Fe
y Razón
Revista virtual gratuita de
teología
Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y
Razón”
Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la
evangelización de la cultura
Nº 65 – Febrero de 2012
“Omne
verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est”
“Toda verdad, dígala quien la diga,
procede del Espíritu Santo”
(Santo Tomás de Aquino)
“Hoy se hace necesario
rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como
explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente
defensiva per
se. Implica, más bien, la
capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y
convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad"
(Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que
nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.”
(Documento de Aparecida, n. 229).
Publicaciones del
Centro Cultural Católico Fe y Razón
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Venta de libros de la Colección “Fe y Razón” – Están disponibles los siguientes títulos:
1.
Miguel
Antonio Barriola, “En tu palabra echaré
la red” (Lc 5,5). Reflexiones sobre Dios en la historia.
2.
Daniel
Iglesias Grèzes, Razones para nuestra
esperanza. Escritos de apologética católica.
3.
Néstor
Martínez Valls, Baúl apologético.
Selección de trabajos filosóficos y teológicos publicados en “Fe y Razón”.
4.
Guzmán
Carriquiry Lecour, Realidad y
perspectivas del laicado católico en nuestro tiempo.
5.
Miguel Antonio
Barriola, “Cristo amó a la Iglesia” (Ef
5,25). Reflexiones sobre la cristología de J. L. Segundo y la eclesiología de
H. Küng.
6.
Horacio Bojorge, Teologías deicidas. El pensamiento de Juan
Luis Segundo en su contexto, Segunda edición.
7.
Daniel Iglesias
Grèzes, En el principio era el Logos.
Apologética católica en diálogo con los no creyentes.
8.
Daniel
Iglesias Grèzes, Vosotros sois la sal de
la tierra. El choque entre la civilización cristiana y la cultura de la muerte.
Estos libros están disponibles en Lulu,
en: www.lulu.com/spotlight/feyrazon,
en dos formatos: la versión impresa y la versión electrónica (descarga de
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Equipo de
Dirección de la Revista: Ing. Daniel Iglesias Grèzes, Lic. Néstor Martínez, Diác. Jorge Novoa.
Colaboradores: Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro.
Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Carlos Caso-Rosendi, Ing. Agr.
Álvaro Fernández, Mons. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Ec. Rafael Menéndez, Dr.
Gustavo Ordoqui Castilla, Pbro. Miguel Pastorino, Santiago Raffo, Juan Carlos
Riojas Álvarez, Dra. Dolores Torrado.
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Sección |
Título |
Autor o Fuente |
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Editorial |
Cursillo sobre “Darwinismo, Diseño Inteligente y Fe Cristiana” |
Equipo
de Dirección |
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Magisterio |
Papa Benedicto XVI |
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Ciencia
y Fe |
Ing. Daniel Iglesias Grèzes |
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Filosofía |
Lic. Néstor Martínez |
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Familia
y Vida |
Lic. Néstor Martínez |
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Familia
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Departamento de Comunicación Social de la Arquidiócesis de Montevideo |
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Asociación “Familia y Vida” |
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Mesa Coordinadora Nacional por la Vida |
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Oración |
El
Libro del Pueblo de Dios |
Cursillo
sobre “Darwinismo, Diseño Inteligente y Fe Cristiana”
Equipo de
Dirección
El Centro Cultural Católico “Fe y Razón” tiene el agrado de
informar que próximamente llevará a cabo un cursillo sobre un tema muy
importante y de candente actualidad: “Darwinismo, Diseño Inteligente y Fe
Cristiana”. En este cursillo, que será dictado por el Ing. Daniel Iglesias y el
Lic. Néstor Martínez, se analizarán los aspectos científicos del darwinismo y
el diseño inteligente, y sus implicaciones filosóficas y teológicas.
El cursillo tendrá lugar en la Facultad de
Teología del Uruguay “Monseñor Mariano Soler” (San Fructuoso 1019 esquina San
Juan, Primer Piso, Montevideo; teléfono 2200 0289) a partir del 10 de abril,
durante seis martes consecutivos (exceptuando el 1º de mayo), de 19:00 a 20:30
horas, según el cronograma que se indica a continuación.
|
Fecha |
Horario |
Tema |
Expositor |
|
Martes 10/04/2012 |
19:00-20:30 |
Introducción |
Ing. |
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Martes 17/04/2012 |
19:00-20:30 |
El
darwinismo, una teoría científica en crisis |
Ing. |
|
Martes 24/04/2012 |
19:00-20:30 |
Creación,
evolución y diseño inteligente |
Lic. Néstor Martínez |
|
Martes 8/05/2012 |
19:00-20:30 |
El
diseño inteligente y el principio copernicano |
Ing. |
|
Martes 15/05/2012 |
19:00-20:30 |
El darwinismo social |
Lic. Néstor Martínez |
|
Martes 22/05/2012 |
19:00-20:30 |
Conclusiones |
Lic. Néstor Martínez |
Agradecemos una vez más el muy valioso apoyo de la Facultad de Teología del Uruguay y especialmente de su Rector (Pbro. Dr. Antonio Bonzani) y su responsable de Relaciones Públicas (Santiago Raffo).
El cursillo será gratuito.
Quienes lo deseen podrán colaborar con nuestro Centro Cultural Católico,
comprando libros de la Colección “Fe y Razón” o haciendo una donación. Aunque
no se requiere inscripción previa, recomendamos a los interesados en el
cursillo que manifiesten su interés escribiendo a feyrazon@gmail.com.
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Discurso
del Santo Padre Benedicto XVI a la Curia Romana
con motivo de las felicitaciones de Navidad
Sala Clementina, Jueves 22 de diciembre de 2011
Señores Cardenales, venerados hermanos en el
Episcopado y en el Presbiterado, queridos hermanos y hermanas:
Vivimos hoy en un momento especialmente intenso. La santa Navidad está ya muy cerca y lleva a la gran familia de la Curia romana a reunirse para este hermoso intercambio de felicitaciones, que conllevan el deseo recíproco de vivir con alegría y auténtico fruto espiritual la fiesta de Dios que se hizo carne y puso su morada entre nosotros (cf. Jn 1,14). Ésta es para mí una ocasión no sólo para expresar mi felicitación personal, sino también para manifestar a cada uno de vosotros mi agradecimiento y el de la Iglesia por vuestro generoso servicio; os ruego que lo transmitáis también a todos los colaboradores de nuestra gran familia. Doy las gracias de modo particular al Cardenal Decano, Angelo Sodano, que se ha hecho portavoz de los sentimientos de todos los presentes y de los que trabajan en las diferentes oficinas de la Curia, del Governatorato, incluidos los que desempeñan su ministerio en las Representaciones Pontificias repartidas por todo el mundo. Todos estamos comprometidos en que el anuncio que los ángeles proclamaron en la noche de Belén, «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad» (Lc 2,14), resuene en toda la tierra para llevar gozo y esperanza.
En este final del año, Europa se encuentra en una crisis económica y financiera que, en última instancia, se funda sobre la crisis ética que amenaza al Viejo Continente. Aunque no están en discusión algunos valores como la solidaridad, el compromiso por los demás, la responsabilidad por los pobres y los que sufren, falta con frecuencia, sin embargo, la fuerza que los motive, capaz de inducir a las personas y a los grupos sociales a renuncias y sacrificios. El conocimiento y la voluntad no siguen siempre la misma pauta. La voluntad que defiende el interés personal oscurece el conocimiento, y el conocimiento debilitado no es capaz de fortalecer la voluntad. Por eso, de esta crisis surgen preguntas muy fundamentales: ¿Dónde está la luz que pueda iluminar nuestro conocimiento, no sólo con ideas generales, sino con imperativos concretos? ¿Dónde está la fuerza que lleva hacia lo alto nuestra voluntad? Éstas son preguntas a las que debe responder nuestro anuncio del Evangelio, la nueva evangelización, para que el mensaje llegue a ser acontecimiento, el anuncio se convierta en vida.
En efecto, el
gran tema de este año, como también de los siguientes, es cómo anunciar el
Evangelio. ¿De qué manera la fe, en cuanto fuerza viva y vital, puede llegar a
ser hoy realidad? Todos los acontecimientos eclesiales del año que está por
concluir han estado relacionados en definitiva con este tema. Se han realizado
viajes a Croacia, a España, para la Jornada Mundial de la Juventud, a mi
Patria, Alemania, y finalmente a África, Benín, para la entrega del Documento postsinodal sobre justicia, paz y
reconciliación; un documento del que ha de nacer una realidad concreta en
las diversas Iglesias particulares. Han sido inolvidables también los viajes a Venecia,
a San Marino, a Ancona, para el Congreso eucarístico, y a Calabria. Y ha tenido
lugar, en fin, la importante jornada del encuentro entre las religiones y entre
las personas en búsqueda de verdad y de paz en Asís; una jornada concebida como
un nuevo impulso en la peregrinación hacia la verdad y la paz. La institución
del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización nos remite
anticipadamente al Sínodo que sobre el mismo tema tendrá lugar en el próximo
año. También tiene que ver con ello el Año
de la Fe, en recuerdo del comienzo del Concilio, hace cincuenta años. Cada
uno de estos acontecimientos ha tenido su propio matiz. En Alemania, el país de origen de la Reforma, la cuestión ecuménica,
con todas sus dificultades y esperanzas, ha tenido naturalmente una importancia
particular. Indisolublemente unida a esto, hay siempre en el centro de las
discusiones una pregunta: ¿Qué es una reforma de la Iglesia? ¿Cómo sucede?
¿Cuáles son sus caminos y sus objetivos? No sólo los fieles creyentes, sino
también otros ajenos, observan con preocupación cómo los que van regularmente a
la iglesia son cada vez más ancianos y su número disminuye continuamente; cómo
hay un estancamiento de las vocaciones al sacerdocio; cómo crecen el
escepticismo y la incredulidad. ¿Qué debemos hacer entonces? Hay una infinidad
de discusiones sobre lo que se debe hacer para invertir la tendencia. Y,
ciertamente, es necesario hacer muchas cosas. Pero el hacer, por sí solo, no
resuelve el problema. El núcleo de la crisis de la Iglesia en Europa es la
crisis de fe. Si no encontramos una respuesta para ella, si la fe no adquiere
nueva vitalidad, con una convicción profunda y una fuerza real gracias al
encuentro con Jesucristo, todas las demás reformas serán ineficaces.
En este sentido, el encuentro en África con
la gozosa pasión por la fe ha sido de gran aliento. Allí no se percibía ninguna
señal del cansancio de la fe, tan difundido entre nosotros, ningún tedio de ser
cristianos, como se percibe cada vez más en nosotros. Con tantos problemas,
sufrimientos y penas como hay ciertamente en África, siempre se experimentaba
sin embargo la alegría de ser cristianos, de estar sostenidos por la felicidad
interior de conocer a Cristo y de pertenecer a su Iglesia. De esta alegría
nacen también las energías para servir a Cristo en las situaciones agobiantes
de sufrimiento humano, para ponerse a su disposición, sin replegarse en el
propio bienestar. Encontrar esta fe dispuesta al sacrificio, y precisamente
alegre en ello, es una gran medicina contra el cansancio de ser cristianos que
experimentamos en Europa.
La magnífica experiencia de la Jornada
Mundial de la Juventud, en Madrid, ha sido también una medicina contra el
cansancio de creer. Ha sido una nueva evangelización vivida. Cada vez con más
claridad se perfila en las Jornadas Mundiales de la Juventud un modo nuevo,
rejuvenecido, de ser cristiano, que quisiera intentar caracterizar en cinco
puntos.
