Fe y Razón

Revista gratuita de teología y cultura católica

Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 120 – 6 de mayo de 2016

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

(“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”)

Santo Tomás de Aquino

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre

Equipo de Dirección

Magisterio

El matrimonio en el plan de Dios

Catecismo de la Iglesia Católica

Teología

Amoris lætitia. El capítulo 8º no es propiamente Magisterio pontificio

Pbro. Dr. José María Iraburu

Teología

Lo que Amoris Laetitia Cap. VIII no dice, pero parece decir

Lic. Néstor Martínez Valls

Apologética

Un pálido punto azul

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Apologética

¿Por qué ser cristiano? ¿Por qué no musulmán, budista o hindú? Parte 1

Raymond de Souza, KM

Apologética

¿Qué es la Apologética?

Carlos Caso-Rosendi

Familia y Vida

Los derechos reproductivos (1994-2014)

José Alfredo Elía Marcos

Oración

Oración a la Sagrada Familia

Papa Francisco

Biblia

De Cicerón a la Palabra de Dios – San Jerónimo

Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola

 

 

Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre

 

Equipo de Dirección

 

Desde el Consistorio de febrero de 2014, cuando el Cardenal Walter Kasper propuso permitir en ciertos casos la comunión a los católicos divorciados vueltos a casar no arrepentidos, se ha producido un fuerte debate en la Iglesia Católica, que ha manifestado una gran desunión doctrinal. Aunque en esa ocasión la mayoría de los Cardenales se opuso enérgicamente a esa propuesta, la misma fue el principal centro de atención y de interés en los dos “Sínodos de la Familia”, celebrados en octubre de 2014 y octubre de 2015. Tampoco los Padres Sinodales, en ninguna de ambas ocasiones, aprobaron la propuesta de Kasper. A tal punto fue así que el documento final del Sínodo de 2015 ni siquiera menciona el asunto de la comunión a los divorciados vueltos a casar. Sin embargo, tras la publicación de la exhortación apostólica Amoris Laetitia del Papa Francisco, y pese a que la misma no zanja claramente ese debate, casi toda la prensa mundial y muchos Obispos han interpretado que Su Santidad abrió una vía para permitir la comunión a esas personas, sin exigirles (como antes) que dejen su “segunda unión” o convivan “como hermano y hermana”.

 

Fe y Razón ha defendido y defiende la praxis tradicional de la Iglesia Católica en esta materia, no por mero conservadurismo, ni mucho menos por falta de misericordia, sino porque dicha praxis está firmemente basada en muchas e importantes verdades de fe, que no pueden ser abolidas ni soslayadas sin destruir gran parte de la doctrina católica inmutable. A continuación expondremos, en apretada síntesis, las principales verdades de fe que están en juego en esta cuestión.

 

1.      La unidad y la insolubilidad son dos de las notas esenciales del matrimonio. Por eso la poligamia y el divorcio son dos pecados graves, que atentan contra la dignidad del matrimonio.

2.      Nuestro Señor Jesucristo, la Palabra de Dios hecha carne, enseñó a sus discípulos que: «El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella; y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio».

3.      El adulterio es un pecado grave contra el sexto mandamiento: “No cometerás adulterio” (Éxodo 20,14).

4.      La convivencia more uxorio de una persona “divorciada vuelta a casar” con su nueva pareja es un estado de adulterio público y permanente.

5.      Comulgar en pecado mortal es un sacrilegio, un pecado gravísimo. Por eso San Pablo enseña: “Que cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y beber esta copa; porque si come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación.” (1 Corintios 11,28-29).

6.      En el sacramento de la penitencia, el sacerdote puede absolver al penitente, pero la absolución no es válida si éste no está arrepentido de sus pecados y no tiene propósito de enmienda.

7.      Si el penitente vive en estado de adulterio pero no conoce la enseñanza de la Iglesia Católica sobre su situación, el deber del sacerdote será “enseñar al que no sabe” y “dar un buen consejo al que lo necesita” (dos obras de misericordia espiritual).

8.      Si el penitente vive en estado de adulterio y conoce la enseñanza de la Iglesia Católica sobre su situación pero no la acepta, el deber del sacerdote será “corregir al que yerra” (otra obra de misericordia espiritual).

9.      Si el penitente vive en estado de adulterio y rechaza en forma pertinaz la enseñanza de la Iglesia Católica sobre su situación, peca gravemente contra la fe católica, y también por esta razón no puede acceder a la comunión eucarística.

10.  El sexto mandamiento de la Ley de Dios no es un ideal inalcanzable salvo para una pequeña élite de perfectos, sino una norma moral exigida a cada cristiano. La gracia de Dios da a cada uno la fuerza necesaria para cumplir todos los mandamientos del Decálogo y toda la ley moral.

 

En todo este debate se parte siempre de la hipótesis de que el primer matrimonio es válido y por ende indisoluble. Si el primer matrimonio fuera inválido, el problema tendría una solución sencilla: la persona podría procurar y obtener la declaración de nulidad de su primer matrimonio de parte de la Iglesia y luego, si no hubiera impedimentos adicionales, podría casarse por la Iglesia con su segunda pareja, después de lo cual (previo paso por el sacramento de la penitencia, obviamente) ambos cónyuges podrían acceder a la santa comunión. Aunque su matrimonio sea nulo, un católico separado de su cónyuge no puede contraer nuevo matrimonio si antes la Iglesia no declaró nulo su primer matrimonio. Por otra parte, conviene tener en cuenta que la reforma del proceso canónico correspondiente a las solicitudes de declaración de nulidad matrimonial dispuesta en 2015 por el Papa Francisco ha vuelto ese proceso mucho más rápido y más económico.

 

Si en cambio el primer matrimonio es válido (o es inválido pero la Iglesia no ha declarado aún su nulidad), el católico que ha contraído un nuevo matrimonio (civil) dispone de tres vías alternativas para reconciliarse con Dios y con la Iglesia: separarse de su actual pareja y reconciliarse con su cónyuge legítimo; o separarse de su actual pareja sin volver a convivir con su cónyuge legítimo; o seguir conviviendo con su actual pareja, pero “como hermano y hermana” (absteniéndose de las relaciones sexuales).

 

En este número de Fe y Razón incluimos dos artículos sobre la exhortación apostólica Amoris Laetitia que, con la veneración y la obediencia debidas al Sumo Pontífice, buscan sostener la doctrina católica bíblica y tradicional, frecuentemente rechazada hoy tanto dentro como fuera de la Iglesia. Estamos convencidos de que así hacemos un mejor servicio al Sucesor de Pedro que quienes aplauden indiscriminadamente todo lo que un Papa dice o hace.

 

En este número incluimos también la bella oración del Papa Francisco a la Sagrada Familia, con la que concluye la Amoris Laetitia. Oremos de forma perseverante con el Papa y por el Papa, por toda la santa Iglesia Católica, y en especial por las familias cristianas.  

 

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El matrimonio en el plan de Dios

 

Catecismo de la Iglesia Católica

 

1602. La sagrada Escritura se abre con el relato de la creación del hombre y de la mujer a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-27) y se cierra con la visión de las "bodas del Cordero" (Ap 19,9; cf. Ap 19,7). De un extremo a otro la Escritura habla del matrimonio y de su "misterio", de su institución y del sentido que Dios le dio, de su origen y de su fin, de sus realizaciones diversas a lo largo de la historia de la salvación, de sus dificultades nacidas del pecado y de su renovación "en el Señor" (1 Co 7,39) todo ello en la perspectiva de la Nueva Alianza de Cristo y de la Iglesia (cf Ef 5,31-32).

 

El matrimonio en el orden de la creación

 

1603. "La íntima comunidad de vida y amor conyugal, está fundada por el Creador y provista de leyes propias. [...] El mismo Dios [...] es el autor del matrimonio" (GS 48,1). La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador. El matrimonio no es una institución puramente humana, a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales. Estas diversidades no deben hacer olvidar sus rasgos comunes y permanentes. A pesar de que la dignidad de esta institución no se trasluzca siempre con la misma claridad (cf GS 47,2), existe en todas las culturas un cierto sentido de la grandeza de la unión matrimonial. "La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar" (GS 47,1).

 

1604. Dios, que ha creado al hombre por amor, lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,2), que es Amor (cf 1 Jn 4,8.16). Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador (cf Gn 1,31). Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. «Y los bendijo Dios y les dijo: "Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla"» (Gn 1,28).

 

1605. La Sagrada Escritura afirma que el hombre y la mujer fueron creados el uno para el otro: "No es bueno que el hombre esté solo" (Gn 2,18). La mujer, "carne de su carne" (cf Gn 2,23), su igual, la criatura más semejante al hombre mismo, le es dada por Dios como un "auxilio" (cf Gn 2,18), representando así a Dios que es nuestro "auxilio" (cf Sal 121,2). "Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne" (cf Gn 2,18-25). Que esto significa una unión indefectible de sus dos vidas, el Señor mismo lo muestra recordando cuál fue "en el principio", el plan del Creador (cf Mt 19,4): "De manera que ya no son dos sino una sola carne" (Mt 19,6).

 

El matrimonio bajo la esclavitud del pecado

 

1606. Todo hombre, tanto en su entorno como en su propio corazón, vive la experiencia del mal. Esta experiencia se hace sentir también en las relaciones entre el hombre y la mujer. En todo tiempo, la unión del hombre y la mujer vive amenazada por la discordia, el espíritu de dominio, la infidelidad, los celos y conflictos que pueden conducir hasta el odio y la ruptura. Este desorden puede manifestarse de manera más o menos aguda, y puede ser más o menos superado, según las culturas, las épocas, los individuos, pero siempre aparece como algo de carácter universal.

 

1607. Según la fe, este desorden, que constatamos dolorosamente, no se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado. El primer pecado, ruptura con Dios, tiene como consecuencia primera la ruptura de la comunión original entre el hombre y la mujer. Sus relaciones quedan distorsionadas por agravios recíprocos (cf Gn 3,12); su atractivo mutuo, don propio del creador (cf Gn 2,22), se cambia en relaciones de dominio y de concupiscencia (cf Gn 3,16); la hermosa vocación del hombre y de la mujer de ser fecundos, de multiplicarse y someter la tierra (cf Gn 1,28) queda sometida a los dolores del parto y los esfuerzos de ganar el pan (cf Gn 3,16-19).

 

1608. Sin embargo, el orden de la Creación subsiste aunque gravemente perturbado. Para sanar las heridas del pecado, el hombre y la mujer necesitan la ayuda de la gracia que Dios, en su misericordia infinita, jamás les ha negado (cf Gn 3,21). Sin esta ayuda, el hombre y la mujer no pueden llegar a realizar la unión de sus vidas en orden a la cual Dios los creó "al comienzo".

 

El matrimonio bajo la pedagogía de la antigua Ley

 

1609. En su misericordia, Dios no abandonó al hombre pecador. Las penas que son consecuencia del pecado, "los dolores del parto" (Gn 3,16), el trabajo "con el sudor de tu frente" (Gn 3,19), constituyen también remedios que limitan los daños del pecado. Tras la caída, el matrimonio ayuda a vencer el repliegue sobre sí mismo, el egoísmo, la búsqueda del propio placer, y a abrirse al otro, a la ayuda mutua, al don de sí.

 

1610. La conciencia moral relativa a la unidad e indisolubilidad del matrimonio se desarrolló bajo la pedagogía de la Ley antigua. La poligamia de los patriarcas y de los reyes no es todavía criticada de una manera explícita. No obstante, la Ley dada por Moisés se orienta a proteger a la mujer contra un dominio arbitrario del hombre, aunque la Ley misma lleve también, según la palabra del Señor, las huellas de "la dureza del corazón" de la persona humana, razón por la cual Moisés permitió el repudio de la mujer (cf Mt 19,8; Dt 24,1).

 

1611. Contemplando la Alianza de Dios con Israel bajo la imagen de un amor conyugal exclusivo y fiel (cf Os 1-3; Is 54.62; Jr 2-3.31; Ez 16,62;23), los profetas fueron preparando la conciencia del Pueblo elegido para una comprensión más profunda de la unidad y de la indisolubilidad del matrimonio (cf Ml 2,13-17). Los libros de Rut y de Tobías dan testimonios conmovedores del sentido hondo del matrimonio, de la fidelidad y de la ternura de los esposos. La Tradición ha visto siempre en el Cantar de los Cantares una expresión única del amor humano, en cuanto que éste es reflejo del amor de Dios, amor "fuerte como la muerte" que "las grandes aguas no pueden anegar" (Ct 8,6-7).

 

El matrimonio en el Señor

 

1612. La alianza nupcial entre Dios y su pueblo Israel había preparado la Nueva y Eterna Alianza mediante la que el Hijo de Dios, encarnándose y dando su vida, se unió en cierta manera con toda la humanidad salvada por Él (cf. GS 22), preparando así "las bodas del cordero" (Ap 19,7.9).

 

1613. En el umbral de su vida pública, Jesús realiza su primer signo –a petición de su Madre– con ocasión de un banquete de boda (cf Jn 2,1-11). La Iglesia concede una gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Caná. Ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante el matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo.

 

1614. En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la quiso al comienzo: la autorización, dada por Moisés, de repudiar a su mujer era una concesión a la dureza del corazón (cf Mt 19,8); la unión matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble: Dios mismo la estableció: "lo que Dios unió, que no lo separe el hombre" (Mt 19,6).

 

1615. Esta insistencia, inequívoca, en la indisolubilidad del vínculo matrimonial pudo causar perplejidad y aparecer como una exigencia irrealizable (cf Mt 19,10). Sin embargo, Jesús no impuso a los esposos una carga imposible de llevar y demasiado pesada (cf Mt 11,29-30), más pesada que la Ley de Moisés. Viniendo para restablecer el orden inicial de la creación perturbado por el pecado, da la fuerza y la gracia para vivir el matrimonio en la dimensión nueva del Reino de Dios. Siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre sí sus cruces (cf Mt 8,34), los esposos podrán "comprender" (cf Mt 19,11) el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo. Esta gracia del Matrimonio cristiano es un fruto de la Cruz de Cristo, fuente de toda la vida cristiana.

 

1616. Es lo que el apóstol Pablo da a entender diciendo: "Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a Sí mismo por ella, para santificarla" (Ef 5,25-26), y añadiendo enseguida: «"Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne". Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia» (Ef 5,31-32).

 

1617. Toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas (cf Ef 5,26-27) que precede al banquete de bodas, la Eucaristía. El Matrimonio cristiano viene a ser por su parte signo eficaz, sacramento de la alianza de Cristo y de la Iglesia. Puesto que es signo y comunicación de la gracia, el matrimonio entre bautizados es un verdadero sacramento de la Nueva Alianza (cf Concilio de Trento, DS 1800; CIC can. 1055 § 2).

 

La virginidad por el Reino de Dios

 

1618. Cristo es el centro de toda vida cristiana. El vínculo con Él ocupa el primer lugar entre todos los demás vínculos, familiares o sociales (cf Lc 14,26; Mc 10,28-31). Desde los comienzos de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que han renunciado al gran bien del matrimonio para seguir al Cordero dondequiera que vaya (cf Ap 14,4), para ocuparse de las cosas del Señor, para tratar de agradarle (cf 1 Co 7,32), para ir al encuentro del Esposo que viene (cf Mt 25,6). Cristo mismo invitó a algunos a seguirle en este modo de vida del que Él es el modelo: «Hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda» (Mt 19,12).

 

1619. La virginidad por el Reino de los Cielos es un desarrollo de la gracia bautismal, un signo poderoso de la preeminencia del vínculo con Cristo, de la ardiente espera de su retorno, un signo que recuerda también que el matrimonio es una realidad que manifiesta el carácter pasajero de este mundo (cf Mc 12,25; 1 Co 7,31).

 

1620. Estas dos realidades, el sacramento del Matrimonio y la virginidad por el Reino de Dios, vienen del Señor mismo. Es Él quien les da sentido y les concede la gracia indispensable para vivirlos conforme a su voluntad (cf Mt 19,3-12). La estima de la virginidad por el Reino (cf LG 42; PC 12; OT 10) y el sentido cristiano del Matrimonio son inseparables y se apoyan mutuamente: «Denigrar el matrimonio es reducir a la vez la gloria de la virginidad; elogiarlo es realzar a la vez la admiración que corresponde a la virginidad. Pero lo que por comparación con lo peor parece bueno, no es bueno del todo; lo que según el parecer de todos es mejor que todos los bienes, eso sí que es en  verdad un bien eminente» (San Juan Crisóstomo, De virginitate, 10,1; cf FC, 16).

 

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Amoris lætitia. El capítulo 8º no es propiamente Magisterio pontificio

 

José María Iraburu, sacerdote

 

–¿O sea que una parte de la Exhortación apostólica post-sinodal no es propiamente Magisterio de la Iglesia?… Pero está firmada por el Papa.

–No, no lo es. Y el mismo Papa Francisco así lo entiende.

 

Muchas afirmaciones de la Amoris lætitia necesitan ser aclaradas. Tante affermazioni che vanno chiarite. Éste es el título de un artículo publicado por el profesor Antonio Livi (= Livi), en La Nuova Bussola Quotidiana (13-04-2016). Lo tradujimos y publicamos en InfoCatólica (16-04-2016)En este artículo mío presente y en los que le seguirán, Dios mediante, citaré a este autor en varias ocasiones.

 

El profesor Antonio Livi (Prato, 1938-), sacerdote, discípulo de Étienne Gilson y colaborador de Cornelio Fabro, es autor de muchas publicaciones, director de la edición de las obras completas del Cardenal Giuseppe Siri, y profesor emérito de la Pontificia Universidad Lateranense, de la que fue Decano de Filosofía (2002-2008). Esta Universidad está especialmente vinculada a la Santa Sede. Juan Pablo II la llamó en una ocasión la «Universidad del Papa», y la eligió para fundar en ella el Pontificio Instituto Juan Pablo II, para estudios sobre el matrimonio y la familia.

 

***

 

¿Es Magisterio de la Iglesia la exhortación Amoris lætitia? Ésta es una pregunta mal planteada. Y ha sido frecuente en las recientes publicaciones. La teología escolástica, extremadamente cuidadosa en su metodología, formulaba con muy especial cuidado la quæstio que se iba a considerar. A la pregunta aludida puede decirse con verdad que sí o que no. Y eso hace pensar que es ambigua y que por tanto está mal planteada.

