Fe y Razón

Revista gratuita de teología y cultura católica

Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 118 – 4 de marzo de 2016

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

(“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”)

Santo Tomás de Aquino

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Se publicó el libro “Columna y fundamento de la verdad”, de Daniel Iglesias Grèzes

Equipo de Dirección

Teología

¿La Antigua Alianza continúa vigente?

Lic. Néstor Martínez Valls

Historia

Marxismo cultural

Carlos Caso-Rosendi

Espiritualidad

Infidelidades y reformas –3

Pbro. Dr. José María Iraburu

Fe y Ciencia

Evolucionismo teísta, diseño inteligente y fe católica

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Apologética

¿Existe el alma espiritual? Parte 2

Raymond de Souza, KM

Familia y Vida

La revolución sexual (1960-1974)

José Alfredo Elía Marcos

Catecismo

Las indulgencias

Catecismo de la Iglesia Católica

Oración

Invocaciones a San José

Autor Anónimo

 

 

Se publicó el libro “Columna y fundamento de la verdad”,

de Daniel Iglesias Grèzes

 

Equipo de Dirección

 

Tenemos el agrado de comunicarte que ha sido publicado un nuevo libro del Ing. Daniel Iglesias Grèzes: Columna y fundamento de la verdad. Reflexiones sobre la Iglesia y su situación actual. Este libro de 108 páginas ayuda a los católicos preocupados por la actual crisis de la Iglesia a comprender sus causas principales y a buscar caminos de solución. La obra consta de un prólogo y doce capítulos:

           

1.      La actual crisis de la Iglesia Católica en Uruguay y toda América Latina

2.      Reflexiones sobre el descenso de la participación en la Santa Misa

3.      Algunas reflexiones sobre la apologética, la catequesis y la teología

4.      La religión verdadera y su estructura fundamental

5.      Fe y duda son incompatibles entre sí

6.      La descalificación del lenguaje católico tradicional

7.      La Iglesia es comunión de los santos

8.      El Concilio Vaticano II y el diálogo ecuménico: ¿renovación o ruptura?

9.      La doctrina protestante es insostenible

10.  Controversias varias

11.  Un diálogo revelador sobre los dos Sínodos de la Familia

12.  La familia en la Iglesia y en el mundo de hoy

           

Columna y fundamento de la verdad está disponible en dos formatos:

·         como libro impreso en: https://www.createspace.com/6023688 (precio: US$ 7.00 más envío);

·         como libro electrónico en formato Kindle en: http://www.amazon.com/dp/B01B4S1RKI (precio: US$ 5.00).

 

La opción “Look inside” permite ver algunas páginas del ebook, a modo de muestra gratis.

 

Para leer este ebook no se requiere un dispositivo Kindle. Amazon ofrece la posibilidad de descargar fácilmente una aplicación gratuita llamada Kindle App, que permite leer libros Kindle en cualquier computadora, tablet o smartphone. Basta que ingreses tu número de teléfono móvil o tu dirección de email para que Amazon te envíe un enlace para descargar esa aplicación gratuita. 

 

Te invitamos a comprar un ejemplar de este libro. Si optas por el ebook, por sólo US$ 5.00 podrás disfrutar casi inmediatamente de una obra que es el resultado de estudios, reflexiones y discusiones que el autor ha desarrollado a lo largo de muchos años de apostolado como apologista católico en Internet.

 

A nuestros lectores, les rogamos que difundan este mensaje.

 

Desde ya muchas gracias a todos. Que Dios los bendiga.

 

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¿La Antigua Alianza continúa vigente?

 

Lic. Néstor Martínez Valls

 

En la página 5 del número de Entre Todos correspondiente al 23 de Enero de 2016 aparece un artículo titulado “La Primera Alianza es irrevocable”, firmado por Juan Vicente Boo. Allí se puede leer lo que sigue: “El nuevo documento del Vaticano, aprobado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, toma su título de una afirmación de san Pablo en su carta a los Romanos sobre el valor eterno de la Alianza, y resume los grandes pasos en el camino hacia la amistad.”

 

El texto está tomado de ABC, un periódico español de orientación católica:

http://www.abc.es/sociedad/abci-rabinos-ortodoxos-reconocen-primera-cristianismo-como-parte-plan-dios-201512101835_noticia.html

 

Efectivamente, el documento ha sido aprobado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, como consta en la conferencia de prensa en la que se lo presenta:

http://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino/pubblico/2015/12/10/0976/02131.html

 

Sin embargo, no se trata de un documento del Magisterio de la Iglesia, como se explica al comienzo del documento mismo (las negritas son nuestras):

 

“El texto no constituye un documento magisterial o una enseñanza doctrinal de la Iglesia Católica, sino sólo una reflexión, preparada por la Comisión para las Relaciones Religiosas con los Judíos, sobre temas teológicos actuales, desarrollados a partir del Concilio Vaticano II, que pretende ser un punto de partida para un ulterior pensamiento teológico, en vistas a enriquecer e intensificar la dimensión teológica del diálogo Judío-Católico.”

http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/chrstuni/relations-jews-docs/rc_pc_chrstuni_doc_20151210_ebraismo-nostra-aetate_sp.html

 

En realidad, el documento, que finalmente sólo tiene el valor de una reflexión teológica, suscita graves objeciones desde el punto de vista de la fe católica, como hemos tratado de mostrar en estos artículos sobre el tema “Iglesia y Judaísmo”:

http://infocatolica.com/blog/praeclara.php/1512311149-title

http://infocatolica.com/blog/praeclara.php/1601180300-title

 

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Marxismo cultural

 

Carlos Caso-Rosendi

 

La destrucción de la Cristiandad por el marxismo cultural es un proceso que lleva ya unos siglos madurando. Irrumpe en forma global con la generación de 1968 pero esa irrupción es como la fiebre, última reacción de un cuerpo enfermo que ha incubado un mal ya por algún tiempo. El marxismo cultural es al anticristo lo que el Evangelio es a Cristo. De la palabra de Cristo surge el Evangelio diáfano, la fuerza que ordena la nueva creación por Dios comenzando por el alma de los hombres. Como todas las imitaciones de lo divino son similares al bien pero de sentido distinto, el marxismo cultural como evangelio falso sale del corazón del hombre subyugado por el pecado, se opone a Cristo y aparece como resultado de una corrupción previa y total. De Cristo viene el Evangelio pero el anticristo, por el contrario, aparece después de esas “malas nuevas” que preparan el mundo para su llegada y el acto teatral de una falsa salvación. Es el mysterium iniquitatis.

 

Ese misterio de la iniquidad ha existido desde tiempos apostólicos y se ha manifestado en oposición al bien del hombre, si hemos de creer lo que San Pablo declaró: Porque ya está en acción el misterio de la iniquidad; sólo que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en medio. Y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida; inicuo cuyo advenimiento es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos” (2 Tesalonicenses 2,7-8).

 

Hacer una reseña de la evidencia de este espíritu maligno llevaría muchas páginas y está fuera del alcance de este escrito. Baste entonces hacer un resumen.

 

Manifestaciones históricas

 

Es en tiempos de Constantino que el Obispo de Bizancio reclama para sí el papado, ya que el Imperio muda su capital a aquella diócesis. Con muy mala teología pero aventajado sentido político, el Obispo de la que sería luego Constantinopla argumentó que la Iglesia debía seguir al Estado, pensamiento al que el Iscariote probablemente se le adelantó. Ubi Petrus ibi ecclesia, et ibi ecclesia vita eterna fue la respuesta del orbe cristiano a las ambiciones del Primado Bizantino. La Iglesia se quedó en Roma hasta hoy y el Imperio Romano quedó para los libros de historia. Pero aquella primera ambición bizantina no se apagó y la fidelidad a Roma fue en algunos casos tenue, en otros fuerte, dependiendo de la fe de los obispos orientales y de las cambiantes circunstancias de la historia. Hasta que en 1054 los obispos de Roma y Constantinopla cruzaron excomuniones y el Oriente cristiano se fue por su propio camino. Arduo camino que lo llevó a sufrir primero los ataques musulmanes y luego la opresión del comunismo ateo, amén de una buena sucesión de invasiones y tiranos inaguantables de diversos orígenes.

 

A mediados de los 1400 los arietes musulmanes golpeaban las puertas de Constantinopla y los seguidores de Mahoma no se detendrían hasta que fueran derrotados a las puertas de Viena. Escribe Toynbee: “El fracaso del sitio de Viena detuvo la oleada de conquistas otomanas que había venido inundando el valle del Danubio ya por un siglo.” Lo que nos importa es que la presión impuesta por el Islam envió a muchos pobladores del Asia Menor hacia la relativa seguridad de la Europa cristiana. Y con esos refugiados llegó ese espíritu que luego Von Balthasar llamaría Der antirömische Affekt, “la actitud anti-romana”. Menos de siete décadas habían pasado desde la caída de Constantinopla cuando Lutero clavó sus tesis en la puerta de aquella iglesia de Wittemberg el 31 de octubre de 1517, iniciando así el Cisma de Occidente. Lo que nos importa en este análisis es que la rebelión de Lutero fue esencialmente la negación de la paternidad espiritual del Papa de Roma. La peligrosa idea de Lutero trajo muchas y muy funestas consecuencias pero nos interesa el “mensaje” que envió al mundo entero: si uno puede cargarse la paternidad papal, ¿por qué no cargarse al rey? –dijo la Revolución Francesa. Y si nos podemos cargar al rey, ¿por qué no cargarse a la nobleza? –dijeron los burgueses, enriquecidos por las aventuras comerciales europeas en Oriente y América, que ya formaban incipientes corporaciones en Holanda e Inglaterra. Y no tardó en llegar Marx y proponer que nos cargáramos a los burgueses también.

 

De esta serie de rebeliones y de la progresiva destrucción del viejo orden post-romano conocido como la Civilización Occidental surgieron tres postulantes que luego analizaremos en más detalle: el capitalismo liberal, el socialismo fascista, y el socialismo comunista. Para 1918 habían logrado destronar o emascular a todas las testas coronadas de Europa. Los más afortunados, como los Windsor, fueron transformados en muñecos de exhibición patriótica. Otros menos afortunados, como los Romanov, fueron pasados por las armas o desterrados en desgracia.

 

La Segunda Guerra Mundial se peleó en gran medida para dirimir cuál de los tres postulantes habrían de regir el mundo. En realidad ninguno de los tres se impuso totalmente. Sin embargo uno de ellos, el componente marxista, fue transformando su modus operandi y aunque sus derrotas en el campo militar, económico y político fueron muchas, su avance en el campo cultural puede considerarse una macabra obra maestra. El marxismo cultural ha inundado el mundo y ha conquistado los corazones de la juventud.

 

El asalto principal es contra la Iglesia de Cristo, la joya que el César Romano no pudo comprar y que Napoleón, Hitler y Stalin en vano soñaron destruir. Ha sido una larga y agotadora batalla que comenzó en los polvorientos caminos de la Galilea romana cuando un hombre extraño y hermoso, Jesús de Nazareth, apareció clamando “¡Arrepentíos y creed en la Buena Nueva!” Ese hombre conquistaría Roma desde las alturas del Calvario de Jerusalén. Su historia es la historia más fascinante jamás contada.

 

La conquista cristiana de Roma

 

San Judas Tadeo, que padeció el martirio en Siria, nos dejó una advertencia en su única carta universal. En ella se intuye algo profético: “Quiero recordaros a vosotros, que ya habéis aprendido todo esto de una vez para siempre, que el Señor, habiendo librado al pueblo de la tierra de Egipto, destruyó después a los que no creyeron; y además que a los ángeles, que no mantuvieron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los tiene guardados con ligaduras eternas bajo tinieblas para el juicio del gran Día. Y lo mismo Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, que como ellos fornicaron y se fueron tras una carne diferente, padeciendo la pena de un fuego eterno, sirven de ejemplo. Igualmente éstos, a pesar de todo, alucinados en sus delirios, manchan la carne, desprecian al Señorío e injurian a las Glorias.” (Judas 1,5).

 

En esto se advierte la preocupación del santo por el rebaño que quedará en la tierra después de su muerte. Los cristianos son esencialmente un pueblo liberado, pero como los israelitas de antiguo son también un pueblo en peligro de caer en el disfavor del mismo Dios que los liberó. San Judas no se refiere a un mero desliz, o a una desobediencia ocasional. El santo más bien nos advierte contra la caída completa, una alucinación, un delirio que resulta de la locura de querer vivir sin Dios, de elegir ser enemigo de Dios y de la gente de Dios. Que esto ocurra luego de ser liberados de la oscuridad y el pecado sólo sirve para hacer aún más horrible la perspectiva de ese mal.

 

Hoy podemos mirar a lo que fue Roma, la formidable potencia contra la cual se miden y a la que se comparan todos los aspirantes al dominio del mundo. Esa Roma, cuyas tribus intuyeron tan temprano el arte de gobernar que de ellos heredamos, la República, la idea del Senado y los Tribunos, la vigilancia que los pueblos deben imponer sobre sus gobernantes para mantenerlos probos… a esa Roma ya degenerada en mero imperio llegó Nuestro Señor sabiendo bien que se terminaba la función y que el mundo no iba a poder renacer de las cenizas de una Roma carcomida por el vicio público y privado. El paso, al principio casi históricamente imperceptible, de Cristo por este mundo dejó una banda minúscula de judíos a cargo de efectuar la salvación del orbe. En su gran mayoría los apóstoles cristianos eran hombres sin mucha educación, sin poder, sin otra arma que la persuasión y el testimonio interior del hecho más asombroso que hombre alguno hubiera presenciado: el regreso desde la muerte de su Señor que ahora los enviaba a revivir a un mundo muerto.

 

La magna tarea fue realizada en un tiempo bastante breve, quizás unos 300 o 400 años, según qué criterio se use para contarlos. Lo importante es que la conquista de Roma por el cristianismo consistió no en batallas entre ejércitos sino en la conquista de la mente y la voluntad de los hombres y mujeres del mundo grecorromano, uno por uno hasta cambiar la cultura de la muerte por una cultura de la vida.

 

No mucho después de la muerte de Cristo comenzaron a sucederse las oleadas de invasores bárbaros que gradualmente contribuyeron a la muerte definitiva del imperio. En ese contexto la Iglesia ya extendida por todo el mundo antiguo ayudó a amortiguar el golpe, convirtiendo a los bárbaros a la fe de Cristo y sentando las bases para esa nueva cosa que reemplazaría al antiguo orden y que se llamó Cristiandad. Esa viña plantada por el Señor floreció e impidió la disolución total de la Europa romana, desarrollando a su tiempo la pujante Civilización Occidental que extendería su influencia por todo el globo.

 

Es importante ver que la conquista de Roma por los cristianos fue primeramente una conquista moral, cultural e intelectual antes de ser una conquista política o militar. Con el tiempo, el enemigo, mal imitador de Dios, usaría la misma estrategia para tratar de arrasar la viña plantada por el Señor.

 

Orden sin autoridad

 

San Pablo nos habló de ese tiempo de rebelión contra Dios y su creación: “No os dejéis engañar de ninguna manera, porque primero tiene que llegar la rebelión contra Dios y manifestarse el hombre de maldad, el destructor por naturaleza. Éste se opone y se levanta contra todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de adoración, hasta el punto de adueñarse del templo de Dios y pretender ser Dios. ¿No recordáis que ya os hablaba de esto cuando estaba con vosotros? Bien sabéis que hay algo que detiene a este hombre, a fin de que él se manifieste a su debido tiempo. Es cierto que el misterio de la maldad ya está ejerciendo su poder; pero falta que sea quitado de en medio el que ahora lo detiene. Entonces se manifestará aquel malvado, a quien el Señor Jesús derrocará con el soplo de su boca y destruirá con el esplendor de su venida. El malvado vendrá, por obra de Satanás, con toda clase de milagros, señales y prodigios falsos. Con toda perversidad engañará a los que se pierden por haberse negado a amar la verdad y así ser salvos. Por eso Dios permite que, por el poder del engaño, crean en la mentira. Así serán condenados todos los que no creyeron en la verdad sino que se deleitaron en el mal.” (2 Tesalonicenses 2,3-9).

 

La Iglesia ha conocido rebeldes y herejes desde el principio. En el texto citado San Pablo nos avisa que el “misterio de la maldad” ya ejercía su poder en tiempos apostólicos. El tiempo pasaría. Lenta pero seguramente esa fuerza maligna sembraría herejías y divisiones entre los cristianos que siempre debieran haber sido “un solo rebaño bajo un solo Pastor”.

 

Así se fueron perdiendo partes de la Iglesia. El norte de África sucumbió al Donatismo y luego al Islam como antes había sucedido a muchas iglesias nestorianas de Asia. En 1453 Constantinopla, separada de Roma cinco siglos antes, caía ante el avance islámico mientras al mismo tiempo los últimos árabes eran expulsados de España ahora consolidada bajo los reyes de Castilla y León. Colón partía hacia las Indias y descubriría sin saberlo un nuevo mundo que luego se llamaría América. No muchos años después en Lepanto, los musulmanes sufrirían una derrota aplastante en el mar. A las puertas de Viena serían derrotados otra vez, deteniéndose por fin su avance sobre la Cristiandad. Europa configuraba así sus fronteras modernas y pronto sumaría millones de almas y un continente entero en los cinco siglos por venir. Pero el misterio de la rebelión seguiría activo en el mundo. En Alemania, un monje agustino escandalizado por la vida lujosa de los prelados romanos se rebeló contra la autoridad papal.

