Fe y Razón

Revista gratuita de teología y cultura católica

Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 126 – 4 de noviembre de 2016

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

(“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”)

Santo Tomás de Aquino

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Una sola fe

Equipo de Dirección

Magisterio

Homilía del Domingo 10 de septiembre de 2006

Su Santidad Benedicto XVI

Teología

Declaración de fidelidad a la enseñanza inmutable de la Iglesia sobre el matrimonio y a su ininterrumpida disciplina

Filial Appeal

Teología

Jean-Marie Paupert: un progresista convertido al catolicismo

Lic. Néstor Martínez Valls

Teología

¿Hacia un ecumenismo moral?

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Familia y Vida

Rituales, estereotipos y prejuicios

Lic. José Alfredo Elía Marcos

Oración

Oración a San Miguel Arcángel

Papa León XIII

Libros

Libros publicados o recomendados por Fe y Razón

Equipo de Dirección

Donaciones

Donaciones al Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Equipo de Dirección

 

 

Una sola fe

 

Equipo de Dirección

 

En la Iglesia, como en toda comunidad, existe una tensión entre la unidad y la pluralidad. Esta tensión se ha manifestado de muchas formas a lo largo de la historia de la Iglesia. La siguiente frase, erróneamente atribuida a San Agustín, expresa de manera sintética y genial los principios aptos para resolver el problema de la tensión entre unidad y pluralidad en las comunidades cristianas: “Unidad en lo necesario, libertad en lo opinable, caridad en todo”.

 

Unidad en lo necesario. Si falta la unidad en lo necesario, se rompe la comunión eclesial. Es el caso, por ejemplo, de los cismas y herejías que han dañado el cuerpo de la Iglesia. Pero, ¿qué es “lo necesario”, aquello en lo que todos los cristianos debemos coincidir para permanecer en la unidad de la Iglesia? Ésta es la respuesta de San Pablo: “Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos” (Efesios 4,4‑6). Destacamos la importancia de la unidad en “una sola fe”. Últimamente se ha difundido una especie de catolicismo “a la carta”: del menú de los dogmas y las doctrinas cristianas uno elige lo que le gusta y descarta lo restante. Incluso llega a ocurrir a veces que los sacerdotes y catequistas no enseñan la doctrina de la Iglesia, sino sus propias opiniones, erróneas o cuestionables. En 1992 el Papa San Juan Pablo II aprobó y ordenó la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, al cual presentó “como un instrumento válido y autorizado al servicio de la comunión eclesial y como norma segura para la enseñanza de la fe” (Constitución apostólica Fidei depositum, n. 4). Dicho Catecismo nos es muy útil para conservar el depósito de la fe que el Señor confió a su Iglesia. Todos los católicos deberíamos leerlo, estudiarlo y usarlo.

 

Libertad en lo opinable. La unidad no es uniformidad. Una vez asegurada la unidad en lo esencial, la libertad de los hijos de Dios se despliega abarcando el ancho campo de lo cambiante y contingente. Uno puede perfectamente ser cristiano y dedicarse a la teología, al cuidado de los enfermos, a la contemplación o a la ingeniería; se puede ser un buen cristiano en el matrimonio o en el celibato; militando en uno u otro partido político (mientras su programa sea compatible con el cristianismo); formando parte de una “comunidad eclesial de base” o siendo un simple “fiel de Misa”; celebrando la Divina Liturgia en el rito latino (en su forma ordinaria o en su forma extraordinaria) o en el rito bizantino, o en cualquier otro de los ritos aprobados por la Iglesia; estando integrado a una parroquia o a un movimiento; etc. Comprendemos mejor qué es la libertad cristiana contemplando el numeroso conjunto de los santos canonizados por la Iglesia. Animados por un mismo Espíritu, Benito de Nursia, Bernardo de Claraval, Francisco de Asís, Tomás de Aquino, Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, etc. llevaron vidas exteriormente muy diferentes. No sólo inculturaron el Evangelio, expresándolo con un lenguaje apropiado para su época, pueblo y situación, sino que también dieron una respuesta personal al llamado de Dios. Hay tantas formas de seguir a Jesucristo como fieles cristianos.

 

Caridad en todo. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor” (1 Juan 4,8). Nos lo recordó el Papa Benedicto XVI en su hermosa encíclica Deus caritas est: Dios es amor. Tanto en lo necesario y sustancial, como en lo contingente y accidental, debe prevalecer siempre la caridad, el amor cristiano. La caridad, según nos enseña San Pablo, es la mayor de las virtudes cristianas, la única que no pasará jamás. Permanecer unidos en el amor del Padre es la forma más eficaz de realizar y testimoniar la unidad cristiana. Cuando ven a los cristianos tratarse como hermanos, los no cristianos se preguntan por la raíz de ese amor. Ésa fue una de las causas principales de la eficacia misionera de las primeras generaciones cristianas. Unidos en la fe y el amor, también los cristianos contemporáneos debemos responder con libre y creativa generosidad a la vocación universal a la santidad.

 

*****

 

Nuestro Señor Jesucristo, hablando de otro tema, subrayó implícitamente la gran importancia de la unidad en la comunidad de sus discípulos, la Iglesia: “Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir, y una familia dividida tampoco puede subsistir” (Marcos 3,24-25).

 

Los pecados contra la fe causan divisiones graves en la Iglesia. El primer mandamiento del Decálogo nos exige rechazar todo lo que se opone a la fe, en particular la duda (voluntaria o involuntaria), la incredulidad, la herejía, la apostasía y el cisma (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2088-2089).

 

Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos” (Código de Derecho Canónico, canon 751).

 

La herejía, al herir y arruinar la fe, en la que se fundamenta toda la vida cristiana de la Iglesia y de cada uno de los fieles, lleva consigo una excomunión automática (cf. Código de Derecho Canónico, canon 1364).

Además, la ley de la Iglesia manda a los Obispos que castiguen con una pena justa a quienes difunden doctrinas condenadas por la Iglesia (cf. Código de Derecho Canónico, canon 1371).

 

Que en los últimos decenios se han difundido mucho dentro de la Iglesia Católica innumerables herejías es un hecho cierto, denunciado por los Papas con bastante frecuencia. Y estas graves falsificaciones doctrinales no han disminuido en nuestros días.

 

El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: «Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?». Él les respondió: «Esto lo ha hecho algún enemigo»” (Mateo 13,24-28). Ese Enemigo es el Diablo, actuando por medio de hombres e instituciones más o menos sujetos a su influjo. El mundo anticristiano alienta el crecimiento de las herejías y lo entiende como un desarrollo positivo.

 

Paradójicamente, hoy se dan dos hechos contrapuestos: nunca la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo hacia la verdad completa, ha tenido un cuerpo doctrinal y disciplinar tan amplio y espléndido como el actual. Sin embargo, la falsificación de la doctrina católica es hoy especialmente fácil y frecuente. ¿Cómo ha podido suceder esto? La única respuesta convincente es ésta: nunca la autoridad apostólica ha tolerado en la Iglesia tantos errores doctrinales y tantos abusos disciplinares y litúrgicos.

 

Herejías, cismas y sacrilegios se han dado y se darán siempre en la Iglesia, pero solamente perduran y se multiplican en la medida en que son promovidos o tolerados por los Pastores sagrados, es decir, en la medida en que quedan impunes. Por eso, si durante el último medio siglo se han esparcido ampliamente verdaderas herejías, esto se debe en gran parte a un ejercicio insuficiente de la autoridad apostólica (cf. Mateo 13,25: “mientras todos dormían”).

 

Echamos en falta una decisión suficientemente enérgica para combatir la difusión de herejías dentro de la misma Iglesia. Es preciso superar una “cultura de tolerancia a las herejías” que, en un grado u otro, lleva ya vigente medio siglo, al menos en las naciones de antigua tradición cristiana. Siempre que surge la herejía, debe ser afrontada con prontitud y horror. Ésta es la tradición unánime en la historia de la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente: tolerancia-cero ante las herejías. Es totalmente incompatible con la Tradición y con la misma Ley canónica de la Iglesia una cierta tolerancia ante los errores contra la fe, una transigencia hecha de reticencias, falsas prudencias, pasividades, ineficacias combativas, reprobaciones largamente demoradas, consentimientos tácitos o explícitos, medidas claramente insuficientes, o hasta sospechosas de una oculta complicidad con la falsificación de la fe.

 

El combate librado por los Apóstoles contra las herejías fue muy potente. Los escritos apostólicos denuncian una y otra vez el peligro de los maestros del error. Los documentos más antiguos de la Iglesia (Padres apostólicos, Santos Padres, Sínodos, etc.) expresan siempre un vivo horror a la herejía. Y esta adhesión a la ortodoxia doctrinal ha sido una nota permanente en la historia de la Iglesia. No han faltado en ella tiempos difíciles, pero siempre la fuerza de las herejías ha sido vencida, con la asistencia del Espíritu Santo, por una afirmación más fuerte todavía de la verdad católica.

 

Hace medio siglo que en la Iglesia no se guarda una tolerancia-cero contra las herejías. Los procedimientos canónicos y pastorales para eliminarlas son en gran medida ineficaces, sobre todo porque en muchos casos ni siquiera se aplican. Por eso se han difundido tanto en la Iglesia ideas contrastantes con la verdad revelada y enseñada desde siempre. Comprobando sus malos frutos, debemos juzgar como pésimo el árbol de la “cultura de tolerancia” hacia las herejías.

 

Es indudable que hoy Dios quiere revitalizar la fe del pueblo cristiano en el amor fiel a la verdad de Cristo y de la Iglesia, y en el horror a la herejía; ese horror que tanto se ha relajado durante los últimos decenios, especialmente en aquellas Iglesias locales que hoy han perdido en la apostasía a gran parte de sus hijos. Todos los cristianos –desde los Obispos hasta el último de los fieles– debemos propugnar en la Iglesia con la mayor energía una tolerancia-cero contra las herejías, reafirmando en todos sus puntos las verdades de la fe católica. La evangelización no puede ser solamente afirmativa, porque no puede afirmarse la verdad de la fe si al mismo tiempo no se rechazan los errores que la niegan. Ese celo apostólico por la verdad de la fe y ese horror extremo por la herejía deben mover a todos a orar y obrar con el mayor empeño para denunciar con prontitud y eficacia tantas herejías, y para recuperar así en la Iglesia el esplendor único de la verdad católica. La “cultura de tolerancia” hacia las herejías, que valora más la libertad de pensamiento y de expresión que la ortodoxia de la fe, es en sí misma un gravísimo error, que abre una puerta ancha a todos los demás errores, y debe ser eliminada cuanto antes.

 

La ortodoxia católica debe ser defendida con el mismo empeño, por ejemplo, con el que, gracias a Dios, desde hace unos cuantos años la Iglesia está combatiendo el horror de la pederastia: con un empeño total. Así como, por la gracia de Dios y estimuladas por la Santa Sede, las Iglesias locales están librando una lucha sin cuartel contra la pederastia, ellas deben, con el mismo empeño, “combatir los buenos combates de la fe” (1 Timoteo 6,12).

 

Pedimos, pues, a Dios que, por su gracia, todos los Obispos descarten la falsa tolerancia que ha permitido, por acción u omisión, que las herejías arruinen la fe del pueblo que el Señor les ha confiado.

 

Nota: La segunda parte de este editorial se basa principalmente en el artículo del Pbro. Dr. José María Iraburu Año de la fe. Tolerancia cero para las herejías, publicado en el N° 84 de Fe y Razón.

 

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Homilía del Domingo 10 de septiembre de 2006

en la Explanada de la Nueva Feria de Munich

Viaje apostólico a Munich, Altötting y Ratisbona (9-14 de septiembre de 2006)

 

Su Santidad Benedicto XVI

 

Queridos hermanos y hermanas:


Ante todo quisiera saludaros una vez más a todos con afecto: como ya he dicho, me alegra poder encontrarme de nuevo entre vosotros y celebrar juntamente con vosotros la Santa Misa. Me alegra poder visitar una vez más los lugares que me son familiares y que han ejercido un influjo decisivo en mi vida, formando mi pensamiento y mis sentimientos, los lugares en los que aprendí a creer y a vivir. Es una ocasión para expresar mi gratitud a todas las personas –vivas y muertas– que me han guiado y acompañado. Doy gracias a Dios por esta hermosa patria y por las personas que me la han hecho patria.

 

Acabamos de escuchar las tres lecturas bíblicas que la liturgia de la Iglesia ha elegido para este domingo. Todas ellas desarrollan un tema doble, que en el fondo es un único tema, acentuando un aspecto u otro según las circunstancias. Las tres lecturas hablan de Dios como centro de la realidad y centro de nuestra vida personal. "Mirad a vuestro Dios", dice el profeta Isaías en la primera lectura (Is 35,4). La carta de Santiago y el pasaje del Evangelio dicen a su modo lo mismo. Quieren guiarnos hacia Dios, llevándonos por el camino recto de la vida.

 

Sin embargo, al tema de Dios va unido el tema social: nuestra responsabilidad recíproca, nuestra responsabilidad para que reine la justicia y el amor en el mundo. Esto se expresa de modo dramático en la segunda lectura, en la que nos habla Santiago, un pariente cercano de Jesús. Se dirige a una comunidad en la que algunos comienzan a ser soberbios, porque en ella se encuentran también personas acomodadas y distinguidas, mientras existe el peligro de que disminuya la preocupación por el derecho de los pobres.

 

Santiago, en sus palabras, deja intuir la imagen de Jesús, del Dios que se hizo hombre y, a pesar de ser descendiente de David, es decir, de linaje real, se hizo un hombre como los demás; no se sentó en un trono, sino que al final murió en la pobreza extrema de la Cruz. El amor al prójimo, que es en primer lugar preocupación por la justicia, es el metro para medir la fe y el amor a Dios. Santiago lo llama "ley regia" (St 2,8), dejando vislumbrar la palabra preferida de Jesús: la realeza de Dios, la soberanía de Dios.

 

Esto no indica un reino cualquiera, que llegará más tarde o más temprano; significa que Dios debe llegar a ser ahora la fuerza decisiva para nuestra vida y nuestro obrar. Esto es lo que pedimos cuando oramos: "Venga a nosotros tu reino". No pedimos algo lejano, que en el fondo nosotros mismos ni siquiera deseamos experimentar. Por el contrario, pedimos que la voluntad de Dios determine ahora nuestra voluntad y así Dios reine en el mundo; pedimos, por consiguiente, que la justicia y el amor se transformen en las fuerzas decisivas en el orden del mundo.

 

Esa oración, como es natural, se dirige en primer lugar a Dios, pero también toca nuestro corazón. En el fondo, ¿lo deseamos de verdad? ¿Estamos orientando nuestra vida en esa dirección? A la "ley regia", la ley de la realeza de Dios, Santiago la llama también "ley de la libertad": si todos pensamos y vivimos según Dios, entonces somos todos iguales, somos libres, y así nace la verdadera fraternidad. Isaías, en la primera lectura, al hablar de Dios –"Mirad a vuestro Dios"– habla al mismo tiempo de la salvación para los que sufren, y Santiago, hablando del orden social como expresión irrenunciable de nuestra fe, lógicamente también habla de Dios, del que somos hijos.

 

Pero ahora vamos a centrar nuestra atención en el Evangelio, que narra la curación de un sordomudo por obra de Jesús. También aquí encontramos de nuevo dos aspectos del único tema. Jesús se dedica a los que sufren, a los marginados de la sociedad. Los cura y, abriéndoles así la posibilidad de vivir y decidir juntamente con los demás, los introduce en la igualdad y en la fraternidad.

 

Esto, como es obvio, nos atañe también a todos nosotros: Jesús nos señala a todos la dirección de nuestro obrar, nos dice cómo debemos actuar. Sin embargo, todo el episodio presenta también otra dimensión, que los Padres de la Iglesia pusieron de relieve con insistencia y que también nos concierne de modo especial a nosotros hoy. Los Padres hablan de los hombres y para los hombres de su tiempo. Pero lo que dicen nos atañe de modo nuevo también a los hombres modernos.


No sólo existe la sordera física, que en gran medida aparta al hombre de la vida social. Existe un defecto de oído con respecto a Dios, y lo sufrimos especialmente en nuestro tiempo. Nosotros, simplemente, ya no logramos escucharlo; son demasiadas las frecuencias diversas que ocupan nuestros oídos. Lo que se dice de Él nos parece pre-científico, ya no parece adecuado a nuestro tiempo. Con el defecto de oído, o incluso la sordera, con respecto a Dios, naturalmente perdemos también nuestra capacidad de hablar con Él o a Él. Sin embargo, de este modo nos falta una percepción decisiva. Nuestros sentidos interiores corren el peligro de atrofiarse. Al faltar esa percepción, queda limitado, de un modo drástico y peligroso, el radio de nuestra relación con la realidad en general. El horizonte de nuestra vida se reduce de modo preocupante.


El Evangelio nos narra que Jesús metió sus dedos en los oídos del sordomudo, puso un poco de su saliva en la lengua del enfermo y dijo: "Effetá", "Ábrete". El evangelista nos conservó la palabra aramea original que pronunció Jesús en esa ocasión, remontándonos así directamente a ese momento. Lo que allí se nos relata es algo excepcional y, sin embargo, no pertenece a un pasado lejano: eso mismo lo realiza Jesús a menudo, de modo nuevo, también hoy.


En nuestro bautismo Él realizó sobre nosotros ese gesto de tocar y dijo: "Effetá", "Ábrete", para hacernos capaces de escuchar a Dios y para devolvernos la posibilidad de hablarle a Él. Pero este acontecimiento, el sacramento del bautismo, no tiene nada de mágico. El bautismo abre un camino.
Nos introduce en la comunidad de los que son capaces de escuchar y de hablar; nos introduce en la comunión con Jesús mismo, el único que ha visto a Dios y que, por consiguiente, ha podido hablar de Él (cf. Jn 1,18): mediante la fe, Jesús quiere compartir con nosotros su ver a Dios, su escuchar al Padre y su hablar con Él. El camino de los bautizados debe ser un proceso de desarrollo progresivo, en el que crecemos en la vida de comunión con Dios, adquiriendo así también una mirada diversa sobre el hombre y sobre la creación.


El Evangelio nos invita a caer en la cuenta de que tenemos un defecto en nuestra capacidad de percepción, una carencia que al principio no reconocemos como tal, porque precisamente todo lo demás se nos impone con su urgencia y racionalidad; porque, aunque ya no tengamos oídos para escuchar a Dios ni ojos para verlo, aunque vivamos sin Él, aparentemente todo se desarrolla de un modo normal. Pero, ¿es verdad que todo se desarrolla de un modo normal cuando Dios falta en nuestra vida y en nuestro mundo?

 

Antes de plantear más preguntas, quisiera referir algunas de mis experiencias en los encuentros con los obispos de todo el mundo. La Iglesia católica en Alemania es excelente en sus actividades sociales, en su disponibilidad a ayudar en todos los lugares donde existan necesidades. Durante sus visitas ad limina, los obispos, recientemente los de África, me hablan siempre con gratitud de la generosidad de los católicos alemanes y me piden que me haga intérprete de esta gratitud; y es lo que quisiera hacer ahora públicamente.

 

También los obispos de los países bálticos, que vinieron antes de las vacaciones, me explicaron que los católicos alemanes les han ayudado con gran generosidad para la reconstrucción de sus iglesias, muy deterioradas a causa de las décadas de dominio comunista. De vez en cuando, sin embargo, algún obispo africano me decía: "Si presento a Alemania proyectos sociales, encuentro inmediatamente las puertas abiertas. Pero si voy con un proyecto de evangelización, más bien encuentro reservas".

 

Como es obvio, algunos piensan que los proyectos sociales se han de promover con la máxima urgencia, mientras que las cosas que conciernen a Dios, o incluso la fe católica, son más bien particulares y menos prioritarias. Sin embargo, la experiencia de esos obispos es precisamente que la evangelización debe tener la precedencia; que es necesario hacer que se conozca, se ame y se crea en el Dios de Jesucristo; que hay que convertir los corazones, para que exista también progreso en el campo social, para que se inicie la reconciliación, para que se pueda combatir por ejemplo el sida afrontando de verdad sus causas profundas y curando a los enfermos con la debida atención y con amor.

 

La cuestión social y el Evangelio son realmente inseparables. Si damos a los hombres sólo conocimientos, habilidades, capacidades técnicas e instrumentos, les damos demasiado poco. En ese caso, sobrevienen pronto los mecanismos de la violencia, y prevalece la capacidad de destruir y matar, el afán de conseguir el poder, un poder que debería llevar más tarde o más temprano al establecimiento del derecho, pero que en realidad nunca será capaz de lograrlo.

