Fe y Razón

Revista virtual gratuita de teología católica

Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 58 – Junio de 2011

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”

(Santo Tomás de Aquino)

 

 

“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

Publicaciones de Fe y Razón

 

Sitio Fe y Razón

www.feyrazon.org

Revista Virtual Fe y Razón

www.revistafeyrazon.blogspot.com

Colección de Libros Fe y Razón

http://stores.lulu.com/feyrazon

Grupo Fe y Razón en Facebook

http://www.facebook.com/group.php?gid=110670075641970

 

Presentaciones de Fe y Razón

www.slideshare.net/feyrazon

 

 

Contacto: feyrazon@gmail.com - Por favor envíenos sus comentarios o sugerencias a esta dirección. Si el mensaje está referido a una suscripción, por favor indique “Crear suscripción”, “Modificar suscripción” o “Suprimir suscripción” en el “Asunto” e incluya los siguientes datos en el cuerpo del mensaje: nombre completo, ciudad o localidad, país, e-mail.

 

 

Equipo de Dirección de la Revista: Diác. Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing. Daniel Iglesias Grèzes.

 

Colaboradores: Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Mons. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Ec. Rafael Menéndez, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Pbro. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Álvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Noticias del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Equipo de Dirección

Magisterio

Homilía en la Vigilia Pascual de 2011

Papa Benedicto XVI

Magisterio

Homilía en la Beatificación de Juan Pablo II

Papa Benedicto XVI

Biblia

La verdad que quiere comunicar la Biblia según algunos textos paulinos

Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola

Filosofía

Una crítica al argumento de la contingencia

Lic. Néstor Martínez

Apologética

Voces anticatólicas

Lic. Néstor Martínez

Liturgia

Apuntes sobre canto litúrgico

Martín García

Economía

La clave de la solución a la crisis económica

Ettore Gotti Tedeschi

Iglesia

Bolivia: el grupo “Somos Iglesia” es contrario a la fe católica

Pbro. Dr. Juan Claudio Sanahuja

Historia de la Iglesia

San Bonifacio (5 de junio)

30 Días en la Iglesia y en el mundo

Oración

La Coraza de San Patricio

San Patricio

 

 

Noticias del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

 

Equipo de Dirección

 

1.      Cursillo sobre la Perspectiva de Género

 

El Lic. Néstor Martínez dictará un cursillo sobre la perspectiva de género los días martes 12, 19 y 26 de julio de 2011, de 19:00 a 20:30, en el salón de la Licenciatura de la Facultad de Teología del Uruguay “Monseñor Mariano Soler” (San Fructuoso 1019 esquina San Juan – Montevideo; tel. 2200 0289). La entrada será libre y gratuita.

 

2.      Venta de libros

 

El Centro Cultural Católico “Fe y Razón” publica la Colección de Libros “Fe y Razón”, la que de momento está integrada por los siguientes títulos:

·      Nº 1 – Miguel Antonio Barriola, “En tu palabra echaré la red” (Lc 5,5). Reflexiones sobre Dios en la historia.

·      Nº 2 – Daniel Iglesias Grèzes, Razones para nuestra esperanza. Escritos de apologética católica.

·      Nº 3 – Néstor Martínez Valls, Baúl apologético. Selección de trabajos filosóficos y teológicos publicados en “Fe y Razón”.

·      Nº 4 – Guzmán Carriquiry Lecour, Realidad y perspectivas del laicado católico en nuestro tiempo.

·      Nº 5 – Miguel Antonio Barriola, “Cristo amó a la Iglesia” (Ef 5,25). Reflexiones sobre la cristología de J. L. Segundo y la eclesiología de H. Küng.

 

Todos estos libros están disponibles en: http://stores.lulu.com/feyrazon .

 

Hay dos formas de comprar los libros de la Colección “Fe y Razón”:

a)      Versión impresa: La dirección indicada corresponde a una “tienda” de Lulu, un sitio web norteamericano, el mayor del mundo en el mercado de la auto-publicación. Allí se puede comprar cualquier cantidad de ejemplares (desde uno en adelante) de la versión impresa de cualquiera de los libros. Lulu imprime el o los ejemplares adquiridos y los envía por correo al comprador. Lulu ofrece distintas formas de envío de los libros, que difieren entre sí por su grado de seguridad, su rapidez y su costo. Cada libro impreso cuesta US$ 10, más el costo de envío.

b)      Versión electrónica: En la misma dirección se puede comprar los mismos libros en formato digital (e-books). Cada libro puede ser descargado bajo la forma de un archivo PDF. Para abrir un archivo PDF se requiere el programa Adobe Reader, el cual está disponible en la gran mayoría de las computadoras y se puede bajar gratuitamente desde Internet. Cada libro electrónico cuesta US$ 4.

Para comprar libros en Lulu se requiere una tarjeta internacional.

 

3.      Campaña anual de donaciones

 

Fe y Razón, creado en 1999 como grupo no-formal, se convirtió en 2010 en una asociación civil (el Centro Cultural Católico “Fe y Razón” – CCCFR), que ha sido reconocida como "asociación privada de fieles" por el Arzobispo de Montevideo.

 

Actualmente el CCCFR brinda los siguientes servicios:

·        El sitio web www.feyrazon.org, con gran volumen de contenidos y de tráfico, alojado por la empresa norteamericana Ipower.

·        La revista virtual gratuita "Fe y Razón" (58 números publicados, 950 suscriptores).

·        La Colección de Libros "Fe y Razón" (5 títulos publicados, 70 libros vendidos).

·        Jornadas académicas, charlas y cursillos de teología, filosofía y ciencias religiosas.

 

Para desarrollar toda esta actividad contamos con muy pocos recursos. Al día de hoy, el CCCFR dispone de un saldo a favor de $ 1.091 (unos US$ 50). Por tal motivo nos atrevemos a solicitar su generosa contribución con nuestro Centro Cultural Católico.

 

De momento podemos recibir donaciones de las siguientes formas:

·        A través de PayPal (para esto hay que tener una cuenta en PayPal, el principal “banco virtual” del mundo):

o       Entre a la página principal de la revista “Fe y Razón”: www.revistafeyrazon.blogspot.com

o       Haga clic en el botón Donaciones a “Fe y Razón”, en la parte derecha de esa página.

o       Ingrese sus datos: cuenta de PayPal (dirección de correo electrónico) e importe de la donación (en dólares estadounidenses).

o       Presione el botón correspondiente para finalizar la transacción.

·        Por correo: Centro Cultural Católico “Fe y Razón” – Cufré 2255 – Montevideo  CP 11800 –Uruguay.

·        Personalmente: a Néstor Martínez (Presidente, tel. 2200 0289 int. 108) o a Daniel Iglesias (Secretario, tel. 2208 9906).

 

Desde ya agradecemos su atención a este pedido.

Que el Señor los bendiga y los guarde día tras día.

 

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Vigilia Pascual en la Noche Santa

Homilía del Santo Padre Benedicto XVI

Basílica Vaticana, Sábado Santo 23 de abril de 2011

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Dos grandes signos caracterizan la celebración litúrgica de la Vigilia Pascual. En primer lugar, el fuego que se hace luz. La luz del cirio pascual, que en la procesión a través de la iglesia envuelta en la oscuridad de la noche se propaga en una multitud de luces, nos habla de Cristo como verdadero lucero matutino, que no conoce ocaso, nos habla del Resucitado en el que la luz ha vencido a las tinieblas. El segundo signo es el agua. Nos recuerda, por una parte, las aguas del Mar Rojo, la profundidad y la muerte, el misterio de la Cruz. Pero se presenta después como agua de manantial, como elemento que da vida en la aridez. Se hace así imagen del Sacramento del Bautismo, que nos hace partícipes de la muerte y resurrección de Jesucristo.

 

Sin embargo, no sólo forman parte de la liturgia de la Vigilia Pascual los grandes signos de la creación, como la luz y el agua. Característica esencial de la Vigilia es también el que ésta nos conduce a un encuentro profundo con la palabra de la Sagrada Escritura. Antes de la reforma litúrgica había doce lecturas veterotestamentarias y dos neotestamentarias. Las del Nuevo Testamento han permanecido. El número de las lecturas del Antiguo Testamento se ha fijado en siete, pero, según las circunstancias locales, pueden reducirse a tres. La Iglesia quiere llevarnos, a través de una gran visión panorámica por el camino de la historia de la salvación, desde la creación, pasando por la elección y la liberación de Israel, hasta el testimonio de los profetas, con el que toda esta historia se orienta cada vez más claramente hacia Jesucristo. En la tradición litúrgica, todas estas lecturas eran llamadas profecías. Aun cuando no son directamente anuncios de acontecimientos futuros, tienen un carácter profético, nos muestran el fundamento íntimo y la orientación de la historia. Permiten que la creación y la historia transparenten lo esencial. Así, nos toman de la mano y nos conducen hacia Cristo, nos muestran la verdadera Luz.

 

En la Vigilia Pascual, el camino a través de las sendas de la Sagrada Escritura comienza con el relato de la creación. De esta manera, la liturgia nos indica que también el relato de la creación es una profecía. No es una información sobre el desarrollo exterior del devenir del cosmos y del hombre. Los Padres de la Iglesia eran bien conscientes de ello. No entendían dicho relato como una narración del desarrollo del origen de las cosas, sino como una referencia a lo esencial, al verdadero principio y fin de nuestro ser. Podemos preguntarnos ahora: pero, ¿es verdaderamente importante en la Vigilia Pascual hablar también de la creación? ¿No se podría empezar por los acontecimientos en los que Dios llama al hombre, forma un pueblo y crea su historia con los hombres sobre la tierra? La respuesta debe ser: no. Omitir la creación significaría malinterpretar la historia misma de Dios con los hombres, disminuirla, no ver su verdadero orden de grandeza. La historia que Dios ha fundado abarca incluso los orígenes, hasta la creación. Nuestra profesión de fe comienza con estas palabras: “Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra”. Si omitimos este comienzo del Credo, toda la historia de la salvación queda demasiado reducida y estrecha. La Iglesia no es una asociación cualquiera que se ocupa de las necesidades religiosas de los hombres y, por eso mismo, no limita su cometido sólo a dicha asociación. No, ella conduce al hombre al encuentro con Dios y, por tanto, con el principio de todas las cosas. Dios se nos muestra como Creador, y por esto tenemos una responsabilidad con la creación. Nuestra responsabilidad llega hasta la creación, porque ésta proviene del Creador. Puesto que Dios ha creado todo, puede darnos vida y guiar nuestra vida. La vida en la fe de la Iglesia no abraza solamente un ámbito de sensaciones o sentimientos o quizás de obligaciones morales. Abraza al hombre en su totalidad, desde su principio y en la perspectiva de la eternidad. Puesto que la creación pertenece a Dios, podemos confiar plenamente en Él. Y porque Él es Creador, puede darnos la vida eterna. La alegría por la creación, la gratitud por la creación y la responsabilidad respecto a ella van juntas.

