Fe y Razón

Revista virtual gratuita de teología

Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 73 – Octubre de 2012

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”

(Santo Tomás de Aquino)

 

 

“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

Contacto: feyrazon@gmail.com

 

 

Fundadores de la Revista: Ing. Daniel Iglesias, Lic. Néstor Martínez, Diác. Jorge Novoa.

 

Equipo de Dirección: Ing. Daniel Iglesias, Lic. Néstor Martínez, Ec. Rafael Menéndez.

 

Colaboradores: Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Carlos Caso-Rosendi, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Mons. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Diác. Jorge Novoa, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Pbro. Miguel Pastorino, Santiago Raffo, Juan Carlos Riojas Álvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Cultura cristiana y “cultura de la muerte”

Equipo de Dirección

Teología

La evangelización y el hombre interior

Cardenal Karol Wojtyla

Ciencia y Fe

La caja negra de Darwin (2)

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Familia y Vida

Proclama pro-vida

17 organizaciones pro-vida del Uruguay

Familia y Vida

Triste y lamentable jornada

Lic. Néstor Martínez

Familia y Vida

Comentarios sobre la despenalización del aborto provocado

Dr. Ricardo Pou-Ferrari

Iglesia

A los socios del Círculo Católico de Obreros del Uruguay

Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal del Uruguay

Oración

Oración de los políticos

Anónimo

 

 

Cultura cristiana y “cultura de la muerte”

 

Equipo de Dirección

 

1.      V Encuentro de Centros Culturales Católicos del Cono Sur

 

Del 18 al 21 de septiembre de 2012, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, tuvo lugar el V Encuentro de Centros Culturales Católicos del Cono Sur, promovido por el Pontificio Consejo de la Cultura. El CIES (Centro de Investigación en Ética Social), de Argentina, actuó como co-organizador y anfitrión del Encuentro. El tema central del Encuentro fue: “Identidad, Cultura y Diálogo: misión y necesidad de los Centros Culturales Católicos para la actual evangelización de América”.

 

El Encuentro contó con 50 participantes provenientes de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay, Perú, México e Italia: seis obispos, tres presbíteros y 41 laicos. De Uruguay participaron: Mons. Pablo Galimberti (Obispo de Salto), la Dra. Susana Monreal (de la Universidad Católica del Uruguay), el Emb. Mario Cayota (por el CEDIDOSC) y el Ing. Daniel Iglesias (por el Centro Cultural Católico “Fe y Razón”). Mons. Carlos Alberto de Pinho Moreira Azevedo, Delegado del Pontificio Consejo de la Cultura, representó a la Santa Sede.

 

El Encuentro se desarrolló principalmente en el Círculo Militar, compuesto por el bellísimo Palacio Paz y un buen hotel. Se realizaron diversas ponencias sobre la identidad de los Centros Culturales Católicos (CCC), la acción y cometido de los CCC ante los desafíos de la cultura contemporánea, y la dimensión misionera y la espiritualidad de los CCC a la luz del Documento de Aparecida. También hubo dos conferencias abiertas a todo público en el Teatro del Globo, dictadas respectivamente por el Dr. Alfredo García Quesada, Consultor del Pontificio Consejo de la Cultura, y el Dr. Pedro Luis Barcia, Presidente de la Academia Argentina de Letras y de la Academia Nacional de Educación. Además, los participantes presentaron a los CCC representados en el Encuentro, intercambiaron experiencias y reflexionaron en grupos sobre el Documento de Trabajo propuesto por el Pontificio Consejo de la Cultura. Las principales conclusiones y propuestas fueron presentadas al plenario por un representante de los CCC de cada país. Por Uruguay le tocó desempeñar dicha tarea al Ing. Daniel Iglesias.

 

La Santa Misa fue celebrada el miércoles 19 en la Catedral de Buenos Aires, presidida por el Cardenal Jorge Bergoglio SJ, Arzobispo de Buenos Aires; el jueves 20 en la Iglesia del Socorro, concelebrada por cinco Obispos; y el viernes 20 en la Basílica de Luján, presidida por el Sr. Obispo de Luján.

 

El Encuentro se desarrolló en un clima de fraternidad cristiana. Hacia el final del mismo los participantes firmaron una declaración (la “Declaración de Buenos Aires”), orientada a estimular el trabajo conjunto de los CCC de la región.

 

2.      Ciclo de Charlas sobre el Pensamiento de Juan Pablo II

 

En el contexto del Año de la Fe, el Centro Cultural Católico “Fe y Razón” está organizando un ciclo de charlas sobre el pensamiento de Juan Pablo II. La primera charla del ciclo tendrá lugar el sábado 27 de octubre de 17:00 a 19:00 horas en la sede de la Asociación Uruguaya de la Orden de Malta (Canelones 1544 casi Salto, Montevideo) y tendrá como tema central el pensamiento filosófico de Juan Pablo II. El Ec. Rafael Menéndez disertará sobre “El personalismo tomista de Karol Wojtyla” y el Lic. Néstor Martínez disertará sobre “Tomismo y personalismo”. Después de las dos ponencias habrá una ronda de preguntas y respuestas.

 

El ciclo se completará con las siguientes charlas, en el mismo horario y en el mismo lugar:

·        Sábado 3 de noviembre: La encíclica Fides et Ratio.

·        Sábado 10 de noviembre: La encíclica Veritatis Splendor.

·        Sábado 17 de noviembre: La encíclica Evangelium Vitae.

 

Más adelante anunciaremos los nombres de los expositores y los títulos de las ponencias de esas otras tres charlas.

 

La entrada a estas charlas es libre y gratuita. Aunque no es imprescindible, pedimos a los interesados en las charlas que confirmen su asistencia enviando un email a: feyrazon@gmail.com.

 

3.      Un paso hacia la legalización del aborto en el Uruguay

 

El Centro Cultural Católico “Fe y Razón” deplora la aprobación de la legalización del aborto por parte de la Cámara de Representantes, por 50 votos contra 49, el pasado martes 25 de septiembre, y exhorta a todos sus lectores a oponerse a esta iniciativa, a la que aún le falta la aprobación de la Cámara de Senadores y la promulgación del Poder Ejecutivo para convertirse en ley.

 

En este número publicamos la proclama del gran acto pro-vida realizado el lunes 24 de septiembre en la principal avenida de Montevideo y las reflexiones del Lic. Néstor Martínez sobre la triste y lamentable jornada legislativa del día siguiente. Nuestro Centro se adhiere a esa proclama y a esas reflexiones. También publicamos un artículo del Dr. Ricardo Pou-Ferrari, Médico Ginecólogo uruguayo, sobre la despenalización del aborto provocado. Agradecemos al Dr. Pou-Ferrari su valioso aporte.

 

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La evangelización y el hombre interior

 

Cardenal Karol Wojtyla

 

Nota preliminar (del Ec. Rafael Menéndez)

 

Se transcribe La evangelización y el hombre interior según la exposición del Cardenal Karol Wojtyla en su conferencia en el CRIS (Centro Romano di Incontri Sacerdotale) de octubre de 1974, en Roma, en tiempos del IV Sínodo de los Obispos sobre ‘Evangelización en el mundo contemporáneo’. Ha sido publicado en: La fe de la Iglesia. Textos del cardenal Karol Wojtyla, EUNSA, 1979.

 

Estamos en tiempos de ‘una nueva evangelización’ y en la puerta del ‘Año de la Fe’. La conferencia del Cardenal Karol Wojtyla sigue siendo aún vigente. Ha hecho su reflexión desde la Palabra de Dios, siempre actual y verdadera. Se dirige al hombre interior, a todo el hombre y al de todas las épocas. Su visión antropológica se interna en lo permanente, cuando medita sobre el medio y el fin de la comunicación del Evangelio.

 

Se parte de una constatación de hecho: el hombre moderno, después de haber declarado la presunta muerte de Dios, ha olvidado su condición de criatura y ha elaborado unos ‘humanismos’ sustitutivos de la fe, que reconducen a las ideologías –de signo opuesto, pero igualmente ateas– del marxismo y del progresismo liberal-tecnocrático. En la base de éstos existe un antropologismo que usa ‘un rostro humano’ como máscara del actual ateísmo para hacerse aceptar sin desconfianza por hombres de buena voluntad, pero descuidados de las manipulaciones subyacentes. Nunca como hoy se ha instrumentalizado tan ampliamente la piedad humana, la piedad del hombre por el hombre, al servicio de ideologías o de intereses que encierran a la persona en una existencia sin perspectivas.

 

El Cardenal Wojtyla toma como punto de partida el pasaje de la primera Carta a los Corintios en el que San Pablo contrapone el ‘hombre carnal’ al ‘hombre espiritual’ (I Cor 2,9-16), para afirmar que la modernización del ‘hombre carnal’ consiste en la creciente instrumentalización a la que el hombre se ve sometido, tanto en Oriente como en Occidente. En efecto, el concepto marxista de ‘alienación’ –en el que subyace el primado de la esfera económica– y el consumismo permisivista de la civilización atlántica convergen en hacer duro el ‘combate por el hombre espiritual’ –que el Concilio Vaticano II ha denominado ‘acción a favor de un incondicionado deseo de dignidad’–. La línea de este combate pasa por el interior de cada hombre y, a través de la múltiple dimensión social y económica, afecta a las instituciones humanas, a los sistemas económicos y políticos, a la civilización y a la cultura.

 

La conferencia concluye subrayando la lógica relación entre la evangelización, centrada en la necesidad de fortalecer al hombre interior, y los Sacramentos, instituidos por Jesucristo precisamente para dar al hombre la nueva vida de los hijos de Dios. Asimismo, la nueva evangelización puede llegar a considerar la utilización de todos los medios técnicos que proveen las ciencias de la organización y de la comunicación, en un mundo cada vez más tecnificado y globalizado. Son esfuerzos provechosos si se los reconocen como ‘medios’; pueden colaborar, en el deseo de llegar –con su planificación y estrategias, sus proyectos y programas– a los hombres de hoy. Pero también puede olvidarse que éstos son poco críticos de la seducción o de la instrumentación con que son tratados por el manejo ‘interesado’ de las ciencias empíricas: son enfoques que pueden parecer convenientes y necesarios pero que no son nunca suficientes.

 

Permanecer en lo esencial ha sido un punto central de la búsqueda de la verdad, en las exposiciones sobre la persona humana. El hombre, imagen y semejanza de Dios, se vuelve, también hoy, el eje de la tarea de evangelización dirigida a todo el hombre, unidad indisoluble de cuerpo y espíritu. La antropología filosófico-teológica de Juan Pablo II, manifestada durante todo su pontificado, ya tiene, en el momento de esta reflexión, la impronta de las melodías propias de toda su ‘sinfonía de pensamiento y acción’, desarrollada en tantos campos de la vida de la Iglesia.

 

*****

 

La evangelización y el hombre interior

 

1.      El hombre carnal y el hombre espiritual

 

Las consideraciones que deseo proponer consisten esencialmente en un comentario a la primera epístola de San Pablo a los Corintios, y concretamente a los versículos 9 al 16 del capítulo segundo.

 

“Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre, lo que Dios ha preparado para los que le aman. Pues Dios nos ha revelado por su Espíritu, que el Espíritu todo lo escudriña, hasta las profundidades de Dios. Pues, ¿qué hombre conoce lo que hay en el interior del hombre, sino el espíritu del hombre que en él está? Así también, las cosas de Dios nadie las conoce sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido.

 

De éstos os hemos hablado, y no con estudiadas palabras de humana sabiduría, sino con palabras aprendidas del Espíritu, adaptando a los espirituales las palabras espirituales, pues el hombre animal no percibe las cosas del Espíritu de Dios; son para él locura y no puede entenderlas, porque hay que juzgarlas espiritualmente. Al contrario, el espiritual juzga de todo, pero a él nadie puede juzgarlo. Porque, ¿quién conoció la mente del Señor para poder enseñarle? Más nosotros tenemos el pensamiento de Cristo…”

 

La epístola de San Pablo constituye sin duda un magnífico documento sobre la evangelización en los primeros tiempos, como también lo son, por lo demás, sus otras epístolas o las de los otros apóstoles.

 

En el período en que se celebra el Sínodo de Obispos dedicado a la evangelización del mundo, todas estas epístolas, que nos acercan a los comienzos de la evangelización, se llenan de un significado particular y de una poderosa fuerza de convicción. Las leemos, pues, no sólo como fuentes escritas en las que se transmite la Palabra de Dios, sino también porque encontramos en ellas un contenido particularmente próximo y actual.

 

Actual, porque es verdaderamente eterno e inmutable y también porque el mensaje divino vuelve con toda su fuerza expresiva en las sucesivas épocas de la historia. En efecto, aunque este mensaje tenga expresiones variadas o se revista de un lenguaje diferente, no es difícil descubrir la identidad fundamental de los documentos sagrados y, a la vez, una cierta similitud con las situaciones que vivimos actualmente, más en concreto con las que vive la Iglesia al difundir el Evangelio entre los hombres de nuestro tiempo.

 

Reflexiones similares nos vienen a la mente cuando, en la epístola de San Pablo, encontramos la contraposición entre el hombre espiritual y el hombre animal (que en I Cor 3,3 es llamado también carnal). ¿No resulta siempre actual esta contraposición? El Apóstol es muy preciso en su definición, especificando cuándo merece el hombre cristiano la primera o segunda definición. ¿Cómo podríamos formularla en nuestro tiempo? La cuestión es, sin duda, importante para la evangelización del mundo contemporáneo.

 

El texto de I Cor 2,9-16 tiene un significado capital para la antropología teológica, para el conocimiento de la interioridad del espíritu humano. Basta detenerse en la frase en que el autor pregunta: “¿Qué hombre conoce lo que hay en el hombre, sino el espíritu del hombre que en él está?”

 

Sin embargo, la epístola no quiere ser una lección de antropología, aunque de ella podemos deducir algunos temas fundamentales, de extraordinaria profundidad y densidad. En efecto, esta epístola, como por otro lado todo el Evangelio, manifiesta en toda su trama la verdad sobre la vida, una enseñanza sobre la vida misma: la enseñanza que el Apóstol imparte a sus destinatarios (a los de entonces, pero también a nosotros mismos) no con estudiadas palabras de humana sabiduría, sino con palabras aprendidas del Espíritu.

