Fe
y Razón
Revista virtual gratuita
Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la
evangelización de la cultura
Nº 20 – Marzo de 2008
“Omne
verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est”
“Toda verdad, dígala quien la diga,
procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)
“Hoy se
hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la
Iglesia como explicación de
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Equipo de Dirección: Diác.
Colaboradores: Dr. Carlos Álvarez Cozzi, Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic.
Horacio Bojorge, Pbro. Dr.
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Sección |
Título |
Autor o Fuente |
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Editorial |
Equipo
de Dirección |
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Tema
central |
El
Papa Benedicto XVI y la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano |
Prof. Dr. |
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Historia |
Paul Johnson |
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Teología |
Joseph Ratzinger – Benedicto XVI |
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Familia
y Vida |
Eulogio López |
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Documentos |
Respuestas a preguntas sobre la validez del Bautismo
conferido con fórmulas feministas |
Congregación para
la Doctrina de la Fe |
|
Oración |
Catecismo de la Iglesia Católica – Compendio |
Equipo de Dirección
1.
La Cuaresma, tiempo de
conversión
Después del clásico receso veraniego, este
año Fe y Razón se reencuentra con sus
lectores ya en la fase final de
La Cuaresma es un tiempo propicio para
realizar un buen examen de conciencia, analizando qué cosas deben cambiar en
nuestras vidas para que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios. En este
tiempo la Iglesia nos recuerda con particular insistencia la llamada de Cristo
a una conversión pronta y radical: "El
tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca: convertíos y creed en
El ayuno que los católicos practicamos el
Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo y nuestra abstinencia de carne en los
viernes de Cuaresma y el Viernes Santo son actos penitenciales. Su sentido es
confirmar, mediante actos visibles, la voluntad interior de conversión a una
vida de amor, que implica la renuncia al egoísmo y al mundo material entendido
como un fin en sí mismo. Estos actos de sacrificio, lamentablemente poco
comprendidos hoy en día, no deben transformarse en ritos vacíos. Sabemos con
cuánta dureza los profetas de Israel y el mismo Jesucristo rechazaron la
falsedad de una religión meramente externa, legalista y ritualista.
Vivamos pues la Cuaresma como un renovador
encuentro con el Espíritu de Dios que nos santifica. Vivámosla con alegría,
porque en ella la Iglesia nos anuncia una vez más
2.
La legalización de las uniones concubinarias y
las uniones homosexuales
En el Nº 19 de Fe y Razón informamos que el día 28/11/2007 la Cámara de Representantes aprobó el proyecto de ley de unión concubinaria. Lamentablemente, el mismo proyecto de ley fue aprobado por la Cámara de Senadores el día 18/12/2007, en sesión extraordinaria, después de la finalización del período legislativo ordinario. Además, el día 27/12/2007 el Poder Ejecutivo dio su aprobación al proyecto, promulgándolo como Ley Nº 18.246.
La Ley de Unión Concubinaria da
reconocimiento legal a las uniones de hecho -heterosexuales u homosexuales- y
les concede derechos análogos a los del matrimonio. Además, modifica el derecho
matrimonial al establecer (en su Artículo 22) que “el deber de fidelidad mutua cesa si los cónyuges no viven de consuno”.
De ahora en adelante será un deber de todos los católicos coherentes esforzarse para lograr la derogación de esta ley gravemente injusta, que contribuirá al deterioro moral de la sociedad uruguaya.
3. Dos noticias de la casa
La primera noticia de la casa es
que recientemente el Diácono
La segunda noticia de la casa es
que entre febrero y marzo de este año el Ing.
· Razones para nuestra esperanza, una colección de escritos apologéticos; y
· Cristianos en el mundo, no del mundo, un libro que trata sobre todo temas de moral social.
Ambos libros pueden ser adquiridos en: http://stores.lulu.com/diglesias , tanto en la modalidad de libro impreso -Lulu manda imprimir el libro y lo envía por correo al comprador- como en la modalidad de descarga o download del texto en formato digital.
Esperamos que los libros referidos representen el comienzo de una “Colección Fe y Razón”.
Exhortamos a nuestros lectores a colaborar en la difusión de estos dos blogs y dos libros.
4. Un saludo pascual
Concluimos este mensaje editorial deseando a todos nuestros lectores y sus familiares una santa y feliz Pascua de Resurrección.
Vuelve a la Tabla de Contenidos
Nuevamente
la revista se engalana con la publicación de un artículo de tan destacada
personalidad de la catolicidad mundial, cual es la de nuestro compatriota y
amigo, el Prof. Dr. Guzmán M. Carriquiry Lecour, Sub Secretario del Pontificio
Consejo para los Laicos. El laico de más jerarquía institucional dentro de
Prof. Dr.
y
Prof. Dr. Guzmán
M. Carriquiry Lecour
Sub-Secretario del
Consejo Pontificio para los Laicos
Importancia del
viaje del Papa para toda la Iglesia
El viaje apostólico a San Pablo, en Brasil, y
la inauguración y realización de
Además, hay que tener presente que, si bien
el Papa viajó al Brasil, a San Pablo y a Aparecida, y los directos
destinatarios de sus mensajes fueron brasileños y latinoamericanos, lo sucedido
y compartido durante esa visita pastoral interesa a la Iglesia universal.
Cuatro aspectos resultan importantes en esta perspectiva “católica”: En primer
lugar, es siempre el Pastor universal el que se dirige especialmente a una
porción del pueblo de Dios y a sus Obispos, pero abrazándolos a la luz de su
ministerio petrino y de su solicitud apostólica por todas las iglesias
particulares esparcidas por el mundo entero.
En segundo lugar, su Magisterio, aunque referido
a unos destinatarios concretos, no deja de ser universal. Basta tener presente
algunos de los grandes temas tratados por S.S. Benedicto XVI durante su viaje
apostólico para comprender cabalmente su importancia y repercusión en muchas
otras áreas de
En tercer lugar, el Pastor universal dirigió
especialmente sus enseñanzas, sobre todo en Aparecida, a los Obispos de un
pueblo creyente en el que se encuentra casi la mitad de los bautizados en toda
la Iglesia católica: en América Latina está en juego, en buena medida, la vida
y el destino de la Iglesia católica, al menos para las próximas décadas, y ello
no puede menos que interesar a toda la catolicidad.
En cuarto lugar, importa estar atentos al
estilo del ejercicio del ministerio petrino por parte de S.S. Benedicto XVI:
una preocupación prioritaria por confirmar y trasmitir la fe católica,
introduciendo sus misterios mediante un relieve educativo, mostrando la
razonabilidad de las verdades centrales de la fe; y una preocupación por
manifestar, sobre todo, el afecto colegial a los Obispos (primero del Brasil,
reunidos por
La naturaleza del
acontecimiento colegial
En su libro, De Río a Santo Domingo, Germán Doig ha sabido destacar muy bien la
importancia de estas Conferencias. Ellas “han
sellado hondamente la manera de ser de la Iglesia en el continente
latinoamericano. No es posible entender el peregrinar de la Iglesia por estas
tierras (...) sin la obligada referencia a estas jornadas y a sus
correspondientes documentos. Constituyen una importante toma de conciencia de
sí misma y de su misión”.
Preparándose para
Es el Papa quien
convoca la Conferencia
Si bien la idea de proponer al Papa la
convocatoria de una V Conferencia había sido ya acordada en
Resuena al respecto la pregunta fundamental
planteada por el Papa en su discurso inaugural: “¿Estamos realmente convencidos de que Cristo es el camino, la verdad y
la vida?”. Es el Papa quien aprueba el Reglamento de la Conferencia y
después la lista completa de sus participantes. Es el Papa quien había regalado
a la Iglesia en América Latina la oración para
Todas estas intervenciones pontificias no son,
por cierto, meros procedimientos formales ni limitaciones y controles que
reducen la responsabilidad de los Obispos latinoamericanos. Vienen requeridas
por la naturaleza misma de
La convocatoria del Papa, sus sucesivas
intervenciones y su presencia en Aparecida tienen, pues, una honda
significación teológica y pastoral.
¿Una América
Latina lejana?
“(...)
Me alegra que haya llegado para mí el
momento de ir a América Latina –dijo S.S. Benedicto XVI respondiendo a las
preguntas de los periodistas en el avión que lo llevaba hacia el Brasil
(9-V-07)-, a confirmar el compromiso
asumido por Pablo VI y Juan Pablo II, y de seguir en la misma línea”. Así
como Pablo VI inauguró
No faltaron quienes, antes y durante este
viaje de Benedicto XVI al Brasil, acusaron al Papa de cierto “eurocentrismo”,
que habría dejado América Latina como en sombras lejanas, sin prestarle
atención prioritaria. No extraña que estas críticas provinieran de personajes
como Leonardo Boff y fray Betto, pero también circulaban más difusamente.
América Latina resultaría así terra
incognita, lejana y brumosa en el horizonte de la realidad del pontificado.
