Fe y Razón

Revista virtual gratuita

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 23 – Junio de 2008

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)

 

 

“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

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Equipo de Dirección: Diác. Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing. Daniel Iglesias Grèzes.

Colaboradores: Dr. Carlos Álvarez Cozzi, Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Pbro. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Dra. María Lourdes González, Ec. Rafael Menéndez, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Pbro. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Alvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

El origen del “Credo del pueblo de Dios”

Equipo de Dirección

Documentos

Credo del Pueblo de Dios

Papa Pablo VI

Documentos

Decreto General relativo al delito de atentada ordenación sagrada de una mujer

Congregación para la Doctrina de la Fe

Espiritualidad

El tiempo ordinario

Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola

Espiritualidad

Mi felicidad y la infelicidad ajena

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Teología

¿Dios castiga?

Lic. Néstor Martínez

Filosofía

Argumentando contra la lógica

Lic. Néstor Martínez

Doctrina Social

El político católico y la fe

Michael Hull

Familia y Vida

El precio que pagan los contribuyentes por la ruptura de las familias

Padre John Flynn, L. C. (Zenit)

Noticias eclesiales

La Santa Sede aprueba los estatutos definitivos del Camino Neocatecumenal

Jesús Colina (Zenit)

Historia de la Iglesia

La Santa Sede y los obispos españoles salvaron miles de vidas republicanas tras la guerra civil

Inmaculada Álvarez (Zenit)

Historia de la Iglesia

“Cristianismo y Revolución”

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Biblia

La sabiduría del mundo y la Sabiduría de Dios

Autores Varios

Oración

Salmo 15

Biblia de Jerusalén

 

 

El origen del “Credo del pueblo de Dios”

 

Equipo de Dirección

 

El próximo 30 de junio se cumplirán 40 años de la proclamación del “Credo del pueblo de Dios” por parte del Papa Pablo VI. Con motivo del 1900º aniversario del martirio de los apóstoles San Pedro y San Pablo en Roma, el Papa había dispuesto que entre 1967 y 1968 se celebrara el “Año de la Fe”. El 30 de junio del 1968, el día en que concluía el “Año de la Fe”, Pablo VI pronunció en la plaza de San Pedro una solemne profesión de fe, el “Credo del pueblo de Dios”.

Basado en el Credo de Nicea y Constantinopla, el “Credo del pueblo de Dios” contiene importantes complementos y desarrollos, orientados a reafirmar y aclarar puntos centrales de la fe católica que, sobre todo después del Concilio Vaticano II, habían sido cuestionados por muchos teólogos de la corriente autodenominada “progresista”.


En su excelente sitio web, el periodista italiano Sandro Magister informa que un libro que se publicará pronto en Francia, el Tomo VI de la “Correspondence” entre el teólogo y cardenal suizo Charles Journet y el filósofo francés Jacques Maritain, aporta datos muy relevantes sobre la génesis del “Credo del pueblo de Dios”. Journet y Maritain intercambiaron 303 cartas entre 1965 y 1973. Esta correspondencia demuestra que fue precisamente Jacques Maritain quien escribió el borrador del “Credo del pueblo de Dios” que después Pablo VI pronunció. La comparación entre el texto de Maritain y el texto definitivo revela pocas diferencias entre ambos.

 

El cardenal Georges Cottier –discípulo de Journet y teólogo emérito de la casa pontificia– ha contado los entretelones de aquel Credo a la publicación mensual internacional “30 Días”. A continuación reproducimos parte del artículo en el que Sandro Magister resume las revelaciones del Cardenal Cottier.

 

En 1967 Maritain tiene 85 años. Vive en Tolosa, entre los Hermanitos de Charles de Foucauld. Acaba de publicar “Le paysan de la Garonne” [“El campesino del Garona”], una crítica despiadada a la Iglesia postconciliar “arrodillada ante el mundo”. [Nota de “Fe y Razón”: en realidad la crítica de Maritain no fue dirigida a “la Iglesia postconciliar”, sino a los “católicos progresistas” del post-concilio]. 

