Fe y Razón

Revista virtual gratuita

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 21 – Abril de 2008

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)

 

 

“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

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Hay accesos directos a esos libros en:

Razones para nuestra esperanza - www.lulu.com/content/2115187

Cristianos en el mundo, no del mundo - www.lulu.com/content/2135878

 

 

Equipo de Dirección: Diác. Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing. Daniel Iglesias Grèzes.

Colaboradores: Dr. Carlos Álvarez Cozzi, Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Pbro. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Dra. María Lourdes González, Ec. Rafael Menéndez, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Pbro. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Alvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Jesucristo vive

Equipo de Dirección

Actualidad

Benedicto XVI: el valor de la verdad

Diác. Jorge Novoa

Filosofía

El "giro lingüístico", la dialéctica y el círculo vicioso:

un ejemplo en Walter Benjamin

Lic. Néstor Martínez

Moral

“Buscar la paz por los caminos del perdón”

Dr. Pedro Gaudiano

Filosofía

Objeciones contra la existencia de Dios

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Documentos

Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización

Congregación para la Doctrina de la Fe

Poesía

“Soy yo, no temáis”

Santa Teresa-Benedicta de la Cruz [Edith Stein]

 

 

Jesucristo vive

 

Equipo de Dirección

 

1.      Tiempo de Pascua

Jesucristo ha resucitado. ¡Aleluya! Alegrémonos y regocijémonos, porque Él está vivo y reina “sentado a la derecha del Padre”. Por su muerte y resurrección nos ha reconciliado con Dios y nos ha dado la vida eterna. Especialmente durante los 50 días del tiempo de Pascua, renovemos una vez más nuestra voluntad de vivir unidos a Dios en Cristo Resucitado y de llevar la luz de Cristo a todos los rincones de la tierra, incluso los más oscuros.

 

2.      Familia y Vida

En este mes de abril, el Parlamento uruguayo tratará nuevamente el proyecto de ley de “Defensa del Derecho a la Salud Sexual y Reproductiva”, cuyo objetivo principal es la legalización del aborto. Además ha comenzado ya el trámite parlamentario de un proyecto de ley de “Educación en Salud Sexual y Reproductiva”, basado en la misma filosofía individualista y relativista que inspira el proyecto citado en primer término. Por último, se anuncia la próxima presentación de un proyecto de ley que habilitaría la adopción de menores por parte de uniones concubinarias, tanto heterosexuales como homosexuales. La gran prensa (incluyendo a diarios supuestamente “conservadores”) parece haberse plegado con bombos y platillos a la campaña en pro del pseudo-derecho de las uniones homosexuales a la adopción. Se multiplican los artículos de prensa que presentan esa posibilidad de un modo tendenciosamente positivo y acrítico.

En esta nueva fase de la embestida contra la familia y la vida en el Uruguay, exhortamos a nuestros lectores que aún no hayan hecho nada al respecto a movilizarse y sumarse a los grupos pro-vida y pro-familia. Dejemos de lado ya la apatía y la resignación en torno a asuntos de los que depende en gran parte la calidad moral de nuestra República.  

 

3.      Cambio de las direcciones de contacto

Por razones de seguridad, hemos tenido que suprimir los mails contacto@feyrazon.org y suscripcion@feyrazon.org . En adelante todos los contactos con la Revista Fe y Razón, incluso los referidos a suscripciones, tendrán que hacerse a través de la siguiente dirección:

feyrazon@gmail.com .

 

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Benedicto XVI: el valor de la verdad

 

Diác. Jorge Novoa

 

Al llegar de las vacaciones me enteré del insuceso vivido por el Papa, con relación a la visita suspendida a la Universidad Sapienza de Roma. Ciertamente, el escrito presentado a las autoridades de la Universidad por algunos profesores, más de 60 para mayor exactitud, manifestando su descontento por la invitación realizada al Papa, no tiene su origen en las autoridades de la Universidad, pero es de notar que los profesores que ocupan esos cargos lo hacen con el beneplácito de las autoridades de dicha Institución.

 

Los estudiantes también han decidido manifestar su desconformidad, probablemente influidos por los profesores, pues anunciaron que harían manifestaciones en la ciudad universitaria desde la llegada del Pontífice. Al ser entrevistado, el profesor de genética médica de la Sapienza Bruno Dellapiccola afirmaba:

“Debo decir que ésta es una reacción vergonzosa que seguramente no honra a una universidad grande e importante como La Sapienza, de la cual formo parte. Una Universidad que hace unos años, por ejemplo, invitó al grupo de los Raelianos que querían hacer la clonación del hombre. Una Universidad que siempre ha estado abierta a los políticos de cualquier tendencia e incluso ha abierto sus puertas a actores, que han sentado cátedra por su popularidad. ¿No se avergüenzan los que firman manifiestos de este tipo que con ello impiden hablar a una persona que goza de respeto a nivel mundial? Es necesario tener respeto por las personas que pueden tener pensamientos distintos, incluso aunque no puedan ser compartidos. Pero en todo caso un ateneo grande como la Universidad ha de mostrar hospitalidad a todos, especialmente cuando tenemos la suerte de ser visitados por figuras sobresalientes que vienen a nuestra universidad".

 

No tengo el placer del asombro como el profesor Dellapiccola, ante las posturas que adoptan los defensores de la “laicidad”. Lo que se hace presente en ellas es la postura estratégica que tienen y que permanece oculta bajo el paraguas del respeto cuando favorece sus posturas ideológicas (laicismo, relativismo, etc). Los profesores, que según el rector son una minoría, respuesta bastante simplista, han hecho este pedido en nombre de “la laicidad y la ciencia”.

 

Frente a este hecho hay evidentemente algo que anda muy mal, y que nos induce a preguntarnos: ¿Esta prestigiosa Universidad, fundada por el Papa Bonifacio VIII, tiene un grupo de profesores que descalifican al Papa Benedicto XVI, por no compartir sus afirmaciones, expresando que su presencia sería nociva para la Institución? En principio me animo a decir que la afirmación hecha atenta contra la verdad, y que ella, no admite, en la respuesta que debe dar la Institución, posturas negociadoras. Si estos centros están al servicio de la verdad, sería oportuno declarar que tal afirmación es falsa. ¿Qué imagen se ha sembrado en los corazones de los estudiantes, y cuáles serán las consecuencias para el futuro? ¿Cuál es el concepto de laicidad que propone con sus argumentos este grupo de profesores? Se anunciaba que los estudiantes realizarían una “semana anticlerical”. Parece ser un acto nacido de una mentalidad intolerante. Ante estos interrogantes, es demasiado light responder que son una minoría, o que deberían aceptar al Papa como “un hombre de cultura o un profesor independientemente de sus ideas”. Aquí, podríamos preguntar al rector Guarini, si ésa es la posición de la Institución. En honor a la verdad se debe enseñar el interés de la Iglesia por las ciencias. No debemos olvidar la presencia de tantos hombres de fe en los distintos campos del saber. Creo que Guarini, para responder como lo hizo, se perdió la oportunidad de quedarse callado.

 

Ladran, Sancho…

 

En medio de esta situación lamentable, hay también una lectura entre líneas que debemos valorar. Benedicto XVI es un hombre de Dios muy sabio; el don que ha recibido es de mucho valor para el mundo contemporáneo y especialmente para la Iglesia. No es la primera vez, ni será la última, que sus palabras provoquen estas reacciones. Ellas iluminan poderosamente zonas que en la cultura contemporánea se presentan como bastiones de los paradigmas ateos.

 

Los científicos ateos o marxistas y los amigos de las logias se enojan porque sus palabras hacen tambalear los “caballitos de batalla”, tantas veces promocionados por los medios de comunicación. En sus listas figura todo lo que se puede cuestionar, pero nadie debe cuestionar los postulados que ellos defienden, con los que edifican un mundo sin Dios. Estos profesores, que en nombre de “la laicidad y la ciencia” censuran la presencia del Papa, actúan irracionalmente, deshonrando el saber y faltando a la verdad.

 

Es una infamia que ultraja a la comunidad católica, la que ha perpetrado este grupo de profesores y alumnos de la Sapienza; sería buena una reparación que permita ver claramente que la Institución disiente con estas afirmaciones. De lo contrario, las declaraciones de Guarini parecerían dar crédito a lo que se ha afirmado en la carta.

 

La verdad tiene una exigencia que muchas veces conlleva el padecimiento; así lo ha manifestado Benedicto XVI en sus enseñanzas y acciones. Parece ser que sabían estos profesores que sus condecoraciones no condicionarían las palabras del Papa. ¡Dios bendiga al Papa!

 

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El "giro lingüístico", la dialéctica y el círculo vicioso:

un ejemplo en Walter Benjamin

 

Lic. Néstor Martínez

 

En un libro dedicado al pensamiento de Walter Benjamin (COLLINGWOOD – SELBY, Elizabeth, Walter Benjamin: la lengua del exilio, cap. VI: La traducción. La inconsistencia) encontramos el siguiente párrafo:

 

“En segundo lugar, respecto a la relación de las distintas lenguas humanas, si la diferencia entre las lenguas fuera aparente, si consistiera fundamentalmente en el modo que cada lengua utiliza para decir lo mismo, y eso “mismo” fuera dicho ya plenamente a través de cada lengua, entonces, en verdad, el ejercicio de la traducción sería impensable. Si ya se ha dicho plenamente lo que se tenía intención de decir, ¿cómo podría reproducirse, cómo podría volver a decirse eso que en sí mismo está ya acabado, eso que está ya completo, que es idéntico a sí mismo? Pues, como dije al hablar de la cita, es imposible pensar la reproducción de una plenitud; toda reproducción es en realidad un desdoblamiento de eso que dice reproducirse, y únicamente aquello que no coincide absolutamente consigo mismo puede desdoblarse. En otras palabras: o las lenguas no dicen jamás plenamente lo que el hombre pretende que digan, o la multiplicidad de las lenguas y la traducción serían impensables. Puestas así las cosas, habría que decir que la diferencia entre las lenguas no puede ser una diferencia meramente formal; la posibilidad misma de la traducción delata una diferencia anterior y más radical, una diferencia al interior de cada lengua particular y al interior de cada ser nombrado, una diferencia que da lugar a la multiplicidad lingüística, y que hace pensable la traducción.”

 

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Aclaramos que, de aquí en adelante, cuando digamos “Benjamin”, nos estamos refiriendo a lo que en este texto de Collingwood – Selby se presenta como pensamiento suyo.

La tesis de Benjamin, entonces, en este pasaje, es ésta:

“La posibilidad de traducción de una lengua a otra no es prueba de la identidad del pensamiento en la diversidad de lenguajes, sino al contrario, de la diversidad del pensamiento para cada expresión lingüística suya diferente.”

El argumento con que intenta probarla dice así:

“Lo que haría imposible la traducción no es condición de posibilidad de la traducción. Pero la identidad de pensamiento en la diversidad de lenguajes haría imposible la traducción. En efecto, la traducción a otra lengua sólo tiene sentido si queda por decir en esa lengua algo que no ha podido ser dicho en la primera. Porque de lo contrario la traducción sería una duplicación de lo ya plenamente dicho, y por tanto, idéntico consigo mismo; ahora bien, la duplicación, en sentido estricto, de lo idéntico es imposible.”

