Fe
y Razón
Revista virtual gratuita
Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la
evangelización de la cultura
Nº 24 – Julio de 2008
“Omne
verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est”
“Toda verdad, dígala quien la diga,
procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)
“Hoy se
hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la
Iglesia como explicación de
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Colaboradores: Dr. Carlos Álvarez Cozzi, Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic.
Horacio Bojorge, Pbro. Dr.
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Sección |
Título |
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Editorial |
Equipo
de Dirección |
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Documentos |
Papa Pablo VI |
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Moral |
La Humanae
Vitae de Pablo VI. Esencia de un documento profético |
R.P. Dr. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E. |
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Biblia |
Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola |
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Noticias |
Agencia Católica de Informaciones (ACI) |
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Libros |
Guillermo Elizalde Monroset (Libertad Digital) |
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Oración |
Biblia
de Jerusalén |
El 40º aniversario de
Equipo de Dirección
El
próximo 25 de julio se cumplirán 40 años de la promulgación de la carta
encíclica Humanae Vitae sobre la
regulación de la natalidad, del Papa Pablo VI. Éste fue uno de los actos
principales del pontificado de Pablo VI (1963-1978), y sin duda fue el que
enfrentó una oposición más amarga y manifiesta en amplios sectores de la
Iglesia, caracterizados corrientemente como “progresistas”.
Cuatro décadas después, se va extendiendo el reconocimiento de que esa
encíclica fue un documento verdaderamente profético y que, al publicarlo, Pablo
VI realizó un gran servicio a la humanidad: el servicio de la verdad.
“Fe y Razón” celebra el
citado aniversario profesando su adhesión al Magisterio de la Iglesia tal como
éste se expresa en
El
Señor nos mantenga firmes en la fe, alegres en la esperanza y diligentes en la
caridad.
Aclaración:
En el número anterior de “Fe y Razón”, reprodujimos una noticia de
Zenit titulada “
http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/205382?sp=y .
Vuelve a la Tabla de Contenidos
CARTA ENCÍCLICA HUMANAE VITAE
DE S. S. PABLO VI
A LOS VENERABLES HERMANOS LOS PATRIARCAS,
ARZOBISPOS, OBISPOS Y
DEMÁS ORDINARIOS DE LUGAR
EN PAZ Y COMUNIÓN CON
LA SEDE APOSTÓLICA,
AL CLERO Y A LOS FIELES DEL ORBE CATÓLICO
Y A TODOS LOS HOMBRES
DE BUENA VOLUNTAD,
SOBRE
Venerables hermanos y amados hijos, salud
y bendición apostólica.
La transmisión de la vida
1. El gravísimo deber de transmitir la vida humana ha sido siempre para los esposos,
colaboradores libres y responsables de Dios Creador, fuente de grandes alegrías
aunque algunas veces acompañadas de no pocas dificultades y angustias.
En todos los tiempos ha planteado el cumplimiento de este deber serios
problemas en la conciencia de los cónyuges, pero con la actual transformación
de la sociedad se han verificado unos cambios tales que han hecho surgir nuevas
cuestiones que la Iglesia no podía ignorar por tratarse de una materia
relacionada tan de cerca con la vida y la felicidad de los hombres.
I. Nuevos aspectos del problema y
competencia del magisterio
Nuevo enfoque del problema
2. Los cambios que se han producido son, en efecto, notables y de diversa
índole. Se trata, ante todo, del rápido desarrollo demográfico. Muchos manifiestan
el temor de que la población mundial aumente más rápidamente que las reservas
de que dispone, con creciente angustia para tantas familias y pueblos en vía de
desarrollo, siendo grande la tentación de las autoridades de oponer a este
peligro medidas radicales. Además, las condiciones de trabajo y de vivienda y las
múltiples exigencias que van aumentando en el campo económico y en el de la
educación, con frecuencia hacen hoy difícil el mantenimiento adecuado de un
número elevado de hijos.
Se asiste también a un cambio, tanto en el modo de considerar la personalidad
de la mujer y su puesto en la sociedad, como en el valor que hay que atribuir
al amor conyugal dentro del matrimonio y en el aprecio que se debe dar al
significado de los actos conyugales en relación con este amor.
Finalmente, y sobre todo, el hombre ha llevado a cabo progresos estupendos en
el dominio y en la organización racional de las fuerzas de la naturaleza, de
modo que tiende a extender ese dominio a su mismo ser global: al cuerpo, a la
vida psíquica, a la vida social y hasta las leyes que regulan la transmisión de
la vida.
3. El nuevo estado de cosas hace plantear nuevas preguntas. Consideradas las
condiciones de la vida actual y dado el significado que las relaciones
conyugales tienen en orden a la armonía entre los esposos y a su mutua
fidelidad, ¿no sería indicado revisionar las normas éticas hasta ahora vigentes,
sobre todo si se considera que las mismas no pueden observarse sin sacrificios,
algunas veces heroicos?
Más aún, extendiendo a este campo la aplicación del llamado "principio de
totalidad", ¿no se podría admitir que la intención de una fecundidad menos
exuberante, pero más racional, transformase la intervención materialmente
esterilizadora en un control lícito y prudente de los nacimientos? Es decir,
¿no se podría admitir que la finalidad procreadora pertenezca al conjunto de la
vida conyugal más bien que a cada uno de los actos? Se pregunta también si,
dado el creciente sentido de responsabilidad del hombre moderno, no haya
llegado el momento de someter a su razón y a su voluntad, más que a los ritmos
biológicos de su organismo, la tarea de regular la natalidad.
Competencia del Magisterio
4. Estas cuestiones exigían del Magisterio de la Iglesia una nueva y profunda
reflexión acerca de los principios de la doctrina moral del matrimonio,
doctrina fundada sobre la ley natural, iluminada y enriquecida por la
Revelación divina.
Ningún fiel querrá negar que corresponda al Magisterio de la Iglesia el
interpretar también la ley moral natural. Es, en efecto, incontrovertible -como
tantas veces han declarado nuestros predecesores (1)- que Jesucristo, al
comunicar a Pedro y a los Apóstoles su autoridad divina y al enviarlos a
enseñar a todas las gentes sus mandamientos (2), los constituía en custodios y
en intérpretes auténticos de toda ley moral, es decir, no sólo de la ley
evangélica, sino también de la natural, expresión de la voluntad de Dios, cuyo
cumplimiento fiel es igualmente necesario para salvarse (3).
En conformidad con esta su misión, la Iglesia dio siempre, y con más amplitud
en los tiempos recientes, una doctrina coherente tanto sobre la naturaleza del
matrimonio como sobre el recto uso de los derechos conyugales y sobre las
obligaciones de los esposos (4).
Estudios especiales
5. La conciencia de esa misma misión nos indujo a confirmar y a ampliar la
Comisión de Estudio que nuestro predecesor Juan XXIII, de feliz memoria, había
instituido en el mes de marzo del año 1963. Esta Comisión de la que formaban
parte bastantes estudiosos de las diversas disciplinas relacionadas con la
materia y parejas de esposos, tenía la finalidad de recoger opiniones acerca de
las nuevas cuestiones referentes a la vida conyugal, en particular la
regulación de la natalidad, y de suministrar elementos de información
oportunos, para que el Magisterio pudiese dar una respuesta adecuada a la
espera de los fieles y de la opinión pública mundial (5).
Los trabajos de estos peritos, así como los sucesivos pareceres y los consejos
de buen número de nuestros hermanos en el Episcopado, quienes los enviaron
espontáneamente o respondiendo a una petición expresa, nos han permitido
ponderar mejor los diversos aspectos del complejo argumento. Por ello les
expresamos de corazón a todos nuestra viva gratitud.
La respuesta del Magisterio
6. No podíamos, sin embargo, considerar como definitivas las conclusiones a que
había llegado la Comisión, ni dispensarnos de examinar personalmente la grave
cuestión; entre otros motivos, porque en seno a la Comisión no se había
alcanzado una plena concordancia de juicios acerca de las normas morales a
proponer y, sobre todo, porque habían aflorado algunos criterios de soluciones
que se separaban de la doctrina moral sobre el matrimonio propuesta por el Magisterio
de la Iglesia con constante firmeza. Por ello, habiendo examinado atentamente
la documentación que se nos presentó y después de madura reflexión y de asiduas
plegarias, queremos ahora, en virtud del mandato que Cristo nos confió, dar
nuestra respuesta a estas graves cuestiones.
II. Principios doctrinales
Una visión global del hombre
7. El problema de la natalidad, como cualquier otro referente a la vida humana,
hay que considerarlo, por encima de las perspectivas parciales de orden
biológico o psicológico, demográfico o sociológico, a la luz de una visión
integral del hombre y de su vocación, no sólo natural y terrena sino también
sobrenatural y eterna. Y puesto que, en el tentativo de justificar los métodos
artificiales del control de los nacimientos, muchos han apelado a las
exigencias del amor conyugal y de una "paternidad responsable",
conviene precisar bien el verdadero concepto de estas dos grandes realidades de
la vida matrimonial, remitiéndonos sobre todo a cuanto ha declarado, a este
respecto, en forma altamente autorizada, el Concilio Vaticano II en la Constitución
pastoral Gaudium et Spes.
El amor conyugal
8. La verdadera naturaleza y nobleza del amor conyugal se revelan cuando éste
es considerado en su fuente suprema, Dios, que es Amor (6), "el Padre de quien procede toda
paternidad en el cielo y en la tierra" (7).
El matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o producto de la
evolución de fuerzas naturales inconscientes; es una sabia institución del
Creador para realizar en la humanidad su designio de amor. Los esposos,
mediante su recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a
la comunión de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para colaborar
con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas.
En los bautizados el matrimonio reviste, además, la dignidad de signo
sacramental de la gracia, en cuanto representa la unión de Cristo y de la
Iglesia.
Sus características
9. Bajo esta luz aparecen claramente las notas y las exigencias características
del amor conyugal, siendo de suma importancia tener una idea exacta de ellas.
Es, ante todo, un amor plenamente humano,
es decir, sensible y espiritual al mismo tiempo. No es por tanto una simple
efusión del instinto y del sentimiento sino que es también y principalmente un
acto de la voluntad libre, destinado a mantenerse y a crecer mediante las
alegrías y los dolores de la vida cotidiana, de forma que los esposos se
conviertan en un solo corazón y en una sola alma y juntos alcancen su
perfección humana.
