Fe
y Razón
Revista virtual gratuita
Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la
evangelización de la cultura
Nº 17 – Agosto/Septiembre de 2007
“Omne
verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est”
“Toda verdad, dígala quien la diga,
procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)
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Equipo de Dirección: Diác.
Colaboradores: Dr. Carlos Álvarez Cozzi, Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, R.P. Lic.
Horacio Bojorge, Pbro. Dr.
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Sección |
Título |
Autor o Fuente |
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Editorial |
Equipo
de Dirección |
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Documentos |
Respuestas a algunas preguntas acerca de ciertos aspectos
de la doctrina sobre la Iglesia |
Congregación para la Doctrina de la Fe |
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Teología |
Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola |
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Filosofía |
Dr. Pedro Gaudiano |
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Filosofía |
Lic.
Néstor Martínez |
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Filosofía |
Josef
Pieper |
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Oración |
John
Henry Newman |
Equipo de Dirección
1.
Un pedido de disculpas
Las múltiples ocupaciones de los miembros del Equipo de Dirección llevaron a que este número de “Fe y Razón” no fuera publicado durante el pasado mes de agosto, como correspondía. Aunque esta revista virtual sea gratuita y nuestro trabajo en ella sea honorario, pedimos disculpas por no haber cumplido puntualmente nuestro compromiso con los suscriptores.
2. El Nº 17
El Nº 17 de “Fe y Razón”, al igual que el Nº 16, se aparta de nuestra costumbre anterior de publicar números cuasi-monográficos, dado que carece de un único “tema central”.
En este número incluimos:
a. Un reciente documento de la Congregación de la Doctrina de la Fe que reafirma varios puntos de la eclesiología católica que corrían el riesgo de ser malinterpretados o dejados de lado en el contexto de algunas formas erróneas de ecumenismo.
b. Una conferencia del Padre Miguel Antonio Barriola sobre el Salterio, en la que se subraya que los Salmos no son algo superado, sino una forma necesaria y siempre actual de la oración cristiana.
c. Un artículo del Dr. Pedro Gaudiano sobre el amor, donde se enfatiza que éste no se reduce a un mero sentimiento (incontrolable), sino que es ante todo la firme voluntad de hacer el bien a otra persona.
d. Una breve reflexión del Lic. Néstor Martínez sobre la relación entre creación y evolución y sobre las condiciones que deben cumplirse para que ambos conceptos sean compatibles entre sí.
e. Una profunda meditación del gran filósofo tomista Josef Pieper acerca del Anticristo, desde el punto de vista de la filosofía de la historia.
f. Una hermosa oración del Cardenal John Henry Newman (1801-1890), escrita en 1833, cuando aún era anglicano.
3. Bodas de oro sacerdotales
En agosto nuestro querido colaborador Miguel Antonio Barriola cumplió 50 años de sacerdocio. Tuvimos la alegría de acompañarlo en una Misa de acción de gracias por ese aniversario, que tuvo lugar en la Basílica de la Aguada durante su última visita a Montevideo. Ahora volvemos a felicitarlo y a rogar al Señor que lo bendiga copiosamente y le conceda seguir siendo un “servidor bueno y fiel”.
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Respuestas a algunas preguntas
acerca de ciertos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia
Congregación para la Doctrina de la Fe
Introducción
El Concilio Vaticano II, con la
Constitución dogmática Lumen gentium y con los Decretos sobre el
Ecumenismo (Unitatis redintegratio) y sobre las Iglesias orientales (Orientalium
Ecclesiarum), ha contribuido de manera determinante a una comprensión más
profunda de la eclesiología católica. También los Sumos Pontífices han
profundizado en este campo y han dado orientaciones prácticas: Pablo VI en
El sucesivo empeño de los teólogos,
orientado a ilustrar mejor los diferentes aspectos de la eclesiología, ha dado
lugar al florecimiento de una amplia literatura sobre
La vastedad del argumento y la novedad de muchos temas siguen provocando la reflexión teológica, la cual ofrece nuevas contribuciones no siempre exentas de interpretaciones erradas, que suscitan perplejidades y dudas, algunas de las cuales han sido sometidas a la atención de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Ésta, presuponiendo la enseñanza global de la doctrina católica sobre la Iglesia, quiere responder precisando el significado auténtico de algunas expresiones eclesiológicas magisteriales que corren el peligro de ser tergiversadas en la discusión teológica.
Respuestas a las preguntas
Primera pregunta: ¿El Concilio Ecuménico Vaticano II ha cambiado la precedente doctrina sobre la Iglesia?
Respuesta: El Concilio Ecuménico Vaticano II ni ha querido cambiar la doctrina sobre la Iglesia ni de hecho la ha cambiado, sino que la ha desarrollado, profundizado y expuesto más ampliamente.
Esto fue precisamente lo que
afirmó con extrema claridad Juan XXIII al comienzo del Concilio (1). Pablo VI
lo reafirmó (2), expresándose con estas palabras en el acto de promulgación de
Segunda pregunta: ¿Cómo se debe entender la afirmación según la cual la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica?
Respuesta: Cristo «ha constituido en la tierra» una sola
Iglesia y la ha instituido desde su origen como «comunidad visible y espiritual» (5). Ella continuará existiendo en
el curso de la historia y solamente en ella han permanecido y permanecerán
todos los elementos instituidos por Cristo mismo (6). «Ésta es
En la Constitución dogmática Lumen gentium 8 la subsistencia es esta perenne continuidad histórica y la permanencia de todos los elementos instituidos por Cristo en la Iglesia católica (8), en la cual, concretamente, se encuentra la Iglesia de Cristo en esta tierra.
Aunque se puede afirmar rectamente, según la doctrina católica, que la Iglesia de Cristo está presente y operante en las Iglesias y en las Comunidades eclesiales que aún no están en plena comunión con la Iglesia católica, gracias a los elementos de santificación y verdad presentes en ellas (9), el término "subsiste" es atribuido exclusivamente a la Iglesia católica, ya que se refiere precisamente a la nota de la unidad profesada en los símbolos de la fe (Creo en la Iglesia "una"); y esta Iglesia "una" subsiste en la Iglesia católica (10).
Tercera pregunta: ¿Por qué se usa la expresión "subsiste en ella" y no sencillamente la forma verbal "es"?
Respuesta: El uso de esta
expresión, que indica la plena identidad entre la Iglesia de Cristo y la
Iglesia católica, no cambia la doctrina sobre
«Por consiguiente, aunque creamos que las Iglesias y comunidades separadas tienen sus defectos, no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de la gracia y de la verdad que se confió a la Iglesia» (12).
Cuarta pregunta: ¿Por qué el Concilio Ecuménico Vaticano II atribuye el nombre de "Iglesias" a las Iglesias Orientales separadas de la plena comunión con la Iglesia católica?
Respuesta: El Concilio ha querido aceptar el uso tradicional del término. "Puesto que estas Iglesias, aunque separadas, tienen verdaderos sacramentos y, sobre todo, en virtud de la sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía, por los que se unen a nosotros con vínculos estrechísimos" (13), merecen el título de «Iglesias particulares o locales» (14), y son llamadas Iglesias hermanas de las Iglesias particulares católicas (15).
"Consiguientemente, por la celebración de la Eucaristía del Señor en cada una de estas Iglesias, se edifica y crece la Iglesia de Dios" (16). Sin embargo, dado que la comunión con la Iglesia universal, cuya cabeza visible es el Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, no es un simple complemento externo de la Iglesia particular, sino uno de sus principios constitutivos internos, aquellas venerables Comunidades cristianas sufren en realidad una carencia objetiva en su misma condición de Iglesia particular (17).
Por otra parte, la universalidad propia de la Iglesia, gobernada por el Sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, halla precisamente en la división entre los cristianos un obstáculo para su plena realización en la historia (18).
Quinta pregunta: ¿Por qué los textos del Concilio y el Magisterio sucesivo no atribuyen el título de "Iglesia" a las Comunidades cristianas nacidas de la Reforma del siglo XVI?
Respuesta: Porque, según
la doctrina católica, estas Comunidades no tienen la sucesión apostólica
mediante el sacramento del Orden y, por tanto, están privadas de un elemento
constitutivo esencial de
El Sumo Pontífice Benedicto
XVI, en la audiencia concedida al suscrito Cardenal Prefecto de la Congregación
para la Doctrina de la Fe, ha aprobado y confirmado estas Respuestas, decididas
en
Dado en Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 29 de junio de 2007, solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.
William Cardenal Levada, Prefecto.
Angelo Amato, S.D.B., arzobispo titular de Sila, Secretario.
Notas:
(1) Juan XXIII, Discurso del 11 de octubre de 1962: «el Concilio… quiere transmitir pura e íntegra la doctrina católica, sin atenuaciones o alteraciones… Sin embargo, en las circunstancias actuales, es nuestro deber que la doctrina cristiana sea por todos acogida en su totalidad, con renovada, serena y tranquila adhesión…; es necesario que el espíritu cristiano, católico y apostólico del mundo entero dé un paso adelante, que la misma doctrina sea conocida de modo más amplio y profundo…; esta doctrina cierta e inmutable, a la cual se le debe un fiel obsequio, tiene que ser explorada y expuesta en el modo que lo exige nuestra época. Una cosa es la sustancia del "depositum fìdei", es decir, de las verdades que contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa, siempre, sin embargo, con el mismo sentido y significado»: AAS 54 [1962] 791; 792.
(2) Cf. Pablo VI, Discurso del 29 de septiembre de 1963: AAS 55 [1963] 791; 792.
(3) Pablo VI, Discurso del 21 de noviembre de 1964: AAS 56 [1964] 847-851.