 

A la luz de la consideración sobre el carácter de toda la predicación de San Pablo, se refuerza la certeza de que nos encontramos ante uno de los fragmentos del Nuevo Testamento en los que más claramente se manifiesta la fuerza, tan propia del Evangelio, de descubrir la realidad espiritual del hombre, la plena dimensión de las profundidades del espíritu humano. Y este descubrimiento, aunque fragmentario, es mucho más agudo e incisivo que un conocimiento meramente racional del alma humana. En efecto, el hombre espiritual, en la definición de San Pablo, es al mismo tiempo, el hombre interior y el hombre completo.

 

2.      El descubrimiento del espíritu humano en el pensamiento actual

 

El hombre, de modo especial en nuestra época, ocupa el centro de muchas declaraciones, programas o manifiestos, y también de numerosas ciencias y filosofías. Nuestro conocimiento del hombre, es cierto, ha progresado en muchos aspectos desde los tiempos de San Pablo, de Santo Tomás o San Buenaventura; conocemos de modo más preciso el cuerpo humano, el metabolismo y el sistema nervioso, los procesos psíquicos y del subconsciente; también se ha desarrollado enormemente la ciencia que estudia las influencias y los condicionamientos sobre la vida del hombre.

 

Pero ni la ciencia ni la filosofía tienen la audacia de tomar el espíritu humano como objeto de su investigación y de hablar, por tanto, directamente, del alma, como hacían aquellos pensadores de hace siete siglos, o los filósofos antiguos a quienes éstos tanto deben.

 

La filosofía de la conciencia, sobre todo en su versión fenomenológica, ha enriquecido ciertamente nuestro conocimiento de los ‘fenómenos’ empíricos de la espiritualidad humana, pero no se ha decidido a dar aquel paso metafísico desde los síntomas al fundamento o, como diría Santo Tomás, de los efectos a la causa.

 

El pensamiento contemporáneo se muestra, en efecto, más propenso a ampliar el campo de la intuición directa, que a sacar conclusiones metafísicas a posteriori.

 

Y esto, en cierto sentido, tiene su lado bueno: es decir, en la medida en que permite que se vea más inmediatamente la riqueza del espíritu humano, mostrándolo como una realidad accesible a nuestra experiencia, más aun, enraizada en ella de un modo inmanente. En efecto, la experiencia, entendida como el conjunto de lo concretamente vivido por el hombre, nos traslada inmediatamente a la subjetividad del hombre y nos permite, de alguna manera, entrar en contacto directo con lo que en él hay de espiritual. De esta manera pasamos a ser testigos de la espiritualidad del hombre, aun antes de haber demostrado previamente la especificidad fundamental y absoluta del espíritu en oposición a la materia, del alma respecto al cuerpo.

 

También el magnífico tratado sobre el hombre que nos ofrece el magisterio del Concilio Vaticano II sigue esta orientación. Así, en el capítulo de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes dedicado a la dignidad de la persona humana, después de la concisa afirmación de que el hombre está constituido como ‘unidad de alma y cuerpo’, leemos palabras muy convincentes sobre la dignidad de la inteligencia, sobre la verdad y la sabiduría, sobre la dignidad de la conciencia moral y, en fin, sobre la excelencia de la libertad. (GS nn. 15-17).

 

Éstas son precisamente las manifestaciones a través de las cuales se hace visible el espíritu humano y, al mismo tiempo, en las que se expresan su yo interior y su subjetividad personal. Por tanto, la Constitución Pastoral, sin hacer un análisis propiamente metafísico, puede afirmar, basándose en estos signos visibles, que ‘no se equivoca el hombre al afirmar su superioridad sobre el universo material y al considerarse no ya como una partícula de la naturaleza o como elemento anónimos de la ciudad humana. Por su interioridad es, en efecto, superior al Universo entero’ (GS n. 14b).

 

La Constitución Pastoral habla con un lenguaje comprensible y próximo al hombre de hoy, también al no cristiano o al no creyente. Pero ello no quiere decir que renuncie a la tradición filosófica, que, incluso en el patrimonio precristiano, contiene claras pruebas de la especificidad espiritual del alma humana y de su inmortalidad.

 

Parece más bien que, sobre el trasfondo de la mentalidad actual, tan ‘empírica’, la Constitución tiende a descubrir la espiritualidad humana y su interioridad en el complejo de la experiencia humana, más bien que a demostrar metafísicamente la sustancia espiritual del alma. Pero es evidente que la primera aproximación no nos exime de la segunda. La Constitución Pastoral no pretende sólo exponer la verdad acerca de la espiritualidad e inmortalidad del alma, que por lo demás puede fácilmente rastrearse en la enseñanza milenaria de la Iglesia.

 

Además, este modo de ‘desvelar’ la espiritualidad humana a un lector moderno puede decirle más que una prueba rigurosa de carácter filosófico. En efecto, es posible que el pensamiento empírico y matemático de nuestro tipo de cultura y de civilización reconozca mejor el límite de sus lagunas y pueda completarlas más fácilmente si éstas vienen como demostradas desde el interior de sus posiciones y hábitos mentales.

 

También en la Declaración sobre la libertad religiosa ha expuesto el Concilio verdades muy fundamentales y vinculantes, siguiendo una visión del hombre accesible a la cultura moderna. El marco de la trascendencia propia del hombre, que se realiza en el acto religioso, y a la vez que el hombre tiene derecho en su vida privada y social, emerge en esa exposición de modo no menos convincente al que resultaría de un lenguaje metafísico.

 

Sin embargo queda claro que, si se examina la cuestión en profundidad, se advierte la necesidad de una metafísica para sostener afirmaciones tan densas como las siguientes: ‘En razón de su dignidad –leemos en la citada Declaración todo hombre, por ser persona, es decir por estar dotado de inteligencia y de voluntad libre, y por tanto provisto de responsabilidad personal, es impulsado por su misma naturaleza y está moralmente obligado a buscar la verdad, sobre todo en lo tocante a la religión. Está asimismo obligado a abrazar la verdad conocida y a ordenar toda su vida según las exigencias de la verdad’ (Declaración Dignitatis Humanae, n. 2b).

 

‘Las acciones religiosas, por las que el hombre se ordena a Dios, privada y públicamente en virtud de una decisión del espíritu, por su naturaleza quedan por encima del orden terreno y temporal’ (Ibidem n. 3e).

 

‘La práctica de la religión, por su misma naturaleza, consiste ante todo en actos internos voluntarios y libres, por medio de los cuales el hombre se ordena directamente hacia Dios; estos actos no puede mandarlos ni prohibirlos poder alguno meramente humano’ (Ibidem n. 3c).

 

3. Plena dimensión del hombre interior

 

La primera epístola a los Corintios, de la que hemos partido, no tiene carácter jurídico ni filosófico; esta epístola expresa el Evangelio de Jesucristo, el mismo que ha revelado al espíritu humano, a través de las acciones y de las palabras del Maestro, sus justas dimensiones. Son muchísimas las palabras que Él nos ha legado, pero no en forma de teorema sistemático: como se ha dicho, también están incluidas en la enseñanza de la nueva vida las que se refieren a la antropología teológica.

 

En este contexto, es necesario descubrir su expresión precisa, su significado exacto, que puede así ser resumido: la realidad del espíritu humano se manifiesta de modo más profundo en el amor y por el amor. El amor influye en el conocimiento: ‘El que recibe mis preceptos y los guarda, ése es el que me ama; el que me ama a Mí será amado de mi Padre, y Yo lo amaré y me manifestaré a él’ (Jn 14,21). Pero la forma del amor va todavía más lejos: ‘Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada’ (Jn 14,23).

 

Pero la psicología y la filosofía contemporánea analizan a fondo las manifestaciones del espíritu humano y sus facultades, el conocimiento y la voluntad. En cambio el Evangelio afirma que el espíritu humano es morada, tabernáculo, lugar de encuentro. No es posible reducirlo a sus solas manifestaciones, a los actos de conciencia, de elección, de decisión. El espíritu humano constituye un ‘lugar’, una sustancia totalmente particular, diferente del cuerpo y de la materia que, siendo determinada y dimensional, no puede ser sujeto de morada de persona en persona –Dios en el hombre– de la que habla Jesucristo.

 

Este habitar –inhabitar– exige una dimensión existencial completamente diferente de la de cualquier cuerpo, una naturaleza distinta por completo, no sometida a las leyes del espacio y del tiempo que gobiernan la materia: en efecto, la naturaleza espiritual, gracias a su energía cognoscitiva y, sobre todo, a su capacidad de amar, tiene como propiedad la apertura a la compenetración.

 

Mediante la revelación del don del Espíritu Santo, el Evangelio manifiesta de modo particular la profundidad del espíritu humano: ‘No hemos recibido el espíritu del mundo –escribe San Pablo a los de Corinto– sino el Espíritu de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido’ (I Cor 2,12). Precisamente en esta donación se revela el espíritu humano como una morada en la que habita Dios: Padre e Hijo.

 

Por otro lado, el conocimiento del espíritu humano en su diversidad del cuerpo, en su irreductibilidad a la materia y a sus leyes, que conocemos por el Evangelio y que vivimos en la fe, en la esperanza y en la caridad, se explica y es inteligible sólo en esta integridad personal del hombre, entendiendo por integridad la estructura de la naturaleza individual y, al mismo tiempo, también las relaciones que se dan sólo entre personas y que caracterizan un orden de coexistencia y de colaboración del que sólo las personas son capaces. Se trata, pues, de la integridad en su significado ontológico y ético.

 

El Concilio Vaticano II recuerda esta verdad en el capítulo de la Gaudium et Spes dedicado a la comunidad humana. ‘Más aún, el Señor, cuando ruega al Padre que ‘todos sean uno, como nosotros también somos uno (Jn 17,21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás’ (GS n. 24c).

 

El Evangelio revela la realidad del espíritu humano no de un modo fragmentario, sino en todo el complejo personal y concreto de ser, de conocimiento y de acciones de que se compone el hombre, necesitado de salvación. El Evangelio contiene una plena revelación del mundo personal y del orden personal del mundo. Existe una estrecha relación entre este mundo, este orden y el hombre espiritual, del que habla San Pablo en la I epístola a los Corintios. Debemos tener ante los ojos este vínculo cuando, con el Sínodo de los Obispos, queremos resolver el problema de la evangelización del mundo contemporáneo. Porque lo que allí debemos afrontar es precisamente el fundamental, y al mismo tiempo eterno, problema de la evangelización.

 

4. La aplicación de la enseñanza paulina al contexto contemporáneo

 

El Evangelio es, siempre, en todos los tiempos, la revelación del Dios vivo en su ‘apertura’ al hombre, en su aproximación a él… ‘Vendremos a él y en él haremos morada’: son palabras de Cristo, pronunciadas en nombre del Padre para expresar Su amor. Al mismo tiempo, el Evangelio es, en cada época, también la revelación del hombre. Frente a la dignidad de la inteligencia, de la verdad y de la sabiduría, frente a la dignidad de la conciencia moral y de la excelencia de la libertad (GS nn. 15-17) y frente al ‘misterio del destino humano’, que se hace patente sobre todo de cara a la muerte (GS n. 18), en toda la amplísima esfera de las expresiones y de los hechos que configuran el complejo de la existencia humana sobre la tierra, ‘Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación’ (GS n. 22a).

 

El Evangelio revela no sólo ‘el hombre al hombre mismo’ en Cristo, sino que constituye también un mensaje directo a cada hombre y a toda la humanidad. Este mensaje, con palabras de San Pablo en su epístola a los Corintios, llama a la lucha por el hombre espiritual’.

 

El frente de esta batalla pasa a través de cada uno de nosotros, a través de la interioridad humana y, a través de las múltiples dimensiones sociales e históricas, alcanza a las instituciones humanas, a los sistemas económicos y políticos, a la civilización y a la cultura.

 

Muchos textos del Nuevo Testamento lo confirman. Los más significativos son los que hablan de la liberación y de la ‘libertad con la que Cristo nos ha liberado’ (Gal 5,1). Puesto que la lucha, como el amor, procede del dominio de la voluntad, la liberación –como superación de la esclavitud, de la asfixia o de la limitación del espíritu– indica su objetivo más fundamental y principal. Una lucha semejante, un combate tal, se convierte en constitutivo indispensable del amor. El mismo Cristo es el primer protagonista de esta lucha, y San Pablo, un excelente discípulo y apóstol de Jesús.

 

Prosiguiendo nuestras reflexiones desde otro elemento del pensamiento contemporáneo, traigamos a examen el concepto de alienación, que fue creado por la filosofía del siglo XIX y se convirtió de alguna manera en el punto central de la antropología marxista. Con ayuda de este concepto, Marx y sus seguidores iniciaron la lucha contra todo lo que, según ellos, deshumanizaba al hombre al privarle de su propia autenticidad.

 

Como sabemos, a su juicio, la alienación procede no sólo de las estructuras socioeconómicas, basadas en la propiedad privada de los medios de producción; no sólo del Estado, que como organización protege esta estructura (en último término, el concepto se extiende al Estado y al poder en cuanto tal), sino también de cualquier forma de religión. Y de esto debemos apercibirnos bien cuando, por nuestra parte, afirmamos que el Evangelio constituye una lucha por el hombre, por su liberación.

 

Debemos tenerlo en cuenta precisamente porque lo hacemos con la plena convicción de la verdad y de la justicia, con las que la Iglesia conduce la evangelización. En la base de esta convicción se encuentra, entre otras cosas, la contraposición entre ‘hombre espiritual’ y ‘hombre carnal’ hecha por San Pablo. Tratemos de leer esta contraposición en el contexto de nuestro tiempo.

 

El hombre de nuestra época parece aceptar ante todo –también aunque no sea creyente– este único mandamiento del Creador, promulgado en los comienzos de la historia: ‘Someted la tierra’ (Gen 1,28). Parece también que, en este campo, el hombre moderno ha obtenido grandes resultados. La ciencia y la técnica han aportado triunfos. Tal estado de cosas se refleja igualmente en la Constitución Pastoral, sobre todo en su discurso introductorio, que presenta de modo realista y objetivo la situación del hombre en el mundo contemporáneo (GS nn. 4-10).