 

El mensaje central del relato de la creación se puede precisar todavía más. San Juan, en las primeras palabras de su Evangelio, ha sintetizado el significado esencial de dicho relato con una sola frase: “En el principio existía el Verbo”. En efecto, el relato de la creación que hemos escuchado antes se caracteriza por la expresión que aparece con frecuencia: “Dijo Dios…”. El mundo es un producto de la Palabra, del Logos, como dice Juan utilizando un vocablo central de la lengua griega. “Logos” significa “razón”, “sentido”, “palabra”. No es solamente razón, sino Razón creadora que habla y se comunica a sí misma. Razón que es sentido y ella misma crea sentido. El relato de la creación nos dice, por tanto, que el mundo es un producto de la Razón creadora. Y con eso nos dice que en el origen de todas las cosas estaba no lo que carece de razón o libertad, sino que el principio de todas las cosas es la Razón creadora, es el amor, es la libertad. Nos encontramos aquí frente a la alternativa última que está en juego en la discusión entre fe e incredulidad: ¿Es la irracionalidad, la ausencia de libertad y la casualidad el principio de todo, o el principio del ser es más bien razón, libertad, amor? ¿Corresponde el primado a la irracionalidad o a la razón? En último término, ésta es la pregunta crucial. Como creyentes respondemos con el relato de la creación y con san Juan: en el origen está la razón. En el origen está la libertad. Por esto es bueno ser una persona humana. No es que en el universo en expansión, al final, en un pequeño ángulo cualquiera del cosmos se formara por casualidad una especie de ser viviente, capaz de razonar y de tratar de encontrar en la creación una razón o dársela. Si el hombre fuese solamente un producto casual de la evolución en algún lugar al margen del universo, su vida estaría privada de sentido o sería incluso una molestia de la naturaleza. Pero no es así: la Razón estaba en el principio, la Razón creadora, divina. Y puesto que es Razón, ha creado también la libertad; y como de la libertad se puede hacer un uso inadecuado, existe también aquello que es contrario a la creación. Por eso, una gruesa línea oscura se extiende, por decirlo así, a través de la estructura del universo y a través de la naturaleza humana. Pero no obstante esta contradicción, la creación como tal sigue siendo buena, la vida sigue siendo buena, porque en el origen está la Razón buena, el amor creador de Dios. Por eso el mundo puede ser salvado. Por eso podemos y debemos ponernos de parte de la razón, de la libertad y del amor; de parte de Dios que nos ama tanto que ha sufrido por nosotros, para que de su muerte surgiera una vida nueva, definitiva, saludable.

 

El relato veterotestamentario de la creación, que hemos escuchado, indica claramente este orden de la realidad. Pero nos permite dar un paso más. Ha estructurado el proceso de la creación en el marco de una semana que se dirige hacia el Sábado, encontrando en él su plenitud. Para Israel, el Sábado era el día en que todos podían participar del reposo de Dios, en que los hombres y animales, amos y esclavos, grandes y pequeños se unían a la libertad de Dios. Así, el Sábado era expresión de la alianza entre Dios y el hombre y la creación. De este modo, la comunión entre Dios y el hombre no aparece como algo añadido, instaurado posteriormente en un mundo cuya creación ya había terminado. La alianza, la comunión entre Dios y el hombre, está ya prefigurada en lo más profundo de la creación. Sí, la alianza es la razón intrínseca de la creación así como la creación es el presupuesto exterior de la alianza. Dios ha hecho el mundo para que exista un lugar donde pueda comunicar su amor y desde el que la respuesta de amor regrese a Él. Ante Dios, el corazón del hombre que le responde es más grande y más importante que todo el inmenso cosmos material, el cual nos deja, ciertamente, vislumbrar algo de la grandeza de Dios.

 

En Pascua, y partiendo de la experiencia pascual de los cristianos, debemos dar aún un paso más. El Sábado es el séptimo día de la semana. Después de seis días, en los que el hombre participa en cierto modo del trabajo de la creación de Dios, el Sábado es el día del descanso. Pero en la Iglesia naciente sucedió algo inaudito: el Sábado, el séptimo día, es sustituido ahora por el primer día. Como día de la asamblea litúrgica, es el día del encuentro con Dios mediante Jesucristo, el cual en el primer día, el Domingo, se encontró con los suyos como Resucitado, después de que hallaran vacío el sepulcro. La estructura de la semana se ha invertido. Ya no se dirige hacia el séptimo día, para participar en él del reposo de Dios. Inicia con el primer día como día del encuentro con el Resucitado. Este encuentro ocurre siempre nuevamente en la celebración de la Eucaristía, donde el Señor se presenta de nuevo en medio de los suyos y se les entrega, se deja, por así decir, tocar por ellos, se sienta a la mesa con ellos. Este cambio es un hecho extraordinario, si se considera que el Sábado, el séptimo día como día del encuentro con Dios, está profundamente enraizado en el Antiguo Testamento. El dramatismo de dicho cambio resulta aún más claro si tenemos presente hasta qué punto el proceso del trabajo hacia el día de descanso se corresponde también con una lógica natural. Este proceso revolucionario, que se ha verificado inmediatamente al comienzo del desarrollo de la Iglesia, sólo se explica por el hecho de que en dicho día había sucedido algo inaudito. El primer día de la semana era el tercer día después de la muerte de Jesús. Era el día en que Él se había mostrado a los suyos como el Resucitado. Este encuentro, en efecto, tenía en sí algo de extraordinario. El mundo había cambiado. Aquel que había muerto vivía de una vida que ya no estaba amenazada por muerte alguna. Se había inaugurado una nueva forma de vida, una nueva dimensión de la creación. El primer día, según el relato del Génesis, es el día en que comienza la creación. Ahora, se ha convertido de un modo nuevo en el día de la creación, se ha convertido en el día de la nueva creación. Nosotros celebramos el primer día. Con ello celebramos a Dios, el Creador, y a su creación. Sí, creo en Dios, Creador del cielo y de la tierra. Y celebramos al Dios que se ha hecho hombre, que padeció, murió, fue sepultado y resucitó. Celebramos la victoria definitiva del Creador y de su creación. Celebramos este día como origen y, al mismo tiempo, como meta de nuestra vida. Lo celebramos porque ahora, gracias al Resucitado, se manifiesta definitivamente que la razón es más fuerte que la irracionalidad, la verdad más fuerte que la mentira, el amor más fuerte que la muerte. Celebramos el primer día, porque sabemos que la línea oscura que atraviesa la creación no permanece para siempre. Lo celebramos porque sabemos que ahora vale definitivamente lo que se dice al final del relato de la creación: “Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno” (Gen 1, 31). Amén.

 

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Homilía del Santo Padre Benedicto XVI

con ocasión de la Beatificación del Siervo de Dios Juan Pablo II

Plaza de San Pedro, Domingo 1 de mayo de 2011

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.

 

Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión.

 

Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.

 

«Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16, 17). ¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en «Pedro», la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: «Dichoso, tú, Simón» y «Dichosos los que crean sin haber visto». Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo.

 

Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad. De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo (cf. Hch 1, 14).

 

También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: «Por ello os alegráis», y añade: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación» (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. «Es el Señor quien lo ha hecho –dice el Salmo (118, 23)– ha sido un milagro patente», patente a los ojos de la fe.

 

Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios –obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas– estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme» abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón» (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).

 

El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszyński, me dijo: “La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio”». Y añadía: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado». ¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!» Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.

 

Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.

 

Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Iglesia.

 

¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. Desde el Palacio nos has bendecido muchas veces en esta Plaza. Hoy te rogamos: Santo Padre, bendícenos.  Amén.

 

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La verdad que quiere comunicar la Biblia según algunos textos paulinos

 

Miguel Antonio Barriola

 

I – Lo antiguo rejuvenecido

 

Por más que Pablo haya considerado su vida anterior como “basura” una vez que se encontró personalmente con Cristo Jesús (Filip 3,7-8), esto no lo obligó a deshacerse de las Sagradas Escrituras de su pueblo. Ellas obtienen un lugar central en el Evangelio de Pablo, en gran forma superior al uso de los mismos “logia” de Jesús, en un período de tiempo que todavía no veía la redacción de los Evangelios, ni la del Nuevo Testamento (NT), distinto del Antiguo Testamento (AT).

 

En efecto, es imposible comprender todas las “insondables riquezas del Hijo de Dios” (Ef 3,8), prescindiendo de la Biblia hebraica, que lo preparaba y a la cual ha dado Cristo la más completa culminación.

 

Como prueba de tal principio baste aludir a la “inclusión” que abre y cierra Romanos: “El Evangelio de Dios, que Él había prometido (pro-engéilato) mediante sus profetas en las Sagradas Escrituras, en relación a su Hijo” (Rom 1,1-2). “El mensaje de Jesucristo… anunciado mediante las Escrituras proféticas” (ibid., 16,25-26)1.

