Fe y Razón

Revista virtual gratuita

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 25 – Agosto de 2008

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)

 

 

“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

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Equipo de Dirección:

·        Diác. Jorge Novoa – Blog personal: www.diaconojorge.blogspot.com

·        Lic. Néstor Martínez

·        Ing. Daniel Iglesias Grèzes – Blog personal: www.lmillau.blogspot.com

 

Colaboradores: Dr. Carlos Álvarez Cozzi, Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Pbro. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Dra. María Lourdes González, Ec. Rafael Menéndez, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Pbro. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Alvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Hágase Tu voluntad, en la Iglesia y en el mundo

Equipo de Dirección

Documentos

Algunas consideraciones acerca de la respuesta a propuestas legislativas sobre la no discriminación de las personas homosexuales

Congregación para la Doctrina de la Fe

Biblia

La “cuestión bíblica”, el P. M.-J. Lagrange y el Magisterio de la Iglesia

Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola

Filosofía

Antony Flew y el descubrimiento del “jardinero invisible”

Lic. Néstor Martínez

Iglesia

La Iglesia Católica en Uruguay en números (1950-2004)

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Familia y Vida

Comunicado sobre la adopción por parejas homosexuales

Instituto Arquidiocesano de Bioética “Juan Pablo II”

Oración

Salmo 28

Biblia de Jerusalén

 

 

Hágase Tu voluntad, en la Iglesia y en el mundo

 

Equipo de Dirección

 

1.      Sacerdotes en cargos de gobierno

 

Según una nota del diario “El País” de Montevideo del domingo 13/07/2008 (véase la página A10), el R. P. Mateo Méndez SDB ha aceptado el cargo de Director del Instituto Técnico de Rehabilitación Juvenil (INTERJ), una repartición del Instituto del Niño y el Adolescente del Uruguay (INAU), organismo estatal dependiente del Ministerio de Desarrollo Social (MIDES). El P. Mateo Méndez, conocido por su trabajo social con adolescentes y jóvenes carenciados en Montevideo y en Rivera, asumirá ese cargo en el próximo mes de agosto.

 

“El País” informa que la Congregación Salesiana, de la cual forma parte el P. Méndez, puso condiciones al Gobierno para autorizar al sacerdote a asumir el cargo. Aunque no se dice cuáles fueron esas condiciones, la citada nota deja entrever que una de ellas podría estar relacionada con la aplicación del artículo 28 del reglamento general de derechos, deberes y régimen disciplinario del INTERJ, que determina lo siguiente:

“Los adolescentes podrán expresar sus creencias religiosas y necesidades espirituales, permitiéndoseles participar en servicios y reuniones organizadas en el establecimiento…”

Al parecer esa norma no se ha puesto en práctica hasta el presente.

 

La nota indica que desde la oposición han surgido críticas al nombramiento del P. Méndez como Director del INTERJ. Los críticos afirman que el nombramiento de un sacerdote a cargo de ese Instituto podría comprometer el principio de la laicidad del Estado uruguayo. En la entrevista que le hizo “El País”, el P. Méndez dio una respuesta acertada a esos cuestionamientos, apelando a la distinción entre laicidad y laicismo. Complementando su respuesta, sostenemos que, desde el punto de vista de la ley civil, los sacerdotes deben tener los mismos derechos políticos que cualquier otro ciudadano. Además, agregamos que negar que un sacerdote católico (o cualquier católico) puede ejercer correctamente un cargo público sin prescindir absolutamente de sus convicciones religiosas y morales es una discriminación injusta e inconstitucional.

 

No obstante, dicho nombramiento puede ser cuestionado también, por otras razones, desde un punto de vista muy distinto al laicista: el punto de vista católico. En efecto, ese nombramiento infringe claramente una norma jurídica de la Iglesia universal:

“Les está prohibido a los clérigos aceptar aquellos cargos públicos que llevan consigo una participación en el ejercicio de la potestad civil.” (Código de Derecho Canónico, canon 285, inciso 3).

 

El Código de Derecho Canónico (CDC) no prevé la posibilidad de una dispensa de la prohibición establecida por el canon 285 #3. Esta prohibición sin excepciones se aplica a cualquier cargo que implique una participación en el poder civil (ejecutivo, legislativo o judicial). A estos efectos, es irrelevante que el cargo sea remunerado u honorario.

Además, dado que el P. Méndez es salesiano, la citada prohibición se le aplica no sólo como clérigo, sino también como religioso (cf. CDC, canon 672). Del CDC no surge que los superiores del P. Méndez dentro de la Congregación Salesiana tengan potestades para dispensarlo de esta doble prohibición. Nos parece muy preocupante que una ley eclesiástica tan importante y notoria sea simplemente ignorada por una congregación religiosa. Desgraciadamente, éste no es un caso aislado. En las últimas décadas se ha generado en la Iglesia Católica un estado de parcial anarquía, como resultado de un extendido desconocimiento de muchas normas del derecho canónico (y también de normas litúrgicas).

 

Las razones principales por las cuales la Iglesia Católica prohíbe a los clérigos y a los religiosos asumir cargos del gobierno civil son dos:

 

La primera razón tiene relación con la consagración total del sacerdote y del religioso al servicio de Cristo y de la Iglesia. Se trata en el fondo de la misma razón que justifica la ley del celibato sacerdotal. El sacerdote se entrega tan enteramente al anuncio del Evangelio y a la edificación del Cuerpo Místico de Cristo, que todo su tiempo, sus capacidades y sus energías están orientados en esa dirección. Esta dedicación tan completa no deja ningún espacio para asumir funciones de gobierno civil.

Por eso no nos parece del todo atinada una de las frases del P. Méndez en la entrevista en cuestión:

“Por lo tanto creo que no hay que separar lo que es uno; soy la misma persona que vivo una misma realidad en dos funciones diferentes, pero en la unidad de mi persona.”

El ministerio sacerdotal no es una mera función que podría coexistir con otras funciones en un mismo plano. Abarca a toda la persona del sacerdote.

 

La segunda razón es expuesta de esta forma en un documento de la Santa Sede:

“Las actividades políticas y sindicales son cosas en sí mismas buenas, pero son ajenas al estado clerical, ya que pueden constituir un grave peligro de ruptura de la comunión eclesial.”

(Congregación para el Clero, Directorio para el Ministerio y la Vida de los Presbíteros, n. 23).

 

Por otra parte, cabe suponer que en el Uruguay existen unas cuantas personas, católicas (laicas) o no católicas, tan capaces de desempeñar correctamente el cargo de Director del INTERJ como el P. Mateo Méndez.

 

Además, sería muy penoso que el respeto de la libertad religiosa de los menores internados en hogares del INAU dependiera de que un sacerdote ejerza la Dirección del INTERJ. Esa libertad es un derecho humano esencial, reconocido por la Constitución de la República. Debe ser garantizada en la teoría y en la práctica por cualquier Director del INTERJ.

 

En 2006, la autoridad eclesiástica suspendió al Pbro. Uberfil Monzón en el ejercicio público del ministerio sacerdotal por haber asumido el cargo de Director del Instituto Nacional De Alimentación (INDA). No sería ni justo ni coherente que en el caso del P. Mateo Méndez SDB se aplicara un criterio contradictorio con el del caso del Pbro. Monzón.

 

Por último, destacamos que la nota de “El País” informa también que en 2005 dirigentes de la coalición de izquierda “Frente Amplio” ofrecieron al P. Mateo Méndez la candidatura a la Intendencia de Rivera. El P. Mateo Méndez no aceptó esa candidatura, la que, además de los dos cánones ya citados, habría infringido también el canon 287, inciso 2:

“[Los clérigos] No han de participar activamente en los partidos políticos ni en la dirección de asociaciones sindicales, a no ser que, según el juicio de la autoridad eclesiástica competente, lo exijan la defensa de los derechos de la Iglesia o la promoción del bien común.”

De todos modos, no nos parece una buena señal que dirigentes de un partido político (cualquiera que sea) hayan concebido la idea de que el P. Méndez podría haber sido un buen candidato de su partido.

 

2)      Adopción por parejas homosexuales

 

El día 16/07/2008, la Cámara de Senadores de la República Oriental del Uruguay aprobó (fundamentalmente con los votos de los legisladores del Frente Amplio, el partido de gobierno) un proyecto de ley que permitiría la aopción de niños por parte de parejas homosexuales. Dicho proyecto de ley pasó a la Cámara de Representantes.

 

Según la doctrina católica, las uniones homosexuales son grave e intrínsecamente malas, por lo cual no pueden ser nunca fuente de derechos. En particular, no pueden tener derecho a la adopción bajo ninguna circunstancia.

 

I. Refutación de argumentos a favor

 

Como aporte a la reflexión, a continuación citamos algunos argumentos a favor del derecho a la adopción por parte de parejas homosexuales e indicamos algunas vías para su refutación:

 

a)      "Los homosexuales son personas como todas las demás y por tanto tienen los mismos derechos que todos."

 

Contra esto:

i)        Por más iguales que seamos todas las personas, no todos tenemos los mismos derechos. Por ejemplo, un extranjero no tiene derecho al voto en el Uruguay. E incluso en su propio país, los menores de edad no tienen derecho a votar. No tengo derecho a dar clases de Química en la Universidad si no he estudiado esa materia. No tengo derecho a mandar a los hijos del vecino, porque no soy su padre, etc.

ii)       En la adopción, cuenta sobre todo el derecho del niño a crecer en un ambiente familiar. Y eso exige la complementariedad de las figuras paterna y materna.

 

b)      "Hay homosexuales que son capaces de criar hijos mucho mejor que algunos heterosexuales."

 

Contra esto:

i)        El hecho mismo de que un hogar esté basado en una unión homosexual es un fuerte factor negativo para la educación de un niño. 

ii)       Muchos ciudadanos argentinos o chilenos podrían ejercer el voto en el Uruguay con más discernimiento que algunos uruguayos, pero eso no impide que no tengan derecho al voto en nuestro país.

iii)     Las leyes se basan sobre lo que normalmente ocurre o es de esperar que ocurra, no sobre las excepciones.

 

c)      "Hay personas criadas por homosexuales que luego han sido perfectamente normales."

 

Contra esto: Hay grandes genios que han tenido padres alcohólicos, enfermos mentales, etc. Felizmente para ellos, han podido sobreponerse muchas veces a grandes dificultades de su infancia. Pero eso no es motivo para imponer por ley dificultades graves a alguien.

 

d)      "La paternidad y la maternidad es ante todo cuestión de equilibrio, madurez afectiva, etc., y eso no es privativo ni de heterosexuales ni de homosexuales."

 

Contra esto: Precisamente, nosotros negamos que la homosexualidad sea compatible con la verdadera madurez afectiva.

 

e)      "Los homosexuales son tanto o más capaces de dar afecto a los niños que los heterosexuales."

 

Contra esto: No se trata solamente de dar afecto, sino una clase específica de afecto, el paterno y el materno respectivamente. Eso sólo pueden hacerlo un varón y una mujer.

 

f)       "En lugar de que estén tirados en la calle, es mejor que los adopten los homosexuales."

 

Contra esto:

i)        La disyuntiva que tiene el Estado no es ésa, sino la de dar a un niño en adopción o retenerlo en un hogar del INAU. El Estado tiene la grave responsabilidad de no entregar al niño en manos de parejas inadecuadas. Todas las parejas que no son matrimonios son inadecuadas en ese sentido.

ii)       Hay muchos matrimonios esperando hace años para adoptar. El problema es la lentitud de los trámites de adopción.

 

g)      "Es un derecho de los homosexuales. No tienen por qué molestarse los heterosexuales."

 

Contra esto:

i)        Es un falso derecho que afecta seriamente a un tercero, el adoptado. Y de ese modo, afecta a la sociedad toda, que luego deberá hacer frente a grupos de personas que han crecido con graves conflictos y carencias desde su infancia.

ii)       Los matrimonios deberían reflexionar sobre esto. En caso de que ambos cónyuges mueran (por ejemplo, en un accidente), sus hijos correrían el riesgo de ser adoptados legalmente por parejas homosexuales. ¿Por qué habríamos de admitir para los hijos de los demás lo que no admitimos para nuestros propios hijos?

 

h)      "Soy hijo de padres heterosexuales e igualmente soy homosexual."

 

Contra esto: La presencia de las figuras paterna y materna no es, sin duda, una condición suficiente para una crianza saludable, pero eso no quiere decir que no sea una condición necesaria. Yo tenía puesto el cinturón de seguridad, pero igual choqué contra un camión. Y bien, el cinturón hay que ponérselo, de todos modos.

 

i)        "Hay parejas heterosexuales que tampoco pueden tener hijos, porque son estériles, y sin embargo, pueden adoptar."

 

Contra esto: La complementariedad entre el varón y la mujer, necesaria para el desarrollo psicológico normal del hijo o la hija, no se reduce a lo reproductivo, tiene que ver también con la crianza, formación y educación en su conjunto.

 

j)       "No es cierto que las parejas homosexuales no puedan tener hijos: las lesbianas pueden por medio de la inseminación artificial, y los homosexuales masculinos pueden por medio de la fecundación "in vitro" y un vientre de alquiler."

 

Contra esto:

i)        También se puede aprender matemáticas espiando por un agujero de la ventana de la Facultad de Ciencias. Pero ése no es argumento para que la sociedad deje de exigir las inscripciones y la concurrencia a clase.

ii)       Igualmente, no se trata solamente de parir: se trata de criar, educar, ser ejemplo, orientar en su desarrollo afectivo a un ser humano en crecimiento. Y para eso hace falta la complementariedad de las figuras paterna y materna.

 

k)      "Incluso se pueden juntar una pareja de lesbianas y otra de homosexuales masculinos, y así tener hijos a la antigua."

 

Contra esto:

i)        O sea, que el círculo se cierra: finalmente reconocemos que los hijos tienen que tener un padre y una madre.

ii)       Además, ¿de quién van a ser hijos? ¿De la mitad de cada pareja? ¿O en vez de dos parejas, va a haber cuatro? En ese caso, además, volvemos a la pareja heterosexual.

 

II.    Inconvenientes de la adopción por homosexuales:

 

a.       No atiende al derecho principal que está en juego, que es el del niño o niña. El hijo no es un derecho, ni una cosa. Es una persona.

b.      Se priva al niño o niña del aporte insustituible para su maduración psicológica de la figura paterna y materna, como lo testimonia toda la ciencia psicológica.

c.       En las "familias" resultantes falta la protección psicológica natural contra las relaciones incestuosas, lo cual trae el riesgo cierto de celos y rivalidades sexuales entre los adoptantes y el adoptado, así como de "infidelidades", rencillas, etc.

d.      Se impone al niño o niña, desde su más tierna edad, el saber que es adoptado, contra lo que ha aconsejado siempre la psicología, es decir, que lo sepa a una edad apropiada.

e.       Se lo condena también a una vida social más conflictiva de lo usual y de lo necesario, al tener que presentarse en la escuela y el grupo de amigos como "hijo" de padres del mismo sexo. Los niños sulen ser crueles con el gordo, el feo, el bajo, el débil, etc. ¿Qué no harán con el que tiene “dos papás” o “dos mamás”?

f.        Plantea desde la más tierna edad del niño o niña un conflicto terrible e innecesario, acerca de cuál será en definitiva su propia identidad sexual, y de si deberá optar por no tener hijos o por tenerlos.

g.       Puede generar sentimientos, igualmente negativos en ese contexto, de compasión o rechazo hacia los padres.

h.       Igualmente, puede generar sentimientos de culpa hacia la propia orientación natural heterosexual, con la consiguiente represión enfermiza.

i.         Estadísticamente, la estabilidad de las parejas homosexuales es mucho menor que la de las heterosexuales. Eso hace que la promesa de la seguridad de un hogar, implicada en la adopción, quede notablemente disminuida.

j.        Es de esperar que, promedialmente, las personas criadas por parejas homosexuales presenten luego muchos más problemas de conducta, adaptación, rebeldía, represión sexual o falta de control en materia de sexualidad.

k.      Queda seriamente cuestionada, además, la necesidad e importancia de la mujer (o del varón, según el caso) en la vida familiar. Decir que dos varones pueden criar perfectamente a un niño es decir que la mujer, la madre, es superflua, prescindible. ¡En estos tiempos de reinvindicación de los derechos de la mujer!

