Fe y Razón

Revista virtual gratuita

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 31 – Febrero de 2009

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)

 

 

“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

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Equipo de Dirección:

·        Diác. Jorge Novoa – Blog personal: www.diaconojorge.blogspot.com

·        Lic. Néstor Martínez

·        Ing. Daniel Iglesias Grèzes – Blog personal: www.lmillau.blogspot.com

 

Colaboradores: Dr. Carlos Álvarez Cozzi, Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Pbro. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Dra. María Lourdes González, Ec. Rafael Menéndez, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Pbro. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Álvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Los primeros diez años de Fe y Razón

Equipo de Dirección

Documentos

Carta a los Obispos que acompaña el "Motu Proprio" Summorum Pontificum sobre el uso de la liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970

Papa Benedicto XVI

Biblia

La pureza cristiana en San Pablo

Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola

Teología

Iglesia y misión ante el desafío ecuménico e interreligioso

Pbro. Dr. Luis Ponte

Teología

Subsiste y existe

Lic. Néstor Martínez

Apologética

Carta a un fundamentalista anticatólico

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Familia y Vida

Ecología humana

Papa Benedicto XVI

Doctrina Social

La laicidad debe ser respetada en todos los casos

Prof. Dr. Carlos Álvarez Cozzi

Noticias eclesiales

Decreto de la Santa Sede para levantar la excomunión de cuatro Obispos

Zenit

Noticias eclesiales

"El Jesús de Pagola no es el Jesús de la fe de la Iglesia"

 

ForumLibertas

Oración

Salmo 89

Biblia de Jerusalén

 

 

¿Qué has hecho por tus hermanos sin techo?

Si quieres colaborar con la Obra Social Pablo VI (www.osp6.blogspot.com),

por favor escribe a: ospablovi@gmail.com.

 

 

NUEVO:  Los cuatro libros de teología de Daniel Iglesias Grèzes están disponibles en CD, en formato PDF.

 

Cada CD contiene:

·         Razones para nuestra esperanza. Escritos de apologética católica. (Segunda edición, con una presentación del Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, miembro de la Pontificia Comisión Bíblica).

·         Cristianos en el mundo, no del mundo. Escritos de teología moral social y temas conexos. (Primera edición).

·         Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio. Exposición de algunos puntos de la doctrina católica. (Primera edición).

·         Sintió compasión de ellos. Escritos teológico-pastorales. (Primera edición).

 

El costo de un CD es de $ 200 (doscientos pesos uruguayos).

Si te interesa conseguir uno de estos CD, por favor escribe a: diglesias59@gmail.com.

 

 

Los primeros diez años de Fe y Razón

 

Equipo de Dirección

 

2009 es el año del 10º aniversario de Fe y Razón. En junio de 2009, si Dios quiere, el sitio web Fe y Razón cumplirá sus primeros diez años de vida. Esperamos poder celebrar ese aniversario con un acto académico, acerca del cual les informaremos oportunamente. Además, aspiramos a que, durante 2009, Fe y Razón se vaya consolidando como centro cultural católico y alcance determinadas metas, entre las cuales destacamos las siguientes tres:

·        Renovar el diseño del sitio web.

·        Incrementar la cantidad de suscriptores de la revista virtual a un mínimo de mil (hoy tenemos unos 700 suscriptores).

·        Comenzar a publicar una colección (llamada Fe y Razón) de libros que recojan contenidos ya publicados en el sitio web o en la revista virtual.

Contamos con vuestra colaboración para alcanzar estas metas, en particular la segunda. Volvemos pues a invitarlos a conseguir nuevos suscriptores.

 

Auguramos a cada uno de ustedes y a sus respectivas familias un feliz año 2009. La vida terrena es breve. No perdamos el tiempo, precioso don de Dios. Aprovechemos cada día para servir al Señor con alegría. Quiera Dios que a lo largo de este año todos podamos crecer en la fe, la esperanza y el amor, en unión con Nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

 

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Carta del Santo Padre Benedicto XVI a los Obispos que acompaña la Carta Apostólica "Motu Proprio data" Summorum Pontificum sobre el uso de la liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970

 

Queridos Hermanos en el Episcopado:

 

Con gran confianza y esperanza pongo en vuestras manos de Pastores el texto de una nueva Carta Apostólica “Motu Proprio data” sobre el uso de la liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970. El documento es fruto de largas reflexiones, múltiples consultas y de oración.

 

Noticias y juicios hechos sin información suficiente han creado no poca confusión. Se han dado reacciones muy divergentes, que van desde una aceptación con alegría a una oposición dura, a un proyecto cuyo contenido en realidad no se conocía.

 

A este documento se contraponían más directamente dos temores, que quisiera afrontar un poco más de cerca en esta carta.

 

En primer lugar existe el temor de que se menoscabe la Autoridad del Concilio Vaticano II y de que una de sus decisiones esenciales –la reforma litúrgica– se ponga en duda. Este temor es infundado. Al respecto, es necesario afirmar en primer lugar que el Misal publicado por Pablo VI y reeditado después en dos ediciones sucesivas por Juan Pablo II, obviamente es y permanece la Forma normal –la Forma ordinaria– de la Liturgia Eucarística. La última redacción del Missale Romanum anterior al Concilio, que fue publicada con la autoridad del Papa Juan XXIII en 1962 y utilizada durante el Concilio, podrá, en cambio, ser utilizada como Forma extraordinaria de la Celebración litúrgica. No es apropiado hablar de estas dos redacciones del Misal Romano como si fueran “dos Ritos”. Se trata, más bien, de un doble uso del mismo y único Rito.

 

Por lo que se refiere al uso del Misal de 1962, como Forma extraordinaria de la Liturgia de la Misa, quisiera llamar la atención sobre el hecho de que este Misal no ha sido nunca jurídicamente abrogado y, por consiguiente, en principio, ha quedado siempre permitido. En el momento de la introducción del nuevo Misal, no pareció necesario emitir normas propias para el posible uso del Misal anterior. Probablemente se supuso que se trataría de pocos casos singulares que podrían resolverse, caso por caso, en cada lugar. Después, en cambio, se demostró pronto que no pocos permanecían fuertemente ligados a este uso del Rito romano que, desde la infancia, se les había hecho familiar. Esto sucedió, sobre todo, en los Países en los que el movimiento litúrgico había dado a muchas personas una notable formación litúrgica y una profunda e íntima familiaridad con la Forma anterior de la Celebración litúrgica. Todos sabemos que, en el movimiento guiado por el Arzobispo Lefebvre, la fidelidad al Misal antiguo llegó a ser un signo distintivo externo; pero las razones de la ruptura que de aquí nacía se encontraban más en profundidad. Muchas personas que aceptaban claramente el carácter vinculante del Concilio Vaticano II y que eran fieles al Papa y a los Obispos, deseaban no obstante reencontrar la forma, querida para ellos, de la sagrada Liturgia. Esto sucedió sobre todo porque en muchos lugares no se celebraba de una manera fiel a las prescripciones del nuevo Misal, sino que éste llegó a entenderse como una autorización e incluso como una obligación a la creatividad, lo cual llevó a menudo a deformaciones de la Liturgia al límite de lo soportable. Hablo por experiencia porque he vivido también yo aquel periodo con todas sus expectativas y confusiones. Y he visto hasta qué punto han sido profundamente heridas por las deformaciones arbitrarias de la Liturgia personas que estaban totalmente radicadas en la fe de la Iglesia.

 

El Papa Juan Pablo II se vio por tanto obligado a ofrecer con el Motu ProprioEcclesia Dei” del 2 de julio de 1988, un cuadro normativo para el uso del Misal de 1962, pero que no contenía prescripciones detalladas sino que apelaba, en modo más general, a la generosidad de los Obispos respecto a las “justas aspiraciones” de aquellos fieles que pedían este uso del Rito romano. En aquel momento el Papa quería ayudar de este modo sobre todo a la Fraternidad San Pío X a reencontrar la plena unidad con el Sucesor de Pedro, intentando curar una herida que era sentida cada vez con más dolor. Por desgracia esta reconciliación hasta ahora no se ha logrado; sin embargo una serie de comunidades han utilizado con gratitud las posibilidades de este Motu Proprio. Permanece difícil, en cambio, la cuestión del uso del Misal de 1962 fuera de estos grupos, para los cuales faltaban normas jurídicas precisas, sobre todo porque a menudo los Obispos en estos casos temían que la autoridad del Concilio fuera puesta en duda. Enseguida después del Concilio Vaticano II se podía suponer que la petición del uso del Misal de 1962 se limitaría a la generación más anciana que había crecido con él, pero desde entonces se ha visto claramente que también personas jóvenes descubren esta forma litúrgica, se sienten atraídos por ella y encuentran en la misma una forma, particularmente adecuada para ellos, de encuentro con el Misterio de la Santísima Eucaristía. Así ha surgido la necesidad de un reglamento jurídico más claro que, en tiempos del Motu Proprio de 1988 no era previsible; estas Normas pretenden también liberar a los Obispos de tener que valorar siempre de nuevo cómo responder a las diversas situaciones.

 

En segundo lugar, en las discusiones sobre el esperado Motu Proprio, se expresó el temor de que una más amplia posibilidad de uso del Misal de 1962 podría llevar a desórdenes e incluso a divisiones en las comunidades parroquiales. Tampoco este temor me parece realmente fundado. El uso del Misal antiguo presupone un cierto nivel de formación litúrgica y un acceso a la lengua latina; tanto uno como otro no se encuentran tan a menudo. Ya con estos presupuestos concretos se ve claramente que el nuevo Misal permanecerá, ciertamente, la Forma ordinaria del Rito Romano, no sólo por la normativa jurídica sino por la situación real en que se encuentran las comunidades de fieles.

 

Es verdad que no faltan exageraciones y algunas veces aspectos sociales indebidamente vinculados a la actitud de los fieles que siguen la antigua tradición litúrgica latina. Vuestra caridad y prudencia pastoral serán estímulo y guía para un perfeccionamiento. Por lo demás, las dos Formas del uso del Rito romano pueden enriquecerse mutuamente: en el Misal antiguo se podrán y deberán inserir nuevos santos y algunos de los nuevos prefacios. La Comisión “Ecclesia Dei”, en contacto con los diversos entes locales dedicados al usus antiquior, estudiará las posibilidades prácticas. En la celebración de la Misa según el Misal de Pablo VI se podrá manifestar, en un modo más intenso de cuanto se ha hecho a menudo hasta ahora, aquella sacralidad que atrae a muchos hacia el uso antiguo. La garantía más segura para que el Misal de Pablo VI pueda unir a las comunidades parroquiales y sea amado por ellas consiste en celebrar con gran reverencia de acuerdo con las prescripciones; esto hace visible la riqueza espiritual y la profundidad teológica de este Misal.

 

De este modo he llegado a la razón positiva que me ha motivado a poner al día mediante este Motu Proprio el de 1988. Se trata de llegar a una reconciliación interna en el seno de la Iglesia. Mirando al pasado, a las divisiones que a lo largo de los siglos han desgarrado el Cuerpo de Cristo, se tiene continuamente la impresión de que en momentos críticos en los que la división estaba naciendo, no se ha hecho lo suficiente por parte de los responsables de la Iglesia para conservar o conquistar la reconciliación y la unidad; se tiene la impresión de que las omisiones de la Iglesia han tenido su parte de culpa en el hecho de que estas divisiones hayan podido consolidarse. Esta mirada al pasado nos impone hoy una obligación: hacer todos los esfuerzos para que a todos aquellos que tienen verdaderamente el deseo de la unidad se les haga posible permanecer en esta unidad o reencontrarla de nuevo. Me viene a la mente una frase de la segunda carta a los Corintios donde Pablo escribe: “Corintios, os hemos hablado con toda franqueza; nuestro corazón se ha abierto de par en par. No está cerrado nuestro corazón para vosotros; los vuestros sí que lo están para nosotros. Correspondednos; ... abríos también vosotros” (2 Cor 6,11-13). Pablo lo dice ciertamente en otro contexto, pero su invitación puede y debe tocarnos a nosotros, justamente en este tema. Abramos generosamente nuestro corazón y dejemos entrar todo a lo que la fe misma ofrece espacio.

 

No hay ninguna contradicción entre una y otra edición del Missale Romanum. En la historia de la Liturgia hay crecimiento y progreso pero ninguna ruptura. Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser súbitamente totalmente prohibido o incluso ser considerado perjudicial. Nos hace bien a todos conservar las riquezas que han crecido en la fe y en la oración de la Iglesia y darles el justo puesto. Obviamente para vivir la plena comunión tampoco los sacerdotes de las Comunidades que siguen el uso antiguo pueden, en principio, excluir la celebración según los libros nuevos. En efecto, no sería coherente con el reconocimiento del valor y de la santidad del nuevo rito la exclusión total del mismo.

