía, de una consideración metafísica de la persona que recoja y trascienda los válidos aportes científicos. Desde allí, por vía de participación, se abre el acceso al fundamento absoluto, a Dios. En el pensamiento cristiano se armonizan teocentrismo y centralidad del hombre, como alternativa al antropocentrismo radical que proponen algunas corrientes contemporáneas.

 

Se hace necesario desarrollar una nueva apologética, un discurso en favor de la fe cristiana, tanto de nivel académico cuanto catequístico-popular, que sea un itinerario propuesto a la inteligencia y al corazón de los hombres y las mujeres de hoy.

 

Miércoles, 10 de octubre de 2012.

 

Fuente: http://www.vatican.va/news_services/press/sinodo/documents/bollettino_25_xiii-ordinaria-2012/04_spagnolo/b09_04.html#-_S._E._R._Mons._H%C3%A9ctor_Rub%C3%A9n_AGUER,_Arzobispo_de_La_Plata_%28ARGENTINA%29_

 

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El cristianismo se convierte en la religión mayoritaria en África

Supera por primera vez al Islam

 

El cristianismo se ha convertido en la primera religión de África, según un estudio presentado ayer por el sociólogo Massimo Introvigne durante un congreso organizado por el Centro de Estudios sobre las Nuevas Religiones en la Universidad de El Jadida, en Marruecos. Los cristianos representan en la actualidad el 46,53 por ciento de la población africana, con respecto al 40,46 por ciento de los musulmanes y al 11,8 por ciento de los que siguen religiones africanas tradicionales.

 

InfoCatólica, 22/09/2012.

 

El cristianismo se ha convertido en la primera religión de África, por encima del Islam, según un estudio presentado ayer por el sociólogo Massimo Introvigne durante un congreso organizado por el Centro de Estudios sobre las Nuevas Religiones (CESNUR) en la Universidad de El Jadida, en Marruecos. Según los nuevos datos, los cristianos representan en la actualidad el 46,53 por ciento de la población africana, con respecto al 40,46 por ciento de los musulmanes y al 11,8 por ciento de los que siguen religiones africanas tradicionales, según informa la versión digital del diario italiano La Stampa.

 

Además, la investigación revela que 31 de los países africanos tienen una mayoría cristiana frente a los 21 que son islámicos y seis en los que predominan las religiones tradicionales. Asimismo, refleja que mientras que en el año 1900 los cristianos en África eran diez millones, en 2012 han alcanzado la cifra de 500 millones, y que, cuando en 1900 los africanos representaban el 2 por ciento de los cristianos del mundo, en la actualidad son el 20 por ciento.

 

«Estos datos todavía son poco conocidos –ha declarado Introvigne, fundador del CESNUR–, pero tienen un gran significado histórico, cultural y político». «Hoy en día ya son más los cristianos practicantes africanos que los europeos. A la larga, esto cambiará no sólo al continente africano, sino a todo el cristianismo, como había intuido Juan Pablo II», ha remarcado.

 

No obstante, ha advertido de que «no todos, naturalmente, están contentos de este desarrollo» y cree que este crecimiento puede ser causa de ciertos ataques en su contra. «Cierto ultra-fundamentalismo islámico considera escandaloso el hecho de que haya más cristianos que musulmanes en África, por lo que se persigue y asesina a los cristianos en países como Nigeria, Mali, Somalia, Kenya», ha añadido.

 

Fuente: http://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=12791

 

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Declaración de Buenos Aires

 

V Encuentro de Centros Culturales Católicos del Cono Sur

 

Nosotros, los representantes de Centros Culturales Católicos del Cono Sur, abajo firmantes, invocando la ayuda de la Santísima Trinidad, deseamos consignar nuestro deseo de trabajar conjuntamente –de acuerdo a las realidades y posibilidades de cada uno– para mayor gloria de Dios.

 

Para ello, nos comprometemos en las siguientes acciones:

 

·        Mantener la información y comunicación fluida entre todos los Centros respecto de las actividades de cada uno.

·        Propiciar la participación de delegados de otros Centros cuando las actividades a realizar lo indiquen conveniente.

·        Propiciar la investigación y la redacción de artículos, en temas comunes previamente acordados, con el objetivo de mediano plazo de poder constituir una publicación periódica digital y/o escrita en común.