 

II – Dinámica interpretativa

 

El hecho determina también el itinerario paulino en la consideración de la Biblia. Su fe plena no se formó partiendo del AT, sino más bien desde la experiencia de Cristo. Sólo secundariamente se dirige al AT, para encontrar allí confirmación. “En el camino de Damasco se lleva a cabo también una verdadera y propia <conversión hermenéutica>, que produjo en Pablo un auténtico vuelco en su comprensión de las antiguas Escrituras2. Pablo no solamente comparte con los rabinos las antiguas promesas que miraban hacia el Mesías (Cristo), sino, antes que nada las ve verificadas en Cristo-JESÚS.

 

III – Un pueblo amplificado

 

En íntima unidad con el concreto Mesías, Jesús, encuentra asimismo Pablo a la Iglesia de las naciones, dado que las promesas a Abraham no fueron monopolio de su descendencia israelita (Gal 3,6-9; 4,21-31: Rom 4) , por más que poco a poco se habían ido restringiendo nacionalísticamente (Mal 2,11; Esd 9-10). El apóstol recurre sobre todo a los textos proféticos de Isaías, que prometían la salvación de Dios “para toda carne” (Is 40,5. Ver Rom 10,20-21 = Is 65,1-2; Rom 15,12 = Is 11,10; Ef 2,11 = Is 57,19)3. Se lo puede constatar especialmente en II Cor 5,17-6,2. Nos encontramos ya en el “tiempo de salvación” anunciado por Is 49,8, cuando el Siervo del Señor no sólo restablecerá las tribus de Jacob, sino que extenderá también la salvación hasta los confines de la tierra (Is 49,6). La reconciliación del mundo con Dios en una nueva creación (Is 43,18-19; 65,17-25; 66,22-23) es llevada adelante por medio del ministerio del Apóstol, que llama a la Iglesia a llegar a ser “justificación de Dios”. Pablo, por ende, como todos los autores del NT, comparte la convicción, común también para el judaísmo, que ve a la Escritura como portadora de significado para hoy, trascendiendo igualmente el acontecimiento originario, pero encontrando su sentido definitivo, ahora y por los siglos futuros, en Cristo (Ef 1,9-10.20-22).

 

IV – Superación de lo imperfecto

 

A la luz de este cumplimiento, discierne Pablo igualmente que no todo el AT desemboca en Cristo Jesús y su nuevo pueblo. Como ya se ha insinuado, la promesa universal hecha a la fe de Abraham tiene para el Apóstol el valor de <protoevangelio>, al cual ha de someterse el resto (Rom 4,13-14; Gal 3,16.18; Ef 2,12; 3,6). Esto le permite reducir el papel de la Ley, porque “Cristo es el <télos> de la ley” (Rom 10,4)4. Por eso algunas veces Pablo usa positivamente a “la ley”, para introducir una cita bíblica (I Cor 9, 9 = Dt 25,4), por más que se trate de un pasaje profético (I Cor 14,21 = Is 28,11) y hasta proponiendo a los destinatarios el cumplimiento de la ley como posible desde ahora (ver: Rom 8,4: “para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros”)5.

 

Pero fuera de estos usos aceptables, Pablo desarrolla toda una polémica contra la ley. Es notorio que él (discípulo de los rabinos) jamás funda la moral cristiana sobre alguna ordenanza legal del AT (divorcio, comidas idolátricas: I Cor 7,10-16,8), exceptuando Lev 19,18 (Gal 6,2: I Cor 9,21), donde no tenemos solamente una inédita reducción de la ley a un solo precepto, cuanto más bien su colocación bajo el nuevo principio normativo del amor desplegado por Jesucristo (Gal 2,20) y practicado por el cristiano en el signo del Espíritu (ibid., 5,22). Así se asiste al abandono de muchas prescripciones judaicas: la circuncisión (Gal 5,11s), reglas cultuales (ibid., 4,10), rituales y culinarias (ibid., 2,14; Rom 14,1-5.20). En otras palabras, la ley, en este sentido, ha sido sólo transitoria, una especie de “baby-sitter” (“paidagogós”: Gal 4, 14) hasta la llegada de la fe, que ha abrogado la ley, en su aspecto meramente preceptivo (Ef 2,15).

 

Así, el AT no es sólo Sagrada Escritura en cuanto ley, porque, aun cuando fue dada para la “justicia”, Israel no la ha alcanzado, basándose sobre las obras y no sobre la fe (Rom 9,1s). Por eso, enseguida (10,6-8) Pablo sustituye abiertamente la ley, prescrita por Deut 30,11ss, con la persona de Cristo y el anuncio de Deut 30,8, que interioriza la “nueva alianza” (según Jer 31,33; Ez 36,27), con “la palabra de la fe” (Rom 10,8-9). La conexión Cristo-fe alcanza la salvación.

 

V – Nueva revelación plenificante

 

A la luz de estos resultados, se comprende que Pablo contempla la verdad de las Escrituras, no por medio de deducciones racionales, partiendo del texto desnudo, sino que descubre los tesoros escondidos en él más bien por una nueva revelación: “Según la revelación del misterio callado por siglos, pero revelado ahora y anunciado mediante las Escrituras proféticas” (Rom 16,25-26. Ver: Gal 1,12; Ef 3,3).

 

Es sobre todo en la teología de la historia donde Pablo hace surgir la verdad oculta en el AT, elaborando una hermenéutica cuyas palabras clave son: typos y skiá (= tipo y sombra: Col 2,17). Librándose en cierto sentido de los textos, el Apóstol compara los acontecimientos de los dos Testamentos en sí mismos. Analiza sus armonías y diferencias, deduciendo de allí conclusiones teológicas. En las relaciones insinuadas, cada término conserva su propia realidad, así como también su sentido literal. La identidad nunca es completa. A la semejanza se añade más de una vez la antítesis y casi siempre el antitipo supera los datos que le sirvieron de punto de partida. Además, es siempre el antitipo el que esclarece la comparación dándole su alcance real. Casi todas las analogías puestas de relieve por Pablo tienen que ver directa o indirectamente con Cristo6. Entre los tipos, el Apóstol se detiene sobre todo en Adán (tipo de Cristo: I Cor 15,20-22; Rom 4,1-25; 9,5-11), Moisés (anticipo de los ministros del Evangelio: II Cor 3,7.13.15), Israel (prefiguración del verdadero pueblo de Dios: Rom 4,16-17; 15,12; I Cor 10,1-11). Tales correspondencias son debidas a la fidelidad de Dios a sus promesas. Y, finalmente, el mismo Cristo, meta de las analogías veterotestamentarias, llega a ser, a su vez, punto de partida para una tipología de las realidades del más allá, de la última fase escatológica (I Cor 15,48-49).

 

Resumiendo, se puede concluir que el Apóstol purifica, esclarece, eleva el AT. Con la ayuda de textos así entendidos acierta también a profundizar el mensaje cristiano, tal cual lo había recibido de las Iglesias apostólicas.

 

Gracias a la inspiración del Espíritu, cuya asistencia ha afirmado siempre para su magisterio (I Tes 5,4; 4,8; I Cor 2,4-5; 7,40; Rom 16,25-26), descubre Pablo las ricas verdades cristológicas escondidas en el AT, proponiéndolas con singular profundidad.

 

Notas

 

1) Aunque algunos autores consideran este final de Rom como interpolado, se trata al menos de una lectura muy primitiva y bien informada de la teología paulina.

 

2) A. Penna, “Atteggiamenti di Paolo verso l’Antico Testamento”, en su obra: L’Apostolo Paolo – Studi di esegesi e teología, Cinisello Balsamo – Milano (1991) 442, citando: A. Amsler, L’Ancien Testament dans l’ Église, Neuchâtel (1960) 47. Véase también: PCB, Le Peuple juif et ses Saintes Écritures dans la Bible chrétienne, Città del Vaticano (2002) 21.

 

3) “Las razones de lo dicho no son difíciles de profundizar. Isaías, con mayor claridad que cualquier otro libro del AT, vincula la promesa de redención y restauración de Israel con la esperanza de que el Dios de Israel revelará también su misericordia a los gentiles y establecerá su soberanía sobre toda la tierra. Así, encuentra Pablo en Isaías –particularmente en las profecías del Deutero Isaías– una prefiguración de su propio y distintivo apostolado hacia los gentiles” (R. B. Hays, The conversion of the Imagination – Paul as Interpreter of Israel’s Scripture, Michigan / Cambridge 2005, 26).

 

4) Lo cual puede tener dos sentidos: “el cometido”, en una relación también de continuidad: la revelación de Dios a Israel, atestiguada en la ley, anhela la instauración de una justa posibilidad de relación con el mismo Dios, obteniéndola sólo Cristo en modo definitivo y universal. Pero, por otro lado, el versículo deja entender una situación dramática y polémica, considerando al Israel que ha rechazado a Cristo. Entonces el acontecimiento Cristo lleva también consigo un término a la ley, si es comprendida como estructura completa y cumplida en sí misma. (Véase: S. Romanello, “Cristo <fine> della Legge – Rom 10,4” en: AA.VV., Rivisitare il Compimento, Milano 2006, 101-102).

 

5) También en este sentido: Gal 5,14; Rom 13,9-10. Casos especiales: Rom 3,31; Gal 4,21. Por otra parte la ley es calificada no menos que como “santa y espiritual”: Rom 7,12.14.

 

6) S. Amsler, ibid., 59-60.

 

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Una crítica al argumento de la contingencia

 

Lic. Néstor Martínez

 

DONDEYNE, A.: “Quelques livres récents de métaphysique”, en: Revue Néoscolastique de Philosophie, XXXVII, (1934), 44, pp. 367-369. Las traducciones son nuestras.

 

En la recensión a un libro del P. Descoqs, el autor sostiene que la demostración de la existencia de Dios por la contingencia de los seres de este mundo descansa en un “apriorismo”.

 

La prueba en cuestión dice: “Si hay un ente contingente, hay un Ente Necesario que existe por sí mismo. Pero hay un ente contingente. Luego, hay un Ente Necesario que existe por sí mismo”.