Es un amor total, esto es, una forma
singular de amistad personal, con la cual los esposos comparten generosamente
todo, sin reservas indebidas o cálculos egoístas. Quien ama de verdad a su
propio consorte, no lo ama sólo por lo que de él recibe sino por sí mismo,
gozoso de poderlo enriquecer con el don de sí.
Es un amor fiel y exclusivo hasta
Es, por fin, un amor fecundo, que no se agota en la comunión entre
los esposos sino que está destinado a prolongarse suscitando nuevas vidas. "El matrimonio y el amor conyugal están
ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de
La paternidad responsable
10. Por ello el amor conyugal exige a los esposos una conciencia de su misión
de "paternidad responsable" sobre la que hoy tanto se insiste con
razón y que hay que comprender exactamente. Hay que considerarla bajo diversos
aspectos legítimos y relacionados entre sí.
En relación con los procesos biológicos, paternidad responsable significa
conocimiento y respeto de sus funciones; la inteligencia descubre, en el poder
de dar la vida, leyes biológicas que forman parte de la persona humana (9).
En relación con las tendencias del instinto y de las pasiones, la paternidad
responsable comporta el dominio necesario que sobre aquellas han de ejercer la
razón y la voluntad.
En relación con las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales,
la paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación
ponderada y generosa de tener una familia numerosa ya sea con la decisión,
tomada por graves motivos y en el respeto de la ley moral, de evitar un nuevo
nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido.
La paternidad responsable comporta sobre todo una vinculación más profunda con
el orden moral objetivo, establecido por Dios, cuyo fiel intérprete es la recta
conciencia. El ejercicio responsable de la paternidad exige, por tanto, que los
cónyuges reconozcan plenamente sus propios deberes para con Dios, para consigo
mismo, para con la familia y la sociedad, en una justa jerarquía de valores.
En la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan, por tanto, libres
para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera
completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar
su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza
del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada por la Iglesia (10).
Respetar la naturaleza y la finalidad
del acto matrimonial
11. Estos actos, con los cuales los esposos se unen en casta intimidad, y a
través de los cuales se transmite la vida humana, son, como ha recordado el
Concilio, "honestos y dignos"
(11), y no cesan de ser legítimos si, por causas independientes de la voluntad
de los cónyuges, se prevén infecundos, porque continúan ordenados a expresar y
consolidar su unión. De hecho, como atestigua la experiencia, no se sigue una
nueva vida de cada uno de los actos conyugales. Dios ha dispuesto con sabiduría
leyes y ritmos naturales de fecundidad que por sí mismos distancian los
nacimientos. La Iglesia, sin embargo, al exigir que los hombres observen las
normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que
cualquier acto matrimonial (quilibet matrimonii
usus) debe quedar abierto a la transmisión de la vida (12).
Inseparables los dos aspectos: unión y
procreación
12. Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre
la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por
propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado
unitivo y el significado procreador.
Efectivamente, el acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une
profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas,
según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de
Fidelidad al plan de Dios
13. Justamente se hace notar que un acto conyugal impuesto al cónyuge sin
considerar su condición actual y sus legítimos deseos, no es un verdadero acto
de amor; y prescinde por tanto de una exigencia del recto orden moral en las
relaciones entre los esposos. Así, quien reflexiona rectamente deberá también
reconocer que un acto de amor recíproco, que prejuzgue la disponibilidad a
transmitir la vida que Dios Creador, según particulares leyes, ha puesto en él,
está en contradicción con el designio constitutivo del matrimonio y con la
voluntad del Autor de
Vías ilícitas para la regulación de los
nacimientos
14. En conformidad con estos principios fundamentales de la visión humana y
cristiana del matrimonio, debemos una vez más declarar que hay que excluir
absolutamente, como vía lícita para la regulación de los nacimientos, la
interrupción directa del proceso generador ya iniciado, y sobre todo el aborto
directamente querido y procurado, aunque sea por razones terapéuticas (14).
Hay que excluir igualmente, como el Magisterio de la Iglesia ha declarado
muchas veces, la esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre
como de la mujer (15); queda además excluida toda acción que, o en previsión
del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias
naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación
(16).
Tampoco se pueden invocar como razones válidas, para justificar los actos
conyugales intencionalmente infecundos, el mal menor o el hecho de que tales
actos constituirían un todo con los actos fecundos anteriores o que seguirán
después y que por tanto compartirían la única e idéntica bondad moral. En
verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal moral menor a fin de evitar un
mal mayor o de promover un bien más grande (17), no es lícito, ni aun por
razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien (18), es decir, hacer
objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y
por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese
salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. Es por tanto un
error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto intrínsecamente
deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal fecunda.
Licitud de los medios terapéuticos
15. La Iglesia, en cambio, no retiene de ningún modo ilícito el uso de los
medios terapéuticos verdaderamente necesarios para curar enfermedades del
organismo, a pesar de que se siguiese un impedimento, aun previsto, para la
procreación, con tal de que ese impedimento no sea, por cualquier motivo,
directamente querido (19).
Licitud del recurso a los periodos
infecundos
16. A estas enseñanzas de la Iglesia sobre la moral conyugal se objeta hoy,
como observábamos antes (n. 3), que es prerrogativa de la inteligencia humana
dominar las energías de la naturaleza irracional y orientarlas hacia un fin en
conformidad con el bien del hombre. Algunos se preguntan: actualmente, ¿no es
quizás racional recurrir en muchas circunstancias al control artificial de los
nacimientos, si con ello se obtienen la armonía y la tranquilidad de la familia
y mejores condiciones para la educación de los hijos ya nacidos? A esta
pregunta hay que responder con claridad: la Iglesia es la primera en elogiar y
en recomendar la intervención de la inteligencia en una obra que tan de cerca
asocia la creatura racional a su Creador, pero afirma que esto debe hacerse
respetando el orden establecido por Dios.
Por consiguiente, si para espaciar los nacimientos existen serios motivos,
derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges, o de
circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que entonces es lícito tener en
cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar
del matrimonio sólo en los periodos infecundos y así regular la natalidad sin
ofender los principios morales que acabamos de recordar (20).
La Iglesia es coherente consigo misma cuando juzga lícito el recurso a los
periodos infecundos, mientras condena siempre como ilícito el uso de medios
directamente contrarios a la fecundación, aunque se haga por razones
aparentemente honestas y serias. En realidad, entre ambos casos existe una
diferencia esencial: en el primero los cónyuges se sirven legítimamente de una
disposición natural; en el segundo impiden el desarrollo de los procesos
naturales. Es verdad que tanto en uno como en otro caso, los cónyuges están de
acuerdo en la voluntad positiva de evitar la prole por razones plausibles,
buscando la seguridad de que no se seguirá; pero es igualmente verdad que
solamente en el primer caso renuncian conscientemente al uso del matrimonio en
los periodos fecundos cuando por justos motivos la procreación no es deseable, y
hacen uso después en los periodos agenésicos para manifestarse el afecto y para
salvaguardar la mutua fidelidad. Obrando así ellos dan prueba de amor verdadero
e integralmente honesto.
Graves consecuencias de los métodos de
regulación artificial de la natalidad
17. Los hombres rectos podrán convencerse todavía de la consistencia de la
doctrina de la Iglesia en este campo si reflexionan sobre las consecuencias de
los métodos de la regulación artificial de
Podría también temerse que el hombre, habituándose al uso de las prácticas
anticonceptivas, acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse
más de su equilibrio físico y psicológico, llegase a considerarla como simple
instrumento de goce egoístico y no como a compañera, respetada y amada.
Reflexiónese también sobre el arma peligrosa que de este modo se llegaría a
poner en las manos de autoridades públicas despreocupadas de las exigencias
morales. ¿Quién podría reprochar a un gobierno el aplicar a la solución de los
problemas de la colectividad lo que hubiera sido reconocido lícito a los
cónyuges para la solución de un problema familiar? ¿Quién impediría a los gobernantes
favorecer y hasta imponer a sus pueblos, si lo consideraran necesario, el
método anticonceptivo que ellos juzgaren más eficaz? En tal modo los hombres,
queriendo evitar las dificultades individuales, familiares o sociales que se
encuentran en el cumplimiento de la ley divina, llegarían a dejar a merced de
la intervención de las autoridades públicas el sector más personal y más
reservado de la intimidad conyugal.
Por tanto, sino se quiere exponer al arbitrio de los hombres la misión de
engendrar la vida, se deben reconocer necesariamente unos límites
infranqueables a la posibilidad de dominio del hombre sobre su propio cuerpo y
sus funciones; límites que a ningún hombre, privado o revestido de autoridad,
es lícito quebrantar. Y tales límites no pueden ser determinados sino por el
respeto debido a la integridad del organismo humano y de sus funciones, según
los principios antes recordados y según la recta inteligencia del
"principio de totalidad" ilustrado por nuestro predecesor Pío XII
(21).
La Iglesia, garantía de los auténticos
valores humanos
18. Se puede prever que estas enseñanzas no serán quizá fácilmente aceptadas
por todos: son demasiadas las voces -ampliadas por los modernos medios de
propaganda- que están en contraste con
Al defender la moral conyugal en su integridad, la Iglesia sabe que contribuye
a la instauración de una civilización verdaderamente humana; ella compromete al
hombre a no abdicar la propia responsabilidad para someterse a los medios
técnicos; defiende con esto mismo la dignidad de los cónyuges. Fiel a las
enseñanzas y al ejemplo del Salvador, ella se demuestra amiga sincera y desinteresada
de los hombres a quienes quiere ayudar, ya desde su camino terreno, "a participar como hijos a la vida del
Dios vivo, Padre de todos los hombres" (23).
