Fe y Razón
Revista gratuita de teología y cultura católica
Publicación del Centro
Cultural Católico “Fe y Razón”
Desde Montevideo
(Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura
Nº 125 – 7 de octubre de 2016
“Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est”
(“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del
Espíritu Santo”)
Santo Tomás de Aquino
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Danos, Señor, sacerdotes santos
Equipo de
Dirección
En nuestros días muchas personas bautizadas dicen: “Yo creo en Dios
pero no en los curas”. Sin embargo, en la Última Cena Nuestro
Señor Jesucristo instituyó la eucaristía y el sacerdocio de la Nueva Alianza, y
dio a sus Apóstoles, los primeros sacerdotes cristianos, el poder de convertir
pan y vino en su Cuerpo y Sangre (Lucas 22,19: “Hagan esto en memoria mía”). Además,
el mismo día de su resurrección, el Señor Jesús dio a sus Apóstoles el poder de
perdonar los pecados (Juan 20,23: “Los pecados serán perdonados a los que
ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”).
Por último, momentos antes de su Ascensión al Cielo, Cristo dijo a sus
Apóstoles: “Yo he recibido todo poder en el cielo y
en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos,
bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles
a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta
el fin del mundo” (Mateo 28,18-20).
El cristiano debe
creer en la Palabra de Dios, transmitida por escrito en la Biblia y de otras
formas en la Tradición de la Iglesia Católica; y esa Palabra nos asegura que
Jesucristo fundó una Iglesia para continuar su misión de salvación y dio a
Pedro y a los demás Apóstoles el poder de predicar, santificar y gobernar la
Iglesia en su nombre. Este poder de Pedro y los otros Apóstoles ha pasado a sus
sucesores, el Papa y los Obispos en comunión con él, y también, en determinado
grado y medida, a los presbíteros o sacerdotes, colaboradores de los Obispos.
El sacerdote representa a Cristo: cuando un sacerdote bautiza, es Cristo quien bautiza;
cuando un sacerdote perdona los pecados, es Cristo quien perdona; cuando un
sacerdote consagra pan y vino, es Cristo mismo quien consagra y se hace
sacramentalmente presente. Ser cristiano
y no creer estas cosas no es coherente.
Quienes
dicen ser cristianos y no creer en los sacerdotes o en la Iglesia Católica suelen
basar su postura en el problema del pecado en la Iglesia. Ante todo
conviene responderles que la existencia del pecado en la Iglesia
no contradice la doctrina cristiana sino que la confirma.
Los cristianos creemos que Jesús murió en la Cruz “por nuestra causa”,
“por nuestros pecados” (aunque obviamente este “nosotros” no se limita a los
cristianos, sino que los incluye, abarcando a toda la humanidad). También
creemos que la Iglesia es santa y no obstante está necesitada de purificación
en sus miembros. La Iglesia, comunión divino-humana, es santa porque Dios, que
es su centro, es perfectamente santo, no porque todos los miembros de la
Iglesia sean totalmente santos, que no lo son.
Para profundizar algo en este tema, es
necesario realizar las siguientes distinciones:
·
Sólo
Dios uno y trino es absolutamente santo. El Espíritu Santo, alma de la Iglesia,
santifica a los cristianos. Sin embargo, sólo Dios es santo en un sentido
primero y original. Los cristianos son santos en un sentido segundo y derivado.
Podemos comparar a la santa Iglesia con
la Luna, que no tiene luz propia, sino que refleja la luz del Sol, que
representa figurativamente a Cristo.
·
La
Iglesia está compuesta de tres partes: la Iglesia terrestre o militante, la
Iglesia purgante y la Iglesia celestial o triunfante, partes presentes
respectivamente en la Tierra, el Purgatorio y el Cielo. La Iglesia celestial ya
no está necesitada de purificación. En el Cielo los cristianos participan de la
gloria y de la santidad del mismo Dios. Conocen y aman como Dios conoce y ama.
·
En
la Iglesia terrestre hay “santos” (cristianos en estado de gracia) y “pecadores”
(cristianos en estado de pecado mortal). En este sentido de la palabra “pecador”
–que es su sentido más propio– sólo algunos cristianos son pecadores.
Distinguir con certeza plena quiénes son en la Iglesia los santos y quiénes los
pecadores supera la capacidad del hombre. Esto es una prerrogativa del juicio
de Dios.
·
En
la vida de cada cristiano hay gracia y pecado, actos buenos y malos. Debemos
reconocer con humildad nuestras culpas, arrepentirnos sinceramente de ellas y
confiar en la misericordia de Dios, que hace sobreabundar la gracia allí donde
abundó el pecado.
·
Algunos
cristianos que viven habitualmente en estado de gracia llegan a vivir las
virtudes cristianas en grado heroico, lo cual no implica que no pequen de forma
leve con cierta frecuencia. Éstos son los “santos” en el sentido más usual del
término: los santos canonizados o canonizables por la Iglesia. Después de la
muerte, las almas de estos santos gozan de la contemplación de Dios en el
Cielo.
De hecho los hijos
de la Iglesia han pecado a lo largo de la historia. No se debe
minimizar estas culpas, pero sólo Dios puede juzgarlas absolutamente. La
Iglesia católica reconoce las culpas de sus hijos y pide perdón a Dios y a los
hombres por ellas. Al parecer, muchas de las otras iglesias, religiones,
naciones, ideologías, etc. no han hecho otro tanto, aunque también deberían
hacerlo. Sin embargo, en honor a la verdad histórica, se debe rechazar las “leyendas negras” anticatólicas. Algunas de
ellas son simples falsedades (como el supuesto antisemitismo del Papa Pío XII) y
otras son sobre todo enormes exageraciones de
abusos reales (como en los estereotipos anticatólicos acerca de la Inquisición,
las Cruzadas, etc.). Los críticos anticatólicos suelen incurrir en la evidente
falacia de hacer generalizaciones indebidas a partir de casos puntuales, por
ejemplo deducir del complejo “caso Galileo” una supuesta oposición permanente y
esencial de la Iglesia Católica a la ciencia moderna. Se incurre en un
sofisma semejante al juzgar a toda la Iglesia por actos malos cometidos por
algunos de sus miembros (por ejemplo, los abusos sexuales perpetrados por
algunos clérigos).
Es muy importante
comprender que los pecados de los hijos de la Iglesia no proceden de la fe
cristiana sino de su negación práctica. Esos pecados son contrarios al
Evangelio, a la verdad revelada por Dios en Cristo. Hay quienes van a Misa
todos los domingos y son malos católicos. Pero no son malos católicos
porque van a Misa, sino a pesar de que van a Misa. No ocurre otro
tanto con las ideologías (liberalismo individualista, socialismo colectivista,
etc.). Los crímenes de estas ideologías no son meros accidentes históricos,
sino que dimanan de su misma esencia. Provienen necesariamente de ellas del
mismo modo que una conclusión se deriva de unas premisas.
En la historia de la Iglesia Católica abunda el
pecado, pero sobreabunda la gracia.
La Iglesia ha permanecido fiel a Jesucristo y ha dado en todo tiempo en
muchos de sus hijos frutos de santidad, un testimonio creíble de Cristo. Por la
gracia de Dios, la Iglesia ha sido en todas las épocas –incluso las más
turbulentas– la Esposa inmaculada del Cordero. Es nuestra tarea y nuestra
responsabilidad histórica hacer que en su rostro resplandezca cada vez más
claramente la belleza de Cristo resucitado, Luz de las gentes.
En los últimos años
casi todos los medios de comunicación social han dado una cobertura muy
destacada al escándalo de los abusos
sexuales de menores por parte de algunos sacerdotes católicos y a las
reacciones inadecuadas de algunos miembros de la jerarquía eclesiástica ante
dichos abusos. Condenamos tanto esos abusos como “el abuso de los abusos”, es
decir la explotación con fines anticatólicos del fenómeno de los abusos
sexuales cometidos por algunos sacerdotes.
Por ejemplo, hemos
leído en importantes medios de prensa uruguayos y de la pluma de autores muy
conocidos: un artículo que pretende demostrar que la fe católica es irracional
y que los verdaderos creyentes son fanáticos peligrosos; otro artículo que
sostiene que la Iglesia Católica defiende el derecho a la vida para que haya
más niños de los que sus sacerdotes puedan abusar y que la misma
Iglesia ha perdido toda autoridad para predicar su doctrina moral; un
tercer artículo que achaca a toda la Iglesia Católica la culpa de la tolerancia
de esos abusos y que propone como “solución” la abolición del celibato sacerdotal;
etc.
Nuestra condena
absoluta de todo abuso sexual no queda de ningún modo relativizada ni atenuada
por nuestro firme rechazo de la utilización de este escándalo con miras a
destruir la autoridad moral de la Iglesia Católica. En honor a
la verdad, una cosa no quita la otra. Es más, ambos males (los abusos
sexuales por parte de miembros del clero y el abuso de este escándalo por parte
de la prensa anticatólica) provienen en última instancia de la misma raíz: el
rechazo a la ley de Dios. No hay que buscar la causa de los citados abusos en
la moral sexual católica (que, al contrario, exige a todos los hombres una vida
casta) ni en el celibato sacerdotal (precioso don de Dios a su Iglesia), sino
ante todo en el alejamiento teórico o práctico de algunos sacerdotes con
respecto al contenido de la fe católica, incluyendo la doctrina moral. Aunque,
como dice el sabio refrán popular, “en todas partes se cuecen habas”, es claro
que, ceteris paribus,
es más probable que incurra en abuso sexual un sacerdote que no cree en la
realidad del infierno ni en la existencia de normas morales absolutas que un
sacerdote que se adhiere firmemente a toda la doctrina católica.
Lo principal que
podemos hacer nosotros, simples fieles cristianos, en esta materia, es orar por
los sacerdotes y dar un testimonio personal creíble del Evangelio de
Jesucristo, con palabras y obras. En cuanto a la Jerarquía, le corresponde
cumplir estrictamente las normas establecidas por Juan Pablo II, Benedicto XVI
y Francisco para combatir el problema llamado (de modo no muy exacto) de “la
pedofilia en el clero”. En particular, teniendo en cuenta que en un porcentaje
desproporcionadamente alto de los casos denunciados de pedofilia en el clero
los culpables son sacerdotes homosexuales, los Obispos deben hacer cumplir la
norma que prohíbe la admisión de personas homosexuales en los seminarios.
También deben combatir con decisión al “lobby
gay” (rechazado por el Papa Francisco) allí donde haya logrado enquistarse
en el clero.
En cuanto al “abuso
de los abusos”, en la mayoría de los casos nos toca más directamente, en la
medida en que todos hemos escuchado o leído acusaciones delirantes contra la
Iglesia Católica y hemos visto cómo incluso algunas personas de buena voluntad
comienzan a sentir, quizás con angustia, cierta desconfianza, no respecto a
este o aquel sacerdote u obispo, sino respecto a la Iglesia entera o toda su
jerarquía. Ante esta situación, nuestro deber es tratar de disipar las
falsedades o mentiras que la propaganda anticatólica está diseminando con tanta
eficacia; y además, venciendo toda “hemiplejia moral”, combatir también los
casos de abuso sexual fuera de la Iglesia Católica, muchísimo más numerosos que
los que se dan dentro de ella, pero mucho menos destacados por la gran prensa.
Oremos a menudo
por nuestros sacerdotes.
Señor, da a tu Iglesia muchos sacerdotes santos y santifica a todos los
sacerdotes. No permitas que caigan en la tentación de cometer o tolerar ningún
abuso grave contra tu santa Ley. Más aún, haz que no sólo no cometan o toleren
abusos sexuales, sino que sean modelos de castidad y de todas las virtudes
humanas y cristianas; y que no sólo no abusen de su ministerio sacerdotal
promoviendo o tolerando herejías o sacrilegios, sino que sean modelos de
fidelidad a la doctrina, la moral y el culto de la santa Iglesia católica.
Compendio del Catecismo de la
Iglesia Católica
322. ¿Qué es el sacramento del
Orden? El
sacramento del Orden es aquel mediante el cual la misión confiada por Cristo a sus
Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos.
323. ¿Por qué se llama
sacramento del Orden? Orden indica un cuerpo eclesial, del
que se entra a formar parte mediante una especial consagración (Ordenación),
que, por un don singular del Espíritu Santo, permite ejercer una potestad
sagrada al servicio del
Pueblo de Dios en nombre y con la autoridad de Cristo.
324. ¿Cómo se sitúa el
sacramento del Orden en el designio divino de la salvación? En la Antigua Alianza el
sacramento del Orden fue prefigurado por el servicio de los levitas, el
sacerdocio de Aarón y la institución de los setenta «ancianos» (Nm 11,25).
Estas prefiguraciones se cumplen en Cristo Jesús, quien, mediante su sacrificio
en la cruz, es «el único [.....] mediador entre Dios y
los hombres» (1 Tm 2,5),
el «Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec» (Hb 5,10).
El único sacerdocio de Cristo se hace presente por el sacerdocio ministerial. «Sólo
Cristo es el verdadero sacerdote; los demás son ministros suyos» (Santo
Tomás de Aquino).
325. ¿De cuántos grados se
compone el sacramento del Orden? El sacramento del Orden se compone de tres grados, que son
insustituibles para la estructura orgánica de la Iglesia: el episcopado, el
presbiterado y el diaconado.
326. ¿Cuál es el efecto de la
Ordenación episcopal? La
Ordenación episcopal da la plenitud del sacramento del Orden, hace al Obispo
legítimo sucesor de los Apóstoles, lo constituye miembro del Colegio episcopal,
compartiendo con el Papa y los demás obispos la solicitud por todas las
Iglesias, y le confiere los oficios de enseñar, santificar y gobernar.
327. ¿Cuál es el oficio del
obispo en la Iglesia particular que se le ha confiado? El obispo, a quien se confía una
Iglesia particular, es el principio visible y el fundamento de la unidad de esa
Iglesia, en la cual desempeña, como vicario de Cristo, el oficio pastoral,
ayudado por sus presbíteros y diáconos.
328. ¿Cuál es el efecto de la
Ordenación presbiteral? La
unción del Espíritu marca al presbítero con un carácter espiritual indeleble,
lo configura a Cristo sacerdote y lo hace capaz de actuar en nombre de Cristo
Cabeza. Como cooperador del Orden episcopal, es consagrado para predicar el
Evangelio, celebrar el culto divino, sobre todo la Eucaristía, de la que saca fuerza
todo su ministerio, y ser pastor de los fieles.
329. ¿Cómo ejerce el presbítero
su ministerio? Aunque
haya sido ordenado para una misión universal, el presbítero la ejerce en una
Iglesia particular, en fraternidad sacramental con los demás presbíteros que
forman el «presbiterio» y que, en comunión con el obispo y en dependencia de
él, tienen la responsabilidad de la Iglesia particular.
330. ¿Cuál es el efecto de la
Ordenación diaconal? El
diácono, configurado con Cristo siervo de todos, es ordenado para el servicio
de la Iglesia, y lo cumple bajo la autoridad de su obispo, en el ministerio de
la Palabra, el culto divino, la guía pastoral y la caridad.
331. ¿Cómo se celebra el
sacramento del Orden? En
cada uno de sus tres grados, el sacramento del Orden se confiere mediante la imposición de las manos sobre la cabeza del ordenando por
parte del obispo, quien pronuncia la solemne oración consagratoria. Con
ella, el obispo pide a Dios para el ordenando una especial efusión del Espíritu
Santo y de sus dones, en orden al ejercicio de su ministerio.
332. ¿Quién puede conferir este
sacramento? Corresponde
a los obispos válidamente ordenados, en cuanto sucesores
de los Apóstoles, conferir los tres grados del sacramento del Orden.
333. ¿Quién puede recibir este
sacramento? Sólo
el varón bautizado puede recibir válidamente el sacramento del Orden. La
Iglesia se reconoce vinculada por esta decisión del mismo Señor. Nadie puede
exigir la recepción del sacramento del Orden, sino que debe ser considerado
apto para el ministerio por la autoridad de la Iglesia.
334. ¿Se exige el celibato para
recibir el sacramento del Orden? Para el episcopado se exige siempre el celibato. Para el
presbiterado, en la Iglesia latina, son ordinariamente elegidos hombres
creyentes que viven como célibes y tienen la voluntad de guardar el celibato
«por el reino de los cielos» (Mt 19,12);
en las Iglesias orientales no está permitido contraer matrimonio después de
haber recibido la ordenación. Al diaconado permanente pueden acceder también
hombres casados.
