Fe y Razón

Revista gratuita de teología y cultura católica

Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 124 – 2 de septiembre de 2016

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

(“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”)

Santo Tomás de Aquino

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Creo en la Iglesia Católica

Equipo de Dirección

Libros

Fe y Razón publicó el libro “Comentarios sobre la Amoris Laetitia”, de José María Iraburu

Equipo de Dirección

Libros

Fe y Razón publicó el libro “Comentarios sobre la Amoris Laetitia”, de Néstor Martínez Valls

Equipo de Dirección

Magisterio

Homilía en el IX aniversario de la coronación de Su Santidad

Papa Beato Pablo VI

Espiritualidad

La vara y el cayado

Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola

Historia de la Iglesia

Lutero, gran hereje

Pbro. Dr. José María Iraburu

Historia de la Iglesia

Beatificación de 38 mártires albaneses del comunismo

Jorge Soley

Teología

La predicación misionera de la Iglesia desalentada en Karl Rahner

P. Julio Meinvielle

Apologética

¿Quién escribió los Evangelios? ¿Ellos están completos?

Raymond de Souza, KM

Familia y Vida

Una utopía materialista: el transhumanismo

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Familia y Vida

La eutanasia al descubierto

José Alfredo Elía Marcos

Familia y Vida

Cuando el matrimonio entre un hombre y una mujer es "una verdad que ya no se puede decir"

Obispos de Australia

Oración

Oración a María, madre de la Iglesia y madre de nuestra fe

Papa Francisco

 

 

Creo en la Iglesia Católica

 

Equipo de Dirección

 

Muchas personas que se autodefinen como cristianas dicen: Yo creo en Dios pero no en la Iglesia”. En cambio el Credo de Nicea y Constantinopla, que expresa la verdadera fe cristiana, dice: “Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica”. Y la Profesión de Fe agrega lo siguiente: “Creo, también, con fe firme, todo aquello que se contiene en la Palabra de Dios escrita o transmitida por la Tradición, y que la Iglesia propone para ser creído, como divinamente revelado, mediante un juicio solemne o mediante el Magisterio ordinario y universal.”

 

No hay Cristo sin Iglesia ni Iglesia sin Cristo. Cristo está indisolublemente unido a la Iglesia, su Esposa. La fe cristiana no es solamente fe en Dios y en Jesucristo; es también fe en la Iglesia fundada por Cristo, la Iglesia Católica. Dios no quiere tener con cada uno de nosotros una relación aislada o individualista. “En la plenitud de los tiempos, Dios Padre envió a su Hijo como Redentor y Salvador de los hombres caídos en el pecado, convocándolos en su Iglesia, y haciéndolos hijos suyos de adopción por obra del Espíritu Santo y herederos de su eterna bienaventuranza” (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 1).

 

La Iglesia peregrina es necesaria para la salvación, porque sólo ella es el Cuerpo de Cristo, único Salvador (cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen Gentium, 14). Así como el Padre envió a su Hijo Jesucristo para la salvación de los hombres, Cristo fundó y envió a la Iglesia, con la fuerza del Espíritu Santo, para continuar su misión de salvación. La Iglesia de Cristo y de los Apóstoles es la misma Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él (cf. Lumen Gentium, 8).

 

La Iglesia es un misterio, es decir una realidad divina, trascendente y salvífica que se manifiesta visiblemente. De ahí que no la podamos comprender plenamente; no obstante podemos comprenderla en alguna medida por medio de la razón elevada por la fe. La palabra griega “mysterion” fue traducida al latín como “sacramentum”. Un sacramento es un signo eficaz de la gracia de Dios. Por ser un signo de la gracia (o sea, del amor gratuito de Dios), el sacramento manifiesta visiblemente una realidad invisible y trascendente. Por ser un signo eficaz, el sacramento realiza lo que significa, hace presente, viva y operante la gracia de Dios. Por medio del sacramento, Dios mismo se auto-comunica al hombre. El Dios vivo nos da su propia vida, que es la vida del espíritu, la vida eterna.

 

Cristo es el sacramento de Dios. Él es la imagen visible de Dios invisible, la manifestación plena del amor del Padre. “En Él habita corporalmente la Plenitud de la Divinidad” (Colosenses 2,9).

 

La Iglesia es el sacramento de Cristo. Ella es el Cuerpo Místico de Cristo resucitado, formado por todas las personas que (por la fe y el bautismo) han recibido el Espíritu Santo que Él les comunicó. La Cabeza de este Cuerpo es Cristo, quien ama a la Iglesia como a su Esposa y se entrega a ella enteramente. Cristo instituyó a su Iglesia en la tierra como una sociedad visible, provista de órganos jerárquicos, y la enriqueció con los bienes celestiales. Ella es la dispensadora de su gracia, la presencia social del amor de Dios en medio de los hombres. La claridad de Cristo, luz de los pueblos, resplandece sobre la faz de la Iglesia. Ella es en Cristo como un sacramento, o sea un signo e instrumento de la unión íntima de los hombres con Dios y de la unidad de todo el género humano. La Iglesia es el sacramento universal de salvación, el sacramento primordial, del cual los siete sacramentos son otras tantas expresiones privilegiadas. Su alma es el Espíritu Santo, que une en el Cuerpo de Cristo a quienes compartimos una misma fe y vivimos en una misma comunión de amor con Dios.

 

La Iglesia no es una institución meramente humana, como todas las demás. Es una institución divino-humana, que en cierto sentido guarda una analogía con la Encarnación del Hijo de Dios. La única persona de Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, sin confusión ni separación de las dos naturalezas. Análogamente, la Iglesia una es verdaderamente obra de Dios y obra de los hombres. Por eso la realidad de la Iglesia-Misterio va mucho más allá de lo que podemos ver de ella.

 

Lamentablemente, hoy muchos cristianos piensan que la Iglesia es algo secundario o transitorio. Lo importante sería el Reino de Dios; la Iglesia sería válida sólo en la medida en que sirviera al crecimiento del Reino. Esas personas no perciben la íntima conexión entre Iglesia y Reino de Dios porque han perdido de vista la esencial dimensión mistérica de la Iglesia; y así han caído en una visión secularista de la Iglesia como simple organización humana. Esa visión no es correcta, puesto que no es posible separar Iglesia y Reino de Dios, como si la Iglesia fuera un mero instrumento del Reino, comparable a otros. Para superar la actual crisis de fe, los cristianos necesitan, entre otras cosas, creer en el misterio de la Iglesia, en su belleza eterna. El Concilio Vaticano II en cierto modo identifica a la Iglesia con el Reino: “Cristo... inauguró en la tierra el reino de los cielos, nos reveló su misterio y con su obediencia realizó la redención. La Iglesia o reino de Cristo, presente actualmente en misterio, por el poder de Dios crece visiblemente en el mundo” (Lumen Gentium, 3). La Iglesia terrestre es el Reino de Dios en germen y la Iglesia celestial es el Reino de Dios consumado.

 

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Fe y Razón publicó el libro “Comentarios sobre la Amoris Laetitia”,

de José María Iraburu

 

Equipo de Dirección

 

El Centro Cultural Católico “Fe y Razón” se complace en anunciar la publicación del título N° 12 de su Colección de Libros “Fe y Razón”: José María Iraburu, Comentarios sobre la Amoris Laetitia. En este libro de 100 páginas el autor analiza la exhortación apostólica postsinodal Amoris Laetitia del Papa Francisco sobre el amor en la familia,  le da una interpretación acorde con la doctrina católica bíblica y tradicional, y critica las interpretaciones contrarias a esa doctrina. La obra reúne diez artículos publicados por el autor en su blog Reforma o apostasía en el portal InfoCatólica, a saber:

 

  1. Amoris Laetitia 301: discernir atenuantes y doctrina de Santo Tomás
  2. El capítulo 8° no es propiamente Magisterio pontificio
  3. Verificación de un principio de moral fundamental
  4. ¿Atenuantes o eximentes?... El martirio
  5. Imputación, conciencia y normas morales
  6. Norma moral, discernimiento y conciencia –I
  7. Norma moral, discernimiento y conciencia –y II
  8. Amoris Laetitia. ¿Y ahora qué?...
  9. Complementos
  10. Amoris Lætitia 149. «Ampliación de la consciencia» para «la perfección y dilatación del deseo»

 

De momento, Comentarios sobre la Amoris Laetitia está disponible sólo como libro electrónico en formato Kindle en: http://www.amazon.com/dp/B01JUWNJ5G (precio: US$ 4.00).

 

Para leer este ebook no se requiere un dispositivo Kindle. Amazon ofrece la posibilidad de descargar fácilmente una aplicación gratuita llamada Kindle App, que permite leer libros Kindle en cualquier computadora, tablet o smartphone. Basta que ingreses tu número de teléfono móvil o tu dirección de email para que Amazon te envíe un enlace para descargar esa aplicación gratuita. 

 

José María Iraburu (Pamplona, 1935-), estudió en Salamanca y fue ordenado sacerdote (Pamplona, 1963). Tuvo sus primeros ministerios pastorales en Talca, Chile (1964-1969). Doctorado en Roma (1972), enseñó Teología Espiritual en la Facultad de Teología de Burgos (1973-2003), alternando la docencia con la predicación de retiros y ejercicios en España y en Hispanoamérica, sobre todo en Chile, México y Argentina. Con el Venerable sacerdote José Rivera (+1991), cuyas virtudes heroicas fueron declaradas por el Papa en octubre de 2015, escribió Espiritualidad católica, la actual Síntesis de espiritualidad católica. Con él y otros estableció la Fundación GRATIS DATE (1988-). Ha colaborado con Radio María con los programas Liturgia de la semana, Dame de beber y Luz y tinieblas (2004-2009). Ahora es responsable del blog Reforma o apostasía.

 

Te invitamos a comprar y leer este excelente libro. Además, te rogamos que difundas esta noticia. Desde ya muchas gracias. Que Dios te bendiga.

 

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Fe y Razón publicó el libro “Comentarios sobre la Amoris Laetitia”,

de Néstor Martínez Valls

 

Equipo de Dirección

 

El Centro Cultural Católico “Fe y Razón” se complace en anunciar la publicación del título N° 13 de su Colección de Libros “Fe y Razón”: Néstor Martínez Valls, Comentarios sobre la Amoris Laetitia. En este libro de 64 páginas el autor analiza la exhortación apostólica postsinodal Amoris Laetitia del Papa Francisco sobre el amor en la familia,  le da una interpretación acorde con la doctrina católica bíblica y tradicional, y critica las interpretaciones contrarias a esa doctrina. La obra tiene un prólogo de Daniel Iglesias Grèzes y reúne ocho artículos publicados por el autor en su blog No sin grave daño en el portal InfoCatólica, a saber:

 

  1. Algunas observaciones sobre la imputabilidad
  2. Comer y beber indignamente el Cuerpo del Señor
  3. Una referencia a Santo Tomás
  4. Lo que el Cap. VIII no dice, pero parece decir
  5. La ley natural y su formulación
  6. ¿Qué debe hacer un sacerdote?
  7. Más controversias sobre Amoris Laetitia
  8. Dos ejemplos del uso de textos magisteriales en Amoris Laetitia

 

De momento, Comentarios sobre la Amoris Laetitia está disponible sólo como libro electrónico en formato Kindle en: http://www.amazon.com/dp/B01K3WC1NS (precio: US$ 4.00).

 

Para leer este ebook no se requiere un dispositivo Kindle. Amazon ofrece la posibilidad de descargar fácilmente una aplicación gratuita llamada Kindle App, que permite leer libros Kindle en cualquier computadora, tablet o smartphone. Basta que ingreses tu número de teléfono móvil o tu dirección de email para que Amazon te envíe un enlace para descargar esa aplicación gratuita. 

 

Néstor Martínez Valls nació en Montevideo (Uruguay) en 1957. Se graduó como Licenciado en Filosofía en la Facultad de Humanidades de la Universidad de la República en 1997. Es Profesor de Filosofía en la Facultad de Teología del Uruguay “Monseñor Mariano Soler” y en la Universidad de Montevideo. Es socio fundador y Presidente del Centro Cultural Católico “Fe y Razón” y socio fundador y Secretario Académico de la Sección Uruguay de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino (SITA). Fue miembro del Instituto Arquidiocesano de Bioética "Juan Pablo II" e integrante de la Mesa Coordinadora Nacional por la Vida. En 1999, junto con el Diác. Jorge Novoa y el Ing. Daniel Iglesias, creó Fe y Razón, un sitio web de teología y filosofía cuyo propósito es contribuir a la evangelización de la cultura en fidelidad al Magisterio de la Iglesia Católica y difundir la obra de Santo Tomás de Aquino y otros grandes pensadores cristianos; en 2010 ese grupo informal se transformó en un Centro Cultural Católico.

 

Néstor Martínez colabora desde 2011 con el portal InfoCatólica, diario digital católico de información y opinión socio-religiosa. En dicho portal, está a cargo del blog No sin grave daño. Ha publicado varios libros y artículos sobre temas de filosofía, bioética y teología. La Colección de Libros “Fe y Razón” incluye tres obras de su autoría.

 

Te invitamos a comprar y leer este excelente libro. Además, te rogamos que difundas esta noticia. Desde ya muchas gracias. Que Dios te bendiga.

 

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Homilía en el IX aniversario de la coronación de Su Santidad

Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo –Jueves 29 de junio de 1972

 

Papa Beato Pablo VI

 

(Nota de Fe y Razón: Esta homilía del Beato Pablo VI fue una de las principales alocuciones de su pontificado (1963-1978). Sin embargo, en el sitio web de la Santa Sede está disponible sólo en italiano, y no con su texto original y completo, sino por medio de un informe un poco resumido y no siempre literal, proveniente tal vez de L’Osservatore Romano. Hasta donde sabemos, ésta es la primera publicación completa en Internet y en español de ese informe. La traducción del italiano es de Daniel Iglesias Grèzes).

 

Al atardecer del jueves 29 de junio, solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, en presencia de una considerable multitud de fieles provenientes de cada parte del mundo, el Santo Padre celebra la Misa y el inicio de su décimo año de Pontificado, como sucesor de San Pedro. Con el Decano del Sacro Colegio, Señor Cardenal Amleto Giovanni Cicognani y el Vicedecano Señor Cardenal Luigi Traglia son treinta los Purpurados, de la Curia y algunos Pastores de diócesis, hoy presentes en Roma. Dos Señores Cardenales por cada Orden acompañan procesionalmente al Santo Padre al altar. En pleno el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, con el Sustituto de la Secretaría de Estado, arzobispo Giovanni Benelli, y el Secretario del Consejo para los Asuntos Públicos de la Iglesia, arzobispo Agostino Casaroli. Damos un informe de la Homilía de Su Santidad.

 

El Santo Padre comienza afirmando que debe un vivísimo agradecimiento a cuantos, Hermanos e Hijos, están presentes en la Basílica y a cuantos, desde lejos, pero a ellos espiritualmente asociados, asisten al sagrado rito, el cual, a la intención celebrativa del Apóstol Pedro, a quien está dedicada la Basílica Vaticana, privilegiada guardiana de su tumba y de sus reliquias, y del Apóstol Pablo, siempre a unido a él en el designio y en el culto apostólico, une otra intención, aquella de recordar el aniversario de su elección a la sucesión en el ministerio pastoral del pescador Simón, hijo de Jonás, por Cristo denominado Pedro, y por lo tanto en la función de Obispo de Roma, de Pontífice de la Iglesia universal y de visible y humildísimo Vicario en la tierra de Cristo el Señor. El agradecimiento vivísimo es por cuanto la presencia de tantos fieles le demuestra de amor a Cristo mismo en el signo de su pobre persona, y lo asegura por tanto de su fidelidad e indulgencia hacia él, así como de su propósito, para él consolador, de ayudarlo con su oración.

