Fe y Razón

Revista virtual gratuita de teología católica

Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 51 – Agosto de 2010

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”

(Santo Tomás de Aquino)

 

 

“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

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Equipo de Dirección: Diác. Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing. Daniel Iglesias Grèzes.

 

Colaboradores: Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Pbro. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Ec. Rafael Menéndez, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Pbro. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Álvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Campeones del fútbol, campeones de la vida

Equipo de Dirección

Magisterio

Carta Apostólica “Ad tuendam fidem

Papa Juan Pablo II

Espiritualidad

Nel mezzo del cammin di nostra vita

Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola

Apologética

Sábana Santa: fe y razón (Nota 5)

Dr. Eduardo Casanova

Familia y Vida

Sobre la adopción de niños por parejas homosexuales

Asociación “Familia y Vida”

Familia y Vida

Imposición del homicidio

Lic. Néstor Martínez

 

Doctrina Social

Católicos y política –I. Reforma o apostasía

Pbro. José María Iraburu

 

Cine

Otra película blasfema contra Jesús

Pbro. Tomás de la Torre Lendínez

Catecismo

El Padre

Catecismo de la Iglesia Católica

Derecho Canónico

De las obligaciones y derechos de los fieles laicos

Código de Derecho Canónico

Oración

Oración para comenzar un rato de oración

Opus Dei al día

 

 

Campeones del fútbol, campeones de la vida

 

Equipo de Dirección

 

El Mundial de fútbol ha terminado y no cabe duda de que Uruguay ha sido la gran sorpresa, ubicándose entre los cuatro mejores seleccionados del mundo. Para todos los uruguayos ha sido tremenda la impresión que ha producido este equipo, además de las notables virtudes técnicas, por el coraje, por la garra, por el espíritu y el alma que han puesto en la cancha. Luchando hasta el último momento, peleando cada pelota, dejándolo todo por la ilusión de un pueblo deportivo que hace cuarenta años que venía soportando la humillación de no llegar muchas veces ni a clasificar para los mundiales.

 

Durante años se dijo que lo de la garra charrúa era un mito, y ciertamente, la mayoría de los uruguayos descendemos de españoles e italianos. Sin embargo, lo que se quiere designar con ese nombre -hay que creer o reventar- existe. Basta comparar la actuación de nuestro seleccionado con la de otros equipos tal vez superiores técnicamente. A más de uno le habría alcanzado con una parte nada más del coraje que pusieron los uruguayos, para llegar a la final.

 

Gran fiesta, entonces, para el pueblo uruguayo. Por unos días, el seleccionado de fútbol nos trasmitió otra imagen de nuestro país. Una imagen ganadora, esperanzada, no resignada, audaz. Una imagen que no es la del tradicional "no se puede", la clásica apuesta por la mediocridad tranquila, por el cálculo más arriba que los valores, por la sonrisa escéptica ante el heroísmo.

 

La madera uruguaya da para más. Ya lo sabíamos, pero lo teníamos medio olvidado. Tan olvidado, que hace ya un tiempo que nos quieren convencer de apostar a lo que ni siquiera es el mal menor, y de hacer de la resignación la virtud suprema. Incluso puede haber quien proyecte salir a festejar el día nefasto en que, Dios no lo permita, nuestro sistema legal baje los brazos y declare públicamente que ya no defiende el derecho de todo ser humano a la vida desde que existe, o sea desde la concepción, como dijo el ex presidente Vázquez, apoyándose en los datos de la ciencia.

 

Ése no es el espíritu que nos mostraron los jugadores del seleccionado de fútbol. La misma garra que hizo proezas para lograr un triunfo deportivo tiene que poder hacer cien veces más para detener el avance de la cultura de la muerte. Mucho más grande que ser campeones de fútbol es ser campeones de la vida. Mucho más que pelear por la ilusión de toda una muchachada joven que nunca vio ganar a Uruguay, es pelear por el derecho a vivir de los que en el vientre de sus madres están esperando a ver si son o no son sentenciados a muerte.

 

Después que empatamos con Francia, que ganamos a Sudáfrica, México, Corea y Ghana, en un partido que en cierto modo trascendió lo meramente deportivo, después que estuvimos a punto de mandar a su casa a los holandeses y de quitarles el tercer puesto a los alemanes, no nos vengan a decir que no hay nada que hacer. No vengan a venderle a este pueblo de nuevo ilusionado con la vida, la "buena noticia" del evangelio de la muerte. No vengan a decirle a nuestros pobres que hacen mal en traer hijos al mundo y que, después de haberlos marginado de tantas maneras, ni ese derecho se les quiere reconocer. No vengan a vender pastillas asesinas a un pueblo que quiere vivir.

 

¡¡¡ARRIBA LA CELESTE!!!

 

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Carta Apostólica dada en forma de 'Motu Proprio'

«AD TUENDAM FIDEM»,
con la cual se introducen algunas normas en el
Código de Derecho Canónico y el Código de Cánones de las Iglesias Orientales

 

Juan Pablo II

 

PARA DEFENDER LA FE de la Iglesia Católica contra los errores que surgen entre algunos fieles, sobre todo aquellos que se dedican al estudio de las disciplinas de la sagrada teología, nos ha parecido absolutamente necesario a Nos, cuya tarea principal es la de confirmar a los hermanos en la fe (cf. Lc 22,32), que en los textos vigentes del Código de Derecho Canónico y del Código de Cánones de las Iglesias Orientales, sean añadidas normas con las que expresamente se imponga el deber de conservar las verdades propuestas de modo definitivo por el Magisterio de la Iglesia, haciendo mención de las sanciones canónicas correspondientes a dicha materia.

 

1. Desde los primeros siglos y hasta el día de hoy, la Iglesia profesa las verdades sobre la fe en Cristo y sobre el misterio de Su redención, recogidas sucesivamente en los Símbolos de la fe; en nuestros días, en efecto, el Símbolo de los Apóstoles o bien el Símbolo Niceno constantinopolitano son conocidos y proclamados en común por los fieles en la celebración solemne y festiva de la Misa.

 

Este mismo Símbolo Niceno constantinopolitano está contenido en la Profesión de fe, elaborada posteriormente por la Congregación para la Doctrina de la Fe (1), cuya emisión se impone de modo especial a determinados fieles cuando asumen algunos oficios relacionados directa o indirectamente con una más profunda investigación concerniente el ámbito de la verdad sobre la fe y las costumbres, o que están vinculados con una potestad peculiar en el gobierno de la Iglesia. (2)

 

2. La Profesión de fe, debidamente precedida por el Símbolo Niceno constantinopolitano, contiene además tres proposiciones o apartados, dirigidos a explicar las verdades de la fe católica que la Iglesia, en los siglos sucesivos, bajo la guía del Espíritu Santo, que le «enseñará toda la verdad» (Jn 16,13), ha indagado o debe aún indagar más profundamente. (3)

 

El primer apartado dice: «Creo, también, con fe firme, todo aquello que se contiene en la Palabra de Dios escrita o transmitida por la Tradición, y que la Iglesia propone para ser creído, como divinamente revelado, mediante un juicio solemne o mediante el Magisterio ordinario y universal» (4). Este apartado afirma congruentemente lo que establece la legislación universal de la Iglesia y se prescribe en los cann. 750 del Código de Derecho Canónico (5) y 598 del Código de Cánones de las Iglesias Orientales (6).

 

El tercer apartado, que dice: «Me adhiero, además, con religioso asentimiento de voluntad y entendimiento, a las doctrinas enunciadas por el Romano Pontífice o por el Colegio de los Obispos cuando ejercen el Magisterio auténtico, aunque no tengan la intención de proclamarlas con un acto definitivo» (7), encuentra su lugar en los cann. 752 del Código de Derecho Canónico (8) y 599 del Código de Cánones de las Iglesias Orientales (9).

 

3. Sin embargo, el segundo apartado, en el cual se afirma: «Acepto y retengo firmemente, asimismo, todas y cada una de las cosas sobre la doctrina de la fe y las costumbres, propuestas por la Iglesia de modo definitivo» (10), no tiene un canon correspondiente en los códigos de la Iglesia Católica. Este apartado de la Profesión de Fe es de suma importancia, puesto que indica las verdades necesariamente conexas con la divina revelación. En efecto, dichas verdades, que, en la investigación de la doctrina católica, expresan una particular inspiración del Espíritu divino en la más profunda comprensión por parte de la Iglesia de una verdad concerniente a la fe o las costumbres, están conectadas con la revelación sea por razones históricas sea por lógica concatenación.

 

4. Por todo lo cual, movidos por esta necesidad, hemos decidido oportunamente colmar esta laguna de la ley universal del siguiente modo:

 

A)    El can. 750 del Código de Derecho Canónico de ahora en adelante tendrá dos párrafos, el primero de los cuales consistirá en el texto del canon vigente y el segundo presentará un texto nuevo, de forma que el can. 750, en su conjunto, diga:

 

Can. 750

 

§ 1. Se ha de creer con fe divina y católica todo aquello que se contiene en la palabra de Dios escrita o transmitida por tradición, es decir, en el único depósito de la fe encomendado a la Iglesia, y que además es propuesto como revelado por Dios, ya sea por el magisterio solemne de la Iglesia, ya por su magisterio ordinario y universal, que se manifiesta en la común adhesión de los fieles bajo la guía del sagrado magisterio; por tanto, todos están obligados a evitar cualquier doctrina contraria.

 

§ 2. Asimismo se han de aceptar y retener firmemente todas y cada una de las cosas sobre la doctrina de la fe y las costumbres propuestas de modo definitivo por el magisterio de la Iglesia, a saber, aquellas que son necesarias para custodiar santamente y exponer fielmente el mismo depósito de la fe; se opone por tanto a la doctrina de la Iglesia católica quien rechaza dichas proposiciones que deben retenerse en modo definitivo.

 

En el can. 1371, n. 1 del Código de Derecho Canónico se añada congruentemente la cita del can. 750, §2, de manera que el mismo can. 1371 de ahora en adelante, en su conjunto, diga:

 

Can. 1371

 

Debe ser castigado con una pena justa:

 

1º quien, fuera del caso que trata el c. 1364, §1, enseña una doctrina condenada por el Romano Pontífice o por un Concilio Ecuménico o rechaza pertinazmente la doctrina descrita en el can. 750, §2 o en el can. 752, y, amonestado por la Sede Apostólica o por el Ordinario, no se retracta;

 

2º quien, de otro modo, desobedece a la Sede Apostólica, al Ordinario o al Superior cuando mandan o prohíben algo legítimamente, y persiste en su desobediencia después de haber sido amonestado.

 

B)     El can. 598 del Código de los Cánones de las Iglesias Orientales de ahora en adelante tendrá dos párrafos, el primero de los cuales consistirá en el texto del canon vigente y el segundo presentará un texto nuevo, de forma que el can. 598, en su conjunto, diga:

 

Can. 598

 

§ 1. Se ha de creer con fe divina y católica todo aquello que se contiene en la palabra de Dios escrita o transmitida por tradición, es decir, en el único depósito de la fe encomendado a la Iglesia, y que además es propuesto como divinamente revelado, ya sea por el magisterio solemne de la Iglesia, ya por su magisterio ordinario y universal, que se manifiesta en la común adhesión de los fieles cristianos bajo la guía del sagrado magisterio; por tanto, todos los fieles cristianos están obligados a evitar cualquier doctrina contraria.

 

§ 2. Asimismo se han de aceptar y retener firmemente todas y cada una de las cosas sobre la doctrina de la fe y las costumbres propuestas de modo definitivo por el magisterio de la Iglesia, a saber, aquellas que son necesarias para custodiar santamente y exponer fielmente el mismo depósito de la fe; se opone por tanto a la doctrina de la Iglesia católica quien rechaza dichas proposiciones que deben retenerse en modo definitivo.