335. ¿Qué efectos produce el
sacramento del Orden? El
sacramento del Orden otorga una efusión especial del Espíritu Santo, que
configura con Cristo al ordenado en su triple función de Sacerdote, Profeta y
Rey, según los respectivos grados del sacramento. La ordenación confiere un
carácter espiritual indeleble: por eso no puede repetirse ni conferirse por un
tiempo determinado.
336. ¿Con qué autoridad se
ejerce el sacerdocio ministerial? Los sacerdotes ordenados, en el ejercicio del ministerio
sagrado, no hablan ni actúan por su propia autoridad, ni tampoco por mandato o
delegación de la comunidad, sino en la Persona de Cristo Cabeza y en nombre de
la Iglesia. Por tanto, el sacerdocio ministerial se diferencia esencialmente, y
no sólo en grado, del sacerdocio común de los fieles, al servicio del cual lo
instituyó Cristo.
Reglas para el Discernimiento de los Espíritus
San
Ignacio de Loyola
Primeras reglas (más propias de
la primera semana)
Para sentir y conocer de alguna
manera las diversas mociones que se excitan en el alma, a fin de admitir las buenas
y para rechazar las malas.
314.
Primera regla. A
las personas que van de pecado mortal en pecado mortal, el enemigo acostumbra
ordinariamente a proponerles placeres aparentes, haciéndoles imaginarse
deleites y placeres sensuales, para [así] conservarlas más en sus vicios y
pecados y aumentárselos. En estas mismas personas, el espíritu bueno emplea una
táctica opuesta, aguijoneándoles y remordiéndoles su conciencia por medio de
los reproches de la razón.
315.
Segunda regla. En
las personas que intensamente van purgando sus pecados y subiendo de bien en
mejor en el servicio de Dios Nuestro Señor, ocurre lo contrario que en la
primera regla: porque entonces es propio del mal espíritu excitar a los
[escrúpulos] y a la tristeza y poner impedimentos, inquietando con falsas
razones, para que uno no pase adelante… y es propio del bueno dar ánimo y
fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando todo y
quitando todos los impedimentos para que uno prosiga adelante en el bien obrar.
316.
Tercera regla. De
la consolación espiritual. Llamo consolación espiritual cuando en el alma se
causa alguna moción interior, con la que el alma viene a inflamarse en amor de
su Creador y Señor, y, por consiguiente, cuando a ninguna cosa creada sobre la
faz de la tierra puede amar en sí, sino en el Creador de todas ellas.
Igualmente, cuando [uno] derrama lágrimas que lo mueven a amar a su Señor, sea
por el dolor de sus pecados, o de la Pasión de Cristo Nuestro Señor, o de otras
cosas directamente ordenadas a su servicio y alabanza. Finalmente, llamo
consolación a todo aumento de esperanza, fe y caridad y a toda alegría interna
que llama y atrae a las cosas celestiales y a la propia salvación del alma,
aquietándola y pacificándola en su Creador y Señor.
317.
Cuarta regla. De
la desolación espiritual. Llamo desolación a todo lo contrario de la tercera
regla: como oscuridad del alma, turbación en ella, moción a las cosas bajas y
terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones, que la mueven a
desconfianza [y la dejan] sin esperanza, sin amor, hallándose [el alma] toda
perezosa, tibia, triste y como separada de su Creador y Señor. Porque así como
la consolación es contraria a la desolación, de la misma manera los
pensamientos que salen de la consolación son contrarios a los pensamientos que
salen de la desolación.
318.
Quinta regla. En
tiempo de desolación no se ha de hacer ningún cambio, sino que se ha de estar
firme y constante en los propósitos y determinaciones que se tenían el día
anterior a tal desolación, o en la determinación que se tenía en la consolación
anterior. Porque así como en la consolación nos guía y aconseja más el buen
espíritu, así en la desolación [nos guía y aconseja más] el malo, y con sus
consejos no podemos tomar camino para acertar.
319.
Sexta regla. Dado
que en la desolación no debemos cambiar los primeros propósitos, [sin embargo]
es muy provechoso que nosotros mismos nos movamos intensamente contra la misma
desolación, por ejemplo, insistiendo más en la oración, en la meditación, en
examinarnos mucho y en extendernos en algún modo conveniente de hacer
penitencia.
320.
Séptima regla. El
que está en desolación considere cómo el Señor, para probarlo, lo ha abandonado
a sus potencias naturales para que resista a las varias agitaciones y
tentaciones del enemigo… pues puede [resistir] con el auxilio divino, que
siempre le queda aunque no lo sienta claramente, porque el Señor le ha
sustraído su mucho fervor, su crecido amor y su gracia intensa, dejándole, sin
embargo, con la gracia suficiente para la salvación eterna.
321.
Octava regla. El
que está en desolación, trabaje por perseverar en la paciencia, que es [virtud]
contraria a las vejaciones que le vienen, y piense que si pone las [debidas]
diligencias contra tal desolación, como se ha dicho en la sexta regla, pronto
será consolado.
322.
Novena regla. Tres
son las causas principales por las que nos hallamos desolados. La primera, por
ser tibios, perezosos o negligentes en nuestros ejercicios espirituales, y así,
por nuestras faltas, se aleja de nosotros la consolación espiritual. La
segunda, porque [Dios] quiere probarnos lo que somos, y hasta dónde llegamos en
su servicio y alabanza, sin tanto estipendio de consolaciones y gracias
abundantes. La tercera, porque [Dios quiere] darnos un verdadero conocimiento y
sentimiento íntimo de que no depende de nosotros adquirir o retener una gran
devoción, un amor intenso, lágrimas o alguna otra consolación espiritual, sino
que todo es don y gracia de Dios Nuestro Señor, y [también] porque [quiere] que
en casa ajena no pongamos nido elevando nuestro espíritu a alguna soberbia o
vanagloria, atribuyéndonos a nosotros la devoción o los otros efectos de la
consolación espiritual.
323.
Décima regla. El
que está en consolación piense cómo obrará en la desolación que vendrá después,
y tome nuevas fuerzas para entonces.
324.
Undécima regla. El
que está consolado, procure humillarse y abajarse cuanto pueda, pensando de
cuán poca cosa es [capaz] en tiempo de desolación sin tal gracia o consolación.
Por el contrario, el que está en desolación piense que es capaz de mucho con la
gracia suficiente para resistir a todos sus enemigos, tomando fuerzas en su
Creador y Señor.
325.
Duodécima regla. El
enemigo se comporta como una mujer: es débil de fuerza y fuerte de voluntad.
Porque así como es propio de la mujer, cuando riñe con algún hombre, perder
ánimo y emprender la huída cuando el hombre le muestra rostro firme… y, por el
contrario, si el hombre, perdiendo ánimo comienza a huir, la ira, venganza y
ferocidad de la mujer es muy grande y sin medida… del mismo modo es propio del
enemigo debilitarse y perder ánimo, retirando sus tentaciones, cuando el que se
ejercita en las cosas espirituales muestra rostro firme frente a las
tentaciones del enemigo, haciendo lo diametralmente opuesto [a lo que él
sugiere]. Por el contrario, si el que se ejercita comienza a tener temor y a
perder ánimo al sufrir las tentaciones, no hay bestia tan fiera sobre la faz de
la tierra como el enemigo de la naturaleza humana en su [encarnizamiento] por
conseguir, con tan grande malicia, su perversa intención.
326.
Decimotercera regla. Asimismo,
[el demonio] se comporta como un vano enamorado, al querer mantenerse en
secreto y no ser descubierto. Porque así como un hombre vano, que hablando con
mala intención solicita a la hija de un buen padre o a la mujer de un buen
marido, quiere que sus palabras y seducciones permanezcan secretas, y por el
contrario, le desagrada mucho que la hija al padre o la mujer al marido le
descubran sus vanas palabras y su intención depravada, porque [entonces] deduce
fácilmente que no podrá salir con la empresa comenzada, del mismo modo el
enemigo de la naturaleza humana, cuando propone sus astucias y seducciones al
alma justa, quiere y desea que sean recibidas y mantenidas en secreto… pero
cuando [el alma] las descubre a su buen confesor o a otra persona espiritual,
que conozca sus engaños y malicias, [entonces] le desagrada mucho, porque
deduce que, al ser descubiertos sus engaños manifiestos, no podrá llegar hasta
el fin con su malicia comenzada.
327.
Decimocuarta regla. Asimismo,
hace como un caudillo para vencer y robar lo que desea. Porque así como un
capitán en campaña, asentando sus reales y mirando las fuerzas y disposición de
un castillo, lo combate por la parte más débil, de la misma manera el enemigo
de la naturaleza humana, rodeándonos, mira por todas partes todas nuestras
virtudes teologales, cardinales y morales, y por donde nos halla más débiles y
más necesitados para nuestra salvación eterna, por allí nos ataca y procura
vencernos.
Otras reglas (más propias de la
segunda semana)
Para
discernimiento de espíritus más [sutiles].
329.
Primera regla. Es
propio de Dios y de sus ángeles dar en sus mociones verdadera alegría y gozo
espiritual, quitando toda tristeza y turbación que suscita el enemigo. Y de
éste es propio combatir contra tal alegría y consolación espiritual,
presentando razones aparentes, sutilezas y continuos engaños.
330. Segunda
regla. Sólo
pertenece a Dios Nuestro Señor dar consolación al alma sin causa precedente,
porque es propio del Creador entrar y salir en ella y moverla a que [se
inflame] por entero en amor de su Divina Majestad. Sin causa, quiero decir, sin
ningún previo sentimiento o conocimiento de algún objeto que, mediante los
actos del entendimiento y de la voluntad, haya producido tal consolación.
331.
Tercera regla. Cuando
hay una causa [precedente], tanto el buen ángel como el malo pueden consolar al
alma, [aunque] por fines contrarios: el buen ángel, para provecho del alma,
para que vaya de bien en mejor… el malo, para lo contrario, para atraerla a su
perversa intención y malicia.
332.
Cuarta regla. Es
propio del ángel malo, que se transfigura en ángel de luz, entrar en [los
sentimientos del] alma devota y salirse con la suya, es decir, sugerir
pensamientos buenos y santos conforme a esta alma justa, y después, poco a
poco, procurar atraer al alma a sus engaños cubiertos y a sus perversas
intenciones.
333.
Quinta regla. Debemos
advertir mucho el decurso de los pensamientos. Si el principio, medio y fin
[del pensamiento] es todo bueno e inclinado a todo bien, señal es [de que procede] del buen ángel. Pero si en el decurso de los
pensamientos sugeridos [advertimos que un pensamiento] acaba en alguna cosa
mala o distractiva o menos buena que la que el alma
antes se había propuesto hacer, o que debilita, inquieta o conturba al alma
quitándole la paz, tranquilidad y quietud que antes tenía, es señal de que
procede del mal espíritu, enemigo de nuestro aprovechamiento y de nuestra
salvación eterna.
334.
Sexta regla. Cuando
el enemigo de la naturaleza humana fuere sentido y conocido por su cola
serpentina y por el mal fin a que induce, aprovecha a quien por él fue tentado
que mire enseguida el decurso de los buenos pensamientos que le sugirió y el
principio de ellos, y cómo poco a poco procuró hacerle descender de la suavidad
y gozo espiritual en que estaba hasta llevarle a su intención depravada… para
que con esa experiencia conocida y notada, se guarde en adelante de sus
acostumbrados engaños.
335.
Séptima regla. En
los que proceden de bien en mejor, el buen ángel toca a tal alma dulce, leve y
suavemente, como gota de agua que entra en una esponja… y el malo toca agudamente
y con sonido e inquietud, como cuando la gota de agua cae sobre la piedra. A
los que proceden de mal en peor, dichos espíritus tocan de un modo contrario… y
la causa es que la disposición del alma es contraria o semejante a dichos
ángeles: cuando es contraria entran con estrépito y conmoción,
perceptiblemente: y cuando es semejante, entran en silencio como en casa propia
por la puerta abierta.
336.
Octava regla. Cuando
la consolación es sin causa, dado que en ella no haya engaño [posible], por ser
sólo de Dios Nuestro Señor, como está dicho [330], sin embargo, la persona
espiritual a quien Dios da tal consolación, debe mirar y discernir con mucha
vigilancia y atención el tiempo propio de tal consolación actual, del siguiente
en que el alma queda encendida y favorecida con el favor y residuos de la
consolación pasada… porque muchas veces en este segundo tiempo, ya por su
propio razonamiento, [debido] a su [manera] habitual de razonar y [como]
consecuencia de sus conceptos y juicios, ya por el buen espíritu o por el malo,
forma [el alma] diversos propósitos y pareceres que no son dados inmediatamente
por Dios Nuestro Señor… y, por tanto, es menester que sean muy bien examinados
antes que se les dé entero crédito y que se pongan por obra.
Reglas para la distribución de
limosnas
338.
Primera regla. Si
yo hago la distribución a parientes, a amigos o a personas a quienes tengo
afecto, tendré que considerar cuatro cosas, de las cuales se ha hablado en
parte en la materia de elección. La primera es que aquel amor que me mueve y me
hace dar la limosna, descienda de arriba, del amor de Dios Nuestro Señor… de
forma que sienta primero en mí que el amor más o menos que tengo a las tales
personas es por Dios, y que en la causa porque más las amo reluzca Dios.
339.
Segunda regla. Quiero
mirar a un hombre que nunca he visto ni conocido… y deseando yo toda su
perfección en el ministerio y estado que tiene, consideraré cómo querría yo que
él tuviese el justo medio en su manera de distribuir, para mayor gloria de Dios
Nuestro Señor y mayor perfección de su alma… y [luego] yo haré así, ni más ni
menos, guardando la regla y medida que para el otro querría y que juzgo ser
conveniente.
340.
Tercera regla. Quiero
considerar, como si estuviese en el momento de la muerte, la forma y medida que
entonces querría haber tenido en el oficio de mi administración… y reglándome
por aquélla, guardarla en los actos de mi distribución.
341.
Cuarta regla. Mirando
cómo me hallaré el día del juicio, pensar bien cómo entonces querría haber
usado de este oficio y cargo del ministerio… y la regla que entonces querría
haber tenido, tenerla ahora.
342.
Quinta regla. Cuando
alguna persona se siente inclinada y aficionada a algunas personas, a las
cuales quiere distribuir, se detenga y rumie bien las cuatro reglas
sobredichas, examinando y probando su afección con ellas… y no dé la limosna,
hasta que su afección desordenada respecto a ellas sea totalmente expurgada.
343.
Sexta regla. Aunque
no hay culpa en tomar los bienes de Dios Nuestro Señor para distribuirlos,
cuando la persona es llamada de nuestro Dios y Señor para el tal ministerio…
pero en el cuánto y cantidad de lo que ha de tomar y aplicar para sí mismo de
lo que tiene para dar a otros, hay duda de culpa y exceso: por tanto, se puede reformar
en su vida y estado por las reglas sobredichas.
344.
Séptima regla. Por
las razones ya dichas y por otras muchas, siempre es mejor y más seguro, en lo
que a su persona y estado de casa toca, que se cercene y disminuya cuanto más
pueda, para más acercarse a nuestro Sumo Pontífice, dechado y regla nuestra,
que es Cristo Nuestro Señor. Conforme a lo cual el tercer concilio cartaginense
(en el cual estuvo San Agustín) determina y manda que el mobiliario del obispo
sea vil y pobre. Lo mismo se debe considerar en todos [los] modos de vivir,
considerando y teniendo en cuenta la condición y estado de las personas… como
en matrimonio tenemos el ejemplo de San Joaquín y Santa Ana, los cuales,
partiendo su hacienda en tres partes, la primera la daban a pobres, la segunda
al ministerio y servicio del templo, y la tercera la tomaban para el sustento
de ellos mismos y de su familia.
Reglas sobre los escrúpulos
Las
notas siguientes ayudan a conocer y discernir los escrúpulos y seducciones [que
nos sugiere] nuestro enemigo.
346.
Primera nota. Vulgarmente
se llama escrúpulo a aquel que procede de nuestro propio juicio y libertad, por
ejemplo, cuando yo libremente me creo que es pecado lo que no es pecado… como
sucede a aquél que, después de haber pisado incidentalmente una cruz de paja,
estima con su propio juicio que ha pecado. Esto es propiamente juicio erróneo y
no propio escrúpulo.
347.
Segunda nota. Después
que he pisado aquella cruz, o después que he pensado, dicho o hecho alguna otra
cosa, me viene de fuera un pensamiento de que he pecado… y, por otra parte, me
parece que no he pecado, y, sin embargo, siento en esto turbación en cuanto
dudo y en cuanto no dudo: esto es propiamente el escrúpulo y tentación que el
enemigo pone.