 

En conclusión, queridos Hermanos, quiero de todo corazón subrayar que estas nuevas normas no disminuyen de ningún modo vuestra autoridad y responsabilidad ni sobre la liturgia, ni sobre la pastoral de vuestros fieles. Cada Obispo, en efecto es el moderador de la liturgia en la propia diócesis (cfr. Sacrosanctum Concilium, n. 22: “Sacrae Liturgiae moderatio ab Ecclessiae auctoritate unice pendet quae quidem est apud Apostolicam Sedem et, ad normam iuris, apud Episcoporum”).

 

Por tanto, no se quita nada a la autoridad del Obispo, cuyo papel será siempre el de vigilar para que todo se desarrolle con paz y serenidad. Si surgiera algún problema que el párroco no pueda resolver, el Ordinario local podrá siempre intervenir, pero en total armonía con todo lo establecido por las nuevas normas del Motu Proprio.

 

Además os invito, queridos Hermanos, a escribir a la Santa Sede un informe sobre vuestras experiencias tres años después de que entre en vigor este Motu Proprio. Si vinieran a la luz dificultades serias se buscarían vías para encontrar el remedio.

 

Queridos Hermanos, con ánimo agradecido y confiado, confío a vuestro corazón de Pastores estas páginas y las normas del Motu Proprio. Recordemos siempre las palabras que el Apóstol Pablo dirigió a los presbíteros de Efeso “Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio Hijo” (Hechos 20,28).

 

Confío a la potente intercesión de María, Madre de la Iglesia, estas nuevas normas e imparto de corazón mi Bendición Apostólica a Vosotros, queridos Hermanos, a los párrocos de vuestras diócesis y a todos los sacerdotes, vuestros colaboradores, así como a todos vuestros fieles.

 

Dado en San Pedro, el 7 de Julio de 2007.

 

BENEDICTUS PP. XVI

 

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana

 

Fuente:

http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/letters/2007/documents/hf_ben-xvi_let_20070707_lettera-vescovi_sp.html

 

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La pureza cristiana en San Pablo

 

Miguel Antonio Barriola

 

Es sabido que, con gran frecuencia, la oposición a Dios, a la fe, la Iglesia no procede tanto de la inteligencia, cuanto de los bajos instintos. Así fue el testimonio de San Agustín. Había ya adherido casi totalmente al Evangelio, sus objeciones habían ido desapareciendo una tras otra y sentía como cada vez más apremiante la voz de Dios. Pero había algo que le impedía dar el último paso: el miedo a no poder vivir en castidad. Justamente, cuando oyó el misterioso llamado: “Tolle et lege” (= toma y lee), abrió al azar la carta de Pablo a los Romanos en 13,12-14, donde se exhorta a dejar atrás “lujuria y libertinaje”, pero se le seguían presentando inconvenientes, que describirá así: “Eran patrañas y más patrañas, vanidad de vanidades las que me retenían, viejas amigas mías… me estiraban hacia abajo mi vestido de carne y en voz baja me decían: ‘¿Nos despides?’ y ‘¿Ya no estaremos nunca más contigo?’ ¡Y qué no era lo que me insinuaban, Dios mío!” (Confesiones, VIII, 11).

 

Entre esas actividades de la carne, Pablo destaca el desenfreno sexual, como lo hizo al pintar un panorama tan negro, pero realista, de la situación del mundo pagano (Rom 1,26 ss) y lo venía apuntando ya desde su primera carta (I Tes 4,3-8): “Dios quiere… que sepa cada uno controlar su propio cuerpo con sentido y respeto, sin dejarse arrastrar por la pasión”.

 

¿Qué motivos impulsan al Apóstol para insistir en estas advertencias? Contraponiendo “las obras de la carne” (en plural, como indicando su dispersión), con “el fruto del Espíritu” (en singular, aunque enumere después varios efectos, pero todos estrechamente unidos), indica como primera a la “pornéia” y como su contrapartida la “enkratéia”. Son dos términos clave. El segundo viene de: enkratéuomai = ser dueño de sí mismo (krátos = fuerte). “Pornéia” deriva de “pérnemi”, que significa: “me vendo”, en el caso: enajeno mi propio cuerpo. Pablo, pues, viene a decir que, respecto al cuerpo, se dan dos actitudes contrapuestas: una, fruto del Espíritu, que consiste en permanecer siendo dueño de uno mismo. La otra equivale a disponer de la sexualidad para el propio placer, en vistas a finalidades distintas a aquella para la que ha sido creada. En una palabra, hacer del acto sexual un comercio, una venta, aunque no haya dinero de por medio, bastando para ello un intercambio, como en el mercado: lo que está destinado hacia un objetivo es desviado, para lograr beneficios de otro tipo. Aquí el goce egoísta.

 

Si nos quedáramos en estos términos, todavía no sintonizaríamos con nada propiamente bíblico y cristiano. En efecto, también los moralistas paganos exaltaban el dominio de uno mismo, aunque sólo en función de la paz interior. El Evangelio, en cambio, concede un contenido completamente nuevo a estos términos. Esto es evidente ya en nuestro texto (Rom 13,12 ss), donde la disolución sexual se opone, no sólo a una mesura estoica, sino al “revestirse de Jesucristo” (v. 14).

 

Es la principal razón que emerge en toda la doctrina paulina para exigir la pureza en este aspecto. Así lo vemos en I Cor 6,12-20. Los cristianos, en aquella comunidad, habían sacado torcidas conclusiones de la libertad que Pablo proclamara respecto al yugo de la ley, entendida según algunos judíos. Andaban, entonces repitiendo el slogan: “Todo me es lícito”.

 

Pablo amonesta que no está permitido darse a la lujuria, vendiéndose al propio gusto. La razón reside en el simple hecho de que ya no somos nuestros, sino de Cristo y no es posible disponer de lo que es dominio ajeno. “¿Han olvidado que son miembros de Cristo y no se pertenecen?” (ibid., vv. 15.19). La motivación filosófica pagana se encuentra dada vuelta, porque el valor supremo a salvaguardar ya no es el señorío sobre sí, sino el “no dominio de uno mismo”. “¡El cuerpo no es para la lujuria sino para el Señor!” (ibid., v. 13). La motivación última de la pureza es, entonces: Jesús es mi dueño y señor. Se da un salto de cualidad infinito entre las dos perspectivas: en la primera hipótesis, la castidad está en función de sí mismo: mi serenidad y “apathéia” (= ausencia de pasión). En el segundo caso, Jesús es la finalidad. Es cierto que hay que trabajar, luchar, para conseguir el dominio sobre uno mismo, pero sólo para cederlo luego a Cristo.

 

Motivación que se vuelve todavía más imperiosa por lo que revela el propio Pablo, en este mismo texto. No somos sólo genéricamente “de” Cristo, como propiedad o cosa suya. Además y sobre todo ¡somos el cuerpo mismo de Cristo, sus miembros! Lo cual lo vuelve todo más complicado, pues significa que, cayendo en la impureza, prostituyo el cuerpo de Cristo, realizo una especie de odioso sacrilegio. “¿Voy a quitarle un miembro a Cristo, para hacerlo miembro de una prostituta?” (ibid., v. 15).

 

A esta motivación cristológica se le une enseguida la pneumatológica: “Saben muy bien que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en ustedes” (ibid., v. 19).

 

También apunta Pablo a una razón escatológica: “Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros con su poder” (Ibid., v. 14). Nuestro cuerpo está destinado a la resurrección, con lo cual es patente que la pureza cristiana no es un desprecio del cuerpo, sino, al contrario, la valoración de su gran dignidad. El Evangelio (decían los Padres a los gnósticos) no predica la salvación “respecto a la carne”, sino la “salvación de la carne”. “No digamos que la vestimenta corporal es algo extraño, sino respetémosla como algo que pertenece a nuestra persona. De todo lo que hayamos hecho por medio de nuestro cuerpo deberemos rendir cuenta a Dios” (San Cirilo de Jerusalén, Cathecheses, XVIII; PG 33, 1041).

 

El Apóstol concluye su exposición sobre la pureza con la apasionada invitación: “¡Glorifiquen a Dios con sus cuerpos!” (I Cor 6,20). El cuerpo humano es, pues, para la gloria de Dios, cuando el hombre vive su propia sexualidad y toda su corporeidad en obediencia al sentido de la misma, que no es venderse, sino darse. Tal glorificación de Dios no exige la renuncia al ejercicio de la propia sexualidad. De hecho, en el capítulo que sigue (7°), explica Pablo cómo esa glorificación de Dios se expresa de dos formas, o según dos carismas diferentes: matrimonio y virginidad. Bajo esta luz nueva, la pureza ocupa un lugar privilegiado en toda la perspectiva moral cristiana.

 

Casi no hay una carta de Pablo donde no le dedique a la cuestión un espacio, al describir la nueva vida en el Espíritu (Ef 4,12-5,33; Col 3,5-12; Pastorales).

 

Afinando más y yendo a las raíces, Pablo hace notar que hay una pureza del cuerpo, pero también está la del corazón, que no se reduce a actos externos, sino llega hasta los deseos y pensamientos (ya lo había enseñado Jesús: Mt 5,8.27-28; Rom 13,14; Ef 2,13; II Tim 2,22). También recomendará una pureza de la boca, que consiste, negativamente, en abstenerse de palabras obscenas, vulgaridades y torpezas (Ef 5,4; Col 3,8) y, positivamente, en la sinceridad y la franqueza.

 

Hoy día, entre los cristianos, se tiende a contraponer las faltas contra la pureza y las que van contra el prójimo, considerando verdadero pecado el que daña a los demás. A veces se ironiza sobre el culto excesivo concedido en el pasado a la castidad. Se ha de conceder que hubo exageraciones, pero ahora se ha pasado al extremo opuesto, con la tendencia a minimizar los desórdenes contra la pureza, a favor (a menudo de labios para afuera) de la atención al prójimo. La palabra de Dios, lejos de contraponer castidad y caridad, las une estrechamente. Baste leer I Tes 4,3-12: “Dios no nos llamó a la impureza, sino a la santidad… Acerca del amor fraterno, no es necesario que os escriba” (vv. 7.9). El fin único de pureza y caridad es poder llevar una vida “llena de decoro” (Rom 13,13), o sea, íntegra en todas sus relaciones, tanto respecto a sí mismo como en lo que toca a los demás. ¿Cómo puedo darme (en el amor), si no me poseo y más bien soy esclavo de mis pasiones? Es ilusorio creer que se puede poner juntos un auténtico servicio a los hermanos, que siempre requiere abnegación, altruismo, olvido de sí y generosidad, con una vida personal desordenada, dedicada a complacerse a uno mismo y a las propias inclinaciones. Inevitablemente se acaba instrumentalizando a los otros, como se lo hace con el propio cuerpo. Difícilmente dirá “sí” a los hermanos, quien no sabe decir “no” a su egoísmo.

 

Otra excusa, que tiende a descargar de consecuencias al pecado de impureza, es que, según argumentan, con el placer sexual no se hace daño a nadie, no se violan los derechos de la libertad ajena.

 

Sin embargo, aparte del hecho de que se pisotea el derecho fundamental de Dios, esta escapatoria es falsa incluso en relación al prójimo, porque no es verdad que el pecado de impureza termina en el que lo comete. Hay una solidaridad entre todos los vicios (como entre las virtudes). Cada transgresión contamina el ambiente moral. Hasta los malos pensamientos, que se depositan en el interior, envenenan al hombre y, por lo tanto, al mundo. “Del corazón salen las malas ideas, los homicidios, adulterios, inmoralidades, robos, testimonios falsos, calumnias. Eso es lo que mancha al hombre” (Mt 15,19-20). La pureza no sólo equilibra los propios desórdenes, haciéndonos entrar en una correcta relación con los demás, es también necesaria para una íntima relación con Dios, ya que es muy difícil rezar, si se pacta con un corazón impuro. San Pedro pedía “calma y sobriedad para poder orar” (I Pedro 4,7). Y si San Pablo aconseja a los mismos esposos abstenerse alguna vez de sus relaciones íntimas, siendo legítimas y santas, para poder dedicarse más intensa y libremente a la oración (I Cor 7,5), ¿qué se ha de decir del obstáculo evidente, que son los actos sexuales desordenados? Estos vuelven prácticamente imposible la oración, a menos que no haya una sincera voluntad de luchar y de vencer las propias debilidades, con el auxilio de la divina gracia.

