Fe y Razón

Revista gratuita de teología y cultura católica

Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 115 – 6 de noviembre de 2015

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

(“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”)

Santo Tomás de Aquino

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Una reflexión postsinodal

Equipo de Dirección

Magisterio

Carta Encíclica Pascendi sobre las doctrinas de los modernistas –I

Papa San Pío X

Espiritualidad

El demonio

Pbro. Dr. José María Iraburu

Sínodo de la Familia

Versión siglo XXI de la parábola del hijo pródigo

Lic. Néstor Martínez Valls

Biblia

¿Salvación sin condiciones?

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Historia de la Iglesia

Testimonio evangelizador de Don Pedro Ortiz de Zárate y del P. Juan Antonio Solinas, SJ

Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola

Apologética

Demostrando la existencia de Dios. Prueba por la causalidad

Raymond de Souza KM

Familia y Vida

El criptoeugenismo (1942-1960)

José Alfredo Elía Marcos

Iglesia

La religión «light» no atrae: el caso de Escocia, su Iglesia oficial presbiteriana y la católica

Pablo Ginés

Catecismo

El respeto a los muertos

Catecismo de la Iglesia Católica

Oración

Salmo 21

La Santa Biblia

 

 

Una reflexión post-sinodal

 

Equipo de Dirección

 

Ha concluido el segundo Sínodo de los Obispos dedicado al tema de la familia en los últimos dos años. En nuestra humilde opinión, el resultado final de este largo proceso sinodal, aunque tiene muchos aspectos positivos, es insatisfactorio. En efecto, el documento final del Sínodo de 2015, publicado en italiano, representa una mejora notable con respecto al documento final del Sínodo de 2014, y una mejora abismal con respecto al inadmisible documento intermedio del Sínodo de 2014. No obstante, el documento final del Sínodo recién concluido, aunque no cambia la doctrina católica sobre el matrimonio y la familia, desgraciadamente tampoco reafirma de una forma explícita e inequívoca los elementos de esa doctrina que han sido cuestionados o atacados por muchos obispos de la Iglesia Católica a lo largo de este difícil bienio, so pretexto de una renovación pastoral.

 

Pese a que se dijo muchas veces que el tema de ambos Sínodos no se limitaría a la cuestión de la comunión para las personas divorciadas y vueltas a casar, de hecho ésa parece haber sido la gran cuestión que acaparó la mayor parte del interés y las energías de los Padres Sinodales. Considerando que esa cuestión no era nueva en absoluto, sino que ya había sido claramente resuelta por el Magisterio de la Iglesia, con una base muy firme en la Sagrada Escritura e incluso en palabras de Nuestro Señor Jesucristo, no se puede evitar la impresión de que estamos inmersos en una discusión que es en sí misma escandalosa: en el fondo, hoy se discute si la Iglesia Católica debe seguir siendo fiel a la doctrina cristiana (una fidelidad que le ha costado tantas cruces y martirios a lo largo de veinte siglos), o si debe cambiar esa doctrina para adaptarla al mundo contemporáneo. No exageramos nada. No pocos Padres Sinodales han planteado propuestas que implican, entre otras cosas inaceptables, la aceptación del divorcio, el concubinato o las relaciones homosexuales, o la negación de la existencia de actos intrínsecamente malos. Se manejan con ligereza ideas que equivalen a dejar de lado dogmas de fe (por ejemplo, los Cánones del Sacramento del Matrimonio del Concilio de Trento, sobre todo el Canon VII), destruir la doctrina católica sobre tres sacramentos y la teología moral fundamental, etc.

 

La inestabilidad del compromiso alcanzado en el reciente Sínodo entre las dos corrientes principales se puede advertir en las interpretaciones muy contradictorias que se ha dado al texto final, cuando la tinta del mismo todavía estaba fresca, por así decir. Unos han resaltado con razón que el documento no cambia la doctrina de la Iglesia sobre la comunión de las personas divorciadas y vueltas a casar (de hecho, los numerales 84-86, que son los dedicados a esas personas, ni siquiera aluden a la comunión). Otros, explotando la ambigüedad de esos numerales (que, por ejemplo, citan Familiaris Consortio 84, pero omitiendo la parte capital en que el Papa Juan Pablo II reitera la tradicional prohibición de la comunión para esas personas, mientras persistan en el estado de adulterio; que así lo llama Nuestro Señor Jesucristo), declaran que el Sínodo admite la comunión para esas personas, en función del dictamen de la conciencia y del discernimiento realizado con la ayuda de un sacerdote. O sea que, dos años y dos Sínodos después, la Iglesia sigue discutiendo exactamente la misma cuestión, resuelta hace más de 30 años por San Juan Pablo II, por no hablar de instancias anteriores.

 

El problema se agrava todavía más por el hecho de que, en altos niveles jerárquicos, se está aireando la idea de dejar que cada Conferencia Episcopal decida la cuestión, como si la Iglesia Católica (=Universal) no fuera más que una federación de iglesias nacionales. Sin embargo, la unidad doctrinal en lo necesario (como las doctrinas bíblicas y tradicionales) es absolutamente esencial para la Iglesia: “Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo” (Efesios 4,5).

 

Ante esta grave situación, que evoca el peligro de división eclesial, terminamos con una firme exhortación: mantengámonos absolutamente fieles a toda la doctrina católica. Con ese espíritu reproducimos a continuación la Profesión de Fe.

 

***

 

PROFESIÓN DE FE

(Fórmula para utilizar en los casos en que el derecho prescribe la profesión de fe)

 

Yo, N., creo con fe firme y profeso todas y cada una de las cosas contenidas en el Símbolo de la fe, a saber:

 

Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible.

 

Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.

 

Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

 

Creo, también, con fe firme, todo aquello que se contiene en la Palabra de Dios escrita o transmitida por la Tradición, y que la Iglesia propone para ser creído, como divinamente revelado, mediante un juicio solemne o mediante el Magisterio ordinario y universal.

 

Acepto y retengo firmemente, asimismo, todas y cada una de las cosas sobre la doctrina de la fe y las costumbres propuestas por la Iglesia de modo definitivo.

 

Me adhiero, además, con religioso obsequio de voluntad y entendimiento a las doctrinas enunciadas por el Romano Pontífice o por el Colegio de los Obispos cuando ejercen el Magisterio auténtico, aunque no tengan la intención de proclamarlas con un acto definitivo.

 

Fuente: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_19880701_professio-fidei_sp.html

 

Vuelve a la Tabla de Condiciones

 

 

Carta Encíclica Pascendi
sobre las doctrinas de los modernistas –I

 

Papa San Pío X

 

Introducción

 

Al oficio de apacentar la grey del Señor que nos ha sido confiada de lo alto, Jesucristo señaló como primer deber el de guardar con suma vigilancia el depósito tradicional de la santa fe, tanto frente a las novedades profanas del lenguaje como a las contradicciones de una falsa ciencia. No ha existido época alguna en la que no haya sido necesaria a la grey cristiana esa vigilancia de su Pastor supremo; porque jamás han faltado, suscitados por el enemigo del género humano, «hombres de lenguaje perverso» (1), «decidores de novedades y seductores» (2), «sujetos al error y que arrastran al error» (3).

 

Gravedad de los errores modernistas

 

1. Pero es preciso reconocer que en estos últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de la cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia, se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia, y hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el reino de Jesucristo. Guardar silencio no es ya decoroso, si no queremos aparecer infieles al más sacrosanto de nuestros deberes, y si la bondad de que hasta aquí hemos hecho uso, con esperanza de enmienda, no ha de ser censurada ya como un olvido de nuestro ministerio. Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilación el silencio es que hoy no es menester ya ir a buscar los fabricantes de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados.

 

Hablamos, venerables hermanos, de un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta de sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en filosofía y teología, e impregnados, por lo contrario, hasta la médula de los huesos, con venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se presentan, con desprecio de toda modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar ni aun la propia persona del divino Redentor, que con sacrílega temeridad rebajan a la categoría de puro y simple hombre.

 

2. Tales hombres se extrañan de verse colocados por Nos entre los enemigos de la Iglesia. Pero no se extrañará de ello nadie que, prescindiendo de las intenciones, reservadas al juicio de Dios, conozca sus doctrinas y su manera de hablar y obrar. Son seguramente enemigos de la Iglesia, y no se apartará de lo verdadero quien dijere que ésta no los ha tenido peores. Porque, en efecto, como ya hemos dicho, ellos traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino desde dentro: en nuestros días, el peligro está casi en las entrañas mismas de la Iglesia y en sus mismas venas; y el daño producido por tales enemigos es tanto más inevitable cuanto más a fondo conocen a la Iglesia. Añádase que han aplicado la segur no a las ramas, ni tampoco a débiles renuevos, sino a la raíz misma; esto es, a la fe y a sus fibras más profundas. Mas una vez herida esa raíz de vida inmortal, se empeñan en que circule el virus por todo el árbol, y en tales proporciones que no hay parte alguna de la fe católica donde no pongan su mano, ninguna que no se esfuercen por corromper. Y mientras persiguen por mil caminos su nefasto designio, su táctica es la más insidiosa y pérfida. Amalgamando en sus personas al racionalista y al católico, lo hacen con habilidad tan refinada, que fácilmente sorprenden a los incautos. Por otra parte, por su gran temeridad, no hay linaje de consecuencias que les haga retroceder o, más bien, que no sostengan con obstinación y audacia. Juntan a esto, y es lo más a propósito para engañar, una vida llena de actividad, constancia y ardor singulares hacia todo género de estudios, aspirando a granjearse la estimación pública por sus costumbres, con frecuencia intachables. Por fin, y esto parece quitar toda esperanza de remedio, sus doctrinas les han pervertido el alma de tal suerte, que desprecian toda autoridad y no soportan corrección alguna; y atrincherándose en una conciencia mentirosa, nada omiten para que se atribuya a celo sincero de la verdad lo que sólo es obra de la tenacidad y del orgullo.

 

A la verdad, Nos habíamos esperado que algún día volverían sobre sí, y por esa razón habíamos empleado con ellos, primero, la dulzura como con hijos, después la severidad y, por último, aunque muy contra nuestra voluntad, las reprensiones públicas. Pero no ignoráis, venerables hermanos, la esterilidad de nuestros esfuerzos: inclinaron un momento la cabeza para erguirla en seguida con mayor orgullo. Ahora bien: si sólo se tratara de ellos, podríamos Nos tal vez disimular; pero se trata de la religión católica y de su seguridad. Basta, pues, de silencio; prolongarlo sería un crimen. Tiempo es de arrancar la máscara a esos hombres y de mostrarlos a la Iglesia entera tales cuales son en realidad.

 

3. Y como una táctica de los modernistas (así se les llama vulgarmente, y con mucha razón), táctica, a la verdad, la más insidiosa, consiste en no exponer jamás sus doctrinas de un modo metódico y en su conjunto, sino dándolas en cierto modo por fragmentos y esparcidas acá y allá, lo cual contribuye a que se les juzgue fluctuantes e indecisos en sus ideas, cuando en realidad éstas son perfectamente fijas y consistentes; ante todo, importa presentar en este lugar esas mismas doctrinas en un conjunto, y hacer ver el enlace lógico que las une entre sí, reservándonos indicar después las causas de los errores y prescribir los remedios más adecuados para cortar el mal.

 

I. Exposición de las doctrinas modernistas

 

Para mayor claridad en materia tan compleja, preciso es advertir ante todo que cada modernista presenta y reúne en sí mismo variedad de personajes, mezclando, por decirlo así, al filósofo, al creyente, al apologista, al reformador; personajes todos que conviene distinguir singularmente si se quiere conocer a fondo su sistema y penetrar en los principios y consecuencias de sus doctrinas.

 

4. Comencemos ya por el filósofo. Los modernistas establecen, como base de su filosofía religiosa, la doctrina comúnmente llamada agnosticismo. La razón humana, encerrada rigurosamente en el círculo de los fenómenos, es decir, de las cosas que aparecen, y tales ni más ni menos como aparecen, no posee facultad ni derecho de franquear los límites de aquéllas. Por lo tanto, es incapaz de elevarse hasta Dios, ni aun para conocer su existencia, de algún modo, por medio de las criaturas: tal es su doctrina. De donde infieren dos cosas: que Dios no puede ser objeto directo de la ciencia; y, por lo que a la historia pertenece, que Dios de ningún modo puede ser sujeto de la historia.

 

Después de esto, ¿qué será de la teología natural, de los motivos de credibilidad, de la revelación externa? No es difícil comprenderlo. Suprimen pura y simplemente todo esto para reservarlo al intelectualismo, sistema que, según ellos, excita compasiva sonrisa y está sepultado hace largo tiempo.

 

Nada les detiene, ni aun las condenaciones de la Iglesia contra errores tan monstruosos. Porque el concilio Vaticano decretó lo que sigue: «Si alguno dijere que la luz natural de la razón humana es incapaz de conocer con certeza, por medio de las cosas creadas, el único y verdadero Dios, nuestro Creador y Señor, sea excomulgado» (4). Igualmente: «Si alguno dijere no ser posible o conveniente que el hombre sea instruido, mediante la revelación divina, sobre Dios y sobre el culto a Él debido, sea excomulgado» (5). Y por último: «Si alguno dijere que la revelación divina no puede hacerse creíble por signos exteriores, y que, en consecuencia, sólo por la experiencia individual o por una inspiración privada deben ser movidos los hombres a la fe, sea excomulgado» (6).

 

Ahora, de qué manera los modernistas pasan del agnosticismo, que no es sino ignorancia, al ateísmo científico e histórico, cuyo carácter total es, por lo contrario, la negación; y, en consecuencia, por qué derecho de raciocinio, desde ignorar si Dios ha intervenido en la historia del género humano hacen el tránsito a explicar esa misma historia con independencia de Dios, de quien se juzga que no ha tenido, en efecto, parte en el proceso histórico de la humanidad, conózcalo quien pueda. Y es indudable que los modernistas tienen como ya establecida y fija una cosa, a saber: que la ciencia debe ser atea, y lo mismo la historia; en la esfera de una y otra no admiten sino fenómenos: Dios y lo divino quedan desterrados.

 

Pronto veremos las consecuencias que de doctrina tan absurda fluyen con respecto a la sagrada persona del Salvador, a los misterios de su vida y muerte, de su resurrección y ascensión gloriosa.

 

5. Agnosticismo éste que no es sino el aspecto negativo de la doctrina de los modernistas; el positivo está constituido por la llamada inmanencia vital.

 

El tránsito del uno al otro es como sigue: natural o sobrenatural, la religión, como todo hecho, exige una explicación. Pues bien: una vez repudiada la teología natural y cerrado, en consecuencia, todo acceso a la revelación al desechar los motivos de credibilidad; más aún, abolida por completo toda revelación externa, resulta claro que no puede buscarse fuera del hombre la explicación apetecida, y debe hallarse en lo interior del hombre; pero como la religión es una forma de la vida, la explicación ha de hallarse exclusivamente en la vida misma del hombre. Por tal procedimiento se llega a establecer el principio de la inmanencia religiosa. En efecto, todo fenómeno vital –y ya queda dicho que tal es la religión– reconoce por primer estimulante cierto impulso o indigencia, y por primera manifestación, ese movimiento del corazón que llamamos sentimiento. Por esta razón, siendo Dios el objeto de la religión, síguese de lo expuesto que la fe, principio y fundamento de toda religión, reside en un sentimiento íntimo engendrado por la indigencia de lo divino. Por otra parte, como esa indigencia de lo divino no se siente sino en conjuntos determinados y favorables, no puede pertenecer de suyo a la esfera de la conciencia; al principio yace sepultada bajo la conciencia, o, para emplear un vocablo tomado de la filosofía moderna, en la subconsciencia, donde también su raíz permanece escondida e inaccesible.

 

¿Quiere ahora saberse en qué forma esa indigencia de lo divino, cuando el hombre llegue a sentirla, logra por fin convertirse en religión? Responden los modernistas: la ciencia y la historia están encerradas entre dos límites: uno exterior, el mundo visible; otro interior, la conciencia. Llegadas a uno de éstos, imposible es que pasen adelante la ciencia y la historia; más allá está lo incognoscible. Frente ya a este incognoscible, tanto al que está fuera del hombre, más allá de la naturaleza visible, como al que está en el hombre mismo, en las profundidades de la subconsciencia, la indigencia de lo divino, sin juicio alguno previo (lo cual es puro fideísmo) suscita en el alma, naturalmente inclinada a la religión, cierto sentimiento especial, que tiene por distintivo el envolver en sí mismo la propia realidad de Dios, bajo el doble concepto de objeto y de causa íntima del sentimiento, y el unir en cierta manera al hombre con Dios. A este sentimiento llaman fe los modernistas: tal es para ellos el principio de la religión.

 

6. Pero no se detiene aquí la filosofía o, por mejor decir, el delirio modernista. Pues en ese sentimiento los modernistas no sólo encuentran la fe, sino que con la fe y en la misma fe, según ellos la entienden, afirman que se verifica la revelación. Y, en efecto, ¿qué más puede pedirse para la revelación? ¿No es ya una revelación, o al menos un principio de ella, ese sentimiento que aparece en la conciencia, y Dios mismo, que en ese preciso sentimiento religioso se manifiesta al alma aunque todavía de un modo confuso? Pero, añaden aún: desde el momento en que Dios es a un tiempo causa y objeto de la fe, tenemos ya que aquella revelación versa sobre Dios y procede de Dios; luego tiene a Dios como revelador y como revelado. De aquí, venerables hermanos, aquella afirmación tan absurda de los modernistas de que toda religión es a la vez natural y sobrenatural, según los diversos puntos de vista. De aquí la indistinta significación de conciencia y revelación. De aquí, por fin, la ley que erige a la conciencia religiosa en regla universal, totalmente igual a la revelación, y a la que todos deben someterse, hasta la autoridad suprema de la Iglesia, ya la doctrinal, ya la preceptiva en lo sagrado y en lo disciplinar.

