Fe
y Razón
Revista virtual gratuita de
teología católica
Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y
Razón”
Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la
evangelización de la cultura
Nº 63 – Noviembre de 2011
“Omne
verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est”
“Toda verdad, dígala quien la diga,
procede del Espíritu Santo”
(Santo Tomás de Aquino)
“Hoy se hace necesario
rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como
explicación de
Publicaciones del
Centro Cultural Católico Fe y Razón
|
Sitio Fe y Razón |
|
|
Revista Virtual Fe y Razón |
|
|
Colección de Libros Fe y Razón |
|
|
Grupo Fe y
Razón en Facebook |
|
|
Presentaciones de Fe y Razón |
Contacto: feyrazon@gmail.com - Por favor
envíenos sus comentarios o sugerencias a esta dirección. Si el mensaje está
referido a una suscripción, por favor indique “Crear suscripción”,
“Modificar suscripción” o “Suprimir suscripción” en el “Asunto” e incluya los
siguientes datos en el cuerpo del mensaje: nombre completo, ciudad o localidad,
país, e-mail.
Venta de libros de la Colección “Fe y Razón” – Están disponibles los siguientes títulos:
1.
Miguel
Antonio Barriola, “En tu palabra echaré
la red” (Lc 5,5). Reflexiones sobre Dios en la historia.
2.
Daniel
Iglesias Grèzes, Razones para nuestra
esperanza. Escritos de apologética católica.
3.
Néstor
Martínez Valls, Baúl apologético.
Selección de trabajos filosóficos y teológicos publicados en “Fe y Razón”.
4.
Guzmán
Carriquiry Lecour, Realidad y
perspectivas del laicado católico en nuestro tiempo.
5.
Miguel Antonio
Barriola, “Cristo amó a la Iglesia” (Ef
5,25). Reflexiones sobre la cristología de J. L. Segundo y la eclesiología de
H. Küng.
6.
Horacio Bojorge, Teologías deicidas. El pensamiento de Juan
Luis Segundo en su contexto, Segunda edición.
7.
Daniel Iglesias
Grèzes, En el principio era el Logos.
Apologética católica en diálogo con los no creyentes.
8.
Daniel
Iglesias Grèzes, Vosotros sois la sal de
la tierra. El choque entre la civilización cristiana y la cultura de la muerte.
Estos libros están disponibles en Lulu,
en: www.lulu.com/spotlight/feyrazon,
en dos formatos: la versión impresa y la versión electrónica (descarga de
archivos PDF).
Donaciones al Centro Cultural Católico “Fe y Razón” a través de PayPal (para esto se requiere tener una cuenta en PayPal):
· Entre a: www.revistafeyrazon.blogspot.com
· En la parte derecha de esa página, presione el botón Donaciones a “Fe y Razón”.
· Ingrese sus datos: cuenta de PayPal (dirección de correo electrónico) e importe de la donación (en dólares estadounidenses).
· Presione el botón correspondiente para finalizar la transacción.
Equipo de
Dirección de la Revista: Ing.
Colaboradores: Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro.
Dr.
|
Sección |
Título |
Autor o Fuente |
|
Editorial |
Equipo
de Dirección |
|
|
Magisterio |
Papa Benedicto XVI |
|
|
Historia
de la Iglesia |
Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola |
|
|
Teología |
Lic. Néstor Martínez |
|
|
Apologética |
Ing. Daniel
Iglesias Grèzes |
|
|
Familia
y Vida |
Los médicos no pueden desobedecer las
órdenes judiciales para encubrir abortos |
Asociación
“Familia y Vida” |
|
Oración |
El
Libro del Pueblo de Dios |
Bendito sea el Santísimo
Sacramento
Equipo de Dirección
1.
La Carta apostólica Porta Fidei y el Año de la fe
En este número publicamos la Carta apostólica
Porta Fidei (la Puerta de la Fe) de
Su Santidad Benedicto XVI, fechada el 11 de octubre de 2011. Por medio de esta
carta, el Papa convoca el Año de la fe,
que comenzará el 11 de octubre de 2012, en el 50º aniversario de la apertura
del Concilio Vaticano II y el 20º aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, y
terminará en la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, el 24 de noviembre
de 2013.
“El Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo” (Benedicto XVI, Porta Fidei, 6). Secundando esta iniciativa del Sumo Pontífice, procuraremos “intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo.” (Íbidem, 8).
2.
La procesión de Corpus Christi en Montevideo
En su calidad de asociación privada de
fieles, el Centro Cultural Católico “Fe y Razón” ha recibido una carta de Mons.
Nicolás Cotugno sdb, Arzobispo de Montevideo, con una invitación a participar
de la procesión de Corpus Christi, el
próximo domingo (30 de octubre), bajo el lema “Jesús Pan de Vida Ayer, Hoy y
Siempre”. En esta ocasión, la procesión de Corpus
en Montevideo hará una especial referencia al Bicentenario del comienzo del
proceso de emancipación nacional. La procesión partirá a las 16:00 horas desde
la Iglesia del Cordón y terminará frente a la Catedral Metropolitana, donde
tendrá lugar la bendición con el Santísimo Sacramento.
Uniéndonos a esta fiesta, exhortamos a
nuestros socios, suscriptores y lectores residentes en Montevideo a participar
de esta manifestación pública de nuestra fe católica.
Vuelve
a la Tabla de Contenidos
Carta Apostólica en forma de Motu Proprio
Porta Fidei
del Sumo Pontífice Benedicto XVI
con la que se convoca el Año de la fe
1. «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en Él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo– equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.
2. Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. En la homilía de la santa Misa de inicio del Pontificado decía: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud»[1]. Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado[2]. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.
3. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en Él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que lo escuchaban es también hoy la misma para nosotros: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que Él ha enviado» (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.
4. A la luz de todo esto, he decidido convocar un Año de la fe. Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013. En la fecha del 11 de octubre de 2012 se celebrarán también los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por mi Predecesor, el beato Papa Juan Pablo II[3], con la intención de ilustrar a todos los fieles la fuerza y belleza de la fe. Este documento, auténtico fruto del Concilio Vaticano II, fue querido por el Sínodo Extraordinario de los Obispos de 1985 como instrumento al servicio de la catequesis[4], realizándose mediante la colaboración de todo el Episcopado de la Iglesia católica. Y precisamente he convocado la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en el mes de octubre de 2012, sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe. No es la primera vez que la Iglesia está llamada a celebrar un Año de la fe. Mi venerado Predecesor, el Siervo de Dios Pablo VI, proclamó uno parecido en 1967, para conmemorar el martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en el décimo noveno centenario de su supremo testimonio. Lo concibió como un momento solemne para que en toda la Iglesia se diese «una auténtica y sincera profesión de la misma fe»; además, quiso que ésta fuera confirmada de manera «individual y colectiva, libre y consciente, interior y exterior, humilde y franca»[5]. Pensaba que de esa manera toda la Iglesia podría adquirir una «exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla»[6]. Las grandes transformaciones que tuvieron lugar en aquel Año, hicieron que la necesidad de dicha celebración fuera todavía más evidente. Ésta concluyó con la Profesión de fe del Pueblo de Dios[7], para testimoniar cómo los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado.
5. En ciertos aspectos, mi Venerado Predecesor vio ese Año como una «consecuencia y exigencia postconciliar»[8], consciente de las graves dificultades del tiempo, sobre todo con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación. He pensado que iniciar el Año de la fe coincidiendo con el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza»[9]. Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia»[10].
6. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó. Precisamente el Concilio, en la Constitución dogmática Lumen gentium, afirmaba: «Mientras que Cristo, “santo, inocente, sin mancha” (Hb 7, 26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5, 21), sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2, 17), la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación. La Iglesia continúa su peregrinación “en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios”, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Co 11, 26). Se siente fortalecida con la fuerza del Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz»[11].
En esta
perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y
renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de
su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a
los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch
5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida: «Por
el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, lo mismo que
Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también
nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). Gracias a la fe, esta
vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la
resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los
afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y
transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en
esta vida. La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un
nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre
(cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17).
7. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, Él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo»[12]. El santo Obispo de Hipona tenía buenos motivos para expresarse de esta manera. Como sabemos, su vida fue una búsqueda continua de la belleza de la fe hasta que su corazón encontró descanso en Dios[13]. Sus numerosos escritos, en los que explica la importancia de creer y la verdad de la fe, permanecen aún hoy como un patrimonio de riqueza sin igual, consintiendo todavía a tantas personas que buscan a Dios encontrar el sendero justo para acceder a la «puerta de la fe».
Así, la fe sólo
crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza
sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en
las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su
origen en Dios.
8. En esta feliz
conmemoración, deseo invitar a los hermanos Obispos de todo el Orbe a que se
unan al Sucesor de Pedro en el tiempo de gracia espiritual que el Señor nos
ofrece para rememorar el don precioso de la fe. Queremos celebrar este Año
de manera digna y fecunda. Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para
ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más
consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que
la humanidad está viviendo. Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el
Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en
nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la
exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de
siempre. En este Año, las comunidades religiosas, así como las
parroquiales, y todas las realidades eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán
la manera de profesar públicamente el Credo.
9. Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza»[14]. Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada[15], y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe hacer propio, sobre todo en este Año.
No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. (…) Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón»[16].
10. En este
sentido, quisiera esbozar un camino que sea útil para comprender de manera más
profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el
acto con el que decidimos entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios.
En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los
contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento. El apóstol Pablo nos ayuda
a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con
los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10). El corazón indica que el primer
acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa
y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.
A este propósito, el ejemplo de Lidia es muy elocuente. Cuenta san Lucas que Pablo, mientras se encontraba en Filipos, fue un sábado a anunciar el Evangelio a algunas mujeres; entre éstas estaba Lidia y el «Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo» (Hch 16, 14). El sentido que encierra la expresión es importante. San Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios.
Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con Él. Y este «estar con Él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso.
La misma profesión de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario. En efecto, el primer sujeto de la fe es la Iglesia. En la fe de la comunidad cristiana cada uno recibe el bautismo, signo eficaz de la entrada en el pueblo de los creyentes para alcanzar la salvación. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «“Creo”: Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo. “Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. “Creo”, es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: “creo”, “creemos”»[17].
Como se puede
ver, el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento,
es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que
propone la Iglesia. El conocimiento de la fe introduce en la totalidad del
misterio salvífico revelado por Dios. El asentimiento que se presta implica por
tanto que, cuando se cree, se acepta libremente todo el misterio de la fe, ya
que quien garantiza su verdad es Dios mismo que se revela y da a conocer su
misterio de amor[18].
Por otra parte, no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aun no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre»[19]. Esta exigencia constituye una invitación permanente, inscrita indeleblemente en el corazón humano, a ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos si no hubiera ya venido[20]. La fe nos invita y nos abre totalmente a este encuentro.
11. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II. En la Constitución apostólica Fidei depositum, firmada precisamente al cumplirse el trigésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, el beato Juan Pablo II escribía: «Este Catecismo es una contribución importantísima a la obra de renovación de la vida eclesial... Lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial»[21].
Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica. En efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a los Santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe.
En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración.
12. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural. Para ello, he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a que, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede, redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera más eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.
En efecto, la fe
está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de
un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas
racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca
ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede
haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a
la verdad[22].
13. A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.
Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en Él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En Él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.
Por la fe, María
acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios
en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). En la visita a Isabel
entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en
quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a
luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7).
Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la
persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al
Señor en su predicación y permaneció con Él hasta el Calvario (cf. Jn
19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y,
guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los
transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el
Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4).
Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10, 28). Creyeron en las palabras con las que anunciaba el Reino de Dios, que está presente y se realiza en su persona (cf. Lc 11, 20). Vivieron en comunión de vida con Jesús, que los instruía con sus enseñanzas, dejándoles una nueva regla de vida por la que serían reconocidos como sus discípulos después de su muerte (cf. Jn 13, 34-35). Por la fe, fueron por el mundo entero, siguiendo el mandato de llevar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15) y, sin temor alguno, anunciaron a todos la alegría de la resurrección, de la que fueron testigos fieles.
Por la fe, los
discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los
Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común
todos sus bienes para atender las necesidades de los hermanos (cf. Hch
2, 42-47).
Por la fe, los
mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los
había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el
perdón de sus perseguidores.
Por la fe,
hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en
la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos
concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar. Por la fe, muchos
cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta
la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos
y un año de gracia para todos (cf. Lc 4, 18-19).
Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban.
También nosotros
vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, presente en
nuestras vidas y en la historia.
14. El Año de
la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de
la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la
caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13,
13). Con palabras aún más fuertes –que siempre atañen a los cristianos–, el
apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene
fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una
hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les
dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el
cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta
por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe
tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2,
14-18).
La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40): estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que Él cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1).
15. Llegados sus
últimos días, el apóstol Pablo pidió al discípulo Timoteo que «buscara la fe»
(cf. 2 Tm 2, 22) con la misma constancia de cuando era niño (cf. 2 Tm
3, 15). Escuchemos esta invitación como dirigida a cada uno de nosotros, para
que nadie se vuelva perezoso en la fe. Ella es compañera de vida que nos
permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por
nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual,
nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de
Cristo resucitado en el mundo. Lo que el mundo necesita hoy de manera especial
es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la
Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al
deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.
«Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en Él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero. Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en Él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. ¡Cuántos santos han experimentado la soledad! ¡Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora! Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf. Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a Él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en Él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.
Confiemos a la
Madre de Dios, proclamada «bienaventurada porque ha creído» (Lc 1, 45),
este tiempo de gracia.
Dado en Roma,
junto a San Pedro, el 11 de octubre del año 2011, séptimo de mi Pontificado.
BENEDICTO XVI
[1] Homilía
en la Misa de inicio de Pontificado (24 abril 2005): AAS 97 (2005),
710.
[2] Cf. Benedicto XVI, Homilía en la Misa en Terreiro
do Paço, Lisboa (11 mayo 2010), en L’Osservatore Romano ed. en Leng.
española (16 mayo 2010), pag. 8-9.
[3] Cf. Juan
Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992): AAS 86
(1994), 113-118.
[4] Cf. Relación
final del Sínodo Extraordinario de los Obispos (7 diciembre 1985), II, B,
a, 4, en L’Osservatore Romano ed. en Leng. española (22 diciembre 1985),
pag. 12.
[5] Pablo
VI, Exhort. ap. Petrum et Paulum Apostolos, en el XIX centenario del
martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo (22 febrero 1967): AAS 59
(1967), 196.
[6] Ibíd.,
198.
[7] Pablo
VI, Solemne
profesión de fe, Homilía para la concelebración en el XIX
centenario del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo, en la conclusión
del “Año de la fe” (30 junio 1968): AAS 60 (1968), 433-445.
[8] Id., Audiencia
General (14 junio 1967): Insegnamenti V (1967), 801.
[9] Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6
enero 2001), 57: AAS 93 (2001), 308.
[10] Discurso
a la Curia Romana (22 diciembre 2005): AAS 98 (2006), 52.
[11] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 8.
[12] De
utilitate credendi, 1, 2.
[13] Cf.
Agustín de Hipona, Confesiones, I, 1.
[14] Conc.
Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia,
10.
[15] Cf. Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum
(11 octubre 1992): AAS 86 (1994), 116.
[16] Sermo 215, 1.
[17] Catecismo de la Iglesia Católica, 167.
[18] Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius,
sobre la fe católica, cap. III: DS 3008-3009; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Dei Verbum, sobre la divina revelación, 5.
[19] Discurso en el Collège des Bernardins, París
(12 septiembre 2008): AAS 100 (2008), 722.
[20] Cf. Agustín de Hipona, Confesiones, XIII, 1.
[21] Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11
octubre 1992): AAS 86 (1994), 115 y 117.
[22] Cf. Id., Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre
1998) 34.106: AAS 91 (1999), 31-32.86-87.
Vuelve a la Tabla de Contenidos
San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia
Miguel Antonio Barriola
Un santo poco conocido
Otro de los resultados de la
reciente Jornada Mundial de la Juventud, celebrada en Madrid el mes de
setiembre de 2011, ha sido la resolución tomada por Benedicto XVI de proclamar
a San Juan de Ávila como Doctor de la Iglesia.
Llama la atención el extraño
silencio, que durante siglos ha pesado en la Iglesia, sobre un santo que, sin
embargo, ha sido fuente tan fecunda de renovación, tanto en España como en todo
el mundo católico, a través de sus advertencias enviadas al Concilio de Trento.
Pero, seguramente, no le
afectaría esto en nada a su personalidad, incansable en el trabajo, a la vez
que en modo alguno ambiciosa de ostentación, como veremos.
Sólo fue redescubierto en 1936
por el gran historiador alemán de la Iglesia, Hubert Jedin, en sus estudios
sobre el Tridentino[1].
¿A qué se debió semejante
postergación? Se ocultaron sus obras y seguramente, además de las sospechas ya
indicadas de su “erasmismo”, asomaban asimismo sus pretendidos apoyos a los
“alumbrados”[2]. Por todo esto se vio sometido a un proceso inquisitorial,
debiendo padecer las cárceles de dicha severa institución.
Tales inconvenientes retrasaron
su beatificación, llevada a cabo sólo el 3/IV/1894 por León XIII. Sólo 84 años
después, el 31/V/ 1978, fue canonizado por Pablo VI[3].
Creo que estamos ante el caso muy
notable de un grandísimo servidor de Dios que, en su vida y en largos tiempos
posteriores a su muerte, ha sido como el grano de trigo, que muere y da mucho
fruto, sin halagos personales, que, por otra parte, nunca buscó.
Guía de grandes santos
Baste para comprobarlo, repasar
simplemente el nutrido conjunto de santos y personalidades descollantes, que le
deben casi todo a Juan de Ávila. Fue el más consultado de toda España en el
segundo tercio del siglo XVI.
Fray Luis de Granada, gran predicador dominico, que escribió la
vida de nuestro santo, fue destinatario de varias de sus cartas y se aconsejaba
frecuentemente con él. Este gran personaje religioso español dejó constancia de
la obra pacificadora de Juan de Ávila en la ciudad de Baeza[4]: “Lo que no
había podido hasta entonces el brazo del rey, lo pudo el de este pobre clérigo,
ayudado de Dios”[5].
San Pedro de Alcántara conoció a Juan de Ávila precisamente en Baeza. Lo consultaba con frecuencia, recibiendo de él la aprobación de su espíritu de penitencia y de la obra reformadora de los franciscanos bajo su conducción.
San Juan de Dios, fundador de la orden hospitalaria, se convirtió
en Granada, oyendo la predicación de este sacerdote del clero secular.
San Francisco de Borja, ex Duque de Gandía, al retirarse del mundo[6],
fue acompañado también por Ávila en sus pasos hacia la Compañía de Jesús,
recién fundada.
San Juan de Ribera, arzobispo de Valencia, era dirigido por Juan de Ávila, cuyas obras compraba no bien se publicaban.
Santo Tomás de Villanueva, arzobispo también de Valencia, quien
expresó este juicio sobre Juan de Ávila: “Desde San Pablo acá, no ha habido
otro predicador de Cristo que más conversiones consiguiera”[7].
San Ignacio de Loyola lo admiraba tanto que llegó a decir:
“Quisiera el santo Padre Ávila venirse con nosotros, que aquí le trujéramos en
hombros, como el arca del Testamento”[8].
Con todo, a quien más se ha de
resaltar, en cuanto a las influencias en vida de otros santos, es a Santa Teresa de Jesús.
En el momento más difícil de su
vida[9] acudió al Padre Ávila, para pedirle luz y ayuda. Cuando decidió que sus
carmelitas descalzas vivieran en absoluta pobreza, sin renta alguna, fue el ya
mentado San Pedro de Alcántara, quien intervino en su favor con una memorable
carta, con la que aprobaba los deseos de austeridad de la Santa.
Pero más adelante se trató de una
encrucijada más complicada. El propio espíritu de la Santa andaba sometido a
prueba. Las visiones y revelaciones espirituales que recibía suscitaron la
sospecha y oposición de personas de nota, tanto que la duda había prendido en
la propia Teresa.
Guiaba a la Santa el gran teólogo
dominico D. Báñez. Pero en este asunto otro consejero, Francisco de Toledo, la
orientó a que consultara a Juan de Ávila. Acudió así a la reconocida autoridad
del Maestro de tantos otros santos contemporáneos. Éste supo comprender desde
el primer momento, que el dedo de Dios estaba en las experiencias interiores de
la reformadora carmelita, también de Ávila. La carta que le escribió a Teresa
(12/IX/1568) es un monumento de sabiduría sobrenatural: “A la muy reverenda
Madre mía y mi Señora Teresa de Jesús”. Muy consolada quedó la Santa y, cuando,
un año más tarde, recibe en Toledo la noticia de su muerte, no podrá contener
las lágrimas. A quien le preguntaba la razón de su llanto, respondió: “Lloro
porque pierde la Iglesia de Dios una gran columna y muchas almas un gran
amparo, que tenían en él, que la mía, aun con estar tan lejos, le tenía por
esta causa obligación”[10].
Ha sido también notable su
influjo posterior, sobre todo en la teología y espiritualidad sacerdotal del
clero diocesano. San Francisco de Sales[11], el Cardenal P. Bérulle (1575-1629),
insigne teólogo del sacerdocio ministerial en Francia, tal como lo testimonia
Bourgoiny: “Yo recuerdo haber oído decir a nuestro veneradísimo Padre, que esta
reforma (del clero) había sido la única meta, que se había propuesto el Padre
Juan de Ávila, predicador apostólico; añadiendo después que si Juan de Ávila
hubiera vivido en nuestros días, él (Bérulle) habría ido a postrarse a sus pies
y lo habría escogido por maestro y director de su obra reformadora, porque le
tenía en singular veneración” [12].
Predicador convocante y… humilde
Acerca de su riqueza en este
aspecto, podemos detenernos en su misión y carisma de predicador. Toda
Andalucía se sentía atraída por su palabra. Tanto que no daban abasto los
templos, viéndose necesitado a predicar en las plazas y calles. Hasta en los
techos de las casas se apiñaba la gente para oírlo.
