Fe y Razón

Revista virtual gratuita de teología

Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 110 –1° de junio de 2015

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

(“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”)

Santo Tomás de Aquino

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío

Equipo de Dirección

Magisterio

Homilía en el Corpus Christi de 2012

Papa Benedicto XVI

Sínodo de la Familia

Comentarios sobre el Cuestionario para la recepción y la profundización de la Relatio Synodi

Autor Anónimo

Sínodo de la Familia

Pensando en Octubre

Lic. Néstor Martínez Valls

Espiritualidad

El precepto dominical

Pbro. Dr. José María Iraburu

Apologética

Los católicos ¡esos idólatras!

Carlos Caso-Rosendi

Apologética

Conversación sobre los divorciados y la comunión

Lic. Néstor Martínez Valls

Apologética

¿Quién creó a Dios?

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Iglesia

Esa Misa tenía un reflejo del Cielo

Mons. Gaetano Pollio

Iglesia

Juventud católica francesa: saciada de progresismo eclesiástico y laicismo político, ávida de una sociedad con valores morales

Tradición y Acción

Iglesia

Weigel alza la voz contra el desastre de la Iglesia en Alemania

Jorge Soley

Oración

Veni Creator

Tradicional

 

 

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío

 

Equipo de Dirección

 

1.      Solicitud de donaciones para financiar publicaciones impresas


El Centro Cultural Católico “Fe y Razón” (CCCFR) necesita nuevos aportes por un total de $ 20.000 (veinte mil pesos uruguayos), equivalentes a unos US$ 800, para poder financiar la publicación y distribución de un título de su colección de cuadernos impresos: José María Iraburu, Reflexiones sobre los dos Sínodos de la Familia (2014-2015). Esperamos que nuestro programa de publicaciones impresas se auto-sustente, de modo que no requiera constantes recapitalizaciones para seguir operando. A fin de reunir el capital inicial requerido, invitamos a nuestros lectores a realizar una donación, puntual o periódica, por uno de estos dos medios:

·         Cuenta N° 44635 de Redpagos, a nombre de Fe y Razón (para quienes residen en Uruguay).

·         Cuenta diglesias59@gmail.com (o, próximamente, cuenta feyrazon@gmail.com) de PayPal.

 

Si usted desea hacer una contribución por otro medio, por favor escríbanos a feyrazon@gmail.com para acordar una forma de pago.

 

2.      Filial Súplica a Su Santidad el Papa Francisco sobre el futuro de la familia

 

Por última vez los invitamos a firmar y difundir la Filial Súplica a Su Santidad el Papa Francisco sobre el futuro de la familia. Los firmantes (que a la fecha superan los 254.000 e incluyen a tres Cardenales y 21 Obispos) suplican filialmente al Papa Francisco que, para terminar la presente situación de confusión doctrinal entre los fieles católicos, reafirme con claridad la doctrina católica (bíblica y tradicional) sobre el matrimonio y la familia y la necesidad de aplicar coherentemente esa doctrina en la vida y en la práctica pastoral. En el ángulo superior derecho de la página principal se puede elegir el idioma.

 

3.      Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

 

El viernes 12 de junio de 2015 se celebrará la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Unamos nuestras voces en esta oración: “Oh Corazón Santísimo de Jesús, derrama copiosamente tus bendiciones sobre la Santa Iglesia, sobre el Soberano Pontífice y sobre todo el Clero, da la perseverancia a los justos, convierte a los pecadores, ilumina a los infieles y bendice a nuestros parientes, amigos y bienhechores, asiste a las almas del Purgatorio y extiende sobre todos los corazones el imperio de tu amor. Amén.”

 

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Homilía en la solemnidad del Corpus Christi

Basílica de San Juan de Letrán, Jueves 7 de junio de 2012

 

Santo Padre Benedicto XVI
 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Esta tarde quiero meditar con vosotros sobre dos aspectos, relacionados entre sí, del Misterio eucarístico: el culto de la Eucaristía y su sacralidad. Es importante volverlos a tomar en consideración para preservarlos de visiones incompletas del Misterio mismo, como las que se han dado en el pasado reciente.

 

Ante todo, una reflexión sobre el valor del culto eucarístico, en particular de la adoración del Santísimo Sacramento. Es la experiencia que también esta tarde viviremos nosotros después de la misa, antes de la procesión, durante su desarrollo y al terminar. Una interpretación unilateral del concilio Vaticano II había penalizado esta dimensión, restringiendo en la práctica la Eucaristía al momento celebrativo. En efecto, ha sido muy importante reconocer la centralidad de la celebración, en la que el Señor convoca a su pueblo, lo reúne en torno a la doble mesa de la Palabra y del Pan de vida, lo alimenta y lo une a Sí en la ofrenda del Sacrificio. Esta valorización de la asamblea litúrgica, en la que el Señor actúa y realiza su misterio de comunión, obviamente sigue siendo válida, pero debe situarse en el justo equilibrio. De hecho –como sucede a menudo– para subrayar un aspecto se acaba por sacrificar otro. En este caso, la justa acentuación puesta sobre la celebración de la Eucaristía ha ido en detrimento de la adoración, como acto de fe y de oración dirigido al Señor Jesús, realmente presente en el Sacramento del altar. Este desequilibrio ha tenido repercusiones también sobre la vida espiritual de los fieles. En efecto, concentrando toda la relación con Jesús Eucaristía en el único momento de la santa misa, se corre el riesgo de vaciar de su presencia el resto del tiempo y del espacio existenciales. Y así se percibe menos el sentido de la presencia constante de Jesús en medio de nosotros y con nosotros, una presencia concreta, cercana, entre nuestras casas, como «Corazón palpitante» de la ciudad, del país, del territorio con sus diversas expresiones y actividades. El Sacramento de la caridad de Cristo debe permear toda la vida cotidiana.

