Fe y Razón

Revista virtual gratuita de teología católica

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 43 – Febrero de 2010

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”

(Santo Tomás de Aquino)

 

 

“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

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Equipo de Dirección: Diác. Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing. Daniel Iglesias Grèzes.

 

Colaboradores: Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Pbro. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Ec. Rafael Menéndez, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Pbro. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Álvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Nuestros compromisos

Equipo de Dirección

Magisterio

Carta Orationis Formas sobre algunos aspectos de la meditación cristiana

Congregación para la Doctrina de la Fe

Biblia

En Caná manifestó su gloria (Jn 2)

Diác. Jorge Novoa

Filosofía

¿Inteligencia artificial?

Lic. Néstor Martínez

Apologética

Un llamado de atención sobre las técnicas orientales de meditación

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Apologética

Comer carne animal es moralmente lícito

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Historia de la Iglesia

El sacrificio de los sacerdotes polacos

Juan Pablo II

Derecho Canónico

De los que van a ser confirmados

Código de Derecho Canónico

Oración

Salmo 95

Biblia de Jerusalén

 

 

Nuestros compromisos

 

Equipo de Dirección

 

En este mes de febrero la revista virtual “Fe y Razón” está completando su cuarto año de vida, con 43 números publicados. Nos parece que ésta es una buena ocasión para una breve reflexión sobre nuestro humilde emprendimiento. Esta reflexión se basará en los distintos elementos que aparecen en el encabezado de cada número de la revista:

 

1.      Ante todo está el título “Fe y Razón”, tomado de nuestro sitio web homónimo. Mediante ese título pretendemos subrayar la importancia fundamental de la conjugación correcta y armónica de esas dos vías de acceso al conocimiento: la razón natural y la fe sobrenatural. En nuestros tiempos la síntesis de fe y razón se ve gravemente amenazada, no sólo desde el principio luterano de la “sola fe”, sino también (y sobre todo) desde el principio racionalista y secularista de la “sola razón”.

2.      Debajo del título figura el siguiente subtítulo: “Revista virtual gratuita de teología católica”. Aquí subrayamos el adjetivo “católica”. Somos católicos y queremos hacer “teología católica”, en fidelidad al Magisterio de la Iglesia Católica. Queremos dirigirnos a todos, no sólo a los católicos; pero queremos hacerlo como católicos, desde una identidad católica firme y respetuosa, sin complejos de ningún tipo. Después del Concilio Vaticano II (pero no a causa de ese Concilio Ecuménico, al cual como católicos nos adherimos sin reservas) se produjo una grave crisis eclesial que en muchas personas y ambientes debilitó la fe y la identidad católicas. Gracias a Dios, durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI se ha avanzado hacia la superación de esa crisis, pero aún queda mucho por hacer, sobre todo en nuestro querido Uruguay.

3.      Más abajo figura un segundo subtítulo: “Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura”.  Dentro del género “apostolado católico en Internet”, se indica aquí nuestra “diferencia específica”: “al servicio de la evangelización de la cultura”. El Papa Pablo VI, en su primera encíclica (Ecclesiam Suam) escribió: “La Iglesia se hace coloquio (diálogo)”. En este sentido, vemos dos dificultades: A) Al interior de la Iglesia, pese a que se habla mucho del diálogo, se dialoga demasiado poco. Queremos ofrecer nuestra modesta contribución al diálogo intraeclesial manifestando francamente nuestra opinión sobre asuntos discutidos (aunque no siempre opinables) entre católicos. B) Hacia fuera de la Iglesia, existe un diálogo abundante y multiforme, pero con frecuencia a ese diálogo le falta una nota esencial: para el católico, el diálogo no puede no ser evangelizador. El objetivo principal del diálogo con los no católicos debe ser el anuncio del Evangelio, la presentación y propuesta integrales de la fe católica.

4.      Después del número y la fecha, figura nuestro primer lema: una frase citada por Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica: “toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”. Elegimos este lema por su contenido y por su origen: A) Por su contenido, porque nos invita a no tener miedo de enfrascarnos en un diálogo abierto y constructivo con personas de diferentes creencias y a estar atentos para detectar en cualquier discurso los fragmentos de verdad que pueda contener y para integrar esos fragmentos dentro del marco más amplio de la verdad revelada por Dios en Cristo y transmitida por la Iglesia. B) Por su origen, porque así queremos honrar a Santo Tomás de Aquino, insigne teólogo católico, y proponerlo una vez más como modelo ejemplar en la búsqueda de una nueva síntesis de fe y razón que sea fiel al depósito de la fe y a los principios perennes de la filosofía cristiana.

5.      Por último figura un segunda lema, bastante largo, que hemos tomado del Documento de Aparecida. Ese otro lema pretende subrayar el objetivo apologético de nuestra revista. Desgraciadamente, uno de los aspectos de la ya citada crisis eclesial post-conciliar fue la difusión de un enfoque o sentimiento anti-apologético. Así se ha debilitado en muchos católicos el arraigo del árbol de la fe en el terreno racional de los “preámbulos de la fe” y se ha dejado a muchos fieles casi indefensos frente al ataque doctrinal de los muchos adversarios de la Iglesia (sobre todo de las sectas). Queremos aportar nuestra modesta contribución al surgimiento y la consolidación de una apologética católica renovada.

 

Rogamos al Señor que en el transcurso del presente año nos ayude a cumplir cada vez más y mejor estos buenos propósitos o compromisos y que bendiga y guarde día tras día a todos y cada uno de ustedes, nuestros lectores.

 

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Carta Orationis Formas a los Obispos de la Iglesia Católica

sobre algunos aspectos de la meditación cristiana

 

Congregación para la Doctrina de la Fe

 

Introducción

 

1. El deseo de aprender a rezar de modo auténtico y profundo está vivo en muchos cristianos de nuestro tiempo, a pesar de las no pocas dificultades que la cultura moderna pone a las conocidas exigencias de silencio, recogimiento y oración. El interés que han suscitado en estos años diversas formas de meditación ligadas a algunas religiones orientales y a sus peculiares modos de oración, aún entre los cristianos, es un signo no pequeño de esta necesidad de recogimiento espiritual y de profundo contacto con el misterio divino.

 

Sin embargo, frente a este fenómeno, también se siente en muchos sitios la necesidad de unos criterios seguros de carácter doctrinal y pastoral, que permitan educar en la oración, en cualquiera de sus manifestaciones, permaneciendo en la luz de la verdad, revelada en Jesús, que nos llega a través de la genuina tradición de la Iglesia. La presente Carta intenta responder a esta necesidad, para que la pluralidad de formas de oración, algunas de ellas nuevas, nunca haga perder de vista su precisa naturaleza, personal y comunitaria, en las diversas Iglesias particulares. Estas indicaciones se dirigen en primer lugar a los Obispos, a fin de que las hagan objeto de su solicitud pastoral en las Iglesias que les han sido confiadas y, de esta manera, se convoque a todo el pueblo de Dios -sacerdotes, religiosos y laicos- para que, con renovado vigor, oren al Padre mediante el Espíritu de Cristo nuestro Señor.

 

2. El contacto siempre más frecuente con otras religiones y con sus diferentes estilos y métodos de oración ha llevado a que muchos fieles, en los últimos decenios, se interroguen sobre el valor que pueden tener para los cristianos formas de meditación no cristianas. La pregunta se refiere sobre todo a los métodos orientales (1). Actualmente algunos recurren a tales métodos por motivos terapéuticos: la inquietud espiritual de una vida sometida al ritmo sofocante de la sociedad tecnológicamente avanzada impulsa también a un cierto número de cristianos a buscar en ellos el camino de la calma interior y del equilibrio psíquico.

 

Este aspecto psicológico no será considerado en la presente Carta, que más bien desea mostrar las implicaciones teológicas y espirituales de la cuestión. Otros cristianos, en la línea del movimiento de apertura e intercambio con religiones y culturas diversas, piensan que su misma oración puede ganar mucho con esos métodos. Al observar que no pocos métodos tradicionales de meditación, peculiares del cristianismo, en tiempos recientes han caído en desuso, éstos se preguntan: ¿no se podría enriquecer nuestro patrimonio, a través de una nueva educación en la oración, incorporando también elementos que hasta ahora eran extraños?

 

3. Para responder a esta pregunta, es necesario ante todo considerar, aunque sea a grandes rasgos, en qué consiste la naturaleza íntima de la oración cristiana, para ver luego si puede ser enriquecida con métodos de meditación nacidos en el contexto de religiones y culturas diversas y cómo se puede hacer. Para iniciar esta consideración se debe formular, en primer lugar, una premisa imprescindible: la oración cristiana está siempre determinada por la estructura de la fe cristiana, en la que resplandece la verdad misma de Dios y de la criatura. Por eso se configura, propiamente hablando, como un diálogo personal, íntimo y profundo, entre el hombre y Dios. La oración cristiana expresa, pues, la comunión de las criaturas redimidas con la vida íntima de las Personas trinitarias. En esta comunión, que se funda en el bautismo y en la eucaristía, fuente y culmen de la vida de Iglesia, se encuentra contenida una actitud de conversión, un éxodo del yo del hombre hacia el Tú de Dios. La oración cristiana es siempre auténticamente personal, individual y al mismo tiempo comunitaria; rehuye técnicas impersonales o centradas en el yo, capaces de producir automatismos en los cuales, quien la realiza, queda prisionero de un espiritualismo intimista, incapaz de una apertura libre al Dios trascendente. En la Iglesia, la búsqueda legítima de nuevos métodos de meditación deberá siempre tener presente que el encuentro de dos libertades, la infinita de Dios con la finita del hombre, es esencial para una oración auténticamente cristiana.

 

La oración cristiana a la luz de la revelación

 

4. La misma Biblia enseña cómo debe rezar el hombre que recibe la revelación bíblica. En el Antiguo Testamento se encuentra una maravillosa colección de oraciones, mantenida viva a lo largo de los siglos en la Iglesia de Jesucristo, que se ha convertido en la base de la oración oficial: el Libro de los Salmos o Salterio. Oraciones del tipo de los Salmos aparecen ya en textos más antiguos o resuenan en aquellos más recientes del Antiguo Testamento. Las oraciones del Libro de los Salmos narran sobre todo las grandes obras de Dios con el pueblo elegido. Israel medita, contempla y hace de nuevo presentes las maravillas de Dios, recordándolas a través de la oración.

 

En la revelación bíblica, Israel llega a reconocer y alabar a Dios presente en toda la creación y en el destino de cada hombre. Le invoca, por ejemplo, como auxiliador en el peligro y la enfermedad, en la persecución y en la tribulación. Por último, siempre a la luz de sus obras salvíficas, le alaba en su divino poder y bondad, en su justicia y misericordia, en su infinita majestad.

 

5. En el Nuevo Testamento, la fe reconoce en Jesucristo -gracias a sus palabras, a sus obras, a su Pasión y Resurrección- la definitiva autorrevelación de Dios, la Palabra encarnada que revela las profundidades de Dios: enviado en el corazón de los creyentes, "todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios" (1 Cor 2,10). El Espíritu, según la promesa de Jesús a los discípulos, explicará todo lo que Cristo no podía decirles todavía. Pero el Espíritu "no hablará por su cuenta,... sino que me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros" (Jn 16,13s). Lo que Jesús llama aquí "suyo" es, como explica a continuación, también de Dios Padre, porque "todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros" (Jn 16,15).