 

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Algunas consideraciones acerca de la respuesta a propuestas legislativas

sobre la no discriminación de las personas homosexuales

 

Congregación para la Doctrina de la Fe

Prólogo

Recientemente se han hecho propuestas legislativas en varios lugares que harían ilegal la discriminación basada en la orientación sexual. En algunas ciudades, las autoridades municipales han concedido viviendas públicas, antes reservadas para familias, a parejas homosexuales (y heterosexuales no casadas). Tales iniciativas, incluso cuando parecen más dirigidas hacia el apoyo de derechos civiles básicos que a la aprobación de la conducta o el estilo de vida homosexuales, pueden de hecho tener un impacto negativo sobre la familia y la sociedad. Asuntos tales como la adopción de niños, el empleo de maestros, las necesidades de vivienda de familias genuinas y las preocupaciones legítimas de los propietarios de viviendas al examinar a los potenciales inquilinos, por ejemplo, están a menudo implicados.

Aunque sería imposible anticipar cada eventualidad con respecto a las propuestas legislativas en esta área, estas observaciones tratarán de identificar algunos principios y distinciones de naturaleza general que deben ser tenidos en cuenta por el legislador, el votante o la autoridad eclesiástica conscientes confrontados con tales cuestiones.

La primera sección recordará pasajes relevantes de la “Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales” de 1986,  de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF). La segunda sección tratará de su aplicación.

I. Pasajes relevantes de la “Carta” de la CDF

1. La Carta recuerda que la “Declaración acerca de ciertas cuestiones de ética sexual” de 1975 de la CDF “tomó nota de la distinción comúnmente hecha entre la condición o tendencia homosexual y los actos homosexuales individuales”; estos últimos son "intrínsecamente desordenados" y “en ningún caso aprobables” (n. 3).

2. Dado que "en la discusión que siguió a la publicación de la Declaración (antes mencionada), se dio una interpretación excesivamente benigna de la condición homosexual misma, llegando algunos a llamarla “neutral o incluso buena”", la Carta pasa a clarificar: "Aunque la inclinación particular de la persona homosexual no es un pecado, es una tendencia, más o menos fuerte, ordenada hacia un mal moral intrínseco; y así la inclinación misma debe ser considerada como un desorden objetivo. Por lo tanto se debe dirigir una preocupación y una atención pastoral especiales hacia quienes tienen esta condición, no sea que ellos sean inducidos a creer que la vivencia de esta orientación en la actividad homosexual es una opción moralmente aceptable. No lo es." (n. 3).

3. "Como en todo desorden moral, la actividad homosexual impide la realización y felicidad propias por ser contraria a la sabiduría creadora de Dios. La Iglesia, al rechazar las opiniones erróneas sobre la homosexualidad, no limita sino que más bien defiende la libertad y la dignidad de la persona, entendidas de modo realístico y auténtico" (n. 7).

4. En referencia al movimiento homosexual, la Carta afirma: "Una táctica usada es protestar que cualquier y toda crítica o reserva sobre personas homosexuales, su actitud y su estilo de vida, son simplemente formas diversas de discriminación injusta" (n. 9).

5. "En algunos países hay un esfuerzo para manipular a la Iglesia, conquistando el apoyo de sus pastores, a menudo bien intencionado, con vistas a cambiar los estatutos y leyes civiles. Esto es hecho a fin de conformarlos con la concepción de estos grupos de presión, de que la homosexualidad es algo, si no enteramente bueno, al menos completamente inocuo. Incluso aunque la práctica de la homosexualidad pueda amenazar seriamente las vidas y el bienestar de un gran número de personas, sus partidarios no son disuadidos y se rehúsan a considerar la magnitud de los riesgos involucrados" (n. 9).

6. "Ella [la Iglesia] es también consciente de que la opinión de que la actividad homosexual es equivalente a, o tan aceptable como, la expresión sexual del amor conyugal tiene un impacto directo sobre la comprensión de la sociedad acerca de la naturaleza y los derechos de la familia, poniéndolos en peligro" (n. 9).

7. "Es deplorable que personas homosexuales hayan sido y sean objeto de malicia violenta de palabra o de obra. Tal tratamiento merece la condena de los Pastores de la Iglesia, dondequiera que ocurran. Revela una falta de respeto por otras personas que pone en peligro los principios más fundamentales de una sociedad sana. La dignidad intrínseca de cada persona debe ser siempre respetada en las palabras, en las acciones y en la ley.

"Pero la reacción correcta a los crímenes cometidos contra personas homosexuales no debería ser la de reclamar que la condición homosexual no es desordenada. Cuando se hace ese reclamo y, por consiguiente, la actividad homosexual es aprobada, o cuando se introduce una legislación civil para proteger un comportamiento al cual nadie tiene ningún derecho concebible, ni la Iglesia ni la sociedad en su conjunto deberían sorprenderse de que también ganen terreno otras nociones y prácticas distorsionadas, y se incrementen las reacciones irracionales y violentas" (n. 10).

8. "Lo que se debe evitar a toda costa es la presunción infundada y denigrante de que el comportamiento sexual de las personas homosexuales es siempre y totalmente compulsivo y por lo tanto inculpable. Lo esencial es que la libertad fundamental que caracteriza a la persona humana y le da su dignidad sea reconocida como perteneciente también a la persona homosexual.” (n. 11).

9. "Al evaluar la legislación propuesta, los Obispos deber mantener como su máxima preocupación la responsabilidad de defender y promover la vida familiar" (n. 17).

II. Aplicaciones

10. La “orientación sexual" no constituye una cualidad comparable a la raza, el origen étnico, etc. con respecto a la no discriminación. A diferencia de éstos, la orientación homosexual es un desorden objetivo (cf. Carta, n. 3) y evoca la preocupación moral.

11. Hay áreas en las cuales no es una discriminación injusta tener en cuenta la orientación sexual, por ejemplo, en la adjudicación de niños para adopción o tutela, en el empleo de maestros o entrenadores deportivos y en el reclutamiento militar.

12. Las personas homosexuales, como personas humanas, tienen los mismos derechos de todas las personas, incluyendo el derecho de no ser tratados de una manera que ofenda su dignidad personal (cf. n. 10). Entre otros derechos, todas las personas tienen derecho al trabajo, a la vivienda, etc. Sin embargo, estos derechos no son absolutos.  Pueden ser limitados legítimamente por una conducta externa objetivamente desordenada. A veces esto es no sólo lícito sino obligatorio. Esto es válido no sólo en el caso de conducta culpable, sino incluso en el caso de actos de personas física o mentalmente enfermas. Así es aceptado que el Estado puede restringir el ejercicio de derechos, por ejemplo, en el caso de contagio o de enfermos mentales, a fin de proteger el bien común.

13. Incluir la “orientación homosexual" entre las consideraciones sobre cuya base es ilegal discriminar puede fácilmente llevar a considerar la homosexualidad como una fuente positiva de derechos humanos, por ejemplo, con respecto a la así llamada "acción afirmativa" o el trato preferencial en las prácticas de contratación. Esto es aún más deletéreo ya que no existe el derecho a la homosexualidad (cf. n. 10), el cual por lo tanto no puede formar la base para reclamos judiciales. El reconocimiento de la homosexualidad como un factor sobre cuya base es ilegal discriminar puede desembocar fácilmente, si no automáticamente, en la protección y promoción legislativas de la homosexualidad. La homosexualidad de una persona sería invocada en oposición a una supuesta discriminación y así el ejercicio de derechos sería defendido precisamente a través de la afirmación de la condición homosexual en lugar de hacerse en términos de una violación de derechos humanos básicos.

14. La “orientación sexual" de una persona no es comparable a la raza, el sexo, la edad, etc., también por otra razón, distinta a la antes expuesta, que amerita atención. La orientación sexual de un individuo es generalmente desconocida por otros a menos que él públicamente se identifique con esa orientación o que algún comportamiento externo lo manifieste. Por lo general, la mayoría de las personas con orientación homosexual que buscan llevar vidas castas no hacen pública su orientación sexual. De ahí que el problema de discriminación en términos de empleo, vivienda, etc. usualmente no surja.

Las personas homosexuales que afirman su homosexualidad tienden a ser precisamente aquellas que juzgan que la conducta o el estilo de vida homosexuales son “algo completamente inocuo, si no enteramente bueno" (cf. n. 9) y por tanto merecedor de la aprobación pública. Es dentro de este grupo donde es más probable encontrar a aquellos que buscan "manipular a la Iglesia, conquistando el apoyo de sus Pastores, a menudo bien intencionado, con vistas a cambiar los estatutos y las leyes civiles" (cf. n. 9) y aquellos que usan la táctica de protestar que "cualquier y toda crítica o reserva sobre personas homosexuales… son simplemente formas diversas de discriminación injusta" (cf. n. 9).

Además, existe el peligro de que una legislación que convierta a la homosexualidad en una base de derechos pueda de hecho impulsar a una persona con orientación homosexual a declarar su homosexualidad o incluso a buscar un compañero a fin de aprovechar las disposiciones de la ley.

15. Dado que al evaluar la legilación propuesta la máxima preocupación debe ser la responsabilidad de defender y promover la vida familiar (cf. n. 17), debe prestarse una estricta atención a cada una de las disposiciones de las medidas propuestas. ¿Cómo afectarían a la adopción o la tutela? ¿Protegerían los actos homosexuales, públicos o privados? ¿Confieren estatus equivalente al de familia a las uniones homosexuales, por ejemplo, con respecto a la vivienda pública o dándole al compañero homosexual los privilegios del empleo, que podrían incluir cosas tales como la participación de la “familia” en los beneficios de salud otorgados al empleado (cf. n. 9)?

16. Finalmente, cuando un asunto del bien común está implicado, es inapropiado que las autoridades eclesiásticas apoyen, o permanezcan neutrales ante, legislaciones adversas, incluso si éstas garantizan excepciones a las organizaciones e instituciones de la Iglesia. La Iglesia tiene la responsabilidad de promover la vida familiar y la moralidad pública de toda la sociedad civil sobre la base de los valores morales fundamentales, y no simplemente de protegerse a sí misma de la aplicación de leyes dañiñas (cf. n. 17).

(23 de julio de 1992)

 

Fuente: http://www.ewtn.com/library/curia/cdfhomol.htm (traducido del inglés por Daniel Iglesias Grèzes).

Se tuvo en cuenta también la versión de: http://www.vidahumana.org/vidafam/iglesia/legislativas.html

 

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La “cuestión bíblica”, el P. M.-J. Lagrange y el Magisterio de la Iglesia

 

Miguel Antonio Barriola

 

I – Antecedentes

 

Hablando se entienden los hombres”, asegura la sabiduría popular. Pero, también nos advierte la experiencia sobre la palabra mendaz y el discurso artero y engañoso.

Dios, al dirigirnos su palabra, la entrega también a este posible empleo ambiguo, por parte de sus destinatarios y, por lo mismo, procuró ofrecer correctivos ante posibles tergiversaciones de su mensaje. Ya amonestaba Ezequiel, acerca de los falsos profetas: “Dicen: «Así habla el Señor», cuando el Señor no había hablado” (Ez 22, 28).

Semejantes confusiones en la comprensión de la Palabra de Dios, la Biblia, surgieron y seguirán levantando cabeza a lo largo de la historia.

Con el fin de brindar una brújula ante tales posibles torbellinos hermenéuticos, prometió Jesús a los suyos la especial asistencia del Espíritu Santo, quien tendrá el encargo de “guiar hacia toda la verdad” (Jn 16, 13) a los discípulos. Se comprende así la necesaria función del magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Pero, “infalibilidad” no equivale a “omnisciencia” y la asistencia del Espíritu no quiere decir ausencia de búsqueda, estudio y trabajo. Hasta tanteos y disposiciones transitorias. Así los Apóstoles, conscientes de la superior ayuda divina, decretaron: “El Espíritu Santo y nosotros mismos hemos decidido” (Hech 15, 28), liberando de la circuncisión a los convertidos procedentes del paganismo. Aunque, conjuntamente imponen la abstención de “comer carne sin desangrar”, observancia que desaparecería con el cambio de las circunstancias.

El caos interpretativo se volvió mayúsculo, en tiempos de la Reforma luterana, con su principio del “libre examen”, expresando el ansia de sacudirse la tutela de los genuinos maestros y la auscultación de la venerable Tradición eclesiástica.

Semejante talante comenzó a infiltrarse también en la Iglesia católica, de manera virulenta y dañina, en la época de la crisis modernista, que nos proponen repasar estas jornadas (1).

S. Pío X consideró hasta tal punto deletéreo a este movimiento, que lo definió como “el agregado de todas las herejías” (2).

 

II – “La Question Biblique

 

Ahora bien, todo comenzó, justamente, a partir de la interpretación de la Sagrada Escritura entre católicos, ansiosos de no quedarse atrás en sus aportes respecto al apabullante mundo productivo del protestantismo, sobre todo alemán.

En efecto, según recuerda L. Alonso Schökel, “los escrituristas protestantes de hace medio siglo ignoraban por sistema toda la producción de los católicos. Existía una norma que sonaba: «catholica non leguntur»; si la norma no se hubiera formulado, se podría hablar de ignorancia o desinterés; pero pronunciada, ha de interpretarse como desprecio altivo, no justificado por la distancia de mérito científico” (3).

A este complejo de inferioridad se debe la fascinación del principal protagonista en esta profunda conmoción, A. Loisy, frente las publicaciones protestantes. Así, en una carta a A. Houtin declarará que sus escritos pretenden impulsar “una reforma no solamente de los estudios eclesiásticos sino de la enseñanza católica en general, y de lo que he llamado el régimen intelectual de la Iglesia. A este respecto mi posición es la misma que la de los protestantes liberales” (4).

Rápidamente su enseñanza y sus escritos comenzaron a ser ásperamente debatidos. Fue para defender a este profesor del Instituto, del que era rector, que Mons. M. d´Hulst publicó en Le Correspondant (25/II/1893) su artículo “La question biblique”, que debía provocar la encíclica Providentissumus de León XIII (5).

Se palpa hasta qué punto los asuntos bíblicos vinieron a ser la chispa que desencadenó el incendio, en esta consideración de A. Loisy: “La cuestión bíblica llega a ser la cuestión religiosa en un sentido mucho más amplio de lo que se ha entendido hasta ahora. Se estudia el fenómeno religioso humano en todas sus manifestaciones. La filosofía general de esta historia no está todavía constituida, y no puede formarse sino poco a poco, perfeccionándose y corrigiéndose a medida de los progresos cumplidos en el conocimiento de los hechos” (6).

 

III – El P. M. J. Lagrange, O.P., pionero humilde y obediente

 

En el panorama de estas turbulencias, quisiéramos poner de relieve la gigantesca figura del P. M. J. Lagrange, a quien sin duda alguna se debe el rejuvenecimiento y prestigio que, lenta pero firmemente, fue reconquistando la exégesis bíblica católica.

Bajo la protección sin reservas de León XIII y de su secretario el Card. Rampolla, el P. Lagrange emprendió una empresa ciclópea, a la que cabe contar, con toda seguridad, como “la primera y más importante de las iniciativas católicas de este período” (7), o sea, la fundación de “l ‘École pratique d’études bibliques”, centro de enseñanza superior exegético, establecido en Jerusalén.

Rodeado de célebres colaboradores y especialistas (Vincent, Dhorme, Batiffol, del clero secular y otros) fundó la Revue Biblique, que muy rápidamente llegó a ser un hogar extremadamente vivo de trabajos bíblicos católicos.

Desde sus comienzos la publicación tomó una actitud de avanzada y a la vez atenta a los datos teológicos. Abordó francamente muchos problemas difíciles: naturaleza de la inspiración; primeros capítulos del Génesis; fuentes de los evangelios. Ubicada en el centro mismo del escenario bíblico, siguió de cerca la arqueología palestina, jugando en este campo un papel capital. Sus análisis de obras científicas publicadas por la crítica protestante se distinguieron siempre por la objetividad serena y la discusión competente.

Esa sabia actitud de diálogo entre los “nova et vetera” (Mt 13, 52), caracterizó el sano equilibrio, mantenido hasta el heroísmo, por el P. Lagrange (8). Porque después de la feliz etapa de los comienzos, durante el sucesivo pontificado de S. Pío X, el P. Lagrange tuvo que sufrir muchas e injustas incomprensiones, de modo que la Iglesia entera y, en especial, los escrituristas católicos, a él y a su abnegado tesón le deben los logros obtenidos a costa de un sostenido sacrificio.