(4) El Concilio ha querido expresar la identidad de la Iglesia de Cristo con la Iglesia católica. Esto se encuentra en las discusiones sobre el Decreto Unitatis redintegratio. El Esquema del Decreto fue propuesto en aula el 23/09/1964 con una Relatio (Act. Syn. III/II 296-344). A los modos enviados por los obispos en los meses siguientes el Secretariado para la Unidad de los Cristianos responde el 10/11/1964 (Act. Syn. III/VII 11-49). De esta Expensio modorum se citan cuatro textos concernientes a la primera respuesta:
A) [In Nr. 1 (Proemium) Schema Decreti: Act Syn III/II 296, 3-6]
«Pag. 5, lin. 3-6: Videtur etiam Ecclesiam Catholicam inter illas
Communiones comprehendi, quod falsum esset.
R(espondetur): Hic tantum factum, prout ab omnibus conspicitur, describendum est. Postea clare affirmatur solam Ecclesiam catholicam esse veram Ecclesiam Christi» (Act. Syn. III/VII 12).
B) [In Caput I in genere: Act. Syn. III/II 297-301]
«4 - Expressius dicatur unam solam esse veram Ecclesiam Christi;
hanc esse Catholicam Apostolicam Romanam; omnes debere inquirere, ut eam
cognoscant et ingrediantur ad salutem obtinendam...
R(espondetur): In toto textu sufficienter effertur, quod postulatur. Ex altera parte non est tacendum etiam in alliis communitatibus christianis inveniri veritates revelatas et elementa ecclesialia» (Act. Syn. III/VII 15).
Cf. también ibidem punto 5.
C) [In Caput I in genere: Act. Syn. III/II 296s]
«5 - Clarius dicendum esset veram Ecclesiam esse solam Ecclesiam
catholicam romanam...
R(espondetur): Textus supponit doctrinam in constitutione
‘De Ecclesia’ expositam, ut pag. 5, lin, 24-25 affirmatur" (Act.
Syn. III/VII 15).
Por lo tanto, la comisión que debía evaluar las enmiendas al Decreto Unitatis
redintegratio expresa con claridad la identidad entre la Iglesia de Cristo
y la Iglesia católica, y su unicidad, y funda esta doctrina en la Constitución
dogmática Lumen gentium.
D) [In Nr. 2 Schema Decreti: Act. Syn. III/II 297s]
«Pag. 6, lin, 1–24: Clarius exprimatur unicitas Ecclesiæ. Non
sufficit inculcare, ut in textu fit, unitatem Ecclesiæ.
R(espondetur): a) Ex toto textu
clare apparet identificatio Ecclesiæ Christi cum Ecclesia catholica, quamvis,
ut oportet, efferantur elementa ecclesialia aliarum communitatum».
«Pag. 7, lin.5 Ecclesia a successoribus Apostolorum cum Petri successore capite gubernata (cf. novum textum ad pag. 6. lin.33-34) explicite dicitur ‘unicus Dei grex’ et lin. 13 ‘una et unica Dei Ecclesia’» (Act. Syn. III/VII).
Las dos expresiones citadas son las de Unitatis redintegratio 2.5 y 3.1.
(5) Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 8.1.
(6) Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, 3.2; 3.4; 3.5; 4.6.
(7) Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 8.2.
(8) Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Mysterium Ecclesiæ, 1.1: AAS 65 [1973] 397; Declaración Dominus Iesus, 16.3: AAS 92 [2000-II] 757-758; Notificación sobre el volumen «Iglesia: Carisma y poder», del P. Leonardo Boff, O.F.M.: AAS 77 [1985] 758-759.
(9) Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Ut unum sint, 11.3: AAS 87 [1995-II] 928.
(10) Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 8.2.
(11) Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 8.2.
(12) Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, 3.4.
(13) Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, 15.3; Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, 17.2: AAS 85 [1993-II] 848.
(14) Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, 14.1.
(15) Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, 14.1; Juan Pablo II, Carta Encíclica Ut unum sint, 56 s: AAS 87 [1995-II] 954 s.
(16) Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, 15.1.
(17) Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, 17.3: AAS 85 [1993-II] 849.
(18) Cf. Ibidem.
(19) Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, 22.3.
(20) Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus, 17.2: AAS 92 [2000-II] 758.
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“Bendeciré al Señor en todo tiempo” (Sal 34,2)
Miguel Antonio Barriola
Es nuestra vida una interacción entre días laborales
y de descanso, meses de trabajo y vacaciones. El mismo Dios así lo indica desde
el comienzo de
Sólo
que nuestra tendencia innata a valorar y gustar más de lo agradable nos vuelve
más pendientes de las jornadas de asueto que de las laborales. Lo
extraordinario copa nuestra atención. Lo común y corriente suele pasar
desapercibido, desvalorizado.
Algo análogo pasa con la liturgia de
El adjetivo y sus derivados suele despertar
sentimientos de monotonía, hastío ante la reiteración de lo ya conocido, hasta
de repulsa, como cuando tratamos a alguien de “ordinario” o se califica de “ordinariez”
a palabras y acciones de baja estofa.
Sin embargo, la raíz posee también un sentido
satisfactorio, si se piensa un poco en profundidad. Pues lo habitual, lo
reglamentado, sirve para que la vida humana no se vuelva un caos, ni una
continua sorpresa. Así, “de ordinario” nos alimentamos, se respetan la leyes del tránsito, trabajamos dentro de un ritmo, que no
suele traer imprevistos. En fin, no es posible vivir constantemente de eventos “fuera
de serie” y nuestra existencia transcurre entre el día, que inexorablemente da
lugar a la noche, y viceversa.
La mayor parte de la vida se desenvuelve en
jornadas comunes y corrientes, que preparan el descanso y la fiesta, a la vez
que en las pausas de ocio y celebración se recuperan fuerzas para volver al
trajín diario. Sería absurdo querer alterar este ritmo, por el mero gusto de
que todo se vuelva jolgorio.
De ahí el saludable consejo de Juan Pablo II:
llegar a ser extraordinarios en lo ordinario
II – La liturgia
de las horas: escuela de lo ordinario fructífero
Un tesoro de la Biblia, de la Iglesia y de
siglos de continua vida de oración es el Salterio. La liturgia de las horas,
destinada a santificar momentos salientes de cada jornada, es, sin embargo, con
lamentable frecuencia, tenida como un lastre por más de un sacerdote, religioso
o religiosa. Algunos llegan a llamarla “la suegra” y es una señal de alerta la
anécdota de aquellos canónigos que, ocupados en recitar su oficio divino en la
catedral, fueron sorprendidos por una tormenta estremecedora. Uno de ellos,
interrumpiendo los ritos, preguntó: “¿Qué les parece si dejamos esto y nos
ponemos a rezar?”
La experiencia muestra que se da aquí un
aspecto importante de la vida ministerial y religiosa, siempre amenazado por el
desencanto, cuando no nos vigilamos a nosotros mismos o perdemos de vista los
motivos serios en que se funda la Iglesia para seguir manteniendo la vigencia
de esta secular manera de rezar.
III – Objeciones
Pero, si Jesús -se suele objetar- nos dejó ya
una breve y enjundiosa fórmula de oración con el Padre Nuestro, ¿no nos ha de
bastar? ¿Por qué acudir a los Salmos? ¿No son Antiguo Testamento superado, como
los holocaustos y otros sacrificios del templo antiguo?
A lo cual hay que responder desde la fe de la
Iglesia en la inspiración de
Lo anterior puede parecer dificultoso, pues
hay todo un libro en la Escritura que consta sólo de plegarias. Lo cual puede
sorprendernos, ya que la Biblia es, ante todo, Palabra que Dios nos dirige.
Pero... ¿no es la oración más bien palabra humana, que cada uno eleva a Dios?
Entonces, ¿cómo es posible que lo que brota del corazón humano, descienda
igualmente de Dios?
IV – La ayuda del
Espíritu
Los Salmos nos descubren que Dios no sólo nos
habla, como en los anuncios proféticos, en los relatos de su intervención a
favor de Israel o de su Iglesia, sino que es también la Palabra que el Señor
quiere oirnos pronunciar, cuando dialogamos con ÉL.
San Agustín, en su bello y profundo
comentario al Salterio, lo expresó egregiamente: “Para poder ser alabado convenientemente por el hombre, Dios se ha
alabado a sí mismo. Puesto que Dios se ha dignado alabarse a sí mismo, en
adelante el ser humano está en condiciones de alabarlo... Ha llenado a sus
siervos con su Espíritu, para que estos puedan alabarlo” (Enarrationes in Psalmos, in Ps. 144/45).
Tales plegarias son, por lo tanto, a la vez
de Dios y nuestras.
En consecuencia no hay punto de comparación
con nuestros débiles e imperfectos ruegos. Como lo advertía San Pablo: “No sabemos orar como es debido; pero el
Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que sondea los
corazones conoce el deseo del Espíritu y sabe que su intercesión en favor de
los santos está de acuerdo con la voluntad divina” (Rom 8, 26-27). Ahora
bien, una forma privilegiada en que el Espíritu viene en nuestra ayuda es el
Salterio inspirado por ÉL mismo.
V – Dilatan el
alma
Pero todavía suele levantar cabeza otra duda:
“El hecho es que no me expreso a mí mismo”. Pero, justamente, con los Salmos
entramos en la mejor escuela para salir del subjetivismo. Porque la oración no
es monólogo, sino diálogo con Dios. De ahí que no debamos caer
inconscientemente en el autoengaño del fariseo, que comienza teniendo en cuenta
a Dios (“Dios mío”), pero para deslizarse inmediatamente hacia la exposición de
sus medallas olímpicas en piedad, convirtiendo la conversación en un monólogo
autocontemplativo: “Te doy gracias por
que no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco
como ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago la décima parte de mis
entradas” (Lc 18, 11-12).
Al sacarnos de nosotros mismos, el Salterio
nos conecta con una multitud innumerable de creyentes, a lo largo del tiempo y
del espacio. Nos hace participar de la oración más extendida por la tierra
entera, ya que todas las Iglesias cristianas y los judíos de cualquier época
adoran a Dios con ellos desde hace 2.500 años.
Son compendio del alma judía, vehículo de lo
más puro, bello y verdadero de todo el Antiguo Testamento. Tanto que se denomina
al Salterio: “Biblia orans”.
