Fe y Razón

Revista virtual gratuita

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 18 – Octubre/Noviembre de 2007

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)

 

 

“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

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Equipo de Dirección: Diác. Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing. Daniel Iglesias.

Colaboradores: Dr. Carlos Álvarez Cozzi, Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Pbro. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Dra. María Lourdes González, Ec. Rafael Menéndez, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Pbro. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Alvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Defendamos el primero de los derechos humanos

Equipo de Dirección

Documentos

Respuestas a algunas preguntas de la Conferencia Episcopal Estadounidense sobre la alimentación e hidratación artificiales

Congregación para la Doctrina de la Fe

 

Historia

Conclave 2005, qué le dije al futuro Papa

Card. Giacomo Biffi

Historia

La Virgen de los Treinta y Tres

Dr. Pedro Gaudiano

Historia

La cruz y el martillo

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Familia y Vida

Carta a los Senadores sobre el Proyecto de Ley de Defensa del Derecho a la Salud Sexual y Reproductiva

Instituto Arquidiocesano de Bioética “Juan Pablo II”

 

Ciencia y Fe

Tres casos: Galileo, Lavoisier y Duhem

Mariano Artigas

Teología

Sacramentos de Iniciación. Orden y unidad del itinerario de iniciación

Diác. Jorge Novoa

Poesía

Llama de amor viva

San Juan de la Cruz

 

 

Defendamos el primero de los derechos humanos

 

Equipo de Dirección

 

1.      Rehabilitar la apologética

Como podrán apreciar, “Fe y Razón” está estrenando un nuevo lema. A la clásica frase de Santo Tomás de Aquino, que nos sirve de lema desde 1999, hemos agregando un párrafo del Documento de Aparecida que llama a una rehabilitación de la auténtica apologética. Mucho nos complace este pronunciamiento de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. El enfoque apologético ha sido uno de los principales aspectos de “Fe y Razón” desde su fundación. Estamos convencidos de que el descuido de la apologética es una de las razones de la crisis eclesial de las últimas décadas y de que la rehabilitación de la apologética es un componente esencial de la nueva evangelización.

 

2.      El Nº 18 de “Fe y Razón”

Por segunda vez nuestro exceso de trabajo ha impedido que “Fe y Razón” fuera publicada en fecha. Por ello volvemos a pedir disculpas a nuestros suscriptores.

En este número de “Fe y Razón” incluimos:

a.       Un reciente documento de la Congregación de la Doctrina de la Fe que reafirma la obligación moral de suministrar alimento e hidratación a los enfermos en estado vegetativo.

b.      El vivaz discurso del Cardenal Giacomo Biffi, Arzobispo de Bolonia (Italia), en una de las asambleas que precedieron inmediatamente al Cónclave del año 2005, cuando fue elegido el actual Papa, Benedicto XVI.

c.       Un interesante artículo del Dr. Pedro Gaudiano sobre la historia de la Virgen de los Treinta y Tres, Patrona del Uruguay.

d.      Una reflexión del Ing. Daniel Iglesias sobre el fenómeno del “clero revolucionario” de América Latina en el período 1965-1985, a partir de dos cartas del R.P. Fernando Hoyos SJ.

e.       La carta que el Instituto Arquidiocesano de Bioética “Juan Pablo II” envió a todos los Senadores del Uruguay, exhortándoles a votar negativamente en su totalidad el proyecto de ley de “defensa del derecho a la salud sexual y reproductiva”, acompañado de un resumen breve de las razones que fundamentan esa exhortación.

f.        Un notable artículo de Mariano Artigas sobre los casos de Galileo, Lavoisier y Duhem. De este modo “Fe y Razón” realiza un sencillo homenaje a este gran filósofo católico español, fallecido recientemente, quien ha dejado una profusa obra escrita, sobre todo acerca de las relaciones entre la ciencia, la razón y la fe cristiana.

g.       Un artículo del Diác. Jorge Novoa sobre el orden de los tres sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía.

h.       La famosa poesía “Llama de amor viva” de San Juan de la Cruz, admirable expresión de la experiencia mística y una de las obras culminantes de la literatura española.  

 

3.      Una grave amenaza contra el derecho humano a la vida y contra los derechos de la familia

El Senado uruguayo está considerando el proyecto de ley denominado “de defensa del derecho a la salud sexual y reproductiva”, cuyo principal objetivo es la legalización del aborto. El pasado 17 de octubre el Senado rechazó dicho proyecto, por 15 votos a favor y 15 en contra. El mismo día los Senadores aprobaron por unanimidad en general un proyecto de ley igual al citado, pero excluyendo el capítulo 2, que trata directamente acerca de la legalización del aborto. Este nuevo proyecto, sin embargo, incluye aspectos muy negativos, que representan entre otras muchas cosas una oficialización de la ideología de la “perspectiva de género”, la imposición por ley de falsos principios éticos, una grave amenaza contra la libertad de expresión y contra la patria potestad y la extensión a todos los centros de salud del país de una iniciativa que en los hechos equivale a una promoción del aborto farmacológico.

Quince Senadores del partido de gobierno (Frente Amplio) votaron a favor de la legalización del aborto, mientras que otros dos votaron en contra. Además votaron en contra los once Senadores del Partido Nacional y dos Senadores del Partido Colorado. El restante Senador colorado se retiró de sala en el momento de esa votación. Los 31 Senadores apoyaron con su voto el citado proyecto alternativo.

Se espera que el martes 6 de noviembre el Senado continúe tratando este asunto. Se dice que se podría reconsiderar la votación sobre la legalización del aborto. Exhortamos a todos los cristianos a estar atentos a estos acontecimientos y a redoblar sus esfuerzos en la defensa del derecho a la vida humana y los derechos de la familia. ¡Que la Virgen de los Treinta y Tres proteja a nuestra Patria en esta hora decisiva para la calidad moral de nuestra comunidad política!

 

4.      Una ordenación sacerdotal

El pasado jueves 1º de noviembre, Fiesta de Todos los Santos, el Diác. Miguel Pastorino, colaborador de “Fe y Razón”, fue ordenado sacerdote del clero secular de la Arquidiócesis de Montevideo. Felicitamos a Miguel y rogamos al Señor que lo bendiga y le conceda ser un sacerdote santo, según el modelo de Nuestro Señor Jesucristo, el Buen Pastor.

 

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Respuestas a algunas preguntas de la Conferencia Episcopal Estadounidense

sobre la alimentación e hidratación artificiales

 

Congregación para la Doctrina de la Fe

 

Primera pregunta: ¿Es moralmente obligatorio suministrar alimento y agua (por vías naturales o artificiales) al paciente en “estado vegetativo”, a menos que estos alimentos no puedan ser asimilados por el cuerpo del paciente o no se le puedan suministrar sin causar una notable molestia física?

 

Respuesta: Sí. Suministrar alimento y agua, incluso por vía artificial, es, en principio, un medio ordinario y proporcionado para la conservación de la vida. Por lo tanto es obligatorio en la medida y mientras se demuestre que cumple su propia finalidad, que consiste en procurar la hidratación y la nutrición del paciente. De ese modo se evita el sufrimiento y la muerte derivados de la inanición y la deshidratación.

 

Segunda pregunta: ¿Si la nutrición y la hidratación se suministran por vías artificiales a un paciente en “estado vegetativo permanente”, pueden ser interrumpidos cuando los médicos competentes juzgan con certeza moral que el paciente jamás recuperará la conciencia?

 

Respuesta: No. Un paciente en “estado vegetativo permanente” es una persona, con su dignidad humana fundamental, por lo cual se le deben los cuidados ordinarios y proporcionados, que incluyen, en principio, el suministro de agua y alimentos, incluso por vías artificiales.

 

El Sumo Pontífice Benedicto XVI, en la audiencia concedida al infrascrito Cardenal Prefecto, ha aprobado las presentes Respuestas, decididas en la Sesión Ordinaria de la Congregación, y ha ordenado que sean publicadas.

 

Dado en Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 1 de agosto de 2007.

 

William Cardenal Levada

Prefecto

 

Angelo Amato, S.D.B.

Arzobispo titular de Sila

Secretario

 

*****

 

Artículo de Comentario

 

Congregación para la Doctrina de la Fe

 

La Congregación para la Doctrina de la Fe ha respondido a algunas preguntas presentadas el 11 de julio de 2005, por S. E. R. Mons. William S. Skylstad, Presidente de la Conferencia Episcopal Estadounidense, sobre la alimentación e hidratación de los pacientes que se encuentran en la condición comúnmente denominada “estado vegetativo”. El objeto de las preguntas es si la alimentación e hidratación de estos pacientes, sobre todo cuando son suministradas por vía artificial, no constituye una carga excesivamente pesada para ellos, sus familiares y para el sistema sanitario, hasta el punto de poder ser consideradas, también a la luz de la doctrina moral de la Iglesia, un medio extraordinario o desproporcionado y, por lo tanto, moralmente no obligatorio.

 

A favor de la posibilidad de renunciar a la alimentación e hidratación de estos pacientes se invoca frecuentemente el Discurso del Papa Pío XII a los participantes en un Congreso de Anestesiología el 24 de noviembre de 1957. Allí el Pontífice confirmaba dos principios éticos generales. Por una parte, la razón natural y la moral cristiana enseñan que, en caso de enfermedad grave, el paciente y los que lo atienden tienen el derecho y el deber de aplicar los cuidados médicos necesarios para conservar la salud y la vida. Por otra parte, ese deber comprende generalmente el uso de medios que, consideradas todas las circunstancias, son ordinarios, o sea, que no constituyen una carga extraordinaria para el paciente o para los demás. Una obligación más rígida sería demasiado gravosa para la mayoría de las personas y haría demasiado difícil la consecución de bienes más importantes. La vida, la salud y todas las actividades temporales están subordinadas a los fines espirituales. Naturalmente, esto no impide que se haga más de lo que sea estrictamente obligatorio para conservar la vida y la salud, con tal de no faltar a deberes más graves.

 

Hay que notar, ante todo, que las respuestas dadas por Pío XII se referían al uso e interrupción de las técnicas de reanimación. Pero el caso en cuestión nada tiene que ver con esas técnicas. Los pacientes en “estado vegetativo” respiran espontáneamente, digieren naturalmente los alimentos, realizan otras funciones metabólicas y se encuentran en una situación estable. No pueden, sin embargo, alimentarse por sí mismos. Si no se les suministra artificialmente alimento y líquido mueren, y la causa de la muerte no es una enfermedad o el “estado vegetativo”, sino únicamente inanición y deshidratación. Por otra parte, el suministro artificial de agua y alimento generalmente no impone una carga pesada ni al paciente ni a sus familiares. No conlleva gastos excesivos, está al alcance de cualquier sistema sanitario de tipo medio, no requiere de por sí hospitalización y es proporcionada a su finalidad: impedir que el paciente muera por inanición y deshidratación. No es ni tiene la intención de ser una terapia resolutiva, sino un cuidado ordinario para conservar la vida.

 

Lo que, por el contrario, puede constituir una carga notable es el hecho de tener un pariente en “estado vegetativo”, si ese estado se prolonga en el tiempo. Es una carga semejante a la de atender a un tetrapléjico, a un enfermo mental grave, a un paciente con Alzheimer avanzado, etc. Son personas que necesitan asistencia continua por espacio de meses e incluso años. Pero el principio formulado por Pío XII no puede ser interpretado, por razones obvias, como si fuera lícito abandonar a su propia suerte a los pacientes cuya atención ordinaria imponga una carga considerable para la familia, dejándolos morir. Éste no es el sentido en el que Pío XII hablaba de medios extraordinarios.

 

Todo hace pensar que a los pacientes en “estado vegetativo” se les debe aplicar la primera parte del principio formulado por Pío XII: en caso de enfermedad grave, hay derecho y deber de aplicar los cuidados médicos necesarios para conservar la salud y la vida. El desarrollo del Magisterio de la Iglesia, que ha seguido de cerca los progresos de la medicina y los interrogantes que éstos suscitan, lo confirma plenamente.

 

La Declaración sobre la eutanasia, publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe el 5 de mayo de 1980, explica la distinción entre medios proporcionados y desproporcionados, y entre tratamientos terapéuticos y cuidados normales que se deben prestar al enfermo: «Ante la inminencia de una muerte inevitable, a pesar de los medios empleados, es lícito en conciencia tomar la decisión de renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo los cuidados normales debidos al enfermo en casos similares» (parte IV). Menos aún se pueden interrumpir los cuidados ordinarios para los pacientes que no se encuentran ante la muerte inminente, como lo es generalmente el caso de los que entran en “estado vegetativo”, para quienes la causa de la muerte sería precisamente la interrupción de los cuidados ordinarios.