 

De este modo se aleja cada vez más la posibilidad de la reconciliación, del compromiso común a favor de la justicia y del amor. Entonces se pierden los criterios según los cuales la técnica se pone al servicio del derecho y del amor. Pero precisamente todo depende de estos criterios, que no son sólo teorías, sino que iluminan el corazón, haciendo así que la razón y la acción avancen por el camino recto.

 

Las poblaciones de África y de Asia ciertamente admiran las realizaciones técnicas de Occidente y nuestra ciencia, pero se asustan ante un tipo de razón que excluye totalmente a Dios de la visión del hombre, considerando que ésta es la forma más sublime de la razón, la que conviene enseñar también a sus culturas. La verdadera amenaza para su identidad no la ven en la fe cristiana, sino en el desprecio de Dios y en el cinismo que considera la mofa de lo sagrado un derecho de la libertad y eleva la utilidad a criterio supremo para los futuros éxitos de la investigación.

 

Queridos amigos, este cinismo no es el tipo de tolerancia y apertura cultural que los pueblos esperan y que todos deseamos. La tolerancia que necesitamos con urgencia incluye el temor de Dios, el respeto de lo que es sagrado para el otro. Pero este respeto de lo que los demás consideran sagrado exige que nosotros mismos aprendamos de nuevo el temor de Dios. Este sentido de respeto sólo puede renovarse en el mundo occidental si crece de nuevo la fe en Dios, si Dios está de nuevo presente para nosotros y en nosotros.

 

Nuestra fe no la imponemos a nadie. Este tipo de proselitismo es contrario al cristianismo. La fe sólo puede desarrollarse en la libertad. Pero a la libertad de los hombres pedimos que se abra a Dios, que lo busque, que lo escuche. Nosotros, aquí reunidos, pedimos al Señor con todo nuestro corazón que pronuncie de nuevo su "Effetá", que cure nuestro defecto de oído con respecto a Dios, a su acción y a su palabra, y que nos haga capaces de ver y de escuchar. Le pedimos que nos ayude a volver a encontrar la palabra de la oración, a la que nos invita en la liturgia y cuya fórmula esencial nos enseñó en el Padrenuestro.

 

El mundo necesita a Dios. Nosotros necesitamos a Dios. ¿Qué Dios necesitamos? En la primera lectura, el profeta se dirige a un pueblo oprimido, diciendo: "Llegará la venganza de Dios" (Is 35,4). Nosotros podemos fácilmente intuir cómo se imaginaba la gente esa venganza. Pero el profeta mismo revela luego en qué consiste: en la bondad de Dios, que vendrá a sanarlos. Y la explicación definitiva de las palabras del profeta la encontramos en Aquel que murió por nosotros en la Cruz: en Jesús, el Hijo de Dios encarnado, que aquí nos contempla con tanta insistencia. Su "venganza" es la cruz: el "no" a la violencia, el "amor hasta el extremo".

 

Éste es el Dios que necesitamos. No faltamos al respeto a las demás religiones y culturas, no faltamos al respeto a su fe, si confesamos en voz alta y sin medios términos a aquel Dios que opuso su sufrimiento a la violencia, que ante el mal y su poder eleva su misericordia como límite y superación. A Él dirigimos nuestra súplica, para que esté en medio de nosotros y nos ayude a ser sus testigos creíbles. Amén.

 

Fuente: http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/homilies/2006/documents/hf_ben-xvi_hom_20060910_neue-messe-munich.html

 

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Declaración de fidelidad a la enseñanza inmutable de la Iglesia

sobre el matrimonio y a su ininterrumpida disciplina

 

Filial Appeal (Súplica Filial)

 

«El matrimonio sea tenido por todos en honor» (Heb 13,4)

 

Vivimos en una época en la cual numerosas fuerzas buscan destruir o deformar el matrimonio y la familia. Efectivamente, ideologías secularistas sacan ventaja de esta situación agravando de esta manera la crisis de la familia, consecuencia de un proceso de decadencia cultural y moral. Dicho proceso conduce a los católicos a adaptarse a nuestra sociedad neo-pagana. El «conformarse a la mentalidad de este siglo» (Rom 12,2) es frecuentemente favorecido por una falta de fe –y, por tanto, de espíritu sobrenatural para aceptar el misterio de la Cruz de Cristo–, o bien por la ausencia de oración y penitencia.

 

El diagnóstico hecho por el Concilio Vaticano II sobre los males que aquejan a las instituciones del matrimonio y de la familia es hoy más que nunca válido: «la dignidad de esta institución no brilla en todas partes con el mismo esplendor, puesto que está oscurecida por la poligamia, la epidemia del divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones; es más, el amor matrimonial queda frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos contra la generación» (Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes, 7/12/1965, n. 47).

 

Hasta hace poco tiempo, la Iglesia Católica ha constituido el bastión del verdadero matrimonio y de la familia, pero ahora se han difundido errores contra estas dos divinas instituciones en los ambientes católicos, especialmente después de los Sínodos Ordinario y Extraordinario del 2014 y del 2015 respectivamente y después de la publicación de la Exhortación Apostólica post-sinodal Amoris Laetitia.

Ante esta ofensiva, los signatarios se sienten moralmente obligados a declarar su resolución de permanecer fieles a las inmutables enseñanzas sobre la moral y sobre los sacramentos del Matrimonio, de la Reconciliación y de la Eucaristía, como también a su perenne y durable disciplina respecto a dichos sacramentos.

 

I. Sobre la castidad, el matrimonio y los derechos de los padres

 

1. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que toda forma de convivencia more uxorio (como marido y mujer), fuera del matrimonio válido, contradice en modo grave la voluntad de Dios expresada en sus mandamientos y, por lo tanto, no puede contribuir al progreso espiritual de los que la practican ni a al progreso espiritual de la sociedad.

 

«Por su índole natural, la institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con su corona propia. De esta manera, el marido y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6)… esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad… Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial» (Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes, 7/12/1965, n. 48).

 

2. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que el matrimonio y el acto conyugal tienen finalidad a la vez procreativa y unitiva; y que todos y cada uno de los actos conyugales deben ser abiertos al don de la vida. Además afirmamos que esta enseñanza es definitiva e irreformable.

 

«Queda excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación. Tampoco se pueden invocar como razones válidas, para justificar los actos conyugales intencionalmente infecundos, el mal menor o el hecho de que tales actos constituirían un todo con los actos fecundos anteriores o que seguirán después y que por tanto compartirían la única e idéntica bondad moral. En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal moral menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien, es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. Es por tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal fecunda» (Pablo VI, Encíclica Humanae Vitae, 25/07/1968, n. 14).

 

3. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que la así llamada educación sexual es un derecho primario y básico de los padres, la cual debe ser siempre efectuada bajo su guía atenta, ya sea en el hogar o en los centros educativos por ellos escogidos y controlados.

 

«Peligroso en sumo grado es, además, ese naturalismo que en nuestros días invade el campo educativo en una materia tan delicada como es la moral y la castidad. Está muy difundido actualmente el error de quienes, con una peligrosa pretensión e indecorosa terminología, fomentan la llamada educación sexual, pensando falsamente que podrán inmunizar a los jóvenes contra los peligros de la carne con medios puramente naturales y sin ayuda religiosa alguna; acudiendo para ello a una temeraria, indiscriminada e incluso pública iniciación e instrucción preventiva en materia sexual, y, lo que es peor todavía, exponiéndolos prematuramente a las ocasiones, para acostumbrarlos, como ellos dicen, y para curtir su espíritu contra los peligros de la pubertad» (Pío XI, Encíclica Divini Illius Magistri, 31/12/1929, n. 49).

 

«Corresponderá a vosotras ante vuestras hijas, al padre ante vuestros hijos, alzar con delicadeza el velo de la verdad, dando una respuesta prudente, justa y cristiana a sus preguntas e inquietudes» (Pío XII, Alocución a las madres de familia de la Acción Católica italiana, 26/10/1941).

 

«Esta [la opinión pública] se ha encontrado, en este campo, pervertida por una propaganda que no dudamos en llamar funesta, incluso cuando a veces emana de fuentes católicas y pretende actuar sobre católicos y, aún más, cuando los que la promueven no parecen poner en duda que, a su vez, están engañados por el espíritu del mal... Me refiero aquí a escritos, libros y artículos concernientes a la iniciación sexual... Los mismos principios que en su Encíclica Divini Illius Magistri nuestro predecesor Pío XI ha tan sabiamente ilustrado al respecto de la educación sexual y cuestiones conexas son –¡triste señal de los tiempos!– puestos de lado con un gesto despreciativo y una sonrisa: «Pío XI, se dice, la escribió hace veinte años, para su tiempo. ¡Cuánto camino ya hemos recorrido desde entonces!»... Uníos... sin timidez o respeto humano, para interrumpir y parar esta campaña» (Pío XII, Discurso a numerosos grupos de padres de familia procedentes de varias diócesis de Francia, 18/09/1951).

 

«La educación sexual, derecho y deber fundamental de los padres, debe realizarse siempre bajo su dirección solícita, tanto en casa como en los centros educativos elegidos y controlados por ellos. En este sentido la Iglesia reafirma la ley de la subsidiaridad, que la escuela tiene que observar cuando coopera en la educación sexual, situándose en el espíritu mismo que anima a los padres. En este contexto es del todo irrenunciable la educación para la castidad, como virtud que desarrolla la auténtica madurez de la persona y la hace capaz de respetar y promover el «significado esponsal» del cuerpo. Más aún, los padres cristianos reserven una atención y cuidado especial –discerniendo los signos de la llamada de Dios– a la educación para la virginidad, como forma suprema del don de uno mismo que constituye el sentido mismo de la sexualidad humana. Por los vínculos estrechos que hay entre la dimensión sexual de la persona y sus valores éticos, esta educación debe llevar a los hijos a conocer y estimar las normas morales como garantía necesaria y preciosa para un crecimiento personal y responsable en la sexualidad humana» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, 22/11/1981, n. 37).

 

«Se recomienda respetar el derecho del niño o del joven a retirarse de toda forma de instrucción sexual impartida fuera de casa. Nunca han de ser penalizados ni discriminados por tal decisión ni ellos ni los demás miembros de su familia» (Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad Humana: Verdad y Significado – Orientaciones educativas en familia, 8/12/1995, n. 120).

 

«En la enseñanza de la doctrina y de la moral católica acerca de la sexualidad, se deben tener en cuenta las consecuencias del pecado original, es decir, la debilidad humana y la necesidad de la gracia de Dios para superar las tentaciones y evitar el pecado» (ib., n. 123).

 

«No se ha de presentar ningún material de naturaleza erótica a los niños o a los jóvenes de cualquier edad que sean, ni individualmente ni en grupo. Este principio de decencia salvaguardia la virtud de la castidad cristiana. Por ello, al comunicar la información sexual en el contexto de la educación al amor, la instrucción ha de ser siempre ‘positiva y prudente’, ‘clara y delicada’. Estas cuatro palabras, usadas por la Iglesia Católica, excluyen toda forma de contenido inaceptable de la educación sexual» (ib., n. 126).

 

«Los padres deben prestar atención a los modos en que se transmite a sus hijos una educación inmoral, según métodos promovidos por grupos con posiciones e intereses contrarios a la moral cristiana. No es posible indicar todos los métodos inaceptables: se presentan solamente algunos más difundidos, que amenazan a los derechos de los padres y la vida moral de sus hijos. En primer lugar los padres deben rechazar la educación sexual secularizada y antinatalista, que pone a Dios al margen de la vida y considera el nacimiento de un hijo como una amenaza. La difunden grandes organismos y asociaciones internacionales promotores del aborto, la esterilización y la contracepción. Tales organismos quieren imponer un falso estilo de vida en contra de la verdad de la sexualidad humana» (ib., nn. 135-136).

 

4. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que la consagración definitiva de una persona a Dios mediante una vida de perfecta castidad es objetivamente más excelente que el matrimonio, ya que constituye una especie de matrimonio espiritual por el cual el alma se desposa con Cristo. La sagrada virginidad fue recomendada por nuestro divino Redentor y por San Pablo como un estado complementario pero objetivamente más perfecto que el matrimonio.

 

«Esta doctrina, que establece las ventajas y excelencias de la virginidad y del celibato sobre el matrimonio, fue puesta de manifiesto, como lo llevamos dicho, por nuestro Divino Redentor y por el Apóstol de las Gentes; y asimismo en el santo Concilio Tridentino fue solemnemente definida como dogma de fe divina y declarada siempre por unánime sentir de los Santos Padres y doctores de la Iglesia. Además, así nuestros Antecesores, como también Nos, siempre que se ha ofrecido la ocasión, una y otra vez la hemos explicado y con gran empeño recomendado. Sin embargo, puesto que no han faltado recientemente algunos que han atacado, no sin grave peligro y detrimento de los fieles, esta misma doctrina tradicional en la Iglesia, Nos, por deber de conciencia, hemos creído oportuno volver sobre el asunto en esta Encíclica y desenmascarar y condenar los errores, que con frecuencia se presentan encubiertos bajo apariencias de verdad» (Pío XII, Encíclica Sacra Virginitas, 25/03/1954, n. 32).

 

II. Sobre las convivencias, las uniones de personas del mismo sexo y el matrimonio civil después del divorcio

 

5. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que la unión irregular entre un hombre y una mujer convivientes o la de dos individuos del mismo sexo no puede nunca ser comparada al matrimonio; que tales uniones no pueden ser consideradas moralmente lícitas ni reconocidas por la ley. Y sostenemos que es falso afirmar que se trata de formas de familia que pueden ofrecer una cierta estabilidad.

 

«Tal es y tan singular la naturaleza propia de este contrato, que en virtud de ella se distingue totalmente, así de los ayuntamientos propios de las bestias, que, privadas de razón y voluntad libre, se gobiernan únicamente por el instinto ciego de su naturaleza, como de aquellas uniones libres de los hombres que carecen de todo vínculo verdadero y honesto de la voluntad, y están destituidas de todo derecho para la vida doméstica. De donde se desprende que la autoridad tiene el derecho y, por lo tanto, el deber de reprimir las uniones torpes que se oponen a la razón y a la naturaleza, impedirlas y castigarlas» (Pío XI, Encíclica Casti Connubii, 31/12/1930).

 

«No se puede poner [la familia] en el mismo nivel de simples asociaciones o uniones, y éstas no pueden beneficiarse de los derechos particulares vinculados exclusivamente a la protección del compromiso matrimonial y de la familia, fundada en el matrimonio, como comunidad de vida y de amor estable, fruto de la entrega total y fiel de los esposos, abierta a la vida» (Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el II encuentro de políticos y legisladores de Europa, 23/10/1998).

 

«Conviene comprender las diferencias sustanciales entre el matrimonio y las uniones fácticas. Esta es la raíz de la diferencia entre la familia de origen matrimonial y la comunidad que se origina en una unión de hecho. La comunidad familiar surge del pacto de unión de los cónyuges. El matrimonio que surge de este pacto de amor conyugal no es una creación del poder público, sino una institución natural y originaria que lo precede. En las uniones de hecho, en cambio, se pone en común el recíproco afecto, pero al mismo tiempo falta aquel vínculo matrimonial de dimensión pública originaria, que fundamenta la familia» (Pontificio Consejo para la Familia, Declaración sobre Familia, Matrimonio y «Uniones de hecho», 26/07/2000, n. 9).

 

6. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que las uniones irregulares de convivientes católicos no casados en la Iglesia o divorciados «recasados» civilmente (por lo tanto, no casados a los ojos de Dios) contradicen radicalmente el matrimonio cristiano y no pueden expresar el bien del mismo, ni parcialmente ni en modo análogo, debiendo ser consideradas formas de vida pecaminosas o bien ocasiones permanentes de pecado grave. Más aún, es falso afirmar que pueden constituir una ocasión positiva puesto que contienen elementos constructivos que conducen al matrimonio, ya que, aunque presentan semejanzas materiales, un matrimonio válido y una unión irregular son dos realidades completamente diversas y opuestas: una es conforme a la voluntad de Dios, la otra la transgrede y, por tanto, es pecaminosa.

 

«Muchos reivindican hoy el derecho a la unión sexual antes del matrimonio, al menos cuando una resolución firme de contraerlo y un afecto que en cierto modo es ya conyugal en la mente de los novios piden este complemento, que ellos juzgan connatural; sobre todo cuando la celebración del matrimonio se ve impedida por las circunstancias, o cuando esta relación íntima parece necesaria para la conservación del amor. Semejante opinión se opone a la doctrina cristiana, según la cual todo acto genital humano debe mantenerse dentro del matrimonio... En efecto, el amor de los esposos queda asumido por el matrimonio en el amor con el cual Cristo ama irrevocablemente a la Iglesia (cfr. Ef 5,23-32), mientras la unión corporal en el desenfreno profana el templo del Espíritu Santo, en el que el mismo cristiano se ha convertido» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración acerca de ciertas cuestiones de ética sexual – Persona humana, 29/12/1975, n. 7).

 

«Puede establecerse y comprenderse la diferencia esencial que existe entre una mera unión de hecho, aunque se afirme que ha surgido por amor, y el matrimonio, en el que el amor se traduce en un compromiso no sólo moral, sino también rigurosamente jurídico. El vínculo, que se asume recíprocamente, desarrolla desde el principio una eficacia que corrobora el amor del que nace, favoreciendo su duración en beneficio del cónyuge, de la prole y de la misma sociedad» (Juan Pablo II, Discurso a los miembros del Tribunal de la Rota Romana, 21/01/1999, n. 5).

 

7. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que las uniones irregulares no pueden satisfacer los requisitos objetivos de la Ley de Dios. No pueden ser consideradas moralmente buenas ni recomendadas como prudentes y como cumplimiento gradual de la Ley divina, incluso para aquellos que no están en condiciones de comprender, apreciar y cumplir plenamente los requisitos de esta Ley. La pastoral de la «ley de la gradualidad» exige una ruptura decidida con el pecado, junto con una progresiva aceptación completa de la voluntad y exigencias de Dios.

 

«Si los actos son intrínsecamente malos, una intención buena o determinadas circunstancias particulares pueden atenuar su malicia, pero no pueden suprimirla: son actos irremediablemente malos, por sí y en sí mismos no son ordenables a Dios y al bien de la persona: «En cuanto a los actos que son por sí mismos pecados (cum iam opera ipsa peccata sunt) –dice san Agustín–, como el robo, la fornicación, la blasfemia u otros actos semejantes, ¿quién osará afirmar que cumpliéndolos por motivos buenos (bonis causis), ya no serían pecados o –conclusión más absurda aún– que serían pecados justificados?». Por esto, las circunstancias o las intenciones nunca podrán transformar un acto intrínsecamente deshonesto por su objeto en un acto subjetivamente honesto o justificable como elección» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, 6/08/1993, n. 81).

 

«A veces parece incluso que, con todos los medios, se intenta presentar como «regulares» y atractivas –con apariencias exteriores seductoras– situaciones que en realidad son «irregulares» (Juan Pablo II, Carta a las familias Gratissimam sane, 2/02/1994, n. 5).

 

III. Sobre la Ley Natural y la conciencia individual

 

8. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que, en el proceso profundamente personal de asumir una decisión, la ley moral natural no es una mera fuente de inspiración subjetiva, sino que es la ley eterna de Dios participada por la persona humana. La conciencia no es la fuente arbitraria del bien y del mal, sino que es la noción de cómo una acción debe adecuarse a un requisito extrínseco al hombre, es decir, a la objetiva e inmediata exigencia de una ley que debemos llamar natural.

 

««La ley natural está escrita y grabada en el ánimo de todos los hombres y de cada hombre, ya que no es otra cosa que la misma razón humana que nos manda hacer el bien y nos intima a no pecar» … La fuerza de la ley reside en su autoridad de imponer unos deberes, otorgar unos derechos y sancionar ciertos comportamientos … «La ley natural es la misma ley eterna, ínsita en los seres dotados de razón, que los inclina al acto y al fin que les conviene; es la misma razón eterna del Creador y gobernador del universo» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, 6/08/1993, n. 44, citando a León XIII, Encíclica Libertas Praestantissimum y a Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, I-II, q. 91, a. 2).

 

9. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que una conciencia bien formada, capaz de discernir correctamente situaciones complejas, no llegará jamás a la conclusión de que, dadas las limitaciones de la persona, su permanencia en una situación que objetivamente contradice la comprensión cristiana del matrimonio pueda ser la mejor respuesta al Evangelio. Presumir que la debilidad de una conciencia individual sea el criterio de la verdad moral es inaceptable e imposible de incorporar en la praxis de la Iglesia.