 

En el can. 1436, § 2 del Código de Cánones de las Iglesias Orientales se añadan congruentemente las palabras que se refieren al can. 598, §2, de manera que el can. 1436, en su conjunto, diga:

 

Can. 1436

 

§ 1. Quien niega alguna verdad que se debe creer por fe divina y católica, o la pone en duda, o repudia completamente la fe cristiana, y habiendo sido legítimamente amonestado no se arrepiente, debe ser castigado, como hereje o apóstata, con excomunión mayor; el clérigo, además, puede ser castigado con otras penas, no excluida la deposición.

 

§ 2. Fuera de esos casos, quien rechaza pertinazmente una doctrina propuesta de modo definitivo por el Romano Pontífice o por el Colegio de los Obispos en el ejercicio del magisterio auténtico, o sostiene una doctrina que ha sido condenada como errónea, y, habiendo sido legítimamente amonestado, no se arrepiente, debe ser castigado con una pena conveniente.

 

5. Ordenamos que sea válido y ratificado todo lo que Nos, con la presente Carta Apostólica dada en forma de 'Motu Proprio', hemos decretado, y prescribimos que sea introducido en la legislación universal de la Iglesia Católica, en el Código de Derecho Canónico y en el Código de Cánones de las Iglesias Orientales respectivamente, como ha sido arriba expuesto, sin que obste nada en contrario.

 

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 18 de mayo de 1998, año vigésimo de Nuestro Pontificado.

 


 

(1) CONGREGATIO PRO DOCTRINA FIDEI, Professio Fidei et Iusiurandum fidelitatis in suscipiendo officio nomine Ecclesiae exercendo, 9 Ianuarii 1989, in AAS 81 (1989) p. 105.

 

(2) Cf. Código de Derecho Canónico, can. 833.

 

(3) Cf. Código de Derecho Canónico can. 747, § 1; Código de Cánones de las Iglesias Orientales, can. 595, §1.

 

(4) Cf. SACROSANCTUM CONCILIUM OECUMENICUM VATICANUM II, Constitutio dogmatica Lumen gentium, De Ecclesia, n. 25, 21 Novembris 1964, in AAS 57 (1965) pp. 29-31; Constitutio dogmatica Dei Verbum, De divina Revelatione, 18 Novembris 1965, n. 5, in AAS 58 (1966) p. 819; CONGREGATIO PRO DOCTRINA FIDEI, Instructio Donum Veritatis, De ecclesiali theologi vocatione, 24 Maii 1990, n. 15, in AAS 82 (1990) p. 1556.

 

(5) Código de Derecho Canónico, can. 750: Se ha de creer con fe divina y católica todo aquello que se contiene en la palabra de Dios escrita o transmitida por tradición, es decir, en el único depósito de la fe encomendado a la Iglesia, y que además es propuesto como revelado por Dios, ya sea por el magisterio solemne de la Iglesia, ya por su magisterio ordinario y universal, que se manifiesta en la común adhesión de los fieles bajo la guía del sagrado magisterio; por tanto, todos están obligados a evitar cualquier doctrina contraria.

 

(6) Código de Cánones de las Iglesias Orientales, can. 598: Se ha de creer con fe divina y católica todo aquello que se contiene en la palabra de Dios escrita o transmitida por tradición, es decir, en el único depósito de la fe encomendado a la Iglesia, y que además es propuesto como divinamente revelado, ya sea por el magisterio solemne de la Iglesia, ya por su magisterio ordinario y universal, que se manifiesta en la común adhesión de los fieles cristianos bajo la guía del sagrado magisterio; por tanto, todos los fieles cristianos están obligados a evitar cualquier doctrina contraria.

 

(7) Cf. CONGREGATIO PRO DOCTRINA FIDEI, Instructio Donum Veritatis, De ecclesiali theologi vocatione, 24 Maii 1990, n. 17, in AAS 82 (1990) p. 1557.

 

(8) Código de Derecho Canónico, can. 752: Se ha de prestar un asentimiento religioso del entendimiento y de la voluntad, sin que llegue a ser de fe, a la doctrina que el Sumo Pontífice o el Colegio de los Obispos, en el ejercicio de su magisterio auténtico, enseñan acerca de la fe y de las costumbres, aunque no sea su intención proclamarla con un acto decisorio; por tanto los fieles cuiden de evitar todo lo que no sea congruente con la misma.

 

(9) Código de Cánones de las Iglesias Orientales, can. 599: Se ha de prestar adhesión religiosa del entendimiento y de la voluntad, sin que llegue a ser asentimiento de la fe, a la doctrina acerca de la fe y de las costumbres que el Sumo Pontífice o el Colegio de los Obispos enseñan cuando ejercen magisterio auténtico, aunque no sea su intención proclamarla con un acto definitivo; por tanto, los fieles cuiden de evitar todo lo que no es congruente con la misma.

 

(10) Cf. CONGREGATIO PRO DOCTRINA FIDEI, Instructio Donum Veritatis, De ecclesiali theologi vocatione, 24 Maii 1990, n. 16, in AAS 82 (1990) p. 1557.

 

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Nel mezzo del cammin di nostra vita

 

Miguel Antonio Barriola

           

      No tenemos vocación de seminaristas. El tiempo de formación es una etapa, no una meta definitiva. Por lo cual es conveniente, ya desde ahora, ir pensando en los años futuros del sacerdocio de cada uno, porque, por lo general, se tiene la impresión de que no se ha cuidado mucho el tránsito de los años preparatorios a la vida ministerial, tal cual se suele presentar.

      En el medio de la vida o después de haber confrontado los ideales o período previo con los sinsabores posteriores, podemos enderezarnos hacia varios rumbos, dos de ellos extremistas, pareciendo ser un tercero el camino real.

      Ha costado mucho esfuerzo lograr, durante el Seminario y como joven adulto, un puesto en la vida, siendo evidente que el ejercicio del sacerdocio, en nuestro mundo actual, exige la lucha de una persona fuerte.

      Ahora bien, la afirmación de uno mismo, la encarnación de los ideales se fue haciendo a costa de la represión en el inconsciente de muchas posibilidades: quedaron atrás la posibilidad de una familia, una carrera brillante, éxitos profesionales.

      Es lo que suele pasar también con los padres de familia, pero sobre todo en las madres. Emplearon casi 30 años de la vida en su papel de educadores y, cuando los pichones vuelan del nido, aflora todo lo que no pudieron cultivar de sí mismos.

      Igualmente y más todavía, el sacerdote es, por definición, “el hombre para los demás”. Los otros y él han elaborado y afilado unos rasgos y dejado a la sombra otras posibilidades, como ya se adelantó: los gozos de una familia propia, la posible realización personal en la política, una profesión beneficiosa…

      Recuerdo el lamento de un compañero, sacerdote, que se quejaba, diciendo: ”Descubro que no sé hacer otra cosa que ser cura”. Tal realidad, que debería ser un título de gozo sobrenatural, era para él una soberana limitación. Así fue cómo empezó a estudiar psicología y experimentar en otras áreas, hasta que abandonó el ejercicio de su sacerdocio.

 

¿Qué hacer?

 

      Puede asomar la bifurcación de los caminos: a la mitad de la vida (como inicia Dante su inmortal “La Divina Commedia) brota con más fuerza el subconsciente y a raíz de ello se entra en la inseguridad. Se quiebra la instalación consciente, quedándose uno desorientado, pudiendo perder el equilibrio: la familia que pude haber formado, los hijos que me alegrarían la existencia, otras posibilidades desaprovechadas…

      Con todo, puede ser también una oportunidad muy útil, que exige mirar de nuevo a la brújula en pos de una nueva y más afianzada orientación, que pondrá a raya también al inconsciente.

      Por cierto que el hundimiento de la propia imagen, y de la seguridad que de allí provenía, puede llevar a la catástrofe. Así es cómo una reacción frecuente, para defenderse de la inseguridad, consiste en aferrarse crispadamente al propio personaje, a la identidad sin humor. El caso de tantos tipos, que se toman a sí mismos demasiado en serio.

      Un personaje de L. Castellani, un curial, cuando saludaba, preguntaba: “¿Qué tal? ¿Cómo ME encuentra?”

      En cambio una pizca de humor dulcifica hasta a la misma muerte.

      Así, el famoso humorista español, Pedro Muñoz Seca, durante la última y tan atroz guerra civil en dicho país, estando por ser ejecutado por los milicianos rojos, para mayor escarnio, encontrándose ya en el paredón, oyó que le decían: “Te hemos quitado todo, tu casa, tu mujer, tus hijos”.

      Él replicó: “Sí, pero hay algo que no me podrán quitar”. Los del pelotón de fusilamiento, intrigados, le preguntaron: “¿Qué?”, Respondiendo él: “El miedo que tengo encima y mi amor a Jesucristo” (1).

      Al contrario, la rigidez que se acuartela detrás del propio “yo” se vuelca en la profesión, las ocupaciones, el “título” (2). Esa identificación tan infatuada, que olvida que uno es sólo una “vasija de barro” (II Cor 4,7) y que el tesoro que en ella lleva superará siempre nuestra pobreza, asume a veces rasgos tragicómicos. Por eso tantos hombres no son, en el fondo, nada más que la dignidad que les ha concedido la sociedad. Sería inútil buscarles una personalidad detrás de la cáscara. Bajo grandes apariencias representativas no son otra cosa que hombrecillos dignos de lástima. De ahí que la profesión sea tan seductora, porque representa una compensación barata a una personalidad deficiente.

      Hace unos años el solo ser sacerdote daba prestigio. Hoy hemos dado tantos escándalos, que no vale mucho escudarse sólo en el título.

      Debemos aprender a no caer en las meras fachadas, comunes en la época postconstantiniana. Anteriormente a ella se necesitaba heroísmo para declararse cristiano. Quien se bautizaba era consciente de que su fin podría desembocar en las fauces de un león. Pero, después del edicto de Milán (313), que concedía la total libertad al cristianismo, así como privilegios a obispos y clero, ser cristiano “vestía bien”, y más de uno se bautizaba, porque entonces era lo “politically correct”. Así aparecieron muchos obispos cortesanos, adulones del emperador. Pero, los hubo también que, no sólo no se vistieron con galas ajenas, sino que por su propio valer, fruto de su colaboración con la gracia, hicieron fructificar su ministerio, dando lustre al episcopado (San Atanasio, San Hilario, Osio de Córdoba…)

      De este modo, en la mitad de la vida, a la hora de la verdad (no sólo de la figuración social), en lugar de estar (como hasta entonces) a la escucha de las expectativas del mundo, se deberá prestar oído a la voz interior y poner manos a la obra, para solidificar a fondo la propia personalidad, basada en valores genuinos y no meramente “para la exportación”.

 

Dos caminos

 

      Aquí asoman los extremos viciosos, arriba anunciados: rigidez esclerótica o juvenilismo de viejo verde.

      Ante todo, frente a tales exageraciones, se trata de aceptar la sombra, el claroscuro: no podemos creernos campeones olímpicos, ni tenernos por piltrafas a descartar. Porque la vida humana es un conjunto de contrastes o polaridades, que se ha de saber conjugar: Inteligencia y afectividad // Autoestima y propios límites // Permanencias y novedades // Libertad y obediencia // Amor a Dios y al prójimo // Actividad y contemplación. Y se podría abundar más todavía.

      Tal polaridad nos es esencial y no llegamos a la plenitud, a desarrollarnos a nosotros mismos, si no conseguimos integrar los contrarios, en lugar de eliminar alguno a favor del otro o dar preeminencia a uno en desmedro del opuesto.

 

A)    ¿Un pasado inútil?

 

      Ahora bien, la primera mitad de la existencia acentúa unilateralmente lo conscientemente cultivado, para la afirmación del yo. Como Jesús le dijo a Pedro: “Cuando eras joven… ibas a donde querías” (Jn 21,18). La inteligencia se creó ideales, a los que secundó una tesonera voluntad. Pero tales metas tienen su contrapartida en los opuestos, no logrados, pero depositados en el inconsciente:

-          El célibe ama a Cristo, luchando para que no se desboque su afectividad.

-          El científico suele descuidar lo artístico.

-          El poeta cultiva la imaginación y no tanto la lógica.