348.
Tercera nota. El
primer escrúpulo de la primera nota es muy aborrecible porque todo él es error,
pero el segundo de la segunda nota, durante algún tiempo aprovecha no poco al
alma que se da a ejercicios espirituales… y, más aún, la purifica y limpia en
gran manera, separándola mucho de toda apariencia de pecado, según aquello de
San Gregorio: "Es propio de las almas buenas ver culpa donde ninguna culpa
hay".
349.
Cuarta nota. El
enemigo mira mucho si un alma es negligente o delicada. Si es delicada, procura
hacerla extremadamente delicada, para más [fácilmente] turbarla y
desconcertarla… por ejemplo, si ve que un alma no consiente en sí pecado mortal
ni venial, ni apariencia alguna de pecado deliberado, entonces el enemigo,
cuando no puede hacerla caer en cosa que parezca pecado, procura hacerla juzgar
que hay pecado en donde no lo hay, como en una palabra o pensamiento sin
importancia. Si el alma es negligente, el enemigo procura hacerla más
negligente… por ejemplo, si antes no hacía caso de los pecados veniales,
procurará que de los mortales haga poco caso, y si antes les hacía algún caso,
que ahora les haga mucho menos o ninguno.
350.
Quinta nota. El
alma que desea adelantarse en la vida espiritual, debe proceder siempre de modo
contrario a como procede el enemigo. Es decir, que si el enemigo quiere hacer
más negligente al alma, procure ésta hacerse más delicada… asimismo, si el
enemigo procura hacerla más delicada para llevarla al extremo [contrario],
procure el alma afirmarse en el [justo] medio para en todo mantenerse en paz.
351.
Sexta nota. Cuando
un alma buena quiere, dentro de las [directivas] de la Iglesia y del espíritu
de nuestros superiores, decir o hacer alguna cosa para gloria de Dios Nuestro
Señor, y le viene de fuera un pensamiento o tentación de que ni diga ni haga aquello,
por razones aparentes de vanagloria o de otra cosa, etc., entonces debe elevar
el espíritu a su Creador y Señor, y si ve que aquello es para su debido
servicio, o al menos no lo contradice, debe obrar de modo diametralmente
opuesto a tal tentación, y responder al enemigo con San Bernardo: "Ni por
ti empecé ni por ti acabaré".
Reglas para sentir con la
Iglesia
352. Se
deben guardar las reglas siguientes para sentir exactamente lo que debemos en
la Iglesia militante.
353.
Primera regla. Depuesto
todo juicio [propio], debemos tener el ánimo preparado y pronto para obedecer
en todo a la verdadera Esposa de Cristo Nuestro Señor, que es nuestra Santa
Madre la Iglesia Jerárquica.
354.
Segunda regla. Alabar
el confesarse con un sacerdote y recibir el Santísimo Sacramento [al menos] una
vez al año, y mucho más cada mes, y mucho mejor cada ocho días, con las
condiciones requeridas y debidas.
355.
Tercera regla. Alabar
el oír Misa a menudo… y lo mismo [alabar] cantos, salmos y largas oraciones en
la Iglesia y fuera de ella… [alabar] asimismo las
horas destinadas a todo oficio divino y a toda [otra] oración y [también] las
horas canónicas.
356.
Cuarta regla. Alabar
mucho [las Órdenes y Congregaciones] religiosas, la virginidad y la
continencia, y no [alabar] tanto el matrimonio como estas [cosas].
357.
Quinta regla. Alabar
votos de religión, de obediencia, de pobreza, de castidad y de otras
perfecciones de supererogación. Y es de advertir que, como el voto es sobre
cosas que se acercan a la perfección evangélica, en las cosas que se alejan de
ella no se debe hacer voto, como por ejemplo, de ser mercader o de casarse,
etc.
358.
Sexta regla. Alabar
las reliquias de los Santos, venerándolas y haciendo oración a ellos… alabar
estaciones, peregrinaciones, indulgencias, jubileos, cruzadas y candelas
encendidas en las iglesias.
359.
Séptima regla. Alabar
constituciones sobre ayunos y abstinencias, como cuaresmas, cuatro témporas,
vigilias, viernes y sábados. Asimismo [alabar] penitencias, no solamente
internas sino aún externas.
360.
Octava regla. Alabar
las ornamentaciones y los edificios de las iglesias… asimismo [alabar] las
imágenes y venerarlas según lo que representan.
361.
Novena regla. Finalmente,
alabar todos los preceptos de la Iglesia, y tener el ánimo pronto a buscar
razones para defenderlos y de ninguna manera [razones] para atacarlos.
362.
Décima regla. Debemos
estar más dispuestos a apoyar y alabar tanto constituciones como disposiciones
y costumbres de nuestros mayores [que a criticarlas],… porque dado que algunas
no sean o no fuesen [dignas de elogio], el hablar contra ellas, ya predicando
en público o ya conversando con el vulgo de los fieles, más que provecho
engendraría murmuración y escándalo, y entonces se indignaría el pueblo contra
sus mayores espirituales o temporales. Sin embargo, así como hace daño hablar
mal de los superiores al pueblo sencillo en ausencia de ellos, así puede ser
provechoso hablar de las malas costumbres a las personas que pueden
remediarlas.
363.
Undécima regla. Alabar
la doctrina positiva y la escolástica: porque así como es más propio de los
doctores positivos (como San Jerónimo, San Agustín, San Gregorio, etc.) mover
afectos para amar y servir en todas las cosas a Dios Nuestro Señor, así es más
propio de los escolásticos (como Santo Tomás, San Buenaventura, el Maestro de
las Sentencias [Pedro Lombardo], etc.) definir y aclarar, según las necesidades
de nuestros tiempos, las cosas necesarias para la salvación eterna, para [así]
mejor atacar y declarar todos los errores y falsos razonamientos. Porque como
los doctores escolásticos son más recientes [que los positivos], no solamente
utilizan la verdadera inteligencia de la Sagrada Escritura y de los santos
doctores positivos, sino que además, estando ellos iluminados e ilustrados por
la virtud divina, se ayudan de los concilios, cánones y constituciones de
nuestra Santa Madre la Iglesia.
364.
Duodécima regla. Debemos
guardarnos de hacer comparaciones entre los que estamos vivos y los
bienaventurados [del cielo], pues en esto se yerra no poco cuando se dice, por
ejemplo: "Éste sabe más que San Agustín, es otro San Francisco o mayor que
él, es otro San Pablo en bondad, santidad", etc.
365.
Decimotercera regla. Para
que en todas las cosas lleguemos a la verdad, debemos mantener [el principio]
de creer que lo blanco que yo veo es negro, si la Iglesia Jerárquica así lo
determina, creyendo que entre Cristo Nuestro Señor, Esposo, y la Iglesia, su
Esposa, no hay más que un mismo espíritu, que nos gobierna y rige para la
salvación de nuestras almas, porque nuestra Santa Madre Iglesia es gobernada
por el mismo Espíritu y Señor nuestro que dio los diez mandamientos.
366.
Decimocuarta regla. Aunque
sea mucha verdad que nadie se puede salvar sin estar predestinado y sin tener
la fe y la gracia, [sin embargo] se ha de mirar mucho el modo de hablar y
discurrir sobre todas estas cosas.
367.
Decimoquinta regla. Por
costumbre no debemos hablar mucho de la predestinación, pero si de algún modo y algunas veces se habla, háblese de tal
modo que el pueblo no caiga en error alguno, como algunas veces ocurre [cuando
alguno] dice: "Si he de salvarme o de condenarme ya está determinado, y
por mis buenas o malas obras no puede ya suceder otra cosa", y con este
[razonamiento], abandonándose, se descuidan en las obras que conducen a la
salvación y provecho espiritual de sus almas.
368.
Decimosexta regla. Del
mismo modo se ha de advertir que, por hablar mucho de la fe y con mucha
insistencia, sin distinción ni declaración alguna, no se dé ocasión al pueblo a
que sea torpe y perezoso en el obrar, ya cuando la fe aún no está informada por
la caridad, ya después.
369.
Decimoséptima regla. Asimismo,
no debemos hablar tan largamente e insistir tanto sobre la gracia, que se
engendre el veneno [del error] que niega la libertad. De manera que de la fe y
de la gracia se puede hablar [tanto] cuanto sea posible mediante el auxilio
divino, para la mayor alabanza de la Divina Majestad, pero no de tal suerte ni
de modo que las obras y el libre albedrío reciban detrimento alguno o se tengan
en nada, mayormente en nuestros tiempos tan peligrosos.
370.
Decimoctava regla. Aunque
el servir intensamente a Dios Nuestro Señor por puro amor se ha de estimar
sobre todas las cosas, [sin embargo] debemos alabar mucho el temor de la Divina
Majestad… porque no solamente el temor filial es cosa piadosa y santísima, sino
que también el temor servil, cuando el hombre no llega a otra cosa mejor o más
útil, ayuda mucho a salir del pecado mortal, y [una vez que se ha] salido de
él, fácilmente se llega al temor filial, que es enteramente acepto y grato a
Dios Nuestro Señor, porque es una misma cosa con el amor divino.
(San Ignacio de
Loyola, Ejercicios Espirituales, nn. 314-370).
Candidus –SÍ SÍ NO NO
En febrero de 1601, en Tyburn, cerca de
Londres, dos hombres eran ahorcados: un cierto Filcock y
un tal conocido como Barkworth. La
acusación era la de traición porque eran sacerdotes. En realidad los dos amigos
eran sacerdotes católicos y eran condenados a la horca por el odio anglicano
contra la fe católica. Poco antes de morir, el padre Filcock
tuvo todavía la fuerza de decir con alegría: “Este es el día en que actuó el
Señor”.
El padre Filcock y el padre Barkworth eran sólo dos de los mártires católicos inmolados
desde cuando Enrique VIII en 1534 se había separado de la Iglesia de Roma y se
había autoproclamado cabeza del anglicanismo: desde aquel año hasta
1681 los mártires católicos ingleses fueron miles y miles: muertos bajo
Enrique VIII, bajo Isabel I y sus sucesores.
Los primeros fueron un grupo de Cartujos que el 4 de mayo y el 19 de
junio de 1635 inmolaron su vida en las horcas de Tyburn
por no haber querido separarse de la Iglesia católica. Víctimas ilustres de
Enrique VIII fueron el cardenal John Fisher y Tomás
Moro, el gran Canciller del Reino, que pagaron con el supremo sacrificio de
sí mismos el rechazo a reconocer la “supremacía” del rey [sobre la Iglesia].
La obra de Cranmer
En 1533 se convirtió en el primer arzobispo anglicano de
Canterbury Thomas Cranmer (1489-1556),
que odiaba la Misa católica y negaba la doctrina de la transubstanciación y de
la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Bajo el reino del jovencísimo rey
Eduardo VI, Cranmer avanzó de manera astuta y
determinada hacia la eliminación total del Santo Sacrificio de la Misa,
publicando en 1549 el primer Book of Common Prayer [Libro de Oración Común], un texto
ambiguo que intentaba transformar la Santa Misa en la cena protestante, hecho
que será evidente con el segundo Book of Common Prayer, de 1552.
La “nueva liturgia”, verdadera negación de la Santa Misa católica,
habría debido desarraigar el catolicismo inglés, que ahondaba sus raíces en los
primeros siglos de la era cristiana. Desgraciadamente la tristísima operación
estaba destinada en gran parte al éxito. Cuando subió al trono Isabel I en
1559, con el Acta de Uniformidad fue prohibida la Misa católica
(llamada “Misa papista”), fueron impuestas a los ingleses las herejías
luteranas y calvinistas y fue proclamado que el catolicismo había sido sólo un
acervo de invenciones diabólicas. Con implacable odio anticatólico, Isabel hizo
obligatorio bajo gravísimas penas pecuniarias la participación al nuevo culto
anglicano establecido por Cranmer.
Los Obispos “recusantes” todavía fieles a Roma fueron sustituidos con
otros más dóciles a la reina, mientras que cada vez más sacerdotes y fieles
acabaron en la cárcel, destinados pronto al patíbulo. Iniciaba así la era
de los Mártires de Inglaterra y la sangre de los católicos, por
millares, comenzó a empapar el suelo británico.
En 1586 Guillermo Allen (1532-1594), futuro cardenal,
fundó en Douai y más tarde en Reims, en Francia, un
Seminario para la formación de jóvenes sacerdotes ingleses para enviarlos a su
patria para convertir a los anglicanos. Del mismo modo, en 1578, el Colegio Inglés
de Roma, siendo también Allen su auspiciador, fue transformado en Seminario con
el mismo fin.
Seminarium Martyrum
Los sacerdotes formados en estos Seminarios, en las Congregaciones y en
las Órdenes religiosas, en primer lugar en la joven Compañía de Jesús, fundada
por San Ignacio de Loyola, embarcándose con destino a Inglaterra, ya sabían lo
que les esperaba, a veces a su llegada o tras pocos meses de apostolado
clandestino: el martirio más atroz. El Colegio Inglés de Roma mereció pronto el
título glorioso de Seminarium Martyrum, Seminario de los Mártires, y el camino que
llevaba de Roma a tierra inglesa se convirtió en la via
Martyrum, el camino de los Mártires.
Isabel I odiaba a estos sacerdotes, rotos por las fatigas, dispuestos a
inmolar su juventud para asegurar a los católicos ingleses el tesoro más
sublime, que es el santo Sacrificio de la Misa. El primer mártir fue el padre
Cutberto Mayne, descubierto en 1577 y ahorcado el
30 de noviembre del mismo año. Es imposible escribir todos los nombres de estos
héroes: viajaban por todas las partes del reino, predicando, confesando,
celebrando la Santa Misa en las casas de los católicos, donde se daban cita
grupos de fieles igualmente heroicos. Cuando la Santa Misa era celebrada,
los fieles encontraban la fuerza para afrontar cualquier dificultad y
también las torturas más atroces si eran descubiertos junto a sus sacerdotes.
Entre tanto Isabel I movilizaba espías y esbirros a la caza de los
“papistas” culpables de un solo gran delito: ser sacerdotes y ofrecer el santo
Sacrificio de la Misa; o, en el caso de los laicos, de seguir siendo católicos.
Entre estos mártires brilla con singular grandeza el joven jesuita padre
Edmond Campion, que
pudo recoger algún fruto de su obra y enviar una carta a la reina, documento
conocido como “la provocación de Campion”,
en el cual desmentía la calumnia dirigida a los sacerdotes católicos de ser
traidores del Estado y afirmaba su misión exclusivamente sacerdotal: “Sabed –escribía–
que todos nosotros Jesuitas hemos hecho una alianza para llevar con alegría
la cruz que vos nos impongáis y para no desesperar nunca de vuestra conversión,
mientras haya uno de nosotros para gozar las alegrías de vuestro Tyburn o para soportar los tormentos de las torturas de
vuestras prisiones”.
El padre Campion subirá al patíbulo el 1 de
diciembre de 1581.
El odio a la Santa Misa
Los fieles laicos que ayudaban a los sacerdotes estaban destinados
también a la muerte, como sucedió, por citar un solo nombre, a Margarita
Cliterow, que pagó con una muerte atroz la
hospitalidad dada a los ministros de Dios. Los edictos de persecución se
multiplicaron. En 1585 la reina estableció que cualquier hombre nacido en
Inglaterra era reo de alta traición si, tras haber recibido la ordenación
sacerdotal en otro país, volvía a poner pie en suelo inglés. ¡La pena era ser
ahorcado y después descuartizado todavía vivo!
Los primeros que sufrieron la nueva ley fueron el padre Hug Taylor y el laico Marmaduke Bowes,
muertos el 27 de noviembre de 1585 en York. La persecución de Isabel contra los
católicos prosiguió hasta su muerte en 1603. La era de los mártires, sin
embargo, no terminó y continuó bajo el rey Jaime I (1604-1618). El más
ilustre mártir de este periodo es el padre Juan Ogilvie,
jesuita escocés ahorcado en Glasgow en 1615 con sólo 35 años.
Proclamada la república (1646), el puritano Oliver Cromwell,
que odiaba la Santa Misa y el Sacerdocio católico, puso una recompensa a la
cabeza de todo sacerdote similar a aquella por capturar un lobo; de la Irlanda
católica, que nunca había aceptado el cisma y la herejía de Enrique VIII,
muchos sacerdotes fueron deportados como esclavos a las islas Barbados y muchas
propiedades de católicos fueron confiscadas. También en Irlanda la persecución
pretendía extirpar la fe católica, extinguiendo la fe en la presencia real de
Jesús en la Santísima Eucaristía. La última víctima fue el arzobispo Oliver
Plunkett, muerto en Londres el 1 de julio de
1681. La mayor parte de estos mártires, sacrificados no sólo in odium fidei [por odio a la fe], sino
especialmente in odium Missae
[por odio a la Misa], han
sido elevados a los altares por los Romanos Pontífices desde León XIII.
