Fe
y Razón
Revista virtual gratuita
Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la
evangelización de la cultura
Nº 23 – Junio de 2008
“Omne
verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est”
“Toda verdad, dígala quien la diga,
procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)
“Hoy se
hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la
Iglesia como explicación de
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Horacio Bojorge, Pbro. Dr.
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Sección |
Título |
Autor o Fuente |
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Editorial |
Equipo
de Dirección |
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Documentos |
Papa Pablo VI |
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Documentos |
Decreto
General relativo al delito de atentada
ordenación sagrada de una mujer |
Congregación para
la Doctrina de la Fe |
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Espiritualidad |
Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola |
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Espiritualidad |
Ing. |
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Teología |
Lic. Néstor Martínez |
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Filosofía |
Lic. Néstor Martínez |
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Doctrina
Social |
Michael Hull |
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Familia
y Vida |
El precio que pagan los contribuyentes por
la ruptura de las familias |
Padre John Flynn, L. C. (Zenit) |
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Noticias
eclesiales |
La Santa Sede aprueba los estatutos
definitivos del Camino Neocatecumenal |
Jesús Colina (Zenit) |
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Historia
de la Iglesia |
La Santa Sede y los obispos españoles salvaron miles de vidas republicanas tras la guerra civil |
Inmaculada Álvarez (Zenit) |
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Historia
de la Iglesia |
Ing. |
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Biblia |
Autores Varios |
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Biblia
de Jerusalén |
El origen del “Credo del pueblo de
Dios”
Equipo de Dirección
El
próximo 30 de junio se cumplirán 40 años de la proclamación del “Credo del pueblo de Dios” por parte del
Papa Pablo VI. Con motivo del 1900º aniversario del martirio de los apóstoles
San Pedro y San Pablo en Roma, el Papa había dispuesto que entre 1967 y 1968 se
celebrara el “Año de la Fe”. El 30 de junio del 1968, el día en que concluía el
“Año de la Fe”, Pablo VI pronunció en la plaza de San Pedro una solemne
profesión de fe, el “Credo del pueblo de
Dios”.
Basado
en el Credo de Nicea y Constantinopla, el “Credo
del pueblo de Dios” contiene importantes complementos y desarrollos,
orientados a reafirmar y aclarar puntos centrales de la fe católica que, sobre
todo después del Concilio Vaticano II, habían sido cuestionados por muchos
teólogos de la corriente autodenominada “progresista”.
En su excelente sitio web, el
periodista italiano Sandro Magister informa que un libro que se publicará
pronto en Francia, el Tomo VI de
El
cardenal Georges Cottier –discípulo de Journet y teólogo emérito de la casa
pontificia– ha contado los entretelones de aquel Credo a la publicación mensual
internacional “30 Días”. A continuación reproducimos parte del artículo en el
que Sandro Magister resume las revelaciones del Cardenal Cottier.
“En 1967 Maritain tiene 85 años. Vive en
Tolosa, entre los Hermanitos de Charles de Foucauld. Acaba de publicar “Le
paysan de la Garonne” [“El campesino del Garona”], una crítica despiadada a la Iglesia postconciliar “arrodillada ante
el mundo”. [Nota de “Fe y Razón”:
en realidad la crítica de Maritain no fue dirigida a “la Iglesia
postconciliar”, sino a los “católicos progresistas” del post-concilio].
El 12 de enero el cardenal Journet escribe a
Maritain que se va a reunir pronto con el Papa, en Roma. Ni el uno ni el otro
saben que Pablo VI tiene la intención de iniciar el Año de
“El Soberano Pontífice redacte una profesión
de fe completa y detallada, en la cual sea explícito todo lo que está realmente
contenido en el Símbolo de Nicea. Ésta será, en la historia de la Iglesia, la
profesión de fe de Pablo VI”.