 

El 27 de junio de 1981 el Pontificio Consejo Cor Unum publicó un documento titulado Algunas cuestiones de ética relativas a los enfermos graves y a los moribundos, en que se afirma, entre otras cosas: «Pero permanece la obligación estricta de procurar a toda costa la aplicación de los medios llamados “mínimos”, los que están destinados normalmente y en las condiciones habituales a mantener la vida (alimentación, transfusión de sangre, inyecciones, etc.). Interrumpir su administración constituirá prácticamente querer poner fin a la vida del paciente» (n. 2.4.4).

 

En un discurso dirigido a los participantes de un Curso internacional de actualización sobre las preleucemias humanas, del 15 de noviembre de 1985, el Papa Juan Pablo II, haciendo referencia a la Declaración sobre la eutanasia, afirmó claramente que, en virtud del principio de la proporcionalidad de los cuidados médicos, no nos podemos eximir «del esfuerzo médico necesario para sostener la vida ni de la atención con medios normales de mantenimiento vital», entre los cuales está ciertamente el suministro de alimento y líquidos, y advierte que no son lícitas las omisiones que tienen la finalidad «de acortar la vida para mitigar el sufrimiento al paciente o a los familiares».

 

En 1995 el Pontificio Consejo para la Pastoral de los Asistentes Sanitarios publicó la Carta de los agentes sanitarios. En el n. 120 se afirma explícitamente: «La alimentación y la hidratación, aun artificialmente administradas, son parte de los cuidados normales que siempre se le han de proporcionar al enfermo cuando no resultan gravosos para él: su indebida suspensión significa una verdadera y propia eutanasia».

 

El Discurso de Juan Pablo II a un grupo de Obispos de los Estados Unidos de América en visita ad limina, del 2 de octubre de 1998, es explícito al respecto: la alimentación y la hidratación son consideradas como cuidados médicos normales y medios ordinarios para la conservación de la vida. Es inaceptable interrumpirlos o no administrarlos si la muerte del paciente es la consecuencia de esa decisión. Estaríamos ante una eutanasia por omisión (cf. n.4).

 

En el Discurso del 20 de marzo de 2004, dirigido a los participantes en un congreso internacional sobre “tratamientos de mantenimiento vital y estado vegetativo. Progresos científicos y dilemas éticos”, Juan Pablo II confirmó en términos muy claros lo que ya se había dicho en los documentos antes citados, y ofreció también la interpretación de los mismos apropiada a las circunstancias. El pontífice subrayó los siguientes puntos:

 

1) «Para indicar la condición de aquellos cuyo “estado vegetativo” se prolonga más de un año, se ha acuñado la expresión estado vegetativo permanente. En realidad, a esta definición no corresponde un diagnóstico diverso, sino sólo un juicio de previsión convencional, que se refiere al hecho de que, desde el punto de vista estadístico, cuanto más se prolonga en el tiempo la condición de estado vegetativo, tanto más improbable es la recuperación del paciente» (n. 2) (1).

 

2) Frente a quienes ponen en duda la misma “cualidad humana” de los pacientes en “estado vegetativo permanente”, es necesario reafirmar «que el valor intrínseco y la dignidad personal de todo ser humano no cambian, cualesquiera que sean las circunstancias concretas de su vida. Un hombre, aunque esté gravemente enfermo o impedido en el ejercicio de sus funciones superiores, es y será siempre un hombre; jamás se convertirá en un “vegetal” o en un “animal”» (n. 3).

 

3) «El enfermo en estado vegetativo, en espera de su recuperación o de su fin natural, tiene derecho a una asistencia sanitaria básica (alimentación, hidratación, higiene, calefacción, etc.), y a la prevención de las complicaciones que se derivan del hecho de estar en cama. Tiene derecho también a una intervención específica de rehabilitación y a la monitorización de los signos clínicos de su eventual recuperación. En particular, quisiera poner de relieve que la administración de agua y alimento, aunque se lleve a cabo por vías artificiales, constituye siempre un medio natural de conservación de la vida, no un acto médico. Por tanto, su uso se debe considerar, en principio, ordinario y proporcionado, y como tal moralmente obligatorio, en la medida y mientras demuestre alcanzar su finalidad propia, que en este caso consiste en proporcionar alimento al paciente y alivio a sus sufrimientos» (n. 4).

 

4) Los documentos precedentes son asumidos e interpretados en ese sentido: «la obligación de proporcionar “los cuidados normales debidos al enfermo en esos casos” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración sobre la eutanasia, parte IV), incluye también el empleo de la alimentación y la hidratación (cf. Pontificio Consejo Cor unum, Algunas cuestiones de ética relativas a los enfermos graves y a los moribundos, n. 2.4.4; Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud, Carta de los agentes sanitarios, n. 120). La valoración de las probabilidades, fundada en las escasas esperanzas de recuperación cuando el estado vegetativo se prolonga más de un año, no puede justificar éticamente el abandono o la interrupción de los cuidados mínimos al paciente, incluidas la alimentación y la hidratación. En efecto, el único resultado posible de su suspensión es la muerte por hambre y sed. En este sentido, si se efectúa consciente y deliberadamente, termina siendo una verdadera eutanasia por omisión» (n. 4).

 

Por lo tanto, las Respuestas que la Congregación para la Doctrina de la Fe da ahora están en línea con los documentos de la Santa Sede apenas citados y, en particular, con el Discurso de Juan Pablo II del 20 de marzo de 2004. Los contenidos fundamentales son dos. Se afirma, en primer lugar, que el suministro de agua y alimento, incluso por vía artificial, es, en principio, un medio ordinario y proporcionado para la conservación de la vida para los pacientes en “estado vegetativo”. «Por lo tanto es obligatorio en la medida y mientras se demuestre que cumple su propia finalidad, que consiste en procurar la hidratación y la nutrición del paciente». En segundo, lugar se precisa que ese medio ordinario de mantenimiento vital se debe asegurar incluso a los que caen en “estado vegetativo permanente”, porque se trata de personas, con su dignidad humana fundamental.

 

Al afirmar que suministrar alimento y agua es, en principio, moralmente obligatorio, la Congregación para la Doctrina de la Fe no excluye que, en alguna región muy aislada o extremadamente pobre, la alimentación e hidratación artificiales puede que no sean físicamente posibles, entonces ad impossibilia nemo tenetur, aunque permanece la obligación de ofrecer los cuidados mínimos disponibles y de buscar, si es posible, los medios necesarios para un adecuado mantenimiento vital. Tampoco se excluye que, debido a complicaciones sobrevenidas, el paciente no pueda asimilar alimentos y líquidos, resultando totalmente inútil suministrárselos. Finalmente, no se descarta la posibilidad de que, en algún caso raro, la alimentación e hidratación artificiales puedan implicar para el paciente una carga excesiva o una notable molestia física vinculada, por ejemplo, a complicaciones en el uso del instrumental empleado.

 

Estos casos excepcionales nada quitan, sin embargo, al criterio ético general, según el cual el suministro de agua y alimento, incluso cuando hay que hacerlo por vías artificiales, representa siempre un medio natural de conservación de la vida y no un tratamiento terapéutico. Por lo tanto, hay que considerarlo ordinario y proporcionado, incluso cuando el “estado vegetativo” se prolongue.

 


 

1) La terminología que se refiere a las diferentes fases y formas del “estado vegetativo” es objeto de controversia, pero para el juicio moral eso es irrelevante.

 

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Conclave 2005, qué le dije al futuro Papa


Giacomo Biffi


Los días más trabajosos para los cardenales son aquellos que preceden inmediatamente al cónclave. El Sacro Colegio se reúne diariamente desde las 9:30 a las 13:00h., en una asamblea donde cada uno de los presentes es libre de decir todo lo que cree.


Pero se intuye que no se puede tratar públicamente el argumento que está en lo más íntimo de los electores del futuro obispo de Roma: 'a quién debemos elegir’?

 
Y así esto va a terminar en que cada cardenal es tentado de citar más que otro sus problemas y sus dificultades: o mejor, los problemas y las dificultades de su cristiandad, de su nación, de su continente, del mundo entero. Es sin duda muy útil esta general, espontánea, incondicionada reseña de información y de juicios. Pero sin duda el cuadro que resulta de ello no es un hecho alentador.


Cuál fue en aquella ocasión mi estado de ánimo y cuál mi reflexión prevalente emerge de la intervención que después de muchos asombros me decidí a pronunciar el viernes 15 de abril de 2005. He aquí el texto:


“1. Después de haber escuchado todas las intervenciones –justas, oportunas, apasionadas– que aquí han resonado, quisiera expresar al futuro Papa (que me está escuchando) toda mi solidaridad, mi simpatía, mi comprensión y también un poco de mi fraterna compasión. Pero quisiera sugerirle también que no se preocupe demasiado por todo aquello que aquí ha escuchado y no se asuste demasiado. El Señor Jesús no le pedirá resolver todos los problemas del mundo. Le pedirá que lo quiera con un amor extraordinario: ‘'Me amas más que estos?’ (cfr. Jn 21,15). En una ‘tira’ y ‘caricatura’ que nos llegaba de Argentina,
la de Mafalda, he encontrado hace varios años una frase que en estos días me ha venido a la mente frecuentemente: ‘Ahora entiendo; –decía aquella terrible y aguda muchachita– el mundo está lleno de problemólogos, pero escasean los solucionólogos’.


2. Quisiera decir al futuro Papa que preste atención a todos los problemas. Pero primero y más todavía que se dé cuenta del estado de confusión, de desorientación, de descarrío que aflige en estos años al pueblo de Dios, y sobre todo que aflige a los ‘pequeños’.


3. Hace unos días escuché en la televisión a una religiosa anciana y devota que respondía así al entrevistador: ‘Este Papa, que ha muerto, ha sido grande sobre todo porque nos ha enseñado que todas las religiones son iguales’. No sé si a Juan Pablo II le hubiese gustado mucho un elogio como ése.


4. En fin, quisiera señalar al nuevo Papa el caso de
la ‘Dominus Iesus’: un documento explícitamente de acuerdo y públicamente aprobado por Juan Pablo II; un documento por el cual me gusta expresar al cardenal Ratzinger mi vibrante gratitud. Que Jesús es el único necesario Salvador de todos es una verdad que en veinte siglos –a partir del discurso de Pedro después de Pentecostés– no se había escuchado la necesidad de reclamar jamás. Esta verdad es, por decir así, el grado mínimo de la fe; es la certeza primordial, es entre los creyentes el dato simple y más esencial. En dos mil años no ha sido jamás puesta en duda, ni siquiera durante la crisis arriana y ni siquiera con ocasión del descarrilamiento de la Reforma protestante. El haber tenido que recordarla en nuestros días nos da la medida de la gravedad de la situación hodierna. Sin embargo este documento, que reclama la certeza primordial, más simple, más esencial, ha sido contestado. Ha sido contestado en todos los niveles: en todos los niveles de la acción pastoral, de la enseñanza teológica, de la jerarquía.


5. Me contaron de un buen católico que propuso a su párroco hacer una presentación de
la ‘Dominus Iesus’ a la comunidad parroquial. El párroco (un sacerdote por lo demás excelente y bien intencionado) le respondió: ‘Olvídalo. Ése es un documento que divide’. ‘Un documento que divide’. ¡Gran descubrimiento! Jesús mismo ha dicho: ‘Yo he venido a traer la división’ (Lc 12,51). Pero demasiadas palabras de Jesús resultan hoy censuradas por la cristiandad; al menos por la cristiandad en sus partes más locuaces”.

 

Giacomo Biffi, "Memorie e digressioni di un italiano cardinale [Memorias y digresiones de un italiano cardenal]", Cantagalli, Siena, 2007, pp. 614-615.

 

Fuente: http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/173182?sp=y

 

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La Virgen de los Treinta y Tres

 

Pedro Gaudiano

 

La Virgen de los Treinta y Tres es el signo del encuentro de la fe de la Iglesia con la historia de nuestra patria. En la zona del Pintado se crearon primero unos fuertes y luego una estancia. En 1779 se pretendió crear una capilla, que posteriormente fue el origen de la villa del Pintado. La imagen que se colocó en la capilla, donada por un indio, era una Inmaculada bajo la advocación de Nuestra Señora del Luján. Esa misma advocación se mantuvo cuando la capilla pasó a ser viceparroquia de Canelones, y también luego, en 1805, cuando el obispo de Buenos Aires la convirtió en parroquia. En 1809, el párroco Santiago Figueredo, con los pobladores de la villa del Pintado, fundó la villa de San Fernando de Florida. Fue allí donde, a partir de los célebres acontecimientos de 1825, la advocación de Nuestra Señora de Luján se convirtió en Virgen de los Treinta y Tres.

