Fe y Razón

Revista gratuita de teología y cultura católica

Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 116 – 4 de diciembre de 2015

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

(“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”)

Santo Tomás de Aquino

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

¡Feliz Navidad y feliz Año Nuevo!

Equipo de Dirección

Magisterio

Carta Encíclica Pascendi sobre las doctrinas de los modernistas –II

Papa San Pío X

Teología

El buey y el asno junto al pesebre

Joseph Ratzinger

Teología

El Tiempo del Anticristo

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Espiritualidad

Infidelidades y reformas –1

Pbro. Dr. José María Iraburu

Sínodo de la Familia

Después del Sínodo de la Familia

Lic. Néstor Martínez Valls

Historia de la Iglesia

Testimonio evangelizador de Don Pedro Ortiz de Zárate y del P. Juan Antonio Solinas, SJ –2

Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola

Apologética

¿Existe el alma espiritual?

Raymond de Souza KM

Familia y Vida

Las políticas de planificación poblacional

José Alfredo Elía Marcos

Catecismo

La comunión de los santos

Catecismo de la Iglesia Católica

Derecho Canónico

De la “intercomunión”

Código de Derecho Canónico

Oración

Salmo 40

La Santa Biblia

 

 

¡Feliz Navidad y feliz Año Nuevo!

 

Equipo de Dirección

 

“Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, lo adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra.” (Mateo 2,9-11).

 

Queridos amigos:

 

La Navidad secularizada (la de Santa Claus y el arbolito) requiere sólo el compromiso débil de dar algunos regalos materiales a los seres queridos. En cambio, la Navidad verdadera, la Navidad cristiana (la del niño Jesús y el pesebre de Belén) exige el compromiso fuerte de regalar el propio ser a Dios y a todos los hermanos. Los tres dones de los magos de Oriente al Salvador recién nacido (oro, incienso y mirra) simbolizan los dones de pobreza, castidad y obediencia (bienes, cuerpos y almas) que debemos entregar a Dios. Liberándonos, por la gracia de Dios, de los afanes desordenados de riqueza, de placer e incluso de libertad, nos auto-poseemos para poder auto-donarnos.

 

Que en esta Navidad nuestro Padre Dios nos conceda abrir nuestros ojos al gran misterio del nacimiento de Su Hijo Jesucristo de la Virgen María en Belén de Judea hace más de 2.000 años y convierta nuestros corazones en tierra fértil, para que la buena semilla del Evangelio dé muchos frutos de justicia y santidad en nosotros y a nuestro alrededor.

 

En comunión con el Papa y con toda la Iglesia Católica, a todos ustedes, queridos hermanos y hermanas, residentes en tantos países del mundo y unidos a nosotros a través de Internet, les deseamos una muy santa y feliz Navidad.

 

“En este día, iluminado por la esperanza evangélica que proviene de la humilde gruta de Belén, pido para todos ustedes el don navideño de la alegría y de la paz: para los niños y los ancianos, para los jóvenes y las familias, para los pobres y marginados. Que Jesús, que vino a este mundo por nosotros, consuele a los que pasan por la prueba de la enfermedad y el sufrimiento y sostenga a los que se dedican al servicio de los hermanos más necesitados. ¡Feliz Navidad a todos!” (Mensaje Urbi et Orbi del Santo Padre Francisco, 25 de diciembre de 2013).

 

***

 

Como de costumbre, la Revista “Fe y Razón” no será publicada en enero. Nos reencontraremos con ustedes a principios de febrero, si Dios quiere.

 

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Carta Encíclica Pascendi
sobre las doctrinas de los modernistas –II

 

Papa San Pío X

 

(…)

 

12. Si, pasando al creyente, se desea saber en qué se distingue, en el mismo modernista, el creyente del filósofo, es necesario advertir una cosa, y es que el filósofo admite, sí, la realidad de lo divino como objeto de la fe; pero esta realidad no la encuentra sino en el alma misma del creyente, en cuanto es objeto de su sentimiento y de su afirmación: por lo tanto, no sale del mundo de los fenómenos. Si aquella realidad existe en sí fuera del sentimiento y de la afirmación dichos, es cosa que el filósofo pasa por alto y desprecia. Para el modernista creyente, por lo contrario, es firme y cierto que la realidad de lo divino existe en sí misma con entera independencia del creyente. Y si se pregunta en qué se apoya, finalmente, esta certeza del creyente, responden los modernistas: en la experiencia singular de cada hombre.

 

13. Con cuya afirmación, mientras se separan de los racionalistas, caen en la opinión de los protestantes y seudomísticos. Véase, pues, su explicación. En el sentimiento religioso se descubre una cierta intuición del corazón; merced a la cual, y sin necesidad de medio alguno, alcanza el hombre la realidad de Dios, y tal persuasión de la existencia de Dios y de su acción, dentro y fuera del ser humano, que supera con mucho a toda persuasión científica. Lo cual es una verdadera experiencia, y superior a cualquiera otra racional; y si alguno, como acaece con los racionalistas, la niega, es simplemente, dicen, porque rehúsa colocarse en las condiciones morales requeridas para que aquélla se produzca. Y tal experiencia es la que hace verdadera y propiamente creyente al que la ha conseguido.

 

¡Cuánto dista todo esto de los principios católicos! Semejantes quimeras las vimos ya reprobadas por el Concilio Vaticano. Cómo franquean la puerta del ateísmo, una vez admitidas estas teorías juntamente con los otros errores mencionados, lo diremos más adelante. Desde luego, es bueno advertir que de esta doctrina de la experiencia, unida a la otra del simbolismo, se infiere la verdad de toda religión, sin exceptuar el paganismo. Pues qué, ¿no se encuentran en todas las religiones experiencias de este género? Muchos lo afirman. Luego ¿con qué derecho los modernistas negarán la verdad de la experiencia que afirma el turco, y atribuirán sólo a los católicos las experiencias verdaderas? Aunque, cierto, no lo niegan; más aún, los unos veladamente y los otros sin rebozo, tienen por verdaderas todas las religiones. Y es manifiesto que no pueden opinar de otra suerte, pues establecidos sus principios, ¿por qué causa argüirían de falsedad a una religión cualquiera? No por otra, ciertamente, que por la falsedad del sentimiento religioso o de la fórmula brotada del entendimiento. Mas el sentimiento religioso es siempre y en todas partes el mismo, aunque en ocasiones tal vez menos perfecto; cuanto a la fórmula del entendimiento, lo único que se exige para su verdad es que responda al sentimiento religioso y al hombre creyente, cualquiera que sea la capacidad de su ingenio. Todo lo más que en esta oposición de religiones podrían acaso defender los modernistas es que la católica, por tener más vida, posee más verdad, y que es más digna del nombre cristiano porque responde con mayor plenitud a los orígenes del cristianismo.

 

Nadie, puestas las precedentes premisas, considerará absurda ninguna de estas conclusiones. Lo que produce profundo estupor es que católicos y sacerdotes a quienes horrorizan, según Nos queremos pensar, tales monstruosidades, se conduzcan, sin embargo, como si de lleno las aprobasen; pues tales son las alabanzas que prodigan a los mantenedores de esos errores, tales los honores que públicamente les tributan, que hacen creer fácilmente que lo que pretenden honrar no son las personas, merecedoras acaso de alguna consideración, sino más bien los errores que a las claras profesan y que se empeñan con todas veras en esparcir entre el vulgo.

 

14. Otro punto hay en esta cuestión de doctrina en abierta contradicción con la verdad católica. Pues el principio de la experiencia se aplica también a la tradición sostenida hasta aquí por la Iglesia, destruyéndola completamente. A la verdad, por tradición entienden los modernistas cierta comunicación de alguna experiencia original que se hace a otros mediante la predicación y en virtud de la fórmula intelectual; a la cual fórmula atribuyen, además de su fuerza representativa, como dicen, cierto poder sugestivo que se ejerce, ora en el creyente mismo para despertar en él el sentimiento religioso, tal vez dormido, y restaurar la experiencia que alguna vez tuvo; ora sobre los que no creen aún, para crear por vez primera en ellos el sentimiento religioso y producir la experiencia. Así es como la experiencia religiosa se va propagando extensamente por los pueblos; no sólo por la predicación en los existentes, más aún en los venideros, tanto por libros cuanto por la transmisión oral de unos a otros.

 

Pero esta comunicación de experiencias a veces se arraiga y reflorece; a veces envejece al punto y muere. El que reflorezca es para los modernistas un argumento de verdad, ya que toman indistintamente la verdad y la vida. De lo cual colegiremos de nuevo que todas las religiones existentes son verdaderas, pues de otro modo no vivirían.

 

15. Con lo expuesto hasta aquí, venerables hermanos, tenemos bastante y sobrado para formarnos cabal idea de las relaciones que establecen los modernistas entre la fe y la ciencia, bajo la cual comprenden también la historia.

 

Ante todo, se ha de asentar que la materia de una está fuera de la materia de la otra y separada de ella. Pues la fe versa únicamente sobre un objeto que la ciencia declara serle incognoscible; de aquí un campo completamente diverso: la ciencia trata de los fenómenos, en los que no hay lugar para la fe; ésta, por lo contrario, se ocupa enteramente de lo divino, que la ciencia desconoce por completo. De donde se saca en conclusión que no hay conflictos posibles entre la ciencia y la fe; porque si cada una se encierra en su esfera, nunca podrán encontrarse ni, por lo tanto, contradecirse.

 

Si tal vez se objeta a eso que hay en la naturaleza visible ciertas cosas que incumben también a la fe, como la vida humana de Jesucristo, ellos lo negarán. Pues aunque esas cosas se cuenten entre los fenómenos, mas en cuanto las penetra la vida de la fe –y en la manera arriba dicha, la fe las transfigura y desfigura– son arrancadas del mundo sensible y convertidas en materia del orden divino. Así, al que todavía preguntase más, si Jesucristo ha obrado verdaderos milagros y verdaderamente profetizado lo futuro; si verdaderamente resucitó y subió a los cielos: no, contestará la ciencia agnóstica; sí, dirá la fe. Aquí, con todo, no hay contradicción alguna: la negación es del filósofo, que habla a los filósofos y que no mira a Jesucristo sino según la realidad histórica; la afirmación es del creyente, que se dirige a creyentes y que considera la vida de Jesucristo como vivida de nuevo por la fe y en la fe.

 

16. A pesar de eso, se engañaría muy mucho el que creyese que podía opinar que la fe y la ciencia por ninguna razón se subordinan la una a la otra; de la ciencia sí se podría juzgar de ese modo recta y verdaderamente; mas no de la fe, que, no sólo por una, sino por tres razones está sometida a la ciencia. Pues, en primer lugar, conviene notar que todo cuanto incluye cualquier hecho religioso, quitada su realidad divina y la experiencia que de ella tiene el creyente, todo lo demás, y principalmente las fórmulas religiosas, no sale de la esfera de los fenómenos, y por eso cae bajo el dominio de la ciencia. Séale lícito al creyente, si le agrada, salir del mundo; pero, no obstante, mientras en él viva, jamás escapará, quiéralo o no, de las leyes, observación y fallos de la ciencia y de la historia.

 

Además, aunque se ha dicho que Dios es objeto de sola la fe, esto se entiende tratándose de la realidad divina y no de la idea de Dios. Ésta se halla sujeta a la ciencia, la cual, filosofando en el orden que se dice lógico, se eleva también a todo lo que es absoluto e ideal. Por lo tanto, la filosofía o la ciencia tienen el derecho de investigar sobre la idea de Dios, de dirigirla en su desenvolvimiento y librarla de todo lo extraño que pueda mezclarse; de aquí el axioma de los modernistas: «la evolución religiosa ha de ajustarse a la moral y a la intelectual»; esto es, como ha dicho uno de sus maestros, «ha de subordinarse a ellas».

 

Añádase, en fin, que el hombre no sufre en sí la dualidad; por lo cual el creyente experimenta una interna necesidad que le obliga a armonizar la fe con la ciencia, de modo que no disienta de la idea general que la ciencia da de este mundo universo. De lo que se concluye que la ciencia es totalmente independiente de la fe; pero que ésta, por el contrario, aunque se pregone como extraña a la ciencia, debe sometérsele.

 

Todo lo cual, venerables hermanos, es enteramente contrario a lo que Pío IX, nuestro predecesor, enseñaba cuando dijo: «Es propio de la filosofía, en lo que atañe a la religión, no dominar, sino servir; no prescribir lo que se ha de creer, sino abrazarlo con racional homenaje; no escudriñar la profundidad de los misterios de Dios, sino reverenciarlos pía y humildemente» (9). Los modernistas invierten sencillamente los términos: a los cuales, por consiguiente, puede aplicarse lo que ya Gregorio IX, también predecesor nuestro, escribía de ciertos teólogos de su tiempo: «Algunos entre vosotros, hinchados como odres por el espíritu de la vanidad, se empeñan en traspasar con profanas novedades los términos que fijaron los Padres, inclinando la inteligencia de las páginas sagradas... a la doctrina filosófica de los racionalistas, no para algún provecho de los oyentes, sino para ostentación de la ciencia... Estos mismos, seducidos por varias y extrañas doctrinas, hacen de la cabeza cola, y fuerzan a la reina a servir a la esclava» (10).

 

17. Y todo esto, en verdad, se hará más patente al que considera la conducta de los modernistas, que se acomoda totalmente a sus enseñanzas. Pues muchos de sus escritos y dichos parecen contrarios, de suerte que cualquiera fácilmente reputaría a sus autores como dudosos e inseguros. Pero lo hacen de propósito y con toda consideración, por el principio que sostienen sobre la separación mutua de la fe y de la ciencia. De aquí que tropecemos en sus libros con cosas que los católicos aprueban completamente; mientras que en la siguiente página hay otras que se dirían dictadas por un racionalista. Por consiguiente, cuando escriben de historia no hacen mención de la divinidad de Cristo; pero predicando en los templos la confiesan firmísimamente. Del mismo modo, en las explicaciones de historia no hablan de concilios ni Padres; mas, si enseñan el catecismo, citan honrosamente a unos y otros. De aquí que distingan también la exégesis teológica y pastoral de la científica e histórica.

 

Igualmente, apoyándose en el principio de que la ciencia de ningún modo depende de la fe, al disertar acerca de la filosofía, historia y crítica, muestran de mil maneras su desprecio de los maestros católicos, Santos Padres, concilios ecuménicos y Magisterio eclesiástico, sin horrorizarse de seguir las huellas de Lutero (11); y si de ello se les reprende, quéjanse de que se les quita la libertad.

 

Confesando, en fin, que la fe ha de subordinarse a la ciencia, a menudo y abiertamente censuran a la Iglesia, porque tercamente se niega a someter y acomodar sus dogmas a las opiniones filosóficas; por lo tanto, desterrada con este fin la teología antigua, pretenden introducir otra nueva que obedezca a los delirios de los filósofos.

 

a) La fe

 

18. Aquí ya, venerables hermanos, se nos abre la puerta para examinar a los modernistas en el campo teológico. Mas, porque es materia muy escabrosa, la reduciremos a pocas palabras. Se trata, pues, de conciliar la fe con la ciencia, y eso de tal suerte que la una se sujete a la otra. En este género, el teólogo modernista usa de los mismos principios que, según vimos, usaba el filósofo, y los adapta al creyente; a saber: los principios de la inmanencia y el simbolismo. Simplicísimo es el procedimiento. El filósofo afirma: el principio de la fe es inmanente; el creyente añade: ese principio es Dios; concluye el teólogo: luego Dios es inmanente en el hombre. He aquí la inmanencia teológica. De la misma suerte es cierto para el filósofo que las representaciones del objeto de la fe son sólo simbólicas; para el creyente lo es igualmente que el objeto de la fe es Dios en sí: el teólogo, por tanto, infiere: las representaciones de la realidad divina son simbólicas. He aquí el simbolismo teológico.

 

Errores, en verdad, grandísimos; y cuán perniciosos sean ambos, se descubrirá al verse sus consecuencias. Pues, comenzando desde luego por el simbolismo, como los símbolos son tales respecto del objeto, a la vez que instrumentos respecto del creyente, ha de precaverse éste ante todo, dicen, de adherirse más de lo conveniente a la fórmula, en cuanto fórmula, usando de ella únicamente para unirse a la verdad absoluta, que la fórmula descubre y encubre juntamente, empeñándose luego en expresarlas, pero sin conseguirlo jamás. A esto añaden, además, que semejantes fórmulas debe emplearlas el creyente en cuanto lo ayuden, pues se le han dado para su comodidad y no como impedimento; eso sí, respetando el honor que, según la consideración social, se debe a las fórmulas que ya el magisterio público juzgó idóneas para expresar la conciencia común y en tanto que el mismo magisterio no hubiese declarado otra cosa distinta.