Relación antigua y
profunda del Papa con América Latina
Ciertamente, el Cardenal Joseph Ratzinger ha
mantenido desde hace décadas muchas relaciones y amistades latinoamericanas,
sobre todo desde los años del Concilio Vaticano II. Colaboró con diversos
latinoamericanos en la promoción y redacción de la revista internacional
COMMUNIO. Como íntimo colaborador de Juan Pablo II durante casi todo su
pontificado, le tocó seguir y discernir con especial atención las corrientes
doctrinales, culturales e ideológicas del tiempo contemporáneo. Conoció a fondo
los debates latinoamericanos sobre la teología de la liberación y el
discernimiento de los Obispos latinoamericanos, examinó las obras de diversos
autores y tuvo papel primordial en las dos instrucciones,
Durante sus 25 años de prefecto de la
Congregación para la Doctrina de la Fe contó con la colaboración de prelados y
teólogos latinoamericanos entre los miembros y consultores de su dicasterio,
así como también en
Por eso, al periodista que se hacía eco de
quienes afirmaban que “se echa un poco de
menos América Latina” en relación a la “referencia
al relativismo de Europa, a la pobreza de Africa”, pudo responder con la
verdad de la propia experiencia y convicción: “No, yo amo mucho a América Latina; he hecho muchas visitas a América
Latina y tengo muchos amigos; conozco cuán grandes son sus problemas y, por
otra parte, cuán grande es la riqueza de este continente”. Si bien en una
visión geopolítica, América Latina parece descentrada respecto de los
conflictos “predominantes” y de las “prioridades inmediatas” que plantean los
problemas de otras regiones, “no me preocupan
menos los problemas de América Latina, porque no amo menos América Latina, el
gran –más aún, el mayor– continente católico, que por eso también constituye la
mayor responsabilidad para un Papa”. En esa conversación informal, llegó a
decir que estaba “convencido de que aquí
se decide, al menos en parte -en una parte fundamental-, el futuro de la
Iglesia católica. Esto ha sido siempre evidente para mí”. Por eso, también,
en su formación, “un aspecto importante
ha sido seguir el desarrollo de estos pueblos católicos de América Latina”.
Desde los
comienzos del pontificado
Quien ha seguido con atención las primeras
jornadas del actual pontificado se asombra que pocos días después de su
elección, precisamente el 29 de abril de 2005, Benedicto XVI recibiera en
audiencia a la Presidencia del CELAM al completo, y que en mayo de 2005 el
Cardenal Giovanni Batista Re ya transmitiera en Lima, durante la celebración
del cincuentenario del CELAM, el beneplácito con el que el Papa estaba
considerando la convocación de
Más desapercibido pasaba el gesto muy
elocuente de Benedicto XVI cuando se dirige, el 11 de mayo, a la imagen de
Nuestra Señora de Guadalupe en los jardines vaticanos, depositando una ofrenda
floral, encomendándose a la Madre invocada por los hombres y mujeres del pueblo
mexicano y de América Latina. La lectura de los numerosos escritos del Cardenal
Ratzinger permite advertir el profundo conocimiento que tiene del
acontecimiento guadalupano y de su significado para la fe de los pueblos
latinoamericanos.
Es cierto que durante los
algo más de 8 meses del 2005 y todo el 2006, son muy escasos los desarrollos y
referencias explícitas del magisterio de Benedicto XVI sobre América Latina.
Pero ¿acaso su magisterio universal, católico, no se dirige también a los
latinoamericanos? Basta releer el documento final de Aparecida para advertir
las numerosas citas de
Es evidente que los Obispos latinoamericanos
han seguido con atención y admiración su magisterio todo él centrado en la
realidad, centralidad y primado de Dios en la experiencia humana. Su genial
inteligencia cristiana para introducir con profundidad en los misterios de fe y
para dar cuenta de su razonabilidad, el relieve educativo dado a los contenidos
del “Catecismo”, su hermenéutica cristiana de la realidad desde los fundamentos
inseparables de la verdad y el amor en los que se revela el mismo don que viene
de Dios, la exigencia de respetar y valorar una auténtica racionalidad abierta
a la luz del Logos divino y a su amor apasionado por el destino del hombre, su
certeza de que no hay verdadera construcción auténticamente humana que pueda
descartar la “piedra angular” que es Jesucristo, su juicio cristiano sobre la
cultura “global” en sus vertientes de agnosticismo relativista y hedonista:
todo ello, y más aún, ha estado presente en las reflexiones de los Obispos
latinoamericanos.
No es por casualidad que algunos textos del
magisterio pontificio, que el mismo Papa vuelve a citar en sus discursos en el
Brasil, adquieren especial fuerza expresiva y reiterativa en el documento de
Aparecida, como las palabras introductorias de
Desde comienzos del año 2007 y ya más próximo
el horizonte de realización de
El 20 de enero de 2007 es su primera
intervención pública sobre la preparación y contenidos de esa Conferencia,
dirigiéndose a los participantes en la Asamblea de
Repensar la misión
de la Iglesia en los nuevos escenarios mundiales y latinoamericanos
No era tarea fácil afrontar la realidad
actual de América Latina en este momento de la catolicidad, a la luz del
pontificado, y cara a las situaciones nuevas y tendencias emergentes en la vida
de los pueblos del sub-continente.
La Conferencia de
Puebla
Se ha afirmado con buenas razones que el
discurso inaugural de Juan Pablo II en
La Conferencia de
Santo Domingo
En cambio, una de las mayores dificultades
que encontró
Debates apasionados, polarizados y dramáticos
se dieron durante la preparación de la Conferencia de Puebla. No era para
menos, pues estaban en juego cuestiones decisivas para la misión de la Iglesia
y el bien de los pueblos latinoamericanos. Esos mismos debates, que implicaron
a las diversas Iglesias locales y tuvieron una participación muy amplia, trascendieron
también a niveles políticos y culturales. Sirvieron para visualizar y discernir
mejor las cuestiones en juego y las diversas alternativas. Todo ello ayudó, sin
duda, a que el discurso inaugural de Juan Pablo II en la Conferencia de Puebla
(22-I-79) fuera de gran claridad; orgánico y sistemático en sus planteamientos
y decisivo en sus orientaciones.
La preparación de Santo Domingo fue mucho más
tranquila, más bien cansina después de las turbulencias vividas, con menor
participación y pasión. Ya habían quedado atrás las décadas de altas mareas
ideológicas, borracheras de hiperpolitización y dialécticas violentas que
habían conmovido y sacudido la Iglesia en América Latina, y ésta aparecía ahora
fatigada, debilitada, algo replegada sobre sí y empobrecida su conciencia y
dimensión latinoamericana.
Preparación para
la Conferencia de Aparecida
En cambio, camino a Aparecida, fue
gradualmente recobrándose el gusto de pensar, intercambiar y trabajar en
conjunto a nivel de la Iglesia en América Latina; se interesaron e implicaron
mucho más las conferencias episcopales, se creó un clima de cordial
colaboración y así se fue procediendo gradualmente a una renovada
“latinoamericanización”. El CELAM promovió muchas actividades, estudios y
publicaciones para acompañar y animar ese proceso, aunque resultaba difícil
advertir cómo se iría componiendo un cuadro de conjunto con las aportaciones
que se iban acumulando en modos más bien dispares.
Hubo diversos factores que operaron
positivamente para una renovada toma de conciencia de la Iglesia a escala
latinoamericana y para una mayor colaboración episcopal. Por una parte, la
incansable, polifacética y fecunda siembra misionera del pontificado de Juan
Pablo II y la profundidad y belleza del magisterio de Benedicto XVI fueron
estimulando y madurando esa renovada conciencia eclesial latinoamericana. Por
otra, la turbulencia actual en las sociedades latinoamericanas, en pleno
crecimiento económico y transformaciones tecnológicas vinculadas a los
dinamismos de la globalización, con irrupciones de sectores sociales
postergados, nuevos regímenes políticos en tiempos de democratización y de
algunas recaídas autoritarias y autocráticas, intensificación de dinámicas de
integración regional, tendencias de fuertes identificaciones étnicas,
culturales y religiosas, emergencia de variadas ofertas religiosas, difusión
capilar de la cultura “global” con ímpetus anti-cristianos (y anti-católicos
especialmente), así como otros factores más, planteaban nuevas cuestiones a la
libertad de la Iglesia, a su presencia y contribución en la vida pública de las
naciones, a su misión educativa y evangelizadora en nuevas condiciones, a la
vigencia, custodia y fructificación de la tradición católica en la sabiduría de
vida de los pueblos. Nada podía seguir siendo igual que antes.
Emergían nuevas situaciones y problemas que
operaron como revulsivos y acicates de las inercias y dispersiones
eclesiásticas y que requerían aproximaciones y colaboraciones de conjunto por
parte de las Iglesias locales y los Episcopados de América Latina, superando el
riesgo de la “confusión desconcertante” ante las nuevas realidades, a la que
hiciera referencia Benedicto XVI en su discurso al episcopado brasileño
(11-V-07). De nuevo, había que ponerse a pensar en serio, con amplitud de
perspectivas, y en conjunto. El tema de
Tres meses antes de la Conferencia, el Papa
adelantaba ya a los Nuncios la exigencia que se planteaba a la Iglesia en
América Latina de afrontar “enormes
desafíos”, entre los que destacaba el cambio cultural, los flujos
migratorios, “la reaparición de
interrogantes sobre cómo los pueblos han de asumir su memoria histórica y su
futuro democrático”, la globalización y el secularismo, la pobreza
creciente y el deterioro ecológico, así como la violencia y el narcotráfico (17-II-07).