 

La Reforma Alemana

 

La rebelión contra el Papa, de hecho el rechazo total de su autoridad, no pasó sin consecuencias. La primera fue la proliferación de “iglesias” cristianas disidentes con Roma que se multiplicaron por toda Europa y siguen naciendo y dividiéndose hasta nuestros días. La segunda consecuencia fue la introducción de una idea que cambiaría el destino de Occidente para siempre y sembraría las semillas de la destrucción de la Cristiandad. Había llegado el momento en que la negra flor del misterio de la iniquidad floreciera esparciendo su venenoso perfume por doquier. Esa idea consistía en afirmar que puede haber orden sin autoridad desde el momento que los revoltosos se arrogaban el derecho de vivir su religión ordenando su vida a su mejor saber y entender luego de una somera y poco docta lectura de las Sagradas Escrituras.

 

Hasta entonces se consideraba al Papa como el delegado de Dios entre los hombres. Ese hombre, el Obispo de Roma, se reservaba el derecho de mantener a los reyes de la Cristiandad en línea con la verdad de Cristo. Si bien no todos obedecían sus edictos y bulas, lo cierto es que la autoridad del Papa no se discutía, era un hecho que la cátedra de Pedro tenía autoridad espiritual sobre todo cristiano. Cuando los protestantes se hicieron a la mar de la historia sin reconocer esa autoridad, era lógico que los monarcas temporales, cuya autoridad no tenía un puro pedigree divino, comenzaran a intuir una posible rebelión. Y no tardó mucho en ocurrir que la autoridad de reyes, príncipes y nobles se cuestionara así como se había cuestionado al Papa. Desde la Revolución Francesa hasta la Revolución Bolchevique y después, las cabezas coronadas de Europa son miradas por muchos como trastos obsoletos y caros que viven en un espacio precario con el tiempo contado.

 

Se puede remontar el origen de muchos males del mundo actual a aquel acto desafiante de Lutero que nos legó la idea de que puede haber orden sin autoridad. Las consecuencias políticas de la Reforma sentaron las bases de las revoluciones por venir: nos trajo a John Locke que negaba la idea cristiana de la historia para presentarnos una escalera de progreso constante que nos lleva de los “pantanos primordiales” a una futura “era dorada”. Karl Marx por su parte propuso la creación de un orden político y económico de acuerdo con el materialismo dialéctico y la lucha de clases. Freud se afanó buscando en el interior de la mente humana los traumas que negaban la paz al hombre sin Dios. Y finalmente Darwin nos presentó la vida humana como el último resultado de una competencia brutal en la que solamente el mejor equipado sobrevive.

 

La abolición del hombre como hijo de Dios estaba ya en los planes y solo había que llevarla a cabo. La barca de Pedro se enfrentaba ahora a un mar turbulento y amenazador armada solamente con la gracia de Dios y la “tradición entregada una vez a los santos” que habían logrado vencer al Imperio Romano y ahora veían cómo se comenzaba a destruir al mundo con una falsa copia del mensaje evangélico con el que ellos habían cambiado el rumbo de la historia.

 

Tipos de organización económica

 

Brevemente, para evitar confusiones más adelante, quiero dejar esta nota para distinguir el capitalismo liberal de su variante silvestre a la que llamaremos “capitalismo natural” o “economía orgánica”. Esta forma de economía existe desde que el mundo es mundo. Munido de sus propias habilidades, potencia e inteligencia el hombre explota los recursos naturales del planeta –el “capital” o patrimonio que Dios le ha dado– trabajando para subsistir primero y luego tratando de lograr un excedente que mejore su condición y la de su sociedad inmediata. En su fascinante libro Knowledge and Power, George Gilder comenta: “La guerra entre la fuerza centrífuga del conocimiento y la fuerza centrípeta del poder continúa siendo el conflicto primario en todas las economías.”

 

La riqueza se origina esencialmente en un saber o conocimiento específico. Ya en 1971 el destacado pensador de Stanford, Thomas Sowell, escribía que “todas las transacciones económicas se fundamentan en una diferencia de conocimiento”, es decir en cosas diferentes que cada uno de nosotros conocemos mejor o peor que otras personas. De hecho, Sowell agrega que el hombre primitivo en su cueva poseía los mismos recursos materiales que nosotros dominamos hoy pero no sabía aún cómo utilizarlos. O sea que no hay nuevas materias primas, no hay nuevo capital real. La diferencia entre las edades prehistóricas y esta era de abundancia en la que vivimos radica en la acumulación de conocimientos. No hay duda que vivimos en una economía del saber y sin embargo el conocimiento no es algo parecido a la riqueza material o algo que se asocia con ella, sino que es esa riqueza en un sentido real y eso es exactamente lo que comerciamos o intercambiamos dentro de una economía natural. Cuando voy a un almacén y compro algo, el almacén posee el conocimiento necesario para adquirir, guardar y tener listo para la venta eso que yo quiero comprar. Sin el almacén yo tendría que adquirir el saber necesario para obtener ese producto de otra manera, generalmente a mayor costo e inversión de tiempo y esfuerzo. Cuando compro ese producto, de alguna manera intercambio mis conocimientos por los del almacenero.

 

Tal “capitalismo orgánico” –o economía natural– existe desde siempre y no contiene una carga ideológica determinada ni adquiere connotaciones políticas; no se propone esclavizar al hombre, ni modificar sus tradiciones o normas morales sino que más bien les presta servicios orgánicamente. Las deformaciones que tal tipo de economía pueda sufrir son las mismas que la condición humana impone a otras actividades, incluida la religión, el arte, la política, etc.

 

Este tipo de economía debe ser distinguida del capitalismo liberal, que responde a una serie de reglas y abstracciones que buscan reducir a un sector de la humanidad a cierto grado de servidumbre recortando por motivos egoístas la libertad que Dios le diera originalmente al hombre.

 

Tres aspirantes a usurpar el poder mundial

 

En lo político-económico surgen al final del siglo XIX tres distintas variantes que se disputan el dominio de Occidente y el mundo. Éstas son:

·         El Capitalismo Liberal

·         El Socialismo Fascista

·         El Socialismo-Comunismo

 

Muchos y buenos economistas e historiadores han definido estos términos. Para los propósitos de este escrito lo único que nos interesa es que esas tres variantes se proponen un mundo sin Dios, la abolición de la libertad humana, y la destrucción de la economía natural que no conviene a sus designios. Las tres variantes proponen la regulación de la actividad económica como arma para someter a la humanidad a un proyecto común. En él el individuo es un mero engranaje en la maquinaria de producción de la que se beneficia solamente una minoría de elegidos.

 

El orden cristiano es el enemigo natural de este nuevo orden. Históricamente hablando, las fuerzas desatadas por la Gran Guerra Europea destronan o neutralizan a las cabezas coronadas de Europa y se apoderan de los resortes del Estado en muchos países. Para 1939 en Norteamérica rige el capitalismo liberal; en la recientemente creada Unión Soviética rige el socialismo-comunismo; mientras que en Alemania, Italia y muchos países de Latinoamérica rige el fascismo en sus diferentes formatos. En la guerra iniciada en 1939 que continúa en la Guerra Fría, estos tres sistemas buscarán infructuosamente la hegemonía sin lograrlo. Hacia fines del siglo XX parecen homogeneizarse por medio de adoptar parcialmente algunas políticas de sus antiguos adversarios.

Es necesario agregar una nota sobre el uso contemporáneo de la palabra “fascismo” sin olvidar su significado original [1]. En estos días que corren los cultores del marxismo cultural usan la palabra “fascismo” como un mote denigrante que aplican tanto a los fascistas bien definidos (que presentemente son escasos) y a cualquier otra posición política que ellos deseen denigrar. Entre estos otros están las personas que naturalmente entienden que su fe religiosa, su patria, su familia, su propiedad, su profesión, etc. son cosas dignas de ser defendidas y atesoradas. Estos individuos de bien son naturalmente nacionalistas en el mejor sentido de la palabra, pues no son una masa chauvinista inflamada por la retórica de un líder que quiere utilizarlos políticamente; no responden a una ideología diseñada por quienes desean utilizarlos y despojarlos de su libertad. Más bien esas personas son ciudadanos que aman su fe, su patria, su familia, porque naturalmente razonan y entienden la nobleza del mundo natural ordenado por Dios y desean conservarlo así. Que los marxistas culturales tachen a estas personas de fascistas es un abuso y una falsedad, pero además es una especie de “proyección” freudiana, ya que muchos de los sistemas engendrados por el marxismo cultural entran sin mayores problemas en la definición clásica del fascismo [2].

 

Habiendo hecho esa aclaración vuelvo al tema que me ocupa. La exitosa ofensiva cultural del marxismo cambiará la cara del mundo en los años que siguen al fin de la II Guerra Mundial. Es esta ingeniosa y destructiva variante la que analizaremos ahora.

 

La corrupción del mundo

 

Llegamos así a esa consecuencia inesperada de la Reforma Alemana que es el marxismo. Nos conviene retener lo leído hasta ahora como un marco de referencia sin olvidar que la conquista cristiana del Imperio Romano fue primeramente una conquista moral, luego cultural, y finalmente intelectual y física. Todo ese tiempo la Iglesia libró una batalla en dos frentes: uno, el frente del mundo pagano; y otro, el frente de la sedición interior producida por sectas y disidentes internos de todo tipo. De entre estos últimos nos llegaría el mayor desafío de la historia, un ataque frío y coordinado, diseñado desde el principio para destruir no solamente a la Iglesia sino también a todo lo bueno que ella sembró en el mundo.

 

“Éstos son fuentes secas y nubes llevadas por el huracán, a quienes está reservada la oscuridad de las tinieblas. Hablando palabras altisonantes, pero vacías, seducen con las pasiones de la carne y el libertinaje a los que acaban de alejarse de los que viven en el error. Les prometen libertad, mientras que ellos son esclavos de la corrupción, pues uno queda esclavo de aquel que le vence. Porque si, después de haberse alejado de la impureza del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, se enredan nuevamente en ella y son vencidos, su postrera situación resulta peor que la primera. Pues más les habría valido no haber conocido el camino de la justicia que, una vez conocido, volverse atrás del santo precepto que les fue transmitido. Les ha sucedido lo de aquel proverbio tan cierto: ‘el perro vuelve a su vómito’ y ‘la puerca lavada, a revolcarse en el cieno’.” (2 Pedro 2,17-22).

 

Occidente está en los tramos finales de una revolución cultural, moral y religiosa. De entre las mismas filas de nuestros intelectuales, estadistas, políticos y clérigos se ha levantado un movimiento secularista y agresivamente antirreligioso que conquistó primeramente las aulas de las universidades y seminarios así como también las élites académicas de casi todo el orbe.

 

En la década de 1960 este movimiento completó la conquista de las instituciones de enseñanza y rápidamente se extendió al plano individual conquistando la mente y la imaginación de los jóvenes, especialmente de aquellos que iban a ser en pocas décadas los líderes políticos del mundo occidental.

 

Así comenzó la Kulturkampf, la guerra cultural que aún arde en muchas partes del globo. En esta guerra el secularismo ha ganado la mayor parte de las batallas y se ha impuesto en el mundo intelectual, entre los académicos, en los escenarios de la industria del entretenimiento y en buena parte de la comunidad política. Aunque no ha logrado controlarlo todo, ahora es mucho más fuerte que lo que era a principios del siglo XX.

 

Nos enfrentamos a una fuerza anti-Dios, anti-tradición y anti-cristiana, resuelta a revolucionar y cambiar fundamentalmente al mundo entero. Debemos considerar especialmente la fuerza divisiva de la así llamada “Revolución Sexual”, que ha sido usada –como veremos más adelante– como un ariete para dividir y debilitar a las sociedades occidentales y aun a la Iglesia. De tal manera que hoy tenemos “dos mundos” que difieren el uno del otro intelectualmente, moralmente y teológicamente. Por definición estos dos mundos no pueden coexistir de manera pacífica ya que inevitablemente uno debe prevalecer sobre el otro.

 

En los años que siguieron a la gran guerra y especialmente desde el fin de la II Guerra Mundial parecía que se impondría el capitalismo apoyado tenuemente sobre las bases de la moral cristiana con una visión cristiana del mundo y de la historia. Esto fue cierto por un tiempo. En lo político y militar las pujantes economías de posguerra fueron capaces de contener las formas más virulentas de fascismo y socialismo-comunismo tanto en lo militar como en lo económico. Sin embargo el “marxismo cultural” fue claramente capaz de ganar la batalla de la cultura. Hoy el marxismo y sus variantes son la parte dominante del panorama cultural. La situación ha progresado hasta el punto en que los tradicionalistas somos la contra-cultura. El mundo se ha dado vuelta en menos de cien años pero el proceso que logró este cambio ha estado latente por siglos.

 

El marxismo 1.0 fracasa miserablemente

 

En el centro del marxismo está la necesidad de que el Estado sea dueño de los medios de producción y que el mismo disponga de los bienes producidos de manera que ‘beneficie a todos por igual’. En tanto el capitalismo liberal busca que el reparto lo haga el proceso de oferta y demanda altamente regulado e inclinado a favorecer los intereses de las grandes corporaciones multinacionales que no tienen lealtad a ninguna bandera o pueblo. El fascismo propone una mezcla de ambas cosas con la clase trabajadora socializada y puesta al cuidado de una selecta minoría de elegidos a los que la nación debe obediencia total.

 

¿Cómo fue que los promotores del comunismo marxista pudieron idear una manera de conquistar Occidente? No lo lograron con armas o ejércitos sino con valores, con referentes culturales y las ideas que surgen como consecuencia de su aceptación.

 

Karl Marx trazó una hoja de ruta para la imposición de sus ideas. La frase “Trabajadores del mundo: ¡uníos!” resume el plan de Marx para lograr el dominio de las fuentes de producción por medio de galvanizar a las clases trabajadoras. Una vez que los proletarios del mundo estuviesen unidos en un solo bloque, harían sentir su fuerza y dominarían eventualmente las fuentes de la riqueza mundial, deponiendo a los empresarios capitalistas y decidiendo su propio destino. El marxismo veía los grandes defectos del capitalismo liberal y proponía unir a los obreros del mundo entero para imponer una “dictadura del proletariado” que llevaría a cabo la construcción de un mundo nuevo modelado de acuerdo a las ideas marxistas. Pero la rebelión de los trabajadores nunca llegó. En vez de eso, en 1914 los trabajadores del mundo se alinearon con sus líderes tradicionales, bajo sus respectivas banderas y lucharon por sus reyes y gobernantes en la Gran Guerra de 1914-1918. Fue una desilusión total para los marxistas de la primera generación cuando los trabajadores del mundo probaron más allá de toda duda que estaban más identificados con sus tradiciones nacionales, monarcas, iglesias, costumbres, etc. que con las nebulosas abstracciones de Karl Marx. El proletariado no salió a luchar por una sociedad sin clases, más bien salió a luchar por la sociedad en la que esos hombres habían nacido y crecido. La idea marxista falló y –si fue impuesta en Rusia en la Revolución de Octubre de 1917– fue más el resultado forzado por una minoría de intelectuales moscovitas, astutos y oportunistas, que lograron manipular las circunstancias a su favor para copar el poder. No hubo una unión del pueblo o de los trabajadores para luchar por una sociedad sin clases. [3]

 

Marxismo 2.0, el copamiento de la cultura

 

Con el tiempo los marxistas se dieron cuenta que debían usar métodos diferentes. Los trabajadores no iban a luchar para darles a ellos el control del mundo y así instalar una sociedad sin clases. Aquí entra en la escena un italiano llamado Antonio Gramsci quien –mientras se hallaba en prisión– concibió y puso al papel una serie de planes que luego se recopilaron bajo el título de Quaderni del carcere o sea “los cuadernos de la prisión”. Allí Gramsci expone su idea de la “larga marcha por las instituciones”. ¿Qué era esta “larga marcha” que Gramsci proponía? Frustrado por el éxito y la popularidad del fascismo, por la inagotable energía del capitalismo y los escasos resultados que el marxismo estaba obteniendo entre los italianos, Gramsci y sus compañeros cayeron en cuenta que los trabajadores estaban demasiado inmersos en sus respectivas culturas como para interesarse en las difusas abstracciones marxistas. Teniendo esto en cuenta, Gramsci propone un plan de lucha distinto: el marxismo debe integrarse a la cultura y cambiar la forma de pensar de las personas. Era necesario desalojar el patriotismo tradicional, el amor a las tradiciones nacionales, el apego al país natal, a Dios y a la religión porque estos elementos obraban como una pared que les impedía realizar la revuelta internacional que las ideas marxistas demandaban. Era entonces necesario desgastar y eventualmente destruir los fundamentos culturales de la sociedad occidental.

 

El foco de acción de esta larga marcha serían desde entonces la mente y las motivaciones del individuo. Era necesario entrar subrepticiamente en las escuelas, universidades, seminarios, iglesias y sobre todo en los medios de comunicación: periódicos, editoriales, productoras de cine, estaciones de radio, agencias de noticias y en la incipiente industria de las grabaciones musicales para ir creando al principio una cultura paralela que luego pudiera reemplazar a la cultura entonces dominante, minando así las creencias y convicciones cristianas. De esta manera se esperaba que la mayoría de la gente abrazara los ideales marxistas, abriéndose así las puertas de la Cristiandad al asalto final de estas fuerzas hostiles.