Tal como lo compendia felizmente J. Levie: “La exégesis contemporánea recoge los frutos de este esfuerzo; tanto los intentos aventurados como las excesivas timideces nos iluminan hoy día; los hombres deben tantear, errar al azar, titubear, antes de encontrar la ruta. Esta búsqueda ansiosa, que se prosiguió a través de la lucha de ideas y de tendencias, a veces muy ardua, merece ser examinada más cercanamente.... Es en el choque saludable de los pensamientos humanos que se realiza en todo orden la marcha hacia delante; ésta llega a la meta más rápida y eficazmente en la medida misma en que los espíritus se manifiestan más abiertos y comprensivos de las ideas del otro, más libres de violencias partidistas y fanatismos estrechos. Por desgracia no fue siempre éste el caso en la lucha exegética de estos años de crisis; pero la Iglesia contó entonces con hombres de fe profunda y de sentido crítico penetrante, combatidos sin duda al comienzo, probados a veces por medidas eclesiásticas penosas, pero en los cuales la Iglesia, en su autoridad y fieles, reconoció poco a poco los verdaderos intérpretes de su doctrina y a los cuales ella cada vez más manifestó su confianza; el más grande entre ellos en esta época nos parece ser, desde el punto de vista exegético, el Padre M.- J. Lagrange, O. P.” (9).

 

IV – El fructuoso Calvario del P. Lagrange

 

Todo comienzo es difícil”, enuncia un refrán alemán (10) y, para los altos ideales científicos del P. Lagrange, sus inicios fueron arduos desde todo punto de vista, pero el más doloroso provino de los prejuicios, que se fueron multiplicando en torno a sus investigaciones bíblicas dentro de la misma Iglesia católica.

Empezando, con breves pantallazos, desde lo más precario, recuerdan sus biógrafos cómo en Jerusalén no había ni profesores, ni biblioteca, ni dinero. Tuvo que fundar su Escuela Bíblica, ubicándola en un antiguo matadero municipal.

Comenta acertadamente J. Guitton: “He encontrado en esta historia paradójica la ley que rige las fundaciones más duraderas. Esta ley exige que los comienzos sean adversos y motivo de contradicción” (11).

El 15 de noviembre de 1890, se inauguraba la Escuela con un discurso de Lagrange, mientras sus colaboradores contemplaban perplejos las argollas del antiguo matadero, que todavía colgaban de la pared. El P. Vincent recordaría en 1938: “¿Dónde estáis, oyentes de aquella generación inicial? ¿Habéis olvidado la sala de las anillas, el único mapa, la mesa alrededor de la cual nos apiñábamos durante dieciocho meses en un feliz codo a codo, la solitaria pizarra en la que se clavaban nuestros ojos? Allí Lagrange, solo, enseñaba hebreo, árabe, asirio, historia y arqueología” (12).

 

V – Origen del más profundo dolor

 

Aquellas incipientes penurias económicas en nada se comparan con las espirituales, que sobrevendrían por parte de las sospechas acumuladas por mentes estrechas contra los trabajos de Lagrange (13).

Entre éstos, un hito importante en el progreso de la exégesis católica fueron las “conferencias de Toulouse”, (la última de las cuales tuvo lugar el 11 de noviembre de 1902), publicadas al año siguiente. Se trata de “La Méthode Historique”.

Sólo que un día antes, se editaba en Paris el libro de A. Loisy, L’Évangile et l’Église, que provocó la explosión modernista.

En medio de ese clima, el libro de Lagrange recibió grandes aprobaciones, pero levantó también una viva oposición, siendo el adversario más encarnizado el jesuita belga P. A.–J. Delattre, quien dio a luz una publicación enteramente dirigida contra este reciente estudio de Lagrange (14).

El Padre comenta: “Era un hecho muy grave este ataque de un orientalista honorablemente conocido, cuya colaboración yo mismo había ambicionado. Y el peligro me pareció todavía mayor, cuando me enteré de que el Santo Padre había leído la obra y había llamado enseguida al P. Delattre como profesor de la Universidad Gregoriana” (15).

Sin embargo, había notorias diferencias, que no permitían alinear a Lagrange junto con Loisy, tal como él mismo lo pone de relieve: “No podía uno equivocarse. Si M. Loisy, se negaba, por excelentes razones, a reconocer al Cristo del Evangelio en el Cristo edulcorado de los protestantes (16), vestido según la moda del protestantismo liberal, si mantenía contra un individualismo disolvente la noción de Iglesia, en síntesis esta Iglesia no había sido fundada por Jesús, que no llegó a ser Dios sino por una transformación de la fe primitiva. Ella no lo saludó como Cristo, cualidad que es debida a la fe en su resurrección, fundada a su vez en las apariciones de un fantasma. A tal punto era clara (mi diferencia con Loisy), que me comprometí a decirlo a los lectores de la Revue Biblique tan pronto como tuviera la oportunidad. Fue mi primera preocupación... Hubo el tiempo de hacer aparecer una recensión de veinte páginas en el número de abril” (17).

Justamente, en la segunda edición de sus conferencias acerca del método histórico (1904), añadió un apéndice sobre “Jésus et la critique des évangiles”.

Allí nos encontramos con perspectivas nítidamente católicas, como cuando escribe: “Si se objeta que M. Loisy se pone en contradicción con la fe de ayer, se responde que desde ahora apela él a la fe de mañana. ¡Las ideas de evolución y de progreso tienen tan profunda raigambre en el mundo moderno!

Desgraciadamente, no ha dejado de ser verdad que este intento toca imprudentemente a las partes vitales del cristianismo; y muchos ya han concluido que si esta construcción histórica se sostiene, el dogma queda destruido. Pese a la buena voluntad de M. Loisy de concordarlo todo, después de haberlo leído, se cree entrever una oposición irreductible entre la historia y el dogma” (18).

Lagrange en su respuesta, ha adelantado puntos de apoyo importantes, a los que echará mano la Teología Fundamental de la actualidad.

Así, ante la pretensión de Loisy, de que Jesús no podía prever “siglos infinitos” antes de la consumación del mundo (19), replicaba Lagrange: “No se afirmará a la ligera que Jesús ha reservado siglos infinitos antes del fin del mundo, porque él ha dicho bastante claramente, que había que ponerse a trabajar sin preocuparse de los cálculos apocalípticos, de los que él nada quería saber; tampoco se dirá, con M. Loisy, que el sentido próximo de sus exhortaciones era el desapego hacia un mundo, que iba a acabarse” (20).

Dos años antes que A. Schweitzer (21), puso Lagrange el dedo en la llaga de los presupuestos cargados de subjetivismo, con que trabajaba la crítica histórica sobre los Evangelios.

“El error de la crítica -comprueba Lagrange-, después de haber reconocido estos hechos (o sea -agregamos-, que los evangelistas no perseguían una crónica detallista ni la transmisión exacta de las palabras, teniendo cada uno su enfoque propio) ha sido tratar de reconstruir ella misma esta historia. Lo que les pasó a los evangelistas, y bien se puede decir en una medida tan débil, se produjo aquí en grande: según su propia idea de Jesús, cada uno ha reconstruido la vida de Jesús. ¡Cuando se desesperaba que se pudiese llegar hasta él, se escribía al menos de nuevo por hipótesis la fuente primitiva! Se sabía por qué tal evangelista había agregado u omitido tal palabra, qué había, por lo tanto que omitir o añadir en la fuente primitiva... Pero, necesariamente, una historia compuesta del total de estas combinaciones particulares tiene toda la probabilidad de ser falsa. Es ciertamente subjetiva, porque es imposible que el crítico no se encuentre guiado en su selección por aquello que hay que quitar o dejar en la tradición primitiva, debido a sus ideas sobre la evolución histórica. ¿No es más seguro y objetivo tomar aquí a la misma tradición eclesiástica?... Se puede decir en cierto sentido que la encarnación no es un hecho histórico, ni la resurrección de Jesucristo, en cuanto que lo constituye en su gloria, y en todo caso es cierto que la historia es impotente para constatar su divinidad. Pero puede fijar los hechos de su vida que podrán servir de fundamento al acto de fe” (22).

 

VI – Fidelidad en medio de las tormentas

 

El prestigio enorme que en una sola década había adquirido la Escuela Bíblica de Jerusalén y su órgano, la “Revue Biblique”, se verá violentamente agredido y no por adversarios racionalistas o protestantes, sino de parte de los mismos hermanos en la fe. Le tocó al P. Lagrange experimentar en carne propia la amarga queja del Salmista: “Si fuera mi enemigo el que me agravia, podría soportarlo; si mi adversario se alzara contra mí me ocultaría de él. ¡Pero eres tú, un hombre de mi condición, mi amigo y confidente, con quien vivía en dulce intimidad!; juntos íbamos entre la multitud a la Casa del Señor” (Sal 55, 13–14).

El “Via Crucis” que le tocará emprender en lo sucesivo al P. Lagrange, así como su grandeza de alma eclesial, puede muy bien verse compendiado con estas consideraciones suyas, con las que abrimos este tramo de nuestra exposición.

“León XIII, el cardenal Rampolla, el cardenal Mercier... ¡qué consuelo he encontrado siempre en los testimonios de benevolencia, que me han dado estos tres! Yo sé bien que la obediencia es debida al Superior actual, que sería una peligrosa ilusión apoyarse sobre el favor pasado para faltar de docilidad en el presente. Pero yo podía decirme: lejos de reprochar mi doctrina, debidamente examinada, la Santa Sede ha juzgado que podía brindar servicios.

Sean cuales sean los clamores, yo esperaré para cambiar, que la Santa Sede misma haya enunciado un juicio, siempre dispuesto a callarme y retractarme si ella lo desea, muy consciente de no haber hecho nada para buscar el favor” (23).

Muy penosa fue, sobre todo (salvo contadas excepciones) la oposición cerrada de la casi totalidad de la Compañía de Jesús, como ya se ha adelantado. “Partiendo desde la mitad del año 1904 -recuerda el Padre- se produjo un hecho, que inauguró una lucha implacable de muchos jesuitas de todos los países contra el método histórico y el director de la Revue Biblique” (24).

Sería una letanía interminable detallar el hostigamiento, al que fue sometida la labor científica de este descollante exégeta. Recordemos brevemente que le fue prohibida la publicación de su comentario al Génesis, indicándole que más bien se dedicara al estudio del Nuevo Testamento. Lo cual nos valió sus poderosos comentarios de los cuatro Evangelios, Romanos y Gálatas (25).

Pero, veamos la lucidez, a la vez que humildad de su reacción. El 9/VII/1907, le escribía a Pío X: “Muy Santo Padre, prosternado a los pies de Su Santidad, acabo de aceptar, con la más filial obediencia, la decisión que Su Santidad me ha hecho comunicar por medio del muy Reverendo Padre General de nuestra Orden, prohibiéndome hacer imprimir, de cualquier modo que sea, un comentario al Génesis.

Mas, no será suficiente obedecer a las órdenes de Su Santidad, porque estoy resuelto a considerar hasta sus deseos como órdenes. Si, pues, Su Santidad estima preferible que cese de ocuparme de los estudios bíblicos, renunciaré al instante sin dudar; no soy de los que se someten y continúan. Suplico solamente que Su Santidad se digne creer en la intención recta, que me ha guiado hasta este día. La medida tomada a mi respecto por Su Santidad me hace temer que me he equivocado, y me sería imposible ahora escribir la mínima línea con la conciencia de desobedecer a las instrucciones de Su Santidad” (26).

           

VII – Rivalidades lamentables

 

Otro golpe severo y duro fue la fundación, en 1909 del “Pontificium Institutum Biblicum” en Roma, encomendada a los padres jesuitas. Parecía un acto de desconfianza para con la ya asentada Escuela de Jerusalén (27). “Algunos indicios mostrarán que esto fue la razón de una nueva y más decisiva campaña contra nosotros” (28).

A raíz de este suceso, escribirá al P. Cormier, general de su orden: “Si el Santo Padre desea trasladarme, solamente pido que quieran aceptarme en la Cartuja para terminar mis días en paz. Estoy cansado, cansado, muy cansado” (29).

Especiales dolores de cabeza le produjeron a Lagrange los manejos del P. L. Fonck, primer rector del Instituto romano.

Son desgarradoras las memorias del Padre al respecto. “Como ya lo presentía, estábamos amenazados. Cuando el P. Fonck se decidió a fundar una sucursal del Pontificio Instituto Bíblico de Roma en Oriente, no se atrevió de primera a fijar su elección en Jerusalén” (30).

En varios periódicos (31) se fue difundiendo el comentario de que Pío X desconfiaba de la ortodoxia, que faltaría a veces en otras escuelas bíblicas, razón por la cual se habría decidido el Papa a confiar en la garantía de absoluta buena doctrina, que veía en el Instituto Romano.

La sucursal oriental del Instituto jesuita habría tenido que instalarse en el Monte Carmelo, pero “razones independientes a la voluntad de la Santa Sede se opusieron a ello. Después de largos estudios y según el consejo de personas competentes, se resolvió tomar como sede a Jerusalén”.

El 14 de setiembre de 1911, el P. Fonck me decía las mismas cosas, salvo lo referente a la ortodoxia, pero lo que no me decía a mí, lo decía a quien quisiera escucharlo y que me rompería los riñones; estas declaraciones hostiles me han sido referidas por demasiadas personas dignas de fe como para que pueda dudar al respecto” (32).

Los jesuitas de la actualidad deploran con pena y abiertamente estas tretas de muchos de sus cofrades de entonces (33).

Véase el comentario de la situación según P. Grelot: “Fue justamente la absoluta obediencia religiosa del padre la que salvó su obra de exégeta. El Papa Pío X no comprendía mucho los problemas de crítica bíblica y lo espantaba el peligro del modernismo; pero jamás habría condenado a un «religioso obediente» (34). En 1913 invitó al P. Cormier a que hiciera regresar al padre Lagrange a Jerusalén, para que prosiguiera sus comentarios al Nuevo Testamento: lo esencial era que defendiese la Sagrada Escritura contra Loisy.

En ocasión de este centenario (35) se recogieron dos volúmenes de ensayos: L’Écriture en Église: Choix de portraits et d’ exégèse spirituelle (1890–1937)(Editions du Cerf, 1990) y Exégète à Jérusalem: Nouveaux mélanges d’ histoire religieuse (1890–1939), «Cahiers de la Revue Biblique» (Gabalda, 1991). Los dos libros son presentados por el padre Maurice Gilbert, rector del Pontificio Instituto Bíblico. Fue una justa reparación a la antigua hostilidad del padre Fonck, fundador de este Instituto (36). Da pena leer los recuerdos del padre Lagrange respecto a sus maniobras, en las páginas 196–209 del libro que he citado antes (37) («¿tanta hiel entra en el ánimo de los devotos?» - ¡No se trata del ánimo del padre Lagrange!).

Todos estos trabajos del pionero de la exégesis católica, que ha hecho escuela en todos los países del mundo, no han sido publicados sólo como un homenaje póstumo, sino como una invitación a seguir sus huellas. Sin olvidar, sin embargo, que la renovación de los problemas, de los métodos, de las necesidades, que se aprecian en los varios tipos de publicaciones, modifica la posición de los mismos problemas. La verdadera fidelidad a la tradición viva nunca es una pura repetición del pasado. Concebir la fidelidad como un «retorno a lo idéntico» es el drama de todos los integrismos, de ayer y de hoy” (38).

Sin conocimiento de aquel elogio de Pío X (enviado al P. Cormier el 16 de agosto), el P. Lagrange, había tenido, sin embargo el impulso de escribir directamente al Papa una admirable misiva, transida de humilde respeto, a la vez que lúcidamente inteligente, en lo que se refería a la poca justicia, con que se venía tratando su caso.

Rememora el Padre: “Me levanté ese 17 de agosto, con una carta que salía completamente acabada de mi espíritu y la envié en el mismo día. Transcribo mi borrador:

«Santísimo Padre, prosternado a los pies de Su Santidad, vengo a asegurarle mi dolor de haberlo entristecido y mi obediencia. Mi primer movimiento ha sido, y será siempre mi último movimiento, someterme de espíritu y corazón, sin reserva, a las órdenes del Vicario de Jesucristo. Pero precisamente porque me siento con el corazón de hijo, el más sumiso, que me sea permitido decir a un Padre, el más augusto de los padres, pero padre al fin, mi dolor sobre las consideraciones que aparecen unidas a muchas de mis obras, por otra parte indeterminadas y que estarían manchadas de racionalismo. Que estas obras contienen errores, estoy pronto a reconocerlo, pero que hayan sido escritas en un espíritu de desobediencia a la tradición eclesiástica o a las decisiones de la Pontificia Comisión Bíblica, dígnese Santísimo Padre autorizarme a declararle que nada estaba más lejos de mi pensamiento. Quedo de rodillas ante Su Santidad para implorar su bendición” (39).

Pío X se mostró muy bien impresionado por la misiva y solicitó que fuera publicada.