 

7. Sin embargo, en todo este proceso, de donde, en sentir de los modernistas, se originan la fe y la revelación, a una cosa ha de atenderse con sumo cuidado, por su importancia no pequeña, vistas las consecuencias histórico-críticas que de allí, según ellos, se derivan.

 

Porque lo incognoscible, de que hablan, no se presenta a la fe como algo aislado o singular, sino, por lo contrario, con íntima dependencia de algún fenómeno, que, aunque pertenece al campo de la ciencia y de la historia, de algún modo sale fuera de sus límites; ya sea ese fenómeno un hecho de la naturaleza, que envuelve en sí algún misterio, ya un hombre singular cuya naturaleza, acciones y palabras no pueden explicarse por las leyes comunes de la historia. En este caso, la fe, atraída por lo incognoscible, que se presenta junto con el fenómeno, abarca a éste todo entero y le comunica, en cierto modo, su propia vida. Síguense dos consecuencias. En primer lugar, se produce cierta transfiguración del fenómeno, esto es, en cuanto es levantado por la fe sobre sus propias condiciones, con lo cual queda hecho materia más apta para recibir la forma de lo divino, que la fe ha de dar; en segundo lugar, una como desfiguración –llámese así– del fenómeno, pues la fe le atribuye lo que en realidad no tiene, al haberlo sustraído a las condiciones de lugar y tiempo; lo que acontece, sobre todo, cuando se trata de fenómenos del tiempo pasado, y tanto más cuanto más antiguos fueren. De ambas cosas sacan, a su vez, los modernistas, dos leyes, que, juntas con la tercera sacada del agnosticismo, forman las bases de la crítica histórica. Un ejemplo lo aclarará: lo tomamos de la persona de Cristo. En la persona de Cristo, dicen, la ciencia y la historia ven sólo un hombre. Por lo tanto, en virtud de la primera ley, sacada del agnosticismo, es preciso borrar de su historia cuanto presente carácter divino. Por la segunda ley, la persona histórica de Cristo fue transfigurada por la fe; es necesario, pues, quitarle cuanto la levanta sobre las condiciones históricas. Finalmente, por la tercera, la misma persona de Cristo fue desfigurada por la fe; luego se ha de prescindir en ella de las palabras, actos y todo cuanto, en fin, no corresponda a su naturaleza, estado, educación, lugar y tiempo en que vivió.

 

Extraña manera, sin duda, de raciocinar; pero tal es la crítica modernista.

 

8. En consecuencia, el sentimiento religioso, que brota por vital inmanencia de los senos de la subconsciencia, es el germen de toda religión y la razón asimismo de todo cuanto en cada una haya habido o habrá. Oscuro y casi informe en un principio, tal sentimiento, poco a poco y bajo el influjo oculto de aquel arcano principio que lo produjo, se robusteció a la par del progreso de la vida humana, de la que es –ya lo dijimos– una de sus formas. Tenemos así explicado el origen de toda religión, aun de la sobrenatural: no son sino aquel puro desarrollo del sentimiento religioso. Y nadie piense que la católica quedará exceptuada: queda al nivel de las demás en todo. Tuvo su origen en la conciencia de Cristo, varón de privilegiadísima naturaleza, cual jamás hubo ni habrá, en virtud del desarrollo de la inmanencia vital, y no de otra manera.

 

¡Estupor causa oír tan gran atrevimiento en hacer tales afirmaciones, tamaña blasfemia! ¡Y, sin embargo, venerables hermanos, no son los incrédulos sólo los que tan atrevidamente hablan así; católicos hay, más aún, muchos entre los sacerdotes, que claramente publican tales cosas y con tales delirios presumen restaurar la Iglesia! No se trata ya del antiguo error que ponía en la naturaleza humana cierto derecho al orden sobrenatural. Se ha ido mucho más adelante, a saber: hasta afirmar que nuestra santísima religión, lo mismo en Cristo que en nosotros, es un fruto propio y espontáneo de la naturaleza. Nada, en verdad, más propio para destruir todo el orden sobrenatural.

 

Por lo tanto, el concilio Vaticano, con perfecto derecho, decretó: «Si alguno dijere que el hombre no puede ser elevado por Dios a un conocimiento y perfección que supere a la naturaleza, sino que puede y debe finalmente llegar por sí mismo, mediante un continuo progreso, a la posesión de toda verdad y de todo bien, sea excomulgado» (7).

 

9. No hemos visto hasta aquí, venerables hermanos, que den cabida alguna a la inteligencia; pero, según la doctrina de los modernistas, tiene también su parte en el acto de fe, y así conviene notar de qué modo.

 

En aquel sentimiento, dicen, del que repetidas veces hemos hablado, porque es sentimiento y no conocimiento, Dios, ciertamente, se presenta al hombre; pero, como es sentimiento y no conocimiento, se presenta tan confusa e implícitamente que apenas o de ningún modo se distingue del sujeto que cree. Es preciso, pues, que el sentimiento se ilumine con alguna luz para que así Dios resalte y se distinga. Esto pertenece a la inteligencia, cuyo oficio propio es el pensar y analizar, y que sirve al hombre para traducir, primero en representaciones y después en palabras, los fenómenos vitales que en él se producen. De aquí la expresión tan vulgar ya entre los modernistas: «el hombre religioso debe pensar su fe».

 

La inteligencia, pues, superponiéndose a tal sentimiento, se inclina hacia él, y trabaja sobre él como un pintor que, en un cuadro viejo, vuelve a señalar y a hacer que resalten las líneas del antiguo dibujo: casi de este modo lo explica uno de los maestros modernistas. En este proceso la mente obra de dos modos: primero, con un acto natural y espontáneo traduce las cosas en una aserción simple y vulgar; después, refleja y profundamente, o como dicen, elaborando el pensamiento, interpreta lo pensado con sentencias secundarias, derivadas de aquella primera fórmula tan sencilla, pero ya más limadas y más precisas. Estas fórmulas secundarias, una vez sancionadas por el magisterio supremo de la Iglesia, formarán el dogma.

 

10. Ya hemos llegado en la doctrina modernista a uno de los puntos principales, al origen y naturaleza del dogma. Éste, según ellos, tiene su origen en aquellas primitivas fórmulas simples que son necesarias en cierto modo a la fe, porque la revelación, para existir, supone en la conciencia alguna noticia manifiesta de Dios. Mas parecen afirmar que el dogma mismo está contenido propiamente en las fórmulas secundarias.

 

Para entender su naturaleza es preciso, ante todo, inquirir qué relación existe entre las fórmulas religiosas y el sentimiento religioso del ánimo. No será difícil descubrirlo si se tiene en cuenta que el fin de tales fórmulas no es otro que proporcionar al creyente el modo de darse razón de su fe. Por lo tanto, son intermedias entre el creyente y su fe: con relación a la fe, son signos inadecuados de su objeto, vulgarmente llamados símbolos; con relación al creyente, son meros instrumentos. Mas no se sigue en modo alguno que pueda deducirse que encierren una verdad absoluta; pues, como símbolos, son imágenes de la verdad, y, por lo tanto, han de acomodarse al sentimiento religioso, en cuanto éste se refiere al hombre; como instrumentos, son vehículos de la verdad y, en consecuencia, tendrán que acomodarse, a su vez, al hombre en cuanto se relaciona con el sentimiento religioso. Mas el objeto del sentimiento religioso, por hallarse contenido en lo absoluto, tiene infinitos aspectos, que pueden aparecer sucesivamente, ora uno, ora otro. A su vez, el hombre, al creer, puede estar en condiciones que pueden ser muy diversas. Por lo tanto, las fórmulas que llamamos dogma se hallarán expuestas a las mismas vicisitudes, y, por consiguiente, sujetas a mutación. Así queda expedito el camino hacia la evolución íntima del dogma.

 

¡Cúmulo, en verdad, infinito de sofismas, con que se resquebraja y se destruye toda la religión!

 

11. No sólo puede desenvolverse y cambiar el dogma, sino que debe; tal es la tesis fundamental de los modernistas, que, por otra parte, fluye de sus principios.

 

Pues tienen por una doctrina de las más capitales en su sistema, y que infieren del principio de la inmanencia vital, que las fórmulas religiosas, para que sean verdaderamente religiosas y no meras especulaciones del entendimiento, han de ser vitales y han de vivir la vida misma del sentimiento religioso. Ello no se ha de entender como si esas fórmulas, sobre todo si son puramente imaginativas, hayan sido inventadas para reemplazar al sentimiento religioso, pues su origen, número y, hasta cierto punto, su calidad misma, importan muy poco; lo que importa es que el sentimiento religioso, después de haberlas modificado convenientemente, si lo necesitan, se las asimile vitalmente. Es tanto como decir que es preciso que el corazón acepte y sancione la fórmula primitiva y que asimismo sea dirigido el trabajo del corazón, con que se engendran las fórmulas secundarias. De donde proviene que dichas fórmulas, para que sean vitales, deben ser y quedar asimiladas al creyente y a su fe. Y cuando, por cualquier motivo, cese esta adaptación, pierden su contenido primitivo, y no habrá otro remedio que cambiarlas.

 

Dado el carácter tan precario e inestable de las fórmulas dogmáticas se comprende bien que los modernistas las menosprecien y tengan por cosa de risa; mientras, por lo contrario, nada nombran y ensalzan sino el sentimiento religioso, la vida religiosa. Por eso censuran audazmente a la Iglesia como si equivocara el camino, porque no distingue en modo alguno entre la significación material de las fórmulas y el impulso religioso y moral, y porque adhiriéndose, tan tenaz como estérilmente, a fórmulas desprovistas de contenido, es ella la que permite que la misma religión se arruine.

 

Ciegos, ciertamente, y conductores de ciegos, que, inflados con el soberbio nombre de ciencia, llevan su locura hasta pervertir el eterno concepto de la verdad, a la par que la genuina naturaleza del sentimiento religioso: para ello han fabricado un sistema «en el cual, bajo el impulso de un amor audaz y desenfrenado de novedades, no buscan dónde ciertamente se halla la verdad y, despreciando las santas y apostólicas tradiciones, abrazan otras doctrinas vanas, fútiles, inciertas y no aprobadas por la Iglesia, sobre las cuales –hombres vanísimos– pretenden fundar y afirmar la misma verdad (8). Tal es, venerables hermanos, el modernista como filósofo. (Continuará).

Notas

1) Hch 20,30.

2) Tit 1,10.

3) 2 Tim 3,13.

4) De revelat., can. l.

5) Ibíd., can. 2.

6) De fide, can. 2.

7) De revelat., can. 3.

8) Gregorio XVI, enc. Singulari Nos, 25 junio 1834.

 

Fuente: http://w2.vatican.va/content/pius-x/es/encyclicals/documents/hf_p-x_enc_19070908_pascendi-dominici-gregis.html

 

Vuelve a la Tabla de Condiciones

 

 

El demonio

 

José María Iraburu, sacerdote

 

Parte I

 

–Me lo temía, me lo veía venir. Y más de uno… Mejor no digo nada.

–Yo también me lo temía, me veía venir su comentario. Lo que me sorprende gratamente es su prudente decisión de no decir nada. Comienzo a sospechar que va usted mejorando.

 

Hoy no creen en el demonio muchos cristianos, sobre todo entre los más ilustrados. Actualmente, la existencia y la acción del demonio en la vida de los hombres y de las sociedades son silenciadas sistemáticamente por aquellos sacerdotes que han perdido la fe en esta realidad central del Evangelio. O que tienen la fe tan débil que ya no da de sí para confesarla en la predicación y la catequesis. Hemos de reconocer, sin embargo, que esta deficiencia en la fe es muy grave, ya que falsifica el Evangelio y toda la vida cristiana. En todo caso, esto es lo que hay: aleccionados por la Manga de Sabiazos omnidocente de los últimos decenios,

 

algunos afirman que Satán y los demonios sólo serían en la Escritura personificaciones míticas del pecado y del mal del mundo; de tal modo que «en la fe en el diablo nos enfrentamos con algo profundamente pagano y anticristiano» (H. Haag, El diablo, Barcelona, Herder 1978, 423). Están perdidos. Pablo VI, por el contrario, afirma que «se sale del cuadro de la enseñanza bíblica y eclesiástica quien se niega a reconocer la existencia [del demonio]; o bien la explica como una pseudo-realidad, una personificación conceptual y fantástica de las causas desconocidas de nuestras desgracias» (15-XI-1972).

 

algunos piensan que la enseñanza de Cristo sobre los demonios dependería de la creencia de sus contemporáneos. Absurdo. Jesús, «el que bajó del cielo» (Jn 6,38), siempre vivió libre del mundo. Siempre pensó, habló y actuó con absoluta libertad respecto al mundo judío de su tiempo, como se comprueba en su modo de tratar a pecadores y publicanos, de observar el sábado, de hablar a solas con una mujer pecadora y samaritana, y en tantas otras ocasiones. Por lo demás, en tiempos de Jesús, unos judíos creían en los demonios y otros no (Hch 23,8). De modo que cuando lo acusan de «expulsar los demonios» de los hombres «con el poder del demonio», si Él no reconociera la existencia de los demonios, su respuesta habría sido muy simple: «¿De qué me acusan? Los demonios no existen». Por el contrario, Jesús reconoce la existencia de los demonios y la realidad de los endemoniados, y asegura que la eficacia irresistible de sus exorcismos es un signo cierto de que el poder del Reino de Dios ha entrado con Él en el mundo (Mt 12,22-30; Mc 3,22-30).

 

algunos, de ciertas representaciones del diablo que estiman ingenuas o ridículas, deducen que la fe en Satanás corresponde a un estadio religioso primitivo o infantil, del que debe ser liberado el pueblo cristiano. Pero, por el contrario, cuando los hagiógrafos representan al diablo en la Biblia como serpiente, dragón o bestia, nunca confunden el signo con la realidad significada, ni tampoco se confunden sus lectores creyentes, que para entender el lenguaje simbólico no son tan analfabetos como lo es el hombre moderno. En todo caso, ese analfabetismo habrá que tenerlo hoy en cuenta en la predicación y en la catequesis.

 

y otros piensan que son tan horribles «las consecuencias de la fe en el diablo», que bastan para descalificar tal fe: brujería, satanismo, prácticas mágicas, sacrilegios (Haag 323-425). Pero precisamente la Escritura misma, las leyes de Israel y de la Iglesia han sido siempre las más eficaces para denunciar y vencer todas esas aberraciones. Y negar o ignorar al demonio lleva a consecuencias iguales o peores.

 

Pero salgamos de la oscuridad de las nieblas emanadas por esos sabiazos, y abramos las mentes a la luz de la Revelación bíblica, haciéndonos discípulos de Dios.

 

En el Antiguo Testamento el demonio, aunque en forma imprecisa todavía, es conocido y denunciado: es la Serpiente que engaña y seduce a Adán y Eva (Gén 3), es Satán (en hebreo, adversario, acusador), es el enemigo del hombre, es «el espíritu de mentira» que levanta falsos profetas (1 Re 22,21-23).

 

El demonio es el gran ángel caído que, no pudiendo nada contra Dios, embiste contra la creación visible, y contra su jefe, el hombre, buscando que toda criatura se rebele contra el Señor del cielo y de la tierra. La historia humana fue ayer y es hoy el eco de aquella inmensa «batalla en el cielo», cuando Miguel con sus ángeles venció al Demonio y a los suyos (Ap 12,7-9). Todo mal, todo pecado, tiene en este mundo raíz diabólica, pues por la «envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sab 2,24).

 

En el Nuevo Testamento, Cristo se manifiesta como el vencedor del demonio. El Evangelio relata en el comienzo mismo de la vida pública de Jesús que «fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1-11). La misión pública de Cristo en el mundo tiene, pues, en ese terrible encontronazo con el diablo su principio, y en él se revela claramente cuál es su fin: llegada la plenitud de los tiempos, «el Hijo de Dios se manifestó para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3,8).

 

Satanás, príncipe de un reino tenebroso, formado por muchos ángeles malos (Mt 24,41; Lc 11,18) y por muchos hombres pecadores (Ef 2,2), tiene un poder inmenso: «el mundo entero está puesto bajo el Maligno» (1 Jn 5,19). Efectivamente, el «Príncipe de los demonios» (Mt 9,34) es el «Príncipe de este mundo» (Jn 12,31), más aún, el «dios de este mundo» (2 Cor 4,4), y forma un reino contrapuesto al reino de Dios (Mt 12,26; Hch 26,18). Los pecadores son sus súbditos, pues «quien comete pecado ése es del Diablo» (1 Jn 3,8; cf. Rm 6,16; 2 Pe 2,19).

 

Consciente de este poder, Satanás en el desierto muestra a Jesús con arrogancia «todos los reinos y la gloria de ellos», y lo tienta sin rodeos: «todo esto te daré si postrándote me adoras». Satanás, en efecto, puede «dar el mundo» a quien –por soberbia y pecado, mentira, lujuria y riqueza– lo adore: lo vemos cada día. Tres asaltos hace contra Jesús, y en los tres intenta llevar a Cristo a un mesianismo temporal, ofreciéndole una liberación de la humanidad «sin efusión de sangre» (Heb 9,22). Y esa misma tentación habrán de sufrir después, a través de los siglos, sus discípulos. Por eso Cristo quiso revelar en su evangelio las tentaciones del diablo que Él mismo sufrió realmente, para librarnos a nosotros de ellas. En el desierto, desde el principio, quedó claro que el Príncipe de este mundo no tiene ningún poder sobre Él (Jn 14,30), porque en Él no hay pecado (8,46). Es Jesús quien impera sobre el diablo con poder irresistible: «apártate, Satanás». Lo echa fuera como a un perro.