 

Los autores del Nuevo Testamento, con pleno conocimiento, han hablado siempre de la revelación de Dios en Cristo dentro de una visión iluminada por el Espíritu Santo. Los Evangelios sinópticos narran las obras y las palabras de Jesucristo sobre la base de una compresión más profunda, adquirida después de la Pascua, de lo que los discípulos habían visto y oído; todo el Evangelio de Juan está iluminado por la contemplación de Aquel que, desde el principio, es el Verbo de Dios hecho carne; Pablo, al que Jesús se apareció en el camino de Damasco en su majestad divina, intenta educar a los fieles para que "podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad (del Misterio de Cristo) y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios" (Ef 3,18s). Para Pablo el "Misterio de Dios es Cristo, en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Col 2,3) y -precisa el Apóstol-: "Os digo esto para que nadie os seduzca con discursos capciosos" (v. 4).

 

6. Existe, por tanto, una estrecha relación entre la revelación y la oración. La Constitución dogmática Dei Verbum nos enseña que, mediante su revelación, Dios invisible, "movido de amor, habla a los hombres como amigos (cfr. Ex 33,11; Jn 15,14-15), trata con ellos (cfr. Bar 3,38) para invitarlos y recibirlos en su compañía".

 

Esta revelación se ha realizado a través de palabras y de obras que remiten siempre, recíprocamente, las unas a las otras; desde el principio y de continuo todo converge hacia Cristo, plenitud de la revelación y de la gracia, y hacia el don del Espíritu Santo. Éste hace al hombre capaz de recibir y contemplar las palabras y las obras de Dios, y de darle gracias y adorarle, en la asamblea de los fieles y en la intimidad del propio corazón iluminado por la gracia. Por este motivo la Iglesia recomienda siempre la lectura de la Palabra de Dios como fuente de la oración cristiana; al mismo tiempo, exhorta a descubrir el sentido profundo de la Sagrada Escritura mediante la oración "para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues "a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras"".

 

7. De cuanto se ha recordado derivan de inmediato algunas consecuencias. Si la oración del cristiano debe inserirse en el movimiento trinitario de Dios, también su contenido esencial deberá necesariamente estar determinado por la doble dirección de ese movimiento: en el Espíritu Santo, el Hijo viene al mundo para reconciliarlo con el Padre, a través de sus obras y de sus sufrimientos; por otro lado, en el mismo movimiento y en el mismo Espíritu, el Hijo encarnado vuelve al Padre, cumpliendo su voluntad mediante la Pasión y la Resurrección. El "Padre nuestro", la oración de Jesús, indica claramente la unidad de este movimiento: la voluntad del Padre debe realizarse en la tierra como en el cielo (las peticiones de pan, de perdón, de protección, explicitan las dimensiones fundamentales de la voluntad de Dios hacia nosotros) para que una nueva tierra viva y crezca en la Jerusalén celestial.

 

La oración de Jesús ha sido entregada a la Iglesia ("así debéis rezar vosotros", Mt 6,9); por esto, la oración cristiana, incluso hecha en soledad, tiene lugar siempre dentro de aquella "comunión de los santos" en la cual y por la cual se reza, tanto en forma pública y litúrgica como en forma privada. Por tanto, debe realizarse siempre en el espíritu auténtico de la Iglesia en oración y, como consecuencia, bajo su guía, que puede concretarse a veces en una dirección espiritual experimentada. El cristiano, también cuando está solo y ora en secreto, tiene la convicción de rezar siempre en unión con Cristo, en el Espíritu Santo, junto con todos los santos para el bien de la Iglesia.

 

Modos erróneos de hacer oración

 

8. Ya en los primeros siglos se insinuaron en la Iglesia modos erróneos de hacer oración, de los cuales se encuentran trazas en algunos textos del Nuevo Testamento (cfr. 1 Jn 4,3; 1 Tm 1,3-7 y 4,3-4). Poco después, aparecen dos desviaciones fundamentales de las que se ocuparon los Padres de la Iglesia: la pseudognosis y el mesalianismo. De esa primitiva experiencia cristiana y de la actitud de los Padres se puede aprender mucho para afrontar la problemática contemporánea.

 

Contra la desviación de la pseudognosis (2), los Padres afirman que la materia ha sido creada por Dios y, como tal, no es mala. Además sostienen que la gracia, cuyo principio es siempre el Espíritu Santo, no es un bien propio del alma, sino que debe implorarse a Dios como don. Por esto, la iluminación o conocimiento superior del Espíritu -"gnosis"- no hace superflua la fe cristiana. Por último, para los Padres, el signo auténtico de un conocimiento superior, fruto de la oración, es siempre el amor cristiano.

 

9. Si la perfección de la oración cristiana no puede valorarse por la sublimidad del conocimiento gnóstico, tampoco puede serlo en relación con la experiencia de lo divino, como propone el mesalianismo. Los falsos carismáticos del siglo IV identificaban la gracia del Espíritu Santo con la experiencia psicológica de su presencia en el alma. Contra éstos los Padres insistieron en que la unión del alma orante con Dios tiene lugar en el misterio; en particular, por medio de los sacramentos de la Iglesia. Esta unión puede realizarse también a través de experiencias de aflicción e incluso de desolación. Contrariamente a la opinión de los mesalianos, éstas no son necesariamente un signo de que el Espíritu ha abandonado el alma. Como siempre han reconocido los maestros espirituales, pueden ser en cambio una participación auténtica del estado de abandono de Nuestro Señor en la Cruz, el cual permanece siempre como Modelo y Mediador de la oración.

 

10. Ambas formas de error continúan siendo una tentación para el hombre pecador. Le instigan a tratar de suprimir la distancia que separa la criatura del Creador, como algo que no debería existir; a considerar el camino de Cristo sobre la tierra -por el que Él nos quiere conducir al Padre- como una realidad superada; a degradar al nivel de la psicología natural -como "conocimiento superior" o "experiencia"- lo que debe ser considerado como pura gracia. Estas formas erróneas, que resurgen esporádicamente a lo largo de la historia al margen de la oración de la Iglesia, parecen hoy impresionar nuevamente a muchos cristianos, que se entregan a ellas como remedio -psicológico o espiritual- y como rápido procedimiento para encontrar a Dios (3).

 

11. Pero estas formas erróneas, donde quiera que surjan, pueden ser diagnosticadas de modo muy sencillo. La meditación cristiana busca captar, en las obras salvíficas de Dios, en Cristo -Verbo Encarnado- y en el don de su Espíritu, la profundidad divina, que allí se revela siempre a través de la dimensión humano-terrena. Por el contrario, en aquellos métodos de meditación, incluso cuando se parte de palabras y hechos de Jesús, se busca prescindir lo más posible de lo que es terreno, sensible y conceptualmente limitado, para subir o sumergirse en la esfera de lo divino, que, en cuanto tal, no es ni terrestre, ni sensible, ni conceptualizable (4). Esta tendencia, presente ya en la tardía religiosidad griega -sobre todo en el "neoplatonismo"-, se vuelve a encontrar en la base de la inspiración religiosa de muchos pueblos, enseguida que reconocen el carácter precario de sus representaciones de lo divino y de sus tentativas de acercarse a él.

 

12. Con la actual difusión de los métodos orientales de meditación en el mundo cristiano y en las comunidades eclesiales, nos encontramos de frente a una aguda renovación del intento, no exento de riesgos y errores, de fundir la meditación cristiana con la no cristiana. Las propuestas en este sentido son numerosas y más o menos radicales: algunas utilizan métodos orientales con el único fin de conseguir la preparación psicofísica para una contemplación realmente cristiana; otras van más allá y buscan originar, con diversas técnicas, experiencias espirituales análogas a las que se mencionan en los escritos de ciertos místicos católicos (5); otras incluso no temen colocar aquel absoluto sin imágenes y conceptos, propio de la teoría budista (6), en el mismo plano de la majestad de Dios, revelada en Cristo, que se eleva por encima de la realidad finita. Para el fin, se sirven de una "teología negativa" que supera cualquier afirmación que tenga algún contenido sobre Dios, negando que las cosas del mundo puedan ser una señal que remita a la infinitud de Dios. Por esto, proponen abandonar no sólo la meditación de las obras salvíficas que el Dios de la Antigua y Nueva Alianza ha realizado en la historia, sino también la misma idea de Dios, Uno y Trino, que es Amor, en favor de una inmersión "en el abismo indeterminado de la divinidad" (7).

 

Estas propuestas u otras análogas de armonización entre meditación cristiana y técnicas orientales deberán ser continuamente cribadas con un cuidadoso discernimiento de contenidos y de método, para evitar la caída en un pernicioso sincretismo.

 

El camino cristiano de la unión con Dios

 

13. Para encontrar el justo "camino" de la oración, el cristiano debe considerar lo que se ha dicho precedentemente a propósito de los rasgos relevantes del camino de Cristo, cuyo "alimento es hacer la voluntad del que (le) ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn 4,34). Ésta es la unión más estrecha e íntima -traducida continuamente en oración profunda- que Jesús vive con su Padre. La voluntad del Padre le envía a los hombres, a los pecadores; más aún, a los que le matarán. Y la forma de estar más íntimamente unido al Padre es obedecer a esa voluntad. Sin embargo, eso de ninguna manera impide que, en el camino terreno, se retire también a la soledad para orar, para unirse al Padre y recibir de Él nuevo vigor para su misión en el mundo. Sobre el Tabor, donde su unión con el Padre aparece de manera manifiesta, se evoca su Pasión (cfr. Lc 9,31) y allí ni siquiera se considera la posibilidad de permanecer en "tres tiendas" sobre el monte de la Transfiguración. Toda oración contemplativa cristiana remite constantemente al amor del prójimo, a la acción y a la pasión, y, precisamente de esa manera, acerca más a Dios.

 

14. Para aproximarse a ese misterio de la unión con Dios, que los Padres griegos llamaban divinización del hombre, y para comprender con precisión las modalidades en que se realiza, es preciso ante todo tener presente que el hombre es esencialmente criatura (8) y como tal permanece para siempre, de tal forma que nunca será posible una absorción del yo humano en el Yo divino, ni siquiera en los más altos estados de gracia. Pero se debe reconocer que la persona humana es creada "a imagen y semejanza" de Dios, y el arquetipo de esta imagen es el Hijo de Dios, en el cual y para el cual hemos sido creados (cfr. Col 1,16). Ahora bien, este arquetipo nos descubre el más grande y bello misterio cristiano: el Hijo es desde la eternidad "otro" respecto al Padre y, sin embargo, en el Espíritu Santo, es "de la misma naturaleza": por consiguiente, el hecho de que haya una alteridad no es un mal, sino más bien el máximo de los bienes. Hay alteridad en Dios mismo, que es una sola naturaleza en Tres Personas, y hay alteridad entre Dios y la criatura, que son por naturaleza diferentes. Finalmente en la sagrada eucaristía, como también en los otros sacramentos -y análogamente en sus obras y palabras- Cristo se nos da a sí mismo y nos hace partícipes de su naturaleza divina (9), sin, por otro lado, suprimir nuestra naturaleza creada, de la que Él mismo participa con su encarnación.

 

15. Si se consideran un conjunto estas verdades, se descubre, con gran sorpresa, que en la realidad cristiana se cumplen, por encima de cualquier medida, todas las aspiraciones presentes en la oración de las otras religiones, sin que, como consecuencia, el yo personal y su condición de criatura se anulen y desaparezcan en el mar del Absoluto. "Dios es Amor" (1 Jn 4,8): esta afirmación profundamente cristiana puede conciliar la unión perfecta con la alteridad entre amante y amado, el eterno intercambio con el eterno diálogo. Dios mismo es este eterno intercambio, y nosotros podemos verdaderamente convertirnos en partícipes de Cristo, como "hijos adoptivos", y gritar con el Hijo en el Espíritu Santo : "Abba, Padre". En este sentido, los Padres tienen toda la razón al hablar de divinización del hombre que, incorporado a Cristo Hijo de Dios por naturaleza, se hace, por su gracia, partícipe de la naturaleza divina, "hijo en el Hijo". El cristiano, al recibir al Espíritu Santo, glorifica al Padre y participa realmente de la vida trinitaria de Dios.

