Fe y Razón

Revista virtual gratuita

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 24 – Julio de 2008

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)

 

 

“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

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Equipo de Dirección: Diác. Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing. Daniel Iglesias Grèzes.

Colaboradores: Dr. Carlos Álvarez Cozzi, Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Pbro. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Dra. María Lourdes González, Ec. Rafael Menéndez, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Pbro. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Alvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

El 40º aniversario de la Humanae Vitae

Equipo de Dirección

Documentos

Carta Encíclica “Humanae Vitae”

Papa Pablo VI

Moral

La Humanae Vitae de Pablo VI. Esencia de un documento profético

R.P. Dr. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E.

Biblia

El Año Paulino: 29/IV/08

Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola

Noticias

Se crea una falsa Iglesia Católica Reformada en Venezuela

Agencia Católica de Informaciones (ACI)

Libros

Hay Dios: lo sabe Flew

Guillermo Elizalde Monroset

(Libertad Digital)

Oración

Salmo 50

Biblia de Jerusalén

 

 

El 40º aniversario de la Humanae Vitae

 

Equipo de Dirección

 

El próximo 25 de julio se cumplirán 40 años de la promulgación de la carta encíclica Humanae Vitae sobre la regulación de la natalidad, del Papa Pablo VI. Éste fue uno de los actos principales del pontificado de Pablo VI (1963-1978), y sin duda fue el que enfrentó una oposición más amarga y manifiesta en amplios sectores de la Iglesia, caracterizados corrientemente como “progresistas”.


Cuatro décadas después, se va extendiendo el reconocimiento de que esa encíclica fue un documento verdaderamente profético y que, al publicarlo, Pablo VI realizó un gran servicio a la humanidad: el servicio de la verdad.

 

Fe y Razón” celebra el citado aniversario profesando su adhesión al Magisterio de la Iglesia tal como éste se expresa en la encíclica Humanae Vitae y reproduciendo en este número de la revista el texto completo de la encíclica y (con permiso del autor, al que agradecemos su gesto) el notable artículo del R.P. Dr. Miguel Ángel Fuentes IVE La Humanae Vitae de Pablo VI. Esencia de un documento profético”.

 

El Señor nos mantenga firmes en la fe, alegres en la esperanza y diligentes en la caridad.

 

 

Aclaración:

En el número anterior de “Fe y Razón”, reprodujimos una noticia de Zenit titulada “La Santa Sede aprueba los estatutos definitivos del Camino Neocatecumenal”. Zenit es en general una excelente fuente de información sobre asuntos eclesiales y esa noticia en particular es correcta en lo sustancial. Sin embargo, un amable lector, con razón, nos hizo notar la existencia de discrepancias significativas entre ese artículo de Zenit y el de Sandro Magister sobre el mismo tema. Las discrepancias se refieren a las implicaciones litúrgicas del nuevo Estatuto. Dado que el artículo de S. Magister parece estar mejor documentado sobre ese aspecto específico, recomendamos su lectura para tener una visión más completa del asunto. Véase pues:

http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/205382?sp=y .

 

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CARTA ENCÍCLICA HUMANAE VITAE
DE S. S. PABLO VI
A LOS VENERABLES HERMANOS LOS PATRIARCAS,

ARZOBISPOS, OBISPOS Y DEMÁS ORDINARIOS DE LUGAR

EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA,
AL CLERO Y A LOS FIELES DEL ORBE CATÓLICO

Y A TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD,
SOBRE LA REGULACIÓN DE LA NATALIDAD


Venerables hermanos y amados hijos, salud y bendición apostólica.


La transmisión de la vida


1. El gravísimo deber de transmitir la vida humana ha sido siempre para los esposos, colaboradores libres y responsables de Dios Creador, fuente de grandes alegrías aunque algunas veces acompañadas de no pocas dificultades y angustias.


En todos los tiempos ha planteado el cumplimiento de este deber serios problemas en la conciencia de los cónyuges, pero con la actual transformación de la sociedad se han verificado unos cambios tales que han hecho surgir nuevas cuestiones que la Iglesia no podía ignorar por tratarse de una materia relacionada tan de cerca con la vida y la felicidad de los hombres.


I. Nuevos aspectos del problema y competencia del magisterio


Nuevo enfoque del problema


2. Los cambios que se han producido son, en efecto, notables y de diversa índole. Se trata, ante todo, del rápido desarrollo demográfico. Muchos manifiestan el temor de que la población mundial aumente más rápidamente que las reservas de que dispone, con creciente angustia para tantas familias y pueblos en vía de desarrollo, siendo grande la tentación de las autoridades de oponer a este peligro medidas radicales. Además, las condiciones de trabajo y de vivienda y las múltiples exigencias que van aumentando en el campo económico y en el de la educación, con frecuencia hacen hoy difícil el mantenimiento adecuado de un número elevado de hijos.


Se asiste también a un cambio, tanto en el modo de considerar la personalidad de la mujer y su puesto en la sociedad, como en el valor que hay que atribuir al amor conyugal dentro del matrimonio y en el aprecio que se debe dar al significado de los actos conyugales en relación con este amor.


Finalmente, y sobre todo, el hombre ha llevado a cabo progresos estupendos en el dominio y en la organización racional de las fuerzas de la naturaleza, de modo que tiende a extender ese dominio a su mismo ser global: al cuerpo, a la vida psíquica, a la vida social y hasta las leyes que regulan la transmisión de la vida.


3. El nuevo estado de cosas hace plantear nuevas preguntas. Consideradas las condiciones de la vida actual y dado el significado que las relaciones conyugales tienen en orden a la armonía entre los esposos y a su mutua fidelidad, ¿no sería indicado revisionar las normas éticas hasta ahora vigentes, sobre todo si se considera que las mismas no pueden observarse sin sacrificios, algunas veces heroicos?


Más aún, extendiendo a este campo la aplicación del llamado "principio de totalidad", ¿no se podría admitir que la intención de una fecundidad menos exuberante, pero más racional, transformase la intervención materialmente esterilizadora en un control lícito y prudente de los nacimientos? Es decir, ¿no se podría admitir que la finalidad procreadora pertenezca al conjunto de la vida conyugal más bien que a cada uno de los actos? Se pregunta también si, dado el creciente sentido de responsabilidad del hombre moderno, no haya llegado el momento de someter a su razón y a su voluntad, más que a los ritmos biológicos de su organismo, la tarea de regular la natalidad.


Competencia del Magisterio


4. Estas cuestiones exigían del Magisterio de la Iglesia una nueva y profunda reflexión acerca de los principios de la doctrina moral del matrimonio, doctrina fundada sobre la ley natural, iluminada y enriquecida por la Revelación divina.


Ningún fiel querrá negar que corresponda al Magisterio de la Iglesia el interpretar también la ley moral natural. Es, en efecto, incontrovertible -como tantas veces han declarado nuestros predecesores (1)- que Jesucristo, al comunicar a Pedro y a los Apóstoles su autoridad divina y al enviarlos a enseñar a todas las gentes sus mandamientos (2), los constituía en custodios y en intérpretes auténticos de toda ley moral, es decir, no sólo de la ley evangélica, sino también de la natural, expresión de la voluntad de Dios, cuyo cumplimiento fiel es igualmente necesario para salvarse (3).


En conformidad con esta su misión, la Iglesia dio siempre, y con más amplitud en los tiempos recientes, una doctrina coherente tanto sobre la naturaleza del matrimonio como sobre el recto uso de los derechos conyugales y sobre las obligaciones de los esposos (4).


Estudios especiales


5. La conciencia de esa misma misión nos indujo a confirmar y a ampliar la Comisión de Estudio que nuestro predecesor Juan XXIII, de feliz memoria, había instituido en el mes de marzo del año 1963. Esta Comisión de la que formaban parte bastantes estudiosos de las diversas disciplinas relacionadas con la materia y parejas de esposos, tenía la finalidad de recoger opiniones acerca de las nuevas cuestiones referentes a la vida conyugal, en particular la regulación de la natalidad, y de suministrar elementos de información oportunos, para que el Magisterio pudiese dar una respuesta adecuada a la espera de los fieles y de la opinión pública mundial (5).


Los trabajos de estos peritos, así como los sucesivos pareceres y los consejos de buen número de nuestros hermanos en el Episcopado, quienes los enviaron espontáneamente o respondiendo a una petición expresa, nos han permitido ponderar mejor los diversos aspectos del complejo argumento. Por ello les expresamos de corazón a todos nuestra viva gratitud.


La respuesta del Magisterio


6. No podíamos, sin embargo, considerar como definitivas las conclusiones a que había llegado la Comisión, ni dispensarnos de examinar personalmente la grave cuestión; entre otros motivos, porque en seno a la Comisión no se había alcanzado una plena concordancia de juicios acerca de las normas morales a proponer y, sobre todo, porque habían aflorado algunos criterios de soluciones que se separaban de la doctrina moral sobre el matrimonio propuesta por el Magisterio de la Iglesia con constante firmeza. Por ello, habiendo examinado atentamente la documentación que se nos presentó y después de madura reflexión y de asiduas plegarias, queremos ahora, en virtud del mandato que Cristo nos confió, dar nuestra respuesta a estas graves cuestiones.


II. Principios doctrinales


Una visión global del hombre


7. El problema de la natalidad, como cualquier otro referente a la vida humana, hay que considerarlo, por encima de las perspectivas parciales de orden biológico o psicológico, demográfico o sociológico, a la luz de una visión integral del hombre y de su vocación, no sólo natural y terrena sino también sobrenatural y eterna. Y puesto que, en el tentativo de justificar los métodos artificiales del control de los nacimientos, muchos han apelado a las exigencias del amor conyugal y de una "paternidad responsable", conviene precisar bien el verdadero concepto de estas dos grandes realidades de la vida matrimonial, remitiéndonos sobre todo a cuanto ha declarado, a este respecto, en forma altamente autorizada, el Concilio Vaticano II en la Constitución pastoral Gaudium et Spes.


El amor conyugal


8. La verdadera naturaleza y nobleza del amor conyugal se revelan cuando éste es considerado en su fuente suprema, Dios, que es Amor (6), "el Padre de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra" (7).


El matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o producto de la evolución de fuerzas naturales inconscientes; es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor. Los esposos, mediante su recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas.


En los bautizados el matrimonio reviste, además, la dignidad de signo sacramental de la gracia, en cuanto representa la unión de Cristo y de la Iglesia.


Sus características


9. Bajo esta luz aparecen claramente las notas y las exigencias características del amor conyugal, siendo de suma importancia tener una idea exacta de ellas.


Es, ante todo, un amor plenamente humano, es decir, sensible y espiritual al mismo tiempo. No es por tanto una simple efusión del instinto y del sentimiento sino que es también y principalmente un acto de la voluntad libre, destinado a mantenerse y a crecer mediante las alegrías y los dolores de la vida cotidiana, de forma que los esposos se conviertan en un solo corazón y en una sola alma y juntos alcancen su perfección humana.


Es un amor total, esto es, una forma singular de amistad personal, con la cual los esposos comparten generosamente todo, sin reservas indebidas o cálculos egoístas. Quien ama de verdad a su propio consorte, no lo ama sólo por lo que de él recibe sino por sí mismo, gozoso de poderlo enriquecer con el don de sí.


Es un amor fiel y exclusivo hasta la muerte. Así lo conciben el esposo y la esposa el día en que asumen libremente y con plena conciencia el empeño del vínculo matrimonial. Fidelidad que a veces puede resultar difícil pero que siempre es posible, noble y meritoria; nadie puede negarlo. El ejemplo de numerosos esposos a través de los siglos demuestra que la fidelidad no sólo es connatural al matrimonio sino también manantial de felicidad profunda y duradera.


Es, por fin, un amor fecundo, que no se agota en la comunión entre los esposos sino que está destinado a prolongarse suscitando nuevas vidas. "El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres" (8).


La paternidad responsable


10. Por ello el amor conyugal exige a los esposos una conciencia de su misión de "paternidad responsable" sobre la que hoy tanto se insiste con razón y que hay que comprender exactamente. Hay que considerarla bajo diversos aspectos legítimos y relacionados entre sí.


En relación con los procesos biológicos, paternidad responsable significa conocimiento y respeto de sus funciones; la inteligencia descubre, en el poder de dar la vida, leyes biológicas que forman parte de la persona humana (9).


En relación con las tendencias del instinto y de las pasiones, la paternidad responsable comporta el dominio necesario que sobre aquellas han de ejercer la razón y la voluntad.


En relación con las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales, la paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa ya sea con la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto de la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido.


La paternidad responsable comporta sobre todo una vinculación más profunda con el orden moral objetivo, establecido por Dios, cuyo fiel intérprete es la recta conciencia. El ejercicio responsable de la paternidad exige, por tanto, que los cónyuges reconozcan plenamente sus propios deberes para con Dios, para consigo mismo, para con la familia y la sociedad, en una justa jerarquía de valores.