III. Directivas pastorales
La Iglesia, Madre y Maestra
19. Nuestra palabra no sería expresión adecuada del pensamiento y de las
solicitudes de la Iglesia, Madre y Maestra de todas las gentes, si, después de
haber invitado a los hombres a observar y a respetar la ley divina referente al
matrimonio, no les confortase en el camino de una honesta regulación de la
natalidad, aun en medio de las difíciles condiciones que hoy afligen a las familias
y a los pueblos. La Iglesia, efectivamente, no puede tener otra actitud para
con los hombres que
Posibilidad de observar la ley divina
La doctrina de la Iglesia en materia de regulación de la natalidad,
promulgadora de la ley divina, aparecerá fácilmente a los ojos de muchos
difícil e incluso imposible en
Dominio de sí mismo
21. Una práctica honesta de la regulación de la natalidad exige sobre todo a
los esposos adquirir y poseer sólidas convicciones sobre los verdaderos valores
de la vida y de la familia, y también una tendencia a procurarse un perfecto
dominio de sí mismos. El dominio del instinto, mediante la razón y la voluntad
libre, impone sin ningún género de duda una ascética, para que las manifestaciones
afectivas de la vida conyugal estén en conformidad con el orden recto y particularmente
para observar la continencia periódica. Esta disciplina, propia de la pureza de
los esposos, lejos de perjudicar el amor conyugal, le confiere un valor humano
más sublime. Exige un esfuerzo continuo, pero, en virtud de su influjo
beneficioso, los cónyuges desarrollan íntegramente su personalidad,
enriqueciéndose de valores espirituales: aportando a la vida familiar frutos de
serenidad y de paz y facilitando la solución de otros problemas; favoreciendo
la atención hacia el otro cónyuge; ayudando a superar el egoísmo, enemigo del
verdadero amor, y enraizando más su sentido de responsabilidad. Los padres
adquieren así la capacidad de un influjo más profundo y eficaz para educar a
los hijos; los niños y los jóvenes crecen en la justa estima de los valores
humanos y en el desarrollo sereno y armónico de sus facultades espirituales y
sensibles.
Crear un ambiente favorable a la
castidad
22. Nos queremos en esta ocasión llamar la atención de los educadores y de
todos aquellos que tienen incumbencia de responsabilidad, en orden al bien
común de la convivencia humana, sobre la necesidad de crear un clima favorable
a la educación de la castidad, es decir, al triunfo de la libertad sobre el
libertinaje, mediante el respeto del orden moral.
Todo lo que en los medios modernos de comunicación social conduce a la
excitación de los sentidos, al desenfreno de las costumbres, como cualquier
forma de pornografía y de espectáculos licenciosos, debe suscitar la franca y
unánime reacción de todas las personas, solícitas del progreso de la civilización
y de la defensa de los supremos bienes del espíritu humano. En vano se trataría
de buscar justificación a estas depravaciones con el pretexto de exigencias
artísticas o científicas (25), o aduciendo como argumento la libertad concedida
en este campo por las autoridades públicas.
Llamamiento a las autoridades públicas
23. Nos decimos a los gobernantes, que son los primeros responsables del bien
común y que tanto pueden hacer para salvaguardar las costumbres morales: no
permitáis que se degrade la moralidad de vuestros pueblos; no aceptéis que se
introduzcan legalmente en la célula fundamental, que es la familia, prácticas
contrarias a la ley natural y divina. Es otro el camino por el cual los poderes
públicos pueden y deben contribuir a la solución del problema demográfico: el
de una cuidadosa política familiar y de una sabia educación de los pueblos, que
respete la ley moral y la libertad de los ciudadanos.
Somos conscientes de las graves dificultades con que tropiezan los poderes
públicos a este respecto, especialmente en los pueblos en vía de desarrollo. A
sus legítimas preocupaciones hemos dedicado nuestra encíclica Populorum Progressio. Y con nuestro
predecesor, Juan XXIII, seguimos diciendo: "Estas
dificultades no se superan con el recurso a métodos y medios que son indignos
del hombre y cuya explicación está sólo en una concepción estrechamente
materialística del hombre mismo y de su vida. La verdadera solución solamente
se halla en el desarrollo económico y en el progreso social, que respeten y
promuevan los verdaderos valores humanos, individuales y sociales"
(26). Tampoco se podría hacer responsable, sin grave injusticia, a
A los hombres de ciencia
24. Queremos ahora alentar a los hombres de ciencia, los cuales "pueden contribuir notablemente al bien
del matrimonio y de la familia y a la paz de las conciencias si, uniendo sus
estudios, se proponen aclarar más profundamente las diversas condiciones
favorables a una honesta regulación de la procreación humana" (28). Es
de desear en particular que, según el augurio expresado ya por Pío XII, la
ciencia médica logre dar una base, suficientemente segura, para una regulación
de nacimientos, fundada en la observancia de los ritmos naturales (29). De este
modo los científicos, y en especial los católicos, contribuirán a demostrar con
los hechos que, como enseña la Iglesia, "no
puede haber verdadera contradicción entre las leyes divinas que regulan la
transmisión de la vida y aquellas que favorecen un auténtico amor
conyugal" (30).
A los esposos cristianos
25. Nuestra palabra se dirige ahora más directamente a nuestros hijos, en
particular a los llamados por Dios a servirlo en el matrimonio. La Iglesia, al
mismo tiempo que enseña las exigencias imprescriptibles de la ley divina,
anuncia la salvación y abre con los sacramentos los caminos de la gracia, la
cual hace del hombre una nueva criatura, capaz de corresponder en el amor y en
la verdadera libertad al designio de su Creador y Salvador, y de encontrar
suave el yugo de Cristo (31).
Los esposos cristianos, pues, dóciles a su voz, deben recordar que su vocación
cristiana, iniciada en el bautismo, se ha especificado y fortalecido
ulteriormente con el sacramento del matrimonio. Por lo mismo los cónyuges son
corroborados y como consagrados para cumplir fielmente los propios deberes,
para realizar su vocación hasta la perfección y para dar un testimonio, propio
de ellos, delante del mundo (32). A ellos ha confiado el Señor la misión de hacer
visible ante los hombres la santidad y la suavidad de la ley que une el amor
mutuo de los esposos con su cooperación al amor de Dios, autor de la vida
humana.
No es nuestra intención ocultar las dificultades, a veces graves, inherentes a
la vida de los cónyuges cristianos; para ellos como para todos "la puerta es estrecha y angosta la
senda que lleva a la vida" (33). La esperanza de esta vida debe
iluminar su camino, mientras se esfuerzan animosamente por vivir con prudencia,
justicia y piedad en el tiempo (34), conscientes de que la forma de este mundo
es pasajera (35).
Afronten, pues, los esposos los necesarios esfuerzos, apoyados por la fe y por
la esperanza que "no engaña porque
el amor de Dios ha sido difundido en nuestros corazones junto con el Espíritu
Santo que nos ha sido dado" (36); invoquen con oración perseverante la
ayuda divina; acudan sobre todo a la fuente de gracia y de caridad en
Apostolado entre los hogares
26. Entre los frutos logrados con un generoso esfuerzo de fidelidad a la ley
divina, uno de los más preciosos es que los cónyuges no rara vez sienten el
deseo de comunicar a los demás su experiencia. Una nueva e importantísima forma
de apostolado entre semejantes se inserta de este modo en el amplio cuadro de
la vocación de los laicos: los mismos esposos se convierten en guía de otros
esposos. Esta es, sin duda, entre las numerosas formas de apostolado, una de
las que hoy aparecen más oportunas (38).
A los médicos y al personal sanitario
27. Estimamos altamente a los médicos y a los miembros del personal de sanidad,
quienes en el ejercicio de su profesión sienten entrañablemente las superiores
exigencias de su vocación cristiana, por encima de todo interés humano.
Perseveren, pues, en promover constantemente las soluciones inspiradas en la fe
y en la recta razón, y se esfuercen en fomentar la convicción y el respeto de
las mismas en su ambiente. Consideren también como propio deber profesional el procurarse
toda la ciencia necesaria en este aspecto delicado, con el fin de poder dar a
los esposos que los consultan sabios consejos y directrices sanas que de ellos
esperan con todo derecho.
A los sacerdotes
28. Amados hijos sacerdotes, que sois por vocación los consejeros y los
directores espirituales de las personas y de las familias, a vosotros queremos
dirigirnos ahora con toda confianza. Vuestra primera incumbencia -en especial
la de aquellos que enseñan la teología moral- es exponer sin ambigüedades la doctrina
de la Iglesia sobre el matrimonio. Sed los primeros en dar ejemplo de obsequio
leal, interna y externamente, al Magisterio de la Iglesia en el ejercicio de vuestro
ministerio. Tal obsequio, bien lo sabéis, es obligatorio no sólo por las
razones aducidas, sino sobre todo por razón de la luz del Espíritu Santo, de la
cual están particularmente asistidos los pastores de la Iglesia para ilustrar
la verdad (39). Conocéis también la suma importancia que tiene para la paz de
las conciencias y para la unidad del pueblo cristiano, que en el campo de la moral
y del dogma se atengan todos al Magisterio de la Iglesia y hablen del mismo
modo. Por esto renovamos con todo nuestro ánimo el angustioso llamamiento del
Apóstol Pablo: "Os ruego, hermanos,
por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos habléis igualmente, y no
haya entre vosotros cismas, antes seáis concordes en el mismo pensar y en el
mismo sentir" (40).
29. No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de
caridad eminente hacia las almas. Pero esto debe ir acompañado siempre de la
paciencia y de la bondad de que el mismo Señor dio ejemplo en su trato con los
hombres. Venido no para juzgar sino para salvar (41), Él fue ciertamente
intransigente con el mal, pero misericordioso con las personas.
Que en medio de sus dificultades encuentren siempre los cónyuges en las
palabras y en el corazón del sacerdote el eco de la voz y del amor del
Redentor.
Hablad, además, con confianza, amados hijos, seguros de que el Espíritu de Dios
que asiste al Magisterio en el proponer la doctrina, ilumina internamente los
corazones de los fieles, invitándolos a prestar su asentimiento. Enseñad a los
esposos el camino necesario de la oración, preparadlos a que acudan con
frecuencia y con fe a los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia, sin
que se dejen nunca desalentar por su debilidad.
A los Obispos
30. Queridos y venerables hermanos en el episcopado, con quienes compartimos
más de cerca la solicitud del bien espiritual del Pueblo de Dios, a vosotros va
nuestro pensamiento reverente y afectuoso al final de esta encíclica. A todos
dirigimos una apremiante invitación. Trabajad al frente de los sacerdotes,
vuestros colaboradores, y de vuestros fieles con ardor y sin descanso por la
salvaguardia y la santidad del matrimonio para que sea vivido en toda su plenitud
humana y cristiana. Considerad esta misión como una de vuestras
responsabilidades más urgentes en el tiempo actual. Esto supone, como sabéis,
una acción pastoral, coordinada en todos los campos de la actividad humana,
económica, cultural y social; en efecto, sólo mejorando simultáneamente todos
estos sectores, se podrá hacer no sólo tolerable sino más fácil y feliz la vida
de los padres y de los hijos en el seno de la familia, más fraterna y pacífica
la convivencia en la sociedad humana, respetando fielmente el designio de Dios
sobre el mundo.
