Fe
y Razón
Revista virtual gratuita de
teología católica
Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de
la evangelización de la cultura
Nº 42 – Diciembre de 2009
“Omne
verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est”
“Toda verdad, dígala quien la diga, procede
del Espíritu Santo”
(Santo Tomás de Aquino)
“Hoy se hace necesario
rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como
explicación de
Contacto: feyrazon@gmail.com - Por favor envíenos sus
comentarios o sugerencias a esta dirección. Si el mensaje está referido a una
suscripción, por favor indique “Crear suscripción”, “Modificar suscripción” o
“Suprimir suscripción” en el “Asunto” e incluya los siguientes datos en el
cuerpo del mensaje: nombre completo, ciudad o localidad, país, e-mail.
Equipo de
Dirección: Diác.
Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing.
Colaboradores: Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro.
Dr.
|
Sección |
Título |
Autor o Fuente |
|
Editorial |
Equipo
de Dirección |
|
|
Magisterio |
Exhortación Apostólica Gaudete in Domino sobre la alegría cristiana |
Papa Pablo VI |
|
Teología |
Discurso de Apertura de la Jornada
Conmemorativa del 10º Aniversario de “Fe y Razón” |
Pbro. Dr. Antonio Bonzani |
|
Apologética |
Norberto Corsini |
|
|
Actualidad |
Cumbre de Copenhague: no a cierta “salud reproductiva”, advierte el Papa |
Zenit |
|
Oración |
Church Forum |
Equipo
de Dirección
Hace más de dos mil años el Hijo de Dios bajó del cielo por nuestra salvación y nos reveló la verdad acerca de Dios y acerca del hombre.
1. La verdad acerca de Dios
Jesús de Nazaret es la imagen visible de Dios invisible, el sacramento del amor del Padre. Nadie conoce al Padre sino aquel a quien el Hijo se lo ha revelado. Jesús nos enseñó a dirigirnos a Dios llamándolo “Padre” y nos reveló que nuestro Padre Dios es rico en misericordia, nos ama de un modo infinito y entrañable y quiere la salvación de todos. En la vida de Jesús, en sus palabras y obras, en su muerte y resurrección, se manifestó insuperablemente la esencia íntima de Dios, que es amor, entrega, auto-donación, auto-comunicación. Conociendo a Jesús llegamos a conocer el misterio de Dios. En Jesucristo Dios se revela como Padre, Hijo y Espíritu Santo: un solo Dios, uno en substancia y trino en personas.
2. La verdad acerca del hombre
Jesús no sólo es
verdadero Dios, sino también verdadero hombre, en cuerpo y alma. Más aún, Él es
el hombre perfecto, el nuevo Adán, el primogénito de la nueva creación. Él nos
reveló que fuimos creados para vivir eternamente en comunión de amor con
Que en esta Navidad contemplemos con gozo estos santos misterios que Dios nos reveló para nuestra salvación y que la alegría de sabernos amados por Dios como hijos nos lleve a convertirnos cada vez más en verdaderos discípulos de Jesús.
Deseamos a todos nuestros lectores una muy
feliz y santa Navidad y un buen año 2010.
Vuelve a la Tabla de
Contenidos
Exhortación Apostólica Gaudete in Domino
de Su Santidad Pablo VI
sobre la alegría cristiana
Venerables hermanos y amados hijos:
Salud y bendición apostólica
1. Alegraos siempre en el Señor, porque Él está cerca de cuantos lo invocan de veras (cf. Flp 4,4; Sal 145,18).
2. En diversas ocasiones a lo largo de este Año Santo, hemos exhortado al Pueblo de Dios a corresponder con gozosa solicitud a la gracia del Jubileo. Nuestra invitación es esencialmente, como bien sabéis, una llamada a la renovación interior y a la reconciliación en Cristo. Se trata de la salvación de los hombres y de su felicidad en todo su pleno sentido. En el momento en que los cristianos se disponen a celebrar, en el mundo entero, la venida del Espíritu Santo, os invitamos a pedirle el don de la alegría.
3. Ciertamente el ministerio de la reconciliación se ejerce, incluso para Nos mismo, en medio de frecuentes contradicciones y dificultades (1), pero él está alimentado y va acompañado por la alegría del Espíritu Santo. De la misma manera podemos justamente apropiarnos, aplicándola a toda la Iglesia, la confidencia hecha por el apóstol san Pablo a su comunidad de Corinto: «ya antes os he dicho cuán dentro de nuestro corazón estáis para vida y para muerte. Tengo mucha confianza en vosotros... estoy lleno de consuelo, reboso de gozo en todas nuestras tribulaciones» (2 Cor 7,3-4). Sí, constituye también para Nos una exigencia de amor invitaros a participar en esta alegría sobreabundante que es un don del Espíritu Santo (cf. Gál 5,22).
4. Nos hemos sentido una apremiante y feliz necesidad interior de dirigiros durante este Año de gracia, y más concretamente con ocasión de la solemnidad de Pentecostés, una Exhortación apostólica cuyo tema fuera precisamente la alegría cristiana, la alegría en el Espíritu Santo. Es una especie de himno a la alegría divina el que Nos querríamos entonar, para que encuentre eco en el mundo entero y ante todo en la Iglesia: que la alegría se difunda en los corazones juntamente con el amor del que ella brota, por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado (cf. Rom 5,5). Deseamos asimismo que vuestra voz se una a la nuestra para consuelo espiritual de la Iglesia de Dios y de todos los hombres que quieran prestar atención, en lo íntimo de sus corazones, a esta celebración.
I. Necesidad de la alegría en
todos los hombres
5. No se podría exaltar de manera
conveniente la alegría cristiana permaneciendo insensible al testimonio
exterior e interior que Dios Creador da de sí mismo en el seno de la creación:
«Y Dios vio que era bueno» (Gén
1,10.12.18.21.25.31). Poniendo al hombre en medio del universo, que es obra de
su poder, de su sabiduría, de su amor, Dios dispone la inteligencia y el
corazón de su criatura —aun antes de manifestarse personalmente mediante la
revelación— al encuentro de la alegría y a la vez de
6. Al dirigir la mirada sobre el mundo ¿no experimenta el hombre un deseo natural de comprenderlo y dominarlo con su inteligencia, a la vez que aspira a lograr su realización y felicidad? Como es sabido, existen diversos grados en esta «felicidad». Su expresión más noble es la alegría o «felicidad» en sentido estricto, cuando el hombre, a nivel de sus facultades superiores, encuentra su satisfacción en la posesión de un bien conocido y amado (2). De esta manera el hombre experimenta la alegría cuando se halla en armonía con la naturaleza y sobre todo la experimenta en el encuentro, la participación y la comunión con los demás. Con mayor razón conoce la alegría y felicidad espirituales cuando su espíritu entra en posesión de Dios, conocido y amado como bien supremo e inmutable (3). Poetas, artistas, pensadores, hombres y mujeres simplemente disponibles a una cierta luz interior, pudieron, antes de la venida de Cristo, y pueden en nuestros días, experimentar de alguna manera la alegría de Dios.
7. Pero ¿cómo no ver a la vez que la alegría es siempre imperfecta, frágil, quebradiza? Por una extraña paradoja, la misma conciencia de lo que constituye, más allá de todos los placeres transitorios, la verdadera felicidad, incluye también la certeza de que no hay dicha perfecta. La experiencia de la finitud, que cada generación vive por su cuenta, obliga a constatar y a sondear la distancia inmensa que separa la realidad del deseo de infinito.
8. Esta paradoja y esta
dificultad de alcanzar la alegría parecen a Nos especialmente agudas en
nuestros días. Y ésta es la razón de nuestro mensaje. La sociedad tecnológica
ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil
engendrar
9. Sin embargo, esta situación no
debería impedirnos hablar de la alegría, esperar
10. Nos no queremos abrumar a nadie. Antes al contrario, buscamos los remedios que sean capaces de aportar luz. A nuestro parecer tales remedios son de tres clases.
11. Los hombres evidentemente deberán unir sus esfuerzos para procurar al menos un mínimo de alivio, de bienestar, de seguridad, de justicia, necesarios para la felicidad de las numerosas poblaciones que carecen de ella. Tal acción solidaria es ya obra de Dios; y corresponde al mandamiento de Cristo. Ella procura la paz, restituye la esperanza, fortalece la comunión, dispone a la alegría para quien da y para quien recibe, porque hay más gozo en dar que en recibir (cf. Hech 20,35). ¡Cuántas veces os hemos invitado, hermanos e hijos amadísimos, a preparar con ardor una tierra más habitable y más fraternal; a realizar sin tardanza la justicia y la caridad para un desarrollo integral de todos! La Constitución conciliar Gaudium et spes, y otros numerosos documentos pontificios han insistido con razón sobre este punto. Aun cuando no es éste el tema que Nos abordamos en el presente documento, no puede olvidarse el deber primordial de amar al prójimo, sin el cual sería poco oportuno hablar de alegría.
12. Sería también necesario un esfuerzo paciente para aprender a gustar simplemente las múltiples alegrías humanas que el Creador pone en nuestro camino: la alegría exultante de la existencia y de la vida; la alegría del amor honesto y santificado; la alegría tranquilizadora de la naturaleza y del silencio; la alegría a veces austera del trabajo esmerado; la alegría y satisfacción del deber cumplido; la alegría transparente de la pureza, del servicio, del saber compartir; la alegría exigente del sacrificio. El cristiano podrá purificarlas, completarlas, sublimarlas: no puede despreciarlas. La alegría cristiana supone un hombre capaz de alegrías naturales. Frecuentemente, ha sido a partir de éstas como Cristo ha anunciado el Reino de los cielos.
13. Pero el tema de
14. Se puede hablar aquí de la tristeza de los no creyentes, cuando el espíritu humano, creado a imagen y semejanza de Dios, y por tanto orientado instintivamente hacia Él como hacia su Bien supremo y único, queda sin conocerlo claramente, sin amarlo, y por tanto sin experimentar la alegría que aporta el conocimiento, aunque sea imperfecto, de Dios y sin la certeza de tener con Él un vínculo que ni la misma muerte puede romper. ¿Quién no recuerda las palabras de san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en Ti?»? (4)
15. El hombre puede
verdaderamente entrar en la alegría acercándose a Dios y apartándose del
pecado. Sin duda alguna «la carne y la
sangre» son incapaces de conseguirlo (cf. Mt 16, 17). Pero la
Revelación puede abrir esta perspectiva y la gracia puede operar esta
conversión. Nuestra intención es precisamente invitaros a las fuentes de la
alegría cristiana. ¿Cómo podríamos hacerlo sin ponernos nosotros mismos frente
al designio de Dios y a la escucha de
II. Anuncio de la alegría
cristiana en el Antiguo Testamento
16. La alegría cristiana es por esencia una participación espiritual de la alegría insondable, a la vez divina y humana, del Corazón de Jesucristo glorificado. Tan pronto como Dios Padre empieza a manifestar en la historia el designio amoroso que Él había formado en Jesucristo, para realizarlo en la plenitud de los tiempos (cf. Ef 1,9-10), esta alegría se anuncia misteriosamente en medio del Pueblo de Dios, aunque su identidad no es todavía desvelada.