 

1.        Los Fuertes del Pintado

A mediados del siglo XVIII, además de las ciudades amuralladas de Colonia del Sacramento y Montevideo (1), en la Banda Oriental sólo existía el desierto, azotado por los “malones” de indios. El estanciero primitivo pudo fundar muy tardíamente la rústica choza de su incipiente establecimiento rural, rodeada por palizada y hondo zanjón.

La única medida eficaz para ofrecer una resistencia estable y enérgica ante las invasiones de los indios o de los bandoleros portugueses que venían de Río Grande, era ubicar fortines o apostaderos militares en lugares más o menos estratégicos, y allí establecer milicias que periódicamente recorrieran la campaña.

El primero de aquellos fuertes que levantaron tierra adentro la Gobernación y el Cabildo de Montevideo, fue el fuerte “San Juan Bautista”, más comúnmente llamado del “Pintado” en relación a la toponimia regional, o de la “Frontera”, por estar ubicado en el límite norte de la jurisdicción de Montevideo. Fue erigido en 1760 y persistió hasta 1764, año en el cual el Cabildo decidió ubicar un nuevo fuerte en un lugar prominente y estratégico, a una legua del anterior. Aquella “Guardia Fronteriza” se mantuvo sobre las lomas del Pintado en función de defensa hasta 1771. El 5 de febrero de ese año, el Cabildo dispuso levantarla y trasladarla más al norte, a las nacientes del arroyo de Mansevillagra. De esta manera se ampliaba la jurisdicción territorial de la Gobernación de Montevideo y a la vez se podía observar mejor los movimientos de la campaña.

A pesar de aquella disposición del Cabildo, la Guardia del Pintado no fue abandonada de inmediato. Dos meses después, el 6 de abril de 1771, el Cabildo resolvió que dicha guardia sirviera de centro para las partidas que “desde allí salgan a correr con repetición la campaña, guiados del derrotero que hoy tiene en su poder el teniente de milicias don Martín José Artigas”.

Los fuertes del Pintado, pues, fueron construidos para defender la jurisdicción de Montevideo. Fueron la primera valla que Montevideo colocó tierra adentro para protegerse de las correrías de los indios y bandoleros. Favorecieron, además, la entrada del elemento colonizador en los días iniciales de nuestra formación estancieril. Ariosto Fernández afirma: “En el lugar, hoy, ni una ruina, en la región, ni memoria, y en nuestra historia colonial, una página olvidada (2).

 

2.        La “Estancia del Cabildo”, “de la Ciudad” o “del Pintado”

Al parecer, era costumbre que junto con la erección de fortines avanzados, se estableciera una estancia en sus tierras inmediatas. El Cabildo de Montevideo creyó conveniente disponer de las tierras contiguas al fuerte del Pintado para situar el ganado que serviría de manutención a los guardias. Se pensaba, además, formar un establecimiento que se convirtiera en fuente de recursos.

El 22 de diciembre de 1760, en el Cabildo se hizo referencia a la “estancia que está dispuesto establecerse por esta Ciudad y en particular beneficio de ella”. El mismo sentir ratificó el 9 de junio del año siguiente, al manifestar que estaba “destinada privadamente en pro de esta Ciudad”. Éste es el origen de la “Estancia del Cabildo”, de la “Ciudad” o del “Pintado” A su prosperidad contribuyó el Cabildo con varias disposiciones, entre las que se destacan las dictadas para poner término a los males y perjuicios ocasionados por el ganado salvaje que invadía y arrasaba los sembrados del ejido de Montevideo, lo que provocara la consiguiente inquietud y malestar entre los agricultores.

Se debe señalar que cuando el Cabildo ocupó las tierras linderas con el fortín del Pintado para ubicar su estancia, no indicó ni determinó los límites de aquella posesión. Por eso hacendados y vecinos del lugar no sólo hicieron uso de esos campos, sino que llegaron a radicarse en ellos. Recién en el acuerdo capitular del 30 de julio de 1773 se fijaron los límites de la estancia: “desde la horqueta del arroyo de Pintado, hasta el desagüe de éste en Santa Lucía Chico, y siguiendo este mismo arroyo de Santa Lucía Chico aguas arriba hasta donde entra en el mismo Santa Lucía Chico el arroyo de la Cruz; y por lo que hace a la parte de la campaña se señala por lindero de la misma estancia de esta Ciudad desde la horqueta del arroyo nombrado de los Molles, hasta donde entra el arroyo de la Cruz en Santa Lucía Chico, línea recta”.

El progreso de la “Estancia del Cabildo” fue lento, y aunque nunca llegó a tener la importancia de la “Estancia del Rey” que la Real Hacienda poseía en la falda del cerro de Montevideo, el Cabildo creyó conveniente mantener a su frente una persona que ejerciera las funciones de vigilancia y contralor. Para eso el 22 de diciembre de 1760 se designó a Joseph Torres, quien se instaló en la única construcción que por entonces existía en la propiedad capitular, que era el rancho del fortín del Pintado (3).

 

3.        La capilla del Luján, origen de la villa del Pintado

Las tierras de la jurisdicción del Pintado estaban comprendidas entre los arroyos de la Virgen, Santa Lucía Chico y Pintado, por el Este, Sur y Oeste respectivamente. Dichas tierras, según Fernández, durante el siglo XVIII fueron las más fraccionadas de todo el actual departamento de Florida. Esto explicaría por qué esa región, muy poco fértil, fue poblada por un número relativamente alto de vecinos. Durante casi un cuarto de siglo, la villa del Pintado fue el centro de las actividades religioso-sociales de una gran parte de la primitiva zona fronteriza de la jurisdicción de Montevideo.

En 1771, a propuesta del gobernador Viana, el Cabildo de Montevideo nombró los “comisionados en los pagos de afuera”, y erigió en “partidos” determinadas zonas de la jurisdicción de Montevideo. A partir de ese año, pues, comenzó a hablarse del “partido del Pintado”.

Para conocer los orígenes de la villa del Pintado, es necesario remontarse a los orígenes de la capilla del Luján o del Pintado. Se han dedicado a este tema autores como Raúl Montero Bustamante en 1904 (4), Mario Falcao Espalter en 1915 (5), Ariosto Fernández en 1928 (6), Monseñor Carlos Parteli en 1961 (7) y Juan Antonio Presas en 1985 (8).

Montero Bustamante deriva la capilla del Pintado de cierto “humilladero” o templete levantado por los jesuitas, alrededor del cual se habrían agrupado más tarde los vecinos del lugar. Ariosto Fernández, por su parte, rechaza firmemente este origen jesuítico de esa capilla aduciendo dos motivos: 1º) Cuando en 1767 fueron expulsados los jesuitas, todas sus propiedades fueron escrupulosamente inventariadas. Dentro del actual departamento de Florida, la Compañía poseía la vasta “Estancia de la Virgen de los Desamparados” o de “la Calera”. Según consta en el detallado inventario realizado allí, se anotaron hasta los “cuchillos viejos”, pero no se menciona el supuesto “humilladero”, el cual, de haber existido, necesariamente habría quedado registrado. 2º) Además, de haber existido, habría estado situado fuera de los límites de las posesiones jesuíticas, que sólo llegaban hasta la banda oriental del Santa Lucía Chico, mientras que la capilla se levantó varios kilómetros al Noroeste, en la cumbre de la cuchilla que separa la cuenca de los arroyos Pintado y de la Virgen. Este mismo hecho constituiría una prueba contra la existencia del “humilladero”, ya que es cosa sabida que los jesuitas jamás fundaron nada en propiedad ajena.

Recién en 1779, doce años después de la expulsión de los jesuitas, es cuando se pretendió erigir la mencionada capilla. Existen documentos históricos que atestiguan el origen de la misma:

1º) Bernardo Suárez del Rondelo declaró ante autoridad judicial: “Que en 1779 donó el Indio Antonio Díaz seis cuadras de terreno al Reverendo Padre don Vicente Chaparro, para construir en la cumbre la cuchilla del Pintado, un templo a la reina de la Ángeles bajo la advocación de Nuestra Señora del Luján, hecho que se lleva a cabo de orden expresa del Obispo de Buenos Aires, Monseñor Malvar...” (9).

2º) En enero de 1837 el mismo Bernardo Suárez de Rondelo declaraba: “Que a mediados del año de mil setecientos setenta y cuatro, conoció al Indio Antonio Díaz por dueño, y posehedor del campo que reclama con justicia Dn. Francisco de Alba; que oyó decir entonces que le había sido dado por el Gobierno diez y ocho años hazia. Que llegado el año de 1779 presentado que se hubo el religioso Fr. Vicente Chaparro a construir un oratorio o Capilla del Orden del Obispo Malvar, reunió a Antonio Díaz con los demás vecinos del circulo para elegir el punto en que devia sentarse y hallando por conveniente fixarla en el terreno del Campo de Antonio Díaz condonó diez cuadras de terreno paraque se fixase la Capilla y algunos moradores quisieran agregarse...”.

3º) Existe un dato documental terminante y preciso. El 25 de marzo de 1809 el presbítero Santiago Figueredo dirigió una carta al Cabildo de Montevideo, iniciando las gestiones para que le cedieran la “Estancia de la Ciudad” para fundar un nuevo pueblo. Al referirse al origen de su decadente parroquia no deja lugar a dudas: “Treinta años ha que se fundó la primera Capilla en el mismo lugar que hoy ocupa la Parroquia...”.

El indio Antonio Díaz, natural de Santo Domingo Soriano, fue quien donó los campos donde se erigió la capilla del Luján, alrededor de la cual, poco a poco, se fue plasmando la villa del Pintado. Cabe señalar que los deseos del Obispo Malvar y Pinto no se llevaron a cabo tan rápidamente. La autorización expresa del Gobernador de Montevideo, imprescindible para que se pudiera establecer la capilla, recién llegó en 1782.

 

4.    La imagen de la Virgen

Es tradición que la santa imagen de la Virgen que se puso en la capilla del Pintado traída por el indio Antonio Díaz, fue considerada siempre como una “Inmaculada” o de la “Muy Pura y Limpia Concepción” –como se decía antes–, en su advocación de Nuestra Señora de Luján. Juan Antonio Presas se ha especializado en la historia de esta advocación, por lo cual a partir de aquí seguiremos sus aportes.

El indio Díaz, bueno y piadoso, debió pedir o recibir aquella imagen de los jesuitas de la estancia “Nuestra Señora de los Desamparados”, situada en las cercanías de la actual ciudad de Florida. Inmediatamente el indio la puso a la veneración de los fieles, y en un pilar o en el hueco de un árbol, formando una pequeña hornacina, se esforzó para que los pocos pobladores del lugar honrasen a la Virgen con su devoción.

Se tiene como cosa cierta que la imagen procede de las misiones jesuíticas del Paraguay. Los señores Monestier Hnos., al restaurarla en 1909, comprobaron que la madera tallada era de cedro de dichas misiones y que conservaba el color y perfume característico de su especie; notaron además que los colores primitivos de la imagen, y que fueron respetados, eran el azul, el rojo y el oro, muy propios de la decoración artística misionera. Al parecer, data de los años 1730. Los autores que de ella han hablado, tanto por su forma como por su postura, la han tomado como Inmaculada, del tipo de las Vírgenes pintadas por Murillo.

 

5.    La parroquia de Nuestra Señora del Luján

Sabemos que en 1787 la capilla del Luján contaba ya con un sacerdote. En efecto, el presbítero José M. Pérez Castellano, en su carta a Benito Rivas, al referirse a las capillas dependientes de la parroquia de Canelones, menciona: “...y la de Pintado, cerca de donde está la estancia de la ciudad, servida por un Eclesiástico Paraguayo que yo no conozco...” (10).

En 1790 las autoridades eclesiásticas ordenaron que la capilla fuera promovida a viceparroquia de Canelones, también bajo la advocación de la Virgen del Luján. Los vecinos se encargaron de proveer todo lo necesario para el culto y la administración de los sacramentos. El párroco designó como primer capellán al presbítero Juan Manuel Morilla, teniente cura de Canelones, que comenzó a ejercer su ministerio en la viceparroquia del Luján los primeros días de enero de 1791. A partir de ese momento, la apartada aldea del Pintado comenzó a transformarse en un centro de movimiento social. En efecto, debido a la permanencia de un sacerdote, los habitantes del pago y de apartadas regiones de la campaña se sentían atraídos a cumplir con los deberes religiosos, tan arraigados en la conciencia colectiva colonial.

