Fe y Razón

Revista virtual gratuita de teología católica

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de

la evangelización de la cultura

Nº 42 – Diciembre de 2009

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”

(Santo Tomás de Aquino)

 

 

“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

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Equipo de Dirección: Diác. Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing. Daniel Iglesias Grèzes.

 

Colaboradores: Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Pbro. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Ec. Rafael Menéndez, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Pbro. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Álvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

¡Feliz Navidad!

Equipo de Dirección

Magisterio

Exhortación Apostólica Gaudete in Domino sobre la alegría cristiana

Papa Pablo VI

Teología

Discurso de Apertura de la Jornada Conmemorativa del 10º Aniversario de “Fe y Razón”

Pbro. Dr. Antonio Bonzani

Apologética

Penumbras masónicas

Norberto Corsini

Actualidad

Cumbre de Copenhague: no a cierta “salud reproductiva”, advierte el Papa

Zenit

Oración

Oración de Navidad en familia

Church Forum

 

 

¡Feliz Navidad!

 

Equipo de Dirección

 

Hace más de dos mil años el Hijo de Dios bajó del cielo por nuestra salvación y nos reveló la verdad acerca de Dios y acerca del hombre.

 

1.      La verdad acerca de Dios

 

Jesús de Nazaret es la imagen visible de Dios invisible, el sacramento del amor del Padre. Nadie conoce al Padre sino aquel a quien el Hijo se lo ha revelado. Jesús nos enseñó a dirigirnos a Dios llamándolo “Padre” y nos reveló que nuestro Padre Dios es rico en misericordia, nos ama de un modo infinito y entrañable y quiere la salvación de todos. En la vida de Jesús, en sus palabras y obras, en su muerte y resurrección, se manifestó insuperablemente la esencia íntima de Dios, que es amor, entrega, auto-donación, auto-comunicación. Conociendo a Jesús llegamos a conocer el misterio de Dios. En Jesucristo Dios se revela como Padre, Hijo y Espíritu Santo: un solo Dios, uno en substancia y trino en personas.

 

2.      La verdad acerca del hombre

 

Jesús no sólo es verdadero Dios, sino también verdadero hombre, en cuerpo y alma. Más aún, Él es el hombre perfecto, el nuevo Adán, el primogénito de la nueva creación. Él nos reveló que fuimos creados para vivir eternamente en comunión de amor con la Santísima Trinidad. Al morir en la cruz, Cristo nos reconcilió con Dios, y al resucitar nos dio nueva vida, la vida de la gracia o amor gratuito de Dios. Tenemos que conservar y desarrollar esa nueva vida siguiendo a Jesucristo, cumpliendo la Ley de Cristo: el amor a Dios y al prójimo, con todas sus consecuencias. La misión que Jesús nos encomendó no es individual, sino comunitaria; por eso Él fundó la Iglesia, la asamblea de sus discípulos, a la que entregó su Espíritu y dio los sacramentos, signos eficaces de su gracia. Por medio de la Iglesia crece en la tierra el Reino de Cristo, hasta que, después del final de los tiempos, Dios sea todo en todos.

 

Que en esta Navidad contemplemos con gozo estos santos misterios que Dios nos reveló para nuestra salvación y que la alegría de sabernos amados por Dios como hijos nos lleve a convertirnos cada vez más en verdaderos discípulos de Jesús.

 

Deseamos a todos nuestros lectores una muy feliz y santa Navidad y un buen año 2010.

 

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Exhortación Apostólica Gaudete in Domino
de Su Santidad Pablo VI
sobre la alegría cristiana

 

Venerables hermanos y amados hijos:

Salud y bendición apostólica

 

1. Alegraos siempre en el Señor, porque Él está cerca de cuantos lo invocan de veras (cf. Flp 4,4; Sal 145,18).

 

2. En diversas ocasiones a lo largo de este Año Santo, hemos exhortado al Pueblo de Dios a corresponder con gozosa solicitud a la gracia del Jubileo. Nuestra invitación es esencialmente, como bien sabéis, una llamada a la renovación interior y a la reconciliación en Cristo. Se trata de la salvación de los hombres y de su felicidad en todo su pleno sentido. En el momento en que los cristianos se disponen a celebrar, en el mundo entero, la venida del Espíritu Santo, os invitamos a pedirle el don de la alegría.

 

3. Ciertamente el ministerio de la reconciliación se ejerce, incluso para Nos mismo, en medio de frecuentes contradicciones y dificultades (1), pero él está alimentado y va acompañado por la alegría del Espíritu Santo. De la misma manera podemos justamente apropiarnos, aplicándola a toda la Iglesia, la confidencia hecha por el apóstol san Pablo a su comunidad de Corinto: «ya antes os he dicho cuán dentro de nuestro corazón estáis para vida y para muerte. Tengo mucha confianza en vosotros... estoy lleno de consuelo, reboso de gozo en todas nuestras tribulaciones» (2 Cor 7,3-4). Sí, constituye también para Nos una exigencia de amor invitaros a participar en esta alegría sobreabundante que es un don del Espíritu Santo (cf. Gál 5,22).

 

4. Nos hemos sentido una apremiante y feliz necesidad interior de dirigiros durante este Año de gracia, y más concretamente con ocasión de la solemnidad de Pentecostés, una Exhortación apostólica cuyo tema fuera precisamente la alegría cristiana, la alegría en el Espíritu Santo. Es una especie de himno a la alegría divina el que Nos querríamos entonar, para que encuentre eco en el mundo entero y ante todo en la Iglesia: que la alegría se difunda en los corazones juntamente con el amor del que ella brota, por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado (cf. Rom 5,5). Deseamos asimismo que vuestra voz se una a la nuestra para consuelo espiritual de la Iglesia de Dios y de todos los hombres que quieran prestar atención, en lo íntimo de sus corazones, a esta celebración.

 

I. Necesidad de la alegría en todos los hombres

 

5. No se podría exaltar de manera conveniente la alegría cristiana permaneciendo insensible al testimonio exterior e interior que Dios Creador da de sí mismo en el seno de la creación: «Y Dios vio que era bueno» (Gén 1,10.12.18.21.25.31). Poniendo al hombre en medio del universo, que es obra de su poder, de su sabiduría, de su amor, Dios dispone la inteligencia y el corazón de su criatura —aun antes de manifestarse personalmente mediante la revelación— al encuentro de la alegría y a la vez de la verdad. Hay que estar, pues, atento a la llamada que brota del corazón humano, desde la infancia hasta la ancianidad, como un presentimiento del misterio divino.

 

6. Al dirigir la mirada sobre el mundo ¿no experimenta el hombre un deseo natural de comprenderlo y dominarlo con su inteligencia, a la vez que aspira a lograr su realización y felicidad? Como es sabido, existen diversos grados en esta «felicidad». Su expresión más noble es la alegría o «felicidad» en sentido estricto, cuando el hombre, a nivel de sus facultades superiores, encuentra su satisfacción en la posesión de un bien conocido y amado (2). De esta manera el hombre experimenta la alegría cuando se halla en armonía con la naturaleza y sobre todo la experimenta en el encuentro, la participación y la comunión con los demás. Con mayor razón conoce la alegría y felicidad espirituales cuando su espíritu entra en posesión de Dios, conocido y amado como bien supremo e inmutable (3). Poetas, artistas, pensadores, hombres y mujeres simplemente disponibles a una cierta luz interior, pudieron, antes de la venida de Cristo, y pueden en nuestros días, experimentar de alguna manera la alegría de Dios.

 

7. Pero ¿cómo no ver a la vez que la alegría es siempre imperfecta, frágil, quebradiza? Por una extraña paradoja, la misma conciencia de lo que constituye, más allá de todos los placeres transitorios, la verdadera felicidad, incluye también la certeza de que no hay dicha perfecta. La experiencia de la finitud, que cada generación vive por su cuenta, obliga a constatar y a sondear la distancia inmensa que separa la realidad del deseo de infinito.

 

8. Esta paradoja y esta dificultad de alcanzar la alegría parecen a Nos especialmente agudas en nuestros días. Y ésta es la razón de nuestro mensaje. La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría. Porque la alegría tienen otro origen. Es espiritual. El dinero, el confort, la higiene, la seguridad material no faltan con frecuencia; sin embargo, el tedio, la aflicción, la tristeza forman parte, por desgracia, de la vida de muchos. Esto llega a veces hasta la angustia y la desesperación que ni la aparente despreocupación ni el frenesí del gozo presente o los paraísos artificiales logran evitar. ¿Será que nos sentimos impotentes para dominar el progreso industrial y planificar la sociedad de una manera humana? ¿Será que el porvenir aparece demasiado incierto y la vida humana demasiado amenazada? ¿O no se trata más bien de soledad, de sed de amor y de compañía no satisfecha, de un vacío mal definido? Por el contrario, en muchas regiones, y a veces bien cerca de nosotros, el cúmulo de sufrimientos físicos y morales se hace oprimente: ¡tantos hambrientos, tantas víctimas de combates estériles, tantos desplazados! Estas miserias no son quizá más graves que las del pasado, pero toman una dimensión planetaria; son mejor conocidas, al ser difundidas por los medios de comunicación social, al menos tanto cuanto las experiencias de felicidad; ellas abruman las conciencias, sin que con frecuencia pueda verse una solución humana adecuada.

 

9. Sin embargo, esta situación no debería impedirnos hablar de la alegría, esperar la alegría. Es precisamente en medio de sus dificultades cuando nuestros contemporáneos tienen necesidad de conocer la alegría, de escuchar su canto. Nos compartimos profundamente la pena de aquellos sobre quienes la miseria y los sufrimientos de toda clase arrojan un velo de tristeza. Nos pensamos de modo especial en aquellos que se encuentran sin recursos, sin ayuda, sin amistad, que ven sus esperanzas humanas desvanecidas. Ellos están presentes más que nunca en nuestras oraciones y en nuestro afecto.

 

10. Nos no queremos abrumar a nadie. Antes al contrario, buscamos los remedios que sean capaces de aportar luz. A nuestro parecer tales remedios son de tres clases.

 

11. Los hombres evidentemente deberán unir sus esfuerzos para procurar al menos un mínimo de alivio, de bienestar, de seguridad, de justicia, necesarios para la felicidad de las numerosas poblaciones que carecen de ella. Tal acción solidaria es ya obra de Dios; y corresponde al mandamiento de Cristo. Ella procura la paz, restituye la esperanza, fortalece la comunión, dispone a la alegría para quien da y para quien recibe, porque hay más gozo en dar que en recibir (cf. Hech 20,35). ¡Cuántas veces os hemos invitado, hermanos e hijos amadísimos, a preparar con ardor una tierra más habitable y más fraternal; a realizar sin tardanza la justicia y la caridad para un desarrollo integral de todos! La Constitución conciliar Gaudium et spes, y otros numerosos documentos pontificios han insistido con razón sobre este punto. Aun cuando no es éste el tema que Nos abordamos en el presente documento, no puede olvidarse el deber primordial de amar al prójimo, sin el cual sería poco oportuno hablar de alegría.

 

12. Sería también necesario un esfuerzo paciente para aprender a gustar simplemente las múltiples alegrías humanas que el Creador pone en nuestro camino: la alegría exultante de la existencia y de la vida; la alegría del amor honesto y santificado; la alegría tranquilizadora de la naturaleza y del silencio; la alegría a veces austera del trabajo esmerado; la alegría y satisfacción del deber cumplido; la alegría transparente de la pureza, del servicio, del saber compartir; la alegría exigente del sacrificio. El cristiano podrá purificarlas, completarlas, sublimarlas: no puede despreciarlas. La alegría cristiana supone un hombre capaz de alegrías naturales. Frecuentemente, ha sido a partir de éstas como Cristo ha anunciado el Reino de los cielos.

 

13. Pero el tema de la presente Exhortación se sitúa más allá. Porque el problema nos parece de orden espiritual sobre todo. Es el hombre, en su alma, el que se encuentra sin recursos para asumir los sufrimientos y las miserias de nuestro tiempo. Éstas le abruman; tanto más cuanto que a veces no acierta a comprender el sentido de la vida; que no está seguro de sí mismo, de su vocación y destino trascendentes. Él ha desacralizado el universo y, ahora, la humanidad; ha cortado a veces el lazo vital que lo unía a Dios. El valor de las cosas, la esperanza, no están suficientemente asegurados. Dios le parece abstracto, inútil: sin que lo sepa expresar, le pesa el silencio de Dios. Sí, el frío y las tinieblas están en primer lugar en el corazón del hombre que siente la tristeza.

 

14. Se puede hablar aquí de la tristeza de los no creyentes, cuando el espíritu humano, creado a imagen y semejanza de Dios, y por tanto orientado instintivamente hacia Él como hacia su Bien supremo y único, queda sin conocerlo claramente, sin amarlo, y por tanto sin experimentar la alegría que aporta el conocimiento, aunque sea imperfecto, de Dios y sin la certeza de tener con Él un vínculo que ni la misma muerte puede romper. ¿Quién no recuerda las palabras de san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en Ti?»? (4)

 

15. El hombre puede verdaderamente entrar en la alegría acercándose a Dios y apartándose del pecado. Sin duda alguna «la carne y la sangre» son incapaces de conseguirlo (cf. Mt 16, 17). Pero la Revelación puede abrir esta perspectiva y la gracia puede operar esta conversión. Nuestra intención es precisamente invitaros a las fuentes de la alegría cristiana. ¿Cómo podríamos hacerlo sin ponernos nosotros mismos frente al designio de Dios y a la escucha de la Buena Nueva de su Amor?

 

II. Anuncio de la alegría cristiana en el Antiguo Testamento

 

16. La alegría cristiana es por esencia una participación espiritual de la alegría insondable, a la vez divina y humana, del Corazón de Jesucristo glorificado. Tan pronto como Dios Padre empieza a manifestar en la historia el designio amoroso que Él había formado en Jesucristo, para realizarlo en la plenitud de los tiempos (cf. Ef 1,9-10), esta alegría se anuncia misteriosamente en medio del Pueblo de Dios, aunque su identidad no es todavía desvelada.

 

17. Así Abrahán, nuestro Padre, elegido con miras al cumplimiento futuro de la Promesa, y esperando contra toda esperanza, recibe, en el nacimiento de su hijo Isaac, las primicias proféticas de esta alegría (cf. Gén 21,1-7; Rom 4,18). Tal alegría se encuentra como transfigurada a través de una prueba de muerte, cuando su hijo único le es devuelto vivo, prefiguración de la resurrección de Aquel que ha de venir: el Hijo único de Dios, prometido para un sacrificio redentor. Abrahán exultó ante el pensamiento de ver el Día de Cristo, el Día de la salvación: él «lo vio y se alegró» (Jn 8,56).