Concluyendo estos recuerdos tan dramáticos, el P. Lagrange resume la grandeza de su fe con estas sencillas palabras: “Mi único deseo es morir en la unión de la Iglesia católica y en la gracia de Jesucristo mi salvador, asistido por la Virgen Inmaculada. Mi intención ha sido siempre servir a la Santa Iglesia, por lo cual lamento amargamente haber turbado a tantas almas. Una vez más someto todo lo que he escrito al juicio del Vicario de Jesucristo, al que pido muy humildemente indulgencia y perdón – Jerusalén, 10 de abril 1926” (40).

La vida y obra del P. Lagrange se encuentra actualmente en estudio con vistas a su beatificación.

Da noticia de ello J. Guitton: “He escrito esta obra a petición del Papa Juan Pablo II. El 12 de diciembre de 1990, el Santo Padre me escribía desde Castelgandolfo: «Está Ud. escribiendo un libro sobre el Padre Lagrange con objeto de presentar su canonización. He sido yo quien le ha encargado ese trabajo».

Los obispos de la región apostólica de Provenza – Mediterráneo se unieron a Mons. Joseph Madec, obispo de Fréjus–Tolon, para solicitar la introducción de la «causa de canonización» del Padre Marie-Joseph Lagrange, el 19 de marzo de 1990” (41).

 

VIII - ¿Un Magisterio contraproducente?

 

Ante las penurias padecidas por hombres eminentes y honestos como Lagrange, muchos se insurreccionan contra la estrechez de miras del magisterio pontificio, tanto en la “Pascendi”, como en las primeras respuestas de la Pontificia Comisión Bíblica (42).

No ha faltado quien expresara el siguiente juicio denigrante: “Las medidas coercitivas de Pío X han infligido daños inconmensurables a la ciencia bíblica católica, haciéndola retroceder cien años. La culpa la tuvo, en primer plano, un falso concepto de Tradición por parte del magisterio, que se mostró incapaz de distinguir entre la tradición histórica y la teológica y por ello pretendía ser competente también en cuestiones puramente histórico–críticas. Lagrange no despreció la tradición, pero se negó a hacer de la tradición un ídolo muerto. La tradición debe unirse siempre con progreso, necesita ser probada constantemente” (43).

Lo rescatable de estas observaciones ya lo enseñaba P. Battifol en su escrito: “Evolutionnisme et Tradition” (44). Nadie censuró aquella postura en los tiempos confusos del modernismo.

Pero aquello de que la “historia misma muestra que no tiene historia” no ha sido respetado por los modernistas, ni, en la actualidad, por el mismo Haag (45).

Por lo mismo, el magisterio de la Iglesia ha de estar vigilante, para que esas riquezas inconmovibles no se vean adulteradas en los vaivenes infaltables de la historia, pero que han de ser cuidadosamente calibrados. “En la Iglesia, como en toda sociedad de hombres -advierte Levie-, hay que dejar al progreso legítimo de las ideas el tiempo de formarse y madurar poco a poco. Lo esencial es saber que la marcha fundamental está asegurada por las garantías divinas, pese a las inevitables imperfecciones humanas” (46).

Hay, pues, que admitir imperfecciones en las tomas de posición del Magisterio en aquella época turbulenta. Pero la rebeldía por sistema, irrespetuosa ante la comprensión más lenta de todo el cuerpo eclesial, no ayudará mucho para que se progrese manteniendo, a la vez, lo que es irrenunciable.

De este modo comprensivo presenta las intervenciones magisteriales frente, al modernismo, P. Grelot: “En 1907 todas las cuestiones pendientes quedaron sin resolver. Lo que hizo el magisterio eclesiástico fue exigir una actitud teológicamente correcta al respecto y una formulación precisa de la misma para reemprender su examen ab ovo. Con todo, no debemos pasar por alto que las tomas de posición oficiales se hicieron desde un contexto cultural bien definido. La cuestión del método histórico era entonces un tema candente y nada claro. En los estudios históricos predominaba una concepción positivista del «hecho objetivo», análogo a los «objetos» de la naturaleza;... Al magisterio eclesiástico no le incumbía la solución de estos problemas técnicos, aunque tales deficiencias metodológicas dificultaban el ejercicio de su misión. Se veía obligado a tocarlos en la medida en que el anuncio del evangelio está ligado a un acontecimiento histórico superior: la venida al mundo, la vida terrena, la muerte y el más allá de la muerte de Jesús, Mesías e Hijo de Dios, Verbo de Dios encarnado (Jn 1, 14)” (47).

Esta convicción, vivida en profunda fe, es la que sostuvo al P. Lagrange pese a los recelos de tantos de sus contemporáneos, que no acertaban a ver cómo sus finos análisis histórico–exegéticos podían componerse con la perenne verdad de la divina revelación vivida en la tradición del Iglesia.

Podemos sumar testimonios de sintonía magnánima ante este papel del magisterio en la pluma de grandes exégetas. Por ejemplo M. Pouget, contemporáneo de Loisy y Lagrange.

Roma –decía– procede por vía de autoridad y hay que confesar que tiene razón. Por trescientos o cuatrocientos espíritus críticos, hay millones y millones de almas, y es el pueblo.

La Iglesia es un gran cuerpo. Ella tiene el tiempo para ella. El ambiente cambia poco a poco: esto da razón a la paciencia romana. La Iglesia no puede caminar con prisa, porque escandalizaría a los creyentes y no salvaría a los incrédulos. Las almas son muy susceptibles en cuanto a las cuestiones de la fe. Los antiguos Padres hablaban de religión de manera que eran comprendidos por sus contemporáneos. Maspero (48) le dijo un día a uno de mis cofrades, que iba a sus cursos: Ud. se ha encargado de las almas, Ud. está obligado a tomar precauciones más que los demás” (49).

De este modo, salvando siempre lo fundamental, en aspectos que no tocan a la incambiable verdad revelada, el magisterio fue modificando sus decisiones más bien de tipo disciplinar.

Por ejemplo, la Pontificia Comisión Bíblica ha hecho un camino considerable, desde sus primeras respuestas demasiado rígidas (50) hasta la Carta del P. Vosté (51) al Card. Suhard (1948), donde se invita a los estudiosos católicos a estudiar los problemas del Génesis (52) sin ninguna idea preconcebida, a la luz de una sana crítica y de los resultados de las otras ciencias involucradas en estas materias (53).

Ante los progresos admitidos en el ámbito de la exégesis católica, se planteó un problema, ante una nueva edición del Enchiridion Biblicum. ¿Seguirían figurando en él aquellas soluciones, al parecer ya obsoletas?

El P. Kl. Stock, actual secretario de la Pontificia Comisión Bíblica, así expone esta coyuntura: “Quedaba todavía cierta vacilación en cuanto a las otras respuestas. La encíclica (54) había expuesto los principios de interpretación, pero no había mencionado o modificado las respuestas. La carta al Card. Suhard se refería solamente a tres de ellas. ¿Pero cuál era la validez de las otras, que fueron emitidas con tanto vigor y habían impuesto límites tan estrechos al trabajo de los exégetas católicos?

En 1954 la PCB publicó una segunda edición del Enchiridion Biblicum, que contiene los documentos eclesiásticos sobre la Sagrada Escritura; naturalmente allí estaban también las respuestas. Al año siguiente a esta edición fue presentada y también comentada por el secretario de la PCB, el benedictino Athanasius Miller (55), en lengua alemana y por el subsecretario, el franciscano Arduin Kleinhans (56), en latín. En referencia a los decretos de la PCB, ambos dicen en un paso idéntico, y obviamente concordado, que el exégeta puede proseguir sus indagaciones científicas con plena libertad en lo que toca a las afirmaciones de estos decretos que no conciernen a verdades de fe o de moral. Se apunta también al contexto histórico que ha dado origen a estos textos, al tiempo de un liberalismo y racionalismo virulentos.

Estos comentarios fueron acogidos con gran atención y alivio. En el mismo año, por ejemplo, el benedictino J. Dupont los cita ampliamente en un artículo suyo (57). También él recuerda el contexto histórico y observa: “Tachar de mezquindad a los decretos de la Comisión Bíblica, probaría simplemente que el autor de un tal juicio carece de sentido histórico. Los decretos fueron emanados en un período particularmente difícil y peligroso para la vida de la Iglesia, cuando ella debía afrontar al mismo tiempo tanto los ataques que venían desde fuera como una actividad corrosiva, interna a ella, por parte del modernismo. Situación tanto más peligrosa cuanto la ciencia bíblica católica estaba poco preparada para superar estos obstáculos. Había un estado de asedio. A una situación excepcional corresponden medidas excepcionales” (58).

A lo cual habría que añadir la apreciación de un protestante honesto, que, pese a sus reservas, captó muy bien la situación.

El ya citado L. Alonso Schökel, ante quienes opinan, que aquellas medidas fueron demasiado rígidas y que dieron por resultado un coartar gravemente la investigación, contrapone la declaración de la máxima autoridad en el terreno de la arqueología, historia y filología bíblicas. Se refiere “a W. F. Albright, quien presentando al público protestante la obra de un profesor católico decía: «Las respuestas de la Pontificia Comisión Bíblica respecto a los límites de la investigación crítica del AT fueron promulgadas entre 1905 y 1910, después de prolongado estudio por parte de un consejo especializado; como se puede esperar en asunto eclesiástico tan serio, las respuestas se inclinaban con gran peso hacia el lado conservador. Es cosa sabida que muchos de los llamados Modernistas, p. e. Loisy, fueron tan extremistas en su crítica, que los Católicos ortodoxos se escandalizaron y reaccionaron vigorosamente. Personalmente, como protestante convencido, creo que la reacción fue exagerada y que las Respuestas eran demasiado estrechas. Pero pusieron límite a los excesos de la crítica literaria e histórica, que desde el camino protestante se extendía rápidamente al católico. El resultado es que la investigación católica del AT ha quedado libre del incomparable flujo de necedades, característico de la investigación protestante en los últimos cincuenta años. Con lo cual no quiero negar ni el mérito ni el demérito de gran parte de la investigación bíblica de círculos católicos»” (59).

 

IX – Lagrange “al servicio”

 

Un personaje tan importante para la renovación de la ciencia bíblica en la Iglesia católica, como todos lo reconocen, no se dejó mover, sin embargo, por ansias de protagonismo. Como bien reza el título del libro, que fundamentalmente nos ha servido de guía: “El Padre Lagrange al servicio de la Biblia”, no al suyo propio. No se valió de sus dotes excepcionales, del prestigio ganado con denuedo, de la fundada fama de su Escuela de Jerusalén y su Revue Biblique, para salir a la prensa y defenderse, concitando a su favor el reconocimiento de los competentes.

En sus escritos más íntimos hemos comprobado cómo se declaró “siempre dispuesto a callarse y retractarse”; de qué modo heroico renunció a ocuparse del Antiguo Testamento, más aún hasta qué desprendimiento total llegó, al declarar que estaba convencido de tener que “no ocuparse de Sagrada Escritura” en absoluto, para mostrarse dócil a la Santa Sede. Sostenía, que “su persona no debía contar para nada”. Escribió a Pío X que su “primer y último movimiento sería el someterse a las órdenes del Vicario de Cristo”, para terminar sus recuerdos, con esta especie de testamento: “Mi único deseo es morir en la unión de la Iglesia”.

¿Denotará tal actitud servilismo, adulonería hacia el poder, falta de personalidad?

Nadie podrá decirlo honradamente, si recordamos la colosal energía desplegada por Lagrange, logrando cimentar el justo renombre que adquirió su obra y el equipo de grandes sabios que lo secundó.

Es que, como dijo alguno: “Adulto o no, nadie hace la experiencia de la libertad si no es por la disciplina”. Si se preguntara a más de uno, quién fue el autor de esta frase, las respuestas se orientarían hacia algún Torquemada o mariscal prusiano. Y bien, no: la sentencia pertenece a D. Bonhöffer, aquel teólogo protestante, apasionado por la libertad en lucha contra Hitler (60).Y comenta el P. De Lubac: “Es paradojal que una evidencia tal deba ser recordada a tantos reformadores” (61).

La figura ejemplar de Lagrange ha de servirnos también hoy, porque las confusiones que encaró la “Pascendi” no han desaparecido del todo en la Iglesia, según lo afirmó ya Pablo VI, a poco de concluido el Vaticano II, refiriéndose a ciertos brotes “de modernismo en diversas tentativas de expresiones heterogéneas, extrañas a la auténtica realidad de la religión católica” y en el predominio que se da a las tendencias psicológico–culturales, propias del mundo profano, por encima de la fiel y genuina expresión de la doctrina y de la norma de la iglesia de Cristo (62).

Es que, desde el envío de Cristo a evangelizar a todas las naciones, se impuso y estará vigente hasta el fin, el diálogo, que ha de tener muy en cuenta a los destinatarios mismos de la misión: el universo entero, con su historia diversificada, culturas diferentes, virtudes y errores. De allí que, entre los signos que acompañan la predicación, se anote: “hablarán lenguas nuevas” (Mc 16, 18). Lo cual supone traducción, adaptación, comprensión de mentalidades distintas, en fin, intercambio con lo “moderno” de cada época.

Pero, y de entrada, constatemos que la dispersión por los caminos del mundo no significa atomización del mensaje. Pues, como manda Jesús en Mateo, los apóstoles han de ir a todas las gentes, usando sus idiomas y con las debidas transposiciones, pero enseñando siempre “lo que yo les he mandado” (Mt 28, 20), no cualquier otro invento. Ello implica un doble trabajo: atención tanto al receptor, como al mensaje, que no ha de ser adulterado, sin que la preferencia de un elemento vaya en desmedro del otro.

De ahí que, diez años después de su advertencia sobre emergencias de modernismo, el mismo Pablo VI previniera contra un particularismo y temporalismo, que no deja percibir lo unificante y permanente: “No será seguro ni estaría exento de peligros, hablar de tantas y tan diferentes teologías como continentes y culturas. Pues el contenido de la fe, o es católico o ya no es tal. Por otra parte, todos nosotros hemos recibido la fe a través de una tradición ininterrumpida y siempre constante: Pedro y Pablo no la disfrazaron para adaptarla al mundo judío, griego o romano, sino que velaron con el máximo cuidado por su autenticidad, por la verdad de un único y mismo mensaje presentado en lenguas distintas (Hech 2, 18)” (63).

Recuerda asimismo el Papa que el contenido de la fe “o es católico o ya no es tal”. En efecto, católico, por su misma etimología (kath–hólon), significa “según el todo”, teniendo en cuenta lo universal. Entonces traicionaría su esencia quien se detuviera en la “parte”, que se percibe con viveza y urgencia en tal región o tiempo, desdeñando la “comunión con todos los santos” (Ef 3, 18), los del presente y los del pasado. En poca consonancia estaría con el todo, quien viviera de sus problemas y esquemas, con indiferencia respecto a lo que se percibe en otras latitudes o lo que se ha descubierto en tiempos pretéritos.

Si se quiere evangelizar, hay que estar auscultando “lo moderno”, claro está, pero no a la manera de Loisy, quien se mimetizó tanto con el protestantismo liberal, que perdió de vista los lazos de continuidad con un Evangelio que no pasa, por más que se desvanezcan cielo y tierra (Mc 13, 31).

Como lo expresaba H. U. von Balthasar: “No se trata de ignorar las cuestiones radicales que afrontan cada día las iglesias locales. Pero existe el peligro real de encerrarse en una experiencia limitada, de contentarse con el análisis ambiguo de los «hechos de vida» o de reducir la caridad evangélica a una práctica de la solidaridad humana. Con ello los creyentes corren el riesgo de no tener un lenguaje lo suficientemente riguroso y disolver su comunión original en su indiscutible diversidad” (64).

La historia se encarga de comprobar que no siempre la parte más “ilustrada” en las contiendas doctrinales fue la que estaba en la justa verdad; la observación de este dato fue uno de los motivos científicos, que movió a Newman a abrazar la fe católica.

Por eso, nunca podrá ser criterio a seguir “lo nuevo por lo nuevo”. Nuevo es el diente que apunta en la encía del bebé. Nuevo es también el tumor maligno, que se declara en un paciente. Por lo cual, tampoco hay que dejarse encandilar por el actualismo, pues también hoy la cizaña está mezclada con el trigo y no es oro todo lo que brilla. Así lo delataba sagazmente el sociólogo Peter Berger: “La época actual se cree aparentemente inmunizada contra toda suerte de relativización. Se acusa a los autores del Nuevo Testamento, por haber tenido una falsa conciencia, en cuanto que estaba enraizada en su propia época. Pero el estudioso moderno, sin el mínimo control, parece haberse convencido de que su propia época –nuestra época– es necesariamente una bendición integral. En otros términos, intelectualmente hablando, un electricista o un radioescucha debería ser colocado por encima del Apóstol Pablo” (65).