 

Es necesario distinguir este asalto como un asalto cultural distinto pero coordinado con las fuerzas políticas a disposición del marxismo. En vez de asaltar militarmente a la Cristiandad marchando para forzarla a adoptar ideas políticas extrañas, la gran marcha se realizaría a través de las artes, la educación y los medios de comunicación. En esto consiste la silenciosa y sistemática erosión que sufren los cimientos de la civilización occidental. Este trabajo de zapa tiene un solo objetivo: hacer que la sociedad sea más receptiva a la toma del poder político por los marxistas concentrados en realizar su sueño de un nuevo orden mundial sin clases sociales y sin ciudadanos en conflicto con los planes de la élite dirigente. Para llegar a ese punto era necesario destruir la cultura cristiana, lo que una vez se llamó Cristiandad o civilización occidental.

 

Religio depopulata

 

Si se separa a la gente de su religión se la separa de su comunidad con otras personas de la misma identidad religiosa. Al atacar la religiosidad el marxismo atenta contra el mismo centro de la persona. La idea es atomizar al hombre para luego someterlo. El slogan de Marx se contradice bastante con las acciones de los nuevos marxistas. El grito de “Trabajadores del mundo: ¡uníos!” se transformó en una demanda silenciosa que rezaba “Trabajadores del mundo: ¡separaos!” De ahí la genialidad de los patriotas polacos que bautizaron a su movimiento sindical “Solidaridad”, llevándole la contra al marxismo que busca encerrar al hombre en sí mismo, acobardándolo, transformándolo en un ente que no ama ni es amado por nadie. La ayuda y la solidaridad naturales a cualquier grupo humano es la base de toda religión y por eso la religión es el gran enemigo del marxismo que se propone imponerse sobre la voluntad humana como un dios para oprimir al hombre y negarle su individualidad.

 

El marxismo cultural ataca a la religión porque es una forma colectiva de asociarse y sostenerse. En eso el Estado marxista no admite competidores porque pretende ser el que forma al individuo desde la cuna exclusivamente para sus propios fines. Una vez adoctrinado, el individuo verá en el individualismo un vicio y en el colectivismo marxista una virtud. Las repúblicas constitucionales con sus protecciones legales al individuo son el segundo enemigo del marxismo. Los términos “república popular” o “república democrática” tan usados por los soviéticos en su tiempo, se entienden jocosamente hoy día porque la gente siempre supo –a pesar de la propaganda– que esos términos eran mentirosos. Nunca hubo verdadera representación republicana en la Unión Soviética y la apelación a términos como “popular” o “democrática” no alcanza para ocultar la realidad de un solo partido cuyos dirigentes –una nueva oligarquía– viven la gran vida a expensas del pueblo; o la falta total de poder representativo del individuo que no tiene más remedio que “elegir” un solo candidato. El éxito del marxismo es incompatible con la supervivencia de las repúblicas representativas como forma de afirmación y protección de los derechos del individuo ante el poder avasallador del Estado. De ahí que los marxistas culturales promuevan el “multiculturalismo” o la inmigración incontrolada con el objeto de diluir la identidad nacional de cada país.

 

La Escuela de Frankfurt

 

En 1923 ciertos miembros del Partido Comunista Alemán fundaron un instituto en la Universidad de Frankfurt. Éste fue llamado originalmente el “Instituto para la Investigación Social” pero luego sería llamado simplemente la Escuela de Frankfurt.

 

Esta nueva generación de marxistas bajo la dirección de Max Horkheimer buscaba aprender de los errores que los habían llevado al fracaso en los años que precedieron a la Gran Guerra. Oportunamente se dieron cuenta que Gramsci estaba en lo correcto, que asaltar las instituciones frontalmente no iba a causar el derrumbe del sistema imperante. Antes era necesario cortar la yugular cultural del sistema y eso requería la ya mencionada “larga marcha por las instituciones”.

El nuevo llamado a la acción consistía en cambiar la cultura occidental para facilitar la revuelta global de los trabajadores. La creación de una cultura receptiva al colectivismo que reemplazara gradualmente a la cultura cristiana era el nuevo objetivo que luego fue descompuesto en varios sub-objetivos secundarios. Ya mencionamos la debilitación y la ruptura de la religión: ahora era el turno de la familia. Destruir la idea de la familia como unidad de soporte y refugio del individuo ya había sido practicado en Rusia con las leyes que habilitaron el “amor libre” llenando las ciudades de huérfanos y niños abandonados, fértil terreno para el adoctrinamiento comunista. Sin familia el individuo tendría que recurrir al Estado en casos de necesidad.

 

Mientras estos genios de Frankfurt pensaban cómo reventar la cultura, Adolfo Hitler subió al poder. Entre los líderes de la Escuela de Frankfurt había muchos judíos y una organización marxista con miembros de esa raza no era exactamente lo que Hitler amaba. El Führer era básicamente anticomunista y antisemita. Los miembros de la escuela tuvieron que hacer las maletas pronto ¿A dónde se marcharon? ¿A Rusia? No, se fueron a los Estados Unidos, donde un académico de izquierda puede vivir bien sin mezclarse mucho con el sudoroso proletariado. Con la ayuda de la Columbia University –que algunos llaman jocosamente Communist University– establecieron una cabeza de playa en ese país, capitalista por excelencia.

 

Terrorismo cultural

 

Un miembro prominente de la Escuela de Frankfurt, György Lukács, nos deja estas interesantes reflexiones en una grabación magnetofónica muchas veces citada: “Yo veo la destrucción revolucionaria de la sociedad como la única solución. Un cambio mundial de valores no puede tener lugar si los revolucionarios no aniquilan previamente los antiguos valores.”

 

Lukács es el creador del “terrorismo cultural” que nos legó la educación sexual en todos los niveles de enseñanza, la cual se usó y aún se usa para inyectar conceptos como “amor libre”, “la obsolescencia de la monogamia”, la “irrelevancia de la religión”, la “naturaleza arcaica de la familia de clase media” y otras monstruosidades por el estilo.

 

Por estos medios se viene llamando a la juventud a rebelarse contra la moral tradicional y los valores fundamentales de la fe cristiana y de la civilización occidental. Estas ideas dieron origen y son los cimientos de la así llamada revolución sexual de las décadas de 1960 y 1970. Estos ideales fueron abrazados sin mayor resistencia por los hijos de aquellos que pelearon la II Guerra Mundial, esos cuyas inhibiciones naturales ya habían sido debilitadas por las drogas y el alcohol. Muchos se preguntan qué le pasó al mundo en el que una vez crecieron y la respuesta es obvia: la mayor parte de ese mundo ha desaparecido y ha sido reemplazado parte por parte por los ingenieros sociales del marxismo de posguerra. Como dijo una vez –casi proféticamente– el activista norteamericano Abbie Hoffman: “vamos a capturar a vuestros hijos” que es exactamente lo que ha ocurrido. Nuestros hijos viven en territorio ocupado por los mentores del terrorismo cultural. Ahora caminamos por las calles de este mundo y estamos aterrorizados por cierta clase de jóvenes de aspecto desaliñado que parecen abundar en todos lados.

 

La herencia de Gramsci

 

Gramsci murió en 1937 pero sus escritos sobrevivieron y se convirtieron en el plan estratégico para descristianizar a Occidente: “El mundo civilizado ha estado completamente saturado de cristianismo por dos mil años. Cualquier país fundado sobre los valores judeo-cristianos no puede ser tomado hasta que esas raíces hayan sido cortadas, pero para cortar las raíces, para cambiar la cultura, una larga marcha por las instituciones es necesaria. Sólo entonces el poder caerá en nuestras manos como una fruta madura.”

 

La nueva generación del libertinaje, enemiga de la libertad, estuvo más que bien dispuesta a aceptar la propuesta del marxismo cultural. La generación hippie cayó en manos de sus manipuladores “como una fruta madura”. La armadura cultural del capitalismo, el cristianismo, comenzaba a mostrar sus primeras rajaduras. En la década de 1960 los cristianos comenzaron a retroceder ante el avance de la revolución cultural en curso. La literatura y el cine se llenaron de personajes cristianos pintados negativamente mientras que el mismo demonio era presentado como un personaje divertido y accesible. El título de una famosa canción de los Rolling Stones en esa época lo dice todo: “Simpatía por el Demonio”. La pornografía comenzó a ser popular a medida que nuevas formas de distribución se inventaban para abaratar el costo final al público. Mientras tanto, ciertas películas como Love Story presentaban el sexo premarital como una cosa no solamente deseable sino también sana y hasta necesaria. La respuesta de la Iglesia a esta andanada de inmoralidad fue apenas una tibia condenación que no pasó de ser académica. Desde el púlpito, la mayoría de los clérigos no hablaba en contra de esas cosas. Hubo religiosos que trataron de presentar esta “nueva moral” bajo una luz positiva en un vano intento de no perder su ascendencia sobre la grey. Ese esfuerzo patético, que llevó cosas como la música profana a los altares de la Santa Misa, terminó espantando más que atrayendo a la gente. Los bancos de las iglesias se vaciaron y muchas iglesias terminaron sus días desacralizadas y vendidas para cubrir los gastos diocesanos. La Iglesia se rindió sin siquiera ofrecer resistencia. En algunos países se dejó de rezar en las escuelas, se retiraron los crucifijos de las aulas, se dejó de enseñar el contenido de los libros sagrados y se expurgaron los pensadores cristianos de la enseñanza. En los Estados Unidos, durante la administración demócrata de Lyndon Johnson, se prohibió el rezo de oraciones en la escuela aduciendo que violaba la separación de Iglesia y Estado. En realidad, a partir de ese momento el Estado no solamente se separó de las confesiones religiosas cristianas sino que comenzó a portarse en forma hostil con ellas. Cuando el mismo gobierno ordenó a las iglesias guardar silencio en temas políticos, todos obedecieron a pesar de la clarísima y rampante inconstitucionalidad de esa orden que ni siquiera emanaba del Congreso sino simplemente de los burócratas de la oficina federal que regulaba los impuestos. Se hizo evidente entonces que, a menos que la gente resistiera reclamando con energía esas libertades perdidas, nunca se recuperaría la cultura cristiana que se derrumbaba ante la vista del mundo entero.

 

Lo que queda claro ahora, ya que han pasado muchos años desde entonces, es que éstas fueron las primeras medidas diseñadas para que la gente no usara sus iglesias y asociaciones religiosas para fines útiles. La idea de los marxistas culturales estaba dando resultado: la gente con diversos problemas de subsistencia debía recostarse en el Estado y ni tan siquiera pensar en buscar ayuda en la iglesia local. Recuerdo una anécdota que alguien me refirió; era la historia de un hombre que atravesaba un período de dificultades en su vida y decidió ir a confesarse. Imaginen la sorpresa de este hombre cuando el confesor le informó que el gobierno de ese Estado podía referirlo a un psicólogo gratuito. ¿Habría hecho semejante cosa Nuestro Señor? No. Sin embargo Él mismo nos anunció que “por el aumento de la maldad, el amor de muchos se enfriará” y no se equivocó en absoluto.

 

El marxismo busca separar al hombre de sus puntos de referencia culturales por medio de romper las conexiones ancestrales que mantienen unida a la sociedad de tal manera que la gente instintivamente termine considerando al Estado como la única alternativa en momentos de necesidad. Los medios que se usan para lograr el cercenamiento de los antiguos lazos son: el arte, la literatura, el cine, la televisión, la prensa, etc. que implantan ciertas ideas y conceptos que preparan el terreno para la siembra de ideas colectivistas. Cuando el entrenamiento está terminado, el individuo solamente ve al Estado como el gran padre, la gran solución para todas las cosas.

 

Colectivismo y libertad

 

La humanidad no es una simple agrupación de voluntades separadas e independientes. Desde tiempos inmemoriales hemos participado con una sola voluntad en tareas que se proponen para el mayor bien del mayor número de personas. Así el hombre voluntariamente entrega una parte de sus esfuerzos y una medida de obediencia a quienes son capaces de liderar y llevar a cabo un proyecto común. La cultura misma es el resultado de un esfuerzo colectivo en el que todos colaboramos con algún aporte de acuerdo a nuestras particulares capacidades. El marxismo cultural utiliza el colectivismo como una manera de politizar los esfuerzos sociales, entregándolos a la autoridad de una élite marxista, y sometiendo a los participantes a un programa rígido que en esencia intenta destruir la condición humana de todos los participantes, tanto dirigentes como dirigidos. Esta visión implica que, si algo es suficientemente importante, debe ser puesto bajo la responsabilidad del Estado, quien se asegurará de que todos se conformen a la realización del proyecto. Nótese la inversión de la dirección moral –que es la única diferencia entre las dos formas de colectivismo–: en la primera el hombre entrega de buena gana el esfuerzo y el talento del que dispone pues él mismo y aquellos a quienes él ama y estima (familia, patria, nación) serán los beneficiarios de su generosidad. Eso indica que el objetivo del proyecto es el beneficio del hombre mismo y la realización del proyecto ennoblece a los que colaboran, como bien lo dice la Biblia: “que el hombre vea el bien por todo su duro trabajo. Es el don de Dios” (Eclesiastés 3,13). La variante del marxismo práctico apunta a que el hombre trabaje pero no vea el bien que resulta de la entrega generosa. Lo que aparece para reemplazar a la libre voluntad del individuo es la coerción del Estado. Una vez que el marxismo logra el control de las definiciones morales, toma el comando de la situación y sus dirigentes deciden por sí mismos qué deben hacer los hombres bajo su dominio sin importarle su voluntad individual. En la asociación natural los hombres son voluntarios movidos por el amor fortalecido por los lazos naturales que lo unen a su familia, patria y nación; mientras que en la asociación colectivista del marxismo o el fascismo los hombres son reclutas motivados por el miedo al poder opresor del Estado que aduce una necesidad moral para quitarle al hombre el mayor grado de libertad posible. En este orden perverso el individuo pierde su humanidad y también la pierden sus dirigentes: nadie, absolutamente nadie, es ciudadano. De esa manera el problema que se busca resolver por medio de la acción colectiva termina generando un daño mayor que la inacción pues por la acción colectivista dictatorial se pierde la condición humana de todos los que participan. El hombre no conoce mayor daño en este mundo que la negación de su propia humanidad.

 

Teoría crítica

 

Teoría crítica, en filosofía, se denomina al trabajo teórico de los pensadores de diferentes disciplinas relacionados con la Escuela de Frankfurt: Theodor Adorno, Walter Benjamin, Max Horkheimer, Herbert Marcuse, Jürgen Habermas, Oskar Negt, Hermann Schweppenhäuser, Erich Fromm, Albrecht Wellmer y Axel Honneth, entre otros que ya hemos nombrado antes. La idea de la teoría crítica es el examen agresivo de todo aspecto de la vida tradicional y su análisis desde una perspectiva marxista. Ciertas cosas que son generalmente aceptadas como “Colón descubrió América”, “Cervantes el autor del Quijote”, “hogar dulce hogar”, “el trabajo honesto ennoblece”, “la libertad es un atributo natural del hombre”, “la familia es la base de la sociedad”, “la Biblia es la Palabra de Dios”, “con mi patria para bien o para mal” etc. Todas estas cosas son sistemáticamente atacadas en el cine, en los medios, entre los educadores y hasta entre nuestros clérigos. De esta manera la juventud es constantemente adoctrinada por esas fuentes y se rinde a ellas porque se presentan como la voz de la verdad que les ayuda a no creer en “supercherías” originadas en las “edades oscuras”. Así los jóvenes pierden todo punto de referencia moral o intelectual y gradualmente se vuelven incapaces de formar sus propios juicios, aceptando en cambio –como si fuera una verdad revelada– el consenso de la mayoría académica y mediática marxista que lo rodea. Así esos referentes tradicionales son reemplazados por cosas como “el patriarcado represivo”, “los colonos siempre maltrataban a los indios”, “la Inquisición mató a millones de personas”, “las cruzadas fueron genocidios financiados por el Vaticano”, “el oro de la Iglesia podría alimentar al mundo entero” y otras barbaridades que nadie analiza en lo más mínimo pues el análisis agresivo se limita a las creencias o principios tradicionales mientras que no se permite analizar del mismo modo las propuestas marxistas.

 

Así se llega a aceptar como verdades incontestables que el sistema está controlado por “banqueros y políticos racistas que además son antisemitas, xenófobos, misóginos, sexualmente frustrados, adheridos a principios religiosos obsoletos e hipócritas” [4] y un largo etc. que todos hemos escuchado ya demasiado. Cuando estos principios han encontrado su hogar en el corazón de los jóvenes como una semilla enterrada en tierra fértil, comienza a dar fruto que aparece en las conversaciones, historias, libros, canciones, obras de teatro, y en todo lo que produce esa generación. Estamos presenciando el efecto de este anti-evangelio en la cultura. Donde el Evangelio de Cristo dio vida a Occidente, ahora el mensaje del marxismo cultural produce la cultura de la muerte y arrastra al abismo todo lo que encuentra para allí construir la abominación final que emergerá de las profundidades para enfrentar a Cristo mismo.

 

Conclusión

 

No es un placer pasar por este tiempo. Hemos nacido en “esta hora” para dar testimonio de la verdad y ésta es quizás la hora más impermeable a la verdad de toda la historia humana. Es una época que “no puede tolerar la verdad sino que ama la mentira” y hasta ha producido aquella canción de los años 1980 “tell me lies, tell me sweet little lies” [5] un insidioso sonsonete con un mensaje terrible para los pobres jóvenes en cuyas mentes se plantó.

