Fe y Razón

Revista gratuita de teología y cultura católica

Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 112 – 6 de agosto de 2015

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

(“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”)

Santo Tomás de Aquino

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

El próximo Sínodo, momento crucial para la familia

Equipo de Dirección

Magisterio

Algunas palabras-clave del debate sinodal

Mons. Aldo di Cillo Pagotto, SSS-Mons. Robert F. Vasa-

Mons. Athanasius Schneider

Sínodo de la Familia

Sínodo. Vida cristiana y vocaciones para siempre

Pbro. Dr. José María Iraburu

Iglesia

La gran farsa ha de acabar

Luis Fernando Pérez Bustamante

Liturgia

"Esa música, para mí, es una demostración de la verdad del cristianismo"

Benedicto XVI, Papa Emérito

Liturgia

¿Por qué ir a Misa el domingo?

Pbro. Dr. Eduardo Volpacchio

Apologética

¿Cómo llegamos a conocer la verdad?

Raymond de Souza KM

Libertad Religiosa

Los 15 países más peligrosos para un cristiano

The Guardian

Familia y Vida

El neomalthusianismo (1822-1873)

José Alfredo Elía Marcos

Historia de la Iglesia

La cruz, la hoz y el martillo –1

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Oración

Memorare

Fray Luis de Granada, OP

 

 

El próximo Sínodo, momento crucial para la familia

 

Equipo de Dirección

 

El Centro Cultural Católico “Fe y Razón” se complace en anunciar su primera publicación impresa en Montevideo: José María Iraburu, Reflexiones sobre los dos Sínodos de la Familia (2014-2015). Esta obra de 64 páginas es el título N° 2 de la Colección de Cuadernos Lux Mundi. Fue editada por la Editorial Sicut Serpentes y financiada por la Asociación Uruguaya de la Orden de Malta.

 

Se trata de una obra de alto valor teológico y pastoral y sumamente oportuna de Don José María Iraburu, sacerdote diocesano de Pamplona (España), Doctor en Teología, Editor del Portal InfoCatólica, Director de la Fundación GRATIS DATE y colaborador de la Revista Fe y Razón.

 

La obra en cuestión recoge ocho artículos sobre los dos Sínodos de la Familia publicados por el autor en su blog Reforma o apostasía (www.infocatolica.com/blog/reforma.php), en defensa de la doctrina y la praxis católicas tradicionales sobre el matrimonio y la familia. Los títulos de los ocho capítulos son los siguientes: 1. Sínodo-2014. La primera Relatio – 2. El matrimonio y el adulterio – 3. No habla del cielo, del purgatorio y del infierno – 4. Silencio sobre la anticoncepción y la castidad – 5. Conversión penitencial, acompañamiento pastoral y gradualidad – 6. Condiciones necesarias para el matrimonio sacramental – 7. Sínodos 2014-2015. Reflexiones italianas – 8. De mártires, adúlteros y uniones homosexuales.

 

Este librillo puede ser adquirido al precio de $ 100 (cien pesos uruguayos) en varias librerías y parroquias católicas de Montevideo, en la Biblioteca de la Facultad de Teología del Uruguay y en las sedes de la Asociación Uruguaya de la Orden de Malta y el Centro Cultural Católico “Fe y Razón” (feyrazon@gmail.com).

 

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Algunas palabras-clave del debate sinodal

 

Mons. Aldo di Cillo Pagotto, SSS, Arzobispo de Paraíba (Brasil)

Mons. Robert F. Vasa, Obispo de Santa Rosa, California (EE.UU.)

Mons. Athanasius Schneider, Obispo auxiliar de Astaná (Kazajistán)

 

LAS PALABRAS-TALISMÁN

 

83ª Pregunta: Un documento del Sínodo hizo alusión al hecho de que la pastoral eclesial debe realizar también una “conversión del lenguaje” (Relatio post disceptationem, n° 159). Durante y después del Sínodo, en el debate sobre la situación de la familia, se asistió a la imposición de algunas palabras-clave que dieron una impostación determinada a la problemática tratada. Por ejemplo, después de su Documento Preparatorio número 1, el Sínodo evidenció la “vasta acogida que tiene, en nuestros días, la enseñanza sobre la misericordia divina y sobre la ternura en relación a las personas heridas”. ¿Cómo evaluar esas palabras-clave?

 

Respuesta: “Personas heridas”, “misericordia”, “acogida”, “ternura”, “profundización”, son ejemplos de palabras que podrían sufrir un uso unilateral y simplista y, en ese sentido, tener una especie de efecto talismánico.

 

84ª Pregunta: ¿Qué serían esas “palabras-talismán”?

 

Respuesta: La “palabra-talismán” es un vocablo de suyo legítimo, de fuerte contenido emocional, escogido sobre todo para ser tan flexible y mutable que pueda asumir varios significados en función de los contextos en que es usado. Esta elasticidad lo vuelve susceptible de un uso propagandístico, sometiéndolo a eventuales abusos con fines ideológicos.

 

Por ejemplo, la “palabra-talismán” es herramienta útil para realizar un “trasbordo ideológico inadvertido”, o sea, un proceso que cambia la mentalidad de las personas sin que éstas se den cuenta, pasando de una posición legítima para una ilegítima. Manipulada por la propaganda, la “palabra-talismán” asume significados siempre más próximos de las posiciones ideológicas para las cuales se desea trasbordar a los “pacientes” (cfr. Plinio Corrêa de Oliveira, Trasbordo ideologico Inavvertito e Dialogo [Trasbordo ideológico inadvertido y Diálogo], Il Giglio, Nápoles, 2012, cap. III, cfr. también Warwick Neville, Manipolazione del linguaggio, en Lexicon, cit. pp. 630-639).

 

Este procedimiento puede ser aplicado fácilmente, inclusive en el ámbito eclesial. En efecto, el uso de ciertas palabras más que otras puede empujar a los fieles a substituir un juicio moral por uno sentimental, o un juicio substancial por uno formal, llegando a considerar como bueno, o por lo menos tolerable, lo que en el inicio era considerado malo.

 

LA “PROFUNDIZACIÓN”

 

85ª Pregunta: ¿Cuáles son los ejemplos de “palabras-talismán” utilizadas en el debate en torno del Sínodo?

 

Respuesta: Tenemos el caso de la palabra “profundización”. En el lenguaje común, ella significa una mayor comprensión de un concepto o de una realidad a fin de esclarecer sus fundamentos. En vez de eso, ella es usada en la propaganda de los grandes medios de comunicación para favorecer un cambio de juicio sobre ese concepto o aquella realidad, obviamente en sentido permisivista, para negarla en su fundamento.

 

“Las así llamadas ‘profundizaciones’ son pues, en las intenciones de quien las patrocina, cambios substanciales en la doctrina enseñada hasta ahora por el Magisterio, y por tanto deberían ser antes calificadas como ruptura con la tradición. Se trata, en efecto, de pequeños pasos en la dirección de una norma que revolucionaría la misma estructura de la disciplina eclesiástica, a tal punto que (...) implicarían (...) una verdadera ruptura con la doctrina del Magisterio. (...) Hallo un poco hipócrita el uso del rótulo de profundización para propagar una reforma de la Iglesia que acabe aboliendo los fundamentos dogmáticos de su fe y de su disciplina” (Mons. Antonio Livi, ex-decano de la Facultad de Filosofía de la Pontificia Universidad Lateranense, Approfondimento della dottrina? No, è tradimento [¿Profundización de la doctrina? No, es traición], en: La Nuova Bussola Quotidiana, 21/12/2014).

 

86ª Pregunta: Sin embargo, ¿se podría tal vez decir que la actual situación de insensibilidad para con la fe católica exige que la verdad y las normas morales sean propuestas y aplicadas gradualmente, en función del estado de la conciencia del individuo o del público?

 

Respuesta: El conocimiento progresivo de la ley moral no dispensa al fiel de la obligación de llegar a conocerla y practicarla por entero.

 

“Ellos, sin embargo, no pueden mirar la ley como un mero ideal que se puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como un mandato de Cristo Señor a superar con valentía las dificultades. «Por ello la llamada “ley de gradualidad” o camino gradual no puede identificarse con la “gradualidad de la ley”, como si hubiera varios grados o formas de precepto en la ley divina para los diversos hombres y situaciones” (S. Juan Pablo II, Familiaris Consortio, n° 34).

 

LAS “PERSONAS HERIDAS”

 

87ª Pregunta: ¿Y quiénes serían las “personas heridas”?

 

Respuesta: En el debate actual, esta fórmula se refiere a personas que viven en estado de pecado grave y público: cohabitación, divorciados vueltos a casar, parejas homosexuales, y así sucesivamente. Llamándolos, por el contrario, “heridos”, se evita formular un juicio moral, resaltando sólo un aspecto, verdadero pero secundario, de su situación concreta. Se les aplica así un término concebido para despertar la compasión: son sólo “personas heridas”, víctimas tal vez inocentes a las cuales no se puede imputar una falta grave.

 

Frente a una “persona herida”, la reacción obviamente normal es ir a su encuentro para ayudarla. En nuestro caso, para no agravar el sufrimiento psicológico de la persona divorciada vuelta a casar, se evita como impropio cualquier juicio moral a su respecto. Por el contrario, se recomienda tener para con ella el sentimiento de “misericordia” y de “ternura”, que, aunque necesario, es presentado como el único permitido en la evaluación de su situación y en la elaboración de una pastoral adaptada a ella. Al final de este proceso, el sentimiento de compasión puede llegar hasta justificar su condición pecaminosa. Por tanto, hasta alterar, inclusive, el juicio doctrinario del Magisterio, a fin de no hacer que la “persona herida” sufra.

 

88ª Pregunta: Pero, ¿no es ésta precisamente la actitud sugerida por la famosa parábola del “buen samaritano” (Lc 10,25-37)?

 

Respuesta: Por el contrario, la magnífica parábola del “buen samaritano” es aquí mal comprendida. Si ella fuese interpretada según la mentalidad hoy dominante, conduciría de hecho a una conclusión paradójica. Quien presta socorro estaría tan preocupado en evitar más sufrimiento al herido, que llegaría a minimizar la gravedad de su enfermedad, a ahorrarle tratamientos dolorosos que podrían restablecerlo, a limitarse a administrarle paliativos capaces tan sólo de aliviar su sufrimiento. Ello volvería así crónico un mal pasajero. Para no perturbar al herido, suscitando en él sentimientos de culpa, el socorrista no lo aconsejaría a evitar el camino peligroso a lo largo del cual acabó quedando herido, y donde el pobre, mal curado y mal aconsejado, correrá el riesgo de recaer en el infortunio pasado.

 

LA “MISERICORDIA”

 

89ª Pregunta: Otra palabra-clave utilizada en el debate sinodal fue “misericordia”. Si Dios siempre perdona a los pecadores, ¿no debería la Iglesia usar de misericordia y atenuar su rigor en cuanto al acceso a los Sacramentos de las personas en situación irregular?

 

Respuesta: “Es también un argumento débil en materia teológico-sacramental, porque todo el orden de los sacramentos es precisamente obra de la misericordia divina y no puede ser revocado alegando el propio principio que la sustenta. (...) Por medio de aquello que objetivamente suena como un falso llamado a la misericordia, se incurre en el riesgo de banalizar la propia imagen de Dios, según la cual Él no podría hacer otra cosa sino perdonar. Al misterio de Dios pertenecen, más allá de la misericordia, también la santidad y la justicia; ocultándose esas perfecciones de Dios y no tomando en serio la realidad del pecado, no se puede siquiera atraer Su misericordia sobre las personas. (...) La misericordia no es una dispensa de los Mandamientos de Dios y de las instrucciones de la Iglesia” (Card. Gerhard Müller, Indissolubilità del matrimonio e dibattito sui divorziati risposati e i Sacramenti [La indisolubilidad del matrimonio y el debate sobre los divorciados vueltos a casar y los Sacramentos], en: AA. VV., Permanere nella verità di Cristo. Matrimonio e Comunione nella Chiesa Cattolica [Permanecer en la verdad de Cristo. Matrimonio y Comunión en la Iglesia Católica], Cantagalli, Siena, 2014, pp. 151-152).

 

“«Misericordia» es otra palabra fácilmente expuesta a los equívocos (...) Porque se la une con el amor, la misericordia (como también el amor), viene presentada en contraste con el derecho y la justicia. Pero se sabe bien que no existe amor sin justicia, y sin verdad y obrando contra la ley, sea humana o divina. San Pablo, contra quienes interpretaban erróneamente sus afirmaciones sobre el amor, dirá que la regla es «el amor que cumple las obras de la ley» (Gal 5,13-18). (...) Frente a la ley divina no se pueden poner en contraste la misericordia y la justicia; el rigor de la ley y la misericordia y el perdón. (...) El cumplimiento de un mandamiento de Dios no es ni puede ser visto como opuesto al amor y a la misericordia. Es más, todo mandamiento de Dios, incluso el más severo, refleja el rostro del amor de Dios, aunque no sea el de su amor misericordioso. El mandamiento de la indisolubilidad del matrimonio y de la castidad matrimonial es un don de Dios y no se puede oponer a la misericordia de Dios. (...) en el caso concreto el recurso a la misericordia no sería otra cosa que una violación directa de la Ley divina.” (Card. Velasio De Paolis, discurso cit., pp. 27 y 22).

 

90ª Pregunta: En el debate en torno del Sínodo, la misericordia lleva a considerar las situaciones irregulares, no desde el punto de vista del derecho y del deber, sino de la comprensión y del perdón, un abordaje “basado no en juicios morales, sino en la vulnerabilidad de las personas” (Tesis del lobby heterodoxo que se pretende Wir sind Kirche, es decir, “Nosotros somos Iglesia”). ¿No es ésta una impostación auténticamente cristiana de la cuestión?

 

Respuesta: La Iglesia no puede comportarse como un charlatán que ilusiona a los que sufren ofreciéndoles pócimas que evitan el dolor, pero antes agravan la enfermedad. Por el contrario, inspirándose en el verdadero “buen samaritano”, que es una figura de Cristo, la Iglesia debe actuar como un médico sabio que busca curar a los enfermos y heridos espirituales con los remedios más eficaces, aunque dolorosos, para liberarlos del mal y ahorrarles las peligrosas recaídas. Eso presupone que la Iglesia no esconda a los enfermos la gravedad de su situación ni disminuya su responsabilidad, sino que abra sus ojos y corazones, inclusive antes de curarles las heridas.

 

Ciertamente los cuidados deben ser misericordiosos, o sea, tomar en cuenta la vulnerabilidad de las personas. Pero esa precaución debe favorecer la cura, y no impedirla con la ilusión de que los paliativos pueden curar un enfermo grave que rehúsa el remedio decisivo. Además de eso, no se confunda la vulnerabilidad del enfermo que sufre por causa de una terapia dolorosa con la susceptibilidad de quien se niega a ser curado.

 

“El camino de la Iglesia, (...) es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración. Esto no quiere decir menospreciar los peligros o hacer entrar los lobos en el rebaño, sino acoger al hijo pródigo arrepentido; sanar con determinación y valor las heridas del pecado” (Papa Francisco, discurso del 15/2/2015 al Consistorio de los cardenales).