 

Dondeyne concede la Mayor pero cuestiona la Menor. Distingue entre “contingencia física”, que define como el hecho de que los entes surgen y desaparecen, se engendran y se corrompen, y “contingencia metafísica”, a la cual define como la propiedad del ente que “por esencia puede ser y puede no ser”. Dice que no se puede pasar sin más de la primera, indudable en nuestra experiencia, a la segunda.

 

Para hacerlo, dice, el argumento debe recurrir a un apriorismo: debe suponer que el Ente Necesario es inmutable, de modo que el ente físicamente contingente, al ser cambiante, no es el Ente Necesario y, por tanto, es contingente por su misma esencia.

 

La suposición que dice que el Ente Necesario es absolutamente inmutable, dice Dondeyne, es un apriorismo, porque no sabemos aún si nuestro concepto de Ente Necesario es objetivo o no, no sólo por relación a la existencia del Ente Necesario, sino también por relación a su Esencia.

 

Por tanto, este argumento en el fondo recurre al argumento ontológico para sostenerse, y no se ha respondido a la objeción de Le Roy y otros modernistas.

 

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Entendemos que el problema de fondo está en la noción de “contingencia física”. En una crítica similar a un libro de Maritain, dice ahí mismo el P. Dondeyne:

 

“… afirmar la contingencia metafísica en el sentido de la filosofía tradicional, es idénticamente afirmar el Ser Necesario de esta misma filosofía y la causalidad trascendental tal como esta filosofía la comprende. En una palabra, es afirmar de un golpe todo el sistema creacionista. ¿Pero puede ser eso llamado un principio de causalidad? Un principio verdadero es una verdad general que hace progresar al pensamiento, que, por ejemplo, ayudaría a pasar de la contingencia experimentalmente constatable a la contingencia metafísica.” (Ibid., p. 373).

 

Esa “contingencia experimentalmente constatable”, ¿es “experimental” en referencia a la mera experiencia común a todo ser humano, o tiene relación con las “ciencias experimentales” y su modo específico de “experimentar”? Que las ciencias experimentales prescindan del ser, pase; pero, ¿ocurre lo mismo con la intuición inmediata del sentido común que capta el ser de las cosas en la experiencia misma que tenemos normalmente de ellas?

 

Éste es un punto capital, y entendemos que la respuesta a la segunda pregunta sólo puede ser decididamente negativa en una filosofía realista como es el tomismo.

 

En definitiva, en la “contingencia física”, ¿está en juego el ser de esos entes físicamente contingentes, o no lo está? ¿Es eso una descripción “fenomenológica” que deja fuera la existencia misma de esos entes, ejercida fuera de nuestra captación, o es por el contrario una captación natural y espontánea del sentido común que llega al ser mismo de las cosas que, por lo mismo, comienzan a ser y dejan de ser, y por lo tanto, pueden ser y pueden no ser, ahora, en el plano metafísico?

 

Parafraseando a Santo Tomás, que decía que nada hay tan contingente que no tenga algo de necesario, tenemos que decir que nada hay tan físico que no tenga algo de metafísico. Un gato puede comenzar a existir, y dejar de existir. Si a eso le llamamos “contingencia física”, entonces reconozcamos que pone en juego algo metafísico, que es el acto de ser. Ahora bien, ese acto de ser, el gato lo tiene en virtud de su esencia, o no. No hay otra posibilidad. En el primer caso, es el ente absolutamente necesario. En el segundo caso, es un ente contingente por esencia, y no solamente de modo físico.

 

Aquí no estamos recurriendo a la noción de “ente necesario” para pasar de la “contingencia física” a la “contingencia metafísica”. En realidad, la segunda ya está implícita en la primera; de otro modo, en efecto, el pasaje sería imposible. Y está implícita porque lo físico no se distingue de lo metafísico de tal modo que lo excluya enteramente. Excluir el ser es imposible, porque equivaldría a incluirse en la nada.

 

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¿Sería necesariamente ilegítimo, por otra parte, recurrir de algún modo a la noción de “ente necesario” para efectuar ese pasaje?

 

Un ente cualquiera, o en virtud de su esencia no puede no ser, y es metafísicamente necesario, o en virtud de su esencia puede no ser, y es metafísicamente contingente. El principio de tercero excluido no nos deja otra posibilidad. O la esencia de un ente determina su existencia, y es metafísicamente necesario, o no la determina, y entonces, si es un ente posible, es metafísicamente contingente.

 

El ente metafísicamente necesario, por su parte, no puede dejar de existir, ni comenzar a existir. Esto se deriva de la mera definición de “ente metafísicamente necesario”. Sería contradictorio que lo que por esencia no puede no existir, no existiera, y por tanto, que comenzara a existir, o dejara de existir.

 

Esto no es ningún “apriorismo”; en todo caso, no es ningún apriorismo ilegítimo. No estamos demostrando ni afirmando con esto, aún, la existencia “in actu exercitu” del Ente Necesario. Sólo decimos que la existencia “in actu signatu” pertenece necesariamente a la noción, al concepto, de un “Ente metafísicamente Necesario”, de modo tal que si un Ente así existe, no puede ni haber comenzado a existir, ni puede jamás dejar de existir.

 

De donde se sigue evidentemente que todo ente que comienza a existir o deja de existir, es metafísicamente contingente.

 

El P. Dondeyne dice que “demostrar la existencia de un Dios Creador es algo totalmente distinto de analizar una definición previamente establecida”.

 

Pero la definición de “Ente Necesario” no es que esté “previamente establecida”, al menos, en el sentido de que se deriva lógicamente de la comprensión misma del concepto de “Ente metafísicamente Necesario”.

 

El P. Dondeyne dice que a esta altura del razonamiento no sabemos si el concepto de “Ente metafísicamente Necesario” es objetivo o no. No tenemos una intuición ni de la existencia ni de la esencia del Ente Necesario.

 

Hay que reconocer que el autor recensionado por Dondeyne, el P. Descoqs, es el primero en afirmar que “no sabemos aún si es objetiva o no” la noción de “ser necesario” en el momento en que la empleamos en la prueba de la contingencia del modo que aquí se discute (p. 368).

 

Pero nada de eso hace falta para que podamos estar ciertos de que un ente metafísicamente necesario no puede absolutamente no existir, porque eso deriva, no de una intuición inmediata de la Esencia divina, sino del mero análisis lógico del concepto de “ente metafísicamente necesario”. Justamente, ello deriva de la mera definición de un tal concepto.

 

De lo contrario tendríamos que abdicar de nuestra razón y de la lógica de cara a la realidad. Si en la realidad de las cosas un ente metafísicamente necesario puede no existir, en el sentido de tener una existencia físicamente contingente, entonces el concepto de “ente metafísicamente necesario” no significa nada, o significa cosas contradictorias, y en ambos casos, los conceptos en general pierden cualquier valor posible.

 

Esto tendría sentido en una filosofía nominalista, pero no en un realismo moderado como es el de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino.

 

Por eso, si aceptamos que la “contingencia física” es ya “contingencia en el ser mismo”, como debemos, a no ser que estemos de entrada encerrados en una “epojé” fenomenológica que no permita afirmar el ser y el no ser en ese aparecer y desaparecer, engendrarse y corromperse de las cosas, entonces tenemos que aceptar que el ente físicamente contingente no es metafísicamente necesario, es decir, es metafísicamente contingente.

 

En ambos casos, entonces, es decir, haciendo intervenir o no la noción de "ente metafísicamente necesario" del modo en que hemos dicho, entendemos que la prueba por la contingencia es perfectamente concluyente.

 

*******

 

Y todavía hay que ir más a fondo. En realidad, si reducimos el argumento por la contingencia a su última esencia, nos queda lo siguiente:

 

“O no existe nada, o existe algo. Pero si existe algo, o bien existe por sí mismo, y es el Ser Necesario, que no puede no ser, o bien, puede no ser, y es contingente, existiendo por otro. Pero lo que es contingente y existe por otro, en última instancia debe existir en virtud de aquello que es Necesario y que existe por sí mismo. Luego, o no existe nada, o existe el Ser Necesario. Pero algo existe. Luego, existe el Ser Necesario”.

 

En forma extremadamente resumida:

 

“Si existe algo, existe el Ser Necesario. Pero algo existe. Luego, existe el Ser Necesario”.

 

Nos eximimos de demostrar aquí el nexo entre el ente metafísicamente contingente y el Ente Necesario porque el P. Dondeyne lo admite sin discusión alguna y reconoce que es un nexo necesario. Su única crítica consiste en que no ve claro el pasaje de la “contingencia física” a la “contingencia metafísica”.

 

Pero de nada sirve objetar a este argumento la distinción entre “contingencia física” y “contingencia metafísica”. Este argumento parte directamente de la contingencia metafísica, y establece que hay solamente dos “escenarios” posibles: la nada o el Ser Necesario, acompañado o no del ente contingente. Pero excluye totalmente la posibilidad del ente contingente solo, sin el Ser Necesario, y en esto el P. Dondeyne está de acuerdo, como ya dijimos. Dada la existencia entonces de cualquier cosa, existencia que puede ser todo lo “física” que se quiera, mientras sea una existencia real y actual, hay que afirmar necesariamente la existencia del Ser Necesario.

 

Y en este argumento no hay ningún “argumento ontológico” escondido porque, si bien se comienza por un análisis de conceptos, que establece la disyuntiva absoluta (la nada o el Ser Necesario), para concluir en la existencia actual del Ser necesario se necesita otra premisa que diga “algo existe”, la cual, ahora sí, es empírica. Es a esta premisa empírica y absolutamente evidente (basta señalar una lapicera o una mosca), que la conclusión debe su alcance existencial y no meramente conceptual.

 

Luego habrá que distinguir al Ser Necesario de los entes físicamente contingentes dados en la experiencia, y para eso puede servir el pasaje de la “contingencia física” a la “contingencia metafísica” que hemos esbozado más arriba.