En la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan, por tanto, libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada por la Iglesia (10).


Respetar la naturaleza y la finalidad del acto matrimonial


11. Estos actos, con los cuales los esposos se unen en casta intimidad, y a través de los cuales se transmite la vida humana, son, como ha recordado el Concilio, "honestos y dignos" (11), y no cesan de ser legítimos si, por causas independientes de la voluntad de los cónyuges, se prevén infecundos, porque continúan ordenados a expresar y consolidar su unión. De hecho, como atestigua la experiencia, no se sigue una nueva vida de cada uno de los actos conyugales. Dios ha dispuesto con sabiduría leyes y ritmos naturales de fecundidad que por sí mismos distancian los nacimientos. La Iglesia, sin embargo, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial (quilibet matrimonii usus) debe quedar abierto a la transmisión de la vida (12).


Inseparables los dos aspectos: unión y procreación


12. Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador.


Efectivamente, el acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad. Nos pensamos que los hombres, en particular los de nuestro tiempo, se encuentran en grado de comprender el carácter profundamente razonable y humano de este principio fundamental.


Fidelidad al plan de Dios


13. Justamente se hace notar que un acto conyugal impuesto al cónyuge sin considerar su condición actual y sus legítimos deseos, no es un verdadero acto de amor; y prescinde por tanto de una exigencia del recto orden moral en las relaciones entre los esposos. Así, quien reflexiona rectamente deberá también reconocer que un acto de amor recíproco, que prejuzgue la disponibilidad a transmitir la vida que Dios Creador, según particulares leyes, ha puesto en él, está en contradicción con el designio constitutivo del matrimonio y con la voluntad del Autor de la vida. Usar este don divino destruyendo su significado y su finalidad, aun sólo parcialmente, es contradecir la naturaleza del hombre y de la mujer y sus más íntimas relaciones, y por lo mismo es contradecir también el plan de Dios y su voluntad. Usufructuar, en cambio, el don del amor conyugal respetando las leyes del proceso generador significa reconocerse no árbitros de las fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del plan establecido por el Creador. En efecto, al igual que el hombre no tiene un dominio ilimitado sobre su cuerpo en general, del mismo modo tampoco lo tiene, con más razón, sobre las facultades generadoras en cuanto tales, en virtud de su ordenación intrínseca a originar la vida, de la que Dios es principio. "La vida humana es sagrada -recordaba Juan XXIII-; desde su comienzo, compromete directamente la acción creadora de Dios" (13).


Vías ilícitas para la regulación de los nacimientos


14. En conformidad con estos principios fundamentales de la visión humana y cristiana del matrimonio, debemos una vez más declarar que hay que excluir absolutamente, como vía lícita para la regulación de los nacimientos, la interrupción directa del proceso generador ya iniciado, y sobre todo el aborto directamente querido y procurado, aunque sea por razones terapéuticas (14).


Hay que excluir igualmente, como el Magisterio de la Iglesia ha declarado muchas veces, la esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer (15); queda además excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación (16).


Tampoco se pueden invocar como razones válidas, para justificar los actos conyugales intencionalmente infecundos, el mal menor o el hecho de que tales actos constituirían un todo con los actos fecundos anteriores o que seguirán después y que por tanto compartirían la única e idéntica bondad moral. En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal moral menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande (17), no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien (18), es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. Es por tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal fecunda.


Licitud de los medios terapéuticos


15. La Iglesia, en cambio, no retiene de ningún modo ilícito el uso de los medios terapéuticos verdaderamente necesarios para curar enfermedades del organismo, a pesar de que se siguiese un impedimento, aun previsto, para la procreación, con tal de que ese impedimento no sea, por cualquier motivo, directamente querido (19).


Licitud del recurso a los periodos infecundos


16. A estas enseñanzas de la Iglesia sobre la moral conyugal se objeta hoy, como observábamos antes (n. 3), que es prerrogativa de la inteligencia humana dominar las energías de la naturaleza irracional y orientarlas hacia un fin en conformidad con el bien del hombre. Algunos se preguntan: actualmente, ¿no es quizás racional recurrir en muchas circunstancias al control artificial de los nacimientos, si con ello se obtienen la armonía y la tranquilidad de la familia y mejores condiciones para la educación de los hijos ya nacidos? A esta pregunta hay que responder con claridad: la Iglesia es la primera en elogiar y en recomendar la intervención de la inteligencia en una obra que tan de cerca asocia la creatura racional a su Creador, pero afirma que esto debe hacerse respetando el orden establecido por Dios.


Por consiguiente, si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que entonces es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los periodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales que acabamos de recordar (20).


La Iglesia es coherente consigo misma cuando juzga lícito el recurso a los periodos infecundos, mientras condena siempre como ilícito el uso de medios directamente contrarios a la fecundación, aunque se haga por razones aparentemente honestas y serias. En realidad, entre ambos casos existe una diferencia esencial: en el primero los cónyuges se sirven legítimamente de una disposición natural; en el segundo impiden el desarrollo de los procesos naturales. Es verdad que tanto en uno como en otro caso, los cónyuges están de acuerdo en la voluntad positiva de evitar la prole por razones plausibles, buscando la seguridad de que no se seguirá; pero es igualmente verdad que solamente en el primer caso renuncian conscientemente al uso del matrimonio en los periodos fecundos cuando por justos motivos la procreación no es deseable, y hacen uso después en los periodos agenésicos para manifestarse el afecto y para salvaguardar la mutua fidelidad. Obrando así ellos dan prueba de amor verdadero e integralmente honesto.


Graves consecuencias de los métodos de regulación artificial de la natalidad


17. Los hombres rectos podrán convencerse todavía de la consistencia de la doctrina de la Iglesia en este campo si reflexionan sobre las consecuencias de los métodos de la regulación artificial de la natalidad. Consideren, antes que nada, el camino fácil y amplio que se abriría a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad. No se necesita mucha experiencia para conocer la debilidad humana y para comprender que los hombres, especialmente los jóvenes, tan vulnerables en este punto tienen necesidad de aliento para ser fieles a la ley moral y no se les debe ofrecer cualquier medio fácil para burlar su observancia.


Podría también temerse que el hombre, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas, acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoístico y no como a compañera, respetada y amada.


Reflexiónese también sobre el arma peligrosa que de este modo se llegaría a poner en las manos de autoridades públicas despreocupadas de las exigencias morales. ¿Quién podría reprochar a un gobierno el aplicar a la solución de los problemas de la colectividad lo que hubiera sido reconocido lícito a los cónyuges para la solución de un problema familiar? ¿Quién impediría a los gobernantes favorecer y hasta imponer a sus pueblos, si lo consideraran necesario, el método anticonceptivo que ellos juzgaren más eficaz? En tal modo los hombres, queriendo evitar las dificultades individuales, familiares o sociales que se encuentran en el cumplimiento de la ley divina, llegarían a dejar a merced de la intervención de las autoridades públicas el sector más personal y más reservado de la intimidad conyugal.


Por tanto, sino se quiere exponer al arbitrio de los hombres la misión de engendrar la vida, se deben reconocer necesariamente unos límites infranqueables a la posibilidad de dominio del hombre sobre su propio cuerpo y sus funciones; límites que a ningún hombre, privado o revestido de autoridad, es lícito quebrantar. Y tales límites no pueden ser determinados sino por el respeto debido a la integridad del organismo humano y de sus funciones, según los principios antes recordados y según la recta inteligencia del "principio de totalidad" ilustrado por nuestro predecesor Pío XII (21).


La Iglesia, garantía de los auténticos valores humanos


18. Se puede prever que estas enseñanzas no serán quizá fácilmente aceptadas por todos: son demasiadas las voces -ampliadas por los modernos medios de propaganda- que están en contraste con la Iglesia. A decir verdad, ésta no se maravilla de ser, a semejanza de su divino Fundador, "signo de contradicción" (22), pero no deja por esto de proclamar con humilde firmeza toda la ley moral, natural y evangélica. La Iglesia no ha sido la autora de éstas, ni puede por tanto ser su árbitro, sino solamente su depositaria e intérprete, sin poder jamás declarar lícito lo que no lo es por su íntima e inmutable oposición al verdadero bien del hombre.


Al defender la moral conyugal en su integridad, la Iglesia sabe que contribuye a la instauración de una civilización verdaderamente humana; ella compromete al hombre a no abdicar la propia responsabilidad para someterse a los medios técnicos; defiende con esto mismo la dignidad de los cónyuges. Fiel a las enseñanzas y al ejemplo del Salvador, ella se demuestra amiga sincera y desinteresada de los hombres a quienes quiere ayudar, ya desde su camino terreno, "a participar como hijos a la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres" (23).


III. Directivas pastorales


La Iglesia, Madre y Maestra


19. Nuestra palabra no sería expresión adecuada del pensamiento y de las solicitudes de la Iglesia, Madre y Maestra de todas las gentes, si, después de haber invitado a los hombres a observar y a respetar la ley divina referente al matrimonio, no les confortase en el camino de una honesta regulación de la natalidad, aun en medio de las difíciles condiciones que hoy afligen a las familias y a los pueblos. La Iglesia, efectivamente, no puede tener otra actitud para con los hombres que la del Redentor: conoce su debilidad, tiene compasión de las muchedumbres, acoge a los pecadores, pero no puede renunciar a enseñar la ley que en realidad es la propia de una vida humana llevada a su verdad originaria y conducida por el Espíritu de Dios (24).


Posibilidad de observar la ley divina


La doctrina de la Iglesia en materia de regulación de la natalidad, promulgadora de la ley divina, aparecerá fácilmente a los ojos de muchos difícil e incluso imposible en la práctica. Y en verdad que, como todas las grandes y beneficiosas realidades, exige un serio empeño y muchos esfuerzos de orden familiar, individual y social. Más aun, no sería posible actuarla sin la ayuda de Dios, que sostiene y fortalece la buena voluntad de los hombres. Pero a todo aquel que reflexione seriamente, no puede menos de aparecer que tales esfuerzos ennoblecen al hombre y benefician la comunidad humana.


Dominio de sí mismo


21. Una práctica honesta de la regulación de la natalidad exige sobre todo a los esposos adquirir y poseer sólidas convicciones sobre los verdaderos valores de la vida y de la familia, y también una tendencia a procurarse un perfecto dominio de sí mismos. El dominio del instinto, mediante la razón y la voluntad libre, impone sin ningún género de duda una ascética, para que las manifestaciones afectivas de la vida conyugal estén en conformidad con el orden recto y particularmente para observar la continencia periódica. Esta disciplina, propia de la pureza de los esposos, lejos de perjudicar el amor conyugal, le confiere un valor humano más sublime. Exige un esfuerzo continuo, pero, en virtud de su influjo beneficioso, los cónyuges desarrollan íntegramente su personalidad, enriqueciéndose de valores espirituales: aportando a la vida familiar frutos de serenidad y de paz y facilitando la solución de otros problemas; favoreciendo la atención hacia el otro cónyuge; ayudando a superar el egoísmo, enemigo del verdadero amor, y enraizando más su sentido de responsabilidad. Los padres adquieren así la capacidad de un influjo más profundo y eficaz para educar a los hijos; los niños y los jóvenes crecen en la justa estima de los valores humanos y en el desarrollo sereno y armónico de sus facultades espirituales y sensibles.


Crear un ambiente favorable a la castidad


22. Nos queremos en esta ocasión llamar la atención de los educadores y de todos aquellos que tienen incumbencia de responsabilidad, en orden al bien común de la convivencia humana, sobre la necesidad de crear un clima favorable a la educación de la castidad, es decir, al triunfo de la libertad sobre el libertinaje, mediante el respeto del orden moral.


Todo lo que en los medios modernos de comunicación social conduce a la excitación de los sentidos, al desenfreno de las costumbres, como cualquier forma de pornografía y de espectáculos licenciosos, debe suscitar la franca y unánime reacción de todas las personas, solícitas del progreso de la civilización y de la defensa de los supremos bienes del espíritu humano. En vano se trataría de buscar justificación a estas depravaciones con el pretexto de exigencias artísticas o científicas (25), o aduciendo como argumento la libertad concedida en este campo por las autoridades públicas.


Llamamiento a las autoridades públicas


23. Nos decimos a los gobernantes, que son los primeros responsables del bien común y que tanto pueden hacer para salvaguardar las costumbres morales: no permitáis que se degrade la moralidad de vuestros pueblos; no aceptéis que se introduzcan legalmente en la célula fundamental, que es la familia, prácticas contrarias a la ley natural y divina. Es otro el camino por el cual los poderes públicos pueden y deben contribuir a la solución del problema demográfico: el de una cuidadosa política familiar y de una sabia educación de los pueblos, que respete la ley moral y la libertad de los ciudadanos.