1. Primero,
hay una nueva experiencia de la catolicidad, la universalidad de la Iglesia.
Esto es lo que ha impresionado de inmediato a los jóvenes y a todos los
presentes: venimos de todos los continentes y, aunque nunca nos hemos visto
antes, nos conocemos. Hablamos lenguas diversas y tenemos diferentes hábitos de
vida, diferentes formas culturales y, sin embargo, nos encontramos de inmediato
unidos, juntos como una gran familia. Se relativiza la separación y la
diversidad exterior. Todos quedamos tocados por el único Señor Jesucristo, en
el cual se nos ha manifestado el verdadero ser del hombre y, a la vez, el
rostro mismo de Dios. Nuestras oraciones son las mismas. En virtud del
encuentro interior con Jesucristo, hemos recibido en nuestro interior la misma
formación de la razón, de la voluntad y del corazón. Y, en fin, la liturgia
común constituye una especie de patria del corazón y nos une en una gran
familia. El hecho de que todos los seres humanos sean hermanos y hermanas no es
sólo una idea, sino que aquí se convierte en una experiencia real y común que
produce alegría. Y, así, hemos comprendido también de manera muy concreta que,
no obstante todas las fatigas y la oscuridad, es hermoso pertenecer a la
Iglesia universal, a la Iglesia católica, que el Señor nos ha dado.
2. De aquí nace después un modo nuevo de vivir el ser hombres, el ser cristianos. Una de las experiencias más importantes de aquellos días ha sido para mí el encuentro con los voluntarios de la Jornada Mundial de la Juventud: eran alrededor de 20.000 jóvenes que, sin excepción, habían puesto a disposición semanas o meses de su vida para colaborar en los preparativos técnicos, organizativos y de contenido de la JMJ, y precisamente así habían hecho posible el desarrollo ordenado de todo el conjunto. Al dar su tiempo, el hombre da siempre una parte de la propia vida. Al final, estos jóvenes estaban visible y «tangiblemente» llenos de una gran sensación de felicidad: su tiempo que habían entregado tenía un sentido; precisamente en el dar su tiempo y su fuerza laboral habían encontrado el tiempo, la vida. Y entonces, algo fundamental se me ha hecho evidente: estos jóvenes habían ofrecido en la fe un trozo de vida, no porque había sido mandado o porque con ello se ganaba el cielo; ni siquiera porque así se evita el peligro del infierno. No lo habían hecho porque querían ser perfectos. No miraban atrás, a sí mismos. Me vino a la mente la imagen de la mujer de Lot que, mirando hacia atrás, se convirtió en una estatua de sal. Cuántas veces la vida de los cristianos se caracteriza por mirar sobre todo a sí mismos; hacen el bien, por decirlo así, para sí mismos. Y qué grande es la tentación de todos los hombres de preocuparse sobre todo de sí mismos, de mirar hacia atrás a sí mismos, convirtiéndose así interiormente en algo vacío, «estatuas de sal». Aquí, en cambio, no se trataba de perfeccionarse a sí mismos o de querer tener la propia vida para sí mismos. Estos jóvenes han hecho el bien –aun cuando ese hacer haya sido costoso, aunque haya supuesto sacrificios– simplemente porque hacer el bien es algo hermoso, es hermoso ser para los demás. Sólo se necesita atreverse a dar el salto. Todo eso ha estado precedido por el encuentro con Jesucristo, un encuentro que enciende en nosotros el amor por Dios y por los demás, y nos libera de la búsqueda de nuestro propio «yo». Una oración atribuida a san Francisco Javier dice: «Hago el bien no porque a cambio entraré en el cielo y ni siquiera porque, de lo contrario, me podrías enviar al infierno. Lo hago porque Tú eres Tú, mi Rey y mi Señor». También en África encontré esta misma actitud, por ejemplo en las religiosas de Madre Teresa que cuidan de los niños abandonados, enfermos, pobres y que sufren, sin preguntarse por sí mismas y, precisamente así, se hacen interiormente ricas y libres. Ésta es la actitud propiamente cristiana. También ha sido inolvidable para mí el encuentro con los jóvenes discapacitados en la Fundación San José, de Madrid. Encontré de nuevo la misma generosidad de ponerse a disposición de los demás; una generosidad en el darse que, en definitiva, nace del encuentro con Cristo que se ha entregado a sí mismo por nosotros.
3. Un tercer elemento, que de manera cada vez más natural y central forma parte de las Jornadas Mundiales de la Juventud, y de la espiritualidad que proviene de ellas, es la adoración. Fue inolvidable para mí, durante mi viaje en el Reino Unido, el momento en Hyde Park, en que decenas de miles de personas, en su mayoría jóvenes, respondieron con un intenso silencio a la presencia del Señor en el Santísimo Sacramento, adorándolo. Lo mismo sucedió, de modo más reducido, en Zagreb, y de nuevo en Madrid, tras el temporal que amenazaba con estropear todo el encuentro nocturno, al no funcionar los micrófonos. Dios es omnipresente, sí. Pero la presencia corpórea de Cristo resucitado es otra cosa, algo nuevo. El Resucitado viene en medio de nosotros. Y entonces no podemos sino decir con el apóstol Tomás: «Señor mío y Dios mío». La adoración es ante todo un acto de fe: el acto de fe como tal. Dios no es una hipótesis cualquiera, posible o imposible, sobre el origen del universo. Él está allí. Y si Él está presente, yo me inclino ante Él. Entonces, razón, voluntad y corazón se abren hacia Él, a partir de Él. En Cristo resucitado está presente el Dios que se ha hecho hombre, que sufrió por nosotros porque nos ama. Entramos en esta certeza del amor corpóreo de Dios por nosotros, y lo hacemos amando con Él. Esto es adoración, y esto marcará después mi vida. Sólo así puedo celebrar también la Eucaristía de modo adecuado y recibir rectamente el Cuerpo del Señor.
4. Otro elemento importante de las Jornadas Mundiales de la Juventud es la presencia del Sacramento de la Penitencia que, de modo cada vez más natural, forma parte del conjunto. Con eso reconocemos que tenemos continuamente necesidad de perdón y que perdón significa responsabilidad. Existe en el hombre, proveniente del Creador, la disponibilidad a amar y la capacidad de responder a Dios en la fe. Pero, proveniente de la historia pecaminosa del hombre (la doctrina de la Iglesia habla del pecado original), existe también la tendencia contraria al amor: la tendencia al egoísmo, al encerrarse en sí mismo, más aún, al mal. Mi alma se mancha una y otra vez por esta fuerza de gravedad que hay en mí, que me atrae hacia abajo. Por eso necesitamos la humildad que siempre pide de nuevo perdón a Dios; que se deja purificar y que despierta en nosotros la fuerza contraria, la fuerza positiva del Creador, que nos atrae hacia lo alto.
5. Finalmente, como última característica que no hay que descuidar en la espiritualidad de las Jornadas Mundiales de la Juventud, quisiera mencionar la alegría. ¿De dónde viene? ¿Cómo se explica? Seguramente hay muchos factores que intervienen a la vez. Pero, según mi parecer, lo decisivo es la certeza que proviene de la fe: yo soy amado. Tengo un cometido en la historia. Soy aceptado, soy querido. Josef Pieper, en su libro sobre el amor, ha mostrado que el hombre puede aceptarse a sí mismo sólo si es aceptado por algún otro. Tiene necesidad de que haya otro que le diga, y no sólo de palabra: «Es bueno que tú existas». Sólo a partir de un «tú», el «yo» puede encontrarse a sí mismo. Sólo si es aceptado, el «yo» puede aceptarse a sí mismo. Quien no es amado ni siquiera puede amarse a sí mismo. Este ser acogido proviene sobre todo de otra persona. Pero toda acogida humana es frágil. A fin de cuentas, tenemos necesidad de una acogida incondicionada. Sólo si Dios me acoge, y estoy seguro de ello, sabré definitivamente: «Es bueno que yo exista». Es bueno ser una persona humana. Allí donde falta la percepción del hombre de ser acogido por parte de Dios, de ser amado por Él, la pregunta sobre si es verdaderamente bueno existir como persona humana ya no encuentra respuesta alguna. La duda acerca de la existencia humana se hace cada vez más insuperable. Cuando llega a ser dominante la duda sobre Dios, surge inevitablemente la duda sobre el mismo ser hombres. Hoy vemos cómo esta duda se difunde. Lo vemos en la falta de alegría, en la tristeza interior que se puede leer en tantos rostros humanos. Sólo la fe me da la certeza: «Es bueno que yo exista». Es bueno existir como persona humana, incluso en tiempos difíciles. La fe alegra desde dentro. Ésta es una de las experiencias maravillosas de las Jornadas Mundiales de la Juventud.
Nos llevaría muy lejos hablar ahora también del encuentro de Asís de manera detallada, como merecería la importancia del acontecimiento. Agradezcamos sencillamente a Dios porque nosotros –representantes de las religiones del mundo y también representantes del pensamiento en búsqueda de la verdad– pudimos encontrarnos aquel día en un clima de amistad y de respeto recíproco, en el amor por la verdad y en la responsabilidad común por la paz. Podemos esperar que de este encuentro haya nacido una nueva disponibilidad para servir la paz, la reconciliación y la justicia.
Por último, quisiera agradecer de corazón a todos vosotros por el apoyo para llevar adelante la misión que el Señor nos ha confiado como testigos de su verdad, y os deseo a todos la alegría que Dios, en la encarnación de su Hijo, nos ha querido dar. Feliz Navidad a todos vosotros. Gracias.
Nota de “Fe y Razón”: Los destaques en negrita son nuestros.
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Daniel Iglesias Grèzes
Comentario de: Phillip
E. Johnson, Darwin on Trial,
InterVarsity Press, Downers Grove – Illinois, 2010, 3rd edition; foreword by
Michael Behe.
1. Introducción
Este libro, cuya primera edición fue publicada en 1991, hizo historia. Aunque se limita a criticar el valor científico de la teoría darwinista de la evolución, podría decirse que fue el punto de partida del movimiento ID (Intelligent Design = Diseño Inteligente). Desde entonces este movimiento se ha desarrollado mucho en los Estados Unidos de América, poniendo en jaque a la cosmovisión atea que prevalece en el ámbito científico. El bioquímico Michael Denton, quien en 1986, siendo aún un darwinista ateo, publicó el libro Evolución: una teoría en crisis, ha dicho que este libro de Johnson es la mejor crítica del darwinismo que conoce. Precisamente la lectura de ese libro de Denton, y la de El relojero ciego de Richard Dawkins, el más célebre propagandista actual del ateísmo, impulsó a Johnson a estudiar a fondo el tema del darwinismo.
Phillip E. Johnson es un abogado graduado en las Universidades de Harvard y de Chicago. Fue Profesor de Derecho durante más de treinta años en la Universidad de California en Berkeley. Gracias a sus numerosos libros y artículos sobre la evolución y la creación, se ha ubicado al frente del debate público acerca de esta cuestión. Por su capacidad y su formación, Johnson está muy bien dotado para evaluar el peso de las evidencias aportadas y la corrección de los argumentos esgrimidos por las partes en un juicio. En Darwin on Trial aplica con brillantez ese talento suyo.