 

También en la actualidad se ha debilitado toda mesura. Las mujeres “autoconvocadas” en defensa del aborto, escriben (sobre todo en los muros de los templos) graffiti como: “Yo soy mía. Mi cuerpo me pertenece. Hago con él lo que quiero”. Exactamente lo contrario a la fe cristiana, expuesta por Pablo. Pero, lo más inquietante es que tal permisivismo se ha infiltrado en algunos pastores, bajo una pseudocompasión: “Dios –suelen decir– te ama tal como eres; Dios quiere sobre todo tu realización; por eso, si eres ‘así’, si sientes que tal conducta te realiza, sigue adelante y no te atormentes. Dios es Padre”. Se cae en la plena “filosofía del tango”: “Si soy así, ¿qué voy a hacer?”

 

Como si uno pudiera “realizarse” al margen de la voluntad de Dios, en el pecado, porque se falta también por la ausencia de fe en el poder de Dios. En lugar de decir al débil: “Dios te ama y es más fuerte que tu fragilidad”, se acaba admitiendo que el pecado y la enfermedad son más poderosos que Dios.

 

De los antídotos que nos ha recomendado este médico del espíritu, recordemos especialmente la mortificación de los ojos, que son las ventanas del alma. (Ya la filosofía clásica explicaba que: “Nihil est in intellectu, quod prius non fuerit in sensu” = nada hay en la inteligencia, que no haya pasado antes por los sentidos). El que ha creado el ojo, hizo también el párpado, para protegerlo. Y hoy no podemos silenciar el gran peligro que es la Televisión. R. Cantalamessa, poniendo al día el consejo evangélico (Mt 6,23), nos insta: “¡Si tu televisión te resulta ocasión de escándalo, tírala! Es mucho mejor aparecer como un hombre poco informado de los últimos acontecimientos y espectáculos del mundo, que, informadísimo de todo, perder la amistad con Jesús y echar a perder el corazón” (La vida en el señorío de Cristo, Valencia - 1991- 278).

 

La oración es el otro gran recurso, comprobado por el mismo Pablo (II Cor 12,8-9) y la unanimidad de los santos. Valga por todos San Agustín, con el que comenzamos estas reflexiones. En el mismo contexto arriba aludido, recuerda: “En mi inexperiencia creía que la continencia dependía de las propias fuerzas y yo era consciente de no tenerlas. Era tan necio que ignoraba que está escrito, que nadie puede ser continente, si tú no se lo concedes (Sab 2,21)… Tú me ordenas la pureza: pues bien, ¡concédeme lo que mandas y luego mándame lo que quieras! (da quod iubes et iube quod vis).” (Confesiones, VI, 11; X, 29). Y nos asegura que de ese modo obtuvo la pureza.

 

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Iglesia y misión ante el desafío ecuménico e interreligioso

 

Pbro. Luis Ponte

 

Presentación (de Mons. Janusz Bolonek)

 

Su Santidad Juan Pablo II, de feliz memoria, durante casi 27 años realizó innumerables viajes apostólicos a los cinco continentes como nunca antes lo había hecho un Romano Pontífice. Desde su primer viaje a México y luego a Polonia, entendió que Su pontificado debía inspirarse en el mandato de Jesucristo: “Id y haced discípulos de todas las gentes” (cfr. Mt 28,19); en contacto con los diversos pueblos y culturas, saliendo al encuentro directo de los hombres. Este estilo propulsó rápidamente la impronta de una Iglesia dinámica, haciendo visible la idea central del Vaticano II de la Iglesia como sacramento universal de salvación. Al lado de su dinamismo pastoral, sus riquísimas enseñanzas orales y escritas despertaron un renovado interés por el estudio de la misionología a la luz del Vaticano II, como disciplina teológica fundamental para la eclesiología de estos tiempos. No solamente la misionología como disciplina específica adquirió un importante desarrollo, sino que tanto la teología en general, como la espiritualidad y la pastoral, se replantearon desde este ángulo de la misión “ad gentes”. Juan Pablo II como Pastor universal de la Iglesia reactivó los distintos organismos y estructuras eclesiásticas para promover la animación misionera desde las iglesias locales, y desde todas las instituciones y asociaciones de vida consagrada. Con Su enseñanza y con Su ejemplo testimonial, nos ha dejado un extraordinario y valiosísimo legado en ésta y en tantas otras dimensiones del cristianismo.

 

Este estudio del Padre Luis Ponte constituye una inteligente comprensión de la encíclica emblemática de Su pontificado. Esta sistematización teológica y su ubicación retrospectiva y prospectiva en el magisterio post-conciliar, es luminosa para la formación permanente. El análisis del documento desde el ángulo eclesiológico en su desafío soteriológico contemporáneo, es muy útil para una ubicación acertada de cara a los desafíos actuales de la misión de la Iglesia. La síntesis efectuada por el Autor ayudará a asimilar más profundamente los pilares de la espiritualidad y el apostolado misioneros, para una sana vivencia de comunión eclesial.

 

Como representante de la Sede Apostólica en diversos países, siempre he sentido y siento el empeño de promover la fidelidad al mandato Euntes docete omnes gentes”, que actualiza el dinamismo misionero de la Iglesia. Por eso, agradezco vivamente al Autor de estas páginas su valiosa labor como asesor teológico de las Obras Misionales Pontificias de Uruguay (1993-1996, 1999-2000) y de España (1997-1998). Asimismo, hago mis votos fraternales para que la publicación de este libro en consonancia con el tema de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida (Brasil), “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan Vida”, encuentre acogida favorable en aquellos hombres y mujeres, tanto eclesiásticos como laicos, que se dedican con generosidad a la obra evangelizadora en el mundo de hoy.

 

+ Mons. Janusz Bolonek

Nuncio Apostólico de Su Santidad en Uruguay

 

Montevideo, 19 de Marzo de 2007.

 

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Prólogo

           

Hemos presenciado la pascua definitiva del querido y grandioso Papa Juan Pablo II, y de la elección de su sucesor Benedicto XVI. Al difunto Pontífice nuestro religioso homenaje y dedicación póstuma, y al actual Pastor Universal nuestro filial afecto y augurio en el Señor.

 

En la II Asamblea General de la IACM (Asociación Católica Internacional de Misionología) realizada en Cochabamba (del 29/9 al 4/10 de 2004), el P. Efraín Martínez Delgado -Secretario ejecutivo del Departamento de Misión y Espiritualidad del CELAM- tomó contacto con este trabajo y desde entonces me animó y apoyó para que lo publicara. A él en primer lugar, mi gratitud.

 

Este libro hunde sus raíces en la investigación realizada para mi tesina de Licenciatura en Teología de la Evangelización finalizada a fines del año 1995 (1). Posteriormente un grupo de amigos y colaboradores de la Dirección Nacional de las Obras Misionales Pontificias en Uruguay, a impulsos del pionero y tenaz Director P. Esteban Kukula svd, formamos un grupo de debate teológico con base en dicha investigación, en forma de tertulias informales. Desde entonces, por parte de algunos sacerdotes de aquel grupo, surgió el interés por el estudio de la misionología como disciplina fundamental en la formación permanente. De aquel grupo de estudio algunos recibimos la invitación para participar en el primer Congreso católico internacional de Misionología convocado por la Santa Sede (Roma, 16-21 de octubre de 2000). En el Uruguay, hasta el día de hoy, no existe en el programa académico de los estudios eclesiásticos la disciplina misionológica; sin embargo, algunos profesores ya han comenzado a integrar en sus tratados teológicos la perspectiva misionológica.

 

El presente estudio es una ampliación y actualización del original. He querido sintetizar los quicios dogmático-pastorales de la cuestión misionera en el marco de una eclesiología dinámica. Sin pretensiones de tipo pastoral práctico, busqué asentar las bases fundamentales para un diálogo y debate teológico según las coordenadas del magisterio actual, en el cual estamos de acuerdo en que la Redemptoris Missio constituye el hito referencial de cara a los desafíos del nuevo milenio. Ofrezco estas páginas como un un gesto de caridad intelectual para los estudiantes de teología de los seminarios y de las casas de formación; y ojalá que, así como para nosotros fue el detonante propulsor del interés por la misionología, lo sea también para muchos otros.     

 

El autor

 

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La misión de la Iglesia en el horizonte de las grandes religiones

 

Queremos exponer brevemente el tema de la actividad misionera eclesial en relación con los no cristianos (2). Desde el ángulo más propiamente religioso de la misión, buscamos perfilar el punto de encuentro con la experiencia religiosa de las grandes religiones. En ello apelamos al protagonismo trascendente de la misionología, pues la misma actividad misionera se dirige allí donde es preparada por la acción del Espíritu Santo.

 

Este tema tiene como núcleo teológico, la presencia y acción del Espíritu Santo en el cuerpo eclesial y más allá de él. La Iglesia, como sacramento universal de salvación, tiene como horizonte el mundo entero. Sin embargo, el camino histórico de su misión en el mundo va realizándose a impulsos del Espíritu de Cristo que la anima. En este impulso, la razón que la coloca hoy en el horizonte multi-religioso es la certeza de que el Espíritu de Dios es quien suscita en el corazón humano la búsqueda de Dios (3).

 

Las pistas de nuestra reflexión se originan desde la pneumatología desarrollada en el capítulo III de la encíclica “Redemptoris Missio” (RM), teniendo en cuenta la referencia a las otras religiones que se hace a lo largo de la misma (4). El enfoque y enmarcamiento de nuestro acercamiento, es desde la misión "ad gentes" de la Iglesia. Atañe no solamente a la actividad eclesial "ad extra", sino también a la comprensión del núcleo del mensaje misionero.

 

1. La presencia del Espíritu Santo en los no cristianos y la actividad misionera de la Iglesia

 

Al tratar de la presencia y actividad del Espíritu Santo en los no cristianos, nos referimos concretamente al alcance salvífico de sus propias experiencias religiosas; y, al mismo tiempo, a la necesidad de conjugar el sentido de la misión "ad gentes" con la acción del Espíritu Santo presente en los no cristianos (5).

 

El movimiento misional "ad gentes", apunta a llevar el anuncio del misterio de Cristo Salvador a toda la humanidad. En este movimiento, la misión eclesial se encuentra frente a experiencias místicas (6) que bien pueden apropiarse al Espíritu Santo (7), pero que no tienen contacto visible con el misterio de Cristo y de la Iglesia. Esto último es un argumento a favor del trabajo misionero, desde un desafío de orden explícitamente religioso (8).

 

La presencia del Espíritu en los no cristianos es una invitación a la Iglesia para ir a su encuentro. El Espíritu Santo, desde la otra orilla de la Iglesia, llama y atrae la actividad misionera conformando su orientación y perspectiva. Esta modalidad del Espíritu Santo asocia a la Iglesia para actuar por ella la salvación (9).

 

Ya hemos visto cómo la salvación remite al misterio de Cristo y su Cuerpo visible que es la Iglesia. La unicidad de la salvación en Cristo y la necesidad de la Iglesia para la misma, se corroboran por el influjo de atracción que el Espíritu Santo realiza desde los no cristianos a la misión "ad gentes". De esto se desprende que la misión "ad gentes" es colaboración con el trabajo del Espíritu Santo entre los no cristianos (10); y consiguientemente se reafirma el principio pneumatológico que impulsa la misma actividad misionera.

 

Este fenómeno de llamada de Dios a la Iglesia desde los no cristianos se conjuga con el protagonismo trascendente del Espíritu Santo en la misión eclesial. En ello podemos contemplar el repetirse de la gracia de Pentecostés donde, desde la Iglesia y hacia los gentiles, es el Espíritu Santo quien anima a comunicar la redención de Cristo. En esta perspectiva, la actividad misionera es la fuerza de irradiación y convocación de la Iglesia, como Pueblo de salvados. El Espíritu de Cristo que actúa en el seno de los no cristianos lo hace en virtud de la Iglesia y como fuerza de comunión de la humanidad en Dios (11).

 

La acción salvífica del Espíritu Santo en las grandes religiones prepara la siembra de la Palabra de los misioneros y hace posible el milagro interior de la conversión cristiana. Sin embargo, la eficacia salvífica del Espíritu Santo no se limita al proselitismo; sino que, por caminos solamente por Dios conocidos, permite que los hombres que nunca recibieron el anuncio del Evangelio, se asocien al misterio pascual de Cristo actualizado en la Iglesia y se salven (12).