Sin que Maritain se lo haya pedido, Journet
fotocopia la carta del filósofo y se la entrega al Papa, cuando se reúne con él
el 18 de enero. En aquella ocasión, Pablo VI pide al teólogo un juicio sobre el
estado de salud de la Iglesia: “Trágico”, responde Journet. Tanto él como el
Papa están impresionados por la publicación ocurrida el año anterior en
Holanda, con la bendición de los obispos, de un nuevo Catecismo nada menos que
“con el objetivo de sustituir dentro de la Iglesia una ortodoxia por otra, una
ortodoxia moderna por la ortodoxia tradicional” (así se expresaba la comisión
cardenalicia instituida por Pablo VI para examinar aquel Catecismo, del que
Journet hacia parte).
El 22 de febrero de 1967 Pablo VI inaugura el
Año de
El mismo año, del 29 de septiembre al 29 de
octubre, se reúne en Roma el primer sínodo de los obispos. El informe final de
la comisión doctrinal somete al Papa la propuesta de una declaración sobre los
puntos esenciales de la fe.
El 14 de diciembre Pablo VI recibe nuevamente
al cardenal Journet. Éste vuelve a presentarle al Papa la idea de Maritain. Y
Pablo VI le recuerda que ya otros habían sugerido, al final del Concilio
Vaticano II, promulgar un nuevo símbolo de la fe. Él mismo, el Papa, había
pedido al famoso teólogo dominicano Yves Congar preparar un texto, pero que no
le pareció satisfactorio y que dejó archivado.
Después repentinamente Pablo VI dice a
Journet: “Preparadme vosotros un esquema de lo que vosotros pensáis que deba
ser hecho”.
Regresando a Suiza, Journet refiere la
solicitud del Papa a Maritain. Y éste, al inicio del nuevo año, mientras está
en París, redacta un proyecto de profesión de fe. Lo termina el 11 de enero de
1968 y el 20 lo envía a Journet. Que el día siguiente lo remite a Pablo VI.
De la correspondencia entre el teólogo y el
filósofo resulta que el texto elaborado por Maritain quería ser solamente un
borrador que fuese de ayuda a Journet. Pero es este último quien por iniciativa
propia reenvía el texto al Papa sin agregarle nada. A juicio de Journet, en ese
texto se encontraba respuesta a todas las dudas suscitadas por el Catecismo
holandés, y por otros teólogos de fama sobre dogmas como el pecado original, la
misa como sacrificio, la presencia real de Cristo en la eucaristía, la creación
a partir de la nada, el primado de Pedro, la virginidad de María, la Inmaculada
concepción, la asunción.
El 6 de abril llega de Roma una carta del
teólogo dominico Benoît Duroux, consultor de la congregación para la doctrina
de
Después nada más. El 30 de junio de 1968
Pablo VI pronunciará solemnemente en
[…]
En los años cincuenta, Maritain estuvo cerca
de ser condenado por el Santo Oficio por su pensamiento filosófico, sospechoso
de “naturalismo integral”. La condena no se dio, también porque tomó su defensa
Giovanni Battista Montini, el futuro Pablo VI, entonces sustituto secretario de
estado, unido por una larga amistad con el pensador francés.”
Fuente: http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/204969?sp=y
A 40 años de estos importantes sucesos
eclesiales, “Fe y Razón” se adhiere a
la solemne profesión de fe del Papa Pablo VI, reproduciendo en este número de
la revista el texto completo del “Credo
del pueblo de Dios”.
El Señor nos mantenga firmes en la fe, alegres
en la esperanza y diligentes en la caridad.
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Pablo VI
Solemne profesión de fe que
Pablo VI pronunció el 30 de junio de 1968, al concluir el Año de la Fe, proclamado
con motivo del XlX centenario del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en
Roma.