A su epopeya, Robert Hugh Benson (1871-1914), hijo del Arzobispo anglicano
de Canterbury, convertido y devenido sacerdote católico con el apoyo también
del papa San Pío X, dedicó su obra ¿Con qué autoridad?, en la que
escribe conmovido: “Era la Santa Misa la que el gobierno inglés consideraba
un delito y era por la Misa que criaturas de carne y hueso estaban dispuestas a
morir. Era por la Misa que el católico perseguido poseía una vida espiritual
tan profunda que le permitía superar toda dificultad; el alma de esta vida era
la Santa Misa”. Un siglo antes, en su áureo libro La Misa
atropellada (1770), San Alfonso María de Ligorio
había escrito que “abolir la Santa Misa es la obra del anticristo”. Los
mártires ingleses, quizá entre los más eucarísticos de toda la Iglesia, con su
sangre dan testimonio todavía hoy de que la Misa debe ser nuestra vida.
Más allá de toda negación de ayer y de hoy, no obstante las
profanaciones generalizadas en este nuestro pobre tiempo, en el que las
celebraciones de la Misa tienden a reducirse en número hasta sostenerse que
bastaría la dominical, la Misa es y sigue siendo el perenne Sacrificio de
adoración a Dios y de expiación de los pecados; es el don que nos ha dejado
Jesús nuestro Redentor para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (Jn 10,10). Pidamos la gracia de alcanzar también, si es
necesario, el martirio para apresurar una auténtica primavera de santidad y de
vocaciones en la Iglesia y en el mundo de hoy. Primavera que vendrá sólo en el
ámbito de la perenne Tradición de la Iglesia.
(Traducido
por Marianus el Eremita. Equipo de traducción de
Adelante la Fe).
Fuente: http://adelantelafe.com/martires-la-santa-misa/
Vuelve a la Tabla de Contenidos
Elogiando a Lutero –1. Cantalamessa. Sed contra
José María
Iraburu, sacerdote
–¿Y cómo andamos hoy los católicos en cuestiones de gracia?
–Malitos. Entre los no practicantes, que son la mayoría,
predomina el luteranismo o un pelagianismo frustrado. Y entre los practicantes,
por mala o insuficiente formación, hay muchos semipelagianos, muy buenos
cristianos con frecuencia; y una minoría de católicos que en la doctrina de la
gracia son plenamente católicos. Es ésta, por supuesto, sólo una opinión,
que yo comparto. Y que se refiere sobre todo a las Iglesias locales descristianizadas
de Occidente.
Sed contra. No es posible afirmar
plenamente la verdad sin negar, al mismo tiempo, los errores que le son
contrarios. Por eso Santo Tomás,
por ejemplo, en la Suma Teológica escribe cada uno de sus artículos
en tres pasos. 1º. Videtur quod… Dicunt alii… Parece
que…, dicen algunos… Aquí, enumerándolos 1, 2, 3, etc., expone los errores
antiguos y modernos sobre el tema que va a considerar. 2º. Sed
contra… Por el contrario, enseña la Iglesia… Aquí expone sobre la cuestión
considerada la verdad católica de la fe, fundamentando su enseñanza en Biblia,
Padres, Magisterio de la Iglesia y argumentos de razón teológica. 3º.
Ad primum… Concluye el artículo
respondiendo uno por uno, ad primum, ad secundum… los errores que la misma exposición de la
verdad ya ha rechazado.
Este orden mental es, sin duda, el más perfecto
para enseñar la verdad. Nuestro Maestro,
Jesucristo, lo emplea en su pedagogía profética: por ejemplo, Él rechaza y
denuncia, a veces con palabras muy fuertes, los errores de los fariseos
–«cuelan un mosquito y se tragan un camello»–, y enseña sobre
ese fondo de tinieblas el esplendor del Evangelio, lleno de gracia y de verdad.
Es el orden que han seguido muchos filósofos y todos los maestros del
cristianismo.
Yo también, con la ayuda de Dios, expondré Sed contra la
verdad de la Iglesia. Puede afirmarse que en el tiempo presente, «todo el mundo
yace bajo el poder del Maligno» (1Jn 5,19), «padre de la mentira» (Jn 8,44), y que por tanto la verdad siempre ha de
ser afirmada «sed contra» los pensamientos más comunes entre
los hombres.
***
Quo vadis ecumenismo? En un artículo así titulado se exponen los diez
errores más nocivos que afectan con frecuencia el ejercicio actual del
ecumenismo. El primero de todos, y el más nocivo, es: «Buscar una
unidad que no está basada en la Verdad». En esta dirección errada operan
los católicos que pretenden la unión con los hermanos
separados elogiando cuanto en ellos hay de verdad y de bondad,
y silenciando los errores que mantienen, es decir, sin
contra-decirlos (sed contra). No olvidemos, sin embargo, que el mal y el
error solamente pueden tener su existencia parasitaria en el bien y la verdad.
En todos los grupos heréticos o cismáticos hay sin duda aspectos de verdad y de
bien: sin ellos no podrían sus errores mantenerse en la existencia. Por eso sus
verdades no nos impiden combatir sus errores: al contrario, hacerlo es un deber
(2Tim 4,9).
El cardenal Kasper, por ejemplo, cuando
presidía el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los
cristianos, en su relación con los protestantes, fue un eximio ejemplo de
este falso ecumenismo. Podríamos resumir sus resultados en dos frases: «nunca
la Iglesia Católica ha tenido una relación tan positiva con los protestantes»;
y «nunca la Iglesia Católica ha procurado y logrado menos la Unitatis redintegratio con
los protestantes». No olvidemos el proyecto que tuvo el Cardenal de elaborar un Catecismo ecuménico que, silenciando cuanto separa a los
cristianos, recogiera sólo lo que los une…
Fruto, por el contrario, del verdadero ecumenismo fue la acción del papa
Benedicto XVI, que por la constitución apostólica Anglicanorum
coetibus (2009) consiguió, por gracia de
Dios, la feliz institución de los Ordinariatos
anglicanos, plenamente reintegrados y unidos a la Iglesia Católica.
***
El falso ecumenismo tiene hoy en la Iglesia una
posibilidad privilegiada al celebrar en 2017 con los luteranos el quinto
centenario de la Reforma de Lutero (1483-1546).
Dos Cardenales alemanes nos ponen sobre aviso. En primer lugar el
cardenal Koch: InfoCatólica informó acerca
de las declaraciones [en 2012] del Presidente del Consejo Pontificio
para la Unidad de los Cristianos en la web de la diócesis de Münster. El Cardenal Koch fue extraordinariamente
claro: “no podemos celebrar un pecado”... “Los acontecimientos
que dividen a la Iglesia no pueden ser llamados un día de fiesta”. A todo
lo que accedió el cardenal es a clasificar la efeméride como un día que hay que
recordar, pero no celebrar […] Le gustaría asistir en su lugar a una reunión en
la que las confesiones reformadas, siguiendo el ejemplo de Juan Pablo II en
2000, pidieran disculpas y reconociesen sus errores, al mismo
tiempo que, como el Papa Beato, condenasen el cisma en la
cristiandad.
El cardenal Müller es de la misma opinión. En el libro Informe sobre la esperanza. Diálogo con el cardenal Gerhard Ludwig Müller (BAC, Madrid 2016), el Prefecto de la Congregación
para la Doctrina de la Fe asegura que «los católicos no tenemos ningún
motivo para celebrar el 31 de octubre de 1517, es decir, la fecha que se
considera como el inicio de la Reforma que condujo a la ruptura de la
cristiandad occidental». Y añade: «Si estamos convencidos de que la
Revelación se ha conservado íntegra e inalterada a través de la Escritura y la
tradición en la doctrina de la Fe, en los Sacramentos, en la constitución
jerárquica de la Iglesia por derecho divino, fundada sobre el sacramento del
Orden sagrado, no podemos aceptar que existan motivos suficientes para
separarse de la Iglesia».
El Prefecto de Doctrina de la Fe explica que «los miembros de las
comunidades eclesiales protestantes consideran este evento desde otra óptica,
pues piensan que es la ocasión adecuada para celebrar el
redescubrimiento de la “palabra pura de Dios”, presuntamente desfigurada a
través de la historia por tradiciones meramente humanas. Los
Reformadores protestantes concluyeron hace quinientos años que algunos jerarcas
de la Iglesia no sólo eran moralmente corruptos, sino que habían
distorsionado el Evangelio y, en consecuencia, habían bloqueado el
camino de Salvación de los creyentes hacia Jesucristo. Para justificar la
separación, acusaron al Papa, presuntamente la cabeza de este sistema,
de ser el Anticristo».
***
Alii dicunt… en
cambio. Concretamente, el P. Rainiero Cantalamessa,
OFM, el pasado Viernes Santo, en la Basílica de San Pedro
(25-III-2016), predicando sobre la gratuidad de la justificación realizada por la misericordia de Dios en el hombre, dijo lo siguiente: «Existe
el peligro de que uno oiga hablar acerca de la justicia de Dios y,
sin saber el significado, en lugar de animarse, se asuste. San Agustín ya lo
había explicado claramente: “La ‘justicia de Dios’, escribía, es
aquella por la cual Él nos hace justos mediante su gracia; exactamente como
‘la salvación del Señor’ (Sal 3,9) es aquella por la cual Él nos salva” (El
Espíritu y la letra, 32,56). En otras palabras, la justicia de
Dios es el acto por el cual Dios hace justos, agradables a Él, a los que
creen en su Hijo. No es un hacerse justicia, sino un hacer justos. Lutero
tuvo el mérito de traer a la luz esta verdad, después de que durante siglos, al
menos en la predicación cristiana, se había perdido el sentido, y es esto sobre
todo lo que la cristiandad le debe a la Reforma, la cual el próximo año
cumple el quinto centenario. “Cuando descubrí esto, escribió más tarde el
reformador, sentí que renacía y me parecía que se me abrieran de par en par las
puertas del paraíso” [Prefación a las obras en latín, ed. Weimar, 54, p.
186.]»
¿Y cuál es la verdad cristiana que, según el P. Cantalamessa, reavivó Lutero en su Reforma estando en su
tiempo casi perdida? «La justificación
gratuita mediante la fe en Cristo». En las predicaciones de Adviento que dio al
Papa y a la Casa Pontificia en 2005, sobre todo en la tercera, La justicia que deriva de la fe en Cristo. La fe en Cristo en San Pablo (16-XII-2005), expone con más amplitud su
doctrina, a la que alude muy brevemente en los dos párrafos que acabo de citar.
***
Sed contra. Es falso que durante siglos, al menos en la predicación cristiana, se
hubiera perdido el sentido de la gratuidad de la salvación en Cristo.
–La Liturgia es la Catequesis principal de la Iglesia, y en los
siglos aludidos por Cantalamessa la mayoría del
pueblo cristiano asistía a la Liturgia y recibía la Catequesis de la Iglesia.
Una y otra les comunicaban la verdadera Palabra de Dios: «de Ti, Señor, viene
la salvación y la bendición sobre tu pueblo» (Sal 3,9); «Dios nos amó primero»
(1Jn 4,19); «Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, Cristo
murió por nosotros» (Rm 5,8); «sin Mí no podéis hacer
nada» (Jn 15,5); «es Dios quien obra en vosotros el
querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 2,13);
«la fe, si no tiene obras, está muerta por dentro» (Sant
2,17); es «la fe, operante por la caridad» (Gal 5,6), operante –que hace buenas
obras bajo la moción de la gracia–, la que justifica y salva al hombre; «no
todo el que dice, Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos,
sino el que hace [obra] la voluntad de mi Padre, que está en los cielos» (Mt
7,21); los que aman a Dios son aquellos que cumplen sus mandatos (Dt 7,9; Jn 14,15; 1Jn 5,2-3); por tanto, «no os engañéis: los
inmorales, idólatras, adúlteros, lujuriosos, invertidos, ladrones, codiciosos,
borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios» (1Cor
6,9-10); en el último día, «los que han obrado el bien saldrán para la
resurrección de la vida, y los que han obrado el mal para la resurrección del
juicio» (Jn 5,30). Ésta es la fe de la Iglesia.
Las oraciones litúrgicas de origen eclesiástico educaron siempre a los fieles, también en
los tiempos de Lutero y anteriores a él, en la verdadera fe católica, la que se
fundamenta en Escritura, Tradición y Magisterio (Vaticano II, DV 10). Lex orandi, lex credendi. La Liturgia
católica infundió muy especialmente en los fieles la más alta doctrina sobre la
gracia y la justificación, a través, por ejemplo, de las oraciones, muchas de
ellas procedentes de antiguos eucologios y sacramentarios: «Concédenos la
gracia, Señor, de pensar y practicar siempre el bien, y pues sin Ti no
podemos ni existir ni ser buenos, haz que vivamos siempre según tu voluntad»
(jueves I de Cuaresma). «Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe
todas nuestras obras» (Laudes, lunes
I semana). Esta doctrina orante, de la que podrían darse otros cientos de
ejemplos, respirada continuamente en la liturgia y la predicación, es la que
llegaba a los fieles en una catequesis permanente.
El Magisterio de la Iglesia, igualmente, enseñó siempre con fidelidad la
doctrina católica sobre la gratuidad y primacía absoluta de la gracia: la que
se venía enseñando en la Liturgia desde antiguo. En el año 529, por ejemplo,
sobre el necesario auxilio de Dios, declara: «don divino es el que pensemos rectamente
y que contengamos nuestros pies de la falsedad y la injusticia,
porque cuantas veces obramos bien, Dios, para que obremos, obra en
nosotros y con nosotros» (Sínodo II de Orange, Denzinger 379; merece la pena leer todos los
cánones de Orange II: Denzinger 370-397).
Sin embargo, nunca, jamás enseñó que la sola fides puesta
en Cristo Salvador, sin obras, es decir, resistiendo al bien que Dios quiere
obrar en sus hijos y a través de ellos, era suficiente para la salvación. Y
siempre afirmó que la gracia es absolutamente necesaria tanto para llegar a la
fe, como para vivirla en las obras buenas que, con el auxilio actual de la
gracia, realiza por la caridad.
–Los antecesores o contemporáneos de Martín Lutero(1483-1546), aquellos que por su enseñanza, ejemplo
o predicación más prestigio e influjo tuvieron en la cristiandad de su tiempo,
enseñaron siempre la verdadera doctrina católica de la gracia y la
justificación, y estaban libres de toda peste de pelagianismo o
semipelagianismo. Recuerdo a algunos: Santa Hildegarda
de Bingen (+1179), Santo Domingo de Guzmán (+1221),
San Francisco de Asís (+1226), San Antonio de Padua (+1231), Beato Ricerio de Mucia (+1236), David
de Augsburgo (+1272), Santo Tomás de Aquino (+1274), San Buenaventura (+1274),
Santa Gertrudis de Helfta (+1302), Santa Ángela de Foligno (+1309), Maestro Eckahrt
(+1328), Taulero (+1361), Beato Enrique Suson (+1366), Santa Brígida de Suecia (+1373), Santa
Catalina de Siena (+1380), Ruysbroeck (+1381), Beato
Raimundo de Capua (+1399), San Vicente Ferrer
(+1419), San Bernardino de Siena (+1444), San Juan de Capistrano
(+1456), Tomás de Kempis (+1471), Santa Catalina de Génova (+1507),
Bernabé de Palma (+1532), Francisco de Osuna (+1540), San Ignacio de Loyola
(+1556), San Pedro de Alcántara (+1562), San Juan de Ávila (+1569), y tantos
otros…
¿Desconocieron estos santos, doctores, predicadores
y maestros espirituales la gratuidad de la justificación del hombre por la
gracia que en la fe tiene su inicio? ¿Obscurecieron
en su tiempo, «durante siglos», «al menos en la predicación» al
pueblo, el entendimiento de la salvación como pura gracia concedida por el
Señor gratuitamente?… Gran calumnia es ésta, que difundida hoy
en todo el mundo por los medios de comunicación católicos, será creída por no
pocos cristianos de escasa formación, para gloria de Lutero y su Reforma, y
para deshonor de la Santa Madre Iglesia Católica.