 

91ª Pregunta: En el debate sinodal, la “misericordia” es el criterio orientador de los abordajes pastorales. ¿No debería este criterio prevalecer sobre las exigencias de la doctrina moral, de modo de cambiar sus conclusiones?

 

Respuesta: La misericordia puede superar a la justicia, pero no violarla, pues de lo contrario sería injusta. Tampoco puede negar la verdad, bajo pena de ser falsa. Además de eso, justamente por operar sólo en el campo práctico, la misericordia no puede interferir en la doctrina, razón por la cual no puede alterar el juicio moral sobre la conducta. De otro modo la “misericordia” caería bajo la conocida condenación bíblica: “Ay de los que al mal llaman bien, y al bien, mal; que hacen de las tinieblas luz, y de la luz, tinieblas; y hacen de lo amargo dulce, y de lo dulce amargo!” (Is 5,20).

“… ni se puede identificar el amor con la misericordia. Ésta es ciertamente un rostro del amor y, como hemos tenido oportunidad de explicar, es también amor pero en cuanto comunica el bien que elimina todo mal. Pero el amor se puede a veces expresar, y en algunos casos se debe hacerlo, con la negación de la misericordia entendida como condescendencia benévola y peor aún como aprobación [del mal].” (Card. Velasio De Paolis, discurso cit., 2ª parte).

 

“La misericordia en cuanto virtud no es extraña a la justicia. (...) No podemos dejar espacio para una misericordia injusta, porque sería una profunda falsificación de la Revelación divina. (...) Pues una acción injusta nunca es misericordiosa. Lo que diferencia la misericordia de la compasión es que el propósito de la misericordia consiste en “remover la miseria de otros”; en otros términos, la misericordia es activa contra el mal que el otro sufre. No es misericordia la falsa consolación que lleva a decir que se trata de un ‘mal menor’, si no se libera de ese mal a aquel que lo sufre. (...) La misericordia nace del amor por la persona, a fin de curar el mal de la infidelidad que la aflige y le impide vivir en la alianza con Dios. Es algo bien diverso de permitir la infidelidad sin una transformación interior a través de la gracia, como si Dios cubriese nuestros pecados sin convertir el corazón, limpiándolo. Se trata de una diferencia dogmática importante entre la concepción de justificación católica y la luterana” (J.J. Pérez-Soba, La verità del Sacramento Sponsale [La verdad del Sacramento esponsal], en: Pérez-Soba y Kampowski, op. cit., pp. 60,70-71-75).

 

92ª Pregunta: A fin de cuentas, ¿no debería la Iglesia ser antes y sobre todo Madre misericordiosa que Maestra sabia y Jueza severa?

 

Respuesta:“También en el campo de la moral conyugal la Iglesia es y actúa como Maestra y Madre. Como Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral que debe guiar la transmisión responsable de la vida. De tal norma la Iglesia no es ciertamente ni la autora ni el árbitro. En obediencia a la verdad que es Cristo (…) la Iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección. Como Madre, la Iglesia se hace cercana a muchas parejas de esposos que se encuentran en dificultad sobre este importante punto de la vida moral. (…) Pero la misma y única Iglesia es a la vez Maestra y Madre. Por esto, la Iglesia no cesa nunca de invitar y animar, a fin de que las eventuales dificultades conyugales se resuelvan sin falsificar ni comprometer jamás la verdad. (...) Por esto, la pedagogía concreta de la Iglesia debe estar siempre unida y nunca separada de su doctrina. Repito, por tanto, con la misma persuasión de mi predecesor: «No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas».” (S. Juan Pablo II, Familiaris Consortio, n° 33).

 

“No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas. Pero esto debe ir acompañado siempre de la paciencia y de la bondad de que el mismo Señor dio ejemplo en su trato con los hombres. Venido no para juzgar sino para salvar, Él fue ciertamente intransigente con el mal, pero misericordioso con las personas” (B. Pablo VI, enc. Humane Vitae, n° 29).

 

(Mons. Aldo di Cillo Pagotto, SSS-Mons. Robert F. Vasa-Mons. Athanasius Schneider, Opción preferencial por la FAMILIA. 100 preguntas y 100 respuestas a propósito del Sínodo. Prefacio del Cardenal Jorge A. Medina Estévez, Edizioni Supplica Filiale, Roma 2015, pp. 52-56).

 

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Sínodo. Vida cristiana y vocaciones para siempre

 

José María Iraburu, sacerdote

 

–Todo lo que dice en este artículo me parece elemental.

–Así es. Lo que ocurre es que a veces las verdades católicas más fundamentales son las más ignoradas.

 

Este artículo prolonga otro excelente de Bruno Moreno: Propuesta para el Sínodo (III): el matrimonio para toda la vida.

 

–Los católicos alejados de la Iglesia no son en general capaces de vivir el matrimonio indisoluble, ni tantas otras realidades integrantes de la vida cristiana. Ya expuse en otro artículo que (234) Los cristianos no practicantes son pecadores públicos. Concretando: si los bautizados católicos se alejan de la Eucaristía del domingo en forma habitual y deliberada durante años, quedando privados de la Palabra y del Pan de vida, separados así de Cristo Salvador, de sus Pastores y de la comunidad cristiana, y desobedeciendo el mandamiento IIIº de la ley de Dios, vienen a ser «pecadores públicos», que se excluyen ellos mismos de la vida de la gracia: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn 6,53). La Eucarístía es «la fuente y la cumbre» de toda vida cristiana (Vat. II, LG 11). No hay, por tanto, vida cristiana en quienes se alejan durante años de la Eucaristía. Ahora bien, es perfectamente comprensible que el matrimonio de quienes no están viviendo la vida cristiana fracase, y venga seguido muchas veces del divorcio y del adulterio.

 

Pero ésta es hoy la situación de aquellas Iglesias locales descristianizadas, en las que los Pastores sagrados han visto dispersado en los últimos diez o treinta años una mitad o dos tercios del rebaño que el Señor les había confiado. El alejamiento de la Eucaristía puede afectar en tales Iglesias al 80 o al 90% de los católicos. En ese tiempo la nupcialidad sacramental habrá disminuido quizá a una quinta o una décima parte. Y lo mismo la natalidad. Es, pues, perfectamente coherente con esa situación que sean innumerables los matrimonios y familias que naufragan, que están más o menos «heridos». En el Instrumentum laboris del próximo Sínodo de octubre leemos acerca de ellos (III Parte, cap. III, 104-132): «Cuidar de las familias heridas (separados, divorciados no vueltos a casar, divorciados vueltos a casar, familias monoparentales)... El gran río de la misericordia… El arte del acompañamiento… Agilización en las causas de nulidad… Preparación de los agentes… La integración de los divorciados vueltos a casar civilmente en la comunidad cristiana…», etc. Las medicinas prácticas que se indican son muy específicas para las enfermedades conyugales y familiares.

 

¿Pero es posible una pastoral eficaz de los matrimonios y familias actuales en crisis si ante todo no se fomenta en ellos la recuperación de la vida cristiana? Si prácticamente son paganos, alejados de la Iglesia, mundanizados en pensamientos y caminos, ¿de qué les servirán las medicinas específicas recetadas para ellos?¿Cómo tendrán la fuerza espiritual necesaria para poder vivir las maravillas del matrimonio cristiano, que son descritas con gran verdad en el mismo Instrumentum laboris (por ejemplo, II Parte, caps. I-III)? Concretamente: ¿cómo podrán vivir al paso de los años la indisolubilidad del matrimonio, a la que se oponen el divorcio y el adulterio?…

 

***

 

El Padre celestial nos comunica por su Hijo Jesucristo el Espíritu Santo, que hace de nosotros «hombres nuevos», «nuevas criaturas» (Ef 2,15; 2Cor 5,17), «hombres celestiales» (1Cor 15,45-46), «nacidos de Dios», «nacidos de lo alto», «nacidos del Espíritu» (Jn 1,3; 3,3-8), «miembros de Cristo» (1Cor 6,15), «templos del Espíritu Santo» (6,19). El hombre viejo y carnal, nacido del primer Adán, malvive bajo la guía de la razón y el impulso de la voluntad, porque estas facultades, a consecuencia del pecado, están profundamente trastornadas y debilitadas. Pero el hombre nuevo y espiritual, por obra del Espíritu Santo, re-nace en el segundo Adán, Cristo; ve evangelizada su razón por la fe y confortada su voluntad por la caridad, y ya vive según «la fe operante por la caridad» (Gál 5,6). Ya su vida puede ser, ha de ser, es, completamente nueva. También en todo lo referente al matrimonio.

 

«Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no vivís ya según la carne, sino según el Espíritu, si es que de verdad el Espíritu de Dios habita en vosotros… Así, pues, hermanos, ya no somos deudores a la carne de vivir según la carne, que si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis» (Rm 8,8-13).

 

–La fe nos da participar de la sabiduría de Dios de un modo cualitativamente nuevo, respecto a la verdad que puede alcanzar la razón por sí sola. La fe sana y eleva la razón a un nivel sobrehumano de conocimiento. Es cierto que siempre habrá cristianos de poca fe, más carnales que espirituales (1Cor 3,1-3). Pero si son cristianos practicantes, que se fían de la Iglesia, Madre y Maestra, viven mal que bien en «la obediencia de la fe» (Rm 1,5). No necesariamente son superhombres; son simplemente «hijos de la Iglesia», que los guarda en la fe verdadera. Por tanto, también ellos pueden decir con verdad: «nosotros tenemos el pensamiento de Cristo» (1Cor 2,16).

Como San Lucas dice de los primeros cristianos, también de éstos puede decirse que «perseveran en oír la enseñanza de los apóstoles [tienen y mantienen la ortodoxia del Catecismo], y en la unión [no son cismáticos], en la fracción del pan [van a Misa] y en la oración [son personas que rezan]» (Hch 2,42). Simplemente son cristianos que viven la vida cristiana, y que cuando pecan, lo reconocen, con la gracia de Dios, se arrepienten y se confiesan. Y punto.

 

–La caridad nos da a participar del amor de Dios de un modo cualitativamente nuevo, imposible ciertamente para el mero amor humano de la voluntad, tan limitado, vulnerable y débil. La caridad sana y eleva la voluntad a un nivel sobre-humano de amor, a una divina calidad sobre-natural de amor. Eso es así ontológicamente en aquel hombre que por la fe se une a Cristo Salvador y vive vinculado siempre a la Eucaristía: «el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5).

 

«El justo vive de la fe» (Rm 1,17), de «la fe operante por la caridad» (Gál 5,6). Vivir y perseverar en un matrimonio monógamo e indisoluble es prácticamente imposible para quienes se alejaron de la Iglesia y de la Eucaristía, y ya no viven según el Espíritu, en fe y caridad, en gracia de Dios. Pero el matrimonio cristiano indisoluble es perfectamente posible para los bautizados que perseveran en la vida cristiana, como lo han demostrado durante muchos siglos millones y millones de cristianos, que han vivido sus matrimonios «normalmente», en el doble sentido: según la norma y también según la gran mayoría del pueblo cristiano, cuando el divorcio y el adulterio eran más una excepción que un fracaso innumerable.

 

Por el contrario, el matrimonio cristiano no puede ser vivido por quienes abandonan la vida cristiana, por muchos y bienintencionados que sean los remedios específicos que se les procuren: acompañamientos, no-discriminaciones en la comunidad cristiana, agentes especializados en pastoral matrimonial y familiar, etc.  

***

 

«Los dones y la vocación (jarismata kai e klesis) de Dios son irrevocables» (Rm 11,19), y por eso todas las vocaciones cristianas son «para siempre»: el sacerdocio, la vida religiosa, el matrimonio. Dios comunica sus dones y vocaciones con un amor perfectamente libre, y Él es fiel a su propio amor comunicativo, de tal modo que sigue comunicando a sus hijos los dones y las vocaciones que les ha dado. De ahí viene la norma del Apóstol: «cada uno ande según el Señor le dio [don] y según lo llamó [vocación]» (1Cor 7,17). «Persevere cada uno ante Dios en la condición en que por Él fue llamado» (7,24). Esta fidelidad a la propia vocación es perfectamente posible, porque Dios la posibilita con el auxilio de su gracia: «lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios» (Lc 18,27; cf. Jer 32,27). Y quien vive la vida cristiana normalmente, aunque a veces tropezando en su caminar, puede y debe decir con absoluta certeza y esperanza: «todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4,13). ¿Cómo no va a poder hacer lo que Dios quiere concederle si «es Dios quien obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito»? (Flp 3,13).

***

 

El sacerdocio ministerial es para siempre, porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables. La gracia conferida en el sacramento del Orden por la imposición de manos apostólicas es conferida para siempre (1Tim 4,14; 5,22; 2Tim 1,6). Los presbíteros son cristianos ya configurados con Cristo por el Bautismo, pero «por la unción del Espíritu Santo [en el sacramento del Orden], quedan sellados con un carácter particular [indeleble], y así se configuran con Cristo sacerdote, de suerte que puedan obrar en persona de Cristo cabeza [in persona Christi Capitis]» (Vat. II, PO 2). Operari sequitur esse. Pueden los sacerdotes obrar impersonando a Cristo porque su ser ha sido configurado a Él ontológicamente de un modo nuevo. «Consagrados de manera nueva a Dios por la recepción del Orden [novo modo consecrati], se convierten en instrumentos vivos de Cristo, Sacerdote eterno» (12).

 

El sacerdote «proclamando eficazmente el Evangelio, reuniendo y guiando la comunidad, perdonando los pecados y sobre todo celebrando la Eucaristía, hace presente a Cristo, Cabeza de la comunidad, en el ejercicio de su obra de redención humana y de perfecta glorificación a Dios»… Él mismo «hace sacramentalmente presente a Cristo, Salvador de todo el hombre»  (Sínodo de los Obispos, 1971, I,4). Difícilmente podría ser imagen viva del Buen Pastor, que totalmente «entrega su vida por las ovejas» (Jn 10,11), si asumiera su ministerio «ad tempus», sea por unos cuantos años –el tiempo lo dirá–, sea por los fines de semana solamente –como lo propugnaban los luteranos… y algunos católicos en el postconcilio–.  No olvidemos la declaración del Concilio de Trento: «Si alguno dijere… que la ordenación no imprime carácter, o que aquel que una vez fue sacerdote puede nuevamente convertirse en laico, sea anatema» (Denz 1774). El sello que da garantía de calidad suprema al sacerdocio católico es justamente ese «para siempre», que en los matrimonios significa «hasta la muerte» (cf. Mt 22,30), en tanto que en los sacerdotes significa in æternum.

