Fe
y Razón
Revista virtual gratuita de
teología católica
Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de
la evangelización de la cultura
Nº 36 – Julio de 2009
“Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est”
“Toda verdad, dígala quien la diga,
procede del Espíritu Santo”
(Santo Tomás de Aquino)
“Hoy se hace necesario
rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como
explicación de
Contacto: feyrazon@gmail.com - Por favor envíenos sus
comentarios o sugerencias a esta dirección. Si el mensaje está referido a una
suscripción, por favor indique “Crear suscripción”, “Modificar suscripción” o
“Suprimir suscripción” en el “Asunto” e incluya los siguientes datos en el
cuerpo del mensaje: nombre completo, ciudad o localidad, país, e-mail.
Equipo de
Dirección: Diác. Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing.
Colaboradores: Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P.
Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Dr.
|
Sección |
Título |
Autor o Fuente |
|
Editorial |
Equipo
de Dirección |
|
|
Tema
Central |
Papa Benedicto XVI |
|
|
Tema
Central |
Papa Benedicto XVI |
|
|
Tema
Central |
Formación para el sacerdocio: entre el secularismo y los modelos de
Iglesia |
Mons.
Jean-Louis
Bruguès OP |
|
Tema
Central |
Ignacio Aréchaga |
|
|
Teología |
Ing. Daniel Iglesias Grézes |
|
|
Filosofía |
Lic. Néstor Martínez |
|
|
Iglesia |
Pbro. Juan C. Sanahuja |
|
|
Historia
de la Iglesia |
30 Días en la Iglesia y en el Mundo |
|
|
Oración |
Papa
Juan Pablo II |
El bien proviene de una causa íntegra
Equipo de Dirección
1.
Bonum ex
integra causa
Uno de los principios básicos de la doctrina moral católica, citado reiteradamente por Santo Tomás de Aquino, dice lo siguiente:
“Bonum ex integra causa; malum ex quocumque defecto” (“el bien proviene de una causa íntegra; el mal de cualquier defecto”).
Este principio tiene múltiples aplicaciones. Veamos dos ejemplos:
· Para que un acto sea moralmente bueno, es necesario que sea bueno tanto en su dimensión objetiva (el objeto del acto y sus circunstancias) como en su dimensión subjetiva (la intención del acto); en cambio, para que un acto sea moralmente malo, basta que una de esas dos dimensiones sea defectuosa (por ejemplo, un objeto malo o una intención mala).
· Para que un consentimiento matrimonial sea válido debe cumplir simultáneamente las siguientes condiciones: ser un acto consciente y libre, tener por objeto el verdadero matrimonio y proceder de un sujeto capacitado para dar ese consentimiento. En cambio, para que un consentimiento matrimonial sea inválido, es suficiente que falte uno cualquiera de esos elementos: por ejemplo, si el sujeto es menor de edad o ya está casado, o si carece de uso de razón, o si obra coaccionado por una amenaza de muerte, o si no pretende contraer un matrimonio indisoluble y abierto de por sí a la transmisión de la vida, etc.
De la aplicación del principio citado a la vida política, surge que un programa político, para ser moralmente bueno, debe serlo en todos sus aspectos esenciales; mientras que, para ser moralmente malo, basta que uno de sus aspectos esenciales sea moralmente malo.
El Magisterio de la Iglesia ha
enseñado constantemente esta doctrina. Consideremos por ejemplo el número 570
del Compendio de
“Cuando en ámbitos y realidades que remiten
a exigencias éticas fundamentales se proponen o se toman decisiones
legislativas y políticas contrarias a los principios y valores cristianos, el
Magisterio enseña que «la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer
con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación
de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los
contenidos fundamentales de la fe y la moral».”
Aunque el texto anterior no explicita cuáles son los “contenidos fundamentales de la fe y la moral” o las “exigencias éticas fundamentales” que deben ser respetados por todo programa político, hay muchos otros textos del Magisterio que sí lo hacen.
El Papa Benedicto XVI se ha referido en distintas ocasiones a los que él denomina “principios (o valores) no negociables” de los católicos en la vida política, enumerando varios de ellos: el derecho humano a la vida, los derechos del matrimonio y de la familia, la libertad de educación, la libertad religiosa, la justicia social, etc. El adjetivo “no negociables” expresa lo mismo que hemos dicho antes con otras palabras: se trata de condiciones necesarias de moralidad, que no pueden ser abandonadas (“negociadas”) a cambio de otros valores, por positivos que éstos sean. Como establece otro principio fundamental de la moral católica, no es lícito hacer el mal para obtener un bien; es decir, el fin no justifica los medios.
Por su parte, la
Conferencia Episcopal del Uruguay (CEU), en sus Pautas
para el discernimiento político en año electoral de fecha 28/04/2009,
propuso seis criterios de discernimiento, que sintetizó de la siguiente manera:
“1. El respeto por las personas debe ser siempre un criterio fundamental
en nuestro actuar y en nuestro juicio, rechazando la tentación de justificar u
obtener eficacia a cualquier precio.
2. Juzgar con sentido crítico las políticas concretas por su manera de encarar
el problema global de la vida humana en el Uruguay de hoy, atendiendo
especialmente a la defensa del derecho de todo ser humano a la vida, desde la
concepción, pasando por todas las etapas de su desarrollo, hasta la muerte
natural.
3. En las decisiones, cuidar no sólo los propios intereses sino
principalmente los intereses de los más vulnerables.
4. Poner como condición necesaria de nuestro apoyo a las distintas
propuestas la defensa de la familia basada en el matrimonio estable de un varón
y una mujer y la coherencia de esas propuestas con la consecuente visión de la
sexualidad humana y su significado. Reclamar la plena y real libertad de los
padres para elegir la educación de sus hijos.
5. Frente a las propuestas económicas, debemos asumir las perspectivas
que incluyan una creciente redistribución de la riqueza.
6. En los programas, las prácticas y las expresiones de los partidos
políticos y de cada uno de nosotros, debemos construir y defender el
pluralismo, a la vez que defender y promover los valores básicos e
irrenunciables de la persona humana.”
Es fácil ver que los criterios expuestos por la CEU son de dos clases diferentes: algunos criterios son muy genéricos, por lo cual su aplicación práctica no es inmediata, sino que requiere la mediación de otras normas más específicas; otros criterios, en cambio, tienen una aplicación práctica inmediata, ya que responden directamente a las cuestiones ético-políticas más candentes y debatidas de nuestra época.
Por ejemplo, difícilmente se encontrará en todo el mundo un partido político que alegue estar en contra del respeto a las personas humanas o que no se muestre interesado en combatir la pobreza. Aquí el problema está en los detalles: ¿Cuál es el fundamento y el alcance de los derechos humanos? ¿Cómo combatir la pobreza y promover la justicia social? En cambio es evidente que existen partidos políticos que, por ejemplo, se oponen a que el Estado garantice el derecho humano a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural, o promueven la equiparación de las uniones concubinarias y las uniones homosexuales con el matrimonio. De ahí que los criterios Nº 2 y Nº 4 permitan un fácil discernimiento entre programas políticos moralmente lícitos y programas políticos moralmente ilícitos.
Hay muchísimos temas sobre
los cuales existe un pluralismo político legítimo entre los católicos; por
ejemplo: ¿El monopolio de ANCAP sobre la importación y refinación de
combustibles debe ser mantenido o eliminado? ¿Se debe aumentar, mantener o
disminuir el gasto público? ¿Se debe aumentar, mantener o disminuir los
impuestos? ¿Se debe conservar o derogar el IRPF? En estos casos, los cristianos
pueden legítimamente disentir entre sí. No obstante, aún si un cristiano se
encuentra dentro de dicho rango de pluralismo legítimo, debe evitar el error de
presentar su propia postura como la única válida desde el punto de vista de la
fe cristiana.
En cambio hay algunos
temas acerca de los cuales la doctrina católica exige a todos los católicos
tener una postura unánime: por ejemplo, el rechazo a la legalización del
aborto, de las uniones concubinarias y de las uniones homosexuales.
De lo dicho se deduce
que, así como es inaceptable que un católico vote por un partido racista
aduciendo que el mal de la postura racista de ese partido es compensado por sus
aciertos en otras materias (por ejemplo, seguridad ciudadana u obras públicas),
también es inadmisible que un católico vote por un partido pro-abortista o
pro-homosexualista aduciendo que esos errores de su partido son compensados por
sus aciertos en materia de justicia social.
En suma, hay errores
fundamentales que descalifican absolutamente a un programa político, porque
tienden a construir una sociedad inhumana.
2. El caso del aborto
Fijemos ahora nuestra atención en el tema del aborto. Se ha dicho, con mucha razón, que el aborto es el mayor drama moral de nuestro tiempo. No es difícil entender por qué. Algunos estiman en 50 millones la cantidad anual de abortos voluntarios en todo el mundo. De allí se deduce que, en las últimas cuatro décadas, el aborto habría matado a más seres humanos inocentes que todas las guerras juntas de la historia universal. En el Uruguay, partiendo de una estimación conservadora de unos 10.000 abortos procurados por año, se puede ver que cada semana el aborto produce una cantidad de víctimas cuantitativamente comparable a las que produjo, a lo largo de doce años, la última dictadura militar. El aborto es, pues, un enorme genocidio en curso. Lo que representó la esclavitud en el siglo XIX (es decir, su mayor lacra social), lo representa el aborto en el siglo XXI. Cabe esperar que se cumpla la siguiente profecía: así como hoy nosotros nos horrorizamos de que hace 200 años la esclavitud fuera legal en gran parte del mundo, dentro de pocos siglos nuestros descendientes se horrorizarán de que en el siglo XXI el aborto directo fuera legal en tantos países del mundo.
Por lo tanto, evidentemente la posición que un partido político asuma ante el problema del aborto es un aspecto esencial para juzgar la moralidad de su programa político. Por eso, a partir del principio moral referido al comienzo de esta nota (bonum ex integra causa…) y de las enseñanzas citadas del Magisterio de la Iglesia, se deduce que no es moralmente lícito votar a favor de un candidato, sector o partido que promueve la legalización del aborto.
