Fe y Razón
Revista gratuita de teología y cultura católica
Publicación del Centro
Cultural Católico “Fe y Razón”
Desde Montevideo
(Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura
Nº 126 – 4 de noviembre de 2016
“Omne verum, a
quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est”
(“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del
Espíritu Santo”)
Santo Tomás de Aquino
|
Sección |
Título |
Autor o Fuente |
|
Editorial |
Equipo de Dirección |
|
|
Magisterio |
Su Santidad Benedicto XVI |
|
|
Teología |
Filial Appeal |
|
|
Teología |
Jean-Marie Paupert: un progresista convertido al
catolicismo |
Lic. Néstor Martínez Valls |
|
Teología |
Ing. Daniel Iglesias Grèzes |
|
|
Familia y Vida |
Lic. José Alfredo Elía Marcos |
|
|
Oración |
Papa
León XIII |
|
|
Libros |
Equipo de Dirección |
|
|
Donaciones |
Equipo de Dirección |
Equipo de
Dirección
En la Iglesia, como en
toda comunidad, existe una tensión entre la unidad y la pluralidad. Esta
tensión se ha manifestado de muchas formas a lo largo de la historia de la
Iglesia. La siguiente frase, erróneamente atribuida a San Agustín, expresa de
manera sintética y genial los principios aptos para resolver el problema de la tensión
entre unidad y pluralidad en las comunidades cristianas: “Unidad en lo necesario, libertad en lo opinable, caridad en todo”.
Unidad en lo necesario. Si falta la unidad en lo necesario, se
rompe la comunión eclesial. Es el caso, por ejemplo, de los cismas y herejías
que han dañado el cuerpo de la Iglesia. Pero, ¿qué es “lo necesario”, aquello
en lo que todos los cristianos debemos coincidir para permanecer en la unidad
de la Iglesia? Ésta es la respuesta de San Pablo: “Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que
habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo
Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos” (Efesios
4,4‑6). Destacamos la importancia de la unidad en “una sola fe”. Últimamente se ha difundido una especie de
catolicismo “a la carta”: del menú de los dogmas y las doctrinas cristianas uno
elige lo que le gusta y descarta lo restante. Incluso llega a ocurrir a veces
que los sacerdotes y catequistas no enseñan la doctrina de la Iglesia, sino sus
propias opiniones, erróneas o cuestionables. En 1992 el Papa San Juan Pablo II
aprobó y ordenó la publicación del Catecismo
de la Iglesia Católica, al cual presentó “como un instrumento válido y autorizado al servicio de la comunión
eclesial y como norma segura para la enseñanza de la fe” (Constitución
apostólica Fidei depositum, n. 4). Dicho
Catecismo nos es muy útil para conservar el depósito de la fe que el Señor
confió a su Iglesia. Todos los católicos deberíamos leerlo, estudiarlo y
usarlo.
Libertad en lo opinable. La unidad no es uniformidad. Una vez
asegurada la unidad en lo esencial, la libertad de los hijos de Dios se
despliega abarcando el ancho campo de lo cambiante y contingente. Uno puede
perfectamente ser cristiano y dedicarse a la teología, al cuidado de los
enfermos, a la contemplación o a la ingeniería; se puede ser un buen cristiano
en el matrimonio o en el celibato; militando en uno u otro partido político
(mientras su programa sea compatible con el cristianismo); formando parte de
una “comunidad eclesial de base” o siendo un simple “fiel de Misa”; celebrando
la Divina Liturgia en el rito latino (en su forma ordinaria o en su forma
extraordinaria) o en el rito bizantino, o en cualquier otro de los ritos
aprobados por la Iglesia; estando integrado a una parroquia o a un movimiento;
etc. Comprendemos mejor qué es la libertad cristiana contemplando el numeroso
conjunto de los santos canonizados por la Iglesia. Animados por un mismo
Espíritu, Benito de Nursia, Bernardo de Claraval, Francisco de Asís, Tomás de
Aquino, Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, etc. llevaron vidas exteriormente
muy diferentes. No sólo inculturaron el Evangelio, expresándolo con un lenguaje
apropiado para su época, pueblo y situación, sino que también dieron una
respuesta personal al llamado de Dios. Hay tantas formas de seguir a Jesucristo
como fieles cristianos.
Caridad en todo. “Quien no ama no ha
conocido a Dios, porque Dios es Amor” (1 Juan 4,8). Nos lo recordó el Papa
Benedicto XVI en su hermosa encíclica Deus
caritas est: Dios es amor. Tanto en lo necesario y sustancial, como en lo
contingente y accidental, debe prevalecer siempre la caridad, el amor
cristiano. La caridad, según nos enseña San Pablo, es la mayor de las virtudes
cristianas, la única que no pasará jamás. Permanecer unidos en el amor del
Padre es la forma más eficaz de realizar y testimoniar la unidad cristiana.
Cuando ven a los cristianos tratarse como hermanos, los no cristianos se
preguntan por la raíz de ese amor. Ésa fue una de las causas principales de la
eficacia misionera de las primeras generaciones cristianas. Unidos en la fe y
el amor, también los cristianos contemporáneos debemos responder con libre y
creativa generosidad a la vocación universal a la santidad.
*****
Nuestro Señor Jesucristo,
hablando de otro tema, subrayó implícitamente la gran importancia de la unidad
en la comunidad de sus discípulos, la Iglesia: “Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir, y una familia
dividida tampoco puede subsistir” (Marcos 3,24-25).
Los pecados contra la fe causan
divisiones graves en la Iglesia. El primer mandamiento del Decálogo nos exige
rechazar todo lo que se opone a la fe, en particular la duda (voluntaria o
involuntaria), la incredulidad, la herejía, la apostasía y el cisma (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn.
2088-2089).
“Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo,
de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz
sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el
rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de
la Iglesia a él sometidos” (Código de
Derecho Canónico, canon 751).
La herejía,
al herir y arruinar la fe, en la que se fundamenta toda la vida cristiana de la
Iglesia y de cada uno de los fieles, lleva consigo una excomunión automática (cf.
Código de Derecho Canónico, canon
1364).
Además, la ley de la Iglesia
manda a los Obispos que castiguen con
una pena justa a quienes difunden doctrinas condenadas por la Iglesia (cf. Código de Derecho Canónico, canon 1371).
Que en los últimos decenios se han difundido mucho dentro
de la Iglesia Católica innumerables herejías es un hecho cierto, denunciado por
los Papas con bastante frecuencia. Y estas graves falsificaciones
doctrinales no han disminuido en nuestros días.
“El Reino de los Cielos se parece a un hombre
que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su
enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y
aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver
entonces al propietario y le dijeron: «Señor, ¿no habías sembrado buena semilla
en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?». Él les respondió: «Esto lo
ha hecho algún enemigo»” (Mateo 13,24-28). Ese Enemigo
es el Diablo, actuando por medio de hombres e instituciones más o menos sujetos
a su influjo. El mundo anticristiano alienta el crecimiento de las herejías y
lo entiende como un desarrollo positivo.
Paradójicamente, hoy se dan dos
hechos contrapuestos: nunca la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo hacia la
verdad completa, ha tenido un cuerpo doctrinal y disciplinar tan amplio y espléndido
como el actual. Sin embargo, la falsificación de la doctrina católica es hoy
especialmente fácil y frecuente. ¿Cómo ha podido suceder esto? La única
respuesta convincente es ésta: nunca la autoridad apostólica ha tolerado en la
Iglesia tantos errores doctrinales y tantos abusos disciplinares y litúrgicos.
Herejías,
cismas y sacrilegios se han dado y se darán siempre en la Iglesia, pero
solamente perduran y se multiplican en la medida en que son promovidos o tolerados
por los Pastores sagrados, es decir, en la medida en que quedan impunes. Por
eso, si durante el último medio siglo se han esparcido ampliamente verdaderas
herejías, esto se debe en gran parte a un ejercicio insuficiente de la autoridad
apostólica (cf. Mateo 13,25: “mientras
todos dormían”).
Echamos en
falta una decisión suficientemente enérgica para combatir la difusión de
herejías dentro de la misma Iglesia. Es preciso superar una “cultura de
tolerancia a las herejías” que, en un grado u otro, lleva ya vigente medio
siglo, al menos en las naciones de antigua tradición cristiana. Siempre que
surge la herejía, debe ser afrontada con prontitud y horror. Ésta es la
tradición unánime en la historia de la Iglesia, tanto en Oriente como en
Occidente: tolerancia-cero ante las herejías. Es totalmente incompatible con la
Tradición y con la misma Ley canónica de la Iglesia una cierta tolerancia ante
los errores contra la fe, una transigencia hecha de reticencias, falsas
prudencias, pasividades, ineficacias combativas, reprobaciones largamente
demoradas, consentimientos tácitos o explícitos, medidas claramente
insuficientes, o hasta sospechosas de una oculta complicidad con la
falsificación de la fe.
El combate
librado por los Apóstoles contra las herejías fue muy potente. Los escritos
apostólicos denuncian una y otra vez el peligro de los maestros del
error. Los documentos más antiguos de la Iglesia (Padres apostólicos,
Santos Padres, Sínodos, etc.) expresan siempre un vivo horror a la herejía. Y
esta adhesión a la ortodoxia doctrinal ha sido una nota permanente en la
historia de la Iglesia. No han faltado en ella tiempos difíciles, pero siempre
la fuerza de las herejías ha sido vencida, con la asistencia del Espíritu
Santo, por una afirmación más fuerte todavía de la verdad católica.
Hace medio
siglo que en la Iglesia no se guarda una tolerancia-cero contra las herejías.
Los procedimientos canónicos y pastorales para eliminarlas son en gran medida
ineficaces, sobre todo porque en muchos casos ni siquiera se aplican. Por eso
se han difundido tanto en la Iglesia ideas contrastantes con la verdad revelada
y enseñada desde siempre. Comprobando sus malos frutos, debemos juzgar como
pésimo el árbol de la “cultura de tolerancia” hacia las herejías.
Es indudable
que hoy Dios quiere revitalizar la fe del pueblo cristiano en el amor fiel a la
verdad de Cristo y de la Iglesia, y en el horror a la herejía; ese horror que
tanto se ha relajado durante los últimos decenios, especialmente en aquellas
Iglesias locales que hoy han perdido en la apostasía a gran parte de sus hijos.
Todos los cristianos –desde los Obispos hasta el último de los fieles– debemos
propugnar en la Iglesia con la mayor energía una tolerancia-cero contra las
herejías, reafirmando en todos sus puntos las verdades de la fe católica. La
evangelización no puede ser solamente afirmativa, porque no puede afirmarse la
verdad de la fe si al mismo tiempo no se rechazan los errores que la niegan.
Ese celo apostólico por la verdad de la fe y ese horror extremo por la herejía
deben mover a todos a orar y obrar con el mayor empeño para denunciar con
prontitud y eficacia tantas herejías, y para recuperar así en la Iglesia el
esplendor único de la verdad católica. La “cultura de tolerancia” hacia las
herejías, que valora más la libertad de pensamiento y de expresión que la
ortodoxia de la fe, es en sí misma un gravísimo error, que abre una puerta
ancha a todos los demás errores, y debe ser eliminada cuanto antes.
La ortodoxia
católica debe ser defendida con el mismo empeño, por ejemplo, con el que,
gracias a Dios, desde hace unos cuantos años la Iglesia está combatiendo el
horror de la pederastia: con un empeño total. Así como, por la gracia de Dios y
estimuladas por la Santa Sede, las Iglesias locales están librando una lucha
sin cuartel contra la pederastia, ellas deben, con el mismo empeño, “combatir los buenos combates de la fe”
(1 Timoteo 6,12).
Pedimos,
pues, a Dios que, por su gracia, todos los Obispos descarten la falsa tolerancia
que ha permitido, por acción u omisión, que las herejías arruinen la fe del
pueblo que el Señor les ha confiado.
Nota: La segunda parte de este
editorial se basa principalmente en el artículo del Pbro. Dr. José María
Iraburu Año de la fe. Tolerancia cero para las herejías,
publicado en el N° 84 de Fe y Razón.
Homilía del Domingo 10 de septiembre de
2006
en la Explanada de la Nueva Feria de Munich
Viaje
apostólico a Munich, Altötting y Ratisbona (9-14 de septiembre de 2006)
Su Santidad Benedicto XVI
Queridos
hermanos y hermanas:
Ante todo quisiera saludaros una vez más a todos con afecto: como ya he
dicho, me alegra poder encontrarme de nuevo entre vosotros y celebrar
juntamente con vosotros la Santa Misa. Me alegra poder visitar una vez más los
lugares que me son familiares y que han ejercido un influjo decisivo en mi
vida, formando mi pensamiento y mis sentimientos, los lugares en los que
aprendí a creer y a vivir. Es una ocasión para expresar mi gratitud a todas las
personas –vivas y muertas– que me han guiado y acompañado. Doy gracias a Dios
por esta hermosa patria y por las personas que me la han hecho patria.
Acabamos
de escuchar las tres lecturas bíblicas que la liturgia de la Iglesia ha elegido
para este domingo. Todas ellas desarrollan un tema doble, que en el fondo es un
único tema, acentuando un aspecto u otro según las circunstancias. Las tres
lecturas hablan de Dios como centro de la realidad y centro de nuestra vida
personal. "Mirad a vuestro Dios", dice el profeta Isaías en la
primera lectura (Is 35,4).
La carta de Santiago y el pasaje del Evangelio dicen a su
modo lo mismo. Quieren guiarnos hacia Dios, llevándonos por el camino recto de
la vida.
Sin
embargo, al tema de Dios va unido el tema social: nuestra responsabilidad
recíproca, nuestra responsabilidad para que reine la justicia y el amor en el
mundo. Esto se expresa de modo dramático en la segunda lectura, en la que nos
habla Santiago, un pariente cercano de Jesús. Se dirige a una comunidad en la
que algunos comienzan a ser soberbios, porque en ella se encuentran también
personas acomodadas y distinguidas, mientras existe el peligro de que disminuya
la preocupación por el derecho de los pobres.
Santiago,
en sus palabras, deja intuir la imagen de Jesús, del Dios que se hizo hombre y,
a pesar de ser descendiente de David, es decir, de linaje real, se hizo un
hombre como los demás; no se sentó en un trono, sino que al final murió en la
pobreza extrema de la Cruz. El amor al prójimo, que es en primer lugar
preocupación por la justicia, es el metro para medir la fe y el amor a Dios.
Santiago lo llama "ley regia" (St 2,8), dejando vislumbrar la palabra
preferida de Jesús: la realeza de Dios, la soberanía de Dios.
Esto
no indica un reino cualquiera, que llegará más tarde o más temprano; significa
que Dios debe llegar a ser ahora la fuerza decisiva para nuestra vida y nuestro
obrar. Esto es lo que pedimos cuando oramos: "Venga a nosotros tu
reino". No pedimos algo lejano, que en el fondo nosotros mismos ni
siquiera deseamos experimentar. Por el contrario, pedimos que la voluntad de
Dios determine ahora nuestra voluntad y así Dios reine en el mundo; pedimos,
por consiguiente, que la justicia y el amor se transformen en las fuerzas
decisivas en el orden del mundo.
Esa
oración, como es natural, se dirige en primer lugar a Dios, pero también toca
nuestro corazón. En el fondo, ¿lo deseamos de verdad? ¿Estamos orientando
nuestra vida en esa dirección? A la "ley regia", la ley de la realeza
de Dios, Santiago la llama también "ley de la libertad": si
todos pensamos y vivimos según Dios, entonces somos todos iguales, somos
libres, y así nace la verdadera fraternidad. Isaías, en la primera lectura, al
hablar de Dios –"Mirad a vuestro Dios"– habla al mismo tiempo de la
salvación para los que sufren, y Santiago, hablando del orden social como
expresión irrenunciable de nuestra fe, lógicamente también habla de Dios, del
que somos hijos.
Pero
ahora vamos a centrar nuestra atención en el Evangelio, que narra la curación
de un sordomudo por obra de Jesús. También aquí encontramos de nuevo dos
aspectos del único tema. Jesús se dedica a los que sufren, a los marginados de
la sociedad. Los cura y, abriéndoles así la posibilidad de vivir y decidir juntamente
con los demás, los introduce en la igualdad y en la fraternidad.
Esto,
como es obvio, nos atañe también a todos nosotros: Jesús nos señala a
todos la dirección de nuestro obrar, nos dice cómo debemos actuar. Sin embargo,
todo el episodio presenta también otra dimensión, que los Padres de la Iglesia
pusieron de relieve con insistencia y que también nos concierne de modo
especial a nosotros hoy. Los Padres hablan de los hombres y para los hombres de
su tiempo. Pero lo que dicen nos atañe de modo nuevo también a los hombres
modernos.
No sólo existe la sordera física, que en gran medida aparta al hombre de la
vida social. Existe un defecto de oído con respecto a Dios, y lo sufrimos
especialmente en nuestro tiempo. Nosotros, simplemente, ya no logramos
escucharlo; son demasiadas las frecuencias diversas que ocupan nuestros oídos.
Lo que se dice de Él nos parece pre-científico, ya no parece adecuado a nuestro
tiempo. Con el defecto de oído, o incluso la sordera, con respecto a Dios,
naturalmente perdemos también nuestra capacidad de hablar con Él o a Él. Sin
embargo, de este modo nos falta una percepción decisiva. Nuestros sentidos
interiores corren el peligro de atrofiarse. Al faltar esa percepción, queda
limitado, de un modo drástico y peligroso, el radio de nuestra relación con la
realidad en general. El horizonte de nuestra vida se reduce de modo
preocupante.
El Evangelio nos narra que Jesús metió sus dedos en los oídos del sordomudo,
puso un poco de su saliva en la lengua del enfermo y dijo: "Effetá",
"Ábrete". El evangelista nos conservó la palabra aramea original que
pronunció Jesús en esa ocasión, remontándonos así directamente a ese momento.
Lo que allí se nos relata es algo excepcional y, sin embargo, no pertenece a un
pasado lejano: eso mismo lo realiza Jesús a menudo, de modo nuevo, también
hoy.
En nuestro bautismo Él realizó sobre nosotros ese gesto de tocar y dijo: "Effetá",
"Ábrete", para hacernos capaces de escuchar a Dios y para devolvernos
la posibilidad de hablarle a Él. Pero este acontecimiento, el sacramento del
bautismo, no tiene nada de mágico. El bautismo abre un camino.
Nos introduce en la comunidad de los que son capaces de escuchar y de hablar;
nos introduce en la comunión con Jesús mismo, el único que ha visto a Dios y
que, por consiguiente, ha podido hablar de Él (cf. Jn 1,18): mediante la fe, Jesús quiere
compartir con nosotros su ver a Dios, su escuchar al Padre y su hablar con Él.
El camino de los bautizados debe ser un proceso de desarrollo progresivo, en el
que crecemos en la vida de comunión con Dios, adquiriendo así también una
mirada diversa sobre el hombre y sobre la creación.
El Evangelio nos invita a caer en la cuenta de que tenemos un defecto en
nuestra capacidad de percepción, una carencia que al principio no reconocemos
como tal, porque precisamente todo lo demás se nos impone con su urgencia y
racionalidad; porque, aunque ya no tengamos oídos para escuchar a Dios ni ojos
para verlo, aunque vivamos sin Él, aparentemente todo se desarrolla de un modo
normal. Pero, ¿es verdad que todo se desarrolla de un modo normal cuando Dios
falta en nuestra vida y en nuestro mundo?
Antes
de plantear más preguntas, quisiera referir algunas de mis experiencias en los
encuentros con los obispos de todo el mundo. La Iglesia católica en Alemania es
excelente en sus actividades sociales, en su disponibilidad a ayudar en todos
los lugares donde existan necesidades. Durante sus visitas ad limina, los obispos,
recientemente los de África, me hablan siempre con gratitud de la generosidad
de los católicos alemanes y me piden que me haga intérprete de esta gratitud; y
es lo que quisiera hacer ahora públicamente.
También
los obispos de los países bálticos, que vinieron antes de las vacaciones, me
explicaron que los católicos alemanes les han ayudado con gran generosidad para
la reconstrucción de sus iglesias, muy deterioradas a causa de las décadas
de dominio comunista. De vez en cuando, sin embargo, algún obispo africano me
decía: "Si presento a Alemania proyectos sociales, encuentro inmediatamente
las puertas abiertas. Pero si voy con un proyecto de evangelización, más bien
encuentro reservas".
Como
es obvio, algunos piensan que los proyectos sociales se han de promover con la
máxima urgencia, mientras que las cosas que conciernen a Dios, o incluso la fe
católica, son más bien particulares y menos prioritarias. Sin embargo, la
experiencia de esos obispos es precisamente que la evangelización debe tener la
precedencia; que es necesario hacer que se conozca, se ame y se crea en el Dios
de Jesucristo; que hay que convertir los corazones, para que exista también
progreso en el campo social, para que se inicie la reconciliación, para que se
pueda combatir por ejemplo el sida afrontando de verdad sus causas profundas y
curando a los enfermos con la debida atención y con amor.
La
cuestión social y el Evangelio son realmente inseparables. Si damos a los
hombres sólo conocimientos, habilidades, capacidades técnicas e instrumentos,
les damos demasiado poco. En ese caso, sobrevienen pronto los mecanismos de la
violencia, y prevalece la capacidad de destruir y matar, el afán de conseguir
el poder, un poder que debería llevar más tarde o más temprano al
establecimiento del derecho, pero que en realidad nunca será capaz de lograrlo.
De
este modo se aleja cada vez más la posibilidad de la reconciliación, del
compromiso común a favor de la justicia y del amor. Entonces se pierden los
criterios según los cuales la técnica se pone al servicio del derecho y del
amor. Pero precisamente todo depende de estos criterios, que no son sólo
teorías, sino que iluminan el corazón, haciendo así que la razón y la acción
avancen por el camino recto.