-          El padre, luchando fuera de casa, no siempre afina su ternura.

-          La madre, reina del hogar, no pudo ser universitaria. Etc.

      Cuantos más esfuerzos se hacen por excluir lo reprimido, tanto más sale este último por sus fueros, apareciendo en los sueños. El medio del camino exige volverse ahora también a los aspectos que quedaron más silvestres; que aceptemos la sombra no vivida, confrontándonos con ella.

      Entonces pueden levantar cabeza los comportamientos defectuosos: la rigidez, el encastillamiento en los antiguos valores, sin apreciar a las generaciones ascendentes, los nuevos aportes (3). En último término lo que produce el endurecimiento es el miedo de perder la comodidad espiritual. Se luchó tanto por adquirir el bagaje de toda una vida, que se lo siente amenazado, o bien cuando son criticados defectos pasados, o sino al aparecer en la vida perspectivas antes insospechadas.

 

B)    Juvenilismo

 

      La reacción opuesta por el diámetro se perfila cuando se empieza a tirar por la borda los valores vigentes hasta el momento de la crisis, a favor de perspectivas novedosas, que andan de moda. Aparecen como erróneas las convicciones almacenadas en la propia experiencia, se odia lo que se amaba, se intenta una batalla contra el Yo anterior.

      Recuerdo con pena a sacerdotes venerables por su edad, encandilados con la tan equívoca “Teología de la Liberación”, declarando que todo lo que habían estudiado no valía para nada.

      Han sido (y siguen siéndolo, por desgracia) épocas de cambio de profesión, divorcios, mariposeo con sectas o prácticas orientales (Yoga, New Age), apostasías de todo tipo. Tales son algunos de los síntomas de este movimiento pendular hacia los antípodas de lo que era valioso hasta el presente. Se figuran que por fin se puede vivir lo reprimido. Pero, en lugar de integrarlo (4), o sea: conjugándolo con lo válido del ideal perseguido hasta entonces, se cae víctima de lo no vivido y añorado, reprimiendo y hasta deplorando lo que se persiguió anteriormente. Así la represión (que en la figura anterior funcionaba frente a lo “nuevo”) se ejerce ahora respecto a los ideales previos, cambiando sólo el objeto, sofocando todo lo anterior y sin lograr el equilibrio.

      Sólo que ningún principio, verdad u objetivo de nuestra vida se puede negar sin más, entronizando pura y simplemente al contrario. Más bien son correlativos. Todo lo humano es limitado y perfectible con el otro polo. Esta inclinación a negar las antiguas motivaciones a favor de sus adversarias, nuevas y más llamativas, es tan exagerada como la anterior postura rígida, cuando ante los ideales puros no se tenía en cuenta la fantasía inconsciente, que planteaba una mayor flexibilidad, invitando a apreciar asimismo brotes insospechados de vida.

      En la segunda pendiente de la existencia, entonces, no se trata de ceder a una conversión total a lo opuesto, sino de mantener los tesoros antiguos, a la vez que de reconocer lo que parece contradecirlos, pero es integrable. En fin, hemos de procurar mantener el justo medio entre los “nova et vetera”, con que finaliza el capítulo de las parábolas en San Mateo (13,52).

      En consecuencia se ha de estar alerta frente a cierto “juvenilismo”. En las “modas ideológicas”, por ejemplo. Cuando no hay una personalidad con convicciones sólidas, en torno a los 45 años, se puede todavía coquetear con la última onda de pensamiento o de conducta (5). No faltan quienes hasta se preocupan del modo de vestir. ¡Cuántos creen que se ha de seguir siendo atrayentes, fingiendo para eso la propia edad, ignorando que el encanto físico ya pasó! Probablemente se tiene miedo a no tener otra cosa que ofrecer a los demás fuera de ese juego de imágenes agradables, que es el vestir, salir, alternar, viajar… Seducir es una de las tentaciones más sutiles de los hombres o mujeres maduros, que se creen eternamente “interesantes” (6). De ahí que se atienda exageradamente a la salud y al cuerpo. Se pergeñan ingenierías capilares para disimular la calvicie, tinturas, etc. A la verdad que tales poses resultan cómicas. A veces llega uno a preguntarse cómo es posible que ese hombre, hecho y derecho, esté tan pendiente de su figura.

      Puede que tales poses tengan su lado favorable: el ansia de renacer, de “volverse como niños”. Con todo, la infancia espiritual es algo muy distinto al empecinamiento con que se ignora que las fuerzas decaen y no se las puede suplir con piezas postizas. Es trágico ese juvenilismo, cuando representa la angustia del tiempo que se va, el miedo a la muerte.

 

Camino regio

 

      En cambio, para todo cristiano y más para el sacerdote, todas las etapas de su vida han de estar sostenidas por el desafío paulino: “¿Dónde está muerte tu victoria?” (I Cor 15,55). La recta senda hacia la mitad de la vida es, en última instancia, la actitud ante la muerte. Sólo cuando el hombre cree en la supervivencia después de la muerte, ella misma se vuelve un objetivo razonable, y en los grandes místicos, pese a su horror natural, se transforma hasta en deseable: “Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia… Deseo morir, para estar con Cristo, que es mucho mejor” (Filip 1,23). O las hermosas estrofas de Santa Teresa de Jesús: “Vivo sin vivir en mí y de tal manera espero, que muero porque no muero”.

      Todos, pero más el sacerdote y el que se encuentra con un buen tramo de su vida recorrido, han de familiarizarse con la propia muerte (7). Pero, se ha de arrostrar la vida tal como es, con su crudo realismo, que nos amonesta constantemente que “no tenemos en este mundo morada permanente” (Hebr 13,14). Como bellamente lo decía Jorge Manrique: “Vivir se debe la vida de tal suerte, que viva quede en la muerte”.

      Esto no quiere decir que los creyentes han de ser estoicos o faquires, impertérritos ante el dolor y la muerte. No fue así el propio Cristo, quien pidió que “pasara de Él aquel cáliz” (Mt 26,39) y, según Hebr 5,7, lo hizo “con fuertes gritos y lágrimas”.

      Tampoco Teresa del Niño Jesús, por débil que sintiera su carne, cayó en la desesperación. Más bien, tanto Cristo como tantos cristianos auténticos supieron superarse pidiendo: “No mi voluntad sino la tuya” (Mt, ibid.). “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). Y la Santa de Lisieux: “No puedo más, no puedo más. Sin embargo es necesario que siga sufriendo… Estoy vencida… No, nunca hubiera creído que se pudiese sufrir tanto. Nunca, nunca… ¡Mañana será todavía peor! ¡En fin, tanto mejor!” (Mirando al Crucifijo): “¡Oh, le amo!... ¡Dios mío… os amo!” (8). ¡Qué distinto, a pesar del innegable tormento, de quienes se agarran crispadamente a la vida, perdiendo la relación con su curva vital, biológica, psicológica y, sobre todo, teológica!

      Hasta los paganos percibieron tal absurdo. Como cuenta Cicerón acerca de Milón de Crotona (9). Ya envejecido, viendo los ejercicios de jóvenes deportistas, contemplando sus brazos, ya decaídos, exclamó, llorando: “At hi quidem mortui iam sunt!” (= pero éstos, por cierto, ya están muertos). A lo cual responde Cicerón, por boca de Catón: “Non vero tam isti, quam tu ipse, nugator!” (= no tanto éstos, cuanto más bien tú mismo, majadero) (10).

      El desasosiego ante la muerte es, finalmente, un no querer vivir, porque desearlo es permanecer vivo y sólo puede realizarlo quien acepta la vida como es, no como le gustaría a él que fuera. Ahora bien, “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir”, como también escribió Jorge Manrique. En lugar de mirar hacia adelante a la meta de la muerte (11), muchos dirigen la vista hacia atrás, lo pasado. Y así como es deplorable que un hombre de 30 años mire nostálgicamente a su infancia, permaneciendo pueril, resultan igualmente lamentables esos aires juveniles que adoptan ciertos viejos, verdaderos descalabros psicológicos de la naturaleza.

      Hay escuelas para jóvenes, no para cuarentones. Pero desde antiguo tales escuelas eran las religiones, que preparaban a los hombres para el misterio de la segunda mitad de la vida. Porque el ser humano puede desarrollarse sólo cuando experimenta en sí lo divino: “No vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2,20).

      Jung (contradiciendo el predominio unilateral de lo sexual en Freud) testimoniaba lo siguiente: “De entre todos mis pacientes que habían pasado la mitad de la vida, es decir de más de 35 años, no había ninguno en que el problema decisivo no fuera su actitud religiosa”.

      Con todo, hay que cuidarse de ver en la religión sólo un sedante, como la proponía Dale Carnegie en su obra “Cómo evitar las preocupaciones”. Entre otros recursos, aconsejaba: “Ayuda el creer en Dios”. No hay que olvidar que también Buda (y tantos otros) ofreció esos calmantes (12).

      La mística cristiana sigue siendo profundamente desconcertante. No se queda en psicología, porque la creatura se encuentra a sí misma sólo más allá de ella misma.

      Siempre se podrá psicologizar la experiencia trascendental, por cuanto se da en el hombre concreto. Pero en su esencia es “metafísica”. El objetivo no es la “pérdida del yo”, sino la unión de amor personal con Aquel que nos creó de la nada y nos llamó a ser sus hijos, en su Hijo, muerto y resucitado. Lo cual reaviva la esperanza; pero “teologalmente”. No espero porque cuento con “mi sagacidad”, “capacidad de empresa”, etc., sino porque ahora, bajando la otra cuesta de la vida, más que nunca, puedo basarme única y exclusivamente en Dios. Como Abraham, que “creyó contra toda esperanza… pues era ya centenario y estaba amortiguada la matriz de Sara… No vaciló… sino que, fortalecido por la fe, dio gloria a Dios y no sólo por él está esto escrito… sino también por nosotros, a los que creemos en el que resucitó de entre los muertos a Nuestro Señor Jesús, entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación” (Rom 4,18-25).

      En fin, cada noche, si lo hacemos con conciencia y no rutinariamente, anticipamos este misterio, rezando Completas. El sueño tiene muchas analogías con la muerte, tanto que en la Biblia se habla de los difuntos, como de quienes duermen (Jn 11,11; I Cor 15,20). La Iglesia, en ese declinar del día, pone en nuestros labios el cántico del “Nunc dimittis” del anciano Simeón, que no contempla su próxima muerte ni su vejez como una tragedia, sino con la alegría, que despertaba en él aquel chiquilín que tenía en sus manos y sería “luz para iluminar a las naciones” (Lc 2,32).          

 

*******

 

1)      Recordemos asimismo el comentario de Santo Tomás Moro, cuando Enrique VIII le conmutó la horca (que era pena para plebeyos) por la espada, pues había sido canciller del reino: “Dios libre a mis hijos de la clemencia del rey”.

 

2)      Tengamos presente asimismo la lúcida plegaria del recién citado Santo Tomás Moro: “No permitas que sufra excesivamente por ese ser tan dominante que se llama YO”.

 

3)      Horacio calificaba al anciano como: “Laudator temporis acti” (= que alaba al tiempo pasado: Ars poetica, 173). Lo que se refleja también en el dicho castellano: “Todo tiempo pasado fue mejor”. Lo censurable de tales actitudes no está en que nada podamos rescatar del pasado, dado que, se ha de admitir una “philosophia perennis”, hemos de apreciar al “Antiguo Testamento” y, “además afirma la Iglesia que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre” (Gaudium et Spes, 10). Lo malo es aferrarse únicamente a lo conocido, sin valorar los adelantos actuales, las fuerzas nuevas que asoman en la historia.

 

4)      O sea: conjugándolo con lo válido del ideal perseguido desde siempre. Cosa que no significa unir lo que es imposible de armonizar. Porque, por ejemplo, nadie puede ser soltero y casado a la vez, así como no es posible ejercer la medicina, arquitectura, abogacía, o de futbolista, pianista, químico, etc. en una sola vida, como es la nuestra. Siempre, ante el infinito abanico de posibilidades, es necesario “decidir” (de-cidere = cortar), porque, como decía Macrobio: “Non omnia possumus omnes” (=no todos lo podemos todo: Saturnalia, VI, 1, 35).