No hablaba para lucirse, ni para
satisfacer la curiosidad de sus oyentes.
Así, después de haber sufrido el
calabozo inquisitorial casi todo un año (1531), habiendo sido declarado
inocente, no bien volvió a subir al púlpito, fue ovacionado por su auditoria
con trompetas y aclamaciones. Entonces comentó: “Más daño y tentación me han
causado las chirimías y los aplausos, que las humillaciones de la cárcel”[13].
Predicaba para desprender a sus
hermanos del lastre de sus pecados, lo cual no era tanto asunto de inteligencia
sofisticada, cuanto cuestión de corazón misericordioso. Por eso, no se detenía
en sutiles disquisiciones teológicas o en innecesarias y complicadas exégesis
escriturísticas, sino que iba derecho a la limpieza del espíritu. De ahí que
sus oyentes no salían admirados de su oratoria, sino arrepentidos, pensando en
sí mismos y en la necesidad de cambiar de vida.
Además la autoridad que le daban
no sólo sus palabras, sino su vida misma, le permitía aconsejar y hasta
reprender a ciertos magnates que escandalizaban al pueblo. Criticaba el lujo de
los nobles, los abusos de ciertos señores contra los pobres.
Dada su inclinación a la Sagrada Escritura y sobre todo a San Pablo[14], confeccionaba sus sermones con relativamente poco tiempo. Pero aconsejaba a sus discípulos insistir más en la oración que en el estudio, para prepararse a predicar con fruto. A uno que le preguntó qué había que hacer para predicar como es debido, le respondió: “Amar mucho a Dios”[15]. Y cuando, cierto día, después de un sermón suyo, estando a la mesa con Fray Luis de Granada y comentando este gran orador sagrado, que había el santo empleado todos los recursos que preceptúa la sana retórica, replicó sencillamente: “No me cuido de eso para nada”[16].
Todo esto le atrajo no poca envidia, experimentando lo que Santa Teresa llamaba “la persecución de los buenos”[17]: “Es cosa usada (por el Señor), viéndolo Él y callando, que desde el principio del mundo nunca faltó bondad que padeciese y malicia que persiguiese. Ésta es la piedra de toque que distingue al siervo leal del fingido”[18].
Ello no aminoró su amor a la
Iglesia, “aún –como lo destacó Pablo VI: 31/V/1970– cuando algún ministro de la
misma fue demasiado severo con él”.
Su influjo en la creación de los seminarios
Sólo que, para lograr
predicadores y ministros sacerdotales de este temple, era necesario formarlos.
Observaba en su tiempo (y es aplicable a los nuestros): “Podemos creer que los
azotes que a la Iglesia vienen, principalmente son por los pecados de sus
eclesiásticos, que la carnicería de ánimos que vemos morir, es por la maldad o
negligencia de los eclesiásticos, que la causa de este mal es estar en la Iglesia
hombres indignos y haber entrado por la puerta falsa. Ciérrese esta mala
entrada y cesarán sus malos efectos”[19]. Porque “el Santo Cuerpo Místico de
Cristo, que son las ánimas de los fieles, es malamente despedazado y deturpado
por culpa de los malos ministros, tornándose lobos los que habían de ser
pastores; haciendo carnicería en las almas los que habían de vivificarlas”[20].
Para prevenir semejantes desvíos,
propuso al Concilio de Trento la sabia medida de los años preparatorios a la
ordenación, dedicados a la formación de los futuros ministros. “El árbol
–escribía a los padres conciliares– que ha de subir derecho, es menester, desde
chiquito encaminallo y enderezallo, para que lo sea. El caballo y la mula, para
que tomen paso, primero están bajo la mano del imponedor (= domador)… En todos
los oficios humanos el buen oficial no nace hecho, sino hase de hacer. Médico,
abogado, carpintero, zapatero y todos los oficios tienen su año y años de
noviciado. ¿Qué razón hai, que no tenga su tiempo diputado para que aprenda el
arte, que después ha de ejercitar, aprender y donde el fruto con mucho colmo
responde a la diligencia y trabajo del que la aprende?”[21]
Alertaba asimismo contra una
tentación, permanentemente amenazante en la respuesta a la vocación: la
solapada búsqueda de un “cursus honorum”,
el “far carriera”. Hay que
seleccionar, pues, a los candidatos, sin olvidar luego que como muchos de los
Colegios han de “tener cátedras o prebendas o dignidad, podría que muchos pasen
allí por codicia desde yntereses, por tanto, además de procurar que los que
vayan allí sean gente temerosa de Dios, se ha de procurar poner tales reglas de
vida, que sólo los virtuosos las puedan sufrir”[22].
Entregó sus “Memoriales” para los
obispos de Trento al Arzobispo de Granada, Don Pedro Guerrero. Fueron leídos
sus consejos en las sesiones públicas y recibidos con aplausos. “El humilde
arzobispo dixo ser del Padre Maestro Ávila”[23].
En plena consonancia con la
teología paulina acerca de la ley, que es insuficiente si el Espíritu Santo no
la imprime en el interior del corazón[24], razonaba como sigue: “El camino
usado por muchos para reformación de costumbres caídas, suele ser hacer buenas
leyes y mandar que se guarden so graves penas… Pero no es suficiente; hace
falta formar a los llamados al sacerdocio de tal manera que cumplan estas
leyes. Mas como no haia fundamento de virtud en los súbditos, para cumplir
estas buenas leyes, y por eso les son cargosas, han por fuerza de buscar
malicias para contaminarlas y disimuladamente huir de ellas o advertidamente
quebrantarlas”[25]. “Este modo de proveer es semejante al de la vieja ley que
mandaba lo que había que hacer y castigaba al transgresor de ello; mas no
ayudaba a los súbditos a hacerlos amadores de lo que ella mandaba, para que no
hubiesen de menester castigo… Y esto torno a afirmar, que todas las leyes
posibles, a hacerse, no serán bastantes para el remedio del hombre, pues que la
de Dios no lo fue. Si quiere, pues, el Sacro Concilio que se cumplan unas
buenas leyes, y las pasadas, tome trabajo, aunque sea grande, para hacer que
los eclesiásticos sean tales, que mueva en ellos la gracia de la virtud de
Jesucristo: lo qual alcanzado, fácilmente cumplirán lo mandado; y aún harán más
por amor que la ley manda por fuerza”[26].
Una obra digna de ser estudiada y vivida
En resumen, este antiguo Doctor
de la Iglesia, por más que se le otorgue este título sólo tan tardíamente, fue
gran conmovedor de conciencias y ciudades. Convirtió a nobles varones y
mujeres, fue consejero seguro de grandísimos santos, pero tales magníficos
logros no lo volvieron engreído. Hizo todo lo posible para reformar la Iglesia
tan decaída por aquellos tiempos, pero no en el estilo de Lutero, cortándole la
cabeza, en lugar de aportar una aspirina. Como acertadamente dijo Pablo VI, en
la homilía de la canonización: “No fue un crítico contestatario, como hoy se
dice”. Corrigió sin creerse la instancia inapelable, sin que su fama se le
subiera a la cabeza.
Y, para terminar, con un toque de
humor. Se cuenta, que, observando el talante apresurado y poco sacro con que
otro sacerdote estaba celebrando la Eucaristía, después de la consagración se
le acercó y le susurró: “Hermano trátelo bien, que es Hijo de buena Madre”[27].
*****
[1] En dicho año anunció Jedin la publicación del segundo de los “Memoriales” de Juan de Ávila al
Tridentino, en el volumen segundo del tomo XIII publicado por la Görresgesellschaft: Concilium Tridentinum,
hasta que lo editó C. Abad en 1945.
M. Bataillon, que había ofrecido una obra sobre el influjo de Erasmo en
España (Erasme et Espagne, Paris 1939), fue criticado por haber
olvidado mencionar a Juan de Ávila, quien recomendaba al gran filólogo holandés
(aunque con reservas), para una mejor comprensión de la Sagrada Escritura: “Y
también puede mirar las Paraphrasis
de Erasmo, con condición que se lean en algunas partes con cautela” (Obras completas del Santo Maestro Juan de
Ávila, L. Sala Balust, F. M. Hernández, Madrid 1970, Vol. V, 749-750).
Ante tal observación, al reeditar su estudio en 1950 (México),
Bataillon se preguntaba: “¿Pero quién conocía al Beato Juan de Ávila en 1936?”
[2] Ciertos personajes religiosos, que se creían favorecidos por una
luz especial del Espíritu Santo. Así, recomendaba el santo algunas obras de
Francisco de Osuna, si bien, asimismo, con los debidos reparos: “Libros que son
más recomendados para esto: los Abecedarios
Espirituales, la segunda parte y la quinta, que es de la oración. La
tercera parte no la dejen leer comúnmente, que les hará mal, que va por vía de
quitar todo pensamiento y esto no conviene a todos” (Carta 1ª, Ibid., 26).
[3] Quien esto escribe tuvo la dicha de participar de tan significativa
ceremonia.
[4] Se daban allí viejos odios entre dos familias (como los “Montecchi”
y los “Cappuletti” en la Verona de “Romeo y Julieta” shakespeareana): los
Benavides y Carvajales.
[5] Citado en: Santo Maestro
Juan de Ávila – Apóstol de Andalucía, a cargo de N. González Ruiz y J. L.
Gutiérrez García, Madrid (1961) 41.
[6] Después del impacto que le causó la vista del cadáver de la reina Isabel,
la esposa de Carlos V, famosa por su belleza.
[7] Citado por González Ruiz, Santo
Maestro…, 73.
[8] Ibid., 75.
[9] Precisamente, cuando iba a publicar su autobiografía: Vida, que sometió a la revisión de Juan
de Ávila.
[10] Citada en: N. González Ruiz, ibid., 88-89. También influyó en la
conversión de muchas damas y personalidades de la nobleza, en las varias
ciudades por donde ejerció su apostolado.
[11] Ver: Mgr. A. M. Charue, Le
Clergé Diocésain, tel qu’un évêque le voit et le souhaite, Tournai
(1960) 32.
[12] Citado por: F. Sánchez Bella, La
Reforma del clero en S. Juan de Ávila, Madrid 1981, 94.
[13] Citado en: N. Gonzáles Ruiz, ibid., 27.
[14] Produjo lecciones sobre Gálatas y la Ia. de San Juan (Ver: Obras Completas, IV, Madrid 1970).
[15] Citado en: N. González Ruiz, ibid., 58.
[16] Ibid., 58. Hace recordar a San Agustín (otro gran retórico),
comentando a San Pablo: “Lo mismo que no afirmamos que el Apóstol haya corrido
tras los preceptos de la elocuencia, así tampoco negamos que la elocuencia haya
ido en pos de su sabiduría” (De doctrina christiana, IV, 7, BAC,
Madrid 1957, 274).
[17] Ver: J. Ma. Javierre, Teresa
de Jesús, Salamanca (1982) 287.
[18] Ver: J. Ma. Javierre, Teresa
de Jesús, Salamanca (1982) 287.