Llamamiento final
31. Venerables hermanos, amadísimos hijos y todos vosotros, hombres de buena
voluntad: Es grande la obra de educación, de progreso y de amor a la cual os
llamamos, fundamentándose en la doctrina de la Iglesia, de la cual el Sucesor
de Pedro es, con sus hermanos en el episcopado, depositario e intérprete. Obra
grande de verdad, estamos convencidos de ello, tanto para el mundo como para la
Iglesia, ya que el hombre no puede hallar la verdadera felicidad, a la que aspira
con todo su ser, más que en el respeto de las leyes grabadas por Dios en su
naturaleza y que debe observar con inteligencia y amor. Nos invocamos sobre
esta tarea, como sobre todos vosotros y en particular sobre los esposos, la
abundancia de las gracias del Dios de santidad y de misericordia, en prenda de
las cuales os otorgamos nuestra bendición apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, en la
fiesta del apóstol Santiago, 25 de julio de 1968, sexto de nuestro pontificado.
NOTAS
1. Cfr. Pío XI, Enc. Qui pluribus, 9
de noviembre de 1946, Pii IX P. M. Acta, vol.
1. pp. 9-10; San Pío X, Enc. Singulari
quadam, 24 de septiembre de 1912, AAS 4 (1912), p. 658; Pío XI, cfr. Casti connubii, 31 de diciembre de 1930,
AAS 22 (1930), pp. 579-581; Pío XII, Aloc. Magnificate
Dominum al Episcopado del mundo católico, 2 de noviembre de 1954, AAS 46
(1954), pp. 671-672; Juan XXIII, Enc. Mater
et Magistra, 15 de mayo de 1961, AAS
53 (1961), p. 457.
2. Cfr. Math., 28, 18-19.
3. Cfr. Math., 7, 21.
4. Cfr. Catechismus Romanus Concilii
Tridentini, pars II, c. VIII; León XIII, Enc. Arcanum, 10 de febrero de 1880; Acta
L. XIII, 2 (1881), pp. 26-29; Pío XI, Enc. Divini illius Magistri, 31 de diciembre de 1929, AAS 22 (1930), pp.
58-61; Enc. Casti connubii, 31 de
diciembre de 1930, AAS 22 (1930), pp. 545-546; Pío XII Alocución a
5. Cfr. Alocución de Pablo VI al Sacro Colegio, 23 de junio de 1964, AAS 56
(1964), p. 588; a la Comisión para el estudio de los problemas de la población,
de la familia y de la natalidad, 27 de marzo de 1965, AAS (1965), p. 388; al
Congreso Nacional de
6. Cfr. I Jn., 4, 8.
7. Ef., 3, 15.
8. Conc. Vat. II, Const. Past. Gaudium et
spes, n. 50.
9. Cfr. Sto. Tomás, Sum. Teol., I-II,
q. 94, a. 2.
10. Cfr. Gaudium et Spes, nn. 50 y
51.
11. Ibid., n. 49, 2o.
12. Cfr. Pío XI, Enc. Casti connubii,
AAS 22 (1930), p. 560; Pío XII, AAS 43 (1951), p. 843.
13. Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra,
AAS 53 (1961), p. 447.
14. Cfr. Catechismus Romanus Concilii
Tridentini, pars. II, c. VIII; Pío XI, Enc. Casti Connubii, AAS 22 (1930), pp. 562-564; Pío XII, Discorsi e Radiomessaggi, VI, pp.
191-192, AAS 43 (1951), pp. 842-843, pp. 857-859; Juan XXIII, Enc. Pacem in terris, 11 de abril de 1963, AAS 55 (1963), pp. 259-260; Gaudium et Spes, n. 51.
15. Cfr. Pío XI, Enc. Casti connubii,
AAS 22 (1930), n. 565; Decreto del S.
Oficio, 22 de febrero de 1940, AAS 32 (1940), p. 73; Pío XII, AAS 43
(1951), pp. 843-844; AAS 50 (1958), pp. 734-735.
16. Cfr. Catechismus Romanus Concilii
Tridentini, pars II, c. VIII; Pío XI, Enc. Casti connubii, AAS 22 (1930), pp. 559-561; Pío XII, AAS 43 (1951),
p. 843; AAS 50 (1958), pp. 734-735; Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, AAS 53 (1961), n. 447.
17. Cfr. Pío XII, Aloc. al Congreso Nacional de la
Unión de Juristas Católicos Italianos, 6 diciembre 1953, AAS 45 (1953), pp.
798-799.
18. Cfr. Rom., 3, 8.
19. Cfr. Pío XII, Aloc. a los Participantes en el
Congreso de
20. Cfr. Pío XII, AAS 43 (1951), p. 846.
21. AAS 45 (1953), pp. 674-675; Aloc. a los Dirigentes
y Socios de
22. Luc., 2, 34.
23. Pablo VI, Enc. Populorum Progressio,
26 de marzo de 1967, n. 21.
24. Cfr. Rom., cap. 8.
25. Cfr. Conc. Vat. II, Decreto Inter
Mirifica sobre los medios de comunicación social, nn. 6-7.
26. Cfr. Enc. Mater et Magistra, AAS
53 (1961), p. 447.
27. Cfr. Enc. Populorum Progressio,
nn. 48-55.
28. Gaudium et Spes, n. 52.
29. Cfr. AAS 43 (1951), p. 859.
30. Gaudium et Spes, n. 51.
31. Cfr. Mat., 11, 30.
32. Cfr. Gaudium et Spes, n. 48;
Conc. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium,
n. 35.
33. Mat., 7, 14; cfr. Hebr., 12-11.
34. Cfr. Tit., 2, 12.
35. Cfr. I Cor., 7, 31.
36. Rom., 5, 5.
37. Ef., 5, 25, 28-29, 32-33.
38. Cfr. Lumen Gentium, nn. 35 y 41; Gaudium et Spes, nn. 48 y 49; Conc. Vat.
II, Decret. Apostolicam Actuositatem,
n. 11.
39. Cfr. Lumen Gentium, n. 25.
40. I Cor., 1, 10.
41. Cfr. Jn., 3, 17.
Vuelve a la Tabla de Contenidos
R.P.
Dr. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E.
'La mañana del 25 de julio de 1968 -recordaría
años más tarde el Cardenal Casaroli, entonces Secretario de Estado-, Pablo VI celebró la Misa del Espíritu
Santo, pidió luz de lo Alto... y firmó: firmó su firma más difícil, una de sus
firmas más gloriosas. Firmó su propia pasión' (1).
Se trataba de
En efecto, ya en
tiempos de Juan XXIII, al tiempo de constituir la Comisión de estudio, un grupo
de moralistas había comenzado una intensa campaña a favor de la contracepción (2), que se agudizó con la indiscreta publicación del
informe 'secreto' escrito para uso del Papa por
Con la
publicación de la Encíclica llegó la parte más dura para Pablo VI: no sólo la
incomprensión de muchos laicos católicos sino la violenta oposición de
influyentes grupos de teólogos y la ambigua posición de algunas Conferencias
Episcopales (como los episcopados austríaco, belga, canadiense, francés, etc.)
que por una parte daban la razón al Pontífice y por otra intentaban mitigar su
enseñanza (4). Entre las reacciones de los teólogos (5), la primera fue la Declaración firmada por 87 teólogos
de la zona de Washington, sólo dos días más tarde de la publicación de la
Encíclica; en ella se dirige al Papa la gravísima acusación de haberse opuesto
al Concilio Vaticano II identificando la Iglesia con la Jerarquía, contra el
ecumenismo ignorando el testimonio de los hermanos separados, contra la actitud
de apertura al mundo contemporáneo, y llega así a afirmar que los católicos
pueden tranquilamente ignorar
1.
División de la Humanae vitae
La HV se divide en una introducción y tres partes. Su esquema esencial es el siguiente:
· Introducción (n. 1)
· Primera Parte (n. 2-6): aspectos nuevos del problema (desarrollo demográfico, situaciones laborales difíciles, preguntas angustiantes del hombre de hoy) y competencia del Magisterio en los temas de la fecundidad y de la ley natural.
· Segunda Parte (n. 7-18): principios doctrinales:
o Visión global del hombre.
o Amor conyugal y matrimonio (características del amor conyugal y de la paternidad responsable).
o Dimensiones y fines del acto conyugal (inseparabilidad).
o Vías lícitas y vías ilícitas para regular los nacimientos.
o Graves consecuencias de los métodos de regulación artificial de la natalidad.
· Tercera Parte (n. 19-31): Orientaciones pastorales para las autoridades políticas, esposos, hombres de ciencia, médicos y personal sanitario, sacerdotes y obispos.
Ha dicho el Papa Juan Pablo II que 'el principio de la moral conyugal que la Iglesia enseña (Concilio Vaticano II, Pablo VI) es el criterio de la fidelidad al plan divino' (7). La HV se limita, en tal sentido, a exponer el plan divino sobre el hombre y la conyugalidad; este plan revela lo que es el verdadero bien del hombre, el auténtico y único itinerario de su perfección humana y de su felicidad terrena y eterna como individuo y como familia.
2. Los dos Significados del Acto Conyugal (8)
Los puntos claves de la HV se encuentran en los nn. 11-13 donde se presenta la doctrina central sobre el acto matrimonial y se fundamenta la condenación moral de todo acto contraceptivo. En el n. 12 se dice que el acto conyugal tiene dos 'significados': el unitivo y el procreativo.
1) Aspecto unitivo: viene designado muchas veces en la Encíclica con diversos términos: unidad (n. 12), amor mutuo (n. 12 y 13), don del amor conyugal (n. 13), etc. Se trata de un dato de hecho: el acto conyugal une a los cónyuges íntimamente entre sí. Es una unión entre dos personas, es decir, unión de cuerpos, de psicologías y de almas. Son 'dos en una sola carne' (Mt 19,6).
2) Aspecto
procreativo: es la 'facultad de procrear' o de 'transmitir
- una capacidad efectiva y actual, si están presentes todos los elementos requeridos para una fecundación;
- una capacidad provisoriamente potencial, si falta por un período de tiempo más o menos breve uno de los elementos requeridos para la fecundación (ausencia de ovulación, de permeabilidad en la vías internas, durante el embarazo ya comenzado, etc.);
- una idoneidad definitivamente potencial, si alguno de los elementos esenciales para la fecundación falta irremediablemente (por edad senil, esterilidad natural, intervenciones quirúrgicas, etc.).