 

Al conceder Dios el don del sacerdocio a un cristiano, inaugura una fuente destinada a manar siempre Palabra divina, Pan vivo bajado del cielo, entrega solícita del Buen Pastor, perdón de los pecados. Cuando  esa fuente es cegada por el abandono del ministerio, cuando no sigue manando el agua de la verdad, cuando se apaga la llama de la Eucaristía en un altar, cuando se abandona a su suerte el rebaño que le había sido confiado –«Ya vendrá otro»… ¿Quién?… ¿Y si no hay ninguno que pueda venir?…–, la Iglesia, si así conviene, concede la secularización canónica, pero la concede «siempre con la amargura en el corazón», «con gran estremecimiento y dolor» (Pablo VI, 1967, enc. Sacerdotalis coelibatus 83; 85).

 

Puede Dios permitir que, en un momento dado, una enfermedad grave psicológica o moral haga imposible en un sacerdote el ejercicio digno de su ministerio. En tal caso, el retiro del sacerdote como en una jubilación anticipada (culpable o totalmente inculpable) será un buen servicio que presta a la Iglesia. Siempre deberemos mantener hacia él nuestro respeto y estima, suspendiendo todo juicio (de internis neque Ecclesia iudicat). Pero de esto a trivializar el hecho de las secularizaciones sacerdotales, como a veces se viene haciendo

(http://infocatolica.com/blog/coradcor.php/1506180924-preguntas-al-portavoz-de-la-c), hay una gran diferencia. De suyo, el sacerdocio católico es «para siempre».

 

La consagración religiosa es para siempre, porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables. Así se entendió de las vírgenes consagradas ya desde el principio de la Iglesia. No pocos Padres, en sus tratados sobre las vírgenes, consideraban un adulterio el abandono de una virginidad que estaba consagrada a Cristo Esposo, y que debía mantenerse con su gracia como un vínculo conyugal indisoluble: para siempre. Es sabido que ciertos institutos religiosos hacen solamente votos temporales, que renuevan periódicamente; pero son los menos. La consagración personal a Cristo en la vida religiosa implica una dedicación total al Señor y al servicio de su Cuerpo, que es la Iglesia: una consagración y dedicación, una donación personal que tiende de suyo a ser perpetua: para siempre.

 

El Vaticano II lo expresa muy bien en la Lumen gentium (44): «El cristiano, mediante los votos u otros vínculos sagrados –por su propia naturaleza semejantes a los votos–, con los cuales se obliga a la práctica de los tres consejos evangélicos, hace una total consagración de sí mismo a Dios, amado sobre todas las cosas, de manera que se ordena al servicio de Dios y a su gloria por un título nuevo y especial. Ya por el bautismo había muerto al pecado y estaba consagrado a Dios; sin embargo, para extraer de la gracia bautismal fruto más copioso, pretende, por la profesión de los consejos evangélicos, liberarse de los impedimentos que podrían apartarle del fervor de la caridad y de la perfección del culto divino y se consagra más íntimamente al servicio de Dios. La consagración será  tanto más perfecta cuanto, por vínculos más firmes y más estables, represente mejor a Cristo, unido con vínculo indisoluble a su Iglesia».

 

Como los dones y la vocación de Dios, por parte suya, son irrevocables, los hombres y mujeres que profesan en una u otra modalidad la vida religiosa quieren perseverar hasta la muerte en la vocación que Dios les concedió, sabiendo que Él es fiel a sus propios dones y llamadas. Por eso se atreven a consagrarse al Señor, a dedicarse a Él, en una donación total y sin vuelta, procurando asegurarla mediante «los vínculos más firmes y estables». Es una donación que, si quiere ser total, ha de pretender ser para siempre.

 

El matrimonio une al hombre y la mujer para siempre, porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables. El amor conyugal es indisoluble, para siempre, porque el mismo Señor que ha elegido y llamado a los esposos, y que los ha unido por la gracia propia y perenne del sacramento, lo hace posible día a día, hasta que la muerte los separe. Ésa es la gracia de estado en la vida conyugal. Al unirse en matrimonio, cada uno de los cónyuges se entrega totalmente al otro y, al mismo tiempo, recibe al otro totalmente, incondicionalmente, para siempre. Un matrimonio ad tempus –mientras vayan bien las cosas–, aunque de hecho durase hasta la muerte, no sería un matrimonio cristiano, porque guardaría siempre en secreto la llave que permite abrir la puerta de salida y de la ruptura del vínculo. No sería «el gran sacramentum (mysterium), el entendido entre Cristo y la Iglesia», el que celebran sacramentalmente un hombre y una mujer bautizados (Ef 5,32).

Cristo crucificado, cuando «todos los discípulos lo abandonaron y huyeron» (Mt 26,56), no renegó de su Esposa, no se divorció de ella. Todo lo contrario. Precisamente entonces, abandonado en la cruz, se desposó con la Iglesia, y por el agua y la sangre que brotaron de su costado abierto por la lanza –el Bautismo y la Eucaristía–, selló así con su sangre la alianza de amor indisoluble que establecía con Ella para siempre.

 

Bien sabemos que esta unión indisoluble del matrimonio apenas es posible para muchos de los esposos que no son cristianos o que, siéndolo, viven como si no lo fueran. De hecho, con pragmático realismo, en todas las religiones y culturas está de algún modo permitido y regulado el divorcio –también en las diversas confesiones cristianas ¡y hasta en las muy venerables Iglesias ortodoxas!–. La experiencia de la condición humana, en su actual situación caída –«pecador me concibió mi madre» (Sal 50,7)–, parece que obliga a prever una posible salida a los matrimonios fracasados en su intento.

 

Pero el verdadero matrimonio indisoluble es posible para quienes viven unidos a Cristo en la Iglesia Católica, y gobiernan sus vidas «según la fe operante por la caridad» (Gál 5,6). Éstos, como ya he dicho, han recibido de Dios una participación cualitativamente nueva en su propio amor eterno y trinitario. Ellos pueden vivir la verdad original del matrimonio monógamo e indisoluble. Y pueden porque «el amor de Dios se ha derramado en sus corazones por el Espíritu Santo que se les ha dado» (cf. Rm 5,5). Sí, pueden ellos realizar la maravilla primordial del matrimonio, lo que el Creador estableció cuando creó al ser humano como varón y hembra.

 

«¿No habéis leído que al principio (arjé) el Creador los hizo varón y hembra? Y dijo: “por esto dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a la mujer, y serán una sola carne”. Por tanto, lo que Dios ha unido no lo separe el hombre» (Mt 19,4-6). Consecuentemente, «todo el que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con la que está divorciada de su marido, comete adulterio» (Lc 16,18). «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24,35). El Concilio de Trento da formulación dogmática a esa doctrina de Cristo (Denz 1805 y 1807).

 

Dios permite a veces en su providencia que un matrimonio deba poner fin a su convivencia por medio de una separación conyugal canónica, sea por trastornos psicológicos o por faltas graves morales, sea sin culpa o con culpa. El bien de los hijos, si los tienen, y el bien propio de los esposos puede hacer conveniente o incluso necesaria esta medida traumática. El Derecho Canónico regula cuidadosamente el proceso de separación conyugal (cánones 1151-1155 y otros). Pero en tal caso los esposos separados deben fidelidad al vínculo indisoluble que los une, no atentando unas nuevas nupcias, que serían adúlteras. El Instrumentum laboris dice de ellos: cuando se da el caso de una separación conyugal, «la condición de quienes no emprenden una nueva unión, permaneciendo fieles al vínculo, merece todo el aprecio y el sostén de parte de la Iglesia, que tiene el deber de mostrarles el rostro de un Dios que nunca abandona y que es siempre capaz de dar nuevamente fuerza y esperanza» (113).

 

La gracia de Dios, propia del matrimonio, les dará fuerza para guardar su fidelidad esponsal, e incluso su amor mutuo, aunque no sea posible, al menos de momento, restaurar la convivencia. Y los auxiliará también para resistir los consejos criminales que puedan venirles de sus familiares y amigos, y quién sabe si de algún sacerdote: «tienen ustedes derecho a rehacer su vida en un nuevo matrimonio». Esa voz es del diablo, que llega a calificar el nuevo vínculo adulterino como «un regalo de Dios, al que se debe tanta fidelidad como al primer matrimonio»… Perdónalos, Señor, porque no saben lo que dicen.

***

 

Hoy son muchos, también entre católicos paganizados, los que no creen que sea posible comprometerse con vínculos definitivos. No lo creen: 1) porque no creen en la fuerza de la gracia; 2) ni tampoco en el poder de la voluntad bajo su auxilio. No lo creen porque, al no vivir la vida cristiana, lo experimentan como un imposible. Más aún, mundanizados en sus pensamientos, consideran que los compromisos definitivos –sea en el sacerdocio, en la vida religiosa o en el matrimonio– son una cadena incompatible con «la libertad gloriosa de los hijos de Dios» (Rm 8,21), y un ideal irrealizable, dada la condición congénitamente cambiante del ser humano. Estiman que el hombre debe mantener su vida siempre abierta a nuevas posibilidades. Devotos de los posibles «cambios», abominan del «para siempre». Distan años luz de la verdad de Dios, cuyos dones y vocaciones son irrevocables, porque Él es fiel a sus propias donaciones y llamadas.

 

Demos gracias a Dios, que nos concede ser hijos de la Iglesia Católica, una, santa, apostólica y romana. Ella, como «sacramento universal de salvación» (Vat. II, LG  48; AG 1), promueve en todos los cristianos, sean laicos, religiosos o sacerdotes, una entrega total de su vida, en una totalidad que se expresa y perfecciona en ese «para siempre» propio de todas las vocaciones cristianas. Brilla así la Iglesia Católica en medio de todos los pueblos y culturas, en medio de todas las religiones naturales y versiones del cristianismo, como «columna y fundamento de la verdad» de Cristo (1Tim 3,15), como única epifanía plena de la caridad eterna de la Santísima Trinidad en este mundo temporal, tan fecundo en infidelidades.

 

Con el auxilio de la gracia, siga recibiendo el mundo ajeno a Cristo el testimonio católico de los matrimonios sacramentales, monógamos e indisolubles; de los religiosos consagrados al Señor y a la salvación del mundo con votos solemnes y perpetuos; de los sacerdotes que permanecen fieles a su ministerio, conscientes de que su sacerdocio es in æternum. Defienda el Espíritu Santo a la Iglesia Católica de toda falsificación, y guárdela siempre en el splendor veritatis propio de la Esposa de Cristo, Salvador del mundo.

***

 

Finalmente, y volviendo al principio. El Instrumentum laboris describe las actuales dolencias «específicas» del matrimonio y de la familia, y señala las medicinas «específicas» que les convienen. Al mismo tiempo, es cierto, reafirma también las grandes verdades de estas instituciones primordiales establecidas por el Creador y Salvador del mundo. Pero quizá no preste atención suficiente a las dolencias «generales» hoy de la vida cristiana, que afectan, como es lógico, muy gravemente al matrimonio y la familia. En consecuencia, no pone el énfasis en los remedios «generales», que son tan urgentes, pues sin ellos nada podrá sanarse.

 

Es la vida cristiana «en general» la que está gravemente enferma en no pocas Iglesias locales: predominio en temas importantes de la heterodoxia sobre la doctrina católica, cristologías arrianas, pelagianismo y semipelagianismo, inhibición de la Autoridad apostólica en el combate contra las herejías y los sacrilegios litúrgicos, eliminación general tanto de la doxología como de la soteriología –salvación o condenación–, carencia de vocaciones sacerdotales y religiosas, parálisis del impulso misionero realmente evangelizador, ecumenismo falso, devaluación casi total del precepto de la Misa dominical y de los sacramentos, especialmente de la penitencia, etc. Si la Iglesia no afronta con lucidez y energía estas y otras dolencias generales tan graves, será imposible que un Sínodo pueda lograr progresos considerables en la pastoral matrimonial y familiar. Por decirlo con un solo ejemplo:

 

Si en muchas Iglesias locales el 90% o más de los católicos se abstiene habitualmente de la Misa dominical, el matrimonio y la familia están perdidos: disminuirán espantosamente la nupcialidad y la natalidad, aumentarán la anticoncepción y los abortos, los divorcios y adulterios, así como todo tipo de uniones irregulares y contra naturam, y quedarán inútiles los remedios «específicos» que se acuerden sinodalmente para restaurar la grandeza santa de los matrimonios y familias de la Iglesia.

 

Reforma o apostasía.

 

(José María Iraburu, Blog Reforma o apostasía, Post 328, en:

http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1507090611-328-sinodo-vida-cristiana-y-v).

 

Índice de Reforma o apostasía

 

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La gran farsa ha de acabar

 

Luis Fernando Pérez Bustamante

 

Sí, es la gran farsa. Consiste en la idea de que pueden permanecer en un mismo cuerpo eclesial personas que profesan una fe radicalmente distinta. Consiste en la idea de que la verdad y la mentira pueden ir de la mano. Consiste en la idea de que se puede ser católico y pensar como un protestante liberal, un budista o un sintoísta.

 

Cualquier católico digno de dicha condición entiende que el artículo que el sacerdote Pablo D´Ors publicó en Vida Nueva (más bien Herejía de Siempre), es radicalmente incompatible con la fe que profesa. Es más, no hay asomo de catolicismo en las palabras de ese presbítero madrileño y, en no pocos aspectos, tampoco lo hay de otro tipo de cristianismo, no católico.

 

Tanto Mons. Munilla como Mons. Rico Pavés se han encargado de recordar que las tesis de D´Ors no tienen encaje en la Iglesia. Y sin embargo, y aquí está el escándalo y la farsa, estamos ante un sacerdote que fue nombrado recientemente consultor del Pontificio Consejo para la Cultura, que preside el cardenal Ravasi. Hace años un español que trabajaba en el Vaticano me dijo que a Ravasi se le conocía como el último bultmanniano de la curia. Me temo que ya no está solo.

 

No hace falta ser obispo ni haber estudiado en la Gregoriana para entender que no puede ser católico, y mucho menos sacerdote, si se piensa esto: “Y eso de reservar la eucaristía en un sagrario, ¿a qué viene?” La pregunta es a qué viene que Pablo D´Ors pueda consagrar, siendo que no cree ni por un casual en la doctrina sacramental de la Iglesia.

 

Otro ejemplo de la gran farsa es la presencia en órdenes religiosas de personajes que se chotean del carisma de sus fundadores y que pisotean su condición de personas consagradas. Sinceramente, ¿alguien puede explicarnos qué hace Sor Lucía Caram en la misma orden que Sor María Pilar Cano? La primera tiene de monja dominica lo que yo de lama tibetano. Y la segunda se encarga de recordarlo con palabras claras, contundentes:

 

En este sentido he tenido con dolor que escuchar de ti y ver actitudes en ti que desdicen de una persona, y más de una religiosa, ya que dividimos a los hermanos en lugar de dar ejemplo de integración y de acogida.

 

Termino con un último consejo desde mi experiencia de ser una hermana de tu Orden: Nuestra misión y vocación necesita espacios de relación comunitaria y con Dios, cuidando las relaciones fraternas con las demás hermanas, la comunión con todas. Si dices al mundo que monja de clausura, no. Monja de silencio, no…de obediencia, no, ¿qué es lo que queda de consagrada?”