17. Así Abrahán, nuestro Padre, elegido con miras al cumplimiento futuro de la Promesa, y esperando contra toda esperanza, recibe, en el nacimiento de su hijo Isaac, las primicias proféticas de esta alegría (cf. Gén 21,1-7; Rom 4,18). Tal alegría se encuentra como transfigurada a través de una prueba de muerte, cuando su hijo único le es devuelto vivo, prefiguración de la resurrección de Aquel que ha de venir: el Hijo único de Dios, prometido para un sacrificio redentor. Abrahán exultó ante el pensamiento de ver el Día de Cristo, el Día de la salvación: él «lo vio y se alegró» (Jn 8,56).
18. La alegría de la salvación se amplía y se comunica luego a lo largo de la historia profética del antiguo Israel. Ella se mantiene y renace indefectiblemente a través de pruebas trágicas debidas a las infidelidades culpables del pueblo elegido y a las persecuciones exteriores que buscaban separarlo de su Dios. Esta alegría siempre amenazada y renaciente, es propia del pueblo nacido de Abrahán.
19. Se trata siempre de una
experiencia exultante de liberación y restauración —al menos anunciadas— que
tienen su origen en el amor misericordioso de Dios para con su pueblo elegido,
en cuyo favor Él cumple, por pura gracia y poder milagrosos, las promesas de
20. El sentido último de este
desbordamiento inusitado del amor redentor no aparecerá sino en la hora de
III. La alegría en el Nuevo Testamento
21. Estas maravillosas promesas han sostenido, a lo largo de los siglos y en medio de las más terribles pruebas, la esperanza mística del antiguo Israel. Éste a su vez las ha transmitido a la Iglesia de Cristo; de manera que le somos deudores de algunos de los más puros acentos de nuestro canto de alegría. Y sin embargo, a la luz de la fe y de la experiencia cristiana del Espíritu, esta paz que es un don de Dios y que va en constante aumento como un torrente arrollador, hasta tanto que llega el tiempo de la «consolación» (cf. Is 40,1; 66,13), está vinculada a la venida y a la presencia de Cristo.
22. Nadie queda excluido de la
alegría reportada por el Señor. El gran gozo anunciado por el ángel, la noche
de Navidad, lo será de verdad para todo el pueblo (cf. Lc 8,10), tanto
para el de Israel que esperaba con ansia un Salvador, como para el pueblo
innumerable de todos aquellos que, en el correr de los tiempos, acogerán su
mensaje y se esforzarán por vivirlo. Fue
23. Hagamos ahora un alto para contemplar la persona de Jesús, en el curso de su vida terrena. Él ha experimentado en su humanidad todas nuestras alegrías. Él, palpablemente, ha conocido, apreciado, ensalzado toda una gama de alegrías humanas, de esas alegrías sencillas y cotidianas que están al alcance de todos. La profundidad de su vida interior no ha desvirtuado la claridad de su mirada, ni su sensibilidad. Admira los pajarillos del cielo y los lirios del campo. Su mirada abarca en un instante cuanto se ofrecía a la mirada de Dios sobre la creación en el alba de la historia. Él exalta de buena gana la alegría del sembrador y del segador; la del hombre que halla un tesoro escondido; la del pastor que encuentra la oveja perdida o de la mujer que halla la dracma; la alegría de los invitados al banquete, la alegría de las bodas; la alegría del padre cuando recibe a su hijo, al retorno de una vida de pródigo; la de la mujer que acaba de dar a luz un niño. Estas alegrías humanas tienen para Jesús tanta mayor consistencia en cuanto son para Él signos de las alegrías espirituales del Reino de Dios: alegría de los hombres que entran en este Reino, vuelven a él o trabajan en él, alegría del Padre que los recibe. Por su parte, el mismo Jesús manifiesta su satisfacción y su ternura, cuando se encuentra con los niños deseosos de acercarse a Él, con el joven rico, fiel y con ganas de ser perfecto; con amigos que le abren las puertas de su casa como Marta, María y Lázaro.
Su felicidad mayor es ver la acogida que se da a la Palabra, la liberación de los posesos, la conversión de una mujer pecadora y de un publicano como Zaqueo, la generosidad de la viuda. Él mismo se siente inundado por una gran alegría cuando comprueba que los más pequeños tienen acceso a la revelación del Reino, cosa que queda escondida a los sabios y prudentes (cf. Lc 10,21). Sí, «habiendo Cristo compartido en todo nuestra condición humana, menos en el pecado» (5), Él ha aceptado y gustado las alegrías afectivas y espirituales, como un don de Dios. Y no se concedió tregua alguna hasta que no «hubo anunciado la salvación a los pobres, a los afligidos el consuelo» (cf. Lc 14,18). El evangelio de Lucas abunda de manera particular en esta semilla de alegría. Los milagros de Jesús, las palabras del perdón son otras tantas muestras de la bondad divina: la gente se alegraba por tantos portentos como hacía (cf. Lc 13,17) y daba gloria a Dios. Para el cristiano, como para Jesús, se trata de vivir las alegrías humanas, que el Creador le regala, en acción de gracias al Padre.
24. Aquí nos interesa destacar el
secreto de la insondable alegría que Jesús lleva dentro de sí y que le es
propia. Es sobre todo el evangelio de san Juan el que nos descorre el velo,
descubriéndonos las palabras íntimas del Hijo de Dios hecho hombre. Si Jesús
irradia esa paz, esa seguridad, esa alegría, esa disponibilidad, se debe al
amor inefable con que se sabe amado por su Padre. Después de su bautismo a
orillas del Jordán, este amor, presente desde el primer instante de su
Encarnación, se hace manifiesto: «Tú eres
mi hijo amado, mi predilecto» (Lc 3,22). Esta certeza es inseparable
de la conciencia de Jesús. Es una presencia que nunca lo abandona (cf. Jn
16,32). Es un conocimiento íntimo el que lo colma: «El Padre me conoce y yo conozco al Padre» (Jn 10,15). Es un
intercambio incesante y total: «Todo lo
que es mío es tuyo, y todo lo que es tuyo es mío» (Jn 17,19). El
Padre ha dado al Hijo el poder de juzgar y de disponer de
25. De ahí que los discípulos y todos cuantos creen en Cristo, estén llamados a participar de esta alegría. Jesús quiere que sientan dentro de sí su misma alegría en plenitud: «Yo les he revelado tu nombre, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y también yo esté en ellos» (Jn 17,26).
26. Esta alegría de estar dentro del amor de Dios comienza ya aquí abajo. Es la alegría del Reino de Dios. Pero es una alegría concedida a lo largo de un camino escarpado, que requiere una confianza total en el Padre y en el Hijo, y dar una preferencia a las cosas del Reino. El mensaje de Jesús promete ante todo la alegría, esa alegría exigente; ¿no se abre con las bienaventuranzas? «Dichosos vosotros los pobres, porque el Reino de los cielos es vuestro. Dichosos vosotros los que ahora pasáis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos vosotros, los que ahora lloráis, porque reiréis» (Lc 6,20-21).
27. Misteriosamente, Cristo mismo, para desarraigar del corazón del hombre el pecado de suficiencia y manifestar al Padre una obediencia filial y completa, acepta morir a manos de los impíos (cf. Hech 2,23), morir sobre una cruz. Pero el Padre no permitió que la muerte lo retuviese en su poder. La resurrección de Jesús es el sello puesto por el Padre sobre el valor del sacrificio de su Hijo; es la prueba de la fidelidad del Padre, según el deseo formulado por Jesús antes de entrar en su pasión: «Padre, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique» (Jn 17,1). Desde entonces Jesús vive para siempre en la Gloria del Padre, y por esto mismo los discípulos se sintieron arrebatados por una alegría imperecedera al ver al Señor, el día de Pascua.
28. Sucede que, aquí abajo, la alegría del Reino hecha realidad, no puede brotar más que de la celebración conjunta de la muerte y resurrección del Señor. Es la paradoja de la condición cristiana que esclarece singularmente la de la condición humana: ni las pruebas, ni los sufrimientos quedan eliminados de este mundo, sino que adquieren un nuevo sentido, ante la certeza de compartir la redención llevada a cabo por el Señor y de participar en su gloria. Por eso el cristiano, sometido a las dificultades de la existencia común, no queda sin embargo reducido a buscar su camino a tientas, ni a ver en la muerte el fin de sus esperanzas. En efecto, como ya lo anunciaba el profeta: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo» (Is 9,1-2). El Exsultet del pregón pascual canta un misterio realizado por encima de las esperanzas proféticas: en el anuncio gozoso de la resurrección, la pena misma del hombre se halla transfigurada, mientras que la plenitud de la alegría surge de la victoria del Crucificado, de su Corazón traspasado, de su Cuerpo glorificado, y esclarece las tinieblas de las almas: «Et nox illuminatio mea in deliciis meis» (6).
29. La alegría pascual no es
solamente la de una transfiguración posible: es la de una nueva presencia de
Cristo resucitado, dispensando a los suyos el Espíritu, para que habite en
ellos. Así el Espíritu Paráclito es dado a la Iglesia como principio inagotable
de su alegría de esposa de Cristo glorificado. Él lo envía de nuevo para recordar,
mediante el ministerio de gracia y de verdad ejercido por los sucesores de los
Apóstoles, la enseñanza misma del Señor. El suscitó en la Iglesia la vida
divina y el apostolado. Y el cristiano sabe que este Espíritu no se extinguirá
jamás en el curso de
30. El Espíritu que procede del
Padre y del Hijo, de quienes es el amor mutuo viviente, es, pues, comunicado al
Pueblo de
31. He ahí el estatuto de la existencia cristiana y muy en particular de la vida apostólica. Ésta, al estar animada por un amor apremiante del Señor y de los hermanos, se desenvuelve necesariamente bajo el signo del sacrificio pascual, yendo por amor a la muerte y por la muerte a la vida y al amor. De ahí la condición del cristiano, y en primer lugar del apóstol que debe convertirse en el «modelo del rebaño» (1 Pe 5,3) y asociarse libremente a la pasión del Redentor. Ella corresponde de este modo a lo que había sido definido en el evangelio como la ley de la bienaventuranza cristiana en continuidad con el destino de los profetas: «Dichosos vosotros si os insultan, os persiguen y os calumnian de cualquier modo por causa mía. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos: fue así como persiguieron a los profetas que os han precedido» (Mt 5,11-12).
32. Desafortunadamente no nos faltan ocasiones para comprobar, en nuestro siglo tan amenazado por la ilusión del falso bienestar, la incapacidad «psíquica» del hombre para acoger «lo que es del Espíritu de Dios: es una locura y no lo puede conocer, porque es con el espíritu como hay que juzgarlo» (1 Cor 2, 14). El mundo —que es incapaz de recibir el Espíritu de Verdad, que no le ve ni le conoce— no percibe más que una cara de las cosas. Considera solamente la aflicción y la pobreza del espíritu, mientras éste en lo más profundo de sí mismo siente siempre alegría porque está en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo.