 

Esta presentación servirá de trasfondo a nuestro intento –aunque fragmentario—de vislumbrar ‘el hombre carnal’ como contrapuesto al ‘hombre espiritual’, en las condiciones y tendencias de la civilización contemporánea y particularmente en la llamada civilización atlántica.

 

Es difícil resistirse a la convicción de que el hombre que vive en esta civilización está amenazado de graves peligros; peligros vinculados al incontestable primado del orden económico y del proceso económico. Si este orden y este proceso se inician con el hecho de la producción y terminan con el hecho del consumo, su aceptación unilateral y su promoción en la vida real comportan lo que ha sido denominado ‘sociedad de consumo’.

 

El hombre carnal de la epístola a los Corintios, ¿no será entonces el hombre que se aprovecha indiscriminadamente de los privilegios ofrecidos por la sociedad consumista y acepta su jerarquía de valores?

 

Volviendo del punto de llegada al de partida –es decir, del consumo a la producción– y considerando cómo se desarrolla el ciclo productivo en las estructuras socioeconómicas en las que se encuentra ‘implicado’ el hombre de nuestra civilización, ¿no se vislumbra fácilmente otro peligro que amenaza al hombre por la aceptación unilateral del primado de la economía y de la producción? Este peligro es la instrumentalización siempre creciente del hombre.

 

No se trata sólo del peligro de considerar y valorar al hombre únicamente como instrumento de producción. Se trata más bien del peligro de que el hombre mismo comience, más o menos conscientemente, a considerarse ‘un instrumento’, un elemento pasivo de los distintos procesos sujeto a las más disparatadas manipulaciones (conducido, por lo demás, con la ayuda de los mass media), con la inclinación a reducir los problemas humanos más profundos a unas ‘dimensiones técnicas’ (como ocurre, por ejemplo, en los problemas de la vida sexual).

 

La instrumentalización del hombre contribuye, sin duda alguna, a la moderna edición del hombre carnal, del que escribía San Pablo. Y si este hombre se orienta hacia la ‘sociedad de consumo, con su enorme poder de sugestión, entonces la ‘sociedad de consumo’ se convierte inevitablemente en sociedad permisiva’, como diagnosticaba el Cardenal Höffner en un ciclo precedente del CRIS (1972).

 

Es precisamente en este punto en donde se dan cita el utilitarismo y el liberalismo. La actitud hedonista expresa un concepto de libertad del hombre que, por sí mismo, la empuja ya hacia el abuso; y viceversa, el abuso de la libertad se manifiesta en la vida social en la tendencia de asegurar al máximo las posturas hedonistas.

 

Nuestras consideraciones pueden parecer excesivamente esquemáticas, e incluso simplistas. No pretendemos con ellas, de ninguna manera, dar la impresión de que la Iglesia sea contraria al desarrollo económico, o que juzgue negativamente el progreso civil; sólo pretendemos sostener que la Iglesia y el cristianismo tienen sus propios criterios para juzgar el progreso y el desarrollo. Estos criterios están profundamente enraizados en la visión integral de la verdad sobre el hombre. Se trata, por tanto, de criterios fundamentales.

 

La lucha por el hombre espiritual, del que habla San Pablo en su primera epístola a los Corintios, y al mismo tiempo su contraposición con el hombre carnal, no es otra cosa que la acción en favor de la ‘irreprimible exigencia de dignidad’, en la que insisten los documentos del Vaticano II (GS n. 26). Sólo esta acción a favor del hombre conseguirá ‘convertir al mundo en más humano’, utilizando nuevamente las palabras del Magisterio conciliar (GS n. 15). Pero si el progreso contemporáneo, exigido de muy distintos modos, debe tener un rostro verdaderamente humano, entonces deberá tratar no sólo de ofrecer al hombre el máximo de medios para que tenga más, sino darle la posibilidad de ser más hombre (GS n. 35). Sin esto, el progreso no hará otra cosa que aumentar las dimensiones de alienación.

 

Por tanto, el concepto de ‘alineación’, aunque nacido en una época diferente y enraizado en otros sistemas filosóficos y en otra antropología, debe ser seriamente confrontado con la contraposición paulina entre hombre espiritual y hombre carnal. De lo contrario, este concepto quedaría impreciso; podría incluso favorecer lo que pretende combatir. El concepto de ‘alienación’, en efecto, no es neutral: esto es lo que constituye su verdadera fuerza y alcance. Por ello, si lo confrontamos con la contraposición entre ‘hombre espiritual’ y ‘hombre carnal’, llegaremos a la conclusión de que ninguna tendencia, ningún programa de inspiración materialista puede garantizar el desarrollo del hombre espiritual. En efecto, la inspiración materialista conduce, también con tendencias y premisas más humanísticas, al desarrollo del ‘hombre carnal’. ¿No estará haciéndole el juego a la alienación? ¿No contribuirá a privar al hombre de su verdadera identidad, de aquello que lo hace verdaderamente hombre?

 

En el mismo plano que la alienación habría que considerar aquel tipo de socialización que, a pesar de las declaraciones de principios, no concede espacio a la persona humana en su completa verdad interior: en ella, el hombre queda unilateralmente subordinado, convertido en un elemento de la masa anónima, o incluso reducido a las tareas de un robot de la producción. La Iglesia, como comunidad consciente reunida en torno a la Eucaristía, asume en este punto una enorme significación, como también en la consiguiente realización y defensa de la libertad espiritual del hombre –libertad religiosa y de la conciencia moral– según el Magisterio del Concilio.

 

5. Fortalecer al ‘hombre interior’

 

El texto de San Pablo que estamos comentando permite además identificar la problemática humana que se encuentra en la base de la obra de la evangelización. Cuando el Apóstol contrapone el hombre espiritual al hombre carnal nos indica que la evangelización está ligada de modo particular a las manifestaciones sociales y civiles de la lucha para la formación del ‘hombre espiritual’ que tiene lugar en cada uno de nosotros. Cuando el Apóstol escribe: ‘nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu de Dios, para que conozcamos los dones que Dios gratuitamente nos ha otorgado’ (I Cor 2,12), advertimos, a una distancia de veinte siglos, que ha tocado los puntos neurálgicos de la evangelización, de la perenne misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo. Y estos puntos se refieren siempre al hombre como persona. Como en los tiempos de San Pablo, el hombre puede hoy aceptar el ‘espíritu del mundo’ o bien ‘recibir el Espíritu que viene de Dios, para que conozca las cosas que Dios gratuitamente nos ha concedido’.

 

 Las magníficas intuiciones apostólicas de Pablo de Tarso son hoy ampliamente recogidas y comentadas. Y así –dicen los estudiosos de este problema– frente a la evangelización se halla, no la ‘secularización’ –porque ésta, rectamente entendida, puede revelar a su modo la realidad del Espíritu, el auténtico dominio de Dios, la trascendencia de la Verdad y del Amor que no deben ser nunca instrumentalizados–, sino el ‘secularismo’, es decir, la verdadera y propia religión del mundo. Según el concepto secularista, el mundo debería condicionar y satisfacer por completo al hombre. Toda la humanidad, todo el ‘yo’ humano, pertenecería al mundo y estaría en función de él. Vemos pues, con qué presentimiento de contemporaneidad escribía San Pablo: ‘Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu de Dios’. Aquí se ve cómo el secularismo constituye el eterno problema del hombre, que hoy necesita ser situado, con renovada conciencia, en el contexto de la evangelización del mundo.

 

Aquí aparece de nuevo el problema del antropocentrismo. El Apóstol escribe: ‘Hemos recibido el Espíritu de Dios, para que conozcamos las cosas que Dios gratuitamente nos ha donado…’ El hombre de hoy, a la hora de la interpretación del mundo y de la humanidad, tiene –quizá más que nunca– la tentación de rechazar la categoría de don gratuito, y especialmente de don de Dios. Esta tentación es mayor a medida que el hombre, de modo cada vez más eficaz, ‘somete la tierra’, convencido de que ésta es de su exclusivo dominio, y viendo en el mundo el ámbito de su propia afirmación. Por el contrario, el Evangelio está totalmente penetrado de la categoría del don, de la revelación del don. El Evangelio proclama el misterio de la Creación, en el que está contenido el don de cada existencia, y el de la Redención, donde el hombre viene admirablemente gratificado con el amor del Padre en Cristo (el fruto de este don es lo que decide acerca de la plenitud de la humanidad y de la salvación).

 

Somos testigos, sin duda, de la resistencia que el hombre y el mundo oponen a la obra de la evangelización. Con todo, ésta no es la resistencia del mundo entendido en su verdadera y profunda estructura, ni tampoco la resistencia del hombre en lo más profundo de su naturaleza.

 

En efecto, sabemos por Revelación que la fuente de esta resistencia es el pecado del hombre y del mundo, que es alimentado por el ‘príncipe de este mundo’ (Jn 12,31) el cual es también ‘padre de la mentira’ (Jn 8,44). Precisamente por esto la resistencia se disfraza frecuentemente de ideas, ideales y deseos, que en parte son justos. También debe decirse que esta resistencia se desarrolla en la superficie de la existencia humana, no en su profundidad, y no siempre tiene una dirección única ni posee el mismo significado: dispone de varios puntos de concepción, de diferentes aspectos con los que presentarse; se acumula en las rutas de la Iglesia y del mundo contemporáneo, y cuenta con varios centros de decisión.

 

No podemos asombrarnos de esto. Si leemos cuidadosamente la Palabra de Dios, comenzando por el Génesis (especialmente Gen 3), y penetrando en las enseñanzas del mismo Jesucristo y de sus apóstoles, debemos convencernos de que la evangelización querida por la Revelación para que se realice la plena verdad y el más grande amor del hombre y del mundo, no puede cumplirse si no es superando la resistencia del hombre y del mundo. Así ha sido siempre, y ésta es su realidad propia.

 

Por tanto, cuando hablamos de evangelización del mundo contemporáneo, debemos tener ante los ojos todos los problemas reales de su desarrollo. Y éstos están llenos de dificultades y tendencias. La Constitución Pastoral del Vaticano II los ha descrito con gran moderación y objetividad, procurando no exagerar en nada. Citemos solamente la última frase: ‘De esta forma, el mundo moderno aparece a la vez poderoso y débil, capaz de lo mejor y de lo peor, pues tiene abierto el camino para optar entre la libertad o la esclavitud, entre el progreso o el retroceso, entre la fraternidad o el odio. El hombre sabe muy bien que está en su mano el dirigir correctamente las fuerzas que él ha desencadenado y que pueden aplastarle o servirle. Por ello se interroga a sí mismo’ (GS n. 9d).

 

El apóstol de Jesucristo es consciente de que el desarrollo del mundo, esa etapa concreta que llamamos ‘el mundo contemporáneo’, esconde en sí el único e irrepetible Kairós de Dios: el aproximarse, eternamente previsto, de este reino por el cual todos los días rezamos con la palabra: ‘venga’. La evangelización está siempre orientada al Reino que no es de este mundo, y que al mismo tiempo, da el sentido definitivo al desarrollo del mundo y a la historia del hombre.

 

Cuando el hombre contemporáneo –como leemos en la Constitución Pastoral del Vaticano II– se plantea interrogantes, y sabemos que estas cuestiones son con frecuencia profundamente drásticas, debería recordar la respuesta del Apóstol de Jesucristo, Pablo de Tarso, el cual, plenamente consciente de la tensión creativa que surge entre el progreso del mundo y la aproximación del Reino, dice: ‘Por esto, yo doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que, según la riqueza de su gloria, os conceda ser poderosamente fortalecidos en el hombre interior por su Espíritu’ (Ef 3,14-16). El mismo Pablo de Tarso que enseña, que aconseja, que ordena, que castiga y lucha, esta vez ‘dobla las rodillas’ pidiendo ‘que sea fortalecido el hombre interior’. E inmediatamente después añade: ‘que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, y arraigados y fundados en la caridad, podáis comprender, en unión con todo los santos, cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad de la caridad de Cristo, y conocer su inefable caridad, que supera toda ciencia, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios’ (Ef 3,17-19).

 

Nos encontramos en el verdadero centro de la evangelización: fortalecer el hombre interior por medio de la fe y del amor de Cristo. En este punto, es obligado ponerse de rodillas porque nos encontramos ante la realidad de la acción del mismo Dios en el alma humana.

 

De tal fortalecimiento del hombre interior están necesitados, sin duda, los hombres, los cristianos de diversas orientaciones y actitudes, que, en el contexto de la civilización consumista y de la sociedad permisiva, tienen la obligación de superar las presiones a favor del hombre carnal, el cual, manteniendo la apariencia de una completa libertad, en realidad abusa de ella, destruyendo en sí mismo el verdadero perfil del hombre espiritual, en el cual está pensando el autor de la I epístola a los Corintios.

 

De este fortalecimiento están necesitados también los hombres –cristianos o no creyentes– que viven en unas circunstancias de persecución, de opresión espiritual, de limitada libertad religiosa, y de otras consecuencias más o menos inhumanas parecidas por la confesión de un credo; y todo ello bajo la apariencia de la liberación del hombre, de su progreso y de la justicia social.

 

De tal fortalecimiento del hombre interior, están necesitados igualmente los hombres –cristianos y no cristianos– que pertenecen a las sociedades jóvenes que reúnen un gran recurso de fuerzas, hasta el momento explotadas por otros, y que se encuentran en vías de desarrollo y de progreso.

 

De este fortalecimiento interior del hombre están necesitados, pues, los hombres de los diversos pueblos, razas y continentes, de toda edad, civilización y cultura.

 

El Sínodo de los Obispos, y la Iglesia contemporánea en todas las partes del mundo, deben saber leer bien los signos de nuestro tiempo y aplicarlos de manera justa a la misión que le ha sido señalada a la Iglesia sobre la Tierra, que no es otra sino ‘aproximar el Reino’. La Iglesia no puede someterse a la presión de las potencias externas, porque la evangelización y toda actividad de la Iglesia tiene su inicio y se desarrolla sobre la base de esta declaración que el mismo Jesucristo ha hecho a los Apóstoles después de la Resurrección: ‘Me ha sido dado todo el poder en el Cielo y en la Tierra. Id, pues, y haced discípulos míos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándolos a observar todas las cosas que yo os mando. He aquí, que yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación del mundo’ (Mt 28, 18-20).