 

5)      Ya alertaba San Pablo al respecto: “Así dejaremos de ser niños, sacudidos por las olas y arrastrados por el viento de cualquier doctrina, a merced de la malicia de los hombres y de su astucia para enseñar el error” (Ef 4,14). Y el autor de Hebreos: “No se dejen seducir por cualquier clase de doctrina” (Hebr 13,9).

 

6)      En este sentido es patética la “Señora de los almuerzos”, empleando la vida en maquillajes y operaciones en su rostro, pero que, no bien se enfocan sus manos en la TV, se descubre su edad avanzada. Y… no sólo en ella.

 

7)      Hoy en día, en cambio, se trata de ocultar la menor alusión a la muerte. Para ello se construyen “cementerios-parque”, sin cruces ni simbolismos del más allá. Pareciera como que se quisiera hacer entender que todo vuelve a esas plácidas praderas, sin “recuerdos agresivos”, que nos mantengan advertidos de la presencia constante del fin de nuestras vidas en este mundo.

 

8)      Últimos dichos” en: Teresa de Lisieux, Obras Completas, Burgos (1975) 1554. Repasemos los sentimientos de Muñoz Seca ante sus verdugos: miedo inocultable pero, no menos, amor a Cristo.

 

9)      Musculoso atleta, que llegó a entrar en el estadio llevando un toro sobre sus hombros.

 

10)  De Senectute, XI, 27.

 

11)  Transfigurada, evidentemente, para la fe cristiana en Pascua, pasaje a donde ya no se pasa más.

 

12)  Y ahí está el límite de Jung, que busca lo “religioso universal”, llegando casi a una disolución del “yo” en el “todo”.

 

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Sábana Santa: fe y razón (Nota 5)

 

Dr. Eduardo Casanova

 

El carbono 14. Primera parte.

 

La energía que modificó el contenido de C14 en la Sábana Santa

 

Decidimos dedicar dos notas separadas al tema del carbono 14 en la Sábana Santa, no tanto por su valor de datación (tema que ya es anacrónico), sino por cuanto permite una mejor interpretación acerca de la impronta registrada en la tela, a modo de un negativo fotográfico. Fuera de que en el siglo XIII no existía la tecnología fotográfica para conseguirlo, tampoco existen hoy los medios necesarios para producir, en un tejido de lino, semejante imagen tridimensional. Sin embargo, sigue siendo necesario profundizar en el fenómeno físico-químico que aumentó en la Síndone la proporción de carbono 14 sobre la cantidad de carbono 12. Para ello hemos de referirnos al concepto de esta sustancia química y de su isótopo, que es el carbono 14. La explicación, que puede ser algo árida y difícil, refuerza el propósito de dividir el tema en dos notas.

 

La relación entre las diversas sustancias químicas

 

Cuando Dimitri Ivanovich Mendeleiev (1834-1908) publicó la Tabla Periódica de los Elementos en 1867, revolucionó el modo en que se entendía el cosmos. Se desmentía a Kant en su visión del universo como un caos desordenado (al que llamó noúmeno). Por el contrario, existía un ordenamiento tan perfecto y predeterminado en la Naturaleza, que permitía predecir las propiedades físico-químicas de sustancias aún no descubiertas, que aparecían como “lugares vacíos” de la Tabla. Bajo la influencia de Kant, la pretensión de Mendeleiev parecía un despropósito, y se le puso en ridículo. Sin embargo, pocos años después, cuando se descubrió el galio, Mendeleiev envió una nota a su descubridor diciéndole que debía corregir las propiedades físico-químicas publicadas para el galio, no coincidentes con las publicadas para ese “lugar vacío” de la Tabla. Planteaba que la muestra de galio estaba seguramente contaminada con otras sustancias que falseaban esos parámetros. Ello fue confirmado.

 

El ordenamiento de los elementos había permitido a Mendeleiev asignar a cada sustancia un símbolo químico (de una o dos letras), con un número en la Tabla, el número atómico, que es igual al número de electrones (partículas con carga negativa, e igual también al número de protones (partículas con masa 2.000 veces mayor que los electrones, con carga positiva), que se encuentran en el núcleo. Abajo y a la derecha del símbolo químico se suele escribir su masa atómica, que está dada por la suma de los protones y los neutrones (partículas de igual masa que los protones, pero con carga neutra, también contenidos en el núcleo).

 

Cada sustancia tiene sus caracteres físico-químicos (punto de fusión, ebullición, etc.) definidos por su número atómico. Sin embargo, un átomo de una misma sustancia puede tener diferente masa atómica, si contiene un mayor número de neutrones en su núcleo. En este caso, como ocupa el mismo lugar en la Tabla (con las mismas propiedades físico-químicas), se llama isótopo (de iso-igual, topo-lugar). En el caso del carbono 12 (C12), su isótopo (con dos neutrones más), es el carbono 14 (C14).

 

Los neutrones pueden concebirse como partículas compuestas por un protón más un electrón. Este electrón puede llegar a salir del núcleo (en cuyo caso se llama partícula beta), y transforma el neutrón en un protón. Al ser irradiado como partícula beta, queda en órbita con el resto de los electrones de ese átomo. Eso es lo que ocurre con los isótopos, que al irradiar partículas beta modifican su número atómico porque modifican su número de protones y electrones. En el caso del C14, forma inestable” (o isótopo) del C12, cuando emite una partícula beta, pasa de tener 6 protones, 6 electrones y 8 neutrones, a tener 7 protones, 7 electrones y 7 neutrones. De esta manera pasa de ocupar el lugar 6 en la Tabla, a ocupar el lugar 7, que es el que corresponde al nitrógeno (N), que es un elemento estable con masa 14 (dada por 7 protones más 7 neutrones).

 

La “forma estable” del carbono (C) es el C12, que cuenta con 6 electrones en órbita, en equilibrio con 6 protones nucleares, y tiene una masa 12 porque cuenta con 6 protones y 6 neutrones. El C14 ocupa el mismo lugar en la Tabla (porque tiene 6 protones y 6 electrones), pero es una “forma inestable” de carbono, por su masa 14, dada por 6 protones más 8 neutrones, y porque tiende a modificar uno de sus neutrones para dar origen a un séptimo protón y un séptimo electrón en órbita, luego de irradiar una partícula beta. De sus dos neutrones supernumerarios queda sólo con uno, pasando de 8 a 7 neutrones, con 7 protones y 7 electrones, pasando del lugar 6 al lugar 7 en la Tabla, que corresponde al nitrógeno (N), y no al carbono (C).

 

Aunque otros elementos químicos también tienen isótopos, nos referiremos sólo al carbono, que en su “forma estable” es el C12 y en su “forma inestable” es el C14.

 

La “inestabilidad” del C14 se relaciona con el tiempo, por una relación bastante precisa, para que el isótopo pierda un neutrón de más. El tiempo que se tarda para que una sustancia pierda la mitad de sus átomos inestables se denomina vida media del isótopo, que para el caso del C14 es de 5.000 años. Al cabo de ese tiempo la mitad de los isótopos de C14 se habrán transformado en N, determinando un aumento relativo de átomos de C12.

 

Dado que desde el punto de vista químico el carbono es como el “esqueleto atómico” de los seres vivos (el elemento constitutivo fundamental), la cantidad de C14 se utiliza para medir el tiempo transcurrido desde la muerte de ese ser vivo hasta el presente.

 

Durante su vida los seres biológicos intercambian átomos de carbono entre su organismo y el medio ambiente. En ese intercambio se mantiene constante la proporción de C14 del organismo, en equilibrio con el C14 del entorno. Con la muerte, al cesar ese intercambio, el organismo ya no incorpora a su organismo ni C12 ni C14. De allí en más irá disminuyendo la proporción de C14 y aumentando la de C12. Por ejemplo, en los derivados del petróleo, obtenido de fósiles muy antiguos, será mínima la proporción de C14 y máxima la de C12.

 

Para entender este proceso hemos de conocer el mecanismo por el cual se pasa de N a C14, y luego de C14 a N. Como veremos, existe un mecanismo natural que relaciona a los seres vivos con la energía solar, y que a su vez está influido por otras fuentes de energía que modifican esa ecuación básica.

 

El ciclo de nitrógeno a carbono y de carbono a nitrógeno

 

En la capa atmosférica externa la energía solar actuando sobre los átomos de nitrógeno (80% del aire), lleva a introducir un electrón en órbita del N al interior del núcleo. Ello provoca que se pase de tener 7 protones, 7 neutrones y 7 electrones, a 6 protones, 8 neutrones y 6 electrones, porque uno de sus 7 protones captó el electrón, que ya no está en órbita (bajando los electrones en órbita de 7 a 6), y el protón que captó el electrón se transformó en el octavo neutrón. El nuevo elemento es carbono, porque tiene número atómico 6, pero se trata de C14 (isótopo del C12), que en el aire atmosférico se une al oxígeno, formando anhídrido carbónico (CO2).

 

Simultáneamente, en la superficie de la tierra, los vegetales absorben en su estructura anhídrido carbónico (CO2), parte del cual contiene C14, que pasa a integrar el cuerpo vegetal. El C14 es también incorporado al cuerpo de animales y humanos que se alimentan de vegetales. Como vimos, la incorporación de C14 y el equilibrio con el entorno finaliza con la muerte.

 

Con el cese de absorción de C14, por el proceso descrito en el parágrafo anterior, los seres biológicos comienzan a “perder” C14, que se va transformando en N, cerrando así el ciclo iniciado en la alta atmósfera.

 

Si bien el tiempo en que tarda el isótopo del carbono (el C14) para transformarse en N es bastante preciso, se ha comprobado que distintas emisiones de energía son capaces de modificar esa medida, debido a que en la superficie de la tierra diferentes emisiones de energía producirían un fenómeno similar al de la alta atmósfera para producir C14. Ello se comprobó por ejemplo en caparazones de caracoles y en antiguos cuernos de vikingos, luego de someterlos a intensa radiación. Lo mismo ocurría al examinar cortezas de árboles presentes a los costados de carreteras muy transitadas, luego de ser sometidas a la irradiación continuada procedente de los vehículos en tránsito. Todo ello les daba un contenido de C14 superior al esperado.

 

Las fibras vegetales con que se tejió la Sábana Santa pertenecieron a un vegetal, el lino, que fue segado hace más de 2.000 años. Sin embargo, su contenido de C14 es de un 10% a un 15% inferior a lo esperado para esa época. Ello podría deberse a la energía que “talló” con precisión micrométrica la figura que aparece sobre la tela. Esa energía seguramente fue capaz de disminuir el contenido de C14, igual a lo que sucede al irradiar otros materiales biológicos.

 

Si tenemos presente que la emisión de partículas beta que parten del C14, no es otra cosa que la corriente electrónica que va desde el núcleo a la periferia de los átomos de carbono, parece lo más razonable plantear que la fuente emisora sea la figura que quedó grabada tridimensionalmente en la Sábana Santa. Como veremos, cualquier otra explicación carecería de fundamento. Más aún, puede estimarse que para obtener la figura en la Síndone alcanzó con la radiación del 10 al 15% de la totalidad del C14 disponible en el cuerpo emisor de la radiación: es el porcentaje que equivale el exceso esperado de C14. Ésa fue la energía radiante, radioactiva, requerida para grabar la figura con los detalles hoy comprobados en la tela de Turín.

 

Dado que más de 500 testigos fiables vieron a Jesús de Nazaret vivo luego de su sepultura; y dado el coágulo cadavérico registrado en la Sábana Santa, las posibilidades para explicar ambos fenómenos se acotan: coinciden con el sepulcro vacío de un Cuerpo nunca hallado.

 

Sobre estas pautas analizaremos en una próxima nota, el significado del C14 en la Sábana Santa.

 

24-07-2010.