 

Los grados de certeza teológica –o lo que viene a ser lo mismo, las calificaciones teológicas, la censura propositionum, el valor dogmaticus–, se empleaban antes siempre en los tratados de teología, fueran de teología dogmática o moral. Formulada una verdad, en seguida el autor le añadía la calificación por él defendida: de fe definida, común entre los teólogos, etc. Y pasaba al estudio de la cuestión examinando lo que la Escritura y la Tradición, el Magisterio y también los teólogos, habían enseñado sobre ella. El sentido de cada calificación solía explicarse en los manuales de Eclesiología, al tratar del Magisterio de la Iglesia, como también en los de Teología fundamental.

 

La eliminación de este método teológico en la mayoría de los manuales modernos es una gran pérdida. El autor habla, habla y habla de un tema, considerando sus diversos aspectos y derivaciones, pero nunca dice si lo que está enseñando es de fe, es común entre teólogos o se trata de una mera hipótesis suya personal… Esto trae consigo el grave peligro de que verdades de fe puedan ser estimadas como discutibles, y de que afirmaciones con escaso fundamento en Escritura y Magisterio, sean propuestas por su autor, con especial énfasis, como verdades de fe indiscutibles.

 

La escala de los valores dogmáticos difería un tanto en la formulación de los tratadistas; pero venían ellos a establecer reglas de discernimiento bastante semejantes. Ludwig Ott (1906-1985), en su clásico Manual de Teología dogmática, es uno de los últimos tratadistas, según creo, que añadía a cada cuestión estudiada la calificación teológica que en su opinión merecía. También los excelentes manuales de la Sacræ Theologiæ Summa, elaborada a mediados del siglo pasado por profesores de la Compañía de Jesús, habían seguido la misma norma (De valores et censura propositionum in theologia, P. Miguel Nicolau, SJ - P. Joaquín Salaverri, SJ, De Ecclesia Christi, nn. 884-913: BAC, Madrid 1955).

 

Ludwig Ott, en su citado Manual, distinguía en su escala las verdades de fe divina, de fe católica, de fe divina definida, de fe eclesiástica, próxima a la fe, teológicamente cierta, sentencia común, opinión teológica, explicando el valor dogmático de cada una. Sus mismos nombres ya expresan que unas tesis-verdades exigían una adhesión de fe absoluta, y en gradación descendente, otras eran verdades que la Iglesia dejaba a la libre discusión de los teólogos.

 

El Vaticano II nos recuerda el grado y modo de obediencia que los fieles deben prestar al magisterio de sus Obispos, «adhiriéndose a él con religioso respeto. Este obsequio religioso de la voluntad y del entendimiento de modo particular debe ser prestado al magisterio auténtico del Romano Pontífice, aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se preste adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, que se colige principalmente ya sea por la índole de los documentos, ya sea por la forma de decirlo» (LG 25a).

 

Las posibles enseñanzas pontificias deliberadamente ambiguas, es decir, aquellas formuladas de tal manera que admitan distintas y aún contrarias interpretaciones, por su propia naturaleza, tienen un valor magisterial muy reducido o incluso nulo. En efecto, cuando intencionadamente se publica un documento pontificio que admite interpretaciones muy diferentes, es evidente que el Papa no está ejercitando la autoridad docente petrina. Ésta se ejercita cuando el texto, siendo claro y preciso, define una verdad o una norma –se entiende: aunque no sea definición ex cathedra–. De-finir es delimitar, poner límites precisos en la expresión pronunciada o escrita. Por eso digo que el Vicario de Cristo en la tierra sólo enseña una verdad católica con autoridad petrina cuando lo hace con claridad y precisión. «Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno» (Mt 5,37). La autoridad magisterial de una parte de un documento se reduce al mínimo o incluso deja de existir cuando lo escrito, sin forzar el texto, puede ser entendido de muchas formas distintas e inconciliables entre sí.

***

 

¿Qué grado de autoridad apostólica docente debe atribuirse a la Amoris lætitia? Según lo que acabo de exponer, ya se comprende que no puede darse «una» calificación teológica del mismo grado a toda la Exhortación. En el texto de la muy larga Exhortación apostólica se hallan enseñanzas múltiples de muy diversa calificación teológica. Podría decirse que dentro de la Exhortación hay una escala con muchos escalones: desde el más alto, en el que se proclaman verdades de fe, dogmáticamente definidas, que son sin duda Magisterio de la Iglesia (hay muchas de éstas y excelentes en los capítulos primeros, aunque, por supuesto, no todo lo que en cada uno se dice sea necesariamente de fe), hasta los escalones más bajos, en los que muchas proposiciones no pasan de ser opiniones teológicas. En el capítulo 8º, concretamente, son innumerables las proposiciones ambiguas, pero también se hallan dispersas aquí y allá en los otros capítulos.

 

Es completamente normal, e incluso obligadoseñalar los diversos grados de calificación teológica que se dan tanto en un texto del Magisterio pontificio como en un tratado teológico. Concretamente, no puede considerarse igualmente como Magisterio apostólico una encíclica del Papa o una homilía en Santa Marta o una entrevista en un avión. Es preciso distinguir bien en cada caso el grado que hay de autoridad docente. No distinguen bien aquellos que menosprecian las enseñanzas o las orientaciones del Papa, como si fueran meras opiniones de cualquier Obispo o teólogo. Y tampoco distinguen bien los que consideran como doctrina infalible todo lo que el Papa diga en cualquier modo y circunstancia.

 

En opinión de algunos la Amoris lætitia no es propiamente Magisterio de la Iglesia. Así lo piensan y lo declaran. El cardenal Raymond L. Burke, por ejemplo, dice que «el Papa Francisco ha clarificado desde el inicio que la Exhortación Apostólica Post-sinodal no es un acto de Magisterio», y alude al n. 3 del documento. «Puede ser correctamente interpretada, en cuanto documento no magisterial, solamente usando la clave del Magisterio tal como está explicada en el Catecismo de la Iglesia Católica». Ésa es también la calificación teológica que el profesor Antonio Livi da a la Amoris lætitia (= AL). En la Exhortación se reiteran, por supuesto, enseñanzas del Magisterio, sobre todo en los primeros capítulos. Pero Livi, atendiendo a lo que es más caracterizador del texto, lo sitúa entre los documentos pontificios que son «meras directrices para la pastoral».

 

«En efecto, como toda una clase de documentos pontificios, esta exhortación no es y no quiere ser un acto de magisterio con el que se enseñen doctrinas nuevas, proporcionando a los fieles nuevas interpretaciones autorizadas del dogma. Se trata más bien de un conjunto de orientaciones pastorales, dirigido principalmente a los obispos y sus colaboradores del clero y del laicado, en orden a que la doctrina sobre el amor humano y el matrimonio –que es confirmada explícitamente en cada uno de sus puntos– sea mejor aplicada a los casos individuales concretos con prudencia, con caridad y con deseo de evitar divisiones dentro de la comunidad eclesial. Éstas son las intenciones del Papa, tal como resultan del tipo de documento que estoy comentando».

 

El Papa en la AL, sin embargo, a la vez que expresa en varias ocasiones explícitamente que no se pretende en ella introducir cambio alguno en la «irrenunciable doctrina» de la Iglesia (79, 199, 308), reitera de hecho en gran parte de la Exhortación, y con elocuente belleza, el Magisterio apostólico precedente sobre el matrimonio y la familia. No es, pues, correcto afirmar en bloque que la AL no es Magisterio apostólico.

 

Pero parece evidente que el capítulo 8º de la Exhortación, y algunos otros párrafos dispersos en ella, no son propiamente Magisterio pontificio. Y esto por dos razones fundamentales:

 

1ª.–porque así lo indica el propio lenguaje empleado: «conviene» (293), «podrán ser valorados» (294), «ejercicio prudencial» (295), «plantear» (296), «acojo las consideraciones» (299), «es necesario, por ello, discernir» (299), «no necesariamente» (300), «actitudes» (300), «considero muy adecuado lo que quisieron sostener muchos padres sinodales» (302), «ruego encarecidamente» (304), «comprendo a quienes prefieren» (308), «pero creo sinceramente que» (308), «estas reflexiones» (309), «estas consideraciones» (311), «un marco y un clima» (312), «nos sitúa más bien en el contexto» (312), etc. Este lenguaje, obviamente, no es el propio de un documento doctrinal, sino de una reflexión personal, de la que se siguen unas orientaciones pastorales.

 

2ª.–porque es un texto esencialmente ambiguo: Examinándolo atentamente, se puede apreciar a priori que de él podrán deducirse enseñanzas y normas prácticas totalmente contradictorias. Y a posteriori se confirma esa previsión. Cito dos ejemplos.

 

El presidente de la Conferencia Episcopal de Filipinas, arzobispo Lingayen Dagupan, al día siguiente de la promulgación de la Amoris lætitia, publica en la web de la Conferencia una carta (9-04-2016) dirigida a todos los católicos filipinos: «Brothers and sisters in Christ». En ella expresa que, «como el Papa nos pide que hagamos», se debe ir al encuentro de los hermanos que viven en «relaciones rotas» para asegurarles que «siempre hay un lugar en la mesa de los pecadores» para ellos (se entiende, en la comunión eucarística). «Se trata de una medida de misericordia, una apertura de corazón y de espíritu que no necesita ninguna ley, no espera a ninguna directriz, ni aguarda indicaciones. Puede y debe ponerse en práctica inmediatamente». La comunión eucarística de los divorciados vueltos a casar, ya practicada en no pocas Iglesias locales, quedaría, pues, así legitimada por la Exhortación apostólica post-sinodal. Y debería ser practicada donde hasta ahora no se hacía. Por el contrario:

 

El presidente del Pontificio Instituto «Juan Pablo II», Mons. Livio Melina, poco después de la promulgación de la AL, publicó una amplia nota, que concluía afirmando: «Hay que decir claramente que, también después de la Amoris Lætitia, admitir a la comunión a los divorciados “vueltos a casar”, excepto en las situaciones previstas en la Familiaris Consortio 84 y en la Sacramentum Caritatis 29 [convivir “como hermanos”, cuando hay graves razones para ello], va contra la disciplina de la Iglesia. Y enseñar que es posible admitir a la comunión a los divorciados “vueltos a casar”, más allá de estos criterios, va contra el Magisterio de la Iglesia».

 

El Papa Francisco, hasta la fecha, no ha aprobado ni reprobado explícitamente ninguna de estas dos interpretaciones contradictorias de la AL. Con ello parece confirmarse que no opta por una u otra de las actitudes doctrinales-pastorales, sino que se limita a impulsar el estudio y la pastoral del matrimonio y de la familia.

 

Esta diversidad doctrinal-disciplinar, que después de la AL se ha hecho más patente, y que probablemente aún tendrá manifestaciones más fuertes, ya se dio, aunque menos clamorosamente, en los dos Sínodos precedentes (2014-2015), en los que se permitió, e incluso se fomentó notablemente, la presentación de propuestas como las del cardenal Kasper, que afirmaba mantener la indisolubilidad del matrimonio, pero que, reconociendo el nuevo vínculo contraído después del divorcio, exigía para él una fidelidad perseverante y el acceso a la comunión eucarística. Pasados ya en esta situación contradictoria más de dos años, la Exhortación AL no la resuelve, sino que en cierto modo acentúa esa diversidad contrapuesta.

 

El capítulo 8º de la AL no es, pues, propiamente Magisterio pontificio, y por tanto no debe recibirse como si fuera una expresión auténtica de la enseñanza petrina, sino más bien como reflexiones y contribuciones personales del Papa sobre la pastoral familiar. Puede, por tanto, ese capítulo ser recibido y aprobado, o puede ser impugnado, con el respeto debido a su autor, en su conjunto o en ciertas partes. Tal impugnación de ciertos puntos especialmente ambiguos o de sus consecuencias concretas prácticas, aquellas que son más difícilmente conciliables con la doctrina y la disciplina de la Iglesia, lejos de constituir una desobediencia al Papa, ha de ser entendida, sobre todo por los Obispos, como una forma necesaria de co-laborar con él, y como un cumplimiento ineludible de su obligada «solicitud por todas las Iglesias» (2Cor 11,28). Deber en el que insistió el Concilio Vaticano II: «Los Obispos, como legítimos sucesores de los Apóstoles y miembros del Colegio episcopal, siéntanse siempre unidos entre sí y muéstrense solícitos por todas las Iglesias, ya que, por institución divina y por imperativo del mandato apostólico, cada uno, junto con los otros Obispos, es responsable de la Iglesia» (CD 6).

 

***

 

La Iglesia es una, y lo es fundamentalmente por la Eucaristía. La Iglesia es una, santa, católica y apostólica. Cristo tiene un solo Cuerpo, una sola Esposa. A largo plazo, y quizá a corto, es de prever que se hará patente la imposibilidad de que se mantengan en la unidad de la única Iglesia aquellos Obispos que ven un sacrilegio en la comunión eucarística de los que viven en adulterio, y aquellos otros que lo aprecian como una manifestación conmovedora de la Misericordia divina.

 

«Si la Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía, se deduce que hay una relación sumamente estrecha entre una y otra» (San Juan Pablo II, 2003: enc. Ecclesia de Eucharistia 26). Ése fue un convencimiento de fe muy profundo desde el principio de la Iglesia. Por eso celebrar juntos la Eucaristía significaba –y sigue significando– estar en comunión plena de fe, de caridad eclesial y de sacramentos. Y que no fuera posible celebrarla juntos significaba lo contrario. Por eso no puede haber doctrinas y prácticas totalmente inconciliables entre sí cuando se trata de la Eucaristía, porque ella es «el signo y la causa» de la unidad de la Iglesia. Podrá haber entre las diversas Iglesias locales diferentes concepciones y costumbres en otras cuestiones. Ya conocemos la norma clásica: «in necessariis, unitas; in dubiis, libertas; in omnibus, caritas». Pues bien, la unitas en la doctrina de fe y en la pastoral de la Eucaristía ha de entenderse como in necessariis, unitas. Si esa unidad se rompiera –Dios no lo permita–, sería inevitable el cisma.

 

La indeterminación del capítulo 8º puede ocasionar un peligro de cisma para la Iglesia. Tenemos el grave deber de reconocerlo y declararlo, aunque sea doloroso. Sin que, por supuesto, sea ésa la intención del Papa –nada más lejos de su voluntad–, podría dar lugar a que la Iglesia se partiera en dos trozos. De un lado, los que reafirman la doctrina siempre mantenida durante dos milenios con certeza por la Iglesia, según la cual no puede darse la comunión eucarística a quienes persisten en una convivencia adúltera more uxorio. De otra parte, los que mantienen y exigen que se les reciba en la sagrada comunión. Son dos tesis contrarias inconciliables, que no admiten un tertium quid. Por esa razón se van oyendo voces de muy grave alarma.

 

El cardenal Brandmüller, por ejemplo, consciente de la gravedad del momento, reafirma la fe católica sobre el matrimonio y Eucaristía: «Quienes quieren cambiar la enseñanza de la Iglesia son herejes, incluso si llevan la púrpura romana», pues amenazan con subvertir la doctrina católica sobre los sacramentos y la moral. Él fue una de las principales voces contrarias a ciertas propuestas surgidas en el Sínodo extraordinario sobre la Familia del año 2015.

 

Y fue también uno de los cinco autores del libro Permaneciendo en la verdad de Cristo: Matrimonio y comunión en la Iglesia Católica (Ed. Cristiandad, Madrid 2014, 328 pp.), escrito por los cardenales Müller (prefecto Doctrina de la Fe), Burke (prefecto Signatura Apostólica), Brandmüller (emérito Comité Pontificio Ciencias Históricas), Caffarra (Arzob. Bolonia, expresidente Pont. Instit. Juan Pablo II), De Paolis (expresidente Asuntos Económicos S. Sede). El libro, publicado en los Estados Unidos por Ignatius Press (Remaining in the truth of Christ. Marriage and communion in the Catholic Church), impugna con datos bíblicos, patrísticos y del Magisterio la propuesta sinodal de un numeroso grupo de Obispos, encabezados por los cardenales Walter Kasper y Christoph Schönborn, de dar la comunión eucarística en ciertos casos a quienes conviven en adulterio.

 

Oremos, oremos, oremos.

 

(José María Iraburu, blog Reforma o apostasía, post 374).

http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1604211247-374-amoris-latitia-el-capitul

 

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Lo que Amoris Laetitia Cap. VIII no dice, pero parece decir

 

Lic. Néstor Martínez Valls

 

En un par de artículos anteriores he defendido la tesis, verdadera sin duda, que dice que en Amoris Laetitia el Papa Francisco no se pronuncia explícitamente a favor de dar la comunión a los “divorciados vueltos a casar” (ni son divorciados realmente ni pueden volverse a casar) en algunas circunstancias. En este artículo me interesa analizar otro aspecto de la cuestión: lo que el documento no dice, pero parece decir.

 

Últimamente el Card. Burke ha declarado que Amoris Laetitia no es Magisterio de la Iglesia, sino que expresa una reflexión personal del Papa. El Cardenal se apoya entre otras cosas en este pasaje de la Exhortación Apóstólica:

 

“3. Recordando que el tiempo es superior al espacio, quiero reafirmar que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales. Naturalmente, en la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella.”

 

De donde parece deducirse que el Papa, o no se propone dar una resolución magisterial al problema de la comunión a los “divorciados vueltos a casar” o, si va a dar una resolución magisterial, va a ser paradójicamente una que no resuelva nada en un sentido o en otro, lo cual al final es lo mismo que lo anterior, para el tema que nos ocupa. De hecho, sería muy extraño que el Papa se pronunciase magisterialmente sobre el tema y luego de ello fuese lícito, como él afirma en el pasaje citado, que subsistieran en la Iglesia “diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella.”

 

Otros, como el Prof. Antonio Livi, sostienen que el documento sí es magisterial, pero que ocupa un grado de Magisterio de orden pastoral, práctico, cuyas orientaciones deben ser integradas en el conjunto de verdades y principios que rigen la pastoral católica, de modo tal que allí donde la expresión es ambigua y desconcertante el fiel puede seguir el dicho de in dubiis libertas”: en lo dudoso, libertad.

 

Otros señalan que en un documento del Papa pueden darse todos los grados de Magisterio posibles, así que no tiene sentido dar una calificación en bloque al documento. También parece clara la posibilidad de que en un documento del Papa haya partes que no son Magisterio de la Iglesia, por ejemplo, si abordan temas ajenos a la fe y a las costumbres, que son el campo propio del Magisterio eclesiástico.

 

Otros, como el P. López Ruiz, observan que en todo caso, respecto del tema de los mal llamados “divorciados vueltos a casar” y su acceso o no a la comunión eucarística, el documento es “no resolutorio”. Pues en efecto, no dice explícitamente ni que pueden comulgar ni que no pueden.

