Fe y Razón

Revista virtual gratuita

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 23 – Junio de 2008

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)

 

 

“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

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Equipo de Dirección: Diác. Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing. Daniel Iglesias Grèzes.

Colaboradores: Dr. Carlos Álvarez Cozzi, Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Pbro. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Dra. María Lourdes González, Ec. Rafael Menéndez, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Pbro. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Alvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

El origen del “Credo del pueblo de Dios”

Equipo de Dirección

Documentos

Credo del Pueblo de Dios

Papa Pablo VI

Documentos

Decreto General relativo al delito de atentada ordenación sagrada de una mujer

Congregación para la Doctrina de la Fe

Espiritualidad

El tiempo ordinario

Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola

Espiritualidad

Mi felicidad y la infelicidad ajena

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Teología

¿Dios castiga?

Lic. Néstor Martínez

Filosofía

Argumentando contra la lógica

Lic. Néstor Martínez

Doctrina Social

El político católico y la fe

Michael Hull

Familia y Vida

El precio que pagan los contribuyentes por la ruptura de las familias

Padre John Flynn, L. C. (Zenit)

Noticias eclesiales

La Santa Sede aprueba los estatutos definitivos del Camino Neocatecumenal

Jesús Colina (Zenit)

Historia de la Iglesia

La Santa Sede y los obispos españoles salvaron miles de vidas republicanas tras la guerra civil

Inmaculada Álvarez (Zenit)

Historia de la Iglesia

“Cristianismo y Revolución”

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Biblia

La sabiduría del mundo y la Sabiduría de Dios

Autores Varios

Oración

Salmo 15

Biblia de Jerusalén

 

 

El origen del “Credo del pueblo de Dios”

 

Equipo de Dirección

 

El próximo 30 de junio se cumplirán 40 años de la proclamación del “Credo del pueblo de Dios” por parte del Papa Pablo VI. Con motivo del 1900º aniversario del martirio de los apóstoles San Pedro y San Pablo en Roma, el Papa había dispuesto que entre 1967 y 1968 se celebrara el “Año de la Fe”. El 30 de junio del 1968, el día en que concluía el “Año de la Fe”, Pablo VI pronunció en la plaza de San Pedro una solemne profesión de fe, el “Credo del pueblo de Dios”.

Basado en el Credo de Nicea y Constantinopla, el “Credo del pueblo de Dios” contiene importantes complementos y desarrollos, orientados a reafirmar y aclarar puntos centrales de la fe católica que, sobre todo después del Concilio Vaticano II, habían sido cuestionados por muchos teólogos de la corriente autodenominada “progresista”.


En su excelente sitio web, el periodista italiano Sandro Magister informa que un libro que se publicará pronto en Francia, el Tomo VI de la “Correspondence” entre el teólogo y cardenal suizo Charles Journet y el filósofo francés Jacques Maritain, aporta datos muy relevantes sobre la génesis del “Credo del pueblo de Dios”. Journet y Maritain intercambiaron 303 cartas entre 1965 y 1973. Esta correspondencia demuestra que fue precisamente Jacques Maritain quien escribió el borrador del “Credo del pueblo de Dios” que después Pablo VI pronunció. La comparación entre el texto de Maritain y el texto definitivo revela pocas diferencias entre ambos.

 

El cardenal Georges Cottier –discípulo de Journet y teólogo emérito de la casa pontificia– ha contado los entretelones de aquel Credo a la publicación mensual internacional “30 Días”. A continuación reproducimos parte del artículo en el que Sandro Magister resume las revelaciones del Cardenal Cottier.

 

En 1967 Maritain tiene 85 años. Vive en Tolosa, entre los Hermanitos de Charles de Foucauld. Acaba de publicar “Le paysan de la Garonne” [“El campesino del Garona”], una crítica despiadada a la Iglesia postconciliar “arrodillada ante el mundo”. [Nota de “Fe y Razón”: en realidad la crítica de Maritain no fue dirigida a “la Iglesia postconciliar”, sino a los “católicos progresistas” del post-concilio]. 

El 12 de enero el cardenal Journet escribe a Maritain que se va a reunir pronto con el Papa, en Roma. Ni el uno ni el otro saben que Pablo VI tiene la intención de iniciar el Año de la Fe. Pero Maritain responde a Journet confiándole que desde hace algunos días “me ha venido a la mente una idea”, que describe así:

“El Soberano Pontífice redacte una profesión de fe completa y detallada, en la cual sea explícito todo lo que está realmente contenido en el Símbolo de Nicea. Ésta será, en la historia de la Iglesia, la profesión de fe de Pablo VI”.

Sin que Maritain se lo haya pedido, Journet fotocopia la carta del filósofo y se la entrega al Papa, cuando se reúne con él el 18 de enero. En aquella ocasión, Pablo VI pide al teólogo un juicio sobre el estado de salud de la Iglesia: “Trágico”, responde Journet. Tanto él como el Papa están impresionados por la publicación ocurrida el año anterior en Holanda, con la bendición de los obispos, de un nuevo Catecismo nada menos que “con el objetivo de sustituir dentro de la Iglesia una ortodoxia por otra, una ortodoxia moderna por la ortodoxia tradicional” (así se expresaba la comisión cardenalicia instituida por Pablo VI para examinar aquel Catecismo, del que Journet hacia parte).

El 22 de febrero de 1967 Pablo VI inaugura el Año de la Fe. Y dos días después Maritain anota en su diario: “¿Es acaso la preparación para una profesión de fe que él mismo proclamará?”

El mismo año, del 29 de septiembre al 29 de octubre, se reúne en Roma el primer sínodo de los obispos. El informe final de la comisión doctrinal somete al Papa la propuesta de una declaración sobre los puntos esenciales de la fe.

El 14 de diciembre Pablo VI recibe nuevamente al cardenal Journet. Éste vuelve a presentarle al Papa la idea de Maritain. Y Pablo VI le recuerda que ya otros habían sugerido, al final del Concilio Vaticano II, promulgar un nuevo símbolo de la fe. Él mismo, el Papa, había pedido al famoso teólogo dominicano Yves Congar preparar un texto, pero que no le pareció satisfactorio y que dejó archivado.

Después repentinamente Pablo VI dice a Journet: “Preparadme vosotros un esquema de lo que vosotros pensáis que deba ser hecho”.

Regresando a Suiza, Journet refiere la solicitud del Papa a Maritain. Y éste, al inicio del nuevo año, mientras está en París, redacta un proyecto de profesión de fe. Lo termina el 11 de enero de 1968 y el 20 lo envía a Journet. Que el día siguiente lo remite a Pablo VI.

De la correspondencia entre el teólogo y el filósofo resulta que el texto elaborado por Maritain quería ser solamente un borrador que fuese de ayuda a Journet. Pero es este último quien por iniciativa propia reenvía el texto al Papa sin agregarle nada. A juicio de Journet, en ese texto se encontraba respuesta a todas las dudas suscitadas por el Catecismo holandés, y por otros teólogos de fama sobre dogmas como el pecado original, la misa como sacrificio, la presencia real de Cristo en la eucaristía, la creación a partir de la nada, el primado de Pedro, la virginidad de María, la Inmaculada concepción, la asunción.

El 6 de abril llega de Roma una carta del teólogo dominico Benoît Duroux, consultor de la congregación para la doctrina de la fe. Elogia el texto de Maritain y lo correlaciona con algunos comentarios, que Journet interpreta como provenientes del mismo Pablo VI. El cual a su vez envía al cardenal una breve tarjeta de agradecimiento.

Después nada más. El 30 de junio de 1968 Pablo VI pronunciará solemnemente en la plaza San Pedro el Credo del pueblo de Dios. Maritain lo viene a saber recién el 2 de julio, leyendo un diario. De las citaciones, intuye que el Credo pronunciado por el Papa coincide ampliamente con el borrador escrito por él.

[…]

En los años cincuenta, Maritain estuvo cerca de ser condenado por el Santo Oficio por su pensamiento filosófico, sospechoso de “naturalismo integral”. La condena no se dio, también porque tomó su defensa Giovanni Battista Montini, el futuro Pablo VI, entonces sustituto secretario de estado, unido por una larga amistad con el pensador francés.”

Fuente: http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/204969?sp=y

 

A 40 años de estos importantes sucesos eclesiales, “Fe y Razón” se adhiere a la solemne profesión de fe del Papa Pablo VI, reproduciendo en este número de la revista el texto completo del “Credo del pueblo de Dios”.

El Señor nos mantenga firmes en la fe, alegres en la esperanza y diligentes en la caridad.

 

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Credo del Pueblo de Dios

 

Pablo VI

 

Solemne profesión de fe que Pablo VI pronunció el 30 de junio de 1968, al concluir el Año de la Fe, proclamado con motivo del XlX centenario del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en Roma.

 

Venerables hermanos y queridos hijos:

 

1. Clausuramos con esta liturgia solemne tanto la conmemoración del XIX centenario del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo como el año que hemos llamado de la fe. Pues hemos dedicado este año a conmemorar a los santos apóstoles, no sólo con la intención de testimoniar nuestra inquebrantable voluntad de conservar íntegramente el depósito de la fe (cf. 1Tim 6,20), que ellos nos transmitieron, sino también con la de robustecer nuestro propósito de llevar la misma fe a la vida en este tiempo en que la Iglesia tiene que peregrinar en este mundo.

 

2. Pensamos que es ahora nuestro deber manifestar públicamente nuestra gratitud a aquellos fieles cristianos que, respondiendo a nuestras invitaciones, hicieron que el año llamado de la fe obtuviera suma abundancia de frutos, sea dando una adhesión más profunda a la palabra de Dios, sea renovando en muchas comunidades la profesión de fe, sea confirmando la fe misma con claros testimonios de vida cristiana. Por ello, a la vez que expresamos nuestro reconocimiento, sobre todo a nuestros hermanos en el episcopado y a todos los hijos de la Iglesia católica, les otorgamos nuestra bendición apostólica.

 

3. Juzgamos además que debemos cumplir el mandato confiado por Cristo a Pedro, de quien, aunque muy inferior en méritos, somos sucesor; a saber: que confirmemos en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32). Por lo cual, aunque somos conscientes de nuestra pequeñez, con aquella inmensa fuerza de ánimo que tomamos del mandato que nos ha sido entregado, vamos a hacer una profesión de fe y a pronunciar una fórmula que comienza con la palabra creo, la cual, aunque no haya que llamarla verdadera y propiamente definición dogmática, sin embargo repite sustancialmente, con algunas explicaciones postuladas por las condiciones espirituales de esta nuestra época, la fórmula nicena: es decir, la fórmula de la tradición inmortal de la santa Iglesia de Dios.

 

4. Bien sabemos, al hacer esto, por qué perturbaciones están hoy agitados, en lo tocante a la fe, algunos grupos de hombres. Los cuales no escaparon al influjo de un mundo que se está transformando enteramente, en el que tantas verdades son o completamente negadas o puestas en discusión. Más aún: vemos incluso a algunos católicos como cautivos de cierto deseo de cambiar o de innovar. La Iglesia juzga que es obligación suya no interrumpir los esfuerzos para penetrar más y más en los misterios profundos de Dios, de los que tantos frutos de salvación manan para todos y, a la vez, proponerlos a los hombres de las épocas sucesivas cada día de un modo más apto. Pero, al mismo tiempo, hay que tener sumo cuidado para que, mientras se realiza este necesario deber de investigación, no se derriben verdades de la doctrina cristiana. Si esto sucediera -y vemos dolorosamente que hoy sucede en realidad-, ello llevaría la perturbación y la duda a los fieles ánimos de muchos.

 

5. A este propósito, es de suma importancia advertir que, además de lo que es observable y de lo descubierto por medio de las ciencias, la inteligencia, que nos ha sido dada por Dios, puede llegar a lo que es, no sólo a significaciones subjetivas de lo que llaman estructuras, o de la evolución de la conciencia humana. Por lo demás, hay que recordar que pertenece a la interpretación o hermenéutica el que, atendiendo a la palabra que ha sido pronunciada, nos esforcemos por entender y discernir el sentido contenido en tal texto, pero no innovar, en cierto modo, este sentido, según la arbitrariedad de una conjetura.

 

6. Sin embargo, ante todo, confiamos firmísimamente en el Espíritu Santo, que es el alma de la Iglesia, y en la fe teologal, en la que se apoya la vida del Cuerpo místico. No ignorando, ciertamente, que los hombres esperan las palabras del Vicario de Cristo, satisfacemos por ello esa su expectación con discursos y homilías, que nos agrada tener muy frecuentemente. Pero hoy se nos ofrece la oportunidad de proferir una palabra más solemne.