 

18. La alegría de la salvación se amplía y se comunica luego a lo largo de la historia profética del antiguo Israel. Ella se mantiene y renace indefectiblemente a través de pruebas trágicas debidas a las infidelidades culpables del pueblo elegido y a las persecuciones exteriores que buscaban separarlo de su Dios. Esta alegría siempre amenazada y renaciente, es propia del pueblo nacido de Abrahán.

 

19. Se trata siempre de una experiencia exultante de liberación y restauración —al menos anunciadas— que tienen su origen en el amor misericordioso de Dios para con su pueblo elegido, en cuyo favor Él cumple, por pura gracia y poder milagrosos, las promesas de la Alianza. Tal es la alegría de la Promesa mosaica, la cual es como figura de la liberación escatológica que sería realizada por Jesucristo en el contexto pascual de la nueva y eterna Alianza. Se trata también de la alegría actual, cantada tantas veces en los salmos: la de vivir con Dios y para Dios. Se trata finalmente y sobre todo, de la alegría gloriosa y sobrenatural, profetizada en favor de la nueva Jerusalén, rescatada del destierro y amada místicamente por Dios.

 

20. El sentido último de este desbordamiento inusitado del amor redentor no aparecerá sino en la hora de la nueva Pascua y del nuevo éxodo. Entonces el Pueblo de Dios será conducido, por medio de la muerte y resurrección de su Siervo doliente, de este mundo al Padre; de la Jerusalén figurativa de aquí abajo a la Jerusalén de lo alto: «Cuando tú estés abandonada, dolida y descuidada, yo te haré objeto de orgullo perennemente y motivo de alegría de edad en edad... Como un joven toma por esposa a una virgen, así tu autor te desposará, y como un marido se alegra de su esposa, tu Dios se alegrará de ti» (Is 60,15; 62,5; cf. Gál 3,27; Ap 21,1-4).

 

III. La alegría en el Nuevo Testamento

 

21. Estas maravillosas promesas han sostenido, a lo largo de los siglos y en medio de las más terribles pruebas, la esperanza mística del antiguo Israel. Éste a su vez las ha transmitido a la Iglesia de Cristo; de manera que le somos deudores de algunos de los más puros acentos de nuestro canto de alegría. Y sin embargo, a la luz de la fe y de la experiencia cristiana del Espíritu, esta paz que es un don de Dios y que va en constante aumento como un torrente arrollador, hasta tanto que llega el tiempo de la «consolación» (cf. Is 40,1; 66,13), está vinculada a la venida y a la presencia de Cristo.

 

22. Nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor. El gran gozo anunciado por el ángel, la noche de Navidad, lo será de verdad para todo el pueblo (cf. Lc 8,10), tanto para el de Israel que esperaba con ansia un Salvador, como para el pueblo innumerable de todos aquellos que, en el correr de los tiempos, acogerán su mensaje y se esforzarán por vivirlo. Fue la Virgen María la primera en recibir el anuncio del ángel Gabriel y su Magnificat era ya el himno de exultación de todos los humildes. Los misterios gozosos nos sitúan así, cada vez que recitamos el Rosario, ante el acontecimiento inefable, centro y culmen de la historia: la venida a la tierra del Emmanuel, Dios con nosotros. Juan Bautista, cuya misión es la de mostrarlo a Israel, había saltado de gozo en su presencia, cuando aún estaba en el seno de su madre (cf. Lc 1,44). Cuando Jesús da comienzo a su ministerio, Juan «se llena de alegría por la voz del Esposo» (Jn 3,29).

 

23. Hagamos ahora un alto para contemplar la persona de Jesús, en el curso de su vida terrena. Él ha experimentado en su humanidad todas nuestras alegrías. Él, palpablemente, ha conocido, apreciado, ensalzado toda una gama de alegrías humanas, de esas alegrías sencillas y cotidianas que están al alcance de todos. La profundidad de su vida interior no ha desvirtuado la claridad de su mirada, ni su sensibilidad. Admira los pajarillos del cielo y los lirios del campo. Su mirada abarca en un instante cuanto se ofrecía a la mirada de Dios sobre la creación en el alba de la historia. Él exalta de buena gana la alegría del sembrador y del segador; la del hombre que halla un tesoro escondido; la del pastor que encuentra la oveja perdida o de la mujer que halla la dracma; la alegría de los invitados al banquete, la alegría de las bodas; la alegría del padre cuando recibe a su hijo, al retorno de una vida de pródigo; la de la mujer que acaba de dar a luz un niño. Estas alegrías humanas tienen para Jesús tanta mayor consistencia en cuanto son para Él signos de las alegrías espirituales del Reino de Dios: alegría de los hombres que entran en este Reino, vuelven a él o trabajan en él, alegría del Padre que los recibe. Por su parte, el mismo Jesús manifiesta su satisfacción y su ternura, cuando se encuentra con los niños deseosos de acercarse a Él, con el joven rico, fiel y con ganas de ser perfecto; con amigos que le abren las puertas de su casa como Marta, María y Lázaro.

 

Su felicidad mayor es ver la acogida que se da a la Palabra, la liberación de los posesos, la conversión de una mujer pecadora y de un publicano como Zaqueo, la generosidad de la viuda. Él mismo se siente inundado por una gran alegría cuando comprueba que los más pequeños tienen acceso a la revelación del Reino, cosa que queda escondida a los sabios y prudentes (cf. Lc 10,21). Sí, «habiendo Cristo compartido en todo nuestra condición humana, menos en el pecado» (5), Él ha aceptado y gustado las alegrías afectivas y espirituales, como un don de Dios. Y no se concedió tregua alguna hasta que no «hubo anunciado la salvación a los pobres, a los afligidos el consuelo» (cf. Lc 14,18). El evangelio de Lucas abunda de manera particular en esta semilla de alegría. Los milagros de Jesús, las palabras del perdón son otras tantas muestras de la bondad divina: la gente se alegraba por tantos portentos como hacía (cf. Lc 13,17) y daba gloria a Dios. Para el cristiano, como para Jesús, se trata de vivir las alegrías humanas, que el Creador le regala, en acción de gracias al Padre.

 

24. Aquí nos interesa destacar el secreto de la insondable alegría que Jesús lleva dentro de sí y que le es propia. Es sobre todo el evangelio de san Juan el que nos descorre el velo, descubriéndonos las palabras íntimas del Hijo de Dios hecho hombre. Si Jesús irradia esa paz, esa seguridad, esa alegría, esa disponibilidad, se debe al amor inefable con que se sabe amado por su Padre. Después de su bautismo a orillas del Jordán, este amor, presente desde el primer instante de su Encarnación, se hace manifiesto: «Tú eres mi hijo amado, mi predilecto» (Lc 3,22). Esta certeza es inseparable de la conciencia de Jesús. Es una presencia que nunca lo abandona (cf. Jn 16,32). Es un conocimiento íntimo el que lo colma: «El Padre me conoce y yo conozco al Padre» (Jn 10,15). Es un intercambio incesante y total: «Todo lo que es mío es tuyo, y todo lo que es tuyo es mío» (Jn 17,19). El Padre ha dado al Hijo el poder de juzgar y de disponer de la vida. Entre ellos se da una inhabitación recíproca: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí» (Jn 14,10). En correspondencia, el Hijo tiene para con el Padre un amor sin medida: «Yo amo al Padre y procedo conforme al mandato del Padre» (Jn 14,31). Hace siempre lo que place al Padre, es ésta su «comida» (cf. Jn 8,29; 4,34). Su disponibilidad llega hasta la donación de su vida humana, su confianza hasta la certeza de recobrarla: «Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida, para recobrarla de nuevo» (Jn 10,17). En este sentido, Él se alegra de ir al Padre. No se trata, para Jesús, de una toma de conciencia efímera: es la resonancia, en su conciencia de hombre, del amor que Él conoce desde siempre, en cuanto Dios, en el seno de Padre: «Tú me has amado antes de la creación del mundo» (Jn 17,24). Existe una relación incomunicable de amor, que se confunde con su existencia de Hijo y que constituye el secreto de la vida trinitaria: el Padre aparece en ella como el que se da al Hijo, sin reservas y sin intermitencias, en un palpitar de generosidad gozosa, y el Hijo, como el que se da de la misma manera al Padre con un impulso de gozosa gratitud, en el Espíritu Santo.

 

25. De ahí que los discípulos y todos cuantos creen en Cristo, estén llamados a participar de esta alegría. Jesús quiere que sientan dentro de sí su misma alegría en plenitud: «Yo les he revelado tu nombre, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y también yo esté en ellos» (Jn 17,26).

 

26. Esta alegría de estar dentro del amor de Dios comienza ya aquí abajo. Es la alegría del Reino de Dios. Pero es una alegría concedida a lo largo de un camino escarpado, que requiere una confianza total en el Padre y en el Hijo, y dar una preferencia a las cosas del Reino. El mensaje de Jesús promete ante todo la alegría, esa alegría exigente; ¿no se abre con las bienaventuranzas? «Dichosos vosotros los pobres, porque el Reino de los cielos es vuestro. Dichosos vosotros los que ahora pasáis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos vosotros, los que ahora lloráis, porque reiréis» (Lc 6,20-21).

 

27. Misteriosamente, Cristo mismo, para desarraigar del corazón del hombre el pecado de suficiencia y manifestar al Padre una obediencia filial y completa, acepta morir a manos de los impíos (cf. Hech 2,23), morir sobre una cruz. Pero el Padre no permitió que la muerte lo retuviese en su poder. La resurrección de Jesús es el sello puesto por el Padre sobre el valor del sacrificio de su Hijo; es la prueba de la fidelidad del Padre, según el deseo formulado por Jesús antes de entrar en su pasión: «Padre, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique» (Jn 17,1). Desde entonces Jesús vive para siempre en la Gloria del Padre, y por esto mismo los discípulos se sintieron arrebatados por una alegría imperecedera al ver al Señor, el día de Pascua.

 

28. Sucede que, aquí abajo, la alegría del Reino hecha realidad, no puede brotar más que de la celebración conjunta de la muerte y resurrección del Señor. Es la paradoja de la condición cristiana que esclarece singularmente la de la condición humana: ni las pruebas, ni los sufrimientos quedan eliminados de este mundo, sino que adquieren un nuevo sentido, ante la certeza de compartir la redención llevada a cabo por el Señor y de participar en su gloria. Por eso el cristiano, sometido a las dificultades de la existencia común, no queda sin embargo reducido a buscar su camino a tientas, ni a ver en la muerte el fin de sus esperanzas. En efecto, como ya lo anunciaba el profeta: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo» (Is 9,1-2). El Exsultet del pregón pascual canta un misterio realizado por encima de las esperanzas proféticas: en el anuncio gozoso de la resurrección, la pena misma del hombre se halla transfigurada, mientras que la plenitud de la alegría surge de la victoria del Crucificado, de su Corazón traspasado, de su Cuerpo glorificado, y esclarece las tinieblas de las almas: «Et nox illuminatio mea in deliciis meis» (6).

 

29. La alegría pascual no es solamente la de una transfiguración posible: es la de una nueva presencia de Cristo resucitado, dispensando a los suyos el Espíritu, para que habite en ellos. Así el Espíritu Paráclito es dado a la Iglesia como principio inagotable de su alegría de esposa de Cristo glorificado. Él lo envía de nuevo para recordar, mediante el ministerio de gracia y de verdad ejercido por los sucesores de los Apóstoles, la enseñanza misma del Señor. El suscitó en la Iglesia la vida divina y el apostolado. Y el cristiano sabe que este Espíritu no se extinguirá jamás en el curso de la historia. La fuente de esperanza manifestada en Pentecostés no se agotará.

 

30. El Espíritu que procede del Padre y del Hijo, de quienes es el amor mutuo viviente, es, pues, comunicado al Pueblo de la nueva Alianza y a cada alma que se muestre disponible a su acción íntima. El hace de nosotros su morada, dulce huésped del alma (7). Con Él habitan en el corazón del hombre el Padre y el Hijo (cf. Jn 14,23). El Espíritu Santo suscita en el hombre una oración filial, que brota de lo más profundo del alma, y que se expresa en alabanza, acción de gracias, expiación y súplica. Entonces podemos gustar la alegría propiamente espiritual, que es fruto del Espíritu Santo (cf. Rom 14,17; Gál 5,22): consiste esta alegría en que el espíritu humano halla reposo y una satisfacción íntima en la posesión de Dios trino, conocido por la fe y amado con la caridad que proviene de Él. Esta alegría caracteriza por tanto todas las virtudes cristianas. Las pequeñas alegrías humanas que constituyen en nuestra vida como la semilla de una realidad más alta, quedan transfiguradas. Esta alegría espiritual, aquí abajo, incluirá siempre en alguna medida la dolorosa prueba de la mujer en trance de dar a luz, y un cierto abandono aparente, parecido al del huérfano: lágrimas y gemidos, mientras que el mundo hará alarde de satisfacción, falsa en realidad. Pero la tristeza de los discípulos, que es según Dios y no según el mundo, se trocará pronto en una alegría espiritual que nadie podrá arrebatarles (cf. Jn 16,20-22; 2 Cor 1,4; 7,4-6).

 

31. He ahí el estatuto de la existencia cristiana y muy en particular de la vida apostólica. Ésta, al estar animada por un amor apremiante del Señor y de los hermanos, se desenvuelve necesariamente bajo el signo del sacrificio pascual, yendo por amor a la muerte y por la muerte a la vida y al amor. De ahí la condición del cristiano, y en primer lugar del apóstol que debe convertirse en el «modelo del rebaño» (1 Pe 5,3) y asociarse libremente a la pasión del Redentor. Ella corresponde de este modo a lo que había sido definido en el evangelio como la ley de la bienaventuranza cristiana en continuidad con el destino de los profetas: «Dichosos vosotros si os insultan, os persiguen y os calumnian de cualquier modo por causa mía. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos: fue así como persiguieron a los profetas que os han precedido» (Mt 5,11-12).

