Fe y Razón

Revista virtual gratuita de teología

Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 68 – Mayo de 2012

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”

(Santo Tomás de Aquino)

 

 

“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

Publicaciones del Centro Cultural Católico Fe y Razón

 

Sitio Fe y Razón

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Revista Virtual Fe y Razón

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Colección de Libros Fe y Razón

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Títulos disponibles en www.lulu.com/spotlight/feyrazon, en dos versiones: impresa y electrónica:

1.       Miguel Antonio Barriola, “En tu palabra echaré la red” (Lc 5,5). Reflexiones sobre Dios en la historia.

2.       Daniel Iglesias Grèzes, Razones para nuestra esperanza. Escritos de apologética católica.

3.       Néstor Martínez Valls, Baúl apologético. Selección de trabajos filosóficos y teológicos publicados en “Fe y Razón”.

4.       Guzmán Carriquiry Lecour, Realidad y perspectivas del laicado católico en nuestro tiempo.

5.        Miguel Antonio Barriola, “Cristo amó a la Iglesia” (Ef 5,25). Reflexiones sobre la cristología de J. L. Segundo y la eclesiología de H. Küng.

6.        Horacio Bojorge, Teologías deicidas. El pensamiento de Juan Luis Segundo en su contexto, Segunda edición.

7.        Daniel Iglesias Grèzes, En el principio era el Logos. Apologética católica en diálogo con los no creyentes.

8.       Daniel Iglesias Grèzes, Vosotros sois la sal de la tierra. El choque entre la civilización cristiana y la cultura de la muerte.

9.       Daniel Iglesias Grèzes, Soy amado, luego existo. Reflexiones sobre el darwinismo, el diseño inteligente y la fe cristiana.

 

 

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Equipo de Dirección de la Revista: Ing. Daniel Iglesias Grèzes, Lic. Néstor Martínez, Diác. Jorge Novoa.

 

Colaboradores: Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Carlos Caso-Rosendi, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Mons. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Ec. Rafael Menéndez, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Pbro. Miguel Pastorino, Santiago Raffo, Juan Carlos Riojas Álvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

¡Ven, Espíritu creador!

Equipo de Dirección

Magisterio

Homilía de la Vigilia Pascual

Papa Benedicto XVI

Espiritualidad

La negación de los errores

Pbro. Dr. José María Iraburu

Biblia

Diversos modos de la presentación de la verdad en las Cartas de Pablo

Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola

Teología

¿No es el mismo cuerpo que muere el que resucita?

Lic. Néstor Martínez

Apologética

Nueva datación del Nuevo Testamento (I)

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Iglesia

Corea del Sur, el tigre asiático de la Iglesia

Sandro Magíster

Oración

Salmo 90

Biblia de Jerusalén

 

 

¡Ven, Espíritu Creador!

 

Equipo de Dirección

 

1.      Noticias de la casa

 

El presente número de la revista “Fe y Razón” es el primero que enviamos a través de MailChimp, un potente software que nos permitirá mejorar y facilitar mucho la gestión de emails masivos.

 

Con ese mismo software, hemos diseñado este formulario para el registro de nuevos suscriptores de la revista: www.eepurl.com/k64KP. Es un formulario muy simple, que pide sólo tres datos: email, nombre y apellido. Gracias a esta herramienta, hemos lanzado una campaña para captar nuevos suscriptores de “Fe y Razón”. Actualmente tenemos 1.064 suscriptores. Solicitamos su colaboración para llegar a 2.000 antes de fin de año.

 

El formulario puede ser llenado tanto por el potencial nuevo suscriptor (directamente) como por un tercero que lo invita a suscribirse. El interesado deberá ingresar luego a su propia casilla de correo para confirmar la suscripción. Por favor, cuando inviten a través del formulario a familiares o amigos a suscribirse a “Fe y Razón”, no olviden avisarles antes, recomendando la revista, aclarando que es totalmente gratuita y anunciando que MailChimp enviará un email automático para pedir la confirmación de la suscripción.

 

Por otra parte, tenemos el agrado de anunciar que se encuentra muy avanzado el trabajo de preparación del libro Atrévanse a pensar. Selección de escritos filosóficos, de la Prof. María Cristina Araújo Azarola (1945-2003). Dicho libro será publicado próximamente como Nº 10 de la Colección “Fe y Razón” (www.lulu.com/spotlight/feyrazon).

 

También nos complace compartir con ustedes las siguientes noticias que nos ha comunicado la Editorial Vita Brevis (www.vitabrevis.es) sobre el Nº 7 de la misma Colección: Daniel Iglesias Grèzes, En el principio era el Logos. Apologética católica en diálogo con los no creyentes:

 

a)      Se ha realizado una edición convencional del libro. Próximamente éste será enviado a la red de distribuidores de Vita Brevis en España, para promocionarlo.

b)      La versión en papel del libro está ahora disponible en Amazon, en la siguiente dirección: http://www.amazon.es/En-El-Principio-Era-Logos/dp/1447829190/ref=sr_1_cc_1?s=aps&ie=UTF8&qid=1335371718&sr=1-1-catcorr

Hay un error en el segundo apellido del autor, que será corregido oportunamente. 

c)      A la brevedad Amazon ofrecerá también una versión electrónica del libro (para el dispositivo Kindle).

 

Se han realizado ya, con buena participación de público, las primeras tres charlas del cursillo sobre “Darwinismo, Diseño Inteligente y Fe Cristiana”, organizado por el Centro Cultural Católico “Fe y Razón”. Las tres charlas restantes tendrán lugar los martes 8, 15 y 22 de mayo de 19:00 a 20:30 horas, en la Facultad de Teología del Uruguay (San Fructuoso esquina San Juan, Montevideo).

 

Por último, anunciamos que el Centro Cultural Católico “Fe y Razón” ha sido invitado a participar del V Encuentro de Centros Culturales Católicos del Cono Sur, que tendrá lugar en Buenos Aires en septiembre del presente año. La invitación ha sido aceptada.

 

2.      Ven, Creador

 

El próximo domingo 27 de mayo celebraremos la fiesta de Pentecostés.

 

“Aunque, en cierto sentido, todas las solemnidades litúrgicas de la Iglesia son grandes, ésta de Pentecostés lo es de una manera singular, porque marca, llegado al quincuagésimo día, el cumplimiento del acontecimiento de la Pascua, de la muerte y resurrección del Señor Jesús, a través del don del Espíritu del Resucitado. Para Pentecostés nos ha preparado en los días pasados la Iglesia con su oración, con la invocación repetida e intensa a Dios para obtener una renovada efusión del Espíritu Santo sobre nosotros. La Iglesia ha revivido así lo que aconteció en sus orígenes, cuando los Apóstoles, reunidos en el Cenáculo de Jerusalén, «perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos» (Hch 1, 14). Estaban reunidos en humilde y confiada espera de que se cumpliese la promesa del Padre que Jesús les había comunicado: «Seréis bautizados con Espíritu Santo, dentro de no muchos días... Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros» (Hch 1, 5.8). (…)

 

El Espíritu creador de todas las cosas y el Espíritu Santo que Cristo hizo descender desde el Padre sobre la comunidad de los discípulos son uno y el mismo: creación y redención se pertenecen mutuamente y constituyen, en el fondo, un único misterio de amor y de salvación. El Espíritu Santo es ante todo Espíritu Creador y por tanto Pentecostés es también fiesta de la creación. (…)

 

El Espíritu Santo es Aquel que nos hace reconocer en Cristo al Señor, y nos hace pronunciar la profesión de fe de la Iglesia: «Jesús es el Señor» (cf. 1 Co 12, 3b). (…)

 

El Espíritu Santo se presenta como el soplo de Jesucristo resucitado (cf. Jn 20, 22)… (En el) relato de la creación… se dice que Dios sopló en la nariz del hombre un aliento de vida (cf. Gn 2, 7). El soplo de Dios es vida. Ahora, el Señor sopla en nuestra alma un nuevo aliento de vida, el Espíritu Santo, su más íntima esencia, y de este modo nos acoge en la familia de Dios. Con el Bautismo y la Confirmación se nos hace este don de modo específico, y con los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia se repite continuamente: el Señor sopla en nuestra alma un aliento de vida. Todos los sacramentos, cada uno a su manera, comunican al hombre la vida divina, gracias al Espíritu Santo que actúa en ellos.

 

En la liturgia de hoy vemos también una conexión ulterior. El Espíritu Santo es Creador, es al mismo tiempo Espíritu de Jesucristo, pero de modo que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo y único Dios. Y a la luz de la primera lectura podemos añadir: el Espíritu Santo anima a la Iglesia.” (Papa Benedicto XVI, Homilía del Domingo 12 de junio de 2011)

 

Al acercarnos a la gran fiesta de Pentecostés, nos unimos para implorar la venida del Espíritu Santo sobre cada uno de los fieles cristianos, para que Él nos renueve interiormente, haciéndonos crecer en la fe, la esperanza y el amor. 

 

“Ven, Espíritu creador, visita las almas de tus fieles, llena con tu divina gracia los corazones que creaste. Tú, a quien llamamos Paráclito, don de Dios Altísimo, fuente viva, fuego, caridad y espiritual unción. Tú derramas sobre nosotros los siete dones; Tú, dedo de la diestra del Padre; Tú, fiel promesa del Padre que inspiras nuestras palabras. Ilumina nuestros sentidos, infunde tu amor en nuestros corazones y, con tu perpetuo auxilio, fortalece la debilidad de nuestro cuerpo. Aleja de nosotros al enemigo, danos pronto la paz, sé nuestro director y guía para que evitemos todo mal. Por Ti conozcamos al Padre, al Hijo revélanos también; creamos en Ti, Su Espíritu, por los siglos de los siglos. Gloria a Dios Padre, y al Hijo, que resucitó, y al Espíritu Consolador, por los siglos de los siglos. Amén.”

 

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Vigilia Pascual en la Noche Santa

Homilía del Santo Padre Benedicto XVI

 

Basílica Vaticana, Sábado Santo 7 de abril de 2012

 

¡Queridos hermanos y hermanas!

 

Pascua es la fiesta de la nueva creación. Jesús ha resucitado y no morirá de nuevo. Ha descerrajado la puerta hacia una nueva vida que ya no conoce ni la enfermedad ni la muerte. Ha asumido al hombre en Dios mismo. «Ni la carne ni la sangre pueden heredar el reino de Dios», dice Pablo en la Primera Carta a los Corintios (15,50). El escritor eclesiástico Tertuliano, en el siglo III, tuvo la audacia de escribir refriéndose a la resurrección de Cristo y a nuestra resurrección: «Carne y sangre, tened confianza, gracias a Cristo habéis adquirido un lugar en el cielo y en el reino de Dios» (CCL II, 994). Se ha abierto una nueva dimensión para el hombre. La creación se ha hecho más grande y más espaciosa. La Pascua es el día de una nueva creación, pero precisamente por ello la Iglesia comienza la liturgia con la antigua creación, para que aprendamos a comprender la nueva. Así, en la Vigilia de Pascua, al principio de la Liturgia de la Palabra, se lee el relato de la creación del mundo. En el contexto de la liturgia de este día, hay dos aspectos particularmente importantes.

 

En primer lugar, que se presenta a la creación como una totalidad, de la cual forma parte la dimensión del tiempo. Los siete días son una imagen de un conjunto que se desarrolla en el tiempo. Están ordenados con vistas al séptimo día, el día de la libertad de todas las criaturas para con Dios y de las unas para con las otras. Por tanto, la creación está orientada a la comunión entre Dios y la criatura; existe para que haya un espacio de respuesta a la gran gloria de Dios, un encuentro de amor y libertad.

 

En segundo lugar, que en la Vigilia Pascual, la Iglesia comienza escuchando ante todo la primera frase de la historia de la creación: «Dijo Dios: “Que exista la luz”» (Gn 1,3). Como una señal, el relato de la creación inicia con la creación de la luz. El sol y la luna son creados sólo en el cuarto día. La narración de la creación los llama fuentes de luz, que Dios ha puesto en el firmamento del cielo. Con ello, los priva premeditadamente del carácter divino, que las grandes religiones les habían atribuido. No, ellos no son dioses en modo alguno. Son cuerpos luminosos, creados por el Dios único. Pero están precedidos por la luz, por la cual la gloria de Dios se refleja en la naturaleza de las criaturas.

 

¿Qué quiere decir con esto el relato de la creación? La luz hace posible la vida. Hace posible el encuentro. Hace posible la comunicación. Hace posible el conocimiento, el acceso a la realidad, a la verdad. Y, haciendo posible el conocimiento, hace posible la libertad y el progreso. El mal se esconde. Por tanto, la luz es también una expresión del bien, que es luminosidad y crea luminosidad. Es el día en el que podemos actuar. El que Dios haya creado la luz significa: Dios creó el mundo como un espacio de conocimiento y de verdad, espacio para el encuentro y la libertad, espacio del bien y del amor. La materia prima del mundo es buena, el ser es bueno en sí mismo. Y el mal no proviene del ser, que es creado por Dios, sino que existe sólo en virtud de la negación. Es el «no».

 

En Pascua, en la mañana del primer día de la semana, Dios vuelve a decir: «Que exista la luz». Antes había venido la noche del Monte de los Olivos, el eclipse solar de la pasión y muerte de Jesús, la noche del sepulcro. Pero ahora vuelve a ser el primer día, comienza la creación totalmente nueva. «Que exista la luz», dice Dios, «y existió la luz». Jesús resucita del sepulcro. La vida es más fuerte que la muerte. El bien es más fuerte que el mal. El amor es más fuerte que el odio. La verdad es más fuerte que la mentira. La oscuridad de los días pasados se disipa cuando Jesús resurge de la tumba y se hace Él mismo luz pura de Dios. Pero esto no se refiere solamente a Él, ni se refiere únicamente a la oscuridad de aquellos días. Con la resurrección de Jesús, la luz misma vuelve a ser creada. Él nos lleva a todos tras Él a la vida nueva de la resurrección, y vence toda forma de oscuridad. Él es el nuevo día de Dios, que vale para todos nosotros.