·        Propiciar el intercambio de docentes y disertantes, así como organizar jornadas de actualización en común.

·        Realizar toda otra acción tendente a fomentar la sinergia entre los Centros Culturales Católicos del Cono Sur.

·        Solidificar la espiritualidad.

·        Observando la realidad socio-política, promover la formación de liderazgo que corresponda a un profundo cambio cultural.

 

Dado en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina, a los 21 días del mes de septiembre del A.D. 2012.

 

Firmantes:

 

CIES - Fundación Aletheia

Universidad Católica del Uruguay

Universidad Católica de Chile

Instituto Jacques Maritain

Centro Danilo Mussin

Universidad Santísima Concepción

Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Núcleo Fe y Cultura – PUC San Pablo

Centro Dom Vital – Río de Janeiro

CEDIDOSC

Espaco San Bento – Sao Paulo

Centro Loyola Fe y Cultura – PUC Río de Janeiro

Instituto Tomás Moro

Pastoral y Cultura – PUC Chile

PUC – Valparaíso

Grupo Cultural Católico

Círculo Católico de Obreros

Oducal

 

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Aleteia.org: un llamado a la unidad católica en la red

 

Jorge Enrique Mújica

jem@arcol.org

 

En los últimos cinco años la Iglesia católica ha conocido un auge especial de iniciativas institucionales en ámbito digital: desde un canal en YouTube, pasando por un blog, perfiles en Twitter y Flickr, agregadores de noticias y portales individuales para dicasterios de la Curia Romana, hasta aplicaciones en Apple e iTunes. Se ha tratado de un aprovechamiento de los recursos que grandes empresas tecnológicas (como Google, Yahoo o Twitter) ya ofrecen, con todas sus oportunidades pero también con todas sus limitaciones y riesgos.

 

Hasta el momento, Xt3.com ha sido la red social católica de mayor alcance y proyección. Impulsada por la arquidiócesis de Sydney, ha ido en constante crecimiento desde que fue lanzada en ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud de 2008. En síntesis, un «Facebook», pero católico.

 

Aleteia.org viene a enriquecer la oferta no sólo en el ámbito confesional católico sino de toda la web 2.0: una plataforma independiente que no busca promoverse a sí misma sino dar visibilidad a los mejores proyectos e iniciativas católicas ya existentes en Internet. ¿En torno a qué objetivo común? A dar respuestas claras, documentadas y cercanas a las preguntas sobre la fe, la vida y otros temas que tocan las inquietudes más profundas del hombre y de la mujer actual. Un sitio de referencia para comprender la fe, apoyado por una comunidad que trabaja desde su individualidad específica en un proyecto común que beneficia a todos.

 

En cuanto red social Aleteia.org facilita la colaboración en varias categorías: asociados, expertos, contribuyentes, miembros, traductores. Pero eso no es todo. La primera gran oferta multimedia que acompaña al proyecto es «Aleteia TV», una «web tv» gratuita que posibilita la creación de una «web tv» adecuada a las exigencias de la persona que quiere agregar esta herramienta en su propio portal o blog.

 

Un tercer aspecto que acompaña a Aleteia.org, quizá de los de mayor valor, es una herramienta que posibilita ingresos económicos. Se llama AdEthic y funciona como el conocido instrumento AdSense, de Google, para ganar dinero mostrando anuncios en la propia web o bitácora. ¿Cuál es la diferencia específica? AdEthic es una agencia publicitaria que garantiza anuncios éticos y coherentes con la fe (con AdSense, por ejemplo, un portal católico puede estar anunciando, en el mejor de los casos, propaganda sobre sectas…).

 

El 21 de septiembre de 2012 Aleteia.org dará a conocer finalmente el esfuerzo de un trabajo titánico del que se comenzó a hablar en octubre de 2011 (véase «Aleteia.org, nuevo proyecto de Jesús Colina») en pro de una de las causas más nobles: la promoción y enseñanza de la fe precisamente en vísperas del comienzo del «Año de la Fe» y del Sínodo sobre «La Nueva Evangelización para la Transmisión de la Fe Cristiana», de mediados de octubre próximo.