 

¿Qué haremos? Pues, haremos verdad. No queda otro remedio. Es posible que la verdad argumentada, presentada coherentemente, sea proscripta brutalmente por algún reglamento mundial del Anticristo. Deberemos entonces hacer verdad con nuestra forma de vivir o de morir por la verdad. Tenemos el ejemplo de los santos y mártires de toda la historia que vivieron sus propios apocalipsis personales y nos dejaron su enseñanza. De entre esa “nube de testigos” que supieron declarar la fe con todos sus actos y en toda ocasión, extraigo dos: San Agustín de Hipona y San Isidoro de Sevilla, que son –no es casualidad– dos santos que vivieron en el ocaso de Roma. Ambos fueron santos que “hicieron verdad” al filo del fin del mundo. Cuando el Imperio se desmoronaba y aún no había una Cristiandad, pusieron las bases para que Occidente creciera de las semillas por ellos sembradas: las bibliotecas de San Isidoro salvadas de perecer calentando a los godos en fogatas de invierno. Y los pensamientos de Agustín de Hipona que dieron a la Iglesia las bases de su primera teología sistemática. Agustín e Isidoro contemplan el futuro desde las alas del Espíritu Santo; vieron muy lejos, más allá de la ruina y el desorden de esos difíciles años. Sabían ambos que el Espíritu de Dios flotaba sobre la haz del abismo recreando todo, ordenando el caos. La fe de ellos es valiosa porque trabajaron sembrando para que otros, en siglos futuros, pudieran cosechar.

 

Esos dos santos son un buen ejemplo a seguir. No podemos curar el mundo que se ha marchado ya muy lejos de Dios, pero podemos dar testimonio de la verdad defendiendo nuestra fe. Si Cristo tiene que adelantar Su venida para evitar que perezca toda carne, es porque la cosa se va a poner mucho más dura de lo que está. La densa oscuridad cubrirá la tierra. De hecho, ya está bastante oscuro y sin embargo cuanto más avanzada esté la oscuridad, más cerca estará el Señor de nosotros, listo para rasgar la negra noche del mundo diciendo: “No temáis, rebaño pequeño, porque vuestro Padre ha decidido daros el reino.” Es el deber de un cristiano verdadero el trabajar y orar para ver esa hora.

 


 

[1] El fascismo es una ideología surgida en Europa entre 1918 y 1939 cuyo fundamento son las ideas y práctica política del italiano Benito Mussolini. El término proviene del italiano fascio (haz, fasces), y éste a su vez del latín fasces (plural de fascis). Su objetivo político es el corporativismo estatal totalitario a la par de una economía dirigista, que se propone lograr por medio de la sumisión de la razón a la voluntad y la acción, deformando hacia el chauvinismo el concepto de nacionalismo clásico y contaminándolo con componentes victimistas o revanchistas, en un marco de violencia social contra los enemigos del Estado, a los que se opone un eficaz aparato de propaganda y represión. Presenta una negación a ubicarse en el espectro político aunque generalmente se lo ubica a la derecha extrema del mismo asociándolo con la plutocracia e identificándolo algunas veces como capitalismo de Estado, o bien identificándolo como una variante del socialismo de Estado. Se presenta como una “tercera posición” opuesta al capitalismo liberal y al socialismo-comunismo de tipo soviético.

 

[2] Ver nota 1.

 

[3] Como nota aparte, debe destacarse la enorme ayuda que la URSS recibió de los Estados Unidos entonces, durante la administración de Woodrow Wilson, que puso a disposición del gobierno de Lenin ingentes cantidades de dinero, alimentos, semillas y maquinarias agrícolas sin los cuales la Revolución de Octubre habría fracasado estrepitosamente. Uno sospecha que los motivos de Wilson no fueron quizás muy altruistas. Una Rusia capitalista habría sido un formidable adversario comercial para los Estados Unidos en el mundo de la posguerra. El socialismo-comunismo, con su sistema de centralizar la producción y la administración de todo, prácticamente garantizaba la continua debilidad de la economía soviética. Confirman esa sospecha las hambrunas y las matanzas que continuaron hasta bien entrada la década de 1930 y el calamitoso fin de la experiencia soviética. Mientras Rusia se desangraba en un experimento social que resultaría en un fracaso vergonzoso, quedaba el campo llano para que los capitales norteamericanos insertaran sus productos cómodamente en Europa y Asia.

 

[4] Fuente documental Cultural Marxism (Political Correctness) por James Jaeger.

 

[5] Fleetwood Mac, Tell me sweet little lies (traducción: “Cuéntame mentiras dulces y pequeñas”), 1986.

 

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Infidelidades y reformas –3

 

José María Iraburu

 

Absoluciones colectivas

 

La generalización en algunas Iglesias locales de la absolución colectiva en el sacramento de la reconciliación es también un grave sacrilegio, un abuso pésimo, que pone en duda la misma validez del sacramento. Es un gran escándalo que en no pocas Iglesias y en muchas parroquias haya, de hecho, sólo seis sacramentos, y no siete. Y que ese terrible abuso dure decenios.

 

El Espíritu Santo aborrece los sacrilegios, y llama siempre a conversión, queriendo dar su gracia para ella. Sabemos que «si alguien profana el templo de Dios, Dios lo destruirá» (1Cor 3,16).

 

Pudor y castidad

 

«Es ya público que reina entre vosotros la fornicación» (1Cor 5,1). Esta afirmación del Apóstol conviene hoy a no pocas Iglesias locales. Concretamente, conviene a todas las Iglesias que se han quedado afónicas para predicar con fuerza el Evangelio del pudor y de la castidad. No tienen suficiente convicción de fe en la necesidad de estas virtudes como para atreverse a predicarlas ni siquiera a los mismos cristianos. Parece increíble, pero así es.

 

La castidad, ya lo sabemos, perteneciendo a la virtud de la templanza, está en el primer escalón de la escala de las virtudes. Pero si los cristianos tropiezan en él, se verán impedidos para subir todos los otros escalones más elevados. Por eso hizo muy bien la Tradición católica al fomentar con especial empeño esta virtud en los cristianos principiantes –es decir, en la inmensa mayoría–, y al inculcarles gran horror hacia los pecados de lujuria, castigándolos gravemente en su disciplina pastoral.

 

También el pudor, poco conocido en el mundo grecorromano, fue eficazmente enseñado en la Iglesia primera. Las mujeres cristianas se distinguían claramente de las mundanas por su pudor y su castidad. Recordemos que la defensa de estas virtudes fue en ellas una de las causas más frecuentes para sufrir el martirio.

 

Quiso Dios que el hombre caído por el pecado experimentara vergüenza de su propia desnudez. Quiso Dios que los vestidos fueran para el hombre y la mujer una sustitución parcial del hábito del que estaban revestidos por la gracia primera. Quiso Dios que la desnudez fuera vista como grave pecado tanto en Israel como en la Iglesia. Y por eso, por obra del Espíritu Santo y de sus santos pastores, la desnudez impúdica desapareció prácticamente en la historia del pueblo cristiano. Es a mediados del siglo XX, cuando se acelera la descristianización y la apostasía, y cuando más crece el alejamiento masivo de la Eucaristía, es decir, de Cristo, cuando va apagándose en la Iglesia tanto la predicación de estas virtudes, como su práctica.

 

Es extremo el impudor que actualmente se ha generalizado entre los cristianos en las modas del vestir, en las costumbres de los novios y de los esposos, en la aceptación generalizada de playas y piscinas, en los entretenimientos usuales de diarios y revistas, de cine y televisión, que llegan a inficionar a veces hasta las mismas casas religiosas y sacerdotales. Mejor está, sin duda, el pudor entre budistas, hinduistas o en el Islam, que entre cristianos.

 

Ésta es hoy una de las mayores vergüenzas de la Iglesia –nunca antes conocida–, pues en muchas partes rechaza el Evangelio del pudor y de la castidad, como si fueran éstas unas virtudes añejas, ya superadas. Donde así está la Iglesia, parece dar por perdida la batalla contra el impudor y la lujuria, ya que apenas lucha por ellas con la invencible espada de la Palabra divina, que todo lo salva y transforma.

 

San Pablo en Corinto, ciudad portuaria, de mucho dinero y mucho vicio, presidida en la Acrópolis por el templo de Afrodita, en el que se ejercitaba la prostitución sagrada, combate con toda su alma contra la lujuria y el impudor, que, por lo que dice, eran generales entre los cristianos corintios recién conversos (1Cor 5,1).

 

El Apóstol, después de acusarlos de ello, les advierte severamente que, si perseveran en esos pecados, se verán excluidos del Reino de los cielos (6,9-11). Pero sobre todo les exhorta, positivamente, a participar de la castidad de Cristo, recordándoles que son miembros suyos santos (6,15-18), y templos del Espíritu Santo, que de ningún modo deben ser profanados (6,19-20).

 

No permitirá el Espíritu Santo que el Evangelio del pudor y de la castidad siga silenciado en tantas Iglesias. Él, por medio de los apóstoles, quiere «presentarnos a Cristo Esposo como una casta virgen» (2Cor 11,2).

 

Anticonceptivos

 

En Seminarios, Facultades, Editoriales católicas, Librerías religiosas, Cursos Prematrimoniales, Grupos de Matrimonios, así como en la práctica del sacramento de la confesión, se ha difundido tanto el error en graves cuestiones de moral conyugal, que hoy en no pocas Iglesias la mayoría de los matrimonios católicos profanan el sacramento con «buena conciencia». Así se enfrentan con Dios y con su Iglesia, usando habitualmente, cuando lo estiman conveniente, de los medios anticonceptivos químicos o mecánicos, que disocian amor y posible transmisión de vida. También esta profanación generalizada del matrimonio cristiano es sin duda una de las mayores vergüenzas de la Iglesia en nuestro tiempo. Es un escándalo.

 

En noviembre de 2003 el Obispo de San Agustín (Florida, EE.UU.), Mons. Víctor Galeone, publica una pastoral sobre el matrimonio.

 

En ella se atreve a decir: «La práctica [de la anti-concepción] está tan extendida que afecta al 90% de las parejas casadas en algún momento de su matrimonio... Puesto que uno de las principales funciones del obispo es enseñar, os invito a reconsiderar lo que la Iglesia afirma sobre este tema».

Recuerda seguidamente la doctrina católica, y añade:

 

«Me temo que mucho de lo que he dicho parece muy crítico con las parejas que utilizan anticonceptivos. En realidad, no las estoy culpando de lo que ha ocurrido en las últimas décadas. No es un fallo suyo. Con raras excepciones, debido a nuestro silencio, somos los obispos y sacerdotes los culpables».

 

¿También ésta habrá de ser considerada una batalla perdida, perdida sin lucha? No permitirá el Señor que esta epidemia enferme a su santa Esposa, la Iglesia, indefinidamente. Suscitará Obispos y párrocos, teólogos y laicos santos que, con la fuerza del Espíritu Santo, enfrenten decididamente este error y este pecado, venciéndolo con la verdad de Cristo, y aplicando una disciplina pastoral adecuada.

 

¿Podrá en adelante ser ordenado un Obispo o un presbítero del que no conste que está firmemente dispuesto a difundir la verdad católica sobre el matrimonio, y a combatir los errores y los falsos doctores que la falsifican?

 

¿Es lícito seguir recibiendo al matrimonio sacramental a novios que están conscientemente determinados a usar anticonceptivos, es decir, que proyectan disociar tajantemente siempre que les parezca oportuno el amor conyugal y la posible transmisión de vida? ¿O que piensan acudir, llegado el caso, a técnicas reproductivas artificiales?

 

Al realizar el expediente matrimonial, el párroco hace a los novios media docena de preguntas en los escrutinios privados, para que los novios, respondiéndolas adecuadamente y rubricándolas con su firma, hagan constar que van al matrimonio «queriendo hacer lo que la Iglesia quiere». Pues bien, sería necesario que el expediente matrimonial incluyera dos declaraciones firmadas, una sobre la Misa, otra sobre la anticoncepción, que vinieran a decir lo que sigue:

 

–«Acepto el precepto de la Iglesia sobre la Misa de los domingos y días festivos, y me propongo firmemente cumplirlo».

 

–«Me comprometo sinceramente a no hacer uso en el matrimonio de medios anticonceptivos físicos o químicos, y a no acudir en ningún caso a técnicas reproductivas artificiales que la Iglesia prohíbe».

 

Unos novios que no van a Misa y que están decididos a seguir ausentes de ella –es decir, que no quieren vivir en la Iglesia–; unos novios decididos a usar cuando les parezca los medios anticonceptivos o las técnicas artificiales de reproducción, no deben ser pastoralmente autorizados al matrimonio sacramental, pues

–hay certeza moral de que en su vida conyugal lo van a profanar; y

–hay un fundamento grave para dudar de la validez de ese matrimonio.

 

Si los novios no creen ni quieren lo que la Iglesia cree y manda sobre el matrimonio, no están en condiciones de establecer lícitamente en la Iglesia, ni siquiera válidamente, un matrimonio sacramental. Atentarlo, pues, sería –es– un sacrilegio.

 

Evidentemente, las cláusulas nuevas que sugerimos para los expedientes matrimoniales, en las que los novios reconocen la inmoralidad absoluta de la anticoncepción y de la concepción artificial, son del todo inaplicables en tanto no haya una recuperación general de la moral católica conyugal en Obispos, párrocos y catequistas. Sin esta restauración de la doctrina católica, es impensable que los párrocos exijan a los futuros esposos una convicción moral que ellos mismos no tienen. Y del mismo modo, es imposible exigir que los novios se comprometan a cumplir unas normas morales que frecuentemente ven negadas o puestas en duda en la Iglesia, en libros, en cursillos prematrimoniales, etc.

 

Todavía un Obispo, el 16 de febrero de 2004, se muestra en una conferencia «afligido» por «la distancia entre la Iglesia docente y buena parte de la Iglesia discente» en diversas materias de moral conyugal. «Un número apreciable de moralistas participan también, en un grado y otro, de este malestar e “insinúan sobre estas situaciones un juicio moral más benigno” (Valsecchi, 1973). Convendrá, pues, que los teólogos «profundicen» más en estas cuestiones, ayudando al Magisterio, «de tal manera que se acercaran en estos puntos la “traditio” y la “receptio”».

 

Está claro, pues, que el saneamiento del matrimonio católico, hoy tan gravemente enfermo, ha de comenzar por los Obispos y sacerdotes. Grandes daños causan a los matrimonios los pastores que consideran la doctrina de la Iglesia Católica poco benigna o menos benigna que la de ciertos moralistas. Entre tanto, mientras el Espíritu Santo logra la unidad de los Pastores en la verdad católica de la moral conyugal, habrá que seguir celebrando, en una condescendencia pastoral patética, matrimonios «sacramentales» que contrarían claramente la verdad del matrimonio cristiano. Y ésta es una situación tan gravemente escandalosa, que no puede durar y perdurar.

 

El Espíritu Santo no quiere más sacrilegios en el sacramento del matrimonio. Quiere que la Iglesia de Cristo crea firmemente en la verdad de la moral matrimonial y ponga los medios para que no se sigan cometiendo tantos pecados. No quiere que en el matrimonio sacramental sea sistemáticamente profanado, una y otra vez, el amor conyugal, separando lo que Dios ha unido, esto es, el amor esponsal y la posible transmisión de vida. No quiere, al menos, que se siga cometiendo esta perversión con buena conciencia.

 

(José María Iraburu, Infidelidades en la Iglesia, Fundación GRATIS DATE, Pamplona 2005, pp. 40-41).

 

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Evolucionismo teísta, diseño inteligente y fe católica

 

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

 

¿Qué es el evolucionismo teísta?

 

Desde un punto de vista puramente terminológico, la expresión “evolucionismo teísta” debería designar simplemente la forma de pensamiento que combina “evolucionismo” y “teísmo”. Si “evolucionismo” se define en sentido amplio, como la doctrina que sostiene la mutabilidad y el origen interdependiente de las especies, que provienen las unas de las otras por transformación, a partir de un ancestro común; y si “teísmo” se define como un monoteísmo compatible con la teología natural católica, entonces, a mi juicio, en principio no habría nada que objetar al “evolucionismo teísta”.

 

Sin embargo, en la práctica la expresión “evolucionismo teísta” suele tener otro significado más cuestionable. Históricamente, el “evolucionismo teísta” ha surgido principalmente del intento de combinar una forma específica de evolucionismo (la teoría darwinista de la evolución) con la fe cristiana. A continuación trataré de mostrar que esa corriente principal del evolucionismo teísta (que debería llamarse en realidad “darwinismo cristiano”), debido a sus concesiones injustificadas a los adversarios de la fe cristiana, generalmente defiende diversas posturas contrarias a la fe o a una sana filosofía.

 

El evolucionismo teísta y el diseño inteligente divino

 

Muchos evolucionistas teístas sostienen una visión que podría describirse como “creación sin diseño inteligente” (o con diseño inteligente parcial). Veámoslo con más detalle. La tesis principal de esa corriente es que, aunque Dios es el creador de todos los seres vivos, no es su diseñador en un sentido propio y auténtico, porque los ha creado a través de un proceso evolutivo en el que desempeñan un rol primordial los fenómenos aleatorios: sobre todo las mutaciones genéticas aleatorias (según el mecanismo evolutivo postulado por el neodarwinismo), pero también el indeterminismo cuántico (según la teoría cuántica, interpretando la relación de Heisenberg como un principio de indeterminación física u ontológica).