 

En todo caso, tenemos dos posibilidades: o se trata de un documento del Magisterio de la Iglesia, o no. En caso de ser un documento del Magisterio, puede serlo en todas sus partes, o no. En el primer caso, como ya dijimos, sólo cabe interpretarlo en todas sus partes en consonancia con la doctrina católica anterior, en general, y en particular con la doctrina católica relativa a la imposibilidad de que los “divorciados vueltos a casar” comulguen mientras no se decidan a poner fin a las relaciones sexuales adúlteras. En caso contrario, se trata en todo o en parte de una reflexión teológica personal, que el Papa ofrece sin duda con la finalidad de orientar la reflexión y la pastoral de la Iglesia, pero sin ánimo de imponerla por vía de autoridad. Como tal, se la deberá recibir con respeto pero manteniendo la posibilidad del disenso crítico.

 

Podemos excluir algunas posibilidades:

 

1) El documento es Magisterio de la Iglesia y, en cuanto tal Magisterio de la Iglesiaacepta la posibilidad de la comunión de los divorciados vueltos a casar en algunas circunstancias. Imposible, porque contradice el Magisterio anterior.

 

2) El documento no es en todo o en parte Magisterio de la Iglesia y en tanto que no lo es acepta esa posibilidad. Es falsa de hecho, porque como ya dijimos, el documento no dice explícitamente que los “divorciados vueltos a casar” puedan comulgar en algunas circunstancias, si no han renunciado a tener relaciones sexuales adúlteras.

 

En todo caso, como decíamos, queremos complementar ahora lo que dijimos antes, fijándonos, no en lo que explícitamente se afirma en la Exhortación Apostólica, sino en la impresión natural que produce su lectura, en particular la de su Capítulo VIII. Al hacerlo así, ponemos entre paréntesis, al estilo de Husserl, el tema de la intención o la mente del Papa al redactar ese texto. Nos queremos limitar a describir, “fenomenológicamente”, la orientación, el sesgo, que objetivamente parece tener el documento a quien lo lee.

 

Esto tiene también su importancia, porque si bien no se puede tomar como Magisterio de la Iglesia una impresión o una aparente sugerencia, es decir, algo que en última instancia depende de nuestra interpretación y no de lo explícitamente dicho en el texto,  también es cierto, claro está, que esa impresión que hace la lectura del texto tendrá un fuerte impacto en la Iglesia y fuera de la Iglesia, pues es un hecho que para muchas personas no hay diferencia entre lo que se dice explícita y formalmente, y lo que se sugiere o se da a entender, o parece que se sugiere y que se da a entender.

 

En ese sentido, es innegable que el impacto, la impresión que hace  el Capítulo VIII, es que se abre la puerta a la comunión de los “divorciados vueltos a casar”. Sobre todo dan esa impresión los párrafos centrales sobre nuestro tema:

 

“301. (…) La Iglesia posee una sólida reflexión acerca de los condicionamientos y circunstancias atenuantes. Por eso, ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada «irregular» viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante. Los límites no tienen que ver solamente con un eventual desconocimiento de la norma. Un sujeto, aun conociendo bien la norma, puede tener una gran dificultad para comprender «los valores inherentes a la norma» [339] o puede estar en condiciones concretas que no le permiten obrar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa. Como bien expresaron los Padres sinodales, «puede haber factores que limitan la capacidad de decisión» [340].”

 

“302. Con respecto a estos condicionamientos, el Catecismo de la Iglesia Católica se expresa de una manera contundente: «La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales» [343], En otro párrafo se refiere nuevamente a circunstancias que atenúan la responsabilidad moral, y menciona, con gran amplitud, «la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales» [344]. Por esta razón, un juicio negativo sobre una situación objetiva no implica un juicio sobre la imputabilidad o la culpabilidad de la persona involucrada [345]. En el contexto de estas convicciones, considero muy adecuado lo que quisieron sostener muchos Padres sinodales: «En determinadas circunstancias, las personas encuentran grandes dificultades para actuar en modo diverso […] El discernimiento pastoral, aun teniendo en cuenta la conciencia rectamente formada de las personas, debe hacerse cargo de estas situaciones. Tampoco las consecuencias de los actos realizados son necesariamente las mismas en todos los casos» [346].”

 

“305. (…) A causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado –que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno– se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia [351].”

 

La nota 351 dice: “[351] En ciertos casos, podría ser también la ayuda de los sacramentos. Por eso, «a los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor»: Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 44: AAS 105 (2013), 1038. Igualmente destaco que la Eucaristía «no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles» (ibíd, 47: 1039).”

 

O sea:

 

1) Existen circunstancias atenuantes y condicionamientos que pueden hacer que una persona que está en una situación objetiva de pecado sea subjetivamente inocente.

 

2) Eso hace que no sea imposible que en una situación objetiva de pecado se viva en gracia de Dios y se pueda recibir la ayuda de la Iglesia para crecer en gracia y santidad.

 

3) Esa ayuda de la Iglesia no excluye los sacramentos, en particular la reconciliación y la Eucaristía, de la cual se nos recuerda que no es premio para perfectos sino remedio y alimento de los débiles.

 

Repetimos, el Magisterio de la Iglesia no se hace con impresiones, pero es innegable que la impresión que hacen estos párrafos, que constituyen el núcleo del Capítulo VIII, que a su vez es el capítulo de la Exhortación donde se trata el tema candente de la comunión o no a los “divorciados vueltos a casar”, es que efectivamente pueden comulgar en algunas circunstancias.

 

Ahora bien, eso que el documento parece sugerir es contrario a la doctrina católica, expuesta por ejemplo en la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio de San Juan Pablo II.

 

Leemos en Familiaris Consortio, n. 84: “La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio.

 

La reconciliación en el sacramento de la penitencia –que les abriría el camino al sacramento eucarístico– puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, –como, por ejemplo, la educación de los hijos– no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos».”

 

Hay que notar que Familiaris Consortio no dice que está estableciendo la doctrina o el ideal vigente para estos casos, sino que en este documento la Iglesia reafirma una praxis. O sea, se habla aquí de lo que la Iglesia debe hacer, es decir, de la “pastoral”, justamente, respecto de los “divorciados vueltos a casar” y de cuáles tienen que ser sus características. El documento dice además que esa praxis, esa pastoral de la Iglesia, está fundada en la Sagrada Escritura, o sea, tiene fundamento dogmático y de fe, no solamente disciplinar. Y en efecto, el motivo que da el documento no es contingente ni circunstancial, ni tampoco por tanto variable, sino que este tipo de uniones “contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía” y contradicen objetivamente las palabras de Cristo, que prohíbe absolutamente el adulterio. Lo cual, obviamente, es algo que ha sido, es y será así hasta que el Señor venga por segunda vez, y por los siglos.

 

Frente a esto, el argumento principal que algunos pueden querer sacar de Amoris Laetitia parece ser que eso es efectivamente así, y que de ese modo se caracteriza correctamente la situación objetiva de estas parejas, pero que hay que tener en cuenta también la dimensión subjetiva de la conciencia personal, en la cual aparecen los “atenuantes” y los “condicionamientos”  que hacen que en determinados casos no se aplique eso de la imposibilidad de comulgar. Los atenuantes son: por un lado, el desconocimiento de la norma; por otro lado, la incomprensión de los valores que subyacen a la norma conocida (todo ello haría que el pecado objetivo no fuese subjetivamente imputable); y por otro lado, las situaciones de hecho que no podrían ser cambiadas sin incurrir por ello mismo en una nueva culpa, que por lo general se la relaciona con los hijos y con la necesidad que tienen de que sus progenitores convivan uno con otro y con ellos.

 

Sobre la cuestión de la no imputabilidad subjetiva en casos de situación objetiva de pecado hemos hablado en un artículo anteriorLa Iglesia no juzga las conciencias, porque sólo Dios puede conocerlas y juzgarlas. Por eso la Iglesia debe guiarse por la situación objetiva externa. Y debe presumir, hasta que haya una razón concreta en contra, la imputabilidad, porque normalmente el ser humano actúa sabiendo lo que hace.

 

En cuanto al simple desconocimiento de la norma, no tiene prácticamente aplicación en nuestro caso. Si hacía falta algo, sobre todo después de los dos Sínodos sobre la familia quedó claro a la opinión pública que la Iglesia enseña la indisolubilidad del matrimonio, el carácter adúltero de toda otra unión que se mantenga en vida del cónyuge legítimo, el adulterio como pecado mortal, etc.  

 

En cuanto a la incomprensión de los valores que subyacen a la norma, como estamos hablando de la norma de la indisolubilidad del matrimonio, que es la que hace imposible el divorcio y hace por tanto que una “nueva unión” con otra persona en vida del cónyuge legítimo sea adulterio, parece que eso nos llevaría curiosamente a la consecuencia de que el primer matrimonio fue inválido, pues entonces al contraer no aceptaban (o uno de ellos no aceptaba) una propiedad esencial del matrimonio como es la indisolubilidad. En este caso, este bautizado o estos bautizados no son culpables de adulterio, ni están en situación objetiva de adulterio, porque no estaban válidamente casados con sus parejas anteriores. Pero entonces sí son culpables de fornicación simple, porque siendo bautizados, viven maritalmente con alguien sin estar casados con esa persona por Iglesia, es decir, sin haber contraído matrimonio según la forma canónica.

           

En efecto, aun suponiendo que el “divorciado vuelto a casar” no es culpable de adulterio porque su comprensión de la norma de la indisolubilidad matrimonial es defectuosa, con todo sí es culpable de fornicación simple, porque siendo bautizado no está casado por Iglesia con la persona con que convive maritalmente. no se puede decir que ignore esta otra norma, pues ya ha intentado casarse por Iglesia en su primera unión, y es consciente, por tanto, de esa exigencia de la moral natural y católica. Por tanto, aún si la conciencia me dice que no estoy válidamente casado con A, eso no me autoriza a unirme sólo civilmente o a “juntarme” sin más con B, pues  en todo caso soy un bautizado para quien la única forma válida de matrimonio es la que es según la forma canónica y el único modo lícito de tener relaciones sexuales es en el matrimonio. La dificultad que yo tenga para conocer o comprender la norma de la indisolubilidad matrimonial no tiene nada que ver con esto, pues la norma que estoy violando es otra, es la que dice que la relación sexual sólo es moralmente lícita en el matrimonio. Y por tanto, por esta sola razón no pueden comulgar mientras no regularicen su situación, sea casándose por Iglesia, previa declaración de nulidad del supuesto matrimonio anterior, sea separándose, sea conviviendo en adelante como “hermano y hermana”.

 

¿Se dirá que estas personas tampoco conocen o comprenden esta última norma? Ya dijimos que eso no es así, por la simple razón de que vienen, al menos uno de ellos, de un matrimonio canónico anterior.  Pero además, ¿se va entonces a admitir a la comunión también a los que viven simplemente en concubinato, aún sin haberse casado antes con otra persona? Porque esa argumentación basada en el desconocimiento o incomprensión de la exigencia del matrimonio para tener lícitamente relaciones sexuales, vale igualmente para todas las uniones extramatrimoniales en general.

 

Y además ¿en cuántos otros casos se podrá argumentar incomprensión de los valores inherentes a la norma moral para poder comulgar a pesar de estar públicamente en situaciones incompatibles con la moral católica? No se ve por qué esta “apertura” no podría beneficiar a cualquier infracción pública y permanente contra alguno de los diez mandamientos. Por ejemplo, alguien podría no comprender los valores inherentes a la prohibición del aborto, o de la trata de blancas, o del narcotráfico, o a la prohibición de administrar los sacramentos a los excomulgados, o a la necesidad de asentir con fe teologal o religioso asentimiento interno, según el caso, a los documentos del Magisterio de la Iglesia. En esta hipótesis, esa persona podría manifestar públicamente las conductas acordes con esa forma de pensar, y seguir comulgando tranquilamente a la vista de todos en la Iglesia.

 

¿Se dirá que estas personas comprenden y aceptan la exigencia del matrimonio como tal, pero no comprenden los valores ínsitos en la norma que establece que el bautizado sólo se casa válidamente por Iglesia? Aquí, como ya decíamos, hay un problema de fe en la autoridad de la Iglesia Docente, pues a estas personas, más allá de que comprendan los valores inherentes a la norma o no,  les consta que el matrimonio, en la enseñanza de la Iglesia, es indisoluble, y que la misma Iglesia enseña que el ÚNICO matrimonio válido para el bautizado es el matrimonio religioso. Poner en duda pertinazmente la fe en la Iglesia y en su autoridad docente y magisterial instituida por Dios mismo (como cualquier otra verdad de fe) es herejía. Si esto es así, es claro que por esa sola razón ya no se puede comulgar.

 

En cuanto a la “imposibilidad de obrar de otro modo” en que la persona se encuentra dada la situación objetiva en la que vive, supongamos que una persona no puede separarse de su nueva pareja por el daño que eso implicaría para los hijos nacidos de esa unión. Eso no quiere decir todavía que deba necesariamente mantener relaciones sexuales con esta nueva pareja. Si por razones suficientemente graves siguen conviviendo, han de vivir como “hermano y hermana”, y entonces, dice la Iglesia, pueden comulgar.

 

Supongamos que se nos dice que si no se mantienen relaciones sexuales, se perjudica la convivencia conyugal y familiar, y de todos modos se puede llegar a una separación que perjudica igualmente a los hijos. Pero aquí se nos está presentando algo así como la obligación de cometer un pecado, cosa totalmente extraña a la moral natural y católica. Si se dice que no necesariamente es pecado, volvemos a toda la argumentación arriba expuesta. Y además, supuesto, no concedido, el absurdo de que haya obligación en estos casos de cometer un pecado, por eso mismo, se trata de un pecado, y entonces, no se puede comulgar mientras no se decida uno a dejar de cometerlo.

 

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Un pálido punto azul

 

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

 

En 1994, durante una conferencia en la Universidad de Cornell, el famoso astrónomo y propagandista del ateísmo Carl Sagan (1934-1996) mostró una fotografía de la Tierra tomada por la sonda espacial Voyager 1 en 1990, desde un lugar situado a más de 6.000 millones de kilómetros de nuestro planeta. Habiendo completado su misión principal, el Voyager ya estaba saliendo del Sistema Solar. Desde el Centro de Comando se envió a la nave la orden de que rotara, mirara hacia atrás y tomara fotografías de cada planeta que había visitado. Desde esa enorme distancia, el Voyager capturó una imagen que muestra a la Tierra como un pequeñísimo y pálido punto azul. Carl Sagan quedó muy impresionado por esa imagen. A continuación citaré y comentaré un extracto de esa conferencia de Sagan (traducido del inglés por mí), que expresa su cuestionable interpretación de esa fotografía tan especial. Pondré la cita en itálica e intercalaré mis comentarios en letra normal.

 

“Logramos tomar esa imagen [desde el espacio profundo], y, si tú lo miras, ves un punto. Eso es aquí. Eso es el hogar. Eso somos nosotros. Sobre él, todas las personas de las que has oído hablar alguna vez, todos los seres humanos que han vivido, vivieron sus vidas. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de confiadas religiones, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada niño esperanzado, cada madre y padre, cada inventor y explorador, cada maestro de moral, cada político corrupto, cada superestrella, cada líder supremo, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie, vivió allí sobre una mota de polvo, suspendida en un rayo de sol.

 

La Tierra es un escenario muy pequeño en una vasta arena cósmica. Piensen en los ríos de sangre derramados por todos esos generales y emperadores a fin de que en gloria y en triunfo ellos pudieran convertirse en los amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensen en las interminables crueldades infligidas por los habitantes de un rincón del punto a los escasamente distinguibles habitantes de algún otro rincón del punto. ¡Cuán frecuentes son sus malentendidos, cuán ansiosos están de matarse unos a otros, cuán fervorosos son sus odios!”

 

Hasta aquí no tengo nada que objetar a Sagan. Estas palabras suyas incluso podrían ser parte de una buena y saludable reflexión sobre la pequeñez del hombre y la fugacidad de la gloria de este mundo. Pero hay mucho que objetar a la continuación de su discurso.

 

“Nuestros fingimientos, nuestra imaginada auto-importancia, el engaño de que tenemos alguna posición privilegiada en el universo, son desafiados por este punto de luz pálida. Nuestro planeta es una partícula solitaria en la gran oscuridad cósmica que lo envuelve. En nuestra oscuridad –en toda esta vastedad– no hay ningún indicio de que vendrá ayuda de alguna otra parte para salvarnos de nosotros mismos. Depende de nosotros.”

 

Como buen materialista, Sagan se deja impresionar demasiado por el tamaño. No comprende que algo tan pequeño pueda ser tan importante a los ojos de Dios. Para escándalo suyo y de todos los que piensan como él, los cristianos creemos que el Ser infinito, el Creador de nuestro vastísimo universo, que ante Él no es más que una mota de polvo, ama verdaderamente a este mundo nuestro, nos ama a cada uno de nosotros, pequeños seres finitos, creados por Él a su imagen y semejanza para que compartamos su Gloria. Y tanto amó Dios al hombre (esa mota de polvo sobre un planeta infinitesimal dentro de un cosmos que no es nada en comparación con Él) que se encarnó, se hizo uno de nosotros, para nuestra salvación, es decir para reconciliarnos con Él, reconstruyendo con su entrega infinita en Jesucristo la comunión con Él rota por nuestros innumerables pecados a lo largo de la historia y a lo ancho del mundo. Nuestro Dios es tan grande que, si quiere, también puede hacerse pequeño, nacer en un pesebre, de una mujer virgen. Y eso es precisamente lo que hizo “en la plenitud de los tiempos”, como escribió San Pablo a los Gálatas.

 

Para un enamorado (y Dios, como dice San Juan y nos recordó Benedicto XVI, es Amor), el tamaño no es lo más importante. Ojalá nosotros compartamos el punto de vista de Dios... Porque si no somos más que meros animales insignificantes, ¿por qué deberíamos valorarnos el uno al otro? ¿No sería eso precisamente puro auto-engaño e ilusión? He aquí un peligro mortal del “humanismo ateo”. El Concilio Vaticano II nos lo advierte: “Sin el Creador, la criatura se diluye”.

 

Este texto de Sagan desestima demasiadas cosas. En el Capítulo 3 de mi libro Todo lo hiciste con sabiduría he reseñado un libro excelente (El planeta privilegiado, de Guillermo Gonzalez y Jay W. Richards) que refuta concienzudamente, desde los puntos de vista científico y filosófico, la tesis de que tanto nuestra posición física como nuestra importancia metafísica en el universo son insignificantes.