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A este argumento respondemos:

Sin duda toda duplicación o repetición incluye cierta diferencia junto con cierta identidad. Pero en toda traducción, entendida al modo realista, se da eso: la identidad del pensamiento en la diversidad del lenguaje.

No hace falta una diferencia a nivel del pensamiento, es decir, que quede algo por decir en la nueva traducción que no haya sido dicho en la lengua primera, para que haya diferencia entre una versión en una lengua y otra versión en otra lengua: la diferencia corre por cuenta, justamente, del lenguaje, quedando la identidad a cargo del pensamiento.

Es sofístico, por eso mismo, decir que en la versión realista y tradicional del lenguaje como expresión del pensamiento la diferencia entre las lenguas es “aparente”. La diferencia entre las lenguas es real, precisamente porque no implica ni tiene porqué implicar diferencia a nivel del pensamiento, porque entre lenguaje y pensamiento hay una distinción esencial.

La necesidad de traducir a otra lengua no viene del hecho de que haya quedado algo por decir en la lengua primera. Se trata de algo más prosaico: es necesario hacerse entender no solamente por los que hablan nuestro idioma, sino también por los que hablan otro idioma. Lo mismo, justamente, que hemos dicho a los que entienden nuestra lengua, se lo queremos decir también a los que no la entienden y entienden otra. De ahí la necesidad de traducir lo dicho en una lengua a la otra lengua.

Se puede responder que, como se da a entender en el texto, es el hecho mismo de la diversidad de lenguas lo que muestra la necesidad de multiplicar las expresiones que jamás llegan a agotar lo que se debe expresar. Pero ahí se sigue manteniendo la distinción entre la expresión y lo expresado, es decir, entre el lenguaje y el pensamiento. Y si se dice, como también se sugiere en el texto, que esa distinción es interior a cada lenguaje y no hace referencia a nada distinto del lenguaje, se está enunciando en realidad una contradicción: que el lenguaje a la vez es idéntico a sí mismo y distinto de sí mismo; a la vez no hace referencia a nada distinto de sí mismo y no llega a agotarse a sí mismo.

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El tema de la contradicción nos introduce en el nivel profundo, entendemos, de este planteo de Benjamin, por lo que conviene asentar algunos principios claros antes de abordarlo:

1)      La traducción es un hecho.

2)      Si el pensamiento no se distingue del lenguaje, la traducción implica contradicción. Porque el pensamiento y el lenguaje formarían una unidad simple, que al traducirse a otro idioma sería a la vez idéntica y distinta en el mismo nivel, aspecto o sentido.

3)      Por eso mismo, si la traducción no es contradictoria, el pensamiento se distingue del lenguaje.

4)      Inversamente, si el pensamiento se distingue del lenguaje, la traducción no es contradictoria, porque no es necesario que lo mismo sea en cuanto tal diferente.

5)      Y si partimos de que la traducción es contradictoria, y existe, entonces el pensamiento no se distingue del lenguaje, porque si lo contradictorio es real, nada se distingue de nada.

6)      Por eso, si partimos de que el ser es contradictorio (“dialéctico”), entonces, obviamente, la traducción también será contradictoria, y el pensamiento por tanto no será distinto del lenguaje.

7)      E inversamente, si el pensamiento no es distinto del lenguaje, y la traducción, por tanto, es contradictoria, eso sólo es posible si el ser es contradictorio, es decir, si no vale el principio de no contradicción.

8)      Por el contrario, si el ser no es contradictorio, tampoco la traducción puede serlo, y entonces, el pensamiento debe ser distinto del lenguaje.

9)      E inversamente, si el pensamiento es distinto del lenguaje, el ser no puede ser contradictorio (porque en esa hipótesis nada sería distinto de nada, ya que identidad y distinción serían lo mismo y no lo mismo a la vez), y entonces, tampoco la traducción puede ser contradictoria.

Esto muestra que hay dos posiciones enfrentadas, cada una consistente en un grupo de tres afirmaciones, dentro del cual, cada una de esas afirmaciones implica las otras dos. Uno de esos grupos es:

a.       El ser es contradictorio, la traducción es contradictoria, el pensamiento no es distinto del lenguaje. Es la tesis de Benjamin.

Y el otro es:

b.      El ser no es contradictorio, la traducción no es contradictoria, el pensamiento es distinto del lenguaje. Es la tesis tradicional.

Estas dos posturas filosóficas no tienen nada en común, salvo la afirmación de que la traducción existe y por tanto es posible.

El mismo hecho, la traducción, es interpretado desde dos visiones filosóficas globales contrapuestas.

Por lo mismo, Benjamin no puede pretender probar ni demostrar nada al que sostiene la tesis filosófica tradicional de que el ser no es contradictorio (principio de no contradicción), por tanto, la traducción de un idioma a otro tampoco lo es, y por tanto, el pensamiento es distinto del lenguaje, de modo que permanece idéntico en la variedad de traducciones distintas.

Si lo intenta, cae en un círculo vicioso. Cualquiera de sus tres afirmaciones debería probarla sobre la base de alguna de las otras dos. Pero cualquiera de esas bases es negada por la posición contraria. No hay terreno común, fuera de la aceptación del hecho de la traducción, pero para que la demostración sea posible, en filosofía, no alcanza con que sean comunes los hechos, hace falta que haya algún principio en común.

Por ejemplo, para probar que el ser es contradictorio, Benjamin debería basarse en que la traducción es contradictoria. Así la lingüística sería puesta al servicio de la dialéctica. Para esto, debe partir de que el pensamiento es idéntico al lenguaje. Esto es justamente lo que él quiere demostrar con su argumento tomado de la traducción, el cual apunta a mostrar que si fuesen distintos, y la función del lenguaje fuese “exterior” al pensamiento, éste quedaría idénticamente inmutado y completo en cada traducción diferente, lo cual sería contradictorio (Benjamin parece olvidarse por esta vez de que según su filosofía la contradicción es el alma de la realidad. La aceptación inconsciente del principio de no contradicción se transparenta en esta frase: “únicamente aquello que no coincide absolutamente consigo mismo puede desdoblarse”, que nos retrotrae al principio básico del aristotelismo: “todo lo que cambia es compuesto”). Pero esta última argumentación a su vez supone que el pensamiento es idéntico al lenguaje, que es justamente lo que por otra parte quiere demostrar.

Tampoco el realista, el sostenedor de la tesis tradicional, puede demostrar nada a Benjamin. Como dice Aristóteles: “el que yerra sobre los fundamentos es impersuasible”. Benjamin yerra sobre el primer principio, el de no contradicción, pues en su filosofía “dialéctica” afirma el carácter contradictorio de lo real (toda identidad lleva dentro suyo la diferencia). El primer principio, como es lógico, condiciona todo lo que viene después, y por tanto, nada hay en común entre el pensamiento del que acepta el principio de no – contradicción, y se atiene a lo que se sigue de esa aceptación, y el pensamiento de Benjamin. Y por eso es imposible que uno de ellos demuestre algo al otro.

La salida, obviamente, está en la evidencia. El principio de no contradicción es evidente, indemostrable por ello mismo, porque no hace falta demostrarlo: basta considerarlo, para ver que es una verdad necesaria. Tan fuerte es esta evidencia que, como hemos visto, el mismo Benjamin la acepta en medio de su argumentación. Es la tesis de Benjamin, por tanto, la que es falsa, pues se basa en la negación de la primera de todas las verdades, aquella que es condición de posibilidad de todas las otras.

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La negación de la distinción esencial entre pensamiento y lenguaje es el medio para la negación de toda realidad distinta del lenguaje mismo, es decir, para la identificación entre el lenguaje y el ser.

En efecto, el ser sólo se nos manifiesta en el pensamiento. La reducción, por tanto, del pensamiento al lenguaje, es la reducción del ser al lenguaje. La reducción del pensamiento al lenguaje es la negación de que el polo fundamental del pensamiento sea el ser trascendente al pensamiento mismo. Lo que depende esencialmente del lenguaje, que es algo del sujeto, no depende esencialmente del ser trascendente al sujeto. El “giro lingüístico” es otro rostro del idealismo filosófico, que aquí se nos presenta además con giros dialécticos.

 

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“Buscar la paz por los caminos del perdón”

 

Pedro Gaudiano

p_gaudiano@yahoo.es

 

“Quiero, pues, dirigir con profunda convicción una llamada a todos, para que se busque la paz por los caminos del perdón. Soy plenamente consciente de que el perdón puede parecer contrario a la lógica humana, que obedece con frecuencia a la dinámica de la contestación y de la revancha. Sin embargo, el perdón se inspira en la lógica del amor, de aquel amor que Dios tiene a cada hombre y mujer, a cada pueblo y nación, así como a toda la familia humana. Pero si la Iglesia se atreve a proclamar lo que, humanamente hablando, puede parecer una locura, es debido precisamente a su firme confianza en el amor infinito de Dios. Como testimonia la Escritura, Dios es rico en misericordia y perdona siempre a cuantos vuelven a Él. […] El perdón de Dios se convierte también en nuestros corazones en fuente inagotable de perdón en las relaciones entre nosotros, ayudándonos a vivirlas bajo el signo de una verdadera fraternidad.”

 

Juan Pablo II, Mensaje para la XXX Jornada Mundial de la Paz:

“Ofrece el perdón, recibe la paz”, 1º enero 1997.

 

El perdón no es una amnesia sagrada que borra el pasado. Por el contrario, es la experiencia sanadora que elimina el resentimiento. Se podrá recordar la ofensa, pero no se revivirá el dolor. La avispa del recuerdo puede volver a volar, pero el perdón le ha arrancado su aguijón.

Por eso todos necesitamos aprender a perdonar y aprender a pedir perdón.

 

El veneno del resentimiento

El resentimiento es una autointoxicación psíquica, un envenenamiento de nuestro interior que depende de nosotros mismos. La causa puede ser: a) una acción directa sobre mí; b) una omisión, al no recibir la respuesta que yo esperaba; c) las circunstancias, como por ejemplo una determinada condición física, social, profesional, etc. Pero en cualquier caso, el sujeto percibe el daño como algo real, aunque su percepción no obedezca exactamente a la realidad, ya que puede ser exagerada o distorsionada. Ante ese daño u ofensa uno se siente dolido y no puede olvidar. Esta respuesta emocional, mantenida en el tiempo, es justamente el resentimiento.

 

El antídoto del resentimiento

Una serie de actitudes concatenadas nos pueden ofrecer el antídoto del resentimiento.

Ø      Caridad de pensamiento. Esto pertenece a la dimensión espiritual de la persona. Si alguien me agrede, el problema es del agresor y no es mío. El que actúa mal es el que tiene el problema, el que necesita comprensión y ayuda. Pero para eso es necesaria la “caridad”, que no es solidaridad, ni filantropía, ni altruismo. Es más que eso. La caridad es el amor de Dios habitando en el corazón del hombre.