En consecuencia, según muchos, la función del sucesor de Pedro consistiría en ser una especie de secretario de las Naciones Unidas de la Fe; una gran agencia de encuestas, que ratificaría las tendencias de mayor eco en las Iglesias.

Pero, dado que éstas, a su vez, están auscultando al mundo, en último término el magisterio residiría en las oleadas de pensamiento o acción más bullangueras del momento.

¿Es esto caricatura fácil? Baste un somero recuento de la seguidilla de “teologías”, que se han sucedido en los escaparates durante pocos decenios, para calibrar qué escasa seriedad pudo haber en publicaciones tan caducas: teología de la muerte de Dios, de la ciudad secular, de la esperanza, teología política, de la revolución, de la liberación; teología negra, latinoamericana, centroeuropea, vasca, indigenista...

De todo se ha hecho teología, menos del objeto incluido en su misma definición: Theos (Dios). Pues se lo mimetiza detrás del prójimo, del “futuro” o de la ecología, atrapándolo entre los engranajes de nuestros proyectos, sin darle un lugar explícito por lo que ÉL es, que fomente la teología de la oración, del culto, de la alabanza gratuita, de la espera de la Parusía, que permita aquellos anhelos de Pablo (en medio de acuciantes preocupaciones pastorales): “Ansío disolverme, para estar con Cristo” (Filip 1, 23). Con lo cual no estamos preconizando una “fuga mundi”, sino tratando de que no se olvide la jerarquía de valores, presente en la revelación, sobre la que ha de reflexionar la teología.

 

X – La exégesis bíblica desde Lagrange

 

Los acerbos sufrimientos de Lagrange, unidos a una fe oscura y probada, no fueron estériles. Ya hablamos de la apertura que se registró en la misma Pontificia Comisión Bíblica (66). Así evalúa estos resultados P. Grelot: “No conocí al padre Lagrange en vida, pero había leído, no bien logré procurármelo, el volumen dedicado a su memoria por el padre F.– M. Braun: L’Oeuvre du Père Lagrange; Étude et bibliographie (Friburgo 1943). El padre era más que un maestro un ejemplo: había abierto un camino en el que era necesario comprometerse. En 1942 la encíclica Divino Afflante Spiritu confirmó sus puntos de vista retomando implícitamente su doctrina de la inspiración: en cierto sentido, por tanto, canonizaba la orientación crítica y teológica de su trabajo. Por lo cual, a partir del momento en que tuve que estudiar el Nuevo Testamento, los trabajos del padre Lagrange y de l‘École Biblique de Jerusalén... llegaron a ser para mí una fuente esencial” (67).

Sin embargo, tales frutos recogidos por el último concilio ecuménico, no fueron aprovechados en las décadas posteriores.

Así, a veinte años de aquella asamblea, en el Sínodo Episcopal, que hacía su balance, se oyeron testimonios como éstos: “Parece que se la conoce poco (a la Dei Verbum) y que no se aplica correctamente... Se desea, pues, que la renovación bíblica destaque que la Sagrada Escritura es Palabra viva, que se lee en la Iglesia. Por lo tanto, una exégesis no puramente crítica, sino teológica y eclesial” (68).

I. De La Potterie, al despedirse de su fecundo profesorado en el “Biblicum” de Roma (69), avizoraba este horizonte sombrío: “El estudio de la Biblia, como las demás ciencias eclesiásticas, está amenazado hoy por la oleada de la secularización, que ha invadido nuestro mundo. Aquellos que se dedican a la exégesis científica con frecuencia ignoran la tradición de la Iglesia y creen que han de encerrarse en una serie de operaciones puramente técnicas, fuera de la fe. Pero de este modo arriesgan, pese a inmensos esfuerzos, el «estar siempre aprendiendo, sin llegar jamás al conocimiento de la verdad» (II Tim 3, 7). ¿Por qué? Porque la verdad de la Escritura no es la verdad en sentido positivista de la ciencia moderna, sino «la gracia de la verdad» (cf. Jn 1, 14.17), la verdad revelada, el Evangelio que nos salva (cf. Ef 1, 13). Un verdadero trabajo científico sobre esta verdad no puede ser practicado más que dentro de una «ciencia de la fe»” (70).

Admitiendo la exactitud de estas presentaciones, creemos que además de tales deficiencias, que todavía subsisten, no sería justo olvidar a fecundos autores, que después de Lagrange, Batiffol y otros grandes de la exégesis católica, han ilustrado también la producción científica: Vaccari, Benoit, Straubinger, Lyonnet, Vanhoye, Alonso Schökel, Zerwick, Dahood, Schlier, Schnackenburg, Martini, Fusco, Ravasi, Segalla y tantos otros, que sería largo enumerar, han dado brillo a los comentarios y trabajos de toda índole, por parte de la ciencia escriturística católica.

Además, los últimos documentos emanados por la Pontificia Comisión Bíblica han sido muy bien acogidos por la comunidad científica (71), sobre todo el referente a la Interpretación de la Biblia en la Iglesia (1993) (72) y el último: “El pueblo judío y sus Sagradas escrituras en la Biblia cristiana” (73).

Habría también que señalar el gran impulso dado a la “Lectio divina” y el interés suscitado por la mayor amplitud dada al leccionario litúrgico, después del último Concilio.

 

Resumiendo: la “Cuestión Bíblica”, tal como estuvo planteada por los exponentes mayores del modernismo, se vio enredada en una concepción evolucionista, según la cual la historia, sin más intérprete que un sentimiento religioso en búsqueda de Absoluto, sería por sí misma reveladora del Espíritu (en el sentido hegeliano del término) y, por lo mismo, del hombre en su relación con el Absoluto. Tal fue la postura de Loisy y otros.

Lagrange, en cambio, admitiendo el método histórico como compatible con la intervención de un Dios eterno y, por lo mismo trascendente a los ritmos temporales, se puso en las antípodas de una concepción coránica de la revelación divina y del libro que la contiene. Dios no dictó desde los cielos palabras incontaminadas por vicisitudes históricas, sino que se manifestó en Israel, en medio de lo más crudo de los acontecimientos, articulados con la palabra de los profetas, inspirada por Dios, que los iluminaba, a la vez que los superaba, no agotándose en ellos.

Igualmente en el Nuevo Testamento: aquí el centro es Jesucristo, sin duda una figura humana, pero con una pretensión que escandalizó desde los comienzos, pues, como anunció Pablo en el Areópago: Dios “ha establecido un día para juzgar al universo con justicia, por medio de un hombre, que él ha destinado y acreditado delante de todos, haciéndolo resucitar de entre los muertos” (Hech 17, 31). Tal personaje, estuvo constantemente sometido al estudio de la historia. Sin embargo la supera, porque sólo ÉL “es el mismo ayer y hoy y por los siglos” (Hebr 13, 8).

 

La Plata, 4/IX/2007.

 

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1) “No horrorizándose (los modernistas) de seguir las huellas de Lutero” (S. Pío X, “Pascendi Dominici Gregis, 17 en: Colección de Encíclicas y cartas Pontificias, Buenos Aires – 1946 – 260).

2) S. Pío X, Ibid., 38 en: Colección de Encíclicas, 279.

3) L. Alonso Schökel, El hombre de hoy ante la Biblia, Barcelona (1959) 49.

4) Citado por R. García de Haro, Historia Teológica del Modernismo, Universidad de Navarra (1971) 120.

Con antelación, el mismo García de Haro había comentado: “Loisy... no llevó a cabo una verdadera labor de investigación crítica e histórica. Partió, como si fueran definitivos, de los estudios realizados por los exégetas protestantes” (ibid., 113).

El jesuita, P. Brucker, encargado por el cardenal Richard, antes de las primeras condenas, de redactar un informe sobre los cursos, que estaba desarrollando Loisy en el Instituto Católico de Paris, notifica que “M. Loisy se encuentra allí en pleno ambiente protestante... Su erudición es de segunda mano. Lee todo lo que aparece en Alemania e Inglaterra y acepta toda la exégesis protestante. La reproduce enseguida en sus artículos. No tiene cuenta alguna de la tradición. La enciclopedia protestante publicada en Alemania es su libro de cabecera”. (García de Haro, ibid., 119 y 113, n. 312).

5) Mostraba d’Hulst su simpatía por la que él llamaba “école large”, aprobando sus tesis, como la de la inspiración de los Libros Sagrados restringida sólo en sus afirmaciones tocantes a la fe y las costumbres.

Una vez publicada la encíclica de León XIII, d’Hulst se apresuró a mandar a Roma su retractación. (Ver: G. M. Perrella, Introduzione Generale alla Sacra Bibbia, Torino / Roma - 1958 - 82, n. 6).

Al respecto, opinaría M.-J. Lagrange: “Mons. d’ Hulst intervino con la intención manifiesta de darle una mano (a Loisy), sin comprenderlo demasiado exactamente”. (Le Père Lagrange au service de la Bible – Souvenirs personnels , Paris - 1967 – 52).

6) Citado por: C. Théobald, “L’Entrée de l’Histoire dans l’Univers Religieux et Théologique au Moment de la «Crise Moderniste»” en: J. Greisch, K. Neufeld , C. Théobald, La Crise Contemporaine – Du Modernisme à la Crise des Herméneutiques, Paris (1973) 40.

Según J. Levie, A. Loisy estaba notablemente dotado desde el punto de vista filológico y exegético, penetrante y perspicaz, pero con una marcada tendencia, por una parte a un escepticismo hipercrítico y por otra, a una ingeniosidad muy confiada en sus adivinaciones... Sus trabajos ulteriores, así como toda su actitud intelectual hicieron un daño inmenso al progreso de la exégesis católica; se instaló la desconfianza entre numerosas personalidades y en ciertas autoridades eclesiásticas contra las tendencias progresistas en exégesis, que se pensaba desembocarían fatalmente en semejantes desviaciones... (Su) método ha sido siempre demasiado estrecho, buscando inconscientemente, bajo la presión de la duda o la incredulidad, de reducir el pensamiento y la acción de Cristo al nivel humano de nuestra experiencia personal de los hombres y las cosas y negándose, por un falso escrúpulo de objetividad crítica, a plantear francamente, en todo juicio histórico sobre Cristo, la hipótesis sobrenatural, exigida por la fe, de una conciencia que estando en el tiempo, lo trasciende. Es menester tener el coraje de plantear francamente en el trabajo histórico la hipótesis del Cristo que nos presenta la fe, si se quiere poder comprobar que es ella la que justifica y sintetiza lo mejor posible, abarcando los datos de la historia, que el Cristo de la fe se encuentra perfectamente con el Cristo de la historia y lo completa”. (La Bible Parole Humaine et Message de Dieu , Paris / Louvain – 1958 – 52-53 y 69-70).

7) J. Levie, Ibid., 51.

8) Siendo joven estudiante dominico, tuvo que emigrar a Salamanca, al ser expulsadas las órdenes religiosas de Francia. De los estudios allí realizados recuerda: “El fondo de la enseñanza era la Summa de Sto. Tomás, estudiada en su texto, cuestión tras cuestión, artículo por artículo. Nada vale tanto como este contacto de todos los días con la letra del más grande de los teólogos... Admirable gimnasia del espíritu, que lo vuelve bastante ágil para evitar las aproximaciones, las generalizaciones confusas y que ninguna erudición puede reemplazar”. (Le Père Lagrange, 283).

Fijémonos de qué manera inaugura su tan innovadora y famosa obra, La Méthode Historique – La critique biblique et l’ église, inspirándose en un autor “antiguo” pero siempre tan “nuevo”: “Antes de comenzar, querría ponerme bajo el patrocinio del glorioso doctor de la orden de Santo Domingo, santo Tomás de Aquino. Lo que él representa hoy día para nosotros es el peso venerable de una tradición ya antigua. Lo que sobre todo llamó la atención de sus contemporáneos fue la extrema novedad de su doctrina. Guillermo de Tocco, su biógrafo autorizado, refleja bien esta impresión, empleando ocho veces la palabra nuevo para caracterizar su manera (sigue la cita)... Cuando se produce un movimiento, representado por hombres concienzudos y sometidos a la autoridad de la Iglesia, el reproche de novedad es decisivo sólo en materia de dogma; nadie tiene el derecho de prohibir al Espíritu Santo a que expanda sobre la Iglesia nuevas luces bajo pretexto de que los antiguos ya todo lo han visto y decidido” (Paris – 1966, 6ª éd., con prólogo de R. De Vaux, 23–24).

Este solo dato lo diferencia de su contemporáneo Loisy, quien escribía: “Ya he dicho también cómo el estudio de la Summa Theologiae, que emprendí en este tiempo, aumentó este malestar en lugar de calmarlo... El Ángel de las escuelas me desconcertaba por el atrevimiento de sus construcciones lógicas en las que yo no conseguía encontrar fundamento real alguno...” (Mémoires, 50. Citado por: C. Tresmontant. La crisis modernista, Barcelona – 1981 – 34).

9) J. Levie, ibid., 58–59.

10) “Aller Anfang ist schwer”. Se corresponde al más pintoresco italiano: “Roma non fu fatta in un giorno

11) J. Guitton, Retrato del Padre Lagrange – El que reconcilió la ciencia con la fe, Madrid (1993) 33.

12) Citado por J. Guitton, ibid., 34.

13) Comenzaron los ataques por parte del jesuita Méchineau, quien trató al P. Lagrange de desertor pasado al enemigo (Le Père Lagrange..., 92–93). El mismo patriarca latino de Jerusalén, Mons. Piavi, lo denunció en Roma, ante el Prefecto de Propaganda Fide, acusándolo de racionalismo e incluso de desviaciones “protestantes” (ver: ibid., 85–87).

14) A.–J. Delattre, Autour de la question biblique. Une nouvelle école d’exégèse et les autorités qu’elle invoque, Liège (1904).

15) Siguió una campaña contra “El método histórico”, con la intervención de la revista romana de los jesuitas: La Civiltà Cattolica (ver: Le Père Lagrange, 143).

16) De hecho, el libro de Loisy fue una respuesta al de A. v. Harnack : Das Wessen von Christentum (Leipzig - 1900), del que critica su desdén por la Iglesia, a la cual, con todo, tampoco él ubica en su debido lugar, al acuñar su célebre axioma: “Jesús predicó el reino de Dios y fue la Iglesia la que vino” (L’Évangile et l‘Église, Paris – 1902 – 111).

17) Le Père Lagrange, 121. Se refiere a: RB (1903) 292-313.

18) M.– J. Lagrange, La Méthode Historique, 169.

Véase idéntica postura sobre el aprecio de los progresos que hacía el método histórico por aquellos años, pero sin que su precio significara un desdén por el dogma, en la pluma del gran amigo y colega escriturista de Lagrange, Mons. P. Battifol: El concepto de ortodoxia ha sufrido un cambio significativo. Porque “encontramos provecho al escribir la historia de la elaboración de un dogma, en primer lugar, porque sólo la historia nos permite distinguir en un dogma el elemento esencial e inmóvil y el elemento poco a poco explicitado o inferido por la reflexión eclesiástica. El primero de estos dos elementos es una constante, de la cual la historia va mostrando que no tiene historia; el segundo elemento, al contrario, está legitimado porque tiene una historia... hemos de verificar la perpetuidad pieza por pieza, y allí donde no hay perpetuidad, sino desarrollo, hemos de seguir hasta el menor detalle las fases de este desarrollo. En lo cual, siguiendo al Cardenal Newman, abrimos una via media entre los viejos protestantes, que ven en toda fórmula eclesiástica... del dogma una intrusión...y aquellos escolásticos de hoy día, que a todo precio quieren que los Padres hayan pensado exactamente como ellos”. (“Évolutionnisme et Histoire” en: Bulletin de littérature ecclésiastique – 1906 – 174).

19) Que, según Loisy, era tenida erróneamente como inminente por el mismo Jesús (L’Évangile et l’ Église 141).

20) M.– J. Lagrange, La Méthode Historique, 179.

21) A. Schweitzer, Geschichte der Leben – Jesu - Forschung, München (1906). “La investigación histórica sobre la vida de Jesús no nació de un interés puramente histórico, sino que más bien buscaba al Jesús de la historia como una forma de ayudarse en la lucha contra el dogma, por liberarse del dogma. Posteriormente, una vez liberada de ese sentimiento, buscó al Jesús histórico en un modo que pudiera ser entendido por la generación en que llevaba a cabo su tarea. Para Bahrdt y Venturini, Jesús fue el instrumento de la Orden de los Iluminados a finales del s. XVIII. Para Reinhardt, Hess, Paulus y demás escritores racionalistas, Jesús fue el maravilloso revelador de la virtud verdadera conforme a la razón. Cada una de las épocas sucesivas de la teología encontró sus propias ideas en Jesús; de otro modo les hubiera resultado imposible revivificarlo

(A. Schweitzer, Investigación sobre la Vida de Jesús, Valencia – 1990 – 53–54).