Somos conscientes de las graves dificultades con que tropiezan los poderes públicos a este respecto, especialmente en los pueblos en vía de desarrollo. A sus legítimas preocupaciones hemos dedicado nuestra encíclica Populorum Progressio. Y con nuestro predecesor, Juan XXIII, seguimos diciendo: "Estas dificultades no se superan con el recurso a métodos y medios que son indignos del hombre y cuya explicación está sólo en una concepción estrechamente materialística del hombre mismo y de su vida. La verdadera solución solamente se halla en el desarrollo económico y en el progreso social, que respeten y promuevan los verdaderos valores humanos, individuales y sociales" (26). Tampoco se podría hacer responsable, sin grave injusticia, a la Divina Providencia de lo que por el contrario dependería de una menor sagacidad de gobierno, de un escaso sentido de la justicia social, de un monopolio egoísta o también de la indolencia reprobable en afrontar los esfuerzos y sacrificios necesarios para asegurar la elevación del nivel de vida de un pueblo y de todos sus hijos (27). Que todos los Poderes responsables -como ya algunos lo vienen haciendo laudablemente- reaviven generosamente los propios esfuerzos, y que no cese de extenderse el mutuo apoyo entre todos los miembros de la familia humana: es un campo inmenso el que se abre de este modo a la actividad de las grandes organizaciones internacionales.


A los hombres de ciencia


24. Queremos ahora alentar a los hombres de ciencia, los cuales "pueden contribuir notablemente al bien del matrimonio y de la familia y a la paz de las conciencias si, uniendo sus estudios, se proponen aclarar más profundamente las diversas condiciones favorables a una honesta regulación de la procreación humana" (28). Es de desear en particular que, según el augurio expresado ya por Pío XII, la ciencia médica logre dar una base, suficientemente segura, para una regulación de nacimientos, fundada en la observancia de los ritmos naturales (29). De este modo los científicos, y en especial los católicos, contribuirán a demostrar con los hechos que, como enseña la Iglesia, "no puede haber verdadera contradicción entre las leyes divinas que regulan la transmisión de la vida y aquellas que favorecen un auténtico amor conyugal" (30).


A los esposos cristianos


25. Nuestra palabra se dirige ahora más directamente a nuestros hijos, en particular a los llamados por Dios a servirlo en el matrimonio. La Iglesia, al mismo tiempo que enseña las exigencias imprescriptibles de la ley divina, anuncia la salvación y abre con los sacramentos los caminos de la gracia, la cual hace del hombre una nueva criatura, capaz de corresponder en el amor y en la verdadera libertad al designio de su Creador y Salvador, y de encontrar suave el yugo de Cristo (31).


Los esposos cristianos, pues, dóciles a su voz, deben recordar que su vocación cristiana, iniciada en el bautismo, se ha especificado y fortalecido ulteriormente con el sacramento del matrimonio. Por lo mismo los cónyuges son corroborados y como consagrados para cumplir fielmente los propios deberes, para realizar su vocación hasta la perfección y para dar un testimonio, propio de ellos, delante del mundo (32). A ellos ha confiado el Señor la misión de hacer visible ante los hombres la santidad y la suavidad de la ley que une el amor mutuo de los esposos con su cooperación al amor de Dios, autor de la vida humana.


No es nuestra intención ocultar las dificultades, a veces graves, inherentes a la vida de los cónyuges cristianos; para ellos como para todos "la puerta es estrecha y angosta la senda que lleva a la vida" (33). La esperanza de esta vida debe iluminar su camino, mientras se esfuerzan animosamente por vivir con prudencia, justicia y piedad en el tiempo (34), conscientes de que la forma de este mundo es pasajera (35).


Afronten, pues, los esposos los necesarios esfuerzos, apoyados por la fe y por la esperanza que "no engaña porque el amor de Dios ha sido difundido en nuestros corazones junto con el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (36); invoquen con oración perseverante la ayuda divina; acudan sobre todo a la fuente de gracia y de caridad en la Eucaristía. Y si el pecado les sorprendiese todavía, no se desanimen, sino que recurran con humilde perseverancia a la misericordia de Dios, que se concede en el sacramento de la penitencia. Podrán realizar así la plenitud de la vida conyugal, descrita por el Apóstol: "Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia (...). Los maridos deben amar a sus esposas como a su propio cuerpo. Amar a la esposa ¿no es acaso amarse a sí mismo? Nadie ha odiado jamás su propia carne, sino que la nutre y la cuida, como Cristo a su Iglesia (...). Este misterio es grande, pero entendido de Cristo y la Iglesia. Por lo que se refiere a vosotros, cada uno en particular ame a su esposa como a sí mismo y la mujer respete a su propio marido" (37).


Apostolado entre los hogares


26. Entre los frutos logrados con un generoso esfuerzo de fidelidad a la ley divina, uno de los más preciosos es que los cónyuges no rara vez sienten el deseo de comunicar a los demás su experiencia. Una nueva e importantísima forma de apostolado entre semejantes se inserta de este modo en el amplio cuadro de la vocación de los laicos: los mismos esposos se convierten en guía de otros esposos. Esta es, sin duda, entre las numerosas formas de apostolado, una de las que hoy aparecen más oportunas (38).


A los médicos y al personal sanitario


27. Estimamos altamente a los médicos y a los miembros del personal de sanidad, quienes en el ejercicio de su profesión sienten entrañablemente las superiores exigencias de su vocación cristiana, por encima de todo interés humano. Perseveren, pues, en promover constantemente las soluciones inspiradas en la fe y en la recta razón, y se esfuercen en fomentar la convicción y el respeto de las mismas en su ambiente. Consideren también como propio deber profesional el procurarse toda la ciencia necesaria en este aspecto delicado, con el fin de poder dar a los esposos que los consultan sabios consejos y directrices sanas que de ellos esperan con todo derecho.


A los sacerdotes


28. Amados hijos sacerdotes, que sois por vocación los consejeros y los directores espirituales de las personas y de las familias, a vosotros queremos dirigirnos ahora con toda confianza. Vuestra primera incumbencia -en especial la de aquellos que enseñan la teología moral- es exponer sin ambigüedades la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio. Sed los primeros en dar ejemplo de obsequio leal, interna y externamente, al Magisterio de la Iglesia en el ejercicio de vuestro ministerio. Tal obsequio, bien lo sabéis, es obligatorio no sólo por las razones aducidas, sino sobre todo por razón de la luz del Espíritu Santo, de la cual están particularmente asistidos los pastores de la Iglesia para ilustrar la verdad (39). Conocéis también la suma importancia que tiene para la paz de las conciencias y para la unidad del pueblo cristiano, que en el campo de la moral y del dogma se atengan todos al Magisterio de la Iglesia y hablen del mismo modo. Por esto renovamos con todo nuestro ánimo el angustioso llamamiento del Apóstol Pablo: "Os ruego, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos habléis igualmente, y no haya entre vosotros cismas, antes seáis concordes en el mismo pensar y en el mismo sentir" (40).


29. No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas. Pero esto debe ir acompañado siempre de la paciencia y de la bondad de que el mismo Señor dio ejemplo en su trato con los hombres. Venido no para juzgar sino para salvar (41), Él fue ciertamente intransigente con el mal, pero misericordioso con las personas.


Que en medio de sus dificultades encuentren siempre los cónyuges en las palabras y en el corazón del sacerdote el eco de la voz y del amor del Redentor.


Hablad, además, con confianza, amados hijos, seguros de que el Espíritu de Dios que asiste al Magisterio en el proponer la doctrina, ilumina internamente los corazones de los fieles, invitándolos a prestar su asentimiento. Enseñad a los esposos el camino necesario de la oración, preparadlos a que acudan con frecuencia y con fe a los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia, sin que se dejen nunca desalentar por su debilidad.


A los Obispos


30. Queridos y venerables hermanos en el episcopado, con quienes compartimos más de cerca la solicitud del bien espiritual del Pueblo de Dios, a vosotros va nuestro pensamiento reverente y afectuoso al final de esta encíclica. A todos dirigimos una apremiante invitación. Trabajad al frente de los sacerdotes, vuestros colaboradores, y de vuestros fieles con ardor y sin descanso por la salvaguardia y la santidad del matrimonio para que sea vivido en toda su plenitud humana y cristiana. Considerad esta misión como una de vuestras responsabilidades más urgentes en el tiempo actual. Esto supone, como sabéis, una acción pastoral, coordinada en todos los campos de la actividad humana, económica, cultural y social; en efecto, sólo mejorando simultáneamente todos estos sectores, se podrá hacer no sólo tolerable sino más fácil y feliz la vida de los padres y de los hijos en el seno de la familia, más fraterna y pacífica la convivencia en la sociedad humana, respetando fielmente el designio de Dios sobre el mundo.


Llamamiento final


31. Venerables hermanos, amadísimos hijos y todos vosotros, hombres de buena voluntad: Es grande la obra de educación, de progreso y de amor a la cual os llamamos, fundamentándose en la doctrina de la Iglesia, de la cual el Sucesor de Pedro es, con sus hermanos en el episcopado, depositario e intérprete. Obra grande de verdad, estamos convencidos de ello, tanto para el mundo como para la Iglesia, ya que el hombre no puede hallar la verdadera felicidad, a la que aspira con todo su ser, más que en el respeto de las leyes grabadas por Dios en su naturaleza y que debe observar con inteligencia y amor. Nos invocamos sobre esta tarea, como sobre todos vosotros y en particular sobre los esposos, la abundancia de las gracias del Dios de santidad y de misericordia, en prenda de las cuales os otorgamos nuestra bendición apostólica.


Dado en Roma, junto a San Pedro, en la fiesta del apóstol Santiago, 25 de julio de 1968, sexto de nuestro pontificado.

 

 

 


NOTAS

1. Cfr. Pío XI, Enc. Qui pluribus, 9 de noviembre de 1946, Pii IX P. M. Acta, vol. 1. pp. 9-10; San Pío X, Enc. Singulari quadam, 24 de septiembre de 1912, AAS 4 (1912), p. 658; Pío XI, cfr. Casti connubii, 31 de diciembre de 1930, AAS 22 (1930), pp. 579-581; Pío XII, Aloc. Magnificate Dominum al Episcopado del mundo católico, 2 de noviembre de 1954, AAS 46 (1954), pp. 671-672; Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, 15 de mayo de 1961, AAS 53 (1961), p. 457.


2. Cfr. Math., 28, 18-19.


3. Cfr. Math., 7, 21.


4. Cfr. Catechismus Romanus Concilii Tridentini, pars II, c. VIII; León XIII, Enc. Arcanum, 10 de febrero de 1880; Acta L. XIII, 2 (1881), pp. 26-29; Pío XI, Enc. Divini illius Magistri, 31 de diciembre de 1929, AAS 22 (1930), pp. 58-61; Enc. Casti connubii, 31 de diciembre de 1930, AAS 22 (1930), pp. 545-546; Pío XII Alocución a la Unión Italiana médico-biológica de San Lucas, 12 de noviembre de 1944, Discorsi e Radiomessaggi, VI, pp. 191-192; al Convenio de la Unión Católica Italiana de Comadronas, 29 de octubre de 1951, AAS 43 (1951), pp. 853-854; al Congreso del "Fronte della Famiglia" y de la Asociación de Familias Numerosas, 28 de noviembre de 1951, AAS 43 (1951), pp. 857-859; al VII Congreso de la Sociedad Internacional de Hematología, 12 de septiembre de 1958, AAS 50 (1958), pp. 734-735; Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, AAS 53 (1961), pp. 446-447; Codex Iuris Canonici, can. 1067; 1068, párr.1; 1076, párr.1-2; Conc. Vaticano II, Const. Past. Gaudium et Spes, nn. 47-52.


5. Cfr. Alocución de Pablo VI al Sacro Colegio, 23 de junio de 1964, AAS 56 (1964), p. 588; a la Comisión para el estudio de los problemas de la población, de la familia y de la natalidad, 27 de marzo de 1965, AAS (1965), p. 388; al Congreso Nacional de la Sociedad Italiana de Obstetricia y Ginecología, 29 de octubre de 1966, AAS 58 (1966), p. 1168.


6. Cfr. I Jn., 4, 8.


7. Ef., 3, 15.


8. Conc. Vat. II, Const. Past. Gaudium et spes, n. 50.


9. Cfr. Sto. Tomás, Sum. Teol., I-II, q. 94, a. 2.


10. Cfr. Gaudium et Spes, nn. 50 y 51.


11. Ibid., n. 49, 2o.


12. Cfr. Pío XI, Enc. Casti connubii, AAS 22 (1930), p. 560; Pío XII, AAS 43 (1951), p. 843.


13. Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, AAS 53 (1961), p. 447.


14. Cfr. Catechismus Romanus Concilii Tridentini, pars. II, c. VIII; Pío XI, Enc. Casti Connubii, AAS 22 (1930), pp. 562-564; Pío XII, Discorsi e Radiomessaggi, VI, pp. 191-192, AAS 43 (1951), pp. 842-843, pp. 857-859; Juan XXIII, Enc. Pacem in terris, 11 de abril de 1963, AAS 55 (1963), pp. 259-260; Gaudium et Spes, n. 51.


