Fe y Razón

Revista virtual gratuita de teología católica

Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 50 – Julio de 2010

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”

(Santo Tomás de Aquino)

 

 

“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

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Equipo de Dirección: Diác. Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing. Daniel Iglesias Grèzes.

 

Colaboradores: Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Pbro. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Ec. Rafael Menéndez, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Pbro. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Álvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

El Nº 50 de “Fe y Razón”

Equipo de Dirección

Magisterio

Juan, el vidente de Patmos

Papa Benedicto XVI

Magisterio

Constitución dogmática Dei Filius sobre la fe católica

Concilio Vaticano I

Filosofía

Sobre la afirmación estética

Lic. Néstor Martínez

Apologética

Sábana Santa: fe y razón (Nota 4)

Dr. Eduardo Casanova

Apologética

Jesucristo es Dios Salvador

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Familia y Vida

Monseñor Ignacio Carrasco ante el reto de dirigir

la Academia para la Vida

Zenit

Catecismo

El Hijo de Dios se hizo hombre

Catecismo de la Iglesia Católica

Derecho Canónico

De las obligaciones y derechos de todos los fieles

Código de Derecho Canónico

Oración

Salmo 2

Biblia de Jerusalén

 

 

El Nº 50 de “Fe y Razón”

 

Equipo de Dirección

 

El equipo de "Fe y Razón" adhiere a la marcha del 13 de Julio en Buenos Aires en defensa del matrimonio y la familia y contra el proyecto de legalización del mal llamado "matrimonio homosexual". Es un gran ejemplo el que dan los hermanos argentinos, y muy especialmente los católicos argentinos, al salir a la calle a manifestarse en defensa de los valores humanos más básicos y elementales, bárbaramente atropellados por proyectos de ley que apuntan a destruir el núcleo fundamental de la convivencia humana. Quiera el Señor, por intercesión de María Santísima, Virgen de Luján, bendecir a la gran nación argentina y a todo nuestro Continente, sometido al ataque sistemático e interesado de la cultura de la muerte.

 

Más información sobre la marcha en: http://alfre306.blogcindario.com/2010/07/02943-convocan-a-masiva-marcha-por-la-familia-y-el-matrimonio-en-argentina.html

 

*****

 

Éste es el número 50 de nuestra revista virtual de teología católica. Llegar hasta aquí ha supuesto un gran esfuerzo para nosotros, dado que preparamos la revista mediante un trabajo voluntario (no remunerado) durante nuestro escaso tiempo libre; y dado que contamos con escasos recursos humanos, materiales y económicos para realizar nuestra labor.

 

Distribuimos la revista gratuitamente para contribuir a la difusión de la doctrina católica en un mundo que tanto la necesita. Nos reconforta saber que muchos de los 850 suscriptores de la revista la reciben y la leen con agrado todos los meses. Esperamos que la pequeña semilla del Evangelio así sembrada, de la cual esta revista es sólo una humilde portadora y servidora, produzca frutos abundantes en los lectores, por la gracia de Dios.

 

En este número intentamos comenzar a tener en cuenta las sugerencias que varios suscriptores nos hicieron en nuestra reciente encuesta sobre “Fe y Razón”: hemos procurado hacer una revista menos voluminosa, con artículos más breves y ágiles; también incluimos un texto del Magisterio que trata directamente sobre las relaciones entre la fe y la razón (la constitución dogmática Dei Filius del Concilio Vaticano I). Además, hemos creado una nueva sección llamada “Catecismo”, en la que reproduciremos textos del Catecismo de la Iglesia Católica. En este caso el texto seleccionado trata sobre la Encarnación del Hijo de Dios.

 

Esperamos poder incorporar gradualmente otros de los cambios que algunos de ustedes han sugerido, a fin de prestarles un servicio cada vez mejor.

 

Nos despedimos de ustedes hasta el próximo mes, con la esperanza de que nos sigan acompañando en nuestro camino hacia el Nº 100 de la revista… y más allá.

 

Que el Señor los bendiga y los guarde día tras día.

 

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Juan, el vidente de Patmos

 

Benedicto XVI

 

(Audiencia General, Miércoles 23 de agosto de 2006).

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

En la última catequesis meditamos en la figura del apóstol san Juan. Primero, tratamos de ver lo que se puede saber de su vida. Después, en una segunda catequesis, meditamos en el contenido central de su evangelio, de sus cartas: la caridad, el amor. Y hoy volvemos a ocuparnos de la figura de san Juan, esta vez considerándolo el vidente del Apocalipsis.

 

Ante todo, conviene hacer una observación: mientras que no aparece nunca su nombre ni en el cuarto evangelio ni en las cartas atribuidas a este apóstol, el Apocalipsis hace referencia al nombre de san Juan en cuatro ocasiones (cf. Ap 1,1.4.9; 22,8). Es evidente que el autor, por una parte, no tenía ningún motivo para ocultar su nombre y, por otra, sabía que sus primeros lectores podían identificarlo con precisión. Por lo demás, sabemos que, ya en el siglo III, los estudiosos discutían sobre la verdadera identidad del Juan del Apocalipsis. En cualquier caso, podríamos llamarlo también "el vidente de Patmos", pues su figura está unida al nombre de esta isla del mar Egeo, donde, según su mismo testimonio autobiográfico, se encontraba deportado "por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús" (Ap 1,9).

 

Precisamente, en Patmos, "arrebatado en éxtasis el día del Señor" (Ap 1,10), san Juan tuvo visiones grandiosas y escuchó mensajes extraordinarios, que influirán en gran medida en la historia de la Iglesia y en toda la cultura cristiana. Por ejemplo, del título de su libro, "Apocalipsis", "Revelación", proceden en nuestro lenguaje las palabras "apocalipsis" y "apocalíptico", que evocan, aunque de manera impropia, la idea de una catástrofe inminente.

 

El libro debe comprenderse en el contexto de la dramática experiencia de las siete Iglesias de Asia (Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea) que, a finales del siglo I, tuvieron que afrontar grandes dificultades -persecuciones y tensiones incluso internas- en su testimonio de Cristo. San Juan se dirige a ellas mostrando una profunda sensibilidad pastoral con respecto a los cristianos perseguidos, a quienes exhorta a permanecer firmes en la fe y a no identificarse con el mundo pagano, tan fuerte. Su objetivo consiste, en definitiva, en desvelar, a partir de la muerte y resurrección de Cristo, el sentido de la historia humana.

 

En efecto, la primera y fundamental visión de san Juan atañe a la figura del Cordero que, a pesar de estar degollado, permanece en pie (cf. Ap 5,6) en medio del trono en el que se sienta el mismo Dios. De este modo, san Juan quiere transmitirnos ante todo dos mensajes: el primero es que Jesús, aunque fue asesinado con un acto de violencia, en vez de quedar inerte en el suelo, paradójicamente se mantiene firme sobre sus pies, porque con la resurrección ha vencido definitivamente a la muerte; el segundo es que el mismo Jesús, precisamente por haber muerto y resucitado, ya participa plenamente del poder real y salvífico del Padre.

 

Ésta es la visión fundamental. Jesús, el Hijo de Dios, en esta tierra es un Cordero indefenso, herido, muerto. Y, sin embargo, está en pie, firme, ante el trono de Dios y participa del poder divino. Tiene en sus manos la historia del mundo. De este modo, el vidente nos quiere decir: "Tened confianza en Jesús; no tengáis miedo de los poderes que se le oponen, de la persecución. El Cordero herido y muerto vence. Seguid al Cordero Jesús, confiad en Jesús; seguid su camino. Aunque en este mundo sólo parezca un Cordero débil, Él es el vencedor".

 

Una de las principales visiones del Apocalipsis tiene por objeto este Cordero en el momento en el que abre un libro, que antes estaba sellado con siete sellos, que nadie era capaz de soltar. San Juan se presenta incluso llorando, porque nadie era digno de abrir el libro y de leerlo (cf. Ap 5,4). La historia es indescifrable, incomprensible. Nadie puede leerla. Quizá este llanto de san Juan ante el misterio tan oscuro de la historia expresa el desconcierto de las Iglesias asiáticas por el silencio de Dios ante las persecuciones a las que estaban sometidas en ese momento. Es un desconcierto en el que puede reflejarse muy bien nuestra sorpresa ante las graves dificultades, incomprensiones y hostilidades que también hoy sufre la Iglesia en varias partes del mundo. Son sufrimientos que ciertamente la Iglesia no se merece, como tampoco Jesús se mereció el suplicio. Ahora bien, revelan la maldad del hombre, cuando se deja llevar por las sugestiones del mal, y la dirección superior de los acontecimientos por parte de Dios.

 

Pues bien, sólo el Cordero inmolado es capaz de abrir el libro sellado y de revelar su contenido, de dar sentido a esta historia, que con tanta frecuencia parece absurda. Sólo Él puede sacar lecciones y enseñanzas para la vida de los cristianos, a quienes su victoria sobre la muerte anuncia y garantiza la victoria que ellos también alcanzarán, sin duda. Todo el lenguaje que utiliza san Juan, con intensas imágenes, está orientado a brindar este consuelo.