 

Qué opinan realmente los modernistas sobre la inmanencia, difícil es decirlo: no todos sienten una misma cosa. Unos la ponen en que Dios, por su acción, está más íntimamente presente al hombre que éste a sí mismo; lo cual nada tiene de reprensible si se entendiera rectamente. Otros, en que la acción de Dios es una misma cosa con la acción de la naturaleza, como la de la causa primera con la de la segunda; lo cual, en verdad, destruye el orden sobrenatural. Por último, hay quienes la explican de suerte que dan sospecha de significación panteísta, lo cual concuerda mejor con el resto de su doctrina.

 

19. A este postulado de la inmanencia se junta otro que podemos llamar de permanencia divina: difieren entre sí, casi del mismo modo que difiere la experiencia privada de la experiencia transmitida por tradición. Aclarémoslo con un ejemplo sacado de la Iglesia y de los sacramentos. La Iglesia, dicen, y los sacramentos no se ha de creer, en modo alguno, que fueran instituidos por Cristo. Lo prohíbe el agnosticismo, que en Cristo no reconoce sino a un hombre, cuya conciencia religiosa se formó, como en los otros hombres, poco a poco; lo prohíbe la ley de inmanencia, que rechaza las que ellos llaman externas aplicaciones; lo prohíbe también la ley de la evolución, que pide, a fin de que los gérmenes se desarrollen, determinado tiempo y cierta serie de circunstancias consecutivas; finalmente, lo prohíbe la historia, que enseña cómo fue en realidad el verdadero curso de los hechos. Sin embargo, debe mantenerse que la Iglesia y los sacramentos fueron instituidos mediatamente por Cristo. Pero ¿de qué modo? Todas las conciencias cristianas estaban en cierta manera incluidas virtualmente, como la planta en la semilla, en la ciencia de Cristo. Y como los gérmenes viven la vida de la simiente, así hay que decir que todos los cristianos viven la vida de Cristo. Mas la vida de Cristo, según la fe, es divina: luego también la vida de los cristianos. Si, pues, esta vida, en el transcurso de las edades, dio principio a la Iglesia y a los sacramentos, con toda razón se dirá que semejante principio proviene de Cristo y es divino. Así, cabalmente concluyen que son divinas las Sagradas Escrituras y divinos los dogmas.

 

A esto, poco más o menos, se reduce, en realidad, la teología de los modernistas: pequeño caudal, sin duda, pero sobreabundante si se mantiene que la ciencia debe ser siempre y en todo obedecida.

Cada uno verá por sí fácilmente la aplicación de esta doctrina a todo lo demás que hemos de decir.

 

b) El dogma

 

20. Hasta aquí hemos tratado del origen y naturaleza de la fe. Pero, siendo muchos los brotes de la fe, principalmente la Iglesia, el dogma, el culto, los libros que llamamos santos, conviene examinar qué enseñan los modernistas sobre estos puntos. Y comenzando por el dogma, cuál sea su origen y naturaleza arriba lo indicamos. Surge aquél de cierto impulso o necesidad, en cuya virtud el creyente trabaja sobre sus pensamientos propios, para así ilustrar mejor su conciencia y la de los otros. Todo este trabajo consiste en penetrar y pulir la primitiva fórmula de la mente, no en sí misma, según el desenvolvimiento lógico, sino según las circunstancias o, como ellos dicen con menos propiedad, vitalmente. Y así sucede que, en torno a aquélla, se forman poco a poco, como ya insinuamos, otras fórmulas secundarias; las cuales, reunidas después en un cuerpo y en un edificio doctrinal, así que son sancionadas por el magisterio público, puesto que responden a la conciencia común, se denominan dogma. A éste se han de contraponer cuidadosamente las especulaciones de los teólogos, que, aunque no vivan la vida de los dogmas, no se han de considerar del todo inútiles, ya para conciliar la religión con la ciencia y quitar su oposición, ya para ilustrar extrínsecamente y defender la misma religión; y acaso también podrán ser útiles para allanar el camino a algún nuevo dogma futuro.

 

En lo que mira al culto sagrado, poco habría que decir de no comprenderse bajo este título los sacramentos, sobre los cuales defienden los modernistas gravísimos errores. El culto, según enseñan, brota de un doble impulso o necesidad; porque en su sistema, como hemos visto, todo se engendra, según ellos aseguran, en virtud de impulsos íntimos o necesidades. Una de ellas es para dar a la religión algo de sensible; la otra a fin de manifestarla, lo que no puede en ningún modo hacerse sin cierta forma sensible y actos santificantes, que se han llamado sacramentos. Éstos, para los modernistas, son puros símbolos o signos; aunque no destituidos de fuerza. Para explicar dicha fuerza, se valen del ejemplo de ciertas palabras que vulgarmente se dice haber hecho fortuna, pues tienen la virtud de propagar ciertas nociones poderosas e impresionan de modo extraordinario los ánimos superiores. Como esas palabras se ordenan a tales nociones, así los sacramentos se ordenan al sentimiento religioso: nada más. Hablarían con mayor claridad si afirmasen que los sacramentos se instituyeron únicamente para alimentar la fe; pero eso ya lo condenó el Concilio de Trento (12): «Si alguno dijere que estos sacramentos no fueron instituidos sino sólo para alimentar la fe, sea excomulgado».

 

c) Los libros sagrados

 

21. Algo hemos indicado ya sobre la naturaleza y origen de los libros sagrados. Conforme al pensar de los modernistas, podríamos definirlos rectamente como una colección de experiencias, no de las que estén al alcance de cualquiera, sino de las extraordinarias e insignes, que suceden en toda religión.

 

Eso cabalmente enseñan los modernistas sobre nuestros libros, así del Antiguo como del Nuevo Testamento. En sus opiniones, sin embargo, advierten astutamente que, aunque la experiencia pertenezca al tiempo presente, no obsta para que tome la materia de lo pasado y aun de lo futuro, en cuanto el creyente, o por el recuerdo de nuevo vive lo pasado a manera de lo presente, o por anticipación hace lo propio con lo futuro. Lo que explica cómo pueden computarse entre los libros sagrados los históricos y apocalípticos. Así, pues, en esos libros Dios habla en verdad por medio del creyente; mas, según quiere la teología de los modernistas, sólo por la inmanencia y permanencia vital.

 

Se preguntará: ¿qué dicen, entonces, de la inspiración? Ésta, contestan, no se distingue sino, acaso, por el grado de vehemencia, del impulso que siente el creyente de manifestar su fe de palabra o por escrito. Algo parecido tenemos en la inspiración poética; por lo que dijo uno: «Dios está en nosotros: al agitarnos Él, nos enardecemos». Así es como se debe afirmar que Dios es el origen de la inspiración de los Sagrados Libros.

 

Añaden, además, los modernistas que nada absolutamente hay en dichos libros que carezca de semejante inspiración. En cuya afirmación podría uno creerlos más ortodoxos que a otros modernos que restringen algo la inspiración, como, por ejemplo, cuando excluyen de ellas las citas que se llaman tácitas. Mero juego de palabras, simples apariencias. Pues si juzgamos la Biblia según el agnosticismo, a saber: como una obra humana compuesta por los hombres para los hombres, aunque se dé al teólogo el derecho de llamarla divina por inmanencia, ¿cómo, en fin, podrá restringirse la inspiración? Aseguran, sí, los modernistas la inspiración universal de los libros sagrados, pero en el sentido católico no admiten ninguna. (Continuará).

 

Notas

 

9) Brev. ad ep. Wratislav., 13 jun. 1857.

10) Ep. ad Magistros Theolog. París, non. iul. 1223.

11) Prop. 29 damn. a Leone X, Bulla Exsurge Domine, 16 maii 1520: «Hásenos abierto el camino de enervar la autoridad de los concilios, contradecir libremente sus hechos, juzgar sus decretos y confesar confiadamente lo que parezca verdadero, ya lo apruebe, ya lo repruebe cualquier concilio».

12) Sess. 7, De sacramentis in genere, can. 5.

 

Fuente: http://w2.vatican.va/content/pius-x/es/encyclicals/documents/hf_p-x_enc_19070908_pascendi-dominici-gregis.html

 

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El buey y el asno junto al pesebre

 

Joseph Ratzinger

 

En Navidad nos deseamos de corazón que este tiempo festivo, en medio de todo el ajetreo actual, nos otorgue un poco de reflexión y alegría, contacto con la bondad de nuestro Dios y, de ese modo, ánimos renovados para seguir adelante. Al empezar esta pequeña reflexión sobre lo que esta fiesta puede decirnos hoy, tal vez resulte útil una breve mirada al origen de la celebración de la Navidad.

 

El año litúrgico de la Iglesia se ha desarrollado ante todo, no desde la consideración del nacimiento de Cristo, sino desde la fe en su resurrección. Por tanto, la fiesta originaria de la cristiandad no es la Navidad, sino la Pascua. Pues, de hecho, sólo la resurrección ha fundamentado la fe cristiana y ha hecho existir a la Iglesia. Por eso, ya Ignacio de Antioquia (muerto como muy tarde el 117 d.C.) llama a los cristianos aquellos que "ya no guardan el sábado, sino que viven según el día del Señor": ser cristiano significa vivir pascualmente, desde la resurrección, que se conmemora en la semanal celebración del domingo. Seguramente el primero en afirmar que Jesús nació el 25 de diciembre fue Hipólito de Roma, en su comentario a Daniel, escrito más o menos en el año 204 d.C.; el antiguo exegeta de Basilea Bo Reicke remitía además al calendario de fiestas, según el cual en el Evangelio de Lucas los relatos del nacimiento del Bautista y del nacimiento de Jesús están referidos uno al otro. De esto se seguiría que ya Lucas en su evangelio presupone el 25 de diciembre como día del nacimiento de Jesús. En este día se conmemoraba por aquel entonces la fiesta de la dedicación del Templo introducida en el año 164 a.C. por Judas Macabeo; de ese modo la fecha del nacimiento de Jesús simbolizaría al mismo tiempo que con Él apareció la luz de Dios en la noche invernal y tenía lugar la verdadera dedicación del templo: la llegada de Dios en medio de esta tierra.

 

Sea como fuere, la fiesta de Navidad no adquirió en la cristiandad una forma clara hasta el siglo IV, cuando desplazó la festividad romana del dios solar invicto y enseñó a entender el nacimiento de Cristo como la victoria de la verdadera luz; sin embargo, por las anotaciones de Bo Reicke ha quedado patente que, en esta refundición de una fiesta pagana en una solemne festividad cristiana, se asumió una ya antigua tradición judeocristiana.

 

El especial calor de la fiesta de Navidad nos afecta tanto que en el corazón de la cristiandad ha sobrepujado con mucho a la Pascua. Pues bien, en realidad ese calor se desarrolló por vez primera en la Edad Media, y fue Francisco de Asís quien, con su profundo amor al hombre Jesús, al Dios con nosotros, ayudó a materializar esta novedad. Su primer biógrafo, Tomás de Celano, cuenta en la segunda descripción que hace de su vida lo siguiente. “Más que ninguna otra fiesta celebraba la navidad con una alegría indescriptible. Decía que ésta era la fiesta de las fiestas, pues en este día Dios se hizo niño pequeño, y mamó leche como todos los niños. Francisco abrazaba –¡con tanta ternura y devoción!– las imágenes que representaban al niño Jesús, y balbuceaba lleno de piedad, como los niños, palabras tiernas. El nombre de Jesús era en sus labios dulce como la miel.”

 

De tales sentimientos surgió, pues, la famosa fiesta de Navidad de Greccio, a la que podría haberlo animado su visita a Tierra Santa y al pesebre de Santa María la Mayor en Roma; lo que lo movía era el anhelo de cercanía, de realidad; era el deseo de vivir en Belén de forma totalmente presencial, de experimentar inmediatamente la alegría del nacimiento del niño Jesús y de compartirla con todos sus amigos.

 

De esta noche junto al pesebre habla Celano, en la primera biografía, de una manera que continuamente ha conmovido a los hombres y, al mismo tiempo, ha contribuido decisivamente a que pudiera desarrollarse la más bella tradición navideña: el pesebre. Por eso podemos decir con razón que la noche de Greccio regaló a la cristiandad la fiesta de Navidad de forma totalmente nueva, de manera que su propio mensaje, su especial calor y humanidad, la humanidad de nuestro Dios, se comunicó a las almas y dio a la fe una nueva dimensión. La festividad de la resurrección había centrado la mirada en el poder de Dios, que supera la muerte y nos enseña a esperar en el mundo venidero. Pero ahora se hacía visible el indefenso amor de Dios, su humildad y bondad, que se nos ofrece en medio de este mundo y con ello nos quiere enseñar un género nuevo de vida y de amor.

 

Quizá sea útil detenernos aquí un momento y preguntar: ¿Dónde se encuentra exactamente ese lugar, Greccio? ¿De qué modo ha llegado a tener para la historia de la fe un significado totalmente propio? Es una pequeña localidad situada en el valle Rieti, en Umbría, no muy lejos de Roma en dirección nordeste. Lagos y montañas dan a la comarca su encanto especial y su belleza callada, que todavía hoy nos sigue conmoviendo, especialmente porque apenas se ha visto afectada por la agitación del turismo. El convento de Greccio, situado a 638 metros de altitud, ha conservado algo de la simplicidad de los orígenes; ha permanecido sencillo, como la pequeña aldea que está a sus pies; el bosque lo circunda como en tiempos del Poverello e invita a la estancia contemplativa. Celano dice que Francisco amaba especialmente a los habitantes de este lugar por su pobreza y simplicidad; venía hasta aquí a menudo a descansar, atraído por una celda de extrema pobreza y soledad en la que podía entregarse sin ser molestado a la contemplación de las cosas celestiales. Pobreza-simplicidad-silencio de los hombres y hablar de la creación: ésas eran, al parecer, las impresiones que para el Santo de Asís se conectaban con este lugar. Por eso pudo convertirse en su Belén e inscribir de nuevo el secreto de Belén en la geografía de las almas.

 

Pero volvamos a la Navidad de 1223. Las tierras de Greccio habían sido puestas a disposición del pobre de Asís por un noble señor de nombre Juan, del que Celano cuenta que, pese a su alto linaje y su importante posición, "no daba ninguna importancia a la nobleza de la sangre y deseaba más bien alcanzar la del alma". Por eso lo amaba Francisco.

 

De este Juan dice Celano que aquella noche se le concedió la gracia de una visión milagrosa. Vio yacer inmóvil sobre el comedero a un niño pequeño, que era sacado de su sueño por la cercanía de San Francisco. El autor añade: "Esta visión correspondía en realidad a lo que sucedió, pues de hecho hasta aquella hora el Niño Jesús estaba hundido en el sueño del olvido en muchos corazones. Gracias a su siervo Francisco fue reavivado su recuerdo, e indeleblemente impreso en la memoria".

 

En esta imagen se describe muy exactamente la nueva dimensión que Francisco con su fe, que impregna alma y corazón, regaló a la fiesta cristiana de la Navidad: el descubrimiento de la revelación de Dios, que precisamente se encuentra en el niño Jesús. Precisamente así Dios ha llegado a ser verdaderamente Emmanuel, Dios con nosotros, alguien de quien no nos separa ninguna barrera de sublimidad ni de distancia: en cuanto niño, se ha hecho tan cercano a nosotros, que le decimos sin temor Tú, podemos tutearlo en la inmediatez del acceso al corazón infantil.

 

En el niño Jesús se manifiesta de forma suprema la indefensión del amor de Dios: Dios viene sin armas porque no quiere conquistar desde fuera, sino ganar desde dentro, transformar desde el interior. Si algo puede vencer la arbitrariedad del hombre, su violencia, su codicia, es el desamparo del niño. Dios lo ha aceptado para vencernos y conducirnos a nosotros mismos.

 

No olvidemos, además, que el título supremo de Jesucristo es el de Hijo –Hijo de Dios–; la dignidad divina se designa con una palabra que muestra a Jesús como niño perpetuo. Su condición de niño se encuentra en una correspondencia sin par con su divinidad, que es la divinidad del Hijo. Así, su condición de niño nos indica cómo podemos llegar a Dios, a la divinización. Desde aquí se han de entender sus palabras: "Si no os cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos" (Mt 18,3).

 

Quien no ha entendido el misterio de la Navidad no ha entendido lo más determinante de la condición cristiana. Quien no lo ha asumido, no puede entrar en el reino de los cielos: esto es lo que Francisco quería recordar a la cristiandad de su tiempo y de todos los tiempos posteriores.

 

En la cueva de Greccio se encontraban aquella Nochebuena, conforme a la indicación de San Francisco, el buey y el asno. Al noble Juan le había dicho: "Quisiera evocar con todo realismo el recuerdo del Niño, tal y como nació en Belén, y todas las penalidades que tuvo que soportar en su niñez. Quisiera ver con mis ojos, corporales cómo yació en un pesebre y durmió sobre el heno, entre el buey y el asno".