 

2. Actividad misionera y diálogo interreligioso

 

En continuidad con el planteamiento de la misión de la Iglesia en el horizonte plurirreligioso no cristiano, surge la problemática de la modalidad y los caminos de la misión en dicho ámbito. Es entonces donde la misión evangelizadora no solamente propone su mensaje, sino también integra las riquezas de las grandes tradiciones religiosas del mundo. La postura de la Iglesia en este ámbito es de diálogo y apertura (13).

 

Se trata de un diálogo que encuentra su analogía en el diálogo salvífico de Dios con la humanidad (14). No es simplemente una estrategia evangelizadora, sino fundamentalmente una actitud de respeto y estima por lo verdadero y noble que hay en estas tradiciones. En este sentido, el diálogo es mediación y auxiliar necesario de toda actividad misionera. Con todo, el diálogo no sustituye el anuncio (15) o menoscaba la misión de la Iglesia; por el contrario, es cauce de una auténtica comunicación de la "Buena Nueva".

 

Este diálogo comporta distintos niveles de encuentro humano y religioso, tanto a nivel verbal como pragmático (16). Esta comunicación tiene la certeza de estar animada por el Espíritu que conduce a la conversión al Reino de Dios. Al mismo tiempo, el diálogo está basado en la convicción de que "la Iglesia es el camino ordinario de salvación y que sólo ella posee la plenitud de los medios de salvación" (17).

 

El fundamento teológico que sustenta este diálogo interreligioso es, en primer lugar, la presencia y acción del Espíritu Santo que prepara el encuentro de la Iglesia en los ámbitos a donde se dirige la misión "ad gentes". El Espíritu de Cristo y de la Iglesia es el que actualiza la salvación en los diversos horizontes auténticamente religiosos donde el hombre busca a Dios (18). En segundo lugar, la Revelación divina, de la que es depositaria la Iglesia, constituye el medio dialogante principal que la impulsa a salir al encuentro de las otras tradiciones religiosas (19).

 

En este camino del diálogo interreligioso, la actividad misionera es el lugar eclesial privilegiado de encuentro (20). Efectivamente, la misión "ad gentes" es dinamismo constitutivo del ser de la Iglesia y se sustenta en el impulso protagónico del Espíritu Santo. De ahí que las modalidades concretas del diálogo (oración, mortificación, testimonio de vida, actividades realizadas en común, etc.) se realizan compaginadas con la actividad misionera y ponen las bases legítimas de la interlocución religiosa (21).

 

Este diálogo interreligioso es un camino de fe y caridad en el que la Iglesia misionera es conducida por el Espíritu Santo (22). En ello va implicado el aspecto interior de la evangelización, es decir la espiritualidad (23). Al hablar de espiritualidad misionera, estamos subrayando la prioridad del ser sobre la acción y al mismo tiempo la importancia de la actitud interior en el diálogo (24). Espiritualidad es fidelidad al Espíritu de Dios, que es el Espíritu de Cristo y de la Iglesia (25). En definitiva, el diálogo interreligioso supone la fe en Jesucristo único Salvador y en la Iglesia como sacramento de su salvación (26).

 

3. La Iglesia en el discernimiento de la actividad misionera dentro del horizonte interreligioso

 

Naturalmente, la misión ad gentes se despliega en virtud de su intrínseco impulso centrífugo, pero en el encuentro interreligioso se le presentan situaciones que requieren discernimiento para la interlocución (27). La recepción requerida en la actividad misionera de "los destellos de aquella verdad" (28) presentes en las grandes religiones provoca un necesario "aggiornamento" de parte de los misioneros que actúan como interlocutores de primera línea.

 

No podemos olvidar que, en la actividad misionera "ad gentes", el diálogo es un elemento integrante de la misma pero no sustituye al anuncio del misterio de Cristo (29). Se hace necesario un discernimiento permanente en orden a secundar los caminos del Espíritu que abre paso a la misión de la Iglesia (30). Este discernimiento tiene su origen y término en el Cuerpo místico de Cristo, cuya estructura visible es jerárquico-sacramental (31).

 

El carisma del discernimiento se apropia a la persona del Espíritu Santo, que en la Iglesia se confía al ministerio petrino y episcopal (32). Dentro de la diversidad y complementariedad de los agentes misioneros, el Papa y los Obispos tienen la responsabilidad colegial de la misión universal (33). Esta responsabilidad colegial garantiza el compromiso comunitario de la Iglesia por la misión, y la fidelidad a la voluntad salvífica de Cristo.

 

Por un lado, el Espíritu Santo envía a la Iglesia hacia las gentes y, por otro, el mismo Espíritu la llama desde la orilla de los no cristianos. El discernimiento de los destinatarios, así como de los caminos a seguir en este movimiento de "ida" y "atracción" que realiza el único Espíritu Santo, está orientado por la entera Iglesia sacramental-jerárquica. Este discernimiento se realiza en referencia al misterio revelado de Dios en Cristo. De este modo el Espíritu Santo es el que guía la misión de la Iglesia, la cual, realizada a través del diálogo interreligioso, incluye siempre el anuncio del misterio de Cristo. Los momentos y los modos de encarnación del mensaje, corresponden al discernimiento realizado por los misioneros en comunión con la Iglesia (34).

 

El diálogo interreligioso ubica a la Iglesia como interlocutora entre las grandes religiones, para que ella pueda proponer su mensaje con respeto. En este diálogo, la Iglesia misionera ocupa su lugar de proclamadora de la palabra del Evangelio. El Espíritu Santo es quien envía a la Iglesia y por ella hace resonar el mensaje evangélico en el mundo entero (35).

 

Notas

 

1) Presentada en el entonces Instituto Teológico del Uruguay Mons. Mariano Soler (ITUMS), agregado a la Pontificia Universidad Gregoriana (PUG), actualmente transformado en Facultad de Teología del Uruguay.

 

2) Utilizamos la expresión "no cristianos" en un sentido restrictivo. Nos enmarcamos en el contexto interreligioso de las grandes tradiciones del mundo. En este sentido, "los no cristianos" se entienden como los que profesan una de las tradiciones religiosas que no conciernen a las confesiones cristianas. En ningún momento de este trabajo queremos aludir a la indiferencia religiosa, el agnosticismo o el ateísmo.

 

3) La encíclica Redemptoris Missio (RM), asumiendo la doctrina conciliar de la acción del Espíritu Santo en el seno mismo de lo auténticamente humano, apropia a la tercera persona de la Santísima Trinidad la preparación anticipada a la actividad misionera. Esta preparación en las culturas y religiones es referencia a Cristo y a su Cuerpo la Iglesia. Cfr. RM 29.

 

4) Para este punto hay que tener presente que a los cinco meses de publicada la encíclica Redemptoris Missio aparece el documento Diálogo y anuncio (DA) publicado por dos dicasterios de la Curia romana: el Pontificio Consejo para el diálogo inter-religioso y la Congregación para la evangelización de los pueblos. Este documento hace referencia explícita a la encíclica sólo una vez (en el n. 4). No se trata de una diferencia de contenidos, sino simplemente que el texto del documento de los dicasterios ya estaba casi listo cuando la encíclica fue hecha pública. Cfr. Cardenal J. TOMKO, El documento "Diálogo y anuncio" en relación con la encíclica "Redemptoris Missio", en: L'Osservatore romano 26 (1991), 376 (edición española). En el documento al que me estoy refiriendo, en el n. 4 aparece el criterio hermenéutico del mismo: "El presente documento desarrolla más minuciosamente la enseñanza de la encíclica sobre el diálogo y su conexión con la proclamación (cfr. RM 55-57). Por eso ha de leerse a la luz de la encíclica." Teniendo en cuenta esta aclaración, integro libremente en el desarrollo de este punto, la reflexión del mencionado documento como complemento y extensión de la base doctrinal pneumatológica que extraigo del capítulo III de la encíclica.

5) Ha habido una crisis vocacional misionera "ad gentes", porque no se veía la razón de la misión debido a la malentendida teología de las religiones, que postula caminos de salvación en las grandes religiones sin vínculo con la mediación de Cristo. Al paso de esta problemática surgió el documento: Diálogo y Misión (DM). Cfr. SECRETARIADO PARA LOS NO CRISTIANOS, Diálogo y Misión, Roma 4 de setiembre de 1984, en: Acta Apostolica Sedis (AAS) 76 (1984), 816-828.

6) Algunos misioneros y teólogos buscan un acercamiento interreligioso a través de las experiencias místicas de las religiones. La intuición que subyace a esta postura se apoya en la similitud de los fenómenos místicos, que podrían ser un punto de encuentro para establecer un diálogo en ese nivel. Cfr. W. JOHNSTON, El ojo interior del amor - Misticismo y religión, ed. Paulinas (Madrid 1984).

7) Esta relación y apropiación de la experiencia religiosa al Espíritu Santo es una extrapolación del n. 29 de la RM.

8) Como muy bien lo indica la encíclica, no hay separación entre la economía del Verbo encarnado y la del Espíritu Santo, sino unidad y complementación en la obra salvífica universal. Cfr. L. LADARIA, El Logos encarnado y el Espíritu Santo en la obra de la salvación, en: L’Osservatore romano 39 (2000), 471-472 (edición española).

 

9) Cfr. LG 16. Es interesante al respecto el siguiente comentario: M. DHAVAMONY, La Iglesia y las religiones en relación con la salvación, en: L’Osservatore romano 45 (2000), 553-555 (edición española).

10) Cfr. DM 37-39.

11) La "ordenación" de los no cristianos al Pueblo de Dios habla de una vocación potencial presente en la humanidad a la salvación. En ello, la Iglesia es signo entre todos los pueblos de esa "congregación de salvación". Cfr. Lumen Gentium (LG) 13, 17.

12) Cfr. Gaudium et Spes (GS) 22.

13) Para un estudio sobre los distintos niveles del diálogo interreligioso y sus esfuerzos, así como de la comunicación de sus propios patrimonios entre las grandes religiones, cfr. M. DE UNCITI, Diálogo interreligio y misión, en: AA.VV. La misionología hoy, o.c., 301-333.

14) Cfr. PABLO VI, Carta encíclica "Ecclesiam Suam", ed. Paulinas (Buenos Aires 1964), 27-46.

15) Cfr. Diálogo y Anuncio (DA) nn. 9,58-59,66,76.

16) Cfr. DA 42-45.

17) Unitatis Redintegratio (UR) n. 3.

18) Cfr. DA 17,68,84.

19) Cfr. RM 55.

20) Cfr. DA 33-41.

21) Cfr. RM 56, DA 42-43.

22) "El diálogo se funda en la esperanza y la caridad, y dará frutos en el Espíritu." (RM 56).

23) Para una ampliación de la necesidad de una espiritualidad misionera en la evangelización y su relación con las espiritualidades de las grandes religiones no cristianas, cfr. J. ESQUERDA, La espiritualidad misionera, en: AA. VV., La misionología hoy, o.c., 566-588; IDEM, La experiencia cristiana de Dios, "más allá" de las culturas, de las religiones y de las técnicas contemplativas, en: Portare Christo all'uomo, Pontificia Universidad Urbaniana I (Roma 1985), 351-368;

24) Cfr. DA 47-50, 78-79.

25) Cfr. RM 88-89.

26) Cfr. DA 33,67,81.

27) Cfr. DA 69,78.

28) Nostra Aetate (NA) n. 2.

29) Diálogo y anuncio están relacionados pero no son intercambiables, cfr. DA 77,81.

30) El diálogo y el anuncio son dos caminos de la misma misión de la Iglesia. El diálogo no representa toda la misión de la Iglesia y por lo mismo prepara el anuncio. El diálogo es el camino pedagógico de la misión eclesial. Cfr. DA 82.

31) Este discernimiento debe hacerse por todo el Pueblo de Dios, cfr. DA 30-31. Pero, para establecer ciertos criterios de compatibilidad con elementos esenciales de la religión cristiana, es necesario el servicio del discernimiento jerárquico-episcopal, que tiene un carisma cierto de verdad respecto a la integridad de la revelación divina, cfr. DA 37.

32) Cfr. LG 25, Dei Verbum (DV) 10.

33) Cfr. RM 63-64.

34) En la misión existe un envío, y por lo mismo un enviado y un enviante. En este sentido, la misión de la Iglesia entre las religiones está vinculada directamente a quienes tienen en la Iglesia la responsabilidad última de su marcha. Por lo tanto la coordinación y dirección de la misión recae en última instancia sobre el Papa y los obispos. Cfr. RM 75-76.

35) Cfr. RM 55-56, DA 18,58-59,64,68,75-76.