 

Preocupado por dialogar con la fenomenología y el existencialismo, ambos centrados en lo concreto y empíricamente dado, el P. Dondeyne minimiza excesivamente el alcance del concepto abstracto y de las exigencias conceptuales, arriesgando coincidir con el nominalismo, que es la base de las corrientes filosóficas mencionadas.

 

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Voces anticatólicas

 

Lic. Néstor Martínez

 

Hasta la reciente reforma realizada por el Papa Juan Pablo II, la Iglesia exigía dos milagros para la beatificación de un candidato a los altares, y otros dos más para la canonización. El Papa Wojtyla redujo esa exigencia a un milagro para la beatificación y otro más para la canonización.

 

Pero lo que algunos tal vez criticarían como excesiva facilitación del proceso es haber prescindido, hasta ahora, de la autorizada opinión del semanario “Voces del Frente”, que inexplicablemente no estaba siendo consultado sobre el tema y que por eso mismo, tal vez, con ánimo de reparar en algo tan grave omisión, ha cometido algo titulado “Juan Pablo II, ¿fue un santo?”, en donde esa profunda cuestión teológica es sometida al juicio experto de algunos no creyentes y otros que se dicen católicos, más un católico de verdad que, por alguna falla totalmente disculpable de la producción, llegó también a ser interrogado.

 

El trabajo que se toman los enemigos de Dios, de Cristo y de su Iglesia por hacer cumplir infaliblemente cada una de las palabras del Evangelio es realmente notable. “Si al amo de casa lo llaman Belcebú, cuánto más a los domésticos”, dijo el Señor. Y esas palabras podrían servir hoy de criterio infalible para detectar a los verdaderos domésticos y servidores de Cristo. Y, con ese criterio, no sólo Juan Pablo II, sino también Benedicto XVI, han sido ya canonizados por el juicio unánime de tantos de-formadores de opinión que no han tenido la gracia, en los ocultos designios de Dios, de recibir, por el momento al menos, el don de la fe.

 

No es para menos; la relación con Dios es la relación fundamental. Nada como la actitud que se tome ante la Revelación divina puede hacer surgir lo mejor y lo peor de cada uno. Algunos de los entrevistados en el sínodo organizado por el semanario frentista desnudan, sin saberlo tal vez, las profundas heridas espirituales que son propias del ser humano que reniega de su Creador o que rechaza reconocer su manifestación en la historia.

 

Y es que Juan Pablo II fue grande en serio, demasiado grande para algunos. Se comprende que el anticatólico visceral esté ofendido con Dios por la falta de tacto que demuestra haber suscitado un Juan Pablo II en momentos en que parecía, una vez más en estos 2000 años, que por fin se había podido liquidar a la Iglesia. Más todavía, el Imperio ateo que para muchos era el futuro –y la esperanza…– de la humanidad, se vino abajo, en buena parte, porque este Papa removió algunas piedras en su Polonia natal apoyando a un sindicato de obreros que reclamaban justicia al supuesto Partido de los obreros. Eso, obviamente, es muy difícil de perdonar.

 

Del lado irónicamente llamado “liberal”, el odio no es menor. Los abanderados del preservativo no pueden perdonar tampoco al Papa el que no haya caído de rodillas junto con ellos ante el altar de la nueva y algo desconcertante divinidad. Entre las bocanadas de incienso que tributan fervorosamente al látex salvífico, pueden verse sus rostros tensos en el anatema contra el hereje que se ha atrevido a decir la verdad sobre el asunto, de la cual se deduce que son ellos los promotores del genocidio al alentar la promiscuidad sexual en tiempos de SIDA con el solo garante, defensa y protección de la sobredimensionada goma.

 

¿Quién de los anatematizadores de Juan Pablo II y de Benedicto XVI tendría relaciones sexuales con una persona que supiese que es portadora de SIDA, “protegido” por el preservativo? Sin embargo, estos nuevos inquisidores laicos no dejan de alentar a los jóvenes a que realicen toda clase de experiencias, cuantas más y más variadas mejor, munidos de esa defensa infalible, a la vez que nos recuerdan día tras día que la hipocresía es patrimonio exclusivo de los católicos o tal vez de los creyentes en general.

 

Es curioso que alguno de estos nuevos cardenales uruguayos haga profesión de apoyar la “razón” en contra del “misticismo”. La “razón” ¿es la que nos dice hoy que puede haber algo así como el “matrimonio homosexual”, que la ciencia se equivoca cuando señala inequívocamente el comienzo de la vida humana en la concepción, que el sexo no es algo natural sino culturalmente construido y que por tanto se puede cambiar a voluntad, que en definitiva la realidad no importa sino que lo decisivo es lo que se le antoje a la “libertad” de cada uno? ¿Eso es la “razón”, o es más  bien el misticismo del caos y de la destrucción que sirve, quizá, en muchos casos, como sustituto invertido de la fe perdida o nunca encontrada?

 

¿Y por qué será que es el “misticismo” de los creyentes el que hoy día sigue defendiendo contra viento y marea cosas tan humanas, básicas y elementales como la vida del no nacido, la familia y el matrimonio entre un varón y una mujer? ¿La “razón” necesitará del dogma, entonces, para poder seguir diciendo que dos más dos son cuatro y que no es posible morderse la oreja?

 

No hay caso; si alguna vez el creyente tiene tentaciones contra su fe, está bien que recurra a la oración, los sacramentos, entre ellos la confesión, obviamente, pero tampoco es despreciable la ayuda que presta leer a los críticos del catolicismo, para contemplar el abismo de incoherencia en que se sumerge la mente humana cuando rechaza a su Creador. Introducen sutiles distinciones que les permiten alabar la homosexualidad y condenar la pedofilia, aunque las mentes aviesas y mal pensadas no dejan de barruntar que esta última no habría sido objeto de condena alguna si no hubiese terminado prendiendo en mala hora en algunos miembros del clero católico.

 

No fue por los denunciadores de curas que nos enteramos de que en EE.UU. y en Holanda hay movimientos pedófilos, ONG’s pedófilas, revistas y congresos pedófilos, y que hasta se quiso hacer un partido político pedófilo y que se celebra en algunos círculos, todos los años, el día del “amante de los niños”.  No fueron sus gritos desgarradores los que nos despertaron a medianoche para hacernos tomar conciencia del peligro que corre la minoridad inocente, tal vez porque en esa misma hora estaban ocupados diseñando proyectos de ley de adopción de niños y niñas por parejas homosexuales. Es cierto, reconocemos que no se puede estar en todo.

 

¿Habrá que concluir finalmente, que el horrendo pecado de algunos clérigos tuvo al menos la virtud de hacer imposible que algún reformador iluminado y progresista propusiese legalizar la pedofilia en nuestro país? Por las dudas apresurémonos a festejar ahora, antes de que pasen algunos años.

 

Mientras tanto, el problema de fondo sigue siendo silenciado tenazmente. Cada año son asesinados en todo el mundo, en cifras totalmente conservadoras, 50 millones de seres humanos que son abortados en el vientre de sus madres. Cifras conservadoras, porque se refieren al aborto quirúrgico, cuando el más extendido hoy día es el aborto químico. Aquellos a los que les falta tiempo para usar la palabra “genocidio” cuando el Papa trata de evitar que se empuje a los jóvenes a cortejar al SIDA bajo el engaño del preservativo, no hacen oír su voz, que los oigamos nosotros al menos, para denunciar el genocidio más grande, sin lugar a dudas y sin discusión posible alguna, de toda la historia de la humanidad.

 

Hitler, Stalin y tantos otros quedan como simples aprendices torpes e ineptos ante esos mucho más de 50 millones anuales. Pero ¿se podrá creer que muchos de los que se desgañitan contra los Papas no sólo no hablan contra este exterminio masivo, sino que lo promueven apoyando la despenalización y legalización del aborto en nuestro país?

 

¿Es presentable que en el mundo de los Rockefeller, los Ford, los Gates, los Soros, los Buffet,  tipos que acumulan en sus arcas el equivalente al PBI de 30 o 50 países pobres, los defensores del oprimido tengan boca solamente para criticar las “riquezas” del Vaticano? Incluso los que hoy son de “izquierda”, por lo general, han puesto sordina a ese tipo de excesos verbales cuando se trata de los verdaderos poderosos, los que tienen el auténtico poder económico, político, militar. Que son, curiosamente y vaya coincidencia, los mismos que promueven el holocausto abortista en el mundo entero y que financian generosamente a los líderes locales que están dispuestos a ponerse al servicio de esas campañas filantrópico-homicidas. ¿Usted no desconfiaría?

 

El Papa no puede ofrecer incentivos semejantes a los que luchan por el derecho a la vida de todo ser humano desde la concepción, y tampoco puede poner en peligro la seguridad, la vida o los bienes de los que lo atacan valientemente desde debajo de la sombra protectora del “Informe Kissinger” y con el beneplácito de las Fundaciones Rockefeller y Ford y de la IPPF, solícitas madrinas todas ellas de

todo incansable defensor de los derechos de la muerte para los pobres del Tercer Mundo.

 

Ante todo esto, ¿qué más decir? Lo único que cabe es agradecer a Dios, con temor y temblor, por el don inmerecido de la fe. Y darnos cita para el Domingo que viene en Tres Cruces a celebrar la beatificación de Juan Pablo II. Eso sí, con la venia y el permiso de las “Voces del Frente” y de sus colaboradores, cuya autorizada opinión en estos temas jamás podremos valorar suficientemente.  Muchos estuvimos ahí mismo cuando Juan Pablo II celebró aquella memorable Misa en su visita a nuestro país. Si algo lamentamos en estos años que han pasado, es no haber sido más fervorosos y entregados en nuestro compromiso con la fe católica que Juan Pablo II nos vino a predicar. Ahora le vamos a pedir que desde el Cielo interceda por nosotros y por todo el pueblo uruguayo, para que la inmensa misericordia de Dios nos conceda a todos el no seguir cerrando los ojos ante la Luz.