 

7. Así, pues, este día, elegido por Nos para clausurar el año llamado de la fe, y en esta celebración de los santos apóstoles Pedro y Pablo, queremos prestar a Dios, sumo y vivo, el obsequio de la profesión de fe. Y como en otro tiempo, en Cesarea de Filipo, Simón Pedro, fuera de las opiniones de los hombres, confesó verdaderamente, en nombre de los doce apóstoles, a Cristo, Hijo del Dios vivo, así hoy su humilde Sucesor y Pastor de la Iglesia universal, en nombre de todo el pueblo de Dios, alza su voz para dar un testimonio firmísimo a la Verdad divina, que ha sido confiada a la Iglesia para que la anuncie a todas las gentes.

Queremos que esta nuestra profesión de fe sea lo bastante completa y explícita para satisfacer, de modo apto, a la necesidad de luz que oprime a tantos fieles y a todos aquellos que en el mundo -sea cual fuere el grupo espiritual a que pertenezcan- buscan la Verdad.

Por tanto, para gloria de Dios omnipotente y de nuestro Señor Jesucristo, poniendo la confianza en el auxilio de la Santísima Virgen María y de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, para utilidad espiritual y progreso de la Iglesia, en nombre de todos los sagrados pastores y fieles cristianos, y en plena comunión con vosotros, hermanos e hijos queridísimos, pronunciamos ahora esta profesión de fe.

 

Unidad y Trinidad de Dios

 

8. Creemos en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Creador de las cosas visibles -como es este mundo en que pasamos nuestra breve vida- y de las cosas invisibles -como son los espíritus puros, que llamamos también ángeles (1)- y también Creador, en cada hombre, del alma espiritual e inmortal (2).

 

9. Creemos que este Dios único es tan absolutamente uno en su santísima esencia como en todas sus demás perfecciones: en su omnipotencia, en su ciencia infinita, en su providencia, en su voluntad y caridad. Él es el que es, como él mismo reveló a Moisés (cf. Ex 3,14), él es Amor, como nos enseñó el apóstol Juan (cf. 1Jn 4,8) de tal manera que estos dos nombres, Ser y Amor, expresan inefablemente la misma divina esencia de aquel que quiso manifestarse a sí mismo a nosotros y que, habitando la luz inaccesible (cf. 1Tim 6,16), está en sí mismo sobre todo nombre y sobre todas las cosas e inteligencias creadas. Sólo Dios puede otorgarnos un conocimiento recto y pleno de sí mismo, revelándose a sí mismo como Padre, Hijo y Espíritu Santo, de cuya vida eterna estamos llamados por la gracia a participar, aquí, en la tierra, en la oscuridad de la fe, y después de la muerte, en la luz sempiterna. Los vínculos mutuos que constituyen a las tres personas desde toda la eternidad, cada una de las cuales es el único y mismo Ser divino, son la vida íntima y dichosa del Dios santísimo, la cual supera infinitamente todo aquello que nosotros podemos entender de modo humano (3).

Sin embargo, damos gracias a la divina bondad de que tantísimos creyentes puedan testificar con nosotros ante los hombres la unidad de Dios, aunque no conozcan el misterio de la Santísima Trinidad.

 

10. Creemos, pues, en Dios, que en toda la eternidad engendra al Hijo; creemos en el Hijo, Verbo de Dios, que es engendrado desde la eternidad; creemos en el Espíritu Santo, persona increada, que procede del Padre y del Hijo como Amor sempiterno de ellos. Así, en las tres personas divinas, que son eternas entre sí e iguales entre sí (4), la vida y la felicidad de Dios enteramente uno abundan sobremanera y se consuman con excelencia suma y gloria propia de la esencia increada; y siempre hay que venerar la unidad en la trinidad y la trinidad en la unidad (5).

 

Cristología

 

11. Creemos en nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios. Él es el Verbo eterno, nacido del Padre antes de todos los siglos y consustancial al Padre, homoousios to Patri; por quien han sido hechas todas las cosas. Y se encarnó por obra del Espíritu Santo, de María la Virgen, y se hizo hombre: igual, por tanto, al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad (6), completamente uno, no por confusión (que no puede hacerse) de la sustancia, sino por unidad de la persona (7).

 

12. El mismo habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad. Anunció y fundó el reino de Dios, manifestándonos en sí mismo al Padre. Nos dio su mandamiento nuevo de que nos amáramos los unos a los otros como él nos amó. Nos enseñó el camino de las bienaventuranzas evangélicas, a saber: ser pobres en espíritu y mansos, tolerar los dolores con paciencia, tener sed de justicia, ser misericordiosos, limpios de corazón, pacíficos, padecer persecución por la justicia. Padeció bajo Poncio Pilato; Cordero de Dios, que lleva los pecados del mundo, murió por nosotros clavado a la cruz, trayéndonos la salvación con la sangre de la redención. Fue sepultado, y resucitó por su propio poder al tercer día, elevándonos por su resurrección a la participación de la vida divina, que es la gracia. Subió al cielo, de donde ha de venir de nuevo, entonces con gloria, para juzgar a los vivos y a los muertos, a cada uno según los propios méritos: los que hayan respondido al amor y a la piedad de Dios irán a la vida eterna, pero los que los hayan rechazado hasta el final serán destinados al fuego que nunca cesará.

Y su reino no tendrá fin.

 

El Espíritu Santo

 

13. Creemos en el Espíritu Santo, Señor y vivificador que, con el Padre y el Hijo, es juntamente adorado y glorificado. Que habló por los profetas; nos fue enviado por Cristo después de su resurrección y ascensión al Padre; ilumina, vivifica, protege y rige la Iglesia, cuyos miembros purifica con tal que no desechen la gracia. Su acción, que penetra lo íntimo del alma, hace apto al hombre de responder a aquel precepto de Cristo: Sed perfectos como también es perfecto vuestro Padre celeste (cf Mt 5,48).

 

Mariología

 

14. Creemos que la Bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y Salvador nuestro, Jesucristo (8) y que ella, por su singular elección, en atención a los méritos de su Hijo redimida de modo más sublime (9), fue preservada inmune de toda mancha de culpa original (10) y que supera ampliamente en don de gracia eximia a todas las demás criaturas (11).

 

15. Ligada por un vínculo estrecho e indisoluble al misterio de la encarnación y de la redención (12), la Beatísima Virgen María, Inmaculada, terminado el curso de la vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste (13), y hecha semejante a su Hijo, que resucitó de los muertos, recibió anticipadamente la suerte de todos los justos; creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia (14), continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo, por el que contribuye para engendrar y aumentar la vida divina en cada una de las almas de los hombres redimidos (15).

 

Pecado original

 

16. Creemos que todos pecaron en Adán; lo que significa que la culpa original cometida por él hizo que la naturaleza, común a todos los hombres, cayera en un estado tal en el que padeciese las consecuencias de aquella culpa. Este estado ya no es aquel en el que la naturaleza humana se encontraba al principio en nuestros primeros padres, ya que estaban constituidos en santidad y justicia, y en el que el hombre estaba exento del mal y de la muerte. Así, pues, esta naturaleza humana, caída de esta manera, destituida del don de la gracia del que antes estaba adornada, herida en sus mismas fuerzas naturales y sometida al imperio de la muerte, es dada a todos los hombres; por tanto, en este sentido, todo hombre nace en pecado. Mantenemos, pues, siguiendo el concilio de Trento, que el pecado original se transmite, juntamente con la naturaleza humana, por propagación, no por imitación, y que se halla como propio en cada uno (16).

 

17. Creemos que nuestro Señor Jesucristo nos redimió, por el sacrificio de la cruz, del pecado original y de todos los pecados personales cometidos por cada uno de nosotros, de modo que se mantenga verdadera la afirmación del Apóstol: Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (cf. Rom 5,20).

 

18. Confesamos creyendo un solo bautismo instituido por nuestro Señor Jesucristo para el perdón de los pecados. Que el bautismo hay que conferirlo también a los niños, que todavía no han podido cometer por sí mismos ningún pecado, de modo que, privados de la gracia sobrenatural en el nacimiento nazcan de nuevo, del agua y del Espíritu Santo, a la vida divina en Cristo Jesús (17).

 

La Iglesia

 

19. Creemos en la Iglesia una, santa, católica y apostólica, edificada por Jesucristo sobre la piedra, que es Pedro. Ella es el Cuerpo místico de Cristo, sociedad visible, equipada de órganos jerárquicos, y, a la vez, comunidad espiritual; Iglesia terrestre, Pueblo de Dios peregrinante aquí en la tierra e Iglesia enriquecida por bienes celestes, germen y comienzo del reino de Dios, por el que la obra y los sufrimientos de la redención se continúan a través de la historia humana, y que con todas las fuerzas anhela la consumación perfecta, que ha de ser conseguida después del fin de los tiempos en la gloria celeste (18). Durante el transcurso de los tiempos el Señor Jesús forma a su Iglesia por medio de los sacramentos, que manan de su plenitud (19). Porque la Iglesia hace por ellos que sus miembros participen del misterio de la muerte y la resurrección de Jesucristo, por la gracia del Espíritu Santo, que la vivifica y la mueve (20). Es, pues, santa, aunque abarque en su seno pecadores, porque ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida, se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del alma que impiden que la santidad de ella se difunda radiante. Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo.

 

20. Heredera de las divinas promesas e hija de Abrahán según el Espíritu, por medio de aquel Israel, cuyos libros sagrados conserva con amor y cuyos patriarcas y profetas venera con piedad; edificada sobre el fundamento de los apóstoles, cuya palabra siempre viva y cuyos propios poderes de pastores transmite fielmente a través de los siglos en el Sucesor de Pedro y en los obispos que guardan comunión con él; gozando finalmente de la perpetua asistencia del Espíritu Santo, compete a la Iglesia la misión de conservar, enseñar, explicar y difundir aquella verdad que, bosquejada hasta cierto punto por los profetas, Dios reveló a los hombres plenamente por el Señor Jesús.  Nosotros creemos todas aquellas cosas que se contienen en la palabra de Dios escrita o transmitida y son propuestas por la Iglesia, o con juicio solemne, o con magisterio ordinario y universal, para ser creídas como divinamente reveladas (21). Nosotros creemos en aquella infalibilidad de que goza el Sucesor de Pedro cuando habla ex cathedra (22) y que reside también en el Cuerpo de los obispos cuando ejerce con el mismo el supremo magisterio (23).

 

21. Nosotros creemos que la Iglesia, que Cristo fundó y por la que rogó, es sin cesar una por la fe, y el culto, y el vínculo de la comunión jerárquica (24). La abundantísima variedad de ritos litúrgicos en el seno de esta Iglesia o la diferencia legítima de patrimonio teológico y espiritual y de disciplina peculiares no sólo no dañan a la unidad de la misma, sino que más bien la manifiestan (25).

 

22. Nosotros también, reconociendo por una parte que fuera de la estructura de la Iglesia de Cristo se encuentran muchos elementos de santificación y verdad, que como dones propios de la misma Iglesia empujan a la unidad católica (26), y creyendo, por otra parte, en la acción del Espíritu Santo, que suscita en todos los discípulos de Cristo el deseo de esta unidad (27), esperamos que los cristianos que no gozan todavía de la plena comunión de la única Iglesia se unan finalmente en un solo rebaño con un solo Pastor.

 

23. Nosotros creemos que la Iglesia es necesaria para la salvación. Porque sólo Cristo es el Mediador y el camino de la salvación que, en su Cuerpo, que es la Iglesia, se nos hace presente (28). Pero el propósito divino de salvación abarca a todos los hombres: y aquellos que, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, sin embargo, a Dios con corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, por cumplir con obras su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, ellos también, en un número ciertamente que sólo Dios conoce, pueden conseguir la salvación eterna (29).

 

Eucaristía

 

24. Nosotros creemos que la misa que es celebrada por el sacerdote representando la persona de Cristo, en virtud de la potestad recibida por el sacramento del orden, y que es ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico, es realmente el sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares. Nosotros creemos que, como el pan y el vino consagrados por el Señor en la última Cena se convirtieron en su cuerpo y su sangre, que en seguida iban a ser ofrecidos por nosotros en la cruz, así también el pan y el vino consagrados por el sacerdote se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, sentado gloriosamente en los cielos; y creemos que la presencia misteriosa del Señor bajo la apariencia de aquellas cosas, que continúan apareciendo a nuestros sentidos de la misma manera que antes, es verdadera, real y sustancial (30).