IV. La alegría en el corazón
de los santos
33. Ésta es, amadísimos hermanos e hijos, la gozosa esperanza que brota de la fuente misma de la Palabra de Dios. Desde hace veinte siglos esta fuente de alegría no ha cesado de manar en la Iglesia y especialmente en el corazón de los santos. Vamos a sugerir ahora algunos ecos de esta experiencia espiritual, que ilustra, según los carismas peculiares y las vocaciones diversas, el misterio de la alegría cristiana.
34. El primer puesto corresponde
a
35. Después de María, la expresión de la alegría más pura y ardiente la encontramos allá donde la Cruz de Jesús es abrazada con el más fiel amor, en los mártires, a quienes el Espíritu Santo inspira, en el momento crucial de la prueba, una espera apasionada de la venida del Esposo. San Esteban, que muere viendo los cielos abiertos, no es sino el primero de los innumerables testigos de Cristo. También en nuestros días y en numerosos países, cuántos son los que, arriesgando todo por Cristo, podrían afirmar como el mártir san Ignacio de Antioquía: «Con gran alegría os escribo, deseando morir. Mis deseos terrestres han sido crucificados y ya no existe en mí una llama para amar la materia, sino que hay en mí un agua viva que murmura y dice dentro de mí: "Ven hacia el Padre"» (8).
36. Asimismo, la fuerza de la
Iglesia, la certeza de su victoria, su alegría al celebrar el combate de los
mártires, brota al contemplar en ellos la gloriosa fecundidad de
37. Pero existen muchas moradas
en la casa del Padre y, para quienes el Espíritu Santo abrasa el corazón,
muchas maneras de morir a sí mismos y de alcanzar la santa alegría de
38. Cada uno de estos maestros
espirituales nos ha dejado un mensaje sobre
39. Deseamos evocar muy
especialmente tres figuras, muy atrayentes también hoy para todo el pueblo
cristiano. En primer lugar el pobrecillo de Asís, cuyas huellas se esfuerzan en
seguir muchos peregrinos del Año Santo. Habiendo dejado todo por el Señor, él
encuentra, gracias a la santa pobreza, algo -por así decir- de aquella
bienaventuranza con que el mundo salió intacto de las manos del Creador. En
medio de las mayores privaciones, medio ciego, él pudo cantar el inolvidable Cántico
de las Criaturas, la alabanza a nuestro hermano Sol, a la naturaleza
entera, convertida para él en un transparente y puro espejo de la gloria
divina, así como la alegría ante la venida de «nuestra hermana la muerte corporal»: «Bienaventurados aquellos que se
hayan conformado a tu santísima voluntad...».
40. En tiempos más recientes, santa Teresa de Lisieux nos indica el camino valeroso del abandono en las manos de Dios, a quien ella confía su pequeñez. Sin embargo, no por eso ignora el sentimiento de la ausencia de Dios, cuya dura experiencia ha hecho, a su manera, nuestro siglo: «A veces le parece a este pajarito (a quien ella se compara) no creer que exista otra cosa sino las nubes que lo envuelven... Es el momento de la alegría perfecta para el pobre, pequeño y débil ser... Qué dicha para él permanecer allí y fijar la mirada en la luz invisible que se oculta a su fe» (12).
41. Finalmente, ¿cómo no mencionar la imagen luminosa para nuestra generación del ejemplo del bienaventurado Maximiliano Kolbe, discípulo genuino de San Francisco? En medio de las más trágicas pruebas que ensangrentaron nuestra época, él se ofrece voluntariamente a la muerte para salvar a un hermano desconocido; y los testigos nos cuentan que su paz interior, su serenidad y su alegría convirtieron de alguna manera aquel lugar de sufrimiento, que era como una imagen del infierno para sus pobres compañeros y para él mismo, en la antesala de la vida eterna.
42. En la vida de los hijos de la Iglesia, esta participación en la alegría del Señor es inseparable de la celebración del misterio eucarístico, en donde comen y beben su Cuerpo y su Sangre. Así sustentados, como los caminantes, en el camino de la eternidad, reciben ya sacramentalmente las primicias de la alegría escatológica.
43. Puesta en esta perspectiva, la alegría amplia y profunda derramada ya en la tierra dentro del corazón de los verdaderos fieles, no puede menos de revelarse como «diffusivum sui», lo mismo que la vida y el amor de los que es un síntoma gozoso. La alegría es el resultado de una comunión humano-divina cada vez más universal. De ninguna manera podría incitar a quien la gusta a una actitud de repliegue sobre sí mismo. Procura al corazón una apertura católica hacia el mundo de los hombres, al mismo tiempo que los hiere con la nostalgia de los bienes eternos. En los que la adoptan ahonda la conciencia de su condición de destierro, pero los preserva de la tentación de abandonar su puesto de combate por el advenimiento del Reino. Los hace encaminarse con premura hacia la consumación celestial de las Bodas del Cordero. Está serenamente tensa entre el tiempo de las fatigas terrestres y la paz de la Morada eterna, conforme a la ley de gravitación del Espíritu: «Si pues, por haber recibido estas arras (del espíritu filial), gritamos ya desde ahora: "Abba, Padre", ¿qué será cuando, resucitados, lo veamos cara a cara, cuando todos los miembros en desbordante marea prorrumpirán en un himno de júbilo, glorificando a Aquel que los ha resucitado de entre los muertos y premiado con la vida eterna? Porque si ahora las simples arras, envolviendo completamente en ellas al hombre, le hacen gritar: "Abba, Padre", ¿qué no hará la gracia plena del Espíritu, cuando Dios la haya dado a los hombres? Ella nos hará semejantes a Él y dará cumplimiento a la voluntad del Padre, porque ella hará al hombre a imagen y semejanza de Dios» (13). Ya desde ahora, los santos nos ofrecen una pregustación de esta semejanza.
V. Una alegría para todo el pueblo
44. Al escuchar esta voz múltiple y unánime de los santos, ¿no habremos olvidado la condición presente de la sociedad humana, aparentemente tan poco dispuesta al cultivo de los bienes sobrenaturales? ¿No habremos estimado en demasía las aspiraciones espirituales de los cristianos de este tiempo? ¿No habremos reservado nuestra exhortación a un pequeño número de sabios y prudentes? No podemos olvidar que el Evangelio ha sido anunciado en primer lugar a los pobres y a los humildes, con su esplendor tan sencillo y su contenido plenario.
45. Si hemos evocado este panorama luminoso de la alegría cristiana, no es que hayamos pensado en absoluto en desanimar a ninguno de vosotros, amadísimos hermanos e hijos, que sentís vuestro corazón dividido cuando os llega la llamada de Dios. Al contrario, Nos sentimos que nuestra alegría, lo mismo que la vuestra, no será completa si no miramos juntos, con plena confianza, hacia «el autor y consumador de la fe, Jesús; el cual, en vez del gozo que se le ofrecía soportó la cruz, sin hacer caso de la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios. Traed, pues, a vuestra consideración al que soportó la contradicción de los pecadores contra sí mismo para que no decaigáis de ánimo rendidos por la fatiga» (Heb 12,2-3).
46. La invitación dirigida por Dios Padre a participar plenamente en la alegría de Abrahán, en la fiesta eterna de las Bodas del Cordero, es una llamada universal. Cada hombre, con tal que se muestre atento y disponible, la puede percibir en lo hondo de su corazón, muy especialmente durante este Año Santo en que la Iglesia abre a todos, de manera más abundante, los tesoros de la misericordia de Dios. «Pues para vosotros, hijos, es la Promesa; como también para cuantos están ahora lejos, y serán llamados por el Señor nuestro Dios» (Hech 2,39).
47. Nos no podemos pensar en el Pueblo de Dios de una manera abstracta. Nuestra mirada se dirige primeramente al mundo de los niños. Sólo cuando ellos encuentran en el amor de los que les rodean la seguridad que necesitan, adquieren capacidad de recepción, de maravilla, de confianza, de espontaneidad, y son aptos para la alegría evangélica. Quien quiera entrar en el Reino, nos dice Jesús, debe primeramente hacerse como ellos (cf. Mt 10,14-15). Nos dirigimos especialmente a todos aquellos que tienen responsabilidad familiar, profesional, social. El peso de sus cargas, en un mundo que cambia con rapidez, les priva con frecuencia de la posibilidad de gustar las alegrías cotidianas. Sin embargo, éstas existen. El Espíritu Santo desea ayudarles a descubrirlas de nuevo, a purificarlas, a compartirlas.
48. Pensamos en el mundo del dolor, en todos aquellos que están llegando al ocaso de su vida. La alegría de Dios llama a la puerta de sus sufrimientos físicos y morales no ciertamente como por una ironía, sino para realizar allí su casi increíble obra de transfiguración.
49. Nuestro espíritu y nuestro corazón se dirigen igualmente hacia todos aquellos que viven más allá de la esfera visible del Pueblo de Dios. Al poner su vida en consonancia con las llamadas más hondas de sus conciencias, eco de la voz de Dios, se hallan en el camino de la alegría.
50. Pero el Pueblo de Dios no puede avanzar sin guías. Éstos son los pastores, los teólogos, los maestros del espíritu, los sacerdotes y aquellos que cooperan con ellos en la animación de las Comunidades cristianas. Su misión es ayudar a sus hermanos a escoger los senderos de la alegría evangélica, en medio de las realidades que constituyen su vida y de las que no pueden escapar.
51. Sí, el amor inmenso de Dios
es el que llama a convergir hacia la Ciudad celeste a todos aquellos que llegan
desde distintos puntos del horizonte, sean quienes sean, en este tiempo del Año
Santo, estén cercanos o lejanos todavía. Y puesto que todos los indicados —en
una palabra, todos nosotros— son de algún modo pecadores, es necesario hoy día
dejar de endurecer nuestro corazón, para escuchar la voz del Señor y acoger la
propuesta del gran perdón, tal como lo anuncia Jeremías: «Los purificaré de toda iniquidad con la que pecaron contra mí y con la
que me han sido infieles. Jerusalén será para mí gozo, honor y gloria entre
todas las naciones de la tierra» (Jer 33,8-9). Y como esta promesa
de perdón, igual que otras muchas, adquieren su definitivo sentido en el
sacrificio redentor de Jesús, el Siervo doliente, es Él, y solamente Él, quien
puede decirnos en este momento crucial de la vida de la humanidad: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc
1,15). El Señor quiere sobre todo hacernos comprender que la conversión que se
pide no es en absoluto un paso hacia atrás, como sucede cuando se peca. Por el
contrario, la conversión es una puesta en marcha, una promoción en la verdadera
libertad y en
52. En efecto, ¿qué carga más
abrumadora que la del pecado? ¿Qué miseria más solitaria que la del hijo
pródigo, descrita por el evangelista san Lucas? Por el contrario, ¿qué
encuentro más emocionante que el del Padre, paciente y misericordioso, y el del
hijo que vuelve a la vida? «Habrá en el
cielo más gozo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos
que no necesitan convertirse» (Lc 15,7). Ahora bien, ¿quién está sin
pecado, a excepción de Cristo y de su Madre inmaculada? Así, con su invitación
a descubrir al Padre mediante el arrepentimiento, el Año Santo —promesa de
reconciliación para todo el Pueblo— es también una llamada a descubrir de nuevo
el sentido y la práctica del sacramento de
VI. La alegría y la esperanza
en el corazón de los jóvenes
53. Sin quitar nada al fervor de nuestro mensaje dirigido a todo el Pueblo de Dios, deseamos dedicar unas palabras especiales al mundo de los jóvenes, y ello con una particular esperanza.