–Las dos órdenes religiosas más influyentes en el pueblo desde el
siglo XIII fueron los franciscanos y los dominicos. En 1209 es aprobada la
Iª Regla de San Francisco de Asís. En 1215 forma Santo
Domingo la primera comunidad de predicadores. Ellos y sus discípulos
fueron los principales predicadores del Evangelio en la nueva sociedad que se
va formando entre los siglos XIII y XV, anteriores o contemporáneos de Lutero. Pues
bien, ¿todo este gremio de predicadores populares y de profesores académicos,
discípulos de San Francisco y de San Buenaventura, de Santo Domingo y de Santo
Tomás de Aquino, de Santa Catalina de Siena y de otros grandes y santos
maestros del Evangelio, ignoraban la infinita misericordia de Dios, la
gratuidad total de la gracia, la impotencia del hombre sin la gracia de Cristo,
la necesidad de la fe, fecunda en la caridad, para producir buenas obras, y
recibir la salvación, la justificación y la vida eterna? ¿Estaban necesitados
de la Reforma luterana para recuperar la verdad católica en el
misterio de la gracia y de la salvación del hombre? Sólo insinuarlo es un
absurdo. Ellos no estaban marcados, como hoy es frecuente en no pocos
cristianos, por el espíritu pelagiano o semipelagiano.
Santo Tomás: «Dios no nos justifica sin nosotros, porque por el movimiento
de la libertad, mientras somos justificados, consentimos en la
justicia de Dios. Sin embargo, aquel movimiento [de consentimiento libre de la
voluntad] no es causa de la gracia, sino su efecto. Y por tanto toda la
operación pertenece a la gracia» (Summa
Theologiae I-II, 111, 2 ad 2m). «El hombre
necesita para vivir rectamente un doble auxilio [de Dios]. Por un lado, un don
habitual [la gracia santificante] por el cual la naturaleza caída sea
restaurada y, así restaurada [sanada y elevada], sea capaz de hacer obras
meritorias de vida eterna, que exceden las posibilidades de la naturaleza. Y
por otro lado, necesita el auxilio de la gracia [actual] para ser movida por
Dios a obrar… ya que ningún ser creado puede producir cualquier acto a no
ser por la virtud de la moción divina» (STh
I, 109, 9). Por tanto, «la acción del Espíritu Santo, mediante la cual nos
mueve y protege, no se limita al efecto del don habitual [que
infunde en el hombre gracia santificante, virtudes y dones], sino que
además nos mueve y protege juntamente con el Padre y el Hijo»
(I, 105, 5 ad 2m). ¿Es posible
concebir una gracia más gratuita?
San Buenaventura: en el Breviloquio, parte
V, De la gracia del Espíritu Santo, es donde da su más alta
doctrina sobre la gracia: «es un don que se nos da y se nos infunde
inmediatamente por el mismo Dios» (I,2). La filiación
divina, la incorporación a Cristo, «se realiza por la gratuita y
condescendiente infusión del don de la gracia» (III,3).
La gracia «previene a la voluntad para que quiera, y la sigue [asistiendo] para que su
querer no sea sin provecho» (II,2). Dios «concede
de tal modo esta gracia al libre albedrío, que lejos de violentarlo, deja libre
su consentimiento; por lo cual para echar fuera la culpa no sólo es
necesario que se introduzca la gracia […], sino que es preciso,
asimismo, que se conforme a la introducción de la gracia por la aceptación del don
divino, que llamamos movimiento del libre albedrío» (III,4).
Pero más aún: «para disponer el espíritu racional a recibir el don de la gracia
sobrenatural, estando como está encorvado, sobre todo después de caída su
naturaleza, tiene necesidad del don de otra gracia gratuitamente dada,
que lo haga capaz del bien moral» (II,5). El hombre, pues, no puede sin la
ayuda de la gracia recibir la gracia actual que Dios le comunica… ¿Puede
expresarse más claramente la gratuidad y necesidad de la gracia divina?
¿Cómo es posible afirmar, pues, que «Lutero tuvo el
mérito de traer a la luz esta verdad [la justificación gratuita] después que
durante siglos, al menos en la predicación cristiana, se había perdido el
sentido, y es esto
sobre todo lo que la cristiandad debe a la Reforma»?… Esta afirmación
es una gran falsedad. Pero viene exigida por el elogio «eclesialmente correcto»
de Lutero y de su Reforma en su V centenario.
***
La teología de Lutero sobre la gracia es una gran
miseria, que en forma
alguna iluminó las presuntas obscuridades de la Iglesia de su tiempo.
Siendo tan misteriosa y delicada la teología de la gracia, la acción de Dios (gracia),
obrando en el hombre y con él (libertad), ¿qué teoría de la
justificación gratuita puede darnos Lutero, si afirma la corrupción total
de la naturaleza humana, y si niega en consecuencia tanto la
libertad de la voluntad como la capacidad de la razón para
conocer la verdad? En el maravilloso templo de la gracia, expresado mentalmente
por los genios de la Iglesia más santos y sabios, entra Lutero como un caballo
en una alfarería. Lo destroza todo. La cristiandad no le debe nada. Y el hecho
de que en algunas cosas no se equivocase ciertamente no es motivo de elogio,
porque en ello enseñaba lo que siempre la Iglesia había enseñado. En cambio sus
errores son motivo de denuncia, ya que tan graves destrozos causaron en la fe y
en la vida de la Iglesia allí donde triunfaron.
–La corrupción del hombre fue una de las convicciones más
profundas, persistentes y viscerales de Lutero, que partía en ellas de una
experiencia personal morbosa. «Yo, aunque mi vida fuese la de un monje
irreprochable, me sentía pecador ante Dios, con una conciencia muy turbada, y
con mi penitencia no me podría creer en paz; y no amaba, incluso
detestaba a Dios como justo y castigador de los pecadores» (Weimarer Ausgabe, Weimar
54, 185). ¿Qué teología verdadera de la gracia puede salir de una mente tan
falsificada y neurótica? Como dice L. F. Mateo Seco, según Lutero, «el
hombre peca siempre, aun cuando intente obrar el bien. El hombre está tan
corrompido que ni siquiera Dios puede rescatarlo de su podredumbre: lo único
que es posible a Dios es no tener en cuenta sus pecados, no imputárselos
legalmente» (Martín Lutero: sobre la libertad esclava, Magist. Esp., Madrid 1978, 18).
La justificación cristiana, por tanto, tendrá que
ser puramente declarativa, extrínseca, pasiva, «imputativa» (Weimar 56, 287). En la teología de Lutero,
según esto, Dios es incapaz de salvarnos de verdad, de transformar realmente
nuestra mente, nuestra voluntad y nuestras obras. Su poder y su amor por
nosotros sólo alcanzan a declararnos salvados, justificados,
envolviendo la miseria de quien cree en Cristo en el manto de su misericordia.
Tapa así nuestros pecados, como en algún lugar dice Lutero, «como la nieve
cubre de blanco el montón de estiércol que está en el campo». Es tal la
depravación de nuestra naturaleza, que Dios no puede o no quiere darnos un
corazón realmente nuevo, que deje de pecar, al menos gravemente.
–La libertad del hombre se perdió por la corrupción de su
naturaleza en el pecado original. Y por eso es inútil que siga atormentando su
conciencia con la ilusión psicológica de su pretendida libertad. Lutero, en sus
primeras obras, aún creía en la libertad del hombre (4, 295), comenzó a ponerla
en duda a partir de 1516, y vino a negarla furiosamente en 1525, en una de sus
obras preferidas, De servo arbitrio, polemizando con Erasmo. Afirma
Lutero que la libertad humana es incompatible con Dios, que todo lo
preconoce y predetermina; con Satanás, que domina verdaderamente
sobre el hombre; con la realidad del pecado original, que corrompió
todo lo que es el hombre, también su libertad; con la redención de
Cristo, que sería superflua si el hombre fuera libre (18, 786). La misma expresión libre
arbitrio debiera desaparecer del lenguaje humano; sería «lo más seguro
y lo más religioso» (18, 638). Lutero introdujo este enorme error en la cultura
europea, un error apenas conocido antes en la historia de la Iglesia. Tuvo
precedente en Lúcido, que negó la libertad, y su doctrina fue condenada
en Arlés (473: Denzinger 331).
En un reciente artículo de Alonso Gracián puede verse una buena ampliación de esta cuestión.
Oponiendo la gracia a las obras, no entiende Lutero
ni la gracia de Dios ni la libertad del hombre. Lutero no resuelve el misterioso problema de la conexión entre gracia
divina y libertad humana; simplemente lo suprime, negando que pueda el
hombre obrar, movido por Dios, para su salvación: todas sus obras son
pecado. No entiende a San Pablo cuando éste dice que «es Dios quien obra en
nosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp
2,13). No entiende la enseñanza del Magisterio apostólico, por ejemplo, del
Sínodo de Orange, la que antes recordábamos. No entiende lo que la Iglesia ha
enseñado siempre: que Dios por su gracia mueve gratuitamente la
libertad del hombre, asistiéndolo en el comienzo, el transcurso y el fin de sus
obras buenas: obras causadas principalmente por Dios, pero
causadas también instrumentalmente por la libertad del hombre, que
ha consentido en la acción de Dios, auxiliado por su gracia. Queriendo
Lutero volver a la Escritura, niega su enseñanza (por ejemplo, Flp 2,13). Queriendo exaltar la fuerza de la gracia, la
desvirtúa totalmente, mostrándola como algo extrínseco a la vida real del
hombre, incapaz de transformar a éste realmente en su pensamiento, libertad y
obras.
Oponiendo gracia y obras en la salvación del hombre, Lutero choca de frente con toda la tradición
patrística y teológica anterior, concretamente contra San Agustín y Santo
Tomás. Tratando éste, por ejemplo, del perdón sacramental de los pecados,
lo explica señalando la virtud de la Pasión de Cristo y «la
absolución del sacerdote, junto con las obras del penitente, que
cooperan, al mismo tiempo que la gracia, a la destrucción del pecado, según
dice San Agustín: “quien te creó sin ti, no te salvará sin ti” [Sermón al
pueblo 169, 11]» (STh III, 84, 5).
–La razón del hombre se perdió también por la corrupción de
su naturaleza desde el pecado original, y en nada debe apreciarse ya su
capacidad para alcanzar la verdad. Deformada la mente de Lutero por el
nominalismo del franciscano inglés Ockham (+1347),
odia la escolástica, la ratio fide illustrata de
la teología católica, y se cierra en un biblismo que
le lleva al escepticismo filosófico y al fideísmo teológico.
Sola Scriptura. En todo caso, odia la razón, de la
que llega a decir: «la razón es la mayor prostituta del diablo; por su
naturaleza y manera de ser es una prostituta nociva, devorada por la sarna y la
lepra, que debería ser pisoteada y destruida, ella y su sabiduría… Es y debe
ser ahogada en el Bautismo… merecería que se la relegase al lugar más sucio de
la casa, a las letrinas» (51, 126).
–Por
tanto el cristiano se salva por la fe, no por las obras, ya que en nada debe fiarse ni de su razón ni
de su libertad ilusoria, corrompidas ambas facultades en la
naturaleza humana caída. Las buenas obras son convenientes, como
expresión de la fe, pero en modo alguno son necesarias para la
salvación. Incluso pueden ser peligrosas, cuando debilitan la fe
fiducial, y empeñándose la persona en
procurarlas, trata de apoyarse en su propia justicia. El cristiano debe aprender
a vivir en paz con sus pecados. Debe reconocer que es «simultáneamente pecador
y justo (simul peccator
et iustus): pecador en realidad y justo en la
reputación de Dios» (56, 272).
En 1520 escribe Lutero un opúsculo doctrinal Sobre la fe y las obras.
Es la fe la que salva, no las obras, sean éstas buenas o malas, mejores o
peores. Punto 5º: «En esta fe todas las obras son iguales, y la una es
como la otra; toda diferencia entre ellas debe venirse abajo, ya sean grandes o
pequeñas, cortas, largas, muchas o pocas, pues las obras no son agradables a
Dios por sí mismas, sino a causa de la fe» (6, 206). Consiguientemente, dirá en
otra ocasión, «en nada daña ser pecadores, con tal que deseemos con
todas nuestras fuerzas ser justificados». Pero el diablo, con mil
artificios, tienta a los hombres «a que trabajen neciamente esforzándose por
ser puros y santos, sin ningún pecado, y cuando pecan o se dejan sorprender
de alguna cosa mala, de tal manera atormenta su conciencia y la aterroriza con
el juicio de Dios, que casi les hace caer en desesperación… Conviene,
pues, permanecer en los pecados y gemir por la liberación de ellos en
la esperanza de la misericordia de Dios» (56, 266-267). El P. Cantalamessa nos recuerda la paz inmensa que experimentó
Lutero al hallar su teología de la justificación: «Cuando descubrí
esto, sentí que renacía y me parecía que se me abrieran de par en par las
puertas del paraíso» (54, 186).
En 1521, el
1 de agosto, escribe Lutero en una carta a Melanchthon:
«Si eres predicador de la gracia, predica una gracia verdadera y no ficticia;
si la gracia es verdadera, debes llevar un pecado verdadero y no uno ficticio.
Dios no salva a los que son solamente pecadores ficticios. Sé un pecador y peca
audazmente, pero cree y alégrate en Cristo aun más audazmente… mientras estemos
aquí [en este mundo] hemos de pecar… Ningún pecado nos separará del Cordero,
aunque forniquemos y asesinemos mil veces al día». Sería injusto entender
literalmente este texto de Lutero evidentemente hiperbólico. No piensa lo que
literalmente dice. Pero lo que en este texto quiere
decir es una enorme falsificación del Evangelio.
***
Ésta es la teología de Lutero sobre la gracia y la
justificación, la que al decir del P.
Cantalamessa recuperó el verdadero sentido de la
salvación cristiana como pura gracia de la fe en Cristo, y «trajo a luz esta
verdad, que durante siglos, al menos en la predicación cristiana, se había
perdido el sentido. Y es esto sobre todo lo que la cristiandad debe a
la Reforma»… Manicomiale.
Post post 1. En 1545, poco antes de morir, aún tuvo Lutero
ánimos para escribir una obra dedicada a los teólogos que lo
contradecían: Contra los asnos de París y de Lovaina, y otra
escrita contra la Santa Sede de Roma: Contra el papado de Roma, fundado
por el diablo, en donde su odium papæ llega a expresarse en un paroxismo neurótico
de imágenes zoológicas y obscenas: cerdo, burro, rey de los asnos, perro, rey
de las ratas, lobo, hombre-lobo, león, dragón y cocodrilo, dragón infernal,
bestia, Anticristo, la gran prostituta apocalíptica de Babilonia. Su amigo,
Lucas Cranach el Viejo (+1553), expresó estas ideas
furibundas en imágenes aborrecibles, que, impresas en volantes, se difundieron
por el pueblo. Tuvo muchos imitadores… Desde luego, nunca pudo Lutero suponer
que llegaría un día en que en la misma Santa Sede romana se haría un elogio de
su contribución histórica a la cristiandad.
Post post 2. Quizá el lector haya apreciado en el título Elogiando
a Lutero –1 ese 1 que permite sospechar otros artículos posteriores a
éste. Y esa sospecha tiene fundamento. Si Dios quiere, y en los casos en que me
lo dé hacer, pienso escribir Sed contra cualquier autor católico
que elogie la doctrina luterana con motivo del V Centenario de la mal
llamada Reforma. Ésta, en efecto, no fue realizada por reformadores,
sino por deformadores de la Iglesia.
Fuente:
http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1603310952-370-elogiando-a-lutero-1-cant
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Amoris Laetitia: el debate no ha terminado
Riccardo Cascioli
Periodista,
Presidente del CESPAS (Centro Europeo di Studi su Popolazione, Ambiente e Sviluppo), Director de La Nuova Bussola Quotidiana
Estos
días ha creado un gran revuelo y preocupación la noticia de una carta
privada del Papa Francisco en la que aprueba incondicionalmente las
líneas directrices de Amoris Laetitia difundidas
por los obispos de la región de Buenos Aires para la interpretación
del famoso capítulo VIII de la exhortación apostólica. La noticia está en el
hecho de que, finalmente –en algunos casos y bajo ciertas condiciones– las
parejas divorciadas en nueva unión tendrían acceso a la Eucaristía, y el Papa
habría dicho que «no hay ninguna otra interpretación posible».
Hasta ahora, de hecho, frente a pasajes ambiguos del capítulo VIII de Amoris Laetitia, ha
habido diversas interpretaciones, incluso diametralmente opuestas, dadas por teólogos y obispos, y varios cardenales
y obispos también han solicitado aclaraciones del Papa sobre algunos puntos
controvertidos. Hasta ahora no ha habido ninguna respuesta oficial de
Francisco, pero ahora tenemos aquí una carta privada, que habría sido
destinada a seguir siéndolo si alguien no la hubiese pasado a la prensa. Los
ambientes progresistas están elevando gritos de júbilo y abucheos a los
conservadores acérrimos, que obstinadamente no querrían comprender.