15. Cfr. Pío XI, Enc. Casti connubii, AAS 22 (1930), n. 565; Decreto del S. Oficio, 22 de febrero de 1940, AAS 32 (1940), p. 73; Pío XII, AAS 43 (1951), pp. 843-844; AAS 50 (1958), pp. 734-735.


16. Cfr. Catechismus Romanus Concilii Tridentini, pars II, c. VIII; Pío XI, Enc. Casti connubii, AAS 22 (1930), pp. 559-561; Pío XII, AAS 43 (1951), p. 843; AAS 50 (1958), pp. 734-735; Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, AAS 53 (1961), n. 447.


17. Cfr. Pío XII, Aloc. al Congreso Nacional de la Unión de Juristas Católicos Italianos, 6 diciembre 1953, AAS 45 (1953), pp. 798-799.


18. Cfr. Rom., 3, 8.


19. Cfr. Pío XII, Aloc. a los Participantes en el Congreso de la Asociación Italiana de Urología, 8 octubre 1953, AAS 45 (1953), pp. 674-675; AAS 50 (1958), pp. 734-735.


20. Cfr. Pío XII, AAS 43 (1951), p. 846.


21. AAS 45 (1953), pp. 674-675; Aloc. a los Dirigentes y Socios de la Asociación Italiana de Donadores de Córnea, AAS 48 (1956), pp. 461-462.


22. Luc., 2, 34.


23. Pablo VI, Enc. Populorum Progressio, 26 de marzo de 1967, n. 21.


24. Cfr. Rom., cap. 8.


25. Cfr. Conc. Vat. II, Decreto Inter Mirifica sobre los medios de comunicación social, nn. 6-7.


26. Cfr. Enc. Mater et Magistra, AAS 53 (1961), p. 447.


27. Cfr. Enc. Populorum Progressio, nn. 48-55.


28. Gaudium et Spes, n. 52.


29. Cfr. AAS 43 (1951), p. 859.


30. Gaudium et Spes, n. 51.


31. Cfr. Mat., 11, 30.


32. Cfr. Gaudium et Spes, n. 48; Conc. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium, n. 35.


33. Mat., 7, 14; cfr. Hebr., 12-11.


34. Cfr. Tit., 2, 12.


35. Cfr. I Cor., 7, 31.


36. Rom., 5, 5.


37. Ef., 5, 25, 28-29, 32-33.


38. Cfr. Lumen Gentium, nn. 35 y 41; Gaudium et Spes, nn. 48 y 49; Conc. Vat. II, Decret. Apostolicam Actuositatem, n. 11.


39. Cfr. Lumen Gentium, n. 25.


40. I Cor., 1, 10.


41. Cfr. Jn., 3, 17.

 

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La Humanae Vitae de Pablo VI. Esencia de un documento profético

 

R.P. Dr. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E.

 

'La mañana del 25 de julio de 1968 -recordaría años más tarde el Cardenal Casaroli, entonces Secretario de Estado-, Pablo VI celebró la Misa del Espíritu Santo, pidió luz de lo Alto... y firmó: firmó su firma más difícil, una de sus firmas más gloriosas. Firmó su propia pasión' (1). Se trataba de la Carta Encíclica Humanae Vitae, sobre la regulación de la natalidad; terminaba de esa manera un largo trabajo comenzado en 1963 por Juan XXIII al constituir una 'Comisión para el estudio de problemas de población, familia y natalidad'. Pablo VI, al sucederle en el Pontificado, asumió el reto lanzado por su predecesor, sabiendo desde el principio que ésta sería una de las cruces más pesadas que le tocaría llevar.

En efecto, ya en tiempos de Juan XXIII, al tiempo de constituir la Comisión de estudio, un grupo de moralistas había comenzado una intensa campaña a favor de la contracepción (2), que se agudizó con la indiscreta publicación del informe 'secreto' escrito para uso del Papa por la referida Comisión. Este informe recogía la posición de los diversos especialistas sobre el tema y se dividía en tres elocuentes partes: el informe de la 'mayoría' que se inclinaba notoriamente por una mitigación de la doctrina de la anticoncepción, el de la 'minoría' que sostenía la doctrina tradicional, y finalmente la 'respuesta' de la mayoría a la minoría; el mismo esquema revelaba la tendenciosa influencia que se intentaba ejercer sobre el Papa en orden a la permisión moral de los anticonceptivos; su publicación intentó -probablemente- aumentar la presión (3).

Con la publicación de la Encíclica llegó la parte más dura para Pablo VI: no sólo la incomprensión de muchos laicos católicos sino la violenta oposición de influyentes grupos de teólogos y la ambigua posición de algunas Conferencias Episcopales (como los episcopados austríaco, belga, canadiense, francés, etc.) que por una parte daban la razón al Pontífice y por otra intentaban mitigar su enseñanza (4). Entre las reacciones de los teólogos (5), la primera fue la Declaración firmada por 87 teólogos de la zona de Washington, sólo dos días más tarde de la publicación de la Encíclica; en ella se dirige al Papa la gravísima acusación de haberse opuesto al Concilio Vaticano II identificando la Iglesia con la Jerarquía, contra el ecumenismo ignorando el testimonio de los hermanos separados, contra la actitud de apertura al mundo contemporáneo, y llega así a afirmar que los católicos pueden tranquilamente ignorar la Encíclica. Más grave todavía, por la autoridad de sus firmantes, por el contenido y por el posterior desarrollo, fue la Declaración de 20 teólogos europeos al término de dos días de estudio y discusión tenidos en Amsterdam del 18 al 19 de setiembre de 1968; sus firmantes fueron J.M. Aubert, A. Auer, T. Beemer, F. Böckle, W. Bulst, R. Callewaert, M. De Wachter, S.J., E. Mc Donagh, O. Franssen, S.J., J. Groot, L. Janssens, W. Klijn, S.J., F. Klosternann, O. Madr, F. Malmberg, S.J., S. Pfürtner, O.P., C. Robert, P. Schoonenberg, S.J., C. Sporken, R. Van Kessel. También tuvo particular repercusión e influencia el artículo de K. Rahner, S.J., publicado en 'Die Welt' el 26 de agosto de 1968 y traducido en 'Il Regno' (6), que comienza con algunas profecías sobre la eficacia y la suerte de la Encíclica que, como todas las profecías del progresismo, se cumplieron exactamente al revés; afirma, por ejemplo, que 'la mayoría de los católicos considerará de hecho la norma de la Encíclica no sólo como 'doctrina reformabilis' (doctrina reformable) sino incluso como 'doctrina reformanda' (doctrina que debe ser reformada)', es decir, como doctrina errónea. A los cónyuges católicos, Rahner reconoce no sólo la amplia posibilidad de seguir en buena fe una norma que el Magisterio condena (lo cual nadie discute cuando se trata de conciencia invenciblemente errónea), sino que establece para cada persona el derecho-deber de seguir los dictámenes de la propia consciencia en oposición a las enseñanzas del Papa cuando 'después de un maduro examen de conciencia, cree llegar, con toda cautela y espíritu autocrítico, a una opinión que derogue la norma establecida por el Papa'. Rahner -por su prestigio e influencia en aquel momento- abrió las puertas a un craso subjetivismo moral de gravísimas consecuencias para la vida de los fieles.

 

 

1. División de la Humanae vitae

La HV se divide en una introducción y tres partes. Su esquema esencial es el siguiente:

·        Introducción (n. 1)

·        Primera Parte (n. 2-6): aspectos nuevos del problema (desarrollo demográfico, situaciones laborales difíciles, preguntas angustiantes del hombre de hoy) y competencia del Magisterio en los temas de la fecundidad y de la ley natural.

·        Segunda Parte (n. 7-18): principios doctrinales:

o       Visión global del hombre.

o       Amor conyugal y matrimonio (características del amor conyugal y de la paternidad responsable).

o       Dimensiones y fines del acto conyugal (inseparabilidad).

o       Vías lícitas y vías ilícitas para regular los nacimientos.

o       Graves consecuencias de los métodos de regulación artificial de la natalidad.

·        Tercera Parte (n. 19-31): Orientaciones pastorales para las autoridades políticas, esposos, hombres de ciencia, médicos y personal sanitario, sacerdotes y obispos.

Ha dicho el Papa Juan Pablo II que 'el principio de la moral conyugal que la Iglesia enseña (Concilio Vaticano II, Pablo VI) es el criterio de la fidelidad al plan divino' (7). La HV se limita, en tal sentido, a exponer el plan divino sobre el hombre y la conyugalidad; este plan revela lo que es el verdadero bien del hombre, el auténtico y único itinerario de su perfección humana y de su felicidad terrena y eterna como individuo y como familia.

 

2. Los dos Significados del Acto Conyugal (8)

Los puntos claves de la HV se encuentran en los nn. 11-13 donde se presenta la doctrina central sobre el acto matrimonial y se fundamenta la condenación moral de todo acto contraceptivo. En el n. 12 se dice que el acto conyugal tiene dos 'significados': el unitivo y el procreativo.

1) Aspecto unitivo: viene designado muchas veces en la Encíclica con diversos términos: unidad (n. 12), amor mutuo (n. 12 y 13), don del amor conyugal (n. 13), etc. Se trata de un dato de hecho: el acto conyugal une a los cónyuges íntimamente entre sí. Es una unión entre dos personas, es decir, unión de cuerpos, de psicologías y de almas. Son 'dos en una sola carne' (Mt 19,6).

2) Aspecto procreativo: es la 'facultad de procrear' o de 'transmitir la vida'. Es propio del acto en su nivel biológico; consiste en el poner las condiciones para la procreación (fecundación). Sólo a veces el acto es de hecho procreador; el acto conyugal confiere a los esposos una capacidad procreativa no-absoluta, sino tal como la determinan las leyes biológicas en ese hombre y esa mujer en el momento concreto en que realizan el acto conyugal. Así podrá tratarse de:

- una capacidad efectiva y actual, si están presentes todos los elementos requeridos para una fecundación;

- una capacidad provisoriamente potencial, si falta por un período de tiempo más o menos breve uno de los elementos requeridos para la fecundación (ausencia de ovulación, de permeabilidad en la vías internas, durante el embarazo ya comenzado, etc.);

- una idoneidad definitivamente potencial, si alguno de los elementos esenciales para la fecundación falta irremediablemente (por edad senil, esterilidad natural, intervenciones quirúrgicas, etc.).

 

Estos dos aspectos son calificados en la HV de diversa manera, por ejemplo:

1) Como 'los dos significados del acto conyugal' (n. 12).

2) Como significado y al mismo tiempo como fin (al decir que 'usar este don divino destruyendo aunque sólo sea parcialmente, su significado y finalidad ...': n. 13).

3) Como significado el aspecto unitivo y como fin el procreativo ('Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido [significado] del amor mutuo y su ordenación [fin] a la... paternidad': n. 12).

4) Los dos como fines; al decir que el acto de los cónyuges está 'destinado a significar y corroborar la unión de los esposos' y 'debe permanecer, por su naturaleza, destinado a procrear la vida' (n. 11).

 

Significado y fin son los dos roles específicos que cumplen el aspecto unitivo y el procreativo en el acto conyugal. Se trata en verdad de dos expresiones inadecuadas de una única realidad. El término 'fin' es evidente: quiere decir orientación, ordenación. 'Significado' quiere decir 'expresión sensible', 'signo'. Aplicando estos términos al acto conyugal se quiere afirmar:

1) Que el acto conyugal 'expresa sensiblemente' el amor que los esposos se tienen (aspecto unitivo) y la actitud de apertura a la vida (aspecto procreativo), que son los dos motivos por los cuales un hombre y una mujer se unen en matrimonio. Por eso, tal como los esposos realizan su acto conyugal, de ese modo expresan y confiesan cómo es el amor que se tienen:

a) Un acto conyugal realizado con delicadeza, respeto, abierto a la vida, etc., manifiesta un amor delicado, respetuoso, libre y fecundo (biológica y espiritualmente). No hay que olvidar que las características del verdadero amor conyugal son cuatro, indicadas en la HV, n. 9: ante todo, plenamente humano (es decir, al mismo tiempo sensible y espiritual); en segundo lugar, total (es decir, tal que los esposos compartan todo cuando son y poseen generosamente creando una 'forma singular de amistad'); fiel y exclusivo hasta la muerte (uno con una para siempre y a pesar de todas las dificultades); y, finalmente, fecundo (o sea, 'que no se agota en la comunión de los esposos, sino que está destinado a prolongarse suscitando nuevas vidas').

b) Un acto conyugal realizado sin respeto, o sin delicadeza, o coaccionado, o cerrado a la vida, etc., manifiesta un amor egoísta.

2) Que el acto conyugal se orienta como a su fin a incrementar el amor (aspecto unitivo) y a llamar (actual o potencialmente) nuevas vidas (aspecto procreativo).