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Reseña extraída del libro: “Iglesia y Misión, ante el desafío ecuménico e interreligioso actual, análisis y prespectiva”, Ediciones Ágape (Buenos Aires 2007), Presentación, Prólogo y páginas 63-71.

 

El Autor:

El Padre Luis Ponte nació en Montevideo (1967) y es sacerdote desde 1993.

Licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Gregoriana desde su Instituto agregado en Montevideo (1995), cursó la Licenciatura en Derecho Canónico en la Pontificia Universidad de Comillas en Madrid (1997-1998), y obtuvo el Doctorado en Espiritualidad en Roma (2004) por la Pontificia Universidad Gregoriana.

Ha sido miembro de la Asociación Católica Internacional de Misionología y colaboró como asesor del Departamento de Misiones de la Conferencia Episcopal y de las Obras Misionales Pontificias de Uruguay (1993-1996, 1999-2000) y de España (1997-1998). Su docencia se desarrolla en: el Instituto Teológico del Uruguay (1993-1994, 2007), en la Universidad Francisco de Asís de Maldonado-Punta del Este (1995-1996), en el Instituto de Ciencias Familiares de Montevideo (1996), en la Escuela de Enfermería de la Universidad Católica de Montevideo (1993-1996, 1999-2001), en el año 2002 pasa a residir en el Seminario Mayor Interdiocesano de La Plata (Buenos Aires) siendo profesor de la Universidad Católica. Actualmente reside en Montevideo.

Correo electrónico: plponte@adinet.com.uy

 

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Subsiste y existe

 

Lic. Néstor Martínez

 

Algunos sostienen hoy día que cuando en la Constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II se dice que la Iglesia de Cristo “subsistit in”, subsiste en, la Iglesia Católica, se está diciendo que la Iglesia de Cristo “está presente” en la Iglesia Católica.

 

A esto decimos que no es lo mismo “estar presente” que “ser”. Yo estoy presente en mi oficina, pero no soy mi oficina. La Iglesia de Cristo ¿no es, entonces, la Iglesia Católica? A lo que responden estos autores, diciendo que no se puede identificar el “subsistit” con el “est”. Se ha renunciado, dicen, al “est” de una identificación completa.

 

A su vez, y por eso mismo, entienden que la Iglesia de Cristo no subsiste solamente en la Iglesia Católica.

 

Argumentan, por ejemplo, que en el decreto “Unitatis Redintegratio”, sobre el ecumenismo, en su n. 4, dice: “entre aquellas en las que las tradiciones y estructuras católicas continúan subsistiendo en parte, ocupa lugar especial la Comunión Anglicana”.

 

Por tanto, dicen, la Iglesia de Cristo también subsiste, aunque sea imperfectamente, fuera de la Iglesia Católica.

 

Por eso dicen que no se puede hablar ecuménicamente en clave de “retorno” a la Iglesia Católica.

 

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Por lo que tiene que ver con la cita de “Unitatis Redintegratio”, el texto latino del Concilio Vaticano II dice:

Inter eas, in quibus traditiones et structurae catholicae ex parte subsistere pergunt, locum specialem tenet Communio anglicana.

 

Traducido:

Entre aquellas en las que las tradiciones y estructuras católicas siguen subsistiendo en parte, ocupa un lugar especial la Comunión anglicana”.

 

Hay que decir, por tanto, que las tradiciones y estructuras católicas no son lo mismo que la Iglesia Católica, pero además, el  sujeto en el pasaje de LG no es la Iglesia Católica, ni sus tradiciones y estructuras, sino “la Iglesia de Cristo”, de la cual se dice que subsiste en la Iglesia Católica. Aquí se cambia el sujeto de la proposición a la vez que se  pretende seguir hablando de lo mismo.

 

Este texto no sirve, por tanto, para argumentar una “subsistencia imperfecta” de la Iglesia de Cristo fuera de la Iglesia Católica.

 

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Respecto de que no se puede identificar el “subsistit” con el “est” y de que se ha renunciado al “est”, hay una reflexión muy fácil y sencilla que muestra que eso es imposible.

 

La única alternativa lógica al “est” es el “non est”, por el principio de tercero excluido. Luego, si al hablar de la relación entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica excluimos el “est”, necesariamente tenemos que dar en el “non est”. La Iglesia de Cristo, entonces, NO ES la Iglesia Católica.

 

La siguiente pregunta es si la Iglesia de Cristo es, “est”, alguna de las otras Iglesias hoy existentes. La respuesta lógica, siguiendo el mismo modo de pensar, sería “no”.

 

La conclusión es sorprendente, por decir poco: ¡La Iglesia de Cristo no existe hoy día, al no identificarse con ninguna de las Iglesias hoy día existentes!

 

A no ser que se opte por la tesis de la “Iglesia Invisible”, que es protestante, no católica. O de la “Iglesia futura, no presente”, que tampoco es católica.

 

Luego, no podemos renunciar, como católicos, a decir que la Iglesia de Cristo ES la Iglesia Católica.

 

Por eso, tampoco tiene sentido hablar de “renuncia al “est” de identificación completa”, si con ello se quiere decir que puede haber una “identificación incompleta” que sea un medio (imposible) entre ser y no ser.

 

Lo que pasa es que la “identificación completa” puede entenderse en dos sentidos. Se puede decir: a) “todo lo que es de la Iglesia de Cristo está en la Iglesia Católica”, agregando una de estas dos precisiones, excluyentes entre sí: b) “nada de lo que es de la Iglesia de Cristo está fuera de la Iglesia Católica (entendido de los límites visibles de la Iglesia Católica)”, o c) “Algo de lo que es de la Iglesia de Cristo está fuera de la Iglesia Católica, es decir, de sus límites visibles.”

 

Si la “identificación completa” se entiende en el sentido de a) más c), entonces es parte de la enseñanza de la Iglesia Católica. Si se entiende en el sentido de a) más b), entonces va contra la enseñanza de la misma Iglesia Católica en la Lumen Gentium.

 

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Pero nuevamente, tampoco la “identificación completa” así entendida es parte de la doctrina católica, si se la entiende separada del “est”.

 

Notemos que en ninguna parte la Lumen Gentium dice que haya que renunciar al “est” o que la Iglesia de Cristo “no sea” la Iglesia Católica o viceversa.

 

¿Cómo podría ser que todo lo de la Iglesia de Cristo estuviese en la Iglesia Católica, sin que la Iglesia de Cristo “fuese” la Iglesia Católica? ¿Qué faltaría para el “est”, si todo lo de la primera está en la segunda?

 

Y si algo de la primera no está en la segunda, de modo que no se cumple el “est”, entonces ¿hay subsistencias imperfectas, pero no hay subsistencia perfecta? Y entonces volvemos a lo de arriba: ¿no existe, entonces, hoy, la Iglesia de Cristo?

 

Y que no se diga: “existe imperfectamente”. No se puede “existir imperfectamente”, se existe o no se existe. Se puede existir siendo imperfecto, pero no se puede existir imperfectamente.

 

Y para existir, o sea, para existir perfectamente, que es la única forma posible de existir, es necesario identificarse sin más con un sujeto existente. Si algo no se identifica sin más con ningún sujeto existente, entonces, no existe.

 

Pero se dirá: esa identificación “sin más”, ¿no excluye que algo de la Iglesia de Cristo pueda existir fuera de la Iglesia Católica?

 

Para nada. Identificarse sin más con algún sujeto existente no excluye la identificación parcial o bajo algún aspecto solamente con otros sujetos existentes. Solamente excluye identificarse sin más con algún otro sujeto existente al mismo tiempo.

 

Por eso mismo la Iglesia de Cristo no existe sin más en las otras Iglesias o comunidades cristianas, sino sólo bajo cierto aspecto, en la medida en que existen en ellas “elementos de la Iglesia”, como dice el Concilio.

 

Y no se diga tampoco que “existir bajo cierto aspecto” es “existir en parte y no existir en parte”, cosa que hemos rechazado arriba. La existencia es absoluta, simple; lo que es parcial es lo que existe de ese modo.

 

Y por eso mismo, allí, en las otras Iglesias o comunidades cristianas, no “subsiste” en modo alguno la Iglesia, tampoco imperfectamente. Porque “subsistencia” quiere decir “existencia perfecta”, perfecta, ya dijimos, no en cuanto al mismo existir o no, que sólo puede ser “perfecto”, o no ser, sino en cuanto a aquello que así existe, que sólo se da en plenitud en la Iglesia Católica, como enseña el mismo Concilio.

 

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La unidad sigue al ser. Un caballo es un caballo. Si la Iglesia ha perdido su unidad, ha perdido su ser, y entonces no existe. Por eso el Concilio no habla de restablecer la unidad de la Iglesia, sino la unidad de los cristianos, que es otra cosa diferente.

 

Por eso dice la misma “Unitatis Redintegratio”:

 “... in unius unicaeque Ecclesiae unitatem congregentur quam Christus ab initio Ecclesiae suae largitus est, quamque inamissibilem in Ecclesia catholica subsistere credimus et usque ad consummationem saeculi in dies crescere speramus.”

 

Traducido:

“…para aquella unidad de una sola y única Iglesia que Cristo concedió desde el principio a su Iglesia, y que creemos que subsiste indefectible en la Iglesia Católica y esperamos que crezca cada día hasta la consumación de los tiempos.” (subrayado nuestro).

 

La unidad de la Iglesia, por tanto, no se ha perdido: ha sido concedida por Cristo a la Iglesia desde el principio y desde entonces subsiste indefectible en la Iglesia Católica. Esperamos que crezca cada día hasta el fin de los tiempos, pero eso no quiere decir que haya que pasar en algún momento de la no-unidad a la unidad. Eso no sería crecimiento en la unidad, como no es crecimiento el ser concebido y empezar a existir. Por el contrario, es también una forma de decir que esa unidad que subsiste indefectible desde el principio en la Iglesia Católica subsistirá además indefectible hasta el fin de los tiempos. Al tiempo que se abre la posibilidad de un crecimiento en las riquezas propias de esa unidad, por la esperada unión de los cristianos que busca fomentar la tarea ecuménica.

 

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A continuación citamos partes del documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Respuestas a algunas preguntas acerca de ciertos aspectos de la doctrina sobre la iglesia, 29 de junio de 2007 (subrayados nuestros).

 

“El Concilio Ecuménico Vaticano II ni ha querido cambiar la doctrina sobre la Iglesia ni de hecho la ha cambiado, sino que la ha desarrollado, profundizado y expuesto más ampliamente.”

 

Pero, decimos nosotros, antes del Concilio se decía que la Iglesia de Cristo ES la Iglesia Católica. Luego, sigue siendo así actualmente.

 

En la respuesta a la pregunta: ¿Cómo se debe entender la afirmación según la cual la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica?, dice:

 

“Aunque se puede afirmar rectamente, según la doctrina católica, que la Iglesia de Cristo está presente y operante en las Iglesias y en las Comunidades eclesiales que aún no están en plena comunión con la Iglesia católica, gracias a los elementos de santificación y verdad presentes en ellas, el término "subsiste" es atribuido exclusivamente a la Iglesia católica, ya que se refiere precisamente a la nota de la unidad profesada en los símbolos de la fe (Creo en la Iglesia "una"); y esta Iglesia "una" subsiste en la Iglesia católica.”

 

Luego, decimos nosotros, no es posible, en doctrina católica, afirmar algún tipo de subsistencia de la Iglesia de Cristo fuera de la Iglesia Católica. Nótese que no es el término “subsiste perfectamente”, sino el término “subsiste”, el que, según el documento, “es atribuido exclusivamente a la Iglesia Católica.”

 

A la pregunta: ¿Por qué se usa la expresión "subsiste en ella" y no sencillamente la forma verbal "es"?

Responde:

 

“El uso de esta expresión, que indica la plena identidad entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia católica, no cambia la doctrina sobre la Iglesia. La verdadera razón por la cual ha sido usada es que expresa más claramente el hecho de que fuera de la Iglesia se encuentran "muchos elementos de santificación y de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, inducen hacia la unidad católica”».

 

Nótese, decimos nosotros, que aquí se dice que hay “plena identidad” entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica, y se dice además que esto viene afirmado con el término “subsistit in”. Por eso se entiende que a continuación se diga que con ello no se cambia la doctrina sobre la Iglesia. En efecto, el “est” de la tradición católica indica la “plena identidad” en el sentido que hemos intentado exponer arriba.

 

Se explica la “verdadera razón” del cambio de término, que no es el “abandono” del “est” anterior, cosa que ya vimos que es imposible porque llevaría a negar la existencia actual de la Iglesia de Cristo, sino que con el “subsistit in” se expresa “más claramente” la existencia de elementos de la Iglesia de Cristo fuera de la Iglesia Católica.