Oigamos a André Chouraquí, sabio judío: “Un libro pequeño, 150 poemas. 150 espejos
de nuestras rebeldías y de nuestras fidelidades, de nuestras agonías y de
nuestras resurrecciones. Más que un libro es un ser vivo, que habla, que sufre,
que gime y que muere, que resucita y canta, en el umbral de la eternidad y os
toma y os lleva, a vosotros y a los siglos de los siglos. Del principio al
fin... esconde un misterio, para que las edades no dejen de volver a este
canto, de purificarse en esta fuente, de interrogar cada versículo, cada
palabra de la antigua oración, como si los ritmos hicieran latir el pulso de
los mundos” (Les Psaumes, Paris –
PUF – 1956 – 1–2).
Son las oraciones del pueblo al que Dios se
ha revelado para hacer de él su testigo entre todas las naciones.
VI – Oración de
los cristianos
Pero, esta herencia de nuestros hermanos
mayores judíos, ha sido acogida con gran cariño y cuidado
por la Iglesia de Cristo, convirtiéndose asimismo en la oración escogida por
todos los cristianos de todas las épocas.
Desde hace más de veinte siglos, comenzando
con el mismo Jesús y María, su Madre, los cristianos han rezado, valiéndose de
estos cánticos espirituales.
A)
Los Salmos: oración de Jesús
Ya entrando al mundo desde la eternidad, lo hace con el Salmo 40/39, 7–9, según el autor de Hebr 10, 5–7: “Tú no has querido sacrificio ni oblación, en cambio me has dado un cuerpo”. Notemos que, donde el texto original trae: “me has dado un oído atento”, a la luz del acontecimiento definitivo, que llevó a plenitud lo anunciado en aquella oración, se explicita aquella escucha atenta, no sólo en teoría, sino en la obediencia total hasta la muerte y muerte de cruz.
También hemos de reflexionar en el realce tan significativo que adquieren así los Salmos, dado que el que ingresa en el mundo, es el “Verbo” (Jn 1, 14), o sea que no le faltaban los mejores modos y palabras para dirigirse a su Padre. Sin embargo, se sirve de estos arcaicos versos para expresar su acatamiento a los planes divinos.
Cuando, desde su niñez,
asciende a Jerusalén (Lc 2, 41–42) cada año, entona los “cantos de las subidas
o peregrinación ” (Sal 118/119 – 133/134). En
Por fin, desde la cruz, sintetizando todas las angustias del pasado y del futuro, eleva el grito del Sal 21/22: “Dios mío, Dios mío ¿para qué me has abandonado?” Y acabará su vida terrena (según Lucas), con la misma palabra con que la empezó en público: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Sal 31/30, 6). (Recordemos que ya a los doce años, destacó que “debía estar en la Casa de mi Padre”: Lc 2, 49).
Nuevamente observamos una transformación del texto original en labios de Jesús. El salmista, en efecto, decía: “En tus manos, Señor, Dios fiel, encomiendo mi espíritu”. Ese mismo cambio indica que, en Jesús, los Salmos van adquiriendo un significado, que antes sólo era latente. Cuando ÉL los incorpora a su oración personal, no lo hace a la manera de cualquier judío de su época, sino que, al haber sido enviado por el Padre para cumplir sus designios, los lleva a su perfección. Realiza en su vida, muerte y resurrección todo lo que el Antiguo Testamento, incluidos los Salmos, anunciaba de ÉL y prefiguraba de los planes eternos del Padre: “Es necesario que se cumpla lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, los Profetas y los Salmos” (Lc 24, 44).
B) Los Salmos: oración predilecta de la Iglesia
Pedro, en sus primeros anuncios después de Pentecostés, acude constantemente a los Salmos (Hech 1, 16–20 = Sal 69/68, 26 y 109/108, 8; Hech 4,23-25 = Sal 2, 12). Lo mismo Pablo en Rom 3, 10–15.
San Gregorio de Nisa así testimoniaba: “Salterio, el libro de todos: cada uno, cualesquiera que sean su estado de ánimo o sus aflicciones, tiene sensación de que esta parte de la Escritura le ha sido dirigida personalmente por Dios” (Patrologia Griega, XLIV, 437–440).
San Agustín: “¡Oh, cuánto no me hicieron llorar tus himnos y cánticos, hondamente conmovido por la voz de tu Iglesia, que tan dulcemente suena en ellos!” (Confesiones, IX, 6).
San Benito vio en el canto de los Salmos el “Opus Dei”, la obra de Dios: “Creemos que Dios está en todas partes... pero debemos creer esto y sin la menor vacilación, cuando asistimos a la obra de Dios” (Regla, cap. XIX).
Santo Tomás de Aquino: “Es el Salterio el libro más utilizado por la Iglesia (...) repite bajo forma de alabanza y oración, todo lo que los demás libros exponen según los modos de narración, exhortación, discusión.” (In Psalmos Davidis expositio, ed. Vives, 228).
C) ¿Siguen siendo “actuales”?
Pero... muchos se preguntan si continúan teniendo valor hoy en día.
Desde nuestra fe se ha de responder afirmativamente. Nos siguen afectando, con la condición de que proclamemos, con fe convencida, que la historia de Israel es nuestra historia, porque pertenecemos al pueblo de Dios. De modo que, al retomar esos viejos poemas, se deshace nuestro individualismo, nos sentimos como llevados por un amplio movimiento de liberación y caminamos íntimamente unidos a ese pueblo de Dios.
Algunos testimonios: Svetlana Alliluyeva (hija de J. Stalin, convertida al cristianismo): “En ninguna parte he encontrado palabras más fuertes que en los Salmos. Esta poesía ardiente purifica, fortalece, hace nacer la esperanza en los momentos difíciles. Obliga a uno a refugiarse, a condenarse y borrar mediante sus lágrimas los errores de su corazón. Es un fuego inextinguible de amor, de gratitud, de humildad y de verdad” (S. Alliluyeva, En une seule année, Paris – 1971 – 253).
El gran teólogo Y. Congar: “Salmos, mis queridos Salmos, pan cotidiano
de mi esperanza, voz de mi servicio y de mi amor a Dios, alcanzad vuestra
plenitud en mis labios y el corazón. Queridos Salmos, no envejecéis, sois una
oración inmutable... Aceptad que os resuma en dos palabras, de las cuales la
segunda se puede pronunciar de verdad, cuando se ha dicho la primera: Amén –
Alleluya” (en:
Aunque parezca extraño, volvemos al ya citado A. Chouraqui, culminando este testimonio “eclesial”, porque, viniendo de un judío, es un indicio esperanzador de ese paso que muchos honestos hebreos están cumpliendo en nuestros días.
Me refiero a la superación de una bastante rígida “disimetría” que se podía observar por parte de nuestros hermanos mayores. Es decir: quedaba claro para ellos y nosotros que la fe cristiana, sin apoyo previo en la judía, no podía subsistir. Lo dejó bien claro San Pablo: “Tú (cristiano), que eres un olivo silvestre, fuiste injertado... haciéndote partícipe de la raíz y de la savia del olivo” (Rom 11, 17).
En cambio los judíos afirmaban que ellos podían seguir siendo perfectamente tales, sin necesidad del cristianismo. Pero en los últimos tiempos hasta se ha formado un movimiento llamado: “Jews for Jesus” (= Judíos para Jesús), que se interesa vivamente por nuestro Salvador. Muchos se preguntan honradamente cómo es que se cumple el presagio de Dios a Abraham: “En ti se bendecirán todas las naciones” (Gen 12, 3), si no es por la difusión del Evangelio. ¿Cómo se ha conocido universalmente la Biblia judía, si no por medio de los cristianos?
Con este telón de fondo, adquiere especial relieve, esta perspectiva de los Salmos en la pluma de Chouraqui:
“(El libro de los Salmos) se ha insinuado en todas partes: en todos los bautizos, en todos los matrimonios, los entierros y en todas las iglesias. Está en todas las fiestas y en todos los duelos de casi todas las naciones...han sabido hablar en todas las lenguas, a todos los hombres, todos los días, para inspirar sus negaciones más altivas y sus audacias más fecundas. Y desde hace 2.000 años los conventos y los guettos se encuentran misteriosamente en esa guardia de amor para salmodiar, aquí en latín, allí en hebreo, aquí en francés, los himnos de los patriarcas de Israel” (Les Psaumes, 1–2).
VII – Dificultades especiales
Con todo, una y otra vez emergen clásicas dificultades, que llaman a la vigilancia y la constante gimnasia espiritual, para no quedar enredados en lo superficial y considerar en la debida perspectiva más de un Salmo, que puede provocar perplejidades a una sensibilidad cristiana.
Nos referimos a los salmos imprecatorios o de maldición, que apelan a la venganza de Dios sobre los enemigos de la nación o los adversarios personales del salmista. Son singularmente desconcertantes: Contra los enemigos de Israel: Sal 79, 6.12; 83, 10–19; 129, 5-8; 137, 7–9; contra los contrincantes del salmista: 5, 11; 6, 11; 7, 10.16; 10, 12; 28, 4; 31, 19; 140, 9–12; 141, 10; 143, 12). Sobre todo el terrorífico deseo: “Bienaventurado quien tome a tus niños y los estrelle contra la piedra” (Sal 137, 7–9).
Al respecto nunca se ha de perder de vista que la revelación bíblica es progresiva y pedagógicamente ascendente, de lo ínfimo a lo más elevado en santidad y moral.
Así como no damos a un bebé un trozo de asado, sino que, adaptándonos a su falta de dentadura, le suministramos leche o papilla blanda, en forma análoga Dios tuvo que abajarse al estado rudo y casi salvaje del pueblo que eligió para irlo educando pacientemente a lo largo de los siglos.