 

La Iglesia de Jesús, la Iglesia de Pedro

 

Pablo VI prosigue diciendo que no quiere hablar, en su breve discurso, de él, San Pedro, porque sería demasiado largo y quizás superfluo para quienes ya conocen su admirable historia; ni de sí mismo, de quien ya bastante hablan la prensa y la radio, a las que por lo demás expresa su debido reconocimiento. Queriendo más bien hablar de la Iglesia, que en aquel momento y desde aquella sede parece aparecer delante de sus ojos como extendida en su vastísimo y complicadísimo panorama, se limita a repetir una palabra del mismo Apóstol Pedro, como dicha por él a la inmensa comunidad católica; por él, en su primera carta, recogida en el canon de los escritos del Nuevo Testamento. Este bellísimo mensaje, dirigido desde Roma a los primeros cristianos del Asia menor, de origen en parte judío, en parte pagano, como para demostrar ya desde entonces la universalidad del ministerio apostólico de Pedro, tiene carácter parenético, o sea exhortativo, pero no carece de enseñanzas doctrinales, y la palabra que el Papa cita es justamente tal, tanto que el reciente Concilio la ha atesorado por una de sus enseñanzas características. Pablo VI invita a escucharla como pronunciada por San Pedro mismo para todos aquellos a los cuales en aquel momento él la dirige.

 

Después de haber recordado el pasaje del Éxodo en el que se narra cómo Dios, hablando a Moisés antes de entregarle la Ley, dice: «Yo haré de este pueblo, un pueblo sacerdotal y real», Pablo VI declara que San Pedro ha retomado esta palabra tan emocionante, tan grande, y la ha aplicado al nuevo pueblo de Dios, heredero y continuador del Israel de la Biblia para formar un nuevo Israel, el Israel de Cristo. Dice San Pedro: será el pueblo sacerdotal y real que glorificará al Dios de la misericordia, el Dios de la salvación.

 

Esta palabra, observa el Santo Padre, ha sido malinterpretada por algunos, como si el sacerdocio fuese un orden solo, y por ende fuese comunicado a cuantos son insertados en el Cuerpo Místico de Cristo, a cuantos son cristianos. Esto es verdad por cuanto se refiere a lo que es indicado como sacerdocio común, pero el Concilio nos dice, y la Tradición ya lo había enseñado, que existe otro grado del sacerdocio, el sacerdocio ministerial, que tiene facultades y prerrogativas particulares y exclusivas.

 

Pero lo que afecta a todos es el sacerdocio real y el Papa se detiene sobre el significado de esta expresión. Sacerdocio quiere decir capacidad de rendir culto a Dios, de comunicarse con Él, de ofrecerle dignamente algo en su honor, de conversar con Él, de buscarlo siempre en una profundidad nueva, en un descubrimiento nuevo, en un amor nuevo. Este impulso de la humanidad hacia Dios, que nunca es suficientemente logrado, ni suficientemente conocido, es el sacerdocio de quien es insertado en el único Sacerdote, que es Cristo, después de la inauguración del Nuevo Testamento. Quien es cristiano es por lo mismo dotado de esta calidad, de esta prerrogativa de poder hablar al Señor en términos verdaderos, como de hijo a padre.

 

El necesario coloquio con Dios

 

«Audemus dicere» [Nos atrevemos a decir]: podemos realmente celebrar, delante del Señor, un rito, una liturgia de la oración común, una santificación de la vida incluso profana que distingue al cristiano de quien no es cristiano. Este pueblo es distinto, aunque esté confundido en medio de la marea grande de la humanidad. Tiene su distinción, su característica inconfundible. San Pablo lo llama «segregatus» [separado], distanciado, distinto del resto de la humanidad justo porque está investido de prerrogativas y de funciones que no tienen los que no poseen la extrema fortuna y la excelencia de ser miembros de Cristo.

 

Pablo VI agrega, entonces, que los fieles, los cuales son llamados a la filiación divina, a la participación del Cuerpo Místico de Cristo, y son animados por el Espíritu Santo, y hechos templos de la presencia de Dios, deben ejercitar este diálogo, este coloquio, esta conversación con Dios en la religión, en el culto litúrgico, en el culto privado, y extender el sentido de la sacralidad también a las acciones profanas. «Ya sea que comáis o que bebáis –dice San Pablo– hacedlo por la gloria de Dios». Y lo dice más veces, en sus cartas, como para reclamar al cristiano la capacidad de infundir algo nuevo, de iluminar, de sacralizar incluso las cosas temporales, externas, pasajeras, profanas.

 

Se nos invita a dar al pueblo cristiano, que se llama Iglesia, un sentido verdaderamente sagrado. Y sentimos el deber de contener la ola de profanidad, de desacralización, de secularización que sube y quiere confundir y ahogar el sentido religioso en el secreto del corazón, en la vida privada o incluso en las afirmaciones de la vida exterior. Se tiende hoy a afirmar que no es necesario distinguir un hombre de otro, que no hay nada que pueda obrar esta distinción. Más bien, se tiende a restituir al hombre su autenticidad, su ser como todos los demás. Pero la Iglesia, y hoy San Pedro, llamando al pueblo cristiano a la conciencia de sí, le dicen que es el pueblo elegido, distinto, «comprado» por Cristo, un pueblo que debe ejercitar una relación particular con Dios, un sacerdocio con Dios. Esta sacralización de la vida hoy no debe ser cancelada, expulsada de las costumbres y de la realidad cotidiana como si no debiera aparecer más.

 

Sacralidad del pueblo cristiano

 

Hemos perdido, señala Pablo VI, el hábito religioso, y muchas otras manifestaciones exteriores de la vida religiosa. Sobre esto hay mucho para discutir y mucho para conceder, pero debemos mantener el concepto, y con el concepto también algunos signos, de la sacralidad del pueblo cristiano, de los que son injertados en Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

 

Hoy algunas corrientes sociológicas tienden a estudiar la humanidad prescindiendo de este contacto con Dios. La sociología de San Pedro, en cambio, la sociología de la Iglesia, para estudiar a los hombres pone en evidencia justo este aspecto sagrado, de conversación con lo inefable, con Dios, con el mundo divino. Es preciso afirmarlo en el estudio de todas las diferencias humanas. Por más heterogéneo que se presente el género humano, no debemos olvidar esta unidad fundamental que el Señor nos confiere cuando nos da la gracia: somos todos hermanos en el mismo Cristo. No hay más ni judío, ni griego, ni escita, ni bárbaro, ni hombre, ni mujer. Todos somos una sola cosa en Cristo. Todos somos santificados, todos tenemos la participación en este grado de elevación sobrenatural que Cristo nos ha conferido. San Pedro nos lo recuerda: es la sociología de la Iglesia que no debemos borrar ni olvidar.

 

Cuidados y afecto por los débiles y los desorientados

 

Pablo VI se pregunta, entonces, si la Iglesia de hoy se puede confrontar con tranquilidad con las palabras que Pedro ha dejado en herencia, ofreciéndolas como meditación. «Pensamos de nuevo en este momento con inmensa caridad –dijo el Santo Padre– en todos nuestros hermanos que nos dejan, en los muchos que son fugitivos y olvidados, en los muchos que quizás nunca han llegado siquiera a tener conciencia de la vocación cristiana, aunque hayan recibido el Bautismo. ¡Cómo quisiéramos realmente extender las manos hacia ellos, y decirles que el corazón está siempre abierto, que la puerta es fácil, y cómo quisiéramos hacerlos partícipes de la grande, inefable fortuna de nuestra felicidad, la de estar en comunicación con Dios, que no nos quita nada de la visión temporal y del realismo positivo del mundo exterior!»

 

Tal vez nuestro estar en comunicación con Dios nos obliga a renuncias, a sacrificios, pero mientras nos priva de algo multiplica sus dones. Sí, impone renuncias pero nos hace sobreabundar de otras riquezas. No somos pobres, somos ricos, porque tenemos la riqueza del Señor. «Y bien –agrega el Papa– querríamos decir a estos hermanos, de quienes sentimos casi el desgarro en las vísceras de nuestra alma sacerdotal, cuánto nos están presentes, cuánto ahora y siempre y más los amamos y cuánto rezamos por ellos y cuánto buscamos con este esfuerzo que los persigue, los rodea, suplantar la interrupción que ellos mismos interponen a nuestra comunión con Cristo».

 

Refiriéndose a la situación de la Iglesia de hoy, el Santo Padre afirma tener la sensación de que «por alguna grieta ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios». Hay duda, incertidumbre, problemas, inquietud, insatisfacción, confrontación. No se confía más en la Iglesia; se confía en el primer profeta profano que viene a hablarnos desde algún periódico o desde algún movimiento social para correr tras él y preguntarle si tiene la fórmula de la verdadera vida. Y no nos damos cuenta de que en cambio ya somos nosotros dueños y maestros [de esa fórmula]. Ha entrado la duda en nuestras conciencias, y ha entrado por ventanas que en cambio debían estar abiertas a la luz. De la ciencia, que existe para darnos las verdades que no separan de Dios sino que lo hacen buscar todavía más y celebrar con mayor intensidad, ha venido en cambio la crítica, ha venido la duda. Los científicos son los que de modo más pensativo y doloroso doblan la frente. Y terminan por enseñar: «No sé, no sabemos, no podemos saber». La escuela se convierte en palestra de confusión y de contradicciones a veces absurdas. Se celebra el progreso para luego poderlo demoler con las revoluciones más extrañas y más radicales, para negar todo lo que se ha conquistado, para volver a ser primitivos después de haber exaltado tanto los progresos del mundo moderno.

 

Incluso en la Iglesia reina este estado de incertidumbre. Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Ha venido en cambio un día de nubes, de tormenta, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre. Predicamos el ecumenismo y nos separamos más y más de los otros. Buscamos excavar abismos en lugar de llenarlos.

 

Por un «Credo» vivificante y redentor

 

¿Cómo ha sucedido esto? El Papa confía a los presentes un pensamiento suyo: que ha sido la intervención de un poder adverso. Su nombre es el diablo, este misterioso ser al que se hace alusión también en la Carta de S. Pedro. Muchas veces, por otra parte, en el Evangelio, sobre los labios mismos de Cristo, retorna la mención de esto enemigo de los hombres. «Creemos –observa el Santo Padre– en algo preternatural venido al mondo precisamente para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio Ecuménico, y para impedir que la Iglesia prorrumpiese en el himno de la alegría de haber recuperado en plenitud la conciencia de sí. Justo por esto querríamos ser capaces, más que nunca en este momento, de ejercer la función, asignada por Dios a Pedro, de confirmar en la Fe a los hermanos. Nos querríamos comunicaros este carisma de la certeza que el Señor da a aquel que lo representa, aunque indignamente, sobre esta tierra». La fe nos da la certeza, la seguridad, cuando está basada sobre la Palabra de Dios aceptada y encontrada acorde con nuestra misma razón y con nuestro mismo espíritu humano. Quien cree con simplicidad, con humildad, siente que está en el buen camino, que tiene un testimonio interior que lo conforta en la difícil conquista de la verdad.

 

El Señor, concluye el Papa, si muestra Él mismo como luz y verdad a quien lo acepta en su Palabra, y su Palabra se vuelve, no más obstáculo a la verdad y al camino hacia el ser, sino un escalón sobre el que podemos subir y ser realmente conquistadores del Señor que se muestra a través de la vía de la fe, este anticipo y garantía de la visión definitiva.

 

Al subrayar otro aspecto de la humanidad contemporánea, Pablo VI recuerda la existencia de una gran cantidad de almas humildes, simples, puras, rectas, fuertes, que siguen la invitación de San Pedro a ser «fortes in fide» [fuertes en la fe]. Y quisiéramos –dijo Él– que esta fuerza de la fe, esta seguridad, esta paz triunfase sobre todos los obstáculos. El Papa invita por último a los fieles a un acto de fe humilde y sincero, a un esfuerzo psicológico para encontrar en su intimidad el impulso hacia un acto consciente de adhesión: «Señor, creo en Tu palabra, creo en Tu revelación, creo en quienes me has dado como testimonio y garantía de esta revelación Tuya para sentir y gustar, con la fuerza de la fe, el anticipo de la bienaventuranza de la vida que con la fe nos es prometida».

 

Fuente: http://w2.vatican.va/content/paul-vi/it/homilies/1972/documents/hf_p-vi_hom_19720629.html

 

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La vara y el cayado

 

Miguel Antonio Barriola

 

A lo largo de los siglos tanto políticos como guías religiosos han tenido que verse con las masas populares, a las que debían y han de gobernar. Unos como otros tienen que buscar el bien común, si bien en diversos planos: el inmediatamente temporal, en pos de la pacífica convivencia ciudadana, por una parte, y el últimamente trascendente para los creyentes. Aunque, ni el político puede desentenderse de Dios y los fines últimos, ni los guías religiosos de los asuntos de este mundo, ya que para llegar a la meta se ha de transitar por el camino.

 

Pero, la política se ha visto muy frecuentemente deformada por inmediatismos, el éxito a pedir de boca, populismos y espíritu de partido. No menos, el liderazgo espiritual se ha dejado contagiar por defectos semejantes y si no se está atento y vigilante durante la vida toda, se puede caer también en cultos de personalidades. Así fue como Pablo, en los cuatro primeros capítulos de I Corintios fustigó los corrillos, de quienes se jactaban: “Yo de Pablo, yo de Cefas, yo de Apolo” (ibid., 1,12; 3,4).

 

En toda la historia de la Iglesia este monstruo ha tratado de levantar cabeza: “Yo de Juan Pablo II, yo de Benedicto XVI, yo de Francisco…” Por todo lo cual, será siempre saludable no perder de vista las advertencias que Benedicto XVI dirigiera a 20.000 pastores-sacerdotes, para la clausura del año sacerdotal del 2010:

 

“‘Tu vara y tu cayado me sosiegan’: el pastor necesita la vara contra las bestias salvajes, que quieren atacar el rebaño, contra salteadores que buscan su botín. Junto a la vara está el cayado, que sostiene y ayuda a atravesar los lugares difíciles.

 

Las dos cosas entran dentro del ministerio de la Iglesia, del ministerio del sacerdote. También la Iglesia debe usar la vara del pastor, la vara con la que protege la fe contra los farsantes, contra las orientaciones que son, en realidad, desorientaciones. En efecto, el uso de la vara puede ser un servicio de amor. Hoy vemos que no se trata de amor, cuando se toleran comportamientos indignos de la vida sacerdotal. Como tampoco se trata de amor, si se deja proliferar la herejía, la tergiversación y la destrucción de la fe, como si nosotros inventáramos la fe autónomamente. Como si ya no fuese un don de Dios, la perla preciosa, que no dejamos que nos arranquen. Al mismo tiempo, sin embargo, la vara continuamente debe transformarse en el cayado del pastor, cayado que ayude a los hombres a poder caminar por sendas difíciles y seguir a Cristo” (11/VI/2010).

 

De lo cual surge que el “pastor con olor a oveja” ha de estar no menos preparado para enfrentar, desenmascarar y vencer a los “lobos rapaces”, que surgirán hasta de las mismas filas creyentes, como anunció Pablo en su despedida de los presbíteros de Mileto (Hech 20,29-31).