 

San Pablo era plenamente consciente de ello cuando, con magnífica sensibilidad, no sólo de su tiempo sino también del nuestro, escribió: ‘Y nosotros hablamos de esto no con palabras sacadas de la sabiduría humana, sino aprendidas del Espíritu, adaptando a hombres espirituales doctrinas espirituales… El hombre espiritual juzga de todo y no es juzgado por nadie. Porque ¿quién ha conocido el pensamiento del Señor para poder instruirle? Nosotros, en cambio, poseemos el pensamiento de Cristo’ (I Cor 2,13-16).

 

En la época en que vivimos, frente a la llamada ‘tercera aceleración’ –que mira sobre todo el progreso de los medios técnicos y de las estructuras organizativas–, debemos plantearnos con mayor urgencia, mirando al futuro de nuestra civilización, esta pregunta: el verdadero desarrollo del hombre –es decir, su progreso personal, su madurez espiritual y su personalidad moral–, ¿tendrá lugar al mismo ritmo que el progreso de los medios técnicos disponibles? ¿De qué manera, en definitiva, dominando la faz de la Tierra, podrá el hombre plasmar en ella su rostro espiritual?

 

Podremos responder a esta pregunta con la expresión –tan feliz y tan familiar a gentes de todo el mundo—que Mons. Escrivá de Balaguer ha difundido hace tantos años: santificando cada uno su propio trabajo, santificándose en el trabajo y santificando a los otros con el trabajo (J. Escrivá de Balaguer: Es Cristo que pasa, Madrid 1973, pp. 107 y ss.).

 

Este esfuerzo por corroborar el hombre interior en cada circunstancia de la vida social –que, como en tiempos de San Pablo, es el núcleo de la evangelización– es, a la vez, condición indispensable para ofrecer un futuro verdaderamente humano a nuestra civilización. Y el hombre interior alcanzará su propio desarrollo a través de esos canales por los que la vida de Jesucristo –verdadero Dios y verdadero hombre– se transmite a nuestra vida: por medio de los Sacramentos. He aquí por qué la evangelización, que se centra en la necesidad de fortalecer el hombre interior, muestra su conexión lógica con los Sacramentos, instituidos por Cristo precisamente para dar al hombre la vida nueva de los hijos de Dios.

 

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La caja negra de Darwin (2)

 

Daniel Iglesias Grèzes

 

Comentario de: Michael J. Behe, Darwin’s black box: the biochemical challenge to evolution, Free Press, New York 2006; 10th anniversary edition, with a new afterword.

 

8.      La ciencia de la evolución molecular

 

El autor se pregunta lo siguiente: si los sistemas bioquímicos complejos, como los ejemplos analizados en los Capítulos 3-7, no han sido explicados por nadie, ¿qué tipos de trabajos bioquímicos han sido publicados bajo el rótulo de “evolución”? En el Capítulo 8 (“Publica o perece”), Behe muestra qué ha sido estudiado en esta área y qué no.

 

El autor comienza su relevamiento por una revista especializada de mucho prestigio, el Journal of Molecular Evolution (JME), dedicada exclusivamente a la investigación orientada a explicar el origen de la vida en el nivel molecular. Durante la década anterior, el JME había publicado alrededor de mil artículos científicos. Esos artículos pueden ser clasificados fácilmente de la siguiente manera:

 

·        Más del 80% corresponde a comparaciones de secuencias de ADN o de proteínas.

·        Alrededor del 10% corresponde a la síntesis química de moléculas consideradas necesarias para el origen de la vida.

·        Alrededor del 5% corresponde a modelos matemáticos de la evolución molecular o métodos matemáticos para comparar e interpretar datos de secuencias.

 

Una comparación de secuencias es una comparación de dos proteínas diferentes, aminoácido por aminoácido; o una comparación de dos porciones diferentes de ADN, nucleótido por nucleótido. Aunque útil para determinar posibles líneas de descendencia, lo cual es una cuestión interesante por sí misma, comparar secuencias no puede mostrarnos cómo un sistema bioquímico complejo logró su función, la cuestión principal tratada en este libro. Behe explica esto con una analogía: los manuales de dos modelos diferentes de computadoras producidos por la misma compañía pueden tener muchas palabras, frases o incluso párrafos idénticos, sugiriendo un origen común (quizás el mismo autor escribió los dos manuales), pero comparar las secuencias de letras de los manuales nunca nos dirá si una computadora puede ser producida paso a paso comenzando con una máquina de escribir (y, agrego yo, cambiando piezas en forma aleatoria).

 

Por otra parte, los modelos matemáticos de la evolución molecular, aunque útiles para entender cómo los procesos graduales se comportan en el tiempo, asumen como hipótesis que la evolución en el mundo real es un proceso gradual y aleatorio; no lo demuestran ni pueden demostrarlo.

 

En cuanto a la investigación sobre el origen de la vida, se ha desvanecido el optimismo prevalente en los años 1950 después de los famosos experimentos de Stanley Miller. Behe cita la siguiente evaluación global de Klaus Dose, un científico prominente en esta área: “Más de 30 años de experimentación sobre el origen de la vida en los campos de la evolución química y molecular han conducido a una mejor percepción de la inmensidad del problema del origen de la vida en la Tierra más que a su solución. En la actualidad todas las discusiones sobre las teorías y experimentos principales en este campo terminan en un estancamiento o en una confesión de ignorancia.” (p. 168).

 

Behe sostiene que los artículos publicados en el JME incluyen muchos artículos valiosos e interesantes, pero ninguno que contradiga el mensaje de su libro. Este mensaje no consiste en negar la existencia de la evolución por mutaciones aleatorias y selección natural, sino en negar que esa clase de evolución pueda explicar todo en el ámbito de la biología. Behe se pronuncia así: “Como los analistas de secuencias, yo creo que la evidencia apoya fuertemente el origen común. Pero la pregunta radical sigue sin respuesta: ¿Qué ha causado la formación de los sistemas complejos? Nadie ha explicado jamás de un modo detallado y científico cómo la mutación y la selección natural podrían construir las estructuras complejas e intrincadas discutidas en este libro.” (p. 176).

 

A continuación Behe presenta los resultados de su relevamiento de los 400 artículos sobre evolución molecular publicados entre 1984 y 1994 por otra revista prestigiosa: Proceedings of the Nacional Academy of Sciences (PNAS). Este relevamiento arroja un resultado muy similar al del JME. Luego el autor recurre a los libros y a las reuniones científicas. Behe afirma: “La búsqueda puede ser extendida, pero los resultados son los mismos. Nunca ha habido una reunión, ni un libro, ni un artículo sobre detalles de la evolución de sistemas bioquímicos complejos.” (p. 179).

 

Finalmente, Behe presenta un relevamiento de treinta libros de texto de bioquímica publicados entre 1970 y 1995 y usados en universidades importantes. Este relevamiento muestra que muchos libros de texto ignoran completamente la evolución, mientras que el resto le dedica muy poca atención. Por ejemplo, uno de esos libros de texto (Conn et al., 1987, John Wiley & Sons) tiene una sola referencia a la evolución en su índice temático, que tiene en total unas 2.500 referencias. Se refiere a una frase de la página 4: “Los organismos han evolucionado y se han adaptado a las condiciones cambiantes en una escala de tiempo geológica y continúan haciéndolo.” No dice nada más. (p. 183).

 

Behe concluye: ““Publica o perece” es un proverbio que los académicos toman en serio… La teoría de la evolución molecular darwinista no ha publicado, y por lo tanto debería perecer.” (p. 186).

 

9.      El diseño inteligente

 

Tras haber demostrado la impotencia de la teoría darwinista para dar cuenta de la base molecular de la vida, el autor se pregunta lo siguiente: si los sistemas bioquímicos complejos contenidos en las plantas y animales no surgieron de un modo darwinista, ¿entonces cómo surgieron? En el Capítulo 9 (“Diseño inteligente”), Behe analiza tres posibles respuestas: la teoría de la simbiosis (propuesta por Lynn Margulis), la teoría de la complejidad (propuesta por Stuart Kauffman) y el diseño inteligente.

 

En lugar de la visión darwinista del progreso por medio de la competencia y la lucha, Margulis propuso el avance por medio de la cooperación y la simbiosis. Su teoría sobre el origen bacteriano de las mitocondrias de las células eucariotas, inicialmente ridiculizada, fue ganando aceptación a regañadientes y actualmente goza de amplia aceptación. Margulis y otros científicos han propuesto que también otros componentes de la célula son el resultado de simbiosis. Estas otras propuestas son más discutidas. No obstante, supongamos que la simbiosis hubiera ocurrido con frecuencia a través de la historia de la vida. Aun así, la simbiosis no podría explicar el origen de sistemas bioquímicos complejos, por una razón muy sencilla: la simbiosis es la unión de dos células o sistemas separados, tales que ambos estaban funcionando antes de esa unión. La simbiosis requiere la preexistencia de sistemas bioquímicos complejos funcionales.

 

La teoría de la complejidad afirma que los sistemas con un gran número de componentes interactivos se auto-organizan espontáneamente en patrones ordenados. Kauffman propuso que las sustancias químicas de la sopa prebiótica se auto-organizaron en caminos metabólicos complejos y que también el cambio entre distintos tipos de células es un resultado de la auto-organización. La teoría de la complejidad comenzó como un concepto matemático para describir el comportamiento de algunos programas de computadora. Sus proponentes aún no han logrado conectarla a la vida real. Kauffman sostiene que su teoría podría explicar no sólo el origen de la vida y el metabolismo, sino también las formas corporales, las relaciones ecológicas, la psicología, los patrones culturales y la economía. La vaguedad de la teoría de la complejidad ha comenzado a decepcionar a algunos de sus defensores. El número de junio de 1995 de la revista Scientific American preguntó en su portada: “¿La complejidad es un engaño?” Adentro estaba un artículo titulado “De la complejidad a la perplejidad” que hacía la siguiente observación irónica: “La vida artificial, un sub-campo importante de los estudios de la complejidad, es una “ciencia libre de hechos”, de acuerdo con un crítico. Pero sobresale en la generación de gráficos de computadoras.” (p. 191).

 

Sin embargo, supongamos que la teoría de la complejidad fuera verdadera. Aun así, esa teoría no explicaría los sistemas bioquímicos complejos discutidos en este libro. Behe lo explica así: “La esencia de la vida celular es la regulación: la célula controla cuánto y qué tipos de sustancias químicas produce; cuando pierde el control, muere. Un ambiente celular controlado no permite las interacciones casuales entre sustancias químicas (nunca especificadas) que Kauffman necesita.” (p. 191). Behe concluye: “La teoría de la complejidad puede todavía hacer contribuciones importantes a la matemática e incluso modestas contribuciones a la bioquímica. Pero no puede explicar el origen de las estructuras bioquímicas complejas que apuntalan la vida. Ni siquiera lo intenta.” (p. 192).

 

Para una persona que no se siente obligada a restringir su búsqueda a causas no inteligentes, la  sencilla conclusión es que muchos sistemas bioquímicos fueron diseñados, es decir planificados. La conclusión del diseño inteligente fluye naturalmente de los datos mismos, no de libros sagrados ni de creencias religiosas, del mismo modo en que deducimos el diseño en la vida cotidiana.

 

El autor define “diseño” como ordenamiento de partes con un propósito. Con esta definición amplia, en principio todo podría haber sido diseñado. Behe sostiene que no podemos demostrar que algo no ha sido diseñado. Concuerdo con esta afirmación si se le da un alcance metafísico, que Behe no explicita; y subrayo que, dentro del ámbito empírico, con frecuencia podemos demostrar que un hecho dado no fue causado intencionalmente por nadie. Pero la cuestión fundamental aquí es esta otra: ¿Cómo podemos detectar el diseño? ¿Cuándo es razonable concluir que algo ha sido diseñado? Behe responde lo siguiente: “Para sistemas físicos discretos –si no hay una ruta gradual para su producción– el diseño es evidente cuando una cantidad de componentes separados e interactivos están ordenados de modo tal de lograr una función más allá de los componentes individuales. Cuanto mayor es la especificidad de los componentes interactivos requeridos para producir la función, mayor es nuestra confianza en la conclusión de diseño.” (p. 194). A continuación el autor presenta unos cuantos ejemplos (las efigies del Monte Rushmore, posters de Elvis Presley, ratoneras, mensajes en el juego de Scrabble, etc.) que muestran cómo aplicamos un criterio de este tipo para inferir con certeza el diseño en la vida cotidiana. Behe admite que este criterio de detección de diseño no es fácil de cuantificar, pero señala que los aportes del matemático William Dembski en esta materia son muy importantes y merecen ser profundizados por otros científicos.       

 

Generalmente el diseño es aprehendido antes de que podamos plantearnos la pregunta acerca de la identidad del diseñador. La inferencia de diseño puede ser sostenida con toda la firmeza posible incluso sin saber nada acerca del diseñador.

 

El autor pasa luego a considerar la siguiente cuestión: ¿Los sistemas bioquímicos vivientes pueden ser inteligentemente diseñados? Su respuesta es sí”. Los avances recientes de la bioquímica permiten a los científicos diseñar cambios en organismos vivos. El diseño inteligente de sistemas bioquímicos a través de la ingeniería genética es bastante común hoy en día. Todos los científicos, incluso Richard Dawkins, admiten el hecho de que los sistemas bioquímicos pueden ser diseñados por agentes inteligentes para sus propios propósitos y que este diseño puede ser detectado por otras personas. Por lo tanto, la cuestión de si un sistema bioquímico dado fue diseñado se reduce simplemente a aducir la evidencia que apoya el diseño. Aplicando el criterio antes expuesto, podemos inferir con certeza el diseño de algunos sistemas bioquímicos complejos.

 

Ninguna de las teorías basadas en causas no inteligentes (darwinismo, simbiosis, complejidad) puede explicar los sistemas bioquímicos fundamentales de los seres vivos. ¿Podría haber un proceso natural aún no descubierto que explicara la complejidad bioquímica? Si existe ese proceso, nadie tiene la menor idea sobre cómo funciona. Además, esto iría contra toda la experiencia humana, como postular que un proceso natural podría explicar la existencia de computadoras. No es lógico ignorar la masiva evidencia del diseño de los sistemas bioquímicos complejos en nombre de un proceso fantasmagórico. El diseño humano de los productos de la ingeniería genética es análogo al trabajo hecho para causar el primer cilio.