 

Tras el combate en el desierto, «agotada toda tentación, el Diablo se retiró de Él temporalmente» (Lc 4,13). Sólo por un tiempo. Vuelve a atacar con todas sus infernales fuerzas a Jesús cuando éste se aproxima al final de su ministerio. En la Cena, «Satanás entró en Judas» (Lc 22,3; Jn 13,27). Y el Señor es consciente de su acción: «viene el Príncipe de este mundo, que en Mí no tiene poder alguno» (Jn 14,30). Por eso en Getsemaní dice: «ésta es vuestra hora, cuando mandan las tinieblas» (Lc 22,53). La victoria de la cruz está próxima: «ahora es el juicio del mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado fuera. Y Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia Mí» (Jn 12,31-32; cf. 16,11).

 

Cristo es un exorcista potentísimo. En los Evangelios, una y otra vez, Jesús se manifiesta como predicador del Reino, como taumaturgo, sanador de enfermos sobre todo, y como exorcista. No conoce a Cristo quien no lo reconoce como exorcista. Y quien no cree en Jesús como exorcista no cree en el Evangelio. Consta que los relatos evangélicos de la expulsión de demonios pertenecen al fondo más antiguo de la tradición sinóptica (Mc 1,25; 5,8; 7,29; 9,25). Y como ya vimos, el mismo Cristo entiende que su fuerza de exorcista es signo claro de que el Reino de Dios ha entrado con Él en el mundo (Mt 12,28). Cito los exorcismos principales (sin dar la referencia de sus lugares paralelos).

 

Ya en el mismo inicio de su ministerio público, Cristo, en la sinagoga de Cafarnaúm, libera con violencia a un endemoniado: «¡cállate y sal de él!». La impresión que su poder espiritual causa es enorme: «su fama se extendió por toda Galilea» (Mc 1,21-28). Es sin duda exorcismo la liberación del epiléptico endemoniado (Mt 17,14-18). Cristo realiza a distancia el exorcismo de la niña cananea (Mt 15,21-28). Particularmente violento es el exorcismo del endemoniado de Gerasa (Mc 5,1-20). También se refiere con detalle el exorcismo del endemoniado mudo, o ciego y mudo (Lc 11,14; Mt 12,22). De María Magdalena había echado Jesús siete demonios (Lc 8,2).

 

Los Evangelios testifican reiteradas veces que la expulsión de demonios era una parte habitual del ministerio de Cristo, claramente diferenciada de la sanación de enfermos. «Al anochecer, le llevaban todos los enfermos y endemoniados, y toda la ciudad se agolpaba a la puerta. Jesús sanó a muchos pacientes de diversas enfermedades y expulsó a muchos demonios» (Mc 1,32; cf. Lc 13,32). Las curaciones, sin apenas diálogo, las realiza Jesús con suavidad y gestos compasivos, como tomar de la mano; los exorcismos en cambio suelen ser con diálogo, y siempre violentos, duros, imperativos. Una aproximación histórica a la figura de Jesús que venga a asimilar los exorcismos a las sanaciones se habrá realizado seguramente sin dar crédito a los Evangelios.

 

También los Apóstoles son exorcistas, ya que Cristo, al enviarlos, les comunica para ello un poder especial: «les dio poder sobre todos los demonios y para curar enfermedades» (Lc 9,1). Jesús profetiza: «en mi nombre expulsarán los demonios, hablarán lenguas nuevas, pondrán sus manos sobre los enfermos y los curarán» (Mc 16,17-18). Y los Apóstoles, fieles al mandato del Señor, ejercitaron frecuentemente los exorcismos, como lo había hecho Cristo. Por ejemplo, San Pablo: «Dios hacía milagros extraordinarios por medio de Pablo, hasta el punto de que con sólo aplicar a los enfermos los pañuelos o cualquier otra prenda de Pablo, se curaban las enfermedades y salían los espíritus malignos» (Hch 19,11-12).

 

Reforma o apostasía. Seguiré con el tema, Dios mediante; pero antes de terminar quiero recordar una vez más que la reforma de la Iglesia requiere principalmente una meta-noia, un cambio de mente, un paso de la ignorancia, del error, de la herejía, a la luz de la verdad de Cristo. Aquellas verdades de la fe que hoy sean ignoradas o negadas, han de ser reafirmadas cuanto antes. De otro modo seguirá creciendo la apostasía.

 

Hace unos decenios, cuando más ruidosamente se difundían herejías sobre el demonio –ahora ya se han arraigado calladamente en no pocas Iglesia locales–, Pablo VI reafirmó la fe católica, haciendo notar que hoy, con desconcertante frecuencia, aquí y allá, «encontramos el pecado, que es perversión de la libertad humana, y causa profunda de la muerte, y que es además ocasión y efecto de una intervención en nosotros y en el mundo de un agente oscuro y enemigo, el demonio. El mal no es solamente una deficiencia, es una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y pavorosa… Y se trata no de un solo demonio, sino de muchos, como diversos pasajes evangélicos nos lo indican: todo un mundo misterioso, revuelto por un drama desgraciadísimo, del que conocemos muy poco» (15-11-1972).

 

Parte II

 

–O sea que vamos a tener que creer en el demonio y en su acción…

–Ciertamente. Al menos, si quiere usted ser cristiano, ha de creerlo. Es enseñanza de Cristo y de su Iglesia.

 

Los libros de espiritualidad cristiana que ignoran al demonio son un fraude. La vida espiritual del cristiano lleva consigo una lucha permanente contra el demonio. Ya sabemos que la vida cristiana es ante todo y principalmente amor a Dios y al prójimo; ésta es su substancia. Pero no puede ir adelante esa vida sin vencer a los tres enemigos, demonio, mundo y carne, y especialmente al demonio. La ascesis cristiana no es como una ascesis estoica, por ejemplo, es decir, una lucha de la persona contra sus propias debilidades y desviaciones, no. San Pablo lo dice bien claramente: «no es nuestra lucha contra la carne y la sangre, sino contra los espíritus del mal» (Ef 6,12).

 

Se ha dicho con razón que en nuestro tiempo la mayor victoria del demonio es haber conseguido que no se crea en su existencia. La mejor manera de hacerle el juego al diablo es precisamente ésta, ignorarlo, silenciar su existencia y su acción, o incluso negarlas. ¡Qué más puede desear el enemigo que pasar inadvertido, poder actuar sin que sus víctimas conozcan siquiera su existencia y su acción!

 

Por eso un tratado de espiritualidad que, al describir la vida cristiana y su combate, ignora la lucha contra el demonio, es un engaño, un fraude. No puede considerarse en modo alguno un libro de espiritualidad católica, pues se aleja excesivamente de la Biblia y de la Tradición. Si van ustedes a una librería y compran un manual militar de guerra, y descubren después al leerlo que omite hablar –o solamente lo hace en una nota a pie de página– de la aviación enemiga, hoy sin duda el arma más peligrosa de una guerra, es probable que regresen a la librería para devolver el libro y reclamar su importe: se trata de un fraude. Un manual semejante no vale para nada; más aún, es un engaño perjudicial. Hagan lo mismo si les venden un manual de espiritualidad que ignora al demonio. Por lo demás, si el autor de ese libro de espiritualidad no cree en la acción del demonio, es un hereje. Pero si la conoce y no se atreve a afirmarla, entonces es un oportunista o un cobarde. Y no merece la pena leer libros de espiritualidad escritos por herejes, oportunistas o cobardes.

 

Giovanni Papini decía que «los ángeles sonríen, los hombres ríen y los diablos se carcajean». Pues bien, el diablo se carcajea de esos libros, como también de los cursos y cursillos ofrecidos en algunos centros de espiritualidad, parroquias y conventos: eneagrama, meditación transcendental, reiki, técnicas de autorrealización, yoga, energía positiva, rebirthing, dinámicas personales y grupales de autoayuda, etc. Todas esas técnicas que prometen iluminación, paz interior, potenciación liberadora de las facultades personales, son puras macanas del neopaganismo. Mucho más consigue el cristiano –y a un precio más económico, por cierto– con las tres Avemarías, el escapulario del Carmen, una buena novena a San José, y no digamos con la Misa diaria, el rosario o el agua bendita. Los autores de esos libros y de esos cursillos no tienen la menor idea del combate espiritual del hombre, no saben de qué va: desconocen que nuestra lucha es fundamentalmente contra unos demonios que ellos ignoran o niegan.

 

La doctrina de los Padres sobre el demonio es clara y frecuente ya desde el principio. En la historia de la Iglesia fueron los monjes, especialmente Evagrio Póntico y Casiano, los que elaboraron más tempranamente la teología sobre el demonio y la espiritualidad precisa para defenderse de él y vencerlo. Los demonios son ángeles caídos, que atacan a los hombres en sus niveles más vulnerables –cuerpo, sentidos, fantasía–, pero que nada pueden sobre el hombre si éste, asistido por la gracia de Cristo, no les da el consentimiento culpable de su voluntad. Para su asedio se sirven sobre todo de los logismoi –pensamientos falsos, pasiones, impulsos desordenados y persistentes–.

 

El Demonio sabe tentar con mucha sutileza, como se vio en el jardín del Edén, presentando el lado aparentemente bueno de lo malo, o incluso citando textos bíblicos, como hizo en el desierto contra Cristo. El cristiano debe resistir con «la armadura de Dios» que describe el Apóstol (Ef 6,11-18), y muy especialmente con la Palabra divina, la oración y el ayuno, que fueron las armas con que Cristo resistió y venció en las tentaciones del desierto. Pero debe resistir sobre todo apoyándose en Jesucristo y sus legiones de ángeles (Mt 26,53). Como dice San Jerónimo, «Jesús mismo, nuestro jefe, tiene una espada, y avanza siempre delante de nosotros, y vence a los adversarios. Él es nuestro jefe: luchando Él, vencemos nosotros».

 

El Magisterio de la Iglesia afirma en sus Concilios que Dios es creador de todos los seres «visibles e invisibles» (Nicea I, año 325); que los demonios, por tanto, son criaturas de Dios, y que por eso es inadmisible un dualismo que vea en Dios el principio del bien y en el Diablo «el principio y la sustancia del mal» (Braga I, año 561). El Concilio IV de Letrán (1215) enseña –es, pues, doctrina de fe– que «el diablo y los demás demonios, por Dios ciertamente fueron creados buenos por naturaleza; mas ellos por sí mismos se hicieron malos».

 

Es ésta la doctrina de Santo Tomás (STh I,50ss, especialmente 63-64), del concilio Vaticano II (LG 48d; +35a; GS 13ab; 37b; SC 6; AG 3a), del Catecismo de la Iglesia Católica, en el que se nos advierte que cuando pedimos en el Padre nuestro la liberación del mal, «el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El “diablo” [dia-bolos] es aquel que “se atraviesa” en el designio de Dios y su obra de salvación cumplida en Cristo» (2851, cf. 391-395).

 

La liturgia de la Iglesia incluye la «renuncia a Satanás» en el Bautismo de los niños, y dispone exorcismos en el Ritual para la iniciación cristiana de los adultos. El pueblo cristiano renueva cada año su renuncia a Satanás en la Vigilia Pascual. Y en las Horas litúrgicas, especialmente en Completas, la Iglesia nos ayuda diariamente a recordar que la vida cristiana es también lucha contra el demonio: «Tu nos ab hoste libera», «insidiantes reprime»; «visita, Señor, esta habitación, aleja de ella las insidias del enemigo» (oración del domingo). Las lecturas breves de martes y miércoles de esa Hora nos exhortan a resistir al diablo, que nos ronda como león rugiente (1 Pe 5,8-9), y a no caer en el pecado, para no dar lugar al diablo (Ef 4,26-27).

 

El demonio es el Tentador que inclina a los hombres al pecado. De los tres enemigos del hombre, demonio, mundo y carne (cf. Mt 13,18-23; Ef 2,1-3), el más peligroso es sin duda el demonio, con ser tan peligrosos los otros dos. «Sus tentaciones y astucias, dice San Juan de la Cruz, son más fuertes y duras de vencer y más dificultosas de entender que las del mundo y carne» (Cautelas 3,9). Los tres atacan al hombre aliados, pero cuando el cristiano ha vencido ya en buena parte mundo y carne, el demonio se ve obligado a atacar directamente.

 

Por eso se dice que el demonio ataca a los buenos –viene descrita su acción en todas las «vidas de santos»–, y tienta a lo bueno, pues «entre las muchas astucias que el demonio usa para engañar a los espirituales, la más ordinaria es engañarlos bajo especie de bien, y no bajo especie de mal, porque sabe que el mal conocido apenas lo tomarán» (Cautelas 10). Tentará, por ejemplo, a un monje a dejar su vida contemplativa y marchar a las misiones.

 

Conocemos bien las estrategias y tácticas del demonio en su guerra contra los hombres, pues ya la misma Escritura nos las revela. Siendo el Padre de la mentira (Jn 8,44), para seducir a los hombres usa siempre de la astucia, la mentira, el engaño (Gén 3; 2 Cor 2,11). Lobo con piel de oveja (Mt 7,15), reviste las mejores apariencias, y hasta llega a disfrazarse como ángel de luz (2 Cor 11,14). Por medio de sus mentiras extravía a las naciones y a la tierra entera (Ap 12,9; 20). Siendo el Príncipe de las tinieblas, se opone continuamente a Cristo, que es la Verdad y la Luz del mundo. El que sigue al diablo, anda en tinieblas y se pierde en una muerte eterna; el que sigue a Cristo tiene luz de vida, de vida eterna bienaventurada.

 

El demonio infunde, por ejemplo, en personas espirituales ciertas convicciones falsas («me voy a condenar»), ideas obsesivas, que no parecen tener su origen en temperamento, educación o ideas personales… y que, siendo falsas, atormentan, paralizan, desvían malamente la vida de una persona o de una comunidad. El demonio ataca a los fieles muy especialmente a través de las doctrinas falsas difundidas por católicos dentro de la misma Iglesia católica. «Cuando él habla la mentira, habla de lo suyo propio, porque él es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44). Todo en él es engaño, mentira, falsedad; por eso en la vida espiritual –¿qué va a hacer, si no?– intenta engañar y falsificar todo.

 

Es, pues, muy importante en la vida espiritual tener una fe viva y alerta sobre el demonio y sus insidias, y llevar la luz de Cristo a los fondos oscuros del alma, donde actúan las tentaciones del Maligno. Decía Santa Teresa: «tengo yo tanta experiencia de que es cosa del demonio que, como ya ve que le entiendo, no me atormenta tantas veces como solía» (Vida 30,9).

 

El demonio ataca a todos los cristianos, pero, lógicamente, sobre todo a los apóstoles. El demonio ataca a todos los discípulos de Cristo y, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar (1Pe 5,8); pero persigue muy especialmente a todos aquellos que se atreven, como Cristo, a «dar testimonio de la verdad en el mundo» (Jn 18,37). Sabe bien que ellos son sus enemigos más poderosos, los más capaces de neutralizar sus engaños con la luz evangélica, de disminuir o eliminar su poder sobre los hombres. Ataca, pues, sobre todo a los confesores de la fe: «¡Simón, Simón!, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como a trigo» (Lc 22,31-32). Cuenta una vez San Pablo: «pretendimos ir… pero Satanás nos lo impidió» (1 Tes 2,18; cf. Hch 5,3; 2 Cor 12,7). Por eso los Apóstoles están siempre alertas, «para no ser atrapados por los engaños de Satanás, ya que no ignoramos sus propósitos» (2 Cor 2,11).

 

Apocalipsis, victoria próxima y total de Cristo sobre el demonio. Ciertamente, la Iglesia lleva en esta lucha contra el demonio todas las de ganar, porque «el Príncipe de este mundo ya está condenado» (Jn 16,11). «El Dios de la paz aplastará pronto a Satanás bajo vuestros pies» (Rm 16,20). Es éste justamente el tema fundamental que San Juan desarrolla en el Apocalipsis. «Vengo pronto; mantén con firmeza lo que tienes, para que nadie te arrebate tu corona» (3,12). «Vengo pronto, y traigo mi recompensa conmigo, para pagar a cada uno según sus obras» (22,12). «Sí, vengo pronto» (22,20).

 

Muchos cristianos hoy lo ignoran –es una pena–, pero el demonio lo sabe perfectamente. Y por eso en «los últimos tiempos» acrecienta más y más sus ataques contra la Iglesia y contra el mundo. «El diablo ha bajado a vosotros con gran furor, pues sabe que le queda poco tiempo» (12,12).

 

Parte III

 

–¿Y con qué autoridad dice usted esto? ¿Es usted profeta?

–No soy.

–¿Es hijo de profeta?

–Tampoco soy, aunque por ahí vamos más cerca.

–¿Y por qué habla entonces, si no es profeta ni hijo de profeta?

–Por la escasez de profetas verdaderos y la vocinglería de los falsos profetas. En cuanto aparezcan los profetas verdaderos, yo me callo. En cuanto cesen de engañar al pueblo los falsos profetas, también me callo. Por lo menos, así lo espero (P. Leonardo Castellani).

 

El demonio vence al hombre cuando éste se fía de sus propias fuerzas, y a ellas se limita. Pensemos, por ejemplo, en un cristiano que deja la oración, la santa Misa, el sacramento de la penitencia. Y esto sucede, observa Pablo VI, porque al ataque de los demonios «hoy se le presta poca atención. Se teme volver a caer en viejas teorías maniqueas o en terribles divagaciones fantásticas y supersticiosas. Hoy prefieren algunos mostrarse valientes y libres de prejuicios, y tomar actitudes positivas» (15-11-1972). Por esa vía se trivializa el mal del hombre y del mundo, y se trivializan los medios para vencerlos: van a la guerra atómica armados de un tirachinas [una honda]. Pero ya se comprende que la decisión de eliminar ideológicamente un enemigo, que persiste obstinadamente real, sólo consigue hacerlo más peligroso.