22) M.–J. Lagrange, La Méthode Historique, 184-185.

23) Le Père Lagrange, 135. J. Guitton recuerda una frase del P. Lagrange, que no es un mero refrán piadoso, sino que ha nacido de una abnegada y sostenida actitud de fe: “Nada se arregla en la Iglesia fuera de la obediencia” (Retrato del P. Lagrange, 39).

24) Le Père Lagrange, 141.

25) “Pero las sospechas no cesaron. Para desarmarlas, renuncié enteramente al estudio del Antiguo Testamento, fuera de lo que tiene que ver con el Nuevo, y, dado que mis superiores no me autorizaban a decir adiós a los estudios bíblicos, me consagré al estudio del Evangelio. No era dejar un puesto libre. El P. Dhorme entraba como maestro en las relaciones de la Biblia con el Antiguo Oriente” (Le Père Lagrange, 172).

26) Ibid., 169. Lagrange manifiesta su acuerdo con la siguiente indicación del jesuita Yves de la Brière: “Este gran Papa ha actuado en algunos casos como esos jefes que proclaman el estado de sitio o la ley marcial en circunstancias, en que el peligro apremiante pide medidas excepcionales. Había peligro, el Papa lo sabía. A él le correspondía restablecer la seguridad general, aunque esto costara a algunos individuos. En ese momento mismo, se proponía publicar por fin una lista de proposiciones condenadas. No ha querido, sin duda, que, siendo severo con los unos, fuera demasiado indulgente con otros. El silencio le pareció la situación más propicia, para permitir a los espíritus meditar y poner al servicio las enseñanzas dadas por el decreto Lamentabili” (Ibid. , 170).

27) Sin embargo, según noticias más actualizadas, se ha de quitar del horizonte la finalidad de “competición” con L’École de Jerusalén, en la intención primera para la fundación del Instituto Bíblico romano, encomendado a la Compañía de Jesús, porque ya venía planeándose desde León XIII, gran protector del P. Lagrange. (Ver: R. Fabris, “Bibbia e magistero – Dalla Providentissimus Deus (1983) alla Dei Verbum (1965)” en: Studia Patavina, XLI (1994) 2, 326.

28) Le Père Lagrange, 190.

29) J.Guitton, Retrato del Padre Lagrange, 52.

30) Le Père Lagrange, 196.

31) Corriere della Sera (28/VII/1909), Débats (21/VIII/1909), L’Unità cattolica (24/XII/1912).

32) Le Père Lagrange, 198. El P. Fonck hizo una visita de cortesía al P. Lagrange, proponiendo, para explicar la situación una metáfora, aparentemente humilde. Comentó que se trataba de una lucha entre “un cacharro de barro (añadimos: los jesuitas incipientes) contra otro de hierro (los dominicos, ya desde años en la liza). Pese a nosotros –comenta Lagrange-, seríamos fatalmente observados como en oposición con un instituto no sólo pontificio, sino honrado con el favor del Santo Padre, favor que nos era rehusado. La menor polémica, que se hubiera vuelto inevitable, tomaría fácilmente el aspecto de una rebelión. Nosotros no queríamos nada de esto en absoluto”. El Padre acota: “La visita del P. Fonck me dejó en un gran abatimiento” (ibid., 199).

33) El P. Lagrange enumera también honrosas excepciones en la Compañía, que se alinearon junto a él: Delehaye, Peeters, Martindale, Grandmaison, Condamin, Durand (un poco Prat) Bouvier, Mariès, de Tonquédec, Pinard de la Boulaye, d’Alès (ibid., 201, n. 60).

34) En el colmo de estas angustias el P. Lagrange había escrito una carta al P. Cormier, general de los dominicos, de la que extractamos estos párrafos: “Para mí, personalmente, es claro que no debo ocuparme más de Sagrada Escritura... No es por descorazonamiento, es para mostrarme dócil a la dirección de la Santa Sede a mi respecto, esta vez muy clara... Lejos de incitar a los otros contra la autoridad, yo pido que se continúe... Mi persona no debe contar para nada, ¿no se lo he repetido cantidad de veces?... Pienso que Ud. podría muy bien presentar esta medida como un acto deferente ante las intenciones del Santo Padre” (Ibid., 358–359).

Efectivamente, se hizo llegar la carta al Papa, quien respondió al P. Cormier, el 16 de agosto de 1912: “He leído con la más grande satisfacción la hermosa carta del P. Lagrange, y tendrá Ud. la bondad de responderle que yo estaba bien seguro de sus sentimientos y que lo felicito por su plena sumisión” (ibid., 204).

35) Insertamos: de la fundación de l’ École Biblique, en 1990.

36) Ya en los últimos años de vida del P. Lagrange había comenzado un deshielo y acercamiento entre los jesuitas del “Biblicum” y el P. Lagrange. Así, cuando despuntaba ya la competencia, de quien sería más tarde gran exégeta del “Biblicum”, S. Lyonnet, “fue invitado por el P. Lagrange a redactar para la Introduction á l’étude du Nouveau Testament, II: Critique textuelle, los capítulos relativos a las traducciones armenia y geórgica. Se siguió de allí una larga correspondencia muy cordial entre el joven lingüista y el célebre exégeta”. (A. Vanhoye, “Notice Biographique” en: S.Lyonnet, Études sur l’ Epître aux Romains , Roma – 1989 – IX). Se encuentra el epistolario entre ambos en: Biblica (1990) 280–298.

Y. Congar relata que, conversando con el Card. A. Bea (que fuera rector del “Biblicum”), éste le informó personalmente que, en sus viajes a Tierra Santa, “había establecido contacto con el P. Lagrange, para superar la semitirantez (“demifroid”) entre l ‘École biblique y el Instituto”. (Y. Congar, Mon Journal du Concile, Paris – 2002 – I, 91).

37) Aclaramos: es el que venimos también “saqueando” para esta presentación: Le Père Lagrange.

38) P. Grelot, “Ritorno ai lavori seri” en su obra: Il rinnovamento biblico nel ventesimo secolo – Memorie di un protagonista, Cinisello Balsamo (Milano) (1996) 297–298.

39) Le Père Lagrange, 205.

40) Ibid., 215.

41) En su primera nota, añade: “El 4 de julio de 1991, con ocasión de mis noventa años, el Papa me escribía: “Me siento feliz al saber que ha terminado Ud. la redacción de su libro sobre el Padre Lagrange; me complacerá conocer un ensayo que ayudará a nuestros contemporáneos a reconocer en ese religioso un precursor de la exégesis y una figura de la Iglesia” (Retrato del Padre Lagrange, 9 y n. 1).

El importante documento de la Pontificia Comisión Bíblica sobre La Interpretación de la Biblia en la Iglesia (1993) hará también justicia a la denodada labor del P. Lagrange, destacando sólo su nombre entre los grandes de la exégesis católica más actual: “Aunque sus trabajos no siempre hayan obtenido el apoyo que se les da hoy, los exegetas que ponen su saber al servicio de la Iglesia, se encuentran situados en una rica tradición que se extiende desde los primeros siglos, con Orígenes y Jerónimo, hasta los tiempos más recientes, con el padre Lagrange y otros, y se prolonga hasta nuestros días” (ibid., III, B, 3, Buenos Aires – 2003 - 141–142. Resaltamos nosotros).

42) Instituida ya por León XIII el 30 de octubre de 1902 (Carta Apostólica “Vigilantiae studiique”). Sus primeras intervenciones fueron elaboradas en la atmósfera particularmente difícil de la crisis modernista, entre 1906 y 1914. Tratan sobre la autenticidad del Pentateuco (mosaica) y de otros libros del Antiguo y Nuevo Testamento, como también de algunos otros temas.

43) H. Haag, “Wider die Angst vor der Freiheit: Die Geschichte des Pioniers katholischer Bibelwissenschaft Marie – Joseph Lagrange (1855-1936)” en: Gegenentwürfe. 24 Lebensläufe für eine andere Theologie , ed. de H. Häring y K.– J. Kuschel (Publicación en homenaje a Hans Küng) München – 1988 – 280).

44) Ver más arriba: nota 18.

45) Negador de la existencia del Demonio (Abschied von Teufel, Einsiedeln – 1969). Lo mismo que H. Küng (en cuyo honor escribe este artículo Haag), quien ha rechazado la infalibilidad pontificia (Unfehlbar? – Eine Frage, Einsiedeln – 1970). De este último escribirá H. U. Von Balthasar: “En cuanto a Küng, que tiene la pretensión de seguir siendo cristiano, yo compruebo que su posición es la de un protestante liberal” (Viaggio nel postconcilio, Intervista di Angelo Scola, Supplemento al nº 10 di Trenta Giorni, novembre 1985, Milano).

46) J. Levie, ibid., 87, n. 1.

47) P. Grelot, Los Evangelios y la historia, Barcelona (1987) 31.

48) Egiptólogo francés (1846–1916).

49) J. Guitton, Portrait de Monsieur Pouget, Gallimard (1941) 284.

50) Sobre todo en el período entre 1906 y 1914, acerca de la “autenticidad mosaica del Pentateuco”, “índole y autor del libro de Isaías, de los Salmos; autor del Cuarto Evangelio” y asuntos por el estilo.

Fueron todas elaboradas en la atmósfera particularmente difícil de la crisis modernista”. (J. Levie, ibid., 87).

51) Secretario de dicha Comisión.

52) Fuentes del Pentateuco, el valor “histórico” de sus once primeros capítulos.

53) Enchiridion Biblicum, Neapoli – Romae (1956), Ns. 577–581.

54) “Divino Afflante Spiritu” de Pío XII (1939).

55) Cfr. “Das neue biblische Handbuch” en: Benediktinische Monatschrift 31 (1955) 49 s.

56) Cfr. “De nova Enchiridii Biblici editione” en: Antonianum 30 (1955) 63–65.

57) Cfr. “À Propos du nouvel Enchiridion Biblicum” en: Revue Biblique 62 (1955) 414–419.

58) Kl. Stock, “I cento anni della Pontificia Commissione Biblica” en: AA. VV., Atti della giornata per il 100º anniversario di fondazione della Pontificia Commissione Biblica – Roma, 2 maggio 2003 Città del Vaticano – 2003 - 17–18.

La misma consideración sobre la adecuada ubicación “histórica” necesaria, para hacer justicia a estas soluciones ya superadas, se leía en las notas de Miller y Kleinhans. Así se expresaba el primero: “Apenas podemos hacernos idea de la situación en que se encontraban los profesores católicos a la vuelta del siglo y del peligro en que se hallaba la doctrina católica sobre la inspiración y la Escritura, cuando la avenida de crítica liberal y racionalista amenazaba desbordar todas las barreras de las tradiciones hasta entonces santamente observadas. Ahora que la lucha ha cedido sustancialmente, y no pocas posiciones contrarias han sido superadas pacíficamente y algunos problemas se presentan bajo luz del todo nueva, resulta cómodo sonreirse de la «estrechez» y las «ataduras» entonces dominantes”. (Citado por L. Alonso Schökel en: El hombre de hoy ante la Biblia, 37–38).

59) Citado por L. Alonso Schökel, en ibid., 36–37.

60) Citado por H. De Lubac, L’ Église dans la crise actuelle, Paris (1969) 86.

61) Ibid.

62) Ecclesiam Suam en: Acta Apostolicae Sedis, 56 (1964) 618. Ver, en igual sentido, los párrafos de la “Audiencia General” del 19/I/1972, que figuran en el programa de estas Jornadas: “El modernismo representó la expresión característica de estos errores y bajo otros nombres está todavía de actualidad”.

63) Pablo VI, “Discurso de clausura del Sínodo de los obispos”, 26/X/1974.

64) H. U. von Balthasar, en: Communio, VIII (1979) nº 1.

65) P. Berger, Auf den Spuren der Engel – Die moderne Gesellschaft und die Wiederentdeckung der Transzendenz, Frankfurt am Main (1972) 66.

66) La Carta al Card. Suhard (1948). Posteriormente su InstructioSancta Mater Ecclesia” sobre la verdad histórica de los Evangelios (21/IV/1964), en la que, con los recaudos necesarios, se aceptan los métodos de la “Form” y “Redaktionsgeschichte”. Tal documento fue casi un preludio a lo que trataría la “Dei Verbum” el año siguiente (DV, 17–19) en el Vaticano II.

67) P. Grelot, Rinnovamento biblico, 316–317.

68) Card. W. Wakefield Baum, en: L’Osservatore Romano, 8/XII/1985 (ed. española, p. 14).

La relación final del Card. G. Daneels, recogía estos “desiderata”: “En este contexto se ve la importancia de la Constitución Dogmática «Dei Verbum», que quizá fue demasiado descuidada...También en esta Constitución es necesario evitar una lectura parcial. Principalmente la exégesis del sentido original de la Sagrada Escritura, que fue recomendada fuertemente por el Concilio (cf. «Dei Verbum», 12), no ha de ser separada de la viva Tradición de la Iglesia (cf. «Dei Verbum», 9), ni de la interpretación auténtica del Magisterio de la Iglesia (cf «Dei Verbum», 10). Hay que evitar y superar aquella falsa oposición entre la función doctrinal y la pastoral. Más aún, el verdadero afán pastoral consiste en la actualización y concreción de la verdad de la salvación, que en sí vale para todos los tiempos”. (en: L’Osservatore Romano, 22/XII/1985, – ed. española – p. 12).

69) 15/XII/1989.

Innegablemente la DV abría así un nuevo período para los estudios bíblicos en la Iglesia, por más que todavía hoy no parece que muchos se den cuenta de ello” (I. De La Potterie, “L’Istituto Biblico negli ottant’anni della sua Storia” en: La Civiltà Cattolica 3344 – 1989 - 167).

70) I. De La Potterie, “L‘Esegesi Biblica, Scienza della Fede” en: AA. VV. L’Esegesi Cristiana Oggi, Casale Monferrato (1991) 164–165.

Nueve años más tarde dibujará todavía un panorama similar en: “La Crisis de la Exégesis Contemporánea” en: Jornadas Bíblicas – Actas – Biblia y Hermenéutica, San Rafael (1998) 97–114.

Últimamente, una completísima tesis doctoral sobre el Documento de la Pontificia Comisión Bíblica acerca de “La Interpretación de la Biblia en la Iglesia”, comprueba lo siguiente: “En el pasado muchos estudiosos católicos de la Biblia recibieron una sustancial formación teológica en instituciones católicas, si bien la relación de la exégesis con la fe y la teología seguía siendo problemática. Pero, en años recientes los expertos católicos reciben su educación escriturística en instituciones seculares y la educación teológica es tenida como ampliamente irrelevante” (P. S. Williamson, Catholic Principles for Interpreting Scripture – A Study of the Pontifical Biblical Commission’s The Interpretation of the Bible in the Church, Roma – 2002 – 336, n. 6).

O sea: ya antes, cuando se requería la licenciatura en Teología, para ingresar a los grados académicos en Biblia, no estaban muy claramente delineadas las mutuas dependencias e influencias entre la dogmática y la exégesis. El problema, lejos de avanzar hacia un esclarecimiento, ha retrocedido, porque en la actualidad, se suele encarar el estudio de la Escritura con mente positivista, sin conciencia de la “analogía de la fe”. (Ver: DV, 12).

Ya precedentemente, el mismo autor había fotografiado así la situación actual: “Sin embargo, existe en la comunidad exegética una profunda cautela acerca de la íntima relación entre teología y exégesis, siendo considerada la primera como tendenciosa y dogmática y la segunda vista como científica. Esta cautela refleja una lenta reacción frente a un excesivo dominio de la teología dogmática y la autoridad de la Iglesia en el pasado. Esta reacción y la nueva apertura de la Iglesia a los métodos científicos a partir del Vaticano II, ha orientado hacia una tendencia en la exégesis a plantar sus tiendas en el reino de la ciencia positivista, y a abstenerse de discutir las implicancias teológicas de la Escritura o su mensaje religioso para la fe cristiana. Esto ha influenciado los cursos de Escritura en el Seminario y la Universidad, que a menudo se limitan a análisis históricos o literarios. Un prominente científico del Antiguo Testamento en una Universidad Católica de los Estados Unidos le contó a quien escribe: «El primer día de clase informo a mis estudiantes que soy sacerdote y franciscano, pero que desde ese punto de vista, ellos pueden esperar de mí que me acerque a los textos bíblicos exactamente igual a como lo haría con cualquier otro documento». (P. S. Williamson, ibid., 335).

71) Si bien tampoco faltaron críticas.