 

25. En este sacramento, Cristo no puede hacerse presente de otra manera que por la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo y la conversión de toda la sustancia del vino en su sangre, permaneciendo solamente íntegras las propiedades del pan y del vino, que percibimos con nuestros sentidos. La cual conversión misteriosa es llamada por la Santa Iglesia conveniente y propiamente transustanciación. Cualquier interpretación de teólogos que busca alguna inteligencia de este misterio, para que concuerde con la fe católica, debe poner a salvo que, en la misma naturaleza de las cosas, independientemente de nuestro espíritu, el pan y el vino, realizada la consagración, han dejado de existir, de modo que, el adorable cuerpo y sangre de Cristo, después de ella, están verdaderamente presentes delante de nosotros bajo las especies sacramentales del pan y del vino (31), como el mismo Señor quiso, para dársenos en alimento y unirnos en la unidad de su Cuerpo místico (32).

 

26. La única e indivisible existencia de Cristo, el Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero por el sacramento se hace presente en los varios lugares del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia, después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento, el cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente suavísima, a honrar y adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos.

 

Escatología

 

27. Confesamos igualmente que el reino de Dios, que ha tenido en la Iglesia de Cristo sus comienzos aquí en la tierra, no es de este mundo (cf. Jn 18,36), cuya figura pasa (cf. 1Cor 7,31), y también que sus crecimientos propios no pueden juzgarse idénticos al progreso de la cultura de la humanidad o de las ciencias o de las artes técnicas, sino que consiste en que se conozcan cada vez más profundamente las riquezas insondables de Cristo, en que se ponga cada vez con mayor constancia la esperanza en los bienes eternos, en que cada vez más ardientemente se responda al amor de Dios; finalmente, en que la gracia y la santidad se difundan cada vez más abundantemente entre los hombres. Pero con el mismo amor es impulsada la Iglesia para interesarse continuamente también por el verdadero bien temporal de los hombres. Porque, mientras no cesa de amonestar a todos sus hijos que no tienen aquí en la tierra ciudad permanente (cf. Heb 13,14), los estimula también, a cada uno según su condición de vida y sus recursos, a que fomenten el desarrollo de la propia ciudad humana, promuevan la justicia, la paz y la concordia fraterna entre los hombres y presten ayuda a sus hermanos, sobre todo a los más pobres y a los más infelices. Por lo cual, la gran solicitud con que la Iglesia, Esposa de Cristo, sigue de cerca las necesidades de los hombres, es decir, sus alegrías y esperanzas, dolores y trabajos, no es otra cosa sino el deseo que la impele vehementemente a estar presente a ellos, ciertamente con la voluntad de iluminar a los hombres con la luz de Cristo, y de congregar y unir a todos en aquel que es su único Salvador. Pero jamás debe interpretarse esta solicitud como si la Iglesia se acomodase a las cosas de este mundo o se resfriase el ardor con que ella espera a su Señor y el reino eterno.

 

28. Creemos en la vida eterna. Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de Cristo -tanto las que todavía deben ser purificadas con el fuego del purgatorio como las que son recibidas por Jesús en el paraíso en seguida que se separan del cuerpo, como el Buen Ladrón- constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida totalmente el día de la resurrección, en el que estas almas se unirán con sus cuerpos.

 

29. Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y María se congregan en el paraíso, forma la Iglesia celeste, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios, como Él es (33) y participan también, ciertamente en grado y modo diverso, juntamente con los santos ángeles, en el gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente nuestra flaqueza (34).

 

30. Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones, como nos aseguró Jesús: Pedid y recibiréis (cf. Lc 10,9-10; Jn 16,24). Profesando esta fe y apoyados en esta esperanza, esperamos la resurrección de los muertos y la vida del siglo venidero.

Bendito sea Dios, santo, santo, santo. Amén.

 


 

Notas

 

1) Cf. Conc. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius: Denz.-Schön. 3002.

2) Cf. enc. Humani generis: AAS 42 (1950) 575; Conc. Lateran. V: Denz.-Schön. 1440-1441.

3) Cf. Conc. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius: Denz.-Schön. 3016.

4) Símbolo Quicumque: Denz.-Schön. 75.

5) Ibíd.

6) Ibíd., n. 76.

7) Ibíd.

8) Cf. Conc. Efes.: Denz.-Schön. 251-252.

9) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, 53.

10) Cf. Pío IX, Bula Ineffabilis Deus: Acta p. 1 vol. 1 p. 616.

11) Cf. Lumen gentium, 53.

12) Cf. Ibíd., n. 53.58.61..

13) Cf. Const. apost. Munificentissimus Deus: AAS 42 (1950) 770.

14) Lumen gentium, 53.56.61.63; cf. Pablo Vl, Al. en el cierre de la III sesión del Concilio Vat. II: AAS 56 (1964), 1016; exhort. apost. Signum magnum: AAS 59 (1967) 465 y 467.

15) Lumen gentium, 62; cf. Pablo Vl, exhort. apost. Signum magnum: AAS 59 (1967) 468.

16) Cf. Conc. Trid., ses. 5: Decr. De pecc. orig.: Denz-Schön. 1513.

17) Cf. Conc. Trid., ibíd.: Denz-Schön. 1514.

18) Cf. Lumen gentium, 8 y 50.

19) Cf. Ibíd., n. 7.11.

20) Cf. Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium n. 5.6; Lumen gentium n. 7.12.50.

21) Cf. Conc. Vat. I, Const. Dei Filius: Denz-Schön. 3011.

22) Cf. Ibíd., Const. Pastor aeternus: Denz-Schön. 3074.

23) Cf. Lumen gentium, n. 25.

24) Ibíd., n. 8.18-23; decret. Unitatis redintegratio, n. 2.

25) Cf. Lumen gentium, n. 23; decret. Orientalium Ecclesiarum, n. 2.3.5.6.

26) Cf. Lumen gentium, n. 8.

27) Cf. Ibíd., n. 15.

28) Cf. Ibíd., n. 14..

29) Cf. Ibíd., n. 16.

30) Cf. Conc. Trid., ses. 13: Decr. De Eucharistia: Denz-Schön. 1651.

31) Cf. Ibíd.: Denz-Schön. 1642; Pablo Vl, Enc. Mysterium fidei: AAS 57 (1965) 766.

32) Cf. Santo Tomás, Summa Theologica III, q.73 a.3.

33) 1Jn 3, 2; Benedicto XII, Const. Benedictus Deus: Denz-Schön. 1000.

34) Lumen gentium, n. 49.

 

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CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

DECRETO GENERAL
relativo al delito
de atentada ordenación sagrada de una mujer

La Congregación para la Doctrina de la Fe, para tutelar la naturaleza y la validez del sacramento del orden, en virtud de la especial facultad a ella conferida de parte de la Suprema Autoridad de la Iglesia (cfr. can. 30, Código de Derecho Canónico), en la Sesión Ordinaria del 19 de diciembre de 2007, ha decretado:

Quedando a salvo cuanto prescrito en el can. 1378 del Código de Derecho Canónico, cualquiera que atente conferir el orden sagrado a una mujer, así como la mujer que atente recibir el orden sagrado, incurre en la excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica.

Si quien atentase conferir el orden sagrado a una mujer o la mujer que atentase recibir el orden sagrado fuese un fiel cristiano sujeto al Código de Cánones de las Iglesias Orientales, sin perjuicio de lo que se prescribe en el can. 1443 de dicho Código, sea castigado con la excomunión mayor, cuya remisión se reserva también a la Sede Apostólica (cfr. can. 1423, Código de Cánones de las Iglesias Orientales).

Este decreto entrará inmediatamente en vigor a partir de su publicación en L’Osservatore Romano.

William Cardinale LEVADA - Prefecto  

Angelo AMATO, S.D.B. - Arzobispo titular de Sila - Secretario

In Congr. pro Doctrina Fidei tab., n. 337/02

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El tiempo ordinario

 

Miguel Antonio Barriola

 

Después de la esplendorosa fiesta de Pentecostés, nos estamos encaminando por el “tiempo ordinario”.

El adjetivo y sus derivados suelen despertar sentimientos de monotonía y hastío ante la reiteración de lo ya conocido, tantas veces expresados con la frase: “más de lo mismo”. Hasta pueden surgir movimientos de repulsa, como cuando tratamos a alguien de “ordinario” o calificamos de “ordinariez” a palabras y acciones de baja estofa.

Sin embargo, la raíz posee también un sentido satisfactorio, si se piensa un poco en profundidad. Pues lo habitual, lo reglamentado, sirve para que la vida humana no se vuelva un caos. Así “de ordinario” nos alimentamos, trabajamos dentro de un ritmo, que no suele ser perturbado por sorpresas. En fin, no es posible vivir siempre de eventos “fuera de serie” y nuestra existencia transcurre entre el día y la noche, que lo sigue inexorablemente.

La mayor parte de nuestra vida se desenvuelve en jornadas comunes y corrientes, que preparan el descanso y la fiesta, a la vez que en las pausas de ocio y celebración se recuperan fuerzas para volver al trabajo diario. Se da la saludable interacción entre períodos laborales y de vacación. Sería absurdo pretender alterarla por el mero gusto de que todo se vuelva jolgorio.

También a este ritmo se ha sometido el Hijo de Dios encarnado en María. La maravilla de las maravillas celebrada en Navidad (“Dios con nosotros”) o la muerte vencida en Pascua, el empuje vivificador del Espíritu en Pentecostés, se desenvuelven después poco a poco, día tras día: “Jesús crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 51). “Todos frecuentaban día a día el Templo y partían el pan en sus casas”, notifica el mismo Lucas, después de Pentecostés (Hech 2, 46).

La “vida oculta” de Jesús, creciendo sin el sensacionalismo que le endilgarán los evangelios apócrifos, la fraternidad comunitaria, que era moneda habitual en la primera Iglesia, aterrizaban lo “extraordinario” de la encarnación y del Espíritu en la Iglesia de la cotidianidad.

Ya, asimismo, durante su actuación pública, que parecería reclamar mayor propaganda y notoriedad, advirtió Cristo contra los apuros o ansias populares de lo espectacular, alertando ante el impulso a vivir aquí y ahora, de inmediato, el Reino en todo su esplendor.

Al contrario, advertía que “el Reino de Dios es como un hombre que arroja la semilla en la tierra y ya duerma, ya vele, de noche y de día, la semilla germina y crece, sin que él sepa cómo” (Mc 4, 26–27).

En esta y casi todas sus parábolas, tomadas de lo más usual y trivial, Jesús muestra que el destino de la persona se juega en su misma existencia “ordinaria”, doméstica, económica y social. El realismo de sus metáforas (barrer la casa, amasar, encender un candil, cuidar el rebaño) significa que Jesús coloca el punto de contacto entre Dios y la persona, no sólo en grandes ceremonias del calendario religioso, sino también en el mundo cotidiano de la experiencia humana. El estilo popular de su lenguaje realista prolonga el vaciamiento, la kénosis del Hijo de Dios en la encarnación (Filip 2, 5–11). Tomó forma de siervo, hasta en lo gris de la vida humana. Las parábolas proclaman que el terreno en que Dios pide al ser humano que se arriesgue a tomar una decisión es el ámbito de lo vivido cada día, el mismo en el que se desarrolló la existencia de Jesús en diálogo con su propio misterio de ser Hijo de Dios.

En consecuencia, las mismas fiestas descollantes de la Navidad, Pascua y Pentecostés no celebraron otra cosa que la voluntad de Dios de manifestarse en la debilidad, a través de signos muy frágiles. Han sido la entronización gloriosa de la pobreza: un pesebre para bestias sobre el que cantaron los ángeles, porque allí, ante la indiferencia de los hombres, obedecía a su Padre el Hijo eterno de Dios. El cadalso de un ajusticiado a muerte, transfigurado en camino hacia la gloria. Un puñado de gente amedrentada cambiada en valiente transmisora de nueva vida para todos los siglos, animada por el fuego del Espíritu.

Por lo mismo, parece muy apropiado, a modo de compendio del espíritu que ha de animar este “tiempo ordinario” el símbolo litúrgico, que queda plasmado en el cirio pascual: “Yo soy el alfa y la omega”, tomado de la grandiosa síntesis de toda la historia de la salvación, que es el Apocalipsis.