Estos dos aspectos son calificados en la HV de diversa manera, por ejemplo:
1) Como 'los dos significados del acto conyugal' (n. 12).
2) Como significado y al mismo tiempo como fin (al decir que 'usar este don divino destruyendo aunque sólo sea parcialmente, su significado y finalidad ...': n. 13).
3) Como significado el aspecto unitivo y como fin el procreativo ('Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido [significado] del amor mutuo y su ordenación [fin] a la... paternidad': n. 12).
4) Los dos como fines; al decir que el acto de los cónyuges está 'destinado a significar y corroborar la unión de los esposos' y 'debe permanecer, por su naturaleza, destinado a procrear la vida' (n. 11).
Significado y fin son los dos roles específicos que cumplen el aspecto unitivo y el procreativo en el acto conyugal. Se trata en verdad de dos expresiones inadecuadas de una única realidad. El término 'fin' es evidente: quiere decir orientación, ordenación. 'Significado' quiere decir 'expresión sensible', 'signo'. Aplicando estos términos al acto conyugal se quiere afirmar:
1) Que el acto conyugal 'expresa sensiblemente' el amor que los esposos se tienen (aspecto unitivo) y la actitud de apertura a la vida (aspecto procreativo), que son los dos motivos por los cuales un hombre y una mujer se unen en matrimonio. Por eso, tal como los esposos realizan su acto conyugal, de ese modo expresan y confiesan cómo es el amor que se tienen:
a) Un acto conyugal realizado con delicadeza, respeto, abierto a la vida, etc., manifiesta un amor delicado, respetuoso, libre y fecundo (biológica y espiritualmente). No hay que olvidar que las características del verdadero amor conyugal son cuatro, indicadas en la HV, n. 9: ante todo, plenamente humano (es decir, al mismo tiempo sensible y espiritual); en segundo lugar, total (es decir, tal que los esposos compartan todo cuando son y poseen generosamente creando una 'forma singular de amistad'); fiel y exclusivo hasta la muerte (uno con una para siempre y a pesar de todas las dificultades); y, finalmente, fecundo (o sea, 'que no se agota en la comunión de los esposos, sino que está destinado a prolongarse suscitando nuevas vidas').
b) Un acto conyugal realizado sin respeto, o sin delicadeza, o coaccionado, o cerrado a la vida, etc., manifiesta un amor egoísta.
2) Que el acto conyugal se orienta como a su fin a incrementar el amor (aspecto unitivo) y a llamar (actual o potencialmente) nuevas vidas (aspecto procreativo).
3. La Inseparabilidad de los dos Significados (9)
El punto central de la Encíclica está dado por el principio fundamental expresado por Pablo VI tanto en forma negativa como positiva:
1) Forma positiva: 'Quilibet matrimonii usus ad vitam humanam procreandam per se destinatus permaneat' (n. 11), todo acto matrimonial debe permanecer por sí mismo destinado a procrear la vida humana (es decir, debe mantener su destinación natural).
2) Forma negativa: 'Non licet homini sua sponte infringere nexum indissolubilem et a Deo statutum, inter significationem unitatis et significationem procreationis quae ambae in actu coniugali insunt' (n.12). No le es lícito al hombre romper por su propia iniciativa el nexo indisoluble y establecido por Dios, entre el significado de la unidad y el significado de la procreación que se contienen conjuntamente en el acto conyugal.
El sentido exacto de esta afirmación es que: en cada acto conyugal debe estar siempre presente el amor conyugal y se debe mantener aquel grado de procreatividad que posee naturalmente en el momento en que los cónyuges lo realizan. Muchos piensan erróneamente que la enseñanza de la HV tiene como único objetivo condenar las prácticas anticonceptivas, pero, en realidad no se restringe a este problema: hay muchas otras formas de negar el amor conyugal y que están condenadas con la afirmación de esta indisolubilidad. De hecho, el acto conyugal puede encontrarse desnaturalizado en varios casos:
1) El acto realizado por esposos unidos por verdadero amor conyugal, pero realizado como expresión incompleta de tal amor por estar privado de su natural procreatividad (es el acto unitivo, no-procreativo).
2) El acto realizado por esposos que no están unidos por un verdadero amor conyugal, pero que no es alterado en su natural procreatividad, por ejemplo, cuando es realizado sin respeto, con violencia, impuesto, usando al cónyuge... pero sin cerrarse a la vida (es el acto conyugal procreativo, no-unitivo).
3) El acto conyugal realizado por esposos que no están unidos por verdadero amor y además está sustancialmente alterado en su procreatividad (es el acto no-unitivo y no-procreativo).
4) Hay que añadir también el acto sólo procreativo (o mejor, la 'técnica procreativa') que prescinde del acto conyugal, o al menos lo reduce a una condición material y biológica para obtener las células sexuales del varón y la mujer, como es el caso de la fecundación artificial propiamente dicha (es la procreación sin acto unitivo).
El principio fundamental de Pablo VI es que ambos aspectos son inseparables: 'El acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer' (HV, 12). Analicemos cada una de las expresiones:
1) 'Por su íntima estructura': es decir, tal como es en sí mismo. El acto conyugal es esencialmente así. Si falta uno de estos elementos no tenemos un acto propiamente conyugal, como no estamos ante un hombre cuando estamos ante un cuerpo sin alma (un cadáver).
2) 'Mientras': es decir al tiempo que
realiza una dimensión hace real
3) 'Los une profundamente... los hace aptos': no pueden unirse más íntimamente que en el acto que se ordena de suyo a la generación de la vida, y por otro lado, no pueden procrear (del modo previsto por la naturaleza) sino mediante el acto que los hace una sola 'carne'. El Papa señala que se trata del acto que 'los une profundamente'. Con esta expresión hace referencia a la unión total, no sólo física, sino psicológica, afectiva y espiritual, dimensiones todas que han de estar presentes en el acto conyugal para que se trate de un acto auténticamente unitivo.
4) 'Según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer': es una evidente referencia a la ley natural. No quiere decir esto que el hombre y la mujer sean esclavos materiales de las leyes biológicas; la ley natural no es la ley puramente biológica, sino el fruto de la reflexión racional del hombre que descubre en su biología el designio del Creador sobre la vida sexual. Todo cuanto llevamos dicho, el hombre y la mujer pueden leerlo en sus propios cuerpos, en su propia naturaleza, en sus propios ritmos; y entienden de este modo lo que Dios les pide mediante Su lenguaje expresado en la creación.
4 . Consecuencias Morales
Destaquemos las consecuencias morales de los principios enunciados.
1) Bondad de los actos fecundos intentados como fruto del amor. Es la consecuencia más evidente y que no exige aclaraciones pues a esto se ordena el matrimonio como institución natural y como sacramento: a que se amen y a que busquen la fecundidad a través de actos de verdadero amor.
2) Malicia de los actos fecundos que no son fruto del amor. Amor y fecundidad deben ir juntos. La fecundidad no un acto puramente biológico sino el fruto de los actos personales de los cónyuges, los cuales se constituyen en cónyuges por 'amor': dos personas se casan porque se aman, por tanto el fruto de su matrimonio debe ser fruto del amor. De lo contrario, el fin (la fecundación) justificaría los medios (amor o falta de amor). Por este motivo, es intrínsecamente ilícito buscar la generación por medio de una violación (como se intentó en algunas guerras étnicas modernas para imponer a las mujeres de otras razas la humillación de engendrar hijos de sus enemigos, que de este modo les recordarían siempre el avasallamiento al que fueron sometidas), o también buscar la procreación como fruto de manipulaciones técnicas (fecundación artificial).
3) Posible uso virtuoso y vicioso de los actos realizados deliberadamente sólo en los períodos infecundos. El recurso a los períodos infecundos puede ser bueno o malo, según las circunstancias y el fin por el que se recurra a ellos.
a) Son lícitos y buenos cuando son buscados por un buen fin y con las circunstancias debidas: 'Si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges o de circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los períodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales' (HV, 16). Estos actos son buenos porque en este caso los esposos hacen un juicio prudencial por el cual juzgan que, por razones graves, no es prudente aquí y ahora poner los medios para concebir un nuevo hijo y por tal motivo, eligen abstenerse, o sea, no realizar el acto que podría dar origen a una nueva vida. Se trata de la omisión de un acto al que, dadas las circunstancias que en ese momento se verifican en su matrimonio, no están obligados.
¿Por qué es lícito conocer los ritmos naturales de la fertilidad para abstenerse en los períodos fértiles y reservar los actos conyugales para los momentos infértiles? Porque en tal caso los esposos se limitan a conocer una disposición natural (es decir, causada por el Creador) para servirse de ella (cf. HV, 16), 'usando de este modo las leyes del proceso generador reconociéndose no árbitros de las fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del plan establecido por el Creador' (HV, 13).
b) Son, en cambio, ilícitos cuando son realizados con una mentalidad anticonceptiva. Los métodos naturales en sí no son anticonceptivos sino no-conceptivos, pero la voluntad (la intención) de los cónyuges podría ser anticonceptiva. Así ocurre cuando se practican sin motivos que los justifiquen, es decir, como fruto del egoísmo de los cónyuges.
4) Finalmente, son ilícitos los actos contraceptivos. La HV (n. 14) incluye en este juicio moral tres cosas:
a) el aborto directamente procurado, aun cuando se invoquen razones terapéuticas;
b) la esterilización directa, tanto perpetua como temporal;
c) toda acción que se proponga hacer imposible la procreación; ya se busque esto como fin (cuando se está en contra de la procreación en sí misma) o como medio (por ejemplo, cuando la anticoncepción es procurada sólo por razones de salud, en caso de riesgo para la madre, o por circunstancias económicas, etc.); es indiferente para el juicio moral negativo el que las acciones por las que se impide la procreación se realicen en previsión del acto conyugal (anovulatorios, espermicidas, etc.), en su realización (anticonceptivos de barrera, interrupción del acto conyugal) o en el desarrollo de sus consecuencias naturales (todos los medios que son antianidatorios (como dispositivos intrauterinos, píldoras abortivas, etc.).
La razón de la
intrínseca malicia de estos actos es que la decisión de recurrir a tales medios
supone un acto de la razón por el cual los esposos juzgan como un bien para
ellos el volverse artificialmente infecundos (perpetua o temporalmente) y
deciden como consecuencia realizar el acto que produce en ellos
5 . Falsas Argumentaciones contra la Doctrina de la HV
Quiero indicar, por último, algunas falsas argumentaciones contra la doctrina central de la HV (cf. HV, 2-3.14).