54. Si, en efecto, la Iglesia, regenerada por el Espíritu Santo, constituye en cierto sentido la verdadera juventud del mundo, en cuanto permanece fiel a su ser y a su misión ¿cómo podría ella no reconocerse espontáneamente, y con preferencia, en la figura de aquellos que se sienten portadores de vida y de esperanza, y comprometidos en asegurar el futuro de la historia presente? Y, a la inversa, ¿cómo aquellos que en cada vicisitud de esta historia perciben en sí mismos con más intensidad el impulso de la vida, la espera de lo que va a venir, la exigencia de verdadera renovación no van a estar secretamente en armonía con una Iglesia animada por el Espíritu de Cristo? ¿Cómo no van a esperar de ella la comunicación de su secreto de permanente juventud, y por tanto, la alegría de su propia juventud?
55. Nos creemos que existe, de derecho y de hecho, dicha correspondencia, no siempre visible, pero ciertamente profunda, a pesar de numerosas contrariedades contingentes. Por eso, en esta Exhortación sobre la alegría cristiana, la mente y el corazón nos invitan a volver de nuevo con decisión hacia los jóvenes de nuestro tiempo. Lo hacemos en nombre de Cristo y de su Iglesia, que Él mismo quiere, a pesar de las debilidades humanas, «radiante, sin mancha, ni arruga, ni nada parecido; sino santa e inmaculada» (Ef 5,27).
56. Al hacer esto, no cedemos a un culto sentimental. Considerada solamente desde el punto de vista de la edad, la juventud es algo efímero. Las alabanzas que de ella se hacen se convierten rápidamente en nostálgicas o irrisorias. Pero no sucede lo mismo en lo que concierne al sentido espiritual de este momento de gracia que es la juventud auténticamente vivida. Lo que llama nuestra atención es esencialmente la correspondencia, transitoria y amenazada ciertamente, pero por eso mismo significativa y llena de generosas promesas, entre el vuelo de un ser que se abre naturalmente a las llamadas y exigencias de su alto destino de hombre y el dinamismo del Espíritu Santo, de quien la Iglesia recibe inagotablemente su propia juventud, su fidelidad sustancial a sí misma y, en el seno de esta fidelidad, su viviente creatividad. Del encuentro entre el ser humano que tiene, durante algunos años decisivos, la disponibilidad de la juventud, y la Iglesia en su juventud espiritual permanente, nace necesariamente, por una y otra parte, una alegría de alta cualidad y una promesa de fecundidad.
57. La Iglesia como Pueblo de Dios peregrinante hacia el reino futuro, ha de poder perpetuarse y por consiguiente renovarse a través de las generaciones humanas: esto es para ella una condición de fecundidad y hasta simplemente de vida. Tiene, pues, su importancia el que, en cada momento de su historia, la generación que nace escuche de algún modo la esperanza de las generaciones precedentes, la esperanza misma de la Iglesia, que es la de transmitir sin fin el don de Dios, Verdad y Vida. Por esto, en cada generación, los jóvenes cristianos tienen que ratificar, con plena conciencia e incondicionalmente, la alianza contraída por ellos en el sacramento del bautismo, y reforzada en el sacramento de la confirmación.
58. A este respecto, esta nuestra
época de profundas mutaciones no pasa sin graves dificultades para
59. En efecto, nos parece que la presente crisis del mundo, caracterizada por un gran desconcierto de muchos jóvenes, denuncia por una parte un aspecto senil, definitivamente anacrónico, de una civilización mercantil, hedonista, materialista, que intenta aún ofrecerse como portadora del futuro. Contra esa ilusión, la reacción instintiva de numerosos jóvenes, reviste, dentro de sus mismos excesos, una cierta significación. Esta generación está esperando otra cosa. Habiéndose privado, de pronto, de tutelas tradicionales después de haber sentido la amarga decepción de la vanidad y el vacío espiritual de falsas novedades, de ideologías ateas, de ciertos misticismos deletéreos ¿no llegará a descubrir o encontrar la novedad segura e inalterable del misterio divino revelado en Cristo Jesús? ¿No es verdad que éste, utilizando la bella fórmula de san Ireneo, ha aportado toda clase de novedad con aportarnos su propia persona? (14).
60. Es ésta la razón por la que sentimos el placer de dedicar más expresamente a vosotros, jóvenes cristianos de este tiempo y promesa de la Iglesia del mañana, esta celebración de la alegría espiritual. Os invitamos cordialmente a haceros más atentos a las llamadas interiores que surgen en vosotros. Os invitamos con insistencia a levantar vuestros ojos, vuestro corazón, vuestras energías nuevas hacia lo alto, a aceptar el esfuerzo de las ascensiones del alma y queremos aseguraros esta certeza: puede ser tan deprimente y debilitante el prejuicio, hoy no poco difundido, de la impotencia de la mente humana para encontrar la Verdad permanente y vivificante como, por el contrario, es profunda y liberadora la alegría de la Verdad divina reconocida finalmente en la Iglesia: gaudium de Veritate (15). Esta alegría os es propuesta a vosotros. Ella se ofrece a quien la ama lo suficiente como para buscarla con obstinación. Disponiéndoos a aceptarla y a comunicarla, aseguráis al mismo tiempo vuestro propio perfeccionamiento según Cristo, y la próxima etapa histórica del Pueblo de Dios.
VII. La alegría del peregrino
en este Año Santo
61. En este caminar de todo el Pueblo de Dios se inscribe naturalmente el Año Santo, con su peregrinar. La gracia del Jubileo se obtiene en efecto al precio de una puesta en marcha y de un caminar hacia Dios, en la fe, la esperanza y el amor. Al diversificar los medios y los momentos de este Jubileo, Nos hemos querido facilitar a cada uno todo lo que es posible. Lo esencial sigue siendo la decisión interior de responder a la llamada del Espíritu, de manera personal, como discípulos de Jesús, en cuanto hijos de la Iglesia católica y apostólica y según las intenciones de esta Iglesia. Lo demás pertenece al orden de los signos y de los medios. Sí, la peregrinación deseada es para el Pueblo de Dios en su conjunto y para cada persona en el seno de este Pueblo un movimiento, una Pascua, es decir, un paso hacia el lugar interior donde el Padre, el Hijo y el Espíritu lo acogen en su propia intimidad y unidad divina: «Si alguien me ama, dice Jesús, mi Padre le amará y vendremos a él y pondremos en él nuestra morada» (Jn 14,23). Lograr esta presencia supone constantemente una profundización de la verdadera conciencia de sí mismo como criatura y como Hijo de Dios.
62. ¿No es una renovación interior de este género la que ha querido fundamentalmente el reciente Concilio? (16) Ahora bien, se trata allí ciertamente de una obra del Espíritu, de un don de Pentecostés. Hay que reconocer también una intuición profética en nuestro predecesor Juan XXIII cuando preveía una especie de nuevo Pentecostés como fruto del Concilio (17). Nos mismo hemos querido situarnos en la misma perspectiva y en la misma espera.
No es que los efectos de Pentecostés hayan cesado de ser actuales a lo largo de la historia de la Iglesia, pero son tan grandes las necesidades y los peligros de este siglo, son tan vastos los horizontes de una humanidad conducida hacia una coexistencia mundial que luego se ve incapaz de realizar, que esa misma humanidad no puede tener salvación sino en una nueva efusión del don de Dios. Venga, pues, el Espíritu Creador a renovar la faz de la tierra.
63. Durante este Año Santo, os hemos invitado a hacer de manera real o espiritual, una peregrinación a Roma, es decir al centro de la Iglesia católica. Pero es evidente que Roma no constituye la meta final de nuestra peregrinación terrena. Ninguna ciudad santa constituye tal meta. Ésta se encuentra más allá de este mundo, en lo profundo del misterio de Dios, invisible todavía para nosotros; porque caminamos en la fe, no es una visión clara, y lo que seremos no se nos ha revelado todavía.
64. Así sucede con la Jerusalén celebrada por los salmistas. Jesús mismo y María su Madre han cantado en la tierra, mientras subían hacia Jerusalén, los cánticos de Sión: «perfección de la hermosura, delicia de toda la tierra» (Sal 50,2; 48,3). Pero es de Cristo de quien, desde entonces, la Jerusalén de arriba recibe su atractivo, y hacia Él se dirige nuestra marcha interior.
65. Así sucede también con Roma,
donde los santos apóstoles Pedro y Pablo derramaron su sangre como testimonios
supremos. Su vocación es de origen apostólico y el ministerio que Nos debemos ejercer
desde ella es un servicio en favor de la Iglesia entera y de
66. Lo que aquí vive, no por voluntad humana sino por libre y misericordiosa benevolencia del Padre, del Hijo y del Espíritu, es la solidez de Pedro, como la evoca nuestro predecesor San León Magno, en términos inolvidables: «San Pedro no cesa de presidir desde su Sede, y conserva una participación incesante con el Sumo Pontífice. La firmeza que él recibe de la Roca que es Cristo, convirtiéndose él mismo en Pedro, la transmite a su vez a sus herederos; y dondequiera que aparece alguna firmeza, se manifiesta de manera indudable la fuerza del Pastor (...). De ahí que esté en su pleno vigor y vida, en el Príncipe de los Apóstoles, aquel amor de Dios y de los hombres que no han logrado atemorizar ni la reclusión en el calabozo, ni las cadenas, ni las presiones de la muchedumbre, ni las amenazas de los reyes; y lo mismo sucede con su fe invencible, que no ha cedido en el combate ni se ha debilitado en la victoria» (18).
67. Nos deseamos que en todo tiempo, pero, más todavía durante la celebración del Año Santo, experimentéis vosotros con Nos, sea en Roma, sea en cualquier Iglesia consciente del deber de sintonizarse con la auténtica tradición conservada en Roma (19), «cuán bueno y hermoso es habitar juntos los hermanos» (Sal 133,1).
68. Alegría común, verdaderamente sobrenatural, don del Espíritu de unidad y de amor, y que no es posible de verdad sino donde la predicación de la fe es acogida íntegramente, según la norma apostólica. Porque esta fe, la Iglesia católica «aunque dispersa por el mundo entero, la guarda cuidadosamente, como si habitara en una sola casa, y cree en ella unánimemente, como si no tuviera más que un alma y un corazón; y con una concordancia perfecta, la predica, la enseña y la trasmite, como si no tuviera sino una sola boca» (20).