 

Entre las visiones que presenta el Apocalipsis se encuentran dos muy significativas: la de la Mujer que da a luz un Hijo varón, y la complementaria del Dragón, arrojado de los cielos pero todavía muy poderoso. Esta Mujer representa a María, la Madre del Redentor, pero a la vez representa a toda la Iglesia, el pueblo de Dios de todos los tiempos, la Iglesia que en todos los tiempos, con gran dolor, da a luz a Cristo siempre de nuevo. Y siempre está amenazada por el poder del Dragón. Parece indefensa, débil. Pero, mientras está amenazada y perseguida por el Dragón, también está protegida por el consuelo de Dios. Y esta Mujer al final vence. No vence el Dragón. Ésta es la gran profecía de este libro, que nos infunde confianza. La Mujer que sufre en la historia, la Iglesia que es perseguida, al final se presenta como la Esposa espléndida, imagen de la nueva Jerusalén, en la que ya no hay lágrimas ni llanto, imagen del mundo transformado, del nuevo mundo cuya luz es el mismo Dios, cuya lámpara es el Cordero.

 

Por este motivo, el Apocalipsis de san Juan, aunque continuamente haga referencia a sufrimientos, tribulaciones y llanto -la cara oscura de la historia-, al mismo tiempo contiene frecuentes cantos de alabanza, que representan por así decir la cara luminosa de la historia. Por ejemplo, habla de una muchedumbre inmensa que canta casi a gritos: "¡Aleluya! Porque ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios todopoderoso. Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado" (Ap 19,6-7). Nos encontramos aquí ante la típica paradoja cristiana, según la cual el sufrimiento nunca se percibe como la última palabra, sino que se ve como un momento de paso hacia la felicidad; más aún, el sufrimiento ya está impregnado misteriosamente de la alegría que brota de la esperanza.

 

Precisamente por esto, san Juan, el vidente de Patmos, puede concluir su libro con un último deseo, impregnado de ardiente esperanza. Invoca la definitiva venida del Señor: "¡Ven, Señor Jesús!" (Ap 22,20). Es una de las plegarias centrales de la Iglesia naciente, que también san Pablo utiliza en su forma aramea: "Marana tha". Esta plegaria, "¡Ven, Señor nuestro!" (1 Co 16,22) tiene varias dimensiones. Desde luego, implica ante todo la espera de la victoria definitiva del Señor, de la nueva Jerusalén, del Señor que viene y transforma el mundo. Pero, al mismo tiempo, es también una oración eucarística: "¡Ven, Jesús, ahora!". Y Jesús viene, anticipa su llegada definitiva. De este modo, con alegría, decimos al mismo tiempo: "¡Ven ahora y ven de manera definitiva!" Esta oración tiene también un tercer significado: "Ya has venido, Señor. Estamos seguros de tu presencia entre nosotros. Para nosotros es una experiencia gozosa. Pero, ¡ven de manera definitiva!" Así, con san Pablo, con el vidente de Patmos, con la cristiandad naciente, oremos también nosotros: "¡Ven, Jesús! ¡Ven y transforma el mundo! ¡Ven ya, hoy, y que triunfe la paz!". Amén.

 

Fuente:

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2006/documents/hf_ben-xvi_aud_20060823_sp.html

 

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Constitución dogmática Dei Filius sobre la fe católica

(Concilio Vaticano I)

 

Pío, obispo, siervo de los siervos de Dios, con la aprobación del Sagrado Concilio, para perpetua memoria.

 

El Hijo de Dios y redentor del género humano, nuestro Señor Jesucristo, prometió, estando pronto a retornar a su Padre celestial, que estaría con su Iglesia militante sobre la tierra todos los días hasta el fin del mundo (1). De aquí que nunca en momento alguno ha dejado de acompañar a su amada esposa, asistiéndola cuando enseña, bendiciéndola en sus labores y trayéndole auxilio cuando está en peligro. Ahora esta providencia salvadora aparece claramente en innumerables beneficios, pero es especialmente manifiesta en los frutos que han sido asegurados al mundo cristiano por los concilios ecuménicos, de entre los cuales el Concilio de Trento merece especial mención, celebrados aunque fuese en malos tiempos. De allí vino una más cercana definición y una más fructífera exposición de los santos dogmas de la religión y la condenación y represión de errores; de allí también, la restauración y vigoroso fortalecimiento de la disciplina eclesiástica, el avance del clero en el celo por el saber y la piedad, la fundación de colegios para la educación de los jóvenes a la sagrada milicia; y finalmente la renovación de la vida moral del pueblo cristiano a través de una instrucción más precisa de los fieles y una más frecuente recepción de los sacramentos. Además, de allí también vino una mayor comunión de los miembros con la cabeza visible, y un mayor vigor en todo el cuerpo místico de Cristo. De allí vino la multiplicación de las familias religiosas y otros institutos de piedad cristiana; así también ese decidido y constante ardor por la expansión del reino de Cristo por todo el mundo, incluso hasta el derramamiento de la propia sangre.

 

Mientras recordamos con corazones agradecidos, como corresponde, estos y otros insignes frutos que la misericordia divina ha otorgado a la Iglesia, especialmente por medio del último sínodo ecuménico, no podemos acallar el amargo dolor que sentimos por tan graves males, que han surgido en su mayor parte ya sea porque la autoridad del sagrado sínodo fue despreciada por muchos, ya porque fueron negados sus sabios decretos.

 

Nadie ignora que estas herejías, condenadas por los padres de Trento, que rechazaron el magisterio divino de la Iglesia y dieron paso a que las preguntas religiosas fueran motivo de juicio de cada individuo, han gradualmente colapsado en una multiplicidad de sectas, ya sea en acuerdo o desacuerdo unas con otras; y de esta manera mucha gente ha tenido toda fe en Cristo como destruida. Ciertamente, incluso la Santa Biblia misma, la cual ellos clamaban al unísono ser la única fuente y criterio de la fe cristiana, no es más proclamada como divina sino que comienzan a asimilarla a las invenciones del mito.

 

De esta manera nace y se difunde a lo largo y ancho del mundo aquella doctrina del racionalismo o naturalismo -radicalmente opuesta a la religión cristiana, ya que ésta es de origen sobrenatural-, la cual no ahorra esfuerzos en lograr que Cristo, quien es nuestro único Señor y salvador, sea excluido de las mentes de las personas así como de la vida moral de las naciones y se establezca así el reino de lo que ellos llaman la simple razón o naturaleza. El abandono y rechazo de la religión cristiana, así como la negación de Dios y su Cristo, ha sumergido la mente de muchos en el abismo del panteísmo, materialismo y ateísmo, de modo que están luchando por la negación de la naturaleza racional misma, de toda norma sobre lo correcto y justo, y por la ruina de los fundamentos mismos de la sociedad humana.

 

Con esta impiedad difundiéndose en toda dirección, ha sucedido infelizmente que muchos, incluso entre los hijos de la Iglesia católica, se han extraviado del camino de la piedad auténtica, y como la verdad se ha ido diluyendo gradualmente en ellos, su sentido católico ha sido debilitado. Llevados a la deriva por diversas y extrañas doctrinas (2), y confundiendo falsamente naturaleza y gracia, conocimiento humano y fe divina, se encuentra que distorsionan el sentido genuino de los dogmas que la Santa Madre Iglesia sostiene y enseña, y ponen en peligro la integridad y la autenticidad de la fe.

 

Viendo todo esto, ¿cómo puede ser que no se conmuevan las íntimas entrañas de la Iglesia? Pues así como Dios desea que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (3), así como Cristo vino para salvar lo que estaba perdido (4) y congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos (5), así también la Iglesia, constituida por Dios como madre y maestra de todas las naciones, reconoce sus obligaciones para con todos y está siempre lista y anhelante de levantar a los caídos, de sostener a los que tropiezan, de abrazar a los que vuelven y de fortalecer a los buenos impulsándolos hacia lo que es mejor. De esta manera, ella no puede nunca dejar de testimoniar y declarar la verdad de Dios que sana a todos (6), ya que no ignora estas palabras dirigidas a ella: «Mi espíritu está sobre ti, y estas palabras mías que he puesto en tu boca no se alejarán de tu boca ni ahora ni en toda la eternidad» (7).

 

Por lo tanto nosotros, siguiendo los pasos de nuestros predecesores, en conformidad con nuestro supremo oficio apostólico, nunca hemos dejado de enseñar y defender la verdad católica, así como de condenar las doctrinas erradas. Pero ahora es nuestro propósito profesar y declarar desde esta cátedra de Pedro ante los ojos de todos la doctrina salvadora de Cristo, y, por el poder que nos es dado por Dios, rechazar y condenar los errores contrarios. Hemos de hacer esto con los obispos de todo el mundo como nuestros co-asesores y compañeros jueces, reunidos aquí como lo están en el Espíritu Santo por nuestra autoridad en este concilio ecuménico, y apoyados en la Palabra de Dios como la hemos recibido en la Escritura y la Tradición, religiosamente preservada y auténticamente expuesta por la Iglesia Católica.

 

Capítulo 1: Sobre Dios creador de todas las cosas

 

La Iglesia Santa, Católica, Apostólica y Romana cree y confiesa que hay un solo Dios verdadero y vivo, creador y Señor del cielo y de la tierra, omnipotente, eterno, inmensurable, incomprensible, infinito en su entendimiento, en su voluntad y en toda perfección. Ya que Él es una única substancia espiritual, singular, completamente simple e inmutable, debe ser declarado distinto del mundo, en realidad y esencia, supremamente feliz en sí y de sí, e inefablemente excelso por encima de todo lo que existe o puede ser concebido aparte de Él.

 

Este único Dios verdadero, por su bondad y virtud omnipotente, no con la intención de aumentar su felicidad, ni ciertamente de obtenerla, sino para manifestar su perfección a través de todas las cosas buenas que concede a sus creaturas, por un plan absolutamente libre, «juntamente desde el principio del tiempo creó de la nada a una y otra creatura, la espiritual y la corporal, a saber, la angélica y la mundana, y luego la humana, como constituida a la vez de espíritu y de cuerpo» (8).