 

Los medios ordinarios de lucha espiritual contra el demonio están enseñados ya por Dios en la Escritura, y en seguida fueron codificados por los maestros espirituales cristianos. Menciono brevemente los principales:

 

la armadura de Dios que han de revestir los cristianos viene descrita por San Pablo: «confortaos en el Señor y en la fuerza de su poder; vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis resistir ante las asechanzas del diablo» (Ef 6,10-18). Esa armadura incluye en primer lugar la espada de la Palabra divina. También la oración: «orad para que no cedáis en la tentación» (Lc 22,40), pues cierta especie de demonios «no puede ser expulsada por ningún medio si no es por la oración» (Mc 9,29). Y especialmente la evitación del pecado: «no pequéis, no deis entrada al diablo» (Ef 4,26-27). «Someteos a Dios y resistid al diablo, y huirá de vosotros» (Sant 4,7). Pablo VI: «¿qué defensa, qué remedio oponer a la acción del demonio? Podemos decir: todo lo que nos defiende del pecado nos defiende por ello mismo del enemigo invisible» (15-11-1972).

 

la verdad es el arma fundamental cristiana para vencer al demonio. Nada neutraliza y anula tanto el poder del diablo sobre el mundo como la afirmación bien clara de la verdad. Juan Pablo II enseña que «los que eran esclavos del pecado, porque se encontraban bajo el influjo del padre de la mentira, son liberados mediante la participación de la Verdad, que es Cristo, y en la libertad del Hijo de Dios ellos mismos alcanzan “la libertad de los hijos de Dios” (Rm 8,21)» (3-8-1988).

 

La fidelidad a la doctrina y disciplina de la Iglesia, en este sentido, es necesaria para librarse del demonio. Decía Santa Teresa: «tengo por muy cierto que el demonio no engañará –no lo permitirá Dios– al alma que de ninguna cosa se fía de sí y está fortalecida en la fe». A esta alma «como tiene ya hecho asiento fuerte en estas verdades, no la moverían cuantas revelaciones pueda imaginar –aunque viese abiertos los cielos– un punto de lo que tiene la Iglesia» (Vida 25,12). Por el contrario, aquel maestro y doctor «católico» que «enseña cosas diferentes y no se atiene a las palabras saludables, las de nuestro Señor Jesucristo y a la doctrina que es conforme a la piedad» (1 Tim 6,3), ése le hace el juego al diablo, cae personalmente y hace caer a otros bajo su influjo. El máximo empeño del diablo es precisamente falsificar el cristianismo.

 

los sacramentales de la Iglesia, el agua bendita, las oraciones de bendición, el signo de la cruz, los exorcismos, en los casos más graves, son ayudas preciosas. Como un niño que en el peligro corre a refugiarse en su madre, así el cristiano asediado por el diablo tiende, bajo la acción del Espíritu Santo, a buscar el auxilio de la Madre Iglesia. Y los sacramentales son precisamente, como dice el Vaticano II, auxilios «de carácter espiritual obtenidos por la intercesión de la Iglesia» (SC 60). Santa Teresa conoció bien la fuerza del agua bendita ante los demonios: «no hay cosa con que huyan más para no volver; de la cruz también huyen, mas vuelven. Debe ser grande la virtud del agua bendita; para mí es particular y muy conocida consolación que siente mi alma cuando la tomo». Y añade algo muy propio de ella: «considero yo qué gran cosa es todo lo que está ordenado por la Iglesia» (Vida 31,4; cf. 31,1-11).

 

no tener miedo al demonio, pues el Señor nos mandó: «no se turbe vuestro corazón, ni tengáis miedo» (Jn 14,27). Cristo venció al Demonio y lo sujetó. Ahora es como una fiera encadenada, que no puede dañar al cristiano si éste no se le acerca, poniéndose en ocasión próxima de pecado. El poder tentador de los demonios está completamente sujeto a la providencia del Señor, que lo emplea para nuestro bien como castigo medicinal (1 Cor 5,5; 1 Tim 1,20) y como prueba purificadora (2 Cor 12,7-10).

 

Los cristianos somos en Cristo reyes, y participamos del Señorío de Jesucristo sobre toda criatura, también sobre los demonios. En este sentido escribía Santa Teresa: «si este Señor es poderoso, como veo que lo es y sé que lo es y que son sus esclavos los demonios –y de esto no hay que dudar, pues es de fe–, siendo yo sierva de este Señor y Rey ¿qué mal me pueden ellos hacer a mí?, ¿por qué no he de tener yo fortaleza para combatir contra todo el infierno? Tomaba una cruz en la mano y parecía darme Dios ánimo, que yo me veía otra en un breve tiempo, que no temiera meterme con ellos a brazos, que me parecía que con aquella cruz fácilmente los venciera a todos. Y así dije: “venid ahora todos, que siendo sierva del Señor quiero yo ver qué me podéis hacer”». Y en esta actitud desafiante, concluye: «No hay duda de que me parecía que me tenían miedo, porque yo quedé sosegada y tan sin temor de todos ellos que se me quitaron todos los miedos que solía tener hasta hoy; porque, aunque algunas veces les veía, no les he tenido más casi miedo, antes me parecía que ellos me lo tenían a mí. Me quedó un señorío contra ellos, bien dado por el Señor de todos, que no se me da más de ellos que de moscas. Me parecen tan cobardes que, en viendo que los tienen en poco, no les queda fuerza» (Vida 25,20-21).

 

El diablo ataca al hombre en ciertos casos con una fuerza persistente muy especial. Ese ataque se da

 

–en el asedio, también llamado obsesión, el demonio actúa sobre el hombre desde fuera. Se dice interno cuando afecta a las potencias espirituales, sobre todo a las inferiores: violentas inclinaciones malas, repugnancias insuperables, angustias, pulsiones suicidas, etc. Y externo cuando afecta a cualquiera de los sentidos externos, induciendo impresiones, a veces sumamente engañosas, en vista, oído, olfato, gusto, tacto.

 

–en la posesión el demonio entra en la víctima y la mueve despóticamente desde dentro. Pero adviértase que aunque el diablo haya invadido el cuerpo de un hombre, y obre en él como en propiedad suya, no puede influir en la persona como principio intrínseco de sus acciones y movimientos, sino por un dominio violento, que es ajeno a la sustancia del acto. La posesión diabólica afecta al cuerpo, pero el alma no es invadida, conserva la libertad y, si se mantiene unida a Dios, puede estar en gracia durante la misma posesión (cf. Juan Pablo II, 13-8-1986).

 

El medio apropiado de lucha espiritual contra el demonio, en estos casos extremos, son los exorcismos. Como ya vimos, fueron ejercitados con frecuencia por Cristo Salvador, y Él envió a los Apóstoles como exorcistas, con especiales poderes espirituales para expulsar a los demonios. Los exorcismos deben, pues, ser aplicados a aquellos hombres que son especialmente atacados por el diablo. Así lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:

 

«Cuando la Iglesia pide públicamente y con autoridad, en nombre de Jesucristo, que una persona o un objeto sea protegido contra las asechanzas del Maligno y sustraído a su dominio, se habla de exorcismo. Jesús lo practicó, de Él tiene la Iglesia el poder y el oficio de exorcizar (cf. Mc 3,15; 6,7.13; 16,17). En forma simple, el exorcismo tiene lugar en la celebración del Bautismo. El exorcismo solemne, llamado “el gran exorcismo”, sólo puede ser practicado por un sacerdote y con el permiso del obispo. En estos casos es preciso proceder con prudencia, observando estrictamente las reglas establecidas por la Iglesia. El exorcismo intenta expulsar a los demonios o liberar del dominio demoníaco gracias a la autoridad espiritual que Jesús ha confiado a su Iglesia. Muy distinto es el caso de las enfermedades, sobre todo psíquicas, cuyo cuidado pertenece a la ciencia médica. Por tanto, es importante asegurarse, antes de celebrar el exorcismo, de que se trata de una presencia del Maligno y no de una enfermedad» (1673).

 

Aumentan hoy los asedios y posesiones del diablo. Ya advertía Juan Pablo II que «las impresionantes palabras del Apóstol Juan, “el mundo entero está bajo el Maligno” (1Jn 5,19) aluden a la presencia de Satanás en la historia de la humanidad, una presencia que se hace más fuerte a medida que el hombre y la sociedad se alejan de Dios» (13-8-1986; cf. 20-8-1986). Donde el cristianismo disminuye, crece el poder efectivo del diablo entre los hombres. Muchos de los pocos hombres de Iglesia que hoy se ocupan en esta gravísima cuestión afirman siempre que la acción diabólica está creciendo notablemente en los últimos decenios. Espiritismo, adivinación, esoterismo, tabla ouija, cultos satánicos, santería, macumba, ritos de la Nueva Era, espectáculos perversos, idolatría de las riquezas, promiscuidad sexual, drogas, son puertas abiertas para la entrada del diablo.

 

Describen y analizan el acrecentamiento del poder diabólico en el mundo actual, por ejemplo, el P. Gabriele Amorth, presidente de la Asociación Internacional de Exorcistas (30 Días, 2001, n. 6), el P. René Laurentin, miembro de la Pontificia Academia Teológica de Roma (El demonio ¿símbolo o realidad?, Bilbao, Desclée de Brouwer 1998, 149-201), el IV Congreso Nacional de Exorcistas celebrado en México (julio 2009).

 

Y al mismo tiempo disminuyen los exorcismos hasta casi desaparecer en no pocas Iglesias. En las mismas fuentes que acabo de citar puede verse documentado y analizado este hecho. La apostasía generalizada en ciertas Iglesias locales –pérdida de la fe en el demonio, absentismo masivo a la catequesis y a la Eucaristía dominical, dejación de la confirmación y de la penitencia sacramental, etc.–, lleva también al abandono despectivo de los sacramentales: el agua bendita, las bendiciones, los exorcismos. Muchas diócesis, incluso naciones, no tienen ningún exorcista. Y no pocas Curias diocesanas, por acción o por omisión, eliminan prácticamente los exorcismos de la vida pastoral, pues les ponen tantas exigencias y dificultades, que prácticamente los impiden.

 

La desaparición de los exorcismos es hoy una pérdida de especial gravedad, pues se produce justamente cuando más se necesitan. El pueblo cristiano pide en el Padrenuestro diariamente «líbranos del Maligno», y ya sabemos que nuestro Señor Jesucristo, gran exorcista, dio poder a sus apóstoles para expulsar los demonios. Por eso hoy es una gran vergüenza que los hombres asediados y poseídos por el diablo se vean en graves peligros espirituales y en terribles sufrimientos sin la ayuda de ciertas Iglesias locales, que se niegan a darles el auxilio poderoso de los exorcismos, resistiendo así la palabra de Cristo: «en mi nombre expulsarán los demonios» (Mc 16,17).

 

Reforma cuanto antes o apostasía creciente.

 

(José María Iraburu, blog Reforma o apostasía, posts 16-18).

 

Índice del blog Reforma o apostasía

 

Vuelve a la Tabla de Condiciones

 

 

Versión siglo XXI de la parábola del hijo pródigo

 

Lic. Néstor Martínez Valls

 

Como ya sabemos, el hijo menor pidió su parte de la herencia, se fue, gastó todo en la mala vida y, cuando tuvo hambre, se le ocurrió volver a la casa del padre. Pero aquí está la novedad evolutiva que ha “emergido” en la parábola en las últimas décadas, en total armonía con los postulados del P. Teilhard de Chardin:

 

“El hijo pensó: ‘¿Deberé arrepentirme de lo que he hecho y pedir perdón a mi padre? No me parece. En realidad no he hecho más que expresar mi personalidad auténtica. El verdadero pecado habría sido no haberlo hecho’. Así que, cuando llegó, le echó en cara al padre por no haberle enviado fondos para que siguiera divirtiéndose y le informó que en adelante consentía quedarse a vivir en la hacienda siempre y cuando el padre se hiciese cargo de todos los gastos. ‘Pienso seguir disfrutando de la vida, obvio’, agregó. El padre saltó de alegría y ahí mismo mandó construir un chalet nuevo para uso exclusivo del hijo menor. Entonces entró en escena el malvado hijo mayor. Y le dijo al padre: ‘Padre, ¿no te parece que tendrías que plantearle alguna exigencia más a mi hermano?’ Ahí sí que el padre no pudo más y perdió la paciencia. ‘¿Cómo es eso?’ –le dijo al hermano mayor–. ‘¿No te das cuenta de que estás atado al legalismo carente de misericordia?’.”

 

En fin. El hijo mayor de la parábola auténtica sí es un fariseo, y Jesús dice la parábola precisamente para responder a la hipocresía de los fariseos que se escandalizaban de que Jesús tuviese trato con los pecadores y comiese con ellos. Y es un fariseo reprensible, porque en la parábola auténtica el hijo menor VUELVE ARREPENTIDO: “Padre, pequé contra el Cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus servidores”.

 

En cambio, en la parábola “progre” el hijo menor NO SE ARREPIENTE DE NADA, porque quiere comulgar sin dejar de tener relaciones sexuales adúlteras o, peor aún, sin dejar de tener relaciones homosexuales. Porque es obvio que es de eso de lo que están hablando los nuevos parabolistas. Entonces, en la parábola “progre” el hijo mayor es simplemente el católico que todavía no perdió del todo el seso, y que dice: “todo bien, pero confesión y comunión sin propósito de enmienda y por tanto sin arrepentimiento, NONES.”

 

En el Sínodo no se está discutiendo sobre la primera parábola, la evangélica, sino sobre la segunda, la inventada hace poco por los “misericordiantes”. El asunto, entonces, es el que la parábola del hijo pródigo es uno de nuestros argumentos más fuertes. La misericordia de Dios es para los que se arrepienten de sus pecados y los confiesan: “Padre, pequé contra el Cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo”. No es para los que se enorgullecen de sus pecados.

 

Nos han estado corriendo a ponchazos con una parábola falsa, demoníaca, que no figura en la Escritura, en la que el hijo menor vuelve a casa para que el padre le bendiga el adulterio; para que el padre le bendiga y le financie la parranda. No tienen ningún argumento, nada.

 

Vuelve a la Tabla de Condiciones

 

 

¿Salvación sin condiciones?

 

La misericordia de Dios no se puede condicionar, siempre lleva la delantera. Santo Tomás dice al respecto que, en Dios, la misericordia es la máxima virtud y el perdón es la más alta manifestación del poder divino. El perdón que Jesús nos ganó en la cruz no tuvo ninguna condición.” (XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Círculo Menor Hibericus A, Relatio, 14/10/2015. Moderador: Cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga SDB;

Relator: Cardenal José Luis Lacunza Maestrojuán OAR).

 

*****

 

Mateo 4,17: “A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: ‘Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca’.”

 

Mateo 6,14-15: “Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes.”

 

Mateo 7,13-27: “Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran.

 

Tengan cuidado de los falsos profetas, que se presentan cubiertos con pieles de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los reconocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos? Así, todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Al árbol que no produce frutos buenos se lo corta y se lo arroja al fuego. Por sus frutos, entonces, ustedes los reconocerán.

 

No son los que me dicen: ‘Señor, Señor’, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Muchos me dirán en aquel día: ‘Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu Nombre? ¿No expulsamos a los demonios e hicimos muchos milagros en tu Nombre?’. Entonces yo les manifestaré: ‘Jamás los conocí; apártense de mí, ustedes, los que hacen el mal’.

 

Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero ésta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca. Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: ésta se derrumbó, y su ruina fue grande”.

 

Mateo 10,32-33: “Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres.”

 

Mateo 10,37-39: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.”

 

Mateo 12,31-32: “Por eso les digo que todo pecado o blasfemia se les perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el futuro.”

 

Mateo 13,19-23: “Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: éste es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe. El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto. Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Éste produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno”.

 

Mateo 18,3: “Les aseguro que si ustedes no se convierten y se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos.”

                                                              

Mateo 18,15-17: “Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la iglesia. Y si tampoco quiere escuchar a la iglesia, considéralo como pagano o publicano.”

 

Mateo 19,17: “Si quieres entrar en la Vida eterna, cumple los Mandamientos.”

 

Mateo 22,2.10-14: “El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. (…) Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados. Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. ‘Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?’. El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: ‘Átenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes’. Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.”

 

Mateo 25,10-12: “Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: ‘Señor, señor, ábrenos’, pero él respondió: ‘Les aseguro que no las conozco’.”

 

Mateo 25,26-30: “Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo habría recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes.”

 

Mateo 25,41-43: “Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron.”

 

Marcos 16,15-16: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará.”

 

Lucas 13,3 (=13,5): “Si ustedes no se convierten, todos perecerán de la misma manera.”

 

Juan 3,5: “Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.”

 

Juan 6,53-54: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.”

 

Juan 11,25-26: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?”

 

Juan 12,24-26: “Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.”

 

Juan 15,5-14: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde. Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán. La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos. Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto. Éste es mi mandamiento: ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando.”

 

1 Corintios 6,9-11: “¿Ignoran que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No se hagan ilusiones: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los pervertidos, ni los ladrones, ni los avaros, ni los bebedores, ni los difamadores, ni los usurpadores heredarán el Reino de Dios. Algunos de ustedes fueron así, pero ahora han sido purificados, santificados y justificados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios.”

 

1 Corintios 13,1-3.13: “Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada. (…) En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande de todas es el amor.”

 

Apocalipsis 22,10-21: “Y agregó: ‘No mantengas ocultas las palabras proféticas de este Libro porque falta poco tiempo. Que el pecador siga pecando, y el que está manchado se manche más aún; que el hombre justo siga practicando la justicia, y el santo siga santificándose. Pronto regresaré trayendo mi recompensa, para dar a cada uno según sus obras. Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin. ¡Felices los que lavan sus vestiduras para tener derecho a participar del árbol de la vida y a entrar por las puertas de la Ciudad! Afuera quedarán los perros y los hechiceros, los lujuriosos, los asesinos, los idólatras y todos aquellos que aman y practican la falsedad. Yo Jesús, he enviado a mi mensajero para dar testimonio de estas cosas a las Iglesias. Yo soy el Retoño de David y su descendencia, la Estrella radiante.’