 

En general, los autores de esta corriente niegan que la evolución biológica sea guiada inteligentemente por Dios. Más bien, Dios se habría limitado a crear un universo con leyes naturales (físicas y químicas) finamente sintonizadas para producir un ambiente capaz de soportar la vida biológica y la vida humana. Después de crear el primer ser vivo, Dios habría dejado que el mecanismo darwinista (mutación-selección), actuando autónomamente, produjera de un modo aleatorio las distintas especies, con sus diversas características anatómicas y fisiológicas.

 

Esta forma de concebir la creación de los seres vivos contradice el dogma cristiano. La Divina Revelación (transmitida en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia) enseña sin lugar a dudas que Dios no sólo ha creado todas las cosas visibles e invisibles, sino que lo ha hecho según un designio sapientísimo; y también que la Providencia de Dios gobierna todos los acontecimientos de este mundo, grandes y pequeños. La fe cristiana es totalmente incompatible con cualquier limitación del diseño inteligente o del gobierno inteligente del mundo y de la vida por parte de Dios. Esto es tan evidente que no me tomaré el trabajo de documentarlo aquí.

 

El evolucionismo teísta y el multiverso

 

La visión de una “creación sin diseño inteligente” es llevada a un extremo por algunos autores que intentan una justificación teológica del multiverso. La idea del multiverso ha sido propuesta y sostenida principalmente por motivos anti-teológicos. Dado que el diseño inteligente de nuestro universo y de sus seres vivos es casi evidente, para negarlo se suele recurrir hoy a un postulado audaz: hay un número inmenso o infinito de universos, de modo que el nuestro (que parece tan bien diseñado) es un mero resultado del azar. Según los evolucionistas teístas que defienden el multiverso (por ejemplo, Francis Collins), el uso del azar por parte de Dios juega un rol estelar no sólo en la evolución biológica, sino también en la evolución cósmica. Dios habría creado muchísimos o infinitos universos y en cada uno de ellos las cosas evolucionan sin intervención de Dios de tal modo que en uno de ellos, por puro azar, se ha producido una evolución biológica darwinista que dio lugar a la existencia del ser humano.

 

Esto es mala ciencia, porque no hay la menor evidencia científica del multiverso. Pero también es mala teología: Dios no necesita crear infinitos universos para ver si, de ese "juego de azar", resulta por casualidad algún universo que sirva a sus propósitos. Si Dios puede crear el universo de la nada, también puede diseñarlo inteligentemente según sus fines, empleando para ello (como medios o causas segundas) una combinación apropiada de fenómenos determinísticos o aleatorios. Para Dios no hay azar ni probabilidad. Dios conoce todas las cosas con certeza, en su eterno presente. Como Einstein, tiendo a pensar que Dios no juega a los dados; pero, y esto es lo decisivo, si Dios jugara a los dados, ningún resultado lo sorprendería, porque ninguno sería independiente de su inteligencia y su voluntad. Esto vale como argumento contra todos los evolucionismos teístas que defienden una creación sin diseño inteligente, tanto los más moderados (que niegan sólo el diseño inteligente de los seres vivos), como los más radicales (que niegan también el diseño inteligente del universo y de las leyes naturales).

 

El evolucionismo teísta y el darwinismo

 

Los evolucionistas teístas suelen pensar: a) que el darwinismo es una buena teoría científica, con una buena base experimental (los casos comprobados de microevolución); b) que no es un evolucionismo aleatorio; y c) que no favorece el ateísmo.

 

Estos pensadores no tienen en cuenta que la extrapolación de la microevolución a la macroevolución es infundada. Que el mecanismo darwinista (mutación-selección) pueda modificar las proporciones de las variantes de una especie presentes en una población local no prueba que sea capaz de crear el ojo o el ala, o de transformar un pez en un anfibio. Tampoco tienen en cuenta el peso abrumador de las objeciones contra el darwinismo que provienen de la paleontología, de la biología molecular y de la teoría de la información. He presentado con algún detalle esas formidables objeciones en el Capítulo 4 de mi libro Todo lo hiciste con sabiduría.

 

Los evolucionistas teístas suelen insistir en que la evolución darwinista no es aleatoria porque uno de sus factores (la selección natural) no lo es. No tienen en cuenta que, de los dos factores del mecanismo darwinista (mutación-selección) sólo el primero (las mutaciones) juega un rol creativo, mientras que el segundo (la selección natural) juega un rol meramente destructivo. En la teoría darwinista de la evolución, todas las nuevas variantes biológicas son generadas por las mutaciones genéticas aleatorias, que no son otra cosa que errores aleatorios en la copia de la información genética. Vale decir que, según la síntesis neodarwinista, una afortunadísima sucesión de errores de copia ha transformado al ancestro común primigenio (digamos, una bacteria) en un elefante o un ser humano; mejor dicho, lo ha transformado en ambas cosas y en muchísimas otras cosas más, a través de muchísimas y afortunadísimas sucesiones de errores.

 

Por otra parte, desde la misma época de Darwin, muchos cristianos y no cristianos han estado persuadidos de que el darwinismo era esencialmente una teoría atea. Ésa fue la razón principal por la que Darwin propuso su teoría, por la que Haeckel, Huxley y el Club X la difundieron, y por la que Wallace (co-descubridor de la selección natural, pero partidario del diseño inteligente) cayó en el olvido. Esto fue lo que captó inmediatamente Engels al leer la primera edición de El Origen de las Especies, escribiendo a Karl Marx: “La teleología todavía no estaba destruida. Y eso es lo que ha ocurrido ahora.” Además, es innegable que hoy (habiendo caído en desgracia el marxismo y el freudismo), el darwinismo es el principal sostén intelectual del ateísmo cientificista.

 

El evolucionismo teísta y el problema del mal

 

Muchos “evolucionistas teístas” cristianos, indebidamente impresionados por los argumentos ateos, piensan que es necesario recurrir a la indeterminación cuántica y al azar darwinista para poder resolver el problema del mal físico en general, y el problema de la “imperfección” de los organismos vivientes en particular. Así rechazan implícitamente las soluciones de la teología cristiana clásica al problema del mal, porque ésta no tuvo en cuenta en absoluto esos dos fenómenos, descubiertos recién en los siglos XIX y XX.

 

En realidad, ambos argumentos ateos son falaces: se basan en la falsa premisa de que un Dios infinitamente sabio y bueno no puede crear un mundo en el que exista el mal físico o un ser vivo con una determinada y supuesta imperfección. Pero los cristianos en cuestión dan por buenos estos argumentos falaces y por eso, para “disculpar” a Dios de la existencia de los males físicos o de las imperfecciones de los seres vivos, defienden una idea (incompatible con la fe cristiana) de creación sin diseño inteligente, en la que dichos males e imperfecciones son el resultado de procesos aleatorios no diseñados ni guiados por Dios.

 

En verdad, Dios no necesita de esas “disculpas” nuestras; pero si las necesitara, tampoco servirían, por dos razones: a) el azar no existe para Dios; b) incluso si (por el absurdo) el azar fuera algo incontrolable para Dios, Dios seguiría siendo responsable de las consecuencias del mecanismo aleatorio puesto en marcha por Él. Con perdón del ejemplo (pero no se me ocurre otro mejor): análogamente, es tan responsable de su propia muerte quien se suicida de un disparo a la cabeza que quien muere jugando a la ruleta rusa. En otras palabras, si se rechazan las respuestas cristianas clásicas a las objeciones ateas, ni la indeterminación cuántica ni el azar darwinista permiten resolver de veras el problema del mal. Dios es siempre responsable de su obra creadora, tanto si la lleva a cabo por medios determinísticos o por medios azarosos.

 

El evolucionismo teísta y el libre albedrío

 

Muchos evolucionistas teístas piensan que es necesario recurrir a la indeterminación cuántica para poder sostener el libre albedrío porque –dicen– en un mundo donde todos los cuerpos (incluso las neuronas cerebrales) siguen las leyes de la mecánica de Newton todos los movimientos están determinados por las leyes naturales, y entonces un ser humano no podría mover un brazo a la derecha o a la izquierda, según su libre elección. Un ente con suficiente capacidad de cálculo (como el ficticio “demonio de Laplace”) que conociera la posición inicial y la velocidad inicial de todas las partículas en el instante del Big Bang podría conocer anticipadamente toda la historia cósmica, hasta en sus menores detalles. No habría espacio alguno para el libre albedrío.  

 

Los “teístas” que piensan así rechazan implícitamente las respuestas de la teología cristiana clásica a las objeciones del mecanicismo, porque la teoría cuántica surgió recién en el siglo XX. Pero si se rechazan las respuestas cristianas clásicas al mecanicismo, la indeterminación cuántica no permite resolver de veras la cuestión del libre albedrío. Si el alma humana espiritual es incapaz de mover un brazo en un mundo donde vale la física newtoniana, ¿por qué sería capaz de mover un electrón en un mundo donde vale la física cuántica? Y a la inversa, si el espíritu es capaz de mover un electrón en un marco cuántico, ¿por qué no sería capaz de mover un brazo en un marco newtoniano?

 

La postura aquí criticada (que en realidad es una especie de mecanicismo) se basa en una extrapolación de la física más allá de su ámbito de validez. Para explicar esto me referiré, a modo de ejemplo, a dos leyes de la física que no se aplican sin más a los seres humanos.

 

El primer ejemplo se refiere a la primera ley de Newton (o ley de inercia). Esta ley fundamental de la mecánica dice que las partículas y los cuerpos rígidos no sometidos a ninguna fuerza se comportan de la siguiente manera: si están en reposo, continuarán en reposo; y si están en movimiento, continuarán moviéndose con un movimiento rectilíneo y uniforme. Ahora bien, considerando el caso estático (el de un cuerpo rígido en reposo), es evidente que la validez de la ley de inercia se restringe a los cuerpos sin vida, que por esa razón se llaman cuerpos inertes o materia inerte. Un ser vivo en reposo, aunque no esté sometido a ninguna fuerza externa, puede comenzar a moverse por sí mismo en cualquier momento. Simplemente, el modelo físico de “cuerpo rígido” (que por definición no tiene fuerzas internas) no se aplica a los organismos vivos.

 

El segundo ejemplo se refiere al segundo principio de la termodinámica. Este principio puede enunciarse aproximadamente así: en un sistema termodinámico cerrado, la variación de la entropía entre dos estados de equilibrio será positiva o nula. Otro enunciado del mismo principio dice que la entropía total del universo tiende a aumentar con el tiempo. La entropía es una magnitud física asociada al desorden molecular, el cual a su vez se relaciona con el desorden a nivel macroscópico. El principio en cuestión permite justificar la irreversibilidad de ciertos procesos físicos. Por ejemplo, si una botella de vidrio cae al suelo, probablemente se rompa en muchos pedazos; pero jamás sucede que, a través de procesos físicos, los distintos fragmentos de vidrio asciendan del suelo por sí mismos y se ensamblen perfectamente entre sí para volver a adquirir la forma perfecta de la botella completa. Algo análogo ocurre en la muerte. Ningún proceso físico logrará resucitar un cadáver en estado de descomposición avanzada.

 

Es claro que el segundo principio de la termodinámica no se aplica a sistemas cerrados que incluyen seres inteligentes. Si una casa se mantiene cerrada y deshabitada durante un año, al cabo de ese tiempo mostrará claros signos de su entropía (o desorden) creciente. Si en cambio, la misma casa se mantiene cerrada durante un año, pero habitada por un ser humano hábil, trabajador y con suficientes provisiones y recursos, es probable que el ser humano, debido a su inteligencia, evite que la entropía (o desorden) crezca.

 

Algo parecido podría decirse de la vida en general. Si bien la tendencia general del universo material es hacia una entropía creciente, la evolución biológica se ha movido en el sentido contrario, hacia un orden cada vez mayor y más complejo.

 

El evolucionismo teísta y la física cuántica

 

En síntesis aproximada, el principio de Heisenberg, uno de los pilares de la física cuántica, dice que no podemos conocer, con exactitud y a la vez, la posición y la velocidad de una partícula subatómica. En mi opinión, esto debe ser interpretado como un mero principio de incertidumbre gnoseológica, no como un principio de indeterminación física u ontológica, como hacen los evolucionistas teístas en cuestión. Tratar de resolver el problema del libre albedrío de esa forma es un poco como matar a un mosquito con una bomba atómica, porque son muchos más los problemas que se crean que los que se resuelven.

 

Si la posición y la velocidad de un electrón no están determinadas por leyes naturales, ¿entonces por qué razón el electrón tiene tal posición y tal velocidad, y no otras? A mi entender, en esencia sólo hay tres respuestas posibles:

 

a)      No hay ninguna razón. Esta respuesta implica nada menos que la negación del principio de razón suficiente, principio metafísico evidente y fundamental para toda recta filosofía. Por ejemplo, sin principio de razón suficiente cae el principio metafísico de causalidad, y sin este último pierden validez todas las pruebas filosóficas de la existencia de Dios.

b)      El electrón se ubica y se mueve así porque quiere. Esto implica una absurda personificación de un ente irracional.

c)      El electrón (mejor dicho, todos los electrones, siempre y en todo lugar) es movido por seres espirituales (Dios, los ángeles o los hombres). Esto da lugar a una filosofía insensata, que niega la legítima autonomía de las realidades terrenas.

 

La teoría científica del diseño inteligente y la doctrina cristiana del diseño inteligente

 

La teoría científica del diseño inteligente (en adelante TCDI) da los siguientes pasos básicos:

 

1.      Define a los sistemas con información compleja y especificada (en adelante ICE) como aquellos sistemas cuya información es a la vez compleja (es decir, con probabilidad menor que 10-150, el umbral de probabilidad universal) y especificada (es decir, conforme con un patrón independiente).

2.      Comprueba que, según la experiencia humana universal, todos los sistemas con ICE con causa conocida son resultados de un diseño inteligente, es decir de la acción de un agente inteligente con un plan inteligente.

3.      Infiere, mediante una abducción (o inferencia con base en la mejor explicación) que la ICE es causada siempre por un diseño inteligente. Llamemos LDI-ICE (ley del diseño inteligente de la ICE) a esta ley. En otras palabras, la LDI-ICE sostiene que tanto el azar, como la necesidad (o leyes naturales), como cualquier combinación de azar y necesidad (sin diseño inteligente), son incapaces de producir ICE. El test de la ICE para detectar diseño inteligente no da falsos positivos, pero puede dar falsos negativos. Hay sistemas con diseño inteligente y sin ICE; pero no hay sistemas sin diseño inteligente y con ICE.

4.      Demuestra que tanto los organismos vivientes completos como muchos de sus componentes (tanto a nivel molecular como a nivel macroscópico) son sistemas con ICE. (La TCDI puede aplicarse también a sistemas no biológicos, pero aquí dejaré eso de lado).

5.      Infiere, mediante la LDI-ICE, que esos organismos y componentes han sido diseñados por un agente inteligente.

6.      Define a los sistemas con complejidad irreducible (SCI) como aquellos sistemas complejos con una función determinada, compuestos por cierto número de partes que interaccionan entre sí, tales que, si se quita una cualquiera de esas partes, el sistema cesa de funcionar.

7.      Formula la siguiente hipótesis razonable (o regla heurística), que debe verificarse caso a caso: todos los SCI tienen ICE.

8.      Demuestra que hay muchos SCI en los organismos vivientes, tanto a nivel molecular como a nivel macroscópico.

 

Veamos un ejemplo de inferencia de diseño. Alguien que camina por la playa se encuentra junto al mar con una roca que reproduce de forma minuciosa y magnífica la forma de un caballo rampante. El caminante infiere inmediatamente y con certeza plena que la roca ha sido esculpida por un agente inteligente. Ésta no es la única explicación posible, pero es (con enorme diferencia) la mejor explicación. La hipótesis de una formación natural (por medio del movimiento aleatorio de las olas, la erosión del agua sobre la roca, etc.) es metafísicamente posible, pero casi infinitamente improbable, por lo cual todo observador humano la descartaría.

 

Por su parte, la doctrina cristiana del diseño inteligente (en adelante DCDI) afirma que Dios no sólo es el Creador de todas las cosas visibles e invisibles (incluso todos los organismos vivos y cada una de sus partes), sino también su inteligentísimo diseñador, porque Dios crea y gobierna todas las cosas mediante su sabiduría, bondad y poder infinitos.

 

Relaciones entre TCDI y DCDI, cristianismo y evolucionismo

 

Consideremos ahora las relaciones entre estas dos teorías o doctrinas (TCDI y DCDI) con la fe cristiana, con el evolucionismo y entre sí.

 

Por un lado, la TCDI, por sí misma, no identifica al diseñador inteligente de los seres vivos, si bien una reflexión filosófica correcta que parta de la TCDI puede llegar a esa identificación. Por lo tanto, entre los partidarios de la TCDI hay personas de casi todas las posturas religiosas posibles: católicos (como Michael Behe), protestantes (como William Dembski), judíos (como David Berlinski), miembros de otras religiones no cristianas (como Jonathan Wells) o agnósticos (como Michael Denton).