“La Iglesia está llamada a repensar
profundamente y repensar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas
circunstancias latinoamericanas y mundiales”, reconocían los Obispos en la
introducción del documento final de Aparecida (n. 11). No era un aspecto fácil,
entre quienes “sólo ven confusión,
peligros y amenazas” o “quienes pretenden cubrir la variedad y complejidad de
situaciones con una capa de ideologismos gastados o de agresiones
irresponsables” (n. 11). Tampoco era cosa fácil, por cierto, para el Papa
Benedicto XVI en su primer viaje a América Latina y en la inauguración de
La propuesta de un
“método”
Fue fundamental la propuesta del “método” que
debía guiar los trabajos de
Prueba elocuente de tal método es el óptimo
resultado de un “documento final”, que parecía “imposible” al tener en cuenta
la dinámica de trabajos de la Conferencia: casi 150 Obispos, procedentes de más
de 25 países latinoamericanos, junto con otro centenar de personas de títulos y
procedencias diversas, encerrados durante 22 días, trabajando colectivamente y
a marchas forzadas, mediante intervenciones en sesiones plenarias, por una
parte, e intercambios, propuestas y síntesis a través de una red de numerosas
comisiones y sub-comisiones, por otra, para ir elaborando sucesivas redacciones
de un documento general, sobre el que se presentaron más de 2.400 enmiendas de
textos, para concluir en 130 páginas y 554 densos números, que pretenden
abrazar de manera bastante omnicomprensiva la realidad de la Iglesia y los
pueblos de América Latina.
Un resultado
asombroso
Sin embargo,
“Pareció
bien al Espíritu Santo y nosotros...”. Estas palabras que concluyen el
documento de Aparecida no hubieran podido ser escritas sino gracias a la
experiencia compartida de una recurrente invocación y súplica al Espíritu
Santo, sobre todo en la liturgia cotidiana (liturgia eucarística y rezo de las
horas), muy bien preparada y cuidada, de belleza irradiante, y en la compañía
orante del pueblo de Dios en América Latina, representado por las multitudes de
peregrinos brasileños y de otros países latinoamericanos que, especialmente en
los fines de semana, llenaban el Santuario de Nuestra Señora con profunda y
expresiva devoción.
Esa concreta y admirable compañía de un
pueblo pobre de creyentes puso ante la mirada conmovida de los Obispos la grey
que la Providencia les confiaba a su cuidado; por eso, de ellos dicen en la
introducción del documento: “nos
edificaron y evangelizaron” (n. 3). “Esta
celebración litúrgica - dijo el Santo Padre en Aparecida (12-V-07) - constituye el fundamento más sólido de
Bajo la protección
de María
“Ven
Espíritu Santo, ven por María”: los apóstoles rezaban asiduamente, junto a
María (Hech. 1, 13-14). Tal es la imagen que el Papa tiene ante sus ojos en el
Santuario de Aparecida.
Tenía razón Benedicto XVI cuando dijo, en
diversas oportunidades, que reunirse en la sede del Santuario de Nuestra Señora
de Aparecida era “providencial”. A
La celebración eucarística de apertura fue
precedida, la tarde anterior, por el rezo del Rosario del Papa con todos los
participantes de la Conferencia en el Santuario. “No hay fruto de la gracia en la historia de la salvación –había
dicho el Papa dos días antes en la misa de canonización de fray Galvão (11-V-07)– que no tenga como
instrumento necesario la mediación de Nuestra Señora”. El acontecimiento de
Aparecida fue como una renovación de la especial alianza de
El esplendor del Santuario de Nuestra Señora
de Aparecida fue morada cálida (¡no obstante las ráfagas de aire frío
provocaron una epidemia de gripe entre los participantes!) para las 23 jornadas
de convivencia y trabajo. Se rezó mucho el Rosario. María estuvo muy presente,
se la vivió como madre, intercedió con fuerza por el bien de los trabajos, y
los Obispos supieron agradecerle. No fue el tema mariano uno entre otros en el
documento final. La presencia de Nuestra Señora recorre todos sus capítulos
transversalmente. Y ahora cabe esperar también una relectura mariana de su
conjunto.
El milagro de la
comunión
Aparecida fue un acontecimiento eclesial de
serena y constructiva comunión eclesial, entre los Obispos latinoamericanos y
de ellos con el Sucesor de Pedro. Hubo fuertes debates. Hubo enmiendas
sustanciosas y discutibles, sostenidas por algunos Presidentes de Conferencias
Episcopales, que fueron desechadas. Hubo insistencias excesivas y
desproporcionadas sobre algunos temas, que fueron oportunamente moderadas. No
es que se buscaran las medias tintas de grises denominadores comunes.
Impresionaba una predominante cordialidad.
Después de las dificultades de “rodaje”
inicial, la Presidencia de la Conferencia supo conducir el evento con respeto,
aliento y valorización de todos los aportes. Apoyó decididamente el valioso
trabajo y precioso servicio de la Comisión de Redacción del documento final.
Hubo un trabajo serio de inclusión de todas las aportaciones, en la medida de
lo posible. No hubo “bandos” enfrentados, sino el prevalecer del don y
compromiso de unidad, tanto más significativo cuanto abundan hoy las
dialécticas de contraposiciones y acusaciones en muchos ámbitos de la vida
pública de América Latina. E incluso la tienda del grupo crítico de
“Amerindia”, muy cercana a la sede de la Conferencia, visitada por algunos
Obispos, no provocó mayores tropiezos ni tensiones en el desarrollo de los
trabajos (y, a decir verdad, sus aportes e influjos fueron escasos y escasamente
percibidos en la Conferencia).
Se realizaba así lo que el Papa había pedido
en la homilía inaugural: “Pido al
Espíritu Santo, que asiste siempre a su Iglesia, que la gloria de Dios Padre
misericordioso y la presencia pascual de su Hijo iluminen y guíen los trabajos
de este importante evento eclesial, a fin de que sea signo, testimonio y fuerza
de comunión para toda la Iglesia en América Latina” (12-V-07). En efecto,
en su carta de autorización de la publicación del documento final, el Papa
expresa su reconocimiento “por el amor a
Cristo y a la Iglesia, y por el espíritu de comunión que ha caracterizado dicha
Conferencia General”. Ella fue testimonio y fuerza de comunión eclesial,
suscitada y sostenida por el Espíritu Santo, por intercesión de
Inteligencia
genial y asistencia especial del Espíritu
El discurso inaugural de Benedicto XVI no
tuvo el mismo carácter sistemático ni el desarrollo orgánico de contenidos que
aquél de Juan Pablo II al comienzo de la Conferencia de Puebla o que otros
discursos anteriores del Papa actual; pero como en Puebla, también en
Aparecida, el discurso inaugural del Sucesor de Pedro fue decisivo. Textos de
este discurso inaugural de Benedicto XVI fueron citados más de 50 veces en el
documento final.
Impresiona la humildad de Benedicto XVI
cuando espontáneamente, en su diálogo con los periodistas, interrogados sobre
algunos temas latinoamericanos, afirmó que no es “un especialista” y que, “como
es obvio, siento la necesidad de profundizar aún más mi conocimiento de este
mundo”. Sin embargo, su inteligencia genial, animada por la asistencia
especial que el Espíritu de Dios infunde para el ejercicio del ministerio
petrino, hizo que su discurso inaugural expusiera algunos núcleos temáticos
fundamentales para el desarrollo de los contenidos de
Entre esos núcleos temáticos fundamentales,
quizás el que tuvo mayor impacto y resonancia, una influencia más profunda y
decisiva, fue aquél que expresaba con estas palabras: “(...) ¿Qué es lo real? ¿Son ‘realidad’ sólo los
bienes materiales, los problemas sociales, económicos y políticos? Aquí está
precisamente el gran error de las tendencias dominantes en el último siglo,
error destructivo, como demuestran los resultados tanto de los sistemas
marxistas como incluso de los capitalistas. Falsifican el concepto de realidad
con la amputación de la realidad fundante y por esto decisiva, que es Dios.
Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de ‘realidad’ y, en
consecuencia, sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas
destructivas (...). Si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la
realidad se convierte en enigma
indescifrable; no hay camino, y al no haber camino, no hay vida ni verdad”
(13-V-07).
Este núcleo temático -retomado en diversos
números del documento final de
Se supera así el riesgo de todo moralismo, de
todo mesianismo secularizado. Esto imprime un salto de cualidad al método del
“ver, juzgar, actuar” seguido en ese documento. ¡Cuántas veces el “ver” la
realidad en ámbitos eclesiásticos se había reducido a enunciados más bien
simplistas, a veces con tintes ideológicos, centrados en los aspectos
económicos, sociales y políticos, en los que no se advertía con claridad su
nexo con Dios y su pertinencia respecto a la misión de la Iglesia! Las dos
primeras redacciones del documento de Aparecida pecaban todavía de tales
dificultades, pero un cambio sustancial se produjo cuando las indicaciones del
Papa fueron tomadas muy seria y concretamente en cuenta para intentar una nueva
aproximación a la realidad.
Dios, realidad
fundante
Si Dios es la “realidad fundante”, se acoge,
pues, “la realidad entera del Continente
como don: la belleza y fecundidad de sus tierras, la riqueza de humanidad que
se expresa en las personas, familias, pueblos y culturas (...)” y, sobre
todo, “la plenitud de la Revelación de
Dios, un tesoro incalculable, la ‘perla preciosa’ (cf. Mt. 13, 45-46), el Verbo
de Dios hecho carne, Camino, Verdad y Vida de los hombres y mujeres a quienes
abre un destino de plena justicia y felicidad” (n. 6). “La fe en Dios amor y la tradición católica
en la vida y cultura de nuestros pueblos son sus mayores riquezas”,
afirmaron los Obispos (n. 7).
