Fe y Razón

Revista gratuita de teología y cultura católicas

Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización

Nº 131 – 2 de junio de 2017

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

(“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”)

Santo Tomás de Aquino

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Acerca de un No a la Bienaventurada Virgen María

Equipo de Dirección

Libros

Se publicó la segunda parte de una trilogía apologética de Daniel Iglesias Grèzes

Equipo de Dirección

Libros

Libros publicados o recomendados por Fe y Razón

Equipo de Dirección

Magisterio

El Espíritu que convence al mundo en lo referente al pecado

Papa San Juan Pablo II

Teología

La muerte cristiana –doctrina católica

Pbro. Dr. José María Iraburu

Espiritualidad

Aquí ríe el asceta –La hilaridad en el Santo Cura de Ars

Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola

Teología

Las buenas intenciones según el Card. Coccopalmerio

Lic. Néstor Martínez Valls

Teología

Budismo y cristianismo, como la noche y el día

Bruno M.

Teología

La nueva Iglesia de Rahner

Russell Ronald Reno

Apologética

Prólogo de “Y el Logos se hizo carne”

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Humor

Celebración de un congreso de escatología gatuna en el Vaticano

Cavernícola

Oración

Veni Sancte Spiritus

Misa de Pentecostés

 

 

Acerca de un No a la Bienaventurada Virgen María

 

Equipo de Dirección

 

El jueves 11/05/2017 la Junta Departamental de Montevideo, tras varias horas de debate, rechazó por 17 votos contra 14 el proyecto de colocación de una estatua de la Virgen María en la Rambla del Buceo. Dicho proyecto había sido presentado por el Intendente Daniel Martínez a pedido de grupos católicos. Los 14 ediles de la oposición votaron a favor del proyecto mientras que los 17 ediles del Frente Amplio (el partido de gobierno en los niveles nacional y departamental) votaron en contra. El Frente Amplio hizo valer la “disciplina partidaria”, vale decir: impuso a los ediles frenteamplistas la obligación de votar en contra de la estatua de la Virgen. Dos de los ediles frenteamplistas aclararon en sala que votaron negativamente por “disciplina partidaria”. Si hubieran votado según sus convicciones personales, el proyecto habría sido aprobado por 16 votos contra 15.

 

El mismo día 11/05/2017 la Arquidiócesis de Montevideo emitió una declaración por la negativa a la imagen de la Virgen en la Rambla, titulada “Un claro retroceso en el camino hacia una laicidad moderna, abierta y positiva”. A continuación reproducimos íntegramente el texto de esa declaración.

 

“Desde el retorno de la democracia en nuestro país se dieron pasos muy positivos en el camino hacia una laicidad entendida en sentido moderno, que dejaba enterradas antiguas controversias, discriminaciones, y sanaba heridas centenarias.

 

Mencionamos tan sólo algunos hechos en este sentido: el feriado declarado cuando la visita del Papa Juan Pablo II en 1987; la permanencia de la cruz de Tres Cruces; la apertura a la colaboración Estado-sociedad civil en la atención a los menores vulnerables o ancianos a través de multiplicidad de convenios entre instituciones del Estado y de la Iglesia; la participación del Arzobispo de Montevideo y de sacerdotes en la Comisión para la Paz creada por el presidente Batlle; el discurso del presidente Vázquez en la sede la Masonería sobre la laicidad y recientemente la invitación a participar del Diálogo Social.

 

La lista podría seguir en numerosos gestos que hacen a un sentido de apertura, comprensión mutua, y ayudan a entender que el hecho religioso es parte de lo humano, llamado por su misma naturaleza a expresarse en el ámbito público.

 

La petición de colocar una imagen de la Virgen María en la Rambla del Buceo, iniciativa de un grupo de ciudadanos católicos, avalada y presentada a las autoridades municipales por el Arzobispo de Montevideo, contó con la aprobación de la Intendenta Ana Olivera, del Intendente Daniel Martínez, de la Comisión de Patrimonio Cultural de la Nación, del Municipio CH y de la Comisión de Nomenclatura de la Junta Departamental.

 

La Junta Departamental acaba de votarla negativamente. Llama la atención que la bancada mayoritaria declarara el asunto como de ‘disciplina partidaria’ para que sus integrantes votaran unánimemente en contra.

 

El hecho de esta votación significa un claro retroceso en la laicidad entendida como apertura, pluralidad, posibilidad de manifestar, también a través de un monumento, una de las expresiones religiosas más queridas para un importante núcleo de la ciudadanía.

 

Es un claro acto de discriminación hacia la comunidad católica que nos retrotrae a más de un siglo de distancia, a tiempos de duros enfrentamientos que parecían ya superados.

 

La Iglesia Católica, Arquidiócesis de Montevideo, lamenta profundamente este hecho.

 

Al mismo tiempo, respetando la decisión que tomó la Junta Departamental, miramos hacia adelante. Queremos ser constructores de una ‘cultura del encuentro’, lo que supone compartir la pluralidad de visiones en la vida democrática desde la identidad de cada uno.”

 

Por nuestra parte, en Fe y Razón, a la vez que también lamentamos y deploramos la resolución de la Junta Departamental de Montevideo, pensamos que ésta es coherente con el camino de alejamiento de Dios, de Cristo y de su Iglesia que el Uruguay ha seguido desde hace muchas décadas, acelerando el paso en los últimos años, al propiciarse desde los Poderes del Estado una verdadera “reingeniería social anticristiana”. Baste recordar los principales “logros” del gobierno del Presidente Mujica (2010-2015), que convirtieron a ese primer mandatario en una celebridad mundial: legalización del aborto a petición, del “matrimonio homosexual”, de la reproducción humana artificial y de la producción y comercialización de marihuana.

 

La ciudad de Montevideo cuenta en sus espacios públicos con estatuas que homenajean a Iemanjá (una deidad de la religión umbandista) y a Confucio (el principal pensador de una religión china). Ni Iemanjá ni Confucio son obstáculos significativos para los proyectos anticristianos de la poderosa élite relativista y secularista. En cambio, la Virgen María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, es una adversaria formidable y temida de esos mismos proyectos; lo cual explica suficientemente la aparente dualidad de criterios de nuestros gobernantes departamentales.

 

Según un informe periodístico, el único sacerdote presente durante la sesión referida de la Junta Departamental, el Pbro. Pablo Coimbra, ecónomo de la Arquidiócesis de Montevideo, declaró: “Para mí esto es claramente un signo de discriminación a la comunidad católica. Cada uno sabrá su fundamentación y la grey católica sabrá lo que hacer con su voto”. Coincidimos con estas palabras, agregando esta precisión: cada católico sabrá qué hacer con su voto si se forma e informa adecuadamente, si es formado e informado adecuadamente. De lo contrario, muchos católicos continuarán dando su voto (a menudo decisivo) a proyectos políticos radicalmente anticristianos y deshumanizantes.

 

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Se publicó la segunda parte de una trilogía apologética de Daniel Iglesias Grèzes

 

Equipo de Dirección

 

Tenemos el agrado de anunciar que Daniel Iglesias Grèzes ha publicado un nuevo libro en Amazon: Y el Logos se hizo carne. Apologética católica en diálogo con los no cristianos (de 197 páginas). Se trata de la segunda parte de su trilogía apologética. La primera parte, titulada En el principio era el Logos. Apologética católica en diálogo con los no creyentes, fue publicada por la Editorial Vita Brevis en 2011. En el principio era el Logos estaba orientado a responder esta pregunta: ¿Por qué ser creyente? O sea, ¿qué razones hay para creer en Dios? Y el Logos se hizo carne, en cambio, está orientado a responder esta pregunta: ¿Por qué ser cristiano? O sea, ¿qué razones hay para creer en Cristo? Por lo tanto, en el nuevo libro el autor se dirige sobre todo a los creyentes, cristianos o no cristianos, con la esperanza de ayudarlos a conocer más en profundidad las razones que fundamentan la fe cristiana y la verdad sobre Dios y sobre el hombre revelada por y en Jesucristo.

 

En el Prólogo, el autor escribe lo siguiente: “Este libro no es un tratado sistemático, por lo cual deja de lado muchos temas relevantes… Es una colección de escritos de apologética cristiana… Por supuesto, hay muchas más razones para ser cristiano que las aquí expuestas. Ojalá la lectura de esta obra sea, al menos para algunos lectores, un estímulo para adentrarse en el gran océano de sabiduría de la apologética cristiana… Los cristianos debemos llevar la luz de Cristo, verdadera, buena y bella, a un mundo agobiado y oprimido por falta de fe y de esperanza. Es mi deseo que este libro contribuya a anunciar la Buena Noticia del Evangelio, para que la alegría y la paz de Cristo broten o rebroten en muchos corazones.”

 

La obra consta de un prólogo, 27 capítulos y un epílogo. A continuación indicamos los títulos de los distintos capítulos: 1. La historicidad de los Evangelios según la doctrina católica -2. El Nuevo Testamento fue escrito en el siglo I -3. Nueve descubrimientos arqueológicos que apoyan la historicidad del Nuevo Testamento -4. Testimonios no cristianos sobre Jesús -5. Nueva datación del Nuevo Testamento -6. El nacimiento de los Evangelios sinópticos -7. Diez argumentos contra la fuente Q -8. ¿Un nuevo método para la datación temprana del Nuevo Testamento? -9. Los milagros de Jesús -10. La multiplicación de los panes -11. Los dichos de Jesús sobre sus propios milagros -12. El dogma trinitario -13. La investigación histórica sobre Jesús -14. Objeciones contra la inspiración bíblica -15. Constantino no inventó el cristianismo -16. Cristo y Mitra -17. Dios reina en Jesucristo -18. La religión verdadera -19. Objeciones contra la Santísima Trinidad -20. Defensa de la escatología cristiana -21. La visión cristiana de la historia -22. El amor al enemigo -23. El hombre y la naturaleza -24. La reencarnación no existe -25. El Corán y la Santísima Trinidad -26. De la masonería -27. Hay un solo Dios.

 

Y el Logos se hizo carne está disponible en dos formatos:

·         como libro impreso en: https://www.createspace.com/7168578 (precio: US$ 9.00 más envío);

·         como libro electrónico en formato Kindle en: https://www.amazon.com/dp/B072J2M84M (precio: US$ 5.00).

 

Para leer este ebook no se requiere un dispositivo Kindle. Amazon ofrece la posibilidad de descargar fácilmente una aplicación gratuita llamada Kindle App, que permite leer libros Kindle en cualquier computadora, tablet o smartphone. Basta que ingreses tu número de teléfono móvil o tu dirección de email para que Amazon te envíe un enlace para descargar esa aplicación gratuita.  La opción Look inside permite ver algunas páginas del ebook, a modo de muestra gratis.

 

Los invitamos a comprar un ejemplar de este libro. En particular, optar por el ebook permite acceder inmediatamente a una obra que es el resultado de estudios, reflexiones y discusiones que el autor ha desarrollado a lo largo de muchos años de apostolado como apologista católico.

 

Rogamos a nuestros suscriptores y a nuestros lectores habituales que difundan este aviso. Desde ya muchas gracias.

 

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Libros publicados o recomendados por Fe y Razón

 

Equipo de Dirección

 

Libros de la Colección “Fe y Razón” disponibles en esta página de Lulu

(en dos versiones: impresa y electrónica; la versión electrónica es gratis)

 

1.      Miguel Antonio Barriola, “En tu palabra echaré la red” (Lc 5,5). Reflexiones sobre Dios en la historia

2.      Daniel Iglesias Grèzes, Razones para nuestra esperanza. Escritos de apologética católica

3.      Néstor Martínez Valls, Baúl apologético. Selección de trabajos filosóficos y teológicos publicados en “Fe y Razón”

4.      Guzmán Carriquiry Lecour, Realidad y perspectivas del laicado católico en nuestro tiempo

5.      Miguel Antonio Barriola, “Cristo amó a la Iglesia” (Ef 5,25). Reflexiones sobre la cristología de J. L. Segundo y la eclesiología de H. Küng

6.      Horacio Bojorge, Teologías deicidas. El pensamiento de Juan Luis Segundo en su contexto, Segunda edición

7.      Daniel Iglesias Grèzes, En el principio era el Logos. Apologética católica en diálogo con los no creyentes

8.      Daniel Iglesias Grèzes, Vosotros sois la sal de la tierra. El choque entre la civilización cristiana y la cultura de la muerte

9.      Daniel Iglesias Grèzes, Soy amado, luego existo. Reflexiones sobre el darwinismo, el diseño inteligente y la fe cristiana

10.  María Cristina Araújo Azarola, ¡Atrévanse a pensar! Selección de escritos filosóficos

11.  Néstor Martínez Valls, “No sin grave daño”. La necesidad urgente de la filosofía tomista en la Iglesia y en el mundo

           

Libros de la Colección “Fe y Razón” disponibles en Amazon (en formato electrónico)

 

12.  José María Iraburu, Comentarios sobre la Amoris Laetitia

13.  Néstor Martínez Valls, Comentarios sobre la Amoris Laetitia

 

Libros de Daniel Iglesias Grèzes disponibles en Amazon

 

Todo lo hiciste con sabiduría. Reflexiones sobre la fe cristiana y la ciencia contemporánea (impreso)

Todo lo hiciste con sabiduría. Reflexiones sobre la fe cristiana y la ciencia contemporánea (electrónico)

Columna y fundamento de la verdad. Reflexiones sobre la Iglesia y su situación actual (impreso)

Columna y fundamento de la verdad. Reflexiones sobre la Iglesia y su situación actual (electrónico)

Proclamad la Buena Noticia. Meditaciones sobre algunos puntos de la doctrina cristiana (impreso)

Proclamad la Buena Noticia. Meditaciones sobre algunos puntos de la doctrina cristiana (electrónico)

NUEVO: Y el Logos se hizo carne. Apologética católica en diálogo con los no cristianos (impreso)

NUEVO: Y el Logos se hizo carne. Apologética católica en diálogo con los no cristianos (electrónico)

 

Libros de Carlos Caso-Rosendi disponibles en Amazon (en formato electrónico)

 

Vademécum de Apologética Católica: cómo usar la Biblia para defender la fe

Arca de Gracia: La Virgen María en la Biblia

Ark of Grace: Our Blessed Mother in Holy Scripture

Arca de Graça: Nossa Senhora nas Sagradas Escrituras (traducción al portugués de Carlos Martins Nabeto)

 

Libros de la Fundación GRATIS DATE: en esta página están disponibles 69 libros de diversos autores. Todas las obras pueden descargarse gratuitamente en formato EPUB, MOBI, PDF o ZIP.