El vidente, autor de esta culminación de la revelación entera, en su mismo pórtico (Apoc 1, 8) acude al sencillo alfabeto, condensado en la primera y última de sus letras griegas, para compendiar también con idéntico simbolismo toda su obra (Apoc 21, 6; 22, 13).

Ahora bien, nada hay más común que las consonantes y vocales, de las que nos valemos para hablar. Pero, a ese instrumento, que es la última y más humilde trama de la lengua, acuden tanto la prosaica conversación del mercado como los finos versos del poeta.

Así es la vida de Cristo, que se va desplegando por siglos, sobre todo en su Iglesia. De sus riquezas se sirven los pecadores en busca de indulgencia y los santos avanzando en virtud. El Dios excelso se ha vuelto cercano, el omnipotente se ofrece en signos discretos, sin forzar libertades.

El símbolo bíblico queda egregiamente plasmado en la vigilia pascual, a la que ya nos hemos referido. Entre esas letras extremas, se inscriben las “llagas gloriosas” de Cristo y la cifra del año en curso. La cruz y la luz, el “hoy”(Sal 95, 7), que, por encima de su monotonía, cobra sentido en la espera del “octavo día”, que se sale de la secuencia hebdomadaria, para desembocar allí donde ya no habrá más día ni noche (ver: Hebr 4, 6–11; Apoc 22, 5).

Ni la Escritura ni los más antiguos escritos cristianos mencionan, entre los creyentes, la celebración de la Pascua, a modo de conmemoración anual, según la usanza judía. Pero sí que se refieren al domingo, como un día aparte, señalado por antonomasia para las asambleas de los fieles (I Cor 16, 2; Hech 20, 7: “primer día de la semana”; Apoc 1, 10: Kyriaké heméra: día del Kyrios, del Señor, Domingo –Dominus-).

La Pascua, pues, de “anual” y “extraordinaria” pasó a ser “semanal” y “ordinaria”, “la Pascua dominical”.

Volviendo a Apoc 1, 10, su contexto puede brindar apuntes y sugerencias válidos para la espiritualidad del tiempo ordinario.

En efecto, el vidente se encuentra impedido de celebrar el “día del Señor” junto con su comunidad, ya que se halla encarcelado en Patmos, “a causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús” (ibid., v. 9).

Nada, pues, más alejado de una “fiesta”.

Sin embargo, esa misma situación es la elegida por Cristo, que se le revela, para hacerlo testigo de la liturgia celestial. Lo “extraordinario” se sumerge en los días oscuros del calabozo y, al revés, la penuria terrena recibe, en la fe, la contemplación del trono mismo de Dios.

De igual modo, la “Pascua dominical”, al fin de la semana dedicada a los trabajos, emerge como esa toma de contacto con el sentido trascendente del tiempo, con la patria donde Dios nos aguarda, a la vez que nos brinda indicaciones preciosas para que nos orientemos sin desvíos hacia lo que resta aún del camino de la fe (II Cor 5, 6–7), que desde esta tierra nos conduce al cielo.

En efecto, como enseñó Juan Pablo II: “El Domingo recuerda en la sucesión semanal del tiempo, el día de la resurrección de Cristo. Es la «Pascua de la Semana», en la que se celebra la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, la realización en ÉL de la primera creación (II Cor 15, 17). Es el día de la evocación adoradora y agradecida del primer día del mundo y a la vez la prefiguración, en la esperanza activa del «último día», cuando Cristo venga en su gloria (cfr. Hech 1, 11: I Tes 4, 13–17) y «hará un mundo nuevo»” (cfr. Apoc 21, 5 – Dies Domini, 1).

Esta “ordinarización” (valga el neologismo) de la “extraordinaria Pascua” de la antigua alianza, pone igualmente a nuestro alcance, en la riqueza de cada Domingo, lo más excelso y “extraorinario” de nuestra fe, a saber, el misterio de nuestro Dios Uno y Trino, ya que el primer día de la semana nos recuerda al “Creador” (estreno absoluto del obrar de Dios “ad extra”, atribuible al “Primero y sin origen”: Dios Padre). El Domingo, nos conecta con el “Redentor”, Cristo Jesús, Hijo eterno de Dios, encarnado en María. Por fin, dado que Pentecostés cae también en Domingo, el Santificador, Espíritu de amor entre el Padre y el Hijo, nos acompañará siempre, haciendo que lo ordinario de nuestra peregrinación desemboque en la Jerusalén de arriba, “donde no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó” (Apoc 21, 4).

El tiempo ordinario, con sus “Pascuas y Pentecostés” semanales y, hay que agregar, también diarias (porque la Eucaristía se actualiza :hosákis”: “cada vez que” – I Cor 11, 25–26. Y, según Hech 2, 46, “los cristianos partían el pan” “kath‘ heméran” –cada día-) va tejiendo nuestra vida de Adviento en Adviento hasta la Parusía, de Pascua en Pascua “hasta que vuelva” (I Cor 11, 26). La pequeña “alfa” de todo comienzo (creación – primera alianza) se va agigantando hasta la “omega”, radiante del fin, “cuando Cristo entregue a Dios Padre el Reino”(I Cor 15, 24).

Preguntémonos qué y cómo escribimos con este alfabeto. Si únicamente acudimos a él cuando todo nos sonríe o si sabemos emplearlo tanto en el Tabor como en el Getsemaní y el Gólgota. Sólo en la integridad vivida en la fe, tanto de los días brillantes como en los oscuros, se irá traduciendo en nuestra historia el encuentro del “extraordinario” Dios creador, redentor y santificador, con su “ordinaria” creatura, pecadora y reconciliada.

 

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Mi felicidad y la infelicidad ajena

 

Daniel Iglesias Grèzes

 

Leyendo una entrevista -realizada en 1987- del periodista César di Candia a Luis Pérez Aguirre (sacerdote jesuita uruguayo ya fallecido, conocido sobre todo por su actividad en pro de los derechos humanos), me encontré con la siguiente frase de Pérez Aguirre, que me hizo pensar bastante: “no puedo ser feliz, cuando a mi lado hay alguien que no lo es” (César di Candia, Confesiones y arrepentimientos, Tomo II, El País, Montevideo, 2007, p. 56). Con todo respeto, opino que ésta es una de esas frases que a primera vista impresionan muy bien pero que, miradas más de cerca, revelan ser altamente problemáticas. Supongo que la frase citada sólo pretendió expresar un fuerte sentimiento de solidaridad y un ardiente deseo de justicia. Por lo tanto, las consideraciones siguientes de ningún modo constituyen una crítica al P. Pérez Aguirre. Sin embargo, creo que nos conviene concentrarnos en la frase en sí misma y preguntarnos si y en qué sentido podemos o debemos dejar de ser felices en presencia de la infelicidad ajena.

 

Así planteada la cuestión, parece que nuestra frase supone que la felicidad se comporta como si fuera un mero bienestar biológico o material. Como enseña la economía, los bienes materiales siempre son “escasos” (o finitos), por lo cual, para remediar una injusta distribución de la riqueza, a menudo es moralmente obligatorio que alguien renuncie a una parte excedente de sus bienes para darla a otro, que carece de lo mínimo necesario. Pero en realidad la felicidad no depende de los bienes materiales, como surge de las siguientes dos objeciones obvias:

·        Por una parte, la riqueza no hace la felicidad. Esta verdad era ya bien conocida en el tiempo de la Antigua Alianza: “Hablé en mi corazón: ¡Adelante! ¡Voy a probarte en el placer; disfruta del bienestar! Pero vi que también esto es vanidad.” (Eclesiastés 2,1).

·        Por otra parte, Jesús nos enseña que la pobreza material no implica automáticamente la infelicidad: “Bienaventurados los pobres” (Lucas 6,20). Las bienaventuranzas evangélicas no son un elogio de la miseria, sino una invitación apremiante a la austeridad, el desprendimiento de los bienes materiales y la liberación del afán desordenado de riqueza. Son (entre otras muchas cosas) un canto a la libertad del espíritu humano, que no está absolutamente condicionado por las circunstancias materiales. También los materialmente pobres pueden ser felices, si viven de acuerdo con el Evangelio de Cristo.

 

La felicidad no es un bienestar material ni “funciona” como los bienes materiales. Trascendiendo pues el orden material, la frase en cuestión parece indicar que la misericordia debe hacernos infelices con el infeliz. Aquí cabría distinguir dos niveles:

·        En un nivel más superficial, que podríamos llamar “bienestar psicológico”, es claro que la felicidad humana no es completa en esta vida, precisamente porque coexiste con la infelicidad. La compasión nos mueve a compartir el sufrimiento ajeno. Por eso el Hijo de Dios hecho hombre, a pesar de mantener siempre la felicidad de su perfecta comunión con el Padre, lloró ante la tumba de su amigo Lázaro y ante la ciudad de Jerusalén, donde habría de morir.

La falta de “bienestar psicológico”, aunque puede llegar a ser muy grande, no impide la verdadera alegría. Pensemos, por ejemplo, en las personas que sufren depresión, enfermedades mentales o discapacidades intelectuales. La compasión por estas personas no anula la verdadera alegría. ¿De qué le valdría a los que sufren o están tristes que los demás les transmitamos tristeza en vez de alegría? En presencia de alguien infeliz, no puedo ni debo renunciar a mi felicidad, ni a una parte de ella. El cristiano debe irradiar la alegría de la salvación, sin perderla: “Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres.” (Mateo 5,13).

·        En un nivel más profundo, propiamente espiritual, la verdadera felicidad puede coexistir (en esta vida) con el sufrimiento, porque lo supera. Esta felicidad, que comienza en la tierra, alcanza su plenitud en el cielo; es escatológica. La infelicidad más profunda, la única verdadera infelicidad, es el fruto de la culpa grave, del pecado. Pues bien, la misericordia por los pecadores ni nos vuelve pecadores ni puede quitarnos la alegría de la salvación. Si no fuera así, un solo ángel caído podría impedir la felicidad del Cielo; y todos estaríamos indefensos ante el chantaje espiritual de los pecadores, que podrían manipularnos con base en nuestra torcida misericordia.

 

El estado espiritual que lleva a la felicidad es en cierto sentido incomunicable. Esto es representado plásticamente en la parábola de las vírgenes prudentes y las vírgenes necias (cf. Mateo 25,1-12). No es en absoluto el egoísmo lo que mueve a las cinco vírgenes prudentes a no compartir el aceite de sus lámparas con las cinco vírgenes necias. En la realidad espiritual representada mediante la parábola, se trata de una imposibilidad ontológica. Cada persona humana será juzgada individualmente y deberá responder de sus actos ante Dios. Podemos influir en los demás, pero nadie puede tomar decisiones de orden moral en lugar del otro, anulando su libertad.

 

La felicidad es una realidad espiritual que brota de la caridad o amor, como una consecuencia o subproducto de éste: “Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará.” (Mateo 16,25). No obtiene la felicidad el que se obsesiona por su propia felicidad y se olvida de los demás, sino el que en cierto modo se olvida de sí y se entrega a sí mismo, tratando de hacer felices a los otros.

El amor, que sí hace la felicidad, no es, como los bienes materiales, un bien escaso, sino un reflejo del don sobreabundante del amor divino. En el milagro de la multiplicación de los panes, Jesús nos muestra que, en el orden espiritual, a diferencia del orden material, cuanto más se da, se tiene cada vez más, no menos. El amor no resta, sino que multiplica. Esta verdad se manifiesta con máximo esplendor en la Eucaristía, el gran sacramento del amor.

No puedo ser feliz desentendiéndome de la felicidad ajena, sino que debo dar felicidad; pero el que da felicidad no la pierde, sino que recibe aún más felicidad.

 

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¿Dios castiga?

 

Lic. en Filosofía Néstor Martínez

 

Si Dios castiga.

 

Parecería que no:

1)      El castigo es un mal. Pero Dios no es autor del mal. Luego, Dios no castiga.

2)      El mal es una privación, y la privación no tiene causa eficiente, sino sólo deficiente. Luego, su causa sólo puede ser la creatura, que es la que puede fallar en su acción. Pero el castigo es un mal. Luego, sólo la creatura puede castigar, no Dios.

3)      El que castiga no ama. Pero Dios nos ama. Luego, Dios no castiga.