Venerables hermanos y queridos
hijos:
1. Clausuramos con esta liturgia
solemne tanto la conmemoración del XIX centenario del martirio de los santos
apóstoles Pedro y Pablo como el año que hemos llamado de
2. Pensamos que es ahora nuestro deber manifestar públicamente nuestra gratitud a aquellos fieles cristianos que, respondiendo a nuestras invitaciones, hicieron que el año llamado de la fe obtuviera suma abundancia de frutos, sea dando una adhesión más profunda a la palabra de Dios, sea renovando en muchas comunidades la profesión de fe, sea confirmando la fe misma con claros testimonios de vida cristiana. Por ello, a la vez que expresamos nuestro reconocimiento, sobre todo a nuestros hermanos en el episcopado y a todos los hijos de la Iglesia católica, les otorgamos nuestra bendición apostólica.
3. Juzgamos además que debemos
cumplir el mandato confiado por Cristo a Pedro, de quien, aunque muy inferior
en méritos, somos sucesor; a saber: que confirmemos
en la fe a los hermanos
(cf. Lc 22,32). Por
lo cual, aunque somos conscientes de nuestra pequeñez, con aquella inmensa
fuerza de ánimo que tomamos del mandato que nos ha sido entregado, vamos a
hacer una profesión de fe y a pronunciar una fórmula que comienza con la
palabra creo, la cual, aunque no haya que llamarla verdadera
y propiamente definición dogmática, sin embargo repite sustancialmente, con
algunas explicaciones postuladas por las condiciones espirituales de esta
nuestra época, la fórmula nicena: es decir, la fórmula de la tradición inmortal
de
4. Bien sabemos, al hacer esto, por qué perturbaciones están hoy agitados, en lo tocante a la fe, algunos grupos de hombres. Los cuales no escaparon al influjo de un mundo que se está transformando enteramente, en el que tantas verdades son o completamente negadas o puestas en discusión. Más aún: vemos incluso a algunos católicos como cautivos de cierto deseo de cambiar o de innovar. La Iglesia juzga que es obligación suya no interrumpir los esfuerzos para penetrar más y más en los misterios profundos de Dios, de los que tantos frutos de salvación manan para todos y, a la vez, proponerlos a los hombres de las épocas sucesivas cada día de un modo más apto. Pero, al mismo tiempo, hay que tener sumo cuidado para que, mientras se realiza este necesario deber de investigación, no se derriben verdades de la doctrina cristiana. Si esto sucediera -y vemos dolorosamente que hoy sucede en realidad-, ello llevaría la perturbación y la duda a los fieles ánimos de muchos.
5. A este propósito, es de suma importancia advertir que, además de lo que es observable y de lo descubierto por medio de las ciencias, la inteligencia, que nos ha sido dada por Dios, puede llegar a lo que es, no sólo a significaciones subjetivas de lo que llaman estructuras, o de la evolución de la conciencia humana. Por lo demás, hay que recordar que pertenece a la interpretación o hermenéutica el que, atendiendo a la palabra que ha sido pronunciada, nos esforcemos por entender y discernir el sentido contenido en tal texto, pero no innovar, en cierto modo, este sentido, según la arbitrariedad de una conjetura.
6. Sin embargo, ante todo, confiamos firmísimamente en el Espíritu Santo, que es el alma de la Iglesia, y en la fe teologal, en la que se apoya la vida del Cuerpo místico. No ignorando, ciertamente, que los hombres esperan las palabras del Vicario de Cristo, satisfacemos por ello esa su expectación con discursos y homilías, que nos agrada tener muy frecuentemente. Pero hoy se nos ofrece la oportunidad de proferir una palabra más solemne.
7. Así, pues, este día, elegido por Nos para clausurar el año llamado de la fe, y en esta celebración de los santos apóstoles Pedro y Pablo, queremos prestar a Dios, sumo y vivo, el obsequio de la profesión de fe. Y como en otro tiempo, en Cesarea de Filipo, Simón Pedro, fuera de las opiniones de los hombres, confesó verdaderamente, en nombre de los doce apóstoles, a Cristo, Hijo del Dios vivo, así hoy su humilde Sucesor y Pastor de la Iglesia universal, en nombre de todo el pueblo de Dios, alza su voz para dar un testimonio firmísimo a la Verdad divina, que ha sido confiada a la Iglesia para que la anuncie a todas las gentes.