 

Cuestiones de método

 

16. La mayor parte de las grandes religiones que han buscado la unión con Dios en la oración, han indicado también caminos para conseguirla. Como "la Iglesia Católica nada rechaza de lo que, en estas religiones, hay de verdadero y santo", no se deberían despreciar sin previa consideración estas indicaciones, por el mero hecho de no ser cristianas. Se podrá al contrario tomar de ellas lo que tienen de útil, a condición de no perder nunca de vista la concepción cristiana de la oración, su lógica y sus exigencias, porque sólo dentro de esta totalidad esos fragmentos podrán ser reformados e incluidos. Entre éstas, se puede enumerar en primer lugar la humilde aceptación de un maestro experimentado en la vida de oración y que conozca sus normas; de esto se ha tenido siempre conciencia en la experiencia cristiana desde los tiempos antiguos, ya en la época de los Padres del desierto. Este maestro, experto en el "sentire cum ecclesia", debe no sólo dirigir y llamar la atención sobre ciertos peligros, sino también, como "padre espiritual", introducir de manera viva, de corazón a corazón, en la vida de oración, que es don del Espíritu Santo.

 

17. El tardío clasicismo no cristiano distinguía tres estados en la vida de perfección: las vías de la purificación, de la iluminación y de la unión. Esta doctrina ha servido de modelo para muchas escuelas de espiritualidad cristiana. Este esquema, en sí mismo válido, necesita sin embargo algunas precisiones que permitan su correcta interpretación cristiana, evitando peligrosos malentendidos.

 

18. La búsqueda de Dios mediante la oración debe ser precedida y acompañada de la ascesis y de la purificación de los propios pecados y errores, porque según la palabra de Jesús solamente "los limpios de corazón verán a Dios" (Mt 5,8). El Evangelio señala sobre todo una purificación moral de la falta de verdad y de amor y, sobre un plano más profundo, de todos los instintos egoístas que impiden al hombre reconocer y aceptar la voluntad de Dios en toda su integridad. En contra de lo que pensaban los estoicos y neoplatónicos, las pasiones no son, en sí mismas, negativas; es negativa su tendencia egoísta y, por tanto, el cristiano debe liberarse de ella para llegar a aquel estado de libertad positiva que el clasicismo cristiano llama "apatheia", el Medioevo "impassibilitas" y los Ejercicios Espirituales ignacianos "indiferencia".

 

Esto es imposible sin una radical abnegación, como se ve también en San Pablo, que usa abiertamente la palabra "mortificación" (de las tendencias pecaminosas). Sólo esta abnegación hace al hombre libre para realizar la voluntad de Dios y participar en la libertad del Espíritu Santo.

 

19. Por consiguiente, la doctrina de aquellos maestros que recomiendan "vaciar" el espíritu de toda representación sensible y de todo concepto, deberá ser correctamente interpretada, manteniendo sin embargo una actitud de amorosa atención a Dios, de tal forma que permanezca, en la persona que hace oración, un vacío susceptible de llenarse con la riqueza divina. El vacío que Dios necesita es la renuncia al propio egoísmo, no necesariamente la renuncia a las cosas creadas que nos ha dado y entre las cuales nos ha colocado. No hay duda de que en la oración hay que concentrarse enteramente en Dios y excluir lo más posible aquellas cosas de este mundo que nos encadenan a nuestro egoísmo. En este punto, San Agustín es un maestro insigne. Si quieres encontrar a Dios, dice, abandona el mundo exterior y entra en tí mismo. Sin embargo, prosigue, no te quedes allí, sino sube por encima de tí mismo, porque tú no eres Dios: Él es más profundo y grande que tú. "Busco en mi alma su sustancia y no la encuentro; sin embargo, he meditado en la búsqueda de Dios y, empujado hacia Él a través de las cosas creadas, he intentado conocer sus "perfecciones invisibles" (Rm 1,20)".” "Quedarse en sí mismo": he aquí el verdadero peligro. El gran Doctor de la Iglesia recomienda concentrarse en sí mismo, pero también trascender el yo, que no es Dios, sino sólo una criatura. Dios es "interior intimo meo, et superior summo meo". Efectivamente, Dios está en nosotros y con nosotros, pero nos trasciende en su misterio (10).

 

20. Desde el punto de vista dogmático, es imposible llegar al amor perfecto de Dios si se prescinde de su autodonación en el Hijo encarnado, crucificado y resucitado. En Él, bajo la acción del Espíritu Santo, participamos, por pura gracia, de la vida intradivina. Cuando Jesús dice : "El que me ha visto a mí ha visto al Padre" (Jn 14,9), no se refiere simplemente a la visión y al conocimiento exterior de su figura humana ("la carne no sirve para nada", Jn 6,63). Lo que entiende con ello es más bien un "ver" hecho posible por la gracia de la fe: ver a través de la manifestación sensible de Jesús lo que éste, como Verbo del Padre, quiere verdaderamente mostrarnos de Dios ("El Espíritu es el que da la vida (...); las palabras que os he dicho son espíritu y vida", ibid). En este "ver" no se trata de la abstracción puramente humana ("ab-stractio") de la figura en la que Dios se ha revelado, sino de captar la realidad divina en la figura humana de Jesús, de captar su dimensión divina y eterna en su temporalidad. Como dice S. Ignacio en los Ejercicios Espirituales, deberíamos intentar captar "la infinita suavidad y dulzura de la divinidad" (n. 124), partiendo de la finita verdad revelada en la que habíamos comenzado. Mientras nos eleva, Dios es libre de "vaciarnos" de todo lo que nos ata en este mundo, de atraernos completamente a la vida trinitaria de su amor eterno. Sin embargo, este don puede ser concedido sólo "en Cristo a través del Espíritu Santo" y no por nuestras propias fuerzas, prescindiendo de su revelación.

 

21. En el camino de la vida cristiana después de la purificación sigue la iluminación mediante el amor que el Padre nos da en el Hijo y la unción que de Él recibimos en el Espíritu Santo (cfr. 1 Jn 2,20).

 

Desde la antigüedad cristiana se hace referencia a la "iluminación" recibida en el bautismo. Esta introduce a los fieles, iniciados en los divinos misterios, en el conocimiento de Cristo, mediante la fe que opera por medio de la caridad. Es más, algunos escritores eclesiásticos hablan explícitamente de la iluminación recibida en el bautismo como fundamento de aquel sublime conocimiento de Cristo Jesús (cfr. Flp 3,8) que viene definido como "theoria" o contemplación.

 

Los fieles, con la gracia del bautismo, están llamados a progresar en el conocimiento y en el testimonio de las verdades de la fe, cuando "comprenden internamente los misterios que viven". Ninguna luz divina hace que las verdades de la fe queden superadas. Por el contrario, las eventuales gracias de iluminación que Dios pueda conceder ayudan a aclarar la dimensión más profunda de los misterios confesados y celebrados por la Iglesia, en espera de que el cristiano pueda contemplar a Dios en la gloria tal y como es (cfr. 1 Jn 3,2).

 

22. Finalmente, el cristiano que hace oración puede llegar, si Dios lo quiere, a una experiencia particular de unión. Los sacramentos, sobre todo el bautismo y la eucaristía, son el comienzo objetivo de la unión del cristiano con Dios. Sobre este fundamento, por una especial gracia del Espíritu, quien ora puede ser llamado a aquel particular tipo de unión con Dios que, en el ámbito cristiano, viene calificado como mística.

 

23. Ciertamente el cristiano tiene necesidad de determinados tiempos de retiro en la soledad para recogerse y encontrar, cerca de Dios, su camino. Pero, dado su carácter de criatura, y de criatura consciente de no estar seguro sino por la gracia, su modo de acercarse a Dios no se fundamenta en una técnica, en el sentido estricto de la palabra. Esto iría en contra del espíritu de infancia exigido por el Evangelio. La auténtica mística cristiana nada tiene que ver con la técnica: es siempre un don de Dios, cuyo beneficiario se siente indigno.

 

24. Hay determinadas gracias místicas -por ejemplo, las conferidas a los fundadores de instituciones eclesiales en favor de toda su fundación, así como a otros santos-, que caracterizan su peculiar experiencia de oración y no pueden, como tales, ser objeto de imitación y aspiración para otros fieles, aunque pertenezcan a la misma institución y estén deseosos de una oración más perfecta (11). Pueden existir diversos niveles y modalidades de participación en la experiencia de oración de un fundador, sin que a todos deba ser conferida con idénticas características. Por otra parte, la experiencia de oración, que ocupa un puesto privilegiado en todas las instituciones auténticamente eclesiales, antiguas y modernas, constituye siempre, en último término, algo personal. Y es a la persona a quien Dios da su gracia en vista de la oración.

 

25. A propósito de la mística, se debe distinguir entre los dones del Espíritu Santo y los carismas concedidos en modo totalmente libre por Dios. Los primeros son algo que todo cristiano puede reavivar en sí mismo a través de una vida solícita de fe, de esperanza y de caridad y, de esa manera, llegar a una cierta experiencia de Dios y de los contenidos de la fe, por medio de una seria ascesis. En cuanto a los carismas, S. Pablo dice que existen sobre todo en favor de la Iglesia, de los otros miembros del Cuerpo místico de Cristo (cfr. 1 Cor 12,7). Al respecto hay que recordar, por una parte, que los carismas no se pueden identificar con los dones extraordinarios -"místicos"- (cfr. Rm 12,3-21), por otra, que la distinción entre "dones del Espíritu Santo" y "carismas" no es tan estricta. Un carisma fecundo para la Iglesia no puede ejercitarse, en el ámbito neotestamentario, sin un determinado grado de perfección personal; por otra parte, todo cristiano "vivo" posee una tarea peculiar -y en este sentido un "carisma"- "para la edificación del Cuerpo de Cristo" (cfr. Ef 4,15-16) (12), en comunión con la Jerarquía, a la cual "compete ante todo no sofocar el Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno" (LG n. 12).

 

Métodos psicofísicos-corpóreos

 

26. La experiencia humana demuestra que la posición y la actitud del cuerpo no dejan de tener influencia sobre el recogimiento y la disposición del espíritu. Esto constituye un dato al que han prestado atención algunos escritores espirituales del Oriente y del Occidente cristiano.

 

Sus reflexiones, aun presentando puntos en común con los métodos orientales no cristianos de meditación, evitan aquellas exageraciones o visiones unilaterales que, en cambio, con frecuencia se proponen hoy en día a personas insuficientemente preparadas.

 

Los autores espirituales han adoptado aquellos elementos que facilitan el recogimiento en la oración, reconociendo al mismo tiempo su valor relativo: son útiles si se conforman y se orientan a la finalidad de la oración cristiana. Por ejemplo, el ayuno cristiano posee ante todo el significado de un ejercicio de penitencia y de sacrificio, pero, ya para los Padres, estaba también orientado a hacer más disponible al hombre para el encuentro con Dios y al cristiano más capaz de dominio de sí mismo y, simultáneamente, más atento a los hermanos necesitados.

 

En la oración el hombre entero debe entrar en relación con Dios y, por consiguiente, también su cuerpo debe adoptar la postura más propicia al recogimiento. Tal posición puede expresar simbólicamente la misma oración, variando según las culturas y la sensibilidad personal. En algunos lugares, los cristianos están adquiriendo hoy una mayor conciencia de cómo puede favorecer la oración una determinada actitud del cuerpo.

