Fe y Razón

Revista gratuita de teología y cultura católicas

Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización

Nº 132 – 7 de julio de 2017

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

(“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”)

Santo Tomás de Aquino

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

El combate espiritual de la Iglesia militante

Equipo de Dirección

Libros

Libros publicados o recomendados por Fe y Razón

Equipo de Dirección

Aviso

Clases de latín y griego clásico

Daniel Pérez del Castillo

Magisterio

El combate de la oración

Catecismo de la Iglesia Católica

Teología

Jesucristo es sacerdote y la Eucaristía es sacrificio; con perdón

Pbro. Dr. José María Iraburu

Teología

Comunión de adúlteros en Reconquista

Lic. Néstor Martínez Valls

Teología

Mejores que Jesucristo

Bruno M.

Pastoral

La Opción Benito: la propuesta de la que todos hablan en Estados Unidos

Jorge Soley

Economía

La pirámide de la riqueza mundial

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Misiones

Conversión desde Oriente

Javier Rouzaut (Tikhon)

Apologética

El mayor milagro de Jesús: Su Resurrección

Raymond de Souza, KM

Familia y Vida

El descubrimiento de América: el reencuentro de la humanidad

Lic. José Alfredo Elía Marcos

Humor

Pequeña diócesis canadiense triplica el número de católicos

Cavernícola

Música Sacra

Comienza el Sacrificio

Mons. Enrique Rau –Anónimo del siglo XVIII

Oración

Salmo 129

El Libro del Pueblo de Dios

 

 

El combate espiritual de la Iglesia militante

 

Equipo de Dirección

 

Hasta hace unos 50 años era habitual en la Iglesia Católica decir que el Sacramento de la Confirmación transforma a los confirmados en “soldados de Cristo”. Además se seguía utilizando con frecuencia las metáforas bélicas del lenguaje cristiano tradicional. Recuérdese, por ejemplo, la meditación de “las dos banderas” en los Ejercicios Espirituales: San Ignacio de Loyola imagina el mundo como un campo de batalla en el que se enfrentan, en lucha a muerte, el ejército de Jesucristo y el ejército de Satanás. Hoy apenas quedan vestigios de estas cosas en el lenguaje cristiano corriente. ¿Se trata sólo de modas lingüísticas sin importancia? Seguramente no. La vida cristiana es gracia y lucha a la vez. Ante todo gracia, pero también lucha: una lucha espiritual librada por cada cristiano y por toda la Iglesia bajo el influjo de la gracia de Dios. No es casualidad que, después del Concilio Vaticano II, cuando tantos católicos “progresistas”, en busca de una mayor cooperación entre la Iglesia y el mundo, pretendieron –y en buena medida lograron– “abatir los bastiones” que defendían a la ciudad de Dios del asedio de sus enemigos, se haya debilitando tanto la lucha ascética como el lenguaje que la describe.

 

No obstante, el Concilio Vaticano II, en sí mismo, no respalda esa evolución “progresista”. Como prueba, citaremos dos textos de la constitución pastoral Gaudium et Spes: Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas. Pero el Señor vino en persona para liberar y vigorizar al hombre, renovándolo interiormente y expulsando al príncipe de este mundo (cf. Juan 12,31), que lo retenía en la esclavitud del pecado.” (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes n. 13). 

 

A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo. Por ello, la Iglesia de Cristo, confiando en el designio del Creador, a la vez que reconoce que el progreso puede servir a la verdadera felicidad humana, no puede dejar de hacer oír la voz del Apóstol cuando dice: ‘No queráis vivir conforme a este mundo’ (Romanos 12,2); es decir, conforme a aquel espíritu de vanidad y de malicia que transforma en instrumento de pecado la actividad humana, ordenada al servicio de Dios y de los hombres. A la hora de saber cómo es posible superar tan deplorable miseria, la norma cristiana es que hay que purificar por la cruz y la resurrección de Cristo y encauzar por caminos de perfección todas las actividades humanas, las cuales, a causa de la soberbia y el egoísmo, corren diario peligro.” (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes n. 37).

 

Actualmente muchos católicos parecen haber perdido conciencia de esa “dura batalla contra el poder de las tinieblas”. Varios errores demasiado extendidos, interrelacionados entre sí, lo manifiestan: la pérdida de la conciencia del pecado (sobre todo del pecado como ofensa a Dios), la falta de fe en la existencia del Infierno, la falsa creencia de que todos iremos al Cielo, el anuncio de una misericordia divina tan indiscriminada que no incluye ninguna exigencia de conversión, una tolerancia funesta a los errores doctrinales e incluso a las herejías, el deseo de que la Iglesia abra las puertas de sus sacramentos a todos, independientemente de que cumplan o no la ley de Dios, un generalizado abandono de la apologética, una gran pérdida del impulso misionero, un pacifismo enloquecido que tiende hacia la rendición incondicional, etc. Quizás fatigados por una lucha espiritual insuficientemente enraizada en el Espíritu Santo, muchos cristianos están sucumbiendo a otro espíritu, mentiroso y homicida, que nos impulsa a dejar de luchar bajo la bandera de Cristo y a declarar unilateralmente la paz (en todo sentido) a todo el mundo, incluso a los que siguen odiando a Cristo y persiguiendo a los cristianos. Ellos dejan de luchar contra un “mundo” que yace bajo el poder del Maligno (cf. 1 Juan 5,19), pero no por eso ese “mundo” cesa de agredirlos, de atacar a la Iglesia y de hacerle daño; labor tanto más fácil cuanto más se hayan abatido los bastiones defensivos antes mencionados.

 

La Sagrada Escritura contiene duras palabras de condena contra los falsos profetas que anunciaban a Israel una paz falsa e inconsistente: “Así habla el Señor: ¡Ay de los profetas insensatos que siguen su propia inspiración, sin haber tenido ninguna visión! Chacales entre las ruinas: ¡eso han sido tus profetas, Israel! Ustedes no han subido a las brechas ni han levantado un muro alrededor de la casa de Israel, a fin de que pueda resistir en el combate, el día del Señor. Tienen visiones ilusorias y hacen predicciones engañosas, esos que andan diciendo: «¡Oráculo del Señor!», sin que el Señor los haya enviado. ¡Y todavía esperan que Él confirme sus anuncios! ¿O no es verdad que ustedes tienen visiones ilusorias y hacen predicciones engañosas, cuando dicen: «¡Oráculo del Señor! », sin que yo haya hablado?

 

Por eso, así habla el Señor: Por haber hablado falsamente y haber tenido visiones engañosas, yo estoy aquí contra ustedes –oráculo del Señor–. Mi mano se alzará contra los profetas que tienen visiones ilusorias y hacen predicciones engañosas: ellos no participarán en el consejo de mi pueblo, no serán inscritos en el libro de la casa de Israel, ni entrarán en la tierra de Israel. Así ustedes sabrán que yo soy el Señor. Porque ellos extraviaron a mi pueblo, anunciando: «¡Paz!», cuando en realidad no había paz, y mientras mi pueblo se construía una pared inconsistente, ellos la recubrían con cal; por eso, di a esos que recubren con cal: Vendrá una lluvia torrencial, yo haré caer piedras duras de granizo, y se desatará un viento huracanado. Y cuando la pared se haya derrumbado, les preguntarán: «¿Dónde está la cal con que la habían recubierto?»

 

Por eso, así habla el Señor: En mi furor, desataré un viento huracanado; en mi ira, enviaré una lluvia torrencial; y en mi enojo, haré caer piedras duras de granizo, hasta que todo quede derruido. Derribaré la pared que ustedes recubrieron con cal, la dejaré a ras del suelo, y sus cimientos quedarán al desnudo. La pared se desplomará, y ustedes perecerán en medio de ella. Así sabrán que yo soy el Señor. Y una vez que se haya desahogado mi ira contra esa pared y contra los que la recubrían con cal, les diré: Ya no existe la pared, ni tampoco los que la recubrían, esos profetas que profetizaban sobre Jerusalén y tenían para ella visiones de paz, cuando no había paz –oráculo del Señor–.” (Ezequiel 13,3-16).

 

En las circunstancias actuales, es urgente que dejemos de lado el “optimismo ideológico” progresista y recuperemos el realismo evangélico: En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios” (Juan 3,19-21). “Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a Mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que Yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a Mí, también los perseguirán a ustedes” (Juan 15,18-20).

 

El Señor nos conceda la gracia de vivir todas sus Bienaventuranzas, incluso la última del Sermón de la Montaña: “Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de Mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.” (Mateo 5,11-12).  

 

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Libros publicados o recomendados por Fe y Razón

 

Equipo de Dirección

 

Libros de la Colección “Fe y Razón” disponibles en esta página de Lulu

(en dos versiones: impresa y electrónica; la versión electrónica es gratis)

 

1.      Miguel Antonio Barriola, “En tu palabra echaré la red” (Lc 5,5). Reflexiones sobre Dios en la historia

2.      Daniel Iglesias Grèzes, Razones para nuestra esperanza. Escritos de apologética católica

3.      Néstor Martínez Valls, Baúl apologético. Selección de trabajos filosóficos y teológicos publicados en “Fe y Razón”

4.      Guzmán Carriquiry Lecour, Realidad y perspectivas del laicado católico en nuestro tiempo

5.      Miguel Antonio Barriola, “Cristo amó a la Iglesia” (Ef 5,25). Reflexiones sobre la cristología de J. L. Segundo y la eclesiología de H. Küng

6.      Horacio Bojorge, Teologías deicidas. El pensamiento de Juan Luis Segundo en su contexto, Segunda edición

7.      Daniel Iglesias Grèzes, En el principio era el Logos. Apologética católica en diálogo con los no creyentes

8.      Daniel Iglesias Grèzes, Vosotros sois la sal de la tierra. El choque entre la civilización cristiana y la cultura de la muerte

9.      Daniel Iglesias Grèzes, Soy amado, luego existo. Reflexiones sobre el darwinismo, el diseño inteligente y la fe cristiana

10.  María Cristina Araújo Azarola, ¡Atrévanse a pensar! Selección de escritos filosóficos

11.  Néstor Martínez Valls, “No sin grave daño”. La necesidad urgente de la filosofía tomista en la Iglesia y en el mundo

           

Libros de la Colección “Fe y Razón” disponibles en Amazon (en formato electrónico)

 

12.  José María Iraburu, Comentarios sobre la Amoris Laetitia

13.  Néstor Martínez Valls, Comentarios sobre la Amoris Laetitia

 

Libros de Daniel Iglesias Grèzes disponibles en Amazon

 

Todo lo hiciste con sabiduría. Reflexiones sobre la fe cristiana y la ciencia contemporánea (impreso)

Todo lo hiciste con sabiduría. Reflexiones sobre la fe cristiana y la ciencia contemporánea (electrónico)

Columna y fundamento de la verdad. Reflexiones sobre la Iglesia y su situación actual (impreso)

Columna y fundamento de la verdad. Reflexiones sobre la Iglesia y su situación actual (electrónico)

Proclamad la Buena Noticia. Meditaciones sobre algunos puntos de la doctrina cristiana (impreso)

Proclamad la Buena Noticia. Meditaciones sobre algunos puntos de la doctrina cristiana (electrónico)

NUEVO: Y el Logos se hizo carne. Apologética católica en diálogo con los no cristianos (impreso)

NUEVO: Y el Logos se hizo carne. Apologética católica en diálogo con los no cristianos (electrónico)

 

Libros de Carlos Caso-Rosendi disponibles en Amazon (en formato electrónico)

 

Vademécum de Apologética Católica: cómo usar la Biblia para defender la fe

Arca de Gracia: La Virgen María en la Biblia

Ark of Grace: Our Blessed Mother in Holy Scripture

Arca de Graça: Nossa Senhora nas Sagradas Escrituras (traducción al portugués de Carlos Martins Nabeto)

 

Libros de la Fundación GRATIS DATE: en esta página están disponibles 69 libros de diversos autores. Todas las obras pueden descargarse gratuitamente en formato EPUB, MOBI, PDF o ZIP.

 

Libros de la Editorial Vita Brevis: el catálogo de esta editorial abarca 30 libros de diversos autores. Todas las obras pueden adquirirse en formato impreso o electrónico.

 

Otros libros recomendados (en formato electrónico)

 

José Alfredo Elía Marcos, ¿Superpoblación? La conjura contra la vida humana

 

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Clases de latín y de griego clásico

 

Daniel Pérez del Castillo, ex Embajador uruguayo en el Vaticano, ofrece dar clases individuales o en pequeños grupos en Montevideo a aquellos que se interesen por conocer elementos básicos del latín y del griego koiné del siglo I (el griego del Nuevo Testamento). Su propuesta está dirigida a aquellos que están interesados en adentrarse en la inmensa riqueza de los textos bíblicos y de los 2.000 años de tradición de la Iglesia Latina o desean  introducirse en los textos de la Antigüedad clásica. Leer el Evangelio en griego permite descubrir aspectos que no surgen en las diversas traducciones. Los interesados pueden contactarse con Daniel Pérez del Castillo llamando al teléfono 098 466 432.

 

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El combate de la oración

 

Catecismo de la Iglesia Católica

 

2725. La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la Antigua Alianza antes de Cristo, así como la Madre de Dios y los santos con Él nos enseñan que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitualmente en su Nombre. El “combate espiritual” de la vida nueva del cristiano es inseparable del combate de la oración.