Si
debiésemos hacer caso a quienes dicen que «este debate está cerrado»,
tendríamos esta situación:
1.
Un cambio objetivo de la doctrina: donde Familiaris
Consortio (Nº 84) reiteraba «su práctica,
fundada en las Escrituras, de no admitir a divorciados en nueva unión a la
comunión eucarística», Amoris Laetitia haría posible esta admisión, aunque
sólo en ciertos casos. Aquellos que sostengan que sería sólo un cambio de
enfoque pastoral y no de una doctrina, deben tener obviamente algún problema
con el principio de no contradicción;
2. este
cambio de doctrina se llevaría a cabo no por declaración explícita sino
gracias a una posible interpretación de las notas (repito: notas)
329, 336 y 351 de la Amoris Laetitia;
3. la
interpretación auténtica –y definitiva– sería confiada en una carta
privada del Papa a algunos obispos. Esto significa que, si ninguna mano la
hubiera pasado a un periódico, tal vez los católicos de todo el mundo nunca la
hubiesen conocido.
Se trata de un cuadro francamente surrealista, que prescinde de lo que objetivamente es el Magisterio, y que
sirve a aquellos que quieren el cambio doctrinal de la Iglesia en cierta
dirección y que usan cualquier medio para lograrlo, buscando crear una
mentalidad favorable a ese cambio. En todo esto los pronunciamientos magisteriales
se convierten en opcionales: se repite una y otra vez el esquema del «espíritu
del Concilio», que hace caso omiso de lo que afirman realmente los documentos
del Concilio.
Por
otra parte, sin embargo, hay algunos elementos que sugieren una consideración
más compleja del asunto de lo que parece a primera vista. Ante todo, las
fechas: el documento de los obispos de Argentina está datado el 5 de
septiembre y del 5 de septiembre es también la respuesta de Francisco. Una
rapidez verdaderamente insólita para la respuesta de un Papa, que debe
reflexionar acerca de temas y procedimientos más bien importantes.
Asimismo,
después de la publicación de los documentos en el sitio web de InfoCatólica,
debe haber habido una reacción al menos de una parte de los obispos argentinos,
porque se dijo que las directrices no eran definitivas, sino que se trataba de
un proyecto o borrador para ser revisado. Pero si eso es cierto, ¿quién
ha involucrado al Papa en la aprobación de las directrices no adoptadas
todavía? [N. del E.: El texto “Criterios básicos (etc.)” de los Obispos era ya
el día 5 el definitivo].
Son
preguntas que quizás en los próximos días serán contestadas, pero volviendo a
la historia principal, hay que preguntarse qué va a pasar próximamente,
qué reacciones podrán tener los obispos y cardenales que ya han
solicitado aclaraciones al Papa o que en sus lineamientos oficiales dieron una
interpretación completamente distinta al capítulo VIII de Amoris Laetitia.
Ahora
bien, aunque la carta firmada por Francisco refleje sus verdaderos pensamientos
sobre el tema, esto no significa que se pueda considerar el final del debate.
Por el simple hecho de que cambios doctrinales o recomendaciones
pastorales deben ser «enseñadas» (Magisterio significa enseñanza) en la
modalidad requerida y de una forma clara, sin ambigüedades (¿de lo contrario
qué tipo de enseñanza es?). En otras palabras: si el Papa Francisco –como
cualquier otro Papa– quisiera cambiar realmente las condiciones de
acceso a la Eucaristía, tendría que decirlo explícitamente dirigiéndose a todos
los cristianos. Una carta privada, destinada a ser leída por unos pocos amigos
íntimos, no es un acto de Magisterio, ni pueden serlo frases –o incluso
notas– poco claras. El resto son habladurías.
Traducido por María Virginia Olivera de Gristelli
Publicado originalmente en La Nuova Bussola Quotidiana
Fuente: http://infocatolica.com/?t=opinion&cod=27373
Santa Teresa de Ávila en las 50
sombras de Grey
Dr. Pedro María Gómez
Llevo
casi cincuenta años de abogado y, por lo tanto, creía estar ya alambrado
respecto de las demasías y sinsentidos adonde nos puede llevar la ignorancia
forense –una ignorancia que casi siempre se ignora a sí misma, peligrosamente,
y suele rodearse de una emulsión de jerga más o menos técnica, que sirve para
que el profano no llegue de inmediato a la convicción de que se encuentra ante
el discurso de un cretino fosforescente. Me ha señalado mi error un fiscal de Nogoyá [Entre Ríos, Argentina], Federico Uriburu, que ha despachado una imputación contra la
priora de un convento de carmelitas de Nogoyá, por
privación ilegal de la libertad, torturas y –eventualmente– reducción a
servidumbre. Todo comenzó cuando, tiempo atrás, una ex novicia que abandonara
el mismo convento relatara a un periodista de un medio de la
localidad que durante su postulantado y noviciado había sido inducida a
aplicarse cilicios y golpes de fusta, a modo de tortura, a ayunos y a reglas de
silencio y a una presión moral para no abandonar la comunidad.
Indicó, además, que buena parte de la comunidad estaba formada por hermanas
ingresadas a los dieciséis años, obligadas a permanecer en un estado
mental de casi retraso.
No
hubo una denuncia penal, y el periodista consumió dos años en lo que llama una “investigación”,
donde se contactó con otra ex novicia que había permanecido poco tiempo en
el convento. Sacudida la modorra entrerriana con este regalito, el fiscal
decidió salir en son de guerra de su covachuela y lleno de santo horror
procedió a allanar de madrugada el convento con una considerable fuerza
policial. Las monjitas le entregaron de entrada los elementos que utilizaban
para sus disciplinas, pero el prosecutor no se sació, exigiendo
interrogar in situ a la
priora, la que le pidió unos momentos para comunicarse con el obispo.
Nuestro perro de presa, demostrando que con el ministerio público no se juega,
hizo reventar a patadas la puerta del despacho monjil. Luego se
revisaron puntualmente todas las celdas y se procedió a un examen médico de las
hermanitas, no facilitado por ellas ni, especialmente, por la priora, según el
mastín fiscal alcanzó a gargarizar. Otra queja se le escapó: en efecto, revisó
cuidadosamente la biblioteca, encontrando en ella libros de teología y
devoción pero, según le escuché, no se topó con ningún manual de
tortura. ¡Vaya uno a saber, Uriburito, en qué
oculta madriguera estas reverendas guardan escondido el Malleus maleficarum!
A partir
de ahí se desencadenó lo que los italianos llaman, precisa y concisamente, un “putiferio”. Todo
noticiario de la tele debatió el problema de las torturas “medievales” en
la más oscura “noche de ignorancia”. La monja de Monza
y las endemoniadas de Loudun parecieron criaturas de
pecho al lado de las hermanitas de Nogoyá y sus
espectáculos sado-masoquistas. Apareció en pantalla el párroco, no por cierto
un Urbano Grandier –para seguir con Loudun– sino casi, casi, un bienaventurado pobre tipo. El
obispo se manejó prudentemente, pero la jauría ya estaba desatada,
mostrando sus colmillos babeantes. Algún jurisclasta
emitió un dictamen condenatorio antes de cualquier juicio, como es del gusto
abolicionista, y sólo quedó esperar que otro manchón de sangre cubriera la
pantalla del televisor para hacer caer en el olvido la versión nogoyense de las 50
sombras de Grey al alcance del cotorreo cotidiano que aparecía en las
noticias.
No
diré mucho del caso, un curioso delito sin víctimas, ya que las que están en el
monasterio dicen amar ese modo de vida y las que hablaron con el periodista
están y estaban libres. La regla carmelitana debida a Santa Teresa de
Ávila es del siglo XVI, no del Medioevo, y se funda en un trípode: oración,
mortificación y humildad. Hay que leer Camino
de Perfección o Las Fundaciones
para advertir qué senda marcó la iniciadora, por donde discurren sus
continuadoras en la orden. Las mortificaciones son del espíritu y del cuerpo.
Se comienza por las primeras, ya que de otro modo, dice la santa doctora,
toda penitencia corporal resulta estéril y baldía. Justamente, Teresa advirtió
contra todo exceso penitencial: “el
demonio –dice en el Camino– tienta
aquí de indiscretas penitencias para quitar la salud y no le va poco en ello”.
La ascesis, después de todo, significa literalmente ejercitación, como la del
atleta. Y cada uno, deportista o monje, tiene su olimpíada.
Puede
ser que todo esto no vaya con el tiempo, que cueste entenderlo y hasta que
humanamente no se acepte. Pero alguien que dragonea de oficiante del ministerio
público debe conocer, al menos, el artículo 19 de la constitución nacional: “Las acciones privadas de los hombres que de
ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero,
están sólo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de los magistrados.
Ningún habitante de la Nación será obligado a hacer lo que no manda la ley, ni
privado de lo que ella no prohíbe”.
“Exentas de la autoridad de los magistrados”.
Las acciones privadas de hombres y mujeres que siguen sus inclinaciones y sus
metas sin dañar ni ofender a nadie, están fuera de la autoridad de los
magistrados. Ese territorio –dice muy bien Ariel Barbero– está vedado a la
imaginación de los mandamases, sean diputados, senadores, presidentes, líderes,
conductores de pueblos, salvadores de la patria, e incluso (sí también ellos)
jueces y fiscales. En ese territorio no pueden aplicar sus intuiciones acerca
de lo que es mejor para la humanidad, no pueden imponer esa ingeniosa idea que
acaban de leer en una revista jurídica, no pueden experimentar con el alma
humana. Allí acaban sus inmensos poderes. Hay una zona que les está vedada.
Está cerrada hasta para sus buenas intenciones. Con este criterio –“caso Arriola”–
cualquiera, hasta un fiscal, llegado el caso, puede fumarse un porro o pegarse
un nariguetazo, y conservar una reservita
para el día de mañana, sin que nadie lo moleste. Con el mismo criterio, la
mortificación por el ayuno, el silencio, el cilicio, voluntariamente aceptados
para que la oración por todos nosotros se eleve desde las discípulas de Teresa
y de San Juan de la Cruz (para las profesas, sus contemporáneos), en
organizaciones monásticas donde es libre tanto la entrada como la salida, no
debe ser molestada, interferida ni, menos aún, manoseada. Hasta por los
cretinos fosforescentes, estoy seguro, hay una oración que se eleva diariamente
en los Carmelos.
Nota: In memoriam María Luisa del Santísimo Sacramento, que profesó
a los cincuenta años y vivió un cuarto de siglo en la clausura,
orando por todos, incluido quien esto escribe.
El TV movie
“Teresa”, producido por TVE en 2015,
en el que una joven de hoy encuentra su camino a partir de la lectura de El Libro de la Vida es una excelente y
muy actual forma de presentar esa contemporaneidad que para una carmelita
representa Teresa de Ávila.
Fuente: http://elquijotesiglo21.blogspot.com.uy/2016/09/santa-teresa-de-avila-en-las-50-sombras.html
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El racismo: una ideología de
la modernidad
José Alfredo Elía Marcos
Durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX tiene lugar en el
mundo una de las páginas más vergonzosas de la historia contemporánea y que han
marcado las relaciones entre las culturas y las naciones de nuestro tiempo
presente.
El racismo es una ideología que bien podríamos enmarcar dentro de la “cultura
de la muerte”, un término acuñado por Juan Pablo II para denunciar aquellas
ideologías, estrategias y políticas de carácter antihumano que generan odio,
dolor y muerte. El racismo sienta sus bases en dos elementos clave de la
modernidad. Por una parte la ruptura religiosa que se produce en la Europa del
Renacimiento como consecuencia del protestantismo. Calvino, Lutero y otros
reformadores creen en la doctrina de la [N. del E.: doble] predestinación, una
teología en la que la salvación eterna se destina a unos pocos “elegidos”. Como
consecuencia de esta visión maniquea del ser humano, los individuos, las
sociedades y las naciones serán llamados, unos a salvarse, mientras que el
resto estarán predestinados a la condenación.
El pensamiento protestante parte de una concepción profundamente
pesimista del ser humano. Su antropología se basa en que el pecado original
corrompe esencialmente al hombre en su naturaleza. No hay lugar para que actúe
la benevolencia de la gracia, pues sólo Dios decide quién se salva. Ante este
panorama, sólo el Estado puede con sus leyes devolver la paz a la sociedad.
Esta situación de corrupción continua en que viven los hombres será el germen
de lo que los racistas del siglo XIX llamarán “decadencia de la
civilización occidental” consecuencia del contacto de esta con “elementos
indeseables” de otras civilizaciones, “corrompidos por el
vicio y las malas costumbres”.
El otro elemento esencial en la génesis del pensamiento racista es la
ruptura antropológica que el pensamiento ilustrado del siglo XVIII produce con
su idea de progreso humano desvinculada de toda visión trascendente de la
persona. No cabe buscar una salvación después de la muerte, sino que el
laicismo pregona una salvación ya en la tierra a través del progreso. Este
progreso se definirá como un proceso de perfeccionamiento biológico, cultural y
moral de las sociedades y los hombres. El progreso se convierte en la nueva
religión laica, fuera de la cual no existe salvación. Por todo
ello el racismo encontró su caldo ideológico en los países donde se había
desarrollado el protestantismo y el liberalismo ilustrado. Estos dos
elementos confluyen en el siglo XIX para constituir una de las peores
ideologías del inhumanismo contemporáneo.
El racismo es un conjunto de doctrinas que surgen en un momento
específico de la historia: la Modernidad, más en concreto durante la
Ilustración. Se irá desarrollando durante el siglo XIX incorporando datos de
las ciencias positivas, hasta alcanzar su apogeo con su aplicación en las
políticas genocidas del nacionalsocialismo alemán.
El estudio del racismo es complejo, pues las ideologías de la
muerte siempre son parciales y contradictorias, pero si pudiéramos
sintetizar los rasgos más importantes del racismo estos serían los siguientes.
1. Los
seres humanos se dividen fundamentalmente en razas. El factor raza adquiere así
una importancia antropológica decisiva.
2. Existe
una correspondencia entre los rasgos físicos y morales de cada raza. Cada raza
se define por una serie de características inmutables, que son transmitidas
hereditariamente. Estos rasgos heredados no se limitan tan solo a los rasgos
físicos, sino que incluyen también las aptitudes y actitudes psicológicas, que
son las que generan las diferencias culturales entre las naciones.
3. Existe
una jerarquía entre las razas, siendo la raza aria superior a las demás. Esta
superioridad no proviene del individuo sino del grupo o colectivo. Por ello en
cada raza son determinantes el conjunto de seres superiores, “bellos y
moralmente perfectos” que actúan como colectivo y transmiten su superioridad al
resto.
4. Las
razas superiores se “degeneran” al contacto con las inferiores. La mezcla de
razas contribuye a diluir la esencia de los grupos superiores ya que la sangre
se va degradando en las sucesivas “aleaciones”.
5. Preponderancia
del grupo sobre el individuo. No existe la individualización de las personas.
La persona es lo que su grupo “racial” de pertenencia es. La diferenciación al
interior de la raza no existe según la concepción racista.
6. La
historia no es más que la lucha de las razas en las que las superiores dominan
sobre las inferiores. La práctica política es el lugar de aplicación de las
tesis racistas. Rudolf Hess
diría que “El Nacional Socialismo no es otra cosa que la biología
aplicada”.
Una de las primeras veces que aparece el término racismo en
círculos académicos para referirse al dogma de la superioridad de unas razas
sobre otras, es en la obra de la antropóloga Ruth Benedict Race and Racism (1942).
En los siguientes años, el término se irá asociando a las políticas
segregacionistas de los Estados Unidos o al régimen de apartheid en
Sudáfrica. Benedict afirma que el racismo es una
religión establecida sobre una concepción naturalista del mundo. Ella propone
que el racismo es: “El dogma de que un grupo étnico está condenado por la
Naturaleza a una inferioridad, y otro grupo está destinado a una superioridad
hereditaria. Es el dogma de que la esperanza de la civilización depende de la
eliminación de algunas razas y del mantenimiento de otras en estado de pureza”. [1]
Para Andrey Smedley (1993)
son cinco los elementos que forman la construcción de la “raza” como base para
la ideología racista:
1. Los
grupos humanos pueden clasificarse universalmente como entidades bióticas
exclusivas y discretas. Los criterios de clasificación pueden ser dispares,
como rasgos fisiológicos, variaciones fonéticas y lingüísticas y aspectos
conductuales. En todo caso las categorías son arbitrarias y subjetivas
dependiendo siempre del observador que las enuncie.