 

La cosa empeora, y mucho, cuando vemos que hay cardenales y obispos participando en un sínodo con la intención de cargarse la fe de la Iglesia y el mandato de Cristo sobre el sacramento del matrimonio. Sí, ciertamente hay otros dispuestos a no ceder, pero, ¿cómo pueden unos y otros formar parte de la misma Iglesia? ¿Qué tipo de engaño quieren colarnos? ¿Acaso el catolicismo es una copia barata del anglicanismo, donde lo mismo da pensar una cosa que la contraria en doctrinas fundamentales?

 

Quienes han recibido el don de una fe asentada, madura, firme, soportan con mayor o menor tranquilidad o inquietud este sinsentido que llevamos viviendo desde hace demasiado tiempo –esto  no es de ahora–, pero ¿qué ocurre con los débiles en la fe? ¿Quién cuida de ellos? ¿Quién los orienta? ¿Quién los atiende pastoralmente?

 

No abundan los pastores que, como Rico Pavés, obedecen este mandato del Concilio Vaticano II: “Cada uno de los Obispos que es puesto al frente de una Iglesia particular, ejerce su poder pastoral sobre la porción del Pueblo de Dios a él encomendada, no sobre las otras Iglesias ni sobre la Iglesia universal. Pero en cuanto miembros del Colegio episcopal y como legítimos sucesores de los Apóstoles, todos y cada uno, en virtud de la institución y precepto de Cristo, están obligados a tener por la Iglesia universal aquella solicitud que, aunque no se ejerza por acto de jurisdicción, contribuye, sin embargo, en gran manera al desarrollo de la Iglesia universal.”
(Lumen Gentium, 23).

 

Menos aún abundan los religiosos que, como Sor María Pilar, no se resignan a ver cómo sus compañeros de orden destruyen en poco tiempo aquello que durante tantos siglos ha dado frutos estupendos a la Iglesia.

 

Creo que esta situación no se puede prolongar mucho más. Dios es muy paciente, pero, llegado un momento, acabará interviniendo, como hizo en el pasado, para poner las cosas en su sitio. No sabemos con total seguridad cuándo ni cómo lo hará, pero cuando lo haga, más nos vale estar firmes en la fe. Para ello contamos con la imprescindible asistencia de la gracia. Es hora de llevar una vida sacramental más intensa, con más oración, penitencia y meditación en la Palaba de Dios. Cada uno según el don que haya recibido, pero sabiendo que basta un poco de fe para permanecer anclados en Cristo.

 

Que María, destructora de todas las herejías, interceda ante Dios para confundir a los farsantes que quieren cambiarnos la fe de la Iglesia por un subproducto contaminado por el espíritu del príncipe de este mundo.

 

Reforma o apostasía. Santidad o muerte. Fidelidad o condenación.

 

Fuente: http://infocatolica.com/blog/coradcor.php/1507260224-la-gran-farsa-ha-de-acabar

 

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"Esa música, para mí, es una demostración

de la verdad del cristianismo"


Nota: El 4 de julio de 2015, en Castel Gandolfo, donde se encontraba pasando dos semanas de vacaciones, el Papa Emérito Benedicto XVI fue condecorado por la Pontificia Universidad Juan Pablo II de Cracovia y la Academia de Música de la misma ciudad polaca con dos doctorados honoris causa. A continuación reproducimos el texto de aceptación del doble doctorado.

 

***

 

Benedicto XVI, Papa Emérito


Eminencia, Excelencia, Ilustrísimos, Ilustres Profesores, Señoras y Señores,


En este momento no puedo más que expresar mi mayor y cordial agradecimiento por el honor que me han tributado al concederme el doctoratus honoris causa. Mi agradecimiento al gran canciller, Su  Eminencia el cardenal Stanislaw Dziwisz, y a las autoridades académicas de ambos ateneos.


Me alegra sobre todo el hecho de que de este modo mi vínculo con Polonia, con Cracovia, con la patria de nuestro gran santo Juan Pablo II se hace más profundo. Sin él mi camino espiritual y teológico sería inimaginable.


Con su vivo ejemplo él nos ha demostrado también que la alegría de la gran música sacra y la tarea de la participación común en la sagrada liturgia pueden ir de la mano: la alegría solemne y la sencillez de la celebración humilde de la fe.


En los años del posconcilio se había manifestado sobre este punto, con renovada pasión, una muy antigua contraposición. Yo mismo crecí en la zona de Salzburgo, marcada por la gran tradición de esta ciudad, por lo que era obvio que las misas festivas acompañadas por coro y orquesta eran parte integrante de nuestra experiencia de fe en la celebración de la liturgia. En mi memoria está impreso de manera indeleble, por ejemplo, el momento en que al comenzar a resonar las primeras notas de la Misa de la Coronación de Mozart parecía que el cielo se abriera y experimentaba en lo más hondo la presencia del Señor. Mi gratitud se dirige también a vosotros, que me habéis hecho oír a Mozart, y al coro: ¡qué grandes cantos!


Sin embargo, junto a esto, estaba ya presente la nueva realidad del movimiento litúrgico, sobre todo a través de uno de nuestros capellanes que más tarde llegaría a ser el vice-director y después rector del seminario mayor de Frisinga.


Posteriormente, durante mis estudios en Múnich llegué a conocer de manera más concreta el movimiento litúrgico gracias a las lecciones del profesor Pascher, uno de los expertos más importantes del Concilio en materia litúrgica y, sobre todo, a través de la vida litúrgica en la comunidad del seminario.


Así, poco a poco, comencé a percibir la tensión entre la participatio actuosa en la liturgia y la música solemne que envolvía la acción sacra, si bien aún no la advertía de manera tan fuerte.


En la constitución sobre la liturgia del Concilio Vaticano II está muy claramente escrito: "Consérvese y cultívese con sumo cuidado el tesoro de la música sacra" (114). Por otra parte, el texto resalta, como categoría litúrgica fundamental, la participatio actuosa de todos los fieles en la acción sagrada.


Lo que en la constitución se mantenía pacíficamente unido, más tarde, en la recepción del Concilio, fue a menudo objeto de una relación dramáticamente tensa. Ambientes importantes del movimiento litúrgico consideraban que en el futuro las grandes obras corales, e incluso las misas para orquesta, sólo encontrarían espacio en las salas de concierto, no en la liturgia, en la que habría lugar únicamente para el canto y la oración común de los fieles.


Por otra parte había temor porque esto causaría, necesariamente, un empobrecimiento cultural de la Iglesia. ¿Cómo conciliar ambas cosas? ¿Cómo aplicar el Concilio en toda su plenitud? Éstas eran las preguntas que surgían en mí y en muchos fieles, tanto en gente sencilla como en personas con una formación teológica.


Pero llegados a este punto sería quizás justo plantear la pregunta de fondo: ¿qué es, en realidad, la música? ¿De dónde viene y a qué tiende?


Pienso que se pueden identificar tres "lugares" de los que surge la música.


Un primer origen es la experiencia del amor. Cuando los hombres fueron aferrados por el amor se abrió ante ellos otra dimensión del ser, una nueva grandeza y amplitud de la realidad que les empujó a expresarse de una manera nueva. La poesía, el canto y la música en general han nacido de este ser sorprendidos, de este abrirse a una nueva dimensión de la vida.


Un segundo origen de la música es la experiencia de la tristeza, el ser tocados por la muerte, por el dolor y los abismos de la existencia. También en este caso se abren, en dirección opuesta, nuevas dimensiones de la realidad que ya no pueden encontrar respuesta sólo en los discursos.


Por último, el tercer lugar de origen de la música es el encuentro con lo divino, que desde el principio es parte definitoria de lo humano. Con mayor razón es aquí donde se hace presente el totalmente otro y el totalmente grande que suscita en el hombre nuevos modos de expresarse. Tal vez sea posible afirmar que en realidad también en los otros dos ámbitos –el amor y la muerte– el misterio divino nos toca y, en este sentido, es el ser tocados por Dios lo que, en conjunto, constituye el origen de la música.


Encuentro que es conmovedor observar cómo en los salmos, por ejemplo, a los hombres ya no les basta ni siquiera el canto, por lo que se implican todos los instrumentos: se despierta la música oculta de la creación, su lenguaje misterioso. Con el salterio, en el cual actúan también los dos motivos del amor y de la muerte, nos encontramos directamente en el origen de la música sacra de la Iglesia de Dios. Se puede decir que la calidad de la música depende de la pureza y de la grandeza del encuentro con lo divino, con la experiencia del amor y del dolor. Cuanto más pura y verdadera sea esta experiencia, tanto más pura y grande será también la música que de ella nace y se desarrolla.

En este momento me gustaría expresar un pensamiento que en los últimos años me ha aferrado cada vez más, sobre todo teniendo en cuenta el hecho de que las distintas culturas y religiones entran en relación las unas con las otras.


En el ámbito de las distintas culturas y religiones está presente una gran literatura, una gran arquitectura, una gran pintura y grandes esculturas. Y en todas partes está también la música. Y sin embargo, en ningún ámbito cultural hay música de una grandeza comparable a la que nació en el ámbito de la fe cristiana. De Palestrina a Bach y a Händel, hasta Mozart, Beethoven y Bruckner, la música occidental es algo único, que no tiene igual en otras culturas. Y esto creo que debe hacernos pensar.


Ciertamente, la música occidental supera en mucho el ámbito religioso y eclesial. Pero ella encuentra a pesar de todo su origen más profundo en la liturgia, en el encuentro con Dios. En Bach, para el que la gloria de Dios representa el fin de toda la música, esto es del todo evidente. La respuesta grande y pura de la música occidental se ha desarrollado en el encuentro con ese Dios que, en la liturgia, se hace presente a nosotros en Jesucristo.


Esa música, para mí, es una demostración de la verdad del cristianismo. Allí donde se desarrolla una respuesta así, ha sucedido un encuentro con la verdad, con el verdadero Creador del mundo. Por esto la gran música sacra es una realidad de rango teológico y de significado permanente para la fe de toda la cristiandad, si bien no es en absoluto necesario que sea ejecutada siempre y en todas partes.


Por otra parte está claro, sin embargo, que no puede desaparecer de la liturgia y que su presencia puede ser un modo muy especial de participación en la celebración sagrada, en el misterio de la fe.


Si pensamos en la liturgia celebrada por San Juan Pablo II en cada continente, vemos toda la amplitud de las posibilidades expresivas de la fe en el acontecimiento litúrgico; y vemos también que la gran música de la tradición occidental no es ajena a la liturgia, sino que ha nacido y crecido en ella, contribuyendo así a darle siempre forma de nuevo. No conocemos el futuro de nuestra cultura y de la música sacra. Pero una cosa me parece clara: donde realmente acontece el encuentro con el Dios vivo que en Cristo viene hacia nosotros, allí nace y crece nuevamente también la respuesta, cuya belleza procede de la verdad misma.


La actividad de las dos universidades que me han otorgado este doctorado honoris causa –por el cual doy gracias de nuevo de todo corazón– representa una contribución esencial para que el gran don de la música que proviene de la tradición de la fe cristiana permanezca vivo y sea de ayuda para que la fuerza creadora de la fe no se extinga en el futuro.


Por esto les agradezco de corazón a todos no sólo el honor que me han concedido, sino también todo el trabajo que desarrollan al servicio de la belleza de la fe. ¡Que el Señor les bendiga a todos!

 

Traducción al español de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares, España.

 

Fuente: http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1351089?sp=y

 

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¿Por qué ir a Misa el domingo?


Una respuesta para aquellos que desean encontrar el sentido de la Santa Misa, y un estímulo para quienes la Eucaristía es el centro de su vida espiritual

 

Pbro. Dr. Eduardo Volpacchio

 

Para quién son estas líneas

 

En la Carta Apostólica Novo millennio ineunte, Juan Pablo II señala las prioridades pastorales de la Iglesia para el comienzo de este nuevo milenio. Entre ellas está la Eucaristía dominical: "es preciso insistir (…) dando un relieve particular a la Eucaristía dominical y al domingo mismo, sentido como día especial de la fe, día del Señor resucitado y del don del Espíritu, verdadera Pascua de la semana" (n. 35).

 

Posiblemente vos pertenecés a una de estas tres categorías de personas:

 

a) Católico que ibas a Misa con tus padres cuando eras chico y un día durante la adolescencia dejaste de ir. Fue porque entraste en una crisis: era tiempo de dejar de ir sólo porque tus padres iban; y no llegaste a encontrar por qué debías ir. Estas líneas son para vos.

 

b) Católico que nunca fuiste a Misa de modo constante. Quizá ni siquiera sabías de la obligación de asistir todos los domingos. Te parece hasta curioso o exagerado que la Iglesia pretenda esa práctica para todos. Estas líneas también son para vos.

 

c) Católico que va a Misa y, siguiendo el llamado del Papa, quiere ayudar a muchos a volver a sentir la necesidad de esta práctica tan esencial de la vida cristiana. Sos consciente que si cada católico consiguiera por año que un católico no practicante volviera a la práctica de los Sacramentos haríamos una verdadera revolución en la Iglesia. Estas líneas quieren aportarte algunas ideas que te ayuden en esta tarea.

 

ADVERTENCIA PREVIA: Este documento no es para ser leído, es para ser pensado. 

 

Los motivos básicos para ir a Misa

 

Sentando la base de que casi siempre el comenzar a faltar a Misa el domingo responde a una actitud caprichosa, a la que es muy difícil refutar –precisamente por su falta de racionalidad– acá tenés unas consideraciones sobre el precepto dominical y la importancia de la Misa en tu vida. Está escrito para personas con fe.

 

1. Primariamente hay que considerar que a Misa se va, en primer término, a dar, no a recibir.

 

Se recibe mucho, pero no se va por motivos egoístas, ni comerciales –una especie de intercambio con Dios: mi atención y dedicación de tiempo a cambio de ciertos gustos, bienes, ya sea espirituales o materiales, temporales o eternos… qué más da… es lo mismo. Este primer punto desvaloriza de raíz todos los motivos para no ir basados en una línea egoísta de pensamiento: me aburro, no siento nada, no tengo tiempo, estoy cansado, etc.

 

2. Porque Dios es tu Creador y debés dedicarle un tiempo semanal a Él.

 

Es la manifestación de vivir centrado en Dios y en la salvación: vivir el año centrado en la Pascua; la semana, en el domingo; el domingo, en la Misa. No importa cuánto te aburras, tu Creador ha dispuesto que un día de la semana sea para Él: "Acuérdate de santificar el día sábado. Los seis días de la semana trabajarás y harás todas tus labores. Mas el séptimo es sábado, consagrado al Señor tu Dios" (Éxodo 20,8-10). Y parece que tiene derecho a tu obediencia. Faltar sería una desobediencia evidente y frontal (decirle a Dios "no te quiero dar mi tiempo"). Y más allá de la obediencia… Dios se lo merece.

 

3. Porque como miembro de la familia de Dios, debés rendir culto a Dios de acuerdo a tu naturaleza, junto a tus hermanos.