 

Behe no sostiene que podamos demostrar con certeza que todos los sistemas bioquímicos fueron diseñados. En cambio él afirma lo siguiente: “Dado que todo podría haber sido diseñado y que necesitamos aducir evidencia para mostrar el diseño, no es sorprendente que podamos tener más éxito en demostrar el diseño con un sistema bioquímico que con otro. Algunas características de la célula parecen ser el resultado de simples procesos naturales, otras probablemente lo sean. Sin embargo, otras características fueron casi seguramente diseñadas. Y con otras características, podemos estar tan seguros de que han sido diseñadas como que algunas cosas lo fueron.” (p. 208).

 

10.  El debate sobre el diseño inteligente

 

En el Capítulo 10 (“Cuestiones acerca del diseño”) el autor presenta el debate sobre el diseño inteligente, siguiendo un enfoque histórico. Hasta el tiempo de Darwin, el argumento de que el mundo era diseñado era un lugar común tanto en filosofía como en ciencia. En el ámbito anglosajón, el argumento del diseño alcanzó su punto más alto de influencia a través del libro “Teología Natural” del clérigo anglicano William Paley, publicado en 1802. Behe reproduce el párrafo introductorio de ese libro, donde Paley ofrece su ejemplo más famoso de inferencia de diseño: si un caminante encontrara un reloj en el suelo y lo examinara, llegaría fácilmente y con certeza a la conclusión de que fue diseñado y fabricado por un agente inteligente, un relojero.

 

Behe sostiene que, como suele suceder, el argumento de Paley habría sido más fuerte si él hubiera escrito menos, porque en su libro, junto a algunos buenos ejemplos de diseño, incluye también muchos ejemplos mediocres o malos. Paley cayó en descrédito por sus malos ejemplos y sus discusiones teológicas fuera de tema. “Pero exactamente dónde –pregunta Behe– ha sido refutado Paley? ¿Quién ha respondido su argumento? ¿Cómo fue producido el reloj sin un diseñador inteligente? Es sorprendente pero verdadero que el argumento principal del desacreditado Paley no ha sido nunca refutado realmente. Ni Darwin ni Dawkins, ni la ciencia ni la filosofía, han explicado cómo un sistema irreduciblemente complejo como un reloj podría ser producido sin un diseñador.” (p. 213). “Pobre Paley. Sus oponentes modernos se sienten justificados en asumir puntos de partida enormemente complejos (tales como un reloj o una retina) si piensan que entonces pueden explicar una simple mejora (tales como una cobertura de reloj o la curvatura del ojo). No se argumenta nada más; no se da ninguna explicación de la complejidad real, la complejidad irreducible. Incluso los que deberían saber más afirman que la refutación de las extralimitaciones de Paley son una refutación de su punto principal.” (p. 216).

 

A continuación el autor analiza dos argumentos del filósofo David Hume contra el diseño inteligente. En su primer argumento, Hume sostiene que los relojes y los organismos son muy diferentes entre sí, por lo que es absurdo inferir que los organismos tienen una propiedad determinada porque los relojes la tienen. Sin embargo, el argumento de diseño basado en la analogía es válido. Este argumento no dice que los organismos son diseñados porque los relojes son diseñados, sino que ambos (relojes y organismos) son diseñados porque comparten una propiedad determinada (la complejidad irreducible) que exige un diseño inteligente.

 

En su segundo argumento, Hume sostiene que para tener una buena razón para pensar que los organismos de nuestro mundo son productos de un diseño inteligente, tendríamos que haber visitado muchos otros mundos y haber observado allí a diseñadores inteligentes produciendo organismos. Hume critica aquí el diseño como un argumento inductivo; pero en realidad el argumento de diseño no es una inducción, sino una inferencia basada en la mejor explicación. Es decir que si se consideran el diseño inteligente y la evolución “ciega” (en honor a la verdad y por respeto a los ciegos, sería mejor decir “evolución sin inteligencia”) como explicaciones que compiten entre sí, el diseño inteligente es por lejos la explicación más probable. Además, añade Behe, hoy tenemos experiencia directa de miles de diseños inteligentes de sistemas bioquímicos, a través de la ingeniería genética.

 

Luego el autor refuta una analogía de Richard Dawkins que, a pesar de ser patentemente falsa, ha convencido a filósofos de la ciencia como Michael Ruse, Daniel Dennett y Elliott Sober. Behe la presenta según la versión de Sober. Imaginen una cerradura de combinación compuesta de 19 discos. En el borde de cada disco figuran las 26 letras del idioma inglés. Los discos pueden girar separadamente de forma que en una ventana aparecen secuencias de 19 letras. La probabilidad de que aparezca una secuencia determinada es bajísima: uno en 26^19. Pero ahora imaginen que un disco se bloquea si en la ventana sale una letra que coincide con el mensaje elegido como blanco. Repitiendo este proceso, el mensaje elegido aparecerá al cabo de un número sorprendentemente pequeño de pasos (del orden de 13x19). Dawkins establece esta analogía con la evolución darwinista: los giros de los discos representan a las mutaciones aleatorias, pero la selección natural entre las variantes (representada por el bloqueo de los discos) no es aleatoria.

 

La falla garrafal de esta analogía es evidente: ¿Cómo la selección natural decide cuáles letras bloquear? ¿Por qué la selección natural habría de seleccionar una combinación errónea? Si tu vida dependiera de que una combinación aleatoria de letras abriera la cerradura, no te serviría de nada acertar la primera letra. Aunque acertaras 18 de las 19 letras, pronto estarías mirando a las flores desde abajo. La analogía de Dawkins es en realidad un excelente ejemplo de diseño inteligente. El agente inteligente “tiene la frase deseada en mente y guía el resultado en esa dirección tan seguramente como un adivino guía una tabla ouija. Esto difícilmente parece un fundamento firme sobre el cual construir una filosofía de la biología.” (p. 221).

 

Hacia el final del Capítulo 10 el autor analiza la objeción más frecuente contra el diseño inteligente: el argumento basado en la imperfección. Este argumento tiene usualmente la siguiente forma silogística (que expresaré de un modo más general que Behe):

 

·        Premisa mayor: Ningún diseñador habría hecho la especie X con la característica Y.

·        Premisa menor: La especie X tiene la característica Y.

·        Conclusión: La evolución darwinista produjo la especie X con la característica Y.

 

Podemos hacer dos objeciones a este razonamiento. La objeción menos importante es que este silogismo es una falacia lógica conocida como non sequitur, porque la conclusión no se deduce de las premisas. La conclusión correcta sería: “La especie X con la característica Y no fue hecha por un diseñador”.

 

La objeción principal consiste en cuestionar la premisa mayor. Ésta no es un hecho (como la premisa menor), ni una verdad evidente por sí misma, sino una mera opinión subjetiva. Hay argumentos a favor del diseño inteligente que son débiles precisamente por la misma razón que hace ineficaces a los argumentos contra el diseño inteligente basados en las imperfecciones: es decir, porque se basan en meras opiniones o sentimientos sobre cómo deberían ser las cosas.

 

El silogismo en cuestión asume dos cosas que podemos cuestionar: 1) Que la característica Y de la especie X es una imperfección técnica. 2) Que ningún diseñador produce diseños con imperfecciones técnicas.

 

Acerca del primer punto, citaré parte de un discurso pronunciado por el filósofo darwinista Daniel Dennett en marzo de 2006: “Francis Crick lo llamó la Segunda Regla de Orgel. "La evolución es más lista que tú." Una y otra vez evolucionistas, biólogos moleculares, biólogos en general, ven algún aspecto de la naturaleza que les parece inútil o tonto o que no tiene demasiado sentido –y luego descubren que es de hecho un diseño exquisitamente ingenioso, es una brillante pieza de diseño– eso es lo que Francis Crick quería decir con la Segunda Regla de Orgel.”

(fuente: http://www.idnet.com.au/files/pdf/Fundamentalist%20Dennett.pdf)

 

El segundo punto es el principal, por lo que me detendré más en él, formulando dos objeciones.

 

i) La objeción menor es ésta: es un hecho que a veces los diseñadores cometen errores. Los darwinistas no suelen tomar en cuenta este hecho obvio porque generalmente consideran sólo a Dios (un Ser omnisciente y omnipotente) como posible diseñador de los seres vivos. Pero desde un punto de vista lógico no se puede descartar a priori otros posibles diseñadores (por ejemplo, seres extraterrestres).

   

ii) La objeción principal es ésta: es un hecho que a menudo los diseñadores no buscan la perfección técnica. Behe cita dos ejemplos. En primer lugar, la “obsolescencia incorporada” en muchos productos industriales. Y en segundo lugar, él da un ejemplo personal: “No doy a mis hijos los juguetes mejores y más elegantes porque no quiero echarlos a perder y porque quiero que aprenden el valor de un dólar.” (p. 223). El argumento de la imperfección pasa por alto que el diseñador podría tener múltiples motivos, y que a menudo la excelencia ingenieril queda relegada a un rol secundario. El problema básico de este argumento es que “depende críticamente de un psicoanálisis del diseñador no identificado. Sin embargo las razones por las que un diseñador haría o no haría algo son virtualmente imposibles de conocer a menos que el diseñador te diga específicamente cuáles son esas razones.” (p. 223).

 

En este punto yo agrego que es muy curioso e ilógico que los darwinistas pretendan conocer mejor la psicología de Dios (el Ser infinito, inabarcable para nuestra inteligencia finita) que la psicología de los demás diseñadores reales o posibles (seres humanos o extraterrestres). Pienso que esto es un ejemplo de su fuerte tendencia a refugiarse en una mala teología para ocultar las debilidades científicas de su teoría.

 

Luego el autor analiza una subcategoría del argumento de la imperfección: el argumento basado en los órganos llamados “vestigiales”, que aparentan ser residuos inútiles de una función perdida a lo largo de la evolución. Behe dice que ese argumento no es convincente, por tres razones: 1) Que no hayamos descubierto una utilidad para una estructura no significa que esa utilidad no exista. Se ha descubierto la utilidad de muchos órganos antes considerados vestigiales. 2) Incluso si alguna estructura (como por ejemplo los llamados “pseudo-genes”) no tuviera ninguna función, la teoría darwinista no ha explicado realmente cómo esa estructura surgió, con todos los detalles bioquímicos que una explicación científica requiere. 3) Este argumento confunde la teoría del diseño inteligente con el creacionismo fijista o el creacionismo de la “Tierra joven”. El diseño inteligente es perfectamente compatible con la evolución en general, e incluso con alguna medida de evolución basada en mutación y selección natural, en particular.

 

En la sección final del capítulo, el autor plantea algunos de los temas que debería abordar un programa de investigación científica basado en la teoría del diseño inteligente. Por ejemplo, se debería investigar si es posible que la primera célula contuviera ya la información genética de todas las especies que han existido, de tal modo que activando o desactivando determinadas porciones de esa información se hayan generado las diferentes especies.

 

Behe concluye lo siguiente: “La teoría del diseño inteligente promete revigorizar un campo de la ciencia que se ha estancado por falta de soluciones viables a callejones sin salida. La competencia intelectual creada por el descubrimiento del diseño traerá un análisis más agudo a la literatura científica profesional y requerirá que las afirmaciones estén respaldadas por datos duros. La teoría provocará enfoques experimentales y nuevas hipótesis que de otro modo no habrían sido considerados. Una teoría rigurosa del diseño inteligente será una herramienta útil para el avance de la ciencia en un área que ha estado moribunda durante décadas.” (p. 231).

 

11.  Ciencia, filosofía y religión

 

En el Capítulo 11 (“Ciencia, filosofía y religión”) el autor se plantea la siguiente cuestión: después de 40 años de grandes esfuerzos acumulados para investigar la vida en el nivel molecular, el resultado es un grito fuerte y claro de “¡diseño!” Este resultado debería ser considerado como uno de los mayores logros de la historia de la ciencia. Sin embargo, en lugar de la gran celebración colectiva que cabría esperar, un silencio embarazoso rodea la espantosa complejidad de la célula. ¿Por qué la mayoría de la comunidad científica se resiste a admitir una teoría bien fundada (el diseño inteligente) con posibles consecuencias teológicas? Behe analiza cuatro razones.

 

La primera razón es de orden sociológico: una especie de patrioterismo científico que se manifiesta en una lealtad exagerada o desordenada hacia las ideas predominantes en el ámbito científico.

 

La segunda razón es de orden histórico. Algunos científicos y algunos teólogos o creyentes se han enfrentado acerca de la teoría de la evolución de Darwin, y de allí muchos han sacado la errónea conclusión de que existe o debe existir una guerra entre la ciencia y la religión.

 

Los sentimientos o emociones relacionados con estos dos primeros factores no tienen en sí mismos un valor intelectual y no deberían interferir con el debate científico sobre el diseño inteligente. En cambio los dos factores filosóficos que examinaremos a continuación afectan directamente a la cuestión en el nivel intelectual.

 

La tercera razón es la concepción naturalista de la ciencia. El autor ofrece una cita de Richard Dickerson, un prominente bioquímico, que es representativa de esta concepción: “La ciencia, fundamentalmente, es un juego. Es un juego con una regla primordial y definitoria: Regla Nº 1: veamos cuán lejos y hasta dónde podemos explicar el comportamiento del universo físico y material en términos de causas puramente físicas y materiales, sin invocar lo sobrenatural.” (p. 238). Behe subraya que esta regla no es científica sino filosófica y responde que la ciencia no es un juego, sino un vigoroso intento de hacer afirmaciones verdaderas acerca del mundo físico, por lo que la ciencia debería seguir la evidencia física a dondequiera que ella conduzca, sin restricciones artificiales. Behe responde a algunas objeciones, afirmando que el temor a una proliferación de lo sobrenatural en la ciencia es una pomposa exageración, y destacando que, aunque el diseñador inteligente no puede ser objeto de observación o experimentación directa, podemos estudiar sus efectos, de forma análoga al caso del meteorito que destruyó a los dinosaurios hace millones de años.