 

Pero, ¿cómo puede suceder esto? ¿Cómo puede llegar todo esto a nosotros sin que se quede sólo en palabras sino que sea una realidad en la que estamos inmersos? Por el sacramento del bautismo y la profesión de la fe, el Señor ha construido un puente para nosotros, a través del cual el nuevo día viene a nosotros. En el bautismo, el Señor dice a aquel que lo recibe: Fiat lux, que exista la luz. El nuevo día, el día de la vida indestructible llega también para nosotros. Cristo nos toma de la mano. A partir de ahora Él te apoyará y así entrarás en la luz, en la vida verdadera. Por eso, la Iglesia antigua ha llamado al bautismo photismos, iluminación.

 

¿Por qué? La oscuridad amenaza verdaderamente al hombre porque, sí, éste puede ver y examinar las cosas tangibles, materiales, pero no a dónde va el mundo y de dónde procede. A dónde va nuestra propia vida. Qué es el bien y qué es el mal. La oscuridad acerca de Dios y sus valores es la verdadera amenaza para nuestra existencia y para el mundo en general. Si Dios y los valores, la diferencia entre el bien y el mal, permanecen en la oscuridad, entonces todas las otras iluminaciones que nos dan un poder tan increíble, no son sólo progreso, sino que son al mismo tiempo también amenazas que nos ponen en peligro, a nosotros y al mundo. Hoy podemos iluminar nuestras ciudades de manera tan deslumbrante  que ya no pueden verse las estrellas del cielo. ¿Acaso no es ésta una imagen de la problemática de nuestro ser ilustrado? En las cosas materiales, sabemos y podemos tanto, pero lo que va más allá de esto, Dios y el bien, ya no lo conseguimos identificar. Por eso la fe, que nos muestra la luz de Dios, es la verdadera iluminación, es una irrupción de la luz de Dios en nuestro mundo, una apertura de nuestros ojos a la verdadera luz.

 

Queridos amigos, quisiera por último añadir todavía una anotación sobre la luz y la iluminación. En la Vigilia Pascual, la noche de la nueva creación, la Iglesia presenta el misterio de la luz con un símbolo del todo particular y muy humilde: el cirio pascual. Ésta es una luz que vive en virtud del sacrificio. La luz de la vela ilumina consumiéndose a sí misma. Da luz dándose a sí misma. Así, representa de manera maravillosa el misterio pascual de Cristo que se entrega a Sí mismo, y de este modo da mucha luz. Otro aspecto sobre el cual podemos reflexionar es que la luz de la vela es fuego. El fuego es una fuerza que forja el mundo, un poder que transforma. Y el fuego da calor. También en esto se hace nuevamente visible el misterio de Cristo. Cristo, la luz, es fuego, es llama que destruye el mal, transformando así al mundo y a nosotros mismos. Como reza una palabra de Jesús que nos ha llegado a través de Orígenes, «quien está cerca de Mí, está cerca del fuego». Y este fuego es al mismo tiempo calor, no una luz fría, sino una luz en la que salen a nuestro encuentro el calor y la bondad de Dios.

 

El gran himno del Exsultet, que el diácono canta al comienzo de la liturgia de Pascua, nos hace notar, muy calladamente, otro detalle más. Nos recuerda que este objeto, el cirio, se debe principalmente a la labor de las abejas. Así, toda la creación entra en juego. En el cirio, la creación se convierte en portadora de luz. Pero, según los Padres, también hay una referencia implícita a la Iglesia. La cooperación de la comunidad viva de los fieles en la Iglesia es algo parecido al trabajo de las abejas. Construye la comunidad de la luz. Podemos ver así también en el cirio una referencia a nosotros y a nuestra comunión en la comunidad de la Iglesia, que existe para que la luz de Cristo pueda iluminar al mundo.

 

Roguemos al Señor en esta hora que nos haga experimentar la alegría de su luz, y pidámosle que nosotros mismos seamos portadores de su luz, con el fin de que, a través de la Iglesia, el esplendor del rostro de Cristo entre en el mundo (cf. Lumen gentium, 1). Amén.

 

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La negación de los errores

 

José María Iraburu

 

Adviértase… que si la fuerza sobre-humana del Espíritu es precisa para afirmar la verdad entre los hombres, todavía esa parresía es más necesaria para denunciar y rechazar el error. La historia de Cristo y de la Iglesia nos asegura que la refutación de los errores presentes es mucho más peligrosa que la afirmación de las verdades que les son contrarias, y por tanto requiere mayor fuerza espiritual. Los mártires, en efecto, sufren persecución y muerte no tanto por afirmar las verdades divinas, sino por decir a los hombres que sus pensamientos son falsos y que sus caminos llevan a perdición. (…)

 

En ocasiones, no cumplen, pues, fielmente el ministerio de la Palabra, ni dan plenamente el testimonio de la verdad en el mundo, aquellos Obispos y presbíteros que afirman la verdad, pero que no rechazan con fuerza suficiente los errores contrarios. El vigor profético (parresía), en estos casos, es claramente insuficiente, pues no da de sí para aquello que es mucho más peligroso, es decir, para aquello que propiamente desencadena la persecución por la Palabra: denunciar el error.

 

No basta, por ejemplo, predicar a un grupo de matrimonios la castidad conyugal –no basta, ¡aunque es ya mucho!–. Es preciso decir además que los métodos artificiales, químicos o mecánicos, que desvinculan amor y posible fertilidad, son intrínseca y gravemente pecaminosos, y que su empleo –a no ser que venga exigido por un fin terapéutico– no puede ser justificado por ninguna intención o circunstancia. En ciertos ambientes, la predicación positiva de la castidad conyugal quizá suscite reticencia o rechazo. Pero es la reprobación firme de los anticonceptivos lo que dará lugar a persecuciones, descalificaciones y marginaciones, lo que vendrá a ser ocasión de martirio, es decir, de testimonio doloroso de la verdad de Cristo. Eso explica hoy que en tantas Iglesias locales sea tan rara la predicación completa –afirmando y negando– de la verdadera espiritualidad conyugal cristiana.

 

Debemos ser muy conscientes de que no se acaba de manifestar la verdad de Dios en la predicación, si al afirmar ésta, no se señalan y rechazan al mismo tiempo los errores que le son contrarios.

 

Los profetas no se limitan a afirmar la realidad de un Dios único, sino que denuncian la falsedad de los dioses múltiples y de los ídolos, llegando a ridiculizarlos y a reírse de su vanidad.

 

Jesús no afirma sólo la primacía de lo interior –«el Reino de Dios está dentro del hombre»–, sino que denuncia el exteriorismo perverso de la religiosidad rabínica –«sepulcros blanqueados», «coláis un mosquito y os tragáis un camello»–. Él no sólo afirma la santidad del Templo, como «Casa de Dios», sino que acusa a los sacerdotes de haberlo convertido en una «cueva de ladrones». Y por eso a Cristo no lo matan tanto por las verdades que predica, sino por los pecados y mentiras que denuncia. Pero sólo haciendo al mismo tiempo lo uno y lo otro alcanza Jesús a cumplir la misión para la que vino al mundo: «dar testimonio de la verdad», y sólo así consigue salvar a los hombres de la mentira en la que están cautivos.

 

Ya Jesús anuncia y denuncia a los «falsos profetas, que vienen a vosotros con vestiduras de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces» (Mt 7,15). Dentro del campo de trigo de la Iglesia, ellos son «cizaña, hijos del maligno. Y el enemigo que la siembra es el diablo» (Mt 13,38-39). Éstos son los que «amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas», y no querían que fueran denunciadas por la luz (Jn 3,19-20).

 

Los Apóstoles sirven el ministerio de la Palabra divina imitando fielmente el ejemplo de Jesús, tanto cuando hablan a los judíos o a los paganos, como cuando adoctrinan a la comunidad cristiana. San Pablo, por ejemplo, enseña en sus cartas grandes y altísimas verdades de la fe, pero al mismo tiempo denuncia las miserias y errores de los paganos y de los judíos (Rm 1-2). Y, dentro ya del mismo campo de la Iglesia, dedica fuertes y frecuentes ataques contra los falsos doctores del evangelio, haciendo de ellos un retrato implacable:

 

«Resisten a la verdad, como hombres de entendimiento corrompido» (2Tim 3,8), son «hombres malos y seductores» (3,13), que «pretenden ser maestros de la Ley, cuando en realidad no saben lo que dicen ni entienden lo que dogmatizan» (1Tim 1,7; +6,5-6.21; 2Tim 2,18; 3,1-7; 4,4.15; Tit 1,14-16; 3,11). Y si al menos revolvieran sus dudas en su propia intimidad... Pero todo lo contrario: les apasiona la publicidad, dominan los medios de comunicación social del mundo –que, lógicamente, se les abren de par en par–, y son «muchos, insubordinados, charlatanes, embaucadores» (Tit 1,10). «Su palabra cunde como gangrena» (2Tim 2,17).

 

A causa de ellos muchos «no sufrirán la sana doctrina, sino que, deseosos de novedades, se agenciarán un montón de maestros a la medida de sus deseos, se harán sordos a la verdad, y darán oído a las fábulas» (4,3-4). Así se quedan estos cristianos como «niños, zarandeados y a la deriva por cualquier ventolera de doctrina, a merced de individuos tramposos, consumados en las estratagemas del error» (Éf 4,14; +2Tes 2,10-12). «Pretenden pervertir el Evangelio de Cristo», pero ni siquiera a un ángel que bajara del cielo habría que dar crédito si enseñase un Evangelio diferente del enseñado por los apóstoles (Gál 1,7-9).

 

¿Qué buscan estos hombres maestros del error? ¿Prestigio? ¿Poder? ¿Dinero?... En unos y en otros será distinta la pretensión. Pero lo que ciertamente buscan todos es el éxito personal en este mundo presente (Tit 1,11; 3,9; 1Tim 6,4; 2Tim 2,17-18; 3,6). Éxito que normalmente consiguen. Basta con que se distancien de la Iglesia y la acusen, para que el mundo les garantice el éxito que desean.

 

Y es que, como explica San Juan, «ellos son del mundo; por eso hablan el lenguaje del mundo y el mundo los escucha. Nosotros, en cambio, somos de Dios. Quien conoce a Dios nos escucha a nosotros, quien no es de Dios no nos escucha. Por aquí conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error» (1Jn 4,5-6; +Jn 15,18-27).

 

En los otros apóstoles hallamos el mismo empeño de San Pablo por denunciar dentro de la Iglesia toda falsificación del verdadero Evangelio (1Pe 2; 1Jn 2,18-27; 4,1-6; 2Jn 4-11; Apoc passim; Judas, toda su carta).

 

Misiones y martirio

 

En la historia de la Iglesia ha habido momentos en que algunas autoridades civiles o eclesiásticas emplearon indebidamente la fuerza para difundir la verdad o protegerla del error. Y en ese sentido el concilio Vaticano II enseña que «la verdad no se impone de otra manera sino por la fuerza de la misma verdad» (DH 1).

 

Pero ese principio tendría una falsa interpretación extensiva si se entendiera como que la afirmación de la verdad es suficiente para su difusión, sin que necesite ir unida a la refutación de los errores que le son contrarios.

 

De hecho, los grandes misioneros que, por obra del Espíritu Santo, fundaron o acrecentaron la Iglesia de Dios en los diversos pueblos, comenzando por el mismo Cristo y los apóstoles, daban «el testimonio de la verdad» en forma total, es decir, no solo predicando la verdad, sino señalando y refutando los errores contrarios.

 

La tradición misionera de la Iglesia, de la que hoy tantos se avergüenzan, comienza en Cristo, que purifica violentamente la Casa de Dios, convertida en cueva de ladrones, y que denuncia con fuerza irresistible los errores de sacerdotes y doctores de la Ley. Se continúa en Pablo y Lucas, cuando en Éfeso, por ejemplo, dan al fuego un montón de libros de magia (Hch 19,17-19). Prosigue en las fortísimas acciones misioneras de un San Martín de Tours en las Galias, donde arriesga su vida abatiendo ídolos y árboles sagrados de los druidas; o en los atrevimientos de San Wilibrordo, que hace lo mismo entre los frisones; o en los primeros misioneros de México, que derriban los «dioses» y los destrozan, ante el pánico y el asombro de los paganos, que pronto se convierten y vienen a la fe y en ella perseveran (J. M. Iraburu, Hechos de los apóstoles de América, Fund. GRATIS DATE, Pamplona 19992, 117-121).

 

Este modo tan fuerte de afirmar entre los hombres la verdad de Dios, combatiendo con gran potencia los errores que le son contrarios, da lugar, lógicamente, a muchos mártires, comenzando por el mismo Señor nuestro Jesucristo.

 

Por el contrario, fácilmente se comprende que una predicación misionera que anuncia a Cristo como un Salvador más, y que elogia con entusiasmo las religiones paganas, sin poner apenas énfasis alguno en denunciar sus errores y miserias, no pone, desde luego, en peligro de martirio la vida del misionero; pero tiene el inconveniente de que no convierte a casi nadie. En realidad, es una actividad misionera fraudulenta, que no llega a «anunciar el Evangelio a toda criatura». (…)

 

Teología y martirio

 

El método teológico de afirmar la verdad y negar los errores contrarios es igualmente el que siguió la Escolástica en el tiempo de su mayor perfección científica. En cada cuestión –recuérdese la Summa de Santo Tomás– era afirmada en el cuerpo del artículo la verdad, pero antes habían sido expuestas las posiciones erróneas, y después eran éstas refutadas una a una. Sólo así la verdad era expresada y comunicada plenamente a los hombres.