 

En síntesis: Aleteia.org se presenta como una red social en seis idiomas que se constituye como referencia en la elaboración, promoción y difusión viral de contenidos propios y de terceros en torno a preguntas y respuestas sobre la fe y las enseñanzas de la Iglesia.

 

En su Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2012 el Papa Benedicto XVI recordaba que «Gran parte de la dinámica actual de la comunicación está orientada por preguntas en busca de respuestas. Los motores de búsqueda y las redes sociales son el punto de partida en la comunicación para muchas personas que buscan consejos, sugerencias, informaciones y respuestas. En nuestros días, la Red se está transformando cada vez más en el lugar de las preguntas y de las respuestas; más aún, a menudo el hombre contemporáneo es bombardeado por respuestas a interrogantes que nunca se ha planteado, y a necesidades que no siente». Bien se puede decir que Aleteia.org será el lugar de las preguntas y de las respuestas. Por lo pronto ya es un llamado a la unidad católica en la web, a un trabajo en equipo.

 

Fuente: A&A – Análisis y Actualidad, Año VI, Nº 34 (269), del 18 al 24 de septiembre de 2012.

 

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Eric Hobsbawm y el Fin de la Historia


Carlos Caso Rosendi

 

Leyendo los diarios argentinos de la semana, me sorprendió la cantidad de artículos dedicados a Eric Hobsbawm, el historiador marxista inglés. Hobsbawm acaba de morir a la buena edad de 95 años, lo que le permitió ser testigo adulto de la mayor parte del siglo XX. Otro notable inglés, A. N. Wilson, se detuvo a observar ácidamente que las obras de Hobsbawm desaparecerán por ser poco menos que propaganda soviética mal escrita. Aparentemente Wilson no cree en dejar tranquilos a los muertos y se resiste a tener misericordia de un historiador que fue a su manera un inmisericorde apologista del experimento soviético.


A diferencia de su contemporáneo Arthur Koestler, el autor del famoso El cero y el infinito (1), Hobsbawm nunca se desilusionó del stalinismo y continuó siendo un comunista convencido hasta su último día. El libro de Koestler resume la desilusión de muchos que vieron en la Rusia soviética "el final de la historia" a la manera marxista y que fueron forzados a presenciar el final del marxismo a la manera usual de la historia.


Tengo entendido que el mismo Marx comenzaba a abrigar algunas dudas sobre el materialismo dialéctico en las semanas que precedieron a su muerte. Le molestaban esas cosas que parecían flotar sobre la historia, impertérritas ante el cambiante paisaje económico y las catastróficas mutaciones de las estructuras del poder. Esos valores meta-históricos en la cultura parecían indicarle a Marx que bajo la superficie del profundo río de la historia pasaban corrientes poderosas cuya importancia no convenía ignorar. Es una pena que no le quedara tiempo para poner las barbas en remojo.


Koestler fue capaz de volver sobre sus pasos y admitir su error. Hobsbawm nunca lo hizo. El calamitoso derrumbe de la Unión Soviética y los continuos, ya casi predecibles, fracasos de todos los experimentos socialistas hasta la fecha lo dejaban frío. Aunque algunos, como el talentosísimo Niall Ferguson, alaban su capacidad de síntesis y el análisis preciso de las fuerzas que en cada era movieron los marcadores históricos, yo por lo menos, con mi modesta afición a la ciencia histórica, me atrevo a lanzar algunas preguntas que tienen que ver con las últimas preocupaciones de Marx y la aparente miopía de Hobsbawm.


Hace no mucho tiempo, en 1994, Hobsbawm indicaba que el colapso soviético le molestaba menos por la abrumadora cantidad de muertos (algunos hablan de 30 millones) que dejó atrás, que por haber fracasado ostensiblemente en producir la utopía. Ese paraíso de los trabajadores que ciertos intelectuales juzgaban como la inevitable llegada de una fase de la historia cuyo arribo no se podía evitar. O sea que, después de los Gulags, los batallones de castigo, las hambrunas deliberadamente desatadas sobre las regiones desobedientes a Moscú, las purgas políticas, etcétera... Hobsbawm sólo atinaba a sentir tristeza porque el costoso Golem se había negado a caminar, desmoronándose ignominiosamente a pesar de la cantidad de vidas sacrificadas para allanarle el camino. Hobsbawm mismo agregó que las vidas perdidas no vuelven y –si valió la pena segar millones de vidas para acabar con Hitler, Tojo y Mussolini–entonces bien valió la pena matar unos cuantos millones más para ver si la idea soviética funcionaba.