[19] Memorial I° (al Concilio de
Trento), citado en: F. Sánchez Bella, ibid., 105.
[20] Tratado del Sacerdocio,
p. 157, citado por F. Sánchez Bella, ibid., 105.
[21] Memorial I°, p. 19, citado por F. Sánchez Bella, ibid.,
152.
[22] Memorial II°, p. 119,
citado por F. Sánchez Bella, ibid., 106.
[23] En: L. Muñoz, Vida,
Lib. III,
cap. 11, pp. 170b-171a. Citado por F.
Sánchez Bella, ibid., 88.
[24] Según los vaticinios de la “Nueva Alianza” de Jer 31,31-34; Ez
36,26-31 y Rom 8,1-4.
[25] Memorial I°, p. 5, citado
por F. Sánchez Bella, ibid., 91-92.
[26] Memorial I°, pp. 5 y 8,
citado por F. Sánchez Bella, ibid., pp. 92-93.
[27] Ver: N. González Ruiz, ibid., 84.
Vuelve
a la Tabla de Contenidos
¿Qué hay más allá de la muerte?
Lic. Néstor Martínez
Comentario de: OJEDA, Eduardo, Pbro., ¿Qué hay más allá de la muerte?, en: Revista
UMBRALES, editada por los Sacerdotes
del Corazón de Jesús (Dehonianos) 211, Setiembre 2011, Montevideo, Uruguay. Los
destaques en negrita son nuestros.
Dice en ese artículo el P. Ojeda:
“Hay que tener
en cuenta que para los cristianos el ser humano es uno solo, un sujeto
encarnado. Su Cuerpo y su Espíritu no
son independientes, sino que integran un todo. La Biblia emplea la palabra
“Alma” para referirse a esto, cuando estamos vivos somos un “Alma”, una unidad de Cuerpo y Espíritu (Gen. 2,27). Cuando
morimos esta unidad se disgrega. El
Espíritu, dice la Escritura, no permanece en nosotros para siempre, ya que
somos mortales. El Espíritu vuelve a Dios y el Cuerpo vuelve al polvo del que
fue tomado.”
Como podemos ver, esto es
exactamente lo contrario de lo que
enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:
“363. A
menudo, el término alma designa en la Sagrada Escritura la vida humana (Cf. Mt
16,25-26; Jn 15,13) o toda la persona humana (Cf. Hch 2,41). Pero designa
también lo que hay de más íntimo en el hombre (Cf. Mt 26,38; Jn 12,27) y de más
valor en él (Cf. Mt 10,28; 2 M 6,30), aquello por lo que es particularmente
imagen de Dios: "alma" significa el
principio espiritual en el hombre.”
O sea, que para la Iglesia el alma no es “la unidad del cuerpo y el espíritu”,
sino “el principio espiritual en el
hombre”.
En efecto, toda esta parte del
Catecismo lleva el título “Corpore et anima unius”, “Uno en cuerpo y alma”, expresión que
aparece luego en la cita que se hace de Gaudium
et Spes 14,1.
Esta forma de hablar no tendría sentido si el alma incluye al
cuerpo, como plantea el autor. Véase por ejemplo:
“364. El
cuerpo del hombre participa de la dignidad de la "imagen de Dios": es cuerpo humano precisamente porque está
animado por el alma espiritual, y es toda la persona humana la que está
destinada a ser, en el Cuerpo de Cristo, el Templo del Espíritu (Cf. 1 Co
6,19-20; 15,44-45)”
donde es claro que “alma” y
“cuerpo” son dos principios distintos de
la unidad que es el ser humano, en vez de ser el “alma”, como dice el
autor, esa unidad completa misma.
Por otra parte, si “cuando
morimos, esa unidad se disgrega”, y esa unidad es el “alma”, entonces hay que
afirmar, contra el Catecismo, no la “inmortalidad”, sino la “mortalidad” del “alma” humana.
Véase por ejemplo:
“366. La
Iglesia enseña que cada alma espiritual
es directamente creada por Dios (Cf. Pío XII, Enc. Humani generis, 1950: DS
3896; Pablo VI, SPF 8) –no es "producida" por los padres–, y que es inmortal (Cf. Cc. de Letrán V, año
1513: DS 1440): no perece cuando se
separa del cuerpo en la muerte, y se unirá de nuevo al cuerpo en la
resurrección final.”
Aquí, además de enseñar la
inmortalidad del alma, ya habla el Catecismo de la muerte como “separación del alma y el cuerpo”, lo cual habrá que
tener en cuenta al analizar otras expresiones del autor.
Para más claridad:
“997. ¿Qué es
resucitar? En la muerte, separación del
alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con
Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia
dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la
virtud de la Resurrección de Jesús.”
Por otra parte, la creación
directa por Dios de cada alma espiritual, la cual no es producida por los
padres, difícilmente se entiende si partimos de que “alma” significa “la unidad
de cuerpo y espíritu”, como sostiene el P. Ojeda.
Más aún, la misma distinción que
el autor establece entre “alma” y “espíritu” en el hombre es contraria a la
enseñanza de la Iglesia:
Continúa el Catecismo:
“367. A veces
se acostumbra a distinguir entre alma y espíritu. Así S. Pablo ruega para que
nuestro "ser entero, el espíritu, el alma y el cuerpo" sea conservado
sin mancha hasta la venida del Señor (1 Ts 5,23). La Iglesia enseña que esta distinción no introduce una dualidad en el
alma (Cc. de Constantinopla IV, año 870: DS 657). "Espíritu"
significa que el hombre está ordenado desde su creación a su fin sobrenatural
(Cc. Vaticano I: DS 3005; Cf. GS 22,5), y que su alma es capaz de ser elevada
gratuitamente a la comunión con Dios (Cf. Pío XII, Humani generis, año 1950: DS
3891).”
Si “esta distinción no introduce
una dualidad en el alma”, entonces no es
posible que el alma sea “la unidad del cuerpo y el espíritu”, como dice el
autor, porque ahí sí habría una distinción real, y por tanto, una dualidad,
entre el alma y el espíritu, como entre el todo y una de sus partes.
Continúa el artículo:
“No es la sola supervivencia del espíritu
inmaterial que habita nuestro cuerpo, la que nos espera después de la muerte.
Esta forma de pensar es espiritualista y platónica, pero no es cristiana. No
somos ángeles sin cuerpo material, somos seres humanos, sujetos encarnados y no podemos existir sin un cuerpo,
aunque éste será transfigurado por la gloria del Señor y resucitado como el
suyo”.
Este último párrafo contradice frontalmente los textos arriba
citados del Catecismo, donde se enseña la doctrina tradicional de la muerte
como separación del alma y el cuerpo,
lo cual implica lógicamente que “el espíritu inmaterial” que no “habita” en el
cuerpo, sino que es “forma” del cuerpo, como enseña la Iglesia, sobrevive, efectivamente, tras la muerte,
sin el cuerpo, con el cual se reunirá solamente en la Resurrección del
último día.
El fiel católico puede confiar
tranquilamente en que esta enseñanza bimilenaria de la Iglesia no es platónica, sino cristiana.
Por otra parte, esta negación de
la enseñanza de la Iglesia por parte del autor es coherente con lo que
citábamos al principio.
En efecto, si el cuerpo y el
espíritu del hombre no son independientes, es claro que el espíritu humano, es
decir (para la Iglesia) el alma humana, no puede existir separado del cuerpo,
como acabamos de ver que también sostiene el autor.
Lo que no se entiende es que
luego diga que el “espíritu”, que para él no es el alma, tras la muerte y la destrucción del cuerpo “vuelve a Dios”, lo cual
implica obviamente que con la muerte el “espíritu” se separa del cuerpo y sigue
existiendo separado del cuerpo.
¿Cómo puede separarse del cuerpo y “volver a Dios” algo que “no es
independiente” del cuerpo, que “no puede existir sin un cuerpo”, y cuya “sola
supervivencia después de la muerte” sería una afirmación platónica pero no
cristiana?
En definitiva: ¿habría sido tan
difícil exponer sencillamente la clarísima doctrina católica contenida en el
Catecismo?
Si el espíritu, como sostiene el
autor, no puede existir separado del cuerpo, entonces, o bien la muerte es la destrucción total de la persona, en el
sentido de que todo lo que la constituye deja de existir, y entonces, la
Resurrección es la nueva creación ex
nihilo al menos del “espíritu” humano, que podría luego animar de nuevo a
la materia, o bien, hay que afirmar la
“resurrección en la muerte”, como hacen algunos teólogos actuales,
notoriamente el fallecido R. P. Ruiz de la Peña SJ.
Ambas doctrinas son contrarias a la enseñanza de la Iglesia, como
se puede ver por los textos ya citados del Catecismo, que afirman claramente la existencia del “alma separada” del
cuerpo tras la muerte y antes de la Resurrección, con lo cual niegan tanto
la destrucción total de la persona al morir como la “resurrección en la muerte”
que sostienen Ruiz de la Peña y otros.
Ahora bien, el P. Ojeda dice por
un lado que
“No es la resurrección un hacer al hombre de
nuevo, de la nada, como fue en la primera creación realizada por Dios”.
Y por otro lado, sostiene que
“La Iglesia
enseña que tras la muerte de cada uno, habrá un juicio personal de Dios. Luego
de éste, al fin de los tiempos se dará la Resurrección de los muertos, en donde
habrá un juicio universal. Esto (…) alude
a algo que aún no ha ocurrido, sino que será al fin de los tiempos cuando
el Señor Jesús venga a juzgar a los vivos y a los muertos”.
Ambas afirmaciones pueden
entenderse en total sintonía con el Magisterio eclesiástico al que hacíamos
referencia, pero entonces, implican
necesariamente la doctrina tradicional del “alma separada” del cuerpo
después de la muerte y antes de la Resurrección.
¿Cómo puede entonces el autor a
la vez hacer estas afirmaciones y negar
la posibilidad que el “espíritu” exista separado del cuerpo?
Sobre todo, volvemos a preguntar:
¿cómo puede sostener todo eso, a la vez que también dice que el espíritu, tras la muerte, “vuelve a Dios”?
Sigue diciendo el P. Ojeda:
“Lo que nos
revela el texto sagrado, entre otras cosas, es que el ser humano con sus
acciones al pecar llama a la muerte y la atrae hacia él. No se trata aquí sólo
de la muerte biológica, realidad ineludible que tiene que ver con el ciclo natural,
sino una muerte que significa la
aniquilación total, consecuencia de la separación de Dios. El destino de
quien se aparta de Dios no es sólo la muerte física, sino la muerte definitiva,
la imposibilidad de comunión con Él y el rechazo de la vida eterna a la que
Dios desde el comienzo del mundo predestinó a sus creaturas (Sab. 1,13-16;
2,1-24).”
Aquí no queda claro si se toma en
serio la palabra “aniquilación” referida a la condenación eterna. Obviamente,
el término no ayuda a la claridad de la comprensión del lector. Más abajo, en
la misma cita, parece afirmarse la permanencia del condenado en el ser. ¿Por qué
hablar entonces de “aniquilación”?