 

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Apuntes sobre canto litúrgico

 

Martín García (*)

 

1.      Hipertrofia de la “vocación emblemática” del canto

 

Es curioso el estatus de la música litúrgica en Uruguay. Por momentos parece sumida en el abandono, perdida entre las cuentas pendientes de la posconciliaridad. Sin embargo, llaman la atención las discusiones apasionadas que genera. ¿Cómo puede ser que una cuestión aparentemente relegada sea motivo de discusión inflamada a veces hasta el encono?

 

En efecto, al abordar el tema de la música litúrgica, especialmente si se habla de celebraciones, comunidades o personas concretas, uno tiene la sensación de estar atacando las más profundas convicciones ajenas. A mi entender, esto se debe a la hipertrofia de la “vocación emblemática” del canto litúrgico, es decir, de su capacidad para reflejar y reforzar la identidad espiritual y la vida de fe del individuo o de una comunidad.

 

El gran canto litúrgico siempre ha poseído esa cualidad, aunque contrapesada por otras de más excelso rango: santidad, bondad de formas y universalidad, según las enumeró con agudeza San Pío X en el Motu Proprio Tra le sollecitudini de 1903. El debilitamiento –o el abandono– de las cualidades nombradas por el Papa santo abre la puerta a “valores” sustitutivos que, afectando letra y música, hipertrofian la vocación emblemática del canto. Esos valores son:

 

·        La sentimentalidad privada. En las últimas décadas el canto litúrgico se ha convertido en depósito e imperio de la sentimentalidad de la asamblea. Hablar de canto litúrgico de una comunidad es, pues, hablar de los sentimientos de la comunidad que lo produce.

·        Primacía del ethos sobre el logos. En el canto litúrgico en uso se invierte el orden de primacía descrito por Romano Guardini. La alta estima por el “hacer” humano, con sus múltiples ramificaciones de orden moral, se plasma en el canto principalmente de dos maneras: en primer lugar en las letras, notablemente en las de los cantos de Ofertorio, con una sobrevaloración de la actividad humana que a veces llega a otorgar la iniciativa al hombre y no a Dios.1 En segundo lugar, el canto litúrgico constituye en sí un ámbito de actividad humana: tocar un instrumento o cantar requiere dedicación y estudio; cualquiera puede apreciar el esfuerzo y la concentración de los cantantes o músicos en la misa, etc. El canto litúrgico, embebido en la sentimentalidad privada de los que lo realizan, e impulsado por la propia tendencia autosuficiente del arte musical, se transforma así en ámbito de exaltación del “hacer” humano.

·        El “Tú” de Dios desplazado por el “nosotros” de la asamblea. Parece más un síntoma que una causa de fondo, pero se trata de una característica tan extendida que merece una categoría propia. El “nosotros” exaltado, bueno y merecedor de la gracia de Dios era aún raro al menos hasta mediados de la década de 1950, aún en los fervorosos himnos de asociaciones y movimientos católicos con fuerte militancia. Sin embargo, para la década siguiente ya está plenamente instalado no ya en himnos de grupos eclesiales, sino en cantos de uso litúrgico. La sustitución del sujeto de los cantos es relevante por cuanto marca una distancia importante con la oración litúrgica de la Iglesia.

·        Estima apriorística por la novedad. En varios ámbitos de la cultura popular y “culta” se otorga a lo novedoso un gran valor. Lo novedoso llama la atención, despierta la curiosidad y puede atraer a la gente. Lo saben los publicistas, los malos artistas y no pocos católicos comprensiblemente ávidos por llenar de gente su parroquia. No pocos eclesiásticos concuerdan con la máxima periodística de que “a la Iglesia le hace falta marketing”. Esta entronización de la novedad conduce al indiscriminado ejercicio de la creatividad. En la liturgia, cierto afán creativo –íntimamente relacionado con el aprecio por el febril “hacer” humano– conduce a menudo a la noción de que la liturgia es algo que debemos crear nosotros cada vez. Esto da lugar a un relativismo litúrgico que tiene como única medida el gusto personal y que conduce a las más llamativas y variadas manifestaciones: desde la ambientación de un salmo responsorial con un palo de lluvia,2 al esperpéntico acompañamiento instrumental de la Plegaria Eucarística, a la implementación de pantomimas y gestos en los cantos, a un interminable etcétera. Con el gusto personal como rasero, nada de malo tendrán las novedades mientras haya alguien a quien le gusten.

·        Aprecio acrítico por expresiones culturales populares. No conviene aquí detenerse en la forma en que las manifestaciones musicales populares adquieren un blindaje a la crítica hacia finales del siglo XX, pero el lector podrá comprobar el grado de incorrección política que ha adquirido la crítica a ciertas expresiones musicales populares. Tampoco es posible abordar en detalle los complejos medios por los cuales las élites intelectuales se valieron de músicas populares para difundir y desarrollar ideas sociopolíticas de vanguardia. El aprecio acrítico funciona como un anestésico sobre la sensibilidad de los fieles, aletargando su capacidad para discernir cantos adecuados de aquellos que no lo son. Curiosamente, aquellas personas que no acostumbran ir a la Iglesia son las primeras en notar la grotesca inadecuación y la banalidad de algunos cantos. Un ejemplo que ronda la ridiculez lo provee la música para las letanías (bastante difundida) presuntamente compuesta para la venida del Papa Juan Pablo II a Uruguay; su sección final parece una parodia de algún éxito del Club del Clan.3 Este aprecio acrítico por la música y la cultura popular va de la mano con la triste costumbre pastoral de “aprovechar” la misa para promover tal o cual cultura nativa.4

 

Los “valores” mencionados en este artículo hacen eclosión a finales de los sesenta y son omnipresentes en la cultura actual. Cuando adquieren preeminencia en el canto litúrgico, las consecuencias pueden ser graves: cuando se exalta a la comunidad, ya no es la Iglesia quien celebra. Más aún: ya no es el misterio de Cristo lo que se celebra. Urge pues una reforma concienzuda del canto litúrgico que lo depure de elementos que exaltan a la criatura y eclipsan a Aquel por quien todo fue hecho.

 

2.      Más sobre el “nosotros” en el nuevo canto litúrgico

 

Hemos visto que el “Tú” de Dios es muchas veces reemplazado como sujeto del canto por un “nosotros” exaltado. Este “nosotros” es a menudo presentado como meritorio, hacedor, sin mayor necesidad de purificación. La participación de los fieles en el Sacrificio de Cristo aparece desdibujada y la Eucaristía resulta ser un premio que los fieles merecen.

 

Observemos el texto de algunos cantos de uso corriente contenidos en el cancionero de Ediciones Dehonianas.5 El canto “Éste es el momento6 dice en su segunda estrofa:

 

Pan de nuestra tierra, pan de nuestras manos,

pan de nuestra juventud, pan que hoy te entregamos,

juntos como hermanos en señal de gratitud,

vino de la tierra, buena y generosa,

vino que ofrecemos hoy.

Lleva nuestras luchas, lleva nuestras penas,

lleva nuestra sed de amor.7

 

Este sujeto que se presenta casi como “ofrenda digna” no parece tener mayor necesidad de conversión. La exaltación de la juventud es también sintomática: el nuevo canto litúrgico surge junto con la explosión de una cultura popular juvenil y con cierta opinión de que es necesario “enganchar” al grupo objetivo ensalzándolo (los jóvenes, las mujeres, los obreros, los latinoamericanos, etc.).

 

Un ejemplo tan perfecto como deplorable de lo que se acaba de afirmar es el canto “Joven que luchas8. Su música recuerda a ciertos cantantes populares juveniles argentinos de la década del sesenta. Más allá de que, musicalmente, la canción habla a un joven que hoy tiene por lo menos cincuenta y cinco años, impactan tres aspectos del texto: la torpe alabanza publicitaria al joven; un triunfalismo que no se observa ni en los aguerridos himnos de la Acción Católica; un sentido funcional y moralista que no tiene relación con la fe de la Iglesia. He aquí las dos primeras estrofas y el estribillo:

 

Joven que luchas siguiendo

el camino a la verdad,

constructor de la justicia

y obrero de la paz.

 

Unidos en la esperanza

de construir nuestro altar,

con la fe puesta en Cristo

llegaremos a triunfar.

 

Ven joven, hoy te esperamos,

que muy útil serás.

Nuestro lema es muy sencillo:

verdad, justicia y paz.

Por el bien de nuestra patria,

de toda la humanidad,

construyamos para todos

un mundo de amor y paz.

 

Veamos en tercer lugar el canto “Junto a Ti”.9 Vuelve a aparecer el “nosotros” como sujeto, así como el énfasis en el trabajo humano. De nuevo el texto es facundo para referirse al hombre y parco para referirse a Dios. La primera estrofa del canto dice así:

 

Junto a Ti, al caer de la tarde,

y cansados de nuestra labor,

te ofrecemos con todos los hombres

el trabajo, el descanso, el amor.

 

El énfasis en las penas cotidianas y el trabajo esforzado es también un elemento común de muchos cantos. Y si bien la presencia de estos elementos es entendible, no es justificable su primacía. Con la exaltación del hacer humano y la funcionalidad del joven que vimos en los cantos citados se invierte la primacía del logos sobre el ethos de que hablaba Romano Guardini:

 

“Lo que [los espíritus de pronunciada tendencia moral] echan de menos en la liturgia es que no ofrezca la formulación de una vida ética en relación inmediata con la vida cotidiana y real. La liturgia tiene –según ellos– la gran deficiencia de no suministrar al hombre, en sus luchas y aspiraciones de cada día, ningún estímulo inmediatamente transformable en acción, ninguna idea ni elemento primario utilizable. Ella se caracteriza por cierta reserva, por cierto retraimiento en la vida; se distancia del mundo y se recluye en el santuario del templo, para desplegarse dentro de su recinto con toda su pompa y lejos del tráfago del mundo.”10

 

Según esta visión, el nuevo canto litúrgico podría considerarse un triunfo de estos “espíritus de pronunciada tendencia moral”. Para Guardini, la respuesta espiritual de la Iglesia a la “perentoria necesidad” de la vida cotidiana se da por medio de las oraciones y formas de piedad populares. Es a través de éstas que el alma es arrastrada a “conclusiones prácticas y eficientes. La liturgia en cambio se propone de modo preferente crear la disposición característica y fundamental para la vida cristiana”.11 En los cantos que observamos, no ya la piedad popular sino más bien la piedad privada (con su correspondiente sensibilidad privada), ha predominado sobre la sensibilidad litúrgica. Un “yo” sentimental, expresado como un “nosotros”, se manifiesta en lugar de la Iglesia, y a veces llega a poner al hombre en el lugar de Cristo.