2. Cada
grupo humano representa un ethos desigualitario, de tal
manera que a cada raza le corresponde una “personalidad” distinta.
3. El
tercer elemento consiste en creer que las características físicas externas de
las poblaciones humanas no son más que manifestaciones superficiales de
realidades más profundas como la inteligencia, la capacidad de mando, el
temperamento o actitudes morales.
4. El
cuarto elemento es considerar todas estas cualidades como heredadas y
heredables (heredabilidad de los caracteres
psicológicos).
5. El
último aspecto en la construcción de la ideología de la raza es considerar que
cada una de ellas viene determinada como es por leyes naturales fijas e
inalterables que nunca podrán ser franqueadas o superadas (determinismo
biológico).
Robert Miles critica las formas de neorracismo que
trasladan la doctrina de la raza a la cultura, sustituyendo la pureza racial
por la “autenticidad de la identidad cultural”. Para él, el
neorracismo está sustituyendo la biologización por la
culturalización. Miles define de esta manera el racismo: “El concepto de
racismo es una ideología. Funciona atribuyendo significados a ciertas
características fenotípicas y/o genéticas, que crea un sistema de
categorización y atribuye unas características adicionales a las personas
encuadradas en esa categoría”. [2]
A veces se asocia el racismo como una actitud y un sentimiento de odio o
rechazo ante una determinada etnia. Para aclararlo el antropólogo Juan
Aranzadi, en un artículo titulado Racismo y piedad, define el
racismo como una doctrina ideológica: «El racismo es una doctrina, una
teoría, una ideología, no una actitud, un sentimiento o una conducta. Aunque
estos últimos sean de distancia, desprecio, exclusión e incluso rechazo, sólo
merecen el calificativo de racistas cuando van acompañados y se racionalizan,
justifican y fundamentan en una ideología racista individualmente aceptada y
formulada como tal, y/o colectivamente sancionada por la ley, norma o costumbre
grupal». [3]
Como vemos, en lo que coinciden todos los investigadores actuales es que
el racismo es una ideología y que como toda ideología no es un simple sistema
de pensamiento, sino una concepción del mundo que, movida por una voluntad de
poder, busca imponerse para obtener rentabilidad política. Las ideologías no
persiguen alumbrar la verdad, sino hacerse con el poder en lo político y lo cultural.
Por eso, si es beneficioso para la propia voluntad de poder cambiar los hechos,
estos se cambian.
El historiador Tzvetan Todorov (1939-), Premio Príncipe de Asturias de Ciencias
Sociales en 2008, insiste en este aspecto ideológico del racismo y cómo el
resto de las disciplinas del conocimiento se orientan a justificarlo: “La
doctrina racista es aquella elaboración intelectual relativa a la existencia y
comportamiento de las razas humanas que se desarrolla desde mediados del siglo
XVIII, al principio promovida por la ciencia natural, y más tarde acompañada
por prácticamente todas las disciplinas del pensamiento y el saber humano, como
biólogos, anatomistas, filósofos, etólogos o filólogos, que llega a su apogeo y
derrumbe en el siglo XX al ser utilizada políticamente con nefastas
consecuencias”. [4]
El concepto de raza no es sino un estereotipo cultural que se basa en la
descripción de rasgos externos, color de la piel, pelo, rasgos faciales,
constitución anatómica, etc., que fueron por primera vez sistematizados por los
científicos de la modernidad. Así lo reconoció la UNESCO en la siguiente
declaración: “El racismo constituye, entre otras cosas, una simplificación
de la realidad, no sólo porque es obvio que no existen razas superiores ni
inferiores, sino porque en contra de lo que habitualmente se cree, hoy en día
está claro que el concepto de “raza” no tienen validez científica, ya que no
está vinculado a datos biológicos precisos; se trata más bien de una imagen
social condicionada en gran medida por la apariencia física de las personas”. [5]
En la actualidad la base científica del racismo no se puede mantener.
Estudios realizados en los últimos años sobre la genética de poblaciones
concluyen que no hay fundamento científico para clasificar a los seres humanos
en razas, y mucho menos para establecer una jerarquía entre ellas, ya que la
diversidad genética, bioquímica y sanguínea entre individuos de una misma
“raza” es incluso mayor que la que pueda existir entre “razas” distintas. El
biólogo Carles Lalueza escribe al respecto: “Se ha
descubierto que los seres humanos, considerados en conjunto, son notablemente
uniformes desde el punto de vista genético; no hay genes específicos de
poblaciones y prácticamente en cada población están representadas todas las
variantes genéticas (llamadas alelos) donde es posible localizar un gen. El
99,9 % del material genético de dos individuos elegidos al azar es idéntico, y
las diferencias se encuentran mayoritariamente en zonas del genoma que no son
codificadoras; además, la escasa variación genética existente la encontramos
entre individuos de una misma población más que entre individuos de poblaciones
diferentes. No hay, consecuentemente, una correspondencia entre divisiones
genéticas y clasificaciones raciales tradicionales. […] La biología molecular,
por tanto, lejos de reforzar la existencia de razas, constituye el principal
adversario de esta hipótesis, por eso, como dice el genetista Jaume Bertranpetit, de la Universidad Pompeu
Fabra, la ciencia es un arma contra el racismo”. [6]
El Premio Nobel de Medicina (1965) François Jacob afirma
que el término raza ha perdido para la biología su valor científico: “El
concepto de raza ha perdido cualquier valor operativo, y no puede sino fijar
nuestra visión de una realidad incesantemente movediza; el mecanismo de
transmisión de la vida afirma que cada individuo es único, que los individuos
no pueden ser jerarquizados y que la única riqueza es colectiva: está hecha de
diversidad. Todo lo demás es ideología”. [7]
Sin embargo la doctrina del racismo fue en el pasado ampliamente
difundida por grandes intelectuales y científicos. “Hace más de un siglo la
ciencia (…) redescubrió y, se dice, demostró que unos hombres eran distintos a
otros, que esta diferencia se basaba en razones morfológicas y conllevaba una
jerarquización y un derecho de opresión de los seres humanos”.
[8]
Por ello es necesario conocer por qué y cómo se gestó esta gran mentira
según la cual una raza se arrogaba el poder de dominio, control y a veces de
exterminio sobre otras. Este conocimiento nos ayudará a desarticular el racismo
como doctrina y a evitar que se vuelva a repetir esta pesadilla entre los
hombres.
Según la filósofa Hannah Arendt (1987)
durante el siglo XIX se crearon varias ideologías, pero solo dos de ellas
llegaron a tener relevancia: la que interpreta a la historia como una lucha
económica de clases y la que interpreta a la historia como una lucha natural de
razas. El atractivo de ambas para las grandes masas resultó tan decisivo que
obtuvieron el apoyo del Estado y se establecieron como doctrinas oficiales
nacionales. “Pero mucho más allá de las fronteras dentro de las cuales el
pensamiento de raza y el pensamiento de clase habían evolucionado hasta llegar
a ser normas obligatorias de pensamiento, la libre opinión pública las había
adoptado hasta el extremo que nadie aceptaba una interpretación de los hechos
del pasado o del presente que no fuera a través de una de estas perspectivas”. [9]
El racismo supone la racionalización de una serie de prejuicios con el
objetivo de mantener y sustentar unas situaciones de discriminación y
explotación de determinados grupos sociales. La cuestión de la raza se emplea
con fines políticos y para justificar así la discriminación y explotación de
gentes.
La teoría racista es en realidad un culto a la violencia. La raza se
convierte en fatalidad contra la que no cabe resistirse; de ahí que no pueda
apelarse a un supuesto humanismo, ya que sería contrario a las leyes de la
naturaleza según la biopolítica racista. Este pensamiento desemboca en un
estado de barbarie y de “cultura de la muerte”, como muestra el
autor nacionalsocialista Ernst Mann en Die Moral der Kraft (La moral de la fuerza): “Aunque aquel que a consecuencia de su
valentía en la lucha por el bien general se ha agenciado una grave lesión o
enfermedad, tampoco tiene derecho a cargar como lastre sobre sus semejantes
como inválido o enfermo. Si fue valiente para poner su vida en juego en la
lucha, debe poseer también la última valentía para terminar con el resto inútil
de su vida. El suicidio es el único gesto heroico que queda a los enfermizos y
a los débiles”. [10]
Esta doctrina de la desigualdad de los seres humanos y de opresión de
unos con otros contrasta con la doctrina del cristianismo sobre la igualdad en
dignidad de todos los seres humanos. El cristianismo parte de la base de que
cada ser humano [N. del E.: redimido] es hijo de Dios, por ello la humanidad es
una gran familia en la que todos son considerados hermanos, y como hermanos
somos coherederos en Cristo de toda la creación de un Dios Padre. “La
igualdad fundamental entre todos los hombres exige un reconocimiento cada vez
mayor. Porque todos ellos, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios,
tienen la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque, redimidos por Cristo,
disfrutan de la misma vocación y de idéntico destino”. [11]
[1] Ruth Benedict, Race:
Science and Politics (New York: Viking Press, 1959) p. 98.
[2] Robert Miles, Racism and Migrant Labour, Londres 1989. Citado por Graciela Malgesini
y Carlos Giménez, Guía de conceptos sobre migraciones, racismo e
interculturalidad, Ed. Catarata, 2000, p. 338.
[3] Juan Aranzadi, Racismo y Piedad, ISSN
1130-3689, Nº 13, 1991.
[4] T. Todorov, Nous et les autres: la réflexion française sur la diversité humaine, Paris, Seuil, 1989, p. 113.
[5] UNESCO, 1981.
[6] Carles Lalueza, Razas,
racismo y diversidad, Ed. Algar, 2002.
[7] F. Jacob, El racismo. Mitos y ciencias,
1981.
[8] J. L. Peset, Ciencia
y marginación. Sobre negros, locos y criminales, Madrid, Ed. Crítica, 1983,
p. 9.
[9] H. Arendt, 1987, p. 253.
[10] Ernst Mann, Moral
der Kraft, 1920.
[11] Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et Spes, n.
29; cf. también ibid. n. 60 (para el derecho a la
cultura); cf. Declaración Nostra Aetate, n. 5; Decreto Ad Gentes, n. 15;
Declaración Gravissimum Educationis,
n. 1 (para el derecho a la educación).
(José
Alfredo Elía Marcos, Las
mentiras del Racismo. El peligroso mito de la raza y la falaz ideología del
determinismo biológico, Sección 1.1).
Nota
de Fe y Razón: En
este número comenzamos a publicar, con permiso del autor y en entregas
sucesivas, un nuevo libro del Prof. José Alfredo Elía
Marcos: Las mentiras del Racismo. Es un libro muy trabajado, en el que el
autor expone el verdadero origen de la ideología del racismo, su desarrollo
histórico (colonialismo, apartheid, nazismo...) y cómo fue vencida
(teóricamente, que no en la práctica) durante el siglo XX. Es un texto
sorprendente y revelador de cómo una ideología materialista y atea originó una
falsa antropología sobre el hombre y sus relaciones; una ideología que tiene su
sustituto actual en otro planteamiento deshumanizador y destructor: la
ideología de género.
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Ideología de género: examen crítico de su difusión
Fray Nelson
Medina, OP
Este artículo tiene tres secciones: primero va un
examen de algunas incoherencias lógicas en el discurso usual del lobby LGBTI; segundo, una
denuncia sobre la manipulación del sistema legal, con la que se consigue que
algunas posturas, muy particularmente las propias de la Iglesia Católica, sean
siempre las que pierden; y tercero, un análisis sobre la estructura
general de las propuestas de este lobby
en sus muchos frentes.
Si Usted considera lógico, bueno o inevitable el cambio social que nos
quieren imponer, simplemente le invito a que lea hasta el final.
1. ¿Al fin qué: natural e irreversible o
cultural y maleable?
Los intentos de introducir como norma social que todo comportamiento
sexual debe ser aceptado contienen numerosas contradicciones en
su argumentación.
Uno de los modos de tratar de convencer a la gente de que la
homosexualidad es natural es presentarla como algo que está determinado desde
el principio de la existencia de cada persona, ya sea por los genes, por los
procesos epigenéticos prenatales, o por otra causa que no se explicita. Ese
es el lenguaje que subyace al famoso ejemplo “viral” del hombre que ha estado
encerrado o “prisionero” en un cuerpo de mujer, o viceversa. Cuando se dice
que una persona nació en un cuerpo que no es el suyo, se está diciendo que su
identidad –y su drama– han quedado determinados por su realidad interior y
corporal al momento de nacer.
Pero luego la gente del lobby gay
quiere que admitamos que, como dijo Humberto de la Calle, negociador del
gobierno colombiano ante las FARC, “no se nace hombre ni se nace mujer”. Esta
vez la idea que hay es que cada persona, en su libertad absoluta, puede
redefinir su “género” más allá de las imposiciones de la cultura. En
consonancia con esta otra línea de pensamiento, la cultura tradicional es
presentada de la peor forma posible: es machista, sexista, patriarcal,
discriminatoria, homofóbica, etc. Sobre ese fondo tenebroso se afirma entonces
que el ser humano, desde su individualidad soberana, puede y debe construir su
identidad sexual.
Obsérvese entonces lo que tenemos: por un lado nos quieren decir que hay
mujeres que NACIERON “encerradas” en cuerpos de hombres, o viceversa; para los
seguidores de la ideología de género esto implica que practicar la
homosexualidad es algo natural, tan natural como que mi cuerpo sienta sueño o
experimente sed. Lo homosexual, según esta línea, es natural y “así
nacieron” algunas personas. Por consecuencia, sería brutalmente injusto
maltratar a los que así nacieron. Eso nos dicen, por una parte.
Pero por otra parte, la proclamación desorbitada de la libertad
individual conduce a decir que UNO NO NACE NADA, ni hombre ni mujer ni nada,
de modo que habría que convencer a los individuos de que tienen el derecho y la
capacidad de convertirse y ser lo que quieran.
Creo que se nota la patente contradicción: los defensores de la
normalización social del comportamiento homosexual (o bisexual o intersexual…)
quieren que por un lado o por otro, es decir, como sea, admitamos su postura.
Si decimos que en esas prácticas hay algo que no es natural, nos hablan de que
la gente nace así; y luego, si les decimos que hay un bien social en el
matrimonio natural, nos echan a la cara la libertad que cada quien debe tener
para construir su “género” como le plazca. Pero al pretender argumentar
las dos cosas A LA VEZ en realidad muestran que no hay coherencia en su
pensamiento. No es entonces la verdad ni lo verdadero lo que los mueve. Son
entonces otros intereses.
Todo esto me hace recordar un chiste que vi en la televisión española
hace muchos años. Una señora es llevada al tribunal por haber asesinado a su
esposo. El fiscal le pregunta: “¿Es cierto, sí o no, que Usted asesinó a su
esposo con este puñal?” Y responde la señora: “Totalmente falso. Ni yo
lo maté ni fue con ese puñal…” A veces de tanto defenderse termina uno
mostrando su propia culpabilidad.
Si aquella gente fuera lógica se daría cuenta de
esto: no se puede decir que la homosexualidad es
algo con lo que se nace porque entonces eso contradice que el género es una
pura construcción de la voluntad humana en diálogo o bajo presión de la
cultura. Y tampoco se puede decir que el género es pura construcción individual
porque entonces hay que admitir que cuando la gente nace no tiene de por sí una
tendencia homosexual. Porque si la tuviera de nacimiento, habría que admitir
que también de nacimiento alguien nace “hombre” o nace “mujer” y eso contradice
de plano la teoría de género.
Mas la gran mayoría de ellos cuando no tienen argumentos,
abundan en insultos. La gente del lobby
gay no quiere oír argumentos. Es una experiencia muy dura intentar dialogar
con muchos de ellos, que sólo sienten la urgencia de imponer sus ideas, y sobre
todo sus leyes.
Si yo, que soy hombre, heterosexual, sacerdote católico y miembro de la
Orden de Santo Domingo, voy a hablar de estos temas, estos son los insultos que
suelo recibir, sin ningún argumento adicional:
- “¡Machista!”: Porque no me avergüenzo de ser hombre.
- “¡Sexista!”: Porque soy heterosexual convencido con razones y
datos del bien de la complementariedad entre los dones de los hombres y los de
las mujeres.
- “¡Homófobo!”: Porque no estoy de
acuerdo con sus contradicciones lógicas y numerosas falacias, que nos quieren vender
como argumentos.