Agrega el autor:
“Según el
biblista Carlos Mesters el famoso
“Jardín del Edén” no es algo del pasado sino una descripción de nuestro futuro.
La armonía con la naturaleza, la paz y el diálogo íntimo con Dios que en este
relato disfrutan Adán y Eva, no es un hecho que haya ocurrido alguna vez, sino
un anuncio de lo que seremos al fin de nuestra historia (Gen 2-3, Rom 5,12-21).
Véase lo que dice el Catecismo:
“374. El
primer hombre fue no solamente creado bueno, sino también constituido en la
amistad con su creador y en armonía consigo mismo y con la creación en torno a
él; amistad y armonía tales que no serán superadas más que por la gloria de la
nueva creación en Cristo.
375. La
Iglesia, interpretando de manera
auténtica el simbolismo del lenguaje bíblico a la luz del Nuevo Testamento
y de la Tradición, enseña que nuestros
primeros padres Adán y Eva fueron constituidos en un estado "de santidad y
de justicia original" (Cc. de Trento: DS 1511). Esta gracia de la
santidad original era una "participación de la vida divina" (LG 2).
376. Por la
irradiación de esta gracia, todas las dimensiones de la vida del hombre estaban
fortalecidas. Mientras permaneciese en la intimidad divina, el hombre no debía
ni morir (Cf. Gn 2,17; 3,19) ni sufrir (Cf. Gn 3,16). La armonía interior de la
persona humana, la armonía entre el hombre y la mujer, y, por último, la
armonía entre la primera pareja y toda la creación constituía el estado llamado
"justicia original".”
¿Qué sentido tiene referirse a la
“autoridad” de Carlos Mesters en vez de trasmitir lo que la Iglesia enseña
sobre el tema?
Sigue el P. Ojeda:
“¿Existe el Infierno? Sí, al menos como una
posibilidad real. Hay quien dice que no puede existir, puesto que un Dios
misericordioso no podría condenar a sus hijos más queridos, hechos a su imagen,
a una suerte tan horrible como la desdicha y la muerte eterna.”
Y ahí quedamos: hay quien lo
dice, y no se dice si quien lo dice está o no en lo correcto. Por la forma en
que se lo plantea, además, el lector no puede sacar otra impresión sino que habría que ser muy “guapo” para afirmar
que puede haber de hecho condenados en el Infierno. Sobre esto, véase lo que
sigue inmediatamente.
Dice el autor:
“Es notoria la
afirmación en el Evangelio según San Mateo (25,41) de que el infierno “ha sido
preparado para el demonio y sus ángeles”: no es voluntad de Dios el infierno;
Dios desea que todo ser humano se salve y llegue a la vida eterna en comunión
con Él.”
No menos notorio es que la frase
completa dice “Apártense de mí, malditos,
al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles”, y no se le dice al
diablo ni a sus ángeles, sino a los
hombres que en el Juicio final estarán “a la izquierda” del Juez, a los
“cabritos” de esa parábola.
Y el texto evangélico no habla de
una mera “posibilidad”, pues el tiempo verbal es futuro, no subjuntivo: “Dirá a los de la izquierda”.
No entendemos tampoco por qué la
traducción trae “demonio” en vez de “diablo”, cuando el griego dice “diabolo” y siempre se tradujo
correctamente de ese modo.
“No es voluntad de Dios el infierno”. De esta afirmación sólo puede
sacarse la conclusión de que la
condenación eterna no es justa. Porque si es justa, obviamente es una obra
de la justicia divina, y entonces, es voluntad de Dios.
¿Puede haber alguna justicia que
no tenga en Dios su último origen y razón de ser?
¿El infierno sería entonces una especie
de accidente lamentable que el Omnipotente contemplaría azorado sin poder hacer
nada al respecto?
Véase el Catecismo:
“1035. La
enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las
almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos
inmediatamente después de la muerte y
allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno" (Cf. DS 76;
409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; SPF 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de
Dios, en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las
que ha sido creado y a las que aspira.”
El Catecismo habla de “penas”, y entonces, implícitamente, de
“justicia” divina que castiga, sí,
al pecador que muere sin arrepentirse de su pecado. Por tanto, el infierno sí que es voluntad de Dios.
El pecador no tiene potestad para
juzgarse ni para penalizarse a sí mismo. Sin duda que deberá reconocer que los
motivos de su condena son justos, pero el
Juez no es él, sino Dios, como lo dice por todas partes la Escritura,
también en el Nuevo Testamento.
Sin duda, es un Juez misericordioso, pero no
podemos decir que sea Juez sólo de los que se salvan y no también de los que se
condenan, sin negar, o que sea Juez de todos los hombres, o que exista la
posibilidad real de la condenación para algunos seres humanos.
Y si es Juez de los que
eventualmente se condenen, entonces es claro que es Él el que ha de dictar la sentencia de condenación.
Y tiene que ser una verdadera sentencia, no la mera constatación del
uso que el pecador ha hecho de su libertad. Porque el Juez no es un mero testigo de lo que le ocurre al que es
juzgado, o de lo que éste hace, sino el encargado, justamente, de dar sentencia
absolutoria o condenatoria.
Así lo dice el lenguaje para nada meramente constatativo
de la parábola llamada del Juicio Final: “Apártense de mí, malditos, al fuego
eterno, preparado para el diablo y sus ángeles”.
Eso no quiere decir que Dios
predestine a nadie al infierno, pero sí
que predestina las penas del infierno para los que mueren sin arrepentirse de
sus pecados mortales, de modo que en ellos brilla la Justicia divina, como
en los que se salvan brilla la Misericordia.
Continúa el autor:
“Seremos
plenamente, como dice Pablo, “Hijos de Dios”, estaremos dentro de la Trinidad
divina”.
Quitando la imagen local, la
expresión no es correcta. “Dentro” de la Trinidad están solamente las Personas
divinas, las Relaciones mutuas Subsistentes. Nosotros nunca llegaremos a ser
Relaciones Subsistentes y por tanto nunca estaremos propiamente “dentro” de ese
mutuo referirse que constituye precisamente a las Relaciones Subsistentes, es
decir, las Personas divinas, como tales, y que es el que da razón,
precisamente, de esa especie de Interioridad divina exclusiva de Dios mismo.
Finalmente, dice:
“El purgatorio
es aquella posibilidad que le da el Padre Dios a aquellas personas que tienen
en su vida actos contrarios a su voluntad, pero que no suponen un rechazo
categórico y total del Señor.
Pero esta constatación
no constituye un sufrimiento insoportable, sino que está unida a la alegría de
saber que ya han sido salvados y que el Padre les ofrece la posibilidad de
reconciliarse con Él, aún después de la muerte”.
Véase lo que dice el Catecismo:
“1030. Los que
mueren en la gracia y en la amistad de
Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna
salvación, sufren después de su muerte
una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la
alegría del cielo.”
En la doctrina católica el
Purgatorio no es una posibilidad de
salvación, sino que es la certeza de la salvación ya realizada, pero que
todavía no puede manifestarse plenamente. El autor lo dice, por otra parte,
pero entonces, esa expresión “posibilidad de salvación” es por lo menos poco
clara.
El que está en el Purgatorio no tiene necesidad aún de “reconciliarse”
con Dios. El Catecismo habla de “los
que mueren en la gracia y amistad de Dios”. Si no estuviese ya reconciliado
con Dios no estaría en el Purgatorio, sino en el Infierno.
La actitud del hombre tras la
muerte es totalmente pasiva, en el
sentido de que simplemente recibe las consecuencias de sus activas opciones
temporales. No hay más tiempo de conversión, cambio, mérito, reconciliación,
etc. Todo esto estuvo, o no estuvo, en la vida terrena, al momento de la
muerte.
Dice el Catecismo:
“1013. La muerte es el fin de la peregrinación
terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece
para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último
destino. Cuando ha tenido fin "el único curso de nuestra vida
terrena" (LG 48), ya no volveremos a otras vidas terrenas. "Está
establecido que los hombres mueran una sola vez" (Hb 9, 27). No hay
"reencarnación" después de la muerte.”
El Catecismo, como vimos, dice
que los que están en el Purgatorio “sufren”
las penas purificadoras. El alma humana padece las penas debidas por sus
pecados veniales, y la pena temporal que pueda haber quedado por sus pecados
mortales ya perdonados antes de morir en lo relativo a la pena eterna. Todo eso
en medio de la feliz certeza de la salvación definitiva que se ha de manifestar
más adelante.
La traducción de “pecado venial” por “acto contrario a la voluntad divina” y
de “pecado mortal” por “rechazo categórico y total al Señor”
no es afortunada. Para el pecado mortal no hace falta llegar a las alturas (o
mejor las bajezas) del pecado satánico. No es necesario plantearse nada menos
que el rechazo categórico y total del Señor. Alcanza con hacer deliberadamente
lo que se sabe que está prohibido por la ley moral, en materia grave.
Normalmente, el que comete
adulterio o roba en gran escala no está planteándose algo tan teológico como el
rechazo categórico y total del Señor; más aún, le gustaría poder tener ambas
cosas, su pecado y la amistad con Dios.
Por eso mismo, el pecado venial
queda igualmente magnificado. Un “acto contrario a la voluntad divina” puede
ser un asesinato o cualquier otra cosa. Y ese asesinato puede que se cometa no
para expresar el rechazo categórico y total al Señor, sino por dinero, por
ejemplo.
Con lo cual se corre el riesgo de
que verdaderos pecados mortales pasen a ser clasificados como “veniales” o en
todo caso como que no impiden el pasaje feliz, dentro de lo doloroso que es
según la Revelación, al Purgatorio y con él a la salvación eterna, nada menos.
Terminamos expresando el deseo de que la inmensa riqueza doctrinal del Catecismo de la Iglesia Católica sea aprovechada por todos los que tienen en la Iglesia la misión de predicar el Evangelio y enseñar la doctrina cristiana.
Vuelve
a la Tabla de Contenidos
Daniel Iglesias Grèzes
Comentario de:
Guillermo Gonzalez and Jay W. Richards, The
Privileged Planet. How our place in the cosmos is designed for discovery,
Regnery Publishing Inc.,
1. Introducción
Los autores del libro son dos: Guillermo González, Ph. D. en astronomía, y Jay W. Richards, Ph. D. en filosofía y teología. González es un prestigioso astrónomo, que ha publicado más de 60 artículos científicos revisados por sus pares. Richards, Vicepresidente del Discovery Institute, ha publicado varios libros sobre temas científicos, filosóficos y teológicos.
En las dos primeras Secciones del libro (o sea, en los Capítulos 1-10), los autores, recurriendo a muchísimas evidencias científicas, algunas de ellas recientes, demuestran que nuestro ambiente local (centrado en la superficie terrestre y el tiempo presente) es excepcional y probablemente rarísimo, tanto con respecto a su habitabilidad como con respecto a su mensurabilidad. Más aún, esas evidencias sugieren que en nuestro universo esas dos propiedades (habitabilidad y mensurabilidad) están unidas, de modo que los lugares altamente improbables que están mejor equipados para la existencia de observadores inteligentes también proveen las mejores condiciones globales para la investigación científica del universo. En la Sección 3 (Capítulos 11-16) los autores exploran las implicaciones de los resultados alcanzados en las Secciones 1 y 2.