 

El Espíritu y la Esposa dicen: ‘¡Ven!’, y el que escucha debe decir: ‘¡Ven!’ Que venga el que tiene sed y, el que quiera, que beba gratuitamente del agua de la vida. Yo advierto a todos los que escuchan las palabras proféticas de este Libro: si alguien pretende agregarles algo, Dios descargará sobre él las plagas descritas en este Libro. Y al que se atreva a quitar alguna palabra de este Libro profético, Dios le quitará su parte del árbol de la vida y de la Ciudad santa, que se describen en este Libro. El que garantiza estas cosas afirma: ‘¡Sí, volveré pronto!’ ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! Que la gracia del Señor Jesús permanezca con todos. Amén.”

 

(Textos recopilados por el Ing. Daniel Iglesias Grèzes).

 

Vuelve a la Tabla de Condiciones

 

 

Testimonio evangelizador de Don Pedro Ortiz de Zárate

y del P. Juan Antonio Solinas, SJ

 

Miguel Antonio Barriola

 

I –La Santidad

 

Una nación se gloría de sus héroes, de sus preclaros gobernantes o benefactores, científicos, poetas, artistas, que han dado vida al refrán: “Quien se eleva, eleva al mundo”.

 

Avizorando horizontes infinitamente más vastos que este mundo o una historia secular, la Iglesia se alegra y complace con sus hijos que atravesaron esta tierra, “pasando hacia donde ya no se pasa” (1), como peregrinos dirigidos a la ciudad permanente (Hebr 13,14). Lucharon por conservar la integridad de la fe, trabajaron esforzadamente por hacer llegar el Reino de Dios hasta todos los hombres que pudieran encontrar. Pero no se distinguieron a la manera de campeones olímpicos, que obtienen sus medallas o galardones de modo excepcional, sino, todo lo contrario, entregaron sus vidas, invitando a todo el mundo a ganar una “corona incorruptible” (I Cor 9,25). Nunca se presentaron como próceres inalcanzables, sino que sus vidas incitaban a la imitación, porque no exhibían sus trofeos como conseguidos por su industria personal, sino que, confesando sus propias deficiencias, no menos proclamaban que todo en ellos era obra prevalentemente de la gratuita ayuda de Dios.

 

Así, en las batallas interiores previas a su conversión, San Agustín se preguntaba: “¿Y tú no podrás lo que pudieron éstos y éstas? ¿Acaso éstos y éstas lo pudieron por sí mismos y no por su Dios y Señor? El Señor, su Dios, me regaló a ellos. ¿Por qué te apoyas en ti mismo, sin poder sostenerte? Arrójate en Él, no tengas miedo. No retirará de ti su apoyo para que caigas. Arrójate seguro; Él te recibirá y te sanará” (2).

 

Siglos más tarde, los santos, lejos de aparecer como raras y extrañas excepciones, despertaron no menos iguales inquietudes en Íñigo de Loyola, en los momentos que precedieron a su entrega total a Cristo: “¿Qué sería si yo hiciese esto que hizo San Francisco y esto que hizo Santo Domingo?” (3)

 

Y esta oleada de elevación y entrega total al Señor llegó también hasta las vastas regiones de América por medio de testigos admirables, que viniendo de Europa, concreta y especialmente de España (4), lograron una admirable sintonía de valores evangélicos entre diversas razas, que manifestaron entre nosotros la admirable unidad, que amalgama estrechamente a diferentes épocas, naciones, varones y mujeres, miembros de todas las categorías de clases sociales, desde las más humildes hasta las más elevadas: niños y ancianos, de toda nación, color y profesión.

 

Así de variado y universal es el conjunto de los santos, todavía “sin altar” (5), que ofrecieron sus vidas por Cristo en la vecina región del valle del Zenta y que todos anhelamos ver elevados a la gloria de su canonización. En efecto, junto con los bien conocidos, de los que trataremos en estas charlas (6), fueron masacrados por su fe en Cristo dieciocho laicos, componentes de una bien considerable diversidad, pero unida en la catolicidad de una misma fe, ya que había entre ellos españoles, criollos, un mulato, un negro, aborígenes, niñas, adultos: mujeres y varones.

 

II –Don Pedro Ortiz de Zárate

 

De los datos históricos acerca de este heroico grupo de mártires, ya conocidos por la vasta y profunda obra de Mons. Salvatore Bussu, se irá escogiendo, para la presente exposición, aquellos rasgos que indiquen el ardor evangelizador, que caracterizó tanto al sacerdote jujeño Pedro Ortiz de Zárate, como al jesuita sardo Juan Antonio Solinas.

 

III –Don Pedro antes del sacerdocio

 

Ya en su vida de laico cristiano, Pedro Ortiz de Zárate mostró sus convicciones de fe, oponiéndose a todo tipo de rencores o divisiones. Lo demuestra su mismo matrimonio con María Argañaraz, si nos ubicamos en aquellos años en torno al 1644. Porque la situación de Jujuy podría compararse con los odios que se dan en el drama de Shakespeare, entre los Monteschi (Romeo) y los Capuletti (Julieta). En efecto, los Argañaraz y los Zárate hasta aquel momento no tenían buenas relaciones. Se disputaban los derechos de jurisdicción sobre el valle de Jujuy, cosa que no sólo había creado enemistad entre ellos, sino que también dividió a la misma ciudad en dos partidos.

 

El joven Don Pedro era contrario a estas enemistades, ya que las detestaba, no sólo por mentalidad, sino también y sobre todo por su espíritu profundamente cristiano: ansiaba, por lo tanto, reparar el escándalo y para lograr esto buscaba las mejores oportunidades. Tanto María como Pedro se conocían desde pequeños, por encima de los enconos entre las dos familias y sobre todo los unía una profunda fe religiosa. Así decidieron también casarse, para poner fin, por medio de su amor cristiano, a aquellas enemistades, que habían durado casi cincuenta años. Su unión fue sin duda alguna un signo de esperanza y de un futuro mejor para la población jujeña.

 

Pasando del orden familiar y cívico al de las relaciones entre los españoles e indígenas de aquellos tiempos, sabemos cómo se daban tremendas injusticias en la institución de las “encomiendas” (7). Y bien, Don Pedro con sólo 22 años fue alcalde de Jujuy, a la vez que heredero de “encomiendas”. También en este orden, su profunda convicción cristiana lo llevó a apartarse de las injusticias tremendas que se llevaban a cabo entre los encomenderos: los abusos, injusticias y esclavitud a las que sometían a los habitantes originarios de la región (8). Él se preocupó de que todos los asentamientos feudales tuvieran su capilla, de que las relaciones entre indios y españoles, especialmente entre los encomenderos y sus tributarios indígenas, fuesen respetuosas, tanto en lo que se refería a la justa remuneración como a la vida moral.

 

Podemos concluir, en un primer acercamiento, hasta qué punto, ya como laico cristiano, estaba Don Pedro empapado del Evangelio, al punto de acabar tanto con enfrentamientos pueblerinos, como combatiendo las injustas condiciones en que muchos españoles oprimían a los indios.

 

Fue la encarnación viviente del exigente pedido de Jesús, que nos manda hasta amar a los enemigos (Mt 5,44; Hech 7,60; Rom 12,20) y del ideal de vivir la unidad católica entre diferentes naciones, culturas y clases sociales (Rom 1,5.14-16; Gal 3,28; Col 3,11).

 

IV –Don Pedro párroco

 

Antes ya de su casamiento había sentido Pedro el llamado a servir a Cristo como su ministro consagrado. Después del fallecimiento de su esposa, habiendo confiado sus dos hijos al cuidado de su suegra, volvió al cultivo de su primera inclinación al servicio total del Evangelio. Los jesuitas de Salta iban seguidamente a verlo, hablándole del ideal misionero. De modo que el pensamiento del joven viudo volvió a correr hacia los inmensos bosques del Chaco, a los pobres indios, que eran odiados por los españoles y que, al contrario, pese a que tampoco eran los “buenos salvajes” imaginados por filósofos del Siglo XVIII, debían ser convertidos y amados, para llevarlos a Cristo. Así Pedro, a sus 32 años, se preparó en Córdoba para ser ordenado sacerdote por Mons. Maldonado y Saavedra, obispo de Tucumán, en torno a 1657.

 

Habiendo sido conciudadano jujeño desde su niñez, después de haber trabajado ya como laico por la armonía ciudadana y el mejor trato posible para con los indios, la gente lo consideraba como totalmente suyo. Cuidaba de modo especial la predicación dominical, cuaresmal y misionera sin interrupción alguna. Promovía fiestas populares, sobre todo las patronales en las fincas rurales y en los pequeños centros habitados, preocupándose de que siempre estuviera presente el párroco. Era un trabajo enorme, que lo obligaba a trasladarse continuamente y bajo cualquier condición atmosférica. Porque su caridad, más allá de los cuerpos, iba sobre todo a la salud eterna. Por tal noble objetivo evangélico estaba dispuesto a cualquier sacrificio: no había incomodidad que lo pudiera detener en la administración de los sacramentos, cualquiera fuera la distancia a recorrer. Iba al encuentro de los enfermos, asistiéndolos con afecto paterno, sobre todo cuando se trataba de los pobres indios, que tenían más necesidad que todos los demás.

 

Francisco Jarque (9), que lo conoció bien, atestigua que fue siempre ejemplar en todos sus cargos, demostrando el conjunto de virtudes que acreditan a un eclesiástico como santo.

 

Su último obispo, Fray Nicolás de Ulloa, dejó este testimonio de Don Pedro: “Lo he visto con mis ojos, varias veces, trabajando con sus manos en la construcción de diversas capillas en los poblados, por más que no perteneciesen a su Doctrina (territorio misional)… Es ya un hombre de una cierta edad y cada año desea retirarse a una capilla de su propiedad en gran soledad. Hasta hoy se le ha impedido porque no se quiere que falte su ejemplo en aquella ciudad”.

 

Lo vemos como un nuevo Pablo: “Me siento urgido por ambas partes: deseo irme para estar con Cristo, porque es mucho mejor, pero por el bien de ustedes es preferible que permanezca en este cuerpo” (Filip 1,23).

 

La extensión de su parroquia era inmensa, abarcando más de cien leguas. Tenía derecho a ser recompensado por aquellos servicios, pero Don Pedro no aceptaba nada y todo lo dividía entre los ayudantes, sacerdotes y religiosos, porque no quería tocar ni siquiera un “real” de los frutos de su ministerio. Éste era uno de los muchos motivos por los cuales el pueblo lo amaba tanto. No trabajaba por una ganancia, sino para conducir a sus hermanos al cielo. Pero donde tenía que ejercitar un intenso apostolado misionero era sobre todo entre las tribus de los indios ocloyas: un apostolado lleno de recuerdos trágicos, por las horribles matanzas de sus vasallos y esclavos, de sus servidores y amigos por parte de los bárbaros indios del Chaco.

 

Pero, aun ante tales salvajadas, Don Pedro no estaba contento con las expediciones militares españolas. Sin embargo no dejaba de preocuparse por las barbaridades cometidas también por los mismos indios del ya mencionado Chaco, que como fieras hacían estragos a las puertas de la ciudad de Tucumán. El párroco desde Jujuy avizoraba otra solución diferente de la sumisión violenta y esclavizante: la conversión de los infieles. Lloraba continuamente por su ceguera con mucho afecto por ellos y hacía penitencia para que el Señor los iluminase. Por muchos años solicitó repetidamente al gobierno de Tucumán y a otros gobernadores, como también a obispos, arzobispos y otros eclesiásticos y seglares, para que se pensase seriamente en una ocupación espiritual, sin ruido de armas, de los indios mocovíes, tobas y de otras tribus de aquella región tan turbulenta y que confinaba con la propia, proponiendo los medios más eficaces que su gran celo y capacidad le dictaban.

 

El Cabildo de Jujuy, en enero de 1677, decidió finalmente mandar un memorial al Rey de España, proponiendo los pedidos de Don Pedro. Sólo después de cuatro años, la Cédula del Rey del 13 de enero de 1681 exhortaba a proceder a la evangelización del Chaco de modo pacífico. ¡Era todo lo que quería Don Pedro! Él, por más que cansado y ya sexagenario, estaba firmemente decidido a emprender aquel trabajo centuplicado en los bosques, sin reposo alguno, fuera del de la muerte; y todo por amor de Dios y de las almas de los indios. Acercándose ya a la vejez, más aún de lo que fue en su primera juventud, se hacía más fuerte en él el deseo de morir por Cristo. Por lo cual, como él mismo escribía, “estando ya en el umbral de los 60 años y dada la poca salud a causa de los continuos sufrimientos, deseo ardientemente gastar lo que me queda de vida en esta empresa” (10).

 

Para despedirse de la grey que había pastoreado hasta ese momento, convocó al pueblo en la Iglesia Catedral y, después de haber expuesto el Santísimo Sacramento, con lágrimas en los ojos se despidió de todos, pidiéndoles perdón por todas las culpas cometidas en el ejercicio de su ministerio sacerdotal, protestando que no había obrado con malas intenciones, sino solamente por ignorancia. Fueron momentos solemnes e indescriptibles. También las lágrimas salían de los ojos del pueblo devoto, que presenciaba aquella función conmovedora. Tales demostraciones de veneración y amor se unían con un profundo dolor por el presentimiento de no tener más la felicidad de verlo otra vez.

 

V –¿Puede aportar algo un hombre del Siglo XVII a los problemas del Siglo XXI?

 

No hemos acabado aún esta resumida reseña de la vida y obras de Don Pedro, que culminará con su heroico y santo martirio. Pero, creo que ya de su testimonio evangelizador podemos obtener lecciones y aplicaciones valederas, rescatando de su persona y vida orientaciones para la existencia cristiana en nuestro tiempo.

 

Ante todo no podemos dejarnos dominar hasta tal punto por un afán de progreso, que nos convenza de que no hay que mirar tanto atrás, cuanto más bien avanzar siempre hacia adelante. Una cosa no quita la otra. Más todavía es dañino e irreal pensar que todo comienza con nosotros, que podríamos considerarnos como hongos sin raíces. Semejante talante va contra la sana razón natural y más aún no condice con la índole de nuestra fe, cimentada profundamente en la historia. El mismo Jesús nos advirtió que el Reino de los cielos se asemeja a un sabio, que extrae de su arcón cosas nuevas y antiguas (Mt 14,52). Así como en toda nación es aleccionador refrescar el recuerdo de los héroes patrios, con mayor razón será provechoso y tonificante conectarnos con los pioneros de una fe que nos amalgama en una ciudadanía sin límites territoriales y que, para más, es antesala de la patria eterna.

 

Y bien, parece que, de lo que hemos venido considerando del empuje misionero de Don Pedro Ortiz de Zárate, podríamos compendiar algunas orientaciones de valor perenne. Su entrega a Cristo no comenzó sólo con su decisión por el sacerdocio. Ya como laico y en una época enredada por conflictos de todo tipo, hasta bordear el peligro de muerte ante los malones indígenas, se dejó iluminar por la fe, convencido de que la paz del Evangelio era posible también en medio de aquellos conflictos. Por una parte comprendía que los españoles se inclinaran a exterminar con las armas a los indios. Mientras que, por otro lado, escuchaba a los misioneros, que insistían sobre la necesidad de llegar a la pacificación con la predicación de la palabra de Dios.

 

Al asumir el ministerio sagrado, no dejó de preocuparse de las necesidades materiales de pobres e indígenas, de modo que todas las tardes, con dos sirvientes cargados de pan y otras cosas iba por las casas de los enfermos, para hacerles llegar aquellos auxilios de Dios. Pero su caridad, más allá de los cuerpos, se dirigía sobre todo a las almas. Como ya recordamos, no había incomodidades de mal tiempo o de cualquier otro tipo que lo pudieran detener en la administración de los sacramentos, fuera cual fuera la distancia a recorrer. Fue tanta su constancia en oficiar el Santo Sacrificio en los lugares más apartados, que sólo muy raras veces dejó de celebrarlo. Lo hacía para quienes habitaban alejados y no lo omitía, aunque se encontrara de viaje o en medio de otros impedimentos, con el objetivo de no defraudar a sus comunidades, dejándolas sin este alimento de vida eterna, superior al que también distribuía para acudir al hambre natural.

 

Y tal ansia apostólica no fue frenada por su ya avanzada edad. Bien podría haber considerado: “Ya trabajé bastante. Me puedo jubilar y gozar de un merecido descanso”. Todo lo contrario, con sus 60 años a cuestas, se sometió a un viaje peligroso y duro, a maltratos y la muerte misma, movido por el único ideal de ser “pescador de hombres” (Mt 4,19), para llevar a aquellos fieros salvajes la paz de Cristo con los progresos en todo sentido que promovió la Evangelización en toda Iberoamérica.

 

Quisiera insistir en esta jerarquía de necesidades en la vocación de todo cristiano, sea seglar, religioso o sacerdote. Porque siempre, pero especialmente en décadas recientes, sobre todo bajo las presiones de cierta teología de la liberación, de tal modo se puso el acento preferentemente en la asistencia social, hasta pregonar revoluciones y guerrillas, que muchos sacerdotes, teólogos y comunidades eclesiales dejaron casi de lado la alimentación del corazón, del espíritu, olvidando que “no sólo de pan vive el hombre” (Deut 8,3; Mt 4,4).