El 12 de enero el cardenal Journet escribe a Maritain que se va a reunir pronto con el Papa, en Roma. Ni el uno ni el otro saben que Pablo VI tiene la intención de iniciar el Año de la Fe. Pero Maritain responde a Journet confiándole que desde hace algunos días “me ha venido a la mente una idea”, que describe así:

“El Soberano Pontífice redacte una profesión de fe completa y detallada, en la cual sea explícito todo lo que está realmente contenido en el Símbolo de Nicea. Ésta será, en la historia de la Iglesia, la profesión de fe de Pablo VI”.

Sin que Maritain se lo haya pedido, Journet fotocopia la carta del filósofo y se la entrega al Papa, cuando se reúne con él el 18 de enero. En aquella ocasión, Pablo VI pide al teólogo un juicio sobre el estado de salud de la Iglesia: “Trágico”, responde Journet. Tanto él como el Papa están impresionados por la publicación ocurrida el año anterior en Holanda, con la bendición de los obispos, de un nuevo Catecismo nada menos que “con el objetivo de sustituir dentro de la Iglesia una ortodoxia por otra, una ortodoxia moderna por la ortodoxia tradicional” (así se expresaba la comisión cardenalicia instituida por Pablo VI para examinar aquel Catecismo, del que Journet hacia parte).

El 22 de febrero de 1967 Pablo VI inaugura el Año de la Fe. Y dos días después Maritain anota en su diario: “¿Es acaso la preparación para una profesión de fe que él mismo proclamará?”

El mismo año, del 29 de septiembre al 29 de octubre, se reúne en Roma el primer sínodo de los obispos. El informe final de la comisión doctrinal somete al Papa la propuesta de una declaración sobre los puntos esenciales de la fe.

El 14 de diciembre Pablo VI recibe nuevamente al cardenal Journet. Éste vuelve a presentarle al Papa la idea de Maritain. Y Pablo VI le recuerda que ya otros habían sugerido, al final del Concilio Vaticano II, promulgar un nuevo símbolo de la fe. Él mismo, el Papa, había pedido al famoso teólogo dominicano Yves Congar preparar un texto, pero que no le pareció satisfactorio y que dejó archivado.

Después repentinamente Pablo VI dice a Journet: “Preparadme vosotros un esquema de lo que vosotros pensáis que deba ser hecho”.

Regresando a Suiza, Journet refiere la solicitud del Papa a Maritain. Y éste, al inicio del nuevo año, mientras está en París, redacta un proyecto de profesión de fe. Lo termina el 11 de enero de 1968 y el 20 lo envía a Journet. Que el día siguiente lo remite a Pablo VI.

De la correspondencia entre el teólogo y el filósofo resulta que el texto elaborado por Maritain quería ser solamente un borrador que fuese de ayuda a Journet. Pero es este último quien por iniciativa propia reenvía el texto al Papa sin agregarle nada. A juicio de Journet, en ese texto se encontraba respuesta a todas las dudas suscitadas por el Catecismo holandés, y por otros teólogos de fama sobre dogmas como el pecado original, la misa como sacrificio, la presencia real de Cristo en la eucaristía, la creación a partir de la nada, el primado de Pedro, la virginidad de María, la Inmaculada concepción, la asunción.

El 6 de abril llega de Roma una carta del teólogo dominico Benoît Duroux, consultor de la congregación para la doctrina de la fe. Elogia el texto de Maritain y lo correlaciona con algunos comentarios, que Journet interpreta como provenientes del mismo Pablo VI. El cual a su vez envía al cardenal una breve tarjeta de agradecimiento.

Después nada más. El 30 de junio de 1968 Pablo VI pronunciará solemnemente en la plaza San Pedro el Credo del pueblo de Dios. Maritain lo viene a saber recién el 2 de julio, leyendo un diario. De las citaciones, intuye que el Credo pronunciado por el Papa coincide ampliamente con el borrador escrito por él.

[…]

En los años cincuenta, Maritain estuvo cerca de ser condenado por el Santo Oficio por su pensamiento filosófico, sospechoso de “naturalismo integral”. La condena no se dio, también porque tomó su defensa Giovanni Battista Montini, el futuro Pablo VI, entonces sustituto secretario de estado, unido por una larga amistad con el pensador francés.”