 

A la pregunta: ¿Por qué el Concilio Ecuménico Vaticano II atribuye el nombre de "Iglesias" a las Iglesias Orientales separadas de la plena comunión con la Iglesia católica?

Responde:

 

“El Concilio ha querido aceptar el uso tradicional del término. "Puesto que estas Iglesias, aunque separadas, tienen verdaderos sacramentos y, sobre todo, en virtud de la sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía, por los que se unen a nosotros con vínculos estrechísimos", merecen el título de «Iglesias particulares o locales», y son llamadas Iglesias hermanas de las Iglesias particulares católicas.”

“Consiguientemente, por la celebración de la Eucaristía del Señor en cada una de estas Iglesias, se edifica y crece la Iglesia de Dios". Sin embargo, dado que la comunión con la Iglesia universal, cuya cabeza visible es el Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, no es un simple complemento externo de la Iglesia particular, sino uno de sus principios constitutivos internos, aquellas venerables Comunidades cristianas sufren en realidad una carencia objetiva en su misma condición de Iglesia particular.”

 

Es interesante aquí, decimos, la afirmación de que la misma calidad de Iglesia local queda de algún modo afectada y disminuida objetivamente por la falta de comunión con la Iglesia Universal al faltar la comunión con el sucesor de Pedro.

 

A la pregunta: ¿Por qué los textos del Concilio y el Magisterio sucesivo no atribuyen el título de "Iglesia" a las Comunidades cristianas nacidas de la Reforma del siglo XVI?

Responde:

 

“Porque, según la doctrina católica, estas Comunidades no tienen la sucesión apostólica mediante el sacramento del Orden y, por tanto, están privadas de un elemento constitutivo esencial de la Iglesia. Estas Comunidades eclesiales que, especialmente a causa de la falta del sacerdocio sacramental, no han conservado la auténtica e íntegra sustancia del Misterio eucarístico, según la doctrina católica, no pueden ser llamadas "Iglesias" en sentido propio.”

 

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Finalmente, por lo que tiene que ver con el “retorno” a la Iglesia, la cuestión, lógica y elementalmente planteada, es así: o bien va a haber unidad, en el sentido de plena comunión, entre los cristianos, antes de la Parusía, o no.

 

En el primer caso, esa unidad va a exigir, lógicamente, unidad en todo lo que es esencial a la fe, o sea, unidad en lo que ambas partes consideran esencial a la fe.

 

Por tanto, y abreviando un poco, hay tres formas posibles, solamente, en que dicha unión de los cristianos puede realizarse: 1) O bien todos aceptan íntegra la profesión de fe de una de las confesiones cristianas actualmente existentes, rechazando a su vez todo lo que se opone a ella en aquello mismo que los que la profesan consideran esencial. 2) O bien todos aceptan una profesión de fe cristiana nueva, que no es plenamente la de ninguna de las confesiones cristianas actuales. 3) O bien, todos aceptan alguna profesión de fe ajena a todas las confesiones cristianas actualmente existentes o posibles, por ejemplo, una fe musulmana o hindú.

 

Fuera de estas tres alternativas, el proyecto de “unidad de los cristianos” es lógicamente imposible.

 

En realidad, en la tercera alternativa tampoco sería “unidad de los cristianos”, sino conversión de los  cristianos al islamismo (o al budismo, hinduismo, ateísmo, etc.).

 

En la segunda alternativa, los católicos dejaríamos de ser tales, al abandonar elementos esenciales de nuestra fe. Si no tuviésemos que abandonar elementos esenciales de nuestra fe, eso no sería una nueva confesión de fe cristiana, sino que sería el credo católico. Y entonces, estaríamos en realidad en la primera alternativa, como veremos enseguida.

 

En efecto, esa primera alternativa se desglosa en otras dos: 1) O bien todos los cristianos aceptan íntegra la fe de la Iglesia Católica en todos sus aspectos esenciales, rechazando todo lo que se opone a ellos, 2) O bien, todos los cristianos, incluidos los católicos, aceptan íntegra la fe de alguna otra confesión cristiana, rechazando todo lo que se opone esencialmente a ella.

 

Es claro que en este segundo caso, los católicos dejaríamos de ser tales. Por ejemplo, aceptaríamos íntegra la fe protestante, y rechazaríamos todo lo que es incompatible con ella, por ejemplo, el Papa, el culto a la Virgen, la fe en la Tradición. O bien aceptaríamos íntegra la fe ortodoxa, y entonces rechazaríamos también el ministerio del Papa.

 

Luego, la única forma en que nosotros los católicos podemos plantearnos la “unión de los cristianos”, objetivo de la tarea ecuménica, es apuntando a que todos los cristianos acepten íntegra la fe de la Iglesia Católica en todos sus puntos esenciales y rechacen todo aquello que se opone a ella así entendida. Si a eso se lo quiere llamar “retorno a la Iglesia Católica” o de otra manera, es cuestión secundaria.

 

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Carta a un fundamentalista anticatólico

 

Daniel Iglesias Grèzes

 

Estimado J. (1):

 

El Espíritu Santo guía a la Iglesia en todo tiempo y es, por así decir, el "alma" que le da vida y la santifica. La Iglesia es santa porque es obra de Dios tres veces Santo, no porque los hombres que la integramos seamos totalmente santos. En realidad todos nosotros hemos pecado y estamos necesitados de purificación, pero podemos decir con San Pablo que "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Romanos 5,20).

 

Para ser católico no es necesario defender todas y cada una de las cosas que se han hecho en nombre de la Iglesia Católica a lo largo de sus dos mil años de historia y a lo ancho de los muchos países y culturas en las que ella se ha encarnado. También en nombre de otras realidades elevadas (la libertad, la democracia, etc.) se han cometido muchos crímenes, pero no por eso dejamos de apreciarlas. Al menos, de los pecados de los cristianos podemos decir que, aunque sean muchos, ninguno proviene del cristianismo, sino de su negación teórica o práctica, o de una mala comprensión del mismo.

 

En cuanto a la Inquisición, en la que usted hace tanto hincapié, hoy la Iglesia Católica rechaza sin dudas ni reticencias todos los crímenes que los inquisidores cometieron. Sin embargo, por respeto a la verdad histórica, hay que decir también que la Inquisición no mató a 50 millones de personas, como usted dice, sino a muchísimas menos, a lo largo de muchos siglos y en muchos países; y ciertamente no las mató por poseer una Biblia, sino por brujería o herejía, que entonces eran considerados delitos graves. Una "leyenda negra", creada y difundida interesadamente por protestantes y liberales, ha exagerado muchísimo el número de las víctimas de la Inquisición. No pretendo en absoluto minimizar el horror de lo ocurrido. No obstante, considero importante situarlo en sus verdaderas dimensiones. Los estudios actuales, hechos por investigadores serios (muchos de ellos no católicos) tienden a desestimar muchos aspectos de la "leyenda negra" sobre la Inquisición.

 

Tampoco es razonable juzgar a los inquisidores anacrónicamente, como si ellos hubieran sido subjetiva y plenamente culpables de haber violado el derecho humano a la libertad religiosa, tal como hoy lo conocemos, con métodos que hoy -con verdad- consideramos injustos. La pena de muerte era en aquella época (y lo fue hasta hace poco tiempo) una forma de castigo comúnmente aceptada. Es muy curioso que a menudo las mismas personas que exculpan a los aztecas por sus sacrificios humanos imaginen que todos los inquisidores eran sádicos. Lo más probable es que la mayoría de ellos fuesen sólo jueces que trataban de aplicar correctamente el derecho de su tiempo, que hoy nos resulta bárbaro, como tantas otras cosas de esa época remota.

 

Por otra parte, también los miembros de otras Iglesias o comunidades religiosas han cometido muchos errores y crímenes, pero eso no quita a priori a esas Iglesias o comunidades el derecho a ser escuchadas con respeto e imparcialidad.

 

El fin de la Edad Media y la Edad Moderna fueron tiempos de crisis y de grandes cambios en Europa. Aunque los católicos de entonces no están libres de culpa de las guerras de religión y otros males de la época, estudiando la historia de la Iglesia Católica se puede apreciar cómo la verdad y la santidad de Cristo nunca dejaron de brillar en ella con claridad.

 

Una acusación parecida a la que usted hace a la Iglesia Católica se podría hacer a cada cristiano: “¿Tú te dices hijo de Dios, crees que Dios habita en ti, y has hecho esto y esto…?” Sin embargo, no es correcto mirar nuestra historia personal o social con los ojos de un Acusador (cf. Apocalipsis 12,10), y no ver también y sobre todo la gracia que Dios ha derramado sobre nosotros a cada paso, y a la que en mayor o menor grado hemos correspondido.

 

En cuanto a la Biblia, por más que esté divinamente inspirada, ciertamente no se interpreta sola, como usted pretende. Quizás el siguiente ejemplo lo haga pensar. En Mateo 16,18 Jesús dice a Pedro: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia". Si yo tuviera como guía en materia de fe sólo a la Sagrada Escritura (como quería Lutero) ¿cómo podría saber con plena certeza si, al decir "esta piedra", Jesús se refería a Sí mismo, a Pedro o a una piedra que estaba allí? (2) ¿Hacia dónde apuntaba el dedo índice de Jesús en ese momento? Sólo Pedro y los demás apóstoles, testigos oculares del hecho narrado en el Evangelio, pudieron transmitir con plena certeza a los primeros cristianos -y éstos a las generaciones siguientes- el verdadero significado de esa expresión bíblica (y de muchas otras). En este simple ejemplo podemos apreciar el enorme valor de la Tradición eclesial como medio de transmisión de la Palabra de Dios.

 

A Jesucristo no se lo encuentra hoy sólo en un libro, por importante y sagrado que éste sea, porque Él es una Persona viva y vivificante. La Iglesia Católica, con plena conciencia de la pequeñez y fragilidad de sus miembros, tiene la misión de hacer presente hoy a Cristo en medio de los hombres, porque Él mismo lo quiso así.

 

¿Cómo sabría usted que la Biblia es Palabra de Dios si no fuera por el testimonio viviente de la Iglesia? Jesús dijo: "Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido" (Juan 5,31). Del mismo modo se podría decir: si sólo la Biblia diera testimonio de sí misma, su testimonio no sería válido. La Biblia no es mayor que Jesucristo, la Palabra de Dios hecha carne. En último análisis, la Biblia entera sólo nos habla de Cristo. Si no hubiera una Iglesia, es decir una asamblea de creyentes en Cristo, hoy la Biblia no sería más que un interesante libro de la Antigüedad. Aunque cada libro de la Biblia dijera de sí mismo que es Palabra de Dios (cosa que no ocurre), eso no bastaría para fundamentar la fe en ella.

 

Es la Iglesia Católica la que, mediante su Tradición viva, transmitió en primer lugar el Evangelio de Jesucristo y compuso después los escritos del Nuevo Testamento. Es su valoración de la Biblia la que mueve a los cristianos a considerar sagrados los 73 libros que la componen. Los primeros libros del Nuevo Testamento se escribieron algunos años después de la Pascua de Cristo. Durante ese tiempo la Palabra de Dios se transmitió en la palabra y la vida de los cristianos, es decir de la Iglesia. Además, San Juan escribió al final de su Evangelio lo siguiente:

“Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran.” (Juan 21,25).

¿Acaso los apóstoles olvidaron enseguida todas esas “otras muchas cosas” y no transmitieron muchas de ellas a la primera generación cristiana, y ésta a las siguientes? ¿Acaso Jesús no se identificó con sus discípulos y les prometió su presencia y su ayuda (a través del Espíritu Santo) hasta el fin de los tiempos? ¿Cree usted que Jesús abandonó a la Iglesia que Él mismo fundó, incumpliendo así su promesa?

 

En último término, ¿por qué usted, J., habría de tener la razón en cuanto a la interpretación de la Biblia y no la Iglesia Católica, que tiene dos mil años de historia y de fidelidad a su Divino Fundador y más de mil millones de fieles? ¿Acaso Dios le concedió a usted, J., o a quienquiera que sea su maestro, el don de la infalibilidad? ¿No es bastante soberbio de su parte pretender que usted tiene la razón en materia de fe, en contra de la Iglesia de Cristo? ¿Quién da testimonio de usted, J., o de su Iglesia, si es que tiene una? Si es así, me gustaría mucho saber su nombre y algo de su historia: año de fundación, nombre de su fundador, etc. Supongo que usted tampoco la considerará infalible.