 

Esto exige que el culto a Dios no sólo sea interior (en tu corazón) sino también exterior (que los demás vean tu fe) y comunitario (dar culto unido a tu hermanos). Es decir, que te reúnas con otros para adorar juntos a Dios. Más allá de tus gustos personales, asistís a Misa no por vos mismo (porque te guste) sino para mostrar tu reverencia al Omnipotente en comunión con los demás. Nuestra relación con Dios tiene una dimensión comunitaria. No basta rezar solo, tampoco en familia, hace falta hacerlo unidos a nuestros hermanos en la fe. En este sentido es un acto de comunión con nuestros hermanos en la fe: compartir lo más importante que tenemos: la Eucaristía, es decir, Cristo mismo. En este sentido faltar sería un desprecio de tus hermanos y una falta de unidad.

 

4. Porque tenés que obedecer a la Iglesia.

 

No es cuestión de un capricho del Papa, sino de una necesidad. En el siglo IV, la Iglesia se vio obligada a imponer este precepto para garantizar a sus fieles el mínimo de vida eucarística que necesitan. Vos sos consciente de la importancia que la Sagrada Escritura da a la obediencia… (cfr. Adán y Eva, diluvio, Abraham, Saúl…). Desde esta perspectiva, faltar a Misa es un acto de rebeldía.

 

5. Porque si no fueras cometerías un pecado mortal

 

Y no creo que te quieras ir al infierno por esto. Como sabés hay un precepto que obliga a los bautizados a asistir a Misa los domingos y fiestas. Es una obligación grave, de manera que su incumplimiento es una falta grave. No te olvides que un día te morirás… y te encontrarás a ese Dios a quien ahora estás tentado de ignorar… para darle cuenta de tu vida…

 

6. Porque necesitás de la Eucaristía para vivir una vida realmente cristiana.

 

Es una necesidad vital, de manera que sin la Eucaristía semanal, no te darían las fuerzas espirituales para vivir como un hijo de Dios.

 

7. Porque sin la Eucaristía no tendrías acceso a la vida eterna.

 

Jesús no dejó lugar a dudas: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre"; "en verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo de Dios y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros"; "el que come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna" (cfr. Juan 6,30-58).

 

8. Porque Jesús te invita a su mesa y sacrificio.

 

Él lo mandó explícitamente a sus discípulos al instituir la Eucaristía: "Haced esto en memoria mía". Asistir a Misa no es más que cumplir este mandato del Señor. Y no es sólo una memoria histórica, es una memoria que lo hace presente. Jesús te invita y se te entrega… no responder, ser indiferente su llamado, sería un desprecio bastante considerable.

 

9. Porque viviendo en una sociedad que en muchos aspectos no es cristiana, la Misa es la primera manera de defender, robustecer y manifestar nuestra fe.

 

Es necesaria para "proteger" tu espíritu del materialismo sofocante que nos rodea: que tu espíritu pueda al menos una vez a la semana "respirar" un aire espiritual. Además es el primer testimonio cristiano: los demás necesitan tu ejemplo. ¿Te das cuenta qué testimonio de fe da a los que no creen… quien dice creer y muestra no valorar lo que cree?

 

10. Porque es mucho mejor ir que no ir.

 

Puede parecer tonto… pero para quien aspira a lo mejor… alcanzaría sólo este motivo. Yo no creo que haya un plan más santo y santificante para el domingo.

 

La contradicción del católico no practicante. Y cómo se llega a serlo

 

Pocas cosas hay más inconsistentes que el llamado "católico no practicante". Es prácticamente una contradicción de términos. A veces uno escucha a alguien decirlo de sí mismo, incluso hasta con cierto dejo de orgullo… como si definiese su modo de ser católico con un calificativo normal, como si dijese un "católico hispanoparlante". Es decir como si fuese una variedad normal de católico, una opción más… Como si se pudiera ser un "buen católico" no practicante.

 

Pero si lo pensás… en realidad es un término bastante negativo, que tiene poco de honroso para quien se lo auto-atribuye, ya que significa "un católico que no vive como católico", "un católico que no es un buen católico", "un católico que no parece católico", "un católico que no vive lo que cree" o "que piensa que no vale la pena vivir lo que cree", "cuya fe no es lo suficientemente grande como para vencer su pereza", "un católico que piensa que su fe no es tan importante como para vivirla"; "que piensa que da igual vivir que no vivir su fe", etc.

 

Un católico que vive como si no lo fuera, que permanece siendo católico sólo en el campo teórico… va perdiendo también la fe… su adhesión a la doctrina católica… en primer lugar porque la va olvidando… Es cada vez menos católico. Se cumple lo de San Agustín: "el que no vive como piensa, termina pensando como vive". Su relación con Dios llegará a reducirse a compromisos sociales (bautismos, casamientos, primeras comuniones, confirmaciones, funerales…) y necesidades (salud, dinero, trabajo…) que sean tan imperiosas como para hacerle acordar que Dios existe y que uno debe dirigirse a Él.

 

Un problema serio de dejar de ir a Misa, es que significa el comienzo de una religiosidad centrada en uno mismo, en la que lo que Dios manda deja de ser la regla, para ser reemplazado por lo que yo siento, pienso, me cae bien, etc. Una religiosidad frente al espejo. Uno ha dejado de ponerse frente a Dios para ponerse frente a sí mismo. Como consecuencia de abandonar esta cita semanal con lo sagrado, comienza un proceso de insensibilización espiritual: la espiritualidad se va secando, el terreno del alma se va volviendo cada vez más árido para las cosas de Dios, que cada día mueven menos, aburren más, etc. Pecados que antes preocupaban… dejan de preocupar, cada vez son más los días que no se reza nada… El alma se va volviendo indiferente, pierde sensibilidad espiritual. Y esto sucede poco a poco. Quien deja de ir a Misa, al principio puede tener la impresión de que no ha pasado nada, de que todo sigue igual… pero no es así. Ha dejado de ser teocéntrico, de vivir centrado en la Eucaristía semanal. Ha desplazado a Dios del centro y esto se paga… Es como el pecador a quien puede parecer que su pecado no tiene consecuencias… pero tarde o temprano descubre que de Dios nadie se burla. Que sí tiene serias consecuencias dejar a Dios.

 

En el camino a ser un católico no practicante, el punto central es el abandono de la Misa dominical. Nunca encontrarás un motivo positivo para dejar de ir a Misa, que sea virtuoso, es decir que provenga de algo valioso, que dé valor al acto de no ir, que demuestre que es mejor no ir que ir.

 

Lamentablemente casi nadie ha dejado de ir a Misa por una decisión serenamente meditada, después de haber pensado y estudiado el asunto, habiendo racionalmente decidido que era mejor no ir. Es decir, casi nadie decide dejar de ir a Misa. Lo que pasa es que de hecho se deja de ir… sin saber bien por qué.

 

El iter [recorrido] es bastante común: uno deja de ir un domingo por dejadez y pereza, o porque le daba vergüenza confesarse; y como no se confesaba, no podía comulgar; y como no comulgaba se sentía mal en Misa; y como se sentía mal y le daba no sé qué no comulgar dejó de ir…Y después otro domingo, y uno se acostumbra a no ir… casi sin darse cuenta… y al final algunos tratan de justificar el incumplimiento de este deber básico del cristiano. El argumento final y definitivo para tapar la boca de la madre que insiste para uno que vaya es "vieja, no me hinches más…", lo que no parece un argumento muy convincente… No se quiere por nada que a uno le recuerden el tema… Es normal que muchos quieran no cumplir y olvidarse de que deberían…

 

Seriamente, ¿te has puesto a pensar qué es lo que Dios quiere que hagas? Si el domingo se te apareciera un ángel y le preguntaras: ¿Qué hago, voy a Misa o me quedo viendo una película?, ¿qué pensás que te contestaría?

 

Es claro que el más interesado en que no vayas a Misa es el demonio… De esto no cabe duda.

  

Motivos comúnmente aducidos para no ir a Misa

 

1. Pereza

 

"Prefiero quedarme durmiendo". En realidad los motivos que siguen son sólo excusas para cubrir este primero. No parece que sea un motivo muy racional, meritorio o valioso.

 

2. No tengo ganas/No lo siento

 

¿Desde cuándo tus ganas son ley que hay que obedecer? ¿Es que tus ganas son más importantes que la voluntad de Dios? Además a Misa no vas porque a vos te guste sino para agradar a Dios. Se va a Misa a honrar a Dios y no a honrarte a vos. Es decir que mientras que a Dios le agrade… no hay problema… la cosa va bien. Y si te cuesta… ¿acaso Dios no merece ese sacrificio que incluso hace más valioso y meritorio el acto?

 

3. Me aburro

 

La acusación más frecuente contra la Misa es que es aburrida. Refleja bastante superficialidad… en cuanto que a Misa no vamos a divertirnos… Y es un problema personal, en cuanto que no parece que Dios sea aburrido –es la perfección absoluta–. Además si tanta gente va a Misa con gusto, algunos incluso todos los días… será que algo le ven… que a vos se te escapa… La solución será descubrir qué tiene la Misa para que los cristianos la consideren tan importante.

 

4. Es siempre lo mismo

 

Si se tratara de una obra de teatro o de una película, estaría absolutamente de acuerdo con vos. Pero no es una representación teatral… Es algo vivo, que pasa ahora. No sos (al menos no deberías ser) un espectador. Sos partícipe, actor. Imaginate que alguien dejara de asistir a un asado porque en los asados siempre pasa lo mismo… (Perdón a la Misa por la comparación).

 

5. Desinterés

 

Las cosas de Dios no me interesan. Si Dios te resbala… estás en problemas… Habrá que ver cómo solucionar la falta de apetencia de lo divino… que te hace no apto para el cielo…

 

6. No tengo tiempo

 

No parece que lo que te pide Dios –una de las 168 horas de la semana– sea una pretensión excesiva. En concreto, quien te creó, te mantiene en el ser y te da lo que te queda de vida –y sólo Él sabe de cuánto se trata…– se merece el 0,59% del tiempo que Él te da. Si no tenés tiempo para Dios… ¿para quién lo vas a tener?

 

7. Otros planes mejores

 

No parece que a Dios le interese competir con el fútbol, hockey, cine… No te olvides que el primer mandamiento es "amar a Dios sobre todas las cosas"… Si tenés otros planes que te importan más que Dios… quizá el problema, más que en el tercer mandamiento, está antes en el primero…

 

8. Tengo dudas de fe

 

La fe es un don de Dios, con lo cual hay que pedirla. Alejarte de Dios, dejando de ir a Misa, no parece el mejor método para resolver dudas de fe e incrementarla… La frecuencia de sacramentos –confesión y comunión– es la más efectiva manera de aumentar la fe.

 

9. Estoy peleado con Dios

 

"Hubo algo que pasó en mi vida (la muerte de un ser muy querido, un fracaso muy doloroso, una enfermedad… o cualquier otra tragedia) que me hizo enojar con Dios: si Él me hace esto… ¿por qué yo voy a ir a Misa? Es la manera de mostrarle a Dios mi disconformidad con la forma de tratarme". Hay quienes dejan de ir a Misa como una manera de vengarse de Dios. Pero, en los momentos de dolor, ¿no será mejor refugiarnos en Dios y buscar su fortaleza más que reaccionar como un chiquito caprichoso de tres años? Él sabe más… Además, acusar de maltratarnos a quien más nos quiere y murió por nosotros… ¿no será demasiado? ¿No seré yo el que pierdo… alejándome de Dios?

 

10. "Hay gente que va y después se porta mal"

 

"Yo no quiero ser como ellos", decís seguro de vos mismo. "Además, hay otros que no van, y son buenos". Es evidente que ir a Misa sólo no basta. Pero, no se puede mezclar la física nuclear con el dulce de leche, ya que las dos cosas no tienen nada que ver. En aquellos que van y después no son honestos, lo que es malo es ser deshonestos… no el hecho de ir a Misa… que sigue siendo algo bueno aunque ellos después se porten mal… Además la causa de su supuesta deshonestidad no es el ir a Misa. Lo mismo se puede decir de los "buenos" que no van a Misa: su "bondad" no procede de su falta de Misa… y tan "buenos" no serán si les falta una dimensión tan importante de bondad como la bondad misma… es decir Dios. Por otro lado, yo creo que nadie en el mundo se atrevería a decir que los que no van a Misa son mejores que los que van… Finalmente, esto no es un concurso de bondad, ni comparaciones… sino tratar de determinar cuán bueno es ir a Misa. Y claramente, el dejar la Misa no mejora a nadie… en todo caso lo empeora…

 

11. No me he confesado y entonces no puedo comulgar

 

No es necesario comulgar, ni hay ninguna obligación de hacerlo. No comulgar no es pecado; no ir a Misa, sí. Además el problema se solucionaría bastante fácilmente con una breve confesión…

 

12. Llevarle la contraria a mis padres

 

Ofender a Dios para hacer sufrir a tus padres no parece una actitud muy inteligente…

 

13. El cura me cae mal

 

Por más tarado que te parezca el cura, no vas a Misa para darle el gusto, ni para hacerle un favor. Él no gana ni pierde nada con tu asistencia o ausencia. El que gana o pierde sos vos: tu amor a Dios. Además… estoy seguro de que la ciudad en que vivís es lo suficientemente grande como para que puedas encontrar alguno que te caiga más simpático…

 

Cómo conseguir pasárselo bien en Misa

 

1. El sistema básico consiste, primero, en ir a Misa: nunca nadie ha conseguido valorar la Misa a base de no ir.

 

2. El segundo punto consiste en tratar de vivir la Misa. Es decir, dejar de estar como una estatua y comenzar a estar atento, responder, rezar, cantar, evitar las distracciones, etc. Es decir que "gozar" la Misa depende más de vos que de la Misa…

 

3. Estudiar. No se ha inventado otro sistema para aprender lo que uno no sabe. Para gozar la Misa hay que entenderla, para entenderla hay que saber qué es. Hay muchísimos libros y folletos… los encontrarás en cualquier librería.

 

4. Leer y meditar los textos de la Liturgia. Tienen una riqueza inagotable, de manera que nadie que medite las partes y oraciones de la Misa puede aburrirse. Es absolutamente imposible. No se encuentra un límite, de manera que siempre se les puede sacar nuevos sentidos, matices, dimensiones, etc.

 

5. Prepararse. Hay oraciones lindísimas para preparar el corazón para tan importante encuentro con Dios.

 

Fuente: http://algunasrespuestas.blogspot.com/2005/10/por-qu-tengo-que-ir-misa-el-domingo.html

 

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¿Cómo llegamos a conocer la verdad?

(Curso de Apologética –Parte 2)

 

Raymond de Souza KM

 

En el artículo anterior vimos que nuestras mentes pueden aprehender la verdad por nuestra propia experiencia personal. Ahora veamos las otras tres vías.

 

Por simple razonamiento. En nuestros días de constante comunicación por Internet y por mensajes de texto y de menor contacto personal entre la gente, a veces el razonamiento es una habilidad que escasea. Pero puede hacerse, por supuesto, y por el razonamiento podemos conocer la verdad. Ejemplo: tú encuentras un reloj en la arena. Inmediatamente sabes que alguien lo dejó allí. Sabes que no surgió de la arena completamente listo y funcionando y que mucho menos se hizo a sí mismo. Ningún argumento de nadie te convencerá jamás de que nadie hizo el reloj. También sabes que no lo hizo un mono. Ni un oso koala australiano. Por lo tanto, la simple y clara razón te dice que sólo un ser con inteligencia podría hacerlo. Sabes que el reloj fue hecho por un hombre o un grupo de hombres. Así, el razonamiento es una buena manera de conocer muchas verdades importantes.