 

En realidad, es un error contraponer la celebración y la adoración, como si estuvieran en competición una contra otra. Es precisamente lo contrario: el culto del Santísimo Sacramento es como el «ambiente» espiritual dentro del cual la comunidad puede celebrar bien y en verdad la Eucaristía. La acción litúrgica sólo puede expresar su pleno significado y valor si va precedida, acompañada y seguida de esta actitud interior de fe y de adoración. El encuentro con Jesús en la santa misa se realiza verdadera y plenamente cuando la comunidad es capaz de reconocer que Él, en el Sacramento, habita su casa, nos espera, nos invita a su mesa, y luego, tras disolverse la asamblea, permanece con nosotros, con su presencia discreta y silenciosa, y nos acompaña con su intercesión, recogiendo nuestros sacrificios espirituales y ofreciéndolos al Padre.

 

En este sentido, me complace subrayar la experiencia que viviremos esta tarde juntos. En el momento de la adoración todos estamos al mismo nivel, de rodillas ante el Sacramento del amor. El sacerdocio común y el ministerial se encuentran unidos en el culto eucarístico. Es una experiencia muy bella y significativa, que hemos vivido muchas veces en la basílica de San Pedro, y también en las inolvidables vigilias con los jóvenes; recuerdo por ejemplo las de Colonia, Londres, Zagreb y Madrid. Es evidente para todos que estos momentos de vigilia eucarística preparan la celebración de la santa misa, preparan los corazones al encuentro, de manera que éste resulta incluso más fructuoso. Estar todos en silencio prolongado ante el Señor presente en su Sacramento es una de las experiencias más auténticas de nuestro ser Iglesia, que va acompañado de modo complementario con la de celebrar la Eucaristía, escuchando la Palabra de Dios, cantando, acercándose juntos a la mesa del Pan de vida. Comunión y contemplación no se pueden separar, van juntas. Para comulgar verdaderamente con otra persona debo conocerla, saber estar en silencio cerca de ella, escucharla, mirarla con amor. El verdadero amor y la verdadera amistad viven siempre de esta reciprocidad de miradas, de silencios intensos, elocuentes, llenos de respeto y veneración, de manera que el encuentro se viva profundamente, de modo personal y no superficial. Y lamentablemente, si falta esta dimensión, incluso la Comunión sacramental puede llegar a ser, por nuestra parte, un gesto superficial. En cambio, en la verdadera comunión, preparada por el coloquio de la oración y de la vida, podemos decir al Señor palabras de confianza, como las que han resonado hace poco en el Salmo responsorial: «Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava: rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza invocando el nombre del Señor» (Sal 115,16-17).

 

Ahora quiero pasar brevemente al segundo aspecto: la sacralidad de la Eucaristía. También aquí, en el pasado reciente, de alguna manera se ha malentendido el mensaje auténtico de la Sagrada Escritura. La novedad cristiana respecto al culto ha sufrido la influencia de cierta mentalidad laicista de los años sesenta y setenta del siglo pasado. Es verdad, y sigue siendo siempre válido, que el centro del culto ya no está en los ritos y en los sacrificios antiguos, sino en Cristo mismo, en su persona, en su vida, en su misterio pascual. Y, sin embargo, de esta novedad fundamental no se debe concluir que lo sagrado ya no exista, sino que ha encontrado su cumplimiento en Jesucristo, Amor divino encarnado. La Carta a los Hebreos, que hemos escuchado esta tarde en la segunda lectura, nos habla precisamente de la novedad del sacerdocio de Cristo, «sumo sacerdote de los bienes definitivos» (Hb 9,11), pero no dice que el sacerdocio se haya acabado. Cristo «es mediador de una alianza nueva» (Hb 9,15), establecida en su sangre, que purifica «nuestra conciencia de las obras muertas» (Hb 9,14). Él no ha abolido lo sagrado, sino que lo ha llevado a cumplimiento, inaugurando un nuevo culto, que sí es plenamente espiritual pero que, sin embargo, mientras estamos en camino en el tiempo, se sirve todavía de signos y ritos, que sólo desaparecerán al final, en la Jerusalén celestial, donde ya no habrá ningún templo (cf. Ap 21,22). Gracias a Cristo, la sacralidad es más verdadera, más intensa, y, como sucede con los mandamientos, también más exigente. No basta la observancia ritual, sino que se requiere la purificación del corazón y la implicación de la vida.