 

Desde entonces, el buey y el asno forman parte de toda representación del pesebre. Pero, ¿de dónde proceden en realidad? Como es sabido, los relatos navideños del Nuevo Testamento no cuentan nada de ellos. Si tratamos de aclarar esta pregunta, tropezamos con unos hechos importantes para los usos y tradiciones navideños, y también, incluso, para la piedad navideña y pascual de la Iglesia en la liturgia y las costumbres populares.

 

El buey y el asno no son precisamente productos de la fantasía piadosa; gracias a la fe de la Iglesia en la unidad del Antiguo y el Nuevo Testamento, se han convertido en acompañantes del acontecimiento navideño. De hecho, en Is 1,3 se dice: "Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne".

 

Los Padres de la Iglesia vieron en esta palabra una profecía referida al Nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia constituida a partir de los judíos y gentiles. Ante Dios, todos los hombres, judíos y gentiles, eran como bueyes y asnos, sin razón ni entendimiento. Pero el Niño del pesebre les ha abierto los ojos, para que ahora reconozcan la voz de su Dueño, la voz de su Amo.

 

En las representaciones navideñas medievales sorprende continuamente cómo a ambos animales se les dan rostros casi humanos: cómo, de forma consciente y reverente, se ponen de pie y se inclinan ante el misterio del Niño. Esto era lógico, pues ambos animales eran considerados la cifra profética tras la que se esconde el misterio de la Iglesia –nuestro misterio–, el de que, ante el Eterno, somos bueyes y asnos, bueyes y asnos a los que en la Nochebuena se les abren los ojos, para que en el pesebre reconozcan a su Señor.

 

Pero, ¿lo reconocemos realmente? Cuando ponemos en el pesebre el buey y el asno, debe venirnos a la mente la palabra entera de Isaías, que no sólo es buena nueva –promesa de conocimiento verdadero–, sino también juicio sobre la presente ceguera. El buey y el asno conocen, pero "Israel no conoce, mi pueblo no discierne".

 

¿Quién es hoy el buey y el asno, quién es "mi pueblo" que no discierne? ¿En qué se conoce el buey y el asno, en qué a mi pueblo? ¿Por qué, de hecho, sucede que la irracionalidad conoce y la razón está ciega?

 

Para encontrar una respuesta, debemos regresar una vez más, con los Padres de la Iglesia, a la primera Navidad. ¿Quién no conoció? ¿Quién conoció? ¿Por qué fue así?

 

Quien no conoció fue Herodes: no sólo no entendió nada cuando le hablaron del niño, sino que sólo quedó cegado todavía más profundamente por su ambición de poder y la manía persecutoria que lo acompañaba (Mt 2,3). Quien no conoció fue, "con él, toda Jerusalén". Quienes no conocieron fueron los hombres elegantemente vestidos, la gente refinada (Mt 11,8). Quienes no conocieron fueron los señores instruidos, los expertos bíblicos, los especialistas de la exégesis escriturística, que desde luego conocían perfectamente el pasaje bíblico correcto, pero, pese a todo, no comprendieron nada (Mt 2,6).

 

Quienes conocieron fueron –comparados con estas personas de renombre–"bueyes y asnos": los pastores, los magos, María y José. ¿Podía ser de otro modo? En el portal, donde está el niño Jesús, no se encuentran a gusto las gentes refinadas, sino el buey y el asno.

 

Ahora bien, ¿qué hay de nosotros? ¿Estamos tan alejados del portal porque somos demasiado refinados y demasiado listos? ¿No nos enredamos también en eruditas exégesis bíblicas, en prueba de la inautenticidad u autenticidad del lugar histórico, hasta el punto de que estamos ciegos para el Niño como tal y nos enteramos nada de Él? ¿No estamos también demasiado en Jerusalén, en el palacio, encastillados en nosotros mismos, en nuestra arbitrariedad, en nuestro miedo a la persecución, como para poder oír por la noche la voz del ángel, e ir a adorar?

 

De esta manera el rostro del buey y el asno nos miran esta noche y nos hacen una pregunta: Mi pueblo no entiende, ¿comprendes tú la voz del Señor? Cuando ponemos las familiares figuras en el nacimiento, debiéramos pedir a Dios que dé a nuestro corazón la sencillez que en el Niño descubre al Señor –como una vez Francisco en Greccio–. Entonces podría sucedernos también lo que Celano –de forma muy semejante a San Lucas cuando habla sobre los pastores de la primera Nochebuena (Lc 2,20)– cuenta de quienes participaron en los maitines de Greccio: todos volvieron a casa llenos de alegría.

 

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El Tiempo del Anticristo

 

Daniel Iglesias Grèzes

 

Un amigo ha tenido la bondad de prestarme este excelente libro: John Henry Newman, Cuatro sermones sobre el Anticristo –La idea patrística del Anticristo, Ediciones del Pórtico, Buenos Aires 2006 (2ª edición); traducido por el P. Carlos A. Baliña.

 

En el Adviento de 1835, durante cuatro domingos consecutivos, John Henry Newman predicó en Oxford cuatro sermones que tratan respectivamente sobre el Tiempo del Anticristo, la Religión del Anticristo, la Ciudad del Anticristo y la Persecución del Anticristo. En estos sermones Newman interpreta los pasajes bíblicos relacionados con el Anticristo bajo la guía de los Padres de la Iglesia.

 

A continuación haré una síntesis del primero (pp. 21-41) de estos cuatro sermones de ese formidable predicador que fue el Beato Cardenal Newman. Aunque entonces Newman era todavía anglicano (su conversión al catolicismo ocurrió en 1845) este primer sermón es ya católico.

 

Después de una introducción en la que valora el gran peso de los Padres de la Iglesia como testigos de la Tradición de la Iglesia en materias doctrinales o disciplinares, Newman analiza un amplio conjunto de textos bíblicos relacionados con el tema del Tiempo del Anticristo, considerando sobre todo: Daniel 7; 1 Macabeos 1; Mateo 24; 2 Tesalonicenses 2; 1 Juan; Apocalipsis 13.

 

El propio Newman resume así los resultados de su exégesis: “la venida de Cristo será inmediatamente precedida por un desencadenamiento del mal terrible y sin precedentes, llamado por San Pablo una Apostasía, una deserción, en medio de la cual aparecerá un cierto y terrible Hombre de pecado e Hijo de perdición, el especial y singular enemigo de Cristo, o Anticristo. En este tiempo las revoluciones prevalecerán, y la presente estructura de la sociedad será desarticulada. Al presente, el espíritu que él encarnará y representará es contenido por ‘los poderes existentes’, pero ante la disolución de éstos, él surgirá de su seno, los reconstruirá a su vil manera, bajo su propia ley, con el propósito de excluir a la Iglesia” (pp. 36-37).

 

Después de presentar varios “tipos” (=prefiguraciones) del Anticristo que han aparecido a lo largo de la historia, desde Antíoco Epífanes hasta Napoleón Bonaparte, Newman se plantea los siguientes interrogantes: “¿No hay acaso motivos para temer que dicha apostasía se esté preparando gradualmente, reuniendo, madurando en nuestros mismos días? ¿Acaso no existe en este mismo momento un especial empeño en casi todo el mundo en prescindir de la religión, más o menos evidente en este o aquel lugar, pero más visible y formidablemente en aquellas regiones más civilizadas y poderosas? ¿No existe acaso un consenso creciente de que una nación no tiene nada que ver con la religión, de que [ésta] se trata de algo concerniente sólo a la conciencia individual? (…) ¿No existe un empeño febril y permanente por deshacerse de la necesidad de la Religión en los asuntos públicos? (…) ¿No existe el intento de educar sin religión (…)? ¿No existe la tentativa de reforzar la templanza, y todas las virtudes que brotan de ella, sin religión, por medio de sociedades basadas en meros principios de utilidad; de hacer de la conveniencia, y no de la verdad, el fin y la norma de las decisiones de Estado y de la constitución de las leyes; de hacer de los números, y no de la Verdad, el criterio para sostener o no este o aquel artículo de fe (…)?” (pp. 39-40).

 

Newman concluye el sermón dando una respuesta general a esos interrogantes y haciendo una fuerte exhortación: “Sin duda, existe actualmente una confederación del mal, que recluta sus tropas de todas partes del mundo, organizándose a sí misma, tomando sus medidas para encerrar a la Iglesia de Cristo como en una red, y preparando el camino para una Apostasía general. (…)

 

¡Dios nos guarde de contarnos entre aquellos ingenuos que caen en la trampa que se está tendiendo a nuestro alrededor! ¡Dios nos libre de ser seducidos por las bellas promesas en las cuales Satán ha ocultado seguramente su ponzoña! (…)

 

¿Consentiremos nosotros los cristianos en tener parte en este asunto? ¿Ayudaremos, aun con nuestro dedo meñique, al Misterio de Iniquidad que lucha por nacer, y que convulsiona al mundo con sus dolores? ‘¡Alma mía, no entres en su consejo; no te unas a su asamblea, honra mía’ (Génesis 49,6).

 

‘¿Qué relación hay entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué unión entre la luz y las tinieblas? […] Por tanto, salid de entre ellos y apartaos’ (2 Corintios 6,14.17), de otro modo seréis cooperadores de los enemigos de Dios, y estaréis abriendo el camino para el Hombre de Pecado, el hijo de perdición.” (pp. 41-42).

 

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Infidelidades y reformas –1

 

José María Iraburu

 

Nueva evangelización

 

Juan Pablo II llama a una nueva evangelización: «nueva en su ardor, en sus métodos y en sus expresiones» (Discurso a los Obispos del CELAM, Port-au-Prince, Haití, 9-III-1983). Y ha vuelto a llamar a ella con frecuencia, a veces en documentos importantes (1990, encíclica Redemptoris Missio 72; 1993, encíclica Veritatis splendor 107; 2002, carta apostólica Novo Millenio ineunte 40). En la exhortación apostólica Christifideles laici (1988) expone ampliamente el tema. Extractamos:

 

«Enteros países y naciones, en los que en un tiempo la religión y la vida cristiana fueron florecientes y capaces de dar origen a comunidades de fe viva y operativa, están ahora sometidos a dura prueba e incluso alguna que otra vez son radicalmente transformados por el continuo difundirse del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo.

 

Se trata, en concreto, de países y naciones del llamado Primer Mundo, en el que el bienestar económico y el consumismo –si bien entremezclado con espantosas situaciones de pobreza y miseria– inspiran y sostienen una existencia vivida “como si no hubiera Dios”. Ahora bien, el indiferentismo religioso y la total irrelevancia práctica de Dios para resolver los problemas, incluso graves, de la vida, no son menos preocupantes y desoladores que el ateísmo declarado. Y también la fe cristiana –aunque sobrevive en algunas manifestaciones tradicionales y ceremoniales– tiende a ser arrancada de cuajo de los momentos más significativos de la existencia humana, como son los momentos del nacer, del sufrir y del morir...

 

En cambio, en otras regiones o naciones todavía se conservan muy vivas las tradiciones de piedad y de religiosidad popular cristiana; pero este patrimonio moral y espiritual corre hoy el riesgo de ser desperdigado bajo el impacto de múltiples procesos, entre los que destacan la secularización y la difusión de las sectas.

 

Sólo una nueva evangelización puede asegurar el crecimiento de una fe límpida y profunda, capaz de hacer de estas tradiciones una fuerza de auténtica libertad» (34).

 

Conversiones previas necesarias

 

Juan Pablo II, en varios de los documentos aludidos, insiste en que la nueva evangelización ha de comenzar por los mismos evangelizadores. Las Iglesias de la unidad católica, para impulsar una nueva evangelización poderosa, previamente han de convertirse de muchas infidelidades doctrinales y disciplinares, han de purificarse de la mundanización creciente de sus pensamientos y costumbres, en una palabra, han de convertirse y han de reformarse.

 

Pero quizá esta necesidad previa de conversión o, si se quiere, de reforma no parece estar suficientemente viva en la conciencia actual de la Iglesia. Hoy no se da, lamentablemente, ese clamor que en otros siglos de la historia de la Iglesia pedía la reforma de Obispos y de sacerdotes, de religiosos y de laicos. Y es que unos creen que vamos bien como vamos. Otros, que hay luces y sombras, como las ha habido siempre. Y no faltan quienes estiman que vamos mal, pero que no hay posibilidad alguna de reforma; o que ésta en modo alguno está en nuestra mano, sino sólo en la acción de la Providencia divina.

 

Estamos bien

 

En los años del Concilio Vaticano II, antes y también poco después, en la Iglesia se manifiesta con frecuencia un optimismo desbordante. Y paradójicamente, al mismo tiempo que se condenan triunfalismos pretéritos, se incurre en triunfalismos presentes raras veces conocidos en la historia de la Iglesia.

 

El Cardenal Traglia, vicario de Roma, declaraba al comienzo del Concilio: «Jamás, desde sus orígenes, la Iglesia Católica ha estado tan unida, tan estrechamente unida a su cabeza; jamás ha tenido un clero tan ejemplar, moral e intelectualmente, como ahora; no corre ningún riesgo de ruptura en su organismo. No es, pues, a una crisis de la Iglesia a lo que el Concilio deberá poner remedio» (L’Osservatore Romano, 9-X-1962).

 

Sería muy penoso reproducir algunas declaraciones de entonces sobre la fuerza de la Iglesia renovada en el Concilio para actuar sobre el mundo y transformarlo. Hoy nos resultarían casi ininteligibles. Muy al contrario, la tentación de un optimismo eclesial glorioso está en el presente completamente ausente. Más bien se da la tentación opuesta: el pesimismo inerte, amargado y sin esperanza. El peso de ciertas realidades se impone. Pero tampoco ese pesimismo oscuro lleva a reconocer del todo los males que afligen a la Iglesia.

 

Estamos mal

 

El mismo Pablo VI, como vimos, es el primer testigo de los grandes males que afectan a la Iglesia y al mundo. Ya en el discurso de clausura del Concilio, el Papa hace un retrato sumamente grave del tiempo actual: «un tiempo que cualquiera reconocerá como orientado a la conquista de la tierra más bien que al reino de los cielos; un tiempo en el que el olvido de Dios se hace habitual y parece, sin razón, sugerido por el progreso científico; un tiempo en el que el acto fundamental de la personalidad humana, más consciente de sí y de su libertad, tiende a pronunciarse en favor de la propia autonomía absoluta [“seréis como dioses”], desatándose de toda ley transcendente; un tiempo en el que el laicismo aparece como la consecuencia legítima del pensamiento moderno y la más alta filosofía de la ordenación temporal de la sociedad; un tiempo, además, en el que las expresiones del espíritu alcanzan cumbres de irracionalidad y desolación; un tiempo, en fin, que registra, aun en las grandes religiones étnicas del mundo, perturbaciones y decadencias jamás antes experimentadas» (7-XII-1965). Diagnósticos semejantes hallamos en Juan Pablo II (Tertio Millenio adveniente 36) y en otras autorizadas voces actuales.

 

Todos esos males son del mundo, pero también, en su medida, de la Iglesia. La Iglesia es en Cristo luz del mundo, y a ella le corresponde iluminarlo. Si crecen las tinieblas, si se hacen más oscuras, habrá que pensar que la luz ha perdido potencia luminosa. Es lo que pensamos cuando entramos en una gran estancia y la hallamos en penumbra o casi a oscuras. No decimos: «ha aumentado la oscuridad». Decimos: «aquí hay poca luz».

 

Nos ayudará recordar en esto algunas palabras lúcidas y fuertes de San Juan de Ávila, que son válidas para nuestro tiempo, un tiempo en que la crisis de la Iglesia es quizá más profunda y multiforme que la sufrida en el siglo XVI. «Hondas están nuestras llagas, envejecidas y peligrosas, y no se pueden curar con cualesquier remedios. Y, si se nos ha de dar lo que nuestro mal pide, muy a costa ha de ser de los médicos que nos han de curar» (Memorial II, 41). «Mírese que la guerra que está movida contra la Iglesia está recia y muy trabada y muchos de los nuestros han sido vencidos en ella; y, según parece, todavía la victoria de los enemigos hace su curso» (II, 42). «En tiempo de tanta flaqueza como ha mostrado el pueblo cristiano, echen mano a las armas sus capitanes, que son los prelados, y esfuercen al pueblo con su propia voz, y animen con su propio ejemplo, y autoricen la palabra y los caminos de Dios, pues por falta de esto ha venido el mal que ha venido... Déseles regla e instrucción de lo que deben saber y hacer, pues, por nuestros pecados, está todo ciego y sin lumbre; y adviértase que para haber personas cuales conviene, así de obispos como de los que les han de ayudar, se ha de tomar el agua de lejos, y se han de criar desde el principio con tal educación, que se pueda esperar que habrá otros eclesiásticos que los que en tiempos pasados ha habido... Y de otra manera será lo que ha sido» (II, 43). «Las guerras del pueblo de Dios más se vencen con oraciones, y con tener a Dios contento con la buena vida, y con tener confianza en Él que con medios humanos, aunque éstos no se han de dejar de hacer» (II, 46). «Fuego se ha encendido en la ciudad de Dios, quemado muchas cosas, y el fuego pasa adelante, con peligro de otras. Mucha prisa, cuidado y diligencia es menester para atajarlo» (II, 51).