2. El principio copernicano
La mayoría de los científicos contemporáneos asume como un postulado básico el llamado “principio copernicano”. En resumen, este principio establece que los seres humanos no ocupamos un lugar privilegiado en el cosmos. Este libro excepcional, de gran erudición científica, es una minuciosa refutación del principio copernicano.
Los autores distinguen dos principios diferentes: el principio cosmológico, que es
un principio de uniformidad del universo, y el principio copernicano, que es un
principio de mediocridad, referido a nuestra ubicación o importancia dentro del
universo.
Según González y Richards, el principio cosmológico establece que a escalas muy grandes el universo es homogéneo e isótropo, es decir que la materia está distribuida de un modo parejo y que el universo luce igual en todas las direcciones. Esta hipótesis permitió a Einstein aplicar la relatividad general al universo en su conjunto.
Por su parte, el principio copernicano circula en dos variantes muy relacionadas entre sí. La variante modesta dice que deberíamos asumir que no hay nada especial o excepcional en el lugar o el tiempo que ocupamos en el cosmos. Esta forma del principio copernicano, aunque hasta hace poco podía parecer bastante plausible desde el punto de vista científico, hoy se encuentra gravemente amenazada por las múltiples evidencias científicas que aduce el libro comentado. Por otra parte, la variante audaz del principio copernicano dice que los seres humanos no estamos aquí por un propósito, que el cosmos no fue diseñado con nosotros en mente y que nuestro status metafísico es tan insignificante como nuestra ubicación astronómica.
El principio copernicano, en sus dos variantes, está fuertemente influido por la interpretación naturalista de la “revolución copernicana”. Como veremos enseguida, esa interpretación asume que el desarrollo de la ciencia completó lo que Copérnico había iniciado, quitando sucesivamente a la Tierra, el Sol, el Sistema Solar y la Vía Láctea, no sólo del centro geométrico del universo, sino también de su “centro metafísico”, por así decir. La obra de González y Richards es una concienzuda crítica del principio copernicano en sus dos variantes y también de la pertinencia de dicha interpretación desde el punto de vista histórico.
3. La revolución copernicana
En el Capítulo 11 los autores presentan una “historia revisionista” de la “revolución copernicana”. Proponen la siguiente cita de un artículo de Nathan Myrhvold como un ejemplo típico de la “historia oficial”:
“Tolomeo (siglo II) fue el primero y el más audaz en una larga sucesión de doctores que sostuvieron la primacía de los seres humanos. El universo entero –postuló– rota alrededor de nosotros, con la Tierra situada en el centro del mismo Cielo. Cualquier consultor de marketing les dirá que el posicionamiento lo es todo, y que el centro del universo es difícil de superar. Un astrónomo polaco llamado Copérnico (1473-1543) groseramente señaló: Lo siento, terrícolas, nosotros giramos alrededor del Sol, no viceversa… Giordano Bruno, una especie de Carl Sagan del siglo XVI, popularizó esos conceptos… diciendo, entre otras cosas, que “existen innumerables soles. Innumerables tierras giran alrededor de esos soles. Seres vivos habitan estos mundos”… El crimen de Bruno, como el de Galileo, fue el de socavar el carácter único de nuestro planeta, y así amenazar a las dictaduras religiosas de su época… Con el tiempo, los avances de la astronomía han reforzado implacablemente la completa insignificancia de la Tierra en una escala celestial.” (p. 222)
Los autores comentan que Myrhvold se ha tragado el estereotipo entero; y a continuación proceden a demoler esa “historia oficial”, difundida por los pensadores naturalistas. En particular, los autores niegan la falsa creencia de que Copérnico fue perseguido por la Iglesia, subrayan que Bruno no fue un científico y que su lamentable ejecución se debió a sus doctrinas teológicas heréticas, no a su defensa del heliocentrismo, y refutan la interpretación simplista del caso Galileo como un enfrentamiento entre la ciencia y la superstición religiosa.
Los autores muestran que en la cosmovisión del cristianismo antiguo y medieval la Tierra no era en modo alguno el lugar principal del universo sino, al contrario, su lugar menos noble, una especie de sumidero del cosmos. En La Divina Comedia (que ejemplifica la cosmología pre-copernicana), Dante Alighieri coloca en el centro de la Tierra, que a su vez es el centro geométrico del universo, nada menos que el punto más bajo del Infierno, donde está ubicado Satanás. En esa cosmología, el lugar más importante del universo era el más alejado del centro: el cielo empíreo, la morada de Dios y de todos los elegidos (cf. Figuras 11.2 y 11.3).
Los autores destacan que, contrariamente a lo que sostiene el estereotipo criticado, la revolución copernicana (iniciada por Copérnico y completada por Kepler y Newton) “ennobleció” a la Tierra en vez de denigrarla, al demostrar que la Tierra es regida por las mismas leyes que la porción más valorada del universo: la de los planetas y estrellas. Las leyes de Newton rigen tanto la mecánica terrestre como la mecánica celeste. Además Copérnico “ennobleció” el lugar central del cosmos, expresando cierta reverencia por el Sol:
“En el medio de todo se sienta el Sol en su trono. En éste, el más bello de los templos, ¿podríamos ubicar esta luminaria en una mejor posición que aquella desde la cual puede iluminar de inmediato la totalidad? Él es justamente llamado la Lámpara, la Mente y el Gobernador del Universo: Hermes Trismegisto lo llama el dios visible. La Electra de Sófocles lo llama todo-vidente. Así que el Sol se sienta como en un trono real gobernando a sus hijos los planetas, que giran alrededor de él.” (pp. 233-234).
Como se ve, Copérnico inauguró la tendencia moderna a dar una gran importancia metafísica al centro geométrico del universo. En esta línea de pensamiento, alejar a la Tierra de ese lugar central equivale a restarle importancia. Esta asociación entre “centro geométrico” y “centro metafísico” del universo no tiene asidero en la teología cristiana.
Mi única objeción al Capítulo 11 es que González y Richards omiten mencionar varios hechos que reforzarían su crítica de la visión estereotipada de la revolución copernicana. Me refiero a hechos como los siguientes:
· Copérnico era un sacerdote católico.
· Los jueces eclesiásticos que sancionaron a Galileo no le exigieron que aceptara el geocentrismo, sino que enseñara el heliocentrismo como una hipótesis, no como una verdad demostrada. La única prueba científica del heliocentrismo que adujo Galileo en su juicio era falsa, e incluso ridícula. La prueba teórica (matemática) del heliocentrismo fue proporcionada por Newton, medio siglo más tarde; y la primera prueba empírica del heliocentrismo se produjo un siglo después del caso Galileo.
· La interpretación naturalista de la revolución copernicana como una derrota del antropocentrismo se da de bruces contra el hecho evidentísimo de que, en la historia de las ideas, los siglos XVII y XVIII (desde Descartes hasta Kant) representan un “giro antropocéntrico”, contrario al anterior pensamiento teocéntrico.
4. El principio copernicano en astronomía
El Capítulo 12 del libro plantea una refutación del principio copernicano en astronomía, en seis pasos sucesivos.
Primer paso. No es cierto que la Tierra sea un planeta ordinario. Las propiedades excepcionales de la Tierra que contribuyen a su habitabilidad son, entre otras muchas, las siguientes:
· La Tierra tiene una órbita de poca excentricidad (o sea, casi circular).
· Está dentro de la Zona Circunestelar Habitable (ZCH) del Sistema Solar.
· Está suficientemente cerca del borde interno de la ZCH para permitir una alta concentración de oxígeno y una baja concentración de dióxido de carbono en su atmósfera.
· Tiene una Luna grande y un período de rotación planetaria correcto que contribuyen a evitar variaciones caóticas en su oblicuidad.
· Está dentro del rango correcto de masa planetaria.
· Tiene una concentración adecuada de azufre en su núcleo.
· Tiene una cantidad correcta de agua en su corteza.
· Tiene una tectónica de placas que evita que toda la superficie terrestre sea un solo gran océano y ayuda a mantener temperaturas adecuadas en esa superficie.
La Tierra tiene también muchas características que contribuyen a hacer de ella una magnífica plataforma para la investigación científica del universo. Entre otras características de esta clase, los autores destacan las siguientes:
· La Tierra permite gozar de eclipses solares totales e incluso de eclipses solares perfectos (véase el Capítulo 1).
· Incluye docenas de fenómenos naturales que actúan como registros de datos de gran precisión, que permiten estudiar el pasado de nuestro planeta: anillos concéntricos en los troncos de los árboles, depósitos de hielo en las regiones polares, sedimentos marinos orgánicos o inorgánicos, etc. (véase el Capítulo 2).
· Tiene un magnetismo planetario que permite medir la deriva de los continentes (véase el Capítulo 3).
· Tiene una atmósfera transparente (véase el Capítulo 4).
Segundo paso. No es cierto que el Sol sea una estrella ordinaria. El Sol cumple de un modo excelente las dos funciones principales de una estrella con respecto a la habitabilidad: como fuente de la mayoría de los elementos químicos y como fuente estable de energía. Las propiedades excepcionales del Sol que contribuyen a la habitabilidad de la Tierra son, entre otras, las siguientes:
· El Sol está dentro del rango de masa más favorable a la habitabilidad (es una estrella enana de tipo espectral G relativamente muy luminosa). Las estrellas con más de 1,5 veces la masa del Sol probablemente no son adecuadas para soportar vida compleja, porque su luminosidad cambia de modo relativamente rápido y pasan relativamente poco tiempo en la secuencia principal, antes de convertirse en gigantes. Cerca del extremo opuesto de la escala, la mayoría de las estrellas son enanas rojas. Éstas, por muchas razones, tienen poca probabilidad de soportar vida compleja.
· El Sol ha sido una estrella de la secuencia principal durante unos 4.500 millones de años.
Tercer paso. No es cierto que el Sistema Solar sea ordinario y que debamos esperar que otros sistemas solares sean muy similares al nuestro. Las propiedades del Sistema Solar que contribuyen a la habitabilidad de la Tierra son, entre otras, las siguientes:
· El Sistema Solar tiene ocho planetas en órbitas casi circulares y muy estables (Plutón no es un planeta propiamente dicho).
· Tiene cuatro planetas terrestres (Mercurio, Venus, la Tierra y Marte) en su parte interna y cuatro planetas gaseosos gigantes (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno) en su parte externa. Ambos grupos están separados por un cinturón de asteroides. Los demás planetas (especialmente Júpiter y Venus) y la Luna protegen a la Tierra reduciendo significativamente el número de asteroides y cometas que la golpean. Esto ha evitado la esterilización de la Tierra, es decir la desaparición de todos los seres vivos que la habitan.
Cuarto paso. No es cierto que las distintas configuraciones de los sistemas planetarios y las variables como el número y el tipo de planetas y de lunas tengan poca influencia en la habitabilidad de dichos sistemas.