 

Pero sobre todo Sagan desestima aquí el fenómeno cristiano. Los cristianos creemos que Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad y que para ello se encarnó y dio su vida en la Cruz. Jesucristo es realmente el único Salvador del mundo. ¡Esto es mucho más que un “indicio” de ayuda celestial!

 

La fe católica no es ningún engaño. Es posible demostrar racionalmente (con argumentos filosóficos) la existencia de Dios. He resumido las pruebas clásicas de la existencia de Dios en el Capítulo 1 de mi libro Razones para nuestra esperanza.

 

Por otra parte, según la doctrina católica, la fe en la Divina Revelación (la autorrevelación de Dios al hombre en Jesucristo) no es un salto al vacío o una opción inmotivada, sino un acto del entendimiento, una adhesión a la Palabra de Dios con sólidos motivos de credibilidad, fundamentos racionales. La fe no destruye o anula la razón, sino que la supera. No se basa en la pereza intelectual, sino en razones válidas. Es certeza plena, no una simple apuesta.

 

Todos tenemos el deber de buscar el sentido de la vida, y sobre todo tenemos el deber de aceptarlo cuando lo encontramos. El creyente también debe esforzarse por comprender más y más aquello que cree y por descubrir la voluntad de Dios para su vida.

 

Sin conocimiento de Dios no puede haber conocimiento del Sumo Bien del hombre y por lo tanto tampoco una moral bien fundamentada. Esto no significa que los no creyentes no pueden vivir una vida moralmente recta, sino que, si lo hacen, no pueden dar un fundamento último a esa forma de vida. Al que no sabe a dónde va cualquier camino le sirve, por lo menos a nivel conceptual.

 

Por último, si el Cielo no existiera o estuviera “cerrado”, no tendríamos salvación alguna, con o sin esfuerzo nuestro. El mundo sería un callejón sin salida y nosotros unos seres absurdos, unos condenados a la muerte total y eterna que esperan su ejecución en la cárcel del mundo. Pero el Cielo existe y ha sido abierto para nosotros por el Único que podía hacerlo. Ésta es una doctrina muy bella, y lo más bello en ella es que es verdadera. Los pesimistas quizás digan que es demasiado bella para ser cierta. Por el contrario, yo digo que es tan bella que tiene que ser verdad, porque Dios no se deja ganar en generosidad por la imaginación del hombre. Podríamos llamar a esto “la prueba estética de la verdad del cristianismo”.

 

(Daniel Iglesias Grèzes, Proclamad la Buena Noticia. Meditaciones sobre algunos puntos de la doctrina Cristiana, Montevideo 2016, Capítulo 1).

 

***

 

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Todo lo hiciste con sabiduría. Reflexiones sobre la fe cristiana y la ciencia contemporánea

Columna y fundamento de la verdad. Reflexiones sobre la Iglesia y su situación actual

Proclamad la Buena Noticia. Meditaciones sobre algunos puntos de la doctrina cristiana

 

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¿Por qué ser cristiano? ¿Por qué no musulmán, budista o hindú?

Parte 1

 

Curso de Apologética –Lección 9

Investigación de la pretensión de los milagros

 

Raymond de Souza, KM

 

Hay muchas religiones en el mundo hoy, y todas pretenden ser verdaderas. Muchas fueron fundadas por individuos que pretendían ser ‘profetas’ de Dios –o de los dioses, según el caso. En este contexto, ¿por qué ser cristiano en absoluto? ¿Por qué no ser musulmán, judío, budista, hindú, animista o de cualquier otra clase de religión?

 

¿Cómo podría un hombre que fundó una religión específica –o una mujer, para el caso, y estoy pensando por ejemplo en la Sra. Ellen White, que fundó a los Adventistas del Séptimo Día, o la Sra. Blavatsky, que fundó la Teosofía–; cómo podría tal persona probar la autenticidad de su mensaje? Uno podría usar el fuego y la espada como Mahoma, o presentar una atractiva filosofía de la teología como cualquier Fulano, Mengano o Zutano de hoy en día, y encontrar gente que lo siga.

 

¿Pero por qué tú deberías ser cristiano? Me gustaría presentar tres buenas razones para mostrar que el mensaje de Cristo contenía la plenitud de la verdad acerca de Dios, la vida y la salvación. Y las consideraremos en esta sección, una a una, a su debido tiempo. Aquí están:

 

1.    Si el fundador de tu religión pretendía ser, no meramente un profeta de Dios, sino el Hijo de Dios, tan divino como Su Padre, y lo probó realizando milagros; ésa es una indicación muy buena de que Él es el artículo genuino.

2.    Si los libros acerca de Él son auténticos y dicen la verdad acerca de Él, y Su vida fue profetizada en detalle siglos antes de que naciera;

3.    Si Él previó su propia muerte por asesinato y dijo que resucitaría –¡y lo hizo!–, entonces tú no tienes excusas para no seguirlo como tu verdadero guía y salvador. ¡Nadie puede superar eso!

 

En primer lugar, ¿cómo evaluamos la veracidad o no veracidad de una persona que pretende hablar de parte de Dios? Ante todo, debemos investigar si la doctrina es digna de su supuesto Autor; es decir, debería ser seria, confiable, elevada, como corresponde a un mensajero de Dios, y no tonta, trivial, mucho menos ridícula o absurda. Además, el supuesto ‘profeta’ debe probar su misión, de un modo que no deje ni una sombra de duda sobre su autenticidad. Dado que el fuego y la espada son sólo el argumento de quienes no tienen argumentos e imponen sus creencias por la fuerza, la mejor forma de probar la propia misión es realizar milagros y/o ser el objeto de profecías previas.

 

Comencemos por los milagros. ¿Qué es un milagro? Una definición simple: un hecho, un suceso o una realidad que ocurre fuera del curso de la naturaleza y sólo puede ser explicado por la intervención de una acción divina.

 

Por lo tanto, dado que un hacedor de milagros no desperdicia el poder de Dios para realizar milagros sólo por diversión, los hace para probar la veracidad de su mensaje. Cuando Dios interviene en la historia humana para realizar el milagro, prueba que la enseñanza es verdadera, porque Dios no daría testimonio de una mentira o un error.

 

Ahora bien, ¿los milagros son posibles en absoluto? Si tú no admites la existencia de Dios, entonces [responderías que] no; no serían posibles porque no habría nadie para intervenir en la historia realizando el milagro. Por eso tú no pierdes tu tiempo tratando de probar un milagro a un ateo. Pero para cualquiera que cree en la existencia de Dios, en un Ser Superior que creó el universo y estableció todas sus leyes físicas y demás leyes, [es claro que] lógicamente Él puede alterar o suspender o sólo cambiar el curso de la naturaleza a voluntad. ¿Por qué no? Si tú estás a cargo, tú puedes hacerlo. Por lo tanto, cuando hablamos de un milagro en particular, no discutimos acerca de la posibilidad de su ocurrencia, dado que Dios existe y puede hacerlo; discutimos acerca de su realidad, o sea, acerca de si sucedió o no sucedió. En consecuencia, un milagro se prueba por su evidencia, no por la buena voluntad o credulidad de la gente que habla de él.

 

Algo evidente puede ser visto –vidente significa alguien que ve–, es decir, debe ser perceptible por los sentidos del cuerpo, no por la buena fe del sujeto. Por ejemplo, el milagro de la transustanciación en la Eucaristía no es perceptible por los sentidos. Es creído por fe en la palabra de Jesús, y por consiguiente no puede ser citado aquí como un ejemplo para probar los milagros. Estamos hablando acerca de aquellos eventos que no pueden ser explicados por el curso normal de la naturaleza.

 

Considera, por ejemplo, una supuesta cura milagrosa que ocurrió en Lourdes. Un hombre ciego lavó sus ojos en el agua y salió viendo. Bien, ¿cómo podríamos investigar la realidad o no de ese supuesto milagro?

 

¿Quiénes son los testigos? ¿Ellos vieron el milagro? ¿Son confiables? ¿El supuesto ‘milagro’ se verificó por fuera de las leyes naturales? Esta última pregunta es de la mayor importancia porque no conocemos todo acerca de la naturaleza; hay cosas que a nuestros ojos no pueden ser explicadas, y que sin embargo no son milagros. Por ejemplo, se supone que el abejorro no debería volar, según todas las leyes de la aerodinámica. Las alas son demasiado pequeñas, el cuerpo demasiado gordo y pesado, los músculos que conectan las alas al cuerpo son demasiado blandos, etc., etc., por lo tanto no debería volar –pero lo hace. Y no es un milagro. Por ende, se requiere precaución en esta área. Pero la precaución no es incredulidad ni agnosticismo.

 

Sin embargo, hay cosas que sabemos que nunca ocurren en la naturaleza, tales como que un ciego lave sus ojos en agua común y comience a ver. ¡Ningún agua puede hacer eso, por cierto! Si el hombre era verdaderamente ciego, y el agua era verdaderamente agua común, y si el lavado de los ojos restauró su vista instantáneamente, entonces sabemos que fue una intervención de Dios en la historia. Fue un milagro.

 

Luego viene la segunda cuestión: ¿Se supone que ese milagro ocurrió para probar cierta verdad o doctrina, propuesta por el hacedor del milagro? Lourdes prueba más allá de toda sombra de duda la doctrina de la intercesión de María, y los milagros realizados por San Pedro también probaron la verdad de su doctrina.

 

Por lo tanto, los milagros son una prueba positiva de que la enseñanza propuesta por el hacedor de milagros es verdadera. Tú no tienes que confiar sólo en su palabra para eso. Por eso Jesús, para probar Su unidad con Dios Padre, dijo a los judíos: “Si Yo no hago las obras de Mi Padre, no crean en Mí; pero si Yo las hago, aunque ustedes no crean en Mí, crean en las obras, para que puedan conocer y entender que el Padre está en Mí, y Yo en el Padre” (San Juan 10:37-38).

 

Próximo artículo: respuesta a las objeciones.

 

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¿Qué es la Apologética?

 

Carlos Caso-Rosendi

 

La apologética es la defensa de las enseñanzas, creencias y prácticas de la doctrina católica. Su objetivo es responder con plena razón y coherentemente a las objeciones contra la doctrina, explicar temas de difícil comprensión, o rebatir conceptos equivocados, en la esperanza que las mentes y las almas lleguen a aceptar al Salvador, Jesucristo, y así alcanzar la salvación. La apologética muestra por qué la Iglesia Católica llama a toda la humanidad a sus filas y busca llegar al corazón del hombre por medio de hacerle comprender las razones de la fe.

 

La palabra apologética viene del griego άπολογητικός (apologetikós), que se entiende como la defensa formal de una creencia, o un argumento que defiende una proposición filosófica o teológica. En su sentido evangélico se entiende como la exposición de aquellos argumentos que persuaden al incrédulo a creer en Cristo y en las enseñanzas de la Iglesia Católica.

 

Colosenses 1, 28-29: “A este Cristo anunciamos, aconsejando e instruyendo a todos con el mayor empeño para que todo hombre alcance la perfección cristiana. Esta es la tarea por la que me esfuerzo y combato con denuedo, fortalecido en Cristo que obra poderosamente en mí.”

 

Necesidad de la apologética

 

Suele encontrarse tanta ignorancia religiosa entre la gente común, que podemos afirmar que muy pocos católicos conocen realmente su fe. Aun entre aquellos que se han educado por largos años en instituciones católicas, muchos tienen un conocimiento superficial y hasta erróneo del catolicismo. Es lamentable informar que muchos que han tomado las santas órdenes fallan en enseñar al pueblo cómo defender efectivamente su fe. Así es que, por nuestra negligencia, la Iglesia sufre la pérdida de tantas almas que caen en la indiferencia, la superstición, el agnosticismo, o bajo el influjo de sectas, algunas de ellas tan voraces como malignas.

 

Si el pueblo católico no conoce bien la doctrina de la Iglesia es porque desconoce sus fundamentos. Desconociéndolos, el creyente frecuentemente no puede demostrar coherentemente la integridad de su propia fe.

 

1 Pedro 3, 15-16: “Estad siempre listos para presentar la defensa de vuestra fe a cualquiera que quiera saber las razones de la esperanza que mora en vosotros; pero siempre hacedlo con amabilidad y reverencia.”

 

La palabra que aquí se traduce como “presentar la defensa” es apologia. Posiblemente el modelo ideal del apologista cristiano es San Pablo. En el Nuevo Testamento vemos que Pablo razonaba con judíos y paganos para hacerles entender la fe cristiana, respondiendo a las objeciones de su auditorio con respuestas razonables.

 

Hechos 17, 17: “Así que [Pablo] argüía en la sinagoga con los judíos y con los gentiles que temían a Dios, y diariamente en la plaza con los que allí concurrían.”

 

Pablo preparaba a otros para la tarea apologética, explicándoles que debían “demoler los argumentos y todo lo que pretende oponerse al conocimiento de Dios”.

 

2 Corintios 10, 4-5: “Porque las armas de nuestra lucha no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de cosas atrincheradas; para demoler los argumentos y todo lo que pretende oponerse al conocimiento de Dios; poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo.”

 

Sobre esta necesidad de nuestro tiempo, comentan los obispos que produjeron el Documento de Aparecida el 13 de mayo de 2007: “Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene porqué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice san Pablo “haciendo la verdad en la caridad” (Efesios 4, 15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” [1]

 

Ejemplo de una respuesta apologética

 

Para defender la fe es primeramente necesario conocerla. El apologista debe estar familiarizado como mínimo con los textos de las Sagradas Escrituras, el Catecismo de la Iglesia Católica y con las obras de los Padres y Doctores de la Iglesia, el contenido de las principales encíclicas papales, así como también la obra de buenos autores católicos contemporáneos. Gracias a Dios, vivimos en una época en que el acceso a buena información es cada vez más veloz y abundante, no sólo en forma de materiales impresos sino también materiales audiovisuales, buenos sitios y presentaciones católicas en Internet entre los que se destaca la Red de la Palabra Eterna (EWTN), obra de la Madre Angélica [2], una ejemplar defensora de la fe.

 

En el ejemplo que hemos escogido una persona impugna el uso de las imágenes en la Iglesia argumentando que las imágenes están explícitamente prohibidas en el Antiguo Testamento. No entraremos en los detalles de la respuesta que el lector encontrará en el capítulo titulado Imágenes en esta misma obra, sino que analizaremos los elementos o componentes del argumento que luego nos servirá de guía en la mayoría de las defensas de la fe, a saber: autoridad, modo, contexto histórico y contexto lógico.

 

Primer elemento: Autoridad

 

Lo primero que debemos considerar es ¿qué autoridad tiene una persona que critica o niega cualquier doctrina católica usando la Biblia para argumentar en contra de la Iglesia? En realidad esa persona no tiene autoridad alguna, pues está usando un libro católico que la Iglesia ha compuesto y autorizado y santificado en varios concilios antiguos. Luego esa persona, que se ha adueñado del derecho de interpretar personalmente aquello que obviamente conoce en forma imperfecta, se planta fuera de la tradición eclesial y trata de volver el sentido de las Escrituras en contra de la vida de la Iglesia. Eso es exactamente lo que hace Satanás cuando tienta a Cristo usando capciosamente lo escrito en el Antiguo Testamento. Nótese cómo difiere el uso de las Sagradas Escrituras que hacen tanto Jesús como el enemigo.

 

Mateo 4, 1-11: “Luego el Espíritu llevó a Jesús al desierto, para que el diablo lo tentara. Estuvo cuarenta días y cuarenta noches sin comer, y después sintió hambre. El diablo se acercó entonces a Jesús para ponerlo a prueba, y le dijo: “Si de veras eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en panes.” Pero Jesús le contestó: “La Escritura dice: ‘No sólo de pan vivirá el hombre, sino también de toda palabra que salga de los labios de Dios.’” Luego el diablo lo llevó a la santa ciudad de Jerusalén, lo subió a la parte más alta del templo y le dijo: “Si de veras eres Hijo de Dios, tírate abajo; porque la Escritura dice: ‘Dios mandará que sus ángeles te cuiden. Te levantarán con sus manos, para que no tropieces con piedra alguna.’” Jesús le contestó: “También dice la Escritura: ‘No pongas a prueba al Señor tu Dios.’” Finalmente el diablo lo llevó a un cerro muy alto, y mostrándole todos los países del mundo y la grandeza de ellos, le dijo: “Yo te daré todo esto, si te arrodillas y me adoras.” Jesús le contestó: “Vete, Satanás, porque la Escritura dice: ‘Adora al Señor tu Dios, y sírvele sólo a Él.’” Entonces el diablo se apartó de Jesús, y unos ángeles acudieron a servirle.”

 

Esta persona que contiende con la doctrina cristiana mal usando su Biblia, implícitamente está afirmando que los cristianos de veinte siglos se han equivocado y que aquí está él para corregir el error. Esta actitud tan severa de parte del crítico se opone a la obra de la comunidad cristiana de las edades como si nada importara sino su propia opinión, su interpretación apresurada de algo que ya ha sido considerado muchas veces por la comunidad a través de los siglos.

 

Segundo elemento: Modo

 

En general el modo de interpretación de quienes critican la doctrina católica es frecuentemente absoluto y literalista. Como siempre ocurre con esas objeciones a la práctica milenaria de la fe cristiana, se reduce el sentido de las Escrituras a cierta literalidad conveniente al argumento herético. Para ser válida, esa construcción debería ser consistente, es decir, debería estar de acuerdo y ser coherente con toda la Escritura y consigo misma.

 

Tomemos el argumento común en contra del uso de imágenes que a menudo aparece entre los críticos protestantes de la Iglesia Católica que citan el tercer mandamiento:

 

Deuteronomio 5, 8-9: “No te harás ningún ídolo ni imagen tallada de lo que hay arriba en el cielo, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en el mar debajo de la tierra. No te inclinarás delante de ellos ni les rendirás culto, porque Yo Soy El Señor tu Dios, Dios celoso que castiga la maldad de los padres que me odian, en la primera, segunda y tercera generación.”

 

A primera vista pareciera que el crítico tiene razón en criticar el uso de imágenes en la Iglesia. Entonces, si cabe el argumento literalista, que se presenta en forma adversaria, tal forma o modo adverso debería ser aplicado consistentemente a todas las Escrituras y especialmente a las palabras de Cristo.

 

Mateo 18, 9: “Y si tu ojo te hace tropezar, arráncalo y échalo de ti…”

Lucas 14, 27: “Y el que no lleva su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.”

Lucas 9, 60: “Jesús le dijo: ‘Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios.’”