 

I. Obstáculos para la oración

 

2726. En el combate de la oración, tenemos que hacer frente en nosotros mismos y en torno a nosotros a conceptos erróneos sobre la oración. Unos ven en ella una simple operación psicológica, otros un esfuerzo de concentración para llegar a un vacío mental. Otros la reducen a actitudes y palabras rituales. En el inconsciente de muchos cristianos, orar es una ocupación incompatible con todo lo que tienen que hacer: no tienen tiempo. Hay quienes buscan a Dios por medio de la oración, pero se desalientan pronto porque ignoran que la oración viene también del Espíritu Santo y no solamente de ellos.

 

2727. También tenemos que hacer frente a mentalidades de “este mundo” que nos invaden si no estamos vigilantes. Por ejemplo: lo verdadero sería sólo aquello que se puede verificar por la razón y la ciencia (ahora bien, orar es un misterio que desborda nuestra conciencia y nuestro inconsciente); es valioso aquello que produce y da rendimiento (luego, la oración es inútil, pues es improductiva); el sensualismo y el confort adoptados como criterios de verdad, de bien y de belleza (y he aquí que la oración es “amor de la Belleza absoluta” [philocalía], y sólo se deja cautivar por la gloria del Dios vivo y verdadero); y por reacción contra el activismo, se da otra mentalidad según la cual la oración es vista como posibilidad de huir de este mundo (pero la oración cristiana no puede escaparse de la historia ni divorciarse de la vida).

 

2728. Por último, en este combate hay que hacer frente a lo que es sentido como fracasos en la oración: desaliento ante la sequedad, tristeza de no entregarnos totalmente al Señor, porque tenemos “muchos bienes” (cf. Mc 10,22), decepción por no ser escuchados según nuestra propia voluntad; herida de nuestro orgullo que se endurece en nuestra indignidad de pecadores, difícil aceptación de la gratuidad de la oración, etc. La conclusión es siempre la misma: ¿Para qué orar? Es necesario luchar con humildad, confianza y perseverancia, si se quieren vencer estos obstáculos.

 

II. La humilde vigilancia de la oración

 

Frente a las dificultades de la oración

 

2729. La dificultad habitual de la oración es la distracción. En la oración vocal, la distracción puede referirse a las palabras y al sentido de estas. La distracción, de un modo más profundo, puede referirse a Aquél al que oramos, tanto en la oración vocal (litúrgica o personal), como en la meditación y en la oración contemplativa. Dedicarse a perseguir las distracciones es caer en sus redes; basta con volver a nuestro corazón: la distracción descubre al que ora aquello a lo que su corazón está apegado. Esta humilde toma de conciencia debe empujar al orante a ofrecerse al Señor para ser purificado. El combate se decide cuando se elige a quién se desea servir (cf. Mt 6,21.24).

 

2730. Mirado positivamente, el combate contra el ánimo posesivo y dominador es la vigilancia, la sobriedad del corazón. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al “hoy”. El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: “Dice de Ti mi corazón: busca su rostro” (Sal 27,8).

 

2731. Otra dificultad, especialmente para los que quieren sinceramente orar, es la sequedad. Forma parte de la oración en la que el corazón está desprendido, sin gusto por los pensamientos, recuerdos y sentimientos, incluso espirituales. Es el momento en que la fe es más pura, la fe que se mantiene firme junto a Jesús en su agonía y en el sepulcro. “El grano de trigo, si [...] muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). Si la sequedad se debe a falta de raíz, porque la Palabra ha caído sobre roca, no hay éxito en el combate sin una mayor conversión (cf. Lc 8, 6.13).

 

Frente a las tentaciones en la oración

 

2732. La tentación más frecuente, la más oculta, es nuestra falta de fe. Esta se expresa menos en una incredulidad declarada que en unas preferencias de hecho. Cuando se empieza a orar, se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes; una vez más, es el momento de la verdad del corazón y de su más profundo deseo. Mientras tanto, nos volvemos al Señor como nuestro único recurso; pero ¿alguien se lo cree verdaderamente? Consideramos a Dios como asociado a la alianza con nosotros, pero nuestro corazón continúa en la arrogancia. En cualquier caso, la falta de fe revela que no se ha alcanzado todavía la disposición propia de un corazón humilde: «Sin mí, no podéis hacer nada» (Jn 15,5).

 

2733. Otra tentación a la que abre la puerta la presunción es la acedia. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o de desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. “El espíritu [...] está pronto pero la carne es débil” (Mt 26,41). Cuanto más alto es el punto desde el que alguien toma decisiones, tanto mayor es la dificultad. El desaliento, doloroso, es el reverso de la presunción. Quien es humilde no se extraña de su miseria; ésta le lleva a una mayor confianza, a mantenerse firme en la constancia.

 

III. La confianza filial

 

2734. La confianza filial se prueba en la tribulación, ella misma se prueba (cf. Rm 5,3-5). La principal dificultad se refiere a la oración de petición, al suplicar por uno mismo o por otros. Hay quien deja de orar porque piensa que su oración no es escuchada. A este respecto se plantean dos cuestiones: Por qué la oración de petición no ha sido escuchada; y cómo la oración es escuchada o “eficaz”.

 

Queja por la oración no escuchada

 

2735. He aquí una observación llamativa: cuando alabamos a Dios o le damos gracias por sus beneficios en general, no estamos preocupados por saber si esta oración le es agradable. Por el contrario, cuando pedimos, exigimos ver el resultado. ¿Cuál es entonces la imagen de Dios presente en este modo de orar: Dios como medio o Dios como el Padre de Nuestro Señor Jesucristo?

 

2736. ¿Estamos convencidos de que “nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8,26)? ¿Pedimos a Dios los “bienes convenientes”? Nuestro Padre sabe bien lo que nos hace falta antes de que nosotros se lo pidamos (cf. Mt 6,8), pero espera nuestra petición porque la dignidad de sus hijos está en su libertad. Por tanto es necesario orar con su Espíritu de libertad, para poder conocer en verdad su deseo (cf. Rm 8,27).

 

2737. “No tenéis porque no pedís. Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones” (St 4,2-3; cf. todo el contexto de St 4,1-10; 1,5-8; 5,16). Si pedimos con un corazón dividido, “adúltero” (St 4,4), Dios no puede escucharnos porque Él quiere nuestro bien, nuestra vida. “¿Pensáis que la Escritura dice en vano: Tiene deseos ardientes el espíritu que él ha hecho habitar en nosotros” (St 4,5)? Nuestro Dios está “celoso” de nosotros, lo que es señal de la verdad de su amor. Entremos en el deseo de su Espíritu y seremos escuchados: «No pretendas conseguir inmediatamente lo que pides, como si lograrlo dependiera de ti, pues Él quiere concederte sus dones cuando perseveras en la oración» (Evagrio Pontico, De oratione, 34). Él quiere «que nuestro deseo sea probado en la oración. Así nos dispone para recibir lo que Él está dispuesto a darnos» (San Agustín, Epistula 130, 8, 17).

 

Para que nuestra oración sea eficaz

 

2738. La revelación de la oración en la Economía de la salvación enseña que la fe se apoya en la acción de Dios en la historia. La confianza filial es suscitada por medio de su acción por excelencia: la Pasión y la Resurrección de su Hijo. La oración cristiana es cooperación con su Providencia y su designio de amor hacia los hombres.

 

2739. En San Pablo, esta confianza es audaz (cf. Rm 10,12-13), basada en la oración del Espíritu en nosotros y en el amor fiel del Padre que nos ha dado a su Hijo único (cf. Rm 8,26-39). La transformación del corazón que ora es la primera respuesta a nuestra petición.

 

2740. La oración de Jesús hace de la oración cristiana una petición eficaz. Él es su modelo. Él ora en nosotros y con nosotros. Puesto que el corazón del Hijo no busca más que lo que agrada al Padre, ¿cómo el de los hijos de adopción se apegaría más a los dones que al Dador?

 

2741. Jesús ora también por nosotros, en nuestro lugar y en favor nuestro. Todas nuestras peticiones han sido recogidas una vez por todas en sus palabras en la Cruz; y escuchadas por su Padre en la Resurrección: por eso no deja de interceder por nosotros ante el Padre (cf. Hb 5,7; 7,25; 9,24). Si nuestra oración está resueltamente unida a la de Jesús, en la confianza y la audacia filial, obtenemos todo lo que pidamos en su Nombre, y aún más de lo que pedimos: recibimos al Espíritu Santo, que contiene todos los dones.

 

IV. Perseverar en el amor

 

2742. “Orad constantemente” (1 Ts 5,17), “dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5,20), “siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos” (Ef 6,18).“No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar” (Evagrio Pontico, Capita practica ad Anatolium, 49). Este ardor incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el del amor humilde, confiado y perseverante. Este amor abre nuestros corazones a tres evidencias de fe, luminosas y vivificantes:

 

2743. Orar es siempre posible: El tiempo del cristiano es el de Cristo resucitado que está con nosotros “todos los días” (Mt 28,20), cualesquiera que sean las tempestades (cf. Lc 8,24). Nuestro tiempo está en las manos de Dios: «Conviene que el hombre ore atentamente, bien estando en la plaza o mientras da un paseo: igualmente el que está sentado ante su mesa de trabajo o el que dedica su tiempo a otras labores, que levante su alma a Dios: conviene también que el siervo alborotador o que anda yendo de un lado para otro, o el que se encuentra sirviendo en la cocina [...], intenten elevar la súplica desde lo más hondo de su corazón» (San Juan Crisóstomo, De Anna, sermón 4, 6).

 

2744. Orar es una necesidad vital: si no nos dejamos llevar por el Espíritu caemos en la esclavitud del pecado (cf. Ga 5,16-25). ¿Cómo puede el Espíritu Santo ser “vida nuestra”, si nuestro corazón está lejos de Él? «Nada vale como la oración: hace posible lo que es imposible, fácil lo que es difícil [...]. Es imposible [...] que el hombre [...] que ora [...] pueda pecar» (San Juan Crisóstomo, De Anna, sermón 4, 5). «Quien ora se salva ciertamente, quien no ora se condena ciertamente» (San Alfonso María de Ligorio, Del gran mezzo della preghiera, pars 1, c. 1).

 

2745. Oración y vida cristiana son inseparables porque se trata del mismo amor y de la misma renuncia que procede del amor. La misma conformidad filial y amorosa al designio de amor del Padre. La misma unión transformante en el Espíritu Santo que nos conforma cada vez más con Cristo Jesús. El mismo amor a todos los hombres, ese amor con el cual Jesús nos ha amado. “Todo lo que pidáis al Padre en mi Nombre os lo concederá. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros” (Jn 15,16-17). «Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos cumplir el mandato: “Orad constantemente”» (Orígenes, De oratione, 12, 2).

 

V. La oración de la Hora de Jesús

 

2746. Cuando ha llegado su hora, Jesús ora al Padre (cf. Jn 17). Su oración, la más larga transmitida por el Evangelio, abarca toda la Economía de la creación y de la salvación, así como su Muerte y su Resurrección. Al igual que la Pascua de Jesús, sucedida “una vez por todas”, permanece siempre actual, de la misma manera la oración de la Hora de Jesús sigue presente en la Liturgia de la Iglesia.

 

2747. La tradición cristiana acertadamente la denomina la oración “sacerdotal” de Jesús. Es la oración de nuestro Sumo Sacerdote, inseparable de su sacrificio, de su “paso” [pascua] hacia el Padre donde Él es “consagrado” enteramente al Padre (cf. Jn 17,11.13.19).

 

2748. En esta oración pascual, sacrificial, todo está “recapitulado” en Él (cf. Ef 1,10): Dios y el mundo, el Verbo y la carne, la vida eterna y el tiempo, el amor que se entrega y el pecado que lo traiciona, los discípulos presentes y los que creerán en Él por su palabra, la humillación y su gloria. Es la oración de la unidad.

 

2749. Jesús ha cumplido toda la obra del Padre, y su oración, al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación de los siglos. La oración de la Hora de Jesús llena los últimos tiempos y los lleva hacia su consumación. Jesús, el Hijo a quien el Padre ha dado todo, se entrega enteramente al Padre y, al mismo tiempo, se expresa con una libertad soberana (cf. Jn 17,11.13.19.24) debido al poder que el Padre le ha dado sobre toda carne. El Hijo que se ha hecho Siervo, es el Señor, el «Pantocrátor». Nuestro Sumo Sacerdote que ruega por nosotros es también el que ora en nosotros y el Dios que nos escucha.

 

2750. Si en el Santo Nombre de Jesús nos ponemos a orar, podemos recibir en toda su hondura la oración que Él nos enseña: “¡Padre Nuestro!”. La oración sacerdotal de Jesús inspira, desde dentro, las grandes peticiones del Padre Nuestro: la preocupación por el Nombre del Padre (cf. Jn 17,6.11.12.26), el deseo de su Reino (la gloria; cf. Jn 17,1.5.10.23-26), el cumplimiento de la voluntad del Padre, de su designio de salvación (cf. Jn 17,2.4.6.9.11.12.24) y la liberación del mal (cf. Jn 17,15).

 

2751. Por último, en esta oración Jesús nos revela y nos da el “conocimiento” indisociable del Padre y del Hijo (cf. Jn 17,3.6-10.25) que es el misterio mismo de la vida de oración.

 

Resumen

 

2752. La oración supone un esfuerzo y una lucha contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador. El combate de la oración es inseparable del “combate espiritual” necesario para actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo: Se ora como se vive porque se vive como se ora.