Fuente: http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/204969?sp=y

 

A 40 años de estos importantes sucesos eclesiales, “Fe y Razón” se adhiere a la solemne profesión de fe del Papa Pablo VI, reproduciendo en este número de la revista el texto completo del “Credo del pueblo de Dios”.

El Señor nos mantenga firmes en la fe, alegres en la esperanza y diligentes en la caridad.

 

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Credo del Pueblo de Dios

 

Pablo VI

 

Solemne profesión de fe que Pablo VI pronunció el 30 de junio de 1968, al concluir el Año de la Fe, proclamado con motivo del XlX centenario del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en Roma.

 

Venerables hermanos y queridos hijos:

 

1. Clausuramos con esta liturgia solemne tanto la conmemoración del XIX centenario del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo como el año que hemos llamado de la fe. Pues hemos dedicado este año a conmemorar a los santos apóstoles, no sólo con la intención de testimoniar nuestra inquebrantable voluntad de conservar íntegramente el depósito de la fe (cf. 1Tim 6,20), que ellos nos transmitieron, sino también con la de robustecer nuestro propósito de llevar la misma fe a la vida en este tiempo en que la Iglesia tiene que peregrinar en este mundo.

 

2. Pensamos que es ahora nuestro deber manifestar públicamente nuestra gratitud a aquellos fieles cristianos que, respondiendo a nuestras invitaciones, hicieron que el año llamado de la fe obtuviera suma abundancia de frutos, sea dando una adhesión más profunda a la palabra de Dios, sea renovando en muchas comunidades la profesión de fe, sea confirmando la fe misma con claros testimonios de vida cristiana. Por ello, a la vez que expresamos nuestro reconocimiento, sobre todo a nuestros hermanos en el episcopado y a todos los hijos de la Iglesia católica, les otorgamos nuestra bendición apostólica.

 

3. Juzgamos además que debemos cumplir el mandato confiado por Cristo a Pedro, de quien, aunque muy inferior en méritos, somos sucesor; a saber: que confirmemos en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32). Por lo cual, aunque somos conscientes de nuestra pequeñez, con aquella inmensa fuerza de ánimo que tomamos del mandato que nos ha sido entregado, vamos a hacer una profesión de fe y a pronunciar una fórmula que comienza con la palabra creo, la cual, aunque no haya que llamarla verdadera y propiamente definición dogmática, sin embargo repite sustancialmente, con algunas explicaciones postuladas por las condiciones espirituales de esta nuestra época, la fórmula nicena: es decir, la fórmula de la tradición inmortal de la santa Iglesia de Dios.

 

4. Bien sabemos, al hacer esto, por qué perturbaciones están hoy agitados, en lo tocante a la fe, algunos grupos de hombres. Los cuales no escaparon al influjo de un mundo que se está transformando enteramente, en el que tantas verdades son o completamente negadas o puestas en discusión. Más aún: vemos incluso a algunos católicos como cautivos de cierto deseo de cambiar o de innovar. La Iglesia juzga que es obligación suya no interrumpir los esfuerzos para penetrar más y más en los misterios profundos de Dios, de los que tantos frutos de salvación manan para todos y, a la vez, proponerlos a los hombres de las épocas sucesivas cada día de un modo más apto. Pero, al mismo tiempo, hay que tener sumo cuidado para que, mientras se realiza este necesario deber de investigación, no se derriben verdades de la doctrina cristiana. Si esto sucediera -y vemos dolorosamente que hoy sucede en realidad-, ello llevaría la perturbación y la duda a los fieles ánimos de muchos.

 

5. A este propósito, es de suma importancia advertir que, además de lo que es observable y de lo descubierto por medio de las ciencias, la inteligencia, que nos ha sido dada por Dios, puede llegar a lo que es, no sólo a significaciones subjetivas de lo que llaman estructuras, o de la evolución de la conciencia humana. Por lo demás, hay que recordar que pertenece a la interpretación o hermenéutica el que, atendiendo a la palabra que ha sido pronunciada, nos esforcemos por entender y discernir el sentido contenido en tal texto, pero no innovar, en cierto modo, este sentido, según la arbitrariedad de una conjetura.