 

3. La Inseparabilidad de los dos Significados (9)

El punto central de la Encíclica está dado por el principio fundamental expresado por Pablo VI tanto en forma negativa como positiva:

1) Forma positiva: 'Quilibet matrimonii usus ad vitam humanam procreandam per se destinatus permaneat' (n. 11), todo acto matrimonial debe permanecer por sí mismo destinado a procrear la vida humana (es decir, debe mantener su destinación natural).

2) Forma negativa: 'Non licet homini sua sponte infringere nexum indissolubilem et a Deo statutum, inter significationem unitatis et significationem procreationis quae ambae in actu coniugali insunt' (n.12). No le es lícito al hombre romper por su propia iniciativa el nexo indisoluble y establecido por Dios, entre el significado de la unidad y el significado de la procreación que se contienen conjuntamente en el acto conyugal.

 

El sentido exacto de esta afirmación es que: en cada acto conyugal debe estar siempre presente el amor conyugal y se debe mantener aquel grado de procreatividad que posee naturalmente en el momento en que los cónyuges lo realizan. Muchos piensan erróneamente que la enseñanza de la HV tiene como único objetivo condenar las prácticas anticonceptivas, pero, en realidad no se restringe a este problema: hay muchas otras formas de negar el amor conyugal y que están condenadas con la afirmación de esta indisolubilidad. De hecho, el acto conyugal puede encontrarse desnaturalizado en varios casos:

1) El acto realizado por esposos unidos por verdadero amor conyugal, pero realizado como expresión incompleta de tal amor por estar privado de su natural procreatividad (es el acto unitivo, no-procreativo).

2) El acto realizado por esposos que no están unidos por un verdadero amor conyugal, pero que no es alterado en su natural procreatividad, por ejemplo, cuando es realizado sin respeto, con violencia, impuesto, usando al cónyuge... pero sin cerrarse a la vida (es el acto conyugal procreativo, no-unitivo).

3) El acto conyugal realizado por esposos que no están unidos por verdadero amor y además está sustancialmente alterado en su procreatividad (es el acto no-unitivo y no-procreativo).

4) Hay que añadir también el acto sólo procreativo (o mejor, la 'técnica procreativa') que prescinde del acto conyugal, o al menos lo reduce a una condición material y biológica para obtener las células sexuales del varón y la mujer, como es el caso de la fecundación artificial propiamente dicha (es la procreación sin acto unitivo).

 

El principio fundamental de Pablo VI es que ambos aspectos son inseparables: 'El acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer' (HV, 12). Analicemos cada una de las expresiones:

1) 'Por su íntima estructura': es decir, tal como es en sí mismo. El acto conyugal es esencialmente así. Si falta uno de estos elementos no tenemos un acto propiamente conyugal, como no estamos ante un hombre cuando estamos ante un cuerpo sin alma (un cadáver).

2) 'Mientras': es decir al tiempo que realiza una dimensión hace real la otra. El Papa Juan Pablo II, remitiéndose a estas expresiones de Pablo VI, las comentaba diciendo que en el acto conyugal uno de los aspectos 'se realiza juntamente con el otro y, en cierto sentido, el uno a través del otro' (10).

3) 'Los une profundamente... los hace aptos': no pueden unirse más íntimamente que en el acto que se ordena de suyo a la generación de la vida, y por otro lado, no pueden procrear (del modo previsto por la naturaleza) sino mediante el acto que los hace una sola 'carne'. El Papa señala que se trata del acto que 'los une profundamente'. Con esta expresión hace referencia a la unión total, no sólo física, sino psicológica, afectiva y espiritual, dimensiones todas que han de estar presentes en el acto conyugal para que se trate de un acto auténticamente unitivo.

4) 'Según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer': es una evidente referencia a la ley natural. No quiere decir esto que el hombre y la mujer sean esclavos materiales de las leyes biológicas; la ley natural no es la ley puramente biológica, sino el fruto de la reflexión racional del hombre que descubre en su biología el designio del Creador sobre la vida sexual. Todo cuanto llevamos dicho, el hombre y la mujer pueden leerlo en sus propios cuerpos, en su propia naturaleza, en sus propios ritmos; y entienden de este modo lo que Dios les pide mediante Su lenguaje expresado en la creación.

 

4 . Consecuencias Morales

Destaquemos las consecuencias morales de los principios enunciados.

 

1) Bondad de los actos fecundos intentados como fruto del amor. Es la consecuencia más evidente y que no exige aclaraciones pues a esto se ordena el matrimonio como institución natural y como sacramento: a que se amen y a que busquen la fecundidad a través de actos de verdadero amor.

 

2) Malicia de los actos fecundos que no son fruto del amor. Amor y fecundidad deben ir juntos. La fecundidad no un acto puramente biológico sino el fruto de los actos personales de los cónyuges, los cuales se constituyen en cónyuges por 'amor': dos personas se casan porque se aman, por tanto el fruto de su matrimonio debe ser fruto del amor. De lo contrario, el fin (la fecundación) justificaría los medios (amor o falta de amor). Por este motivo, es intrínsecamente ilícito buscar la generación por medio de una violación (como se intentó en algunas guerras étnicas modernas para imponer a las mujeres de otras razas la humillación de engendrar hijos de sus enemigos, que de este modo les recordarían siempre el avasallamiento al que fueron sometidas), o también buscar la procreación como fruto de manipulaciones técnicas (fecundación artificial).

 

3) Posible uso virtuoso y vicioso de los actos realizados deliberadamente sólo en los períodos infecundos. El recurso a los períodos infecundos puede ser bueno o malo, según las circunstancias y el fin por el que se recurra a ellos.

a) Son lícitos y buenos cuando son buscados por un buen fin y con las circunstancias debidas: 'Si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges o de circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los períodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales' (HV, 16). Estos actos son buenos porque en este caso los esposos hacen un juicio prudencial por el cual juzgan que, por razones graves, no es prudente aquí y ahora poner los medios para concebir un nuevo hijo y por tal motivo, eligen abstenerse, o sea, no realizar el acto que podría dar origen a una nueva vida. Se trata de la omisión de un acto al que, dadas las circunstancias que en ese momento se verifican en su matrimonio, no están obligados.

¿Por qué es lícito conocer los ritmos naturales de la fertilidad para abstenerse en los períodos fértiles y reservar los actos conyugales para los momentos infértiles? Porque en tal caso los esposos se limitan a conocer una disposición natural (es decir, causada por el Creador) para servirse de ella (cf. HV, 16), 'usando de este modo las leyes del proceso generador reconociéndose no árbitros de las fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del plan establecido por el Creador' (HV, 13).

b) Son, en cambio, ilícitos cuando son realizados con una mentalidad anticonceptiva. Los métodos naturales en sí no son anticonceptivos sino no-conceptivos, pero la voluntad (la intención) de los cónyuges podría ser anticonceptiva. Así ocurre cuando se practican sin motivos que los justifiquen, es decir, como fruto del egoísmo de los cónyuges.

 

4) Finalmente, son ilícitos los actos contraceptivos. La HV (n. 14) incluye en este juicio moral tres cosas:

a) el aborto directamente procurado, aun cuando se invoquen razones terapéuticas;

b) la esterilización directa, tanto perpetua como temporal;

c) toda acción que se proponga hacer imposible la procreación; ya se busque esto como fin (cuando se está en contra de la procreación en sí misma) o como medio (por ejemplo, cuando la anticoncepción es procurada sólo por razones de salud, en caso de riesgo para la madre, o por circunstancias económicas, etc.); es indiferente para el juicio moral negativo el que las acciones por las que se impide la procreación se realicen en previsión del acto conyugal (anovulatorios, espermicidas, etc.), en su realización (anticonceptivos de barrera, interrupción del acto conyugal) o en el desarrollo de sus consecuencias naturales (todos los medios que son antianidatorios (como dispositivos intrauterinos, píldoras abortivas, etc.).

La razón de la intrínseca malicia de estos actos es que la decisión de recurrir a tales medios supone un acto de la razón por el cual los esposos juzgan como un bien para ellos el volverse artificialmente infecundos (perpetua o temporalmente) y deciden como consecuencia realizar el acto que produce en ellos la infertilidad. Ahora bien, juzgar como un bien (para ellos) la infertilidad inducida de sus actos conyugales es un juicio perverso porque corrompe el auténtico concepto del amor conyugal, entre cuyas características esenciales está el ser 'abierto a la vida' (ya sea actual o sólo potencialmente fecundo).

 

5 . Falsas Argumentaciones contra la Doctrina de la HV

Quiero indicar, por último, algunas falsas argumentaciones contra la doctrina central de la HV (cf. HV, 2-3.14).

 

1) La dificultad de la superpoblación mundial. Se viene diciendo, desde mucho antes de la publicación de la HV, que si no hay una seria reducción de la tasa de natalidad, nos enfrentaremos a un desastre demográfico por razón de la superpoblación del planeta. Es el argumento de la 'Bomba P' (bomba población); 'en 1968 Paul Erlich predijo que antes de 1990 se acabaría la civilización humana, aplastada por el apabullante peso de seres diminutos que estaban naciendo a un ritmo 'excesivamente acelerado'' (11). Al margen de todas las demostraciones de la falsedad fundamental de tales afirmaciones, vale la pena señalar que el Pontificio Consejo para la Familia acaba de publicar una declaración de capital importancia en la que, después de recoger las investigaciones de 14 expertos internacionales, afirma que 'desde hace treinta años, la tasa de crecimiento de la población mundial no deja de disminuir a un ritmo regular y significativo' (12). Actualmente 51 países, que representan casi la mitad de los habitantes del planeta (concretamente el 44% de la población mundial) no logran reemplazar a sus generaciones viejas. Las consecuencias son gravísimas desde el punto de vista sociológico, cultural, económico y geopolítico: estamos marchando (y en algunos países ya han llegado) hacia el fenómeno de sociedades con escaso o mínimo número de jóvenes que deben mantener con su trabajo el peso muerto de una gran población de ancianos y enfermos que requieren cada vez más cuidados y material médico. Esto ocasiona numerosas consecuencias negativas, como el desequilibrio en los sistemas educativos de niños y jóvenes, que pasan a ser menos urgentes que el presupuesto para atender a los ancianos; a su vez la debilitación en el sistema educativo encierra el riesgo cierto de la pérdida de la memoria colectiva; por otra parte el aumento de la edad media de la sociedad (cada vez es más alta) influye en el perfil psicológico de esas poblaciones: carácter sombrío, falta de dinamismo intelectual, económico, científico y social, falta de creatividad, pesimismo ante el futuro, etc. Finalmente, el retorno al equilibrio suele buscarse, por reacción, en el recurso a la eutanasia: si el problema está ocasionado por la falta de jóvenes y el exceso de viejos... habrá que eliminar a los viejos que ya no presten utilidad a la sociedad; así paga la sociedad a aquellos que cuando fueron jóvenes no fueron generosos con la vida: la anticoncepción es la antesala de la eutanasia activa.

 

2) Objeciones económicas. Se dice también que las dificultades económicas y educativas hacen muy difícil el mantenimiento adecuado de un número elevado de hijos. Esto es indudable, pero también es cierto que no se arregla imponiendo la limitación de los nacimientos sino tratando de cambiar las nefastas condiciones sociopolíticas en que se encuentra la familia de nuestros días. Es muy claro que muchas políticas familiares son básicamente antifamiliares. Y no es éste un problema de origen económico sino ideológico, en que se defiende y promociona una cultura a la que le molesta el concepto de la vida, de la fecundidad y de la familia.. ¿Qué se puede hacer? Ante todo, no resignarse; los esposos y padres deben seguir confiando en la Divina Providencia, y las familias deben ayudarse mutuamente para promocionar familias numerosas y ayudar a las que lo son y no pueden mantenerse por sí solas. Ha dicho el Papa Juan Pablo II: 'Lanzo esta invitación a cuantos trabajan en la edificación de una nueva sociedad en la que reine la civilización y el amor: defended, como don precioso e insustituible, ¡don precioso e insustituible!, vuestras familias; protegedlas con leyes justas que combatan la miseria y el azote del desempleo y que, a la vez, permitan a los padres que cumplan con su misión. ¿Cómo pueden los jóvenes crear una familia si no tienen con qué mantenerla? La miseria destruye la familia, impide el acceso a la cultura y a la educación básica, corrompe las costumbres, daña en su propia raíz la salud de los jóvenes y los adultos. ¡Ayudadlas! En esto se juega vuestro futuro' (13).

 

3) Los cambios sobre el concepto de la mujer y del amor. 'Hoy en día, suele también aducirse, ha cambiado el modo de considerar la personalidad de la mujer y de su puesto en la sociedad, así como el valor del amor conyugal' (HV, n. 2). Es cierto que en el pasado la sociedad dio un énfasis muy exclusivista al rol de la maternidad en relación con la mujer, en el sentido de que el único sentido de la esposa era el tener hijos. Se trata, evidentemente, de una verdad deformada. Hoy se subraya más que antaño el lugar del amor conyugal en el matrimonio, como hace precisamente la HV, la Gaudium et spes del Concilio Vaticano II y, sobre todo, la magistral enseñanza de Juan Pablo II (14). Pero esto no nos permite concluir en otra media verdad oponiendo amor a fecundidad. La maternidad sigue siendo el título de nobleza más alto para una mujer llamada a la vida matrimonial.