4)      El castigo por el pecado es algo justo, mientras que la misericordia va más allá de la justicia. Ahora bien, según la Revelación, Dios es misericordioso, y por tanto, en vez castigar el pecado, lo perdona. Por tanto, Dios no castiga.

5)      El mismo infierno no es castigo, porque no es querido, sino sólo permitido por Dios. Luego, Dios no castiga.

6)      El infierno no es castigo, porque no es pena por el pecado, sino solamente consecuencia del pecado. Luego, Dios no castiga.

7)      El único castigo es el infierno. Pero el infierno no es en esta vida. Luego, Dios no castiga, al menos en esta vida.

 

Contra esto:

Es evidente en muchos pasajes del Antiguo y el Nuevo Testamento que Dios castiga a los ángeles y a los hombres por sus pecados. Por ejemplo, Mt 25, 41-46:

“Entonces dirá también a los de su izquierda: “Apártense de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me dieron de comer (…) E irán éstos a un castigo eterno, y los justos, a la vida eterna”.

 

De donde se deduce que:

a)      Por el contexto, la razón para ir al fuego eterno es de orden moral y es una culpa: “Tuve hambre, y no me dieron de comer…” etc.

b)      El infierno existe.

c)      Es eterno, o sea, no tiene fin. Por tanto, del infierno no sale nadie: no habrá una reconciliación final de los condenados con Dios.

d)      En él se encuentran ya, por lo menos, los ángeles caídos. No es, por tanto, una mera posibilidad.

e)      En él se encontrarán, luego de la segunda venida del Señor, algunos seres humanos condenados. Lo cual no excluye que ya existan ahora condenados, entre los difuntos, si bien eso no está afirmado en el texto. Luego, no todos los seres humanos se salvan.

f)        El fuego eterno tiene una finalidad, ha sido “preparado para el Diablo y sus ángeles”. O sea, no una mera consecuencia ciega o azarosa, sino algo previsto y querido por Dios.

g)      En efecto, la expresión “preparado para el Diablo y sus ángeles” es un “pasivo divino”, o sea, una forma de evitar, por respeto, nombrar a Dios. En vez de decir que Dios lo ha preparado, se dice que está preparado o que ha sido preparado. De hecho, otros manuscritos ponen “preparado por el Padre” o “preparado por el Señor”.

h)      Por tanto, si ha sido previsto y querido, “preparado”, por Dios, por razón del pecado y de la culpa, pues eso es lo que tienen en común el Diablo, sus ángeles y los hombres que son colocados a la izquierda del Juez en el último día, entonces ha sido “preparado” como castigo por el pecado. Su misma eternidad sin fin excluye otra finalidad como podría ser la corrección o la conversión.

i)        Del mismo modo, se llama a los condenados “malditos”, lo cual es también un “pasivo divino”: Dios los maldice, es decir, “dice el mal” contra ellos como consecuencia de sus pecados y de su falta de arrepentimiento.

j)        Pero además, está dicho explícitamente en el texto evangélico: “Irán éstos a un castigo eterno”. Se explicita la calidad de “castigo” del infierno y se vuelve a afirmar su eternidad.

k)      La esencia del infierno está expresada en esas dos expresiones: “Apártense de mí”, o sea, la pena de daño, que es la principal, la pérdida de Dios, fin último de nuestra existencia, y “el fuego eterno”, o sea, la pena de sentido.

l)        Luego, Dios castiga.

 

Respuesta:

Hay que decir que Dios castiga. En efecto, Dios crea todo en orden a un fin, que es Él mismo. Las creaturas racionales por naturaleza tienden libremente a ese fin para el que Dios las ha creado, y entonces, pueden fallar y no alcanzar el fin, por el mal uso de su libertad, lo cual es un mal. Luego, el infierno, que consiste esencialmente en la pérdida del fin último, es posible por el solo hecho de que existe la creatura racional dotada de libre albedrío.

Nada ocurre sino aquello que Dios Todopoderoso quiere o permite. Luego, ese mal que es la condenación eterna no ocurre sino porque Dios o lo quiere o lo permite.

Ese mal que es el infierno o la condenación eterna es una consecuencia del mal uso de la libertad por parte de la creatura racional. Ahora bien, por el mal uso de la libertad se incurre en la culpa. Y el mal que es una consecuencia de la culpa, es una pena o castigo, pues la culpa altera el orden de la justicia y es función de la pena o castigo restablecerlo. Luego, la condenación eterna tiene razón de pena o castigo por el pecado.

Pero la pena o el castigo por el pecado, si bien implica necesariamente un mal para el que es castigado, en sí misma no es un mal, sino un bien, pues su finalidad es restablecer el orden de la justicia, alterado por la culpa. De ahí que la pena sólo tiene sentido si es justa, pues lo justo es bueno. Ahora bien, un bien no puede ser solamente permitido por Dios, tiene que ser querido por Él, que es la fuente y la Causa Primera de todo bien. Luego, la condenación eterna del pecador no arrepentido es una pena querida por Dios. En ese sentido, Dios castiga.

 

A los argumentos respondemos:

1)      El castigo es tal por el mal que inflige al castigado, pero es también un bien, en la medida en que restablece el orden de la justicia. Luego, bajo este aspecto, tiene que tener a Dios como Causa Primera, porque todo bien viene en última instancia de Dios, Bien Supremo. Luego, Dios castiga, sea mediante las causas segundas, sea en forma directa e inmediata.

2)      El mal como tal no tiene causa eficiente, pero el acto del cual resulta un mal para alguno, sí. Es decir, el incendio y la destrucción de un bosque, por ejemplo, que es un mal, en cuanto mal no tiene causa eficiente, pero sí en cuanto incendio, a saber, el encendido de un fósforo. De ese modo el castigo consiste en algún tipo de acción o de permisión de la cual resulta el mal para el castigado. Y en ese sentido, el que actúa o permite de ese modo es causa del castigo. Pero toda acción o permisión de la creatura depende de una acción o permisión de Dios. Y lo que es bueno, en tanto lo es, no puede ser simplemente permitido por Dios, sino que ha de ser querido por él y lo ha de tener como causa eficiente, pues el bien se identifica con el ser. Luego, Dios es Causa Primera del castigo, en lo que éste tiene de ser y de bien. Luego, Dios castiga.

3)      Si el que castiga no ama, entonces los padres no aman a sus hijos cuando los castigan. Por el contrario, amar es querer el bien del otro, y el castigo es un bien, en esta vida, no solamente en cuanto restablece el orden de la justicia, sino además, en cuanto sirve para la corrección del pecador, lo cual apunta a su salvación eterna. Por eso, es por amor que los padres castigan a sus hijos. Por lo que tiene que ver con la condenación eterna, que no tiene finalidad correctiva, se debe a que el amor de Dios no elimina su justicia, de modo que el pecador no arrepentido, que rechaza hasta el final el amor de Dios que busca su salvación, cae por ello mismo bajo la justicia divina, que restablece el orden propio de la justicia mediante la pena del infierno.

4)      Dios misericordioso perdona siempre al pecador arrepentido, pero el pecador puede no arrepentirse, y entonces, está sujeto al castigo de la justicia divina.

5)      El infierno o la condenación eterna no puede ser solamente permitido por Dios, como se ha dicho, porque en sí mismo no es un mal, sino un bien, en tanto pena por el pecado que restablece el orden de la justicia.

6)      El infierno no puede ser solamente consecuencia del pecado, y no castigo por el pecado, porque el pecador incurre en culpa y la consecuencia de la culpa es justamente la pena, como se ha dicho.

7)      Los males de esta vida, al menos algunos de ellos, son consecuencia de nuestros pecados. Ahora bien, como se ha dicho, el pecado implica la culpa, y la consecuencia de la culpa es la pena. Luego, algunos males de esta vida son penas por el pecado. La pena o castigo tiene dos finalidades, como se ha dicho: una es la restauración del orden de la justicia, y la otra, es la corrección del pecador. El pecado, por su parte, puede ser venial o mortal. En lo referente al pecado mortal, si no es perdonado, lo cual supone el arrepentimiento del pecador, la restauración del orden de la justicia se da solamente por la condenación eterna. Pero los males de esta vida pueden tener el efecto de hacer reflexionar al pecador y conducirlo al arrepentimiento, y bajo esa categoría, pueden ser llamados castigos medicinales o correctivos. En lo referente al pecado venial, las penas de esta vida tienen razón tanto de corrección como de restauración de la justicia.

 

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Argumentando contra la lógica

 

Lic. Néstor Martínez

 

"La esterilidad de la lógica formal aristotélica ha sido señalada a menudo. El pensamiento filosófico se ha desenvuelto en forma paralela e incluso aislada de esa lógica. En sus principales intentos, ni la escuela idealista ni la materialista, ni la racionalista, ni la empirista parecen deberle nada. La lógica formal era no trascendente en su misma estructura. Sancionaba y organizaba el pensamiento dentro de un marco dado, más allá del cual ningún silogismo puede pasar: permanecía en todo momento "analítica". La lógica siguió adelante como una disciplina especial al lado del desarrollo sustantivo del pensamiento filosófico, sin cambiar esencialmente a pesar de los nuevos conceptos y nuevos contenidos que marcaban ese desarrollo."

MARCUSE, Herbert, El hombre unidimensional, Ed. Seix Barral, Barcelona, 1969, p. 67.

 

Sin embargo, este mismo texto de Marcuse no se sostiene sino a condición de que sean válidos los razonamientos lógicos siguientes:

 

1) Toda lógica que sea estéril, no sirve. Pero la lógica formal aristotélica es estéril. Luego, la lógica formal aristotélica no sirve.

 

2) Ninguna lógica respecto de la cual el pensamiento filosófico se haya desenvuelto en forma paralela, e incluso aislada, sirve. Pero el pensamiento filosófico se ha desenvuelto en forma paralela, e incluso aislada, respecto de la lógica formal aristotélica. Luego, la lógica formal aristotélica no sirve.

 

3) Ninguna lógica que sea no trascendente, sirve. Pero la lógica formal aristotélica es no trascendente. Luego, no sirve.

 

4) Es no trascendente la lógica que permanece dentro de un marco dado. Pero la lógica formal aristotélica permanece dentro de un marco dado. Luego, es no trascendente.

 

5) Está atrasada una lógica cuando no acompaña el desarrollo sustantivo del pensamiento filosófico. Pero la lógica formal aristotélica no acompañó el desarrollo sustantivo del pensamiento filosófico. Luego, está atrasada.

 

O sea que al final tenía razón Aristóteles: "El que mata la razón, la sostiene".

 

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El político católico y la fe

 

Michael Hull

 

Intervención del profesor de Teología Michael Hull, de Nueva York, en la última videoconferencia internacional organizada por la Congregación para el Clero sobre «Iglesia y Estado»

 

La moral cristiana se aplica a la vida pública de la misma manera que a la vida privada. El hecho de que un católico ocupe un cargo público no establece una diferencia en sus obligaciones morales. Desgraciadamente, un error persistente y muy difundido -a menudo propalado por católicos y no católicos poco o mal informados y que se expresa a través de una frase vacua como «personalmente me opongo, pero políticamente apoyo»- sostiene que alguien puede apoyar y promover públicamente el mal y, al mismo tiempo, oponerse privadamente a ese mismo mal.


Hoy, muchos políticos que se declaran buenos católicos apoyan activamente políticas contrarias a la ley moral natural y la enseñanza de la Iglesia como, por ejemplo, el homicidio de niños no nacidos en el aborto y el infanticidio (aborto por «nacimiento parcial»). ¿Podría un político católico que aboga y promueve un mal moral intrínseco recibir lícitamente la santa Comunión?


La respuesta es, por supuesto, «no». ¿Por qué? Porque los católicos tienen la obligación de promover el bien común. La mejor descripción de la doctrina católica sobre este tema es actualmente la de monseñor Raymond L. Burke, arzobispo de St. Louis, en su carta pastoral «On Our Civic Responsibility for the Common Good» («Sobre nuestra responsabilidad cívica por el bien común»). El arzobispo Burke observa que, para cumplir con su responsabilidad por el bien común de la mejor manera posible, los católicos deben votar apuntando a obtener «la conformidad total de la ley civil con la ley moral».


Dicha obligación no disminuye, sino que se intensifica cuando un católico ocupa un cargo público. Desgraciadamente, se da el hecho de que algunos políticos católicos estén convencidos de que pueden apoyar una ley injusta, como, por ejemplo, «Roe v. Wade» (1973), sobre «el derecho al aborto», y, al mismo tiempo, seguir siendo buenos católicos y recibir la santa Comunión.