Para colmo de males, la estrepitosa debacle soviética no hizo mella en sus convicciones políticas. No hubo cambio a la Koestler. Me pregunto si la evaluación tan positiva que Niall Ferguson hace de Hobsbawm tuvo en cuenta las peculiaridades éticas del pensamiento hobsbauniano, o simplemente alababa algunos aspectos positivos de su obra. Tanto Niall Ferguson como Hobsbawm, talentosos o no, fallan a mi ver en la tarea fundamental del historiador. Ferguson es un historiador de la economía y por eso lo incluyo. Sus libros Civilization: the West and the Rest (2) y The Ascent of Money son muy educativos y están muy bien escritos. También revelan un agudo sentido de observación de las causas y efectos que moldearon la historia económica de la Edad Moderna. Lo que ambos historiadores fallan en observar es eso que Marx alcanzó a intuir fugazmente pocas semanas antes de que el fin de la historia le llegara a él personalmente: las realidades que evidentemente trascienden lo histórico y que mucha gente no ve porque simplemente forman parte del paisaje y están demasiado acostumbrados a verlas ahí paradas. No las notan, como el espectador en un cine no toma en cuenta esa pantalla blanca sobre la cual las imágenes se mueven para entretenerlo.


Para Marx, Engels y sus seguidores contemporáneos, el noble fin de la dictadura del proletariado bien justificaba el uso y hasta el abuso de la violencia. Esa peculiaridad persiste en todos los sabores de marxismo que la humanidad ha probado hasta hoy. Pero supongamos que pudiéramos traer a Marx en una máquina del tiempo y le permitiéramos ver los resultados: que la violencia y los millones de muertos no alcanzaron para producir nada duradero, que todo resultó ser un callejón sin salida en que enormes experimentos como Rusia y China tuvieron que virar hacia una especie de pacto con la tozuda naturaleza humana para evitar el fin del marxismo: esa agonía lenta y onerosa que consume a Cuba y Corea del Norte o la fiebre asesina que quemó en pocos años al Khmer Rouge en los infames campos de la muerte. ¿Qué habría pasado si Marx hubiera visto de antemano que la historia no era un tren imparable, como él la imaginaba, sino una serie de meandros en los que la humanidad camina más o menos a ciegas sin que una "dialéctica científica" le sirva mejor de mapa que sus propios ancestrales instintos?


Marx no pudo ver el final de las ideas que irresponsablemente echó a rodar. Apenas sintió un cierto malestar contemplando esas cosas misteriosas que sobreviven a los cataclismos de la historia como si nada. Sin embargo Niall Ferguson y Hobsbawm tuvieron tiempo al menos de ponerse en el lugar de Marx y completar la observación por sí mismos. Ferguson evolucionó hacia el conservatismo inglés. Hobsbawm nunca avanzó mucho más allá del stalinismo de su juventud; en otras palabras, fue un verdadero hombre de fe (con perdón). Ambos sin embargo se las arreglan para observar la corriente de la historia obviando el efecto que la persona de Cristo ha tenido en ella, la trascendencia de las ideas cristianas, sus consecuencias políticas, y ese gorila de mil kilos en la sala de la historia antigua, medieval y moderna: la permanente, indestructible y al mismo tiempo débil Iglesia, que desafía los afanosos años de la humanidad presidiendo muy señorona sobre las tumbas de sus poderosos enemigos de antaño, mientras sobrevive como si nada a los enemigos de hoy. Esa presencia meta-histórica, más vieja que las naciones, esa aventura que nació en una colina de Caldea hace cuatro mil años y sigue incólume su viaje de siglos es aparentemente indestructible a pesar de su también aparente fragilidad.

 

Yo creo que Hobsbawm fue una especie de Balaam, aquel "vidente" del Éxodo a quien una pobre burra tuvo que avisar de la presencia de un ángel. Balaam se esforzó en vano por maldecir al pueblo de Dios, y se dice que luego de fracasar en su intento de destruir lo indestructible, pereció aplastado en Jericó.