Para poder aplicar aquí y ahora
este criterio de discernimiento, como nos piden los Obispos uruguayos, es
necesario que nos informemos acerca de las posiciones de los distintos
candidatos y partidos acerca del aborto. Acerca de esto, el hecho más destacado
es que el programa de gobierno del partido oficialista (el Frente Amplio) para
el período 2010-2015 incluye como meta la despenalización del aborto (véase: http://www.frenteamplio.org.uy/files/Programa%202010-2015_1.pdf,
pág. 75).
Por otra parte, cabe subrayar que
el candidato presidencial del Frente Amplio (el Senador José Mujica) votó tres veces a favor del proyecto de ley de “defensa
del derecho a la salud sexual y reproductiva” –que incluía la legalización del
aborto- en el Senado de la República, en la misma legislatura: los días 17/10/2007,
6/11/2007 y 11/11/2008. Además, el día 20/11/2008, cuando se reunió
Además cabe señalar que, durante el actual período de gobierno (2005-2010) la gran mayoría de los legisladores y políticos frenteamplistas impulsó una amplia ofensiva contra la familia y la vida, contrariando varios de los “valores no negociables” de los católicos en la vida política. Además del ya referido intento de legalización del aborto, dicha ofensiva incluyó, entre otras, las siguientes iniciativas:
·
el reconocimiento legal de las uniones
concubinarias heterosexuales u homosexuales (logrado por medio de
· el reconocimiento legal de los “derechos sexuales”, los “derechos reproductivos” y la “perspectiva de género” (logrado por medio de la Ley Nº 18.426);
· la legalización de algunas formas de eutanasia pasiva (lograda a través de la Ley Nº 18.473);
·
la puesta en marcha de un programa de educación
sexual de sesgo relativista en
· un proyecto de ley que otorgaría a las parejas homosexuales el derecho a la adopción;
· un proyecto de ley que permitiría el cambio de “identidad de género” en el Registro Civil;
· un proyecto de ley de “reproducción humana asistida” que atenta contra el orden moral objetivo de varias maneras.
De todo lo expuesto surge una conclusión inexorable. En el Uruguay del año 2009 no es moralmente lícito votar por el Frente Amplio. Resulta urgente que los católicos uruguayos “progresistas” tomen conciencia de la incompatibilidad radical entre el programa de gobierno del Frente Amplio y su propia fe católica y del gran daño que harían a la sociedad uruguaya si apoyaran propuestas políticas contrarias al orden moral natural acerca del hombre, el matrimonio y la familia.
En cuanto a los restantes cuatro
partidos políticos que se presentarán a la elección nacional de octubre de
2009, aunque existan legítimos motivos de preocupación en torno a algunos
aspectos, no advertimos razones claras para un juicio moral absolutamente
negativo, salvo el caso de Asamblea Popular, un pequeño partido de extrema
izquierda (la profunda incompatibilidad entre marxismo y cristianismo puede
darse aquí por suficientemente conocida).
Vuelve
a la Tabla de Contenidos
Inauguración
del Año Sacerdotal
en el 150° aniversario de la muerte de
San Juan María Vianney
Homilía
de Su Santidad Benedicto XVI
Rezo
de las segundas vísperas de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
Basílica de San Pedro, viernes 19 de
junio de 2009.
Queridos hermanos y hermanas:
En la antífona del Magníficat dentro de poco cantaremos: "Nos acogió el Señor en su seno y en su corazón", "Suscepit nos Dominus in sinum et cor suum". En el Antiguo Testamento se habla veintiséis veces del corazón de Dios, considerado como el órgano de su voluntad: el hombre es juzgado en referencia al corazón de Dios. A causa del dolor que su corazón siente por los pecados del hombre, Dios decide el diluvio, pero después se conmueve ante la debilidad humana y perdona. Luego hay un pasaje del Antiguo Testamento en el que el tema del corazón de Dios se expresa de manera muy clara: se encuentra en el capítulo 11 del libro del profeta Oseas, donde los primeros versículos describen la dimensión del amor con el que el Señor se dirigió a Israel en el alba de su historia: "Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo" (v. 1). En realidad, a la incansable predilección divina Israel responde con indiferencia e incluso con ingratitud. "Cuanto más los llamaba —se ve obligado a constatar el Señor—, más se alejaban de mí" (v. 2). Sin embargo, no abandona a Israel en manos de sus enemigos, pues "mi corazón —dice el Creador del universo— se conmueve en mi interior, y a la vez se estremecen mis entrañas" (v. 8).
¡El corazón de
Dios se estremece de compasión! En esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
la Iglesia presenta a nuestra contemplación este misterio, el misterio del
corazón de un Dios que se conmueve y derrama todo su amor sobre la humanidad.
Un amor misterioso, que en los textos del Nuevo Testamento se nos revela como
inconmensurable pasión de Dios por el hombre. No se rinde ante la ingratitud,
ni siquiera ante el rechazo del pueblo que se ha escogido; más aún, con
infinita misericordia envía al mundo a su Hijo unigénito para que cargue sobre
sí el destino del amor destruido; para que, derrotando el poder del mal y de la
muerte, restituya la dignidad de hijos a los seres humanos esclavizados por el pecado.
Todo esto a caro precio: el Hijo unigénito del Padre se inmola en la cruz:
"Habiendo amado a los suyos que
estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13,1). Símbolo de este amor que va
más allá de la muerte es su costado atravesado por una lanza. A este respecto,
un testigo ocular, el apóstol san Juan, afirma: "Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al
instante salió sangre y agua" (Jn 19,34).
Queridos hermanos y hermanas, os doy las gracias porque, respondiendo a mi invitación, habéis venido en gran número a esta celebración con la que entramos en el Año Sacerdotal. Saludo a los señores Cardenales y a los Obispos, en particular al Cardenal Prefecto y al Secretario de la Congregación para el Clero, así como a sus colaboradores, y al Obispo de Ars. Saludo a los sacerdotes y a los seminaristas de los diversos colegios de Roma; a los religiosos, a las religiosas y a todos los fieles. Dirijo un saludo especial a Su Beatitud Ignace Youssif Younan, Patriarca de Antioquía de los sirios, que ha venido a Roma para encontrarse conmigo y manifestar públicamente la "ecclesiastica communio" que le he concedido.
Queridos hermanos y hermanas, detengámonos a contemplar juntos el Corazón traspasado del Crucificado. En la lectura breve, tomada de la carta de San Pablo a los Efesios, acabamos de escuchar una vez más que "Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo (...) y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús" (Ef 2,4-6). Estar en Cristo Jesús significa ya sentarse en los cielos. En el Corazón de Jesús se expresa el núcleo esencial del cristianismo; en Cristo se nos revela y entrega toda la novedad revolucionaria del Evangelio: el Amor que nos salva y nos hace vivir ya en la eternidad de Dios. El evangelista San Juan escribe: "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3,16). Su Corazón divino llama entonces a nuestro corazón; nos invita a salir de nosotros mismos y a abandonar nuestras seguridades humanas para fiarnos de Él y, siguiendo su ejemplo, a hacer de nosotros mismos un don de amor sin reservas.
Aunque es verdad
que la invitación de Jesús a "permanecer en su amor" (cf. Jn 15,9) se
dirige a todo bautizado, en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, Jornada de
santificación sacerdotal, esa invitación resuena con mayor fuerza para
nosotros, los sacerdotes, de modo particular esta tarde, solemne inicio del Año
sacerdotal, que he convocado con ocasión del 150° aniversario de la muerte del
santo cura de Ars. Me viene inmediatamente a la mente
una hermosa y conmovedora afirmación suya, recogida en el Catecismo de la
Iglesia católica: "El sacerdocio
es el amor del Corazón de Jesús" (n. 1589).
¿Cómo no recordar con conmoción que de este Corazón ha brotado directamente el don de nuestro ministerio sacerdotal? ¿Cómo olvidar que los presbíteros hemos sido consagrados para servir, humilde y autorizadamente, al sacerdocio común de los fieles? Nuestra misión es indispensable para la Iglesia y para el mundo, que exige fidelidad plena a Cristo y unión incesante con Él, o sea, permanecer en su amor; esto exige que busquemos constantemente la santidad, el permanecer en su amor, como hizo San Juan María Vianney.
En la carta que os he dirigido con motivo de este Año
jubilar especial, queridos hermanos sacerdotes, he puesto de relieve
algunos aspectos que caracterizan nuestro ministerio, haciendo referencia al
ejemplo y a la enseñanza del santo cura de Ars,
modelo y protector de todos nosotros los sacerdotes, y en particular de los
párrocos. Espero que esta carta os ayude e impulse a hacer de este año una
ocasión propicia para crecer en la intimidad con Jesús, que cuenta con
nosotros, sus ministros, para difundir y consolidar su reino, para difundir su
amor, su verdad. Y, por tanto, "a
ejemplo del santo cura de Ars —así concluía mi
carta—, dejaos conquistar por Él y seréis
también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y
paz".
Dejarse conquistar totalmente por Cristo. Éste fue el objetivo de toda la vida de San Pablo, al que hemos dirigido nuestra atención durante el Año Paulino, que ya está a punto de concluir; y ésta fue la meta de todo el ministerio del santo cura de Ars, a quien invocaremos de modo especial durante el Año Sacerdotal. Que éste sea también el objetivo principal de cada uno de nosotros. Para ser ministros al servicio del Evangelio es ciertamente útil y necesario el estudio, con una esmerada y permanente formación teológica y pastoral, pero más necesaria aún es la "ciencia del amor", que sólo se aprende de "corazón a corazón" con Cristo. Él nos llama a partir el pan de su amor, a perdonar los pecados y a guiar al rebaño en su nombre. Precisamente por este motivo no debemos alejarnos nunca del manantial del Amor que es su Corazón traspasado en la cruz.
Sólo así
podremos cooperar eficazmente al misterioso "designio del Padre", que
consiste en "hacer de Cristo el corazón del mundo". Designio que se
realiza en la historia en la medida en que Jesús se convierte en el Corazón de
los corazones humanos, comenzando por aquellos que están llamados a estar más
cerca de Él, precisamente los sacerdotes. Las "promesas
sacerdotales", que pronunciamos el día de nuestra ordenación y que
renovamos cada año, el Jueves Santo, en la Misa
Crismal, nos vuelven a recordar este constante compromiso.