Queremos que esta nuestra profesión de fe sea lo bastante completa y explícita para satisfacer, de modo apto, a la necesidad de luz que oprime a tantos fieles y a todos aquellos que en el mundo -sea cual fuere el grupo espiritual a que pertenezcan- buscan la Verdad.
Por tanto, para gloria de Dios
omnipotente y de nuestro Señor Jesucristo, poniendo la confianza en el auxilio
de
Unidad y Trinidad de Dios
8. Creemos en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Creador de las cosas visibles -como es este mundo en que pasamos nuestra breve vida- y de las cosas invisibles -como son los espíritus puros, que llamamos también ángeles (1)- y también Creador, en cada hombre, del alma espiritual e inmortal (2).
9. Creemos que este Dios único es tan absolutamente uno en su santísima esencia como en todas sus demás perfecciones: en su omnipotencia, en su ciencia infinita, en su providencia, en su voluntad y caridad. Él es el que es, como él mismo reveló a Moisés (cf. Ex 3,14), él es Amor, como nos enseñó el apóstol Juan (cf. 1Jn 4,8) de tal manera que estos dos nombres, Ser y Amor, expresan inefablemente la misma divina esencia de aquel que quiso manifestarse a sí mismo a nosotros y que, habitando la luz inaccesible (cf. 1Tim 6,16), está en sí mismo sobre todo nombre y sobre todas las cosas e inteligencias creadas. Sólo Dios puede otorgarnos un conocimiento recto y pleno de sí mismo, revelándose a sí mismo como Padre, Hijo y Espíritu Santo, de cuya vida eterna estamos llamados por la gracia a participar, aquí, en la tierra, en la oscuridad de la fe, y después de la muerte, en la luz sempiterna. Los vínculos mutuos que constituyen a las tres personas desde toda la eternidad, cada una de las cuales es el único y mismo Ser divino, son la vida íntima y dichosa del Dios santísimo, la cual supera infinitamente todo aquello que nosotros podemos entender de modo humano (3).
Sin embargo, damos gracias a la
divina bondad de que tantísimos creyentes puedan testificar con nosotros ante
los hombres la unidad de Dios, aunque no conozcan el misterio de
10. Creemos, pues, en Dios, que en toda la eternidad engendra al Hijo; creemos en el Hijo, Verbo de Dios, que es engendrado desde la eternidad; creemos en el Espíritu Santo, persona increada, que procede del Padre y del Hijo como Amor sempiterno de ellos. Así, en las tres personas divinas, que son eternas entre sí e iguales entre sí (4), la vida y la felicidad de Dios enteramente uno abundan sobremanera y se consuman con excelencia suma y gloria propia de la esencia increada; y siempre hay que venerar la unidad en la trinidad y la trinidad en la unidad (5).
Cristología
11. Creemos en nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios. Él es el Verbo eterno, nacido del Padre antes de todos los siglos y consustancial al Padre, homoousios to Patri; por quien han sido hechas todas las cosas. Y se encarnó por obra del Espíritu Santo, de María la Virgen, y se hizo hombre: igual, por tanto, al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad (6), completamente uno, no por confusión (que no puede hacerse) de la sustancia, sino por unidad de la persona (7).
12. El mismo habitó entre
nosotros lleno de gracia y de verdad. Anunció y fundó el reino de Dios,
manifestándonos en sí mismo al Padre. Nos dio su mandamiento nuevo de que nos
amáramos los unos a los otros como él nos amó. Nos enseñó el camino de las
bienaventuranzas evangélicas, a saber: ser pobres en espíritu y mansos, tolerar
los dolores con paciencia, tener sed de justicia, ser misericordiosos, limpios
de corazón, pacíficos, padecer persecución por
Y su reino no tendrá fin.