 

Me complace subrayar también que lo sagrado tiene una función educativa, y su desaparición empobrece inevitablemente la cultura, en especial la formación de las nuevas generaciones. Si, por ejemplo, en nombre de una fe secularizada y no necesitada ya de signos sacros, fuera abolida esta procesión ciudadana del Corpus Christi, el perfil espiritual de Roma resultaría «aplanado», y nuestra conciencia personal y comunitaria quedaría debilitada. O pensemos en una madre y un padre que, en nombre de una fe desacralizada, privaran a sus hijos de toda ritualidad religiosa: en realidad acabarían por dejar campo libre a los numerosos sucedáneos presentes en la sociedad de consumo, a otros ritos y otros signos, que más fácilmente podrían convertirse en ídolos. Dios, nuestro Padre, no obró así con la humanidad: envió a su Hijo al mundo no para abolir, sino para dar cumplimiento también a lo sagrado. En el culmen de esta misión, en la última Cena, Jesús instituyó el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, el Memorial de su Sacrificio pascual. Actuando de este modo se puso a Sí mismo en el lugar de los sacrificios antiguos, pero lo hizo dentro de un rito, que mandó a los Apóstoles perpetuar, como signo supremo de lo Sagrado verdadero, que es Él mismo. Con esta fe, queridos hermanos y hermanas, celebramos hoy y cada día el Misterio eucarístico y lo adoramos como centro de nuestra vida y corazón del mundo. Amén.

 

Fuente: http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/homilies/2012/documents/hf_ben-xvi_hom_20120607_corpus-domini.html

 

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Comentarios sobre el Cuestionario para

la recepción y la profundización de la Relatio Synodi

 

Autor Anónimo

 

1.      Anotación a la Introducción de la Primera Parte (La escucha: el contexto y los desafíos de la familia)

 

En la Introducción a la Primera Parte del Cuestionario, se dice así: «Las preguntas que se proponen a continuación, con expresa referencia a los aspectos de la primera parte de la Relatio Synodi, desean facilitar el debido realismo en la reflexión de cada episcopado, evitando que sus respuestas puedan ser dadas según esquemas y perspectivas propias de una pastoral meramente aplicativa de la doctrina, que no respetaría las conclusiones de la Asamblea sinodal extraordinaria, y que alejaría su reflexión del camino ya trazado».

 

Es importante hacer una anotación a este párrafo. La frase «evitando que sus respuestas puedan ser ofrecidas según esquemas y perspectivas propias de una pastoral meramente aplicativa de la doctrina» parece favorecer una disociación entre doctrina y pastoral. Esa disociación no es posible, puesto que la acción pastoral de la Iglesia siempre ha de realizarse en fidelidad a la doctrina que ella profesa. Si no fuese así, la doctrina sería algo irreal, una idea abstracta, sin repercusiones concretas en la vida de los fieles. Y si la pastoral no es aplicación de la doctrina, entonces correríamos el peligro de caer en un relativismo en el que todo puede acabar siendo válido. Es preciso recordar que en el número 56 de Veritatis Splendor se rechaza explícitamente una comprensión de la acción pastoral de la Iglesia que se aparte de sus enseñanzas doctrinales. Con respecto a esto, señalaba el Cardenal Ratzinger: «Debe mantenerse el contenido esencial del Magisterio eclesial, pues transmite la verdad revelada y, por ello, no puede diluirse en razón de supuestos motivos pastorales. Es ciertamente difícil transmitir al hombre secularizado las exigencias del Evangelio. Pero esta dificultad no puede conducir a compromisos con la verdad. En la Encíclica Veritatis Splendor (cf. n. 56). Juan Pablo II rechazó claramente las soluciones denominadas «pastorales» que contradigan las declaraciones del Magisterio (…) Una pastoral que quiera auténticamente ayudar a la persona debe apoyarse siempre en la verdad. Sólo lo que es verdadero puede, en definitiva, ser pastoral. “Entonces conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8,32)» (1).

 

2.      Anotación a la Introducción de la Tercera Parte (La confrontación: perspectivas pastorales)

 

En la Introducción a la Tercera Parte del Cuestionario, se dice así: «Al profundizar la tercera parte de la Relatio Synodi, es importante dejarse guiar por el viraje pastoral que el Sínodo extraordinario ha comenzado a delinear, hundiendo sus raíces en el Vaticano II y en el magisterio del Papa Francisco. A las Conferencias Episcopales compete seguir profundizándolo –llamando a participar de la manera más oportuna a todos los componentes eclesiales– y concretizándolo en su contexto específico. Es necesario hacer todo lo posible para que no se vuelva a empezar de cero, sino que se asuma el camino recorrido en el Sínodo extraordinario como punto de partida».

 

Se habla de un «viraje pastoral» que ha de hundir sus raíces en el Vaticano II y en el Magisterio del Papa Francisco. Estamos de acuerdo en que el Magisterio del Concilio Vaticano II y el del Papa Francisco son un don inmenso para la Iglesia. Sin embargo, es preciso evitar una contraposición entre el Magisterio del Concilio Vaticano II y el Magisterio precedente de la Iglesia. Una correcta hermenéutica del Magisterio de la Iglesia no puede, en modo alguno, realizarse en clave de «ruptura» o «discontinuidad». Al contrario, como explicó con gran clarividencia Benedicto XVI, la única hermenéutica adecuada, la única que puede ser aceptada por la Iglesia, es la «hermenéutica de la reforma» o de la continuidad:

 

«Todo depende de la correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de su correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura y aplicación. Los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos. Por una parte existe una interpretación que podría llamar “hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura”; a menudo ha contado con la simpatía de los medios de comunicación y también de una parte de la teología moderna. Por otra parte, está la “hermenéutica de la reforma”, de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del Pueblo de Dios en camino» (2).