- “¡Hipócrita! ¡Pederasta!”: Porque soy sacerdote
católico. No importa lo que mi boca diga; si lo dijo un sacerdote, queda
descalificado porque en la sociedad “tolerante” que ellos predican no hay que
dejar hablar a los que ya sabemos que son engendros perfectos y totales de
maldad, hipocresía y pederastia.
- “¡Inquisidor! ¡Torquemada!”: Porque soy dominico,
teólogo y predicador.
2. El juego de los derechos
Una estrategia muy socorrida para imponer leyes con apariencia de
legalidad es la manipulación oportunista de dos líneas jurídicas diferentes.
Por un lado, la democracia privilegia el parecer de la mayoría; por otro, los
gobiernos deben proteger a las minorías. Claramente las dos cosas tienen
sentido y merecen un lugar en una sociedad democrática. El problema no son esas
leyes o criterios legales sino el uso astuto y discriminatorio que se hace de
ellas.
En Irlanda, por ejemplo, el matrimonio llamado “igualitario” se
convirtió en ley debido a un proceso de referendo: puesto que la mayoría de la
población que votó quería matrimonio igualitario, la voz católica quedó
sepultada. El discurso en este caso es: “Puesto que estamos en un régimen
democrático y la mayoría de la población votó en contra de lo que ustedes los
católicos quieren, ustedes deben someterse a la ley”.
Con un criterio semejante se aplican leyes más y más opresivas en muchas
partes, siempre en perjuicio de la parte católica. Así por ejemplo, las
leyes británicas condujeron a la desaparición de los centros de adopción de los
católicos porque una ley, aprobada por mayoría del Parlamento, impide
que estas agencias pongan como criterio que los niños deben ser adoptados por
parejas heterosexuales.
Es decir, que queda claro que la mayoría tiene derechos, y que esos
derechos crean ley. ¿Correcto? No. Si resulta que la mayoría es
católica, entonces se aplica el otro criterio, el de que hay que defender a
las minorías.
Las historias sobre esa supuesta defensa de las minorías las conocemos
muy bien. Ejemplo: en cierto colegio público hay una mayoría aplastante de
alumnos católicos que vienen de familias católicas. Las familias quieren que en
los salones y otros lugares públicos sean visibles algunos signos de su fe, por
ejemplo, un crucifijo, porque estiman que un ambiente así señalado es parte de
la formación integral de sus hijos. Surge entonces la voz del gobierno
que esta vez no va a convertir en ley lo que la mayoría quiere sino que, a
nombre de las minorías, exige que se quite el crucifijo. ¿Resultado? Los
signos religiosos deben desaparecer de los lugares de la administración
pública.
Es decir, que si el católico es minoría, pierde porque le ganó
la mayoría; y si es mayoría, pierde porque hay que defender a las minorías.
Lo importante es que la Iglesia sea arrinconada, humillada, y sobre todo: que
salga de una buena vez del ámbito público. Que se hunda en sus oquedades y
termine de morirse en sus mazmorras.
Con una anotación adicional: si protestas (como por ejemplo,
escribiendo un artículo como este) es que pretendes defender los privilegios de
la Iglesia, estás tratando de imponer tu fe a todos, y has olvidado que
Constantino ya se murió y que a Franco ya lo enterraron. Todo indica que
algunos de los que así se expresan consideran honestamente que han respondido a
nuestras razones cuando solamente han escupido prejuicios y groserías.
Dicho de otro modo, lo que queda para el católico es: abraza la
injuria, trágate el insulto, y aquí no ha pasado nada.
Tanto se ha difundido este modo de hablar que algunos cristianos ya lo han
hecho parte de su propia forma de pensar. Tantas veces les han dicho que ser
católico es un asco, que se han convertido en cómplices útiles del nuevo
“orden” mundial, convencidos como están de que
hacer desaparecer a la Iglesia de lo público producirá una generación de
“auténticos” cristianos. El único problema con tal postura es que la
autenticidad del cristianismo no puede renunciar a instaurar en Cristo todas
las cosas, sean tan privadas como la sexualidad o tan públicas como la
educación, y ya sabemos que de lo uno y de lo otro se quiere a expulsar a
Cristo como diciéndole: “No te metas con mi vida privada y no asomes a la vida
pública”.
Otras formas de juego legal tienen que ver con la palabra “libertad”. El
resumen es: si el católico dice algo de los LGBTI, está atentando contra la
dignidad de ellos; si ellos u otros blasfeman o profanan lo más sagrado de
nuestra fe, la Eucaristía, todo es “libertad de expresión”. En la vida
en sociedad es frecuente que colisionen derechos y por eso es sencillo para un
gobierno, si así lo desea, hostigar a todo un sector de la población, como por
ejemplo los católicos, haciendo prevalecer siempre el derecho o ley que deja en
peor condición a los hostigados. Lo cual demuestra cuán ingenuos o cuán
crueles son los que van diciendo con simplista irresponsabilidad: “Y si el
católico se siente ofendido, que vaya a los tribunales…” En los
tribunales les espera esa clase de parcialidad, que añade nuevas injurias.
3. La conexión marxista
Llama la atención la facilidad con la que muchos aceptan lo que
no tiene consistencia ni científica, ni lógica, ni histórica. Sobre todo si
la única respuesta a las objeciones consiste en insultos, multas, ostracismo y
variadas formas de difamación y calumnia.
Es el caso que todo lo que no respalde la presión gay es considerado homofóbico. Si se hace una marcha por la
familia y uno se atreve a decir: “yo pienso distinto”, de inmediato la marcha
es calificada de discriminatoria y anti-gay.
¿Se percibe algo de aspecto o de olor a comunismo? Nadie debe extrañarse:
estamos efectivamente ante la eclosión arrogante de un nuevo marxismo con
tácticas harto semejantes a las que sirvieron a los antiguos discípulos del
autor de Das Kapital.
La transición del antiguo al nuevo marxismo es
evidente en algunos autores como Leonardo Boff, que pasó sin mucho traumatismo de lo que él llamó
defender a los pobres, a luego defender la grandeza “misteriosa” del amor, que
haría perfectamente razonable la unión entre homosexuales (ver, por
ejemplo, este video en portugués).
Pero la demostración mayor es el caso de los partidos de izquierda, que se han
apropiado de la imagen de defensores de los pobres, de las mujeres maltratadas
y ahora, por supuesto, de la población LGBTI “excluida”.
El marxismo de siempre ha considerado a los pobres como víctimas que
tienen que unirse para odiar, derribar y anular a sus antiguos amos. La
predicación del odio es una constante utilizada abundantemente por los Castro,
Ortega, Chávez, Maduro, Correa, Morales en Latinoamérica, y por los podemitas, entre otros, en España. El comunismo no
tiene fuerza que no venga del odio, pero es un odio que se disfraza de
redención de la clase oprimida, es decir, puro pretexto para descargar su golpe
contra la clase social que ellos llaman opresora. Por supuesto, el vacío
creado al eliminar esa clase dominante deben llenarlo con toda lógica los
defensores de los oprimidos. Deja que estos representantes del pueblo se
sienten en sus tronos y no podrás sacarlos de modo alguno. Haz la pregunta en
Cuba o mira el drama en tiempo real en Venezuela. ¿Habrá todavía alguien serio
que hable de democracia en Cuba o en Venezuela? La democracia fue la escalera
para subirse los que ahora están. Puestos en su pináculo de poder, saben bien
que deben aserrar esa escalera para que nadie más suba.
En el párrafo anterior cambia “pobres” por el llamado “colectivo” o la
llamada “comunidad” LGBTI, y tienes las mismas estrategias. Predicación
sofística del odio; ansia de poder; calumnia y difamación descaradas: el
esquema es el mismo. Por supuesto, la igualdad económica del marxismo de
antes ha quedado reemplazada por el igualitarismo sexual de este nuevo
marxismo. Y así como el marxismo económico contó con algunos teólogos y
sacerdotes que se consideraban profetas y fieles voceros del Dios que habla por
la Biblia, así, en estos movimientos recientes, no faltan tampoco los acólitos
que utilicen las palabras de la Escritura para dar apoyo sacrílego al nuevo
marxismo. Antes se mancilló una palabra tan bella como los “pobres”,
palabra que fue digna de una bienaventuranza de Cristo; ahora no se teme
manosear palabras como “amor”, o incluso “misericordia”.
La situación presente es, sin embargo, más grave que lo que había en la
primera oleada marxista, y por eso conviene examinar también las
diferencias entre uno y otro modo de buscar el poder y de imponerse
sobre naciones enteras. Hay que recordar al respecto que, como profeta, Marx
fracasó estrepitosamente: anunció el rápido triunfo del comunismo en Inglaterra
y no ocultó su desdén hacia Rusia. Esto hace pensar que su antropología
reduccionista, que trata de leer todo lo humano desde lo económico, sólo podía
tener un éxito muy limitado. En efecto: con todos sus defectos de egoísmo, el
mundo capitalista supo resistir a los sofismas de la Internacional
Socialista. Algo debe haber cambiado para que, en cambio, la
ideología de género avance a gran velocidad por mentes, leyes y
corazones de millones de personas.
El nuevo marxismo ha aprendido que mostrar tantos
puños, hoces y martillos, como estilaban los comunistas de antes, puede ser
contraproducente, por un principio
político bien conocido: si empiezas a producir “mártires” le estás dando fuerza
a la oposición. Además, los encarcelados del socialismo, como es el caso ahora
mismo de Leopoldo López en Venezuela, son claramente nuevos
oprimidos, de modo que nuevas fuerzas sociales te pueden repetir lo que tú
hiciste: fortalecerse a partir de la solidaridad humana con aquel a quien se
niegan sus derechos. Desaparecer a la gente, como pasó tantas veces en Cuba,
tampoco es buena idea porque casi toda persona humana tiene quien la recuerde y
quien lamente su partida.
Por todo ello el nuevo marxismo esconde su odio en diversos ropajes, por
ejemplo, en una legalidad llena de trampas y prevaricaciones. Haz una
ley de educación que impone ideología de género, y luego empieza a multar a los
colegios que no cumplan con esa ley, la cual no se discute porque simplemente…
es ley del país. El efecto neto es el mismo, y así puede seguir ondeando la
bandera arcoiris. Y sin embargo, el odio y la
represión están ahí, bien orquestados por los medios de comunicación. Estos
mismos medios se encargan de perpetuar la idea de que las víctimas son siempre
las que conviene que sean: cualquier caso de ataque físico a un homosexual será
difundido, repetido, recocinado, impreso,
fotocopiado, levantado en efigie, llorado en largo lamento público. Y la
maquinaria funciona: se llama neomarxismo rosa.
Conclusión
Ni desde el punto de vista de la coherencia del discurso, ni desde la
evidencia científica, ni desde un régimen jurídico que pudiera llamarse
imparcial, tiene cimiento o razón la propagación acelerada de la ideología de
género. Ciertamente carece de razones pero no carece de motivos ni de
aliados ni de fuerza. Cuando todavía gozamos de un poco de libertad de
expresión, es necesario hacer esta clase de denuncias. Quizás algunos
despierten y comprendan que estamos ante uno de los retos más formidables del siglo
XXI. Lo que está en juego es la familia, los niños, y con ellos, el futuro
mismo de la sociedad. Claramente lo que se pretende con la ideología de
género va más allá de los placeres o afectos de gays o lesbianas; la meta real es suprimir toda instancia entre el
individuo y el Estado, para poder controlar a los individuos totalmente, y
como sucede que tanto la familia como la Iglesia son estorbos odiosos en la
consecución de esa meta, contra ellas se vuelca con ira el colectivo LGBTI,
según se ve en sus burlas sacrílegas a la fe en casi cada una de sus marchas.
Quiera Dios que muchos despierten, y que algunos puñados de valientes redescubran la
grandeza de la sana doctrina que expone, por ejemplo la Iglesia Católica en el
Catecismo:
2357. La homosexualidad
designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción
sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas
muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico
permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura, que
los presenta como depravaciones graves (cf. Gn
19,1-29; Rm 1,24-27; 1 Co 6,10; 1 Tm 1,10), la
Tradición ha declarado siempre que “los actos homosexuales son intrínsecamente
desordenados” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl.
Persona humana, 8). Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al
don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y
sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso.
2358. Un número
apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales profundamente
arraigadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la
mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto,
compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de
discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de
Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del
Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición.
2359. Las personas
homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí
mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una
amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben
acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana.
Fuente: http://infocatolica.com/blog/mundoescorinto.php/1609140540-ideologia-de-genero-examen-cr
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Los
obispos de Nueva Zelanda piden a los colegios católicos del país
que sean auténticamente católicos
Gaudium Press
La Conferencia de Obispos Católicos de Nueva
Zelanda envió una carta a los miembros de las juntas directivas de las escuelas
católicas del país en la cual recuerdan su deber fundamental: «que la escuela
sea fiel a su naturaleza como escuela católica, y fiel a su propósito, el cual
es proveer educación católica a los jóvenes formándolos como discípulos de
Cristo».
Los
obispos pidieron poner el tema de la identidad religiosa en el centro del
funcionamiento de los centros, en unos momentos en que «la preservación y el
mejoramiento del carácter católico pueden ser marginados fácilmente por los
requerimientos del estado o una persecución estrecha del éxito
académico». Los pastores afirmaron que la responsabilidad sobre la identidad
católica de las instituciones educativas pertenece a todos los miembros de la
junta y no sólo a quien representa al propietario de la escuela.
De
igual manera, advirtieron que los encargados de los estudios religiosos
en las escuelas «no deberían tener que pedir espacio para el carácter católico
entre otras prioridades» que la junta establece para la administración
de los planteles. Si las prioridades de la junta directiva son
«predominantemente seculares en su naturaleza» será muy difícil para el
director de la escuela cumplir su papel con respecto al carácter católico de la
institución. El papel del director debe ser el de un líder espiritual
al interior de la escuela.
Los prelados pidieron a las juntas directivas «apoyar al director en
mantener los requerimientos mínimos de horas de educación religiosa en contra de la presión desde otras áreas del
currículo» y dejar de lado «una perspectiva en algunas juntas de que disminuir
el carácter católico de la escuela atraería más suscripciones». Los Obispos
pidieron reflexionar sobre si las prioridades seculares tienen mayor peso en
las juntas directivas y recordaron que «lo que ustedes valoren será valorado en
la escuela y reflejado en las personas nombradas en su personal».
Fuente: http://infocatolica.com/?t=noticia&cod=27384
¡Dichoso
el hombre que no sigue
el consejo
de los impíos,
ni en
la senda de los pecadores se detiene,
ni en
el banco de los burlones se sienta,
mas se
complace en la ley de Yahveh,
su ley
susurra día y noche!
Es como un
árbol plantado
junto a
corrientes de agua,
que da
a su tiempo el fruto,
y jamás
se amustia su follaje;
todo lo
que hace sale bien.
¡No así los
impíos, no así!
Que ellos son
como paja que se lleva el viento.
Por eso, no
resistirán en el Juicio los impíos,
ni los
pecadores en la comunidad de los justos.
Porque Yahveh conoce el camino de los justos,
pero el
camino de los impíos se pierde.
Fuente: Biblia de
Jerusalén.
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publicados en “Fe y Razón”
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perspectivas del laicado católico en nuestro tiempo
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Miguel Antonio Barriola, “Cristo amó a la Iglesia” (Ef 5,25). Reflexiones sobre la cristología
de J. L. Segundo y la eclesiología de H. Küng
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Horacio Bojorge, Teologías deicidas. El pensamiento de Juan
Luis Segundo en su contexto, Segunda edición
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cristiana y la cultura de la muerte
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inteligente y la fe cristiana
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“Hoy se hace
necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la
Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa
o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de
decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente,
como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los
discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una
apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de
Aparecida, n. 229).
Contacto: feyrazon@gmail.com
Fundadores: Ing. Daniel Iglesias, Lic. Néstor Martínez, Diác. Jorge Novoa.
Equipo de Dirección: Ing. Daniel Iglesias, Lic.
Néstor Martínez, Ec. Rafael Menéndez.
Colaboradores: Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola, R. P. Lic.
Horacio Bojorge SJ, Mons. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara,
Dr. Eduardo Casanova, Carlos Caso-Rosendi,
Ing. Agr. Álvaro Fernández, Mons. Dr. Jaime Fuentes,
Dr. Pedro Gaudiano, Diác.
Prof. Milton Iglesias Fascetto (+), Pbro. Dr. José María Iraburu, Diác. Jorge Novoa, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Miguel Pastorino, Santiago Raffo, Juan Carlos
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