El Espíritu Santo
13. Creemos en el Espíritu Santo,
Señor y vivificador que, con el Padre y el Hijo, es juntamente adorado y
glorificado. Que habló por los profetas; nos fue enviado por Cristo después de
su resurrección y ascensión al Padre; ilumina, vivifica, protege y rige la
Iglesia, cuyos miembros purifica con tal que no desechen
Mariología
14. Creemos que
15. Ligada por un vínculo
estrecho e indisoluble al misterio de la encarnación y de la redención (12),
Pecado original
16. Creemos que todos pecaron en
Adán; lo que significa que la culpa original cometida por él hizo que la
naturaleza, común a todos los hombres, cayera en un estado tal en el que
padeciese las consecuencias de aquella culpa. Este estado ya no es aquel en el
que la naturaleza humana se encontraba al principio en nuestros primeros
padres, ya que estaban constituidos en santidad y justicia, y en el que el
hombre estaba exento del mal y de
17. Creemos que nuestro Señor Jesucristo nos redimió, por el sacrificio de la cruz, del pecado original y de todos los pecados personales cometidos por cada uno de nosotros, de modo que se mantenga verdadera la afirmación del Apóstol: Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (cf. Rom 5,20).
18. Confesamos creyendo un solo bautismo instituido por nuestro Señor Jesucristo para el perdón de los pecados. Que el bautismo hay que conferirlo también a los niños, que todavía no han podido cometer por sí mismos ningún pecado, de modo que, privados de la gracia sobrenatural en el nacimiento nazcan de nuevo, del agua y del Espíritu Santo, a la vida divina en Cristo Jesús (17).
La Iglesia
19. Creemos en la Iglesia una, santa, católica y apostólica, edificada por Jesucristo sobre la piedra, que es Pedro. Ella es el Cuerpo místico de Cristo, sociedad visible, equipada de órganos jerárquicos, y, a la vez, comunidad espiritual; Iglesia terrestre, Pueblo de Dios peregrinante aquí en la tierra e Iglesia enriquecida por bienes celestes, germen y comienzo del reino de Dios, por el que la obra y los sufrimientos de la redención se continúan a través de la historia humana, y que con todas las fuerzas anhela la consumación perfecta, que ha de ser conseguida después del fin de los tiempos en la gloria celeste (18). Durante el transcurso de los tiempos el Señor Jesús forma a su Iglesia por medio de los sacramentos, que manan de su plenitud (19). Porque la Iglesia hace por ellos que sus miembros participen del misterio de la muerte y la resurrección de Jesucristo, por la gracia del Espíritu Santo, que la vivifica y la mueve (20). Es, pues, santa, aunque abarque en su seno pecadores, porque ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida, se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del alma que impiden que la santidad de ella se difunda radiante. Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo.
20. Heredera de las divinas promesas e hija de Abrahán según el Espíritu, por medio de aquel Israel, cuyos libros sagrados conserva con amor y cuyos patriarcas y profetas venera con piedad; edificada sobre el fundamento de los apóstoles, cuya palabra siempre viva y cuyos propios poderes de pastores transmite fielmente a través de los siglos en el Sucesor de Pedro y en los obispos que guardan comunión con él; gozando finalmente de la perpetua asistencia del Espíritu Santo, compete a la Iglesia la misión de conservar, enseñar, explicar y difundir aquella verdad que, bosquejada hasta cierto punto por los profetas, Dios reveló a los hombres plenamente por el Señor Jesús. Nosotros creemos todas aquellas cosas que se contienen en la palabra de Dios escrita o transmitida y son propuestas por la Iglesia, o con juicio solemne, o con magisterio ordinario y universal, para ser creídas como divinamente reveladas (21). Nosotros creemos en aquella infalibilidad de que goza el Sucesor de Pedro cuando habla ex cathedra (22) y que reside también en el Cuerpo de los obispos cuando ejerce con el mismo el supremo magisterio (23).
21. Nosotros creemos que la Iglesia, que Cristo fundó y por la que rogó, es sin cesar una por la fe, y el culto, y el vínculo de la comunión jerárquica (24). La abundantísima variedad de ritos litúrgicos en el seno de esta Iglesia o la diferencia legítima de patrimonio teológico y espiritual y de disciplina peculiares no sólo no dañan a la unidad de la misma, sino que más bien la manifiestan (25).