 

Libros de la Editorial Vita Brevis: el catálogo de esta editorial abarca 30 libros de diversos autores. Todas las obras pueden adquirirse en formato impreso o electrónico.

 

Otros libros recomendados (en formato electrónico)

 

José Alfredo Elía Marcos, ¿Superpoblación? La conjura contra la vida humana

 

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El Espíritu que convence al mundo en lo referente al pecado

 

Papa San Juan Pablo II

 

1. Pecado, justicia y juicio

 

27. Cuando Jesús, durante el discurso del Cenáculo, anuncia la venida del Espíritu Santo «a costa» de su partida y promete: «Si me voy, os lo enviaré», precisamente en el mismo contexto añade: «Y cuando Él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio».102 El mismo Paráclito y Espíritu de la verdad, que ha sido prometido como el que «enseñará» y «recordará», que «dará testimonio», que «guiará hasta la verdad completa», con las palabras citadas ahora es anunciado como el que «convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio».

 

Significativo parece también el contexto. Jesús relaciona este anuncio del Espíritu Santo con las palabras que indican su propia «partida» a través de la Cruz, e incluso subraya su necesidad: «Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito».103

 

Pero lo más interesante es la explicación que Jesús añade a estas palabras: pecado, justicia, juicio. Dice en efecto: «Él convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia, porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado».104

 

En el pensamiento de Jesús el pecado, la justicia y el juicio tienen un sentido muy preciso, distinto del que quizás alguno sería propenso a atribuir a estas palabras, independientemente de la explicación de quien habla. Esta explicación indica también cómo conviene entender aquel «convencer al mundo», que es propio de la acción del Espíritu Santo. Aquí es importante tanto el significado de cada palabra, como el hecho de que Jesús las haya unido entre sí en la misma frase.

 

En este pasaje «el pecado» significa la incredulidad que Jesús encontró entre los «suyos», empezando por sus conciudadanos de Nazaret. Significa el rechazo de su misión que llevará a los hombres a condenarlo a muerte. Cuando seguidamente habla de «la justicia», Jesús parece que piensa en la justicia definitiva, que el Padre le dará rodeándolo con la gloria de la resurrección y de la ascensión al cielo: «Voy al Padre». A su vez, en el contexto del «pecado» y de la «justicia» entendidos así, «el juicio» significa que el Espíritu de la verdad demostrará la culpa del «mundo» en la condena de Jesús a la muerte en Cruz. Sin embargo, Cristo no vino al mundo sólo para juzgarlo y condenarlo: Él vino para salvarlo.105 El convencer en lo referente al pecado y a la justicia tiene como finalidad la salvación del mundo y la salvación de los hombres. Precisamente esta verdad parece estar subrayada por la afirmación de que «el juicio» se refiere solamente al «Príncipe de este mundo», es decir, Satanás, el cual desde el principio explota la obra de la creación contra la salvación, contra la alianza y la unión del hombre con Dios: él está «ya juzgado» desde el principio. Si el Espíritu Paráclito debe convencer al mundo precisamente en lo referente al juicio, es para continuar en él la obra salvífica de Cristo.

 

28. Queremos concentrar ahora nuestra atención principalmente sobre esta misión del Espíritu Santo, que consiste en «convencer al mundo en lo referente al pecado», pero respetando al mismo tiempo el contexto de las palabras de Jesús en el Cenáculo. El Espíritu Santo, que recibe del Hijo la obra de la Redención del mundo, recibe con ello mismo la tarea del salvífico «convencer en lo referente al pecado». Este convencer se refiere constantemente a la «justicia», es decir, a la salvación definitiva en Dios, al cumplimiento de la economía que tiene como centro a Cristo crucificado y glorificado. Y esta economía salvífica de Dios sustrae, en cierto modo, al hombre del «juicio», o sea de la condenación, con la que ha sido castigado el pecado de Satanás, «Príncipe de este mundo», quien por razón de su pecado se ha convertido en «dominador de este mundo tenebroso»106 y he aquí que, mediante esta referencia al «juicio», se abren amplios horizontes para la comprensión del «pecado» así como de la «justicia». El Espíritu Santo, al mostrar en el marco de la Cruz de Cristo «el pecado» en la economía de la salvación (podría decirse «el pecado salvado»), hace comprender que su misión es la de «convencer» también en lo referente al pecado que ya ha sido juzgado definitivamente («el pecado condenado»).

 

29. Todas las palabras pronunciadas por el Redentor en el Cenáculo la víspera de su pasión se inscriben en la era de la Iglesia: ante todo, las dichas sobre el Espíritu Santo como Paráclito y Espíritu de la verdad. Éstas se inscriben en ella de un modo siempre nuevo a lo largo de cada generación y de cada época. Esto ha sido confirmado, respecto a nuestro siglo, por el conjunto de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, especialmente en la Constitución pastoral Gaudium et spes. Muchos pasajes de este documento señalan con claridad que el Concilio, abriéndose a la luz del Espíritu de la verdad, se presenta como el auténtico depositario de los anuncios y de las promesas hechas por Cristo a los apóstoles y a la Iglesia en el discurso de despedida; de modo particular, del anuncio según el cual el Espíritu Santo debe «convencer al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio».

 

Esto lo señala ya el texto en el que el Concilio explica cómo entiende el «mundo»: «Tiene, pues, ante sí la Iglesia (el Concilio mismo) al mundo, esto es la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito divino y llegue a su consumación».107 Respecto a este texto tan sintético es necesario leer en la misma Constitución otros pasajes, que tratan de mostrar con todo el realismo de la fe la situación del pecado en el mundo contemporáneo y explicar también su esencia partiendo de diversos puntos de vista.108

 

Cuando Jesús, la víspera de Pascua, habla del Espíritu Santo, que «convencerá al mundo en lo referente al pecado», por un lado se debe dar a esta afirmación el alcance más amplio posible, porque comprende el conjunto de los pecados en la historia de la humanidad. Por otro lado, sin embargo, cuando Jesús explica que este pecado consiste en el hecho de que «no creen en Él», este alcance parece reducirse a los que rechazaron la misión mesiánica del Hijo del Hombre, condenándolo a la muerte de Cruz. Pero es difícil no advertir que este aspecto más «reducido» e históricamente preciso del significado del pecado se extiende hasta asumir un alcance universal por la universalidad de la Redención, que se ha realizado por medio de la Cruz. La revelación del misterio de la Redención abre el camino a una comprensión en la que cada pecado, realizado en cualquier lugar y momento, hace referencia a la Cruz de Cristo y, por tanto, indirectamente también al pecado de quienes «no han creído en Él», condenando a Jesucristo a la muerte de Cruz.

 

Desde este punto de vista es conveniente volver al acontecimiento de Pentecostés.

 

2. El testimonio del día de Pentecostés

 

30. El día de Pentecostés encontraron su más exacta y directa confirmación los anuncios de Cristo en el discurso de despedida y, en particular, el anuncio del que estamos tratando: «El Paráclito... convencerá al mundo en la referente al pecado». Aquel día, sobre los apóstoles recogidos en oración junto a María, Madre de Jesús, bajó el Espíritu Santo prometido, como leemos en los Hechos de los Apóstoles: «Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse»,109 «volviendo a conducir de este modo a la unidad las razas dispersas, ofreciendo al Padre las primicias de todas las naciones».110

 

Es evidente la relación entre este acontecimiento y el anuncio de Cristo. En él descubrimos el primero y fundamental cumplimiento de la promesa del Paráclito. Éste viene, enviado por el Padre, «después» de la partida de Cristo, como «precio» de ella. Ésta es primero una partida a través de la muerte de Cruz, y luego, cuarenta días después de la resurrección, con su ascensión al Cielo. Aún en el momento de la Ascensión Jesús mandó a los apóstoles «que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre»; «seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días»; «recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra».111

 

Estas palabras últimas encierran un eco o un recuerdo del anuncio hecho en el Cenáculo. Y el día de Pentecostés este anuncio se cumple fielmente. Actuando bajo el influjo del Espíritu Santo, recibido por los apóstoles durante la oración en el Cenáculo, ante una muchedumbre de diversas lenguas congregada para la fiesta, Pedro se presenta y habla. Proclama lo que ciertamente no habría tenido el valor de decir anteriormente: «Israelitas... Jesús de Nazaret, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros... a éste, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros lo matasteis clavándolo en la cruz por mano de los impíos; a éste, pues, Dios lo resucitó librándolo de los dolores de la muerte, pues no era posible que quedase bajo su dominio».112

 

Jesús había anunciado y prometido: «Él dará testimonio de mí... pero también vosotros daréis testimonio». En el primer discurso de Pedro en Jerusalén este «testimonio» encuentra su claro comienzo: es el testimonio sobre Cristo crucificado y resucitado, el testimonio del Espíritu Paráclito y de los apóstoles. Y en el contenido mismo de aquel primer testimonio, el Espíritu de la verdad por boca de Pedro «convence al mundo en lo referente al pecado»: ante todo, respecto al pecado que supone el rechazo de Cristo hasta la condena a muerte y hasta la Cruz en el Gólgota. Proclamaciones de contenido similar se repetirán, según el libro de los Hechos de los Apóstoles, en otras ocasiones y en distintos lugares.113

 

31. Desde este testimonio inicial de Pentecostés, la acción del Espíritu de la verdad, que «convence al mundo en lo referente al pecado» del rechazo de Cristo, está vinculada de manera inseparable al testimonio del misterio pascual: misterio del Crucificado y Resucitado. En esta vinculación el mismo «convencer en lo referente al pecado» manifiesta la propia dimensión salvífica. En efecto, es un «convencimiento» que no tiene como finalidad la mera acusación del mundo, ni mucho menos su condena. Jesucristo no ha venido al mundo para juzgarlo y condenarlo, sino para salvarlo.114 Esto está ya subrayado en este primer discurso cuando Pedro exclama: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado».115 Y a continuación, cuando los presentes preguntan a Pedro y a los demás apóstoles: «¿Qué hemos de hacer, hermanos?», él les responde: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo».116

 

De este modo el «convencer en lo referente al pecado» llega a ser a la vez un convencer sobre la remisión de los pecados, por virtud del Espíritu Santo. Pedro en su discurso de Jerusalén exhorta a la conversión, como Jesús exhortaba a sus oyentes al comienzo de su actividad mesiánica.117 La conversión exige la convicción del pecado, contiene en sí el juicio interior de la conciencia, y éste, siendo una verificación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: «Recibid el Espíritu Santo».118 Así pues en este «convencer en lo referente al pecado» descubrimos una doble dádiva: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito. El convencer en lo referente al pecado, mediante el ministerio de la predicación apostólica en la Iglesia naciente, es relacionado bajo el impulso del Espíritu derramado en Pentecostés con el poder redentor de Cristo crucificado y resucitado. De este modo se cumple la promesa referente al Espíritu Santo hecha antes de Pascua: «recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros». Por tanto, cuando Pedro, durante el acontecimiento de Pentecostés, habla del pecado de aquellos que «no creyeron»119 y entregaron a una muerte ignominiosa a Jesús de Nazaret, da testimonio de la victoria sobre el pecado; victoria que se ha alcanzado, en cierto modo, mediante el pecado más grande que el hombre podía cometer: la muerte de Jesús, Hijo de Dios, consubstancial al Padre. De modo parecido, la muerte del Hijo de Dios vence la muerte humana: «Seré tu muerte, oh muerte»,120 pues el pecado de haber crucificado al Hijo de Dios «vence» el pecado humano; aquel pecado que se consumó el día de Viernes Santo en Jerusalén y también cada pecado del hombre. Pues, al pecado más grande del hombre corresponde, en el corazón del Redentor, la oblación del amor supremo, que supera el mal de todos los pecados de los hombres. Con base en esta creencia, la Iglesia en la liturgia romana no duda en repetir cada año, en el transcurso de la vigilia Pascual, «Oh feliz culpa»en el anuncio de la resurrección hecho por el diácono con el canto del «Exsultet».

 

32. Sin embargo, de esta verdad inefable nadie puede «convencer al mundo», al hombre y a la conciencia humana, sino el Espíritu de la verdad. Él es el Espíritu que «sondea hasta las profundidades de Dios».121 Ante el misterio del pecado se deben sondear totalmente «las profundidades de Dios». No basta sondear la conciencia humana, como misterio íntimo del hombre, sino que se debe penetrar en el misterio íntimo de Dios, en aquellas «profundidades de Dios» que se resumen en la síntesis: al Padre, en el Hijo, por medio del Espíritu Santo. Es precisamente el Espíritu Santo quien las «sondea» y de ellas saca la respuesta de Dios al pecado del hombre. Con esta respuesta se cierra el procedimiento de «convencer en lo referente al pecado», como pone en evidencia el acontecimiento de Pentecostés.

 

Al convencer al «mundo» del pecado del Gólgota la muerte del Cordero inocente, como sucede el día de Pentecostés, el Espíritu Santo convence también de todo pecado cometido en cualquier lugar y momento de la historia del hombre, pues demuestra su relación con la cruz de Cristo. El «convencer» es la demostración del mal del pecado, de todo pecado, en relación con la Cruz de Cristo. El pecado, presentado en esta relación, es reconocido en la dimensión completa del mal, que le es característica por el «misterio de la impiedad»122 que contiene y encierra en sí. El hombre no conoce esta dimensión, no la conoce absolutamente fuera de la Cruz de Cristo. Por consiguiente, no puede ser «convencido» de ello sino es por el Espíritu Santo: Espíritu de la verdad y, a la vez, Paráclito.