 

La Iglesia Católica cuenta con la promesa hecha por Cristo a San Pedro y a sus sucesores: los poderes del infierno no prevalecerán contra ella (cf. Mateo 16,18). Ella es "columna y fundamento de la verdad" (1 Timoteo 3,15) y "cuerpo de Cristo" (1 Corintios 12,27), como enseña San Pablo. A ella le prometió Jesús que el Espíritu Santo la guiará hasta la verdad completa (cf. Juan 16,13).

 

Usted insiste en que la Biblia se interpreta por sí misma; pero en verdad ningún libro (ni siquiera la Biblia) puede hacer tal cosa. Se requiere un esfuerzo intelectual del lector para comprenderla. Si la verdadera interpretación de la Biblia fuera siempre evidente, no existirían las interpretaciones erróneas de la Biblia y el protestantismo no se habría dividido en miles de Iglesias diferentes entre sí.

 

La interpretación de la Biblia no sólo no es siempre evidente, sino que a menudo es difícil. ¿Cómo podría ser de otro modo, tratándose de un amplio conjunto de libros escritos durante un período que va aproximadamente del año 1000 AC al 100 DC, en culturas muy diferentes a la nuestra, en lenguas que hoy pocos conocen? Sin duda el cristianismo requiere necesariamente la ciencia teológica. Esa ciencia es una de sus características peculiares.

 

Hay una teología católica y una teología protestante, pero esta última (que es muy valiosa) ha sido desarrollada por las Iglesias protestantes principales, que participan del movimiento ecuménico. Espero que usted me perdone, J., si le digo que ése no parece ser su caso. En cambio las sectas evangélicas y pentecostales no tienen una teología digna de ese nombre. Se han apartado de la gran tradición teológica cristiana e interpretan la Biblia de un modo fundamentalista, superficial, atado al sentido aparente de los textos, sin una exégesis correcta desde el punto de vista científico y teológico.

 

La reflexión teológica cristiana, al comprender cada vez mejor el sentido de la Sagrada Escritura, permite también un verdadero desarrollo doctrinal, que explicita consecuencias de la Divina Revelación que están contenidas en la Escritura sólo en forma implícita. La entera historia de la Iglesia Católica muestra la existencia de este proceso de desarrollo auténtico de la doctrina cristiana.

 

No sé si usted, como Lutero o Calvino, se adhiere al Credo de Nicea (compuesto por el primer concilio ecuménico, en el año 325). Si es así, usted cree que el Hijo único de Dios es "consubstancial" (en griego, homoousios) al Padre. En vano buscará en la Biblia el término "homoousios", porque no es un término bíblico, sino filosófico. Al utilizar este término, sin embargo, los Padres del Concilio de Nicea no se apartaron de la verdadera fe, sino que la expresaron con precisión teológica, para refutar el error de Arrio, quien negaba la divinidad del Hijo. Éste no es más que uno entre los miles de ejemplos que podrían citarse de desarrollos teológicos legítimos.

 

Al realizar esos desarrollos, la Iglesia Católica no inventó doctrinas nuevas, como usted dice, sino que, a la luz de la fe y utilizando el don de la razón, con la asistencia del Espíritu Santo, dedujo a partir de la Sagrada Escritura expresiones nuevas de la fe antigua. Sólo ella puede llevar a cabo este proceso con la garantía de no equivocarse en lo esencial, porque sólo ella -y no cada cristiano individual- ha recibido de Dios el don de la indefectibilidad.

 

La Iglesia Católica no sólo no reprime la lectura y el estudio de la Biblia (como usted dice), sino que los recomienda calurosamente a sus fieles. Tampoco coarta la libre investigación teológica, pero se reserva el derecho (muy razonable) de declarar incompatibles con la fe católica las eventuales proposiciones erróneas de teólogos individuales.

 

Lo que la Iglesia llama Tradición (con mayúscula) no debe confundirse con las tradiciones (con minúscula) cambiantes. Traditio significa entrega. La Sagrada Tradición es divina, apostólica y eclesiástica, porque se trata de la Gracia y la Verdad que Dios Padre entrega eternamente a su Hijo, que el Hijo encarnado entregó a sus apóstoles, que éstos entregaron a la Iglesia primitiva, y que la Iglesia Católica transmite con fidelidad de generación en generación, incansablemente. No hay ninguna oposición entre la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición, porque ellas son dos modos de transmisión de la única Revelación Divina. En realidad, como ya le demostré, la Tradición es anterior a la Escritura y la legitima. En cuanto al Magisterio de la Iglesia, está totalmente al servicio de la Revelación y no por encima de ella. Como suele decir el Arzobispo de Montevideo (Mons. Nicolás Cotugno SDB), creer en los dogmas de la Iglesia es dejar que Dios tenga la primera y la última palabra en la vida del hombre. De modo que es totalmente falso que la Iglesia Católica o las Iglesias ortodoxas (cuya doctrina es muy similar a la católica y es seguida por muchos millones de fieles) enseñen un Evangelio diferente al de Jesucristo.

 

Usted dice que la historia de la Iglesia Católica equivale a 2000 años de persecución de la verdad. Para afirmar tal cosa hace falta ignorar casi todo sobre dicha historia. Usted olvida, por ejemplo, los millones de mártires que ha dado la Iglesia Católica. Los mártires católicos no provienen sólo de los tres primeros siglos de la era cristiana, sino de cada siglo, incluido el siglo XX. Usted olvida, además, que los protestantes también son responsables de muchos crímenes. Durante las guerras de religión del siglo XVII, los protestantes persiguieron y mataron a muchos católicos, no sólo en Gran Bretaña e Irlanda, sino en media Europa. También podría sorprenderle una comparación de la suerte corrida por los indígenas de Iberoamérica (defendidos de la opresión por muchos eclesiásticos; unidos a los españoles y portugueses católicos por medio del mestizaje) y los de América del Norte (marginados y masacrados por los colonos protestantes). También fueron protestantes muchos de los traficantes de esclavos africanos y muchos de los empresarios que explotaron a los proletarios durante la época más negra del capitalismo salvaje. No siento ningún rencor hacia los protestantes, J. Sólo le recuerdo algunos hechos para que usted vea que la culpa es algo muy bien repartido en el mundo, como cabe esperar en función del dogma del pecado original.

 

Se equivoca usted rotundamente al afirmar que los católicos cambiamos la Palabra de Dios por "cuentitos que no alimentan... (catecismos, etc.)". Si usted se tomara el trabajo de leer el Catecismo de la Iglesia Católica -una obra formidable- vería quizás con asombro cuán profundamente bíblica es su doctrina.

 

En cuanto a otras acusaciones groseras (que cambiamos la verdad por la mentira, que confiamos en otros dioses, que cambiamos los mandamientos de Dios, por lo cual el mundo se llenó de ateos, ¡que adoramos al Papa!, etc.) que usted efectúa gratuitamente, yo las rechazo también gratuitamente.

 

En una ocasión lamentable, usted mismo escribió que le costaba mucho amar a los católicos. Me alegra saber que usted no expresó correctamente sus sentimientos. Su epílogo, sin embargo, no es muy caritativo, ya que compara a los católicos con un ladrón. Lo invito a examinar si acaso usted mismo se está dejando dominar por el fanatismo. En fin, J., todos sus mensajes evidencian su profundo desconocimiento del catolicismo. Quiera Dios abrir un día sus ojos y liberarlo de sus prejuicios anticatólicos.

 

Fraternalmente,

Daniel Iglesias

 

Notas:

1)      Este artículo es una versión resumida y algo corregida de una serie de cartas intercambiadas en agosto y septiembre de 1999.

2)      Es cierto que el nombre “Pedro” proviene de la palabra “piedra”, pero este dato por sí solo no nos daría una certeza absoluta acerca de la interpretación correcta de ese texto evangélico.

 

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Ecología humana

 

Un fragmento del Discurso del Santo Padre Benedicto XVI a la Curia Romana

en ocasión de la presentación de los augurios navideños,

Sala Clementina, Lunes 22 diciembre de 2008.

 

Por la gran trascendencia actual del tema abordado por el Santo Padre, en medio de tanta confusión, fuera pero también a menudo -lamentablemente- dentro de la Iglesia, queremos difundir este texto sobre una mal entendida libertad humana, que en realidad no es legítima porque niega a Dios y a su proyecto creador soberano sobre la humanidad. Los énfasis (en negrita) son nuestros.

(Prof. Dr. Carlos Alvarez Cozzi).

 

Porque la fe en el Creador es una parte esencial del Credo cristiano, la Iglesia no puede y no debe limitarse a trasmitir a sus fieles solamente el mensaje de la salvación. Tiene una responsabilidad por lo creado y debe hacer valer esta responsabilidad también en público. Y haciéndolo, debe defender, no solamente la tierra, el agua y el aire como dones de la creación pertenecientes a todos. Debe proteger también al hombre contra la destrucción de sí mismo. Es necesario que exista algo así como una ecología del hombre, entendida en el sentido justo. No se trata de una metafísica superada si la Iglesia habla de la naturaleza del ser humano como hombre y mujer y exige que este orden de la creación sea respetado. Aquí se trata, de hecho, de la fe en el Creador y de la escucha del lenguaje de la creación, cuyo desprecio sería una autodestrucción del hombre y, por tanto, una destrucción de la obra misma de Dios.

 

Lo que frecuentemente se expresa y se entiende con el término “género”, se resuelve en definitiva en la autoemancipación del hombre respecto de lo creado y del Creador. El hombre quiere hacerse por sí solo y disponer siempre y exclusivamente por sí solo de aquello que se refiere a él. Pero de este modo vive contra la verdad, vive contra el Espíritu creador. Las selvas tropicales merecen, sí, nuestra protección, pero no menos la merece el hombre como creatura, en la cual está escrito un mensaje que no significa contradicción de nuestra libertad, sino su condición de posibilidad. Grandes teólogos de la Escolástica han calificado el matrimonio, es decir, el vínculo para toda la vida entre el varón y la mujer, como sacramento de la creación, que el mismo Creador ha instituido y que Cristo –sin modificar el mensaje de la creación– recogió luego en la historia de la salvación como sacramento de la nueva alianza. Es parte del anuncio que la Iglesia debe realizar el testimonio a favor del Espíritu creador presente en la naturaleza en su conjunto y de modo especial en la naturaleza del hombre, creado a imagen de Dios. Partiendo de esta perspectiva se debería releer la Encíclica “Humanae Vitae”: la intención del Papa Pablo VI era defender el amor contra la sexualidad como consumo, el futuro contra la pretensión exclusiva del presente y la naturaleza del hombre contra su manipulación.

 

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La laicidad debe ser respetada en todos los casos

 

Prof. Dr. Carlos Álvarez Cozzi

 

Hace un tiempo vimos colgados en la puerta de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República dos grandes carteles que decían “Yo voto la despenalización del aborto”. Al parecer, nadie advirtió que esa expresión va contra la laicidad y que no puede estar colocada en la puerta de un edificio público, porque no corresponde: en primer lugar, por razones obvias; pero además porque a esa Casa de Estudios concurren estudiantes y docentes que no están a favor de la legalización del crimen del aborto. Ni el Decano ni el Consejo de la Facultad hicieron nada por quitar esos carteles y naturalmente tampoco el Consejo Directivo Central (CDC) de la Universidad.

 

En otro episodio violatorio de la laicidad, hace pocas semanas, el CDC de la Universidad, en votación dividida, y en contra de la opinión del Rector, del dictamen de la División Jurídica del Ente Autónomo de Enseñanza y -vale destacarlo, sin perjuicio de la autonomía universitaria- de la opinión de la Dirección de Derechos Humanos del Ministerio de Educación y Cultura, no hizo lugar a un pedido de estudiantes de algunas Facultades para no rendir pruebas los días sábado por razones religiosas y, por consiguiente, para poder rendirlas en otros días. En este caso se trata -en forma agregada- de una inconstitucionalidad manifiesta, ya que la Carta reconoce y garantiza la libertad de cultos en el país.

 

Vemos entonces cómo el Derecho exige una lucha constante para que sea respetado y cómo a veces, más o menos inadvertidamente, se violan disposiciones por parte de las mismas autoridades publicas, que deberían ser las primeras en respetarlas en una democracia republicana.

 

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Decreto de la Santa Sede para levantar la excomunión de cuatro Obispos

 

Consagrados por el arzobispo Marcel Lefebvre

 

CIUDAD DEL VATICANO, sábado, 24 de enero de 2009 (ZENIT.org).