 

Pues bien, actualmente, en no pocas Iglesias, por falta de parresía, por deficiente espiritualidad martirial, no se niegan suficientemente los errores en el campo teológico.

 

Con frecuencia, los mismos autores que son ortodoxos denuncian muy escasamente los errores contrarios a las verdades que, gracias a Dios, ellos exponen. Consciente o inconscientemente, temen la persecución que otra actitud pudiera traer consigo. O quizá se ven afectados por la pedantería progresista y liberal, que estima académicamente incorrecta toda refutación de las doctrinas contrarias.

 

Podemos ver, por ejemplo, autores ortodoxos, especialistas de sagrada Escritura, cristología, moral o de otros campos teológicos que apenas denuncian con clara firmeza, ni refutan vigorosa y persuasivamente, las gravísimas falsedades que se dicen y publican acerca de esas mismas materias que ellos tratan. Sus escritos afirman la verdad, es cierto –que no es poco–, pero ignoran graves errores, como si no supieran que están ampliamente difundidos, o los señalan levemente de pasada, ateniéndose al espíritu de tolerancia que hoy es académicamente correcto. No son, pues, en eso fieles al ejemplo de Cristo y de los santos doctores. Otros hay que, gracias a Dios, son fieles, y casi todos ellos, por supuesto, son mártires. (…)

 

Una Notificación tardía

 

El padre redentorista Marciano Vidal (1937-) publica a partir de 1974 su Moral de actitudes, en tres tomos. Pronto la obra es traducida y publicada en otras lenguas (portugués, 1975ss; italiano, 1976ss), alcanzando así una enorme difusión. La edición italiana de 1994ss, por ejemplo, traduce la 8ª edición española. Pues bien, este autor, que ha publicado otras muchas obras, especialmente sobre la moral de la sexualidad, ha difundido en la Iglesia numerosos y graves errores durante un cuarto de siglo.

 

Por fin, el 15 de mayo de 2001, una Notificación de la Congregación para la Doctrina de la Fe, después de analizar tres de las principales obras de Marciano Vidal, Moral de actitudes, el Diccionario de ética teológica y La propuesta moral de Juan Pablo II, estima necesario advertir que estos textos «no pueden ser utilizados para la formación teológica».

 

En efecto, la moral de Marciano Vidal, afirma la Congregación de la Fe, no está enraizada en la Escritura: «no consigue conceder normatividad ética concreta a la revelación de Dios en Cristo». Es «una ética influida por la fe, pero se trata de un influjo débil». Atribuye «un papel insuficiente a la Tradición y al Magisterio moral de la Iglesia», adolece de una «concepción deficiente de la competencia moral del Magisterio eclesiástico». Su tendencia a usar «el método del conflicto de valores o de bienes» lo lleva «a tratar reductivamente algunos problemas», y «en el plano práctico, no se acepta la doctrina tradicional sobre las acciones intrínsecamente malas y sobre el valor absoluto de las normas que prohíben esas acciones».

 

Estos planteamientos generales falsos conducen, lógicamente, a graves errores concretos acerca de los métodos interceptivos y anticonceptivos, la esterilización, la homosexualidad, la masturbación, la fecundación in vitro homóloga, la inseminación artificial y el aborto.

 

La Congregación de la Fe dice, al final de su Notificación, que «confía» en que el autor, «mediante su colaboración con la Comisión Doctrinal de la Conferencia Episcopal Española,… llegue a un manual apto para la formación de los estudiantes de teología moral».

 

Un año más tarde, después de haber dialogado con la citada Comisión, Marciano Vidal declara: «he decidido no hacer nueva edición». Es lógico. Su obra es absolutamente irrecuperable. No se trata de modificar en ella unos cuantos párrafos, en los que llega a conclusiones abiertamente contrarias a la doctrina católica. Tendría Vidal que reconstruir todo el edificio mental de su moral, desde sus cimientos filosóficos, antropológicos, bíblicos y teológicos. Tarea que para él es prácticamente imposible. Y ad impossibilia nemo tenetur. Nadie está obligado a hacer lo que no puede.

 

Algunas reflexiones sobre la citada Notificación

 

La Notificación sobre algunos escritos del profesor Marciano Vidal resulta extremadamente tardía. Puede decirse que en la mitad de la Iglesia, que es de habla hispana, durante un cuarto de siglo, la mayor parte de los estudiantes católicos de teología han tenido como principal referencia los textos de Marciano Vidal –y de otros autores afines–, que hoy se dice «no pueden ser utilizados para la formación teológica». Muchos de los moralistas formados en los últimos decenios han recibido esas doctrinas falsas y las han difundido ampliamente. Y otros moralistas de orientaciones semejantes –como López Azpitarte, Hortelano o Forcano–, han conseguido con Vidal que en no pocas Iglesias locales la mentalidad moral predominante en sacerdotes, religiosos y laicos esté gravemente falsificada.

 

El daño producido en la conciencia moral del pueblo católico, muy especialmente en los temas referentes a la castidad, es muy grande. Pero aún más grave es la deformación de las conciencias de muchos católicos por la difusión de esos planteamientos morales, que son falsos no solamente en sus conclusiones, sino en sus mismos principios. La nueva Moral propuesta tiene en su antropología una pésima base filosófica, está lejos de la Biblia y de la Tradición católica, y contraría con frecuencia las enseñanzas del Magisterio apostólico. ¿Qué mentalidades ha podido formar una tal teología moral en los últimos decenios?

 

La Notificación aludida cae en un campo de trigo en el que durante un cuarto de siglo, «mientras todos dormían» (Mt 13,25), se ha sembrado con gran abundancia la cizaña. Eso explica que el documento de la Congregación, de hecho, haya sido resistido o menospreciado por muchos, cuya mentalidad ya estaba profundamente maleada por las mismas obras que la Notificación reprueba, y que ésta, en no pocos lugares, al menos donde se ha podido, ha sido silenciada, ocultándola en forma casi total. (…)

 

Una Notificación aún más tardía

 

El 24 de junio de 1998 la Congregación para la Doctrina de la Fe publica una Notificación señalando los graves errores que están contenidos en varias de las obras del padre Anthony de Mello, S.J. (1931-1987).

 

«El Autor sustituye la revelación acontecida en Cristo con una intuición de Dios sin forma ni imágenes, hasta llegar a hablar de Dios como de un vacío puro... Nada podría decirse sobre Dios... Este apofatismo radical lleva también a negar que la Biblia contenga afirmaciones válidas sobre Dios... Las religiones, incluido el Cristianismo, serían uno de los principales obstáculos para el descubrimiento de la verdad... A Jesús, del que se declara discípulo, lo considera un maestro al lado de los demás... La Iglesia, haciendo de la palabra de Dios en la Escritura un ídolo, habría terminado por expulsar a Dios del templo», etc.

 

Con razón la Notificación advierte que este autor «es muy conocido debido a sus numerosas publicaciones, las cuales, traducidas a diversas lenguas, han alcanzado una notable difusión en muchos países». Es cierto, sin duda. Sus obras han sido ampliamente difundidas durante decenios entre los católicos en seminarios, noviciados, centros teológicos, asociaciones de laicos, parroquias, librerías religiosas, ambientes catequéticos, etc. Parece increíble, pero así ha sido.

 

Felizmente, once años después de la muerte del Autor –once años después– una Notificación de la Congregación de la Doctrina de la Fe ha considerado oportuno poner en guardia sobre sus enormes errores. Esto hace temer que los errores hoy más vigentes en la Iglesia sean reprobados públicamente dentro de un cuarto de siglo.

 

Decir estas cosas resulta muy penoso, pero estimo que el bien de la Iglesia presente y de la futura exige a nuestra conciencia afirmarlas con fuerza y claridad.

 

El Código de Derecho Canónico, por su parte, establece que los fieles «tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia», etc. (art. 212,3).

 

Dada la gravedad del tema que trato, creo que en conciencia es un deber manifestar sobre él estas opiniones, que están bien fundadas en el ejemplo de los santos, y que son hoy, por otra parte, profesadas por no pocos viri prudentes.

 

La multiplicación de las herejías

 

En su Informe sobre la fe, de 1984, el Cardenal Ratzinger daba una visión autorizada del estado de la fe en la Iglesia, sobre todo en el Occidente descristianizado, y señalaba la proliferación innumerable de las doctrinas falsas, tanto en temas dogmáticos como morales (BAC, Madrid 198510).

 

«Gran parte de la teología parece haber olvidado que el sujeto que hace teología no es el estudioso individual, sino la comunidad católica en su conjunto, la Iglesia entera. De este olvido del trabajo teológico como servicio eclesial se sigue un pluralismo teológico que en realidad es, con frecuencia, puro subjetivismo, individualismo que poco tiene que ver con las bases de la tradición común» (80).

 

Así se ha producido un «confuso período en el que todo tipo de desviación herética parece agolparse a las puertas de la auténtica fe católica» (114). Entre los errores más graves y frecuentes, en efecto, pueden señalarse temas como el pecado original y sus consecuencias (87-89, 160-161), la visión arriana de Cristo (85), el eclipse de la teología de la Virgen (113), los errores sobre la Iglesia (53-54, 60-61), la negación del demonio (149-158), la devaluación de la redención (89), y tantos otros errores relacionados necesariamente con éstos.

 

Éstos son los errores más graves contra la fe católica; pero actualmente corren otros muchos en el campo católico, referidos a la divinidad de Jesucristo, a la condición sacrificial y expiatoria de su muerte, a la veracidad histórica de sus milagros y de su resurrección, al purgatorio, a los ángeles, al infierno, a la presencia eucarística, a la Providencia divina, a la necesidad de la gracia, de la Iglesia, de los sacramentos, al matrimonio, a la vida religiosa, al Magisterio, etc. Puede decirse, prácticamente, que las herejías teológicas actuales han impugnado hoy todas las verdades de la fe católica.

 

En todo caso, los errores más ruidosos son los referidos a las cuestiones morales. «Muchos moralistas occidentales, con la intención de ser todavía creíbles, se creen en la obligación de tener que escoger entre la disconformidad con la sociedad y la disconformidad con la Iglesia... Pero este divorcio creciente entre Magisterio y nuevas teologías morales provoca lastimosas consecuencias» (94-95).

 

Estimo, pues, que pueden y deben hacerse tres afirmaciones sucesivas:

 

1. Nunca el pueblo católico ha sufrido un cúmulo semejante de dudas, errores y confusiones sobre los temas más graves de la fe. Ha habido en la historia de la Iglesia, en lugares y tiempos determinados, situaciones de grave degradación moral, semejantes o mayores a la actual. También ha habido en ciertas etapas históricas algún error concreto –y grave, como el arrianismo– que se ha difundido ampliamente entre los católicos, antes de ser reducido por la Iglesia a la verdad. Pero no se conoce ninguna época en que los errores y las dudas en la fe hayan proliferado en el pueblo católico de forma tan generalizada como hoy, particularmente en las Iglesias de los países ricos de Occidente.

 

2. Nunca, sin embargo, la Iglesia docente ha tenido tanta luz como ahora. Nunca la Iglesia ha tenido un cuerpo doctrinal tan amplio, coherente y perfecto, sobre cuestiones bíblicas, dogmáticas, morales, litúrgicas, sociales, sobre sacerdocio, laicado, vida religiosa, sobre todas y cada una de las cuestiones referentes a la fe y a la vida cristiana. Esta afirmación parece también indudable. Pero entonces, ¿cómo se explica que sufra hoy el pueblo cristiano tan generalizadas confusiones y errores en temas de fe, teniendo la Iglesia actual doctrina tan luminosa y amplia? La respuesta parece obligada:

 

3. Nunca se han dejado correr como hoy en la Iglesia tan libremente los errores contra la fe y la moral. No parece que pueda haber otra respuesta verdadera.

 

La lucha insuficiente contra el error

 

Es normal que la lucha contra el error sea hoy muy insuficiente en un marco secular imbuido ampliamente de liberalismo, en el que «hay que respetar todas las ideas»; en una cultura que espera el bien común no de la verdad, no del respeto a la naturaleza de los seres y a su Creador, sino de una tolerancia universal, que lo admite todo, menos la intolerancia de unas convicciones dogmáticas; en un tiempo en el que la buena amistad de la Iglesia con el mundo moderno es pretendida por muchos como un bien supremo; en unos tiempos de riqueza, que engendra soberbia, y que generaliza una soberbia hostil a toda corrección autoritativa; en una época que no une suficientemente la verdad ortodoxa a la firme adhesión a la Cruz de Cristo, y que, afectada por el protestantismo, no siente devoción alguna ni por la ley eclesial, ni por la autoridad pastoral, ni por la obediencia, ni por los dogmas, ni por el Magisterio apostólico.

 

En un tiempo como éste, no pocos hombres de Iglesia han mostrado más celo y respeto por la libertad de expresión que por la verdad ortodoxa. Y no han combatido los errores contra la fe con la fuerza y la eficacia necesarias. Solamente así puede entenderse que en algunas Iglesias locales agonizantes la cizaña del error sea más abundante que el trigo de la verdad. En estas Iglesias ciertos errores doctrinales corren libremente, se han establecido ya pacíficamente; en tanto que algunas verdades de la fe sólo son afirmadas por unos pocos con penalidades martiriales.

 

Iglesias locales, digo, agonizantes, debido a la abundancia del error. En efecto, la Iglesia universal es indefectible y las fuerzas infernales nunca podrán vencerla. Pero una Iglesia local, que quizá, al paso de los siglos, ha sido capaz de superar tiempos muy duros, persecuciones, y también graves pecados y miserias morales, sean del pueblo o de sus mismos Pastores, en cambio, se tambalea, agoniza, y sucumbe cuando es herida por graves errores en la propia fe católica, que es su fundamento. Las herejías tienen muchísima más fuerza que las inmoralidades para debilitar o matar una Iglesia.