En el prólogo a la tercera edición del libro, llamada “edición del 20º aniversario”, el bioquímico Michael J. Behe (otro de los principales exponentes del movimiento ID) afirma lo siguiente:
“Veinte años pueden ser una virtual eternidad en ciencia moderna –pero en lógica, no tanto. Los argumentos que descansan sobre premisas defectuosas y razonamiento forzado no son ayudados en absoluto por el paso del tiempo. Es el esplendor de Phillip Johnson, Profesor Jefferson E. Peyser de Derecho, Emérito en la Universidad de California, Berkeley, y experto en la forma en que los argumentos son estructurados y en las premisas implícitas sobre las que se apoyan, haber escrito un libro, Darwin on Trial, que, a pesar de los años interpuestos y del progreso de la ciencia, es tan fresco y relevante hoy como cuando fue impreso por primera vez…” (p. 10).
2. Darwinismo y neodarwinismo
El libro en cuestión tiene doce capítulos y un epílogo.
El Capítulo 1 (titulado “El marco legal”) analiza dos célebres juicios acerca de la enseñanza de la teoría darwinista de la evolución en escuelas públicas de los Estados Unidos.
El Capítulo 2 (titulado “La selección natural”) tiene una importancia capital. Al comienzo de ese capítulo, el autor dice que su tema no es la historia sino la lógica de la actual controversia, por lo que su interés está centrado en el darwinismo, no en Darwin. De ahí que a él no le interesen mayormente las diferencias entre el darwinismo original (el del propio Darwin) y el neo-darwinismo actual. “Mi propósito –afirma Johnson– es explicar qué conceptos emplea la teoría contemporánea, qué proposiciones significativas hace acerca del mundo natural y qué puntos de legítima controversia puede haber.” (p. 34).
A continuación el autor describe los tres principios básicos de la teoría propuesta por Charles Darwin en El origen de las especies (cf. pp. 34-35):
· Las especies no son inmutables, sino que surgen las unas de las otras a través de un proceso natural de “descendencia con modificación”.
· Este proceso evolutivo da cuenta de toda o casi toda la diversidad de la vida, porque todos los seres vivos descienden así de un pequeño número de ancestros comunes, quizás de un único ancestro microscópico.
·
Este vasto proceso es guiado por una fuerza
llamada “selección natural” o “supervivencia del más apto”. Al cabo de un
larguísimo proceso, la acumulación de pequeñas modificaciones graduales,
combinada con la supervivencia de los seres vivos mejor adaptados a su ambiente,
da lugar a una nueva especie.
El neodarwinismo (la versión actual del darwinismo) es la doctrina que sostiene que el rol creativo o positivo del proceso evolutivo es desempeñado principal o exclusivamente por mutaciones genéticas aleatorias, que producen las pequeñas modificaciones graduales postuladas por Darwin. El rol destructivo o negativo de ese proceso sigue estando a cargo de la selección natural, igual que en el primer darwinismo.
3. Selección natural y selección artificial
Cuando Darwin escribió El origen de las especies no se conocía ningún buen ejemplo de selección natural, por lo que él no pudo señalar evidencias empíricas en apoyo de su teoría. En cambio se apoyó mucho en un argumento basado en la analogía entre la selección natural y la selección artificial. Esta última, utilizada por los criadores de animales o plantas, es muy exitosa para producir variaciones mejoradas dentro de la misma especie, alterando muchas de sus características.
Johnson comenta que “la analogía con la selección artificial es engañosa. Los criadores de plantas y animales emplean inteligencia y conocimiento especializado… El objetivo de la teoría de Darwin, sin embargo, era establecer que procesos naturales sin un propósito pueden reemplazar al diseño inteligente. Que él lograra su objetivo citando los logros de diseñadores inteligentes prueba sólo que la audiencia receptiva de su teoría era altamente acrítica.” (p. 37).
El eminente zoólogo Pierre Grassé concluyó que los resultados de la selección artificial proveen un poderoso testimonio contra la teoría de Darwin:
“A pesar de la intensa presión generada por la selección artificial (eliminando a cualquier progenitor que no cumple el criterio de elección) durante milenios enteros, ninguna especie nueva ha nacido. Un estudio comparativo… prueba que las cepas permanecen dentro de la misma definición específica. Esto no es un asunto de opinión o de clasificación subjetiva, sino una realidad medible. El hecho es que la selección da forma tangible y reúne a todas las variedades que un genoma es capaz de producir, pero no constituye un proceso evolutivo innovador.” (pp. 37-38).
La selección artificial mediante experimentos de laboratorio con moscas de la fruta sí ha logrado producir nuevas especies, pero éstas siguen siendo moscas de la fruta, con cambios en ciertas características. Grassé destacó que “la mosca de la fruta, el insecto favorito de los geneticistas,… parece no haber cambiado desde los tiempos más remotos.” (pp. 38-39). Johnson agrega: “La naturaleza ha tenido mucho tiempo, pero simplemente no ha estado haciendo lo mismo que han estado haciendo los experimentadores.” (p. 39).
*******
A continuación presentaré de forma resumida el excelente análisis que, en la segunda parte del Capítulo 2, Phillip Johnson hace de las cuatro formas diferentes en que los darwinistas consideran la selección natural: como una tautología, como un argumento deductivo, como una hipótesis científica y como una necesidad filosófica.
4. La selección natural como una tautología
(cf. pp. 39-43)
Muchos darwinistas prominentes han presentado la selección natural como una tautología, una forma de decir lo mismo dos veces. Johnson ilustra este punto con citas de J. B. S. Haldane, Ernst Mayr, George Gaylord Simpson y C. H. Waddington. En su formulación tautológica, la teoría darwinista predice que los organismos más aptos producirán la mayor descendencia, y define los organismos más aptos como aquellos que producen la mayor descendencia. Por lo tanto, esa teoría se reduce a la tautología de que los organismos que dejan la mayor descendencia dejan la mayor descendencia.
Johnson dice que la cita de Waddington “merece ser preservada para la posteridad”. Hela aquí: “La principal contribución de Darwin fue, por supuesto, la sugerencia de que la evolución puede ser explicada por la selección natural de variaciones aleatorias. La selección natural, que al principio fue considerada como si fuera una hipótesis que necesitaba una confirmación experimental u observacional, en una inspección más cercana resulta ser una tautología, una afirmación de una relación inevitable pero previamente no reconocida. Afirma que los individuos más aptos en una población (definidos como aquellos que dejan una mayor descendencia) dejarán una mayor descendencia. Este hecho de ningún modo reduce la magnitud del logro de Darwin; sólo después de que fue claramente formulado, los biólogos pudieron darse cuenta del enorme poder del principio como un arma de explicación.” (pp. 41-42).
Waddington escribió esto en un artículo presentado en un gran evento de la Universidad de Chicago en 1959, celebrando el 100º aniversario de la publicación de El origen de las especies. Johnson comenta: “Aparentemente, ninguna de las distinguidas autoridades presentes dijo a Waddington que una tautología no explica nada. Cuando quiero saber cómo un pez puede convertirse en un hombre, no soy iluminado si se me dice que los organismos que dejan la mayor descendencia son los que dejan la mayor descendencia.” (p. 42).
El famoso filósofo de la ciencia Karl Popper criticó duramente la formulación tautológica de la selección natural. Desde entonces, acusando el golpe, los darwinistas intentan no enunciarla, aunque a menudo continúan empleándola en la práctica.
5. La selección natural como un argumento
deductivo (cf. pp. 43-44)
Algunos darwinistas (por ejemplo el paleontólogo Colin Patterson y el investigador del origen de la vida A. G. Cairns-Smith) han presentado la teoría darwinista en la forma de un argumento deductivo. Veamos cómo formula Patterson ese argumento:
· Todos los organismos deben reproducirse.
· Todos los organismos exhiben variaciones hereditarias.
· Las variaciones hereditarias difieren en su efecto sobre la reproducción.
· Por lo tanto, las variaciones con efectos favorables sobre la reproducción tendrán éxito, aquellas con efectos desfavorables fracasarán, y los organismos cambiarán.
El mismo Patterson observa que este argumento no es una explicación general de la evolución, sino que sólo establece que alguna selección natural ocurrirá. Pero en realidad el argumento ni siquiera prueba que los organismos cambiarán. El rango de variaciones hereditarias puede ser estrecho, y las variaciones que sobreviven pueden ser sólo suficientes para mantener la especie tal cual es. En cualquier población algunos individuos dejarán más descendencia que otros, incluso si la población no está cambiando o cuando se dirige directamente hacia la extinción.
Que el
efecto principal de la selección natural pueda ser el de evitar que una especie
cambie no es una mera posibilidad teórica. Como se ve en el Capítulo 4 del
libro, la característica predominante de las especies fósiles es la stasis, o ausencia de cambio. Además,
hay numerosas especies que son “fósiles vivientes”, puesto que son muy
similares hoy a como eran hace millones de años.
6. La selección natural como una hipótesis
científica (cf. pp. 45- 48)
Después de descartar dos simples falacias, corresponde examinar con mucho cuidado la formulación hipotética de la teoría darwinista. Nos encontramos aquí en el verdadero terreno de la ciencia. La mayoría de los científicos evolucionistas piensan que la selección natural darwinista es una hipótesis científica que ha sido tan completamente probada y confirmada por la evidencia que debería ser aceptada por todas las personas razonables como la explicación más adecuada de la evolución de las formas de vida complejas. Esto nos conduce a la cuestión crítica: ¿Qué evidencia confirma la hipótesis de que la selección natural (combinada con mutaciones) es un proceso evolutivo innovador, capaz de producir nuevos órganos y organismos y de explicar la diversidad de las formas de vida existentes?
En este punto Johnson cita los seis hechos que el biólogo darwinista Douglas Futuyma menciona como evidencias que confirman el poder creativo de la selección natural:
· Las bacterias pueden desarrollar naturalmente una resistencia a los antibióticos; y los insectos pueden volverse resistentes a los insecticidas.
· En una tormenta que ocurrió en 1898 en Massachusetts, los gorriones de mayor tamaño sobrevivieron con mayor frecuencia que los más pequeños.
· Una sequía que ocurrió en 1977 en las Islas Galápagos causó una gran mortalidad en los pinzones de menor tamaño, de modo que al cabo de una generación el tamaño de estos pájaros (y especialmente de sus picos) creció apreciablemente.
· El alelo responsable de un tipo de anemia en poblaciones africanas está asociado también con la resistencia a la malaria. Las chances de supervivencia son máximas cuando el individuo hereda ese alelo de un solo padre.
· Se ha observado la extinción de poblaciones de ratones que han sido afectadas por la propagación de un gen que causa la esterilidad de los machos.
· Según las famosas observaciones de Kettlewell, en Inglaterra, después de la revolución industrial, cuando los árboles fueron oscurecidos por el humo industrial, las polillas de color oscuro se volvieron más abundantes, porque sus predadores tenían más dificultad para verlas en los árboles.
Johnson comenta que ninguna de estas “pruebas” ofrece ninguna razón convincente para creer que la selección natural puede producir nuevas especies, nuevos órganos u otros cambios grandes.
El autor afirma: “Esta conclusión parece tan obviamente correcta que da lugar a otro problema. ¿Por qué otras personas, incluyendo expertos cuya inteligencia e integridad intelectual respeto, piensan que la evidencia de fluctuaciones locales de poblaciones confirma que la selección natural tiene la capacidad de obrar proezas de ingeniería, de construir maravillas como el ojo y el ala? Todos los que estudian la evolución saben que el experimento de las polillas de Kettlewell es la demostración clásica del poder de la selección natural, y que los darwinistas tuvieron que esperar casi un siglo para ver incluso esta modesta confirmación de su doctrina central. Todo el que estudia el experimento sabe que no tiene nada que ver con el origen de ninguna especie, o incluso de ninguna variedad, porque las polillas oscuras y blancas estuvieron presentes a lo largo del experimento. Sólo las proporciones entre una variedad y la otra cambiaron. ¿Cómo gente inteligente pudo haber sido tan crédula para imaginar que el experimento de Kettlewell apoyaba de algún modo las ambiciosas reclamaciones del darwinismo? Para responder esta pregunta debemos considerar una cuarta forma en la que la selección natural puede ser formulada.” (p. 48)
7. La selección natural como una necesidad
filosófica (cf. pp. 48-52).
La Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos ha declarado que la característica más básica de la ciencia es la “dependencia de explicaciones naturalistas”, en oposición a “medios sobrenaturales inaccesibles al entendimiento humano”. Así se clasifica como científicamente inaceptable la idea de que Dios de algún modo dirige la evolución. Si la ciencia ha de tener alguna explicación de la complejidad biológica, debe arreglárselas con lo que queda después de haber excluido lo considerado inaceptable. La selección natural es quizás la mejor de las alternativas restantes, y probablemente la única alternativa. En esta situación algunas personas deciden que el darwinismo simplemente debe ser verdadero. Para ellos no hay necesidad de comprobar la teoría misma, porque no hay ninguna alternativa respetable.
Aunque
no se llegue al extremo de aceptar al darwinismo simplemente como principio
filosófico, hay una gran diferencia entre estas dos actitudes hacia la
evidencia empírica: la de quien busca
probar si una teoría dudosa es cierta o no, y la de quien sólo busca confirmar
la única teoría que está dispuesto a aceptar. Ya hemos visto que muchos
científicos distinguidos a menudo aceptaron acríticamente la cuestionable
analogía entre la selección natural y la selección artificial o no detectaron
las falacias de las formulaciones de la selección natural como tautología o
como deducción lógica. Tales absurdos sobrevivieron y se reprodujeron por la
misma razón que a veces una especie incompetente evita la extinción: no había
una competencia efectiva en su nicho ecológico.
Si no se requiere una confirmación positiva de la potencia creativa de la selección natural, hay poco peligro de que la teoría sea refutada por evidencia negativa. Los darwinistas han desarrollado un conjunto de conceptos subsidiarios (la selección de grupo, la selección de parentesco, la selección sexual, la pleiotropía, etc.) capaces de proveer una explicación plausible (al menos verbal) de casi cualquier eventualidad concebible. Johnson da el siguiente ejemplo: “Los fósiles vivientes, que han permanecido básicamente incambiados durante millones de años mientras sus primos estaban supuestamente evolucionando…, no son una vergüenza para los darwinistas. Ellos no pudieron evolucionar porque las mutaciones necesarias no llegaron, o a causa de “restricciones al desarrollo”, o porque ya estaban adaptados adecuadamente a su ambiente. En pocas palabras, no evolucionaron porque no evolucionaron.” (pp. 49-50).
Julian
Huxley escribió lo siguiente: “La improbabilidad debe ser esperada como un resultado de la selección natural; y tenemos la
paradoja de que una improbabilidad aparente excesivamente alta en sus productos
puede ser tomada como evidencia de su alto grado de eficacia.” El comentario de
Johnson es lapidario: “Sobre esta base la teoría no tiene nada que temer de la
evidencia.” (p. 52).
*******
En el Capítulo 3 (titulado “Mutaciones grandes y pequeñas”), Phillip Johnson presenta las principales dificultades de las dos formas principales del darwinismo actual: I) el darwinismo ortodoxo, que se adhiere rígidamente al gradualismo de Darwin, es decir a su visión de que la evolución consiste en una enorme sucesión de micromutaciones; y II) el “saltacionismo” de Goldschmidt y Gould, que concibe una evolución basada en macromutaciones.
8.
Tribulaciones del darwinismo ortodoxo
El compromiso
de Charles Darwin con el gradualismo era total. En sus propias palabras: “La selección natural puede actuar sólo
mediante la preservación y acumulación de modificaciones heredadas
infinitesimalmente pequeñas… La selección natural, si fuere un principio
verdadero, desterrará la creencia en la creación continuada de nuevos seres
orgánicos o en cualquier modificación grande y súbita en su estructura.”
(p. 54). Él mismo escribió también lo siguiente: “Si pudiera demostrarse que existió cualquier órgano complejo que no
pudo haber sido formado por modificaciones numerosas, sucesivas y leves, mi
teoría fracasaría absolutamente.” (p. 58).
El registro fósil constituye el mayor problema de este gradualismo, puesto que no provee evidencia de las muchísimas formas transicionales requeridas por la teoría de Darwin. Johnson pospone el análisis de este problema hasta el capítulo siguiente y se concentra aquí en otra gravísima dificultad: los cuerpos animales están repletos de órganos que requieren una intrincada combinación de partes complejas para poder cumplir sus funciones. ¿Cómo tales órganos pueden haberse formado mediante una enorme cantidad de variaciones aleatorias pequeñísimas, cada una de ellas favorable para el animal preservado? Johnson analiza, entre otros, dos ejemplos clásicos: el ojo y el ala.
El célebre darwinista heterodoxo y ateo Stephen Jay Gould se planteó a sí mismo “la excelente pregunta: ¿Para qué sirve el 5% de un ojo?” El aún más célebre darwinista ortodoxo y ateo Richard Dawkins respondió que puede servir para tener un 5% de visión. Johnson subraya que es una falacia suponer que el 5% de un ojo implica el 5% de visión normal. Además, Dawkins reafirma la respuesta de Darwin al problema del ojo. Entre los animales vivientes hay distintos tipos de ojos, que permiten concebir una serie de diseños intermedios. Sin embargo, según el conocimiento actual, se piensa que esos distintos tipos de ojos no surgieron los unos de los otros. El eminente darwinista ortodoxo Ernst Mayr sostuvo que el ojo debe de haber evolucionado independientemente al menos 40 veces. Johnson replica preguntando por qué las formas más primitivas de ojos subsisten todavía, sin haber evolucionado hacia formas más avanzadas. En este punto yo plantearía una objeción aún más fuerte: ¿Cómo el mismo suceso de altísima improbabilidad puede haber ocurrido 40 veces en eventos independientes entre sí?
Es un hecho objetivo que los escenarios gradualistas para el desarrollo de sistemas complejos son especulaciones. “Las alas de pájaros y murciélagos aparecen en el registro fósil ya desarrolladas, y nadie ha confirmado mediante experimentos que la evolución gradual de alas y ojos es posible. Esta ausencia de confirmación histórica o experimental es presumiblemente lo que Gould tenía en mente cuando escribió que: “Estos cuentos, en la tradición “simplemente así” de la historia natural evolucionista, no prueban nada”. ¿Estamos lidiando aquí con ciencia o con versiones racionalistas de las fábulas de Kipling?” (p. 58).
Johnson enumera cuatro factores a tener en cuenta al evaluar la probabilidad de la evolución darwinista: “la cantidad de micromutaciones favorables requeridas para crear órganos y organismos complejos, la frecuencia con que tales micromutaciones favorables ocurren justo donde y cuando se necesitan, la eficacia de la selección natural en preservar las leves mejoras con suficiente consistencia para permitir que los beneficios se acumulen y el tiempo permitido por el registro fósil para que todo esto haya sucedido.” (pp. 59-60).
Johnson narra la
agria confrontación acerca
de la plausibilidad matemática del modelo de evolución gradualista que ocurrió
en 1967 en Filadelfia en un encuentro entre biólogos darwinistas y matemáticos.
Matemáticos como D. S. Ulam y Schützenberger concluyeron que el tiempo
disponible no era ni remotamente suficiente para que la evolución darwinista
pudiera haber tenido lugar. La respuesta de los darwinistas fue dogmática: dado
que la evolución de hecho ocurrió, las dificultades matemáticas se resolverán
de algún modo u otro.
Por razones como éstas, Gould llegó a declarar que la síntesis neodarwinista estaba “muerta”.
9. Tribulaciones del darwinismo saltacionista
A mediados del siglo XX, Richard Goldschmidt desafió a los neodarwinistas invitándolos a explicar cómo una serie de estructuras complejas, incluyendo por ejemplo el pelo de los mamíferos y la hemoglobina, pudo haberse producido por acumulación y selección de mutaciones pequeñas, cosa que él juzgó imposible. Goldschmidt concluyó que la evolución darwinista no podía dar cuenta más que de variaciones dentro de la frontera de la especie y que la evolución más allá de ese punto debe de haber ocurrido a grandes saltos, a través de macromutaciones. Él reconoció que las mutaciones a gran escala producirían en casi todos los casos monstruos mal adaptados, pero pensaba que en raras ocasiones un accidente afortunado podría producir un miembro de una nueva especie con capacidad de sobrevivir y propagarse. Él mismo llamó a estas ideas la teoría del “monstruo esperanzado” (hopeful monster).
Darwin había rechazado enfáticamente cualquier teoría de la evolución que incluyera la aparición súbita de un órgano complejo. Por ejemplo, escribió lo siguiente: “Si me convenciera de que la teoría de la selección natural requiere de tales adiciones, yo la rechazaría como basura… Yo no daría nada por la teoría de la selección natural si ésta requiriera adiciones milagrosas en cualquier etapa de la descendencia.” (p. 54).
En sintonía con esta postura de Darwin, los darwinistas ridiculizaron la teoría del “monstruo esperanzado”. “Como lo expresó Goldschmidt, “Esta vez yo no sólo estaba loco sino que era casi un criminal.” Gould ha comparado incluso el tratamiento dado a Goldschmidt en los círculos darwinistas con los “Dos Minutos de Odio” cotidianos dirigidos contra “Emmanuel Goldstein, enemigo del pueblo” en la novela 1984 de George Orwell. ” (p. 58).
La mayoría de los científicos cree que las macromutaciones postuladas por Goldschmidt, capaces de reformar en una sola generación todas las partes complejas e interrelacionadas de un animal de modo de producir una nueva especie viable, son imposibles. La teoría del “monstruo esperanzado” postula algo virtualmente equivalente a un milagro, y no tiene bases ni en la evidencia experimental ni en la teoría genética. Johnson comenta que suponer que una macromutación genética aleatoria puede reconstruir un órgano como un hígado o un riñón es más o menos tan razonable como suponer que se puede producir un reloj mejorado arrojando un viejo reloj contra una pared.
En este punto Johnson nos pone en guardia contra una importante falacia: que la macroevolución por macromutaciones aleatorias sea imposible no prueba que la macroevolución por micromutaciones aleatorias sea probable o incluso posible. Es muy probable que, desde el punto de vista estadístico, el gradualismo darwinista sea tan poco plausible como el saltacionismo de Goldschmidt.
10. El problema fósil
En el Capítulo 4 (titulado “El problema fósil”) el autor muestra que el registro fósil se aleja muchísimo de lo que cabría esperar según la teoría darwinista de la evolución. El propio Darwin concedió que el estado de la evidencia fósil era “la más obvia y grave objeción que puede ser instada contra mi teoría” y que esto explicaba el hecho de que “todos los más eminentes paleontólogos… y todos nuestros más grandes geólogos… han mantenido de forma unánime, y a menudo vehemente, la inmutabilidad de las especies.” (pp. 68-69).
A continuación describiré cuatro características del registro fósil que son inconsistentes con el darwinismo.