El “Altísimo” condesciende
hasta la ínfima situación de Israel, para irlo elevando y haciéndole notar que
todo en su historia se debe a pura benevolencia por parte de Dios, de modo que
no atribuyera vanamente a sí mismo lo que era fruto de
Así, aquello que para el cristiano es algo a superar, como la ley del talión (“Ojo por ojo, diente por diente”: Mt 5, 38–39; Ex 21, 24) había significado, sin embargo, un gran avance en la morigeración para las costumbres bárbaras de las primitivas tribus, que no ponían límites a la sed de venganza (repasar el feroz “Canto de Lamec”: Gen 4, 23-24). “Con relación a la vendetta ilimitada del desierto, hay allí una exigencia de mesura y una suavización de las costumbres” (P. Grelot, Pages Bibliques, Paris – 1954 - 51).
De pasada, sería oportuno
meditar si en nuestra sociedad no se estará retrocediendo hoy en día a esas
ansias salvajes. “Ni olvido ni perdón”, se lee en los muros de
Como antídoto, recordemos a “Donna Assunta”, la madre de Santa María Goretti. Una humilde aldeana sin mayores “teologías”, pero bien afirmada en su catecismo. Cuando Alessandro Serenelli, que 27 años antes había asesinado cruelmente a su Hija “Mariella”, después de sus años de prisión, fue a visitarla, al preguntarle si lo perdonaba, respondió: “Si Dios te ha perdonado, cómo no voy yo a perdonarte”. Ambos asistieron a la canonización de la santa adolescente en 1950 por Pío XII.
Volviendo a nuestros “Salmos de maldición” hemos de ubicarnos en el estadio de la revelación de aquellas épocas. Todavía no conocía Israel el futuro que les tocaba a los muertos. No tenían noción del “más allá” y esperaban que la justicia se estableciera mientras se vivía en este mundo. Es el núcleo del drama profundo del libro de Job.
Está bien, podría replicar alguno, pero, si todo eso ha sido superado, ¿para qué, después del Evangelio, seguir usando esas tremendas fórmulas de imprecación?
La Iglesia conserva esas arcaicas quejas porque descubren que se da en cada uno de nosotros una violencia latente (como estamos viendo que reaflora en estos tiempos), dispuesta a estallar por una buena o mala causa.
De modo excelente lo dan a entender estos lúcidos párrafos de R. Guardini:
“En la historia del Antiguo Testamento ocurrió algo que se grabó
profundamente en la memoria del pueblo; más aún, que hizo la forma básica de su
modo de entender la existencia; la larga emigración desde Egipto –el país en
que se ha desarrollado de manera más impresionante el mito y el misterio-, a
través de la soledad del desierto, guiados por la presencia personal del Dios
Vivo, hasta
De ese estar de camino hablan los Salmos. Por eso en ellos sale a la
luz todo cuanto vive en los hombres: las alegrías, las necesidades, los miedos,
las pasiones. Pero todo queda puesto ante Dios. No de modo dionisíaco. No en un
asentimiento total a
Por eso el Dios Santo está por encima de todo lo que se dice en ellos,
y todo recibe juicio de Él. Tomemos aquellos Salmos que producen más duro
escándalo: los Salmos de maldición. Comparémoslos con formas de maldición
religiosa, tal como aparecen en la magia pagana, y entonces veremos
Pero podría decir alguno: Yo ya no estoy de camino. En efecto, yo soy
cristiano. A éste se le responderá: ¿Lo eres realmente? ¿Te atreves a decir que
has realizado el ser cristiano?
Pues ¿qué significa ser cristiano? La respuesta exhaustiva la ha dado
quizá San Pablo, al decir en la Epístola a los Gálatas: «Vivo yo, pero ya no
vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (2,20). Y entonces uno continúa así su
pensamiento: “Y precisamente de ese modo es como empiezo a ser yo mismo”.
¿Ocurre eso en ti? ¿Puedes decir que has entrado en la inhabitación viva, en la
santa mente de Cristo y que a partir de ahí has llegado a ser tú mismo? No se
necesita más que hacer estas preguntas para saber en qué punto se está.
Lo que vive en el hombre del Antiguo Testamento, en efecto, todavía
está en nosotros. No a la manera como el hombre de la época en que no estaban
históricamente “cumplidas” (Juan 19, 30) las obras de la Revelación y de la
Redención, sino según la manera de realización. También nosotros estamos sólo
de camino hacia el ser cristianos. Bien es verdad que hemos recibido el mensaje
y estamos bautizados y creemos; mejor dicho, nos esforzamos en creer; pero todo
eso es sólo una emigración, abriéndose paso con luchas. También aquí ha dicho
lo decisivo San Pablo, al hablar en la Epístola a los Romanos (8, 29) de que el
hombre nuevo, que «reproduce la imagen del Hijo» de Dios, debe abrirse paso a
través del hombre viejo, que está en rebelión y confusión; que debemos
«despojarnos» del viejo, dejarlo atrás y «revestirnos» del nuevo; que debemos
pasar de una situación esclavizada y corrompida , a la libertad y verdad
esencial del que renace en Cristo.
Pero si alguien quiere insistir en su derecho, diciendo: Yo, sin
embargo, he aprendido en la escuela de Cristo, y en mí no hay ningún odio tal
como el del Salmo; entonces se podría replicar otra vez: ¿Realmente es así? ¿O
es sólo porque todavía no has tenido ocasión? ¿No hay en ti las mismas
disposiciones, y no despertarían si llegara la ocasión? ¿Quizás incluso peor?”
Interrumpo la tan clarividente exposición de Guardini, para exponer una experiencia propia que, a mi ver, confirma cuanto viene profundizando el teólogo alemán.
Por la década del “60”, me encontraba en un colectivo junto a un grupo de visitantes, dando un “tour” por Amsterdam. El joven “cicerone” comentaba todo en inglés. Dado que por aquel entonces no manejaba yo tal lengua, pregunté en alemán (idioma más afín al holandés), si sólo se explicaba en inglés. Se vino acercando el muchacho a donde yo estaba y me preguntó: “¿Usted es alemán?” Al responderle que era latinoamericano, empezó a agregar explicaciones en perfecto castellano, pero eludiendo el alemán. Me aclaró, después: “No sabe usted el alivio que me da. Porque tener que hablar en alemán me habría hecho acordar de las barbaridades que los nazis cometieron con mis parientes”.
Allí se me hizo patente la sensata advertencia de Guardini. Nos ilusionamos de que el Evangelio ha echado raíces en nosotros, pero siempre está escondido en todo ser humano el desorden dejado por el pecado de origen. Nos falta sólo la ocasión, para que aflore.
Como se observó también, en más de una reacción de grupos o individuos de la actualidad parece estar levantando cabeza. Para reconocer nuestras flaquezas nos ayudan, pues, estos Salmos casi desesperados, pero para acudir a Dios, no para tomar venganza por cuenta propia.
Sigamos ahora con otro sagaz reparo, planteado por Guardini.
“Una objeción fácil y que se gusta de poner contra la realidad de la
Redención, dice así: ¿Entonces, el mundo no ha mejorado después de la muerte y
la Resurrección de Cristo?
Prescindamos, ante todo, de cuanto ha mejorado realmente por Él y por su
palabra; y más aún, de cuanto se ha hecho totalmente diverso. Admitamos
honradamente la pregunta: ¿Ha mejorado el mundo en su totalidad histórica?
Quizá tenemos que decir que no. Quizá su situación inmediata ha empeorado
incluso.
La persona de Cristo ha hecho patente la distinción entre bien y mal.
Tanto el bien como el mal, han llegado a su mayoría de edad. El hombre que vive
en la situación de la conciencia mítica todavía no sabe realmente de qué se
trata. Todo se juega aún en una sola cosa, como las fuerzas de
Por eso el mal es desde entonces más terrible que nunca; patente,
sabido y querido. Nunca han ocurrido en los tiempos paganos cosas como las que
han pasado en estos últimos cuarenta años (N.B.: Guardini escribió esto
hacia fines de 1960. Tiene en vista a las dos grandes “Guerras mundiales”). Pero pertenecemos a nuestro tiempo y
tenemos todos los motivos para suponer que lo terrible está también en
nosotros. Se trata sólo de hasta qué punto Dios cumple el ruego: «No nos dejes
caer en la tentación».
Los Salmos pueden tener una gran importancia para nosotros: A saber,
que al decirlos nos hagamos patentes a nosotros mismos: que pongamos ante Dios
nuestro corazón tal como es, y no solamente como lo conocemos; también lo
escondido suyo, también su oscura profundidad: que aceptemos las palabras que
se dicen allí: Estoy entretejido en las ligaduras de
Si consideramos las cosas así, vemos entonces qué importantes son esos textos. Se puede decir tranquilamente: Cuanto más fuertemente nos choca su palabra, mayor ocasión tenemos de pensar que en ella nos hacemos patentes: que hemos de aceptarla, pues, y en ella ir hacia Dios, rezando.” (“El Espíritu de los Salmos”, en su obra: Verdad y Orden, Madrid – 1960 - 138–143).
También puede sostenernos en
la recitación de tales preces, alejadas todavía del espíritu de perdón
evangélico, el considerarnos privilegiados (pero no por ser “mejores” que
nuestros ancestros) por participar en la etapa definitiva y superior de
Los Salmos agigantan nuestra alma, solidarizándonos con los pobres y necesitados económica y anímicamente. Mantienen en nosotros el anhelo por la justicia contra los explotadores de todo tipo, nacionales e internacionales. Sólo que, sin asociarnos a las pretensiones de “justicia inmediata”, sirvámonos de sus clamores para prestar nuestra voz, que haga resonar ante Dios a las muchedumbres que, todavía hoy, siguen sufriendo la opresión sin ninguna esperanza humana. “Ellos me enfrentaron en un día nefasto, pero el Señor fue mi apoyo” (Sal 9, 19). Cosa que concuerda con “Venga tu Reino” y las ansias expresadas por María, la Madre del Redentor: “Desplegó la fuerza de su brazo. Dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes” (Lc 1, 51–52).
A estas consideraciones podemos sumar las de San Agustín: “Con los Salmos, reza contra la maldad de tu enemigo. Que la maldad muera, pero que tu enemigo viva. Si tu enemigo muere, tú pierdes a un enemigo, pero no recuperas un amigo. Si, por el contrario, muere su maldad, te has deshecho de un enemigo y recuperas un amigo” (Enarrationes in Psalmos, Ed. Vives, 170-175).