 

Si tomamos literalmente estas palabras usando un modo consistente de interpretación literal habría muchos fieles sin ojos, no habría cementerios cristianos, y deberíamos arrastrar una cruz romana el día entero si queremos ser seguidores de Cristo. Obviamente estas palabras las escucha una comunidad que maneja diestramente y conoce los símbolos que Cristo emplea para comunicarse: la cruz es la entrega y el sufrimiento cristianos; el arrancarse un miembro es el renunciamiento al deseo de los placeres ilícitos; las personas que no siguen a Cristo están espiritualmente muertas, etc. La comunidad o iglesia comparte con Cristo (y con los creyentes del pasado a través de la Sagrada Tradición) un lenguaje, una forma de entender las cosas y no meramente un libro de instrucciones que cualquiera puede interpretar a su manera.

 

Este problema de contradicción entre consistencia y literalidad se evidencia muy prontamente entre los cristianos protestantes cuando se considera el verso eucarístico:

 

Juan 6, 53: “Jesús les dijo: ‘De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.’”

 

El crítico entonces cambia de modo interpretativo aquí. Desaparece su literalidad y ahora nos dice que Cristo debe estar hablando de modo simbólico. El problema con esta inconsistencia, es que el intérprete debe erigirse en juez absoluto de cómo entender la Biblia y, al hacerlo, es tentado hábilmente para ponerse en el lugar de Dios y de la Iglesia; esa Iglesia que Cristo estableció para Su propósito y la cual Él le dio la autoridad de interpretar y sancionar las reglas de vida de la comunidad.

 

Tercer elemento: Contexto Histórico

 

Tanto para nuestros ancestros en la fe, los hebreos, como para nosotros, la Ley escrita es “un ayo que nos conduce a Cristo” (Gálatas 3, 24) y no un amo inflexible que nos limita a la letra estricta. La ley escrita de Dios, la Sagrada Escritura es “útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3, 16) pero no contiene todo lo que la comunidad de creyentes practica y vive. En eso la comunidad misma practica o “guarda” la doctrina de la fe: “si me retraso, sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y fundamento de la verdad.” (1 Timoteo 3, 15).

 

Nunca en la vida de Israel, ni luego en la vida de la Iglesia, se redujo la práctica comunitaria a lo que dice un libro, sino a la comunidad de los sabios de Israel que “atan y desatan” en forma colegiada, razonando la Ley a la luz de su experiencia viva como pueblo. Ambas cosas, lo escrito y lo vivido deben ser consistentes y no pueden ser contradictorios. Sin embargo la Ley no contiene cada detalle litúrgico, legal o práctico. Para determinar esas cosas entre los hebreos hay una “cátedra” o silla de Moisés.

 

Reflexionemos cuidadosamente en estas palabras de Cristo:

 

Mateo 23, 2-4: “En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; pero no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, pero no hacen. Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas.”

 

Cristo claramente apunta a las buenas instrucciones que emanan de los sabios que estudian la Ley pero nos recuerda que ellos son humanos y aunque sus instrucciones son guiadas por la Ley, su forma de vida no siempre refleja la sabiduría de Dios. Con esto Cristo nos recuerda que la Ley opera en el contexto del pecado original del cual nadie puede escapar. Somos naturalmente jueces injustos y la perfección personal no nos pertenece. Lo que sí podemos hacer es vivir en comunidad y guardar la Ley entre todos. Eso fue el pueblo de Israel, un “pueblo santo” apartado para Dios por la Ley.

 

La Iglesia, que es heredera de esa misión, es también una comunidad “santa” porque está apartada para el servicio de Dios y guarda en ella las cosas que Dios ha santificado: las Sagradas Escrituras, la Liturgia, la Sagrada Tradición. Esas cosas son demasiado grandes como para confiarlas a la interpretación de un hombre solo leyendo la Ley. Si han existido grupos insolentes que fueron tentados a violar la ley de Dios con interpretaciones torcidas [3], entonces debemos entender que es imposible que un individuo pueda llegar a construir la religión de la verdad interpretando la Palabra de Dios en forma personal. Es la Iglesia sometida a Dios, la comunidad de los fieles, la que guardará como “columna y baluarte” la práctica de la verdad recibida.

 

Cuarto elemento: Contexto Lógico

 

Por ejemplo: ni los judíos ni los cristianos jamás se guiaron exclusivamente por lo escrito para determinar la liturgia. Los hebreos guardaron aparte los detalles de las celebraciones levíticas, las cuales están expresadas en la Biblia solamente en forma de bosquejo. Es imposible reconstruir el deber litúrgico hebreo a partir de la Ley Mosaica. Tomemos por ejemplo la importantísima celebración del Día del Perdón:

 

¿Cuál es el trabajo de cada sacerdote en el Yom Kippur? ¿Cuántos de ellos participan? ¿Dónde se paran? ¿Qué cantan? ¿Cómo se visten? Hay algunos detalles en el Antiguo Testamento pero lo cierto es que si tenemos que reconstruir todo eso por medio de la Biblia estamos en un aprieto porque no hay suficiente información. Se puede tratar de razonar pobremente cualquier cosa usando lo que está expresado en las Escrituras pero eso no será más que una hilera de suposiciones en la que nos podremos equivocar a cada paso, como gravemente se equivocan los que desde fuera de la Iglesia tratan de crear la práctica del cristianismo usando solamente la Biblia.

 

El cristianismo no es un libro, es una forma de vida. No existe un libro de mi padre que me diga específicamente cómo ser su hijo, o cómo ser un buen argentino, mexicano, cubano, etc. Tampoco hay un libro que contenga todo lo que un cristiano debe ser y cómo se ha de conformar en detalle la comunidad. Para una y otra cosa está la vida familiar, allí donde aprendemos a comportarnos como corresponde al contexto familiar, comunitario, eclesial, etc. Citamos nuevamente a San Pablo:

 

1 Timoteo 3,15: si me retraso, sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios viviente, columna y fundamento de la verdad.”

 

La Santa Tradición de la Iglesia es equivalente a la vida familiar de los cristianos donde cada generación aprende de los fieles de la generación precedente, porque conviven en la Iglesia guardada por Dios tal como Él lo prometió. De otro modo, no hay manera de tener una Iglesia y se termina generando divisiones; cada uno con su “interpretación” terminal y absoluta, cada uno su propio papa y cada uno su propio dios. Todos trabajando en su propia destrucción espiritual y en la destrucción de otras almas que arrastran al error con ellos. Por eso es necesario defender la fe con conocimiento de la verdad, presentando la evidencia razonable que fundamenta la doctrina católica y preparando el camino a la conversión, apelando al intelecto y al sentido común del individuo.

 

Misión del apologista

 

¿Cómo se debe encarar la apologética? Es bueno tener en cuenta que lo que debe ser demostrado no es la inteligencia o la brillantez del apologista sino la “Buena Nueva” que nos invita a entrar en una relación salvífica con Dios por medio de Jesucristo en la plenitud de la fe que solamente la Iglesia Católica puede ofrecer. Todo el esfuerzo apologético debe ser orientado a la conversión, aún en el caso de los más acérrimos oponentes.

 

La apologética tiene sus límites. No puede por sí misma demostrar la totalidad de la fe católica por persuasivos que sean sus argumentos. La fe es un regalo de Dios y solamente Dios sabe cuándo es el momento para la conversión de un alma. Tener eso en mente nos permite respetar la dignidad y el libre albedrío de cada persona.

 

Ganar una discusión de manera ofensiva o tajante puede resultar en la pérdida del alma, una falta por la que tendremos que responder algún día. Las almas son impulsadas a la salvación por el Espíritu Santo. Los argumentos son meramente un medio que sirve al noble fin de acercar el alma a la acción del Espíritu junto con la oración y la reflexión.

 

Primera misión: anunciar la Buena Nueva

 

Lo primero es anunciar la Buena Nueva, hacer saber a la gente que Dios es bueno y benefactor, y desea que todo hombre se beneficie de conocerlo. Es en ese momento que surgen en el incrédulo las objeciones intelectuales al llamado del Evangelio. Cuando razonamos con esa persona, vamos eliminando los obstáculos que la separan de ser creyente. Así, a medida que el apologista va respondiendo a sus objeciones, va quedando sin excusas delante de Dios.

 

1 Corintios 12, 3: “Nadie tampoco puede decir: ‘¡Jesús es el Señor!’ si no está hablando por el poder del Espíritu Santo.”

 

Segunda misión: preparar el camino para la acción del Espíritu Santo

 

A medida que eliminamos las objeciones, preparamos el camino para que actúe el Espíritu Santo. Frecuentemente nuestros esfuerzos son el medio elegido por Dios para interesar al incrédulo en el Evangelio. Muchos conversos dan testimonio de haber escuchado o leído las palabras de un apologista, cuando una luz interior los convenció de que estaban escuchando la verdad.

 

Como un agricultor separa y limpia la maleza antes de sembrar la buena tierra, así el apologista prepara el terreno. El agricultor no puede hacer crecer el fruto de la tierra, pero crea las condiciones para que la semilla plantada crezca y prospere según la fuerza natural que Dios pone en ella.

 

1 Corintios 3, 6-9: “Yo planté, Apolos regó; pero es Dios quien lo ha hecho crecer. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. El que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor. Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios.”

 

Tercera misión: afirmar a los creyentes en la fe

 

Prepararse para defender la fe nos prepara para dar testimonio de Cristo y nos protege de las engañosas y siempre cambiantes proposiciones del mundo. Como ha dicho San Pablo:

 

Colosenses 2, 8: “Vean que nadie os lleve cautivos mediante filosofías vanas y engañosas que se apoyan en tradiciones humanas y los principios de este mundo, pero no en Cristo.”

 

Es evidente que el espíritu de la modernidad está en completa oposición a los planes de Dios. Los católicos son a menudo difamados en los medios de comunicación, que los presenta como ignorantes, retrógrados, que creen en doctrinas obsoletas que impiden el progreso humano.

 

En estos tiempos la apologética nos ayuda a reforzar y confirmar a los creyentes en su fe para que su testimonio sea claro y razonable

 

Hechos 19, 8: “Durante tres meses, Pablo estuvo yendo a la sinagoga, donde anunciaba el mensaje sin ningún temor, y hablaba y trataba de convencer a la gente acerca del reino de Dios.”

 

Questiones Disputatae de Veritate 14, X, 9: “La fe no destruye la razón sino que va más allá y la perfecciona…” (Santo Tomás de Aquino).

 

No debemos temer los argumentos presuntamente intelectuales de quienes se oponen a la fe. Nuestro Dios no es imaginario, es el Dios vivo y no es posible probar que Él es falso. Nuestra defensa del catolicismo debe ser tal que sirva para fortalecer y formar a otros cristianos, para que ellos sepan distinguir la verdad y el error, afirmándose cada vez más en la fe.

 

Cuarta misión: refutar argumentos agresivos

 

Dijimos que los ataques a la fe católica son frecuentes, por lo tanto es imperativo que nuestra conducta sea irreprochable y coherente con nuestra prédica y doctrina.

 

1 Pedro 2, 12: “Que vuestra conducta entre los paganos sea sin mácula, para que cuando os acusen de hacer el mal, puedan ver vuestras buenas obras y glorifiquen a Dios.”

 

Cuando debamos enfrentarnos a la difamación de la fe, debemos estar preparados y ser diestros en investigar y encontrar información que demuestre la falsedad de esos ataques.

 

Es una desgracia frecuente de nuestros días que se acuse a los que siguen fielmente a Cristo por la mala conducta de algunos que siguen a Judas. Hemos sido proféticamente advertidos:

 

2 Pedro 2, 2-3: “Muchos los seguirán en su vida viciosa, y por causa de ellos se hablará mal del camino de la verdad. En su ambición de dinero, os explotarán con falsas enseñanzas; pero la condenación les espera a ellos sin remedio, pues desde hace mucho tiempo están sentenciados.”

 

Es importante saber explicar los errores humanos de manera que en nuestro empeño por defender lo católico, no terminemos defendiendo el error.

 

Los apóstoles no dudaron en describir la conducta de Judas en toda su vergonzante fealdad. Le debemos lealtad a Dios ante todo.

 

Juan 12, 4-6: Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que le había de entregar: ¿Por qué no fue vendido este perfume por trescientos denarios, y dado a los pobres? Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella.”

 

El apologista debe entonces formar su intelecto con diligencia y cuidadosamente para que su trabajo glorifique a Dios. Él nos ha dado una medida de capacidad intelectual y lo mejor que podemos hacer es usarla bien para ayudar a los que están perdidos y desean volver a Dios.

 

La apologética, tarea de redención

 

En su encíclica Redemptoris Missio, Juan Pablo II resumió perfectamente la tarea que está puesta delante de nosotros:

 

Redemptoris Missio, 3: “¡Pueblos todos, abrid las puertas a Cristo! Su Evangelio no resta nada a la libertad humana, al debido respeto de las culturas, a cuanto hay de bueno en cada religión. Al acoger a Cristo, os abrís a la Palabra definitiva de Dios, a aquel en quien Dios se ha dado a conocer plenamente y a quien el mismo Dios nos ha indicado como camino para llegar hasta Él.

 

El número de los que aún no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente; más aún, desde el final del Concilio, casi se ha duplicado. Para esta humanidad inmensa, tan amada por el Padre que por ella envió a su propio Hijo, es patente la urgencia de la misión.

 

Por otra parte, nuestra época ofrece en este campo nuevas ocasiones a la Iglesia: la caída de ideologías y sistemas políticos opresores; la apertura de fronteras y la configuración de un mundo más unido, merced al incremento de los medios de comunicación; el afianzarse en los pueblos los valores evangélicos que Jesús encarnó en su vida (paz, justicia, fraternidad, dedicación a los más necesitados); un tipo de desarrollo económico y técnico falto de alma que, no obstante, apremia a buscar la verdad sobre Dios, sobre el hombre y sobre el sentido de la vida.

 

Dios abre a la Iglesia horizontes de una humanidad más preparada para la siembra evangélica. Preveo que ha llegado el momento de dedicar todas las fuerzas eclesiales a la nueva evangelización y a la misión ad gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la Iglesia puede eludir este deber supremo: anunciar a Cristo a todos los pueblos.”

 

La urgencia de esta llamada no puede ser minimizada. El cristiano de hoy está llamado a actuar tal como lo hicieron los cristianos de los primeros siglos. Nos toca a nosotros ser una vez más la sal de la tierra y dar vida con el Evangelio a un mundo moribundo y a una cultura que ha perdido el rumbo y se acerca peligrosamente al abismo de la extinción.

 

Notas

 

[1] Documento Conclusivo, V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, dado el 13 de mayo de 2007 en Aparecida, São Paulo, Brasil.

 

[2] La Madre Angélica (n. Rita Antoinette Rizzo, 1923-2016) fue la fundadora del Eternal Word Television Network, en español Red de Televisión de la Palabra Eterna, una obra evangelizadora que ha alcanzado los confines del globo, usando los medios más avanzados de comunicación desde su base en Birmingham, Alabama, Estados Unidos de América.

 

[3] Como ocurrió con los escribas saduceos y fariseos, quienes llegaron a oponer su interpretación de la Ley a Cristo mismo, cometiendo así el peor crimen de la historia.

 

Nota de Fe y Razón: Este artículo presenta un capítulo de la segunda edición del Vademécum de Apologética Católica, de Carlos Caso-Rosendi, la que, Dios mediante, pronto será publicada. Entretanto, se puede adquirir la primera edición de ese libro en esta página.

 

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Los derechos reproductivos (1994-2014)

 

José Alfredo Elía Marcos

 

1. Las políticas anti-vida de Clinton

 

Esta década hasta el final del milenio estuvo signada por dos elementos importantes: los dos gobiernos del presidente Clinton de los EE.UU. y las Conferencias Internacionales de la ONU.

 

Desde que Bill Clinton accedió en 1993 a la Casa Blanca, promovió las agresiones a la vida y a la dignidad humana, a una escala sin precedentes. El eje de su administración fue la promoción sistemática y científica del más grosero desprecio por la vida humana y su dignidad, y la familia como institución natural, basada en el matrimonio heterosexual. Eliminó las trabas para financiar abortos dentro y fuera de EE.UU. con fondos federales, designó abortistas en los principales puestos de gobierno: desde la Corte Suprema de su país, hasta los cargos que tradicionalmente provee el presidente norteamericano, en la burocracia de la ONU. La presión para el control demográfico en los países menos desarrollados fue ejercida sistemáticamente por los organismos multilaterales de crédito, con su anuencia. Su administración promovió por todos los medios el intento de despenalizar el aborto, la universalización del reparto gratuito de contraceptivos y una “educación” sexual hedonista, la imposición de unos supuestos “distintos tipos” de familia, y la promoción descarada de la homosexualidad y el lesbianismo.

 

Paralelamente, impulsada por la administración Clinton, la burocracia interna de la ONU ejecutó una agenda muy similar y, a veces, incluso más radicalizada. La década prácticamente no tuvo año en que no se realizara una gran Conferencia Mundial, y en todas ellas el gran “problema” a superar fue el supuesto exceso poblacional. Así sucedió con las conferencias sobre Medio Ambiente (Río de Janeiro, 1992), Derechos Humanos (Viena, 1993), Población y Desarrollo (El Cairo, 1994), Desarrollo Social (Copenhague, 1995), la Mujer (Pekín, 1995), Habitat Humano (Estambul, 1996), Río+5 (1997), El Cairo+5 (1999) y Pekín+5 (2000). En Viena se habló de los derechos de la mujer como si fueran independientes del resto de los humanos. En El Cairo se impusieron los términos ideológicos “salud sexual y reproductiva” y “derechos sexuales y reproductivos”. En Pekín la agenda fue imponer la ideología de género. Río+5, El Cairo+5 y Pekín+5 buscaron revertir las derrotas parciales en las Conferencias originarias, intentando desnaturalizar los acuerdos de las mismas para imponer totalitariamente la agenda de Clinton y la ONU.

 

Desgraciadamente, no cabe duda que en esos años la cultura de la muerte realizó avances muy importantes, en especial en los campos de las mal denominadas “salud sexual y reproductiva”, “anticoncepción de emergencia”, la irrupción agresiva del movimiento homosexual, la despenalización de la eutanasia en algunos países europeos y, finalmente, la promoción de las esterilizaciones –voluntarias en algunos casos, y compulsivas en otros, en especial bajo el régimen del expresidente del Perú Alberto Fujimori.

 

2. La Conferencia de Población de El Cairo y los derechos reproductivos

 

La IV Conferencia Mundial de la ONU sobre Población y Desarrollo tuvo lugar en El Cairo en 1994, del 5 al 13 de septiembre. El documento final fue aprobado en 1994 por 179 países, aunque muchos de ellos hicieron reservas a los puntos dedicados a la salud sexual y derechos reproductivos. En las sesiones se acordaron las medidas clave para seguir ejecutando el Programa de Acción proclamado en la Conferencia de Bucarest de 1974.