 

«Las obligaciones fundamentales de la ley moral están basadas en la esencia, en la naturaleza del hombre y en sus relaciones esenciales, y valen, por consiguiente, en todas partes donde se encuentre el hombre; las obligaciones fundamentales de la ley cristiana, por lo mismo que sobrepasan a las de la ley natural, están basadas sobre la esencia del orden sobrenatural constituido por el divino Redentor. De las relaciones esenciales entre el hombre y Dios, entre hombre y hombre, entre los cónyuges, entre padres e hijos; de las relaciones esenciales en la comunidad, en la familia, en la Iglesia, en el Estado, resulta, entre otras cosas, que el odio a Dios, la blasfemia, la idolatría, la defección de la verdadera fe, la negación de la fe, el perjurio, el homicidio, el falso testimonio, la calumnia, el adulterio y la fornicación, el abuso del matrimonio, el pecado solitario, el robo y la rapiña, la sustracción de lo que es necesario a la vida, la defraudación del salario justo (cfr. Stg 5,4), el acaparamiento de los víveres de primera necesidad y el aumento injustificado de los precios, la bancarrota fraudulenta, las injustas maniobras de especulación, todo ello está gravemente prohibido por el Legislador divino. No hay motivo para dudar. Cualquiera que sea la situación del individuo, no hay más remedio que obedecer» (Pío XII, Discurso sobre los errores de la moral de situación, 18/04/1952, n. 10).

 

«En cambio, cuando nuestros actos desconocen o ignoran la ley, de manera imputable o no, perjudican la comunión de las personas, causando daño» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, 6/08/1993, n. 51).

 

«Los preceptos negativos de la ley natural son universalmente válidos: obligan a todos y cada uno, siempre y en toda circunstancia. En efecto, se trata de prohibiciones que vedan una determinada acción «semper et pro semper», sin excepciones, porque la elección de ese comportamiento en ningún caso es compatible con la bondad de la voluntad de la persona que actúa, con su vocación a la vida con Dios y a la comunión con el prójimo. Está prohibido a cada uno y siempre infringir preceptos que vinculan a todos y cueste lo que cueste, y dañar en otros y, ante todo, en sí mismos, la dignidad personal y común a todos» (ib., n. 52).

 

«Incluso en las situaciones más difíciles, el hombre debe observar la norma moral para ser obediente al sagrado mandamiento de Dios y coherente con la propia dignidad personal. Ciertamente, la armonía entre libertad y verdad postula, a veces, sacrificios no comunes y se conquista con un alto precio: puede conllevar incluso el martirio» (ib., n. 102).

 

10. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que el Sexto Mandamiento y la indisolubilidad matrimonial no deben considerarse meros ideales a alcanzar. Se trata en cambio de preceptos de Nuestro Señor Jesucristo que nos ayudan a superar las dificultades con su gracia y mediante nuestra constancia.

 

«Es en la cruz salvífica de Jesús, en el don del Espíritu Santo, en los sacramentos que brotan del costado traspasado del Redentor (cfr. Jn 19,34), donde el creyente encuentra la gracia y la fuerza para observar siempre la ley santa de Dios (…) Sólo en el misterio de la Redención de Cristo están las posibilidades «concretas» del hombre. «Sería un error gravísimo concluir... que la norma enseñada por la Iglesia es en sí misma un "ideal" que ha de ser luego adaptado,  proporcionado, graduado a las –se dice– posibilidades concretas del hombre: según un «equilibrio de los varios bienes en cuestión». Pero, ¿cuáles son las «posibilidades concretas del hombre»? ¿Y de qué hombre se habla? ¿Del hombre dominado por la concupiscencia, o del redimido por Cristo? Porque se trata de esto: de la realidad de la redención de Cristo. ¡Cristo nos ha redimido! Esto significa que Él nos ha dado la posibilidad de realizar toda la verdad de nuestro ser; ha liberado nuestra libertad del dominio de la concupiscencia... El mandamiento de Dios ciertamente está proporcionado a las capacidades del hombre: pero a las capacidades del hombre a quien se ha dado el Espíritu Santo; del hombre que, aunque caído en el pecado, puede obtener siempre el perdón y gozar de la presencia del Espíritu» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, 6/08/1993, n. 103, citando su Discurso a los participantes en un curso sobre la procreación responsable, 1/03/1984).

 

«En este contexto se abre el justo espacio a la misericordia de Dios por el pecador que se convierte, y a la comprensión por la debilidad humana. Esta comprensión jamás significa comprometer y falsificar la medida del bien y del mal para adaptarla a las circunstancias. Mientras es humano que el hombre, habiendo pecado, reconozca su debilidad y pida misericordia por las propias culpas, en cambio es inaceptable la actitud de quien hace de su propia debilidad el criterio de la verdad sobre el bien… Semejante actitud corrompe la moralidad de la sociedad entera, porque enseña a dudar de la objetividad de la ley moral en general y a rechazar las prohibiciones morales absolutas sobre determinados actos humanos, y termina por confundir todos los juicios de valor» (ib. 104).

 

11. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que la conciencia que admite que una situación determinada no corresponde objetivamente a la exigencia evangélica sobre el matrimonio, no puede honestamente concluir que permanecer en tal situación pecaminosa sea la respuesta más generosa que se pueda dar a Dios, ni que ello sea lo que Dios le está pidiendo por ahora, ya que ambas conclusiones negarían la omnipotencia de la gracia para atraer a los pecadores a la plenitud de la vida cristiana.

 

«Nadie, empero, por más que esté justificado, debe considerarse libre de la observancia de los mandamientos; nadie debe usar de aquella voz temeraria y por los Padres prohibida bajo anatema, que los mandamientos de Dios son imposibles de guardar para el hombre justificado. Porque Dios no manda cosas imposibles, sino que al mandar avisa que hagas lo que puedas y pidas lo que no puedas y ayuda para que puedas; sus mandamientos no son pesados (San Agustín, De natura et gratia, 43, 50), su yugo es suave y su carga ligera (Mt 11,30). Porque los que son hijos de Dios aman a Cristo y los que lo aman, como Él mismo atestigua, guardan sus palabras (Jn 14,23) cosa que, con el auxilio divino, pueden ciertamente hacer… Porque Dios, a los que una vez justificó por su gracia no los abandona, si antes no es por ellos abandonado. Así, pues, nadie debe lisonjearse a sí mismo en la sola fe, pensando que por la sola fe ha sido constituido heredero y ha de conseguir la herencia» (Concilio de Trento, Decreto sobre la Justificación, cap. 11).

 

«Puede haber situaciones en las cuales el hombre –y en especial el cristiano– no pueda ignorar que debe sacrificarlo todo, aun la misma vida, por salvar su alma. Todos los mártires nos lo recuerdan. Y son muy numerosos, también en nuestro tiempo. Pero la madre de los Macabeos y sus hijos, las santas Perpetua y Felicitas –no obstante sus recién nacidos–, María Goretti y otros miles, hombres y mujeres, que venera la Iglesia, ¿habrían, por consiguiente, contra la situación, incurrido inútilmente –y hasta equivocándose– en la muerte sangrienta? Ciertamente que no; y ellos, con su sangre, son los testigos más elocuentes de la verdad contra la nueva moral» (Pío XII, Discurso sobre los errores de la moral de situación, 18/04/1952, n. 11).

 

«Las tentaciones se pueden vencer y los pecados se pueden evitar porque, junto con los mandamientos, el Señor nos da la posibilidad de observarlos: «Sus ojos están sobre los que lo temen, Él conoce todas las obras del hombre. A nadie ha mandado ser impío, a nadie ha dado licencia de pecar» (Si 15,19-20). La observancia de la ley de Dios, en determinadas situaciones, puede ser difícil, muy difícil: sin embargo jamás es imposible. Ésta es una enseñanza constante de la tradición de la Iglesia, expresada así por el concilio de Trento» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, 6/08/1993, n. 102).

 

12. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que, a pesar de la diversidad de situaciones, el discernimiento personal y pastoral no puede nunca conducir a los divorciados «recasados» civilmente a concluir, en buena conciencia, que sus uniones adulterinas puedan ser moralmente justificadas por la «fidelidad» a la nueva pareja, que sea imposible retirarse de una unión adulterina, o que, haciéndolo, se expongan a nuevos pecados faltando a la fidelidad cristiana en relación al conviviente adulterino. No se puede hablar de fidelidad en una unión ilícita que viola el Mandamiento divino y el vínculo indisoluble del matrimonio. El concepto de lealtad entre adúlteros en su mutuo pecado es blasfemo.

 

«A la ética de situación oponemos Nos tres consideraciones o máximas. La primera: Concedemos que Dios quiere ante todo y siempre la intención recta; pero ésta no basta. Él quiere, además, la obra buena. La segunda: No está permitido hacer el mal para que resulte un bien (cfr. Rom 3,8). Pero esta ética obra –tal vez sin darse cuenta de ello– según el principio de que «el bien santifica los medios» (Pío XII, Discurso sobre los errores de la moral de situación, 18/04/1952, n. 11).

 

«Algunos han propuesto una especie de doble estatuto de la verdad moral. Además del nivel doctrinal y abstracto, sería necesario reconocer la originalidad de una cierta consideración existencial más concreta. Ésta, teniendo en cuenta las circunstancias y la situación, podría establecer legítimamente unas excepciones a la regla general y permitir así la realización práctica, con buena conciencia, de lo que está calificado por la ley moral como intrínsecamente malo. De este modo se instaura en algunos casos una separación, o incluso una oposición, entre la doctrina del precepto válido en general y la norma de la conciencia individual, que decidiría de hecho, en última instancia, sobre el bien y el mal. Con esta base se pretende establecer la legitimidad de las llamadas soluciones pastorales contrarias a las enseñanzas del Magisterio, y justificar una hermenéutica creativa, según la cual la conciencia moral no estaría obligada en absoluto, en todos los casos, por un precepto negativo particular» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, 6/08/1993, n. 56).

 

13. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que los divorciados que se han «recasado» civilmente y que, por razones muy serias, como la educación de los hijos, no pueden satisfacer el grave deber de la separación, están moralmente obligados a vivir como «hermano y hermana» y a evitar dar escándalo. En particular, ello significa excluir aquellas manifestaciones de intimidad propias de las parejas casadas, puesto que serían de suyo pecaminosas y, además, darían escándalo a la propia prole, que podría concluir que están legítimamente casados, o que el matrimonio cristiano no es indisoluble o, aún más, que tener relaciones sexuales con una persona que no es el cónyuge legítimo no es pecado. Dada la delicadeza de su situación, ellos deben ser particularmente cuidadosos con las ocasiones de pecado.

 

«La reconciliación en el sacramento de la penitencia –que les abriría el camino al sacramento eucarístico– puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios –como, por ejemplo, la educación de los hijos–, no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, 22/11/1981, n. 84).

 

IV. Sobre el discernimiento, la responsabilidad, el estado de gracia y el estado de pecado

 

14. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que aquellos divorciados civilmente «recasados» que escogen esta situación con pleno conocimiento y consentimiento de la voluntad no son miembros vivos de la Iglesia ya que se encuentran en estado de pecado grave, que les impide la posesión y el aumento de la caridad. Además debemos recordar que el Papa San Pío V, en su bula Ex omnibus afflictionibus contra los errores de Michael du Bay, llamado Bayo, condenó la siguiente opinión moral: «El hombre que vive en pecado mortal o bajo pena de condenación eterna puede poseer la verdadera caridad» (Denz. 1070).

 

«Según el Doctor Angélico, para vivir espiritualmente, el hombre debe permanecer en comunión con el supremo principio de la vida, que es Dios, en cuanto es el fin último de todo su ser y obrar. Ahora bien, el pecado es un desorden perpetrado por el hombre contra ese principio vital. Y cuando «por medio del pecado, el alma comete una acción desordenada que llega hasta la separación del fin último –Dios– al que está unida por la caridad, entonces se da el pecado mortal; por el contrario, cada vez que la acción desordenada permanece en los límites de la separación de Dios, entonces el pecado es venial» (Summa Teologicae I-II, q. 72, a. 5). Por esta razón, el pecado venial no priva de la gracia santificante, de la amistad con Dios, de la caridad, ni, por lo tanto, de la bienaventuranza eterna, mientras que tal privación es precisamente consecuencia del pecado mortal» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia, 2/12/1984, n. 17).

 

«El divorcio es una ofensa grave a la ley natural. Pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la Alianza de salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo. El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla entonces en situación de adulterio público y permanente: «No es lícito al varón, una vez separado de su esposa, tomar otra; ni a una mujer repudiada por su marido, ser tomada por otro como esposa» (S. Basilio Magno, Moralia, regula 73)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2384).

 

15. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que no existe una vía intermedia entre estar en gracia de Dios y estar privado de ella a causa del pecado mortal. La vía de la gracia y del crecimiento espiritual para quien vive en estado objetivo de pecado consiste en el abandono de tal situación y en el retorno al camino de santificación que da gloria a Dios. Ninguna «aproximación pastoral» puede justificar o alentar a las personas a permanecer en el estado de pecado, que se opone a la Ley divina.

 

«Pero queda siempre firme el principio de que la distinción esencial y decisiva está entre el pecado que destruye la caridad y el pecado que no mata la vida sobrenatural; entre la vida y la muerte no existe una vía intermedia» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia, 2/12/1984, n. 17).

 

««Se deberá evitar reducir el pecado mortal a un acto de ‘opción fundamental’» –como hoy se suele decir– contra Dios», concebido ya sea como explícito y formal desprecio de Dios y del prójimo, ya sea como implícito y no reflexivo rechazo del amor. «Se comete, en efecto, un pecado mortal también cuando el hombre, sabiéndolo y queriéndolo, elige, por el motivo que sea, algo gravemente desordenado. (…) El hombre se aleja de Dios y pierde la caridad. La orientación fundamental puede, pues, ser radicalmente modificada por actos particulares. Sin duda pueden darse situaciones muy complejas y oscuras bajo el aspecto psicológico, que influyen en la imputabilidad subjetiva del pecador. Pero de la consideración de la esfera psicológica no se puede pasar a la constitución de una categoría teológica, como es concretamente la «opción fundamental» entendida de tal modo que, en el plano objetivo, cambie o ponga en duda la concepción tradicional de pecado mortal» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, 6/08/1993, n. 70; citando Reconciliatio et Paenitentia, n. 17).

 

16. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que, dado que Dios es omnisciente, la ley natural y la ley revelada prevén todas las situaciones particulares, especialmente cuando prohíben acciones específicas en toda y cualquier circunstancia, señalándolas como «intrínsecamente malas» (intrinsece malum).

 

«Se preguntará de qué modo puede la ley moral, que es universal, bastar e incluso ser obligatoria en un caso particular, el cual, en su situación concreta, es siempre único y de una vez. Ella lo puede y ella lo hace, porque, precisamente a causa de su universalidad, la ley moral comprende necesaria e intencionalmente todos los casos particulares en los que se verifican sus conceptos. Y en estos casos, muy numerosos, ella lo hace con una lógica tan concluyente, que aun la conciencia del simple fiel percibe inmediatamente y con plena certeza la decisión que se debe tomar» (Pío XII, Discurso sobre los errores de la moral de situación, 18/04/1952, n. 9).

 

«Existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto. Estos actos, si se realizan con el suficiente conocimiento y libertad, son siempre culpa grave» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia, 2/12/1984, n. 17).

 

«La razón testimonia que existen objetos del acto humano que se configuran como no-ordenables a Dios, porque contradicen radicalmente el bien de la persona, creada a su imagen. Son los actos que, en la tradición moral de la Iglesia, han sido denominados intrínsecamente malos («intrinsece malum»): lo son siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa, y de las circunstancias… La Iglesia, al enseñar la existencia de actos intrínsecamente malos, acoge la doctrina de la sagrada Escritura. El apóstol Pablo afirma de modo categórico: «¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el reino de Dios» (1 Co 6,9-10)» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, 6/08/1993, nn. 80-81).

 

17. Nosotros reiteramos la verdad de que la complejidad de las situaciones y los varios grados de responsabilidad de los casos –debidos a factores que pueden disminuir la capacidad de tomar decisiones– no permite a los pastores concluir que aquellas personas que se encuentran en situaciones irregulares no estarían en un estado objetivo de manifiesto pecado grave, ni tampoco presumir, en el fuero externo, que aquellos que se encuentran en tales uniones y que no ignoran las reglas del matrimonio no se hayan privado a sí mismos de la gracia santificante.

 

«Este hombre puede estar condicionado, apremiado, empujado por no pocos ni leves factores externos; así como puede estar sujeto también a tendencias, taras y costumbres unidas a su condición personal. En no pocos casos dichos factores externos e internos pueden atenuar, en mayor o menor grado, su libertad y, por lo tanto, su responsabilidad y culpabilidad. Pero es una verdad de fe, confirmada también por nuestra experiencia y razón, que la persona humana es libre. No se puede ignorar esta verdad con el fin de descargar en realidades externas –las estructuras, los sistemas, los demás– el pecado de los individuos. Después de todo, esto supondría eliminar la dignidad y la libertad de la persona, que se revelan –aunque sea de modo tan negativo y desastroso– también en esta responsabilidad por el pecado cometido. Y así, en cada hombre no existe nada tan personal e intransferible como el mérito de la virtud o la responsabilidad de la culpa» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia, 2/12/1984, n. 16).

 

«Siempre es posible que al hombre, debido a presiones u otras circunstancias, le sea imposible realizar determinadas acciones buenas; pero nunca se le puede impedir que no haga determinadas acciones, sobre todo si está dispuesto a morir antes que hacer el mal» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, 6/08/1993, n. 52).

 

18. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que, puesto que el hombre está dotado de libre arbitrio, todo acto moral culpable y voluntario que efectúa debe serle imputado en cuanto autor, y que, no existiendo prueba en contra, se debe suponer su imputabilidad. La imputabilidad exterior no debe ser confundida con el estado interno de la conciencia. No obstante el principio «de internis neque Ecclesia iudicat» (la Iglesia no juzga lo que es interno; sólo Dios puede hacerlo), la Iglesia puede sin embargo juzgar actos que son directamente contrarios a la Ley de Dios.

 

«Pero, aun cuando sea necesario creer que los pecados no se remiten ni fueron jamás remitidos sino gratuitamente por la misericordia divina a causa de Cristo; no debe, sin embargo, decirse que se remiten o han sido remitidos los pecados a nadie que se jacte de la confianza y certeza de la remisión de sus pecados y que en ella sola descanse, como quiera que esa confianza vana y alejada de toda piedad, puede darse entre los herejes y cismáticos; es más, en nuestro tiempo se da y se predica con grande ahínco en contra de la Iglesia Católica. Mas tampoco debe afirmarse aquello de que es necesario que quienes están verdaderamente justificados establezcan en sí mismos sin duda alguna que están justificados» (Concilio de Trento, Decreto sobre la Justificación, cap. 9).

 

«Cometida la infracción externa, se presume la imputabilidad, a no ser que conste lo contrario» (Código de Derecho Canónico, can. 1321, §3).

 

«Todo acto directamente querido es imputable a su autor» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1736).

 

«El juicio sobre el estado de gracia, obviamente, corresponde solamente al interesado, tratándose de una valoración de conciencia. No obstante, en los casos de un comportamiento externo grave, abierta y establemente contrario a la norma moral, la Iglesia, en su cuidado pastoral por el buen orden comunitario y por respeto al Sacramento, no puede mostrarse indiferente. A esta situación de manifiesta indisposición moral se refiere la norma del Código de Derecho Canónico que no permite la admisión a la comunión eucarística a los que «obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave» (Juan Pablo II, Encíclica Ecclesia de Eucharistia, 17/04/2003, n. 37).

 

V. Sobre los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía

 

19. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que, tratando con penitentes, los confesores deben asistirlos en el examen sobre los deberes específicos de los Mandamientos, ayudándolos a alcanzar un arrepentimiento suficiente y a acusarse plenamente de los pecados graves, así como deben aconsejarlos abrazar la vía de la santidad. De esta manera el confesor está obligado a amonestar a los penitentes ante trasgresiones serias y objetivas de la Ley de Dios, asegurándose de que ellos deseen verdaderamente la absolución y el perdón de Dios y de que estén resueltos a re-examinar y corregir su conducta. Aun cuando las recaídas frecuentes no constituyan por sí mismas motivo para negar la absolución, ésta no puede ser dada sin un suficiente arrepentimiento y la firme resolución de evitar el pecado después del sacramento.

 

«La verdad que viene del Verbo y debe llevarnos a Él explica por qué la confesión sacramental debe brotar e ir acompañada no de un mero impulso psicológico, como si el sacramento fuera un sucedáneo de terapias precisamente psicológicas, sino del dolor fundado en motivos sobrenaturales, porque el pecado viola la caridad hacia Dios, sumo Bien, ha causado los sufrimientos del Redentor y nos produce la pérdida de los bienes eternos. (...)