 

Por la mera comprensión de una verdad. Algunas verdades son tan auto-evidentes que no requieren un argumento para probarlas. Simplemente las conocemos. Sabemos que ellas son verdaderas tan pronto como las comprendemos. Ellas mismas nos muestran que son verdaderas. De ahí que sean llamadas verdades auto-evidentes. Ejemplo: una vez que tú sabes lo que es una pizza completa y lo que es una porción de esa misma pizza, inmediatamente sabes que la porción será siempre menor que la pizza completa, y la pizza será siempre mayor que cualquiera de sus porciones. No se requiere ningún razonamiento aquí. Nada de buscar una prueba fuera de la misma verdad. El todo siempre es mayor que cualquiera de sus partes. Esto lleva dentro de sí mismo su propia evidencia. Es una verdad auto-evidente.

 

Por la aceptación de la verdad con base en la autoridad de otro. Muchas verdades las tenemos que aceptar con base en la autoridad de otros. Cada día aceptamos decenas de verdades con base en la autoridad. La Historia está basada en este tipo de conocimiento. Tu esposa te llama al trabajo diciendo que tu hijo está seriamente enfermo y que lo ha llevado al hospital. Tú le crees. Llamas a un taxi, y el hombre te dice que estará allí en quince minutos. Tú le crees. Tomas su palabra por cierta. Tú sabes tu fecha de nacimiento con base en la autoridad de tus padres. Es lo mismo para otras innumerables verdades que aprendes de tus padres, de autoridades, de eventos históricos, etc.

 

El principio de no-contradicción

 

Es una señal típica de salud mental creer que una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y desde el mismo punto de vista.

 

Tu profesor marca una suma como errónea. ¿Por qué? Porque no puede ser correcta e incorrecta al mismo tiempo. Si pudiera, violaría el principio de no-contradicción. Entonces no sería una respuesta sino un absurdo, una contradicción de términos, como un ladrillo con dolor de cabeza o un ángel con dientes falsos.

 

Si un hombre piensa seriamente que él es un caballo que cultiva tomates en el espacio exterior mientras comanda las tropas persas contra Canadá, él es puesto en un manicomio. ¿Por qué? Sólo porque él está violando el principio de no-contradicción, que hace imposible que él sea un hombre y sin embargo no sea un hombre, al mismo tiempo y desde el mismo punto de vista.

 

El principio de no-contradicción es una ley universal de cordura. Es una verdad auto-evidente. Tenemos una certeza metafísica respecto a él. Y tratar de negarlo es hacer absolutamente imposible todo ulterior pensamiento y discurso. Es cometer un completo harakiri mental, la destrucción de toda forma de ciencia y conocimiento.

 

Hoy la gente a menudo no logra aplicar este principio en su búsqueda de la verdad. El resultado es sumamente alarmante. Es algo que rompe el corazón. Es la anomalía mental llamada relativismo. Quizás nunca antes en la historia los hombres han anhelado más ardientemente la verdad que lo que lo hacen hoy. Pero, por medio de la ignorancia de este primer principio, ellos han vuelto imposible para sí mismos encontrar jamás la verdad, o reconocerla cuando la encuentran.

 

Para ser capaz de participar efectivamente en la nueva evangelización, ser un auténtico apóstol del nuevo milenio, ayudar en la tarea de re-evangelizar a los bautizados –éstas son expresiones acuñadas por Juan Pablo II– y responder con una fe clara, de acuerdo con el credo de la Iglesia, a la dictadura del relativismo que está confrontando al mundo (Benedicto XVI), es necesario tener en mente con claridad estos principios básicos de cordura: la verdad es objetiva, no subjetiva; y nada puede ser y no ser al mismo tiempo y desde el mismo punto de vista. Fidelidad a la verdad significa salud mental.

 

Tres citas papales esenciales

 

“Es esencial desarrollar en sus Iglesias particulares una nueva apologética para las personas, de modo que ellas puedan entender lo que la Iglesia enseña y así poder dar razón de su esperanza (cf. 1 Pedro 3,15). Porque en un mundo en el que la gente está continuamente sujeta a la presión cultural e ideológica de los medios y a la actitud agresivamente anticatólica de muchas sectas, es esencial para los católicos conocer lo que la Iglesia enseña, entender esa enseñanza, y experimentar su poder liberador. Una falta de comprensión conduce a una falta de la energía espiritual necesaria para la vida cristiana y el trabajo de evangelización” (Juan Pablo II).

 

“La paz de Cristo no es ‘la ausencia de conflicto’ sino la ‘lucha contra el mal’… La paz de Jesús es el fruto de una lucha constante contra el mal. La batalla que Jesús ha decidido pelear no es contra los hombres o poderes humanos sino contra el enemigo de Dios y el hombre, Satanás. Los que desean resistir a este enemigo, permaneciendo fieles a Dios y el bien, necesariamente deben lidiar con incomprensiones y a veces con una persecución muy real. Así, los que pretenden seguir a Jesús y comprometerse sin componendas con la verdad deben saber que enfrentarán oposición y se convertirán, a pesar de sí mismos, en un signo de división entre las personas, incluso dentro de sus propias familias. Cristo no está buscando conformistas cansados, sino testigos de fe valiente, aquellos que arden en el fuego de su amor” (Benedicto XVI).

 

“Benedicto XVI llamó la ‘tiranía del relativismo’ a aquella que hace de cada uno su propio criterio y pone en peligro la coexistencia de los pueblos. Francisco de Asís nos dice que deberíamos trabajar para construir paz. ¡Pero no hay paz verdadera sin verdad! No puede haber paz verdadera si cada uno es su propio criterio, si cada uno siempre puede reclamar exclusivamente sus propios derechos, sin preocuparse al mismo tiempo por el bien de los otros, de todos, sobre la base de la naturaleza que une a cada ser humano en esta tierra” (Francisco).

 

(Artículo traducido del inglés por Daniel Iglesias Grèzes).

 

(Raymond de Souza es conductor de un programa de EWTN; coordinador regional de Human Life International [Vida Humana Internacional] para los países de habla portuguesa; presidente del Sacred Heart Institute [Instituto del Sagrado Corazón]; y miembro de la Soberana, Militar y Hospitalaria Orden de los Caballeros de Malta. Su sitio web es: www.RaymonddeSouza.com).

 

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Los 15 países más peligrosos para un cristiano

 

Millones de cristianos perseguidos por su fe. El diario británico The Guardian ha publicado una lista de los países del mundo en los que la persecución contra los cristianos es más dura. De los quince países más hostiles al cristianismo, catorce son musulmanes y el otro (Corea del Norte) es comunista. Junto a países devastados por la guerra, la lista incluye también algún «paraíso» turístico y varios «aliados» de Occidente.

 

(InfoCatólica/The Guardian). En muchas de estas naciones, los cristianos son una pequeña minoría, pero en algunos llegan a formar un tercio o incluso casi la mitad de la población.

 

Corea del Norte (número de cristianos: 300.000, un 1,2% de la población). Como en la antigua Roma, la adoración del líder es incompatible con el cristianismo. Los cristianos son considerados enemigos del Estado. Miles de ellos están en prisión y parece ser que muchos han sido torturados y ejecutados.

 

Somalia (número de cristianos: pocos cientos, menos del 1% de la población). El Islam es la religión del Estado, las conversiones al cristianismo son ilegales y los cristianos descubiertos a menudo son asesinados.

 

Irak (número de cristianos: 300.000, menos del 1% de la población). El número de cristianos disminuyó mucho tras la caída del régimen de Saddam Hussein. Las persecuciones han arreciado en todo el país y, en la zona controlada por el Estado Islámico, hay una política de conversiones forzosas, esclavitud y condiciones de vida inhumanas para los cristianos. Las ejecuciones de cristianos y las destrucciones de iglesias son públicas y a menudo se retransmiten a través de Internet.

 

Siria (número de cristianos: 1.100.000, un 4,9% de la población). Cientos de miles de cristianos han huido del país desde el comienzo de la guerra civil. En las zonas controladas por el Estado Islámico, se producen las mismas ejecuciones, conversiones forzosas y destrucciones de iglesias que en Irak.

 

Afganistán (número de cristianos: algunos miles, menos del 1% de la población). Apenas hay cristianos en el país. Los que hay deben mantener su fe en secreto, para evitar ser asesinados. No hay iglesias en Afganistán.

 

Sudán (número de cristianos: 1.900.000, un 4,8% de la población). La conversión está castigada con la pena de muerte. Muchos cristianos han sido encarcelados en virtud de las leyes anti-blasfemia. Diversas milicias han matado cristianos impunemente.

 

Irán (número de cristianos: 450.000, menos del 1% de la población). El Islam es la religión del Estado y las conversiones pueden acarrear la pena de muerte. Los extranjeros, así como los ciudadanos de origen armenio y asirio (muchos de ellos refugiados de la época del genocidio armenio), pueden ser cristianos, con muchas limitaciones. El Estado vigila y a menudo registra las iglesias y el “proselitismo” es castigado con penas de prisión.

 

Pakistán (número de cristianos: 5.300.000, un 2,8% de la población). Los cristianos son ciudadanos de segunda. En muchos casos, las mujeres y los niños cristianos han sufrido abusos, violaciones o matrimonios forzosos  Las leyes anti-blasfemia se utilizan contra los cristianos y diversas iglesias han sido objeto de ataques.

 

Eritrea (número de cristianos: 2.500.000, un 36,8% de la población). El Frente Popular para la Democracia y la Justicia, que tiene el poder en el país, considera que los cristianos son una amenaza. Ha habido multitud de ataques, torturas, palizas y encarcelamientos.

 

Nigeria (número de cristianos: 89.000.000, un 48,2% de la población). Desde la aparición de Boko Haram, miles de cristianos han sido secuestrados o ejecutados. Miles más han sido asesinados por otros grupos musulmanes. En el norte del país, predominantemente musulmán, el hostigamiento a los cristianos es habitual.

 

Maldivas (número de cristianos: decenas, menos del 1% de la población). La conversión al cristianismo implica la pérdida de la ciudadanía y se castiga con la muerte la posesión de una Biblia. Las iglesias están prohibidas y los pocos cristianos practican su fe en la clandestinidad.

 

Arabia Saudita (número de cristianos: 1.250.000, un 4,2% de la población). La mayoría de los cristianos son inmigrantes. La conversión está penada con la muerte y las iglesias están prohibidas. Los cristianos pueden ser encarcelados, torturados y deportados por su fe.

 

Libia (número de cristianos: 35.000, menos del 1% de la población). Los extranjeros pueden mantener iglesias, pero la conversión suele acarrear la muerte si se hace pública. El “proselitismo” es ilegal, al igual que las biblias en árabe.

 

Yemen (número de cristianos: unos miles, menos del 1% de la población). La fe se practica en secreto. Los jefes tribales castigan cualquier intento de conversión y los grupos islamistas secuestran y asesinan a cualquier cristiano.

 

Uzbekistán (número de cristianos: 210.000, un 7% de la población). El gobierno obliga a registrar cualquier actividad religiosa para controlarla. Desde hace más de quince años no se ha otorgado ningún permiso de construcción de iglesias. El hostigamiento policial contra los cristianos es frecuente. Los conversos se enfrentan a encarcelamientos, palizas y el destierro.

 

Fuente: http://infocatolica.com/?t=noticia&cod=24560

 

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El neomalthusianismo (1822-1873)

 

José Alfredo Elía Marcos

 

Las tesis de Malthus son rápidamente asimiladas por las élites liberales para justificar la riqueza de estas y el control de las clases pobres. Aceptan esa “ley natural” que obliga a la población a crecer con mayor rapidez que la provisión de alimentos, lo cual explicaría el hecho de que la pobreza y el hambre persistan en la sociedad. Un miedo obsesiona a las élites y es el temor a una catástrofe que lleve a un “estallido de población” capaz de revertir el orden social, similar al que sucedió en la revolución francesa. Se plantean pues controlar la población mediante la pobreza, la desnutrición, el hambre, la enfermedad, la guerra y el vicio. Métodos que formarían parte del proceso natural que mantiene adaptada la población a una deficiente provisión de alimentos.

 

Pero los continuadores de Malthus añaden un aspecto crucial al análisis del economista inglés, y por eso se llamarán así mismo Maltusianos modernos o neomalthusianos: defienden el uso de métodos antinatalistas. Para ellos la anticoncepción es el remedio principal que soluciona todos los males del mundo: la erosión terrestre, la guerra, el hambre y las enfermedades.

 

2.1. Francis Place y Charles Knowlton

 

Francis Place (1771-1854) fue un sastre inglés que en sus tiempos libres se dedicaba a fomentar el uso de anticonceptivos. En 1794 ingresa en la London Corresponding Society para dedicarse a la política. En 1822 publicó el controvertido libro Illustrations and proofs of the principles of population (Ilustración y pruebas del principio de población) en respuesta a la obra de Malthus, donde exponía que los métodos anticonceptivos eran un excelente medio para controlar la población de pobres y degenerados de Inglaterra. Francis Place encontró apoyo en numerosos pensadores materialistas de la época como Joseph Hume, Francis Burdett, Jeremy Bentham y John Stuart Mill.

 

En los Estados Unidos, Charles Knowlton (1800-1850), influido por la obra de F. Place, publica en 1832 el libro Frutos de filosofía, donde defendía y explicaba métodos anticonceptivos para personas casadas, describiendo el coito interrumpido como método anticonceptivo eficaz. Knowlton era un médico que realizaba exhumaciones clandestinas de cadáveres para realizar experimentos anatómicos. En 1829 publica Los elementos del materialismo moderno, un texto en el que confiesa su increencia y su profundo odio al cristianismo.

 

2.2. Las ligas neomalthusianas

 

Las ideas de Francis Place y Charles Knowlton prendieron en bastantes personas de variadas ideologías políticas: liberales, radicales, y anarquistas. Para los liberales el neomaltusianismo es una forma de controlar el crecimiento de los pobres, para los socialistas es la manera más eficaz de evitar el desigual reparto de la riqueza, mientras que para los anarquistas es el medio de hacer la guerra a la actual sociedad burguesa. A lo largo del s. XIX se empiezan a crear en diferentes países, ligas neomalthusianas que defendían los métodos anticonceptivos y lo que denominaban “amor libre”, una especie de relación afectivo-sexual sin compromisos. Las consecuencias de estos planteamientos no se hicieron esperar. Las rupturas matrimoniales y la violencia dentro de las familias empezaron a ser frecuentes, por lo que se empieza a legalizar el divorcio, como medio drástico de resolver el problema.

