Fe
y Razón
Revista virtual gratuita
Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la
evangelización de la cultura
Nº 22 – Mayo de 2008
“Omne
verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est”
“Toda verdad, dígala quien la diga,
procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)
“Hoy se
hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la
Iglesia como explicación de
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Equipo de Dirección
Este mes se cumplen cuarenta años del “mayo francés”, es decir de la rebelión estudiantil en las universidades de París y otras ciudades de Francia, que tuvo repercusión (al menos simbólica) en muchos otros países, aunque las rebeliones estudiantiles ocurridas en Estados Unidos, México, Uruguay, etc. tuvieron a menudo diferentes características y motivaciones.
Mayo de 1968 fue un mes emblemático dentro de un año emblemático, en el que sucedieron muchas cosas memorables: el recrudecimiento de la guerra de Vietnam, a través de una gran ofensiva del Vietcong; la invasión soviética a Checoslovaquia para aplastar la “primavera de Praga”; los asesinatos de Robert Kennedy y Martin Luther King en Estados Unidos; el viaje del Apolo 8 alrededor de la Luna; etc. Fue una época caracterizada por el surgimiento de una nueva cultura juvenil, marcada por el auge del rock and roll (especialmente de los Beatles), las drogas, la “liberación sexual”, la brecha entre generaciones, la ideología marxista, etc. El “Che” Guevara había muerto el año anterior en Bolivia; y en 1969 tuvo lugar el gran festival de Woodstock. En Uruguay aumentaba la tensión sociopolítica debido ante todo a las acciones violentas de la guerrilla urbana de los “Tupamaros”, en el contexto de un profundo estancamiento económico de nuestro país.
Sumándonos a una reflexión
bastante generalizada, también nosotros nos preguntamos qué queda de todo
aquello hoy, cuarenta años después. En lo político, en 1968 muchos tenían la
impresión de que el socialismo marxista se impondría muy pronto en todo el mundo.
Sin embargo, la imagen de los tanques soviéticos en Praga representó el
comienzo del fin de la expansión comunista. Hoy los regímenes comunistas han
desaparecido de Europa Central y Oriental y ni siquiera existe ya
El legado cultural de 1968 parece
mucho más persistente que su legado político. Los hippies de 1968 fueron los pioneros de un estilo de vida más
individualista, que se ha ido imponiendo progresivamente, en parte a través de
los medios de comunicación social. El famoso lema hippie “Don’t make war. Make
love” (“No hagas
También por el lado cultural, se
da una sobrevivencia del marxismo a través de diversas formas de neomarxismo,
inspiradas en la Escuela de Frankfurt y en Antonio Gramsci. El esquema marxista
de la lucha de clases se traslada hoy a otros ámbitos: un feminismo radical lo
aplica a la lucha entre hombres explotadores y mujeres explotadas; un
indigenismo radical lo aplica a la lucha entre occidentales explotadores e
indígenas explotados; un ecologismo radical lo aplica a la lucha entre seres
humanos explotadores y animales y plantas (¡o
En lo eclesiástico, 1968 fue el
año de
La promulgación de
En sintonía con el Magisterio de la Iglesia Católica, en “Fe y Razón” tratamos de luchar contra el individualismo y el relativismo que, aunque no se originaron en 1968, recibieron en los acontecimientos de ese año un respaldo importante.
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VIAJE APOSTÓLICO A LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
Y VISITA A LA SEDE DE LA ORGANIZACIÓN DE LA NACIONES UNIDAS
ENCUENTRO
CON LOS MIEMBROS DE
DE
DISCURSO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
Nueva York, Viernes 18 de abril de 2008
Señor Presidente,
Señoras y Señores:
Al comenzar mi intervención en esta Asamblea, deseo ante todo expresarle a usted, Señor Presidente, mi sincera gratitud por sus amables palabras. Quiero agradecer también al Secretario General, el Señor Ban Ki-moon, por su invitación a visitar la Sede central de la Organización y por su cordial bienvenida. Saludo a los Embajadores y a los Diplomáticos de los Estados Miembros, así como a todos los presentes: a través de ustedes, saludo a los pueblos que representan aquí. Ellos esperan de esta Institución que lleve adelante la inspiración que condujo a su fundación, la de ser un «centro que armonice los esfuerzos de las Naciones por alcanzar los fines comunes», de la paz y el desarrollo (cf. Carta de las Naciones Unidas, art. 1.2-1.4). Como dijo el Papa Juan Pablo II en 1995, la Organización debería ser “centro moral, en el que todas las naciones del mundo se sientan como en su casa, desarrollando la conciencia común de ser, por así decir, una ‘familia de naciones’” (Discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Nueva York, 5 de octubre de 1995, 14).
A través de las Naciones Unidas, los Estados han
establecido objetivos universales que, aunque no coincidan con el bien común
total de la familia humana, representan sin duda una parte fundamental de este
mismo bien. Los principios fundacionales de la Organización –el deseo de la
paz, la búsqueda de la justicia, el respeto de la dignidad de la persona, la
cooperación y la asistencia humanitaria– expresan las justas aspiraciones del
espíritu humano y constituyen los ideales que deberían estar subyacentes en las
relaciones internacionales. Como mis predecesores Pablo VI y Juan Pablo II han
hecho notar desde esta misma tribuna, se trata de cuestiones que la Iglesia
Católica y
Ciertamente, cuestiones de seguridad, los
objetivos del desarrollo, la reducción de las desigualdades locales y globales,
la protección del entorno, de los recursos y del clima, requieren que todos los
responsables internacionales actúen conjuntamente y demuestren una
disponibilidad para actuar de buena fe, respetando la ley y promoviendo la
solidaridad con las regiones más débiles del planeta. Pienso particularmente en
aquellos Países de África y de otras partes del mundo que permanecen al margen
de un auténtico desarrollo integral, y corren por tanto el riesgo de
experimentar sólo los efectos negativos de
El reconocimiento de la unidad de la familia
humana y la atención a la dignidad innata de cada hombre y mujer adquiere hoy
un nuevo énfasis con el principio de la responsabilidad de proteger. Este
principio ha sido definido sólo recientemente, pero ya estaba implícitamente
presente en los orígenes de las Naciones Unidas y ahora se ha convertido cada
vez más en una característica de la actividad de
El principio de la “responsabilidad de proteger” fue considerado por el antiguo ius gentium como el fundamento de toda actuación de los gobernadores hacia los gobernados: en tiempos en que se estaba desarrollando el concepto de Estados nacionales soberanos, el fraile dominico Francisco de Vitoria, calificado con razón como precursor de la idea de las Naciones Unidas, describió dicha responsabilidad como un aspecto de la razón natural compartida por todas las Naciones, y como el resultado de un orden internacional cuya tarea era regular las relaciones entre los pueblos. Hoy como entonces, este principio ha de hacer referencia a la idea de la persona como imagen del Creador, al deseo de una absoluta y esencial libertad. Como sabemos, la fundación de las Naciones Unidas coincidió con la profunda conmoción experimentada por la humanidad cuando se abandonó la referencia al sentido de la trascendencia y de la razón natural y, en consecuencia, se violaron gravemente la libertad y la dignidad del hombre. Cuando eso ocurre, los fundamentos objetivos de los valores que inspiran y gobiernan el orden internacional se ven amenazados, y minados en su base los principios inderogables e inviolables formulados y consolidados por las Naciones Unidas. Cuando se está ante nuevos e insistentes desafíos, es un error retroceder hacia un planteamiento pragmático, limitado a determinar “un terreno común”, minimalista en los contenidos y débil en su efectividad.
La referencia a la dignidad humana, que es el
fundamento y el objetivo de la responsabilidad de proteger, nos lleva al tema
sobre el cual hemos sido invitados a centrarnos este año, en el que se cumple
el 60° aniversario de
La vida de la comunidad, tanto en el ámbito
interior como en el internacional, muestra claramente cómo el respeto de los
derechos y las garantías que se derivan de ellos son las medidas del bien común
que sirven para valorar la relación entre justicia e injusticia, desarrollo y
pobreza, seguridad y conflicto. La promoción de los derechos humanos sigue
siendo la estrategia más eficaz para extirpar las desigualdades entre Países y
grupos sociales, así como para aumentar
La experiencia nos enseña que a menudo la
legalidad prevalece sobre la justicia cuando la insistencia sobre los derechos
humanos los hace aparecer como resultado exclusivo de medidas legislativas o
decisiones normativas tomadas por las diversas agencias de los que están en el
poder. Cuando se presentan simplemente en términos de legalidad, los derechos
corren el riesgo de convertirse en proposiciones frágiles, separadas de la
dimensión ética y racional, que es su fundamento y su fin. Por el contrario,
Señoras y Señores, con el transcurrir de la historia surgen situaciones nuevas y se intenta conectarlas a nuevos derechos. El discernimiento, es decir, la capacidad de distinguir el bien del mal, se hace más esencial en el contexto de exigencias que conciernen a la vida misma y al comportamiento de las personas, de las comunidades y de los pueblos. Al afrontar el tema de los derechos, puesto que en él están implicadas situaciones importantes y realidades profundas, el discernimiento es al mismo tiempo una virtud indispensable y fructuosa.