 

«Por desgracia hoy no pocos fieles, al acercarse al sacramento de la penitencia, no hacen la acusación completa de los pecados mortales en el sentido –que acabo de recordar– del Concilio de Trento y, en ocasiones, reaccionan ante el sacerdote confesor que, cumpliendo su deber, interroga con vistas a la necesaria integridad, como si se permitiera una indebida intromisión en el sagrario de la conciencia. Espero y pido a Dios que estos fieles poco iluminados queden convencidos, también en virtud de esta enseñanza, de que la norma por la que se exige la integridad específica y numérica, en la medida en que la memoria honradamente interrogada permite conocer, no es un peso que se les impone arbitrariamente, sino un medio de liberación y de serenidad.

 

«Además, es evidente por sí mismo que la acusación de los pecados debe incluir el propósito serio de no cometer ninguno más en el futuro. Si faltara esta disposición del alma, en realidad no habría arrepentimiento, pues éste se refiere al mal moral como tal y, por consiguiente, no tomar posición contraria respecto a un mal moral posible sería no detestar el mal, no tener arrepentimiento. Pero al igual que éste debe brotar ante todo del dolor de haber ofendido a Dios, así el propósito de no pecar debe fundarse en la gracia divina, que el Señor no permite que falte nunca a quien hace lo que puede para actuar de forma correcta. (…)

 

«Por lo demás, conviene recordar que una cosa es la existencia del propósito sincero, y otra el juicio de la inteligencia sobre el futuro. En efecto, es posible que, aun en la lealtad del propósito de no volver a pecar, la experiencia del pasado y la conciencia de la debilidad actual susciten el temor de nuevas caídas; pero eso no va contra la autenticidad del propósito, cuando a ese temor va unida la voluntad, apoyada por la oración, de hacer lo que es posible para evitar la culpa» (Juan Pablo II, Carta a la Penitenciaría Apostólica, 22/03/1996, nn. 3-5).

 

20. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que los divorciados «recasados» civilmente que no se han separado, sino que permanecen en el estado de adulterio, no pueden ser nunca considerados por los confesores u otros pastores de almas en estado objetivo de gracia, capaces de crecer en la vida de la gracia y de la caridad y en condiciones de recibir la absolución en el sacramento de la Penitencia, y de ser admitidos a la sagrada Eucaristía, a menos que expresen contrición por su estado de vida y firmemente resuelvan abandonarlo, aun en el caso de que subjetivamente estos divorciados puedan no sentirse culpables –o no completamente culpables– de la propia situación objetivamente pecaminosa, a causa de factores condicionantes o mitigantes.

 

«Me refiero a ciertas situaciones, hoy no raras, en las que se encuentran algunos cristianos, deseosos de continuar la práctica religiosa sacramental, pero que se ven impedidos por su situación personal, que está en oposición a las obligaciones asumidas libremente ante Dios y la Iglesia. (…)

 

«Basándose en estos dos principios complementarios, la Iglesia desea invitar a sus hijos que se encuentran en estas situaciones dolorosas a acercarse a la misericordia divina por otros caminos, pero no por el de los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, hasta que no hayan alcanzado las disposiciones requeridas.

 

«Sobre esta materia, que aflige profundamente también nuestro corazón de pastores, he creído deber mío decir palabras claras en la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, por lo que se refiere al caso de divorciados casados de nuevo, o en cualquier caso al de cristianos que conviven irregularmente» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia, 2/12/1984, n. 34).

 

«Se reprueba cualquier uso que restrinja la confesión a una acusación genérica o limitada a sólo uno o más pecados considerados más significativos» (Juan Pablo II, Motu Proprio Misericordia Dei, 7/04/2002, n. 3).

 

«Está claro que no pueden recibir válidamente la absolución los penitentes que viven habitualmente en estado de pecado grave y no tienen intención de cambiar su situación» (ib., n. 7c).

 

21. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que, en relación a los divorciados «recasados» civilmente y que viven abiertamente more uxorio –como marido y mujer– ningún discernimiento personal y pastoral responsable puede afirmar que están en condiciones de recibir la absolución sacramental y la admisión a la Eucaristía, bajo el pretexto de que, debido a una responsabilidad disminuida, no existiría una falta grave. La razón de esto es que su eventual falta de conciencia formal no puede ser materia de dominio público, mientras que la forma externa de su estado de vida contradice el carácter indisoluble del matrimonio cristiano y de la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, la cual es significada y realizada en la Sagrada Eucaristía.

 

«La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, 22/11/1981, n. 84).

 

«Durante los últimos años, en varias regiones se han propuesto diversas soluciones pastorales según las cuales ciertamente no sería posible una admisión general de los divorciados vueltos a casar a la Comunión eucarística, pero podrían acceder a ella en determinados casos, cuando según su conciencia se consideraran autorizados a hacerlo. Así, por ejemplo, cuando hubieran sido abandonados del todo injustamente, a pesar de haberse esforzado sinceramente por salvar el anterior matrimonio, o bien cuando estuvieran convencidos de la nulidad del anterior matrimonio, sin poder demostrarla en el foro externo, o cuando ya hubieran recorrido un largo camino de reflexión y de penitencia, o incluso cuando por motivos moralmente válidos no pudieran satisfacer la obligación de separarse.

 

«En algunas partes se ha propuesto también que, para examinar objetivamente su situación efectiva, los divorciados vueltos a casar deberían entrevistarse con un sacerdote prudente y experto. Su eventual decisión de conciencia de acceder a la Eucaristía, sin embargo, debería ser respetada por ese sacerdote, sin que ello implicase una autorización oficial.

 

«En estos casos y otros similares se trataría de una solución pastoral, tolerante y benévola, para poder hacer justicia a las diversas situaciones de los divorciados vueltos a casar. Aunque es sabido que análogas soluciones pastorales fueron propuestas por algunos Padres de la Iglesia y entraron en cierta medida incluso en la práctica, sin embargo nunca obtuvieron el consentimiento de los Padres ni constituyeron en modo alguno la doctrina común de la Iglesia, como tampoco determinaron su disciplina. (…)

 

«Fiel a la palabra de Jesucristo, la Iglesia afirma que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el anterior matrimonio. Si los divorciados se han vuelto a casar civilmente, se encuentran en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios y por consiguiente no pueden acceder a la Comunión eucarística mientras persista esa situación» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, 14/09/1994, nn. 3-4).

 

«Recibir el Cuerpo de Cristo siendo públicamente indigno constituye un daño objetivo a la comunión eclesial; es un comportamiento que atenta contra los derechos de la Iglesia y de todos los fieles a vivir en coherencia con las exigencias de esa comunión. En el caso concreto de la admisión a la sagrada Comunión de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, el escándalo, entendido como acción que mueve a los otros hacia el mal, atañe a un tiempo al sacramento de la Eucaristía y a la indisolubilidad del matrimonio. Tal escándalo sigue existiendo aun cuando ese comportamiento, desgraciadamente, ya no cause sorpresa: más aún, precisamente es ante la deformación de las conciencias cuando resulta más necesaria la acción de los Pastores, tan paciente como firme, en custodia de la santidad de los sacramentos, en defensa de la moralidad cristiana, y para la recta formación de los fieles» (Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, Declaración sobre la admisibilidad a la Sagrada Comunión de los divorciados que se han vuelto a casar, 24/06/2000, n. 1).

 

22. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que tener en conciencia una certeza subjetiva sobre la invalidez de un matrimonio previo por parte de los divorciados «recasados» que han obtenido un matrimonio civil –aunque la Iglesia aún considere válido el matrimonio previo– no es nunca suficiente, por sí mismo, para excusar a alguien del pecado material de adulterio o para permitir ignorar la norma canónica y las consecuencias sacramentales que comporta el vivir como pecador público.

 

«La errada convicción de poder acceder a la Comunión eucarística por parte de un divorciado vuelto a casar presupone normalmente que se atribuya a la conciencia personal el poder de decidir en último término, basándose en la propia convicción, sobre la existencia o no del anterior matrimonio y sobre el valor de la nueva unión (cfr. Enc. Veritatis Splendor, 55). Sin embargo, dicha atribución es inadmisible (cfr. Código de Derecho Canónico, can. 1085 § 2). El matrimonio, en efecto, en cuanto imagen de la unión esponsal entre Cristo y su Iglesia así como núcleo basilar y factor importante en la vida de la sociedad civil, es esencialmente una realidad pública. (…)

 

«Por lo tanto el juicio de la conciencia sobre la propia situación matrimonial no se refiere únicamente a una relación inmediata entre el hombre y Dios, como si se pudiera dejar de lado la mediación eclesial, que incluye también las leyes canónicas que obligan en conciencia. No reconocer este aspecto esencial significaría negar de hecho que el matrimonio exista como realidad de la Iglesia, es decir, como sacramento» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, 14/09/1994, nn. 7-8).

 

23. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que el «Bautismo y la Penitencia son medicinas purgativas, suministradas para sanar la fiebre del pecado, mientras este sacramento (la sagrada Eucaristía) es una medicina suministrada para reforzar y no debe ser dada sino a aquellos que están libres del pecado» (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, III, q. 80, a. 4, ad 2). Aquellos que reciben la sagrada Eucaristía están verdaderamente participando del Cuerpo y de la Sangre de Cristo y deben encontrarse en estado de gracia. Los divorciados «recasados» civilmente que, por lo tanto, llevan públicamente un modo de vida pecaminoso, se arriesgan a cometer un sacrilegio recibiendo la sagrada Comunión. Para ellos la sagrada Comunión no constituiría una medicina, sino más bien un veneno espiritual. Si un celebrante les aprueba una Comunión indigna querrá decir que o no cree en la Presencia Real de Cristo o no cree en la indisolubilidad del matrimonio o en la ilicitud moral de vivir more uxorio –como marido y mujer– fuera del matrimonio válido.

 

«Hay que recordar que la Eucaristía no está ordenada al perdón de los pecados mortales. Esto es propio del Sacramento de la Reconciliación. Lo propio de la Eucaristía es ser el sacramento de los que están en plena comunión con la Iglesia» (Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Carta circular sobre la integridad del Sacramento de la Penitencia, 20/03/2000, n. 9).

 

«La prohibición [de dar la Comunión a los pecadores públicos] establecida en ese canon (can. 915), por su propia naturaleza, deriva de la ley divina y trasciende el ámbito de las leyes eclesiásticas positivas: éstas no pueden introducir cambios legislativos que se opongan a la doctrina de la Iglesia. El texto de la Escritura en que se apoya siempre la tradición eclesial es éste de San Pablo: «Así, pues, quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz: pues el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación» (1 Co 11,27-29). (...)

 

«Toda interpretación del can. 915 que se oponga a su contenido sustancial, declarado ininterrumpidamente por el Magisterio y la disciplina de la Iglesia a lo largo de los siglos, es claramente errónea. No se puede confundir el respeto de las palabras de la ley (cfr. can. 17) con el uso impropio de las mismas palabras como instrumento para relativizar o desvirtuar los preceptos.

 

«La fórmula «y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave» es clara, y se debe entender de modo que no se deforme su sentido haciendo la norma inaplicable. Las tres condiciones que deben darse son: a) el pecado grave, entendido objetivamente, porque el ministro de la Comunión no podría juzgar de la imputabilidad subjetiva; b) la obstinada perseverancia, que significa la existencia de una situación objetiva de pecado que dura en el tiempo y a la cual la voluntad del fiel no pone fin, sin que se necesiten otros requisitos (actitud desafiante, advertencia previa, etc.) para que se verifique la situación en su fundamental gravedad eclesial; c) el carácter manifiesto de la situación de pecado grave habitual.

 

«Sin embargo, no se encuentran en situación de pecado grave habitual los fieles divorciados que se han vuelto a casar que, no pudiendo por serias razones –como, por ejemplo, la educación de los hijos– «satisfacer la obligación de la separación, asumen el empeño de vivir en perfecta continencia, es decir, de abstenerse de los actos propios de los cónyuges» (Familiaris Consortio, n. 84), y que sobre la base de ese propósito han recibido el sacramento de la Penitencia. Debido a que el hecho de que tales fieles no viven more uxorio es de por sí oculto, mientras que su condición de divorciados que se han vuelto a casar es de por sí manifiesta, sólo podrán acceder a la Comunión eucarística remoto scandalo. (…)

 

«Pero cuando se presenten situaciones en las que esas precauciones no hayan tenido efecto o no hayan sido posibles, el ministro de la distribución de la Comunión debe negarse a darla a quien sea públicamente indigno. Lo hará con extrema caridad, y tratará de explicar en el momento oportuno las razones que lo han obligado a ello. Pero debe hacerlo también con firmeza, sabedor del valor que semejantes signos de fortaleza tienen para el bien de la Iglesia y de las almas. (…)

 

«Teniendo en cuenta la naturaleza de la antedicha norma (cfr. n. 1), ninguna autoridad eclesiástica puede dispensar en caso alguno de esta obligación del ministro de la sagrada Comunión, ni dar directivas que la contradigan» (Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, Declaración sobre la admisibilidad a la Sagrada Comunión de los divorciados que se han vuelto a casar, 24/06/2000, nn. 1-4).

 

24. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que, según la lógica del Evangelio, las personas que mueren en estado de pecado mortal, sin haberse reconciliado con Dios, están condenadas al infierno para siempre. En el Evangelio Jesús habla frecuentemente del peligro de la condenación eterna.

 

«Si (los fieles católicos) no responden (a la gracia) con pensamiento, palabra y obra, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad» (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 21/11/1964, n. 14).

 

«El pecado mortal es una posibilidad radical de la libertad humana como lo es también el amor. Entraña la pérdida de la caridad y la privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia. Si no es rescatado por el arrepentimiento y el perdón de Dios, causa la exclusión del Reino de Cristo y la muerte eterna del infierno; de modo que nuestra libertad tiene poder de hacer elecciones para siempre, sin retorno. Sin embargo, aunque podamos juzgar que un acto es en sí una falta grave, el juicio sobre las personas debemos confiarlo a la justicia y a la misericordia de Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1861).

 

VI. Sobre la actitud materna y pastoral de la Iglesia

 

25. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que la enseñanza clara de la verdad es una obra de misericordia y caridad eminente, puesto que la primera tarea de salvación de los Apóstoles y de sus sucesores es obedecer el mandamiento solemne del Salvador: «Id, pues, enseñad a todas las gentes... enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado» (Mt 28, 19-20).

 

«La doctrina católica nos enseña que el primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las opiniones erróneas, por muy sinceras que sean, ni en la indiferencia teórica o práctica ante el error o el vicio en que vemos caídos a nuestros hermanos, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral no menos que en el celo por su bienestar material… Todo otro amor es ilusión o sentimiento estéril y pasajero» (Pío X, Carta Apostólica Notre Charge Apostolique, 25/08/1910, n. 24).

 

«La Iglesia (es) siempre igual a sí misma, como Cristo la quiso y la auténtica tradición la ha perfeccionado» (Pablo VI, Homilía 28/10/1965).

 

«No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas. Pero esto debe ir acompañado siempre de la paciencia y de la bondad de que el mismo Señor dio ejemplo en su trato con los hombres. Venido no para juzgar sino para salvar, Él fue ciertamente intransigente con el mal, pero misericordioso con las personas» (Pablo VI, Encíclica Humanae Vitae, 25/06/1968, n. 29).

 

«La doctrina de la Iglesia, y en particular su firmeza en defender la validez universal y permanente de los preceptos que prohíben los actos intrínsecamente malos, es juzgada no pocas veces como signo de una intransigencia intolerable, sobre todo en las situaciones enormemente complejas y conflictivas de la vida moral del hombre y de la sociedad actual. Dicha intransigencia estaría en contraste con la condición maternal de la Iglesia. Ésta –se dice– no muestra comprensión y compasión. Pero, en realidad, la maternidad de la Iglesia no puede separarse jamás de su misión docente, que ella debe realizar siempre como esposa fiel de Cristo, que es la verdad en persona: «Como Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral... De tal norma la Iglesia no es ciertamente ni la autora ni el árbitro. En obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, 6/08/1993, n. 95; citando Familiaris Consortio n. 33).

 

26. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que la imposibilidad de dar la absolución y la sagrada Comunión a los católicos que viven manifiestamente en un estado objetivo de pecado grave, por ejemplo, a los que conviven o a los divorciados «recasados» civilmente, procede de la solicitud materna de la Iglesia, ya que Ella no es la propietaria de los sacramentos sino la «fiel administradora de los misterios de Dios» (cfr. 1Co 4,1).

 

«Como maestros y guardianes de la verdad salvífica de la Eucaristía, debemos, queridos y venerados Hermanos en el Episcopado, guardar siempre y en todas partes este significado y esta dimensión del encuentro sacramental y de la intimidad con Cristo. (…) No obstante debemos vigilar siempre, para que este gran encuentro con Cristo en la Eucaristía no se convierta para nosotros en un acto rutinario y a fin de que no lo recibamos indignamente, es decir, en estado de pecado mortal. (…) No podemos, ni siquiera por un instante, olvidar que la Eucaristía es un bien peculiar de toda la Iglesia. Es el don más grande que, en el orden de la gracia y del sacramento, el divino Esposo ha ofrecido y ofrece sin cesar a su Esposa. Y, precisamente porque se trata de tal don, todos debemos, con espíritu de fe profunda, dejarnos guiar por el sentido de una responsabilidad verdaderamente cristiana. (…) La Eucaristía es un bien común de toda la Iglesia, como sacramento de su unidad. Y, por consiguiente, la Iglesia tiene el riguroso deber de precisar todo lo que concierne a la participación y celebración de la misma» (Juan Pablo II, Carta Dominicae Cenae, 24/02/1980, nn. 4-12).

 

«Esto no significa que la Iglesia no sienta una especial preocupación por la situación de estos fieles, que, por lo demás, de ningún modo se encuentran excluidos de la comunión eclesial. Se preocupa por acompañarlos pastoralmente y por invitarlos a participar en la vida eclesial en la medida en que sea compatible con las disposiciones del derecho divino, sobre las cuales la Iglesia no posee poder alguno para dispensar» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, 14/09/1994, n. 6).

 

«En la acción pastoral se deberá cumplir toda clase de esfuerzos para que se comprenda bien que no se trata de discriminación alguna, sino únicamente de fidelidad absoluta a la voluntad de Cristo que restableció y nos confió de nuevo la indisolubilidad del matrimonio como don del Creador. Será necesario que los pastores y toda la comunidad de fieles sufran y amen junto con las personas interesadas, para que puedan reconocer también en su carga el yugo suave y la carga ligera de Jesús. Su carga no es suave y ligera en cuanto pequeña o insignificante, sino que se vuelve ligera porque el Señor –y junto con Él toda la Iglesia– la comparte. Es tarea de la acción pastoral, que se ha de desarrollar con total dedicación, ofrecer esta ayuda fundada conjuntamente en la verdad y en el amor» (ib., n. 10).

 

«La celebración del sacramento de la Penitencia ha tenido en el curso de los siglos un desarrollo que ha asumido diversas formas expresivas, conservando siempre, sin embargo, la misma estructura fundamental, que comprende necesariamente, además de la intervención del ministro –solamente un Obispo o un presbítero, que juzga y absuelve, atiende y cura en el nombre de Cristo–, los actos del penitente: la contrición, la confesión y la satisfacción» (Juan Pablo II, Carta Apostólica Misericordia Dei, 7/04/2002, proemio).

 

VII. Sobre la validez universal del Magisterio constante de la Iglesia

 

27. Nosotros reiteramos firmemente la verdad de que las cuestiones doctrinales, morales y pastorales relativas a los sacramentos de la Eucaristía, de la Penitencia y del Matrimonio deben ser resueltas con intervenciones del Magisterio y que éstas, por su propia naturaleza, excluyen las interpretaciones que contradigan ese Magisterio o deducir consecuencias prácticas diversas, suponiendo que cada nación o región pueda buscar soluciones acomodadas a la propia cultura, sensibilidad y necesidades locales.

 

«El fundamento sobre el que se fundan estas nuevas ideas es que, con el fin de atraer más fácilmente a aquellos que disienten de ella, la Iglesia debe adecuar sus enseñanzas más conforme con el espíritu de la época, aflojar algo de su antigua severidad y hacer algunas concesiones a opiniones nuevas. Muchos piensan que estas concesiones deben ser hechas no sólo en asuntos de disciplina, sino también en las doctrinas pertenecientes al «depósito de la fe». Ellos sostienen que sería oportuno, para ganar a aquellos que disienten de nosotros, omitir ciertos puntos del magisterio de la Iglesia que son de menor importancia, y de esta manera moderarlos para que no porten el mismo sentido que la Iglesia constantemente les ha dado.