Durante una conferencia en el National Press Club (Washington, 15 de septiembre de 2004), intitulada «Public Witness/Public Scandal: Faith, Politics, and Life Issues in the Catholic Church» («Testimonio público/escándalo público: fe, política y cuestiones referentes a la vida en la Iglesia católica»), promovida por la Ave Maria School of Law (Ann Arbor, Michigan), el padre John J. Coughlin, OFM, profesor de Derecho de la Notre Dame University, expuso, de manera clara y terminante, que, según el Código de Derecho Canónico, un católico que estuviera a favor del aborto recibiría la comunión de manera ilícita y no debe ser admitido a comulgar porque sigue «perseverando en un pecado grave manifiesto» (canon 915).


En ocasión de la misma conferencia, el doctor Robert P. George, profesor de Derecho de la Universidad de Princeton, explicó la sinrazón de quienes sostienen que la Iglesia no tiene el derecho -no hablemos del deber- de prohibir la santa Comunión a quienes «persisten en un pecado grave manifiesto».


En los Estados Unidos, donde la cuestión tiene, en este año de elecciones presidenciales, una vigencia especial, la Conferencia Episcopal, se ocupó de ella en su encuentro de junio de 2004 en Denver (Colorado). La Conferencia estableció claramente que «las decisiones [sobre admitir o no a la Santa Comunión a los políticos involucrados en la vida política] pertenecen a las competencias de cada obispo [diocesano]».


Afortunadamente, algunos obispos diocesanos han tenido el coraje de prohibir públicamente que algunos políticos católicos favorables al aborto se acercaran a comulgar. Su valor no sólo subraya la necedad de la frase «personalmente me opongo, pero políticamente apoyo», sino que también fortalece al conjunto de los creyentes.

 

Como San Pablo, debemos recordar que «no nos dio el Señor a nosotros un espíritu de timidez, sino de fortaleza, de caridad y de templanza», con el que debemos conservar la verdad que nos ha sido confiada por el Espíritu Santo (2 Tim 1,7.14).

 

Fuente: Catholic.net (www.es.catholic.net).

Aporte enviado por el Prof. Dr. Carlos Álvarez Cozzi.

 

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El precio que pagan los contribuyentes por la ruptura de las familias

 

Advertencias sobre las drásticas consecuencias sociales y económicas

 

ROMA, domingo, 25 mayo 2007 (ZENIT.org).

La desintegración de la vida familiar está costando un gran parte de los impuestos. Un informe publicado en abril calcula el coste anual en 112.000 millones de dólares, sólo en Estados Unidos.

"El coste de los impuestos del divorcio y de criar a los hijos fuera del matrimonio: primeras estimaciones para la nación y otros 50 Estados", ha sido publicado por cuatro organizaciones: el Institute for American Values, el Georgia Family Council, el Institute for Marriage y la Public Policy and Families Northwest.

 

"Este estudio documenta por primera vez que el divorcio y el criar a los hijos fuera del matrimonio -ambas cosas malas para los niños- también están costando un montón de dinero a los contribuyentes", afirmaba David Blankenhorn, presidente del Institute for American Values, en una nota de prensa que acompañaba el informe.

El matrimonio es más que una institución moral o social, observa el mismo estudio. Es una institución económica, y cuando se rompe los costes para los gobiernos locales, estatales y federales son muy altos.

El informe calcula en 112.000 millones de dólares el coste anual -o más de 1 billón de dólares en la pasada década-, algo que los autores consideran una estimación mínima. El gobierno federal soporta la carga más pesada, 70.100 millones de dólares, seguido por los estados con 33.000 millones, y 8.500 millones a nivel local.

Estos costes vienen de diversas fuentes: aumento de los gastos provenientes de impuestos para los programas contra la pobreza, la justicia penal y los programas de educación, y una aportación menor a los impuestos por parte de individuos que, como adultos, ganan menos debido a la reducción de oportunidades, resultado de haber crecido con más probabilidad en la pobreza.

El estudio sostiene que el apoyo del gobierno al matrimonio y a la familia sería una política económica inteligente. Sólo una ligera reducción de la tasa de divorcios podría ahorrar miles de millones de dólares al año.

Algunos estados se han dado cuenta de esto y el informe cita el ejemplo de Texas, que aprobó recientemente dedicar 15 millones de dólares en los próximos dos años para educación matrimonial y otros programas. El estudio explica que si esto trae consigo un descenso de menos del 1% en las rupturas matrimoniales, tendrá un resultado real para los contribuyentes tejanos.

 

Cambios espectaculares

El estudio presenta una visión general de los enormes cambios de la vida familiar en las últimas décadas.

- Entre 1970 y el 2005, la proporción de niños que viven con sus dos progenitores casados ha descendido del 85% al 68%.

- Más de un tercio de los niños de Estados Unidos nacen actualmente fuera del matrimonio: el 25% de los bebés blancos no hispanos, el 46% de los hispanos, y el 69% de los afroamericanos.

- En el 2004, casi 1,5 millones de niños nacieron de madres no casadas.

- Ha habido un ligero descenso en el número de divorcios desde 1980, no obstante esto se ha compensado por el aumento del número de niños criados por parejas no casadas, por lo que el porcentaje de niños que viven con un único progenitor ha aumentado sin descanso de 1970 a 1998, con una pequeña disminución después de 1998.

- El informe admite que un tema crucial es verificar hasta qué punto hay una relación causal entre la fragmentación familiar y los costes económicos para el gobierno.

Los autores prosiguen mostrando evidencias de diversas fuentes que prueban su afirmación. Existe una amplia documentación, observan, de que el divorcio contribuye a la pobreza infantil.

El análisis sugiere que prácticamente todo el aumento en la pobreza observado entre las madres divorciadas tiene su causa en el mismo divorcio, indica el informe citando un reciente estudio.

También se han investigado con profundidad los efectos en los niños del divorcio y de ser criados por un solo progenitor. El estudio cita investigaciones académicas en las que se indica cómo el vivir estas situaciones lleva a índices de criminalidad más alto y a problemas de delincuencia.

 

Colapso de los ingresos

Las evidencias de otros países respaldan el informe de Estados Unidos. En Inglaterra, entre 1991 y 1997, el descenso medio de los ingresos de una madre tras la separación fue del 30%, informaba un estudio publicado por el Institute for Social and Economic Research de la Universidad de Essex.

En su reportaje del 5 de marzo sobre el estudio, el periódico Guardian observaba que en los últimos años este descenso se ha suavizado de forma sustancial. Entre 1998 y el 2004, el descenso de renta fue sólo del 12%.

No obstante, los investigadores atribuían parte de esta mejora a un incremento en el nivel de apoyo económico del estado.

Los hogares rotos también crean problemas para los colegios, informaba el 19 de marzo el periódico Telegraph. El declive de la familia tradicional está creando un "círculo vicioso" de fracaso escolar, pobreza y crimen, según la Association of Teachers and Lecturers, una organización de más 160.000 miembros.

El Telegraph indicaba que se ha manifestado esta preocupación precisamente en el momento en que se publicaban las cifras oficiales de madres solteras en Gran Bretaña que han aumentado en la pasada década en 250.000, llegando hasta casi los dos millones.

Otra consecuencia para los niños en medios de las rupturas familiares es una salud mental más pobre. El 24 de abril, el Times de Londres informaba que, según un estudio encargado por Children's Society, más de un cuarto de los jóvenes de menos de 16 años se sienten deprimidos por las tensiones de la vida familiar, las amistades y el colegio.

Miles de niños tomaron parte en el estudio y, para muchos de ellos, la ruptura familiar era el problema.

 

Los apuros europeos

Europa también está sufriendo grandes cambios en la vida familiar, como apuntaba un estudio reciente publicado por la agencia de noticias Fides, la agencia misionera del Vaticano. En un dossier titulado "La Crisis de la Familia en Europa", la agencia reunía información de varios estudios y organizaciones.

La población de Europa pronto empezará a disminuir y ya está envejeciendo rápidamente, advertía Fides. Cada 25 segundos hay un aborto en los 27 países miembros de la Unión Europea, indicaba el informe, mientras que, al mismo tiempo, se cierran 3 escuelas al día debido a la escasez de niños.

Tanto hombres como mujeres posponen el matrimonio, y en el 2005, casi 1,9 millones de niños nacieron fuera del matrimonio. En algunos países cerca de la mitad de todos los nacimientos se atribuyen a madres solteras o a parejas de hecho. El número de divorcios sigue aumentando, con millones de niños afectados.

En medio de estas tendencias, Fides indicaba también que, del 27% de producto interior bruto que Europa destina a gastos sociales, sólo una parte muy pequeña se dirige a apoyar a las familias, que, según parece, no se consideran una prioridad.

De hecho, el informe establece que "las instituciones y la legislación europeas consideran la familia como un legado histórico, en vez de una institución que pueda formar parte del futuro".

Por ello, añadía, los gobiernos no apoyan de forma activa a la familia basada en el matrimonio estable entre un hombre y una mujer y, a la contra, apoyan diversas formas de cohabitación.

También hay medidas que permiten la adopción de niños por solteros, en lugar de por parejas casadas, así como permitir la adopción a las parejas de hecho y a las del mismo sexo.

 

Realidad fundamental

Benedicto XVI, consciente de la calamitosa situación de la familia, suele expresarse pidiendo a las autoridades públicas que apoyen el matrimonio. El respeto a la familia basada en el matrimonio es "imperativo", decía el Papa el 10 de enero al dirigirse a los representantes del gobierno local de Roma y de la región del Lacio.

"Lamentablemente, cada día constatamos cuán insistentes y amenazadores son los ataques y las incomprensiones con respecto a esta realidad humana y social fundamental", comentaba el Papa.

"Por consiguiente, es muy necesario que las Administraciones públicas no secunden esas tendencias negativas, sino que, por el contrario, ofrezcan a las familias un apoyo convencido y concreto, con la certeza de que así contribuyen al bien común", concluía.

El 16 de mayo, el Papa comentaba que muchas familias están reclamando ayuda a las autoridades civiles. Benedicto XVI hizo estas afirmaciones sobre la familia durante una audiencia con los representantes del Foro de Asociaciones Familiares y de la Federación Europea de Asociaciones Familiares Católicas, reunidos en Roma para una conferencia.

"Existe la necesidad urgente de un compromiso común para apoyar a las familiares con todos los medios disponibles, sea desde el punto de vista social y económico, como del jurídico y espiritual", afirmaba el Papa.

El Santo Padre alababa la iniciativa de movilizar a la gente para apoyar políticas fiscales de apoyo a la familia. Una iniciativa dolorosamente necesaria en muchos países del mundo.

 

Por el padre John Flynn, L. C.; traducción de Justo Amado

 

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La Santa Sede aprueba los estatutos definitivos

del Camino Neocatecumenal

 

La Iglesia confirma la "genuinidad del carisma", dice el cardenal Rylko

 

CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 13 junio 2008 (ZENIT.org).

En una celebración de carácter familiar, la Santa Sede entregó este viernes los estatutos definitivos del Camino Neocatecumenal, una de las realidades eclesiales de mayor crecimiento, surgida tras el Concilio Vaticano II.

Presidió el encuentro el cardenal Stanislaw Rylko, presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, e intervinieron los iniciadores del Camino, Kiko Argüello y Carmen Hernández, así como el sacerdote Mario Pezzi.

Al final de la ceremonia, que tuvo lugar en la sede de ese organismo vaticano, en la que participaron unas cien personas, el cardenal Rylko explicó a Zenit el significado de este gesto.

"Significa la confirmación por parte de la Iglesia de la autenticidad, del carácter genuino del carisma que se encuentra en su origen, en la vida y en la misión de la Iglesia", dijo el purpurado polaco.

"El Camino ya tiene una larga historia en la Iglesia, más de 40 años, y trae a la vida de la Iglesia muchos frutos, muchas vidas cambiadas profundamente, muchas familias reconstruidas, muchas vocaciones religiosas, sacerdotales, y mucho compromiso a favor de la nueva evangelización".

"Por tanto -añadió-, es un momento de gran alegría para la Iglesia, es un momento de gran alegría para la realidad eclesial que recibe este reconocimiento".

Durante la ceremonia el cardenal dejó tres orientaciones particulares a los miembros de las comunidades neocatecumenales: obediencia a los obispos, reconocimiento del papel del presbítero, y fidelidad a los textos litúrgicos de la Iglesia.