 

6. Sin embargo, ante todo, confiamos firmísimamente en el Espíritu Santo, que es el alma de la Iglesia, y en la fe teologal, en la que se apoya la vida del Cuerpo místico. No ignorando, ciertamente, que los hombres esperan las palabras del Vicario de Cristo, satisfacemos por ello esa su expectación con discursos y homilías, que nos agrada tener muy frecuentemente. Pero hoy se nos ofrece la oportunidad de proferir una palabra más solemne.

 

7. Así, pues, este día, elegido por Nos para clausurar el año llamado de la fe, y en esta celebración de los santos apóstoles Pedro y Pablo, queremos prestar a Dios, sumo y vivo, el obsequio de la profesión de fe. Y como en otro tiempo, en Cesarea de Filipo, Simón Pedro, fuera de las opiniones de los hombres, confesó verdaderamente, en nombre de los doce apóstoles, a Cristo, Hijo del Dios vivo, así hoy su humilde Sucesor y Pastor de la Iglesia universal, en nombre de todo el pueblo de Dios, alza su voz para dar un testimonio firmísimo a la Verdad divina, que ha sido confiada a la Iglesia para que la anuncie a todas las gentes.

Queremos que esta nuestra profesión de fe sea lo bastante completa y explícita para satisfacer, de modo apto, a la necesidad de luz que oprime a tantos fieles y a todos aquellos que en el mundo -sea cual fuere el grupo espiritual a que pertenezcan- buscan la Verdad.

Por tanto, para gloria de Dios omnipotente y de nuestro Señor Jesucristo, poniendo la confianza en el auxilio de la Santísima Virgen María y de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo, para utilidad espiritual y progreso de la Iglesia, en nombre de todos los sagrados pastores y fieles cristianos, y en plena comunión con vosotros, hermanos e hijos queridísimos, pronunciamos ahora esta profesión de fe.

 

Unidad y Trinidad de Dios

 

8. Creemos en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Creador de las cosas visibles -como es este mundo en que pasamos nuestra breve vida- y de las cosas invisibles -como son los espíritus puros, que llamamos también ángeles (1)- y también Creador, en cada hombre, del alma espiritual e inmortal (2).

 

9. Creemos que este Dios único es tan absolutamente uno en su santísima esencia como en todas sus demás perfecciones: en su omnipotencia, en su ciencia infinita, en su providencia, en su voluntad y caridad. Él es el que es, como él mismo reveló a Moisés (cf. Ex 3,14), él es Amor, como nos enseñó el apóstol Juan (cf. 1Jn 4,8) de tal manera que estos dos nombres, Ser y Amor, expresan inefablemente la misma divina esencia de aquel que quiso manifestarse a sí mismo a nosotros y que, habitando la luz inaccesible (cf. 1Tim 6,16), está en sí mismo sobre todo nombre y sobre todas las cosas e inteligencias creadas. Sólo Dios puede otorgarnos un conocimiento recto y pleno de sí mismo, revelándose a sí mismo como Padre, Hijo y Espíritu Santo, de cuya vida eterna estamos llamados por la gracia a participar, aquí, en la tierra, en la oscuridad de la fe, y después de la muerte, en la luz sempiterna. Los vínculos mutuos que constituyen a las tres personas desde toda la eternidad, cada una de las cuales es el único y mismo Ser divino, son la vida íntima y dichosa del Dios santísimo, la cual supera infinitamente todo aquello que nosotros podemos entender de modo humano (3).

Sin embargo, damos gracias a la divina bondad de que tantísimos creyentes puedan testificar con nosotros ante los hombres la unidad de Dios, aunque no conozcan el misterio de la Santísima Trinidad.

 

10. Creemos, pues, en Dios, que en toda la eternidad engendra al Hijo; creemos en el Hijo, Verbo de Dios, que es engendrado desde la eternidad; creemos en el Espíritu Santo, persona increada, que procede del Padre y del Hijo como Amor sempiterno de ellos. Así, en las tres personas divinas, que son eternas entre sí e iguales entre sí (4), la vida y la felicidad de Dios enteramente uno abundan sobremanera y se consuman con excelencia suma y gloria propia de la esencia increada; y siempre hay que venerar la unidad en la trinidad y la trinidad en la unidad (5).