 

32. Desafortunadamente no nos faltan ocasiones para comprobar, en nuestro siglo tan amenazado por la ilusión del falso bienestar, la incapacidad «psíquica» del hombre para acoger «lo que es del Espíritu de Dios: es una locura y no lo puede conocer, porque es con el espíritu como hay que juzgarlo» (1 Cor 2, 14). El mundo —que es incapaz de recibir el Espíritu de Verdad, que no le ve ni le conoce— no percibe más que una cara de las cosas. Considera solamente la aflicción y la pobreza del espíritu, mientras éste en lo más profundo de sí mismo siente siempre alegría porque está en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo.

 

IV. La alegría en el corazón de los santos

 

33. Ésta es, amadísimos hermanos e hijos, la gozosa esperanza que brota de la fuente misma de la Palabra de Dios. Desde hace veinte siglos esta fuente de alegría no ha cesado de manar en la Iglesia y especialmente en el corazón de los santos. Vamos a sugerir ahora algunos ecos de esta experiencia espiritual, que ilustra, según los carismas peculiares y las vocaciones diversas, el misterio de la alegría cristiana.

 

34. El primer puesto corresponde a la Virgen María, llena de gracia, la Madre del Salvador. Acogiendo el anuncio de lo alto, sierva del Señor, esposa del Espíritu Santo, madre del Hijo eterno, ella deja desbordar su alegría ante su prima Isabel que alaba su fe: «Mi alma engrandece al Señor y exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador... Por eso, todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1,46-48). Ella, mejor que ninguna otra criatura, ha comprendido que Dios hace maravillas: su Nombre es santo, muestra su misericordia, ensalza a los humildes, es fiel a sus promesas. Sin que el discurrir aparente de su vida salga del curso ordinario, medita hasta los más pequeños signos de Dios, guardándolos dentro de su corazón; y no es que haya sido eximida de los sufrimientos: ella está presente al pie de la cruz, asociada de manera eminente al sacrificio del Siervo inocente, como madre de dolores. Pero ella está a la vez abierta sin reserva a la alegría de la Resurrección; también ha sido elevada, en cuerpo y alma, a la gloria del cielo. Primera redimida, inmaculada desde el momento de su concepción, morada incomparable del Espíritu, habitáculo purísimo del Redentor de los hombres, ella es al mismo tiempo la Hija amadísima de Dios y, en Cristo, la Madre universal. Ella es el tipo perfecto de la Iglesia terrestre y glorificada. Qué maravillosas resonancias adquieren en su singular existencia de Virgen de Israel las palabras proféticas relativas a la nueva Jerusalén: «Altamente me gozaré en el Señor y mi alma saltará de júbilo en mi Dios, porque me vistió de vestiduras de salvación y me envolvió en manto de justicia, como esposo que se ciñe la frente con diadema, y como esposa que se adorna con sus joyas» (Is 61,10). Junto con Cristo, ella recapitula todas las alegrías, vive la perfecta alegría prometida a la Iglesia: «Mater plena sanctae laetitiae» y, con toda razón, sus hijos de la tierra, volviendo los ojos hacia la madre de la esperanza y madre de la gracia, la invocan como causa de su alegría: «Causa nostrae laetitiae».

 

35. Después de María, la expresión de la alegría más pura y ardiente la encontramos allá donde la Cruz de Jesús es abrazada con el más fiel amor, en los mártires, a quienes el Espíritu Santo inspira, en el momento crucial de la prueba, una espera apasionada de la venida del Esposo. San Esteban, que muere viendo los cielos abiertos, no es sino el primero de los innumerables testigos de Cristo. También en nuestros días y en numerosos países, cuántos son los que, arriesgando todo por Cristo, podrían afirmar como el mártir san Ignacio de Antioquía: «Con gran alegría os escribo, deseando morir. Mis deseos terrestres han sido crucificados y ya no existe en mí una llama para amar la materia, sino que hay en mí un agua viva que murmura y dice dentro de mí: "Ven hacia el Padre"» (8).

 

36. Asimismo, la fuerza de la Iglesia, la certeza de su victoria, su alegría al celebrar el combate de los mártires, brota al contemplar en ellos la gloriosa fecundidad de la cruz. Por eso nuestro predecesor san León Magno, exaltando desde esta Sede romana el martirio de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, exclama: «Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus santos y ninguna clase de crueldad puede destruir una religión fundada sobre el misterio de la Cruz de Cristo. La Iglesia no es empequeñecida sino engrandecida por las persecuciones; y los campos del Señor se revisten sin cesar con más ricas mieses cuando los granos, caídos uno a uno, brotan de nuevo multiplicados» (9).

 

37. Pero existen muchas moradas en la casa del Padre y, para quienes el Espíritu Santo abrasa el corazón, muchas maneras de morir a sí mismos y de alcanzar la santa alegría de la resurrección. La efusión de sangre no es el único camino. Sin embargo, el combate por el Reino incluye necesariamente la experiencia de una pasión de amor, de la que han sabido hablar maravillosamente los maestros espirituales. Y en este campo sus experiencias interiores se encuentran, a través de la diversidad misma de tradiciones místicas, tanto en Oriente como en Occidente. Todas presentan el mismo recorrido del alma, «per crucem ad lucem», y de este mundo al Padre, en el soplo vivificador del Espíritu.

 

38. Cada uno de estos maestros espirituales nos ha dejado un mensaje sobre la alegría. En los Padres orientales abundan los testimonios de esta alegría en el Espíritu. Orígenes, por ejemplo, ha descrito en muchas ocasiones la alegría de aquel que alcanza el conocimiento íntimo de Jesús: su alma es entonces inundada de alegría como la del viejo Simeón. En el templo que es la Iglesia, estrecha a Jesús en sus brazos. Goza de la plenitud de la salvación teniendo a Aquel en quien Dios reconcilia al mundo (10). En la Edad Media, entre otros muchos, un maestro espiritual del Oriente, Nicolás Cabasilas, se esfuerza por demostrar cómo el amor de Dios de suyo procura la alegría más grande (11). En Occidente es suficiente citar algunos nombres entre aquellos que han hecho escuela en el camino de la santidad y de la alegría: san Agustín, san Bernardo, santo Domingo, san Ignacio de Loyola, san Juan de la Cruz, santa Teresa de Ávila, san Francisco de Sales, san Juan Bosco.

 

39. Deseamos evocar muy especialmente tres figuras, muy atrayentes también hoy para todo el pueblo cristiano. En primer lugar el pobrecillo de Asís, cuyas huellas se esfuerzan en seguir muchos peregrinos del Año Santo. Habiendo dejado todo por el Señor, él encuentra, gracias a la santa pobreza, algo -por así decir- de aquella bienaventuranza con que el mundo salió intacto de las manos del Creador. En medio de las mayores privaciones, medio ciego, él pudo cantar el inolvidable Cántico de las Criaturas, la alabanza a nuestro hermano Sol, a la naturaleza entera, convertida para él en un transparente y puro espejo de la gloria divina, así como la alegría ante la venida de «nuestra hermana la muerte corporal»: «Bienaventurados aquellos que se hayan conformado a tu santísima voluntad...».

 

40. En tiempos más recientes, santa Teresa de Lisieux nos indica el camino valeroso del abandono en las manos de Dios, a quien ella confía su pequeñez. Sin embargo, no por eso ignora el sentimiento de la ausencia de Dios, cuya dura experiencia ha hecho, a su manera, nuestro siglo: «A veces le parece a este pajarito (a quien ella se compara) no creer que exista otra cosa sino las nubes que lo envuelven... Es el momento de la alegría perfecta para el pobre, pequeño y débil ser... Qué dicha para él permanecer allí y fijar la mirada en la luz invisible que se oculta a su fe» (12).

 

41. Finalmente, ¿cómo no mencionar la imagen luminosa para nuestra generación del ejemplo del bienaventurado Maximiliano Kolbe, discípulo genuino de San Francisco? En medio de las más trágicas pruebas que ensangrentaron nuestra época, él se ofrece voluntariamente a la muerte para salvar a un hermano desconocido; y los testigos nos cuentan que su paz interior, su serenidad y su alegría convirtieron de alguna manera aquel lugar de sufrimiento, que era como una imagen del infierno para sus pobres compañeros y para él mismo, en la antesala de la vida eterna.

 

42. En la vida de los hijos de la Iglesia, esta participación en la alegría del Señor es inseparable de la celebración del misterio eucarístico, en donde comen y beben su Cuerpo y su Sangre. Así sustentados, como los caminantes, en el camino de la eternidad, reciben ya sacramentalmente las primicias de la alegría escatológica.

 

43. Puesta en esta perspectiva, la alegría amplia y profunda derramada ya en la tierra dentro del corazón de los verdaderos fieles, no puede menos de revelarse como «diffusivum sui», lo mismo que la vida y el amor de los que es un síntoma gozoso. La alegría es el resultado de una comunión humano-divina cada vez más universal. De ninguna manera podría incitar a quien la gusta a una actitud de repliegue sobre sí mismo. Procura al corazón una apertura católica hacia el mundo de los hombres, al mismo tiempo que los hiere con la nostalgia de los bienes eternos. En los que la adoptan ahonda la conciencia de su condición de destierro, pero los preserva de la tentación de abandonar su puesto de combate por el advenimiento del Reino. Los hace encaminarse con premura hacia la consumación celestial de las Bodas del Cordero. Está serenamente tensa entre el tiempo de las fatigas terrestres y la paz de la Morada eterna, conforme a la ley de gravitación del Espíritu: «Si pues, por haber recibido estas arras (del espíritu filial), gritamos ya desde ahora: "Abba, Padre", ¿qué será cuando, resucitados, lo veamos cara a cara, cuando todos los miembros en desbordante marea prorrumpirán en un himno de júbilo, glorificando a Aquel que los ha resucitado de entre los muertos y premiado con la vida eterna? Porque si ahora las simples arras, envolviendo completamente en ellas al hombre, le hacen gritar: "Abba, Padre", ¿qué no hará la gracia plena del Espíritu, cuando Dios la haya dado a los hombres? Ella nos hará semejantes a Él y dará cumplimiento a la voluntad del Padre, porque ella hará al hombre a imagen y semejanza de Dios» (13). Ya desde ahora, los santos nos ofrecen una pregustación de esta semejanza.

 

V. Una alegría para todo el pueblo

 

44. Al escuchar esta voz múltiple y unánime de los santos, ¿no habremos olvidado la condición presente de la sociedad humana, aparentemente tan poco dispuesta al cultivo de los bienes sobrenaturales? ¿No habremos estimado en demasía las aspiraciones espirituales de los cristianos de este tiempo? ¿No habremos reservado nuestra exhortación a un pequeño número de sabios y prudentes? No podemos olvidar que el Evangelio ha sido anunciado en primer lugar a los pobres y a los humildes, con su esplendor tan sencillo y su contenido plenario.

 

45. Si hemos evocado este panorama luminoso de la alegría cristiana, no es que hayamos pensado en absoluto en desanimar a ninguno de vosotros, amadísimos hermanos e hijos, que sentís vuestro corazón dividido cuando os llega la llamada de Dios. Al contrario, Nos sentimos que nuestra alegría, lo mismo que la vuestra, no será completa si no miramos juntos, con plena confianza, hacia «el autor y consumador de la fe, Jesús; el cual, en vez del gozo que se le ofrecía soportó la cruz, sin hacer caso de la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios. Traed, pues, a vuestra consideración al que soportó la contradicción de los pecadores contra sí mismo para que no decaigáis de ánimo rendidos por la fatiga» (Heb 12,2-3).

 

46. La invitación dirigida por Dios Padre a participar plenamente en la alegría de Abrahán, en la fiesta eterna de las Bodas del Cordero, es una llamada universal. Cada hombre, con tal que se muestre atento y disponible, la puede percibir en lo hondo de su corazón, muy especialmente durante este Año Santo en que la Iglesia abre a todos, de manera más abundante, los tesoros de la misericordia de Dios. «Pues para vosotros, hijos, es la Promesa; como también para cuantos están ahora lejos, y serán llamados por el Señor nuestro Dios» (Hech 2,39).

 

47. Nos no podemos pensar en el Pueblo de Dios de una manera abstracta. Nuestra mirada se dirige primeramente al mundo de los niños. Sólo cuando ellos encuentran en el amor de los que les rodean la seguridad que necesitan, adquieren capacidad de recepción, de maravilla, de confianza, de espontaneidad, y son aptos para la alegría evangélica. Quien quiera entrar en el Reino, nos dice Jesús, debe primeramente hacerse como ellos (cf. Mt 10,14-15). Nos dirigimos especialmente a todos aquellos que tienen responsabilidad familiar, profesional, social. El peso de sus cargas, en un mundo que cambia con rapidez, les priva con frecuencia de la posibilidad de gustar las alegrías cotidianas. Sin embargo, éstas existen. El Espíritu Santo desea ayudarles a descubrirlas de nuevo, a purificarlas, a compartirlas.

 

48. Pensamos en el mundo del dolor, en todos aquellos que están llegando al ocaso de su vida. La alegría de Dios llama a la puerta de sus sufrimientos físicos y morales no ciertamente como por una ironía, sino para realizar allí su casi increíble obra de transfiguración.

 

49. Nuestro espíritu y nuestro corazón se dirigen igualmente hacia todos aquellos que viven más allá de la esfera visible del Pueblo de Dios. Al poner su vida en consonancia con las llamadas más hondas de sus conciencias, eco de la voz de Dios, se hallan en el camino de la alegría.

 

50. Pero el Pueblo de Dios no puede avanzar sin guías. Éstos son los pastores, los teólogos, los maestros del espíritu, los sacerdotes y aquellos que cooperan con ellos en la animación de las Comunidades cristianas. Su misión es ayudar a sus hermanos a escoger los senderos de la alegría evangélica, en medio de las realidades que constituyen su vida y de las que no pueden escapar.