Entonces, el “ver” la realidad no se limita a
un catálogo de denuncias, lamentaciones y acusaciones, sino que suscita, ante
todo, la acción de gracias, que se expresa en los cánticos de alabanza
recogidos, en modo especial, en los capítulos 1 y 3 del documento final. Ya lo
había exhortado el Papa durante la misa de canonización de fray Galvão: “Alabémoslo todos, pueblos de Brasil y de
América; cantemos al Señor sus maravillas, porque ha hecho grandes cosas en
favor nuestro” (10-V-07). Hay en el documento episcopal un desborde de
gratitud, alegría y compromiso para anunciar el Evangelio de Jesucristo y, con
él, la buena nueva de la dignidad humana, de la vida, de la familia, del
trabajo, del progreso científico, del destino universal de los bienes (cfr. nn.
101-128).
Mirada creyente de
la realidad
La “mirada
creyente de la realidad” no es en este documento, pues, la de sociólogos o
políticos, sino la de los discípulos y misioneros de Jesucristo. No es, por
cierto, un conjunto de expresiones devotas, exhortaciones morales, buenos
propósitos. Intenta hacerlo desde la “asunción
de criterios que provienen de la fe y la razón para su discernimiento y
valorización con sentido crítico” (n. 19). A la vez, es un “mirar la realidad cada vez con más humildad,
sabiendo que ella es más grande y compleja que las simplificaciones ideológicas
con que solíamos verla en un pasado aún no demasiado lejano” (n. 36). No se
limita a seccionarla analíticamente. “Es
frecuente que algunos quieran mirar la realidad unilateralmente -prosigue
el documento- desde la información
económica, otros desde la información política o científica, otros desde el
entretenimiento y el espectáculo”, pero
“ninguno de estos criterios parciales logra proponernos un significado para
todo lo que existe” (n. 36).
Se advierte bien esa gran dificultad. La
fragmentación y limitación de criterios trae aparejada “una crisis de sentido”, capaz de “dar unidad a todo lo que existe y nos sucede en la experiencia” y
que los creyentes llamamos “sentido
religioso”. Por eso, en el documento de Aparecida se intenta reformular,
desde la tradición cultural católica de los pueblos latinoamericanos, un “horizonte de realidad” que sea capaz de
incluir y discernir los diversos aspectos de la realidad (n. 37 y ss.).
Temas como los impactos de la globalización y
las renovadas e inicuas formas de la desigualdad social y cultural, la
irrupción de nuevos sectores sociales en la vida pública, el fortalecimiento de
los regímenes democráticos y el avance de diversas formas de regresión
autoritaria, el crecimiento de la corrupción y la violencia, los procesos de
integración regional, las grandes cuestiones de la biodiversidad y la ecología
(con especial referencia a la Amazonia), las situaciones de mayor pobreza y
exclusión (entre quienes se cuentan a muchas mujeres, jóvenes que no reciben
una educación de calidad, desempleados, emigrantes desplazados, campesinos sin
tierra, quienes buscan sobrevivir en la economía informal, sobre todo los
indígenas y afro-americanos), los nuevos rostros de los pobres (entre las
víctimas de la violencia y las drogas, los ancianos solos, los enfermos del
SIDA, las personas con discapacidades...) son desarrollados por el documento
final desde esa mirada de los discípulos y misioneros de Jesucristo (cfr. nn.
43-97).
La situación sociocultural, económica y
política es abordada así con la seriedad que reclama su complejidad, con la
incisividad profética que clama al cielo ante las inequidades, opresiones e
injusticias que se sufren en América Latina, sobre todo por los más pobres y
desamparados, y con la esperanza de superación del déficit educativo, social y
político para la construcción de una “patria grande”, “donde todos tengan una morada para vivir y convivir con dignidad”
(n. 534).
La gratitud,
alegría y belleza de ser discípulos y misioneros de Jesucristo
“El
rico tesoro del continente americano (...), su patrimonio más valioso” es “la
fe en Dios amor, que reveló su rostro en Jesucristo”. Esta es la fuerza que vence al mundo -afirmó el Papa en su homilía
en Aparecida-, la alegría que nada ni
nadie os podrá arrebatar, la paz que Cristo conquistó para vosotros con su
cruz. Esta es la fe que hizo de Latinoamérica el continente de
Se puede hablar, como lo hace el Papa en el
discurso inaugural, de “la identidad
católica”, pues “la fe en Dios ha
animado la vida y cultura de estos pueblos durante más de cinco siglos”. Este
patrimonio se manifiesta “en la fe madura
de muchos bautizados y en la piedad popular” que el Papa reconoce “en el amor a Cristo sufriente, el Dios de la
compasión, del perdón y la reconciliación (...), el amor al Señor presente en la Eucaristía (...), el Dios cercano a los pobres y a los que
sufren, y la profunda devoción a
De esta piedad popular hay textos muy
profundos y hermosos en el documento final (cfr. nn. 260-267). "Se expresa también –prosiguen los
Obispos– en la caridad que anima por
doquier gestos, obras y caminos de solidaridad con los más necesitados y
desamparados, Está vigente también en la conciencia de la dignidad de la
persona, la sabiduría ante la vida, la pasión por la justicia, la esperanza
contra toda esperanza y la alegría de vivir aún en condiciones muy difíciles
que mueven el corazón de nuestras gentes. Las raíces católicas permanecen en el
arte, lenguaje, tradiciones y estilos de vida, a la vez dramático y festivo, en
el afrontamiento de la realidad” (n. 7).
Una rica tradición
fecundada por la fe
Este patrimonio está sometido a un fuerte
proceso de erosión. “Se percibe
–sintetiza el Papa en su discurso inaugural– un cierto debilitamiento de la vida cristiana en el conjunto de la
sociedad y de la propia pertenencia a la Iglesia católica, debido al
secularismo, al hedonismo, al indiferentismo y al proselitismo de numerosas
sectas, de religiones animistas y de nuevas expresiones seudorreligiosas”.
En medio de un cambio de época, los Obispos reconocen que “nuestras tradiciones culturales ya no se trasmiten de una generación a
otra con la misma fluidez que en el pasado” y “ello afecta, incluso, a ese núcleo más profundo de cada cultura,
constituido por la experiencia religiosa” (n. 39).
Por eso, Benedicto XVI señala a los Obispos
latinoamericanos en ese discurso que “la
Iglesia tiene la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios,
y recordar también a los fieles de
este continente que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos
y testigos de Jesucristo”.
El tema escogido para
Agradecimiento por
la Evangelización
Hay que defender ese patrimonio contra toda “leyenda negra” sobre la evangelización
americana, contra todo intento de desarraigar la fe del corazón de las gentes
(como los intentos de manipulación ideológica de sectores indígenas, cfr. n.
531), contra toda insidia cultural e incluso legislativa que atente contra “principios éticos no negociables”
arraigados en la naturaleza humana y en la sabiduría cristiana de los pueblos
(cfr. nn. 40, 127, 455...).
Tiene razón el Papa cuando afirmó, en su
discurso inaugural, que “la utopía de
volver a dar vida a las religiones precolombinas, separándolas de Cristo y de
la Iglesia universal, no sería un progreso sino un retroceso”, una
“involución” artificiosa y anacrónica. El Papa ya había manifestado esta
preocupación, con conocimiento de causa, a los nuncios apostólicos en América
Latina.
Los Obispos latinoamericanos comparten dichas
preocupaciones, manifestándose alertas y vigilantes. Agradecen a todos los que
los han precedido en la gran obra evangelizadora del “Nuevo Mundo” y han
mantenido viva la fe de los pueblos. Los Obispos no tienen temor de reconocer
que “desde la primera evangelización
hasta los tiempos recientes la Iglesia ha experimentado luces y sombras”,
escribiendo “páginas de nuestra historia
de gran sabiduría y santidad” y sufriendo “también tiempos difíciles, tanto por acoso y persecuciones, como por
las debilidades, compromisos mundanos e incoherencias, por el pecado de sus
hijos (...)” (n. 5).
En el sub-capítulo que considera la “situación de nuestra Iglesia en esta hora
histórica de desafíos” (cfr. nn. 98-100) operan este particularizado examen
de conciencia, desde el sereno y confiado confesarse de la Iglesia “como comunidad de pobres pecadores,
mendicantes de la misericordia de Dios, congregada, reconciliada, unida y
enviada por la fuerza de Resurrección de su Hijo y la gracia de conversión del
Espíritu Santo” (n. 100 h).
El discipulado
Lo esencial para la “renovación y revitalización” de ese patrimonio de fe es “recomenzar desde Cristo en todos los ámbitos
de la misión” (cfr. discurso del Papa a los Obispos brasileños), convertirse,
en “discípulos fieles, para ser
misioneros valientes y eficaces” (cfr. homilía de la Misa de inauguración).
En las catequesis de las audiencias de los miércoles en
Hay referencias importantes en los discursos
del Papa y muchas páginas hermosas en el documento de Aparecida sobre la
originalidad de ese discipulado, sobre la importancia capital y decisiva del
encuentro con la persona de Jesús, que hay que renovar siempre en la vida
personal y comunitaria, sobre el seguimiento de Cristo, el “permanecer” en su
compañía, el experimentar una conversión por compenetración en la novedad de
vida que Cristo trae al mundo, el escuchar, asimilar y trasmitir fielmente sus
enseñanzas y el configurarse a Él en íntima comunión. Es la vocación a la
santidad (cfr. cap. IV, nn. 129-153).“Se trata
de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigado en
nuestra historia –afirman los Obispos-, desde
un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y
misioneros” (n. 11).