Sin embargo, a fines del siglo XVIII se inició el período de definitiva decadencia de la villa del Pintado. La aldea estaba ubicada sobre la cumbre árida y pedregosa de una cuchilla, en zona distante del monte y del arroyo –y por lo tanto lejos de la leña y el agua–, y además su solar era muy estrecho y carente de ejido. Pero especialmente la fundación de la villa de Melo en 1795, y de las capillas de Farruco y Diego González en tierras de “Entre Ríos y Negro”, quitaron a la villa del Pintado la afluencia de los habitantes de aquella vasta y rica región.

A pesar del lento morir de la villa, sus habitantes no disminuyeron su fervor religioso. El 6 de noviembre de 1804 dirigieron una carta al obispo de Buenos Aires, Monseñor Benito Lué y Riega, que por entonces realizaba la visita pastoral a la Banda Oriental. Le pidieron que la capilla del Luján fuera elevada a parroquia; le indicaron los límites jurisdiccionales y le solicitaron que designase como párroco al entonces teniente cura, el presbítero León Porcel de Peralta. Manifestaron, además, que la población del distrito era de “mil quinientas personas correspondientes a 250 familias y de las cuales es presumible pensar, que a lo menos, una cuarta parte habitaran la capilla”.

El obispo Lué y Riega atendió el pedido de los vecinos de la villa y el 12 de febrero de 1805, erigió la parroquia de Nuestra Señora de Luján (11), y designó como cura interino a León Porcel de Peralta. A fines de 1808 y mediante concurso, fue designado cura efectivo el entonces teniente cura de Canelones, presbítero Antonio Domingo Sánchez. Razones de índole privada –y muy especialmente su precaria salud–, le obligaron a presentar renuncia al cargo, desde Montevideo, con fecha 21 de diciembre del mismo año. El 12 de enero de 1809 el obispado envió al Gobierno la terna integrada por los presbíteros Santiago Figueredo, Mariano Gadea y Julián Castrelos. Y el 19 de enero siguiente el virrey Santiago Liniers designó al presbítero Figueredo para ocupar el curato de Nuestra Señora del Luján en el Partido del Pintado.

A fines de febrero de 1809 Figueredo inició su ministerio en su nueva parroquia (12). Con este sacerdote se inició un nuevo período en la historia lugareña: él fundó la ciudad de Florida y fue, en los primeros días de la patria vieja, uno de los más entusiastas propagandistas de la revolución. Ariosto Fernández demostró que la verdadera fecha de fundación de la villa San Fernando de Florida fue el 24 de abril de 1809, y no el 5 de setiembre de ese mismo año como fue sostenido por algunos historiadores y cronistas que trataron ese tema (12).

El traslado o cambio de los pobladores de la villa del Pintado a la nueva villa de Florida, seguramente fue por etapas y sobre la fecha de la fundación. Poco tiempo antes de aquel 24 de abril partió el convoy más numeroso hacia el nuevo paraje. Marcharía quizás al frente la carreta que conducía todo lo correspondiente a la capilla: ornamentos, libros, cruces, candeleros, vasos sagrados... La imagen de María de Luján debía ir también en la carreta, tal vez colocada en el alto varal de la misma, a fin de que presidiera y guiara la marcha de su pueblo. Detrás de la Virgen, el párroco y los vecinos y colonos, a pie unos, otros a caballo; carretas cargadas con muebles, ropas y utensilios, conduciendo a mujeres y niños; más lejos marcharía el ganado, arreado por sus dueños.

La caravana llegó felizmente a la nueva villa, que poseía abundante agua y leña. Un nuevo horizonte se abría ante aquellos pobladores. La santa imagen de la Pura Concepción fue colocada en su nuevo y sencillo altar. Con el correr de los años, aquella imagen haría tan memorable el lugar que lo convertiría en centro espiritual de pueblos, y se lo llamaría “La Ciudad Florida de María”.

 

6.    Misa por la Patria

El cura Figueredo fue el principal agente de la revolución en la extensa campaña de su parroquia. En 1809 la casa parroquial de Florida fue el teatro de las primeras reuniones secretas de los patriotas. Los hermanos y primos del párroco, junto con Francisco Melo, Pedro Celestino Bauzá, y otros vecinos, se reunían allí, y Figueredo supo infundirles un vivo deseo de trabajar por la independencia.

Al primer grito de guerra en 1811 el pago de Florida se puso en movimiento. El cura congregó a sus feligreses y en pocos días las ofrendas llenaron la casa parroquial. En mayo de 1811, en la plaza mayor de Florida, se formó el primer escuadrón de patriotas. El cura Figueredo estaba entre ellos, organizando los detalles de la marcha. Cuando todo estuvo listo el párroco se dirigió a la iglesia, seguido de soldados y vecinos, y luego de arengar al pueblo y pedir la protección de la Virgen María en su pequeña imagen, celebró la Misa. Fue la primera que se celebró en Florida por la patria naciente. Poco después el cura Figueredo, al frente de sus hombres, se incorporaba al ejército libertador y recibía de Artigas el nombramiento de capellán del Ejército de la Patria.

 

7.    Ante el Altar de la Patria

Treinta y tres patriotas orientales, reunidos en Buenos Aires, concibieron la idea de pasar a la Banda Oriental para librarla del poder brasileño y restituirla a las Provincias Unidas del Río de la Plata. Bajo las órdenes de Juan Antonio Lavalleja, pisaron la tierra de su nacimiento el memorable día 19 de abril de 1825, enarbolando la bandera tricolor con el emblema: “Libertad o muerte”.

Las rápidas victorias de Soriano, Colonia, San José, Guadalupe y otras, levantaron el ánimo de los orientales y no tardaron en agruparse bajo esa bandera algunos miles de patriotas, que ansiaban la libertad de su patria.

Llegaron a Florida y desde allí Lavalleja convocó a los pueblos de la Banda Oriental a elecciones, para designar a los delegados que debían formar el primer gobierno patrio. El 14 de junio los elegidos se reunieron en Florida, en el rancho-casa de doña Ana Hernández, inmediata a la iglesia de Nuestra Señora del Luján, declarándose instalado el Gobierno.

A mediodía el brigadier Lavalleja y los miembros del gobierno provisorio, asistidos de los funcionarios civiles y jefes militares, y seguidos por el pueblo que llenaba la plaza mayor, se dirigieron a la iglesia parroquial, donde se cantó el solemne Tedeum y el párroco dio la bendición a héroes y pueblo.

La bandera tricolor se inclinó entonces, por primera vez, ante la imagen sagrada de la Virgen, titular de la iglesia, y próceres y soldados doblaron reverentes ante Ella su rodilla. La santa imagen de Luján, ayer del Pintado y hoy de Florida, en esa fecha gloriosa, lucía como la Virgen de los Treinta y Tres.

 

8. La Jura de la Independencia

El 25 de agosto de 1825 comenzó a deliberar la asamblea de los Convencionales en la ciudad de Florida, en la casa de doña Ana Hernández. El sacerdote Juan Francisco Larrobla ocupaba la presidencia. Se firmaron dos actas: la primera constituía la declaración de la independencia de las Provincias Orientales; la segunda, la reincorporación al núcleo de las Provincias Unidas. Sancionadas ambas leyes, los Convencionales con su presidente a la cabeza, acompañados de los funcionarios civiles del gobierno y de los jefes militares, se dirigieron al templo parroquial para implorar a Dios la prosperidad de la naciente patria y ponerla bajo la protección de la Madre de Dios.

La antigua imagen del Luján del Pintado vio entonces nuevamente postrarse a sus pies a los representantes del pueblo, y hasta ella subieron las oraciones de los Convencionales de agosto. Luego todos se dirigieron a la Piedra Alta, ubicada a poca distancia del templo, donde se leyeron las dos actas, esparciendo a los cuatro vientos la promesa de libertad al pueblo oriental.

 

9. Un regalo a la Virgen

Manuel Oribe, el segundo jefe de los Treinta y Tres Orientales, en 1857 –el mismo año de su muerte– efectuó un regalo a la Virgen. De aquel hecho se conoce el siguiente testimonio: “En 1857, el Gral. Oribe regaló a la Virgen de Luján una coronita de oro. El General Oribe vivía en La Unión y pidió a Felipe Irureta, de esta ciudad, de quien era amigo, la medida de la cabeza de la Virgen de los Treinta y Tres, siendo más tarde remitida y entregada al Cura Vicario. Esta corona fue ofrecida por el General Oribe en acción de gracias, por haberse salvado él y su familia de un naufragio, en que estaba por caer el vapor en que venía embarcado para Montevideo. Él decía que a la Virgen de los Treinta y Tres le debía esta gracia, y que siempre se encomendaba a Ella al comenzar sus batallas”. Las últimas palabras de este testimonio parecen quedar confirmadas por el hecho de que el General Oribe, en 1849, ya había regalado dos campanas al templo parroquial de Florida.

 

10. La Virgen de los Treinta y Tres

Desde 1890 en adelante es cada vez más abundante la documentación que menciona a la imagencita de Florida con el nombre de “Virgen de los Treinta y Tres”. Antes de esa fecha existía principalmente una tradición oral, como se pone de relieve en los siguientes testimonios:

a)      La señora María Irureta de Dubois, que se casó en Florida en 1855 –dos años antes de que Oribe le regalara la corona a la Virgen, hablaba siempre de la Virgen de los Treinta y Tres.

b)      La señora María Inés Vidal de Guichón, que en 1933 tenía unos noventa años, decía: “Desde que me conozco, es decir, desde 1850 por lo menos, siempre he conocido esta Imagencita con el nombre de Virgen de los Treinta y Tres”.

c)      El vasco Pedro Recalde, que en 1937 tenía más de noventa años, en su idioma atravesado declaraba: “Desde que vine de España, a la edad de quince años, siempre Virgen de los Treinta y Tres”.

En 1894, el obispo de Montevideo, Mariano Soler, colocaba ante el altar de la Virgen, en Florida, una placa de mármol con esta inscripción: “Esta Imagen de Nuestra Señora de Luján fue venerada en la primitiva capilla del Pintado. Ante Ella los Treinta y Tres inclinaron la bandera tricolor e invocáronla también los Convencionales de la Independencia. A la voz del pueblo se juntaba esta vez de un modo oficial la voz de la jerarquía eclesiástica, que ratificaba toda una tradición. Desde esa fecha la imagen de Nuestra Señora fue tenida y venerada en general con el solo nombre de “Virgen de los Treinta y Tres”.

El 11 de agosto de 1931 el Papa Pío XI erigió en sede episcopal la ciudad de Florida. Este hecho dio un gran impulso al culto y devoción de la Virgen de los Treinta y Tres.

El 2 de febrero de 1961 el obispo de Florida, Monseñor Humberto Tonna, pidió al Papa Juan XXIII la coronación pontificia para la histórica imagen. Cerraba su carta con estas palabras de Monseñor Mariano Soler: “Ella, la Virgen de los Treinta y Tres, es la guardiana de nuestra Independencia y de nuestros destinos de Nación Católica”. Juan XXIII, en respuesta al pedido, “confía al Ordinario de Florida para que en el día que él señale después de la Misa Solemne, según el rito y la fórmula prescripta, en Nuestro Nombre y Autoridad, imponga una corona de oro a la imagen de la Bienaventurada Virgen María del Pintado o Virgen de los Treinta y Tres”. Al mismo tiempo, el Papa le hizo llegar al Obispo de Florida un juego de ornamentos para utilizar en la referida ceremonia, que se llevó a cabo el domingo 12 de noviembre de 1961. Coronó a la imagen como delegado papal el cardenal Antonio María Barbieri, arzobispo de Montevideo.

A mediados del año siguiente, el episcopado uruguayo en pleno, en nombre inclusive del Presidente de la República, de las autoridades civiles, de las comunidades religiosas y, finalmente, de todos los fieles cristianos, elevó al Santo Padre un pedido para que la Virgen de los Treinta y Tres fuera declarada Patrona de la Nación. Así lo hizo Juan XXIII el 21 de noviembre de 1962.

El 25 de agosto de 1975, al conmemorarse el sesquicentenario de la Declaración de la Independencia Nacional en la villa de San Fernando de Florida –actualmente capital del departamento de su nombre–, el Poder Ejecutivo de la Nación quiso honrar el lugar declarando monumento histórico a la Iglesia Catedral y a la imagen de la Virgen de los Treinta y Tres de la ciudad de Florida.

Todos los años se celebra su fiesta el segundo domingo de noviembre, con una peregrinación a nivel nacional. Ese día se reúne en Florida el pueblo anónimo, presidido por los obispos, y acompañado por los sacerdotes, religiosos y religiosas. Todos van a expresar su amor a la Madre de los uruguayos y a rezar por la Patria. La Virgen de los Treinta y Tres es, pues, el signo del encuentro de la fe de la Iglesia con la historia de nuestra patria.