 

La cuarta razón es la más poderosa: muchas personas, incluyendo a muchos científicos importantes, simplemente no quieren que haya nada más allá de la naturaleza. Esto se puso de manifiesto claramente en la discusión en torno al Big Bang, una teoría científica muy bien fundada con posibles implicaciones teológicas. El autor ofrece una cita muy ilustrativa del célebre astrofísico Arthur S. Eddington: “Filosóficamente, la noción de un comienzo abrupto del presente orden de la Naturaleza es repugnante para mí, como creo que debe ser para la mayoría.” (p. 244). Sentimientos de este tipo movieron a Albert Einstein a cometer un error grave (la inserción de la “constante cosmológica” en sus ecuaciones para evitar un universo inestable) y a Fred Hoyle a proponer la absurda teoría del universo en estado estacionario, que postulaba la continua creación de materia de la nada, sin causa y a un ritmo constante. A pesar de que algunas teorías alternativas al Big Bang han sido descartadas, los científicos comprometidos con el ateísmo (como Stephen Hawking) continúan ideando nuevas teorías alternativas. De aquí se puede inferir que los científicos ateos no tienen por qué temer que una admisión del valor científico del diseño inteligente los obligue a adherirse a una cosmovisión religiosa. Ellos siempre tendrán a mano vías de escape (si razonables o no es otra cuestión), como por ejemplo la panspermia dirigida, postulada por Francis Crick (co-descubridor de la estructura de doble hélice del ADN) y el químico Leslie Orgel.

 

El autor sostiene que hay que vivir y dejar vivir. “La negativa a dar a otros una amplia latitud para sus creencias definitorias ha conducido una y otra vez al desastre. La intolerancia no surge cuando yo creo que he encontrado la verdad. Más bien surge sólo cuando yo pienso que, porque la he encontrado, todos los demás deberían estar de acuerdo conmigo. Richard Dawkins ha escrito que cualquiera que niegue la evolución es “ignorante, estúpido o demente (o malvado –pero prefiero no considerar eso)”. No hay mucha distancia entre llamar a alguien malvado y tomar medidas de fuerza para poner fin a su maldad. John Maddox, el editor de Nature, ha escrito en su revista que “puede que no falte mucho para que la práctica de la religión deba ser vista como anti-ciencia”. En su reciente libro La peligrosa idea de Darwin, el filósofo Daniel Dennett compara a los creyentes en la religión –90% de la población– con animales salvajes que podrían tener que ser enjaulados, y dice que se debería impedir (presumiblemente por coerción) que los padres desinformen a sus hijos sobre la verdad de la evolución, que es tan evidente para él.” (p. 250).

 

La conclusión del diseño inteligente puede parecer muy curiosa, pero en cierto modo el progreso de la ciencia en los últimos siglos ha sido una marcha continua hacia lo extraño. Behe concluye su libro así: “La resultante comprensión de que la vida fue diseñada por una inteligencia es una conmoción para aquellos de nosotros del siglo XX que nos hemos acostumbrado a pensar que la vida es el resultado de simples leyes naturales. Pero otros siglos tuvieron sus conmociones, y no hay razón para suponer que nosotros deberíamos escapar a ello. La humanidad ha soportado mientras el centro de los cielos se movió de la Tierra a más allá del Sol, mientras la historia de la vida se expandió para abarcar a reptiles muertos hace mucho tiempo, mientras el universo eterno probó ser mortal. Nosotros soportaremos la apertura de la caja negra de Darwin.” (pp. 252-253).  

 

12.  Consideraciones finales

 

La edición del décimo aniversario de “La caja negra de Darwin” (del año 2006) contiene un nuevo Epílogo, titulado “Diez años después”. Al comienzo de ese epílogo, el autor sostiene que, a pesar del gran progreso de la bioquímica en los diez años transcurridos, de cientos de comentarios críticos a su libro y de la oposición implacable de algunos científicos muy influyentes, hay muy pocas cosas del texto original que cambiaría si lo volviera a escribir. En cambio hay mucho que podría agregar. A medida que la ciencia avanza, el fundamento molecular de la vida se está revelando exponencialmente más complejo; y así el argumento del diseño inteligente de la vida se vuelve exponencialmente más fuerte.

 

A continuación el autor analiza las principales críticas a su libro. Sostiene que las mayores fuentes de confusión son los malentendidos sobre el concepto de complejidad irreducible y sobre la naturaleza del argumento a favor del diseño. Con respecto al primero de estos dos puntos, Behe refuta detalladamente las críticas de tres autores: el filósofo de la ciencia Robert Pennock, el bioquímico Ken Miller y el biólogo Allen Orr. En pocas palabras, Pennock y Miller tergiversan la definición de complejidad irreducible, volviendo la tesis de Behe lo más frágil posible para poder refutarla fácilmente. Por su parte, Orr pretende resolver el problema de la evolución darwinista de los sistemas irreduciblemente complejos de un modo abstracto, con una explicación vaga e hipotética, sin ninguna referencia concreta a los problemas bioquímicos reales.

 

El argumento a favor del diseño ha sido caricaturizado por muchos críticos como un “argumento basado en la ignorancia”. Behe responde que los sistemas bioquímicos irreduciblemente complejos permiten desarrollar dos argumentos, uno negativo y otro positivo. El argumento negativo muestra que tales sistemas resisten una explicación darwinista (que requeriría una evolución mediante pasos pequeños). El argumento positivo es que sus partes aparecen ordenadas para cumplir un propósito, lo cual es exactamente la forma en que detectamos un diseño. Según Richard Dawkins, esta apariencia de diseño forma parte de la mismísima definición de la biología: “La biología es el estudio de cosas complicadas que dan la apariencia de haber sido diseñadas para un propósito.” (p. 264). Más aún, Dawkins admite que esa apariencia de diseño es abrumadora: “Los resultados vivientes de la selección natural nos impresionan abrumadoramente con la apariencia de diseño como por un maestro relojero, nos impresionan con la ilusión de diseño y planificación.” (p. 264).

 

A continuación el autor afirma que, después de diez años, el darwinismo sigue siendo tan especulativo como siempre. “Todas las ciencias comienzan con la especulación; sólo el darwinismo termina rutinariamente en ella.” (p. 268). Behe revisa las críticas a sus capítulos de ejemplos de sistemas bioquímicos complejos y muestra la invalidez de esas críticas. En 1996 el microbiólogo James Shapiro declaró: “No hay explicaciones darwinistas detalladas de la evolución de ningún sistema bioquímico o celular fundamental, sólo una variedad de especulaciones ilusionadas.” (p. 271). Behe agrega: “Diez años después, nada ha cambiado. Llámenlas especulaciones ilusionadas o escenarios plausibles –ambos sólo significan una falta de respuestas reales.” (p. 271).

 

Behe concluye el epílogo afirmando que las perspectivas futuras para la hipótesis del diseño inteligente son excelentes y que estudiantes avanzados y destacados de disciplinas científicas demuestran mucho interés en el diseño inteligente.

 

El libro termina con un Apéndice (“La química de la vida”) que es una breve introducción a la bioquímica.

 

En mi opinión, “La caja negra de Darwin” es un libro muy importante y recomendable. A través de la noción de complejidad irreducible, Behe ha hecho un aporte fundamental al debate entre el darwinismo y el diseño inteligente. “La caja negra de Darwin” demuestra sobradamente que los abundantes sistemas bioquímicos irreduciblemente complejos representan un obstáculo formidable para la teoría darwinista de la evolución; un obstáculo tal que no hay razón para suponer que ésta pueda superarlo algún día.

 

En cuanto al argumento positivo de Behe a favor del diseño, pienso que, aunque es esencialmente correcto, necesita ser reforzado por medio de una formulación matemática. En este sentido, los aportes de los dos principales exponentes del movimiento del diseño inteligente (Michael Behe y William Dembski) se complementan entre sí: la teoría matemática de Dembski sobre la información con complejidad especificada da una forma más rigurosa a la inferencia de diseño. (Fin).

 

Nota: Las citas del libro han sido traducidas por mí.

 

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Proclama pro-vida

 

Compatriotas: en este día, lunes 24 de setiembre de 2012, en la víspera de la votación en la Cámara de Representantes, las organizaciones defensoras de la vida del Uruguay abajo firmantes declaramos a toda la ciudadanía lo siguiente.

 

La legalización del aborto se ha venido tratando en forma antidemocrática, anticonstitucional, ilegal y antirreglamentaria en el Parlamento.

 

Denunciamos la maniobra engañosa de llamar “despenalización” a un texto que convierte el aborto en un acto legal, al considerarlo un “acto médico” y un derecho de la mujer exigible ante los centros de salud. Se trata de una verdadera legalización del aborto, y eso es lo que va a votar cualquier legislador que vote a favor de esta iniciativa.

 

Si este texto es aprobado, se va a poder discriminar con la mayor violencia, y dar legalmente muerte y posterior desaparición al más indefenso e inocente de todos, el ser humano aún no nacido. 

 

En algunos casos se va a poder abortar hasta los nueve meses de embarazo. Así lo establecen las excepciones que se prevén al plazo de 12 semanas. Cualquier argumento servirá, hasta los 9 meses, pues en realidad se trata de la sola voluntad de la mujer, y además, se alegará “grave riesgo de salud” para la madre, con un concepto de “salud” tan vago que alcanzará con un simple malestar psicológico normal en un embarazo.

 

Volvemos a exigir, y seguiremos exigiendo, que se respete y proteja el derecho a la vida de todo ser humano desde la fecundación hasta la muerte natural. No queremos vivir en una sociedad totalitaria que pisotee los derechos humanos, promoviendo desde el Estado la mayor discriminación y violencia, y la desaparición forzosa de los seres humanos por nacer: el aborto es por ello un crimen de lesa humanidad.

 

Rechazamos que se quiera solucionar problemas haciendo desaparecer a las personas. Con la misma lógica se va a poder hacer desaparecer mañana a los ya nacidos que puedan ser considerados un estorbo y una carga social inútil.

 

No queremos que se pretenda usar a las mujeres y sus derechos como excusa para que se pueda matar legalmente tanto a varones como a mujeres. Además, legalizando el aborto sólo se abrirá más aún la puerta que conduce a las mujeres a la herida traumática post-aborto. 

 

Rechazamos que bajo el rótulo de los derechos de la mujer se quiera legalizar el machismo, dando luz verde a la irresponsabilidad del varón mediante el recurso fácil del aborto. 

 

Denunciamos también que, en el texto que se pretende aprobar, se silencian los derechos del padre; de esta manera se viola su derecho a defender la vida de su hijo.

 

No aceptamos que el dinero de nuestros impuestos se manche de sangre inocente al utilizarse en gastos de abortos.

 

Exigimos que se vote y se apruebe de una buena vez una ley de ayuda a la mujer embarazada en situación angustiosa, y que el Estado reconozca y promueva la labor de las muchas asociaciones que ya están haciendo una magnífica obra en ese sentido, a pesar de la insuficiencia de sus recursos y muchas veces de la total ausencia de apoyo del Estado a su tan encomiable y beneficiosa labor. 

 

Rechazamos que se viole la libertad de ideario de las instituciones de salud obligándolas a proporcionar abortivos, asesorías para abortos y a realizar abortos, así como a realizar cualquier otra práctica no auténticamente terapéutica. No aceptamos el engaño de la tercerización, mediación o como se la quiera llamar, que de todos modos hace incurrir a las instituciones de salud en la responsabilidad y la complicidad con el crimen del aborto.

 

No estamos para hablar de referéndums, sino para exigir el respeto irrestricto del derecho a la vida en nuestro país. El derecho a la vida no se puede plebiscitar.

 

Exigimos a los señores legisladores que en cumplimiento del mandato popular, voten a favor de la democracia, a favor de los derechos humanos, a favor de la libertad, a favor del derecho a la vida y, por tanto, en contra de este texto que atenta contra el fundamento mismo de una sociedad democrática. Nos comprometemos a ilustrar activamente a la opinión pública, de aquí a todas y cada una de las futuras elecciones, sobre la conducta de cada legislador en la defensa o no del más básico de los derechos humanos en estas instancias decisivas.

 

Apostamos por un país respetuoso de los derechos humanos, donde nadie tenga derecho reconocido por ley a pisotear u oprimir o asesinar a otra persona, y donde la mira de los proyectos y estrategias esté puesta en la vida y no en la muerte.

 

Por eso, estamos todos convocados para mañana a partir de la hora 9 al Palacio Legislativo. Es la hora de manifestar la sensibilidad hacia los más débiles ante el abandono y atropello de los más fuertes. Hay que escribir una página más de la historia de nuestro pequeño gran país. Somos nosotros, el pueblo uruguayo, los encargados de escribirla.

 

¡Arriba uruguayos por la vida!

 

AFAVI

Asociación Familia y Vida 

Centro de Bioética Rioplatense

Comisión Nacional de Pastoral de la Familia y la Vida de la Conferencia Episcopal del Uruguay

ESALCU

Espacio Joven Vida Más

Esperanza Uruguay

Familias Auto-convocadas por la Vida

Foro Uruguayo de la Familia

Instituto Jurídico Cristiano, Uruguay

IUFF (Instituto Uruguayo de Formación Familiar)

Madrinas por la Vida

Mesa Coordinadora Nacional por la Vida

Mesa Coordinadora de Salteños por la Vida

Misión Vida para las Naciones

Movidos por la Vida

Voluntarios Rivera

 

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Triste y lamentable jornada

 

Lic. Néstor Martínez


Triste y lamentable jornada en el Palacio Legislativo: la Cámara de Diputados aprobó el texto de legalización del aborto por un solo voto. Falta, es cierto, la instancia del Senado. Pero de todos modos es suficiente ya con lo visto para concluir que hay algo que no funciona.


Mirando las barras llenas de jóvenes, casi la totalidad de ellos a favor del derecho a la vida y en contra de la legalización del aborto, uno se pregunta si esos jóvenes no se habrán ido ayer del Palacio de las Leyes con la impresión de que la democracia sirve para pisotear legalmente los derechos humanos. No hay más remedio que preguntarse: ¿qué dignidad le quedaría a una casa que a la postre mostrase que sirve para dar estatuto legal al homicidio?