 

De igual forma que supone una falsa hermenéutica del Concilio Vaticano II aquella que establece una ruptura entre éste y el Magisterio precedente, también sería errado considerar que el Sínodo, arraigándose en el Vaticano II y en el Magisterio del Papa Francisco, puede prescindir del Magisterio de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI. En concreto, no se puede prescindir –como si el Magisterio no hubiese dicho nada hasta ahora– de las abundantes directrices doctrinales-pastorales que sobre la Comunión de los divorciados vueltos a casar se han dado en los dos pontificados anteriores (como explicaremos al analizar la pregunta número 38 del cuestionario).

 

Es particularmente importante señalar que no se puede prescindir de la enseñanza de la Encíclica Veritatis Splendor, que, sin embargo, está ausente de los documentos publicados por el Sínodo de los Obispos sobre la Familia, siendo así que sus enseñanzas son absolutamente fundamentales para afrontar correctamente los temas más conflictivos que han sido analizados. Se trata de una Carta Encíclica de carácter doctrinal, que afronta con profundidad y amplitud las corrientes y opiniones de la teología moral que son incompatibles con la fe y la moral de la Iglesia Católica. Cabe señalar, para comprender el peso de este documento, que el Cardenal Ratzinger afirmaba que esta encíclica era la más importante del Pontificado de San Juan Pablo II. Sobre este particular, es preciso señalar estos puntos:

 

1º. Los argumentos que se han utilizado para justificar el que los divorciados vueltos a casar puedan ser admitidos a la Comunión eucarística afirman que estos fieles, en ciertos casos, no se encuentran objetivamente en estado de pecado grave. Estos argumentos son los que defiende la corriente que se ha venido a denominar como «moral de situación», que niega la existencia de actos que son siempre intrínsecamente malos, sean cuales sean la intención y las circunstancias de quien los comete (3). Esta corriente de la teología moral ha sido utilizada para justificar el acceso a la Comunión de los divorciados vueltos a casar, como se puede apreciar realizando un estudio atento de la intervención del Cardenal Walter Kasper en el Consistorio extraordinario de los Cardenales, como preparación para el Sínodo sobre la Familia, en febrero de 2014 (4). Sin embargo, este planteamiento de la teología moral fue firmemente rechazado por Veritatis Splendor (5).

 

2º. La gran importancia dada a la Encíclica por Juan Pablo II: «He tomado la decisión de escribir (…) una encíclica destinada a tratar, más amplia y profundamente, las cuestiones referentes a los fundamentos mismos de la teología moral, fundamentos que sufren menoscabo por parte de algunas tendencias actuales. Me dirijo a vosotros, venerables hermanos en el episcopado, que compartís conmigo la responsabilidad de custodiar la «sana doctrina» (2 Tm 4,3), con la intención de precisar algunos aspectos doctrinales que son decisivos para afrontar la que sin duda constituye una verdadera crisis, por ser tan graves las dificultades derivadas de ella para la vida moral de los fieles y para la comunión en la Iglesia» (6).

 

3º. Además, el Santo Padre señala expresamente que las enseñanzas fundamentales de la encíclica son dadas «con la autoridad del Sucesor de Pedro»: «Cada uno de nosotros (obispos de la Iglesia) conoce la importancia de la doctrina que representa el núcleo de las enseñanzas de esta encíclica y que hoy volvemos a recordar con la autoridad del Sucesor de Pedro. Cada uno de nosotros puede advertir la gravedad de cuanto está en juego, no sólo para cada persona sino también para toda la sociedad, con la reafirmación de la universalidad e inmutabilidad de los mandamientos morales» (7).

 

4º. El punto central de la Encíclica, que es el mismo que está en juego en el tema de la comunión de los divorciados vueltos a casar, es la relación entre verdad-libertad-conciencia-ley. Entresacamos algunos párrafos del número 84, uno de los más importantes del documento, que –como se puede apreciar con facilidad– es directamente aplicable al modo de analizar la situación de los divorciados vueltos a casar: «La cultura contemporánea ha perdido en gran parte este vínculo esencial entre Verdad-Bien-Libertad (…) La pregunta de Pilato: “¿Qué es la verdad?”, emerge también hoy desde la triste perplejidad de un hombre que a menudo ya no sabe quién es, de dónde viene ni adónde va (…) De prestar oído a ciertas voces, parece que no se debiera ya reconocer el carácter absoluto indestructible de ningún valor moral (…) Y lo que es aún más grave: el hombre ya no está convencido de que sólo en la verdad puede encontrar la salvación. La fuerza salvífica de la verdad es contestada y se confía sólo a la libertad, desarraigada de toda objetividad, la tarea de decidir autónomamente lo que es bueno y lo que es malo. Este relativismo se traduce, en el campo teológico, en desconfianza en la sabiduría de Dios, que guía al hombre con la ley moral. A lo que la ley moral prescribe se contraponen las llamadas situaciones concretas, no considerando ya, en definitiva, que la ley de Dios es siempre el único verdadero bien del hombre».