 

En efecto, el pecado, puesto en relación con la Cruz de Cristo, al mismo tiempo es identificado por la plena dimensión del «misterio de la piedad»,123 como ha señalado la Exhortación Apostólica postsinodal Reconciliatio et paenitentia.124 El hombre tampoco conoce absolutamente esta dimensión del pecado fuera de la Cruz de Cristo. Y tampoco puede ser «convencido» de ella sino por el Espíritu Santo, quien sondea las profundidades de Dios.

 

(…)

 

6. El pecado contra el Espíritu Santo

 

46. En el marco de lo dicho hasta ahora, resultan más comprensibles otras palabras, impresionantes y desconcertantes, de Jesús. Las podríamos llamar las palabras del «no-perdón»Nos las refieren los Sinópticos respecto a un pecado particular que es llamado «blasfemia contra el Espíritu Santo». Así han sido referidas en su triple redacción:

 

Mateo«Todo pecado y blasfemia se perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Y al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro».180

 

Marcos«Se perdonará todo a los hijos de los hombres, los pecados y las blasfemias, por muchas que éstas sean. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca, antes bien, será reo de pecado eterno».181

 

Lucas«A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará».182

 

¿Por qué la blasfemia contra el Espíritu Santo es imperdonable? ¿Cómo se entiende esta blasfemia? Responde Santo Tomás de Aquino que se trata de un pecado «irremisible según su naturaleza, en cuanto excluye aquellos elementos gracias a los cuales se da la remisión de los pecados».183

 

Según esta exégesis la «blasfemia» no consiste en el hecho de ofender con palabras al Espíritu Santo; consiste, por el contrario, en el rechazo de aceptar la salvación que Dios ofrece al hombre por medio del Espíritu Santo, que actúa en virtud del sacrificio de la Cruz. Si el hombre rechaza aquel «convencer sobre el pecado», que proviene del Espíritu Santo y tiene un carácter salvífico, rechaza a la vez la «venida» del Paráclito, aquella «venida» que se ha realizado en el misterio pascual, en unidad con la fuerza redentora de la Sangre de Cristo: la Sangre que «purifica nuestra conciencia de las obras muertas».

 

Sabemos que un fruto de esta purificación es la remisión de los pecados. Por tanto, el que rechaza el Espíritu y la Sangre permanece en las «obras muertas», o sea en el pecado. Y la blasfemia contra el Espíritu Santo consiste precisamente en el rechazo radical de aceptar esta remisión, de la que el mismo Espíritu es el íntimo dispensador y que presupone la verdadera conversión obrada por Él en la conciencia. Si Jesús afirma que la blasfemia contra el Espíritu Santo no puede ser perdonada ni en esta vida ni en la futura, es porque esta «no-remisión» está unida, como causa suya, a la «no-penitencia», es decir al rechazo radical del convertirse. Esto significa el rechazo a acudir a las fuentes de la Redención, las cuales, sin embargo, quedan «siempre» abiertas en la economía de la salvación, en la que se realiza la misión del Espíritu Santo. El Paráclito tiene el poder infinito de sacar de estas fuentes: «recibirá de lo mío», dijo Jesús. De este modo el Espíritu completa en las almas la obra de la Redención realizada por Cristo, distribuyendo sus frutos. Ahora bien la blasfemia contra el Espíritu Santo es el pecado cometido por el hombre, que reivindica un pretendido «derecho de perseverar en el mal» en cualquier pecado y rechaza así la Redención. El hombre queda encerrado en el pecado, haciendo imposible por su parte la conversión y, por consiguiente, también la remisión de sus pecados, que considera no esencial o sin importancia para su vida. Ésta es una condición de ruina espiritual, dado que la blasfemia contra el Espíritu Santo no permite al hombre salir de su auto-prisión y abrirse a las fuentes divinas de la purificación de las conciencias y de la remisión de los pecados.

 

47. La acción del Espíritu de la verdad, que tiende al salvífico «convencer en lo referente al pecado», encuentra en el hombre que se halla en esta condición una resistencia interior, como una impermeabilidad de la conciencia, un estado de ánimo que podría decirse consolidado en razón de una libre elección: es lo que la Sagrada Escritura suele llamar «dureza de corazón».184 En nuestro tiempo a esta actitud de mente y corazón corresponde quizás la pérdida del sentido del pecado, a la que dedica muchas páginas la Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia.185 Anteriormente el Papa Pío XII había afirmado que «el pecado de nuestro siglo es la pérdida del sentido del pecado»186 y esta pérdida está acompañada por la «pérdida del sentido de Dios». En la citada Exhortación leemos: «En realidad, Dios es la raíz y el fin supremo del hombre y éste lleva en sí un germen divino. Por ello, es la realidad de Dios la que descubre e ilumina el misterio del hombre. Es vano, por lo tanto, esperar que tenga consistencia un sentido del pecado respecto al hombre y a los valores humanos, si falta el sentido de la ofensa cometida contra Dios, o sea, el verdadero sentido del pecado».187 La Iglesia, por consiguiente, no cesa de implorar a Dios la gracia de que no disminuya la rectitud en las conciencias humanas, que no se atenúe su sana sensibilidad ante el bien y el mal. Esta rectitud y sensibilidad están profundamente unidas a la acción íntima del Espíritu de la verdad. Con esta luz adquieren un significado particular las exhortaciones del Apóstol: «No extingáis el Espíritu», «no entristezcáis al Espíritu Santo».188 Pero la Iglesia, sobre todo, no cesa de suplicar con gran fervor que no aumente en el mundo aquel pecado llamado por el Evangelio blasfemia contra el Espíritu Santo; antes bien que retroceda en las almas de los hombres y también en los mismos ambientes y en las distintas formas de la sociedad, dando lugar a la apertura de las conciencias, necesaria para la acción salvífica del Espíritu Santo. La Iglesia ruega que el peligroso pecado contra el Espíritu deje lugar a una santa disponibilidad a aceptar su misión de Paráclito, cuando viene para «convencer al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio».

 

48. Jesús en su discurso de despedida ha unido estos tres ámbitos del «convencer» como componentes de la misión del Paráclito: el pecado, la justicia y el juicio. Ellos señalan la dimensión de aquel misterio de la piedad, que en la historia del hombre se opone al pecado, es decir al misterio de la impiedad.189 Por un lado, como expresa San Agustín, existe el «amor de uno mismo hasta el desprecio de Dios»; por el otro, existe el «amor de Dios hasta el desprecio de uno mismo».190 La Iglesia eleva sin cesar su oración y ejerce su ministerio para que la historia de las conciencias y la historia de las sociedades en la gran familia humana no se abajen al polo del pecado con el rechazo de los mandamientos de Dios «hasta el desprecio de Dios», sino que, por el contrario, se eleven hacia el amor en el que se manifiesta el Espíritu que da la vida.

 

Los que se dejan «convencer en lo referente al pecado» por el Espíritu Santo, se dejan convencer también en lo referente a «la justicia y el juicio». El Espíritu de la verdad que ayuda a los hombres, a las conciencias humanas, a conocer la verdad del pecado, a la vez hace que conozcan la verdad de aquella justicia que entró en la historia del hombre con Jesucristo. De este modo, los que, «convencidos en lo referente al pecado», se convierten bajo la acción del Paráclito son conducidos, en cierto modo, fuera del ámbito del «juicio»: de aquel «juicio» mediante el cual «el Príncipe de este mundo está juzgado».191 La conversión, en la profundidad de su misterio divino-humano, significa la ruptura de todo vínculo mediante el cual el pecado ata al hombre en el conjunto del misterio de la impiedad. Los que se convierten, pues, son conducidos por el Espíritu Santo fuera del ámbito del «juicio» e introducidos en aquella justicia que está en Cristo Jesús, porque la «recibe» del Padre,192 como un reflejo de la santidad trinitaria. Ésta es la justicia del Evangelio y de la Redención, la justicia del Sermón de la montaña y de la Cruz, que realiza la purificación de la conciencia por medio de la Sangre del Cordero. Es la justicia que el Padre da al Hijo y a todos aquellos que se han unido a Él en la verdad y en el amor.

 

En esta justicia el Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo, que «convence al mundo en lo referente al pecado» se manifiesta y se hace presente al hombre como Espíritu de vida eterna.

 

(Papa Juan Pablo II, Carta encíclica Dominum et Vivificantem sobre el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y del mundo, 18 de mayo de 1986, solemnidad de Pentecostés; nn. 27-32 y 46-48).

 

Notas

 

102 Jn 16,7.

103 Jn 16,7.

104 Jn 16,8-11.

105 Cf. Jn 3,17; 12,47.

106 Cf. Ef 6,12.

107 Const past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 2.

108 Cf. Ibid., 10, 13, 27, 37, 63, 73, 79, 80.

109 Act 2,4.

110 Cf. S. Ireneo, Adversus haereses, III, 17, 2: SC 211, p. 330-332.

111 Act 1,4.5.8.

112 Act 2,22-24.

113 Cf. Act 3,14s; 4,10.27s; 7,52; 10,39; 13,28s; etc.

114 Cf. Jn 3,17; 12,47.

115 Act 2,36.

116 Act 2,37s.

117 Cf. Mc 1,15.

118 Jn 20,22.

119 Cf. Jn 16,9.

120 Os 13,14 Vg; cf. 1 Cor 15,55.

121 Cf. 1 Cor 2,10.

122 Cf. 2 Tes 2,7.

123 Cf. 1 Tim 3,16.

124 Cf. Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de 1984), 19-22: AAS 77 (1985), pp. 229-233.

(…)

180 Mt 12,31s.

181 Mc 3,28s.

182 Lc 12,10.

183 S. Tomás De Aquino, Summa Theol. IIa-IIae, q. 14, a. 3; cf. S. Agustín, Epist. 185, 11, 48-49: PL 33, 814 s.; S. Buenaventura, Comment. in Evang. S. Lucae cap. XIV, 15-16: Ad Claras Aquas, VII, pp. 314 s.

184 Cf. Sal 81[80],13; Jer 7,24, Mc 3,5.

185 Juan Pablo II, Exhort. Apost. postsinodal Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de 1984), 18: AAS 77 (1985), pp. 224-228.

186 Pío XII, Radiomensaje al Congreso Catequístico Nacional de los Estados Unidos de América en Boston (26 de octubre de 1946): Discursos y radiomensajes, VIII (1946), 288.

187 Juan Pablo II, Exhort. Apost. postsinodal Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de 1984), 18: AAS 77 (1985), pp. 225s.

188 1 Tes 5,19; Ef 4,30.

189 Juan Pablo II, Exhort. Apost. postsinodal Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de 1984), 14-22: AAS 77 (1985), pp. 211-233.

190 Cf. S. Agustín, De Civitate Dei, XIV, 28: CCL 48, 451.

191 Cf. Jn 16,11.

192 Cf. Jn 16,15.

 

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La muerte cristiana –doctrina católica

 

José María Iraburu, sacerdote

 

–«Pecador me concibió mi madre» (Salmo 50).

–Y si nos concibió pecadores, nos dio una vida mortal.

 

Inicio esta serie de artículos recordando las verdades fundamentales de la fe cristiana acerca de la muerte. En un primer acercamiento a este misterio, recordaré sobre todo la enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica, que citaré entre corchetes […].

 

–El enigma indescifrable de la muerte

 

Es un misterio que la mente humana, reducida a sus facultades naturales, no alcanza a conocer. «Frente a la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su cumbre» (Vaticano II, Gaudium et Spes 18).

 

Las religiones paganas, tan diversas entre sí, intuyen a veces algún modo de supervivencia del ser humano después de la muerte. Pero lo que enseñan carece de certezas; son  ideas que se mueven entre nieblas y tinieblas.

 

La reencarnación (metempsicosis: meta, después –psiche, espíritu) es una de las creencias más difundidas en las religiones, sobre todo en las orientales –hinduismo, budismo, taoísmo, sintoísmo– y en sus múltiples versiones y derivaciones. Pero también se hallan sus intuiciones en religiones de África, América y Oceanía. El espíritu, después de la muerte, pasa a otros cuerpos, también mortales, en encarnaciones sucesivas, que habrían de ocasionar progresos indefinidos, hasta que se detiene el ciclo de la rueda, alcanzando una liberación final estable, cuya noción varía de unas religiones a otras.

 

Las filosofías desfallecen ante el enigma de la muerte, incapaces de descifrarlo. Los más grandes de la antigüedad, como Platón (el Fedón), llegaron a conocer la inmortalidad del alma, pero no la de los cuerpos, cuya corrupción en la muerte es evidente.

 

Narra San Lucas que el Apóstol, en uno de sus viajes misioneros, habló en el Areópago de Atenas. Y que «cuando oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se echaron a reír, y otros dijeron: “Ya te oiremos sobre esto en otra ocasión”. Así salió Pablo de en medio de ellos» (Hechos 17,32-33).

 

Los filósofos y científicos modernos no suelen tratar de la muerte ni aventuran ideas sobre el enigma al que la muerte conduce. Renuncian a hablar de lo que consideran incognoscible, pues su estudio experimental es imposible. Teósofos, espiritistas y otros, que no son filósofos ni científicos, sí hablan, pero hablan falsamente de lo que ignoran. Sólo el Cristianismo, por revelación de Dios en Cristo, tiene un conocimiento verdadero y cierto de la muerte, de su origen y de los posibles estados post-mortem.

 

Doctrina cristiana sobre la muerte

 

En la muerte el alma se separa del cuerpo. Y se reunirá con su cuerpo el día de la resurrección de los muertos» [1005], cuando vuelva Cristo, en la Parusía.

 

+«La muerte es el final de la vida terrena. Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y, como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida» [1007].