1) La dificultad de la superpoblación
mundial. Se viene diciendo, desde mucho antes de la publicación de la HV,
que si no hay una seria reducción de la tasa de natalidad, nos enfrentaremos a
un desastre demográfico por razón de la superpoblación del planeta. Es el
argumento de
2) Objeciones económicas. Se dice
también que las dificultades económicas y educativas hacen muy difícil el
mantenimiento adecuado de un número elevado de hijos. Esto es indudable, pero
también es cierto que no se arregla imponiendo la limitación de los nacimientos
sino tratando de cambiar las nefastas condiciones sociopolíticas en que se
encuentra la familia de nuestros días. Es muy claro que muchas políticas
familiares son básicamente antifamiliares. Y no es éste un problema de origen
económico sino ideológico, en que se defiende y promociona una cultura a la que
le molesta el concepto de la vida, de la fecundidad y de la familia.. ¿Qué se puede hacer? Ante todo, no resignarse; los
esposos y padres deben seguir confiando en
3) Los cambios sobre el concepto de la mujer y del amor. 'Hoy en día, suele también aducirse, ha cambiado el modo de considerar la personalidad de la mujer y de su puesto en la sociedad, así como el valor del amor conyugal' (HV, n. 2). Es cierto que en el pasado la sociedad dio un énfasis muy exclusivista al rol de la maternidad en relación con la mujer, en el sentido de que el único sentido de la esposa era el tener hijos. Se trata, evidentemente, de una verdad deformada. Hoy se subraya más que antaño el lugar del amor conyugal en el matrimonio, como hace precisamente la HV, la Gaudium et spes del Concilio Vaticano II y, sobre todo, la magistral enseñanza de Juan Pablo II (14). Pero esto no nos permite concluir en otra media verdad oponiendo amor a fecundidad. La maternidad sigue siendo el título de nobleza más alto para una mujer llamada a la vida matrimonial.
4) Un falso dominio sobre
5) Algunos autores han querido justificar
la anticoncepción apelando al principio del mal menor (15).
Esta aplicación, han sostenido, tendría lugar, por ejemplo, cuando una pareja
que no puede recurrir a la continencia periódica (y, por tanto, sólo podría
regular los nacimientos mediante la anticoncepción) tiene motivos graves para
evitar un nuevo nacimiento; en esta situación esa pareja se encuentra ante un
conflicto de deberes: por un lado la necesidad de evitar un nuevo nacimiento y,
por otro lado, la imposibilidad de una continencia absoluta que expondría a
serios riesgos el amor conyugal o la mutua fidelidad. En este caso, concluyen
los defensores de este principio, estos cónyuges deben elegir con libertad y
tranquilidad el mal menor que sería
6) Finalmente alguno ha preguntado si no
podría admitirse que la finalidad procreadora pertenece al conjunto de la vida
conyugal más bien que a cada uno de sus actos; es decir, si no podría
justificarse la anticoncepción por medio del principio de totalidad. Con esta
argumentación, en un matrimonio que ha dado lugar a la fecundidad en su
proyecto matrimonial (por ejemplo, ya ha tenido varios hijos o piensa tenerlos
pero más adelante) no podrían considerarse como 'anticonceptivos' algunos actos
singulares; pues sólo serían tales los de una pareja que excluya totalmente los
hijos de su proyecto matrimonial. Responde a esto
6. Conclusión
La actitud de Pablo VI costó al Pontífice grandes sufrimientos, especialmente por la incomprensión de muchos católicos confundidos por ambiguas reacciones de amplios sectores de la teología católica. Hoy en día, en cambio, nadie duda que la HV fue una Encíclica 'profética'. Pablo VI advertía allí tres grandes peligros que la anticoncepción acarrearía para la sociedad: el camino fácil y amplio para la infidelidad conyugal y la degradación de la moralidad; la pérdida del respeto a la mujer, que pasaría a ser considerada como simple instrumento de goce egoístico; y, finalmente, el poner un instrumento peligroso en manos de autoridades despreocupadas de las exigencias morales (cf. HV, 17).
Las tres
previsiones se cumplieron al pie de
Para muchos, sin
embargo, las palabras de Pablo VI fueron un estímulo para acercarse a
1) Cf. Juan Carlos Sanahuja, El Gran Desafío , Ed.
Serviam, Bs. As. 1995, p. 44. En adelante citaré
2) Cf. Basso, D., Nacer y morir con dignidad. Estudios de bioética contemporánea, Consorcio de Médicos Católicos, Bs. As., 1989.
3)
En Argentina fue publicado por
4) Cf. Basso, op. cit., p. 137.
5) Cf. Lino Ciccone, Humanae vitae. Analisi e commento, Ed. Internazionali, s/f, pp. 13-14.
6) Cf. Il Regno, n. 167/18, pp. 359-361.
7) Juan Pablo II, Catequesis del 8 de agosto de 1984; L'Osservatore Romano, 12 de agosto de 1984, p. 3.
8) Cf. Lino Ciccone, op. cit., pp. 59-123.
9) Cf. Lino Ciccone, op. cit., pp. 107-109.
10) Juan Pablo II, Catequesis semanal, L'Osservatore Romano, 26 de agosto de 1984, p. 3, nº 6.
11) J. C. Sanahuja, op. cit., p. 47.
12) Cf. Declaración del Consejo Pontificio para la Familia sobre la disminución de la fecundidad en el mundo, L'Osservatore Romano, 27 de marzo de 1998, pp. 10-11.
13) Juan Pablo II, Discurso en el Maracaná, Brasil, L'Osservatore Romano, 10 de octubre de 1998, p. 6, nº 3.
14) Cf. recogidas sus catequesis sobre este tema en: Juan Pablo II, Varón y mujer. Teología del cuerpo. Palabra, Madrid 1996.
15) Por ejemplo, han opinado así H. Caffarel, Note sur la régulation des naissances, en: Nouv. Rev. Théol., 87 (1965), pp. 836-848; L. Rossi, Esterilidad (y esterilización), Diccionario enciclopédico de teología moral, Ed. Paulinas, Madrid 1980, pp. 343-349.
16) Cf. E. Schillebeeckx, Approches théologiques, II, Dieu et l'homme, Bruxelles 1965, pp. 228-247.
17) Cf. Lucio Brunelli, Humanae vitae. La Encíclica que dividió al mundo, Rev. Diálogo 20 (1998), pp. 102-103.
18) Cf. Estos dos testimonios en: David Palm, The new converts, The Catholic World Report, May 1995, pp. 32-35.
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Miguel Antonio Barriola
Al despedirse Jesús, en
Es evidente que la mayor grandeza del
discípulo, que nunca podrá ser superior al maestro (Mt 10, 24), no se refiere a
la obra reveladora y redentora de Jesucristo, sino a su expansión a través de
la geografía y la historia, lo cual, asimismo, no se lleva a cabo sin la
asistencia viviente del que prometió estar con los suyos hasta el fin del mundo
(Mt 28, 20).
Ahora bien, nadie como S. Pablo extendió
tanto el Evangelio. Ya sea por sus viajes, por su defensa del universalismo de
Cristo, frente a judíos y judeocristianos, como por sus escritos, que
constituyen la parte más voluminosa del Nuevo Testamento. De modo que no es
jactancioso ni vanidoso, cuando afirma: “Soy
el último de los apóstoles... pero he trabajado más que todos ellos”. La
segunda parte de la frase, que parecería ostentar un dejo de altanería, es acto
seguido ubicada, cuando aclara: “No yo,
sino la gracia de Dios conmigo” (I Cor 15, 9–10).
Bien, pues, lo calificó Benedicto XVI: “El primero después del único”
(26/X/06).
Esperando, entonces, que pueda servir de
aperitivo, a fin de estimular el interés para beneficiarnos de tanta riqueza,
sería oportuno considerar, lo que podríamos llamar su “Testamento”, tal como lo
presenta S. Lucas en Hech 20, 17-38.
Es el tercer discurso del Apóstol. El primero
fue ante un auditorio judío en Antioquía de Pisidia (Hech 13, 16–41). El segundo,
dirigido a paganos, filósofos epicúreos y estoicos (Hech 17, 18: escuelas
opuestas por el diámetro): Hech 17, 22–31. Es el famoso discurso en el
Areópago.
El que tratamos de considerar ahora tiene
carácter intraeclesial, con la particularidad de estar dirigido a los
“presbíteros” (u “obispos”) de Éfeso, convocados por el Apóstol en Mileto.
Tiene su importancia también por el lugar que
ocupa en la estructura del libro de Lucas: ya acabaron los tres grandes viajes
y se prepara Pablo para el definitivo: Jerusalén, Roma y... la vida eterna.
Es el último encuentro con una comunidad
cristiana fundada por él, o mejor con sus pastores, que deberán continuar su
propia misión y, por ende, la del mismo Cristo.
En otros términos, este discurso de despedida
es como el punto de arranque del cristianismo hacia su máxima expansión: Roma.
Así se lo confirmará en los dos discursos que siguen en los caps. 22 y 26,
donde entra en relación con un tribuno romano, Claudio Lisias, al que declara
su ciudadanía romana (22, 25–28); luego se encontrará con los gobernadores
Félix (24, 10) y Festo (caps 25-26), ante el último de los cuales apelará al
Emperador Nerón (25, 11).
Es un giro histórico, porque cierra el
periodo de la fundación apostólica de la Iglesia e inaugura el de la
continuidad posterior, hasta nuestros días, asegurada por la fidelidad al
modelo dejado por el Apóstol.
Hemos de agradecer a Lucas que haya recogido
aquí un compendio sugerente y enjundioso del patrimonio espiritual ligado a la
figura y actividad misionera de Pablo.
Los presbíteros de Éfeso son asimismo los más
indicados depositarios de este testamento, dado que fue aquella la Iglesia
donde Pablo permaneció más tiempo. Desde allí escribió las dos cartas a los
Corintios, que nos han llegado, así como la enviada a Galacia.
Es, pues, el legado de su corazón para los
pastores de entonces y sirve de estatuto para todo sucesor de los apóstoles y
presbíteros de los primeros orígenes.