 

27. La meditación cristiana del Oriente ha valorizado el simbolismo psicofísico, que a menudo falta en la oración del Occidente. Este simbolismo puede ir desde una determinada actitud corpórea hasta las funciones vitales fundamentales, como la respiración o el latido cardíaco. El ejercicio de la "oración a Jesús" por ejemplo, que se adapta al ritmo respiratorio natural, puede -al menos por un cierto tiempo- servir de ayuda real para muchos. Por otra parte, los mismos maestros orientales han constatado también que no todos son igualmente idóneos para hacer uso de este simbolismo, porque no todas las personas están en condiciones de pasar del signo material a la realidad espiritual que se busca. El simbolismo, comprendido en modo inadecuado e incorrecto, puede incluso convertirse en un ídolo y, como consecuencia, en un impedimento para la elevación del espíritu a Dios. Vivir en el ámbito de la oración toda la realidad del propio cuerpo como símbolo es todavía más difícil: puede degenerar en un culto al mismo y hacer que se identifiquen subrepticiamente todas sus sensaciones con experiencias espirituales.

 

28. Algunos ejercicios físicos producen automáticamente sensaciones de quietud o de distensión, sentimientos gratificantes y, quizá, hasta fenómenos de luz y calor similares a un bienestar espiritual. Confundirlos con auténticas consolaciones del Espíritu Santo sería un modo totalmente erróneo de concebir el camino espiritual. Atribuirles significados simbólicos típicos de la experiencia mística, cuando la actitud moral del interesado no se corresponde con ella, representaría una especie de esquizofrenia mental que puede conducir incluso a disturbios psíquicos y, en ocasiones, aberraciones morales.

 

Esto no impide que auténticas prácticas de meditación provenientes del Oriente cristiano y de las grandes religiones no cristianas, que ejercen un atractivo sobre el hombre de hoy -dividido y desorientado-, puedan constituir un medio adecuado para ayudar, a la persona que hace oración, a estar interiormente distendida delante de Dios, incluso en medio de las solicitaciones exteriores.

 

Sin embargo, es preciso recordar que la unión habitual con Dios, o esa actitud de vigilancia interior y de invocación de la ayuda divina que en el Nuevo Testamento viene llamada la "oración continua", no se interrumpe necesariamente ni siquiera cuando hay que dedicarse, según la voluntad de Dios, al trabajo y al cuidado del prójimo. "Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa", nos dice el Apóstol, "hacedlo todo para gloria de Dios" (1 Cor 10,31). Efectivamente, la oración auténtica, como sostienen los grandes maestros espirituales, suscita en los que la practican una ardiente caridad que los empuja a colaborar en la misión de la Iglesia y al servicio de sus hermanos para mayor gloria de Dios.

 

''Yo soy el camino''

 

29. Todos los fieles deberán buscar y podrán encontrar el propio camino, el propio modo de hacer oración, en la variedad y riqueza de la oración cristiana, enseñada por la Iglesia; pero todos estos caminos personales confluyen, al final, en aquel camino al Padre que Jesucristo ha dicho ser. En la búsqueda del propio camino, cada uno se dejará, pues, conducir no tanto por sus gustos personales cuanto por el Espíritu Santo, que le guía, a través de Cristo al Padre.

 

30. En todo caso, para quien se empeña seriamente vendrán tiempos en los que le parecerá vagar en un desierto y, a pesar de todos sus esfuerzos, no "sentir" nada de Dios. Debe saber que estas pruebas no se le ahorran a ninguno que tome en serio la oración. Pero no debe identificar inmediatamente esta experiencia, común a todos los cristianos que rezan, con la "noche obscura" de tipo místico. De todas maneras en aquellos períodos debe esforzarse firmemente por mantener la oración, que aunque podrá darle la impresión de una cierta "artificiosidad" se trata en realidad de algo completamente diverso: es precisamente entonces cuando la oración constituye una expresión de su fidelidad a Dios, en presencia del cual quiere permanecer incluso a pesar de no ser recompensado por ninguna consolación subjetiva.

 

En estos momentos aparentemente negativos se muestra lo que busca realmente quien hace oración: si busca a Dios que, en su infinita libertad, siempre lo supera, o si se busca sólo a sí mismo, sin lograr ir más allá de las propias "experiencias", le parezcan positivas -de unión con Dios-, o negativas -de "vacío" místico-.

 

31. El amor de Dios, único objeto de la contemplación cristiana, es una realidad de la cual uno no se puede "ampliar" con ningún método o técnica; es más, debemos tener siempre la mirada fija en Jesucristo, en quien el amor divino ha llegado por nosotros a tal punto sobre la Cruz, que también Él ha asumido para sí la condición de alejamiento del Padre (cfr. Mc 15,34). Debemos, pues, dejar decidir a Dios la manera con que quiere hacernos partícipes de su amor. Pero no podemos jamás, en modo alguno, intentar ponernos al mismo nivel del objeto contemplado, el amor libre de Dios; tampoco cuando, por la misericordia de Dios Padre, mediante el Espíritu Santo enviado a nuestros corazones, se nos da gratuitamente en Cristo un reflejo sensible de este amor Divino y nos sentimos como atraídos por la verdad, la bondad y la belleza del Señor.

 

Cuando más se le concede a una criatura acercarse a Dios, tanto más crece en ella la reverencia delante del Dios tres veces Santo. Se comprende entonces la palabra de S. Agustín: "Tú puedes llamarme amigo, yo me reconozco siervo". O bien la palabra, para nosotros aún más familiar, pronunciada por aquella que ha sido gratificada con la más alta intimidad con Dios: "Ha puesto los ojos en la humildad de su esclava" (Lc 1,48).

 

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, durante una Audiencia concedida al infrascripto Prefecto, ha aprobado esta carta, acordada en reunión plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y ha ordenado su publicación.

 

Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el día 15 de Octubre de 1989, fiesta de Santa Teresa de Jesús.

 

Joseph Cardenal Ratzinger - Prefecto

Monseñor Alberto Bovone - Secretario

 

1) Con la expresión "métodos orientales" se entienden métodos inspirados en el Hinduismo y el Budismo, como el "Zen", la "meditación trascendental" o el "Yoga". Se trata, pues, de métodos de meditación del Extremo Oriente no cristianos que, no pocas veces hoy en día, son utilizados también por algunos cristianos en su meditación. Las orientaciones de principio y de método contenidas en el presente documento desean ser un punto de referencia no sólo para este problema, sino también, más en general, para las diversas formas de oración practicadas en las realidades eclesiales, particularmente en las Asociaciones, Movimientos y Grupos.

 

2) La pseudognosis consideraba la materia como algo impuro, degradado, que envolvía el alma en una ignorancia de la que debía librarse por la oración; de esa manera, el alma se elevaba al verdadero conocimiento superior y, por tanto, a la pureza. Ciertamente, no todos podían conseguirlo, sino sólo los hombres verdaderamente espirituales; para los simples creyentes bastaban la fe y la observancia de los mandamientos de Cristo.

 

3) En la Edad Media existían corrientes extremistas al margen de la Iglesia, descritas, no sin ironía, por uno de los grandes contemplativos cristianos, el flamenco Jan Van Ruysbroek. Distingue éste en la vida mística tres tipos de desviación (Die gheestelike Brulocht 228,12-230,17; 230,18-232,22; 232,23-236,6) y hace también una crítica general referida a estas formas (236,7-237,29). Más tarde, técnicas semejantes han sido descritas y rechazadas por Sta. Teresa de Jesús. Observa ésta agudamente que "el mismo cuidado que se pone en no pensar en nada despertará la inteligencia a pensar mucho" y que dejar de lado el misterio de Cristo en la meditación cristiana es siempre una especie de "traición" (Véase: Sta. Teresa de Jesús, Vida 12,5 y 22,1-5).

 

4) Mostrando a toda la Iglesia el ejemplo y la doctrina de Santa Teresa de Jesús, que en su tiempo debió rechazar la tentación de ciertos métodos que invitaban a prescindir de la Humanidad de Cristo en favor de un vago sumergirse en el abismo de la divinidad, el Papa Juan Pablo II decía en una homilía el 1-XI-1982 que el grito de Teresa de Jesús en favor de una oración enteramente centrada en Cristo "vale también en nuestros días contra algunas técnicas de oración que no se inspiran en el Evangelio y que prácticamente tienden a prescindir de Cristo, en favor de un vacío mental que dentro del cristianismo no tiene sentido. Toda técnica de oración es válida en cuanto se inspira en Cristo y conduce a Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida" (cfr. Jn 14,6). Véase: Homelia Abulae habita in honorem Sanctae Teresiae, AAA 75 (1983), 256-257.

 

5) Véase, por ejemplo "La nube de la ignorancia", obra espiritual de un escritor anónimo inglés del siglo XIV.

 

6) El concepto "nirvana" viene entendido en los textos religiosos del budismo como un estado de quietud que consiste en la anulación de toda realidad concreta por ser transitoria y, precisamente por eso, decepcionante y dolorosa.

 

7) El Maestro Eckhart habla de una inmersión "en el abismo indeterminado de la divinidad " que es una "tiniebla en la cual la luz de la Trinidad nunca ha resplandecido". Cfr. Sermo "Ave gratia plena", al final (J. Quint, Deutsche Predigten und Traktate, Hanser 1955, p. 261).

 

8) Cfr. Const. past. Gaudium et spes n. 19, 1: "La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios que lo conserva. Y sólo puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador".

 

9) Como escribe Santo Tomás a propósito de la eucaristía : "proprius effectus huius sacramenti est conversio hominis in Christum, ut dicat cum Apostolo: Vivo ego, iam non ego; vivit vero in me Christus (Gal 2,20)" (In IV Sent., d. 12 q. 2 a. 1).

 

10) El sentido cristiano positivo del "vaciamiento" de las criaturas, resplandece de forma ejemplar en el Pobrecito de Asís. San Francisco, precisamente porque ha renunciado a ellas por amor del Señor, las ve llenas de su presencia y resplandecientes en su dignidad de criaturas de Dios y entona la secreta melodía de su ser en el Cántico de las criaturas (Cfr. C. Esser, Opuscula sancti Patris Francisci Assisiensis, Ed. Ad Claras aquas Grottaferrata (Roma) 1978, pp. 83-86; en castellano, puede encontrarse en: San Francisco de Asís. Escritos completos y biografías primitivas. La Editorial Católica (Madrid) 1956, p. 71). En el mismo sentido escribe en la "Carta a todos los fieles": "Toda criatura que hay en el cielo y en la tierra, en el mar y los abismos (Ap 5,13), rinda a Dios alabanzas, gloria, honor y bendición, pues Él es nuestra virtud y fortaleza; Él sólo es bueno (Lc 18,19), Él sólo altísimo, omnipotente, admirable, glorioso; sólo Él santo, digno de ser alabado y bendecido por los siglos de los siglos. Amén". (Ibid, Opuscula... 124). San Buenaventura hace notar cómo Francisco percibía en cada criatura la huella de Dios y derramaba su alma en el gran himno del reconocimiento y la alabanza (cfr. Legenda S. Francisci, cap. 9 n. 1, en "Opera omnia", ed. Quarachi 1898, Vol. VIII, p. 530; traducción al castellano en: San Francisco..., p. 586).

 

11) Nadie que haga oración, aspirará, sin una gracia especial, a una visión global de la revelación de Dios como s. Gregorio Magno reconoce en S. Benito, o al impulso místico con el que S. Francisco de Asís contemplaba a Dios en todas sus criaturas, o a una visión también global, como la que tuvo S. Ignacio en el río Cardoner y de la cual afirma que, en el fondo, habría podido tomar para él el puesto de la Sagrada Escritura. La "noche obscura" descrita por S. Juan de la Cruz, es parte de su personal carisma de oración: no es preciso que todos los miembros de su orden la vivan de la misma forma, como si fuera la única manera de alcanzar la perfección en la oración a que están llamados por Dios.