 

«No se necesitan muchas palabras, querido hijo, para probar la falsedad de estas ideas si se trae a la mente la naturaleza y el origen de la doctrina que la Iglesia propone. El Concilio Vaticano (Constitución Dei Filius, cap. IV) dice al respecto: “La doctrina de la fe que Dios ha revelado no ha sido propuesta, como una invención filosófica, para ser perfeccionada por el ingenio humano, sino que ha sido entregada como un divino depósito a la Esposa de Cristo para ser guardada fielmente y declarada infaliblemente. De aquí que el significado de los sagrados dogmas que Nuestra Madre, la Iglesia, declaró una vez debe ser mantenido perpetuamente, y nunca hay que apartarse de ese significado bajo la pretensión o el pretexto de una comprensión más profunda de los mismos”» (León XIII, Carta Testem Benevolentiae, 22/02/1899).

 

«Recordaos sin embargo que en nuestro Oficio Apostólico debemos rechazar y refutar las opiniones de la moderna filosofía y de la prudencia civil por las cuales el curso de las cosas humanas hoy es llevado allí donde no lo permiten las prescripciones de la Ley Eterna. Ahora bien, haciendo de esta manera no estamos deteniendo el progreso del género humano sino, por el contrario, impidiendo que se precipite en la ruina» (Pío X, Alocución consistorial, 9/11/1903).

 

«Conocéis también la suma importancia que tiene, para la paz de las conciencias y para la unidad del pueblo cristiano, que en el campo de la moral y del dogma se atengan todos al Magisterio de la Iglesia y hablen del mismo modo» (Pablo VI, Encíclica Humanae Vitae, 25/07/1968, n. 28).

 

«La Iglesia, «columna y fundamento de la verdad» (1Tm 3,15), «recibió de los Apóstoles [...] este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva» (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 17). «Compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas» (Código de Derecho Canónico, can. 742, §2)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2032).

 

«Corresponde al Magisterio universal, en fidelidad a la Sagrada Escritura y a la Tradición, enseñar e interpretar auténticamente el depósito de la fe. Por consiguiente, frente a las nuevas propuestas pastorales arriba mencionadas, esta Congregación siente la obligación de volver a recordar la doctrina y la disciplina de la Iglesia al respecto» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, 14/09/1994, n. 4).

                                       

VIII. La siempre joven voz de los Padres de la Iglesia

 

«Sucede que mientras [los pastores de almas] gozan con ser apremiados por inquietudes mundanas, ignoren los bienes interiores que deberían enseñar a los otros. Por lo que seguramente también la vida de los súbditos se empaña… De hecho, cuando la cabeza está enferma también los miembros pierden vigor y, en la búsqueda del enemigo, no sirve a nada que el ejército siga con agilidad si el que lo guía ha perdido el camino. (…) Los súbditos no pueden ver la luz de la verdad porque, cuando los intereses terrenos han ocupado los sentidos de los pastores, el polvo soplado por el viento de la tentación enceguece los ojos de la Iglesia» (San Gregorio Magno, Regula Pastoralis, II, 7).

 

«Cuando por digna causa y según las leyes de la Iglesia hay suficiente razón para enfrentar la penitencia, aun así es frecuente que ella venga evitada a causa de enfermedad, es decir, por la vergüenza y el temor de perder el placer, ya que la buena reputación de los hombres da más placer que la justicia que los lleva a humillarse en penitencia. Por lo tanto, la misericordia de Dios es necesaria no solo cuando un hombre se arrepiente, sino también para llevarlo a arrepentirse» (San Agustín, Enchiridion de fide, spe et caritate, 82).

 

«El arrepentimiento es la renovación del bautismo. El arrepentimiento es un contrato con Dios para una segunda vida. El arrepentimiento es un comprador de la humildad. El arrepentimiento es la condenación de una despreocupada auto-indulgencia. El arrepentimiento es hijo de la esperanza y es renuncia a la desesperación. El arrepentimiento es un prisionero indultado. El arrepentimiento es la reconciliación con el Señor mediante la práctica de las buenas obras que se oponen a los pecados. El arrepentimiento es la purificación de la conciencia. El arrepentimiento levanta a los caídos, golpea a la puerta del Cielo, la cual se abre ante la humildad» (San Juan Clímaco, Scala Paradisi, 25).

 

Conclusión

 

Mientras nuestro mundo neopagano declara un ataque general contra la divina institución del matrimonio y las plagas del divorcio y de la depravación sexual se difunden por todas partes, incluso dentro de la vida de la Iglesia, nosotros, los que abajo firmamos, obispos, sacerdotes y fieles católicos, consideramos que es nuestro deber y nuestro privilegio afirmar, con una sola voz, nuestra fidelidad a las inmutables enseñanzas de la Iglesia sobre el matrimonio y a su ininterrumpida disciplina, así como ha sido recibida de los Apóstoles. Efectivamente, sólo la claridad de la verdad hará libre a las personas (cfr. Jn 8,32) y permitirá que ellas encuentren la verdadera alegría del amor, viviendo una vida según la sabiduría y la voluntad salvífica de Dios, en otras palabras, evitando el pecado, como fue maternalmente pedido por Nuestra Señora en Fátima en 1917.

 

29 de agosto de 2016, Fiesta de la decapitación de San Juan Bautista, martirizado por haber sostenido la verdad acerca del matrimonio.

 

Lista de los primeros firmantes

 

1. Prof. Wolfgang Waldstein, Catedrático emérito de la Universidad de Salzburgo, miembro de la Pontificia Academia para la Vida, Austria.

2. Su Eminencia, el cardenal Jãnis Pujats, Arzobispo emérito de Riga, Letonia.

3. Su Excelencia, Mons. Athanasius Schneider, Obispo auxiliar de Astana, Kazajistán.

4. Prof. Josef Seifert, Docente de Filosofía, Academia Internacional de Filosofía-Instituto de Filosofía Edith Stein (IAP-IFES); Rector fundador de la Academia Internacional de Filosofía del Principado de Liechtenstein, Austria.

5. Dr.ª Anca-Maria Cernea, Presidenta de la Fundación Ioan Barbus, Rumanía.

6. Dr. Vincent-Jean-Pierre Cernea, Rumanía.

7. Prof. P. Efrem Jindráček O.P., Vicedecano de la Facultad de Filosofía de la Universidad Santo Tomás de Aquino (Angelicum), Roma, Italia.

8. Su Eminencia, el cardenal Carlo Caffarra, Fundador y primer presidente del Pontificio Instituto Juan Pablo II para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia, Arzobispo emérito de Bolonia, Italia.

9. Su Eminencia, el cardenal Raymond Leo Burke, Patrono de la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de Malta, Vaticano.

10. Rvdo. Don Nicola Bux, Docente en la Facultad Teológica Pugliese, Italia.

11. Su Excelencia, Mons. Andreas Laun, Obispo auxiliar de Salzburgo, Austria.

12. Su Excelencia, Mons. Juan Rodolfo Laise, Obispo emérito de San Luis, Argentina.

13. Rvdo. P. Antonius Maria Mamsery, Superior General de los Misioneros de la Santa Cruz, Singida, Tanzania.

14. Rvdo. P. Giovanni M. Scalese B., Ordinario para Afganistán.

15. Rvdo. Dr. José María Iraburu, Profesor emérito de Teología Espiritual en la Facultad de Teología del Norte de España; presidente de la Fundación Gratis Date y editor del diario InfoCatólica, España.

16. Mons. Juan Claudio Sanahuja, Doctor en Teología, profesor de teología moral de los sacramentos, periodista, Argentina.

17. Prof.ª Dra. Alma von Stockhausen, Docente de filosofía y fundadora de la Academia Gustav-Siewerth en Weilheim-Bierbronnen, Alemania.

18. Prof. Dr. Rudolf Hilfer, Facultad de Física y Matemática, Instituto de Física Informática, Universidad de Stuttgart, Alemania.

19. Adolpho Lindenberg, cofundador de la Sociedad Brasileña de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad (TFP) y Presidente del Instituto Plinio Corrêa de Oliveira, Brasil.

20. John Smeaton, Director ejecutivo de la Society for the Protection of Unborn Children (SPUC) y cofundador de Voice of the Family, Reino Unido.

21. Prof. Ettore Gotti Tedeschi, Docente, economista y banquero, expresidente del IOR, Italia.

22. Prof. Massimo de Leonardis, Director del departamento de Ciencias Políticas de la Universidad del Sagrado Corazón, Milán, Italia.

23. Conde Giorgio Piccolomini, Italia.

24. Condesa Felicitas Piccolomini, Italia.

25. Prof. Tommaso Scandroglio, Docente de Ética y Bioética de la Universidad Europea, Italia.

26. Prof. Giovanni Turco, Docente de Filosofía del Derecho Público, Universidad de Udine, Italia.

27. S.A.I.R. Príncipe Luiz di Orleans-Braganza, Jefe de la Casa Imperial, Brasil.

28. Prof.ª Isobel Camp, Docente de Filosofía de la Pontificia Universidad de Santo Tomás (Angelicum) de Roma, Reino Unido.

29. Duque Paul von Oldenburg, Alemania.

30. Duquesa Pilar von Oldenburg, Alemania.

31. Príncipe Carlo Massimo, Italia.

32. Princesa Elisa Massimo, Italia.

33. Prof. Paolo Pasqualucci, Catedrático emérito de Filosofía del Derecho en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Perugia, Italia.

34. Prof. Corrado Gnerre, Escritor y docente de Ciencias Religiosas, Italia.

35. Prof. John Laughland, Escritor y doctor en Filosofía, Reino Unido.

36. S.A.I.R. Príncipe Bertrand de Orleans-Braganza, Brasil.

37. Prof. Robert Lazu, Escritor y doctor en Filosofía, Rumanía.

38. Prof. David Magalhães, Docente de la Facultad de Derecho de la Universidad de Coimbra, Portugal.

39. Prof. Enrico Maria Radaelli, Escritor, director de investigación del Departamento de Metafísica de la belleza y de la Filosofía del arte de la International Science and Commonsense Association (ISCA), Italia.

40. Rvdo. P. Brian Harrison, Profesor emérito de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico y docente residencial del Centro de Estudios de los Oblatos de la Sabiduría, Estados Unidos.

41. Prof. Roberto de Mattei, Docente de Historia Moderna y Contemporánea en la Universidad Europea de Roma, Italia.

42. Rvdo. P. Marc Hausmann, Profesor de Filosofía, Austria.

43. Rvdo. P. Alfredo Morselli, Teólogo y escritor, Italia.

44. Embajador Emilio Barbarani, Italia.

45. Embajador Héctor Riesle, Chile.

46. Archiduquesa Alexandra von Habsburg de Riesle, Austria-Chile.

47. Rvdo. P. Fernando Palacios, Doctor en Derecho Canónico, España.

48. James Bogle, Expresidente de la Federación Internacional Una Voce, Reino Unido.

49. John-Henry Westen, Cofundador y director de LifeSiteNews, Canadá.

50. Luis Fernando Pérez Bustamante, Director del diario InfoCatólica, España.

51. Maria Guarini, Directora del sitio-web Chiesa e post-Concilio, Italia.

52. Dr. Caio Xavier da Silveira, Cofundador de la TFP brasileña y presidente de la Fédération Pro Europa Christiana, Francia.

53. Prof. Gianandrea de Antonellis, Presidente del Institut Européen de Recherches, Etudes et Formation (IEREF), Italia.

54. Dr. Mauro Faverzani, Coordinador editorial de la revista mensual Radici Cristiane, Italia.

55. Prof. Federico Catani, Escritor y doctor en Ciencias Religiosas, Italia.

56. Prof. Guido Vignelli, Escritor e investigador sobre el tema de la Familia, Italia.

57. Dr.ª Maria Madise, Coordinadora de Voice of the Family, Estonia.

58. Cristina Siccardi, Escritora e historiadora, Italia.

59. Mario Navarro da Costa, Director de la Oficina de representación de la TFP en Washington, Estados Unidos.

60. Mathias von Gersdorff, Escritor y conferenciante, Alemania.

61. Marquesa Gabriella Spalletti Trivelli Coda Nunziante, Italia.

62. Virginia Coda Nunziante, presidenta de Famiglia Domani, Italia.

63. Prof. Raúl del Toro, Docente de órgano y organista, España.

64. Prof.ª María Arratíbel, Docente de música, España.

65. Daniel Iglesias Grèzes, secretario del Centro Cultural Católico «Fe y Razón», Uruguay.

66. Prof. Pedro Luis Llera Vázquez, Director de Colegio católico, España.

67. David González Cea (firma como Alonso Gracián), Filósofo tomista y escritor, España.

68. José Miguel Arráiz, Ingeniero, catequista, escritor y fundador deApologeticaCatolica.org, Venezuela.

69. Antonello Brandi, presidente de Pro Vita Onlus, Italia.

70. Suzanne Pearson, Delegada de la Liga de Oración del Beato Emperador Carlos, Estados Unidos.

71. Paul N. King, Presidente y fundador del Paulus Institute para la Propagación de la Liturgia Sagrada, Estados Unidos.

72. Donna Fitzpatrick Bethell, Presidenta del consejo directivo del Christendom College, exsubsecretaria del Ministerio de Energía, Estados Unidos.

73. Alessandra Nucci, escritora y directora de la Revista Una Voce Grida, Italia.

74. Prof. Néstor Martínez Valls, Licenciado en Filosofía, docente y escritor, cofundador del Centro Cultural Católico «Fe y Razón», Uruguay.

75. Prof. Javier Paredes, Catedrático de Historia Contemporánea, Universidad de Alcalá, España.

76. Hon. Justin Shaw, Escritor, Reino Unido.

77. Sra. Caroline Shaw, Reino Unido.

78. Bruno Moreno, Licenciado en Física y en Estudios Eclesiásticos; escritor y editor de Vita Brevis, España.

79. Juan José Romero, Ingeniero, editor y consultor de comunicación, España.

80. Alberto Zelger, Presidente del Centro Cultural Nicolò Stenone, Italia

 

Nota de Fe y Razón: Si usted desea firmar la Declaración de Fidelidad, puede hacerlo aquí, indicando nombre, apellido, profesión (optativo), ciudad, país y dirección de email. A la fecha la Declaración ha sido firmada por más de 6.200 personas de todo el mundo.

 

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Jean-Marie Paupert: un progresista convertido al catolicismo

 

Lic. Néstor Martínez Valls

 

Como decía en un artículo anterior, pasé años conservando el recuerdo amargo de la lectura de Ancianos de Cristiandad y cristianos del año 2000: panfleto y profecía (Vieillards de chrétienté et chrétiens de l’an 2000: pamphlet et prophétie) de Jean-Marie Paupert, escrito en 1967, y leído por mí allá por 1980, más o menos, antes de enterarme, hace bastante poco, de su espectacular conversión al catolicismo desde el catolicismo progresista que había animado aquel panfleto funesto. Conversión que quedó anunciada al público en Peligro en la Mansión (Péril en la demeure), de 1976; una obra (en francés por lo que sé; no sé si hay traducción al español) cuya lectura recomiendo a todo aquel que sufra por la crisis por la que pasa la Iglesia hoy. No es necesario, en efecto, estar de acuerdo con todo lo que Paupert escribe en este último libro para reconocer que allí hay un testimonio particularmente fuerte e impresionante de fe católica recuperada en medio de esta gravísima crisis.

 

En este artículo transcribo, primero, una selección de textos del manifiesto “progresista” que es Ancianos de Cristiandad, y luego, otra selección de textos de ese bello y dolorido canto a la fe católica que es Peligro en la mansión. Soy consciente de que aquí presento solamente algunos trozos sueltos del gran retrato que forman juntos ambos libros. En el caso de Peligro en la mansiónla traducción es mía. Los subrayados en negrita son todos míos, las cursivas de Paupert.

Agrego algunas notas aclaratorias en algunos casos en que me parecen imprescindibles.

 

Ancianos de Cristiandad y cristianos del año 2000 (1967)

 

“En efecto, ha existido un error y el velo del misterio es en este caso muy sutil, tan diáfano que pronto se le descubre. He aquí el asunto en dos palabras: El señor Maritain, filósofo más platónico de lo que él quisiera, cree en la mitología de una filosofía perenne, de una doctrina eterna y natural, infundida en cierto modo en el hombre, al cual le basta con aprender a razonar para descubrirla; esta sabiduría incorruptible ha conocido pocas erupciones –la primera con Aristóteles cinco siglos antes de Jesucristo; la segunda con Santo Tomás durante el siglo XIII– pero también algunas vistosas recaídas, algunos retrocesos divertidos con los inoportunos Cayetano y, sobre todo, Juan de Santo Tomás (que tuvo la astucia de convertir incluso su nombre a la buena doctrina). Este realismo aristotélico-tomista, actualmente en depósito exclusivo ante todo en el espíritu del filósofo-aldeano, se encuentra también en parte entre sus discípulos de la capilla. Los otros, todos los demás, los antiguos (excepto Platón, un resto de lucidez), y los modernos, son unos ideósofos, pero no filósofos. Ni Descartes, que introdujo el pecado original en el paraíso realista, ni Kant, ni Hegel, ni Husserl, ni Heidegger, ni Sartre, ni Ricoeur, ni nadie. ¡Ideósofos!” (pp. 52-53).

 

El filósofo-aldeano es Jacques Maritain, que en 1966 publicó El campesino del Garona (Le paysan de la Garonne), en el cual critica y lamenta las desviaciones introducidas en el pensamiento y la práctica católicos después del Concilio Vaticano II. El título del libro se debió a que esos campesinos franceses tienen fama de ser muy francos y directos. Este libro “Ancianos…” de Paupert se publicó un año después que el de Maritain, y su finalidad es influir para que en Roma no se tome una dirección contraria a lo que Paupert consideraba el “espíritu” del Vaticano II. “Ideósofos” es el nombre que Maritain da a los filósofos que, siguiendo la línea de Ockham, Descartes, Kant, etc., no apoyan la filosofía en el ente y en el ser, acto del ente, y por tanto no hacen filosofía propiamente dicha.

 

“…Y especialmente los teólogos y la teología. Ya que como todo el actual papel del filósofo debe ceñirse a insistir machaconamente sobre un cierto Santo Tomás y, en rigor, a descubrir, detectar, cuanto haya de tomista, por tanto de verdadero, en las ideosofías; la teología, según Maritain, sólo puede también ser única; no puede utilizar sino la filosofía, la única, la verdadera, la eterna: “La Biblia y el Evangelio excluyen radicalmente toda clase de idealismo en el sentido filosófico de esta palabra”; aún más, si creían ustedes que el papel del cristianismo consistía en salvar a la humanidad, deben desengañarse, ya que el evangelio secundum Jacobum profesa que el judeocristianismo está hecho para atestiguar en favor de el en sí, profesar el realismo. Aprended, ¡oh cristianos! que un cristiano consciente y organizado no puede ser ni relativista, ni idealista, ni nada, excepto tomista.” (p. 55).

 

 “Pero, ¿es posible discutir con personas que creen estar en posesión de la verdad y que es así porque es así, y que todos los fracasos, pese a ser evidentes, se deben sólo a que todavía no estamos bastante hundidos con ellos en el atolladero? “Los neotomistas han fracasado al final porque el mismo Santo Tomás ha fracasado y fracasará siempre, por falta de gente que lo escuche y comprenda; si usted no es capaz de ver por qué el nominalismo, el kantismo y el comtismo (al revés del aristotelismo y el platonismo) no pueden servir a una intelección de la fe, nadie será capaz de hacérselo comprender”, escribía Étienne Gilson al autor de Peut-on être chrétien? La razón es estupenda y me siento encantado. Por desdicha para Gilson, puedo argüirle con Aristóteles: ab esse ad posse valet illatio; hoy existe por lo menos una gran filosofía cristiana construida bajo la influencia del nominalismo, y es la de Lutero, de la que hay ángulos enteros admirablemente fieles al misterio cristiano y se hace progresar la inteligencia de la fe… ¿Entonces? Entonces, decididamente, esos grandes historiadores “tomistas” de la filosofía entienden muy poco en historia de las doctrinas.” (pp. 72-73).

 

Peut on être chrétien aujourd’hui? (¿Se puede ser cristiano hoy?) es un libro de Paupert publicado en 1966.