 

2753. En el combate de la oración debemos hacer frente a concepciones erróneas, a diversas corrientes de mentalidad, a la experiencia de nuestros fracasos. A estas tentaciones que ponen en duda la utilidad o la posibilidad misma de la oración conviene responder con humildad, confianza y perseverancia.

 

2754. Las dificultades principales en el ejercicio de la oración son la distracción y la sequedad. El remedio está en la fe, la conversión y la vigilancia del corazón.

 

2755. Dos tentaciones frecuentes amenazan la oración: la falta de fe y la acedia, que es una forma de depresión o de pereza debida al relajamiento de la ascesis y que lleva al desaliento.

 

2756. La confianza filial se pone a prueba cuando tenemos el sentimiento de no ser siempre escuchados. El Evangelio nos invita a conformar nuestra oración al deseo del Espíritu.

 

2757. “Orad continuamente” (1 Ts 5,17). Orar es siempre posible. Es incluso una necesidad vital. Oración y vida cristiana son inseparables.

 

2758. La oración de la Hora de Jesús, llamada con razón “oración sacerdotal” (cf. Jn 17), recapitula toda la Economía de la creación y de la salvación. Inspira las grandes peticiones del “Padre Nuestro”.

 

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Jesucristo es sacerdote y la Eucaristía es sacrificio; con perdón

 

José María Iraburu, sacerdote

 

–Usted lo que busca es provocar, y multiplicar el número de visitantes de su blog.

–Algo hay de eso, sí. Pero sobre todo pretendo afirmar la fe de la Iglesia Católica.

 

Hoy es la fiesta litúrgica de Jesucristo sumo y eterno Sacerdote, jueves después de Pentecostés.

 

Normalmente mis artículos suelen tener forma de estudios, escritos con orden, conceptos, citas, argumentaciones, etc. Pero en esta ocasión va mi artículo por la vía rápida, en forma de carta a los lectores, suponiendo su condición de católicos practicantes, y escrita con prisa y, sobre todo, ex abundantia cordis.

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¿Han oído hablar ustedes de Cristo como «sacerdote»? ¿Y de la Eucaristía como «sacrificio» litúrgico? Dependerá de la edad que tengan. Si tienen una edad joven o media probablemente no lo hayan oído nunca. Sin embargo, en tiempos del Concilio Vaticano II –no hay más que ver el decreto Presbyterorum Ordinis o el Christus Dominus– todavía Cristo era predicado y enseñado como sacerdote. Incluso todo el pueblo cristiano, a la luz conciliar, recuperó como un honor demasiado olvidado su condición bíblica y tradicional de «pueblo sacerdotal». El término se repetía con frecuencia en los nuevos movimientos de laicos. De ese tiempo recuerdo un libro muy bueno sobre la Misa, de un autor francés, titulado justamente El sacrificio de la Nueva Alianza. Ese título resulta hoy poco menos que impensable.

 

El ecumenismo falso, ampliamente difundido en la Iglesia por los progresistas y modernistas, arrasó las palabras sacerdote sacrificio, para quitar de la Iglesia Católica aquellas doctrinas que repugnaban a los protestantes, concretamente a los luteranos. O simplemente porque, abandonando la fe católica, aceptaron que Cristo fue un laico no-sacerdote, y que la última Cena y la Cruz no las entendió Cristo como un «sacrificio» expiatorio.

 

Los sacerdotes católicos pasamos entonces a llamarnos pastores. O presbíteros. La Misa ya no se llama –ni entiende– como el «sacrificio de la Nueva Alianza», sino como la Eucaristía, el Banquete eucarístico, la Cena o con otros términos, siempre que no sean «sacrificio». Yo recuerdo un tríptico de propaganda vocacional publicado por una Diócesis en el que nunca se mencionaba al seminarista como futuro «sacerdote», destinado –no únicamente, pero sí principalmente– a celebrar el «sacrificio» eucarístico y a «perdonar» los pecados (III Sínodo episcopal, 1971, n. 4); funciones que un laico no puede realizar, pues solamente el sacramento del Orden da potencia espiritual para realizarlas.

 

Estamos en un tiempo en el que buena parte de la acción sacerdotal, secularizándose, busca más la beneficencia temporal de los hombres que su salvación eterna. Es un tiempo en que, contra la norma canónica vigente de la Iglesia, la mayoría de los sacerdotes diocesanos –y lo mismo los religiosos– seculariza también su vestimenta, asimilándola a la de los laicos, para evitar todo signo identificador de su condición eclesial (Código de Derecho Canónico, c. 284; Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros (1994), 66; norma reforzada en la nueva edición del Directorio (2013), n. 61). Es un tiempo en el que un González de Cardedal considera conveniente abandonar el término «sacrificio: esta palabra suscita rechazo… La idea de sacrificio llevaría consigo inconscientemente la idea de venganza, de linchamiento… Dios no es un ídolo que en la noche se alimenta de las carnes preparadas por sus servidores» (Cristología, Madrid 2001, 540-541; en la colección Sapientia fidei, promovida en la BAC por la CEE). Terrorismo verbal. Es un tiempo en el que en muchas Iglesias locales se ha producido un brusco y enorme descenso tanto de la asistencia a la Misa como de las vocaciones sacerdotales, un descenso que se mantiene hasta hoy. Lógico… Hay que reconocer que no suscita el Señor vocaciones para rellenar una figura de sacerdote y de Eucaristía que contraría a la que Él quiere y enseña por el Magisterio de su Iglesia.

 

La Carta a los Hebreos es la primera cristología de la historia, y sabemos de ella con certeza, porque integra el Nuevo Testamento, que está escrita por inspiración del Espíritu Santo. En ella se da de Cristo y de su misión redentora la primera exposición sistemática en forma de breve tratado. Pues bien, en este formidable texto nuestro Señor Jesucristo es presentado como Sumo y eterno sacerdote, y la Eucaristía como el único y perfecto sacrificio de expiación  que, diariamente actualizado en los altares de la Iglesia, hace de ella el «sacramento universal de salvación» para todas las naciones (Vaticano II, Lumen gentium 48; Ad gentes 1). Innumerables lugares del Nuevo Testamento expresan igualmente la condición sacerdotal de Cristo y sacrificial de la Eucaristía.

 

Más. La liturgia antigua y la actual de la Eucaristía –sí, la del Novus Ordo–, se refiere predominantemente a Cristo como sacerdote y víctima, y a la Eucaristía como sacrificio de expiación y alabanza.

 

«Orad, hermanos, para que este sacrificio, mío y vuestro, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso. –El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia».

 

Plegaria Eucarística III. «Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad… Que Él nos transforme en ofrenda permanente… Te pedimos, Señor, que esta Víctima de reconciliación…»

 

Más y más. El Magisterio apostólico sigue proclamando que Cristo es sacerdote y que la misa es ante todo el sacrificio eucarístico. La encíclica Ecclesia de Eucharistiade Juan Pablo II (2003), en 58 ocasiones se refiere a la Eucaristía como «sacrificio».

 

N. 9: «¿Cómo no admirar los Decretos sobre la Santísima Eucaristía y sobre el Sacrosanto Sacrificio de la Misa promulgados por el Concilio de Trento? Aquellas páginas han guiado en los siglos sucesivos tanto la teología como la catequesis, y aún hoy son punto de referencia dogmática para la continua renovación y crecimiento del Pueblo de Dios en la fe y en el amor a la Eucaristía. En tiempos más cercanos a nosotros, se han de mencionar tres Encíclicas: la Miræ Caritatis de León XIII (1902), la Mediator Dei de Pío XII (1947) y la Mysterium Fidei de Pablo VI (1965)». También el Vaticano II –Lumen GentiumSacrosanctum Concilium, etc.–, y lo mismo la carta apostólica Dominicæ Cenæ (1980), insisten en presentar a Cristo como sacerdote y a la eucaristía como sacrificio.

 

N.11: « “El Señor Jesús, la noche en que fue entregado” (1Corintios 11,23), instituyó el Sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su sangre. Las palabras del apóstol Pablo nos llevan a las circunstancias dramáticas en que nació la Eucaristía. En ella está inscrito de forma indeleble el acontecimiento de la pasión y muerte del Señor. No sólo lo evoca sino que lo hace sacramentalmente presente. Es el sacrificio de la Cruz que se perpetúa por los siglos».

 

Pero esa multiforme confesión de la fe de la Iglesia no produce efecto alguno en quienes aprecian más las ideologías teológicas de moda que la Biblia, la Tradición y el Magisterio apostólico. «El justo vive de la fe… La fe es por la predicación; y la predicación por la palabra de Cristo» (Romanos 1,17; 10,17). Los fieles apenas pueden vivir aquellas verdades de la fe que nunca les predican. Si no se predica a Cristo presentándolo con la debida frecuencia como Sumo y eterno sacerdote, y se dan de Él otras fisonomías que se consideran más atractivas; si no se predica de la Eucaristía suficientemente como sacrificio de la Nueva Alianza, y se presenta siempre bajo otros aspectos que, en el mejor de los casos son verdaderos, pero secundarios, 1) los cristianos seguirán ausentes de la Misa, y su abstención irá en aumento; 2) la carencia de vocaciones sacerdotales se mantendrá igual o se hará mayor; 3) se irán apagando unas tras otras las llamas de la presencia real de Cristo en nuestros altares, y consecuentemente 4) muchos templos se convertirán en bancos, comercios, bibliotecas, hoteles, restaurantes, gimnasios, salas de fiesta, etc., terrible proceso que ya venimos sufriendo.

 

El desmoronamiento de las Iglesias locales es perfectamente evitable. Pero no se detendrá sino en la medida en que recuperen una fe viva y operante en nuestro Señor Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, reconociéndolo como protagonista absoluto del Sacrificio eucarístico de la Nueva Alianza, fuente única incesante con fuerza divina sobre-humana para vivificar a los hombres en su vida presente, y para llevarlos a la vida eterna.

 

Fuente: http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1706080215-437-jesucristo-es-sacerdote-y

 

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Comunión de adúlteros en Reconquista

 

Lic. Néstor Martínez Valls

                                                                                                                                                    

Con motivo de la noticia acerca del acto realizado por el Obispo de Reconquista, Argentina, reflexionamos una vez más sobre el tema de la comunión de los bautizados que están en situación objetiva de adulterio (mal llamados “divorciados vueltos a casar”). El argumento básico en contra es, como recordamos, el siguiente:

 

1) No se puede comulgar en pecado mortal.

2) El adulterio es pecado mortal.

3) El que vive maritalmente con otra persona distinta de su cónyuge legítimo, en vida de éste, es adúltero.

4) Por tanto, esa persona no puede comulgar.

5) La comunión del que está en pecado mortal sólo es posible tras la confesión al sacerdote, que supone el arrepentimiento por ese pecado.

6) El arrepentimiento incluye el propósito de enmienda.

7) El que no se propone dejar de tener relaciones sexuales adúlteras no tiene propósito de enmienda, y por tanto no está arrepentido.  

8) Por tanto, no puede confesarse válidamente, ni tampoco, por tanto, comulgar.

 

La interpretación heterodoxa de la ambigua y poco clara Exhortación Apostólica Amoris Laetitia viene a decir algo así:

 

1) Para que haya pecado formalmente hablando tiene que haber conocimiento de lo que se hace y libertad. Cuando falta uno de estos factores o ambos, siendo la acción mala por su objeto, o intrínsecamente mala, el pecado es material, no formal.

2) Para que el pecado sea imputable a la persona de modo que ésta pierda el estado de gracia, tiene que ser un pecado formal y no sólo material.

3) Hay factores que disminuyen o eliminan el conocimiento de la acción que se realiza y/o la libertad con que se la realiza.

4) Por tanto, esos factores disminuyen o eliminan la imputabilidad de la acción y, por tanto, la culpa por la misma, de modo que en esos casos hay pecado solamente material, no formal. En esos casos la persona puede estar en gracia de Dios. 

5) No se puede comulgar en pecado mortal formal, sí en pecado mortal sólo material. El discernimiento en cada caso determinará en qué situación se encuentra la persona y por tanto si puede comulgar o no.

 

Contra esto, imaginemos la siguiente situación: un asesino a sueldo que entiende (con conciencia invenciblemente errónea, o bien con gran dificultad para entender los valores inherentes a la norma que prohíbe el homicidio) que lo que hace es, en su caso al menos, moralmente lícito, y que, por otra parte, encuentra gran dificultad en ganarse la vida de otra manera, siendo así que tiene una familia numerosa que mantener. Es bautizado y desea fervientemente participar en la vida de la Iglesia incluyendo la Comunión Eucarística. Su conciencia invenciblemente errónea hace que su pecado sea solamente material, no formal, de modo que está en gracia de Dios. Según lo que sostienen los heterodoxos, entonces, esta persona podría, luego de un adecuado período de discernimientoacceder a la comunión eucarística, sabiendo toda la comunidad allí presente que se dedica a matar gente por plata para ganarse la vida. Lo cual es obviamente absurdo. Por tanto, la tesis heterodoxa no es aceptable.

  

No vale aducir que el asesino a sueldo perjudica a terceros, porque para que una acción sea intrínsecamente mala y dé lugar a una situación objetiva de pecado no hace falta que se perjudique a terceros. Tampoco vale decir que el asesino no podría declarar públicamente su condición, porque nos manejamos simplemente con una hipótesis: si pudiese declararla públicamente, los fieles deberían aceptar que comulgase en medio de ellos sin renunciar a su “profesión”, lo cual es obviamente absurdo.