Incluso nuestras carencias, nuestros límites y debilidades deben volver a conducirnos al Corazón de Jesús. Si es verdad que los pecadores, al contemplarlo, deben sentirse impulsados por Él al necesario "dolor de los pecados" que los vuelva a conducir al Padre, esto vale aún más para los ministros sagrados. A este respecto, ¿cómo olvidar que nada hace sufrir más a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que los pecados de sus pastores, sobre todo de aquellos que se convierten en "ladrones de las ovejas" (cf. Jn 10,1 ss), ya sea porque las desvían con sus doctrinas privadas, ya sea porque las atan con lazos de pecado y de muerte? También se dirige a nosotros, queridos sacerdotes, el llamamiento a la conversión y a recurrir a la Misericordia divina; asimismo, debemos dirigir con humildad una súplica apremiante e incesante al Corazón de Jesús para que nos preserve del terrible peligro de dañar a aquellos a quienes debemos salvar.
Hace poco he podido venerar, en la capilla del Coro, la reliquia del santo cura de Ars: su corazón. Un corazón inflamado de amor divino, que se conmovía al pensar en la dignidad del sacerdote y hablaba a los fieles con un tono conmovedor y sublime, afirmando que "después de Dios, el sacerdote lo es todo... Él mismo no se entenderá bien sino en el cielo" (cf. Carta para el Año sacerdotal). Cultivemos queridos hermanos, esta misma conmoción, ya sea para cumplir nuestro ministerio con generosidad y entrega, ya sea para conservar en el alma un verdadero "temor de Dios": el temor de poder privar de tanto bien, por nuestra negligencia o culpa, a las almas que nos han sido encomendadas, o —¡Dios no lo quiera!— de poderlas dañar.
La Iglesia necesita sacerdotes santos; ministros que ayuden a los fieles a experimentar el amor misericordioso del Señor y sean sus testigos convencidos. En la adoración eucarística, que seguirá a la celebración de las Vísperas, pediremos al Señor que inflame el corazón de cada presbítero con la "caridad pastoral" capaz de configurar su "yo" personal al de Jesús sacerdote, para poder imitarlo en la entrega más completa.
Que nos obtenga esta gracia la Virgen María, cuyo Inmaculado Corazón contemplaremos mañana con viva fe. El santo cura de Ars sentía una filial devoción hacia ella, hasta el punto de que en 1836, antes de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, ya había consagrado su parroquia a María "concebida sin pecado". Y mantuvo la costumbre de renovar a menudo esta ofrenda de la parroquia a la santísima Virgen, enseñando a los fieles que "basta con dirigirse a ella para ser escuchados", por el simple motivo de que ella "desea sobre todo vernos felices".
Que nos acompañe la Virgen santísima, nuestra Madre, en el Año Sacerdotal que hoy iniciamos, a fin de que podamos ser guías firmes e iluminados para los fieles que el Señor encomienda a nuestro cuidado pastoral. ¡Amén!
Fuente: www.vatican.va
Vuelve
a la Tabla de Contenidos
Discurso sobre el Año Sacerdotal
Benedicto
XVI
Audiencia General, miércoles 24 de
junio de 2009.
Queridos hermanos y hermanas:
El pasado viernes 19 de junio, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y Jornada tradicionalmente dedicada a la oración por la santificación de los sacerdotes, tuve la alegría de inaugurar el Año Sacerdotal, convocado con ocasión del 150° aniversario del "nacimiento para el cielo" del cura de Ars, San Juan Bautista María Vianney. Y al entrar en la basílica vaticana para la celebración de las Vísperas, casi como primer gesto simbólico, visité la capilla del Coro para venerar la reliquia de este santo pastor de almas: su corazón. ¿Por qué un Año Sacerdotal? ¿Por qué precisamente en recuerdo del santo cura de Ars, que aparentemente no hizo nada extraordinario?
La Divina
Providencia ha hecho que su figura se uniera a la de San Pablo. De hecho,
mientras está concluyendo el Año Paulino, dedicado al Apóstol de los gentiles,
modelo de extraordinario evangelizador que realizó diversos viajes misioneros
para difundir el Evangelio, este nuevo año jubilar nos invita a mirar a un
pobre campesino que llegó a ser un humilde párroco y desempeñó su servicio
pastoral en una pequeña aldea. Aunque los dos santos se diferencian mucho por
las trayectorias de vida que los caracterizaron —el primero pasó de región en
región para anunciar el Evangelio; el segundo acogió a miles y miles de fieles
permaneciendo siempre en su pequeña parroquia—, hay algo fundamental que los
une: su identificación total con su propio ministerio, su comunión con Cristo
que hacía decir a San Pablo: "Estoy
crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí"
(Ga 2,19-20). Y San Juan María Vianney solía repetir: "Si
tuviésemos fe, veríamos a Dios escondido en el sacerdote como una luz tras el
cristal, como el vino mezclado con agua".
Por tanto, como
escribí en la carta enviada a los sacerdotes para esta ocasión,
este Año sacerdotal tiene como finalidad favorecer la tensión de todo
presbítero hacia la perfección espiritual de la cual depende sobre todo la
eficacia de su ministerio, y ayudar ante todo a los sacerdotes, y con ellos a
todo el pueblo de Dios, a redescubrir y fortalecer más la conciencia del
extraordinario e indispensable don de gracia que el ministerio ordenado
representa para quien lo ha recibido, para la Iglesia entera y para el mundo,
que sin la presencia real de Cristo estaría perdido.
No cabe duda de que han cambiado las condiciones históricas y sociales en las cuales se encontró el cura de Ars y es justo preguntarse cómo pueden los sacerdotes imitarlo en la identificación con su ministerio en las actuales sociedades globalizadas. En un mundo en el que la visión común de la vida comprende cada vez menos lo sagrado, en cuyo lugar lo "funcional" se convierte en la única categoría decisiva, la concepción católica del sacerdocio podría correr el riesgo de perder su consideración natural, a veces incluso dentro de la conciencia eclesial. Con frecuencia, tanto en los ambientes teológicos como también en la práctica pastoral concreta y de formación del clero, se confrontan, y a veces se oponen, dos concepciones distintas del sacerdocio.
A este respecto, hace algunos años subrayé que existen, "por una parte, una concepción social-funcional que define la esencia del sacerdocio con el concepto de "servicio": el servicio a la comunidad, en la realización de una función... Por otra parte, está la concepción sacramental-ontológica, que naturalmente no niega el carácter de servicio del sacerdocio, pero lo ve anclado en el ser del ministro y considera que este ser está determinado por un don concedido por el Señor a través de la mediación de la Iglesia, cuyo nombre es sacramento" (J. Ratzinger, Ministerio y vida del sacerdote, en Elementi di Teologia fondamentale. Saggio su fede e ministero, Brescia 2005, p. 165). También la derivación terminológica de la palabra "sacerdocio" hacia el sentido de "servicio, ministerio, encargo", es signo de esa diversa concepción. A la primera, es decir, a la ontológico-sacramental está vinculado el primado de la Eucaristía, en el binomio "sacerdocio-sacrificio", mientras que a la segunda correspondería el primado de la Palabra y del servicio del anuncio.
Bien mirado, no
se trata de dos concepciones contrapuestas, y la tensión que existe entre ellas
debe resolverse desde dentro. Así el Decreto Presbyterorum
ordinis del Concilio Vaticano II afirma: "Por la predicación apostólica del
Evangelio se convoca y se reúne el pueblo de Dios, de manera que todos (...) se ofrezcan a sí mismos como
"sacrificio vivo, santo, agradable a Dios" (Rm 12,1). Por medio del
ministerio de los presbíteros se realiza a la perfección el sacrificio
espiritual de los fieles en unión con el sacrificio de Cristo, único mediador. Éste
se ofrece incruenta y sacramentalmente en la Eucaristía, en nombre de toda la
Iglesia, por manos de los presbíteros, hasta que el Señor venga" (n.
2).
Entonces nos preguntamos: ¿Qué significa propiamente para los sacerdotes evangelizar? ¿En qué consiste el así llamado primado del anuncio? Jesús habla del anuncio del reino de Dios como de la verdadera finalidad de su venida al mundo y su anuncio no es sólo un "discurso". Incluye, al mismo tiempo, su mismo actuar: los signos y los milagros que realiza indican que el Reino viene al mundo como realidad presente, que coincide en último término con su misma persona. En este sentido, es preciso recordar que, también en el primado del anuncio, la palabra y el signo son inseparables. La predicación cristiana no proclama "palabras", sino la Palabra, y el anuncio coincide con la persona misma de Cristo, ontológicamente abierta a la relación con el Padre y obediente a su voluntad.
Por tanto, un auténtico servicio a la Palabra requiere por parte del sacerdote que tienda a una profunda abnegación de sí mismo, hasta decir con el Apóstol: "Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí". El presbítero no puede considerarse "dueño" de la palabra, sino servidor. Él no es la palabra, sino que, como proclamaba San Juan Bautista, cuya Natividad celebramos precisamente hoy, es "voz" de la Palabra: "Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas" (Mc 1,3).
Ahora bien, para el sacerdote ser "voz" de la Palabra no constituye únicamente un aspecto funcional. Al contrario, supone un sustancial "perderse" en Cristo, participando en su misterio de muerte y de resurrección con todo su ser: inteligencia, libertad, voluntad y ofrecimiento de su cuerpo, como sacrificio vivo (cf. Rm 12,1-2). Sólo la participación en el sacrificio de Cristo, en su kénosis, hace auténtico el anuncio. Y éste es el camino que debe recorrer con Cristo para llegar a decir al Padre juntamente con él: "No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú" (Mc 14,36). Por tanto, el anuncio conlleva siempre también el sacrificio de sí, condición para que el anuncio sea auténtico y eficaz.
Alter Christus, el sacerdote está profundamente unido al Verbo del Padre, que al encarnarse tomó la forma de siervo, se convirtió en siervo (cf. Flp 2,5-11). El sacerdote es siervo de Cristo, en el sentido de que su existencia, configurada ontológicamente con Cristo, asume un carácter esencialmente relacional: está al servicio de los hombres en Cristo, por Cristo y con Cristo. Precisamente porque pertenece a Cristo, el sacerdote está radicalmente al servicio de los hombres: es ministro de su salvación, de su felicidad, de su auténtica liberación, madurando, en esta aceptación progresiva de la voluntad de Cristo, en la oración, en el "estar unido de corazón" a Él. Por tanto, ésta es la condición imprescindible de todo anuncio, que conlleva la participación en el ofrecimiento sacramental de la Eucaristía y la obediencia dócil a la Iglesia.