Así, el discernimiento muestra cómo el confiar de
manera exclusiva a cada Estado, con sus leyes e instituciones, la
responsabilidad última de conjugar las aspiraciones de personas, comunidades y
pueblos enteros puede tener a veces consecuencias que excluyen la posibilidad
de un orden social respetuoso de la dignidad y los derechos de
Obviamente, los derechos humanos deben incluir el derecho a la libertad religiosa, entendido como expresión de una dimensión que es al mismo tiempo individual y comunitaria, una visión que manifiesta la unidad de la persona, aun distinguiendo claramente entre la dimensión de ciudadano y la de creyente. La actividad de las Naciones Unidas en los años recientes ha asegurado que el debate público ofrezca espacio a puntos de vista inspirados en una visión religiosa en todas sus dimensiones, incluyendo la de rito, culto, educación, difusión de informaciones, así como la libertad de profesar o elegir una religión. Es inconcebible, por tanto, que los creyentes tengan que suprimir una parte de sí mismos –su fe– para ser ciudadanos activos. Nunca debería ser necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios derechos. Los derechos asociados con la religión necesitan protección sobre todo si se los considera en conflicto con la ideología secular predominante o con posiciones de una mayoría religiosa de naturaleza exclusiva. No se puede limitar la plena garantía de la libertad religiosa al libre ejercicio del culto, sino que se ha de tener en la debida consideración la dimensión pública de la religión y, por tanto, la posibilidad de que los creyentes contribuyan a la construcción del orden social. A decir verdad, ya lo están haciendo, por ejemplo, a través de su implicación influyente y generosa en una amplia red de iniciativas, que van desde las universidades a las instituciones científicas, escuelas, centros de atención médica y a organizaciones caritativas al servicio de los más pobres y marginados. El rechazo a reconocer la contribución a la sociedad que está enraizada en la dimensión religiosa y en la búsqueda del Absoluto –expresión por su propia naturaleza de la comunión entre personas– privilegiaría efectivamente un planteamiento individualista y fragmentaría la unidad de la persona.
Mi presencia en esta Asamblea es una muestra de
estima por las Naciones Unidas y es considerada como expresión de la esperanza
en que la Organización sirva cada vez más como signo de unidad entre los
Estados y como instrumento al servicio de toda la familia humana. Manifiesta
también la voluntad de la Iglesia Católica de ofrecer su propia aportación a la
construcción de relaciones internacionales en un modo en que se permita a cada
persona y a cada pueblo percibir que son un elemento capaz de marcar
Las Naciones Unidas siguen siendo un lugar
privilegiado en el que la Iglesia está comprometida a llevar su propia
experiencia “en humanidad”, desarrollada a lo largo de los siglos entre pueblos
de toda raza y cultura, y a ponerla a disposición de todos los miembros de la
comunidad internacional. Esta experiencia y actividad, orientadas a obtener la
libertad para todo creyente, intentan aumentar también la protección que se
ofrece a los derechos de
En mi reciente Encíclica Spe salvi, he subrayado “que la búsqueda, siempre nueva y fatigosa, de rectos ordenamientos para las realidades humanas es una tarea de cada generación” (n. 25). Para los cristianos, esta tarea está motivada por la esperanza que proviene de la obra salvadora de Jesucristo. Precisamente por eso la Iglesia se alegra de estar asociada con la actividad de esta ilustre Organización, a la cual está confiada la responsabilidad de promover la paz y la buena voluntad en todo el mundo. Queridos amigos, os doy las gracias por la oportunidad de dirigirme hoy a vosotros y prometo la ayuda de mis oraciones para el desarrollo de vuestra noble tarea.
Antes de despedirme de esta ilustre Asamblea, quisiera expresar mis mejores deseos, en las lenguas oficiales, a todas las Naciones representadas en ella:
Peace and Prosperity with God’s help!
Paix et prospérité, avec l’aide de Dieu!
Paz y prosperidad con la ayuda de Dios!
سَلامٌ وَإزْدِهَارٌ بعَوْن ِ الله ِ!
因著天主的幫助願大家 得享平安和繁榮 !
Мира и благоденствия с помощью Боҗией!
Miguel Antonio Barriola
A nadie le agrada la soledad y menos la de
Sin embargo, en
Desde el punto de vista meramente humano, se
podría aplicar a este acontecimiento la lamentación del Eclesiastés: “¡Ay del solo y si cae sin tener a nadie que
lo levante!” (Ecl 4, 10).
Con todo, aquel terrible abandono de Jesús
fue la condición para que experimentara la compañía más sólida, sin que ello le
ahorrara amarguras, que provocaron sus “fuertes
gritos y lágrimas” (Hebr 5, 7).
Porque ÉL encaró aquella desolación en medio
de la angustia con total lucidez y la conciencia de un sostén más fuerte que la
misma muerte: “Se acerca la hora y ya ha
llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado y me dejarán solo.
Pero no estoy solo, el Padre está conmigo” (Jn 16, 32).
Semejante perspectiva de extrema derelicción,
que pese a todo no desemboca en desesperación, únicamente por la fuerza
invisible pero eficaz de Dios, no fue la suerte exclusiva de Cristo, ya que,
acto seguido, continuó el Maestro con este vaticinio: “Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán
que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (ibid., v. 33).
Creo que lo dicho puede servir como
aclimatación a las consideraciones, que parece oportuno compartir con futuros
sacerdotes, que siempre, pero muy especialmente en estos tiempos, “tendrán que
sufrir en el mundo”.
El sacerdote no es un empleado. Es un
consagrado, un Cristo de Dios, célibe, estado que parecería contradecir al
mismo Dios, cuando juzgó que “no es bueno
que el hombre esté solo” (Gn 2, 18). Pero que, en realidad, como en
Jesucristo, está apuntando a lo único que puede llenar del todo, cualquier tipo
de desierto interior, como lo demostró el mismo Cristo, afianzando toda su
confianza únicamente en su Padre.
Esa soledad, pues, se nutre principalmente de
la Eucaristía y no se dispersa detrás de modas transitorias.
El sacerdote no puede realizarse plenamente
si la Eucaristía no es de verdad el centro y la raíz de su vida, si su fatiga
cotidiana no consiste en la irradiación de la celebración eucarística.
Así, Don Orione, preguntó a uno de sus
religiosos, que le pedía consejo en medio de muchas tribulaciones: “¿Acaso no tienes la Misa?” (2).
Esto no quiere decir que la Misa tenga que
ser siempre una secuencia de efluvios místicos. Jesús estaba muy triste y
agobiado en “la noche en que fue
entregado” (I Cor 11, 23), lo cual no le impidió “tomar el pan y dar gracias”
(ibid., v. 24). Trascendiendo su estado de ánimo apesadumbrado, dejó para los
siglos la fuente de toda vida, paz y alegría profundas, que pueden convivir con
pruebas y sequedades infaltables para todo cristiano.
La celebración fructuosa de la Eucaristía no
es asunto sentimental, sino de fe, que muchas veces se presentará como muy oscura.
Por otro capítulo asoma también la peculiar
soledad del sacerdote. Pareciera, a primera vista, que este aspecto fuera todo
lo contrario de un aislamiento, porque surge de la entrega del sacerdote al
pueblo de Dios.
El hecho es que él no se pertenece. Está al
servicio de todos, sin límites de horario o calendario. La gente no es para el
sacerdote, sino el sacerdote para la gente, en su globalidad, sin restringir
nunca su propia disponibilidad a un pequeño grupo.
Al respecto se ha de llamar la atención a muy
justas quejas de la gente, que no encuentra respuesta, en más de una parroquia,
a los pedidos de atención a los enfermos, a la hora que sea.
Hemos de pensar, por ejemplo, si estaríamos
dispuestos a dejar un enfervorizado match de foot – ball, disfrutado en la TV, ante un pedido por el estilo. Lo
mismo dígase de cualquier otro tipo de “comodidades” (sueño interrumpido por
urgencias pastorales).
En un balneario, varios sacerdotes, que allí
se alojaban temporariamente, ante la gente que les rogaba por la Misa diaria,
respondían que se encontraban descansando. Ahora bien, se suele recordar a los
fieles, que “no hay vacaciones para Dios”. ¿Se podrá entonces concebir un
“descanso” fuera de Dios, lejos de la Eucaristía?
También hemos de pensar que, si se justifican
las “especialidades”, el hecho no justifica una clausura hermética en el propio
mundo, cuando se trata de la universalidad del Evangelio.
Así, Pablo se veía con particular carisma
para la predicación a los paganos, como Pedro para los judíos (Gal 2, 7). Pero
no menos escribirá de él mismo: “No me
avergüenzo del Evangelio, porque es poder de Dios para la salvación de todos
los que creen, de los judíos en primer
lugar y después para el griego” (Rom 1, 16).
Como sabemos por los “Hechos de los Apóstoles”,
Pablo se dirigía siempre primeramente a las sinagogas, llegando a expresar: “Me hago todo a todos, para salvarlos a todos” (I Cor 9, 22).
De esta forma, es comprensible y laudable que
muchos sacerdotes se dediquen específicamente al estudio, pero sin ceder a la
tentación de poner su ministerio entre paréntesis. Así, lamentablemente, en el
Collegio Piolatinoamericano de Roma se podía ver, en décadas pasadas, a más de
un sacerdote, enfrascado en sus doctorados, pero sin contacto alguno con
parroquias, suspendiendo por años el ejercicio de su empeño pastoral.
El sacerdote no puede elegir el puesto que
mejor le cuadre, las personas consideradas más simpáticas, los horarios más
cómodos, las distracciones –aunque legítimas– cuando sustraen tiempo y energías
a la propia y concreta misión pastoral.