 

4) Un falso dominio sobre la creación. Algunos han sostenido que el dominio que ha logrado el hombre en todos los campos debería extenderse también a su cuerpo y a las leyes que regulan la transmisión de la vida, y esto, según ellos, es lo que propiamente haría la anticoncepción. Sin embargo, no son cosas equiparables. El dominio sobre las cosas exteriores es un dominio sobre algo inferior al hombre y totalmente subordinado a él. En cambio su cuerpo es parte de su misma persona. Ciertamente que puede el hombre intervenir sobre su propio cuerpo (lo hace, por ejemplo, cuando se coloca un marcapasos, una prótesis o cuando se amputa un tumor), pero siempre con el respeto que debe a su propia persona, en orden a ayudarse a alcanzar los fines para los que ha sido creado y según la Sabiduría Eterna de Dios. Con la anticoncepción el ser humano actúa sobre sus ritmos biológicos o sobre la estructura de su sexualidad sin motivaciones terapéuticas y con la intención de alterar los fines a los que naturalmente se ordenan estas funciones; mientras que un marcapasos o una diálisis tienen por finalidad que sus órganos desarrollen sus funciones normales en el organismo, la anticoncepción significa la destrucción de sus funciones sexuales. Son 'dominios' diametralmente opuestos.

 

5) Algunos autores han querido justificar la anticoncepción apelando al principio del mal menor (15). Esta aplicación, han sostenido, tendría lugar, por ejemplo, cuando una pareja que no puede recurrir a la continencia periódica (y, por tanto, sólo podría regular los nacimientos mediante la anticoncepción) tiene motivos graves para evitar un nuevo nacimiento; en esta situación esa pareja se encuentra ante un conflicto de deberes: por un lado la necesidad de evitar un nuevo nacimiento y, por otro lado, la imposibilidad de una continencia absoluta que expondría a serios riesgos el amor conyugal o la mutua fidelidad. En este caso, concluyen los defensores de este principio, estos cónyuges deben elegir con libertad y tranquilidad el mal menor que sería la anticoncepción. El Papa Pablo VI rechazó explícitamente esta argumentación (cf. HV, 14). Se trata de una falsa aplicación del principio del mal menor. Cuando se trata de actos intrínsecamente malos, el principio del mal menor autoriza a 'tolerar' a veces el mal que otros hacen o nos hacen, es decir, no obliga siempre a impedir que otros hagan un mal, pero no acredita para que uno mismo haga el mal. Ante la posibilidad de elegir el mal nuestra conciencia debe regirse por uno de los primeros principios de la moral: malum est vitandum, hay que evitar el mal; y sobre los primeros principios no caben excepciones. Aquello que es inmoral por su misma naturaleza, no se hace bueno porque exista la posibilidad de que sucedan males peores, y mientras siga siendo malo jamás podrá ser objeto de elección de un acto bueno y lícito.

 

6) Finalmente alguno ha preguntado si no podría admitirse que la finalidad procreadora pertenece al conjunto de la vida conyugal más bien que a cada uno de sus actos; es decir, si no podría justificarse la anticoncepción por medio del principio de totalidad. Con esta argumentación, en un matrimonio que ha dado lugar a la fecundidad en su proyecto matrimonial (por ejemplo, ya ha tenido varios hijos o piensa tenerlos pero más adelante) no podrían considerarse como 'anticonceptivos' algunos actos singulares; pues sólo serían tales los de una pareja que excluya totalmente los hijos de su proyecto matrimonial. Responde a esto la misma Encíclica diciendo que 'no se pueden invocar como razones válidas, para justificar los actos conyugales intencionalmente infecundos... el hecho de que tales actos constituirían un todo con los actos fecundos anteriores o que seguirán después, y que, por tanto, compartirían la única e idéntica bondad moral' (HV, 14). El primero que sostuvo esta aplicación del principio de totalidad fue E. Schillebeeckx (16). Contra esto el n. 11 de la HV dice 'Quilibet matrimonii usus', cualquier acto matrimonial: cada uno de ellos singularmente considerado debe quedar abierto a la vida. William May, que fue uno de los que en 1968 firmaron el manifiesto de Washington apoyándose, entre otras cosas, en este principio, confesaba 25 años más tarde: 'Comencé a arrepentirme casi inmediatamente... Comenzaba a notar que si la contra-concepción era justificable, entonces debía justificar también la inseminación artificial, la fertilización in vitro y todas las 'técnicas' reproductivas que prescinden del acto conyugal. Al año siguiente llegué a la conclusión de que los argumentos usados para respaldar la contra-concepción podían amparar también todo tipo de comportamiento sexual. En 1970 tuve la confirmación de este pensamiento cuando se editó el libro de Michael Valnt, Sex: the radical view of a catholic theologian, que defendía incluso la homosexualidad' (17).

 

6. Conclusión

La actitud de Pablo VI costó al Pontífice grandes sufrimientos, especialmente por la incomprensión de muchos católicos confundidos por ambiguas reacciones de amplios sectores de la teología católica. Hoy en día, en cambio, nadie duda que la HV fue una Encíclica 'profética'. Pablo VI advertía allí tres grandes peligros que la anticoncepción acarrearía para la sociedad: el camino fácil y amplio para la infidelidad conyugal y la degradación de la moralidad; la pérdida del respeto a la mujer, que pasaría a ser considerada como simple instrumento de goce egoístico; y, finalmente, el poner un instrumento peligroso en manos de autoridades despreocupadas de las exigencias morales (cf. HV, 17).

Las tres previsiones se cumplieron al pie de la letra. La instrumentalización de la mujer ha crecido a la par de las proclamas que se llenan de retórica ensalzando el papel y la dignidad de la mujer; de hecho la inmensa mayoría de las técnicas anticonceptivas son nocivas para la mujer e imponen un avasallamiento a su dignidad. En cuanto a la decadencia moral, está a la vista: la facilidad anticonceptiva ha abierto las puertas al libertinaje sexual, a la prostitución femenina y masculina, y al descrédito de la institución familiar. Finalmente, las políticas que se apoyan en planes antinatalistas han encontrado en las técnicas anticonceptivas los medios para imponer campañas masivas de esterilización voluntaria o forzada y control demográfico; los ejemplos de Perú, Brasil, China, numerosos países de África, el Caribe y Centroamérica, son clara demostración de la visión de Pablo VI.

Para muchos, sin embargo, las palabras de Pablo VI fueron un estímulo para acercarse a la Iglesia. Quiero mencionar el testimonio de Marilyn Grodi, esposa del ex pastor protestante Marcus Grodi, para quien la posición de la Iglesia Católica sobre el aborto fue determinante en el proceso de su conversión: 'Me impresionó, diría más tarde, la fidelidad con que la Iglesia se ha mantenido en los temas sobre la vida. Mientras nuestras iglesias protestantes se han ido deslizando sobre estos temas, la Iglesia Católica ha sostenido con firmeza y ha defendido a la familia en todos los frentes' (18). Igualmente Kimberly Hahn, esposa del célebre ministro presbiteriano Scott Hahn, convertidos ambos al catolicismo, comenzó su acercamiento a la Iglesia atraída por la doctrina sobre la anticoncepción; siendo estudiante de teología protestante ella había encontrado argumentos convincentes en la Sagrada Escritura sobre la necesidad de abrirse generosamente a la vida en cada acto matrimonial y, consecuentemente, había comprendido que esto condenaba la anticoncepción; al constatar que hasta 1930 todas las Iglesias cristianas habían sido fieles a esta enseñanza bíblica y que desde ese momento sólo la Iglesia Católica había mantenido intacta su doctrina mientras que las otras denominaciones cristianas pactaban con el espíritu permisivo del mundo, sus convicciones religiosas se tambalearon y comenzó a considerar más seriamente a la Iglesia Católica, en donde fue recibida años más tarde. La fidelidad a la conciencia y al depósito de la fe entregado a la Iglesia, demostrado entre otros por Pablo VI, fue para esta mujer, como para muchos cristianos, el comienzo de un itinerario hacia la fe.

 


 

1) Cf. Juan Carlos Sanahuja, El Gran Desafío , Ed. Serviam, Bs. As. 1995, p. 44. En adelante citaré la Encíclica Humanae vitae con las siglas 'HV '.

2) Cf. Basso, D., Nacer y morir con dignidad. Estudios de bioética contemporánea, Consorcio de Médicos Católicos, Bs. As., 1989.

3) En Argentina fue publicado por la Rev. Criterio, año 1967, nº 1527 (pp. 471ss), nº 1528 (pp. 511ss), nº 1529 (pp. 553ss).

4) Cf. Basso, op. cit., p. 137.

5) Cf. Lino Ciccone, Humanae vitae. Analisi e commento, Ed. Internazionali, s/f, pp. 13-14.

6) Cf. Il Regno, n. 167/18, pp. 359-361.

7) Juan Pablo II, Catequesis del 8 de agosto de 1984; L'Osservatore Romano, 12 de agosto de 1984, p. 3.

8) Cf. Lino Ciccone, op. cit., pp. 59-123.

9) Cf. Lino Ciccone, op. cit., pp. 107-109.

10) Juan Pablo II, Catequesis semanal, L'Osservatore Romano, 26 de agosto de 1984, p. 3, nº 6.

11) J. C. Sanahuja, op. cit., p. 47.

12) Cf. Declaración del Consejo Pontificio para la Familia sobre la disminución de la fecundidad en el mundo, L'Osservatore Romano, 27 de marzo de 1998, pp. 10-11.

13) Juan Pablo II, Discurso en el Maracaná, Brasil, L'Osservatore Romano, 10 de octubre de 1998, p. 6, nº 3.

14) Cf. recogidas sus catequesis sobre este tema en: Juan Pablo II, Varón y mujer. Teología del cuerpo. Palabra, Madrid 1996.

15) Por ejemplo, han opinado así H. Caffarel, Note sur la régulation des naissances, en: Nouv. Rev. Théol., 87 (1965), pp. 836-848; L. Rossi, Esterilidad (y esterilización), Diccionario enciclopédico de teología moral, Ed. Paulinas, Madrid 1980, pp. 343-349.

16) Cf. E. Schillebeeckx, Approches théologiques, II, Dieu et l'homme, Bruxelles 1965, pp. 228-247.

17) Cf. Lucio Brunelli, Humanae vitae. La Encíclica que dividió al mundo, Rev. Diálogo 20 (1998), pp. 102-103.

18) Cf. Estos dos testimonios en: David Palm, The new converts, The Catholic World Report, May 1995, pp. 32-35.

 

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El Año Paulino: 29/IV/08

 

Miguel Antonio Barriola

 

Al despedirse Jesús, en la Última Cena, prometió: “El que cree en mí hará también las obras que yo hago y aún mayores, porque yo me voy al Padre” (Jn 14, 12).

Es evidente que la mayor grandeza del discípulo, que nunca podrá ser superior al maestro (Mt 10, 24), no se refiere a la obra reveladora y redentora de Jesucristo, sino a su expansión a través de la geografía y la historia, lo cual, asimismo, no se lleva a cabo sin la asistencia viviente del que prometió estar con los suyos hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).

Ahora bien, nadie como S. Pablo extendió tanto el Evangelio. Ya sea por sus viajes, por su defensa del universalismo de Cristo, frente a judíos y judeocristianos, como por sus escritos, que constituyen la parte más voluminosa del Nuevo Testamento. De modo que no es jactancioso ni vanidoso, cuando afirma: “Soy el último de los apóstoles... pero he trabajado más que todos ellos”. La segunda parte de la frase, que parecería ostentar un dejo de altanería, es acto seguido ubicada, cuando aclara: “No yo, sino la gracia de Dios conmigo” (I Cor 15, 9–10).

Bien, pues, lo calificó Benedicto XVI: “El primero después del único” (26/X/06).

Esperando, entonces, que pueda servir de aperitivo, a fin de estimular el interés para beneficiarnos de tanta riqueza, sería oportuno considerar, lo que podríamos llamar su “Testamento”, tal como lo presenta S. Lucas en Hech 20, 17-38.

Es el tercer discurso del Apóstol. El primero fue ante un auditorio judío en Antioquía de Pisidia (Hech 13, 16–41). El segundo, dirigido a paganos, filósofos epicúreos y estoicos (Hech 17, 18: escuelas opuestas por el diámetro): Hech 17, 22–31. Es el famoso discurso en el Areópago.

El que tratamos de considerar ahora tiene carácter intraeclesial, con la particularidad de estar dirigido a los “presbíteros” (u “obispos”) de Éfeso, convocados por el Apóstol en Mileto.