 

“Salvo, desde luego, salvo si acepta usted –¡y sé perfectamente que es su caso!– el mito-fábula de la filosofía del sentido común, que es la metamorfosis “garrigoulagrangiana” de lo que su amigo el Aldeano del Garona llamará más adelante la filosofía frente y por encima de las ideosofías (…) Entonces, ya sabe usted que se debe al escocés Reed el que se haya arrastrado a partir de finales del siglo XVIII y durante todo el siglo XIX por los figones de bajo techo donde se proporcionaba el alimento filosófico de los más modestos la famosa tesis senso-común de los vocablos filosóficos, y fue en medio de esos sospechosos lugares donde el “tomista” Garrigou-Lagrange recogió en un rincón su hallazgo, ya incansablemente masticado por tantas bocas, para convertirlo en un manjar de elección de su propio guisado, sazonado con salsa aristotélica.” (pp. 74-75).

 

Reginaldo Garrigou-Lagrange OP es un gran teólogo y filósofo tomista de comienzos del siglo XX, amigo de Maritain, y que ha escrito libros muy importantes, entre ellos, precisamente, “El sentido común. La Filosofía del Ser y las definiciones dogmáticas” (1922). Aquí Paupert confunde sin discernimiento alguno la filosofía aristotélica y tomista del sentido común con la de los filósofos escoceses que quisieron oponerse al empirismo y relativismo de David Hume.

 

“Puesto que estamos en éstas y que es preciso anunciar brutalmente los colores sin preocuparse de matices, y que lo que se quiere discutir a Teilhard de Chardin, y a través de él, es el derecho y el deber del cristianismo a la encarnación total, constantemente renovada, y puesto que tanta necedad obliga a ser simplista y grosero, proclamo –también en camisa, con la cuerda al cuello y cirio en la mano– que en estas condiciones soy teilhardiano y que, frente a la débil languidez del Garona como a la vanidad del Quai Conti, la intención teilhardiana es justa, fuerte y saludable.” (p. 121).

 

El Quai Conti es la calle de París en la que se encuentra la Academia Francesa, de la cual era miembro Jean Guitton, al que Paupert dedica un capítulo de “Ancianos…” en el que lo caricaturiza como vanidoso.

 

“No lográis meteros en vuestra cabeza cavernosa (en todos los sentidos de la palabra, pero sobre todo en el de la era cavernícola) que el milagro es esencialmente un signo de Dios dirigido a una persona o a una comunidad y perceptible solamente en la fe. Y esto quiere decir que el milagro es esencialmente la relación que establezco (y esto porque la gracia del Espíritu me la hace establecer) entre un hecho o una serie de hechos y una intuición o una afirmación o una fe. Y que, por consiguiente, no es en absoluto necesario (ni por lo demás excluido a priori) que este hecho o esta serie de hechos se salgan ni de derecho ni incluso de hecho del orden natural.

 

Por lo demás, ¿qué es la “naturaleza”? ¿Y qué será su “rebasamiento”? ¡El hombre existe sólo por exceso! Y el Cristo resucitado, que le era necesario a Teilhard, le era igualmente natural; y, no obstante, sobrenatural. Veamos, más sencillo todavía, la resurrección: que la resurrección de Cristo sea, en lo absoluto y realmente, y para emplear una hermosa expresión de J.-C.Barreau, este “desgarrón” por el que todo cristiano y todo hombre debe forzosamente pasar para acceder a la vida no implica, a mi juicio, que este desgarrón se abriera “en el orden natural” como si hubiera ocurrido algún prodigio.” (pp. 132-133).

 

“La Anunciación y la Encarnación ¿ya no serán nada, ni un milagro, ni un misterio, si dejan de ser un juego de pasapasa de un prestidigitador? ¿Y no será nada la Resurrección si no es necesariamente la sucesión de un ectoplasma, ora sólido ora gaseoso, a un cadáver frío? Pues sí, en vuestra lógica absurda no tenéis más remedio que decir que sí.” (p. 134).

 

“Éste es todo el problema del milagro (…) creo en los milagros, pero creo personalmente, y no soy el único, creo con toda clase de eminentes teólogos (varios de ellos periti del Concilio) que el milagro es sólo milagro a los ojos de la fe, y que todos los milagros son, y han sido siempre perfectamente “descifrables” en código puramente racional y puramente natural para quien no tiene o no tenía fe.” (p. 135).

 

En los textos anteriores es claro que la idea que Paupert tenía por ese entonces del milagro lo privaba de toda realidad objetiva, y coincidía en lo esencial con la concepción modernista del milagro.

 

“¡Ah, no!, la teología, igual que la Iglesia, no tiene enemigos; no sabe lo que son, y su hijo el teólogo los mira a todos con una hermosa sonrisa, la sonrisa del Papa Juan; sí, incluso a Comte, el viejo padre un poquitín visionario, y también a Marx, al fiero barbudo, y a nuestro conmovedor J.-P. Sartre –el digno descendiente del pequeño Jean-Paul que era tan inteligente, pero al que se le hizo tragar un catecismo tan extravagante y que ahora se deshace como puede de la influencia viscosa del mundo contingente. Es, pero eso podría no ser, eso, el árbol, yo, todo; es horriblemente contingente; entonces ¿qué quiere decir esto? ¡Es absurdo!” (p. 159).

 

“Todavía recuerdo con alegría el aspecto asustado, un poquitín inquieto y escandalizado de mi buen amigo Claude Tresmontant (al que aprecio mucho pese a sus actuales peregrinaciones en el Pantano), un día que una de mis ideas, durante una discusión sobre las relaciones entre Dios y el mundo, y sobre la relación de la Creación, le pareció preñada de pragmatismo: ‘¡Es peligrosamente panteísta eso que dices!’

 

Desde luego, desde luego, mi querido Claude. Tú te has hecho terriblemente filósofo, de la especie más peligrosa, la eterna, pero el teólogo vive en el peligro; e incluso necesita el panteísmo, lo necesita como el idealismo, como todos los ismos; no en una descorazonadora mezcla sincretista a lo Victor Cousin, sino en un intento de visión. Ya que ese alegre vagabundo teólogo no duda de nada: necesita, en intención, nada menos que el parecer de Dios sobre todas las cosas. Los conceptos y los sistemas son para él lentes y contralentes, unos cóncavos y unos convexos, unas lentes, unos prismas con los que intenta hacerse una idea, siempre aproximada, siempre falsa.

 

Por esta razón no temo más al panteísmo que al realismo aristotélico o al idealismo kantiano. Un teólogo como el padre Monchanin, que había elegido, por temperamento, explorar la vida hindú, buscar en ella al propio Cristo y dar el Señor a los que lo seguían, había visto perfectamente el panteísmo del cristianismo.” (p. 161).

 

Eso de que la teología es siempre falsa es esencialmente modernista, y el panteísmo del cristianismo está en el mismo estante que la redondez del triángulo. Uno se asombra de que sobre la base de tesis como ésta se pretenda todavía ser católico y, más aún, renovar y reformar a la Iglesia Católica.

 

“En efecto, tras haber determinado a priori la no incompatibilidad entre la fe y el nominalismo, el teólogo, en un segundo momento de espíritu, la constata a posteriori; la historia de las doctrinas le proporciona unos ejemplos con sus peligros y sus éxitos. ¿Qué otra cosa es, finalmente, el arrianismo sino una teología nominalista del Verbo Encarnado que no ha logrado su síntesis? Preocupado de la realidad concreta y terrestre, preocupado igualmente de la trascendencia de Dios, Arrio equivocó su construcción teológica; el polo menos de su doctrina se encuentra en este fracaso por simplificación, pero el polo más se encuentra en su solicitud de encarnación y de trascendencia. No se trata de casualidad si en nuestros días impregnados de nominalismo positivista, flota en el aire un cierto arrianismo práctico cuya presencia he podido comprobar entre tales cristianos militantes, no obstante admirables de piedad contemplativa y de compromiso activo.” (p. 224).

 

El ejemplo que a Paupert se le ocurre encontrar de una teología cristiana basada en el nominalismo lo dice todo: nada menos que la herejía arriana. Es muy aguda, y muy lamentable, la realidad que descubre la observación de Paupert acerca del arrianismo práctico de muchos “militantes” cristianos que serán todo lo “admirables” que se quiera, pero no son cristianos.

 

“Y también en sentido inverso: Dios nada es sin el hombre; en cierto sentido sólo el hombre es. En primer lugar porque para nosotros, es en el hombre y en el mundo que llega el Señor. Y también, y en consecuencia, porque Dios no es en cierto modo más que lo que nosotros concebimos. Si no concibiéramos a Dios –más o menos directamente, por sucesivas graduaciones, por afirmaciones y negaciones, a través de marchas y contramarchas– no sería para nosotros. Es decir en cierto sentido en absoluto. Esto puede ser, por encima de todos sus paralogismos, otra lección del sartrismo para el teólogo: “El ser… no puede afirmarse como ser más que a favor y en contra de su Creador, de lo contrario se funde en él: la teoría de la creación continuada, al arrebatar al ser lo que los alemanes llaman la Selbständikgeit, lo hace desvanecerse en la subjetividad divina. Si el ser existe frente a Dios, es que es su propio soporte, es que no conserva la menor huella de la creación divina (…) Esta manera de situar la absurdidad de la contingencia del ser en un marco lógico que es, o bien el del panteísmo, o bien el de la ipseidad del ser, es fecundo en enseñanzas para el teólogo cristiano, que ve de ese modo definidos los tres puntos de su universo tridimensional, lleno de una loca verdad.” (pp. 237-238). 

 

Aquí Paupert hace suya ingenuamente y sin ninguna crítica la objeción de Sartre según la cual la esencial dependencia de la creatura en el ser respecto del Creador sería incompatible con la subsistencia sustancial de esa misma creatura, realmente distinta de Dios. Salvando las inmensas diferencias, con la misma razón se podría decir que una mesa no tiene, en tanto que mesa y producto artificial, ninguna existencia fuera de la mente del carpintero. En general, todo esto es producto de la filosofía nominalista de Paupert, que reduce los conceptos a meras ficciones mentales. A partir de esa tesis, el mismo principio de no contradicción pasa a tener un valor puramente relativo y los conceptos quedan reducidos a ser meros instrumentos para construcciones siempre artificiales y siempre sustituibles, que nunca alcanzan a capturar lo que las cosas son en sí mismas. La labor del teólogo se concibe, sobre esta base, como la de alguien que debe elegir en cada momento histórico la construcción artificial y por hipótesis falsa que más se ajusta al modo de pensar de los contemporáneos, para expresar de ese modo la verdad de la Revelación divina

 

Peligro en la mansión (1976)

 

En el texto que sigue Paupert (que, según veíamos en mi artículo anterior, era al comienzo un seminarista católico apasionado del tomismo y la escolástica) nos da la clave de todo lo anteriormente transcrito, de cómo empezó su enemistad contra el pensamiento católico tradicional, cómo se infectó del virus “progresista”. En los días que vivimos, y ante eventos próximos, su confesión es particularmente oportuna.

 

“Fue precisamente en uno de esos cursos que oí al P. Congar hablar de Lutero y más precisamente de la intención generadora de su pensamiento reformador. Esa palabra me deslumbró. Conseguí que el Padre, que me obsequiaba su amistad atenta y, me parece, un poco inquieta, me prestase sus notas, las que copié con diligencia y piedad; debo tenerlas aún en alguna carpeta; ése sería el origen de un estudio que yo debería más tarde llevar adelante de los grandes textos de la Reforma, notablemente de Lutero, Melanchton, Calvino. (…) He hablado de deslumbramiento; no he lanzado esa palabra al azar (…) El deslumbramiento aclara y enceguece. Mi año de noviciado con los dominicos de La Glacière fue un deslumbramiento del Evangelio, en el Evangelio mismo, en Pascal, en Lutero, accesoriamente en Péguy (…) Me convertí por tanto al Evangelio, no es por nada que Lutero ha fundado una iglesia evangélica, no es por azar que algunos años más tarde yo compondría una memoria de diploma sobre Pascal, no es sin razón que mi primer libro será consagrado al Evangelio.” (pp. 143-144).

 

“Se ve que yo había invertido la corriente natural de mis orígenes y de mi primera educación. La leche con miel del humanismo cristiano bebida durante mis seminarios había sido brutalmente reemplazada por el virulento brebaje del antihumanismo más áspero. Es este antihumanismo evangélico, que mandaba a pasear al hombre, a la tradición, a la cultura, a la civilización, al pasado, el que sostendrá, por años, mi pensamiento y mis posiciones progresistas.” (ibid.)

 

Es notable la relación que establece aquí Paupert entre “antihumanismo” y “progresismo”. En efecto, el “progresismo” es esencialmente contrario a la noción de “naturaleza humana”, porque la considera como fija y ahistórica. El hombre no puede progresar en su misma esencia de hombre sin dejar de ser hombre. De ahí viene la oposición de los “progresistas” a la noción de ley moral natural. En ese sentido, el “progresismo” coherente es el de Nietzsche, que sostiene que el hombre es un estadio de transición hacia el superhombre y que, por lo mismo, sitúa su filosofía “más allá del bien y del mal”.

 

“Cual nuevo Bossuet –nada menos– pero un Bossuet con la carmañola y el gorro frigio, yo soñaba con deducir la verdadera política del Evangelio, que ya no era, sin duda, el despotismo ilustrado de un piadoso monarca como Luis XIV sublimado por el Águila de Meaux, sino una dichosa dictadura socialista gobernada por unos Saint-Just con hábito franciscano (…) Cuando apareció en setiembre de 1965 (…) fue en lo del editor Grasset que supe, con una alegría tan grande como mi asombro, que la Política Evangélica había llegado justo a tiempo, marcando, parece, los trabajos conciliares sobre la moral social y política. Estoy obligado a renovar aquí la expresión sincera de mi pesar, porque creo nefasta la orientación vagamente socializante tomada por el episcopado francés.” (p. 162).

 

El Águila de Meaux es Jacobo Benigno Bossuet, Obispo de Meaux, tutor del hijo de Luis XIV, que escribió una Política sacada de las Sagradas Escrituras, que en sus comienzos iba dirigida al “delfín” y que fue publicada póstumamente en 1709. Papuert supone, basado en informaciones recibidas, que su obra habría tenido algún influjo en los Obispos durante del Concilio Vaticano II. 

 

“Nuestra civilización, la civilización de las tres capitales, se ha desviado dispersándose, ramificando indebidamente su unidad originaria, embarcándose sucesivamente (o más bien a la vez, según los distintos grupos de espíritus) en tres direcciones que eran y son callejones sin salida en los cuales estamos al presente acorralados. En primer lugar, en la medida en que ha producido las ciencias y las técnicas modernas de las que vivimos cada día, nuestra civilización ha desequilibrado los valores del conocimiento, que eran suyos, limitando los poderes del mismo, y castrándolo para reducirlo al solo saber positivo. Éste es el sentido y la responsabilidad de la gran crisis nominalista, que, sacudiendo a Occidente a partir del siglo XIV, ha sido lanzada por Ockam, avalada por Lutero y Pascal, codificada por Descartes, Kant, Comte, Marx. La metafísica arruinada, reducida al estado de pamplinas o de postulados próximos a la fe, la fe misma separada de lo real sensible, remitida a las conjeturas del corazón o asimilada a los engorros del ente: el hombre de Occidente, heredero de las tres capitales, se ha lanzado orgullosamente al único campo de la ciencia positiva. No se insistirá jamás demasiado sobre la importancia del nominalismo, del cual casi nadie habla y que explica por sí solo, desde el punto de vista epistemológico, toda nuestra crisis de civilización. Mi maestro Sandoz lo había visto bien y nunca renegué de su análisis. Pero me acuso hoy de haber creído tontamente, en el fervor de mi nueva fe evangélica, que el Evangelio era suficientemente fuerte como para acomodarse con no importa qué filosofía; es esta creencia pánfila la que está a la obra –de destrucción– en la Iglesia todavía hoy. Lamento mi enceguecimiento de los tiempos de ¿Se puede ser cristiano? y de Ancianos de Cristiandad, cuando reclamaba a todos los ecos una teología nominalista, una teología kantiana (…) una teología hegeliana, una teología marxista, una teología estructuralista. Son Gilson y Tresmontant los que tenían razón; Gilson me escribía poco después: es una gran pena que Ud. no vea que eso es imposible.” (pp. 176-177).

 

Las “tres capitales” son Jerusalén, Atenas y Roma, que para Paupert representan ahora las bases insustituibles de la civilización occidental. Paupert escribe en 1982 Les méres patries: Jerusalem, Athenes, Rome (Las madres patrias: Jerusalén, Atenas, Roma). La forma en que Paupert dice aquí una gran verdad es algo defectuosa: el Evangelio no es lo “suficientemente fuerte” para asimilar cualquier filosofía en el mismo sentido en que el campeón olímpico de pentatlón no es lo “suficientemente fuerte” para beber cianuro y seguir con vida. Es decir, más que un problema de “fuerza” es un problema de incompatibilidad.

 

“Esta exasperación, este enloquecimiento de valores santos, buenos y útiles que los transforman en armas de muerte no es otra cosa que la locura de la que hablaba G. K. Chesterton evocando la nocividad, en nuestra civilización, de ideas cristianas vueltas locas. Y bien, toda locura es una disociación, un desequilibrio. El enloquecimiento de las ideas cristianas, de los valores evangélicos, llegando al desorden y al desbarajuste, se debe esencialmente a su desarraigo del terreno humanoSe cree, yo mismo lo creí, que ellas pueden vivir así, sin estar atadas a una tierra, a una civilización de la que formaban parte al origen; por tanto, sin entrar en composición esencial en una mezcla compleja. Es el pecado de angelismo.” (p. 179).

 

Paupert saca aquí las consecuencias lógicas de la Encarnación del Hijo de Dios, porque hacerse hombre ha significado, para el Verbo divino, también ingresar en la historia humana de un modo particular y concreto, dentro del cual entra que Jesús fuese judío, que el Nuevo Testamento se redactase en griego, y que la Iglesia de Cristo haya forjado su doctrina en el contexto de la cultura grecorromana, haciendo por muchos siglos del latín su lengua oficial. El “progresismo” insiste contradictoriamente en la Encarnación por un lado, y en una “humanidad” meramente abstracta y universal del cristianismo, por otro. En ese sentido es curioso cómo se insiste últimamente en el componente judío de la Revelación cristiana a la vez que se denigra el componente grecorromano de su formulación bíblica, eclesial e histórica. Cito al respecto un pasaje de otro libro de Paupert, Les méres patries, de 1982:

 

“La primera cosa que yo querría decir es, a los hombres de Iglesia ante todo, que es vano y mortal pretender evangelizar el Evangelio, es decir, purificarlo de todo lo que no sería el Evangelio en estado puro, a fin de recoger no se qué fermento, o virus, aparte de las Tres Capitales, sin judaísmo, sin helenismo, o sin romanidad. Sin aliento y sin presa, esta carrera hacia la esencia pura como tras un fantasma quimérico. Evanescente y suicida, esta alquimia que pronto dejaría en el hueco de las manos nada más que un poco de polvo piadoso. Porque por su nacimiento y por sus desarrollos el Evangelio cristiano es esencialmente y existencialmente judeo-greco-romano. Es portador y factor de nuestra civilización, íntimamente ligado a ella. No se puede destruir a uno sin tocar al otro.” (p. 304).

 

Sin duda, el Evangelio se dirige a todos los hombres y a todos los pueblos, y a todas las culturas, y no está encerrado en ninguna de ellas. Y, sin embargo, Jesús es y será judío por toda la Eternidad, y hoy día sonaría muy rara la propuesta de purificar el mensaje evangélico de sus adherencias culturales judías para hacerlo verdaderamente universal. Por el contrario, al mismo tiempo que se insiste en la “inculturación” del Evangelio, se insiste más aún en sus raíces judías. Pues bien, no se ve por qué no se puede y debe hacer también algo semejante con el innegable componente grecolatino de la doctrina cristiana y católica.

 

Volvamos a Peligro en la mansión.

 

“Por tanto, soy un reaccionario. Quiero al hombre hijo de Dios, quiero todo lo que puede salvar al hombre hijo de Dios, quiero tocar la herencia de las tres capitales, quiero que mis hijos las hereden también, quiero… Y no quiero que se pueda decir que he capitulado, es decir, no quiero que se me lo pueda reprochar. No quiero ser un capitulador, un muniqués. Mañana, pasado mañana, el hombre dirá –si hay todavía un hombre, si hay todavía hombres y una historia de hombres– el hombre dirá que el ‘fascismo’, como dicen ustedes, oh hombres de izquierda, mañana, pasado mañana, el hombre dirá que la dictadura de los espíritus, de los corazones y de los cuerpos, que el fascismo verdadero –es decir, la falsificación del hombre– estaba en este tiempo, en nuestro tiempo, a la izquierda. Y Münich en París. Münich en todas las capitales y en todos los salones.” (p. 225)

 

Mediante los acuerdos de Münich de 1938 Inglaterra, Francia e Italia permitieron que Hitler incorporara toda una parte de Checoslovaquia (los Sudetes) a Alemania.