Hay muchos otros textos importantes sobre el
encuentro con Cristo, aquí y ahora en la vida de los creyentes, mediante su
pertenencia a la comunión eclesial, sobre todo por medio del Pan de su Palabra
y el Pan Eucarístico. Esto es muy central en los discursos del Papa en San
Pablo y Aparecida. La Eucaristía es “el lugar privilegiado” de ese encuentro,
escriben los Obispos, destacando también la importancia de la sagrada liturgia,
del precepto dominical, del sacramento de la reconciliación, de la oración
personal y comunitaria, de la piedad popular. Se lo encuentra asimismo por
medio de la unidad de los creyentes y los testigos de su Presencia. “También lo encontramos de un modo especial
en los pobres, afligidos y enfermos” –escriben los Obispos-, “identificados con ellos y sujetos de su amor
preferencial.” (...) (cfr. nn. 246-265). “La opción preferencial por los pobres
–confirmó una vez más el Papa, en su discurso inaugural– está implícita en la fe cristológica (...)”.
Otras
recomendaciones de Aparecida
Hay otras importantes recomendaciones
pontificias y desarrollos en el documento de Aparecida sobre las exigencias e
itinerarios, dimensiones y contenidos de la formación cristiana de todos los
fieles, a la luz de un repensamiento profundo de la iniciación y reiniciación
cristiana y de los procesos y contenidos de la “catequesis permanente”,
prosiguiendo con las particulares exigencias de formación de los “agentes
pastorales” (cfr. nn. 273-300). Y aún otras, sobre distintas instancias
comunitarias de la Iglesia como compañía, sostén y alimento de esa formación de
auténticos discípulos y misioneros de Jesucristo: diócesis, parroquias,
familias, comunidades eclesiales de base, otras pequeñas comunidades,
movimientos eclesiales, centros educativos católicos, universidades
católicas... (cfr. nn 164-180; nn. 301-346). Ello
constituye el cuerpo fundamental del discurso inaugural del Papa y del
documento de Aparecida, para ser leído con toda atención. Se necesita, como
dijo Benedicto XVI a los Obispos brasileños en San Pablo, “un salto de calidad en la vida cristiana del pueblo, para que pueda
testimoniar su fe de una manera límpida y clara”.
Para que nuestros
pueblos tengan en Él la vida
Junto al de discípulos y misioneros, éste ha
sido también un hilo conductor, transversal, de todas las reflexiones de
Aparecida. Resuenan en las intervenciones del Papa y en el documento de los
Obispos las palabras conclusivas de la homilía de inicio de su ministerio
petrino: “¡Abran, más todavía, abran de
par en par las puertas a Cristo!... quien deja entrar a Cristo, no pierde nada,
nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No!
Sólo con esta amistad se abren las puertas de
Participando en la vida divina “se desarrolla también en plenitud la
existencia humana, en su dimensión personal, familiar, social y cultural”
–enseña el Papa en su discurso inaugural–. La vida eterna, que alcanza su
plenitud en la Jerusalén celeste, “es la
meta de nuestra peregrinación, la patria que nos espera y por la cual
suspiramos”, dijo Benedicto XVI en su homilía en Aparecida, en donde “ya no habrá ni muerte ni luto, ni llanto ni
dolor (...)” (Ap. 21, 2-4). Está claro que ello no debe ser motivo de
evasión de la realidad histórica en que vive la Iglesia compartiendo las
alegrías y las esperanzas, los dolores y angustias de la humanidad
contemporánea, especialmente de los más pobres y de los que sufren (cf. Gaudium et Spes, 1).
A la luz de esta perspectiva, el Papa afirma,
en su discurso inaugural, que “los
pueblos latinoamericanos tienen derecho a una vida plena, propia de los hijos
de Dios, con unas condiciones más humanas: libres de las amenazas del hambre y
de toda forma de violencia. Para estos pueblos, sus Pastores han de fomentar una
cultura de la vida que permita, como decía mi predecesor Pablo VI, ‘pasar de la
miseria a la posesión de lo necesario, a la adquisición de la cultura..., a la
cooperación en el bien común... hasta el reconocimiento, por parte del hombre,
de los valores supremos y de Dios, que de ella es la fuente y el fin’
(Populorum Progressio, 21)”.
Del lado de la
dignidad de la persona
El documento final de Aparecida integra las
grandes opciones pastorales del Episcopado Latinoamericano a la luz de “la vida de Jesucristo para nuestros pueblos” y dentro “la misión de los discípulos al servicio de
la vida plena”. Como “grandes
ámbitos, prioridades y tareas para la misión de los discípulos de Jesucristo en
el hoy de América Latina”, los Obispos en Aparecida vuelven a destacar las
intrínsecas e inseparables relaciones entre “Reino de Dios, justicia social y caridad cristiana”, se ponen al
servicio de la dignidad humana desde “el
valor supremo de cada hombre y mujer”, reafirman la “opción preferencial por los pobres y excluidos”, se empeñan en una
“renovada pastoral social para la
promoción humana integral”, apuntan a la “globalización de la solidaridad y justicia internacional” (cfr. nn.
380-406).
Entre los “rostros sufrientes que nos duelen” y que interpelan a una mayor
atención caritativa y misionera, el documento final de Aparecida señala los de
“las personas que viven en la calle en
las grandes urbes”, de los enfermos, de los adictos dependientes, de los
emigrantes, de los detenidos en las cárceles... (cfr.
nn. 407-430). Hay que “trabajar
incansablemente –había indicado el Papa en su audiencia a los participantes
en la Asamblea de
Defensa de la
familia y de la vida
Entre las “cuestiones que han alcanzado particular relevancia en los últimos
tiempos” y en las que está en juego la calidad de vida de las personas y
las naciones, los Obispos renuevan su compromiso a favor del matrimonio y la
familia, “uno de los tesoros más
importantes de los pueblos latinoamericanos y (...) patrimonio de la humanidad
entera”. Una “pastoral familiar
intensa y vigorosa” –como pedía el Papa en su discurso inaugural- tiene que
constituir, según los Obispos, “uno de
los ejes transversales de toda la acción evangelizadora” (cfr. nn.
432-437). “Precisamente la familia merece
una atención prioritaria –decía el Papa a los nuncios apostólicos en
América Latina-, pues muestra síntomas de
debilitamiento bajo las presiones de lobbies capaces de influir negativamente en los procesos legislativos”.
El Episcopado latinoamericano exhorta a los
legisladores, gobernantes y profesionales de la salud a defender y proteger la
familia, a la luz de una cultura de la vida, contra “los crímenes abominables del aborto y de la eutanasia”, recordando
la necesaria “coherencia eucarística”
(n. 455). También el cuidado de la niñez (cfr. nn. 438-441), así como “el bien de los ancianos” (cfr. nn.
442-445) son ámbitos de acción prioritaria para la Iglesia en América Latina.
Se confirma la importancia de la opción
preferencial por los jóvenes (cfr. nn. 443-451). Se pone especial atención y
solidaridad a la promoción de “la
dignidad y participación de las mujeres” (cfr. nn. 451-458), a lo que el
documento final de Aparecida junta fuertes y novedosos textos sobre “la responsabilidad del varón y padre de
familia” (cfr. nn. 459-463). En las prioridades indicadas en el capítulo
sobre “Familia, personas y vida” se
incluye, en fin, la defensa y promoción de la cultura de la vida y el cuidado
del medio ambiente (cfr. nn. 464-475).
El compromiso de la Iglesia con la educación
en todas sus formas y niveles, con la evangelización de la cultura, con la
pastoral urbana, con una renovada presencia en las comunicaciones sociales, va
completando las grandes prioridades asumidas por los Obispos en Aparecida, para
que nuestros pueblos tengan vida nueva en Cristo y ella se irradie en todos los
ámbitos de la convivencia y de edificación de la sociedad (cfr. nn. 476-519).
La contribución de
la Iglesia a la solución de los urgentes problemas sociales y políticos
“La
prioridad de la fe en Cristo y de la vida ‘en Él’ (...) ¿no podría ser acaso
una fuga hacia el intimismo, hacia el individualismo religioso, un abandono de
la realidad ingente de los grandes problemas económicos, sociales y políticos
de América Latina y del mundo, y una fuga de la realidad hacia un mundo
espiritual?”. El Papa Benedicto XVI planteaba esta pregunta en su discurso
a Aparecida para afrontar decididamente la cuestión de cómo puede “contribuir la Iglesia a la solución de los
urgentes problemas sociales y políticos, y responder al gran desafío de la
pobreza y la miseria”.
Benedicto XVI
señala unos criterios fundamentales
Siete criterios fundamentales dejó planteados
el Papa a los Obispos latinoamericanos al respecto.
El primer criterio es que resulta “inevitable hablar del problema de las
estructuras, sobre todo las que crean injusticia”, pues “las estructuras justas son una condición sin
la cual no es posible un orden justo de la sociedad”.