 

Pero por otra parte, conviene recordar que la Iglesia Católica, a diferencia de otras comunidades cristianas, es en plenitud «columna y fundamento de la verdad» (1Tim 3,9). Por eso el error doctrinal no puede arraigarse durablemente en la Iglesia Católica. Los nestorianos o los monofisitas o los luteranos pueden perseverar durantes siglos en los mismos errores doctrinales. La Iglesia Católica no, ni siquiera en sus realizaciones locales. Una Iglesia local, o pierde su condición de católica, o más pronto o más tarde recupera la verdad católica. Su comunión universal con el colegio episcopal, presidido por Pedro, le asegura su condición de «Casa de Dios, Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad».

 

Los santos combaten «los errores de su tiempo»

 

La verdad católica fluye siempre de la Escritura y de la Tradición, tal como el Magisterio lo enseña (Dei Verbum 7-10). La verdad católica es, pues, siempre bíblica y tradicional. Ahora bien, la historia de la Iglesia nos presenta como un dato tradicional que los Padres, los santos y los mejores teólogos, así como los Papas, han enseñado siempre la verdad católica, impugnando a la vez «los errores de su tiempo».

 

La mayor virulencia del error suele darse, precisamente, en su fascinante novedad. Los errores, cuando se hacen viejos, pierden mucho de su peligroso atractivo. Por eso, el fuego accidental ha de ser apagado al instante, para que no se difunda. Una vez que ha quemado un gran bosque, a veces, él mismo se apaga, porque no queda ya nada por consumir.

 

San Agustín (354-430), por ejemplo, combatió con todas sus fuerzas contra los errores que su contemporáneo Pelagio (354-427) estaba difundiendo acerca de la gracia. Y así lo hizo, asistido por Dios, para bien de la Iglesia, aunque aquellos errores fueron en un principio aprobados por varios Obispos –Jerusalén, Cesarea, sínodo de Dióspolis (415), e incluso por el papa Zósimo–, pues éstos no habían alcanzado a comprender todavía su grave malicia, al no estar quizá bien informados y al no haber aún una doctrina dogmática de la Iglesia sobre esos temas. Y ejemplos como éste podrían multiplicarse indefinidamente. La impugnación de los errores presentes es un dato unánime de la Tradición católica.

 

Para comprobar lo que he afirmado basta recordar la información que la Liturgia de las Horas nos ofrece, al hacer una brevísima biografía en la memoria de los santos. Cuando se trata de santos pastores o teólogos, son casi constantes los datos que subrayan que combatieron los errores y las desviaciones morales de su tiempo, y que ello con frecuencia les atrajo grandes penalidades, persecuciones, exilios, cárcel, muerte. Fueron, pues, mártires de la verdad de Cristo, ya que dieron «testimonio de la verdad» con todas sus fuerzas, sin «guardar su vida». (…)

 

Según esto puede afirmarse que aquellos círculos de la Iglesia de nuestro tiempo, sean teológicos, populares o episcopales, que sistemáticamente descalifican y persiguen a los maestros católicos que hoy defienden la fe de la Iglesia y que combaten abiertamente las herejías, se sitúan fuera de la tradición católica y contra ella. En la guerra que hay entre la verdad y la mentira, aunque no lo pretendan conscientemente, ellos se ponen del lado de la mentira y son los adversarios peores de los defensores de la verdad. También si ellos están entre quienes la predican.

 

Los santos pastores y doctores de todos los tiempos combatieron a los lobos que hacían estrago en las ovejas adquiridas por Cristo al precio de su sangre. Estuvieron siempre vigilantes, para que el Enemigo no sembrara de noche la cizaña de los errores en el campo de trigo de la Iglesia. En tiempos en que las comunicaciones eran muy lentas, se enteraban, sin embargo, muy pronto –estaban vigilantes– cuando el fuego de un error se había encendido en algún lugar del campo eclesial, y corrían a apagarlo.

 

No se vieron frenados en su celo pastoral ni por personalidades fascinantes, ni por Centros teológicos prestigiosos, ni por príncipes o emperadores, ni por levantamientos populares. No dudaron en afrontar marginaciones, destierros, pérdidas de la cátedra académica o de la sede episcopal, calumnias, descalificaciones y persecuciones de toda clase. Y gracias a su martirio –gracias a Dios, que en él los sostuvo– la Iglesia Católica permanece en la fe católica. (…)

 

(José María Iraburu, El martirio de Cristo y de los cristianos, Fundación GRATIS DATE, Pamplona, Cap. 8, pp. 118-130. Todo el libro está disponible en línea en:

http://www.gratisdate.org/nuevas/martirio-jmi/martirio-jmi-default.htm).

 

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Diversos modos de la presentación de la verdad en las Cartas de Pablo

 

Miguel Antonio Barriola

 

1.      “Verba volant, scripta manent”

 

La correspondencia epistolar paulina no tiene el objetivo de un intercambio meramente individual con algún conocido o por motivos personales. Es la continuación de su predicación apostólica de la Buena Nueva de Cristo, poniendo de relieve, las más de las veces, puntualizaciones y corrección de interpretaciones torcidas de lo previamente anunciado en alguna de las comunidades cristianas por él fundadas. Hasta tal punto carecen de un carácter puramente privado, que están destinadas a ser leídas públicamente e intercambiadas entre diferentes Iglesias (I Tes 5,27; Col 4,16-17). Más todavía, una misiva dirigida a una persona singular, Filemón, destaca desde el principio a “la Iglesia que se reúne en tu casa” (v. 2).

 

Este medio de comunicación, entonces, prolonga la misión apostólica en relación con sus fieles, abarcando la vida toda del enviado, que es entrega sin reservas a expandir un tesoro, del que no es dueño, ni puede ser manejado por conveniencia propia. “Nada podemos contra la verdad; sino a favor de ella” (II Cor 13,8).

 

En la Iglesia de Cristo es a Pablo a quien debemos el más primitivo uso de este recurso, que mantiene vigente la evangelización primera (I Tes), alentando, profundizando, aclarando, actualizando, en fin, un contacto originario entre Cristo los creyentes: “Lo que somos en nuestras cartas, cuando estamos ausentes, también lo seremos con nuestros actos, cuando estemos presentes” (II Cor 10,11).

 

En consecuencia, esa “verdad”, a la que Pablo se ve obligado, no aparecerá en su epistolario de forma ordenada y académica, sino que surgirá de escritos ocasionales, nacidos de imprevistos vitales, dignos de alabanza (I Tes 1,2-10) o de reparos frente a falsas interpretaciones teóricas o prácticas (Gal; I–II Cor). Pero, de este hecho innegable no es lícito concluir que en la producción literaria del Apóstol nos encontraremos con un hacinamiento desordenado de datos y noticias. En modo alguno. Siempre es posible dar con la profunda unidad teológica que armoniza problemas tan dispersos, surgidos, sea entre diferentes Iglesias particulares o en una misma comunidad; por ejemplo, las diversas temáticas encaradas en la I Cor (capillismos: caps. 1-4; conducta sexual, matrimonio, virginidad, esclavitud: caps. 6-7, etc.) (1).

 

2.      Verdad dinámica y eficaz

 

Pablo no sólo transmite teoría o filosofía de la religión. Brinda el fruto de un encuentro personal con Cristo, cuya fuerza se incorpora en el mismo Apóstol y se traduce en una verdad, que tiende a encarnarse en la vida. “No cesamos de dar gracias a Dios, porque cuando recibisteis la Palabra que os predicamos, la aceptasteis no como palabra humana, sino como lo es realmente, como Palabra de Dios, que actúa en vosotros” (I Tes 2,13). Es una revelación importante, porque sitúa la predicación apostólica al mismo nivel que las Escrituras Sagradas del Antiguo Testamento (AT): una compenetración de la Palabra de Dios con el anuncio del Evangelio. Él está seguro de “la verdad de Cristo, que está en mí” (II Cor 12,10). Se sabe “embajador de Cristo y (que) es Dios el que exhorta a los hombres, por intermedio nuestro” (II Cor 5,20). Según Rom 15,18, es Cristo el que actúa a través del Apóstol, “con palabra y obra”. Y hasta tal punto, que Pablo no es dueño del mensaje divino, sino simplemente su instrumento viviente: “No somos como muchos que trafican con la Palabra de Dios, sino que hablamos con sinceridad en nombre de Cristo, como enviados de Dios y en presencia del mismo Dios” (II Cor 2,17). Es tan fuerte su convicción de pura servicialidad, de que no transmite algo propio, de lo que pudiera disponer a su arbitrio, sino la verdad sin engaño, que confiesa abiertamente: “Nunca hemos callado nada por vergüenza, ni hemos procedido con astucia o falsificando la Palabra de Dios. Por el contrario, manifestando abiertamente la verdad (fanerósei tés alethéias), nos recomendamos a nosotros mismos, delante de Dios, frente a toda conciencia humana… Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, el Señor, y nosotros no somos más que vuestros servidores” (Ibíd., 4,2.5). Ahora bien, es este mismo espíritu el que sigue haciéndose presente en sus mensajes escritos: “No les escribo esto para aprovecharme ahora… antes preferiría morir… Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme; al contrario es para mí una necesidad imperiosa” (I Cor 9,15-16). “Si alguien se tiene por profeta… reconozca que les escribo un mandato del Señor” (Ibíd., 14,37).

 

Sus cartas reafirman cómo, pese a toda adversidad, la rectitud y potencialidad de su predicación no es sólo producto de su ingenio y voluntad: “Obramos… con el Espíritu Santo, con un amor sincero, con la palabra de verdad, con el poder de Dios” (II Cor 6,6-7; ver igualmente: I Cor 1,23; 2,1-5; Ef 1,13; Col 1,5).

 

También la sección “parenética” del epistolario paulino va en el sentido de la verdad evangélica, que no puede quedar en mera información, sino que ha de hacerse vida. El final de muchas cartas está dedicado a la exhortación, porque de la noticia salvífica, que se ha oído, se ha de pasar al imperativo que guía la existencia y el “caminar” en novedad de vida. Buen resumen de la doctrina tratada y la consecuencia práctica de la misma aparece en Gal 6,15: “Pues ni la circuncisión es algo ni la incircuncisión; lo que vale es la nueva creatura y a todos los que caminen (stoijésousin) en esta regla, paz y misericordia, lo mismo que al Israel de Dios” (ver: Filip 4,8-9).

 

En síntesis, es posible compendiar que la predicación paulina, continuada en su siguiente contacto postal, es, no sólo suya (que también lo es: “<mi> Evangelio”: I Tes 1,5; II Tes 2,14; I Cor 2,4; II Cor 4,3; Rom 2,16), sino ante todo Palabra de Dios, que contiene la plenitud del acontecimiento salvífico y hace presente al mismo tiempo a la persona del Salvador. Por lo mismo, según Pablo, y a diferencia de las manifestaciones divinas del AT, preparatorias e incompletas, el mensaje confiado a los apóstoles, propiamente hablando, es acabado y definitivo (Ef 1,9-13: “para que se cumpliera en la plenitud de los tiempos…” –v. 10–… “en Él vosotros, que escuchasteis la palabra de la verdad, el evangelio de vuestra salvación” –v. 13–) (2).

 

3.      Verdad que no admite tergiversaciones

 

Dadas, pues, las características excepcionales de la predicación apostólica, cuyo origen y sustento es Dios mismo (Gal 1,11-12.15), teniendo como objetivo la salvación eterna del mundo entero (Ef 3,3-7), no es posible consentir su más mínima distorsión. De ahí otra característica de la correspondencia paulina: su constante vigilancia contra todo lo que contradiga la verdad anunciada. “Me sorprendo de que hayáis abandonado tan pronto al que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir el Evangelio… Si nosotros mismos o un ángel del cielo os anuncia un evangelio distinto del que os hemos anunciado ¡que sea anatema!” (Gal 1,6.8). Ni la gran autoridad reconocida a Cefas en la Iglesia primera detiene la necesaria corrección, cuando Pablo comprueba que está en peligro la pureza del Evangelio: “Cuando vi que no caminaban decididamente (orthopodoúsin) según la verdad del Evangelio, dije a Cefas delante de todos: <Si tú, que eres judío, vives como los paganos y no como los judíos, ¿por qué obligas a los paganos a que vivan como los judíos?>” (Ibíd., 2,14). Así, puede reprochar a los gálatas por no “obedecer más a la verdad” (Ibíd., 5,7). Tampoco han de ceder a que tales fraudes se presenten en cartas espúreas: “No se dejen perturbar fácilmente… por palabras o cartas atribuidas a nosotros…” (II Tes 2,1.2).

 

Compendia bien este aspecto del epistolario paulino G. Segalla: “Ante todo, el Evangelio de Pablo aparece contrastado, rechazado, sustituido con otro (Gal 1,6; I Cor 15,1ss; II Cor 4,3-4; 11,4; Rom 3,8; 10,16; 11,28) y, junto con el Evangelio, también Pablo, porque evangelio y Pablo son una sola cosa (I Cor 9,1-2; II Cor 10-13; Rom 3,8). Se perfila un choque en el interior de las comunidades paulinas: rechazo del evangelio por parte de los hebreos (Rom 10,16; 11,28); en las comunidades de Galacia los judaizantes quieren introducir el evangelio de la circuncisión y de la observancia de la ley para los cristianos que provienen de los gentiles como los Gálatas (Gal 1,6ss); corrientes de pensamiento helenístico desfiguran el evangelio de Pablo en Corinto: la libertad mal entendida y la negación de la resurrección; en II Cor 4,3-4 se tiene todavía una confrontación polémica con la sinagoga. El peligro de <otro Jesús>, <otro Espíritu> y <otro evangelio> amenaza también sobre la comunidad de la Segunda a los Corintios. Aquí aparece claro que el Evangelio es el mismo Jesús y su Espíritu. La identidad del evangelio, que es la identidad del cristiano, llega a ser un fuerte criterio de distinción y diversidad respecto al ambiente judaico, que rechaza a Jesús o bien lo acepta aprisionándolo en las categorías de la circuncisión y de la Ley, así como también de parte del mundo greco-romano, donde domina la exaltación del hombre y de su libertad respecto a los demás, pero en función de la propia autonomía, mientras la antropología está marcada por la dicotomía cuerpo-alma, donde el cuerpo ha de ser abandonado como sepulcro del alma” (3). Ahora bien, si no fuera por sus escritos, ignoraríamos esta vigorosa defensa paulina de la verdad evangélica, que, superando las circunstancias de una determinada época, llega a las generaciones futuras, preparando la eternidad misma, “conforme a mi evangelio y… la revelación del misterio… hoy manifestado y por las Escrituras que lo predicen, según la orden del Dios eterno, llevada al conocimiento de todas las naciones” (Rom 16,25-26).