 

Políticos e historiadores harían bien en leer la historia de Balaam en la Biblia y memorizar su enseñanza: que para ir a la universidad del ángel primero es necesario tomar lecciones en la escuela del burro. Quizás los editores de los diarios argentinos debieran hacer lo mismo. Este burro, entre otros, está dispuesto a dar un par de lecciones gratis sobre la permanencia del Evangelio y el verdadero fin de la historia: una utopía verificable, el paraíso real que, a falta de mejor nombre, llamamos "el cielo".

 

1)      El cero y el infinito (Sonnenfinsternis, que significa "Eclipse solar", en alemán; Darkness at Noon, "Oscuridad al mediodía", en inglés) es la principal novela del autor británico de origen húngaro Arthur Koestler. Publicada en 1940, narra la historia de Rubashov, un miembro de la vieja guardia de la Revolución rusa de 1917 que es primeramente alejado del poder, para luego acabar encarcelado y juzgado por traición al Gobierno de la Unión Soviética que él mismo había ayudado a crear.

 

2)      Publicado en español con el título Civilización. Occidente y el Resto, traducido por Francisco José Ramos Mena. Editorial Debate, Barcelona, 2012. 509 pp.


© MMXII Carlos Caso Rosendi

 

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Comunicado ante la aprobación del proyecto de ley

de interrupción voluntaria del embarazo

 

Vicaría de la Familia y la Vida de la Arquidiócesis de Montevideo

 

Ante la aprobación por parte del Senado del proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo, que en la práctica es una ley que legaliza el aborto en el Uruguay, la Vicaría de la Familia y la Vida de la Arquidiócesis de Montevideo quiere expresar su profundo dolor y el rechazo a esta ley.

 

Esta decisión, que va contra el primer derecho humano que es el derecho a la vida, contradice la Constitución de la República y el Pacto de San José de Costa Rica, es una agresión al ser humano más inocente, y por lo tanto a la sociedad uruguaya en su conjunto, y es una ofensa a Dios Creador.

 

Nos enorgullecemos de ser uno de los primeros países que abolió la pena de muerte; hoy nos entristecemos por ser el segundo país de América Latina en legalizar el aborto.

 

La Iglesia comprende el drama que muchas parejas y especialmente muchas mujeres viven frente a un embarazo no deseado, pero siempre ha entendido que esta situación desafía a los mismos involucrados, a las familias, a la sociedad civil y a las autoridades a buscar soluciones que respeten la vida.

 

Si el hecho de que con el aborto se está eliminando una vida humana no cuenta con la unanimidad de opiniones, a pesar de que la ciencia así lo avala, la sola duda que esto genera debería bastar para detener su aprobación.

 

Los diversos eufemismos con los que se disfraza esta ley no quitan nada a la gravedad de lo aprobado. Es un día triste para el Uruguay. Un país que fue refugio de tanta gente que vino en busca de nuevas oportunidades, una sociedad donde muchos encontraron motivos para seguir viviendo, hoy niega a otros uruguayos el derecho a vivir. La ley aprobada hoy por el Senado es una herida a la nación, a las más nobles tradiciones de nuestra tierra.

 

Porque confiamos en Jesucristo, Señor de la vida y de la historia, continuamos mirando con esperanza nuestro futuro y contribuyendo a la defensa de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural.

 

Montevideo, 17 de octubre de 2012.

 

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Carta abierta al Sr. Presidente de la República

 

Sr. Presidente de la República

Don José Mujica

 

Las agrupaciones y movimientos defensores del derecho a la vida en nuestro país abajo firmantes nos dirigimos a Ud. para solicitarle que haga uso de la facultad del veto respecto del texto de legalización del aborto aprobado por el Poder Legislativo. 

 

Señor Presidente, Ud. llamó recientemente a todo el pueblo uruguayo a reflexionar sobre el valor de la vida humana, y es en el mismo espíritu que le pedimos que defienda con el veto el derecho humano fundamental, el derecho a la vida. 

 

Nuestro despoblado y envejecido Uruguay precisa niños para amanecer.

 

El veto es absolutamente ineludible jurídicamente por múltiples razones: 

 

1) El texto en cuestión atenta contra el derecho a la vida, que es el derecho humano fundamental. Ninguna ley que viola derechos humanos puede tener valor en una sociedad democrática. 