En su respuesta, Kiko Argüello dio gracias a Benedicto XVI, a Juan Pablo II y a Pablo VI. Este último le dijo en una ocasión, según recordó: "Sé humilde y fiel con la Iglesia y la Iglesia te será fiel".

Por su parte, Carmen Hernández subrayó que lo importante no es el Camino Neocatecumenal, sino la Iglesia, e invitó a quienes siguen este itinerario de iniciación cristiana a la humildad.

Después, en la tarde de este viernes, los iniciadores del Camino ofrecieron su primera rueda de prensa de la historia para manifestar este agradecimiento a la Santa Sede, en el centro diocesano del Camino Neocatecumenal que se encuentra junto al Vaticano.

Kiko Argüello reveló que en estos momentos la Santa Sede está estudiando los textos de las catequesis del Camino para que puedan hacerse públicos y ser distribuidos entre las diócesis del mundo.

Según Argüello el único cambio significativo que introducen los estatutos definitivos respecto de la liturgia afecta a la manera de recibir la Comunión durante la Eucaristía, que implicará un ligero cambio con respecto a la costumbre que venían siguiendo.

La comunión, conforme a la práctica habitual de las comunidades, seguirá recibiéndose bajo las dos especies. Es distribuida por los ministros en la asamblea, en lugar de la procesión de los fieles que se realiza normalmente en el rito romano. Esta forma se mantiene en los estatutos definitivos, pero para la recepción del Pan, el fiel deberá ponerse de pie ante el ministro. No así en el caso de la comunión con el Cáliz, que seguirá recibiéndose sentado, para evitar que el vino consagrado pueda desbordarse.

Respecto al saludo de la paz, se mantiene tras la oración de los fieles y antes de comenzar la liturgia eucarística, si bien procurando que este momento no rompa el orden y el recogimiento de la asamblea.

El Camino Neocatecumenal, nacido en 1964 en Palomeras Altas, uno de los barrios más miserables de Madrid, se encuentra difundido en 107 países, cuenta con 20 mil comunidades y 70 seminarios diocesanos misioneros Redemptoris Mater, que han dado a la Iglesia 1.260 presbíteros.

El Camino está presente en 5.700 parroquias de 1.200 diócesis. Más de 600 familias han dejado su tierra para ir a evangelizar las zonas más descristianizadas del planeta, viviendo entre los pobres.

La aprobación de los estatutos tiene lugar tras cinco años de la aprobación de la primera versión de los estatutos "ad experimentum".

 

Por Jesús Colina

 

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La Santa Sede y los obispos españoles salvaron miles de vidas republicanas

tras la guerra civil

 

Entrevista al sacerdote e historiador Vicente Cárcel Ortí

 

ROMA, lunes, 26 mayo 2008 (ZENIT.org).

El Papa Pío XI y los obispos españoles intercedieron ante Franco por miles de republicanos condenados a muerte y lograron salvarles la vida, según el sacerdote e historiador valenciano Vicente Cárcel Ortí, autor de dos recientes libros (uno a punto de ser publicado) sobre la postura de la Iglesia ante el conflicto español.

Ambas obras ("Caídos, víctimas y mártires", editado por Espasa-Calpe, y "Pío XI entre la República y Franco", próximamente editado por la BAC) son el resultado de una larga investigación en el Archivo Secreto Vaticano, y aportan documentos inéditos que, según el autor, "desmienten muchos tópicos y mitos de la más dramática década de la Historia de España en el siglo XX".

 

- En una entrevista reciente a la agencia "Avan", usted relataba el caso de monseñor Olaechea, arzobispo de Valencia, que intercedió por miles de encarcelados en el Fuerte de San Cristóbal (Navarra). ¿Fue un caso singular?

- Vicente Cárcel: No; la noticia se centraba en el arzobispo Olaechea porque se dirigía a un público valenciano, pero la investigación no se limita a él, sino que habla de muchos más. He investigado mucho sobre Pío XI, sobre el cardenal Pacelli, sobre los nuncios y sobre varios obispos, y entre ellos está Olaechea. Esto aparece en el libro que yo acabo de publicar y al que le dedico un capítulo, pero hay muchos capítulos, es un libro muy voluminoso en el que hablo de muchos temas.

Lo que hizo Olaechea, toda su labor de intervenir para salvar condenados y gente que iban a ejecutar por motivos políticos, no sólo lo hizo él sino que lo hicieron muchos más. Casos concretos de personas concretas con nombres y apellidos no puedo referir, porque he estudiado miles de casos. Los casos concretos no se pueden estudiar porque se refieren al pontificado de Pío XII, y esa documentación todavía no se puede consultar en el Vaticano. Los casos concretos de los que hablo en mi libro se refieren al periodo de la guerra, entre 1936 y 1939, y se refieren a personas sencillas, trabajadores, padres de familia, etc. por los que el Papa y los obispos interceden ante Franco para que no sean ejecutados.

Lo que queda de manifiesto es la intervención que tuvo la Santa Sede para mitigar las penas de la guerra y para impedir que ésta prosiguiera. Don Marcelino Olaechea intervino a favor de más de 2.000 personas, yo tengo la lista con nombres y apellidos.

 

- Usted que ha estudiado ese periodo muy a fondo, tras la persecución religiosa y a punto de ganar Franco, ¿cuál es la posición de la Iglesia española? ¿Se justifica la tradicional acusación de que la Iglesia estaba alineada con el Alzamiento?

- Vicente Cárcel: Esa acusación es completamente falsa. La Santa Sede tardó dos años en reconocer el régimen de Franco, desde que estalla la guerra en 1936, y mantuvo relaciones diplomáticas con la República hasta 1938. Por tanto, la acusación de que la Iglesia estaba con Franco desde el principio es históricamente falsa. Respecto a los obispos españoles, tardaron un año en reconocer el levantamiento militar, y hasta prácticamente el final de la guerra no hubo un reconocimiento oficial completo por parte de la Santa Sede.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que en esos momentos nadie sabía cómo iba a ser ese régimen ni cuántos años iba a durar. Ahora sabemos que duró cuarenta años, pero eso lo sabemos ahora. Según los documentos que he estudiado en el Vaticano, en el año ‘36 nadie sabía cómo iba a terminar aquello. Por eso la Santa Sede tardó bastante en reconocer a Franco y siguió reconociendo a la República hasta casi el final de la guerra. Cuando se vio que la guerra estaba perdida y que todas las naciones empezaban a reconocer al régimen de Franco, entonces la Santa Sede lo hizo también.

En medio de todo esto hubo una serie de gestiones particulares, personales, muy discretas, casi secretas en muchos casos, ante Franco y los militares para impedir que se ejecutara a tanta gente sólo por motivos políticos, y que se liberen las cárceles o que se reduzcan las penas, porque entonces se hacían procesos militares, y esa es la documentación que yo doy a conocer en mi libro. Precisamente, la novedad de mi investigación es que aporta documentos del archivo vaticano que demuestran que la Santa Sede estuvo siempre en contra de la guerra. El Papa hizo todo lo posible para evitar la guerra, para limitar los daños de la guerra, y cuando no le hacían caso a sus peticiones de tregua, de amnistías, etc. hizo lo único que podía hacer, que era pedir clemencia para los condenados a muerte. Esa es la tesis fundamental del libro.

En algún caso concreto, el Papa pidió clemencia y, cuando la petición llegó, al reo ya se le había ejecutado. Hubo el caso, por ejemplo, de un político catalán, perteneciente al partido "Unió Democrática de Catalunya" (el partido que hoy forma parte de "Convergencia i Unió"). Este político era católico, padre de cinco hijos. El Papa intercedió por él, pero cuando la petición llegó este hombre ya había sido ejecutado. Son casos que yo documento. Además, la intervención del Papa se produjo a favor sobre todo de personas humildes, no de grandes personalidades republicanas.

 

- Usted dice que el Papa Pío XI hizo lo que pudo para que la guerra terminara. ¿Qué tipo de gestiones realizó?

- Vicente Cárcel: Hizo varias gestiones, para impedir que estallara la guerra, para mediar entre Franco y los republicanos para que cesaran las hostilidades, pero los llamamientos del Papa no fueron escuchados por nadie. Aún al final, en la Navidad de 1938 (la guerra acabó en marzo del 39), el Papa hizo personalmente un llamamiento a la paz a Franco, y éste le contestó que una guerra era una guerra y que sólo podía terminar con la victoria de uno y la derrota de otro, y que por consiguiente cualquier tregua o interrupción sólo iba a servir para alargar el sufrimiento.

Todo esto, que reseño aquí brevemente, está documentado en el libro con muchos textos y datos.

 

- La persecución religiosa ¿se produjo sólo en la República o hubo también algún caso en la parte nacional, como defienden algunos?

- Vicente Cárcel: No, la persecución religiosa se produjo exclusivamente en la parte republicana. En la parte franquista hubo represión política, pero esto no tiene nada que ver con la persecución religiosa. Ésta tiene unas notas muy claras: destrucción de templos, de imágenes sagradas, asesinato de sacerdotes, monjas y seglares por el hecho de ser católicos, por odio a la fe. La represión política, que es otra cosa, se dio en ambos bandos.

 

- La Santa Sede, ¿sabía lo que estaba pasando en España con la persecución religiosa, a pesar de mantener el reconocimiento al Gobierno Republicano?

- Vicente Cárcel: La Santa Sede tenía perfecto conocimiento de lo que estaba pasando en un lado y en otro, y el Papa estaba horrorizado de los excesos de ambos bandos. En aquel momento, ante los dos males, el Papa eligió el mal menor, que entonces era Franco, porque salvó a la Iglesia de la persecución, aunque como político reprimió a los que eran del bando contrario (exactamente igual que hacían los republicanos, por otro lado). En mi libro yo documento precisamente la angustia del Papa que no sabe qué hacer, porque ve que en ambos lados hay represalias políticas. El Papa por un lado quería reconocer la legalidad republicana (aunque esa legalidad es cuestionable en cuanto se produce la revolución comunista interna), y por eso tarda tanto en reconocer a Franco.

En mi libro (el que aún no se ha publicado) se describe el proceso día a día: las preocupaciones del Papa, sus peticiones a Franco para que cesen las represalias, sus dudas al ver que era apoyado por Hitler y Mussolini, cuyas doctrinas la Iglesia consideraba paganas, etc. Al final, el Papa tuvo que optar por uno u otro, y está claro que no podía ponerse del lado de los que perseguían a la Iglesia. Además, otra cosa que no se dice es que en aquellos días el nuevo régimen fue reconocido por todos: Estados Unidos, Francia, Inglaterra... casi todo el mundo apoyaba a Franco en esos momentos.

 

- Al margen de la actuación de monseñor Olaechea, ¿cuál fue la postura del resto de los prelados españoles al terminar la guerra?

- Vicente Cárcel: Tanto antes como durante como después de la guerra, los obispos españoles (como muestran todos los documentos, en el Vaticano y en España) en sus intervenciones buscaban dos cosas: la reconciliación y la paz. La reconciliación era muy difícil de conseguir porque España estaba dividida en dos, y la paz se consiguió por las armas. Después de la guerra, los obispos trabajaron intensamente por la reconciliación, empezando por el cardenal Gomá, y los frutos de esa labor han llegado hasta nuestros días. Las cartas pastorales de aquellos años están ahí. Pero además hubo una serie de actuaciones concretas a favor de miles de personas detenidas, que las investigaciones están sacando ahora a la luz, y más que aparecerán en los próximos años.

 

- Si eso es lo que se sabe respecto al pontificado de Pío XI, ¿qué pasará cuando se abra el archivo del pontificado de Pío XII?

- Vicente Cárcel: Ésa es la cuestión. Yo he podido consultar los índices de los archivos de ese pontificado, y en ellos hay muchas actuaciones de la Santa Sede ante el régimen de Franco a favor de detenidos políticos, pero aún no podemos acceder al contenido de los documentos. La investigación es lenta, poco a poco se van reconstruyendo los hechos. ¿No querían memoria histórica? Pues aquí tienen, esto es la memoria histórica, los hechos.

 

- ¿Por qué cree usted que no se le está reconociendo esa labor a la Iglesia?