Con la opinión autorizada del gran especialista sobre los Salmos, R. J. Tournay, bien podemos culminar estas consideraciones: “La Iglesia militante ha recibido de Cristo resucitado las prendas de su victoria, pero mientras espera el advenimiento del reino de Dios, debe maldecir y combatir las fuerzas infernales, a la vez que perdona a los hombres como Cristo. Recibamos los Salmos como son, porque el secreto de su longevidad y de su actualidad quizá pueda consistir precisamente en lo que a veces les queremos quitar.” (Le Psautier de Jérusalem, Paris - 1986 - Introduction).
La Plata, 6/VII/2007.
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El amor: ¿sentimiento o decisión?
Pedro Gaudiano
Todo el mundo afirma que el amor es un sentimiento. A ese sentimiento
amoroso lo podemos llamar “afecto”. Pero el amor, ¿es sólo un sentimiento, o es
algo más? Intentaremos mostrar que el amor es algo “efectivo”, que pertenece
más a la esfera de la voluntad que a la esfera de los sentimientos.
Punto de partida
Rodolfo Terragno, periodista y político argentino, en la revista «Noticias» (Buenos Aires, 9 junio 2001) escribió el siguiente artículo, que tiene una permanente actualidad:
«Don Quijote nunca le dijo a su escudero: “Ladran Sancho; señal que
cabalgamos”. No hay, en el libro de Cervantes, ningún pasaje donde se lea esa
frase.
Sherlock Holmes jamás exclamó: “Elemental, mi querido Watson”. Esa
réplica no aparece ni en los cuentos (56) ni en las novelas (4) que escribió
Arthur Conan Doyle, el creador del mítico detective.
Charles Darwin no creía que el Hombre descendiera del mono. Nadie encontrará
semejante idea en “El origen de las especies”, ni en “La descendencia del
Hombre”.
La guillotina no fue inventada por Joseph-Ignace Guillotine, y éste no
fue decapitado durante
Dalila no cortó los cabellos de Sansón.
En 1492, no se creía que
Hay falsedades que, de tan repetidas, tornan dudosa la misma verdad. Es
un fenómeno de error y negación: primero se desacierta por ignorancia; luego se
toma lo falso por verdadero, y por último se desarrolla una resistencia a
Sucede aún con la realidad circundante, como puede observarse, por
estos días, entre nosotros».
El amor “afectivo”
El artículo anterior quizá nos permita abrir un poco más la mente para abordar el tema que nos ocupa. Existe un sentimiento amoroso, el “afecto”. Amar es sentir afecto, sentir que se quiere. Esto se reconoce fácilmente en el amor que le tenemos a las cosas materiales, a las plantas, a los animales y a las personas. El afecto produce familiaridad, cercanía física, y nace de ellas, como sucede con todo lo que hay en el hogar. Cualquier sentimiento –también el afecto– se define por una serie de fases, sucesivas y necesarias, que son las siguientes:
1º) Objeto desencadenante y sus circunstancias. Siempre hay algo que desencadena, como en cascada, un sentimiento. Puede ser un acontecimiento, una persona, un pensamiento, etc.
2º) Emoción o perturbación anímica. Es lo que uno siente dentro ante el objeto desencadenante. La intensidad de una emoción puede variar. Si es muy intensa, uno se da cuenta fácilmente que tiene un sentimiento. Pero la emoción puede ser casi nula, y eso es signo de que el sentimiento es mucho más profundo. Es el caso, por ejemplo, del amor a los padres, que no suele ir acompañado de una emoción intensa pero que es una realidad muy profunda y duradera en el tiempo.
3º) Síntomas físicos o alteraciones orgánicas. Todo sentimiento siempre
produce algunos cambios orgánicos. El miedo, por ejemplo, provoca la secreción
de la adrenalina, que es lo que huelen los perros. Por eso se dice que los
perros “huelen el miedo”. En el caso del amor, se ha comprobado que interviene
una hormona llamada oxitocina. Los niveles de dicha hormona aumentan considerablemente
antes del parto, y de hecho es lo que se le inyecta a la mujer para inducir el
parto, si es necesario hacer eso. Es una hormona adictiva, porque recorre en el
cerebro el mismo circuito que la heroína y
4º) Conducta o manifestación. Todo sentimiento tiende a ser expresado o manifestado. Esto se da aún en el caso de una persona que reprime sus sentimientos, ya que esa represión puede ser considerada como una conducta o comportamiento.
El amor “efectivo”
Además de un sentimiento amoroso o “afecto”, el amor también es una acción voluntaria o “efecto”, que uno realiza para hacer feliz a otra persona. Toda acción voluntaria atraviesa las dos fases siguientes:
1º) El deseo racional. En primer lugar se da la tendencia o inclinación a unirme con un bien que la razón me señala como un fin o meta. Es el “querer” hacer algo. Este querer o “intención” alcanza para que una acción sea voluntaria. Así por ejemplo, yo “quiero” ir a mi casa, “quiero” hacer esto o aquello.
2º)
«Hollywood nos ha enseñado a creer que el amor es un sentimiento. Las relaciones son desechables. El matrimonio y la familia son asunto de contrato y conveniencia más que de compromiso e integridad. Pero estos mensajes dan un panorama muy distorsionado de la realidad. […]
Mire a su alrededor, tal vez incluso a su propia familia. Cualquiera
que haya pasado por un divorcio, por el alejamiento de un compañero, un hijo o
un padre, o una relación rota, de cualquier modo podrá decirle que hay un dolor
profundo, una cicatriz profunda. Y hay consecuencias duraderas que Hollywood
por lo general no menciona. Así que aunque pudiera parecer “más fácil” en el corto
plazo, con frecuencia es más difícil y más doloroso a largo plazo romper una
relación que sanarla, particularmente cuando hay hijos involucrados».
Stephen Covey, Los 7 hábitos de las familias altamente
efectivas.
Más que un sentimiento, una decisión
Se podría plantear la siguiente fórmula: AMOR = AFECTO + EFECTO.
Cuando en el amor intervienen
ambas cosas, es decir, el “afecto” y el “efecto”, entonces el amor es más pleno
y realiza mucho más a
Puede haber amor sin sentimiento, y “sentimiento” sin amor voluntario. Puede darse el caso de que exista el “efecto” sin el “afecto”. O sea que yo puedo realizar una acción voluntaria por el bien de otra persona, para que esa persona sea feliz, pero sin tener hacia esa persona un sentimiento amoroso. Es el caso, por ejemplo, de quien ayuda a cruzar la calle a un ciego: no lo conoce, no sabe su nombre, no siente “afecto” por él, pero realiza una acción concreta por el bien de esa persona. Aunque no lo tengamos registrado así en nuestra mente, esa acción tiene que ver con el amor. De hecho, todas las acciones que realizamos diariamente tienen que ver con el amor, porque lo afirman y promueven o porque lo niegan y rechazan.
Importancia de ampliar el concepto de amor
Para comprender mejor un concepto puede ser útil confrontarlo con el concepto opuesto. Así quedan bien de manifiesto las diferencias.
Lo opuesto del amor es el odio. Cuando yo odio a una persona porque objetivamente me hizo sufrir, me hizo llorar, me lastimó a mí o a un ser querido… mi odio hacia esa persona no le llega, a no ser que yo la tenga adelante mío y se lo exprese de alguna manera. Puede darse el caso de que esa persona está en otra parte del país, o quizá en el exterior. Tal vez ni se acuerda de mí. Pero el odio o los sentimientos negativos que yo siento hacia esa persona, a mí mismo me van corroyendo por dentro. A veces hay personas que llegan a enfermarse por antiguos odios, rencores u otros sentimientos negativos muy prolongados en el tiempo. En efecto, el odio me destruye por dentro. Dicho de otra manera, el primer efecto del odio no es sobre la persona odiada sino sobre uno mismo.
¿Qué pasa con el amor? Lo mismo, pero al revés. Cuando uno ama a otra persona, el primer efecto del amor no es sobre la persona amada sino sobre uno mismo. El amor te construye por dentro, te fortalece, te hace crecer y te realiza como persona.
Por lo general con amor “afectivo” amamos a muy pocas personas, pero con amor “efectivo” amamos a muchas personas. Corremos el riesgo de reducir el amor a un sentimiento o afecto amoroso. Entonces nos daremos cuenta que amamos a muy pocas personas y que muy pocas personas nos aman. Pero tenemos la posibilidad de cambiar ese paradigma y descubrir que podemos ampliar nuestro concepto de amor. Y entonces nos daremos cuenta que amamos mucho más de lo que creemos que amamos y que somos amados mucho más de lo que creemos que somos amados. Y esta conciencia nueva va a redundar en un mayor crecimiento y realización personal.
¿Es posible amar al enemigo?
Jesucristo enseñó el mandamiento
del amor a los enemigos (ver Mt 5,
43-48; Lc 6, 27-35). Pero eso no
quiere decir que yo tenga que amar al enemigo con amor “afectivo”. En algunos
casos esto puede resultar realmente imposible. Yo no puedo tener un sentimiento
amoroso o “afecto” hacia alguien que me lastimó directamente a mí o a un
miembro de mi familia. Pensemos por ejemplo en el caso de un violador o un
asesino. Jesús ordena amar a esa persona no con un amor “afectivo”, sino con un
amor “efectivo”. Yo puedo amar a esa persona al menos no deseándole ningún mal, como por ejemplo
“Dios es amor”
La primera encíclica del Papa Benedicto XVI, del 25 de diciembre de 2005, comienza de la siguiente manera:
“«Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios
en él» (1 Jn 4,16). Estas
palabras de
Hemos creído en el amor
de Dios: así puede expresar el
cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por
una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un
acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con
ello, una orientación decisiva. En su Evangelio, Juan había expresado este
acontecimiento con las siguientes palabras: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó
a su Hijo único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna» (cf.