 

5º. Analicemos cómo la argumentación que hizo el Cardenal Kasper (8) para justificar el acceso a la Comunión por parte de los divorciados vueltos a casar, se opone directamente a las enseñanzas de Veritatis Splendor:

 

– El Cardenal Kasper dice: «La unicidad de cada persona es un aspecto fundamental constitutivo de la antropología cristiana. Ningún ser humano es sencillamente un caso de una esencia humana universal ni puede ser juzgado sólo según una regla general».

 

En cambio, Veritatis Splendor dice: «La separación hecha por algunos entre la libertad de los individuos y la naturaleza común a todos, como emerge de algunas teorías filosóficas de gran resonancia en la cultura contemporánea, ofusca la percepción de la universalidad de la ley moral por parte de la razón (…) Esta universalidad no prescinde de la singularidad de los seres humanos, ni se opone a la unicidad y a la irrepetibilidad de cada persona; al contrario, abarca básicamente cada uno de sus actos libres, que deben demostrar la universalidad del verdadero bien» (n.51).

 

– El Cardenal Kasper dice: «No existen los divorciados vueltos a casar; existen más bien situaciones muy diferenciadas de divorciados vueltos a casar, que se deben distinguir con sumo cuidado. No existe tampoco «la» situación objetiva, que se opone a la admisión a la Comunión, sino que existen muchas situaciones muy diferentes».

 

En cambio, Veritatis Splendor dice: «Se ha llegado hasta el punto de negar la existencia, en la divina Revelación, de un contenido moral específico y determinado, universalmente válido y permanente: la Palabra de Dios se limitaría a proponer una exhortación, una parénesis genérica, que luego sólo la razón autónoma tendría el cometido de llenar de determinaciones normativas verdaderamente «objetivas», es decir, adecuadas a la situación histórica concreta» (n. 37).

 

– El Cardenal Kasper dice: «En resumen: no hay una solución general para todos los casos. No se trata «de la» admisión «de los» divorciados vueltos a casar. Es preciso más bien considerar seriamente la unicidad de cada persona y de cada situación y con atención distinguir y decidir, caso por caso».

 

En cambio, Veritatis Splendor dice: «Según la opinión de algunos teólogos, la función de la conciencia se habría reducido, al menos en un cierto pasado, a una simple aplicación de normas morales generales a cada caso de la vida de la persona. Pero semejantes normas –afirman no son capaces de acoger y respetar toda la irrepetible especificidad de todos los actos concretos de las personas (…) Para justificar semejantes posturas, han propuesto una especie de doble estatuto de la verdad moral. Además del nivel doctrinal y abstracto, sería necesario reconocer la originalidad de una cierta consideración existencial más concreta. Ésta, teniendo en cuenta las circunstancias y la situación, podría establecer legítimamente unas excepciones a la regla general y permitir así la realización práctica, con buena conciencia, de lo que está calificado por la ley moral como intrínsecamente malo» (nn. 55 y 56).

 

– El Cardenal Kasper dice: «Un segundo paso, en el seno de la Iglesia, consiste en una renovada espiritualidad pastoral, que se despide de una avara consideración legalista y de un rigorismo no cristiano que carga a las personas con pesos insoportables, que nosotros clérigos no queremos llevar y que ni siquiera sabríamos llevar (cf. Mt 23,4)».

 

En cambio, Veritatis Splendor dice: «De este modo se instaura en algunos casos una separación, o incluso una oposición, entre la doctrina del precepto válido en general y la norma de la conciencia individual, que decidiría de hecho, en última instancia, sobre el bien y el mal. Con esta base se pretende establecer la legitimidad de las llamadas soluciones pastorales contrarias a las enseñanzas del Magisterio. (…) La doctrina de la Iglesia (…) es juzgada no pocas veces como signo de una intransigencia intolerable. (…) Dicha intransigencia estaría en contraste con la condición maternal de la Iglesia. Ésta –se dice no muestra comprensión y compasión. Pero, en realidad, la maternidad de la Iglesia no puede separarse jamás de su misión docente, que ella debe realizar siempre como esposa fiel de Cristo, que es la verdad en persona» (nn. 56 y 95).

 

3.      Respuesta a la Pregunta 38

 

“38. La pastoral sacramental dirigida a los divorciados vueltos a casar necesita una mayor profundización, que valore también la praxis ortodoxa y tenga presente «la distinción entre situación objetiva de pecado y circunstancias atenuantes» (núm. 52). ¿Cuáles son las perspectivas en las que moverse? ¿Qué pasos se pueden dar? ¿Qué sugerencias para eludir formas de impedimentos no debidas o no necesarias?”

 

La profundización que se pide a la cuestión tiene que moverse, necesariamente, en dos perspectivas, que están unidas de manera inseparable: por una parte, la caridad pastoral hacia las personas heridas, que de manera tan hermosa y fructuosa está recalcando el Santo Padre Francisco: la Iglesia no debe presentarse ante el mundo como un «juez implacable», sino como una «madre de corazón abierto» (cf. Evangelii Gaudium, nn. 46-49); por otra parte, esa profunda caridad pastoral está unida –y nunca contrapuesta– a la plena fidelidad a la Verdad revelada, contenida en la Sagrada Escritura y la Tradición, e interpretada auténticamente por el Magisterio de la Iglesia.