Las
poblaciones de África y de Asia ciertamente admiran las realizaciones técnicas
de Occidente y nuestra ciencia, pero se asustan ante un tipo de razón que
excluye totalmente a Dios de la visión del hombre, considerando que ésta es la
forma más sublime de la razón, la que conviene enseñar también a sus culturas.
La verdadera amenaza para su identidad no la ven en la fe cristiana, sino en el
desprecio de Dios y en el cinismo que considera la mofa de lo sagrado un
derecho de la libertad y eleva la utilidad a criterio supremo para los futuros
éxitos de la investigación.
Queridos
amigos, este cinismo no es el tipo de tolerancia y apertura cultural que los
pueblos esperan y que todos deseamos. La tolerancia que necesitamos con
urgencia incluye el temor de Dios, el respeto de lo que es sagrado para el
otro. Pero este respeto de lo que los demás consideran sagrado exige que
nosotros mismos aprendamos de nuevo el temor de Dios. Este sentido de respeto
sólo puede renovarse en el mundo occidental si crece de nuevo la fe en Dios, si
Dios está de nuevo presente para nosotros y en nosotros.
Nuestra
fe no la imponemos a nadie. Este tipo de proselitismo es contrario al
cristianismo. La fe sólo puede desarrollarse en la libertad. Pero a la libertad
de los hombres pedimos que se abra a Dios, que lo busque, que lo escuche.
Nosotros, aquí reunidos, pedimos al Señor con todo nuestro corazón que pronuncie
de nuevo su "Effetá", que cure nuestro defecto de oído con
respecto a Dios, a su acción y a su palabra, y que nos haga capaces de ver y de
escuchar. Le pedimos que nos ayude a volver a encontrar la palabra de la
oración, a la que nos invita en la liturgia y cuya fórmula esencial nos enseñó
en el Padrenuestro.
El
mundo necesita a Dios. Nosotros necesitamos a Dios. ¿Qué Dios necesitamos?
En la primera lectura, el profeta se dirige a un pueblo oprimido,
diciendo: "Llegará la venganza de Dios" (Is 35,4). Nosotros podemos fácilmente
intuir cómo se imaginaba la gente esa venganza. Pero el profeta mismo revela
luego en qué consiste: en la bondad de Dios, que vendrá a sanarlos. Y la
explicación definitiva de las palabras del profeta la encontramos en Aquel que
murió por nosotros en la Cruz: en Jesús, el Hijo de Dios encarnado, que
aquí nos contempla con tanta insistencia. Su "venganza" es la
cruz: el "no" a la violencia, el "amor hasta el
extremo".
Éste
es el Dios que necesitamos. No faltamos al respeto a las demás religiones y
culturas, no faltamos al respeto a su fe, si confesamos en voz alta y sin
medios términos a aquel Dios que opuso su sufrimiento a la violencia, que ante
el mal y su poder eleva su misericordia como límite y superación. A Él
dirigimos nuestra súplica, para que esté en medio de nosotros y nos ayude a ser
sus testigos creíbles. Amén.
Declaración de fidelidad a la enseñanza inmutable
de la Iglesia
sobre el
matrimonio y a su ininterrumpida disciplina
Filial Appeal (Súplica
Filial)
«El matrimonio sea tenido por todos en honor» (Heb
13,4)
Vivimos en una época en la cual numerosas fuerzas buscan destruir o
deformar el matrimonio y la familia. Efectivamente, ideologías secularistas
sacan ventaja de esta situación agravando de esta manera la crisis de la
familia, consecuencia de un proceso de decadencia cultural y moral. Dicho
proceso conduce a los católicos a adaptarse a nuestra sociedad neo-pagana. El
«conformarse a la mentalidad de este siglo» (Rom 12,2) es frecuentemente
favorecido por una falta de fe –y, por tanto, de espíritu sobrenatural para
aceptar el misterio de la Cruz de Cristo–, o bien por la ausencia de oración y
penitencia.
El diagnóstico hecho por el Concilio Vaticano II sobre los males que
aquejan a las instituciones del matrimonio y de la familia es hoy más que nunca
válido: «la dignidad de esta institución no brilla en todas partes con el mismo
esplendor, puesto que está oscurecida por la poligamia, la epidemia del
divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones; es más, el amor
matrimonial queda frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los
usos ilícitos contra la generación» (Concilio Vaticano II, Constitución
Pastoral Gaudium et Spes, 7/12/1965,
n. 47).
Hasta hace poco tiempo, la Iglesia Católica ha constituido el bastión
del verdadero matrimonio y de la familia, pero ahora se han difundido errores
contra estas dos divinas instituciones en los ambientes católicos,
especialmente después de los Sínodos Ordinario y Extraordinario del 2014 y del
2015 respectivamente y después de la publicación de la Exhortación Apostólica
post-sinodal Amoris Laetitia.
Ante esta ofensiva, los signatarios se sienten moralmente obligados a
declarar su resolución de permanecer fieles a las inmutables enseñanzas sobre
la moral y sobre los sacramentos del Matrimonio, de la Reconciliación y de la
Eucaristía, como también a su perenne y durable disciplina respecto a dichos
sacramentos.
I. Sobre la castidad, el matrimonio y
los derechos de los padres
1. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que
toda forma de convivencia more uxorio
(como marido y mujer), fuera del matrimonio válido, contradice en modo grave la
voluntad de Dios expresada en sus mandamientos y, por lo tanto, no puede
contribuir al progreso espiritual de los que la practican ni a al progreso
espiritual de la sociedad.
«Por su índole
natural, la institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados por
sí mismos a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen
como con su corona propia. De esta manera, el marido y la mujer, que por el
pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6)… esta íntima unión,
como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen
plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad… Por ello los esposos
cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y
como consagrados por un sacramento especial» (Concilio Vaticano II, Constitución
Pastoral Gaudium et Spes, 7/12/1965,
n. 48).
2. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que
el matrimonio y el acto conyugal tienen finalidad a la vez procreativa y
unitiva; y que todos y cada uno de los actos conyugales deben ser abiertos al
don de la vida. Además afirmamos que esta enseñanza es definitiva e
irreformable.
«Queda excluida toda
acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el
desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio,
hacer imposible la procreación. Tampoco se pueden invocar como razones válidas,
para justificar los actos conyugales intencionalmente infecundos, el mal menor
o el hecho de que tales actos constituirían un todo con los actos fecundos
anteriores o que seguirán después y que por tanto compartirían la única e
idéntica bondad moral. En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal moral
menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es
lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien, es
decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente
desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se
quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. Es por
tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y
por esto intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de
una vida conyugal fecunda» (Pablo VI, Encíclica Humanae Vitae, 25/07/1968, n. 14).
3. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que
la así llamada educación sexual es un derecho primario y básico de los padres,
la cual debe ser siempre efectuada bajo su guía atenta, ya sea en el hogar o en
los centros educativos por ellos escogidos y controlados.
«Peligroso en sumo
grado es, además, ese naturalismo que en nuestros días invade el campo
educativo en una materia tan delicada como es la moral y la castidad. Está muy
difundido actualmente el error de quienes, con una peligrosa pretensión e
indecorosa terminología, fomentan la llamada educación sexual, pensando
falsamente que podrán inmunizar a los jóvenes contra los peligros de la carne
con medios puramente naturales y sin ayuda religiosa alguna; acudiendo para
ello a una temeraria, indiscriminada e incluso pública iniciación e instrucción
preventiva en materia sexual, y, lo que es peor todavía, exponiéndolos
prematuramente a las ocasiones, para acostumbrarlos, como ellos dicen, y para
curtir su espíritu contra los peligros de la pubertad» (Pío XI, Encíclica Divini Illius Magistri, 31/12/1929, n.
49).
«Corresponderá a
vosotras ante vuestras hijas, al padre ante vuestros hijos, alzar con
delicadeza el velo de la verdad, dando una respuesta prudente, justa y
cristiana a sus preguntas e inquietudes» (Pío XII, Alocución a las madres de familia de la Acción Católica italiana,
26/10/1941).
«Esta [la opinión
pública] se ha encontrado, en este campo, pervertida por una propaganda que no
dudamos en llamar funesta, incluso cuando a veces emana de fuentes católicas y
pretende actuar sobre católicos y, aún más, cuando los que la promueven no
parecen poner en duda que, a su vez, están engañados por el espíritu del mal...
Me refiero aquí a escritos, libros y artículos concernientes a la iniciación
sexual... Los mismos principios que en su Encíclica Divini Illius Magistri nuestro predecesor Pío XI ha tan sabiamente
ilustrado al respecto de la educación sexual y cuestiones conexas son –¡triste
señal de los tiempos!– puestos de lado con un gesto despreciativo y una
sonrisa: «Pío XI, se dice, la escribió hace veinte años, para su tiempo.
¡Cuánto camino ya hemos recorrido desde entonces!»... Uníos... sin timidez o
respeto humano, para interrumpir y parar esta campaña» (Pío XII, Discurso a numerosos grupos de padres de
familia procedentes de varias diócesis de Francia, 18/09/1951).
«La educación
sexual, derecho y deber fundamental de los padres, debe realizarse siempre bajo
su dirección solícita, tanto en casa como en los centros educativos elegidos y
controlados por ellos. En este sentido la Iglesia reafirma la ley de la
subsidiaridad, que la escuela tiene que observar cuando coopera en la educación
sexual, situándose en el espíritu mismo que anima a los padres. En este
contexto es del todo irrenunciable la educación para la castidad, como virtud
que desarrolla la auténtica madurez de la persona y la hace capaz de respetar y
promover el «significado esponsal» del cuerpo. Más aún, los padres cristianos
reserven una atención y cuidado especial –discerniendo los signos de la llamada
de Dios– a la educación para la virginidad, como forma suprema del don de uno
mismo que constituye el sentido mismo de la sexualidad humana. Por los vínculos
estrechos que hay entre la dimensión sexual de la persona y sus valores éticos,
esta educación debe llevar a los hijos a conocer y estimar las normas morales
como garantía necesaria y preciosa para un crecimiento personal y responsable
en la sexualidad humana» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, 22/11/1981, n.
37).
«Se recomienda
respetar el derecho del niño o del joven a retirarse de toda forma de
instrucción sexual impartida fuera de casa. Nunca han de ser penalizados ni
discriminados por tal decisión ni ellos ni los demás miembros de su familia»
(Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad
Humana: Verdad y Significado – Orientaciones educativas en familia,
8/12/1995, n. 120).
«En la enseñanza de
la doctrina y de la moral católica acerca de la sexualidad, se deben tener en
cuenta las consecuencias del pecado original, es decir, la debilidad humana y
la necesidad de la gracia de Dios para superar las tentaciones y evitar el
pecado» (ib., n. 123).
«No se ha de
presentar ningún material de naturaleza erótica a los niños o a los jóvenes de
cualquier edad que sean, ni individualmente ni en grupo. Este principio de
decencia salvaguardia la virtud de la castidad cristiana. Por ello, al
comunicar la información sexual en el contexto de la educación al amor, la
instrucción ha de ser siempre ‘positiva y prudente’, ‘clara y delicada’. Estas
cuatro palabras, usadas por la Iglesia Católica, excluyen toda forma de
contenido inaceptable de la educación sexual» (ib., n. 126).
«Los padres deben
prestar atención a los modos en que se transmite a sus hijos una educación
inmoral, según métodos promovidos por grupos con posiciones e intereses
contrarios a la moral cristiana. No es posible indicar todos los métodos
inaceptables: se presentan solamente algunos más difundidos, que amenazan a los
derechos de los padres y la vida moral de sus hijos. En primer lugar los padres
deben rechazar la educación sexual secularizada y antinatalista, que pone a
Dios al margen de la vida y considera el nacimiento de un hijo como una
amenaza. La difunden grandes organismos y asociaciones internacionales
promotores del aborto, la esterilización y la contracepción. Tales organismos
quieren imponer un falso estilo de vida en contra de la verdad de la sexualidad
humana» (ib., nn. 135-136).
4. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que
la consagración definitiva de una persona a Dios mediante una vida de perfecta
castidad es objetivamente más excelente que el matrimonio, ya que constituye
una especie de matrimonio espiritual por el cual el alma se desposa con Cristo.
La sagrada virginidad fue recomendada por nuestro divino Redentor y por San
Pablo como un estado complementario pero objetivamente más perfecto que el
matrimonio.
«Esta doctrina, que
establece las ventajas y excelencias de la virginidad y del celibato sobre el
matrimonio, fue puesta de manifiesto, como lo llevamos dicho, por nuestro
Divino Redentor y por el Apóstol de las Gentes; y asimismo en el santo Concilio
Tridentino fue solemnemente definida como dogma de fe divina y declarada
siempre por unánime sentir de los Santos Padres y doctores de la Iglesia.
Además, así nuestros Antecesores, como también Nos, siempre que se ha ofrecido
la ocasión, una y otra vez la hemos explicado y con gran empeño recomendado.
Sin embargo, puesto que no han faltado recientemente algunos que han atacado,
no sin grave peligro y detrimento de los fieles, esta misma doctrina
tradicional en la Iglesia, Nos, por deber de conciencia, hemos creído oportuno
volver sobre el asunto en esta Encíclica y desenmascarar y condenar los errores,
que con frecuencia se presentan encubiertos bajo apariencias de verdad» (Pío
XII, Encíclica Sacra Virginitas,
25/03/1954, n. 32).
II. Sobre las convivencias, las uniones
de personas del mismo sexo y el matrimonio civil después del divorcio
5. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que
la unión irregular entre un hombre y una mujer convivientes o la de dos
individuos del mismo sexo no puede nunca ser comparada al matrimonio; que tales
uniones no pueden ser consideradas moralmente lícitas ni reconocidas por la ley.
Y sostenemos que es falso afirmar que se trata de formas de familia que pueden
ofrecer una cierta estabilidad.
«Tal es y tan
singular la naturaleza propia de este contrato, que en virtud de ella se
distingue totalmente, así de los ayuntamientos propios de las bestias, que,
privadas de razón y voluntad libre, se gobiernan únicamente por el instinto
ciego de su naturaleza, como de aquellas uniones libres de los hombres que
carecen de todo vínculo verdadero y honesto de la voluntad, y están destituidas
de todo derecho para la vida doméstica. De donde se desprende que la autoridad
tiene el derecho y, por lo tanto, el deber de reprimir las uniones torpes que
se oponen a la razón y a la naturaleza, impedirlas y castigarlas» (Pío XI,
Encíclica Casti Connubii,
31/12/1930).
«No se puede poner
[la familia] en el mismo nivel de simples asociaciones o uniones, y éstas no
pueden beneficiarse de los derechos particulares vinculados exclusivamente a la
protección del compromiso matrimonial y de la familia, fundada en el
matrimonio, como comunidad de vida y de amor estable, fruto de la entrega total
y fiel de los esposos, abierta a la vida» (Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el II encuentro de políticos y
legisladores de Europa, 23/10/1998).
«Conviene comprender
las diferencias sustanciales entre el matrimonio y las uniones fácticas. Esta
es la raíz de la diferencia entre la familia de origen matrimonial y la
comunidad que se origina en una unión de hecho. La comunidad familiar surge del
pacto de unión de los cónyuges. El matrimonio que surge de este pacto de amor
conyugal no es una creación del poder público, sino una institución natural y
originaria que lo precede. En las uniones de hecho, en cambio, se pone en común
el recíproco afecto, pero al mismo tiempo falta aquel vínculo matrimonial de
dimensión pública originaria, que fundamenta la familia» (Pontificio Consejo
para la Familia, Declaración sobre
Familia, Matrimonio y «Uniones de hecho», 26/07/2000, n. 9).
6. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que
las uniones irregulares de convivientes católicos no casados en la Iglesia o
divorciados «recasados» civilmente (por lo tanto, no casados a los ojos de
Dios) contradicen radicalmente el matrimonio cristiano y no pueden expresar el
bien del mismo, ni parcialmente ni en modo análogo, debiendo ser consideradas
formas de vida pecaminosas o bien ocasiones permanentes de pecado grave. Más aún,
es falso afirmar que pueden constituir una ocasión positiva puesto que
contienen elementos constructivos que conducen al matrimonio, ya que, aunque
presentan semejanzas materiales, un matrimonio válido y una unión irregular son
dos realidades completamente diversas y opuestas: una es conforme a la voluntad
de Dios, la otra la transgrede y, por tanto, es pecaminosa.
«Muchos reivindican
hoy el derecho a la unión sexual antes del matrimonio, al menos cuando una
resolución firme de contraerlo y un afecto que en cierto modo es ya conyugal en
la mente de los novios piden este complemento, que ellos juzgan connatural;
sobre todo cuando la celebración del matrimonio se ve impedida por las
circunstancias, o cuando esta relación íntima parece necesaria para la
conservación del amor. Semejante opinión se opone a la doctrina cristiana,
según la cual todo acto genital humano debe mantenerse dentro del matrimonio...
En efecto, el amor de los esposos queda asumido por el matrimonio en el amor
con el cual Cristo ama irrevocablemente a la Iglesia (cfr. Ef 5,23-32),
mientras la unión corporal en el desenfreno profana el templo del Espíritu
Santo, en el que el mismo cristiano se ha convertido» (Congregación para la
Doctrina de la Fe, Declaración acerca de
ciertas cuestiones de ética sexual – Persona humana, 29/12/1975, n. 7).
«Puede establecerse
y comprenderse la diferencia esencial que existe entre una mera unión de hecho,
aunque se afirme que ha surgido por amor, y el matrimonio, en el que el amor se
traduce en un compromiso no sólo moral, sino también rigurosamente jurídico. El
vínculo, que se asume recíprocamente, desarrolla desde el principio una
eficacia que corrobora el amor del que nace, favoreciendo su duración en
beneficio del cónyuge, de la prole y de la misma sociedad» (Juan Pablo II, Discurso a los miembros del Tribunal de la
Rota Romana, 21/01/1999, n. 5).
7. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que
las uniones irregulares no pueden satisfacer los requisitos objetivos de la Ley
de Dios. No pueden ser consideradas moralmente buenas ni recomendadas como
prudentes y como cumplimiento gradual de la Ley divina, incluso para aquellos
que no están en condiciones de comprender, apreciar y cumplir plenamente los
requisitos de esta Ley. La pastoral de la «ley de la gradualidad» exige una
ruptura decidida con el pecado, junto con una progresiva aceptación completa de
la voluntad y exigencias de Dios.
«Si los actos son
intrínsecamente malos, una intención buena o determinadas circunstancias
particulares pueden atenuar su malicia, pero no pueden suprimirla: son actos
irremediablemente malos, por sí y en sí mismos no son ordenables a Dios y al
bien de la persona: «En cuanto a los actos que son por sí mismos pecados (cum iam opera ipsa peccata sunt) –dice
san Agustín–, como el robo, la fornicación, la blasfemia u otros actos
semejantes, ¿quién osará afirmar que cumpliéndolos por motivos buenos (bonis causis), ya no serían pecados o
–conclusión más absurda aún– que serían pecados justificados?». Por esto, las
circunstancias o las intenciones nunca podrán transformar un acto
intrínsecamente deshonesto por su objeto en un acto subjetivamente honesto o
justificable como elección» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, 6/08/1993, n. 81).
«A veces parece
incluso que, con todos los medios, se intenta presentar como «regulares» y
atractivas –con apariencias exteriores seductoras– situaciones que en realidad
son «irregulares» (Juan Pablo II, Carta a las familias Gratissimam sane, 2/02/1994, n. 5).
III. Sobre la Ley Natural y la
conciencia individual
8. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que,
en el proceso profundamente personal de asumir una decisión, la ley moral
natural no es una mera fuente de inspiración subjetiva, sino que es la ley
eterna de Dios participada por la persona humana. La conciencia no es la fuente
arbitraria del bien y del mal, sino que es la noción de cómo una acción debe
adecuarse a un requisito extrínseco al hombre, es decir, a la objetiva e
inmediata exigencia de una ley que debemos llamar natural.
««La ley natural
está escrita y grabada en el ánimo de todos los hombres y de cada hombre, ya
que no es otra cosa que la misma razón humana que nos manda hacer el bien y nos
intima a no pecar» … La fuerza de la ley reside en su autoridad de imponer unos
deberes, otorgar unos derechos y sancionar ciertos comportamientos … «La ley
natural es la misma ley eterna, ínsita en los seres dotados de razón, que los
inclina al acto y al fin que les conviene; es la misma razón eterna del Creador
y gobernador del universo» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, 6/08/1993, n. 44, citando a León XIII,
Encíclica Libertas Praestantissimum y
a Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae,
I-II, q. 91, a. 2).
9. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que
una conciencia bien formada, capaz de discernir correctamente situaciones
complejas, no llegará jamás a la conclusión de que, dadas las limitaciones de
la persona, su permanencia en una situación que objetivamente contradice la
comprensión cristiana del matrimonio pueda ser la mejor respuesta al Evangelio.
Presumir que la debilidad de una conciencia individual sea el criterio de la
verdad moral es inaceptable e imposible de incorporar en la praxis de la
Iglesia.
«Las obligaciones
fundamentales de la ley moral están basadas en la esencia, en la naturaleza del
hombre y en sus relaciones esenciales, y valen, por consiguiente, en todas
partes donde se encuentre el hombre; las obligaciones fundamentales de la ley
cristiana, por lo mismo que sobrepasan a las de la ley natural, están basadas
sobre la esencia del orden sobrenatural constituido por el divino Redentor. De
las relaciones esenciales entre el hombre y Dios, entre hombre y hombre, entre
los cónyuges, entre padres e hijos; de las relaciones esenciales en la
comunidad, en la familia, en la Iglesia, en el Estado, resulta, entre otras
cosas, que el odio a Dios, la blasfemia, la idolatría, la defección de la
verdadera fe, la negación de la fe, el perjurio, el homicidio, el falso
testimonio, la calumnia, el adulterio y la fornicación, el abuso del
matrimonio, el pecado solitario, el robo y la rapiña, la sustracción de lo que
es necesario a la vida, la defraudación del salario justo (cfr. Stg 5,4), el
acaparamiento de los víveres de primera necesidad y el aumento injustificado de
los precios, la bancarrota fraudulenta, las injustas maniobras de especulación,
todo ello está gravemente prohibido por el Legislador divino. No hay motivo para
dudar. Cualquiera que sea la situación del individuo, no hay más remedio que
obedecer» (Pío XII, Discurso sobre los
errores de la moral de situación, 18/04/1952, n. 10).