 

51. Sí, el amor inmenso de Dios es el que llama a convergir hacia la Ciudad celeste a todos aquellos que llegan desde distintos puntos del horizonte, sean quienes sean, en este tiempo del Año Santo, estén cercanos o lejanos todavía. Y puesto que todos los indicados —en una palabra, todos nosotros— son de algún modo pecadores, es necesario hoy día dejar de endurecer nuestro corazón, para escuchar la voz del Señor y acoger la propuesta del gran perdón, tal como lo anuncia Jeremías: «Los purificaré de toda iniquidad con la que pecaron contra mí y con la que me han sido infieles. Jerusalén será para mí gozo, honor y gloria entre todas las naciones de la tierra» (Jer 33,8-9). Y como esta promesa de perdón, igual que otras muchas, adquieren su definitivo sentido en el sacrificio redentor de Jesús, el Siervo doliente, es Él, y solamente Él, quien puede decirnos en este momento crucial de la vida de la humanidad: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). El Señor quiere sobre todo hacernos comprender que la conversión que se pide no es en absoluto un paso hacia atrás, como sucede cuando se peca. Por el contrario, la conversión es una puesta en marcha, una promoción en la verdadera libertad y en la alegría. Es respuesta a una invitación que proviene de Él, amorosa, respetuosa y urgente a la vez: «Venid a mí cuantos andáis fatigados y abrumados de carga, y yo os aliviaré. Tomad y cargad mi yugo; haceos discípulos míos, pues yo soy de benigno y humilde corazón; y hallaréis reposo para vuestras almas» (Mt 11,28-29).

 

52. En efecto, ¿qué carga más abrumadora que la del pecado? ¿Qué miseria más solitaria que la del hijo pródigo, descrita por el evangelista san Lucas? Por el contrario, ¿qué encuentro más emocionante que el del Padre, paciente y misericordioso, y el del hijo que vuelve a la vida? «Habrá en el cielo más gozo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc 15,7). Ahora bien, ¿quién está sin pecado, a excepción de Cristo y de su Madre inmaculada? Así, con su invitación a descubrir al Padre mediante el arrepentimiento, el Año Santo —promesa de reconciliación para todo el Pueblo— es también una llamada a descubrir de nuevo el sentido y la práctica del sacramento de la Reconciliación. Siguiendo los pasos de la mejor tradición espiritual, Nos recordamos a los fieles y a sus pastores que la acusación de las faltas graves es necesaria y que la confesión frecuente sigue siendo una fuente privilegiada de santidad, de paz y de alegría.

 

VI. La alegría y la esperanza en el corazón de los jóvenes

 

53. Sin quitar nada al fervor de nuestro mensaje dirigido a todo el Pueblo de Dios, deseamos dedicar unas palabras especiales al mundo de los jóvenes, y ello con una particular esperanza.

 

54. Si, en efecto, la Iglesia, regenerada por el Espíritu Santo, constituye en cierto sentido la verdadera juventud del mundo, en cuanto permanece fiel a su ser y a su misión ¿cómo podría ella no reconocerse espontáneamente, y con preferencia, en la figura de aquellos que se sienten portadores de vida y de esperanza, y comprometidos en asegurar el futuro de la historia presente? Y, a la inversa, ¿cómo aquellos que en cada vicisitud de esta historia perciben en sí mismos con más intensidad el impulso de la vida, la espera de lo que va a venir, la exigencia de verdadera renovación no van a estar secretamente en armonía con una Iglesia animada por el Espíritu de Cristo? ¿Cómo no van a esperar de ella la comunicación de su secreto de permanente juventud, y por tanto, la alegría de su propia juventud?

 

55. Nos creemos que existe, de derecho y de hecho, dicha correspondencia, no siempre visible, pero ciertamente profunda, a pesar de numerosas contrariedades contingentes. Por eso, en esta Exhortación sobre la alegría cristiana, la mente y el corazón nos invitan a volver de nuevo con decisión hacia los jóvenes de nuestro tiempo. Lo hacemos en nombre de Cristo y de su Iglesia, que Él mismo quiere, a pesar de las debilidades humanas, «radiante, sin mancha, ni arruga, ni nada parecido; sino santa e inmaculada» (Ef 5,27).

 

56. Al hacer esto, no cedemos a un culto sentimental. Considerada solamente desde el punto de vista de la edad, la juventud es algo efímero. Las alabanzas que de ella se hacen se convierten rápidamente en nostálgicas o irrisorias. Pero no sucede lo mismo en lo que concierne al sentido espiritual de este momento de gracia que es la juventud auténticamente vivida. Lo que llama nuestra atención es esencialmente la correspondencia, transitoria y amenazada ciertamente, pero por eso mismo significativa y llena de generosas promesas, entre el vuelo de un ser que se abre naturalmente a las llamadas y exigencias de su alto destino de hombre y el dinamismo del Espíritu Santo, de quien la Iglesia recibe inagotablemente su propia juventud, su fidelidad sustancial a sí misma y, en el seno de esta fidelidad, su viviente creatividad. Del encuentro entre el ser humano que tiene, durante algunos años decisivos, la disponibilidad de la juventud, y la Iglesia en su juventud espiritual permanente, nace necesariamente, por una y otra parte, una alegría de alta cualidad y una promesa de fecundidad.

 

57. La Iglesia como Pueblo de Dios peregrinante hacia el reino futuro, ha de poder perpetuarse y por consiguiente renovarse a través de las generaciones humanas: esto es para ella una condición de fecundidad y hasta simplemente de vida. Tiene, pues, su importancia el que, en cada momento de su historia, la generación que nace escuche de algún modo la esperanza de las generaciones precedentes, la esperanza misma de la Iglesia, que es la de transmitir sin fin el don de Dios, Verdad y Vida. Por esto, en cada generación, los jóvenes cristianos tienen que ratificar, con plena conciencia e incondicionalmente, la alianza contraída por ellos en el sacramento del bautismo, y reforzada en el sacramento de la confirmación.

 

58. A este respecto, esta nuestra época de profundas mutaciones no pasa sin graves dificultades para la Iglesia. Nos tenemos viva conciencia de ello, Nos que tenemos, junto con todo el Colegio episcopal, «el cuidado de todas las Iglesias» (2 Cor 11,28) y la preocupación de su próximo futuro. Pero consideramos al mismo tiempo, a la luz de la fe y de «la esperanza que no decepciona» (cf. Rom 5,5), que la gracia no faltará al Pueblo cristiano. Ojalá no falte éste a la gracia y no renuncie, como algunos están tentados a hacerlo hoy día, a la herencia de verdad y de santidad que ha llegado hasta este momento decisivo de su historia secular. Y —se trata precisamente de esto— creemos tener todas las razones para dar confianza a la juventud cristiana: ésta no dejará defraudada a la Iglesia si dentro de ella encuentra suficientes personas maduras, capaces de comprenderla, amarla, guiarla y abrirle un futuro, transmitiéndole con toda fidelidad la Verdad que no pasa. Entonces ocurrirá que nuevos obreros, resueltos y fervientes, entrarán a su vez a trabajar espiritual y apostólicamente en los campos en sazón para la siega. Entonces sembrador y segador compartirán la misma alegría del Reino (cf. Jn 4,35-36).

 

59. En efecto, nos parece que la presente crisis del mundo, caracterizada por un gran desconcierto de muchos jóvenes, denuncia por una parte un aspecto senil, definitivamente anacrónico, de una civilización mercantil, hedonista, materialista, que intenta aún ofrecerse como portadora del futuro. Contra esa ilusión, la reacción instintiva de numerosos jóvenes, reviste, dentro de sus mismos excesos, una cierta significación. Esta generación está esperando otra cosa. Habiéndose privado, de pronto, de tutelas tradicionales después de haber sentido la amarga decepción de la vanidad y el vacío espiritual de falsas novedades, de ideologías ateas, de ciertos misticismos deletéreos ¿no llegará a descubrir o encontrar la novedad segura e inalterable del misterio divino revelado en Cristo Jesús? ¿No es verdad que éste, utilizando la bella fórmula de san Ireneo, ha aportado toda clase de novedad con aportarnos su propia persona? (14).

 

60. Es ésta la razón por la que sentimos el placer de dedicar más expresamente a vosotros, jóvenes cristianos de este tiempo y promesa de la Iglesia del mañana, esta celebración de la alegría espiritual. Os invitamos cordialmente a haceros más atentos a las llamadas interiores que surgen en vosotros. Os invitamos con insistencia a levantar vuestros ojos, vuestro corazón, vuestras energías nuevas hacia lo alto, a aceptar el esfuerzo de las ascensiones del alma y queremos aseguraros esta certeza: puede ser tan deprimente y debilitante el prejuicio, hoy no poco difundido, de la impotencia de la mente humana para encontrar la Verdad permanente y vivificante como, por el contrario, es profunda y liberadora la alegría de la Verdad divina reconocida finalmente en la Iglesia: gaudium de Veritate (15). Esta alegría os es propuesta a vosotros. Ella se ofrece a quien la ama lo suficiente como para buscarla con obstinación. Disponiéndoos a aceptarla y a comunicarla, aseguráis al mismo tiempo vuestro propio perfeccionamiento según Cristo, y la próxima etapa histórica del Pueblo de Dios.

 

VII. La alegría del peregrino en este Año Santo

 

61. En este caminar de todo el Pueblo de Dios se inscribe naturalmente el Año Santo, con su peregrinar. La gracia del Jubileo se obtiene en efecto al precio de una puesta en marcha y de un caminar hacia Dios, en la fe, la esperanza y el amor. Al diversificar los medios y los momentos de este Jubileo, Nos hemos querido facilitar a cada uno todo lo que es posible. Lo esencial sigue siendo la decisión interior de responder a la llamada del Espíritu, de manera personal, como discípulos de Jesús, en cuanto hijos de la Iglesia católica y apostólica y según las intenciones de esta Iglesia. Lo demás pertenece al orden de los signos y de los medios. Sí, la peregrinación deseada es para el Pueblo de Dios en su conjunto y para cada persona en el seno de este Pueblo un movimiento, una Pascua, es decir, un paso hacia el lugar interior donde el Padre, el Hijo y el Espíritu lo acogen en su propia intimidad y unidad divina: «Si alguien me ama, dice Jesús, mi Padre le amará y vendremos a él y pondremos en él nuestra morada» (Jn 14,23). Lograr esta presencia supone constantemente una profundización de la verdadera conciencia de sí mismo como criatura y como Hijo de Dios.

 

62. ¿No es una renovación interior de este género la que ha querido fundamentalmente el reciente Concilio? (16) Ahora bien, se trata allí ciertamente de una obra del Espíritu, de un don de Pentecostés. Hay que reconocer también una intuición profética en nuestro predecesor Juan XXIII cuando preveía una especie de nuevo Pentecostés como fruto del Concilio (17). Nos mismo hemos querido situarnos en la misma perspectiva y en la misma espera.

 

No es que los efectos de Pentecostés hayan cesado de ser actuales a lo largo de la historia de la Iglesia, pero son tan grandes las necesidades y los peligros de este siglo, son tan vastos los horizontes de una humanidad conducida hacia una coexistencia mundial que luego se ve incapaz de realizar, que esa misma humanidad no puede tener salvación sino en una nueva efusión del don de Dios. Venga, pues, el Espíritu Creador a renovar la faz de la tierra.

 

63. Durante este Año Santo, os hemos invitado a hacer de manera real o espiritual, una peregrinación a Roma, es decir al centro de la Iglesia católica. Pero es evidente que Roma no constituye la meta final de nuestra peregrinación terrena. Ninguna ciudad santa constituye tal meta. Ésta se encuentra más allá de este mundo, en lo profundo del misterio de Dios, invisible todavía para nosotros; porque caminamos en la fe, no es una visión clara, y lo que seremos no se nos ha revelado todavía.

 

La nueva Jerusalén, de la que somos desde ahora ciudadanos e hijos (cf. Gál 4,26), desciende de lo alto, de Dios. Nosotros no hemos contemplado aún el esplendor de esa única cuidad definitiva, sino que lo entrevemos como en un espejo, de manera confusa, manteniendo con firmeza la palabra profética. Pero desde ahora somos ciudadanos de la misma o estamos convidados a serlo; toda peregrinación espiritual recibe su significado interior de este destino último.

 

64. Así sucede con la Jerusalén celebrada por los salmistas. Jesús mismo y María su Madre han cantado en la tierra, mientras subían hacia Jerusalén, los cánticos de Sión: «perfección de la hermosura, delicia de toda la tierra» (Sal 50,2; 48,3). Pero es de Cristo de quien, desde entonces, la Jerusalén de arriba recibe su atractivo, y hacia Él se dirige nuestra marcha interior.

 

65. Así sucede también con Roma, donde los santos apóstoles Pedro y Pablo derramaron su sangre como testimonios supremos. Su vocación es de origen apostólico y el ministerio que Nos debemos ejercer desde ella es un servicio en favor de la Iglesia entera y de la humanidad. Pero es un servicio insustituible porque quiso la Sabiduría divina colocar a la Roma de Pedro y Pablo en el camino, por así decir, que conduce a la Ciudad eterna, confiando a Pedro, que unifica en sí al Colegio Episcopal, las llaves del Reino de los cielos.

 

66. Lo que aquí vive, no por voluntad humana sino por libre y misericordiosa benevolencia del Padre, del Hijo y del Espíritu, es la solidez de Pedro, como la evoca nuestro predecesor San León Magno, en términos inolvidables: «San Pedro no cesa de presidir desde su Sede, y conserva una participación incesante con el Sumo Pontífice. La firmeza que él recibe de la Roca que es Cristo, convirtiéndose él mismo en Pedro, la transmite a su vez a sus herederos; y dondequiera que aparece alguna firmeza, se manifiesta de manera indudable la fuerza del Pastor (...). De ahí que esté en su pleno vigor y vida, en el Príncipe de los Apóstoles, aquel amor de Dios y de los hombres que no han logrado atemorizar ni la reclusión en el calabozo, ni las cadenas, ni las presiones de la muchedumbre, ni las amenazas de los reyes; y lo mismo sucede con su fe invencible, que no ha cedido en el combate ni se ha debilitado en la victoria» (18).

 

67. Nos deseamos que en todo tiempo, pero, más todavía durante la celebración del Año Santo, experimentéis vosotros con Nos, sea en Roma, sea en cualquier Iglesia consciente del deber de sintonizarse con la auténtica tradición conservada en Roma (19), «cuán bueno y hermoso es habitar juntos los hermanos» (Sal 133,1).

 

68. Alegría común, verdaderamente sobrenatural, don del Espíritu de unidad y de amor, y que no es posible de verdad sino donde la predicación de la fe es acogida íntegramente, según la norma apostólica. Porque esta fe, la Iglesia católica «aunque dispersa por el mundo entero, la guarda cuidadosamente, como si habitara en una sola casa, y cree en ella unánimemente, como si no tuviera más que un alma y un corazón; y con una concordancia perfecta, la predica, la enseña y la trasmite, como si no tuviera sino una sola boca» (20).