Ø      Inteligencia. Es la encargada de realizar el análisis y comprensión de las causas que han provocado la ofensa y el posterior resentimiento, buscando los motivos que puedan atenuar o incluso eximir la responsabilidad del ofensor. Tal vez su voluntad no ha sido producir un daño, o tal vez no ha actuado con plenitud de conocimiento.

Ø      Voluntad. Gracias a ella yo decido retener la agresión en mi interior o dejarla pasar sin que me perjudique. Puedo elegir quedar resentido o libre. Una acción responsable conlleva tomar conciencia de la acción que me ha dañado, analizar las causas, pero no volver a sentir (“re-sentir”). De esta manera, nada ni nadie perturbará la necesaria paz interior. Nadie puede herirnos sin nuestro consentimiento.

Ø      Perdón. Así como el resentimiento pertenece al área afectiva, el perdón se ubica en el área de la voluntad. Perdonar no es disculpar. Se disculpa un acto que no fue voluntario, que no tuvo la intención de provocar un daño. Pero el perdón es un acto esencial de amor. Como ha dicho Juan Pablo II, “el perdón se inspira en la lógica del amor”. De lo contrario no se entendería el amor a los enemigos (véase el artículo “El amor: ¿sentimiento o decisión?”, en el Nº 17 de la Revista Fe y Razón). Perdonar, pues, es amar intensamente. El verbo latino “per-donare” expresa esto con mucha claridad: el prefijo “per” intensifica el verbo que acompaña, “donare”. Perdonar, pues, es dar abundantemente, entregarse hasta el extremo.

 

Aprender a pedir perdón

Reconocer que yo me equivoqué es algo costoso… pero por allí pasa el camino del crecimiento personal. Efectivamente, cuesta reconocer cuando uno no fue amable, o cuando fue un poco irrespetuoso, o cuando uno “se pasó de la raya”, etc. Descubrir estos u otros errores en los demás es bien fácil, pero reconocerlos en uno mismo es bien difícil.

Hay un signo visible de que estoy aprendiendo a pedir perdón: el saber aceptar, con alegría y con paz, las críticas de los otros. Eso no significa aceptar cualquier tipo de críticas y amoldar mi conducta a cualquier cosa que me digan los demás. Pero cuando uno reconoce que una crítica es auténtica –y por lo general eso duele– y sin embargo la acepta con alegría, entonces uno crece en confianza.

El hecho de aceptar esa crítica y pedir perdón demuestra que uno está muy seguro de sí mismo. Aquellas personas que son más débiles y vulnerables nunca se animan a pedir perdón, y casi siempre intentan justificar su error con el error de los otros. En el fondo, detrás de una apariencia de debilidad y de vulnerabilidad se puede esconder un secreto orgullo que lleva a encubrir los propios errores. Muchas veces el débil es cruel. La amabilidad sólo puede esperarse del fuerte, del que está seguro de sí mismo.

 

Aprender a perdonar

Una técnica importante para aprender a perdonar es acostumbrarse a distinguir entre el error y el que ha errado, entre la acción realizada y la persona que realizó esa acción, entre el “pecado” y el “pecador”. Y lo importante es hacer esta distinción no sólo con la mente, sino también con el corazón.

Una cosa es la infidelidad, la injusticia, la maldad… No hay que tergiversar las cosas, sino que es necesario llamarlas por su nombre. Esas acciones están mal, y uno tiene que tener una actitud firme y fuerte de rechazo ante ese tipo de acciones. Es lo que se llama el “odio al pecado” (leer Romanos 12, 9; Apocalipsis 2, 6).

Pero por otro lado está la persona que realizó esa acción, y con esa persona uno mismo debería ser compasivo y misericordioso, y estar dispuesto a perdonar… Eso es lo que Dios hace conmigo: distingue perfectamente entre la acción que yo realicé y yo mismo. Y me ama entrañablemente, así como soy. Es lo que se llama el “amor al pecador”.

Para perdonar a otro, uno mismo tiene que haber experimentado antes el perdón. Si mi padre y mi madre nunca me perdonaron, si mi esposo o mi esposa nunca me perdonó… si nunca me he sentido perdonado en la vida, es muy probable que a mí también me cueste perdonar.

 

El sacramento de la reconciliación

Dios nos perdona pero sólo si nosotros queremos, si se lo pedimos, si nos arrepentimos y si perdonamos al prójimo. Si no se dan estos requisitos, Dios no puede perdonarnos. Por eso Jesús nos enseñó a pedir en el Padrenuestro: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

Cada vez que uno perdona, opta por cancelar la deuda moral que el otro ha contraído con su proceder. Al perdonar al otro, lo libero en cuanto deudor, pero no suprimo la ofensa como si nunca hubiera existido. Eso solamente lo puede hacer Dios. Perdonar, pues, implica pedir a Dios que perdone, porque sólo así la ofensa es aniquilada. Dios tiene la potestad del perdón absoluto. Yo puedo colaborar con Él cuando perdono al otro, e intercedo y pido que Dios lo perdone. El otro, al arrepentirse –el “dolor de contrición”– da el primer paso para que Dios le otorgue el perdón absoluto de su falta. Pero, además, le hace falta unos requisitos que son los propios del sacramento de la reconciliación: la confesión de los pecados y la “satisfacción” o “penitencia” (ver Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1440-1470; Juan Pablo II, Exhortación apostólica Reconciliación y penitencia, nn. 28-34).

La palabra “reconciliar” acentúa más la acción sanadora de Dios en el hombre, acción que repara las rupturas causadas por el pecado. El principal fruto del perdón obtenido en el sacramento de la penitencia consiste en la reconciliación con Dios, que tiene lugar en la intimidad del corazón del hijo pródigo, que es cada penitente. Esta reconciliación con Dios tiene como consecuencia otras reconciliaciones: consigo mismo, con los hermanos que agredí o lesioné de algún modo, con la Iglesia y también con toda la creación.

 

Sanación interior

“Todos necesitamos un encuentro más frecuente y eficaz con Jesús en el Sacramento de la Reconciliación. Encuentro que no sólo es perdón de nuestros pecados como acto aislado, sino que es además, el Sacramento de la Reconciliación, de la conversión plena a Jesús y de la Reconciliación con Dios y con la Iglesia… que es, además del Sacramento del perdón de los pecados, el Sacramento de la Sanación interior en el que la presencia del Espíritu Santo penetra hasta lo más profundo de nuestro ser y cura nuestro espíritu y nuestra mente.

A través de la gracia de este Sacramento, no sólo se nos borra el pecado, sino que vamos adquiriendo esa liberación, esa purificación y esa curación interior de todo lo que daña y de todas las causas profundas de nuestros males morales y físicos.

Si nos dejamos iluminar por el Espíritu Santo, vamos a ir redescubriendo la riqueza sanadora de este Sacramento de la misericordia y del perdón, cual es el Sacramento de la Reconciliación”.

 

Francisco Muñoz Molina, Jesús sanador, Buenos Aires 1980, p. 52.

 

La “cultura del perdón”

La sociedad actual –y quizás la de tiempos pasados– está endurecida. Constantemente asistimos a luchas, enfrentamientos y guerras, y parece que el ser humano no se pone de acuerdo para la paz, que es como un imposible sueño dorado.

Para que la sociedad sea más habitable, más humana y menos endurecida, es preciso que se instaure una “cultura del perdón”. Esto significa que el perdón debería ser una práctica frecuente y no excepcional. El perdón entendido como impedimento al resentimiento por las ofensas que penetran en el ser humano y también como capacidad para querer y saber disculpar al otro en sus actitudes y comportamientos. Para eso es preciso estar dispuesto a ver lo mejor del corazón del otro y llegar a poder decirle: “Sé que no eres así, sé que eres mucho mejor y te perdono”, queriendo lo mejor para quien nos ha ofendido y se ha equivocado. Como nos ha enseñado Juan Pablo II: “Ofrece el perdón, recibe la paz”.

 

Terapia liberadora

·      La mejor manera de extraer de nuestra alma el veneno que nos inyectan otras personas es perdonando.

·      El mejor mecanismo de defensa para los agravios recibidos es perdonar.

·      Perdonar es abrir la puerta que nos sacará del recinto de la amargura.

·      Quien perdona no le hace ningún favor a su agresor, se lo hace a sí mismo.

 

Anécdota

Un exitoso judío, que había estado en un campo de concentración nazi, se enteró de que su más querido compañero de aquellos tristes días se hallaba enfermo y solo. Lo buscó y lo halló en la miseria.

– ¿Ya perdonaste a los nazis? –le preguntó.

– No –contestó el moribundo con vehemencia–, de ninguna forma. Todavía los odio con toda el alma.

– Entonces, te tengo una mala  noticia: ellos todavía te tienen prisionero.

 

Proceso del perdón

1.      Enfrentar abiertamente el dolor. Reconocer con humildad que estamos heridos, pues alguien nos afectó injustamente y ese daño nos causa enorme sufrimiento.

2.      Evaluar el costo de aquello que perdimos. Hacer un recuento real y reconocer el valor de cuanto nos quitaron.

3.      Regalar lo que perdimos. Volver mentalmente amigo al agresor, tratar de comprender sus razones y decirle con nuestro pensamiento: “Lo que me quitaste, te lo regalo; no lo mereces, pero te lo doy; es tuyo, no me debes nada”. Esto nos conduce al verdadero perdón. Es el último dígito de la combinación: sin él, no hay nada; con él, todo.

 

Un regalo

·      El amor real no es un premio. El amor es un regalo. Perdonar es un acto de amor. Por lo tanto, el perdón es, también, un obsequio.

·      Resulta imposible perdonar al ofensor después de hacerle pagar su error. Se perdona antes de cobrarle o no hay perdón.

·      A un hombre que cumplió su condena, después de diez años en la cárcel, nadie puede decirle: “Estás perdonado”, simplemente porque aquel hombre ya pagó su deuda.

·      Perdonar es declararle “NO” a la venganza, “NO” a cobrarse por propia mano, “NO” a ser el verdugo del que ha fallado.

 

Carlos Cuauhtémoc Sánchez, Leyes eternas, vol. 1,

México, Ediciones Selectas Diamante 1998, pp. 69-71.

 

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Objeciones contra la existencia de Dios

 

Daniel Iglesias Grèzes

 

La primera parte de este capítulo (numerales 1-6) trata acerca de seis de las principales objeciones planteadas contra la existencia de Dios. Para cada una de ellas seguiré el mismo esquema: primero presentaré la objeción en forma de silogismo (premisa mayor, premisa menor y conclusión) y luego plantearé su refutación. En cada una de esas seis objeciones, la premisa mayor es falsa. Por lo tanto, aunque la premisa menor es verdadera y el razonamiento está bien construido, la conclusión es inválida. Para refutar estos silogismos, se deben refutar las correspondientes premisas mayores.

En los numerales 7 y 8 plantearé otras dos objeciones usuales contra la existencia de Dios. Si bien ambas podrían ser consideradas casos particulares de la “objeción lógica” (tratada en el numeral 3), ameritan ser analizadas en detalle.