 

Resuena, tanto en Pablo, como en Benedicto XVI, la experiencia y riqueza de la más genuina tradición católica. Pablo, ante sus levantiscos corintios, no buscó adularlos, hacerse a toda costa el simpático con ellos. Al contrario, les advirtió sin medias tintas: “¿Qué prefieren? ¿Qué vaya a verlos con la vara en la mano, o con amor y espíritu de mansedumbre?” (I Cor 4,20). Evidentemente, si hubiera tenido que blandir la vara, no habría sido con menos amor. Porque quien ama busca el bienestar de los hijos, educandos, enfermos. Ahora bien, aplicar el bisturí y hacer sangrar, no es menor caridad que sonreír y acariciar. Tolerar los errores del prójimo va contra una de las obras de misericordia, que nos recuerda cómo “hay que corregir al que yerra”.

 

Santo Tomás de Aquino comentaba al respecto: “Aquel que es castigado con la vara, no siente por el momento la dulzura del amor, como el que es consolado con blandura” (In Iam. Cor. Lectura, ad locum). Es lo que hacía notar ya el autor de Hebr 12,11: “Ninguna corrección resulta agradable, en el momento, sino que duele; pero luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella”. Al igual que Apoc 3,19, que pone en boca de Cristo esta advertencia realista y no menos empapada de aprecio: “Yo corrijo y reprendo a los que amo”.

 

Es posible, con todo, profundizar más, encarando otras circunstancias. Porque, cuando la inmoralidad e injusticia se vuelven palmarias y descaradamente públicas, como sucede hoy en día, proponiendo como “lo más natural y ‘artístico’” bailes impúdicos, “Gran Hermano” y repugnancias (eso sí, muy elegantemente vestidas o… sin tanto “vestido”), sería evidente cobardía dejar de denunciarlas. Porque, cuando el pastor es honrado y venerado y se lo pondera en los “mass-media”, puede asaltarle el temor de ser menos considerado y hasta denigrado, si reprendiera a quienes pareciera que lo aprecian.

 

Al respecto nos hace reflexionar San Agustín: Pablo agradeció a los gálatas: “Me recibieron como a un ángel de Dios. De hecho, puedo atestiguar que, si hubiera sido posible, se habrían arrancado los ojos y me los habrían dado” (Gal 4,14-15). “Pero –continúa Agustín– ¿tal vez porque se le rindió tanto honor, toleró a los pecadores, por el temor de llegar a ser rechazado o ser menos alabado por aquellos que él censuraba? Si hubiera obrado así, debería ser colocado entre los que se pastorean a sí mismos y no a las ovejas. Y habría dicho para sí mismo: ‘¿Qué me importa? Que cada uno haga lo que quiera; mi comida está asegurada y mi honor está a salvo. Tengo leche y lana suficientes; que cada uno vaya donde le plazca’… Por eso recuerda la acogida tan honrosa, para no parecer desagradecido… Pero, al mismo tiempo se acerca a la oveja enferma, inficionada, para extirpar la herida y no pactar con la podredumbre. ‘¿Y qué –dice Pablo–, me he vuelto enemigo, predicándoles la verdad?’. Aquí lo tenemos: se sirvió de la leche de las ovejas, como hemos recordado hace poco y se revistió con la lana de las ovejas, pero no ocultó la culpa de las ovejas. No buscaba sus conveniencias, sino las de Jesucristo”.

 

Testimonios posteriores (de los que presentamos sólo algunos) resuenan al unísono. Así, Pío XI, en la primera ordenación de obispos chinos, afirmó: “Yo moriría contento, antes que vivir apáticamente, neutral, sin atreverme a llamar al bien y al mal por su nombre y sin derramar toda mi sangre por los oprimidos, para manifestar la indignación cristiana, por más que fuera yo solo en el mundo. ¡No! Yo no seré jamás un perro mudo, incapaz de ladrar” (20/IX/1939; aludiendo a Is 56,10).

 

San Juan Pablo II en Ars (5/X/1986) recordaba: “El Cura de Ars tenía la valentía de denunciar el mal bajo todas sus formas, sin complacencia, porque estaba comprometida la salvación eterna de sus fieles. Si un pastor se queda mudo, viendo a Dios ultrajado y las almas perdiéndose, es muy desgraciado. Esta responsabilidad era la angustia del Cura de Ars”.

 

Alguno podría sentir: ¿No será esto demasiado repulsivo? ¿Es aconsejable estar siempre reprendiendo, retando a medio mundo? Es obvio que esta función, el uso de la “vara”, no ha de transformarse en la “mano dura” por sistema. También el pastor ha de “conducir a verdes praderas, fuentes tranquilas, preparar una mesa” (Sal 23/22,1. 5). Tendrá que animar y consolar a su rebaño, hacerle gustar el Evangelio, no sólo imponerlo como una carga.

 

Sólo que, en los días que corren, parece que es imperativo refrescar en la memoria y la práctica de toda la Iglesia el “munus regendi” de los pastores, que según el ya mentado San Agustín: “Non regit, qui non corrigit” (= no rige, quien no corrige. In Psalmum 44,17, en: Corpus Christianorum, Series Latina, 38, 505-506). Así es cómo, con demasiada frecuencia, muchos mitrados le pasan el fardo de las intervenciones odiosas a Roma, por el terror de caer mal ante grupos contestatarios o influyentes ante la opinión pública. Eso significa, ni más ni menos que arrinconar “la vara”.

 

Claro que se pierde popularidad tratando de ser fieles a Cristo. Pero nunca se ha de olvidar cuál es la finalidad del ministerio pastoral en la Iglesia, así como la voluntad bien decidida, para no vacilar ante posibles resultados inesperados. Como se lo advirtió Dios a Ezequiel (2,3-9): “Yo te envío, para que les digas: ‘Así habla el Señor’, y ya sea que te escuchen o se nieguen a hacerlo –porque son un pueblo rebelde– sabrán que hay un profeta en medio de ellos”. El profeta, el pastor, obispo o sacerdote ha de anunciar la verdad, independientemente de la acogida por parte del pueblo. No es responsable de la aceptación o rechazo del mensaje, pero sí de comunicarlo. “Si alguno no los recibe o no escucha las palabras de ustedes, al salir de su casa o de la ciudad, sacudan el polvo de los pies” (Mt 10,14).

 

Evidentemente, también se ha de esmerar el predicador para no hacer odioso el Evangelio, pero nunca a costa de traicionar su exigencia, abaratándolo al gusto del consumidor. “Ustedes saben –y Dios es testigo de ello– que nunca hemos tenido palabras de adulación. Ni hemos buscado pretexto para ganar dinero. Tampoco hemos ambicionado el reconocimiento de los hombres, ni de ustedes ni de nadie, si bien, como apóstoles de Cristo, teníamos el derecho de hacernos valer” (I Tes 2,5-7).

 

Por lo cual, quien conciba su ministerio actual o futuro como un “cursus honorum”, un “far carriera”, se equivoca de medio a medio, o lo tergiversará, corrompiéndolo considerablemente: “lobos rapaces con piel de oveja” (Mt 7,17), “asalariados” (Jn 10,12-15), que, ante todo, quieren salvar su pellejo, su buena reputación ante la opinión pública, importándoles poco que se hunda en la confusión el auténtico matrimonio, el amor, que no consiste sólo en el placer, sino que desemboca en la ardua tarea del hogar; la alegría genuina de auténticos gobernantes, que no reside únicamente en galas y fuegos artificiales patrióticos, sino en el aprecio del trabajo escondido de hospitales, escuelas y familias. Pero, cuando hasta toda esa área es invadida por la superficialidad, por más extendida que se encuentre, aun entre la gente sencilla, es preciso que se levanten voces como la del Cardenal Moreira Neves (Arzobispo de San Salvador de Bahía en 1987 y Prefecto de la Congregación de los Obispos, 1998-2000): “Yo acuso a la TV como destructora de nuestras familias. Yo apelo a la resistencia ante el despotismo, a la tiranía de los medios. Esta es una guerra de defensa” (Jornal do Brasil, 13/I/1993).

 

Por eso, es de admirar cómo, cuando todo era tiniebla en la Iglesia, una humilde mujer supo sintonizar con la verdadera grandeza de lo que ha de ser un pastor. Catalina de Siena invitó a Gregorio XI (papa residente en Aviñón, sometido, como todos sus antecesores, a los caprichos de la corona francesa) a una entrega heroica y confianza soberana en la ayuda divina, con el fin de regresar a Roma, pese a rebeliones, odios y chantajes. Recuérdese de qué modo los cardenales mundanizados lloraron ante aquella decisión y el propio padre del papa, el conde Guillermo de Beaufort, se echó atravesado en el umbral de la puerta, para impedir que su hijo dejara el castillo papal de Aviñón. Parece que Gregorio XI, pasando por encima de su padre hubiese exclamado: “Caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones” (Sal 91/90,13) (Ver: G. Papasogli, Catalina de Siena –Reformadora de la Iglesia, Madrid, 1980, 223).

 

Hay que armarse de este coraje en los actuales vendavales, no mirando tanto a privilegios propios cuanto más bien a la entereza de los profetas de Cristo, “príncipe de los pastores”, que dará a sus ministros “la corona imperecedera”, si es que apacentaron el rebaño que les fue confiado, “no por interés mezquino, sino con abnegación, no pretendiendo dominar, sino siendo de corazón ejemplo para el rebaño” (I Pedro 5,2-4).                         

 

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Lutero, gran hereje

 

José María Iraburu, sacerdote

 

Actualidad de Lutero. El próximo 31 de octubre se cumplirá un nuevo aniversario de las 95 tesis clavadas en 1517 por Lutero en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg. Son varias las publicaciones recientes sobre Lutero en las que se lo muestra como enamorado de la Biblia y difusor de la misma en el pueblo, reformador de una Iglesia romana corrompida en su tiempo, etc. Parece, pues, oportuno hacer algunas verificaciones.

 

No fue reformador de costumbres, sino de doctrinas. La tesis de que la decadencia moral de la Iglesia, bajo los Papas renacentistas, había llegado a un extremo intolerable, y que Lutero encabezó a los «protestantes» contra esta situación, exigiendo una «reforma», es falsa y ningún historiador actual es capaz de sostenerla. Entre otras razones, porque el mismo Lutero desecha esa interpretación de su obra en numerosas declaraciones explícitas. «Yo no impugno las malas costumbres, sino las doctrinas impías». Y años después insiste en ello: «Yo no impugné las inmoralidades y los abusos, sino la sustancia y la doctrina del Papado». «Entre nosotros –confesaba abiertamente–, la vida es mala, como entre los papistas; pero no los acusamos de inmoralidad», sino de errores doctrinales. Efectivamente, «bellum est Luthero cum prava doctrina, cum impiis dogmatis» [Lutero está en guerra contra la mala doctrina, contra el dogma impío] (Melanchton).

 

Reformador de la doctrina católica. Lutero, efectivamente, combatió con todas sus fuerzas contra la doctrina de la Iglesia Católica. Para empezar, arrasó con la Biblia, ya que, dejándola a merced del libre examen, cambió la infalible y única Palabra divina por una variedad innumerable y contradictoria de falibles palabras humanas. Se llevó por delante la sucesión apostólica, el sacerdocio ministerial, los Obispos y sacerdotes, la doctrina de Padres y Concilios. Eliminó la Eucaristía, en cuanto sacrificio de la redención. Destruyó la devoción y el culto a la Santísima Virgen y a los santos, los votos y la vida religiosa, la función benéfica de la ley eclesiástica. Dejó en uno y medio [el Bautismo y en teoría la Eucaristía] los siete sacramentos. Afirmó, partiendo de la corrupción total del hombre por el pecado original, que «la razón es la grandísima puta del diablo, una puta comida por la sarna y la lepra» (etc., así cinco líneas más). Y por la misma causa, y con igual apasionamiento, negó la libertad del hombre (1525, De servo arbitrio), estimando que «lo más seguro y religioso» sería que el mismo término «libre arbitrio» [o libre albedrío] desapareciera del lenguaje. Como lógica consecuencia, negó también la necesidad de las buenas obras para la salvación. En fin, con sus «respuestas correctas», según escribe un autor de hoy, destruyó prácticamente todo el cristianismo, destrozando de paso la Cristiandad.

 

Pensamiento esquizoide. Une la Iglesia Católica razón y fe, entendiendo la teología como «ratio fide illustrata» [la razón iluminada por la fe] (Vaticano I). Une la Biblia con la Tradición y el Magisterio apostólico (Vaticano II, Dei Verbum 10). Une la gracia con la acción libre de la voluntad humana. Et-et [esto y lo otro].

 

El pensamiento de Lutero, por el contrario, es esquizoide: Vel-vel [o esto o lo otro]. Considerando que “la razón es la grandísima puta del diablo”, concluye: sola fides [sola fe]. Convencido de que la mente y la conciencia del cristiano están por encima de Padres, Papas y Concilios, dictamina: sola Scriptura [sola Escritura]. Afirmando que el hombre no es libre, y que no son necesarias las buenas obras para la salvación, declara: sola gratia [sola gracia].

 

El mayor insultador del Reino. Lutero escribe que “toda la Iglesia del papa es una Iglesia de putas y hermafroditas”, y que el mismo papa es “un loco furioso, un falsificador de la historia, un mentiroso, un blasfemo”, un cerdo, un burro, etc., y que todos los actos pontificios están “sellados con la mierda del diablo, y escritos con los pedos del asno-papa”. Podrían llenarse innumerables páginas con frases de Lutero semejantes o peores.

 

Los teólogos católicos del tiempo de Lutero rechazaron sus tesis, ganándose de su parte los calificativos previsibles. La Facultad de París es “la sinagoga condenada del diablo, la más abominable ramera intelectual que ha vivido bajo el sol”. Y los teólogos de Lovaina, por su parte, son “asnos groseros, puercos malditos, panzas de blasfemias, cochinos epicúreos, herejes e idólatras, caldo maldito del infierno”. No es de extrañar que, pensando así, rechazara Lutero la proposición que le hizo Carlos V en Worms para que discutiera sus doctrinas con los más prestigiosos teólogos católicos. ¿A quién puede interesarle discutir con cerdos endemoniados?

 

Por lo demás, los insultos de Lutero tenían una extensión universal: las mujeres alemanas, por ejemplo, eran unas «marranas desvergonzadas»; los campesinos y burgueses «unos ebrios, entregados a todos los vicios»; y de los estudiantes decía que «apenas había de cada mil uno o dos recomendables».

 

El perfecto hereje. «Yo, el doctor Lutero, indigno evangelista de nuestro Señor Jesucristo, os aseguro que ni el Emperador romano [...], ni el papa, ni los cardenales, ni los obispos, ni los santurrones, ni los príncipes, ni los caballeros podrán nada contra estos artículos, a pesar del mundo entero y de todos los diablos [...] Soy yo quien lo afirmo, yo, el doctor Martín Lutero, hablando en nombre del Espíritu Santo». «No admito que mi doctrina pueda juzgarla nadie, ni aun los ángeles. Quien no escuche mi doctrina no puede salvarse».

 

Duro con los pobres, débil con los poderosos. Con ocasión del levantamiento de los campesinos, que exigían, primero por las buenas y luego por las malas, lo que estimaban que eran sus derechos, escribe Lutero una durísima invectiva Contra las hordas rapaces y homicidas de los campesinos (1525). «Al sedicioso hay que abatirlo, estrangularlo y matarlo privada o públicamente, pues nada hay más venenoso, perjudicial y diabólico que un promotor de sediciones, de igual manera que hay que matar a un perro rabioso, porque, si no acabas con él, acabará él contigo y con todo el país».

 

Muy suave fue, en cambio, Lutero con los poderosos príncipes alemanes, a fin de ganar su favor. Cuando, por ejemplo, Felipe de Hessen, gran landgrave, casado con Catalina, de la que tenía siete hijos, exigió la aprobación de un matrimonio adicional con una señorita de la nobleza sajona, obtuvo la licencia de Lutero y Melanchton, a condición de que la concesión se mantuviera secreta. Se acudió en este caso de poligamia, consumada en 1540, al precedente de los antiguos Patriarcas judíos.