 

Todo lo que Dios ha creado, lo protege y gobierna con su providencia, que llega poderosamente de un confín a otro de la tierra y dispone todo suavemente (9). «Todas las cosas están abiertas y patentes a sus ojos» (10), incluso aquellas que ocurrirán por la libre actividad de las creaturas.

 

Capítulo 2: Sobre la revelación

 

La misma Santa Madre Iglesia sostiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza a partir de las cosas creadas con la luz natural de la razón humana: «porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de lo creado» (11).

 

Plugo, sin embargo, a su sabiduría y bondad revelarse a sí mismo y los decretos eternos de su voluntad al género humano por otro camino, y éste sobrenatural, tal como lo señala el Apóstol: «De muchas y distintas maneras habló Dios desde antiguo a nuestros padres por medio los profetas; en estos últimos días nos ha hablado por su Hijo» (12).

 

Es, ciertamente, gracias a esta revelación divina que aquello que en lo divino no está por sí mismo más allá del alcance de la razón humana, puede ser conocido por todos, incluso en el estado actual del género humano, sin dificultad, con firme certeza y sin mezcla de error alguno.

 

Pero no por esto se ha de sostener que la revelación sea absolutamente necesaria, sino que Dios, por su bondad infinita, ordenó al hombre a un fin sobrenatural, esto es, a participar de los bienes divinos, que sobrepasan absolutamente el entendimiento de la mente humana; ciertamente «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó lo que Dios preparó para aquellos que lo aman» (13).

 

Esta revelación sobrenatural, conforme a la fe de la Iglesia universal declarada por el sagrado concilio de Trento, «está contenida en libros escritos y en tradiciones no escritas, que fueron recibidos por los apóstoles de la boca del mismo Cristo, o que, transmitidos como de mano en mano desde los apóstoles bajo el dictado del Espíritu Santo, han llegado hasta nosotros» (14).

 

Los libros íntegros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, según están enumerados en el decreto del mencionado concilio y como se encuentran en la edición de la Antigua Vulgata Latina, deben ser recibidos como sagrados y canónicos. La Iglesia tiene estos libros por sagrados y canónicos no porque ella los haya aprobado por su autoridad tras haber sido compuestos por obra meramente humana; tampoco simplemente porque contengan sin error la revelación; sino porque, habiendo sido escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor y han sido confiadas como tales a la misma Iglesia.

 

Ahora bien, ya que cuanto saludablemente decretó el concilio de Trento acerca de la interpretación de la Sagrada Escritura para constreñir a los ingenios petulantes, es expuesto erróneamente por ciertos hombres, renovamos dicho decreto y declaramos su significado como sigue: que en materia de fe y de las costumbres pertinentes a la edificación de la doctrina cristiana, debe tenerse como verdadero el sentido de la Escritura que la Santa Madre Iglesia ha sostenido y sostiene, ya que es su derecho juzgar acerca del verdadero sentido e interpretación de las Sagradas Escrituras; y por eso, a nadie le es lícito interpretar la Sagrada Escritura en un sentido contrario a éste ni contra el consentimiento unánime de los Padres.

 

Capítulo 3: Sobre la fe

 

Ya que el hombre depende totalmente de Dios como su creador y Señor, y ya que la razón creada está completamente sujeta a la verdad increada; nos corresponde rendir a Dios que revela el obsequio del entendimiento y de la voluntad por medio de la fe. La Iglesia Católica profesa que esta fe, que es «principio de la salvación humana» (15), es una virtud sobrenatural, por medio de la cual, con la inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos como verdadero aquello que Él ha revelado, no porque percibamos su verdad intrínseca por la luz natural de la razón, sino por la autoridad de Dios mismo que revela y no puede engañar ni ser engañado. Así pues, la fe, como lo declara el Apóstol, «es garantía de lo que se espera, la prueba de las realidades que no se ven» (16).

 

Sin embargo, para que el obsequio de nuestra fe sea de acuerdo a la razón (17), quiso Dios que a la asistencia interna del Espíritu Santo estén unidas indicaciones externas de su revelación, esto es, hechos divinos y, ante todo, milagros y profecías, que, mostrando claramente la omnipotencia y conocimiento infinito de Dios, son signos ciertísimos de la revelación y son adecuados al entendimiento de todos. Por eso Moisés y los profetas, y especialmente el mismo Cristo Nuestro Señor, obraron muchos milagros absolutamente claros y pronunciaron profecías; y de los apóstoles leemos: «Salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban» (18). Y nuevamente está escrito: «Tenemos una palabra profética más firme, a la cual hacéis bien en prestar atención, como a lámparas que iluminan en lugar oscuro» (19).

 

Ahora, si bien el asentimiento de la fe no es de manera alguna un movimiento ciego de la mente, nadie puede, sin embargo, «aceptar la predicación evangélica» como es necesario para alcanzar la salvación, «sin la inspiración y la iluminación del Espíritu Santo, quien da a todos la facilidad para aceptar y creer en la verdad» (20). Por lo tanto, la fe en sí misma, aunque no opere mediante la caridad (21), es un don de Dios, y su acto es obra que atañe a la salvación, con el que la persona rinde verdadera obediencia a Dios mismo cuando acepta y colabora con su gracia, la cual puede resistir (22).

 

Por tanto, deben ser creídas con fe divina y católica todas aquellas cosas que están contenidas en la Palabra de Dios, escrita o transmitida, y que son propuestas por la Iglesia para ser creídas como materia divinamente revelada, sea por juicio solemne, sea por su magisterio ordinario y universal.

 

Ya que «sin la fe... es imposible agradar a Dios» (23) y llegar al consorcio de sus hijos, se sigue que nadie pueda nunca alcanzar la justificación sin ella, ni obtener la vida eterna a no ser que «persevere hasta el fin» (24) en ella. Así, para que podamos cumplir nuestro deber de abrazar la verdadera fe y perseverar inquebrantablemente en ella, Dios, mediante su Hijo Unigénito, fundó la Iglesia y la proveyó con notas claras de su institución, para que pueda ser reconocida por todos como custodia y maestra de la Palabra revelada.

 

Sólo a la Iglesia Católica pertenecen todas aquellas cosas, tantas y tan maravillosas, que han sido divinamente dispuestas para la evidente credibilidad de la fe cristiana. Es más, la Iglesia misma por razón de su admirable propagación, su sobresaliente santidad y su incansable fecundidad en toda clase de bienes, por su unidad católica y su invencible estabilidad, es un gran y perpetuo motivo de credibilidad y un testimonio irrefragable de su misión divina.

 

Así sucede que, como estandarte levantado para todas las naciones (25), invita también a sí a quienes no han creído aún, y asegura a sus hijos que la fe que ellos profesan descansa en el más seguro de los fundamentos. A este testimonio se añade el auxilio efectivo del poder de lo alto. El benignísimo Señor mueve y auxilia con su gracia a aquellos que se extravían, para que puedan «llegar al conocimiento de la verdad» (26); y confirma con su gracia a quienes «ha trasladado de las tinieblas a su luz admirable» (27), para que puedan perseverar en su luz, no abandonándolos, a no ser que sea abandonado. Por lo tanto, la situación de aquellos que por el don celestial de la fe han abrazado la verdad católica, no es en modo alguno igual a la de aquellos que, guiados por las opiniones humanas, siguen una religión falsa; ya que quienes han aceptado la fe bajo la guía de la Iglesia no tienen nunca una razón justa para cambiar su fe o ponerla en cuestión. Siendo esto así, «dando gracias a Dios Padre que nos ha hecho dignos de compartir con los santos en la luz» (28) no descuidemos tan grande salvación, sino que «mirando en Jesús al autor y consumador de nuestra fe» (29), «mantengamos inconmovible la confesión de nuestra esperanza» (30).

 

Capítulo 4: Sobre la fe y la razón

 

El asentimiento perpetuo de la Iglesia católica ha sostenido y sostiene que hay un doble orden de conocimiento, distinto no sólo por su principio, sino también por su objeto. Por su principio, porque en uno conocemos mediante la razón natural y en el otro mediante la fe divina; y por su objeto, porque además de aquello que puede ser alcanzado por la razón natural, son propuestos a nuestra fe misterios escondidos por Dios, los cuales sólo pueden ser conocidos mediante la revelación divina. Por tanto, el Apóstol, quien atestigua que Dios es conocido por los gentiles «a partir de las cosas creadas» (31), cuando habla sobre la gracia y la verdad que «nos vienen por Jesucristo» (32), declara sin embargo: «Proclamamos una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los príncipes de este mundo... Dios nos la reveló por medio del Espíritu; ya que el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios» (33). Y el Unigénito mismo, en su confesión al Padre, reconoce que éste ha ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las ha revelado a los pequeños (34).

 

Y ciertamente la razón, cuando iluminada por la fe busca persistente, piadosa y sobriamente, alcanza por don de Dios cierto entendimiento, y muy provechoso, de los misterios, sea por analogía con lo que conoce naturalmente, sea por la conexión de esos misterios entre sí y con el fin último del hombre. Sin embargo, la razón nunca es capaz de penetrar esos misterios en la manera como penetra aquellas verdades que forman su objeto propio; ya que los divinos misterios, por su misma naturaleza, sobrepasan tanto el entendimiento de las creaturas que, incluso cuando una revelación es dada y aceptada por la fe, permanecen estos cubiertos por el velo de esa misma fe y envueltos de cierta oscuridad, mientras en esta vida mortal «vivimos lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión» (35).