«En cambio, cuando
nuestros actos desconocen o ignoran la ley, de manera imputable o no,
perjudican la comunión de las personas, causando daño» (Juan Pablo II,
Encíclica Veritatis splendor,
6/08/1993, n. 51).
«Los preceptos
negativos de la ley natural son universalmente válidos: obligan a todos y cada
uno, siempre y en toda circunstancia. En efecto, se trata de prohibiciones que
vedan una determinada acción «semper et
pro semper», sin excepciones, porque la elección de ese comportamiento en
ningún caso es compatible con la bondad de la voluntad de la persona que actúa,
con su vocación a la vida con Dios y a la comunión con el prójimo. Está
prohibido a cada uno y siempre infringir preceptos que vinculan a todos y
cueste lo que cueste, y dañar en otros y, ante todo, en sí mismos, la dignidad
personal y común a todos» (ib., n. 52).
«Incluso en las
situaciones más difíciles, el hombre debe observar la norma moral para ser
obediente al sagrado mandamiento de Dios y coherente con la propia dignidad
personal. Ciertamente, la armonía entre libertad y verdad postula, a veces,
sacrificios no comunes y se conquista con un alto precio: puede conllevar
incluso el martirio» (ib., n. 102).
10. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que
el Sexto Mandamiento y la indisolubilidad matrimonial no deben considerarse
meros ideales a alcanzar. Se trata en cambio de preceptos de Nuestro Señor
Jesucristo que nos ayudan a superar las dificultades con su gracia y mediante
nuestra constancia.
«Es en la cruz
salvífica de Jesús, en el don del Espíritu Santo, en los sacramentos que brotan
del costado traspasado del Redentor (cfr. Jn 19,34), donde el creyente
encuentra la gracia y la fuerza para observar siempre la ley santa de Dios (…) Sólo en el misterio de la Redención de Cristo
están las posibilidades «concretas» del hombre. «Sería un error gravísimo concluir... que la norma enseñada
por la Iglesia es en sí misma un "ideal" que ha de ser luego
adaptado, proporcionado,
graduado a las –se dice– posibilidades concretas del hombre: según un
«equilibrio de los varios bienes en cuestión». Pero, ¿cuáles son las «posibilidades
concretas del hombre»? ¿Y de qué hombre se habla? ¿Del hombre dominado por la
concupiscencia, o del redimido por Cristo? Porque se trata de esto: de la
realidad de la redención de Cristo. ¡Cristo nos ha redimido! Esto significa que
Él nos ha dado la posibilidad de realizar toda la verdad de nuestro ser; ha
liberado nuestra libertad del dominio de la concupiscencia... El mandamiento de
Dios ciertamente está proporcionado a las capacidades del hombre: pero a las
capacidades del hombre a quien se ha dado el Espíritu Santo; del hombre que,
aunque caído en el pecado, puede obtener siempre el perdón y gozar de la
presencia del Espíritu» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, 6/08/1993, n. 103, citando su Discurso a los participantes en un curso
sobre la procreación responsable, 1/03/1984).
«En este contexto se
abre el justo espacio a la misericordia de Dios por el pecador que se
convierte, y a la comprensión por la debilidad humana. Esta comprensión jamás
significa comprometer y falsificar la medida del bien y del mal para adaptarla
a las circunstancias. Mientras es humano que el hombre, habiendo pecado,
reconozca su debilidad y pida misericordia por las propias culpas, en cambio es
inaceptable la actitud de quien hace de su propia debilidad el criterio de la
verdad sobre el bien… Semejante actitud corrompe la moralidad de la sociedad
entera, porque enseña a dudar de la objetividad de la ley moral en general y a
rechazar las prohibiciones morales absolutas sobre determinados actos humanos,
y termina por confundir todos los juicios de valor» (ib. 104).
11. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que
la conciencia que admite que una situación determinada no corresponde
objetivamente a la exigencia evangélica sobre el matrimonio, no puede
honestamente concluir que permanecer en tal situación pecaminosa sea la
respuesta más generosa que se pueda dar a Dios, ni que ello sea lo que Dios le
está pidiendo por ahora, ya que ambas conclusiones negarían la omnipotencia de
la gracia para atraer a los pecadores a la plenitud de la vida cristiana.
«Nadie, empero, por
más que esté justificado, debe considerarse libre de la observancia de los
mandamientos; nadie debe usar de aquella voz temeraria y por los Padres
prohibida bajo anatema, que los mandamientos de Dios son imposibles de guardar
para el hombre justificado. Porque Dios no manda cosas imposibles, sino que al
mandar avisa que hagas lo que puedas y pidas lo que no puedas y ayuda para que
puedas; sus mandamientos no son pesados (San Agustín, De natura et gratia, 43, 50), su yugo es suave y su carga ligera
(Mt 11,30). Porque los que son hijos de Dios aman a Cristo y los que lo aman,
como Él mismo atestigua, guardan sus palabras (Jn 14,23) cosa que, con el
auxilio divino, pueden ciertamente hacer… Porque Dios, a los que una vez
justificó por su gracia no los abandona, si antes no es por ellos abandonado.
Así, pues, nadie debe lisonjearse a sí mismo en la sola fe, pensando que por la
sola fe ha sido constituido heredero y ha de conseguir la herencia» (Concilio de
Trento, Decreto sobre la Justificación,
cap. 11).
«Puede haber
situaciones en las cuales el hombre –y en especial el cristiano– no pueda
ignorar que debe sacrificarlo todo, aun la misma vida, por salvar su alma.
Todos los mártires nos lo recuerdan. Y son muy numerosos, también en nuestro
tiempo. Pero la madre de los Macabeos y sus hijos, las santas Perpetua y
Felicitas –no obstante sus recién nacidos–, María Goretti y otros miles,
hombres y mujeres, que venera la Iglesia, ¿habrían, por consiguiente, contra la
situación, incurrido inútilmente –y hasta equivocándose– en la muerte
sangrienta? Ciertamente que no; y ellos, con su sangre, son los testigos más
elocuentes de la verdad contra la nueva moral» (Pío XII, Discurso sobre los errores de la moral de situación, 18/04/1952, n.
11).
«Las tentaciones se
pueden vencer y los pecados se pueden evitar porque, junto con los
mandamientos, el Señor nos da la posibilidad de observarlos: «Sus ojos están
sobre los que lo temen, Él conoce todas las obras del hombre. A nadie ha
mandado ser impío, a nadie ha dado licencia de pecar» (Si 15,19-20). La
observancia de la ley de Dios, en determinadas situaciones, puede ser difícil,
muy difícil: sin embargo jamás es imposible. Ésta es una enseñanza constante de
la tradición de la Iglesia, expresada así por el concilio de Trento» (Juan
Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor,
6/08/1993, n. 102).
12. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de
que, a pesar de la diversidad de situaciones, el discernimiento personal y
pastoral no puede nunca conducir a los divorciados «recasados» civilmente a
concluir, en buena conciencia, que sus uniones adulterinas puedan ser
moralmente justificadas por la «fidelidad» a la nueva pareja, que sea imposible
retirarse de una unión adulterina, o que, haciéndolo, se expongan a nuevos
pecados faltando a la fidelidad cristiana en relación al conviviente
adulterino. No se puede hablar de fidelidad en una unión ilícita que viola el
Mandamiento divino y el vínculo indisoluble del matrimonio. El concepto de lealtad
entre adúlteros en su mutuo pecado es blasfemo.
«A la ética de
situación oponemos Nos tres consideraciones o máximas. La primera: Concedemos
que Dios quiere ante todo y siempre la intención recta; pero ésta no basta. Él
quiere, además, la obra buena. La segunda: No está permitido hacer el mal para
que resulte un bien (cfr. Rom 3,8). Pero esta ética obra –tal vez sin darse
cuenta de ello– según el principio de que «el bien santifica los medios» (Pío
XII, Discurso sobre los errores de la
moral de situación, 18/04/1952, n. 11).
«Algunos han
propuesto una especie de doble estatuto de la verdad moral. Además del nivel
doctrinal y abstracto, sería necesario reconocer la originalidad de una cierta
consideración existencial más concreta. Ésta, teniendo en cuenta las
circunstancias y la situación, podría establecer legítimamente unas excepciones
a la regla general y permitir así la realización práctica, con buena
conciencia, de lo que está calificado por la ley moral como intrínsecamente
malo. De este modo se instaura en algunos casos una separación, o incluso una
oposición, entre la doctrina del precepto válido en general y la norma de la
conciencia individual, que decidiría de hecho, en última instancia, sobre el
bien y el mal. Con esta base se pretende establecer la legitimidad de las
llamadas soluciones pastorales contrarias a las enseñanzas del Magisterio, y
justificar una hermenéutica creativa, según la cual la conciencia moral no
estaría obligada en absoluto, en todos los casos, por un precepto negativo particular»
(Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor,
6/08/1993, n. 56).
13. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que
los divorciados que se han «recasado» civilmente y que, por razones muy serias,
como la educación de los hijos, no pueden satisfacer el grave deber de la
separación, están moralmente obligados a vivir como «hermano y hermana» y a
evitar dar escándalo. En particular, ello significa excluir aquellas
manifestaciones de intimidad propias de las parejas casadas, puesto que serían
de suyo pecaminosas y, además, darían escándalo a la propia prole, que podría
concluir que están legítimamente casados, o que el matrimonio cristiano no es
indisoluble o, aún más, que tener relaciones sexuales con una persona que no es
el cónyuge legítimo no es pecado. Dada la delicadeza de su situación, ellos
deben ser particularmente cuidadosos con las ocasiones de pecado.
«La reconciliación
en el sacramento de la penitencia –que les abriría el camino al sacramento
eucarístico– puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el
signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a
una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto
lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios
–como, por ejemplo, la educación de los hijos–, no pueden cumplir la obligación
de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de
abstenerse de los actos propios de los esposos» (Juan Pablo II, Exhortación
Apostólica Familiaris Consortio,
22/11/1981, n. 84).
IV. Sobre el discernimiento, la
responsabilidad, el estado de gracia y el estado de pecado
14. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que
aquellos divorciados civilmente «recasados» que escogen esta situación con
pleno conocimiento y consentimiento de la voluntad no son miembros vivos de la
Iglesia ya que se encuentran en estado de pecado grave, que les impide la
posesión y el aumento de la caridad. Además debemos recordar que el Papa San
Pío V, en su bula Ex omnibus
afflictionibus contra los errores de Michael du Bay, llamado Bayo, condenó
la siguiente opinión moral: «El hombre que vive en pecado mortal o bajo pena de
condenación eterna puede poseer la verdadera caridad» (Denz. 1070).
«Según el Doctor Angélico,
para vivir espiritualmente, el hombre debe permanecer en comunión con el
supremo principio de la vida, que es Dios, en cuanto es el fin último de todo
su ser y obrar. Ahora bien, el pecado es un desorden perpetrado por el hombre
contra ese principio vital. Y cuando «por medio del pecado, el alma comete una
acción desordenada que llega hasta la separación del fin último –Dios– al que
está unida por la caridad, entonces se da el pecado mortal; por el contrario,
cada vez que la acción desordenada permanece en los límites de la separación de
Dios, entonces el pecado es venial» (Summa
Teologicae I-II, q. 72, a. 5). Por esta razón, el pecado venial no priva de
la gracia santificante, de la amistad con Dios, de la caridad, ni, por lo
tanto, de la bienaventuranza eterna, mientras que tal privación es precisamente
consecuencia del pecado mortal» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia, 2/12/1984,
n. 17).
«El divorcio es una
ofensa grave a la ley natural. Pretende romper el contrato, aceptado libremente
por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la
Alianza de salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo. El hecho
de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, aumenta la
gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla entonces en
situación de adulterio público y permanente: «No es lícito al varón, una vez
separado de su esposa, tomar otra; ni a una mujer repudiada por su marido, ser
tomada por otro como esposa» (S. Basilio Magno, Moralia, regula 73)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n.
2384).
15. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que
no existe una vía intermedia entre estar en gracia de Dios y estar privado de
ella a causa del pecado mortal. La vía de la gracia y del crecimiento
espiritual para quien vive en estado objetivo de pecado consiste en el abandono
de tal situación y en el retorno al camino de santificación que da gloria a
Dios. Ninguna «aproximación pastoral» puede justificar o alentar a las personas
a permanecer en el estado de pecado, que se opone a la Ley divina.
«Pero queda siempre
firme el principio de que la distinción esencial y decisiva está entre el
pecado que destruye la caridad y el pecado que no mata la vida sobrenatural;
entre la vida y la muerte no existe una vía intermedia» (Juan Pablo II,
Exhortación Apostólica Reconciliatio et
Paenitentia, 2/12/1984, n. 17).
««Se deberá evitar
reducir el pecado mortal a un acto de ‘opción fundamental’» –como hoy se suele
decir– contra Dios», concebido ya sea como explícito y formal desprecio de Dios
y del prójimo, ya sea como implícito y no reflexivo rechazo del amor. «Se
comete, en efecto, un pecado mortal también cuando el hombre, sabiéndolo y
queriéndolo, elige, por el motivo que sea, algo gravemente desordenado. (…) El
hombre se aleja de Dios y pierde la caridad. La orientación fundamental puede,
pues, ser radicalmente modificada por actos particulares. Sin duda pueden darse
situaciones muy complejas y oscuras bajo el aspecto psicológico, que influyen
en la imputabilidad subjetiva del pecador. Pero de la consideración de la
esfera psicológica no se puede pasar a la constitución de una categoría
teológica, como es concretamente la «opción fundamental» entendida de tal modo
que, en el plano objetivo, cambie o ponga en duda la concepción tradicional de
pecado mortal» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis
Splendor, 6/08/1993, n. 70; citando Reconciliatio
et Paenitentia, n. 17).
16. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de
que, dado que Dios es omnisciente, la ley natural y la ley revelada prevén
todas las situaciones particulares, especialmente cuando prohíben acciones
específicas en toda y cualquier circunstancia, señalándolas como
«intrínsecamente malas» (intrinsece malum).
«Se preguntará de
qué modo puede la ley moral, que es universal, bastar e incluso ser obligatoria
en un caso particular, el cual, en su situación concreta, es siempre único y de
una vez. Ella lo puede y ella lo hace, porque, precisamente a causa de su
universalidad, la ley moral comprende necesaria e intencionalmente todos los
casos particulares en los que se verifican sus conceptos. Y en estos casos, muy
numerosos, ella lo hace con una lógica tan concluyente, que aun la conciencia
del simple fiel percibe inmediatamente y con plena certeza la decisión que se
debe tomar» (Pío XII, Discurso sobre los
errores de la moral de situación, 18/04/1952, n. 9).
«Existen actos que,
por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre
gravemente ilícitos por razón de su objeto. Estos actos, si se realizan con el
suficiente conocimiento y libertad, son siempre culpa grave» (Juan Pablo II,
Exhortación Apostólica Reconciliatio et
Paenitentia, 2/12/1984, n. 17).
«La razón testimonia
que existen objetos del acto humano que se configuran como no-ordenables a
Dios, porque contradicen radicalmente el bien de la persona, creada a su
imagen. Son los actos que, en la tradición moral de la Iglesia, han sido
denominados intrínsecamente malos («intrinsece
malum»): lo son siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto,
independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa, y de las
circunstancias… La Iglesia, al enseñar la existencia de actos intrínsecamente
malos, acoge la doctrina de la sagrada Escritura. El apóstol Pablo afirma de
modo categórico: «¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los
adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los
avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el
reino de Dios» (1 Co 6,9-10)» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, 6/08/1993, nn. 80-81).
17. Nosotros reiteramos la verdad de que la
complejidad de las situaciones y los varios grados de responsabilidad de los
casos –debidos a factores que pueden disminuir la capacidad de tomar
decisiones– no permite a los pastores concluir que aquellas personas que se
encuentran en situaciones irregulares no estarían en un estado objetivo de
manifiesto pecado grave, ni tampoco presumir, en el fuero externo, que aquellos
que se encuentran en tales uniones y que no ignoran las reglas del matrimonio
no se hayan privado a sí mismos de la gracia santificante.
«Este hombre puede
estar condicionado, apremiado, empujado por no pocos ni leves factores
externos; así como puede estar sujeto también a tendencias, taras y costumbres
unidas a su condición personal. En no pocos casos dichos factores externos e
internos pueden atenuar, en mayor o menor grado, su libertad y, por lo tanto,
su responsabilidad y culpabilidad. Pero es una verdad de fe, confirmada también
por nuestra experiencia y razón, que la persona humana es libre. No se puede
ignorar esta verdad con el fin de descargar en realidades externas –las
estructuras, los sistemas, los demás– el pecado de los individuos. Después de todo,
esto supondría eliminar la dignidad y la libertad de la persona, que se revelan
–aunque sea de modo tan negativo y desastroso– también en esta responsabilidad
por el pecado cometido. Y así, en cada hombre no existe nada tan personal e
intransferible como el mérito de la virtud o la responsabilidad de la culpa»
(Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio
et Paenitentia, 2/12/1984, n. 16).
«Siempre es posible
que al hombre, debido a presiones u otras circunstancias, le sea imposible
realizar determinadas acciones buenas; pero nunca se le puede impedir que no
haga determinadas acciones, sobre todo si está dispuesto a morir antes que
hacer el mal» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis
Splendor, 6/08/1993, n. 52).
18. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de
que, puesto que el hombre está dotado de libre arbitrio, todo acto moral
culpable y voluntario que efectúa debe serle imputado en cuanto autor, y que,
no existiendo prueba en contra, se debe suponer su imputabilidad. La
imputabilidad exterior no debe ser confundida con el estado interno de la
conciencia. No obstante el principio «de
internis neque Ecclesia iudicat» (la Iglesia no juzga lo que es interno;
sólo Dios puede hacerlo), la Iglesia puede sin embargo juzgar actos que son
directamente contrarios a la Ley de Dios.
«Pero, aun cuando
sea necesario creer que los pecados no se remiten ni fueron jamás remitidos
sino gratuitamente por la misericordia divina a causa de Cristo; no debe, sin
embargo, decirse que se remiten o han sido remitidos los pecados a nadie que se
jacte de la confianza y certeza de la remisión de sus pecados y que en ella
sola descanse, como quiera que esa confianza vana y alejada de toda piedad,
puede darse entre los herejes y cismáticos; es más, en nuestro tiempo se da y se
predica con grande ahínco en contra de la Iglesia Católica. Mas tampoco debe
afirmarse aquello de que es necesario que quienes están verdaderamente
justificados establezcan en sí mismos sin duda alguna que están justificados»
(Concilio de Trento, Decreto sobre la
Justificación, cap. 9).
«Cometida la
infracción externa, se presume la imputabilidad, a no ser que conste lo
contrario» (Código de Derecho Canónico,
can. 1321, §3).
«Todo acto
directamente querido es imputable a su autor» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1736).
«El juicio sobre el
estado de gracia, obviamente, corresponde solamente al interesado, tratándose
de una valoración de conciencia. No obstante, en los casos de un comportamiento
externo grave, abierta y establemente contrario a la norma moral, la Iglesia,
en su cuidado pastoral por el buen orden comunitario y por respeto al
Sacramento, no puede mostrarse indiferente. A esta situación de manifiesta
indisposición moral se refiere la norma del Código
de Derecho Canónico que no permite la admisión a la comunión eucarística a
los que «obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave» (Juan Pablo
II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia,
17/04/2003, n. 37).
V. Sobre los sacramentos de la
Reconciliación y de la Eucaristía
19. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de
que, tratando con penitentes, los confesores deben asistirlos en el examen
sobre los deberes específicos de los Mandamientos, ayudándolos a alcanzar un
arrepentimiento suficiente y a acusarse plenamente de los pecados graves, así
como deben aconsejarlos abrazar la vía de la santidad. De esta manera el
confesor está obligado a amonestar a los penitentes ante trasgresiones serias y
objetivas de la Ley de Dios, asegurándose de que ellos deseen verdaderamente la
absolución y el perdón de Dios y de que estén resueltos a re-examinar y
corregir su conducta. Aun cuando las recaídas frecuentes no constituyan por sí
mismas motivo para negar la absolución, ésta no puede ser dada sin un
suficiente arrepentimiento y la firme resolución de evitar el pecado después
del sacramento.
«La verdad que viene
del Verbo y debe llevarnos a Él explica por qué la confesión sacramental debe
brotar e ir acompañada no de un mero impulso psicológico, como si el sacramento
fuera un sucedáneo de terapias precisamente psicológicas, sino del dolor
fundado en motivos sobrenaturales, porque el pecado viola la caridad hacia
Dios, sumo Bien, ha causado los sufrimientos del Redentor y nos produce la
pérdida de los bienes eternos. (...)
«Por desgracia hoy
no pocos fieles, al acercarse al sacramento de la penitencia, no hacen la
acusación completa de los pecados mortales en el sentido –que acabo de
recordar– del Concilio de Trento y, en ocasiones, reaccionan ante el sacerdote
confesor que, cumpliendo su deber, interroga con vistas a la necesaria
integridad, como si se permitiera una indebida intromisión en el sagrario de la
conciencia. Espero y pido a Dios que estos fieles poco iluminados queden
convencidos, también en virtud de esta enseñanza, de que la norma por la que se
exige la integridad específica y numérica, en la medida en que la memoria
honradamente interrogada permite conocer, no es un peso que se les impone
arbitrariamente, sino un medio de liberación y de serenidad.