Publicamos el decreto de la Congregación para los Obispos que levanta la excomunión a los cuatro obispos ordenados en 1988 por el arzobispo Marcel Lefebvre.

 

* * *

 

Decreto de la Congregación para los Obispos

 

Con la carta del 15 de diciembre de 2008 enviada a su eminencia el cardenal Darío Castrillón Hoyos, presidente de la Comisión Pontificia Ecclesia Dei, monseñor Bernard Fellay, en su nombre y en el de los otros obispos consagrados el 30 de junio de 1988, volvía a solicitar el levantamiento de la excomunión latae sententiae formalmente declarada por decreto del prefecto de esta Congregación para los Obispos con fecha del 1 de julio de 1988.

 

En la mencionada carta, monseñor Fellay afirma entre otras cosas: "estamos siempre fervorosamente determinados en la voluntad de ser y permanecer católicos y de poner todas nuestras fuerzas al servicio de la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo, que es la Iglesia católica romana. Nosotros aceptamos todas sus enseñanzas con ánimo filial. Creemos firmemente en el primado de Pedro y en sus prerrogativas y por ello nos hace sufrir tanto la actual situación".

 

Su Santidad Benedicto XVI, paternalmente sensible al malestar espiritual manifestado por los interesados a causa de la sanción de excomunión, y confiando en el compromiso expresado por ellos en la citada carta de no ahorrar esfuerzo alguno para profundizar en necesarias conversaciones con las autoridades de la Santa Sede en las cuestiones aún abiertas, y poder así llegar rápidamente a una plena y satisfactoria solución del problema existente en un principio, ha decidido reconsiderar la situación canónica de los obispos Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta surgida con su consagración episcopal.

 

Con este acto se desea consolidar las relaciones recíprocas de confianza, intensificar y hacer más estables las relaciones de la Fraternidad San Pío X con la Sede Apostólica. Este don de paz, al final de las celebraciones de Navidad, quiere ser también un signo para promover la unidad en la caridad de la Iglesia universal, y por su medio, llegar a remover el escándalo de la división.

 

Se desea que este paso sea seguido por la solícita realización de la plena comunión con la Iglesia de toda la Fraternidad San Pío X, testimoniando así auténtica fidelidad y un verdadero reconocimiento del Magisterio y de la autoridad del Papa, con la prueba de la unidad visible.

 

En virtud de las facultades que me han sido expresamente concedidas por el Santo Padre, Benedicto XVI, en virtud del presente Decreto, levanto a los obispos Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta la censura de excomunión latae sententiae declarada por esta Congregación el 1 de julio de 1988 y declaro privado de efectos jurídicos a partir del día de hoy el decreto entonces publicado.

 

Roma, Congregación para los Obispos, 21 de enero de 2009.

 

Cardenal Giovanni Battista Re

Prefecto de la Congregación para los Obispos

 

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina].

 

Fuente: ZS09012403 - 24-01-2009.

Permalink: http://www.zenit.org/article-29943?l=spanish

 

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"El Jesús de Pagola no es el Jesús de la fe de la Iglesia"

 

(ForumLibertas)

 

El obispo de Tarazona explica en su carta pastoral los errores del libro sobre Jesús de J. A. Pagola. Publicamos íntegro su análisis.

 

***

 

El libro de Pagola hará daño

 

Carta Pastoral de Mons. Demetrio Fernández, obispo de Tarazona, a propósito del libro de J.A. Pagola.

 

Me llegan noticias de que el libro de J.A. Pagola (Jesús. Aproximación histórica, PPC, Madrid 2007, 544 pp) se está vendiendo como rosquillas. Incluso en una de mis visitas pastorales de hace pocos días, quisieron regalármelo como el mejor de los presentes. Así se lo habían sugerido en la "librería religiosa" de turno.

 

En nuestra hoja diocesana, común para todo Aragón (16.12.2007, p. 7), venía publicitado y recomendado como libro de formación. En muchas comunidades religiosas, es el regalo obligado de Navidad para una hermana o para la madre superiora, que lo pondrán disposición de todas, como el libro de moda. No han faltado diócesis, incluso, en donde se ha hecho una presentación cuasioficial de la obra, sembrando confusión en tantos fieles católicos. Algunos curas de mi diócesis me han preguntado perplejos por esta obra.

 

Si de un libro bueno se tratara, la difusión me alegraría, porque se trata de dar a conocer a Jesús. Pero leyendo detenidamente su contenido, me produce profunda preocupación que este libro se difunda tanto, y precisamente en torno a la Navidad. El "Jesús" de Pagola no es el Jesús de la fe de la Iglesia.

 

Este libro, que se lee con gusto por el buen estilo literario de su autor, sembrará confusión, también en mi diócesis, pequeña y humilde, que vive influenciada como todas por los fenómenos de masas, tantas veces provocados con gran aparato mediático.

 

Muchos de sus lectores no tendrán elementos de juicio, y confían que sus pastores les alerten de los peligros que pueden acechar su fe en Jesucristo, el Jesús que anuncia la Iglesia y que es el único salvador de todos los hombres. Movido por esta inquietud pastoral, escribo estas notas que no pretenden ser exhaustivas y animo a otros, pastores y teólogos, a que examinen con atención este libro que tanta difusión está teniendo, y que tanto daño puede hacer a nuestros fieles, sobre todo a los más sencillos.

 

Es un libro que presenta a un Jesús vaciado y rellenado, según la técnica de la desmitologización promovida por R. Bultmann, y que otros autores han seguido en las últimas décadas: E. Schillebeeckx, J. Sobrino, etc. cada uno a su manera. Se trata de aplicar acríticamente el método histórico-crítico (en sí mismo válido, pero que tiene sus límites) e ir seleccionando aquello que cuadra con el a priori que uno se ha formado.

 

Por este camino podemos presentarnos un Jesús a nuestra medida y a nuestro gusto, según la moda del momento, y hacerlo además con argumentos de crítica histórica. Pero ese Jesús debe someterse críticamente a la fe de la Iglesia. Dicho de manera sencilla, se presenta un Jesús en el que se seleccionan rasgos, se amplían otros, se suprimen bastantes, sin ninguna referencia a la fe de la Iglesia, que de manera viva nos ha transmitido a lo largo de los siglos el Jesucristo auténtico, el único que puede salvar.

 

Hay un silencio total sobre la reflexión que a lo largo de la historia ha realizado la Iglesia, particularmente en los siete concilios ecuménicos de la Iglesia indivisa a lo largo del primer milenio. Es como si la Iglesia hubiera adulterado el mensaje y tuviéramos que acudir a las fuentes más puras para reencontrar al Jesús perdido, y todo ello so pretexto de historicidad.

 

Esto me suena al prejuicio de A. Harnack (1851-1930), historiador protestante liberal, maestro de R. Bultmann (1884-1976). Por el contrario, la monumental obra del católico A. Grillmeier (1910-1998), honrado con la dignidad cardenalicia en sus últimos años por Juan Pablo II, ha demostrado minuciosamente que la fe de los primeros concilios (sobre todo, Nicea, Éfeso y Calcedonia) ha sido una obra impresionante de deshelenización de la fe.

 

Es decir, cuando la fe sobre Jesucristo ha corrido peligro de ser asfixiada por el helenismo, que era la ideología de la época, la Iglesia en Nicea (325), Éfeso (431) y Calcedonia (451) ha devuelto esa pureza de la fe, proclamando las definiciones que rezamos en el credo.

 

Las definiciones de los concilios, por tanto, no son encorsetamiento de la pureza evangélica en fórmulas dogmáticas que nos distancian del auténtico Jesús histórico, sino que, gracias a tales concilios, ha llegado hasta nosotros la pureza de la doctrina predicada por Jesús, ha llegado hasta nosotros la imagen auténtica de Jesús de Nazaret.

 

La Iglesia de todos los tiempos, también la Iglesia de nuestros días tiene esta preciosa y grave responsabilidad: la de rescatar a Jesús de las ideologías de moda y presentar el auténtico Jesús, el Hijo eterno de Dios hecho hombre, el Cordero de Dios que ha derramado su sangre por nosotros y por todos los hombres, para el perdón de los pecados, el Jesús de Nazaret que nos presentan los evangelios y los demás escritos del Nuevo Testamento, el que la Iglesia ha presentado a lo largo de los siglos como el único salvador de todos los hombres.

 

Jesús es Dios, sabe que es Dios y habla continuamente de ello. J.A. Pagola elude este aspecto fundamental del perfil de Jesús. A lo sumo, admite que el título "Hijo de Dios" se lo dieron los cristianos tardíos de la primera comunidad. Jesús sería el profeta de la compasión de Dios. La tentación arriana, que ha recorrido la historia del cristianismo reduciendo a Jesucristo a un hombre excepcional, pero que no es Dios consubstancial al Padre, asoma en el conjunto de la obra, pero si Jesús no es Dios como su Padre, no podrá divinizarnos, y la salvación que nos aporta queda diluida simplemente en un buen ejemplo.

 

Jesús ha tenido conciencia de su muerte redentora. Es decir, ha vivido y ha caminado con plena libertad hacia el momento supremo de entregar su vida en rescate por todos los hombres. La muerte no es un accidente en la historia de Jesús, la muerte para Jesús es el momento supremo de la glorificación por parte del Padre, porque él entrega su vida para el perdón de los pecados. Para J.A. Pagola, Jesús es un terapeuta que acoge al hombre pecador. No hay perdón-absolución, sino perdón-acogida, y es que el autor ha vaciado de contenido el sentido del pecado, como ofensa a Dios, que Jesús restaura con la ofrenda sacrificial de su vida.

 

Remito a estudios más detallados, que han comenzado a aparecer tras la publicación de este libro de J.A. Pagola. En la página web de la diócesis de Tarazona (http://www.diocesistarazona.org) aparecen algunas recensiones del libro (J. Rico, J.A. Sayés, J.M. Iraburu, L. Argüello). Nos encontramos ante una presentación de Jesús que hará daño, sobre todo a quienes no tienen elementos de juicio para leerla críticamente. Es función de los pastores llamar la atención sobre esta presentación de Jesús, que no se atiene a la fe de la Iglesia. Que la luz del Verbo encarnado disipe todo tipo de tinieblas, sobre todo las que pueden cernirse sobre la figura de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre.

 

+ Demetrio Fernández, obispo de Tarazona, Navidad 2007.

 

 

Mons. Demetrio Fernández es doctor en teología dogmática, y ha sido profesor de Cristología y Soteriología en el Instituto Teológico "San Ildefonso" de Toledo durante 27 años, antes de ser promovido al episcopado.

 

En la web http://www.diocesistarazona.org pueden leerse además varios análisis del libro de J.A. Pagola: dos artículos de José Rico Pavés (profesor de Cristología), uno de José Antonio Sayés (profesor de Cristología), uno de José María Iraburu (profesor de Teología Espiritual) y uno de Luis Argüello (vicario episcopal de Valladolid).

 

Fuente: http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=9872

 

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Salmo 89

 

Oración. De Moisés, hombre de Dios.

 

Señor, tú has sido para nosotros

un refugio de edad en edad.

Antes que los montes fuesen engendrados,

antes que naciesen tierra y orbe,

desde siempre hasta siempre tú eres Dios.

Tú al polvo reduces a los hombres,

diciendo: «¡Tornad, hijos de Adán!»

Porque mil años a tus ojos

son como el ayer, que ya pasó,

como una vigilia de la noche.

Tú los sumerges en un sueño,

a la mañana serán como hierba que brota;

por la mañana brota y florece,

por la tarde se amustia y se seca.

Pues por tu cólera somos consumidos,

por tu furor anonadados.

Has puesto nuestras culpas ante ti,

a la luz de tu faz nuestras faltas secretas.

Bajo tu enojo declinan todos nuestros días,

como un suspiro consumimos nuestros años.

Los años de nuestra vida son unos setenta,

u ochenta, si hay vigor;

mas son la mayor parte trabajo y vanidad,

pues pasan presto y nosotros nos volamos.

¿Quién conoce la fuerza de tu cólera,

y, temiéndote, tu indignación?

¡Enseñanos a contar nuestros días,

para que entre la sabiduría en nuestro corazón!

¡Vuelve, Yahveh! ¿Hasta cuándo?

Ten piedad de tus siervos.

Sácianos de tu amor a la mañana,

que exultemos y cantemos toda nuestra vida.

Devuélvenos en gozo los días que nos humillaste,

los años en que desdicha conocimos.

¡Que se vea tu obra con tus siervos,

y tu esplendor sobre sus hijos!

¡La dulzura del Señor sea con nosotros!

¡Confirma tú la acción de nuestras manos!

 

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