 

Y obviamente que lo que se dice del asesino a sueldo se puede decir de cualquier otra acción intrínsecamente mala, por ejemplo, el proxeneta, el pedófilo, el violador, el torturador, el narcotraficante, la prostituta, el lavador de dinero, etc., etc.

 

No entramos tampoco en otros temas, como el hecho de que la Iglesia no juzga el interior y que nadie puede estar cierto, sin Revelación divina especial, de su estado de gracia. Lo que en realidad sucede, entonces, es que hay una oposición objetiva entre la situación tanto del adúltero como del asesino a sueldo o de cualquier otra persona que se realiza una acción intrínsecamente mala, es decir, mala por su objeto, y el Sacramento eucarístico. Y que en esos casos, la persona decide con entera conciencia y libertad imponerle al Sacramento y a la Iglesia toda esa situación objetivamente contraria a la esencia del Sacramento mismo. Y comete por tanto un pecado formal de sacrilegio, además del escándalo a que somete a la comunidad eclesial.

 

Por eso la Exhortación Familiaris Consortio, en su n. 84, pone el acento en la dimensión objetiva tanto del Sacramento como de la situación del que se acerca a recibirlo: “La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura, reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio. La reconciliación en el sacramento de la penitencia –que les abriría el camino al sacramento eucarístico– puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, –como, por ejemplo, la educación de los hijos– no pueden cumplir la obligación de la separación, ‘asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos.”

 

Por tanto, en caso de que no se haya exigido a estas personas que comulgaron en Reconquista la previa expresión de su propósito sincero de enmienda en el Sacramento de la Reconciliación, es decir, de su resolución de separarse de su pareja adúltera o en adelante convivir con ella como “hermano y hermana”, lo que se hizo ahí fue un horrendo sacrilegio con el que se ha ofendido ante todo a Dios Nuestro Señor, y en segundo lugar a la Iglesia toda, así como se ha puesto en camino de condenación eterna a esas mismas personas a las que se pretendía tratar misericordiosamente”.

 

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Mejores que Jesucristo

 

Bruno M.

 

Después de mucho tiempo pensando sobre esta cuestión, he ido llegando a la conclusión de que las diversas heterodoxias actuales pueden atribuirse, en su gran mayoría, al asombroso convencimiento de sus autores de que son mejores que Jesucristo. Ya sé que desafía a la imaginación que alguien se defina como cristiano y crea ser mejor que Cristo, pero, desgraciadamente en este caso, la realidad supera con creces nuestra imaginación.

 

La soberbia desorbitada del pensamiento actual, con raíces en el evolucionismo filosófico, ha hecho que el hombre moderno mire por encima del hombro a todos los hombres de épocas anteriores por el mero hecho de haber vivido en el pasado. En ese sentido, se da por supuesto que el presente siempre y por definición es superior al pasado. Esta tendencia, que es casi universal en el pensamiento moderno, tiene su expresión dentro de la Iglesia en los variados heterodoxos actuales que, como lo más natural del mundo, miran por encima del hombro al propio Cristo.

 

El caso más claro, sin duda, es el de la plaga de eclesiásticos empeñados en admitir el divorcio en la Iglesia so capa de misericordia. Lo planteen como lo planteen, subyace a todos sus razonamientos el convencimiento de ser más misericordiosos que Jesucristo, que prohibió explícitamente y con absoluta claridad el divorcio. A este carro se suben todos los deseosos de aprobar las parejas del mismo sexo, las relaciones prematrimoniales, los anticonceptivos y un largo etcétera, considerando que Jesús, en realidad, vino a la tierra para decirles lo que ellos ya sabían y para darles unas cariñosas palmaditas en la espalda por lo listos que son.

 

Muy parecidos son los intentos de aguar el lenguaje cristiano y no hablar nunca de “adulterio”, “pecado”, “culpa”, “infierno”, “redención” y términos similares, impulsados por la pretensión de no ofender nunca a nadie, en ningún rincón de la tierra. Aparentemente, los aguadores en cuestión piensan que son más dulces, educados y majetes que Jesucristo, que dirigió palabras durísimas, cuando la ocasión lo requería, a fariseos, ricos, fornicarios, saduceos, tiranuelos, profanadores y demás. Por no hablar de que Jesús hablaba con total claridad de la doctrina cristiana y que no tenía ningún problema en utilizar todos esos términos tan ofensivos.

 

Lo mismo se puede decir de los ecumaníacos decididos a que la Iglesia no evangelice, a que los musulmanes sigan siendo musulmanes y a acallar cualquier intento de predicar la conversión a ateos, agnósticos, budistas, judíos y, en general, todo ser humano sobre la faz de la tierra. Es difícil no pensar que esa forma de actuar refleja la creencia de ser más salvadores que Jesucristo o, dicho de otra forma, de que ellos son los que, después de dos mil años, han encontrado la verdadera salvación (basada en la buena voluntad y en el llevarnos todos bien) al margen de la salvación en Cristo.

 

Otros creen que conocen al Padre mejor que su Hijo. Un ejemplo de esta pretensión absurda pueden ser los que pretenden que la oración de petición no es “coherente con el Dios revelado en Jesús”, sin que aparentemente les importe que el Hijo de Dios nos enseñara en el Padrenuestro a pedir, pedir y pedir cosas a Dios. También pertenecen al grupo los que niegan la existencia del infierno contra las claras palabras de Cristo, basándose en sus propias elucubraciones sobre la forma de ser de Dios, su misericordia y su perdón.

 

Los hay también que piensan que son más inteligentes que el Verbo eterno de Dios, como los que dicen que el demonio no existe, sino que es una forma primitiva de personalizar el mal. Será que Cristo no hacía más que exhibir su primitiva ignorancia cuando hablaba del demonio y que, en realidad, el Hijo de Dios es como mucho el Alfa y el principio, pero no la Omega y el fin, ya que ese puesto corresponde más bien a la variada fauna de modernillos, modernuelos y modernenses actuales. De la misma forma actúan los que piden mujeres sacerdote y explican condescendientemente que el Hijo de Dios encarnado actuaba según los prejuicios de su tiempo.

 

Así podríamos seguir con todas las herejías, heterodoxias y tonterías del último siglo. Por supuesto, sus defensores no lo plantean así, porque hacerlo les obligaría a abandonar del todo la Iglesia y ese es un paso que muchos no están dispuesto a dar, ya sea por razones económicas, por un apego sentimental, por miedo a lo desconocido o por simple y pura inercia. Así pues, para no verse obligados a dejar la Iglesia, lo que hacen es camuflar esas afirmaciones de ser mejores que Jesucristo o presentarlas de forma oscura o indirecta. 

 

En ese sentido, hablan de “profundizar”, “actualizar” o “reinterpretar” las enseñanzas de Cristo (aunque lo que en realidad hagan sea negarlas). Otras veces desestiman lo que dijo nuestro Señor distinguiendo el Cristo de la fe y el Jesús histórico (como si no fueran uno y el mismo). También alegan que no podemos conocer las ipsissima verba Iesu, las palabras exactas de Jesús (ya sea por la ausencia de grabadoras, por las “elaboraciones de la comunidad primitiva” o por lo que sea), y que, por lo tanto, se puede poner en duda cualquier afirmación de Cristo que a uno le venga en gana.

 

Una modalidad especialmente sutil es la de explicar lo que realmente quería decir Jesús o lo que de verdad corresponde al “estilo de Jesús”, en contradicción abierta con lo que el propio Jesús siempre ha enseñado a través de su Cuerpo, que es la Iglesia. En el mismo saco podemos meter a los que apelan a un Espíritu indefinido (o al “espíritu del Concilio” en concreto) para cuestionar la fe y la moral católicas e introducir novedades contrarias a las mismas, como si ellos fueran más espirituales que Cristo, que derramó su Espíritu Santo sobre su Esposa la Iglesia.

 

Excusas, en definitiva, que en algunos casos pueden ser inconscientes o incluso bienintencionadas, pero apenas pueden ocultar la falta de fe en Cristo que las motiva. La realidad, en efecto, es testaruda y sus obras hablan más claro que sus palabras. Y esas obras pretenden colocarlos por encima de Cristo, sean cuales sean sus excusas, falsedades o, en el mejor de los casos, autoengaños.

 

Cada uno que haga lo que quiera. Por mi parte, tengo una regla muy sencilla: si alguien pretende ser mejor que Jesucristo, sea anatema.

 

Fuente: http://infocatolica.com/blog/espadadedoblefilo.php/1706050800-mejores-que-jesucristo

 

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La Opción Benito: la propuesta de la que todos hablan en Estados Unidos

 

Jorge Soley

 

Hace ya algún tiempo me hice eco del debate que en los Estados Unidos se había generado acerca de la llamada “Opción Benito” (Benedict Option), la propuesta de Rod Dreher sobre cómo deberíamos los cristianos orientar nuestra presencia en la vida pública y nuestro modo de vivir nuestra fe comunitariamente en las nuevas circunstancias marcadas por un Estado cada vez más invasivo y dispuesto, como anhelaba Hillary Clinton, a usar su fuerza coactiva para acabar con los “prejuicios religiosos”. Aunque este tipo de debates siempre adolecen de una debilidad, que consiste en que no hay un solo modo, sino muchos, en que los cristianos podemos legítimamente responder a este reto (y así han aparecido defensores de la Opción Francisco, la Opción Domingo, la Opción Escrivá, haciéndose eco de San Francisco de Asís, de Santo Domingo de Guzmán, de San Josemaría Escrivá), creo que nos ayudan a comprender mejor el mundo que vivimos y nos hacen reflexionar sobre las implicaciones de nuestra fe.

 

La reciente publicación de un libro del mismo Dreher titulado The Benedict Option ha reavivado el debate, que se ha convertido en un tópico habitual en los Estados Unidos, ha alcanzado la prensa generalista y protagoniza debates públicos. Mi intención de escribir algo sobre el tema se ha ido demorando por una sencilla razón: no pasa día sin que aparezca una nueva aportación al debate y estar al día del mismo se ha convertido en una tarea ciclópea. Así que he optado por asumir que nunca conseguiré leerlo todo sobre la Opción Benito… pero sí lo suficiente para ponerlos al día sobre lo que se cuece en los círculos intelectuales católicos norteamericanos.

 

Empezando por la propuesta de Dreher (por cierto, un antiguo católico que a raíz de lo que vio, como periodista de investigación, sobre el modo en que se habían gestionado los casos de abusos sexuales en la Iglesia Católica en los Estados Unidos, se pasó a la Iglesia ortodoxa), que podemos resumir así: del mismo modo que San Benito abandonó una sociedad que colapsaba en el siglo VI, los cristianos estadounidenses deben responder al colapso civilizatorio actual concentrando sus esfuerzos en construir comunidades alternativas que vivan con intensidad y consecuentemente su fe. Estas comunidades pueden ser grupos de cristianos que vivan cerca los unos de los otros y se reúnan en torno a una iglesia, o nuevas comunidades religiosas, o nuevas escuelas o grupos de familias que se ayuden las unas a las otras…

 

La propuesta de Dreher se inspira en la obra de Alasdair MacIntyreTras la virtud, publicada en 1981, que incluye una comparación entre nuestros tiempos y los del colapso final del Imperio Romano de Occidente, cuando los cristianos dejaron de intentar arreglar la sociedad y el gobierno romanos y se dedicaron a construir nuevas comunidades en las que vivir en coherencia con su fe durante la edad oscura que se les venía encima. Según MacIntyre hemos llegado al mismo punto, sólo que los bárbaros ahora no vienen de más allá del limes, sino que ocupan nuestras universidades y promulgan nuestras leyes. Los cristianos somos así más conscientes de nuestra condición de exiliados en nuestra propia tierra. El subtítulo del libro de Dreher es muy expresivo: “Una estrategia para los cristianos en una nación post-cristiana”.

 

La cultura en que vivimos, no sólo cada vez más alejada, sino cada vez más enfrentada a la fe cristiana, es al mismo tiempo cada vez más expansiva e intolerante y nos presiona con fuerza para que acomodemos nuestra fe a sus parámetros, algo que muchos cristianos, y en especial infinidad de clérigos, están ávidos de hacer. Dreher rechaza esta acomodación al mundo, pero también rechaza el enfoque primordialmente político que él considera que han tenido las “guerras culturales” y que habrían puesto todas sus esperanzas en, por ejemplo, elegir un determinado candidato a la presidencia del país, dejando de lado la tarea de elaborar una cultura alternativa y comunidades en las que ésta fuera una realidad.

 

Por lo que he ido leyendo, hay bastante acuerdo en cuanto al diagnóstico. Como ha escrito Luma Simms, la salvación no viene de la política, nuestra cultura ha colapsado y los cristianos asumen cada vez más acríticamente la cultura anticristiana hegemónica. El problema surge cuando se aborda la mejor respuesta a esta situación. La Opción Benito opta por una cierta retirada de la batalla política (y aquí aparecen importantes gradaciones y matices) para concentrarnos en la creación de pequeñas comunidades en las que poder sobrevivir durante los nuevos tiempos oscuros que nos ha tocado vivir. ¿Cuáles son las objeciones a esta propuesta?