·
Aparición
súbita
Los fósiles muestran un patrón consistente de aparición súbita de las especies. En palabras de Gould: “En cualquier área local, una especie no surge gradualmente por la transformación constante de sus ancestros; aparece súbitamente y “completamente formada”.” (p. 73). Los darwinistas ortodoxos generalmente pretenden explicar esta aparición súbita ateniéndose a la tesis tradicional de Darwin: la existencia de brechas en un registro fósil incompleto. Pero a medida que transcurre el tiempo y se descubren más y más fósiles sin que el patrón básico cambie, este problema se hace cada vez más grave para el darwinismo.
·
Stasis
Además,
la aparición súbita de una especie es seguida generalmente por un largo período
de estabilidad. Esta característica es llamada stasis. Escuchemos de nuevo a Gould: “La mayoría de las especies no
exhiben un cambio direccional durante su permanencia en la tierra. Ellas
aparecen en el registro fósil luciendo muy similares a cuando desaparecen; el
cambio morfológico es usualmente limitado y sin dirección.” (p. 73). En este
punto los neodarwinistas recurren a la “selección estabilizadora”, una forma de
selección natural que impide el cambio eliminando todas las innovaciones, a
veces durante millones de años y a pesar de condiciones ambientales cambiantes.
Johnson comenta: “La
selección natural aparece aquí en su formulación como una tautología con demasiado
poder explicatorio, una explicación invisible para todo propósito, para
cualquier cambio o falta de cambio que haya ocurrido.” (pp. 75-76).
·
Extinciones
masivas
La extinción de las especies ha sido causada predominantemente por catástrofes, más que por la obsolescencia gradual. Este último era el modelo sostenido por Darwin: “Si miramos a cada especie como descendiente de alguna otra forma desconocida, tanto la progenitora como las variaciones de transición habrán sido generalmente exterminadas por el propio proceso de formación y perfección de la nueva forma.” (p. 68). Dos catástrofes en particular sobresalen entre las varias extinciones masivas ocurridas en la historia de la tierra: la extinción pérmica, que hace 245 millones de años acabó con más del 90% de las especies, y la famosa extinción K-T, que al final de la era cretácea (hace 65 millones de años) exterminó a los dinosaurios y a muchas otras especies. Las actuales explicaciones de las extinciones con base en catástrofes guardan cierta semejanza con el catastrofismo de Cuvier, la teoría científica reinante antes de la obra de Darwin.
·
Discontinuidades
mayores
En general, la historia de la vida es una historia de variaciones alrededor de un conjunto de diseños básicos, no de mejoras acumulativas. El patrón básico de aparición súbita seguida por stasis no se da sólo en el nivel de las especies, sino en todas las divisiones del mundo biológico (reinos, phyla, clases, órdenes, etc.). En todos los niveles predomina la discontinuidad, con muy pocos tipos intermedios.
El mayor problema singular que el registro fósil plantea al darwinismo es la “explosión cámbrica”, ocurrida hace unos 600 millones de años durante un período relativamente breve, en términos geológicos. Casi todos los phyla animales aparecieron en ese período, sin ninguna traza de los ancestros evolutivos que el darwinismo requiere. Como lo expresó Richard Dawkins: “Es como si hubieran sido simplemente plantados allí, sin una historia evolutiva.” (p. 77). La imagen general de la historia animal es así una explosión de planes corporales básicos seguida por algunas extinciones. Ningún nuevo phylum evolucionó después. Esto contradice totalmente el modelo darwinista de la evolución, que Gould llama “el cono de la diversidad creciente”. Gracias a la explosión cámbrica, la diversificación mayor ocurrió casi al principio de la historia animal, no al final. La explicación darwinista tradicional de la ausencia de ancestros precámbricos es la llamada “teoría del artefacto”: ellos existieron, pero el registro fósil no los ha preservado. Gould describió la reclasificación de los fósiles de Burgess como “el toque de difuntos de la teoría del artefacto” (p. 78).
Para resumir la cuestión, citaré a dos paleontólogos darwinistas. Gould describió “la extrema rareza de las formas transicionales en el registro fósil” como “el secreto profesional de la paleontología” (p. 82). Su colega Niles Eldredge fue aún más revelador: “Nosotros los paleontólogos hemos dicho que la historia de la vida apoya (la historia del cambio adaptativo gradual), sabiendo realmente todo el tiempo que no lo hace” (p. 82). Esta sorprendente situación ha sucedido porque el darwinismo disfruta del status de una verdad a priori. Así, la franca oposición de la evidencia fósil a las predicciones darwinistas se convierte en el problema de cómo la evolución darwinista ocurrió generalmente de una manera que escapa a la detección.
11. El hecho de la evolución
En el Capítulo 5 (titulado “El hecho de la evolución”) el autor critica los intentos darwinistas de hacer pasar parte de la teoría darwinista de la evolución como un hecho, fijando incorrectamente el límite entre hechos y teoría. De este modo se busca evitar la posibilidad de que el darwinismo fracase totalmente como hipótesis científica. Las objeciones científicas –dicen los darwinistas– se refieren sólo a la teoría, pero la evolución en sí misma sigue siendo un hecho. En este contexto, ellos generalmente consideran el término “evolución” como un sinónimo de la explicación básica dada por Darwin de las relaciones entre las especies. Al parecer piensan que esa explicación se deduce inevitablemente del hecho de esas relaciones. “La misma lógica inspira a los darwinistas de hoy cuando hacen caso omiso a los críticos que sostienen que un elemento u otro de la teoría es dudoso. “Di lo que quieras contra cualquier detalle”, responden. “De todos modos, nada en la biología tiene sentido excepto a la luz de la evolución”.” (p. 89).
Johnson critica detalladamente el influyente artículo “La evolución como hecho y como teoría” de S. J. Gould, que sigue la línea de razonamiento descrita más arriba. Gould se basa en una analogía entre la teoría de la gravitación de Newton y la teoría de la evolución de Darwin. La primera fue reemplazada por la teoría de la gravitación de Einstein sin que la gravitación dejara de ser un hecho. Análogamente, la teoría de la evolución de Darwin podría ser mejorada o sustituida por otra teoría sin que la evolución deje de ser un hecho. Esta analogía entre gravitación y evolución es falsa en dos niveles diferentes.
Comenta Johnson: “Observamos directamente que las manzanas caen cuando se las suelta, pero no observamos un ancestro común de los simios modernos y los humanos. Lo que sí observamos es que los simios y los humanos son física y bioquímicamente más semejantes entre sí que con los conejos, las serpientes o los árboles. El ancestro común simiesco es una hipótesis dentro de una teoría, que pretende explicar cómo surgieron estas semejanzas mayores y menores. La teoría es plausible, especialmente para un materialista filosófico, pero no obstante podría ser falsa.” (p. 90). Yo diría que, por más plausible que sea una teoría, no deja de ser una teoría; no se convierte por eso mismo en un hecho.
Pero hay un segundo nivel en el que la analogía en cuestión es mucho más peligrosa. En este nivel se considera como teoría a la selección natural de Darwin y como hecho, no meramente a la evolución, sino a la evolución materialista o naturalista, una evolución no planificada ni guiada por inteligencia alguna, sino impulsada por fuerzas naturales ciegas y aleatorias. Reclasificar esta teoría como un hecho sirve para protegerla de la refutación.
Gould ofrece tres pruebas del “hecho de la evolución”.
“Primero, tenemos evidencia abundante, directa y observacional de la evolución en acción.” (p. 91). Johnson responde que todos (incluso los creacionistas) concuerdan en que existe evidencia de la microevolución. “El punto en discusión no es si la microevolución ocurre, sino si nos dice algo importante sobre los procesos responsables de crear a las aves, los insectos y los árboles… Sin embargo, en lugar de explicar cómo las variaciones de las polillas se relacionan con el tipo de evolución que realmente importa, él (Gould) cambia de tema y golpea a los creacionistas.” (p. 92).
Otros darwinistas, en vez de simplemente ignorar el problema de la relación entre la microevolución (evolución dentro de las fronteras de la especie) y la macroevolución (evolución de las especies mismas), apelan a una doctrina filosófica de uniformidad de las leyes de la ciencia. Pero esta doctrina no constituye ninguna prueba. La física moderna suministra un excelente contraejemplo: las mismas fuerzas no gobiernan los fenómenos en todos los niveles de magnitud. A nivel cósmico predomina absolutamente la fuerza de gravedad. Sin embargo, a nivel molecular predomina la fuerza eléctrica, y la fuerza de gravedad, aunque existe, es despreciable. Y a nivel de los núcleos atómicos cuentan sobre todo las fuerzas nucleares, despreciables en los otros dos niveles. Por esto, no hay ninguna prueba de que el mismo mecanismo de selección natural, que puede hacer cambiar las proporciones de polillas claras y oscuras en una población local, también puede transformar un pez en un anfibio. Pienso que el siguiente ejemplo puede ilustrar este punto: el hecho de que Andrés pueda arrojar la jabalina a 50 metros no prueba que también pueda lanzarla de la Tierra a la Luna.
El segundo argumento de Gould es que la imperfección de la naturaleza revela la evolución. Los darwinistas suelen depender pesadamente del tema “Dios no lo habría hecho así”. Podemos responder simplemente que este argumento no es científico, sino teológico; y que además, se trata de mala teología. Dios puede tener sus razones (inescrutables o no) para tolerar determinadas imperfecciones en sus diseños. Además, no siempre los ejemplos de imperfecciones citados por los darwinistas son verdaderas imperfecciones. A veces se trata de simples preferencias subjetivas; y otras veces podría tratarse de características cuya utilidad no se ha descubierto aún. En esta última dirección, entre otros ejemplos que podrían citarse, señalo el caso del apéndice, tradicionalmente considerado como un vestigio inútil de un órgano anterior atrofiado. Recientemente se descubrió que el apéndice cumple una función de cierta importancia.
La tercera prueba de Gould se refiere al registro fósil. “Gould concede que raramente se ha encontrado evidencia fósil de transformaciones macroevolutivas, pero insiste en que hay al menos dos instancias en la secuencia de los vertebrados donde tales transformaciones pueden ser confirmadas. Un ejemplo son los reptiles mamiferoides… El otro son los homínidos.” (p. 98). Johnson considera esta evidencia fósil en el capítulo siguiente. Por mi parte, agrego que esta supuesta evidencia, en el mejor de los casos, probaría una evolución en sentido amplio, no la evolución darwinista (en ninguna de sus dos versiones aquí descritas, como “hecho” y como “teoría”).
12. La secuencia de los vertebrados
En el Capítulo 6, el autor analiza la secuencia de los vertebrados. Los darwinistas sostienen que los anfibios y los peces modernos descendieron de un pez ancestral; que los reptiles descendieron de un ancestro anfibio; que las aves y los mamíferos descendieron separadamente de reptiles ancestrales; y que todas estas transformaciones ocurrieron por medio del “mecanismo darwinista”: mutaciones genéticas aleatorias y selección natural.
·
De peces
a anfibios
La tesis darwinista es que una especie de pez desarrolló gradualmente la habilidad de salir del agua y moverse sobre la tierra, mientras adquiría en forma más o menos concurrente el peculiar sistema reproductivo de los anfibios y otras características de éstos.
Según el libro de texto Vertebrate History de Barbara Stahl, “ninguno de los peces conocidos es considerado como un ancestro directo de los primeros vertebrados terrestres” (p. 100).
·
De
anfibios a reptiles
No existen candidatos satisfactorios para documentar esta transición. Tampoco existe ninguna explicación detallada de cómo un anfibio puede haber desarrollado el modo de reproducción propio de un reptil a través de un mecanismo darwinista.