 

+El hombre se hace mortal a causa del pecado. Dios no hizo la muerte, cuando crea al hombre a su imagen y semejanzaPero por eso mismo lo crea libre, y su libertad creada es falible. Y dice al hombre y a la mujer sobre el árbol que hay en medio del paraíso: «No comáis de él, ni lo toquéis siquiera, no vayáis a morir» (Génesis 3,3). Pero Adán y Eva, engañados por el diablo, comen del fruto prohibido, y al separarse de Dios por la desobediencia, siendo Dios la fuente de la vida, se hacen mortales ellos y toda su descendencia. «El hombre se habría liberado de la muerte temporal si no hubiera pecado» (Vaticano II, Gaudium et Spes 18). «Dios no hizo la muerte, ni se goza con la pérdida de los vivientes. Pues Él creó todas las cosas para la existencia e hizo saludables a todas sus criaturas, y no hay en ellas principio de muerte, ni el reino del Hades impera sobre la tierra. Porque la justicia no está sometida a la muerte» (Sabiduría 1,13-15), «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres» (Romanos 5,12). «La paga del pecado es la muerte, mientras que el don de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Romanos 6,23).

 

+El Hijo de Dios se hizo mortal al encarnarse. Muriendo por nosotros, venció a la muerte, y resucitando, restauró la vida.  «Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicia de los que mueren. Porque como por un hombre [Adán] vino la muerte, también por un hombre [el nuevo Adán] vino la resurrección de los muertos. Y como en Adán hemos muerto todos, así también en Cristo somos todos vivificados» (1Corintios 15,20-22). Cristo «es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, porque en Él fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra… Él es el principio, el primogénito de los muertos [resucitados], para que tenga la primacía sobre todas las cosas» (Colosenses 1,13-20).

 

+«La muerte fue transformada por Cristo. Jesús, el Hijo de Dios, sufrió también la muerte, propia de la condición humana. Pero, a pesar de su angustia frente a ella (Mc 14,33-34; Heb 5,7-8), la asumió en un acto de sometimiento al Padre totalmente libre y voluntario. De este modo la obediencia de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición (Rm 5,19-21)» [1009].

 

+Los que mueren en la gracia de Cristo participan en su muerte, y también en su resurrección.

«Con Él hemos sido sepultados por el bautismo, para participar en su muerte, para que como Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si hemos sido injertados en Él por la semejanza de su muerte, también lo seremos por la de su resurrección… Si hemos muerto con Cristo, también viviremos con Él» (Romanos 6,4-8). «Deseo partir [del cuerpo, de este mundo] para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor» (Filipenses 3,10-11).

 

+La muerte es «el último enemigo» del hombre que será vencido (1Corintios 15,26). «Dios erigirá su tabernáculo entre los hombres, y ellos serán su pueblo y el mismo Dios será con ellos, y enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado. Y dijo el que estaba sentado en el trono: “He aquí que hago nuevas todas las cosas”» (Apocalipsis 21,3-5).

 

+«Creemos que hemos de ser resucitados por Él en el último día en esta carne en que ahora vivimos» (fin del siglo V, Fe de DámasoDenzinger 72).

 

El alma humana

 

El alma es una substancia creada por Dios, infundida directamente por Él en la misma concepción sagrada del ser humano. Es espiritual y es inmortal (Vaticano II, Gaudium et Spes 14), pues «lleva en sí la semilla de la eternidad, al ser irreductible a la sola materia» (ib. 18). «El alma racional verdadera y esencialmente informa al mismo cuerpo» (Concilio de Viena, año 1311, Denzinger 900); es decir, «vivifica todo el cuerpo, lo une y lo mueve» (Vaticano II, Lumen Gentium 17)Por eso, cuando el alma es separada del cuerpo, el hombre muere [cf. 1005].

 

Esta definición cristiana de la muerte no podría sostenerse si fuera imposible la existencia del alma separada, como algunos teólogos afirman hoy contra la fe de la Iglesia. Podría decirse de ellos que sufren una cierta alergia intelectual al concepto y a la palabra «alma». El profesor salmantino José Román Flecha, por ejemplo, en su Teología moral fundamental, no emplea en su obra nunca el término ‘alma’. Por otra parte,  los que no mencionan el alma, menos aún suelen admitir la posible existencia del alma separada, con lo que vienen a negar la escatología intermedia, el purgatorio.

 

La Congregación de la Fe, aunque parezca increíble, hubo de reafirmar en 1979 (17-V) el concepto y término de «alma». «Para designar este elemento [espiritual] la Iglesia emplea la palabra alma, consagrada por el uso de la Sagrada Escritura y de la tradición. Aunque ella no ignora que este término tiene en la Biblia diversas acepciones, opina sin embargo que no se da razón alguna válida para rechazarlo, y considera al mismo tiempo que un término verbal es absolutamente indispensable para sostener la fe de los cristianos». Ya el Sínodo XV de Toledo (688) dice: «¿Quién no sabe que el hombre consta de dos substancias, la del alma y la del cuerpo?» (y cita 2Corintios 4,16 y Salmos 63,2: Denzinger 567; cf. 657, 800, 856s, 900, 991, 1304s, 1440, 2766, 2812, 3002; Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 8).

 

La razón y la fe conocen que hay en el hombre una dualidad entre alma y cuerpo (soma y psykhé). No es ésta una antropología platónica dualista (el hombre es el alma; el alma preexiste al cuerpo; la ascesis libera al alma del cuerpo; el alma es inmortal, pero el cuerpo muere para siempre). No es eso. El hombre es la unión substancial de dos coprincipios, alma y cuerpo, uno espiritual e inmortal y otro material y corruptible, que resucitará en el último día.

 

Los libros más tardíos del Antiguo Testamento y más claramente el Nuevo Testamento conocen la dualidad alma-cuerpo (soma-psykhé, Mateo 10,28; soma-pneuma, 1Corintios 5,3; cf. Sabiduría 9,15; 1Corintios 9,27; 2Corintios 5,6-10; Filipenses 1,21; Santiago 1,26; 3,2-3). Y la razón natural, de otro lado, sabe que hay «algo» que, al paso de los años, guarda la identidad de la persona, aunque el cuerpo renueve todas sus células, y aunque el cuerpo quede paralizado o enfermo. Sabe que el conocimiento, la reflexión, el arte, la religión, son procesos espirituales que, como la libertad, no pueden ser reducidos a la materia. Las diferentes culturas antiguas de la tierra, de un modo u otro, han distinguido en el hombre el espíritu y el cuerpo. Son el ka y el ba (Egipto), el po’h y el hun (China), el asa y el manas (Vedas), el animus y el anima (Roma). Y las lenguas modernas se refieren a un principio espiritual único, expresado en palabras sutiles, delicadas, que sugieren un vuelo: seele (alemán), aliento; soul (inglés), suspiro; alma; âme (francés).

 

–El gozo de la muerte cristiana

 

Enseña el Catecismo: «Gracias a Cristo, la muerte cristiana tiene un sentido positivo. “Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia” (Filip 1,21). “Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con Él, también viviremos con Él” (2Tim 2,11). La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente “muerto con Cristo”, para vivir una vida nueva. Y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este “morir con Cristo” y perfecciona así nuestra incorporación a Él en su acto redentor: “Para mí es mejor morir en Cristo Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a Él, que ha muerto por nosotros; lo quiero a Él, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima… Dejadme recibir la luz pura. Cuando yo llegue allí, seré un hombre” (San Ignacio de Antioquía, Rom 6,12)»  [1010].

 

«En la muerte Dios llama al hombre hacia Sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de San Pablo: “deseo partir y estar con Cristo” (Filip 1,23); y puede transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de Cristo (cf. Lc 23,46): “Mi deseo terreno ha desaparecido; … hay en mí un agua viva que murmura y que dice desde dentro de mí ‘ven al Padre’” (San Ignacio de Antioquía, Rom 7,2). “Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir” (Santa Teresa de Jesús, Poesía 7). “Yo no muero, entro en la vida” (Santa Teresa del Niño Jesús, Lettre 9-VI-1897)» [1011]

 

«La visión cristiana de la muerte se expresa de modo privilegiado en la liturgia de la Iglesia  (cf. 1Tes 4,13-14): “La vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo” (Misal Romano, Prefacio de difuntos)» [1012].

 

«La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino. Cuando ha tenido fin “el único curso de nuestra vida terrena” (LG 48), ya no volveremos a otras vidas  terrenas. “Está establecido que los hombres mueran una sola vez” (Heb 9,27). No hay reencarnación después de la muerte» [1013].

 

La vida santa lleva a una muerte santa

 

«La Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte: (“de la muerte repentina e imprevista, líbranos Señor”, Letanías de los santos); a pedir  a la Madre de Dios que interceda por nosotros “en la hora de nuestra muerte” (Ave María); y a confiarnos a San José, Patrono de la buena muerte. “Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás aparejado, ¿cómo lo estarás mañana?” (Imitación de Cristo 1,23,1). “Y por la hermana muerte, ¡loado mi Señor! –Ningún viviente escapa de su persecución; –¡ay si en pecado grave sorprende al pecador! –¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!” (San Francisco de Asís, Cántico al hermano Sol [1014].

 

Santa Teresa de Jesús

 

Terminemos escuchando la voz maravillosa de esta Doctora de la Iglesia.

 

* «Véante mis ojos – dulce Jesús bueno; – véante mis ojos, – muérame yo luego.

Vea quien quisiere – rosas y jazmines, – que, si yo te viere, – veré mil jardines; –flor de serafines, – Jesús Nazareno, – véante mi ojos, – muérame yo luego.

No quiero contento, – mi Jesús ausente, – pues todo es tormento – a quien esto siente; – sólo me sustente – tu amor y deseo; – véante mi ojos, – muérame yo luego».

 

* «Vivo sin vivir en mí – y tan alta vida espero – que muero porque no muero»…

 

*****

 

–Copiar y pegar. Así, fácil…

–La ley del mínimo esfuerzo, bien entendida y prudentemente aplicada, es una buena ley.

 

Continúo recordando y afirmando las verdades fundamentales de la Revelación divina y de la fe cristiana en torno a la muerte.

 

 –Creo en la vida eterna

 

Enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «El cristiano que une su propia muerte a la de Jesús ve la muerte como una ida hacia Él y la entrada en la vida eterna. [Tres sacramentos vienen en su ayuda:] Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. Le habla entonces con una dulce seguridad: “Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó; en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por ti; en el nombre del Espíritu Santo, que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté junto a Dios en Sión, la ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios, con San José y todos los ángeles y santos… Te entrego a Dios, y, como criatura suya, te pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo de la tierra. Y al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y todos los ángeles y santos… Que puedas contemplar cara a cara a tu Redentor…” (Commendatio animae [1020].

 

Creo en el juicio particular            

 

«La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o al rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (cf. 2Tim 1,9-10). El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida. Pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro (Lc 16,22) y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón (Lc 23,43), así como otros textos del Nuevo Testamento (cf. 2Cor 5,8; Filip 1,23; Heb 9,27; 12,23) hablan de un último destino del alma (cf. Mt 16,26) que puede ser diferente para unos y para otros» [1021].

 

«Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación (cf. Concilio de Lyon II: DS 856; Concilio de Florencia: DS 1304; Concilio de Trento: DS 1820), bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo (cf[retractación de] Juan XXII: DS 991; Benedicto XII: DS 1000-1001; …), bien para condenarse inmediatamente para siempre (cf… Benedicto XII: DS 1002…). “A la tarde te examinarán en el amor” (San Juan de la Cruz, Avisos y sentencias, 57)» [1022].

 

Creo en purgatorio, cielo e infierno

 

Purgatorio. «Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de la muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en el cielo» [1030].  Son benditas las almas del purgatorio. «La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820)» [1031]. «Manda el santo Concilio [de Trento] a los obispos que diligentemente se esfuercen para que la sana doctrina sobre el purgatorio, enseñada por los santos Padres y los sagrados Concilios [y negada por los luteranos] sea creída, mantenida, enseñada y en todas partes predicada por los fieles de Cristo» (Ib.).

 

Cielo. «Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios y están perfectamente purificados viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven “tal cual es” [visión beatífica] (1Jn 3,2), cara a cara (cf. 1Cor 13,12…)» [1023].

 

Infierno. «Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la unión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno» [1033]. «La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno”» [1035].

 

Concilio Vaticano II, 1964: «Y como no sabemos el día ni la hora, es necesario, según la amonestación del Señor, que velemos constantemente, para que, terminado el único plazo de nuestra vida terrena (cf. Heb 9,27), merezcamos entrar con Él a las bodas y ser contados entre los elegidos (cf. Mt 25,31-46), y no se nos mande, como a siervos malos y perezosos (cf. Mt 25,26), ir al fuego eterno (cf.  Mt 25,41), a las tinieblas exteriores, donde habrá  llanto y rechinar de dientes (Mt 22,13 y 25,30)» (Lumen Gentium 48).

 

Creo en la resurrección de la carne

 

«Si es verdad que Cristo nos resucitará en “el último día”, también lo es, en cierto modo, que nosotros ya hemos resucitado con Cristo. En efecto, gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo: “Sepultados con Él en el bautismo, con Él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que lo resucitó de entre los muertos… Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col 2,12; 3,1)» [1002]. 

 

«Unidos a Cristo por el Bautismo, los creyentes participan ya realmente en la vida celestial de Cristo resucitado (cf. Filip 3,20), pero esta vida permanece “escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3). “Con Él nos ha resucitado y hecho sentar en los cielos con Cristo Jesús” (Ef 2,6). Alimentados en la Eucaristía con su Cuerpo, nosotros pertenecemos ya al Cuerpo de Cristo. Cuando resucitemos en el último día también nos “manifestaremos con Él llenos de gloria” (Col 3,4)» [1003].

 

Resucitaremos «en los mismos cuerpos» en que temporalmente vivimos, y que en la muerte conocen la corrupción. La fe católica siempre ha creído que la salvación de Cristo, primero por la gracia y finalmente en la gloria, salva y transforma a todo el hombre: alma-cuerpo. Así se confiesa en la Fides Damasi (fin del s. V: Denzinger 72): «Limpios nosotros por Su muerte y sangre, creemos que hemos de resucitar en el último día en esta carne en que ahora vivimos». Fe que ha sido reafirmada en muchos Concilios y documentos del Magisterio apostólico: «en los mismos cuerpos» (Denzinger 76, 325, 485, 684, 797, 801, 854), no en cualquier otra carne (Denzinger 540, 574, 797).