Se impone, nuevamente, pues, la evaluación de
los tiempos que dedicamos a Internet, TV, o a preferencias por grupos afines,
con desmedro de otros sectores de la feligresía.
Lo dicho no significa que no se pueda apreciar
particularmente a los amigos. Así, Pablo muestra su especial afecto por las
iglesias macedónicas (Tesalonicenses, Filipenses) y de Colosas. Pero no menos
se preocupa de las que le dan mayores dolores de cabeza: Corinto y Galacia. Se
sintió “muy preocupado”, por no haber
encontrado a Tito en Tróade (II Cor 2, 13) y se declaró “consolado por Dios”, al haber dado con el mismo Tito en Macedonia
(ibid., 7, 5–7).
Se quiere indicar que ni la simpatía o la
antipatía pueden ser los principales motivos de nuestros desvelos pastorales.
Otro posible y hoy muy frecuente factor de
soledad consiste en que, teniendo que actuar en el mundo, no podemos
asimilarnos al mundo, mimetizándonos con él y sus corrientes de opinión. Así,
hoy “viste bien” ridiculizar al Papa. Haciéndolo, pasa uno por “adelantado”,
“progre”. Y no sólo en “Página 12” o “Clarín”, sino hasta en Universidades
Católicas.
Por eso, no hemos de olvidar el testimonio
(martys: martirio) de adhesión convencida a Cristo y su Iglesia, que puede
llegar hasta la muerte social: “Ya fuiste”.
Entonces, especialmente, se ha de recordar
que “no estoy solo”, porque Cristo viene ordinariamente “en la Iglesia” y “por
la Iglesia”, que prolonga la presencia de su Esposo a través del tiempo.
Así es cómo nos toca la tarea negativa y poco
atrayente de denunciar el ateísmo, el hedonismo, las injusticias de los
satisfechos contra los postergados. A la vez que el trabajo positivo de
despertar el ansia imborrable de todo hombre, que consciente o
inconscientemente busca realizarse, “hasta
que descanse en Ti” (S. Agustín).
De ahí la totalidad que va implicada en la
vocación sacerdotal, que es donación a Dios sin reservas y servicio ilimitado a
los hermanos.
Tal ideal y configuración del sacerdocio
católico no condice con una concepción afín al talante burocrático: “Soy cura
en horario de oficina o cuando presido una ceremonia. Después, en lo privado,
me entrego a mis preferencias o hobbies”
Lo cual, una vez más, no quiere decir que no
se pueda disfrutar del deporte, del cine, del arte o de un sano esparcimiento.
Juan Pablo II fue un entusiasta deportista y
Benedicto XVI toca el piano con fruición y es gran cultor de Mozart.
Sólo que, en nuestra jerarquía de valores,
hemos de calibrar siempre si esos entusiasmos prevalecen sobre los compromisos
más austeros y frecuentemente sacrificados, anejos a nuestra vocación. ¿Sigo el
magisterio del Papa con una dedicación similar a la que pongo en estar al tanto
de las peripecias de mi club favorito? ¿Me entusiasma tanto la preparación de
la homilía como saborear mis sinfonías preferidas?
Únicamente con esta claridad de fondo se
comprende el aprecio de la Iglesia católica por el celibato. Quien no lo vea
así, aquel que lo sienta como una carga, nunca encontrará la “soledad sostenida por el Padre” (Jn 16,
32), que guió y mantuvo la entrega de Cristo hasta la cruz.
Por eso Juan Pablo II recomendaba: “Para una adecuada vida espiritual del
sacerdote, no se debería considerar y vivir el celibato como un elemento
aislado o puramente negativo, sino como un aspecto de un acceso positivo,
específico y característico del ser sacerdotal” (3).
La fe en el Evangelio, nutrida de muy buen
sentido común, a la vez que de gran honestidad, lo hace ver así a la esposa de
un pastor protestante, que ofreció el siguiente, sugestivo testimonio:
“Una mujer que se
casa con un ministro de la Iglesia, enseguida nota que está pasando algo muy
extraño. Todas las ocasiones que marcan la vida en la mayoría de las familias,
en su caso, son vividas con la ausencia de su marido. Él atiende a su grey en
los tiempos en que otras familias no trabajan (Navidad, Pascua, fines de semana
u otras ocasiones)... Los niños del Pastor ven a su papá ocupado en encender
los cirios de su Iglesia en vez de hacerlo en el árbol de Navidad de
Le pregunté una
vez a mi hija, qué significaba para ella vivir con un padre, que es ministro.
Respondió que era como perder un miembro de
El sacerdote no entrará en crisis de
identidad ni en soledad de solterón o frustración cultural, si resiste a la
tentación de asimilarse a la multitud, a la búsqueda de aprecio a toda costa.
Pero, para ello debe estar convencido, intelectual y afectivamente, en teoría y
práctica de que Cristo, el Evangelio, la Iglesia, la Eucaristía, la oración, su
comunidad valen más que su auto, comodidad o atracciones, por legítimas y
estimulantes que sean.
Podríamos llevarnos y trabajar algunas
preguntas, como:
¿En qué forma lleno mis soledades?
¿Mato el tiempo con cualquier diversión?
Cuando planeo mis jornadas ¿qué lugar ocupan
en ellas la oración personal, la Eucaristía, la Liturgia de las horas?
***
1) Es el famoso pregón del “loco” de F. G. Nietzsche (La
gaya ciencia, 1, 3, n. 125. Así habló Zaratustra, Nº 2). En la
fe cristiana el dicho tiene sentido, referido a la naturaleza humana asumida
por el eterno e inmortal Verbo de Dios e Hijo suyo desde siempre.
Recordemos
2) Citado en: A. Gemma, Un’
Eucaristia vissuta, en su obra: Ritiri Sacerdotali, Napoli (1989)
111.
3) Pastores dabo vobis, 29.
4) Jessica Millard Hartman, Clerical
Marriage from a Wife’s Viewpoint, en: P. M. J. Stravinskas (ed.), Priestly
Celibacy – Its scriptural, historical, spiritual and psychological roots, (2001)
Mt. Pocono, PA 18344, pp. 99–100. 102. 105–106.
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Diác. Jorge Novoa
Sentir con
Ella, como madre que es, nos ha engendrado a la vida de la fe por medio de las aguas bautismales, acompañando nuestro crecimiento con el alimento sólido de la Palabra de Dios y la Eucaristía, sanando nuestras heridas con el sacramento de la Reconciliación. ¡Cuánta sabiduría y bondad ha manifestado nuestro buen Dios al regalarnos a la Iglesia!!! Ella nos anuncia una Buena Noticia, el Espíritu Santo fecundándola la impulsa a predicar a Jesucristo y a vivir en su amistad, y hace eficazmente presente en el mundo la vida nueva que nos ha donado con su Pascua, para testificar visiblemente a los hombres el testimonio invisible del Espíritu Santo, que los introduce en la comunión con el Señor. Diría san Pablo, calando en la profundidad de su ser: “gran misterio es éste, lo digo de Cristo y la Iglesia” (Ef 5).
Ha querido el Señor asistir al
Magisterio que ella realiza con una gracia especial del Espíritu Santo,
dándoles a los sucesores de Pedro el don de
Pero también somos enseñados por ella a través del Magisterio ordinario del sucesor de Pedro; y vaya si en estos tiempos, se vislumbra en sus enseñanzas una luz que tiene su origen más allá de él mismo. Cuánta agresión a las palabras del Papa se promociona en los medios, carentes de respeto y caridad. Ellas brillan como un faro potente aún en medio de las tinieblas actuales, para mostrarnos el camino de la felicidad.
Los Pastores, que en cada
diócesis cuidan de la grey de Cristo, han de recordar siempre hasta qué
punto han de sentirse estrechamente unidos colegialmente con todos
los demás obispos católicos y muy en especial con el sucesor de Pedro, el
Romano Pontífice. Hay una catolicidad de la
verdad que el Señor ha entregado a su Iglesia, en orden a la misión que se le
encomienda, que debe iluminar la realidad africana, latinoamericana, europea,
etc. (1). Cada Iglesia particular es portadora de esta luz, que tiene la
potencialidad de lo universal para abarcar la diversidad de lo particular. “La Iglesia, precisamente porque se ha de
comprender teo-lógicamente, se trasciende a sí misma: es la reunión para el
reino de Dios, la irrupción en él. Luego se presentan brevemente las diversas
imágenes de la Iglesia, todas las cuales representan a
Sentir con la Iglesia es un don que
debemos cultivar, orando al Señor para que doblegue nuestra vanidad y soberbia
de “sabelotodo” y nos haga crecer en
Una mirada superficial sobre la Iglesia la vuelve una realidad analizable sociológicamente, le propone que se amolde a los parámetros de los llamados “tiempos actuales” y, una y otra vez, la amenaza con el escarnio público si no guarda silencio sobre los temas “urticantes” de la cultura de la muerte.
No pierdas el tiempo, “vive tu vida de cara al juicio final”, deja que la Iglesia sea tu Madre y maestra, confíale tu vida. Seguramente te sorprenderás al reconocer que vivirás con la libertad de los hijos de Dios. No debemos evadirnos de las realidades temporales. Debemos ser en ellas testigos del amor, la misericordia y el perdón del Señor.
Trata de leer al Papa, busca sus catequesis, ángelus o cartas pastorales, consulta el Catecismo y siéntete feliz de ser miembro de esta familia. Sentir con la Iglesia, palpitar con sus gozos y esperanzas, y padecer con sus dolores y tristezas, es vivir el misterio de ser miembro de Cristo. Unido a Él como el sarmiento a la vid.