El segundo se refiere a la pretensión, tanto
del capitalismo como del marxismo, de responder con una mecánica presuntamente
científica de cambio de estructuras, sin necesidad de plantearse la cuestión
del sujeto y de su moralidad. Se trata de una premisa y una promesa ideológica
“falsa”: en efecto, “el sistema marxista,
donde ha gobernado, no sólo ha dejado una triste herencia de destrucciones
económicas y ecológicas, sino también una dolorosa opresión de las almas”,
mientras que en Occidente se advierte el constante crecimiento de “la distancia entre pobres y ricos y se
produce una inquietante degradación de la dignidad personal con la droga, el
alcoholismo y los sutiles espejismos de felicidad”.
En tercer lugar, el Papa indica que las
estructuras justas “no nacen ni funcionan
sin un consenso moral de la sociedad sobre los valores fundamentales”, lo
que plantea la cuestión de los fundamentos de la democracia y de la sociedad
justa más allá de toda deriva relativista. En ese sentido, Benedicto XVI
prosigue con una anotación de suma importancia: “Donde Dios está ausente –el Dios del rostro humano de Jesucristo– estos
valores no se muestran con toda su fuerza, ni se produce un consenso sobre
ellos”.
En cuarto lugar, el Papa señala que, “a la luz de los valores fundamentales”,
la búsqueda de estructuras justas es tarea de la razón política, económica y
social –“cuestión de la recta ratio y no de ideologías”-, que se sirve de “un tesoro de experiencias políticas y de
conocimientos sobre los problemas sociales y económicos” para discernir los
caminos a seguir y los que se han de evitar. “En situaciones culturales y políticas diversas y en el cambio
progresivo de las tecnologías y de la realidad histórica mundial”, importa
esta aproximación racional en forma de juicios prudenciales.
En quinto lugar, el Papa afirma que “este trabajo político no es competencia
inmediata de la Iglesia”, que no tiene que identificarse con partidos y
posiciones políticas, en el “respeto de
una sana laicidad”. “Formar las
conciencias, ser abogada de la justicia y de la verdad, educar en las virtudes
individuales y políticas, es la vocación fundamental de la Iglesia en este
sector”.
En sexto lugar, hay en el discurso pontificio
un llamamiento urgido a la responsabilidad de los laicos en la vida pública. “Por tratarse de un continente de bautizados,
conviene colmar la notable ausencia, en el ámbito político, comunicativo y
universitario, de voces e iniciativas de líderes católicos de fuerte
personalidad y de vocación abnegada, que sean coherentes con sus convicciones
éticas y religiosas”. “Es preciso
trabajar incansablemente –había dicho a los Obispos brasileños– en la formación de los políticos, como
también de todos los brasileños que tienen un determinado poder de decisión, sea
grande o pequeño”.
El Papa concluye este itinerario de
pensamiento volviendo a la afirmación, en cuanto a criterio rector, de que “la presencia de Dios, la amistad con el Hijo
de Dios encarnado, la luz de su Palabra, son siempre condiciones fundamentales
para la presencia y eficiencia de la justicia y del amor en nuestras sociedades”.
Más aún: en su discurso a los Obispos del Brasil afirmó que “donde no se conoce a Dios y a su voluntad,
donde no existe la fe en Jesucristo y en su presencia en las celebraciones
sacramentales falta lo esencial para la solución de los urgentes problemas
sociales y políticos”. “De la
Eucaristía ha brotado a lo largo de los siglos –dijo en su discurso
inaugural– un inmenso caudal de caridad,
de participación en las dificultades de los demás, de amor y de justicia”.
La verdad y la fuerza de toda profunda transformación de las condiciones de
existencia reside en el amor.
El Papa quiso resaltar un ejemplo concreto de
ello en su visita a
La Iglesia y la
comunidad política
El documento de Aparecida retoma y, en
algunos aspectos, desarrolla estos conceptos. “Urge crear estructuras que consoliden un orden social, económico y
político en que no haya desigualdad -afirman los Obispos- y donde haya posibilidades para todos.
Igualmente se requieren nuevas estructuras que promuevan una auténtica
convivencia humana, que impidan la prepotencia de algunos y faciliten el
diálogo constructivo para los necesarios consensos sociales” (n. 384). El
documento recuerda
Tienen bien presente los Obispos que, “sea un viejo laicismo exacerbado, sea un
relativismo ético que se propone como fundamento de la democracia, animan a
fuertes poderes que pretenden rechazar toda presencia y contribución de la
Iglesia en la vida pública de las naciones y la presionan para que se repliegue
en los templos y sus servicios ‘religiosos’. Consciente de la distinción entre
comunidad política y comunidad religiosa, base de sana laicidad, la Iglesia no
cejará de preocuparse por el bien común de los pueblos y, en especial, por la
defensa de principios éticos no negociables porque arraigados en la naturaleza
humana” (n. 504).
En ese sentido, tarea fundamental de la
Iglesia es purificar la razón de todos los elementos que la ofuscan y “despertar en la sociedad las fuerzas
espirituales (...) y los valores sociales” (cfr. n. 385); hacer “converger en los pueblos ideales y poderosas
energías morales y religiosas” (cfr. n. 538) pues “democracia sin valores”, puramente formal, sin vasta participación
popular y sin respeto de los derechos humanos, “se vuelve fácilmente una dictadura y termina traicionando al pueblo”
(cfr. nn. 74, 538). Para ello, la Iglesia “ha
de educar y conducir cada vez más a la reconciliación con Dios y con los
hermanos”, sumando y no dividiendo; “importa
cicatrizar heridas, evitar maniqueísmos, peligrosas exasperaciones y
polarizaciones” (n. 534). Más aún: “es
necesario educar y favorecer en nuestros pueblos todos los gestos, obras y
caminos de reconciliación y amistad social, de cooperación e integración”
(cfr. n. 539).
La Iglesia “alienta y favorece la reconstrucción de la persona y de sus vínculos de
pertenencia y convivencia, desde un dinamismo de amistad, gratuidad y comunión”,
promueve la realización del principio de subsidiariedad, educa y realiza una “cultura de la paz” (cfr. nn. 535, 539,
542, 543). De tal modo, la Iglesia colabora “en la consolidación de las frágiles democracias, en el positivo proceso
de democratización en América Latina, aunque existan actualmente graves retos y
amenazas de desvíos autoritarios”; por eso, “urge educar para la paz, dar seriedad y credibilidad a la continuidad
de nuestras instituciones civiles, defender y promover los derechos humanos,
custodiar en especial la libertad religiosa y cooperar para suscitar los
mayores consensos nacionales” (cfr. n. 541).
Los Obispos latinoamericanos concuerdan con
el Papa en la seria preocupación por “la notable ausencia” de líderes católicos
en ámbitos de la vida pública y le dedican un subcapítulo de reflexiones y
orientaciones (cfr. 10.5). Se reafirma, pues, con fuerza la responsabilidad de
los fieles laicos en la secularidad (cfr. n. 210) y la prioridad pastoral de su
formación cristiana, de la coherencia entre la fe y la vida en sus diversos
compromisos, de su conocimiento y aplicación creativa de
Desde una renovada
conciencia latinoamericana
Recorre todo el acontecimiento de Aparecida
una renovada toma de conciencia de América Latina, en su singularidad
histórico-cultural, como “mundo” de encarnación e inculturación del Evangelio
de Cristo, como proximidad de fraternidad, solidaridad y comunión, como tarea
histórica a la luz del designio de Dios. Descuella, pues, nuevamente, con
fuerza y claridad, la autoconciencia eclesial y latinoamericana en las
circunstancias concretas de inicios del siglo XXI.
En su discurso a los representantes
diplomáticos de
Más concretamente, los Obispos en Aparecida
también aprecian “en los últimos 20 años
avances significativos y promisorios en los procesos y sistemas de integración
de nuestros países. Se ha intensificado las relaciones económicas y políticas.
Es nueva la más estrecha comunicación y solidaridad entre el Brasil y los
países hispanoamericanos y caribeños”. Sin embargo, “hay muy graves bloqueos que empantanan esos procesos”.
El documento cita la fragilidad y ambigüedad
de “una mera integración comercial” y
su reducción como “cuestión de cúpulas
políticas y económicas, sin arraigar en la vida y participación de los pueblos”.
Sobre todo, se constata que, “no obstante
el lenguaje político abunde sobre la integración, la dialéctica de la
contraposición parece prevalecer sobre el dinamismo de la solidaridad y amistad”.
“La unidad no se construye –concluye
el documento– por contraposición a
enemigos comunes sino por realización de una identidad común” (n. 528).
¿Se puede acaso hablar en nuestro tiempo de
“identidad latinoamericana” como lo hacen el Papa y los Obispos? La pregunta no
es ociosa. Hubo quienes pretendían definir ante todo América Latina como
realidad multiétnica, multicultural y multirreligiosa. La presunta obviedad de
esta afirmación llevaba a desconocer o relativizar radicalmente la identidad de
una América Latina, que queda así como mero continente sin contenidos realmente
unificadores.
La respuesta, sin embargo, fue muy clara. El
documento de
Benedicto XVI intuyó claramente esta vocación
original, recordando a los representantes diplomáticos de
Una Patria Grande
“No
somos un mero continente -subrayaron los Obispos en Aparecida-, apenas como un hecho geográfico con un
mosaico incomponible de contenidos. Tampoco somos una suma de pueblos y etnias
que se yuxtaponen” (n. 525). El “mestizaje
es la base social y cultural de nuestros pueblos latinoamericanos” (n. 88),
intentando, en medio de contradicciones, una síntesis de muchos aportes en pos
de una “convergencia en una historia
compartida” (cfr. n. 56). “Una y
plural, América Latina es la casa común, la gran patria de hermanos (...)”.