 

Respice finem

 

Caminamos en este mundo como «peregrinos y forasteros» (1Pedro 2,11), y si no tenemos bien presente la meta a la que nos dirigimos, es fácil que nos extraviemos en nuestra peregrinaciónRespice finem, para que poniendo los medios necesarios, puedas llegar al fin que pretendes.

 

El papa Francisco, en esta última semana del Año litúrgico, que evoca con fuerza el fin de nuestra vida y el final del mundo, ha predicado en la Misa de Santa Marta«Nos hará bien pensar: “¿cómo será el día en el que estaré ante Jesús?” Cuando Él me pregunte sobre los talentos que me ha dado, qué he hecho con ellos; cuando Él me pregunte cómo ha sido mi corazón cuando ha caído en él la semilla, como un camino o como las espinas: esas parábolas del Reino de Dios. ¿Cómo he recibido la Palabra? ¿Con corazón abierto? ¿La he hecho germinar por el bien de todos o la he escondido?»

 

El Papa subrayó que cada uno estará delante de Jesús en el día del juicio y pidió a los fieles que no se dejen «engañar». Es un engaño que tiene que ver con la «alienación», con el engaño de «vivir como si nunca tuviéramos que morir». «Cuando venga el Señor, ¿cómo me encontrará? ¿Esperando o en medio de tantas alienaciones de la vida?». «Me acuerdo que de niño, cuando iba al catecismo, nos enseñaban cuatro cosas: muerte, juicio, infierno o gloriaDespués del juicio hay esta posibilidad». «–Pero Padre, esto es para asustarse. –No, ¡es la verdad! Porque si tú no curas el corazón para que el Señor esté contigo y tú vives alejado siempre del Señor, quizás existe el peligro, el peligro de continuar así alejado para la eternidad del Señor…»

 

Francisco recordó las palabras de la Escritura: «sean fieles hasta la muerte y les daré la corona de la vida» (Apocalipsis 2,10). «La fidelidad del Señor: esto no desilusiona. Si cada uno de nosotros es fiel al Señor, cuando venga la muerte, diremos como San Francisco de Asís: “hermana muerte, ven”; no se asusta… En nuestro final no tendremos miedo del día del juicio».

 

(José María Iraburu, blog Reforma o apostasía, posts 404 y 406).

 

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Aquí ríe el asceta –La hilaridad en el Santo Cura de Ars

 

Miguel Antonio Barriola

 

Por lo común los artistas han representado con semblantes sombríos y apesadumbrados a los santos que se caracterizaron por sus duras penitencias. La vida de San Juan María Vianney desmiente esta impresión engañosa. Baste recordar que él mismo decía: “Si yo estuviera triste, me iría a confesar enseguida” (1).

 

Es un gran error figurarse que la piedad daña al hombre en el desarrollo regular de sus cualidades naturales; que lo oprime y sofoca la expansión del pensamiento; que es incompatible con cierta amplitud de espíritu, cierta elevación de carácter y cierta calidez de sentimiento. Casi nadie habrá que no haya oído repetir esta paradoja; no faltan cristianos débiles, que lo han creído, mientras que los bien fundados en su fe se lamentan de tales desenfoques. Como si las más nobles y hermosas facultades del hombre perdieran al someterse a la disciplina cristiana y se engrandecieran en una vida desordenada.

 

Concretamente, en relación al santo patrono de los sacerdotes, cuya existencia transcurrió casi enteramente en el oscuro recinto del confesonario, parecería que debió considerarlo todo con una mirada estrecha y severa; que la austeridad no dejaba en su alma lugar alguno a la indulgencia, la bondad, la sonrisa. Error total. Él supo admirablemente distinguir su “pobre alma”, considerándose pecador y, por lo mismo, sometiéndose a admirables (no siempre imitables) renuncias y sacrificios, sin que ello lo volviera duro con las innumerables ovejas o hijos pródigos que el Supremo Pastor atrajo a su admirable entrega y tesón apostólicos, que no sólo lograron que se dijera: “Ars ya no es Ars”, sino que fue transformando a la entera Francia, que salía tan lacerada, cristianamente hablando, de la feroz Revolución Francesa, demoledora casi total del catolicismo en aquel país.

 

Rosario anecdótico

 

Es bien conocida la rudeza de su inteligencia respecto al latín, la filosofía y todas las disciplinas que se le exigieron en el Seminario Mayor de Lyon. Se le aconsejó por dos veces que dejara de aspirar al sacerdocio, dadas sus dificultades en el aprendizaje.

 

·      Gracias a la visión certera del Abbé Balley pudo acceder a la ordenación sacerdotal. Pero… ante el insospechado éxito que, paciente y perseverantemente, fue cosechando, se despertó una extensa “invidia clericalis”. Así fue cómo algunos compusieron una carta, destinada al obispo, escandalizados de que un sujeto tan poco capacitado se hubiera constituido en tan célebre centro de atención. Una copia de dicha misiva llegó a manos del mismo párroco de Ars. Su ironía natural tomó sin tardar la delantera. Después de un primer momento de tristeza, él mismo agregó su firma y envió el escrito al obispado.

·      Un engreído volteriano, como burlándose de él, le preguntó un día: “¿Es verdad que Usted ve al diablo?” Mirando fijamente a los ojos de su  sarcástico interlocutor, respondió: “Así es, efectivamente”.

·         Después de una procesión de Corpus, viéndolo llegar empapado de sudor, le preguntaron: “¿Se habrá cansado mucho, Señor Cura?”, respondiendo el santo: “¡Oh, cómo quieren que esté cansado, si Aquel a quien yo llevaba me llevaba también a mí!”

·         Una dama parisiense, viendo al Cura de Ars tan poco semejante a la imagen que ella se había forjado, exclamó: “¿No es más que esto el Cura de Ars?” Sí, señora –replicó el humilde sacerdote, con una graciosa sonrisa–. No le ha sucedido a Usted lo que a la reina de Saba, cuando fue a ver a Salomón: ella quedó maravillada por exceso y Usted por defecto”.

·         El fundador de un célebre orfelinato consultó a Monsieur Vianney si convendría interesar al público sobre su obra por medio de la prensa. “En lugar de hacer ruido en los diarios –respondió el santo– haga ruido a la puerta del Tabernáculo” (2).

·         Un colega en el ministerio (l’ Abbé Blanchon), bastante “robusto”, le comentaba al santo anciano: “Yo cuento un poco con Usted para hacerme llegar allá arriba… Cuando Usted vaya al cielo, trataré de aferrarme a su sotana”. “Oh, amigo mío –contestó el buen cura, dando una ojeada pícara a los amplios hombros de su interlocutor–  cuídese Usted mucho de hacerlo, porque la entrada del cielo es estrecha y quedaríamos los dos en la puerta”.

·      “¿Qué he de hacer, Padre, para ir al cielo?”, le consultaba otra persona, también de regulares proporciones. “Hija mía, tres cuaresmas”.

·         Preguntó a una persona, que se volvía inoportuna con su insulsa charla: “Hija mía, ¿cuál es el mes del año en que habla Usted menos?” Como la cotorra respondió que no lo sabía: “Debe de ser en febrero –replicó el Santo, atenuando con una amable sonrisa lo punzante de la broma– pues es un mes que tiene tres días menos que los demás”.

·         Lacordaire, el célebre y gran predicador dominico de Nôtre Dame de París (3), después de escuchar una prédica de aquel humilde cura de aldea, comentó: “Este santo sacerdote ha expuesto de una manera pasmosa, al hablar del Espíritu Santo, una idea en pos de la cual iba yo hacía mucho tiempo”. Al día siguiente, el vicario del santo, el Rev. Raymond, recuerda que su párroco le comentó: “¿Sabe Usted el refrán: ‘Los dos extremos se tocan’? Pues bien, ayer se cumplió en el púlpito de Ars, al que subieron la extrema ciencia y la suma ignorancia”.

·      André Treve, recuerda, sin poder precisar la época ni el lugar, que un día le dieron un bofetón al santo Cura y que dijo por toda respuesta: “¡Amigo, la otra mejilla tendrá celos!”

·      En otra ocasión, una joven de Saboya se presentó en su confesonario. Sin que hubiese abierto la boca, inmediatamente el Rdo. Vianney le habló de sus hermanas y de su inclinación a la vida religiosa. La penitente no podía salir de su asombro. Habiendo encontrado a l’ Abbé Toccanier, saliendo de la iglesia, le manifestó su admiración. Enseguida, el sacerdote presentó su curiosidad al santo, inquiriéndole cómo había podido revelar tales cosas, sin que la persona se las hubiera manifestado. La explicación fue así: “¡Ah! Es que he hecho como Caifás: he profetizado sin darme cuenta” (4).

·      Una de sus parroquianas, honesta y excelente mujer, llena de dedicación y empeño, pero con un celo algo amargo e impetuoso, quería darle consejos: “Señor Cura, Usted se equivoca al hacer esto, Usted debería hacer aquello”. “¡Vamos! –la interrumpió dulcemente– no estamos todavía en Inglaterra” (aludiendo a la constitución inglesa, que permite reinar a las mujeres).

 

 

Esperamos que este ramillete de buen humor, que, como lo muestra este gran santo, para nada está reñido con la más profunda fe católica, nos alcance a todos la genuina alegría, que sólo mana de la cruz gloriosa de nuestro Redentor, sacrificado y glorificado, “el mismo ayer, hoy y por los siglos” (Hebreos 13,8).

 

Notas

 

1) B. Nodet, Le Curé d’Ars – Sa pensée, son coeur, Paris (1966) 12. Dado que este artículo no ambiciona tonos académicos, en adelante se omitirán las citas. Con todo, ha de saber el amable lector que nos inspiramos en el ya citado B. Nodet y en: Abbé A. Monnin, Esprit du Curé d’ Ars, Paris (1975 1a. ed. 1864–; el autor conoció personalmente al santo). Finalmente: el clásico acerca de nuestro personaje: A. Trochu, El Cura de Ars, Madrid (1984).

 

2) ¡Cuánto tendrían que aprender al respecto ciertos “curitas mediáticos”, tan ávidos de protagonismo, y que, lamentablemente, no dudan en enfangar a su misma madre, la Iglesia, esposa de Cristo! Han olvidado la sagaz observación de San Francisco de Sales: “El bien no hace ruido y el ruido no hace bien”.

 

3) Y restaurador de la orden de Santo Domingo en Francia, después de la Revolución Francesa.

 

4) Se está refiriendo a Juan 11,51-52.

 

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Las buenas intenciones según el Card. Coccopalmerio

 

Lic. Néstor Martínez Valls

 

El Cardenal Coccopalmerio, Presidente del Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos, ha dado una entrevista en la cual, de ser exacto lo que se le atribuye, manifiesta algunas tesis abiertamente heterodoxas (http://www.ncregister.com/daily-news/cardinal-coccopalmerio-explains-his-positions-on-catholics-in-irregular-uni). Seleccionamos aquí algunos largos trozos de una traducción de la misma para comentarlos.

 

“–Como sabe, se ha abierto una gran brecha en las interpretaciones. Tenemos a los obispos alemanes y malteses de acuerdo, por un lado. Por otro lado, están el arzobispo Charles Chaput de Filadelfia y también el obispo Steven Lopes del Ordinariato anglicano, entre otros muchos. ¿Cómo clarifica su libro las cosas frente a estas interpretaciones?

–Tenemos que distinguir los casos de forma bien precisa, las uniones ilegítimas no se regularizan, porque el matrimonio es indisoluble. Hay fieles que se encuentran en esta situación. Son conscientes de que esta situación no es buena. Ellos quieren cambiar, pero no pueden hacerlo. Porque si lo hicieran, si dejaran esas uniones, se dañaría a personas inocentes. Piense en una mujer que convive con un hombre casado. Tiene tres niños pequeños. Ya lleva 10 años con ese hombre. Ahora los niños piensan en ella como una madre. Él, su pareja, está muy ligado a esta mujer como amante, como mujer. Si esta mujer fuera a decir: ‘Dejo esta unión equivocada porque quiero corregir mi vida, pero si hago esto, haría daño a los niños y a mi pareja’, entonces podría decir: ‘Me gustaría, pero no puedo’. Precisamente en estos casos, basados ​​en la propia intención de cambiar y en la imposibilidad de cambiarpuedo dar a esa persona los sacramentos, con la esperanza de que la situación se aclare definitivamente.

–Pero en tales casos, en los que usted dice que es mejor que una mujer continúe en su situación pecaminosa, ¿cómo puede ser eso coherente con San Pablo y el Catecismo? Ambos dicen que nunca es permisible hacer el mal deliberadamente para conseguir un bien mayor. ¿Cómo conciliar ambas cosas?

–Digamos, si usted está de acuerdo, que si deja esta situación hará daño a la gente. Y entonces, para evitar ese mal, continúo en esa unión en la que ya me encuentro.

–Pero esta unión es una situación de pecado.

Sí, sin embargo

–¿No es mejor tratar de dejar la situación de pecado completamente?

–¿Cómo puedes dejar todo si eso daña a la gente? Es importante que esa persona no quiere estar en esa unión, quiere dejarla, quiere irse, pero no puede hacerlo. Hay que combinar dos cosas: Quiero, pero no puedo. Y no puedo –no por mi propio bien, sino por el bien de otras personas–. No puedo por el bien de otras personas. Si los dos pueden convivir como hermano y hermana, genial. Pero si no pueden porque hacerlo acabaría con la relación, que debería conservarse por el bien de esas personas, entonces se las arreglan de la mejor manera posible. ¿Lo ve? Eso es. Y parece que todo este complicado asunto tiene una explicación lógica: los motivos. Si otros parten de otros puntos de vista, también pueden llegar a otras conclusiones. Pero yo diría que estaría faltando algo de la persona humana. No puedo hacer daño a una persona para evitar un pecado en una situación en la que no me he metido; ya me encuentro en ella, en la que yo, si soy esa mujer, me he metido sin mala intención. Por el contrario, trato de hacer el bien, y en ese momento creía que estaba haciendo el bien, y ciertamente hice el bien. Pero tal vez si, ya desde el principio lo hubiera sabido, si supiera con certeza moral que eso es pecado, tal vez no me habría puesto en esa situación. Pero ahora ya me encuentro así: ¿Cómo puedo dar marcha atrás? Una cosa es empezar y otra dejarlo. También son cosas diferentes, ¿no?”