 

69. Esta «sola casa», este «corazón» y esta «alma» únicos, esta «sola boca», son indispensables a la Iglesia y a la humanidad en su conjunto, para que pueda elevarse permanentemente aquí abajo, en armonía con la Jerusalén de arriba, el cántico nuevo, el himno de la alegría divina. Y es la razón por la que Nos mismo debemos ser fiel, de manera humilde, paciente y obstinada, aunque sea en medio de la incomprensión de muchos, al encargo recibido del Señor de guiar su rebaño y de confirmar a los hermanos (cf. Lc 22,32). Pero, a la vez, de cuántas maneras nos sentimos confortado por nuestros hermanos y por el recuerdo de todos vosotros, para cumplir nuestra misión apostólica de servicio a la Iglesia universal, para gloria de Dios Padre.

 

Conclusión

 

70. En el curso de este Año Santo, hemos creído ser fiel a las inspiraciones del Espíritu Santo, pidiendo a los cristianos que vuelvan de este modo a las fuentes de la alegría.

 

71. Hermanos e hijos amadísimos: ¿No es normal que tengamos alegría dentro de nosotros, cuando nuestros corazones contemplan o descubren de nuevo, por la fe, sus motivos fundamentales? Estos son además sencillos: tanto amó Dios al mundo que le dio su único Hijo; por su Espíritu, su presencia no cesa de envolvernos con su ternura y de penetrarnos con su vida; vamos hacia la transfiguración feliz de nuestras existencias, siguiendo las huellas de la resurrección de Jesús. Sí, sería muy extraño que esta Buena Nueva, que suscita el aleluya de la Iglesia no nos diese un aspecto de salvados.

 

72. La alegría de ser cristiano, vinculado a la Iglesia «en Cristo», en estado de gracia con Dios, es verdaderamente capaz de colmar el corazón humano. ¿No es esta exultación profunda la que da un acento tan conmovedor al escrito de Blas Pascal: «Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría»? Y cuántos escritores muy recientes —pensamos por ejemplo en Georges Bernanos— saben expresar en una nueva forma esta alegría evangélica de los humildes, que brilla por todas partes en un mundo que habla del silencio de Dios.

 

73. La alegría nace siempre de una cierta visión acerca del hombre y de Dios. «Si tu ojo está sano todo tu cuerpo será luminoso» (Lc 11,34). Tocamos aquí la dimensión original e inalienable de la persona humana: su vocación a la felicidad pasa siempre por los senderos del conocimiento y del amor, de la contemplación y de la acción. ¡Ojalá logréis alcanzar lo que hay de mejor en el alma de vuestro hermano y esa Presencia divina, tan próxima al corazón humano!

 

74. ¡Que nuestros hijos inquietos de ciertos grupos rechacen pues los excesos de la crítica sistemática y aniquiladora! Sin necesidad de salirse de una visión realista, que las comunidades cristianas se conviertan en lugares de confianza recta y serena, donde todos sus miembros se entrenen resueltamente en el discernimiento de los aspectos positivos de las personas y de los acontecimientos. «La caridad no se goza de la injusticia, sino que se alegra con la verdad. Lo excusa todo. Cree siempre. Espera siempre. Lo soporta todo» (1Cor 13,6-7).

 

 75. La educación para una tal visión no es sólo cuestión de psicología. Es también un fruto del Espíritu Santo. Este Espíritu que habita en plenitud la persona de Jesús, lo hace durante su vida terrestre tan atento a las alegrías de la vida cotidiana, tan delicado y persuasivo para enderezar a los pecadores por el camino de una nueva juventud de corazón y de espíritu. Es el mismo Espíritu que animaba a la Virgen María y a cada uno de los santos. Es este mismo Espíritu el que sigue dando aún a tantos cristianos la alegría de vivir cada día su vocación particular en la paz y la esperanza que sobrepasa los fracasos y los sufrimientos.

 

76. Éste es el Espíritu de Pentecostés que impulsa hoy a numerosos discípulos de Cristo por los caminos de la oración, de la súplica, en la alegría de una alabanza filial, hacia el servicio humilde y gozoso de los desheredados y de los marginados de nuestra sociedad. Porque la alegría no puede separarse de la participación. En el mismo Dios, todo es alegría porque todo es un don.

 

77. Esta mirada bondadosa sobre los seres y sobre las cosas, fruto de un espíritu humano iluminado y fruto del Espíritu Santo, halla en los cristianos un lugar privilegiado de renovación: la celebración del misterio pascual de Jesús. En su Pasión, en su Muerte y en su Resurrección, Cristo recapitula la historia de todo hombre y de todos los hombres, con su carga de sufrimientos y de pecados, con sus posibilidades de perfección y de santidad. Por eso nuestra última palabra en esta Exhortación es una llamada urgente a todos los responsables y animadores de las comunidades cristianas: que no teman insistir a tiempo y a destiempo sobre la fidelidad de los bautizados a la celebración gozosa de la Eucaristía dominical. ¿Cómo podrían abandonar este encuentro, este banquete que Cristo nos prepara con su amor? ¡Que la participación sea muy digna y festiva a la vez! Cristo, crucificado y glorificado viene en medio de sus discípulos para conducirlos juntos a la renovación de su Resurrección. Es la cumbre, aquí abajo, de la Alianza de amor entre Dios y su pueblo: signo y fuente de alegría cristiana, preparación para la Fiesta eterna.

 

Que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo os conduzcan a ella. Nos os bendecimos de todo corazón.

 

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 9 de mayo del año 1975, duodécimo de nuestro Pontificado.

 

Paulus PP. VI

 


 

Notas

 

1) Cf. Exhortación apostólica Paterna cum benevolentia: ASS 67 (1975), p. 5-23.

2) Cf. Santo Tomás, Suma teológica, I-II, q.31, a.3.

3) Santo Tomás, ibíd., II-II, q.28, a.1 y 4.

4) S. Agustín, Confesiones, I, c.l: PL 32,661.

5) Plegaria eucarística n. IV; cf. Heb 4, 15.

6) Pregón pascual.

7) Secuencia de la solemnidad de Pentecostés

8) Carta a los Romanos VII, 2: Patris Apostolici, ed. Funk, I, Tubingae 19012, p. 261; cf. Jn 4, 10; 7, 38; 14,12.

9) Sermón 82, en el aniversario de los Apóstoles Pedro y Pablo, 6: PL 54, 426; cf. Jn 12,24.

10) Cf. In Lucam 15: PG 13,1838-1839; cf. Dictionnaire de Spiritualité, t. VIII, c. 1245 (Beauchesne 1974).

11) Cf. De vita in Christo, VII: PG 150,703-715.

12) Carta 175, Manuscrits autobiographiques (Lisieux 1956), B 5r.

13) S. Ireneo, Adversus haereses, V, 8, 1: PG 7, 1142.

14) S. Ireneo, Adversus haereses, IV, 34, 1: PG 7, 1083.

15) S. Agustín, Confesiones, libro X, c.23: CSEL, 33, p. 252.

16) C. Pablo VI, Discurso en la apertura de la segunda sesión del Concilio, 1ª parte: 29 de septiembre de 1963: AAS 55 (1963), p.845ss; Encíclica Ecclesiam Suam: AAS 56 (1964), p. 612, 614-618.

17) Juan XXIII, Alocución en la clausura de la primera sesión del Concilio, 3ª parte: 8 de diciembre de 1963: AAS 55 (1963), p.38ss.

18) Sermón 96 (5º sermón pronunciado en el día del aniversario de su elección al pontificado: PL 54, 155-156.

19) S. Ireneo, Adversus haereses, III, 3,2: PG 7, 848-849.

20) S. Ireneo, Adversus haereses, I, 10,2: PG 7,551.

 

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Discurso de Apertura de la Jornada Conmemorativa

del 10º Aniversario de “Fe y Razón”

 

Pbro. Dr. Antonio Bonzani

Rector de la Facultad de Teología del Uruguay “Monseñor Mariano Soler”

 

Sres. Expositores, Señoras y Señores,

muy buenas noches.

 

Tengo el agrado de dar la bienvenida en nombre de la Facultad de Teología del Uruguay a este acto dedicado a la conmemoración de los 10 años de la página web ‘Fe y Razón’, obra de un equipo que integran algunos miembros y colaboradores del Instituto Pastoral de Bioética de la Arquidiócesis, en el marco de los 150 años de la muerte del Santo Cura de Ars.

 

Quiero destacar esto porque nuestro Papa Benedicto XVI, comparando la época del Santo Cura con la nuestra, afirmaba que:

 

«los desafíos de la sociedad actual no son menos arduos; al contrario, tal vez resultan todavía más complejos. Si entonces existía la ‘dictadura del racionalismo, en la época actual reina en muchos ambientes una especie de dictadura del relativismo’. Ambas parecen respuestas inadecuadas a la justa exigencia del hombre de usar plenamente su propia razón como elemento distintivo y constitutivo de la propia identidad.

 

- El racionalismo fue inadecuado porque no tuvo en cuenta las limitaciones humanas y pretendió poner la sola razón como medida de todas las cosas, transformándola en una diosa;

 

- el relativismo contemporáneo mortifica la razón, porque de hecho llega a afirmar que el ser humano no puede conocer nada con certeza más allá del campo científico positivo. Sin embargo, hoy, como entonces, el hombre "que mendiga significado y realización" busca continuamente respuestas exhaustivas a los interrogantes de fondo que no deja de plantearse». (1)

 

El Siervo de Dios Papa Juan Pablo II, de cara al tercer milenio, reclamaba:

«a los hijos de la Iglesia una verificación: ¿en qué medida ellos también están afectados por la atmósfera de secularismo y relativismo ético?». (2)

 

La situación es tan delicada que el mismo Papa Benedicto XVI denunciaba que «la secularización, que se presenta en las culturas como configuración del mundo y de la humanidad sin referencia a la Trascendencia, invade todos los aspectos de la vida diaria y desarrolla una mentalidad en la que Dios de hecho está ausente, total o parcialmente, de la existencia y de la conciencia humana.

 

Esta secularización no es sólo una amenaza exterior para los creyentes, sino que que desde ya hace tiempo se manifiesta en el seno de la Iglesia misma. Desnaturaliza desde dentro y en profundidad la fe cristiana y, como consecuencia, el estilo de vida y el comportamiento diario de los creyentes. Éstos viven en el mundo y a menudo están marcados, cuando no condicionados, por la cultura de la imagen, que impone modelos e impulsos contradictorios, negando prácticamente a Dios: ya no hay necesidad de Dios, de pensar en Él y de volver a Él. Además, la mentalidad hedonista y consumista predominante favorece, tanto en los fieles como en los pastores, una tendencia hacia la superficialidad y un egocentrismo que daña la vida eclesial». (3)

 

«No hay que dar por descontada nuestra fe. Hoy existe el peligro de una secularización que se infiltra incluso dentro de la Iglesia y que puede traducirse en un culto eucarístico formal y vacío, en celebraciones sin la participación del corazón (...). Siempre es fuerte la tentación de reducir la oración a momentos superficiales y apresurados, dejándose arrastrar por las actividades y por las preocupaciones terrenales...». (4)

 

De aquí la reclamada exigencia de una «fe adulta».

 

“En los últimos decenios la palabra ‘fe adulta’ se ha convertido en un eslogan generalizado. A menudo se entiende como la actitud de quien ya no escucha a la Iglesia y a sus pastores, sino que elige autónomamente lo que quiere creer y no creer, o sea, una fe fabricada por cada uno (...) Según San Pablo, la fe adulta (...) se opone a los vientos de la moda. Sabe que esos vientos no son el soplo del Espíritu Santo; sabe que el Espíritu de Dios se expresa y se manifiesta en la comunión con Jesucristo.” (5)

 

«Dios nunca pide al hombre que sacrifique su razón. La razón nunca está en contradicción real con la fe. El único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ha creado nuestra razón y nos da la fe, proponiendo a nuestra libertad que la reciba como un don precioso». (6)

 

Que la Virgen María, la Virgen Inmaculada de los Treinta y Tres, cuya novena estamos celebrando, bendiga y proteja nuestros trabajos e interceda para que «el diálogo fecundo entre fe y razón haga más eficaz el ejercicio de la caridad en el ámbito social». (7)

 

Montevideo, 4 de noviembre de 2009.

 

*****


1) Cf. Catequesis del miércoles 5 de agosto de 2009.

2) Cf. Juan Pablo II, Tertio Millennio Adveniente, Carta Apostólica del 10 de noviembre de 1994, n. 36.

3) Cf. Benedicto XVI, Discurso del sábado 8 de marzo de 2008, en OR esp. del 4 de abril de 2008, p. 5.

4) Cf. Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad del Corpus Christi, jueves 11 de junio de 2009, en OR esp. del 19 de junio de 2009, pp. 5-6, aquí p. 6.

5) Benedicto XVI, Homilía en las primeras Vísperas de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo en la Basílica de San Pablo extramuros, Domingo 28 de junio de 2009, con ocasión de la clausura del Año Paulino, en OR esp. del 3 de julio de 2009, p. 3s.

6) Benedicto XVI, Homilía del sábado 13 de setiembre de 2008 en París, en OR esp. del 19 de setiembre, p. 11s.

7) Benedicto XVI, Caritas in Veritate, Encíclica del 29 de junio de 2009, n. 57.

 

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Penumbras masónicas

 

Norberto Corsini

 

Comentario crítico del libro: Fernando Amado, En penumbras. La Masonería uruguaya (1973-2008), Editorial Fin de Siglo, Montevideo, 2008, 9ª edición).

 

1.      Un libro filo-masónico

 

En el Prefacio del libro en cuestión, que se ha convertido en un best-seller a escala uruguaya, el autor dice que el objetivo de su libro es “desmitificar las fantasías que se tejen alrededor de la (institución masónica)… e intentar desnudar la verdadera esencia de la orden.” (p. 15). Intenta presentar su trabajo como una investigación objetiva y desapasionada: “El escritor e investigador no debe pertenecer al colectivo que piensa analizar. No sería leal con el lector.” (pp. 15-16).

 

No obstante, el autor reconoce su fascinación por la masonería: “Lo cierto es que cada día que pasaba quería saber más y más sobre la realidad de la Masonería, una institución que había logrado despertar en mí un interés tan impresionante que sólo podía compararse con mi gran amor: la política. Era todo un mundo nuevo y fascinante a la vez” (p. 15).

 

El lector puede comprobar fácilmente que esa fascinación anuló en buena medida el sentido crítico del autor, quien, a lo largo de toda su obra, se esfuerza por justificar todos los defectos y errores de la masonería, terminando siempre por absolverla. Estamos, pues, ante un libro evidentemente filo-masónico. Como prueba, me limitaré a citar dos textos, contenidos al comienzo y al final del libro, respectivamente.