 

Adam J. Deville percibe un cierto fatalismo, un determinismo derrotista que nos hace pensar que todo está perdido y que en vez de luchar en “batallas políticas que no se pueden ganar”, anima a los cristianos a construir una especie de nueva “arca”. Deville sostiene que un mínimo conocimiento de la historia nos lleva a desconfiar de los análisis deterministas. No es la primera vez que, cuando todo parecía perdido, la Iglesia ha renacido con mayor fuerza.

 

El mismo Deville también acusa a Dreher de que su propuesta consiste en una mera operación de marketing: “hay muchos católicos que conozco –escribe– que llevan haciendo lo que Dreher ha empaquetado junto desde hace décadas y sin tanta fanfarria”. Una crítica que, no obstante, iría destinada al autor, pero que, de ser cierta, viene a reforzar su propuesta.

 

David Warren defiende un modelo más combativo y propone como inspirador no tanto a San Benito como a Santo Domingo: “en nuestras universidades la fe es despreciada, como ocurría en tiempos de los primeros dominicos. Los dominicos no se rindieron. En vez de retirarse cada vez que se enfrentaban a un ambiente hostil, escuchaban y confutaban… Cristo envió a sus apóstoles a los caminos, no les dijo que se escondieran y esperasen. El mundo necesita que se le hable de la alegría de nuestro Salvador, necesita ser salvado del demonio y de sí mismo”. Dreher ha respondido indicando que para hacerlo, algo que él también anhela, antes hay que crear un entorno seguro de donde puedan salir esos apóstoles de los que el mundo esta tan necesitado. O sea, que la Opción Benito pone las bases de la Opción Domingo.

 

Hay otros que advierten que el hecho de la insistencia en crear pequeñas comunidades compuestas, al menos inicialmente, por cristianos fervorosos y consecuentes, no elimina el riesgo de corrupción. Podemos encontrar ejemplos de esto observando la vida de las primeras comunidades cristianas. El riesgo de corromperse por complacencia, por sentimiento de superioridad, siempre presente, lo está de modo especial en estas pequeñas comunidades, argumentan algunos. Es también lo que el Padre Rutler, conocido sacerdote neoyorquino, engloba dentro del peligro de tener una mentalidad de gueto.

 

El Padre Longenecker, por su parte, advierte de lo que les ha ocurrido a los protestantes que han optado por opciones que podemos calificar, en sentido amplio, equivalentes a la Opción Benito: “Los anabaptistas, cuáqueros, shakers, menonitas, amish, etc., iban todos a retirarse a las colinas, cuidar de sus granjas, ocuparse de sus asuntos y crear así un pequeño nirvana protestante…” Longenecker nació en una comunidad de este tipo, una pequeña iglesia de entusiastas evangélicos del cinturón bíblico y su juicio no es nada positivo… claro que se supone que la pertenencia a la Iglesia católica tendría que limitar las derivas más sectarias.

 

Otros se han centrado en el supuesto carácter utópico de la propuesta: lo de que los miembros de la comunidad vivan cerca los unos de los otros o que abandonen el sistema público de escolarización y opten por el homeschooling puede resultar francamente difícil, en especial si quienes pertenecen a esa comunidad no viven de rentas, sino que tienen que combinar varios empleos y además pagar una hipoteca. Dreher contesta que puede no ser fácil, pero que existen ejemplos reales y que una parte de la Opción Benito pasa por intentar redimensionar nuestras prioridades económicas.

 

John Horvat centra su crítica en una constatación de hecho: “los nuevos bárbaros no permiten que existan estructuras paralelas, no aceptan la coexistencia, no respetan los acuerdos ni la libertad religiosa”. Si abandonamos la guerra cultural, sigue, y apostamos por la fragmentación, “puedes estar seguro de que los nuevos bárbaros responderán como nuevos bárbaros: irán a por nuestras comunidades y monasterios, que serán como fruta madura lista para los saqueadores políticamente correctos provistos de violentos decretos judiciales para robarnos”.

 

En esta misma línea, hay quien ha señalado que no hay que olvidar que las llamadas guerras culturales no son ofensivas, sino guerras defensivas. Y uno no puede retirarse de una guerra defensiva cuando lo desee a menos que esté dispuesto a sacrificar su libertad. Dreher, a raíz de este tipo de críticas, ha matizado su postura y no aboga por un abandono absoluto de la arena política.

 

Otros han acusado a Dreher de ofrecer un perfil sesgado de San Benito: el escritor de la Regla no es sólo quien se retira de la civilización que se hunde, sino también quien derriba los ídolos en Montecasino. Lo mismo que otros benedictinos, como San Bonifacio talando el árbol sagrado en Geismar, o San Patricio desafiando a los druidas y encendiendo el fuego pascual en la colina de Slane. Si la Opción Benito es interpretada en clave quietista o como una retirada absoluta de la sociedad, parece obvio que no seguiría el ejemplo de San Benito.

 

El debate continúa y está lleno de matices, en parte porque la cuestión es importante y también porque, a diferencia de San Benito, que codificó su propuesta, la de Dreher es amplia y vaga. En cualquier caso, quien quiera pensar a fondo sobre el asunto, pueden leer con provecho una obra del Padre Iraburu que aborda el tema con mayor profundidad teológica: Evangelio y utopía.

 

Allí se pasa revista tanto a la teoría como a la práctica de aquellas “asociaciones humanas, libremente constituidas, que, en uno u otro grado de convivencia, intentan formar ya ahora dentro de la sociedad, y sin pretender reformar a ésta, un micro-orden social distinto y mejor”, tanto de religiosos, como de laicos. Entre las múltiples observaciones del P. Iraburu que me parece ayudan a enmarcar el debate en torno a la Opción Benito, destacaré la importancia de la vida comunitaria (“la conciencia de que la perfección personal es muy difícil sin una relativa perfección comunitaria”) y la dificultad de la trasposición de categorías propias del monacato a la vida laical (“las comunidades utópicas, sean o no cristianas, son ciertamente realizables cuando integran sólo a hombres o sólo a mujeres, mientras que se hacen mucho más problemáticas cuando pretenden la convivencia de matrimonios y familias. Este caso nos ayuda también a entender que el utopismo comunitario convivencial es mucho más difícil que el utopismo meramente asociativo”).

 

Acabo, y a buen seguro que cuando escribo esto ya han aparecido varias aportaciones nuevas al debate, con dos citas que he encontrado en la obra del P. Iraburu y que testifican que el asunto viene de lejos y que es vital para la vida de los cristianos.

 

La primera es de Thomas S. Eliot en unas conferencias en Cambridge en 1939: «Se nos plantea constantemente el problema de llevar una vida cristiana en una sociedad no cristiana. No es meramente el problema de una minoría en una sociedad de individuos que mantienen una creencia extraña. Es el problema constituido por nuestra complicación en una urdimbre de instituciones de la que no podemos disociarnos: instituciones cuyas operaciones ya no parecen neutrales, sino anticristianas. Y en cuanto al cristiano que no tiene conciencia de este dilema –la mayoría– se está descristianizando más y más debido a toda clase de presiones inconscientes, pues el paganismo conserva la mayor parte del valioso espacio de la propaganda. Cuando un cristiano es tratado como enemigo del Estado, su desenvolvimiento es más duro, pero más simple. Yo me refiero a los peligros que amenazan a la minoría tolerada; y en el mundo moderno puede resultar que la cosa más intolerable para los cristianos sea la de ser tolerados… El verse obligado a vivir de una manera que no favorece al comportamiento cristiano constituye un factor muy poderoso contra el Cristianismo, porque el comportamiento afecta tanto a la creencia como ésta al comportamiento».

 

La segunda es de Pablo VI, el 21 de noviembre de 1973: “Hemos andado fuera del camino en el conformismo con la mentalidad y con las costumbres del mundo profano. Volvamos a escuchar la apelación del Apóstol Pablo a los primeros cristianos: “no queráis conformaros al siglo presente, sino transformaos con la renovación de vuestro espíritu” (Romanos 12,2); y la exhortación del Apóstol Pedro: “como hijos de obediencia, no os conforméis a los deseos de cuando errabais en la ignorancia (de la fe)” (1Pedro 1,14). Se nos exige una diferencia entre la vida cristiana y la profana y pagana que nos asedia; una originalidad, un estilo propio. Digámoslo claramente: una libertad propia para vivir según las exigencias del Evangelio. Con el mundo tendremos que mantener una independencia espiritual. En este sentido, el dominio de sí, el espíritu ascético, el temple viril de la conducta cristiana, no nos deben parecer advertencias piadosas superadas, sino ejercicios de agonismo [espíritu de lucha] cristiano, hoy tanto más oportuno cuanto mayor es el asedio, el asalto del siglo amorfo o corrompido que nos circunda. Defenderse, preservarse, como quien vive en un ambiente de epidemia”.

 

Fuente: http://infocatolica.com/blog/archipielago.php/1706060907-la-opcion-benito-la-propuesta

 

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La pirámide de la riqueza mundial

 

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

 

Hay muchos estudios que demuestran que la pobreza, y sobre todo la pobreza extrema, ha disminuido notablemente en el mundo en las últimas décadas. Véase por ejemplo este artículo del Banco Mundial. Allí se dice que la población afectada por la pobreza extrema, definida como las personas que viven con menos de US$ 1,90 por día, disminuyó de 1.990 millones de personas (44 % de la población mundial) en 1981 a 896 millones (12,7 % de la población mundial) en 2011. O sea que en esos 30 años (1981-2011) unos 1.000 millones de personas salieron de la pobreza extrema. Por otra parte, la población afectada por la pobreza, definida como las personas que viven con menos de US$ 3,10 por día, disminuyó de 2.590 millones de personas en 1981 a 2.200 millones en 2011. O sea que casi 400 millones de personas salieron de la pobreza en ese período. Esta disminución es más notable expresada en términos relativos: los pobres bajaron del 57 % al 31 % de la población mundial. No profundizaré aquí en el análisis de las causas de este fenómeno, pero dejo constancia de que los procesos de reforma económica en China y en India (en el sentido de una marcha hacia una mayor libertad económica) han influido mucho en esta disminución de la pobreza.

 

Debido a datos como éstos, yo solía discrepar de quienes (muchas autoridades eclesiásticas incluidas) denuncian que “los ricos se vuelven cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres”. Yo pensaba que sólo la primera mitad de esa denuncia era verdadera: ciertamente, en general los ricos se vuelven cada vez más ricos, pero en general –pensaba yo– no es verdad que los pobres se vuelven cada vez más pobres. Y, si se define la pobreza en términos de ingresos, yo tenía razón. En ese sentido la pobreza está disminuyendo significativamente en el mundo y la erradicación de la pobreza extrema ya no parece un objetivo inalcanzable. Ahora bien, en economía hay otra forma de definir la pobreza que es tan importante o más que la definición basada en los ingresos: la definición basada en el patrimonio o riqueza neta. En esta otra perspectiva el panorama se muestra más complejo y preocupante, y la denuncia citada (tanto en su primera como en su segunda parte) da justo en el blanco.

 

Los estudios sobre la distribución de la riqueza son mucho menos numerosos que los estudios sobre la distribución del ingreso. Por eso corresponde agradecer al Credit Suisse Research Institute (CSRI) que, de 2010 en adelante, esté publicando unos interesantísimos informes anuales sobre la distribución de la riqueza en el mundo. En esta página están disponibles siete informes anuales (de 2010 a 2016) y sus respectivos “libros de datos” (databooks). La riqueza neta medida por el CSRI abarca los activos financieros, los activos no financieros y la deuda. Puede ser negativa, y de hecho lo es a veces: cuando la deuda es mayor que los activos. Por ejemplo, según el Global Wealth Databook 2016, en Uruguay las porciones de la riqueza total poseídas en 2013 por el 10, el 20, el 30 y el 40 % más pobre de la población eran respectivamente: -1,2 %, -1,2%, -1,0 % y -0,3 %. De ser ciertos, estos datos implican que había una cantidad indeterminada pero importante de personas con riqueza neta negativa.

 

Consideraré un solo aspecto de los muchos abordados en los Global Wealth Reports (Informes sobre la Riqueza Mundial) del CSRI. Cada uno de los siete informes anuales contiene una gráfica llamada “la pirámide de la riqueza mundial”. En esa pirámide se divide a la población adulta del mundo en cuatro sectores según su rango de riqueza: 1) mayor que US$ 1.000.000; 2) entre US$ 100.000 y 1.000.000; 3) entre US$ 10.000 y 100.000; 4) menor que US$ 10.000. En este contexto, llamaré “ricos” a las personas del primer sector (el vértice de la pirámide) y “pobres” a las personas de los sectores tercero y cuarto (la base de la pirámide). Según esta terminología, en 2010-2016 los ricos han oscilado entre el 0,5 y el 0,7 % de la población mundial, mientras que los pobres han oscilado entre el 91 y el 92 % de la población mundial. Más aún, durante esos años el porcentaje de la riqueza mundial poseída por los ricos subió todos los años, desde el 35,6 % en 2010 hasta el 45,6 % en 2016, mientras que el porcentaje de la riqueza mundial poseída por los pobres bajó casi todos los años, desde el 20,7 % en 2010 hasta el 13,8 % en 2016. En términos absolutos, en seis años la riqueza promedio de los ricos subió de US$ 2.859.504 a US$ 3.533.333 (un aumento de US$ 673.829), mientras que la riqueza promedio de los pobres bajó de US$ 9.870 a US$ 7.923 (una disminución de US$ 1.948). En general, al menos en ese período, los ricos se volvieron más ricos y los pobres más pobres.