 

Infidelidad, conversión y reformas

 

La nueva evangelización no podrá darse allí donde la Iglesia se ve abrumada por innumerables errores, infidelidades y abusos. Allí donde Ella no reconozca estos pecados, no son posibles ni la conversión, ni las reformas necesarias, ni menos aún la nueva evangelización. Como fácilmente se comprende, los escándalos peores son los que ya no escandalizan, dada su generalización. Son éstos, sin duda, los más peligrosos. Allí donde la situación escandalosa ya no escandaliza, allí no se capta ni la existencia ni la gravedad de los males; o, si se capta, se estiman incurables. «Siempre ha sido así», dirá uno. Y otro comentará: «y muchas veces, peor». La Iglesia, pues, necesita urgentemente escandalizarse gravemente de sus graves males e infidelidades. No basta para superarlos partir de tibios discernimientos de situación: «hay luces y sombras». Son engañosos. Y no olvidemos que uno de los fines del concilio Vaticano II es la reforma de la Iglesia.

 

Por eso el Concilio recuerda que «la Iglesia peregrina en este mundo es llamada por Cristo a esta perenne reforma, de la que ella, en cuanto institución terrena y humana, necesita permanentemente» (Unitatis redintegratio 6). Y Pablo VI dice a los padres conciliares: «Deseamos que la Iglesia sea reflejo de Cristo. Si alguna sombra o defecto al compararla con Él apareciese en el rostro de la Iglesia o sobre su veste nupcial, ¿qué debería hacer ella como por instinto, con todo valor? Está claro: reformarse, corregirse y esforzarse por devolverse a sí misma la conformidad con su divino modelo, que constituye su deber fundamental» (29-IX-1963, n. 25).

 

Condiciones para la conversión

 

La conversión se realiza por obra del Espíritu Santo, y requiere siete convicciones humildes de la fe:

 

1. Vamos mal. Los falsos profetas aseguran «vamos bien, nada hay que temer; paz, paz». Los profetas verdaderos dicen lo contrario: «vamos mal, es necesario y urgente que nos convirtamos; si no, vendrán sobre nosotros males aún mayores que los que ahora estamos sufriendo» (Isaías 3; Jeremías 7; Oseas 2.8.14; Joel 2; Miqueas en 1Re 22).

 

2. Estamos sufriendo penalidades justas, consecuencias evidentes de nuestros pecados: apostasías en número creciente, carencia de vocaciones, etc. Nos merecemos todo eso y más: «eres justo, Señor, en cuanto has hecho con nosotros, porque hemos pecado y cometido iniquidad en todo, apartándonos en todo de tus preceptos» (cfr. Dan 3,26-45).

 

3. Son castigos medicinales los que, como consecuencias de nuestros pecados, la Providencia divina nos inflige. Y en esos mismos castigos la misericordia de Dios suaviza mucho su justicia: «no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas» (Sal 102,10). Esto hay que tenerlo bien presente.

 

4. No tenemos remedio humano. No tenemos, por nosotros mismos, ni luz de discernimiento, ni fuerza para la conversión. Para superar los enormes males que nos abruman no nos valen ni métodos, ni estrategias, ni nuevas organizaciones de nuestra acción. Tampoco tenemos guías eficaces de la reforma que necesitamos: «hasta el profeta y el sacerdote vagan desorientados por el país» (Jer 14,18).

 

5. Pero Dios quiere y puede salvarnos. La Iglesia, después de haber mirado a un lado y a otro, buscando «de dónde me vendrá el auxilio», y ya desesperada de toda ayuda humana, levanta al Señor su esperanza y la pone sólo en Él: «el auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra» (Sal 120,1-2).

 

6. Es necesaria la oración de súplica. La Iglesia, en tiempos de aflicción, no encuentra salvación ni a derecha ni a izquierda, sino arriba, por la oración de súplica: «levántate, Señor, extiende tu brazo poderoso, ten piedad de nosotros, por pura gracia, por pura misericordia tuya, no nos desampares, acuérdate de nuestros padres y de tus promesas». Son las súplicas que una y otra vez se hacen en las Escrituras.

 

7. Para la gloria de Dios. Es la oración bíblica: «no nos abandones, Señor, no permitas la destrucción del Templo de tu gloria, no dejes que se acaben los himnos y cánticos que alaban tu Nombre santo. Restáuranos, Señor, por la gloria de tu Nombre, que se ve humillado por nuestros pecados y miserias. Sálvanos con el poder misericordioso de tu brazo. Seremos fieles a tu Alianza, y te alabaremos por los siglos de los siglos. Amén».

 

No hay posible conversión o reforma de la Iglesia –sin la cual no hay nueva evangelización– si estas siete actitudes, hoy tan debilitadas, o algunas de ellas, faltan. Pero si se dan, esperamos con absoluta certeza la salvación, la superación de los peores males, la conversión de personas y de pueblos, aunque parezca imposible. Pedir e intentar la conversión: ora et labora.

 

Pero veamos algunos escándalos que se dan en la Iglesia, que están exigiendo urgentemente conversión y reforma. Y advirtamos en esto, antes de nada, que la renovación de una Iglesia local en la fidelidad doctrinal y disciplinar no tiene por qué esperar a que se dé un movimiento de renovación en la Iglesia universal. El Obispo de cada comunidad eclesial, concretamente, debe hacer ya –y con él, sacerdotes, religiosos y laicos– aquello que toda la Iglesia debería hacer. Por eso mismo hablaremos aquí especialmente de los deberes y de las posibilidades de los Obispos; y valga lo que digamos de ellos, en forma análoga, para los Superiores religiosos. La tarea hoy más urgente, sin duda, es restaurar la autoridad de la doctrina católica y la vigencia de las leyes de la Iglesia, exigiendo eficazmente la obediencia para una y para las otras.

 

La doctrina de la Iglesia católica

 

Hoy es urgente aclarar si la enseñanza de la Iglesia ha de ser entendida como una doctrina obligatoria o más bien solamente orientativa. Y en el caso primero, si hay obligación grave de enseñarla y de sancionar a quienes la contrarían en público.

 

Un Obispo, pues, ha de ver si se conforma con que su Iglesia diocesana se configure al modo de las comunidades protestantes, y corran por ella libremente errores contrarios a la doctrina católica, o si está decidido a que su Iglesia local sea católica. Esta elección es hoy para el Pastor ineludible; y el que trate de evitarla ya ha elegido por el extremo falso.

 

La situación doctrinal en algunos Seminarios, Noviciados, Editoriales católicas y Librerías diocesanas y religiosas es a veces realmente una vergüenza. Y es un escándalo perfectamente superable, si se ejercita la autoridad del Obispo sobre ellos; pues hay disidencia, escandalosa o moderada, justamente en la medida en que los Pastores la toleran.

 

Grandes males exigen grandes remedios. Y si el Prelado no hace cuanto está en su mano para poner los remedios adecuados, él será el principal responsable de los errores y males de la Iglesia. Pero, por el contrario, esté bien seguro el Pastor de que si pone los poderosos remedios de la autoridad apostólica, pronto en su Iglesia, por obra del Espíritu Santo, florecerán la verdad, la gracia, la unidad, las vocaciones. En efecto, el Espíritu Santo, el único que tiene poder para renovar el mundo y reformar la Iglesia, será el protagonista de su acción purificadora y reformadora.

 

Vendrá, sin duda, sobre él una avalancha de persecuciones. Cualquier Pastor, para ser Obispo fiel, habrá de ser Obispo mártir. Tendrá, pues, que encomendarse a Dios en este empeño, a la Virgen y a todos los santos –especialmente a santos pastores como Atanasio, Gregorio Magno, Carlos Borromeo, Ezequiel Moreno, Pío IX, Pío X–, y llevar adelante su tarea con la fortaleza propia de la caridad pastoral.

 

Valga lo dicho sobre la doctrina católica en referencia también a la exégesis de la sagrada Escritura. Cuando la interpretación de los textos bíblicos prescinde del Magisterio apostólico, de las enseñanzas de la Tradición, del sensus Ecclesiæ, y sólo se atiene en la práctica a las normas del historicismo y del análisis crítico y filológico, cualquier resultado, y su contrario, es posible. Nos quedamos sin la Biblia. Es la perfecta arbitrariedad. Es la confusión del libre examen, que no tiene por qué tener un lugar en la Iglesia Católica.

 

«No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios» (Ef 4,30). El Espíritu Santo, que es «el Espíritu de la verdad» (Jn 16,13), se entristece al ver tantos errores dentro de la Iglesia Católica, y quiere que se ponga término eficaz a su difusión, de tal modo que todos los fieles puedan oír con facilidad la voz de Cristo, que «nos habla desde el cielo» (Heb 12,25).

 

Las leyes de la Iglesia católica

 

Hoy es igualmente urgente aclarar si las leyes eclesiásticas tienen en realidad un valor preceptivo, obligatorio en conciencia, o si sólo tienen un valor meramente orientativo. Según esto, los Pastores han de decidir si quieren que su Iglesia local sea católica, y cumpla las leyes de la Iglesia universal, viendo en ellas una ayuda para la unidad y el crecimiento espiritual de los fieles, o si se resignan a que su comunidad eclesial se configure al modo protestante.

 

Las dos vías son posibles. Y ya se comprende que el Obispo, ineludiblemente, ha de dar una respuesta a este dilema: o sigue en su Iglesia la vía católica o la protestante. No vale que diga elegir la forma católica, si luego realiza la protestante. Tampoco vale que reconozca el valor salvífico de las leyes en la Iglesia, si luego estima siempre que no conviene exigirlas, ni inculcarlas, ni sancionar su incumplimiento.

 

Si el Obispo, en tantas cuestiones doctrinales o disciplinares, no da el ejemplo primero de obediencia a la Iglesia, y a su vez no urge suficientemente la obediencia a la ley eclesial –en la catequesis, en la predicación, en el gobierno pastoral–, ni sanciona en modo alguno a quienes habitualmente la quebrantan, está claro: elige el modo protestante de comunidad cristiana, y renuncia al modo católico, quizá porque lo considera irrealizable. O posiblemente incluso porque lo estima, en principio, inconveniente.

 

Decía Pablo VI: « Los fieles se quedarían extrañados con razón si quienes tienen el encargo del episcopado –que significa, desde los primeros tiempos de la Iglesia, vigilancia y unidad– toleraran abusos manifiestos» (17-IV-1977). Exhortaciones semejantes ha repetido Juan Pablo II muchas veces a los Obispos en visita ad limina.

 

Lo mismo digamos del párroco, del padre de familia, del superior religioso, de la asociación de laicos, que no respetan la ley de la Iglesia. Se quedan, de hecho, en la enseñanza de Lutero: ninguna ley; sola gratia. El Espíritu Santo, que es «el Espíritu de la unidad», se entristece al ver tantas desobediencias y divisiones dentro de la Iglesia Católica, y quiere y puede ponerles término eficaz. Unos colaboran con el Espíritu Santo, pero otros lo resisten.

 

Veamos, pues, seguidamente algunas cuestiones concretas doctrinales y disciplinares hoy especialmente necesitadas de reorientación y reforma en la Iglesia. (Continuará).

 

(José María Iraburu, Infidelidades en la Iglesia, Fundación GRATIS DATE, Pamplona 2005, pp. 34-36).

 

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Después del Sínodo de la Familia

 

Lic. Néstor Martínez Valls

 

Ha terminado el Sínodo, y no han faltado voces que han salido a decir que se abría una puerta a la comunión de los “divorciados vueltos a casar” (lo ponemos entre comillas porque, siendo el matrimonio indisoluble, el divorcio no existe, y por tanto no se han vuelto a casar tampoco; además, el matrimonio civil no es válido para el bautizado).

 

En realidad, la “Relación final” del Sínodo no menciona una sola vez la “comunión a los divorciados vueltos a casar”, así que difícilmente se puede haber abierto una puerta sobre un tema tan grave y delicado como ése sin siquiera mencionarlo. Véase:

https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2015/10/24/0816/01825.html

 

Por tanto, las expresiones relativas al "acompañamiento" y al "discernimiento", al "fuero interno", al rol del director espiritual, del Obispo, etc., no pueden ser referidas a ese tema específico, que no aparece mencionado en el documento.

 

Si además tenemos en cuenta que el Sínodo es un órgano meramente consultivo, no deliberativo, que no define ni decide nada en la Iglesia, es claro que sigue vigente, como no puede ser de otro modo, la doctrina de la Iglesia, expresada por San Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, n. 84:

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“84. La experiencia diaria enseña, por desgracia, que quien ha recurrido al divorcio tiene normalmente la intención de pasar a una nueva unión, obviamente sin el rito religioso católico. Tratándose de una plaga que, como otras, invade cada vez más ampliamente incluso los ambientes católicos, el problema debe afrontarse con atención improrrogable. Los Padres Sinodales lo han estudiado expresamente. La Iglesia, en efecto, instituida para conducir a la salvación a todos los hombres, sobre todo a los bautizados, no puede abandonar a sí mismos a quienes –unidos ya con el vínculo matrimonial sacramental– han intentado pasar a nuevas nupcias. Por lo tanto procurará infatigablemente poner a su disposición los medios de salvación.

 

Los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones. En efecto, hay diferencia entre los que sinceramente se han esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados del todo injustamente, y los que por culpa grave han destruido un matrimonio canónicamente válido. Finalmente están los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido.

 

En unión con el Sínodo exhorto vivamente a los pastores y a toda la comunidad de los fieles para que ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida. Se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar a los hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios. La Iglesia rece por ellos, los anime, se presente como madre misericordiosa y así los sostenga en la fe y en la esperanza.

 

La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio.

 

La reconciliación en el sacramento de la penitencia –que les abriría el camino al sacramento eucarístico– puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, –como, por ejemplo, la educación de los hijos– no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos» [180].

 

Del mismo modo el respeto debido al sacramento del matrimonio, a los mismos esposos y sus familiares, así como a la comunidad de los fieles, prohíbe a todo pastor –por cualquier motivo o pretexto incluso pastoral efectuar ceremonias de cualquier tipo para los divorciados que vuelven a casarse. En efecto, tales ceremonias podrían dar la impresión de que se celebran nuevas nupcias sacramentalmente válidas y como consecuencia inducirían a error sobre la indisolubilidad del matrimonio válidamente contraído.

 

Actuando de este modo, la Iglesia profesa la propia fidelidad a Cristo y a su verdad; al mismo tiempo se comporta con espíritu materno hacia estos hijos suyos, especialmente hacia aquellos que inculpablemente han sido abandonados por su cónyuge legítimo.

 

La Iglesia está firmemente convencida de que también quienes se han alejado del mandato del Señor y viven en tal situación pueden obtener de Dios la gracia de la conversión y de la salvación si perseveran en la oración, en la penitencia y en la caridad.”

 

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Testimonio evangelizador de Don Pedro Ortiz de Zárate

y del P. Juan Antonio Solinas, SJ –2

 

Miguel Antonio Barriola

 

VII –El P. Solinas en Uruguay

 

Que se me permita señalar, que la tarea apostólica del P. Solinas se extendió también hasta mi patria de origen: el Uruguay.

 

En efecto, dado que ya muchos indígenas guaraníes, acogidos y cristianizados en las reducciones de los jesuitas, eran considerados vasallos del Rey de España, se los llamó a defender las comarcas de dicho rey en el Río de la Plata. Porque, “desde la era de los descubrimientos, los portugueses ambicionaron llegar al límite ‘natural’ del Río de la Plata, aunque recién en el siglo XVII (22) pudieron organizarse con el fin de ocupar la Banda Oriental. Hacía mucho tiempo que las bandeiras (23) paulistas habían traspasado la línea de Tordesillas (24), desplazándose hacia el oeste y el sudoeste y atacando las misiones jesuíticas, cuando entre los años 1669 y 1671 los gobernadores generales del Brasil formularon ante el Príncipe don Pedro, regente de Portugal, la conveniencia de poblar las tierras de a Banda Oriental…, que según las tesis lusitanas pertenecían a ellos… Así en los primeros días de 1680 Don Manuel de Lobo fundó la Nova Colonia do Sacramento” (25).