 

Pero aunque la fe se encuentra por encima de la razón, no puede haber nunca verdadera contradicción entre una y otra: ya que es el mismo Dios que revela los misterios e infunde la fe, quien ha dotado a la mente humana con la luz de la razón. Dios no puede negarse a sí mismo, ni puede la verdad contradecir la verdad. La aparición de esta especie de vana contradicción se debe principalmente al hecho o de que los dogmas de la fe no son comprendidos ni explicados según la mente de la Iglesia, o de que las fantasías de las opiniones son tenidas por axiomas de la razón. De esta manera, «definimos que toda afirmación contraria a la verdad de la fe iluminada es totalmente falsa» (36).

 

Además la Iglesia que, junto con el oficio apostólico de enseñar, ha recibido el mandato de custodiar el depósito de la fe, tiene por encargo divino el derecho y el deber de proscribir toda falsa ciencia (37), a fin de que nadie sea engañado por la filosofía y la vana mentira (38). Por esto todos los fieles cristianos están prohibidos de defender como legítimas conclusiones de la ciencia aquellas opiniones que se sabe son contrarias a la doctrina de la fe, particularmente si han sido condenadas por la Iglesia; y, más aun, están del todo obligados a sostenerlas como errores que ostentan una falaz apariencia de verdad.

 

La fe y la razón no sólo no pueden nunca disentir entre sí, sino que además se prestan mutua ayuda, ya que, mientras por un lado la recta razón demuestra los fundamentos de la fe e, iluminada por su luz, desarrolla la ciencia de las realidades divinas; por otro lado la fe libera a la razón de errores y la protege y provee con conocimientos de diverso tipo. Por esto, tan lejos está la Iglesia de oponerse al desarrollo de las artes y disciplinas humanas, que por el contrario las asiste y promueve de muchas maneras. Pues no ignora ni desprecia las ventajas para la vida humana que de ellas se derivan, sino más bien reconoce que esas realidades vienen de «Dios, el Señor de las ciencias» (39), de modo que, si son utilizadas apropiadamente, conducen a Dios con la ayuda de su gracia. La Iglesia no impide que estas disciplinas, cada una en su propio ámbito, aplique sus propios principios y métodos; pero, reconociendo esta justa libertad, vigila cuidadosamente que no caigan en el error oponiéndose a las enseñanzas divinas, o, yendo más allá de sus propios límites, ocupen lo perteneciente a la fe y lo perturben.

 

Así pues, la doctrina de la fe que Dios ha revelado es propuesta no como un descubrimiento filosófico que puede ser perfeccionado por la inteligencia humana, sino como un depósito divino confiado a la esposa de Cristo para ser fielmente protegido e infaliblemente promulgado. De ahí que también hay que mantener siempre el sentido de los dogmas sagrados que una vez declaró la Santa Madre Iglesia, y no se debe nunca abandonar bajo el pretexto o en nombre de un entendimiento más profundo. «Que el entendimiento, el conocimiento y la sabiduría crezcan con el correr de las épocas y los siglos, y que florezcan grandes y vigorosos, en cada uno y en todos, en cada individuo y en toda la Iglesia: pero esto sólo de manera apropiada, esto es, en la misma doctrina, el mismo sentido y el mismo entendimiento» (40).

 

 

Notas

 

1) Ver Mt 28,20.

 

2) Ver Heb 13,9.

 

3) 1Tim 2,4.

 

4) Ver Lc 19,10.

 

5) Ver Jn 11,52.

 

6) Ver Sab 16,12.

 

7) Is 59,21.

 

8) Concilio de Letrán IV, can. 2 y 5.

 

9) Ver Sab 8,1.

 

10) Heb 4,13.

 

11) Rom 1,20.

 

12) Heb 1,1ss.

 

13) 1Cor 2,9.

 

14) Concilio de Trento, sesión IV, dec. I.

 

15) Concilio de Trento, sesión VI, dec. sobre la justificación, cap. 8.

 

16) Heb 11,1.

 

17) Cf. Rom 12,1.

 

18) Mc 16,20.

 

19) 2Pe 1,19.

 

20) Concilio II de Orange, can. VII.

 

21) Cf. Gal 5,6.

 

22) Cf. Concilio de Trento, sesión VI, dec. sobre la justificación, cap. 5s.

 

23) Heb 11,6.

 

24) Mt 10,22; 24,13.

 

25) Cf. Is 11,12.

 

26) 1Tim 2,4.

 

27) 1Pe 2,9.

 

28) Col 1,2.

 

29) Heb 12,2.

 

30) Heb 10,23.

 

31) Rom 1,20.

 

32) Ver Jn 1,17.

 

33) 1Cor 2,7-8.10.

 

34) Ver Mt 11,25.

 

35) 2Cor 5,6s.

 

36) Concilio de Letrán V, sesión VIII, 19.

 

37) Ver 1Tim 6,20.

 

38) Ver Col 2,8.

 

39) Ver 1Re 2,3.

 

40) Vicentius Lerinensis, Commonitorium primum, c. 23 (PL 50, 668).

 

Fuente: http://www.conoze.com/doc.php?doc=2942

 

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Sobre la afirmación estética

 

Lic. Néstor Martínez

 

La estética suele ser hoy día un terreno muy utilizado para la defensa del relativismo. Nada parece prestarse tanto a la relatividad de nuestras afirmaciones como la variación de gustos y modas en el terreno artístico. Sobre todo la llamada “vanguardia” artística provee abundantes ejemplos que parecen desafiar toda concepción objetiva de la belleza. Duchamp ha firmado con el nombre de “Fountain” una “escultura” consistente en un urinario “artísticamente” puesto en exhibición (véase la imagen al final de este artículo). Pero si decimos que eso no es arte, se nos responde que es la culminación de una larga búsqueda estética y que el conocimiento de esa historia es parte necesaria del goce estético en este caso.

 

Sobre este punto, es esencial ante todo distinguir la afirmación estética de la afirmación acerca del estado anímico del que contempla una obra de arte. La afirmación “esto es bello” no es la misma que la afirmación “esto me gusta”. En el primer caso, estamos afirmando una cualidad de la cosa; en el segundo caso, un estado del sujeto que contempla a la cosa.

 

No decimos, en efecto, que “mi gusto es bello” o “mi estado de agrado es bello”, sino que el cuadro, la sinfonía o la escultura es bella. Tampoco decimos que la pintura o la escultura “me bellan” sino que “me gustan” o no me gustan.

 

El subjetivismo estético debe defender la tesis según la cual la afirmación “esto es bello” es una afirmación espúrea, ilusoria, cuyo único contenido real es “esto me gusta”. No se puede tratar, para el subjetivista estético, solamente de que esa afirmación sea siempre falsa, porque eso de algún modo admitiría que la cuestión de la belleza objetiva tiene un sentido: no puede ser errónea una afirmación carente de significado. Se trata más bien de que la afirmación “esto es bello” no tiene sentido, no puede por tanto ser ni verdadera ni falsa, y todo su contenido se reduce a “esto me gusta”, la cual afirmación, por su parte, será siempre verdadera, pues no sale del ámbito de la subjetividad y no tiene nada objetivo con lo que concordar o no concordar.

 

Pero, según este principio, ¿a qué se reduce la afirmación de que el urinario de Duchamp es arte? Simplemente a que, por razones que habría que explicar detenidamente, eso le gusta a alguien. A partir de ahí, se entiende que muchos teóricos contemporáneos de la estética hablen de la “muerte del arte”, pues el arte ya no tiene identidad ni consistencia propia, reduciéndose al accidente de que a algunas personas les gustan ciertas cosas, que no tienen por qué, obviamente, limitarse al plano de lo usualmente considerado “artístico”.

 

Esto no parece ser un aporte grande en orden a la comprensión de ese fenómeno indudable, característico y mayúsculo de la existencia humana que es el arte.

 

Por el contrario, la tesis del sentido común, que dice que la belleza existe y que es algo objetivo, puede prestar servicios mucho más destacados a la estética, supuesto que se la comprenda bien. Una de las confusiones que conviene despejar al respecto es la que queremos tratar aquí.

 

Sin duda, la belleza artística tiene formas muy distintas de realizarse históricamente. Es un lugar común la narración de las contiendas entre partidarios de estilos diferentes: los clasicistas contra los románticos, éstos contra los impresionistas, etc. Hay una diferencia grande entre el arte renacentista y el barroco, y de ambos con el griego clásico, y si nos salimos de la civilización occidental, las diferencias son más grandes todavía.

 

El argumento relativista dice que tanto los clasicistas como los impresionistas tienen razón, y que por tanto la belleza es algo relativo. Respondemos que sin duda ambos tienen razón cuando afirman que lo de cada uno de ellos es arte y es bello, pero de ahí no se sigue que la belleza sea relativa, porque en eso en que ambos tienen razón no se contradicen, y sólo hay relativismo cuando sostenemos que ambas partes de una contradicción pueden ser verdaderas, una para un sujeto, y la otra para otro. Porque sólo se podrá decir que la verdad es “relativa” cuando lo que es verdad, con derecho, para uno de los sujetos no lo sea, con derecho, para el otro; o sea, cuando tengan razón tanto el que dice “A es verdad” como el que dice “A no es verdad”.