 

4.      Verdad compartida con toda la Iglesia

 

Muy consciente de la singular y extraordinaria comunicación que recibiera personalmente de la verdad acabada del Evangelio en Cristo (Gal 1,11-17; I Cor 15,8; Ef 3,8), no menos experimenta Pablo la necesidad de entroncarla con toda la comunidad cristiana. Porque la relación del ex fariseo de Tarso con la Iglesia no es sólo de paternidad (I Cor 4,15; Gal 4,19), sino también y sobre todo de deuda u obligación: “Os transmití lo que a mi vez recibí” (I Cor 15,3).Entre Jesús y Pablo hay veinte años de vida eclesial que se desarrolló en Jerusalén, Samaría, Damasco y Antioquía de Siria. Es en estos años cuando Jesús se arraiga cada vez más a fondo en la mente y corazón de los primeros cristianos, delineándose enseguida, si bien no todo de golpe, en su original identidad. Pablo también es deudor de este período y de aquellas Iglesias.

 

De ahí que, después de haber defendido vigorosamente cómo el llamado vertical, que Cristo le dirigiera, alcanza para autenticar su prédica, sin tener que acudir al placet de los anteriores apóstoles (Gal 1,11-17), no menos siente la urgencia de enlazar horizontalmente, con el acervo común de la Iglesia, la revelación por él recibida, “visitando a Pedro” (Ibíd., v. 18) y confrontando su predicación, para asegurarse “de que no corría en vano” (v. 2). Seguramente, debido a todo lo que estaba en juego en aquella comunidad es que Pablo acentúa: “Vean con qué grandes letras les escribí con mi mano” (Ibíd., 6,11), ya que van acompañadas de breves líneas de ulterior polémica (vv. 12-13).

 

Asimismo, aun poniendo de relieve la supremacía de su trabajo apostólico (“trabajé más que todos ellos” –I Cor 15,10–), se apresura a declarar acto seguido: “Tanto ellos como yo predicamos lo mismo, y esto es lo que vosotros habéis creído” (v. 11).

 

Por eso su repulsa a todo “localismo” que se aísla de la totalidad de las Iglesias. “¿Acaso la Palabra de Dios ha salido de vosotros o sois los únicos que la han recibido?” (I Cor 14,36). Corregir tales desvíos es lo que explica su recurso a esta carta: “Si alguno se tiene por profeta o se cree inspirado por el Espíritu, reconozca en esto que les escribo un mandato del Señor” (Ibíd., v. 37). La situación tan segmentada de la Iglesia de Corinto (corrillos en torno a personalidades: caps. 1-4; celebraciones con tono “clasista” de la misma Eucaristía: Ibíd., 10,14-22; 11,17-34; emulaciones en pos los carismas más vistosos: caps. 12-14) explica el alcance universalista del saludo epistolar al comienzo: “A la Iglesia de Dios que reside en Corinto… llamados a ser santos, junto con todos aquellos que en cualquier parte invocan el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, Señor de ellos y nuestro” (Ibíd., 1,2). Porque, si bien Israel conserva su lugar preeminente en el plan de salvación (ver: Rom 9-11), se ha quebrado cierto elitismo del pueblo elegido. Así confesará: “Yo no me avergüenzo del Evangelio, porque es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y del griego” (Rom 1,16).Y alabará a los tesalonicenses porque “os habéis vuelto imitadores de las iglesias de Dios que están en Judea” (I Tes 2,14).

 

5.      Concluyendo

 

Las cartas paulinas son testimonio perenne de la verdad de la Palabra de Dios que, esbozada en el AT, llegó a su plenitud en Cristo y es vivida en la Iglesia hasta el fin de la historia. Prosiguen lo iniciado en la predicación primera, que no fue sólo propuesta entusiasta de un exaltado, sino la Palabra misma de Dios. Tales escritos atestiguan la vitalidad de dicha verdad, que no puede quedar en mera teoría. Vinculan a las diferentes comunidades con la Iglesia toda, corrigen las amenazas que oscurecen y confunden la luz del evangelio, y hasta tal punto obraron desde su origen como faros potentes de revelación que, por el aviso de otro autor inspirado, fueron vistas en el mismo nivel de las Escrituras Sagradas, teniendo asimismo que ser protegidas de lecturas deformantes: “Como les ha escrito nuestro hermano Pablo, conforme a la sabiduría que le ha sido dada y lo repite en todas sus cartas… En ellas hay pasajes difíciles de entender, que algunas personas ignorantes e inestables interpretan torcidamente, como, por otra parte, lo hacen con el resto de la Escritura, para su propia perdición” (II Pedro 3,15-16).

 

Notas

 

1) “Jesucristo es la luz que esclarece las diversas exposiciones, el centro en el que hay que hacer que todas converjan. San Pablo no enseña cosa alguna sin referirse a ÉL. Condena todo espíritu de división en la comunidad, porque Cristo es uno. La sabiduría de Dios, que él opone a la sabiduría del siglo, está encarnada en Cristo, manifestada en su cruz.

 

En el cuadro que traza del ministerio apostólico presenta a los apóstoles como cooperadores de Dios y servidores de Cristo. La pureza moral que exige de los fieles viene requerida por su condición de miembros de Cristo… Amor de Jesucristo y unión de todos los fieles en ÉL, mediante la caridad, serán los últimos saludos del Apóstol (16,21-24), porque a lo largo de toda la carta esos pensamientos y esos deseos han llenado su corazón” (J. Huby, Première Épître aux Corinthiens, Paris, 1946, 23).

 

Por lo que venimos exponiendo, el presente estudio no se referirá expresamente a los “contenidos de verdad doctrinal” del Apóstol (Dios uno y trino, creador, redentor, vida eclesial, sacramentos, etc.), sino a sus principales actitudes ante la verdad, que el Señor le encargó predicar.

 

2) “Es del todo erróneo sugerir que Pablo apoyó su comprensión del Antiguo Testamento sobre Cristo; fue Cristo quien le dio una nueva comprensión del Antiguo Testamento y el mismo Antiguo Testamento ganó su nueva vitalidad y relevancia por haber sido cumplido” (C. K. Barrett, The Bible in the New Testament Period, en: The Church’s use of the Bible – Past and Present, edited by D. E. Nineham, London (1963) 15.

 

3) G. Segalla, Teologia Biblica del Nuovo Testamento, Torino (2005) 431.

 

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¿No es el mismo cuerpo que muere el que resucita?

 

Lic. Néstor Martínez

 

Transcribimos un párrafo de la Revista Umbrales, (2012), 225, pp. 26-27. En todo lo que sigue los énfasis son siempre nuestros.

 

“Por supuesto, para Pablo, Jesús tiene un “cuerpo glorioso”, pero esto no parece implicar necesariamente la revivificación del cuerpo que tenía en el momento  de morir. Pablo insiste en que “la carne y la sangre no pueden poseer el reino de los cielos”. Para él, la resurrección de Jesús es una “novedad” radical, sea cual fuere el destino de su cadáver. Dios crea para Jesús un “cuerpo glorioso” en el que se recoge la integridad de su vida histórica. Para esta transformación radical no parece que el Creador necesite de la sustancia bioquímica del despojo depositado en el sepulcro.”

 

Estas afirmaciones son contrarias a la fe de la Iglesia tal como la trasmite el Catecismo de la Iglesia Católica, como se ve por lo que sigue:

 

En lo referente a la sepultura de Jesús, dice el Catecismo:

 

625 La permanencia de Cristo en el sepulcro constituye el vínculo real entre el estado pasible de Cristo antes de Pascua y su actual estado glorioso de resucitado. Es la misma persona de "El que vive" que puede decir: "estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos" (Ap 1,18): Dios [el Hijo] no impidió a la muerte separar el alma del cuerpo, según el orden necesario de la naturaleza, pero los reunió de nuevo, uno con otro, por medio de la Resurrección, a fin de ser Él mismo en persona el punto de encuentro de la muerte y de la vida deteniendo en Él la descomposición de la naturaleza que produce la muerte y resultando Él mismo el principio de reunión de las partes separadas (S. Gregorio Niceno, or. catech. 16).

 

Aquí la muerte aparece como separación del alma y el cuerpo, y la resurrección como su reunión, lo cual supone la identidad numérica del cuerpo que muere y el que resucita, como lo confirma la expresión de San Gregorio Niceno que habla de una detención de la descomposición de la carne y de la reunión de las partes separadas.

 

626 Ya que el "Príncipe de la vida que fue llevado a la muerte" (Hch 3,15) es al mismo tiempo "el Viviente que ha resucitado" (Lc 24,5-6), era necesario que la persona divina del Hijo de Dios haya continuado asumiendo su alma y su cuerpo separados entre sí por la muerte:

 

Por el hecho de que en la muerte de Cristo el alma haya sido separada de la carne, la persona única no se encontró dividida en dos personas; porque el cuerpo y el alma de Cristo existieron por la misma razón desde el principio en la persona del Verbo; y en la muerte, aunque separados el uno de la otra, permanecieron cada cual con la misma y única persona del Verbo (S. Juan Damasceno, f.o. 3, 27).

 

Aquí se insiste en la misma idea, y da la razón por la cual es totalmente inadecuado, por decir lo menos, hablar de “despojo” en referencia al sacratísimo cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo en el sepulcro, como “piadosamente” hace Umbrales.

 

627 La muerte de Cristo fue una verdadera muerte en cuanto que puso fin a su existencia humana terrena. Pero a causa de la unión que la Persona del Hijo conservó con su cuerpo, éste no fue un despojo mortal como los demás porque "no era posible que la muerte lo dominase" (Hch 2,24) y por eso de Cristo se puede decir a la vez: "Fue arrancado de la tierra de los vivos" (Is 53,8); y: "mi carne reposará en la esperanza de que no abandonarás mi alma en el Hades ni permitirás que tu santo experimente la corrupción" (Hch 2,26-27; Cf. Sal 16, 9-10). La Resurrección de Jesús "al tercer día" (1 Co 15,4; Lc 24,46; Cf. Mt 12,40; Jon 2,1; Os 6,2) era el signo de ello, también porque se suponía que la corrupción se manifestaba a partir del cuarto día (Cf. Jn 11,39).

 

Es claro que el Catecismo hace suya la Palabra de Dios contenida en el Antiguo Testamento que profetiza que el cuerpo de Cristo no conocerá la corrupción del sepulcro.

 

Insiste luego el Catecismo en la misma idea:

 

630 Durante el tiempo que Cristo permaneció en el sepulcro su Persona divina continuó asumiendo tanto su alma como su cuerpo, separados sin embargo entre sí por causa de la muerte. Por eso el cuerpo muerto de Cristo "no conoció la corrupción" (Hch 13,37).

 

Las mismas expresiones reaparecen en el Catecismo al tratar de la Resurrección de Jesús:

 

640 "¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24,5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (Cf. Jn 20,13; Mt 28,11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (Cf. Lc 24,3.22-23), después de Pedro (Cf. Lc 24,12). "El discípulo que Jesús amaba" (Jn 20,2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir "las vendas en el suelo" (Jn 20,6) "vio y creyó" (Jn 20,8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (Cf. Jn 20,5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (Cf. Jn 11,44).

 

Contra lo que piensa el autor del texto citado al comienzo, el Catecismo, por lo que vemos, sí considera al sepulcro vacío un “signo esencial”, y después toda la argumentación del Catecismo se entiende solamente sobre la base de la realidad del sepulcro vacío y de la identidad numérica entre el cuerpo muerto de Jesús y su cuerpo de Resucitado.

 

643 Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por él de antemano (Cf. Lc 22,31-32). La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que los discípulos (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, nos presentan a los discípulos abatidos ("la cara sombría": Lc 24,17) y asustados (Cf. Jn 20,19). Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y "sus palabras les parecían como desatinos" (Lc 24,11; Cf. Mc 16,11.13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua "les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado" (Mc 16,14).

 

La afirmación destacada es formal y se opone frontalmente a lo que se dice en el citado artículo de la revista “Umbrales”. No pertenece al “orden físico” un “cuerpo glorioso” que es creado después de la muerte por Dios. Permanece “fuera del orden físico” una “resurrección de la carne” que es compatible con la putrefacción del “despojo” que quedaría en el sepulcro.

 

645 Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (Cf. Lc 24,39; Jn 20,27) y el compartir la comida (Cf. Lc 24,30.41-43; Jn 21,9.13-15). Les invita así a reconocer que Él no es un espíritu (Cf. Lc 24,39) pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado ya que sigue llevando las huellas de su pasión (Cf. Lc 24,40; Jn 20,20.27). Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo al mismo tiempo las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (Cf. Mt 28,9.16-17; Lc 24,15.36; Jn 20,14.19.26; 21,4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (Cf. Jn 20,17). Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (Cf. Jn 20,14-15) o "bajo otra figura" (Mc 16,12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe (Cf. Jn 20,14.16; 21,4.7).

 

Afirmación categórica en el Catecismo de la identidad numérica entre el cuerpo muerto y el cuerpo resucitado de Nuestro Señor Jesucristo, como decíamos arriba.