 

¿Cómo es posible que sean verdad a la vez los datos del Banco Mundial y los del CSRI? Muy sencillo. En promedio, los pobres tienen ingresos cada vez mayores, pero su riqueza neta no sólo no aumenta, sino que disminuye, porque sus gastos aumentan más que sus ingresos, y esto hace que sus activos disminuyan o su deuda aumente, o ambas cosas a la vez. O sea que, en promedio, los pobres son cada vez menos pobres en términos de ingreso y cada vez más pobres en términos de riqueza neta. Por lo que, extrapolando esta tendencia, habría que decir el “sueño” del Banco Mundial (“un mundo sin pobreza”) tiende a realizarse en un sentido importante pero parcial (la pobreza en términos de ingreso) pero tiende a alejarse en otro sentido importante y más complexivo: la pobreza en términos de riqueza neta.

 

Es obvio que esta situación es muy insatisfactoria. En este punto no me queda más que enunciar mi diagnóstico, que no justificaré aquí: el capitalismo liberal (individualista) es el problema básico de la economía actual; el socialismo marxista (colectivista) es la falsa solución (y una agravación del problema); y el cristianismo vivido según la moral social católica trae consigo la verdadera solución.

                                         

Aunque la doctrina social de la Iglesia no contiene ningún sistema económico detallado, el cristianismo vivido en profundidad (por todas o gran parte de las personas del mundo) cambiaría radicalmente también la economía mundial. Por ejemplo, difícilmente una familia necesite una riqueza neta de más de US$ 10.000.000. Pues bien, según el Global Wealth Report 2016, el año pasado había en todo el mundo 50.800 personas con una riqueza neta mayor que US$ 100.000.000. Estimo que esas personas "ultra-ricas" poseen el 5 % de la riqueza mundial. Supongamos que cada una donara el 90 % de su fortuna a los más pobres, por lo que después de ello seguiría teniendo más de US$ 10.000.000. Esa “macro-donación” involucraría el 4,5 % de la riqueza mundial. En 2016 había 3.546 millones de personas con una riqueza menor que US$ 10.000. Entre todas representaban el 73 % de la población mundial y poseían 6,1 billones de dólares (2,4 % de la riqueza mundial). Es decir que después de la hipotética macro-donación, los ultra-ricos seguirían siendo ricos (o incluso, algunos de ellos, ultra-ricos), pero el 73 % más pobre de la población mundial habría casi triplicado su riqueza total. Un cambio enorme… Por supuesto, esto es sólo un experimento mental. Sería muy difícil implementar la macro-donación tal como la expuse aquí; y si se hiciera a través de los Estados quizás las cosas empeorarían en vez de mejorar. Empero, la idea fundamental es clara: si la caridad cristiana (en lugar del afán desordenado de riqueza) guiara la economía mundial, ésta sería mucho más justa.

 

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Conversión desde Oriente

 

Javier Rouzaut (Tikhon)

 

El Padre Federico me pide que escriba unas líneas dando mi testimonio de conversión. ¿Y por qué me lo pide el Padre Federico? Pues porque me he puesto en contacto con él para darle una pequeña ayuda en su misión en el Tíbet. ¿Y por qué este acercamiento al Tíbet? Pues porque yo soy converso desde Oriente al Cristianismo.

 

Los renglones torcidos de Dios

 

Nacido y bautizado en España, al norte, de familia tradicionalmente cristiana aunque tibia, hacia los catorce años me alejo totalmente de la Iglesia de Cristo y me sumerjo con toda mi energía y entusiasmo en lo oriental. En aquellos años (ahora me acerco a los sesenta), lo oriental era un descubrimiento exótico, misterioso y que además prometía la felicidad en este mundo. Todavía tenía algo de auténtico y genuino porque la nueva era y la comercialización no lo habían convertido en negocio.

 

Tuvieron que ver con esa inclinación hacia oriente algunos Jesuitas del colegio en el que estudiaba. Uno de ellos nos habló del Yoga diciendo que era lo mismo que el Cristianismo. Otro nos comparó al Che con Cristo también diciendo que eran lo mismo… De ese cocktail no podía salir nada derecho y entre el Yoga y el Cristo-Che yo elegí el Yoga… El oriente místico y solemne me sugería ese perfume de sacralidad y de misterio que desde luego no me lo daban la revolución cubana o la teología de la liberación y el incipiente terrorismo marxista que, en esta tierra de misioneros y santos, algunos jesuitas apoyaban encantados en aquel entonces. Así es que, como Dios escribe derecho con renglones torcidos, de aquella manera peculiar comienza mi andadura por Oriente.

 

Dentro del laberinto

 

Al principio un simple librito me bastó, una especie de “Aprenda Yoga en Diez Días” que me prometía la paz. ¿Y qué adolescente no necesita paz y belleza? ¿Y cómo un adolescente podía encontrar paz en el marxismo y belleza en la liturgia de guitarra y bongos? Siempre he sido voluntarioso y cabezota, de manera que cuando me meto en algo lo hago con toda la intensidad de la que soy capaz y como era de esperar me metí de lleno en lo oriental. Eran años de pioneros. Fui de la primera promoción de profesores de Yoga formados en España. Fui de los primeros en aprender Reiki cuando nadie sabía qué era eso. De los primeros en practicar el Budismo Zen. En aquel tiempo la Nueva Era apuntaba pero todavía no estaba muy formada. Eran tiempos de románticos y emprendedores. Tiempos de la Comunidad del Arco Iris, de terapias, mantras, esoterismos diversos, meditaciones budistas, vegetarianismo, todo ello mezclado sin orden ni concierto.

 

Pronto tuve la suerte de entrar en contacto y de formarme en escuelas orientalistas muy tradicionales, cercanas al tradicionalismo perennialista francés, y por lo tanto rigurosas en lo doctrinal y nada afectas a mediocridades Nueva-Era. Luego, evidentemente, tuve que distanciarme de sus planteamientos gnósticos y esotéricos pero en principio ese ambiente me dio rigor intelectual y gusto por la ortodoxia. Digo que tuve suerte porque de una ortodoxia es fácil pasar a otra y conforme más profundizaba en las doctrinas (ortodoxas) orientales, más y mejor entendía, salvando las diferencias, la ortodoxia cristiana, que como iba descubriendo nada tenía que ver con el Cristo-Che o con orientalismos panteístas.

 

Muchos años pasaron en el Vedanta Advaita, en el Zen, en el Shivaismo o en el Budismo Tibetano. Mucho entusiasmo, mucha dedicación… y también mucha decepción… porque aquello no terminaba de encajar y además esa paz prometida no llegaba. Todo eran promesas de iluminación que no terminaban de ser coherentes a pesar de algunas experiencias realmente intensas y extraordinarias. Gradualmente, desde la ortodoxia hindú, ya se me advertía que los occidentales teníamos a Cristo y que eso nos bastaba. Era un Cristo-Avatar, bastante inadecuado como luego he visto, pero que en aquel momento ya empezó a cuestionarme el terreno en el que me movía y me dio pie para seguir investigando y conociendo mi tradición. El acercamiento gradual se iba produciendo pero siempre hay un punto, un momento, “el momento”, en el que ese acercamiento se confirma súbitamente.

 

De vuelta al hogar

 

¿Y cuál fue ese momento? Había ido unos días a un monasterio benedictino a descansar y al segundo día, súbitamente, me “cristianicé”… Lo explico: súbitamente me sentí totalmente sumergido en “la cristiandad”; los salmos tenían significado, el latín me resultaba familiar, el lenguaje de la Biblia me era totalmente cercano, la oraciones, el ritmo de vida, el gregoriano, la liturgia cuidada, la decoración, los cuadros, las imágenes, todo me era familiar, cálido y cercano. Como si siempre hubiera estado allí. Había vuelto a casa.

 

¡Para qué irme al Tíbet cuando esa sacralidad que yo buscaba desde adolescente la tenía a una hora de mi hogar! A partir de ahí comienza el lento proceso de readaptación.

 

Las trampas que nos hacemos

 

Lo primero que uno intenta hacer cuando se convierte es continuar con lo de siempre pero con un barniz cristiano: no funciona.

 

Luego uno se acerca al cristianismo progre… para así seguir haciendo lo que le da la gana: no funciona.

 

Luego uno intenta hacer una síntesis, una mezcla de lo oriental y el cristianismo, una especie de yoga cristiano: no funciona.

 

Luego uno intenta hacer un cristianismo a su medida, una mezcla gnóstico-progre-mística… o sea, que uno quiere seguir haciendo lo que le da la gana: no funciona.

 

Luego al Señor se le acaba la paciencia (es un decir) y viendo que soy un cabezota orgulloso y ególatra, me empieza a apretar y me deja sin trabajo, sin novia, sin salud, sin mi casita en las montañas. En definitiva me deja sin nada de lo que yo me sujetaba, sin ninguna de las cosas que a mí me gustaba mantener y barnizar de Cristo. ¡Y eso funciona! Dolorosamente, pero funciona, porque entonces sólo me pude sujetar a Él. Y es que Cristo no es un barniz que se pueda dar a otra cosa. Cristo es “la cosa” a la que nos sujetamos.

 

Dios dirige nuestros pasos

 

Dios nos guía con una pedagogía excelente pero implacable. Nos guía principalmente a través de los acontecimientos de nuestra vida. Y nos guía siempre… pero no como nosotros imaginábamos que lo iba a hacer…

 

Dios me fue quitando todas las fantasías y decoraciones hasta que empecé a conocerlo como Él quiere ser conocido (como una Persona, no como una “energía” o algo abstracto) y empecé a acercarme a Él como Él quiere que nos acerquemos (a través de Su Iglesia, Su doctrina, Sus sacramentos; no como a mí me apetecía, haciendo componendas por vagancia, soberbia o cobardía). Así es que me aprieta hasta que un buen día de otoño, en Lourdes, caigo de rodillas en un confesionario tras treinta y tantos años sin confesarme y con un buen saco de pecados a mis espaldas.

 

Experiencias cumbre

 

¡Qué experiencia! ¿No se habla en el orientalismo de “experiencias cumbre”? ¡Pues aquí hay una para todos los buscadores nueva-era!: ¡Arrodíllate y confiésate! Esa sí que es una experiencia cumbre.

 

Siempre recordaré la salida del confesionario hacia la gruta tras dos horas revisando mi vida. Yo pensé que la penitencia sería ir de rodillas hasta Jerusalén, ida y vuelta, ¡pero no! La penitencia fue rezar el Magnificat ante la Santísima Virgen. ¡Magnífico!

 

Jamás, y esto que quede muy claro porque no es poesía ni exageración, jamás en todas mis experiencias con prácticas orientales había vivido ese silencio, esa quietud, esa transparencia, esa ligereza, esa paz, esa suave e íntima alegría, esa coherencia, esa plenitud. Cualquier silencio o quietud “conseguido” a través de técnicas, a través de la voluntad, es como de cartón piedra comparado con el Silencio de la Gracia. Silencio y Paz gratuitos que los da Dios cuando quiere, a quien quiere y como quiere, y que no dependen de esfuerzos, técnicas ni métodos sino tan sólo de “la humildad de su esclava”.

 

Comento esto para los que erróneamente creen que se puede “hacer” silencio con base en técnicas. Yo he comprobado que no y doy testimonio de ello. Lo que se consigue con voluntad y técnicas es una mala imitación de la Gracia. Y lo oriental es casi todo voluntad y técnica, puro pelagianismo, como luego aprendí. Todo natural, nada sobrenatural. Mística natural frente a la Mística Sobrenatural de la que nos hace partícipes el Hijo de Dios por su misericordia.

 

Esta vivencia de la Gracia se repite de vez en cuando, cuando Dios lo quiere, y todas las experiencias que tuve en lo oriental juntas no valen lo que es estar cinco minutos ante el sagrario, o lo que es comulgar después de haber recibido la absolución en la confesión, o lo que es rezar el Santo Rosario participando en cada Ave María de la vida celeste de la Virgen.

 

Madre de Dios y Madre nuestra

 

Y llegados a este punto es necesario ahora volver un poco hacia atrás para decir que todo, absolutamente todo este camino de vuelta ha sido de la mano de la Santísima Virgen. Cada paso, cada nuevo escalón ascendido.

 

El primer “toque” marial fue muy pronto, muy al principio del proceso: un buen día, estaba visitando una iglesita románica y había dos personas rezando el rosario. Ellas no lo saben, ni siquiera me vieron, pero yo estaba unos bancos detrás y me quedé sobrecogido por la oración, comencé a rezarlo con ellos, y continué de vuelta a casa, y continué, y continué… hasta hoy… día y noche con el rosario agarrado a la mano. Han pasado unos veinte años. ¡Cuánto bien se puede hacer anónimamente por el simple gesto de rezar con devoción!

 

Luego vino la confesión en Lourdes y una multitud de “toques” mariales que llegan hasta ayer mismo. Cada paso de vuelta a la Iglesia ha sido un paso marial. Siempre. Sin excepción. Y sigue siéndolo ahora.