 

El Capítulo I comienza con estas palabras: “La Masonería goza en todo el mundo de una reputación y una ascendencia casi incomparable. Para sus integrantes, y para aquellos que no la integran pero la defienden, una reputación mayoritariamente intachable que ha permitido en definitiva su supervivencia hasta hoy.” (p. 19).

 

Al final del último capítulo del libro, en un apartado titulado “El verdadero poder de los masones uruguayos: la formación en valores”, el autor presenta sus propias conclusiones sobre el tema analizado: “La Masonería del Uruguay forma y recuerda a todos sus obreros, con pequeños o gigantes nombres, pero en definitiva todos ellos con la misma vocación de servicio… La Masonería en el Uruguay ha tenido el privilegio de albergar en su seno a miles de hombres íntegros e intachables. Quizás agudizando nuestros sentidos podamos percibir a un masón al hablar o al actuar, sin necesidad de tener que verlo ataviado… (Su) único objetivo es que cada uno logre perfeccionarse interiormente para luego llegar a ser cada día una mejor persona y un mejor ciudadano. Lo humano no es perfecto, si no no sería humano… y por ello siempre habrá masones regulares, buenos y excelentes; lo único perfecto es la institución.” (p. 277-279).

 

Un simple silogismo prueba que el autor, impulsado por su amor a la masonería, ha llegado a una conclusión irracional: Todo lo humano es imperfecto. La institución masónica es perfecta. Ergo, la institución masónica no es humana, sino un camino de sabiduría supremo, sobrehumano, divino...

 

No hay ningún argumento válido, ni histórico ni filosófico, que sustente esta desmesurada pretensión.

 

2.      Un libro anti-católico

 

La opinión del autor acerca del catolicismo queda de manifiesto sobre todo en el siguiente párrafo, que merece ser transcripto íntegramente: “Ser masón en el Uruguay es ser un cabal librepensador. Filosóficamente, la razón es la que permite dilucidar verdades. Esto sin disminuir, deteriorar, desacreditar o menguar ninguna idea, y mucho menos ninguna fe. Este es quizás uno de los puntos más álgidos de enfrentamiento que el Catolicismo tiene con la Masonería. Más allá del mito, casi leyenda urbana, de que los masones pisan o escupen crucifijos en alguno de sus rituales, se encuentra una diferencia muy honda de naturaleza filosófica con la fe católica, radicada en esta simple y a la vez compleja idea. Los dogmas atentan contra la libertad, acotando el libre pensamiento y, por lo tanto, el juicio. Esto no va en detrimento de la validez de la fe católica. Muy por el contrario. Esa fe, como otras, es respetada como tal, y el masón que la profese habrá utilizado su libre pensamiento y su razón para decidir que es en eso en lo que cree. La Iglesia católica apostólica romana considera que esa verdad revelada por Dios es la única válida, por su carácter divino y sobrenatural, no dejando espacio para la libertad de conciencia.” (p. 278).

 

El autor incurre aquí en un cúmulo de errores y de contradicciones.

 

Consideremos en primer lugar su conclusión: “La Iglesia católica… no (deja)… espacio para la libertad de conciencia.” (p. 278), de lo cual se deduce que -en definitiva- es una institución nociva para el desarrollo humano y social.

 

La acusación del autor contra la Iglesia Católica es totalmente falsa. La verdad revelada por Dios a los hombres en Jesucristo y transmitida por la Iglesia Católica no atenta contra la libertad humana, sino que la salva y la eleva, perfeccionándola. Es semejante a una luz encendida en medio de la oscuridad, que no quita al caminante su libertad de elegir su propio camino, sino que lo ayuda a hacerlo. Esto ya lo dijo el mismo Jesús: Jesús dijo a aquellos judíos que habían creído en él: «Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres».” (Juan 8,31-32).

 

Las tres virtudes teologales del cristiano (fe, esperanza y caridad o amor) suponen la libertad del hombre. El acto de fe es libre por su misma esencia. Es imposible obligar a alguien a creer en Dios, en Cristo o en la Iglesia, porque la fe no es una coacción exterior, sino un acto interior del hombre. La defensa de la libertad religiosa, entonces, no es una concesión de la Iglesia al liberalismo, sino una exigencia intrínseca del mismo cristianismo. Algo similar se puede decir acerca de la esperanza, que consiste en esperar el cumplimiento de las promesas del mismo Dios en quien creemos. Y el amor es, clarísimamente, un acto libre. Se puede obligar a alguien a cumplir determinadas leyes y normas o a realizar determinados ritos y actos externos, pero sólo por una libre e íntima decisión personal se puede cumplir el doble mandamiento que sintetiza toda la moral cristiana: amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a uno mismo.

 

Probablemente en el fondo de la filosofía masónica yazca la errónea concepción de que Dios -si existe- es enemigo del hombre. El cristiano, en cambio, sabe que Dios y el hombre no se oponen, y que la sabiduría y la libertad infinitas de Dios no anulan, sino que hacen posibles, la sabiduría y la libertad finitas del hombre. El ser humano ha sido creado a imagen de Dios y está llamado a ser hijo de Dios y a realizarse plenamente en una comunión eterna de amor con Dios y con sus hermanos. Éste es el sublime destino del hombre, que el cristiano conoce por la fe, y que la filosofía masónica desconoce.

 

Además, según la doctrina católica ortodoxa, el acto de fe no es irracional, sino suprarracional. Es un acto de la inteligencia, movida por la voluntad de adherirse a la verdad revelada por Dios, el Ser sapientísimo y perfectísimo, que no puede ni engañarse ni engañarnos. La fe cristiana está basada en motivos racionales de credibilidad (los “preámbulos de la fe”), que están al alcance de la sola razón natural. Así, la razón humana es capaz de demostrar la existencia de Dios, de probar que los Evangelios cumplen los criterios de historicidad generalmente aceptados, de constatar que en la historia de la Iglesia Católica se da una continuidad sustancial, desde su fundación por Jesucristo hasta hoy, etc. En suma, según la doctrina católica, el camino que conduce al hombre hacia el acto de fe cristiana es un camino plenamente racional.

 

Pasemos ahora al asunto de los dogmas. Si alguien, impulsado por razones de peso suficiente, ha llegado a creer en Dios, en que Dios ha hablado a los hombres en Jesucristo, la Palabra de Dios hecha carne, y en que el Espíritu de Dios y de Cristo es el alma de la Iglesia fundada por el mismo Cristo, ¿qué otra actitud le cabe -racionalmente- sino la de confiar enteramente en la Palabra de Dios transmitida en la Sagrada Escritura y en la vida de la Iglesia, e interpretada con la autoridad de Cristo por el Magisterio de la Iglesia? ¿Y qué otra cosa es un “dogma”, sino la solemne definición, dada por la máxima autoridad de esa Iglesia -con la asistencia del Espíritu Santo, prometida por el mismo Jesús-, de que una verdad determinada está contenida en la Divina Revelación y por ello debe ser creída firmemente por todo verdadero cristiano? ¿Qué puede ser más razonable que aceptar la verdad de la Palabra del mismo Dios? Ser “dogmático”, entonces, en el verdadero sentido de la palabra, más allá de las distorsiones del lenguaje masónico, es aceptar a Dios como Dios, como lo que Él verdaderamente es, infinitamente sabio y bueno; es aceptar sus designios sin reservas, con la plena confianza que Él nos merece, como Padre nuestro amantísimo.

 

Volvamos ahora al comienzo del párrafo citado: “Ser masón en el Uruguay es ser un cabal librepensador. Filosóficamente, la razón es la que permite dilucidar verdades.” (p. 278).

 

He aquí una profesión de fe racionalista: sólo la razón natural (y no la fe sobrenatural) es verdadero medio de conocimiento. La filosofía masónica acepta sin pruebas racionales (“dogmáticamente”, en el mal sentido de la palabra que los propios masones han popularizado) ese falso postulado racionalista. El cristiano, en cambio, sabe que la fe y la razón son dos formas, distintas pero compatibles y complementarias entre sí, de acceder al conocimiento.

 

Fijemos ahora la atención en una gran contradicción del párrafo citado. Allí el autor, al igual que varios masones entrevistados por él a lo largo de todo el libro, insiste en que la masonería es compatible con todas las religiones, incluso el catolicismo. En otras partes del libro, fuentes masónicas subrayan que la masonería acepta miembros católicos y afirman que el conflicto entre la Iglesia Católica y la Masonería es responsabilidad exclusiva de la Iglesia. Sin embargo, por otra parte resulta claro que ser masón es ser racionalista, que la masonería rechaza todos los dogmas de fe sobrenatural (por lo cual rechaza, en definitiva, el catolicismo en sí) y que, para ser masón, un católico debe cuestionar y poner en duda la pretensión de verdad de la religión cristiana. Así queda patente que la machacona retórica de la masonería acerca de su presunto respeto al catolicismo es insustancial. La masonería sólo acepta miembros católicos que no tomen su catolicismo real y radicalmente en serio, que no crean en dogmas, que no acepten con certeza plena que la Palabra de Dios es la verdad y la luz de nuestros ojos. La masonería sólo es compatible con un catolicismo light, en definitiva falso. Con el catolicismo ortodoxo (o sea, verdadero), ella no acepta ninguna componenda, ni siquiera una tregua.

 

Haré una última observación. El autor desestima como un mito la versión de que algunos rituales masónicos son directamente anticatólicos o incluso blasfemos. No entro en el fondo de la cuestión. Sólo pregunto si el autor habrá llegado a conocer todos los rituales de todos los grados de todos los ritos masónicos. Me parece que sólo así él estaría en condiciones de hacer ese juicio acerca de los rituales masónicos, es decir, acerca de lo más secreto (cf. pp. 60-61) de la organización secreta más influyente de la historia.

 

3.      La condena de la Iglesia católica a la Masonería

 

Haré aquí algunos comentarios sobre el comienzo del Capítulo IV, titulado “La Iglesia católica y su adversario de todas las horas: la Masonería”. Citaré el texto del autor en letra itálica, intercalando mis comentarios en letra normal.

 

“1. ¿Ser católico y ser masón, es posible?

1.1  La condena universal de la Iglesia católica

Lo primero que debemos señalar es que la respuesta a esta pregunta nos introduce en un terreno harto sinuoso, de múltiples y variadas respuestas.” (p. 77)

 

En realidad, no es así. Esa pregunta admite sólo dos respuestas: “Sí” (la respuesta masónica) o “No” (la respuesta católica).

 

“Sin embargo, históricamente la contestación es algo más sencilla, al punto de que, según se dice, hubo varios Papas masones.” (Íbidem).

 

Resulta chocante que en un libro que pretende ser el resultado de una investigación periodística seria, y en el que además se rechaza gratuitamente como mitos o leyendas varias acusaciones contra la masonería, se incluya la absurda afirmación de que “hubo varios Papas masones”, basándola únicamente en un “se dice”. De un periodista que hace bien su trabajo cabría esperar al menos que indicase la lista de los supuestos “Papas masones” y que apoyase esa lista en -por lo menos- una fuente confiable de información histórica.

 

“Pero la embestida católica universal contra la Masonería comienza en 1738 cuando se emite la encíclica In eminenti, que instituye la excomunión de todos los católicos que pertenecían o pretendían ingresar a la sociedad secreta conocida como Masonería.” (Íbidem).

 

Aquí el autor parece contradecirse a sí mismo. Es sabido que la masonería moderna nació en 1717, en la ciudad de Londres. Apenas 21 años después, lo cual es poco tiempo para una época en la que el ritmo de los acontecimientos históricos era mucho menor que el actual, el Papa Clemente XII condenó la masonería, condena que la Iglesia Católica ha mantenido invariablemente desde entonces hasta hoy, a tal punto que el autor (siguiendo el punto de vista masónico) habla de “la embestida católica universal contra la Masonería”. ¿Qué espacio queda entonces para los supuestos “Papas masones”? ¿Hubo, según Fernando Amado, varios Papas masones de 1717 a 1738, en la época en que la naciente masonería moderna comenzó a difundirse por Europa y en que Roma tomó conciencia de sus amenazas contra la fe católica? ¿O bien hubo, según Fernando Amado, varios Papas masones de 1738 en adelante, Papas que a la vez mantuvieron firmemente la condena papal a la masonería? ¿O quizás Amado se refiere al período anterior a 1717, ignorando que la masonería moderna (nacida en ese año) es sustancialmente diferente de la masonería medieval (que era plenamente católica), asemejándose a ella sólo en algunos aspectos externos, no en su espíritu? Sería interesante saberlo.

 

Por lo demás, “la embestida católica universal contra la Masonería” (o, como tituló más arriba el mismo autor, “la condena universal de la Iglesia católica” a la masonería) no deja ningún espacio para el “terreno harto sinuoso, de múltiples y variadas respuestas”, postulado poco antes por Amado.

 

Agrego una última precisión: la referida excomunión afecta sólo a los católicos que han ingresado a la masonería, no a los que pretenden hacerlo, según la interpretación rigorista del autor.

 

4.      ¿Católicos y masones a la vez?

 

Entrevistado por el autor, el Dr. Luis Alberto Lacalle, ex Presidente de la República, declaró lo siguiente: “Antes que nada quiero decir que yo no soy masón;… Tengo por tanto un gran respeto por la institución masónica, y creo que en la versión moderna las antinomias y las prohibiciones que nos alcanzaban a los católicos respecto de la misma han desaparecido, y tengo grandes amigos que son integrantes.” (p. 154).

 

Debo decir que el Dr. Lacalle está mal informado respecto a la actual relación entre el catolicismo y la masonería.

 

A continuación (y hasta el final de este numeral) haré una exposición basada en gran parte en un artículo publicado en Aciprensa, titulado “¿Por qué un católico no puede ser masón?”.

 

A lo largo de su historia la Iglesia católica ha condenado la pertenencia de sus fieles a asociaciones contrarias a la fe cristiana o que podían poner en peligro esa fe. Entre esas asociaciones se encuentra la masonería. Actualmente rige el Código de Derecho Canónico promulgado por el Papa Juan Pablo II el 25 de enero de 1983, el que, en su canon 1374, establece: "Quien se inscribe en una asociación que maquina contra la Iglesia debe ser castigado con una pena justa; quien promueve o dirige esa asociación ha de ser castigado con entredicho".