 

650 Los Padres contemplan la Resurrección a partir de la persona divina de Cristo que permaneció unida a su alma y a su cuerpo, separados entre sí por la muerte: "Por la unidad de la naturaleza divina que permanece presente en cada una de las dos partes del hombre, éstas se unen de nuevo. Así la muerte se produce por la separación del compuesto humano, y la Resurrección por la unión de las dos partes separadas" (San Gregorio Niceno, res. 1; Cf. también DS 325; 359; 369; 539).

 

La afirmación de San Gregorio Niceno, que el Catecismo hace suya, supone esa misma identidad entre el cuerpo muerto y el cuerpo resucitado del Señor. No se habla aquí de “creación de un nuevo cuerpo”, como hace Umbrales, sino de reunión del alma humana del Señor con el cuerpo del que se había separado por la muerte y que había quedado en el sepulcro.

 

657 El sepulcro vacío y las vendas en el suelo significan por sí mismas que el cuerpo de Cristo ha escapado por el poder de Dios de las ataduras de la muerte y de la corrupción. Preparan a los discípulos para su encuentro con el Resucitado.

 

Afirmación formalmente contraria de lo que dice el texto de Umbrales arriba citado.

 

658 Cristo, "el primogénito de entre los muertos" (Col 1,18), es el principio de nuestra propia resurrección, ya desde ahora por la justificación de nuestra alma (Cf. Rm 6,4), más tarde por la vivificación de nuestro cuerpo (Cf. Rm 8,11).

 

Nuestra resurrección futura, participación en la Resurrección de Jesucristo, es presentada aquí como la “vivificación del cuerpo” que actualmente poseemos, lo cual supone la identidad entre el cuerpo que muere y el que resucita. El texto de San Pablo que cita ahí el Catecismo es más claro aún: “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.”

 

San Pablo habla de vivificación de nuestros cuerpos mortales y, por tanto, no habla de ningún cuerpo distinto de este cuerpo mortal, que deba ser “creado” por Dios en la resurrección, como dice Umbrales.

 

Agrega el Apóstol en 1 Co 15,53-54: “Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria.”

 

Donde se ve nuevamente que es el mismo cuerpo corruptible y mortal el que “se reviste”, como dice San Pablo, de incorrupción y de inmortalidad.

 

A la luz de estas afirmaciones categóricas del Apóstol es que hay que interpretar otras que pueden parecer oscuras, como la de 1 Co 15,37-38: “Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano; pero Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo.”

 

El mismo ejemplo del grano y la semilla sigue mostrando la identidad numérica entre el cuerpo muerto y el cuerpo resucitado, dentro de la diversidad de los estados, corruptible y glorioso, en que ambos se encuentran.

 

El hablar de la “sustancia bioquímica del despojo depositado en el sepulcro” revela una mentalidad dualista y espiritualista que desprecia la carne y niega por eso mismo la Resurrección en su acepción verdaderamente católica.

 

Revela también una mentalidad racionalista que no puede aceptar la intervención sobrenatural de Dios como hecho auténticamente histórico a la vez que trascendente, como dice el Catecismo.

 

Una “resurrección” así entendida como nueva creación de un cuerpo glorioso en el cual “se recoge la integridad de la vida histórica” del resucitado niega, por un lado, la verdadera transformación de nuestra humanidad por la gloria de la Resurrección, y con ella todo el contenido salvífico de la fe cristiana, y, por otro lado, supone algo que, a diferencia del milagro de la Resurrección, que es difícil de aceptar pero puede ser creído, es un absurdo imposible de creer.

 

Según esto, en la resurrección Dios habría tenido que “inventarle” al cuerpo recién creado una historia que en realidad éste no tuvo, con lo cual por otro lado se hace a Dios autor de la mentira, que habría debido tallar en el cuerpo recién creado del Señor los simulacros de las heridas históricamente recibidas por el otro cuerpo, el que quedó como “despojo” en el sepulcro según esta interpretación.

 

El n. 645 del Catecismo dice que el cuerpo de Cristo Resucitado “sigue llevando las huellas de su pasión”, y no que estas huellas le han sido infligidas por Dios en el acto de “crearlo” después de la muerte.

 

¿Cómo va a ser suya, del cuerpo resucitado, una historia que fue la historia de otro cuerpo numéricamente distinto, que quedó en el sepulcro para corromperse?

 

Entendemos que de este modo no se clarifica ni ilustra la fe del pueblo de Dios sino que se atenta gravemente contra ella.

 

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Nueva datación del Nuevo Testamento (I)

 

Daniel Iglesias Grèzes    

 

Comentario de: John A. T. Robinson, Redating the New Testament, 1976.

Edición en línea: www.preteristarchive.com/Books/1976_robinson_redating-testament.html

 

0.      Introducción

 

Desde la época apostólica, la tradición eclesiástica sostuvo que los cuatro Evangelios fueron escritos poco después de la muerte y resurrección de Cristo, con base en el testimonio de testigos oculares de los hechos narrados en esos mismos libros. Éste es uno de los motivos principales de la multisecular confianza de la Iglesia Católica en el valor histórico de los Evangelios. Algo análogo puede decirse sobre los restantes escritos del Nuevo Testamento (NT). La más antigua tradición afirma que también ellos fueron redactados tempranamente por distintos apóstoles, algunos de los cuales (como Pedro y Juan) formaron parte del grupo de los Doce que acompañaron a Jesús durante su vida pública.

 

A partir del siglo XVIII el estudio crítico de la Biblia desafió estas convicciones tradicionales, negando en muchos casos que los autores de los libros del NT fueron los apóstoles a los que son atribuidos, y asignando a dichos libros fechas de redacción tardías, en general. De este modo, durante el siglo XIX muchos estudiosos de tendencia racionalista sostuvieron que los Evangelios y los demás libros del NT habían sido compuestos en el siglo II, e incluso en la segunda mitad de ese siglo. Así se puso en duda la historicidad de los Evangelios, para sostener diversas tesis sobre el origen de la fe cristiana a partir de mitos, de fraudes o de la creatividad de las comunidades cristianas primitivas. 

 

En el siglo XX el estudio histórico-crítico del NT descartó las críticas más extremas y revirtió parcialmente la tendencia anterior, regresando a dataciones más tempranas, pero (en general) sin volver del todo a la visión tradicional. Desde 1950 hasta hoy la mayoría de los expertos sitúa la composición del Evangelio de Marcos en torno al año 70, la de los Evangelios de Mateo y Lucas en torno al período 80-90 y la del Evangelio de Juan en torno al año 95. Se podría describir este consenso mayoritario actual como una especie de “empate”, que debilita algo los argumentos apologéticos a favor de la historicidad del NT, sin destruirlos en absoluto.

 

No obstante, en las últimas décadas varios estudios exegéticos, filológicos y papirológicos, desarrollados independientemente unos de otros, han convergido en un resultado inesperado para muchos: un fuerte cuestionamiento del citado consenso, en el sentido de un regreso integral a las tesis de la antigua tradición cristiana.

 

Tal vez el primer hito de ese proceso fue dado en 1976 con la publicación del libro Redating the New Testament (“Nueva datación del Nuevo Testamento”) del teólogo inglés John A. T. Robinson (1919-1983), ex obispo anglicano de Woolwich (Inglaterra). En ese libro Robinson defendió la tesis de que todo el NT fue escrito antes del 70 DC, año de la destrucción de Jerusalén por parte de los romanos.

 

Lo que contribuyó a hacer aún más sorprendente esta tesis de Robinson fue que él era un teólogo ultra-liberal, que se había hecho famoso en 1963 mediante su libro Honest to God (“Sincero para con Dios”), donde expuso una teología afín al secularismo: el rechazo de la noción de un Dios trascendente, la propuesta de un cristianismo sin Iglesia, etc. Paradójicamente, después de la publicación de Redating the New Testament, muchos pasaron a considerar a Robinson como un teólogo ultra-conservador.

 

Lo que destaco de esto es que Robinson tuvo la honestidad y el coraje de superar sus prejuicios acerca del importante tema de la datación del Nuevo Testamento y la lucidez de reutilizar observaciones hechas por estudiosos anteriores a él para formar un argumento nuevo y poderoso a favor de la datación temprana.

 

Me propongo resumir y comentar Redating the New Testament a lo largo de una serie de artículos, con base en una edición en línea: http://www.preteristarchive.com/Books/1976_robinson_redating-testament.html. Cuando cite textos de ese libro, lo haré según mi traducción del inglés e indicando los números de página de esa edición. Para las citas bíblicas he utilizado la Biblia de Navarra. El libro tiene once capítulos. Presentaré un capítulo por numeral.

 

1.      Fechas y datos

 

Al comienzo del Capítulo I (“Fechas y datos”) el autor explica que, como en la arqueología, la cronología del Nuevo Testamento (NT) está basada en una combinación de fechas absolutas y relativas. Hay un número limitado de puntos más o menos fijos, y los fenómenos restantes son fechados de acuerdo con los supuestos requerimientos de dependencia, difusión y desarrollo. Las nuevas fechas absolutas obligan a reconsiderar las fechas relativas. Eventualmente las antiguas hipótesis sobre los patrones de dependencia, difusión y desarrollo pueden ser perturbadas o incluso radicalmente cuestionadas.

 

Robinson muestra cómo esto ocurrió en el caso del estudio del origen y el desarrollo de la civilización en Europa. A partir de 1949 se produjo la “revolución del carbono radioactivo”, que obligó a extender de 500 a 1.500 años el período en cuestión. Y en 1966, debido a la dendro-cronología, se produjo una segunda “revolución”. Esta vez no sólo hubo que extender de nuevo el período analizado, sino que el patrón de relaciones entre los fenómenos cambió profundamente.

 

Robinson afirma que “la cronología del Nuevo Testamento depende más de supuestos que de hechos. No se trata de que en este caso hayan aparecido nuevos hechos, nuevas fechas absolutas que no puedan ser cuestionadas –ellas aún son extraordinariamente escasas. Se trata de que ciertos cuestionamientos obstinados me han llevado a preguntar simplemente qué base hay en verdad para ciertas hipótesis cuyo cuestionamiento parecería haberse vuelto arriesgado o incluso impertinente, según el consenso predominante de la ortodoxia crítica. Sin embargo uno toma coraje al ver cómo, en su propio campo o en otro cualquiera, las posiciones establecidas, súbita o sutilmente, pueden llegar a ser vistas como las precarias construcciones que son. Las que parecían ser dataciones firmes basadas en la evidencia científica se revelan como deducciones que se apoyan sobre otras deducciones. El patrón es coherente pero circular. Si se cuestiona alguna de las hipótesis incorporadas, el edificio entero parece mucho menos seguro.” (p. 6).

 

Luego el autor presenta una visión sintética de la historia de la cronología del NT, indicando las posiciones predominantes a intervalos de 50 años. En general, hacia 1800 se consideraba que la composición del NT había abarcado un período de 50 años: del año 50 al año 100. Hacia 1850 ese período se había más que duplicado, extendiéndose ahora entre los años 50 y 170. Hacia 1900, aunque el período considerado seguía siendo aproximadamente el mismo, cambió la datación de los distintos libros del NT, quedando con dataciones tardías sólo unos pocos, generalmente algunas de las cartas. Hacia 1950 la brecha entre las posiciones radicales y conservadoras se había achicado bastante, alcanzándose un grado notable de consenso. El período de composición se redujo a unos 60 años (50-110), con la única excepción de 2 Pedro (ca. 150).

 

Robinson opina que “lo que uno busca en vano en gran parte de los estudios recientes es cualquier lucha seria con la evidencia interna o externa para la datación de los libros individuales… más que un patrón apriorístico del desarrollo teológico dentro del cual luego se los hace encajar.” (p. 11).     

 

Para el autor, la pieza clave fue el Evangelio de Juan. Por diversas razones, poco a poco Robinson se convenció de que ese Evangelio fue escrito en Palestina y antes del año 70, lo que contradice la tesis predominante de que fue escrito en Asia Menor y hacia fines del siglo I. Pero la re-datación de Juan lleva necesariamente a replantear la cronología de todo el NT.

 

“Fue en este punto –explica Robinson– que comencé a preguntarme simplemente por qué cualquiera de los libros del Nuevo Testamento debía ser ubicado después de la caída de Jerusalén en el 70. Al comenzar a considerarlos, y en particular la epístola a los Hebreos, los Hechos y el Apocalipsis, ¿no era extraño que este cataclismo no fuera mencionado o aludido ni una sola vez? Así, como poco más que una broma teológica, pensé ver hasta dónde uno podía llegar con la hipótesis de que todo el Nuevo Testamento fue escrito antes del 70. (…) Pero lo que comenzó como una broma se convirtió durante el proceso en una preocupación seria.” (p. 12).

 

A continuación el autor enumera las limitaciones de su obra: no se ha introducido en las bases teóricas de la cronología en sí misma, ni en cálculos astronómicos, ni en las complejas relaciones entre los sistemas cronológicos antiguos; tampoco ha entrado en la cronología del nacimiento, el ministerio y la muerte de Jesús, ni en la historia del canon del NT, ni en el vasto campo de la literatura no canónica, salvo en los casos en que ésta es directamente relevante al tema analizado.

 

Robinson concluye este capítulo diciendo: “Mi posición probablemente parecerá sorprendentemente conservadora –especialmente a aquellos que me consideran radical en otros temas. (…) No reclamo ninguna gran originalidad –casi cada conclusión individual, como se verá, ha sido previamente discutida por alguien, a menudo en verdad por hombres grandes y olvidados–, aunque pienso que el patrón global es nuevo y, eso confío, coherente. Lo que menos quiero es cerrar cualquier discusión. En realidad me alegra anteponer a mi trabajo las palabras con las cuales, según se dice, Niels Bohr comenzó sus cursos de conferencias: “Cada frase que yo emita debería ser tomada por ustedes no como una afirmación sino como una pregunta”.” (p. 14).   