 

Cristología

 

11. Creemos en nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios. Él es el Verbo eterno, nacido del Padre antes de todos los siglos y consustancial al Padre, homoousios to Patri; por quien han sido hechas todas las cosas. Y se encarnó por obra del Espíritu Santo, de María la Virgen, y se hizo hombre: igual, por tanto, al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad (6), completamente uno, no por confusión (que no puede hacerse) de la sustancia, sino por unidad de la persona (7).

 

12. El mismo habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad. Anunció y fundó el reino de Dios, manifestándonos en sí mismo al Padre. Nos dio su mandamiento nuevo de que nos amáramos los unos a los otros como él nos amó. Nos enseñó el camino de las bienaventuranzas evangélicas, a saber: ser pobres en espíritu y mansos, tolerar los dolores con paciencia, tener sed de justicia, ser misericordiosos, limpios de corazón, pacíficos, padecer persecución por la justicia. Padeció bajo Poncio Pilato; Cordero de Dios, que lleva los pecados del mundo, murió por nosotros clavado a la cruz, trayéndonos la salvación con la sangre de la redención. Fue sepultado, y resucitó por su propio poder al tercer día, elevándonos por su resurrección a la participación de la vida divina, que es la gracia. Subió al cielo, de donde ha de venir de nuevo, entonces con gloria, para juzgar a los vivos y a los muertos, a cada uno según los propios méritos: los que hayan respondido al amor y a la piedad de Dios irán a la vida eterna, pero los que los hayan rechazado hasta el final serán destinados al fuego que nunca cesará.

Y su reino no tendrá fin.

 

El Espíritu Santo

 

13. Creemos en el Espíritu Santo, Señor y vivificador que, con el Padre y el Hijo, es juntamente adorado y glorificado. Que habló por los profetas; nos fue enviado por Cristo después de su resurrección y ascensión al Padre; ilumina, vivifica, protege y rige la Iglesia, cuyos miembros purifica con tal que no desechen la gracia. Su acción, que penetra lo íntimo del alma, hace apto al hombre de responder a aquel precepto de Cristo: Sed perfectos como también es perfecto vuestro Padre celeste (cf Mt 5,48).

 

Mariología

 

14. Creemos que la Bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y Salvador nuestro, Jesucristo (8) y que ella, por su singular elección, en atención a los méritos de su Hijo redimida de modo más sublime (9), fue preservada inmune de toda mancha de culpa original (10) y que supera ampliamente en don de gracia eximia a todas las demás criaturas (11).

 

15. Ligada por un vínculo estrecho e indisoluble al misterio de la encarnación y de la redención (12), la Beatísima Virgen María, Inmaculada, terminado el curso de la vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste (13), y hecha semejante a su Hijo, que resucitó de los muertos, recibió anticipadamente la suerte de todos los justos; creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia (14), continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo, por el que contribuye para engendrar y aumentar la vida divina en cada una de las almas de los hombres redimidos (15).

 

Pecado original

 

16. Creemos que todos pecaron en Adán; lo que significa que la culpa original cometida por él hizo que la naturaleza, común a todos los hombres, cayera en un estado tal en el que padeciese las consecuencias de aquella culpa. Este estado ya no es aquel en el que la naturaleza humana se encontraba al principio en nuestros primeros padres, ya que estaban constituidos en santidad y justicia, y en el que el hombre estaba exento del mal y de la muerte. Así, pues, esta naturaleza humana, caída de esta manera, destituida del don de la gracia del que antes estaba adornada, herida en sus mismas fuerzas naturales y sometida al imperio de la muerte, es dada a todos los hombres; por tanto, en este sentido, todo hombre nace en pecado. Mantenemos, pues, siguiendo el concilio de Trento, que el pecado original se transmite, juntamente con la naturaleza humana, por propagación, no por imitación, y que se halla como propio en cada uno (16).

 

17. Creemos que nuestro Señor Jesucristo nos redimió, por el sacrificio de la cruz, del pecado original y de todos los pecados personales cometidos por cada uno de nosotros, de modo que se mantenga verdadera la afirmación del Apóstol: Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (cf. Rom 5,20).

 

18. Confesamos creyendo un solo bautismo instituido por nuestro Señor Jesucristo para el perdón de los pecados. Que el bautismo hay que conferirlo también a los niños, que todavía no han podido cometer por sí mismos ningún pecado, de modo que, privados de la gracia sobrenatural en el nacimiento nazcan de nuevo, del agua y del Espíritu Santo, a la vida divina en Cristo Jesús (17).