 

Notas:

 

1) Colonia del Sacramento, fundada en 1680, es la población más antigua hoy existente en el actual territorio uruguayo. El 24 de diciembre de 1726 don Pedro Millán delineó los límites jurisdiccionales de la ciudad de Montevideo; dichos límites rigieron durante todo el período colonial.

 

2) Ariosto Fernández, Historia de la villa de San Fernando de la Florida y su región, 1750-1813, Montevideo, Imp. “El Siglo Ilustrado” 1928, p. 28.

 

3) Vid. el detallado y documentado itinerario de los distintos encargados y arrendatarios de la “Estancia del Cabildo”, en: A. Fernández, Historia..., pp. 35-44.

 

4) Raúl Montero Bustamante, La Virgen de los Treinta y Tres, Montevideo 1914.

 

5) Mario Falcao Espalter, Notas a una tradición, en: «Revista Histórica» [Montevideo] t. VII, nº 20 (1915) 515-531.

 

6) A. Fernández, Historia...

 

7) Carlos Parteli, La Virgen de los Treinta y Tres, Montevideo, 1961.

 

8) Juan A. Presas, Historia de la Virgen de los Treinta y Tres, Buenos Aires, s.e. 1985.

 

9) Declaración publicada por Serapio de la Sierra, en el periódico «El Progreso» [Florida], 12 mayo 1895.

 

10) José M. Pérez Castellano, La Banda Oriental en 1787, en: «Revista Histórica» [Montevideo] t. V, nº 15 (1912) 661-688, 687.

 

11) En la misma fecha Lué y Riega creó otras seis parroquias en la Banda Oriental: Santísima Trinidad de Porongos, San Rafael del Cerro Largo, San Benito de Paysandú, San José en el partido de San José, Nuestra Señora de la Concepción de Minas, Nuestra Señora del Carmen y San José.

 

12) Sobre el cura Figueredo y la fundación de Florida, vid. A. Fernández, Historia..., pp. 67-114.

 

13) Vid. ibid., pp. 83-84.

 

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La cruz y el martillo

 

Daniel Iglesias Grèzes

 

1. Introducción

 

Durante el período 1965-1985 gran parte de América Latina sufrió una tremenda crisis política, cuyos efectos negativos aún no han sido superados del todo. Simultáneamente se consolidó y tuvo su momento de auge en nuestra región un neo-catolicismo de cuño marxista, impulsado por la corriente principal de la llamada “Teología de la Liberación”. Un amplio sector del clero y del laicado latinoamericanos, al que podríamos llamar (en sus propios términos) “progresista”, apoyó a esa corriente en mayor o menor medida. Dentro de ese sector hubo una minoría más radical, “revolucionaria”, que llegó a tomar las armas, incorporándose a las guerrillas marxistas del continente.

 

El “Martirologio Latinoamericano” de “Servicios Koinonía” es una interesante fuente de información acerca de dicho grupo revolucionario, que fue algo así como “la punta del iceberg” del mencionado movimiento católico-marxista. Véase: http://www.servicioskoinonia.org/martirologio/

 

No es difícil identificar la ideología que inspira a este pseudo-martirologio. Basta observar que entre los “mártires latinoamericanos” se incluye a Ernesto “Che” Guevara y al sacerdote uruguayo Indalecio Olivera, del Movimiento de Liberación Nacional - Tupamaros, muerto el 12 de noviembre de 1969 durante un operativo en el que también murió el agente policial Juan Antonio Viera. Por error, el “Martirologio Latinoamericano” llama Oliveira a este sacerdote.

 

Para comprender mejor el fenómeno del “clero revolucionario” del pasado reciente de América Latina, consideremos un ejemplo que encontré en el citado “Martirologio”: el caso de Fernando Hoyos, misionero jesuita que trabajó pastoralmente entre los campesinos indígenas de Guatemala, se sumó luego a la guerrilla guatemalteca y murió el 13 de julio de 1982 (en un enfrentamiento con el ejército) junto con Chepito, un monaguillo de 15 años de edad.

 

A continuación citaré dos cartas de Fernando Hoyos a sus compañeros jesuitas Juan Hernández Picó y César Jerez. Véase estas cartas en http://www.tinet.org/~fqi_sp02/hoyca_sp.htm, extraídas del siguiente libro de María del Pilar Hoyos [hermana de Fernando Hoyos]: Fernando Hoyos, ¿dónde estás?, Fondo de Cultura Editorial, Guatemala, 1997. Las citas del P. Hoyos figuran en letra itálica. Intercalo mis comentarios en letra normal.

 

2. Primera carta (del 9 de septiembre de 1980)

 

Dentro de las exigencias de la lucha revolucionaria actual, hoy doy el paso de integrarme más a la lucha revolucionaria donde lo exige la situación: en un lugar de la montaña de Guatemala. Pienso que es lo que de mí exige la lucha revolucionaria en este momento. Mi fidelidad es a ese pueblo en el que Dios está presente y lo demás son instrumentos para esa lucha.

O sea: el fin último de su acción es contribuir a la Revolución marxista; todo lo demás (incluso la Iglesia) es sólo un medio para alcanzar ese fin.

 

Mi decisión está tomada después de pensarlo suficientemente, es el resultado de un proceso de evolución y el fruto de la exigencia del momento de la lucha revolucionaria de nuestro pueblo. No es una decisión fácil, y, en todo caso, la menos cómoda, pero hoy es en ese puesto concreto donde pienso que debo estar y doy este paso con toda la decisión, alegría y esperanza con la que siempre he procurado dar los pasos decisivos en mi vida.

Para mí este paso no significa dejar la Compañía de Jesús, aunque estoy abierto al futuro y puede ser que dentro de unos meses no piense así. Pero si esto es incompatible con seguir siendo jesuita, tendré que aceptar, no sin dolor, el dejar de serlo.

Aquí se ve que Fernando Hoyos considera su vocación religiosa como algo secundario frente a su compromiso con la Revolución.

 

En todo caso, nunca dejaré de ser cristiano, pues pienso que aunque yo dejara de creer en Dios, Él nunca dejaría de creer en mí.

Argumento bastante pueril: que Dios siempre sea fiel a su alianza de amor con el hombre no implica que el hombre no pueda ser infiel a ella, despreciando radicalmente el amor de Dios.

 

Ahí está el principio y el secreto de mi esperanza para avanzar por la vida. Esperanza que no evita ningún sacrificio, ningún dolor, ni ninguna lágrima, pero que ayuda a transformar toda la vida, aunque sea dejando la de uno. Los principios cristianos que siempre me han guiado, seguirán guiándome en cualquier parte que esté y Dios, presente en el pueblo, seguirá siendo mi brújula hasta la victoria siempre, que está aquí y más allá.

Los “principios cristianos” suponen la adhesión confiada y humilde a la Divina Revelación, transmitida por la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición e interpretada según la enseñanza autorizada del Magisterio de la Iglesia. Un movimiento popular orientado hacia la lucha de clases y la toma del poder por la vía armada para construir un régimen socialista no es en modo alguno el Pueblo de Dios, según la doctrina cristiana rectamente entendida. Nótese la cita implícita del conocido slogan del Che Guevara: “hasta la victoria siempre”.

 

El momento de lucha es tan grande, tan fuerte, tan importante que exige que los que estamos luchando, vayamos caminando hacia compromisos cada vez mayores, que exigen nuevas formas de lucha.

 

3. Segunda carta (del 19 de marzo de 1981)

 

Mi camino va por otro rumbo. Como las estaciones y la claridad del día, todo tiene su tiempo y es ahora que ese tiempo ha llegado.

La Compañía de Jesús era un instrumento para mí en la lucha revolucionaria, como forma de aportar en la liberación definitiva de nuestro pueblo.

¿Cómo fue posible que los superiores del P. Hoyos no notaran que, según esta transparente confesión suya, él había estado usando a la Compañía de Jesús con fines políticos (incompatibles con la fe cristiana, además)?

 

Instrumento que fue muy importante para mí durante muchos e importantes años de mi vida. Pero hoy, encuentro otro camino, mi participación en el EGP [Ejército Guerrillero de los Pobres]. Que me ayuda más a realizar el objetivo de mi vida.

Un sacerdote católico traiciona su vocación religiosa al convertirse en guerrillero. Abandona el camino cristiano de transformación del mundo mediante el amor y el perdón y pervierte su sacerdocio al elegir el camino de la violencia para cambiar las estructuras sociales.

 

Cuando hablo de instrumento, sé que puede haberlo mejores para cada uno. Hoy, para mí, en la lucha revolucionaria de Guatemala, el mejor camino, el mejor instrumento, es mi pertenencia al EGP. Eso no quiere decir que sea un instrumento sin defectos ni deficiencias, pero es el mejor que encuentro y en el que daré mi aporte a la lucha revolucionaria.

Es triste ver cómo alguien desprecia la “perla fina” del Evangelio de Jesucristo, que había adquirido vendiendo todo lo que tenía, para quedarse con una perla falsa.

 

Después que logremos el triunfo, seguiré en las tareas necesarias a la construcción de una nueva sociedad revolucionaria, siempre en las tareas que la revolución me asigne.

Aquí el P. Hoyos muestra su apego al erróneo dogma marxista sobre la inevitabilidad de la Revolución y de su triunfo.

 

Respeto y aprecio otros caminos, pero cada quien tiene la responsabilidad de hacer la opción por el camino que cree más apropiado para uno mismo. Una vez echada la suerte con la del pueblo, yo sentiría grandes contradicciones sabiendo que aún en el caso de no llegar al triunfo, podría sobrevivir. Si fracasa nuestro pueblo (cosa que no sucederá), prefiero correr todas sus consecuencias.

Gracias a Dios, la Revolución marxista no logró su objetivo ni en Guatemala ni en el resto de la América Latina (excepto en Cuba). Sólo ocho años después de que Hoyos escribió esta carta, cayó el muro de Berlín; y poco después desaparecieron los regímenes socialistas de Europa Oriental y hasta se desintegró la mismísima Unión Soviética, que en algún momento pareció una superpotencia invencible, un régimen totalitario destinado a perdurar por muchos siglos. Así se equivocan los falsos profetas. Así pasa la gloria de este mundo.

 

Donde quiera que me llegue la última hora, estaré sirviendo al pueblo con los mismos ideales y luchando siempre con la misma esperanza y seguridad del triunfo y haciendo que el amor esté presente por encima de las demás cosas en todo lo que haga. El hombre Nuevo tardará mucho en crecer en mí, pero al menos, daré los primeros pasos para lograrlo y contribuiré a que sea el hombre nuevo el que viva en la nueva sociedad.

El “hombre nuevo” referido por San Pablo nace de la gracia de Dios, acogida con fe, esperanza y caridad. No surgirá jamás del esfuerzo del hombre por alcanzar una salvación puramente terrena, al margen o en contra de Dios.

 

4. Conclusión

 

Pese a los notables acontecimientos del año 1989 y a sus grandes repercusiones sobre la popularidad del marxismo, la seria amenaza que el catolicismo marxista representó para la Iglesia latinoamericana no ha desaparecido todavía. Líderes de la teología de la liberación de tendencia marxista, como Leonardo Boff, continúan teniendo demasiada influencia dentro de la Iglesia Católica. En el caso de L. Boff, esta influencia se mantiene pese al profundo anti-catolicismo que él ha ido manifestando gradualmente. Véase una muestra del actual pensamiento de Boff en su artículo “La Iglesia Católica: ¿una gran secta?”, de fecha 31/08/2007: http://www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=239. Más que refutar las numerosas falacias de este artículo, me interesa destacar que allí el autor, de forma no muy velada, invita a los “católicos progresistas” a consumar su separación de la Iglesia Católica, que se viene gestando ocultamente desde hace décadas.

 

Nuestro Señor Jesucristo, quien nos prometió que los poderes del infierno no prevalecerán contra Su Iglesia, la guarde hoy contra los errores de Boff y compañía, como antaño la guardó contra los errores de Arrio, Nestorio y Eutiques.

 

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Carta a los Senadores sobre el Proyecto de Ley

de Defensa del Derecho a la Salud Sexual y Reproductiva

 

Instituto Arquidiocesano de Bioética “Juan Pablo II”

 

Sr/a. Senador/a
De nuestra mayor consideración:

 

Le agradecemos la gentileza de prestar su atención a los comentarios que nos merece el Proyecto de ley de "Salud sexual y reproductiva" que será puesto a consideración del Senado el Martes 16 de Octubre del presente año.

 

El Instituto Arquidiocesano de Bioética "Juan Pablo II" viene siguiendo desde hace muchos años con atención y preocupación la temática de la legalización del aborto y otros proyectos de ley relacionados con la vida y la familia.