Tiene su importancia también por el lugar que ocupa en la estructura del libro de Lucas: ya acabaron los tres grandes viajes y se prepara Pablo para el definitivo: Jerusalén, Roma y... la vida eterna.

Es el último encuentro con una comunidad cristiana fundada por él, o mejor con sus pastores, que deberán continuar su propia misión y, por ende, la del mismo Cristo.           

En otros términos, este discurso de despedida es como el punto de arranque del cristianismo hacia su máxima expansión: Roma. Así se lo confirmará en los dos discursos que siguen en los caps. 22 y 26, donde entra en relación con un tribuno romano, Claudio Lisias, al que declara su ciudadanía romana (22, 25–28); luego se encontrará con los gobernadores Félix (24, 10) y Festo (caps 25-26), ante el último de los cuales apelará al Emperador Nerón (25, 11).

Es un giro histórico, porque cierra el periodo de la fundación apostólica de la Iglesia e inaugura el de la continuidad posterior, hasta nuestros días, asegurada por la fidelidad al modelo dejado por el Apóstol.

Hemos de agradecer a Lucas que haya recogido aquí un compendio sugerente y enjundioso del patrimonio espiritual ligado a la figura y actividad misionera de Pablo.

Los presbíteros de Éfeso son asimismo los más indicados depositarios de este testamento, dado que fue aquella la Iglesia donde Pablo permaneció más tiempo. Desde allí escribió las dos cartas a los Corintios, que nos han llegado, así como la enviada a Galacia.

Es, pues, el legado de su corazón para los pastores de entonces y sirve de estatuto para todo sucesor de los apóstoles y presbíteros de los primeros orígenes.

Comienza con un: “Ustedes saben” (v. 18). O sea: no va a tejer un autopanegírico sin fundamento. Lo que dirá puede ser corroborado por los mismos interesados. No propone exponer una lista de sus méritos, como diciendo: “He logrado esto o aquello”. Él nada se atribuye para propia exaltación. “He servido al Señor con total humildad, entre lágrimas y pruebas”. No es, por cierto, el gesto olímpico del campeón aclamado. Pablo parece decirnos: “Ésta ha sido mi vida. Me he dedicado al Señor. Porque me ha conquistado y llegó a ser la pasión de mi existencia, de modo que son bien secundarios todos los inconvenientes sufridos” (ver: II Cor 11, 23–30). Ahora, saliendo de la escena, puedo decir sinceramente: “He servido al Señor con toda humildad”. Tengo la alegría de afirmar que la actitud, por la que me he guiado ha sido la de entregarme sin reservas.

“Tanto en público como en privado”. En todo momento fue apóstol. Se sintió involucrado no sólo en “horarios de oficina”, tampoco hacía compartimentos estancos entre actos oficiales por un lado y personales o privados, por otro. Cristo se apoderó sin resquicio alguno de todo su ser.

“Instando a judíos y paganos”. Pese a que él se consideró como llamado especialmente a pregonar la Buena Nueva a los gentiles (Gal 2, 7), dirá no menos: “Me hice judío con los judíos para ganar a los judíos; me sometí a la ley con los que estaban sometidos a ella –aunque yo no lo estoy– a fin de ganar a los que están sometidos a la ley. Y con los que no están sometidos la ley, yo, que no vivo al margen de la ley de Dios –porque estoy sometido a la ley de Cristo– me hice como uno de ellos, a fin de ganar a los que no están sometidos a la ley” (I Cor 9, 20–21).

Después de ofrecer una síntesis sobre su pasado, lo vivido y actuado hasta ese momento, se detiene en el presente y, al igual que Jesús, a lo largo de su último camino a Jerusalén, anunció su pasión y muerte, así Pablo se prepara y fortalece a sus discípulos en vistas a su desenlace, declarando su total disponibilidad al proyecto divino. Es “Prisionero del Espíritu Santo”, porque se dedicó al Evangelio con todo, hasta las últimas consecuencias. Lo único que sabe es que le esperan “en cada ciudad” cadenas y tribulaciones. Cosa que confirmará muy pronto el profeta Agabo (21, 4.11).

Y aquí, sí, pareciera que el Apóstol se comparara a un competidor en juegos olímpicos: “No me importa mi vida, con tal que lleve a la meta mi carrera y el servicio que me encomendó el Señor Jesús, de dar testimonio al mensaje de la gracia de Dios”. Sólo que su “carrera” no es debida únicamente a sus músculos y habilidades atléticas, antes bien a la “gracia de Dios” y no, “para alcanzar una corona corruptible” (I Cor 9, 25), sino que considerará su trayectoria como “habiendo concluido su carrera”, porque “conservó la fe”, es decir, despojándose de toda jactancia o mérito propio, para fiarse sólo e íntegramente de Jesús (II Tim 4, 7).

Así expone de modo completo el meollo de su misión apostólica: no ha sido propaganda de una ideología religiosa, de un sistema moral, sino testimonio dado con la vida a la Buena Nueva, que consiste en el don por antonomasia: “el amor gratuito de Dios”. No fue el Evangelio un pasatiempo o una ocupación entre tantas. ¡No! En él le iba la vida, tanto que llegó a escribir: “¡Ay de mí si no evangelizo!” (I Cor 9,16). No podía concebir un instante de su existencia alejado de su misión. Hasta tal punto no concebía diferencia entre su persona y vocación, que confesará a los tesalonicenses: “Sentíamos por ustedes tanto afecto, que deseábamos entregarles, no solamente el Evangelio de Dios, sino también nuestra propia vida: tan queridos llegaron a sernos” (I Tes 2, 8).

Así, el ideal, que recoge Lucas de la tradición paulina, para todos los que intentamos seguir sus huellas, no es, por cierto, el de una vida tranquila de asalariados por un tiempo y de jubilados después. Pablo ha aprendido a dar todo su ser hasta perderlo, con libertad gozosa, a AQUEL, a quien se lo había ofrecido desde su encuentro con ÉL, a partir de su conversión y vocación.

Mirando ahora al futuro, pese a su propio porvenir de muerte, no claudica falto de esperanza. Al contrario, traza normas de conducta para todo pastor en la Iglesia de Cristo.

Los presbíteros no son llamados a un “cursus honorum”, sino a una carga gravosa. No “ad honorem sed ad onus”. Si I Tim 3, 1 asegura : “El que desea el episcopado, desea un buen trabajo”. No hay que tomarlo, pues, como una ambición para escalar posiciones, sino, como dice el texto “para trabajar”.

A partir del v. 28 nos encontramos, pues, con el elemento medular del discurso de Mileto: “El Espíritu Santo los ha establecido”, o sea: el cargo no resulta de una iniciativa personal, ni sólo de una elección de las bases o meramente jurídica. Es el Espíritu Santo, a través de diversos intermediarios humanos, quien los estableció como custodios de la grey, para “epi–skopéin”: vigilar (epískopos = super-visor).

Mientras “presbítero” indica la dignidad y el papel genérico de un encargado o responsable, “epískopos” señala la función que será precisada acto seguido: apacentar la grey, la Iglesia de Dios. Una vez más: no es la Iglesia posesión propia, sino de Dios. Los pastores son administradores, nunca dueños. Como Jesús también ya le encomendara a Pedro: “Apacienta mis corderos... apacienta mis ovejas” (Jn 21, 15.16).

Los pastores (obispos, presbíteros) prolongan la tarea del único Pastor: guiar, defender, animar. No son patrones, que pueden disponer a su gusto de la comunidad (repasar: Ez 34, como descripción de los pésimos pastores y, al revés, I Pe 5, 2–4, como dechado de solicitud pastoral).

Se trata de algo más que de una administración de bienes. Es la Iglesia de Dios “que se adquirió con su propia sangre” (Hech 20, 28). Con lo cual está Pablo comparando a la naciente comunidad cristiana con la primera “ekklesía” (qahal) de Israel, convocada por Dios, mediante Moisés, con “la sangre” del sacrificio de alianza (Ex 24, 6), que ahora no es la de animales, sino "mi sangre" (Mt 26,28), o, lo que es lo mismo: “la sangre de la nueva Alianza (I Cor 11, 25; Lc 22, 20 con la referencia expresa a la gran profecía de Jer 31, 31 ss y Ez 36, 26 ss, que prácticamente hacen de gozne entre el Antiguo y el Nuevo Testamento).

La vocación del presbítero en la Iglesia se ubica dentro de esta perspectiva trinitaria y de redención, que define la nueva identidad del pueblo de Dios: “El Espíritu Santo los constituye guardianes (obispos)”, en “la Iglesia de Dios”, que “adquirió al precio de la propia sangre” (v. 28).

En semejante horizonte no hay lugar para arribismos o pujas de poder, como para dárselas de demagogo, halagando a las masas o teniendo al ministerio como una propiedad privada.

El trabajo, además, no es sólo “bucólico”, a la manera como consideraban Virgilio y otros poetas a los pastores, porque Pablo para el porvenir vislumbra a “lobos rapaces”, por lo cual invita una vez más a vigilar (v. 31). Dado que la comunidad se verá expuesta al riesgo de la desviación, a causa de dos factores de peligro: uno externo, calificado, como se acaba de notar, de “lobos rapaces”. Pero surgirá también otro más engañoso aún, porque nace de adentro: seductores, que aparecerán de entre las filas mismas de la comunidad, intentando seducir hacia doctrinas perniciosas (v. 30).

Ya Jesús había advertido de ambos peligros, contra los falsos profetas que “vienen con piel de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces” (Mt 7, 15) y sobre los falsos mesías, que se presentarían en su propio nombre (Lc 21, 8). Las Cartas Pastorales advertirán igualmente al respecto: “Te pedí que te quedaras en Éfeso, para impedir que cierta gente enseñara doctrinas extrañas” (I Tim 1, 3). “Insiste con ocasión o sin ella, arguye, reprende, exhorta con paciencia incansable y con afán de enseñar” (II Tim 4, 2).

Pero, podría pensar alguno: “¿No es esto espíritu inquisitorial?”

En modo alguno, con tal que también se estimule positivamente la preocupación por una comunidad pujante, alimentada de sana doctrina, con una vivencia fervorosa de la vida sacramental, reflejada en la caridad y preocupación por todo hermano necesitado: pobres, enfermos, desorientados.

Se han de evitar dos extremos: el espíritu policíaco, que sospecha de todo y todos, y el permisivismo, que remeda al abuelo bonachón, que guiña un ojo a cualquier barrabasada. El Salmo del buen Pastor, recuerda “tu vara y tu bastón”, (Sal 22/23, 4) es decir: “tu cayado y tu clava (mish’án)”. Servía el primero como signo aglutinante del rebaño y el segundo como arma ahuyentadora de las alimañas. El báculo episcopal, ha de guiar, pero también alertar frente a errores, posturas desviadas.

Los sucesores de Pablo (y de todos los apóstoles) han de distinguirse como garantes de la fidelidad y continuidad en el patrimonio de fe, que han recibido.

Semejante tarea podría aparecer como peligrosa y descorazonadora (fieras temibles). Pero Pablo apunta no menos a la fuente de su confianza y coraje: los confía al Señor y a la palabra de su amor fiel, que tiene el poder de construir la comunidad y asegurar la participación en la vida con todos aquellos, que se consagraron a ÉL.

Se esperaría que “la palabra” hubiera sido confiada a los presbíteros. Pero es al revés: ellos son encomendados a ella. Se percibe aquí toda la fuerza bíblica de la palabra viva y eficaz (Is 55, 10–11; Lc 21, 33), que así se ha presentado ya a lo largo de todo el libro de los Hechos: “La palabra del Señor crecía y el número de los discípulos aumentaba considerablemente” (6, 7; 12, 40; 19, 20). Es otra expresión de la paradoja, que describirá Pablo, desde la prisión, cuando se vea encadenado, pero, a la vez afirmando con fe inquebrantable: “Por el cual (Evangelio) sufro y estoy encadenado como un malhechor. Pero la palabra de Dios no está encadenada” (II Tim 2, 9).

Una vez más, esta realidad de la palabra viviente, excluye el menor asomo de creernos propietarios de la Iglesia. El Papa, los concilios, los obispos nunca enseñan sin antes ser conscientes de que solamente administran el tesoro revelado y transmitido, no lo crean o inventan por su cuenta.

Mucho le importa a Pablo dejar bien en claro que su misión no fue la de un funcionario, sino que “durante tres años, de noche y de día, no cesó de aconsejarlos con lágrimas a cada uno de ustedes”. Es decir: no impartió únicamente instrucciones generales, sino que tuvo en cuenta a cada persona, como el buen pastor que conoce sus ovejas por su nombre (Jn 10, 3). Y, nuevamente, no a la manera del gerente de una empresa, sino implicando todo su ser, hasta las lágrimas, cuando era necesario, sin descanso, siempre disponible: “día y noche”.