Sentir con la Iglesia es una forma de sintonía espiritual que te aleja de los peligros, que muchas veces engendra, aún intraeclesialmente, la “elocuencia ideológica” vestida de fe, los sueños marxistas del paraíso terrenal y la pretendida “felicidad” que ofrece el bienestar.
Sentir con la Iglesia es una decisión que comporta prudencia en los juicios, evitando dejarse llevar por las críticas desesperanzadoras de los “voceros del rey” o la mirada puritana de los “perfectos”.
Sentir con la Iglesia es una
gracia que te puede alcanzar
Comenzamos con san Ignacio y concluimos con él, que he inspirado esta reflexión: que todo sea para la Gloria de Dios.
***
1) De manera que una adaptación cultural, que parezca surgir de la aclimatación del Evangelio a determinada región o país, si atentara contra la fe del resto de la Iglesia, distorsionaría el Evangelio común, que debería ser creído y observado por todos los fieles católicos.
Así, por más que la poligamia, los sacrificios humanos o el canibalismo hayan sido ancestrales costumbres de tribus y naciones enteras, el Evangelio se destruiría a sí mismo si aceptara un connubio con semejantes usos sociales y religiosos. Lo mismo dígase de tantos reclamos "indigenistas" de hoy día, que hay que examinar muy bien, antes de caer en una mixtura indigesta entre Cristo y algunos reclamos primitivistas incompatibles con el verdadero Dios.
2) Ratzinger, J.; La eclesiología de
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El catolicismo y la modernidad
Lic. Néstor Martínez
La modernidad es esencialmente la llegada a la adultez de los pueblos bárbaros evangelizados y civilizados por la Iglesia durante mil años.
En el comienzo tenemos pueblos nómades que migran hacia el Imperio Romano; al final, pueblos cultos y civilizados en los que comienza a desarrollarse el pensamiento científico. En el medio tenemos mil años de catolicismo.
La explicación usual es que la caída de Constantinopla provocó la huida de sabios griegos, portadores de manuscritos que contenían la ciencia antigua, a Italia, y ahí comenzó el Renacimiento.
Pero, por un lado, hay que señalar que esos sabios griegos provenían también ellos de un medio cristiano, el del Imperio Romano de Oriente, que duró hasta 1453.
Y, por otro lado, hay que notar que esos manuscritos llevaban siglos en Oriente sin producir ciencia alguna, y que bastó que fuesen trasladados a Occidente para que surgiese la gran revolución científica moderna.
La diferencia, entonces, es una diferencia de contexto, y el contexto viene dado, en un caso, por el cristianismo oriental, y en otro, por el cristianismo occidental.
¿Qué diferencia había en el cristianismo occidental que hizo aptas a estas regiones para desarrollar el pensamiento científico, a diferencia del cristianismo oriental?
Pensamos que se trata de la diferencia entre la teología occidental, concretamente la escolástica, y la teología oriental o bizantina. Esta última es más bien contemplativa, intuitiva, mística, mientras que aquélla es discursiva, racional.
Una cultura marcada por siglos de razonamiento teológico estaba preparada para comenzar a desarrollar el pensamiento científico.
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Laico uruguayo publica cuatro libros de teología en Internet
De febrero a mayo de 2008 el Ing.
·
Razones para nuestra esperanza. Escritos de
apologética católica. Tiene 178 páginas y tres partes: 1) Creo en Dios.
2) Creo en Jesucristo. 3) Creo en
· Cristianos en el mundo, no del mundo. Escritos de teología moral social y temas conexos. Tiene 168 páginas y siete partes: 1) Vida humana. 2) Matrimonio y familia. 3) Libertad de educación. 4) Católicos y vida pública. 5) Cristianismo e ideologías. 6) Algunos desafíos éticos actuales. 7) Teología e historia.
· Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio. Exposición de algunos puntos de la doctrina católica. Tiene 182 páginas y 15 capítulos que tratan diversos temas de Biblia, teología dogmática, moral y liturgia. En el Epílogo se reflexiona sobre la situación religiosa del Uruguay.
· Sintió compasión de ellos. Escritos teológico-pastorales. Tiene 156 páginas y tres partes: 1) Discusiones en torno a la Conferencia de Aparecida. 2) Aportes al IV Sínodo Arquidiocesano de Montevideo. 3) Otros escritos teológico-pastorales. El Epílogo trata acerca de un tema de teología dogmática: si la Iglesia es “sacramento del mundo”.
Fe y Razón fue fundado en 1999 por tres católicos uruguayos (Diác.
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“No sólo de pan vive el hombre”
1. Introducción
En diciembre de 2006 recibí por
correo electrónico un artículo titulado “
La versión que recibí era anónima
y estaba dirigida a las “familias Kölping”. Por eso al principio creí que el
artículo había sido escrito por alguien vinculado a
En este capítulo reproduciré íntegramente la
versión breve del artículo referido (en letra itálica), intercalando mis
comentarios críticos en letra normal.
El contenido de los cinco capítulos del
Documento (por Agenor Brighenti)
En rápidas pinceladas, demos una mirada
analítica a los contenidos de cada uno de los cinco capítulos. Recordamos que
nuestro objetivo es llamar la atención sobre sus límites, silencios o vacíos, y
esto es lo que se pondrá en evidencia en dicho análisis.
Capítulo
I: la antropología y la cristología
2. La
antropología
El cambio antropológico operado por la
modernidad en el Concilio Vaticano II significó sobre todo un diálogo con el
ser humano ateo, con el ‘no-creyente’.
Esta simple frase contiene tres afirmaciones muy problemáticas y cuestionables, que el autor no fundamenta:
· En el Concilio Vaticano II hubo un cambio antropológico.
· Este cambio fue operado por la modernidad.
· Este cambio significó sobre todo un diálogo con los no creyentes.
Si bien el Concilio Vaticano II contribuyó al desarrollo histórico de la doctrina cristiana en general y de la antropología cristiana en particular, debe destacarse que este desarrollo implica siempre una identidad y una continuidad esenciales de la misma doctrina. Es cierto que el Vaticano II aceptó algunos aspectos positivos de la modernidad (por ejemplo: la libertad religiosa y la autonomía de las realidades temporales), pero lo hizo asimilándolos dentro de la doctrina cristiana, dotándolos de un sentido cristiano que a menudo estaba ausente u oscurecido en la cultura moderna. Por otra parte, cabe afirmar que el diálogo evangelizador de la Iglesia con los no creyentes siempre existió, al menos en la medida en que la Iglesia se encontró con no creyentes. La difusión masiva de la increencia es un fenómeno propio de los últimos 200 años.
En Medellín se puso en evidencia lo
que en el Vaticano II había permanecido inconcluso: ‘una Iglesia de los pobres
para ser la Iglesia de todos’ (Juan XXIII). El Documento de Participación pone
como punto de partida al ‘hombre-sin sentido’, o de modo más concreto, en
búsqueda de la felicidad (n. 1). La felicidad es realmente una cuestión
relevante para el ser humano actual. Solo que es muy diferente lo que entienden
por felicidad un rico y un pobre, por ejemplo.
Puede ser muy diferente la forma en que de hecho unos y otros buscan la felicidad, pero según la doctrina cristiana hay un solo camino a la felicidad, válido para todos los hombres: Jesucristo, el único Salvador del mundo.
Da la impresión que el ser humano del Documento
es un sujeto rico, cansado y vacío, absorbido por la tecnología y el
consumismo, en crisis de sentido, en crisis existencial (n. 2). Para los pobres,
en cambio, la crisis es de sobrevivencia o supervivencia, no de existencia.
A esto podría contestarse que da la impresión de que Brighenti concibe a los pobres como meros animales que sólo buscan satisfacer sus necesidades materiales. Los pobres, en cambio, son seres humanos como los demás y por ende son seres esencialmente religiosos, que sólo pueden realizarse plenamente en una adecuada relación con Dios. También los pobres necesitan encontrar un sentido absoluto a su existencia.
Puebla había visto al ser humano latinoamericano y
caribeño con rostros muy concretos, en particular rostros de pobres (DP 31-39).
El Documento de Participación habla de un ser humano sin rostro, como
si fuese una categoría, una esencia, más allá de la contingencia de una historia
que hace lo cotidiano de la vida.
El lenguaje abstracto no
es excluyente, sino incluyente. Realmente existe una naturaleza humana común a
todos los hombres. Por eso se puede hablar con sentido del hombre en general,
haciendo afirmaciones verdaderas sobre el hombre que se aplican tanto a los
ricos como a los pobres, tanto a los varones como a las mujeres, etc.
El ser humano del Documento, en
tanto no tiene rostro concreto de indígena, negro, mujer, trabajador,
desempleado, sin tierra y sin techo, niño/a, etc. y su deseo de felicidad, en
tanto no tiene objetivo palpable como pan, casa, educación, trabajo, salud,
acogida, etc., permanece más en la esencia que en la existencia.
Los “objetivos palpables” no quedan excluidos de la búsqueda humana de la felicidad, pero no son la solución definitiva al problema del hombre. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4,4). “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?” (Mateo 16,26).
Para los pobres, hasta la experiencia
religiosa en cuanto salvación tiene que pasar por la
plenitud de la vida, incluida la vida material. De lo contrario, va a afiliarse
a movimientos religiosos autónomos, en especial el neopentecostalismo, donde la
salvación se confunde con prosperidad material, salud física y psicoafectiva.