 

Todo lo contrario llevó a cabo otro notable misionero de nuestra época más cercana, siempre en conexión con las prioridades del Evangelio, de los auténticos santos, de Don Pedro Ortiz de Zárate y de toda la Tradición de la Iglesia. Me refiero al P. Jacques Loew. Fue él el primer “sacerdote obrero” de los años 40-50 en Francia, poniéndose a trabajar de changador en el puerto de Marsella, allá por 1941. Aquellos sacerdotes sintieron el impulso de mezclarse en la vida misma de los trabajadores, para ayudarlos, como decían, no sólo largándoles limosnas desde fuera, sino conviviendo los mismos problemas y dificultades de la clase obrera. Propósito verdaderamente digno de toda alabanza. Sólo que el P. Loew de tal manera ofreció ante todo el Evangelio y la fe que, a un momento dado, sus mismos camaradas le pidieron que dejara de cargar bolsas o cajones y se dedicara solamente a atenderlos espiritualmente: sacramentos, catequesis, formación católica. En cambio, lamentablemente, gran cantidad de otros prêtres ouvriers se hicieron sindicalistas, marxistas y hasta dejaron el sacerdocio. De modo que Pío XII se vio en la obligación de suspender ese tipo de tarea sacerdotal.

 

Así leemos con luminosa claridad esta reflexión del P. Loew: “La tarea primordial del cristiano es la de cambiar su corazón, la de realizar la ‘metanoia’. Es la conversión permanente. Es necesario ‘buscar primero el Reino de Dios’. Es preciso que surja una generación de hombres y de mujeres perfectamente ‘comprometidos’ con el mundo, pero que sean, sobre todo, ‘buscadores’ del Reino de Dios” (11). Y corrobora su visión con esta estupenda cita del Beato Cardenal Newman: “La Iglesia no considera el todo, sino las partes. Los individuos tienen el primer lugar en su corazón y la sociedad se sitúa en segundo orden. Mira al pensamiento, al motivo, a la intención y a la voluntad, mucho más que a los actos exteriores. No conoce ningún mal que no sea el pecado y el pecado es algo personal, consciente, voluntario. Y no conoce ningún bien sino la gracia y la gracia es algo que ocurre en lo más profundo del hombre” (12).

 

Tal cual, ni más ni menos, fue el ideal, el empuje evangelizador de Don Pedro. Hasta en su ancianidad, a los 60 años, no quiso batallones para civilizar y convertir a los fieros indios del Chaco, sino que confió enteramente en la fuerza de la Palabra de Cristo. Que haya sido asesinado en la demanda, lejos de ser un fracaso, nada quita al fruto permanente de su empeño misionero. Al contrario, ya que, según el conocido refrán de Tertuliano: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos” (13). De hecho, después de su muerte, se pudieron instalar siete reducciones jesuíticas en la zona del Chaco.

 

VI –El P. Juan Antonio Solinas, SJ

 

El bien documentado estudio de Mons. Salvatore Bussu abunda en datos de este gran misionero jesuita, oriundo de la localidad de Oliena en la isla de Cerdeña, donde nació en 1643. Para nuestro propósito resaltaremos aquellos aspectos que interesan al tema que nos convoca: su empeño e ideal evangelizador y su martirio, junto con el misionero jujeño del que hemos presentado, también muy sucintamente, los rasgos de su rica tarea apostólica.

 

Educado por los jesuitas, desde muy joven se enteró de los trabajos por difundir el Evangelio en las misiones de tierras lejanas. Sobre todo se recordaba del “misionero de los gentiles San Francisco Javier”, cuyas cartas, distribuidas en los colegios, hablaban de cuántos valientes creyentes se necesitaban, que dejándolo todo, se dispusieran a convertir a aquellos hermanos.

 

De sus años de estudiante es posible subrayar el siguiente dato, siempre muy importante, para quien se prepara a sagrados ministerios. Ya en el orden natural, enseñaba Séneca: “Non scholae sed vitae discimus” (14) y en el joven Juan Antonio se veía, justamente, que no se aplicaba a los estudios por ambición, sino que una llama lo encendía, llevándolo mucho más allá de los bancos de la escuela y de las sesiones de exámenes, hacia la conquista evangélica, para la cual los libros eran como armas para la lucha. La sed de saber se le volvía devoradora en la medida en que la visual se ampliaba; advertía la eficacia apostólica de la cultura, saboreando la impaciencia del obrero evangélico que quiere encontrarse pronto en la lucha.

 

Elegido para evangelizar en las tierras descubiertas por España, fue ordenado sacerdote en Sevilla (27/V/1673). Cuatro meses después zarpó con sus compañeros rumbo a Buenos Aires. Dado que, al ser ordenado, no había terminado todavía su teología, tuvo que seguir estudiando en Córdoba. Siendo muy capaz e inteligente, se lo quería destinar al ámbito docente. Pero el mismo Solinas no deseaba continuar más los estudios en vistas a una eventual carrera académica. Según el testimonio de A. Maccioni (15), pidió con insistencia ser mandado enseguida a la misión de las reducciones del Paraná y del Uruguay. Los superiores –escribe todavía su biógrafo– dadas sus reiteradas insistencias, creyeron estaba bien contentarlo, pero sólo después que hubiera concluido el tercer año de probación y renovado la profesión. Cosa que hizo con el mismo fervor demostrado en el noviciado (16).

 

Una vez en su destino misionero, podemos comprobar semejanzas con lo que ya hemos analizado en Pedro Ortiz de Zárate: su dedicación a la ayuda social y cultural de aquellas primitivas tribus, pero poniendo el principal acento en el cultivo de las virtudes cristianas. Tales son las noticias que nos brindan testigos de esa época: “Era auxilio de los pobres, a los cuales proveía sustento y vestido; médico para los enfermos que curaba con gran delicadeza; y universal remedio para todos los males del cuerpo. Por eso los indios lo veneraban con el afecto de hijos” (17). Es sabido que, en las reducciones, los padres debían ser cocineros, despenseros, ecónomos, constructores, jardineros, panaderos y despachar otros encargos que se dan en una bien organizada ciudad, comunidad, pueblo o aldea. Pero, como siguen señalando Jarque y Maccioni, “su constante solicitud era sobre todo la de ser útil a sus almas”. Por lo tanto, “para llevar a los fieles indios a la perfección cristiana”. Para ello quiso aprender con la máxima diligencia la lengua guaraní, a tal punto que llegó a serle familiar, por más que se tratase de un idioma tan difícil. En aquella lengua hablaba familiarmente y los instruía con mucha constancia en las verdades de la fe” (18).

 

Y, dadas sus evidentes facultades y adaptabilidad cultural, nuevamente, ahora el mismo General de la Compañía, el P. Oliva, le había ordenado al provincial del Paraguay ofrecerle la posibilidad de proseguir los estudios teológicos para que recibiese el grado superior de profeso, en cuanto que aquel joven misionero sardo era un sujeto bueno muy capaz, fervoroso, celoso y de buenos talentos para el púlpito y las enseñanzas de las letras humanas (19). Con todo jamás quiso Solinas aceptar el ofrecimiento, privándose con alegría hasta de la posibilidad de llegar a la profesión solemne, no queriendo abandonar a sus amados indios y respondiendo humildemente y con mucha sinceridad que viviría contentísimo en el ínfimo grado de la Compañía, de la cual se sentía indigno (20).

 

Con todo, no se contentaba con sus dotes naturales de inteligencia y organización. El secreto de los éxitos del P. Solinas era sobre todo su vida interior. Aún en medio de grandes fatigas que le venían del hecho de tener que atender con toda diligencia al cuidado no sólo de los indios cristianos y de sus familias, sino también de los que todavía eran paganos, no se olvidaba de alimentar espiritualmente ante todo a sí mismo con largos períodos de oración y de contemplación, especialmente en las horas nocturnas. Nutría una muy tierna devoción por la Virgen, que honraba con todas las finezas del más inteligente amor filial; e inspiraba su cariño a sus cristianos y a los neófitos, a los que recomendaba sobre todo el rezo del Rosario. En la predicación hablaba con frecuencia de María y después de una particular devoción a Jesús Eucaristía, proponía, sobre todo a los más cercanos, una filial veneración de María, nuestra Señora.

 

Y no era él solamente misionero de los indios, sino también, y con el mismo celo, de los españoles que habitaban cerca de las reducciones, los cuales tenían también mucha necesidad espiritual. Muchas veces, por tal razón, iba con ellos para tener misiones, sobre todo durante la Cuaresma. Así a su apostolado en las reducciones unió las misiones en la ciudad de San Juan Vera, vulgarmente llamada de las Corrientes, por los siete grandes afluentes que en su territorio confluyen en el gran río Paraná.

 

Tal era el celo y santidad de este joven jesuita, que sacerdotes mucho más avanzados en edad lo elogiaban. Así el P. Jiménez, en una carta al P. Diego Francisco Altamirano, provincial de aquella región por aquel entonces, expresaba: “El P. Solinas ha trabajado y está trabajando estupendamente, tanto en el confesonario como en el púlpito, que ha usado bien. Muchos días ha tenido sermones y todos los días conversaciones con muchos ejemplos, la enseñanza de la doctrina a los niños y todas las categorías de la población y Dios le ha dado salud y fuerza y con ellas ha trabajado día y noche por el bien de las almas sin alguna distracción en otras cosas. Dígnese Su Reverencia agradecer mucho al P. Solinas por su gran trabajo, el celo y la aplicación con que ha atendido a todo, y sirva para confusión de mi tibieza. Yo verdaderamente lo venero como un gran hijo de la Compañía y como tal es infatigable en su empeño por la salvación de las almas” (21).

                                  

Orán (Salta, Argentina), 29 de agosto de 2015.                                            

                                  

1) En feliz frase de Raniero Cantalamessa, ll Mistero della Pasqua, Milano (2009) 23.

2) Confesiones, VIII, 26-27.

3) Autobiografía, I, 7.

4) Si bien el P. Solinas era oriundo de Cerdeña, en aquella época la isla, actualmente italiana, pertenecía a la corona española.

5) Según el sugerente título de Salvatore Bussu, Mártires sin altar –Padre Juan Antonio Solinas, Don Pedro Ortiz de Zárate y dieciocho cristianos laicos, Salta (2003).

6) Don Pedro Ortiz de Zárate y Juan Antonio Solinas.

7) El sistema de “encomiendas”, legiferado por las “Leyes de Burgos” (1512), consistía en que los Reyes de España, encomendaban grupos de indígenas a los conquistadores, para que los ayudaran en el cultivo de las tierras, construcciones o demás trabajos, por tiempo limitado y con el formal compromiso de otorgarles amparo y protección, proveyendo a su instrucción religiosa y asistencia espiritual. Ver: C. Bruno, Las Encomiendas, en su obra: El aborigen americano en las leyes de Indias, Buenos Aires (1987) 69.

8) Es sabido cómo cierta “leyenda negra” ha enfocado la tarea conquistadora y evangelizadora de España como feroz campaña de exterminio de los pueblos originarios de América. No se pueden negar graves abusos, criticados por los mismos misioneros (Montesinos, Las Casas –si bien éste ha exagerado bastante sus acusaciones–). Con todo, nunca tales injusticias llegaron a los extremos cometidos por los norteamericanos contra las tribus, que intentaron exterminar. Se atribuye al Gral. Philip Sheridan (en torno a 1869, durante sus campañas contra las tribus pieles rojas) el siguiente dicho: “Un indio bueno es un indio muerto”. Tales barbaridades no suelen ventilarse tanto como las exageraciones contra la católica España.

9) O: Xarque, historiador jesuita. Estado presente de las misiones en el Tucumán, Paraguay y Río de la Plata, Tucumán (1687). Insignes misioneros de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay, Pamplona (1687).

10) M. A. Vergara, Don Pedro Ortiz de Zárate –Jujuy, tierra de mártires, Rosario (1966) 235.

11) J. Loew, Seréis mis discípulos, Madrid (1978) 195.

12) Ibid.

13) Apologeticus, en: Rouet de Journel, Enchiridion Patristicum, Friburgi Brisg.-Barcinone (1953), 285.

14) En realidad el filósofo romano se quejaba, comprobando que, lamentablemente: “Non vitae sed scholae discimus” (= no aprendemos para la vida, sino para la escuela, Epistula 106), quejándose de estudiantes que aprendían sólo para cumplir y no para hacer carne propia lo que iban aprendiendo. De allí, pero con el mismo sentido fundamental, ha surgido el conocido emblema: “No aprendemos (sólo) para la escuela, sino para la vida”.

15) Historiador jesuita de aquella época: Las siete estrellas de la mano de Jesús –Tratado histórico de las admirables vidas y resplandores de virtudes de siete varones de la Compañía de Jesús, naturales de Cerdeña y misioneros apostólicos de la Provincia de Paraguay, Córdoba (1732).

16) Ibid., p. 204.

17) F. Jarque, Insignes misioneros de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay, Pamplona (1687) 413.

18) F. Jarque, ibid.; Maccioni, ibid., 20.

19) Palabras textuales del P. Oliva en la carta del 27/X/1679.

20) Ver: Macccioni, ibid., 20.

21) Maccioni, ibid., 212.

 

Vuelve a la Tabla de Condiciones

 

 

Demostrando la existencia de Dios. Prueba por la causalidad

(Curso de Apologética –Parte 5)

 

Raymond de Souza, KM

 

Cuando hablamos de lógica simple, es una buena cosa comenzar con realidades que todos saben que son verdaderas. Por ejemplo: todos saben que para que un hombre o un animal, o incluso una cosa, haga algo, ante todo debe existir. Para que tú leas, debes existir antes de leer. Para que una abeja haga una cierta cantidad de miel, ante todo debe existir. Para que la lluvia caiga sobre tu techo, debe existir también. ¿Por qué es así? Simplemente porque los seres no existentes no hacen nada. Naturalmente. Igualmente evidente, o ciertamente más evidente, es el hecho de que nada puede crearse a sí mismo. Si vemos venir a la existencia a cualquier cosa nueva –una silla, un nuevo modelo de auto deportivo, una mariposa, un bebé, cualquier cosa que no estaba allí antes–, estamos seguros de que debe haber sido traída a la existencia por algo o alguien más.

 

Hasta aquí todos estamos de acuerdo, ¿no? Correcto. Ahora bien, en términos lógicos, nosotros llamamos a la cosa que no existía y ahora existe un efecto. Y a la cosa que lo trajo a la existencia, una causa. Pero las causas que conocemos son también efectos de otras causas. La silla vino de la madera tomada de un árbol y del trabajo de un carpintero con herramientas; la mariposa salió de un huevo puesto por otra mariposa; el bebé fue engendrado por sus padres, etc. Toma otro ejemplo, la luz eléctrica que súbitamente brota al accionarse un interruptor e inunda tu habitación en la noche. Es un efecto. Pero, ¿cuál es su causa? La corriente eléctrica. Pero la corriente eléctrica es un efecto del movimiento del generador.

 

Ahora bien, sabemos que el generador móvil no es la última causa que podemos nombrar en la lista de causas, porque fue hecho por alguien con algunos materiales. Por lo tanto, estamos todavía sin una explicación completa y satisfactoria de la luz eléctrica, porque el generador mismo es un efecto. Por consiguiente, al final de nuestra serie de preguntas, nos encontramos en presencia de una larga serie de causas y efectos.

 

Repitamos de forma general o abstracta lo que hemos estado diciendo en el último párrafo: en el mundo que nos rodea, la existencia de cualquier cosa particular, que llamaremos A, se explica por algo más, que llamaremos B. A es el efecto; B es su causa. Pero el mismo B es el efecto de C, y C el efecto de D, y D el efecto de E, y así sucesivamente a través de una larga serie. Si la última causa que podemos establecer –llamémosla Z– ha sido a su vez producida por algo más, entonces estamos todavía sin una verdadera y satisfactoria explicación de A. Cuando se nos acaben las letras del alfabeto latino, podemos empezar a usar el griego, con alpha, beta, etc., y la lista continúa.

 

Ahora bien, si no hubo una causa primera, dos explicaciones se imponen por sí mismas, y las dos son inviables. Primera: si no hubo una causa primera, entonces tampoco hubo una segunda, porque la segunda dependía de la primera para existir. Si no hubo una segunda, entonces tampoco hubo una tercera, ni una cuarta, etc., etc. Entonces, no debería haber nada en el universo. Pero el universo está allí para que todos lo vean. Por lo tanto esta hipótesis es falsa.

 

La segunda hipótesis es que la materia es eterna, no se corrompe a sí misma, y permanece todo el tiempo tan buena como al principio. Eso explicaría la inexistencia de la primera causa. Pero la segunda ley de la termodinámica contradice esta idea, porque la cantidad de energía disponible en el universo está siendo gastada continuamente. Las estrellas se queman a sí mismas cuando no hay más energía, al igual que la vela encendida ante el Santísimo Sacramento se extingue después de un rato. La energía que existe hoy llegará a su fin dentro de millones y millones de años. Sí, el universo es material, y la materia demostrablemente no es eterna. Llegará a un punto muerto algún día. Si terminará, empezó. Si empezó, ¿quién o qué le dio su comienzo? La única solución es admitir que fue comenzada por una Causa exterior a sí misma.

 

La explicación completa y final será encontrada sólo cuando alcancemos una causa que no es un efecto, una causa que no ha derivado su existencia de alguna otra cosa. Esta causa, a la que denominamos la Causa Primera, explica a la vez la serie entera de causas que hemos estado considerando y cualquier otra serie que elijamos investigar.

 

Así, la Causa Primera de todas las cosas de la naturaleza debe ser necesariamente incausada (si fuera causada no sería la causa primera). No fue traída a la existencia. Así, debe tener la existencia por sí misma; debe ser auto-existente. A la causa primera, la fuente auto-existente de todas las cosas, la llamamos Dios.

 

En resumen: el orden presupone necesariamente un ordenador. Ahora bien, hay orden en el universo. Y cuando tú ves cosas prolijamente organizadas de acuerdo con la naturaleza y el propósito específicos de cada cosa, entonces sabes que alguien que conocía el propósito de todas las cosas las puso juntas. El universo está en orden. Por lo tanto, alguien lo puso en orden. A ese ‘alguien’ lo llamamos Dios.