«Además, es evidente
por sí mismo que la acusación de los pecados debe incluir el propósito serio de
no cometer ninguno más en el futuro. Si faltara esta disposición del alma, en
realidad no habría arrepentimiento, pues éste se refiere al mal moral como tal
y, por consiguiente, no tomar posición contraria respecto a un mal moral
posible sería no detestar el mal, no tener arrepentimiento. Pero al igual que
éste debe brotar ante todo del dolor de haber ofendido a Dios, así el propósito
de no pecar debe fundarse en la gracia divina, que el Señor no permite que
falte nunca a quien hace lo que puede para actuar de forma correcta. (…)
«Por lo demás,
conviene recordar que una cosa es la existencia del propósito sincero, y otra
el juicio de la inteligencia sobre el futuro. En efecto, es posible que, aun en
la lealtad del propósito de no volver a pecar, la experiencia del pasado y la
conciencia de la debilidad actual susciten el temor de nuevas caídas; pero eso
no va contra la autenticidad del propósito, cuando a ese temor va unida la
voluntad, apoyada por la oración, de hacer lo que es posible para evitar la
culpa» (Juan Pablo II, Carta a la
Penitenciaría Apostólica, 22/03/1996, nn. 3-5).
20. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que
los divorciados «recasados» civilmente que no se han separado, sino que
permanecen en el estado de adulterio, no pueden ser nunca considerados por los
confesores u otros pastores de almas en estado objetivo de gracia, capaces de
crecer en la vida de la gracia y de la caridad y en condiciones de recibir la
absolución en el sacramento de la Penitencia, y de ser admitidos a la sagrada
Eucaristía, a menos que expresen contrición por su estado de vida y firmemente
resuelvan abandonarlo, aun en el caso de que subjetivamente estos divorciados
puedan no sentirse culpables –o no completamente culpables– de la propia
situación objetivamente pecaminosa, a causa de factores condicionantes o
mitigantes.
«Me refiero a
ciertas situaciones, hoy no raras, en las que se encuentran algunos cristianos,
deseosos de continuar la práctica religiosa sacramental, pero que se ven
impedidos por su situación personal, que está en oposición a las obligaciones
asumidas libremente ante Dios y la Iglesia. (…)
«Basándose en estos
dos principios complementarios, la Iglesia desea invitar a sus hijos que se
encuentran en estas situaciones dolorosas a acercarse a la misericordia divina
por otros caminos, pero no por el de los Sacramentos de la Penitencia y de la
Eucaristía, hasta que no hayan alcanzado las disposiciones requeridas.
«Sobre esta materia,
que aflige profundamente también nuestro corazón de pastores, he creído deber
mío decir palabras claras en la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, por lo que se refiere al caso de divorciados
casados de nuevo, o en cualquier caso al de cristianos que conviven
irregularmente» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia, 2/12/1984, n. 34).
«Se reprueba
cualquier uso que restrinja la confesión a una acusación genérica o limitada a
sólo uno o más pecados considerados más significativos» (Juan Pablo II, Motu Proprio Misericordia Dei,
7/04/2002, n. 3).
«Está claro que no
pueden recibir válidamente la absolución los penitentes que viven habitualmente
en estado de pecado grave y no tienen intención de cambiar su situación» (ib., n. 7c).
21. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de
que, en relación a los divorciados «recasados» civilmente y que viven
abiertamente more uxorio –como marido
y mujer– ningún discernimiento personal y pastoral responsable puede afirmar
que están en condiciones de recibir la absolución sacramental y la admisión a
la Eucaristía, bajo el pretexto de que, debido a una responsabilidad
disminuida, no existiría una falta grave. La razón de esto es que su eventual
falta de conciencia formal no puede ser materia de dominio público, mientras
que la forma externa de su estado de vida contradice el carácter indisoluble
del matrimonio cristiano y de la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, la
cual es significada y realizada en la Sagrada Eucaristía.
«La Iglesia, no obstante,
fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su praxis de no admitir a la
comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que
no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen
objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y
actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran
estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión
acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio»
(Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris
Consortio, 22/11/1981, n. 84).
«Durante los últimos
años, en varias regiones se han propuesto diversas soluciones pastorales según
las cuales ciertamente no sería posible una admisión general de los divorciados
vueltos a casar a la Comunión eucarística, pero podrían acceder a ella en
determinados casos, cuando según su conciencia se consideraran autorizados a
hacerlo. Así, por ejemplo, cuando hubieran sido abandonados del todo
injustamente, a pesar de haberse esforzado sinceramente por salvar el anterior
matrimonio, o bien cuando estuvieran convencidos de la nulidad del anterior
matrimonio, sin poder demostrarla en el foro externo, o cuando ya hubieran
recorrido un largo camino de reflexión y de penitencia, o incluso cuando por
motivos moralmente válidos no pudieran satisfacer la obligación de separarse.
«En algunas partes
se ha propuesto también que, para examinar objetivamente su situación efectiva,
los divorciados vueltos a casar deberían entrevistarse con un sacerdote
prudente y experto. Su eventual decisión de conciencia de acceder a la
Eucaristía, sin embargo, debería ser respetada por ese sacerdote, sin que ello
implicase una autorización oficial.
«En estos casos y otros
similares se trataría de una solución pastoral, tolerante y benévola, para
poder hacer justicia a las diversas situaciones de los divorciados vueltos a
casar. Aunque es sabido que análogas soluciones pastorales fueron propuestas
por algunos Padres de la Iglesia y entraron en cierta medida incluso en la
práctica, sin embargo nunca obtuvieron el consentimiento de los Padres ni
constituyeron en modo alguno la doctrina común de la Iglesia, como tampoco
determinaron su disciplina. (…)
«Fiel a la palabra
de Jesucristo, la Iglesia afirma que no puede reconocer como válida esta nueva
unión, si era válido el anterior matrimonio. Si los divorciados se han vuelto a
casar civilmente, se encuentran en una situación que contradice objetivamente a
la ley de Dios y por consiguiente no pueden acceder a la Comunión eucarística
mientras persista esa situación» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica
sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles
divorciados que se han vuelto a casar, 14/09/1994, nn. 3-4).
«Recibir el Cuerpo
de Cristo siendo públicamente indigno constituye un daño objetivo a la comunión
eclesial; es un comportamiento que atenta contra los derechos de la Iglesia y
de todos los fieles a vivir en coherencia con las exigencias de esa comunión.
En el caso concreto de la admisión a la sagrada Comunión de los fieles
divorciados que se han vuelto a casar, el escándalo, entendido como acción que
mueve a los otros hacia el mal, atañe a un tiempo al sacramento de la
Eucaristía y a la indisolubilidad del matrimonio. Tal escándalo sigue
existiendo aun cuando ese comportamiento, desgraciadamente, ya no cause
sorpresa: más aún, precisamente es ante la deformación de las conciencias
cuando resulta más necesaria la acción de los Pastores, tan paciente como
firme, en custodia de la santidad de los sacramentos, en defensa de la
moralidad cristiana, y para la recta formación de los fieles» (Pontificio
Consejo para los Textos Legislativos, Declaración
sobre la admisibilidad a la Sagrada Comunión de los divorciados que se han
vuelto a casar, 24/06/2000, n. 1).
22. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que
tener en conciencia una certeza subjetiva sobre la invalidez de un matrimonio
previo por parte de los divorciados «recasados» que han obtenido un matrimonio
civil –aunque la Iglesia aún considere válido el matrimonio previo– no es nunca
suficiente, por sí mismo, para excusar a alguien del pecado material de
adulterio o para permitir ignorar la norma canónica y las consecuencias
sacramentales que comporta el vivir como pecador público.
«La errada
convicción de poder acceder a la Comunión eucarística por parte de un
divorciado vuelto a casar presupone normalmente que se atribuya a la conciencia
personal el poder de decidir en último término, basándose en la propia
convicción, sobre la existencia o no del anterior matrimonio y sobre el valor
de la nueva unión (cfr. Enc. Veritatis
Splendor, 55). Sin embargo, dicha atribución es inadmisible (cfr. Código de Derecho Canónico, can. 1085 §
2). El matrimonio, en efecto, en cuanto imagen de la unión esponsal entre
Cristo y su Iglesia así como núcleo basilar y factor importante en la vida de
la sociedad civil, es esencialmente una realidad pública. (…)
«Por lo tanto el juicio
de la conciencia sobre la propia situación matrimonial no se refiere únicamente
a una relación inmediata entre el hombre y Dios, como si se pudiera dejar de
lado la mediación eclesial, que incluye también las leyes canónicas que obligan
en conciencia. No reconocer este aspecto esencial significaría negar de hecho
que el matrimonio exista como realidad de la Iglesia, es decir, como
sacramento» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la comunión
eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar,
14/09/1994, nn. 7-8).
23. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que
el «Bautismo y la Penitencia son medicinas purgativas, suministradas para sanar
la fiebre del pecado, mientras este sacramento (la sagrada Eucaristía) es una
medicina suministrada para reforzar y no debe ser dada sino a aquellos que
están libres del pecado» (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, III, q. 80, a. 4, ad 2). Aquellos que reciben la
sagrada Eucaristía están verdaderamente participando del Cuerpo y de la Sangre
de Cristo y deben encontrarse en estado de gracia. Los divorciados «recasados»
civilmente que, por lo tanto, llevan públicamente un modo de vida pecaminoso,
se arriesgan a cometer un sacrilegio recibiendo la sagrada Comunión. Para ellos
la sagrada Comunión no constituiría una medicina, sino más bien un veneno
espiritual. Si un celebrante les aprueba una Comunión indigna querrá decir que
o no cree en la Presencia Real de Cristo o no cree en la indisolubilidad del
matrimonio o en la ilicitud moral de vivir more
uxorio –como marido y mujer– fuera del matrimonio válido.
«Hay que recordar
que la Eucaristía no está ordenada al perdón de los pecados mortales. Esto es
propio del Sacramento de la Reconciliación. Lo propio de la Eucaristía es ser
el sacramento de los que están en plena comunión con la Iglesia» (Congregación
para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Carta circular sobre la integridad del Sacramento de la Penitencia,
20/03/2000, n. 9).
«La prohibición [de
dar la Comunión a los pecadores públicos] establecida en ese canon (can. 915),
por su propia naturaleza, deriva de la ley divina y trasciende el ámbito de las
leyes eclesiásticas positivas: éstas no pueden introducir cambios legislativos
que se opongan a la doctrina de la Iglesia. El texto de la Escritura en que se
apoya siempre la tradición eclesial es éste de San Pablo: «Así, pues, quien
come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la
sangre del Señor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo, y entonces coma del
pan y beba del cáliz: pues el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y
bebe su propia condenación» (1 Co 11,27-29). (...)
«Toda interpretación
del can. 915 que se oponga a su contenido sustancial, declarado
ininterrumpidamente por el Magisterio y la disciplina de la Iglesia a lo largo
de los siglos, es claramente errónea. No se puede confundir el respeto de las
palabras de la ley (cfr. can. 17) con el uso impropio de las mismas palabras
como instrumento para relativizar o desvirtuar los preceptos.
«La fórmula «y los
que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave» es clara, y se debe
entender de modo que no se deforme su sentido haciendo la norma inaplicable. Las
tres condiciones que deben darse son: a) el pecado grave, entendido
objetivamente, porque el ministro de la Comunión no podría juzgar de la
imputabilidad subjetiva; b) la obstinada perseverancia, que significa la
existencia de una situación objetiva de pecado que dura en el tiempo y a la
cual la voluntad del fiel no pone fin, sin que se necesiten otros requisitos
(actitud desafiante, advertencia previa, etc.) para que se verifique la
situación en su fundamental gravedad eclesial; c) el carácter manifiesto de la
situación de pecado grave habitual.
«Sin embargo, no se
encuentran en situación de pecado grave habitual los fieles divorciados que se
han vuelto a casar que, no pudiendo por serias razones –como, por ejemplo, la
educación de los hijos– «satisfacer la obligación de la separación, asumen el
empeño de vivir en perfecta continencia, es decir, de abstenerse de los actos
propios de los cónyuges» (Familiaris
Consortio, n. 84), y que sobre la base de ese propósito han recibido el
sacramento de la Penitencia. Debido a que el hecho de que tales fieles no viven
more uxorio es de por sí oculto,
mientras que su condición de divorciados que se han vuelto a casar es de por sí
manifiesta, sólo podrán acceder a la Comunión eucarística remoto scandalo. (…)
«Pero cuando se
presenten situaciones en las que esas precauciones no hayan tenido efecto o no
hayan sido posibles, el ministro de la distribución de la Comunión debe negarse
a darla a quien sea públicamente indigno. Lo hará con extrema caridad, y
tratará de explicar en el momento oportuno las razones que lo han obligado a
ello. Pero debe hacerlo también con firmeza, sabedor del valor que semejantes
signos de fortaleza tienen para el bien de la Iglesia y de las almas. (…)
«Teniendo en cuenta
la naturaleza de la antedicha norma (cfr. n. 1), ninguna autoridad eclesiástica
puede dispensar en caso alguno de esta obligación del ministro de la sagrada
Comunión, ni dar directivas que la contradigan» (Pontificio Consejo para los
Textos Legislativos, Declaración sobre la
admisibilidad a la Sagrada Comunión de los divorciados que se han vuelto a
casar, 24/06/2000, nn. 1-4).
24. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de
que, según la lógica del Evangelio, las personas que mueren en estado de pecado
mortal, sin haberse reconciliado con Dios, están condenadas al infierno para
siempre. En el Evangelio Jesús habla frecuentemente del peligro de la
condenación eterna.
«Si (los fieles
católicos) no responden (a la gracia) con pensamiento, palabra y obra, lejos de
salvarse, serán juzgados con mayor severidad» (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 21/11/1964, n. 14).
«El pecado mortal es
una posibilidad radical de la libertad humana como lo es también el amor.
Entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es
decir, del estado de gracia. Si no es rescatado por el arrepentimiento y el
perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del
infierno; de modo que nuestra libertad tiene poder de hacer elecciones para
siempre, sin retorno. Sin embargo, aunque podamos juzgar que un acto es en sí
una falta grave, el juicio sobre las personas debemos confiarlo a la justicia y
a la misericordia de Dios» (Catecismo de
la Iglesia Católica, n. 1861).
VI. Sobre la actitud materna y pastoral
de la Iglesia
25. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que
la enseñanza clara de la verdad es una obra de misericordia y caridad eminente,
puesto que la primera tarea de salvación de los Apóstoles y de sus sucesores es
obedecer el mandamiento solemne del Salvador: «Id, pues, enseñad a todas las
gentes... enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado» (Mt 28, 19-20).
«La doctrina
católica nos enseña que el primer deber de la caridad no está en la tolerancia
de las opiniones erróneas, por muy sinceras que sean, ni en la indiferencia
teórica o práctica ante el error o el vicio en que vemos caídos a nuestros
hermanos, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral no menos que
en el celo por su bienestar material… Todo otro amor es ilusión o sentimiento
estéril y pasajero» (Pío X, Carta Apostólica Notre Charge Apostolique, 25/08/1910, n. 24).
«La Iglesia (es)
siempre igual a sí misma, como Cristo la quiso y la auténtica tradición la ha
perfeccionado» (Pablo VI, Homilía
28/10/1965).
«No menoscabar en
nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las
almas. Pero esto debe ir acompañado siempre de la paciencia y de la bondad de
que el mismo Señor dio ejemplo en su trato con los hombres. Venido no para
juzgar sino para salvar, Él fue ciertamente intransigente con el mal, pero
misericordioso con las personas» (Pablo VI, Encíclica Humanae Vitae, 25/06/1968, n. 29).
«La doctrina de la
Iglesia, y en particular su firmeza en defender la validez universal y
permanente de los preceptos que prohíben los actos intrínsecamente malos, es
juzgada no pocas veces como signo de una intransigencia intolerable, sobre todo
en las situaciones enormemente complejas y conflictivas de la vida moral del
hombre y de la sociedad actual. Dicha intransigencia estaría en contraste con
la condición maternal de la Iglesia. Ésta –se dice– no muestra comprensión y
compasión. Pero, en realidad, la maternidad de la Iglesia no puede separarse
jamás de su misión docente, que ella debe realizar siempre como esposa fiel de
Cristo, que es la verdad en persona: «Como Maestra, no se cansa de proclamar la
norma moral... De tal norma la Iglesia no es ciertamente ni la autora ni el
árbitro. En obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la
naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia interpreta la
norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder
las exigencias de radicalidad y de perfección» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, 6/08/1993, n. 95;
citando Familiaris Consortio n. 33).
26. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que
la imposibilidad de dar la absolución y la sagrada Comunión a los católicos que
viven manifiestamente en un estado objetivo de pecado grave, por ejemplo, a los
que conviven o a los divorciados «recasados» civilmente, procede de la
solicitud materna de la Iglesia, ya que Ella no es la propietaria de los
sacramentos sino la «fiel administradora de los misterios de Dios» (cfr. 1Co
4,1).
«Como maestros y
guardianes de la verdad salvífica de la Eucaristía, debemos, queridos y
venerados Hermanos en el Episcopado, guardar siempre y en todas partes este
significado y esta dimensión del encuentro sacramental y de la intimidad con
Cristo. (…) No obstante debemos vigilar siempre, para que este gran encuentro
con Cristo en la Eucaristía no se convierta para nosotros en un acto rutinario
y a fin de que no lo recibamos indignamente, es decir, en estado de pecado
mortal. (…) No podemos, ni siquiera por un instante, olvidar que la Eucaristía
es un bien peculiar de toda la Iglesia. Es el don más grande que, en el orden
de la gracia y del sacramento, el divino Esposo ha ofrecido y ofrece sin cesar
a su Esposa. Y, precisamente porque se trata de tal don, todos debemos, con
espíritu de fe profunda, dejarnos guiar por el sentido de una responsabilidad
verdaderamente cristiana. (…) La Eucaristía es un bien común de toda la
Iglesia, como sacramento de su unidad. Y, por consiguiente, la Iglesia tiene el
riguroso deber de precisar todo lo que concierne a la participación y
celebración de la misma» (Juan Pablo II, Carta Dominicae Cenae, 24/02/1980, nn. 4-12).
«Esto no significa
que la Iglesia no sienta una especial preocupación por la situación de estos
fieles, que, por lo demás, de ningún modo se encuentran excluidos de la
comunión eclesial. Se preocupa por acompañarlos pastoralmente y por invitarlos
a participar en la vida eclesial en la medida en que sea compatible con las
disposiciones del derecho divino, sobre las cuales la Iglesia no posee poder
alguno para dispensar» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica
sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles
divorciados que se han vuelto a casar, 14/09/1994, n. 6).
«En la acción pastoral
se deberá cumplir toda clase de esfuerzos para que se comprenda bien que no se
trata de discriminación alguna, sino únicamente de fidelidad absoluta a la
voluntad de Cristo que restableció y nos confió de nuevo la indisolubilidad del
matrimonio como don del Creador. Será necesario que los pastores y toda la
comunidad de fieles sufran y amen junto con las personas interesadas, para que
puedan reconocer también en su carga el yugo suave y la carga ligera de Jesús.
Su carga no es suave y ligera en cuanto pequeña o insignificante, sino que se
vuelve ligera porque el Señor –y junto con Él toda la Iglesia– la comparte. Es
tarea de la acción pastoral, que se ha de desarrollar con total dedicación,
ofrecer esta ayuda fundada conjuntamente en la verdad y en el amor» (ib., n. 10).
«La celebración del
sacramento de la Penitencia ha tenido en el curso de los siglos un desarrollo
que ha asumido diversas formas expresivas, conservando siempre, sin embargo, la
misma estructura fundamental, que comprende necesariamente, además de la
intervención del ministro –solamente un Obispo o un presbítero, que juzga y
absuelve, atiende y cura en el nombre de Cristo–, los actos del penitente: la
contrición, la confesión y la satisfacción» (Juan Pablo II, Carta Apostólica Misericordia Dei, 7/04/2002, proemio).
VII. Sobre la validez universal del
Magisterio constante de la Iglesia
27. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que
las cuestiones doctrinales, morales y pastorales relativas a los sacramentos de
la Eucaristía, de la Penitencia y del Matrimonio deben ser resueltas con
intervenciones del Magisterio y que éstas, por su propia naturaleza, excluyen
las interpretaciones que contradigan ese Magisterio o deducir consecuencias
prácticas diversas, suponiendo que cada nación o región pueda buscar soluciones
acomodadas a la propia cultura, sensibilidad y necesidades locales.
«El fundamento sobre
el que se fundan estas nuevas ideas es que, con el fin de atraer más fácilmente
a aquellos que disienten de ella, la Iglesia debe adecuar sus enseñanzas más
conforme con el espíritu de la época, aflojar algo de su antigua severidad y
hacer algunas concesiones a opiniones nuevas. Muchos piensan que estas
concesiones deben ser hechas no sólo en asuntos de disciplina, sino también en
las doctrinas pertenecientes al «depósito de la fe». Ellos sostienen que sería
oportuno, para ganar a aquellos que disienten de nosotros, omitir ciertos
puntos del magisterio de la Iglesia que son de menor importancia, y de esta
manera moderarlos para que no porten el mismo sentido que la Iglesia
constantemente les ha dado.
«No se necesitan
muchas palabras, querido hijo, para probar la falsedad de estas ideas si se
trae a la mente la naturaleza y el origen de la doctrina que la Iglesia
propone. El Concilio Vaticano (Constitución Dei
Filius, cap. IV) dice al respecto: “La doctrina de la fe que Dios ha
revelado no ha sido propuesta, como una invención filosófica, para ser
perfeccionada por el ingenio humano, sino que ha sido entregada como un divino
depósito a la Esposa de Cristo para ser guardada fielmente y declarada
infaliblemente. De aquí que el significado de los sagrados dogmas que Nuestra
Madre, la Iglesia, declaró una vez debe ser mantenido perpetuamente, y nunca
hay que apartarse de ese significado bajo la pretensión o el pretexto de una
comprensión más profunda de los mismos”» (León XIII, Carta Testem Benevolentiae, 22/02/1899).