 

12) La llamada del cristiano a experiencias "místicas" puede incluir tanto lo que Santo Tomás califica como experiencia viva de Dios a través de los dones del Espíritu Santo, como las formas inimitables -a las que, por tanto, no se debe aspirar- de donación de la gracia (cfr. Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, Iª, IIae, a. 1 c, como también a. 5 ad 1).

 

Fuente: http://www.mscperu.org/espirit/oracion/meditacion/es_meditac_crist_CF.html

 

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En Caná manifestó su gloria (Jn 2)

 

Diác. Jorge Novoa

 

San Juan en su Evangelio comienza presentándonos el ministerio público de Jesús con la boda en Caná de Galilea. La ubicación de este hecho en el inicio y como manifestación de Jesús a sus discípulos es el principio (comienzo) de sus signos. Juan lo define como un signo (v. 11), es decir, como un hecho que en sus apariencias exteriores remite a una realidad más intima, más oculta, inherente en definitiva al misterio mismo de la persona de Jesús. Esta palabra, elegida con tanta precisión por el evangelista, expresa acertadamente cómo los hechos de la vida de Jesús son portadores de la verdad de su misterio, al que remiten y del cual no pueden desvincularse. No son milagros para manifestar poder, son acciones portadoras de un lenguaje de revelación que busca despertar y afirmar la fe, primeramente en los testigos oculares y, dado que su acción permanece en el tiempo, está destinada a iluminar a los hombres de todos los tiempos.

 

Si tratáramos de reconstruir minuciosamente el modo en que se celebraban las bodas en tiempos de Jesús, para comprender el meollo de esta enseñanza, no lo alcanzaríamos. Nuestro evangelista no está interesado en los detalles de la boda; aquí sus principales protagonistas no son los novios: son Jesús, María y los discípulos. Poca información nos aporta el texto sobre los novios; apenas una escueta referencia al novio en el final del pasaje (2,9), y de la novia se guarda el más absoluto silencio. Perfectamente podríamos resumir el inicio de esta perícopa diciendo: Hay una boda y son invitados María, Jesús y sus discípulos. La vida pública de Cristo, en este Evangelio, tiene su inicio con la celebración de una boda. ¿Cuál es la verdad que esconde y manifiesta este símbolo de la boda?

 

El evangelista nos describe un hecho de revelación concreto e histórico que sirve de marco para enseñar una verdad teológica. En él nos invita a descubrir dos planos existentes y a realizar una especie de gimnasia en su lectura, para ir desde el hecho de revelación real, entendido como símbolo, hacia su verdad como fundamento. El pasaje es sumamente rico en términos teológicos que son muy importantes en nuestro evangelista: novio (2,9), hora (2,4), creyeron (2,11), mujer (2,4), discípulos (2,2.11.12), comienzo (2,11), signos (2,11), vino (2,3.9.10), boda (2,1.3), gloria (2,11). Este vocabulario nos permite comprender que estamos ante la manifestación de Jesús a sus discípulos, por medio de un signo, que devela su gloria para que ellos crean. Una manifestación de su gloria que se presenta ya en su tensión progresiva, pues el desvelamiento total se dará plenamente en su "Hora".

 

La boda mesiánica que se inicia es la del Cordero. Jesús es el novio que se une a su pueblo, simbolizado aquí por María, mencionada con el apelativo de "Mujer", imagen que evoca a la Hija de Sión. "Como en el Antiguo Testamento la ciudad santa era llamada con una imagen femenina, «la hija de Sión», así en el Apocalipsis de Juan la Jerusalén celeste es representada «como esposa adornada para su esposo» (Ap 21,2). El símbolo femenino delinea el rostro de la Iglesia en sus diferentes rasgos de novia, esposa y madre, subrayando así una dimensión de amor y de fecundidad" (1). Es el comienzo de la boda que celebra el Cordero con el nuevo pueblo escatológico, que se encuentra en germen en María y sus discípulos. Este inicio del ministerio público de Jesús manifiesta a Israel al novio tan esperado, al Mesías, que los invita a la Nueva Alianza. La imagen de Jesús como el novio es la que nos presenta el Bautista en Jn 3,28-30:

 "Vosotros mismos me sois testigos de que dije: "Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él. El que tiene a la novia es el novio; pero el amigo del novio, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del novio. Ésta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado su plenitud. Es preciso que él crezca y que yo disminuya".

 

La alegría que embarga el corazón del Bautista ha alcanzado su plenitud porque ha escuchado la voz del novio, y ello proclama la llegada del Elegido de Dios (Jn 1,34) que se desposará con su pueblo en una Nueva Alianza. El pueblo se encuentra pobre como las tinajas de piedra que se encuentran vacías, y la respuesta de Dios a esta pobreza y vaciedad, con la visita del novio, no es proporcional a los esfuerzos humanos. Dios responde abundantemente. La cruz será el manantial del que brote el vino nuevo para el banquete mesiánico. Así Caná es figura que anticipa, aunque veladamente, el abundante don de la Pascua.

 

Esta boda que remite a la cruz, señalada como la Hora, también encuentra una referencia única en el modo en que se dirige Jesús a su Madre, llamándola "Mujer". Únicamente en este evangelio María es llamada "Mujer", y lo es por dos veces, en la escena de Caná (Jn 2,1-12) y en la del Calvario (2) (Jn 19,25-27). No hay otra referencia en la Escritura, ni en la literatura antigua, en la que un hijo llame a su madre "Mujer". Hay un vínculo estrecho y único entre la boda y la cruz. La boda que se celebra da inicio a la misión mesiánica de Jesús que se manifestará plenamente en la entrega total de Jesús. La boda de la Nueva Alianza se sella con la muerte de Jesús y ella devela la abundancia del vino bueno (Jn 2,9-10), símbolo en la Antigua Alianza de los bienes mesiánicos, que brotan de esta entrega amorosa.

 

El Evangelio de Juan en su totalidad es la boda de la Nueva Alianza (y su banquete) entre Dios y su pueblo, que se inicia en el capítulo 2 y concluye en el capítulo 19, cuando en la "Hora de Jesús", el esposo se ofrece para que su pueblo tenga vida en abundancia, como Cordero que quita el pecado del mundo. "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3,16).

 

¿Cómo Jesús consuma esta boda? Este tema, Juan lo desarrollará a lo largo de su Evangelio: la fidelidad a la Alianza, expresada como cumplimiento de la voluntad del Padre, se consuma en un amor que se entrega hasta el extremo (Jn 13,1). "Al final del relato, María y los discípulos forman la comunidad mesiánica, unida en la fe al Hijo de Dios que ha manifestado allí precisamente su gloria; allí está el núcleo de la Iglesia en torno a su Señor..." (3).

 

Este pasaje tiene una fuerte impronta cristológica, pero también presenta una clara referencia mariológica. Con el requerimiento de María a Jesús -"no tienen vino"- se inicia una misión que Jesús encomendará a su Madre. Ella intercede por las necesidades de los hombres. Esta mediación que el texto nos presenta en forma de requerimiento, algunos piensan que la hizo a modo de consejo práctico, preanunciando lo que se develará en el Calvario. Su mediación materna es recibida de su Hijo en la cruz. Allí Juan simboliza a los discípulos del Señor. Jesús la llama, también allí, "Mujer" y la asocia a su Hora de una manera singular. Es la Madre de los creyentes que intercede ante su Hijo. Su maternidad universal supone una singular participación en este misterioso alumbramiento. La espada de dolor que atraviesa su alma abre un camino hacia la salvación. María ante la cruz de su Hijo padece dolores de alumbramiento y recibe la mediación como fruto de la abundancia de los bienes mesiánicos que trae su Hijo, muerto en la cruz.

 

Jesús es el novio y el vino bueno es símbolo de los bienes mesiánicos que la redención abundantemente distribuye. El Mesías trae la nueva Ley y sabiduría que edificará al nuevo pueblo, del cual son germen María y los discípulos. En Caná se da inicio a la vida pública de Jesús, anunciando que han comenzado los tiempos mesiánicos y el Mesías-novio ha invitado a todos al banquete superabundante de su entrega. Al igual que desconocen el origen del vino (Jn 2,9), muchos desconocen el origen del Mesías, e incluso son sorprendidos por su imprevista aparición, pero las palabras de María -"Hagan todo lo que él les diga"- resuenan como un eco (4) de la voz del Padre, que en el relato del Bautismo, ausente en el Evangelio de Juan y presente en los sinópticos, confirma esta misión y nos invita a obedecerle.

 


1) Catequesis del Papa Juan Pablo II durante la Audiencia General del Miércoles 24 de febrero de 2001. 

2) "Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa." (Jn 19,25-27).

 

3) M. Thurian, María, madre del Señor, figura de la Iglesia, 158.

 

4) Tema maravillosamente desarrollado por el R. P. Horacio Bojorge en “María a través de los evangelistas”.

 

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¿Inteligencia artificial?

 

Lic. Néstor Martínez

 

Alan Türing es el fundador de la llamada “inteligencia artificial”, entre otras cosas, por un célebre argumento, llamado la “prueba de Türing”, con el cual intentó probar que no hay diferencia esencial entre una computadora y un ser inteligente.

 

El argumento de Türing, “puesto en forma” por nosotros, dice así:

 

“Cuando no hay razón suficiente para distinguir  entre la conducta de dos entes A y B, entonces esas conductas son iguales. Pero no hay razón suficiente para distinguir entre la conducta de una computadora que está programada para responder adecuadamente a cualquier pregunta que se le haga, y la conducta de un ser humano inteligente. Luego, la conducta de una computadora así y la de un ser humano inteligente son iguales.”

 

Prueba de la Menor: Si se coloca en una habitación cerrada a una computadora, con una única abertura por la cual entran y salen hojas de papel escritas a máquina, de modo que se le hagan llegar de ese modo preguntas y de ese modo se devuelvan las respuestas, y en ese supuesto las respuestas de la computadora son indiscernibles de las que daría una persona inteligente, entonces no hay razón suficiente para distinguir entre la conducta de esa computadora y la de una persona inteligente.

 

Prueba de la última consecuencia: La apariencia corporal no sería razón suficiente para distinguir las máquinas de las personas, porque se podría pensar en autómatas tan perfectos que no pudiesen ser visualmente discernidos de un ser humano real, ni tampoco mediante otro sentido externo ni por el conjunto de ellos (Descartes). Luego, sólo queda el desempeño racional, cuyo ejemplo más claro es el lenguaje, que sin embargo, como vemos aquí, tampoco sería razón suficiente.

 

*****

 

Cuenta Chesterton que una vez leyó un libro que sostenía que el cristianismo y el budismo eran en buena medida la misma cosa, especialmente el budismo.

 

Aquí parece que se sostiene que el hombre y la máquina son lo mismo, especialmente la máquina. O sea, no es que la máquina tenga alma, sino que el hombre no la tiene. Pero ¿cómo se llega a esa conclusión a partir del argumento arriba citado?

 

Al parecer, se quiere aplicar el principio de "economía": lo que puede explicarse en forma simple no se debe explicar en forma complicada. Siempre y cuando la explicación simple realmente explique los hechos en cuestión. Es más simple una máquina que un compuesto de alma y cuerpo. Incluso gnoseológicamente, es más simple basarse solamente en datos sensibles, que recurrir además a lo metafísico e inteligible.

 

Pero como veremos, es el argumento mismo el que no es concluyente.

 

*****

 

En este argumento se confunden dos cosas:

 

1) Que no haya razón suficiente para distinguir entre dos objetos cualesquiera.

 

2) Que nosotros no encontremos o no podamos encontrar una razón para hacerlo.

 

Lo segundo no implica, obviamente, lo primero, a no ser que pensemos que nuestra razón es la medida de la realidad. Ese idealismo radical sería bastante incompatible con el materialismo de fondo que supone decir que no hay diferencia esencial entre el pensamiento humano y la actividad de una máquina.