 

Pero eso no puede ocurrir, por el principio de no contradicción. Los sujetos de nuestro ejemplo, por tanto, no pueden tener ambos razón cuando se contradicen realmente, es decir, cuando uno afirma y otro niega que el clasicismo o el impresionismo sean arte y sean portadores de la belleza artística.

 

Por tanto, de ningún modo se sigue de aquí el relativismo.

 

En efecto, una cosa es diferencia y otra contradicción. “Clasicismo vs. Romanticismo” no es una contradicción. Una contradicción es la afirmación y negación del mismo predicado respecto del mismo sujeto. En la contienda entre la escuela A y la escuela B, las tesis en juego, esquemáticamente, claro, suelen ser las siguientes: la escuela A sostiene que el arte de la escuela A es arte, y el de la escuela B no. Por su parte, la escuela B sostiene que su arte es arte, y el de la escuela A no.

 

Entre las afirmaciones “el arte de A es arte” y “el arte de B es arte” no hay contradicción. El sujeto no es el mismo. En un caso es el arte de A; en otro caso, el arte de B. Y una contradicción es, como dijimos, la afirmación y negación del mismo predicado respecto del mismo sujeto.

 

La contradicción se da solamente cuando pensamos en las negaciones que ambas escuelas formulan, a saber, entre “el arte de A es arte” y “el arte de A no es arte”; y entre “el arte de B es arte” y “el arte de B no es arte”.

 

Por tanto, no estamos obligados a elegir entre la verdad de “el arte de A es arte” y la verdad de “el arte de B es arte”. Es decir, no estamos obligados a elegir entre clasicismo y romanticismo, o entre el arte griego y el arte impresionista.

 

Sólo en los casos en que sí hay contradicción, es necesario que la verdad esté de un lado, y el error del otro. Eso no nos exige elegir entre corrientes artísticas, sino entre una pretendida corriente artística y la negación de que lo sea en verdad.

 

Y aquí es posible que se den ambos casos, históricamente hablando. Sin duda, muchas veces ha sido rechazado como arte algo que luego se reconoció que verdaderamente lo era. Y sin duda, muchas veces se ha querido presentar como arte lo que en realidad era pura superchería.

 

Respecto del urinario de Duchamp, entonces, la filosofía puede prestar un servicio útil enmarcando la cuestión, si bien es claro que finalmente habrá que responderla. Para enmarcar la cuestión, basta con señalar que sólo debemos elegir entre las proposiciones ““Fountain” es arte” y ““Fountain” no es arte”, no entre las proposiciones ““Fountain” es arte” y “La Gioconda es arte”. Con eso basta para que no haya necesidad alguna de sostener el relativismo estético.

 

 

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Sábana Santa: fe y razón (Nota 4)

 

Dr. Eduardo Casanova

 

Una muerte prematura

 

Desde luego, un ajusticiamiento es siempre una causa de muerte prematura. Sin embargo, en el crucificado de la Sábana Santa la muerte ocurrió antes, al menos, respecto a lo que aconteció con quienes estaban crucificados a su lado. Por los relatos evangélicos sabemos que existía cierta “premura” para dar por finalizada la tortura. La ley judía no permitía tocar cadáveres después de la Parasceve, y la pascua judía ya era inminente. Por otra parte, como señalamos antes, adelantar la muerte, quebrándole las piernas, implicaba cierto gesto de piedad para con el ajusticiado, por cuanto acortaba su sufrimiento antes de morir.

 

Sin embargo, en el caso de Jesús de Nazaret ello no ocurrió de este modo. Por supuesto, los agnósticos que no desconocen el Antiguo Testamento saben que estaba anunciado de modo especial y explícito que al Mesías “no le romperán un solo hueso”. La suspicacia de los agnósticos fundaba su incredulidad en la posibilidad de que este hecho hubiese sido un “invento” de los evangelistas, cuando expresan que “como le vieron ya muerto no le quebraron las piernas”. Pero la fidelidad de los evangelistas a la realidad histórica se pone de manifiesto, una vez más, en este detalle que aporta este Quinto Evangelio que es la Sábana Santa: la perfección de la imagen fotográfica tridimensional deja claro que las piernas no fueron fracturadas. Queda claro también que el clavo que penetró sus pies no fracturó hueso alguno: el crucificado debía poder apoyarse en sus pies para poder respirar.

 

Pero en relación a lo expresado es también importante consignar lo que se dice a texto expreso: que Jesús ya había muerto, lo que fue motivo para que no le quebrasen las piernas. Su muerte se produjo antes de la de quienes estaban a su derecha y a su izquierda. A éstos sí les fueron quebradas las piernas. Más allá de lo anunciado previamente acerca del Mesías (Ex 12,36; Num 9,12 y Sal 33,21) acerca de que “no le romperán ningún hueso”, analizando el hecho histórico, con la Sábana Santa ante nuestros ojos, y auxiliados por la tecnología actual, podemos comprender mejor otros hechos, que precedieron a la crucifixión y que son relatados por el Evangelio.

 

Estos hechos son los que dan cuenta de, y explican, el motivo por el cual Jesús murió antes que sus compañeros de patíbulo. Se trata de evidencias coherentes con los relatos evangélicos, de hechos precedentes a la crucifixión…

 

Nos habíamos referido antes a la pena de la flagelación, a los azotes en la columna, que tomaban su nombre precisamente del instrumento romano utilizado para la tortura, el “flagelum”, construido sobre un soporte de madera que sostenía dos o más correas de cuero, que terminaban anudadas sobre objetos metálicos, de hierro o de plomo.

 

Las manchas de sangre de los latigazos, lo mismo que las provocadas por los clavos y por las espinas de la corona, eran abundantes en la Sábana Santa. El Prof. Baima Bolone determinó que se trataba del grupo AB, propio de los judíos yemeníes, que, debido a su aislamiento de otras etnias, prácticamente no tenían mezclas genéticas con otros grupos sanguíneos (1).

 

Los azotes constituían una pena aplicada para dejar luego al reo en libertad; no se azotaba a quien luego iba a ser crucificado, porque debía contar con la energía necesaria para cargar el leño horizontal de la cruz, al que iban atados sus brazos, antes de ser levantado en alto y clavado sobre el soporte vertical. En el caso de Jesús de Nazaret, la flagelación previa (como solución de compromiso ofrecida por Pilatos, con intención de liberarlo), fue una verdadera excepción, y explica el adelantamiento de la muerte, luego de clavado en la Cruz.

 

Pero seguramente esa “muerte prematura” no se debió sólo a la flagelación. La tortura había comenzado muchas horas antes, en el Huerto de los Olivos, donde se inicia la Pasión, el padecimiento de una “angustia de muerte”, como lo expresa el mismo Jesús, al asumir el peso de todos los pecados, de todo el dolor y de toda la muerte, consecuencias del pecado. El fenómeno poco frecuente hoy reconocido como “hemohidrosis”, tradujo lo que el texto evangélico llama “sudor de sangre”, y que expresa ese padecimiento.

 

Las largas horas sin tomar líquidos, el estrés, la transpiración excesiva y la deshidratación más el sangrado, son seguramente la causa de esa muerte prematura. Alrededor de un millar de marcas sobre el cuerpo explican lo paradójico de esa muerte que, aunque prematura, no por ello fue poco prolongada ni menos dolorosa.

 

Entre otras heridas, en la imagen que se conserva en el lino se destacan: 1) proceso inflamatorio sobre la ceja derecha y rotura del cartílago nasal; 2) contusiones en las rodillas por caída con el peso de la Cruz; 3) heridas de espinas en la frente y en la nuca; 4) heridas múltiples de la flagelación; 5) rozaduras profundas sobre los hombros; 6) herida del costado derecho del tórax; 7) reguero de sangre brotada de la herida sobre la muñeca derecha; 8) regueros de sangre en ambos pies, procedentes de la herida de los clavos.

 

De todas estas heridas y manchas de sangre, la más notable por su abundancia y por sus características -ya analizadas- de coágulo post-mortem, es la que procede del pecho, que empapa la Sábana. Ella permite confirmar que ya estaba muerto cuando fue bajado de la Cruz: los 500 testigos que le vieron con vida tres o más días después, no veían ni a un moribundo recuperado, ni a un fantasma, sino a Alguien que realmente había resucitado.

 

10-06-2010.

 

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Jesucristo es Dios Salvador

 

Daniel Iglesias Grèzes

 

"Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos: '¿Quién dicen los hombres que soy yo?' Ellos le dijeron: 'Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas.' Y él les preguntaba: 'Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?' Pedro le contesta: 'Tú eres el Cristo'." (Marcos 8,27-29).

 

También a cada uno de nosotros Jesús nos plantea hoy la misma pregunta que hizo a sus discípulos: "¿Quién dices tú que soy yo?". Y también hoy Jesús recibe diversas respuestas: eres sólo un gran hombre (tal vez el mayor de todos); eres un mensajero de Dios semejante a otros (Moisés, Buda, Mahoma, etc.); eres el Hijo de Dios hecho hombre...

 

Esta pregunta de Jesús sobre Sí mismo no puede dejarnos indiferentes, porque quien la plantea pretende tener una relación especialísima con Dios y su pretensión no puede ser descartada fácilmente.