«Recordaos sin
embargo que en nuestro Oficio Apostólico debemos rechazar y refutar las
opiniones de la moderna filosofía y de la prudencia civil por las cuales el
curso de las cosas humanas hoy es llevado allí donde no lo permiten las
prescripciones de la Ley Eterna. Ahora bien, haciendo de esta manera no estamos
deteniendo el progreso del género humano sino, por el contrario, impidiendo que
se precipite en la ruina» (Pío X, Alocución
consistorial, 9/11/1903).
«Conocéis también la
suma importancia que tiene, para la paz de las conciencias y para la unidad del
pueblo cristiano, que en el campo de la moral y del dogma se atengan todos al
Magisterio de la Iglesia y hablen del mismo modo» (Pablo VI, Encíclica Humanae Vitae, 25/07/1968, n. 28).
«La Iglesia,
«columna y fundamento de la verdad» (1Tm 3,15), «recibió de los Apóstoles [...]
este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva» (Concilio
Vaticano II, Lumen Gentium 17).
«Compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales,
incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre
cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos
fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas» (Código de Derecho Canónico, can. 742,
§2)» (Catecismo de la Iglesia Católica,
n. 2032).
«Corresponde al
Magisterio universal, en fidelidad a la Sagrada Escritura y a la Tradición,
enseñar e interpretar auténticamente el depósito de la fe. Por consiguiente,
frente a las nuevas propuestas pastorales arriba mencionadas, esta Congregación
siente la obligación de volver a recordar la doctrina y la disciplina de la
Iglesia al respecto» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica
sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles
divorciados que se han vuelto a casar, 14/09/1994, n. 4).
VIII. La siempre joven voz de los
Padres de la Iglesia
«Sucede que mientras
[los pastores de almas] gozan con ser apremiados por inquietudes mundanas,
ignoren los bienes interiores que deberían enseñar a los otros. Por lo que
seguramente también la vida de los súbditos se empaña… De hecho, cuando la
cabeza está enferma también los miembros pierden vigor y, en la búsqueda del
enemigo, no sirve a nada que el ejército siga con agilidad si el que lo guía ha
perdido el camino. (…) Los súbditos no pueden ver la luz de la verdad porque,
cuando los intereses terrenos han ocupado los sentidos de los pastores, el
polvo soplado por el viento de la tentación enceguece los ojos de la Iglesia»
(San Gregorio Magno, Regula Pastoralis,
II, 7).
«Cuando por digna
causa y según las leyes de la Iglesia hay suficiente razón para enfrentar la
penitencia, aun así es frecuente que ella venga evitada a causa de enfermedad,
es decir, por la vergüenza y el temor de perder el placer, ya que la buena
reputación de los hombres da más placer que la justicia que los lleva a
humillarse en penitencia. Por lo tanto, la misericordia de Dios es necesaria no
solo cuando un hombre se arrepiente, sino también para llevarlo a arrepentirse»
(San Agustín, Enchiridion de fide, spe et
caritate, 82).
«El arrepentimiento
es la renovación del bautismo. El arrepentimiento es un contrato con Dios para
una segunda vida. El arrepentimiento es un comprador de la humildad. El
arrepentimiento es la condenación de una despreocupada auto-indulgencia. El
arrepentimiento es hijo de la esperanza y es renuncia a la desesperación. El
arrepentimiento es un prisionero indultado. El arrepentimiento es la
reconciliación con el Señor mediante la práctica de las buenas obras que se
oponen a los pecados. El arrepentimiento es la purificación de la conciencia.
El arrepentimiento levanta a los caídos, golpea a la puerta del Cielo, la cual
se abre ante la humildad» (San Juan Clímaco, Scala Paradisi, 25).
Conclusión
Mientras nuestro mundo neopagano declara un ataque general contra la
divina institución del matrimonio y las plagas del divorcio y de la depravación
sexual se difunden por todas partes, incluso dentro de la vida de la Iglesia,
nosotros, los que abajo firmamos, obispos, sacerdotes y fieles católicos,
consideramos que es nuestro deber y nuestro privilegio afirmar, con una sola
voz, nuestra fidelidad a las inmutables enseñanzas de la Iglesia sobre el
matrimonio y a su ininterrumpida disciplina, así como ha sido recibida de los
Apóstoles. Efectivamente, sólo la claridad de la verdad hará libre a las personas
(cfr. Jn 8,32) y permitirá que ellas encuentren la verdadera alegría del amor,
viviendo una vida según la sabiduría y la voluntad salvífica de Dios, en otras
palabras, evitando el pecado, como fue maternalmente pedido por Nuestra Señora
en Fátima en 1917.
29 de agosto de 2016, Fiesta
de la decapitación de San Juan Bautista, martirizado por haber sostenido
la verdad acerca del matrimonio.
Lista de los primeros firmantes
1. Prof. Wolfgang
Waldstein, Catedrático emérito de la Universidad de Salzburgo, miembro de
la Pontificia Academia para la Vida, Austria.
2. Su Eminencia, el
cardenal Jãnis Pujats, Arzobispo emérito de Riga, Letonia.
3. Su Excelencia, Mons.
Athanasius Schneider, Obispo auxiliar de Astana, Kazajistán.
4. Prof. Josef Seifert,
Docente de Filosofía, Academia Internacional de Filosofía-Instituto de
Filosofía Edith Stein (IAP-IFES); Rector fundador de la Academia
Internacional de Filosofía del Principado de Liechtenstein, Austria.
5. Dr.ª Anca-Maria Cernea,
Presidenta de la Fundación Ioan Barbus, Rumanía.
6. Dr.
Vincent-Jean-Pierre Cernea, Rumanía.
7. Prof. P. Efrem
Jindráček O.P., Vicedecano de la Facultad de Filosofía de la Universidad
Santo Tomás de Aquino (Angelicum), Roma, Italia.
8. Su Eminencia, el
cardenal Carlo Caffarra, Fundador y primer presidente del Pontificio
Instituto Juan Pablo II para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia,
Arzobispo emérito de Bolonia, Italia.
9. Su Eminencia, el
cardenal Raymond Leo Burke, Patrono de la Soberana Orden Militar y
Hospitalaria de Malta, Vaticano.
10. Rvdo. Don Nicola Bux,
Docente en la Facultad Teológica Pugliese, Italia.
11. Su Excelencia, Mons.
Andreas Laun, Obispo auxiliar de Salzburgo, Austria.
12. Su Excelencia, Mons.
Juan Rodolfo Laise, Obispo emérito de San Luis, Argentina.
13. Rvdo. P. Antonius
Maria Mamsery, Superior General de los Misioneros de la Santa Cruz,
Singida, Tanzania.
14. Rvdo. P. Giovanni M.
Scalese B., Ordinario para Afganistán.
15. Rvdo. Dr. José María
Iraburu, Profesor emérito de Teología Espiritual en la Facultad de
Teología del Norte de España; presidente de la Fundación Gratis Date y
editor del diario InfoCatólica, España.
16. Mons. Juan Claudio
Sanahuja, Doctor en Teología, profesor de teología moral de los
sacramentos, periodista, Argentina.
17. Prof.ª Dra. Alma von
Stockhausen, Docente de filosofía y fundadora de la Academia Gustav-Siewerth
en Weilheim-Bierbronnen, Alemania.
18. Prof. Dr. Rudolf
Hilfer, Facultad de Física y Matemática, Instituto de Física Informática, Universidad
de Stuttgart, Alemania.
19. Adolpho Lindenberg,
cofundador de la Sociedad Brasileña de Defensa de la Tradición, Familia
y Propiedad (TFP) y Presidente del Instituto Plinio Corrêa de
Oliveira, Brasil.
20. John
Smeaton, Director ejecutivo de la Society for the Protection of
Unborn Children (SPUC) y cofundador de Voice of the Family, Reino
Unido.
21. Prof. Ettore Gotti
Tedeschi, Docente, economista y banquero, expresidente del IOR,
Italia.
22. Prof. Massimo de
Leonardis, Director del departamento de Ciencias Políticas de la Universidad
del Sagrado Corazón, Milán, Italia.
23. Conde Giorgio
Piccolomini, Italia.
24. Condesa Felicitas
Piccolomini, Italia.
25. Prof. Tommaso
Scandroglio, Docente de Ética y Bioética de la Universidad Europea,
Italia.
26. Prof. Giovanni Turco,
Docente de Filosofía del Derecho Público, Universidad de Udine,
Italia.
27. S.A.I.R. Príncipe
Luiz di Orleans-Braganza, Jefe de la Casa Imperial, Brasil.
28. Prof.ª Isobel Camp,
Docente de Filosofía de la Pontificia Universidad de Santo Tomás
(Angelicum) de Roma, Reino Unido.
29. Duque
Paul von Oldenburg, Alemania.
30. Duquesa Pilar von
Oldenburg, Alemania.
31. Príncipe Carlo Massimo,
Italia.
32. Princesa Elisa
Massimo, Italia.
33. Prof. Paolo
Pasqualucci, Catedrático emérito de Filosofía del Derecho en la Facultad de
Jurisprudencia de la Universidad de Perugia, Italia.
34. Prof. Corrado Gnerre,
Escritor y docente de Ciencias Religiosas, Italia.
35. Prof. John Laughland,
Escritor y doctor en Filosofía, Reino Unido.
36. S.A.I.R. Príncipe
Bertrand de Orleans-Braganza, Brasil.
37. Prof. Robert Lazu,
Escritor y doctor en Filosofía, Rumanía.
38. Prof. David Magalhães,
Docente de la Facultad de Derecho de la Universidad de Coimbra,
Portugal.
39. Prof. Enrico Maria
Radaelli, Escritor, director de investigación del Departamento de
Metafísica de la belleza y de la Filosofía del arte de la International
Science and Commonsense Association (ISCA), Italia.
40. Rvdo. P. Brian
Harrison, Profesor emérito de Teología de la Pontificia Universidad
Católica de Puerto Rico y docente residencial del Centro de
Estudios de los Oblatos de la Sabiduría, Estados Unidos.
41. Prof. Roberto de
Mattei, Docente de Historia Moderna y Contemporánea en la Universidad
Europea de Roma, Italia.
42. Rvdo. P. Marc
Hausmann, Profesor de Filosofía, Austria.
43. Rvdo. P. Alfredo
Morselli, Teólogo y escritor, Italia.
44. Embajador Emilio Barbarani,
Italia.
45. Embajador Héctor
Riesle, Chile.
46. Archiduquesa
Alexandra von Habsburg de Riesle, Austria-Chile.
47. Rvdo. P. Fernando
Palacios, Doctor en Derecho Canónico, España.
48. James Bogle,
Expresidente de la Federación Internacional Una Voce, Reino Unido.
49. John-Henry Westen,
Cofundador y director de LifeSiteNews, Canadá.
50. Luis Fernando Pérez
Bustamante, Director del diario InfoCatólica, España.
51. Maria Guarini,
Directora del sitio-web Chiesa e post-Concilio, Italia.
52. Dr. Caio Xavier da
Silveira, Cofundador de la TFP brasileña y presidente de la Fédération
Pro Europa Christiana, Francia.
53. Prof. Gianandrea de
Antonellis, Presidente del Institut Européen de Recherches, Etudes
et Formation (IEREF), Italia.
54. Dr. Mauro Faverzani,
Coordinador editorial de la revista mensual Radici Cristiane,
Italia.
55. Prof. Federico Catani,
Escritor y doctor en Ciencias Religiosas, Italia.
56. Prof. Guido Vignelli,
Escritor e investigador sobre el tema de la Familia, Italia.
57. Dr.ª
Maria Madise, Coordinadora de Voice of the Family, Estonia.
58. Cristina Siccardi,
Escritora e historiadora, Italia.
59. Mario Navarro da
Costa, Director de la Oficina de representación de la TFP en Washington,
Estados Unidos.
60. Mathias von Gersdorff,
Escritor y conferenciante, Alemania.
61. Marquesa Gabriella
Spalletti Trivelli Coda Nunziante, Italia.
62. Virginia Coda
Nunziante, presidenta de Famiglia Domani, Italia.
63. Prof. Raúl del Toro,
Docente de órgano y organista, España.
64. Prof.ª María
Arratíbel, Docente de música, España.
65. Daniel Iglesias
Grèzes, secretario del Centro Cultural Católico «Fe y Razón»,
Uruguay.
66. Prof. Pedro Luis
Llera Vázquez, Director de Colegio católico, España.
67. David González Cea (firma
como Alonso Gracián), Filósofo tomista y escritor, España.
68. José Miguel Arráiz,
Ingeniero, catequista, escritor y fundador deApologeticaCatolica.org,
Venezuela.
69. Antonello Brandi,
presidente de Pro Vita Onlus, Italia.
70. Suzanne Pearson,
Delegada de la Liga de Oración del Beato Emperador Carlos, Estados
Unidos.
71. Paul N. King,
Presidente y fundador del Paulus Institute para la Propagación de la
Liturgia Sagrada, Estados Unidos.
72. Donna Fitzpatrick
Bethell, Presidenta del consejo directivo del Christendom College,
exsubsecretaria del Ministerio de Energía, Estados Unidos.
73. Alessandra Nucci,
escritora y directora de la Revista Una Voce Grida, Italia.
74. Prof. Néstor Martínez
Valls, Licenciado en Filosofía, docente y escritor, cofundador del Centro
Cultural Católico «Fe y Razón», Uruguay.
75. Prof. Javier Paredes,
Catedrático de Historia Contemporánea, Universidad de Alcalá,
España.
76. Hon. Justin Shaw,
Escritor, Reino Unido.
77. Sra. Caroline Shaw,
Reino Unido.
78. Bruno Moreno,
Licenciado en Física y en Estudios Eclesiásticos; escritor y editor de Vita
Brevis, España.
79. Juan José Romero,
Ingeniero, editor y consultor de comunicación, España.
80. Alberto Zelger,
Presidente del Centro Cultural Nicolò Stenone, Italia
Nota de Fe y Razón: Si usted desea firmar la
Declaración de Fidelidad, puede hacerlo aquí, indicando nombre, apellido, profesión (optativo), ciudad, país y
dirección de email. A la fecha la Declaración ha sido firmada por más de 6.200
personas de todo el mundo.
Jean-Marie Paupert: un progresista convertido al catolicismo
Lic. Néstor
Martínez Valls
Como decía en un artículo anterior, pasé años conservando el recuerdo amargo de la
lectura de Ancianos de Cristiandad y cristianos del año 2000: panfleto y
profecía (Vieillards de
chrétienté et chrétiens de l’an 2000: pamphlet et prophétie) de Jean-Marie
Paupert, escrito en 1967, y
leído por mí allá por 1980, más o menos, antes de enterarme, hace
bastante poco, de su espectacular conversión al catolicismo desde
el catolicismo progresista que había animado aquel panfleto funesto. Conversión
que quedó anunciada al público en Peligro en la Mansión (Péril
en la demeure), de 1976; una obra (en francés por lo que sé;
no sé si hay traducción al español) cuya lectura recomiendo a
todo aquel que sufra por la crisis por la que pasa la Iglesia hoy. No es
necesario, en efecto, estar de acuerdo con todo lo que Paupert escribe
en este último libro para reconocer que allí hay un testimonio
particularmente fuerte e impresionante de fe católica recuperada en medio
de esta gravísima crisis.
En este artículo transcribo, primero, una selección de textos del
manifiesto “progresista” que es Ancianos de Cristiandad, y
luego, otra selección de textos de ese bello y dolorido canto
a la fe católica que es Peligro en la mansión. Soy consciente
de que aquí presento solamente algunos trozos sueltos del gran
retrato que forman juntos ambos libros. En el caso de Peligro en la
mansión, la traducción es mía. Los subrayados en
negrita son todos míos, las cursivas de Paupert.
Agrego algunas notas aclaratorias en algunos casos en
que me parecen imprescindibles.
Ancianos de Cristiandad y cristianos del año 2000 (1967)
“En efecto, ha existido un error y el velo del misterio es en este caso
muy sutil, tan diáfano que pronto se le descubre. He aquí el asunto en dos
palabras: El señor Maritain, filósofo más platónico de lo que él quisiera, cree
en la mitología de una filosofía perenne, de una doctrina eterna y natural,
infundida en cierto modo en el hombre, al cual le basta con aprender a razonar
para descubrirla; esta sabiduría incorruptible ha conocido pocas erupciones –la
primera con Aristóteles cinco siglos antes de Jesucristo; la segunda con Santo
Tomás durante el siglo XIII– pero también algunas vistosas recaídas, algunos
retrocesos divertidos con los inoportunos Cayetano y, sobre todo, Juan de Santo
Tomás (que tuvo la astucia de convertir incluso su nombre a la buena doctrina).
Este realismo aristotélico-tomista, actualmente en depósito exclusivo ante todo
en el espíritu del filósofo-aldeano, se encuentra también en parte entre sus
discípulos de la capilla. Los otros, todos los demás, los antiguos
(excepto Platón, un resto de lucidez), y los modernos, son unos ideósofos,
pero no filósofos. Ni Descartes, que introdujo el pecado original en el paraíso
realista, ni Kant, ni Hegel, ni Husserl, ni Heidegger, ni Sartre, ni Ricoeur,
ni nadie. ¡Ideósofos!” (pp. 52-53).
El filósofo-aldeano es Jacques Maritain,
que en 1966 publicó El campesino del Garona (Le paysan de la Garonne),
en el cual critica y lamenta las desviaciones introducidas en el pensamiento y
la práctica católicos después del Concilio Vaticano II. El título del libro se
debió a que esos campesinos franceses tienen fama de ser muy francos y
directos. Este libro “Ancianos…” de Paupert se publicó un año después que el de
Maritain, y su finalidad es influir para que en Roma no
se tome una dirección contraria a lo que Paupert consideraba el
“espíritu” del Vaticano II. “Ideósofos” es el nombre que Maritain
da a los filósofos que, siguiendo la línea de Ockham, Descartes, Kant, etc., no
apoyan la filosofía en el ente y en el ser, acto del ente, y por tanto no hacen
filosofía propiamente dicha.
“…Y especialmente los teólogos y la teología. Ya que como todo el actual
papel del filósofo debe ceñirse a insistir machaconamente sobre un cierto Santo
Tomás y, en rigor, a descubrir, detectar, cuanto haya de tomista, por tanto de
verdadero, en las ideosofías; la teología, según Maritain, sólo puede también
ser única; no puede utilizar sino la filosofía, la única, la
verdadera, la eterna: “La Biblia y el Evangelio excluyen radicalmente toda
clase de idealismo en el sentido filosófico de esta palabra”; aún más, si
creían ustedes que el papel del cristianismo consistía en salvar a la
humanidad, deben desengañarse, ya que el evangelio secundum Jacobum profesa que el judeocristianismo está hecho para
atestiguar en favor de el en sí, profesar el realismo. Aprended,
¡oh cristianos! que un cristiano consciente y organizado no puede ser ni
relativista, ni idealista, ni nada, excepto tomista.” (p. 55).
“Pero, ¿es posible discutir con personas que creen estar en
posesión de la verdad y que es así porque es así, y que todos los fracasos,
pese a ser evidentes, se deben sólo a que todavía no estamos bastante hundidos
con ellos en el atolladero? “Los neotomistas han fracasado al final porque el
mismo Santo Tomás ha fracasado y fracasará siempre, por falta de gente que lo
escuche y comprenda; si usted no es capaz de ver por qué el
nominalismo, el kantismo y el comtismo (al revés del aristotelismo y el
platonismo) no pueden servir a una intelección de la fe, nadie
será capaz de hacérselo comprender”, escribía Étienne Gilson al autor de Peut-on
être chrétien? La razón es estupenda y me siento encantado. Por
desdicha para Gilson, puedo argüirle con Aristóteles: ab esse ad posse
valet illatio; hoy existe por lo menos una gran filosofía cristiana
construida bajo la influencia del nominalismo, y es la de Lutero, de la que
hay ángulos enteros admirablemente fieles al misterio cristiano y se hace
progresar la inteligencia de la fe… ¿Entonces? Entonces, decididamente, esos
grandes historiadores “tomistas” de la filosofía entienden muy poco en historia
de las doctrinas.” (pp. 72-73).
Peut on être chrétien aujourd’hui? (¿Se puede ser cristiano hoy?) es
un libro de Paupert publicado en 1966.
“Salvo, desde luego, salvo si acepta usted –¡y sé perfectamente que es
su caso!– el mito-fábula de la filosofía del sentido común, que es
la metamorfosis “garrigoulagrangiana” de lo que su amigo el Aldeano del Garona
llamará más adelante la filosofía frente y por encima de las ideosofías
(…) Entonces, ya sabe usted que se debe al escocés Reed el que se haya
arrastrado a partir de finales del siglo XVIII y durante todo el siglo XIX por
los figones de bajo techo donde se proporcionaba el alimento filosófico de los
más modestos la famosa tesis senso-común de los vocablos filosóficos, y fue en
medio de esos sospechosos lugares donde el “tomista” Garrigou-Lagrange recogió
en un rincón su hallazgo, ya incansablemente masticado por tantas bocas, para
convertirlo en un manjar de elección de su propio guisado, sazonado con salsa
aristotélica.” (pp. 74-75).
Reginaldo Garrigou-Lagrange OP es un gran teólogo y filósofo tomista de
comienzos del siglo XX, amigo de Maritain, y que ha escrito libros muy
importantes, entre ellos, precisamente, “El sentido común. La Filosofía del
Ser y las definiciones dogmáticas” (1922). Aquí Paupert confunde
sin discernimiento alguno la filosofía aristotélica y tomista del
sentido común con la de los filósofos escoceses que quisieron oponerse al empirismo
y relativismo de David Hume.