 

Espantado de su propia obra. Los resultados de la predicación de Lutero fueron devastadores en la moral del pueblo, y él mismo lo reconoce. «Desde que la tiranía del papa ha terminado para nosotros, todos desprecian la doctrina pura y saludable. No tenemos ya aspecto de hombres, sino de verdaderos brutos, una especie bestial». De sus seguidores afirmaba que «son siete veces peores que antes. Después de predicar nuestra doctrina, los hombres se entregaron al robo, a la impostura, a la crápula, a la embriaguez y a toda clase de vicios. Expulsamos un demonio [el papado] y vinieron siete peores».

 

A Zwinglio le escribe espantado: «Le asusta a uno ver cómo donde en un tiempo todo era tranquilidad e imperaba la paz, ahora hay dondequiera sectas y facciones: una abominación que inspira lástima [...] Me veo obligado a confesarlo: mi doctrina ha producido muchos escándalos. Sí; no lo puedo negar; estas cosas frecuentemente me aterran». Y aún preveía desastres mayores. Un día le confiaba a su amigo Melanchton: «¿Cuántos maestros distintos surgirán en el siglo próximo? La confusión llegará al colmo».

Así fue. Y así ha sido en progresión acelerada, hasta llegar a la gran apostasía actual de las antiguas naciones católicas.

*****

 

Respuestas del autor a algunos comentarios de lectores:

 

1. Poner las referencias exactas en los textos es obligado en escritos científicos, pero no lo es en artículos de divulgación, de prensa, de revistas generales. Pueden comprobar lo que digo en muchos diarios y revistas. Y ése es el caso del presente artículo. No obstante, como quizá sepan, yo acostumbro siempre poner en mis textos las citas exactas. En este caso no lo hice porque, al no tener la Biblioteca de la Facultad de Teología donde trabajé este tema, no podía verificar de nuevo las fuentes de algunas de las citas, y no me parecía poner la referencia en unas sí y en otras no. Que todas son citas exactas me consta absolutamente, porque todas fueron transcritas por mí en su día –hace años–. Pero cuando escribí este artículo para InfoCatólica no pude, ni puedo ahora, dedicarme a rebuscarlas en sus referencias bibliográficas exactas. En todo caso puedo decirles que son citas muy conocidas. En cualquiera de los autores de monografías amplias sobre Lutero (hay varias en español) las pueden encontrar con facilidad.

 

2. Puede consultar las obras escritas sobre Lutero en la BAC [Biblioteca de Autores Cristianos] por Ricardo García Villoslada, Martín Lutero y Raíces históricas del luteranismo; en La Nave y las Tempestades Vol. VI –La Reforma Protestante, de Alfredo Sáenz; en Crítica Filosófica, el Martín Lutero sobre la libertad religiosa, de L. F. Mateo Seco; en Alianza Editorial, el Lutero de J. Atkinson. La bibliografía es inmensa. El artículo mío resume trabajos hechos en Burgos, en la biblioteca de la Facultad de Teología, que contiene las Obras completas de Lutero; creo recordar que 56 volúmenes.

                                                                                                 

3. Como sabe, hay en la Iglesia documentos importantes sobre el ecumenismo, su necesidad, modos, límites, etc. Concretamente en el Vaticano II y en el Catecismo de la Iglesia Católica. Yo no podría decirle nada mejor dicho ni con más autoridad que lo que la Iglesia enseña en esos documentos.

 

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Beatificación de 38 mártires albaneses del comunismo

 

Jorge Soley

 

Se genera tanta información desde el Vaticano que a menudo nos pueden pasar desapercibidos hechos realmente importantes. Por ejemplo, estoy convencido de que la mayor parte de las proclamas, entrevistas, afirmaciones, discusiones, tomas de posición, declaraciones, etc. que llenan páginas y blogs caerán en el olvido. En muchos casos merecido. Todo lo contrario de las beatificaciones y canonizaciones que incorporan a nuevos cristianos a esa fuente de contemplación, enseñanza y vida cristiana que es el santoral de la Iglesia católica.


Así me entero, casi por casualidad, de que van a ser beatificados 38 albaneses mártires del comunismo, esa ideología intrínsecamente perversa que vuelve a estar de moda y con la que incluso algunos cristianos parecen tontear. Un recordatorio muy oportuno acerca de la naturaleza de esta ideología y de sus funestas consecuencias. Además, junto a otros, van a ser beatificados también 4 mártires españoles: el monje de Silos, José Antón Gómez, y los 3 compañeros presbíteros de la Orden de San Benito, asesinados en 1936 durante la guerra civil española.


Leo que los mártires albaneses están encabezados por el siervo de Dios Vicente Prennushi, de la Orden de los Frailes menores, arzobispo de Dürres, y 37 compañeros asesinados entre 1945 y 1974 en Albania. ¡1974! O sea, hace cuatro días.


Este Mons. Vicente Prennushi, arzobispo de Dürres, fue conminado por el tirano comunista Enver Hoxha a separarse de la Santa Sede de Roma para fundar una iglesia nacional. Ante la negativa a romper con Roma, fue encarcelado, torturado y asesinado, el mismo destino que había seguido su predecesor, Mons. Gasper Thacia, también asesinado con la intención del régimen de borrar toda huella de fe. Otro obispo, esta vez de Lezhë, Monseñor Frano Gjini, respondió también con firmeza a la propuesta de Hoxha: "Jamás separaré mi rebaño de la Santa Sede", por lo que fue fusilado en 1948. Estos testimonios martiriales sirvieron para que ningún sacerdote aceptase el cisma, desencadenando una terrible persecución que llevó a la totalidad del clero a la cárcel.


Las historias de heroísmo en la confesión de la fe de estos albaneses son tremendas. Desde Don Lazër Shantoja, a quien le amputaron las manos y los pies antes de fusilarlo, hasta el padre Bernardin Palaj, quien tras ser torturado murió a causa del tétanos, en el Convento de los Franciscanos, convertido en cárcel para más de 700 detenidos.


Recojo algunos datos de 
la entrada que escribió Jorge López Teulón al respecto hace un par de años:
“Don Lekë Sirdani y Don Pjetër Çuni murieron sumergidos boca abajo en una fosa séptica. Más tarde serían fusilados el padre Giovanni Fausti y el padre Daniel Dajani, jesuitas; el padre Gjon Shllaku, O.F.M.; el seminarista Mark Çuni, los señores Gjelosh LulashiQerim Sadiku y Fran Mirakaj y el padre Antón Harapi, superior provincial de los Hermanos Menores. Igual suerte corrió el padre Mati Prendushi, guardián del convento San Francisco de Gjuhadol en Shkodër.


El arzobispo de Shkodër, monseñor Gaspër Thaçi, el arzobispo de Durrës, monseñor Vinçenc Prennushi, OFM, y el padre Çiprian Nika fueron acusados, injustamente, de haber escondido armas debajo del altar de San Antonio, en su iglesia.


Alfons Tracki y Zef Maksem, sacerdotes alemanes, fueron fusilados. El padre Serafín Koda exhaló su último suspiro con la laringe fuera de la garganta. Papa Josif, sacerdote católico de rito bizantino, quien cayó exhausto en el pantano de Maliq, fue sepultado vivo en el barro.


A Don Mark Gjani le pidieron que renegara de Cristo y su respuesta fue ¡Viva Cristo Rey! Fue asesinado y su cuerpo echado a los perros. Don Mikel Beltoja fue torturado en la sala del proceso, que se celebró a puerta cerrada. La policía lo hirió gravemente con punzones y, unos días más tarde, lo fusilaron.


Después de estos hechos, comenzó una terrible propaganda cultural antirreligiosa con la así llamada ‘lucha de clases’. En todas las instituciones y en todas las conferencias, lecciones, discursos y conversaciones, se hacía propaganda de que Dios no existía y de que la religión era ilusión y explotación.


El 6 de febrero de 1967, el dictador dio inicio a la ‘revolución cultural china’. Dicha revolución se extendió, con idéntica intensidad y ferocidad,  hasta en los más remotos rincones del país, especialmente contra la Iglesia. Se cerraron todos los templos y las mezquitas.


La Catedral de Shkodër se transformó en un Palacio de los Deportes. La iglesia franciscana de Gjuhadol se convirtió en un cine.


El Santuario de la Virgen del Buen Consejo, en Shkodër, fue destruido. La iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, en Tirana, se convirtió en otro cine. El cierre de la iglesia de Lezha tuvo lugar el 26 de marzo de 1967, precisamente el día de Pascua. El Santuario de San Antonio de Laç Kurbini también fue destruido; en su lugar se construyó un campo militar.


La pequeña iglesia de Laç Vau i Dejës, del siglo XIII y de valor inestimable, se dinamitó. El resto de las iglesias que no se destruyeron fueron transformadas en graneros, salas de cultura, tribunales, establos, talleres, etcétera.


Esta terrible situación prosiguió hasta el 4 de noviembre de 1990, día en que, con la celebración de una Santa Misa en el cementerio católico de Shkodër, dio inicio una nueva época para la religión y para la profesión de la fe”.


Tremendo es también el testimonio de la única mujer entre este grupo de mártires albaneses, Maria Tuci. Tras estudiar en el colegio de las Pobres Hijas de las Sagradas Llagas de San Francisco de Asís, llamadas «Estigmatinas», en Scutari, pidió ser admitida como postulante en la orden y fue enviada como profesora a Gozan y Sang en 1946. En un Estado que se declaraba ateo, ella se esforzaba por llevar el Evangelio a todos y enseñaba el catecismo a escondidas. Además, junto a otros amigos de la escuela y algunos seminaristas se dedicó a difundir volantes contra las primeras elecciones-farsa del régimen comunista. Para poder oír misa iba a pie hasta la vecina ciudad de Gezig, a siete kilómetros.


Entonces el régimen disolvió la congregación y las monjas y postulantes fueron obligadas a volver con sus familias, si bien algunas se escondieron en los bosques. El 11 de agosto de 1949 fue detenida y encarcelada a consecuencia del asesinato del secretario del Partido Comunista local, Bardhok Biba. Las condiciones de su prisión fueron inhumanas: estaba en una celda sin luz ni renovación de aire, donde el agua a veces lo inundaba todo y en las que el único modo de calentarse era que los prisioneros se apretujaran los unos contra los otros.


Además de estas privaciones, María fue torturada para que revelase el nombre del asesino, que ella desconocía. Fue metida, desnuda, en un saco junto a un gato mientras el saco era golpeado. Uno de los miembros de la policía secreta comunista albanesa, la Sigurimi, Hilmi Seiti, intentó violarla, a lo que María se resistió. Entonces los tormentos se intensificaron. A causa de estos hubo de ser ingresada en el hospital de Scutari. El 22 de agosto de 1950 algunas amigas fueron a verla al hospital y a duras penas pudieron reconocerla. María les dijo: “Se han cumplido las palabras de Hilmi Seiti: ‘te dejaré en un estado que ni tus familiares te reconocerán’. ¡Doy gracias a Dios porque muero libre! ”. Dos meses después, el 24 de octubre, fallecía. Sus restos mortales pudieron exhumarse en 1991 y actualmente reposa en la iglesia de las Estigmatinas en Scutari.


Como ven, nada que envidiar a las persecuciones de los primeros siglos.

 

Fuente: http://www.religionenlibertad.com/beatificacion-martires-albaneses-del-comunismo-50374.htm

 

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La predicación misionera de la Iglesia desalentada en Karl Rahner

 

P. Julio Meinvielle

 

Karl Rahner es un teólogo que ha adquirido gran notoriedad estos últimos años. Su teología se distingue por su fecundidad en suscitar problemas cuya solución luego, lejos de satisfacer, produce malestar. Su problematicismo sistemático engendra legítimamente escepticismo. A su vez, este problematicismo denuncia una evidente falta de claros principios que pueden dejar de ser tales y convertirse en errores si se los desplaza del lugar que les corresponde y se les asigna un lugar y una significación preponderante. Tal, por ejemplo, la enseñanza de la Iglesia de que Dios da la gracia necesaria para la salvación a todo fiel o infiel que hace lo necesario para salvarse, de acuerdo con el axioma teológico que dice: “Facienti quod est in se, Deus no denegat gratiam”. Al que hace lo que está en sus manos, Dios no le niega la gracia. Esta enseñanza tiene especial significación para los infieles que no tienen oportunidad de recibir la influencia del cristianismo. Aunque esta verdad sea manifiesta, como luego veremos, no hay que asignarle en el plan cristiano de la Iglesia y de la Salvación un lugar primario como si luego la incorporación a la Iglesia visible e histórica no fuera tan necesaria y ocupara sólo un lugar secundario o de supererogación. Porque las cosas se ordenan precisamente al revés. La Revelación cristiana está toda ella dirigida a exponer el Plan de Dios sobre la Salvación con la venida de Jesucristo a este mundo y con la fundación de la Iglesia, como medio necesario para la Salvación. Éste es el camino ordinario y necesario por el que Dios salva a los hombres. A los que sin falta propia no pueden echar mano de este medio, Dios, en sus misteriosos designios, les ha de hacer llegar su gracia –gracia sobrenatural– por caminos que sólo Él se reserva, de suerte que puedan salvarse.

 

Karl Rahner, S.J., ha sistematizado, quizás con excesiva fuerza, lo que él llama un cristianismo invisible, que sería efecto de una “consagración de la Humanidad por la Encarnación del Verbo”. “Al hacerse hombre el Verbo de Dios, dice Rahner, la Humanidad ha quedado convertida real-ontológicamente en el pueblo de los hijos de Dios, aún antecedentemente a la santificación efectiva de cada uno por la gracia” [1]. “Este pueblo de Dios que se extiende tanto como la Humanidad”… “antecede a (la) organización jurídica y social de lo que llamamos Iglesia” [2]. “Por otra parte, esta realidad verdadera e histórica del pueblo de Dios, que antecede a la Iglesia en cuanto magnitud social y jurídica… puede adoptar una ulterior concretización en eso que llamamos Iglesia” [3]. “Así, pues, donde y en la medida que haya pueblo de Dios, hay también ya, radicalmente, Iglesia, y, por cierto, independientemente de la voluntad del individuo” [4]. De aquí se sigue que todo hombre, por el hecho de ser hombre, ya pertenece, radicalmente, a la Iglesia. Esta pertenencia radical implica una actualidad de pertenencia que no era admitida por Santo Tomás, quien habló sólo de pertenencia en potencia [5], y que es la admitida corrientemente hasta aquí por los teólogos. Esta pertenencia actual, aunque no plenamente desarrollada, da todo derecho para que consideremos y llamemos “cristiano” a todo hombre por ser hombre. Si luego este hombre “asume totalmente su naturaleza humana concreta en su decisión libre” [6], “asume toda su concreta realidad de naturaleza” [7] y “la incorporación al pueblo de Dios se convierte en expresión de este acto justificante” [8]. En Rahner, por consiguiente, un infiel que sin culpa no pertenece a la Iglesia visible, pero que acepta con decisión personal, su naturaleza humana concreta (que ha sido consagrada por la Encarnación del Verbo) no sólo es cristiano invisible, sino que con esta decisión personal y libre, queda justificado.

 

Esta opinión de Rahner, S.J., sobre un cristianismo invisible que podría justificar a un infiel, aunque no ponga ningún acto de contenido propiamente sobrenatural, es sin duda atrevida y aunque pudiera ser defendida legítimamente dentro de las opiniones católicas, no debe ser destacada en forma tal que haga debilitar verdades fundamentales y primeras de las enseñanzas católicas.