El santo cura de Ars repetía a menudo con lágrimas en los ojos: "¡Da miedo ser sacerdote!". Y añadía: "¡Es digno de compasión un sacerdote que celebra la misa de forma rutinaria! ¡Qué desgraciado es un sacerdote sin vida interior!". Que el Año Sacerdotal impulse a todos los sacerdotes a identificarse totalmente con Jesús crucificado y resucitado, para que, imitando a San Juan Bautista, estemos dispuestos a "disminuir" para que Él crezca; para que, siguiendo el ejemplo del cura de Ars, sientan de forma constante y profunda la responsabilidad de su misión, que es signo y presencia de la misericordia infinita de Dios. Encomendemos a la Virgen, Madre de la Iglesia, el Año Sacerdotal recién comenzado y a todos los sacerdotes del mundo.
Fuente: www.vatican.va
Vuelve a la Tabla de Contenidos
entre el secularismo y los
modelos de Iglesia
Mons. Jean-Louis Bruguès
OP
Secretario
de la Congregación para la Educación Católica
Discurso a los rectores de los seminarios
pontificios (publicado en la edición de "L'Osservatore
Romano" del 3 de junio de 2009).
Siempre es arriesgado explicar una situación social a partir de una sola
interpretación. Sin embargo, algunas claves abren más puertas que otras. Desde
hace mucho estoy convencido del hecho que la secularización se ha convertido en
una palabra-clave para pensar hoy a nuestras sociedades, pero también a nuestra
Iglesia.
La secularización representa un proceso histórico muy antiguo, porque nació en
Francia a mitad del siglo XVIII, antes de extenderse al conjunto de las
sociedades modernas. Sin embargo, la secularización de la sociedad varía mucho
de un país a otro.
En Francia y en Bélgica, por ejemplo, ella tiende a desterrar de la esfera
pública los signos de la pertenencia religiosa y a remitir la fe a la esfera
privada. Se observa la misma tendencia, pero menos fuerte, en España, en
Portugal y en Gran Bretaña. En Estados Unidos, por el contrario, la
secularización se armoniza fácilmente con la expresión pública de las
convicciones religiosas, lo cual hemos poder visualizarlo también con
ocasión de las últimas elecciones presidenciales.
Desde hace una década a esta parte ha surgido entre los especialistas un debate
muy interesante. Hasta ahora, parecía que se debía dar por descontado que la
secularización a la europea constituía la regla y el modelo, mientras que la de
tipo americano constituía la excepción. Pero ahora son numerosos los que -por
ejemplo, Jürgen Habermas- piensan que es verdad lo
opuesto y que también en la Europa post-moderna las religiones desempeñarán un
nuevo rol social.
Recomenzar desde el Catecismo
Cualquiera sea la forma que haya asumido, la secularización ha provocado en
nuestros países un derrumbe de la cultura cristiana. Los jóvenes que se
presentan en nuestros seminarios no conocen nada o casi nada de la doctrina
católica, de la historia de la Iglesia y de sus costumbres. Esta incultura
generalizada nos obliga a efectuar revisiones importantes en la práctica que se
ha seguido hasta ahora. Mencionaré dos.
En primer lugar, me parece indispensable prever para estos jóvenes un período
-un año o más- de formación inicial, de "recuperación", de tipo
catequético y cultural al mismo tiempo. Los programas pueden ser concebidos en
forma diferente, en función de las necesidades específicas de cada región.
Personalmente, pienso en un año entero dedicado a la asimilación del Catecismo
de la Iglesia Católica, el cual está presentado en la forma de un compendio muy
completo.
En segundo lugar, sería necesario revisar nuestros programas de formación. Los
jóvenes que ingresan al seminario saben que no saben. Son humildes y están
deseosos de asimilar el mensaje de la Iglesia. Se puede trabajar verdaderamente
bien con ellos. Su falta de cultura tiene de positivo que no cargan con los
prejuicios negativos de sus hermanos mayores, lo cual constituye una feliz
circunstancia, gracias a lo cual podemos construir sobre una "tabla
rasa". Éste es el motivo por el que estoy a favor de una formación
teológica sintética, orgánica y que apunte a lo esencial.
Esto implica, por parte de los profesores y de los formadores, la renuncia a
una formación inicial signada por un espíritu crítico -como ha sido el caso de
mi generación, para la cual el descubrimiento de la Biblia y de la doctrina se
ha visto contaminado por un sistemático espíritu de crítica- y por la tentación
de lograr una especialización demasiado precoz, precisamente porque le falta a
estos jóvenes el necesario background
cultural.
Permítanme confiarles algunos interrogantes que me surgen en este momento. Hay
miles de motivos para querer dar a los futuros sacerdotes una formación
completa y de alto nivel. Como una madre atenta, la Iglesia desea lo mejor para
sus futuros sacerdotes. Por eso se han multiplicado los cursos, pero al punto
de recargar los programas en una forma que me parece exagerada. Probablemente
ustedes han percibido el riesgo del desaliento en muchos de vuestros
seminaristas. Pregunto: ¿una perspectiva enciclopédica es adecuada para estos
jóvenes que no han recibido ninguna formación cristiana de base? ¿Esta
perspectiva no ha provocado quizás una fragmentación de la formación, una
acumulación de cursos y una impostación excesivamente historicista? ¿Es
realmente necesario, por ejemplo, dar a los jóvenes que no han aprendido jamás
el catecismo una formación profunda en las ciencias humanas o en las técnicas
de comunicación?
Yo aconsejaría elegir la profundidad más que la extensión, la síntesis más que
los detalles, la arquitectura más que la decoración. Otras tantas razones me
llevan a creer que el aprendizaje de la metafísica, en tanto obligatorio,
representa la fase preliminar absolutamente indispensable para el estudio de la
teología. Los que vienen a nosotros han recibido con frecuencia una sólida
formación científica y técnica -lo cual es una fortuna- pero la falta de
cultura general no les permite ingresar con paso decidido en la teología.
Dos generaciones, dos modelos de Iglesia
En numerosas ocasiones he hablado de las generaciones: de la mía, de la que me
ha precedido y de las generaciones futuras. Ésta es, para mí, la encrucijada de
la situación presente. Ciertamente, el pasaje de una generación a otra ha
planteado siempre problemas de adaptación, pero lo que vivimos hoy es
absolutamente peculiar.
El tema de la secularización debería ayudarnos, también aquí, a comprender
mejor. Ella ha conocido una aceleración sin precedentes durante los años
Sesenta. Para los hombres de mi generación, y todavía más para los que me han
precedido, la mayoría de ellos nacidos y criados en un ambiente cristiano, esa
aceleración ha constituido un descubrimiento esencial, la gran aventura de su
existencia. Han llegado a interpretar la "apertura al mundo" invocada
por el Concilio Vaticano II como una conversión a la secularización.
Así, de hecho hemos vivido, o inclusive favorecido, una auto-secularización
potente en la mayor parte de las Iglesias occidentales.
Los ejemplos abundan. Los creyentes están dispuestos a comprometerse al
servicio de la paz, de la justicia y de las causas humanitarias, ¿pero creen en
la vida eterna? Nuestras Iglesias han llevado a cabo un esfuerzo inmenso para
renovar la catequesis, ¿pero esta misma catequesis no tiende a desatender las
realidades últimas? Nuestras Iglesias se han embarcado en la mayor parte de los
debates éticos del momento, incitados por la opinión pública, ¿pero cuántos
hablan del pecado, de la gracia y de la vida teologal? Nuestras Iglesias han
desplegado felizmente tesoros ingeniosos para que los fieles participen mejor
en la liturgia, ¿pero esta última no ha perdido en gran parte el sentido de lo
sagrado? ¿Alguien puede negar que nuestra generación, quizás sin darse cuenta,
ha soñado una "Iglesia de creyentes puros", una fe purificada de toda
manifestación religiosa, poniendo en guardia contra toda manifestación de
devoción popular como las procesiones, las peregrinaciones, etcétera?
El impacto con la secularización de nuestras sociedades ha transformado
profundamente a nuestras Iglesias. Podríamos adelantar la hipótesis que hemos
pasado de una Iglesia de "pertenencia", en la cual la fe era
comunicada por el grupo de nacimiento, a una Iglesia de "convicción",
en la que la fe se define como una elección personal y valiente, con frecuencia
en oposición al grupo de origen. Este tránsito ha sido acompañado por
variaciones numéricas impresionantes. A ojos vista, las presencias han
disminuido en las iglesias, mas también en los seminarios. Pero hace años el
cardenal Lustiger mostró, con cifras en la mano, que
en Francia la relación entre el número de sacerdotes y el de los practicantes
había sido siempre la misma.
Nuestros seminaristas, al igual que nuestros jóvenes, pertenecen también a esta
Iglesia de "convicción". No llegan más tanto de las campiñas, sino
más bien de las ciudades, sobre todo de las ciudades universitarias. Con
frecuencia han crecido en familias divididas o "estalladas", lo que
deja en ellos huellas de heridas y, tal vez, una especie de inmadurez afectiva.
El ambiente social al que pertenecen no los sostiene más: han elegido por convicción
ser sacerdotes y han renunciado, por ello, a toda ambición social (lo que digo
no vale para todos por igual; conozco comunidades africanas en las que la
familia o el pueblo valoran todavía las vocaciones surgidas en su seno). Por
eso ellos ofrecen un perfil más determinado, individualidades más fuertes y
temperamentos más valientes. Respecto a esto, tienen derecho a toda nuestra
estima.
La dificultad sobre la cual quisiera atraer la atención de ustedes supera
entonces la cornisa de un simple conflicto generacional. Mi generación,
insisto, ha identificado la apertura al mundo con la conversión a la
secularización, frente a la cual ha experimentado una cierta fascinación. Por
el contrario, los más jóvenes han nacido efectivamente en la secularización, la
cual representa su ambiente natural, y la han asimilado con la leche nutricia,
pero buscan ante todo tomar distancia de ella y reivindican su identidad y sus
diferencias.