3,16). […] El argumento es sumamente
amplio; sin embargo, el propósito de
Ver el texto completo de esta encíclica en:
Nota: Este
artículo fue publicado en «Boletín
del CIEF» [Montevideo] nº 40, abril 2007, pp. 12-14.
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Néstor
Martínez
¿Tiene que haber conflicto entre la evolución y la fe en la creación del mundo por Dios?
No necesariamente, mientras la teoría de la evolución sepa mantenerse en el plano empírico propio de las ciencias naturales y no pretenda ser una explicación filosófica, es decir, última, de la realidad.
Pongamos un
ejemplo. Miguel Ángel pintó el techo de
Todo eso es verdad. Lo que pasa es que nosotros, que sí podemos ver a los humanos, diremos algo así: Al principio, Miguel Ángel tuvo la idea de pintar en el techo de la Sixtina algunas escenas bíblicas, luego hizo un boceto en el papel, y luego se subió al andamio y con el pincel ejecutó gradualmente la obra.
Y también es verdad. Tan verdad como lo anterior, puesto que no son más que dos descripciones del mismo evento, desde distintos puntos de vista. Lo importante es que ambas descripciones no se contradigan entre sí; y en este caso no pueden contradecirse, porque no hablan desde el mismo punto de vista, aunque hablen de lo mismo.
El problema surgiría solamente si esta raza de observadores que no pueden ver a los humanos se empeñase en sostener que en el proceso de producción de las pinturas de la Sixtina no había intervenido "nada más" que el pincel, los colores, etc. Ese "nada más" estaría totalmente injustificado, pues el hecho de que en lo que yo veo no haya "nada más" que el pincel, los colores, etc., no quiere decir que en la realidad no haya más que eso.
Y por otra parte, sostener que las pinturas de la Sixtina surgieron por casualidad, a partir "solamente" de los movimientos azarosos de un pincel inconsciente sería, como se dice hoy, "muy fuerte".
Algo análogo
sucede con la cuestión de la evolución y la fe en el Creador. La teoría de la
evolución, como toda la ciencia natural, es empírica, es decir, se basa
solamente en lo observable. Desde ese punto de vista, es lógico que vea
solamente el "pincel", es decir, las causas naturales que, en caso de
ser verdadera la teoría, claro, explican el surgimiento de las diversas
especies. Y lo mismo se puede decir de la explicación del proceso cósmico
entero a partir del Big Bang.
Pero nada
autoriza a dar el salto al plano filosófico y decir que en la realidad "no
hay más que" esos procesos naturales, sobre todo si el final del proceso
es el Universo maravillosamente ordenado que conocemos. Si hacemos esto,
incurrimos en el error de hacer que el efecto sea más grande que
Por lo mismo, esa inteligencia inicial tiene que ser eterna, ya que es imposible que todo haya comenzado a existir, pues entonces todo debería haber salido de la nada, lo que es absurdo, y la inteligencia, además, no puede haber surgido tampoco de lo que carece de inteligencia, por lo ya dicho: no se da lo que no se tiene.
En efecto,
cuando los cristianos hablamos de "creación ex nihilo", o sea, "de la nada", no estamos diciendo
que todo salió de la nada, pues nos estamos refiriendo solamente al origen de
las creaturas, no de Dios, que es Eterno, y además, tampoco la creación divina
consiste en sacar las cosas de la nada como si fuera una materia prima o una
bolsa, sino en que al crear Dios las cosas, no utilizó ningún material previo,
preexistente a la creación misma, sino que todo el ser de la creatura,
absolutamente, viene del acto creador. Como dice el Génesis: "Dijo Dios: "Haya luz", y
hubo luz."
Vemos entonces cómo el razonamiento filosófico, del que sólo hemos esbozado los primeros pasos, lleva, bien conducido, a una concordancia fundamental con lo que nos dice la fe en un Dios Creador. El meollo del asunto es que para poder ver a Miguel Ángel, es decir, para poder acceder al conocimiento de las últimas causas de lo real, es necesario saber trascender el plano de lo sensible y empírico, hacia el plano de lo que sólo se puede alcanzar con la inteligencia, sin poder percibirlo sensiblemente ni tampoco imaginarlo, sino solamente deducirlo como exigido lógicamente por los datos empíricos y los primeros principios de la razón.
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Josef Pieper
Cualquier lenguaje teológico es susceptible de una interpretación metafísica, puesto que, en tanto que símbolo, se inserta en un significado ontológico cuya raíz última, siguiendo la norma de la interpretación inversa de la analogía, puede ser descifrada si se disponen de las "herramientas" adecuadas, es decir, si se hace referencia a los principios. La figura del Anticristo presenta en nuestra época un especial interés, y pueden encontrarse en el siguiente texto de Pieper -profesor de antropología filosófica en la Universidad de Münster- ciertas relaciones de continuidad con algunas de las perspectivas propias del pensamiento tradicional o de la gnosis perenne. Por otra parte, las estimaciones políticas y filosóficas del autor respecto a la "morfología" del reinado del Anticristo pueden resultar tremendamente sugestivas.
***
"No cabe mencionar ningún lapso de
tiempo, ni pequeño ni grande, tras el cual haya que esperar el fin del
mundo" (Santo Tomás de Aquino, Contra
impugnantes Dei cultum et religionem, 3,2,5; n.
531).
***
1. En la tradición del
pensamiento occidental acerca de la historia, el estado final intratemporal
tiene sobre todo un nombre: reinado del Anticristo. Es necesario, por tanto,
interpretar con la mayor precisión posible el sentido de tal expresión.
En principio el nombre de "Anticristo" tiene un cierto eco extraño para el oído moderno. Pero lo que tal nombre connota y señala de realidades intrahistóricas sí que le es perfectamente familiar y bien conocido al hombre contemporáneo. Aunque por ese "hombre contemporáneo" no se ha de entender ciertamente toda persona que vive hoy en cualquier parte del mundo, sino más bien quien, con el sentido despierto y diríamos que desde dentro, ha conocido y vivido las últimas cosas ocurridas en la historia humana (los regímenes totalitarios, la "guerra total").
En la historia espiritual de la "edad moderna" ha sucedido con la representación del Anticristo lo mismo que con la representación de un estado final intrahistórico y catastrófico. Todo ello pasaba por ser simplemente "la más tenebrosa edad media". Veinte años después de la Historia de la humanidad de Iselin, coetánea de la Crítica de la razón pura de Kant, publicó el suizo Corrodi una Historia crítica del quiliasmo (1781-1783), en cuyo prólogo se dice que "la historia de la exaltación es útil porque preserva de recaídas", además de que proporciona "abundante material para la diversión". Entre tanto esa falta de presentimiento reflexiva e ilustrada ha asumido más bien un carácter patético. Lo mismo puede decirse de la teología, incluso de la teología perfectamente eclesial y ortodoxa de aquella época, que suele poner todo el empeño en suscitar una actitud marcadamente ilustrada frente a las "antiguallas" de la concepción medieval del Anticristo, para lo cual se aducen argumentos muy "modernos". Así, un historiador de la Iglesia tan importante como Döllinger alude a la "ampliación geográfica del horizonte" para explicar lo difícilmente imaginable que resulta una persecución de la Iglesia a escala mundial; para Döllinger es "algo casi inconcebible (...) un poder mundial que pudiera acabar al mismo tiempo con todas las Iglesias en todos los continentes y en las islas todas". Entretanto, ese "algo inconcebible" se ha convertido en algo evidente a todas luces para el hombre contemporáneo. Difícilmente habrá ninguna otra cosa con perspectivas de funcionar tan bien como esa simultaneidad de acontecimientos, debida a la técnica, en todos los puntos del planeta, incluidas las "islas". Sobre todo hoy ha desaparecido por completo la divertida superioridad que el siglo de la Ilustración adoptó frente a las representaciones medievales sobre la crueldad del régimen del Anticristo, que se rechazaban sin más como fantasías primitivas. Sin embargo, "después de Auschwitz", por ejemplo, el hombre sólo puede comprobar con sentimiento que de manera extraña allí hay "algo cierto", que, según la tradición medieval, el Anticristo lleva consigo un horno de destrucción, una representación que el reportero ilustrado encuentra tan primitiva como divertida.
2. ¿Qué es, pues, lo que en concreto
afirma la representación del "reinado del Anticristo"? Se ha dicho
que, cuanto más afecta una cuestión filosófica a la historia, tanta mayor
necesidad tiene el que pregunta de volver a
Supongamos, por ejemplo, el
convencimiento de que hay poderes demoníacos en
Además, no se comprende nada de la representación tradicional del Anticristo, si al mismo tiempo no se piensa que existe una culpa, ocurrida al comienzo de los tiempos y que ha actuado en el tiempo histórico, que existe un pecado original y hereditario. Aunque, por una parte, aquí se trata de un misterio en sentido estricto, que nunca se podrá dilucidar o entender, por otra parte, sin tal supuesto la historia adquiere un carácter de absurdo. Pero en ningún caso se puede refrendar la representación tradicional del Anticristo sin ese supuesto, pues que el Anticristo se concibe como la manifestación de la radicalización extrema de la "discordia" que por el pecado original ha entrado en el mundo histórico.
Asimismo la concepción cristiana del "reinado del Anticristo" no se puede comprender, si al mismo tiempo no se reconoce que el pecado original ha sido superado por el Logos hecho hombre, que también y precisamente es el vencedor del Anticristo. No se entiende nada del Anticristo si, pese a todo su poder en la historia, no se le reconoce como a alguien que en el fondo ya está vencido.
Es necesario, además, tener una concepción adecuada de lo que es un "mártir" y de lo que en el fondo significa el testimonio de sangre. Cuando, por ejemplo, E. R. Curtius en un estudio sobre la Doctrina histórica de Toynbee habla de las Iglesias cristianas y plantea la pregunta de: "¿Están reservadas para un martyrium que pueda salvarnos de la tecnocracia?", la primera parte de dicha pregunta responde por completo a la situación interna del estado final; mientras que la parte segunda de ese interrogante -si el martirio de la Iglesia puede salvarnos (realmente ¿a quién?) de la tecnocracia- parece indicar en su forma de oración de relativo que los factores de la situación escatológica están vistos en principio de una manera falsa, hasta el punto de que tampoco la figura teológica del Anticristo, aun en el caso de que pareciera un pretexto, se puede entender adecuadamente como una figura especial que esos factores introducen en el juego de fuerzas históricas.