 

Notas

 

*) Director de orquesta nacido en Montevideo en 1976. Licenciado en dirección orquestal por la Escuela Universitaria de Música (UdelaR) y Master en dicha disciplina por la Universidad del Norte de Colorado (EE.UU.). En la actualidad es director de orquesta del Ballet Nacional del Sodre y profesor de dirección orquestal en la Escuela Universitaria de Música. En noviembre de 2010 la Fundación Lolita Rubial lo distinguió con el prestigioso Premio Morosoli.

 

1) El canto “Después de preparar la tierra”, por ejemplo, salvo por una mención a las Bodas de Caná en la tercera estrofa, bien podría ser utilizado como propaganda del Centro de Industriales Panaderos: “Después de preparar la tierra y de sembrar,/se ha recogido el trigo bajo el sol estival./Ha sido necesario blanca harina hacer:/es trabajo del hombre que ha hecho este pan. Éste es el pan que presentamos hoy,/el pan de nuestra vida, el pan de nuestro amor./Pan de nuestra tierra, del gozo y del dolor,/nuestro esfuerzo en hacer nuestro mundo mejor.”

 

2) Palo de lluvia o palo de agua: instrumento indígena de percusión que imita el sonido del agua cayendo.

 

3) Programa argentino de televisión en los años sesenta en que se difundía música beat en español.

 

4) Piénsese, por ejemplo, en la consuetudinaria afirmación de la cultura aborigen en las misas papales en Australia.

 

5) Cancionero Religioso Popular del Santuario Nacional de la Gruta de Lourdes, Ediciones Dehonianas, Uruguay 2005. Cabe destacar que este cancionero, de amplia difusión, lejos de ofrecer una idea criteriosa del canto litúrgico, es más bien una recopilación de lo que se canta en las parroquias, un reflejo del “estado de situación” más que una guía para el culto del Pueblo de Dios. El efecto aparente, tal vez no deseado, es que la Iglesia montevideana aprueba y hace suyos todos los cantos que aparecen en el libro.

 

6) N° 333. No se indica el autor. Vale indicar que la transcripción musical del canto es errónea.

 

7) La primera estrofa menciona explícitamente la Consagración y la Comunión, aunque con una forma de expresión más bien pedestre.

 

8) N° 233. No figura el autor.

 

9) N° 182 del Cancionero “dehoniano”. Anónimo, figura como “Negro Spiritual”. La música es la misma del canto “Si en el surco”.

 

10) Romano Guardini, El Espíritu de la Liturgia, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 1999, traducción del original de 1918, p. 89.

 

11) Ibid., p. 90. Sin embargo, Guardini no desconoce los frutos de la liturgia en el orden moral: “Su ideal consiste en conquistar al hombre para situarle en el orden justo y en la relación esencial con su Dios, para que por medio de la adoración y del homenaje del culto tributado a Dios, por la fe y el amor, por la penitencia y el sacrificio, adquiera la rectitud interior, de suerte que en el momento que tenga que decidirse a obrar o se presente el cumplimiento de un deber, obre en conformidad con ese estado de espíritu, es decir, con rectitud y justicia”. Asimismo, el Catecismo de la Iglesia Católica afirma: “La vida moral, como el conjunto de la vida cristiana, tiene su fuente y su cumbre en el Sacrificio Eucarístico” (n. 2031).

 

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La clave de la solución a la crisis económica

 

Reproducimos a continuación, por su interés, una traducción de varios extractos del capítulo escrito por el economista Ettore Gotti Tedeschi, Presidente del IOR [más conocido como “el Banco del Vaticano”; nota de “Fe y Razón”] para el Anuario 2010 de la Federazione Universitaria Cattolica Italiana sobre la situación económica actual y que recogió el 29 de abril el diario L'Osservatore Romano.

(ForumLibertas.com - Zenit.org).

Desde que terminé los estudios universitarios, en 1971, al final de una crisis económica –y personalmente he visto muchas– sigue proponiéndose como solución la imposición de nuevas reglamentaciones y de nuevos controles. La crisis de esta forma se vuelve cada vez más compleja: cuando se está en dificultad y se establecen sistemas de control, se vuelve rígido todo el sistema. Queda además una pregunta que nunca encuentra respuesta: ¿quién controla a los controladores? No es el instrumento el que hace funcionar los procesos, sino el hombre.

Max Weber distinguió, de modo oportunista y maquiavélico, la ética personal de la responsabilidad de la ética de la convicción. Según el sociólogo alemán, existe por tanto una ética de quien tiene la responsabilidad de un determinado sector y la de quien está verdaderamente convencido de él. ¿Cómo es posible tener la responsabilidad y practicarla, si no se está convencido? El convencimiento, es decir, la referencia a algo fuerte, estable, verdadero, es determinante para poder obtener resultados. No existe la ética de los instrumentos, la ética del mercado, la ética del capitalismo: existe un hombre que da sentido ético a cada comportamiento.

Las familias americanas, a causa de la crisis, han perdido alrededor del 50% de sus propias inversiones, porcentaje correspondiente al valor del derrumbe de la riqueza americana. Esto porque en los últimos veinticinco años se había inflado en un 50% toda la economía estadounidense. Las familias han visto reducirse a la mitad el valor de la casa, de los ahorros, del fondo de pensiones, y ahora tienen enfrente un futuro hecho de deudas que pagar y de un alto riesgo de paro.

¿Por qué tuvo que inflarse durante más de diez años el PIB de la mayor economía del mundo? La respuesta correcta no se encuentra con frecuencia, pero el Papa la proporciona en la encíclica Caritas in veritate: porque hace treinta años, el sistema del mundo occidental (Estados Unidos, Canadá, Europa y Japón) dejó de tener hijos.

Cuando se afirma que el origen de la crisis está en el uso equivocado de instrumentos financieros, en la avidez de los banqueros o en la falta de controles, se dicen falsedades. ¿Por qué la economía se ha visto obligada a expandir el crédito sin controlarlo? Porque se había bloqueado en los años ochenta el crecimiento económico, el PIB de los países occidentales crecía demasiado poco y estaba ligado al crecimiento cero de la población. Si la población no crece, no puede crecer la economía y por tanto hay que resignarse. El mundo occidental, rico, ávido de cosas y egoísta, decidió no resignarse y así se inventó la crisis económica.

Benedicto XVI salvará al mundo: lo hará porque está proponiendo un cambio cultural radical para el hombre. Leyendo la introducción a la Caritas in veritate, se nota cómo el Papa remite al primer mandamiento del Decálogo, distinguiendo explícita e implícitamente verdad y libertad.

En la cultura dominante, la libertad, que desde la Ilustración se adorna con positivismo, relativismo, hasta el nihilismo actual, precede a la verdad. El hombre debe ser libre de encontrar la verdad, pero, haciéndolo así, no sólo no la encuentra sino que la confunde con la propia libertad. Benedicto XVI en cambio reafirma la necesidad de cambiar a los hombres, y no los instrumentos. Serán de hecho los nuevos hombres los que cambiarán los viejos instrumentos.

La verdad precede a la libertad, y no existe verdadera libertad responsable que no se refiera a una verdad absoluta. El Papa destruye el pensamiento nihilista, que lleva al hombre a ser un animal inteligente, que orienta su actuación sólo a la satisfacción de las necesidades materiales.

Si el hombre viviese, de hecho, sólo de este tipo de satisfacciones, hoy debería exultar, porque las conquistas de la ciencia y de la tecnología le han llevado a niveles nunca alcanzados en el pasado. Si el hombre es solo hijo del caos o de la casualidad, ¿qué dignidad podrá pretender jamás? La de vivir el mayor tiempo posible, si es posible sin enfermedades, pero nada más. El Papa puede salvar al hombre, en el sentido de volver a abrirle los ojos sobre su dignidad real de hijo de Dios.

Los instrumentos, en general, son todos neutros. Las grandes iniquidades llevadas a cabo en el mundo de las finanzas no se debieron sólo a malas interpretaciones o aplicaciones de las normas de las finanzas. En muchas ocasiones incluso los Gobiernos han apoyado la infracción de algunas reglas. Los abusos verdaderos existen porque se ha permitido que existieran, no porque faltaran las estructuras de control. Existen 23 boards, estructuras de reglamentación de los mercados financieros, desde el Financial Stability Board hasta las más periféricas, que afectan a determinadas áreas geográficas. Un instituto financiero hoy debe someterse a 23 nuevas reglamentaciones inmediatas, con la amenaza de sanciones fortísimas.

Estas reglas estaban ya antes, pero nunca se han respetado. Es el hombre de hecho el que debe crecer desde una ética de la responsabilidad a una en la que crea verdaderamente en lo que hace. Por eso se habla hoy de emergencia educativa, porque es necesario ser formados.

En el sexto capítulo de la Caritas in veritate encontramos un pasaje clave de modo distinto, pero con el mismo espíritu ya presente en la Sollicitudo rei socialis. Juan Pablo II se preguntaba cómo puede el hombre tecnológico, que crece enormemente en la capacidad de elaborar técnicas e instrumentos cada vez más sofisticados, gestionar estos conocimientos en la inmadurez que le caracteriza. Una vez más Benedicto XVI pone en guardia al hombre de nuestro tiempo ante el extravío ético, la definitiva autonomía moral de los instrumentos.