El autor recurre continuamente a falsas oposiciones. No hay que oponer la promoción de la justicia a la salvación escatológica. Cuando la “opción por los pobres” se convierte en búsqueda de una falsa solución inmanentista al problema del hombre, el sentido religioso innato tiende a rechazarla. El pobre, por ser hombre, tiene sede de trascendencia, sed de Dios. Por eso cuando, distorsionando la “opción por los pobres” hecha por la Iglesia Católica, los católicos sólo dan a los pobres bienes materiales y olvidan que éstos son seres religiosos, es comprensible que muchos pobres hagan una “opción por los cultos pentecostales”, que al menos explicitan continuamente su referencia a Dios.
No podemos perder de vista que el giro
antropológico operado por la modernidad, es un esfuerzo importante por superar
el teocentrismo de
Esto es un gran error histórico-filosófico. El “giro antropocéntrico” de la
modernidad no comenzó con Hegel ni menos aún con Heidegger, sino mucho antes,
con Descartes. Después continuó evolucionando hasta llegar a una cierta
“cumbre” en Kant, bastante anterior a Hegel. Además, si Hegel fuera el
“descubridor de la historia”, ¿en qué quedaría, por ejemplo, la teología de la
historia de San Agustín? Por otra parte, tampoco es cierto que la filosofía
escolástica (por ejemplo,
3. La
cristología
El Cristo del Documento es el
Resucitado, Rey, Vivo, Camino, Verdad y Vida. Sin embargo, el Salvador del
pueblo excluido es el Jesús Sufriente, no el Jesús Muerto del viernes santo.
Evidentemente, los tres (el Jesús sufriente, el Jesús muerto y el Jesús resucitado) son una sola y misma Persona, el mismo Redentor de todo el género humano.
No es que se dude del resucitado, o de que
esté vivo, pero si Jesús es solidario con su dolor, Él también debe estar
sufriendo. Es imposible que todo sea gloria para un Dios cuyos hijos están
aplastados por la opresión y la injusticia.
Esto es un grave error teológico. Dios no sufre, porque es impasible. Vive en una perfecta y eterna felicidad. Y Jesucristo resucitado está sentado a la derecha del Padre, compartiendo con Él su gloria infinita. ¿De qué nos serviría, al fin y al cabo, un dios tan miserable y alienado como nosotros?
El riesgo más grande en la cristología no es
un Jesús sin Cristo, cuanto un Cristo sin Jesús.
Ambos son errores igualmente peligrosos; pero el Magisterio de la Iglesia no incurre en ninguno de ellos.
Es aquí donde se localiza el déficit
cristológico del Documento. Se trata de buscar situar la obra
salvadora de Jesús en el hoy de la realidad latinoamericana y caribeña, de
relacionar su mensaje con las contradicciones que vivimos en nuestro contexto y
no simplemente afirmar la acción redentora en sí misma. Siguiendo el dinamismo
del misterio de la Encarnación, no se puede dejar de relacionar a Cristo con
Jesús que prolonga su pasión en la historia, estampada en tantos rostros
desfigurados. La perspectiva de Mateo 25,31-46 ayuda a acoger, vivir y servir a
Jesucristo, no como una realidad meramente transhistórica, sino en lo cotidiano
de
Si es poco saciar la sed de sentido y de felicidad, ¿qué podría ser mucho? ¿Cómo puede estar distante de nosotros aquel que sacia nuestra sed de sentido y de felicidad?
Además, Jesús entregó su vida libremente para la salvación de todos. No buscó la cruz por sí misma, pero la aceptó como el medio querido por Dios para reconciliar a los hombres consigo. Dios no es el autor del mal, sino que permite el mal en orden a un bien mayor.
4. Capítulo
II: la eclesiología
Con Justino de Roma, el Documento
reconoce la presencia de ‘semillas del Verbo’ en la vida de los aborígenes
precolombinos y con Eusebio de Cesarea, la etapa precolonial como praeparatio
evangélica (n. 22). Igualmente reconoce y reitera el pedido de perdón
hecho por Juan Pablo II por las sombras que hubo durante el proceso de
evangelización (n. 27). No obstante, al dar cuenta de las sombras a través de
la denuncia de los santos misioneros, afirmando que ‘la propia evangelización
constituye una especie de tribunal de acusación para los responsables de
aquellos abusos’ (n. 26), no deja de conservar resquicios de una eclesiología
preconciliar.
La cita del n. 26, “preconciliar” o no, dice algo perfectamente razonable: que los abusos cometidos por los cristianos no brotan de la esencia del cristianismo, sino que son su negación práctica. Cuando se predica el auténtico Evangelio, implícita o explícitamente se denuncia toda injusticia.
En primer lugar, la eclesiología conciliar
se funda en la neumatología y no en la cristología.
Falso: la eclesiología conciliar no se funda sólo en la cristología ni sólo en la pneumatología, sino en una armónica doctrina trinitaria. El Concilio Vaticano II enseña que la Iglesia procede del eterno designio de amor del Padre (cf. Lumen Gentium, n. 2), es fundada por Cristo (cf. Lumen Gentium, n. 3) y es vivificada por el Espíritu Santo (cf. Lumen Gentium, n. 4).
Es evidente que la Iglesia fue querida y
fundada por Jesús, pero solo pasa realmente a existir cuando los apóstoles
inactivos se vuelven activos, por la acción del Espíritu en Pentecostés.
¿Entonces la
Iglesia no existe en
La Iglesia no es exterior ni anterior a la
acción del Espíritu. La Tradición es la historia del Espíritu Santo en la
historia de la Iglesia.
En segundo lugar, la eclesiología del Documento
se resiente de una cristología docetista, según la cual la Iglesia es concebida
como extensión e historia de Cristo glorioso.
Otro error teológico: el docetismo negaba la verdadera encarnación del Hijo, la realidad del cuerpo material de Cristo. Esto no tiene nada que ver con la visión de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo, que continúa en la historia la misión salvífica de Cristo resucitado.
En esta perspectiva, Belarmino concebía a la
Iglesia en cuanto Cuerpo de Cristo como ‘Encarnación continuada’.
Entonces, según Agenor Brighenti, ¿San Roberto Belarmino, Doctor de la Iglesia, era docetista, o sea hereje?
Se trata por lo tanto del Cristo glorioso, sin Jesús, […]
Otra falsa oposición.
[…] y de una Iglesia divina, que no peca, y cuando peca, […]
El autor se contradice: ¿la Iglesia peca o no peca, según el documento que él critica?
[…] no pasan de ser pecados de los ‘hijos de la
Iglesia’, nunca de la Iglesia como tal que es esencialmente santa, por ser
divina.
La doctrina católica sobre la Iglesia es compleja, porque reconoce a la Iglesia como institución a la vez divina y humana. Pero si la Iglesia es realmente el Cuerpo de Cristo, decir sin más que la Iglesia peca equivale a decir sin más que Cristo mismo peca. El autor simplifica demasiado y pierde por el camino los matices y las distinciones propias de la eclesiología católica.
La eclesiología del Vaticano II, en cambio,
asume la dimensión contingente de la Iglesia en la precariedad del presente —ecclesiam
semper reformanda (UR 5; GS 40) —, o en el decir de los Santos Padres: casta
meretrix (LG 8; GS 21.43).
La Iglesia es
santa fundamentalmente porque Cristo, su Cabeza, es santo. És Él, por medio de
su Espíritu, quien santifica a los miembros de
Con todo, el déficit eclesiológico
del Documento se expresa principalmente en el eclipse del Reino de
Dios. Este aparece una única vez en el texto, pero no en relación con la
Iglesia y sí con Jesús, citando el prefacio de la solemnidad de la fiesta de
Cristo Rey (n. 6). La Iglesia se liga directamente a Cristo y prolonga su
misión, como si Jesús se hubiese predicado a sí mismo.
Éste es un malentendido fundamental: Jesús predicó el Reino de Dios, pero ligándolo estrechamente a su propia persona. El Reino de Dios se hace presente en el mundo sobre todo en la persona de Jesús, cumbre de la historia de la salvación.
Una Iglesia sin Reino de Dios es una Iglesia
fuera y sobre el mundo, centrada en sí misma, propietaria de todos los medios
para
Según la Constitución dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, en cambio, la Iglesia misma es el Reino de Dios presente “en misterio”, sacramentalmente. La Iglesia terrestre es el Reino de Dios en germen. La Iglesia celestial es el Reino de Dios en plenitud. La Iglesia es el sacramento universal de “salvación”, concepto que en definitiva podemos identificar con el Reino de Dios o la comunión con Dios.
De igual forma, no se puede dejar de aludir
al hecho de que el Documento, al hacer una retrospectiva histórica del
caminar de la Iglesia para identificar los signos de esperanza presentes en
ella hoy (n. 34), presenta una vasta relación de realidades eclesiales, pero
con silencios que precisan ser rotos. Por ejemplo: no se hace mención de las
anteriores cuatro conferencias generales del episcopado latinoamericano y
caribeño con su rico magisterio, una tradición que no se puede perder; no se
hace mención de los mártires de las causas sociales, en la lucha por la
justicia, que fueron millares y es lo que la Iglesia en América Latina y el
Caribe tiene de más valor;
Quizás esto se deba a que aún no es fácil distinguir quiénes fueron verdaderos mártires cristianos y quiénes murieron por otros ideales.