 

Nuestra conciencia nos obliga a plantearle las razones por las cuales entendemos altamente inconveniente la aprobación de este proyecto de ley que costaría la vida de niños uruguayos inocentes y dañaría el bienestar de la familia y de la sociedad uruguaya toda.

 

Esto último lo decimos en referencia al capítulo 1º del proyecto, en el cual se establece una serie de normas desvinculadas de la realidad natural del varón y la mujer, la sexualidad humana y la familia, que sólo pueden llevar a la destrucción de la misma familia y por tanto de la sociedad toda, así como a la tragedia individual de las personas.

 

Nos preocupa especialmente en este punto la posibilidad de que los derechos de la patria potestad sean en la práctica abolidos en caso de aprobarse este proyecto, quedando los menores de edad a disposición de extraños, en materia tan grave como la sexualidad, sin posibilidad de intervención de los padres.

 

Los motivos en que nos apoyamos son los que surgen de la razón basada en el respeto a la naturaleza y la dignidad de la persona humana y los valores que le son esenciales, y que también están recogidos en la Constitución de la República.

 

Nos interesa destacar que no solamente aportamos críticas al proyecto de ley, sino que también presentamos otro proyecto, que ya fue entregado al Presidente de la República y al Ministerio de Salud Pública, en el que se propone adoptar medidas serias de respaldo a la mujer embarazada en momentos de emergencia.

 

Entendemos que la solidaridad con la mujer no debe expresarse ante todo presionándola de diversas maneras para que aborte, sino apoyándola para que pueda dar a luz y eliminando obstáculos y dificultades que la puedan llevar a tomar decisiones que lamente durante toda su vida.

 

Los problemas que se enfrentan y que involucran a una madre y a un hijo no pueden resolverse propiciando la destrucción o el desinterés por uno u otro, sino apoyándolos a los dos.

 

Todos y cada uno de los párrafos que aparecen en este informe fueron debidamente meditados y estudiados por todos los miembros del Instituto, en donde hay médicos, abogados y psicólogos, cuyo principal fin está en hacer sugerencias que puedan iluminar en un momento de decisiones tan difíciles.

 

Este correo es simplemente un anticipo del documento escrito que le será entregado a Ud. personalmente en el decurso de los próximos días. En él adjuntamos el comentario al proyecto de ley precedido de un breve resumen del mismo.

 

Agradeciéndole la deferencia y anunciándole desde ya, en la medida de que a Ud. le sea posible, nuestra próxima visita, le saluda atentamente 

 

Por el Instituto Arquidiocesano de Bioética "Juan Pablo II" 
Prof. Dr.
Gustavo Ordoqui Castilla.

 

Montevideo, 13 de octubre de 2007

 

*******

 

Resumen breve de las razones por las que entendemos que este proyecto

debe ser votado negativamente en su totalidad

 

1)       Atropella la libertad de enseñanza (art. 68 de la Constitución) y el derecho-deber de los padres de educar a sus hijos “para que éstos alcancen su plena capacidad corporal, intelectual y social” (art. 41, inc. 1º).

 

2)       Al proclamar: a) que la satisfacción del placer sexual predomina sobre la función biológica vinculada a la procreación, desconoce la realidad, que indica que ambos aspectos tienen por lo menos la misma importancia; y b) que cada uno tiene derecho a procurar su satisfacción sexual según sus propias necesidades y preferencias, reconoce como contenidos de la “libertad sexual” al incesto, la poligamia, la poliandria, la necrofilia, la zoofilia y una larga serie de etcéteras.

 

3)       Impone la educación, ya desde el ciclo primario, en el ejercicio de los “derechos sexuales y reproductivos”.

 

4)       Promueve unos pretendidos derechos de los niños, las niñas y los adolescentes a la información y a servicios de salud sexual y reproductiva.

 

5)       Promueve el acceso universal a métodos contraceptivos como la ligadura de trompas y la vasectomía en un país con una población envejecida y escasa, donde los nacimientos no alcanzan a cubrir las defunciones y la emigración.

 

6)       Hace del aborto (llamándolo “interrupción del embarazo” para disimular la realidad del aborto) un derecho de la mujer, que puede ejercer: a) dentro de los 3 meses de embarazo por su sola voluntad, sin más requisito que invocar “las condiciones en que sobrevino la concepción” o “situaciones de penuria económica, sociales, familiares o etáreas que, a su criterio [sin respaldo de prueba o investigación alguna], le impidan continuar con el embarazo”; y b) en cualquier momento, si el embarazo implica un grave riesgo para la salud de la mujer o si implica un proceso patológico que provoque malformaciones congénitas incompatibles con la vida extrauterina; hoy en día, los avances de la ciencia médica permiten afirmar que son excepcionalísimos los casos en que la vida del hijo ponga en peligro la vida de la madre sin que se pueda intentar salvar a ambos, aunque pueda darse como efecto no querido la muerte del hijo. Con el concepto amplio de “salud” que maneja el proyecto, en realidad se autoriza el aborto por cualquier motivo hasta los nueve meses. Y por lo que hace a las malformaciones del feto incompatibles con la vida extrauterina, el aborto es innecesario.

 

7)       Permite el aborto por la sola voluntad del médico cuando la mujer no se halla en condiciones de manifestar la suya propia, presumiendo en ella, de manera arbitraria, la opción por el aborto.

 

8)       Impone al juez autorizar el aborto a pedido de una persona declarada incapaz, dejando de lado al curador, al que ni siquiera se le da noticia.

 

9)       Obliga a las instituciones privadas a realizar los abortos que sus beneficiarios le solicitan, inclusive en contra de los objetivos para los que la institución fue creada y que fueron aprobados por el P. Ejecutivo; esto supone una violación de la libertad de asociación (art. 39 de la Constitución).

 

10)   Limita arbitrariamente de diversas maneras la objeción de conciencia que el art. 72 de la Constitución ampara: 1º) porque limita la objeción a los médicos y miembros del equipo quirúrgico; 2º) porque limita el tiempo en que puede oponer la objeción a los 30 días después de promulgada la ley o al preciso momento de comenzar a prestar servicios, para los que ingresen posteriormente a prestar servicios en una institución obligada); 3º) porque impide a quien no fue objetor en un principio cambiar de opinión posteriormente (aunque permite el cambio contrario); 4º) porque el médico que se declaró objetor tiene, igualmente, la obligación de practicar el aborto en casos graves y urgentes en los cuales la intervención es indispensable, circunstancias que no se establece quién determinará.

 

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Tres casos: Galileo, Lavoisier y Duhem

 

Mariano Artigas


Publicado en Aceprensa, 46/92 (1 abril 1992).

 

Todo el mundo ha oído hablar del caso de Galileo, casi siempre de modo tendencioso. Pocos saben que Lavoisier, uno de los fundadores de la química, fue guillotinado por la Revolución Francesa. Casi nadie ha oído hablar de Pierre Duhem, físico importante, autor de una monumental obra de historia y filosofía de la ciencia que arrojó nueva luz sobre las relaciones positivas entre la ciencia y la fe.

Cuando se habla de ciencia y fe, a mucha gente le pasan por la cabeza dos palabras: oposición y Galileo. Pocos piensan en colaboración y nadie en Duhem. Es una lástima.

 

Galileo murió de muerte natural

Cada año hablo varias veces de Galileo en mis clases y conferencias. Seguramente, muchos oyentes piensan que Galileo fue quemado por la Inquisición. Por eso, suelo decir que Galileo murió de muerte natural a los 78 años. Casi siempre, al terminar, algunos me dicen: es verdad, yo creía que a Galileo lo quemaron.

Esto me sucedió por última vez en enero pasado. Vino a verme un sacerdote que había asistido a mi conferencia. Estaba indignado, y con razón. Nos encontrábamos en Roma, donde él trabaja en su tesis doctoral en Teología, y me preguntaba: ¿cómo se explica que una persona como yo, que soy sacerdote católico desde hace varios años, que he estudiado en un Seminario y en una Universidad Pontificia, me entere ahora, a estas alturas, de que a Galileo no le mataron? Y añadió: hace pocos días, un compañero de mi Residencia estuvo visitando el Palacio del Quirinal, y nos contó que el guía, en un momento de la visita, señaló un balcón bien visible y dijo: desde ese balcón, el Papa hizo el gesto de poner el dedo hacia abajo, para condenar a Galileo a muerte.

¿Cómo se explica todo esto? No lo sé. Es muy raro. La verdad es que Galileo nació el martes 15 de febrero de 1564, y murió el miércoles 8 de enero de 1642, en su casa, una villa en Arcetri, cerca de Florencia. Cuenta Viviani, que permaneció continuamente junto a él en los últimos treinta meses, que su salud estaba muy agotada: tenía una grave artritis desde los 30 años, y a esto se unía "una irritación constante y casi insoportable en los párpados" y "otros achaques que trae consigo una edad tan avanzada, sobre todo cuando se ha consumido en el mucho estudio y vigilia". Añade que, a pesar de todo, seguía lleno de proyectos de trabajo, hasta que por fin "le asaltó una fiebre que le fue consumiendo lentamente y una fuerte palpitación, con lo que a lo largo de dos meses se fue extenuando cada vez más, y, por fin, un miércoles, que era el 8 de enero de 1642, hacia las cuatro de la madrugada, murió con firmeza filosófica y cristiana, a los setenta y siete años de edad, diez meses y veinte días".

 

El fantasma de Galileo

En 1633 tuvo lugar, en Roma, el famoso proceso contra Galileo. No fue condenado a muerte, ni nadie lo pretendió. Nadie le torturó, ni le pegó, ni le puso un dedo encima; no hubo ninguna clase de malos tratos físicos. Fue condenado a prisión que, teniendo en cuenta sus buenas disposiciones, fue inmediatamente conmutada por arresto domiciliario. Desde el proceso hasta que murió, vivió en su casa. Siguió trabajando con intensidad, y publicó su obra más importante en esa época.

Tres de los diez altos dignatarios del tribunal se negaron a firmar la sentencia. El Papa nada tuvo que ver oficialmente con el tribunal ni con la sentencia. Desde luego, el proceso no debió producirse, y fue lamentable. Pero los trabajos de Galileo siguieron adelante.

Por tanto, acaban de cumplirse 350 años desde la muerte natural de Galileo. Estoy de acuerdo con mi oyente de Roma: parece mentira que, a estas alturas, casi todo el mundo, curas católicos incluidos, estén seriamente equivocados sobre importantes aspectos de un caso que se utiliza continuamente para atacar a la Iglesia y para afirmar, como si fuera un hecho histórico, que la religión en general y la Iglesia católica en particular siempre han estado en contra del progreso científico.

 

El caso de Lavoisier

¿Quién sabe algo, en cambio, acerca del caso de Lavoisier, bastante más serio que el de Galileo?

Antoine Laurent Lavoisier nació el 26 de agosto de 1743 en París. Realizó muchos trabajos científicos importantes. En la Academia de Ciencias se publicaron más de 60 comunicaciones suyas. Fue uno de los protagonistas principales de la revolución científica que condujo a la consolidación de la química, por lo que se le considera, con frecuencia, como el padre de la química moderna.

Su gran pecado consistió en trabajar en el cobro de las contribuciones. Por este motivo, fue arrestado en 1793. Importantes personajes hicieron todo lo que pudieron para salvarle. Parece que Halle expuso al tribunal todos los trabajos que había realizado Lavoisier, y se dice que, a continuación, el presidente del tribunal pronunció una famosa frase: "La República no necesita sabios". Lavoisier fue guillotinado el 8 de mayo de 1794, cuando tenía 51 años. Joseph Louis Lagrange, destacado matemático cuyo apellido es bien conocido por todos los matemáticos y físicos, dijo el día siguiente: "ha bastado un instante para segar su cabeza; habrán de pasar cien años antes de que nazca otra igual".

Evidentemente, Lavoisier no fue guillotinado por la fe. Y no estoy empeñado en atacar a la Revolución, ni a la República, ni a nadie. Simplemente, me resulta enormemente extraño que exista tanta desproporción entre lo que llega a la opinión pública acerca de los casos de Galileo y de Lavoisier.

Cuando acababa de escribir el párrafo anterior -les doy mi palabra- ha venido a verme un amigo, profesor de biología y buen católico. Hemos comentado lo que yo estaba escribiendo. Me ha dicho que hace poco, un amigo suyo de otro país, le comentó: ¿Eres biólogo y católico a la vez?, ¡qué raro! Es el primer caso que conozco...