 

La Iglesia

 

19. Creemos en la Iglesia una, santa, católica y apostólica, edificada por Jesucristo sobre la piedra, que es Pedro. Ella es el Cuerpo místico de Cristo, sociedad visible, equipada de órganos jerárquicos, y, a la vez, comunidad espiritual; Iglesia terrestre, Pueblo de Dios peregrinante aquí en la tierra e Iglesia enriquecida por bienes celestes, germen y comienzo del reino de Dios, por el que la obra y los sufrimientos de la redención se continúan a través de la historia humana, y que con todas las fuerzas anhela la consumación perfecta, que ha de ser conseguida después del fin de los tiempos en la gloria celeste (18). Durante el transcurso de los tiempos el Señor Jesús forma a su Iglesia por medio de los sacramentos, que manan de su plenitud (19). Porque la Iglesia hace por ellos que sus miembros participen del misterio de la muerte y la resurrección de Jesucristo, por la gracia del Espíritu Santo, que la vivifica y la mueve (20). Es, pues, santa, aunque abarque en su seno pecadores, porque ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida, se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del alma que impiden que la santidad de ella se difunda radiante. Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo.

 

20. Heredera de las divinas promesas e hija de Abrahán según el Espíritu, por medio de aquel Israel, cuyos libros sagrados conserva con amor y cuyos patriarcas y profetas venera con piedad; edificada sobre el fundamento de los apóstoles, cuya palabra siempre viva y cuyos propios poderes de pastores transmite fielmente a través de los siglos en el Sucesor de Pedro y en los obispos que guardan comunión con él; gozando finalmente de la perpetua asistencia del Espíritu Santo, compete a la Iglesia la misión de conservar, enseñar, explicar y difundir aquella verdad que, bosquejada hasta cierto punto por los profetas, Dios reveló a los hombres plenamente por el Señor Jesús.  Nosotros creemos todas aquellas cosas que se contienen en la palabra de Dios escrita o transmitida y son propuestas por la Iglesia, o con juicio solemne, o con magisterio ordinario y universal, para ser creídas como divinamente reveladas (21). Nosotros creemos en aquella infalibilidad de que goza el Sucesor de Pedro cuando habla ex cathedra (22) y que reside también en el Cuerpo de los obispos cuando ejerce con el mismo el supremo magisterio (23).

 

21. Nosotros creemos que la Iglesia, que Cristo fundó y por la que rogó, es sin cesar una por la fe, y el culto, y el vínculo de la comunión jerárquica (24). La abundantísima variedad de ritos litúrgicos en el seno de esta Iglesia o la diferencia legítima de patrimonio teológico y espiritual y de disciplina peculiares no sólo no dañan a la unidad de la misma, sino que más bien la manifiestan (25).

 

22. Nosotros también, reconociendo por una parte que fuera de la estructura de la Iglesia de Cristo se encuentran muchos elementos de santificación y verdad, que como dones propios de la misma Iglesia empujan a la unidad católica (26), y creyendo, por otra parte, en la acción del Espíritu Santo, que suscita en todos los discípulos de Cristo el deseo de esta unidad (27), esperamos que los cristianos que no gozan todavía de la plena comunión de la única Iglesia se unan finalmente en un solo rebaño con un solo Pastor.

 

23. Nosotros creemos que la Iglesia es necesaria para la salvación. Porque sólo Cristo es el Mediador y el camino de la salvación que, en su Cuerpo, que es la Iglesia, se nos hace presente (28). Pero el propósito divino de salvación abarca a todos los hombres: y aquellos que, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, sin embargo, a Dios con corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, por cumplir con obras su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, ellos también, en un número ciertamente que sólo Dios conoce, pueden conseguir la salvación eterna (29).