¿Adaptación al mundo o contestación?
Existe ahora en las Iglesias europeas, y quizás también en la Iglesia
americana, una línea divisoria, a veces de fractura, entre una corriente
"conciliadora" y una corriente "contestataria".
La primera nos lleva a observar que existen en la secularización valores de
fuerte matriz cristiana, como la igualdad, la libertad, la solidaridad y la
responsabilidad, razón por la cual debe ser posible llegar a acuerdos con tal
corriente y a identificar los campos de cooperación.
La segunda corriente, por el contrario, invita a tomar distancia. Considera que
las diferencias o las oposiciones, sobre todo en el campo ético, llegarán a ser
cada vez más marcadas. En consecuencia, propone un modelo alternativo al modelo
dominante, y acepta sostener el rol de una minoría contestataria.
La primera corriente ha resultado ser la predominante luego del Concilio; ha
proporcionado la matriz ideológica de las interpretaciones del Vaticano II que
se han impuesto a fines de los años Sesenta y en la década siguiente.
Las cosas se han invertido a partir de los años Ochenta, sobre todo -pero
no exclusivamente- por la influencia de Juan Pablo II. La corriente
"conciliadora" ha envejecido, pero sus adeptos detentan todavía los
puestos clave en la Iglesia. La corriente del modelo alternativo se ha
reforzado considerablemente, pero todavía no se ha convertido en dominante. Así
se explicarían las tensiones del momento en numerosas Iglesias de nuestro
continente.
No me sería difícil ilustrar con ejemplos la contraposición que he descrito en
líneas generales.
Las universidades católicas se distribuyen hoy según esta línea divisoria.
Algunas juegan la carta de la adaptación y de la cooperación con la sociedad
secularizada, a costa de encontrarse obligadas a tomar distancia en sentido
crítico respecto a este o ese aspecto de la doctrina o de la moral católica.
Otras, de inspiración más reciente, ponen el acento en la profesión de fe y en
la participación activa en la evangelización. Lo mismo vale para las escuelas
católicas.
Lo mismo se podría afirmar, para retomar el tema de este encuentro, respecto a
la fisonomía típica de los que llaman a la puerta de nuestros seminarios o de
nuestras casas religiosas.
Los candidatos de la primera tendencia se han tornado cada vez más raros, con
gran disgusto de los sacerdotes de las generaciones más ancianas. Los
candidatos de la segunda tendencia se han tornado hoy más numerosos que los
primeros, pero dudan en cruzar el umbral de nuestros seminarios, porque muchas
veces no encuentran allí lo que buscan.
Ellos son portadores de una preocupación por la identidad (con un cierto
desprecio son calificados a veces como "identitatarios"): por la
identidad cristiana -¿en qué nos debemos distinguir de los que no comparten
nuestra fe?- y por la identidad sacerdotal, mientras que la identidad del monje
o del religioso es más fácilmente perceptible.
¿Cómo favorecer la armonía entre los educadores -que pertenecen muchas veces a
la primera corriente- y los jóvenes, que se identifican con la segunda? ¿Los
educadores continuarán aferrándose a criterios de admisión y de selección que
remiten a su época, pero que no se corresponden más con las aspiraciones de los
más jóvenes? Me contaron el caso de un seminario francés en el que las
adoraciones del Santísimo Sacramento habían sido desterradas durante una buena
veintena de años, porque se las consideraba muy devocionales. Allí, los nuevos
seminaristas han debido luchar durante la misma cantidad de años para que
fueran restablecidas las adoraciones, mientras algunos docentes han preferido
presentar la renuncia frente a lo que juzgaban como un "retorno al
pasado"; al ceder a los requerimientos de los más jóvenes, tenían la
impresión que renegaban de aquello por lo cual se habían batido durante toda la
vida.
En la diócesis de la que fui obispo he conocido dificultades similares cuando
los sacerdotes más ancianos -y también comunidades parroquiales enteras-
experimentaban grandes dificultades para responder a las aspiraciones de los
sacerdotes jóvenes que les habían sido mandados.
Comprendo las dificultades que ustedes encuentran en el ejercicio del
ministerio de rectores de seminarios. Más que el tránsito de una generación a
otra, ustedes deben asegurar armoniosamente el pasaje de una interpretación del
Concilio Vaticano II a otra, y probablemente de un modelo eclesial a otro. La posición
de ustedes es delicada, pero es absolutamente esencial para la Iglesia.
Fuente: http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1338822?sp=y
Vuelve a la Tabla de Contenidos
El Cardenal Schönborn presentó al Prefecto de la Congregación para el Clero un memorándum surgido de una “iniciativa de laicos austriacos” en la que se proponen una serie de reformas para remediar la escasez de clero, cada vez más alarmante en Austria. Aun sin compartirlas, el arzobispo de Viena se había comprometido con los promotores a transmitirlas a Roma.
No hay novedades: supresión del celibato sacerdotal, readmisión al ejercicio del ministerio de los sacerdotes casados, ordenación de los llamados “varones probados”, ordenación diaconal de mujeres. En Austria, al menos desde 1995, se repiten cíclicamente manifiestos o plataformas populares de grupos que se han autoerigido en representantes de los laicos católicos y cuyas peticiones se refieren siempre al celibato sacerdotal, la moral sexual y los divorciados vueltos a casar.
Este clima reivindicativo es inversamente proporcional a la vitalidad de la Iglesia. Los números oficiales dicen que el 72% de los austriacos son católicos, aunque según el European Social Survey de 2005 los austriacos que así se reconocen bajan al 63,9%, mientras que la práctica dominical ronda un escueto 10%.
Cada año miles
de personas "abandonan" oficialmente la Iglesia católica, para no
pagar el impuesto del 1,5% de sus ingresos con el que se financia la Iglesia.
En 2006 fueron 36.645 las que se fueron. El número de sacerdotes ha disminuido
al menos un 12% desde 1997.
El declive es
innegable. Lo discutible es la interpretación. Unos, como los promotores del
memorándum, repiten que la rigidez doctrinal aleja a la gente; hay que
adecuarse más a lo que pide la sociedad. Para otros, por el contrario, las
cifras confirman que la falta de fidelidad en la doctrina lleva al fracaso
pastoral; la Iglesia no interesa cuando deja de distinguirse del medio
ambiente.
Para ver si es
la doctrina actual de la Iglesia la que dificulta la evangelización, es
interesante confrontar la situación de la Iglesia en Austria con la de Vietnam.
Ambos tienen un número de católicos similar: 5,7 millones en Austria, un país
de teórica mayoría católica; 6,1 millones en Vietnam, donde los católicos son
el 6,8% de la población. En retroceso en el primero, en constante alza en el
segundo. Un país europeo donde la plena libertad religiosa no encuentra más
limitaciones que las presiones de grupos organizados dentro de la Iglesia; y un
país asiático bajo gobierno comunista, donde la libertad religiosa hay que
ganársela cada día frente a los controles del poder. Un país europeo rico,
donde la Iglesia cuenta con una financiación asegurada para sostener sus
estructuras y su burocracia; y un país asiático que lucha por salir de la
pobreza, en el que la Iglesia perdió escuelas, hospitales y otras instituciones
confiscadas por el gobierno comunista.
También los seminarios estuvieron cerrados unos años tras la guerra, y cuando se reabrieron sólo podían admitir un número limitado de candidatos, fijado por el gobierno. Hoy esas limitaciones han desaparecido y las vocaciones son numerosas: 2.186 seminaristas mayores, con un aumento del 38% respecto a 2002. Hay seis seminarios mayores interdiocesanos y otro en preparación. Su problema no es la falta de seminaristas, sino la necesidad de aumentar los formadores.
Los sacerdotes diocesanos han aumentado más de un 34% en el mismo periodo, y hoy son 2.877, más que en Austria (2.629) y sin duda de una edad media mucho más joven. En Vietnam el celibato sacerdotal no parece ser un problema para llenar los seminarios, ni nadie se plantea la necesidad de ordenar a hombres casados.
¿Están hechos de
distinta pasta los vietnamitas de los austriacos? Un dato evidente es que la
vitalidad espiritual de la comunidad católica en Vietnam es vibrante. La
asistencia a Misa es muy alta los domingos (80-90%) y en torno a un 15% entre
semana. Hay gran interés por el estudio del catecismo y el conocimiento de la
Sagrada Escritura. En todas las parroquias hay organizaciones de apostolado
laical, aunque no parece que se dediquen a redactar memorandos. Pero sí apoyan
decididamente a sus obispos, también cuando hay que resistir a las presiones
del poder. Ése es el caldo de cultivo de las vocaciones sacerdotales.
Cuando una iglesia
se enfrenta a la escasez de vocaciones, lo primero que debería plantearse es
qué reformas debe hacer en sí misma para elevar su temperatura espiritual. En
Europa, entre 2000 y 2007 el número de seminaristas ha descendido un 17%; en Asia,
ha aumentado un 20%. Y lo que se pide a los sacerdotes no varía según los
continentes. Tal vez los católicos austriacos podrían enviar una comisión de
estudio a Vietnam para ver cómo lo hacen.
Fuente: Aceprensa, 29 de
junio de 2009.
http://www.aceprensa.com/articulos/2009/jun/29/el-celibato-sacerdotal-en-austria-y-en-vietnam/
Vuelve a la Tabla de Contenidos
El problema del pecado en la Iglesia
Daniel Iglesias Grèzes
La existencia del pecado en la
Iglesia no contradice la doctrina católica sino que
· Sólo Dios uno y trino es absolutamente santo. El Espíritu Santo, alma de la Iglesia, santifica a los cristianos. Sin embargo, sólo Dios es santo en un sentido primero y original. Los cristianos son santos en un sentido segundo y derivado.
· La Iglesia celestial ya no está necesitada de purificación. En el Cielo los cristianos participan de la gloria y de la santidad del mismo Dios. Conocen y aman como Dios conoce y ama.
· En la Iglesia terrestre hay "santos" (cristianos en estado de gracia) y "pecadores" (cristianos en estado de pecado mortal). En este sentido de la palabra "pecador" -que es su sentido más propio- sólo algunos cristianos son pecadores. Distinguir con certeza plena quiénes son en la Iglesia los santos y quiénes los pecadores supera la capacidad del hombre. Esto es una prerrogativa del juicio de Dios.