 

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Sobre la adopción de niños por parejas homosexuales

 

Asociación "Familia y Vida"

 

La Asociación “Familia y Vida”, ante la noticia de que el INAU (Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay) autorizaría la adopción de niños por parte de parejas homosexuales, hace llegar a la población las siguientes apreciaciones.

 

En los arts. 6 y 12 de la ley 17.823 (Código de la Niñez y Adolescencia), se establece la prioridad del interés superior del niño en materias de adopción. Ésta debe mirar ante todo al bien del niño, que, como lo enseñan juntamente el sentido común y los estudios científicos serios, requiere, para su sano desarrollo psicológico, afectivo y sexual, la relación con un padre y una madre.

 

Por otra parte, existen estudios científicos que destacan las consecuencias negativas que la crianza a cargo de parejas del mismo sexo tiene para los adoptados.

 

El niño que es dado en adopción ya está afectado por una situación familiar irregular, y es totalmente injusto cargarlo con la situación anómala que significa convivir con dos padres adoptivos del mismo sexo.

 

Siendo más numerosas las parejas heterosexuales que demandan niños para adoptar que el número de niños que anualmente son dados en adopción, no parece lógico ni sensato entregarlos para su crianza a parejas de homosexuales.

 

No cabe tampoco argumentar que la ventaja de la adopción por parejas homosexuales estaría en que las parejas heterosexuales preferirán a los niños más pequeños, dejando sin adoptar a los más grandes. Este argumento es falaz, porque es lógico pensar que lo mismo sucedería con las parejas homosexuales.

 

No se trata simplemente de una cuestión de afecto y de medios económicos, sino de estructuras antropológicas insoslayables que van más allá del querer particular de cada uno y de la postura ideológica que se sostenga. La legislación que da la espalda a la realidad del ser humano no puede nunca esperar buenos resultados.

 

Nuestra sociedad padece actualmente las consecuencias dramáticas de una crisis en la formación y educación de la juventud y la adolescencia. Eso debe hacernos particularmente cuidadosos de la familia, y atentos al cuidado que brindamos a las futuras generaciones y a cómo atendemos a las condiciones en que van a ser criados y educados.

 

Son conocidas las dudas y vacilaciones de los jueces en torno a lo poco clara y contradictoria que es la última norma aprobada en materia de adopción (ley 18.590). En ella no hay ninguna cláusula que expresamente autorice la adopción de niños por parejas homosexuales.

 

Incluso, la nueva ley de adopción supone claramente que los adoptantes son varón y mujer, al indicar que "en los casos de adopción, el hijo sustituirá su primer apellido por el del padre adoptante y el segundo apellido por el de la madre adoptante" (art. 1º de la ley 18.590). Si un niño fuera adoptado dos personas del mismo sexo, no podría ser registrado, pues faltaría el apellido de la madre o el del padre.

 

En momentos en que el gobierno reconoce el grave problema del envejecimiento de la población y de la baja natalidad, consideramos que sería mucho más importante legislar para fortalecer a la familia y proteger a la mujer embarazada, siendo contradictorio promover iniciativas que van claramente en desmedro de la institución familiar y del interés superior del niño.

 

Por todo ello entendemos que la norma actual debe interpretarse en el sentido favorable al interés superior del niño, que es el que debe presidir en cuestiones de adopción, lo cual implica, en el caso concreto, que sólo pueda darse niños en adopción a parejas heterosexuales.

 

Comunicado Nº 1/2010.

Montevideo, 23 de julio de 2010.

 

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Imposición del homicidio

 

Lic. Néstor Martínez

 

La prensa ha recogido las declaraciones del Dr. Luis Enrique Gallo, Presidente de la Junta Nacional de Salud (JUNASA) en el sentido de que, en virtud de la recientemente aprobada ley de "salud sexual y reproductiva", existe obligación de facilitar anticonceptivos a las usuarias que los soliciten, y los centros de salud que no lo hagan serán sancionados. Dice que están en conversaciones con el Círculo Católico para lograr que “cumpla la ley” del modo “menos traumático posible”.

 

Más allá de que la anticoncepción en sí misma es gravemente inmoral, interesa subrayar que en este caso concreto no se trata sólo de anticonceptivos; se trata de ABORTIVOS.

 

La “píldora del día después”, como su nombre lo indica, actúa con posterioridad a la fecundación (ésta puede ocurrir en un período que va desde cualquiera de las siguientes 24 horas a la relación sexual, hasta 6 días después), y por tanto, cuando el ser humano ya ha sido concebido. Lo que hace es impedir la anidación en el útero, con lo que el embrión muere. Es decir, se trata de un aborto.

 

El DIU tiene el mismo efecto.

 

La implantación ocurre entre 6 a 12 días después de la fecundación. Los promotores del aborto en el nivel internacional han hecho cambiar la definición de “embarazo” para que el DIU y la “píldora del día después” no sean calificados como abortivos. Ahora, según ellos, el “embarazo” comienza con la implantación del óvulo ya fecundado en el útero, y no con la fecundación misma del óvulo por el espermatozoide.

 

A continuación vemos algunos hitos históricos de esta manipulación de la ciencia y del lenguaje y la respuesta del Magisterio eclesiástico.

 

1959 - Simposio de la IPPF y el Population Council. El investigador sueco Bent Boving propone "un prudente hábito de lenguaje" para preservar al "control de la implantación" (DIU) la "ventaja social" de ser considerado anticonceptivo y no abortivo.

 

1964 - 2ª Conferencia Internacional sobre Contracepción Intrauterina organizada por el Population Council. Preocupación por el rechazo que genera el carácter abortivo del DIU. Propuesta de redefinir el embarazo haciéndolo comenzar con la implantación.

 

1965 - El Colegio de Obstetricia y Ginecología de los Estados Unidos (ACOG) define la concepción como la implantación de un óvulo fertilizado. Hasta ese momento había sido definida por la medicina como la fertilización del óvulo por el espermatozoide.

 

1995 - "Afirmación consensuada sobre contracepción de emergencia". Centro de conferencias de la Fundación Rockefeller en Bellagio, Italia. Participan la IPPF, Population Council, OMS. La "anticoncepción de emergencia" no es abortiva.

 

1998 - MOORE, Keith, y PERSAUD, T.V.N.: "The Developing Human: Clinically Oriented Embryology". Naturaleza abortiva de la "anticoncepción de emergencia". Los autores son embriólogos y aceptan ese aborto en algunos casos.

 

2000 - PONTIFICIA ACADEMIA PARA LA VIDA, "Ante la polémica reciente". El embarazo comienza desde el momento de la fecundación y no desde la implantación del blastocisto en la pared uterina. La "píldora del día siguiente" es abortiva.

 

“3. Por consiguiente, resulta claro que la llamada acción «anti-anidatoria» de la «píldora del día siguiente», en realidad, no es otra cosa que un aborto realizado con medios químicos. Es incoherente intelectualmente, e injustificable científicamente, afirmar que no se trata de la misma cosa. Por otra parte, está bastante claro que la intención de quien pide o propone el uso de dicha píldora tiene como finalidad directa la interrupción de un eventual embarazo, exactamente como en el caso del aborto. El embarazo, en efecto, comienza desde el momento de la fecundación y no desde la implantación del blastocisto en la pared uterina, como en cambio se intenta sugerir implícitamente.”

 

El Population Council es el principal de los organismos del clan Rockefeller destinado al control de la población mundial. La IPPF es la ONG abortista más grande del mundo, financiada también por los Rockefeller.

 

En nota de prensa del 3/08/2010 el director de la JUNASA dice que el MSP compra los anticonceptivos al UNFPA: Fondo de las Naciones Unidas para la Población. Esta entidad fue creada en la ONU a instancias de los Rockefeller y con su financiación, y tiene en el nivel público y oficial la misma finalidad que el Population Council tiene en el nivel privado.

 

El razonamiento de ellos es así: “El aborto es la interrupción del embarazo. Pero el embarazo comienza recién con la implantación. Luego, matar al embrión ya fecundado antes de la implantación (que es lo que hacen el DIU y la “píldora del día después”) no es aborto.”

 

Este razonamiento tiene dos fallas:

·        Primero, es claro que cuando decimos que una mujer está “embarazada”, lo que estamos queriendo decir es que hay en ella una nueva vida, un nuevo ser humano que se está desarrollando y va a continuar desarrollándose después del nacimiento.

·        Segundo, la maldad moral del aborto no está en que se interrumpe un embarazo, sino en que se quita la vida a un ser humano ya concebido. Y para eso no hay que esperar a la implantación.

 

El aborto voluntario, entonces, para lo que moralmente hablando interesa, es el homicidio de un ser humano ya concebido.

 

Dice Juan Pablo II en la Encíclica “Evangelium Vitae”, n. 58 (subrayado nuestro):

 

“Precisamente en el caso del aborto se percibe la difusión de una terminología ambigua, como la de «interrupción del embarazo», que tiende a ocultar su verdadera naturaleza y a atenuar su gravedad en la opinión pública. Quizás este mismo fenómeno lingüístico sea síntoma de un malestar de las conciencias. Pero ninguna palabra puede cambiar la realidad de las cosas: el aborto procurado es la eliminación deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepción al nacimiento.”

 

Por tanto, el DIU y la “píldora del día después” son abortivos.

 

Se trata también de imponer a todo el sistema de salud el asesoramiento para abortar que actualmente se realiza en el Hospital Pereira Rossell, que es asesoramiento para cometer lo que es un delito según nuestro Código Penal.

 

Pero entonces, esta imposición legal obliga a las instituciones de salud a facilitar el aborto, a atentar contra el derecho de todo ser humano a la vida, y las obliga sin importar las convicciones filosóficas o religiosas que llevaron a la fundación de esas mismas instituciones ni las convicciones filosóficas o religiosas de sus dirigentes y asociados.

 

Hay otros hitos históricos que conviene recordar para situarse correctamente ante las iniciativas que desconocen el valor fundamental de la vida humana y ver en qué clase de “pendiente resbaladiza” colocan a la sociedad:

 

1916 - GRANT, Madison: "The passing over of the great race". Eliminación de niños defectuosos y esterilización de adultos carentes de valor para la comunidad. El autor recibirá una carta de Adolf Hitler en la que éste dice que ha hecho de ese libro "su biblia".

 

1920 - BINDING, Karl, y HOCHE, Alfred: "Permitir la destrucción de la vida sin valor". Texto fundacional para la aceptación de la eutanasia en Alemania. Incluye a los "idiotas incurables" cuyas vidas "carecen completamente de sentido".

 

1936 - UNGER, Helmut: "Misión y conciencia". Novela pro-eutanasia, una de muchas que se escribieron en esta época en Alemania. Sobre esta novela se hizo también la película propagandística "Yo acuso".

 

1938 - Hitler autoriza a su médico personal, Dr. Karl Brandt, a quitar la vida a la hija de un Sr. Knauer, como éste había solicitado. La niña era ciega y retrasada mental. Se calcula que por esta época unos 6.000 niños fueron asesinados en Alemania.

 

1939 - Hitler amplía las facultades de los médicos para aplicar la eutanasia a los pacientes incurables. Hasta 1940 se excluye a los judíos, considerados indignos de este "beneficio".

 

1940 - El Dr. Karl Brandt y otros hacen en un hospital siquiátrico de Berlín el primer gran ensayo de asesinato de enfermos mentales mediante cámaras de gas disfrazadas de salas de baño. Hasta 1941 unos 100.000 enfermos mentales son muertos de este modo.

 

1941 - Las cámaras de gas de las instituciones psiquiátricas alemanas son desmanteladas y trasladadas a los campos de concentración. A partir de ese momento la matanza de pacientes psiquiátricos sigue más lentamente y con otros métodos.

 

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Católicos y política –I. Reforma o apostasía

 

José María Iraburu, sacerdote

 

–Este tema es mucho tema. No sé si usted va a poder con él.

–Yo tampoco lo sé. Oremos.