Muchos discursos elocuentes, muchos testimonios muy sentidos, pero el hecho es que se aprobó desproteger legalmente la vida humana. Muchos elogios a la altura, la corrección y la tolerancia en general del debate. Eso es precisamente lo triste: que hagan falta tantas y tan grandes cualidades para abrir la puerta al genocidio. Nunca vamos a poder tener el punto de vista sobre el nivel de las intervenciones y el tono general de la discusión de los que eventualmente serán abortados legalmente si se termina de aprobar este texto.


Hay límites; no todo es relativo. En la visión menos pretenciosa posible, el derecho a la vida de todo ser humano inocente es justamente uno de esos “mínimos” que algunos legisladores partidarios de la legalización del aborto invocaron también en sus discursos. El derecho a la vida es un mínimo, no es un máximo ni un extremo. Que no se me pueda matar excepto en legítima defensa ante alguna injusta agresión por mi parte no es exquisitez ética, no es rebuscamiento moral, no es maximalismo ni rigorismo, no es “moralina”, como increíblemente se dio a entender también varias veces en la lamentable jornada vivida hoy. Si se puede llegar a legislador pensando que eso no es un “mínimo”, es que estamos mal, muy mal, ante todo como país, como sociedad, como cultura.


Con la aprobación de este texto hoy en Diputados se dio un paso importante, por lo menos, hacia la creación de un nuevo Uruguay, un país distinto de aquel en el que todos nosotros crecimos. Crecimos en un país en que se consideraba delito disponer de la vida de un ser humano inocente. Si este texto termina de aprobarse, ese país no va a existir más.


Es cierto que la ley de 1938 tiene sus incoherencias. Buena parte del discurso pro-legalización del aborto consistió en atacar esas incoherencias. Pero se omitió decir algo muy importante: cualquier ley sobre el aborto va a tener siempre grandes incoherencias. Cuando una madre decide matar a su hijo o a su hija, hace rato que ya no estamos en las condiciones normales en las que cabe esperar soluciones óptimas y absolutamente satisfactorias. Si vamos a esperar que la realidad humana esté libre de contradicciones y de incoherencias, para recién ahí defender por ley los derechos humanos básicos y fundamentales, de la única forma en que la ley puede hacerlo, es decir, penalizando las violaciones de esos derechos, entonces nunca vamos a poder tener leyes en la sociedad humana que defiendan los derechos de las personas.


¿Es duro, difícil de tragar, que una madre que quita la vida a su hijo vaya presa? ¿Es absurdo o inconsistente que la ley diga que tiene que ir presa y que ninguna de las madres que abortan vaya presa? Pues bien, mucho más duro, mucho más absurdo y mucho más inconsistente es que en una democracia republicana que pretende gozar del Estado de Derecho y que se pretende respetuosa de los Derechos Humanos una ley establezca que se puede quitar la vida impunemente al ser humano inocente. Esto es precisamente lo que votaron los que votaron a favor de la legalización del aborto hoy en Diputados.


Hay situaciones reales que no admiten soluciones perfectas. Pero también es verdad que una situación imperfecta siempre puede ser empeorada. Se insistió mucho, en efecto, en la ineficacia de la ley actualmente vigente para impedir los abortos. Se dieron cifras de abortos clandestinos, como han sido todos en Uruguay desde 1938, sin especificar cuál es el registro oficial de abortos clandestinos de donde se extrajeron esos datos. Se supuso además que la cifra de abortos evitados desde 1938 hasta aquí debido al carácter ilegal del aborto es nula. Tampoco se especificó la fuente registral de abortos no realizados de donde procedería esa cifra.


Cansa y fatiga tener que volver a decir, una y otra vez, que la ley tampoco ha podido impedir el robo, la rapiña, el asalto a mano armada, el copamiento, el fraude, la estafa, la violación, el homicidio, etc. No se debe comparar los resultados de una ley que penaliza atentados contra los derechos humanos básicos y fundamentales con los resultados que nosotros querríamos, sino con lo que sería la realidad si no existiese ni siquiera esa prohibición legal. En el mar embravecido de las pasiones, los egoísmos y las violencias humanas, la ley no es un cómodo transatlántico, sino el pedazo de madera del cual se agarra el náufrago humano para no hundirse del todo. Las rugosidades, nudos, rajaduras o agujeros que pueda presentar el madero se deben comparar, no con el mueble ideal, sino con lo que sucedería si ese madero no existiese.


Pero la ley de 1938, dicen, no ha podido impedir los abortos. ¿Qué es lo que va a pasar entonces si se aprueba definitivamente este texto aprobado hoy en Diputados? Obviamente, van a aumentar los abortos. Se va a banalizar aún más el valor de la vida humana. Se va a extender aún más la irresponsabilidad en materia sexual. Va a ocurrir exactamente lo contrario de todo aquello que adujeron como justificación los que votaron a favor de este texto. Se insistió hasta la saciedad en que el aborto es una realidad que no se puede ignorar. Lamentablemente, si al final se aprueba este engendro, vamos a ser testigos, en el futuro próximo, de los esfuerzos de sus partidarios por no ver, por ocultar, por ignorar y hacer ignorar la realidad del aumento constante y sostenido, a través de los años, de la cantidad de abortos legales, ante todo en relación con la cantidad de concebidos, y eventualmente también en términos absolutos. Así ha ocurrido nada menos que en Estados Unidos, Gran Bretaña, España, Suecia, Nueva Zelanda y otros países. Y además es lógico que así ocurra, porque aquí no se ha tenido en cuenta la función educativa de la ley y su influencia en la formación de opiniones y de criterios para distinguir lo bueno de lo malo.


¿Y cuando eso ocurra, cuando ya no se pueda negar que el efecto del cambio legal ha sido aumentar la cantidad de abortos, y eventualmente, por tanto, de muertes maternas por abortos provocados, qué van a decir los que votaron a favor de este texto, si todavía se encuentran en este mundo? ¿Cuántas excusas, cuántas explicaciones, cuántas justificaciones o pedidos de perdón serán necesarios y suficientes ante las nuevas generaciones, a las cuales se les habrá entregado gentilmente la tarea de resolver ese problema así agravado?

 
Quién sabe, quizás también nosotros tengamos nuestros Nathansons, nuestros abortistas convertidos en defensores del derecho a la vida. Así lo quiera Dios. Pero en todo caso, eso ocurrirá en el nuevo Uruguay al que quieren dar a luz los que votaron a favor de este texto. Un nuevo Uruguay en el que, como decíamos, el derecho a la vida del ser humano inocente ya no sería algo inviolable.


No hay más remedio que constatar la realidad objetiva: sería un nuevo Uruguay mucho más cercano espiritualmente que el antiguo a aquel régimen que floreció en Alemania en tiempos de Hitler. Y la asociación no es caprichosa, porque en la votación de hoy se llegó a hablar de “eugenesia”, es decir, de aquella palabra que había sido una de las banderas principales del nazismo y que, tras su derrota, en la post-guerra debió ser sustituida por “planificación familiar”, bajo el entendido, en los que operaron esa maniobra, de que con ese rótulo se estaría practicando la “criptoeugenesia” o eugenesia escondida. Hoy parece que hemos “progresado” lo suficiente como para que ya no sean necesarios estos tapujos. Estamos volviendo, entonces, a los tiempos de Hitler. “Eugenesia”, es decir buena reproducción, o sea la mejora de la raza humana mediante la reproducción selectiva de solamente los “aptos”, impidiendo la reproducción de los “no aptos”. Será por eso, piensa uno, que los defensores de la legalización del aborto se muestran tan preocupados por las dificultades para abortar que tienen las mujeres pobres.


Estuvieron también representados los mesurados defensores del justo medio, la áurea medianía enemiga de todo extremismo. Hay que concluir que el principal adversario “fundamentalista” de estos pensadores equilibrados es el mismo no nacido, que hasta ahora no ha encontrado la forma de no estar ni vivo ni muerto. No ha podido salir de la alternativa “en blanco y negro” de que su derecho a la vida sea respetado o no. Se podría por tanto hablar de un persistente maniqueísmo en el planteo existencial de todo ser humano no nacido, que no parece capaz de situarse más allá de las posturas extremas de la vida y la muerte.


Y, por lo visto, sigue avanzando la nueva doctrina metafísica ya esbozada en el Senado, según la cual es, de nuevo, tan extremista y fundamentalista decir que la madre y el no nacido son dos seres distintos, como decir que se trata de un solo ser, a saber, la madre. Parece que la evolución de la especie ha podido producir mentes lo suficientemente sutiles como para escapar a ese dilema, que uno diría de hierro. Sólo que al final, el resultado es decepcionantemente extremista y hasta, se podría decir, fundamentalista: se concluye que la madre tiene derecho a matar al hijo. No a matarlo y no matarlo, o a matarlo sólo un poco, o en parte, o a irlo matando, como cabría esperar, sino que de nuevo los maniqueísmos terminan por prevalecer.


Pero lo más triste de todo, es que este texto fue aprobado en Diputados gracias al voto de algunos Diputados católicos. El derecho a la vida (siempre lo hemos dicho) no es una verdad específicamente cristiana ni católica. No es una verdad que sólo se pueda conocer por la fe en la Revelación divina. Es una verdad natural, que se puede conocer con la sola razón natural del ser humano. Pero, así como la fe supone la razón, también la ilumina y la capacita para conocer la verdad. Si alguien no tiene excusa en este mundo para no valorar y defender el derecho del ser humano a la vida, es el cristiano, y el cristiano católico. Pues bien, ha sido con votos de católicos, y de católicos practicantes, volvemos a decir, que se aprobó este texto en Diputados.


Es claro que eso abre todo un nuevo espacio de reflexión. ¿Qué ha pasado para que estos católicos no hayan sabido o podido votar de acuerdo con su fe en un tema tan esencial? ¿De dónde han recibido estos hermanos nuestros esas formas de pensar tan contrarias a lo más básico y esencial del humanismo cristiano? ¿Cómo es que una vida vivida en comunión con la Iglesia no los ha capacitado ni sensibilizado para la defensa del derecho de todo ser humano a la vida? ¿Qué formación han recibido? ¿Dónde? ¿De quiénes?


Pues bien, un comienzo de respuesta, sin duda parcial e incompleto, un simple balbuceo, digamos, podemos verlo en otro hecho lamentable que ocurrió hoy en el Parlamento: una, dos, tres, cuatro veces, por lo menos, los partidarios de la legalización del aborto usaron como argumento las desafortunadas expresiones escritas en su momento por el fallecido R. P. Luis Pérez Aguirre SJ, “Perico”, para sus allegados. Según este sacerdote en su tristemente famoso artículo, la penalización del aborto es injusta, inmoral, ineficaz. Han sido en parte, entonces, las palabras de un sacerdote, de un consagrado, de un ministro de Cristo en su Iglesia, las que han servido de excusa a los que quisieron privar del derecho a la vida al ser humano no nacido, y lograron dar un paso muy importante en ese sentido, en la Cámara de Representantes.


Finalmente, y en consonancia en parte con lo anterior, hay que constatar la estremecedora ignorancia con que no es raro, lamentablemente, que el legislador aborde los temas relacionados con la defensa del derecho a la vida del ser humano. Es inevitable concluir que una de las principales tareas futuras del movimiento pro-vida es la tarea formativa.

 

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Comentarios sobre la despenalización del aborto provocado

 

Dr. Ricardo Pou-Ferrari

Médico Ginecólogo

 

El Uruguay puede enorgullecerse de ciertos logros legales, algunos de los cuales datan de largo tiempo. Entre ellos, la abolición de la esclavitud y la de la pena de muerte. Los mismos traducen la importancia concedida al respeto por la vida humana. Igual propósito anima la profusa legislación tendente a promover la salud de la mujer (en especial de la embarazada), del niño y el adolescente (en particular aquellos en situación de abandono), de los discapacitados, de los carentes de recursos materiales, etc. En estos, como en tantos otros ejemplos, la sociedad, representada por el Estado, toma la responsabilidad de amparar la vida y optimizar las condiciones para el desarrollo integral de los más desamparados.

 

Nos enfrentamos hoy, nuevamente, a un proyecto de Ley para la despenalización del aborto voluntario, provocado, contra natura o, como se lo llamaba en épocas ya pretéritas, quizás con menos hipocresía que hoy, “aborto criminal”.

 

Los ginecólogos tenemos el privilegio, que a la vez implica una grave responsabilidad, de ser testigos del comienzo de la vida humana.

 

En los últimos decenios, la tecnología (aplicada a la medicina) ha permitido adentrarse, cada vez con mayor precisión, en el fascinante proceso del desarrollo del embrionario y fetal a lo largo de la gestación. Medio siglo atrás, sólo era posible comprobar el embarazo al segundo o tercer mes, a través de signos clínicos indirectos (atraso menstrual, síntomas subjetivos evocadores), por signos de probabilidad (modificaciones del tamaño y de las características físicas del útero y de otros órganos femeninos) y, más tarde, por signos de certeza (percepción de movimientos, palpación del feto, auscultación de sus latidos). En años siguientes se dispuso, sucesivamente, de pruebas indirectas (“del sapo” o de Galli Mainini) y directas (determinaciones bioquímicas en orina o en sangre), que demuestran la presencia de hormonas segregadas por el embrión (hormona coriónica gonadotrófica). Por último, la ecografía ha hecho posible observar, a partir de pocos días del inicio de la gestación, la presencia y el desarrollo del saco embrionario, la aparición del embrión, de su actividad cardíaca, sus movimientos, etc.

 

El avance del conocimiento científico básico y aplicado permitió conocer con exactitud los sucesivos fenómenos relacionados al inicio del embarazo: ovulación, fecundación, formación del cuerpo amarillo gravídico, implantación, formación de la placenta, así como el progresivo desarrollo de los distintos aparatos y sistemas del nuevo ser en desarrollo.

 

Este “poderío” de la medicina no ha permitido, sin embargo, por lo que se desprende de las discusiones parlamentarias, aclarar en la mente de los involucrados, el asunto del comienzo de la vida humana y por consiguiente, el momento a partir del cual ésta es digna del mismo respeto que en cualquiera de las otras situaciones mencionadas al inicio.