 

Los principales promotores del neomaltusianismo serán Francis Place, Annie Besant, R. Drysdale y Charles Bradlaugh en Inglaterra. En EE.UU. Charles Knowlton y Robert Dale Owen. En Francia Paul Robin creará la “Liga para la regeneración humana”. En Holanda el Dr. Rutgers publicará “Net Malthusiabschelbond”, y en Alemania los doctores Alfred Bersntein, Julius Moses y Clara Zetkin se encargarán de difundir la ideología anticonceptiva y antinatalista. En España será el anarquista Luís Bulffi, quien divulgará el planteamiento neomalthusiano con la obra Huelga de vientres (1906).

 

En 1860 el periodista Charles Bradlaugh crea en Londres la Malthusian League. Con el objetivo de difundir los métodos anticonceptivos entre las clases pobres y limitar sus familias. Asociación que fue impulsada años más tarde por el político R. Drysdale. Juntos editaron la revista The Malthusian, en la que divulgaban la necesidad de mantener controlada la población de los pobres mediante los métodos anticonceptivos.

 

“El matrimonio está llamado a desaparecer, porque el amor, como los demás apetitos, está sometido a mutaciones, mientras que la institución matrimonial es algo rígido e inflexible” (Drysdale, citado por: Eloy Montero, Neomaltusianismo, eugenesia y divorcio, 1932).

 

Annie Besant (1847-1933) se dedicó a divulgar la anticoncepción en folletos (Law of Population) que ella misma vendía logrando importantes ingresos. Junto con Charles Bardlaugh distribuyeron más de 180.000 copias del libro de Knowlton en Inglaterra.

 

2.3. Desarrollo de los métodos anticonceptivos

 

A lo largo del s. XIX diversos médicos empiezan a crear los más variados métodos anticonceptivos, principalmente de barrera. En 1838 Friedrich Adolph Wilde, desarrolla una funda cervical o DIU. En 1843 se crea el condón. En 1866 un médico de Edimburgo, Albutt, describió en su libro The wife handbook un método anticonceptivo que consistía en un lavado vaginal post coitum con una solución de sulfato de potasio y agua. En 1881 el alemán Wilhelm Mensinga diseña el primer diafragma y en 1885 Walter Rendez crea unos supositorios de quinina como método abortivo. Con el descubrimiento de la vulcanización de la goma, a partir de 1875 se difundió el condón. La primera fábrica productora de profilácticos de goma fue la compañía de neumáticos Goodyear.

 

En la década de 1870, las farmacias vendían supositorios químicos, esponjas vaginales y tampones medicamentosos. Todos estos productos eran acompañados por información gráfica que animaba a las mujeres a introducirse en el cuerpo extraños artilugios o pócimas agresivas que se convertían en crueles abortivos y que producían profundos desgarros y hemorragias en las que lo usaban.

 

La mentalidad anticonceptiva trajo como consecuencia un alto número de abortos, infanticidios y niños abandonados, tanto en Europa como en América.

 

2.4. Opositores al neomalthusianismo

 

No fueron pocas las voces que se levantaron contra el neomaltusianismo, principalmente de los movimientos socialistas, del feminismo sufragista y de las iglesias cristianas.

 

Karl Marx llegó a insultar y ridiculizar el “parson de Malthus” como despreciable y como un “desvergonzado adulador de las clases imperantes”. Marx reconoció que el maltusianismo era una defensa de la burguesía capitalista y por lo tanto constituía un ataque al socialismo y a los propios obreros.

 

El sufragismo feminista moderado de mediados del s. XIX fue contrario al aborto y a las prácticas anticonceptivas por considerarlas muy peligrosas para la salud de las mujeres además de exponerlas a la explotación machista.

 

2.5. Comstock y la lucha contra el vicio

 

La profusión del neomaltusianismo en los Estados Unidos impulsó la anticoncepción, el aborto y la pornografía. Todo ello trajo como consecuencia gran cantidad de rupturas y abusos familiares. La

moral pública fue un hecho que preocupó a los gobernantes. Un evangelista de nombre Anthony Comstock lideró un movimiento contra la inmoralidad con el fin de proteger a las familias, los niños y los adolescentes. Para ello fundó la Sociedad para la Eliminación de Vicios. Comstock luchaba contra los vicios sociales presionando a los legisladores. Viajaba periódicamente a Washington DC para convencer a los congresistas de la necesidad de crear leyes que protegieran a las familias de la pornografía. Su labor fue recompensada en 1873, con el establecimiento de una ley federal que prohibía el transporte de productos obscenos, inmorales o lascivos por el correo. La ley establecía hasta diez años de cárcel para los infractores y fue conocida por Ley Comstock.

 

El propio Comstock fue nombrado Agente Especial del Departamento de Correos de Estados Unidos. En un solo año, más de 6 toneladas de placas pornográficas, 60 toneladas de libros pornográficos, 200 mil fotos e imágenes, 31.500 cajas de píldoras y pociones, y más de 60.000 artículos obscenos fueron destruidas. En 1915, el presidente de Estados Unidos Woodrow Wilson nombra a Comstock para liderar la delegación americana en la Conferencia Internacional de la Pureza.

 

Otros continuadores de la labor de Comstock fueron el reverendo Billy Sunday (1862-1935) y el padre John Ryan, que lucharon contra la venta de bebidas alcohólicas, la pornografía, los anticonceptivos y otros males sociales.

 

La historiadora Leslie Reagan reconoce que la labor de Comstock consiguió reducir enormemente el aborto en los Estados Unidos hasta 1960, simplemente porque “durante aproximadamente un siglo entero el aborto era considerado un crimen y ningún movimiento social sugería lo contrario”.

 

Hubo que esperar a 1920 y a 1953 para que dos personajes destruyeran el trabajo de Comstock: Margaret Sanger, fundadora de la IPPF, que desafió las leyes de Comstock difundiendo y promocionando los métodos anticonceptivos amparándose en la salud y la libertad sexual de las mujeres, y Hugh Hefner, fundador del imperio Playboy, quien creó toda una industria multimillonaria de la pornografía amparándose en el derecho a la libertad de expresión de la prensa escrita.

 

(José Alfredo Elía Marcos, Las lágrimas de Raquel. Historia, ideologías y estrategias de la guerra contra la población, 2011, Capítulo 2, El neomalthusianismo (1822-1873), en:

http://laguerracontralapoblacion.blogspot.com/2011/03/2-el-neomalthusianismo-1822-1873.html).

 

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La cruz, la hoz y el martillo –1

 

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

 

Parte I. “Cristianismo y Revolución

 

La revista Cristianismo y Revolución, publicada en Argentina de 1966 a 1971, fue un emblema del catolicismo marxista y una de las fuentes intelectuales de la guerrilla argentina. Dirigida por el ex seminarista Juan García Elorrio hasta su fallecimiento en 1970 y posteriormente por Casiana Ahumada, fue un medio de expresión del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, de varias organizaciones guerrilleras argentinas y latinoamericanas (incluyendo a los Tupamaros, de Uruguay) y de agrupaciones obreras de extrema izquierda. Cristianismo y Revolución es un ejemplo paradigmático de lo que C. S. Lewis llamó el “cristianismo y”, es decir una combinación del cristianismo con otra cosa, hecha de tal modo que toda la atención se centra en esa otra cosa. La lectura del índice completo de los 30 números publicados de Cristianismo y Revolución basta para convencerse de que los responsables de la revista estaban infinitamente más interesados en la revolución que en el cristianismo. No se encuentra en ella ningún tema puramente religioso, sino sólo temas políticos, tratados desde un punto de vista revolucionario, de tendencia marxista. A continuación citaré los títulos de una pequeña parte de los artículos publicados en esa revista, para dar una idea de su tendencia ideológica:

 

·         Revolución Cultural China. Sus 16 principios (Nº 4, Mar. 1967)

·         Debray, Regis, América Latina. Teoría y revolución (Nº 5, Nov. 1967)

·         Camilo Torres: Vida, acción y revolución. Testimonio de un comandante del ELN de Colombia (Nº 5, Nov. 1967)

·         Castro, Fidel, Homenaje al Che (Nº 5, Nov. 1967)

·         Gutiérrez, Carlos María, Fidel, el cristiano. Reportaje al Nuncio del Papa en Cuba (Nº 6/7, Abr. 1968)

·         Programa político del FNL de Vietnam del Sur (Nº 6/7, Abr. 1968)

·         Ponencia de los Sacerdotes Católicos, delegados del Congreso Cultural de La Habana (Nº 6/7, Abr. 1968)

·         Encuentro Latinoamericano Camilo Torres, Alerta: a los cristianos de América Latina por el viaje del Papa (Nº 8, Jul. 1968)

·         Camilo o el Papa (Nº 9, Sep. 1968)

·         La justa violencia de los oprimidos para su liberación. Apelación de sacerdotes al CELAM (Nº 9, Sep. 1968)

·         Molina, Gabriel, Los guerrilleros de Salta. El desprecio a los que lloran (Nº 11, Nov. 1968)

·         Méndez, Federico Evaristo; Jouvé, Juan Héctor, Carta abierta a Ricardo Rojo. Los revolucionarios tienen compañeros, no amigos (Nº 11, Nov. 1968)

·         Illich, Iván, El clero, una especie que desaparece (Nº 11, Nov. 1968)

·         Kim Il Sung, Che Guevara (Nº 11, Nov. 1968)

·         Marighella, Carlos, La lucha armada en Brasil (Nº 12, Mar. 1969)

·         Los curas que se casan. Los curas que se juegan (Nº 13, Primera quincena Abr. 1969)

·         Fidel Castro explica la Revolución Universitaria (Nº 13, Primera quincena Abr. 1969)

·         García Elorrio, Juan, Editorial: Los traidores de Medellín (Nº 14, Segunda quincena Abr. 1969)

·         Gil Solá, Jorge, Quieren guerra, tendrán guerra (Nº 15, Primera quincena Mayo 1969)

·         La violencia es natural (Nº 15, Primera quincena Mayo 1969)

·         Solidaridad revolucionaria. Para el juicio del Pueblo (Nº 16, Segunda quincena Mayo 1969)

·         Eliaschev, José R., Los guerrilleros y los traidores (Nº 16, Segunda quincena Mayo 1969)

·         Comité Central de Al Fataj, Manifiesto de Al Fataj (Nº 16, Segunda quincena Mayo 1969)

·         Mendoza: curas por un socialismo latinoamericano (Nº 17, Jun. 1969)

·         Obispos con Fidel (Nº 17, Jun. 1969)

·         Cuba y Viet Nam, Discurso de Fidel Castro en apoyo del FNL (Nº 18, Jul. 1969)

·         La dictadura enfrenta y persigue a los verdaderos cristianos (Nº 19, Ago. 1969)

·         Castro, Fidel, Fidel se define sobre Perú (Nº 19, Ago. 1969)

·         Violenta interpelación sacerdotal a los Obispos Brasileños (Nº 20, Sep.-Oct. 1969)

·         Ho Chih Minh, Su testamento político (Nº 20, Sep.-Oct. 1969)

·         Revolucionarios brasileños liberados llegan a Cuba (Nº 21, Nov. 1969)

·         Corrientes: la reacción de Su EminenCIA (Nº 23, Abr. 1970)

·         Ongaro, Raimundo, La justicia del pueblo sancionará a los domesticados colaboracionistas (Nº 24, Jun. 1970)

·         Ejército de Liberación Nacional boliviano, Volvimos a las montañas (Nº 25, Sep. 1970)

·         Chile: Nuevo fracaso del reformismo en América Latina (Nº 25, Sep. 1970)

·         Hablan los Montoneros (Nº 26, Nov.-Dic. 1970)

·         Chile: Por la razón o por la fuerza (Nº 26, Nov.-Dic. 1970)

·         Habla el Movimiento de Izquierda Revolucionaria: entrevista con Fernando Gutiérrez, del Secretariado Nacional del MIR (Nº 26, Nov.-Dic. 1970)

·         Una Navidad combatiente (Nº 27, Ene.-Feb. 1971)

·         Reportaje al ERP (Nº 27, Ene.-Feb. 1971)

·         J.R.E., España: Euzkadi ta aktatasuna. País vasco libre (Nº 27, Ene.-Feb. 1971)

·         La Justicia del Pueblo (Nº 28, Abr. 1971)

·         MR2: El enfrentamiento armado es inevitable (Nº 28, Abr. 1971)

·         Reportaje a la guerrilla argentina (Nº 28, Abr. 1971)

·         Duejo, Gerardo, Un programa socialista: única salida real para la clase trabajadora (Nº 29, Jun. 1971)

·         Chile: Los cristianos en la construcción del socialismo (Nº 29, Jun. 1971)

·         Si Evita viviera sería Montonera (Nº 30, Sep. 1971)

·         Dri, Rubén, Ya se acerca la hora de la liberación (Nº 30, Sep. 1971)

·         Chile: quebrarle la mano al freísmo (Nº 30, Sep. 1971)

 

Durante su corta vida, la revista argentina Cristianismo y Revolución dedicó bastante espacio al Uruguay. A continuación indicaré los títulos de sus artículos de autores uruguayos o sobre temas referidos al Uruguay.

 

·         Spadaccino, Arnaldo, De la Mater et Magistra a la Populorum Progressio (Nº 5, Nov. 1967)

·         Declaración del MRO (Movimiento Revolucionario Oriental, Uruguay) (Nº 5, Nov. 1967)

·         Galeano, Eduardo, La protesta en la boca de los fusiles (Nº 6/7, Abr. 1968)

·         Zaffaroni, Juan Carlos, La juventud uruguaya frente al ideario político de Camilo Torres (Nº 6/7, Abr. 1968)

·         Seminario de CLASC en Uruguay (Nº 6/7, Abr. 1968)

·         Llamamiento para la Liberación. Documento de la Jornada de Montevideo (Nº 8, Jul. 1968)

·         Encuentro Latinoamericano Camilo Torres, Mensaje de Solidaridad con el sacerdote Juan Carlos Zaffaroni del Uruguay (Nº 8, Jul. 1968)

·         Pbro. Zaffaroni, Juan Carlos, Los Cristianos y la violencia (Nº 9, Sep. 1968)

·         Tupamaros: 30 preguntas a un Tupamaro (Nº 10, Oct. 1968)

·         Núñez, Carlos, Estos son los Tupamaros (Nº 15, Primera quincena Mayo 1969)

·         Giglio, María Esther, Reportaje a un Tupamaro (Nº 17, Primera quincena Jun. 1969)

·         Los Tupamaros en Uruguay y Marighela en Brasil (Nº 21, Nov. 1969)

·         Tarreche, Eduardo, Uruguay: 1969: balance de un ejercicio revolucionario (Nº 23, Abr. 1970)

·         Torturas: rutina pachequista (Nº 23, Abr. 1970)

·         Indalecio Olivera: el combate de un cura tupamaro (Nº 23, Abr. 1970)

·         Contreras, Orlando, Tupamaros: poder paralelo (Nº 25, Sep. 1970)

·         Chato Peredo, Del ELN al MLN (Nº 25, Sep. 1970)

·         Zabalsa Waksman, José Pedro, Ricardo Zabalsa: tupamaro muerto en Pando (Uruguay) (Nº 25, Sep. 1970)

·         Comunicado del MLN Tupamaros dado en Buenos Aires (Nº 25, Sep. 1970)

·         Tupamaros: Reportaje a Urbano (Nº 27, Ene.-Feb. 1971)

·         Paraguay: el caso Monzón (Nº 30, Sep. 1971)

 

La mera lectura de estos títulos causa tristeza. ¡Qué gran pena que tantos católicos latinoamericanos se hayan dejado seducir por la falsa ideología marxista, despreciando el tesoro de sabiduría contenido en la Doctrina Social de la Iglesia! El Señor no permita que este grave error se repita.