Es
Desde la introducción misma del documento de
Aparecida se afirma que “el don de la
tradición católica es un cimiento fundamental de identidad, originalidad y
unidad de América Latina y el Caribe: una realidad histórico-cultural marcada
por el Evangelio de Cristo, realidad en la que abunda el pecado –de opresión,
violencia, ingratitudes y miserias– pero donde sobreabunda la gracia de la
victoria pascual” (n. 8).
Por eso puede también decir el documento que
“no hay por cierto otra región que cuente
con tantos factores de unidad como América Latina -de los que la vigencia de la
tradición católica es cimiento fundamental de su construcción-, pero se trata
de una unidad desgarrada porque atravesada por profundas dominaciones y
contradicciones, todavía incapaz de incorporar a sí ‘todas las sangres’ y de
superar la brecha de estridentes desigualdades y marginaciones” (n. 527).
No es por casualidad que a continuación del subcapítulo que trata “sobre la unidad y fraternidad de nuestros
pueblos” (cfr. 10.7) siga otro sobre “la
integración de los indígenas y afrodescendientes” (cfr. 10.8) y culmine
otro aún referido a “caminos de
reconciliación y solidaridad” (cfr. 10.9).
Si la Iglesia católica se reconoce en las
enseñanzas del Concilio Vaticano II como “sacramento
de unidad del género humano”, es en América Latina y el Caribe “sacramento de comunión de sus pueblos. Es
morada de sus pueblos; es casa de los pobres de Dios. Convoca y congrega a
todas sus diversísimas gentes en su misterio de comunión, sin discriminaciones
ni exclusiones por motivos de sexo, raza, condición social y pertenencia
nacional” (n. 524). Es designio y milagro de unidad que se va abriendo paso
en medio de la historia de los hombres, todavía marcada por el pecado pero ya
destinada a la “patria de la plena
comunión de Dios con los hombres”. En ese camino la Iglesia es testimonio y
servicio, desde el Evangelio, de todo lo que favorece la comunión de las
personas, la integración de los pueblos y la edificación de una común familia
humana.
El ímpetu de una
“misión continental”
Quien ha tenido la gracia de participar en
“La
Iglesia peregrinante es misionera –citan los Obispos el decreto conciliar Ad gentes, n. 2–porque toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según
el designio del Padre”. Por eso, “el
impulso misionero es fruto necesario de la vida que la Trinidad comunica a los
discípulos” (cfr. n. 346). “Discipulado
y misión son como las dos caras de una misma moneda” repitieron al unísono
el Papa y los Obispos. “Cuando el
discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que
sólo Él nos salva (cf. Hch. 4, 12). El discípulo sabe que sin Cristo no hay
luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro”.
Así lo indicó el Papa, y lo expresaron los
Obispos en todo el documento: “Cuando
crece la conciencia de pertenencia a Cristo, en razón de la gratitud y alegría
que produce, crece también el ímpetu de comunicar a todos el don de ese encuentro.
La misión no se limita a un programa o proyecto, sino que es compartir la
experiencia del acontecimiento del encuentro con Cristo, testimoniarlo y
anunciarlo de persona a persona, de comunidad a comunidad, y de la Iglesia a
todos los confines del mundo” (cfr. n. 145). Por eso, “para convertirnos en una Iglesia llena de ímpetu y audacia
evangelizadora, tenemos que ser de nuevo evangelizados y fieles discípulos”
(cfr. n. 564). Hay que despertar “a los
bautizados que han dejado esa gracia de participación en el misterio pascual y
de incorporación en el Cuerpo de Cristo bajo una capa de indiferencia y olvido”
(cfr. n. 564), “cuidar el tesoro de la
piedad católica de nuestros pueblos para que resplandezca la perla preciosa que
es Jesucristo y sea siempre nuevamente evangelizada en la fe de la Iglesia y
por su vida sacramental” (id.) y responder adecuadamente a la sed religiosa
de “los que han dejado la Iglesia para
unirse a otros grupos religiosos” mediante un encuentro con Jesucristo, una
vivencia comunitaria, una formación bíblico-doctrinal y un compromiso misionero
de toda la comunidad, saliendo a su encuentro, interesándose por su situación,
para “reencantarlos con la Iglesia e
invitarlos a volver a ella” (cfr. 216-217).
Ha sido el Papa quien ha invitado a la
Iglesia latinoamericana “a una misión
evangelizadora que convoque a todas las fuerzas vivas de este inmenso rebaño”
que es el pueblo de Dios en América Latina. Así lo decía en su discurso a los
Obispos brasileños: En ese esfuerzo evangelizador, la comunidad eclesial se
destaca por las iniciativas pastorales, al enviar, sobre todo entre las casas
de las periferias urbanas y del interior, sus misioneros, laicos o religiosos,
buscando dialogar con todos en espíritu de comprensión y de delicada caridad (…).
El pueblo pobre de las periferias urbanas y del campo necesita sentir la
proximidad de la Iglesia, sea en el socorro de sus necesidades más urgentes,
como también en la defensa de sus derechos y en la promoción común de una
sociedad fundamentada en la justicia y la paz; hay que “estar particularmente atento en ofrecer el divino bálsamo de la fe, sin
descuidar el ‘pan material’”.
El deseo de un
“nuevo Pentecostés”
La respuesta de los Obispos ha sido muy clara
e impetuosa.
La Iglesia necesita “una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el
estancamiento y la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres del
continente. Necesitamos que cada comunidad se convierta en un poderoso centro
de irradiación de la vida en Cristo. Esperamos un nuevo Pentecostés que nos
libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente, una venida del
Espíritu que renueve nuestra alegría y esperanza” (cfr. n. 362).
Así están dadas las premisas –el espíritu,
las enseñanzas, orientaciones y prioridades– para la “misión continental” que
se propone la Iglesia en América Latina desde el acontecimiento de Aparecida.
Ésta es muy grande y seria responsabilidad planteada a todos los cristianos y
comunidades cristianas, a las diócesis y a las conferencias episcopales y, en
modo servicial, al CELAM, por su papel de animación, propulsión y
acompasamiento de un camino misionero que ponga a toda la Iglesia
latinoamericana en un movimiento de conjunto. “En este sentido -escribió S.S. Benedicto XVI a los Obispos
latinoamericanos, con fecha 29 de junio de 2007-, ha sido para mí motivo de alegría conocer el deseo de realizar una
‘Misión Continental’”.
Reconocimiento y
aliento
En su carta del 29 de junio de 2007, S.S.
Benedicto XVI autoriza la publicación del Documento conclusivo de
Después de cada una de las cinco Conferencias
Generales del Episcopado Latinoamericano, los sucesivos pontífices han operado
de modo similar: han autorizado la publicación de los documentos conclusivos,
con palabras de reconocimiento, aprecio y aliento, para animar y enriquecer la
vida y misión de la Iglesia en América Latina, siempre “en comunión con
No hay mejor reconocimiento que el
manifestado en la carta del Papa, “por el
amor a Cristo y a la Iglesia, y por el espíritu de comunión que ha caracterizado
dicha Conferencia General”, pidiendo al Señor que “sea luz y aliento para una fecunda labor pastoral y evangelizadora en
los años venideros” y destacando las “numerosas
y oportunas indicaciones pastorales, motivadas con ricas reflexiones a la luz
de la fe y del contexto social actual” del documento final.
Lo más recomendable para todos los católicos
latinoamericanos es ahora leer y releer este documento final de
Hay que comunicarlo y compartirlo por
doquier, lo más ampliamente posible. Merece la mayor atención a todos los
latinoamericanos, más allá de sus convicciones religiosas, porque la Iglesia
católica es presencia fundamental en la historia, actualidad y destino de
nuestras naciones y porque afronta cuestiones decisivas para la vida de las
personas y los pueblos.
Vaticano, 15 de Julio de 2007.
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Uno de los aspectos más fascinantes de la Historia abarca menos las cosas que ocurren que las cosas que obstinadamente se niegan a ocurrir. Fuerzas aparentemente irresistibles se detienen. Tendencias poderosas se evaporan. Reliquias derruidas sobreviven. Los hombres de ayer siguen su camino. El gran no-acontecimento del siglo veinte fue la Muerte de Dios. Los intelectuales de fin de siglo no coincidían con Nietzsche en su afirmación de que Dios había muerto, pero confiaban en que habría muerto para el año 2000. Durante el siglo diecinueve suponían que la creencia en Dios desaparecería de Occidente y que sólo las sociedades retrógradas conservarían la superstición religiosa. Pero aquí estamos, al cabo de lo que presuntamente era el primer siglo de ateísmo, con Dios vivito y coleando y reinando en el corazón de miles de millones de personas en todo el mundo. En parte como consecuencia del crecimiento de la población, hoy hay más creyentes que en 1909. Sin duda también hay más agnósticos, pero no más ateos. La cantidad de gente que está dispuesta a declarar sin rodeos que no hay Dios ha declinado desde el auge del ateísmo organizado de la década de 1880. Es típico de la universidad de Oxford, reducto de causas perdidas, que acabe de designar a Richard Dawkins como primer profesor de Ateísmo.
En realidad, a fines del siglo veinte, las
perspectivas para Dios son excelentes. Podría terminar por ser Su siglo.