 

2) Es inconstitucional, pues nuestra Constitución garantiza el derecho a la vida en su Art. 7. 

 

3) Viola el Pacto de San José de Costa Rica, suscrito por nuestro país, que establece en su Artículo 4 el derecho a la vida de todo ser humano desde la concepción. Podrá discutirse si la expresión "en general" está pensada o no en el sentido de habilitar rarísimas excepciones, pero no puede admitirse que habilite la desprotección "en general" de ese derecho, como ocurre en toda legalización del aborto y, por tanto, también en la que se ha aprobado en el Senado. 

 

4) Es violatorio de la patria potestad, al impedir toda oposición de los padres en la decisión de abortar de su hija menor de edad, y permitir que ésta aborte no sólo sin el consentimiento, sino incluso sin el conocimiento de sus progenitores. 

 

5) Viola igualmente el derecho del padre a defender la vida de su hija o hijo al negarle toda capacidad de injerencia en el tema. Por la misma razón exime al varón de los deberes que conlleva su paternidad.

 

6) Viola la libertad de ideario, Derecho Humano básico reconocido por la Constitución, al desconocer por completo el derecho de las instituciones de salud, y por ende el de sus socios, a regirse por su ideario propio en los casos en que éste, siguiendo la tradición médica que viene de Hipócrates, les impide practicar abortos o solventarlos o participar en ellos del modo que sea. A los efectos es indiferente si se obliga a estas instituciones a realizar ellas mismas abortos o si se las obliga a arreglar con otras instituciones el modo en que las usuarias de aquéllas podrán realizar abortos. 

 

7) Promueve el aborto legal y el clandestino. No evita este último porque impone a las mujeres la necesidad de que la historia clínica registre los abortos, cosa que seguramente no será de la voluntad de la mayoría de ellas. Propicia, a su vez, el aumento progresivo de los abortos legales a lo largo de los años, como ya ha ocurrido en EE.UU., Gran Bretaña, España, Suecia, Nueva Zelanda y otros países. Este aumento de abortos tanto clandestinos como legales, con las correspondientes consecuencias negativas para la salud de las mujeres, es el efecto exactamente contrario a lo que se puso como la principal justificación de la iniciativa.

 

8) Entonces, a este pretendido proyecto de ley –que no es tal pues presenta múltiples vicios inconstitucionales y antirreglamentarios en su mismo trámite– no sólo se le podrá decir lo mismo que se le echó en cara a la ley de 1938, es decir, el no haber logrado su objetivo, sino más aún: el haber logrado exactamente lo contrario, contribuyendo a agravar y empeorar el problema que supuestamente venía a solucionar. 

 

9) Es inaplicable, pues pone como condición para la despenalización del aborto la participación de la mujer en un proceso que incluye la consulta con un equipo interdisciplinario que no podrá ser reunido en tantísimos rincones de la República.

 

10) Lleva consigo el germen de la mayor desvalorización de la vida humana y de la mayor pérdida de respeto por la misma.

 

11) Atenta contra la salud y el bienestar de las mujeres al promover y facilitar la práctica del aborto, que tiene terribles secuelas tanto físicas como psicológicas en las mujeres que se lo practican. Estas secuelas han sido comprobadas científicamente en países con aborto legal mediante estudios realizados durante períodos de hasta 20 años.

 

13) Atenta contra el bien común de la sociedad uruguaya al atacar aún más la natalidad de un país despoblado y envejecido, comprometiendo así gravemente el futuro del país en general y su sistema de seguridad social en particular.

 

14) Incurre en otra nota más de inconstitucionalidad al calificar al aborto como "acto médico sin valor comercial", fijando así un precio nulo a una actividad sin haber sido propuesto por iniciativa del Poder Ejecutivo como exige el Art. 133 de la Constitución de la República. 