 

Jesús nació en el seno de un pueblo en cuya historia se había manifestado portentosamente la acción salvadora de Dios y con el cual Dios había establecido una particular relación de alianza. Su venida al mundo supuso el cumplimiento de las antiguas profecías referidas al Mesías (= Cristo = Ungido). Enseñó una doctrina nueva, que por sí sola sugiere un origen divino (Juan 7,46: "Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre") y fue el primero en llamar a Dios "Abbá, Padre" (Marcos 14,36). Predicó una moral elevada y exigente, perfeccionando la antigua Ley de Moisés, y vivió en un todo de acuerdo con sus enseñanzas, en incomparable santidad (Marcos 7,37: "Todo lo ha hecho bien"). Realizó muchos milagros. Amó a todos, especialmente a los niños, los pobres, los enfermos y toda clase de marginados. Perdonó a los pecadores y hasta a sus propios enemigos. Y finalmente culminó una vida de total donación y obediencia a Dios Padre entregándose en su pasión y muerte para redimir a todos. Sus discípulos dieron testimonio de que resucitó al tercer día, se les apareció vivo durante 40 días y completó entonces sus enseñanzas sobre el Reino de Dios, Reino que Él mismo hizo presente en plenitud en su propia Persona. La Iglesia que Él fundó, cimentada en sus doce apóstoles, continúa extendiéndose por el mundo, según su mandato y con la asistencia que Él le prometió. Hoy sus seguidores somos unos 2.000 millones, de los cuales unos 1.100 millones estamos en plena comunión con el sucesor de San Pedro, a quien Jesús escogió para que apacentara sus ovejas (cf. Juan 21,15-17) y confirmara a sus hermanos en la fe (cf. Lucas 22,32). Esperamos la segunda venida de Jesucristo, cuando Él juzgará a vivos y muertos y consumará el Reino de Dios, que no tendrá fin.

 

Hay muchas razones para creer en la existencia de Dios, pero el hombre sabe que, librado a sus solas fuerzas, no podrá penetrar en su misterio incomprensible. El mismo hombre, enfrentado al drama del sufrimiento y de la muerte y envuelto en la culpa del pecado, entrevé que necesita ser iluminado y salvado por Dios. Por eso es razonable que los hombres esperen una revelación divina. Ahora bien, Jesús no sólo colmó esa expectativa, pues Él es la cumbre de la historia de la Revelación, sino que la superó, porque es más que un profeta del Altísimo. La Iglesia nos enseña que Él es una persona divina (el Hijo de Dios Padre), con dos naturalezas (divina y humana) reales y completas. Él es perfecto Dios y perfecto hombre, "en todo igual que nosotros, excepto en el pecado" (Hebreos 4,15). Al encarnarse, el Hijo de Dios no perdió su condición divina (aunque ésta quedó velada, perceptible sólo a la luz de la fe) y asumió la condición humana, uniendo así íntimamente a los hombres con Dios. Al morir en la cruz destruyó el poder del pecado y al resucitar nos dio la vida divina. Su Pascua es la Alianza nueva y eterna de Dios con todos los hombres, realizada en la Iglesia, a la cual todos somos llamados.

 

Cristo y el cristianismo no tienen parangón. Por eso los cristianos reconocemos a Jesucristo como único Salvador del mundo y proponemos el encuentro con Él (que está vivo) como el verdadero camino de conversión, comunión y solidaridad. Sólo Él tiene palabras de vida eterna. Conozcámoslo, amémoslo y sigámoslo.

 

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Monseñor Ignacio Carrasco ante el reto de dirigir

la Academia para la Vida

 

El Papa lo nombró presidente de este organismo vaticano el pasado 30 de junio

 

CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 9 julio 2010 (ZENIT.org).

 

La misión que ha puesto Benedicto XVI sobre los hombros de monseñor Ignacio Carrasco es enorme: como presidente de la Academia Pontificia para la Vida debe orientar a la Iglesia y al mundo científico ante los interrrogantes que plantea la biomedicina.

 

Este sacerdote, miembro del Opus Dei, es filósofo y también médico y cirujano. Ha sido rector de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma, profesor de bioética en la Universidad del Sagrado Corazón de Italia, y miembro del comité ético para la experimentación del Policlínico Gemelli de Roma.

 

Ha publicado numerosos artículos sobre bioética, como el libro Identidad y estatuto del embrión humano (Ediciones Internacionales Universitarias, 2000).

 

La Pontificia Academia para la Vida busca estudiar, informar y formar sobre los principales problemas de biomedicina y de derecho, relativos a la promoción y a la defensa de la vida, sobre todo en la relación directa que éstos tienen con la moral cristiana y las directivas del Magisterio de la Iglesia.

 

Monseñor Carrasco ha compartido con ZENIT la manera en que afronta su nuevo cargo y los desafíos que tendrá que afrontar.

 

-¿Cuál es su experiencia en la Academia Pontificia para la Vida?

-Monseñor Ignacio Carrasco: En la Academia empecé a trabajar en 1994 cuando fue instituida por Juan Pablo II, quien la encargó al cardenal Fiorenzo Angelini, en esa época presidente del Consejo Pontificio para la Salud, y nombró como primer presidente a Jérôme Lejeune [el gran genetista francés]. Trabajé en la organización de la Academia, cuando fueron nombrados los primeros miembros y consultores. El cardenal Angelini me llamó y me pidió una colaboración para ser consultor de este dicasterio y darle una mano desde ese momento.

 

-Ha escrito varios libros a favor de la vida. Háblenos un poco...

-Monseñor Ignacio Carrasco: No soy muy escritor. De hecho, he escrito varios libros, pero si me pidiera un ejemplar me costaría encontrarlo. Desde un punto de vista sistemático preparé la parte de bioética con una serie de manuales que fueron publicados contemporáneamente en italiano y español y que responden al esquema normal a los escritos de este estilo.

 

De otro lado, desde el punto de vista de temas concretos, he hecho estudios sobre la dignidad del embrión. Otro está en el lado absolutamente opuesto, que es el del tema de la muerte cerebral, un tema que ahora no trato con gusto porque genera polémica en algunos sectores.

 

-Hablando de la dignidad del embrión, usted es nombrado presidente de este dicasterio en un momento en que en su país entra en vigencia la nueva ley del aborto...

-Monseñor Ignacio Carrasco: Esta nueva legislación es un desastre. Espero que esto no repercuta mucho y que no sirva de modelo para otros países. Es la primera vez que el aborto se reconoce como un derecho que sustancialmente es matar a otra persona. Resulta inconcebible.

 

-¿Cómo defender la dignidad del embrión desde el punto de vista científico?

-Monseñor Ignacio Carrasco: El problema no es científico. Desde ese punto de vista está muy defendido. El problema es de naturaleza fundamentalmente socio-política e ideológica y en esto no valen los argumentos científicos. Es un ámbito donde lo que cuenta es el poder y si el que tiene el poder no tiene ninguna intención de dialogar, o por lo menos de reflexionar un poco, pues ya con otras orientaciones no tiene mucho que hacer.

 

Es decir, al final lo que queda es el arma política y el arma política que tenemos los ciudadanos de hoy en día es poco. Los que conocen la política pueden hacer mucho más y ésa es su gravísima responsabilidad. Hablando con un lenguaje futbolístico, digamos que la pelota la tienen ellos. Estudios científicos es lo que tenemos, pero quien toma las decisiones no escucha. Todo se reduce a derechos humanos, pero entendidos en un modo que cualquier realidad se convierte en un derecho humano. Yo no sé cuándo llegaremos al derecho a robar pero detrás de estas leyes lo que hay es una la lógica relativista.

 

-¿Y desde el punto de vista teológico y espiritual?

-Monseñor Ignacio Carrasco: Uno de los problemas que tenemos con respecto al embrión es que no se ve. Más que embrión debemos hablar de niño, que está en la fase inicial de su desarrollo. Por el hecho de que nosotros no lo percibimos, está en una situación de tremendo peligro, en un tremendo riesgo.

 

La defensa del embrión es precedente a la misma mentalidad cristiana. Esto no quiere decir que nadie pensara en abortar. El pecado existe desde siempre. Todos sabemos que no se puede robar y, sin embargo, en muchas culturas y en todos los tiempos se ha robado. El cristiano toma conciencia de que esa criatura es la plasmación de Dios, tiene la conciencia de que es una presencia de la acción divina.

 

De alguna manera, las criaturas en el inicio de su vida son como una especie de recordatorio de lo que es la acción de Dios en el mundo entre los hombres, quien actúa muchas veces sin que nosotros lo percibamos, porque lo que a veces percibimos es la maldad de los hombres y no la bondad de Dios. Él podría efectivamente paralizar a un asesino antes de que mate una víctima, pero no lo hace porque su amor funciona de otra manera.

 

-¿No es una contradicción el que ahora que la tecnología permite tantas maneras de percibir la vida humana desde sus primeros estadios haya una corriente contraria a la vida tan fuerte?

-Monseñor Ignacio Carrasco: Ciertamente es una contradicción. Hay mujeres que abortan y conservan la fotografía de esa criatura y ¡le muestran a sus amigas cómo era el niño! Esto me deja totalmente desconcertado y por otro lado coincide con las experiencias que tenemos de ver que somos capaces de un bien increíble y también de vivir una irracionalidad incomprensible. Se da una tendencia cada vez mayor a eliminar la sensibilidad moral.

 

-¿Cómo recibe usted este nombramiento?

-Monseñor Ignacio Carrasco: Tenemos un campo inmenso. No tenemos fuerzas para afrontar todos los desafíos a la vez, pero algunos sí. Estamos trabajando en temas muy específicos. Para el mes de septiembre pensamos trabajar fuertemente en dos temas con los equipos de trabajo formados por académicos: uno es el síndrome post-aborto. La misión no es demostrar que existe este síndrome, sino ver exactamente qué es y qué consistencia tiene.