 

Por ello, a la Iglesia Católica no le es posible, bajo ningún concepto, imitar la praxis de la Iglesia Ortodoxa, como explicó el Cardenal Ratzinger en el estudio publicado sobre este tema por la Congregación para la Doctrina de la Fe (9): «En la Iglesia imperial posterior a Constantino se buscó, a resueltas del progresivo entrelazamiento del Estado y la Iglesia, una mayor flexibilidad y disponibilidad al compromiso en situaciones matrimoniales difíciles. (…) En las Iglesias orientales separadas de Roma, este proceso continuó posteriormente en el segundo milenio, y condujo a una praxis cada vez más liberal. (…) La Iglesia católica, por motivos doctrinales, no puede asumir esa praxis».

 

Los motivos doctrinales que imposibilitan que la Iglesia Católica siga la praxis de los ortodoxos podemos sintetizarlos así:

 

1º. La Sagrada Escritura enseña, de manera inequívoca, que los fieles divorciados vueltos a casar no pueden ser admitidos a la Comunión eucarística.

 

En primer lugar porque el matrimonio entre bautizados es indisoluble: Hemos de remitirnos a la enseñanza del mismo Jesucristo: «Si uno repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio» (Mc 10,2-12).

 

Además de esto, la Palabra de Dios nos muestra que quien está en situación de pecado mortal no ha de comulgar: «De modo que quien coma del pan y beba del cáliz del Señor indignamente es reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Así, pues, que cada cual se examine, y que entonces coma así del pan y beba del cáliz. Porque quien come y bebe sin discernir el cuerpo come y bebe su condenación» (1 Cor 11,27-29).

 

Por tanto, el que está en situación objetiva de adulterio, que es un pecado mortal, no puede ser admitido por la Iglesia a la Comunión eucarística, a no ser que negásemos la enseñanza de la Palabra de Dios.

 

2º. Debemos permanecer fieles a la enseñanza de la Tradición, contenida fundamentalmente en los escritos de los Padres de la Iglesia, cuyo testimonio a favor de mantener la doctrina y disciplina actual es muy claro. Su postura común es indudablemente contraria a la admisión a la Comunión de los divorciados vueltos a casar. El Cardenal Ratzinger resumía así la enseñanza de los Padres:

 

«a) Existe un claro consenso de los Padres acerca de la indisolubilidad del matrimonio. Puesto que deriva de la voluntad del Señor, la Iglesia no tiene poder alguno a ese respecto. (…) Por fiel obediencia al Nuevo Testamento, la Iglesia del tiempo de los Padres excluye claramente divorciarse y contraer nuevas nupcias.

 

b) En la Iglesia del tiempo de los Padres, los fieles divorciados vueltos a casar nunca fueron admitidos oficialmente a la Sagrada Comunión después de un tiempo de penitencia» (10).

 

3º. El Concilio de Trento contiene tres definiciones dogmáticas que serían vulneradas si se admitiese a la Comunión eucarística a los fieles divorciados vueltos a casar:

 

a. La primera es que comete adulterio el que, habiendo contraído matrimonio sacramental, contrae nuevo «matrimonio». Según la enseñanza de Trento, esto incluye también al inocente, es decir, al que fue abandonado sin culpa (11).

 

b. La segunda es que es necesario encontrarse en estado de gracia para recibir la Santísima Eucaristía (12).

 

c. La tercera es que, para recibir válidamente el sacramento de la Penitencia, es necesaria la contrición, que conlleva el propósito de no cometer ese pecado en adelante, es decir, el propósito de enmienda (13).

 

4º. El Magisterio de San Juan Pablo II y Benedicto XVI sobre la Comunión de los divorciados vueltos a casar:

 

El Magisterio de Juan Pablo II y Benedicto XVI sobre el acceso a la Comunión eucarística de los divorciados vueltos a casar es muy claro, muy firme y muy abundante. El lugar más importante en que se trató este tema es la Exhortación apostólica Familiaris Consortio. Dice así: «La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura, reafirma su praxis de no admitir a la Comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos mismos los que impiden que se les admita, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio» (n. 84).

 

Por lo tanto, no se trata simplemente de que la Iglesia no haya considerado oportuno o prudente el permitir a los divorciados vueltos a casar el acceso a la Comunión eucarística. Por el contrario, se trata de que la Iglesia no puede comportarse de otro modo, pues existen motivos doctrinales que lo hacen imposible.

 

El Magisterio posterior de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, el Código de Derecho Canónico, el Catecismo de la Iglesia Católica, la Congregación para la Doctrina de la Fe y el Consejo Pontificio para la Interpretación de los Textos Legislativos confirmaron reiteradamente esta enseñanza.

 

En el número 25 de la Constitución dogmática Lumen Gentium, el Concilio Vaticano II enseña que el grado de adhesión que se debe a una enseñanza no infalible del Romano Pontífice depende de «la intención y el deseo expresado por él mismo, que se deducen principalmente del tipo de documento, o de la insistencia en la doctrina propuesta, o de las fórmulas empleadas». Es innegable que en el caso de la Comunión de los divorciados vueltos a casar se da todo ello en un grado extraordinariamente alto, por lo que se le debe una adhesión fortísima (14). San Juan Pablo II llegó a afirmar que proponía esta enseñanza «en virtud de la misma autoridad del Señor, Pastor de los pastores» (15).

 

Hay que analizar un segundo elemento de la pregunta: haciendo referencia al número 52 de la Relatio Synodi, indica que se ha de tener presente «la distinción entre situación objetiva de pecado y circunstancias atenuantes» (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1735).