69. Esta «sola casa», este «corazón»
y esta «alma» únicos, esta «sola boca», son indispensables a la
Iglesia y a la humanidad en su conjunto, para que pueda elevarse permanentemente
aquí abajo, en armonía con la Jerusalén de arriba, el cántico nuevo, el himno
de la alegría divina. Y es la razón por
Conclusión
70. En el curso de este Año Santo, hemos creído ser fiel a las inspiraciones del Espíritu Santo, pidiendo a los cristianos que vuelvan de este modo a las fuentes de la alegría.
71. Hermanos e hijos amadísimos: ¿No es normal que tengamos alegría dentro de nosotros, cuando nuestros corazones contemplan o descubren de nuevo, por la fe, sus motivos fundamentales? Estos son además sencillos: tanto amó Dios al mundo que le dio su único Hijo; por su Espíritu, su presencia no cesa de envolvernos con su ternura y de penetrarnos con su vida; vamos hacia la transfiguración feliz de nuestras existencias, siguiendo las huellas de la resurrección de Jesús. Sí, sería muy extraño que esta Buena Nueva, que suscita el aleluya de la Iglesia no nos diese un aspecto de salvados.
72. La alegría de ser cristiano, vinculado a la Iglesia «en Cristo», en estado de gracia con Dios, es verdaderamente capaz de colmar el corazón humano. ¿No es esta exultación profunda la que da un acento tan conmovedor al escrito de Blas Pascal: «Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría»? Y cuántos escritores muy recientes —pensamos por ejemplo en Georges Bernanos— saben expresar en una nueva forma esta alegría evangélica de los humildes, que brilla por todas partes en un mundo que habla del silencio de Dios.
73. La alegría nace siempre de una cierta visión acerca del hombre y de Dios. «Si tu ojo está sano todo tu cuerpo será luminoso» (Lc 11,34). Tocamos aquí la dimensión original e inalienable de la persona humana: su vocación a la felicidad pasa siempre por los senderos del conocimiento y del amor, de la contemplación y de la acción. ¡Ojalá logréis alcanzar lo que hay de mejor en el alma de vuestro hermano y esa Presencia divina, tan próxima al corazón humano!
74. ¡Que nuestros hijos inquietos
de ciertos grupos rechacen pues los excesos de la crítica sistemática y
aniquiladora! Sin necesidad de salirse de una visión realista, que las
comunidades cristianas se conviertan en lugares de confianza recta y serena,
donde todos sus miembros se entrenen resueltamente en el discernimiento de los
aspectos positivos de las personas y de los acontecimientos. «La caridad no se goza de la injusticia, sino
que se alegra con
75. La educación para una
tal visión no es sólo cuestión de psicología. Es también un fruto del Espíritu
Santo. Este Espíritu que habita en plenitud la persona de Jesús, lo hace durante
su vida terrestre tan atento a las alegrías de la vida cotidiana, tan delicado y persuasivo para enderezar a los pecadores por el
camino de una nueva juventud de corazón y de espíritu. Es el mismo Espíritu que
animaba a
76. Éste es el Espíritu de
Pentecostés que impulsa hoy a numerosos discípulos de Cristo por los caminos de
la oración, de la súplica, en la alegría de una alabanza filial, hacia el
servicio humilde y gozoso de los desheredados y de los marginados de nuestra
sociedad. Porque la alegría no puede separarse de
77. Esta mirada bondadosa sobre los seres y sobre las cosas, fruto de un espíritu humano iluminado y fruto del Espíritu Santo, halla en los cristianos un lugar privilegiado de renovación: la celebración del misterio pascual de Jesús. En su Pasión, en su Muerte y en su Resurrección, Cristo recapitula la historia de todo hombre y de todos los hombres, con su carga de sufrimientos y de pecados, con sus posibilidades de perfección y de santidad. Por eso nuestra última palabra en esta Exhortación es una llamada urgente a todos los responsables y animadores de las comunidades cristianas: que no teman insistir a tiempo y a destiempo sobre la fidelidad de los bautizados a la celebración gozosa de la Eucaristía dominical. ¿Cómo podrían abandonar este encuentro, este banquete que Cristo nos prepara con su amor? ¡Que la participación sea muy digna y festiva a la vez! Cristo, crucificado y glorificado viene en medio de sus discípulos para conducirlos juntos a la renovación de su Resurrección. Es la cumbre, aquí abajo, de la Alianza de amor entre Dios y su pueblo: signo y fuente de alegría cristiana, preparación para la Fiesta eterna.
Que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo os conduzcan a ella. Nos os bendecimos de todo corazón.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 9 de mayo del año 1975, duodécimo de nuestro Pontificado.
Paulus PP. VI
Notas
1) Cf. Exhortación apostólica Paterna cum benevolentia: ASS 67 (1975), p. 5-23.
2) Cf. Santo Tomás, Suma teológica, I-II, q.31, a.3.
3) Santo Tomás, ibíd., II-II, q.28, a.1 y 4.
4) S. Agustín, Confesiones, I, c.l: PL 32,661.
5) Plegaria eucarística n. IV; cf. Heb 4, 15.
6) Pregón pascual.
7) Secuencia de la solemnidad de Pentecostés
8) Carta a los Romanos VII, 2: Patris Apostolici, ed. Funk, I, Tubingae 19012, p. 261; cf. Jn 4, 10; 7, 38; 14,12.
9) Sermón 82, en el aniversario de los Apóstoles Pedro y Pablo, 6: PL 54, 426; cf. Jn 12,24.
10) Cf. In Lucam 15: PG 13,1838-1839; cf. Dictionnaire de Spiritualité, t. VIII, c. 1245 (Beauchesne 1974).
11) Cf. De vita in Christo, VII: PG 150,703-715.
12) Carta 175, Manuscrits autobiographiques (Lisieux 1956), B 5r.
13) S. Ireneo, Adversus haereses, V, 8, 1: PG 7, 1142.
14) S. Ireneo, Adversus haereses, IV, 34, 1: PG 7, 1083.
15) S. Agustín, Confesiones, libro X, c.23: CSEL, 33, p. 252.
16) C. Pablo VI, Discurso en la apertura de la segunda sesión del Concilio, 1ª parte: 29 de septiembre de 1963: AAS 55 (1963), p.845ss; Encíclica Ecclesiam Suam: AAS 56 (1964), p. 612, 614-618.
17) Juan XXIII, Alocución en la clausura de la primera sesión del Concilio, 3ª parte: 8 de diciembre de 1963: AAS 55 (1963), p.38ss.
18) Sermón 96 (5º sermón pronunciado en el día del aniversario de su elección al pontificado: PL 54, 155-156.
19) S. Ireneo, Adversus haereses, III, 3,2: PG 7, 848-849.
20) S. Ireneo, Adversus haereses, I, 10,2: PG 7,551.
Vuelve a la Tabla de
Contenidos
Discurso de Apertura de
del 10º Aniversario de “Fe y Razón”
Pbro. Dr.
Rector de la Facultad de Teología
del Uruguay “Monseñor Mariano Soler”
Sres. Expositores, Señoras y
Señores,
muy buenas noches.
Tengo el agrado de dar la
bienvenida en nombre de
Quiero destacar esto porque nuestro Papa Benedicto XVI, comparando la época del Santo Cura con la nuestra, afirmaba que:
«los
desafíos de la sociedad actual no son menos arduos; al contrario, tal vez
resultan todavía más complejos. Si entonces existía la ‘dictadura del
racionalismo’, en la época actual reina en muchos ambientes una especie
de ‘dictadura del relativismo’. Ambas parecen respuestas
inadecuadas a la justa exigencia del hombre de usar plenamente su propia razón
como elemento distintivo y constitutivo de la propia identidad.
- El racionalismo fue
inadecuado porque no tuvo en cuenta las limitaciones humanas y pretendió poner
la sola razón como medida de todas las cosas, transformándola en una diosa;
- el relativismo contemporáneo mortifica la razón, porque de hecho llega a afirmar que el ser humano no puede conocer nada con certeza más allá del campo científico positivo. Sin embargo, hoy, como entonces, el hombre "que mendiga significado y realización" busca continuamente respuestas exhaustivas a los interrogantes de fondo que no deja de plantearse». (1)
El Siervo de Dios Papa Juan Pablo II, de cara al tercer milenio, reclamaba:
«a los hijos de
La situación es tan delicada que
el mismo Papa Benedicto XVI denunciaba que «la secularización,
que se presenta en las culturas como configuración del mundo y de la humanidad
sin referencia a
Esta secularización no
es sólo una amenaza exterior para los creyentes, sino que que desde ya
hace tiempo se manifiesta en el seno de
«No hay que dar por
descontada nuestra fe. Hoy existe el peligro de una secularización
que se infiltra incluso dentro de
De aquí la reclamada exigencia de una «fe adulta».
“En los últimos decenios la palabra ‘fe adulta’ se ha convertido en un
eslogan generalizado. A menudo se entiende como la actitud de quien ya no
escucha a
«Dios nunca pide al hombre
que sacrifique su razón. La razón nunca está en contradicción
real con
Que
Montevideo, 4 de noviembre de
2009.
*****
1) Cf. Catequesis del miércoles 5 de agosto de 2009.
2) Cf. Juan Pablo II, Tertio Millennio
Adveniente, Carta Apostólica del 10 de noviembre de 1994, n. 36.
3) Cf. Benedicto XVI, Discurso del sábado 8 de
marzo de 2008, en OR esp. del 4 de abril de 2008, p.
5.
4) Cf. Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad del
Corpus Christi, jueves 11 de junio de 2009, en OR esp. del
19 de junio de 2009, pp. 5-6, aquí p. 6.
5) Benedicto XVI, Homilía en las primeras Vísperas de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo en la Basílica de San Pablo extramuros, Domingo 28 de junio de 2009, con ocasión de la clausura del Año Paulino, en OR esp. del 3 de julio de 2009, p. 3s.
6) Benedicto XVI, Homilía del sábado 13 de setiembre de 2008 en París, en OR esp. del 19 de setiembre, p. 11s.
7) Benedicto XVI, Caritas in Veritate, Encíclica
del 29 de junio de 2009, n. 57.
Norberto Corsini
Comentario crítico
del libro: Fernando Amado, En penumbras.
La Masonería uruguaya (1973-2008), Editorial Fin de Siglo, Montevideo,
2008, 9ª edición).
1.
Un libro filo-masónico
En el Prefacio del libro en cuestión, que se
ha convertido en un best-seller a
escala uruguaya, el autor dice que el objetivo de su libro es “desmitificar las fantasías que se tejen
alrededor de la (institución masónica)…
e intentar desnudar la verdadera esencia de la orden.” (p. 15). Intenta
presentar su trabajo como una investigación objetiva y desapasionada: “El escritor e investigador no debe
pertenecer al colectivo que piensa analizar. No sería leal con el lector.”