 

Señor Presidente, recordamos su discurso del 19 de junio pasado y otros varios, donde hacía especial referencia a la Vida Humana, a su valor, y a la importancia de su defensa y protección. Deseamos de todo corazón que manifieste ese pensamiento en un acto sumamente relevante: vetar la ley que legaliza el aborto, por la cual bebés uruguayos quedarán por el camino en nuestros propios hospitales públicos y centros de salud privados. La cruel realidad del aborto no se soluciona con su legalización, sino que ésta agrava la situación. La solución pasa, creemos nosotros, por una serie de medidas:

 

1) Atacar las causas que llevan a una mujer a recurrir al aborto. Las diversas circunstancias que empujan a las mujeres a recurrir al aborto –dificultades económicas, falta de apoyo familiar y social, situación de violencia, discriminación laboral, dificultades para continuar sus estudios, o en definitiva, el encontrarse solas y sin que se les ofrezca ninguna alternativa– siguen siendo las mismas después de ese aborto, y permanecerán incambiadas a menos que sean abordadas específicamente. El aborto, su legalización o despenalización, no solucionan ninguno de estos problemas subyacentes. Si fueran efectivamente resueltos, desaparecerían por tanto los motivos que llevan a las mujeres a abortar.

 

2) Un plan integral de contención económica y sobre todo emocional a las madres en situación de riesgo de aborto que beneficie su derecho a ejercer una maternidad digna. 

 

3) La educación como eje fundamental para el cambio social.

 

4) El impulso de la adopción como alternativa legítima al aborto. Beneficiar su trámite (sin dejar de hacer prevalecer el interés superior del niño o niña) y desestigmatizar a las mujeres y parejas que vayan por este camino.

 

Estas medidas son las únicas que en forma real y duradera podrán detener y evitar los abortos, y que podrán jactarse de salvar a todos los involucrados. La premisa fundamental por la cual debemos guiarnos es la protección de la Vida Humana y a partir de allí, plantear medidas que no atenten contra ella y que acaben con el aborto, simultáneamente. La presente ley no logra ninguno de los objetivos propuestos. Confiamos en su sensibilidad.

 

Lo saludamos atentamente. 

 

A.F.A.V.I.

ASOCIACIÓN ESPERANZA URUGUAY

ASOCIACIÓN FAMILIA Y VIDA

CENTRO DE BIOÉTICA RIOPLATENSE

COMISIÓN PASTORAL DE FAMILIA Y VIDA DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DEL URUGUAY

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Dantesca jornada en el Palacio Legislativo

 

Lic. Néstor Martínez

 

La Cámara de Diputados dio media sanción al proyecto de ley de “reproducción asistida”, es decir, fecundación in vitro. Y lo hizo por unanimidad…


¿Cómo en nuestros tiempos de salvaje diversidad no hubo una sola voz que se levantara en defensa nada menos que del derecho del ser humano a la vida, y a no ser producido y manipulado como una cosa? La democracia se desprestigia cada vez más cuando todo su aparataje legal sólo sirve para legitimar el genocidio y el atentado contra los derechos humanos más básicos y elementales.


Es inevitable que todo aparezca como una gran farsa, donde las eventuales apelaciones a la sinceridad, la honestidad y la falta de tabúes no pueden sonar sino como una broma de mal gusto. ¿De qué sinceridad se puede hablar cuando no es posible oír luego de cinco o seis discursos una sola referencia a las vidas humanas que se crean artificialmente para ser en su inmensa mayoría sacrificadas mediante estas técnicas? ¿Por qué se tiene pudor de nombrar lo que no se tiene pudor de condenar a muerte con el voto? ¿No merecen los no nacidos que serán manipulados para la muerte en forma legal, gracias a los votos de los señores legisladores, al menos el reconocimiento de su existencia?

 

Es terrible la banalización de la vida humana que está siendo perpetrada un día sí y otro también en la casa de las leyes. Sin pestañar se vota a favor de la producción artificial y posterior eliminación de miles de seres humanos.


Como siempre, se insistió en el argumento de que “estas cosas se hacen y se van a seguir haciendo, no puede ser que no se regulen por ley”. Este argumento sólo lo vamos a aceptar el día que se lo sostenga coherentemente, y se lo aplique en todos los ámbitos en que es aplicable. El contrabando, por ejemplo, es algo consuetudinario, si lo hay, en algunas regiones de nuestro país. Tenemos incluso canciones vinculadas con el tema. Es una realidad que desafía toda norma, y sin duda la ley que prohíbe el contrabando ha fracasado en toda la línea. La actividad que desarrolla el contrabandista, además, es altamente riesgosa. En esas mismas canciones oímos zumbar las balas y somos testigos del lamentable fallecimiento de alguno de los conciudadanos que recurren a estas prácticas. Es evidente el contenido discriminatorio de la situación, desde que obviamente quienes se dedican a estas actividades integran preferentemente las clases bajas. Y hasta el día de hoy la actividad del contrabando transcurre en el más ignominioso vacío legal. No hay regulación alguna del contrabando, salvo su obsoleta, injusta e ineficaz penalización.