 

Eucaristía

 

24. Nosotros creemos que la misa que es celebrada por el sacerdote representando la persona de Cristo, en virtud de la potestad recibida por el sacramento del orden, y que es ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico, es realmente el sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares. Nosotros creemos que, como el pan y el vino consagrados por el Señor en la última Cena se convirtieron en su cuerpo y su sangre, que en seguida iban a ser ofrecidos por nosotros en la cruz, así también el pan y el vino consagrados por el sacerdote se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, sentado gloriosamente en los cielos; y creemos que la presencia misteriosa del Señor bajo la apariencia de aquellas cosas, que continúan apareciendo a nuestros sentidos de la misma manera que antes, es verdadera, real y sustancial (30).

 

25. En este sacramento, Cristo no puede hacerse presente de otra manera que por la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo y la conversión de toda la sustancia del vino en su sangre, permaneciendo solamente íntegras las propiedades del pan y del vino, que percibimos con nuestros sentidos. La cual conversión misteriosa es llamada por la Santa Iglesia conveniente y propiamente transustanciación. Cualquier interpretación de teólogos que busca alguna inteligencia de este misterio, para que concuerde con la fe católica, debe poner a salvo que, en la misma naturaleza de las cosas, independientemente de nuestro espíritu, el pan y el vino, realizada la consagración, han dejado de existir, de modo que, el adorable cuerpo y sangre de Cristo, después de ella, están verdaderamente presentes delante de nosotros bajo las especies sacramentales del pan y del vino (31), como el mismo Señor quiso, para dársenos en alimento y unirnos en la unidad de su Cuerpo místico (32).

 

26. La única e indivisible existencia de Cristo, el Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero por el sacramento se hace presente en los varios lugares del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia, después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento, el cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente suavísima, a honrar y adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos.

 

Escatología

 

27. Confesamos igualmente que el reino de Dios, que ha tenido en la Iglesia de Cristo sus comienzos aquí en la tierra, no es de este mundo (cf. Jn 18,36), cuya figura pasa (cf. 1Cor 7,31), y también que sus crecimientos propios no pueden juzgarse idénticos al progreso de la cultura de la humanidad o de las ciencias o de las artes técnicas, sino que consiste en que se conozcan cada vez más profundamente las riquezas insondables de Cristo, en que se ponga cada vez con mayor constancia la esperanza en los bienes eternos, en que cada vez más ardientemente se responda al amor de Dios; finalmente, en que la gracia y la santidad se difundan cada vez más abundantemente entre los hombres. Pero con el mismo amor es impulsada la Iglesia para interesarse continuamente también por el verdadero bien temporal de los hombres. Porque, mientras no cesa de amonestar a todos sus hijos que no tienen aquí en la tierra ciudad permanente (cf. Heb 13,14), los estimula también, a cada uno según su condición de vida y sus recursos, a que fomenten el desarrollo de la propia ciudad humana, promuevan la justicia, la paz y la concordia fraterna entre los hombres y presten ayuda a sus hermanos, sobre todo a los más pobres y a los más infelices. Por lo cual, la gran solicitud con que la Iglesia, Esposa de Cristo, sigue de cerca las necesidades de los hombres, es decir, sus alegrías y esperanzas, dolores y trabajos, no es otra cosa sino el deseo que la impele vehementemente a estar presente a ellos, ciertamente con la voluntad de iluminar a los hombres con la luz de Cristo, y de congregar y unir a todos en aquel que es su único Salvador. Pero jamás debe interpretarse esta solicitud como si la Iglesia se acomodase a las cosas de este mundo o se resfriase el ardor con que ella espera a su Señor y el reino eterno.

 

28. Creemos en la vida eterna. Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de Cristo -tanto las que todavía deben ser purificadas con el fuego del purgatorio como las que son recibidas por Jesús en el paraíso en seguida que se separan del cuerpo, como el Buen Ladrón- constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida totalmente el día de la resurrección, en el que estas almas se unirán con sus cuerpos.

 

29. Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y María se congregan en el paraíso, forma la Iglesia celeste, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios, como Él es (33) y participan también, ciertamente en grado y modo diverso, juntamente con los santos ángeles, en el gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente nuestra flaqueza (34).

 

30. Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones, como nos aseguró Jesús: Pedid y recibiréis (cf. Lc 10,9-10; Jn 16,24). Profesando esta fe y apoyados en esta esperanza, esperamos la resurrección de los muertos y la vida del siglo venidero.

Bendito sea Dios, santo, santo, santo. Amén.