 

Parte II. Un prólogo del Padre Spadaccino

 

En esta parte comentaré algunos textos extraídos de: Pbro. Arnaldo Spadaccino, Prólogo, en: Encíclicas Populorum Progressio (de Pablo VI) y Mater et Magistra (de Juan XXIII), Editorial Diálogo, La Paz-Canelones, 1967. He tomado conocimiento de esos textos a través de citas encontradas en: Pbro. Felix García Álvarez, Consideraciones a propósito de la gravitación de la Iglesia en la Constituyente de 1830 y sus consecuencias. ¿Existió crisis contemporánea en la Iglesia uruguaya?, Imprenta Arias, San Carlos-Maldonado, 1981, pp. 104-108. Aunque este último libro tiene un valor relativo, con algunos aspectos de carácter panfletario, posee al menos la virtud de contribuir a conservar, a través de las citas mencionadas, el interesante escrito referido del Pbro. Spadaccino, quien fue un sacerdote muy influyente del clero secular montevideano (en 1970 era el Responsable de Pastoral de la Arquidiócesis de Montevideo). A continuación reproduciré los textos en cuestión del Pbro. Spadaccino, indicando las páginas correspondientes del referido Prólogo.

 

El autor se congratula de las profundas analogías que él cree encontrar entre la doctrina de la Encíclica Populorum progressio (publicada en marzo de 1967) y la doctrina marxista: “Sin embargo, creo que en ningún otro documento hasta ahora podrían señalarse profundas analogías con la doctrina marxista. La Iglesia ha dejado de tener miedo” (Pbro. Arnaldo Spadaccino, o. c., pp. 14-15).

 

El Pbro. Spadaccino sugiere implícitamente que antes de 1967 la Iglesia tenía miedo de plantear “profundas analogías con la doctrina marxista”. Pronto veremos que esas “profundas analogías  no son tales, pero de momento me interesa subrayar que esta visión de un Magisterio de la Iglesia supuestamente dominado por el miedo no es compatible con la fe católica. Dicha visión parece provenir, en cambio, de la interpretación “rupturista” del Concilio Vaticano II, que ve a éste como una especie de quiebre en la historia de la Iglesia y casi como un nuevo comienzo absoluto, que obliga a descartar casi todo lo que es “pre-conciliar”.

 

Veamos ahora cuáles son las “profundas analogías” entre cristianismo y marxismo señaladas por el autor: “Sin indicar paternidades o prioridades históricas en las formulaciones y sin miedo a los suspicaces, anotamos algunos puntos de esta covisión [visión común al cristianismo y el marxismo].

 

-En ambas doctrinas hay un profundo mesianismo. (…)

-Cualquiera podría reprocharles un exceso de confianza en el hombre y en su educación para poder formar una comunidad universal. (…)

-Las denuncias formuladas sobre las injusticias actuales, en una forma más dura de lo que hasta ahora se había hecho. Frases que en otro contexto pueden ser llamadas marxistas.

-Una doctrina de la evolución y de la marcha histórica con una mayor posesión del mundo y de sus riquezas para una mayor paz y desarrollo pleno del hombre.

-La necesidad de una fraternidad universal para la marcha común.” (Íbidem, p. 13)

 

Analicemos punto por punto estas cinco “profundas analogías”:

 

1.      No negaré que hay una semejanza entre mesianismo cristiano y mesianismo marxista, pero se trata sólo de una semejanza superficial. Hay una distancia abismal entre la redención cristiana y la dialéctica marxista. El Hijo de Dios, hecho hombre para nuestra salvación, nos reconcilió con Dios y entre nosotros dando su vida por amor en la Cruz. Somos salvados por la gracia de Dios en Cristo, aceptada libremente por el hombre con fe, esperanza y caridad. En cambio, en la doctrina marxista (atea y materialista), Dios está totalmente ausente y el hombre se “salva” a sí mismo construyendo, mediante la lucha de clases, una sociedad sin clases, un utópico “paraíso en la tierra”. Se trata en este caso de un inmanentismo radical.

 

2.      No corresponde reprochar al cristianismo un exceso de confianza en el hombre. En último análisis, el cristiano no pone su confianza absoluta en el hombre, a quien sabe pecador, sino en Dios; pero sabe también que el Espíritu Santo es capaz de santificar verdaderamente al hombre que coopera libremente con la gracia de Dios. La comunidad universal llamada “Iglesia” no es formada meramente por el hombre y su educación. Es una comunidad humano-divina, una obra de Dios uno y trino que se manifiesta visiblemente en una comunidad humana. En cambio, sí es correcto reprochar al marxismo una excesiva confianza en el “hombre nuevo” nacido de la revolución socialista. Este “hombre nuevo” es el mismo que construyó el GULAG soviético y el que aún mantiene los laogai en China.

 

3.      Los cristianos podemos coincidir con los marxistas (y también con los liberales y los partidarios de otras ideologías) en la denuncia de ciertas injusticias, pero ambas denuncias proceden de visiones y diagnósticos muy diferentes y conducen a respuestas muy diferentes entre sí. Para el cristiano, la injusticia tiene su más honda raíz en el pecado, que se combate mediante la unión con Cristo Redentor. En cambio, para el marxista la injusticia social es una etapa necesaria en la evolución dialéctica de la historia, que será superada mediante una lucha de clases necesariamente violenta. Según él, la violencia es la partera de la historia.

 

4.      El cristianismo es una religión que reconoce la relativa autonomía de los asuntos temporales, por lo cual no ofrece recetas concretas para la construcción de una sociedad perfecta en el terreno económico y político; sí ofrece principios morales que permiten orientar la acción de los individuos y las sociedades de acuerdo con la voluntad de Dios revelada por Cristo. En cambio, el marxismo se presenta a sí mismo como una ciencia (el “socialismo científico”) y cree poseer la clave de interpretación adecuada de la historia pasada y de la realidad presente y la fórmula exacta para pronosticar y edificar el desarrollo futuro de la sociedad perfecta, la sociedad colectivista.

 

5.      La fraternidad cristiana está basada en una filiación común: todos los hombres son o están llamados a ser hermanos, porque son o están llamados a ser, en Cristo, hijos de un mismo Padre.

El colectivismo materialista, pese a las aspiraciones con frecuencia nobles de sus partidarios, es incapaz de construir una verdadera fraternidad, debido a su desconocimiento del Padre común a todos los hombres. Se corre así el terrible riesgo de edificar una “fraternidad” puramente biológica, semejante a la de un hormiguero o una colmena.

 

Consideremos ahora lo que el autor escribe acerca de la revolución violenta: “No hay duda alguna de que el cristianismo es un mensaje de paz entre los hombres, que la única violencia es la que debemos realizar sobre nosotros mismos, sobre nuestros egoísmos y desequilibrios, para poder vivir de verdad al servicio de nuestros prójimos.

 

Con todo, los filósofos y teólogos cristianos han hablado siempre del derecho a la guerra justa, a la pena de muerte, a la legítima defensa, aún hasta la muerte del que injustamente agrede a muerte.

Por influencia del Hinduismo y de otras comunidades cristianas, hay una corriente del pensamiento católico que ha optado por la no violencia y el pacifismo absoluto. Por la influencia del marxismo, teóricos y prácticos del catolicismo perciben la violencia actual de este mundo que oprime en sus derechos fundamentales de personas a una gran mayoría de hombres en el mundo entero. Fundamentado en algunas doctrinas tradicionales de la Iglesia y en la experiencia revolucionaria de algunos países, se inclinan a sostener lo que podríamos llamar un “derecho revolucionario”. Ésta es la tensión hacia adentro de la Iglesia Católica.” (Íbidem, p. 17).

 

Aquí el Pbro. Spadaccino describe de un modo muy tendencioso “la tensión hacia adentro de la Iglesia Católica” en torno al problema de la legitimidad de la insurrección violenta en el contexto concreto de la América Latina de los años sesenta del siglo XX. En este ámbito, el conflicto principal se dio entre los católicos fieles a la doctrina católica tradicional, que establece un conjunto de condiciones muy estrictas para que se dé efectivamente el derecho a la insurrección violenta contra una tiranía (condiciones que evidentemente no se cumplían en ese contexto), y los católicos influenciados por la doctrina marxista y la revolución cubana, que creían en ese entonces en la inevitabilidad de la revolución socialista por la vía armada en toda América Latina y en la necesidad de que, en ese contexto, la Iglesia Católica “tomara partido por los oprimidos”, es decir por el socialismo. El autor, en cambio, presenta falsamente este conflicto como una tensión entre un imaginario grupo de católicos partidarios de un pacifismo absoluto de raíz gandhiana o cuáquera y el grupo real de católicos que, por influencia del marxismo, percibía una “violencia institucionalizada” de los gobiernos latinoamericanos (dictatoriales o democráticos) que mantenía oprimidos a los pobres en un régimen de explotación capitalista y que, aplicando erróneamente la doctrina católica tradicional, legitimaba la adhesión del cristiano a la revolución socialista en curso.

 

Continúa el Pbro. Spadaccino: “La Iglesia siempre advirtió de los peligros de la revolución… y advirtió de los peligros de la situación actual que provocaba a los despojados a una revolución violenta. (…)

 

Creo que también puede entenderse tiranía económica, como poco más arriba se señala de los efectos del capitalismo liberal.” (Íbidem, p. 17).

 

El autor es consciente de que en 1967 en muchos países de América Latina (como el Uruguay) no se daba siquiera la primera condición para la legitimidad de una insurrección, según la moral católica: o sea, la existencia de un gobierno tiránico. Por eso, de un modo muy cuestionable, estira el concepto de “tiranía” para abarcar el régimen capitalista, entendido como “tiranía económica”. Además califica al capitalismo vigente en nuestro sub-continente como “liberal”, para hacer recaer sobre él todo el peso de las reiteradas condenas del Magisterio de la Iglesia al liberalismo económico clásico.  Sin embargo esta calificación resulta sumamente dudosa. Por ejemplo, en el caso uruguayo el régimen económico se caracterizaba por un muy alto grado de intervencionismo estatal, como herencia del batllismo, que podría ser visto como una especie de “socialismo a la uruguaya”. Además, aunque la Iglesia rechace el capitalismo liberal, no por eso respalda automáticamente una revolución violenta para sustituir dicho sistema económico por otro.

 

A continuación el Pbro. Spadaccino, aunque de un modo confuso, parece sugerir, en un mensaje dirigido directamente a “los cristianos comprometidos”, que la insurrección revolucionaria era justa o justificable en aquellas circunstancias (¡en el Uruguay de 1967!): “No se puede combatir un mal real al precio de un mal mayor. Es por lo tanto una cuestión de prudencia, de posibilidad de mayor bien, a la corta o a la larga. La fijeza prolongada con todos sus desórdenes, puede justificar aún en el orden de los principios doctrinarios, la prolongación de un estado de insurrección revolucionaria necesariamente prolongado. (…)

 

Para los cristianos comprometidos. Participar o fomentar una insurrección revolucionaria no es una cuestión de oportunismo, según se libre o no de actuar como partido político, ni de cartel para la gran masa de ciudadanos. Es, en primer lugar, una cuestión de conciencia y un asunto de justicia.” (Íbidem, p. 17).

 

Veamos ahora otro párrafo de Spadaccino: “El tema, así como la “tentación revolucionaria”, da como para una próxima encíclica que esperamos en la medida que esté madura una opinión en la Iglesia, entre tanto corresponde a todos elaborar opiniones y doctrinas y tomar actitudes concretas.” (Íbidem, p. 21).

 

Al parecer, el autor no quedó satisfecho con la encíclica Populorum progressio, porque –en lo referente al tema analizado aquí– Pablo VI no hace más que reiterar la doctrina católica tradicional sobre la insurrección legítima. El autor expresa su esperanza de que en la Iglesia Católica se produzca una evolución que haga “madurar” su doctrina. No parece arriesgado suponer que él esperaba que esa evolución tendría un sentido “progresista” y se manifestaría algún día en una nueva encíclica más afín con la posición marxista. En un momento humorístico de su extraño libro, el Pbro. Felix García Álvarez acota que esa encíclica “la escribirá el Pbro. Spadaccino cuando sea Papa”. Spadaccino insinúa otro error grave al decir que “entre tanto [es decir, hasta que no se escriba su imaginaria encíclica] corresponde a todos elaborar opiniones y doctrinas y tomar actitudes concretas”, al parecer libremente, sin preocuparse de mantenerse fieles a la doctrina católica vigente.

 

Concluiré este artículo comentando otras dos citas del Pbro. Spadaccino: “Si la Iglesia tuvo en el pasado esa participación, y ahora está arrepentida de ello, debe decirlo en este momento de revisión y fidelidad profunda.” (Íbidem, p. 21). “La Iglesia que no está por los vientos del momento, sigue sosteniendo que la propiedad privada ayuda a la realización del hombre.” (Íbidem, p. 15).

 

En la primera frase, el autor parece sugerir que hasta el presente la Iglesia ha participado de un modo negativo en la lucha de clases, apoyando a la clase explotadora, lo cual es un grueso error histórico y teológico. En la segunda frase, pese a su ambigüedad, el autor parece lamentar que la Iglesia no se sume a la corriente (que entonces a muchos parecía destinada a un triunfo global inevitable) de la revolución socialista, orientada a eliminar la propiedad privada de los medios de producción. Efectivamente, la Iglesia Católica –y ésta es una de sus notas de gloria– no se dejó llevar por “los vientos del momento” y siguió sosteniendo firmemente que la propiedad privada es un derecho natural, pero no absoluto, en razón del destino universal de los bienes. Así la Iglesia defendió al hombre del sistema socialista, el que, dondequiera se aplicó integralmente, se reveló muy pronto y muy claramente como inhumano. (Continuará).

 

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Memorare

 

Fray Luis de Granada, O.P. (1504-1588)

 

No me desampare tu amparo,
no me falte tu piedad,
no me olvide tu memoria.
Si tú, Señora, me dejas, ¿quién me sostendrá?
Si tú me olvidas, ¿quién se acordará de mí?
Si tú, que eres Estrella de la mar
y guía de los errados, no me alumbras, ¿dónde iré a parar?
No me dejes tentar del enemigo,
y si me tentare, no me dejes caer,
y si cayere, ayúdame a levantar.
¿Quién te llamó, Señora, que no le oyeses?
¿Quién te pidió, que no le otorgases?

 

Fuente: http://www.devocionario.com/maria/oraciones_4.html#O3

 

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“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

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