·
De
reptiles a aves
El descubrimiento del Archaeopteryx poco después de la publicación de El origen de las especies ayudó enormemente a establecer la credibilidad del darwinismo y para desacreditar a escépticos como Louis Agassiz. Sin embargo, se sigue discutiendo si el Archaeopteryx es una prueba de la transición de reptil a ave. Según un artículo de 1990 de Peter Wellnhofer, una autoridad reconocida, es imposible determinar si el Archaeopteryx es realmente un ancestro de las aves modernas.
Una inmensa sucesión de mutaciones genéticas aleatorias debería haber producido el ala, las plumas, el característico pulmón de las aves y su capacidad de volar. No existen explicaciones detalladas de cómo un solo ancestro puede haber producido descendientes tan variados como el pingüino, el colibrí y el avestruz a través de una enorme cantidad de etapas intermedias viables.
·
De
reptiles a mamíferos
Llegamos al fin a la joya de la corona de la evidencia fósil del darwinismo: los terápsidos, reptiles mamiferoides citados por Gould y muchos otros como prueba concluyente. El gran orden de los terápsidos contiene muchas especies fósiles con esqueletos que parecen ser intermedios entre los de los reptiles y los mamíferos. Sin embargo, la convergencia de las características de los esqueletos no señala necesariamente una transición evolutiva. Hay muchas importantes características por las cuales los mamíferos difieren de los reptiles, además de los huesos de sus mandíbulas y oídos.
Además, la misma abundancia de las especies de terápsidos plantea otra grave dificultad. Johnson la explica así: “La noción de que los mamíferos en general evolucionaron de los reptiles en general a través de un amplio grupo de diversas líneas de terápsidos no es darwinismo. La transformación darwinista requiere una sola línea de descendencia… Se puede construir una línea artificial de descendencia, pero sólo mezclando arbitrariamente especímenes de diferentes subgrupos y arreglándolos por fuera de su secuencia cronológica real.” (p. 103).
Una forma de resolver este problema sería abandonar la arraigada idea de que los mamíferos son un grupo “monofilético” (descendiente de un solo ancestro común a todos los mamíferos). Convertir a los mamíferos en un grupo polifilético haría más plausible la tesis de que los terápsidos son ancestros de los mamíferos, pero sólo al costo inaceptable de demoler el argumento darwinista de las homologías de los mamíferos como reliquias de un ancestro común.
·
La
evolución dentro de la clase de los mamíferos
La clase de los mamíferos incluye especies tan diversas como las vacas, los monos, los gatos, las ballenas, las focas, los murciélagos, los osos, las zarigüeyas, etc. Si los mamíferos son un grupo monofilético, entonces el modelo darwinista requiere que todas estas especies hayan descendido de una sola especie no identificada de pequeños mamíferos terrestres. Tendría que haber existido una enorme cantidad de especies intermedias en cada línea de transición, pero el registro fósil no brinda evidencias adecuadas de ello.
Subsisten enormes problemas no resueltos. Por ejemplo, ¿a través de cuál proceso darwinista las útiles patas traseras de un cuadrúpedo se marchitaron hasta alcanzar proporciones vestigiales, y en qué etapa de la transformación de un roedor en monstruo marino ocurrió esto? ¿Las patas delanteras de un roedor se transformaron por etapas adaptativas graduales en las aletas de la ballena? Johnson sentencia: “No oímos nada de las dificultades porque para los darwinistas los problemas insolubles no son importantes.” (p. 112).
13.
El origen del hombre
En la parte final del Capítulo 6, Johnson analiza el tema del origen del hombre. Después que la teoría de Darwin sobre el origen del ser humano a partir de la evolución de primates fue aceptada, hubo un esfuerzo decidido para encontrar los “eslabones perdidos” que la teoría exigía. La cuestión a estudiar es si la imaginación darwinista puede haber jugado un rol importante en la construcción de la evidencia ofrecida para apoyar esa teoría.
Johnson afirma: “La antropología física –el estudio del origen del hombre– es un campo que a través de su historia ha sido más pesadamente influenciado por factores subjetivos que casi cualquier otra rama de la ciencia respetable. Desde el tiempo de Darwin hasta el presente la “descendencia del hombre” ha sido una certeza cultural que pedía una confirmación empírica, y la fama mundial ha sido la recompensa para cualquiera que pudiera presentar una evidencia fósil plausible de los eslabones faltantes. La presión para encontrar confirmación fue tan grande que condujo a un fraude espectacular, el hombre de Piltdown –al cual los funcionarios del Museo Británico protegieron celosamente de una inspección inamistosa, permitiéndole brindar cuarenta años de servicio útil en el moldeo de la opinión pública.” (p. 107).
Es comprensible que los antropólogos que analizan los huesos de sus posibles ancestros se involucren emocionalmente con su objeto de estudio. Comenta Johnson: “Las descripciones de fósiles hechas por personas que anhelan acunar a sus ancestros en sus manos deberían ser examinadas tan cuidadosamente como la carta de recomendación de la madre de un candidato a un puesto de trabajo.” (p. 108).
La clasificación de los fósiles de homínidos es un tema altamente controvertido. Los antropólogos suelen criticar fuertemente los trabajos de sus colegas, en parte debido a sus rivalidades personales. Por ejemplo, algunos expertos dudan que el Australopithecus afarensis y el Australopithecus africanus sean especies distintas; y muchos niegan que haya existido la especie Homo habilis.
Solly Zuckerman, uno de los principales expertos británicos en primates, después de someter a los australopitecinos a años de intrincados estudios biométricos, concluyó que es inaceptable considerarlos como ancestros del hombre. Además, Zuckerman comparó las normas profesionales de la antropología física a las de la parapsicología, y observó que el registro de especulaciones temerarias sobre los orígenes del hombre “es tan asombroso que es legítimo preguntar si en este campo se puede encontrar todavía mucha ciencia en absoluto.” (p. 109). La ausencia de evidencia directa de la evolución del hombre no le preocupaba, porque asumía que esa evolución estaba establecida en forma independiente. Además, en general la evidencia de relaciones ancestrales es relativamente escasa en el registro fósil. Por lo tanto, según Zuckerman, debería ser causa de sospecha que haya un exceso de ancestros en el área precisa en que los observadores humanos están más inclinados a dar vía libre al wishful thinking (la ilusión, o pensamiento guiado por el deseo).
En resumen, aunque se acepte la hipótesis del origen del hombre a partir de primates, cabe reconocer que la evidencia fósil no provee con certeza la transición gradual y continua (con innumerables estados intermedios) postulada por la teoría neodarwinista. Es preciso imaginar saltos misteriosos, que de algún modo produjeron la mente humana a partir de materia animal.
14.
La
evidencia molecular
El Capítulo 7 se titula “La evidencia molecular”. A continuación citaré un párrafo de este capítulo que ayuda a distinguir los tres sentidos principales de la palabra “evolución” y que me permitirá explicar mi mayor discrepancia con Johnson.
“El propósito de esta revisión ha sido aclarar qué tendríamos que encontrar en la evidencia molecular… antes de que estuviéramos justificados para concluir que el darwinismo es probablemente verdadero. Necesitaríamos encontrar evidencia de que los ancestros comunes y los intermediarios transicionales existieron realmente en el mundo viviente del pasado, y de que la selección natural en combinación con cambios genéticos aleatorios realmente tiene el tipo de poder creativo que se le atribuye. No será suficiente encontrar que los organismos comparten una base bioquímica común, o que sus moléculas, tanto como sus características visibles, pueden ser clasificadas en un patrón de grupos dentro de grupos. La afirmación importante del darwinismo no es que las relaciones existen, sino que esas relaciones fueron producidas por un proceso naturalista en el cual las especies progenitoras fueron gradualmente transformadas en formas descendientes bastante diferentes a través de largas ramas… de intermediarios transicionales, sin intervención de ningún Creador u otro mecanismo no naturalista.” (pp. 116-117).
En este texto podemos distinguir: primero, una referencia a la evolución en sentido amplio; segundo, una referencia a la evolución darwinista; tercero, una referencia a la evolución materialista o naturalista. Estas tres nociones, según Johnson (y en esto concuerdo con él), se relacionan entre sí de la siguiente manera: la evolución materialista es una de las posibles nociones de la evolución; y la evolución darwinista es una de las formas posibles de la evolución materialista.
Después de evaluar la evidencia molecular, Johnson mantiene su postura escéptica con respecto a estas tres formas de la teoría de la evolución. En cambio yo, aunque concuerdo con Johnson en que la evidencia molecular no proporciona una demostración estricta de la evolución en sentido amplio, pienso que permite considerarla como una hipótesis sumamente razonable; pero coincido con Johnson en que la evidencia molecular (al igual que la evidencia fósil) no otorga credibilidad a la evolución materialista ni a la evolución darwinista. Por el contrario, la inmensa (e inesperada, para Darwin y sus primeros discípulos) complejidad de los seres vivos en el nivel molecular vuelve aún menos creíble la teoría darwinista, planteándole problemas insuperables.
15. La evolución prebiológica
El Capítulo 8 se titula “La evolución prebiológica”. Muchos científicos incluyen en el término “evolución” no sólo la evolución biológica sino también la evolución prebiológica, que busca explicar cómo la vida habría surgido a partir de sustancias químicas sin vida. La evolución biológica es sólo una parte, aunque muy importante, del gran proyecto del naturalismo científico, que pretende explicar todo, desde el origen del cosmos hasta el presente, sin permitir ningún rol al Creador. Para esto los darwinistas necesitan una explicación naturalista del origen de la vida. Sus dificultades básicas son dos: la extrema complejidad de todos los seres vivos y el hecho de que la evolución darwinista no puede operar antes de la existencia del primer ser vivo.
El estudio del origen de la vida alcanzó su éxito principal en la década de 1950, con el experimento de Miller y Urey, quienes obtuvieron varios aminoácidos a partir de una mezcla de gases que pretendía simular la atmósfera de la Tierra temprana. Sin embargo, la década de 1980 fue un período de reevaluación negativa, en el que los especialistas cuestionaron todas las premisas del modelo según el cual de algún modo la vida emergió a partir de una “sopa prebiótica” primordial. Hasta el día de hoy esta hipótesis sigue siendo lo que era en tiempos de Darwin: una mera especulación basada en prejuicios materialistas. Una famosa metáfora de Fred Hoyle expresa vívidamente la magnitud del problema: que un organismo vivo emerja por azar de una sopa prebiótica es más o menos tan probable como que un tornado que atraviesa un depósito de chatarra ensamble un Boeing 747 con materiales del depósito. El ensamble aleatorio de la vida sería un “milagro” materialista.
“Una explicación científica de este milagro no es absolutamente necesaria, porque in extremis los darwinistas pueden manejar el problema con un argumento filosófico. La vida obviamente existe, y si un proceso naturalista es la única explicación concebible de su existencia, entonces las dificultades no deben de ser tan insuperables como parecen. Incluso los aspectos más desalentadores de la situación pueden convertirse en ventajas cuando son vistos con el ojo de la fe.” (p. 133).