· En la vida de cada cristiano hay gracia y pecado, actos buenos y malos. Debemos reconocer con humildad nuestras culpas, arrepentirnos sinceramente de ellas y confiar en la misericordia de Dios, que hace sobreabundar la gracia allí donde abundó el pecado.
De hecho los hijos de la Iglesia
han pecado a lo largo de
Sin embargo, en honor a la verdad histórica, se debe rechazar las "leyendas negras" anticatólicas. Éstas pueden ser clasificadas en dos grandes grupos:
· Exageraciones a partir de abusos reales: muchos críticos anticatólicos exageran enormemente los abusos cometidos en la Inquisición, las Cruzadas, la conquista de América por parte de España, etc. También suelen hacer generalizaciones indebidas a partir de errores puntuales, como el del caso Galileo.
· Falsedades: el supuesto antisemitismo del Papa Pío XII, la presunta responsabilidad de la moral sexual católica en la propagación del hambre y el SIDA, la presunta responsabilidad de la Iglesia en los abusos contra los derechos humanos de las dictaduras militares latinoamericanas de los años setenta, la supuesta alianza histórica de la Iglesia con los poderosos en la lucha de clases, etc.
Por otra parte, no se debe sobrevalorar los pecados cometidos por miembros individuales de la Iglesia (por ejemplo, los casos de clérigos culpables de violaciones). Juzgar a la Iglesia por los actos malos cometidos por algunos de sus miembros es una generalización indebida.
Los pecados de los hijos de la Iglesia no proceden de la fe cristiana sino de su negación práctica. Son contrarios al Evangelio, a la verdad revelada por Dios en Cristo. Hay quienes van a Misa todos los domingos y son malos católicos. Pero es crucial comprender que no son malos católicos porque van a Misa, sino a pesar de que van a Misa. No ocurre otro tanto con las ideologías (liberalismo individualista, colectivismo marxista, etc.). Los crímenes de estas ideologías no son meros accidentes históricos, sino que dimanan de su misma esencia. Se derivan necesariamente de ellas del mismo modo que una conclusión se deriva de unas determinadas premisas.
En la historia de la Iglesia
Católica abunda el pecado, pero sobreabunda
(Daniel Iglesias Grézes, Razones para nuestra esperanza. Escritos de apologética católica,
Montevideo 2008, 2ª edición, Capítulo 19; desde www.lulu.com/content/2115187 se
puede descargar gratuitamente el libro entero o se puede comprar la versión
impresa del mismo).
Vuelve
a la Tabla de Contenidos
Lic. Néstor Martínez
Dedicamos este espacio a comentar el siguiente artículo: ŠILAR, Mario, “El estudio de Ralph McInnerny sobre los praeambula fidei. 1ª parte: el antitomismo en el tomismo”, en Studium, XI, (2008), 21-22, pp. 103-145.
El autor presenta el libro del
tomista irlandés radicado en EE.UU.: Los preámbulos de la fe. El tomismo y el
Dios de los filósofos. (1)
Como se explica en el artículo que comentamos, los “preámbulos de la fe” son aquellas verdades acerca de Dios que los filósofos han demostrado mediante la argumentación racional, pero que se encuentran, también, incluidas en la Revelación. Como dice Santo Tomás en la Suma Contra los Gentiles, son aquellas verdades reveladas que se pueden demostrar por la sola razón natural. McInnerny trata en este libro de ciertas corrientes internas al tomismo en el siglo XX que han determinado la erosión de la doctrina de los “praeambula fidei”. Se ocupa especialmente de Gilson, De Lubac y Chenu.
En los tres casos se llega, según McInnerny, a la negación del valor de la filosofía en sí misma y de su autonomía propia, y a partir de ahí, se desvalorizan los “praeambula fidei”.
En los dos primeros casos, al menos, el proceso incluye la crítica a Cayetano en el sentido de que habría sido infiel al pensamiento de Santo Tomás y habría hipotecado así gravemente el futuro de la escuela tomista y aún de toda la filosofía moderna.
*****
En el caso de Gilson, se tiende a ver la filosofía cristiana, con la distinción real entre esencia y acto de ser en los seres finitos, como posible solamente desde la fe. Desde la simplicidad divina, conocida por la revelación de Dios en Éxodo 3,14 (“Yo soy el que soy”, es decir, el Ser Subsistente y, por tanto, Simple), se deduce la falta de simplicidad en las creaturas, es decir, la composición real de esencia y acto de ser. Ése es según McInnerny el sentido de la “metafísica del Éxodo” de Gilson.
Ello lleva dentro una tendencia fideísta, ya que la filosofía sería incapaz de alcanzar su propio objeto por la sola razón natural. Es decir, la razón natural sería radicalmente impotente en su propio campo sin la fe. Ése es el peligro que McInnerny, con razón, ve en la excesiva insistencia con que algunos afirman que Santo Tomás era ante todo teólogo, al punto que parecen negar que fuese también filósofo.
Éste sería el sentido de la insistencia de Gilson en la novedad metafísica que la teoría del “esse” tomista representa respecto de Aristóteles.
Aquí, decimos nosotros, la
cuestión que queda pendiente es si no existe, en efecto, esa novedad –parece
que será objeto de la segunda parte del artículo, aún no publicada–. En efecto,
una cosa es que esa novedad exista y otra que no se pueda fundamentar por la
sola razón natural, y otra, incluso, si de hecho, históricamente, la razón
humana habría podido llegar a esa doctrina sin la ayuda de la Revelación.
En ese sentido, no podemos estar “a priori” de acuerdo con la afirmación de McInnerny referida por Šilar, según la cual, hablando de la metafísica tal como se encuentra en Aristóteles, dice que:
“Tomás agrega mucho al conocimiento de esta disciplina, pero lo que
agrega, es lo que encuentra en el libro Lambda de la Metafísica, y en los
presupuestos en los cuales éste se sostiene”. (2)
La crítica de Gilson a Cayetano en este punto es que no habría sabido expresar con la suficiente fuerza la novedad del acto de ser tomista. Aquí la respuesta de McInnerny es que Cayetano dice en esto básicamente lo mismo que Santo Tomás. ¿Implica eso, preguntamos, que ambos están igualmente de adelantados respecto de Aristóteles, o que ambos dicen en el fondo lo mismo que Aristóteles?
*****
En el caso de De Lubac, según McInnerny, se trata de que con la negación de la posibilidad de la naturaleza pura, del fin natural del hombre, y con la afirmación de una tendencia intrínseca, esencial al hombre, al fin sobrenatural, parece haber contribuido a que se negase el valor propio de la filosofía y de la razón natural, llegándose al mismo resultado ya dicho.
La crítica de De Lubac a Cayetano es que negó el deseo natural del fin sobrenatural, afirmado por Santo Tomás; afirmó la posibilidad de la naturaleza pura y del fin último natural, y con eso dio lugar a una imagen “cerrada” y autosuficiente de la naturaleza humana que hizo posible el secularismo moderno, nada menos.
En definitiva, se trata, en parte al menos, de saber si Cayetano afirmó o negó el deseo natural del fin sobrenatural, y si, al hacer una cosa o la otra, estuvo o no de acuerdo con Santo Tomás.
Lo que sostiene McInnerny, según el autor del artículo, es que Cayetano dice que el deseo del fin último sobrenatural se debe en el hombre a una potencia obediencial, no a una potencia natural, pero que la potencia obediencial puede ser dicha “natural” en un sentido amplio, es decir, en el sentido de que no contraría la naturaleza, o de que está radicada en la naturaleza humana.
En el artículo el punto no queda claro, porque por un lado se señala que para Cayetano el deseo del fin sobrenatural no pertenece a la naturaleza humana absolutamente considerada, sino sólo en cuanto ordenada al fin sobrenatural, y ocurriría ante el conocimiento de algún efecto divino sobrenatural, que lleva a querer conocer a Dios como Causa del orden sobrenatural, o sea, como Dios, y no solamente como Causa del orden natural.
Pero luego, citando a otro estudioso (3), se dice que Cayetano parece haber cambiado de opinión más adelante, enseñando que el deseo natural de ver la Causa Primera es propio de la naturaleza intelectual como tal, y dice además dicho estudioso que ésa es, como es en verdad, la auténtica tesis tomista.
No queda claro, entonces, en qué sentido Cayetano es fiel a Santo Tomás en este punto preciso. Existe un voluminoso estudio de Alfaro, poco posterior al “Surnaturel” de De Lubac, sobre lo natural y lo sobrenatural en Cayetano. (4)
Es cierto, como se dice en el apartado siguiente citando a McInnerny, que De Lubac se aparta de Santo Tomás al negar la existencia de un fin natural del hombre. Decimos nosotros, al negar la existencia de un fin natural propio de la naturaleza humana, valga la redundancia. En efecto, la redundancia es obligada porque para De Lubac el único fin propio de la naturaleza humana (o sea, en definitiva, el único fin natural del hombre, decimos nosotros) es el sobrenatural…
Tal vez De Lubac respondería que ése es el único fin de la naturaleza humana en su estado actual, en que concretamente está ordenada por Dios al fin sobrenatural. En otra hipótesis tal vez la naturaleza humana habría podido tener un fin puramente natural. Pero eso, además de implicar un cierto reconocimiento de la posibilidad de la “naturaleza pura”, lleva a la idea de una naturaleza humana variable en algo que la constituye como tal naturaleza humana, a saber, su orientación a su fin específico, lo cual es un contrasentido. Lo que constituye a una naturaleza no puede cambiar sin que ésta deje de ser, precisamente, esa naturaleza.
En ese sentido, la cita de McInnerny, que traducimos libremente del inglés, es muy acertada:
“En la versión de De Lubac, el ser humano no tiene un fin natural. Su llamado actual a la visión de Dios es la base de una potencia natural para alcanzar ese fin. Casi es como si para él lo sobrenatural reemplazara lo natural. Lo que lo motiva es el temor de que hablar de una naturaleza pura lleve a dar a lo sobrenatural un lugar secundario, como si todo estuviese más o menos bien con nosotros, y lo sobrenatural fuese una especie de agregado extrínseco” (5).