 

Esta redacción supuso novedades respecto al Código de 1917, pues no se menciona expresamente a la masonería como asociación que maquina contra la Iglesia. Previendo posibles confusiones, exactamente un día antes de que entrara en vigor el nuevo Código en 1983, fue publicada una declaración firmada por el Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (el actual Papa Benedicto XVI). En ella se señala que el criterio de la Iglesia sobre la masonería no ha variado en absoluto con respecto a las anteriores declaraciones, y que la nominación expresa de la masonería se había omitido por incluirla junto a otras asociaciones. Se indica, además, que los principios de la masonería siguen siendo incompatibles con la doctrina de la Iglesia, y que los fieles que pertenezcan a asociaciones masónicas no pueden acceder a la Sagrada Comunión.

 

La Iglesia ha condenado siempre la masonería. En el siglo XVIII los Papas lo hicieron con mucha fuerza, y en el siglo XIX persistieron en ello. En el Código de Derecho Canónico de 1917 se excomulgaba a los católicos que dieran su nombre a la masonería. En el Código de Derecho Canónico de 1983 desaparece la mención explícita de la masonería, lo que ha podido crear en algunos la falsa opinión de que la Iglesia poco menos que aprueba a la masonería.

 

Es difícil hallar un tema sobre el que las autoridades de la Iglesia católica se hayan pronunciado tan reiteradamente como en el de la masonería: desde 1738 a 1980 se conservan no menos de 371 documentos críticos sobre la masonería, a los que hay que añadir las abundantes intervenciones de los dicasterios de la Curia Romana y, a partir sobre todo del Concilio Vaticano II, las no menos numerosas declaraciones de las Conferencias Episcopales y de los Obispos de todo el mundo. Todo ello está indicando que nos encontramos ante una cuestión importante.

 

Casi desde su aparición, la masonería generó preocupaciones en la Iglesia. Clemente XII, en su encíclica "In eminenti" (de 1738), condenó a la masonería. Más tarde, León XIII, en su encíclica "Humanum genus" (de 1884), la calificó de organización secreta, enemigo astuto y calculador, negadora de los principios fundamentales de la doctrina de la Iglesia.

 

El canon 2335 del Código de Derecho Canónico de 1917 establecía que "los que dan su nombre a la secta masónica, o a otras asociaciones del mismo género, que maquinan contra la Iglesia o contra las potestades civiles legítimas, incurren ipso facto en excomunión simplemente reservada a la Sede Apostólica".

 

Este delito consistía en primer lugar en dar el nombre o inscribirse en determinadas asociaciones. En segundo lugar, la inscripción se debía realizar en alguna asociación que maquinase contra la Iglesia: se entendía que maquinaba aquella sociedad que, por su propio fin, ejerce una actividad rebelde y subversiva o la favorece, ya por la propia acción de los miembros, ya por la propagación de la doctrina subversiva; que, de forma oral o por escrito, actúa para destruir la Iglesia -esto es, su doctrina, sus autoridades en cuanto tales o sus derechos- o la legítima potestad civil. En tercer lugar, las sociedades penalizadas eran la masonería y otras del mismo género, con lo cual el Código de Derecho Canónico establecía una clara distinción: mientras que el ingreso en la masonería era castigado automáticamente con la pena de excomunión, la pertenencia a otras asociaciones tenía que ser explícitamente declarada como delictiva por la autoridad eclesiástica en cada caso.

 

Algunos de los motivos que fundamentaron la condena de la masonería por parte de la Iglesia católica fueron el carácter secreto de la organización, el juramento que garantizaba ese carácter oculto de sus actividades y los complots perturbadores que la masonería llevaba a cabo en contra de la Iglesia y los legítimos poderes civiles. La pena establecía directamente la excomunión, estableciéndose además una pena especial para los clérigos y los religiosos en el canon 2336.

 

A partir del Concilio Vaticano II se dio un incipiente diálogo entre masones y católicos. En algunos países (sobre todo Francia, los países escandinavos, Inglaterra, Brasil y Estados Unidos) se empezó a cuestionar la actitud católica ante la masonería, revisando desde la historia los motivos que llevaron a la Iglesia a adoptar su actitud condenatoria y pretendiendo que se hiciera una mayor distinción entre la masonería regular, ortodoxa, tradicional, religiosa y aparentemente apolítica, y la masonería irregular, irreligiosa, política y heterodoxa.

 

Estos motivos, diálogos y debates, y las más o menos constantes peticiones llegadas de varias partes del mundo a Roma, hicieron que, entre 1974 y 1983, la Congregación para la Doctrina de la Fe retomase los estudios sobre la masonería y publicase tres documentos que supusieron una nueva interpretación del canon 2335. En este ambiente de cambios, no extraña que el cardenal Krol, arzobispo de Filadelfia, preguntase a la Congregación para la Doctrina de la Fe si la excomunión para los católicos que se afiliaban a la masonería seguía estando en vigor. La respuesta a su pregunta la dio la Congregación a través de su Prefecto, en una carta de 19 de julio de 1974. En ella se explica que, durante un amplio examen de la situación, se había hallado una gran divergencia de opiniones, según los países. La Sede Apostólica no creía oportuno, consecuentemente, elaborar una modificación de la legislación vigente hasta que se promulgara el nuevo Código de Derecho Canónico. Se advertía, sin embargo, en la carta, que existían casos particulares, pero que continuaba la misma pena para aquellos católicos que diesen su nombre a asociaciones que realmente maquinasen contra la Iglesia, mientras que para los clérigos, religiosos y miembros de institutos seculares seguía rigiendo la prohibición expresa para su afiliación a cualquiera de las asociaciones masónicas.

 

Las dudas no tardaron en plantearse: ¿cuál era el criterio para verificar si una asociación masónica conspiraba o no contra la Iglesia?; y ¿qué sentido y extensión debía darse a la expresión “conspirar contra la Iglesia”?

 

Esta situación algo confusa comenzó a ser aclarada por la declaración del 28 de abril de 1980 de la Conferencia Episcopal Alemana sobre la pertenencia de los católicos a la masonería. Esta declaración explicaba que, de 1974 a 1980, se habían mantenido numerosos coloquios oficiales entre católicos y masones; que por parte católica se habían examinado los rituales masónicos de los tres primeros grados; y que los Obispos católicos habían llegado a la conclusión de que había oposiciones fundamentales e insuperables entre ambas partes: "La masonería -decían los Obispos alemanes- no ha cambiado en su esencia. La pertenencia a la misma cuestiona los fundamentos de la existencia cristiana." Las principales razones alegadas para ello fueron las siguientes: la cosmología o visión del mundo de los masones es relativista y subjetivista y no se puede armonizar con la fe cristiana; el concepto de verdad es, asimismo, relativista, negando la posibilidad de un conocimiento objetivo de la verdad, lo que no es compatible con el concepto católico; también el concepto de religión es relativista y no coincide con la convicción fundamental del cristianismo. El concepto masónico de Dios, simbolizado a través del "Gran Arquitecto del Universo" es de tipo deísta. Este concepto está transido de relativismo y mina los fundamentos de la concepción de Dios de los católicos. Según la doctrina masónica, no hay ningún conocimiento objetivo de Dios en el sentido del Dios personal del monoteísmo.

 

El 17 de febrero de 1981, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una declaración en la que afirma de nuevo la excomunión para los católicos que den su nombre a la secta masónica y a otras asociaciones del mismo género, con lo cual, la actitud de la Iglesia acerca de la masonería permanece invariable hasta nuestros días.

 

A continuación citaré la última “Declaración sobre la Masonería” de la Congregación para la Doctrina de la Fe:

 

“Se ha presentado la pregunta de si ha cambiado el juicio de la Iglesia respecto de la masonería, ya que en el nuevo Código de Derecho Canónico no está mencionada expresamente como lo estaba en el Código anterior.

Esta Sagrada Congregación puede responder que dicha circunstancia es debida a un criterio de redacción, seguido también en el caso de otras asociaciones que tampoco han sido mencionadas por estar comprendidas en categorías más amplias.

Por tanto, no ha cambiado el juicio negativo de la Iglesia respecto de las asociaciones masónicas, porque sus principios siempre han sido considerados inconciliables con la doctrina de la Iglesia; en consecuencia, la afiliación a las mismas sigue prohibida por la Iglesia. Los fieles que pertenezcan a asociaciones masónicas se hallan en estado de pecado grave y no pueden acercarse a la santa comunión.

No entra en la competencia de las autoridades eclesiásticas locales pronunciarse sobre la naturaleza de las asociaciones masónicas con un juicio que implique derogación de cuanto se ha establecido más arriba, según el sentido de la Declaración de esta Sagrada Congregación del 17 de febrero de 1981.

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la audiencia concedida al cardenal Prefecto abajo firmante, ha aprobado esta Declaración, decidida en la reunión ordinaria de esta Sagrada Congregación, y ha mandado que se publique.

Roma, en la sede de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, 26 de noviembre de 1983.”

 

Esta Declaración está firmada por el Cardenal Prefecto Joseph Ratzinger, actual Papa Benedicto XVI.

 

5.      La doctrina masónica

 

Fernando Amado reproduce declaraciones de Mons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto (Uruguay). Otra vez citaré el texto del libro en letras itálicas, intercalando mis comentarios en letra normal.

 

“Monseñor Galimberti, entrevistado para este trabajo, definió a la Masonería como una institución de difícil encuadre en una sola definición debido a la ausencia de rasgos nítidos y permanentes que, en su opinión, es precisamente una de las características de la Masonería.” (p. 83).

 

Es sin duda cierto que resulta difícil hablar con propiedad de la masonería, debido sobre todo a su carácter secreto. También es claro que entre las distintas organizaciones masónicas existen diferencias no despreciables. Sin embargo, con base en las opiniones de expertos en el tema, sostengo que esas diferencias son accidentales (o sea, de matices), y que la masonería tiene una esencia permanente.

 

Recordemos algo que ya dijimos en el numeral anterior: el 28 de abril de 1980, la Conferencia Episcopal Alemana, tras seis años de coloquios oficiales con la masonería y de haber estudiado atentamente los rituales masónicos de los tres primeros grados, declaró lo siguiente: "La masonería no ha cambiado en su esencia. La pertenencia a la misma cuestiona los fundamentos de la existencia cristiana."

 

Vale decir que, según los Obispos alemanes (y, seguramente, según los competentes teólogos alemanes que asesoraron a sus Obispos) existen rasgos permanentes en la masonería. Existe una esencia de la masonería, y la misma es incompatible con el cristianismo.

 

“Según Galimberti, por un lado a veces se diferencian aspectos y perfiles más nítidamente opuestos a la Iglesia y en ese sentido ha habido pronunciamientos claros de la Iglesia condenando a la Masonería.” (Íbidem).

 

Aunque es cierto que el carácter anticatólico de la masonería aparece más claramente en algunas logias que en otras (por ejemplo, más en las irregulares que en las regulares) y, en un mismo país, más en algunas épocas que en otras (por ejemplo, en el Uruguay, más a fines del siglo XIX y principios del siglo XX que a principios del siglo XXI), ese carácter es esencial, y por ende permanente. La razón principal de las condenas del Magisterio de la Iglesia Católica a la masonería es esa oposición esencial de la masonería a la Iglesia, no tanto los conflictos históricos contingentes entre ambas instituciones.

 

“Asimismo, el actual Obispo de Salto y presidente de la Conferencia Episcopal…” (Íbidem).

 

Aquí el autor muestra otra vez que no ha hecho del todo bien su trabajo: en 2008 hacía ya varios años que Mons. Collazzi había sucedido a Mons. Galimberti como Presidente de la Conferencia Episcopal del Uruguay.

 

“Según Galimberti, la Masonería carece de un cuerpo doctrinal como sí lo tiene la Iglesia.” (Íbidem).

 

Concuerdo con esta frase, siempre y cuando la falta de coma después de la palabra “doctrinal” no sea un error de redacción del autor del libro. Es verdad que la masonería no tiene un cuerpo doctrinal como el de la Iglesia Católica, es decir, tan extensamente desarrollado, y expuesto en forma tan clara y explícita en documentos oficiales autorizados y públicos como, por ejemplo, el Catecismo de la Iglesia Católica y su Compendio. Pero temo que bastantes lectores interpreten la frase citada así: “la Masonería carece de un cuerpo doctrinal, como sí lo tiene la Iglesia”. Vista así, esa frase sería errónea. Según los expertos sobre la masonería, tanto masones como “profanos” (es decir, no masones), sí existe una doctrina masónica, expuesta sobre todo en sus rituales.

 

A modo de conclusión, reproduciré íntegramente un artículo publicado el 23 de febrero de 1985 en la página 1 de la edición italiana de L’Osservatore Romano, en el cual se reflexiona sobre la imposibilidad de conciliar la fe cristiana con la masonería.

“El 26 de noviembre de 1983 la Congregación para la Doctrina de la Fe publicaba una declaración sobre las asociaciones masónicas. A poco más de un año de su publicación puede ser útil ilustrar brevemente el significado de este documento.

Desde que la Iglesia comenzó a pronunciarse acerca de la Masonería, su juicio negativo sobre ésta ha estado inspirado en múltiples razones, prácticas y doctrinales. La Iglesia no ha juzgado a la Masonería solamente por ser responsable de actividad subversiva en contra suya, sino que desde los primeros documentos pontificios sobre la materia, en particular en la Encíclica Humanum genus de León XIII (20-4-1884), el Magisterio de la Iglesia ha denunciado en la Masonería ideas filosóficas y concepciones morales opuestas a la doctrina católica. Para León XIII se trataba esencialmente de un naturalismo racionalista, inspirador de sus planes y de sus actividades en contra de la Iglesia. En su carta al pueblo italiano Custodi (8-12-1892) escribía: «Recordemos que el cristianismo y la Masonería son esencialmente inconciliables, al punto de que inscribirse en una significa separarse del otro».

No se podía, por tanto, dejar de tomar en consideración las posiciones de la Masonería desde el punto de vista doctrinal, cuando en los años 1970-1980 la S. Congregación mantenía correspondencia con algunas conferencias episcopales particularmente interesadas en este problema, con motivo del diálogo sostenido entre personalidades católicas y representantes de algunas logias que se declaraban no hostiles o incluso favorables a la Iglesia.

Un estudio más a fondo ha llevado a la S. Congregación para la Doctrina de la Fe a reafirmarse en la convicción de la imposibilidad de fondo para conciliar los principios de la Masonería y los de la fe cristiana.