“Puesto que estamos en éstas y que es preciso anunciar brutalmente los
colores sin preocuparse de matices, y que lo que se quiere discutir a Teilhard
de Chardin, y a través de él, es el derecho y el deber del cristianismo a la
encarnación total, constantemente renovada, y puesto que tanta necedad obliga a
ser simplista y grosero, proclamo –también en camisa, con la cuerda al cuello y
cirio en la mano– que en estas condiciones soy teilhardiano y que,
frente a la débil languidez del Garona como a la vanidad del Quai Conti, la intención teilhardiana es
justa, fuerte y saludable.” (p. 121).
El Quai Conti es
la calle de París en la que se encuentra la Academia Francesa, de la cual era miembro Jean
Guitton, al que Paupert dedica un capítulo de “Ancianos…” en el que
lo caricaturiza como vanidoso.
“No lográis meteros en vuestra cabeza cavernosa (en todos los sentidos
de la palabra, pero sobre todo en el de la era cavernícola) que el milagro es
esencialmente un signo de Dios dirigido a una persona o a una comunidad y perceptible
solamente en la fe. Y esto quiere decir que el milagro
es esencialmente la relación que establezco (y esto
porque la gracia del Espíritu me la hace establecer) entre un hecho o una serie
de hechos y una intuición o una afirmación o una fe. Y que, por consiguiente,
no es en absoluto necesario (ni por lo demás excluido a
priori) que este hecho o esta serie de hechos se salgan ni de
derecho ni incluso de hecho del orden natural.
Por lo demás, ¿qué es la “naturaleza”? ¿Y qué será su “rebasamiento”? ¡El
hombre existe sólo por exceso! Y el Cristo resucitado, que le era necesario a
Teilhard, le era igualmente natural; y, no obstante, sobrenatural.
Veamos, más sencillo todavía, la resurrección: que la resurrección de Cristo
sea, en lo absoluto y realmente, y para emplear una hermosa expresión de
J.-C.Barreau, este “desgarrón” por el que todo cristiano y todo hombre debe
forzosamente pasar para acceder a la vida no implica, a mi juicio, que
este desgarrón se abriera “en el orden natural” como si hubiera ocurrido algún
prodigio.” (pp. 132-133).
“La Anunciación y la Encarnación ¿ya no serán nada, ni un milagro, ni un
misterio, si dejan de ser un juego de pasapasa de un prestidigitador?
¿Y no será nada la Resurrección si no es necesariamente la sucesión de
un ectoplasma, ora sólido ora gaseoso, a un cadáver frío? Pues sí, en
vuestra lógica absurda no tenéis más remedio que decir que sí.” (p. 134).
“Éste es todo el problema del milagro (…) creo en los milagros, pero
creo personalmente, y no soy el único, creo con toda clase de eminentes
teólogos (varios de ellos periti del Concilio) que el
milagro es sólo milagro a los ojos de la fe, y que todos los
milagros son, y han sido siempre perfectamente “descifrables” en
código puramente racional y puramente natural para
quien no tiene o no tenía fe.” (p. 135).
En los textos anteriores es claro que la idea que Paupert tenía por ese
entonces del milagro lo privaba de toda realidad objetiva,
y coincidía en lo esencial con la concepción modernista del
milagro.
“¡Ah, no!, la teología, igual que la Iglesia, no tiene enemigos; no sabe
lo que son, y su hijo el teólogo los mira a todos con una hermosa sonrisa, la
sonrisa del Papa Juan; sí, incluso a Comte, el viejo padre un poquitín visionario,
y también a Marx, al fiero barbudo, y a nuestro conmovedor J.-P. Sartre –el
digno descendiente del pequeño Jean-Paul que era tan inteligente, pero al que
se le hizo tragar un catecismo tan extravagante y que ahora se deshace como
puede de la influencia viscosa del mundo contingente. Es, pero eso podría no
ser, eso, el árbol, yo, todo; es horriblemente contingente; entonces ¿qué
quiere decir esto? ¡Es absurdo!” (p. 159).
“Todavía recuerdo con alegría el aspecto asustado, un poquitín inquieto
y escandalizado de mi buen amigo Claude Tresmontant (al que
aprecio mucho pese a sus actuales peregrinaciones en el Pantano), un día que
una de mis ideas, durante una discusión sobre las relaciones entre Dios y el
mundo, y sobre la relación de la Creación, le pareció preñada de pragmatismo: ‘¡Es
peligrosamente panteísta eso que dices!’
Desde luego, desde luego, mi querido Claude. Tú te has hecho terriblemente
filósofo, de la especie más peligrosa, la eterna, pero el teólogo vive en
el peligro; e incluso necesita el panteísmo, lo necesita como
el idealismo, como todos los ismos; no en una descorazonadora mezcla
sincretista a lo Victor Cousin, sino en un intento de visión. Ya
que ese alegre vagabundo teólogo no duda de nada: necesita, en intención, nada
menos que el parecer de Dios sobre todas las cosas. Los conceptos y los
sistemas son para él lentes y contralentes, unos cóncavos y unos convexos, unas
lentes, unos prismas con los que intenta hacerse una idea, siempre aproximada, siempre
falsa.
Por esta razón no temo más al panteísmo que al realismo aristotélico o
al idealismo kantiano. Un teólogo como el padre Monchanin, que había elegido,
por temperamento, explorar la vida hindú, buscar en ella al propio Cristo y dar
el Señor a los que lo seguían, había visto perfectamente el panteísmo
del cristianismo.” (p. 161).
Eso de que la teología es siempre falsa es
esencialmente modernista, y
el panteísmo del cristianismo está en el mismo estante que la redondez
del triángulo. Uno se asombra de que sobre la base de tesis como ésta se
pretenda todavía ser católico y, más aún, renovar y reformar a la Iglesia
Católica.
“En efecto, tras haber determinado a priori la no
incompatibilidad entre la fe y el nominalismo, el teólogo, en un
segundo momento de espíritu, la constata a posteriori; la historia
de las doctrinas le proporciona unos ejemplos con sus peligros y sus éxitos.
¿Qué otra cosa es, finalmente, el arrianismo sino una teología
nominalista del Verbo Encarnado que no ha logrado su síntesis? Preocupado de la
realidad concreta y terrestre, preocupado igualmente de la trascendencia de
Dios, Arrio equivocó su construcción teológica; el polo menos de su doctrina se
encuentra en este fracaso por simplificación, pero el polo más se encuentra en
su solicitud de encarnación y de trascendencia. No se trata de casualidad si en
nuestros días impregnados de nominalismo positivista, flota en el aire
un cierto arrianismo práctico cuya presencia he podido comprobar entre tales
cristianos militantes, no obstante admirables de piedad contemplativa
y de compromiso activo.” (p. 224).
El ejemplo que a Paupert se le ocurre encontrar de una teología
cristiana basada en el nominalismo lo dice todo: nada
menos que la herejía arriana. Es muy aguda, y muy lamentable, la
realidad que descubre la observación de Paupert acerca del arrianismo
práctico de muchos “militantes” cristianos que serán todo lo
“admirables” que se quiera, pero no son cristianos.
“Y también en sentido inverso: Dios nada es sin el hombre; en
cierto sentido sólo el hombre es. En primer lugar porque para
nosotros, es en el hombre y en el mundo que llega el Señor. Y también, y en
consecuencia, porque Dios no es en cierto modo más que lo que nosotros
concebimos. Si no concibiéramos a Dios –más o menos directamente, por
sucesivas graduaciones, por afirmaciones y negaciones, a través de marchas y
contramarchas– no sería para nosotros. Es decir en cierto
sentido en absoluto. Esto puede ser, por encima de todos
sus paralogismos, otra lección del sartrismo para el teólogo:
“El ser… no puede afirmarse como ser más que a favor y en contra de su Creador,
de lo contrario se funde en él: la teoría de la creación continuada, al
arrebatar al ser lo que los alemanes llaman la Selbständikgeit, lo
hace desvanecerse en la subjetividad divina. Si el ser existe frente
a Dios, es que es su propio soporte, es que no conserva la menor
huella de la creación divina (…) Esta manera de situar la absurdidad de la
contingencia del ser en un marco lógico que es, o bien el del panteísmo, o bien
el de la ipseidad del ser, es fecundo en enseñanzas para el teólogo
cristiano, que ve de ese modo definidos los tres puntos de su
universo tridimensional, lleno de una loca verdad.” (pp. 237-238).
Aquí Paupert hace suya ingenuamente y sin ninguna crítica la
objeción de Sartre según la cual la esencial dependencia de la
creatura en el ser respecto del Creador sería incompatible con la subsistencia
sustancial de esa misma creatura, realmente distinta de Dios. Salvando
las inmensas diferencias, con la misma razón se podría decir que una mesa no
tiene, en tanto que mesa y producto artificial, ninguna
existencia fuera de la mente del carpintero. En general, todo esto es producto
de la filosofía nominalista de Paupert, que reduce los
conceptos a meras ficciones mentales. A partir de esa tesis, el mismo principio
de no contradicción pasa a tener un valor puramente relativo y
los conceptos quedan reducidos a ser meros instrumentos para
construcciones siempre artificiales y siempre sustituibles, que nunca
alcanzan a capturar lo que las cosas son en sí mismas. La labor del teólogo se
concibe, sobre esta base, como la de alguien que debe elegir en cada momento
histórico la construcción artificial y por hipótesis falsa que más se
ajusta al modo de pensar de los contemporáneos, para expresar de ese
modo la verdad de la Revelación divina…
Peligro en la mansión (1976)
En el texto que sigue Paupert (que, según veíamos en mi
artículo anterior, era al comienzo un seminarista católico apasionado del
tomismo y la escolástica) nos da la clave de todo lo anteriormente
transcrito, de cómo empezó su enemistad contra el
pensamiento católico tradicional, cómo se infectó del virus “progresista”.
En los días que vivimos, y ante eventos próximos, su confesión es
particularmente oportuna.
“Fue precisamente en uno de esos cursos que oí al P. Congar
hablar de Lutero y más precisamente de la intención generadora de su
pensamiento reformador. Esa palabra me deslumbró. Conseguí que el
Padre, que me obsequiaba su amistad atenta y, me parece, un poco inquieta, me
prestase sus notas, las que copié con diligencia y piedad; debo tenerlas aún en
alguna carpeta; ése sería el origen de un estudio que yo debería más tarde
llevar adelante de los grandes textos de la Reforma, notablemente de Lutero,
Melanchton, Calvino. (…) He hablado de deslumbramiento; no he
lanzado esa palabra al azar (…) El deslumbramiento aclara y enceguece. Mi año
de noviciado con los dominicos de La Glacière fue un deslumbramiento
del Evangelio, en el Evangelio mismo, en Pascal, en Lutero,
accesoriamente en Péguy (…) Me convertí por tanto al Evangelio, no es por nada
que Lutero ha fundado una iglesia evangélica, no es por azar que algunos años
más tarde yo compondría una memoria de diploma sobre Pascal, no es sin razón
que mi primer libro será consagrado al Evangelio.” (pp. 143-144).
“Se ve que yo había invertido la corriente natural de mis orígenes y de
mi primera educación. La leche con miel del humanismo cristiano bebida
durante mis seminarios había sido brutalmente reemplazada por el virulento
brebaje del antihumanismo más áspero. Es este antihumanismo
evangélico, que mandaba a pasear al hombre, a la tradición, a la cultura, a
la civilización, al pasado, el que sostendrá, por años, mi pensamiento
y mis posiciones progresistas.” (ibid.)
Es notable la relación que establece aquí Paupert entre “antihumanismo”
y “progresismo”. En efecto, el “progresismo” es esencialmente contrario a
la noción de “naturaleza humana”, porque la considera como fija
y ahistórica. El hombre no puede progresar en su misma esencia de
hombre sin dejar de ser hombre. De ahí viene la oposición de los “progresistas”
a la noción de ley moral natural. En ese sentido, el “progresismo”
coherente es el de Nietzsche, que sostiene que el hombre es un
estadio de transición hacia el superhombre y que, por lo
mismo, sitúa su filosofía “más allá del bien y del mal”.
“Cual nuevo Bossuet –nada menos– pero un Bossuet con la carmañola y el
gorro frigio, yo soñaba con deducir la verdadera política del Evangelio, que ya no era, sin duda, el
despotismo ilustrado de un piadoso monarca como Luis XIV sublimado por el
Águila de Meaux, sino una dichosa dictadura socialista gobernada por
unos Saint-Just con hábito franciscano (…) Cuando apareció en
setiembre de 1965 (…) fue en lo del editor Grasset que supe, con una alegría
tan grande como mi asombro, que la Política Evangélica había
llegado justo a tiempo, marcando, parece, los trabajos conciliares
sobre la moral social y política. Estoy obligado a renovar aquí la
expresión sincera de mi pesar, porque creo nefasta la orientación vagamente
socializante tomada por el episcopado francés.” (p. 162).
El Águila de Meaux es Jacobo Benigno Bossuet, Obispo de
Meaux, tutor del hijo de Luis XIV, que escribió una Política sacada de las Sagradas Escrituras, que en sus comienzos
iba dirigida al “delfín” y que fue publicada póstumamente en 1709. Papuert
supone, basado en informaciones recibidas, que su obra habría tenido algún
influjo en los Obispos durante del Concilio Vaticano II.
“Nuestra civilización, la civilización de las tres capitales, se
ha desviado dispersándose, ramificando indebidamente su unidad originaria,
embarcándose sucesivamente (o más bien a la vez, según los distintos grupos de
espíritus) en tres direcciones que eran y son callejones sin salida en los cuales
estamos al presente acorralados. En primer lugar, en la medida en que ha
producido las ciencias y las técnicas modernas de las que vivimos cada día,
nuestra civilización ha desequilibrado los valores del conocimiento, que eran
suyos, limitando los poderes del mismo, y castrándolo para reducirlo al solo
saber positivo. Éste es el sentido y la responsabilidad de la gran
crisis nominalista, que, sacudiendo a Occidente a partir del siglo XIV, ha
sido lanzada por Ockam, avalada por Lutero y Pascal, codificada por Descartes,
Kant, Comte, Marx. La metafísica arruinada, reducida al estado de
pamplinas o de postulados próximos a la fe, la fe misma separada de lo real
sensible, remitida a las conjeturas del corazón o asimilada a los engorros del
ente: el hombre de Occidente, heredero de las tres capitales, se ha lanzado
orgullosamente al único campo de la ciencia positiva. No se insistirá
jamás demasiado sobre la importancia del nominalismo, del cual casi nadie habla
y que explica por sí solo, desde el punto de vista epistemológico, toda nuestra
crisis de civilización. Mi maestro Sandoz lo había visto bien y nunca
renegué de su análisis. Pero me acuso hoy de haber creído tontamente,
en el fervor de mi nueva fe evangélica, que el Evangelio era suficientemente
fuerte como para acomodarse con no importa qué filosofía; es esta
creencia pánfila la que está a la obra –de destrucción– en la Iglesia todavía
hoy. Lamento mi enceguecimiento de los tiempos de ¿Se puede ser
cristiano? y de Ancianos de Cristiandad, cuando reclamaba a todos
los ecos una teología nominalista, una teología kantiana (…) una
teología hegeliana, una teología marxista, una teología estructuralista.
Son Gilson y Tresmontant los que tenían razón; Gilson me escribía poco después:
es una gran pena que Ud. no vea que eso es imposible.” (pp. 176-177).
Las “tres capitales” son Jerusalén, Atenas y Roma, que para
Paupert representan ahora las bases insustituibles de la civilización
occidental. Paupert escribe en 1982 Les méres patries: Jerusalem, Athenes,
Rome (Las madres patrias: Jerusalén, Atenas, Roma). La forma en que
Paupert dice aquí una gran verdad es algo defectuosa: el Evangelio
no es lo “suficientemente fuerte” para asimilar cualquier filosofía en
el mismo sentido en que el campeón olímpico de pentatlón no es lo
“suficientemente fuerte” para beber cianuro y seguir con vida. Es decir, más
que un problema de “fuerza” es un problema de incompatibilidad.
“Esta exasperación, este enloquecimiento de valores santos, buenos y
útiles que los transforman en armas de muerte no es otra cosa que la locura de
la que hablaba G. K. Chesterton evocando la nocividad, en nuestra civilización,
de ideas cristianas vueltas locas. Y bien, toda locura es una
disociación, un desequilibrio. El enloquecimiento de las ideas cristianas, de
los valores evangélicos, llegando al desorden y al desbarajuste, se debe
esencialmente a su desarraigo del terreno humano. Se cree,
yo mismo lo creí, que ellas pueden vivir así, sin estar atadas a una tierra, a
una civilización de la que formaban parte al origen; por tanto, sin
entrar en composición esencial en una mezcla compleja. Es el pecado de
angelismo.” (p. 179).
Paupert saca aquí las consecuencias lógicas de la Encarnación
del Hijo de Dios, porque hacerse hombre ha significado,
para el Verbo divino, también ingresar en la historia humana de un modo
particular y concreto, dentro del cual entra que Jesús fuese judío,
que el Nuevo Testamento se redactase en griego, y que la Iglesia de
Cristo haya forjado su doctrina en el contexto de la cultura grecorromana,
haciendo por muchos siglos del latín su lengua oficial. El “progresismo”
insiste contradictoriamente en la Encarnación por un lado, y en una “humanidad”
meramente abstracta y universal del cristianismo, por otro. En ese
sentido es curioso cómo se insiste últimamente en el componente judío de
la Revelación cristiana a la vez que se denigra el componente
grecorromano de su formulación bíblica, eclesial e histórica. Cito al
respecto un pasaje de otro libro de Paupert, Les méres patries, de 1982:
“La primera cosa que yo querría decir es, a los hombres de
Iglesia ante todo, que es vano y mortal pretender evangelizar el
Evangelio, es decir, purificarlo de todo lo que no sería el
Evangelio en estado puro, a fin de recoger no se qué fermento, o virus, aparte
de las Tres Capitales, sin judaísmo, sin helenismo, o sin romanidad. Sin
aliento y sin presa, esta carrera hacia la esencia pura como tras un fantasma
quimérico. Evanescente y suicida, esta alquimia que pronto dejaría en el hueco
de las manos nada más que un poco de polvo piadoso. Porque por su nacimiento y
por sus desarrollos el Evangelio cristiano es esencialmente y
existencialmente judeo-greco-romano. Es portador y factor de nuestra
civilización, íntimamente ligado a ella. No se puede destruir a uno sin tocar
al otro.” (p. 304).
Sin duda, el Evangelio se dirige a todos los hombres y a todos
los pueblos, y a todas las culturas, y no está encerrado en ninguna de ellas.
Y, sin embargo, Jesús es y será judío por toda la Eternidad, y hoy
día sonaría muy rara la propuesta de purificar el mensaje evangélico de
sus adherencias culturales judías para hacerlo verdaderamente universal.
Por el contrario, al mismo tiempo que se insiste en la “inculturación” del
Evangelio, se insiste más aún en sus raíces judías. Pues bien, no
se ve por qué no se puede y debe hacer también algo semejante con el
innegable componente grecolatino de la doctrina cristiana y católica.
Volvamos a Peligro en la mansión.
“Por tanto, soy un reaccionario. Quiero al hombre hijo de
Dios, quiero todo lo que puede salvar al hombre hijo de Dios, quiero tocar la
herencia de las tres capitales, quiero que mis hijos las hereden
también, quiero… Y no quiero que se pueda decir que he
capitulado, es decir, no quiero que se me lo pueda reprochar. No quiero ser
un capitulador, un muniqués. Mañana, pasado mañana, el hombre dirá –si hay
todavía un hombre, si hay todavía hombres y una historia de hombres– el hombre
dirá que el ‘fascismo’, como dicen ustedes, oh hombres de
izquierda, mañana, pasado mañana, el hombre dirá que la dictadura de
los espíritus, de los corazones y de los cuerpos, que el fascismo verdadero –es
decir, la falsificación del hombre– estaba en este tiempo, en nuestro tiempo, a
la izquierda. Y Münich en París. Münich en todas las capitales y en todos
los salones.” (p. 225)
Mediante los acuerdos de Münich de 1938 Inglaterra,
Francia e Italia permitieron que Hitler incorporara toda una parte de
Checoslovaquia (los Sudetes) a Alemania.
“No quiero morir sin que se sepa que uno se levantó para decir que no. No
al fascismo del socialismo universal, no al fascismo de la
izquierda omnívora, no al Münich de la intelligentsia. No a esta buena sociedad cobarde e imbécil donde,
bajo pena de obscenidad, no se puede no ser de izquierda, donde
la prensa, la radio, la televisión, la universidad, la magistratura, el
ejército mismo y muy ciertamente el clero, la atmósfera ambiental,
en fin, nos machacan cada día los estribillos del socialismo universal. Quiero que se sepa que queda
en esta Francia caída, en esta Iglesia bastardeada, en esta civilización
podrida, al menos un hombre que ha tratado la ley de aborto como lo
que ella es, ‘objetivamente’ como dicen los marxistas, una ley
nazi, un hombre que ha llorado de rabia cuando el
único diputado francés que había tenido un instante de lucidez y de coraje
evocando a propósito de la misma los crímenes de Hitler ha creído necesario
presentar disculpas; un hombre para asegurar que más allá de las sonrisas de
ladronas de burdel y de la popularidad de perrera, ella quedará para siempre,
esta ley, personificada, en la historia de Francia y en la historia de la
humanidad, como aquella que –“bajo el gobierno de Tiberio César, siendo Poncio
Pilato gobernador de Judea, Herodes Tetrarca de Galilea”, quiero decir, bajo el
patrocinio de M. Valéry Giscard d’Estaing– ha vuelto legal la masacre de los
Inocentes, ha mandado que se mate a los niños pequeños en los vientres de sus
madres, ha abierto la gran danza macabra que no terminará más y que,
poco a poco, como la peste hitleriana, golpeará a los que tienen síndrome de
Down y a los discapacitados motores y cerebrales, a todos los lisiados y
defectuosos, los incapaces y los paralíticos, los viejos y los abandonados, los
desalentados y los malpensantes… Un hombre en fin para rechazar el socialismo
universal.” (ibid.).