Comienza con un: “Ustedes saben” (v. 18). O sea: no va a tejer un autopanegírico sin
fundamento. Lo que dirá puede ser corroborado por los mismos interesados. No
propone exponer una lista de sus méritos, como diciendo: “He logrado esto o aquello”. Él nada se atribuye para propia
exaltación. “He servido al Señor con
total humildad, entre lágrimas y pruebas”. No es, por cierto, el gesto
olímpico del campeón aclamado. Pablo parece decirnos: “Ésta ha sido mi vida. Me
he dedicado al Señor. Porque me ha conquistado y llegó a ser la pasión de mi
existencia, de modo que son bien secundarios todos los inconvenientes sufridos”
(ver: II Cor 11, 23–30). Ahora, saliendo de la escena, puedo decir sinceramente:
“He servido al Señor con toda humildad”. Tengo la alegría de afirmar que la
actitud, por la que me he guiado ha sido la de entregarme sin reservas.
“Tanto en público
como en privado”.
En todo momento fue apóstol. Se sintió involucrado no sólo en “horarios de
oficina”, tampoco hacía compartimentos estancos entre actos oficiales por un
lado y personales o privados, por otro. Cristo se apoderó sin resquicio alguno
de todo su ser.
“Instando a judíos
y paganos”.
Pese a que él se consideró como llamado especialmente a pregonar
Después de ofrecer una síntesis sobre su
pasado, lo vivido y actuado hasta ese momento, se detiene en el presente y, al
igual que Jesús, a lo largo de su último camino a Jerusalén, anunció su pasión
y muerte, así Pablo se prepara y fortalece a sus discípulos en vistas a su
desenlace, declarando su total disponibilidad al proyecto divino. Es
“Prisionero del Espíritu Santo”, porque se dedicó al Evangelio con todo, hasta
las últimas consecuencias. Lo único que sabe es que le esperan “en cada ciudad”
cadenas y tribulaciones. Cosa que confirmará muy pronto el profeta Agabo (21,
4.11).
Y aquí, sí, pareciera que el Apóstol se
comparara a un competidor en juegos olímpicos: “No me importa mi vida, con tal que lleve a la meta mi carrera y el
servicio que me encomendó el Señor Jesús, de dar testimonio al mensaje de la
gracia de Dios”. Sólo que su “carrera” no es debida únicamente a sus
músculos y habilidades atléticas, antes bien a la “gracia de Dios” y no, “para alcanzar una corona corruptible”
(I Cor 9, 25), sino que considerará su trayectoria como “habiendo concluido su
carrera”, porque “conservó la fe”, es decir, despojándose de toda jactancia o mérito
propio, para fiarse sólo e íntegramente de Jesús (II Tim 4, 7).
Así expone de modo completo el meollo de su
misión apostólica: no ha sido propaganda de una ideología religiosa, de un
sistema moral, sino testimonio dado con la vida a
Así, el ideal, que recoge Lucas de la
tradición paulina, para todos los que intentamos seguir sus huellas, no es, por
cierto, el de una vida tranquila de asalariados por un tiempo y de jubilados
después. Pablo ha aprendido a dar todo su ser hasta perderlo, con libertad
gozosa, a AQUEL, a quien se lo había ofrecido desde su encuentro con ÉL, a
partir de su conversión y vocación.
Mirando ahora al futuro, pese a su propio
porvenir de muerte, no claudica falto de esperanza. Al contrario, traza normas
de conducta para todo pastor en la Iglesia de Cristo.
Los presbíteros no son llamados a un “cursus honorum”, sino a una carga
gravosa. No “ad honorem sed ad onus”.
Si I Tim 3, 1 asegura : “El que desea el episcopado, desea un buen trabajo”. No hay que
tomarlo, pues, como una ambición para escalar posiciones, sino, como dice el
texto “para trabajar”.
A partir del v. 28 nos encontramos, pues, con
el elemento medular del discurso de Mileto: “El
Espíritu Santo los ha establecido”, o sea: el cargo no resulta de una
iniciativa personal, ni sólo de una elección de las bases o meramente jurídica.
Es el Espíritu Santo, a través de diversos intermediarios humanos, quien los
estableció como custodios de la grey, para “epi–skopéin”: vigilar (epískopos =
super-visor).
Mientras “presbítero” indica la dignidad y el
papel genérico de un encargado o responsable, “epískopos” señala la función que
será precisada acto seguido: apacentar la grey, la Iglesia de Dios. Una vez
más: no es la Iglesia posesión propia, sino de Dios. Los pastores son
administradores, nunca dueños. Como Jesús también ya le encomendara a Pedro: “Apacienta mis corderos... apacienta mis
ovejas” (Jn 21, 15.16).
Los pastores (obispos, presbíteros) prolongan
la tarea del único Pastor: guiar, defender, animar. No son patrones, que pueden
disponer a su gusto de la comunidad (repasar: Ez 34, como descripción de los
pésimos pastores y, al revés, I Pe 5, 2–4, como dechado de solicitud pastoral).
Se trata de algo más que de una
administración de bienes. Es la Iglesia de Dios “que se adquirió con su propia sangre” (Hech 20, 28). Con lo cual
está Pablo comparando a la naciente comunidad cristiana con la primera “ekklesía” (qahal) de Israel, convocada por Dios, mediante Moisés, con “la sangre” del sacrificio de alianza
(Ex 24, 6), que ahora no es la de animales, sino "mi sangre" (Mt 26,28), o, lo que es lo mismo: “la sangre de
La vocación del presbítero en la Iglesia se
ubica dentro de esta perspectiva trinitaria y de redención, que define la nueva
identidad del pueblo de Dios: “El Espíritu Santo los constituye
guardianes (obispos)”, en “la Iglesia
de Dios”, que “adquirió al precio de la propia sangre” (v.
28).
En semejante horizonte no hay lugar para
arribismos o pujas de poder, como para dárselas de demagogo, halagando a las
masas o teniendo al ministerio como una propiedad privada.
El trabajo, además, no es sólo “bucólico”, a
la manera como consideraban Virgilio y otros poetas a los pastores, porque Pablo
para el porvenir vislumbra a “lobos
rapaces”, por lo cual invita una vez más a vigilar (v. 31). Dado que la
comunidad se verá expuesta al riesgo de la desviación, a causa de dos factores
de peligro: uno externo, calificado, como se acaba de notar, de “lobos rapaces”. Pero surgirá también
otro más engañoso aún, porque nace de adentro: seductores, que aparecerán de
entre las filas mismas de la comunidad, intentando seducir hacia doctrinas
perniciosas (v. 30).
Ya Jesús había advertido de ambos peligros,
contra los falsos profetas que “vienen
con piel de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces” (Mt 7, 15) y sobre
los falsos mesías, que se presentarían en su propio nombre (Lc 21, 8). Las
Cartas Pastorales advertirán igualmente al respecto: “Te pedí que te quedaras en Éfeso, para impedir que cierta gente
enseñara doctrinas extrañas” (I Tim 1, 3). “Insiste con ocasión o sin ella, arguye, reprende, exhorta con
paciencia incansable y con afán de enseñar” (II Tim 4, 2).
Pero, podría pensar alguno: “¿No es esto
espíritu inquisitorial?”
En modo alguno, con tal que también se
estimule positivamente la preocupación por una comunidad pujante, alimentada de
sana doctrina, con una vivencia fervorosa de la vida sacramental, reflejada en
la caridad y preocupación por todo hermano necesitado: pobres, enfermos,
desorientados.
Se han de evitar dos extremos: el espíritu
policíaco, que sospecha de todo y todos, y el permisivismo, que remeda al
abuelo bonachón, que guiña un ojo a cualquier barrabasada. El Salmo del buen
Pastor, recuerda “tu vara y tu bastón”,
(Sal 22/23, 4) es decir: “tu cayado y tu
clava (mish’án)”. Servía el
primero como signo aglutinante del rebaño y el segundo como arma ahuyentadora
de las alimañas. El báculo episcopal, ha de guiar, pero también alertar frente
a errores, posturas desviadas.
Los sucesores de Pablo (y de todos los
apóstoles) han de distinguirse como garantes de la fidelidad y continuidad en
el patrimonio de fe, que han recibido.
Semejante tarea podría aparecer como
peligrosa y descorazonadora (fieras temibles). Pero Pablo apunta no menos a la
fuente de su confianza y coraje: los confía al Señor y a la palabra de su amor
fiel, que tiene el poder de construir la comunidad y asegurar la participación
en la vida con todos aquellos, que se consagraron a ÉL.
Se esperaría que “la palabra” hubiera sido
confiada a los presbíteros. Pero es al revés: ellos son encomendados a ella. Se
percibe aquí toda la fuerza bíblica de la palabra viva y eficaz (Is 55, 10–11;
Lc 21, 33), que así se ha presentado ya a lo largo de todo el libro de los
Hechos: “La palabra del Señor crecía y el
número de los discípulos aumentaba considerablemente” (6, 7; 12, 40; 19,
20). Es otra expresión de la paradoja, que describirá Pablo, desde la prisión,
cuando se vea encadenado, pero, a la vez afirmando con fe inquebrantable: “Por el cual (Evangelio) sufro y estoy encadenado como un malhechor.
Pero la palabra de Dios no está encadenada” (II Tim 2, 9).
Una vez más, esta realidad de la palabra
viviente, excluye el menor asomo de creernos propietarios de
Mucho le importa a Pablo dejar bien en claro
que su misión no fue la de un funcionario, sino que “durante tres años, de noche y de día, no cesó de aconsejarlos con
lágrimas a cada uno de ustedes”. Es decir: no impartió únicamente
instrucciones generales, sino que tuvo en cuenta a cada persona, como el buen
pastor que conoce sus ovejas por su nombre (Jn 10, 3). Y, nuevamente, no a la
manera del gerente de una empresa, sino implicando todo su ser, hasta las
lágrimas, cuando era necesario, sin descanso, siempre disponible: “día y
noche”.
Finalmente, como Samuel en su testamento y
despedida (I Sam 12, 3-4), declara Pablo “no
haber deseado ni dinero ni oro, ni las vestiduras de ninguno”. Su único
tesoro fue Cristo, quien lo establecía no en una “aurea mediocritas”, sino en el sano y fundamental equilibrio, que
impedía que las contrariedades lo desanimasen, y que la prosperidad, le hiciera
subir los humos a la cabeza: “Yo sé vivir
tanto en las privaciones como en la abundancia; estoy hecho absolutamente a
todo, a la saciedad como al hambre, a tener de sobra como a no tener nada. Yo
lo puedo todo en aquel que me conforta” (Filip. 4, 11-12).