16. Los capítulos finales y mi conclusión
El Capítulo 9 se titula “Las reglas de la ciencia”. Su contenido principal es sintetizado de la siguiente manera en el prólogo de Michael J. Behe:
“Johnson sostiene que la teoría de la evolución de Darwin depende en gran medida de la hipótesis altamente tendenciosa y usualmente implícita del materialismo: la idea de que las únicas cosas que realmente existen son la materia y la energía del universo físico. Si uno comienza con esta hipótesis, entonces uno se ha librado elegantemente del principal rival de la evolución, que ha parecido mucho más plausible a las más grandes mentes a través de la historia: que una entidad sobrenatural, Dios, poseedora de un gran poder e inteligencia, diseñó el cosmos y la vida que éste contiene. Si, por postulado, no existe tal Ser, entonces algo parecido a la evolución tiene que ser verdad. Sólo el universo existe, por lo tanto el universo solo ha producido la vida. Un lindo truquito, que ahorra una horrible cantidad de trabajo científico.” (p. 11).
En este texto de Behe, “evolución” significa en realidad “evolución materialista”.
“Si el naturalismo científico ha de ocupar una posición cultural dominante, debe hacer más que proveer información sobre el universo físico. Debe extraer las implicaciones espirituales y éticas de su historia de la creación. En pocas palabras, la evolución debe convertirse en una religión.” (p. 153). Éste es el tema del Capítulo 10, “La religión darwinista”.
Según el cientificismo darwinista, el mayor descubrimiento científico es aquel que permite a los humanos modernos aprender que ellos son productos de un proceso natural ciego que no tiene ningún propósito ni se preocupa en absoluto de ellos.
Explica Johnson: “La resultante “muerte de Dios” es experimentada por algunos como una pérdida profunda, y por otros como una liberación. ¿Pero liberación de qué? Si la naturaleza ciega ha producido de algún modo una especie humana con la capacidad de gobernar la tierra sabiamente, y si esa capacidad ha sido previamente invisible sólo porque estaba ahogada por la superstición, entonces las perspectivas para la libertad y la felicidad humanas son ilimitadas. Éste era el mensaje del Manifiesto Humanista de 1933.” (p. 163).
“Ya sea que un darwinista asuma la visión optimista o la pesimista, es imperativo enseñar al público a entender el mundo como lo entienden los naturalistas científicos. Los ciudadanos deben aprender a ver a la ciencia como la única fuente confiable de conocimiento, y el único poder capaz de mejorar (o incluso preservar) la condición humana. Esto implica, como veremos, un programa de adoctrinamiento en el nombre de la educación pública.” (p. 164). Éste es el tema del Capítulo 11, “La educación darwinista”.
El capítulo 12 (“Ciencia y Pseudo-ciencia”) analiza la calificación del darwinismo (junto con el marxismo y el psicoanálisis freudiano) como “pseudo-ciencia” por parte del famoso epistemólogo Karl Popper.
En el Epílogo Johnson responde extensamente a los argumentos de los críticos de su libro.
Por último, el libro contiene unas Research Notes (Notas de Investigación) que no sólo indican las fuentes de los textos citados sino que profundizan en diversos puntos.
En resumen, se trata de un libro altamente recomendable, una excelente crítica del darwinismo, cuya principal limitación es un excesivo escepticismo con respecto a la evolución en sentido amplio. A mi juicio, en algunas partes del libro sería conveniente distinguir mejor entre “evolución” y “evolución darwinista”, evaluando de un modo diferente la plausibilidad de ambos conceptos.
Nota: Los textos citados han sido traducidos por mí.
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¿El embrión humano es una persona?
Lic. Néstor Martínez
Los partidarios de la
legalización del aborto insisten en que el embrión es vida humana pero no es
todavía persona.
Si esto es verdad, entonces tiene
que haber después de la concepción un instante en el que comienza a existir un
nuevo sujeto, una nueva cosa, distinta de la que surge con la concepción.
Tiene que ser un nuevo sujeto,
una nueva cosa, como se dice en filosofía, una nueva sustancia, porque la
persona es eso, un sujeto, una sustancia, algo que existe en sí mismo y no
solamente como parte o propiedad de otra cosa.
Y tiene que surgir en un
instante, no en forma sucesiva, porque un sujeto, una sustancia, no puede “ir
empezando a existir”: en un instante cualquiera, o no existe, o ya existe como
sujeto, sustancia, que existe en sí y no en otro.
No puede “ir empezando a
existir”, porque eso seria ya existir, por un lado, y no existir, por otro, lo
cual es contradictorio.
Ahora bien, desde el punto de
vista empírico, no hay nada después de la concepción que sea el surgimiento de
un nuevo sujeto o sustancia distinto del que fue concebido.
Hay una total continuidad en el
desarrollo desde la concepción en adelante, y continuando luego del nacimiento,
lo cual implica la continuidad del sujeto que se desarrolla.
Todo desarrollo es la
explicitación de algo que estaba latente, potencialmente dado, en forma previa,
y por tanto, implica una necesaria continuidad con un estado anterior. Y los
estados no existen en sí mismos, como las sustancias, sino que existen en
sujetos sustanciales que son los que van pasando de un estado a otro. No existe
la alegría o la tristeza, sino la persona alegre o la persona triste. La serie
sucesiva ininterrumpida de estados, por tanto, sin solución de continuidad,
implica la continuidad del mismo sujeto de esos estados, a lo largo de todo el
desarrollo.
Tampoco es posible que un sujeto
sustancial, como es el niño recién nacido, sea el resultado de la mera
transformación gradual de algo que era parte del cuerpo de la madre. Una parte
del cuerpo de alguien puede desarrollarse todo lo que se quiera, pero seguirá
siendo siempre parte de ese organismo. Una mano puede crecer todo lo que se
quiera, pero nunca se convertirá por eso en un individuo autónomo.
Por tanto, si el proceso de desarrollo
en que consiste el embarazo culmina en el nacimiento de un individuo sustancial
distinto de la madre, es que ese individuo ha debido existir como tal con
anterioridad lógica respecto de ese proceso mismo, es decir, como sujeto,
precisamente, del mismo.
Y ese sujeto ha comenzado a
existir con la concepción, no con la anidación en la pared del útero. Para que algo
se ubique en alguna parte tiene que existir previamente. La ubicación en un
lugar determinado no puede ser el comienzo de la existencia de lo que así se
ubica. Sería como decir que el inquilino comienza a existir cuando entra en la
pensión.
Así que desde el punto de vista
empírico no hay ninguna razón para negar el comienzo de la persona con la
concepción, más aún, todas las razones apuntan a ello. Si el punto de vista
empírico, entonces, fuese el único posible, no podría caber duda alguna acerca
de que la persona humana comienza a existir con la concepción.
La única dificultad está en que,
tratándose del ser humano, el punto de vista empírico no es el único punto de
vista a tener en cuenta.
En efecto, el ser humano es
humano por el alma espiritual, que es creada e infundida por Dios en el cuerpo
humano, una vez dada la concepción.
Pero como es espiritual,
inmaterial, el alma humana no puede ser una consecuencia de la interacción
mutua del óvulo y el espermatozoide, que son materiales, sino que es un don de
Dios Creador.
Por aquí entonces, y sólo por
aquí, se puede pensar al menos la hipótesis lógicamente no contradictoria, de
que Dios crease e infundiese el alma humana no en la misma concepción, sino en
un momento posterior.
De hecho, eso es lo que sostuvo
Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII, siguiendo la biología de Aristóteles,
que en esa época era la autoridad científica en estas materias.
En esa hipótesis, a pesar de la
continuidad empírica ininterrumpida que se observa desde la concepción en
adelante, se podría tal vez pensar, metafísicamente hablando, en el surgimiento
de un nuevo sujeto sustancial en un momento posterior a la concepción, por el
cambio de la forma sustancial que animaba al sujeto concebido. En efecto, el
alma humana espiritual es la forma sustancial del cuerpo, según Aristóteles y
Santo Tomás.
Dicha solución de continuidad no
sería empíricamente observable, como de hecho no lo es, porque el alma y la
forma sustancial en general son de orden metafísico, inteligible, no empírico
ni sensible.
Ésta es la razón por la cual no
se puede decir, estrictamente hablando, que la ciencia demuestra la existencia
de la persona humana desde la concepción. La persona humana es tal por el alma
espiritual, que queda por fuera de los confines de una ciencia empírica como es
la biología.
Esta es la razón, también, por la
cual los partidarios del aborto son “tomistas” solamente en este punto, y nos
dicen a los “pro-vida” que Santo Tomás de Aquino enseñó la “animación
retardada” y que desde ese punto de vista el aborto, antes de la infusión del
alma espiritual, no sería homicidio, porque no estaría en juego aún la vida de una
persona humana.
Uno de los problemas con esta
argumentación de los partidarios de la despenalización del aborto es que la
inmensa mayoría de ellos son ateos y materialistas, y por tanto, de ningún modo
existe, en su sistema de pensamiento, la posibilidad de que el alma humana
espiritual sea infundida por Dios en el hombre con posterioridad a la
concepción, simplemente porque para ellos no hay alma espiritual.
En una filosofía atea y
materialista, el argumento de la continuidad, que hemos expuesto al comienzo,
se impone absolutamente y hay que admitir que, sea lo que sea la persona
humana, existe desde la concepción.
En una filosofía que quiere
atenerse solamente al dato empírico y rechaza la metafísica, hay que admitir
obligatoriamente que la persona humana comienza a existir con la concepción.
Sin duda que en una filosofía
atea y materialista el mismo concepto de “persona” queda finalmente vaciado de
sentido. Pero aquí nos interesa señalar solamente que si un partidario de esta
filosofía acepta (inconsecuentemente) que el ser humano es “persona”, entonces
debe aceptar que lo es desde la concepción.
¿Qué pasa entonces en una
filosofía teísta y creacionista, como es la que tiene que profesar un cristiano
que quiera pensar coherentemente con su fe?
En esta filosofía no se puede
tener certeza absoluta, desde el punto de vista científico biológico, de que la
persona humana comienza a existir con la concepción. Porque el punto decisivo
al respecto, en esta filosofía, es la creación-infusión del alma espiritual,
que queda por fuera de la ciencia biológica.
Pero por la misma razón, el
teísta y espiritualista tampoco puede tener certeza absoluta, basado en la
ciencia biológica, de que la persona humana comienza a existir en algún momento
posterior a la concepción, por lo ya dicho, porque el alma espiritual no es
objeto de la ciencia empírica.
Desde el punto de vista
teológico, no hay, a nuestro juicio, pasajes claros de la Escritura que diriman
la cuestión, y es un hecho que tampoco se ha dado hasta el presente definición
dogmática alguna del Magisterio de la Iglesia.
Filosóficamente hablando, las
razones se inclinan, a nuestro juicio, por la creación-infusión del alma
espiritual en el mismo instante de la concepción.
En efecto, sabemos hoy día por la
ciencia genética, que no existía en el siglo XIII, que desde la concepción está
ya presente el código genético completo de la especie humana, el mismo que está
en todas las células del organismo adulto salvo, precisamente, las células
reproductivas que son el óvulo y el espermatozoide, que tienen cada uno
solamente 23 de los 46 cromosomas de la especie.
Y no sólo eso, sino que ese
código genético que existe desde la concepción es el que determina las
características hereditarias individuales del nuevo ser, que lo distinguen
claramente de su madre; para poner un solo ejemplo, el sexo, que puede ser
masculino.
Ahora bien, si el alma espiritual
es la forma sustancial del ser humano, y es por tanto la que hace “humana” a la
materia del cuerpo del hombre, y si la materia del fruto de la concepción ya
tiene las características biológicas propias de la especie humana, entonces es
lógico pensar que ya está allí presente el alma espiritual, y por tanto, la
persona humana.