 

Para entender correctamente el citado número del Catecismo, es preciso recordar varias enseñanzas de Veritatis Splendor:

 

– El número 70 afirma que «sin duda pueden darse situaciones muy complejas y oscuras bajo el aspecto psicológico, que influyen en la imputabilidad subjetiva del pecador»; pero a continuación enseña que de la consideración de la esfera psicológica no se puede pasar a una comprensión del acto moral entendido de tal modo «que, en el plano objetivo, cambie o ponga en duda la concepción tradicional de pecado mortal».

 

– Además, se deberían recordar las enseñanzas de los números 102-104, en los que se analiza cómo comprender correctamente la relación entre la debilidad del hombre y la gracia que nos ha traído la redención de Jesucristo. El hombre es débil, es verdad, la concupiscencia ejerce sobre él un cierto dominio, pero ese dominio puede ser vencido: nunca es imposible cumplir los mandamientos de la ley de Dios, porque Él nos da su gracia para ello:

 

«Las tentaciones se pueden vencer y los pecados se pueden evitar porque, junto con los mandamientos, el Señor nos da la posibilidad de observarlos: “Sus ojos están sobre los que le temen, Él conoce todas las obras del hombre. A nadie ha mandado ser impío, a nadie ha dado licencia de pecar” (Si 15,19-20). La observancia de la ley de Dios, en determinadas situaciones, puede ser difícil, muy difícil: sin embargo jamás es imposible. Ésta es una enseñanza constante de la tradición de la Iglesia, expresada así por el concilio de Trento: “Nadie puede considerarse desligado de la observancia de los mandamientos, por muy justificado que esté; nadie puede apoyarse en aquel dicho temerario y condenado por los Padres: que los mandamientos de Dios son imposibles de cumplir por el hombre justificado. ‘Porque Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar lo que manda, te invita a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas’ y te ayuda para que puedas. ‘Sus mandamientos no son pesados’ (1 Jn 5,3), ‘su yugo es suave y su carga ligera’ (Mt 11,30)» (n. 102).

 

«¡Cristo nos ha redimido! Esto significa que Él nos ha dado la posibilidad de realizar toda la verdad de nuestro ser; ha liberado nuestra libertad del dominio de la concupiscencia. Y si el hombre redimido sigue pecando, esto no se debe a la imperfección del acto redentor de Cristo, sino a la voluntad del hombre de substraerse a la gracia que brota de ese acto» (n. 103).

 

De todo esto se desprende que una cosa es que los factores psíquicos o sociales puedan hacer que quede disminuida o incluso suprimida la responsabilidad moral de una acción en un momento determinado, y otra muy distinta el que la Iglesia pudiese llegar a legitimar a una persona para vivir de manera permanente en estado objetivo de pecado mortal. Al contrario, la Iglesia debe ayudar a esa persona a salir de su situación objetiva de pecado, porque con la gracia de Dios puede salir de ella: los mandamientos no son imposibles de cumplir.

 

El número 104 de Veritatis Splendor extrae la conclusión que de ahí se sigue, que es imprescindible recordar de cara al Sínodo del 2015: «En este contexto se abre el justo espacio a la misericordia de Dios por el pecador que se convierte, y a la comprensión por la debilidad humana. Esta comprensión jamás significa comprometer y falsificar la medida del bien y del mal para adaptarla a las circunstancias. Mientras es humano que el hombre, habiendo pecado, reconozca su debilidad y pida misericordia por las propias culpas, en cambio es inaceptable la actitud de quien hace de su propia debilidad el criterio de la verdad sobre el bien, de manera que se puede sentir justificado por sí mismo, incluso sin necesidad de recurrir a Dios y a su misericordia. Semejante actitud corrompe la moralidad de la sociedad entera, porque enseña a dudar de la objetividad de la ley moral en general y a rechazar las prohibiciones morales absolutas sobre determinados actos humanos, y termina por confundir todos los juicios de valor».

 

Así pues, para entender correctamente la enseñanza del número 1735 del Catecismo es imprescindible acudir a las enseñanzas de Veritatis Splendor. La Iglesia no puede obviar este documento trascendental para nuestra época –marcada por la negación de la existencia de verdades universales– cuyas enseñanzas fundamentales fueron promulgadas por San Juan Pablo II, «con la autoridad del Sucesor de Pedro»: «Cada uno de nosotros (obispos de la Iglesia) conoce la importancia de la doctrina que representa el núcleo de las enseñanzas de esta encíclica y que hoy volvemos a recordar con la autoridad del Sucesor de Pedro. Cada uno de nosotros puede advertir la gravedad de cuanto está en juego, no sólo para cada persona sino también para toda la sociedad, con la reafirmación de la universalidad e inmutabilidad de los mandamientos morales» (16).

 

1)       Congregación para la Doctrina de la Fe, Sobre la atención pastoral de los divorciados vueltos a casar, Ed. Palabra, p. 35.

2)       Discurso de Benedicto XVI a los miembros de la Curia Romana, 22 de diciembre de 2005.

3)       Cf. Veritaris Splendor, nn. 78-83. Hay que destacar que, entre los actos intrínsecamente desordenados, el Catecismo de la Iglesia Católica cita expresamente el adulterio: «Hay actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio» (n. 1756).