22. Nosotros también,
reconociendo por una parte que fuera de la estructura de la
Iglesia de Cristo se encuentran muchos elementos de
santificación y verdad, que como dones propios de
23. Nosotros creemos que la
Iglesia es necesaria para
Eucaristía
24. Nosotros creemos que la misa
que es celebrada por el sacerdote representando la persona de Cristo, en virtud
de la potestad recibida por el sacramento del orden, y que es ofrecida por él
en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico, es realmente el
sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros
altares. Nosotros creemos que, como el pan y el vino consagrados por el Señor
en
25. En este sacramento, Cristo no
puede hacerse presente de otra manera que por la conversión de toda la
sustancia del pan en su cuerpo y la conversión de toda la sustancia del vino en
su sangre, permaneciendo solamente íntegras las propiedades del pan y del vino,
que percibimos con nuestros sentidos. La cual conversión misteriosa es llamada
por
26. La única e indivisible
existencia de Cristo, el Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero
por el sacramento se hace presente en los varios lugares del orbe de la tierra,
donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia, después de
celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento, el
cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos.
Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente suavísima, a honrar y
adorar en
Escatología
27. Confesamos igualmente que el reino de Dios, que ha tenido en la Iglesia de Cristo sus comienzos aquí en la tierra, no es de este mundo (cf. Jn 18,36), cuya figura pasa (cf. 1Cor 7,31), y también que sus crecimientos propios no pueden juzgarse idénticos al progreso de la cultura de la humanidad o de las ciencias o de las artes técnicas, sino que consiste en que se conozcan cada vez más profundamente las riquezas insondables de Cristo, en que se ponga cada vez con mayor constancia la esperanza en los bienes eternos, en que cada vez más ardientemente se responda al amor de Dios; finalmente, en que la gracia y la santidad se difundan cada vez más abundantemente entre los hombres. Pero con el mismo amor es impulsada la Iglesia para interesarse continuamente también por el verdadero bien temporal de los hombres. Porque, mientras no cesa de amonestar a todos sus hijos que no tienen aquí en la tierra ciudad permanente (cf. Heb 13,14), los estimula también, a cada uno según su condición de vida y sus recursos, a que fomenten el desarrollo de la propia ciudad humana, promuevan la justicia, la paz y la concordia fraterna entre los hombres y presten ayuda a sus hermanos, sobre todo a los más pobres y a los más infelices. Por lo cual, la gran solicitud con que la Iglesia, Esposa de Cristo, sigue de cerca las necesidades de los hombres, es decir, sus alegrías y esperanzas, dolores y trabajos, no es otra cosa sino el deseo que la impele vehementemente a estar presente a ellos, ciertamente con la voluntad de iluminar a los hombres con la luz de Cristo, y de congregar y unir a todos en aquel que es su único Salvador. Pero jamás debe interpretarse esta solicitud como si la Iglesia se acomodase a las cosas de este mundo o se resfriase el ardor con que ella espera a su Señor y el reino eterno.
28. Creemos en la vida eterna. Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de Cristo -tanto las que todavía deben ser purificadas con el fuego del purgatorio como las que son recibidas por Jesús en el paraíso en seguida que se separan del cuerpo, como el Buen Ladrón- constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida totalmente el día de la resurrección, en el que estas almas se unirán con sus cuerpos.
29. Creemos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y María se congregan en el paraíso, forma la Iglesia celeste, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios, como Él es (33) y participan también, ciertamente en grado y modo diverso, juntamente con los santos ángeles, en el gobierno divino de las cosas, que ejerce Cristo glorificado, como quiera que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente nuestra flaqueza (34).
30. Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones, como nos aseguró Jesús: Pedid y recibiréis (cf. Lc 10,9-10; Jn 16,24). Profesando esta fe y apoyados en esta esperanza, esperamos la resurrección de los muertos y la vida del siglo venidero.
Bendito sea Dios, santo, santo, santo. Amén.