Es notable que el punto en que Paupert concentra su denuncia del “socialismo
universal” y su tendencia “muniquista” en materia de derechos humanos sea
nada menos que la legalización del aborto.
“Para mayor gloria del hombre, no podréis, en todo bien y honor, en
vuestra alma y conciencia, no podréis tolerar que hagamos
subir al cielo nuestros clamores contra el aborto, contra la píldora y
la eutanasia, contra la opresión del alma por la máquina inhumana del
Estado, no podréis soportar que nos neguemos, que nos rebelemos; no
podréis tolerar que seamos la voz que grita en el desierto de
humanidad que ya es y que será más y más el mundo, la voz secreta del hombre
herido a muerte escondido en la soledad de las máquinas y de las oficinas. Demostraréis,
demostráis ya, no dejaréis de demostrar que el hombre sois vosotros, y
solamente vosotros –vuestra cosa exclusiva– que la defensa del hombre
es por vosotros y por vosotros solos que pasa, y que todos vuestros enemigos
son los enemigos del hombre, gentes sin honor, sin cultura y sin fe, y que hay
que destruirlos. Fachos, reaccionarios. Y toda la clase llamada
intelectual, y toda la clase dirigente aplaudirán. Embrutecidos, sentados
delante de sus televisores, los de la masa se callarán. El clero también, o lo
que quede de él.” (p. 226).
“Hablo de la civilización cristiana salida de las tres capitales, la que
ha producido todas nuestras representaciones, todos nuestros testimonios del
Misterio, y hablo de nuestra civilización actual y moribunda, hablo de su incompatibilidad, que
ya he ampliamente mostrado y demostrado. En el fondo, si son incompatibles, es
por la razón misma que me señalaba Étienne Gilson y que ya he reportado, cuando
me escribía: es una gran pena que Ud. no vea que la Revelación
cristiana tiene necesidad de una cierta filosofía. Una cierta filosofía y no cualquiera.
Lo he comprendido cruelmente después. La mentalidad nominalista-positivista moderna nos impone creer
que no hay más milagro ni trascendencia. Tan así, que todo el problema de
la teología, todo el problema de la cristología hoy (¿Se
puede ser cristiano hoy? Oh la la) consiste en decirse (lo sé, porque me lo
he dicho bastante y he leído bastante a los otros): ¿cómo hacer, qué pensar,
qué fabricar, para tener una especie de teología sin Dios en
el sentido del Dios antiguo y medieval, una especie de cristología
sin irrupción de Dios, sin milagro, sin
nacimiento virginal, sin resurrección en el sentido del buen pueblo cristiano? Una
teología moral sin obligación ni sanción, una vida de fe sin contemplación.
Evidentemente, no hay respuesta, no hay salida. El error trágico y –habría
que poder agregar– idiota– consiste en poner como verdadera
la mentalidad moderna (en el fondo, las tres edades del viejo padre
Comte, el materialismo económico y el sensualismo psicológico de las viejas
barbas de Marx y de Freud), y en poner como falsa, superada, perimida,
la mentalidad antigua teológica y metafísica que es el fundamento
mismo de nuestra fe y de nuestra civilización.” (pp. 238-239).
“Pablo VI no ha encontrado sino el Credo, el Símbolo de los Apóstoles y de Nicea,
apenas glosado en los términos de la teología patrística y medieval más
tradicional. No es casualidad: no hay más que eso. A fin de
cuentas, no encuentro otra cosa, porque por lo demás desconfío, como de
la peste, del pensamiento salido de nuestra civilización desviada y podrida.” (p. 241).
Se refiere al Credo del Pueblo de Dios de Pablo VI (1968).
“Y si todavía tuviese antojos de inteligencia de la fe, de banquetes teológicos, es
sobre mi querido Santo Tomás que me precipitaría para
satisfacerlos. No es casualidad que esta obra colosal haya sido elaborada en
pleno siglo XIII, justo antes de la primera crisis nominalista; y en mi
devoción personal a la Providencia que ya he dicho, no es tampoco para mí una
casualidad que yo viva actualmente, hace cinco años, en la parroquia
parisina de Santo Tomás de Aquino, donde voy a cantar y orar todos los Domingos:
veo ahí un signo de Dios que me ha reconducido a mis primeros amores y a la
verdad de su Evangelio encarnado.” (p. 242).
“Más congruentes me parecen, con todo, más responsables, también, las
actitudes de aquellos, menos próximos a mí, sin embargo, por el corazón y el
espíritu, que fueron en otro tiempo los instigadores de la reforma, los
campeones del progreso, y que denuncian hoy día abiertamente sus peligros y
engaños; pienso ciertamente en los de Lubac, Daniélou, Congar, Guitton,
Maritain, y otros sin duda. Antiguos virtuosos del acelerador, hoy
dejan caer todo su peso sobre el freno, no se esconden y tienen razón. Tienen
menos razón en creer y hacer creer que no han cambiado, y que no tienen
responsabilidades en la decadencia que conocemos. En verdad, los bomberos de hoy son los
incendiarios de ayer (…) No es buena la pretensión de haber tenido
siempre razón. Son ciertamente ellos, somos ciertamente nosotros que
desde los veinticinco años hemos removido, lanzado, propagado las ideas que
hoy, para nuestra desgracia, triunfan luego de haber conocido
la consagración del Concilio (…) El P. de Lubac debería darse
cuenta (…) de creerle, no se ha movido una pulgada ni ha cambiado una iota,
tenía razón ayer como tiene razón hoy. Son los otros que han cambiado, los
otros que son responsables. ¿El fruto está podrido pero la semilla era buena?
Sea, pero ¿no es él, sin embargo, el que entronizó, patronizó, hizo
pasar por la aduana a Teilhard en la Iglesia? Teilhard, que es por sí solo una
de las corrientes más devastadoras de nuestra Iglesia moderna. ¿No es
él también el que, con Jean Daniélou (que al final se había
dado cuenta y lo lamentaba en privado) y todo el equipo de Fourviére, contribuyó
a arruinar la confianza en la teología especulativa tomista? Ah, padres
míos, padres míos, ¿nunca os han enseñado la contrición ni el arrepentimiento
público? Sí, padres míos, somos ciertamente nosotros los que hemos
desencadenado los dragones, destrozado los diques, introducido el gusano en
el fruto.” (pp. 267-269).
Es importante la denuncia que hace aquí Paupert y que debería contribuir
a disipar las ambigüedades y falsos acuerdos que se introdujeron en
el pensamiento católico posterior al Concilio Vaticano II, así como a bajar
de ciertos pedestales a ciertas imágenes.
“Me queda un deber fácil, el de decir en pocas palabras mi
esperanza y mi amor. Mi amor: si es que no ha aparecido suficientemente
todo a lo largo de mi grito. Sí, amo a mi Iglesia a la que le debo todo,
amo a mis hermanos los Obispos y los sacerdotes, de quienes sé la misión
difícil, al borde de lo imposible, de quienes espero que nos llamen al
combate, que habiendo rechazado sin debilidades los encantos engañosos de
los desposorios culpables y de la copulación contra natura con el mundo, nos prometan finalmente los
sufrimientos y las lágrimas que son, en todo tiempo y para siempre, la
parte de los “pequeños restos” que resisten a los Monstruos; que así
mantengamos juntos los pocos valores que nos quedan y que reencontremos
aquellos que hemos dejado escapar, a fin de volver a dar cierta vida, cierto
soplo de lo Alto a este gran Cuerpo abatido, humillado, el Cuerpo del Hombre
repleto de venenos, impregnado de toxinas y que se revuelca, sacudido de hipos
y de espasmos, en el barro y la basura sobre el camino de los ‘grandes
cementerios bajo la Luna’. Iam
foetet, ya hiede. Pero el Cristo ha resucitado a Lázaro.” (pp. 345-346).
Los grandes cementerios bajo la Luna es una novela de Georges Bernanos de 1938 en la
que este autor católico critica al movimiento nacionalista español liderado
por Francisco Franco y defiende a la República. Paupert utiliza irónicamente
esa expresión en este pasaje, en un sentido ideológico totalmente contrario al
original (en el cual Bernanos no parece haber perseverado posteriormente).
“Estas páginas de conclusión y de esperanza son breves. Muy breves sin
duda, pero es justamente así que ellas son también el signo de la gravedad del
momento. Hay que recordar, en efecto, que la situación presente es
grave, a mi modo de ver la más grave que la Iglesia ha conocido en su historia. No
acepto las referencias que nos prodigan, lenitivas y adormecedoras, al pasado
de la Iglesia en sus crisis sucesivas. Sí, es verdad, ella siempre se ha librado,
pero nunca diciendo: ‘¡Bah, ya se han visto otras!’. Ella se ha librado por el
esfuerzo y el testimonio, la fidelidad y la audacia, la determinación de la
voluntad y la unión de todos, la oposición muchas veces heroica de los mártires
y la renovación de los espíritus y los corazones. Basta entonces de análisis
ilusorios y de sabios equilibrismos manejando y dosificando demasiado
hábilmente el pro y el contra, el negro y el blanco: ‘Hay esto, sí, pero
también hay aquello. ¡La cosa no van tan mal, vamos!’ Hemos oído
demasiado de ese lenguaje episcopal.
No, hoy día el mal y la mediocridad triunfan, hay
que verlo, hay que decirlo. La traición y la muerte nos amenazan.
Hay peligro en la mansión del Padre. Y la Virgen llora. Si no nos
aplicamos todos enseguida, todos juntos, cesando todos los asuntos, olvidando
todas las disputas y discordias, terminadas todas las ferias y todas las
ilusiones, abolidos todos los rencores y todos los disimulos, entonces, por
siglos, nos vamos a hundir en un tiempo de Bárbaros que la humanidad y
la Iglesia jamás ha conocido aún, un
tiempo bárbaro al lado del cual los primeros no habrán sido más que juegos de
niños inocentes y cantilenas de guarderías, el tiempo de la deshumanización, el
tiempo del sol negro y del rojo sangre, el tiempo de los Monstruos
normalizados, el tiempo de las nupcias de la Máquina y de la Bestia.” (pp. 365-366).
Jean-Marie Paupert falleció el 24 de Junio de 2010. Por mi parte, me
alegra haberme enterado de que aquel a quien pasé años considerando un gritón
sin discernimiento y un caso grave de esquizofrenia doctrinal ha
podido, por la gracia de Dios, sin duda, integrarse al número de los
testigos de la fe católica de nuestro tiempo. Quiera Dios que haya obtenido Misericordia para entrar en Su
presencia y, si ello es así, que entonces interceda desde ese alto sitial
por los que aquí abajo estamos en una fase de la lucha más dura
aún que aquella en la que él militó y padeció.
Ing. Daniel
Iglesias Grèzes
Una propuesta del
Cardenal Schönborn
Desde 2014 se discute muchísimo en la Iglesia Católica
acerca de la situación de los católicos casados válidamente, divorciados,
vueltos a casar por lo civil y no arrepentidos de su pecado de adulterio. Los
partidarios de que se dé el sacramento de la Eucaristía a personas que están en
esa situación irregular han ensayado muchos argumentos a favor de su tesis: por
ejemplo, los argumentos de la “economía” de los ortodoxos, del camino
penitencial, de la comunión espiritual, de la inimputabilidad subjetiva, etc.
Algunos de esos argumentos son incoherentes entre sí, como por ejemplo la
inimputabilidad subjetiva y el camino penitencial. Sin embargo, en cierto
momento pareció que todos los argumentos favorables a esa causa eran
bienvenidos por sus partidarios, más allá de su consistencia lógica.
Actualmente, después de la publicación de la exhortación
apostólica Amoris Laetitia, parece
haberse impuesto, dentro de esa corriente de pensamiento, el argumento del
“discernimiento pastoral”. En este artículo no analizaré ese argumento, sino
que volveré a una etapa anterior del debate. Reconsideraré un argumento que, según sus declaraciones a La Civiltà Cattolica, fue propuesto en el Sínodo de
la Familia de 2014 por el Cardenal Christoph Schönborn, Arzobispo de Viena.
Este argumento, que algunos llaman “ecumenismo de estilos de vida”, pese a suscitar
fuertes discusiones, fue recogido en el informe intermedio de ese Sínodo (la
tristemente célebre Relatio Post
Disceptationem, en adelante RPD), pero luego, al parecer, fue dejado de
lado. Quiero volver sobre ese argumento porque creo que, aunque es erróneo,
tiene bastante apariencia de verdad como para atraer a muchas mentes, haciendo
así daño a muchas almas.
La RPD del Sínodo de 2014 (*) presenta ese argumento en sus
numerales 17-20. En esencia el argumento se basa en una analogía entre las
llamadas “familias heridas” (es decir, las familias en situaciones irregulares)
y los cristianos no católicos. Así como –se nos dice– el Concilio Vaticano II
reconoce que existen distintos grados de comunión con la Iglesia Católica y que
hay elementos de verdad y de santificación en los cristianos que no están en
comunión plena con Ella, corresponde “reconocer elementos positivos también en
las formas imperfectas que se encuentran fuera de tal realidad nupcial [el
matrimonio sacramental válido], a ella de todos modos ordenada” (RPD, n. 18).
De esta analogía la RPD deduce la siguiente conclusión: “Se
hace por lo tanto necesario un discernimiento espiritual acerca de las
convivencias y de los matrimonios civiles y los divorciados vueltos a casar;
compete a la Iglesia reconocer estas semillas del Verbo dispersas más allá de
sus confines visibles y sacramentales. Siguiendo la amplia mirada de Cristo,
cuya luz ilumina a todo hombre (…), la Iglesia se dirige con respeto a aquellos
que participan en su vida de modo incompleto e imperfecto, apreciando más los
valores positivos que custodian, en vez de los límites y las faltas” (n. 20).
Si bien esto no se explicita, se insinúa claramente que ese
mayor aprecio por los valores positivos de esas parejas que por sus límites y
faltas debería impulsar a darles acceso a todos los sacramentos. Éste es en realidad
el objetivo pretendido por ese argumento.
Además, se debe tener en cuenta que, aunque RPD 17-20 no
menciona a las uniones homosexuales entre las “familias heridas” beneficiarias
de su analogía ecuménica, de RPD 50-52 parece deducirse que se podría aplicar
el mismo argumento a esas uniones. Destaco estos pasajes: “Las personas
homosexuales tienen dones y cualidades para ofrecer a la comunidad cristiana
(…) ¿Nuestras comunidades están en grado de serlo [una casa acogedora para
ellos], aceptando y evaluando su orientación sexual, sin comprometer la
doctrina católica sobre la familia y el matrimonio?” (n. 50). “Sin negar las
problemáticas morales relacionadas con las uniones homosexuales, se toma en
consideración que hay casos en que el apoyo mutuo, hasta el sacrificio,
constituye un valioso soporte para la vida de las parejas” (n. 52).
Pues bien, ¿qué decir de este “ecumenismo de estilos de
vida” (o ecumenismo moral)? Intentaré mostrar que, aunque la analogía planteada
puede ser en algún sentido válida, la conclusión pretendida es insostenible.
Bonum
ex integra causa
Uno
de los principios básicos de la doctrina moral católica, citado reiteradamente
por Santo Tomás de Aquino, es el siguiente: Bonum ex integra causa; malum ex
quocumque defectu (el bien
proviene de una causa íntegra; el mal de cualquier defecto). Este
principio tiene múltiples aplicaciones. Veamos tres ejemplos.
Primer ejemplo. Para que un
acto sea moralmente bueno, es necesario que sea bueno tanto en su dimensión
objetiva (el objeto del acto y sus circunstancias objetivas) como en su
dimensión subjetiva (la intención del agente y sus circunstancias subjetivas);
en cambio, para que un acto sea moralmente malo, basta que una cualquiera de
esas dos dimensiones sea defectuosa (por ejemplo, un objeto malo o una
intención mala).
Segundo ejemplo. Un programa político, para ser moralmente bueno, debe serlo en todos sus
aspectos esenciales; mientras que, para ser moralmente malo, basta que uno cualquiera
de sus aspectos esenciales sea moralmente malo. El Magisterio de la
Iglesia ha enseñado constantemente esta doctrina. “Cuando en ámbitos y realidades que remiten a exigencias éticas
fundamentales se proponen o se toman decisiones legislativas y políticas
contrarias a los principios y valores cristianos, el Magisterio enseña que «la
conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio
voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley
particular que contengan propuestas
alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral»”
(Compendio de la Doctrina Social de la
Iglesia, n. 570).
Tercer ejemplo. Para que un
consentimiento matrimonial sea válido debe cumplir simultáneamente las
siguientes condiciones: ser un acto consciente y libre, tener por objeto el
verdadero matrimonio y proceder de un sujeto capacitado para dar ese
consentimiento. En cambio, para que un consentimiento matrimonial sea inválido,
es suficiente que falte uno cualquiera de esos elementos: por ejemplo, si el
sujeto es menor de edad o ya está casado, o si carece de uso de razón, o si
obra coaccionado por una amenaza de muerte, o si no pretende contraer un
matrimonio indisoluble y abierto de por sí a la transmisión de la vida, etc.
La intercomunión con los cristianos no católicos (**)
Teniendo
en cuenta el principio recordado en la sección anterior, estamos en condiciones
de examinar la situación de los dos términos de la analogía del Cardenal
Schönborn (es decir, los cristianos no católicos y los católicos en uniones
irregulares), frente al sacramento de la Eucaristía.
El Catecismo de la Iglesia Católica n.
1355, citando a San Justino, establece tres condiciones fundamentales para
poder recibir la Eucaristía: haber sido bautizado, tener la fe católica y estar
en estado de gracia. Bonum ex integra causa… Para poder comulgar, uno debe cumplir
esas tres condiciones a la vez; en cambio, basta que no cumpla una cualquiera
de esas tres condiciones para que no pueda comulgar.
Ciertamente
se puede plantear analogías entre pecados graves contra el primer mandamiento y
pecados graves contra el sexto mandamiento, pero eso no quita que todos ellos
sigan siendo pecados graves. Lo que el Cardenal Schönborn omite destacar es
que, por mucho que practiquemos el diálogo ecuménico, la herejía y el cisma
siguen siendo pecados objetivamente graves contra la fe.
Desde el
punto de vista objetivo hay analogía entre los pecados contra la fe y los
pecados contra el matrimonio. La semejanza está en que objetivamente ambos son
pecados. Pero, como se trata de una analogía, también hay desemejanzas. Una de
ellas es que desde el punto de vista subjetivo suele haber una gran diferencia
entre ambas cosas. El católico casado válidamente que se divorcia y vuelve a
casar por lo civil casi siempre sabe perfectamente que está violando una norma
importante de la ley moral enseñada por la Iglesia Católica. En cambio muchos
protestantes criados en el protestantismo desconocen que la Iglesia Católica es
la verdadera Iglesia de Cristo. Sin embargo, como veremos a continuación, incluso
en el caso de herejía sólo material (no formal), el hereje no puede comulgar en
la Iglesia Católica (salvo casos muy raros), porque no tiene la fe católica.
“Hay
diversas maneras de pecar contra la fe: (…) ‘Se llama herejía la negación pertinaz, después de
recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica,
o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe
cristiana; cisma, el
rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de
la Iglesia a él sometidos’ (CIC can. 751)” (Catecismo
de la Iglesia Católica, nn. 2088-2089).
“Las comunidades eclesiales nacidas de
la Reforma, separadas de la Iglesia católica, ‘sobre todo por defecto del
sacramento del orden, no han conservado la sustancia genuina e íntegra del
misterio eucarístico’ (UR 22).
Por esto, para la Iglesia católica, la intercomunión eucarística con estas
comunidades no es posible. (…) Si,
a juicio del Ordinario, se presenta una necesidad grave, los ministros
católicos pueden administrar los sacramentos (Eucaristía, Penitencia, Unción de
los enfermos) a cristianos que no están en plena comunión con la Iglesia
católica, pero que piden estos sacramentos con deseo y rectitud: en tal caso se
precisa que profesen la fe católica respecto a estos sacramentos y estén bien
dispuestos (cf CIC, can. 844, §4)” (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1400-1401).
Por lo tanto, los cristianos
protestantes (aún cuando estén bautizados válidamente y estén en estado de
gracia) no pueden recibir la Eucaristía en la Iglesia Católica por no tener la
fe católica. La excepción mencionada al final del texto recién citado se
refiere a casos muy raros, no tanto porque el Ordinario debe juzgar que hay una
necesidad grave, sino sobre todo porque se exige al cristiano no católico que
profese la fe católica respecto a la Eucaristía. Siendo la Eucaristía la fuente
y la cumbre de la vida cristiana, exigir la fe católica respecto a la
Eucaristía casi equivale en la práctica a exigir la fe católica, es decir la
conversión del protestante al catolicismo.
El hecho de que los cristianos ortodoxos
hayan conservado la fe católica sobre el sacerdocio y la Eucaristía (y sobre
casi todos los dogmas de fe, incluidos los principales) explica que para ellos
la prohibición de la intercomunión no sea absoluta (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1399).
Además, la exigencia de que, para
acceder a los sacramentos de la Iglesia Católica, el cristiano no católico los
pida “con deseo y rectitud” implica que él está en un estado de cisma o herejía
sólo material, no formal.