Fuente: http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=19973

 

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Bolivia: el grupo “Somos Iglesia” es contrario a la fe católica

 

Pbro. Dr. Juan Claudio Sanahuja

 

Fuente: La Patria, Oruro, 03-04-11.

 

Ante la petición por parte del grupo “Somos Iglesia” de ordenar como diáconos a siete jóvenes “comprometidos con una Iglesia profética y liberadora”, en un comunicado fechado el 1º de mayo, el Obispo de Oruro (Bolivia), Mons. Cristóbal Bialasik svd, desautorizó las actividades de ese grupo.

 

Mons. Bialasik califica al grupo como “una corriente apócrifa, anti-Iglesia, pseudo clerical y anti-jerárquica, con una postura reduccionista, a través de la cual busca construir una Iglesia según su propio proyecto y no según el proyecto de Dios”.

 

El Obispo de Oruro destaca que “Somos Iglesia busca promover la disidencia en sectores eclesiales, en colaboración con otros grupos y personas que no cuentan con aval eclesiástico, como el ex teólogo Hans Küng, Católicas por el Derecho a Decidir, Asociación de Teólogos Juan XXIII, Conferencia para la Ordenación de Mujeres al Sacerdocio, Amerindia y otros similares, quienes buscan reformas radicales en la Iglesia Católica, cuestionando, e inclusive condenando, enseñanzas inmutables de la doctrina eclesial, entre otras; proponen por ejemplo la ‘igualdad de orientación sexual’, la ordenación de mujeres al sacerdocio, la conducción de las diócesis y parroquias por ‘asambleas del pueblo’, la aceptación de sacerdotes casados, el aborto, métodos anticonceptivos y otros, en total oposición al Magisterio de la Iglesia”.

 

A la vez, el prelado recuerda que “en referencia a la solicitud que hacen (…) para incorporar al Sacramento del Orden a siete personas, debo recordar que “a la autoridad de la Iglesia corresponde la responsabilidad y el derecho de llamar a uno a recibir la ordenación” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1598), no siendo por lo tanto, el Diaconado un ascenso, concesión o premio, sino una vocación”. FIN, 06-05-11.

 

Noticias Globales, Año XIV. Número 991, 23/11. Gacetilla n° 1106. Buenos Aires, 06-05-2011.

http://www.noticiasglobales.org

 

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San Bonifacio (5 de junio)

 

En el siglo VII Europa estaba devastada por la acción de las nuevas poblaciones bárbaras, paganas o semi-heréticas, con costumbres brutales y primitivas, a menudo sin una mínima civilización (ni siquiera la escritura). Pero de entre las murallas de los monasterios benedictinos, pequeños oasis que florecían en Italia y en muchas regiones de Europa, salió un puñado de hombres que cambió el destino del mundo, bautizando a las hordas de bárbaros y transformándolos en pueblos civilizados.

 

Bonifacio, el evangelizador del pueblo alemán, es uno de estos hombres. Su nombre originario es Winfrido. Nació hacia el 673 en Crediodunum, en el sudoeste de Inglaterra, y creció desde muy pequeño en las abadías de Exeter y Nhutschelle. El joven Winfrido encontró en el monasterio a hombres enamorados de Dios y apasionados por todo lo verdadero y lo hermoso (la música, la literatura clásica, la medicina, etc.). Winfrido se convirtió en profesor de gramática, autor de tratados y poeta.

 

En el año 716 Winfrido dejó Inglaterra para anunciar a Cristo a los pueblos germanos. No existían carreteras en Europa, sino sólo selvas y territorios llenos de peligro. La primera expedición a Frisia fue un completo fracaso. Dos años más tarde emprendió el camino en dirección a Roma. Los monasterios ingleses estaban muy unidos al Papa (los anglos habían aceptado el bautismo hacia el 650 de manos de monjes italianos mandados a la isla por el Papa Gregorio) y Winfrido quiso construir sobre la roca de Pedro. En mayo de 719 se encontró con el Papa Gregorio II, quien le confió la “misión entre los paganos” y le dio por escrito muchos consejos. Winfrido tomó entonces el nombre de un mártir romano, Bonifacio.

 

Después de esto Bonifacio regresó a Frisia. Trabajando durante dos años en compañía de San Willibrordo (otro monje inglés) logró conquistar esa tierra. En el 721 Bonifacio predicó en Assia y en Turingia, bautizando a miles de paganos y guiando nuevamente hacia la fe católica a muchos cristianos que habían retornado a los antiguos cultos paganos. Fundó un monasterio en Amöneburg.

 

En noviembre del 722 Bonifacio viajó otra vez a Roma, donde el Papa lo consagró obispo. A pesar del apoyo del rey franco Carlos Martel a la obra de Bonifacio, el clero franco se opuso al monje inglés, a quien consideraban un intruso. En el 723 Bonifacio realizó un gesto que simbolizó el reto que lanzaba a las tribus germánicas: abatió el roble sagrado dedicado al dios Tor y con su madera construyó una capilla consagrada a San Pedro.

 

En el año 732 el Papa consagró arzobispo a Bonifacio, confiriéndole la potestad de consagrar obispos en la orilla derecha del Rin. En los monasterios de su tierra natal no sólo se oraba por su misión sino que además se enviaban ayudas materiales. Además muchos grupos de hombres y mujeres jóvenes acudieron donde él para ayudarlo y fundaron unos cuantos monasterios. Bonifacio estuvo unido por fuertes lazos de amistad espiritual con estos monjes jóvenes e intrépidos que se encaminaron hacia la “santa peregrinación” inflamados de amor por Cristo: Vigberto, los hermanos Willibald y Wunibald, su hermana Valburga y otras muchachas extraordinarias como Lioba, Tecla y Cunitrude (todas fueron proclamadas santas por la Iglesia).

 

Durante el tercer viaje de Bonifacio a Roma (737-738), el Papa le encomendó la misión de instituir las iglesias de Baviera, Alemania, Assia y Turingia. Después de la muerte de Carlos Martel (741), Bonifacio venció otra batalla: la reforma de la Iglesia franca, que sobrevivía casi secularizada. Por esa época Bonifacio tomó posesión de su cargo como obispo de Maguncia. En el 744 fundó la abadía de Fulda, que llegó a ser posteriormente el corazón de la fe católica en Alemania.

 

En el 753 Bonifacio, ya anciano, deja la diócesis de Maguncia a Lullo y emprende su última aventura: la evangelización de Sajonia. En torno a él se reúnen unos 50 monjes. Juntos bajan por el Rin en una flotilla de barcas. Desembarcan al este de Zuiderzee y se encuentran con los paganos habitantes de esas tierras. Es la primavera del 755. El 5 de junio una gran multitud de hombres y mujeres convertidos por Bonifacio se prepara para recibir el sacramento de la confirmación. Repentinamente son asaltados por una horda de bandidos. Bonifacio es asesinado junto con todos sus compañeros de viaje. Lullo logra rescatar su cuerpo y lo hace enterrar en la abadía de Fulda, tal como Bonifacio deseaba.

 

Fuente: Revista “30 Días en la Iglesia y en el mundo”, Junio de 1990 (artículo resumido por Daniel Iglesias Grèzes).

 

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La Coraza de San Patricio

 

Me levanto hoy
por medio de poderosa fuerza, 
la invocación de la Trinidad,
por medio de creer en sus Tres Personas,
por medio de confesar la Unidad,
del Creador de la Creación.

 

Me levanto hoy
por medio de la fuerza del nacimiento de Cristo y su bautismo,
por medio de la fuerza de Su crucifixión y su sepulcro,
por medio de la fuerza de Su resurrección y ascensión,
por medio de la fuerza de Su descenso para juzgar el mal.

 

Me levanto hoy
por medio de la fuerza del amor de Querubines,
en obediencia de Ángeles,

en servicio de Arcángeles,
en la esperanza de que la resurrección encuentra recompensa,
en oraciones de Patriarcas,

en palabras de Profetas,
en prédicas de Apóstoles,

en inocencia de Santas Vírgenes,
en obras de hombres de bien.

 

Me levanto hoy
por medio del poder del cielo:
luz del sol,
esplendor del fuego,
rapidez del rayo,
ligereza del viento,
profundidad de los mares,
estabilidad de la tierra,
firmeza de la roca.

 

Me levanto hoy
por medio de la fuerza de Dios que me conduce:
Poder de Dios que me sostiene,
Sabiduría de Dios que me guía,
Mirada de Dios que me vigila,
Oído de Dios que me escucha,
Palabra de Dios que habla por mí,
Mano de Dios que me guarda,
Sendero de Dios tendido frente a mí,
Escudo de Dios que me protege,
Legiones de Dios para salvarme
de trampas del demonio,
de tentaciones de vicios,
de cualquiera que me desee mal,
lejanos y cercanos,
solos o en multitud.

 

Yo invoco este día todos estos poderes entre mí y el malvado,
contra despiadados poderes que se opongan a mi cuerpo y alma,
contra conjuros de falsos profetas,
contra las negras leyes de los paganos,
contra las falsas leyes de los herejes,
contra obras y fetiches de idolatría,
contra encantamientos de brujas, forjas y hechiceros,
contra cualquier conocimiento corruptor de cuerpo y alma.

 

Cristo, escúdame hoy
contra filtros y venenos,

contra quemaduras,
contra sofocación,

contra heridas,
de tal forma que pueda recibir recompensa en abundancia.

 

Cristo conmigo, 
Cristo frente a mí, 
Cristo tras de mí,
Cristo en mí,

Cristo a mi diestra,
Cristo a mi siniestra,
Cristo al descansar, 
Cristo al levantarme,
Cristo en el corazón de cada hombre que piense en mí,
Cristo en la boca de todos los que hablen de mí,
Cristo en cada ojo que me mira, 
Cristo en cada oído que me escucha.

 

Me levanto hoy
por medio de poderosa fuerza,

la invocación de la Trinidad,
por medio de creer en sus Tres Personas,
por medio de confesar la Unidad,
del Creador de la Creación.

 

(San Patricio, Obispo y Patrono de Irlanda, 387-17 de marzo de 461).

 

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