En este contexto, nos ha rescatado un dicho
de Jesucristo, que no se encuentra en ninguno de los cuatro evangelios (ágrafon: no escrito): “La felicidad está más bien en dar que en
recibir” (v. 35), dicho que, en verdad, es una síntesis eficaz de las
enseñanzas propuestas en el Sermón de la Montaña: “Dad y se os dará” (Lc 6, 30–35.38). El recurso a la enseñanza
histórica de Jesús cierra de modo solemne este discurso magistral, donde los
guías de las comunidades cristianas pueden encontrar esbozado en grandes líneas
un plan de vida, que deriva su atractivo de un modelo histórico concreto: el
ejemplo de Pablo, que también aquí propone su vida como punto de referencia, no
por creer ser una personalidad descollante, sino, como lo expresa tantas veces
en sus cartas, porque todo su ser no ha intentado otra cosa, que ser un reflejo
viviente de Cristo: “No vivo yo, sino que
Cristo vive en mí” (Gal 2,20) .Y por lo mismo exhorta a que lo imiten, en
cuanto que él mismo se inspira constantemente en Cristo: “Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo” (I Tes 1, 6; I Cor
11,1).
La visión retrospectiva de su vida, pues, no
es un autobombo. Él sale pobre de este mundo, sin nada, pero con la alegría de
poder confesar por qué y para quién ha vivido, con quién se ha ligado.
Pablo no ha podido hacer todo lo que quería.
Ha sabido admitir sus límites, que no sofocan su visión de fe, así es cómo la
carta a los Filipenses, escrita desde el calabozo, es, sin embargo, la que más
invita a la alegría (Filip 1, 18; 2, 17.18; 3, 1; 4, 4).
Sin que esta vida superior de la palabra, que
subsistirá por más que caduquen cielo y tierra (Lc 21, 33), justifique una
holgazanería (“total, Dios se las arreglará”), sí que ha de ayudar a combatir
la menor propensión al desaliento, cuando no acertamos a realizar todos los
planes que desearíamos.
Como Jesús, también Pablo acaba su discurso
de despedida con una oración por aquellos que iban a hacer cosas mayores que él
mismo. Ahí, en el diálogo confiado con Dios, está la fuente última de la
perseverancia, libertad y solidaridad, que ha de animar a todo pastor de
A la luz de este testamento paulino,
podríamos preguntarnos cuál sería el legado más preciado que, entre los valores
de nuestra vida, dejaríamos a un ser querido, comunidad, amigos. ¿Es Cristo, su
Evangelio, el amor a la Iglesia, el cuidado de la grey respecto a posibles
peligros? ¿Preferimos “dar” (nuestro
tiempo, ayuda, sostén a desorientados, pobres) a “recibir” (elogios, aplausos, fama, carrera)?
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Se crea una falsa Iglesia Católica Reformada en Venezuela
CARACAS, 30 Jun. 08 (ACI).
El Cardenal Jorge Urosa Savino,
Arzobispo de Caracas, rechazó la participación de algún sacerdote o feligrés en
la autodenominada "Iglesia Católica Reformada" y aseguró que "
Desde
"Jesucristo Nuestro Señor es el único fundador de la Iglesia de
Dios, la cual subsiste en
Alertó a la feligresía católica
que "adherirse a esa nueva
agrupación disidente es una acción cismática, es decir, de ruptura de la unidad
eclesial, que está penada con la excomunión".
"En el caso de sacerdotes que pretendan presentarse como obispos cristianos a raíz de una inválida ordenación, es una acción vacía e ineficaz, pero agravante del gravísimo pecado de cisma y de escándalo para los fieles", precisó.
Asimismo, manifestó su "rechazo a la vacía e ineficaz
pretensión de que alguien ordenado por supuestos obispos anglicanos que tampoco
están en comunión con
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Guillermo Elizalde Monroset
Después de seis décadas de ateísmo militante, Antony Flew, el mayor apologista ateo desde Hume y los filósofos alemanes del siglo XIX, admitió, en mayo de 2004, la existencia de Dios.
Flew había reinventado los argumentos ateos en Theology and Falsification (1950), The Presumption of Atheism (1976) y otra treintena de libros. Ahora, justo cuando el positivismo regresa como "nuevo ateísmo", el viejo ateo publica There is a God (Hay Dios), su testamento y última voluntad sobre la cuestión.
Hay varias paradojas en la vida de Flew. Por ejemplo, el hecho de que su padre fuera uno de los principales predicadores metodistas de Inglaterra no le impidió hacerse ateo a los quince años, impactado –como tantos desde Lucrecio– por la presencia del mal en el mundo. También es paradójico que Flew expresara sus primeras razones ateas en el Club Socrático, dirigido por el campeón cristiano C. S. Lewis. Sin embargo, allí aprendió a seguir la evidencia hasta donde ésta conduzca, un principio socrático que acabaría llevándole –otra paradoja– al teísmo.
El camino intelectual del filósofo británico recorre la filosofía social, el problema del cuerpo y la mente, el concepto de Dios, la discusión sobre la carga de la prueba en el debate teísmo-ateísmo y las implicaciones cosmológicas del Big Bang. Hasta los años 50, Antony Flew fue un marxista convencido. Durante mucho tiempo profesó el determinismo y negó el libre albedrío. Sin embargo, con el compromiso de seguir los hechos hasta donde fuera necesario, declaró falaces los argumentos ateos del positivismo de Alfred Ayer. Después refutó la creencia de que la biología evolutiva proporcionaba una garantía a la doctrina del progreso. Tal vez sin plena conciencia, el profesor londinense había dinamitado dos pilares del ateísmo contemporáneo.
Flew paseó su ferviente increencia por las universidades de Gran Bretaña, EE.UU. y Canadá, y la exhibió en varios debates públicos. En 2004 se produjo el último de ellos, en la Universidad de Nueva York. Para sorpresa de la audiencia, Flew proclamó que la complejidad del ADN le obligaba a aceptar la existencia de un Diseñador. Y formuló una sencilla pregunta a sus ya ex colegas ateos: "¿Qué debería suceder o haber sucedido para que os planteéis la existencia de una Mente superior?". A Flew le parecía que los últimos avances científicos le ponían muy difícil seguir siendo ateo.
Según Flew, la nueva ciencia ha
descubierto tres dimensiones de la naturaleza que señalan hacia Dios. Primero,
la existencia de un universo con principio en el tiempo que parece haber sido
ajustado milimétricamente para
La desembocadura de estos argumentos científicos es muy similar a la que alcanzó hace siglos la metafísica clásica: existe un Autor de la creación. "El Dios cuya existencia defiendo –dice Flew– es el Dios de Aristóteles". Es decir, no es que Flew se haya hecho cristiano, sino deísta. El viejo filósofo confiesa haber llegado a Dios desde lo puramente natural, desde la filosofía primera, sin necesidad de revelación. Su descubrimiento ha sido "un peregrinaje de la razón, no de la fe", hacia un Dios con los atributos del motor inmóvil aristotélico, que una vez ha completado la creación se aleja de ella y la abandona a sus propias leyes. Flew se ha encontrado con el Dios-arquitecto, no con el Dios-amor del cristianismo.
A pesar de ello, Flew no cree que haya llegado al final de su búsqueda. La omnipotencia divina, por ser omnipotente, es capaz de revelarse al hombre. Entre las religiones reveladas, el cristianismo le merece especial respeto por sus doctrinas sobre la encarnación y la resurrección y su combinación de la figura carismática de Jesucristo con la de un intelectual de primer nivel como San Pablo. En este sentido debe entenderse el anexo que cierra la obra, una reflexión del obispo anglicano N. T. Wright sobre Jesucristo, que para Flew supone un modo nuevo y fresco de presentar el cristianismo, pero que para el creyente de a pie resulta una apología más fría que fresca.
La lectura de There is a God es reconfortante. Lo es
descubrir que todavía hay filósofos que anteponen la verdad a sus intereses y
perezas. Lo es porque sugiere el papel que desempeña la amistad –ahí están las
charlas con Swinburne o Conway– en el acercamiento a
Ahora bien, el libro sugiere
reflexiones menos laudatorias. Una de ellas, la necesidad de recuperar
ANTONY FLEW y ROY VARGHESE: THERE IS A GOD. HOW THE WORLD'S MOST NOTORIOUS ATHEIST CHANGED HIS MIND. Harper One (Nueva York), 2007, 222 páginas.
Fuente: Libertad Digital –
Suplementos - Libros, 26 de junio de 2008.
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Del maestro de coro. Salmo. De David.
Cuando el profeta Natán le visitó después que
aquél se había unido a Betsabé.
Tenme piedad, oh Dios, según tu amor,
por tu inmensa ternura borra mi delito,
lávame a fondo de mi culpa,
y de mi pecado purifícame.
Pues mi delito yo lo reconozco,
mi pecado sin cesar está ante mí;
contra ti, contra ti solo he pecado,
lo malo a tus ojos cometí.
Por que aparezca tu justicia cuando hablas
y tu victoria cuando juzgas.
Mira que en culpa ya nací,
pecador me concibió mi madre.
Mas tú amas la verdad en lo íntimo del ser,
y en lo secreto me enseñas la sabiduría.
Rocíame con el hisopo, y seré limpio,
lávame, y quedaré más blanco que la nieve.
Devuélveme el son del gozo y la alegría,
exulten los huesos que machacaste tú.
Retira tu faz de mis pecados,
borra todas mis culpas.
Crea en mí, oh Dios, un puro corazón,
un espíritu firme dentro de mí renueva;
no me rechaces lejos de tu rostro,
no retires de mí tu santo espíritu.
Vuélveme la alegría de tu salvación,
y en espíritu generoso afiánzame;
enseñaré a los rebeldes tus caminos,
y los pecadores volverán a ti.
Líbrame de la sangre, Dios, Dios de mi salvación,
y aclamará mi lengua tu justicia;
abre, Señor, mis labios,
y publicará mi boca tu alabanza.
Pues no te agrada el sacrificio,
si ofrezco un holocausto no lo aceptas.
El sacrificio a Dios es un espíritu contrito;
un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias.
¡Favorece a Sión en tu benevolencia,
reconstruye las murallas de Jerusalén!
Entonces te agradarán los sacrificios justos, ‑holocausto
y oblación entera‑
se ofrecerán entonces sobre tu altar novillos.
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