Este paso podría fusionarse con el anterior, porque no es más que su contracara. Si las órbitas de los planetas de nuestro Sistema Solar fueran más excéntricas o menos estables, podrían ocurrir muchas cosas desfavorables para la habitabilidad de la Tierra (por ejemplo, resonancias entre los planetas gigantes). Y si la configuración del sistema planetario fuera muy diferente, probablemente un planeta habitado estaría sometido a muchos impactos grandes de asteroides y cometas.
Quinto paso. No es cierto que el lugar que nuestro Sistema Solar ocupa dentro de la Vía Láctea tenga poca importancia con respecto a la habitabilidad y la mensurabilidad. Las propiedades de ese lugar que contribuyen a la habitabilidad de la Tierra son, entre otras, las siguientes:
· El Sistema Solar está dentro de la Zona Galáctica Habitable (ZGH).
· Está cerca del círculo de co-rotación de la Vía Láctea.
· Tiene una órbita galáctica de baja excentricidad.
· Está fuera de los brazos espirales de la Vía Láctea.
· Está expuesto a un número relativamente bajo de eventos de radiación transitoria.
Sexto paso. No es cierto que la Vía Láctea sea una galaxia ordinaria. Alrededor del 98% de las galaxias del universo local son menos luminosas –y así, en general, más pobres en metal– que la Vía Láctea. La metalicidad es una propiedad fundamental de las estrellas y galaxias. Los astrónomos llaman “metales” a todos los elementos químicos más pesados que el helio. En líneas muy generales, se puede decir que el hidrógeno y el helio surgieron en el Big Bang, mientras que los demás elementos (los “metales”) son sintetizados dentro de las estrellas. Los “metales” representan una fracción pequeña de la masa total del universo pero constituyen casi toda la masa de los planetas terrestres y gran parte de la masa de los seres vivos. Por ejemplo, la bacteria E. coli necesita 17 elementos (hidrógeno y 16 “metales”); mientras que el cuerpo humano necesita 27 elementos (los mismos que esa bacteria más diez “metales” adicionales). En definitiva, la menor metalicidad de la gran mayoría de las galaxias podría implicar que galaxias enteras estén desprovistas de planetas terrestres.
Por otra parte, el hecho de que el Sistema Solar esté ubicado en la Vía Láctea (una galaxia espiral), y no en una galaxia vieja, pequeña, elíptica o irregular, favorece la detección y medición de la radiación cósmica de fondo de microondas y, por ende, el estudio del Big Bang, el origen del universo.
Batiéndose en retirada, al “principio copernicano” le queda un solo lugar donde refugiarse: el universo en su conjunto. Pero, como veremos, también allí está gravemente amenazado por las recientes evidencias científicas.
5. La búsqueda de inteligencia extraterrestre
El Capítulo 14 del libro trata sobre la Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre (SETI = Search for Extraterrestrial Intelligence) y sus implicancias en relación con el principio copernicano.
Los autores sostienen que las características que hacen habitable a la Tierra son altamente improbables, pero no necesariamente únicas. El debate actual acerca de este punto se refiere a cuántos factores se necesitan para obtener un planeta habitable y, por ende, a cuán comunes o poco comunes son los planetas habitables.
La Figura 14.2 del libro representa gráficamente las distintas posturas en este debate. En el extremo izquierdo está la postura de que ninguna propiedad de la Tierra o del universo es necesaria para la habitabilidad. En el extremo derecho está la postura de que todas las propiedades de la Tierra y del universo son necesarias para la habitabilidad. Hoy nadie sostiene seriamente ninguna de esas dos posiciones extremas. En el centro de la escala figura la postura de Kepler, H. G. Wells y Percival Lowell. Algo hacia la derecha figura el programa SETI. Más a la derecha figura el libro “Rare Earth” de Don Brownlee y Peter Ward. Más cerca del extremo derecho se encuentra “The Privileged Planet”. Se trata pues de una cuestión de grado; pero no debemos subestimar la importancia de las diferencias entre las distintas visiones en disputa.
La famosa Ecuación de Drake, propuesta por el radio-astrónomo Francis Drake en 1961, permite comprender mejor las distintas posiciones en este debate. Dicha ecuación establece lo siguiente.
N, la cantidad total de civilizaciones tecnológicas capaces de radio-comunicaciones en la Vía Láctea en un momento dado, es igual al producto de los siguientes siete factores:
· Ng = cantidad total de estrellas en la Vía Láctea.
· fp = fracción de estrellas con sistemas planetarios.
· ne = cantidad promedio de planetas habitables por sistema planetario.
· fl = fracción de planetas habitables en los que la vida emerge de materia orgánica o de precursores orgánicos.
· fi = fracción de estos planetas en los cuales la vida evoluciona hasta producir seres inteligentes.
· fc = fracción de estos últimos planetas en los cuales se desarrolla una tecnología de comunicaciones suficiente.
· fL = fracción de la vida promedio de un planeta durante la cual subsiste una civilización avanzada.
Existen críticas jocosas a la Ecuación de Drake. Bernard Oliver (un partidario del programa SETI) dice que esa ecuación es “una forma de comprimir una gran cantidad de ignorancia en un espacio pequeño”. Y Bruce Jakosky ha dicho que “la Ecuación de Drake es sólo una forma matemática de decir: ¿quién sabe?”
En los años sesenta del siglo pasado Carl Sagan, en sintonía con “el espíritu de la época”, estimó que podría haber un millón de planetas con civilizaciones en la Vía Láctea. Hoy esa clase de estimaciones parecen irrealmente optimistas.
En el Apéndice A del libro los autores presentan su propia versión revisada de la Ecuación de Drake. Ellos subrayan que ese apéndice no forma parte del núcleo de su argumento, sino que es más bien un desarrollo ulterior. De todos modos me parece muy interesante.
En la versión de González y Richards, los siete factores de Drake dan lugar a 21 factores (Ng y veinte factores limitantes). Los autores proponen una estimación de los primeros trece de esos veinte factores. Aún dejando de lado los últimos siete factores limitantes (que incluyen los factores fl y fi, sumamente discutibles desde un punto de vista filosófico), González y Richards obtienen una cantidad estimada de 0,01 planetas habitables en la Vía Láctea.
Mi interpretación de este resultado es la siguiente. Los autores no se pronuncian sobre si es posible o no que la vida surja espontáneamente de la materia inerte ni sobre si es posible o no que la mera evolución biológica produzca por sí misma vida inteligente. Más bien parecen seguir el juego de los naturalistas y derrotarlos en su propio terreno. Aun suponiendo que esas dos hipótesis naturalistas tan controvertidas sean ciertas, si dejamos todo librado al azar, la probabilidad de que un planeta de la Vía Láctea sea habitable es muy baja.
Más aún, González y Richards dicen que, aunque se incluyera en este cálculo a las otras galaxias del universo observable, no está claro si eso mejoraría significativamente las chances. El peso de los otros siete factores limitantes (incluyendo los factores críticos fl y fi) podría sobrepasar el aporte de las galaxias adicionales (cf. pp. 289-290; 342).
Vale la pena señalar que los autores eluden durante todo el libro las cuestiones teológicas y se mantienen firmemente dentro del ámbito científico y filosófico. Además, dentro del ámbito científico ellos evitan sumergirse en las cuestiones biológicas, tratando sobre todo cuestiones referidas a la física, la química, la astronomía y la cosmología.
González y Richards confiesan que antes, como la mayoría, creían en la existencia de vida extraterrestre, pero que ahora, aunque no la descartan, son mucho más escépticos al respecto. Ellos incluso sostienen, contra la opinión más extendida, que si encontráramos una civilización extraterrestre, ello favorecería el argumento del diseño inteligente en lugar de perjudicarlo. La vida inteligente parece requerir una combinación de tantos factores altamente improbables que la existencia de dos planetas con civilizaciones, en lugar de uno, sería un indicio más fuerte aún del diseño inteligente del cosmos.
6. El principio copernicano en cosmología y en
física
Hemos visto que el principio
copernicano (que afirma la mediocridad de nuestra ubicación o importancia
dentro del universo), aplicado a la astronomía, enfrenta graves y crecientes
dificultades científicas. Pero dicho principio es aplicado también a la
cosmología y a la física. En el Capítulo 13 del libro, González y Richards
parten del hecho de que en esos otros dos ámbitos el principio copernicano está
amenazado por dos de los principales avances científicos del siglo XX: los
descubrimientos de que el universo tiene una edad finita y está finamente
sintonizado para la vida. Posteriormente los autores muestran la fragilidad de
los intentos de salvar al principio copernicano recurriendo al principio
antrópico.
El principio copernicano en cosmología implica que el universo es infinito tanto en el espacio como en el tiempo.
Esta hipótesis se mantuvo vigente hasta que en la década de 1920 Edwin Hubble descubrió el corrimiento hacia el rojo en el espectro de las galaxias y dedujo la expansión del universo. Este descubrimiento condujo al desarrollo de la cosmología del Big Bang. Dado que esta cosmología sugiere con fuerza que el universo debe el comienzo de su existencia a una causa externa a él, los partidarios del principio copernicano han tratado de encontrar modelos cosmológicos alternativos, que preserven la hipótesis del universo “eterno” y sin comienzo.
En ese sentido, los dos modelos principales fueron el del “universo en estado estacionario” y el del “universo oscilante”. Ambos fueron descartados debido a ulteriores descubrimientos científicos. El abandono del modelo de estado estacionario fue causado por el descubrimiento de la radiación cósmica de fondo de microondas y del poder explicatorio del Big Bang en relación con la núcleo-síntesis de los elementos livianos.
En cuanto al modelo del universo oscilante, se ha vuelto insostenible debido a las siguientes tres objeciones graves (por lo menos): 1) la energía disponible para hacer el trabajo de expansión y contracción del universo decrecería con cada ciclo sucesivo; así, si el universo hubiera existido por un tiempo infinito, ya debería haber alcanzado un estado de equilibrio. 2) Las mediciones más recientes sugieren que la masa total del universo es mucho menor que la requerida para producir una contracción gravitatoria. 3) La expansión del universo no sólo no se está enlenteciendo (lo que podría sugerir una futura contracción), sino que, según las evidencias más recientes, se está acelerando.
El principio copernicano en física implica que las leyes de la física no están arregladas especialmente para la existencia de vida compleja o inteligente.
Este principio ha sido desmentido por el descubrimiento de que las constantes físicas fundamentales exhiben una sintonía finísima que hace posible la existencia de la vida y de la vida inteligente (véase el Capítulo 10). Si cualquiera de esas decenas de constantes fuera significativamente mayor o menor, el resultado sería, o bien un universo ordenado pero incompatible con la existencia de observadores como nosotros, o bien (con mucha mayor frecuencia) un universo caótico o desordenado.
Los autores ilustran esto con una “parábola”: un sabio y poderoso extraterrestre (Q) ha encontrado una “máquina creadora de universos” con una gran cantidad de perillas, cada una de las cuales controla una constante física fundamental. Q ha manipulado los controles durante largos años, sin encontrar ninguna combinación útil, salvo la de nuestro propio universo. La impresión de diseño es abrumadora.