 

El segundo tema es la cuestión de los bancos de cordón umbilical porque es algo que se está formando y en lo que llegamos a un momento en el que nos podemos adelantar y ver qué tipo de problemas se enfrentan: si la gestión debe ser pública o privada. La gestión privada a veces se rige por la ganancia, la pública tiene en cuenta más la necesidad de las personas. Esto debe ser siempre un servicio para el ser humano. Debe ser el valor fundamental.

 

-Como miembro del Opus Dei, ¿qué es lo que más ha aprendido de las virtudes de san Josemaría Escrivá de Balaguer?

-Monseñor Ignacio Carrasco: Muchísimas cosas he aprendido. Obviamente la más práctica es la santificación del trabajo. Eso no será nunca una labor burocrática. Siempre en el trabajo hay intereses que son legítimos pero, sobre todo, es necesario ver que el trabajo es algo que Dios lo permite para alcanzar la santidad y veo que aceptar la dirección de la Academia Pontificia es concretamente lo que el Señor me pide.

 

Por Carmen Elena Villa.

ZS10070906 - 09-07-2010.

Fuente: http://www.zenit.org/article-36005?l=spanish

 

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El Hijo de Dios se hizo hombre

 

(Catecismo de la Iglesia Católica, números 456-483).

 

I. Por qué el Verbo se hizo carne

 

456. Con el Credo Niceno-Constantinopolitano respondemos confesando: "Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre".

 

457. El Verbo se encarnó para salvarnos reconciliándonos con Dios: "Dios nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4, 10). "El Padre envió a su Hijo para ser salvador del mundo" (1 Jn 4, 14). "Él se manifestó para quitar los pecados" (1 Jn 3, 5):

 

“Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacía falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían importancia estos razonamientos? ¿No merecían conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla, ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado?” (San Gregorio de Nisa, or. catech. 15).

 

458. El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: "En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él" (1 Jn 4, 9). "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16).

 

459. El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: "Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí..." (Mt 11, 29). "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por Mí" (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la transfiguración, ordena: "Escuchadlo" (Mc 9, 7; cf. Dt 6, 4-5). Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la ley nueva: "Amaos los unos a los otros como Yo os he amado" (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo (cf. Mc 8, 34).

 

460. El Verbo se encarnó para hacernos "partícipes de la naturaleza divina" (2 P 1, 4): "Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre, al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios" (S. Ireneo, haer., 3, 19, 1). "Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios" (S. Atanasio, Inc., 54, 3). "Unigenitus Dei Filius, suae divinitatis volens nos esse participes, naturam nostram assumpsit, ut homines deos faceret factus homo" ("El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres") (Santo Tomás de A., opusc. 57 in festo Corp. Chr., 1).

 

II. La Encarnación

 

461. Volviendo a tomar la frase de San Juan ("El Verbo se encarnó": Jn 1, 14), la Iglesia llama "Encarnación" al hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación. En un himno citado por S. Pablo, la Iglesia canta el misterio de la Encarnación:

 

“Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz.” (Flp 2, 5-8; cf. LH, cántico de vísperas del sábado).

 

462 La carta a los Hebreos habla del mismo misterio: “Por eso, al entrar en este mundo, [Cristo] dice: No quisiste sacrificio y oblación; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo... a hacer, oh Dios, tu voluntad!” (Hb 10, 5-7, citando Sal 40, 7-9 LXX).

 

463. La fe en la verdadera encarnación del Hijo de Dios es el signo distintivo de la fe cristiana: "Podréis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios" (1 Jn 4, 2). Ésa es la alegre convicción de la Iglesia desde sus comienzos cuando canta "el gran misterio de la piedad": "Él ha sido manifestado en la carne" (1 Tm 3, 16).

 

III. Verdadero Dios y verdadero hombre

 

464. El acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban.

 

465. Las primeras herejías negaron menos la divinidad de Jesucristo que su humanidad verdadera (docetismo gnóstico). Desde la época apostólica la fe cristiana insistió en la verdadera encarnación del Hijo de Dios, "venido en la carne" (cf. 1 Jn 4, 2-3; 2 Jn 7). Pero desde el siglo III, la Iglesia tuvo que afirmar frente a Pablo de Samosata, en un concilio reunido en Antioquía, que Jesucristo es hijo de Dios por naturaleza y no por adopción. El primer concilio ecuménico de Nicea, en el año 325, confesó en su Credo que el Hijo de Dios es "engendrado, no creado, de la misma substancia ['homoousios'] que el Padre" y condenó a Arrio, que afirmaba que "el Hijo de Dios salió de la nada" (DS 130) y que sería "de una substancia distinta de la del Padre" (DS 126).

 

466. La herejía nestoriana veía en Cristo una persona humana junto a la persona divina del Hijo de Dios. Frente a ella S. Cirilo de Alejandría y el tercer concilio ecuménico reunido en Efeso, en el año 431, confesaron que "el Verbo, al unirse en su persona a una carne animada por un alma racional, se hizo hombre" (DS 250). La humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la persona divina del Hijo de Dios, que la ha asumido y hecho suya desde su concepción. Por eso el concilio de Efeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: "Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne" (DS 251).

 

467. Los monofisitas afirmaban que la naturaleza humana había dejado de existir como tal en Cristo al ser asumida por su persona divina de Hijo de Dios. Enfrentado a esta herejía, el cuarto concilio ecuménico, en Calcedonia, confesó en el año 451:

 

“Siguiendo, pues, a los Santos Padres, enseñamos unánimemente que hay que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre compuesto de alma racional y cuerpo; consustancial con el Padre según la divinidad, y consustancial con nosotros según la humanidad, `en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado' (Hb 4, 15); nacido del Padre antes de todos los siglos según la divinidad; y por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los últimos tiempos de la Virgen María, la Madre de Dios, según la humanidad. Se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hijo único en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación. La diferencia de naturalezas de ningún modo queda suprimida por su unión, sino que quedan a salvo las propiedades de cada una de las naturalezas y confluyen en un solo sujeto y en una sola persona.” (DS 301-302).

 

468. Después del concilio de Calcedonia, algunos concibieron la naturaleza humana de Cristo como una especie de sujeto personal. Contra éstos, el quinto concilio ecuménico, en Constantinopla el año 553 confesó a propósito de Cristo: "No hay más que una sola hipóstasis [o persona], que es nuestro Señor Jesucristo, uno de la Trinidad" (DS 424). Por tanto, todo en la humanidad de Jesucristo debe ser atribuido a su persona divina como a su propio sujeto (cf. ya Cc. Efeso: DS 255), no solamente los milagros sino también los sufrimientos (cf. DS 424) y la misma muerte: "El que ha sido crucificado en la carne, nuestro Señor Jesucristo, es verdadero Dios, Señor de la gloria y uno de la santísima Trinidad" (DS 432).

 

469. La Iglesia confiesa así que Jesús es inseparablemente verdadero Dios y verdadero hombre. Él es verdaderamente el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, nuestro hermano, y eso sin dejar de ser Dios, nuestro Señor:

 

"Id quod fuit remansit et quod non fuit assumpsit" ("Permaneció en lo que era y asumió lo que no era"), canta la liturgia romana (LH, antífona de laudes del primero de enero; cf. S. León Magno, serm. 21, 2-3). Y la liturgia de S. Juan Crisóstomo proclama y canta: "Oh Hijo único y Verbo de Dios, siendo inmortal te has dignado por nuestra salvación encarnarte en la santa Madre de Dios, y siempre Virgen María, sin mutación te has hecho hombre, y has sido crucificado. ¡Oh Cristo Dios, que por tu muerte has aplastado la muerte, que eres Uno de la Santa Trinidad, glorificado con el Padre y el Santo Espíritu, sálvanos! (Tropario "O monoghenis").

 

IV. Cómo es hombre el Hijo de Dios

 

470. Puesto que en la unión misteriosa de la Encarnación "la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida" (GS 22, 2), la Iglesia ha llegado a confesar, con el correr de los siglos, la plena realidad del alma humana, con sus operaciones de inteligencia y de voluntad, y del cuerpo humano de Cristo. Pero, paralelamente, ha tenido que recordar en cada ocasión que la naturaleza humana de Cristo pertenece propiamente a la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido. Todo lo que es y hace en ella pertenece a "uno de la Trinidad". El Hijo de Dios comunica, pues, a su humanidad su propio modo personal de existir en la Trinidad. Así, en su alma como en su cuerpo, Cristo expresa humanamente las costumbres divinas de la Trinidad (cf. Jn 14, 9-10):

 

“El Hijo de Dios... trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado.” (GS 22, 2).

 

El alma y el conocimiento humano de Cristo

 

471. Apolinar de Laodicea afirmaba que en Cristo el Verbo había sustituido al alma o al espíritu. Contra este error la Iglesia confesó que el Hijo eterno asumió también un alma racional humana (cf. DS 149).

 

472. Este alma humana que el Hijo de Dios asumió está dotada de un verdadero conocimiento humano. Como tal, éste no podía ser de por sí ilimitado: se desenvolvía en las condiciones históricas de su existencia en el espacio y en el tiempo. Por eso el Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso progresar "en sabiduría, en estatura y en gracia" (Lc 2, 52) e igualmente adquirir aquello que en la condición humana se adquiere de manera experimental (cf. Mc 6, 38; 8, 27; Jn 11, 34; etc.). Eso correspondía a la realidad de su anonadamiento voluntario en "la condición de esclavo" (Flp 2, 7).