Notas
1) Cf. Conc. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius: Denz.-Schön. 3002.
2) Cf. enc. Humani generis: AAS 42 (1950) 575; Conc. Lateran. V: Denz.-Schön. 1440-1441.
3) Cf. Conc. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius: Denz.-Schön. 3016.
4) Símbolo Quicumque: Denz.-Schön. 75.
5) Ibíd.
6) Ibíd., n. 76.
7) Ibíd.
8) Cf. Conc. Efes.: Denz.-Schön. 251-252.
9) Cf. Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, 53.
10) Cf. Pío IX, Bula Ineffabilis Deus: Acta p. 1 vol. 1 p. 616.
11) Cf. Lumen gentium, 53.
12) Cf. Ibíd., n. 53.58.61..
13) Cf. Const. apost. Munificentissimus Deus: AAS 42 (1950) 770.
14) Lumen gentium, 53.56.61.63; cf. Pablo Vl, Al. en el cierre de la III sesión del Concilio Vat. II: AAS 56 (1964), 1016; exhort. apost. Signum magnum: AAS 59 (1967) 465 y 467.
15) Lumen gentium, 62; cf. Pablo Vl, exhort. apost. Signum magnum: AAS 59 (1967) 468.
16) Cf. Conc. Trid., ses. 5: Decr. De pecc. orig.: Denz-Schön. 1513.
17) Cf. Conc. Trid., ibíd.: Denz-Schön. 1514.
18) Cf. Lumen gentium, 8 y 50.
19) Cf. Ibíd., n. 7.11.
20) Cf. Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium n. 5.6; Lumen gentium n. 7.12.50.
21) Cf. Conc. Vat. I, Const. Dei Filius: Denz-Schön. 3011.
22) Cf. Ibíd., Const. Pastor aeternus: Denz-Schön. 3074.
23) Cf. Lumen gentium, n. 25.
24) Ibíd., n. 8.18-23; decret. Unitatis redintegratio, n. 2.
25) Cf. Lumen gentium, n. 23; decret. Orientalium Ecclesiarum, n. 2.3.5.6.
26) Cf. Lumen gentium, n. 8.
27) Cf. Ibíd., n. 15.
28) Cf. Ibíd., n. 14..
29) Cf. Ibíd., n. 16.
30) Cf. Conc. Trid., ses. 13: Decr. De Eucharistia: Denz-Schön. 1651.
31) Cf. Ibíd.: Denz-Schön. 1642; Pablo Vl, Enc. Mysterium fidei: AAS 57 (1965) 766.
32) Cf. Santo Tomás, Summa Theologica III, q.73 a.3.
33) 1Jn 3, 2; Benedicto XII, Const. Benedictus Deus: Denz-Schön. 1000.
34) Lumen gentium, n. 49.
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CONGREGACIÓN PARA
DECRETO GENERAL
relativo al delito
de atentada ordenación sagrada de una mujer
La Congregación para la Doctrina de la Fe, para tutelar la
naturaleza y la validez del sacramento del orden, en virtud de la especial
facultad a ella conferida de parte de
Quedando a salvo cuanto prescrito en el can.
1378 del Código de Derecho Canónico, cualquiera que atente
conferir el orden sagrado a una mujer, así como la mujer que atente recibir el
orden sagrado, incurre en la excomunión latae sententiae reservada a
Si quien atentase conferir el orden sagrado a una mujer o
la mujer que atentase recibir el orden sagrado fuese un fiel cristiano sujeto
al Código de Cánones de las Iglesias Orientales, sin perjuicio de lo que
se prescribe en el can. 1443 de dicho Código, sea castigado con la excomunión
mayor, cuya remisión se reserva también a
Este decreto entrará inmediatamente en vigor a partir de su publicación en L’Osservatore Romano.
William Cardinale LEVADA - Prefecto
Angelo AMATO, S.D.B. - Arzobispo titular de Sila - Secretario
In Congr. pro Doctrina Fidei tab., n. 337/02
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