 

El ardor misionero de San Pablo en la predicación es una exageración. En Mision et Gráce [9], Karl Rahner, S. J., escribe: “Forzoso es reconocer hoy que nos es imposible adoptar pura y simplemente el punto de partida de San Pablo. Va de suyo que San Pablo representa para el cristianismo fiel una norma absoluta. Pero no es posible a los cristianos, viviendo en el siglo de la Historia de la Iglesia en que estamos, participar respecto a la salvación de los no-cristianos de las ideas pesimistas que San Pablo podía tener en la óptica religiosa de su tiempo, o aún de los cristianos del siglo XVIII. En el pensamiento de San Pablo los hombres que no llegaban al bautismo estaban perdidos. Es verdad que San Pablo no ha enunciado dogma sobre este punto. Pero en la práctica era para él una evidencia.

 

No es posible a los cristianos que estamos en pleno siglo XX suscribir enteramente esta perspectiva y esta manera de obrar. Tampoco tenemos el derecho. Un misionero de hoy no puede ya, como lo estaba un San Francisco Javier, estar animado de esta convicción: «Si me voy a los japoneses, si les enseño y predico el cristianismo, están salvados, irán al cielo. Si me quedo en Europa, están perdidos, como están perdidos sus padres por no haber oído hablar del Cristo y haber muerto sin bautismo»” [10].

 

“Nuestra conciencia religiosa de cristianos de hoy es diferente. Nos es difícil pensar que los hombres que no han oído hablar de Cristo deben condenarse para siempre. No podemos apoyarnos sobre el dogma para hacer nuestro tal modo de ver las cosas. Sabemos hoy que existe un cristianismo invisible, en que se encuentra realmente, bajo el efecto de la acción de Dios, la justificación de la gracia santificante” [11].

 

Uno queda admirado o pasmado de la lógica que exhibe el Padre Karl Rahner, S.J. Porque si “el cristianismo invisible”, de cuya existencia estamos ciertos por “nuestra conciencia religiosa de cristianos de hoy” nos lleva a apartarnos de San Pablo, que “representa para el cristiano fiel una norma absoluta”, la buena lógica nos había de llevar, en cambio, a revisar este cristianismo invisible. Sobre todo cuando el argumento central para creer en la salud de los infieles que no se oponen con su culpa a la recepción de la gracia justificante nos lo da el mismo Apóstol, cuando en la 1ª Carta a Timoteo dice: «Nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad»” [12].

 

Un buen teólogo ha de tener presente la jerarquía de verdades, la arquitectura del saber teológico; y es claro que la necesidad salvífica de Cristo y, por lo tanto, su predicación se antepone a toda otra verdad, y más a una opinión de algunos teólogos, cual es la del cristianismo invisible, o anónimo, o de incógnito, que, como vemos, están esgrimiendo más de la cuenta y, por lo mismo, peligrosamente ciertos teólogos progresistas.

 

Y la primer verdad católica es que “en ningún otro hay salud, pues ningún otro hombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos” [13]. De aquí que Cristo haya dado este mandato: “Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” [14]. Y en Marcos: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado se salvará, mas el que no creyere se condenará” [15].

 

Y que es necesaria la predicación lo dice a las claras el Apóstol San Pablo: “Pero, ¿cómo invocarán a aquél en quien no han creído? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Por consiguiente, la fe es por la predicación, y la predicación por la palabra de Cristo” [16]. De aquí que el Apóstol pudiera exclamar: “¡Ay de mí si no evangelizara!” [17]. Y San Pablo se expone a toda clase de peligros para cumplir su misión de predicar el Evangelio [18].

 

Mal ha de andar la teología de Rahner cuando todo la lleva a desalentar la predicación evangélica por el mundo. ¿Cómo es posible que deje de recordar enseñanzas tan perentorias y apremiantes, claramente expuestas por el Salvador y los Apóstoles, en virtud de una tesis tan cuestionable como la suya, la del cristianismo invisible? Porque es cierto, certísimo, y de fe que nadie se pierde sino por culpa propia y que Dios ha de suplir de algún modo la condición de aquellos a quienes no llega el Mensaje de la Iglesia visible. Pero cómo y por cuáles caminos, si por el del cristianismo invisible de Rahner o por cualquier otro, nadie sabe nada ni nada dice la Revelación. Sólo sabemos lo del Apóstol: “¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! Porque, «¿quién conoció el pensamiento del Señor? O ¿quién fue su consejero?...»” [19].

 

Nosotros sólo sabemos que aunque Dios da a todos y a cada uno la gracia suficiente para salvarse, sin embargo a unos reparte más y a otros menos [20] y que en esta repartición usa también todos los medios humanos, y también nos usa a nosotros, y hemos de estar dispuestos para cooperar a la difusión del Evangelio. Por mucho que pueda haber un cristianismo invisible, como lo imagina Rahner, tenemos obligación y necesidad de trabajar para que el cristianismo sea visible y bien visible, porque no puede ser sino una aberración monstruosa la que imagina que un mundo entregado al ateísmo y a la depravación de costumbres puede florecer en santidad. Porque, aunque Dios sea poderoso para sacar de las piedras hijos de Abraham [21], nuestra misión es trabajar para el florecimiento de la salud moral y de la santidad en el mundo. Porque si nosotros, disponiendo de tantas gracias que Dios nos manda, somos tan malos, ¿qué han de ser aquellos que viven en un mundo infiel? Por ello, Pío XI, en la encíclica Rerum Ecclesiae, llama a los infieles “los más necesitados de todos los hombres”, “nadie tan pobre ni tan desnudo, ni con tanta hambre y sed como aquellos a quienes faltan el conocimiento y la gracia de Dios”, y también caracteriza a los no-cristianos como “paganos miserables”, “hombres infelices”, “privados de los beneficios de la Redención”.

 

[…] Hemos analizado las relaciones de la Iglesia y el Mundo en los teólogos progresistas… Rahner, S.J., en nombre de un presunto cristianismo invisible, desalienta la predicación misionera en el mundo, y con ello indirectamente propicia una Humanidad sin influencia de la Iglesia visible. Todos estos teólogos coinciden, en una u otra versión, en favorecer el desarrollo de un Mundo, de una Humanidad, de una Civilización, que se alejan de la Iglesia, de Cristo y de Dios, y caminan impulsados por un movimiento propio que los lleva a fines puramente terrestres.

 

Notas

 

[1] Escritos de Teología, Taurus, Madrid, 1961, pág. 89.

[2] Ibid., pág. 89.

[3] Ibid., pág. 89.

[4] Ibid., pág. 90.

[5] Suma, III, q. 8, a. 3.

[6] Rahner, ibid., pág. 90.

[7] Ibid., pág. 91.

[8] Ibid., pág. 91.

[9] XX Siécle, Siécle de Gráce, Mame, Paris, 1962, págs. 212 y sig.

[10] Ibid., pág. 214.

[11] Ibid., págs. 214 y 215.

[12] 2,14.

[13] Hechos 4,12.

[14] Mateo 28,19.

[15] Marcos 14,15.

[16] Romanos 10,14-17.

[17] 1 Corintios 9,16.

[18] 2 Corintios caps. 11-12.

[19] Romanos 11,33.

[20] San Pablo, Efesios 4,7-12.

[21] Mateo 3,9.

 

(P. Julio Meinvielle, La Iglesia y el Mundo Moderno. El Progresismo en Congar y Otros Teólogos Recientes, Ediciones Theoria, Buenos Aires 1966, págs. 143-149).

 

Fuente: http://centropieper.blogspot.com.uy/2016/08/la-predicacion-misionera-de-la-iglesia.html

 

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¿Quién escribió los Evangelios? ¿Ellos están completos?

Curso de Apologética –Lección 12

¿Por qué ser cristiano? ¿Por qué no musulmán, budista o hindú? Parte 3

 

Raymond de Souza, KM

 

La Iglesia Católica mantiene que cuatro hombres escribieron los Evangelios: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Es decir, los escritores eran judíos, y estaban familiarizados con el idioma griego coloquial de ese tiempo, el griego helenístico o koiné, que era la lingua franca del Imperio Romano.

 

¿Los Evangelios son textos completos? Los musulmanes y otros creyentes anticatólicos han sostenido que los textos de los Evangelios están incompletos o corrompidos o cualquier otra cosa que les ha venido a sus mentes para decir. Los musulmanes dicen incluso que los Evangelios originales hablaban de Mahoma, pero esos terribles cristianos primitivos quitaron todas las menciones de su profeta. El único problema es que ellos no presentan ninguna prueba histórica que dé ningún peso en absoluto a su afirmación. Ellos dicen eso, y se supone que eso es suficiente para que nosotros los cristianos caigamos de rodillas, rasguemos nuestras vestiduras y gritemos con fuerza suplicando perdón. Ellos no se dan cuenta de que la carga de la prueba incumbe al acusador, no al defensor. El Islam vino 600 años después de que los Evangelios fueron escritos… y nosotros no tenemos necesidad de defender a los Evangelios contra críticas tan absurdas: ¡dejemos que ellos las prueben! Por supuesto, no lo hacen; y sin embargo todavía creen en ellas…

 

No, los Evangelios han llegado hasta nosotros intactos, sin adiciones ni supresiones. En los primeros tiempos de la Iglesia había otros textos en circulación, que algunas personas aceptaron como ‘evangelios’, pero en el Concilio de Cartago (397 DC) fueron considerados espurios o falsos, y su uso en las iglesias fue eliminado. En cambio, la Iglesia veneró sólo a los cuatro Evangelios que tenemos hoy en la Biblia, y rechazó a todos los otros. La práctica de leer textos de los Evangelios durante el culto público –hoy lo llamamos ‘El Santo Sacrificio de la Misa’– proviene del primer siglo de la era cristiana. Cualquier intento de cualquiera que tratara de cambiar el texto habría sido inmediatamente notado y denunciado. Esto es especialmente cierto en el caso de cristianos como los de Abitina, que dieron sus vidas a fin de no entregar los textos del Evangelio a las llamas. Nadie en su sano juicio daría su vida para proteger un texto corrompido…

 

Los Evangelios fueron copiados, re-copiados, re-re-copiados, traducidos a varios idiomas y distribuidos ampliamente entre las iglesias primitivas. Por supuesto, no había imprentas y el analfabetismo estaba extendido, pero los Obispos tenían copias de los Evangelios y hacían que fueran leídos y explicados en la Misa. Y, a pesar de todas esas copias y traducciones, la sustancia del mensaje se mantuvo igual, como lo atestiguan las copias más antiguas de los Evangelios completos (siglo IV). Sobre todo, la explicación del mensaje dada por el Magisterio vivo de la Iglesia aseguró que fuera transmitido fiel y concienzudamente.

 

Precisamente porque el analfabetismo estaba extendido, la mayoría de la gente confiaba en su memoria. Los fieles judíos conocían los salmos de memoria y cuando los cantaban en la sinagoga no había misalitos distribuidos para ayudarlos con las letras. No, ellos sabían todo de memoria. Y tal instrumento –la memoria– era sumamente útil para asegurar la correcta copia y traducción de los Evangelios. Hoy vivimos en una época de imágenes y textos impresos, y así estamos bastante mimados y no desarrollamos las capacidades de nuestra memoria como lo hacían esas personas de aquel entonces.

 

Nadie de los que leen hoy la literatura clásica antigua (Platón, César, Cicerón, etc.) duda de su autenticidad. Se da por supuesto que esas obras fueron escritas por los hombres que se dice que las escribieron. Pero, ¿cuán antiguos son los textos que poseemos? Ninguno de ellos es anterior al siglo IX de nuestra era, o sea muchos siglos después de que sus autores vivieron y los escribieron; y la mayoría de ellos vivió antes de Cristo.

 

Los Evangelios están en una situación inmensamente mejor, como podemos ver por la enorme cantidad de escritos y fragmentos de escritos que datan de los primeros tiempos del cristianismo. Yo mismo fui una vez al Museo Británico en Londres para ver la copia más antigua existente de la Biblia entera; una Biblia completa, con el Antiguo Testamento completo, que data del siglo IV (en ese entonces no había innovaciones de Lutero para cuestionar libros de la Biblia). Está escrita en griego, y es el mismo texto que tenemos hoy en las Biblias católicas, especialmente la versión de Douay-Rheims.

 

¡Pero aunque los clásicos griegos y romanos siguen siendo leídos y estudiados sin cuestionamientos, los racionalistas niegan la autenticidad de los Evangelios! Es irracional cuestionar los libros recientes y aceptar los antiguos; por lo tanto quienes cuestionan los Evangelios deberían negar también la literatura clásica antigua, dado que ésta posee una evidencia de autenticidad enormemente menor.

 

Adolf von Harnack fue un historiador alemán que gozó de una gran reputación entre los racionalistas y los protestantes. Él murió en 1930 y también fue un racionalista –¡no era en absoluto un católico practicante! Pero él estudió la evidencia histórica acerca de los Evangelios y concluyó, igual que lo haría un verdadero historiador católico, que los Evangelios sinópticos (los Evangelios de los Santos Mateo, Marcos y Lucas) fueron escritos antes del 70 DC (el año de la caída de Jerusalén). Su testimonio es invalorable, porque él se dio cuenta de que, si esos Evangelios hubieran sido escritos después de la caída de Jerusalén, los autores ciertamente habrían mencionado el evento, como una prueba final de la profecía y la misión de Jesús. ¡Pero no lo mencionaron, porque cuando ellos escribieron sus Evangelios Jerusalén estaba todavía allí! Y von Harnack, aunque no creía en los Evangelios, admitió la evidencia histórica de que ellos fueron escritos por hombres que habían sido contemporáneos del mismo Jesucristo, es decir antes del año 70 DC. De hecho, él ubicó la redacción de los Evangelios de San Lucas y de San Marcos antes del año 60 y la redacción de los Hechos de los Apóstoles hacia el año 62.

 

El Evangelio de San Juan fue escrito mucho después, y von Harnack pasó largo tiempo inseguro acerca de su fecha exacta de redacción, hasta que finalmente lo fechó hacia el año 80 DC. Por consiguiente, los que dicen que los Evangelios fueron escritos siglos después de Jesús están repitiendo como loros una mentira histórica, pura y simplemente.

 

Una nota interesante acerca de ese académico racionalista: poco antes de su muerte, él admitió la tradición de la Iglesia de que la narración de San Lucas de los eventos referentes al nacimiento de Jesús fue extraída de la propia María, quien era el único testigo vivo de esos eventos.

 

(Texto traducido del inglés por Daniel Iglesias Grèzes).

 

Próximo artículo: ¿Por qué el mensaje del Evangelio es tan único entre todas las religiones? La divinidad de Jesucristo.

 

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Una utopía materialista: el transhumanismo

 

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

 

¿Qué es el transhumanismo?

 

Existen muchas definiciones del transhumanismo. Por ejemplo, la World Transhumanist Association (Asociación Transhumanista Mundial) dio las siguientes dos definiciones de transhumanismo: “1- El movimiento intelectual y cultural que afirma la posibilidad y la deseabilidad de mejorar fundamentalmente la condición humana a través de la razón aplicada, especialmente desarrollando y haciendo disponibles tecnologías para eliminar el envejecimiento y mejorar en gran medida las capacidades intelectuales, físicas y psicológicas. 2- El estudio de las ramificaciones, promesas y peligros potenciales de las tecnologías que nos permitirán superar limitaciones humanas fundamentales, y el estudio relacionado de las materias éticas involucradas en desarrollar y emplear tales tecnologías.”