3. Y una vez más nos preguntamos: ¿qué sentido tiene la representación
del reinado del Anticristo como estado final intrahistórico?
Se dice ante todo, per negationem, que el verdadero tema de
la historia universal no es simplemente, en fórmula de Goethe, la fe y la
incredulidad y la lucha entre ambas, sino que de una manera mucho más concreta
ese tema es la lucha en torno a Cristo. Si realmente la figura que domina el
escenario de la historia al final del tiempo es el Anticristo, quiere decirse
que el actor principal de la época última es inequívocamente un personaje
referido a Cristo. Cabe suponer que tal afirmación sonará en los oídos del
hombre contemporáneo (en el sentido antes explicado) con mucho mayor sentido y
verosimilitud que en los oídos de un liberal "cristiano" del siglo
XIX. Con ello se dice que la historia no se desarrolla en el terreno neutral de
la "cultura", de las "realidades culturales"; más bien podría
"ser la "neutralidad" del
liberalismo frente a Cristo un mero estadio de transición". En el
siglo XIX tal vez pudo parecer que el cristianismo se iba olvidando sin más
poco a poco, que en el mundo iba a imponerse una cultura meramente profana,
entendido el "profana" en el sentido de neutralidad, hablando del
cristianismo ni de un modo positivo ni tampoco negativo. Quizás esa opinión
pueda prevalecer todavía hoy, por cuanto que están en tela de juicio los campos
de lo "cultural" no directamente "existenciales", medios y
no obligatorios (literatura, arte, circenses, economía). Mas tan pronto como
esos campos de la categoría existencial se someten al ejercicio del poder
político, de inmediato se habla de forma explícita y hasta casi exclusiva del
cristianismo; y desde luego como de un poder de la résistance, del "sabotaje". Dicho en lenguaje cristiano:
se habla del cristianismo como de la ecclesia
martyrum.
Así como el mártir, hablando en un sentido intrahistórico, es una figura de
orden político, así también el Anticristo es una manifestación del campo
político. No es algo parecido a un hereje, a un disidente, que sólo tenga
importancia dentro de la historia de la Iglesia mientras que el resto del mundo
no necesita tener noticias de él. La potentia
saecularis, el poder mundano sería -según lo afirma Tomás de Aquino- el
verdadero instrumento del Anticristo, que es por esencia alguien dotado de
poder. Los tiranos y gobernantes violentos que persiguen a la Iglesia serían -y
continuamos citando al Aquinatense- los representantes (quasi figura) del Anticristo. A éste, pues, no se le concibe al
margen del terreno histórico, sino que más bien es una figura eminentemente
histórica, toda vez que la historia es primordialmente historia política. Con
ello se dice simultáneamente otra cosa, a saber: que el fin no ocurrirá en el
sentido de un caos, en el que una multitud de potencias históricas se enfrentan
entre sí, llegando paso a paso por ese camino a una disolución general de los
entramados y estructuras, produciendo al final una especie de descomposición.
Sino que al final habrá una figura soberana dotada de un poder inaudito, y que
bien mirado no establece un verdadero orden. Al final de la historia se
impondrá un pseudo-orden sostenido por un abuso de poder. Que el nihilismo, al
que caracteriza "la relación con el
orden" a diferencia del anarquismo, "más difícil de descubrir porque se camufla mejor" -siendo ésta
una observación aguda del analista Ernst Junger- tiene una referencia
escatológica oculta. La designación de "pseudo-orden" es también atinente
en el sentido de que tiene éxito el "engaño", siendo desde luego un
elemento de la profecía sobre el fin el que la "desolación del orden"
del Anticristo se considere como un verdadero y auténtico orden. La concepción
de un andamiaje social puramente organizativo, en el que "funciona sin
estridencias" todo "lo técnico", desde la producción de bienes
hasta la higiene, y que en el fondo sigue siendo un entramado de desorden, es
una idea que no está lejos de la experiencia contemporánea. Tal vez el pseudo-orden
del reinado del Anticristo después de un tiempo de "desórdenes" en
grado máximo, como los que según el sentir de Toynbee suelen preceder al
establecimiento de un Estado universal, será saludado como una liberación (con
lo que una vez más se confirmaría precisamente el carácter del Anticristo como
un Pseudo-Cristo).
Otro de los rasgos que se ha
de atribuir al Anticristo es el de una figura cuyo poder político se extiende a
toda
Desde esta perspectiva
adquiere especial importancia otra afirmación acerca del Anticristo, contenida
asimismo en
Esa tendencia, condicionada
por su misma estructura, de una organización mundial a convertirse en
"totalitaria" es algo que se viene repitiendo una y otra vez desde
hace largo tiempo, aunque su valoración puede ser tanto positiva como negativa.
Ahí está la frase de Lenin: "Toda la
sociedad se convertirá en una oficina y en una fábrica con el mismo trabajo e
igual salario"; y ahí está el "socialismo organizativo" que saluda al "ejército mundial de los trabajadores"
como un Estado universal que está llegando. Ahí están, por otro lado, las
últimas cartas del anciano Jacob Burckhardt a Friedrich von Preen, en las que
le habla de "la gran autoridad
venidera", a la que nadie conoce ni se conoce ella misma, pero a cuyo
servicio trabaja ya el radicalismo que todo lo nivela, y ahí está, finalmente,
la frase de un político moderno: "El
mundo evoluciona hacia un centro de poder absoluto, hacia un absolutismo
universal". Y por lo que respecta a los propósitos de
"resistencia de la libertad" recientemente se ha expresado la
sospecha que sin duda alguna se ha cumplido en el sentimiento de futuro de
muchos coetáneos clarividentes: "De
cualquier lucha por el mantenimiento de la libertad la substancia de esa
libertad sale un tanto disminuida, porque para poder defenderla de una manera
realmente eficaz contra sus enemigos, hay que prescindir de una parte de la
misma, y esa parte ya no se recupera".
En la esencia de un imperio,
que aúna a reinos y pueblos desarrollados y en la esencia del César -así lo
dice Erik Peterson- entra el que salten las instituciones; es decir, la
disolución de las formas de vida social arraigadas en la tradición y su
sustitución por nuevas formas e instituciones políticas; cosa que se puede ver
ya en la configuración interna del Imperium
Romanum (gritaban los judíos: No tenemos más rey que al César). Pero como
se abandona "la base de lo
institucional en el imperium", por eso surge también y ante todo una
situación, en principio nueva, dentro del ámbito religioso. La imagen del
acuerdo entre Iglesia y Estado, "que
se contraponen como dos instituciones y que como tales instituciones tienen
también que encontrar un modus vivendi", es una imagen que, como dice
Peterson, pierde su validez en el imperium.
Y ya no se trata de un arreglo, sino de una "lucha": "El culto de los viejos dioses estatales
podía ser tolerante, el culto imperial tenía que ser necesariamente intolerante".
En este análisis, que apunta mucho más allá de su objeto inmediato, se señala
algo acerca de la situación interna de un imperio mundial escatológico, cuyas
formas previas no resultan extrañas por completo al hombre contemporáneo. Con
la estructura del imperio universal parece incluso imponerse diríamos que una
oportunidad negativa de que la posición pública de la Iglesia cambie como en
virtud de un proceso de mutación. Ya no existe la posibilidad de conformar las
ordenanzas públicas desde el ámbito de lo sagrado, sino que frente a un poder
absoluto, sumamente potenciado y al que no limita ningún vínculo tradicional,
la Iglesia se encuentra en el papel de la ecclesia
martyrum.
Ese peligro, que se podría decir condicionado por las mismas circunstancias objetivas, se agudiza realmente ahora -así lo dice la tradición- hasta sus límites extremos por la persona del Anticristo, que llega por encargo del ángel caído con una voluntad de poder, y en cuyas "proclamas egoístas alcanza su culminación demoníaca la historia de la autoapoteosis humana", y que precisamente es aceptado justo en razón de su pretensión extrema de poder: "Si viniera algún otro en nombre propio, a ése sí le recibiríais" (Jn, 5, 43).
4. En el Apocalipsis (13, 1s) se le aparece el Anticristo al vidente
como un animal que sube del mar; y ciertamente que no como un animal conocido
por experiencia, sino como un monstruo, con diez cuernos, siete cabezas,
semejante a una pantera, con pies de oso y boca de león. El hombre por así
decir "clásico", afincado en el terreno de lo "humano", o
que piensa estarlo, siempre ha percibido esto como algo grosero y absurdo que
ofende a la imaginación; léase, por ejemplo, lo que Goethe escribe a Lavater
sobre el libro del Apocalipsis. Pero tales enormidades tal vez le resultan algo
menos difíciles de entender al hombre moderno "post-goethiano",
después que se le han hecho familiares la cría racista del hombre y
formulaciones como las de Nietzsche y Spengler acerca de la "bestia
rubia" y del hombre animal de presa, y porque también en la realidad
empírica tiene ante sus ojos lo meramente inhumano llevado a la exageración
extrema; todo lo cual comporta también que tanto las artes plásticas como la
poesía aparezcan pobladas de tales monstruosidades. Al hombre contemporáneo le
resulta en cierto modo comprensible que un "despotismo planetario con una tecnificación progresiva y una
espiritualidad muerta" no pueda "representarse" de otro modo
que mediante la representación estridente e insólita de tales figuras que no
son ni humanas ni animales. La interpretación
teológica del Apocalipsis está perfectamente de acuerdo en entender sus
afirmaciones como una representación plástica de la apostasía del hombre, que
arroja de sí la natural semejanza divina ("no queremos ser lo que Dios ha
llamado 'hombre'"), como la caracterización desenmascarada del "imperio astuto y grosero que todo lo devora,
del poder mundial dominado por instintos bestiales y que aparece también en
formas bestiales".