 

Tampoco se puede decir que las razones suficientes sean algo solamente de nuestra mente, por la misma razón. Cuando decimos que encender el fósforo cerca del barril de pólvora fue razón suficiente de la explosión, no estamos hablando solamente de lo que ocurre en nuestra mente.

 

Es cierto, entonces, que si en la realidad de las cosas no hay razón suficiente para distinguir a A de B, entonces son idénticos. En efecto, o son idénticos o son distintos, no hay otra posibilidad. Y todo tiene razón suficiente. Luego, o hay una razón suficiente de que sean idénticos, o la hay de que sean distintos, y al no haberla de que sean distintos, la habrá entonces de que sean idénticos, y lo serán.

 

Pero si somos nosotros los que no encontramos o no podemos encontrar razón suficiente de que A y B sean distintos, entonces pueden pasar dos cosas:

 

1) Que encontremos o podamos encontrar razón suficiente de que sean idénticos.

 

2) Que no podamos hacerlo.

 

En el segundo caso, lo único que podremos hacer es permanecer EN LA DUDA acerca de si A y B son idénticos o distintos.

 

Ahora bien, en el caso de la "prueba de Türing", lo que sucede es que no encontramos, y tal vez no podamos encontrar, razón suficiente para decir que lo que hay del otro lado de la pared es una máquina y no un ser humano.

 

Pero no encontramos tampoco, ni podemos encontrar, con esos solos datos, razón suficiente para decir que sí es un ser humano inteligente.

 

Porque desde el momento en que partimos de la base de que es posible hacer una máquina así, eso mismo hace que una "performance" de ese tipo no pueda ser razón suficiente para decir que estamos ante un ser humano inteligente.

 

Es como si nos dijeran: "Inventé una máquina que simula perfectamente la conversación de un ser humano", y luego nos hicieran escuchar la grabación de lo que parece ser una voz humana, y nos pidieran que afirmásemos que se trata de un ser humano.

 

No se ha podido demostrar entonces, con este argumento, que no haya diferencia esencial entre una computadora y una mente humana.

 

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Un llamado de atención sobre las técnicas orientales de meditación

 

Daniel Iglesias Grèzes

 

Breve reseña del libro: Autores Varios, De las riberas del Ganges a las orillas del Jordán, Editorial Desclée De Brouwer, Bilbao 1990.

 

Este libro analiza con sentido crítico, desde el punto de vista de la fe cristiana, la ola de técnicas orientales de meditación que ha inundado el Occidente. Muchos ambientes cristianos no han escapado a la admiración general suscitada por esas técnicas. Se empieza a considerarlas como normales; parece que ya no suscitan interrogantes, ni la sombra de una duda.

 

Esta obra se limita a considerar tres técnicas orientales de meditación: el yoga, el zen y la meditación trascendental. Procurando evitar tanto el sectarismo como el sincretismo (cf. Concilio Vaticano II, Constitución Lumen Gentium, n. 16; Declaración Nostra Aetate, n. 2), no condena las técnicas citadas en sí misma, sino que plantea el problema de su uso por parte de cristianos: no se trata en verdad de meras técnicas universales o neutrales; ellas hunden sus raíces profundamente en filosofías panteístas, en el contexto de las grandes religiones orientales (hinduismo y budismo).

 

En el sermón de Benarés, Buda hace constar que todo es doloroso, porque nada es permanente. Por lo tanto, la vida en sí misma es un sufrimiento. El solo hecho de existir es causa de dolor. Por eso el sufrimiento afecta a todos los seres que se manifiestan; pero en realidad toda manifestación es una ilusión: el universo entero es sólo una apariencia engañosa, puesto que no es más que una emanación del Ser único. Para el que se concentra en el único Existente, el mundo se disuelve y deja de existir.

 

Las técnicas orientales de meditación, basadas completamente en concepciones filosóficas como la descrita, buscan liberar al hombre del dolor por medio de su identificación total con el Absoluto, rompiendo así el círculo de las reencarnaciones. Dichas técnicas procuran destruir la personalidad para disolver al hombre en el todo (el Atman del hinduismo) o en la nada (el Nirvana del budismo).

 

Las concepciones clásicas de la India acerca de Dios, el hombre y la salvación son incompatibles con la fe cristiana:

·        Dios no es un ser personal (Creador y Padre) distinto de mí, sino el ser de mi ser, el Ser único, un Absoluto indiferenciado.

·        El hombre es de la misma naturaleza que Dios, puesto que él mismo es Dios.

·        La salvación no se alcanza por medio del amor a Dios y al prójimo sino por el simple conocimiento de que uno mismo es Dios. La condición humana y la misma personalidad deben ser rechazadas y sacrificadas, para alcanzar la liberación total del ser en la muerte.

 

El libro está compuesto por varios artículos de contenidos y estilos muy diversos: cinco testimonios personales, aportes teológicos (de Olivier Clement, Louis Bouyer y Hans Urs von Balthasar) y espirituales (Daniel-Ange y Albert-Marie de Monleon OP), un aporte filosófico (de Etienne Dahler) y un aporte médico y psicoterapéutico (del Dr. Philippe Madre).

 

En síntesis, esta obra llama la atención de los cristianos sobre los graves peligros del yoga, el zen y la meditación trascendental, y los invita a poner toda su confianza en Jesucristo, el único Salvador, que ha venido a traernos Vida en abundancia.

 

Termino esta breve reseña citando, a modo de muestra, una parte del aporte de Daniel-Ange.

 

*****

 

La cara y las manos

 

La cara y las manos son los únicos miembros donde se transparenta el alma, se adivina el corazón: traicionan a la persona.

 

Los demás miembros no revelan nada, proceden de la especie. En una tarjeta de identidad, no se fotografiará ni una rodilla, ni un brazo: son anónimos. Sólo las huellas digitales y la cara son únicos en el mundo, puede ser que hasta únicos en la historia. En todo caso son irreductibles al otro. Son los únicos miembros que no ocultan los vestidos. Si la vergüenza es inseparable de la desnudez, es porque se tiene miedo de no ser mirado ya a la cara, signo de la persona, sino al sexo, signo de la especie (9). Miedo de ser rebajado al rango de objeto, y por último alienado. La frase patética "vieron que estaban desnudos" quiere decir: no se miraron ya el uno al otro.

 

Manos y caras son privilegiados por el cristianismo, descuidados por el hinduismo.

 

Las manos: Los gestos litúrgicos están centrados sobre las actitudes de brazos y manos (10); las posturas del hatha-yoga, sobre las piernas, la pelvis y la columna vertebral. Buda tiene sus manos delante del pene. Cristo en la cruz abre totalmente sus manos.

 

La cara: se capta aquí vitalmente la diferencia radical entre la concepción cristiana del hombre y la de las religiones orientales. Es suficiente comparar la cara etérea de Buda y la del Sudario de Turín -compromiso hasta llegar a la desfiguración. Por una parte, fallos camuflados: una máscara conseguida. Por la otra, heridas aceptadas y ofrecidas: un rostro adorable. Una impasibilidad obtenida, una vulnerabilidad acogida. Un silencio replegado sobre sí mismo, un recogimiento abierto al otro. Un "adentro" hermético, una interioridad accesible por sus mismas heridas. Una ausencia, una Presencia: dos mundos (11).

 

(Daniel-Ange, El cuerpo y la persona, en: AA. VV., De las riberas del Ganges a las orillas del Jordán, Editorial Desclée De Brouwer, Bilbao 1990, pp. 59-60).

 

Notas de Daniel-Ange:

 

9) Me inspiro aquí en la notable conferencia de Olivier Clement al Congreso de la juventud ortodoxa, Avignon, noviembre 1980. “Mi cuerpo es eso que yo descubro bajo la mirada del otro. El pudor es lo que permite ser mirado a la cara y no al sexo, es decir, muy simplemente, ser mirado” (La révolte de l’Esprit, pág. 377).

 

10) Por ejemplo, la importancia de la imposición de manos. “Como las actitudes del cuerpo son innumerables, aquella en la que extendemos las manos y elevamos los ojos al cielo, debe ser preferida seguramente a todas las otras, para expresar con el cuerpo la imagen de las disposiciones del alma durante la oración” (Orígenes, La Oración, 31).

 

11) "En las esculturas de la India, los cuerpos están unidos, pero las caras separadas, absortas en una meditación solitaria" (Olivier Clement). 

 

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Comer carne animal es moralmente lícito

 

Daniel Iglesias Grèzes

 

1.      Introducción

 

La Iglesia Católica reconoce la legítima autonomía de la ciencia y reclama para sí misma un ámbito de competencia referido a los asuntos relacionados con la fe y la moral. Al escribir sobre teología católica, se debe aplicar ese mismo criterio básico. En este artículo lo aplicaré al tema del vegetarianismo.

 

Las personas que practican una dieta vegetariana procuran justificar esa práctica con base en distintos tipos de argumentos: de orden médico, de orden económico, de orden moral, etc. Aquí analizaré solamente los argumentos de orden moral, sin pronunciarme sobre las demás clases de argumentos. Es decir, no trataré la cuestión de si una dieta vegetariana es o no más saludable o más económica que una dieta que incluye carne animal (cuestión que debe dilucidar la ciencia, médica o económica), sino la cuestión de si comer carne animal es o no es moralmente ilícito por violar un supuesto derecho a la vida de los animales (tesis principal del vegetarianismo motivado moralmente).

 

La cuestión planteada puede ser considerada desde dos puntos de vista: el de la filosofía moral (basada únicamente en la razón) y el de la teología moral (basada en la razón y en la fe en la Divina Revelación). Consideraré en primer término la vía filosófica, porque es pertinente para dialogar con cualquier interlocutor vegetariano, sea cual sea su postura frente a la religión.

 

La filosofía moral está basada en la antropología filosófica. Es decir, antes de discutir si determinados actos humanos son moralmente buenos o malos, deberíamos ponernos de acuerdo (en sustancia, al menos) acerca de qué es el ser humano. Dado que no es fácil demostrar cuál es la antropología correcta por medio de un artículo breve como éste, adoptaré otro enfoque: presentar los problemas antropológicos fundamentales y las principales respuestas que los hombres les han dado y analizar si la fundamentación moral del vegetarianismo tiene sentido en el contexto de esas respuestas.

 

Los problemas fundamentales de la antropología filosófica se pueden plantear de la siguiente manera: A) ¿Existe una diferencia esencial entre el hombre y los demás animales? B) ¿Cuál es la relación entre el cuerpo humano y aquello que hace al hombre diferente de los demás animales? C) ¿Cuál es el sentido último de la vida humana?

 

Estos problemas antropológicos fundamentales admiten muchas respuestas posibles. Sin embargo, considerando la historia de la filosofía y la situación actual de la cultura, podemos decir que las principales respuestas se ordenan en torno a tres grandes sistemas filosóficos: el materialismo, el idealismo y el realismo.

 

2.      La vía filosófica en el sistema materialista

 

El materialismo es una forma de monismo: sostiene que la única sustancia es la materia y niega la existencia del espíritu. El materialismo implica necesariamente el ateísmo, ya que Dios no es un ser material.

 

El materialista da las siguientes respuestas a las tres grandes cuestiones antropológicas antes expuestas: A) Entre el hombre y los demás animales no existe ninguna diferencia esencial, sino sólo una diferencia de grado. El hombre es sólo un animal más, algo más evolucionado o inteligente que los demás animales. B) El hombre no tiene un alma espiritual. El ser humano, en definitiva, se identifica con el cuerpo humano, el cual, en última instancia, no es más que un conjunto de átomos o de partículas subatómicas (1). C) Ni la vida humana ni el universo en su conjunto tienen un sentido último objetivo. En el principio de todo cuanto existe no está el Logos (cf. Juan 1,1), sino lo irracional: el caos, el azar, etc.