 

La actividad política es nobilísima. Entre todas las actividades seculares, la función política es una de las más altas, pues es la más directamente dedicada al bien común de los hombres. Así lo ha considerado siempre el cristianismo, como podemos comprobarlo en la enseñanza de Santo Tomás de Aquino. Y el Concilio Vaticano II ha exhortado con especial insistencia a los cristianos para que trabajen «por la inspiración cristiana del orden temporal» (LG 31b; 36c; AA 2b, 4e, 5, 7de, 19a, 29g, 31d; AG 15g, etc.). Pablo VI, en la encíclica Populorum progressio (1967), hacía una llamada urgente:

 

«Nos conjuramos en primer lugar a todos nuestros hijos. En los países en vías de desarrollo, no menos que en los otros, los seglares deben asumir como tarea propia la renovación del orden temporal […] Los cambios son necesarios; las reformas profundas, indispensables: deben emplearse resueltamente en infundirles el espíritu evangélico. A nuestros hijos católicos de los países más favorecidos, les pedimos que aporten su competencia y su activa participación en las organizaciones oficiales o privadas, civiles o religiosas, dedicadas a superar las dificultades de los países en vías de desarrollo» (81).

 

Todos los Papas de los últimos tiempos, como León XIII, San Pío X, Pío XI, Pío XII, inculcaron con gran fuerza en los católicos su deber de colaborar al bien común de su pueblo, valorando en alto grado la actividad política y social, y encareciendo su necesidad.

 

Los mayores males del mundo actual han sido causados principalmente por la actividad política. Esta afirmación no es contradictoria con la anteriormente establecida, sino que más bien la confirma: corruptio optimi pessima (la corrupción de lo mejor es lo peor). La perversión de la política moderna es la causa principal de la degradación social de la cultura y de las leyes, de las costumbres, de la educación y de la familia, de la filosofía y del arte. Sin la actividad perversa de los políticos, el pueblo común nunca habría llegado por sus propias tradiciones e inclinaciones a legalizar la eutanasia, a reconocer el aborto como un «derecho», o a considerar «matrimonio» la unión de homosexuales. Más aún, la apostasía de las naciones occidentales de antigua filiación católica, aunque se deba principalmente a causas internas a la vida de la Iglesia –herejías, infidelidades, aversión a la Cruz, mundanización creciente, etc.–, ha tenido en las coordenadas políticas de los últimos tiempos uno de sus condicionantes más decisivos.

 

Es muy escaso el influjo actual de los cristianos en la vida política de las naciones de Occidente, todas ellas de antigua filiación cristiana. Son muchos los católicos que ven con perplejidad, con tristeza y a veces con resentimiento hacia la Jerarquía pastoral, cómo la presencia de los laicos en la res publica nunca ha sido tan valorada y exhortada en la Iglesia como en nuestro tiempo, y nunca ha sido tan mínima e ineficaz como ahora. No pocas naciones actuales de mayoría cristiana, desde hace más de medio siglo, han ido avanzando derechamente hacia los peores extremos del mal, conducidos por una minoría política perversa y eficacísima. Esta minoría, en una y otra cuestión, con la complicidad activa o pasiva de políticos cristianos, ha ido imponiendo siempre sus objetivos y leyes criminales, como si la gran mayoría católica no existiera, y ¡apoyándose principalmente en sus votos! «Además de cornudos, apaleados»… Así ha logrado arrancar las raíces cristianas de muchas naciones, ha ignorado y calumniado su verdadera historia, ha encerrado el pensamiento y la vida moral de esas sociedades en unas mallas férreas cada vez peores y más constrictivas.

 

En el artículo (19) de este blog contemplaba yo la historia de la humanidad como una batalla incesante de Cristo y la Iglesia contra Satanás y «los dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6,12), que ciertamente terminará con la victoria final de Cristo (artículos 20-21). Pues bien, si nos atenemos al criterio fundamental de discernimiento que nos enseña Cristo –«por sus frutos los conoceréis»–, parece evidente que el pensamiento y la actividad del pueblo católico en la vida política exige hoy una reforma profunda, en el criterio y en la acción, pues de otro modo seguirá creciendo la apostasía de las naciones.

 

Reforma o apostasía. Sería absurdo esperar que este pobre blog ofreciera soluciones concretas a una cuestión tan enorme y compleja, en la que personas de Iglesia muy valiosas piensan en modos tan diversos. Mi intento se limita a señalar patentes errores y deficiencias, y a recordar los grandes principios católicos sobre la política, sin pretensión alguna de promover soluciones concretas de validez universal. De este modo las pocas fuerzas de este blog se unen a otras fuerzas mayores que en la Iglesia de hoy están clamando ¡reforma! acerca de la inserción de los católicos en la vida política.

 

No vamos bien, es decir, vamos mal. Es urgente para la Iglesia discernir en todo, y concretamente en la acción de los cristianos en la vida política: verificar si los pensamientos y caminos que se están siguiendo son de Dios o más bien son de los hombres (Is 55,8-9). En la historia cristiana no pocas veces un Sínodo o Concilo se ha reunido para superar un grave mal de la Iglesia, respondiendo a un clamor reformationis, y sin conocer de antemano cuáles han de ser los modos concretos más convenientes para conseguir esas reformas necesarias. Para eso justamente se reúnen los sucesores de los Apóstoles en su intento reformador, para conseguir luz y fuerza del Espíritu Santo, el único que puede «renovar la faz de la tierra». Reforma o apostasía.

 

Nadie ponga principalmente su esperanza en la política. Sería un pelagianismo pésimo. La acción política, de hecho, es con frecuencia la causa principal de los males que sufre el pueblo. Desde luego, aún peor sería una total anarquía. Pero el pecado original, que deteriora tanto el ser y la acción de los humanos, obra con especial fuerza en los políticos, en los «poderosos» que tienen gobierno en las cosas de este mundo. Hemos de considerar esto en otro artículo con más detenimiento. Pero digamos ya, viniendo al campo cristiano, que aquellos políticos que, sin referencia a Dios, prometen grandes bienes al pueblo, y lo mismo aquellos que ponen su esperanza en ciertos hombres, partidos o grupos políticos, son infieles a la esperanza cristiana. Son más o menos pelagianos.

 

«Asi dice Yavé: “Maldito el hombre que en el hombre pone su confianza, y aleja su corazón del Señor. Será como un arbusto reseco en el desierto. Bienaventurado el hombre que confía en el Señor, y en Él pone su esperanza”» (Jer 17,5-7). Alguna literatura postconciliar, sobre todo por los años 70-80, sin referencia alguna a la necesaria ayuda de nuestro Salvador Jesucristo, encarecía la acción política en la vida de los cristianos o ensalzaba los poderes salvíficos de ciertos partidos o movimientos en unos modos evidentemente pelagianos. Revistas y panfletos, grandes escenarios espectaculares, formidables megafonías y medios audiovisuales, slogans mesiánicos, VOTAR MMNN = VOTAR LIBERTAD Y PROGRESO, abundancia de flores y palomas echadas al vuelo, todos estos entusiasmos colectivos organizados son ridículos, y ningún cristiano debe participar con fe y esperanza en tales actos de culto.

 

Es cierto que la providencia de Dios misericordioso suscita a veces en un pueblo una vida política noble y benéfica: el rey San Fernando, Isabel la Católica, Gabriel García Moreno. Pero sólo los santos gobernantes, dóciles al Espíritu Santo y completamente libres de los condicionamientos negativos del mundo secular, son capaces por la gracia de llevar adelante un gobierno político santo y santificante. Y santos de éstos suelen darse pocos en la historia.

 

El número de los necios es infinito. Resulta duro decirlo, pero es la verdad. Hoy, quizá por soberbia de la especie humana, por democratismo adulador del pueblo, buscando sus votos, o por lo que sea, esta verdad suele mantenerse silenciada. Sin embargo, no por eso deja de ser verdadera. Y son muchos los que la conocen, aunque la silencien. La misma razón natural la descubre fácilmente. Basta con abrir el periódico de cada día o con hojear las páginas de cualquier libro de historia. Pero además esta verdad está confirmada por la misma Palabra divina: «el número de los necios es infinito» (Ecl 1,15); «ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición, y son muchos los que por ella entran» (Mt 7,13). Los autores espirituales, como Kempis, lo han dicho siempre: «son muchos los que oyen al mundo con más gusto que a Dios; y siguen con más facilidad sus inclinaciones carnales que la voluntad de Dios» (Imitación III,3,3).

 

El mismo Santo Tomás, tan bondadoso y sereno, señala la condición defectuosa del género humano como algo excepcional dentro de la armonía general del cosmos: «sólo en el hombre parece darse el caso de que lo malo sea lo más frecuente (in solum autem hominibus malum videtur esse ut in pluribus); porque si recordamos que el bien del hombre, en cuanto tal, no es el bien del sentido, sino el bien de la razón, hemos de reconocer también que la mayoría de los hombres se guía por los sentidos, y no por la razón» (STh I,49,3 ad5m). Ésa es la realidad, y por eso «los vicios se hallan en la mayoría de los hombres» (I-II,71,2 præt.3). Y con harta frecuencia en los políticos. Y todo esto tiene consecuencias nefastas para la vida política de la sociedad humana, pues «la sensualidad (fomes) no inclina al bien común, sino al bien particular» (I-II,91,6 præt.3).

 

El imperio de la mediocridad causa grandes males en la vida política. Los hombres «muy buenos», así como los «muy malos», son muy pocos. Lo que abunda y sobreabunda es la mediocridad. La misma palabra nos hace ver que corresponde al nivel medio de los conjuntos humanos. Ahora bien, la mediocridad intelectual, moral y operativa en un político, en un gobernante, es una mediocridad mala, maligna, cuya expresión política, sea en el régimen que sea, ha de causar grandes males. Un neurocirujano, dada la extrema delicadeza de su acción, ha de ser bueno o muy bueno, porque si es mediocre en sus conocimientos y habilidades, o si es malo, es muy malo, y hace estragos. Lo mismo hay que decir de los políticos, responsables principales del bien común de la sociedad, entre los cuales, obviamente predomina la mediocridad.

 

En otro orden de cosas, pero en clara analogía de doctrina, San Juan de la Cruz pone en guardia sobre los grandes males que causan los directores espirituales incompetentes. No siendo idóneos, se atreven a dirigir a las personas. Y les recuerda, con gran severidad, que «el que temerariamente yerra, estando obligado a acertar, como cada uno lo está en su oficio, no pasará sin castigo, según el daño que hizo» (Llama 3,56). Son ciegos que guían a otros ciegos, y que con ellos caen en el hoyo (Mt 15,14).

 

Los hombres están muy deteriorados, y los políticos también, o más. Hago notar, de paso, que hablar mal del hombre está permitido, e incluso está de moda en la cultura moderna, en el cine y la literatura, en filosofía y psicoanálisis, en pintura o teatro. Es incluso una nota progresista. Queda prohibido, por el contrario, a la teología cristiana hablar mal de la especie humana, y de la absoluta necesidad que tiene de la gracia de Cristo para sanarse y llegar a la salvación. Es decir, todos pueden hablar mal del hombre, menos los teólogos.

 

La razón de esta situación absurda está en que la teología ve la defectuosidad tremenda del ser humano en términos de pecado y de posible castigo eterno, y en referencia a la fuerza salvadora desbordante de la gracia de Cristo. Y el pensamiento mundano no quiere hoy reconocer el mal congénito del hombre, ni menos aún quiere saber nada de una posible perdición eterna; y tampoco admite la necesidad de una salvación por gracia, por don sobre-humano y gratuito de Dios. Le parece humillante.

 

Fuente: http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1007221046-95-catolicos-y-politica-i-ref

 

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Otra película blasfema contra Jesús

 

Pbro. Tomás de la Torre Lendínez

 

Otra película blasfema contra la persona de Jesús de Nazaret. Aquí está:


“Aciprensa. Montevideo/URUGUAY.

 

Miss Tacuarembó” es el nombre de un controvertido filme uruguayo que lejos de ser una película para niños –como la presentan sus productores– ofende a los creyentes con mensajes anticatólicos y la representación de un Cristo que termina bailando en taparrabo, seducido por la protagonista.