 

La doctrina católica (San Pablo, el Catecismo, etc.) dice que no se puede hacer el mal para que venga el bien. Aquí se dice que se puede hacer el mal para evitar el mal. Pero evitar el mal es un bien. Por tanto, aquí se contradice la doctrina católica. Pero, se dirá, no se debe dañar a otra persona. Ante todo ¿qué es “dañar”? ¿El cirujano que amputa una pierna daña al paciente? ¿No se puede hacer amputaciones, entonces? Se dirá que en el caso del cirujano se trataba de evitar un mal mayor, como ser la gangrena, e incluso de salvar la vida al paciente. Pues aquí se trata también de evitar un mal mayorporque el pecado es la muerte del alma, peor que la misma pérdida de la vida física.

 

ni siquiera es semejante el caso en todo, porque no cortar esa pierna no constituye de suyo un acto intrínsecamente malo, que deba ser evitado siempre y en toda circunstancia, como sí lo constituye el adulteriopor sí solo e independientemente de toda otra consideración. Si el adulterio es intrínsecamente malo, si, por tanto, no debe ser realizado en absolutamente ninguna circunstancia, entonces lógicamente debe ser evitado independientemente de los daños que de ello se pueda seguir para otros o para uno mismo. Si se niega, por tanto, esta consecuencia, se está diciendo que el adulterio no es intrínsecamente malo, lo cual es contrario a la doctrina católica. Por tanto, si no se evita ese acto intrínsecamente malo, se está en una situación objetiva de pecado que de suyo impide el acceso a los sacramentos mientras no haya arrepentimiento y propósito de enmienda.

 

El propósito de enmienda, por otra parte, no es “sí, quiero cambiar, pero por ahora no puedo”. Porque ese “no puedo” en realidad es un “no quiero”, ya que sin duda la persona puede físicamente separarse de su cómplice de adulterio, por ejemplo. Y es contradictorio decir “quiero pero no quiero”. Y no se puede decir tampoco que puede dejar la situación de pecado físicamente, pero no moralmente, porque está obligada a evitar los daños que se seguirían de ello para su pareja o para sus hijos. Porque no sólo no estamos obligados a hacer el mal para que venga el bien, sino que, por el contrario, estamos obligados a no hacer el malpunto. ¡Es absurdo decir que estamos moralmente obligados a pecar! Porque es decir que estamos moralmente obligados a faltar a la obligación moral. Y eso es como querer hacer la oscuridad con una linterna encendida.

 

Con mucha más lógica se podría decir: si la obligación moral es tan importante que puedo ir contra mi salvación eterna con tal de no hacer a otro un daño que en todo caso nunca va a ser tan grave como la condenación eterna, entonces es mejor decir que paso de la “obligación moral” (ya vimos que en realidad no existe en este caso, pero digámoslo para seguir el argumento) de no dañar al otro para no violar la obligación moral de no cometer actos intrínsecamente malos y evitar así la condenación eterna. Máxime que “separarse de otra persona con la cual se convive en forma adúltera” no es un acto intrínsecamente malo, como sí lo es el adulterio. Al contrario, en realidad es algo bueno. ¿Cómo va a haber obligación de evitar lo que no es intrínsecamente malo, y hasta es bueno, y no va a haberla de evitar lo que sí es intrínsecamente malo, sino que al contrario, habría obligación de realizar lo intrínsecamente malo para evitar lo que no lo es, y hasta es bueno? ¿Estamos todos locos?

 

Se puede objetar que la persona que tiene conciencia errónea está obligada a seguir la voz de su conciencia y, si esa conciencia es invenciblemente errónea, no peca al hacerlo, aunque la acción sea objetivamente mala. Pero aquí no se trata de que la persona tenga conciencia invenciblemente errónea, sino que el Cardenal le está enseñando como una verdad que está moralmente obligada a realizar actos objetivamente adúlteros para no dañar a otras personas.

 

Pero se dirá que no es el mismo el caso de la persona que se mete en una situación semejante con mala intención, es decir, sabiendo que eso es pecado, que la que no lo hace, sino que ingresa en esa situación de buena fe y luego “quiere salir, pero no puede”, porque no puede dañar a otras personas. Nada de eso es compatible con el concepto de “acto intrínsecamente malo”. Un acto así es malo por sí mismo, por su sola naturaleza, o sea, en este caso, por su objeto, y entonces, lo es siempre y en toda circunstancia y, por tanto, independientemente de la circunstancia de si se ingresó o no “de buena fe” en la situación de pecado. 

 

Sigue la entrevista: “–Usted dice que se puede dar la Comunión a pesar de vivir en situaciones que no están de acuerdo con los cánones matrimoniales tradicionales, si expresan el sincero deseo de acercarse a los sacramentos después de un adecuado período de discernimiento. Pero su Consejo Pontificio explicó en una declaración del año 2000 por qué los Cánones 915 y 916 impiden la admisión de tales parejas a la sagrada Comunión y señala, en lenguaje legal, que no puede cambiarse porque así lo expresó Jesús.

–Conozco los cánones de memoria. Los conozco muy bien. Quien está en pecado grave no puede recibir la Eucaristía sin primero confesarse o tener el deseo de confesar si ahora es incapaz de hacerlo.

–Pero déjeme leerle parte de eso, porque es importante. Dice: ‘Toda interpretación del Canon 915 que vaya en contra del contenido sustancial del mismo, como ha declarado ininterrumpidamente el Magisterio y la disciplina de la Iglesia a lo largo de los siglos, es claramente engañosa. No se puede confundir el respeto por la redacción de la ley (Canon 17) con el uso indebido de la misma redacción como instrumento para relativizar los preceptos o vaciarlos de su sustancia’. ¿Esta declaración sigue en vigor, y, en caso contrario, por qué no declararla ya no vigente?

–Siempre está en vigor. Quien está en grave pecado y dice no tengo intención de cambiar: Ésos son los Cánones 915 y 916. Pero si alguien dice: ‘Quiero cambiar, pero en este momento no puedo, porque si lo hago, mataré a la gente’, puedo decirles: ‘Paren ahí. Cuando podáis os daré la absolución y la Comunión’. O también puedo insistir en vuestras intenciones y deciros que no estáis en pecado porque tenéis la intención seria de cambiar, pero en este momento no podéis hacerlo. Hay que compatibilizar ambas cosas ¿Entiende? Esa persona ya está convertida, ya está separada del mal, pero materialmente no puede hacerlo. Es una cuestión de atender esas situaciones. Puede decirlo apresuradamente, pero si una luz no se enciende, puede entender otras interpretaciones. No se preocupe.

–Los canonistas dicen que estas normas, 915 y 916, fueron cambiadas en ciertas interpretaciones de Amoris Laetitia.

–No han cambiado. No ha cambiado absolutamente nada. En el libro se lo digo a quienes no pueden recibir la absolución y la Eucaristía. Ésos son los cánones. Al que dice: ‘Estoy en pecado grave, pero no quiero cambiar’ [la absolución no es posible]. Cuando alguien viene a confesarse y te dice: ‘Cometí este pecado. Quiero cambiar, pero sé que no soy capaz de cambiar, pero quiero cambiar¿qué haces? ¿Le mandarás lejos? No, lo absuelves.

–¿Para que puedan recibir los sacramentos?

–Los sacramentos son la absolución y la Eucaristía. La persona hace las mismas cosas, pero sinceramente quiere cambiar. ¿Ves que hay una imposibilidad en este caso? Uno no puede cambiar inmediatamente.

–¿Tienen que cambiar su estilo de vida antes de recibir la comunión?

–No, tienen que cambiar su intención, no su estilo de vida. Si esperas a que alguien cambie su estilo de vida, ya no absolverás a nadie. Es la intención. Quiero cambiar aunque sepa que no puedo. Pero he empezado a caminar. Daré pasitos. Rezaré cinco minutos más para que pueda. Lo importante es dar un paso. Si alguien no hace nada, no puedo absolverles. Si alguien dice: ‘Sí, quiero hacerlo. Haré lo que pueda, como poco’, entonces ya está en el camino de la conversión.

–¿La disciplina es coherente con la doctrina, según usted?

–Perfectamente. La doctrina dice que quien se convierte puede recibir la absolución de los pecados y la Eucaristía. Absolución del pecado significa la Eucaristía; Las dos van juntas. ¿Quién es verdaderamente penitente? ¿Quien se compromete a hacer todo lo que pueda? Si alguien hace sólo una cosa de un centenar, eso ya es algo importante. Esto es lo que hay que entender.”

 

El canon 915 dice: “915. No deben ser admitidos a la sagrada comunión los excomulgados y los que están en entredicho después de la imposición o declaración de la pena, y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave.” Es claro que los que obstinadamente persisten en el pecado no son solamente los que “dicen” que no quieren cambiar, sino ante todo los que de hecho no quieren cambiar, y no quieren hacerlo porque no se proponen hacerlo, y no se proponen hacerlo porque se proponen exactamente lo contrario: seguir teniendo relaciones adúlteras.

 

Así lo entiende el mismo Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos que preside el Card. Coccopalmerio: “b) la obstinada perseverancia, que significa la existencia de una situación objetiva de pecado que dura en el tiempo y a la cual la voluntad del fiel no pone finsin que se necesiten otros requisitos (actitud desafiante, advertencia previa, etc.) para que se verifique la situación en su fundamental gravedad eclesial” (http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/intrptxt/documents/rc_pc_intrptxt_doc_20000706_declaration_sp.html).

 

Quien se convierte, entonces, no es el que solamente no dice que no quiere cambiar, o dice que quiere cambiar, sino el que además quiere realmente cambiar, y eso quiere decir que hace el propósito serio y sincero de no pecar más y lo manifiesta al confesor; propósito que implica, en el caso de los adúlteros, renunciar a las relaciones sexuales adúlteras.

 

Por otra parte, “la persona hace las mismas cosas, pero sinceramente quiere cambiar”, puede entenderse de dos maneras muy diferentes: 1) La persona se propone sinceramente (voluntad) no pecar más (lo cual implica en este caso renunciar a las relaciones sexuales adúlteras), pero prevé (inteligencia) que probablemente volverá a caer, por su debilidad. 2) La persona no se propone no pecar más porque tiene “asumido” que “no puede” dejar de hacerlo, pero “le gustaría” cambiar. Es claro que sólo en el primer caso puede haber una absolución sacramental válida.

 

Pero la insistencia del Cardenal en la “intención” muestra dónde está la falla doctrinal que origina todo su planteo: una filosofía y teología moral que desconoce la existencia de actos malos por su objeto o intrínsecamente malos, y que pone toda la bondad o maldad moral de la acción en la intención del sujeto. Porque no es posible hacer compatibles estas dos afirmaciones: 1) Hay acciones intrínsecamente malas, que por lo mismo no pueden realizarse en absolutamente ninguna circunstancia, incluyendo entre esas circunstancias la intención del sujeto. 2) No estáis en pecado porque tenéis la intención sería de cambiar”, “tienen que cambiar su intención, no su estilo de vida. Si esperas a que alguien cambie su estilo de vida, ya no absolverás a nadie. Es la intención.”

 

Si estas personas no están en pecado porque tienen buena intención, de tal modo que no tienen que cambiar su estilo de vida para poder confesarse y comulgar, entonces es que esos actos adúlteros suyos no son intrínsecamente malos, porque no son de aquellos que no pueden realizarse en absolutamente ninguna circunstancia, y por tanto bajo absolutamente ninguna intención. Y si esos actos no son intrínsecamente malos, porque la intención al realizarlos es buena, entonces es que la bondad o maldad de los actos humanos depende solamente de la intención del sujeto, que es el error de Janssens McCormick al que hice referencia en un post anterior, y que fue condenado, entre otras, por la Encíclica Veritatis Splendor de San Juan Pablo II.

 

Veamos algunos pasajes de esta Encíclica: “El obrar humano no puede ser valorado moralmente bueno sólo porque sea funcional para alcanzar este o aquel fin que persigue, o simplemente porque la intención del sujeto sea buena. El obrar es moralmente bueno cuando testimonia y expresa la ordenación voluntaria de la persona al fin último y la conformidad de la acción concreta con el bien humano, tal y como es reconocido en su verdad por la razón. Si el objeto de la acción concreta no está en sintonía con el verdadero bien de la persona, la elección de tal acción hace moralmente mala a nuestra voluntad y a nosotros mismos y, por consiguiente, nos pone en contradicción con nuestro fin último, el bien supremo, es decir, Dios mismo.” (n. 72).

 

Citando a Santo Tomás, dice la Encíclica: “«Sucede frecuentemente –afirma el Aquinate– que el hombre actúe con buena intención, pero sin provecho espiritual porque le falta la buena voluntad. Por ejemplo, uno roba para ayudar a los pobres: en este caso, si bien la intención es buena, falta la rectitud de la voluntad porque las obras son malas. En conclusión, la buena intención no autoriza a hacer ninguna obra mala. ‘Algunos dicen: hagamos el mal para que venga el bien. Estos bien merecen la propia condena’ (Rom 3,8)»” (n. 77).

 

“La razón por la que no basta la buena intención, sino que es necesaria también la recta elección de las obras, reside en el hecho de que el acto humano depende de su objeto, o sea si éste es o no es «ordenable» a Dios, al único que es «Bueno», y así realiza la perfección de la persona. Por tanto, el acto es bueno si su objeto es conforme con el bien de la persona en el respeto de los bienes moralmente relevantes para ella. La ética cristiana, que privilegia la atención al objeto moral, no rechaza considerar la teleología interior del obrar, en cuanto orientado a promover el verdadero bien de la persona, sino que reconoce que éste sólo se pretende realmente cuando se respetan los elementos esenciales de la naturaleza humana.” (n. 78).