 

Según la propiedad natural de la materia llamada inercia, la materia inanimada no puede comenzar ni detener un movimiento sin la ayuda de un ser exterior a ella, para iniciar o detener el movimiento. El universo se mueve. Por lo tanto, debe su movimiento a un ser externo a él que lo puso en movimiento. A ese ser lo llamamos Dios.

 

Una ley no existe por sí misma. Es un efecto. Es promulgada y hecha cumplir por un legislador. El universo está lleno de leyes naturales, cada una de las cuales está siendo ejecutada todo el tiempo. Por lo tanto, el universo tiene un Legislador que establece las leyes y las pone en vigor. A ese Legislador lo llamamos Dios.

 

Nada de lo que existe en el universo debe su existencia a sí mismo. Nada puede crearse a sí mismo. Dado que el universo existe, no debe su existencia a sí mismo, sino a otro ser que existe fuera de él, independientemente de él, y es por ende increado. A ese ser lo llamamos Dios.

 

Ésa es la razón por la que el ateísmo es la cosa más tonta que una mente humana puede tramar, como fue bien ilustrado por un texto que publiqué en mi página de Facebook: el ateísmo es la creencia de que no había nada y nada ocurrió a la nada y entonces la nada explotó mágicamente sin ninguna razón, creando todo y entonces un manojo del todo se reconfiguró mágicamente a sí mismo sin ninguna razón en absoluto, transformándose en pedacitos auto-replicantes que luego se convirtieron en dinosaurios. Tiene perfecto sentido.

 

(Artículo traducido del inglés por Daniel Iglesias Grèzes).

 

Vuelve a la Tabla de Condiciones

 

 

El criptoeugenismo (1942-1960)

 

José Alfredo Elía Marcos

 

1. Del control de la natalidad a la planificación familiar

 

La Segunda Guerra Mundial finalizó en 1945 con un saldo de más de 60 millones de personas muertas (un 2% de la población mundial de la época). Fue entonces cuando los gobiernos tomaron conciencia de crear un sistema de seguridad colectiva más eficaz, por lo que el 24 de octubre de 1945 se fundaron las Naciones Unidas.

 

Ante el conocimiento del horror perpetrado por los nazis en sus campos de exterminio, el mundo occidental rechazó todo lo que tuviera que ver con la eugenesia y el control de natalidad. Por ello los estrategas del birth control se plantean camuflar sus intenciones mediante una ingeniería del lenguaje. Así cambiaron el nombre de sus asociaciones, de tal manera que la Federación Americana para el Control de la Natalidad pasó a llamarse Planned Parenthood (Paternidad Planificada). El término Planificación sustituyó al de Control.

 

En 1952 Margaret Sanger sumó a sus esfuerzos los de John D. Rockefeller III y, con dinero de la Fundación Brush, fundaron en Bombay la Federación Internacional de Planificación Familiar (IPPF, por su siglas en inglés: International Planned Parenthood Federation), con sede central en Londres, en las oficinas suministradas a título gratuito por la Sociedad Inglesa de Eugenesia. La estrategia cambiaba pero sin modificar en esencia sus objetivos.

 

En ese mismo año, John Rockefeller III organizó la movilización de recursos para una gran campaña antidemográfica, para la que fundó el Consejo de Población (Population Council), cuya junta directiva esta formada por representantes de diversas empresas multinacionales, como la AT&T, Mobil Oil, Sherman and Sterling, etc.

 

La creación de la IPPF va a ser clave en varios aspectos:

-       Permitirá la internacionalización del movimiento neomalthusiano de control de la población mediante la anticoncepción.

-       Presentará el aborto como un método anticonceptivo más.

-       Promocionará la investigación, desarrollo y práctica de métodos anticonceptivos masivos y eficaces.

-       Divulgará la educación y la revolución sexual como métodos de implantar la ideología antinatalista.

 

La Dra. Lagroua Weill-Hallé, fundadora del Movimiento francés para la Planificación Familiar (Mouvement Français por le Planning Familial –MFPF),  explica la importancia del congreso de la IPPF celebrado en Dacca en 1969:

 

“Por primera vez oficialmente, en un congreso de la Federation Internationale de la Parenté Planifiée (IPPF), el aborto es presentado como un método de anticoncepción (…) como un método de control de la natalidad… El fracaso masivo de la anticoncepción impuesta a las poblaciones poco cooperativas del Tercer Mundo es lo que ha hecho adoptar (…) el aborto, por la Planificación Familiar Internacional, como un medio de urgencia para hacer frente al exceso de población”. (1)

 

2. Los estrategas de la criptoeugenesia

 

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, la Sociedad Eugenista Americana cambia también de estrategia pasando a realizar una política oculta de criptoeugenesia.

 

A finales de los años 50, el doctor Carlos Paton Blacker, que había sido secretario general y luego presidente de la Eugenics Society inglesa desde 1931 hizo la siguiente propuesta.

 

“Que la Sociedad (de Eugenesia) debería perseguir objetivos eugenésicos por medios menos visibles, es decir una política de cripto-eugenesia, que aparentemente es un éxito en la Eugenics Society Americana”. (2)

 

La propuesta de Blacker fue adoptada en 1960 por la Sociedad de Eugenesia inglesa con la siguiente resolución.

 

“Las actividades de la Sociedad en el cripto-eugenismo deberían ser continuadas con energía; en particular, la Sociedad debería aumentar su sostén económico a la FPA (Asociación de Planificación Familiar, rama inglesa de Planned Partenthood) y a la IPPF (International Planned Parenthood Federation) y tomar contacto con la Sociedad para el Estudio de la Biología Humana (Society for the Study of Human Biology), que ya tiene gran cantidad de miembros activos, para ver si hubiera allí proyectos interesantes con los que la Eugenics Society pudiera colaborar”. (3)

 

Frederick Osborn

 

Frederick Osborn presidió la Eugenics Society americana de 1946 a 1952. Él será la persona más destacada de la Sociedad Eugenésica norteamericana durante la postguerra; fundador, junto con John Rockefeller, del Population Council, lobby pro-aborto, promovió la creación de centros de capacitación demográfica en la ONU.

 

Osborn es el principal estratega e impulsor de los principios del criptoeugenismo: “buscar a los individuos genéticamente valiosos… tratando al mismo tiempo de reducir los nacimientos de quienes lo son menos”.

 

Diseñará una serie de estrategias de acción:

1.      Condicionar el entorno por medio de “presiones sociales y psicológicas concentradas en los jóvenes y en los padres”.

2.      Manipular los comportamientos de las familias: “esta propuesta se presentaría hablando de ofrecer a un mayor número de niños la posibilidad de crecer en un mejor entorno hogareño, y absteniéndose de argumentar públicamente a favor del eugenismo”.

3.      Introducir la contracepción y el aborto: “Existen medios de selección que no implican humillación… cuando la planificación familiar se haya extendido a todos los miembros de la población y los medios eficaces de contracepción estén fácilmente disponibles, todas las parejas tendrán un número de hijos acorde con sus ingresos, es decir, acorde con el valor de su calidad social”.

 

“Es posible construir un sistema de selección voluntaria inconsciente… Dejemos de decirle a todo el mundo que tienen una calidad genética globalmente inferior, porque jamás estarán de acuerdo. Basemos nuestras propuestas en el deseo de tener hijos (nacidos) en hogares donde disfrutarán de cuidados afectuosos y responsables; quizás entonces nuestras propuestas sean aceptadas.

 

Me parece que, si el eugenismo ha de progresar como debería, tiene que seguir políticas nuevas y reafirmarse, y de este renacimiento quizás podamos, durante nuestras vidas, verle alcanzar los elevados objetivos que Galton le había fijado”. (4)

 

Julian Huxley y la nueva eugenesia

 

Otro destacado promotor del criptoeugenismo fue el inglés Julian Huxley (1887-1975), nieto de Thomas Huxley. Miembro de la Eugenics Society en 1931, vicepresidente de 1937 a 1944 y presidente de 1959 a 1962. Fue el primer Secretario General de la UNESCO, de 1946 a 1948. Fundador del World Wildlife Fund. Miembro del comité ejecutivo de la Euthanasia Society, fue vicepresidente de la Asociación por la Reforma de la Ley del Aborto de 1969 a 1970. Huxley marcó algunas líneas directrices de la “nueva eugenesia”.

 

“Cuando la eugenesia se haya convertido en práctica corriente, su acción (…) estará enteramente dedicada, al principio, a elevar el nivel medio, modificando la proporción entre los buenos y malos linajes, y eliminando en lo posible las capas más bajas, en una población genéticamente mezclada”.

 

“Pienso que nuestras mejores esperanzas deben apoyarse en el perfeccionamiento de nuevos métodos de control de nacimientos, sencillos y aceptables, ya sea por contraceptivos orales, ya sea, quizá preferentemente, por métodos inmunológicos que exigirían inyecciones”.

 

“La revolución misma es inevitable. (…) Se la pueda hacer de diversas maneras. (…) La manera totalitaria… es poco atractiva, pero es capaz de asegurar un rendimiento muy elevado, como lo descubrieron a sus expensas los adversarios de la Alemania nazi. Existen todos los motivos para creer, sin embargo, que tales ventajas no son duraderas. (…) La democracia necesita ser “repensada” en función de un mundo que se transforma”. (5)

 

3. La bomba demográfica

 

Durante la II Guerra Mundial y algunos años después, amainó el furor del control de nacimientos y de la eugenesia en los países aliados en respuesta al paño mortuorio que los experimentos nazis y del racismo científico habían echado sobre las acciones eugenésicas de comienzo de siglo y los intentos por mejorar el “producto biológico humano”. Pero las voces no se callaron completamente. El eugenista Guy Irving Burch, fundador de la Population Reference Bureau, publicó en 1945 el libro Rutas de Población para la Paz o la Guerra, que presentó como una guía para las negociaciones de paz. El libro aconsejó la esterilización obligatoria de “todas las personas que son inadecuadas, bien biológica o socialmente” y pidió a los negociadores de paz “recomendar” tales leyes para “todas las naciones”, sin insistir excesivamente en los países conquistados. Burch advirtió que, a menos que se promulguen tales leyes, con los años se originarán desastres sin fin y la nueva paz será “tan transitoria como los resultados del Tratado de Versalles”.

 

Burch y sus compatriotas trabajaron durante toda la década de los años cincuenta, reagrupando, poniendo nombres nuevos a sus organizaciones, formando otras nuevas y, sobre todo, excavando en los consejos de poder. A principios de la década de los 60 el movimiento volvió a reflotar como una Campaña para Comprobar la Explosión de Población y, haciendo sonar la alarma de la considerada “bomba de población”, tema que capturó la imaginación de los medios masivos de comunicación.

 

El empleo a fondo del temor de la “bomba”, de acuerdo con los historiadores del movimiento, fue en gran parte obra de un hombre: Hugh Moore de la fortuna Dixie Cup. Moore se convenció del peligro del crecimiento de la población al leer el libro Rutas de supervivencia del funcionario de la Planned Parenthood William Vogt, sobre la amenaza de la población. Desde entonces Moore dedicó gran parte de su fortuna y energías a divulgar la “bomba” y a reclutar apoyo. En 1954 remitió su panfleto La bomba de población a un millar de jefes de negocios y de profesiones y, subsiguientemente, a otros mil quinientos. Dio a Paul Ehrlich el permiso de usar el título para su libro de 1968.

 

Como presidente del Population Reference Bureau, Moore trabajó para comprometer al gobierno federal a extender el control de población. Su amistad con el General William Draper Jr., de su misma opinión, dio su fruto en 1958 cuando el presidente Eisenhower nombró a Draper presidente del comité para investigar el impacto de la ayuda exterior en el crecimiento económico de los países extranjeros. Draper se ocupó de que los materiales sobre población de Moore, publicados por el Population Reference Bureau y la Hugh Moore Fund, inundaran al comité, que respondió emitiendo el Informe Draper de 1959, “primer informe oficial del gobierno para tomar una posición sobre el control de nacimientos”.

 

En 1960 Moore empezó la Campaña de Emergencia de Población Mundial, que empleó enormes sumas de dinero y que se fusionó con la International Planned Parenthood Federation en 1961, para formar la Planned Parenthood World Population.

 

En 1961 la Fundación Hugh Moore empezó su campaña de anuncios a toda plana en el New York Times, el Washington Post, el Wall Street Journal y la revista Time. Bastantes personalidades importantes firmaron los anuncios –Thurman Arnold, Frank Abrams, Joseph Wood Krutch, Reinhold Niebuhr, Mark Van Doren, Jonas Salk, los propios Draper y Moore, y muchas otras. Moore sirvió como Presidente de la Asociación de Esterilización Voluntaria y fundó el Comité de Crisis de Población, reclutando a los ricos, poderosos y ambiciosos de la antecámara de Washington. Creó la Campaña para Controlar la Explosión de la Población para implicar a personas del mundo de las relaciones públicas y la publicidad y, en 1970, reunió todos sus esfuerzos para crear el Día de la Tierra (Earth Day), distribuyendo unos 300.000 prospectos sobre la bomba de la población a los participantes, y una cinta gratis, de Paul Ehrlich y el ambientalista David Broker, a todas las emisoras de radio. Los periódicos de los colegios divulgaron sus comics gratuitamente. En diversos artículos periodísticos proclamó que la polución era producida principalmente por existir demasiada gente en el planeta. El mensaje en todos los casos era el mismo: la población contamina.

 

4. La “redefinición” de la familia tradicional

 

El sociólogo y demógrafo Kingsley Davis (1908-1997) diseñó en los años 40 un modelo de transición demográfica que expuso en su obra La sociedad humana (1948). Miembro de la Sociedad Eugenésica Americana, Kingsley acuñaría los términos neomalthusianos “explosión poblacional” y “crecimiento cero”.

 

Para Kingsley Davis, la familia tradicional es incompatible con el mercado, ya que la sociedad moderna del industrialismo exige alta movilidad, urbanización, racionalidad y una división impersonal. Todos estos aspectos serían incompatibles con la familia, institución clave del periodo anterior, que él denominaba “familismo”.

 

El estado debía de eliminar todo tipo de ayudas a las familias, con el fin de llegar a…

 

“un sistema en el que el rol de padre lo asuma el estado y el rol de madre esté desempeñado por mujeres profesionales, cuyos servicios sean pagados directamente por el Estado.” (6)

 

Para Davis la familia no es sino un “complejo institucional adaptado a la satisfacción de las necesidades societarias en lo que se refiere al continuo reemplazo de los miembros de la sociedad”. La familia sería pues, una unidad de intercambio cuyo papel indelegable sería la socialización del hijo. Por ello el papel familiar se reduce simplemente al cumplimiento de las funciones de reproducción, manutención, ubicación social y socialización. Incluso algunas de estas funciones podrían ser cumplidas por separado y ser asumidas por otras personas distintas a los propios progenitores.

 

Llegados a este punto, Davis afirma que el papel reproductivo de la familia debía de ser eliminado y sustituirse por un papel más afectivo de desarrollo de la intimidad. Pero, al mismo tiempo, reconoce que esta intimidad se puede encontrar fuera del matrimonio en forma de “intimidades no convencionales”, tales como la homosexualidad, las parejas de hecho y las “uniones sexuales libres”. El matrimonio así redefinido se convertiría en una “aventura amorosa” (an amorous adventure).

 

Davis propuso, años antes que Giddens, las ideas centrales de la transformación de la intimidad: el declive del sexo reproductivo y su reemplazo por el sexo plástico, el declive del matrimonio y su poder de regular el sexo, el ascenso de la importancia social de los sentimientos y su discusión abierta y en público, incluso entre miembros de una pareja, y el declive del estatus sexual (el poder patriarcal) y el desarrollo de relaciones ‘democráticas’ o ‘puras’.

 

Kingsley Davis ve un inconveniente en que las familias produzcan y alimenten niños ya que se crean dependencias entre los padres y sus hijos: “el enlace padre-hijo está peculiarmente cerrado… Al crear hijos, un individuo no sólo está creando nuevos seres humanos sino también nuevos y durables enlaces para él”.

 

También propuso una serie de medidas prácticas para limitar el inconveniente deseo de las familias por un excesivo número de niños. Estas medidas pasaban por “reducir… la identidad de los hijos con los padres, o reducir… la posibilidad de que esta identidad sea satisfactoria”. Para conseguir esto, propone usar lo que denomina “el sistema de escuela”, cuyo principal cometido sería alejar a los hijos de sus padres. También sugiere que sea desalentada la maternidad: “si se liberase a los varones de la responsabilidad de los hijos y se rechazase la identificación con ellos; pues sin la ayuda diaria de un hombre, parece muy probable que pocas mujeres quisieran tener y criar dos o más hijos”. Davis ve con esperanza “los servicios de bienestar del niño, que han tendido crecientemente a desplazar al padre como un miembro necesario de la familia”. En su opinión, los servicios públicos cumplen una doble función: reducen el coste de los niños para sus padres y al mismo tiempo permiten “interponer otra autoridad entre el padre y el niño, diluyendo así la identidad padre-niño”.

 

5. Gary Becker: La familia como fundamento de la economía

 

Gary Stanley Becker desmintió en 1964 todas estas ideas contrarias a la familia con la obra El capital humano (Human Capital) en la que considera que la educación y formación de los hijos son inversiones que realizan las familias con el fin de incrementar su eficiencia productiva y sus ingresos. De esta manera Becker sitúa a la familia en el núcleo de la economía.

 

Gary Becker prioriza entre los factores productivos al capital humano, entendido como todas aquellas habilidades y cualidades humanas que la persona tiene al nacer, que va acumulando durante la vida y que contribuyen a que realice su trabajo de manera más eficiente, aumentando su productividad. Por ello, al poner a la persona en el centro de la economía, es justamente cuando familia y economía se enlazan.  Becker lo resume en dos ideas:

 

1.      La familia realiza una gran inversión en capital humano. Esta inversión que realizan los padres en áreas como la salud o la educación, a ellos no les produce beneficios. Nadie más lo haría sino los padres, ni aun el gobierno. Incluso esta inversión implica una renuncia a otros bienes materiales (coches, viajes, etc.) pero es porque los padres consideran que los hijos son un bien mayor, superior a cualquier bien de consumo.