 

Aquellos asaltantes portugueses, llamados también “mamelucos” (26), iban adueñándose de terrenos en lo que hoy conocemos como Uruguay. Durante estas invasiones, se les ofreció a los nuevos gobernados por España, los guaraníes sobre todo, los más cercanos al área de estos combates, la ocasión de deber comprometerse en la mayor empresa asumida por ellos: desalojar a los portugueses de la Colonia del Sacramento. El P. Altamirano, encargado de gobernar todas las reducciones indígenas, pidió ayuda al gobernador de Buenos Aires, D. José de Garro, el cual solicitó que se tuviera a disposición tres mil indios bien adiestrados, acompañados de dos religiosos, para su asistencia espiritual. Entonces el ya mentado P. Altamirano tuvo la ocasión de comprometer a los guaraníes en la más grande empresa por ellos realizada, desde que eran súbditos del rey de España.

 

Para la atención religiosa fueron enviados cuatro padres, entre los cuales el P. Solinas. Éste acompañó a pie a un batallón de indios a lo largo de casi doscientas leguas (cerca de 1.000 kilómetros), por caminos imposibles, donde a cada paso había un río o un pantano que vadear. No existían puentes, ni embarcaciones para el transporte de los víveres. Pero, convencido de que cumplía la voluntad de Dios, manifestada por medio de los superiores, el P. Solinas sufrió todos aquellos malestares con alegría, haciendo que sus indios caminasen en orden, obedeciendo al capellán.

 

Así fue cómo el 7/VIII/1680, tres mil indios de las reducciones colaboraron para asaltar y apoderarse con mucho denuedo de la bien defendida fortaleza de la Colonia del Sacramento. Los capellanes, disponibles para la asistencia religiosa, el día en que se anunció la victoria, administraron los sacramentos de la reconciliación y de la unción de los enfermos a todos aquellos que tenían necesidad de los mismos, sin discriminación alguna: a los indios guaraníes, tupíes (27), a los portugueses y españoles, preocupándose además de curar a muchos heridos y de sepultar a los muertos. Todo esto, aún con riesgo de la vida, a lo largo de toda la jornada, desde el alba hasta bien entrada la noche y sin interrumpir para alimentarse. Una vez más comprobamos el espíritu “católico” de aquellos misioneros: en medio de las batallas, se mostraban disponibles para con todos: enemigos, europeos e indígenas.

 

Terminada esta difícil empresa, Juan Antonio Solinas volvió a su trabajo, siempre en medio de los indios. En 1681 lo encontramos en la Reducción de San José. Allí, fuera del paréntesis pasado en la Reducción de Concepción (fundada también por San Roque González el 8/XII/1627), vivió probablemente hasta el tiempo de la última de sus correrías apostólicas; la expedición misionera al Chaco, en la que participará junto con el padre Diego Ruiz, un hermano coadjutor y Don Pedro Ortiz de Zárate.

 

La vida del P. Solinas corría ya a su fin, al último encuentro glorioso con el Señor. Un año antes de su envío al Chaco, casi como acto preparatorio para volverse digno del martirio, fue admitido a pronunciar sus últimos votos como religioso jesuita. Al año siguiente culminará sus fatigas apostólicas con el trágico y glorioso desenlace de su sangre derramada por la evangelización de estas tierras.

 

VIII –Hacia el martirio en el Chaco: unión de destinos (28)

 

Ciertamente que entre los misioneros jesuitas y Don Pedro Ortiz de Zárate hubo un acuerdo en el período previo a esta empresa. Dependiendo ambas misiones de los propios obispos y de los mismos gobernadores que se fueron sucediendo por aquellos años en Tucumán, las dos misiones, que tal vez surgieron independientemente, prosiguieron unidas y concordes hacia la misma meta, sin que los protagonistas, seguramente, se preocuparan de quién había tenido la idea primeramente. Se encontraron, por lo tanto, a lo largo de la misma ruta, no por casualidad, sino necesitándose los unos a los otros, porque estaban siendo esperados y guiados por el mismo Cristo hacia el lugar del martirio. Don Pedro, de hecho, habrá sido el guía y jefe, ya por la autoridad que le venía de su papel civil y eclesiástico desempeñado hasta aquel momento, ya por edad muy superior a la de los otros dos.

 

Las relaciones entre las tribus de la región chaqueña no eran buenas. Sólo por la seguridad de la posible protección española contra los propios enemigos indígenas habrían abrazado la vida cristiana. El motivo no era tan sincero, pero no dejaba de ser un buen comienzo. Se fueron acercando unos y otros aborígenes, pero el clima era tenso. No estaban claras sus intenciones.

 

IX –Planes generosos en medio de las amenazas

 

Don Pedro y el P. Solinas, no contentos con los pequeños grupos que se les acercaban en plena selva, trazaban ya el plan de llegar hasta los indios Vielas. Para ello preveían que necesitarían otro misionero y es altamente aleccionador considerar las condiciones que, según el P. Ruiz (el otro jesuita de esta empresa, que sin embargo no estuvo presente en el lugar del martirio el día en que sucedió, pero allí se dirigía con víveres y protección militar) describió las condiciones que debía reunir el que fuera elegido: “Primero: debe ser totalmente desprendido del mundo y bien resuelto en los peligros y dificultades; segundo: su caridad debe ser suma, para nada miedoso, con un rostro alegre, un corazón amplio, sin escrúpulos impertinentes, porque debe tratar con gente desnuda, no muy diferente de las fieras. Su Reverencia no debería enviar a quien no tuviera tales cualidades, porque sería más un peso que una ayuda”. Y, por supuesto, que tales condiciones eran las que reunían tanto Don Pedro como el P. Solinas, ya embarcados en tan heroica empresa.

 

Un autor del siglo XX comenta muy a propósito: “Nos causa sumo agrado insertar este final de la carta del brioso P. Ruiz, por su contenido cristiano, humano y pedagógico. Nosotros, hijos de este siglo XX, muy frecuentemente no apreciamos los esfuerzos, los sacrificios y el martirio de nuestros antepasados americanos, sea españoles o indios, porque no llegamos a medirlos en toda su intensidad; y creemos que todo aquello es cosa pasada, y que los esplendores de aquel siglo nada tienen que ver con los de nuestros siglos de conquista y civilización. Todo lo que hoy tenemos es fruto de lo que han sembrado entonces” (29).

 

X –Se adensan los nubarrones

 

Aumentaba el número de aborígenes que se iban acercando a los misioneros, sobre todo en torno a la capilla de Santa María, a unos 25 kilómetros del Fuerte de San Rafael. Todos se sentían bien recibidos por los misioneros, que explicaban el motivo de su venida: hacerlos hijos de Dios y librarlos de los muchos pecados que cometían. Pero los Mocovíes y Mataguayos se mostraron desconfiados, temiendo el intento de que el agruparlos fuera alguna trampa para entregarlos a las tierras de los españoles.

 

Además, y esto tenía un mayor peso, todos aquellos indios eran devotos de sus dioses, a los que temían; y la fe cristiana traía consigo la destrucción de los ídolos. Sus sacerdotes, llamados hechiceros, vivían en un estado de exaltación religiosa: en primer lugar contra los misioneros y en consecuencia contra todos los cristianos. Como en los primeros tiempos de la Iglesia, se daba el choque entre la fe cristiana y los cultos paganos.

 

Más de uno podría preguntar hoy día: ¿por qué perturbar la secular cultura religiosa de aquellos primitivos habitantes de estas regiones? El mismo sentido común clamaba justicia contra los desafueros que aquellos brujos ejercían sobre sus amedrentados súbditos, así como su poligamia y antropofagia, que por arraigadas que se encontraran en las costumbres, no encuentran justificación alguna, en el mero orden racional. Además, aún en el caso de que no hubiera habido nada que objetar en los usos y costumbres de aquellas tribus, si no conocían al único Salvador, Jesucristo (Hech 4,12), el celo misionero de cristianos cabales no podía dejar de proponer (nunca “imponer”) el anuncio del Evangelio (30).

 

XI –Hacia el trágico y glorioso desenlace

 

Mientras tanto, creciendo siempre más el aflujo de indios, fueron construyendo en aquella llanura cabañas con su capilla. Los sacerdotes eran incansables enseñando el Evangelio. Los pocos soldados españoles que se habían quedado en Santa María regresaron a la reducción de San Rafael, para que sus armas no fueran motivo de temor y alejamiento de las tribus desconfiadas. Don Pedro había alcanzado la seguridad de que los indios, en base a su palabra y sus promesas, no intentarían retirarse y mucho menos agredir.

 

Pero un día, tal vez el 20 de octubre, Don Pedro y el P. Solinas, en compañía de algunos indios, salieron, en dirección hacia el sur, con el deseo y la ilusión de salir al encuentro de la gran caravana salteña, guiada por el P. Ruiz y el célebre capitán Arias. Probablemente entre la partida y el retorno a Santa María no pasaron más de tres días. A la vuelta, notaron con gran sorpresa la presencia de un numerosísimo contingente de indios, quinientos y más, enteramente armados y con los cuerpos totalmente pintados, como solían hacer para una fiesta o una batalla. Los misioneros no habían recibido la menor noticia sobre la llegada de estos visitantes. Los cuales cercaron la capilla por varios días demostrando hipócritamente amistad, mientras los misioneros, a su vez, no se cansaban de ofrecerles alimentos, vestidos y regalos varios. Los indios respondían con agradecimiento a tantas demostraciones de afecto, pero su actitud era un auténtico fingimiento: sin duda esperaban refuerzos que les permitiesen atacar la misión y aniquilarla.

 

Los cabecillas de aquellos indios, gracias evidentemente a un hábil servicio de espionaje, habían controlado todos los movimientos de los acampados en Santa María y, viendo que eran pocos, querían aprovechar para eliminarlos. Aquellos indígenas eran 150 Tobas y el resto estaba compuesto de cinco caciques Mocovíes y sus guerreros. No había mujeres ni niños.

 

La noche entre el 26 y el 27 de octubre llegó con gran cautela un cacique de los Maraguayos, que con gran secreto advirtió a los misioneros acerca de la traición maquinada por los Tobas y Mocovíes infieles. Al instante cambió el ánimo y el clima espiritual de los religiosos, comprendiendo que estaba por llegar para ellos el momento por tantos años deseado y esperado.

 

Por eso, ambos comenzaron a preparar sus almas para entregar sus vidas y sangre por la salvación eterna de aquellos pobres hermanos indígenas. Con todo, tenían sus dudas sobre dar o no importancia al aviso del cacique, por lo cual no dejaron de dar a los indios muchos signos de alegría y afecto, haciendo de modo que volviesen felices y contentos a sus familias, de modo que, conquistados por esta amistad, al menos algunos se resolvieran a agregarse al número de los catecúmenos.

 

Con esta santa ilusión, pero no sin temores, la mañana del 27 de octubre, en la Capilla de Santa María, los dos sacerdotes oraron intensamente y se prepararon a la celebración del Santo Sacrificio de la Eucaristía. Primero lo hizo el P. Solinas. Después continuaron su labor, distribuyendo alimentos y hablando de Dios, mientras aquellos indios continuaban su ficción, demostrándose interesados y contentos, en el momento mismo en que se preparaban para asesinarlos.

 

XII –La gran hora

 

En realidad los Tobas y Mocovíes, inspirados por sus hechiceros, se preparaban para organizar el asalto, que tuvo lugar en las primeras horas de la tarde. Los misioneros hacía poco que habían llamado con campanillas a los neófitos para el catecismo y estaban ya comenzando la enseñanza. En aquel momento, aquellos traidores, viendo indefensos a los dos ministros de Dios, incitados por el demonio y por los hechiceros, haciendo oídos sordos a los misterios de nuestra santa fe y por odio de la ley de Dios, que con el más grande amor por sus almas les predicaban aquellos sacerdotes del Altísimo, los agredieron con gran griterío y los mataron con flechas y otras armas parecidas a clavas y los decapitaron. Después mataron también a dieciocho personas (dos españoles, un negro, un mulato, dos niñas, una india y once indios) (31), que estaban junto con los dos misioneros en Santa María. Los desnudaron a todos y después de haberles cortado las cabezas, hincaron en sus cuerpos una flecha.

 

Los indios escaparon con aquellas cabezas en señal de triunfo, como siempre solían hacer y después festejaron, bebiendo con los cráneos usados a modo de copas hasta caer embriagados, según las costumbres de aquellas tribus (32). Un indio pudo escapar con un caballo encontrado en las cercanías, pudiendo pocos días después contar todo lo sucedido a los cristianos de Humahuaca. Allí advirtió al cura Antonio Godoy, que envió inmediatamente un despacho a Salta.

 

XIII –La visión del “silenciario” de Oliena

 

Ahora nos trasladamos a leguas de distancia, nuevamente hacia la Cerdeña, donde nació y de donde salió el P. Solinas rumbo a nuestra América. Pero, quedándonos en la misma época y hasta en el mismo día, para asistir a un hecho portentoso, bien documentado por testigos oculares.

 

Antes de que la noticia de estos dolorosos sucesos llegara al P. Ruiz, que (como ya se dijo) estaba acercándose ya próximo al lugar con víveres y auxilio de españoles, fueron conocidos de modo sobrenatural en Cerdeña. Efectivamente, en el convento de los capuchinos de Bitti vivía un anciano y santo hermano coadjutor proveniente de Oliena, conciudadano pues del P. Solinas.

 

Cuenta el biógrafo del P. Solinas (33) que en el mismo momento en que en el Chaco sucedía el asesinato, Dios mismo quiso hacer conocer la noticia en Cerdeña a un gran siervo suyo, para dar mayor testimonio a nuestro ínclito mártir.

 

El hecho sucedió así: entre los muchos religiosos capuchinos conocidos por su virtud, milagros y profecías que florecían y florecen en la provincia de Sassari, en el convento de Bitti, había un religioso nacido en Oliena, patria del venerable P. Solinas, como ya se adelantó. Él nunca hablaba, sino lo necesario, respondiendo a preguntas o por otros motivos comunitarios, pero se había propuesto guardar un riguroso silencio. De ahí que lo llamaran “El Silenciario”.

 

En la hora en que la comunidad se disponía a cenar, este santo hombre rompió su inalterable mutismo, que tan puntualmente observaba en esta familia religiosa, con tales y tantas demostraciones de alegría extraordinaria, que hacían entender bien que en su pecho palpitaba el Espíritu y comunicaba a su alma, sobrenaturalmente llena de Dios, noticias del cielo. La comunidad se maravilló mucho por semejante júbilo improviso y el guardián, prudentemente, para dar alguna explicación del quebrantamiento del silencio, inviolable según las reglas en todo el convento y sobre todo en el comedor, lo reprendió severamente por haber transgredido las sagradas constituciones con aquellas insólitas demostraciones de alegría, pero, al mismo tiempo le pidió el motivo de tan grande alegría, que, a su parecer estaba fuera de lugar.

 

Una vez vuelto del éxtasis, el piadoso religioso, con mucha humildad y obediencia, para ejemplo de los tibios y sostén de los fervorosos, respondió, pidiendo a todos que no escandalizasen por aquellas repentinas expresiones de júbilo, a las que se había dejado llevar sin quererlo. El Señor le había hecho la gracia de hacerle conocer la noticia del glorioso martirio e ilustre corona con que los infieles indios, justo entonces, habían honrado a su copaisano el P. Solinas en la lejana provincia del Chaco argentino.

 

El superior suspendió entonces la ejecución de una regla tan importante y lo exhortó a dar gracias al Señor por un beneficio tan insigne, recibido de su libre mano. Entonces comenzó diciendo: “Padre Superior, ¿permite que haga un brindis?” Obtenida la licencia, se congratuló con su paisano, que en este momento sufre –según palabras del mismo Fray Salvatore de Oliena (“El Silenciario”)– el más cruel martirio a mano de los salvajes de América meridional. Detalló la descripción del canibalismo practicado por aquellas hordas con el cuerpo del Padre Solinas. Finalizó exclamando: “Pero lo que más me urge dar a conocer para gloria de Dios y que trae indecible consuelo a mi corazón es que su alma ha volado directamente al cielo entre los beatos que ven a Dios cara a cara”.

 

Después que el Superior le hizo asegurar bajo juramento todo lo que había afirmado, en presencia de los venerables padres del Convento, que estaban al corriente de los favores que el Cielo reservaba a aquel religioso, hizo una relación escrita y firmada por todos los presentes, enviándola al padre rector del colegio jesuita de Oliena. El provincial de los jesuitas, recibió muy pronto las noticias detalladas desde las reducciones indígenas y confirmó que el martirio del P. Solinas se había desarrollado en las maneras descritas por fray Salvatore, en las circunstancias más detalladas vistas y reveladas por él. Así Dios dio un testimonio tan insigne de la gloria de nuestro mártir, manifestando desde tan grande distancia la corona que él se ganaba y disponiendo que este favor fuese manifestado ante testigos tan acreditados.