Prescindiendo, por lo tanto, de la consideración del comportamiento práctico de las diversas logias, de la hostilidad al menos en la confrontación con la Iglesia, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, con su declaración del 26-11-83, ha intentado colocarse en el nivel más profundo y, por otra parte, esencial del problema: esto es, en el plano de la imposibilidad de conciliar los principios, y lo que ello significa en el plano de la fe y de sus exigencias morales.

Partiendo de este punto de vista doctrinal, en continuidad con la posición tradicional de la Iglesia -como lo testimonian los documentos de León XIII arriba citados-, se derivan seguidamente las necesarias consecuencias prácticas, que valen para todos aquellos fieles que eventualmente estuvieren inscritos en la Masonería.

En algunos sectores se ha dado por objetar, respecto de las afirmaciones sobre la imposibilidad de conciliar los principios, que sería esencial a la Masonería precisamente el hecho de no imponer ningún «principio», en el sentido de una posición filosófica o religiosa que sea obligatoria para todos sus miembros, sino por el contrario de acoger a todos, más allá de los límites de las diversas religiones y visiones del mundo, hombres de buena voluntad basados en valores humanos comprensibles y aceptados por todos.

La Masonería constituiría un punto de cohesión para todos aquellos que creen en el Arquitecto del universo y se sienten comprometidos en la lucha por aquellos ordenamientos morales fundamentales que están definidos por ejemplo en el decálogo; la Masonería no alejaría a nadie de su religión, sino por el contrario constituiría un incentivo para un mayor compromiso.

Los múltiples problemas históricos y filosóficos que se esconden en tales afirmaciones no pueden ser discutidos aquí. Después del Concilio Vaticano II ciertamente no es necesario subrayar que la Iglesia Católica alienta una colaboración entre todos los hombres de buena voluntad. Sin embargo, asociarse a la Masonería va evidentemente más allá de esta legítima colaboración y tiene un significado de mucha mayor relevancia y especificidad.

Antes que nada se debe recordar que la comunidad de los «Liberi Muratori» y sus obligaciones morales se presentan como un sistema progresivo de símbolos de carácter extremadamente impositivo. La rígida disciplina del secreto que allí domina refuerza a la postre el peso de la interacción de signos e ideas. Para los inscritos este clima reservado comporta, entre otras cosas, el riesgo de terminar siendo un instrumento de estrategias para ellos desconocidas.

Incluso si se afirma que el relativismo no se asume como un dogma, sin embargo se propone de hecho una concepción simbólica relativista, y por lo tanto el valor relativizante de tal comunidad moral-ritual, lejos de poder ser eliminado, resulta por el contrario determinante.

En tal contexto, las diversas comunidades religiosas a las que pertenecen los miembros de las logias no pueden ser consideradas sino como simples institucionalizaciones de un anillo más amplio e inasible. El valor de esta institucionalización se muestra, por tanto, inevitablemente relativo, respecto a esta verdad más amplia, la cual se manifiesta más fácilmente en la comunidad de la buena voluntad, esto es en la fraternidad masónica.

Aun así, para un cristiano católico no es posible vivir su relación con Dios de una manera doble, es decir, escindiéndola en una forma humanitario-supraconfesional y en una forma interior-cristiana. Éste no puede cultivar relaciones de dos tipos con Dios, ni expresar su relación con el Creador por medio de formas simbólicas de dos especies. Ello sería algo completamente distinto a aquella colaboración, que le es obvia, con todos aquellos que están comprometidos en la realización del bien, aunque partan de principios diversos. Por otro lado, un cristiano católico no puede al mismo tiempo participar de la plena comunión de la fraternidad cristiana y, por otra parte, mirar a su hermano cristiano, desde la perspectiva masónica, como a un «profano».

Incluso si, como ya se ha dicho, no hubiese una obligación explícita de profesar el relativismo como doctrina, aún así la fuerza relativizante de una tal fraternidad, por su misma lógica intrínseca, tiene en sí la capacidad de transformar la estructura del acto de fe de un modo tan radical que no sea aceptable por parte de un cristiano «que ama su fe».

Este trastorno en la estructura fundamental del acto de fe se da, además, usualmente de un modo suave y sin ser advertido: la sólida adhesión a la verdad de Dios, revelada en la Iglesia, se convierte en una simple pertenencia a una institución, considerada como una forma representativa particular junto con otras formas representativas, a su vez más o menos posibles y válidas, de cómo el ser humano se orienta hacia las realidades eternas.

La tentación de ir en esta dirección es hoy tanto más fuerte cuanto que ésta corresponde plenamente a ciertas convicciones predominantes en la mentalidad contemporánea. La opinión de que la verdad no puede ser conocida es característica de su crisis general.

Precisamente considerando todos estos elementos, la declaración de la S. Congregación afirma que la inscripción en la masonería «permanece prohibida por la Iglesia» y los fieles que se inscriben en ella «están en estado de pecado grave y no pueden acceder a la Santa Comunión».

Con esta última expresión, la S. Congregación indica a los fieles que tal inscripción constituye objetivamente un pecado grave y, precisando que los que se adhieren a una asociación Masónica no pueden acceder a la S. Comunión, quiere iluminar la conciencia de los fieles sobre una grave consecuencia a la que deben llegar en caso de adherirse a una logia masónica.

La S. Congregación declara, finalmente, que «no le compete a las autoridades eclesiásticas locales pronunciarse sobre la naturaleza de las asociaciones masónicas, con un juicio que implique la derogación de cuanto ha sido arriba establecido». Con este fin el texto hace también referencia a la declaración del 17 de febrero de 1981, que ya reservaba a la Sede Apostólica todo pronunciamiento sobre la naturaleza de estas asociaciones que implicase la derogación de la ley canónica entonces vigente (can. 2335).

Igualmente, el nuevo documento emitido por la S. Congregación para la Doctrina de la Fe en noviembre de 1983 expresa idénticas intenciones de reserva en relación a pronunciamientos que no coincidan con el juicio aquí formulado sobre la imposibilidad de conciliar los principios de la masonería con la fe católica, sobre la gravedad del acto de inscribirse en una logia y sobre la consecuencia que de ello se derive para el acceso a la Santa Comunión. Esta disposición indica que, no obstante la diversidad que pueda subsistir entre las obediencias masónicas, en particular en cuanto a su postura declarada hacia la Iglesia, la Sede Apostólica vuelve a encontrar en ellos principios comunes que piden una misma valoración por parte de todas autoridades eclesiásticas.

Al hacer esta declaración, la S. Congregación para la Doctrina de la Fe no ha pretendido desconocer los esfuerzos realizados por quienes, con la debida autorización de este dicasterio, han buscado establecer un diálogo con representantes de la Masonería. Pero, desde el momento en que existía la posibilidad de que se difundiese entre los fieles la errada opinión de que ahora ya era lícita la adhesión a una logia masónica, ha considerado como su deber hacer de su conocimiento el pensamiento auténtico de la Iglesia sobre este asunto y ponerlos en guardia ante una pertenencia incompatible con la fe católica.

En efecto, sólo Jesucristo es el Maestro de la Verdad y sólo en Él pueden los cristianos encontrar la luz y la fuerza para vivir según el designio de Dios, trabajando por el verdadero bien de sus hermanos.”

Fuente: www.defpueblo.blogspot.com

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Cumbre de Copenhague: no a cierta “salud reproductiva”,

advierte el Papa

 

El respeto del medio ambiente no puede ir contra la persona

 

CIUDAD DEL VATICANO, viernes 18 de diciembre de 2009 (ZENIT.org).

 

El Papa Benedicto XVI volvió a advertir ayer contra la oposición entre el respeto debido al medio ambiente y la defensa de la persona, al recibir al nuevo embajador danés ante la Santa Sede, Hans Klingenberg.

 

La presentación de las cartas credenciales del nuevo representante danés coincide, de hecho, hizo notar el Papa, con la celebración de la Cumbre Mundial sobre el Clima, que está celebrándose estos días en Copenhague.

 

El Papa recibió al nuevo embajador, junto con los nuevos representantes diplomáticos de Kenia, Uganda, Sudán, Kazajstán, Bangladesh, Letonia y Finlandia, ayer en la Sala Clementina del Palacio apostólico, y dirigió a cada uno un discurso particular en inglés, además de otro conjunto en francés.

 

Al dirigirse al nuevo representante diplomático danés, Benedicto XVI insistió en que “nuestros deberes hacia el medio ambiente nunca deben separarse de nuestros deberes para con la persona humana”.

 

“Demasiado a menudo los esfuerzos para promover una comprensión integral del medio ambiente han tenido que sentarse junto a una comprensión reduccionista de la persona”, advirtió el Papa.

 

Esta visión comporta “la falta de respeto de la dimensión espiritual de los individuos y, a veces, la hostilidad hacia la familia, enfrentando a los cónyuges entre sí a través de una imagen distorsionada de la complementariedad de hombres y mujeres, y enfrentando a la madre y al niño por nacer, a través de una concepción errónea de la salud reproductiva".

 

“La responsabilidad en las relaciones, incluyendo la responsabilidad del cuidado de los hijos, nunca puede ser realmente cultivada sin un profundo respeto por la unidad de la vida familiar según el designio de amor de nuestro Creador”, añadió el Papa.

 

Quiso también insistir en la necesidad de un “cambio moral” profundo de la humanidad a la hora de revisar el actual estilo de vida de los pueblos, y especialmente el económico.

 

“La atención del mundo está actualmente puesta en Dinamarca, al albergar ésta la cumbre de las Naciones Unidas sobre el cambio climático”, observó.

 

Sin embargo, señaló, “aunque algunos consensos, sin duda, pueden ser alcanzados a través de la elaboración de las aspiraciones compartidas armonizadas con políticas y objetivos, un cambio fundamental en cualquier forma del comportamiento humano -individual o colectivo- requiere la conversión del corazón”.

 

En este sentido, subrayó la necesidad de “valor y sacrificio, frutos de un despertar ético”, que “nos permiten entrever un mundo mejor y nos alientan a acometer con esperanza todo lo que sea necesario para garantizar a las generaciones futuras el legado del conjunto de la creación en unas condiciones tales que también ellos pueden llamarla su casa”.

 

Sin embargo, “cuando el tenor moral de la sociedad declina, los desafíos que enfrentan los líderes de hoy no pueden sino aumentar”, añadió.

 

Recordando su propio discurso ante la FAO, el pasado 16 de noviembre, el Papa recordó que “por importantes que sean, los planes de desarrollo, las inversiones y la legislación no son suficientes”.

 

“Más bien, los individuos y las comunidades deben cambiar su comportamiento y su percepción de las necesidades. Para los propios Estados, esto comporta una redefinición de los conceptos y principios que han regido hasta ahora las relaciones internacionales”, subrayó.

 

Por último, el Pontífice subrayó la importancia de un “despertar moral” de la sociedad.

 

“El escepticismo contemporáneo ante la retórica política, y un creciente malestar con la falta de puntos de referencia éticos que rigen los avances tecnológicos y los mercados comerciales, indican las imperfecciones y limitaciones que existen en los individuos y la sociedad, así como la necesidad de un redescubrimiento de los valores fundamentales y una profunda renovación cultural en armonía con el designio de Dios para el mundo”, afirmó.

 

Es “urgente hacer hincapié en el deber moral de distinguir entre el bien y el mal en toda acción humana, con el fin de recuperar y fomentar el vínculo de comunión que une a la persona humana y la creación”, concluyó.

 

ZS09121803 - 18-12-2009.

Fuente: http://www.zenit.org/article-33706?l=spanish

 

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Oración de Navidad en familia

 

Señor Jesús,
Tú eres amor y vida.
Has querido nacer como todos nacemos, de una mujer.
De esta forma has bendecido a la familia.
Haz que cada familia se convierta
en verdadero santuario de vida y amor.
Haz que tu gracia guíe
los pensamientos y las obras de los esposos,
hacia el bien de sus familias.
Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia
un fuerte apoyo para su crecimiento en la verdad y en el amor.
Haz que los niños sean semilla de esperanza en la familia
y así, con nuestro amor se renueve su inocencia.
Haz que el amor santificado por la gracia del matrimonio,
se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis.

Amén.

 

Autor: Anónimo

Fuente: Church Forum - www.churchforum.org

 

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Sitios web recomendados

(por favor note que esta lista ha crecido)

 

Sitios de Fe y Razón:

 

Fe y Razón

www.feyrazon.org

Revista Virtual Fe y Razón

www.revistafeyrazon.blogspot.com

Colección de Libros Fe y Razón

http://stores.lulu.com/feyrazon

 

 

Sitios de miembros de Fe y Razón:

 

Diácono Jorge Novoa

www.diaconojorge.blogspot.com

Meditaciones Cristianas

www.lmillau.blogspot.com

Verdades de Fe

www.verdadesdefe.blogspot.com

Aportes al IV Sínodo Arquidiocesano de Montevideo

www.ivsinodo.blogspot.com

Libros de Daniel Iglesias Grèzes

http://stores.lulu.com/diglesias

Presentaciones de Daniel Iglesias Grèzes

www.slideshare.net/diglesias

Curso de Introducción a la Teología Moral

www.slideshare.net/feyrazon

 

 

Sitios de colaboradores de Fe y Razón:

 

Toma y Lee. Sagradas Escrituras

www.tomaylee-sagradasescrituras.blogspot.com

El Blog del Buen Amor

www.elblogdelbuenamor.blogspot.com

A ver qué hacemos

www.algotipocomo.blogspot.com

El clero oriental

www.elclerooriental.blogspot.com

 

 

Otros sitios uruguayos:

 

Veritas de terra orta est

www.verdaddelcielo.blogspot.com

Obra Social Pablo VI

www.osp6.blogspot.com

Defensores del pueblo

www.defpueblo.blogspot.com

Cultura de la Vida

http://es.geocities.com/yazgur1/index.htm

 

 

Otros sitios:

 

Santa Sede

www.vatican.va

Zenit

www.zenit.org

ForumLibertas

www.forumlibertas.com

Noticias Globales

www.noticiasglobales.org

Aceprensa

www.aceprensa.com

Primera Luz

www.voxfidei.com

Chiesa

http://chiesa.espresso.repubblica.it

ConoZe.com

www.conoze.com

Centro de Investigación en Ética Social

www.fundacionaletheia.org.ar

Fluvium

www.fluvium.org

InfoCatólica

www.infocatolica.com

 

 

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