 

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El mayor milagro de Jesús: Su Resurrección

Curso de Apologética –Lección 17

                                                        

Raymond de Souza, KM

 

Si consideramos que los Evangelios son simples registros históricos acerca de la vida de un predicador galileo, encontraremos en ellos una observación notable: dicen que ese hombre murió y resucitó. Él fue crucificado, su costado fue traspasado después de su muerte, y fue sepultado. No hay dudas al respecto. La tumba fue encontrada vacía, y Él fue visto más tarde por Sus Apóstoles, compartió una comida con ellos y puso Sus heridas a disposición para ser tocadas por cualquiera que no pudiera creer a sus propios ojos. Saulo de Tarso, renombrado como el Apóstol Pablo, un ex enemigo de Cristo y de Su Iglesia, registra que el Señor Resucitado fue visto también por más de 500 individuos y por él mismo, Pablo (cf. 1 Corintios 15,6-8).

 

Muy bien. Ahora bien, ¿tiene sentido creer en tales historias? Para investigar el tema de una manera objetiva, casi científica, planteémonos algunas preguntas.

 

¿Esos presuntos testigos fueron engañados, o eran mentirosos? Ante todo, ellos no pretendían engañar a nadie. ¿Incurrir en el enojo del Sanedrín y de las autoridades romanas para qué? ¿Para arriesgarse a terminar del mismo modo que Jesús? Ellos no tenían nada que ganar afirmando Su Resurrección, y sin embargo lo hicieron. Y muchos de ellos pagaron con su propia vida por esa afirmación. Ahora bien, sabemos que no se renuncia a la vida por algo que se sabe que no es verdad: nadie muere por una mentira… Tú puedes morir por algo que crees que es verdad, pero si sabes que no es verdad, no, decididamente no; no lo harás. Nadie muere para mantener una mentira.

 

De acuerdo, podrías decir, bien, ellos no eran mentirosos, ¿pero ellos mismos podrían haber sido engañados? Esta suposición podría tener algún asidero si estuviéramos hablando de unos cuantos niños, pero más de 500 personas, en su mayoría adultas, que declaran la misma historia de la misma manera, no pueden haber sido engañadas, especialmente acerca de algo tan inusual como un hombre que resucita de entre los muertos.

 

Además, los Apóstoles recibieron de Dios la confirmación de su certeza de la resurrección de Jesús, como podemos ver en el poder de San Pedro para realizar milagros, que atemorizó a muchos en Jerusalén (cf. Hechos 2,43). Él habló en lenguas extranjeras sin haberlas estudiado, curó a un hombre que era paralítico de nacimiento, fue liberado de la prisión de un modo milagroso, etc.

 

Incluso algunos de los que se oponían a Jesús y los Apóstoles se convirtieron: ¡había sacerdotes entre ellos (cf. Hechos 6,7)! ¡Milagro! ¡Algunos sacerdotes creyeron! Ellos se separaron de aquellos que Lo habían condenado a muerte, y se unieron a las filas de los creyentes. De nuevo, ellos no tenían nada que ganar, y todo que perder, al obrar así. Y lo hicieron. Ellos sabían muy bien que incurrirían en el odio de su clase y la burla de su pueblo; ¿por qué lo hicieron? Su conciencia los impulsó no sólo a creer, sino a saber que Jesús era el Mesías profetizado por sus antepasados. Y ellos se volvieron católicos [es decir, cristianos].

 

Luego tenemos a los soldados romanos. La historia que ellos contaron a Pilato –que los Apóstoles habían robado el cuerpo– podría haber movido al Gobernador a reírse de ellos y a condenarlos a muerte por fracasar en su deber. Un grupo de pescadores asustados no tendría ninguna chance contra soldados romanos bien entrenados. Pero Pilato se sentía culpable y prefirió dejar el asunto como estaba para no causar problemas… así le resultó más conveniente dejar que los guardias aceptaran el soborno dado por los Sumos Sacerdotes y esperar que luego no sucediera nada. Pero sucedieron muchas cosas.

 

San Pablo vio a Cristo y habló con Él, y predicó Su crucifixión y resurrección dondequiera pudo hacerlo. Y fue decapitado por esa predicación. De nuevo, nadie muere por una mentira.

 

***

 

Fue el impío Voltaire, un gran enemigo de la Iglesia Católica, que hizo uso de toda clase de acusaciones y ataques viles contra el catolicismo, quien parece haber sido el autor de este dicho: “Miente, miente, miente: siempre algo queda…” Pero él no fue el primero en ponerlo en práctica: el Sanedrín de Jerusalén fue el campeón de esa estrategia.

 

Si los guardias habían dicho la verdad acerca de que los Apóstoles robaron el cuerpo de Jesús, ¿por qué los guardias no lo impidieron? Si ellos estaban dormidos, ¿cómo supieron que quienes robaron el cuerpo fueron los Apóstoles, esos civiles asustados que no podían resistir la habilidad militar de los guardias? Además, los Apóstoles no ayudaron a su Maestro mientras Él estaba vivo, ¿por qué lo ayudarían cuando Él estaba muerto? Más aún: en el ejército romano, caer dormido durante el servicio habría significado la muerte para los guardias somnolientos. Pero ellos no sufrieron una corte marcial ni la muerte… No, nada de eso. El Sanedrín sobornó a los guardias para que mintieran, mintieran y mintieran, esperando que algo quedara. Pero no quedó.

 

“¡Ellos estaban alucinando!” es la acusación común de los escépticos modernos que alucinan acerca de una creación y evolución de la nada sin un Creador. El hecho es que uno alucina acerca de lo que espera que suceda. Pero los más de 500 discípulos no esperaban que Jesús muriera antes de establecer el Reino, mucho menos que resucitara. Cuando Él fue arrestado, ellos huyeron como pollos ante el cuchillo del carnicero, y estaban tristemente decaídos mientras Él estaba en la tumba. Incluso cuando ellos Lo vieron, no podían creer a sus propios ojos, y Jesús tuvo que pedir algo de comer para persuadirlos de que Él estaba allí. Nuestro famoso Tomás escéptico estaba completamente en contra de la idea de que Él había resucitado de entre los muertos con base en rumores. Él tenía que ver a fin de creer.

 

Por lo tanto, esa gente no estaba alucinando, ellos no esperaban volver a ver a Jesús. Además, la gente que tiende a alucinar lo hace con base en sus expectativas individuales, y cada uno ve cosas a su manera única. Los más de 500 discípulos que Lo vieron vieron la misma cosa, pero la alucinación no ocurre en tales circunstancias. Si ellos hubieran alucinado, habrían tenido diferentes versiones de la historia, de acuerdo con sus expectativas y percepciones individuales.

 

Por último, hay quienes dicen que Él no murió en absoluto, sino que sólo se desmayó en la cruz y luego salió de puntillas del sepulcro mientras los guardias dormían… Absolutamente ridículo. Un hombre tan herido como estaba Él nunca podría haber movido la piedra y pasado a los guardias, con agujeros en sus pies y manos y un gran corte en su costado…

 

No, el registro histórico sobre la resurrección de Jesús tiene sentido. Y nosotros mantenemos la Fe de Sus Apóstoles.

 

Próximo artículo: Cristo considerado como hombre –Su personalidad, sus dotes y modales.

 

Raymond de Souza KM está disponible para hablar en eventos católicos en cualquier lugar del mundo libre en inglés, español, francés y portugués. Por favor envíe un email a SacredHeartMedia@Outlook.com o visite www.RaymonddeSouza.com o llame por teléfono a 507-450-4196 en los Estados Unidos.

 

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El descubrimiento de América: el reencuentro de la humanidad

 

José Alfredo Elía Marcos

 

La Iglesia Católica siempre ha mantenido una postura contraria a la esclavitud. Cuando tuvieron lugar los primeros contactos con las tribus africanas en el siglo XV se realizó un gran debate en toda Europa sobre si los negros eran humanos o no. El no poderse comunicar con ellos, ni entender su modo de vida primitivo fue empleado como argumento por algunos para justificar inicialmente la esclavitud. Pero la Iglesia pronto reconoció a los negros como seres humanos y varias órdenes religiosas se dedicaron a negociar su liberación de los tratantes de esclavos, promover socialmente a los liberados (dándoles educación básica, atención sanitaria o ayudándoles a conseguir trabajo) o a servir y evangelizar a los esclavos en los casos en los que era imposible liberarlos. Ahí tenemos el ejemplo de Pedro Claver, de Ramón Nonato, o de la Orden de los Mercedarios, quienes llegaron a entregarse a cambio y a morir esclavos cuando ya no conseguían dinero para comprarlos y liberarlos.

 

Con el descubrimiento de América en 1492 volvieron los debates. Por ejemplo el médico y alquimista suizo Teofrasto Paracelso (1493-1541) negaba la humanidad a los indígenas americanos, de hecho los incluía como salvajes dentro de los seres mitológicos. En una de sus obras más conocidas –Ninfas, silfos, pigmeos y salamandras (1537) describía a los salvajes como a medio camino entre los humanos y los animales. Según Paracelso los indígenas americanos habrían nacido “después del diluvio, y tal vez no tienen alma; en el habla parecen loros”. También afirmó que “no podía creerse que tales gentes descendieran –como los europeos– de Adán y Eva”. En este sentido se adelantaba ya a las antropologías poligenistas de Isaac de la Peyreré. “Es más probable que desciendan de otro Adán, ya que nadie probará fácilmente que tienen parentesco carnal o sanguíneo con nosotros”. [1]

 

Las crónicas sobre la crueldad con que inicialmente los españoles trataron a los nativos del Nuevo Mundo provocaron una grave crisis de conciencia en importantes sectores de la población española del s. XVI, así como entre los filósofos y teólogos. Esta reflexión filosófica de los teólogos españoles condujo a un gran logro: el nacimiento del Derecho Internacional moderno. La controversia en torno a los pueblos indígenas americanos ofreció así la oportunidad para establecer los principios generales que los Estados estaban moralmente obligados a observar en sus mutuas relaciones internacionales.

 

Fueron los Reyes Católicos y la Iglesia los que impulsaron el “Derecho de Gentes”, donde se reconocía a los indígenas como seres humanos en plenitud de derecho, prohibiendo el esclavismo de los aborígenes y exigiendo para ellos una serie de derechos básicos que los colonizadores debían respetar. La Iglesia Católica siempre defendió el bautismo de los esclavos negros reconociendo de esta manera que éstos también tenían alma y que por tanto también estaban llamados a la salvación eterna. Sobre estas bases se asentaba su dignidad como personas y por ello no podían ser castigados con crueldad ni con la muerte sin una causa de extrema gravedad.

 

Precisamente fueron hombres de Iglesia los que se atrevieron a denunciar los abusos de las políticas españolas hacia los indígenas. La primera denuncia la realizó el sacerdote dominico Antonio de Montesinos (1480-1540), quien en 1511 predicó un famoso sermón en la isla de La Española. En aquella ocasión se dirigió de esta manera ante la colonia española en presencia de importantes autoridades: “Para que toméis conciencia de los pecados contra los indios he subido a este púlpito, yo que soy una voz de Cristo clamando en el desierto de esta isla, y es por tanto vuestro deber escuchar, no con indiferencia, sino con todo vuestro corazón y vuestros sentidos; pues ésta será la voz más extraña que hayáis oído en la vida, la más áspera y dura, la más terrible y peligrosa que hayáis podido imaginar… Esta voz dice que estáis en pecado mortal, que vivís y morís en pecado, por la crueldad y la tiranía que infligís a estas gentes inocentes. Decidme ¿con qué derecho o justicia mantenéis a estos indios en tan cruel y horrible servidumbre? ¿Con qué autoridad habéis desatado una odiosa guerra contra estas gentes que viven pacíficamente en su propia tierra? ¿Por qué los oprimís, los hacéis trabajar hasta la extenuación y no les proporcionáis alimento suficiente ni remedio cuando están enfermos? Pues el exceso de trabajo que exigís de ellos los hace enfermar o morir, cuando no los matáis con vuestro deseo de extraer el oro todos los días. ¿Cuidáis acaso de que reciban alguna instrucción religiosa? ¿Acaso no son hombres? ¿No tienen almas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como os amáis a vosotros mismos? Tened por seguro que, en este estado de cosas, os condenaréis como los moros o los turcos”. [2]

Ante estas denuncias los líderes de la isla protestaron y exigieron al Padre Montesinos que se retractara, pero Montesinos en el sermón del domingo siguiente no sólo no se retractó sino que se reafirmó aún más en su aseveraciones citando un versículo de Job: “Volveré sobre mis conocimientos desde el principio y demostraré que nada de cuanto he dicho es falsedad”, y acto seguido repasó las diversas acusaciones formuladas la semana anterior, demostrando que ninguna de ellas carecía de fundamento. Por último concluyó amenazando que ni él ni ninguno de los frailes dominicos escucharía sus confesiones si no mostraban verdadera contrición y propósito de enmienda.

 

Estos hechos llegaron a oídos del rey Fernando el Católico, quien solicitó la presencia de inmediato del fraile para explicar las acusaciones. Montesinos atravesó el Atlántico con su superior para presentar su versión ante el rey y los principales oficiales de la corona castellana. Conmovido el rey ante el testimonio que los dominicos daban de la conducta de los españoles en La Española, convocó a un grupo de teólogos y juristas con el encargo de desarrollar unas leyes por las que habrían de regirse los oficiales españoles en su relación con los indígenas. Fruto de este trabajo fueron las Leyes de Burgos (1512), mejoradas un año después con las que se firmaron en Valladolid. En ellas se emitían varias órdenes reales requiriendo el buen trato a los indios, así como varias disposiciones para proteger a los naturales de las Indias. Al indio se le reconocía como un hombre libre que podía tener propiedades. La encomienda de los indios se encargaba de asegurar y regular el régimen de trabajo, jornal, alimentación, vivienda, higiene y cuidado de los indios en un sentido altamente protector y humanitario. Se prohibió a los encomenderos la aplicación de cualquier castigo a los indios. Las mujeres embarazadas de más de cuatro meses eran eximidas del trabajo. Se ordenó la catequesis de los indios, se condenó la bigamia y se obligó a que se construyeran sus casas junto a las casas de los españoles.