 

Por otra parte, la TCDI, en cuanto tal, no defiende ningún mecanismo concreto por el cual el diseñador no identificado habría llevado a cabo su plan inteligente. Por lo tanto, al menos en teoría o en principio, la TCDI es compatible tanto con el fijismo como con el evolucionismo, y en este segundo caso, es compatible tanto con el evolucionismo saltacionista como con el evolucionismo gradualista. Es incompatible, en cambio, con las formas de evolucionismo que niegan el diseño inteligente y afirman que el azar y la necesidad (sin diseño inteligente) permiten explicar toda la complejidad y la diversidad de la vida.

 

Por último, desde el punto de vista de la fe católica, la TCDI es una cuestión opinable. La doctrina católica no se pronuncia ni a favor ni en contra de la TCDI; y de hecho hay católicos a favor y católicos en contra de esa teoría.

 

En cuanto a la DCDI, es una parte integral e irrenunciable de la doctrina cristiana. En otras palabras, la fe cristiana exige creer en la DCDI. De hecho, algunos católicos aceptan la DCDI y otros la niegan, pero los segundos cometen un grave error doctrinal. En general estos últimos limitan en mayor o menor medida el diseño inteligente divino y la providencia divina, postulando que Dios interviene sólo dando algunas directrices generales y deja librado todo lo demás al mero juego del azar y la necesidad, de tal modo que no se puede decir que Dios es el diseñador inteligente de todas las cosas. Esta postura del diseño inteligente parcial y la providencia divina parcial es contraria a la fe cristiana.

 

En cuanto a la relación entre TCDI y DCDI, se deduce de lo dicho hasta aquí. De por sí, la TCDI no implica la DCDI; y a la inversa, la DCDI no implica la TCDI. Pero un cristiano que defiende la TCDI debe defender también la DCDI. Sin embargo, un cristiano que defiende la DCDI no está obligado a abrazar la TCDI.

 

Ahora bien, consideremos dos católicos ortodoxos, A y B; A rechaza la TCDI y B la defiende.
A deduce la DCDI por medios filosóficos y teológicos. B, partiendo de la TCDI, concluye que los seres vivos han sido diseñados por un agente inteligente. Luego, por los mismos medios filosóficos y teológicos que A, deduce la misma DCDI que A. En otras palabras, el diseño inteligente divino de los seres vivos (según la fe católica) es exactamente la misma cosa para A y B; y en principio también las formas en que Dios pone en práctica su plan inteligente. No hay un “diseño inteligente divino verdadero” (el de la DCDI) y un “diseño inteligente divino falso” (el de la TCDI interpretada católicamente). En ambos casos se trata exactamente del mismo concepto, que, vuelvo a subrayar, es exigido formalmente por el dogma católico. Por supuesto, B puede equivocarse al hacer filosofía o teología; pero también A se puede equivocar. Además, si B es un científico del movimiento del diseño inteligente y su filosofía o teología es defectuosa, no cabe achacarle sus errores filosóficos o teológicos a la TCDI. De un modo análogo, no cabe achacar a la metafísica aristotélica los errores de Aristóteles en física; como tampoco cabe achacar a la teología o la filosofía tomistas las deficiencias de Tomás de Aquino en su conocimiento de la embriología o la cosmología.

 

Objeciones del evolucionismo teísta a la teoría científica del diseño inteligente

 

Muchos evolucionistas teístas consideran “pseudo-científica” a la TCDI. Así agravian sin razón a notables científicos y filósofos de la ciencia, como Michael Behe, William Dembski, Stephen Meyer, Michael Denton y muchos otros. Los representantes del movimiento del diseño inteligente han llevado a cabo estudios científicos serios y han publicado muchos libros interesantísimos y muchos artículos revisados por pares en revistas científicas.

 

La acusación de pseudo-cientificidad a la TCDI se basa en el supuesto “naturalismo metodológico de la ciencia”. Éste consiste en definir la ciencia como una actividad humana con una regla fundamental, a la que todo científico debería adherirse estrictamente: “procede siempre como si el naturalismo filosófico fuera verdadero”. Y el naturalismo filosófico es la doctrina que sostiene que lo sobrenatural no existe o no interviene en nuestro mundo. El naturalismo está tan ligado al ateísmo que algunos autores hablan del “ateísmo metodológico de la ciencia”. He criticado con algún detalle el naturalismo metodológico de la ciencia en el Capítulo 1 de mi libro Todo lo hiciste con sabiduría. Aquí me limitaré a decir, apelando a un refrán del mundo del fútbol, que el naturalismo metodológico de la ciencia es como intentar ganar “en la Liga” un partido que no se pudo ganar “en la cancha”. En otras palabras, es un intento de ganar una discusión por medio de una mera definición que de entrada excluye la consideración de otras alternativas racionales.

 

Los mismos evolucionistas teístas acusan a la TCDI de ser una nueva versión de la vieja e inútil teología del «Dios de los huecos». Sin embargo, la TCDI no defiende a un “Dios de los huecos”, porque no se basa en lo que no sabemos, sino en lo que sabemos: sólo los agentes inteligentes pueden producir información compleja y especificada.

 

En cambio el neodarwinismo se vuelve cada vez más un “ateísmo de los huecos”, porque en esa teoría los cambios sustanciales (entre una especie y otra) suceden de tal forma que siempre escapan a toda posible detección. En el fondo los darwinistas se conforman con un conjunto de conjeturas sobre cómo podría haber ocurrido la evolución, sin poder demostrar de un modo científicamente riguroso y detallado toda la cadena de transformaciones necesarias para generar ni siquiera una nueva especie. A veces parecen conformarse con que su teoría sea metafísicamente posible, aunque sea improbabilísima. Pero usan un doble estándar, porque exigen una certeza metafísica a las teorías alternativas.

 

Por último, estos evolucionistas teístas acusan a los partidarios de la TCDI de no dar una respuesta alternativa al modelo evolucionista estándar o de procurar ocultar su solución alternativa, que consistiría en un regreso al fijismo. A esta última objeción se puede dar una respuesta doble. Primero, para refutar una teoría científica falsa no es imprescindible proponer otra mejor. Las graves debilidades del neodarwinismo ameritan que cese de ser el paradigma científico reinante acerca de la evolución biológica. Segundo, la gran mayoría de los partidarios de la TCDI no son fijistas.

 

Personalmente, no he escondido lo esencial de mi visión alternativa. Defiendo un evolucionismo teleológico. Incluso me he arriesgado a opinar que el próximo paradigma de la evolución (que yo veo ya en génesis en la TCDI) se caracterizará por proponer un evolucionismo teleológico “cuasi-fijista” (saltacionista) y por reducir drásticamente el rol de las mutaciones genéticas aleatorias en la macroevolución, considerando a éstas a lo sumo como meras ocasiones (no causas) de la manifestación de transformaciones pre-programadas.

 

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¿Existe el alma espiritual? Parte 2

(Curso de Apologética Católica –Lección 7)

 

Raymond de Souza, KM

 

¿Por qué es imposible la evolución [materialista] de las especies?

 

Es sorprendente cómo los prejuicios pueden enceguecer a las personas, incluso a quienes se llaman a sí mismos ‘científicos’. Es genéticamente imposible para los seres vivos tener descendencia con cualidades que no sean transmitidas por sus progenitores. Para empezar, nadie puede dar lo que no tiene. Cualquier tonto sabe eso. Los socialistas tratan de hacerlo, pero siempre fracasan. La realidad de la ‘mutación genética’ nunca ocurre a fin de agregar una nueva cualidad, sino para quitar una existente. Los seres genéticamente modificados tienen menos genes –no más– en su haber que sus padres.

 

Por lo tanto, para que un animal, sea una tortuga, un simio o un político liberal, evolucione transformándose en un hombre sensato, se requeriría un milagro. Y los milagros suceden desde el exterior del ser [creado], no desde el interior. La simple realidad es que gente que, desde otros puntos de vista, es inteligente se rehúsa a ver la abismal diferencia entre el hombre y los animales.  

 

El hombre es racional, mientras que los animales son irracionales (incluso los políticos liberales pueden ser incluidos en la categoría de hombres racionales, al menos a veces). Como un ser humano, tú y cada persona cuerda tienen la facultad de la razón; de ahí que uses el poder de la deducción para encontrar verdades nuevas a partir de las que ya conoces, mientras que los animales no pueden hacerlo. Estamos constantemente incrementando nuestro conocimiento, pasando de lo conocido a lo desconocido. De la aritmética al álgebra, del álgebra a la geometría, de la geometría a la trigonometría, y así sucesivamente hasta que enviamos sondas a Plutón. Los verdaderos científicos nunca pretenden inventar leyes naturales; ellos simplemente las descubren y las usan para el progreso de la ciencia y el bien del hombre.

 

¡Desde el telégrafo hasta el sistema de correo electrónico ha habido un poco más que progreso, por cierto! Los viejos mapas de carreteras impresos y el GPS muestran ad nauseam el poder de la mente humana para incrementar el conocimiento y la capacidad para controlar la naturaleza.

 

Pero los animales inferiores –y aquí por caridad no incluyo a los políticos liberales– están confinados a sus mismas viejas formas, día tras día, siglo tras siglo, milenio tras milenio. Las abejas hacen miel hoy exactamente como la hacían cuando Sansón mató al león, sin cambios. Los cuervos vuelan hoy exactamente como uno de ellos voló desde el Arca de Noé (la reciente película, dicho sea de paso, a pesar de sus grandes efectos especiales, no tiene nada que ver con la historia bíblica). Los caballos corren hoy exactamente como lo hicieron para jalar los carros del Faraón hacia adentro del Mar Rojo; y los burros sirven a sus amos hoy exactamente como uno de ellos llevó a Jesús hacia Jerusalén.

 

Tú puedes aplicar tu mente de varias formas: literatura, música, danza, computadoras. Tu mente puede pasar de un tema a otro, sin que tú muevas un dedo o un párpado. Tu cuerpo no participa en tu pensamiento. Tu hijo puede decidir convertirse en un técnico informático y terminar más tarde en su vida como un Marine de los EE.UU. Es una elección libre. Y así sucesivamente, etc.

 

Pero los animales no hacen esto, porque no poseen libre albedrío. Su conducta está caracterizada por la uniformidad, por hacer las mismas cosas generación tras generación. Las variaciones son mayormente insignificantes. Pero la conducta de los hombres está caracterizada por la diversidad. Esto es así porque el hombre es racional y los animales irracionales.

 

Alguien podría objetar que algunas tribus muy primitivas del Amazonas también viven una vida de conducta repetitiva, sin ningún progreso perceptible. Sí, es verdad. Pero eso es porque ellos no usan sus mentes y voluntades como podrían. Tan pronto como ellos se mudan a la ciudad, sus hijos van a la escuela y comienzan a desarrollar su pensamiento en más formas; ellos cambian y hacen elecciones con base en una mayor variedad de opciones. Por otra parte, un perro de caza podría dudar entre dos rastros a seguir, pero él no está pensando. Está tratando de encontrar el olor más fuerte. Su elección está basada en un sentido material, no en una elección intelectual.

 

La conclusión es simple: el alma del hombre no es material sino espiritual, es decir, sus actividades son independientes de la materia, y hasta cierto punto de sus operaciones. Es espiritual porque algunas de sus acciones son independientes de la materia. Por ejemplo, cuando tú piensas en conceptos como verdad y error, belleza y fealdad, orden y desorden, bien y mal, etc., etc., estos conceptos están en tu mente, y tú no los ves, ni los oyes, ni los gustas, ni los hueles ni los tocas.

 

Si nuestras almas fueran como las de los animales, digamos, sólo formaríamos ideas en imágenes y sensaciones, con su color, gusto, forma, etc., pero nunca conceptos inmateriales. Ése es el por qué un animal no cree en Dios –y en esto los ateos se le asemejan, de hecho.

 

Los animales no han mostrado el más leve progreso por su propia cuenta. Sus únicas mejoras provienen de la intervención de hombres racionales. Ellos no son inventivos. Siguen ciegamente sus instintos, como por un surco, y no pueden escapar por sí mismos de esta situación.

 

Esto es evidente, en cuanto concierne al intelecto. Ahora la voluntad: el hombre tiene libre albedrío, puede elegir hacer esto o aquello, obedecer una ley o actuar en contra de ella; pero los animales no tienen esta facultad. Incluso los esclavos del partido entre los políticos liberales a veces cambian su curso.

 

Los sentidos nos proveen los materiales para formar ideas, las cuales a su vez guiarán nuestra voluntad para hacer elecciones. Igual que un pintor que obtiene pinceles y pinturas para pintar un retrato. Él depende de esos artículos para pintar, pero los artículos no pintaron el retrato por sí mismos. La mente del pintor guió a sus manos para usar esos artículos para hacer la obra.

 

De modo semejante, un violín no se toca a sí mismo. El violinista lo usa al tocarlo. Si el violín está roto, el violinista no puede tocar, igual que si la persona sufre una conmoción cerebral y está en coma no puede hablar o actuar. Mientras ella está viva, el alma está allí, pero el medio de comunicación –el cerebro, el sistema nervioso, etc.– está descompuesto.

 

Más aún: uno puede trascender el vínculo de la realidad visible y buscar bienes superiores, como la virtud, su conocimiento y su práctica. O uno puede elegir una vida de vicio, totalmente en contra de su propia educación. Los animales no pueden hacer esto. Todo esto muestra que el principio vital del hombre, su alma, que puede pensar y hacer decisiones libres, no es algo segregado por la pituitaria o la glándula pineal. Si ése fuera el caso, todos los hombres se comportarían de la misma manera, pensando los mismos pensamientos y haciendo las mismas elecciones. Más bien, el principio vital del hombre es independiente de, y superior a, la mera materia.

 

De ahí la natural y consiguiente conclusión: que, dado que el alma existe y actúa independientemente de la materia, puede continuar existiendo y actuando incluso cuando el cuerpo perece. El alma humana, por lo tanto, es espiritual e inmortal.

 

(Traducido del inglés por Daniel Iglesias Grèzes).

 

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La revolución sexual (1960-1974)

 

José Alfredo Elía Marcos

 

Desde Platón hasta el siglo XX el Eros era considerado como “el deseo del otro”. El amor en pareja se sostenía por el deseo mutuo de vivir juntos. El Cristianismo completa este concepto del amor con el Ágape: Amar y ser amado. Amor como entrega y deseo del bien para el otro.

 

Pero a partir del mayo del 68 esta concepción del amor como donación y entrega se rompe por la contracultura. El amor se convierte en simple placer, y el “otro” (ser amado) desaparece siendo sustituido por “uno mismo” (narcisismo, autoerotismo). La invención de la píldora anticonceptiva, y la influencia de las ideas de Wilhelm Reich y Alfred Kinsey, desencadenó la denominada Revolución sexual, en la que se pueden distinguir dos fases:

 

1ª Revolución sexual

 

En la primera revolución sexual se produce el cambio semántico, ético y ontológico del Eros. El amor se transformó en puro placer instintivo. El altruismo del Eros fue sustituido por el egoísmo narcisista. Se busca la satisfacción del cuerpo a cualquier precio.

 

La implantación de la píldora anticonceptiva en la sociedad originó la desvinculación entre sexo y procreación, y el divorcio entre libertad y responsabilidad. Las reivindicaciones sociales que pedían un salario justo, un trabajo digno y una seguridad laboral, son reemplazadas por otro tipo de reivindicaciones sociales: amor libre, divorcio, contracepción y aborto. La política se sexualiza.

 

El Estado de Bienestar y la Sociedad de consumo creados por economistas como Keynes y Kingsley, y llevados a la práctica por el presidente norteamericano Roosevelt habían generado en la gente una sensación de hastío y vacío y una conciencia rebelde y transgresora por traspasar los límites y realizar lo prohibido.

 

2ª Revolución sexual

 

El fin del Eros conduce a la violencia unida al sexo. La liberación sexual de la mujer condujo a su desprotección. Al desaparecer el cuidado maternal y la procreación unida al sexo, la mujer se convierte en objeto sexual y en mercancía para la pornografía. La consecuencia es clara; si la mujer no es virgen o madre, se convierte en prostituta: pura mercancía sexual. Es la muerte del sexo y el nacimiento del género (eres lo que tú quieras ser). Se pasa del utopismo (deseo de hacer un mundo mejor), al hedonismo (deseo de buscar el placer para sí mismo). El sexo se politiza. Esto traerá graves consecuencias:

 

§  La relación sexual más íntima se convierte en espacio político, lo que posibilita al poder público intervenir en el ámbito de lo privado y personal. El poder no te va a decir con quien puedes o no puedes acostarte, pero si te va a decir lo que puedes o no puedes hacer en la intimidad.

§  El sexo se convierte en un instrumento de poder para transformar la sociedad:

o  La ideología de género establece que la relación entre un varón y una mujer es una construcción social y por lo tanto no natural. Existen, por tanto, múltiples modalidades y combinaciones relacionales: varón-varón, mujer-mujer, varón-mujer, varón-mujer-varón, etc.

o  Se pretende crear una sociedad en la que no existen diferencias sexuales, sino tan sólo géneros y orientaciones sexuales.

o  La estrategia de acción pasa por destruir todo tipo de relación sexual permanente y perdurable como es la familia y el matrimonio. En este sentido se han seguido dos líneas de acción: Desde 1968 hasta 1995, la estrategia era destruir la familia tradicional para imponer la llamada “familia liberal”, un prototipo de estructura de convivencia familiar que no impone criterios o pautas de acción en la educación de los hijos (laissez faire). A partir de 1995 la estrategia cambia y ahora se intenta denominar “familia” a cualquier tipo de sociedad de convivencia entre dos o más humanos.