 

La moral es la ciencia que considera a los actos humanos conscientes y libres desde el punto de vista de su moralidad, o sea de su conformidad o no conformidad con el fin último del hombre. Es claro que la moral, así entendida, no puede existir para el materialista. Esto es así por las siguientes razones principales: 1) Si el ser humano no es, en última instancia, más que un manojo de átomos, cuyo movimiento está determinado por las leyes naturales, entonces no puede haber actos humanos realmente libres; y si no hay libertad, tampoco hay responsabilidad moral. Las cosas no tienen deberes. 2) Si no existen deberes, tampoco existen derechos (ni humanos ni animales), en un sentido absoluto. Las cosas no tienen derechos. 3) Al no existir un fin último del hombre, no existe tampoco un sentido último de los actos humanos; al no existir un Ser Absoluto, no existen el bien y el mal en un sentido absoluto, y la moral se reduce a un conjunto de convencionalismos basado en ideas, deseos o intereses subjetivos o utilitarios, totalmente relativos y modificables (algo así como los códigos de etiqueta o las leyes del tránsito).

 

En una visión superficial, podría parecer que el materialismo es una filosofía favorable al vegetarianismo motivado por razones éticas. Si el hombre es, en definitiva, un mero animal, un sentimiento de fraternidad o solidaridad con todos los animales podría impulsarlo a respetar la vida de esos parientes suyos, próximos o lejanos. No obstante, este razonamiento es bastante fallido. Si el hombre no es más que un animal, no se ve por qué no habría de comportarse como cualquier otro animal; y ningún animal carnívoro tiene problemas de conciencia mientras caza, mata y devora a sus presas, ni se ve dominado por un sentimiento de fraternidad que abarque a todas las especies animales (2). 

 

Además, tampoco los animales serían más que manojos de átomos, y los átomos no tienen derechos. Por lo tanto, la fundamentación moral del vegetarianismo no puede prosperar realmente en el ámbito del materialismo. El materialista no cree que existan actos intrínsecamente malos. Por lo tanto, para él matar animales para comerlos no puede ser intrínsecamente malo. Además, el materialista suele ser también evolucionista: por lo tanto, tiende a pensar que la evolución biológica nos ha hecho carnívoros y que sería absurdo renunciar por razones morales a uno de nuestros alimentos principales. En todo caso, según el darwinismo social, la disputa entre vegetarianos y no vegetarianos no se resolverá en función de la verdad o falsedad de sus respectivos argumentos, sino en función de la mayor o menor utilidad de sus respectivas dietas y conductas con respecto a la supervivencia de la especie humana.

 

3.      La vía filosófica en el sistema idealista

 

Consideremos ahora el sistema filosófico idealista. El idealismo es otra forma de monismo, la que niega la existencia de la materia y sostiene que sólo existe el espíritu. Normalmente el idealismo conduce al panteísmo, o sea a la simple identificación entre Dios y el mundo. Según el idealista, en definitiva sólo existe Dios. El mundo, emanación de Dios, con toda su enorme multiplicidad de seres individuales, no es más que una apariencia o ilusión, una especie de pesadilla o alucinación de un Dios alienado, que debe ser superada mediante un regreso a la perfecta unidad (o, mejor dicho,  conciencia de unidad), en la cual toda individualidad se disuelve en el Uno.

 

La antropología idealista, aunque nos pueda parecer muy extraña, es coherente con lo dicho hasta aquí. A las cuestiones antropológicas fundamentales planteadas más arriba, el idealismo panteísta da las siguientes respuestas: A) Tanto los seres humanos como los animales, en cuanto individuos separados, son meras apariencias, sin existencia real. El alma no diferencia al hombre de los animales, ya que en definitiva no existen las cosas, sino sólo las ideas (que son, además, engañosas). B) El hombre es sólo su alma espiritual, que está cautiva en un cuerpo material que es sólo una ilusión. Incluso la individualidad del alma humana, con sus sucesivas reencarnaciones, es también una ilusión, de la que debemos liberarnos. C) La existencia misma del hombre es un mal y un absurdo y su sentido (si se puede decir así) es dejar de ser, para volver al Uno. La salvación se alcanza mediante una iluminación: el conocimiento (gnosis) de que uno mismo es Dios (el Uno y el Todo) y Dios es uno mismo.

 

Esta clase de idealismo ha florecido sobre todo en religiones originadas en la India (el hinduismo y el budismo). En ese ámbito cultural tiene cierta difusión el vegetarianismo. Dado que todo (también los animales) es Dios y que el alma humana puede reencarnarse no sólo en otros cuerpos humanos, sino también en cuerpos de animales, algunos fieles de esas religiones procuran respetar toda forma de vida y abstenerse de comer carne animal. Sin embargo, esta práctica no puede encontrar un fundamento válido de tipo moral en la cosmovisión panteísta, por las siguientes razones principales: 1) Para el idealista, en definitiva, ni el ser humano ni sus actos tienen realidad o consistencia propia, por lo cual el objeto de la moral no existe. Las ideas no tienen deberes. 2) Los individuos separados no existen, por lo cual no pueden existir los derechos individuales (ni humanos ni animales). Las ideas no tienen derechos. 3) La obligación moral supone la existencia de otro u Otro ante el cual uno está o se siente obligado a actuar de determinada manera. Si sólo existe Dios, no puede existir la obligación moral. Dios no puede ofenderse a Sí mismo.

 

En el idealismo panteísta, la moral tiende a transformarse en un utilitarismo radical: es bueno lo que me ayuda a alcanzar la “iluminación” (o conciencia de mi divinidad); es malo lo que me aleja de ella. Muchos hinduistas y budistas buscan la salvación a través de técnicas de meditación como el yoga, el zen o la meditación trascendental, que actúan sobre el sistema nervioso produciendo estados alterados de conciencia, los que son interpretados como etapas más o menos avanzadas en el camino a la conciencia cósmica o divina. Así el problema moral se transforma en un problema técnico. Quizás la dieta vegetariana pueda contribuir a producir (al menos en algunas personas) esos estados alterados de conciencia, pero esto no constituye de por sí una cuestión moral. Compete a la ciencia, biológica y psicológica, dirimir esta cuestión.

 

4.      La vía filosófica en el sistema realista

 

Consideremos ahora la filosofía realista. El realismo filosófico acepta la existencia de una realidad objetiva, independiente del observador humano. El ser humano puede conocer la verdad de lo real (aunque no exhaustivamente), a través de su inteligencia, ya que el ser mismo es inteligible. El realismo conduce al monoteísmo (3). Todos los seres finitos y contingentes han sido creados por Dios, el Ser infinito y necesario.

 

Las respuestas del realismo a los tres problemas antropológicos fundamentales son las siguientes: A) El ser humano es esencialmente diferente de todos los demás animales y superior a ellos: es un animal racional (espiritual, personal), mientras que todos los otros animales son irracionales. B) El hombre es una unidad sustancial de cuerpo material y alma espiritual. No es sólo materia (como sostiene el materialismo) ni sólo espíritu (como sostiene el idealismo). Por su cuerpo material, el hombre se asemeja a los demás animales; por su alma espiritual, inteligente y libre, el hombre se asemeja a Dios. C) El hombre ha sido creado por un acto libérrimo de Dios, quien quiere compartir su gloria y felicidad con otros seres espirituales. El fin último de la vida humana es la unión con Dios y con el prójimo en el amor, unión que comienza en esta vida y alcanza su plenitud en la vida eterna, más allá de la muerte.

 

En la perspectiva realista, la ley moral es natural, es decir, es la ley inscrita en la misma naturaleza humana (en su conciencia moral bien formada), que no impone al hombre restricciones extrínsecas, sino que lo orienta en el sentido de su auténtico desarrollo integral en cuanto persona humana.

 

El precepto moral básico del vegetarianismo tampoco tiene un fundamento válido en la perspectiva realista, porque, dentro del universo material, sólo el ser humano es persona, y por ende sólo él tiene verdaderos derechos y obligaciones. En efecto, derecho y deber son las dos caras de una misma moneda. Mi derecho es el deber que las demás personas tienen respecto de mí. Tenemos derechos porque tenemos deberes. Los animales no pueden tener verdaderos derechos, porque no pueden tener deberes morales, al carecer de conciencia moral. Los deberes morales del ser humano referidos a los animales (por ejemplo, el deber de evitar dañarlos de un modo cruel e innecesario), no se basan en inexistentes derechos de los animales, sino en la misma dignidad humana, que sufre y se degrada cuando el hombre se muestra innecesariamente cruel con los animales.

 

En resumen, el argumento moral a favor del vegetarianismo no funciona dentro de ninguno de los grandes sistemas filosóficos conocidos.

 

5.      La vía teológica

 

Por último, consideremos la vía teológica, que es pertinente para dialogar con vegetarianos cristianos. El cristiano acepta que la Biblia es Palabra de Dios, un libro inspirado por Dios que transmite por escrito y sin error las verdades de orden religioso y moral que Dios quiso revelar a nosotros los hombres para nuestra salvación.

 

Es indudable que la Biblia (tanto en el Antiguo Testamento, como en el Nuevo Testamento) es incompatible con un vegetarianismo motivado moralmente (4):

 

1)      Génesis 1,26-28: “Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en  las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra.» Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó. Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra.»”

 

Según la revelación bíblica, el ser humano (y sólo él) es el rey o la cumbre del mundo visible. El hombre no ejerce su poder sobre los demás seres de este mundo de un modo independiente respecto de Dios. Como buen lugarteniente o servidor de Dios, el dominio del hombre sobre el resto de las cosas visibles no es un dominio despótico, arbitrario o egoísta, sino un cuidado laborioso y amoroso (cf. Génesis 2,15).

 

2)      Génesis 9,1-7: Dios bendijo a Noé y a sus hijos, y les dijo: «Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra. Infundiréis temor y miedo a todos los animales de la tierra, y a todas las aves del cielo, y a todo lo que repta por el suelo, y a todos los peces del mar; quedan a vuestra disposición. Todo lo que se mueve y tiene vida os servirá de alimento: todo os lo doy, lo mismo que os di la hierba verde. Sólo dejaréis de comer la carne con su alma, es decir, con su sangre, y yo os prometo reclamar vuestra propia sangre: la reclamaré a todo animal y al hombre: a todos y a cada uno reclamaré el alma humana. Quien vertiere sangre de hombre, por otro hombre será su sangre vertida, porque a imagen de Dios hizo El al hombre. Vosotros, pues, sed fecundos y multiplicaos; pululad en la tierra y dominad en ella.»”

 

Salvando del diluvio a Noé y a su familia, Dios da a la humanidad una segunda oportunidad. En este punto Dios permite a los seres humanos comer a los animales, ensanchando los límites de la dieta permitida a Adán y Eva en el Paraíso terrenal, dieta que era vegetariana. Conviene tener en cuenta que el estado de integridad de nuestros primeros padres puede haber durado muy poco tiempo, sin dejar rastros para un estudio científico de la prehistoria. De hecho sabemos que antes de la invención de la agricultura (hace quizás unos 10.000 años), todos los hombres prehistóricos vivieron principalmente de la caza y de la pesca (5), por lo cual el detalle de la dieta vegetariana de Génesis 1 podría ser un elemento simbólico para representar la armonía que reinaba en el Edén.