 

2.      La sociedad no crece ni se desarrolla si no invierte en capital humano. Cuando los padres realizan un esfuerzo en conseguir que sus hijos sigan estudiando para llegar a la universidad, en lugar de ponerlos a trabajar desde jóvenes, realizan una gran inversión para el desarrollo de un país.

 

Pero esto no es todo. Cuando Becker profundiza en el tema de la familia, presenta el matrimonio como una ganancia donde tanto el varón como la mujer obtienen un beneficio mayor que el que tendrían permaneciendo solteros. Parte de esa ganancia son los hijos.

 

Becker afirma que es necesario que los matrimonios tengan hijos pues es lo único que garantiza que el crecimiento de un país sea duradero. Por ello llega a afirmar: “un país sin personas no contará con el capital humano ni con la mano de obra necesaria para seguir generando riqueza. Sólo con familias numerosas se puede resolver el problema de la pobreza en el mundo”.

 

Más aún, Becker se atreve a reconocer lo dañino que es el divorcio para la sociedad desde el punto de vista económico. Cuando una pareja se divorcia, los principales afectados son los hijos. Ellos se ven afectados emotiva y psicológicamente, y esto repercute en sus rendimientos escolares y en el futuro en su productividad.

 

Por todo ello, Gary Becker considera que es urgente poner medidas de apoyo a la familia. Por toda su obra, Becker recibió en 1992 el premio Nobel de Economía.

 

Otras contribuciones a la idea de la importancia del capital humano han sido las de Jane Jacobs (1961) respecto a la sociabilidad y la vida urbana, Pierre Bourdieu (1983) respecto a la teoría social y James S. Coleman (1998) dando importancia al contexto social en la educación. Recientemente el trabajo de Robert D. Putman ha supuesto la consideración del capital humano como punto clave de la discusión política y científica. El Banco Mundial también ha recogido esta idea cuando afirma que “cada vez hay más pruebas de que la cohesión social es decisiva para que las sociedades prosperen económicamente y para que el desarrollo sea sostenible” (Banco Mundial, 1999). También hemos empezado a ver el capital social como punto central del desarrollo y el mantenimiento organizativo (Cohen y Prusak, 2001).

 

El matrimonio estable y su descendencia, las relaciones de parentesco, constituyen la fuente primaria de capital social. A partir de ellas se extiende hacia otras instituciones sociales, escuelas, empresas, comunidades territoriales, los vecinos, el barrio, la ciudad, etc., hasta un tercer nivel configurado por el mundo asociativo.

 

Notas

 

1) Michael Schooyans, El aborto. Implicaciones políticas, Editorial Rialp, 1991.

2) Dr. Carlos Paton Blacker (dirigente de la Eugenics Society desde 1931).

3) Thierry Lefèvre, La conexión eugenista, en: Revista Arbil Nº 85; VI Congreso de Católicos y Vida Pública, 2004.

4) Frederick Osborn, Eugenics Review, Abril 1956, Vol. 48, Nº 1.

5) Julian Huxley, 1946. Citado por Thierry Lefèvre, La conexión eugenista, en: Revista Arbil Nº 85; VI Congreso de Católicos y Vida Pública, 2004.

6) Kingsley Davis, Reproductive Institutions and the Pressure for Population, 1937.

 

(José Alfredo Elía Marcos, Las lágrimas de Raquel. Historia, ideologías y estrategias de la guerra contra la población, Capítulo 5; nueva versión, realizada en 2015 por el autor para la Revista Fe y Razón).

 

Vuelve a la Tabla de Condiciones

 

 

La religión «light» no atrae: el caso de Escocia,

su Iglesia oficial presbiteriana y la católica

 

Pablo Ginés

Jefe de redacción de ReligionenLibertad.com

 

La Iglesia Católica en Escocia lleva desde 2001 estabilizada en un 14% de la población. No parece un dato muy bueno, hasta que se compara con la Church of Scotland, la iglesia presbiteriana nacional, de doctrinas cada vez más relativistas, que en 2001 contaba con un 47% de la población pero en 2014 registraba sólo un 27%. La desvinculación y el desinterés por lo religioso afecta más a las religiones "progres".

 

La jerarquía católica, no muy ejemplar

 

La Iglesia Católica en Escocia no ha tenido una prensa especialmente buena en lo que va del siglo XXI. Como otros países anglosajones, ha contado con su propia versión de casos de abusos en el clero (algunas veces sexuales, la mayor parte de las veces de violencia en instituciones educativas o correccionales). El cardenal de Edimburgo dimitió aproximadamente en las fechas del Cónclave que eligió al Papa Francisco por relaciones "impropias" con seminaristas varias décadas antes. Y el catolicismo escocés hace ya mucho que no cuenta con la inmigración irlandesa.

 

Con todo, la Iglesia Católica en Escocia, si bien no crece, tampoco decrece. La encuesta del Scottish Household Survey de 2014 (SHS 2014) detecta que un 14,4% de escoceses adultos se declaran católicos. Esta misma encuesta realizada en 2001-2002 establecía que los católicos eran un 15%. Dicho de otra forma, en estos primeros 15 años de siglo XXI, pese a los escándalos, la mala prensa y las guerras culturales, la Iglesia Católica se mantiene más o menos igual.

 

La Iglesia ha plantado batalla al matrimonio homosexual (sin gran éxito pero con algunos testimonios interesantes, como la diputada católica socialista Elaine Smith) y al aborto (con el famoso caso de las parteras católicas objetoras de conciencia). Y tuvo que cerrar sus agencias de adopción para no entregar niños a parejas o grupos de homosexuales. Pero estos años duros no la han dañado especialmente. La visita de Benedicto XVI en 2010 también ayudó a reforzar la Iglesia.

 

El caso de la Church of Scotland

 

Quedarse igual que hace 15 años no parece un gran éxito. Pero lo es si se compara con la gran iglesia nacional de Escocia, la presbiteriana "Kirk" o "Church of Scotland", que ha pasado de un 47% a un 27% de la población escocesa en apenas quince años.

 

Esta iglesia de origen calvinista, con presbíteros pero sin obispos, fue fundada en el siglo XVI por John Knox y el Parlamento Escocés: en 2010 se cumplían los 450 años desde que el Parlamento escocés negó toda autoridad espiritual al Papa y prohibió la misa católica en Escocia (el permiso para celebrar misas de nuevo no se concedió hasta 1793, 230 años después). La Church of Scotland fue hegemónica hasta anteayer, prácticamente.

 

En 2001-2002, en el SHS se declaraban miembros de la Church of Scotland un 47% de los adultos escoceses; en cambio, en el SHS con los datos de 2014 no llegan al 28% los que se declaran miembros de esta iglesia.

 

No es que los presbiterianos de la Church of Scotland se hayan hecho pentecostales, evangélicos, calvinistas de línea dura o episcopalianos... El porcentaje sumado de todos estos grupos cristianos era en 2014 el mismo que en 2001: aproximadamente un 8% de la población.

 

Lo que ha sucedido es que la doctrina de la Church of Scotland, cada vez más relativa, nebulosa e indefinida, no interesa a la gente. La religión "progre" no atrae. Mientras los católicos y los grupos protestantes más o menos conservadores se han mantenido, la Kirk, sin doctrina clara, se ha hundido en apenas 15 años.

 

La población, simplemente, pierde su afiliación religiosa; en 2001 se declaraban "sin afiliación" un 28% de escoceses adultos; en 2014 eran ya un 47%. Esto no quiere decir que sean ateos: la mayoría creen en Dios o un poder superior... pero sin sentirse afiliados a ninguna comunidad de fe.

 

Pastor casado, divorciado, después gay...

 

Un ejemplo del caos doctrinal moderno en la Church of Scotland lo encontramos en 2009, en la Asamblea General Presbiteriana, su máximo órgano, que decidió (por 326 votos contra 267) que era perfectamente ejemplar tener como párroco a Scott Rennie, un homosexual activo y declarado, que estuvo casado cinco años con una mujer, tuvo una hija con ella, se divorció y anunció su relación sexual con un hombre.

 

Aunque según el sondeo SHS 2014 los que se sienten miembros de la Church of Scotland son un millón y medio de adultos, la misma iglesia en su web oficial declara tener sólo 400.000 miembros (los que se dejan ver alguna vez en sus parroquias, aunque sea en Navidad) y 800 ministros de culto.

 

La Iglesia católica, en cambio, con datos de 2008 declaraba 750 sacerdotes para atender una población de 670.000 católicos. Es posible que si se midiera la cantidad de católicos que va a la iglesia varias veces al mes y se comparara con la de presbiterianos los católicos "practicantes" superaran a la Iglesia antiguamente hegemónica.

 

Cuando sólo había 10 curas... y clandestinos

 

Para la Iglesia católica, mantenerse en un 14% no está tan mal... sobre todo si pensamos que en 1750 apenas había en Escocia 10 curas (todos clandestinos y perseguidos) y 16.500 católicos. Una normativa decía: "Si se encuentran papistas reunidos en una casa privada, y si en esa casa se encuentran vestiduras, manteles de altar, cuadros o artículos del culto papista, las personas detenidas deberán ser consideradas como celebrante o asistentes de la misa, e incurrirán en esa pena".

 

Peor aún: a finales del siglo XVIII los ingleses deportaron o mataron a poblaciones enteras y quedaron menos de 5.000 católicos en toda Escocia, la mayoría en las islas occidentales de Uist y Barra.

 

Sólo en 1793, ya casi sin católicos en Escocia, se permitió oficialmente la libertad de culto a los católicos que hiciesen un juramento de lealtad a la corona británica. Después, con la Revolución Industrial, empezarían a llegar inmigrantes irlandeses, como los que fundaron el club de fútbol Hibernian en Edimburgo o el Celtics de Glasgow.

 

 

 

Fuente: A&A –Análisis y Actualidad, Año IX, número 20 (345), servicio del 8 al 21 de septiembre de 2015. Reproducción autorizada por A&A.

 

Vuelve a la Tabla de Condiciones

 

 

El respeto a los muertos

 

Catecismo de la Iglesia Católica

 

2299 A los moribundos se han de prestar todas las atenciones necesarias para ayudarles a vivir sus últimos momentos en la dignidad y la paz. Deben ser ayudados por la oración de sus parientes, los cuales cuidarán que los enfermos reciban a tiempo los sacramentos que preparan para el encuentro con el Dios vivo.

 

2300 Los cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y caridad en la fe y la esperanza de la resurrección. Enterrar a los muertos es una obra de misericordia corporal (cf Tb 1,16-18), que honra a los hijos de Dios, templos del Espíritu Santo.

 

2301 La autopsia de los cadáveres es moralmente admisible cuando hay razones de orden legal o de investigación científica. El don gratuito de órganos después de la muerte es legítimo y puede ser meritorio.

 

La Iglesia permite la incineración cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo (cf CIC can. 1176, § 3).

 

Nota de Fe y Razón: El Código de Derecho Canónico, can. 1176, § 3 dice: “La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación, a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana” (énfasis nuestro).

 

Vuelve a la Tabla de Condiciones

 

 

Salmo 21

 

Del maestro de coro. Según la melodía de «La cierva de la aurora». Salmo de David.

 

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

¿Por qué estás lejos de mi clamor y mis gemidos?

Te invoco de día, y no respondes,

de noche, y no encuentro descanso;

y sin embargo, Tú eres el Santo,

que reinas entre las alabanzas de Israel.

En Ti confiaron nuestros padres:

confiaron, y Tú los libraste;

clamaron a Ti y fueron salvados,

confiaron en Ti y no quedaron defraudados.

Pero yo soy un gusano, no un hombre;

la gente me escarnece y el pueblo me desprecia;

los que me ven, se burlan de mí,

hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo:

«Confió en el Señor, que Él lo libre;

que lo salve, si lo quiere tanto».

Tú, Señor, me sacaste del seno materno,

me confiaste al regazo de mi madre;

a Ti fui entregado desde mi nacimiento,

desde el seno de mi madre, Tú eres mi Dios.

No te quedes lejos, porque acecha el peligro

y no hay nadie para socorrerme.

Me rodea una manada de novillos,

me acorralan toros de Basán;

abren sus fauces contra mí

como leones rapaces y rugientes.

Soy como agua que se derrama

y todos mis huesos están dislocados;

mi corazón se ha vuelto como cera

y se derrite en mi interior;

mi garganta está seca como una teja

y la lengua se me pega al paladar.

Me rodea una jauría de perros,

me asalta una banda de malhechores;

taladran mis manos y mis pies

y me hunden en el polvo de la muerte.

Yo puedo contar todos mis huesos;

ellos me miran con aire de triunfo,

se reparten entre sí mi ropa

y sortean mi túnica.

Pero Tú, Señor, no te quedes lejos;

Tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme.

Libra mi cuello de la espada

y mi vida de las garras del perro.

Sálvame de la boca del león,

salva a este pobre de los toros salvajes.

Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos,

te alabaré en medio de la asamblea:

«Alábenlo, los que temen al Señor;

glorifíquenlo, descendientes de Jacob;

témanlo, descendientes de Israel.

Porque Él no ha mirado con desdén

ni ha despreciado la miseria del pobre:

no le ocultó su rostro

y lo escuchó cuando pidió auxilio»

Por eso te alabaré en la gran asamblea

y cumpliré mis votos delante de los fieles:

los pobres comerán hasta saciarse

y los que buscan al Señor lo alabarán.

¡Que sus corazones vivan para siempre!

Todos los confines de la tierra

se acordarán y volverán al Señor;

todas las familias de los pueblos

se postrarán en su presencia.

Porque sólo el Señor es rey

y Él gobierna a las naciones.

Todos los que duermen en el sepulcro

se postrarán en su presencia;

todos los que bajaron a la tierra

doblarán la rodilla ante Él,

y los que no tienen vida

glorificarán su poder.

Hablarán del Señor a la generación futura,

anunciarán su justicia a los que nacerán después,

porque ésta es la obra del Señor.

 

Fuente: El Libro del Pueblo de Dios (traducción argentina de la Biblia).

 

Vuelve a la Tabla de Condiciones

 

 

“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

Contacto: feyrazon@gmail.com

 

 

Fundadores: Ing. Daniel Iglesias, Lic. Néstor Martínez, Diác. Jorge Novoa.

 

Equipo de Dirección: Ing. Daniel Iglesias, Lic. Néstor Martínez, Ec. Rafael Menéndez.

 

Colaboradores: Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola, R. P. Lic. Horacio Bojorge SJ, Mons. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Carlos Caso-Rosendi, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Mons. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Diác. Prof. Milton Iglesias Fascetto (+), Pbro. Dr. José María Iraburu, Diác. Jorge Novoa, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Miguel Pastorino, Santiago Raffo, Juan Carlos Riojas Álvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Suscripción gratuita

Complete y envíe este formulario.

Se enviará automáticamente un mensaje a su email pidiendo la confirmación de la suscripción.

Luego ingrese a su email y confirme la suscripción.

 

 

Publicaciones del Centro Cultural Católico Fe y Razón

 

Nuevo sitio de Fe y Razón

www.revistafeyrazon.com

Viejo sitio de Fe y Razón

www.feyrazon.org

Colección de Libros Fe y Razón

www.lulu.com/spotlight/feyrazon

Presentaciones de

Fe y Razón

www.slideshare.net/feyrazon

Viejo blog de la Revista Virtual Fe y Razón

www.revistafeyrazon.blogspot.com

Grupo Fe y Razón

en Facebook

www.facebook.com/groups/110670075641970

 

 

 

Venta de libros de la Colección “Fe y Razón”

 

Títulos disponibles en www.lulu.com/spotlight/feyrazon, en dos versiones: impresa y electrónica:

 

1.       Miguel Antonio Barriola, “En tu palabra echaré la red” (Lc 5,5). Reflexiones sobre Dios en la historia.

2.       Daniel Iglesias Grèzes, Razones para nuestra esperanza. Escritos de apologética católica.

3.       Néstor Martínez Valls, Baúl apologético. Selección de trabajos filosóficos y teológicos publicados en “Fe y Razón”.

4.       Guzmán Carriquiry Lecour, Realidad y perspectivas del laicado católico en nuestro tiempo.

5.       Miguel Antonio Barriola, “Cristo amó a la Iglesia” (Ef 5,25). Reflexiones sobre la cristología de J. L. Segundo y la eclesiología de H. Küng.

6.       Horacio Bojorge, Teologías deicidas. El pensamiento de Juan Luis Segundo en su contexto, Segunda edición.

7.       Daniel Iglesias Grèzes, En el principio era el Logos. Apologética católica en diálogo con los no creyentes.

8.       Daniel Iglesias Grèzes, Vosotros sois la sal de la tierra. El choque entre la civilización cristiana y la cultura de la muerte.

9.       Daniel Iglesias Grèzes, Soy amado, luego existo. Reflexiones sobre el darwinismo, el diseño inteligente y la fe cristiana.

10.    María Cristina Araújo Azarola, ¡Atrévanse a pensar! Selección de escritos filosóficos.

11.    Néstor Martínez Valls, “No sin grave daño”. La necesidad urgente de la filosofía tomista en la Iglesia y en el mundo.

               

La versión electrónica de todos los títulos es gratuita.

 

 

Donaciones al Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

 

Para quienes residen en Uruguay: Cuenta en Redpagos, 44635, a nombre de Fe y Razón.

 

Para quienes tienen cuenta en PayPal:

1.      Vaya a: http://www.revistafeyrazon.com/index.php?option=com_content&view=article&id=343&Itemid=92

2.      Presione el botón Donar.

3.      Ingrese sus datos:

a.       Cuenta de PayPal (dirección de correo electrónico);

b.      Importe de la donación (en dólares estadounidenses).

4.      Presione el botón correspondiente para finalizar la transacción.