 

Sin embargo, basta un razonamiento no muy complicado ni apartado de los hechos perceptibles, para llegar a la conclusión de que, una vez fusionados los materiales genéticos procedentes de los gametos progenitores (óvulo y espermatozoide), surge una célula viva, con caracteres absolutamente nuevos, originales, únicos y distintos de sus precursoras, poseedora de un potencial de desarrollo que le es propio. Obviamente, esa célula viva es humana (no es porcina, ni bovina, ni canina…) y en virtud de la programación contenida en sus genes, tiene la capacidad de comenzar a dividirse y proseguir haciéndolo, formándose así, a partir del “zigote” inicial, series de células o “blastómeras”, que progresivamente se van “especializando”, para dar origen a las tres capas iniciales y, a partir de ellas, a los distintos órganos del nuevo ser, con sus respectivas funciones.

 

Desde la fecundación (que ocurre en la trompa de Falopio) en adelante, el desarrollo embrionario es un continuum, que sólo se divide en etapas para su mejor estudio y comprensión. Ese nuevo ser humano individual sólo requiere las condiciones que le brinda el útero materno y, luego del nacimiento, el cuidado y la alimentación (importancia del amamantamiento o sus equivalentes), habida cuenta de la inmadurez con que nace.

 

Con la exposición hecha hasta aquí pretendemos dejar establecido: 1) que la vida humana comienza con la fecundación; 2) que el desarrollo embrionario y fetal es un proceso, del que el nacimiento es tan sólo un “mojón” que señala el comienzo de la vida extrauterina (y que festejamos en cada cumpleaños); 3) que ese nuevo ser es frágil y dependiente, tanto antes como después del nacimiento; 4) que no existen momentos “clave” que indiquen que el feto es más o menos humano.

 

***

 

Otro hecho referente al tema del aborto que nos ha tocado vivir en el plazo relativamente corto de cuarenta años es el cambio progresivo en el concepto de viabilidad” fetal, o sea el momento a partir del cual es posible, con la asistencia debida, que el feto nacido sobreviva. De la definición anterior surgen las de “aborto” y “parto prematuro”, según que el producto carezca o tenga –respectivamente– probabilidad de vivir fuera del útero materno.

 

No muy lejos están los tiempos en que este límite entre ambos terrenos era un peso fetal de 1.500 gramos. Poco a poco, casi sin advertirlo, los obstetras fuimos haciéndonos a la idea de que a consecuencia de los avances progresivos en el cuidado del recién nacido, cuando las circunstancias obligaban, podíamos interrumpir el embarazo, aún con fetos muy pequeños y relativamente inmaduros, los que, sin embargo, era posible que sobrevivieran normalmente con los debidos cuidados.

 

Este hecho demuestra la relatividad y especialmente el riesgo de establecer plazos, que son siempre arbitrarios, a la hora de catalogar un feto como viable o no. Progresivamente, fue tomando cuerpo la pediatría intrauterina, cuyo paciente es el feto, al que es posible controlar y medicar. En forma paralela, la neonatología se fue imbricando a la anterior, para formar la perinatología, que agrega, a las ya citadas, las medidas de reanimación y cuidado postnatal.

 

Como en otras áreas de la medicina, los mejores resultados derivan de la prevención, en este caso, del control de la embarazada. La óptima “incubadora” es el útero materno, pero cuando las condiciones se vuelven adversas allí, es preferible –por razones de salud materna y/o fetal– la interrupción del embarazo. Aun cuando ésta se realice en etapas consideradas hasta hace no mucho tiempo como de no viabilidad, puede lograrse hoy un recién nacido prematuro pero sano.

 

Estas consideraciones pretenden poner en evidencia: 1) el escaso valor de los plazos de respeto” por nuestro paciente intrauterino; y 2) subrayar la total arbitrariedad e injusticia de establecer por ley las doce semanas de gestación como una “fecha mágica”, antes de la cual se puede sacrificar esa vida, como si tuviera menos valor y su supresión fuese menos execrable que si se realizara más adelante (¿por qué no, después del parto?).

 

***

 

Otro hecho que sorprende es ver que esos mismos legisladores que hoy promueven la despenalización del aborto, estudian concienzudamente las precauciones que deben establecerse para con los embriones resultantes de la fertilización “in vitro”. En otros términos, que por un lado aceptan la interrupción del embarazo antes de las doce semanas, privando –como es obvio– de su vida a un ser humano, y por otro admiten –más o menos tácitamente– el valor de la vida de los embriones de unas pocas células (que evidentemente también merecen ser resguardados).

 

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Finalmente, haré unas breves consideraciones sobre el ambiente conductual, por no decir moral, en que crece la idea, el proyecto de la despenalización del aborto.

 

Las coordenadas culturales han banalizado la sexualidad, reduciéndola, poco a poco, a uno de sus aspectos, el placer coital. En el último medio siglo ha aumentado, en todos los aspectos de la vida, el hedonismo (búsqueda del placer por el placer mismo, librarse de las complicaciones, de lo costoso, de lo que requiere esfuerzo). Como parte de esta manera de pensar, la sexualidad se ha convertido en una necesidad impostergable y urgente en la relación entre hombre y mujer; no hay verdadero “amor” entre ambos si éste no “pasa por la cama”. Se ha ridiculizado la continencia y –¡casi da vergüenza pronunciar la palabra!– la virginidad. Indirectamente, el ambiente presiona a los jóvenes, apurando su iniciación sexual. Como corolario, hay relaciones “apresuradas”, a veces sólo para cumplir con los cánones sociales, sin el esperado mutuo compromiso, las que tienen por consecuencia el cambio de compañero “como de camisa” y el notable incremento en las enfermedades de transmisión sexual.

 

Todo está dado para hacerlo fácil y sin consecuencias. Especialmente el varón se ha liberado de “ataduras”, de “temores”, se ha desbocado su deseo por satisfacer sin medida el apetito sexual, cuando bien se sabe que éste no está entre los imprescindibles e impostergables a riesgo de comprometer la salud y la vida (como comer, beber, dormir, etc.). Las mujeres, por ignorancia o llevadas por lo que dicta la norma, se adaptan e incluso promueven tales conductas. No dudan en utilizar los anticonceptivos hormonales (que no sólo no requieren prescripción como ocurre con otros medicamentos, sino que se ofrecen gratuitamente o a bajo precio); de este modo, las que creen estar “liberadas” se convierten en “objeto sexual”; están prontas ante cualquier circunstancia eventual.

 

Podemos decir que hemos asistido a una deshumanización de la sexualidad. Ésta en general se saltea la etapa del discernimiento, que debería ser previa en este caso como en toda otra conducta humana, habida cuenta del desarrollo y omnímoda influencia del cerebro (telencefalización). Sólo vale el principio del placer; domina, omnipotente, la pulsión, la pasión.

 

La sexualidad ha sido, además, reducida a la genitalidad; las manifestaciones de mutua atracción, si no pasan por esta etapa (que es una de ellas, pero no la única ni la primera), son descartables… La información en la materia es pésima; la educación, que debería darse en el hogar, brilla por su ausencia, en una época donde se habla sobre todo con apertura, pero muchas veces no hay hogar o con quién hablar….

 

Si se ha degradado el valor de la sexualidad a tal extremo, ¿cómo no va a resultar una derivación previsible rechazar su principal consecuencia, el embarazo, que requiere un compromiso existencial serio? Tan fácil como copular irresponsablemente es eliminar el producto, ahora con el visto bueno de la ley, sin pensar siquiera que se está sacrificando un ser humano vivo e indefenso. “Si no se actúa como se piensa, se termina pensando como se actúa”. Todo se justifica, todo se trivializa, todo se acepta; campea el egoísmo, el falso concepto de hacer el amor”, como si el amor no fuera, más que recibir, dar y darse, respetar y proteger.

 

Los conceptos de bueno y malo, incluso en cuanto a las consecuencias alejadas que un aborto provocado suele tener para la mujer, se han borrado. Se pretende que la legislación suprima definitivamente la línea divisoria y avale todo. Se hace del asunto, por parte del legislador, una cuestión de proselitismo: cuanto más permisivo sea, mejor; el libertinaje toma el lugar de la libertad; tanto mejores serán los gobernantes cuanto más favorezcan lo que le gusta y hace la mayoría, por más que sea incorrecto e inclusive criminal. Todos “se lavan las manos”.

 

Y para colmo de todo esto resulta lamentable, además, la situación a que se ven enfrentados los ginecólogos; formados para defender y conservar la vida, son ellos quienes deberán ser los “ejecutores” y cuya conciencia (¡que algunos discuten!) quedará teñida de sangre inocente, todo a causa de la irresponsabilidad de terceros, tanto de quienes solicitan la ejecución de un aborto como de quienes votan la ley que lo permite.

 

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A los socios del Círculo Católico de Obreros del Uruguay

 

Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal del Uruguay

 

Ante las próximas Elecciones de la Institución, a realizarse el miércoles 10 de octubre, en nombre de la Conferencia Episcopal del Uruguay, los miembros del Consejo Permanente de la misma manifiestan:

 

1. Son inadmisibles los cambios de estatutos, realizados a impulsos de la actual directiva del CCOU, que han desligado formalmente de la Iglesia a esta Institución fundada por sacerdotes y católicos fieles a los valores del Evangelio.

 

2. Vemos con esperanza la propuesta de los integrantes del “Comité por un Círculo Católico de Obreros en Iglesia, con todos y para todos”, encabezados por Miguel Penengo, a quienes hemos recibido. Es una propuesta que se adhiere claramente al ideario que dio origen al CCOU.

 

3. Exhortamos y alentamos a todos los socios a votar en coherencia con estos principios.

 

4. Sea cual sea el resultado electoral llamamos a todos:

- a la unidad en la institución y a buscar la forma que integre a todas las partes, siguiendo el ideario con que fue fundado el Círculo Católico de Obreros;

- a recrear los vínculos jerárquicos con la Iglesia, único modo de cumplir con el sentido de esta institución católica.

 

+ Carlos Collazzi, Obispo de Mercedes, Presidente.

+ Rodolfo Wirz, Obispo de Maldonado-Punta del Este, Vicepresidente.

+ Heriberto Bodeant, Obispo de Melo, Secretario General.

 

Fuente:

http://iglesiacatolica.org.uy/noticeu/a-los-socios-del-circulo-catolico-de-obreros-del-uruguay/

 

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Oración de los políticos

 

Jesucristo, Hijo de Dios omnipotente y eterno, Creador, Rey y Señor de la historia, Supremo Legislador, de quien emana y depende todo poder: nosotros, hombres y mujeres políticos católicos, sobre quienes recae la carga del servicio a la nación, imploramos la ayuda de Tu Espíritu para el ejercicio de la política como ciencia, arte y virtud, para edificar la justicia social y el bien común.

 

Danos, Señor, la gracia de testimoniar, como Tomás Moro, la inalienable dignidad de la conciencia, sin abandonar la constante fidelidad a la autoridad y a las instituciones, para que sepamos afirmar con nuestra vida y con nuestra muerte que el ser humano no se puede separar de Dios, ni la política de la moral. Danos fortaleza para animar con el espíritu del Evangelio el orden temporal, respetando su naturaleza y su legítima autonomía. Infunde en nuestros corazones la humildad necesaria para reconocernos siervos inútiles y el valor y la perseverancia necesarios para hacer todo como si todo dependiera de nosotros, abandonándonos en Ti porque todo depende de Ti.

 

Enséñanos, Señor, a ser congruentes, coherentes con nuestra vida para que sepamos promover la verdad moral objetiva e irrenunciable que implica: defender la vida humana y su dignidad desde la concepción hasta la muerte natural; tutelar a la familia fundada por un hombre y una mujer y protegerla en su unidad y estabilidad; reconocer la libertad de los padres en la educación de sus hijos; eliminar cualquier forma de esclavitud o discriminación de las personas; impulsar el derecho a la libertad religiosa; desarrollar una economía al servicio de la persona en un marco de justicia, solidaridad y subsidiariedad y trabajar incansablemente por la paz, que es siempre "obra de la justicia y efecto de la caridad".

 

Con el Papa Clemente XI, te pedimos, Señor, que nos enseñes a hacer Tu voluntad queriendo todo aquello que quieres Tú, precisamente porque lo quieres Tú, como Tú lo quieras y durante el tiempo que Tú lo quieras; que nos des Tu gracia para ser obedientes a nuestros superiores, comprensivos con nuestros colaboradores, solícitos con todas las personas y generosos con quienes se dicen nuestros enemigos; que nos ayudes a superar con austeridad el placer, con generosidad la avaricia, con amabilidad la ira y con fervor la tibieza; que sepamos tener prudencia al aconsejar, valor en los peligros, paciencia en las dificultades y sencillez en los éxitos. Muéstranos, te lo suplicamos, cómo hacer de la política un camino de santidad, para que nunca nos avergoncemos de Ti ante el mundo, para que Tú, Señor, no nos niegues delante del Padre.

 

Escúchanos, Señor, a fin de que nunca falte tu luz a nuestra mente, tu fuerza a nuestra voluntad y el calor de tu caridad a nuestro corazón, para que amemos en verdad a quienes servimos. Infúndenos un sentimiento vivo, actual y profundo de lo que es el orden social, pensado por Ti, fundado en el derecho natural; y haz que un día, justamente con aquellos a quienes tuvimos la misión de servir, podamos gozar de Ti bajo la mirada amorosa de tu dulcísima Madre, María Santísima de Guadalupe, por toda la eternidad. Así sea.

 

CON LICENCIA ECLESIÁSTICA

Arquidiócesis Primada de México

 

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3.       Néstor Martínez Valls, Baúl apologético. Selección de trabajos filosóficos y teológicos publicados en “Fe y Razón”.

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5.        Miguel Antonio Barriola, “Cristo amó a la Iglesia” (Ef 5,25). Reflexiones sobre la cristología de J. L. Segundo y la eclesiología de H. Küng.

6.        Horacio Bojorge, Teologías deicidas. El pensamiento de Juan Luis Segundo en su contexto, Segunda edición.

7.        Daniel Iglesias Grèzes, En el principio era el Logos. Apologética católica en diálogo con los no creyentes.

8.       Daniel Iglesias Grèzes, Vosotros sois la sal de la tierra. El choque entre la civilización cristiana y la cultura de la muerte.

9.       Daniel Iglesias Grèzes, Soy amado, luego existo. Reflexiones sobre el darwinismo, el diseño inteligente y la fe cristiana.

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