 

“No quiero morir sin que se sepa que uno se levantó para decir que noNo al fascismo del socialismo universalno al fascismo de la izquierda omnívora, no al Münich de la intelligentsia. No a esta buena sociedad cobarde e imbécil donde, bajo pena de obscenidad, no se puede no ser de izquierda, donde la prensa, la radio, la televisión, la universidad, la magistratura, el ejército mismo y muy ciertamente el clero, la atmósfera ambiental, en fin, nos machacan cada día los estribillos del socialismo universal. Quiero que se sepa que queda en esta Francia caída, en esta Iglesia bastardeada, en esta civilización podrida, al menos un hombre que ha tratado la ley de aborto como lo que ella es, ‘objetivamente’ como dicen los marxistas, una ley nazi, un hombre que ha llorado de rabia cuando el único diputado francés que había tenido un instante de lucidez y de coraje evocando a propósito de la misma los crímenes de Hitler ha creído necesario presentar disculpas; un hombre para asegurar que más allá de las sonrisas de ladronas de burdel y de la popularidad de perrera, ella quedará para siempre, esta ley, personificada, en la historia de Francia y en la historia de la humanidad, como aquella que –“bajo el gobierno de Tiberio César, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes Tetrarca de Galilea”, quiero decir, bajo el patrocinio de M. Valéry Giscard d’Estaing– ha vuelto legal la masacre de los Inocentes, ha mandado que se mate a los niños pequeños en los vientres de sus madres, ha abierto la gran danza macabra que no terminará más y que, poco a poco, como la peste hitleriana, golpeará a los que tienen síndrome de Down y a los discapacitados motores y cerebrales, a todos los lisiados y defectuosos, los incapaces y los paralíticos, los viejos y los abandonados, los desalentados y los malpensantes… Un hombre en fin para rechazar el socialismo universal.” (ibid.).

 

Es notable que el punto en que Paupert concentra su denuncia del “socialismo universal” y su tendencia “muniquista” en materia de derechos humanos sea nada menos que la legalización del aborto.

 

“Para mayor gloria del hombre, no podréis, en todo bien y honor, en vuestra alma y conciencia, no podréis tolerar que hagamos subir al cielo nuestros clamores contra el aborto, contra la píldora y la eutanasia, contra la opresión del alma por la máquina inhumana del Estado, no podréis soportar que nos neguemos, que nos rebelemos; no podréis tolerar que seamos la voz que grita en el desierto de humanidad que ya es y que será más y más el mundo, la voz secreta del hombre herido a muerte escondido en la soledad de las máquinas y de las oficinas. Demostraréis, demostráis ya, no dejaréis de demostrar que el hombre sois vosotrosy solamente vosotros –vuestra cosa exclusiva– que la defensa del hombre es por vosotros y por vosotros solos que pasa, y que todos vuestros enemigos son los enemigos del hombre, gentes sin honor, sin cultura y sin fe, y que hay que destruirlos. Fachos, reaccionarios. Y toda la clase llamada intelectual, y toda la clase dirigente aplaudirán. Embrutecidos, sentados delante de sus televisores, los de la masa se callarán. El clero también, o lo que quede de él.” (p. 226).

 

“Hablo de la civilización cristiana salida de las tres capitales, la que ha producido todas nuestras representaciones, todos nuestros testimonios del Misterio, y hablo de nuestra civilización actual y moribunda, hablo de su incompatibilidad, que ya he ampliamente mostrado y demostrado. En el fondo, si son incompatibles, es por la razón misma que me señalaba Étienne Gilson y que ya he reportado, cuando me escribía: es una gran pena que Ud. no vea que la Revelación cristiana tiene necesidad de una cierta filosofía. Una cierta filosofía y no cualquiera. Lo he comprendido cruelmente después. La mentalidad nominalista-positivista moderna nos impone creer que no hay más milagro ni trascendencia. Tan así, que todo el problema de la teología, todo el problema de la cristología hoy (¿Se puede ser cristiano hoy? Oh la la) consiste en decirse (lo sé, porque me lo he dicho bastante y he leído bastante a los otros): ¿cómo hacer, qué pensar, qué fabricar, para tener una especie de teología sin Dios en el sentido del Dios antiguo y medieval, una especie de cristología sin irrupción de Dios, sin milagro, sin nacimiento virginal, sin resurrección en el sentido del buen pueblo cristiano? Una teología moral sin obligación ni sanción, una vida de fe sin contemplación. Evidentemente, no hay respuesta, no hay salida. El error trágico y –habría que poder agregar– idiota– consiste en poner como verdadera la mentalidad moderna (en el fondo, las tres edades del viejo padre Comte, el materialismo económico y el sensualismo psicológico de las viejas barbas de Marx y de Freud), y en poner como falsa, superada, perimida, la mentalidad antigua teológica y metafísica que es el fundamento mismo de nuestra fe y de nuestra civilización.” (pp. 238-239).

 

“Pablo VI no ha encontrado sino el Credo, el Símbolo de los Apóstoles y de Nicea, apenas glosado en los términos de la teología patrística y medieval más tradicional. No es casualidad: no hay más que eso. A fin de cuentas, no encuentro otra cosa, porque por lo demás desconfío, como de la peste, del pensamiento salido de nuestra civilización desviada y podrida.” (p. 241).

 

Se refiere al Credo del Pueblo de Dios de Pablo VI (1968).

 

“Y si todavía tuviese antojos de inteligencia de la fe, de banquetes teológicos, es sobre mi querido Santo Tomás que me precipitaría para satisfacerlos. No es casualidad que esta obra colosal haya sido elaborada en pleno siglo XIII, justo antes de la primera crisis nominalista; y en mi devoción personal a la Providencia que ya he dicho, no es tampoco para mí una casualidad que yo viva actualmente, hace cinco años, en la parroquia parisina de Santo Tomás de Aquino, donde voy a cantar y orar todos los Domingos: veo ahí un signo de Dios que me ha reconducido a mis primeros amores y a la verdad de su Evangelio encarnado.” (p. 242).

 

“Más congruentes me parecen, con todo, más responsables, también, las actitudes de aquellos, menos próximos a mí, sin embargo, por el corazón y el espíritu, que fueron en otro tiempo los instigadores de la reforma, los campeones del progreso, y que denuncian hoy día abiertamente sus peligros y engaños; pienso ciertamente en los de Lubac, Daniélou, Congar, Guitton, Maritain, y otros sin duda. Antiguos virtuosos del acelerador, hoy dejan caer todo su peso sobre el freno, no se esconden y tienen razón. Tienen menos razón en creer y hacer creer que no han cambiado, y que no tienen responsabilidades en la decadencia que conocemos. En verdad, los bomberos de hoy son los incendiarios de ayer (…) No es buena la pretensión de haber tenido siempre razón. Son ciertamente ellos, somos ciertamente nosotros que desde los veinticinco años hemos removido, lanzado, propagado las ideas que hoy, para nuestra desgracia, triunfan luego de haber conocido la consagración del Concilio (…) El P. de Lubac debería darse cuenta (…) de creerle, no se ha movido una pulgada ni ha cambiado una iota, tenía razón ayer como tiene razón hoy. Son los otros que han cambiado, los otros que son responsables. ¿El fruto está podrido pero la semilla era buena? Sea, pero ¿no es él, sin embargo, el que entronizó, patronizó, hizo pasar por la aduana a Teilhard en la Iglesia? Teilhard, que es por sí solo una de las corrientes más devastadoras de nuestra Iglesia moderna. ¿No es él también el que, con Jean Daniélou (que al final se había dado cuenta y lo lamentaba en privado) y todo el equipo de Fourviére, contribuyó a arruinar la confianza en la teología especulativa tomista? Ah, padres míos, padres míos, ¿nunca os han enseñado la contrición ni el arrepentimiento público? Sí, padres míos, somos ciertamente nosotros los que hemos desencadenado los dragones, destrozado los diques, introducido el gusano en el fruto.” (pp. 267-269).

 

Es importante la denuncia que hace aquí Paupert y que debería contribuir a disipar las ambigüedades y falsos acuerdos que se introdujeron en el pensamiento católico posterior al Concilio Vaticano II, así como a bajar de ciertos pedestales a ciertas imágenes.

 

“Me queda un deber fácil, el de decir en pocas palabras mi esperanza y mi amor. Mi amor: si es que no ha aparecido suficientemente todo a lo largo de mi grito. Sí, amo a mi Iglesia a la que le debo todo, amo a mis hermanos los Obispos y los sacerdotes, de quienes sé la misión difícil, al borde de lo imposible, de quienes espero que nos llamen al combate, que habiendo rechazado sin debilidades los encantos engañosos de los desposorios culpables y de la copulación contra natura con el mundo, nos prometan finalmente los sufrimientos y las lágrimas que son, en todo tiempo y para siempre, la parte de los “pequeños restos” que resisten a los Monstruos; que así mantengamos juntos los pocos valores que nos quedan y que reencontremos aquellos que hemos dejado escapar, a fin de volver a dar cierta vida, cierto soplo de lo Alto a este gran Cuerpo abatido, humillado, el Cuerpo del Hombre repleto de venenos, impregnado de toxinas y que se revuelca, sacudido de hipos y de espasmos, en el barro y la basura sobre el camino de los ‘grandes cementerios bajo la LunaIam foetet, ya hiede. Pero el Cristo ha resucitado a Lázaro.” (pp. 345-346).

 

Los grandes cementerios bajo la Luna es una novela de Georges Bernanos de 1938 en la que este autor católico critica al movimiento nacionalista español liderado por Francisco Franco y defiende a la República. Paupert utiliza irónicamente esa expresión en este pasaje, en un sentido ideológico totalmente contrario al original (en el cual Bernanos no parece haber perseverado posteriormente).

 

“Estas páginas de conclusión y de esperanza son breves. Muy breves sin duda, pero es justamente así que ellas son también el signo de la gravedad del momento. Hay que recordar, en efecto, que la situación presente es grave, a mi modo de ver la más grave que la Iglesia ha conocido en su historia. No acepto las referencias que nos prodigan, lenitivas y adormecedoras, al pasado de la Iglesia en sus crisis sucesivas. Sí, es verdad, ella siempre se ha librado, pero nunca diciendo: ‘¡Bah, ya se han visto otras!’. Ella se ha librado por el esfuerzo y el testimonio, la fidelidad y la audacia, la determinación de la voluntad y la unión de todos, la oposición muchas veces heroica de los mártires y la renovación de los espíritus y los corazones. Basta entonces de análisis ilusorios y de sabios equilibrismos manejando y dosificando demasiado hábilmente el pro y el contra, el negro y el blanco: ‘Hay esto, sí, pero también hay aquello. ¡La cosa no van tan mal, vamos!’ Hemos oído demasiado de ese lenguaje episcopal.

 

No, hoy día el mal y la mediocridad triunfan, hay que verlo, hay que decirlo. La traición y la muerte nos amenazan. Hay peligro en la mansión del Padre. Y la Virgen llora. Si no nos aplicamos todos enseguida, todos juntos, cesando todos los asuntos, olvidando todas las disputas y discordias, terminadas todas las ferias y todas las ilusiones, abolidos todos los rencores y todos los disimulos, entonces, por siglos, nos vamos a hundir en un tiempo de Bárbaros que la humanidad y la Iglesia jamás ha conocido aún, un tiempo bárbaro al lado del cual los primeros no habrán sido más que juegos de niños inocentes y cantilenas de guarderías, el tiempo de la deshumanización, el tiempo del sol negro y del rojo sangre, el tiempo de los Monstruos normalizados, el tiempo de las nupcias de la Máquina y de la Bestia.” (pp. 365-366).

 

Jean-Marie Paupert falleció el 24 de Junio de 2010. Por mi parte, me alegra haberme enterado de que aquel a quien pasé años considerando un gritón sin discernimiento y un caso grave de esquizofrenia doctrinal ha podido, por la gracia de Dios, sin duda, integrarse al número de los testigos de la fe católica de nuestro tiempo. Quiera Dios que haya obtenido Misericordia para entrar en Su presencia y, si ello es así, que entonces interceda desde ese alto sitial por los que aquí abajo estamos en una fase de la lucha más dura aún que aquella en la que él militó y padeció.

 

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¿Hacia un ecumenismo moral?

 

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

 

Una propuesta del Cardenal Schönborn

 

Desde 2014 se discute muchísimo en la Iglesia Católica acerca de la situación de los católicos casados válidamente, divorciados, vueltos a casar por lo civil y no arrepentidos de su pecado de adulterio. Los partidarios de que se dé el sacramento de la Eucaristía a personas que están en esa situación irregular han ensayado muchos argumentos a favor de su tesis: por ejemplo, los argumentos de la “economía” de los ortodoxos, del camino penitencial, de la comunión espiritual, de la inimputabilidad subjetiva, etc. Algunos de esos argumentos son incoherentes entre sí, como por ejemplo la inimputabilidad subjetiva y el camino penitencial. Sin embargo, en cierto momento pareció que todos los argumentos favorables a esa causa eran bienvenidos por sus partidarios, más allá de su consistencia lógica.

 

Actualmente, después de la publicación de la exhortación apostólica Amoris Laetitia, parece haberse impuesto, dentro de esa corriente de pensamiento, el argumento del “discernimiento pastoral”. En este artículo no analizaré ese argumento, sino que volveré a una etapa anterior del debate. Reconsideraré un argumento que, según sus declaraciones a La Civiltà Cattolica, fue propuesto en el Sínodo de la Familia de 2014 por el Cardenal Christoph Schönborn, Arzobispo de Viena. Este argumento, que algunos llaman “ecumenismo de estilos de vida”, pese a suscitar fuertes discusiones, fue recogido en el informe intermedio de ese Sínodo (la tristemente célebre Relatio Post Disceptationem, en adelante RPD), pero luego, al parecer, fue dejado de lado. Quiero volver sobre ese argumento porque creo que, aunque es erróneo, tiene bastante apariencia de verdad como para atraer a muchas mentes, haciendo así daño a muchas almas.

 

La RPD del Sínodo de 2014 (*) presenta ese argumento en sus numerales 17-20. En esencia el argumento se basa en una analogía entre las llamadas “familias heridas” (es decir, las familias en situaciones irregulares) y los cristianos no católicos. Así como –se nos dice– el Concilio Vaticano II reconoce que existen distintos grados de comunión con la Iglesia Católica y que hay elementos de verdad y de santificación en los cristianos que no están en comunión plena con Ella, corresponde “reconocer elementos positivos también en las formas imperfectas que se encuentran fuera de tal realidad nupcial [el matrimonio sacramental válido], a ella de todos modos ordenada” (RPD, n. 18).

 

De esta analogía la RPD deduce la siguiente conclusión: “Se hace por lo tanto necesario un discernimiento espiritual acerca de las convivencias y de los matrimonios civiles y los divorciados vueltos a casar; compete a la Iglesia reconocer estas semillas del Verbo dispersas más allá de sus confines visibles y sacramentales. Siguiendo la amplia mirada de Cristo, cuya luz ilumina a todo hombre (…), la Iglesia se dirige con respeto a aquellos que participan en su vida de modo incompleto e imperfecto, apreciando más los valores positivos que custodian, en vez de los límites y las faltas” (n. 20).

 

Si bien esto no se explicita, se insinúa claramente que ese mayor aprecio por los valores positivos de esas parejas que por sus límites y faltas debería impulsar a darles acceso a todos los sacramentos. Éste es en realidad el objetivo pretendido por ese argumento.

 

Además, se debe tener en cuenta que, aunque RPD 17-20 no menciona a las uniones homosexuales entre las “familias heridas” beneficiarias de su analogía ecuménica, de RPD 50-52 parece deducirse que se podría aplicar el mismo argumento a esas uniones. Destaco estos pasajes: “Las personas homosexuales tienen dones y cualidades para ofrecer a la comunidad cristiana (…) ¿Nuestras comunidades están en grado de serlo [una casa acogedora para ellos], aceptando y evaluando su orientación sexual, sin comprometer la doctrina católica sobre la familia y el matrimonio?” (n. 50). “Sin negar las problemáticas morales relacionadas con las uniones homosexuales, se toma en consideración que hay casos en que el apoyo mutuo, hasta el sacrificio, constituye un valioso soporte para la vida de las parejas” (n. 52).

 

Pues bien, ¿qué decir de este “ecumenismo de estilos de vida” (o ecumenismo moral)? Intentaré mostrar que, aunque la analogía planteada puede ser en algún sentido válida, la conclusión pretendida es insostenible.

 

Bonum ex integra causa

 

Uno de los principios básicos de la doctrina moral católica, citado reiteradamente por Santo Tomás de Aquino, es el siguiente: Bonum ex integra causa; malum ex quocumque defectu (el bien proviene de una causa íntegra; el mal de cualquier defecto). Este principio tiene múltiples aplicaciones. Veamos tres ejemplos.

 

Primer ejemplo. Para que un acto sea moralmente bueno, es necesario que sea bueno tanto en su dimensión objetiva (el objeto del acto y sus circunstancias objetivas) como en su dimensión subjetiva (la intención del agente y sus circunstancias subjetivas); en cambio, para que un acto sea moralmente malo, basta que una cualquiera de esas dos dimensiones sea defectuosa (por ejemplo, un objeto malo o una intención mala).

 

Segundo ejemplo. Un programa político, para ser moralmente bueno, debe serlo en todos sus aspectos esenciales; mientras que, para ser moralmente malo, basta que uno cualquiera de sus aspectos esenciales sea moralmente malo. El Magisterio de la Iglesia ha enseñado constantemente esta doctrina. Cuando en ámbitos y realidades que remiten a exigencias éticas fundamentales se proponen o se toman decisiones legislativas y políticas contrarias a los principios y valores cristianos, el Magisterio enseña que «la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral»” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 570).

 

Tercer ejemplo. Para que un consentimiento matrimonial sea válido debe cumplir simultáneamente las siguientes condiciones: ser un acto consciente y libre, tener por objeto el verdadero matrimonio y proceder de un sujeto capacitado para dar ese consentimiento. En cambio, para que un consentimiento matrimonial sea inválido, es suficiente que falte uno cualquiera de esos elementos: por ejemplo, si el sujeto es menor de edad o ya está casado, o si carece de uso de razón, o si obra coaccionado por una amenaza de muerte, o si no pretende contraer un matrimonio indisoluble y abierto de por sí a la transmisión de la vida, etc.

 

La intercomunión con los cristianos no católicos (**)

 

Teniendo en cuenta el principio recordado en la sección anterior, estamos en condiciones de examinar la situación de los dos términos de la analogía del Cardenal Schönborn (es decir, los cristianos no católicos y los católicos en uniones irregulares), frente al sacramento de la Eucaristía.

 

El Catecismo de la Iglesia Católica n. 1355, citando a San Justino, establece tres condiciones fundamentales para poder recibir la Eucaristía: haber sido bautizado, tener la fe católica y estar en estado de gracia. Bonum ex integra causa… Para poder comulgar, uno debe cumplir esas tres condiciones a la vez; en cambio, basta que no cumpla una cualquiera de esas tres condiciones para que no pueda comulgar.

 

Ciertamente se puede plantear analogías entre pecados graves contra el primer mandamiento y pecados graves contra el sexto mandamiento, pero eso no quita que todos ellos sigan siendo pecados graves. Lo que el Cardenal Schönborn omite destacar es que, por mucho que practiquemos el diálogo ecuménico, la herejía y el cisma siguen siendo pecados objetivamente graves contra la fe.

 

Desde el punto de vista objetivo hay analogía entre los pecados contra la fe y los pecados contra el matrimonio. La semejanza está en que objetivamente ambos son pecados. Pero, como se trata de una analogía, también hay desemejanzas. Una de ellas es que desde el punto de vista subjetivo suele haber una gran diferencia entre ambas cosas. El católico casado válidamente que se divorcia y vuelve a casar por lo civil casi siempre sabe perfectamente que está violando una norma importante de la ley moral enseñada por la Iglesia Católica. En cambio muchos protestantes criados en el protestantismo desconocen que la Iglesia Católica es la verdadera Iglesia de Cristo. Sin embargo, como veremos a continuación, incluso en el caso de herejía sólo material (no formal), el hereje no puede comulgar en la Iglesia Católica (salvo casos muy raros), porque no tiene la fe católica.

 

“Hay diversas maneras de pecar contra la fe: (…) ‘Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos’ (CIC can. 751)” (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2088-2089).