En resumen, utilizando el lenguaje
técnicamente preciso de la teología clásica, podemos decir que el hereje no
cumple la segunda condición de San Justino (tener la fe católica), por lo que
no puede comulgar; mientras que el cismático en principio sí la cumple (***),
por lo que, suponiendo que cumpla también las otras dos condiciones de San
Justino y se den las situaciones previstas en el derecho canónico, puede
comulgar.
La
comunión de los católicos en uniones irregulares
El sexto mandamiento
prohíbe, entre otros actos impuros, la fornicación y el adulterio.
“La fornicación es la unión carnal entre un hombre y
una mujer fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las
personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los
esposos, así como a la generación y educación de los hijos” (Catecismo de la Iglesia Católica, n.
2353).
“El adulterio. Esta palabra designa
la infidelidad conyugal. Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos
uno está casado [con otra u otro], establecen una relación sexual, aunque [sea]
ocasional, cometen un adulterio. Cristo condena incluso el deseo del adulterio
(cf Mt 5,27-28). El sexto mandamiento y el
Nuevo Testamento prohíben absolutamente el adulterio (cf Mt 5,32; 19,6; Mc 10,11; 1 Co 6,9-10). Los profetas denuncian su gravedad;
ven en el adulterio la imagen del pecado de idolatría (cf Os 2,7; Jr 5,7; 13,27). El adulterio es una injusticia. El que
lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el
vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la
institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete
el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable
de los padres” (Catecismo de la Iglesia
Católica, nn. 2380-2381).
“Él [Jesús] les dijo: «El que se divorcia de
su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella; y si una mujer se
divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio»” (Marcos
10,11-12).
Por lo expuesto, el
católico casado válidamente, divorciado, vuelto a casar por lo civil y no
arrepentido está en un estado público y permanente de adulterio. Esto implica
que, en el caso normal, no cumple la tercera condición de San Justino (estar en
estado de gracia), por lo que no puede comulgar.
Algo análogo puede
decirse del católico que vive en “unión libre” heterosexual (concubinato) o que
integra una unión homosexual, ya sea “libre” o reconocida por el Estado como
“unión civil” o como “matrimonio”. Esas uniones no son verdaderos matrimonios,
por lo que los actos sexuales correspondientes caen bajo la definición de
fornicación y, según el caso, posiblemente también de adulterio. Por ende,
tampoco este católico puede comulgar.
Los partidarios de
dar la comunión a católicos que están en esas situaciones irregulares se
esfuerzan por demostrar que en algunos casos, aunque se da una situación
objetiva de pecado grave, no hay culpabilidad subjetiva, porque la persona
implicada no cree que su situación sea un pecado grave o incluso no cree que
sea un pecado. Pues bien, tampoco en esos casos (si es que se dan), la persona
puede comulgar, porque no cumple la segunda condición de San Justino (tener la
fe católica).
Demostración por el absurdo
El artículo podría terminar aquí, porque ya quedó
demostrado el error de utilizar el “argumento ecuménico” para justificar el dar
la comunión a católicos en uniones irregulares. Sin embargo, conviene dar un
paso más. El “argumento ecuménico” se puede refutar también por medio de una reductio ad absurdum. En efecto, ese
argumento es tal que, de por sí, se podría aplicar también a cualquier otro
pecado grave, dado que el mal no es un ser, sino una privación o un desorden.
No existe ningún ser ontológicamente malo, sino que el mal es un parásito del
bien. El mal siempre requiere de algún bien, aunque sea residual, para poder
darse.
Cito al respecto un texto muy elocuente del Pbro. Dr. José
María Iraburu:
“Si la propia
Iglesia enseña que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados, es
decir, pecaminosos, contrarios a la ley natural y que no pueden recibir
aprobación en ningún caso, ¿cómo puede un padre sinodal elogiar las uniones
homosexuales basadas en esos actos?
Una unión
homosexual, en sí misma, es una estructura de pecado, porque tiene
su fin en un pecado y en ningún caso puede ser objeto de elogio. Las cosas
buenas que haya en una unión de ese tipo no provienen de la unión, sino que
existen a pesar de ella. En las acciones humanas siempre hay una parte
de bien, pero cuando pecamos esa parte de bien queda reducida a un mero resto
de bondad creatural en algo que el pecado ha destruido. Es metafísicamente
imposible que haya algo absolutamente malo, pues lo malo es un no-ser, y ha de
tener una existencia apoyada en algún bien, que es el ser. En el caso de las
parejas homosexuales, la amistad entre ellos o ellas, que es un don maravilloso
de Dios, se ha deformado y pervertido por el pecado. Que siga habiendo restos
de amistad sana no hace que esas uniones pecaminosas sean dignas de elogio,
sino, al contrario, revela de forma más clara cómo el bien que Dios tenía
planeado ha sido carcomido por el pecado.
Veamos, si
no, qué sucede si la argumentación de la Relatio [Post Disceptationem del Sínodo de 2014] se aplica a otros pecados.
Un ladrón de bancos, por ejemplo, a menudo ejercita en sus robos una buena
cualidad, como es la valentía. El mujeriego puede emplear gran cortesía con la
mujer que quiere seducir. El estafador es imaginativo, el avaro es austero y el
juerguista lujurioso quizá sea alegre y generoso. Sin embargo, resulta
inimaginable un texto de la Iglesia que elogie a los ladrones, mujeriegos,
estafadores, avaros y lujuriosos, tomando «en consideración» que hay casos en
que esas cualidades buenas mencionadas «constituyen un valioso soporte» para
sus vidas. Es evidente que, si usan esas cualidades buenas para hacer algo
malo, no son dignos de elogio. ¿Por qué, entonces, se intenta tratar algunos
pecados que están «de moda» –el ejercicio de la homosexualidad, por ejemplo– de
forma totalmente distinta a los demás pecados, como si en realidad no fueran
tales pecados? Es de temer que se trate de la influencia del mundo, que se
ve denunciado por la enseñanza moral de la Iglesia y desea acallarla. Un deseo
que desgraciadamente halla cómplices en algunos católicos.
El error en
este enfoque está en presentar la parte de bien, que existe en toda conducta
humana por nuestra condición de criaturas de Dios, como si justificase el
pecado o lo hiciera más aceptable. Por ejemplo: alguien abandona
a su mujer «para rehacer su vida». Esos dos hombres forman una pareja
homosexual, «pero fiel y no promiscua», etc. Es decir, se usan los restos de
bien que el pecado aún no ha destruido del todo como excusa para justificar que
se siga haciendo el mal, lo que indica una malicia diabólica. En cambio, la
doctrina católica siempre ha enseñado que absolutamente nada en el mundo
justifica cometer un pecado. Nada. Y menos un pecado mortal. Una afirmación que
relativice su importancia como si, de algún modo, se compensase con otras cosas
buenas que haga la persona es siempre errónea, está inspirada por el Padre de
la Mentira.” (José María Iraburu, Reflexiones
sobre los dos Sínodos de la Familia (2014-2015), Montevideo 2015, pp. 4-5).
En resumen, el argumento de Christoph Schönborn, aplicado
con rigor lógico, llevaría a dar la comunión a toda clase de pecadores no
arrepentidos: mafiosos, pedófilos, aborteros, proxenetas, etc., etc. Esto
contradice de un modo evidentísimo tanto la Palabra de Dios como la Sagrada
Tradición de la Iglesia, por lo que se demuestra que el argumento es erróneo, y
por consiguiente tampoco vale para las “uniones irregulares”.
Notas
*) Señalo un detalle curioso. En su momento la RPD fue
publicada en cinco idiomas (español, francés, inglés, italiano y portugués) durante
el mismo Sínodo con una rapidez insólita, a tal punto que la prensa
internacional tuvo acceso a su texto completo antes que muchos de los Padres
Sinodales. No pocos de ellos se sintieron disgustados también por algunos
contenidos “novedosos” de la RPD que en su opinión no reflejaban en absoluto la
posición de la mayoría de los miembros del Sínodo, sino sólo la de una pequeña
minoría radical. Sin embargo, a la fecha (21/09/2016), en el sitio web de la Santa Sede el enlace hacia la
versión española de la RPD no funciona, por lo que tuve que acceder a ese texto
por medio del diario Clarín, de Buenos Aires.
**) Al parecer el término “intercomunión”
se usa en dos sentidos diferentes: un sentido que simplemente designa la
posibilidad de un católico de recibir la Eucaristía en una Iglesia no católica
o la posibilidad de un cristiano no católico de recibir la Eucaristía en la
Iglesia Católica; y otro sentido que designa la posibilidad de concelebraciones
eucarísticas entre la Iglesia Católica e Iglesias no católicas. La doctrina
católica y el derecho canónico permiten la intercomunión en el primer sentido
en ciertos casos bien delimitados y la prohíben completamente en el segundo
sentido. En este artículo empleo el primer sentido del término en cuestión.
***) Explico una contradicción
sólo aparente. El Catecismo de la Iglesia
Católica enumera el cisma entre los pecados que atentan contra la fe. Yo
dije que “en principio” el cismático (a diferencia del hereje) tiene la fe
católica, por lo que, supuestos el bautismo y el estado de gracia y las
condiciones canónicas que permiten la intercomunión, puede comulgar en la
Iglesia Católica. Creo que la explicación está en que el cisma (al menos el
cisma “químicamente puro”, y por eso escribí “en principio”) atenta contra la
fe sólo indirectamente, al atentar contra algo conexo a la fe: la comunión
eclesial. En la práctica, es difícil que el cisma sea “químicamente puro”, sin
ninguna medida de herejía. Por ejemplo, solemos considerar a las Iglesias
ortodoxas como “cismáticas”, pero conviene recordar que, además de no reconocer
el primado del Papa, oficialmente esas Iglesias tampoco aceptan los dogmas de
fe definidos por la Iglesia Católica después del Cisma de Oriente: el
Purgatorio, la Inmaculada Concepción y la Asunción de María, la infalibilidad
papal, algunos dogmas del Concilio de Trento, etc.
Vuelve a la Tabla de Contenidos
Rituales, estereotipos y prejuicios
Lic. José Alfredo Elía Marcos
El ser humano
crece y se desarrolla en comunidad, pero en la convivencia se producen
dificultades y situaciones que rompen el orden y la estabilidad interna del
grupo. Para ello se crean leyes, costumbres y tradiciones que tienen como
función reforzar los lazos que nos vinculan y nos identifican como miembros de
una sociedad.
Entre estos
elementos se encuentran los rituales. Una serie de actos, con una cierta
carga de obligatoriedad, que nos reafirman como pertenecientes a un colectivo,
que nos acepta y nos dice “eres de los nuestros”. De la fidelidad a estas
prácticas rituales de cada uno de sus miembros, depende la cohesión y, por
tanto, la supervivencia del grupo. A esto los sociólogos lo llaman mores.
Ritos cuya obligatoriedad no está sancionada legalmente pero cuyo
incumplimiento puede generar mayor rechazo que si se cometiera un delito.
El estereotipo
es otro elemento que consolida los lazos de un grupo y lo identifica. Por el
estereotipo un grupo se autopercibe y percibe a “los otros”. El término
estereotipo (del griego steréos = sólido y typos = molde) hace
referencia precisamente a eso, a un patrón o modelo fijo, que puede ser un modo
de actuar rígido. El racismo se alimenta de estos estereotipos, creando etiquetas
positivas para los que son de los “nuestros”, y etiquetas negativas para los
“otros”. Por ejemplo, los ingleses son percibidos como puntuales, los alemanes
como racionales, los estadounidenses como eficientes, etc. En cambio los judíos
son percibidos como usureros, los mexicanos como perezosos y los negros como
salvajes. Todas estas imágenes parciales y distorsionadas de la realidad son
creadas y amplificadas por la literatura y los medios de comunicación. Por
ejemplo, cuando un periódico publica el titular: “Detienen a una banda de rumanos que se dedicaban a robar viviendas”,
el lector, de manera inconsciente, realiza una serie de asociaciones, como que
los rumanos (todos los rumanos) están organizados para hacer el mal, que todos
son en cierta medida delincuentes, que sólo se dedican a delinquir, y que su
sola presencia constituye una amenaza para la seguridad.
El humor
también sirve a veces como altavoz, refuerzo y prolongador de estos
estereotipos. Clásicos en España son los chistes que empiezan con “un inglés,
un francés y un español”, en los que el español termina apareciendo como el
tonto, el patoso o el ineficiente. O bien los chistes de regiones donde los
catalanes aparecen como tacaños, los vascos como brutos, los aragoneses como
tozudos, los madrileños como chulos, los gallegos como ingenuos, los
castellanos como paletos y los andaluces como juerguistas.
El
estereotipo crea una imagen empobrecida de la realidad. Simplifica al “otro”
con tres o cuatro rasgos, que además se consideran fijos e inamovibles. Además
nos hace intelectualmente perezosos porque reduce la enorme riqueza y
diversidad de los demás a una mera “etiqueta” simplificadora.
“Un
estereotipo es la percepción de que la mayor parte de los miembros de una
categoría comparten los mismos atributos. El estereotipo procede directamente
del proceso de categorización, en particular de la asimilación consecuente de
las diferencias intergrupales” [1].
Al final el
estereotipo conduce a la formación de prejuicios de aquellos que no son
“de los nuestros”. Prejuzgar supone realizar un juicio sin pruebas o datos. Es
decidir acerca de algo antes de haber tenido experiencia de ello. El prejuicio,
en cuanto actitud hacia los miembros de un grupo, nace de una imagen pobre y
simplificadora de los mismos y tiene su origen en la herencia cultural de la
sociedad que prejuzga. El psicólogo Gordon Allport habla de las tres
dimensiones que aparecen en el prejuicio:
§ Dimensión
cognoscitiva: son las creencias o teorías previas que tenemos
acerca de un grupo (las mujeres son malas conductoras, los negros juegan mejor
al baloncesto y los americanos son buenos para los negocios).
§ Dimensión
afectiva: son los sentimientos que tenemos hacia el grupo de
diferentes (los catalanes son tacaños, los alemanes son ahorradores).
§ Dimensión
de actitud: es la disposición que, como consecuencia de alguno
de los anteriores componentes o de los dos, tenemos hacia los otros (no quiero
tener por vecino a un gitano porque “los gitanos son ladrones”).
La propaganda
racista ha ido históricamente creando y apoyándose en estos elementos:
prejuicios, estereotipos y ritos para dirigir, controlar y manipular las
sociedades con fines políticos y económicos de dominio.
[1] Rupert Brown, Prejuicio. Su psicología social, Alianza
Editorial, España, 1995, p. 110.
(José Alfredo Elía
Marcos, Las mentiras del Racismo. El peligroso
mito de la raza y la falaz ideología del determinismo biológico, Sección 1.2).
Nota
de Fe y Razón: Estamos
publicando en entregas sucesivas, con permiso del autor, el libro Las mentiras del Racismo del Lic. José
Alfredo Elía Marcos. Es un libro muy trabajado, en el que el autor
expone el verdadero origen de la ideología del racismo, su desarrollo histórico
(colonialismo, apartheid, nazismo...)
y cómo fue vencida (teóricamente, que no en la práctica) durante el siglo XX.
Es un texto sorprendente y revelador de cómo una ideología materialista y atea
originó una falsa antropología sobre el hombre y sus relaciones; una ideología
que tiene su sustituto actual en otro planteamiento deshumanizador y
destructor: la ideología de género.
José Alfredo Elía Marcos es español, nacido en Valladolid y residente en Madrid. Licenciado en Ciencias Físicas. Profesor de
Instituto. Casado y padre de tres niños. Ha dado diversas conferencias sobre
Publicidad, Antropología, Ciencia y Fe. También ha dado cursos sobre Cine y
Educación, y Cultura de la Vida. Autor del libro Superpoblación: La conjura contra la vida humana, y de los blogs No matarás y Las mentiras del racismo.
Vuelve a la Tabla de Contenidos
Papa León XIII
San Miguel Arcángel,
defiéndenos en la batalla.
Sé nuestro amparo
contra la perversidad y las asechanzas del demonio.
Reprímale Dios, pedimos suplicantes,
y tú, Príncipe de la milicia celestial,
arroja al infierno con el divino poder
a Satanás y a los otros espíritus malignos
que andan dispersos por el mundo
para la perdición de las almas.
Amén.
Vuelve a la Tabla de Contenidos
Libros publicados o recomendados por Fe y Razón
Equipo de
Dirección
Libros de la
Colección “Fe y Razón” disponibles en esta página de Lulu (en dos versiones:
impresa y electrónica; la versión electrónica es gratis):
1.
Miguel Antonio Barriola, “En tu palabra echaré la red” (Lc 5,5). Reflexiones sobre Dios en la
historia
2.
Daniel Iglesias Grèzes, Razones para nuestra esperanza. Escritos de apologética católica
3.
Néstor Martínez Valls, Baúl apologético. Selección de trabajos filosóficos y teológicos
publicados en “Fe y Razón”
4.
Guzmán Carriquiry Lecour, Realidad y perspectivas del laicado católico en nuestro tiempo
5.
Miguel Antonio Barriola, “Cristo amó a la Iglesia” (Ef 5,25). Reflexiones sobre la cristología
de J. L. Segundo y la eclesiología de H. Küng
6.
Horacio Bojorge, Teologías deicidas. El pensamiento de Juan Luis Segundo en su
contexto, Segunda edición
7.
Daniel Iglesias Grèzes, En el principio era el Logos. Apologética católica en diálogo con los
no creyentes
8.
Daniel Iglesias Grèzes, Vosotros sois la sal de la tierra. El choque entre la civilización
cristiana y la cultura de la muerte
9.
Daniel Iglesias Grèzes, Soy amado, luego existo. Reflexiones sobre el darwinismo, el diseño
inteligente y la fe cristiana
10. María Cristina
Araújo Azarola, ¡Atrévanse a pensar!
Selección de escritos filosóficos
11.
Néstor Martínez Valls, “No sin grave daño”. La necesidad urgente de la filosofía tomista en la
Iglesia y en el mundo
Libros de la Colección “Fe y Razón” disponibles en
Amazon (sólo en formato electrónico):
12.
José María Iraburu, Comentarios
sobre la Amoris Laetitia
13.
Néstor Martínez Valls, Comentarios
sobre la Amoris Laetitia
Libros de Daniel Iglesias
Grèzes disponibles en Amazon:
Columna
y fundamento de la verdad. Reflexiones sobre la Iglesia y su situación actual (impreso)
Columna y fundamento de la verdad.
Reflexiones sobre la Iglesia y su situación actual
(electrónico)
Proclamad
la Buena Noticia. Meditaciones sobre algunos puntos de la doctrina cristiana (impreso)
Proclamad
la Buena Noticia. Meditaciones sobre algunos puntos de la doctrina cristiana (electrónico)
Libros de Carlos
Caso-Rosendi disponibles en Amazon (en formato electrónico):
Vademécum de Apologética Católica:
cómo usar la Biblia para defender la fe
Arca de Gracia: La Virgen María en
la Biblia
Ark of Grace: Our Blessed
Mother in Holy Scripture
Arca de Graça: Nossa Senhora nas Sagradas
Escrituras (traducción al portugués de
Carlos Martins Nabeto)
Otros libros recomendados
en formato electrónico:
José
Alfredo Elía Marcos, ¿Superpoblación? La
conjura contra la vida humana
Vuelve a
la Tabla de Contenidos
Donaciones al Centro
Cultural Católico “Fe y Razón”
Equipo de
Dirección
Solicitamos su apoyo económico
al Centro Cultural Católico “Fe y Razón” (CCCFR). En este momento los haberes
del CCCFR están tendiendo rápidamente a cero. Actualmente nuestro presupuesto
mínimo es de unos US$ 540 anuales: US$ 360 por el servicio de manejo de emails masivos y US$ 180 por el servicio
de web hosting y el nombre de
dominio. Además, para llevar a cabo algunos de nuestros proyectos
necesitaríamos fondos adicionales. A continuación les explicamos cómo hacer un
aporte económico al CCCFR.
Para quienes
residen en Uruguay: Cuenta en Redpagos, n° 44635, a nombre de Fe y Razón.
Para quienes tienen cuenta en PayPal:
1. Vaya a esta
página.
2. Presione el botón Donar.
3. Ingrese sus datos:
a. Cuenta de PayPal (dirección de correo electrónico);
b. Importe de la donación (en
dólares estadounidenses).
4. Presione el botón
correspondiente para finalizar la transacción.
Desde ya muchas gracias a quienes contribuyan a
financiar la supervivencia y la eventual ampliación de este apostolado
católico.
Vuelve a
la Tabla de Contenidos
“Hoy se hace
necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la
Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa
o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de
decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente,
como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los
discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una
apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de
Aparecida, n. 229).
Contacto: feyrazon@gmail.com
Fundadores: Ing. Daniel Iglesias, Lic. Néstor Martínez, Diác.
Jorge Novoa.
Equipo de Dirección: Ing. Daniel Iglesias, Lic.
Néstor Martínez, Ec. Rafael Menéndez.
Colaboradores: Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola, R. P. Lic.
Horacio Bojorge SJ, Mons. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara,
Dr. Eduardo Casanova, Carlos Caso-Rosendi, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Mons.
Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Diác. Prof. Milton Iglesias Fascetto (+),
Pbro. Dr. José María Iraburu, Diác. Jorge Novoa, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Miguel
Pastorino, Santiago Raffo, Juan Carlos Riojas Álvarez.
Suscripción gratuita
Complete
y envíe este formulario.
Se
enviará automáticamente un mensaje a su email
pidiendo
la confirmación de la suscripción.
Luego
ingrese a su email y confirme la
suscripción.
Publicaciones del
Centro Cultural Católico Fe y Razón
|
Nuevo sitio de Fe y Razón |
|
|
Viejo sitio de Fe y Razón |
|
|
Colección de Libros Fe y Razón |
|
|
Presentaciones de Fe y Razón |
|
|
Viejo blog de la Revista Virtual Fe
y Razón |
|
|
Grupo Fe y Razón en Facebook |
www.facebook.com/groups/110670075641970 |