 

La segunda revolución sexual transformó el sexo en política, y el erotismo en narcisismo. En el fondo subyace una concepción antropológica del ser humano como un individuo aislado y egoísta sujeto a la satisfacción consumista de sus propios intereses y deseos. La ciencia y la sociedad de consumo se convierten en el genio de la lámpara dispuesto a conceder todos los deseos que se le antojen al hombre. Deseos que al final generan en el hombre hastío, vacío y desencanto. En este sentido la ideología de género es una traición al verdadero socialismo basado en la idea de solidaridad.

 

El cambio que propone el feminismo radical de género no es superficial, sino profundo y esencial. Afecta al comportamiento sexual de las personas, al control de la reproducción, al concepto y a la función de la maternidad, a la destrucción del matrimonio y, finalmente a la desaparición de la familia.

 

Este feminismo de género se presenta con cara amable en un momento en el que la mujer, el matrimonio y la familia se enfrentan a graves problemas: trabajo fuera del hogar, compatibilidad de las tareas domésticas, presión económica y creciente competitividad, violencia doméstica, crisis de la paternidad, desaparición de la infancia…

 

1. Wilhelm Reich: El ideólogo de la revolución sexual

 

La doctrina de Freud se basa en un pansexualismo en el que toda la realidad humana, la individual y la social, se halla gobernada por la dimensión sexual. Freud explica al ser humano como un animal puramente biológico dominado por la libido, que se hallaría reprimida por el subconsciente. En su opinión la sociedad y la civilización sólo son posibles mediante la represión o la sublimación del instinto sexual, porque si se diera rienda suelta al eros sexual, se liberaría otra pulsión instintiva, aún más fuerte, encerrada en el subconsciente que es el tánatos o deseo de matar.

 

Wilhelm Reich postulará exactamente lo contrario que Freud. Para él la represión de la sexualidad es el origen de todos los males. En su opinión las pulsiones biológicas son buenas y la represión impuesta por la sociedad es la causa de las neurosis. En particular la represión realizada por el Estado capitalista autoritario, la moral de la Iglesia, los modelos educativos basados en la disciplina, el trabajo alienante y la familia patriarcal son el origen de todos los males. Especialmente hará más hincapié en este último aspecto, por ser ésta la que rige la formación del carácter humano, de tal manera que si se destruye la familia patriarcal-monogámica a través de una revolución política, cultural y sexual, se instaurará la espontaneidad en vez de la represión, y la felicidad volverá a la sociedad.

 

“Destrúyase la represión sexual y reencontraremos al hombre natural, que es inmediata y espontáneamente sociable” (REICH, Wilhelm: La revolución sexual. Para una estructura de carácter autónoma del hombre, Ruedo Ibérico, París, 1970; Planeta-De Agostini, Barcelona, 1985). La versión original se publicó por primera vez en inglés, bajo el título Sexual Revolution, en 1962.

 

Reich reconoce su obsesión juvenil por el sexo, sus fantasías eróticas y sus relaciones sexuales con los animales de la granja donde vivía: “Me di cuenta de que ya no podía vivir sin tener un burdel a mano”.

 

Pero el principal acontecimiento que cambió su vida sucedió el día en que descubrió con 13 años que su madre tenía un amante más joven. Indignado fue a revelárselo a su padre quien enfurecido disparó con la escopeta al joven amante. La madre no soportó la humillación y se suicidó. El padre viendo lo que había hecho se sumergió en un lago helado donde cogió una neumonía que lo terminó matando. Reich se consideró culpable toda su vida de la muerte de su madre, y a partir de entonces generó un odio hacia su padre y hacia la autoridad patriarcal que él representaba.

 

En Viena Reich fue alumno de Freud y en 1930 se afilió al Partido Comunista. No obstante fue expulsado de la asociación de psiquiatras austriacos, así como del partido, por sus extravagancias sexuales. Es entonces cuando empieza a considerar que la sociedad occidental no sólo está siendo explotada económicamente, sino que además está enferma. Reich considera que hay que destruir la conciencia o razón represiva (superego) y con ella la moralidad, y que lo único que debía de permanecer en los seres humanos son los impulsos biológicos primarios, como el instinto sexual que él denominaba orgón u orgona.

 

Wilhelm Reich creía que el orgón existía en toda la materia y que era la “materia energética básica del universo”. En 1936 monta una clínica en Berlín denominada Sex-pol, con el objetivo de buscar potenciar la orgona mediante prácticas sexuales de todo tipo. En los años en que estuvo abierta llegó a contar con más de cien mil clientes. En 1939 huye a EE.UU., donde funda el Orgonom Institute, dedicado al estudio de la ciencia del orgón. Afirmaba que era capaz de medir y almacenar esta energía en una caja especialmente diseñada. Vendía acumuladores de orgona a 225 dólares la unidad, y los arrendaba por 10 dólares diarios. La Agencia Federal de Alimentos y Medicamentos (FDA) lo acusó en 1954 de fraude y fue condenado a la cárcel de Connecticut, pero el psiquiatra le diagnosticó paranoia, por lo que fue trasladado a una penitenciaría psiquiátrica, donde acabó el resto de sus días. No obstante le dio tiempo a escribir un último libro sobre religión titulado “El asesinato de Cristo” presentándolo como la reencarnación del “poder orgiástico” que invita a la humanidad a liberar sus energías sexuales reprimidas.

 

En 1960 la FDA comete el error de mandar quemar sus libros, en particular los titulados Revolución sexual y La función del orgasmo. De esa manera se convierte a Reich en una especie de mártir, despertando el deseo de comprar y leer sus obras, iniciándose así el mito de la revolución sexual.

 

Las claves del pensamiento de Reich son:

§  Abolición de la familia: “la familia suprime la sexualidad de los individuos; la sociedad capitalista utiliza a la familia para producir una personalidad autoritaria o sumisa; ambas están unidas de raíz”.

§  Abolición del matrimonio: “la monogamia destruye la felicidad y hace imposible el goce sexual; ambas cosas en el matrimonio se ven reemplazadas por una relación hijos-padres y una esclavitud mutua que, en síntesis, constituyen un incesto enmascarado”.

§  “Liberación” sexual de la infancia

§  La liberación del instinto sexual lleva al fin de la violencia. Según Reich, Belus será sustituido por Eros. “Haz el amor y no la guerra”.

 

2. Kinsey y los “desahogos sexuales”

 

Alfred Kinsey (1894-1956) fue un biólogo norteamericano y está considerado como otro de los padres de la "revolución sexual". En los años 50 publicó dos trabajos sobre el comportamiento sexual humano, fruto de una serie de entrevistas a más de 10.000 personas de todos los EE.UU., donde se les preguntaba de una manera informal y “desinhibida” sobre sus costumbres sexuales, desde las más comunes hasta las más perversas.

 

Kinsey era un pervertido sexual desde su niñez. Desde joven estuvo obsesionado con la masturbación, que llegó a practicar de manera sofisticada y hasta masoquista. Desde joven manifestó sus inclinaciones homosexuales; aunque llevó siempre una doble vida, al punto de que en la universidad se lo tenía por un coherente y riguroso cristiano evangelista. Su padre era un pastor metodista que lo asfixiaba en su juventud, reprendiéndolo en todo y nunca expresando ningún tipo de cariño hacia él.

 

En 1921 contrajo matrimonio con Clara Braceen, a la que convirtió posteriormente en cómplice de sus “experimentos sexuales”. A partir de su matrimonio decidió hacer pública su intención de cambiar la sociedad para conformarla según su propia sexualidad distorsionada. Así fundó en 1947 el Instituto para la Investigación Sexual, en la Universidad de Indiana.

 

Publicó dos trabajos sobre la sexualidad: El comportamiento sexual del hombre (1948) y El comportamiento sexual de la mujer (1953). En sus informes describía el comportamiento sexual humano como si fuese un simple observador científico neutral, y nunca distinguía entre lo normal y lo anormal, lo natural y lo antinatural, lo bueno y lo malo.

 

“Dado que todo tipo de actos sexuales hasta entonces considerados como tabúes, en realidad se producen con mucha más frecuencia de lo que se pensaba, esos actos no pueden ser considerados como anormales, porque cualquier cosa que con frecuencia se produce debe ser algo normal.” (Alfred Kinsey, Sexual Behavior in the Human Male, 1948).

 

De esta manera estableció el perverso principio en virtud del cual lo que es frecuente es normal, y lo normal debe también ser natural.

 

“La ciencia, por tanto, puede librarnos de los prejuicios irracionales de las generaciones precedentes, puesto que no existe razón científica para considerar determinados tipos de actividad sexual, en sus orígenes biológicos, como intrínsecamente normales o anormales.” (Ídem).

 

Kinsey defendió que todos los comportamientos sexuales que se consideran desviados son normales. Por contra afirmó que la heterosexualidad era anormal y que ésta era el resultado de inhibiciones culturales y de condicionamientos sociales. Kinsey, de religión metodista, creía que los cristianos habían heredado la aproximación casi paranoide del comportamiento sexual de los judíos.

 

Algunas de sus conclusiones fueron: la sexualidad es incontrolable, el matrimonio es parte de un condicionamiento social, el sexo fuera del matrimonio es normal y saludable, las familias son innecesarias, el incesto y sexo entre niños y adultos son normales, las relaciones sexuales con animales son naturales.

 

“Está comprobado que los contactos humanos con animales de otras especies han sido conocidos desde los albores de la historia y no son infrecuentes en nuestra propia cultura, por lo que hay que considerarlos como naturales.” (INFORME KINSEY, en: Jesús Trillo-Figueroa, La ideología de género, Ed. Libros Libres, Octubre 2009, p. 77).

 

Estas ideas son aceptadas plenamente por Hugh Hefner, que funda la multinacional Playboy en 1953. Mientras acusa a las enseñanzas judeo-cristianas de "anti-sexualismo" y da glamour a la exhibición de pornografía, amasa fortunas y dona generosas aportaciones al Instituto Kinsey.

 

Después de 40 años, en los cuales se había dado credibilidad absoluta a dichos datos, con las terribles consecuencias que conllevaron para la sociedad a nivel moral e intelectual, científicos de varios países junto con el FBI demostraron el fraude de tales estudios y el poco rigor científico en los mismos. Los datos habían sido estadísticamente manipulados porque la muestra era manifiestamente sesgada, con un número importante de presos, exhibicionistas, pedófilos y vejadores sexuales, incluyendo en la metodología vejaciones y estimulación sexual de adultos y niños de meses.

 

3. La invención de la píldora anticonceptiva

 

Una vez formulados los principios teóricos de la revolución sexual (Reich, Kinsey y Marcuse); una vez encontrados los medios financieros (Rockefeller, Ford, Playboy, etc.), y definidas las motivaciones (control de la población) sólo había encontrar un medio rápido y efectivo para poder tener placeres sexuales sin temor al “molesto riesgo” de quedarse embarazada.

 

A inicios del año 1951, Margaret Sanger conoce en una cena al doctor Gregory Pincus, bajo la invitación de Abraham Stone. Pincus había estado trabajando en los años 30 con sistemas de fecundación in vitro con conejos. La cena fue el paso para que la asociación Planned Parenthood Federation of America (PPFA) se comprometiese a financiar una investigación para encontrar y producir un anticonceptivo hormonal de uso masivo en las mujeres.

 

El recorrido de la investigación no fue fácil y hubo momentos de freno o de aceleración, en gran parte financieros. Fue entonces cuando Margaret Sanger buscó apoyo en la multimillonaria Katharine McCormick, quien se comprometió a financiar completamente el proyecto. Sanger consiguió que Pincus estableciese contacto con otros investigadores que también habían llevado a cabo diversos estudios sobre la manera para detener la ovulación de la mujer, como el doctor Min Chueh Chang y el doctor John Rock.

 

Los primeros resultados permitieron preparar una píldora en 1955, que luego recibió el nombre comercial de Enovid. La píldora se basaba en una explosiva combinación estro-progestínica, en la que se mezclaban mestranol (150 microgramos) y norethynodrel (10 miligramos), aunque luego las cantidades de ambas sustancias fueron rebajadas. Tal combinación controlaba la producción de algunas hormonas femeninas hasta el punto de provocar en los ovarios una peligrosa situación de “bloqueo”. De este modo, no se producía la ovulación, y así la mujer permanecía temporalmente en situación de esterilidad.

 

Del laboratorio se pasó en seguida a la fase de experimentación sobre mujeres. Los experimentos se iniciaron en 1956 en Puerto Rico con más de 1.300 mujeres, y el año siguiente en Haití y en Ciudad de México. El mismo Dr. John Rock probó el medicamento con pacientes suyas en Brookline (Massachussets).

 

La tarea de reclutar cobayas portorriqueñas recayó finalmente en la Dra. Edris Rice-Wray y en una misionera que trabajaba en uno de los hospitales protestantes del país, Adeline Pendleton Satterthwaite. Finalmente, la Dra. Rice-Wray eligió un local en un barrio de chabolas y reclutó a cien mujeres. Pero los resultados no fueron prometedores. El 11 de junio de 1956 escribió a Pincus: "Hemos tenido problemas con algunas pacientes que han dejado de tomar la pastilla. En unos pocos casos han tenido náuseas, vértigo, dolores de cabeza y vómitos. Estas pocas han rehusado continuar con el programa. Dos han sido esterilizadas. Un marido se ahorcó, desesperado por su pobreza". Abandonaron treinta de las cien que iniciaron el experimento. Nueve meses después del comienzo de los ensayos, Edris Rice-Wray entregó su informe, en el que resumía los resultados obtenidos hasta el 31 de diciembre de 1956: habían tomado la píldora 221 mujeres; la tasa de abandono sobrepasaba el 50%; el 17% habían sufrido efectos secundarios negativos. Los síntomas más frecuentes eran vértigo, náuseas y dolores de cabeza. Varias mujeres fallecieron de problemas cardiovasculares, pero los promotores del experimento achacaron su muerte a la desnutrición que padecían.

 

En 1960, después de las pruebas peor llevadas y menos rigurosas que se hayan hecho nunca con un fármaco aprobado por la Food and Drug Administration, se autorizó el uso de Enovid como anticonceptivo en Estados Unidos. De este modo, en Estados Unidos empezaba una revolución que iba a incidir profundamente en la vida de millones de mujeres de todo el planeta.

 

4. El mayo del 68

 

En los años 60 la canción de los Beatles All you need is love (“Todo lo que necesitas es amor”) era una declaración de principios de la nueva juventud que se estaba gestando. A pesar de la semilla narcisista sembrada por el nuevo orden, la palabra clave en aquellos años era love. En 1967 la juventud fue convocada desde California a vivir el verano del amor. San Francisco recibió a más de 100.000 jóvenes; todos ellos, como reclamaba la canción de Scout MacKenzie, con flores pacifistas en la cabeza. Por todas partes se mezclaron el sexo, el alcohol, la marihuana y las flores. Pareciera que el advenimiento de Dionisos y Eros anunciado por los filósofos vitalistas hubiera sido la profecía del nuevo tiempo. Efectivamente, el problema fue que pronto el concepto de Eros perdió su sentido original de amor, de deseo de otro, y pasó a tener el significado, dado por el pensamiento del 68, de sexo placentero. No por casualidad al coito se le llamó “hacer el amor” como si de una producción mecánico-industrial se tratara. El nuevo paraíso tan sólo se realizó en el mundo de la “comuna” pacífica y marginal, cutre y alucinógena de los hippies. Algunos terminaron en la cuneta hartos de heroína, y otros hastiados de sexo, placer satisfecho y miseria. Pero la mayoría de ellos, al igual que el resto de la sociedad posmoderna surgida del 68, se hartó de consumo, de satisfacción hedonista y en muchos casos de una nueva moral sexual que cambió totalmente el sentido del sexo y el amor en la sociedad occidental. Uno de los grandes problemas de la sociedad de la abundancia actual es el hastío, la hartura que conduce al aburrimiento. Algo de esto sucedió con el exceso de sexo, que no trajo mayor felicidad, sino mayor insatisfacción.

 

El pensamiento del 68 secuestró la palabra eros, para convertirla en pura sensación placentera y solipsista. Es el placer al margen de la pareja.

 

Surge la sexualidad de la trasgresión; es decir, la valorización de las prácticas calificadas de perversas. Michael Foucault, en su primer libro de éxito Historia de la locura (1961), se manifiesta a favor de una libido sádica, a la que no considera “una deformación producida por la organización social explotadora, sino, por el contrario, expresión pura de la naturaleza que, al igual que la locura, posee la capacidad de hacer añicos una razón represora tambaleante”.

 

El sadomasoquismo, la pornografía, la violencia en el sexo fue el resultado práctico en el que derivó la civilización erótica del freudo-marxismo. Alain Touraine comentaba que no es mera casualidad el que la liberación de la mujer y la pornografía se hayan desarrollado al mismo tiempo, “puesto que un mundo dominado, pero también protegido, se ha abierto bruscamente, al igual que un país en el cual desembarcan colonizadores”.

 

5. La Humanae Vitae de Pablo VI

 

La Iglesia Católica siempre ha tenido una actitud positiva ante la procreación: cada nueva criatura es otro hijo de Dios y, por ende, merecedor de todo respeto y dignidad al ser heredero de la gloria celestial. La Iglesia, como Madre y Maestra, respetó siempre y en todos los campos el orden de la naturaleza, dada por el Creador. Por tanto, su posición respecto de la contracepción artificial fue, es y será la de considerarla un grave desorden moral.