 

La película, que ya llegó a Argentina y pronto se estrenará en España, es protagonizada por la actriz Natalia Oreiro y ha sido dirigida por Martín Sastre.

 

Gracias a una intensa campaña de marketing que la promovió como un filme para toda la familia, la película ha logrado una taquilla importante, pero más de un espectador ha abandonado la sala durante su exhibición, desconcertado por la agresión a la fe cristiana.

 

Según informa el diario Pregón de La Plata “no es una película apta para niños y tiene contenidos fuertemente anticatólicos y anticlericales introducidos con mensajes de resentimiento mediante la utilización de grotescos” directamente ofensivos para la feligresía católica.

 

Miss Tacuarembó” cuenta la historia de una mujer de 30 años que trabaja en un parque temático dedicado a Jesús y vive frustrada porque no alcanzó su sueño de ser cantante. Al mostrar los recuerdos de su infancia en Tacuarembó, un pueblo al norte de Uruguay, el filme presenta su extraña relación con un Cristo crucificado, a quien amenaza a viva voz por no conseguir lo que pide, y el odio por su malvada catequista, a quien desea la muerte.

 

“La película continúa con esta temática hasta que al final aparece Natalia Oreiro bailando con Jesús en taparrabo, en una burla frontal y sin límites, en un agravio a Jesucristo", agrega el diario.

 

Para otros medios, como el periódico La República de Uruguay, el filme es “un musical absurdo y sin un rumbo fijo” que se vende como “comedia pop” pero “intenta absurdidades bizarro religiosas, intercala una suerte de musical juvenil y se juega a una especie de absurdo en donde todo queda a medio camino, sin que ninguna propuesta logre redondear una mínima solidez cinematográfica"".

 

En este caso la cinta blasfema nos llega desde Uruguay. Llegará pronto a España. La noticia nos debe advertir del producto averiado que pretenden vendernos.

 

Fuente: http://infocatolica.com/blog/elolivo.php/1007150601-otra-pelicula-blasfema-contra

 

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El Padre

 

(Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 232-267)

 

I. "En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo"

 

232. Los cristianos son bautizados "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28,19). Antes responden "Creo" a la triple pregunta que les pide confesar su fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu: "Fides omnium christianorum in Trinitate consistit" ("La fe de todos los cristianos se cimenta en la Santísima Trinidad") (S. Cesáreo de Arlés, symb.).

 

233. Los cristianos son bautizados en "el nombre" del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y no en "los nombres" de estos (cf. Profesión de fe del Papa Vigilio en 552: DS 415), pues no hay más que un solo Dios, el Padre todopoderoso y su Hijo único y el Espíritu Santo: la Santísima Trinidad.

 

234. El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la "jerarquía de las verdades de fe" (DCG 43). "Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos" (DCG 47).

 

235. En este párrafo, se expondrá brevemente de qué manera es revelado el misterio de la Bienaventurada Trinidad (II), cómo la Iglesia ha formulado la doctrina de la fe sobre este misterio (III), y finalmente cómo, por las misiones divinas del Hijo y del Espíritu Santo, Dios Padre realiza su "designio amoroso" de creación, de redención, y de santificación (IV).

 

236. Los Padres de la Iglesia distinguen entre la "Theologia" y la "Oikonomia", designando con el primer término el misterio de la vida íntima del Dios-Trinidad, con el segundo todas las obras de Dios por las que se revela y comunica su vida. Por la "Oikonomia" nos es revelada la "Theologia"; pero inversamente, es la "Theologia" la que esclarece toda la "Oikonomia". Las obras de Dios revelan quién es en sí mismo; e inversamente, el misterio de su Ser íntimo ilumina la inteligencia de todas sus obras. Así sucede, analógicamente, entre las personas humanas: la persona se muestra en su obrar y a medida que conocemos mejor a una persona, mejor comprendemos su obrar.

 

237. La Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto, uno de los "misterios escondidos en Dios, que no pueden ser conocidos si no son revelados desde lo alto" (Cc. Vaticano I: DS 3015). Dios, ciertamente, ha dejado huellas de su ser trinitario en su obra de Creación y en su Revelación a lo largo del Antiguo Testamento. Pero la intimidad de su Ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón e incluso a la fe de Israel antes de la Encarnación del Hijo de Dios y del envío del Espíritu Santo.

 

II. La revelación de Dios como Trinidad

 

El Padre revelado por el Hijo

 

238. La invocación de Dios como "Padre" es conocida en muchas religiones. La divinidad es con frecuencia considerada como "padre de los dioses y de los hombres". En Israel, Dios es llamado Padre en cuanto Creador del mundo (Cf. Dt 32,6; Ml 2,10). Pues aún más, es Padre en razón de la alianza y del don de la Ley a Israel, su "primogénito" (Ex 4,22). Es llamado también Padre del rey de Israel (cf. 2 S 7,14). Es muy especialmente "el Padre de los pobres", del huérfano y de la viuda, que están bajo su protección amorosa (cf. Sal 68,6).

 

239. Al designar a Dios con el nombre de "Padre", el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad transcendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad (cf. Is 66,13; Sal 131,2) que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura. El lenguaje de la fe se sirve así de la experiencia humana de los padres, que son en cierta manera los primeros representantes de Dios para el hombre. Pero esta experiencia dice también que los padres humanos son falibles y que pueden desfigurar la imagen de la paternidad y de la maternidad. Conviene recordar, entonces, que Dios transciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios. Transciende también la paternidad y la maternidad humanas (cf. Sal 27,10), aunque sea su origen y medida (cf. Ef 3,14; Is 49,15): Nadie es padre como lo es Dios.

240. Jesús ha revelado que Dios es "Padre" en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador; Él es eternamente Padre en relación a su Hijo único, el cual eternamente es Hijo sólo en relación a su Padre: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mt 11,27).

 

241. Por eso los apóstoles confiesan a Jesús como "el Verbo que en el principio estaba junto a Dios y que era Dios" (Jn 1,1), como "la imagen del Dios invisible" (Col 1,15), como "el resplandor de su gloria y la impronta de su esencia" (Hb 1,3).

 

242. Después de ellos, siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia confesó en el año 325 en el primer concilio ecuménico de Nicea que el Hijo es "consubstancial" al Padre, es decir, un solo Dios con Él. El segundo concilio ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su formulación del Credo de Nicea y confesó "al Hijo Único de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, consubstancial al Padre" (DS 150).

 

El Padre y el Hijo revelados por el Espíritu

 

243. Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de "otro Paráclito" (Defensor), el Espíritu Santo. Éste, que actuó ya en la Creación (cf. Gn 1,2) y "por los profetas" (Credo de Nicea-Constantinopla), estará ahora junto a los discípulos y en ellos (cf. Jn 14,17), para enseñarles (cf. Jn 14,16) y conducirlos "hasta la verdad completa" (Jn 16,13). El Espíritu Santo es revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre.

 

244. El origen eterno del Espíritu se revela en su misión temporal. El Espíritu Santo es enviado a los Apóstoles y a la Iglesia tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona, una vez que vuelve junto al Padre (cf. Jn 14,26; 15,26; 16,14). El envío de la persona del Espíritu tras la glorificación de Jesús (cf. Jn 7,39) revela en plenitud el misterio de la Santa Trinidad.

 

245. La fe apostólica relativa al Espíritu fue confesada por el segundo Concilio ecuménico en el año 381 en Constantinopla: "Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre" (DS 150). La Iglesia reconoce así al Padre como "la fuente y el origen de toda la divinidad" (Cc. de Toledo VI, año 638: DS 490). Sin embargo, el origen eterno del Espíritu Santo está en conexión con el del Hijo: "El Espíritu Santo, que es la tercera persona de la Trinidad, es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo, de la misma sustancia y también de la misma naturaleza: Por eso, no se dice que es sólo el Espíritu del Padre, sino a la vez el espíritu del Padre y del Hijo" (Cc. de Toledo XI, año 675: DS 527). El Credo del Concilio de Constantinopla (año 381) confiesa: "Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria" (DS 150).

 

246. La tradición latina del Credo confiesa que el Espíritu "procede del Padre y del Hijo (Filioque)". El Concilio de Florencia, en el año 1438, explicita: "El Espíritu Santo tiene su esencia y su ser a la vez del Padre y del Hijo y procede eternamente tanto del Uno como del Otro como de un solo Principio y por una sola espiración...Y porque todo lo que pertenece al Padre, el Padre lo dio a su Hijo único, al engendrarlo, a excepción de su ser de Padre, esta procesión misma del Espíritu Santo a partir del Hijo, éste la tiene eternamente de su Padre que lo engendró eternamente" (DS 1300-1301).

 

247. La afirmación del Filioque no figuraba en el símbolo confesado el año 381 en Constantinopla. Pero sobre la base de una antigua tradición latina y alejandrina, el Papa S. León la había ya confesado dogmáticamente el año 447 (cf. DS 284) antes incluso que Roma conociese y recibiese el año 451, en el concilio de Calcedonia, el símbolo del 381. El uso de esta fórmula en el Credo fue poco a poco admitido en la liturgia latina (entre los siglos VIII y XI). La introducción del Filioque en el Símbolo de Nicea-Constantinopla por la liturgia latina constituye, todavía hoy, un motivo de no convergencia con las Iglesias ortodoxas.

 

248. La tradición oriental expresa en primer lugar el carácter de origen primero del Padre por relación al Espíritu Santo. Al confesar al Espíritu como "salido del Padre" (Jn 15,26), esa tradición afirma que este procede del Padre por el Hijo (cf. AG 2). La tradición occidental expresa en primer lugar la comunión consubstancial entre el Padre y el Hijo diciendo que el Espíritu procede del Padre y del Hijo (Filioque). Lo dice "de manera legítima y razonable" (Cc. de Florencia, 1439: DS 1302), porque el orden eterno de las personas divinas en su comunión consubstancial implica que el Padre sea el origen primero del Espíritu en tanto que "principio sin principio" (DS 1331), pero también que, en cuanto Padre del Hijo Unico, sea con él "el único principio del que procede el Espíritu Santo" (Cc. de Lyon II, 1274: DS 850). Esta legítima complementariedad, si no se desorbita, no afecta a la identidad de la fe en la realidad del mismo misterio confesado.

 

III. La Santísima Trinidad en la doctrina de la fe

 

La formación del dogma trinitario

 

249. La verdad revelada de la Santa Trinidad ha estado desde los orígenes en la raíz de la fe viva de la Iglesia, principalmente en el acto del bautismo. Encuentra su expresión en la regla de la fe bautismal, formulada en la predicación, la catequesis y la oración de la Iglesia. Estas formulaciones se encuentran ya en los escritos apostólicos, como este saludo recogido en la liturgia eucarística: "La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros" (2 Co 13,13; cf. 1 Cor 12,4-6; Ef 4,4-6).

 

250. Durante los primeros siglos, la Iglesia formula más explícitamente su fe trinitaria tanto para profundizar su propia inteligencia de la fe como para defenderla contra los errores que la deformaban. Ésta fue la obra de los Concilios antiguos, ayudados por el trabajo teológico de los Padres de la Iglesia y sostenidos por el sentido de la fe del pueblo cristiano.

 

251. Para la formulación del dogma de la Trinidad, la Iglesia debió crear una terminología propia con ayuda de nociones de origen filosófico: "substancia", "persona" o "hipóstasis", "relación", etc. Al hacer esto, no sometía la fe a una sabiduría humana, sino que daba un sentido nuevo, sorprendente, a estos términos destinados también a significar en adelante un Misterio inefable, "infinitamente más allá de todo lo que podemos concebir según la medida humana" (Pablo VI, SPF 2).

 

252. La Iglesia utiliza el término "substancia" (traducido a veces también por "esencia" o por "naturaleza") para designar el ser divino en su unidad; el término "persona" o "hipóstasis" para designar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en su distinción real entre sí; el término "relación" para designar el hecho de que su distinción reside en la referencia de cada uno a los otros.