En efecto, ésa es la grave consecuencia errónea de la tesis de De Lubac: que la naturaleza termina perdiendo consistencia propia (de ahí probablemente la conclusión de McInnerny de que el planteo de De Lubac lleva a negar la autonomía propia de la filosofía) y a su vez, lo sobrenatural termina haciéndose parte de la naturaleza y perdiendo así, justamente, su sobrenaturalidad, y derivando paradójicamente al naturalismo que se quiere combatir. Así lo ha expresado ya con mucha claridad A. Sayés (6).
*****
En el caso de Chenu, se trata, entre otras cosas, de que debió firmar en Roma diez proposiciones, entre las cuales, una que dice así (traducción nuestra libre del latín):
“Si bien fue propiamente teólogo, Santo Tomás también fue propiamente
filósofo, de modo que su filosofía no depende de su teología en su
inteligibilidad y en su verdad, ni enuncia verdades sólo relativas, sino absolutas”.
Ello indica que en Roma al menos vieron que había el peligro de que Chenu enseñase exactamente lo contrario, a saber, que Santo Tomás fue teólogo, no filósofo, y que la filosofía de Santo Tomás no se entiende sin su teología, ni obtiene verdad alguna de la sola razón y experiencia natural, ni las verdades que contiene son auténticas verdades por relación a la realidad misma de las cosas.
*****
Esto alcanza para ver, más allá de lo que pueda faltar en el libro de McInnerny, y de algún desacuerdo que pueda eventualmente subsistir, que se trata de un libro fundamental, que debería marcar una inflexión en la historia del pensamiento católico post-conciliar, al menos en el sentido de poner sobre el tapete estos temas y llamar a revisión de algunos lugares comunes actuales que son perjudiciales en el plano filosófico y en el teológico.
En efecto, los males que McInnerny señala en este libro son, en nuestra opinión, los que afectan por su base al pensamiento católico actual, que de nuevo tiende al fideísmo anti-intelectualista, luego de haber perdido la robusta fundamentación tomista clásica a manos de los “tomistas trascendentales” y de algunos tomistas demasiado existencialistas. Es decir, a manos de formas desacertadas de diálogo con el pensamiento moderno.
No significa esto, sin embargo, negar la luminosa originalidad de la síntesis tomista basada en la intuición del “actus essendi”, tan acertadamente subrayada por Fabro, Gilson y otros; pero sí evitar a toda costa que eso derive en una desvalorización de la esencia y de la sustancia de corte existencialista, pues eso lleva necesariamente al irracionalismo anti-intelectualista en filosofía y al fideísmo en teología.
Por eso, mientras procuramos hacernos con un ejemplar del libro de McInnerny, esperamos también con ansia la segunda parte del artículo de Šilar, en la cual se tratará precisamente de la relación entre la metafísica de Aristóteles y la de Santo Tomás de Aquino según McInnerny.
*****
1) McINNERNY,
Ralph, Praeambula Fidei: Thomism
and the God of the Philosophers,
2) Idem, p. 104.
3) FEINGOLD, L., The natural desire to see God according to
St. Thomas Aquinas and his interpreters, Apollinare
Studi, 2001, p. 297 (citado
por Silar).
4)
ALFARO, Juan, Lo natural y lo
sobrenatural: estudio histórico desde Santo Tomás hasta Cayetano, Madrid,
1952.
5) McINNERNY, Ralph, o.c., p. 130.
6)
SAYÉS, Antonio, La gracia de Cristo,
Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1993.
Vuelve
a la Tabla de Contenidos
Pbro. Juan Carlos Sanahuja
“Creo yo que hace falta un poquito más de claridad y de autoridad (…) Antes, quien disentía se iba de la Iglesia; hoy se queda adentro y esto me parece que requiere de nosotros, por amor a la Iglesia, un poquito más de firmeza”.
(Cardenal Juan Luis Cipriani, Arzobispo de Lima, Zenit, 29-05-09).
Convenios de universidades católicas con abortistas y pro-homosexuales
Los escándalos de las universidades católicas norteamericanas parecen no tener fin. Esta semana se supo que 10 instituciones de estudios superiores tienen convenios de pasantías y prácticas con organizaciones que promueven el aborto y el homosexualismo, algunas de ellas conocidas por ser rabiosamente anticristianas.
Según la Cardinal Newman Society, que investiga la identidad católica de esas instituciones de enseñanza, los recientes escándalos en las llamadas universidades católicas, que provocaron el estupor de miles de fieles -padres y estudiantes-, son sólo la punta del iceberg.
La alianza de instituciones católicas con otras, abortistas y pro-homosexuales, explicaría que “la mayoría de los estudiantes y los recién graduados de las universidades católicas norteamericanas, en contra de la enseñanza de la Iglesia, piensan que el aborto y los ‘matrimonios’ entre homosexuales deben legalizarse”, concluyó el estudio Behaviors and Beliefs of Current and Recent Students at U.S. Catholic Colleges de la Cardinal Newman Society (CNS), publicado en noviembre de 2008.
Esta semana la Cardinal Newman Society denunció a las siguientes instituciones:
· Boston College, de la Compañía de Jesús, recomienda pasantías en dos organizaciones abortistas, la Feminist Majority Foundation y la National Organization for Women (NOW). La escuela de derecho de la misma universidad, Boston College Law School, publicita trabajo voluntario por el que se suman créditos académicos en Planned Parenthood League of Massachusetts (sucursal de Planned Parenthood -PP-, filial de la IPPF, la internacional del aborto y la corrupción de menores); la universidad agrega que PP “depende de la labor de los voluntarios y pasantes para lograr su misión de ofrecer a bajo costo y alta calidad médica, educación, asesoramiento y servicios de defensa a los hombres y mujeres”. Las ganancias del negocio del aborto desmienten esta afirmación (vid. NG 886). En la lista de posibles pasantías también figuran la American Civil Liberties Union (ACLU) y la Gay and Lesbian Advocates and Defenders (GLAD), que promueven el reconocimiento del llamado “matrimonio gay”. (Sobre la American Civil Liberties Union (ACLU), vid NG 659, 736, 786, 960, 976; una de sus finalidades es “borrar” a Dios de la vida pública; su fanatismo llega al extremo de procurar que desaparezcan las representaciones de los Diez Mandamientos (las dos tablas de la Ley) de los tribunales y las cruces en los cementerios de veteranos; en unión con la sionista Liga Antidifamación, recurrió a los tribunales para impedir la exhibición de pesebres en lugares públicos en el tiempo de Navidad, etc.).
·
· College of St. Benedict & St. John’s University (Minnesota) El programa Género y Estudios sobre la Mujer, común a las dos instituciones, ofrece pasantías en la Feminist Majority Foundation y en la Minnesota Women’s Political Caucus, ambas organizaciones abortistas que apoyan la libertad de elección (el aborto), y en la asociación Rainbow Families, cuya finalidad es orientar a futuros padres homosexuales (LGTB).
· DePaul University, de la Congregación de la Misión, fundada por San Vicente de Paul. El programa de Mujeres y Género ofrece pasantías con créditos académicos en Planned Parenthood (PP) y en el Chicago Women’s Health Center, que “brinda servicios” de anticoncepción de emergencia para mujeres jóvenes, adolescentes, casadas o solteras; además provee todo tipo de inseminación para "lesbianas, bisexuales y parejas queer, mujeres solteras de cualquier orientación sexual, y transexuales”.
· Georgetown University (NG 973). Desde 2007, la Georgetown Law School permite a los estudiantes recibir financiación de la Equal Justice Foundation, una organización que asegura asesoramiento jurídico para abortar. Además, véase NG 973.
· Loyola University de Chicago. El programa de Estudios sobre la Mujer y de Género anuncia pasantías y oportunidades de voluntariado en organizaciones abortistas: la Chicago National Organization for Women, la Feminist Majority Foundation, Planned Parenthood (PP), y el Chicago Abortion Fund.
· St. Edward's University. Estudiantes de la universidad han trabajado en servicios a la comunidad como pasantes dentro del programa de Estudios sobre la Mujer, en la National Abortion and Reproductive Rights Action League (NARAL) y en Pro-Choice Texas.
·
· University of San Francisco, de la Compañía de Jesús: el programa de Estudios de Medios de Comunicación promueve pasantías en la revista Girlfriends Magazine, que impulsa la “cultura lésbica” y exige a quienes trabajan allí ser expertas en esos temas. También publicita pasantías en la California Abortion and Reproductive Rights Action League.
*****
La Conferencia Episcopal y la identidad católica: total apoyo al obispo
John D'Arcy, en cuya
diócesis está la Universidad de Notre Dame.
Al término de su Asamblea Plenaria (San Antonio, 17-19 de junio), la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos (U.S. Conference of Catholic Bishops - USCCB), dio un importante comunicado en apoyo a la postura adoptada ante el “escándalo de Notre Dame” por el obispo de Fort Wayne-South Bend, Mons. John D'Arcy.
"Los obispos de los Estados Unidos queremos expresar nuestra solidaridad y apoyo a nuestro hermano, S.E.R. Mons. John D'Arcy. Reconocemos su preocupación pastoral por la Universidad de Notre Dame, su solicitud por la identidad católica de la misma, y su caridad para todos los que el Señor le ha dado para santificar, enseñar y guiar", dice la declaración.
En marzo, Mons. D'Arcy decidió no asistir a la ceremonia de graduación de la Universidad de Notre Dame, ya que ésta había resuelto invitar y entregar un doctorado honoris causa al Presidente Barack Obama, contumaz abortista. La invitación de la universidad transgredía directamente la declaración Católicos en la vida política (2004) de la Conferencia Episcopal, que dice: "La comunidad y las instituciones católicas no deben honrar a aquellos que actúan en contra de nuestros principios morales fundamentales. No se les debe dar premios, honores o cederles la cátedra, ya que esto sugiere apoyo a sus acciones", (vid. NG 447, 649, 972, 973, 981, 642, 711, 960, entre otros).
En ese momento, Mons. D'Arcy declaró, "no
quiero faltar el respeto a nuestro presidente, ruego por él y le deseo lo
mejor. Pero un obispo debe enseñar la fe católica oportuna e inoportunamente,
no sólo con sus palabras, sino también con sus acciones. Mi decisión no es un
ataque contra nadie, sino una defensa de la verdad sobre la vida humana”.