72) Ofrece una interesante panorámica de su recepción: M. Girard, “Il documento della Pontificia Commissione Biblica «L‘ interpretazione della Bibbia nella Chiesa»: Bilancio e prospettive” en: Atti della Giornata Celebrativa per il 100º Anniversario di Fondazione della Pontificia Commissione Biblica – Roma 2 maggio 2003, Cittá del Vaticano, 30–49. Igualmente la recién citada tesis doctoral de P. S. Williamson (ver la nota 70) y J. F. Fitzmyer, The Biblical Commission’s Document «The Interpretation of the Bible in the Church» - Text and Commentary, Roma (1995).

Es asimismo muy útil e interesante: G. Ghiberti e Francesco Mosetto, L ‘Interpretazione della Bibbia nella Chiesa, Torino (1998). En las págs. 101 a 104 ofrece cuatro densas carillas con bibliografía respecto a este documento.

73) Pontificia Commissio Biblica, Le peuple juif et ses Saintes Écritures dans la Bible chrétienne, Città del Vaticano (2001).

 

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Antony Flew y el descubrimiento del "jardinero invisible"

 

Lic. Néstor Martínez

 

Antony Flew se hizo famoso allá por los años 50, en los cuales publicó un artículo sobre la carencia de significado de la afirmación "Dios existe". Siguiendo la línea del positivismo lógico, Flew no afirmaba directamente en ese caso la inexistencia de Dios, ni la imposibilidad de demostrar la existencia de Dios, sino la misma falta de significado de la afirmación de la existencia de Dios.

 

El argumento consistía en desarrollar una parábola, propuesta anteriormente por otro filósofo, John Wisdom, acerca de un "jardinero invisible". Dos exploradores encuentran en un claro de un bosque unas cuantas flores y arbustos. Uno de ellos dice que eso es obra de un jardinero; el otro lo niega. Para ver quién tiene razón, plantan tienda en ese lugar y lo vigilan estrechamente, pero no ven nada. El "creyente" emite entonces la hipótesis de que el jardinero es invisible. Patrullan el lugar con sabuesos para que olfateen al presunto jardinero invisible, pero no ocurre nada. El "creyente" dice entonces que el jardinero, además de invisible, es inodoro. Ponen cercas electrificadas, para ver si con ellas logran detectar al jardinero, pero nada ocurre. El "creyente" dice entonces que el jardinero es además intangible e insensible a los choques eléctricos. Finalmente el "escéptico" dice: "¿Qué queda de tu afirmación original? ¿En qué se diferencia lo que tú llamas un jardinero invisible, intangible, eternamente elusivo, de un jardinero imaginario o aún de ningún jardinero?".

 

En cuanto a los artefactos que se proponen en la parábola para detectar la presencia del "jardinero invisible" y que fallan en hacerlo (vigilar de noche, poner una cerca electrificada, hacerlo olfatear por sabuesos, etc.), su esquema lógico es "Si existe X, entonces ocurrirá P". Es cierto que en caso de ser verdadera esta premisa, la no ocurrencia de P sería argumento suficiente para la inexistencia de X.

 

Pero el caso es que la premisa mayor de este argumento no es una verdad necesaria; a lo sumo es probable. "Si existe el jardinero indivisible, será atrapado por el alambrado electrificado" o "será olfateado por los sabuesos", puede ser probable, pero no necesariamente es verdadero. Puede haber muchas razones que impidan tanto la electrocución como el reconocimiento olfativo del jardinero. Por tanto, la no electrocución o el no olfateo no son argumento suficiente para negar apodícticamente la existencia del jardinero.

 

Ésta es la dificultad en general para demostrar negaciones de existencia. El hecho de no haber visto algo hasta el presente no quiere decir que ese algo no exista. Si su existencia es contradictoria en sí misma, como el caso del círculo cuadrado, o si contradice verdades necesarias, entonces sí, se puede negar con absoluta certeza. No así en caso contrario.  También se puede verificar la falsedad de una afirmación cuando se verifica que ocurre lo contrario de lo que ella afirma. Aquí entramos en el territorio propio del argumento de Flew.

 

En efecto, dicho argumento consiste en decir que si la hipótesis de la existencia de Dios conserva algún contenido, es refutable empíricamente, y si no es posible pensar una situación en que fuese empíricamente refutada, se vuelve sin sentido.  Pero justamente,  dice Flew, no podemos comprobar apodícticamente la no existencia de Dios, porque siempre se podrá retirar algo de sentido de esa hipótesis, para dar razón de la falla de algún procedimiento de verificación. Es decir, se hará de tal modo que la negación de la hipótesis no pueda ser verificada, debilitando la conexión entre el antecedente y el consecuente del condicional. Pero al hacer esto, es la hipótesis misma la que finalmente queda carente de significado.

 

Para explicar y analizar esto mejor, desarrollaremos el argumento de Flew en forma de silogismos.

 

Tesis: "La afirmación de la existencia de Dios carece de significado."

 

Argumento:

"Carece de significado toda supuesta proposición que en realidad no afirma nada.

Pero eso ocurre con la afirmación de la existencia de Dios.

Luego, la afirmación de la existencia de Dios carece de significado."

 

La Mayor de este argumento es obvia. En cuanto a la Menor, Flew entiende probarla así:

 

"No dice nada la supuesta proposición cuya negación tampoco dice nada.

Pero eso ocurre con la afirmación de la existencia de Dios.

Luego, la afirmación de la existencia de Dios no dice en realidad nada."

 

La Mayor de este nuevo argumento otra vez parece evidente. Los contrarios pertenecen al mismo género, dice Aristóteles, luego, la afirmación y su negación también, y entonces, si ésta no dice nada, aquella tampoco. Flew la prueba por medio de la ley de "doble negación": toda afirmación es igual a la negación de su negación, de modo que si la negación no dice nada, la negación de la negación, y por tanto, la afirmación, tampoco.

 

En cuanto a la Menor de este nuevo silogismo, Flew la probaría así:

 

"Una proposición es tal que su negación no dice nada si y sólo si su negación no puede ser verificada en ninguna hipótesis.

Pero la afirmación de la existencia de Dios es una proposición cuya negación no puede ser verificada en ninguna hipótesis.

Luego, la afirmación de la existencia de Dios es una proposición cuya negación no dice nada."

 

Concedemos la Menor de este nuevo silogismo. La existencia de Dios es una existencia necesaria. Es la única existencia necesaria, de modo que no es posible concebir un mundo en el que Dios no exista. Por tanto, es imposible concebir un mundo o una situación en la que se pudiese verificar la no existencia de Dios.

 

En efecto, las pruebas metafísicas de la existencia de Dios consisten en concluir que el mundo mismo no sería posible, sería contradictorio, en el caso de que no existiese una Causa Primera dotada de los atributos básicos de la Divinidad. En efecto, un ente contingente que exista por sí mismo, sin tener su razón última de existir en un Ser Necesario, sería algo contradictorio y absurdo. Y en un mundo contradictorio, la razón misma sería contradictoria y por tanto inservible.

 

Se debería aceptar que el ente contingente existe por sí mismo, siendo así que por definición puede tanto existir como no existir, o bien que la serie de causas actuales del ente contingente es infinita, al no haber una Causa Primera; pero entonces se debería aceptar que el ente contingente a la vez tiene y no tiene razón de ser, lo cual es igualmente contradictorio y absurdo. Pues un retroceso al infinito en la serie de razones de ser de la existencia del ente contingente equivale a la negación de que exista, en definitiva, una razón de ser de dicha existencia.

 

Ahora bien, en un mundo contradictorio, con una razón contradictoria, es claro que no se podría verificar nada.

 

Ni siquiera la no existencia del mundo creado sería un argumento válido para afirmar la no existencia de Dios, por la sencilla razón de que Dios no tiene por qué crear el mundo para existir y ser Dios, y además, si el mundo no hubiese sido creado, no habría tampoco nadie para registrar ese dato, salvo Dios mismo, el cual tampoco podría, obviamente, en esa hipótesis, concluir en su propia inexistencia. La no existencia de Dios no puede ser verificada, porque la existencia de Dios es la condición última de posibilidad de cualquier verificación.

 

En cuanto a la Mayor de este silogismo, presenta el principio filosófico fundamental de Flew, basado en el neopositivismo lógico: "toda proposición con sentido debe poder ser verificada". Con todo, si entendemos "verificación" en sentido amplio, que equivalga simplemente a "demostración", incluyendo la demostración filosófica, entonces no habría problema, al menos para el que sostiene la validez de la metafísica tradicional, en decir que la afirmación de la existencia de Dios puede ser "verificada", y por tanto, tiene sentido, puesto que puede ser demostrada filosóficamente dentro de la metafísica tradicional.

 

El neopositivista debería demostrar primero que dicha metafísica es inválida, para luego, recién, poder decir que el único criterio válido de verificación es el empírico. Y debería hacerlo sin usar ese criterio empirista de verificación como argumento, pues sería justamente lo que estaría en discusión. Pero el criterio empirista de verificación, a la postre, es el único argumento que el neopositivista maneja contra la metafísica tradicional.

 

Pero si decimos que para toda proposición con sentido debe ser posible concebir al menos el modo en que se podría verificar su negación, estamos diciendo implícitamente que toda proposición con sentido debe afirmar un hecho empírico. Porque sólo los hechos dados o dables en la experiencia son tales que es siempre posible concebir una situación en que dichos hechos no se darían y ese "no darse" de estos hechos podría ser verificado. Por ejemplo, para la afirmación "El agua hierve a 100º", una verificación de su negación sería hervir agua repetidamente durante un largo lapso de tiempo, y que el resultado fuese siempre o la gran mayoría de las veces notablemente distinto de 100º.

 

Ahora bien, la afirmación de que "toda afirmación con sentido debe afirmar un hecho empírico" ha sido ampliamente refutada desde los tiempos del neopositivismo lógico hasta hoy día. Lo más notable ha sido la comprobación de que esa misma afirmación no afirma un hecho empírico, y por tanto, es carente de sentido según lo que ella misma afirma.

 

Negamos entonces la Mayor. La no existencia de Dios no puede ser verificada en ninguna hipótesis, pero de ahí no se sigue que la proposición "Dios no existe" no afirme nada. La existencia de Dios no es un hecho empírico, ni es una verdad de hecho y contingente. Es una verdad metafísica, es decir, una verdad necesaria acerca de las condiciones de posibilidad de los hechos empíricos. Para la existencia de Dios, "ser un hecho" debe ser entendido de modo diferente a "ser una verdad de hecho". Simplemente quiere decir "ser verdad, ser algo real". El error del argumento de Flew está, entonces, en pedir una condición de sentido propia de un hecho empírico para lo que no es un hecho empírico.

 

No sabemos si son estos razonamientos u otros los que han ayudado a que ahora, en su vejez, Antony Flew afirme que Dios existe. No lo sabemos, porque no hemos leído aún el último libro de Flew: "There is a God", (Hay un Dios), publicado en Nueva York en el año 2007. El subtítulo es significativo: "Cómo el más notorio ateo del mundo cambió de opinión".

 

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La Iglesia Católica en Uruguay en números (1950-2004)

 

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

 

1.      Algunos síntomas de una realidad preocupante

 

El siguiente cuadro muestra la evolución de algunos indicadores básicos de la situación de la Iglesia Católica en la República Oriental del Uruguay a lo largo del período 1950-2004.

 

Cuadro 1 – Evolución de indicadores básicos

 

Año

Católicos

Población Total

% Cat.

Sac. Dioc.

Sac. Rel.

Total Sac.

Cat. / Sac.

Diác. Perm.

Reli-giosos

Reli-giosas

Parro-quias

1950

1.835.000

2.200.000

83,4%

152

510

662

2.772

0

658

1.313

130

1966

2.158.380

2.700.000

79,9%

245

417

662

3.260

0

618

2.031

203

1970

2.256.665

2.800.000

80,6%

227

409

636

3.548

2

641

2.133

208

1976

2.356.770

2.800.000

84,2%

206

395

601

3.921

6

617

1.905

221

1980

2.236.200

2.900.000

77,1%

189

366

555

4.029

12

536

1.548

224

1990

2.383.350

3.100.000

76,9%

216

322

538

4.430

37

479

1.627

225

1999

2.400.640

3.300.000

72,7%

236

282

518

4.634

65

422

1.518

230

2000

2.325.148

3.300.000

70,5%

217

272

489

4.755

63

426

1.395

228

2001

2.360.291

3.300.000

71,5%

215

271

486

4.857

63

398

1.281

228

2002

2.312.120

3.300.000

70,1%

208

274

482

4.797

65

395

1.208

227

2003

2.288.160

3.300.000

69,3%

205

267

472

4.848

65

390

1.126

227

2004

2.316.495

3.300.000

70,2%

203

256

459

5.047

76

382

1.089

226

 

Estos datos, con las salvedades expuestas a continuación, surgen del muy interesante sitio web Catholic Hierarchy (www.catholic-hierarchy.org), sumando los datos de todas las Diócesis del Uruguay:

 

·        Para algunas Diócesis tuve que hacer pequeños ajustes en la serie temporal, a fin de que todas las series fueran iguales. Por ejemplo, para algunas Diócesis faltaban los datos de 1970 y había datos de 1968. En esos casos tomé los datos de 1968 como si fueran de 1970.

·        Corregí cinco datos evidentemente erróneos: la cantidad de católicos de la Diócesis de Canelones en 1966, que era mayor que la población; las cantidades de católicos de la Arquidiócesis de Montevideo en 1966 y 1970, exageradamente más altas que los datos anterior y posteriores; y las cantidades de sacerdotes religiosos y religiosos varones de la Arquidiócesis de Montevideo en 1990, enormemente más altas que las cantidades anteriores y posteriores.

·        Corregí la columna “Población Total” teniendo en cuenta datos del Instituto Nacional de Estadística.

·        Recalculé los siguientes campos: “% Cat.” (Porcentaje de Católicos), “Total Sac.” (Total de Sacerdotes) y “Cat. / Sac.” (Católicos por Sacerdote).

 

Los datos del Cuadro 1 me merecen las siguientes consideraciones:

 

·        Dudo mucho que las cantidades de católicos indicadas sean más que estimaciones gruesas, dado que las respectivas series temporales de las Diócesis presentan a veces variaciones poco razonables. Sin embargo, pienso que, al sumar los datos de todas las Diócesis, esos errores probablemente se compensen (más o menos) los unos a los otros, salvo los que tuve que corregir para evitar aberraciones estadísticas.

·        Supongo que las cantidades de católicos se computan siguiendo el criterio propio del derecho canónico: es católica la persona bautizada en la Iglesia Católica que no se ha apartado de ella mediante un acto formal de cisma, herejía o apostasía. Las últimas encuestas sobre la religión en Uruguay dan porcentajes de católicos bastante menores (en torno al 50% ó 60%), pero generalmente se basan en el criterio (sociológico) de la auto-definición religiosa.

·        De todos modos, parece clara la existencia de una tendencia decreciente del porcentaje de católicos en el Uruguay en el período analizado. En 54 años, el porcentaje de católicos bajó un 13% (del 83% al 70%). Buena parte de este descenso (un 6%) se dio en la década de los ’90. El ritmo de descenso parece haberse aminorado bastante a partir del año 2000.

·        Los datos de las columnas “Sac. Dioc.” (Sacerdotes Diocesanos), “Sac. Rel.” (Sacerdotes Religiosos), “Diác. Perm.” (Diáconos Permanentes), “Religiosos” (varones, sacerdotes o no sacerdotes), “Religiosas” y “Parroquias” parecen confiables, ya que, salvo los dos casos ya explicados, no presentan irregularidades importantes.

·        De 1950 a 1966 la cantidad total de sacerdotes en el Uruguay se mantuvo constante (en 662). Sin embargo, esta constancia se logra a través de un aumento muy importante de los sacerdotes diocesanos, compensado por un descenso igual de los sacerdotes religiosos.

·        De 1966 a 2004 (la época post-conciliar) las cantidades de sacerdotes sufren un brusco descenso. En 38 años la cantidad total de sacerdotes disminuyó un 31%. La caída fue mayor en el clero religioso que en el clero secular (39% y 17%, respectivamente).

·        La cantidad de católicos por sacerdote creció casi continuamente a lo largo del período analizado. En todo el período aumentó un 82%.

·        El diaconado permanente fue restaurado por el Concilio Vaticano II (1962-1965). Por eso en 1950 no existían diáconos permanentes. La cantidad de diáconos permanentes del Uruguay creció rápidamente de 1970 a 1999. Desde entonces se mantuvo más o menos constante, salvo un importante aumento en el último año (2004).