 

El dogma de la Santísima Trinidad

 

253. La Trinidad es una. No confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres personas: "la Trinidad consubstancial" (Cc. Constantinopla II, año 553: DS 421). Las personas divinas no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: "El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza" (Cc. de Toledo XI, año 675: DS 530). "Cada una de las tres personas es esta realidad, es decir, la substancia, la esencia o la naturaleza divina" (Cc. de Letrán IV, año 1215: DS 804).

 

254. Las personas divinas son realmente distintas entre si. "Dios es único pero no solitario" (Fides Damasi: DS 71). "Padre", "Hijo", Espíritu Santo" no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí: "El que es el Hijo no es el Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo el que es el Padre o el Hijo" (Cc. de Toledo XI, año 675: DS 530). Son distintos entre sí por sus relaciones de origen: "El Padre es quien engendra, el Hijo quien es engendrado, y el Espíritu Santo es quien procede" (Cc. Letrán IV, año 1215: DS 804). La Unidad divina es Trina.

 

255. Las personas divinas son relativas unas a otras. La distinción real de las personas entre sí, porque no divide la unidad divina, reside únicamente en las relaciones que las refieren unas a otras: "En los nombres relativos de las personas, el Padre es referido al Hijo, el Hijo lo es al Padre, el Espíritu Santo lo es a los dos; sin embargo, cuando se habla de estas tres personas considerando las relaciones se cree en una sola naturaleza o substancia" (Cc. de Toledo XI, año 675: DS 528). En efecto, "todo es uno (en ellos) donde no existe oposición de relación" (Cc. de Florencia, año 1442: DS 1330). "A causa de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo" (Cc. de Florencia 1442: DS 1331).

 

256. A los catecúmenos de Constantinopla, S. Gregorio Nacianceno, llamado también "el Teólogo", confía este resumen de la fe trinitaria:

 

“Ante todo, guardadme este buen depósito, por el cual vivo y combato, con el cual quiero morir, que me hace soportar todos los males y despreciar todos los placeres: quiero decir la profesión de fe en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Os la confío hoy. Por ella os introduciré dentro de poco en el agua y os sacaré de ella. Os la doy como compañera y patrona de toda vuestra vida. Os doy una sola Divinidad y Poder, que existe Una en los Tres, y contiene los Tres de una manera distinta. Divinidad sin distinción de substancia o de naturaleza, sin grado superior que eleve o grado inferior que abaje... Es la infinita connaturalidad de tres infinitos. Cada uno, considerado en sí mismo, es Dios todo entero... Dios los Tres considerados en conjunto... No he comenzado a pensar en la Unidad cuando ya la Trinidad me baña con su esplendor. No he comenzado a pensar en la Trinidad cuando ya la unidad me posee de nuevo...” (Or. 40,41: PG 36,417).

 

IV. Las obras divinas y las misiones trinitarias

 

257. "O lux beata Trinitas et principalis Unitas!" ("¡Oh Trinidad, luz bienaventurada y unidad esencial!") (LH, himno de vísperas) Dios es eterna beatitud, vida inmortal, luz sin ocaso. Dios es amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios quiere comunicar libremente la gloria de su vida bienaventurada. Tal es el "designio benevolente" (Ef 1,9) que concibió antes de la creación del mundo en su Hijo amado, "predestinándonos a la adopción filial en Él" (Ef 1,4-5), es decir, "a reproducir la imagen de su Hijo" (Rom 8,29) gracias al "Espíritu de adopción filial" (Rom 8,15). Este designio es una "gracia dada antes de todos los siglos" (2 Tm 1,9-10), nacido inmediatamente del amor trinitario. Se despliega en la obra de la creación, en toda la historia de la salvación después de la caída, en las misiones del Hijo y del Espíritu, cuya prolongación es la misión de la Iglesia (cf. AG 2-9).

 

258. Toda la economía divina es la obra común de las tres personas divinas. Porque la Trinidad, del mismo modo que tiene una sola y misma naturaleza, así también tiene una sola y misma operación (cf. Cc. de Constantinopla, año 553: DS 421). "El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son tres principios de las criaturas, sino un solo principio" (Cc. de Florencia, año 1442: DS 1331). Sin embargo, cada persona divina realiza la obra común según su propiedad personal. Así la Iglesia confiesa, siguiendo al Nuevo Testamento (cf. 1 Co 8,6): "uno es Dios y Padre de quien proceden todas las cosas, un solo el Señor Jesucristo por el cual son todas las cosas, y uno el Espíritu Santo en quien son todas las cosas” (Cc. de Constantinopla II: DS 421). Son, sobre todo, las misiones divinas de la Encarnación del Hijo y del don del Espíritu Santo las que manifiestan las propiedades de las personas divinas.

 

259. Toda la economía divina, obra a la vez común y personal, da a conocer la propiedad de las personas divinas y su naturaleza única. Así, toda la vida cristiana es comunión con cada una de las personas divinas, sin separarlas de ningún modo. El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo; el que sigue a Cristo, lo hace porque el Padre lo atrae (cf. Jn 6,44) y el Espíritu lo mueve (cf. Rom 8,14).

 

260. El fin último de toda la economía divina es la entrada de las criaturas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad (cf. Jn 17,21-23). Pero desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: "Si alguno me ama -dice el Señor- guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14,23).

 

“Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí misma para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, mi inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora.” (Oración de la Beata Isabel de la Trinidad).

 

Resumen

 

261. El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Sólo Dios puede dárnoslo a conocer revelándose como Padre, Hijo y Espíritu Santo.

 

262. La Encarnación del Hijo de Dios revela que Dios es el Padre eterno, y que el Hijo es consubstancial al Padre, es decir, que es en Él y con Él el mismo y único Dios.

 

263. La misión del Espíritu Santo, enviado por el Padre en nombre del Hijo (cf. Jn 14,26) y por el Hijo "de junto al Padre" (Jn 15,26), revela que Él es con ellos el mismo Dios único. "Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria".

 

264. "El Espíritu Santo procede del Padre en cuanto fuente primera y, por el don eterno de éste al Hijo, del Padre y del Hijo en comunión" (S. Agustín, Trin. 15,26,47).

 

265. Por la gracia del bautismo "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" somos llamados a participar en la vida de la Bienaventurada Trinidad, aquí abajo en la oscuridad de la fe y, después de la muerte, en la luz eterna (cf. Pablo VI, SPF 9).

 

266. "La fe católica es ésta: que veneremos un Dios en la Trinidad y la Trinidad en la unidad, no confundiendo las personas, ni separando las substancias; una es la persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo; pero del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo una es la divinidad, igual la gloria, coeterna la majestad" (Symbolum "Quicumque").

 

267. Las personas divinas, inseparables en su ser, son también inseparables en su obrar. Pero en la única operación divina cada una manifiesta lo que le es propio en la Trinidad, sobre todo en las misiones divinas de la Encarnación del Hijo y del don del Espíritu Santo.

 

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De las obligaciones y derechos de los fieles laicos

 

(Código de Derecho Canónico, cann. 224-231)

 

224. Los fieles laicos, además de las obligaciones y derechos que son comunes a todos los fieles cristianos y de los que se establecen en otros cánones, tienen las obligaciones y derechos que se enumeran en los cánones de este título.

 

225. § 1. Puesto que, en virtud del bautismo y de la confirmación, los laicos, como todos los demás fieles, están destinados por Dios al apostolado, tienen la obligación general, y gozan del derecho tanto personal como asociadamente, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres en todo el mundo; obligación que les apremia todavía más en aquellas circunstancias en las que sólo a través de ellos pueden los hombres oír el Evangelio y conocer a Jesucristo.

 

 § 2. Tienen también el deber peculiar, cada uno según su propia condición, de impregnar y perfeccionar el orden temporal con el espíritu evangélico, y dar así testimonio de Cristo, especialmente en la realización de esas mismas cosas temporales y en el ejercicio de las tareas seculares.

 

226. § 1. Quienes, según su propia vocación, viven en el estado matrimonial, tienen el peculiar deber de trabajar en la edificación del pueblo de Dios a través del matrimonio y de la familia.

 

 § 2. Por haber transmitido la vida a sus hijos, los padres tienen el gravísimo deber y el derecho de educarlos; por tanto, corresponde a los padres cristianos en primer lugar procurar la educación cristiana de sus hijos según la doctrina enseñada por la Iglesia.

 

227. Los fieles laicos tienen derecho a que se les reconozca en los asuntos terrenos aquella libertad que compete a todos los ciudadanos; sin embargo, al usar de esa libertad, han de cuidar de que sus acciones estén inspiradas por el espíritu evangélico, y han de prestar atención a la doctrina propuesta por el magisterio de la Iglesia, evitando a la vez presentar como doctrina de la Iglesia su propio criterio, en materias opinables.

 

228. § 1. Los laicos que sean considerados idóneos tienen capacidad de ser llamados por los sagrados Pastores para aquellos oficios eclesiásticos y encargos que pueden cumplir según las prescripciones del derecho.

 

 § 2. Los laicos que se distinguen por su ciencia, prudencia e integridad tienen capacidad para ayudar como peritos y consejeros a los Pastores de la Iglesia, también formando parte de consejos, conforme a la norma del derecho.

 

229. § 1. Para que puedan vivir según la doctrina cristiana, proclamarla, defenderla cuando sea necesario y ejercer la parte que les corresponde en el apostolado, los laicos tienen el deber y el derecho de adquirir conocimiento de esa doctrina, de acuerdo con la capacidad y condición de cada uno.

 

 § 2. Tienen también el derecho a adquirir el conocimiento más profundo de las ciencias sagradas que se imparte en las universidades o facultades eclesiásticas o en los institutos de ciencias religiosas, asistiendo a sus clases y obteniendo grados académicos.

 

 § 3. Ateniéndose a las prescripciones establecidas sobre la idoneidad necesaria, también tienen capacidad de recibir de la legítima autoridad eclesiástica mandato de enseñar ciencias sagradas.

 

230. § 1. Los varones laicos que tengan la edad y condiciones determinadas por decreto de la Conferencia Episcopal, pueden ser llamados para el ministerio estable de lector y acólito, mediante el rito litúrgico prescrito; sin embargo, la colación de esos ministerios no les da derecho a ser sustentados o remunerados por la Iglesia.

 

 § 2. Por encargo temporal, los laicos pueden desempeñar la función de lector en las ceremonias litúrgicas; asimismo, todos los laicos pueden desempeñar las funciones de comentador, cantor y otras, a tenor de la norma del derecho.

 

 § 3. Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho.

 

231. § 1. Los laicos que de modo permanente o temporal se dedican a un servicio especial de la Iglesia tienen el deber de adquirir la formación conveniente que se requiere para desempeñar bien su función, y para ejercerla con conciencia, generosidad y diligencia.

 

 § 2. Manteniéndose lo que prescribe el c. 230 § 1, tienen derecho a una conveniente retribución que responda a su condición, y con la cual puedan proveer decentemente a sus propias necesidades y a las de su familia, de acuerdo también con las prescripciones del derecho civil; y tienen también derecho a que se provea debidamente a su previsión y seguridad social y a la llamada asistencia sanitaria.

 

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Oración para comenzar un rato de oración

 

Señor mío y Dios mío,

creo firmemente que estás aquí,

que me ves, que me oyes.

Te adoro con profunda reverencia.

Te pido perdón de mis pecados

y gracia para hacer con fruto este rato de oración.

Madre mía inmaculada,

San José, mi padre y señor,

Ángel de mi guarda,

interceded por mí.

 

Fuente: http://www.opusdeialdia.org/opus_dei/viewtopic.php?f=18&t=379

 

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Sitios web recomendados

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Sitios de Fe y Razón:

 

Fe y Razón

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Meditaciones Cristianas

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Verdades de Fe

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Aportes al IV Sínodo Arquidiocesano de Montevideo

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Libros de Daniel Iglesias Grèzes

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Veritas de terra orta est

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