[…] en el campo de la pastoral social, no se menciona el trabajo con la ecología, los trabajadores, los campesinos, los menores, las personas de edad, las mujeres marginadas, los enfermos, etc.; las Cebs son citadas como una estructura de participación, desprovista de su espíritu y novedad eclesiológica, apenas mediación para obtener comunidades pequeñas. La rica contribución de la reflexión bíblico-teológica solo es citada de paso al evocar el ‘contenido evangélico y teológico de la liberación’. Ahora, junto con nuestros mártires, tenemos asimismo una teología mártir […]
El autor insinúa aquí que la teología de la liberación ha muerto. Creo que eso es decir demasiado. Quizás la teología de la liberación de inclinación marxista esté agonizando, pero esa agonía no tiene por qué afectar a la teología de la liberación a secas, con todas sus corrientes.
[…] que, a pesar de sus reconocidos límites, confiere
a nuestro continente una tradición propia dentro de la Tradición de la Iglesia
como un todo, en la medida en que tesis como opción por los pobres, pecado
social, fe y praxis, historia única, liberación como salvación, etc.,
enriquecen toda y cualquier teología.
El Magisterio de la Iglesia Católica nunca ha rechazado los aspectos positivos de la teología de la liberación, latinoamericana o no.
5. Capítulo
III: la misionología
En el Documento, todo confluye
hacia la misión —‘una gran misión continental’ (n. 173) —, lo que es muy
justificable y necesario en un mundo cada vez más marcado por la exclusión y el
secularismo. Y se quiere llegar al ‘individuo’ dando un paso más en relación a
las conferencias anteriores (n. 44). No obstante, se prefiere hablar de
‘misión’ en lugar de ‘evangelización’, y cuando esta es mencionada, aparece
cono ‘nueva evangelización’ en gran medida entendida como ‘proclamación del kerigma’,
sin tomar debidamente en cuenta su recepción e implicaciones históricas. El
término ‘misión’, en una cosmovisión tradicional, se inserta en el contexto de
la mentalidad eclesiocéntrica de la cristiandad, de una salvación en la esfera
estrictamente religiosa y dentro de la Iglesia.
El término
“misión” se inserta perfectamente en
Ya el término ‘evangelización’, en la
perspectiva de
Estas palabras,
tomadas literalmente, constituyen una herejía. Es un dogma de la fe católica
que “fuera de la Iglesia no hay salvación”. O, en términos positivos, con el
Concilio Vaticano II: la Iglesia es el sacramento universal de salvación; allí
donde hay salvación, de alguna manera está presente también
Aunque no fuera de Jesucristo, en la esfera
de un Reino que está más allá de la Iglesia.
No puede haber Cristo sin Iglesia, ni Iglesia sin Cristo. Si el Reino de Dios se extiende más allá de la Iglesia, se extiende también más allá de Jesucristo. Se cae así fatalmente en el relativismo o indiferentismo religioso.
Da la impresión de una misión que prescinde
de mediaciones históricas para ese encuentro con Jesucristo.
El autor no fundamenta esa impresión suya.
Ella sería una prédica para ser acogida en
el corazón, sin tomar debidamente en cuenta una Palabra que debe ser siempre
acogida y leída dentro de una tradición, precedida por la experiencia de la
misma, por el testimonio. Entonces, la fe, antes de llegar a Jesucristo, pasa
por
Esto es totalmente absurdo. La fe en la Iglesia supone la fe en Dios. La fe cristiana es fe en la Revelación de Dios en Cristo, es adhesión a la Palabra de Dios, quien no puede engañarse ni engañarnos.
[…] por cuanto la fe cristiana es siempre ‘creer
con los otros en aquello que los otros creen’.
Esta perspectiva queda evidenciada en el
hecho de que la misión, en el Documento, aparece antes de ver la
realidad y después del abordaje sobre
Por el contrario, el Concilio Vaticano II, en la constitución pastoral Gaudium et Spes, enseña que Cristo es la respuesta a la pregunta fundamental que todo hombre se hace, la clave para resolver el enigma que el hombre es para sí mismo.
[…] y por otro, de confundir la misión con la
incorporación a la Iglesia, en lugar de llevar a conectar con el Reino de Dios
que va más allá de la Iglesia y de quien ella es señal e instrumento.
En la Iglesia la
comunión y la misión están íntimamente ligadas entre sí, se implican
mutuamente. Por una parte, la comunión con Dios y con los hombres (o Reino de
Dios) impulsa de por sí a
La evangelización, en la perspectiva de
Habría sido interesante que el autor hubiera desarrollado esta contraposición implícita entre “inculturación” y adaptación.
En la evangelización, se procede con el
dinamismo de la inculturación que se funda en el misterio de la Encarnación del
Verbo, que asume para redimir. Una evangelización que no sea proceso de
inculturación, no es dialógica, y si no fuera dialógica, sería impositiva. Y
evangelizar es, antes que nada, no ignorar ni imponer.
6. Capítulo
IV: la visión del mundo
Como ya dijimos, después del Concilio Vaticano II no se puede comprender a la Iglesia fuera del trinomio Iglesia-Reino-Mundo, en tanto que son tres realidades que se interpenetran. La eclesiología del Documento, además de no hacer referencia al Reino de Dios, […]
El autor se contradice otra vez. Antes dijo que el Documento hacía referencia a Cristo Rey. El Reino de Cristo es el Reino de Dios.
[…] no ve a la Iglesia dentro del mundo, siendo
parte de él, existiendo para él.
La Iglesia está en el mundo, pero no es del mundo. “Mi Reino no es de este mundo” (Juan 18,36). La Iglesia no sirve al mundo, sino a los hombres, para dar gloria a Dios.
De igual modo, como ya vimos, el mundo es
visto después de haber visto a la Iglesia, pues es punto de llegada, lugar de
aterrizaje de una ortodoxia previamente definida.
El mundo es el destinatario de la Palabra de Dios, que es preexistente al mundo. La ortodoxia consiste en mantenernos firmemente adheridos a la fe verdadera en la Palabra de Dios, que, aunque existía en la eternidad de Dios, se hizo carne y vino al mundo, enviada por el Padre.
No es fuente creadora de ideas, locus
theologicus, lugar de interpelaciones de Dios (signos de los tiempos),
sino escenario de una salvación meta-histórica.
El autor incurre aquí en otra falsa oposición.
En el Documento, dos aspectos
marcan la lectura de la realidad del mundo de hoy: la transición hacia una
nueva época (nn. 94-111) y el fenómeno de la globalización (nn. 112-123). Hay
una buena lectura de estos fenómenos, sin que de ellos, sin embargo, se saquen
las consecuencias para
Los cristianos deben cambiar el mundo con la fuerza del Evangelio, no conformarse a la mentalidad de un mundo alejado de Dios. Para esto deben esforzarse por conocer las realidades temporales y por ordenarlas según la voluntad de Dios revelada por Cristo y transmitida por la Iglesia.
El primero nos lleva a no ver todo claro y
seguro, a no poseer todas las respuestas.
El cristiano no ve todo claro, ni cree poseer todas las respuestas; pero sí está seguro de la verdad de su fe y de que ésta responde a las interrogantes más hondas del hombre. Dios nos guarde de aquellos que aborrecen las certezas y aman sembrar dudas, sobre todo entre los cristianos.
El segundo nos coloca en una actitud de
servicio, búsqueda y diálogo en el seno de la sociedad pluralista, en la que
los principios del Evangelio, sobre los cuales debe de estar asentada una
sociedad plenamente humana, necesitan de mediaciones históricas para volverse
realidad concreta. No son suficientemente tomados en cuenta otros dos fenómenos
importantes: el pluralismo y la nueva racionalidad emergente.
En cuanto a la transición de época y la
globalización, tienden a ser vistos como una amenaza para la Iglesia (n. 147);
ahora bien, aunque lo sean, no son solo eso. De ahí deriva una postura hostil,
apologética, sobre todo frente a la mentalidad laicista y relativista. El
laicismo precisa ser erradicado (n. 146). La globalización puede ser mejorada
(n. 114).
Dando por supuesto que estamos hablando de un laicismo antirreligioso, todo esto que Agenor Brighenti critica resulta perfectamente válido y hasta evidente.
Para enfrentar ese mundo son recordados los
mártires de ‘final del siglo XIX y comienzos del siglo XX’ (n. 28), justamente
aquellos que se enfrentaron con Estados modernos, laicos y racionalistas. Se
mira con preocupación el avance del relativismo ético, que lleva hacia una
sociedad poscristiana. Se ve poco margen para el diálogo, la interacción, el
servicio, la búsqueda con todas las personas de buena voluntad de nuevas
respuestas a los nuevos problemas. Da la impresión de que la Iglesia ya posee
todas las respuestas y que podrá, sola, transformar ese mundo, en especial si
se trata, en gran medida, de hacerlo cristiano.
Siempre hay margen para el diálogo con los demás, pero no debemos caer en la ingenuidad de pensar que todas las personas tienen buena voluntad ni que siempre es posible llegar a acuerdos con los otros, sean cuales sean sus ideas, para trabajar juntos en la construcción de un mundo mejor. La Iglesia no posee todas las respuestas; es poseída por Aquel que es la respuesta definitiva a la única pregunta decisiva. Él mismo le da la fuerza necesaria para transformar el mundo hasta que Dios sea todo en todo.
En este particular, la gran novedad del
Vaticano II fue la aceptación de la historia en su radical ambigüedad, lugar de
interpelación de Dios por medio de los ‘signos de los tiempos’.