El Apocalipsis habla también de un segundo animal, subordinado al primero como la propaganda al ejercicio del poder. De ese segundo animal, que encarna al profeta del Anticristo, se dice que es semejante a un cordero, pero que habla como un dragón (Ap. 13, 11). Ambas figuras ejercen el dominio universal y totalitario del mal sobre el Planeta. "Y se le dio autoridad sobre toda tribu y pueblo y lengua y nación" (13, 7), "y la tierra entera, fascinada, seguía detrás de la bestia" (ibid., 13, 3).
Fascinada ¿por qué? El
Anticristo, que se denomina dios y hombre, aparece "como herido de muerte, pero su herida mortal se había curado"
(Ap. 13, 3). Y eso es precisamente lo que la "propaganda sacerdotal"
del Anticristo airea sobre todo. Ese "pervertido
mensaje de Viernes santo de la herida mortal y la curación milagrosa del
Anticristo" es su "tema favorito". La perversa imitatio Christi, la
"imitación" del verdadero Señor, alcanza aquí su punto más alto. El
Apocalipsis dice que el segundo animal "hace que la tierra y sus moradores adoren a la primera bestia, a
aquella cuya herida mortal fue curada" (13, 12); se dice "a los habitantes de la tierra que hagan una
imagen en honor de la bestia, que tiene la herida de la espada y revivió"
(13, 14). Al hombre de este nuestro tiempo le resulta perfectamente familiar
esa estructura formal ("salvación milagrosa" del que ostenta el
poder). Pero además hay que pensar que en el antiguo culto imperial entraba
como un deber religioso el creer en la fortuna del emperador.
La tradición también ha querido ver un rasgo objetivo de la semejanza del
Anticristo con Cristo en el hecho de que sea judío; cosa que también aparece en
el Talmud. Tomás de Aquino reproduce asimismo esa opinión (dicunt quídam...): "...y
por eso serán los judíos los primeros en aceptarle y en reconstruir el templo
de Jerusalén, y así se cumplirá la palabra del profeta Daniel: Habrá en el
templo abominación y un ídolo (desolación)". No se puede omitir aquí
una observación sobre el papel escatológico del judaísmo. Quien mira los
profundos "signos del tiempo" no deberá nunca perder de vista lo que
sucede en el mundo con los judíos como comunidad. Y en este tiempo ocurre
realmente algo extraordinario, si se piensa en el antisemitismo que invade al
mundo entero, y cuyo sentido escatológico se ha intentado explicar así: "que los judíos... son forzados a reconocerse
como judíos, como un pueblo especial..., que los judíos se enfrentan con más
claridad que nunca al problema de una conversión a Cristo, humanamente inútil";
si se advierte el hecho de que el Estado de Israel ha podido constituirse por
primera vez en nuestros días desde la época del Antiguo Testamento; si se piensa
en el extraño (¿grotesco? ¿curioso?) requerimiento, dirigido al tribunal supremo judío de
Jerusalén, en el sentido de que Israel, una vez recuperada su soberanía
estatal, debe entablar un "proceso de revisión" por lo que se refiere
al proceso jurídico de Jesús. En cualquier caso "los avatares de los judíos en el mundo político no hay que
entenderlos en definitiva desde la esfera política sino desde la esfera
religiosa". Y es doctrina teológica común que antes del fin
intratemporal de la historia el judaísmo, como pueblo en su conjunto, se
convertirá a Cristo, de tal modo que algunos teólogos han entendido que lo que
todavía "detiene" el fin y la aparición de Anticristo, que sólo
estaría en camino (como escribe Pablo a los tesalonicenses que contaban con un
"fin" inminente y precipitado), es precisamente la persistente
incredulidad de Israel (la teología medieval, en cambio, pensaba sobre todo en
el poder ordenador del Imperio romano).
Además la tradición no ve en
la imitación de Cristo más que la potenciación al máximo de la mendacidad y de
la santidad aparente que caracteriza al Anticristo. Tal santidad aparente ha de
tomarse en sentido muy estricto. No se trata aquí de una capa que
"palia", sino de un hábito general que desciende y se adentra hasta
el campo de la ética y que casi necesariamente ha de aparecer como una santidad
real en un mundo al que ya le resulta extraño el sentido originario, óntico y
cúltico, de ese concepto. Sólo en virtud de esa imitación de la santidad
auténtica, capaz de engañar incluso a "las personas serias" y aun a
los mismos creyentes, resulta de algún modo comprensible el engaño de muchos,
"que podría llegar hasta a los
mismos elegidos"; ahí hay algo de la "poderosa fuerza de seducción", de la que en el Nuevo
Testamento se dice que Dios permite "que
los lleve a creer en la mentira" (2 Tes, 2, 11). Así, pues, esa fuerza
y capacidad embaucadora la ve la tradición como fundada sobre todo en la
aparente santidad de la vida personal, en la que se afana el Anticristo. En el
famoso Relato del Anticristo -que pretende reproducir todo "cuanto con la mayor verosimilitud se puede
decir sobre este tema de acuerdo con
Forma parte de la imagen tradicional del Anticristo el aparecer como
"benefactor", y en las audiencias se muestra "tan amable, que se proclamará en todas las
gacetas", como se dice en la Vida del Anticristo que escribió un
capuchino en el siglo XVII. El Anticristo del relato de Soloviev es autor de un
libro, traducido a todas las lenguas del mundo, con el título de El camino abierto a la paz y al bienestar en
todo el mundo. Ha "creado en
toda la humanidad una semejanza firmemente fundada: la semejanza de una hartura
universal". Y después de haber sido proclamado -sobre la base de una
elección sin votación- soberano del mundo, el Anticristo pronuncia un
manifiesto, que concluye con las palabras siguientes: "¡Pueblos de la Tierra! ¡Se han cumplido las promesas! La paz del
mundo está asegurada por toda
El carácter poderoso del
reinado del Anticristo aparece con singular claridad en las últimas frases del
manifiesto. Los teólogos hablan de "la
potencia universal más fuerte de la historia". (Habría que recordar
aquí algo singular, y es que Karl Marx ve condicionado el estado final
intrahistórico por el hecho de que "ya
no habrá ninguna verdadera autoridad política". A mí me parece que
esto sólo se puede comprender en el sentido de que aquí se inserta en la
historia su final extratemporal,
Como quiera que "la fusión militar, política y económica se consuma en la unidad del frente religioso", el poder del Anticristo alcanza entonces sus cotas más altas. El objeto del culto religioso es el propio señor del mundo; "todos los habitantes de la Tierra, excepción hecha de los elegidos, adorarán a la bestia y dirán: ¿Quién hay semejante a la bestia?". "No hay lugar alguno al que poder escapar huyendo de sus pretensiones". La posibilidad de una emigración, aunque sólo fuera de una "emigración interna", está excluida. Ya no habrá neutralidad alguna.
Ello es obra, sobre todo, de la "propaganda sacerdotal", que pone a los hombres en la mayor confusión por medio de señales sorprendentes y hasta casi milagrosas. A propósito de esto se ha observado que podría también tratarse de "milagros sociales". El profeta del Anticristo organiza ante todo el culto de él mismo (por lo demás, acerca de ese culto ya Jung-Stilling, amigo de Goethe, pudo escribir sorprendentemente en 1804, que ese tipo de "liturgia" tenía que ser ¡militarista!). La imagen cúltica del señor del mundo tendrá que ser adorada; esa su imagen cúltica es "un instrumento de política estatal, por el que se reconoce al amigo y se descubre al enemigo, el cual es castigado. El "espíritu" de la "imagen" representa, en definitiva, el canon vivo para los jueces del imperium". El poder político, que se impone de manera absoluta, introduce una "absorción sin reservas" de la existencia y aspira a posesionarse de todo el hombre, y de manera muy especial en el ámbito de la religiosidad personal, por cuanto que a la vez se adueña de la inmediata existencia física del individuo mediante un boicot económico. Según la palabra del Apocalipsis, son "los pequeños y los grandes, los ricos y los pobres, los libres y los esclavos" (¿se puede expresar con mayor claridad la ausencia total de excepciones en esa "absorción"?), son realmente "todos" los que por obra del profeta del Anticristo son inducidos a "hacerse una señal sobre su mano derecha o sobre su frente, sin que nadie puede comprar o vender si no es el que tiene la señal, el nombre de la bestia o el número de su nombre". "Miedo y egoísmo" -cosa que ya sabía Immanuel Kant- serán "presuntamente" el fundamento del reinado del Anticristo.
Estando a las informaciones
inequívocas de la tradición el "éxito" externo de ese régimen será
inaudito; y el éxito consistirá en una gran apostasía. El hecho del enorme
éxito externo distingue al Anticristo de aquel al que alude su nombre per negationem.
Un comentario teológico al
Apocalipsis dice de este modo: "Así
como en los días de Jesús de Nazaret se hicieron amigos Herodes y Pilato,
fariseos y saduceos, porque se trataba de ir contra Cristo, así también en los
días del Anticristo se unirá contra la Iglesia todo lo que se llama mundo".
El "enemigo del mundo" será
La última forma intrahistórica que adoptarán las relaciones de Iglesia-Estado no será la de un "arreglo", y ni siquiera la de "lucha", sino una forma de persecución; es decir, la de acoso de los impotentes por el poder. Mientras que la manera de lograr la victoria sobre el Anticristo será el testimonio de la sangre.
Josef Pieper, El fin del tiempo. Meditación sobre la filosofía de la
historia, Herder, Barcelona, 1984, Capítulo III, pp. 117-141.
John Henry Newman
|
Guíame, Luz bondadosa Guíame, Luz
bondadosa, en medio de la obscuridad circundante, la escena distante – un
paso es suficiente para mí. ¡guíame Tú! me guiará, la noche pase; |
Lead, kindly
Light Lead, kindly Light, amid the
encircling gloom, I was not ever thus, nor prayed
that Thou So long Thy power hath blessed me,
sure it still |
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