 

“Las comunidades eclesiales nacidas de la Reforma, separadas de la Iglesia católica, ‘sobre todo por defecto del sacramento del orden, no han conservado la sustancia genuina e íntegra del misterio eucarístico’ (UR 22). Por esto, para la Iglesia católica, la intercomunión eucarística con estas comunidades no es posible. (…) Si, a juicio del Ordinario, se presenta una necesidad grave, los ministros católicos pueden administrar los sacramentos (Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos) a cristianos que no están en plena comunión con la Iglesia católica, pero que piden estos sacramentos con deseo y rectitud: en tal caso se precisa que profesen la fe católica respecto a estos sacramentos y estén bien dispuestos (cf CIC, can. 844, §4)” (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1400-1401).

 

Por lo tanto, los cristianos protestantes (aún cuando estén bautizados válidamente y estén en estado de gracia) no pueden recibir la Eucaristía en la Iglesia Católica por no tener la fe católica. La excepción mencionada al final del texto recién citado se refiere a casos muy raros, no tanto porque el Ordinario debe juzgar que hay una necesidad grave, sino sobre todo porque se exige al cristiano no católico que profese la fe católica respecto a la Eucaristía. Siendo la Eucaristía la fuente y la cumbre de la vida cristiana, exigir la fe católica respecto a la Eucaristía casi equivale en la práctica a exigir la fe católica, es decir la conversión del protestante al catolicismo.

 

El hecho de que los cristianos ortodoxos hayan conservado la fe católica sobre el sacerdocio y la Eucaristía (y sobre casi todos los dogmas de fe, incluidos los principales) explica que para ellos la prohibición de la intercomunión no sea absoluta (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1399).

 

Además, la exigencia de que, para acceder a los sacramentos de la Iglesia Católica, el cristiano no católico los pida “con deseo y rectitud” implica que él está en un estado de cisma o herejía sólo material, no formal.

 

En resumen, utilizando el lenguaje técnicamente preciso de la teología clásica, podemos decir que el hereje no cumple la segunda condición de San Justino (tener la fe católica), por lo que no puede comulgar; mientras que el cismático en principio sí la cumple (***), por lo que, suponiendo que cumpla también las otras dos condiciones de San Justino y se den las situaciones previstas en el derecho canónico, puede comulgar.

 

La comunión de los católicos en uniones irregulares

 

El sexto mandamiento prohíbe, entre otros actos impuros, la fornicación y el adulterio.

 

“La fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los esposos, así como a la generación y educación de los hijos” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2353).

 

El adulterio. Esta palabra designa la infidelidad conyugal. Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado [con otra u otro], establecen una relación sexual, aunque [sea] ocasional, cometen un adulterio. Cristo condena incluso el deseo del adulterio (cf Mt 5,27-28). El sexto mandamiento y el Nuevo Testamento prohíben absolutamente el adulterio (cf Mt 5,32; 19,6; Mc 10,11; 1 Co 6,9-10). Los profetas denuncian su gravedad; ven en el adulterio la imagen del pecado de idolatría (cf Os 2,7; Jr 5,7; 13,27). El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los padres” (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2380-2381).

 

 “Él [Jesús] les dijo: «El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella; y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio»” (Marcos 10,11-12).

 

Por lo expuesto, el católico casado válidamente, divorciado, vuelto a casar por lo civil y no arrepentido está en un estado público y permanente de adulterio. Esto implica que, en el caso normal, no cumple la tercera condición de San Justino (estar en estado de gracia), por lo que no puede comulgar.

 

Algo análogo puede decirse del católico que vive en “unión libre” heterosexual (concubinato) o que integra una unión homosexual, ya sea “libre” o reconocida por el Estado como “unión civil” o como “matrimonio”. Esas uniones no son verdaderos matrimonios, por lo que los actos sexuales correspondientes caen bajo la definición de fornicación y, según el caso, posiblemente también de adulterio. Por ende, tampoco este católico puede comulgar.

 

Los partidarios de dar la comunión a católicos que están en esas situaciones irregulares se esfuerzan por demostrar que en algunos casos, aunque se da una situación objetiva de pecado grave, no hay culpabilidad subjetiva, porque la persona implicada no cree que su situación sea un pecado grave o incluso no cree que sea un pecado. Pues bien, tampoco en esos casos (si es que se dan), la persona puede comulgar, porque no cumple la segunda condición de San Justino (tener la fe católica).

 

Demostración por el absurdo

 

El artículo podría terminar aquí, porque ya quedó demostrado el error de utilizar el “argumento ecuménico” para justificar el dar la comunión a católicos en uniones irregulares. Sin embargo, conviene dar un paso más. El “argumento ecuménico” se puede refutar también por medio de una reductio ad absurdum. En efecto, ese argumento es tal que, de por sí, se podría aplicar también a cualquier otro pecado grave, dado que el mal no es un ser, sino una privación o un desorden. No existe ningún ser ontológicamente malo, sino que el mal es un parásito del bien. El mal siempre requiere de algún bien, aunque sea residual, para poder darse.

 

Cito al respecto un texto muy elocuente del Pbro. Dr. José María Iraburu:

 

“Si la propia Iglesia enseña que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados, es decir, pecaminosos, contrarios a la ley natural y que no pueden recibir aprobación en ningún caso, ¿cómo puede un padre sinodal elogiar las uniones homosexuales basadas en esos actos?

 

Una unión homosexual, en sí misma, es una estructura de pecado, porque tiene su fin en un pecado y en ningún caso puede ser objeto de elogio. Las cosas buenas que haya en una unión de ese tipo no provienen de la unión, sino que existen a pesar de ella. En las acciones humanas siempre hay una parte de bien, pero cuando pecamos esa parte de bien queda reducida a un mero resto de bondad creatural en algo que el pecado ha destruido. Es metafísicamente imposible que haya algo absolutamente malo, pues lo malo es un no-ser, y ha de tener una existencia apoyada en algún bien, que es el ser. En el caso de las parejas homosexuales, la amistad entre ellos o ellas, que es un don maravilloso de Dios, se ha deformado y pervertido por el pecado. Que siga habiendo restos de amistad sana no hace que esas uniones pecaminosas sean dignas de elogio, sino, al contrario, revela de forma más clara cómo el bien que Dios tenía planeado ha sido carcomido por el pecado.

 

Veamos, si no, qué sucede si la argumentación de la Relatio [Post Disceptationem del Sínodo de 2014] se aplica a otros pecados. Un ladrón de bancos, por ejemplo, a menudo ejercita en sus robos una buena cualidad, como es la valentía. El mujeriego puede emplear gran cortesía con la mujer que quiere seducir. El estafador es imaginativo, el avaro es austero y el juerguista lujurioso quizá sea alegre y generoso. Sin embargo, resulta inimaginable un texto de la Iglesia que elogie a los ladrones, mujeriegos, estafadores, avaros y lujuriosos, tomando «en consideración» que hay casos en que esas cualidades buenas mencionadas «constituyen un valioso soporte» para sus vidas. Es evidente que, si usan esas cualidades buenas para hacer algo malo, no son dignos de elogio. ¿Por qué, entonces, se intenta tratar algunos pecados que están «de moda» –el ejercicio de la homosexualidad, por ejemplo– de forma totalmente distinta a los demás pecados, como si en realidad no fueran tales pecados? Es de temer que se trate de la influencia del mundo, que se ve denunciado por la enseñanza moral de la Iglesia y desea acallarla. Un deseo que desgraciadamente halla cómplices en algunos católicos.

 

El error en este enfoque está en presentar la parte de bien, que existe en toda conducta humana por nuestra condición de criaturas de Dios, como si justificase el pecado o lo hiciera más aceptable. Por ejemplo: alguien abandona a su mujer «para rehacer su vida». Esos dos hombres forman una pareja homosexual, «pero fiel y no promiscua», etc. Es decir, se usan los restos de bien que el pecado aún no ha destruido del todo como excusa para justificar que se siga haciendo el mal, lo que indica una malicia diabólica. En cambio, la doctrina católica siempre ha enseñado que absolutamente nada en el mundo justifica cometer un pecado. Nada. Y menos un pecado mortal. Una afirmación que relativice su importancia como si, de algún modo, se compensase con otras cosas buenas que haga la persona es siempre errónea, está inspirada por el Padre de la Mentira.” (José María Iraburu, Reflexiones sobre los dos Sínodos de la Familia (2014-2015), Montevideo 2015, pp. 4-5).

 

En resumen, el argumento de Christoph Schönborn, aplicado con rigor lógico, llevaría a dar la comunión a toda clase de pecadores no arrepentidos: mafiosos, pedófilos, aborteros, proxenetas, etc., etc. Esto contradice de un modo evidentísimo tanto la Palabra de Dios como la Sagrada Tradición de la Iglesia, por lo que se demuestra que el argumento es erróneo, y por consiguiente tampoco vale para las “uniones irregulares”.

 

Notas

 

*) Señalo un detalle curioso. En su momento la RPD fue publicada en cinco idiomas (español, francés, inglés, italiano y portugués) durante el mismo Sínodo con una rapidez insólita, a tal punto que la prensa internacional tuvo acceso a su texto completo antes que muchos de los Padres Sinodales. No pocos de ellos se sintieron disgustados también por algunos contenidos “novedosos” de la RPD que en su opinión no reflejaban en absoluto la posición de la mayoría de los miembros del Sínodo, sino sólo la de una pequeña minoría radical. Sin embargo, a la fecha (21/09/2016), en el sitio web de la Santa Sede el enlace hacia la versión española de la RPD no funciona, por lo que tuve que acceder a ese texto por medio del diario Clarín, de Buenos Aires.

 

**) Al parecer el término “intercomunión” se usa en dos sentidos diferentes: un sentido que simplemente designa la posibilidad de un católico de recibir la Eucaristía en una Iglesia no católica o la posibilidad de un cristiano no católico de recibir la Eucaristía en la Iglesia Católica; y otro sentido que designa la posibilidad de concelebraciones eucarísticas entre la Iglesia Católica e Iglesias no católicas. La doctrina católica y el derecho canónico permiten la intercomunión en el primer sentido en ciertos casos bien delimitados y la prohíben completamente en el segundo sentido. En este artículo empleo el primer sentido del término en cuestión.

 

***) Explico una contradicción sólo aparente. El Catecismo de la Iglesia Católica enumera el cisma entre los pecados que atentan contra la fe. Yo dije que “en principio” el cismático (a diferencia del hereje) tiene la fe católica, por lo que, supuestos el bautismo y el estado de gracia y las condiciones canónicas que permiten la intercomunión, puede comulgar en la Iglesia Católica. Creo que la explicación está en que el cisma (al menos el cisma “químicamente puro”, y por eso escribí “en principio”) atenta contra la fe sólo indirectamente, al atentar contra algo conexo a la fe: la comunión eclesial. En la práctica, es difícil que el cisma sea “químicamente puro”, sin ninguna medida de herejía. Por ejemplo, solemos considerar a las Iglesias ortodoxas como “cismáticas”, pero conviene recordar que, además de no reconocer el primado del Papa, oficialmente esas Iglesias tampoco aceptan los dogmas de fe definidos por la Iglesia Católica después del Cisma de Oriente: el Purgatorio, la Inmaculada Concepción y la Asunción de María, la infalibilidad papal, algunos dogmas del Concilio de Trento, etc.

                                              

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Rituales, estereotipos y prejuicios

 

Lic. José Alfredo Elía Marcos

 

El ser humano crece y se desarrolla en comunidad, pero en la convivencia se producen dificultades y situaciones que rompen el orden y la estabilidad interna del grupo. Para ello se crean leyes, costumbres y tradiciones que tienen como función reforzar los lazos que nos vinculan y nos identifican como miembros de una sociedad.

 

Entre estos elementos se encuentran los rituales. Una serie de actos, con una cierta carga de obligatoriedad, que nos reafirman como pertenecientes a un colectivo, que nos acepta y nos dice “eres de los nuestros”. De la fidelidad a estas prácticas rituales de cada uno de sus miembros, depende la cohesión y, por tanto, la supervivencia del grupo. A esto los sociólogos lo llaman mores. Ritos cuya obligatoriedad no está sancionada legalmente pero cuyo incumplimiento puede generar mayor rechazo que si se cometiera un delito.

 

El estereotipo es otro elemento que consolida los lazos de un grupo y lo identifica. Por el estereotipo un grupo se autopercibe y percibe a “los otros”. El término estereotipo (del griego steréos = sólido y typos = molde) hace referencia precisamente a eso, a un patrón o modelo fijo, que puede ser un modo de actuar rígido. El racismo se alimenta de estos estereotipos, creando etiquetas positivas para los que son de los “nuestros”, y etiquetas negativas para los “otros”. Por ejemplo, los ingleses son percibidos como puntuales, los alemanes como racionales, los estadounidenses como eficientes, etc. En cambio los judíos son percibidos como usureros, los mexicanos como perezosos y los negros como salvajes. Todas estas imágenes parciales y distorsionadas de la realidad son creadas y amplificadas por la literatura y los medios de comunicación. Por ejemplo, cuando un periódico publica el titular: Detienen a una banda de rumanos que se dedicaban a robar viviendas”, el lector, de manera inconsciente, realiza una serie de asociaciones, como que los rumanos (todos los rumanos) están organizados para hacer el mal, que todos son en cierta medida delincuentes, que sólo se dedican a delinquir, y que su sola presencia constituye una amenaza para la seguridad.

 

El humor también sirve a veces como altavoz, refuerzo y prolongador de estos estereotipos. Clásicos en España son los chistes que empiezan con “un inglés, un francés y un español”, en los que el español termina apareciendo como el tonto, el patoso o el ineficiente. O bien los chistes de regiones donde los catalanes aparecen como tacaños, los vascos como brutos, los aragoneses como tozudos, los madrileños como chulos, los gallegos como ingenuos, los castellanos como paletos y los andaluces como juerguistas.

 

El estereotipo crea una imagen empobrecida de la realidad. Simplifica al “otro” con tres o cuatro rasgos, que además se consideran fijos e inamovibles. Además nos hace intelectualmente perezosos porque reduce la enorme riqueza y diversidad de los demás a una mera “etiqueta” simplificadora.

 

“Un estereotipo es la percepción de que la mayor parte de los miembros de una categoría comparten los mismos atributos. El estereotipo procede directamente del proceso de categorización, en particular de la asimilación consecuente de las diferencias intergrupales” [1].

 

Al final el estereotipo conduce a la formación de prejuicios de aquellos que no son “de los nuestros”. Prejuzgar supone realizar un juicio sin pruebas o datos. Es decidir acerca de algo antes de haber tenido experiencia de ello. El prejuicio, en cuanto actitud hacia los miembros de un grupo, nace de una imagen pobre y simplificadora de los mismos y tiene su origen en la herencia cultural de la sociedad que prejuzga. El psicólogo Gordon Allport habla de las tres dimensiones que aparecen en el prejuicio:

 

§  Dimensión cognoscitiva: son las creencias o teorías previas que tenemos acerca de un grupo (las mujeres son malas conductoras, los negros juegan mejor al baloncesto y los americanos son buenos para los negocios).

§  Dimensión afectiva: son los sentimientos que tenemos hacia el grupo de diferentes (los catalanes son tacaños, los alemanes son ahorradores).

§  Dimensión de actitud: es la disposición que, como consecuencia de alguno de los anteriores componentes o de los dos, tenemos hacia los otros (no quiero tener por vecino a un gitano porque “los gitanos son ladrones”).

 

La propaganda racista ha ido históricamente creando y apoyándose en estos elementos: prejuicios, estereotipos y ritos para dirigir, controlar y manipular las sociedades con fines políticos y económicos de dominio.


 

[1] Rupert Brown, Prejuicio. Su psicología social, Alianza Editorial, España, 1995, p. 110.

 

(José Alfredo Elía Marcos, Las mentiras del Racismo. El peligroso mito de la raza y la falaz ideología del determinismo biológico, Sección 1.2).

 

Nota de Fe y Razón: Estamos publicando en entregas sucesivas, con permiso del autor, el libro Las mentiras del Racismo del Lic. José Alfredo Elía Marcos. Es un libro muy trabajado, en el que el autor expone el verdadero origen de la ideología del racismo, su desarrollo histórico (colonialismo, apartheid, nazismo...) y cómo fue vencida (teóricamente, que no en la práctica) durante el siglo XX. Es un texto sorprendente y revelador de cómo una ideología materialista y atea originó una falsa antropología sobre el hombre y sus relaciones; una ideología que tiene su sustituto actual en otro planteamiento deshumanizador y destructor: la ideología de género.

 

José Alfredo Elía Marcos es español, nacido en Valladolid y residente en Madrid. Licenciado en Ciencias Físicas. Profesor de Instituto. Casado y padre de tres niños. Ha dado diversas conferencias sobre Publicidad, Antropología, Ciencia y Fe. También ha dado cursos sobre Cine y Educación, y Cultura de la Vida. Autor del libro Superpoblación: La conjura contra la vida humana, y de los blogs No matarás y Las mentiras del racismo.

 

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Oración a San Miguel Arcángel

 

Papa León XIII

 

San Miguel Arcángel,

defiéndenos en la batalla.

Sé nuestro amparo

contra la perversidad y las asechanzas del demonio.

Reprímale Dios, pedimos suplicantes,

y tú, Príncipe de la milicia celestial,

arroja al infierno con el divino poder

a Satanás y a los otros espíritus malignos

que andan dispersos por el mundo

para la perdición de las almas.

Amén.

 

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Libros publicados o recomendados por Fe y Razón

 

Equipo de Dirección

 

Libros de la Colección “Fe y Razón” disponibles en esta página de Lulu (en dos versiones: impresa y electrónica; la versión electrónica es gratis):

 

1.        Miguel Antonio Barriola, “En tu palabra echaré la red” (Lc 5,5). Reflexiones sobre Dios en la historia

2.        Daniel Iglesias Grèzes, Razones para nuestra esperanza. Escritos de apologética católica

3.        Néstor Martínez Valls, Baúl apologético. Selección de trabajos filosóficos y teológicos publicados en “Fe y Razón”

4.        Guzmán Carriquiry Lecour, Realidad y perspectivas del laicado católico en nuestro tiempo

5.        Miguel Antonio Barriola, “Cristo amó a la Iglesia” (Ef 5,25). Reflexiones sobre la cristología de J. L. Segundo y la eclesiología de H. Küng

6.        Horacio Bojorge, Teologías deicidas. El pensamiento de Juan Luis Segundo en su contexto, Segunda edición

7.        Daniel Iglesias Grèzes, En el principio era el Logos. Apologética católica en diálogo con los no creyentes

8.        Daniel Iglesias Grèzes, Vosotros sois la sal de la tierra. El choque entre la civilización cristiana y la cultura de la muerte

9.        Daniel Iglesias Grèzes, Soy amado, luego existo. Reflexiones sobre el darwinismo, el diseño inteligente y la fe cristiana

10.     María Cristina Araújo Azarola, ¡Atrévanse a pensar! Selección de escritos filosóficos

11.     Néstor Martínez Valls, “No sin grave daño”. La necesidad urgente de la filosofía tomista en la Iglesia y en el mundo

               

Libros de la Colección “Fe y Razón” disponibles en Amazon (sólo en formato electrónico):

 

12.     José María Iraburu, Comentarios sobre la Amoris Laetitia

13.     Néstor Martínez Valls, Comentarios sobre la Amoris Laetitia

 

Libros de Daniel Iglesias Grèzes disponibles en Amazon:

 

Todo lo hiciste con sabiduría. Reflexiones sobre la fe cristiana y la ciencia contemporánea (impreso)

Todo lo hiciste con sabiduría. Reflexiones sobre la fe cristiana y la ciencia contemporánea (electrónico)

Columna y fundamento de la verdad. Reflexiones sobre la Iglesia y su situación actual (impreso)

Columna y fundamento de la verdad. Reflexiones sobre la Iglesia y su situación actual (electrónico)

Proclamad la Buena Noticia. Meditaciones sobre algunos puntos de la doctrina cristiana (impreso)

Proclamad la Buena Noticia. Meditaciones sobre algunos puntos de la doctrina cristiana (electrónico)

 

Libros de Carlos Caso-Rosendi disponibles en Amazon (en formato electrónico):

 

Vademécum de Apologética Católica: cómo usar la Biblia para defender la fe

Arca de Gracia: La Virgen María en la Biblia

Ark of Grace: Our Blessed Mother in Holy Scripture

Arca de Graça: Nossa Senhora nas Sagradas Escrituras (traducción al portugués de Carlos Martins Nabeto)

 

Otros libros recomendados en formato electrónico:

 

José Alfredo Elía Marcos, ¿Superpoblación? La conjura contra la vida humana

 

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