 

Algunos de los conceptos clave que se trabajaron en la Conferencia fueron los siguientes: derechos reproductivos y salud sexual, maternidad segura, contracepción de emergencia, maternidad insegura y aborto inseguro, la salud reproductiva y sexual de los adolescentes, la fertilidad y el aumento de la población, y el sida.

 

En este documento se defiende el modelo del feminismo liberal radical. Al definir el término género se entiende como algo sólo cultural y construido, sin hacer ninguna referencia a la existencia de algo previamente dado (naturaleza). Se afirma que el término género se refiere a los roles y responsabilidades de mujeres, varones, niñas y niños, socialmente definidos o establecidos. Los roles de género masculinos y femeninos se aprenderían en las familias y comunidades, y variarían de una cultura a otra, y de una generación a otra.

 

Igualdad de género significaría la ausencia de discriminación, basada en el sexo de una persona, en las oportunidades, en la inversión de recursos o beneficios, o en el acceso a los servicios. Equidad de género significaría equidad y justicia en la distribución de beneficios y responsabilidades entre mujeres y varones, y con frecuencia requiere proyectos y programas específicos dirigidos a las mujeres para terminar con las desigualdades existentes.

 

La salud sexual y reproductiva

 

En el documento de El Cairo (1994) se establece la siguiente definición:

 

"La salud reproductiva es un estado general de bienestar físico, mental y social, y no de mera ausencia de enfermedades o dolencias, en todos los aspectos relacionados con el sistema reproductivo y sus funciones y procesos. En consecuencia, la salud reproductiva entraña la capacidad de disfrutar de una vida sexual satisfactoria y sin riesgos y de procrear, y la libertad para decidir hacerlo o no hacerlo, cuándo y con qué frecuencia." (Programa de Acción de la Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo, El Cairo, 1994).

 

Este nuevo derecho llamado ‘de salud reproductiva incluye: el acceso a servicios de planificación familiar, consejo e información, atención prenatal, postnatal y en el parto, atención médica para los recién nacidos, tratamiento para las enfermedades del aparato reproductor y enfermedades de transmisión sexual, servicios para el aborto seguro, tratamiento para las complicaciones relacionadas con el aborto, prevención y tratamiento apropiado de la infertilidad, información, educación y consejo sobre la sexualidad humana, la salud reproductiva, la paternidad responsable, y desaconsejar prácticas dañinas como la mutilación genital femenina. En el mismo documento se afirma que "Los objetivos son: asegurar el acceso a la información amplia y fáctica y a una gama completa de servicios de salud reproductiva, incluida la planificación familiar, que sean accesibles, asequibles y aceptables para todos los usuarios".

 

La salud sexual formaría parte de la salud reproductiva e incluye: un desarrollo sexual sano, relaciones responsables y equitativas, y ausencia de prácticas dañinas relacionadas con la sexualidad, violencia, enfermedades etc. Los objetivos de la salud sexual son:

a)       Promover el desarrollo adecuado de una sexualidad responsable que permita el establecimiento de relaciones de equidad y respeto mutuo entre ambos sexos y contribuya a mejorar la calidad de vida de las personas.

b)      Velar para que el hombre y la mujer tengan acceso a la información, la educación y los servicios necesarios para lograr una buena salud sexual y ejercer sus derechos y responsabilidades en lo tocante a la procreación.

 

Los derechos reproductivos son "los derechos de todas las parejas y los individuos a decidir libre y responsablemente el número de hijos, y el espaciamiento de los nacimientos, y el intervalo entre éstos, y a disponer de la información y de los medios para ello, y el derecho a alcanzar el nivel más alto de salud sexual y reproductiva", y el derecho a tomar decisiones sobre la reproducción libre de discriminación, coacción y violencia.

 

Siguiendo con esa misma filosofía, en la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer (1995) se desarrollaron estas ideas añadiendo: "Los derechos humanos de las mujeres incluyen su derecho a ejercer el control y decidir libre y responsablemente sobre las cuestiones relativas a su sexualidad, incluida su salud sexual y reproductiva, libres de coerción, discriminación y violencia. Las relaciones igualitarias entre mujeres y hombres respecto de las relaciones sexuales y la reproducción, que incluyan el pleno respeto de la integridad de la persona, exigen el respeto y el consentimiento mutuo y el asumir de forma compartida las responsabilidades del comportamiento sexual y sus consecuencias".

 

Una muestra clara de las contradicciones del documento es la pretensión de asumir de un modo irreconciliable dos posturas antropológicas distintas. La primera parte del párrafo corresponde a la visión en la que la mujer es titular en exclusiva de la sexualidad, sin embargo en la segunda parte se refleja un modelo en el que se concibe una titularidad compartida. Ambas cosas son imposibles a la vez, si atendemos al principio de no contradicción. Pero es obvio que en los últimos años esta mentalidad liberal sobre la persona y su sexualidad ha penetrado totalmente en nuestra sociedad, como se refleja por ejemplo en la normativa europea relativa a la reproducción asistida.

 

La perspectiva de género

 

El concepto de derechos reproductivos surge en el contexto ideológico de lo que se denomina la perspectiva de género (gender perspective), un tipo de feminismo radical que toma materiales ideológicos del marxismo unas veces y del liberalismo otras. La ideología de género asume que no existe relación entre la naturaleza y la cultura, disocia el sexo del rol social que el individuo (varón o mujer) desempeña en la sociedad, entiende la identidad sexual como algo construido a voluntad, disocia la sexualidad de la procreación, y la maternidad-paternidad de la filiación.

 

Todo ello nos debería asombrar todavía menos conociendo cómo el marxismo o el liberalismo entienden las relaciones entre la ética y el derecho. El uso éticamente correcto de la ciencia, incluidas las posibilidades técnicas de ayuda a la fecundación o, en el caso contrario, de ayuda a la planificación familiar, presupone que la naturaleza, la ética y el respeto a la biología deben tener un lugar o constituirse en un punto de referencia en la legislación. Negada esa premisa es muy difícil, por no decir imposible poner límites a los adelantos científicos, o exigir que éstos respeten la dignidad humana.

 

En las conferencias de la ONU, los países occidentales han ido adoptando el modelo liberal. Pero no contentos con ello, intentan imponerlo a los países en vías de desarrollo, dando lugar a momentos de gran tensión en el desarrollo de las negociaciones en las conferencias internacionales. También dentro de los propios países occidentales se da un claro enfrentamiento entre los defensores del segundo y tercer modelo. Es cierto que algunos de los países en vías de desarrollo todavía responden culturalmente al modelo primero (subordinación de la mujer al varón) y es igualmente cierto que eso atenta contra los derechos humanos reconocidos en la Declaración Universal de la Organización de Naciones Unidas de 1948 y en otros muchos documentos de la ONU, y atenta contra el principio de igualdad entre los sexos, pero es también un abuso intentar imponer por la fuerza, como se está haciendo el segundo modelo, es decir una concepción liberal de la persona absolutamente individualista, y una liberalización de la mujer entendida desde cierto feminismo radical.

 

El papel antinatalista de la IPPF en la Conferencia

 

Junto a ello, no hay que olvidar la presión antinatalista a nivel mundial y especialmente los intentos de imponer un control de natalidad forzoso a los países en vías de desarrollo, disfrazado cínicamente de altruismo y presunta “ayuda al desarrollo”.

 

Cuando se presencia la elaboración de estos documentos se concluye que resulta una contradictio in terminis el empleo del concepto de derechos reproductivos, ya que la mayor parte de las discusiones se dedican a los capítulos centrados en la planificación familiar, pero entendida ésta como control de la natalidad (y control de población). En el documento elaborado en el mes de junio de 1999, en la revisión de la Plataforma de Acción de El Cairo, la línea de fondo es absolutamente antinatalista. La preocupación y compromiso de los gobiernos están dirigidos casi exclusivamente a facilitar el acceso a la anticoncepción, pero pocas veces a facilitar las medidas sanitarias para el cuidado de la madre en el puerperio, parto y postparto.

 

El segundo modelo se refleja perfectamente en la ideología defendida por la IPPF, International Planned Parenthood Federation, que no casualmente tiene su sede en Londres. El documento base es su Charter of Reproductive Rights, una apología de la visión liberal de la sexualidad que ha tenido una clara influencia en las transformaciones legales europeas.

 

Muchos de los conceptos introducidos en los documentos de la ONU aparecieron antes en los documentos de IPPF. El UNFPA (Fondo de las Naciones Unidas para las Actividades de Población) ha logrado que IPPF tenga estatus consultivo en la ONU con la categoría más alta, apex. De hecho en la revisión del documento de El Cairo se barajaron términos como maternidad segura, que se introdujo en el documento. Safe Motherhood es también, en principio, un término neutral o incluso positivo, ¿quien no desea una maternidad segura? Pero ese término no incluye sólo el derecho a una atención sanitaria e higiénica en el parto, sino el derecho a la contracepción (incluida la píldora del día siguiente y la RU 486) y el derecho al aborto. Así la discusión sobre la posible introducción del término “contracepción de urgencia” se saldó con la eliminación de dicho vocabulario en el documento, por una clara oposición de la mayoría de los países. Otros términos ya acuñados y aceptados en la agenda de la ONU, son el de salud reproductiva, sexo seguro y salud sexual.

 

La doctrina Queer y la “deconstrucción” del matrimonio

 

En esta disociación entre derecho y biología se inserta la defensa de la homosexualidad, lesbianismo, bisexualidad, transexualidad, como un modo más de relaciones sexuales, así como la lucha por la equiparación de las parejas de homosexuales y transexuales al matrimonio. Se produce así la disociación entre la filiación biológica y la fictio iuris que se produce en los procesos de adopción, queriéndolo hacer extensivo a personas que podrían ejercer su maternidad o paternidad biológica pero que no quieren porque han decidido construir su identidad sexual de otro modo.

 

Por eso no nos debe sorprender que las asociaciones de gays y lesbianas tengan su representación en los foros de la ONU, incluyendo también asociaciones de pedófilos. En 1993 la ILGA (International Lesbian and Gay Association) fue nombrada como órgano consultivo del ECOSOC (Economic and Social Council) de Naciones Unidas. Dentro de la ILGA estaba representada una organización para la emancipación de la pedofilia, denominada NAMBLA, North-American Man-Boy Lovers Association.

 

Quizá también por todo ello se comprende la insistencia de los organismos internacionales y europeos en terminar con la legislación que salvaguarda el derecho de los padres a la educación sexual de sus hijos, intentando eliminar la necesidad del permiso legal de los padres para el aborto en menores adolescentes etc., y la pretensión (que no culminó con éxito) en la última revisión del documento de El Cairo de que los menores, entendiendo por menor según la OMS (Organización Mundial de la Salud) el niño/a a partir de los 10 años, tengan acceso libre a los centros de planificación familiar sin consentimiento de los padres. Los mismos objetivos están presentes en los documentos del Consejo de Europa y de la Unión Europea.

 

3. La Conferencia de la Mujer de Pekín y la ideología de género

 

Miles de mujeres de todas partes del mundo participaron en la IV Cumbre Mundial de las Naciones Unidas sobre la Mujer en Pekín. Ante ellas se presentaba una monumental e imprescindible labor, por el bien no sólo de la mujer, sino también de la familia. Aunque la Conferencia mostró las necesidades más perentorias e urgentes de las mujeres a través del mundo, lamentablemente el énfasis principal por parte de los países "desarrollados" como los EE.UU., Canadá y los de la Unión Europea estuvo en los "derechos reproductivos" (es decir, el "derecho" a la anticoncepción, inclusive para menores), así como los "derechos sexuales", que sus promotores interpretan como el "derecho" a ser lesbiana, bisexual, transexual, etc., y disfrutar de los mismos derechos y privilegios que las familias constituidas por un varón y una mujer, con sus hijos.

 

Los grupos feministas radicales de estos países "desarrollados" lograron mantener el control de la mayor parte de los contenidos del documento de la Conferencia. Estas feministas se concentraron en ejercer presión para que las mujeres del tercer mundo acepten como modelo el mismo tipo de feminismo antivida que traicionó los valores pro vida de sus propias fundadoras. El objetivo principal de estas feministas fue y sigue siendo que el documento final de la Cumbre refleje las opiniones e ideologías del feminismo radical antivida.

 

Hillary Clinton y la delegación estadounidense

 

La delegación de los EE.UU., encabezada por Hillary Clinton, ejerció su influencia en favor del aborto, lo cual no nos asombra, dada la postura del gobierno del presidente Clinton, reflejada en sus esfuerzos por facilitar más aún esta práctica. La coordinadora de esta delegación, Marjorie Margolies-Mezvinsky, declaró que la principal prioridad de su delegación es "defender la libertad para decidir" con respecto al aborto. Donna Shalala, Secretaria del Departamento de Salud y Servicios Humanos, que formó parte de la delegación norteamericana a esta conferencia, afirmó refiriéndose al aborto: "Nosotros apoyamos los derechos reproductivos y la libertad para decidir; somos consistentes".

 

Además de Shalala, la delegación norteamericana incluyó otras dirigentes proabortistas como Geraldine Ferraro, embajadora de los EE.UU. ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU; Marie C. Wilson, de la proabortista Ms. Foundation; y Adrienne Germain, vice-presidenta de la International Women's Health Coalition (Coalición Internacional de la Salud de la Mujer), organización que promueve la legalización del aborto en otros países. En su artículo del International Journal of Gynecology & Obstetrics, publicado en 1989 con fondos de la Agencia para el Desarrollo Internacional, la FIGO (International Federation of Gynecology and Obstetrics) y la organización proabortista Family Health International. Germain afirma que "el aborto es un acto de auto-defensa para las mujeres, cuya salud, dignidad o derechos humanos básicos se ven amenazados por un embarazo no deseado". ¿Y a esto le llama La Primera Dama de EE.UU., Hillary Clinton, una delegación "con amplia base, un grupo orientado hacia la familia"?

 

Hillary Clinton dijo en su discurso en Pekín: "Es una violación de derechos humanos cuando a los bebés se les niegan los alimentos, se les ahoga, se les asfixia o se les quiebra la columna vertebral únicamente porque nacen siendo del sexo femenino". Sin embargo, la posición de la Sra. Clinton, quien presidió la delegación norteamericana a Pekín, es que el gobierno no debe prohibir el aborto.

 

El feminismo radical

 

Las feministas antivida han estado ejerciendo su influencia en la ONU desde 1980. La organización más activa en este sentido es la WEDO (Women's Environment and Development Organization), de la ex-congresista y proabortista radical, Bella Abzug (1920-1998). Según The Washington Times, la Sra. Abzug es "parte integrante del antiguo activismo izquierdista". Cuando estudiaba en la universidad, fue una ferviente defensora del dictador soviético José Stalin, y dirigió reuniones a favor del Vietcong durante la guerra de Vietnam. Sin embargo, "esta mujer, una radical hasta los huesos que sólo representa a los grupos izquierdistas, ha pasado a ser nuestro portavoz oficial sobre asuntos morales y la familia".

 

Gertrude Mongella, secretaria general de la Conferencia de Pekín, quien llamó a dicha conferencia "el inicio de una revolución social", fue cofundadora de la WEDO. El documento de Pekín refleja en gran parte la terminología y los objetivos de la WEDO y de otras organizaciones feministas radicales, pues presenta al matrimonio como la raíz de todos los males que sufren las mujeres, mientras presenta a los varones como opresores y explotadores.

 

Aunque el documento de Pekín menciona el derecho de los padres a educar a sus hijos en la moral, no lo afirma ni lo defiende. Repetidas veces afirma que "se debe poner énfasis en el papel de los adolescentes y en su responsabilidad en lo que concierne a su comportamiento con respecto a su reproducción, proporcionándoles servicios apropiados y consejos". Por supuesto, esto se refiere al "derecho" que los adolescentes supuestamente tienen, de recibir anticonceptivos y abortivos para que puedan tener relaciones sexuales a espaldas de sus padres. Este "derecho" está garantizado en países "desarrollados" como los EE.UU., donde en las "clínicas de salud" del gobierno, se entregan píldoras anticonceptivas y preservativos a menores de edad. También en las "clínicas de salud" de muchas escuelas públicas se entregan preservativos y se recomiendan píldoras anticonceptivas a adolescentes. Inclusive se remite a las menores de edad a clínicas abortistas, donde se les practican abortos sin que sus padres siquiera se enteren. Los que lograron estos "triunfos" de "liberar" a los hijos de sus padres en lo que concierne a la autoridad moral y la patria potestad en los países "desarrollados", quieren que en los países del Tercer Mundo, donde todavía los padres conservan mayor autoridad legal y moral sobre sus hijos menores, se cometan los mismos errores.

 

El Movimiento Mundial para el Control de la Población tiene un objetivo primordial: reducir drásticamente los nacimientos. Grandes cantidades de dinero se destinan para lograr este fin. El modo más fácil de hacerlo es estimular a las mujeres a que dejen sus hogares y compitan con el varón como lo hacen en los países "desarrollados". Por añadidura, la promoción de los anticonceptivos, el aborto y el lesbianismo, también es útil cuando se trata de impedir los nacimientos. El monstruo de múltiples tentáculos que representan las organizaciones y fundaciones que promueven "la cultura de la muerte" utiliza a las feministas radicales para lograr sus objetivos, mientras les hace creer que las está ayudando a obtener más derechos e inclusive más poder.

 

(José Alfredo Elía Marcos, Las lágrimas de Raquel. Historia, ideologías y estrategias de la guerra contra la población, Capítulo 9; nueva versión, realizada en 2015 por el autor para la Revista Fe y Razón).

 

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Oración a la Sagrada Familia

 

Papa Francisco

 

Jesús, María y José,
en vosotros contemplamos
el esplendor del verdadero amor;
a vosotros, confiados, nos dirigimos.

 

Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas iglesias domésticas.

 

Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios
de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.

 

Santa Familia de Nazaret,
haz tomar conciencia a todos
del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.

 

Jesús, María y José,
escuchad, acoged nuestra súplica.

Amén.

 

(Santo Padre Francisco, Exhortación Apostólica post-sinodal Amoris Laetitia sobre el amor en la familia, 19 de marzo de 2016, Oración final).

 

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“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

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De Cicerón a la Palabra de Dios – San Jerónimo

 

Miguel Antonio Barriola

 

I – Propósito de este aporte

 

Por medio de la presente exposición, sencillamente se quiere practicar una selección entre los inmensos tesoros que ofrece este singularísimo e importante Santo Padre latino respecto al amor y centralidad que ha de ocupar la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia toda y de cada uno de sus miembros.