·        De 1950 a 1966 la cantidad de religiosos bajó un 6%, mientras que la de religiosas tuvo un gran crecimiento (55%). También la cantidad de parroquias aumentó mucho (56%).

·        En cambio, en el post-concilio (de 1966 a 2004), las cantidades de religiosos descendieron drásticamente: se perdió un 38% de los religiosos y un 46% de las religiosas (cerca de la mitad en 38 años). No obstante, la cantidad de parroquias siguió creciendo, aunque moderadamente (11%).

 

El siguiente cuadro muestra la evolución de la cantidad total de sacerdotes en cada una de las diez Diócesis del Uruguay: Canelones, Florida, Maldonado, Melo, Mercedes, Minas, Montevideo, Salto, San José y Tacuarembó.

 

En 1950 existían sólo tres Diócesis en Uruguay: Montevideo, Salto y Florida-Melo. Entre 1950 y 1966 se crearon las restantes siete Diócesis, subdividiendo los territorios de las tres primeras.

 

Cuadro 2 – Evolución de la cantidad total de sacerdotes por Diócesis

 

Año

Can.

Flor.

Mald.

Melo

Merc.

Minas

Mont.

Salto

S.J.

Tac.

Total

1950

0

54

0

0

0

0

547

61

0

0

662

1966

70

30

16

29

34

14

353

60

27

29

662

1970

58

29

15

27

37

16

353

53

21

27

636

1976

63

24

16

25

30

18

348

33

11

33

601

1980

62

25

18

22

26

19

301

45

12

25

555

1990

53

21

19

23

27

14

290

51

17

23

538

1999

40

29

19

22

31

18

273

39

20

27

518

2000

37

28

17

20

27

16

262

37

19

26

489

2001

38

30

15

22

26

16

260

36

19

24

486

2002

39

29

16

21

25

14

258

37

19

24

482

2003

47

29

15

21

25

14

249

30

19

23

472

2004

44

27

14

19

23

14

244

31

20

23

459

Pérdida

37%

10%

13%

34%

32%

0%

31%

48%

26%

21%

31%

 

La fila llamada “Pérdida” indica el porcentaje de descenso de la cantidad de sacerdotes en el período post-conciliar (1966-2004).

 

Se puede apreciar que, exceptuando la Diócesis menos poblada (Minas), que mantuvo sus 14 sacerdotes, todas las Diócesis tuvieron pérdidas más o menos importantes. El porcentaje de pérdida del Uruguay (31%) coincide con el de Montevideo, la Diócesis más poblada del país. En algunas Diócesis (Canelones, Melo, Mercedes, Salto) la pérdida fue aún mayor. En el peor caso (Diócesis de Salto), se perdió casi la mitad de los sacerdotes (48%).

 

Si nos referimos a la cantidad total de sacerdotes en el Uruguay, la peor década fue la de los años ’70: de 1970 a 1980 hubo una pérdida del 13%. Sin embargo, la situación no parece haber mejorado mucho desde entonces, salvo la desaceleración de la caída en los años ’80: de 1980 a 1990 la pérdida fue de sólo un 3%, pero de 1990 a 2000 volvió a subir hasta un 9%; y lo peor es que, en lo que va del Siglo XXI, la caída continúa. En sólo cuatro años (de 2000 a 2004) se perdió un 6% de la cantidad total de sacerdotes. De continuar esa tendencia, la década 2000-2010 será aún peor que la década 1970-1980.

 

Hasta 1986, cuando la lectura del célebre libro “Informe sobre la fe” (del Cardenal Joseph Ratzinger -actual Papa Benedicto XVI- y el periodista Vittorio Messori) me despertó de mi ensueño “optimista”, yo era uno de los muchos católicos militantes “neo-triunfalistas”. Pensaba que en general todo iba muy bien en la Iglesia Católica en la época post-conciliar, la época mejor y más brillante de su bimilenaria historia. Los dos cuadros de datos analizados revelan algunos síntomas importantes (se podría añadir muchos otros, pero en esta ocasión quise atenerme a datos numéricos) que tienden a demostrar que yo estaba bastante equivocado y que la situación de la Iglesia (en particular en nuestro país) presenta unos cuantos aspectos muy preocupantes.

 

·        Supongamos, por el absurdo, que se pudiera admitir que la evolución de la Iglesia en el post-concilio fue una auténtica marcha triunfal;

·        y prescindamos por un instante de la visión de fe sobrenatural, que nos asegura que el Espíritu de Dios sostiene siempre a la Iglesia de Cristo, incluso durante sus crisis más graves;

·        creo que, en ese caso, al sopesar los notables descensos de los porcentajes de católicos y de las cantidades de sacerdotes, de religiosos y de religiosas en Uruguay en las últimas décadas, tendríamos que imitar la famosa frase que Pirro, rey de Epiro, pronunció después de vencer a los romanos en la sangrienta batalla de Ausculum (en 279 AC), y así exclamar: “¡Otra victoria como ésta y estaremos perdidos!”

 

2.      Un diagnóstico autorizado

 

“No son, pues, ni el Vaticano II ni sus documentos (huelga casi mencionarlo) los que constituyen el problema. En todo caso, a juicio de muchos —y Joseph Ratzinger se encuentra entre éstos desde hace tiempo—, el problema estriba en muchas de las interpretaciones que se han dado de aquellos documentos, interpretaciones que habrían conducido a ciertos frutos de la época posconciliar.

Desde hace mucho tiempo, el juicio de Ratzinger sobre este período es tajante: «Resulta incontestable que los últimos veinte años han sido decisivamente desfavorables para la Iglesia católica. Los resultados que han seguido al Concilio parecen oponerse cruelmente a las esperanzas de todos, comenzando por las del papa Juan XXIII y, después, las de Pablo VI. Los cristianos son de nuevo minoría, más que en ninguna otra época desde finales de la antigüedad».

Así explica el cardenal este severo juicio (que ha repetido a lo largo del coloquio, pero que no debería sorprender a nadie, sea cual sea la opinión que merezca, puesto que ha sido reiterado por él en numerosas ocasiones): «Los Papas y los Padres conciliares esperaban una nueva unidad católica y ha sobrevenido una división tal que —en palabras de Pablo VI— se ha pasado de la autocrítica a la autodestrucción. Se esperaba un nuevo entusiasmo, y se ha terminado con demasiada frecuencia en el hastío y en el desaliento. Esperábamos un salto hacia adelante, y nos hemos encontrado ante un proceso progresivo de decadencia que se ha desarrollado en buena medida bajo el signo de un presunto «espíritu del Concilio», provocando de este modo su descrédito».

Seguía diciendo Ratzinger hace diez años: «Hay que afirmar sin ambages que una reforma real de la Iglesia presupone un decidido abandono de aquellos caminos equivocados que han conducido a consecuencias indiscutiblemente negativas».

En cierta ocasión escribió: «El cardenal Julius Döpfner decía que la Iglesia del posconcilio es un gran astillero. Pero un espíritu crítico añadía a esto que es un gran astillero donde se ha perdido de vista el proyecto y donde cada uno continúa trabajando a su antojo. El resultado es evidente».

Pero no deja de repetir con la misma claridad que «en sus expresiones oficiales, en sus documentos auténticos, el Vaticano II no puede considerarse responsable de una evolución que —muy al contrario— contradice radicalmente tanto la letra como el espíritu de los Padres conciliares».

Dice: «Estoy convencido de que los males que hemos experimentado en estos veinte años no se deben al Concilio «verdadero», sino al hecho de haberse desatado en el interior de la Iglesia ocultas fuerzas agresivas, centrífugas, irresponsables o simplemente ingenuas, de un optimismo fácil, de un énfasis en la modernidad, que ha confundido el progreso técnico actual con un progreso auténtico e integral. Y, en el exterior, al choque con una revolución cultural: la afirmación en Occidente del estamento medio-superior, de la nueva «burguesía del terciario», con su ideología radicalmente liberal de sello individualista, racionalista y hedonista».

La consigna, la exhortación de Ratzinger a todos los católicos que quieran seguir siendo tales, no es ciertamente un «volver atrás», sino un «volver a los textos auténticos del auténtico Vaticano II». Para él, insiste «defender hoy la verdadera Tradición de la Iglesia significa defender el Concilio. Es también culpa nuestra si de vez en cuando hemos dado ocasión (tanto a la «derecha» como a la «izquierda») de pensar que el Vaticano II representa una «ruptura», un abandono de la Tradición. Muy al contrario, existe una continuidad que no permite ni retornos al pasado ni huidas hacia delante, ni nostalgias anacrónicas ni impaciencias injustificadas. Debemos permanecer fieles al hoy de la Iglesia; no al ayer o al mañana: y este hoy de la Iglesia son los documentos auténticos del Vaticano II. Sin reservas que los cercenen. Y sin arbitrariedades que los desfiguren».

 

(Card. Joseph Ratzinger – Vittorio Messori, Informe sobre la Fe, 1986, Capítulo II – Descubrir de nuevo el Concilio, Sección 2 – “Descubramos el verdadero Vaticano II”).

Fuente: www.conoze.com/doc.php?doc=7260.

 

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Comunicado sobre la adopción por parejas homosexuales

 

Instituto Arquidiocesano de Bioética "Juan Pablo II"

 

Ante la aprobación en la Cámara de Senadores de un proyecto de ley por el cual se habilitaría a las parejas homosexuales a adoptar niños, comunicamos a la población las razones por las cuales entendemos que esto ha sido un paso altamente negativo:

1) La Constitución reconoce que la familia es la "base de la sociedad" (Art. 40) porque, sustentada en la unión de un varón y una mujer, tiene la posibilidad de trasmitir la vida y con ello posibilitar el desarrollo de la misma sociedad. Éste es un principio de ley natural que va más allá de nuestros gustos, preferencias o creencias y que además está recogido en la Carta Magna.

2) Los homosexuales deben ser respetados como personas y en los derechos que como personas les corresponden. Pero ese respeto y esa tolerancia no implican que la sociedad deba admitir, como legítimo, el presunto "derecho" de las parejas homosexuales a adoptar niños. Las personas homosexuales tienen los mismos deberes que todos los ciudadanos y por tanto deben respetar ellas también el derecho del niño a que no se le imponga una forma antinatural de convivencia.

3) Los hijos no son algo apropiable o de lo que se dispone para satisfacer necesidades afectivas. Los hijos son un don y un valor por sí. La protección integral del niño exige que no se considere al niño como un objeto al que hay que alimentar y darle cosas "desde fuera", sino como un sujeto al que hay que apoyar en su desarrollo. En este contexto, los adultos como padres y como sociedad debemos asumir la responsabilidad de facilitarles el mejor entorno posible a los niños, para su crecimiento y desarrollo como personas y como ciudadanos, sujetos de derechos.

4) Un niño no sólo necesita afecto y alimentación sino que naturalmente, para su correcto desarrollo psico-afectivo, necesita ser educado y formado en lo posible por un padre y una madre, que siendo diferentes y complementarios le aportan la riqueza y el balance armónico de la experiencia humana básica. No alcanza con que al niño lo críen dos personas, sino que deben ser dos personas con características diferentes y complementarias: deben ser varón y mujer. Este interés superior del niño no resulta realmente contemplado cuando se posibilita que el mismo esté al cuidado de dos varones o dos mujeres.

5) Según la Convención Internacional de la Haya, la adopción en todo caso debe tener por principio básico el interés superior del menor, siendo la finalidad en la adopción encontrar una familia para un niño y no encontrar un niño para una pareja. Invertir este orden como se hace en el proyecto de ley propuesto es gravemente perjudicial para el niño. El "interés superior" que debe primar es siempre el del niño, y así lo consagra además nuestro Código de la Niñez y de la Adolescencia (Art. 6 de la ley 17.823 del 7/IX/2004).

6) No todos tenemos derecho a todo. Es obvio que hay derechos que exigen ciertas condiciones de parte de los que aspiran a ejercerlos. Es sabido que el desarrollo psicológico armónico de un ser humano requiere esencialmente la presencia complementaria de las figuras paterna y materna. Una pareja homosexual, que por serlo no puede brindar esta presencia, no está objetivamente en condiciones de reclamar el derecho de adoptar niños. Lo que el niño necesita no es solamente afecto, sino el afecto específicamente paterno y materno.

7) La evidencia científica, reconocida en estadísticas internacionales, da cuenta de los mayores porcentajes de homosexualidad en niños que fueron criados por parejas homosexuales, en relación al porcentaje de homosexualidad en niños criados por parejas heterosexuales. No podemos asumir como sociedad la responsabilidad de influenciar en ese sentido al niño adoptado desde el comienzo mismo de su desarrollo personal.

8) El niño adoptado por una pareja homosexual puede llegar a sufrir fuertes tensiones psicológicas generadas por el entorno en el que vive. ¿Qué respuesta darle a un niño que pregunta: “¿Por qué mis amigos tienen un papá y una mamá y yo no? ¿Por que no tengo papá? ¿Por qué no tengo mamá?”? Estos niños nunca se podrán sentir iguales a los demás.

9) Se pretende justificar la adopción por parejas homosexuales diciendo que ello es preferible a que el niño esté abandonado en la calle o hambriento. El hecho es que, como lo marcan las estadísticas, es muy grande la cantidad de matrimonios aspirantes a adoptar aún no atendidos, debido a la lentitud de los trámites burocráticos.

10) Pero además, en un tema tan delicado, se propone sustituir al Poder Judicial a la hora de calificar los requisitos para adoptar, pasando el tema a la órbita del Poder Ejecutivo, lo que resta garantías y seguridad en un proceso tan importante.

11) Entendemos que lo aprobado en el Senado en esta materia constituye una transgresión a los derechos del niño y nos apena ver a Legisladores de nuestro país cometiendo esta clase de atropellos a la dignidad de la persona humana y en particular de los niños. Nos produce un sentimiento de dolor y preocupación ver cómo para responder a los intereses de minorías se pretende embarcar a la sociedad uruguaya en un camino destructivo de la niñez, desfigurando los valores esenciales de la familia. Todo parece indicar que con este proyecto de ley se han priorizado intereses minoritarios sobre el interés superior de los menores y esto es lo grave. Felicitamos, en cambio, a aquellos Legisladores que han sabido cumplir su deber votando en contra de esta desgraciada iniciativa.

12) Tenemos la esperanza de que en el subsiguiente tratamiento de este proyecto de ley en la Cámara de Diputados prime, en cambio, la sensatez y el sentido de responsabilidad para con tantos niños y niñas uruguayos que ya tienen suficiente con carecer de una familia, y no necesitan que encima se les imponga la carga de una crianza antinatural.

13) El legislador debería preguntarse, antes de proceder a votar este tipo de leyes: ¿A mí me habría gustado crecer en una familia con "dos papás" o con "dos mamás"? ¿No fue mejor acaso, crecer con un papá y una mamá? Si mi mujer y yo tuviéramos un accidente y falleciéramos ambos, ¿estaría de acuerdo en que a mis hijos los adoptara una pareja homosexual, o preferiría que los adoptara un matrimonio común y corriente? ¿Cómo puedo imponerles a unos niños que carecen de libertad, de conciencia, de voz y de voto para decidir por sí mismos, la obligación de ser criados por una pareja de homosexuales, si no es lo que querría para mí ni para mis hijos?

14) En definitiva los niños no pueden ser utilizados como instrumento de reivindicaciones de supuestos derechos ni la adopción es un criterio que se pueda manejar con fines sólo políticos. Los niños son las personas más vulnerables de la sociedad, dignos de protección y cuidados especiales. ¿Vamos a hipotecar su desarrollo por el progreso de la agenda política de una minoría?

 

Montevideo, 23 de julio de 2008.

 

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Salmo 28

 

Salmo. De David.

¡Rendid a Yahveh, hijos de Dios,

rendid a Yahveh gloria y poder!

Rendid a Yahveh la gloria de su nombre,

postraos ante Yahveh en esplendor sagrado.

Voz de Yahveh sobre las aguas;

el Dios de gloria truena,

¡es Yahveh, sobre las muchas aguas!

Voz de Yahveh con fuerza,

voz de Yahveh con majestad.

Voz de Yahveh que desgaja los cedros,

Yahveh desgaja los cedros del Líbano,

hace brincar como un novillo al Líbano,

y al Sarión como cría de búfalo.

Voz de Yahveh que afila llamaradas.

Voz de Yahveh, que sacude el desierto,

sacude Yahveh el desierto de Cadés.

Voz de Yahveh, que estremece las encinas,

y las selvas descuaja,

mientras todo en su Templo dice: ¡Gloria!

Yahveh se sentó para el diluvio,

Yahveh se sienta como rey eterno.

Yahveh da el poder a su pueblo,

Yahveh bendice a su pueblo con la paz.

 

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