 

Estas definiciones pueden dar la impresión de que el transhumanismo es algo inocuo o incluso positivo. Por eso propondré mi propia descripción de esta nueva ideología: el transhumanismo es una utopía materialista que pretende utilizar medios tecnológicos para transformar al ser humano en algo más que humano. Los transhumanistas conciben lo transhumano como una etapa de transición hacia lo posthumano. El símbolo que representa al transhumanismo (H+) manifiesta claramente esa voluntad de autotrascendencia. Para captar rápidamente la esencia del transhumanismo, conviene considerar que la gran mayoría de los transhumanistas aspira a que el progreso tecnológico permita al hombre alcanzar la inmortalidad. Además, los transhumanistas imaginan que en una sociedad transhumanista la esperanza de vida promedio superaría los 120 años y en general las personas estarían dispuestas a reemplazar sus órganos sanos por dispositivos artificiales, a fin de mejorar sus capacidades físicas o psíquicas. Con base en su fe progresista y cientificista, los transhumanistas creen firmemente que estas cosas ocurrirán, más pronto o más tarde.

 

Concluiré esta somera descripción del transhumanismo citando parte de un artículo de Wesley J. Smith: The Materialists’ Rapture (El rapto de los materialistas), publicado el 28/06/2013 en la excelente revista norteamericana First Things. La traducción es mía.

 

“Los proselitistas del ‘transhumanismo’ afirman que, a través de las maravillas de la tecnología, tú o tus hijos vivirán para siempre. No sólo eso, sino que dentro de décadas tú serás capaz de transformar tu cuerpo y tu consciencia en una infinita variedad de diseños y propósitos: una evolución auto-dirigida que conduce al desarrollo de ‘especies post-humanas’ con superpoderes semejantes a los de personajes de comics. En verdad, un día seremos como dioses: ‘En el futuro distante’, suspiró el biólogo de Princeton Lee Silver en su libro Remaking Eden [Rehaciendo el Edén], nos convertiremos en ‘seres mentales’ inmortales tan ‘diferentes de los humanos como los humanos lo son de los gusanos primitivos con cerebros diminutos que por primera vez se arrastraron a lo largo de la superficie de la tierra’.

 

El extraordinario inventor Ray Kurzweil es probablemente el proponente más famoso del transhumanismo. Kurzweil, quien ahora es el jefe de ingeniería de Google, predice que ‘la Singularidad’, un ‘punto de inflexión’ adveniente de aceleración tecnológica exponencial, desencadenará una cascada imparable de avances científicos que conducirá a la inevitable superación de la muerte física. Kurzweil predice que la inmortalidad humana estará aquí hacia 2045, alcanzada por medio de la carga de nuestras mentes en computadoras. ‘Tendremos cuerpos no-biológicos’, profetizó, ‘que nos permitirán vivir en una realidad virtual que será tan realista como la realidad real’.

 

Otros proyectos transhumanistas incluyen la ingeniería genética de embriones para producir niños mejorados, la vida en una conciencia de grupo y la alteración radical del cuerpo para expresar mejor la hiper-individualidad.” (Wesley J. Smith).

 

Dentro del transhumanismo existen distintas corrientes (abolicionismo, extropianismo, inmortalismo, posgenerismo, singularitarianismo, tecnicismo, tecnogaianismo, transhumanismo democrático, transhumanismo libertario), pero en esta primera aproximación no puedo entrar a analizarlas.

 

¿Qué tanto se ha desarrollado el transhumanismo?

 

Los primeros autodenominados transhumanistas se reunieron formalmente a principios de 1980 en la UCLA (Universidad de California en Los Ángeles), que se convirtió en el centro principal del pensamiento transhumanista. 

 

En 1998 los filósofos Nick Bostrom y David Pearce fundaron la World Transhumanist Association (WTA), una organización internacional no gubernamental que trabaja por el reconocimiento del transhumanismo como un objeto legítimo de la investigación científica y la política. En 1999, la WTA redactó y aprobó la Declaración Transhumanista. En 2008 la WTA cambió su nombre por Humanity+. En ese entonces contaba con unos 5.000 miembros. A la fecha Humanity+ tiene su sede central en Los Ángeles y cuenta con casi 10.000 miembros y tres instituciones afiliadas, es decir instituciones que buscan trabajar juntas con Humanity+. Se trata del Singularity Institute, el Foresight Institute y la Mormon Transhumanist Association. Según su actual constitución, Humanity+ tiene la forma jurídica de una empresa: Humanity+, Inc. Su sitio web tiene el siguiente lema: “No limites tus desafíos. Desafía tus límites.”

 

Actualmente Humanity+ cuenta con 58 capítulos o grupos locales: 23 en los Estados Unidos y 35 en otros 30 países (contando como países a América Latina y a Second Life). En América Latina hay un capítulo en vías de organización, denominado Asociación Transhumanista. Esta asociación tiene en Yahoogroups foros de discusión correspondientes a 17 países de América Latina, incluyendo a Argentina pero no a Uruguay. Sin embargo, la portada del sitio web de la Asociación Transhumanista muestra las banderas de diez países de América Latina, incluyendo a Uruguay.

 

Por otra parte, existen ya partidos políticos transhumanistas en unos 25 países de los cinco continentes. Esos partidos están agrupados en el Partido Transhumanista Global. En 2012 fue elegido en Italia el primer diputado transhumanista de la historia. Se trata de Giuseppe Vatinno, licenciado en física, periodista y profesor sobre energía y temas medioambientales en el Politécnico de Milán y en la Universidad La Sapienza de Roma.

 

El Partido Transhumanista de los EE.UU. fue fundado en 2015 y presentará un candidato a la Presidencia en las elecciones de este año. Su candidato (Zoltan Istvan) cree que "todos habremos cambiado y viviremos 500 años o más" en cuestión de un cuarto de siglo. Para esa fecha, no cree que vayan a existir los sexos ni las razas, así que las discriminaciones acabarán de un plumazo. Los úteros artificiales reemplazarán los partos naturales ("bárbaros y peligrosos médicamente", según Istvan) y podremos cambiarnos de sexo o de color de piel cada semana gracias al desarrollo de la nanotecnología, para que no nos aburramos de nosotros mismos. Istvan piensa que, con suficientes recursos, podemos dominar el envejecimiento dentro de una década. Propone gastar al menos un billón de dólares (o sea, un millón de millones de dólares) en diez años en la investigación de la extensión de la vida.

 

En Internet es posible encontrar muchas noticias que permiten evaluar el grado de difusión que ha alcanzado ya el transhumanismo. Me limitaré a citar una de esas noticias, que me parece muy ilustrativa.

 

En 2012 se informó que la Asociación Iberoamericana de Criopreservación (que agrupa a 50 investigadores españoles) planea instalar en Madrid el primer cementerio español dedicado a la criogenización, como alternativa a los servicios funerarios tradicionales. En dicho cementerio (o, como prefieren llamarlo, “albergue de pacientes”, ya que consideran que no trabajan con seres definitivamente muertos), se conservarían los cadáveres para poder aprovechar los futuros avances médicos. Según su teoría, cuando uno fallece por una enfermedad, se lo congela, y si en un futuro se encuentra la cura a esa enfermedad, se lo descongela. En los EE.UU. unas 50 personas fallecidas se sometieron a la criogenización en 2011. En España más de cien personas estaban interesadas en la criopreservación de sus restos mortales. Según el autor del artículo que estoy refiriendo, los mayores problemas de esa técnica son su elevado costo (100.000 euros) y que no existe ninguna garantía de que funcione correctamente. Aunque la ley española no ampara expresamente el enterramiento de personas en cápsulas de criogenización, la asociación referida quiere aprovechar el vacío legal para continuar con su proyecto. Sin embargo, hay quienes cuestionan éticamente esa técnica y se prevé que la OMC estudie si esa práctica es éticamente lícita.

 

¿Cuáles son las raíces y las conexiones ideológicas del transhumanismo?

 

El transhumanismo es una ideología evolucionista. Según el transhumanismo, la evolución, que en el pasado hizo surgir la vida no consciente a partir del universo inanimado y la humanidad a partir de la vida no consciente, transformará a la humanidad primero en la transhumanidad y después en la posthumanidad. Es fácil ver que el darwinismo y el darwinismo social figuran entre las principales raíces ideológicas del transhumanismo.

 

Hacia mediados del siglo XIX la selección natural fue descubierta de forma simultánea e independiente por dos biólogos británicos: Charles Darwin y Alfred Wallace. Darwin era partidario del naturalismo filosófico, es decir de la doctrina que niega la existencia de lo sobrenatural o bien su influencia en nuestro mundo. En cambio Wallace creía en el diseño inteligente de los seres vivos. El establishment científico de la Inglaterra victoriana, firmemente inclinado hacia el naturalismo filosófico, apoyó a Darwin y dejó que la obra de Wallace cayera en el olvido. Thomas Huxley, apodado “el bulldog de Darwin”, fue el principal difusor del darwinismo en Inglaterra, pese a que en privado manifestaba dudas sobre un aspecto central de la teoría darwinista: el gradualismo de la evolución. Huxley logró convencer a muchos de que la ciencia y la religión estaban absoluta e inevitablemente enfrentadas con respecto a la teoría de la evolución; y de que la ciencia darwinista representaba la derrota definitiva de la religión, y especialmente del cristianismo.

 

El darwinismo social combinó la obra de Herbert Spencer con la teoría darwinista de la evolución, sosteniendo que la lucha por la supervivencia del más apto se da también dentro de las sociedades humanas. Contribuyó a dar un barniz científico a las teorías racistas en boga hacia fines del siglo XIX y fue el principal sustento intelectual del movimiento eugenésico, que buscó mejorar la raza humana por medios análogos a los empleados en la cría de perros o caballos. Los eugenistas pretendían favorecer la reproducción de los seres humanos juzgados por ellos como más aptos y obstaculizar o incluso impedir la reproducción de los juzgados por ellos como menos aptos. Charles Darwin expresó ideas racistas y eugenésicas en su libro El origen del hombre, de 1871.

 

Francis Galton, primo de Charles Darwin, fundó la Sociedad Eugenésica Británica en 1907. De 1911 a 1928 dicha Sociedad fue presidida por Leonard Darwin, economista y octavo hijo de Charles Darwin. También otros tres hijos de Charles Darwin fueron miembros de la Sociedad Eugenésica. El matemático Charles Galton Darwin, nieto de Charles Darwin y ahijado de Francis Galton, presidió la Sociedad Eugenésica durante seis años a mediados del siglo XX. Julian Huxley, nieto de Thomas Huxley, presidió la misma Sociedad de 1959 a 1962. Antes había sido el primer Director General de la UNESCO. Pese a ser no creyente, apoyó la difusión de los escritos del P. Pierre Teilhard de Chardin y escribió el prólogo de su libro principal, El fenómeno humano.

 

Como el darwinismo social, el transhumanismo pretende que el hombre tome las riendas de la evolución y busque deliberadamente mejorar o trascender la naturaleza humana. Y, como el movimiento eugenésico, el movimiento transhumanista pretende utilizar la ciencia y la tecnología para alcanzar su objetivo de mejorar la raza humana.

 

La mayoría de los transhumanistas son ateos o agnósticos, pero existe una minoría de transhumanistas creyentes. La mayoría de esa minoría se inscribe dentro de la espiritualidad New Age. Entre la New Age y el transhumanismo existen no pocas afinidades. Los partidarios de la New Age (o Nueva Era) esperan la próxima llegada de la Era de Acuario, en la cual los hombres ascenderán a un nuevo nivel de consciencia. Los transhumanistas esperan algo parecido, aunque se proponen alcanzarlo por medio de la ciencia y la tecnología, en lugar de las técnicas de meditación orientales. Probablemente no sea casualidad que tanto la New Age como el transhumanismo hayan tenido su primer centro de irradiación en California.

 

El transhumanismo y la ideología de género tienen muchos puntos de contacto. Por ejemplo, ambas ideologías sueñan que el progreso científico permitirá crear úteros artificiales, liberando a la mujer de la carga de la maternidad, y permitirá “cambios de sexo” más “perfectos” que los actuales.

 

Por último señalaré un punto de contacto entre el transhumanismo y el ecologismo radical animalista. Como este último, algunos transhumanistas buscan abolir el sufrimiento en todos los seres vivos capaces de sentir dolor.

 

¿Cuáles son los principales peligros del transhumanismo?

 

Muy sensatamente, Francis Fukuyama ha calificado al transhumanismo como “la idea más peligrosa del mundo”. En realidad, los peligros del transhumanismo son tantos que me es difícil elegir los principales; pero haré el intento.

 

La técnica, aunque a priori es moralmente ambivalente, es en términos generales algo muy bueno, porque responde a la vocación humana al trabajo y el desarrollo. Para contribuir auténticamente al desarrollo humano, la técnica debe respetar la verdad del hombre; pero si no respeta la naturaleza humana, la técnica se convierte en una grave amenaza contra el mismo ser humano, en sus dimensiones individual y social. La grave amenaza de un progreso técnico amoral no es una mera posibilidad teórica sino una triste realidad que hiere seriamente a nuestra actual civilización. Si extrapolamos simplemente la actual tendencia a un desarrollo técnico mayormente desvinculado de la ley moral natural, nos enfrentamos a la oscura perspectiva de una sociedad cada vez más deshumanizada.

 

Esa tendencia se muestra hoy con máxima claridad en el ámbito de la bioética. En su encíclica Caritas in Veritate, el Papa Benedicto XVI dijo lo siguiente: “En la actualidad, la bioética es un campo prioritario y crucial en la lucha cultural entre el absolutismo de la técnica y la responsabilidad moral, y en el que está en juego la posibilidad de un desarrollo humano e integral. Éste es un ámbito muy delicado y decisivo, donde se plantea con toda su fuerza dramática la cuestión fundamental: si el hombre es un producto de sí mismo o si depende de Dios. Los descubrimientos científicos en este campo y las posibilidades de una intervención técnica han crecido tanto que parecen imponer la elección entre estos dos tipos de razón: una razón abierta a la trascendencia o una razón encerrada en la inmanencia. Estamos ante un aut-aut decisivo” (74).

 

La ideología transhumanista infunde nuevos bríos a esa tendencia funesta. La biotecnología divorciada de la ética está empeñada en una tarea de deshumanización que C. S. Lewis, en el título de uno de sus libros, denominó La abolición del hombre, o sea de la naturaleza humana y, por consiguiente, de la humanidad. Éste es, por otra parte, el objetivo explícito del transhumanismo.

 

La extrapolación de las tendencias presentes en la actual “cultura de la muerte”, máxime si son potenciadas por el transhumanismo, nos enfrenta a un futuro posible muy inquietante, anticipado en la notable novela (yo diría profética) de Aldous Huxley, Un mundo feliz, que hace más de 80 años previó el advenimiento de una sociedad hedonista, masificada y clasista, marcada por la manipulación del origen de la vida humana, por medio de la clonación. De proseguir el curso actual, el ser humano se convertirá en un producto industrial más, comprable y vendible por catálogo. De paso, dejo constancia de que Aldous Huxley era hermano de Julian Huxley.

 

Entre los innumerables aspectos moralmente ilícitos o al menos problemáticos de la actual revolución biotecnológica, me detendré aquí en uno, los intentos de hibridación, citando el numeral 33 de la Instrucción Dignitas Personae de la CDF, de 2008: “Recientemente se han utilizado óvulos de animales para la reprogramación de los núcleos de las células somáticas humanas –generalmente llamada clonación híbrida– con el fin de extraer células troncales embrionarias de los embriones resultantes, sin tener que recurrir a la utilización de óvulos humanos. Desde un punto de vista ético, tales procedimientos constituyen una ofensa a la dignidad del ser humano, debido a la mezcla de elementos genéticos humanos y animales capaz de alterar la identidad específica del hombre. El uso eventual de células troncales extraídas de esos embriones puede implicar, además, riesgos aún desconocidos para la salud, por la presencia de material genético animal en su citoplasma. Exponer conscientemente a un ser humano a estos riesgos es moral y deontológicamente inaceptable.”