Lo sucedido viene como anillo al dedo. Resulta un poco extraño, pero es real. Probablemente, por motivos que los historiadores y sociólogos podrían investigar, durante mucho tiempo se ha pensado, en muchos ambientes, que la ciencia y la religión son cosas opuestas. La verdad es que no es verdad. Los grandes pioneros de la ciencia moderna eran cristianos. Galileo siempre fue católico. Entre los científicos de todas las épocas, no son pocos los cristianos convencidos. En la actualidad, los científicos no creyentes suelen reconocer que su agnosticismo no tiene nada que ver con la ciencia, y que no existe ninguna dificultad objetiva para ser buen científico y buen cristiano a la vez.

 

Duhem: físico, filósofo, historiador... y católico

Esto nos lleva de la mano al caso de Duhem. Se trata de un personaje muy conocido, aunque no siempre bien interpretado, en el ámbito de la filosofía de la ciencia, y totalmente desconocido para la opinión pública. Sin embargo, vale la pena saber qué hizo.

Pierre Duhem fue un físico francés de gran talla intelectual. Nació en 1861 y murió en 1916. La lista de sus artículos y libros ocupa 17 páginas de un libro de buen tamaño. Escribió mucho sobre temas científicos muy especializados, y también se ocupó de filosofía e historia de la ciencia. Varias de sus obras son libros en varios volúmenes, y una de ellas tiene 10 volúmenes de 500 páginas cada uno. Sin duda, fue uno de los físicos más importantes de su época. Fue un convencido católico, y llevó una vida realmente ejemplar en todos los aspectos.

Que yo sepa, ninguna obra de Duhem, al menos de las más importantes, está traducida al castellano. Hay, en cambio, algunas traducidas a otros idiomas; incluso una de ellas, "La teoría física", fue traducida al alemán dos años después de su aparición, con un prefacio muy favorable de Ernst Mach, otro importante físico-filósofo cuyas ideas tenían poco de católicas.

Duhem es el pionero de los estudios históricos acerca de la ciencia medieval, tema que tiene una importancia cada vez mayor en la actualidad. Éste es el aspecto en el que me voy a detener.

 

El origen de la ciencia moderna

Duhem era un trabajador infatigable que, a pesar de su gran talla, no llegó a ser profesor en París, quizá debido a obstáculos ideológicos. Esto le permitió trabajar mucho por su cuenta. Estaba interesado en la historia de la ciencia y se puso a investigar en el pasado. Ante su sorpresa, fue encontrando en los archivos franceses muchos manuscritos antiguos, nunca publicados, que arrojaban nuevas luces acerca del nacimiento de la ciencia moderna.

Según el cliché generalmente admitido, la ciencia moderna parecía haber nacido en el siglo XVII prácticamente de la nada. La Edad Media habría sido una época oscurantista, dominada por la teología y enemiga de la ciencia. El nacimiento de la ciencia moderna se habría producido sólo cuando el libre-pensamiento se emancipó de la Iglesia y de la teología. Pues bien, Duhem encontró una documentación abundantísima que deshacía ese cliché, y la fue publicando, comentada, en los 10 grandes tomos de "El sistema del mundo".

Para comprender la situación, conviene tener en cuenta que la imprenta no existió hasta el siglo XV. Las obras anteriores, y por tanto, las obras de los medievales, eran manuscritos. Cuando se descubrió la imprenta, muchos manuscritos quedaron en el olvido de los archivos. Los pioneros de la nueva ciencia no se preocuparon de señalar sus deudas intelectuales con los autores anteriores, sino más bien de subrayar la novedad de sus trabajos. La Edad Media quedó en la penumbra.

Duhem trabajó directamente con muchos manuscritos medievales inéditos. Su trabajo le llevó al convencimiento de que la Edad Media, especialmente en la Universidad de París, pero también en la de Oxford y en otros centros intelectuales, fue una época en la que paulatinamente se fueron desarrollando los conceptos que permitieron el nacimiento sistemático de la ciencia experimental moderna en el siglo XVII. Los trabajos de Duhem abrieron un enorme campo de investigación que ha sido continuado por importantes historiadores de todo tipo de países e ideologías.

 

La matriz cultural cristiana

Stanley Jaki nació en Hungría en 1924. Se estableció en los Estados Unidos en 1951. Es doctor en Física y en Teología, profesor de la Universidad de Seton Hall (New Jersey), y ha sido invitado a dar cursos en las Universidades de Edimburgo, Oxford, Princeton, Sidney y en muchas otras. Ha publicado cerca de 30 libros sobre las relaciones de la ciencia con la filosofía y la cultura. En 1987 recibió de manos del príncipe Felipe de Gran Bretaña el Premio Templeton, como reconocimiento a sus publicaciones.

Jaki dedicó un gran esfuerzo a escribir la primera biografía amplia sobre Pierre Duhem, que fue publicada en 1984 por la Editorial Hijhoff de La Haya. Ha continuado y ampliado los trabajos de Duhem sobre el nacimiento de la ciencia moderna y sus relaciones con la religión.

Jaki afirma que en las grandes culturas de la antigüedad (Babilonia, Egipto, Grecia, Roma, India, China, etc.), la ciencia experimental no encontró un terreno propicio. Más bien, los escasos intentos de nacimiento acabaron en sucesivos abortos. Un factor determinante fue que en esas culturas se representaba la naturaleza como sometida a unas divinidades caprichosas, o se pensaba en ella de modo panteísta. Jaki examina estos problemas desde el punto de vista histórico y concluye que el nacimiento de la ciencia moderna sólo fue posible en la Europa cristiana, cuando se llegó a dar lo que llama la "matriz cultural cristiana".

Esa matriz cultural incluía la creencia en un Dios personal creador, que ha creado libremente el mundo. Porque la creación es libre, el mundo es contingente, y sólo lo podemos conocer si lo estudiamos con ayuda de la observación y la experimentación. Porque Dios es infinitamente sabio, el mundo es racional y sigue leyes; como afirma repetidamente la revelación cristiana, el mundo está lleno de orden. Porque Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, el hombre participa de la inteligencia divina y es capaz de conocer el mundo.

De hecho, es fácil comprobar que los grandes pioneros de la ciencia moderna compartían estas convicciones, que las tenían porque eran cristianos y vivían dentro de una matriz cultural cristiana, y que en algunos casos ellos mismos afirmaron la importancia que esas ideas tenían para su trabajo científico. Por ejemplo, Kepler hizo muchos intentos durante años hasta que encontró sus famosas leyes, convencido de que tenían que existir en un universo creado por la sabiduría divina, y de que tenían que estar de acuerdo con los datos observacionales de Tycho Brahe.

Desde luego, no basta ser cristiano para hacer ciencia; la ciencia se hace con matemáticas y experimentos. Pero la ciencia moderna nació y se ha desarrollado durante siglos en un occidente cristiano que le ha proporcionado una matriz adecuada.

 

Ciencia, cultura e ideología

Comprendo que estas afirmaciones puedan extrañar a algunos. Las obras de Duhem, las de Jaki y otros autores semejantes, no suelen estar traducidas al castellano. Además, durante mucho tiempo se ha presentado a la ciencia como si estuviera en perpetua lucha con la religión, aunque esto no corresponde a los hechos. A la opinión pública le llega una imagen deformada del caso de Galileo y, en general, de las relaciones entre ciencia y religión.

Duhem advirtió expresamente acerca de la importancia ideológica y cultural que tienen la ciencia y la filosofía de la ciencia en nuestra civilización. Esto es cada vez más actual. No me resisto a darles algunas pistas, por si les interesan.

Stanley Jaki ha publicado recientemente un libro sobre Duhem. Tiene 278 páginas, e incluye una selección de textos originales de Duhem. Se titula "Scientist and Catholic: Pierre Duhem", y ha sido publicado en 1991 por Christendom Press: Christendom College, Front Royal, VA 22630, USA.

En 1990, Ediciones Palabra, de Madrid, publicó "Ciencia, fe y cultura", que contiene una serie de ensayos de Stanley Jaki, lo primero de Jaki que se ha publicado en castellano.

El que suscribe ha escrito tres libros fáciles de leer sobre estos temas. Uno acaba se publicarse en Ediciones Palabra (Madrid), y se titula "El hombre a la luz de la ciencia". En un par de meses estrarán disponibles otros dos, de la misma editorial, titulados "Las fronteras del evolucionismo" y "Ciencia, razón y fe". Perdonen por la auto-propaganda, pero con frecuencia recibo consultas sobre este tipo de bibliografía. Si les interesan estos temas, les gustarán: en sus primeras versiones, se han hecho cuatro ediciones en pocos años. Si tienen alguna queja y la escriben, la recibiré con gusto y les contestaré. De veras. Va siendo hora de que se aclaren unas cuantas cosas.

 

Fuente: http://www.unav.es/cryf/trescasos.html

 

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Sacramentos de Iniciación

Orden y unidad del itinerario de iniciación

 

Diác. Jorge Novoa

 

Los sacramentos de iniciación, Bautismo, Confirmación y Eucaristía, ponen los fundamentos de la vida cristiana. En los primeros siglos del cristianismo, los sacramentos de iniciación se celebraban simultáneamente (1). Es a partir del siglo IV y hasta el XIII que, al incorporarse masivamente el Bautismo de los párvulos, éste se separa de la Confirmación y la Eucaristía, manteniendo el orden de los sacramentos de iniciación: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. La decisión de san Pío X de admitir a la recepción de la Eucaristía en una edad más temprana, en el entorno de los 7 años, hizo que algunos propusieran y desplazaran la Confirmación hacia la adolescencia, 14 o 15 años. Hoy el RICA (2) establece para los adultos, pidiendo autorización al ordinario del lugar, que se celebren en el orden inicial.

 

El sacramento de la confirmación en algunas diócesis (3), en la actualidad, se administra luego de la primera comunión, esta decisión pastoral tomada por los obispos, presenta algunas distorsiones en torno a la fundamentación teológica del orden en que deben recibirse, y a la conveniente unidad que debe expresarse en el itinerario de la iniciación cristiana. El Papa Benedicto XVI, tratando acerca de las diversas praxis de la Iglesia en Occidente y Oriente en torno al orden de los sacramentos de iniciación, precisa que “no se trata propiamente de diferencias de orden dogmático, sino de carácter pastoral” (4).

 

El Catecismo de la Iglesia Católica en el número 1212 nos habla de los sacramentos de iniciación y de sus mutuas relaciones:

“Mediante los sacramentos de la iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, se ponen los fundamentos de toda vida cristiana. "La participación en la naturaleza divina que los hombres reciben como don mediante la gracia de Cristo, tiene cierta analogía con el origen, el crecimiento y el sustento de la vida natural. En efecto, los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y así, por medio de estos sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección de la caridad" (Pablo VI, Const. apost. "Divinae consortium naturae"; cf OICA, praen. 1-2)”.

Desde que esta práctica ha entrado en vigencia pasaron más de 50 años, lo que permite afirmar que es posible y deseable una evaluación. ¿Cuál será el parámetro que nos ayude a evaluar la situación actual? No resulta sencillo establecer un parámetro único. Tal vez la razón pastoral más esgrimida sea aquella que privilegia la decisión libre y responsable de los candidatos.

 

Quiero partir de una serie de hechos constatables de signo negativo que se visualizan en nuestras comunidades y que motivan esta reflexión: hay un número considerable de personas que no han recibido la Confirmación (5) y que, participando habitualmente de las eucaristías dominicales, sin impedimento alguno, no ven la necesidad de corregir esta situación. Por otra parte, el porcentaje de confirmados es muy inferior al de los que reciben la primera comunión, y éste, se encuentra muy por debajo de los que son bautizados. Una Iglesia local que tiene este mapa de porcentajes con tales características en la recepción de los sacramentos de iniciación, seguramente carece de testigos. La comunidad eclesial seguramente tiene una tendencia a la inmadurez de la fe, debido al porcentaje bajo de creyentes que poseen los tres sacramentos de la iniciación cristiana. Hay una eficacia insustituible de la maduración en la vida cristiana que nos viene por la Confirmación.

 

Abordaremos dos de las dificultades frutos de este orden, que encontramos en la situación actual: la primera es la distorsionada comprensión de la relación que se establece entre bautismo y confirmación, y la segunda es la que se origina entre los sacramentos de la confirmación y la eucaristía. Hay una esencial interconexión que aparece distorsionada.

 

El orden de los sacramentos de iniciación cristiana

 

Hay un orden en la recepción de los sacramentos de iniciación, que tiene su impronta en la verdad intrínseca de cada sacramento y en sus relaciones mutuas. A nadie se le ocurre pensar que es posible alterar el orden comenzando por otro sacramento que no sea el Bautismo. Él es la puerta que nos introduce en la vida sacramental. El Bautismo es la fuente de la vida nueva en Cristo, de la cual brota toda la vida cristiana (6).