 

1)      La objeción materialista

Presentación: Todo lo que existe es material. Dios no es material. Por lo tanto, Dios no existe.

Refutación

El axioma básico del materialismo ("todo es material") debe ser rechazado, al menos por las siguientes dos razones:

·        Esta afirmación del materialista acerca del "todo" es completamente infundada, por lo cual se debe aplicar aquí la conocida regla dialéctica de los escolásticos: “Gratis asseritur, gratis negatur” (lo que se afirma sin prueba, se puede rechazar sin prueba).

·        Existen muchas realidades conocidas por el hombre (por ejemplo, el conocimiento humano, la libertad humana, la información, etc.) acerca de las cuales no se puede alegar con algún sentido que sean realidades materiales. Es decir, no existe ninguna noción válida de "materia" que abarque esa clase de realidades.

 

2)      La objeción cientificista (o positivista)

Presentación: Todo lo que existe es susceptible de verificación por medio del método científico. La existencia de Dios no es científicamente verificable. Por lo tanto, Dios no existe.

Refutación

Debemos tener en cuenta que el concepto de "ciencia" utilizado por el cientificista incluye sólo las ciencias particulares (matemática, física, química, biología, etc.), excluyendo las ciencias universales (filosofía y teología).

De la premisa mayor de la objeción cientificista se deduce fácilmente esta otra afirmación: "Sólo el conocimiento científico es verdadero conocimiento". Ahora bien, esta afirmación es auto-contradictoria, y por lo tanto falsa. Al negar la existencia de afirmaciones verdaderas no fundadas en la ciencia, se está haciendo una afirmación (supuestamente verdadera) no fundada en la ciencia, sino en una falsa filosofía. Es decir, ninguna ciencia particular demuestra ni puede demostrar que el único conocimiento válido es el conocimiento científico. La falsedad de la premisa mayor de la objeción cientificista se deduce pues de su reducción al absurdo.

Por otra parte, la objeción cientificista puede reducirse a la objeción materialista, que ya he refutado en el numeral anterior.

 

3)      La objeción lógica

Presentación: La noción de "Ser infinito" es absurda, porque implica la predicación simultánea de atributos contradictorios. La noción de "Dios" incluye la noción de "Ser infinito". Por lo tanto, Dios no existe.

Refutación

La premisa mayor de la objeción lógica sólo tiene validez en contra de la noción panteísta del Ser infinito, no en contra de la correspondiente noción cristiana. El Ser infinito de la fe cristiana no es el conjunto de todos los entes, sino la Causa primera (incausada) del ser y del devenir de todos los demás entes (los entes creados). Los entes creados son realmente distintos de Dios, por lo cual no hay ninguna razón para afirmar que Dios sea a la vez (por ejemplo) sabio e ignorante, misericordioso y cruel, poderoso y débil, etc.

Entre el ser de Dios y el ser de las criaturas hay analogía, es decir, semejanza en un sentido y desemejanza en otro sentido. Las propiedades trascendentales del ser (unidad, verdad, bondad, belleza) corresponden también a Dios, pero no conocemos el modo infinito que estas propiedades tienen en Dios. Por estas razones, hay tres vías para el conocimiento de los atributos divinos: causalidad, negación y eminencia. Veamos un ejemplo:

·        Causalidad: La bondad de Dios es la causa primera de la bondad de las criaturas (hay una semejanza entre la causa y el efecto).

·        Negación: La bondad de Dios no es igual a la bondad de las criaturas (la desemejanza es mayor que la semejanza).

·        Eminencia: La bondad de Dios es eminente, infinita.

No hay nada absurdo en esta noción de Dios.

 

4)      La objeción cosmológica

Presentación: Si Dios existe, entonces no puede existir un mundo imperfecto. El mundo es imperfecto. Por lo tanto, Dios no existe.

Refutación

Precisamente lo contrario a lo afirmado por la premisa mayor de la objeción cosmológica es cierto: Si Dios existe, entonces no puede crear un mundo absolutamente perfecto, porque un ser absolutamente perfecto (perfectísimo) es un ser divino. Si Dios hubiese creado un mundo perfectísimo, habría creado un segundo Dios. Pero no puede haber dos dioses distintos, porque entonces ninguno de ellos sería Dios, el Ser perfectísimo, ya que a cada uno de ellos le faltaría algo de la perfección del otro. Por lo tanto, si Dios crea un mundo, necesariamente debe crear un mundo con alguna clase de imperfección.

Además, Dios no puede crear otro Dios porque la misma noción de "Dios creado" es absurda, dado que un Dios creado debería ser a la vez incausado y causado. Esto no supone ninguna limitación de la omnipotencia divina, porque ésta abarca todo lo posible, es decir todo lo que en sí mismo no implica contradicción.

 

5)      La objeción moral

Presentación: Si Dios existe, entonces no puede existir el mal. El mal existe. Por lo tanto, Dios no existe.

Refutación

La premisa mayor sólo sería válida si se considerara al mal como algo creado por Dios, lo cual no es el caso en la filosofía cristiana, como veremos a continuación.

El mal es una imperfección, pero no cualquier imperfección es un mal. Se denomina "mal" a aquella imperfección que priva a un ser de una perfección que en principio le correspondería según su naturaleza. Así, por ejemplo, carecer de vista no es un mal para una piedra, pero es un mal para un león.

El mal no es un ser, sino una carencia o privación de ser. Existen dos grandes clases de males: los males físicos (como el dolor y la muerte) y los males morales (los pecados o actos humanos malos).

Todo lo que Dios ha creado es bueno. Dios no es el autor del mal, pero permite el mal, por razones que Él, en su infinita sabiduría, puede juzgar mucho mejor que nosotros. Carece de sentido que el hombre pretenda erigirse en juez de la obra creadora de Dios.

Podemos comprender algunas de las razones por las cuales Dios permite el mal (físico o moral):

·        En el orden biológico el dolor cumple la finalidad de informar al ser vivo acerca de alguna realidad amenazadora.

·        La muerte de las plantas y de los animales irracionales no frustra el cumplimiento de su función en el cosmos.

·        La muerte del ser humano no es su aniquilación, sino su entrada en la vida eterna, que da sentido a su vida terrena.

·        Exceptuando el caso particularísimo de Jesús de Nazaret, podemos decir que, tal como las cosas son de hecho, si un hombre, durante su vida terrena, no pudiera pecar (hacer el mal), tampoco podría amar (hacer el bien). La libertad es la grandeza del hombre, pero también su riesgo. Dios no ha querido complacerse en crear robots o esclavos, sino en crear seres hechos a su imagen y semejanza, destinados a ser sus hijos y a participar de la naturaleza divina.

 

6)      La objeción antropológica

Presentación: Si Dios existe, entonces no puede existir ningún ser libre distinto de Dios, porque su conocimiento y libertad infinitas anularían la libertad finita de los demás seres. El hombre es libre. Por lo tanto, Dios no existe.

Refutación

Examinaré dos posibles intentos de justificación de la premisa mayor de la objeción antropológica:

·        Dios es omnisciente y eterno; por lo tanto Dios conoce simultáneamente todos los sucesos pasados, presentes y futuros, incluyendo los actos futuros de los hombres. De esta manera los predetermina e impide que sean actos libres.

El error de esta argumentación está en confundir precognición con predeterminación. Dios puede conocer un acto humano futuro sin eliminar su carácter de acto libre.

·        Dios no sólo conoce los sucesos futuros, sino que es la causa primera de todos ellos. Por lo tanto la determinación última de los actos humanos (buenos o malos) está en Dios, no en el hombre. Por lo tanto, si Dios existe, el hombre pierde su libertad.

El error de esta argumentación está en oponer la libertad infinita de Dios y la libertad finita del hombre y en confundir los modos en que estas dos libertades operan. La libertad de Dios y la libertad del hombre no se oponen, ni operan en el mismo plano. Dios es la causa primera de todo lo que existe, incluyendo los actos humanos; pero la causa divina no suprime las causas creadas. Dios ha querido que existan causas segundas y que éstas sean realmente causas, no meras apariencias. En un acto humano no podemos separar una parte que provendría de Dios como Causa primera de otra parte que provendría del hombre como causa segunda. Todo acto humano procede enteramente de Dios y enteramente del hombre, pero de tal modo que los planos de acción de ambas causas no se confunden ni se oponen. El hecho de que no podamos comprender plenamente cómo esto es posible no implica que esta concepción cristiana sea irracional, sino que es un ejemplo de la finitud de la capacidad cognoscitiva del hombre.

 

7)      ¿Dios es necesario y omnipotente?

Objeción: Dios no puede ser necesario y omnipotente. Para convencerse de esto basta con preguntarse si Dios puede aniquilarse a Sí mismo. Si puede hacerlo, entonces Dios puede no ser y por lo tanto no es un Ser necesario; si no puede hacerlo, entonces hay algo que Dios no puede hacer y por lo tanto no es un Ser omnipotente.

 

Respuesta

Con respecto a cualquier ente X podemos plantear las siguientes tres preguntas:

·        La pregunta acerca de su existencia: ¿X es o no es?

·        La pregunta acerca de su posibilidad: ¿X puede ser o no puede ser?

·        La pregunta acerca de su contingencia: ¿X puede no ser o no puede no ser?

Es fácil ver que cualquier ente puede ser clasificado en principio en una de las siguientes cuatro categorías (que luego reduciré a tres):

·        Los entes que son y pueden no ser (entes contingentes).

·        Los entes que son y no pueden no ser (entes necesarios).

·        Los entes que no son y pueden ser (entes posibles en sentido estricto).

·        Los entes que no son y no pueden ser (entes imposibles).

Nótese que, con respecto a los entes que son (contingentes o necesarios), la pregunta acerca de su posibilidad no aporta nada nuevo. Si un ente es, entonces puede ser. Análogamente, con respecto a los entes que no son (posibles o imposibles), la pregunta acerca de su contingencia no aporta nada nuevo. Si un ente no es, entonces puede no ser.

Nótese además que podemos simplificar las definiciones de los entes necesarios y de los entes imposibles: si un ente no puede no ser, entonces es; si un ente no puede ser, entonces no es. Por lo tanto los entes necesarios son aquellos que no pueden no ser y los entes imposibles son aquellos que no pueden ser.

Por consiguiente, los entes que pueden ser (entes posibles en sentido amplio) se dividen en entes que son (entes existentes) y entes que pueden ser y no son (entes posibles en sentido estricto). Los entes existentes se dividen a su vez en entes contingentes y entes necesarios.

La filosofía tomista demuestra que existe un único ente necesario (Dios) y que todos los demás entes existentes son contingentes y creados por Dios.

Un ente puede ser si su esencia no implica contradicción. Los centauros y los unicornios son entes posibles (en sentido estricto) porque no existen, pero pueden existir, porque sus respectivas esencias no implican contradicción alguna. Por lo tanto podrían existir en el futuro si Dios quisiere crearlos o podrían haber existido en el pasado si Dios hubiese querido crearlos.