 

Por último diré que la afanosa búsqueda de la inmortalidad por medio de la ciencia y la tecnología, además de estar destinada al fracaso, probablemente produciría grandes injusticias sociales. Las enormes sumas de dinero requeridas para llevar la esperanza de vida promedio a 100 años en los países desarrollados estarían infinitamente mejor invertidas en el combate a la malaria y muchas otras enfermedades que matan cada año a millones de personas en los países subdesarrollados. Además, el envejecimiento radical de la población o de parte de ella generaría terribles problemas sociales en los mismos países desarrollados.

 

Reflexiones finales

 

Las premisas materialistas del transhumanismo vician gran parte de sus propuestas. Para el materialista, en el fondo no hay una diferencia esencial entre el ser humano y los seres vivos irracionales, y tampoco entre éstos y los seres inanimados. En última instancia, de ese error inicial provienen la negación del libre albedrío en el hombre y la confusión entre la inteligencia humana y la “inteligencia artificial” de las computadoras o los robots. Dicho de forma clara y simple: no es posible “subir” mi mente a una computadora. Un programa de computadora que simulara mi forma de pensar, de hablar y de actuar no sería mi mente; no sería yo. Es completamente absurdo buscar la inmortalidad por esa vía.

 

Permítanme terminar esta ponencia con una reflexión teológica cristiana. La causa primera del divorcio entre la tecnología y la moral es el pecado original. En el relato bíblico del pecado original, Adán y Eva se dejaron seducir por el deseo de llegar a ser como dioses obrando contra la voluntad de Dios. El pecado original no residió en que Adán y Eva quisieran ser como dioses, pues Dios mismo los había creado a su imagen y semejanza y los había llamado a ser sus hijos, sino en que comieron del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, el único que Dios les había prohibido comer. Su pecado tampoco consistió en querer conocer el bien y el mal, sino en querer determinar arbitrariamente el bien y el mal para ellos mismos. Adán y Eva desoyeron la ley moral inscrita en su propia conciencia y obraron en contra de su misma naturaleza. Quisieron ser felices al margen de Dios o en contra de Dios, cosa imposible.

 

Se podría decir que el dogma del pecado original es el único dogma cristiano que es susceptible de una cuasi-comprobación empírica. En efecto, es fácil constatar que, en el ámbito de nuestra experiencia, rige lo que podríamos llamar “la ley de la culpabilidad universal”. Todos nosotros, con nuestras culpas leves o graves, contribuimos a embrollar las cosas en todos los niveles.

 

La Biblia vincula el origen de la técnica con la descendencia de Caín (cf. Génesis 4,22) y asocia una portentosa obra técnica (la construcción de la torre de Babel: Génesis 11,1-9) con un momento importante en la historia del pecado. Esto nos indica que, en el hombre caído por el pecado, el poderío técnico puede convertirse en una herramienta muy eficaz de alienación y de desunión social. Esto se aprecia claramente en el caso del transhumanismo.

 

El movimiento transhumanista pretende vencer el dolor y la muerte y crear un Cielo en la Tierra, por medio de las solas fuerzas naturales del hombre, en un intento de compensar la pérdida de la fe religiosa con un sucedáneo materialista. Ofrece al hombre la salvación y la vida eterna sin necesidad del perdón de Dios ni de la conversión moral, sin necesidad de dogmas, sacramentos u oración. No es difícil escuchar en la pseudo-religión transhumanista un eco de la mentira de la serpiente en el jardín del Edén: “Seréis como dioses…” Mentira que apela en primer lugar a nuestra soberbia, pero también a nuestra pereza y miedo. Por ejemplo, ¿para qué esforzarme por ser un buen atleta si puedo correr más rápido y sin esfuerzo con piernas artificiales? ¿Y cómo me animaré a sacrificar mi vida por una causa noble si la vida terrena es para mí el valor supremo?

 

Hay una pequeña minoría de transhumanistas que son cristianos. Esos cristianos se afilian a las tesis del protestantismo liberal, infiltradas en el catolicismo bajo el nombre de modernismo o progresismo. Por lo dicho hasta aquí, es evidente que esos cristianos incurren en la herejía pelagiana, pues creen que el hombre se salva por sus solas fuerzas, sin necesidad de la gracia de Dios. Vale la pena volver a considerar aquí a Teilhard de Chardin, quien tenía una visión de la evolución muy semejante a la del transhumanismo. Según Teilhard, la evolución misma, por su propio ímpetu, tiende de la cosmogénesis a la biogénesis, de la biogénesis a la noogénesis, y de la noogénesis a la cristogénesis, por medio de la convergencia de la humanidad en Cristo, el Punto Omega. No en vano Teilhard, que esperaba que el cristianismo diera lugar a una nueva religión superior, es el teólogo que más ha influido en los pensadores de la New Age.

 

En cambio, los verdaderos cristianos creemos que Nuestro Señor Jesucristo, único Redentor del hombre y Salvador del mundo, es también el Salvador de la ciencia y de la técnica, y que, para superar la actual crisis moral de nuestra civilización técnica, necesitamos ante todo personas y comunidades santas, que, siguiendo a Cristo, impulsados por su Espíritu, vayan por la Cruz a la Luz.

 

Montevideo, 14 de agosto de 2016

2° Congreso Rioplatense por la Vida y la Familia

 

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La eutanasia al descubierto

La estrategia ideológica de los partidarios de la muerte “por compasión”

 

José Alfredo Elía Marcos

 

Vivimos en un tiempo en el que se sabe perfectamente “de dónde vienen” los niños, pero donde se desconoce “a dónde marchan” los abuelos. Se vuelve a abrir el debate sobre la eutanasia. Algunos medios de comunicación, ciertos políticos y determinados sectores de la medicina presentan sus argumentos en pro de una “calidad de vida”, defendiendo un supuesto derecho a una “muerte digna”.

Pero estos argumentos no son nuevos, se basan en viejas ideologías decimonónicas que, pretendiendo construir un mundo feliz, no hacen sino despertar los monstruos de la tiranía, el horror, la guerra y la muerte.

 

Eutanasia proviene del griego “eu”(buena) y “tanatos” (muerte). ¿Pero qué significa una Buena Muerte? El cristianismo siempre la ha entendido como aquella en que el moribundo dejaba este mundo con los asuntos y negocios bien arreglados. “Buena muerte” expresaba morir perdonando y siendo perdonado, sin ninguna cuenta pendiente, reconciliándose y habiendo hecho las paces. Sólo entonces se podía exclamar: “Descanse en paz”. Pero en el último siglo este significado profundo ha sido estratégicamente sustituido por el de “muerte digna”, que en esencia viene a expresar morir sin dolor y sin causar dolor a los demás (sobre todo esto último). Si tiene que haber agonía, que ésta pase rápidamente, porque a fin de cuentas, para algunos, lo único que importa es: “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”.

 

En este artículo se pretende presentar cuáles son las ideologías que sustentan los argumentos eutanásicos así como las estrategias que se emplean, para conocer sus verdaderas intenciones.

 

Más placer, menos dolor

 

Durante los siglos XVIII y XIX surgen ciertas algunas ideologías que consideraban determinadas dimensiones parciales del ser humano como valores absolutos. Así ha sucedido con quienes han construido su visión del mundo exclusivamente sobre la raza, la clase social, la economía, la nación o la razón. El laboratorio de la historia mostraría que estos reduccionismos fueron origen de los peores totalitarismos antihumanos.

 

Una de estas ideologías inhumanistas la constituye el utilitarismo, una corriente filosófica fundada por el economista inglés Jeremy Bentham, quien en 1780 publicó su Introducción a los principios de la moral. Para Bentham el fin del hombre es la búsqueda de la felicidad, pero una felicidad entendida como la obtención del máximo placer a costa del mínimo dolor. Él fue más lejos, considerando la felicidad como una magnitud que podía ser medida con precisión. El objetivo de la actividad política debía ser, pues, conseguir “la mayor felicidad para el mayor número de personas”.

 

Según el razonamiento utilitarista, lo que define la dignidad de la persona no es su capacidad de razonar, sino su capacidad de sufrir. El mismo Bentham llegó a afirmar que “un caballo que ha alcanzado la madurez o un perro es, más allá de cualquier compasión, un animal más sociable y razonable que un recién nacido de un día, de una semana o incluso de un mes. Supongamos, sin embargo, que no sea así. La pregunta no es ¿pueden razonar? Sino ¿pueden sufrir?”. Si Descartes postuló su célebre “pienso, luego existo”, Bentham perfectamente podría suscribir “siento, luego existo”.

 

Su discípulo John Stuart Mill retoma el utilitarismo. Coincide con su maestro en la definición de felicidad, pero a diferencia de Bentham, que medía la felicidad en términos cuantitativos, Stuart Mill concebirá la felicidad en términos cualitativos. Introduce así el concepto de “calidad de los placeres”, como aquel placer que es más deseado por todos. Mill llegó a afirmar que “la moral de la utilidad se basa en el principio de la mayor felicidad. Las acciones son correctas en la medida en que tienden a promover la felicidad, e incorrectas en cuanto tienden a producir dolor”.

 

Vidas que “no merecen ser vividas”

 

Sobre estos postulados se fundamentarán los racistas alemanes para defender las matanzas de miembros y grupos “no deseables” de la población. En un libro publicado en 1895 y titulado Das Rect Auf den Tud (El derecho a la muerte), uno de esos científicos, Adolf Jost, hizo una defensa anticipada de dicha eliminación física por parte de los médicos. Jost sostenía que “en consideración de la salud del organismo social, el estado debe tomar la responsabilidad de la muerte de los individuos”.

 

Años más tarde, el psiquiatra alemán Alfred Hoche y el juez Kart Binding escribían en 1920 el libro La legislación de la destrucción de la vida indigna de ser vivida (Die Freigabe der Vernichtung Lebersunwerten Lebens). Este libro defendía la tesis de que debía legalizarse la eliminación de la “gente sin valor”. Introduce asimismo los conceptos de “vida sin valor” o “vida que no merece ser vivida”, que posteriormente serán utilizados por los nazis para justificar sus horrores genocidas. Los autores hablan de “seres humanos sin valor” y reclaman “la eliminación de aquellos que no tienen salvación y cuya muerte es una necesidad urgente”. Según ellos existen humanos que están por debajo del nivel de las bestias y no tienen “ni la voluntad de vivir ni de morir”. Éstos estarían “mentalmente muertos” y por lo tanto forman “un cuerpo ajeno a la sociedad de los hombres”. Uno de los argumentos que más emplearán será el económico, ya que estas “existencias cargantes” suponen para el Estado “un despilfarro de dinero y trabajo por la asistencia médica a los retrasados”. Hoche y Binding reclamarán a la sociedad recuperar una “actitud heroica” supuestamente perdida para eliminar de la sociedad a estos “espíritus muertos”.

 

El proyecto secreto nazi

 

El 30 de enero de 1933 Adolf Hitler y el partido nacionalsocialista acceden democráticamente al poder en Alemania imponiendo una dictadura totalitaria basada en tres ejes: un radical racismo, un exacerbado antisemitismo y un plan eugenésico de exterminio de los “débiles” y potenciación de la raza aria.

 

El plan eugenésico en la Alemania nazi comenzó con un programa de eutanasia infantil en el que niños con deformidades eran asesinados en las clínicas. Al principio era un programa secreto llamado Aktion T-4, por realizarse en un hospital situado en la calle Tiergartenstrasse 4, en Berlín. Un médico supervisaba la muerte y trataba de hacerla indolora. Los asesinos eran pediatras, psiquiatras y enfermeros.

 

La segunda fase del Aktion T-4 consistió en eliminar adultos “improductivos” como los inválidos o enfermos mentales. Entre 1939 y 1946 más de 260.000 pacientes mentales fueron exterminados en Alemania. El Estado alemán otorgaba documentación a los funcionarios de la “muerte por piedad”. El documento decía lo siguiente: “Delego en ______ para que, bajo su responsabilidad, autorice a determinados médicos a garantizar, según criterios humanitarios y después de valorar el estado de su enfermedad, una muerte por piedad a todos aquellos enfermos incurables”.

 

Según el escritor Henry Friedlander, los burócratas del T-4 eran personas jóvenes, sin pasión por el partido pero sí por el dinero. Buscaban promociones, empleos e influencias (lo mismo que puede buscar un eutanásico actual en una sociedad democrática). Sobre todo querían ser burócratas eficientes.

 

Tras la caída del Tercer Reich muy pocos fueron juzgados: sólo 23 médicos. De ellos, 15 fueron encontrados culpables y 7 fueron ahorcados.

 

Anuncio en un periódico alemán de esa época: “Esta persona sufre defectos hereditarios. Cuesta a la comunidad 60.000 marcos del Reich a lo largo de su vida. Hermano alemán, ése es también tu dinero. Lee el periódico mensual Nueva Gente de la Oficina de Política Racial del Partido Nazi”.

 

Consigna de una exposición del Sindicato de los Alimentos sobre "higiene racial": "Con tu dinero. Un enfermo congénito que viva hasta los 60 años cuesta un promedio de 50.000 marcos". En: Pueblo y raza. Revista ilustrada para la comunidad del pueblo alemán [Volk und Rasse. Illustrierte Monatszeitschrift für deutsches Volkstum] 10 (1936), pág. 335.

 

La denuncia de las atrocidades

 

El obispo de Münster, Monseñor Von Galen, y otros sacerdotes y laicos católicos denunciaron las ideologías neopaganas del nazismo, defendiendo los derechos humanos gravemente violados. También protegieron a los judíos y a las personas más débiles, a los que el régimen consideraba que debían ser eliminados.

 

Von Galen consiguió suspender la “operación eutanasia” nazi, y presentó a título personal denuncias por asesinato tras la muerte de minusválidos. En una de sus homilías denunció lo siguiente: “Desde hace meses escuchamos informaciones de que de los hospitales y centros para disminuidos psíquicos son trasladados forzosamente pacientes que están enfermos desde hace tiempo y que tal vez parecen incurables. De manera regular reciben los familiares poco después una notificación de que el enfermo murió, se incineró el cadáver y las cenizas pueden ser entregadas. Es general la sospecha, cercana a la certeza, de que tantos decesos imprevistos de enfermos mentales no ocurren naturalmente, sino que son el resultado de una deliberada decisión, resultado de adscribirse a la doctrina que afirma que habría derecho a eliminar la “vida no digna de ser vivida”, es decir matar a personas inocentes, cuando se considere que su vida carece de valor para el pueblo y el Estado. Una doctrina atroz que pretende justificar el asesinato de los inocentes y legitimar el homicidio violento de todos aquellos que ya no pueden trabajar, sean inválidos, mutilados, enfermos incurables o ancianos débiles”.

 

Peter Singer y el “derecho” a matar

 

Después de la 2ª Guerra Mundial el utilitarismo se vuelve más inhumanista, si cabe, al negar la distinción entre el ser humano y los animales, en lo que se ha llamado “deep ecology” o ecologismo radical. Según R. Ryder, hablar de preeminencia del hombre sobre el resto de los animales es un narcisismo de especie o “especieismo”, término acuñado por Ryder. El “especieismo” tendría su origen en el monoteísmo judeocristiano y llevaría a valorar más “un diminuto e insensible trocito de tejido embrionario” que toda la población de gorilas del África. Como se ve, el argumento es pobre y falaz, pero es el punto de partida de la ideología utilitarista/hedonista.