 

XIV –Los dieciocho mártires laicos anónimos (34)

 

Lamentablemente las crónicas dicen muy poco de estos laicos martirizados también ellos por Cristo. No transmiten ni siquiera sus nombres.

 

Es hermoso poner de relieve tanta diversidad unida bajo la armonía del Evangelio, abrazados hasta la muerte: adolescentes, adultos, razas diferentes, colonizadores, aborígenes, un mulato y otro descendiente de africanos, todos mancomunados por la firmeza de una misma fe. Este grupo de mártires nos hace recordar la primera comunidad de creyentes nacida en Pentecostés con variedad de lenguas, pueblos y proveniencias. Podrían haberse apartado de los misioneros, evitando sus muertes, uniéndose a los asaltantes y así salvar sus vidas. Pero permanecieron en la fe cristiana en medio de persecución y muerte.

 

XV –Fue un verdadero martirio

 

Apenas dos años después de la muerte de nuestros personajes, el Doctor Jarque, erudito sacerdote del clero de España y de América, y después jesuita, escribió en 1685: “Llamo mártires a los misioneros Juan Antonio Solinas y Don Pedro Ortiz, por las dos siguientes razones. Primero: Es cierto que, para hacer conocer al verdadero Dios a los infieles y hacer crecer su gloria, de modo que lo pudiesen adorar en todas aquellas tribus, reconociéndolo y sirviéndolo como Creador, ellos entraron en aquellas sus tierras y se expusieron a los riesgos de la muerte más cruel. Y esto con tal intrepidez y ánimo deliberado que, habiéndoles dicho, pocos días antes de la muerte, algunos catecúmenos de la reducción de San Rafael que los bárbaros Tobas y Mocovíes querían matar a los misioneros, respondió (Don Pedro) con mucho coraje: ‘¿Por qué deberían matarnos, sabiendo que nosotros jamás les hemos hecho daño alguno y, al contrario, sólo deseamos su bien? Pero yo no debo desistir de procurarles con todas mis fuerzas la vida eterna para sus almas, por más que yo deba perder la del cuerpo’. De aquí parte el segundo motivo: estos insignes misioneros, por la salud eterna del prójimo y la vida espiritual de su alma, han expuesto sus cuerpos a los tormentos y a la muerte con pleno conocimiento y advertencia del peligro al que se enfrentaban. Por lo tanto, si alguien es venerado como mártir por parte de la Santa Iglesia a causa de haber perdido la vida por haber servido con caridad a los fieles apestados, aunque no haya habido ningún tirano que lo atormentara, sino que murió acabado por el servicio de caridad hacia el prójimo, ¿no será mucho más excelente el martirio de aquellos que, no para curar los cuerpos, sino para librar sus almas, han expuesto su cabeza al cuchillo?

 

Sólo por esto merecerían la aureola de los mártires, aunque no apareciese externamente en los indios tiranos el odio de la fe que tenían Diocleciano, Maximiano, Juliano y los demás perseguidores de la Iglesia. Pero no parece que semejante odio hacia la fe estuviera ausente de los bárbaros Tobas y Mocovíes. De hecho no tenían otro motivo para odiar a aquellos pobres y desarmados sacerdotes, fuera de la fe, porque sabían bien que no molestaban a nadie; más aún hacían un gran bien a todos los que se les habían unido espontáneamente y no con la fuerza, atraídos solamente con regalos, con amistad y dulces palabras. Y si ellos no hubieran querido formar parte de la reducción, quedando escondidos en sus bosques, los misioneros, ciertamente, los habrían dejado tranquilos y en paz. Por más que tuvieran cierto hastío con los españoles, por las hostilidades pasadas, sabían bien que los jesuitas y Don Pedro jamás habían usado las armas y ni siquiera antes habían ido contra ellos, al contrario siempre los habían protegido como bien sabían algunos de los mismos asesinos, cuando se encontraron en las ciudades españolas” (35).

 

El mismo Jarque se adelanta a una posible objeción: “Pero, suponiendo y no concediendo que los bárbaros comunes se hubiesen movido con el ánimo de vengar las ofensas recibidas de los españoles, está fuera de duda que la tentativa de los hechiceros, inspirados por el demonio su maestro, por lo cual los mandaban contra los misioneros, fuera principalmente la de impedir los progresos de la santa fe… Y ni siquiera los fieles han dudado de que se les debía la gloria del martirio. En efecto, cuando fue llevado a Jujuy el cuerpo de Don Pedro, por cierto que celebraron sus exequias en la Iglesia, por haber perdido a semejante pastor, pero más le demostraron alegría y afecto por lo que consideraban un intercesor suyo en el cielo y por tener en la tierra la gloria de un hijo coronado con la aureola del martirio… También en la provincia de Guipúzcoa y Vizcaya el Señor infundió esta misma persuasión de festejar la muerte como la victoria de un mártir. Sólo se impidió que se diera un culto, debiendo esperar para esto el permiso de la Santa Sede Apostólica, a la cual únicamente pertenece el reconocimiento de una materia tan por encima de todo juicio humano” (36).

 

Como confirmación de la autenticidad del martirio, también otro autor hace hincapié en la visión del fraile capuchino de Bitti, de la cual ya hemos tratado (37).

 

En realidad, si se compara asimismo con el martirio de San Roque González y sus compañeros en la provincia del Paraguay, no se ve casi diferencia en cuanto a las motivaciones que produjeron los asesinatos en el Valle del Zenta: el influjo de los hechiceros, por inquina contra la fe católica, que alejaba de su influjo maligno a los indios, que se agolpaban en torno a los misioneros en forma idéntica (38).

 

XVI –Resumiendo la historia

 

Podemos redondear estas semblanzas con la sintética respuesta que diera Mons. Salvatore Bussu en la entrevista que concedió en 2006, cuando vino a Orán con ocasión de la presentación de la traducción al castellano de su libro: Martiri senza altare (Padova 1997) (39): “Nuestros futuros santos –como lo esperamos–) ofrecen también a los jóvenes un mensaje misionero: el P. Solinas no se quedó tranquilo entre los bellos parajes de su tierra natal, sino que, cual otro Pablo o Francisco Javier, se lanzó a tierras desconocidas recién descubiertas para la Palabra de Dios. Y así Don Pedro. En él lucharon su íntimo deseo de estarse a solas con Dios y el inextinguible ardor misionero. Pero, empujado por este deseo misionero, haciéndose cargo de los indios infieles, él movió cielo y tierra para consagrar el objetivo de poder entrar en el valle del Zenta, para su conversión.

 

Relativamente también a los 18 (o 50) mártires laicos, ellos son un estímulo para los laicos de toda la Argentina de hoy, por el testimonio de estos compañeros de los misioneros, que rezaban con ellos, celebraban, hacían de intérpretes, acompañaban a los aborígenes y no descuidaban el servicio de la misión” (40).

 

XVII –Mirando al futuro

 

No es posible dejar de destacar el cúmulo de virtudes heroicas que emergen al considerar la vida y martirio de estos dos insignes sacerdotes, que dedicaron lo mejor de sus vidas a implantar el Evangelio en nuestra Patria. Y… por más que hayan quedado en el anonimato, no es menos admirable el conjunto de creyentes seglares que los acompañaron en el sacrificio de sus vidas.

 

Se condujeron con total despojo de intereses terrenos, junto con el intento de llegar a los más peligrosos lugares, dejando de lado la fuerza de las armas y acudiendo a la pura persuasión y confianza en Jesús, que los enviaba.

 

Concluimos que para una Iglesia, consciente de sus raíces y de la pujanza evangelizadora de sus pioneros, no es posible dejar sin cultivar y lograr que resplandezca una gloria tan genuina, que no ha de ser exaltada para apabullar con héroes de epopeya, sino para instar a un empeño similar y sacrificado, ante el “martirio”, con que hoy nos reta el mundo. Ya no habrá matanzas cruentas (41), pero hemos de enfrentar el indiferentismo, la burla, la calumnia, la farandulización (42), el espesor de las acusaciones, dirigidas exclusivamente contra la Iglesia Católica, como si fuese la sentina de todos los vicios.

 

Tales dificultades exigen no menos agallas de valentía, y por consiguiente la fuerza de la gracia divina, para proseguir con un testimonio coherente de vida cristiana, pese a la paganización que se difunde desde los medios de comunicación y a la ofensiva contra los principios más sagrados, como son la vida de los inocentes, amenazados por proyectos indulgentes con el aborto, la general ideología del placer a toda costa, propuesta a nuestra juventud por medio del cine, telenovelas y revistas, la teoría del “género”, un desaforado feminismo, la degradación de la familia, que hasta ha penetrado en mentes de teólogos, cardenales y obispos, sobre todo europeos, y tan generalizada también en Norte y Sudamérica. En fin, otras lacras, que se presentan como muy atractivas de momento, pero que arrastran consigo, a largo plazo, tragedias sin cuento.

 

Oremos y trabajemos con entusiasmo y convicción, para que en la Iglesia universal se reconozca el heroísmo de nuestros mártires, que así, con su ejemplo y coraje, nos alentarán a afrontar nuestro cotidiano martirio, para no dejarnos anegar por la marea de materialismo, que amenaza a la fe y a la misma civilización.

 

XVIII –Una sugerencia para terminar

 

He preguntado a sacerdotes, profesores, seminaristas y laicos en La Plata, así como a alguno que otro de Córdoba y Buenos Aires, si tenían noticia de la sublime, ejemplar vida y martirio de estos santos sacerdotes y laicos del Zenta, siendo la respuesta siempre negativa. Pareciera que fueran conocidos sólo en el Noroeste Argentino y, por lo mismo, me atrevo a proponer, que, sea la Conferencia Episcopal Argentina o los obispos interesados en el proceso de canonización, pidan a sus hermanos en el ministerio pastoral que promuevan en todo el país las noticias e historia de estos futuros santos (como lo esperamos con ahínco), de modo que no se reduzca todo a una sola región, por extensa que sea. Tal vez se podría para ello reeditar el resumen del libro más voluminoso de Mons. Bussu (43) y brindarlo a las diversas jurisdicciones eclesiales argentinas.

 

Parece que vale la pena el esfuerzo y que sería muy fructuoso, difundiendo conocimiento y aumentando la oración, para este objetivo tan importante y sin duda fructuoso para la Patria. FIN.

                                  

Orán (Salta, Argentina), 29 de agosto de 2015.

 

Notas

 

22) El mismo siglo de los dos misioneros que venimos recordando.

23) De ahí viene el modo cómo también se los catalogaba: “bandeirantes”, ya que se agrupaban en torno a banderas provenientes de Sâo Paulo.

24) Tratado realizado entre los reyes de Portugal (que también hicieron sus conquistas en América: Brasil) y los de España, para que los portugueses no interfiriesen en las colonias hispanas. Se firmó el 7/VI/1494.

25) J. J. Arteaga-M. L. Coolighan, Historia del Uruguay desde los orígenes hasta nuestros días, Montevideo (1992) 106.

26) Palabra proveniente del árabe “mamlûk”, que significa: “esclavo, sirviente” y fue aplicada primeramente a la milicia turco-egipcia, formada en un principio por esclavos, que acabaron por enseñorearse del Egipto. Fueron derrotados por Napoleón en 1798 y exterminados en 1811 por Mehemet Alí. A los bandidos portugueses que aquí tenemos en cuenta se los clasificó de ese modo y también como “paulistas”, nombre que se daba en Argentina a los indios o negros.

27) Indígenas provenientes de colonias portuguesas que guerreaban junto con los “mamelucos”.

28) En lo que sigue, nos inspiramos (sintetizando) en el folleto que ya hubimos de publicar como resumen de la obra mayor de Salvatore Bussu: Pedro Ortiz de Zárate, Juan Antonio Solinas, S. J. y dieciocho cristianos laicos – Frutos maduros de la Evangelización en el Chaco argentino, Obispado de Orán (Salta), Obispado de Jujuy, República Argentina –2003– 23 y ss.

29) M. A. Vergara, Don Pedro Ortiz de Zárate – Jujuy, tierra de mártires, Rosario (1996) 292.

30) Recuérdese al respecto la declaración Dominus Jesus, 6/VIII/2000, siendo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe el entonces Card. Joseph Ratzinger.

31) El Profesor Guillermo Ezequiel Méndez, uno de los encargados del proceso de beatificación de nuestros mártires del Zenta, informó que hace poco se encontraron cartas del hijo de Don Pedro, Diego, donde informa que fueron cerca de 50 los fieles cristianos masacrados en aquella ocasión.

32) Ocasión para nuevamente recordar lo iluso y construido, sin base alguna en la realidad, de las posturas de tanta “Leyenda blanca” respecto al “bon sauvage”, sobre todo por parte de los “pensadores”, padres de la Revolución Francesa.

33) Ibid., 243-245. P. Lozano, Historia de la Compañía de Jesús en la provincia del Paraguay, Madrid

(1754-1755) 250.

34) Recuérdese el nuevo dato del Profesor Méndez: que, según documentos encontrados últimamente, el número ascendería a 50.

35) Jarque, ibid., 421-422. Lozano ofrece las mismas reflexiones, reproduciendo casi a la letra todo lo escrito  por Jarque, ibid., 248-252.

36) Jarque, ibid., 323-324.

37) M. A. Vergara, ibid., 324-325.

38) Ver: C. Testore, La corona trionfale del martirio (novembre 1628), en su obra:  I Martiri gesuiti del Sud -America – BB. Rocco Gonzalez de Santa Cruz, Alfonso Rodriguez, Giovanni del Castillo, Soc. Tip. A. Macione & Pisanu – Isola del Liri (1934) 137-170, donde se demuestran las motivaciones anticristianas, sobre todo del hechicero Ñezú. En el año del libro de Testore, todavía no habían sido canonizados San Roque González y sus compañeros mártires. De ahí el título: BB. (beati).Fueron canonizados en noviembre de 1988, por San Juan Pablo II.

39) Vertido al castellano, por quien aquí escribe, Salta (2003). Ver: Panorama Católico, 3/IV/2006.

40) Ver: Panorama Católico, 3/IV/2006.

41) Si bien hemos de lamentar también hoy en día las tremendas crueldades de tantos grupos islámicos contra los cristianos de Irak, Siria y otras regiones, asiáticas y africanas.

42) Tan bien descrita y justamente criticada por Mons. Héctor Aguer (www.aica.org, 25/VIII/2015), especialmente a raíz de la ridícula pero muy propagada historieta del mutuo enamoramiento del elegante curita  capellán del convento y una de sus monjitas (Esperanza mía).

43) Pedro Ortiz de Zárate, Juan Antonio Solinas y dieciocho cristianos laicos – Frutos maduros de la evangelización en el Chaco argentino, Obispado de la Nueva Orán (Salta), Obispado de Jujuy, República Argentina, 2003.

 

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¿Existe el alma espiritual?

(Curso de Apologética –Parte 6)

 

Raymond de Souza, KM

 

Los ateos, los agnósticos y las personas intelectualmente superficiales dudan de la existencia del alma humana. Pero no sólo ellos. Muchas personas que van a la iglesia dudan del hecho de que el ser humano es un compuesto de cuerpo y alma. Por supuesto, podemos experimentar la realidad del cuerpo a través de nuestros sentidos, ¿pero el alma…? ¿La existencia del alma puede ser probada por la razón pura?

 

Éste es nuestro tema en este artículo y el siguiente. La primera cosa a hacer es definir la palabra alma, para asegurarnos de que estamos hablando de la misma cosa.

 

Todos conocemos la diferencia entre un ser viviente y uno sin vida. Tú ves en el jardín a un niño jugando con un cachorro sobre el césped, cerca de una fuente. Sólo el agua es sin vida, y los otros seres (el niño, el cachorro y el pasto) son seres vivos. El pasto tiene una vida propia, por lo cual se puede alimentar, crecer y reproducir su propia especie. Es llamada vida vegetativa. El cachorro tiene todo eso más sentidos que lo hacen consciente de sus alrededores. A eso se le llama vida sensitiva. El niño tiene todo eso más la capacidad de pensar. Eso es llamado vida intelectual.

 

Por lo tanto, todo ser vivo tiene dentro de sí mismo la fuente de su propia actividad, su propio poder y su propio principio vital. Esa fuente o poder que hace que todo ser vivo se mueva es llamada el alma, en el sentido más amplio del término. Pero hablando estrictamente sólo llamamos alma al principio vital de los seres humanos, en virtud de su intrínsecamente superior poder de pensamiento. La palabra latina para vida es anima, que también significa alma.