 

2.      La importancia del año 70

 

Al comienzo del Capítulo II –“La importancia del (año) 70”– el autor enuncia una de sus tesis principales: “Uno de los hechos más extraños acerca del Nuevo Testamento es que lo que en cualquier proyección parecería ser el evento singular más datable y culminante del período –la caída de Jerusalén en 70 AD, y con ella el colapso del judaísmo institucional basado en el Templo– no es mencionado ni una sola vez como un hecho pasado. Es, por supuesto, predicho; y, al menos en algunos casos, se asume que esas predicciones fueron escritas (o redactadas) después del evento. Pero el silencio es de todos modos tan significativo como, para Sherlock Holmes, el silencio del perro que no ladró.” (p. 14).

 

En primer lugar Robinson descarta la interpretación de S. G. F. Brandon: ese silencio sería un intento deliberado de ocultar la simpatía de Jesús y de los primeros cristianos por los revolucionarios zelotas, cuyo levantamiento fue aplastado por los romanos. Esa interpretación es totalmente arbitraria y ha recibido críticas devastadoras de parte de Hengel, Cullmann y muchos otros académicos.

 

Prosigue Robinson: “Por supuesto se han intentado explicaciones de este silencio. Sin embargo, la explicación más simple de todas, que quizás… hay extremadamente poco en el Nuevo Testamento posterior al año 70  y que sus eventos no son mencionados porque todavía no habían ocurrido, a mi juicio exige más atención que la que ha recibido en círculos críticos.” (p. 15). 

 

El resto del Capítulo está dedicado a examinar la relación de los tres Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) con los eventos del año 70. En primer término Robinson analiza el discurso escatológico de Marcos 13, que comienza así:

 

“Al salir del Templo le dice uno de sus discípulos: Maestro, mira qué piedras y qué edificios. Jesús le responde: ¿Ves estas grandes construcciones? No quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derruida. Y estando Jesús en el Monte de los Olivos, enfrente del Templo, le preguntaron a solas Pedro, Santiago, Juan y Andrés: Dinos cuándo ocurrirán estas cosas y cuál será la señal de que todo esto está a punto de llegar a su fin.” (Marcos 13,1-4).

 

Robinson subraya que la larga respuesta de Jesús no hace ninguna referencia a la destrucción del Templo. La única referencia subsiguiente al Templo es la siguiente alusión implícita:

 

“Cuando veáis la abominación de la desolación erigida donde no debe –quien lea, entienda–, entonces los que estén en Judea, que huyan a los montes; quien esté en el terrado, que no baje ni entre a tomar nada de su casa; y quien esté en el campo, que no vuelva atrás para tomar su manto.” (Marcos 13,14-16).

 

Es claro que “la abominación de la desolación” no puede referirse a la profanación y destrucción del Templo en el año 70. En ese momento era demasiado tarde para huir a los montes de Judea, porque éstos estaban en poder de los romanos desde el año 67. Se sabe que los cristianos de Jerusalén huyeron hacia Pella, una ciudad griega de la Decápolis, hacia el año 65, antes del comienzo del sitio de Jerusalén.

 

Robinson muestra que el discurso de Marcos 13 está influenciado por dos libros del Antiguo Testamento: 1 Macabeos y Daniel; y también muestra que en ese discurso, en el que Jesús exhorta a sus discípulos a estar vigilantes durante los tiempos de persecución que sobrevendrán, no hay nada que no pueda encontrar un paralelo en el período de la historia de la Iglesia cubierto por el libro de los Hechos de los Apóstoles.

 

En segundo término el autor analiza el Evangelio de Mateo. Ante todo se detiene en el único pasaje evangélico que ha sido considerado casi unánimemente por los exegetas como una profecía retrospectiva sobre la destrucción de Jerusalén en el año 70:

 

“Los demás echaron mano a los siervos, los maltrataron y los mataron. El rey se encolerizó, y envió a sus tropas a acabar con aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad.” (Mateo 22,6-7).

 

Apoyándose en estudios anteriores de K. H. Rengstorfhas y S. Pedersen, Robinson sostiene que Mateo 22,7 representa una descripción fija de las antiguas expediciones militares de castigo y que es un lugar común en la literatura del Cercano Oriente, del Antiguo Testamento y rabínica, por lo que no se puede inferir que refleja un acontecimiento en particular.

 

Robinson muestra que las verdaderas profecías ex eventu (posteriores al evento) de la destrucción de Jerusalén, como las del Apocalipsis judío II Baruc y los Oráculos Sibilinos, describen varios detalles históricos. Uno buscaría en vano esa clase de detalles en el Nuevo Testamento.

 

El autor subraya que en el discurso escatológico de Mateo (Mateo 24), paralelo al de Marcos, la referencia a “la abominación de la desolación” es relacionada explícitamente con el profeta Daniel (cf. Mateo 24,15).

 

Robinson también destaca que Mateo 24,20 (“Rogad para que vuestra huida no ocurra en invierno ni en sábado”) denota un ambiente palestinense primitivo y un apego a la ley del sábado más estricto que el recomendado a los cristianos en el mismo Evangelio (cf. Mateo 12,1-14); por ende tiende a apoyar la hipótesis de una redacción temprana de Mateo.

 

Luego el autor sostiene que, en la hipótesis de una redacción tardía de Mateo, no ve ninguna razón para que el evangelista conservara (ni mucho menos inventara) profecías de Jesús aparentemente no cumplidas (como las de Mateo 10,23; 16,28 y 24,34), sin hacer ningún intento de explicar la aparente discordancia entre esas profecías y los hechos posteriores. Yo agrego lo siguiente: aunque, desde un punto de vista teológico, esa discordancia sea sólo aparente, este argumento de Robinson a favor de una redacción temprana es muy fuerte.

 

Posteriormente, Robinson afirma que la referencia de Jesús al asesinato de “Zacarías, hijo de Baraquías, al que matasteis entre el Templo y el altar” (Mateo 23,35) puede interpretarse razonablemente como una referencia a 2 Crónicas 20,21: “Pero ellos se conjuraron contra Zacarías y, por orden del rey, lo apedrearon en el atrio del Templo del Señor.”

 

Finalmente el autor analiza el Evangelio de Lucas, deteniéndose en dos pasajes que parecen describir detalles del sitio de Jerusalén de los años 67-70:

 

“Y cuando se acercó, al ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: –¡Si conocieras también tú en este día lo que te lleva a la paz! Sin embargo, ahora está oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti en que no sólo te rodearán tus enemigos con vallas, y te cercarán y te estrecharán por todas partes, sino que te aplastarán contra el suelo a ti y a tus hijos que están dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de la visita que se te ha hecho.” (Lucas 19,41-44).

 

“Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed que ya se acerca su desolación. Entonces los que estén en Judea huyan a los montes, y quienes estén dentro de la ciudad que se marchen, y quienes estén en los campos que no entren en ella: éstos son días de castigo para que se cumpla todo lo escrito. ¡Ay de las que estén encintas y de las que estén criando esos días! Porque habrá una gran calamidad sobre la tierra y habrá ira contra este pueblo. Caerán al filo de la espada y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles.” (Lucas 21,20-24).

 

Sin embargo, afirma Robinson, estos textos no proveen más que descripciones estereotipadas de operaciones militares de la Antigüedad. “En la narración de Josefo sobre la captura romana de Jerusalén hay algunas características que son más distintivas; tales como la fantástica lucha de facciones que continuó a lo largo de todo el sitio, los horrores de la pestilencia y la hambruna (incluyendo el canibalismo), y finalmente el incendio en el cual el Templo y una gran parte de la ciudad perecieron. Son éstas las que cautivaron la imaginación de Josefo y, podemos suponer, de todos los demás testigos de estos eventos. Nada se dice de ellas aquí. Por otra parte, entre todas las barbaridades que Josefo reporta, no dice que los conquistadores aplastaran niños contra el suelo. (Los menores de 17 años fueron vendidos como esclavos). La expresión (de Jesús)… no está basada en nada que ocurriera en 66-70: es un lugar común de la profecía hebrea.” (pp. 26-27).

 

Apoyándose en los estudios de C. H. Dodd, Robinson afirma que las descripciones de Jesús no se ajustan a la toma de Jerusalén por Tito en el año 70 DC, sino a la de Nabucodonosor en el año 586 AC.

 

Para concluir, aporto otras dos consideraciones: 1) si los Evangelios sinópticos hubieran sido escritos después del año 70 y las profecías de Jesús sobre la destrucción de Jerusalén fueran posteriores al evento, no se explicaría por qué en este caso (a diferencia de otros), los evangelistas no explicitaron que las profecías de Jesús se habían cumplido. 2) En cuanto a la profecía de Jesús acerca de que del Templo de Jerusalén no quedaría piedra sobre piedra, ella comenzó a cumplirse en el año 70, pero su cumplimiento pleno ocurrió en el año 363, cuando una serie de acontecimientos extraordinarios hizo fracasar un intento de reconstrucción del Templo apadrinado por el Emperador romano Juliano el Apóstata (cf. Stanley Jaki, To Rebuild Or Not To Try?, Real View Books, Royal Oak-Michigan, 1999).   

 

3.      Las Epístolas paulinas

 

Al comienzo del Capítulo III –“Las Epístolas paulinas”– Robinson afirma lo siguiente: “Si ignoramos las soluciones excéntricas y la penumbra de las epístolas disputadas, se puede decir que hay un consenso muy general sobre la datación de la sección central del ministerio y de la carrera literaria de San Pablo, con un margen de diferencia de poco más de dos años en ambos sentidos. Esto está lejos de ser el caso en cualquier otra parte del Nuevo Testamento –los Evangelios, los Hechos, las otras Epístolas y el Apocalipsis. Las Epístolas paulinas constituyen por lo tanto un importante punto fijo y un criterio, no sólo de cronología absoluta, sino también de extensión relativa, contra el cual medir otros desarrollos.” (p. 30). No obstante, por varias razones que el autor explica, es imposible determinar con absoluta certeza las fechas exactas de los hechos de la vida de San Pablo (cf. pp. 30-32).

 

Robinson sostiene que se debe dar prioridad a los datos cronológicos aportados por los escritos de Pablo por sobre los de los Hechos de los Apóstoles; pero a la vez afirma que ambos testimonios pueden ser reconciliados bastante bien.

 

Después de estas y otras observaciones preliminares, el autor dedica 18 páginas (pp. 33-50) a un intento de esbozar una cronología de la vida de Pablo, como marco de trabajo para el estudio de la cronología de sus cartas. Robinson parte del dato que considera más confiable: una inscripción descubierta en Delfos y publicada en 1905 permite fechar con bastante exactitud el proconsulado de Galión en Acaya (cf. Hechos 18,12). “Con certeza creciente podemos decir que Galión asumió su cargo a comienzos del verano del 51 y que Pablo apareció ante él muy poco después, probablemente en mayo o junio.” (p. 33).

 

Salteando muchas páginas de argumentación erudita, que sería imposible resumir brevemente, indicaré el resultado al que llega el autor: “En este punto podemos resumir nuestras conclusiones acerca del esbozo de la carrera de Pablo, recordando que las fechas absolutas no pueden ser más que aproximadas:

 

33 – Conversión

35 – Primera visita a Jerusalén

46 – Segunda visita a Jerusalén (alivio de la hambruna)

47-48 – Primer viaje misionero

48 – Concilio de Jerusalén

49-51 – Segundo viaje misionero

52-57 – Tercer viaje misionero

57 – Llegada a Jerusalén

57-59 – Prisión en Cesarea

60-62 – Prisión en Roma” (pp. 49-50).

 

En la tercera y última parte del capítulo, Robinson intenta ubicar cada una de las cartas de San Pablo dentro del marco general antes delineado. Después de muchas páginas de argumentación erudita (pp. 50-78), el autor resume así sus conclusiones: “Si nuestras conclusiones son correctas, la totalidad de la literatura existente de Pablo (sin olvidar que tan temprano como 2 Tesalonicenses 3,17 él habló de “todas mis cartas”) parece caer dentro de un período de nueve años –en verdad aparte de sus cartas tempranas a los Tesalonicenses dentro del asombrosamente corto espacio de cuatro años y medio. Para clarificar esto podemos terminar con un resumen de las fechas resultantes:

 

            50 (principios) – 1 Tesalonicenses

            50 (o principios del 51) – 2 Tesalonicenses

            55 (primavera) – 1 Corintios

            55 (otoño) – 1 Timoteo

            56 (principios) – 2 Corintios

            56 (fines) – Gálatas

            57 (principios) – Romanos

            57 (fines de la primavera) – Tito

            58 (primavera) – Filipenses

            58 (verano) – Filemón, Colosenses y Efesios

            58 (otoño) – 2 Timoteo

 

Se debe enfatizar otra vez que las dataciones absolutas se podrían mover más o menos un año en cualquiera de los dos sentidos y que el esquema es más tentativo de lo que parece. Pero la importancia de estas conclusiones, las que, excepto para las Epístolas Pastorales, no son particularmente polémicas, es triple:

 

(a)    Ellas proveen un criterio (o escala de tiempo) razonablemente fijo contra el cual comparar otras evidencias.

(b)    Si de hecho la totalidad de la extremadamente diversa carrera literaria de Pablo ocupó un lapso tan breve, esto nos da un criterio objetivo sobre cuánto tiempo se necesita conceder para los desarrollos en la teología y en la práctica. Aunque pueda parecer a primera vista extraordinariamente corto, no deberíamos olvidar otros dos cánones de medida. La totalidad de la enseñanza y el ministerio de Jesús… ocupó a lo sumo tres o cuatro años. Y todo el desarrollo del pensamiento y la práctica del cristianismo primitivo hasta la muerte de Esteban y la conversión de Pablo, incluyendo la primera exposición helenística del Evangelio, tuvo lugar dentro de un período de duración semejante. En realidad Hengel, en su importante artículo Christologie und neuetestamentliche Chronologie, argumenta con fuerza que la etapa crucial del entendimiento básico de la Iglesia acerca de Cristo y su significado estuvo representada por los cuatro o cinco años “explosivos” entre el 30 y el 35… Los argumentos a priori de la cristología a la cronología, y en realidad de cualquier “desarrollo” al tiempo requerido por él, son casi totalmente no confiables.