 

La situación actual ha generado diversas incomprensiones y confusiones, frutos del orden de recepción actual: Bautismo, Eucaristía y Confirmación. Se ha desvanecido en la conciencia creyente la relación que hay entre Bautismo y Confirmación. “Para comprender toda la riqueza de gracia contenida en el sacramento de la confirmación, que con el bautismo y la Eucaristía constituye el conjunto orgánico de los «sacramentos de la iniciación cristiana», es preciso captar su significado a la luz de la historia de la salvación” (7). “El vínculo inseparable que existe entre la Pascua de Jesucristo y la efusión pentecostal del Espíritu Santo se expresa en la íntima relación que une los sacramentos del bautismo y la confirmación. Asimismo, el hecho de que en los primeros siglos la confirmación constituía en general «una única celebración con el bautismo, formando con éste, según la expresión de san Cipriano, un sacramento doble» (CIC, n. 1290), manifiesta ese estrecho vínculo” (8).

 

Recordemos que el n. 1275 del Catecismo de la Iglesia Católica dice:

“La iniciación cristiana se realiza mediante el conjunto de tres sacramentos: el Bautismo, que es el comienzo de la vida nueva; la Confirmación que es su afianzamiento; y la Eucaristía que alimenta al discípulo con el Cuerpo y la Sangre de Cristo para ser transformado en Él”.

La Confirmación es presentada en relación al Bautismo, es decir, algo que se inició en el Bautismo y que alcanza su plenitud con la Confirmación. Notemos como el n. 1299 del Catecismo vuelve a presentarnos este orden de la realidad de la iniciación cristiana.

“Desde los tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se sigue un camino y una iniciación que consta de varias etapas. Este camino puede ser recorrido rápida o lentamente. Y comprende siempre algunos elementos esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la conversión, la profesión de fe, el Bautismo, la efusión del Espíritu Santo, el acceso a la comunión eucarística”.

 

Santo Tomás de Aquino, conocido por el apelativo de doctor Angélico, expresa con total claridad los vínculos que se establecen entre ambos sacramentos:

“El carácter de la confirmación supone necesariamente el carácter del bautismo. De tal manera que si alguien se confirmase sin haber recibido el bautismo, no recibiría nada y tendría que confirmarse de nuevo después del bautismo. Y la razón se funda en que, como ya vimos (a.l; q.65 a.l), la confirmación viene a ser con relación al bautismo lo que el crecimiento al nacimiento. Ahora bien, es evidente que nadie puede llegar a la madurez si previamente no nace. Y, de modo semejante, nadie puede recibir la confirmación si antes no se bautiza” (9).

Nuevamente aborda las mutuas relaciones que se establecen entre ambos al responder a la pregunta sobre la necesidad de todos los sacramentos para la salvación: “Según la segunda manera de necesidad son necesarios los otros sacramentos, porque la confirmación perfecciona en cierto modo el bautismo...” (10). Como enseña el Catecismo de la Iglesia católica, la confirmación «perfecciona la gracia bautismal; (...) da el Espíritu Santo para enraizarnos más profundamente en la filiación divina, incorporarnos más firmemente a Cristo, hacer más sólido nuestro vínculo con la Iglesia, asociarnos todavía más a su misión y ayudarnos a dar testimonio de la fe cristiana por la palabra acompañada de las obras» (11). En la tercera fórmula de las renuncias bautismales el Obispo le dice a los confirmandos: “Por medio de la Confirmación el Espíritu Santo completará en ustedes la obra del Bautismo. Así serán cristianos perfectos” (12).

 

El obispo de la diócesis de Phoenix, al igual que otras muchas a lo largo de América, ha revertido la situación actual, volviendo al orden establecido históricamente, “el orden natural de los Sacramentos de Iniciación Cristiana” (13).

 

La Confirmación es una etapa de un itinerario de iniciación, no es una realidad autónoma, está en relación al Bautismo y la Eucaristía. De allí se desprenden estas preguntas: ¿El orden actual no ha distorsionado la verdad que sustenta sus relaciones? ¿La razón pastoral no ha engendrado una comprensión en la conciencia católica que atenta contra la verdad que fundamenta el itinerario de iniciación? Benedicto XVI nos da un criterio orientador que anime la búsqueda de una respuesta a estas preguntas. “Concretamente, es necesario verificar qué praxis puede efectivamente ayudar mejor a los fieles a poner de relieve el sacramento de la Eucaristía como aquello a lo que tiende toda la iniciación (14).

 

La Eucaristía fuente y cumbre de la iniciación cristiana

Es vital reafirmar con la Iglesia, que la Eucaristía es la plenitud de la iniciación cristiana. Disponen hacia ella el Bautismo y la Confirmación, al tiempo que luego de recibida, ella se vuelve el alimento que nutre la vida de todo peregrino. Nuestra vida tiende a la unión con Cristo, presente substancialmente, con su cuerpo, alma, sangre y divinidad, en la Eucaristía. No hay, para el hombre peregrino, ninguna otra unión tan vital e íntima con el Señor, como la que se realiza en la comunión eucarística. “Así pues, la santísima Eucaristía lleva la iniciación cristiana a su plenitud y es como el centro y el fin de toda la vida sacramental” (15). “En efecto, nunca debemos olvidar que somos bautizados y confirmados en orden a la Eucaristía. Esto requiere el esfuerzo de favorecer en la acción pastoral una comprensión más unitaria del proceso de iniciación cristiana.” (16).

 

Seguimos el pensamiento de Santo Tomás:

“Hablando en absoluto, la eucaristía es el más importante de todos los sacramentos. Y esto resulta de tres consideraciones. Primera, porque contiene realmente a Cristo en persona, mientras que los otros contienen una virtud instrumental participada de Cristo, como se ha dicho más arriba (q. 62 a. 4 ad 3; a. 5). Y ya se sabe que ser una cosa por esencia es más importante que serlo por participación. Segunda, por la relación de los sacramentos entre sí. Todos los demás sacramentos están ordenados a la eucaristía como a su fin. Es claro, por ej., que el sacramento del orden está destinado a la consagración de la eucaristía, el bautismo tiende a recibirla, la confirmación dispone a no abstenerse de ella por vergüenza, la penitencia y la extremaunción preparan al hombre para recibir dignamente el cuerpo de Cristo y, finalmente, el matrimonio se aproxima a la eucaristía al menos por su significado, en cuanto que significa la unión de Cristo con la Iglesia, cuya unidad está representada en el sacramento de la eucaristía, por lo que el Apóstol dice en Ef 5,32: Este sacramento es grande, lo digo refiriéndolo a Cristo y a la Iglesia. Tercera, por el mismo ritual de los sacramentos, porque la recepción de casi todos ellos se completa recibiendo también la eucaristía, como dice Dionisio en III De Eccl. Hier. Y así vemos cómo los ordenados y los recién bautizados comulgan. Ahora bien, el orden de importancia entre los otros sacramentos depende de puntos de vista. Porque, atendiendo a la necesidad, el bautismo es el más importante. Y si nos fijamos en la perfección el más importante es el del orden. Y la confirmación ocupa entre éstos un puesto intermedio. La penitencia y la extremaunción, sin embargo, tienen un rango inferior a los anteriores porque, como se ha dicho antes (a. 2), están destinados no directa sino indirectamente a la vida cristiana, en cuanto que remedian los eventuales defectos. Entre los dos, además, la extremaunción se compara a la penitencia, como la confirmación con el bautismo, de tal modo que la penitencia es más necesaria, mientras que la extremaunción es más perfecta.” (III, 65, 3)

 

Postergar la Confirmación para el período de la adolescencia-juventud y cubrirla con palabras de reconocimiento a la responsabilidad y madurez de los candidatos, ¿no distorsiona la verdad que acabamos de expresar? ¿No deberíamos exigir esta responsabilidad y madurez para la unión tan única que se da por medio de la Eucaristía?

Es curioso observar, no sólo la magra respuesta de los candidatos al sacramento de la Confirmación, sino el corrimiento que se ha realizado, ubicándose al final de la adolescencia. La cultura contemporánea se presenta extremadamente agresiva para combatir la fe que un adolescente manifiesta. ¿No está desprovisto en esta etapa de su vida de la fortaleza divina que este sacramento aporta y que él tanto necesita para resistir los embates culturales contarios a la fe? La gracia de la Confirmación ayuda a los adolescentes a enfrentar los muchos desafíos morales y espirituales que nuestra sociedad presenta. ¿No deja entrever esta postura una cierta concepción que propone la necesidad de “ganarse” el sacramento?

Es necesario prepararse adecuadamente, acompañado por la comunidad eclesial y familiar, pero siempre será una acción gratuita de Dios. “Se ha de tener siempre presente que toda la iniciación cristiana es un camino de conversión, que se debe recorrer con la ayuda de Dios y en constante referencia a la comunidad eclesial, ya sea cuando es el adulto mismo quien solicita entrar en la Iglesia, como ocurre en los lugares de primera evangelización y en muchas zonas secularizadas, o bien cuando son los padres los que piden los Sacramentos para sus hijos. A este respecto, deseo llamar la atención de modo especial sobre la relación que hay entre iniciación cristiana y familia. En la acción pastoral se tiene que asociar siempre la familia cristiana al itinerario de iniciación” (17).

La iniciación es un proceso mistagógico que lleva toda la vida. Dios viene en nuestro auxilio para darnos los medios necesarios en este proceso de crecimiento. “Por su propia naturaleza, la liturgia tiene una eficacia propia para introducir a los fieles en el conocimiento del misterio celebrado. Precisamente por ello, el itinerario formativo del cristiano en la tradición más antigua de la Iglesia, aun sin descuidar la comprensión sistemática de los contenidos de la fe, tuvo siempre un carácter de experiencia, en el cual era determinante el encuentro vivo y persuasivo con Cristo, anunciado por auténticos testigos. En este sentido, el que introduce en los misterios es ante todo el testigo. Dicho encuentro ahonda en la catequesis y tiene su fuente y su culmen en la celebración de la Eucaristía” (18).

 

 

1) Hoy, pues, en todos los ritos latinos y orientales la iniciación cristiana de adultos comienza con su entrada en el catecumenado, para alcanzar su punto culminante en una sola celebración de los tres sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía (cf. AG 14; CIC can. 851. 865. 866). En los ritos orientales la iniciación cristiana de los niños comienza con el Bautismo, seguido inmediatamente por la Confirmación y la Eucaristía, mientras que en el rito romano se continúa durante unos años de catequesis, para acabar más tarde con la Confirmación y la Eucaristía, cima de su iniciación cristiana (cf. CIC can. 851, 2; 868).

 

2) Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos.

 

3) Todas las diócesis en Uruguay han asumido esta práctica.

 

4) Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis, n. 17.

 

5) Mons. William S. Skylstad reflexionaba en torno a la Confirmación y los sacramentos de Iniciación, en la página 7 de la edición del 30 de julio de 1998 del Inland Register: “Todavía no se han sellado muchos de nuestros adultos con este regalo. Es por eso que he dado un permiso especial a los pastores para que en los próximos dos años, al Tiempo de la Vigilia Pascual,  celebren la confirmación para los adultos de la parroquia que no se han confirmado todavía. Un pastor indicó que tiene cerca de 500 adultos en su parroquia que no se han confirmado”.

 

6) CIC n. 1254.

 

7) Juan Pablo II, Catequesis del 30 de septiembre de 1998; la confirmación como culminación de la gracia bautismal.

 

8) Ibíd.

 

9) Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica IIIa, c. 72, a. 6.

 

10) Ibíd. IIIa, c. 65, a. 4.

 

11) CIC n. 1316.

 

12) Ritual Romano de los Sacramentos, 490.

 

13) El 15 de mayo de 2005, el obispo Thomas J. Olmestd promulgó las nuevas Normas y guías para el establecimiento del orden de los sacramentos de Iniciación en la Diócesis de Phoenix.

 

14) Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis, n. 18.

 

15) Ibíd., n. 17.

 

16) Ibíd., n. 17.

 

17) Ibíd., n. 19.

 

18) Benedicto XVI, SC, n. 64.

 

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Llama de amor viva

Canciones del alma en la íntima comunicación de unión de amor de Dios

 

San Juan de la Cruz

 

¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!,
pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;

rompe la tela de este dulce encuentro.

 

¡Oh cauterio suave!,
¡oh regalada llaga!,
¡oh mano blanda!, ¡oh toque delicado,
que a vida eterna sabe

y toda deuda paga!;
matando muerte, en vida la has trocado.

 

¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,

que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido!

 

¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,

donde secretamente solo moras!,
y en tu aspirar sabroso,
de bien y gloria lleno,
¡cuán delicadamente me enamoras!

 

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