Cabe recordar que la postura de D'Arcy encontró apoyo en 83 obispos que, públicamente, rechazaron la presencia de Obama en Notre Dame antes del 17 de mayo, día en que la universidad recibió al presidente.
Mientras tanto, la Association of Catholic Colleges and Universities ha pedido que la Conferencia Episcopal anule el documento Católicos en la vida política, lo que no parece que vaya a suceder por los buenos aires que corren entre los obispos norteamericanos (Life News, 20-06-09).
El caso del P. Jenkins
El rector de la universidad de Notre Dame, P. John Jenkins (NG 972, 973, 975), es miembro de la directiva de Millennium Promise, una organización que tiene como fin promover las inicuas Metas u Objetivos del Milenio para el Desarrollo de las Naciones Unidas.
Millennium Promise actúa en Africa, especialmente en Uganda, donde la Congregación de la Holy Cross, a la que pertenece Jenkins, está muy extendida. La organización trabaja en pequeños poblados, Millennium Villages, en los que provee “servicios de planificación familiar y contracepción, para ayudar a elegir a las mujeres el tamaño de su familia. Además combate las enfermedades de transmisión sexual, incluido el HIV y trata de contribuir a disminuir la mortalidad materna”. Sus “servicios incluyen: (1) consejería; (2) distribución de condones para hombres y mujeres; (3) distribución de contraceptivos farmacológicos: orales, transdérmicos, intramusculares e implantes; y (4) inserciones de DIU’s". En sus impresos oficiales se hace la apología del “aborto seguro” (Life Site, 13-05-09; Millennium Villages Handbook). Los llamados contraceptivos farmacológicos y el DIU tienen efectos abortivos.
(Sobre las Metas u Objetivos del Milenio para el Desarrollo, vid. NG 643, 669, 680, 722, 836, 854, 865, 889, 905, 920, 932, entre otros).
Fuente: Noticias Globales (www.noticiasglobales.org):
·
Año XII.
Número 858, 33/09. Gacetilla n° 981. Buenos Aires, 20
junio 2009
·
Año XII.
Número 859, 34/09. Gacetilla n° 982. Buenos Aires, 23
junio 2009
Fuentes consultadas por Noticias
Globales: propias; Life Site,
13-05-09, 15-05-09, 17-06-09, 22-06-09; Life News, 22-06-09; CNA, 17-06-09.
Vuelve
a la Tabla de Contenidos
San Ignacio de Loyola (31 de
julio)
Año 1528: la Iglesia estaba en una situación
desastrosa. La corrupción eclesiástica (simonía, nepotismo, lujuria) estaba muy
difundida. Durante todo el siglo XV, Papas y Concilios se habían esforzado para
salvar el barco que hacía agua. Sin embargo se habían agravado y multiplicado
los cismas y las herejías. El Concilio de Pisa (1409) comenzó con dos papas y
terminó con tres. Siguieron luego los Concilios de Constanza (1414-1418),
Basilea (1431), Ferrara-Florencia (1438-1442) y el V de Letrán
(1512-1517). Siete meses después de la clausura de este último Concilio, Martín
Lutero colgaba sus 95 tesis en la puerta del castillo de Wittenberg.
Ante este panorama de perdición, ocurrió algo sorprendente, nunca visto antes.
Todo ocurrió alrededor de un joven español
llamado Ignacio. Nació en Loyola en 1491. Hasta los 30 años se dedicó a la vida
de la corte, apasionándose con la guerra y las mujeres. No parecía tener madera
de santo, pero fue elegido por el Señor: su conversión recuerda la de San
Pablo. En torno a este pequeño vasco de temperamento arrollador comenzó una
gran historia.
Empezó de una manera muy sencilla. El 2 de
febrero de 1528 Ignacio llegó a la Universidad de París para estudiar. Allí
hizo amistad con otros seis estudiantes. La personalidad de Ignacio los atrajo
y conquistó. Hicieron un pacto para vivir y disfrutar juntos en cualquier lugar
y situación la “compañía de Jesús”, empezando por su universidad y por los
apestados hospitales donde empezaron a servir a los infectados.
La historia de Ignacio y de los jesuitas fue
luego un espectáculo para el mundo: desde las selvas de los salvajes guaraníes
hasta la misteriosa corte del Emperador chino, más intrépidos que los
exploradores de aquellos años, más cultos que los sabios de su época, más
avezados que los políticos de las cortes de Europa, los más odiados y
perseguidos por el poder y la masonería. Pero esta Orden legendaria nació de la
normalidad de aquellos compañeros, de la humanísima sencillez de aquella
amistad, en la que no faltaron ni siquiera los enfrentamientos de carácter.
Ignacio, Pierre Favre,
Francisco Javier, Simón Rodrigues, Diego Laínez,
Alfonso Salmerón y Nicolás Bobadilla eran el corazón de la “Compañía”.
Alrededor de ellos se congregaban otros estudiantes y profesores. El grupo de
jóvenes amigos comenzó a levantar sospechas. No disponían de grandes medios,
pero estaban convencidos de que una “compañía” de Jesús como la que tenían la
gracia de vivir podía conquistar el mundo entero.
Pasaron el verano de 1534 en largas
conversaciones para decidir qué harían con sus vidas. En la mañana del 15 de
agosto, fiesta de la Asunción de María, los siete compañeros fueron juntos a la
pequeña iglesia de los Mártires. En la cripta reinaba el silencio. Celebró la
Misa Pierre Favre, el único sacerdote. Antes de la
comunión, cada uno de ellos hizo sus votos en voz alta: pobreza (es decir
dedicación total y gratuita al Anuncio), castidad y la promesa del peregrinaje
a Tierra Santa. De regreso se presentarían ante el Papa “dispuestos, si él lo decidía así, a anunciar, sin ninguna
tergiversación, el Evangelio por todo el orbe terrestre”. Tras aquella
celebración los compañeros transcurrieron todo el día juntos
en el manantial de San Dionisio. “Sus
corazones estaban repletos de gozo y júbilo enorme. Volvieron a casa sólo al
anochecer, alabando y glorificando a Dios”.
El Papa Pablo II aprobó la Compañía de Jesús
el 27 de septiembre de 1540. Comandada por Ignacio desde su “cuartel general”
en Roma, la Compañía se expandió rápidamente por el mundo, buscando
conquistarlo “para la mayor gloria de Dios”. Para comprender qué significaba la
unidad entre ellos, basta pensar en Francisco Javier. Había ido a parar a la
India, con la peor chusma portuguesa. Recorriendo miles de kilómetros por mar a
pesar de sufrir mareos, convirtió a pueblos enteros, naufragó tres veces, fundó
misiones por todas partes; perseguido por los musulmanes, a veces se tuvo que
esconder en la jungla durante días. Llegó a las Malucas y “se dio cuenta de que habían de pasar tres años y nueve meses antes de
recibir respuesta de Roma. Francisco, para quien una semana de separación de
los amigos era un sufrimiento, recortó las firmas de aquellas cartas y las
llevaba en el corazón, con una copia de los votos que había hecho a Cristo”.
En 1556, cuando Ignacio murió en Roma, los
jesuitas dispersos por América, África, Europa, India e Indonesia son un
millar. La pequeña compañía florecía sobre el viejo tronco de la Iglesia,
continuando y renovando su gran historia.
Fuente: Revista “30 Días en la Iglesia y en el Mundo”
(artículo resumido por Daniel Iglesias Grèzes).
Vuelve
a la Tabla de Contenidos
Oración implorando del Creador la
paz en el mundo
Dios de nuestros padres, grande y
misericordioso,
Señor de la paz y de la vida, Padre de todos.
Tú tienes proyectos de paz y no de aflicción,
condenas las guerras y derribas el
orgullo de los violentos.
Tú has enviado a tu Hijo Jesús
para anunciar la paz a los cercanos
y a los lejanos,
y reunir a los hombres de toda
raza y de toda estirpe
en una sola familia.
Escucha el grito unánime de tus hijos,
súplica angustiosa de toda la
humanidad:
nunca más la guerra, aventura sin
retorno;
nunca más la guerra, espiral de luto
y de violencia;
nunca esta guerra en el Golfo
Pérsico,
amenaza para tus creaturas
en el cielo, en la tierra y en el
mar.
En comunión con maría, la Madre de Jesús, te
suplicamos aún:
habla a los corazones
de los responsables de la suerte
de los pueblos,
detén la lógica de la represalia y de
la venganza,
sugiere con tu Espíritu soluciones
nuevas,
gestos generosos y honorables,
espacios de diálogo y de espera
paciente,
más fecundos que los acelerados
plazos de la guerra.
Concede a nuestro tiempo días de paz.
Nunca más la guerra.
Amén.
Papa Juan Pablo II (1991).
Vuelve
a la Tabla de Contenidos
Sitios web
recomendados
|
Sitios de Fe y Razón: |
|
|
Fe y Razón |
|
|
Revista Virtual Fe y Razón |
|
|
Colección de Libros Fe y Razón |
|
|
|
|
|
Sitios de miembros de Fe y Razón: |
|
|
Diácono Jorge Novoa |
|
|
Meditaciones Cristianas |
|
|
Verdades de Fe |
|
|
Aportes al IV Sínodo Arquidiocesano de Montevideo |
|
|
Libros de Daniel Iglesias Grèzes |
|
|
Presentaciones de Daniel Iglesias Grèzes |
|
|
Curso de Introducción a la Teología Moral |
|
|
|
|
|
Sitios de
colaboradores de Fe y Razón: |
|
|
Toma y Lee. Sagradas Escrituras |
|
|
El Blog del Buen Amor |
|
|
A ver qué hacemos |
|
|
|
|
|
Otros
sitios uruguayos: |
|
|
Veritas de terra orta est |
|
|
Obra Social Pablo VI |
|
|
Defensores del
pueblo |
|
|
Cultura de la Vida |
|
|
|
|
|
Otros
sitios: |
|
|
Santa Sede |
|
|
Zenit |
|
|
ForumLibertas |
|
|
Noticias Globales |
|
|
Aceprensa |
|
|
Primera Luz |
|
|
Chiesa |
Este mensaje no es un SPAM. Si desea cancelar su suscripción, por favor escríbanos a: feyrazon@gmail.com