 


 

Notas

 

1) Cf. Conc. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius: Denz.-Schön. 3002.

2) Cf. enc. Humani generis: AAS 42 (1950) 575; Conc. Lateran. V: Denz.-Schön. 1440-1441.

3) Cf. Conc. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius: Denz.-Schön. 3016.

4) Símbolo Quicumque: Denz.-Schön. 75.

5) Ibíd.

6) Ibíd., n. 76.

7) Ibíd.

8) Cf. Conc. Efes.: Denz.-Schön. 251-252.

9) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, 53.

10) Cf. Pío IX, Bula Ineffabilis Deus: Acta p. 1 vol. 1 p. 616.

11) Cf. Lumen gentium, 53.

12) Cf. Ibíd., n. 53.58.61..

13) Cf. Const. apost. Munificentissimus Deus: AAS 42 (1950) 770.

14) Lumen gentium, 53.56.61.63; cf. Pablo Vl, Al. en el cierre de la III sesión del Concilio Vat. II: AAS 56 (1964), 1016; exhort. apost. Signum magnum: AAS 59 (1967) 465 y 467.

15) Lumen gentium, 62; cf. Pablo Vl, exhort. apost. Signum magnum: AAS 59 (1967) 468.

16) Cf. Conc. Trid., ses. 5: Decr. De pecc. orig.: Denz-Schön. 1513.

17) Cf. Conc. Trid., ibíd.: Denz-Schön. 1514.

18) Cf. Lumen gentium, 8 y 50.

19) Cf. Ibíd., n. 7.11.

20) Cf. Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium n. 5.6; Lumen gentium n. 7.12.50.

21) Cf. Conc. Vat. I, Const. Dei Filius: Denz-Schön. 3011.

22) Cf. Ibíd., Const. Pastor aeternus: Denz-Schön. 3074.

23) Cf. Lumen gentium, n. 25.

24) Ibíd., n. 8.18-23; decret. Unitatis redintegratio, n. 2.

25) Cf. Lumen gentium, n. 23; decret. Orientalium Ecclesiarum, n. 2.3.5.6.

26) Cf. Lumen gentium, n. 8.

27) Cf. Ibíd., n. 15.

28) Cf. Ibíd., n. 14..

29) Cf. Ibíd., n. 16.

30) Cf. Conc. Trid., ses. 13: Decr. De Eucharistia: Denz-Schön. 1651.

31) Cf. Ibíd.: Denz-Schön. 1642; Pablo Vl, Enc. Mysterium fidei: AAS 57 (1965) 766.

32) Cf. Santo Tomás, Summa Theologica III, q.73 a.3.

33) 1Jn 3, 2; Benedicto XII, Const. Benedictus Deus: Denz-Schön. 1000.

34) Lumen gentium, n. 49.

 

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CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

DECRETO GENERAL
relativo al delito
de atentada ordenación sagrada de una mujer

La Congregación para la Doctrina de la Fe, para tutelar la naturaleza y la validez del sacramento del orden, en virtud de la especial facultad a ella conferida de parte de la Suprema Autoridad de la Iglesia (cfr. can. 30, Código de Derecho Canónico), en la Sesión Ordinaria del 19 de diciembre de 2007, ha decretado:

Quedando a salvo cuanto prescrito en el can. 1378 del Código de Derecho Canónico, cualquiera que atente conferir el orden sagrado a una mujer, así como la mujer que atente recibir el orden sagrado, incurre en la excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica.

Si quien atentase conferir el orden sagrado a una mujer o la mujer que atentase recibir el orden sagrado fuese un fiel cristiano sujeto al Código de Cánones de las Iglesias Orientales, sin perjuicio de lo que se prescribe en el can. 1443 de dicho Código, sea castigado con la excomunión mayor, cuya remisión se reserva también a la Sede Apostólica (cfr. can. 1423, Código de Cánones de las Iglesias Orientales).

Este decreto entrará inmediatamente en vigor a partir de su publicación en L’Osservatore Romano.

William Cardinale LEVADA - Prefecto  

Angelo AMATO, S.D.B. - Arzobispo titular de Sila - Secretario

In Congr. pro Doctrina Fidei tab., n. 337/02

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