 

“Así pues, hay que rechazar la tesis, característica de las teorías teleológicas y proporcionalistas, según la cual sería imposible calificar como moralmente mala según su especie –su «objeto»– la elección deliberada de algunos comportamientos o actos determinados prescindiendo de la intención por la que la elección es hecha o de la totalidad de las consecuencias previsibles de aquel acto para todas las personas interesadas.” (n. 79).

 

“Ahora bien, la razón testimonia que existen objetos del acto humano que se configuran como no-ordenables a Dios, porque contradicen radicalmente el bien de la persona, creada a su imagen. Son los actos que, en la tradición moral de la Iglesia, han sido denominados intrínsecamente malos («intrinsece malum»): lo son siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa, y de las circunstancias. Por esto, sin negar en absoluto el influjo que sobre la moralidad tienen las circunstancias y, sobre todo, las intenciones, la Iglesia enseña que «existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto»” (n. 80).

 

“Sobre los actos intrínsecamente malos y refiriéndose a las prácticas contraceptivas mediante las cuales el acto conyugal es realizado intencionalmente infecundoPablo VI enseña: «En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien (cf. Rom 3,8), es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social»” (Ibid.).

 

“Si los actos son intrínsecamente malos, una intención buena o determinadas circunstancias particulares pueden atenuar su malicia, pero no pueden suprimirla: son actos irremediablemente malos, por sí y en sí mismos no son ordenables a Dios y al bien de la persona: «En cuanto a los actos que son por sí mismos pecados (cum iam opera ipsa peccata sunt) –dice San Agustín–, como el robo, la fornicación, la blasfemia u otros actos semejantes, ¿quién osará afirmar que cumpliéndolos por motivos buenos (bonis causis), ya no serían pecados o –conclusión más absurda aún– que serían pecados justificados?»” (n. 81). 

 

También enjuicia esta Encíclica la forma de pensar que valora las acciones humanas sola o principalmente por sus consecuencias (por ejemplo, en nuestro caso, por el daño que puedan ocasionar a otros): “La consideración de estas consecuencias –así como de las intenciones– no es suficiente para valorar la calidad moral de una elección concreta. La ponderación de los bienes y los males, previsibles como consecuencia de una acción, no es un método adecuado para determinar si la elección de aquel comportamiento concreto es, según su especie en sí misma, moralmente buena o mala, lícita o ilícita. Las consecuencias previsibles pertenecen a aquellas circunstancias del acto que, aunque puedan modificar la gravedad de una acción mala, no pueden cambiar, sin embargo, la especie moral.” (n. 77).

 

En cambio, el Cardenal Coccopalmerio, a tenor de lo publicado en esa entrevista, dice: “Y parece que todo este complicado asunto tiene una explicación lógica: los motivos. Si otros parten de otros puntos de vista, también pueden llegar a otras conclusiones”. Los motivos, es decir, las intenciones. Ése es el punto de vista del cual parte, el cual, como vimos, está condenado clarísimamente por la Encíclica Veritatis Splendor.

 

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Budismo y cristianismo, como la noche y el día

 

Bruno M.

 

Actualmente está muy de moda afirmar que todas las religiones son lo mismo, que da igual ser budista que cristiano, porque sólo son formas distintas y, en el fondo, complementarias de vivir la espiritualidad. Por desgracia, no faltan incluso sacerdotes y religiosos católicos que lo digan. En mi opinión, esta idea tan extendida de que todas las religiones son iguales, junto con la presencia en nuestra sociedad de diversas religiones orientales y, especialmente, el budismo, nos obligan a plantearnos en serio por qué somos cristianos y no budistas. ¿O es que da igual ser una cosa que otra?

 

¿Por dónde empezar? Claramente no por los pequeños detalles. Las religiones son realidades humanas amplísimas, que afectan al pensamiento, la moral, la organización social, la vida familiar y a miles de otros aspectos de la vida humana. Esta amplitud nos desborda y resultaría ridículo, por ejemplo, comparar el color naranja de las túnicas de los monjes budistas y el color negro, gris o blanco que visten los sacerdotes católicos, para sacar de ahí algún tipo de conclusiones. Lo que sí se puede hacer es buscar el núcleo de una religión, para conocer bien su esencia, cuál el mensaje fundamental que la caracteriza y que permite entender, en un contexto adecuado, todas sus características secundarias.

 

En el caso del budismo, resulta evidente que el núcleo fundamental es el famoso Sermón de las Cuatro Verdades. Recordemos que Siddhartha Gautama era un príncipe hindú, que había llevado siempre una existencia placentera dentro de su palacio, sin grandes preocupaciones ni necesidades materiales. Se cuenta que un día salió finalmente del palacio y se encontró con un mundo terrible de sufrimiento, hambre, luchas y problemas. Este encuentro con la realidad supuso para él un cambio total de su comprensión de la vida y lo impulsó a comenzar un proceso de búsqueda de sentido para todo lo que lo rodeaba.

 

Tras intentar varias cosas, como el ascetismo extremo o las prácticas religiosas hinduistas, consiguió al fin, en un momento de meditación, alcanzar la iluminación y, a partir de ese momento, se lo llamó el “Buda”, es decir, “el que ha despertado”. Esa iluminación la plasmó en el llamado Sermón de las Cuatro Nobles Verdades, que constituye el fundamento del budismo.

 

Primera Verdad: la vida es sufrimiento. Es la experiencia de Buda al salir del palacio. Nos pasamos la vida sufriendo, desde el primer día hasta que morimos. La vida es una condena terrible de la que no podemos escapar. En este punto se plantea un problema puramente oriental. Por vivir en la zona de la India, Buda acepta como algo evidente la idea de la reencarnación. Aquí en occidente, hay gente que, ingenuamente, cree en la reencarnación como un modo de escapar a la muerte, de continuar viviendo. Sin embargo, la reencarnación es, en oriente, una verdadera maldición, puesto que prolonga la vida de sufrimiento. Ni siquiera con la muerte puedo escapar al sufrimiento, ya que es sólo el comienzo de una nueva reencarnación y nuevos sufrimientos.

 

Segunda Verdad: el sufrimiento proviene del deseo. Deseo lo que no tengo y eso me hace sufrir. Desearía que muchas cosas no sean como son y eso también me hace sufrir. El sufrimiento viene de los deseos.

 

Tercera Verdad: para evitar el sufrimiento, hay que anular el deseo. Como ni siquiera la muerte puede librarnos del sufrimiento, lo que hay que hacer es destruir su causa: anular el deseo. Si no deseara nada, nada podría hacerme sufrir. Ésta es la iluminación que buscan los budistas, el Nirvana que implica la anulación del yo personal. Es decir, en lenguaje más familiar, la desaparición de la persona que se funde con el universo o lo que en Occidente llamaríamos más bien la muerte absoluta.

 

Cuarta Verdad: el deseo se anula mediante un sendero de ocho vías. Esta cuarta verdad versa sobre el modo de conseguir en la práctica esa anulación del deseo: conocer estas verdades, no permitir los deseos, actuar bien con los demás, evitar los malos instintos, meditar, etc. En este cuarto punto se pueden encontrar algunas semejanzas con el cristianismo, ya que algunos de estos medios para evitar el deseo son no mentir, no robar, etc. Sin embargo, como hemos visto, el contexto budista de las prácticas comunes con el cristianismo (que, de hecho, vienen de la moral natural) es totalmente diferente.

 

En resumen, para el budismo, la existencia misma de personas individuales es un error. El mundo está inmerso en un terrible sufrimiento que es una consecuencia necesaria de la existencia de las personas. Buda inicia el budismo como un camino para escapar a esa maldición: la anulación del deseo que consigue, tras un largo proceso, la iluminación del nirvana, es decir, la extinción de tu propia existencia personal.

 

Su mensaje fundamental, en palabras sencillas, podría resumirse en decir algo como: la vida es horrible, todo es sufrimiento. Además no puedes escapar de ese sufrimiento ni siquiera muriendo, porque te reencarnas y vuelves otra vez a ser arrastrado a la vida y al sufrimiento. Eso sí, una persona excepcional, Buda, ha encontrado una salida a esa maldición. Anulando todos los deseos y viviendo rectamente es posible alcanzar la iluminación y destruir esa anomalía que es tu existencia como persona individual. Es posible desaparecer, fundiéndote en el universo impersonal, y así dejar de sufrir.

 

Creo que, para los lectores, será evidente el contraste enorme que existe entre lo que afirma en esencia el budismo con el núcleo del cristianismo. Los cristianos creemos que Dios te ha creado por amor y, antes de que el mundo existiera, ya pensó en ti y te amó infinitamente, llamándote por tu nombre. Eres algo precioso para Dios y el mundo es mejor porque tú existes. Tus pecados pueden apartarte de la vida de Dios, pero, por su misericordia, donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Dios ha perdonado tus errores, entregando a su propio Hijo para que diera su vida por ti. Estás llamado a ser hijo de Dios por adopción gracias a la acción del Espíritu Santo. Dios no quiere que desaparezcas como persona, sino que, cuanto más amas a Dios y te sometes a él, más libertad tienes y más eres tú mismo. Estás destinado a la vida y a la felicidad eternas.

 

En mi opinión, el budismo es un esfuerzo muy meritorio por encontrar una salida al problema del sufrimiento, pero su centro está en rechazar todo lo que es verdaderamente humano. Está claro que el cristianismo es muchísimo más que eso. Los cristianos hemos conocido el amor que Dios nos tiene y que da un sentido a toda nuestra existencia. No necesitamos ya huir del sufrimiento, como hace el budismo, porque, en la Cruz, Jesucristo ha dado un sentido redentor a ese sufrimiento, abriéndonos el camino a la vida eterna. Cada uno es libre de creer en lo que quiera, pero que nadie intente venderme el cuento de que cristianismo y budismo son lo mismo.

 

Fuente: http://infocatolica.com/blog/espadadedoblefilo.php/1704240326-budismo-y-cristianismo-como-l

 

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La nueva Iglesia de Rahner

 

Algunas de sus formulaciones pueden sonarnos familiares. Lo pastoral debería tener prioridad sobre lo dogmático. Cristo nos pide una decisión interna, existencial, en lo más profundo de nuestro ser, no nuestro asentimiento a proposiciones dogmáticas.

 

Russell Ronald Reno

 

Karl Rahner fue uno de los peritos del Concilio Vaticano II, uno de los teólogos consultores designados oficialmente sobre quienes los cardenales se apoyaban para escribir sus discursos y elaborar los borradores de los documentos conciliares. Cuando se inauguró el Concilio en 1962 algunos funcionarios del Vaticano pensaban que podrían conseguir que los obispos allí reunidos votasen unos borradores ya preparados. El primero que se presentó ante el Concilio fue un esquema sobre la Revelación, un tema crucial. Pero los padres conciliares se mostraron críticos y lo rechazaron. El Papa Juan XXIII bendijo la rebelión y las discusiones tomaron caminos que nadie había anticipado. Una parte esencial del trabajo del Concilio tenía que reformularse y fue Rahner, trabajando junto a Joseph Ratzinger, quien preparó el borrador De revelatione Dei et hominis in Jesu Christo, la semilla de lo que luego fue Dei Verbum, la Constitución sobre la Divina Revelación.

 

Su trabajo en el Vaticano II dio prestigio a la reputación de Rahner. Rahner, un académico reconocido, combinaba una sensibilidad revisionista con un notable dominio de la tradición dogmática. Escribía artículos sobre teología y filosofía y era editor de varias ediciones del prestigioso compendio de doctrina, el Enchiridion Symbolorum, conocido como «Denzinger» en honor a su primer editor. Su denso estilo filosófico impresionaba a sus contemporáneos, su exhaustivo conocimiento de los detalles dogmáticos intimidaba a los cardenales y su habilidad para dar un aire progresista a las afirmaciones católicas tradicionales le convirtieron en una celebridad entre los estudiantes de teología.

 

En el culmen de su influencia escribió Strukturwandel der Kirche als Aufgabe und Chance (El cambio estructural de la Iglesia como tarea y oportunidad, publicado en inglés bajo el título La forma de la Iglesia del Porvenir), publicado en 1972. Algunas de sus formulaciones pueden sonarnos familiares. Lo pastoral debería tener prioridad sobre lo dogmático. Cristo nos pide una decisión interna, existencial, en lo más profundo de nuestro ser, no nuestro asentimiento a proposiciones dogmáticas. La Iglesia necesita abrir sus puertas y llegar a los de fuera, encontrándose con ellos en sus propios términos, no dirigiéndose a ellos de modo moralizante y legalista. De hecho, la Iglesia necesita repensar el modo en que la moralidad es enseñada. La crítica social es el verdadero propósito del magisterio de la Iglesia, que debe comprometerse con el mundo moderno en vez de construir muros que la preserven de influencias externas.

 

Todo esto nos resulta muy familiar, especialmente cuando Rahner trata de ciertos asuntos particulares. «No está absolutamente claro dónde se encuentran las fronteras para abrir la comunión… No está claro que las personas divorciadas que vuelven a casarse después de un primer matrimonio sacramental no puedan, en ninguna circunstancia, ser admitidas a los sacramentos mientras permanezcan en ese segundo matrimonio» (quizás el cardenal Walter Kasper subrayó este pasaje en su ejemplar de La forma de la Iglesia del Porvenir). «Tampoco está tan claro como algunos piensan a veces, cuáles son las posibilidades para una conciencia cristiana en relación a las leyes estatales penales contra el fin de un embarazo».

 

Cuando abordamos la cuestión de la unidad de los cristianos, Rahner aconseja un enfoque centrado en el avanzar, sin perder el tiempo en cuestiones dogmáticas. Imagina el final del celibato sacerdotal y el principio de comunidades cristianas lideradas por laicos en las que, bajo ciertas circunstancias, esos laicos podrían celebrar Misa (Rahner siempre recubría su revisionismo con elaboradas restricciones). Afirma la posibilidad de mujeres-sacerdote y la introducción del voto de los laicos y de otras estructuras democráticas en el gobierno de la Iglesia. En todo momento la misión de la Iglesia es presentada como sociopolítica. La justicia es la nueva salvación.