En el siglo diecinueve adorábamos el Progreso. Era real, visible, rápido y
benéfico. Pero se detuvo bruscamente en la catástrofe de
He pensado en esta perspectiva porque estoy a
punto de publicar un pequeño volumen sobre Dios. The Quest for God:
A Personal Pilgrimage, En busca de Dios, Javier
Vergara Editor, Buenos Aires, 1996, no es primordialmente una obra piadosa. Es una
indagación, y no del todo lograda, como soy el primero en admitir. La
escribí para satisfacer lo que considero una necesidad común. Cuando la
conversación se encauza hacia nuestras creencias actuales, pregunto a la gente
si cree en Dios y la respuesta suele ser sí. Pero si insisto y pregunto qué
quieren decir con eso, no hay respuesta, o bien desechan la pregunta con una broma:
"Aguas profundas, Watson" o "Requiero esa pregunta por escrito".
La gente no quiere decir "No sé" o admitir que ha postergado la reflexión
sobre lo que significa Dios o la aceptación de Su existencia. Se niega a
pensar en Dios, así como preferiría no pensar en la muerte, y menos en
Escribir el libro me resultó más difícil de lo que imaginaba porque
descubrí zonas de ignorancia y honduras de incertidumbre en mi interior. Creía tener la mayoría de las respuestas y
descubrí que tenía muy pocas, y tuve
que pensarlo todo de nuevo y leer mucho. Pero me alegra haber hecho el esfuerzo porque ahora tengo las cosas
mucho más claras. También soy más fuerte en mi fe y, sobre todo, me deleita
saber que a través de las vicisitudes
de seis décadas he logrado mantener casi intactas las creencias que me
inculcaron mis padres. La fe en un Dios justo y todopoderoso es el mayor de los regalos. Aunque deseemos nacer apuestos, ricos, inteligentes o seductores, la fe es un
legado más valioso que cualquiera de estos dones. Y cuando estoy en
Londres durante el fin de semana, voy a la
misa de once de los frailes carmelitas de Kensington
Church Street. Es una misa cantada
en latín, con una sencilla homilía, y toda la grey toma la comunión: el catolicismo en su mejor y más grata expresión.
Después bebo café con mi vieja amiga y colega,
Me gustaría
que todos los seres humanos tuvieran una prenda similar. No hago proselitismo, pero ruego por
la conversión de los que amo y de todo el
mundo. Y estoy dispuesto a enfrentarme en un debate justo con los paladines del otro bando. Si Richard
Dawkins quiere discutir conmigo sobre
la existencia de Dios, en el canal 4, en BBC 2, en Radio 3 o en cualquier otro foro público, estoy dispuesto.
Son aguas profundas, Watson -como
decía Sherlock Holmes-, pero todos debemos zambullirnos en ellas tarde o temprano. Sospecho que, al aproximarse el
milenio, el fermento religioso que ya
ha comenzado se elevará. La mayoría de las evocaciones religiosas, como el Gran
Despertar de las colonias americanas
en el siglo dieciocho, surgen de las honduras de
10 de febrero de 1996.
Joseph Ratzinger - Benedicto XVI
Una amplia
corriente de la teología liberal ha interpretado el bautismo de Jesús como una
experiencia vocacional: Jesús, que hasta
entonces había llevado una vida del todo normal en la provincia de Galilea,
habría tenido una experiencia estremecedora; en ella habría tomado conciencia
de una relación especial con Dios y de su misión religiosa, conciencia
madurada sobre la base de las expectativas entonces reinantes en Israel, a las
que Juan había dado una nueva forma, y a causa también de la conmoción personal
provocada en Él por el acontecimiento del bautismo. Pero nada de esto se
encuentra en los textos. Por mucha erudición con que se quiera
presentar esta tesis, corresponde más al género de las novelas sobre Jesús que
a la verdadera interpretación de los textos. Éstos no nos permiten
mirar la intimidad de Jesús. Él está por encima de nuestras psicologías (Romano
Guardini). Pero nos dejan apreciar en qué relación está Jesús con «Moisés y los Profetas»; nos dejan
conocer la íntima unidad de su camino desde el primer momento de su vida hasta la
cruz y
Joseph Ratzinger – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Planeta, Buenos Aires
2007, pp. 46-47 (énfasis nuestro).
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El neomodernismo quiere acabar con
Eulogio López
Una altísima autoridad eclesiástica española reúne a
una serie de periodistas especializados en información religiosa (los
vaticanólogos, recuérdenlo, son aún más peligrosos que los antiguos
criminólogos) y les dice que hay que modificar
Hablo con un veterano de uno de los movimientos
eclesiales más ortodoxos, más fieles al Magisterio y me deja de piedra: dice
exactamente lo mismo. Ya se sabe: hay que adaptarse a los tiempos, hay que
reinterpretar
Más. Durante una reciente reunión para preparar cierta manifestación en defensa de la vida y de la familia, alguien advirtió que debería retirarse del texto convocatorio la precitada idea: "desde la concepción hasta la muerte natural". Otra cosa podría herir sensibilidades. Y yo convencido de que se trataba precisamente de eso, de herir sensibilidades y despertar conciencias. Ingenuo que es uno en esto del foro público.
Y más y más. Reputados, e incluso reputadas, biólogos y genetistas reconocidos como católicos se han inventado (un invento científico, claro está) lo de las seis horas tras la concepción, en las que todavía no se puede hablar de persona. Uno se pregunta por qué no siete, o cinco, pero naturalmente formulo la incógnita con la modestia propia de mi condición. El pensamiento progresista, por ejemplo su eximia representante, la ministra de Sanidad española, Elena Salgado, convierte las seis horas en 14 días, pero es que el pensamiento progresista es una expresión que supone una contradicción en origen. En cualquier caso, con unas horas o un par de semanas la concusión la misma: se pueden manipular un montón de embriones humanos con objetivos clonatorios, terapéuticos, reproductivos o quinielísticos.
Y más, a otro importantísimo y muy ortodoxo movimiento
cristiano también le ha dado por reinterpretar
Con la andanada de Corea, otra importante científica católica, asesora de medios eclesiásticos en la materia, corre, como Julio César, presurosa en socorro del vencedor, y nos aclara que no estamos hablando de clonación, sino de "transferencia nuclear". Esto nos consuela mucho. Y, naturalmente, sus más ardorosas palabras están destinadas a proteger a los científicos que matan, no a las víctimas que son aniquiladas. Sinceramente, nunca he comprendido por qué el corporativismo no figura entre los pecados capitales. Aunque sea en octavo lugar.
Al parecer, hasta las cabezas mejor amuebladas y los
corazones más leales sucumben a la marea, a esa especie de fatalismo que
constituye el enemigo más artero de la Iglesia actual y del sentido común: no
podemos luchar contra el huracán de muerte en nombre del progreso, cientifismo
engañabobos y desesperación vital. Sí, porque a la sociedad actual le gusta
Nunca he leído una definición tan perfecta del Imperio
de la Muerte: Sí, al hombre actual le molesta
Pero volvamos a
Claro que el ataque es de tipo modernista. De hecho, es
un ataque que podríamos calificar de neomodernista: no rompemos con la Iglesia,
simplemente vamos a ayudarla, a actualizarla, a hacer que recupere el diálogo
con el mundo. No quemamos la Biblia,
El segundo error es más grave, por más doctrinal y por
más genérico… éste de corte postmoderno. El problema es que todos esos
cristianos que pretenden reinventar
Por lo demás, el propio autor de la encíclica, ya
advirtió de esta perversión de las almas buenas. A fin de cuentas, el autor de
Eulogio López, Hispanidad (www.hispanidad.com), 27-05-2005.
CONGREGACIÓN PARA
RESPUESTAS A PREGUNTAS
sobre la validez del Bautismo conferido con las fórmulas
«I baptize you in the name of the Creator, and of the Redeemer, and of the
Sanctifier»
y «I baptize you
in the name of the Creator, and of the Liberator, and of the Sustainer»
PREGUNTAS
Primera: ¿Es válido el Bautismo conferido con las formulas «I baptize you in the name of the Creator, and of the Redeemer, and of the Sanctifier» y «I baptize you in the name of the Creator, and of the Liberator, and of the Sustainer»?
Segunda:
¿Deben ser bautizadas en forma absoluta las personas que han sido bautizadas
con estas fórmulas?
RESPUESTAS
A la primera: Negativo.
A la segunda: Afirmativo.
El Sumo
Pontífice Benedicto XVI, en la audiencia concedida al infrascrito Cardenal
Prefecto, ha aprobado las presentes Respuestas, decididas en
Dado en Roma,
en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 1 de febrero de
2008.
William
Cardenal Levada, Prefecto.
Angelo Amato, S.D.B., Arzobispo titular de Sila, Secretario.
***
Nota de “Fe y Razón”:
Las fórmulas bautismales
rechazadas por
·
“Yo te
bautizo en el nombre del Creador, y del Redentor, y del Santificador”.
·
“Yo te
bautizo en el nombre del Creador, y del Liberador, y del Sustentador”.
Estas fórmulas provienen de la teología feminista y de su afán por evitar los nombres del Padre y del Hijo, considerados como productos del patriarcado masculino.
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|
Acto de caridad Dios mío, te amo sobre todas las cosas |
Actus caritatis Dómine Deus, amo te super ómnia |
Fuente: Catecismo de la Iglesia Católica – Compendio, Apéndice, A)
Oraciones comunes.
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