Hay dos formas principales de eludir esa impresión. Una de ellas es apelar a una (futura y posible) gran teoría unificada, que relacionaría todas las fuerzas físicas fundamentales. Esto equivaldría a sustituir todas las perillas de la “máquina creadora de universos” por una sola perilla. Pero también esta única perilla exhibiría un ajuste finísimo que requeriría una explicación.
7. El principio antrópico
El otro camino para evitar la impresión de diseño del universo con sintonía fina está basado en el llamado “principio antrópico”. Hay dos versiones principales de este principio: el Principio Antrópico Débil (PAD) y el Principio Antrópico Fuerte (PAF).
El Principio Antrópico Débil afirma que podemos esperar observar condiciones necesarias para nuestra existencia como observadores. Esto es una verdad evidente, pero no explica las propiedades altamente improbables de la Tierra, del Sol, del Sistema Solar y de la Vía Láctea. Se suele decir que esas propiedades se deben a un “efecto de selección”. El principio copernicano explicaría los aspectos en los que nuestro entorno es ordinario, mientras que el PAD explicaría los aspectos en que es extraordinario. Usar los dos principios juntos es un poco como el cuento del jefe de estación de ferrocarril que dijo que todos los trenes estaban en hora. Cuando los pasajeros se quejaron de que sus trenes estaban atrasados, el jefe respondió: “En realidad, lo que quise decir es que todos los trenes están en hora, excepto cuando no lo están”. En verdad, el PAD no puede aportar mucho para salvar al principio copernicano.
El Principio Antrópico Fuerte aplica el mismo razonamiento al universo en su conjunto. Afirma que podemos esperar encontrarnos en un universo compatible con nuestra propia existencia. También el PAF es una verdad evidente; pero tampoco el PAF, por sí mismo, explica por qué el universo existe y tiene una sintonía fina. No es sorprendente que observemos un universo habitable, sino que un universo habitable y habitado exista y que, hasta donde sabemos, sea el único que existe.
8. El multiverso
En este punto, a los defensores del naturalismo no les queda otra opción que recurrir a la hipótesis de los universos múltiples o infinitos: el “multiverso”. Los astrónomos Fred Adams y Greg Laughlin lo expresan claramente:
“La aparente coincidencia de que el universo tiene las propiedades especiales requeridas para permitir la vida parece súbitamente mucho menos milagrosa si adoptamos el punto de vista de que nuestro universo, la región del espacio-tiempo a la que estamos conectados, no es sino uno de incontables otros universos. En otras palabras, nuestro universo no es sino una pequeña parte de un multiverso, un gran conjunto de universos, cada uno con sus propias variantes de las leyes físicas. En este caso, la colección entera de universos sería una muestra completa de las muchas variantes diferentes posibles de las leyes de la física… Con el concepto de multiverso en su lugar, la próxima batalla de la revolución copernicana es empujada sobre nosotros. Así como nuestro planeta no tiene un status especial dentro de nuestro Sistema Solar, y como nuestro Sistema Solar no tiene una ubicación especial dentro del universo, nuestro universo no tiene un status especial dentro del vasto mélange cósmico de universos que comprende nuestro multiverso.” (pp. 268-270).
El “efecto selección” explicaría por qué estamos en este universo finamente ajustado para la vida, y no en otro. Por supuesto, no hay ninguna evidencia científica de esos otros universos. Yo agrego que esta hipótesis es tan poco científica como la hipótesis de que hay un universo dentro de cada quark de nuestro propio universo. Por otra parte, no es para nada claro que un conjunto infinito actual de universos (o de cualquier otro objeto) pueda existir. Pero además, tampoco la hipótesis del multiverso salva al principio copernicano.
Si los múltiples universos no tienen relación causal entre sí, entonces ellos no explican por qué nuestro universo existe y tiene las sorprendentes propiedades que tiene. Y si los múltiples universos tienen una relación causal entre sí, no se logra más que hacer retroceder el problema un nivel. En ese caso habría que explicar por qué la misma “máquina creadora de universos” exhibe un ajuste fino. Por último, también el multiverso entero necesita una explicación. No basta postularlo.
9. Conclusión
La conclusión de los autores es clara: el principio copernicano ha fracasado. Cuando podemos ponerlo a prueba contra la evidencia, tiende a fallar; y tenderá a fallar cada vez más cuando conozcamos más a fondo las propiedades de nuestro universo que condicionan su habitabilidad y mensurabilidad. Y cuando ese principio no falla, es porque se retira a una posición en la que es virtualmente inverificable.
La actual evidencia científica apunta en una dirección muy problemática para el principio copernicano: hacia un universo único, en expansión, finamente sintonizado, con un pasado finito, y que ha cambiado profundamente a lo largo del tiempo. No sólo ocupamos un lugar excepcional dentro de ese universo, sino también un momento especial en la historia cósmica. Aunque nosotros y nuestro ambiente no seamos literalmente el centro físico del universo, somos especiales en otros sentidos, mucho más significativos. En cierto sentido, estamos colocados en el “centro”del universo, no en un sentido espacial trivial, sino con respecto a la habitabilidad y la mensurabilidad.
A partir de estas consideraciones, y aplicando la teoría de la complejidad especificada de William Dembski, los autores concluyen que nuestro universo exhibe claros indicios de diseño inteligente (cf. Capítulo 15). Finalmente, ellos responden catorce objeciones a su tesis (cf. Capítulo 16).
En resumen, se trata de una obra sumamente instructiva y recomendable.
Nota: La traducción de los textos citados del libro en cuestión es mía.
Vuelve
a la Tabla de Contenidos
Los médicos no pueden desobedecer las órdenes judiciales
para encubrir abortos
Asociación “Familia y Vida”
Ante el hecho de que un Juez Penal habría enviado un pedido de información a una directora de un hospital público para que diera información sobre una historia clínica de una paciente que se habría sometido a un aborto, se generó una polémica acerca de cómo deben proceder los médicos en estos casos.
En el día de hoy (6/10/2011) en
el semanario Búsqueda (pág. 38) bajo
el título “Instituciones de salud facilitan información confidencial sin el
consentimiento de los usuarios ante pedidos del Poder Judicial” se da cuenta de
que se estaría difundiendo un manual titulado: “Secreto profesional. Confidencialidad.
Guía para el manejo de historias clínicas ante el pedido de la justicia”
dirigida a todos los profesionales de la salud, en el que se destaca que la
historia clínica integra el secreto profesional, por lo que “si la institución
o el médico entregan a la justicia la historia clínica sin el consentimiento
del paciente incurren en violación de este secreto”.
Luego, sintetizando, se establece que según la Ley 18.355 la historia clínica “es de propiedad del paciente, será reservada y sólo podrán acceder a la misma los responsables de la atención médica y el personal administrativo vinculado con éstos, el paciente o en su caso la familia y el MSP cuando lo considerare pertinente”.
Ocurre que el Artículo 18 de la Ley
18.335 regula excepciones claras respecto a esta reserva al señalar: “La
historia clínica será reservada y sólo podrán acceder a ella…” Continúa la
norma diciendo: “D) El revelar su contenido sin que fuere necesario para el tratamiento o mediare orden judicial conforme
a lo dispuesto por el art. 19 de la presente ley hará pasible del delito
previsto por el art. 302 del CP”. O sea,
si es necesario para el tratamiento del paciente o media orden judicial es
claro que cae la reserva de la historia clínica.
Por su parte en el Artículo 30 del Decreto Reglamentario 274/10, por si alguna duda quedare, se señala: “La historia clínica será reservada y sólo podrán acceder a la misma… e) Los servicios de salud y los trabajadores de la salud deberán guardar reserva y no podrán revelarlo a menos que fuere necesario para el tratamiento del paciente o mediare orden judicial.” “A menos que” significa que hay casos en los que la reserva sobre la historia clínica cae y ello ocurre porque lo dice la norma; y hace muy bien en decirlo pues lo hace para que con el ocultamiento de la historia clínica no se obstaculice la justicia.
Tergiversando el alcance de estos
términos se llega a decir en el referido artículo que “la referencia a la orden
judicial no implica que el juez puede relevar al médico del secreto para que
entregue la historia clínica pues la ley no identifica claramente que el juez
puede disponer del relevamiento, ni en qué circunstancias”.
Nos preguntamos cómo debe interpretarse los términos “a menos que”
si no es con la idea clara de que en estos casos no opera la reserva de la
historia clínica.
Nos preguntamos entonces para qué la norma crea a las claras la excepción para el caso de que mediare orden judicial. Se trata sin duda de facilitar la investigación penal de posibles irregularidades o delitos. ¿Para qué va mediar una orden judicial sino es para que se le informe al juez lo que este debe saber en su investigación delictiva?
Nos preguntamos para qué pretender sobreponer el secreto de la
historia clínica a la labor del juez o a la justicia.
Continúa el artículo: “entregar
la historia clínica para que sirva de base a una acusación por aborto sobre una
mujer que ocurrió al “servicio” (para abortar) equivale a denunciarla y es una
gravísima violación al secreto profesional médico”.
En definitiva lo que se hace es
desfigurar lo que dice la norma para justificar un ocultamiento a la justicia
de lo que se sabe es un delito conforme al Código Penal vigente.
No se puede pretender de los médicos complicidad en ocultamiento de información de lo que puede llegar a ser un delito pues en estos casos los arriesgamos a la irregularidad de desobedecer una orden judicial (desacato) y a su vez encubrir, lo que en el caso puede llegar a configurar nada menos que una irregularidad penal.
Se debe tener cuidado en cómo asesorar a los médicos, pues ellos están para preservar la salud y la vida y no para esconder irregularidades penales, especialmente en delitos contra la vida, como lo es el aborto.
Vuelve a la Tabla de Contenidos
Del maestro de
coro. De los hijos de Coré. Salmo.
Fuiste propicio, Señor, con tu tierra,
cambiaste la suerte de Jacob;
perdonaste la culpa de tu pueblo,
lo absolviste de todos sus pecados;
reprimiste toda tu indignación
y aplacaste el ardor de tu enojo.
¡Restáuranos, Dios, salvador nuestro;
olvida tu aversión hacia nosotros!
¿Vas a estar enojado para siempre?
¿Mantendrás tu ira eternamente?
¿No volverás a darnos la vida,
para que tu pueblo se alegre en Ti?
¡Manifiéstanos, Señor, tu misericordia
y danos tu salvación!
Voy a proclamar lo que dice el Señor:
el Señor promete la paz,
la paz para su pueblo y sus amigos,
y para los que se convierten de corazón.
Su salvación está muy cerca de sus fieles,
y la Gloria habitará en nuestra tierra.
El Amor y la Verdad se encontrarán,
la Justicia y la Paz se abrazarán;
la Verdad brotará de la tierra
y la Justicia mirará desde el cielo.
El mismo Señor nos dará sus bienes
y nuestra tierra producirá sus frutos.
La Justicia irá delante de Él,
y la Paz, sobre la huella de sus pasos.
Fuente: El Libro del Pueblo de Dios (traducción argentina de la Biblia)
Nota: Utilizamos la numeración de los Salmos propia de la tradición de la Iglesia latina.
Vuelve
a la Tabla de Contenidos
Este mensaje no es SPAM.
Si desea cancelar su suscripción, por favor escríbanos a: feyrazon@gmail.com