- Vicente Cárcel: Sencillamente por una manipulación política, por una ideología. La Iglesia tiene que ser siempre atacada y criticada en todo lo que haga. Si hace cosas positivas hay que ocultarlas, y si hace cosas negativas hay que ponerlas de relieve. Se subraya que la Iglesia apoyó a Franco (pero insisto, ¿a quién podía apoyar en ese momento?) y se olvida de esa obra de reconciliación. ¡En los años ‘30, nadie ni en la Iglesia ni fuera de ella sabía que iba a ser un régimen militar que duraría 40 años! Eso se sabe ahora. Por tanto, juzgar las actuaciones de entonces con los conocimientos de ahora es absurdo.

 

Por Inmaculada Álvarez

 

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Cristianismo y Revolución

 

Daniel Iglesias Grèzes

 

La revista “Cristianismo y Revolución”, publicada en Argentina de 1966 a 1971, fue un emblema del catolicismo marxista y una de las fuentes intelectuales de la guerrilla argentina. Dirigida por el ex seminarista Juan García Elorrio hasta su fallecimiento en 1970 y posteriormente por Casiana Ahumada, fue un medio de expresión del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, de varias organizaciones guerrilleras argentinas y latinoamericanas (incluyendo a los Tupamaros) y de agrupaciones obreras de extrema izquierda.

Cristianismo y Revolución” es un ejemplo paradigmático de lo que C. S. Lewis llamó el “cristianismo y”, es decir una combinación del cristianismo con otra cosa, hecha de tal modo que toda la atención se centra en esa otra cosa. La lectura del índice completo de los 30 números publicados de “Cristianismo y Revolución” basta para convencerse de que los responsables de la revista estaban infinitamente más interesados en la revolución que en el cristianismo. No se encuentra en ella ningún tema puramente religioso, sino sólo temas políticos, tratados desde un punto de vista revolucionario, de sabor marxista.

A continuación citaré los títulos de una pequeña parte de los artículos publicados en esa revista, para dar una idea de su tendencia ideológica:

 

Revolución Cultural China. Sus 16 principios (Nº 4, Mar. 1967)

Debray, Regis, América Latina. Teoría y revolución (Nº 5, Nov. 1967)

Camilo Torres: Vida, acción y revolución. Testimonio de un comandante del ELN de Colombia (Nº 5, Nov. 1967)

Castro, Fidel, Homenaje al Che (Nº 5, Nov. 1967)

Gutiérrez, Carlos María, Fidel, el cristiano. Reportaje al Nuncio del Papa en Cuba (Nº 6/7, Abr. 1968)

Programa político del FNL de Vietnam del Sur (Nº 6/7, Abr. 1968)

Ponencia de los Sacerdotes Católicos, delegados del Congreso Cultural de La Habana (Nº 6/7, Abr. 1968)

Encuentro Latinoamericano Camilo Torres, Alerta: a los cristianos de América Latina por el viaje del Papa (Nº 8, Jul. 1968)

Camilo o el Papa (Nº 9, Sep. 1968)

La justa violencia de los oprimidos para su liberación. Apelación de sacerdotes al CELAM (Nº 9, Sep. 1968)

Molina, Gabriel, Los guerrilleros de Salta. El desprecio a los que lloran (Nº 11, Nov. 1968)

Méndez, Federico Evaristo; Jouvé, Juan Héctor, Carta abierta a Ricardo Rojo. Los revolucionarios tienen compañeros, no amigos (Nº 11, Nov. 1968)

Illich, Iván, El clero, una especie que desaparece (Nº 11, Nov. 1968)

Kim Il Sung, Che Guevara (Nº 11, Nov. 1968)

Marighella, Carlos, La lucha armada en Brasil (Nº 12, Mar. 1969)

Los curas que se casan. Los curas que se juegan (Nº 13, Primera quincena Abr. 1969)

Fidel Castro explica la Revolución Universitaria (Nº 13, Primera quincena Abr. 1969)

García Elorrio, Juan, Editorial: Los traidores de Medellín (Nº 14, Segunda quincena Abr. 1969)

Gil Solá, Jorge, Quieren guerra, tendrán guerra (Nº 15, Primera quincena Mayo 1969)

La violencia es natural (Nº 15, Primera quincena Mayo 1969)

Solidaridad revolucionaria. Para el juicio del Pueblo (Nº 16, Segunda quincena Mayo 1969)

Eliaschev, José R., Los guerrilleros y los traidores (Nº 16, Segunda quincena Mayo 1969)

Comité Central de Al Fataj, Manifiesto de Al Fataj (Nº 16, Segunda quincena Mayo 1969)

Mendoza: curas por un socialismo latinoamericano (Nº 17, Jun. 1969)

Obispos con Fidel (Nº 17, Jun. 1969)

Cuba y Viet Nam, Discurso de Fidel Castro en apoyo del FNL (Nº 18, Jul. 1969)
La dictadura enfrenta y persigue a los verdaderos cristianos (Nº 19, Ago. 1969)
Castro, Fidel, Fidel se define sobre Perú (Nº 19, Ago. 1969)
Violenta interpelación sacerdotal a los Obispos Brasileños (Nº 20, Sep.-Oct. 1969)
Ho Chih Minh, Su testamento político (Nº 20, Sep.-Oct. 1969)
Revolucionarios brasileños liberados llegan a Cuba (Nº 21, Nov. 1969)
Corrientes: la reacción de Su EminenCIA (Nº 23, Abr. 1970)
Ongaro, Raimundo, La justicia del pueblo sancionará a los domesticados colaboracionistas (Nº 24, Jun. 1970)
Ejército de Liberación Nacional boliviano, Volvimos a las montañas (Nº 25, Sep. 1970)
Chile: Nuevo fracaso del reformismo en América Latina (Nº 25, Sep. 1970)

Hablan los Montoneros (Nº 26, Nov.-Dic. 1970)

Chile: Por la razón o por la fuerza (Nº 26, Nov.-Dic. 1970)

Habla el Movimiento de Izquierda Revolucionaria: entrevista con Fernando Gutiérrez, del Secretariado Nacional del MIR (Nº 26, Nov.-Dic. 1970)

Una Navidad combatiente (Nº 27, Ene.-Feb. 1971)

Reportaje al ERP (Nº 27, Ene.-Feb. 1971)

J.R.E., España: Euzkadi ta aktatasuna. País vasco libre (Nº 27, Ene.-Feb. 1971)

La Justicia del Pueblo (Nº 28, Abr. 1971)

MR2: El enfrentamiento armado es inevitable (Nº 28, Abr. 1971)

Reportaje a la guerrilla argentina (Nº 28, Abr. 1971)

Duejo, Gerardo, Un programa socialista: única salida real para la clase trabajadora (Nº 29, Jun. 1971)

Chile: Los cristianos en la construcción del socialismo (Nº 29, Jun. 1971)

Si Evita viviera sería Montonera (Nº 30, Sep. 1971)

Dri, Rubén, Ya se acerca la hora de la liberación (Nº 30, Sep. 1971)

Chile: quebrarle la mano al freísmo (Nº 30, Sep. 1971)

 

Durante su corta vida, la revista argentina “Cristianismo y Revolución” dedicó bastante espacio al Uruguay. A continuación indicaré los títulos de sus artículos de autores uruguayos o sobre temas referidos al Uruguay.

 

Spadaccino, Arnaldo, De la Mater et Magistra a la Populorum Progressio (Nº 5, Nov. 1967)

Declaración del MRO (Movimiento Revolucionario Oriental, Uruguay) (Nº 5, Nov. 1967)

Galeano, Eduardo, La protesta en la boca de los fusiles (Nº 6/7, Abr. 1968)

Zaffaroni, Juan Carlos, La juventud uruguaya frente al ideario político de Camilo Torres (Nº 6/7, Abr. 1968)
Seminario de CLASC en Uruguay (Nº 6/7, Abr. 1968)

Llamamiento para la Liberación. Documento de la Jornada de Montevideo (Nº 8, Jul. 1968)
Encuentro Latinoamericano Camilo Torres, Mensaje de Solidaridad con el sacerdote Juan Carlos Zaffaroni del Uruguay (Nº 8, Jul. 1968)

Pbro. Zaffaroni, Juan Carlos, Los Cristianos y la violencia (Nº 9, Sep. 1968)

Tupamaros: 30 preguntas a un Tupamaro (Nº 10, Oct. 1968)

Núñez, Carlos, Estos son los Tupamaros (Nº 15, Primera quincena Mayo 1969)

Giglio, María Esther, Reportaje a un Tupamaro (Nº 17, Primera quincena Jun. 1969)
Los Tupamaros en Uruguay y Marighela en Brasil (Nº 21, Nov. 1969)

Tarreche, Eduardo, Uruguay: 1969: balance de un ejercicio revolucionario (Nº 23, Abr. 1970)

Torturas: rutina pachequista (Nº 23, Abr. 1970)
Indalecio Oivera: el combate de un cura tupamaro (Nº 23, Abr. 1970)

Contreras, Orlando, Tupamaros: poder paralelo (Nº 25, Sep. 1970)

Chato Peredo, Del ELN al MLN (Nº 25, Sep. 1970)

Zabalsa Waksman, José Pedro, Ricardo Zabalsa: tupamaro muerto en Pando (Uruguay) (Nº 25, Sep. 1970)

Comunicado del MLN Tupamaros dado en Buenos Aires (Nº 25, Sep. 1970)

Tupamaros: Reportaje a Urbano (Nº 27, Ene.-Feb. 1971)

Paraguay: el caso Monzón (Nº 30, Sep. 1971)

 

La mera lectura de estos títulos causa tristeza. ¡Qué gran pena que tantos católicos latinoamericanos se hayan dejado seducir por la falsa ideología marxista, despreciando el tesoro de sabiduría contenido en la Doctrina Social de la Iglesia! El Señor no permita que este grave error se repita.

 

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La sabiduría del mundo y la Sabiduría de Dios

 

La sabiduría del mundo

La Sabiduría de Dios

"Felizmente empieza a haber en forma creciente estudios que comienzan a mostrar cuantitativamente que esto [la responsabilidad social empresarial] es un buen negocio. Aquí hay argumentos económicos muy fuertes más allá de consideraciones éticas o morales...

Hay resultados económicos positivos detrás de esto, porque es una visión de negocio. No estamos hablando de altruismo ni de filantropía".

                                                          

Erwin Hahn, especialista en

Responsabilidad Social Empresarial

(El Observador, 1/06/2003,

Café & Negocios, p. 13).

 

"Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser visto por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará."

 

Jesús de Nazaret (Mateo 6,1-4).

 

"La oración de la Terapia Gestáltica es:

Yo hago lo mío y tú haces lo tuyo.

No estoy en el mundo para llenar tus expectativas.

Y tú no estás en el mundo para llenar las mías.

Tú eres tú y yo soy yo.

Y si por casualidad nos encontramos es hermoso.

Si no, no puede remediarse."

 

Fritz Perls,

fundador de la Terapia Gestáltica.

 

"Yo soy para mi amado y mi amado es para mí." (Cantar de los Cantares 6,3).

 

 

"Yo seré para él padre y él será para mí hijo."

(2 Samuel 7,14).

 

 

"Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios...

Ésta será la herencia del vencedor: Yo seré Dios para él, y él será hijo para mí."

(Apocalipsis 21,3.7).

 

"Imagina que no hay un paraíso,

es fácil si lo intentas,

ningún infierno debajo de nosotros,

por encima de nosotros sólo el cielo.

Imagina a todas las personas

viviendo para el hoy...

 

Imagina que no hay países,

no es difícil de hacer,

nada por lo cual matar o morir,

tampoco religión.

Imagina a todas las personas

viviendo la vida en paz..."

 

John Lennon, Imagine.

 

"Dice en su corazón el insensato:

"¡No hay Dios!""

(Salmo 14(13),1).

 

"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente."

(Mateo 22,37).

 

"Nadie tiene mayor amor

que el que da su vida por sus amigos."

(Juan 15,13).

 

"Os dejo la paz, mi paz os doy;

no os la doy como la da el mundo."

(Juan 14,27).

 

 

"La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron" (Juan 1,5).

 

Notas:

1) Textos seleccionados por Daniel Iglesias Grèzes.

2) La idea básica fue tomada de cuadros semejantes publicados por la revista “30 Días en la Iglesia y en el mundo” (“30 Giorni en español”).

 

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Salmo 15

Protégeme, Dios mío, que me refugio en Ti;
yo digo al Señor: "Tú eres mi bien".
Los dioses y señores de la tierra
no me satisfacen.

Multiplican las estatuas
de dioses extraños;
no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labios.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano:
me ha tocado un lote hermoso,
me encanta mi heredad.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con Él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

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