 

¿Cómo podemos saber con certeza que los seres humanos tenemos un principio vital –el alma– intrínsecamente superior al de las plantas y animales? Razonemos (y aquí estamos actuando de un modo 100% humano, lo que las plantas y animales no son capaces de hacer).

 

En primer lugar, ¿cómo conocemos algo? No nacemos con ningún conocimiento; al nacer, nuestras mentes son una pizarra en blanco. Conocemos lo que conocemos a través de nuestros sentidos. Es decir, las cosas que vemos, oímos, degustamos, olemos y tocamos. Por lo tanto, sabemos lo que es un arco iris porque lo vemos; sabemos lo que es una canción porque la podemos oír; sabemos cómo son realmente el tocino y los huevos porque los podemos degustar; sabemos lo que es un perfume porque lo podemos oler; y sabemos acerca de la suavidad de la ropa de terciopelo porque nuestro sentido del tacto la siente. He aquí las cinco vías normales por las cuales llegamos a conocer cosas.

 

Pero hay otra forma de conocer, por la que podemos conocer cosas que no dependen de sensaciones directas. Los conceptos tales como ‘honestidad’, ‘generosidad’ y ‘amabilidad’ no se ven, ni se oyen ni se tocan. Son comprendidos por nuestra mente. Cuando decimos ‘el hombre es un animal racional’ no estamos pensando en un tipo humano específico, blanco, bajo o flaco. Hablamos del ‘hombre’ como una categoría, un concepto, producido por nuestras mentes. Podemos pensar sobre el pensamiento. Y no hay ninguna glándula en el cerebro para producir tales cosas. Ciertas áreas del cerebro pueden estar más directamente conectadas a las sensaciones, pero no al razonamiento.

 

A esta capacidad humana la llamamos el intelecto, la razón o la mente. Funciona bastante independientemente de los sentidos. Los sentidos proveen la información, y la mente la ‘digiere’, por así decir; extrae sentido a partir de ella.

 

También la voluntad humana es una prueba de la existencia y las operaciones del alma. El libre albedrío es una característica de la persona humana. Podemos elegir hacer algo o cambiar de idea y no hacerlo. Un hombre puede elegir traicionar a un amigo o no traicionarlo. Es una elección moral, completamente independiente de los sentidos. Yo estoy escribiendo este artículo ahora, pero puedo elegir dejar de escribir y continuar más tarde. Un ateo o un agnóstico que pueda estar leyéndolo puede elegir dejar de leer porque se da cuenta de que tiene sentido y él aborrece el sentido común. Pero al obrar así él prueba que tiene libre albedrío –algo independiente de sus cinco sentidos.

 

Si los hombres no tuviéramos libre albedrío seríamos como los animales, esclavizados por los sentidos, y prevalecería la ley de la selva –la fuerza da la razón. Pero nosotros esperamos que los criminales sean castigados precisamente porque ellos abusaron de su libre albedrío e hicieron daño a otros. Pero no castigamos a un hombre demente por dañar a otro –él es incapaz de ejercitar su libre albedrío a causa de su demencia.

 

Entonces tú podrías preguntar: ¿Cómo funciona el libre albedrío? ¿Cómo lo ejercitamos? Se lo puede decir de forma simple: nuestras voluntades siempre están eligiendo lo que percibimos como bueno y evitando lo que nuestras mentes perciben como malo. Estamos impulsados naturalmente a buscar la felicidad, incluso aunque podamos no encontrarla en una elección errónea. Llamamos ‘bien’ a cualquier cosa que nos haga felices, y ‘mal’ a cualquier cosa que nos haga infelices.

 

Tu elección de carrera está guiada por tu mente, por lo que tú piensas que será mejor para ti. Una chica puede elegir ser una religiosa que trabaja en un hospital en África, mientras que otra chica puede aborrecer esa idea y elegir seguir una carrera en marketing o casarse con un científico. Ambas chicas hicieron una elección basada en lo que sus mentes percibían que les traería felicidad.

 

Análogamente, el drogadicto elige las drogas porque piensa que lo harán sentir bien o ‘feliz’ en su mente, aun cuando eso arruinará su vida tarde o temprano. Pero su elección fue libre, con base en su percepción de la realidad. Por eso es que en una sociedad humana normal –algo difícil de encontrar en estos días– el crimen es castigado y las buenas acciones son recompensadas.

 

Por lo tanto, el libre albedrío se define como la capacidad de elegir entre dos o más cursos de acción, cada uno de ellos atractivo, en cierto modo, para la mente. Porque nadie elige jamás el mal en sí, nadie elige la desdicha y la infelicidad sabiendo que sufrirá sin descanso o consuelo. Cuando elegimos hacer algo malo, es porque hay en ello un bien aparente que nos atrae, y hacemos la elección sabiendo que no es completamente bueno, pero la atracción parece irresistible y elegimos libremente hacerlo.

 

Considera, por ejemplo, un hombre joven que duda entre hacerse militar y ser un abogado. El uniforme, la disciplina y la pompa lo atraen. Estas cosas son buenas desde su punto de vista. Pero él tiene temor a las alturas y detesta la mera posibilidad de saltar en paracaídas, cosa vista como un mal desagradable. La vida de abogado no tiene saltos en paracaídas, pero tampoco tiene la pompa militar. Por lo tanto, él pesa por una parte el bien de la pompa militar contra el mal de su posible salto en paracaídas; y por otra parte el no saltar en paracaídas en la profesión de abogado contra la falta de pompa. Y él hace una elección, una libre elección, que es bastante independiente de sus sentidos.

 

Más concretamente, un político católico está deliberando si votar o no a favor del aborto en la Cámara de Diputados. Él sabe que votar por el aborto es un pecado mortal, porque es un accesorio para el asesinato de niños inocentes, pero él agradará al Presidente de la nación y podría obtener un nombramiento para el Senado, con muchos beneficios. Por otra parte, si él vota contra el aborto, caerá en desgracia ante el Presidente y podrá olvidarse de cualquier posible nombramiento por el Partido de gobierno. Es una elección moral, bastante independiente de los sentidos. Una elección libre, que merecerá aplauso o condenación.

 

Próximo artículo: Cómo los hombres difieren de los animales –la evolución materialista es imposible.

 

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Las políticas de planificación poblacional

 

José Alfredo Elía Marcos

 

1. La política poblacional norteamericana

 

El presidente norteamericano Eisenhower, a principios de la década de los años 50, tiempo en que comienza el debate sobre la contracepción, ordena al Gobierno de los EE.UU. mantenerse al margen en la cuestión. Pero en la década siguiente, a instancias del presidente Kennedy, comienza el apoyo oficial e institucional del gobierno norteamericano a las políticas de control natal. En 1965, 17 de los Estados norteamericanos aprobaron leyes para que “las jóvenes parejas pudieran practicar la contracepción”. Luego, el Presidente Johnson declaró en su mensaje sobre la salud y educación de 1966: “Es esencial que todas las familias tengan acceso a la información y los servicios que permiten que se pueda elegir libremente el número y espaciamiento de los hijos, dentro de los dictados de la conciencia individual”.

 

Tras el fracaso del programa de ayuda económica a Latinoamérica, la Alianza para el Progreso, promovido por el presidente Kennedy, su sucesor, Johnson, en el tristemente célebre discurso en las Naciones Unidas dijo que “actuaría sobre el hecho de que cinco dólares invertidos en control natal equivalen a cien dólares invertidos en crecimiento económico”, lo cual implicó que a partir de ese momento la Agencia Internacional para el Desarrollo (AID), organismo oficial de ayuda norteamericana, volcará un volumen importante de sus recursos a los programas antinatalistas. La guerra contra la población había sido declarada por los Estados Unidos, y en el propio seno de las Naciones Unidas…

 

“Existen 3 mil millones de personas en el mundo y solamente 200 millones son nuestras. Tenemos una desventaja de 15 a 1. Si la fuerza tuviera razón, inundarían los Estados Unidos y se llevarían lo que tenemos. Nosotros tenemos lo que quieren. Es decir, el enemigo es el mundo entero y si no lo hacemos bien, se abalanzarán sobre nosotros para quitarnos lo que es nuestro” (Johnson, Presidente de los Estados Unidos, Discurso en Alaska, Noviembre 1966).

 

Apenas un año después, en 1967, se crea el Fondo de las Naciones Unidas para Actividades en Materia de Población (FNUAP), del que se nombra director en 1969 a Rafael M. Salas, quien le da un fuerte impulso, y en junio de 1973 ya disponía de un capital de más de 100 millones de dólares. A partir de finales de la década de los sesenta, el Banco Mundial (que en 1970 otorga su primer préstamo para control demográfico), dirigido entre 1968 y 1981 por Robert McNamara, sumado a diversas agencias de las Naciones Unidas, existentes o creadas al efecto (especialmente el FNUAP, PNUD, UNICEF, OMS y la FAO), se lanzan a las campañas mundiales de control natal. Así, por ejemplo, en el discurso inaugural como nuevo presidente del Banco Mundial, Robert McNamara se dirigió a la Junta de Gobernadores del mismo, el 30 de septiembre de 1968 en la ciudad de Washington, en estos términos: “El rápido crecimiento demográfico es una de las mayores barreras que obstaculizan el crecimiento económico y el bienestar social de nuestros Estados miembros”.

 

2. La Unión Soviética y la teoría del “vaso de agua”

 

En los años 20 el Soviet de Diputados puso de moda la teoría del Vaso de agua, que predicaba la libertad sexual al punto de que para cada persona practicar sexo fuese tan simple y fácil como “beber un vaso de agua”. En la práctica, esto se convirtió en un atentado contra el matrimonio y la familia. El divorcio se podía obtener por cualquier razón y en cualquier momento. El aborto se declaró legal en 1926. Las relaciones prematrimoniales eran favorecidas y las relaciones sexuales fuera del matrimonio se tenían como normales. Según esta teoría (y práctica que se imponía) una joven militante del komsomol no podía negar a su camarada el complacer sus necesidades sexuales so pena de ser expulsada de la organización, por aferrarse a “las supersticiones burguesas”...

 

Alejandra Kollontai, colaboradora de Lenin y una de las pocas antiguas bolcheviques que sobrevivieron a Stalin, reconocía en un artículo titulado Eros con alas que el sexo libre pretendía hacer desaparecer la familia soviética, ya que las mujeres se integrarían en las tareas de producción junto con los hombres, y los niños se cuidarían en las creches, unas guarderías infantiles que el Estado iba a instalar por todas partes. De esta manera la familia ya no sería una institución necesaria o justificable. Para Kollontai las relaciones eróticas son inestables, si no fugaces, por lo que era necesario una “configuración en triángulo, una pareja abierta o con alguna línea de fuga”. Otra obra importante de esta autora fue La nueva moral y la clase obrera (1919) donde cuestionaba los fundamentos de la “familia burguesa” y sobre todo el matrimonio. Kollontai anunciaba la supresión del matrimonio civil y el desarrollo de una convivencia libre y flexible. El comisario del pueblo de Justicia Stucha, reducía el matrimonio a “una formalidad que acompaña unas relaciones reales de personas vivas”.

 

Según nos relata el profesor Sorokin de la Universidad de Harvard, a los pocos años, cantidad de niños sin padres y sin hogar eran una amenaza real para el país. Millones de vidas, especialmente de muchachas, eran destruidas. El divorcio y el aborto llegaron a su máximo apogeo. Los odios y conflictos producidos por esta desintegración familiar se incrementaron rápidamente, y lo mismo ocurrió con las psiconeurosis. El trabajo en las fábricas nacionalizadas se descuidó. Los resultados eran tan alarmantes que el gobierno se vio obligado a invertir su política. La propaganda del "vaso de agua" fue declarada contraria a la Revolución y en su lugar se erigió la glorificación oficial de la castidad y la santidad del matrimonio. En otras palabras, los rusos descubrieron la triste realidad de que el sexo, considerado como un apetito más, no sólo arruinaba al individuo, sino que arruinaba rápidamente al mismo Estado y la sociedad.

 

Clara Zetkin, una de las fundadoras del partido comunista alemán, y firme defensora de los derechos de la mujer, en su obra Recuerdos sobre Lenin criticó duramente la política del “vaso de agua”.

 

"Usted (refiriéndose a Lenin), por supuesto, conoce aquella popular teoría de que en una sociedad comunista satisfacer las necesidad sexuales sería tan simple como beber un vaso de agua... sin embargo esta teoría se ha transformado en un estigma para muchas jovencitas y mujeres más adultas. Sus ideólogos confirman que es profundamente marxista, gracias entonces por ese "marxismo" cuyas manifestaciones y transformaciones en la superestructura ideológica de la sociedad surgen directamente sólo de una base económica... porque considero esa teoría absolutamente no marxista y además antisocial porque en la vida sexual no sólo se manifiesta nuestra naturaleza sino también el aporte de nuestra vida social, que puede ser tanto elevado como degradante.

 

Engels en su obra "Orígenes de la familia" mencionó que es importante que la vida sexual se desarrolle pero que además se refine. Las relaciones entre los sexos no son simplemente expresiones de un juego entre necesidades físicas y económicas... la sed también exige ser satisfecha pero no por eso una persona en condiciones normales se lanzará en la calle al barro a beber agua de un charco o a beber de un vaso en el que ya han bebido decenas de personas. Pero beber es un acto individual y el amor algo de a dos que permite hacer aparecer a un tercero...

 

Como comunista no siento ni la más mínima simpatía hacia la teoría del Vaso de agua aunque se la disfrace de una teoría del amor libre.” (Clara Zetkin, Entrevista de Clara Zetkin a Vladimir Lenin, 1925. Fuente: Pradva internacional; http://socialismo-solucion.blogspot.com.es/2013/08/entrevista-de-clara-zetkin-vladimir.html

 

Los resultados de estas políticas no se hicieron esperar. Entre 1926 y 1934 el índice de natalidad de la Unión Soviética descendió bruscamente de 5,6 a 2,9. El empeño soviético por destruir la familia “tradicional” llevó a la multiplicación de dramas sociales (abandono de hijos, divorcios, abortos, suicidios, intoxicación alcohólica, etc.); los resultados se oponían claramente al objetivo del gobierno. El matrimonio podía romperse unilateralmente mediante la declaración de uno de los cónyuges. Esto condujo a muchas mujeres a situaciones verdaderamente dramáticas al ser abandonadas con sus hijos gracias a una simple solicitud del marido (W. Goldman, 1993). Stalin fue consciente de todo ello, de modo que, en 1936, ordenó un brusco cambio legislativo: prohibición del aborto (la URSS había sido el primer país del mundo en legalizar el aborto, en 1920), restricción del divorcio (también había sido liberalizado por las mismas fechas). Por todo ello la fecundidad volvió a subir considerablemente hasta los 4 hijos por mujer. El sueño de Stalin era alcanzar los 170 millones de soviéticos.

 

Este plan se revertió hacia 1956. En el plan quinquenal de reformas médicas, la Unión Soviética previó la producción de anticonceptivos y la enseñanza de métodos contraceptivos, en la perspectiva de una "promoción femenina".

 

En la actualidad los antiguos países del bloque soviético abastecen del mayor número de mujeres “esclavas del sexo” en los prostíbulos y burdeles de Europa Occidental. Se extima que el negocio de la prostitución tiene un volumen superior a los 32.000 millones de dólares anuales, un triste negocio en el que son explotadas sexualmente más de 2,5 millones de mujeres (la gran mayoría menores de 18 años) obligadas a trabajar en condiciones de auténtica esclavitud.

 

3. Las políticas de población en China

 

1949-1953: purga y repoblamiento

 

En 1949 se produce la Revolución China, en la que, tras una guerra civil, el partido comunista toma el poder bajo el mando de Mao Tse Tung. Las políticas del régimen maoísta pasan por ciclos poblacionistas y antinatalistas, según el interés del momento. Después de la guerra, donde murieron más de 70 millones de personas y tras la represión posterior en la que se exterminó toda disidencia (Movimiento de las cien flores) se inicia un periodo poblacionista de incentivos a la natalidad y un fuerte control de la educación de los niños bajo los dictados de la doctrina marxista-leninista-maoísta.

 

“Se debe considerar positivo que China tenga una población numerosa. Incluso si la población de China debiese multiplicarse varias veces, podría encontrar soluciones a los problemas creados por su incremento; la solución reside en la producción... Revolución más producción pueden resolver el problema de alimentar a la población.” (Mao Tse Tung, citado por: Massimo Livi Bacci, Historia mínima de la población mundial (1990), Barcelona, Ed. Ariel, 2009, ISBN 978-84-9892-005-5, pg. 174.