Más aún, si se tiene en cuenta la
unión sustancial, y no solamente accidental, entre el alma y el cuerpo. Alma y
cuerpo no son dos sustancias, sino una única sustancia: cuando decimos “alma”,
estamos hablando del principio interno, metafísico, inmaterial, que vivifica y
humaniza esa materia, cuando decimos “cuerpo”, estamos hablando del todo, el
compuesto de alma y materia, que tiene al alma espiritual como principio
interno vivificante, humanizante y personalizante.
Sobre esta base, es ciertamente
chocante pensar en un cuerpo humano que existe sin poseer aún el alma
espiritual. En la filosofía de la “animación retardada” que imperaba en tiempos
de Santo Tomás de Aquino, parece que una consecuencia lógica es que el cuerpo,
antes de recibir el alma espiritual, no es todavía humano en sentido propio.
Pero parece claro que una consecuencia de esa tesis es que la materia del
cuerpo, en ese caso, no debería ser la materia propia de un cuerpo humano
viviente, es decir, no debería tener los 46 cromosomas propios de la especie
humana, como sabemos ahora que los tiene, y como no se sabía en tiempos de
Santo Tomás.
De lo contrario estaríamos
diciendo que la configuración genética de la materia humana es en el fondo
independiente de la forma sustancial del organismo humano, lo cual es menos
comprensible en la filosofía tomista.
En definitiva, resumamos con
algunas conclusiones:
1)
En una filosofía materialista la única opción lógica
posible es que la persona humana comienza a existir con la concepción.
2)
En una filosofía espiritualista, no se puede demostrar
apodícticamente ni que la persona humana comienza a existir con la concepción,
ni que no lo hace.
3)
Sin embargo, los argumentos filosóficos más fuertes,
dentro de esta perspectiva, apuntan al comienzo de la existencia de la persona
humana en la misma concepción, que por tanto es la tesis más probable.
4) Incluso quien esté en la duda, es claro que deberá inclinarse por el respeto del derecho a la vida de la persona humana que posiblemente, y aún probablemente, ya existe.
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Departamento de Comunicación
Social
Arquidiócesis de Montevideo
Comunicado de Prensa – 28 de diciembre de 2011
Precisiones sobre versiones periodísticas
Al constatar que
un importante número de titulares aparecidos en las últimas horas en diversos
medios de comunicación –“Iglesia Católica excomulgará a los legisladores que
apoyen la despenalización del aborto”, “Iglesia Católica amenaza con excomulgar
a legisladores”, etc.– no se corresponden con las declaraciones que
efectivamente realicé a un medio de prensa, al ser interrogado sobre la posición
de la Iglesia Católica respecto del aborto, me veo en la necesidad de referir
aquí algunas aclaraciones.
Los titulares
hacen referencia a la pena de excomunión, refiriéndola, sin más, a todo
legislador que apoye con su voto la despenalización del aborto. Y esto
representa una gran confusión. No. De ninguna manera la “excomunión” es una
fuerza ni de amenaza, ni de presión, ni incumbe tampoco a quien no es católico,
es decir, a quien no está en “comunión” (común unión) con la Iglesia Católica.
Quien está en
comunión con la fe de la Iglesia, es decir, un católico, sabe que al colaborar
formalmente con el aborto rompe esta unión que lo ligaba a ella, se
auto-excluye, se sale voluntaria y libremente de la comunidad católica, y esto
sucede ipso facto; es lo que se
conoce con el nombre de: “excomunión latae
sententiae” (automática). No es que alguien lo eche fuera, ni amenace con
un castigo. Porque obviamente cada católico sabe que si va en contra del
Evangelio y de la fe de la Iglesia se está poniendo fuera de la comunidad. Y
eso lo establece la Palabra de Dios (Mt 18,15-20), lo recoge la normativa
universal de la Iglesia, y, por fidelidad a su ministerio, los Obispos han de
recordarlo a sus fieles.
No está de más,
incluso, subrayar el verdadero sentido de la excomunión, que lejos de ser una
condena al “infierno”, es una medida canónica que busca la conversión del que
ha roto la comunión.
Luego de haber
explicado el tema prestado a confusión mediática, me gustaría hacer algunas
consideraciones sobre el tema de la despenalización del aborto.
Cualquiera que sea
la coyuntura política y social que nos toque vivir, los cristianos siempre
defenderemos la vida, de lo contrario no seríamos de verdad cristianos. Y la
Iglesia no pretende imponer sus creencias a toda la sociedad. Pero el que se
diga católico debería ser coherente con lo que dice creer, de lo contrario se
contradice a sí mismo.
Por otra parte, el
tema del aborto no es una cuestión de creencias religiosas, sino una cuestión
de derechos humanos. Y existen ateos, agnósticos y creyentes de las más
diversas religiones que, entendiendo lo que la ciencia nos demuestra acerca de
la vida humana y desde sus convicciones filosóficas, se oponen a toda forma de
atentado contra ella, especialmente de la más indefensa.
Que Dios nos
bendiga a todos y que tengamos el coraje de construir un futuro mejor para
todos los uruguayos nacidos y por nacer.
Pbro. Miguel A. Pastorino
Director del Departamento de
Comunicación Social
Arquidiócesis de Montevideo
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Por qué no se puede votar el último
proyecto de ley de aborto
Asociación “Familia y Vida”
Dejando por un momento de lado la
enormidad de las irregularidades formales que se han cometido en este trámite
legislativo, como ser que no se respeta el derecho a la vida consagrado en la
Constitución (Art. 7) y en el Pacto de San José de Costa Rica (Art. 4 Ley 15.737),
que no se escuchó a la diversidad de opiniones en la Comisión de Salud, que el
texto no fue aprobado en general por esa Comisión…, nos concretamos al
análisis de un solo aspecto del texto proyectado que evidencia que lo
que se pretende hacer votar es mucho más grave que lo que aparenta.
Si se lee el proyectado Art. 16
que sustituye el Art. 325 y 325bis del Código Penal parecería a primera vista
que, salvando ciertas excepciones, el aborto sigue siendo
delito después de las 12 semanas.
En efecto, fuera de las
excepciones dichas, se proponen penas para abortos realizados fuera de ese
plazo.
Pero a poco que se analice el
proyecto se verá que esto realmente no es así, pues en el Art. 5, como
“cangrejo debajo de la piedra”, se establece textualmente:
“Art. 5 (Excepciones). Fuera del plazo establecido en el Art. 1 de la
presente ley (o
sea el de las 12 semanas) la mujer podrá
decidir la interrupción de su embarazo en los siguientes casos: a) si
estuviera en riesgo su salud…”
Pues bien, esto quiere decir que en
este proyecto, invocando un
simple riesgo de salud se puede abortar hasta el mes nueve, y que por tanto
no se ve qué diferencia sustancial se puede poner entre esta
"interrupción del embarazo" y el infanticidio.
Esto es así porque en la
exposición de motivos de este mismo proyecto de ley se entiende por “salud” el "estado de bienestar
bio-psico-social".
Por tanto, el "riesgo
para la salud" puede proceder de cualquier cosa que atente contra el bienestar bio-psico- social, como puede
ser, por ejemplo, una afectación psicológica.
Alcanzaría entonces con invocar cualquier
malestar psicológico, por ejemplo, ocasionado por el embarazo, para ampararse
en la excepción prevista en la ley, y con este simple trámite sería posible
abortar hasta en el mes 9 sin tipificar delito alguno.
Y no sólo quedaría la mujer eximida de delito y pena, sino que además podría
exigir que se le realice un aborto en un centro de salud público o privado (Art.
10).
Lo mismo se puede decir de la pena
prevista para el médico que participa en el aborto con consentimiento de la
mujer, tal como figura en el proyecto de ley.
Esta forma de plantear las cosas
oculta la verdadera gravedad de lo que se somete a votación de los
Legisladores. Entendemos que es motivo suficiente para negar el voto a un
texto que no fue procesado democráticamente con la consideración y ponderación
que requiere la magnitud de lo que se pretende incorporar a nuestro orden
jurídico.
Montevideo, 24 de diciembre de 2011.
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Comunicado sobre el proyecto de legalización del aborto
Mesa Coordinadora Nacional por la
Vida
El día martes 27 de diciembre el Senado votó a favor el texto de “interrupción voluntaria del embarazo”.
La Mesa quiere ante todo agradecer a los cientos de militantes pro-vida que se hicieron presentes en el Palacio Legislativo para manifestar clamorosamente su SÍ a la vida y su repudio de todo intento de "legalizar" el aborto. En ese núcleo de jóvenes y no tan jóvenes, que representan además a todos los que sin poder concurrir apoyaron desde sus hogares o lugares de trabajo, vemos el signo de esperanza para una sociedad uruguaya que se ve cada día más asediada por la falta de de valores.
Nos parece
prioritario destacar y subrayar elogiosamente la actitud de los Señores
Legisladores que, muchas veces tras defender brillantemente la causa de la vida
humana, votaron a favor del derecho a la vida y en contra del texto sometido a
su consideración.
Deploramos, por otra parte, la actitud de los que votaron a favor de un texto que atenta contra el más básico y elemental de los derechos humanos, así como la de quienes no votaron en contra del proyecto a pesar de que éste es contrario a sus convicciones humanistas.
A partir de ahora la Mesa centra su atención en la próxima instancia legislativa, en la que confiamos que primará finalmente el sentido común y el tradicional respeto del pueblo uruguayo por los derechos de las personas, concretamente en este caso el más básico, como dijimos, de todos ellos: el derecho a la vida, especialmente el del ser humano inocente aún no nacido.
Ha surgido recientemente, con ocasión de esta votación, la idea de promover un referéndum en el caso de que la ley sea aprobada el año que viene en la Cámara de Diputados. La Mesa manifiesta que no se está planteando el tema del referéndum y que concentra toda su atención en la instancia legislativa del año entrante.
Montevideo, 30 de
diciembre de 2011.
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De David.
El Señor es mi luz y
mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es el
baluarte de mi vida,
¿ante quién temblaré?
Cuando se alzaron
contra mí los malvados
para devorar mi
carne,
fueron ellos, mis
adversarios y enemigos,
los que tropezaron y
cayeron.
Aunque acampe contra
mí un ejército,
mi corazón no temerá;
aunque estalle una
guerra contra mí,
no perderé la
confianza.
Una sola cosa he
pedido al Señor,
y esto es lo que
quiero:
vivir en la Casa del
Señor
todos los días de mi
vida,
para gozar de la
dulzura del Señor
y contemplar su
Templo.
Sí, Él me cobijará en
su Tienda de campaña
en el momento del
peligro;
me ocultará al amparo
de su Carpa
y me afirmará sobre
una roca.
Por eso tengo erguida
mi cabeza
frente al enemigo que
me hostiga;
ofreceré en su Carpa
sacrificios jubilosos,
y cantaré himnos al
Señor.
¡Escucha, Señor, yo
te invoco en alta voz,
apiádate de mí y
respóndeme!
Mi corazón sabe que
dijiste:
«Busquen mi rostro».
Yo busco tu rostro,
Señor,
no lo apartes de mí.
No alejes con ira a
tu servidor,
Tú, que eres mi
ayuda;
no me dejes ni me
abandones,
mi Dios y mi
salvador.
Aunque mi padre y mi
madre me abandonen,
el Señor me recibirá.
Indícame, Señor, tu
camino
y guíame por un sendero llano.
No me entregues a la
furia de mis adversarios,
porque se levantan
contra mí testigos falsos,
hombres que respiran
violencia.
Yo creo que contemplaré
la bondad del Señor
en la tierra de los
vivientes.
Espera en el Señor y
sé fuerte;
ten valor y espera en
el Señor.
Fuente: El Libro del Pueblo de Dios.
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