Finalmente, como Samuel en su testamento y despedida (I Sam 12, 3-4), declara Pablo “no haber deseado ni dinero ni oro, ni las vestiduras de ninguno”. Su único tesoro fue Cristo, quien lo establecía no en una “aurea mediocritas”, sino en el sano y fundamental equilibrio, que impedía que las contrariedades lo desanimasen, y que la prosperidad, le hiciera subir los humos a la cabeza: “Yo sé vivir tanto en las privaciones como en la abundancia; estoy hecho absolutamente a todo, a la saciedad como al hambre, a tener de sobra como a no tener nada. Yo lo puedo todo en aquel que me conforta” (Filip. 4, 11-12).

En este contexto, nos ha rescatado un dicho de Jesucristo, que no se encuentra en ninguno de los cuatro evangelios (ágrafon: no escrito): “La felicidad está más bien en dar que en recibir” (v. 35), dicho que, en verdad, es una síntesis eficaz de las enseñanzas propuestas en el Sermón de la Montaña: “Dad y se os dará” (Lc 6, 30–35.38). El recurso a la enseñanza histórica de Jesús cierra de modo solemne este discurso magistral, donde los guías de las comunidades cristianas pueden encontrar esbozado en grandes líneas un plan de vida, que deriva su atractivo de un modelo histórico concreto: el ejemplo de Pablo, que también aquí propone su vida como punto de referencia, no por creer ser una personalidad descollante, sino, como lo expresa tantas veces en sus cartas, porque todo su ser no ha intentado otra cosa, que ser un reflejo viviente de Cristo: “No vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2,20) .Y por lo mismo exhorta a que lo imiten, en cuanto que él mismo se inspira constantemente en Cristo: “Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo” (I Tes 1, 6; I Cor 11,1).

La visión retrospectiva de su vida, pues, no es un autobombo. Él sale pobre de este mundo, sin nada, pero con la alegría de poder confesar por qué y para quién ha vivido, con quién se ha ligado.

Pablo no ha podido hacer todo lo que quería. Ha sabido admitir sus límites, que no sofocan su visión de fe, así es cómo la carta a los Filipenses, escrita desde el calabozo, es, sin embargo, la que más invita a la alegría (Filip 1, 18; 2, 17.18; 3, 1; 4, 4).

Sin que esta vida superior de la palabra, que subsistirá por más que caduquen cielo y tierra (Lc 21, 33), justifique una holgazanería (“total, Dios se las arreglará”), sí que ha de ayudar a combatir la menor propensión al desaliento, cuando no acertamos a realizar todos los planes que desearíamos.

Como Jesús, también Pablo acaba su discurso de despedida con una oración por aquellos que iban a hacer cosas mayores que él mismo. Ahí, en el diálogo confiado con Dios, está la fuente última de la perseverancia, libertad y solidaridad, que ha de animar a todo pastor de la Iglesia. La oración salva distancias, no sólo de quien se despide (como Pablo, que no vería más a aquellos presbíteros), sino también echa puentes entre este tiempo fugaz y la eternidad.

A la luz de este testamento paulino, podríamos preguntarnos cuál sería el legado más preciado que, entre los valores de nuestra vida, dejaríamos a un ser querido, comunidad, amigos. ¿Es Cristo, su Evangelio, el amor a la Iglesia, el cuidado de la grey respecto a posibles peligros? ¿Preferimos “dar” (nuestro tiempo, ayuda, sostén a desorientados, pobres) a “recibir” (elogios, aplausos, fama, carrera)?

 

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Se crea una falsa Iglesia Católica Reformada en Venezuela

 

La auténtica Iglesia de Cristo no tiene afiliación partidista, aclara Cardenal Urosa

 

CARACAS, 30 Jun. 08 (ACI).

El Cardenal Jorge Urosa Savino, Arzobispo de Caracas, rechazó la participación de algún sacerdote o feligrés en la autodenominada "Iglesia Católica Reformada" y aseguró que "la auténtica Iglesia de Jesucristo tiene como fin llevar el anuncio y los dones de Cristo al mundo entero, independientemente del asunto político y de la afiliación partidista de los fieles".

La "Iglesia Católica Reformada" ha sido fundada por disidentes de distintas iglesias con un explícito apoyo al Gobierno de Hugo Chávez que, según algunas fuentes, estaría financiando su funcionamiento.

Desde la Catedral Metropolitana de Caracas, donde conmemoró la Fiesta de San Pedro y San Pablo y el inicio del Año Paulino, el Arzobispo indicó que "con respecto a la creación de una supuesta Iglesia nueva que abusivamente se quiere llamar 'Católica Reformada' permítanme expresar aquí mi rechazo a la participación de cualquier católico y, mucho más, de cualquier sacerdote".

"Jesucristo Nuestro Señor es el único fundador de la Iglesia de Dios, la cual subsiste en la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, es decir, unida en torno al Obispo de Roma, que es el Papa", precisó. Luego aclaró que esta "nueva agrupación es un grupo heterogéneo formado por disidentes de varias iglesias históricas: hay luteranos y de otras confesiones cristianas, así como algunos católicos".

Alertó a la feligresía católica que "adherirse a esa nueva agrupación disidente es una acción cismática, es decir, de ruptura de la unidad eclesial, que está penada con la excomunión".

"En el caso de sacerdotes que pretendan presentarse como obispos cristianos a raíz de una inválida ordenación, es una acción vacía e ineficaz, pero agravante del gravísimo pecado de cisma y de escándalo para los fieles", precisó.

Asimismo, manifestó su "rechazo a la vacía e ineficaz pretensión de que alguien ordenado por supuestos obispos anglicanos que tampoco están en comunión con la Iglesia Anglicana, pueda ser llamado o considerado obispo".

 

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Hay Dios: lo sabe Flew

 

Guillermo Elizalde Monroset

 

Después de seis décadas de ateísmo militante, Antony Flew, el mayor apologista ateo desde Hume y los filósofos alemanes del siglo XIX, admitió, en mayo de 2004, la existencia de Dios.

 

Flew había reinventado los argumentos ateos en Theology and Falsification (1950), The Presumption of Atheism (1976) y otra treintena de libros. Ahora, justo cuando el positivismo regresa como "nuevo ateísmo", el viejo ateo publica There is a God (Hay Dios), su testamento y última voluntad sobre la cuestión.

 

Hay varias paradojas en la vida de Flew. Por ejemplo, el hecho de que su padre fuera uno de los principales predicadores metodistas de Inglaterra no le impidió hacerse ateo a los quince años, impactado –como tantos desde Lucrecio– por la presencia del mal en el mundo. También es paradójico que Flew expresara sus primeras razones ateas en el Club Socrático, dirigido por el campeón cristiano C. S. Lewis. Sin embargo, allí aprendió a seguir la evidencia hasta donde ésta conduzca, un principio socrático que acabaría llevándole –otra paradoja– al teísmo.

 

El camino intelectual del filósofo británico recorre la filosofía social, el problema del cuerpo y la mente, el concepto de Dios, la discusión sobre la carga de la prueba en el debate teísmo-ateísmo y las implicaciones cosmológicas del Big Bang. Hasta los años 50, Antony Flew fue un marxista convencido. Durante mucho tiempo profesó el determinismo y negó el libre albedrío. Sin embargo, con el compromiso de seguir los hechos hasta donde fuera necesario, declaró falaces los argumentos ateos del positivismo de Alfred Ayer. Después refutó la creencia de que la biología evolutiva proporcionaba una garantía a la doctrina del progreso. Tal vez sin plena conciencia, el profesor londinense había dinamitado dos pilares del ateísmo contemporáneo.

 

Flew paseó su ferviente increencia por las universidades de Gran Bretaña, EE.UU. y Canadá, y la exhibió en varios debates públicos. En 2004 se produjo el último de ellos, en la Universidad de Nueva York. Para sorpresa de la audiencia, Flew proclamó que la complejidad del ADN le obligaba a aceptar la existencia de un Diseñador. Y formuló una sencilla pregunta a sus ya ex colegas ateos: "¿Qué debería suceder o haber sucedido para que os planteéis la existencia de una Mente superior?". A Flew le parecía que los últimos avances científicos le ponían muy difícil seguir siendo ateo.

 

Según Flew, la nueva ciencia ha descubierto tres dimensiones de la naturaleza que señalan hacia Dios. Primero, la existencia de un universo con principio en el tiempo que parece haber sido ajustado milimétricamente para la vida. Segundo, la presencia de leyes naturales, regularidades universales, racionales y matemáticamente precisas, dignas de una mente divina. Y tercero, la dificultad de explicar la vida inteligente, dotada de propósito y químicamente codificada, como emanación de la no-vida, de la materia ciega e inerte.

 

La desembocadura de estos argumentos científicos es muy similar a la que alcanzó hace siglos la metafísica clásica: existe un Autor de la creación. "El Dios cuya existencia defiendo –dice Flew– es el Dios de Aristóteles". Es decir, no es que Flew se haya hecho cristiano, sino deísta. El viejo filósofo confiesa haber llegado a Dios desde lo puramente natural, desde la filosofía primera, sin necesidad de revelación. Su descubrimiento ha sido "un peregrinaje de la razón, no de la fe", hacia un Dios con los atributos del motor inmóvil aristotélico, que una vez ha completado la creación se aleja de ella y la abandona a sus propias leyes. Flew se ha encontrado con el Dios-arquitecto, no con el Dios-amor del cristianismo.

 

A pesar de ello, Flew no cree que haya llegado al final de su búsqueda. La omnipotencia divina, por ser omnipotente, es capaz de revelarse al hombre. Entre las religiones reveladas, el cristianismo le merece especial respeto por sus doctrinas sobre la encarnación y la resurrección y su combinación de la figura carismática de Jesucristo con la de un intelectual de primer nivel como San Pablo. En este sentido debe entenderse el anexo que cierra la obra, una reflexión del obispo anglicano N. T. Wright sobre Jesucristo, que para Flew supone un modo nuevo y fresco de presentar el cristianismo, pero que para el creyente de a pie resulta una apología más fría que fresca.

 

La lectura de There is a God es reconfortante. Lo es descubrir que todavía hay filósofos que anteponen la verdad a sus intereses y perezas. Lo es porque sugiere el papel que desempeña la amistad –ahí están las charlas con Swinburne o Conway– en el acercamiento a la verdad. Y lo es porque el caso Flew confirma la tesis del amigo de éste Roy Varghese: "Sólo un rechazo deliberado a mirar es responsable de cualquier tipo de ateísmo".

 

Ahora bien, el libro sugiere reflexiones menos laudatorias. Una de ellas, la necesidad de recuperar la metafísica. Otra, la necesidad de releer –quizás en Pieper– que para creer hay que querer. Y una pregunta que el lector desearía formular a Antony Flew, tal vez tomando una cerveza en el campus de Reading: "¿Por qué no leíste antes la Summa contra gentiles, amigo?".

 

ANTONY FLEW y ROY VARGHESE: THERE IS A GOD. HOW THE WORLD'S MOST NOTORIOUS ATHEIST CHANGED HIS MIND. Harper One (Nueva York), 2007, 222 páginas.

 

Fuente: Libertad Digital – Suplementos - Libros, 26 de junio de 2008.

 

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Salmo 50

 

Del maestro de coro. Salmo. De David.

Cuando el profeta Natán le visitó después que aquél se había unido a Betsabé.

Tenme piedad, oh Dios, según tu amor,

por tu inmensa ternura borra mi delito,

lávame a fondo de mi culpa,

y de mi pecado purifícame.

Pues mi delito yo lo reconozco,

mi pecado sin cesar está ante mí;

contra ti, contra ti solo he pecado,

lo malo a tus ojos cometí.

Por que aparezca tu justicia cuando hablas

y tu victoria cuando juzgas.

Mira que en culpa ya nací,

pecador me concibió mi madre.

Mas tú amas la verdad en lo íntimo del ser,

y en lo secreto me enseñas la sabiduría.

Rocíame con el hisopo, y seré limpio,

lávame, y quedaré más blanco que la nieve.

Devuélveme el son del gozo y la alegría,

exulten los huesos que machacaste tú.

Retira tu faz de mis pecados,

borra todas mis culpas.

Crea en mí, oh Dios, un puro corazón,

un espíritu firme dentro de mí renueva;

no me rechaces lejos de tu rostro,

no retires de mí tu santo espíritu.

Vuélveme la alegría de tu salvación,

y en espíritu generoso afiánzame;

enseñaré a los rebeldes tus caminos,

y los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, Dios, Dios de mi salvación,

y aclamará mi lengua tu justicia;

abre, Señor, mis labios,

y publicará mi boca tu alabanza.

Pues no te agrada el sacrificio,

si ofrezco un holocausto no lo aceptas.

El sacrificio a Dios es un espíritu contrito;

un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias.

¡Favorece a Sión en tu benevolencia,

reconstruye las murallas de Jerusalén!

Entonces te agradarán los sacrificios justos, ‑holocausto y oblación entera‑

se ofrecerán entonces sobre tu altar novillos.

 

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