 

Representante de esta corriente sería el australiano Peter Singer, defensor de los “derechos” de los animales, y autor de libros muy significativos, como Liberación animal (1975) y Ética práctica (1979). Singer niega el valor sagrado de la vida humana. “No hay ningún motivo para dar más valor a la vida de un humano que a una planta de tomate”. Una vez eliminada la frontera entre hombre y animal, Peter Singer establece la prioridad de ciertos animales sobre ciertos seres humanos; valora especialmente a los simios, a los que designa como personas, ya que “usan y fabrican herramientas, utilizan el lenguaje al modo de los sordomudos y algunos tienen mayor autoconciencia que los seres humanos retrasados”.

 

Pero a su vez niega que algunos humanos sean personas, en concreto “los fetos, los recién nacidos, los impedidos mentales muy profundos y los comatosos sin esperanza”, ya que ninguno de ellos “es consciente de sí mismo, tiene sentido del futuro o capacidad de relacionarse con los demás”. De ellos afirma que “son miembros de la especie humana, pero no tienen en y por sí mismos un lugar en la comunidad moral laica”.

 

La proyección del utilitarismo en el ámbito biojurídico tuvo su implantación en el Informe Warnock, aprobado en 1985 en el Reino Unido. Este Informe establece la licitud del aborto y la manipulación del mal llamado “preembrión”. Defiende los derechos de los ancianos y los enfermos, pero niega el derecho a la vida a los que se encuentran en estado de coma. El criterio decisivo para el utilitarismo es la eliminación de todo sufrimiento, por ser algo indigno. Ello legitima la eutanasia o la manipulación genética como medica eugenésica para eliminar el sufrimiento, ya que “es preferible morir a sufrir”.

 

No es de extrañar que el poder del Estado prefiera una sociedad basada en el hedonismo, en lo agradable o lo desagradable, ya que éste es un parámetro que permite controlar y manipular fácilmente a los ciudadanos, imponiendo una dictadura del miedo y del terror.

 

La Iglesia de la Eutanasia, terrible secta surgida en Estados Unidos y con implantación en medio mundo, aboga por un suicido voluntario para “defender la naturaleza”.

 

La experiencia holandesa

 

Holanda es el país de Europa donde se viene viviendo tristemente una permisividad abierta hacia la eutanasia. Las leyes de este país favorecen la eutanasia en enfermos de “riesgo”, alcanzándose cifras de hasta 4.500 casos al año. El 81 % de los médicos de cabecera holandeses han realizado la eutanasia en algún momento de su carrera.

 

Muchos holandeses llevan un testamento o una tarjeta en la que se pide que se les realice la eutanasia “en caso de lesiones corporales o perturbaciones mentales de las que no se pueda esperar una recuperación suficiente para llevar una existencia digna y razonable”.

 

Esta mentalidad permisiva a la eutanasia crea paralelamente un ambiente de “coacción moral” que lleva a los enfermos terminales o “inútiles” a sentirse obligados a solicitar la eutanasia. Un grupo de adultos con minusvalías importantes denunciaba este hecho ante el Parlamento Holandés: “Sentimos que nuestras vidas están amenazadas… Nos damos cuenta de que suponemos un gasto muy grande para la comunidad… Mucha gente piensa que somos inútiles… Nos damos cuenta a menudo de que se nos intenta convencer para que deseemos la muerte… Nos resulta peligroso y aterrador pensar que la nueva legislación médica pueda incluir la eutanasia”.

 

Desde abril de 2002, una nueva legislación en Holanda permite realizar la eutanasia a niños menores de 12 años.

 

Las estrategias de la “cultura” de la muerte

 

Analicemos ahora cuáles son y han sido las estrategias que emplean las campañas a favor de la eutanasia. La propaganda siempre se ha iniciado afirmando que en todos los casos la eutanasia debe ser voluntaria, es decir querida y solicitada expresamente por quien va a recibir la muerte. Pero el siguiente paso es pedirla para quien no está en condiciones de expresar su voluntad: el deficiente, el recién nacido, el agónico inconsciente… Una vez quebrado el principio del respeto al derecho fundamental a la vida, es cuestión de tiempo el formular el falso “derecho a decidir la propia muerte”. Cuando se inician los debates acerca de la legislación sobre la eutanasia, se produce siempre la misma contradicción: se insiste en legalizar sólo la eutanasia voluntaria, pero para ilustrar los “casos límite” se ponen, en cambio, ejemplos de enfermos terminales inconscientes y, por tanto, incapaces de manifestar su voluntad.

 

La estrategia se complementa con una manipulación del lenguaje, empleando eufemismos ideológicos y semánticos. Así, no se hablará nunca de “matar al enfermo” o de “quitarle la vida”. En su lugar se emplean expresiones como “ayudarlo a morir”, facilitarle la “culminación de la vida”, lograr su “auto-liberación”.

 

Paralelamente se presenta a los defensores de la vida como retrógrados, intransigentes, contrarios a la libertad individual y al progreso. El debate no se centra pues a favor de la dignidad humana, sino a través de los prejuicios creados por sus defensores. Se promueven encuestas que reflejan que la mayoría de los ciudadanos, médicos y enfermos de cáncer está a favor de la eutanasia. Estas encuestas no son fiables pues el resultado depende en gran medida de cómo se planteen las preguntas y de cómo se interpreten las respuestas.

 

Los medios de comunicación se encargan de crear un clima favorable a la legalización. Se presentan casos extremos como el reciente de Terry Schiavo en EE.UU. o mediante películas como Million Dollar Baby o la española Mar adentro, basada en el caso de Ramón San Pedro.

 

Sentido auténtico del dolor y de la muerte

 

El dolor y la muerte forman parte de la vida. Absolutamente nadie es ajeno al dolor. La muerte es el destino inevitable de todo ser humano y constituye pues el horizonte natural del proceso vital. Pero esta culminación de la vida conlleva una incertidumbre en cuanto a saber cuándo y cómo ha de producirse. La actitud que adoptamos ante el hecho de que hemos de morir determina en parte cómo vivimos. Por eso la persona que asume la propia finitud de la vida toma conciencia de la fugacidad del propio tiempo, de que cada día es único y de que cada ocasión es irrepetible.

 

El dolor y la muerte no son obstáculos para la vida, sino que son dimensiones de ésta. Quien se niega a admitir la naturalidad de estos hechos tratando de huir o evadiéndose del interrogante que ésta plantea, termina negando la propia realidad de la existencia personal, lo que es causa de deshumanización y de frustración vital.

 

Es natural en el hombre rechazar lo doloroso y su sufrimiento. Pero si este rechazo se convierte en un absoluto a cualquier precio, se pueden cometer injusticias y actos censurables claramente antihumanos. Justificar que una “muerte digna” es aquella que se produce en ausencia de dolor puede llevar a legitimar homicidios –bajo el nombre de eutanasia– y a privar a la persona moribunda del efecto humanizador que el mismo dolor puede tener.

 

El dolor y el sufrimiento, como cualquier otra dimensión natural de la vida de la persona, tienen también un valor positivo, cuando nos ayudan a comprender mejor nuestra naturaleza y sus limitaciones, si sabemos integrarlos en nuestro proceso de crecimiento y maduración. La persona que sufre y acepta su sufrimiento llega a ser más humana, pues comprende y hace suya una dimensión básica de la vida que ayuda a hacer más rica la personalidad. Además la persona que sufre comprende más fácilmente el dolor y el sufrimiento de los que como él lo padecen. Adquiere la capacidad de com-padecer. Padecer con los demás permite ayudar a aliviar, curar y sanar el mal que otros sufren. Si la pierna rota no doliera, ¿cómo sabríamos que necesita reposo y reparación? El dolor se convierte de esta manera en una ventana abierta al sufrimiento de los demás.

 

Decía el pensador judío Herman Cohen que “la suprema dignidad del ser humano se manifiesta en el sufrimiento”. No en balde el sufrimiento es uno de los componentes esenciales de la memoria y del proyecto y hace posible el ejercicio de la piedad ajena.

 

En su naturaleza última, el dolor y la muerte humana encierran un misterio, que no es otro que el misterio del ser humano en el mundo; es también el misterio de la libertad y del amor, que son realidades vivas e íntimas, aunque intangibles, y que no encuentran explicación suficiente en la física o la química de la materia.

 

La civilización y el estado de derecho se fundamentan en el respeto a la dignidad de la persona. El Estado y las instituciones sociales tienen por tanto el deber de velar para que ésta se respete en todas las etapas vitales de su desarrollo. Por ello el Estado no puede atribuirse el derecho de legalizar la eutanasia, pues la vida de un inocente es un bien que trasciende el poder de disposición tanto del individuo como del Estado.

 

El misterio del ser humano y de la dignidad de la persona es expresado por la Iglesia Católica en términos de sacralidad. Por ello afirma la Congregación para la Doctrina de la Fe en su instrucción Donum vitae (El don de la vida) que “la vida humana… (es) sagrada, porque desde su inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho a matar de modo directo a un ser humano inocente”.

 

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Cuando el matrimonio entre un hombre y una mujer es

"una verdad que ya no se puede decir"


Extracto de la carta pastoral
Don't Mess with Marriage (“No se metan con el matrimonio”)


Obispos de Australia


Una redefinición del matrimonio hecha con el fin de incluir las relaciones homosexuales tendrá consecuencias de amplio alcance para todos nosotros.


He aquí algunos ejemplos sacados de la vida real que se han verificado recientemente.


– La ciudad de Coeur d’Alene, en Idaho (EE.UU.), ha impuesto a sus ministros cristianos la obligación de celebrar las bodas homosexuales bajo pena de 180 días de cárcel por cada día que pase sin que se celebre la ceremonia y de multas de 1.000 dólares al día; algunos diputados británicos han amenazado con quitar la licencia para celebrar matrimonios a los sacerdotes que se nieguen a celebrar "matrimonios homosexuales".

– En Holanda, en Francia, en España y en los Estados Unidos hay sacerdotes que han sido amenazados con ser acusados de "incitación al odio" por haber defendido la visión del matrimonio de la propia tradición religiosa; la ciudad de Houston, Texas, obliga a los pastores, so pena de sanciones legales, a someter anticipadamente sus sermones a un control  jurídico por si tratan en ellos de temas vinculados con la sexualidad.


– En Colorado y Oregon, algunos tribunales han multado a pasteleros que se habían negado, por motivos religiosos o de conciencia, a confeccionar pasteles nupciales para "matrimonios homosexuales"; en Nuevo México, un fotógrafo especializado en bodas ha sido multado por haberse negado a hacer fotografías durante una ceremonia de ese tipo; y en Illinois, algunos operadores turísticos han sido denunciados por no haber proporcionado viajes de novios después de la celebración de "matrimonios homosexuales".


– La
Yeshiva University de Nueva York ha sido denunciada por no haber proporcionado alojamiento a "parejas casadas homosexuales"; otras universidades (católicas) han sido amenazadas con acciones legales análogas.


– En Gran Bretaña y en varios estados de los EE.UU. algunas agencias de adopción católicas se han visto obligadas a cerrar por no haber asignado niños a parejas homosexuales para que fueran adoptados por éstas: por ejemplo, la
Evangelical Child Family Services (Illinois, EE.UU.) ha tenido que cerrar a causa de su rechazo a actuar de este modo.


– Algunos estados de los EE.UU. han impuesto a distintas organizaciones católicas la obligación de extender las ventajas vinculadas al estado matrimonial a sus dependientes con parejas homosexuales.


– En Nueva Jersey, una agencia de encuentros online ha sido denunciada por no haber proporcionado su servicio a parejas homosexuales; en el condado de San Diego un médico ha sido denunciado por haberse negado a participar en primera persona a la reproducción de un niño sin padre mediante inseminación artificial.


– En Canadá y en distintos países europeos se ha requerido que los padres dejen a sus hijos en clase durante las lecciones de educación sexual que enseñan lo positivo que es la actividad homosexual, equiparándola a la actividad conyugal heterosexual; David y Tanya Parker se opusieron al hecho de que su hijo –que frecuenta el jardín de infancia– recibiera clases acerca del matrimonio homosexual después de que el Tribunal Supremo de Massachusetts lo legalizara. Esta oposición causó que David fuera esposado y arrestado por haber intentado que su hijo saliera de clase durante esta lección. A los padres se les dijo que no tenían ningún derecho a hacerlo.


– En Inglaterra, el Colegio de Abogados ha revocado a un grupo llamado
Christian Concern el permiso de utilizar los locales del Colegio debido al apoyo que dicho grupo da al matrimonio tradicional porque esto, ha afirmado el Colegio de Abogados, es contrario a su "política sobre diversidad".


– En los Estados Unidos, en Canadá y en Dinamarca han obligado a pastores u organizaciones religiosas a autorizar la celebración de matrimonios homosexuales en sus iglesias o en sus salas: el
Ocean Grove Methodist Camp, en Nueva Jersey (EE.UU.), ha tenido que ver como anulaban parte de su estatus de exención fiscal por no permitir la celebración civil de uniones homosexuales dentro de sus terrenos.


– Algunos diputados británicos han amenazado con prohibir a las distintas iglesias la celebración de matrimonios si no aceptan también la celebración de bodas homosexuales.


– El rabino jefe de Amsterdam y un obispo de España han sido amenazados con acciones legales bajo la acusación de "incitación al odio" por el simple hecho de haber afirmado de nuevo la posición de las propias tradiciones religiosas.


– El vice-director responsable del servicio psiquiátrico del estado de Victoria, en Australia, ha recibido presiones para que dimita de su cargo en las Comisiones regionales sobre derechos humanos e igualdad tras haber apoyado a 150 médicos que habían afirmado, en una investigación del Senado, que los niños están mejor con un padre y una madre; en varios estados de los EE.UU. y en Inglaterra, algunos psicólogos han perdido su puesto de trabajo por haber afirmado que preferían el matrimonio tradicional o las familias fundadas en éste.


– La legalización de los "matrimonios homosexuales" ha abierto el camino, en Brasil, a la legalización jurídica de los matrimonios polígamos; la presión para legalizar este tipo de matrimonio es muy fuerte también en Canadá y en otros países.


– Empresarios, atletas, periodistas, profesores, médicos y personal sanitario, líderes religiosos y otras personas que en distintos países se han pronunciado a favor del matrimonio tradicional han sido denigrados y difamados por los medios de comunicación, han visto como se les negaba un puesto de trabajo o un contrato de negocios y han sido amenazados con acciones legales.


Por lo tanto, la visión del matrimonio como unión de un hombre y de una mujer, anteriormente común a los creyentes y a los no creyentes y que era transversal a toda una serie de culturas y de épocas, se está convirtiendo cada vez más en una verdad que no se puede decir. Una redefinición del matrimonio tiene consecuencias para todos.

 

Fuente: http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1351353?sp=y

(Traducción al español de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares, España).

 

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Oración a María, madre de la Iglesia y madre de nuestra fe

 

Papa Francisco

 

¡Madre, ayuda nuestra fe!

 

Abre nuestro oído a la Palabra, para que reconozcamos la voz de Dios y su llamada.

 

Aviva en nosotros el deseo de seguir sus pasos, saliendo de nuestra tierra y confiando en su promesa.

 

Ayúdanos a dejarnos tocar por su amor, para que podamos tocarlo en la fe.

 

Ayúdanos a fiarnos plenamente de Él, a creer en su amor, sobre todo en los momentos de tribulación y de cruz, cuando nuestra fe es llamada a crecer y a madurar.

 

Siembra en nuestra fe la alegría del Resucitado.

 

Recuérdanos que quien cree no está nunca solo.

 

Enséñanos a mirar con los ojos de Jesús, para que Él sea luz en nuestro camino.

 

Y que esta luz de la fe crezca continuamente en nosotros, hasta que llegue el día sin ocaso, que es el mismo Cristo, tu Hijo, nuestro Señor.

 

(Papa Francisco, carta encíclica Lumen Fidei sobre la fe, 29/06/2013, n. 60).

 

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“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

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