Pero no hace falta irnos tan al norte. Tenemos otro caso clamoroso: el de la pasta base. ¿Alguien piensa que este flagelo social va a disminuir por el hecho de estar penalizada la distribución de esta droga? Sólo la legalización pondrá punto final a la discriminación que sufren los traficantes de barrio o de cuadra respecto de los peces gordos del narcotráfico.


No nos quedemos tampoco ahí. Pensemos por ejemplo en una de las más antiguas y venerables instituciones de la sociedad uruguaya: la corrupción, la coima. ¿Alguien tiene alguna duda de que es una realidad que está entre nosotros para quedarse? Y sin embargo, ¿qué encontramos respecto de ella, sino nuevamente, el vacío legal? Por supuesto que ni vale la pena mencionar las ridículas sanciones legales en que deberían incurrir los coimeros. Pero por otro lado ¿va a estar totalmente desregulada esa importante parcela de la actividad nacional?


Ya cansa, sin embargo, oír una y otra vez el argumento de las terribles situaciones personales y familiares que sólo podrán solucionarse aprobando el genocidio silencioso e invisible de miles de seres humanos ya concebidos. Es cruel y sarcástico el contraste entre la tierna consideración por los sentimientos íntimos de los adultos y la total ausencia de sensibilidad para con el asesinato de los no nacidos.


Tampoco ayuda a purificar el ambiente la repetición regular del mantra que dice que todas las opiniones y opciones son respetables. Asfixia tanto respeto cuando no se están respetando los derechos humanos básicos de las personas. ¿Qué tiene de respetable la opinión del que está a favor de autorizar por ley el asesinato del inocente?


¡Ni un discurso a favor del derecho a la vida del ser humano ya concebido en medio de sartas de discursos radical y esencialmente insinceros! ¿No tienen miedo los señores legisladores de terminar padeciendo esquizofrenia de tanto ignorar la realidad?


Con genial intuición Dante colocó en lo más bajo del Infierno no las llamas, sino el hielo eterno. A una triste parodia de esos glaciares infernales se condena por este proyecto de ley a muchos semejantes nuestros, que serán congelados antes de que hayan podido cometer otra culpa distinta de la de haber sido fabricados por inescrupulosos.


Éste fue un proyecto de ley muy poco publicitado y su media sanción se votó en forma rápida y silenciosa, del mismo modo en que van a ser desechados, es decir, asesinados, muchos seres humanos, que lo serán legalmente, si se aprueba dicho proyecto en forma definitiva.


La pregunta básica es la misma de siempre: ¿puede alguien tener derecho de quitar la vida a un ser humano inocente? La respuesta afirmativa o negativa marca dos formas radicalmente distintas e incompatibles de entender la vida humana.

 

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Salmo 2

 

¿Por qué se agitan las naciones,

y los pueblos mascullan planes vanos?

Se yerguen los reyes de la tierra,

los caudillos conspiran aliados

contra Yahveh y contra su Ungido:

«¡Rompamos sus coyundas,

sacudámonos su yugo!»

El que se sienta en los cielos se sonríe,

Yahveh se burla de ellos.

Luego en su cólera les habla,

en su furor los aterra:

«Ya tengo yo consagrado a mi rey

en Sión mi monte santo.»

Voy a anunciar el decreto de Yahveh:

Él me ha dicho: «Tú eres mi hijo;

yo te he engendrado hoy.

Pídeme, y te daré en herencia las naciones,

en propiedad los confines de la tierra.

Con cetro de hierro, los quebrantarás,

los quebrarás como vaso de alfarero.»

Y ahora, reyes, comprended,

corregíos, jueces de la tierra.

Servid a Yahveh con temor,

con temblor besad sus pies;

no se irrite y perezcáis en el camino,

pues su cólera se inflama de repente.

¡Venturosos los que a Él se acogen!

 

Fuente: Biblia de Jerusalén.

 

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