 

Ese libro, presentando un programa para una transformación radical de la Iglesia católica, fue traducido al español en 1974.

 

(R. R. Reno, First Things, Marzo 2017; traducido por Jorge Soley). 

 

Fuente: http://infocatolica.com/?t=opinion&cod=28944

 

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Prólogo de “Y el Logos se hizo carne”

 

Daniel Iglesias Grèzes

 

“Y el Verbo [Logos] se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1,14).

 

Segundo libro de una trilogía apologética

 

Mi primer libro, publicado en 2008, se tituló Razones para nuestra esperanza. Escritos de apologética católica. La apologética es la ciencia que estudia los fundamentos racionales de la fe cristiana y católica. Siguiendo la estructura clásica de la apologética católica, ese libro tiene tres partes, referidas respectivamente a la fe en Dios, la fe en Jesucristo y la fe en la Iglesia Católica.

 

Mi quinto libro, publicado en 2011, se tituló En el principio era el Logos. Apologética católica en diálogo con los no creyentes. En esencia, fue una profundización de la Parte 1 de mi primer libro, orientada a responder esta pregunta: ¿Por qué ser creyente? O sea, ¿qué razones hay para creer en Dios?

 

En el Prólogo de En el principio era el Logos escribí: “Este libro es la primera parte de una trilogía apologética que, si Dios quiere, completaré algún día”. Seis años después, se me ha concedido publicar la segunda parte de esa trilogía. El presente libro es una versión muy aumentada y corregida de la Parte 2 de Razones para nuestra esperanza, orientada a responder esta pregunta: ¿Por qué ser cristiano? O sea, ¿qué razones hay para creer en Cristo?

 

Debido a la metodología adoptada, la presente obra da por demostradas las verdades principales de la teología natural, tratadas en el primer libro de la trilogía; es decir, la existencia del Ser Absoluto, Necesario y Perfectísimo que llamamos “Dios”; un Dios único, omnisciente, todopoderoso, eterno, Creador del universo y del hombre, a los que gobierna y cuida con su Divina Providencia, etc., etc. Por eso el subtítulo de este libro es Apologética católica en diálogo con los no cristianos, y no “con los no creyentes”, como en el primer libro de la aún incompleta trilogía. Esto no significa que los no creyentes no puedan leer este libro con fruto, sino que les sería más útil leerlo después de conocer la apologética general (la primera de las tres grandes partes de la apologética católica), que coincide con la teología natural (la filosofía sobre Dios) desarrollada correctamente. Por lo tanto, en este libro me dirijo sobre todo a los creyentes, cristianos o no cristianos, con la esperanza de ayudar a algunos lectores a conocer más en profundidad las razones que fundamentan la fe cristiana y la verdad sobre Dios y sobre el hombre revelada por y en Jesucristo.

 

Este libro no es un tratado sistemático, por lo cual deja de lado muchos temas relevantes (por ejemplo, no se detiene mayormente en la resurrección de Jesús). Es una colección de escritos de apologética cristiana, que en su gran mayoría son reelaboraciones de artículos que he publicado en la revista virtual “Fe y Razón” o en mi blog “Razones para nuestra esperanza”. Por supuesto, hay muchas más razones para ser cristiano que las aquí expuestas. Ojalá la lectura de esta obra sea, al menos para algunos lectores, un estímulo para adentrarse en el gran océano de sabiduría de la apologética cristiana.

 

Doy gracias a Dios por haberme dado el escribir este libro y le pido que produzca frutos de conversión.

 

Estructura de este libro

 

La apologética tiene tres funciones principales: a) una función afirmativa: promover la fe cristiana, mostrando su razonabilidad, o sea demostrando los argumentos racionales que la sustentan; b) una función negativa: defender la fe cristiana, refutando las objeciones hechas contra ella; c) una función crítica: criticar las doctrinas alternativas o contrarias a la fe cristiana, señalando sus errores e insuficiencias.

 

La Parte 1 de este libro corresponderá a la función afirmativa de la apologética. Procurará sobre todo demostrar la razonabilidad del dogma central del cristianismo: la Encarnación, que implica la divinidad de Cristo. En el diálogo entre cristianos y no cristianos, suele cometerse el error de discutir sobre dogmas de fe tales como el Cielo y el Infierno sin haber alcanzado antes una base de acuerdo mínima que haga posible y fructuoso ese diálogo. Sin principios comunes, dos interlocutores no llegarán a coincidir jamás, salvo por accidente. En nuestro caso, antes de discutir sobre la verdad de los dogmas de la fe católica, es conveniente ponerse de acuerdo acerca de si la Iglesia es realmente lo que ella dice ser: el Cuerpo Místico de Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Por lo tanto, si el cristiano quiere mostrar a un no cristiano la verdad de un dogma de fe, primero debe hacer todo el recorrido apologético, demostrando la credibilidad de la fe cristiana en Dios, en Cristo y en la Iglesia. Sólo después de la conversión del no cristiano (si ocurre) el cristiano podrá proponerle directamente las verdades de la teología dogmática.

 

La Parte 2 de este libro corresponderá a la función negativa de la apologética. Ésta sí permite que el cristiano y el no cristiano discutan sobre temas dogmáticos (por ejemplo los referidos a la escatología). Pero en este caso el cristiano se limita a refutar racionalmente los argumentos contrarios a la fe cristiana, sin apelar a los datos de la teología dogmática, ciencia que presupone la fe, ausente en el interlocutor.

 

Por último, la Parte 3 de este libro corresponderá a la función crítica de la apologética, e incluirá críticas a algunos sistemas religiosos o filosóficos alternativos al cristianismo.

 

La alegría cristiana

 

Nuestra civilización occidental está enferma de tristeza y de angustia. Es natural que lo esté porque, en gran medida, ha perdido la fe cristiana y ha asumido una cosmovisión absurda: el ser humano no sería más que un animal astuto, surgido por casualidad y destinado a la nada, después de una vida breve y totalmente intrascendente. Por eso el proverbial “hombre moderno” busca divertirse por medios cada vez más extraños y alienantes, tratando de olvidar su angustiosa situación (su muerte futura) y cayendo en diversas idolatrías y esclavitudes, como por ejemplo el flagelo de la drogadicción. Así, sumido en una terrible oscuridad, ignorante de la verdad esencial sobre sí mismo, en cierto modo muere (y mata) espiritualmente cada día.

 

La fe cristiana ofrece un agudísimo contraste con este negro panorama. Sus sentimientos dominantes son dos: alegría y paz. Se trata de la verdadera alegría y la verdadera paz, la alegría y la paz que sólo Cristo puede dar y que el mundo busca en vano fuera de Él. Se trata de la alegría de saber que Dios es un Padre infinitamente bueno, que nos ha creado por amor y para el amor, para la feliz comunión de amor con Él por toda la eternidad. Un Dios que nos ama tanto que se hizo hombre en Jesucristo, para salvarnos. Se trata de la paz de la reconciliación con Dios nuestro Padre, en Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien nos amó y se entregó por nosotros, por cada uno de nosotros.

 

La fe cristiana no es como un salto al vacío, sino un acto de la inteligencia movido por la voluntad. Para una inteligencia abierta a toda la realidad no es muy difícil elegir entre la fe cristiana en Dios, que ilumina todo con su luz, y el ateísmo, que convierte toda la existencia y el universo entero en un gigantesco absurdo. En el principio no pudo ser ni el vacío ni el sinsentido; en el principio era el Logos, la Palabra Racional, la Sabiduría de Dios.

 

Supuesta la existencia de Dios, tampoco es muy difícil llegar a aceptar todo el contenido de la fe cristiana, comenzando por el gran misterio de la Encarnación: el Hijo de Dios hecho carne. Ofrezco aquí, comprimido al máximo, un argumento estético a favor de la religión cristiana. Un cínico podría pensar que el cristianismo es demasiado bello para ser verdad. En cambio yo pienso (y en este punto me guía la filosofía tomista) que el cristianismo es tan bello que tiene que ser verdad. ¿Acaso puede haber bajo el sol algo más hermoso que la Encarnación y la Pascua del Hijo de Dios? “Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga vida eterna.” (Juan 3,16). ¿Cómo Dios podría haberse dejado ganar en amor, generosidad y belleza por una fantasía humana?

 

Según palabras de Jesucristo, los cristianos somos “luz del mundo”. Debemos llevar la luz de Cristo, verdadera, buena y bella, a un mundo agobiado y oprimido por falta de fe y de esperanza. La Buena Noticia de Cristo está magníficamente resumida en el número 1 del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica: “¿Cuál es el designio de Dios para el hombre? Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en Sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para hacerlo partícipe de su vida bienaventurada. En la plenitud de los tiempos, Dios Padre envió a su Hijo como Redentor y Salvador de los hombres caídos en el pecado, convocándolos en su Iglesia, y haciéndolos hijos suyos de adopción por obra del Espíritu Santo y herederos de su eterna bienaventuranza”. Es mi deseo que este libro contribuya a anunciar este núcleo esencial del Evangelio, para que la alegría y la paz de Cristo broten o rebroten en muchos corazones.

 

Montevideo, Viernes Santo de 2017.

                                    

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Celebración de un congreso de escatología gatuna en el Vaticano

 

Cavernícola

 

(ECOS de la CAVERNA) A lo largo de este mes de mayo, se está celebrando en la ciudad del Vaticano un congreso teológico internacional que ha atraído a expertos de todo el mundo. El tema no podría ser de más actualidad: ¿Los gatos también van al cielo?

 

“La humanidad lleva siglos preguntándoselo y creemos que es hora de que tenga una respuesta”, explicó Tom Catspaw, doctor en psicología felina y copresidente del evento.

 

El “también” del tema del congreso se debe obviamente a que la cuestión de si los perros van al cielo ya está cerrada para los católicos. “El Papa dijo no sé dónde que sí que van al cielo así que eso ya es dogma de fe. Hasta hay una película con ese título. No se puede dudar”, señaló Catspaw. “Pero el tema gatuno aún está abierto”.

 

Una respuesta positiva podría acabar con “milenios de discriminación, explica Rigoberta Litterbox, activista en pro de los derechos felinos. “En la Edad Media, creían que los gatos eran el demonio y ese estigma todavía está presente en la sociedad actual. Por eso hubo varios teólogos especieístas que negaron que los gatos tuvieran alma. Por suerte, los teólogos actuales son más tolerantes y abiertos y no soñarían con hablar de esa forma”.

 

Para evitar cualquier forma de discriminación, el Congreso incluye también multitud de participantes gatunos, conducidos hasta él por sus dueños o, según el término preferido por los propios animales, por sus “esclavos humanos”. Asimismo, el evento cuenta con traducción simultánea a idioma felino, subcontratada a la empresa Grifter’s Unlimited. Mientras los distintos oradores deleitan a la concurrencia con su sabiduría, los traductores maúllan, ronronean, bufan o escupen bolas de pelo, según corresponda, para traducir las conferencias a los verdaderos protagonistas del Congreso.

 

Quizá la parte más emotiva del Congreso haya sido la dedicada a los testimonios personales. Por ejemplo, los participantes apenas pudieron contener las lágrimas cuando escucharon a un sacerdote alemán contar cómo había bautizado a su gato, con gran ceremonia y en el templo parroquial. “Quiero que también él vaya al cielo”, explicó el P. Einsamkeit. “Y lo hice cumpliendo todas las reglas. No hay nada que lo impida, porque mi pequeño Röhm también paga el kirchensteuer. Es un miembro legítimo de la comunidad eclesial y tiene derecho a recibir los sacramentos”.

 

Como suele suceder en todos los acontecimientos de este tipo, en el Congreso también han participado algunos (pocos) reaccionarios, activistas anti-progreso e intolerantes varios, cuyas voces generalmente fueron rápidamente acalladas por los amantes de la libertad. Uno de los trolls cavernícolas señaló que decir que los gatos iban al cielo era una “pendiente resbaladiza” y que antes o después se diría también que “las cucarachas y los mosquitos van al cielo”, algo que obviamente nadie quiere que suceda.

 

Ante la presencia de estos elementos perturbadores, el Congreso aprobó por consenso una declaración tildándolos de negacionistas y prohibiendo su presencia en las discusiones “para garantizar un clima de apertura, tolerancia y libertad de expresión”.

 

Fuente: http://infocatolica.com/blog/caverna.php/1705170311-celebracion-de-congreso-de-es

 

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Veni Sancte Spiritus

(Secuencia de la Misa de Pentecostés)

 

Veni Sancte Spiritus et emite caelitus lucis tuae radium.

Veni pater pauperum, veni dator munerum, veni lumen cordium.

Consolator optime, dulcis hospes animae, dulce refrigerium.

In labore requies, in aestu temperies, in fletu solatium.

O lux beatissima, reple cordis intima tuorum fidelium.

Sine tuo numine nihil est in homine, nihil est inoxium.

Lava quod est sordidum, riga quod est aridum, sana quod est saucium.

Flecte quod est rigidum, fove quod est frigidum, rege quod est devium.

Da tuis fidelibus in te confidentibus, sacrum septenarium.

Da virtutis meritum, da salutis exitum, da perenne gaudium.

Amen, Alleluia.

 

*******

 

Ven Espíritu Santo y desde el cielo envía un rayo de tu luz.

Ven padre de los pobres, ven dador de las gracias, ven luz de los corazones.

Consolador óptimo, dulce huésped del alma, dulce refrigerio.

Descanso en el trabajo, tranquilidad en el ardor, consuelo en el llanto.

Oh luz santísima: llena lo más íntimo de los corazones de tus fieles.

Sin tu ayuda nada hay en el hombre, nada que sea inocente.

Lava lo que está manchado, riega lo que es árido, cura lo que está enfermo.

Doblega lo que es rígido, calienta lo que es frío, dirige lo que está extraviado.

Concede a tus fieles que en Ti confían, tus siete sagrados dones.

Dales el mérito de la virtud, dales el puerto de la salvación, dales el eterno gozo.

Amén, Aleluya.

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“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

Contacto: feyrazon@gmail.com

 

 

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