(pp. 15-16).
No obstante, el autor reconoce su fascinación
por la masonería: “Lo cierto es que cada
día que pasaba quería saber más y más sobre la realidad de la Masonería, una
institución que había logrado despertar en mí un interés tan impresionante que
sólo podía compararse con mi gran amor:
El lector puede comprobar fácilmente que esa
fascinación anuló en buena medida el sentido crítico del autor, quien, a lo
largo de toda su obra, se esfuerza por justificar todos los defectos y errores
de la masonería, terminando siempre por absolverla. Estamos, pues, ante un
libro evidentemente filo-masónico. Como prueba, me limitaré a citar dos textos,
contenidos al comienzo y al final del libro, respectivamente.
El Capítulo I comienza con estas palabras: “La Masonería goza en todo el mundo de una
reputación y una ascendencia casi incomparable. Para sus integrantes, y para
aquellos que no la integran pero la defienden, una reputación mayoritariamente
intachable que ha permitido en definitiva su supervivencia hasta hoy.” (p.
19).
Al final del último capítulo del libro, en un
apartado titulado “El verdadero poder de
los masones uruguayos: la formación en valores”, el autor presenta sus
propias conclusiones sobre el tema analizado: “La Masonería del Uruguay forma y recuerda a todos sus obreros, con
pequeños o gigantes nombres, pero en definitiva todos ellos con la misma
vocación de servicio… La Masonería en el Uruguay ha tenido el privilegio de
albergar en su seno a miles de hombres íntegros e intachables. Quizás
agudizando nuestros sentidos podamos percibir a un masón al hablar o al actuar,
sin necesidad de tener que verlo ataviado… (Su) único objetivo es que cada uno logre perfeccionarse interiormente para
luego llegar a ser cada día una mejor persona y un mejor ciudadano. Lo humano
no es perfecto, si no no sería humano… y por ello siempre habrá masones
regulares, buenos y excelentes; lo único perfecto es la institución.” (p.
277-279).
Un simple silogismo prueba que el autor,
impulsado por su amor a la masonería, ha llegado a una conclusión irracional:
Todo lo humano es imperfecto. La institución masónica es perfecta. Ergo, la
institución masónica no es humana, sino un camino de sabiduría supremo,
sobrehumano, divino...
No hay ningún argumento válido, ni histórico
ni filosófico, que sustente esta desmesurada pretensión.
2.
Un libro anti-católico
La opinión del autor acerca del catolicismo
queda de manifiesto sobre todo en el siguiente párrafo, que merece ser
transcripto íntegramente: “Ser masón en
el Uruguay es ser un cabal librepensador. Filosóficamente, la razón es la que
permite dilucidar verdades. Esto sin disminuir, deteriorar, desacreditar o
menguar ninguna idea, y mucho menos ninguna fe. Este es quizás uno de los
puntos más álgidos de enfrentamiento que el Catolicismo tiene con
El autor incurre aquí en un cúmulo de errores
y de contradicciones.
Consideremos en primer lugar su conclusión: “La Iglesia católica… no (deja)… espacio para la libertad de conciencia.”
(p. 278), de lo cual se deduce que -en definitiva- es una institución nociva
para el desarrollo humano y social.
La acusación del autor contra la Iglesia
Católica es totalmente falsa. La verdad revelada por Dios a los hombres en
Jesucristo y transmitida por la Iglesia Católica no atenta contra la libertad
humana, sino que la salva y la eleva, perfeccionándola. Es semejante a una luz
encendida en medio de la oscuridad, que no quita al caminante su libertad de
elegir su propio camino, sino que lo ayuda a hacerlo. Esto ya lo dijo el mismo
Jesús: “Jesús dijo a aquellos judíos que habían
creído en él: «Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente
mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres».” (Juan 8,31-32).
Las
tres virtudes teologales del cristiano (fe, esperanza y caridad o amor) suponen
la libertad del hombre. El acto de fe es libre por su misma esencia. Es
imposible obligar a alguien a creer en Dios, en Cristo o en la Iglesia, porque
la fe no es una coacción exterior, sino un acto interior del hombre. La defensa
de la libertad religiosa, entonces, no es una concesión de la Iglesia al
liberalismo, sino una exigencia intrínseca del mismo cristianismo. Algo similar
se puede decir acerca de la esperanza, que consiste en esperar el cumplimiento
de las promesas del mismo Dios en quien creemos. Y el amor es, clarísimamente,
un acto libre. Se puede obligar a alguien a cumplir determinadas leyes y normas
o a realizar determinados ritos y actos externos, pero sólo por una libre e
íntima decisión personal se puede cumplir el doble mandamiento que sintetiza
toda la moral cristiana: amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo
como a uno mismo.
Probablemente
en el fondo de la filosofía masónica yazca la errónea concepción de que Dios
-si existe- es enemigo del hombre. El cristiano, en cambio, sabe que Dios y el
hombre no se oponen, y que la sabiduría y la libertad infinitas de Dios no
anulan, sino que hacen posibles, la sabiduría y la libertad finitas del hombre.
El ser humano ha sido creado a imagen de Dios y está llamado a ser hijo de Dios
y a realizarse plenamente en una comunión eterna de amor con Dios y con sus
hermanos. Éste es el sublime destino del hombre, que el cristiano conoce por la
fe, y que la filosofía masónica desconoce.
Además, según la doctrina católica ortodoxa,
el acto de fe no es irracional, sino suprarracional. Es un acto de la
inteligencia, movida por la voluntad de adherirse a la verdad revelada por
Dios, el Ser sapientísimo y perfectísimo, que no puede ni engañarse ni
engañarnos. La fe cristiana está basada en motivos racionales de credibilidad
(los “preámbulos de la fe”), que están al alcance de la sola razón natural.
Así, la razón humana es capaz de demostrar la existencia de Dios, de probar que
los Evangelios cumplen los criterios de historicidad generalmente aceptados, de
constatar que en la historia de la Iglesia Católica se da una continuidad
sustancial, desde su fundación por Jesucristo hasta hoy, etc. En suma, según la
doctrina católica, el camino que conduce al hombre hacia el acto de fe
cristiana es un camino plenamente racional.
Pasemos ahora al asunto de los dogmas. Si
alguien, impulsado por razones de peso suficiente, ha llegado a creer en Dios,
en que Dios ha hablado a los hombres en Jesucristo, la Palabra de Dios hecha
carne, y en que el Espíritu de Dios y de Cristo es el alma de la Iglesia
fundada por el mismo Cristo, ¿qué otra actitud le cabe -racionalmente- sino la
de confiar enteramente en la Palabra de Dios transmitida en
Volvamos ahora al comienzo del párrafo
citado: “Ser masón en el Uruguay es ser
un cabal librepensador. Filosóficamente, la razón es la que permite dilucidar
verdades.” (p. 278).
He aquí una profesión de fe racionalista:
sólo la razón natural (y no la fe sobrenatural) es verdadero medio de
conocimiento. La filosofía masónica acepta sin pruebas racionales
(“dogmáticamente”, en el mal sentido de la palabra que los propios masones han
popularizado) ese falso postulado racionalista. El cristiano, en cambio, sabe
que la fe y la razón son dos formas, distintas pero compatibles y
complementarias entre sí, de acceder al conocimiento.
Fijemos ahora la atención en una gran
contradicción del párrafo citado. Allí el autor, al igual que varios masones
entrevistados por él a lo largo de todo el libro, insiste en que la masonería
es compatible con todas las religiones, incluso el catolicismo. En otras partes
del libro, fuentes masónicas subrayan que la masonería acepta miembros
católicos y afirman que el conflicto entre la Iglesia Católica y la Masonería
es responsabilidad exclusiva de
Haré una última observación. El autor
desestima como un mito la versión de que algunos rituales masónicos son
directamente anticatólicos o incluso blasfemos. No entro en el fondo de
3.
La condena de la Iglesia
católica a la Masonería
Haré aquí algunos comentarios sobre el
comienzo del Capítulo IV, titulado “La
Iglesia católica y su adversario de todas las horas: la Masonería”. Citaré
el texto del autor en letra itálica, intercalando mis comentarios en letra
normal.
“1. ¿Ser católico y ser masón, es posible?
1.1 La condena universal de la
Iglesia católica
Lo primero que
debemos señalar es que la respuesta a esta pregunta nos introduce en un terreno
harto sinuoso, de múltiples y variadas respuestas.” (p. 77)
En realidad, no es así. Esa pregunta admite
sólo dos respuestas: “Sí” (la respuesta masónica) o “No” (la respuesta
católica).
“Sin embargo,
históricamente la contestación es algo más sencilla, al punto de que, según se
dice, hubo varios Papas masones.” (Íbidem).
Resulta chocante que en un libro que pretende
ser el resultado de una investigación periodística seria, y en el que además se
rechaza gratuitamente como mitos o leyendas varias acusaciones contra la
masonería, se incluya la absurda afirmación de que “hubo varios Papas masones”, basándola únicamente en un “se dice”. De un periodista que hace bien
su trabajo cabría esperar al menos que indicase la lista de los supuestos
“Papas masones” y que apoyase esa lista en -por lo menos- una fuente confiable
de información histórica.
“Pero la embestida
católica universal contra la Masonería comienza en 1738 cuando se emite
Aquí el autor parece contradecirse a sí
mismo. Es sabido que la masonería moderna nació en 1717, en la ciudad de
Londres. Apenas 21 años después, lo cual es poco tiempo para una época en la
que el ritmo de los acontecimientos históricos era mucho menor que el actual,
el Papa Clemente XII condenó la masonería, condena que la Iglesia Católica ha
mantenido invariablemente desde entonces hasta hoy, a tal punto que el autor
(siguiendo el punto de vista masónico) habla de “la embestida católica universal contra la Masonería”. ¿Qué espacio
queda entonces para los supuestos “Papas masones”? ¿Hubo, según Fernando Amado,
varios Papas masones de 1717 a 1738, en la época en que la naciente masonería
moderna comenzó a difundirse por Europa y en que Roma tomó conciencia de sus amenazas
contra la fe católica? ¿O bien hubo, según Fernando Amado, varios Papas masones
de 1738 en adelante, Papas que a la vez mantuvieron firmemente la condena papal
a la masonería? ¿O quizás Amado se refiere al período anterior a 1717,
ignorando que la masonería moderna (nacida en ese año) es sustancialmente
diferente de la masonería medieval (que era plenamente católica), asemejándose
a ella sólo en algunos aspectos externos, no en su espíritu? Sería interesante
saberlo.
Por lo demás, “la embestida católica universal contra la Masonería” (o, como
tituló más arriba el mismo autor, “la
condena universal de la Iglesia católica” a la masonería) no deja ningún
espacio para el “terreno harto sinuoso,
de múltiples y variadas respuestas”, postulado poco antes por Amado.