Otra afirmación no fundamentada que se las trae. Que la historia humana es radicalmente ambigua en el sentido de que en ella se dan tanto la libre aceptación como el libre rechazo del amor de Dios por parte del hombre, es algo que la Iglesia sabe desde sus comienzos. Habría sido ilustrativo que el autor explicara en qué otro sentido él entiende que esto fue “la gran novedad del Vaticano II”.
El mundo es creación de Dios. El plano de la
redención no abolió el plano de la creación, sino que lo recapituló, en un
lenguaje paulino (Ef 1,10), desarrollado con amplitud por Ireneo de Lyon.
La misión, en esta perspectiva, corre el
riesgo de concebir la salvación como un ‘separar del mundo’ en lugar de
insertarse en él y recrearlo desde adentro, siguiendo el misterio de
El mundo tiene una autonomía legítima con respecto a la Iglesia, pero es absolutamente dependiente de Dios. Gaudium et Spes enseña que, sin el Creador, la criatura se diluye. Es decir que, si se aleja de Dios, el mundo del hombre se autodestruye. Lo más típico de la cristiandad no es la desaparición de lo profano, sino la primacía de lo sagrado.
7. Capítulo
V: la meta de la misión continental
La mayor motivación para una ‘gran misión
continental’ (n. 173) no es el hecho de que un continente cristiano esté
estructurado de modo no cristiano, engendrando exclusión, opresión, hambre,
injusticia, etc., impidiendo que el Reino de Dios y su salvación acontezcan en
la vida personal y social. Hay, en cambio, una preocupación por el
decrecimiento del número de católicos, que pasaron sobre todo a los movimientos
religiosos autónomos de corte pentecostal (n. 155). Una preocupación, por lo
tanto, no necesariamente por la calidad del cristianismo y sí por la
visibilidad de
Aquí nuestro autor opone falsamente cantidad y calidad. Por cierto que a la Iglesia le debe preocupar tanto llevar el mensaje cristiano al mayor número posible de personas como lograr que cada cristiano viva su fe con la máxima autenticidad e integridad posibles. Por otra parte, la crisis de fe propia de nuestra situación no se puede desligar de la correspondiente crisis moral ni de los aspectos socioeconómicos de esta última (injusticia social).
Para el Documento, la misión está
orientada a ‘que todos tengan vida en él’ —Jesucristo—. La pregunta es ¿qué se
entiende por ‘vida’?. Aun cuando sea correcto afirmar que Jesús es ‘la Vida’,
el concepto correcto está sujeto a situar de modo correcto la cristología
dentro de la economía de
Otra falsa oposición entre aspectos complementarios…
Además, no se distinguen en esta perspectiva
fe ‘en’ Jesús y fe ‘de’ Jesús. Como si solo hubiese salvación cuando hay fe
‘en’ Jesús, en cuanto adhesión explícita dentro de la Iglesia, y no también
cuando hay fe ‘de’ Jesús, esto es, vivencia de las bienaventuranzas sin
saberlo.
Según la teología católica clásica, no hay “fe de Jesús”, porque Jesús no conoce a Dios por la fe, dado que Él mismo es personalmente Dios.
Vida ‘en él’ no se da únicamente cuando
existe una adhesión explícita a Jesucristo, sino asimismo cuando se vive su
vida, aunque no se sepa, pues toda acción en el Espíritu converge hacia Cristo.
Por eso, el concepto de ‘Vida’ del Documento necesita ser ampliado. La
salvación requiere ser mejor articulada con historia, nueva sociedad, promoción
humana, realidades terrestres, etc., y, en consecuencia conversión personal con
conversión estructural, vida espiritual y vida temporal, etc.
La misión en el Documento, ya lo
señalamos, da margen para pensar que consiste en incorporar a todos en Cristo,
que equivale a incorporar a todos a la Iglesia Católica (n. 162). Seria un salir
hacia fuera para traer hacia dentro. Como el Reino de Dios se tiende a
confundir con la Iglesia, ésta es la instancia de salvación de Jesucristo, lo
que justificaría colocarla como punto de llegada de la misión (n. 163).
Equivaldría a decir que, en realidad, el punto de llegada es Jesucristo, pero
como la Iglesia es su cuerpo, no hay Cristo sin Iglesia, o más exactamente, no
hay salvación en Jesucristo fuera de la Iglesia.
Todo esto que el autor critica, rectamente
entendido, es doctrina católica. “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y
quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado.” (Mateo 10,40).
El Concilio Vaticano II nos recuerda que el cristianismo es la única religión
verdadera y que
8. A modo de conclusión
Las Conferencias
de Puebla y Santo Domingo no frenaron la Tradición de la Iglesia Católica en
América Latina, sino la infiltración marxista en
Es necesario recuperar las intuiciones y los
ejes teológicos centrales del Vaticano II, y con ellos la rica ‘tradición
latinoamericana y caribeña’. De ahí la relevancia de este tiempo de preparación
de la Vª Conferencia, a través del proceso de las comunidades eclesiales, en el
enriquecimiento de la propuesta del Documento de Participación. Cinco
puntos principales podrían servir de norte en este esfuerzo:
1. Colocar la realidad como punto de llegada y
no como punto de partida, para que lo temporal no pierda su autonomía y
especificidad, en especial la peculiaridad latinoamericana y caribeña.
¿Cuál es, según Brighenti, la realidad que se debe colocar como punto de llegada de la misión de la Iglesia? ¿Será quizás la edificación del “paraíso comunista” en la tierra el fin último de la Iglesia?
2. Explicitar la relación intrínseca de la fe
con la praxis liberadora, para que la religión no esté predestinada a continuar
relegada en la esfera privada de una espiritualidad intimista.
Para esto habrá que vencer la influencia de un secularismo que pretende excluir a la religión del ámbito público.
3. Testimoniar una religión transformadora, lo
que implica una Iglesia viva y profética que tiene en las Cebs un nuevo modo de
ser Iglesia, pues son un modo privilegiado de articulación en el seno de la
sociedad, entre fe y vida, entre cristianismo y ciudadanía.
Creo que esta opción pastoral por las Comunidades Eclesiales de Base (CEB) requeriría una mayor fundamentación. Por otra parte, me gustaría saber qué tan nuevo es ese “nuevo modo de ser Iglesia” de las CEB.
4. Reavivar la opción preferencial por los
pobres, que no los ve como objetos sino como sujetos de una nueva sociedad, que
no es simplemente un trabajo prioritario entre otros tantos sino una óptica
desde donde se mira a todos de forma profética.
Aquí parece reflejarse la érronea tendencia de cierta “Teología de la Liberación” a hacer de los pobres el “lugar teológico” principal o fundamental.
5. En cuanto la salvación siempre se da en la
historia y existe una única historia, concebir la liberación no como un mero
sinónimo de desarrollo o promoción humana sino como salvación concebida en la
perspectiva de Medellín: ‘pasaje de situaciones menos humanas a más humanas’.
Que “existe una única historia”, ¿querrá decir tal vez que no hay una historia de pecado distinguible de la historia de salvación? ¿O que no hay una “historia sagrada” de valor normativo para la interpretación y la vivencia de todos los demás momentos de la historia?
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Bernat Soria insiste en el bulo de
la Iglesia "en contra de la anestesia"
El ministro de Sanidad [de España], experimentador con embriones
humanos, presenta a la Iglesia como anti-científica, pero no da datos.
En el siglo III, la moda entre los romanos era decir que los cristianos practicaban el canibalismo. En la primera mitad del siglo XX, en España, el bulo de moda era que las monjas daban caramelos envenenados a los niños y que los curas disparaban a los obreros desde los campanarios. Parecen mentiras increíbles, pero fueron acompañadas de crueles persecuciones en las que se mató a miles de cristianos. En Internet circulaba (ya lo tratamos) el bulo de que la Iglesia negó que las mujeres tuviesen alma (léase aquí).
Ahora, el bulo de moda parece que es el de que la Iglesia siempre se ha opuesto a la ciencia y los avances médicos, como por ejemplo, la anestesia en los partos. Este bulo suena con insistencia en boca del ministro socialista de Sanidad, Bernat Soria, conocido por sus experimentos con seres humanos en estado embrionario (experimentos que destruyen al embrión al extraerle las células madre).
Por ejemplo, en octubre de 2007, antes del
akelarre anticlerical a raíz de
"Los
trasplantes, la anestesia, la disección de cadáveres... la
Iglesia se opuso y luego cuando se empezaron a ver los resultados se difuminó
esa oposición y finalmente están incorporados".
Y también:
"A nadie se le ocurre en este momento defender que las mujeres tienen que parir con dolor. Ya sufren bastante las mujeres. Así que si les podemos evitar algo del dolor del parto, mejor. Porque en la Biblia pone parirás a tus hijos con dolor y por eso se oponían determinados miembros de la Iglesia Católica a que se utilizase la anestesia con el parto. Eso ahora no lo defiende nadie, ¿verdad? Lo mismo va a pasar con las células madre", agregó.