 

1953-1972: la Revolución Cultural

 

Con una población de 583 millones, en 1953 se implanta en China la llamada Revolución Cultural. Uno de los ejes principales de la planificación comunista de Mao es la adopción de las ideas maltusianas de control de la población. El Ministerio de Salud Pública desarrolla una intensa campaña de control de la natalidad rodeada de un gran esfuerzo propagandístico, aunque sin efectos visibles en la fecundidad.

 

Pero la llamada Revolución Cultural, con su Gran Salto Adelante, sume al país en el caos. Entre 1958 y 1961 el fracaso y hundimiento de la producción agrícola se traduce en unos 20 millones de muertos de hambre y la planificación familiar se vuelve un tema secundario.

 

Desde 1961 hasta 1972 se inicia otro periodo poblacionista en el que la población aumenta de 680 millones a 900 millones de personas. Este incremento se ve potenciado por el hecho de que la revolución maoísta fue esencialmente agraria, y no industrial como en Rusia.

 

1972-2011: la política del hijo único

 

En 1972 se moviliza una gran campaña nacional antinatalista dirigida por un grupo del Consejo de Estado. Se crean comités supervisores a todos los niveles administrativos y en varias empresas colectivas. En las áreas urbanas se añaden secciones de control de la población en las comisarías. En las áreas rurales se encomienda a consejeros médicos distribuir información y anticonceptivos a la población. A mediados de los setenta, además de fijarse objetivos por unidades administrativas, también se marcan límites para las familias. El máximo aconsejable son dos hijos en las ciudades, y tres o cuatro en las zonas rurales.

 

Finalmente en 1979 se fija como objetivo el hijo único en todo el país. El objetivo general es conseguir estabilizar la población hacia el año 2000, alcanzados los 1.200 millones de habitantes. Según las proyecciones, de no tomarse medidas drásticas, la simple inercia demográfica puede conducir a crecimientos muchos mayores, que pondrían en peligro los programas de modernización de la época. Para lograrlo se combina propaganda, presión social y sanciones.

 

Las parejas con un solo hijo, si se comprometen a no tener más, reciben un certificado que les proporciona beneficios como una baja de maternidad más prolongada, mejores servicios pediátricos, preferencia en la asignación de vivienda e incluso ayudas en metálico. Pero en las áreas rurales la fecundidad es mayor, y el control se vuelve omnipresente mediante brigadas de personal sanitario femenino que presionan para que los solteros retrasen el matrimonio (de hecho en 1980 se prohíbe el matrimonio antes de los 22 años en varones y los 20 años en mujeres respectivamente). Los recién casados han de esperar antes de tener su primer hijo, y los que ya lo tienen se ven sometidos a exámenes y supervisión de sus prácticas anticonceptivas, con fuertes presiones hacia el aborto y la esterilización si se sobrepasa el hijo único (ha trascendido información sobre presiones conducentes incluso al infanticidio).

 

En 1985 el presidente de los EE.UU. Ronald Reagan retiró la financiación a los programas de planificación familiar con que ayudaba a China. En 1989 el bloque comunista se descompone.

 

La estrategia de la adopción

 

En 1995 se emitió en España el documental Las habitaciones de la muerte (producido por la televisión británica Channel 4 y emitido en España por el programa Documentos TV). El éxito de audiencia condujo a repetir varias veces su emisión, y en cada ocasión las centrales telefónicas de las cadenas emisoras se vieron colapsadas por las llamadas de personas interesadas en adoptar una niña china. Diversos gobiernos autonómicos tuvieron que habilitar oficinas especiales para informar sobre solicitudes de adopción en China. En España se considera que 1995 y 1996 son los años en que "despegó" la adopción internacional. En la actualidad el 40% de las adopciones que se realizan en el mundo provienen de China y Rusia.

 

La población en China ha subido de 900 a 1.300 millones siendo el país más habitado del planeta. Se calcula que las políticas demográficas chinas de expansión y implosión han supuesto la muerte de más de 200 millones de niños, en un auténtico genocidio sin precedentes

 

4. La planificación poblacionista de Rumania

 

Tras varias décadas de políticas neomalthusianas en Rumania el dictador Nicolai Ceaucescu decidió en los años 70 que el país había errado en las políticas que afectaban a la evolución demográfica. Como en tantos otros países comunistas, en la época del baby boom se había favorecido el control de la fecundidad, legalizando el aborto (que se practicaba de forma gratuita y en clínicas estatales), facilitado la producción e importación de nuevos anticonceptivos, agilizado el divorcio y perseguido la igualdad laboral y familiar entre sexos.

 

Pero el posterior descenso de la fecundidad fue interpretado como una catástrofe nacional, y en 1966 se inició una campaña natalista intensa y coercitiva, con medidas radicalmente opuestas a las anteriores. Algunas de las más llamativas fueron las siguientes:

-      Prohibición de los anticonceptivos, que no podían fabricarse, ni importarse desde otros países.

-      Prohibición del aborto para todas las mujeres con menos de cuatro hijos o menos de 45 años.

-      Obligación de exámenes ginecológicos mensuales que detectasen cualquier intento de impedir el embarazo (se llegó al extremo de implantarlos en las propias empresas donde hubiese trabajadoras).

 

El propósito del dictador era simple: fortalecer la economía rumana incrementando su población. En un año, sus políticas tuvieron éxito, y la tasa de natalidad se incrementó sustancialmente.

 

El efecto súbito de esta política fue una transición de una tasa de natalidad de un 14,3‰ en 1966 a un 27,4‰ en 1967. Entre los años 1972 y 1985, más decretos cambiaron la edad mínima para el aborto legal. Los niños nacidos durante este período, especialmente entre 1966 y 1972, son apodados los decreţei, y tuvieron que soportar servicios públicos abarrotados porque el Estado no estuvo listo para el aumento súbito.

 

Esta política fue revertida en 1989, después de la Revolución Rumana en la que cayó la dictadura comunista. Desde ese tiempo, el aborto ha sido legal en Rumania.

 

(José Alfredo Elía Marcos, Las lágrimas de Raquel. Historia, ideologías y estrategias de la guerra contra la población, Capítulo 6; nueva versión, realizada en 2015 por el autor para la Revista Fe y Razón).

 

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La comunión de los santos

 

Catecismo de la Iglesia Católica

 

946 Después de haber confesado "la Santa Iglesia católica", el Símbolo de los Apóstoles añade "la comunión de los santos". Este artículo es, en cierto modo, una explicitación del anterior: "¿Qué es la Iglesia, sino la asamblea de todos los santos?" (San Nicetas de Remesiana, Instructio ad competentes 5, 3, 23 [Explanatio Symboli, 10]: PL 52, 871). La comunión de los santos es precisamente la Iglesia.

 

947 "Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros [...] Es, pues, necesario creer [...] que existe una comunión de bienes en la Iglesia. Pero el miembro más importante es Cristo, ya que Él es la cabeza [...] Así, el bien de Cristo es comunicado [...] a todos los miembros, y esta comunicación se hace por los sacramentos de la Iglesia" (Santo Tomás de Aquino, In Symbolum Apostolorum scilicet «Credo in Deum» expositio, 13). "Como esta Iglesia está gobernada por un solo y mismo Espíritu, todos los bienes que ella ha recibido forman necesariamente un fondo común" (Catecismo Romano, 1, 10, 24).

 

948 La expresión "comunión de los santos" tiene, pues, dos significados estrechamente relacionados: "comunión en las cosas santas [sancta]" y "comunión entre las personas santas [sancti]".

 

Sancta sanctis [lo que es santo para los que son santos] es lo que se proclama por el celebrante en la mayoría de las liturgias orientales en el momento de la elevación de los santos dones antes de la distribución de la comunión. Los fieles (sancti) se alimentan con el cuerpo y la sangre de Cristo (sancta) para crecer en la comunión con el Espíritu Santo (Koinônia) y comunicarla al mundo.

 

I. La comunión de los bienes espirituales

 

949 En la comunidad primitiva de Jerusalén, los discípulos "acudían [...] asiduamente a la enseñanza de los Apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones" (Hch 2, 42):

La comunión en la fe. La fe de los fieles es la fe de la Iglesia recibida de los Apóstoles, tesoro de vida que se enriquece cuando se comparte.

 

950 La comunión de los sacramentos. “El fruto de todos los Sacramentos pertenece a todos. Porque los Sacramentos, y sobre todo el Bautismo que es como la puerta por la que los hombres entran en la Iglesia, son otros tantos vínculos sagrados que unen a todos y los ligan a Jesucristo. Los Padres indican en el Símbolo que debe entenderse que la comunión de los santos es la comunión de los sacramentos [...]. El nombre de comunión puede aplicarse a todos los sacramentos puesto que todos ellos nos unen a Dios [...]. Pero este nombre es más propio de la Eucaristía que de cualquier otro, porque ella es la que lleva esta comunión a su culminación” (Catecismo Romano, 1, 10, 24).

 

951 La comunión de los carismas: En la comunión de la Iglesia, el Espíritu Santo "reparte gracias especiales entre los fieles" para la edificación de la Iglesia (LG 12). Pues bien, "a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común" (1 Co 12, 7).

 

952 “Todo lo tenían en común” (Hch 4, 32): "Todo lo que posee el verdadero cristiano debe considerarlo como un bien en común con los demás y debe estar dispuesto y ser diligente para socorrer al necesitado y la miseria del prójimo" (Catecismo Romano, 1, 10, 27). El cristiano es un administrador de los bienes del Señor (cf. Lc 16, 1, 3).

 

953 La comunión de la caridad: En la comunión de los santos, "ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo" (Rm 14, 7). "Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo. Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte" (1 Co 12, 26-27). "La caridad no busca su interés" (1 Co 13, 5; cf. 1 Co 10, 24). El menor de nuestros actos hecho con caridad repercute en beneficio de todos, en esta solidaridad entre todos los hombres, vivos o muertos, que se funda en la comunión de los santos. Todo pecado daña a esta comunión.

 

II. La comunión entre la Iglesia del cielo y la de la tierra

 

954 Los tres estados de la Iglesia. «Hasta que el Señor venga en su esplendor con todos sus ángeles y, destruida la muerte, tenga sometido todo, sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; mientras otros están glorificados, contemplando "claramente a Dios mismo, uno y trino, tal cual es". Todos, sin embargo, aunque en grado y modo diversos, participamos en el mismo amor a Dios y al prójimo y cantamos el mismo himno de alabanza a nuestro Dios. En efecto, todos los que son de Cristo, que tienen su Espíritu, forman una misma Iglesia y están unidos entre sí en Él» (LG 49).

 

955 "La unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe. Más aún, según la constante fe de la Iglesia, se refuerza con la comunicación de los bienes espirituales" (LG 49).

 

956 La intercesión de los santos. "Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad [...] No dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra [...] Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (LG 49):

 

«No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida» (Santo Domingo, moribundo, a sus frailes: Relatio iuridica 4; cf. Jordán de Sajonia, Vita 4, 69).

 

«Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra» (Santa Teresa del Niño Jesús, verba).

 

957 La comunión con los santos. "No veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de fuente y cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios" (LG 50):

 

«Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios; en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su rey y maestro, que podamos nosotros, también, ser sus compañeros y sus condiscípulos (Martirio de san Policarpo 17, 3: SC 10bis, 232 (Funk 1, 336)).

 

958 La comunión con los difuntos. «La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció sufragios por ellos; "pues es una idea santa y piadosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados" (2 M 12, 46)"» (LG 50). Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarlos, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor.

 

959 En la única familia de Dios. "Todos los hijos de Dios y miembros de una misma familia en Cristo, al unirnos en el amor mutuo y en la misma alabanza a la Santísima Trinidad, estamos respondiendo a la íntima vocación de la Iglesia" (LG 51).

 

Resumen

 

960 La Iglesia es "comunión de los santos": esta expresión designa primeramente las "cosas santas" (sancta), y ante todo la Eucaristía, "que significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes, que forman un solo cuerpo en Cristo" (LG 3).

 

961 Este término designa también la comunión entre las "personas santas" (sancti) en Cristo que ha "muerto por todos", de modo que lo que cada uno hace o sufre en y por Cristo da fruto para todos.

 

962 "Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestra disposición el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones" (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 30).

 

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De la “intercomunión”

 

Código de Derecho Canónico

 

844 § 1. Los ministros católicos administran los sacramentos lícitamente sólo a los fieles católicos, los cuales, a su vez, sólo los reciben lícitamente de los ministros católicos, salvo lo establecido en los §§ 2, 3 y 4 de este canon, y en el c. 861 § 2.

 

 § 2. En caso de necesidad, o cuando lo aconseje una verdadera utilidad espiritual, y con tal de que se evite el peligro de error o de indiferentismo, está permitido a los fieles a quienes resulte física o moralmente imposible acudir a un ministro católico, recibir los sacramentos de la penitencia, Eucaristía y unción de los enfermos de aquellos ministros no católicos, en cuya Iglesia son válidos esos sacramentos.

 

 § 3. Los ministros católicos administran lícitamente los sacramentos de la penitencia, Eucaristía y unción de los enfermos a los miembros de Iglesias orientales que no están en comunión plena con la Iglesia católica, si los piden espontáneamente y están bien dispuestos; y esta norma vale también respecto a los miembros de otras Iglesias, que, a juicio de la Sede Apostólica, se encuentran en igual condición que las citadas Iglesias orientales, por lo que se refiere a los sacramentos.

 

 § 4. Si hay peligro de muerte o, a juicio del Obispo diocesano o de la Conferencia Episcopal, urge otra necesidad grave, los ministros católicos pueden administrar lícitamente esos mismos sacramentos también a los demás cristianos que no están en comunión plena con la Iglesia católica, cuando éstos no puedan acudir a un ministro de su propia comunidad y lo pidan espontáneamente, con tal de que profesen la fe católica respecto a esos sacramentos y estén bien dispuestos.

 

 § 5. Para los casos exceptuados en los §§ 2, 3 y 4, el Obispo diocesano o la Conferencia Episcopal no deben dar normas generales sin haber consultado a la autoridad, por lo menos local, de la Iglesia o comunidad no católica de que se trate.

 

*****

 

861 § 1. Quedando en vigor lo que prescribe el c. 530, 1, es ministro ordinario del bautismo el Obispo, el presbítero y el diácono.

 

 § 2. Si está ausente o impedido el ministro ordinario, administra lícitamente el bautismo un catequista u otro destinado para esta función por el Ordinario del lugar, y, en caso de necesidad, cualquier persona que tenga la debida intención; y han de procurar los pastores de almas, especialmente el párroco, que los fieles sepan bautizar debidamente.

 

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Salmo 40

 

Del maestro de coro. De David. Salmo.

 

Esperé confiadamente en el Señor:

Él se inclinó hacia mí

y escuchó mi clamor.

Me sacó de la fosa infernal,

del barro cenagoso;

afianzó mis pies sobre la roca

y afirmó mis pasos.

Puso en mi boca un canto nuevo,

un himno a nuestro Dios.

Muchos, al ver esto, temerán

y confiarán en el Señor.

¡Feliz el que pone en el Señor

toda su confianza,

y no se vuelve hacia los rebeldes

que se extravían tras la mentira!

¡Cuántas maravillas has realizado,

Señor, Dios mío!

Por tus designios en favor nuestro,

nadie se te puede comparar.

Quisiera anunciarlos y proclamarlos,

pero son innumerables.

Tú no quisiste víctima ni oblación;

pero me diste un oído atento;

no pediste holocaustos ni sacrificios,

entonces dije: «Aquí estoy.

En el libro de la Ley está escrito

lo que tengo que hacer:

yo amo. Dios mío, tu voluntad,

y tu ley está en mi corazón».

Proclamé gozosamente tu justicia

en la gran asamblea;

no, no mantuve cerrados mis labios,

Tú lo sabes, Señor.

No escondí tu justicia dentro de mí,

proclamé tu fidelidad y tu salvación,

y no oculté a la gran asamblea

tu amor y tu fidelidad.

Y Tú, Señor, no te niegues

a tener compasión de mí;

que tu amor y tu fidelidad

me protejan sin cesar.

Porque estoy rodeado de tantos males,

que es imposible contarlos.

Las culpas me tienen atrapado

y ya no alcanzo a ver:

son más que los cabellos de mi cabeza,

y me faltan las fuerzas.

Líbrame, Señor, por favor;

Señor, ven pronto a socorrerme.

Que se avergüencen y sean humillados

los que quieren acabar con mi vida.

Que retrocedan confundidos

los que desean mi ruina;

queden pasmados de vergüenza

los que se ríen de mí.

Que se alegren y se regocijen en Ti

todos los que te buscan

y digan siempre los que desean tu victoria:

«¡Qué grande es el Señor!»

Yo soy pobre y miserable,

pero el Señor piensa en mí;

Tú eres mi ayuda y mi libertador,

¡no tardes, Dios mío!

 

Fuente: El Libro del Pueblo de Dios (traducción argentina de la Biblia).

 

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“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

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