Un ente no puede ser si su esencia implica contradicción. Un círculo cuadrado es un ente imposible porque no existe ni puede existir, dado que su misma esencia implica una contradicción y que el principio de no-contradicción rige en cualquier mundo posible. Otro ejemplo de ente imposible: una posición del juego de ajedrez en la cual falte uno de los dos reyes. Una posición de este tipo es imposible porque contradice las reglas del ajedrez; si se da, entonces no se trata de ajedrez, sino de algún otro juego.

En realidad los "entes imposibles" ni siquiera son entes, porque no son ni pueden ser. Son ideas absurdas, propiamente inconcebibles; es decir, son "nada".

 

Después de este breve análisis ontológico, estamos en condiciones de refutar la objeción planteada al principio. Dios no puede aniquilarse a Sí mismo, porque es el Ser necesario. Sin embargo, esto no implica que Dios no sea omnipotente, porque no hay "algo" que Dios no pueda hacer. La absurda idea de la auto-aniquilación de Dios no es "algo", sino que es "nada". Dios no puede hacer que algo que no puede ser sea, porque entonces ese "algo" podría ser y a la vez y en el mismo sentido no podría ser, lo cual es contradictorio. Dios puede crear cualquier ente posible de la nada, pero no puede hacer que la nada sea, porque la nada no es. Si la nada fuera, no sería "nada" sino "algo", es decir, no sería lo que es, lo cual es absurdo.

La omnipotencia de Dios abarca todo el ámbito de lo posible en sentido amplio (lo que puede ser) y excluye sólo el ámbito de lo imposible (lo que no puede ser porque es en sí mismo contradictorio). Esta exclusión, como es obvio, no limita en modo alguno dicha omnipotencia, porque lo que queda excluido equivale a la nada.

 

8.      ¿Quién creó a Dios?

Objeción: La doctrina cristiana acerca de Dios creador del mundo es inconsistente. A partir del principio de que todo ente tiene una causa, los cristianos deducen que el mundo ha sido creado por Dios. Pero entonces, ¿quién creó a Dios? Frente a esta pregunta sólo caben tres respuestas posibles, todas ellas inadmisibles:

·        Dios fue creado por otro ser distinto de Él. En este caso Dios no sería el Ser Supremo de la religión cristiana.

·        Dios se creó a Sí mismo. Esto es absurdo, porque nadie puede crearse a sí mismo.

·        La creación de Dios es un misterio sobrenatural, incomprensible para el hombre. Esto equivale a eludir arbitrariamente la dificultad que supone dar una respuesta racional a la cuestión.

Los que plantean esta objeción difieren en cuanto a la caracterización de la respuesta cristiana, la cual oscilaría, según ellos, entre las respuestas segunda y tercera.

 

Respuesta

Las pruebas clásicas de la existencia de Dios (las "cinco vías" de Santo Tomás de Aquino) están basadas en dos principios metafísicos evidentes: el principio de razón de ser y el principio de causalidad. Ninguno de ambos afirma que "todo ente tiene una causa", como suponen los objetantes. De hecho, la proposición "todo ente tiene una causa" es falsa.

Según el principio de razón de ser, todo ente (incluso Dios) tiene una razón de ser. Un ente puede tener su razón de ser en sí mismo o en otro ente. Si un ente tiene su razón de ser en otro ente (su causa) entonces es causado (por definición). Si un ente tiene su razón de ser en sí mismo, entonces no tiene ni necesita tener una causa. En este caso es incausado (por definición).

Según el principio de causalidad, en cambio, todo ente contingente tiene una causa.

Es fácil demostrar que:

·        Todo ente incausado es necesario y todo ente necesario es incausado.

·        Todo ente causado es contingente y todo ente contingente es causado.

Cada una de las "cinco vías" parte de un dato de la experiencia: existen entes que exhiben características tales que denotan su contingencia. A partir de este dato, aplicando sistemáticamente el principio metafísico de causalidad y excluyendo una regresión infinita en la sucesión de causas actualmente subordinadas, se deduce que existe un Ser necesario, al que llamamos "Dios", y que es la Causa Primera de todo ente contingente. Se demuestra además que este Dios es el Ser absoluto, el Ser que existe por Sí mismo, el Ser cuya existencia coincide con su esencia, que es único, que es el Creador del mundo etc.

Dado que Dios es el Ser necesario, es también el Ser incausado. Puesto que Dios no es contingente, no se le puede aplicar el principio de causalidad. Dios no tiene ni necesita una causa porque existe por Sí mismo, es su propia razón de ser. Por lo mismo, también es el Ser increado.

 

Ahora podemos apreciar que la pregunta "¿Quién creó a Dios?" (o su versión más filosófica: "¿Cuál es la causa del ser de Dios?") admite una cuarta respuesta posible, la verdadera respuesta cristiana: Nada ni nadie creó a Dios ni causó el ser de Dios, porque Dios es el Ser incausado e increado.

Es verdad que Dios no pudo crearse a Sí mismo ni ser la causa de su propio ser (causa sui). La auto-creación y la auto-causación son conceptos contradictorios en sí mismos, por tanto absurdos. En términos tomistas, estos conceptos suponen que un mismo ente podría ser, a la vez y en el mismo sentido, un ser en acto y un ser en potencia, lo cual es imposible. Jean-Paul Sartre se equivocaba totalmente al creer que la noción de Dios como causa sui era la propia de la teología escolástica medieval. Él ignoraba que esta noción provenía de la teología racionalista del siglo XVII.

También es verdad que debemos dar una respuesta racional a la objeción y no escudarnos en el misterio de Dios. Pero la respuesta correcta no es que Dios fue creado quién sabe cómo, sino que no fue creado ni necesitó ser creado.

La pregunta-objeción "¿Quién creó a Dios?" (tan clásica y tan infantil a la vez) supone una profunda incomprensión de la teología cristiana. Quien esto objeta ni siquiera ha comenzado a comprender el significado cristiano de la palabra "Dios".

 

Fuente: Daniel Iglesias Grèzes, Razones para nuestra esperanza. Escritos de apologética católica, Lulu, Montevideo 2008, Capítulo 2 - www.lulu.com/content/2115187 .

 

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CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

NOTA DOCTRINAL
ACERCA DE ALGUNOS ASPECTOS DE LA EVANGELIZACIÓN

I. Introducción

1. Enviado por el Padre para anunciar el Evangelio, Jesucristo invita a todos los hombres a la conversión y a la fe (cf. Mc 1, 14-15), encomendando a los Apóstoles, después de su resurrección, continuar su misión evangelizadora (cf. Mt 28, 19-20; Mc 16, 15; Lc 24, 4-7; Hch 1, 3): «como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21; cf. 17, 18). Mediante la Iglesia, quiere llegar a cada época de la historia, a cada lugar de la tierra y a cada ámbito de la sociedad, quiere llegar hasta cada persona, para que todos sean un solo rebaño con un solo pastor (cf. Jn 10, 16): «Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará» (Mc 16, 15-16).

Los Apóstoles, entonces, «movidos por el Espíritu Santo, invitaban a todos a cambiar de vida, a convertirse y a recibir el bautismo»(1), porque la «Iglesia peregrina es necesaria para la Salvación»(2). Es el mismo Señor Jesucristo que, presente en su Iglesia, precede la obra de los evangelizadores, la acompaña y sigue, haciendo fructificar el trabajo: lo que acaeció al principio continúa durante todo el curso de la historia.

Al comienzo del tercer milenio, resuena en el mundo la invitación que Pedro, junto con su hermano Andrés y con los primeros discípulos, escuchó de Jesús mismo: «rema mar adentro, y echad vuestras redes para pescar» (Lc 5, 4)(3). Y después de la pesca milagrosa, el Señor anunció a Pedro que se convertiría en «pescador de hombres» (Lc 5, 10).

2. El término evangelización tiene un significado muy rico(4). En sentido amplio, resume toda la misión de la Iglesia: toda su vida, en efecto, consiste en realizar la traditio Evangelii, el anuncio y transmisión del Evangelio, que es «fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rm 1, 16) y que en última instancia se identifica con el mismo Cristo (1 Co 1, 24). Por eso, la evangelización así entendida tiene como destinataria toda la humanidad. En cualquier caso evangelización no significa solamente enseñar una doctrina sino anunciar a Jesucristo con palabras y acciones, o sea, hacerse instrumento de su presencia y actuación en el mundo.

«Toda persona tiene derecho a escuchar la “Buena Nueva” de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación»(5). Es un derecho conferido por el mismo Señor a toda persona humana, por lo cual todos los hombres y mujeres pueden decir junto con San Pablo: Jesucristo «me amó y se entregó por mí» (Gal 2, 20). A este derecho le corresponde el deber de evangelizar: «no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Co 9, 16; cf. Rm 10, 14). Así se entiende porqué toda actividad de la Iglesia tenga una dimensión esencial evangelizadora y jamás debe ser separada del compromiso de ayudar a todos a encontrar a Cristo en la fe, que es el objetivo primario de la evangelización: «La cuestión social y el Evangelio son realmente inseparables. Si damos a los hombres sólo conocimientos, habilidades, capacidades técnicas e instrumentos, les damos demasiado poco»(6).

3. Hoy en día, sin embargo, hay una confusión creciente que induce a muchos a desatender y dejar inoperante el mandato misionero del Señor (cf. Mt 28, 19). A menudo se piensa que todo intento de convencer a otros en cuestiones religiosas es limitar la libertad. Sería lícito solamente exponer las propias ideas e invitar a las personas a actuar según la conciencia, sin favorecer su conversión a Cristo y a la fe católica: se dice que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a su propia religión, que basta construir comunidades capaces de trabajar por la justicia, la libertad, la paz, la solidaridad. Además, algunos sostienen que no se debería anunciar a Cristo a quienes no lo conocen, ni favorecer la adhesión a la Iglesia, pues sería posible salvarse también sin un conocimiento explícito de Cristo y sin una incorporación formal a la Iglesia.

Para salir al paso de esta problemática, la Congregación para la Doctrina de la Fe ha estimado necesario publicar la presente Nota, la cual, presuponiendo toda la doctrina católica sobre la evangelización, ampliamente tratada en el Magisterio de Pablo VI y de Juan Pablo II, tiene como finalidad aclarar algunos aspectos de la relación entre el mandato misionero del Señor y el respeto a la conciencia y a la libertad religiosa de todos. Son aspectos con implicaciones antropológicas, eclesiológicas y ecuménicas.

II. Algunas implicaciones antropológicas

4. «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17, 3): Dios concedió a los hombres inteligencia y voluntad para que lo pudieran buscar, conocer y amar libremente. Por eso la libertad humana es un recurso y, a la vez, un reto para el hombre, que le presenta Aquel que lo ha creado. Un ofrecimiento a su capacidad de conocer y amar lo que es bueno y verdadero. Nada como la búsqueda del bien y la verdad pone en juego la libertad humana, reclamándole una adhesión tal que implica los aspectos fundamentales de la vida. Este es, particularmente, el caso de la verdad salvífica, que no es solamente objeto del pensamiento sino también acontecimiento que afecta a toda la persona –inteligencia, voluntad, sentimientos, actividades y proyectos– cuando ésta se adhiere a Cristo. En esta búsqueda del bien y la verdad actúa ya el Espíritu Santo, que abre y dispone los corazones para acoger la verdad evangélica, según la conocida afirmación de Santo Tomás de Aquino: «omne verum a quocumque dicatur a Spiritu Sancto est»(7). Por eso es importante valorar esta acción del Espíritu Santo, que produce afinidad y acerca los corazones a la verdad, ayudando al conocimiento humano a madurar en la sabiduría y en el abandono confiado en lo verdadero(8).