 

II – Breve presentación del personaje

 

Oriundo de Estridón, ciudad de la que no se ha hallado rastro arqueológico alguno, pero que estaba situada en Dalmacia, en el territorio ocupado hoy por Croacia, frente al Mar Adriático e Italia. Nació en torno al 340.

 

Jerónimo pasó su juventud en Roma, en una vida disipada moralmente hablando, pero acompañada del ansia de empaparse a fondo con la cultura clásica latina y la retórica. A sus 25 años fue bautizado por el Papa Liberio, emprendiendo desde entonces múltiples viajes y estadías, ya en Aquilea, en la Galia de entonces, ya en Antioquía de Siria, Constantinopla, de nuevo en Roma, como secretario del Papa Dámaso y terminando en Belén, como anacoreta dedicado enteramente a la vida monástica, la dirección espiritual y sobre todo a la traducción y profundización de la Palabra de Dios. Falleció en el 420.

 

Se podrían multiplicar los testimonios de creyentes de toda época, católicos, protestantes u ortodoxos, que reconocen certera y honestamente la prestancia y valor de los escritos de este santo varón, en lo que se refiere a la veneración y frutos de la Palabra de Dios escrita para la Iglesia toda y cada cristiano. Pero baste anotar resumidamente cómo Benedicto XVI, en su Verbum Domini (Exhortación apostólica postsinodal)[1], cita a Jerónimo 11 veces, y que el anterior Benedicto XV dedicó toda su encíclica Spiritus Paraclitus[2] al santo del que nos estamos ocupando.

 

En el exordio de dicha carta, recuerda que el Espíritu Paráclito fue suscitando a lo largo de los siglos santos y doctísimos varones, que hicieron fructificar con sus comentarios el tesoro inagotable de la Palabra de Dios. Pero cuando encara al que sería objeto principal de su enseñanza, dirigida a toda la Iglesia, expresa: “Entre estos, sin duda y según el común consentimiento de todos, ocupa el lugar principal San Jerónimo, al cual considera la Iglesia como al Doctor Máximo que le ha sido regalado”[3].

 

III – El sueño ciceroniano

 

Su conversión de costumbres juveniles mundanales lo llevó a elegir el austero estilo penitencial de los monjes del desierto: soledad, silencio, oración, estudio.

 

Con todo, no deja de apuntar él mismo, cómo igualmente seguían asediándolo los recuerdos de sus juergas y desvíos romanos. Pero, para nuestro fin, es muy aleccionador, otro tipo de tentaciones de antaño, que también lo atormentaba, por más que no fuera pecaminoso.

 

Así lo describe en su carta a Santa Eustoquio[4]: Después de haber renunciado a todo para servir en la milicia de Cristo en Jerusalén “no podía privarme en absoluto de la biblioteca que tras largos desvelos y esfuerzos me había procurado en Roma. ¡Miserable de mí! Ayunaba mientras leía a Tulio [Cicerón]. Tras mis frecuentes vigilias nocturnas, tras las lágrimas que el recuerdo de mis pasadas culpas arrancaba del fondo de mi ser, tomaba en mis manos a Plauto. Si por ventura, entrando de nuevo dentro de mí mismo me daba a la lectura de los profetas, me hastiaba su lenguaje descuidado: ¡y creía que era culpa del sol, no de mis ojos, si no percibía la luz con mis ojos obcecados! De este modo andaba divirtiéndose conmigo la antigua serpiente, cuando, hacia la mitad de la Cuaresma, se adueñó de mi cuerpo exhausto una fiebre que me penetró hasta los tuétanos… De pronto soy arrebatado en espíritu y conducido ante el tribunal del juez. Había allí tanta luz y era tan grande el fulgor que despedían los circunstantes, que yo, postrado en tierra, no me atrevía a levantar la mirada. Interrogado sobre mi condición, respondí que era cristiano. Mas aquel que presidía, repuso: ‘Mientes; tú eres ciceroniano, no cristiano. Donde está tu tesoro, allí está también tu corazón (Mt 6,21). Al instante enmudeció y entre los azotes (el Juez había ordenado que me flagelaran) me sentía aún más lastimado por el resquemor de mi conciencia. Entre tanto repetía para mí aquel versículo: En el infierno ¿quién te alabará? (Sal 6,6)… Finalmente los presentes, postrados a los pies del presidente, le rogaron que se dignara perdonar mi juventud y que me permitiera hacer penitencia de mi error, afirmando que en lo sucesivo habría de pagar el terrible castigo, en cuanto volviese a leer libros profanos… Desde aquel momento he estudiado los libros divinos con más ardor del que había puesto en el estudio de los libros profanos”[5].

 

IV – Una primera lección para todo cristiano

 

Podemos apreciar desde ya hasta qué punto se ha de desconfiar de las “primeras impresiones” y cómo, para las cosas de Dios y su mensaje escrito para todos nosotros, se requiere “paciencia”, como lo indicaba ya San Pablo, precisamente, para leer con fruto las Sagradas Escrituras: “Pues todo lo que se escribió en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, a fin de que a través de nuestra paciencia y del consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza” (Rom 15,4).

 

Sin la perseverancia de Jerónimo y Agustín, superando sus primeras repugnancias, no habríamos tenido a los máximos doctores bíblicos de la patrística latina. Frente a sus propios “gustos e inclinaciones”, prefirieron otorgar mayor crédito a Dios y su Hijo Jesucristo, a cuyos tesoros revelados no se llega por mera inclinación natural, sino dejando de lado arranques o preferencias personales y sometiéndose, en la fe, a QUIEN es infinitamente mayor que los genios más preclaros de la literatura y cualquier ciencia humana.

 

V – Trabajo científico de Jerónimo con la Biblia

 

En la soledad de su primer ensayo de ermitaño, nos cuenta que aprendió el hebreo, poniéndose bajo la docencia de otro monje, que del judaísmo se había convertido a la fe cristiana. Su testimonio, una vez más, nos confirma en la difícil perseverancia que le costó la empresa:

 

“En los años de mi juventud, pasados en la soledad del desierto, no podía soportar los impulsos viciosos y la excitación de la naturaleza. No cejaban los impulsos impuros, aun cuando me defendía de sus acosos con reiterados ayunos. Entonces, con la mira puesta en poder así embridarle, me hice discípulo de un compañero judío convertido, para aprender las letras hebreas y ejercitarme en pronunciar sus sonidos guturales y agudos.

 

Inicié este duro aprendizaje después de haber saboreado tiempo atrás las sutilezas de Quintiliano, la elocuencia torrencial de Cicerón, las sentencias profundas de Frontón y el suave estilo de Plinio. Mi propia conciencia y mis ocasionales compañeros son testigos de lo mucho que trabajé en esa tarea, de las incontables dificultades que tuve que superar, de las veces que, desanimado, desistí de seguir adelante con mi plan y otras tantas, empecé de nuevo a estudiar, espoleado por mis ansias de aprender. Ahora doy gracias a Dios porque estoy recogiendo sabrosos frutos de aquella fatigosa cementera”[6].

 

Cuando fue llamado a Roma por el Papa Dámaso (382), éste le pidió que de los originales hebreo, arameo y griego tradujera nuevamente al latín la Palabra de Dios[7]. Este ciclópeo trabajo lo tuvo ocupado desde el año 390 o 391 hasta el 406. Fue en los principios mal recibida su versión, dado que el pueblo estaba acostumbrado a escuchar las anteriores. Pero se fue imponiendo de tal suerte en toda la Iglesia latina que se la llamó Vulgata (= divulgada). Para los recursos de los que se disponía en aquella época, los críticos, tanto católicos como acatólicos coinciden en reconocer la superioridad de la versión jeronimiana sobre todas las otras antiguas[8].

 

VI – Biblia y vida cristiana

 

Jerónimo, en sus años romanos al servicio del Papa Dámaso, logró formar un selecto grupo de matronas y vírgenes romanas, que bajo su guía se fueron entusiasmando vívidamente por las Sagradas Letras, sobre todo las santas Paula y Marcela. No se trató de círculos de exquisita aristocracia, sino de personas que, lejos de buscar llenar el tiempo de alguna manera culta y académica, realmente estaban prendadas existencialmente de la Palabra de Dios. Como lo documenta A. Penna, “algunas de ellas se daban incluso al estudio del hebreo, pero esto no era un signo de la moda extravagante del momento, ni efecto de doctas veleidades, sino más bien una de tantas formas de ascetismo. Conociendo la lengua original podían percibir mejor la belleza de la Biblia; así era cómo este estudio las acercaba más a Dios. Ello explica ciertos entusiasmos de Jerónimo por la exégesis alegórica, que le ofrecía los más variados recursos para alimentar la piedad de aquellas almas elegidas”[9].

 

Y, dando la palabra al mismo Jerónimo, reproduce Penna este párrafo de su carta a Paula[10]: “Dime, ¿hay cosa más sagrada que este misterio, deleite más preciado? ¿Hay palabras, hay mieles más dulces que saborear la sabiduría de Dios, que entrar en sus santuarios, que meditar el pensamiento del Creador y las palabras de tu Señor, llenas de espiritual sabiduría, objeto de burla de la sabiduría de este mundo? ¡Oh, quédense los demás con sus riquezas, beban en sus cálices preciosos, resplandezcan en sus vestidos de seda, deléitense en los aplausos populares y, aun variando sus placeres, no lleguen nunca a agotar sus riquezas; nuestras delicias están en meditar la Ley del Señor noche y día, en llamar a la puerta que no está abierta, en recibir los panes de la Trinidad y en andar en pos del Maestro sobre las olas del siglo”.

 

VII – La Biblia no sólo para doctos o clérigos

 

Ya, al rememorar este grupo de damas romanas[11], a las que Jerónimo contagió su amor entusiasta por la Palabra de Dios, consta que el Santo no podía concebir dicha Palabra como exclusividad de algún sector de la Iglesia, erudito o con cargos pastorales. Él instaba a todos los cristianos, sacerdotes, monjes y laicos, a empaparse de la Palabra de Dios. Y no sólo como elemento cultural, sino en su traducción a la vida.

 

Repasemos algunos de estos consejos y casi apremios de Jerónimo a que todo el pueblo de Dios se sumergiera en los tesoros de la Biblia.

 

En su extensa carta, le aconseja a la virgen Eustoquio: “Lee con mucha frecuencia y aprende lo más posible. Que el sueño te sorprenda con el códice en la mano y caiga tu faz sobre la página santa”[12].

 

A Celantia, una dama de alta alcurnia, en una extensa carta[13] acerca de los recaudos para perseverar en la vida cristiana, le subraya cómo la Palabra de Dios no ha de ilustrar sólo el conocimiento, sino la vida entera.

 

“Tú, en cambio, no tanto has de guardar los preceptos de la letra cuanto los del espíritu; y así, espiritualmente, has de cultivar la memoria de los mandamientos divinos. No se trata sólo de recordarlos a menudo, hay que pensar constantemente en ellos. Que, por lo tanto, siempre estén en tus manos las divinas Escrituras, y continuamente les des vueltas en tu espíritu. Y no imagines que te baste saberte de memoria los mandamientos de Dios y olvidarte luego de ponerlos por obra. Has de conocerlos para hacer todo lo que sabes que tienes que hacer. Porque los justos delante de Dios no son los que oyen la ley, sino que se justificarán los que la cumplen (Rom 2,13). Ancho, a la verdad, e inmenso es el campo de la divina ley que, adornado de testimonios variadísimos de la verdad, como con flores de una celeste primavera, apacienta y satisface el ánimo del lector con deleite maravilloso. Conocer todos esos testimonios y revolverlos constantemente dentro de uno mismo es ayuda enorme para conservar la justicia; pero hay una sentencia del Evangelio que has de escoger como una cifra y compendio y universal aviso y escribirla sobre tu corazón como síntesis de toda justicia que salió de la boca del Señor: Todo lo que queréis que los hombres hagan con vosotros, hacédselo también vosotros a ellos (Mt 7,12). Y para expresar el alcance de este precepto, prosigue el Señor diciendo: Porque en esto se cifra la ley y los profetas (ibid.). Infinitas son, en efecto, las especies y partes de la justicia; no sólo seguirlas con la pluma, pero aun comprenderlas con el pensamiento es cosa dificilísima. Sin embargo, el Señor las encerró todas en esa breve sentencia y, con secreto juicio de corazón, absuelve o condena la oculta conciencia de los hombres”.  

 

Y, sin pretender transformar en una monja a esta misma destinataria de sus advertencias espirituales, insiste una vez más señalando de qué manera, en medio de sus trajines diarios, ha de ocupar un lugar privilegiado el encuentro con la Palabra de Dios: “Calma con la tranquilidad del retiro las olas de los pensamientos que excitan los asuntos de fuera. Pon allí tanto empeño y fervor en la lección divina, sucédanse tan frecuentes tus oraciones, sea tan firme y denso el pensamiento de la vida futura, que fácilmente compenses con esta dedicación todas las ocupaciones del tiempo restante. No te digo esto porque intente retraerte de los tuyos; lo que busco más bien es que allí aprendas y allí medites cómo hayas de comportarte con los tuyos”[14].

 

Se podrían multiplicar los avisos y llamados de atención de Jerónimo para centrar la vida cristiana en la Palabra de Dios y, como ya anotado, no sólo en el ámbito teórico, cultural, cognoscitivo, sino buscando que impregne la vida entera, sin divorcios entre lo que escuchamos o leemos en el Libro Inspirado con lo que después se vive en la existencia de cada día.

 

Con claridad y fundamento lo sintetiza A. Penna[15]: “El estudio de la Biblia, empero, para que sea útil, no debe ser meramente especulativo, sino que debe mirar a la práctica. Ello no es, en realidad, otra cosa que una progresiva penetración en el misterio de Cristo[16] y de los propios deberes. ‘Entonces, dice Jerónimo, las Escrituras son provechosas para el lector, cuando se pone en práctica lo que se lee’[17]. Para obtener estos saludables efectos, el estudio de la Biblia debe hacerse con un sentimiento de profunda piedad: ‘La Escritura es útil a aquellos que escuchan, cuando nada se dice sin Cristo, cuando nada se profiere sin el Padre, cuando el que predica no pretende comunicar nada sin el Espíritu Santo’”[18].

 

Podemos redondear esta sección, en la que hemos intentado advertir hasta qué punto el trato frecuente y nutritivo de las Escrituras no sólo está destinado a monjes o clérigos, sino a todo cristiano, con el hermoso final de la extensa carta a la virgen romana Demetríada[19]: “Quiero juntar el fin con el principio, pues no me contento con habértelo avisado una sola vez. Ama las Escrituras santas y te amará a ti la sabiduría. Ámala y te guardará; hónrala y te abrazará (Prov 4,6.8). Éstas sean las joyas para tu pecho y los pendientes de tus orejas. Que tu lengua no sepa hablar sino de Cristo, no suene palabra tuya que no sea santa. Esté siempre en tu boca la dulzura de tu abuela y madre, cuya imitación es norma de virtud”.

 

VIII – San Jerónimo consejero bíblico para los sacerdotes

 

Si para San Jerónimo, que en esto se hace eco de toda la Tradición de la Iglesia, quien quiera ser cristiano cabal ha de buscar empaparse de la Palabra de Dios en las divinas Escrituras, el empeño se redobla si pensamos en los pastores, que han de guiar a su pueblo hacia las mejores pasturas que alimenten la vida de sus comunidades.       

 

La verdad que, en lo que sigue, no seremos para nada “originales”[20], ya que iremos cosechando lo que se encuentra espléndidamente compendiado en la ya mencionada encíclica de Benedicto XV, que ha seleccionado del copioso tesoro jeronimiano saludables orientaciones para el lugar preponderante que ha de ocupar la Biblia en toda la vida sacerdotal. El interés vital por la misma no puede reducirse simplemente al conjunto de exámenes escriturísticos que hubo que presentar durante los años preparatorios a la ordenación, sino que ha de constituir como el alma de toda vida ministerial: personal y de oración, pastoral, catequética y sobre todo homilética[21]. Damos, pues, la palabra a Benedicto XV:

 

“Pero ese deber, que Jerónimo inculca a todos los fieles, de estudiar el texto sagrado, lo impone muy particularmente a aquellos que ‘han tomado sobre sí el yugo de Cristo’ y cuya vocación celestial es predicar la palabra de Dios.

 

He aquí la exhortación, que en la persona del monje Rusticus, dirige a todo clérigo: ‘Mientras estés en tu patria, haz de tu celda un paraíso, come los frutos variados de las Escrituras; pon tus delicias en estos Santos Libros y goza de su intimidad… Ten siempre la Biblia en tus manos y bajo tus ojos; aprende palabra por palabra del Salterio, que tu oración sea incesante, tu corazón vigile constantemente y permanezca cerrado a los pensamientos vanos’[22].

 

Al sacerdote Nepociano le da esta norma: ‘Relee con frecuencia las divinas Escrituras, más aún, que el Santo Libro no se aparte jamás de tus manos. Aprende allí lo que luego has de enseñar. Permanece firmemente adherido a la doctrina tradicional que te ha sido enseñada, a fin de estar en condiciones de exhortar según la doctrina y de refutar a aquellos que la contradicen’[23].

 

También al sacerdote Paulino le explica: ‘Al final de su santísima visión dice Daniel que los justos brillan como las estrellas y que los inteligentes, es decir, los justos que poseen las Escrituras, como el firmamento. ¿Ves tú qué distancia separa la santidad sin la ciencia, de la ciencia unida a la santidad? La primera nos hace semejantes a las estrellas y la segunda al mismo cielo’[24].

 

En otra ocasión, en una carta a Marcela, trata irónicamente de ‘la virtud sin ciencia’ de algunos clérigos: ‘Esta ignorancia, según ellos, les sirve de santidad y se declaran discípulos de los pescadores del lago, como si la santidad de éstos hubiese consistido en no saber nada’[25].