En diciembre, en la muy afín publicación ElSocialista.es (fundada por el
mismísimo
"Me
cuesta mucho encontrar explicaciones de por qué alguien se puede oponer a la
investigación biomédica que busca ayudar a los pacientes. Pero cuando resulta
que son los mismos que se oponían al trasplante de órganos o al uso de
la anestesia en el parto, porque en la Biblia pone “parirás los hijos con
dolor”, o se oponen a los planes de vacunación o a la disección de
cadáveres... Ahora ya no se oponen a muchas de estas cosas y hay que
preguntarles por sus argumentos, porque yo soy incapaz de entenderlos. El poner
por delante una creencia... yo creo que delante tenemos que poner la salud de
los ciudadanos, la calidad de vida, el bienestar social, que no sufran los
pacientes"
Y el 12 de enero de 2008, en plena acometida socialista contra la Iglesia, insistió con el bulo en unas declaraciones que Europa Press recogió y luego difundieron cientos de medios de comunicación. La nota de Europa Press decía:
El ministro señaló que "siempre que se ha producido un avance en medicina ha habido un debate", y se refirió a asuntos como el uso de la anestesia o los transplantes. Recordó que "ciudadanos con sotana decían no a la anestesia", sobre todo en el caso del parto, y aseveró que estas discusiones de dimensión ética ya se han diluido.
¿Sabría el ministro de Sanidad decir cuándo y quién, desde la Iglesia católica, se pronunció contra el uso de la anestesia en los partos? Nunca llega a concretar: "la iglesia católica", "ciudadanos con sotana..." Sí repite la cita bíblica del "parirás con dolor" pero... ¿en qué documento, catecismo, concilio, encíclica ha enseñado la Iglesia que la anestesia en el parto es pecado?
La respuesta es: en ninguno. La Iglesia nunca enseñó lo que dice Bernat Soria. El ministro no es nada fiable como profesor de Historia de la Iglesia ni tampoco de Historia de la Anestesia.
De hecho, hay documentación que acredita exactamente lo contrario, es decir, que la Iglesia enseñaba que es perfectamente lícito el uso de sustancias que quiten el dolor e incluso la conciencia de forma transitoria por razones de salud, y más específicamente que no hay ninguna razón religiosa que obligue a la mujer católica a prescindir de ayuda anestésica en el parto.
Sobre el tema específico del parto sin dolor, el 8 de enero de 1956 Pío XII hizo una alocución (puede leerse aquí en Vatican.va). Se refería a un método que se presentaba entonces como "parto natural" sin dolor. Aquí el tema de debate no era el uso de fármacos que debilitan la conciencia sino si era lícito que las mujeres parieran sin dolor. Estas eran sus palabras:
“En el Génesis (3,16) se lee: «In dolore paries filios» («Darás a luz en el dolor»). Para entender
bien estas palabras es necesario considerar la condena impuesta por Dios en el
conjunto de su contexto. Infligiendo este castigo a los primeros padres y a su
descendencia, Dios no quiso impedir, ni ha impedido a los hombres, el
investigar y utilizar todas las riquezas de la creación, hacer que la cultura
progrese paso a paso; hacer la vida de este mundo más soportable y más hermosa;
suavizar el trabajo y la fatiga, el dolor, la enfermedad y la muerte; en una
palabra, someter a sí la tierra (cf. Gn 1,28). Del mismo modo, castigando
a Eva, Dios no quiso impedirle, y no ha impedido a las madres, el utilizar los
medios apropiados para hacer el parto más fácil y menos doloroso. A
las palabras de la Escritura no es necesario buscar una escapatoria; permanecen
verdaderas en el sentido entendido y expresado por el Creador: la maternidad
dará mucho que sufrir a la madre. ¿De qué manera precisa ha concebido Dios este
castigo y cómo lo ejecutará? La Escritura no lo dice.
[...] La ciencia y la técnica pueden, pues, servirse de las conclusiones de
la psicología experimental, de la fisiología [en nuestra época esto incluiría la epidural,
nota de FL] y de la
ginecología (como en el método psico-profiláctico) con el fin de eliminar las
fuentes de errores y los reflejos condicionados dolorosos, y de hacer
que el alumbramiento sea lo menos doloroso posible; la Escritura no lo prohíbe.
[...] La caridad cristiana siempre se ha
preocupado de las madres en el momento del parto. Se ha esforzado, e incluso hoy se
esfuerza, por procurarles una asistencia eficaz psíquica y física,
según el estado de progreso de la ciencia y de la técnica.
[...] El cristianismo no interpreta el sufrimiento o la cruz de un modo
puramente negativo. Si la nueva técnica le evita los sufrimientos del
parto o los atenúa, la madre puede aceptarla sin ningún escrúpulo de conciencia;
pero no está obligada a ello. En caso de éxito parcial o de fracaso, sabe que
el sufrimiento puede ser una fuente de bien si lo soporta con Dios y por
obedecer a su voluntad.”
Por lo tanto, leyendo lo que dice Pío XII sobre el tema del parto sin dolor, queda claro que es lícito evitar el dolor (y en los casos que no sea posible, como ha sido siempre enseñanza cristiana, el dolor puede siempre ofrecerse en oración, dándole así un sentido nuevo).
Un año después, el Papa Pío XII se dirigía a un congreso italiano de anestesiólogos (1957, Sobre las implicaciones religiosas y morales de la analgesia). Aquí lo que le preguntaban era si es lícito usar anestesia hasta el punto de que una persona pueda perder el conocimiento, dejar de ser consciente de lo que pasa a su alrededor, y quizá ser incapaz de confesarse o despedirse de sus seres queridos o reconciliarse con sus enemigos, deberes propios de una persona antes de morir. Y esto responde el Papa:
“Si el moribundo ha cumplido todos sus deberes y recibido los últimos
sacramentos, si las indicaciones médicas claras sugieren la anestesia, si en la
fijación de las dosis no se pasa de la cantidad permitida, si se mide
cuidadosamente su intensidad y duración y el enfermo está conforme, entonces ya
no hay nada que a ello se oponga: la anestesia es moralmente lícita.
[...] Preguntabais: «La supresión del dolor y del conocimiento por medio de
narcóticos (cuando la reclama una indicación médica), ¿está permitida por la
religión y la moral al médico y al paciente, aun al acercarse la muerte y
previendo que el empleo de narcóticos acortará la vida)? «Se ha de responder:
«Si no hay otros medios y si, dadas las circunstancias, ello no impide el
cumplimiento de otros deberes religiosos y morales, sí». Como lo hemos ya
explicado, el ideal del heroísmo cristiano no obliga, al menos de
manera general, a rechazar una narcosis, por otra parte justificada, ni aun al
acercarse la muerte; todo depende de las circunstancias concretas.”
Por lo tanto, la doctrina de Pío XII en 1957 es la de siempre de la Iglesia: es lícito combatir el dolor, e incluso en el caso de moribundos, es lícito usar anestesia incluso si acorta los días del enfermo (algo muy distinto de matar al enfermo para que deje de sufrir).
Entonces, ¿de dónde viene la leyenda negra que Bernat Soria repite no una ni dos veces, sino siempre que tiene ocasión? ¿Cuándo enseñó la Iglesia que la anestesia fuera algo malo? ¿Fue alguna enseñanza anterior a Pío XII? No, nunca hubo tal enseñanza.
En ForumLibertas rastreábamos hace un tiempo el origen del bulo
a un famoso parto de
Otros bulos de Bernat Soria son igualmente injustos. La Iglesia ¿se opuso a los trasplantes de órganos? ¿O más bien exigía garantías de que los órganos se obtenían respetando a los vivos y a los muertos? Los nazis eran muy buenos obteniendo órganos para trasplantar y sangre para transfusiones: lo obtenían de sus prisioneros, obviamente sin su consentimiento. También hoy la China comunista saca muchos órganos para trasplantes de los prisioneros que ejecuta en sus numerosas condenas a muerte.
Ahí le duele a Bernat Soria, puesto que él se ha dedicado a
experimentar con seres humanos (en su etapa de embriones) matándolos en el
proceso de obtener sus células madre. La más elemental bioética
(empezando por el consenso de Helsinki) dice que para investigar con un ser
humano necesitas su consentimiento informado y libre, que la investigación
pueda servir a la misma persona enferma, que el riesgo no sea desproporcionado,
que se hayan agotado vías previas (animales, modelos...). Bernat Soria (y las
leyes españolas de investigación con embriones humanos) incumplen la mínima
bioética.
Algo parecido se puede decir sobre el bulo de que la Iglesia estaba en contra
de las disecciones de cadáveres. En los siglos XVI, XVII y XVIII se mostraba a
favor, siempre que fuera en condiciones controladas. Muy controladas. Por
ejemplo, en los "anfiteatros anatómicos" de las universidades.
Sabiendo cómo se obtenía el cadáver. Y que fuera tratado con el debido respeto
que merece todo cuerpo humano.
Sin salir de España, resulta difícil encontrar una entidad que haya hecho tanto
por la salud y los enfermos como
Fuente: Forum Libertas (www.forumlibertas.com)
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Oración a
San Atanasio de Alejandría
Acoge, oh Santísima Virgen, nuestras súplicas y acuérdate de nosotros.
Dispénsanos los dones de tus riquezas. El Arcángel te saluda llena de gracia.
Todas las naciones te llaman bienaventurada, todas las jerarquías del Cielo te
bendicen, y nosotros, que pertenecemos a la jerarquía terrestre, decimos
también: Dios te salve, oh llena de gracia, el Señor es contigo, ruega por nosotros,
oh Madre de Dios, nuestra Señora y nuestra Reina. Amén.
Notas de Fe y Razón:
1) Mayo es el “mes de María”, es decir el mes en que la Iglesia Católica estimula especialmente las prácticas de devoción mariana.
2) El 2
de mayo es la fiesta de San Atanasio (295-373), Padre y Doctor de
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