 

473. Pero, al mismo tiempo, este conocimiento verdaderamente humano del Hijo de Dios expresaba la vida divina de su persona (cf. S. Gregorio Magno, ep. 10,39: DS 475). "La naturaleza humana del Hijo de Dios, no por ella misma sino por su unión con el Verbo, conocía y manifestaba en ella todo lo que conviene a Dios" (S. Máximo el Confesor, qu. dub. 66). Esto sucede ante todo en lo que se refiere al conocimiento íntimo e inmediato que el Hijo de Dios hecho hombre tiene de su Padre (cf. Mc 14, 36; Mt 11, 27; Jn 1, 18; 8, 55; etc.). El Hijo, en su conocimiento humano, demostraba también la penetración divina que tenía de los pensamientos secretos del corazón de los hombres (cf. Mc 2, 8; Jn 2, 25; 6, 61; etc.).

 

474. Debido a su unión con la Sabiduría divina en la persona del Verbo encarnado, el conocimiento humano de Cristo gozaba en plenitud de la ciencia de los designios eternos que había venido a revelar (cf. Mc 8, 31; 9, 31; 10, 33-34; 14, 18-20.26-30). Lo que reconoce ignorar en este campo (cf. Mc 13, 32), declara en otro lugar no tener misión de revelarlo (cf. Hch 1, 7).

 

La voluntad humana de Cristo

 

475. De manera paralela, la Iglesia confesó en el sexto concilio ecuménico (Cc. de Constantinopla III en el año 681) que Cristo posee dos voluntades y dos operaciones naturales, divinas y humanas, no opuestas, sino cooperantes, de forma que el Verbo hecho carne, en su obediencia al Padre, ha querido humanamente todo lo que ha decidido divinamente con el Padre y el Espíritu Santo para nuestra salvación (cf. DS 556-559). La voluntad humana de Cristo "sigue a su voluntad divina sin hacerle resistencia ni oposición, sino todo lo contrario estando subordinada a esta voluntad omnipotente" (DS 556).

 

El verdadero cuerpo de Cristo

 

476. Como el Verbo se hizo carne asumiendo una verdadera humanidad, el cuerpo de Cristo era limitado (cf. Cc. de Letrán en el año 649: DS 504). Por eso se puede "pintar” la faz humana de Jesús (cf. Ga 3,2). En el séptimo Concilio ecuménico (Cc. de Nicea II, en el año 787: DS 600-603) la Iglesia reconoció que es legítima su representación en imágenes sagradas.

 

477. Al mismo tiempo, la Iglesia siempre ha admitido que, en el cuerpo de Jesús, Dios "que era invisible en su naturaleza se hace visible" (Prefacio de Navidad). En efecto, las particularidades individuales del cuerpo de Cristo expresan la persona divina del Hijo de Dios. Él ha hecho suyos los rasgos de su propio cuerpo humano hasta el punto de que, pintados en una imagen sagrada, pueden ser venerados porque el creyente que venera su imagen, "venera a la persona representada en ella" (Cc. Nicea II: DS 601).

 

El Corazón del Verbo encarnado

 

478. Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión, nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros: "El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20). Nos ha amado a todos con un corazón humano. Por esta razón, el sagrado Corazón de Jesús, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación (cf. Jn 19, 34), "es considerado como el principal indicador y símbolo... del amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres" (Pío XII, Enc. "Haurietis aquas": DS 3924; cf. DS 3812).

 

Resumen

 

479. En el momento establecido por Dios, el Hijo único del Padre, la Palabra eterna, es decir, el Verbo e Imagen substancial del Padre, se hizo carne: sin perder la naturaleza divina asumió la naturaleza humana.

 

480. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre en la unidad de su Persona divina; por esta razón Él es el único Mediador entre Dios y los hombres.

 

481. Jesucristo posee dos naturalezas, la divina y la humana, no confundidas, sino unidas en la única Persona del Hijo de Dios.

 

482. Cristo, siendo verdadero Dios y verdadero hombre, tiene una inteligencia y una voluntad humanas, perfectamente de acuerdo y sometidas a su inteligencia y a su voluntad divinas, que tiene en común con el Padre y el Espíritu Santo.

 

483. La encarnación es, pues, el misterio de la admirable unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única Persona del Verbo.

 

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De las obligaciones y derechos de todos los fieles

 

(Código de Derecho Canónico, Cánones 208-223)

 

208. Por su regeneración en Cristo, se da entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción, en virtud de la cual todos, según su propia condición y oficio, cooperan a la edificación del Cuerpo de Cristo.

 

209 § 1. Los fieles están obligados a observar siempre la comunión con la Iglesia, incluso en su modo de obrar.

 

 § 2. Cumplan con gran diligencia los deberes que tienen tanto respecto a la Iglesia universal, como en relación con la Iglesia particular a la que pertenecen, según las prescripciones del derecho.

 

210. Todos los fieles deben esforzarse, según su propia condición, por llevar una vida santa, así como por incrementar la Iglesia y promover su continua santificación.

 

211. Todos los fieles tienen el deber y el derecho de trabajar para que el mensaje divino de salvación alcance más y más a los hombres de todo tiempo y del orbe entero.

 

212. § 1. Los fieles, conscientes de su propia responsabilidad, están obligados a seguir, por obediencia cristiana, todo aquello que los Pastores sagrados, en cuanto representantes de Cristo, declaran como maestros de la fe o establecen como rectores de la Iglesia.

 

 § 2. Los fieles tienen derecho a manifestar a los Pastores de la Iglesia sus necesidades, principalmente las espirituales, y sus deseos.

 

 § 3. Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestar a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los Pastores y habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas.

 

213. Los fieles tienen derecho a recibir de los Pastores sagrados la ayuda de los bienes espirituales de la Iglesia, principalmente la palabra de Dios y los sacramentos.

 

214. Los fieles tienen derecho a tributar culto a Dios según las normas del propio rito aprobado por los legítimos Pastores de la Iglesia, y a practicar su propia forma de vida espiritual, siempre que sea conforme con la doctrina de la Iglesia.

 

215. Los fieles tienen derecho a fundar y dirigir libremente asociaciones para fines de caridad o piedad, o para fomentar la vocación cristiana en el mundo; y también a reunirse para procurar en común esos mismos fines.

 

216. Todos los fieles, puesto que participan en la misión de la Iglesia, tienen derecho a promover y sostener la acción apostólica también con sus propias iniciativas, cada uno según su estado y condición; pero ninguna iniciativa se atribuya el nombre de católica sin contar con el consentimiento de la autoridad eclesiástica competente.

 

217. Los fieles, puesto que están llamados por el bautismo a llevar una vida congruente con la doctrina evangélica, tienen derecho a una educación cristiana por la que se les instruya convenientemente en orden a conseguir la madurez de la persona humana y al mismo tiempo conocer y vivir el misterio de la salvación.

 

218. Quienes se dedican a las ciencias sagradas gozan de una justa libertad para investigar, así como para manifestar prudentemente su opinión sobre todo aquello en lo que son peritos, guardando la debida sumisión al magisterio de la Iglesia.

 

219. En la elección del estado de vida, todos los fieles tienen el derecho a ser inmunes de cualquier coacción.

 

220. A nadie le es lícito lesionar ilegítimamente la buena fama de que alguien goza, ni violar el derecho de cada persona a proteger su propia intimidad.

 

221 § 1. Compete a los fieles reclamar legítimamente los derechos que tienen en la Iglesia, y defenderlos en el fuero eclesiástico competente conforme a la norma del derecho.

 

 § 2. Si son llamados a juicio por la autoridad competente, los fieles tienen también derecho a ser juzgados según las normas jurídicas, que deben ser aplicadas con equidad.

 

 § 3. Los fieles tienen el derecho a no ser sancionados con penas canónicas, si no es conforme a la norma legal.

 

222 § 1. Los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras de apostolado y de caridad y el conveniente sustento de los ministros.

 

 § 2. Tienen también el deber de promover la justicia social, así como, recordando el precepto del Señor, ayudar a los pobres con sus propios bienes.

 

223 § 1. En el ejercicio de sus derechos, tanto individualmente como unidos en asociaciones, los fieles han de tener en cuenta el bien común de la Iglesia, así como también los derechos ajenos y sus deberes respecto a otros.

 

 § 2. Compete a la autoridad eclesiástica regular, en atención al bien común, el ejercicio de los derechos propios de los fieles.

 

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Salmo 2

 

¿Por qué se agitan las naciones,

y los pueblos mascullan planes vanos?

Se yerguen los reyes de la tierra,

los caudillos conspiran aliados

contra Yahveh y contra su Ungido:

«¡Rompamos sus coyundas,

sacudámonos su yugo!»

El que se sienta en los cielos se sonríe,

Yahveh se burla de ellos.

Luego en su cólera les habla,

en su furor los aterra:

«Ya tengo yo consagrado a mi rey

en Sión mi monte santo.»

Voy a anunciar el decreto de Yahveh:

Él me ha dicho: «Tú eres mi hijo;

yo te he engendrado hoy.

Pídeme, y te daré en herencia las naciones,

en propiedad los confines de la tierra.

Con cetro de hierro, los quebrantarás,

los quebrarás como vaso de alfarero.»

Y ahora, reyes, comprended,

corregíos, jueces de la tierra.

Servid a Yahveh con temor,

con temblor besad sus pies;

no se irrite y perezcáis en el camino,

pues su cólera se inflama de repente.

¡Venturosos los que a Él se acogen!

 

Fuente: Biblia de Jerusalén.

 

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