(c)    La hipótesis de trabajo que hicimos de confiar en Hechos hasta que se probara lo contrario ha sido muy sustancialmente reivindicada. No hay prácticamente nada en el reporte de Lucas que choque con la evidencia paulina, y en la última parte de Hechos las correspondencias son notablemente cercanas. Incluso en los discursos atribuidos a Pablo, y especialmente aquellos en los que se puede presumir que Lucas estuvo presente (Hechos 20 y 22-25), hay paralelos que sugieren que están lejos de ser composiciones puramente libres.” (pp.78-79).

 

A modo de muestras, indicaré sólo algunos de los argumentos expuestos por Robinson para llegar a estas conclusiones.

 

“Ahora no hay casi nadie que niegue la autenticidad de Filemón. Hay algunos, especialmente en Alemania, que cuestionan Colosenses por razones estilísticas y teológicas. Pero la cercana y compleja interrelación de nombres con Filemón apunta con fuerza al hecho de que las dos epístolas fueron dictadas por la misma persona al mismo tiempo y enviadas a Colosas por Tíquico, en compañía con Onésimo (Colosenses 4,7-9; Filemón 12).” (p. 57).

 

La autenticidad de Efesios es bastante más discutida que la de Colosenses. Las dos tesis principales sobre esta cuestión son la tradicional (que atribuye la autoría a Pablo) y la de un discípulo de la segunda generación que imita a Pablo y expone su teología después de su muerte. Robinson piensa que es mucho más probable que el propio Pablo haya escrito una carta como Efesios, que coincide en un 90 o 95% con su estilo habitual. La tesis contraria enfrenta graves dificultades. El autor  debería haber combinado una imitación servil del estilo de Pablo con una profunda originalidad teológica. Agrego que su genio teológico se muestra por ejemplo en la profunda doctrina sobre el matrimonio de Efesios 5,21-33. Los genios de esa magnitud no suelen pasar por la historia sin dejar más rastros. Además, sería inexplicable por qué el imitador habría reproducido sólo la nota personal de Efesios 6,21-22 (cf. Colosenses 4,7-9) para agregar verosimilitud.

 

Robinson confiesa que durante su estudio del tema cambió de opinión sobre las Cartas Pastorales (1 Timoteo, 2 Timoteo y Tito). Inicialmente él, como la mayoría de los críticos protestantes, pensaba que esas tres cartas habían sido escritas en el siglo II, porque manifiestan señales de lo que esos críticos suelen denominar “proto-catolicismo” (énfasis en la sana doctrina, en la jerarquía de la Iglesia, etc.). Sin embargo, después de analizar el asunto detenidamente, se convenció de que en esas tres cartas no hay nada que no pueda haber sido escrito por el mismo Pablo y de que las numerosas referencias personales que contienen permiten ubicarlas con bastante seguridad dentro del marco cronológico de la vida de Pablo. (Continuará).

 

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Corea del Sur, el tigre asiático de la Iglesia

 

Allí los católicos aumentan numéricamente a un ritmo asombroso, con muchos miles de nuevos bautizados adultos cada año. El reportaje a un gran misionero


Sandro Magíster


ROMA, 18 de abril de 2012.

 

Los siete años de pontificado que Benedicto XVI cumplirá mañana están asociados, según la opinión habitual, a una declinación general de la Iglesia. Pero esta opinión se nutre de una mirada limitada al cristianismo del viejo continente, es decir, a una Europa que en efecto sufre los golpes de una creciente secularización. De hecho, con sólo extender la mirada la realidad aparece diferente.

 

En el último siglo, la Iglesia Católica ha vivido la más extraordinaria fase de expansión misionera de su historia. Al comienzo del siglo XX, en el África subsahariana los católicos eran menos de 2 millones de fieles. Cien años después eran 130 millones. También a escala mundial el siglo XX ha sido para la Iglesia un siglo de explosión numérica. De 266 millones a comienzos del siglo XIX, los católicos han llegado cien años después a ser mil cien millones de fieles. Se han multiplicado por cuatro, más que el aumento paralelo de la población del planeta.


Es una expansión que no da ninguna señal de detenerse y que ha comenzado en el siglo XIX, precisamente cuando en Europa la Iglesia Católica sufría ataques de una cultura y de poderes fuertemente hostiles al cristianismo. Hoy el cuadro es análogo. Para la Iglesia Católica en Europa son años magros, pero en otras regiones del mundo sucede lo opuesto. Corea del Sur, por ejemplo, es un país en el que el catolicismo crece a un ritmo asombroso, y precisamente entre los estratos más activos y "modernos" de la población.


El reportaje que sigue a continuación –publicado el día de Pascua en Avvenire, el diario de la Conferencia Episcopal Italiana– tiene por autor a uno de los máximos expertos de las misiones católicas en el mundo. Él mismo misionero, el padre Piero Gheddo es hoy director, en Roma, de la Oficina histórica del Pontificio Instituto para las Misiones Extranjeras. Es autor de numerosos libros y ha colaborado en la redacción de la encíclica Redemptoris missio, de 1990, escrita por Juan Pablo II.


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Seúl, una Pascua sin precedentes


Piero Gheddo


Quizás no hay país en el mundo que en el último medio siglo haya registrado un crecimiento tan sostenido como Corea del Sur, también en las conversiones a Cristo. Desde 1960 al 2010 los habitantes pasaron de 23 a 48 millones; el ingreso per capita, desde 1.300 a 19.500 dólares; los cristianos, del 2 al 30 por ciento, de los cuales casi el 10-11 por ciento (5 millones y medio), son católicos; los sacerdotes coreanos eran 250, hoy son 5.000.


He estado por primer vez en Corea del Sur en 1986 con el padre Pino Cazzaniga, misionero del Pontificio Instituto para las Misiones Extranjeras en Japón, que habla el idioma coreano. Ya era entonces una Iglesia con muchas conversiones, y todavía hoy es así. Cada parroquia tiene anualmente de 200 a 400 bautismos de convertidos del budismo. Se convierten sobre todo los habitantes de las ciudades. Cada año hay 130-150 nuevos sacerdotes, uno por cada 1.100 bautizados. En el 2008 los católicos superaron el 10 por ciento de los surcoreanos y aumentan alrededor del 3 por ciento cada año. En 2009 el número de los bautizados ha subido a 157 mil y fueron ordenados 149 sacerdotes, 21 más que en 2008. Más de dos tercios de los sacerdotes tienen menos de 40 años. "En los últimos diez años la Iglesia Católica en Corea ha pasado de tres a cinco millones de fieles; en Seúl somos el 14 por ciento", ha dicho en una entrevista el cardenal Nicholas Cheong Jin-suk, arzobispo de Seúl.


La Iglesia Católica en Corea del Sur es la que más crece en Asia. En Corea hay plena libertad religiosa, y el secretario de la Conferencia Episcopal Coreana, Monseñor Simon E. Chen, me decía que los coreanos manifiestan una fuerte propensión hacia el cristianismo, porque introduce la idea de igualdad de todos los seres humanos creados por el único Dios. Además, tanto católicos como protestantes han participado en el movimiento popular contra la dictadura militar, entre 1961 y 1987, mientras el confucionismo y el budismo promovían la obediencia a la autoridad constituida. Más todavía, el cristianismo es la religión de un Dios personal hecho hombre para salvarnos, mientras que el chamanisno, el budismo y confucionismo no son ni siquiera religiones, sino sistemas de sabiduría humana y de vida. Por último, luego de la guerra de Corea entre el Norte y el Sur (1950-1953), gracias a la ayuda estadounidense, Corea del Sur conoció un rapidísimo desarrollo económico, social y civil, convirtiéndose totalmente en un país evolucionado y también rico, en el que las antiguas religiones no dan respuestas a los problemas de la vida moderna.


Característica de la Iglesia coreana es la óptima colaboración de los laicos en la evangelización. La Iglesia nació en Corea a partir de algunos filósofos y diplomáticos coreanos emigrados que se habían convertido al cristianismo en Pekín, y luego, al retornar a la patria, propagaron la fe y se bautizaron. Desde 1779 hasta 1836, cuando llegaron los primeros misioneros franceses, los cristianos se difundieron; luego llegaron las persecuciones, pero quedó en pie la costumbre de colaborar con la Iglesia. Hoy en Corea, el que se convierte sabe que debe comprometerse en uno de los grupos, asociaciones o movimientos parroquiales. No es admitido el católico "pasivo". En Seúl, donde hay más de 200 parroquias, he estado en la parroquia de los salesianos de Kuro 3-Dong, en un ambiente de obreros de la periferia. Ya en 1986 los católicos eran 9.537 sobre casi 150 mil habitantes, y los bautismos de adultos convertidos eran casi 600 al año.


El párroco, el Padre Paul Kim Bo Rok, me dijo: "En la parroquia somos dos sacerdotes y cuatro monjas, pero el verdadero trabajo misional y de enseñanza religiosa lo hacen los laicos, tanto en los ocho cursos de catequesis, en diferentes horas y para distintas personas, como en los movimientos eclesiales muy activos, especialmente la Legión de María. Cada año celebramos en la parroquia dos o tres ritos de bautismos colectivos de adultos: cada vez los bautizados son 200, 300 o también más, luego de casi un año de catecumenado. Es poco, pero no podemos conceder más tiempo a causa de los numerosos pedidos de enseñanza religiosa. La formación profunda de la fe se da luego del bautismo y es llevada a cabo por los movimientos eclesiales. Abrazar el cristianismo significa entrar en un grupo que te compromete a fondo, te da normas de comportamiento y de compromiso, te hace pagar las cuotas de participación y te da las oraciones para rezar todos los días. Cuando se entra en la Iglesia se acepta todo esto. Éste es el espíritu coreano: o aceptas y te comprometes o no aceptas y te vas".


Sigue diciendo el Padre Paul: "En Corea la religión es algo serio y comprometido. Es verdad que existe el peligro del formalismo, pero es toda la cultura del pueblo la que se configura de este modo. En realidad el cristianismo es la fuerza principal que influye en la conciencia personal, en la libertad de la persona. Más bien se están presentando los peligros opuestos al formalismo: el secularismo y el materialismo práctico que alejan del espíritu religioso. Corea del Sur conoce un prodigioso desarrollo económico, ha desaparecido en ella la pobreza de hace treinta años: hoy existe para nosotros el pasaje a la abundancia y también a la riqueza. Ante ello debemos reaccionar con una formación cristiana más profunda y personal. Estamos superados por la oleada de las conversiones, por eso pedimos al mundo cristiano al menos la ayuda de la oración".


Los bautismos son administrados generalmente en Pascua, Pentecostés y Navidad. En la parroquia de Bang Rim Dong, en Kwangiù, en la Pascua de 1986 participé en la Misa y en el bautismo de 114 adultos y sus hijos. Fue una fiesta popular, con una larga procesión de hombres y mujeres, niños y niñas vestidos de blanco para recibir el bautismo. Hubo cantos, músicas y mucha alegría. En la Iglesia Católica coreana está en pleno desarrollo el programa "Evangelización Veinte-Veinte", es decir, el esfuerzo de convertir al 20 por ciento de los surcoreanos en 2020. Quizás no llegaremos a esa cifra, pero el solo lanzamiento de este programa en 2008 demuestra la fe entusiasta de los laicos bautizados, porque los protagonistas son ellos y todos lo saben.


En la Pascua de este año, el domingo 8 de abril, en Corea y en el mundo de las misiones, otras decenas de miles de catecúmenos han ingresado a la Iglesia. No hay que ser pesimistas respecto al futuro del cristianismo y de la Iglesia Católica. Nosotros, los del viejo continente, atravesamos un período de crisis de nuestra fe, pero en las jóvenes Iglesias la acción del Espíritu Santo nos da una inyección de esperanza y de alegría pascual.

 

Fuente: http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1350223?sp=y

 

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Salmo 90

 (Bajo las alas divinas)

 

El que mora en el secreto de Elyón

pasa la noche a la sombra de Sadday,

diciendo a Yahveh: "¡Mi refugio y fortaleza,

mi Dios, en quien confío!"

 

Que Él te libra de la red del cazador,

de la peste funesta;

con sus plumas te cubre,

y bajo sus alas tienes un refugio:

escudo y armadura es su verdad.

 

No temerás el terror de la noche,

ni la saeta que de día vuela,

ni la peste que avanza en las tinieblas,

ni el azote que devasta a mediodía.

 

Aunque a tu lado caigan mil

y diez mil a tu diestra,

a ti no ha de alcanzarte.

 

Basta con que mires con tus ojos,

verás el galardón de los impíos,

tú que dices: "¡Mi refugio es Yahveh!",

y tomas a Elyón por defensa.

 

No ha de alcanzarte el mal,

ni la plaga se acercará a tu tienda;

que Él dará orden sobre ti a sus ángeles

de guardarte en todos tus caminos.

 

Te llevarán ellos en sus manos,

para que en piedra no tropiece tu pie;

pisarás sobre el león y la víbora,

hollarás al leoncillo y al dragón.

 

Pues él se abraza a Mí, yo he de librarle;

le exaltaré, pues conoce mi nombre.

Me llamará y le responderé;

estaré a su lado en la desgracia,

le libraré y le glorificaré.

Hartura le daré de largos días,

y haré que vea mi salvación.

 

Fuente: Biblia de Jerusalén.

 

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