Sin embargo, hoy en día, cada vez más frecuentemente, se pregunta acerca de la legitimidad de proponer a los demás lo que se considera verdadero en sí, para que puedan adherirse a ello. Esto a menudo se considera como un atentado a la libertad del prójimo. Tal visión de la libertad humana, desvinculada de su inseparable referencia a la verdad, es una de las expresiones «del relativismo que, al no reconocer nada como definitivo, deja como última medida sólo el propio yo con sus caprichos; y, bajo la apariencia de la libertad, se transforma para cada uno en una prisión»(9). En las diferentes formas de agnosticismo y relativismo presentes en el pensamiento contemporáneo, «la legítima pluralidad de posiciones ha dado paso a un pluralismo indiferenciado, basado en el convencimiento de que todas las posiciones son igualmente válidas. Este es uno de los síntomas más difundidos de la desconfianza en la verdad que es posible encontrar en el contexto actual. No se sustraen a esta prevención ni siquiera algunas concepciones de vida provenientes de Oriente; en ellas, en efecto, se niega a la verdad su carácter exclusivo, partiendo del presupuesto de que se manifiesta de igual manera en diversas doctrinas, incluso contradictorias entre sí»(10). Si el hombre niega su capacidad fundamental de conocer la verdad, si se hace escéptico sobre su facultad de conocer realmente lo que es verdadero, termina por perder lo único que puede atraer su inteligencia y fascinar su corazón.

5. En este sentido, en la búsqueda de la verdad, se engaña quien sólo confía en sus propias fuerzas, sin reconocer la necesidad que cada uno tiene del auxilio de los demás. El hombre «desde el nacimiento, pues, está inmerso en varias tradiciones, de las cuales recibe no sólo el lenguaje y la formación cultural, sino también muchas verdades en las que, casi instintivamente, cree. De todos modos el crecimiento y la maduración personal implican que estas mismas verdades puedan ser puestas en duda y discutidas por medio de la peculiar actividad crítica del pensamiento. Esto no quita que, tras este paso, las mismas verdades sean “recuperadas” sobre la base de la experiencia que se ha tenido o en virtud de un razonamiento sucesivo. A pesar de ello, en la vida de un hombre las verdades simplemente creídas son mucho más numerosas que las adquiridas mediante la constatación personal»(11). La necesidad de confiar en los conocimientos transmitidos por la propia cultura, o adquiridos por otros, enriquece al hombre ya sea con verdades que no podía conseguir por sí solo, ya sea con las relaciones interpersonales y sociales que desarrolla. El individualismo espiritual, por el contrario, aísla a la persona impidiéndole abrirse con confianza a los demás –y, por lo tanto, recibir y dar en abundancia los bienes que sostienen su libertad– poniendo en peligro incluso el derecho de manifestar socialmente sus propias convicciones y opiniones(12).

En particular, la verdad que es capaz de iluminar el sentido de la propia vida y de guiarla se alcanza también mediante el abandono confiado en aquellos que pueden garantizar la certeza y la autenticidad de la verdad misma: «La capacidad y la opción de confiarse uno mismo y la propia vida a otra persona constituyen ciertamente uno de los actos antropológicamente más significativos y expresivos»(13). La aceptación de la Revelación que se realiza en la fe, aunque suceda en un nivel más profundo, entra en la dinámica de la búsqueda de la verdad: «Cuando Dios revela hay que prestarle “la obediencia de la fe”, por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios prestando “a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad”, y asistiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él»(14). El Concilio Vaticano II, después de haber afirmado el deber y el derecho de todo hombre a buscar la verdad en materia religiosa, añade: «la verdad debe buscarse de modo apropiado a la dignidad de la persona humana y a su naturaleza social, es decir, mediante una libre investigación, sirviéndose del magisterio o de la educación, de la comunicación y del diálogo, por medio de los cuales unos exponen a otros la verdad que han encontrado o creen haber encontrado»(15). En cualquier caso, la verdad «no se impone de otra manera, sino por la fuerza de la misma verdad»(16). Por lo tanto, estimular honestamente la inteligencia y la libertad de una persona hacia el encuentro con Cristo y su Evangelio no es una intromisión indebida, sino un ofrecimiento legítimo y un servicio que puede hacer más fecunda la relación entre los hombres.

6. La evangelización es, además, una posibilidad de enriquecimiento no sólo para sus destinatarios sino también para quien la realiza y para toda la Iglesia. Por ejemplo, en el proceso de inculturación, «la misma Iglesia universal se enriquece con expresiones y valores en los diferentes sectores de la vida cristiana, […] conoce y expresa aún mejor el misterio de Cristo, a la vez que es alentada a una continua renovación»(17). La Iglesia, en efecto, que desde el día de Pentecostés ha manifestado la universalidad de su misión, asume en Cristo las riquezas innumerables de los hombres de todos los tiempos y lugares de la historia humana(18). Además de su valor antropológico implícito, todo encuentro con una persona o con una cultura concreta puede desvelar potencialidades del Evangelio poco explicitadas precedentemente, que enriquecerán la vida concreta de los cristianos y de la Iglesia. Gracias, también, a este dinamismo, la «Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo»(19).

En efecto, el Espíritu, después de haber obrado la encarnación de Jesucristo en el vientre virginal de María, vivifica la acción materna de la Iglesia en la evangelización de las culturas. Si bien el Evangelio es independiente de todas las culturas, es capaz de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna(20). En este sentido, el Espíritu Santo es también el protagonista de la inculturación del Evangelio, es el que precede, en modo fecundo, al diálogo entre la Palabra de Dios, revelada en Jesucristo, y las inquietudes más profundas que brotan de la multiplicidad de los hombres y de las culturas. Así continúa en la historia, en la unidad de una misma y única fe, el acontecimiento de Pentecostés, que se enriquece a través de la diversidad de lenguas y culturas.

7. La actividad por medio de la cual el hombre comunica a otros eventos y verdades significativas desde el punto de vista religioso, favoreciendo su recepción, no solamente está en profunda sintonía con la naturaleza del proceso humano de diálogo, de anuncio y aprendizaje, sino que también responde a otra importante realidad antropológica: es propio del hombre el deseo de hacer que los demás participen de los propios bienes. Acoger la Buena Nueva en la fe empuja de por sí a esa comunicación. La Verdad que salva la vida enciende el corazón de quien la recibe con un amor al prójimo que mueve la libertad a comunicar lo que se ha recibido gratuitamente.

Si bien los no cristianos puedan salvarse mediante la gracia que Dios da a través de “caminos que Él sabe(21), la Iglesia no puede dejar de tener en cuenta que les falta un bien grandísimo en este mundo: conocer el verdadero rostro de Dios y la amistad con Jesucristo, el Dios-con-nosotros. En efecto, «nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con Él»(22). Para todo hombre es un bien la revelación de las verdades fundamentales(23) sobre Dios, sobre sí mismo y sobre el mundo; mientras que vivir en la oscuridad, sin la verdad acerca de las últimas cosas, es un mal, que frecuentemente está en el origen de sufrimientos y esclavitudes a veces dramáticas. Esta es la razón por la que San Pablo no vacila en describir la conversión a la fe cristiana como una liberación «del poder de las tinieblas» y como la entrada «en el Reino del Hijo predilecto, en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados» (Col 1, 13-14). Por eso, la plena adhesión a Cristo, que es la Verdad, y la incorporación a su Iglesia, no disminuyen la libertad humana, sino que la enaltecen y perfeccionan, en un amor gratuito y enteramente solícito por el bien de todos los hombres. Es un don inestimable vivir en el abrazo universal de los amigos de Dios que brota de la comunión con la carne vivificante de su Hijo, recibir de Él la certeza del perdón de los pecados y vivir en la caridad que nace de la fe. La Iglesia quiere hacer partícipes a todos de estos bienes, para que tengan la plenitud de la verdad y de los medios de salvación, «para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8, 21).

8. La evangelización implica también el diálogo sincero que busca comprender las razones y los sentimientos de los otros. Al corazón del hombre, en efecto, no se accede sin gratuidad, caridad y diálogo, de modo que la palabra anunciada no sea solamente proferida sino adecuadamente testimoniada en el corazón de sus destinatarios. Eso exige tener en cuenta las esperanzas y los sufrimientos, las situaciones concretas de los destinatarios. Además, precisamente a través del diálogo, los hombres de buena voluntad abren más libremente el corazón y comparten sinceramente sus experiencias espirituales y religiosas. Ese compartir, característico de la verdadera amistad, es una ocasión valiosa para el testimonio y el anuncio cristiano.

Como en todo campo de la actividad humana, también en el diálogo en materia religiosa puede introducirse el pecado. A veces puede suceder que ese diálogo no sea guiado por su finalidad natural, sino que ceda al engaño, a intereses egoístas o a la arrogancia, sin respetar la dignidad y la libertad religiosa de los interlocutores. Por eso «la Iglesia prohíbe severamente que a nadie se obligue, o se induzca o se atraiga por medios indiscretos a abrazar la fe, lo mismo que vindica enérgicamente el derecho a que nadie sea apartado de ella con vejaciones inicuas»(24).

El motivo originario de la evangelización es el amor de Cristo para la salvación eterna de los hombres. Los auténticos evangelizadores desean solamente dar gratuitamente lo que gratuitamente han recibido: «Desde los primeros días de la Iglesia los discípulos de Cristo se esforzaron en inducir a los hombres a confesar a Cristo Señor, no por acción coercitiva ni por artificios indignos del Evangelio, sino ante todo por la virtud de la palabra de Dios»(25). La misión de los Apóstoles –y su continuación en la misión de la Iglesia antigua– sigue siendo el modelo fundamental de evangelización para todos los tiempos: una misión a menudo marcada por el martirio, como lo demuestra la historia del siglo pasado. Precisamente el martirio da credibilidad a los testigos, que no buscan poder o ganancia sino que entregan la propia vida por Cristo. Manifiestan al mundo la fuerza inerme y llena de amor por los hombres concedida a los que siguen a Cristo hasta la donación total de su existencia. Así, los cristianos, desde los albores del cristianismo hasta nuestros días, han sufrido persecuciones por el Evangelio, como Jesús mismo había anunciado: «a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15, 20).