 

Estas leyes no pudieron impedir que en algunos casos se cometieran abusos contra los indígenas, pero permitieron crear un corpus jurídico que tuvo una gran implantación y fuerza en las colonias de La Española, Puerto Rico y Jamaica. A partir de entonces todas las denuncias que se presentaron fueron atendidas y juzgadas según las resoluciones dictadas por el Rey.

 

Según el historiador Elliot, los Reyes Católicos tenían otro motivo por el cual no querían implantar un sistema económico basado en el esclavismo en las Indias y era evitar las tendencias feudales que tanto mal habían hecho en Castilla en los siglos precedentes. “Aunque la conciencia del emperador y la de sus ministros se vio conmovida por los incesantes esfuerzos de Las Casas, es muy poco probable que se hubiesen llevado a cabo tantas realizaciones si la Corona española no hubiese estado ya predispuesta a favor de las ideas de Las Casas por motivos particulares menos altruistas. Para una Corona deseosa de consolidar y asegurar su propio control sobre los territorios recientemente adquiridos, el auge de la esclavitud y el sistema de encomienda constituía un serio peligro. Desde el principio, Fernando e Isabel se habían mostrado decididos a evitar el desarrollo, en el Nuevo Mundo, de las tendencias feudales que durante tanto tiempo habían minado, en Castilla, el poder de la Corona”. [3]

 

Fruto de la experiencia americana el Papa Pablo III promulgó en 1537 la encíclica Sublimis Deus (Dios sublime), que constituye una verdadera Carta Magna de los indios. En este documento se declara formalmente: “Conociendo que estos mismos indios, como verdaderos hombres… determinamos y declaramos que los dichos indios y todas las demás gentes que de aquí adelante vinieren a noticia de los cristianos, aunque estén fuera de la fe de Cristo, no están privados ni deben serlo de su libertad ni del dominio de sus bienes, y que no deben ser reducidos a servidumbre…” [4]

 

Juan Bautista Lassègue califica a la Sublimis Deus como la primera encíclica social dirigida a América Latina. La historiadora Helen-Rand Parish va mucho más lejos, afirmando que esta carta apostólica “marcó literalmente el verdadero comienzo del derecho internacional en el mundo moderno: la primera proclamación intercontinental de los derechos inherentes a todos los hombres y de la libertad de las naciones”. [5]

 

La encíclica es el producto del pensamiento y la acción de varios misioneros indianos, como los informes del dominico Bernardino Minaya; la carta del que fuera el primer obispo de Tlaxcala, el dominico Julián Garcés; una carta del obispo de México, el franciscano Juan de Zumárraga; los escritos del dominico fray Bartolomé de las Casas; la fundamentación del derecho natural formulado por los teólogos y juristas españoles Vitoria, De Soto, Suárez y Mariana; y sobre todo los debates realizados por obispos y religiosos, que tuvieron lugar en las célebres juntas apostólicas de mediados de 1536 en la ciudad de México.

 

Se puede afirmar con seguridad que la encíclica Sublimis Deus constituye la primera declaración universal de derechos humanos, producto de un reconocimiento previo de esos derechos. Reconocimiento llevado a cabo por aquellos misioneros que supieron reconocer en el indio al “otro” hombre, esto es, a seres distintos a ellos, pero tan seres humanos como ellos mismos.

 

La Leyenda negra

 

Todos estos hechos históricos contrastan con la noción popular de que el descubrimiento de América no fue sino una “matanza de los indios” y un “robo del oro americano” por “la cruz y la espada”. Esto no es sino un falseamiento de la historia generado por la leyenda negra antihispánica y que tiene su origen en los países protestantes. Así por ejemplo lo denuncia el historiador francés Pierre Chaunu, catedrático de la Sorbona: “La leyenda antihispánica en su versión norteamericana (la europea hace hincapié sobre todo en la Inquisición) ha desempeñado el saludable papel de válvula de escape. La pretendida matanza de los indios por parte de los españoles en el siglo XVI encubrió la matanza norteamericana de la frontera Oeste, que tuvo lugar en el siglo XIX. La Americana protestante logró librarse de este modo de su crimen lanzándolo de nuevo sobre la América católica”. [6]

 

Otro reconocido historiador francés, Jean Dumont, añade: “Si por desgracia, España (y Portugal) se hubiera pasado a la Reforma, se habría vuelto puritana y habría aplicado los mismos principios que América del Norte (“lo dice la Biblia, el indio es un ser inferior, un hijo de Satanás”); un inmenso genocidio habría eliminado de América del Sur a todos los pueblos indígenas. Hoy en día, al visitar las pocas “reservas” de México a Tierra del Fuego, los turistas harían fotos a los supervivientes, testigos de la matanza racial, llevada a cabo además sobre la base de motivaciones supuestamente bíblicas”. [7]

 

La recurrente imputación de “genocidio” a los españoles contrasta con el tenaz silencio que rodea a uno de los episodios más negros de la historia de la Iberoamérica emancipada: las matanzas de indios en las guerras civiles o en los procesos de explotación del territorio –los charrúas de Uruguay, los nativos de la Amazonia–, así como la esclavitud de indios mayas en el México de los años 1840-1860.


 

[1] Citado por: Thomas Bendyshe, The history of anthropology, 1996.

[2] Antonio de Montesinos, en: Lewis Hanke, Lucha española por la justicia en la conquista americana, 1988.

[3] J. H. Elliot, Imperial Spain 1469-1761, Londres, 1963, Capítulo 2.

[4] Pablo III, Sublimis Deus, 1537.

[5] Helen-Rand Parish y Harold E. Weidman, Las Casas en México: historia y obra desconocidas, 1992.

[6] Pierre Chaunu, citado por: Vittorio Messori, Leyendas Negras de la Iglesia, Ed. Planeta, 2008, p. 22.

[7] Jean Dumont, en: Ibídem, p. 25.

 

(José Alfredo Elía Marcos, Las mentiras del Racismo. El peligroso mito de la raza y la falaz ideología del determinismo biológico, Sección 2.2).

 

Nota de Fe y Razón: Estamos publicando en entregas sucesivas, con permiso del autor, el libro Las mentiras del Racismo del Lic. José Alfredo Elía Marcos. En este libro, el autor expone el verdadero origen de la ideología del racismo, su desarrollo histórico (colonialismo, apartheid, nazismo...) y cómo fue vencida (teóricamente, que no en la práctica) durante el siglo XX. Es un texto sorprendente y revelador de cómo una ideología materialista y atea originó una falsa antropología sobre el hombre y sus relaciones; una ideología que tiene su sustituto actual en otro planteamiento deshumanizador y destructor: la ideología de género.

 

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Pequeña diócesis canadiense triplica el número de católicos

 

Cavernícola

 

(ECOS de la CAVERNA) En ocasiones, la solución de los grandes problemas es tan pequeña como un grano de mostaza y, precisamente por eso, para encontrarla hace falta un visionario con una perspectiva novedosa y diferente. En esta ocasión, el visionario fue el obispo de una de las diócesis del norte de Canadá, que, después de cuatro décadas consecutivas de descenso de la cifra de bautismos, ha conseguido multiplicar por tres el número de católicos.

 

En general, el catolicismo lleva medio siglo perdiendo posiciones en la sociedad canadiense. Muchos fieles abandonan la Iglesia y los que permanecen en ella cada vez tienen menos hijos. Todos los obispos del país están muy preocupados por esta tendencia, pero, hasta el momento, el único que ha tenido éxito en invertir la tendencia ha sido Mons. Bhobard.

 

“Tuve la idea leyendo al cardenal Kasper”, explicó Mons. Bhobard. “Este gran teólogo alemán afirma que la misericordia está por encima de la doctrina y de una supuesta verdad absoluta. En su último libro describe cómo, por obra de la misericordia pastoral, lo que antiguamente se llamaba adulterio se convierte milagrosamente en un camino de santidad, sin necesidad de que los interesados cambien en lo más mínimo. Al leer esto, la inspiración me vino como un rayo: estaba enfocando mal el problema de la falta de católicos. Lo que necesitaba era más misericordia pastoral”.

 

Mons. Bhobard convocó inmediatamente a su teólogo de confianza, Fray Étienne Lamouche, que confirmó su intuición. “Le dije que me parecía una idea magnífica y muy moderna”, señaló el fraile. “Para aumentar el número de católicos, lo que había que hacer era acabar con la discriminación. Además, ya era hora de que la Iglesia se actualizase y aceptase que vivimos en una sociedad multicultural”.

 

“Después de varios meses de preparación y tras consultar a los principales cargos de la curia diocesana”, continuó el obispo, “convoqué a los medios de comunicación para hacer el siguiente anuncio:

 

‘27 de mayo de 2017, Día Mundial del Reciclaje

 

Queridos hermanos, hermanas y otros:

 

En un ejercicio de misericordia pastoral, con la autoridad que me ha conferido el consenso de los consejos presbiteral, laical y mujeril de la diócesis, abriéndome a las sorpresas del Espíritu y convencido de que la discriminación es radicalmente contraria al Evangelio de Jesús de Nazaret, proclamo solemnemente que, desde el día de hoy, todos los habitantes de la diócesis serán considerados católicos, sin importar su raza, género o religión.

 

Por consiguiente, los anteriormente mencionados serán incluidos a todos los efectos en el número de católicos diocesanos, sin que para ello tengan que manifestar de ningún modo su voluntad de serlo ni hacer nada más que existir, porque Dios misericordioso los quiere como son.

 

En adelante, todos los susodichos habitantes podrán comulgar si lo desean, sin las habituales condiciones de estar bautizado, confesarse o creer en algo. Asimismo, tendrán plena libertad para dejar sus ofrendas en las bolsas, cestillos o cepillos de la parroquia más cercana.

 

Msgr. Jean Bhobard

Obispo de la diócesis de Abandonnée du Nord (Canadá)’.

 

“El resultado fue asombroso", añadió el P. Épousthouflant, Vicario General encargado de Evangelización y Ecología. “No lo esperábamos, porque sólo queríamos acabar con la discriminación, pero resultó que, de la noche a la mañana, el número de católicos se triplicó, hasta llegar a los 2.327.615, el número exacto de habitantes de la demarcación diocesana. Podemos decir que, por primera vez en la historia, se ha cumplido la palabra de Dios que dice: id y haced discípulos de todos los pueblos”.

 

“Además, esta medida ha reforzado nuestra posición ante el gobierno de la región”, añadió el obispo, con gesto de satisfacción. “Ahora podemos decir que representamos al 100 % de los ciudadanos, ya que todos son católicos, así que ningún político puede desestimarnos. Vamos a pedir inmediatamente una subvención para modernizar el obispado”.

 

Según ha podido saber ECOS de la CAVERNA, otros obispos canadienses están preparándose para tomar una medida similar en sus respectivas diócesis. Asimismo, circulan rumores de que es prácticamente seguro que Mons. Bhobard obtenga el capelo cardenalicio en el próximo consistorio.

 

NOTA: Los contenidos de ECOS de la CAVERNA son de género humorístico y no deben tomarse en serio.

NOTATION: The contenideision of ECOS of the CAVERNEISION are ha-ha and not seriesion.


LA NOTE: ¡Vive l'Empereur Napoléon XIII!


NOTINI: La donna è mobile qual piuma al vento tralarí, tralará.


NOTÜNG: Deutschland, Deutschland über alles, tachín, tachín, tachán.

 

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Comienza el Sacrificio

(canto procesional de entrada)

 

Letra de Mons. Enrique Rau

 

Comienza el Sacrificio
sublime del altar.
Cantemos al que pronto
su Sangre nos va a dar.

La hostia está dispuesta
y el cáliz redentor
ya se alza sobre el ara.
¡Cantemos al Señor!

Por este Sacrificio
que es obra de tu amor,
la fe de nuestros padres
consérvanos, Señor.

 

La hostia está dispuesta
y el cáliz redentor
ya se alza sobre el ara.
¡Cantemos al Señor!

Música de un autor anónimo del siglo XVIII –Partitura: http://www.obispado-mdp.org.ar/musica/Comienza%20el%20sacrificio.pdf

 

Video (con la procesión y el canto de entrada): https://www.youtube.com/watch?v=o9khhxDZsYY

 

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Salmo 129

 

Canto de peregrinación.

Desde lo más profundo te invoco, Señor,

¡Señor, oye mi voz!

Estén tus oídos atentos

al clamor de mi plegaria.

Si tienes en cuenta las culpas, Señor,

¿quién podrá subsistir?

Pero en Ti se encuentra el perdón,

para que seas temido.

Mi alma espera en el Señor,

y yo confío en su palabra.

Mi alma espera al Señor,

más que el centinela la aurora.

Como el centinela espera la aurora,

espere Israel al Señor,

porque en Él se encuentra la misericordia

y la redención en abundancia:

Él redimirá a Israel

de todos sus pecados.

 

Fuente: El Libro del Pueblo de Dios (traducción argentina de la Biblia).

 

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“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

Contacto: feyrazon@gmail.com

 

 

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