Agrego
una última precisión: la referida excomunión afecta sólo a los católicos que
han ingresado a la masonería, no a los que pretenden hacerlo, según la
interpretación rigorista del autor.
4.
¿Católicos y masones a la vez?
Entrevistado por el autor, el Dr. Luis
Alberto Lacalle, ex Presidente de la República, declaró lo siguiente: “Antes que nada quiero decir que yo no soy
masón;… Tengo por tanto un gran respeto por la institución masónica, y creo que
en la versión moderna las antinomias y las prohibiciones que nos alcanzaban a
los católicos respecto de la misma han desaparecido, y tengo grandes amigos que
son integrantes.” (p. 154).
Debo decir que el Dr. Lacalle está mal
informado respecto a la actual relación entre el catolicismo y la masonería.
A
continuación (y hasta el final de este numeral) haré una exposición basada en
gran parte en un artículo publicado en Aciprensa, titulado “¿Por qué un católico no puede ser masón?”.
A lo largo de
su historia la Iglesia católica ha condenado la pertenencia de sus fieles a
asociaciones contrarias a la fe cristiana o que podían poner en peligro esa fe.
Entre esas asociaciones se encuentra
Esta redacción
supuso novedades respecto al Código de 1917, pues no se menciona expresamente a
la masonería como asociación que maquina contra
La Iglesia ha
condenado siempre
Es difícil
hallar un tema sobre el que las autoridades de la Iglesia católica se hayan
pronunciado tan reiteradamente como en el de la masonería: desde 1738 a 1980 se
conservan no menos de 371 documentos críticos sobre la masonería, a los que hay
que añadir las abundantes intervenciones de los dicasterios de
Casi desde su
aparición, la masonería generó preocupaciones en
El canon 2335
del Código de Derecho Canónico de 1917 establecía que "los que dan su nombre a la secta masónica, o
a otras asociaciones del mismo género, que maquinan contra la Iglesia o contra
las potestades civiles legítimas, incurren ipso facto en excomunión simplemente reservada a
Este delito consistía en primer lugar en dar el nombre o inscribirse en determinadas asociaciones. En segundo lugar, la inscripción se debía realizar en alguna asociación que maquinase contra la Iglesia: se entendía que maquinaba aquella sociedad que, por su propio fin, ejerce una actividad rebelde y subversiva o la favorece, ya por la propia acción de los miembros, ya por la propagación de la doctrina subversiva; que, de forma oral o por escrito, actúa para destruir la Iglesia -esto es, su doctrina, sus autoridades en cuanto tales o sus derechos- o la legítima potestad civil. En tercer lugar, las sociedades penalizadas eran la masonería y otras del mismo género, con lo cual el Código de Derecho Canónico establecía una clara distinción: mientras que el ingreso en la masonería era castigado automáticamente con la pena de excomunión, la pertenencia a otras asociaciones tenía que ser explícitamente declarada como delictiva por la autoridad eclesiástica en cada caso.
Algunos de los motivos que fundamentaron la condena de la masonería por parte de la Iglesia católica fueron el carácter secreto de la organización, el juramento que garantizaba ese carácter oculto de sus actividades y los complots perturbadores que la masonería llevaba a cabo en contra de la Iglesia y los legítimos poderes civiles. La pena establecía directamente la excomunión, estableciéndose además una pena especial para los clérigos y los religiosos en el canon 2336.
A partir del Concilio Vaticano II se dio un incipiente diálogo entre masones y católicos. En algunos países (sobre todo Francia, los países escandinavos, Inglaterra, Brasil y Estados Unidos) se empezó a cuestionar la actitud católica ante la masonería, revisando desde la historia los motivos que llevaron a la Iglesia a adoptar su actitud condenatoria y pretendiendo que se hiciera una mayor distinción entre la masonería regular, ortodoxa, tradicional, religiosa y aparentemente apolítica, y la masonería irregular, irreligiosa, política y heterodoxa.
Estos motivos,
diálogos y debates, y las más o menos constantes peticiones llegadas de varias
partes del mundo a Roma, hicieron que, entre 1974 y 1983, la Congregación para
la Doctrina de la Fe retomase los estudios sobre la masonería y publicase tres
documentos que supusieron una nueva interpretación del canon 2335. En este
ambiente de cambios, no extraña que el cardenal Krol, arzobispo de Filadelfia,
preguntase a la Congregación para la Doctrina de la Fe si la excomunión para
los católicos que se afiliaban a la masonería seguía estando en vigor. La
respuesta a su pregunta la dio la Congregación a través de su Prefecto, en una
carta de 19 de julio de 1974. En ella se explica que, durante un amplio examen
de la situación, se había hallado una gran divergencia de opiniones, según los
países.
Las dudas no tardaron en plantearse: ¿cuál era el criterio para verificar si una asociación masónica conspiraba o no contra la Iglesia?; y ¿qué sentido y extensión debía darse a la expresión “conspirar contra la Iglesia”?
Esta situación
algo confusa comenzó a ser aclarada por la declaración del 28 de abril de 1980
de
El 17 de febrero de 1981, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una declaración en la que afirma de nuevo la excomunión para los católicos que den su nombre a la secta masónica y a otras asociaciones del mismo género, con lo cual, la actitud de la Iglesia acerca de la masonería permanece invariable hasta nuestros días.
A continuación citaré la última “Declaración sobre la Masonería” de la Congregación para la Doctrina de la Fe:
“Se ha presentado la pregunta de si ha cambiado el juicio de la Iglesia
respecto de la masonería, ya que en el nuevo Código de Derecho Canónico no está
mencionada expresamente como lo estaba en el Código anterior.
Esta Sagrada Congregación puede responder que dicha circunstancia es
debida a un criterio de redacción, seguido también en el caso de otras
asociaciones que tampoco han sido mencionadas por estar comprendidas en
categorías más amplias.
Por tanto, no ha cambiado el juicio negativo
de la Iglesia respecto de las asociaciones masónicas, porque sus principios
siempre han sido considerados inconciliables con la doctrina de la Iglesia; en
consecuencia, la afiliación a las mismas sigue prohibida por
No entra en la competencia de las
autoridades eclesiásticas locales pronunciarse sobre la naturaleza de las
asociaciones masónicas con un juicio que implique derogación de cuanto se ha
establecido más arriba, según el sentido de la Declaración de esta Sagrada
Congregación del 17 de febrero de 1981.
El
Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la audiencia concedida al cardenal Prefecto
abajo firmante, ha aprobado esta Declaración, decidida en la reunión ordinaria
de esta Sagrada Congregación, y ha mandado que se publique.
Roma, en la sede de
Esta Declaración está firmada por el Cardenal Prefecto Joseph Ratzinger, actual Papa Benedicto XVI.
5.
La doctrina masónica
Fernando Amado reproduce declaraciones de
Mons. Pablo Galimberti, Obispo de Salto (Uruguay). Otra vez citaré el texto del
libro en letras itálicas, intercalando mis comentarios en letra normal.
“Monseñor
Galimberti, entrevistado para este trabajo, definió a la Masonería como una
institución de difícil encuadre en una sola definición debido a la ausencia de
rasgos nítidos y permanentes que, en su opinión, es precisamente una de las
características de la Masonería.” (p. 83).
Es sin duda cierto que resulta difícil hablar
con propiedad de la masonería, debido sobre todo a su carácter secreto. También
es claro que entre las distintas organizaciones masónicas existen diferencias
no despreciables. Sin embargo, con base en las opiniones de expertos en el
tema, sostengo que esas diferencias son accidentales (o sea, de matices), y que
la masonería tiene una esencia permanente.
Recordemos algo que ya dijimos en
el numeral anterior: el 28 de abril de 1980,
Vale decir que, según los Obispos
alemanes (y, seguramente, según los competentes teólogos alemanes que
asesoraron a sus Obispos) existen rasgos permanentes en
“Según Galimberti, por un lado a veces se diferencian aspectos y perfiles más nítidamente opuestos a la Iglesia y en ese sentido ha habido pronunciamientos claros de la Iglesia condenando a la Masonería.” (Íbidem).
Aunque es cierto que el carácter anticatólico de la masonería aparece más claramente en algunas logias que en otras (por ejemplo, más en las irregulares que en las regulares) y, en un mismo país, más en algunas épocas que en otras (por ejemplo, en el Uruguay, más a fines del siglo XIX y principios del siglo XX que a principios del siglo XXI), ese carácter es esencial, y por ende permanente. La razón principal de las condenas del Magisterio de la Iglesia Católica a la masonería es esa oposición esencial de la masonería a la Iglesia, no tanto los conflictos históricos contingentes entre ambas instituciones.
“Asimismo, el actual Obispo de Salto y presidente de
Aquí el autor muestra otra vez que no ha
hecho del todo bien su trabajo: en 2008 hacía ya varios años que Mons. Collazzi
había sucedido a Mons. Galimberti como Presidente de
“Según Galimberti,
la Masonería carece de un cuerpo doctrinal como sí lo tiene la Iglesia.” (Íbidem).
Concuerdo con esta frase, siempre y cuando la
falta de coma después de la palabra “doctrinal” no sea un error de redacción
del autor del libro. Es verdad que la masonería no tiene un cuerpo doctrinal
como el de la Iglesia Católica, es decir, tan extensamente desarrollado, y
expuesto en forma tan clara y explícita en documentos oficiales autorizados y
públicos como, por ejemplo, el Catecismo de la Iglesia Católica y su Compendio.
Pero temo que bastantes lectores interpreten la frase citada así: “la Masonería
carece de un cuerpo doctrinal, como sí lo tiene la Iglesia”. Vista así, esa
frase sería errónea. Según los expertos sobre la masonería, tanto masones como
“profanos” (es decir, no masones), sí existe una doctrina masónica, expuesta
sobre todo en sus rituales.
A modo de conclusión, reproduciré íntegramente un artículo publicado el 23 de febrero de 1985 en la página 1 de la edición italiana de L’Osservatore Romano, en el cual se reflexiona sobre la imposibilidad de conciliar la fe cristiana con la masonería.
“El
26 de noviembre de 1983 la Congregación para la Doctrina de la Fe publicaba una
declaración sobre las asociaciones masónicas. A poco más de un año de su
publicación puede ser útil ilustrar brevemente el significado de este
documento.
Desde
que la Iglesia comenzó a pronunciarse acerca de la Masonería, su juicio
negativo sobre ésta ha estado inspirado en múltiples razones, prácticas y
doctrinales. La Iglesia no ha juzgado a la Masonería solamente por ser
responsable de actividad subversiva en contra suya, sino que desde los primeros
documentos pontificios sobre la materia, en particular en
No
se podía, por tanto, dejar de tomar en consideración las posiciones de la
Masonería desde el punto de vista doctrinal, cuando en los años 1970-1980
Un
estudio más a fondo ha llevado a
Prescindiendo,
por lo tanto, de la consideración del comportamiento práctico de las diversas
logias, de la hostilidad al menos en la confrontación con la Iglesia,
Partiendo
de este punto de vista doctrinal, en continuidad con la posición tradicional de
la Iglesia -como lo testimonian los documentos de León XIII arriba citados-, se
derivan seguidamente las necesarias consecuencias prácticas, que valen para
todos aquellos fieles que eventualmente estuvieren inscritos en la Masonería.