 

El 25 de julio de 1968, Pablo VI publica la más importante y trascendente de sus encíclicas, la Humanae Vitae, donde ya en la introducción manifiesta que “el gravísimo deber de transmitir la vida humana ha sido siempre para los esposos, colaboradores libres y responsables de Dios creador, fuente de grandes alegrías aunque algunas veces acompañadas de no pocas dificultades y angustias”.

 

La Encíclica se divide en tres partes:

1.      Los nuevos aspectos del problema y competencia del Magisterio.

2.      Los principios doctrinales.

3.      Las directivas pastorales.

 

En la Encíclica el Papa caracteriza el amor conyugal como “plenamente humano, total, fiel y exclusivo hasta la muerte, y fecundo”. Afirma que “La Iglesia, sin embargo, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida” y, por ende, “hay que excluir igualmente, como el Magisterio de la Iglesia ha declarado muchas veces, la esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer; queda además excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación.” (Pablo VI, Encíclica Humanae Vitae sobre la regulación de la natalidad, 1968, Nº 11).

 

Luego expresa que “si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas y psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que entonces es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los períodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales que acabamos de recordar.” (Ídem, N° 16).

 

Más adelante, Pablo VI profetizó las “graves consecuencias de los métodos de regulación artificial de la natalidad” (Ídem, N° 17), afirmando que “se abriría a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad un camino fácil y amplio; que por el uso de contraceptivos el hombre… acabase por perder el respeto a la mujer… llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoísta y no como compañera, respetada y amada”. Y luego se pregunta: “¿Quién impediría a los gobernantes favorecer y hasta imponer a sus pueblos, si lo consideran necesario, el método anticonceptivo que ellos juzgaren más eficaz? En tal modo los hombres… llegarían a dejar a merced de la intervención de las autoridades públicas el sector más personal y más reservado de la intimidad conyugal”.

 

Luego afirma el Papa que: “Al defender la moral conyugal en su integridad, la Iglesia sabe que contribuye a la instauración de una civilización verdaderamente humana; ella compromete al hombre a no abdicar la propia responsabilidad para someterse a los medios técnicos; defiende con esto mismo la dignidad de los cónyuges. Fiel a las enseñanzas y al ejemplo del Salvador, ella se demuestra amiga sincera y desinteresada de los hombres a quienes quiere ayudar, ya desde su camino terreno, a participar como hijos a la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres.” (Ídem, N° 18).

 

En todo momento, lo que Pablo VI pide es que se preserve la dignidad humana y el respeto a la mujer y la vida que gesta, por ser los más débiles en esta historia.

 

Tal como lo preveía Pablo VI, la Humanae Vitae fue resistida en muchos ambientes, también católicos, incluso con declaraciones ambiguas de algunos episcopados como los de Francia, Bélgica, Austria, Canadá e Inglaterra. Han pasado 35 años. La historia ha dado la plena razón al Papa Pablo VI. Basta contemplar la realidad del mundo actual…

 

Gran número de pensadores actuales ajenos al cristianismo o personas conversas como Scott Hahn, Janet E. Smith y Mary Shivanandan han apoyado los planteamientos de la Humanae Vitae.

 

(José Alfredo Elía Marcos, Las lágrimas de Raquel. Historia, ideologías y estrategias de la guerra contra la población, Capítulo 7; nueva versión, realizada en 2015 por el autor para la Revista Fe y Razón).

 

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Las indulgencias

 

Catecismo de la Iglesia Católica

 

1471 La doctrina y la práctica de las indulgencias en la Iglesia están estrechamente ligadas a los efectos del sacramento de la Penitencia.

 

Qué son las indulgencias

 

"La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos" (Pablo VI, Const. ap. Indulgentiarum doctrina, normas 1).

 

"La indulgencia es parcial o plenaria según libere de la pena temporal debida por los pecados en parte o totalmente" (Indulgentiarum doctrina, normas 2). "Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos, a manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias" (CIC can. 994).

 

Las penas del pecado

 

1472 Para entender esta doctrina y esta práctica de la Iglesia es preciso recordar que el pecado tiene una doble consecuencia. El pecado grave nos priva de la comunión con Dios y por ello nos hace incapaces de la vida eterna, cuya privación se llama la "pena eterna" del pecado. Por otra parte, todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que es necesario purificar, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la "pena temporal" del pecado. Estas dos penas no deben ser concebidas como una especie de venganza, infligida por Dios desde el exterior, sino como algo que brota de la naturaleza misma del pecado. Una conversión que procede de una ferviente caridad puede llegar a la total purificación del pecador, de modo que no subsistiría ninguna pena (cf. Concilio de Trento: DS 1712-13; 1820).

 

1473 El perdón del pecado y la restauración de la comunión con Dios entrañan la remisión de las penas eternas del pecado. Pero las penas temporales del pecado permanecen. El cristiano debe esforzarse, soportando pacientemente los sufrimientos y las pruebas de toda clase y, llegado el día, enfrentándose serenamente con la muerte, por aceptar como una gracia estas penas temporales del pecado; debe aplicarse, tanto mediante las obras de misericordia y de caridad, como mediante la oración y las distintas prácticas de penitencia, a despojarse completamente del "hombre viejo" y a revestirse del "hombre nuevo" (cf. Ef 4,24).

 

En la comunión de los santos

 

1474 El cristiano que quiere purificarse de su pecado y santificarse con ayuda de la gracia de Dios no se encuentra solo. "La vida de cada uno de los hijos de Dios está ligada de una manera admirable, en Cristo y por Cristo, con la vida de todos los otros hermanos cristianos, en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico de Cristo, como en una persona mística" (Pablo VI, Const. ap. Indulgentiarum doctrina, 5).

 

1475 En la comunión de los santos, por consiguiente, "existe entre los fieles, tanto entre quienes ya son bienaventurados como entre los que expían en el purgatorio o los que peregrinan todavía en la tierra, un constante vínculo de amor y un abundante intercambio de todos los bienes" (Ibíd). En este intercambio admirable, la santidad de uno aprovecha a los otros, más allá del daño que el pecado de uno pudo causar a los demás. Así, el recurso a la comunión de los santos permite al pecador contrito estar antes y más eficazmente purificado de las penas del pecado.

 

1476 Estos bienes espirituales de la comunión de los santos, los llamamos también el tesoro de la Iglesia, "que no es suma de bienes, como lo son las riquezas materiales acumuladas en el transcurso de los siglos, sino que es el valor infinito e inagotable que tienen ante Dios las expiaciones y los méritos de Cristo nuestro Señor, ofrecidos para que la humanidad quedara libre del pecado y llegase a la comunión con el Padre. Sólo en Cristo, Redentor nuestro, se encuentran en abundancia las satisfacciones y los méritos de su redención " (Indulgentiarum doctrina, 5).

 

1477 "Pertenecen igualmente a este tesoro el precio verdaderamente inmenso, inconmensurable y siempre nuevo que tienen ante Dios las oraciones y las buenas obras de la Bienaventurada Virgen María y de todos los santos que se santificaron por la gracia de Cristo, siguiendo sus pasos, y realizaron una obra agradable al Padre, de manera que, trabajando en su propia salvación, cooperaron igualmente a la salvación de sus hermanos en la unidad del Cuerpo místico" (Indulgentiarum doctrina, 5).

 

La indulgencia de Dios se obtiene por medio de la Iglesia

 

1478 Las indulgencias se obtienen por la Iglesia que, en virtud del poder de atar y desatar que le fue concedido por Cristo Jesús, interviene en favor de un cristiano y le abre el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos para obtener del Padre de la misericordia la remisión de las penas temporales debidas por sus pecados. Por eso la Iglesia no quiere solamente acudir en ayuda de este cristiano, sino también impulsarlo a hacer a obras de piedad, de penitencia y de caridad (cf. Indulgentiarum doctrina, 8; Concilio. de Trento: DS 1835).

 

1479 Puesto que los fieles difuntos en vía de purificación son también miembros de la misma comunión de los santos, podemos ayudarlos, entre otras formas, obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por sus pecados.

 

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Invocaciones a San José

 

Autor anónimo

 

• Padre de Jesús. Escogido por el Eterno Padre, con amor previsor, para ser un padre para Jesús, tú, oh san José, has sido uno de los principales interlocutores en el plan de la salvación, según las promesas de Dios a su pueblo. Ayúdame, san José, a leer hoy el proyecto de Dios sobre mi vida, conforme a su plan de salvación.

 

• Hombre de los proyectos divinos. Durante tu vida, tú, san José, no te has preocupado por hacer cosas grandes, sino por cumplir bien la voluntad de Dios, inclusive en las cosas más sencillas y humildes, con mucho empeño y amor. Enséñame, san José, la prontitud en buscar y realizar la voluntad de Dios.

 

• Esposo de la Madre de Dios. Después de la perturbación inicial, oh san José, tu ‘sí’ a la voluntad de Dios fue claro y preciso, aceptando a María como tu esposa. Fue por tu ‘sí’ que Jesús formó parte, a pleno derecho, de la estirpe de David ante la ley y ante la sociedad. Te confiamos, oh san José, a todos los padres, para que, siguiendo tu ejemplo, acepten en los hijos el don inestimable de la vida humana.

 

• Hombre del silencio. Junto a Jesús y a María, San José, fuiste hombre del silencio. Tu casa fue un templo. ¡Un templo donde lo primero fue el amor! Enséñame, oh San José, a dominar mi locuacidad y a cultivar el espíritu de recogimiento.

 

• Hombre de fe. Aún más que Abraham, a ti, San José, te tocó creer en lo que es humanamente impensable: la maternidad de una virgen, la encarnación del Hijo de Dios. Fortalece, oh San José, a quien se desanima y abre los corazones para confiar en la Providencia de Dios.

 

• Hombre de la esperanza. Oh San José, tú has vivido en una actitud de serena esperanza ante la persona de Jesús, de quien, durante tu vida, jamás pudiste vislumbrar algo que revelara su divinidad. Aumenta, San José, mi capacidad de esperanza, alimentando el aceite para mis lámparas de espera.

 

• Hombre del amor a Dios. Oh San José, tú diste pruebas de entrega plena y total a tus seres queridos, Jesús y María, y con ello dabas gloria a Dios. Enséñame, oh San José, a amar a Dios con todo mi corazón, con toda mi mente y con todas mis fuerzas, y al prójimo como a mí mismo.

 

• Hombre de la acogida. Oh San José, tu trabajo te llevaba a relacionarte a menudo con la gente, y en ello diste pruebas de atenta cortesía y de calurosa acogida. Oh San José, ¡que yo sepa descubrir aquellos gestos que me hacen imagen viva de la disponibilidad con que Dios nos recibe tal como somos!

 

• Hombre del discernimiento. No te fue tan fácil, oh San José, discernir entre las circunstancias de la vida lo que Dios quería de ti para tu misión y tu familia. Ayúdame, oh San José, a intuir entre los acontecimientos del día el paso de Dios por mi vida.

 

• Hombre de la docilidad. ¡Qué hermosa fue tu docilidad, oh querido santo, en actitud de constante atención a la Sagrada Escritura y a la voluntad de Dios! Aleja de mí, oh San José, la presunción, el apego tonto a mis opiniones, la obstinación de seguir sólo mis ideas.

 

• Hombre de la entrega. Tú, oh San José, no perdías tiempo en cosas vanas e inútiles y no obrabas con disgusto o mala gana. Ayúdame, oh San José, a no ser flojo en mis responsabilidades, sino a dedicarme a mis quehaceres con la máxima entrega.

 

• Hombre de la sencillez. Ser persona sencilla como tú, oh San José, no es sólo una dimensión del carácter, sino una virtud adquirida con el esfuerzo diario de hacerse disponible a los demás. Ayúdame, oh San José, a no ser persona complicada, retorcida e inaccesible, sino amable, sencilla y transparente.

 

• Hombre de la confianza. Tu seguridad, oh San José, se cimentaba en la atención y adhesión constante a la voluntad de Dios, tal como iba manifestándose día tras día. Haz, oh San José, que yo tenga la seguridad de quien confía en Dios, sabiendo que en cualquier situación, aunque adversa, estoy en sus manos.

 

• Hombre de la paz. Tú, oh San José, como padre has educado a Jesús adolescente hacia aquellos valores que luego Él predicó, proclamando felices a “los que trabajan por la paz”. Oh San José, ayúdame a promover la paz en mi propia familia y en el ambiente donde vivo y trabajo.

 

• Ejemplo de humildad. ¡Cómo te sentías pequeño a tus ojos, oh San José! ¡Cómo amabas tu pequeñez! Siempre en la sombra, mantuviste tu vida bien escondida para responder al proyecto de Dios. Ayúdame, oh San José, a huir de la vanagloria. Haz que encuentre gusto en la humildad y en relativizar mis intereses personales.

 

• Ejemplo de fortaleza. Sin duda, oh San José, tu fortaleza, como jefe de familia, fue fundamental en los momentos cruciales que los Evangelios nos dejan entrever. Pero seguramente se consolidó luego en el trabajo de cada día. Ayúdame, oh San José, a no desfallecer frente a las tentaciones, fatigas y sufrimientos.

 

• Ejemplo de obediencia. Fue admirable tu obediencia en lo poco que los Evangelios nos revelan. Obedecer, casi a ciegas, a lo que las circunstancias iban indicándote como querer de Dios. Aleja de mí, oh San José, todas las excusas que mi egoísmo y flojera me presionan para no cumplir la voluntad de Dios.

 

• Ejemplo de justicia. El evangelio te definió hombre justo, querido San José, lo cual para nosotros ahora significa ser persona que actúa para con Dios y los hombres con rectitud y honestidad. Alcánzame, oh San José, la ayuda para mantener actitudes sanas en mis relaciones con Dios y los hombres.

 

• Ejemplo de prudencia. Tu prudencia, querido santo, se manifestó en la correcta valoración de las circunstancias para tomar en tu vida aquellas decisiones que mejor favorecían a tu propia familia. Haz, oh San José, que yo no tome decisiones importantes sin antes valorar bien a quienes realmente puedan afectar.

 

• Ejemplo de pobreza. La vida pobre y escondida en Nazaret, al lado de tus seres queridos, te llevó, querido santo, a ser un trabajador responsable y activo, sin escatimar sacrificio alguno. Obtenme, oh San José, la gracia del espíritu de pobreza, siendo responsable en mis quehaceres.

 

• Ejemplo de gratitud. Nadie después de tu esposa, querido San José, recibió, de la bondad de Dios, tanto como tú. Y después de María, nadie cultivó tanto un corazón agradecido por los dones recibidos. Haz, oh San José, que yo sea consciente de los dones que Dios me otorga cada día.

 

• Ejemplo para los obreros. Como cada uno de nosotros, también tú, oh San José, sentiste la fatiga y el cansancio del trabajo de cada día. Ayúdame, oh San José, a valorar la dignidad de mi trabajo, sea cual sea, y a cumplirlo con entusiasmo y responsabilidad.

 

• Ejemplo de la misión. Aunque con una vida escondida, tú, oh querido santo, has cumplido una misión específica, única e irrepetible en la historia. Haz, oh San José, que yo pueda, con la palabra y con el testimonio de vida, colaborar en la misión de la Iglesia para la construcción del reino de Dios.

 

• Custodio de la virginidad. Como esposo de la Madre de Dios cuidaste con amor casto su virginidad, respondiendo así al proyecto de Dios. Haz, oh San José, que yo viva con responsabilidad mi vocación específica, educando y fomentando mi capacidad de amar.

 

• Consuelo de los que sufren. Oh San José, tu vida no estuvo exenta de la sombra del dolor, que has asumido con mucha serenidad y paz del corazón. Ayúdame, oh San José, a darme cuenta de que una vida de amor no puede estar exenta de la sombra del sufrimiento, para que encuentre el camino hacia la verdadera felicidad.

 

• Esperanza de los afligidos. En tu vida, oh San José, no todo fue claro y fácil de comprender. Sin embargo, supiste ubicarte siempre con la seguridad que te daba la esperanza de estar en las manos de Dios. Te ruego, oh San José, que consueles hoy a todos los que están afligidos por cualquier causa. Llena sus días de personas amigas y desinteresadas.

 

• Patrono de los moribundos. Tú, oh San José, tuviste la suerte de morir asistido por Jesús y tu esposa María. ¡Nadie podría desear algo mejor en el momento más decisivo de su vida! Asísteme, oh querido santo, en el momento de mi muerte.

 

• Amparo de las familias. Oh San José, la Escritura afirma que, al lado de ti y de María, Jesús “crecía en edad, sabiduría y gracia”. Te ruego, oh San José, por los niños y los jóvenes, para que encuentren en su familia y en la comunidad el ambiente ideal para crecer sanos y felices.

 

• Modelo de vida doméstica. Oh San José, en la Familia de Nazaret asumiste plenamente tu responsabilidad, con espíritu de colaboración y de humildad. Haz, oh San José, que los padres sepan unir todas las potencialidades del amor humano con una buena vida cristiana.

 

• Terror de los demonios. Oh San José, fortificado por la Palabra de la Escritura, has podido vencer las tentaciones siempre. Libera, oh San José, mi corazón y mi mente de toda tentación, para que sea un buen cristiano y un honrado ciudadano.

 

• Patrono de la Iglesia universal. Oh San José, por la misión que te fue confiada, asiste a la Iglesia de Cristo, haciendo que camine siempre en la verdad y en el amor, para ser luz del mundo.

 

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“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

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