III. Algunas implicaciones eclesiológicas

9. Desde el día de Pentecostés, quien acoge plenamente la fe es incorporado a la comunidad de los creyentes: «Los que acogieron su Palabra fueron bautizados. Aquel día se les unieron unas tres mil personas» (Hch 2, 41). Desde el comienzo, con la fuerza del Espíritu, el Evangelio ha sido anunciado a todos los hombres, para que crean y lleguen a ser discípulos de Cristo y miembros de su Iglesia. También en la literatura patrística son constantes las exhortaciones a realizar la misión confiada por Jesús a los discípulos(26). Generalmente se usa el término «conversión» en referencia a la exigencia de conducir a los paganos a la Iglesia. No obstante, la conversión (metanoia), en su significado cristiano, es un cambio de mentalidad y actuación, como expresión de la vida nueva en Cristo proclamada por la fe: es una reforma continua del pensar y obrar orientada a una identificación con Cristo cada más intensa (cf. Gal 2, 20), a la cual están llamados, ante todo, los bautizados. Este es, en primer lugar, el significado de la invitación que Jesús mismo formuló: «convertíos y creed al Evangelio» (Mc 1, 15; cf. Mt 4, 17).

El espíritu cristiano ha estado siempre animado por la pasión de llevar a toda la humanidad a Cristo en la Iglesia. En efecto, la incorporación de nuevos miembros a la Iglesia no es la extensión de un grupo de poder, sino la entrada en la amistad de Cristo, que une el cielo y la tierra, continentes y épocas diferentes. Es la entrada en el don de la comunión con Cristo, que es «vida nueva» animada por la caridad y el compromiso con la justicia. La Iglesia es instrumento –«el germen y el principio»(27) –del Reino de Dios, no es una utopía política. Es ya presencia de Dios en la historia y lleva en sí también el verdadero futuro, el definitivo, en el que Él será «todo en todos» (1 Co 15, 28); una presencia necesaria, pues sólo Dios puede dar al mundo auténtica paz y justicia. El Reino de Dios no es –como algunos sostienen hoy– una realidad genérica que supera todas las experiencias y tradiciones religiosas, a la cual éstas deberían tender como hacia una comunión universal e indiferenciada de todos los que buscan a Dios, sino que es, ante todo, una persona, que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen del Dios invisible(28). Por eso, cualquier movimiento libre del corazón humano hacia Dios y hacia su Reino conduce, por su propia naturaleza, a Cristo y se orienta a la incorporación en su Iglesia, que es signo eficaz de ese Reino. La Iglesia es, por lo tanto, medio de la presencia de Dios y, por eso, instrumento de una verdadera humanización del hombre y del mundo. La extensión de la Iglesia a lo largo de la historia, que constituye la finalidad de la misión, es un servicio a la presencia de Dios mediante su Reino: en efecto, «el Reino no puede ser separado de la Iglesia»(29).

10. Sin embargo, «el perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativista, que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio)»(30). Desde hace mucho tiempo se ha ido creando una situación en la cual, para muchos fieles, no está clara la razón de ser de la evangelización(31). Hasta se llega a afirmar que la pretensión de haber recibido como don la plenitud de la Revelación de Dios, esconde una actitud de intolerancia y un peligro para la paz.

Quién así razona, ignora que la plenitud del don de la verdad que Dios hace al hombre al revelarse a él, respeta la libertad que Él mismo ha creado como rasgo indeleble de la naturaleza humana: una libertad que no es indiferencia, sino tendencia al bien. Ese respeto es una exigencia de la misma fe católica y de la caridad de Cristo, un elemento constitutivo de la evangelización y, por lo tanto, un bien que hay que promover sin separarlo del compromiso de hacer que sea conocida y aceptada libremente la plenitud de la salvación que Dios ofrece al hombre en la Iglesia.

El respeto a la libertad religiosa(32) y su promoción «en modo alguno deben convertirse en indiferencia ante la verdad y el bien. Más aún, la propia caridad exige el anuncio a todos los hombres de la verdad que salva»(33). Ese amor es el sello precioso del Espíritu Santo que, como protagonista de la evangelización(34), no cesa de mover los corazones al anuncio del Evangelio, abriéndolos para que lo reciban. Un amor que vive en el corazón de la Iglesia y que de allí se irradia hasta los confines de la tierra, hasta el corazón de cada hombre. Todo el corazón del hombre, en efecto, espera encontrar a Jesucristo.

Se entiende, así, la urgencia de la invitación de Cristo a evangelizar y por qué la misión, confiada por el Señor a los Apóstoles, concierne a todos los bautizados. Las palabras de Jesús, «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28, 19-20), interpelan a todos en la Iglesia, a cada uno según su propia vocación. Y, en el momento presente, ante tantas personas que viven en diferentes formas de desierto, sobre todo en el «desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre»(35), el Papa Benedicto XVI ha recordado al mundo que «la Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud»(36). Este compromiso apostólico es un deber y también un derecho irrenunciable, expresión propia de la libertad religiosa, que tiene sus correspondientes dimensiones ético-sociales y ético-políticas(37). Un derecho que, lamentablemente, en algunas partes del mundo aún no se reconoce legalmente y en otras, de hecho, no se respeta(38).

11. El que anuncia el Evangelio participa de la caridad de Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros (cf. Ef 5, 2), es su emisario y suplica en nombre de Cristo: ¡reconciliaos con Dios! (2 Co 5, 20). Una caridad que es expresión de la gratitud que se difunde desde el corazón humano cuando se abre al amor entregado por Jesucristo, aquel Amor «que en el mundo se expande»(39). Esto explica el ardor, confianza y libertad de palabra (parrhesia) que se manifestaba en la predicación de los Apóstoles (cf. Hch 4, 31; 9, 27-28; 26, 26, etc.) y que el rey Agripa experimentó escuchando a Pablo: «Por poco, con tus argumentos, haces de mí un cristiano» (Hch 26, 28).

La evangelización no se realiza sólo a través de la predicación pública del Evangelio, ni se realiza únicamente a través de actuaciones públicas relevantes, sino también por medio del testimonio personal, que es un camino de gran eficacia evangelizadora. En efecto, «además de la proclamación, que podríamos llamar colectiva, del Evangelio, conserva toda su validez e importancia esa otra transmisión de persona a persona. El Señor la ha practicado frecuentemente -como lo prueban, por ejemplo, las conversaciones con Nicodemo, Zaqueo, la Samaritana, Simón el fariseo- y lo mismo han hecho los Apóstoles. En el fondo, ¿hay otra forma de comunicar el Evangelio que no sea la de transmitir a otro la propia experiencia de fe? La urgencia de comunicar la Buena Nueva a las masas de hombres no debería hacer olvidar esa forma de anunciar mediante la cual se llega a la conciencia personal del hombre y se deja en ella el influjo de una palabra verdaderamente extraordinaria que recibe de otro hombre»(40).

En cualquier caso, hay que recordar que en la transmisión del Evangelio la palabra y el testimonio de vida van unidos(41); para que la luz de la verdad llegue a todos los hombres, se necesita, ante todo, el testimonio de la santidad. Si la palabra es desmentida por la conducta, difícilmente será acogida. Pero tampoco basta solamente el testimonio, porque «incluso el testimonio más hermoso se revelará a la larga impotente si no es esclarecido, justificado –lo que Pedro llamaba dar “razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3, 15)–, explicitado por un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús»(42).

IV. Algunas implicaciones ecuménicas

12. Desde sus inicios, el movimiento ecuménico ha estado íntimamente vinculado con la evangelización. La unidad es, en efecto, el sello de la credibilidad de la misión y el Concilio Vaticano II ha relevado con pesar que el escándalo de la división «es obstáculo para la causa de la difusión del Evangelio por todo el mundo»[43]. Jesús mismo, en la víspera de su Pasión oró: «para que todos sean uno… para que el mundo crea» (Jn 17, 21).

La misión de la Iglesia es universal y no se limita a determinadas regiones de la tierra. La evangelización, sin embargo, se realiza en forma diversa, de acuerdo a las diferentes situaciones en las cuales tiene lugar. En sentido estricto se habla de «missio ad gentes» dirigida a los que no conocen a Cristo. En sentido amplio se habla de «evangelización», para referirse al aspecto ordinario de la pastoral, y de «nueva evangelización» en relación a los que han abandonado la vida cristiana(44). Además, se evangeliza en países donde viven cristianos no católicos, sobre todo en países de tradición y cultura cristiana antiguas. Aquí se requiere un verdadero respeto por sus tradiciones y riquezas espirituales, al igual que un sincero espíritu de cooperación. «Excluido todo indiferentismo y confusionismo así como la emulación insensata, los católicos colaboren fraternalmente con los hermanos separados, según las normas del Decreto sobre el Ecumenismo, en la común profesión de la fe en Dios y en Jesucristo delante de las naciones –en cuanto sea posible– mediante la cooperación en asuntos sociales y técnicos, culturales y religiosos»(45).

En el compromiso ecuménico se pueden distinguir varias dimensiones: ante todo la escucha, como condición fundamental para todo diálogo; después, la discusión teológica, en la cual, tratando de entender las confesiones, tradiciones y convicciones de los demás, se puede encontrar la concordia, escondida a veces en la discordia. Inseparable de todo esto, no puede faltar otra dimensión esencial del compromiso ecuménico: el testimonio y el anuncio de los elementos que no son tradiciones particulares o matices teológicos sino que pertenecen a la Tradición de la fe misma.

Pero el ecumenismo no tiene solamente una dimensión institucional que apunta a «hacer crecer la comunión parcial existente entre los cristianos hacia la comunión plena en la verdad y en la caridad»(46): es tarea de cada fiel, ante todo, mediante la oración, la penitencia, el estudio y la colaboración. Dondequiera y siempre, todo fiel católico tiene el derecho y el deber de testimoniar y anunciar plenamente su propia fe. Con los cristianos no católicos, el católico debe establecer un diálogo que respete la caridad y la verdad: un diálogo que no es solamente un intercambio de ideas sino también de dones(47), para poderles ofrecer la plenitud de los medios de salvación(48). Así somos conducidos a una conversión a Cristo cada vez más profunda.

En este sentido se recuerda que si un cristiano no católico, por razones de conciencia y convencido de la verdad católica, pide entrar en la plena comunión con la Iglesia Católica, esto ha de ser respetado como obra del Espíritu Santo y como expresión de la libertad de conciencia y religión. En tal caso no se trata de proselitismo, en el sentido negativo atribuido a este término(49). Como ha reconocido explícitamente el Decreto sobre el Ecumenismo del Concilio Vaticano II, «es manifiesto, sin embargo, que la obra de preparación y reconciliación individuales de los que desean la plena comunión católica se diferencia, por su naturaleza, de la empresa ecuménica, pero no encierra oposición alguna, ya que ambos proceden del admirable designio de Dios»(50). Por lo tanto, esa iniciativa no priva del derecho ni exime de la responsabilidad de anunciar en plenitud la fe católica a los demás cristianos, que libremente acepten acogerla.

Esta perspectiva requiere naturalmente evitar cualquier presión indebida: «en la difusión de la fe religiosa, y en la introducción de costumbres hay que abstenerse siempre de cualquier clase de actos que puedan tener sabor a coacción o a persuasión inhonesta o menos recta, sobre todo cuando se trata de personas rudas o necesitadas»(51). El testimonio de la verdad no puede tener la intención de imponer nada por la fuerza, ni por medio de acciones coercitivas, ni con artificios contrarios al Evangelio. El mismo ejercicio de la caridad es gratuito(52). El amor y el testimonio de la verdad se ordenan a convencer, ante todo, con la fuerza de la Palabra de Dios (cf. 1 Co 2, 3-5; 1 Ts 2, 3-5)(53). La misión cristiana está radicada en la potencia del Espíritu Santo y de la misma verdad proclamada.