En
algunos sectores se ha dado por objetar, respecto de las afirmaciones sobre la imposibilidad
de conciliar los principios, que sería esencial a la Masonería precisamente el
hecho de no imponer ningún «principio», en el sentido de una posición
filosófica o religiosa que sea obligatoria para todos sus miembros, sino por el
contrario de acoger a todos, más allá de los límites de las diversas religiones
y visiones del mundo, hombres de buena voluntad basados en valores humanos
comprensibles y aceptados por todos.
La
Masonería constituiría un punto de cohesión para todos aquellos que creen en el
Arquitecto del universo y se sienten comprometidos en la lucha por aquellos
ordenamientos morales fundamentales que están definidos por ejemplo en el
decálogo; la Masonería no alejaría a nadie de su religión, sino por el
contrario constituiría un incentivo para un mayor compromiso.
Los
múltiples problemas históricos y filosóficos que se esconden en tales
afirmaciones no pueden ser discutidos aquí. Después del Concilio Vaticano II
ciertamente no es necesario subrayar que la Iglesia Católica alienta una
colaboración
Antes
que nada se debe recordar que la comunidad de los «Liberi Muratori» y sus
obligaciones morales se presentan como un sistema progresivo de símbolos de
carácter extremadamente impositivo. La rígida disciplina del secreto que allí
domina refuerza a la postre el peso de la interacción de signos e ideas. Para
los inscritos este clima reservado comporta, entre otras cosas, el riesgo de
terminar siendo un instrumento de estrategias para ellos desconocidas.
Incluso
si se afirma que el relativismo no se asume como un dogma, sin embargo se
propone de hecho una concepción simbólica relativista, y por lo tanto el valor
relativizante de tal comunidad moral-ritual, lejos de poder ser eliminado,
resulta por el contrario determinante.
En
tal contexto, las diversas comunidades religiosas a las que pertenecen los
miembros de las logias no pueden ser consideradas sino como simples
institucionalizaciones de un anillo más amplio e inasible. El valor de esta
institucionalización se muestra, por tanto, inevitablemente relativo, respecto
a esta verdad más amplia, la cual se manifiesta más fácilmente en la comunidad
de la buena voluntad, esto es en la fraternidad masónica.
Aun
así, para un cristiano católico no es posible vivir su relación con Dios de una
manera doble, es decir, escindiéndola en una forma humanitario-supraconfesional
y en una forma interior-cristiana. Éste no puede cultivar relaciones de dos
tipos con Dios, ni expresar su relación con el Creador por medio de formas
simbólicas de dos especies. Ello sería algo completamente distinto a aquella
colaboración, que le es obvia, con todos aquellos que están comprometidos en la
realización del bien, aunque partan de principios diversos. Por otro lado, un
cristiano católico no puede al mismo tiempo participar de la plena comunión de
la fraternidad cristiana y, por otra parte, mirar a su hermano cristiano, desde
la perspectiva masónica, como a un «profano».
Incluso
si, como ya se ha dicho, no hubiese una obligación explícita de profesar el
relativismo como doctrina, aún así la fuerza relativizante de una tal fraternidad,
por su misma lógica intrínseca, tiene en sí la capacidad de transformar la
estructura del acto de fe de un modo tan radical que no sea aceptable por parte
de un cristiano «que ama su fe».
Este
trastorno en la estructura fundamental del acto de fe se da, además, usualmente
de un modo suave y sin ser advertido: la sólida adhesión a la verdad de Dios,
revelada en la Iglesia, se convierte en una simple pertenencia a una
institución, considerada como una forma representativa particular junto con
otras formas representativas, a su vez más o menos posibles y válidas, de cómo
el ser humano se orienta hacia las realidades eternas.
La
tentación de ir en esta dirección es hoy tanto más fuerte cuanto que ésta
corresponde plenamente a ciertas convicciones predominantes en la mentalidad
contemporánea. La opinión de que la verdad no puede ser conocida es
característica de su crisis general.
Precisamente
considerando todos estos elementos, la declaración de
Con
esta última expresión,
Igualmente,
el nuevo documento emitido por
Al
hacer esta declaración,
En
efecto, sólo Jesucristo es el Maestro de la Verdad y sólo en Él pueden los
cristianos encontrar la luz y la fuerza para vivir según el designio de Dios,
trabajando por el verdadero bien de sus hermanos.”
Fuente:
www.defpueblo.blogspot.com
Cumbre de Copenhague: no a cierta “salud reproductiva”,
advierte el Papa
El respeto del medio ambiente no puede ir contra la
persona
CIUDAD DEL VATICANO, viernes 18
de diciembre de 2009 (ZENIT.org).
El Papa Benedicto XVI volvió a
advertir ayer contra la oposición entre el respeto debido al medio ambiente y
la defensa de la persona, al recibir al nuevo embajador danés ante
La presentación de las cartas
credenciales del nuevo representante danés coincide, de hecho, hizo notar el
Papa, con la celebración de
El Papa recibió al nuevo
embajador, junto con los nuevos representantes diplomáticos de Kenia, Uganda,
Sudán, Kazajstán, Bangladesh, Letonia y Finlandia, ayer en
Al dirigirse al nuevo
representante diplomático danés, Benedicto XVI insistió en que “nuestros deberes hacia el medio ambiente
nunca deben separarse de nuestros deberes para con la persona humana”.
“Demasiado a menudo los esfuerzos para promover una comprensión integral del medio ambiente han tenido que sentarse junto a una comprensión reduccionista de la persona”, advirtió el Papa.
Esta visión comporta “la falta de respeto de la dimensión
espiritual de los individuos y, a veces, la hostilidad hacia la familia,
enfrentando a los cónyuges entre sí a través de una imagen distorsionada de la
complementariedad de hombres y mujeres, y enfrentando a la madre y al niño por
nacer, a través de una concepción errónea de la salud reproductiva".
“La responsabilidad en las relaciones, incluyendo la responsabilidad del cuidado de los hijos, nunca puede ser realmente cultivada sin un profundo respeto por la unidad de la vida familiar según el designio de amor de nuestro Creador”, añadió el Papa.
Quiso también insistir en la necesidad de un “cambio moral” profundo de la humanidad a la hora de revisar el actual estilo de vida de los pueblos, y especialmente el económico.
“La atención del mundo está actualmente puesta en Dinamarca, al albergar ésta la cumbre de las Naciones Unidas sobre el cambio climático”, observó.
Sin embargo, señaló, “aunque algunos consensos, sin duda, pueden ser alcanzados a través de la elaboración de las aspiraciones compartidas armonizadas con políticas y objetivos, un cambio fundamental en cualquier forma del comportamiento humano -individual o colectivo- requiere la conversión del corazón”.
En este sentido, subrayó la
necesidad de “valor y sacrificio, frutos
de un despertar ético”, que “nos
permiten entrever un mundo mejor y nos alientan a acometer con esperanza todo
lo que sea necesario para garantizar a las generaciones futuras el legado del
conjunto de la creación en unas condiciones tales que también ellos pueden
llamarla su casa”.
Sin embargo, “cuando el tenor moral de la sociedad declina, los desafíos que enfrentan los líderes de hoy no pueden sino aumentar”, añadió.
Recordando su propio discurso
ante la FAO, el pasado 16 de noviembre, el Papa recordó que “por importantes que sean, los planes de
desarrollo, las inversiones y la legislación no son suficientes”.
“Más bien, los individuos y las comunidades deben cambiar su comportamiento y su percepción de las necesidades. Para los propios Estados, esto comporta una redefinición de los conceptos y principios que han regido hasta ahora las relaciones internacionales”, subrayó.
Por último, el Pontífice subrayó la importancia de un “despertar moral” de la sociedad.
“El escepticismo contemporáneo ante la retórica política, y un creciente malestar con la falta de puntos de referencia éticos que rigen los avances tecnológicos y los mercados comerciales, indican las imperfecciones y limitaciones que existen en los individuos y la sociedad, así como la necesidad de un redescubrimiento de los valores fundamentales y una profunda renovación cultural en armonía con el designio de Dios para el mundo”, afirmó.
Es “urgente hacer hincapié en el deber moral de distinguir entre el bien y el mal en toda acción humana, con el fin de recuperar y fomentar el vínculo de comunión que une a la persona humana y la creación”, concluyó.
ZS09121803 - 18-12-2009.
Fuente: http://www.zenit.org/article-33706?l=spanish
Señor Jesús,
Tú eres amor y vida.
Has querido nacer como todos nacemos, de una mujer.
De esta forma has bendecido a la familia.
Haz que cada familia se convierta
en verdadero santuario de vida y amor.
Haz que tu gracia guíe
los pensamientos y las obras de los esposos,
hacia el bien de sus familias.
Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia
un fuerte apoyo para su crecimiento en la verdad y en el amor.
Haz que los niños sean semilla de esperanza en la familia
y así, con nuestro amor se renueve su inocencia.
Haz que el amor santificado por la gracia del matrimonio,
se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis.
Amén.
Autor: Anónimo
Fuente: Church Forum - www.churchforum.org
Vuelve a la Tabla de
Contenidos
Sitios web
recomendados
(por favor
note que esta lista ha crecido)
|
Sitios de Fe y Razón: |
|
|
Fe y Razón |
|
|
Revista Virtual Fe y Razón |
|
|
Colección de Libros Fe y Razón |
|
|
|
|
|
Sitios de miembros de Fe y Razón: |
|
|
Diácono Jorge Novoa |
|
|
Meditaciones Cristianas |
|
|
Verdades de Fe |
|
|
Aportes al IV Sínodo Arquidiocesano de Montevideo |
|
|
Libros de Daniel Iglesias Grèzes |
|
|
Presentaciones de Daniel Iglesias Grèzes |
|
|
Curso de Introducción a la Teología Moral |
|
|
|
|
|
Sitios de
colaboradores de Fe y Razón: |
|
|
Toma y Lee. Sagradas Escrituras |
|
|
El Blog
del Buen Amor |
|
|
A ver qué hacemos |
|
|
El clero oriental |
|
|
|
|
|
Otros
sitios uruguayos: |
|
|
Veritas de
terra orta est |
|
|
Obra Social Pablo VI |
|
|
Defensores del
pueblo |
|
|
Cultura de la Vida |
|
|
|
|
|
Otros
sitios: |
|
|
Santa Sede |
|
|
Zenit |
|
|
ForumLibertas |
|
|
Noticias Globales |
|
|
Aceprensa |
|
|
Primera Luz |
|
|
Chiesa |
|
|
ConoZe.com |
|
|
Centro de Investigación en Ética Social |
|
|
Fluvium |
|
|
InfoCatólica |
Este mensaje no es un SPAM. Si desea cancelar su suscripción, por favor escríbanos a: feyrazon@gmail.com