 

3)      El Antiguo Testamento condenó los sacrificios humanos (6), pero permitió los sacrificios de animales, que los israelitas practicaban regularmente en el Templo de Jerusalén (7). Las críticas de los profetas del Antiguo Testamento (continuadas por Jesús) referidas a esos sacrificios no se basaron en absoluto en la falsa idea de que ellos violaran un supuesto derecho a la vida de los animales, sino que eran fuertes reproches a la hipocresía religiosa y a un culto meramente exterior, legalista y ritualista (cf. 1 Samuel 15,22; Isaías 1,10-17; Oseas 6,6; Amós 5,21-25; Mateo 9,13; 12,7).

 

4)      Jesús enseñó a sus discípulos que el ser humano es superior a los animales (cf. Lucas 12,24) y sacrificó una gran piara de cerdos para salvar a un solo hombre endemoniado (cf. Mateo 8,28-34). Muchos de los doce Apóstoles que Él eligió eran pescadores y Él solía acompañarlos cuando iban de pesca. Dos de los mayores milagros de Jesús implican la obvia aceptación de una dieta no vegetariana: la multiplicación de los panes y los peces y la pesca milagrosa.

 

5)      Por último, es evidente que el mismo Jesús, el Hijo de Dios hecho carne, perfecto Dios y perfecto hombre, comía carne animal: por ejemplo, comió con sus discípulos el cordero de Pascua (cf. Marcos 14,12-16); incluso después de su resurrección comió un pez asado delante de los Once (cf. Lucas 24,42-43); y el mismo Jesucristo resucitado preparó para sus discípulos pez asado sobre unas brasas y les mandó comerlo (cf. Juan 21,9-13).

 

Para el cristiano, es inconcebible que Jesucristo haya cometido ningún pecado, ni grave ni leve. La vida moral es vivir en Cristo, seguir a Cristo, imitar a Cristo. Si Cristo no tuvo problemas de conciencia para comer carne animal, ningún cristiano debe tener esa clase de falsos escrúpulos morales. Eso no quita que se pueda practicar el vegetarianismo por otras razones (por ejemplo, médicas o económicas). 

 

*****

 

Notas

 

1)      Por lo cual en última instancia tampoco hay diferencia esencial entre los seres humanos y los vegetales o los seres inanimados. En definitiva, sólo somos cosas.

 

2)      Aunque la fundamentación ética del vegetarianismo es incorrecta, la existencia misma de un vegetarianismo motivado moralmente es un ejemplo muy llamativo del fenómeno de la conciencia moral del ser humano, que plantea una formidable objeción contra la antropología materialista.

 

3)      Y, recíprocamente, el monoteísmo implica el realismo filosófico. En particular, la Revelación cristiana exige determinadas posturas filosóficas, entre las cuales se destaca el realismo aquí expuesto. Ella supone, entre otras verdades fundamentales, que los seres humanos no son cosas ni ideas, sino personas.

 

4)      Además, no sería difícil demostrar que la noción de una obligación moral absoluta de no comer carne animal es completamente ajena a toda la Tradición de la Iglesia. El cuarto precepto de la Iglesia, que manda abstenerse de comer carne (excluyendo la carne de pescado) en determinados días, tiene una motivación totalmente distinta: se trata de un acto de sacrificio del cristiano por amor a Dios, no de un acto de amor a las vacas, cerdos, gallinas, etc. 

 

5)      Sería muy extraño que fuera moralmente obligatorio algo (como abstenerse de comer carne animal) que resultó imposible para miles de generaciones de nuestros antepasados.

 

6)      Aunque la intención principal del relato de Génesis 22 sobre el sacrificio de Isaac es otra, también se puede deducir de este episodio el rechazo absoluto de Dios a los sacrificios humanos. Por otra parte, el profundo aborrecimiento de los antiguos israelitas a la cultura de los cananeos y fenicios se debía en gran parte a que las religiones de esos pueblos vecinos exigían la práctica de sacrificios humanos al dios Moloc.

 

7)      Incluso San José y la Santísima Virgen María ofrecieron en sacrificio un par de tórtolas o pichones, conforme a la Torah, durante la presentación del niño Jesús en el Templo (cf. Lucas 2,22-24).

 

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El sacrificio de los sacerdotes polacos

 

Juan Pablo II

 

Surge aquí otra singular e importante dimensión de mi vocación. Los años de la ocupación alemana en Occidente y de la soviética en Oriente supusieron un enorme número de detenciones y deportaciones de sacerdotes polacos hacia los campos de concentración. Sólo en Dachau fueron internados casi tres mil. Hubo otros campos, como por ejemplo el de Auschwitz, donde ofreció la vida por Cristo el primer sacerdote canonizado después de la guerra, San Maximiliano María Kolbe, el franciscano de Niepokalanów. Entre los prisioneros de Dachau se encontraba el Obispo de Wloclawek, Mons. Michal Kozal, que he tenido la dicha de beatificar en Varsovia en 1987. Después de la guerra algunos de entre los sacerdotes ex prisioneros de los campos de concentración fueron elevados a la dignidad episcopal. Actualmente viven aún los Arzobispos Kazimierz Majdanski y Adam Kozlowiecki y el Obispo Ignacy Jez, los tres últimos Prelados testigos de lo que fueron los campos de exterminio. Ellos saben bien lo que aquella experiencia significó en la vida de tantos sacerdotes. Para completar el cuadro, es preciso añadir también a los sacerdotes alemanes de aquella misma época que experimentaron la misma suerte en los lager. He tenido el honor de beatificar a algunos de ellos: primero al P. Rupert Mayer de Munich, y después, durante el reciente viaje apostólico a Alemania, a Mons. Bernhard Lichtenberg, párroco de la Catedral de Berlín, y al P. Karl Leisner de la diócesis de Munster. Este último, ordenado sacerdote en el campo de concentración en 1944, después de su ordenación pudo celebrar sólo una Santa Misa.

 

Merece un recuerdo especial el martirologio de los sacerdotes en los lager de Siberia y en otros lugares del territorio de la Unión Soviética. Entre los muchos que allí fueron recluidos quisiera recordar la figura del P. Tadeusz Fedorowicz, muy conocido en Polonia, al cual personalmente debo mucho como director espiritual. El P. Fedorowicz, joven sacerdote de la archidiócesis de Leópolis, se había presentado espontáneamente a su arzobispo para pedirle el poder acompañar a un grupo de polacos deportados al Este. El Arzobispo Twardowski le concedió el permiso y pudo desarrollar su misión entre los connacionales dispersos en los territorios de la Unión Soviética y sobre todo en Kazakistán. Recientemente ha descrito en un interesante libro estos trágicos hechos.

 

Lo que he dicho a propósito de los campos de concentración no constituye sino una parte, dramática, de esta especie de "apocalipsis'' de nuestro siglo. Lo he hecho para subrayar cómo mi sacerdocio, ya desde su nacimiento, ha estado inscrito en el gran sacrificio de tantos hombres y mujeres de mi generación. La Providencia me ha ahorrado las experiencias más penosas; por eso es aún más grande mi sentimiento de deuda hacia las personas conocidas, así como también hacia aquellas más numerosas que desconozco, sin diferencia de nación o de lengua, que con su sacrificio sobre el gran altar de la historia han contribuido a la realización de mi vocación sacerdotal. De algún modo me han introducido en este camino, mostrándome en la dimensión del sacrificio la verdad más profunda y esencial del sacerdocio de Cristo.

 

(Juan Pablo II, Don y Misterio. Autobiografía, Plaza & Janés Editores S.A., Barcelona 1997, pp. 51-53).

 

Fuente: http://www.vatican.va/archive/books/gift_mystery/documents/archive_gift-mystery_book_1996_sp.html

 

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De los que van a ser confirmados

 

889 § 1. Sólo es capaz de recibir la confirmación todo bautizado aún no confirmado.

 

§ 2. Fuera del peligro de muerte, para que alguien reciba lícitamente la confirmación se requiere que, si goza de uso de razón, esté convenientemente instruido, bien dispuesto y pueda renovar las promesas del bautismo.

 

890 Los fieles están obligados a recibir este sacramento en el tiempo oportuno; los padres y los pastores de almas, sobre todo los párrocos, procuren que los fieles sean bien preparados para recibirlo y que lo reciban en el tiempo oportuno.

 

891 El sacramento de la confirmación se ha de administrar a los fieles en torno a la edad de la discreción, a no ser que la Conferencia Episcopal determine otra edad, o exista peligro de muerte o, a juicio del ministro, una causa grave aconseje otra cosa.

 

(Código de Derecho Canónico, cc. 889-891).

 

Fuente: http://www.vatican.va/archive/ESL0020/__P31.HTM

 

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Salmo 95

 

¡Cantad a Yahveh un canto nuevo,

cantad a Yahveh, toda la tierra,

cantad a Yahveh, su nombre bendecid!

Anunciad su salvación día tras día,

contad su gloria a las naciones,

a todos los pueblos sus maravillas.

Que grande es Yahveh, y muy digno de alabanza,

más temible que todos los dioses.

Pues nada son todos los dioses de los pueblos.

Mas Yahveh los cielos hizo;

gloria y majestad están ante Él,

poder y fulgor en su santuario.

Rendid a Yahveh, familias de los pueblos,

rendid a Yahveh gloria y poder,

rendid a Yahveh la gloria de su nombre.

Traed ofrendas y en sus atrios entrad,

postraos ante Yahveh en esplendor sagrado,

¡tiemble ante su faz la tierra entera!

Decid entre las gentes: «¡Yahveh es rey!»

El orbe está seguro, no vacila;

Él gobierna a los pueblos rectamente.

¡Alégrense los cielos, regocíjese la tierra,

retumbe el mar y cuanto encierra;

exulte el campo y cuanto en él existe,

griten de júbilo todos los árboles del bosque,

ante la faz de Yahveh, pues viene Él,

viene, sí, a juzgar la tierra!

Él juzgará al orbe con justicia,

a los pueblos con su lealtad.

 

Fuente: Biblia de Jerusalén.

 

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Sitios web recomendados

(por favor note que esta lista ha crecido)

 

Sitios de Fe y Razón:

 

Fe y Razón

www.feyrazon.org

Revista Virtual Fe y Razón

www.revistafeyrazon.blogspot.com

Colección de Libros Fe y Razón

http://stores.lulu.com/feyrazon

 

 

Sitios de miembros de Fe y Razón:

 

Diácono Jorge Novoa

www.diaconojorge.blogspot.com

Meditaciones Cristianas

www.lmillau.blogspot.com

Verdades de Fe

www.verdadesdefe.blogspot.com

Aportes al IV Sínodo Arquidiocesano de Montevideo

www.ivsinodo.blogspot.com

Libros de Daniel Iglesias Grèzes

http://stores.lulu.com/diglesias

Presentaciones de Daniel Iglesias Grèzes

www.slideshare.net/diglesias

Curso de Introducción a la Teología Moral

www.slideshare.net/feyrazon

 

 

Sitios de colaboradores de Fe y Razón:

 

Toma y Lee. Sagradas Escrituras

www.tomaylee-sagradasescrituras.blogspot.com

El Blog del Buen Amor

www.elblogdelbuenamor.blogspot.com

A ver qué hacemos

www.algotipocomo.blogspot.com

El clero oriental

www.elclerooriental.blogspot.com

 

 

Otros sitios uruguayos:

 

Veritas de terra orta est

www.verdaddelcielo.blogspot.com

Obra Social Pablo VI

www.osp6.blogspot.com

Defensores del pueblo

www.defpueblo.blogspot.com

 

 

Otros sitios:

 

Santa Sede

www.vatican.va

Zenit

www.zenit.org

ForumLibertas

www.forumlibertas.com

Noticias Globales

www.noticiasglobales.org

Aceprensa

www.aceprensa.com

Primera Luz

www.primeraluz.org

Chiesa

http://chiesa.espresso.repubblica.it

ConoZe.com

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Centro de Investigación en Ética Social

www.fundacionaletheia.org.ar

Fluvium

www.fluvium.org

InfoCatólica

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