 

Pero no son únicamente éstos, los ignorantes, observa San Jerónimo, los que cometen la falta de no conocer las Escrituras, sino que es también el caso de algunos clérigos instruidos; y emplea el Santo los términos más severos para urgir a los sacerdotes al contacto asiduo con los Libros Santos. Debéis tratar con gran celo, Venerables Hermanos [exhorta Benedicto XV], de grabar cada vez más profundamente las enseñanzas del santo exégeta en el espíritu de vuestros clérigos y de vuestros sacerdotes. Uno de vuestros primeros deberes, ¿no es acaso llamarles cuidadosamente la atención sobre lo que exige de ellos la misión divina, que se les ha confiado, si no quieren mostrarse indignos de ella? ‘Porque los labios del sacerdote serán guardianes de la ciencia y es a su boca a quien se pedirá la enseñanza, porque es el ángel del Señor de los ejércitos’ (Mal 2,7)… ¿Y cómo es posible que el sacerdote señale a los demás el camino de la salvación si él mismo descuida de instruirse por la meditación de la Escritura? [Por todo lo cual] ‘la lectura de los Libros Santos será como el condimento de la palabra del sacerdote.’[26]

 

IX – Grave peligro de caer en el “Evangelio del hombre”

 

Haciendo eco a la grave advertencia paulina: “No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor y a nosotros como siervos vuestros por Jesús” (II Cor 4,5), Benedicto XV alerta cuanto sigue: “En cuanto al modo de exponer y de expresar, siendo la fidelidad lo que se busca en los dispensadores de los misterios de Dios, Jerónimo pone por principio que hay que atenerse ante todo a la ‘exactitud de la interpretación’ y que ‘el deber del comentarista es exponer, no ideas personales, sino las del autor que comenta’[27]; por lo demás ‘el orador sagrado –agrega– está expuesto cualquier día al grave peligro de convertir, por una interpretación defectuosa, el Evangelio de Cristo en el evangelio del hombre’[28]… Al conformarse a esta regla para la confección de sus obras, declara [Jerónimo] que, en sus comentarios, tenía por objeto no ‘hacer aplaudir’ sus palabras, ‘sino hacer comprender en su verdadero sentido las excelentes palabras de los demás’[29].

 

E –interrumpiendo a Benedicto XV– es digno de notar la humildad de un “ex-ciceroniano” que, como ya vimos al comienzo, tanto se gozaba con la fina retórica de Marco Tulio. Pues “la explicación de la divina palabra [devolvemos el discurso a Benedicto XV] reclama, decía Jerónimo, lenguaje ‘que no tenga sabor de afectación, sino que descubra la idea objetiva, desentrañe el sentido, alumbre los pasajes oscuros y no sea entorpecido por la floración excesiva de los recursos dialécticos.’[30]

 

Parece conveniente reproducir aquí algunos pasajes de San Jerónimo que muestran claramente el horror que le causaban la elocuencia propia de los retóricos, los cuales con la resonancia y emisión vertiginosa de palabras completamente huecas, sólo aspiran a conseguir vanos elogios: ‘No vayas a ser, le aconseja al sacerdote Nepociano, un declamador y un molino inagotable de palabras… Decir muchas palabras y hacerse apreciar por la volubilidad del lenguaje a los ojos del vulgo ignorante es cosa de necios’[31]. ‘Los espíritus cultivados, con que se cuenta hoy en día, no se preocupan para nada de asimilarse a la médula de las Escrituras, sino de acariciar los oídos de la multitud con flores de retórica’[32]. ‘No quiero decir nada de aquellos que, como yo mismo en otro tiempo, no llegan a abordar el estudio de las Sagradas Escrituras, sino después de haber frecuentado la literatura profana y halagado el oído de la muchedumbre por su estilo florido y que toman todas sus propias palabras por la ley de Dios sin dignarse averiguar lo que quisieron decir los profetas y los apóstoles, antes adaptan a su modo de ver testimonios que no les son conformes; como si fuese grande elocuencia y no la peor de todas, falsificar los textos y atraer por la violencia la Escritura a servir los fines que ellos persiguen’[33]… Por eso, en todo buscaba Jerónimo esta santa sencillez del lenguaje que no excluye el brillo ni la belleza. ‘Que otros se aficionen a disertar con voz enfática torrentes de palabras; en cuanto a mí, me contento en hablar para hacerme comprender y, al tratar de las Escrituras, con imitar la sencillez de las mismas Escrituras’[34]. En efecto, ‘sin renunciar a los atractivos del lenguaje, la exégesis católica debe velarlos y evitarlos, a fin de alcanzar, no vanas escuelas de filósofos y un puñado de discípulos, sino todo el género humano.’[35]

 

X – Ignoratio Scripturarum, ignoratio Christi est

 

No es posible acabar nuestra aproximación a este gigantesco amante de la Palabra de Dios inspirada en las Escrituras sin explayar de algún modo el clásico axioma que casi lo retrata.

 

Lo podemos fundamentar con la actitud misma del Señor Jesús. En sus discusiones con sus críticos, rabinos, doctores de la ley, fariseos, les hacía notar: “Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí” (Jn 5,39). “Porque si vosotros creyerais en Moisés, me creeríais también a mí, porque él ha escrito sobre mí” (ibid., v. 46. Ver también en Juan: 1,45; 2,22; 12,16; 19,28.36; 20,9).

 

A los dudosos discípulos de Emaús, “comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras” (Lc 24,27). Después, a toda la primitiva comunidad eclesial, reunida en el Cenáculo, le confirmó la misma verdad: “Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de Mí” (ibid., v. 44).

 

Sería de nunca acabar mostrar de qué modo todo el Nuevo Testamento no es más que la desembocadura plenificada, profundizada, comprendida a fondo de la Antigua Alianza.

 

De modo espléndido lo expone Benedicto XV: “Hacia Cristo, en efecto, convergen como hacia su centro todas las páginas de ambos Testamentos; y comentando el pasaje del Apocalipsis, donde trata del río y del árbol de vida, Jerónimo escribe esta notable sentencia: ‘No hay más que un río que mana debajo del trono de Dios y es la gracia del Espíritu Santo y esta gracia del Espíritu Santo está encerrada en las Sagradas Escrituras, es decir, en ese río de las Escrituras. Y éste corre entre dos riberas que son el Antiguo y el Nuevo Testamento y en cada orilla se encuentra plantado un árbol que es Cristo’[36]

 

‘Cuando leo la Ley y los profetas el fin que me propongo no es limitarme a la Ley y los profetas, sino por la Ley y los profetas llegar hasta Cristo’[37]

 

Jerónimo saboreaba, pues, muy abundantes frutos en la lectura de los Libros Santos; de allí extraía esas luces interiores que lo hacían adelantar cada día más en el conocimiento y el amor de Cristo; en ellos bebía ese espíritu de oración, del cual habló tan bien y convincentemente en sus escritos; en la Escritura, por último, es donde adquiría esa admirable familiaridad con Cristo, cuyas dulzuras lo animaban a tender sin tregua, por el rudo sendero de la cruz, a la conquista de la palma del triunfo”.

 

Con estas últimas consideraciones de Benedicto XV, redondeamos los datos (que podrían multiplicarse ampliamente todavía) acerca de la excelente labor que San Jerónimo legó como grandioso tesoro a la Iglesia.

 

Y no podríamos olvidar de qué modo, para el santo en consideración, ese alimento de las Escrituras estaba íntimamente unido al de la Eucaristía, tal como lo recuerda el siguiente Benedicto (XVI), citando al mismo Jerónimo: “La carne del Señor es verdadera comida y su sangre verdadera bebida: éste es el verdadero bien que se nos da en la vida presente, alimentarse de su carne y beber su sangre, no sólo en la Eucaristía, sino también en la lectura de la Sagrada Escritura. En efecto, lo que se obtiene del conocimiento de las Escrituras es verdadera comida y verdadera bebida”[38].

                                                                      

Córdoba (Argentina), noviembre de 2015.

 

 



 

[1] Documento cuya fecha de emisión está expresamente declarada de este modo: “Dado en Roma, junto San Pedro, el 30 de septiembre, memoria de san Jerónimo, del año 2010, sexto de mi pontificado” (resaltado de mi parte).

 

[2] Junto con la anterior Aeterni Patris de León XIII (1893) y la posterior de Pío XII Divino Afflante Spiritu (1943) es considerada entre las tres encíclicas bíblicas más importantes, preparatorias casi de la Dei Verbum del Vaticano II (1965).

 

[3] En: Enchiridion Biblicum, Neapoli / Romae (1956) 444.

 

[4] Epistola 22, 30.

 

[5] Un proceso similar le sucedió al contemporáneo de Jerónimo, Agustín. También, antes de su conversión, se sintió movido a buscar la sabiduría divina, no por su encuentro con el Evangelio, sino en la lectura de la obra debida a un famoso autor pagano: el Hortensius, también de Cicerón (escrito que no ha llegado hasta nosotros). “Este libro (Hortensius) trocó mis afectos y me mudó de tal modo, que me hizo dirigir a Vos, Señor, mis súplicas y ruegos y mis intenciones y deseos fuesen muy otros de lo que antes eran” (Confessionum, liber III, cap.4).

 

Por otra parte se rehusaba a leer la Biblia por su estilo demasiado simple: “Determiné, pues, dedicarme a la lección de las Sagradas Escrituras, para ver qué tal eran. Y conocí desde luego que eran una cosa que no entendían los soberbios y era superior a la capacidad de los muchachos; que era humilde en el estilo, sublime en la doctrina y cubierta por lo común y llena de misterios; y yo entonces no era tal que pudiese entrar en ella, ni bajar mi cerviz para acomodarme a su narración y estilo. Cuando las comencé a leer, hice otro juicio muy diferente del que refiero ahora, porque entonces me pareció que no merecía compararse la Escritura con la dignidad y excelencia de los escritos de Cicerón” (Ibid., III, cap. 5).

 

Ya Benedicto XV había establecido esta analogía entre los dos grandes doctores de la Iglesia latina: “(Jerónimo) había experimentado en efecto las mismas repugnancias que Agustín confesaba haber él mismo probado, cuando emprendía el estudio de las Sagradas Letras” (Spiritus Paraclitus, en: Enchiridion Biblicum, 468).

 

Esto no quiere decir que, en adelante, tanto Jerónimo como Agustín, nunca más hubieran acudido a los escritos de los clásicos paganos. Sólo quisieron indicar hasta qué punto cambiaron sus jerarquías de valores, colocando en su lugar preeminente a los escritos inspirados por el mismo Dios. No descuidaron los aportes por los que también los paganos, por solas luces naturales, podían sostener el recto pensamiento y la vida virtuosa, tal como ya lo hicieran Pablo en el Areópago (Hech 17,28; Rom 1,20), los Padres Apologetas, sobre todo San Justino y egregiamente Santo Tomás de Aquino con Aristóteles.

 

[6] Epistola 125, 12 ad Rusticum.

 

[7] Ya desde los siglos II y III hubo versiones latinas de la Sagrada Escritura (conocidas hoy como Veteres latinae), pero se trataba de “traducciones de traducción”, ya que partían del texto griego de la LXX, no de los originales, en cuanto al A.T.

Notemos, también de paso, la humildad del Papa Dámaso, quien, consultando al sabio experto Jerónimo, le había escrito antes: “No encuentro tema más digno de nuestra conversación que el hablar de las Escrituras, pero de manera que yo haga preguntas y tú las contestes” (Epistola 35, 1 Damasi ad Hieronymum).

 

[8] En cuanto al valor científico de sus exégesis, no es igualmente apreciado. Muchas veces se contenta con enumerar las interpretaciones que se han dado hasta ese momento, sin pronunciarse sobre las mismas, de modo que M. Testard, concluye: “Se ha de confesar que el procedimiento es demasiado moderno y decepcionante” (Saint Jerôme, Paris –1969– 49). Algo semejante observa D. Ruiz Bueno (editor en latín y castellano de las Cartas de San Jerónimo), quien recuerda primeramente el consejo de Benedicto XV: “Si alguna vez ha sido necesario que todos, clero a par que pueblo cristiano, se imbuyan del espíritu del Doctor Máximo, lo es señaladamente en nuestra época, en que tantos se levantan con orgullosa terquedad contra la autoridad e imperio de la revelación divina y del magisterio de la Iglesia” (Spiritus Paraclitus, en: Ench. Biblicum, 488). Pero acto seguido añade Ruiz Bueno: “¡Imbuirse, penetrarse del espíritu de Doctor Máximo! Del espíritu, no de la letra. Su obra en el terreno bíblico y acaso principalmente en él, es caduca. El alegorismo sobre todo. Que fue sin duda fuente de fervor en otros tiempos, nos deja a nosotros irremediablemente fríos” (“Introducción general” en su obra: Cartas de San Jerónimo –Edición bilingüe, Madrid /1962/ 30-31). Se coincide que su más sobrio y valioso comentario es el que confeccionó para el Evangelio de San Mateo (M. Testard, ibid., 53-54).

 

Concediendo que se deja llevar del “alegorismo”, sobre todo de Orígenes (al cual, sin embargo, condenará más tarde por sus errores), se ha de admitir con J. Forget: “Con todo se encuentra en casi todos lados (de los comentarios jeronimianos) observaciones muy justas y datos precisos, que constituyen todavía hoy excelentes testimonios de la antigua tradición judía y cristiana. Desde el punto de vista del método crítico, la obra es de un gran mérito en su conjunto. ‘El modo con el que él (Jerónimo) ha hecho sus comentarios sobre los profetas es el mejor de todos’, dijo Richard Simon” (“Jérôme” en: Dictionnaire de Théologie Catholique, VIII –Première Partie, Paris –1924– col. 911, citando a: R. Simon, Histoire critique du Vieux Testament, 1, III, cap. IX).

 

[9] A. Penna, San Jerónimo, Barcelona (1952) 100.

 

[10] Epistola 30 a Paula, 13.

 

[11] Algunas de las cuales lo seguirían en el retiro definitivo de Jerónimo en Belén, entre ellas Paula y su hija Eustoquio.

 

[12] Epistola 22, 17 ad Eustochium.

 

[13] Epistola 148, 14 ad Celantiam. Si bien algunos dudan de que este escrito se deba a la pluma de Jerónimo, atribuyéndolo, ya a San Paulino de Nola, ya a Sulpicio Severo, acudimos igualmente a ella, dado que está en consonancia con la visión jerominiana de la Sagrada Escritura en la vida de cada cristiano.

 

[14] Ibid., 24.

 

[15] S. Jerónimo, 391.

 

[16] En su nota 4, recuerda la famosa sentencia de nuestro santo: “Ignoratio Scripturarum, ignoratio Christi est” (In Isaiam, lib. I, prolog.).

 

[17] Cita ahora: In Michaeam 2, 6.

 

[18] Aquí tiene en cuenta a: In Galatas 1, 11-12.

 

[19] Epistola 130, 20 ad Demetriadam. Esta noble dama romana con su madre Juliana y su abuela Anicia Proba Faltonia habían huido al África, ante la invasión de Roma por los visigodos al mando de Alarico.

 

[20] Ni pretendimos serlo en lo que antecede.

 

[21] Estas recomendaciones de Benedicto XV serán retomadas, ni más ni menos que por el Vaticano II en su Constitución dogmática Dei Verbum, 24-25: “El estudio de la Sagrada Escritura ha de ser como el alma de la sagrada teología. También el ministerio de la palabra, esto es, la predicación pastoral, la catequesis y toda instrucción cristiana, en que es preciso que ocupe un lugar importante la homilía litúrgica, se nutre saludablemente y se vigoriza santamente con la misma palabra de la Escritura” (nº 24). En el siguiente párrafo acudirá especialmente a Benedicto XV y el famoso refrán ya mentado de San Jerónimo: “Ignoratio Scripturarum, ignoratio Christi est” (In Isaiam, prol.).

 

Las indicaciones que se irán proponiendo, tomadas de la Spiritus Paraclitus, se encuentran del Ench. Biblicum, 480 ss.

 

[22] Epistola 125, 7, 3.

 

[23] Epistola 52, 7, 1. Interrumpiendo la exposición y referencias de Benedicto XV, notemos aquí de qué modo la capacidad apologética (tan menospreciada hoy día hasta en ámbitos católicos), pero tenida como muy necesaria desde los orígenes de la Iglesia (I Pedro 3,15; II Tim 4,2-4; Tit 1,13-14), es apreciada por Jerónimo como uno de los deberes de los sacerdotes en su ministerio.

 

[24] Epistola 53 ad Paulinum, 3.

 

[25] Epistola 2, 1.2. Acotemos que, si bien la historia de la Iglesia conoce y venera a sacerdotes que no fueron lumbreras doctorales, como el Santo Cura de Ars, es porque dones muy especiales y casi milagrosos suplieron su escasa preparación académica. San Juan Bautista María Vianney nunca menospreció las ciencias sagradas.

 

[26] Epistola 52 ad Nepotianum, 8, 1.

 

[27] Epistola 49 ad Pammachium, 17.

 

[28] In Galatas 1, 11.

 

[29] Ibid., Praef, in 1, 3.

 

[30] Epistola 36 ad Damasum 14, 2. Benedicto XV, sin citarla, corrobora lo dicho, enviando a la Epistola 140 ad Ciprianum Presbyterum 1, de la cual entresacamos esta irónica descripción: “Gentes demasiado elegantes, que es más difícil entender sus explicaciones que lo mismo que intentan explicar”.

 

[31] Epistola 52 ad Nepotianum 8, 1.

 

[32] Dialogus contra luciferianos, 11.

 

[33] Epistola 53, ad Paulinum, 7, 2. Analógicamente, se ha de rechazar hoy en día, no tanto la búsqueda de un estilo rimbombante o exquisito, cuanto condenar no menos el afán de ganarse simpatías y adhesión de ciertos medios o público, acudiendo, ya en la predicación ya en publicaciones de la Iglesia, a un misericordismo alejado de la verdad. Como muchos hacen, subrayando que Jesús “comía con publicanos y pecadores” (Mt 9,11) y se opuso a los acusadores de la adúltera: “Tampoco yo te condeno”. Pero…, dejando en la sombra el “vete y no peques más” (Jn 8,11). El mismo Jerónimo aconsejaba al ya citado Nopociano: “Permanece firmemente arraigado a la doctrina tradicional que te ha sido enseñada, a fin de que puedas exhortar según la sana doctrina y refutar a aquellos que la contradicen” (Epistola 52 ad Nepotianum, 7).

 

[34] Epistola 36 ad Damasum, 14, 2.

 

[35] Epistola 48 ad Pammachium, 4. Concluimos, por nuestra parte, que los sacerdotes, en nuestras homilías, hemos de evitar la expresión de todo gusto personalista, ya de estilo, ya de doctrina, que oscurezca el limpio mensaje de la Palabra de Dios, no sea que se nos aplique la reprimenda de Ezequiel: “Ustedes dicen ‘oráculo del Señor’, siendo así que yo no he hablado” (Ez 12,7).

 

[36] Tractatus in Psalmum 1.

 

[37] Tractatus in Mc 9,1-7.

 

[38] Commentarius in Ecclesiasten, 3. Citado por Benedicto XVI en: Verbum Domini, 54, n. 191.

 

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