V. Conclusión

13. La acción evangelizadora de la Iglesia nunca desfallecerá, porque nunca le faltará la presencia del Señor Jesús con la fuerza del Espíritu Santo, según su misma promesa: «yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Los relativismos de hoy en día y los irenismos en ámbito religioso no son un motivo válido para desatender este compromiso arduo y, al mismo tiempo, fascinante, que pertenece a la naturaleza misma de la Iglesia y es «su tarea principal»(54). «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): lo testimonia la vida de un gran número de fieles que, movidos por el amor de Cristo han emprendido, a lo largo de la historia, iniciativas y obras de todo tipo para anunciar el Evangelio a todo el mundo y en todos los ámbitos de la sociedad, como advertencia e invitación perenne a cada generación cristiana para que cumpla con generosidad el mandato del Señor. Por eso, como recuerda el Papa Benedicto XVI, «el anuncio y el testimonio del Evangelio son el primer servicio que los cristianos pueden dar a cada persona y a todo el género humano, por estar llamados a comunicar a todos el amor de Dios, que se manifestó plenamente en el único Redentor del mundo, Jesucristo»(55). El amor que viene de Dios nos une a Él y «nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea “todo en todos” (cf. 1 Co 15, 28)»(56).

El Sumo Pontífice Benedicto XVI, en la Audiencia del día 6 de octubre de 2007, concedida al Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha aprobado la presente Nota, decidida en la Sesión Ordinaria de esta Congregación, y ha ordenado su publicación.

Dado en Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 3 de diciembre de 2007, memoria litúrgica de san Francisco Javier, Patrón de la Misiones.

William Cardenal LEVADA, Prefecto.

Angelo AMATO, S.D.B., Arzobispo titular de Sila, Secretario.


1) Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris missio (7 de diciembre de1990), n. 47: AAS 83 (1991), 293.

2) Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 14; cf. Decreto Ad gentes, n. 7; Decreto Unitatis redintegratio, n. 3. Esta doctrina no se contrapone a la voluntad salvífica de Dios, que «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tim 2, 4); por eso «es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación» (Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris missio, n. 9: AAS 83 [1991], 258).

3) Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo millennio ineunte (6 de enero de 2001, n. 1: AAS 93 (2001), 266.

4) Cf. Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de1975), n. 24: AAS 69 (1976), 22.

5) Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris missio, n. 46: AAS 83 (1991), 293; cf. Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, nn. 53 y 80: AAS 69 (1976), 41-42, 73-74.

6) Benedicto XVI, Homilía durante la Santa Misa en la explanada de la Nueva Feria de Munich (10 de septiembre de 2006): AAS 98 (2006), 710.

7) «Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo» (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiæ, I-II, q. 109, a. 1, ad 1).

8) Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Fides et ratio (14 de septiembre de 1998), n. 44: AAS 91 (1999), 40.

9) Benedicto XVI, Discurso en la ceremonia de apertura de la asamblea eclesial de la Diócesis de Roma (6 de junio de 2005): AAS 97 (2005), 816.

10) Juan Pablo II, Carta Encíclica Fides et ratio, n. 5: AAS 91 (1999), 9-10.

11) Ibidem, n. 31: AAS91 (1999), 29; cf. Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n. 12.

12) Este derecho ha sido reconocido y afirmado también en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre del 1948 (aa. 18-19).

13) Juan Pablo II, Carta Encíclica Fides et ratio, n.33: AAS 91 (1999), 31.

14) Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, n. 5.

15) Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis humanæ, n. 3.

16) Ibidem, n. 1.

17) Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris Missio, n.52: AAS 83 (1991), 3000.

18) Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Slavorum Apostoli (2 de junio de 1985), n.18: AAS 77 (1985), 800.

19) Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, n. 8.

20) Cf. Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, n. 19-20: AAS 69 (1976), 18-19.

21) Concilio Vaticano II, Decreto Ad gentes, n. 7; cf. Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 16; Constitución Pastoral Gaudium et spes, n. 22.

22) Benedicto XVI, Homilía durante la Santa Misa del solemne inicio del ministerio del Pontificado (24 abril de 2005): AAS 97 (2005), 711.

23) Cf. Concilio Vaticano I, Constitución Dogmática Dei Filius, n. 2: «Es, ciertamente, gracias a esta revelación divina que aquello que en lo divino no está por sí mismo más allá del alcance de la razón humana, puede ser conocido por todos, incluso en el estado actual del género humano, sin dificultad, con firme certeza y sin mezcla de error alguno (cf. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, 1, 1)» (DH 3005).

24) Concilio Vaticano II, Decreto Ad gentes, n. 13.

25) Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis humanæ, n. 11.

26) Cf. por ejemplo, Clemente de Alejandría, Protreptico IX, 87, 3-4 (Sources chrétiennes, 2, 154); Aurelio Agustín, Sermo 14, D [=352 A], 3 (Nuova Biblioteca Agostiniana XXXV/1, 269-271).

27) Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 5.

28) Sobre este tema ver también Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris missio, n. 18: AAS 83 (1991), 265-266: «Si se separa el Reino de la persona de Jesús, no existe ya el reino de Dios revelado por él, y se termina por distorsionar tanto el significado del Reino -que corre el riesgo de transformarse en un objetivo puramente humano o ideológico- como la identidad de Cristo, que no aparece ya como el Señor, al cual debe someterse todo (cf. 1 Co l5, 27)».

29) Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris missio, n. 18: AAS 83 (1991), 265-266. Acerca de la relación entre la Iglesia y el Reino, cf. también Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus, nn. 18-19: AAS 92 (2000), 759-761.

30) Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus, n. 4: AAS 92 (2000), 744.

31) Cf. Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, n. 80: AAS 69 (1976) 73: «…¿para qué anunciar el Evangelio, ya que todo hombre se salva por la rectitud del corazón? Por otra parte, es bien sabido que el mundo y la historia están llenos de "semillas del Verbo". ¿No es, pues, una ilusión pretender llevar el Evangelio donde ya está presente a través de esas semillas que el mismo Señor ha esparcido?».

32) Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana (22 de diciembre de 2005): AAS 98 (2006), 50: «… si la libertad de religión se considera como expresión de la incapacidad del hombre de encontrar la verdad y, por consiguiente, se transforma en canonización del relativismo, entonces pasa impropiamente de necesidad social e histórica al nivel metafísico, y así se la priva de su verdadero sentido, con la consecuencia de que no la puede aceptar quien cree que el hombre es capaz de conocer la verdad de Dios y está vinculado a ese conocimiento basándose en la dignidad interior de la verdad. Por el contrario, algo totalmente diferente es considerar la libertad de religión como una necesidad que deriva de la convivencia humana, más aún, como una consecuencia intrínseca de la verdad que no se puede imponer desde fuera, sino que el hombre la debe hacer suya sólo mediante un proceso de convicción».

33) Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, n. 28; cf. Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, n. 24: AAS 69 (1976), 21-22.

34) Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris missio, n. 21-30: AAS 83 (1091), 268-276.

35) Benedicto XVI, Homilía durante la Santa Misa del solemne inicio del Pontificado (24 abril de 2005): AAS 97 (2005), 710.

36) Ibidem.

37) Cf. Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis humanæ, n. 6.

38) En efecto, allí donde se reconoce el derecho a la libertad religiosa, por lo general también se reconoce el derecho que tiene todo hombre de participar a los demás sus propias convicciones, en pleno respeto de la conciencia, para favorecer el ingreso de los demás en la propia comunidad religiosa de pertenencia, como es sancionado por numerosas ordenanzas jurídicas actuales y por una profusa jurisprudencia.

39) «che per l’universo si squaderna» (Dante Alighieri, La Divina Comedia, Paraíso, XXXIII, 87).

40) Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, n. 46: AAS 69 (1976), 36.

41) Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 35.

42) Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, n. 22: AAS 69 (1976), 20.

43) Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, n. 1; cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris missio, nn. 1, 50; AAS83 (1991), 249, 297.

44) Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris missio, n. 30s.

45) Concilio Vaticano II, Decreto Ad gentes, n. 15.

46) Juan Pablo II, Carta Encíclica Ut unum sint ( 25 de mayo de 1995), n. 14: AAS 87 (1995), 929.

47) Cf. Ibidem, n. 28: AAS 87 (1995), 929.

48) Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, nn. 3, 5.

49) Originalmente el término «proselitismo» nace en ámbito hebreo, donde «prosélito» indicaba aquella persona que, proviniendo de las «gentes», había pasado a formar parte del «pueblo elegido». Así también, en ámbito cristiano, el término proselitismo se ha usado frecuentemente como sinónimo de actividad misionera. Recientemente el término ha adquirido una connotación negativa, como publicidad a favor de la propia religión con medios y motivos contrarios al espíritu del Evangelio y que no salvaguardan la libertad y dignidad de la persona. En ese sentido, se entiende el término «proselitismo», en el contexto del movimiento ecuménico: cf. The joint Working Group between the Catholic Church and the World Council of Churches, “The Challenge of Proselytism and the Calling to Common Witness” (1995).

50) Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, n. 4.

51) Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis humanæ, n. 4.

52) Cf. Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus caritas est (25 de diciembre de 2005), n. 31 c: AAS 98 (2996), 245.

53) Cf. Concilio Vaticano II, Declaración Dignitatis humanæ, n.11.

54) Benedicto XVI, Homilía durante la visita a la Basílica de San Pablo extramuros (25 de abril de 2005): AAS 97 (2005), 745.

55) Benedicto XVI, Discurso a los participantes en el Congreso organizado por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos con motivo del 40° aniversario del Decreto conciliar «Ad Gentes», (11 de marzo de 2006): AAS 98 (2006), 334. .

56) Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus caritas est, n. 18: AAS 98 (2996), 232.

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“Soy yo, no temáis”

 

Santa Teresa-Benedicta de la Cruz [Edith Stein]


     - Señor, ¡cuán altas son las olas,
y qué oscura la noche!
¿No querrás iluminarla
para mí que velo solitaria?

     - Mantén firme el timón,
ten confianza y quédate tranquila.
Tu barca es preciosa a mis ojos,
quiero conducirla a buen puerto.

     Aguanta sin desfallecer
los ojos fijos en la brújula.
Ella ayuda a llegar al final
a través de noches y tempestades.

     La aguja de la brújula de a bordo
se estremece pero se mantiene.
Ella te mostrará el cabo
adonde quiero verte llegar.

     Ten confianza  y quédate tranquila:
a través de noches y tempestades
la voluntad de Dios, fiel,
te guía si tu corazón está en vela.

 

Fuente: Santa Teresa-Benedicta de la Cruz [Edith Stein] (1891-1942, carmelita descalza, mártir, co-patrona de Europa), Poesía “La tempestad”, 1940.

 

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