4)       Aunque el Cardenal Kasper pretende afirmar que su argumentación «no tiene nada que ver con la ética de la situación», esto parece insostenible, si se compara su ponencia con las enseñanzas de Veritatis Splendor.

5)       Se ha de tener en cuenta, para comprender aún con mayor claridad que la «moral de situación» es incompatible con la fe católica, que ya antes de ser rechazada por Juan Pablo II en Veritatis Splendor, había sido condenada por sus predecesores (cf. Pío XII, Discurso Soyez les bienvenues: sobre los errores de la moral de situación, 18 de abril de 1952; también el entonces llamado Santo Oficio, por indicación del mismo Papa, publicó la Instrucción sobre la moral de situación, el 2 de febrero de 1956). Tampoco podemos olvidar que la Encíclica Veritatis Splendor es como la culminación de un largo proceso de maduración del Magisterio en el campo moral, que venía avisando desde el siglo XIX de las corrientes filosóficas y teológicas que socavan los fundamentos mismos de la fe (cf. León XIII: Aeterni Patris; Pío X: Pascendi Dominici Gregis; Pío XII: Humani Generis, etc.) y que se concretan después en graves errores en el campo de la moral, como ya advirtieron Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI en diversos documentos.

6)       Veritatis Splendor, n. 5.

7)       Veritatis Splendor, n. 115.

8)       Tomamos la argumentación del Cardenal Kasper del artículo publicado en L´Osservatore Romano (edición en lengua española), el 28 de marzo de 2014.

9)       Congregación para la Doctrina de la Fe, Sobre la atención pastoral de los divorciados vueltos a casar, Ed. Palabra.

10)   Congregación para la Doctrina de la Fe, Sobre la atención pastoral de los divorciados vueltos a casar, Ed. Palabra, pp. 28-29.

11)   «Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando enseñó y enseña que, conforme a la doctrina del Evangelio y los Apóstoles (Mc 10; 1 Cor 7), no se puede desatar el vínculo del matrimonio por razón del adulterio de uno de los cónyuges; y que ninguno de los dos, ni siquiera el inocente, que no dio causa para el adulterio, puede contraer nuevo matrimonio mientras viva el otro cónyuge, y que adultera lo mismo el que después de repudiar a la adúltera se casa con otra, como la que después de repudiar al adúltero se casa con otro, sea anatema». (Concilio de Trento, sesión XXIV, Cánones sobre el sacramento del matrimonio, 7; Dz 977)

12)   «Si alguno dijere que la sola fe es preparación suficiente para recibir el sacramento de la santísima Eucaristía, sea anatema. Y para que tan grande sacramento no sea recibido indignamente y, por ende, para muerte y condenación, el mismo santo Concilio establece y declara que aquellos a quienes grave la conciencia de pecado mortal, por muy contritos que se consideren, deben necesariamente hacer previa confesión sacramental, habida facilidad de confesar. Mas si alguno pretendiere enseñar, predicar o pertinazmente afirmar, o también públicamente disputando defender lo contrario, por el mismo hecho quede excomulgado». (Concilio de Trento, Sesión XIII, Cánones sobre el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, 11; Dz 893).

13)   «La contrición, que ocupa el primer lugar entre los mencionados actos del penitente, es un dolor del alma y detestación del pecado cometido, con propósito de no pecar en adelante. Ahora bien, este movimiento de contrición fue en todo tiempo necesario para impetrar el perdón de los pecados» (Concilio de Trento, sesión XVI, Doctrina sobre el sacramento de la Penitencia, cap. 4; Dz 897; Cf. Dz 915).

14)   Se trata de muchos documentos, varios de ellos de muy alto rango: dos Exhortaciones apostólica post-sinodales (Familaris Consortio y Sacramentum Caritatis), una Encíclica de carácter doctrinal (Veritatis Splendor), el Código de Derecho Canónico, el Catecismo de la Iglesia Católica, varias intervenciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe y una intervención del Consejo Pontificio para la Interpretación de los Textos Legislativos. La insistencia, por tanto, es abundantísima. Y las fórmulas empleadas, muy solemnes: «en virtud de la misma autoridad del Señor, Pastor de los pastores», «con la autoridad del Sucesor de Pedro», «la Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura», «son ellos los que impiden que se les admita, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente…», «una situación objetiva que de por sí hace imposible el acceso a la Comunión Eucarística», «esta norma no es simplemente una regla de disciplina, que podría ser cambiada por la Iglesia», etc.

15)   Discurso a los participantes en la Asamblea del Consejo Pontificio para la Familia, 24 de enero de 1997.

16)   Veritatis Splendor, n. 115.

 

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Pensando en Octubre

 

Lic. Néstor Martínez Valls

 

Para Octubre de este año está programada la segunda y definitiva etapa del Sínodo sobre la Familia, que se piensa será seguida por la Exhortación Apostólica del Papa en la que finalmente se definirá el tema de la comunión o no a los divorciados vueltos a casar y el reconocimiento o no de las uniones homosexuales en la Iglesia. Pensamos que a esta altura conviene hacer un repaso de las alternativas lógicamente posibles para mejor posicionarnos ante un evento de semejante importancia. Para ello nos vamos a concentrar en el Sínodo mismo, dejando de lado el eventual documento posterior del Papa.

 

Para cualquiera de las dos cuestiones discutidas, y para ambas conjuntamente, las alternativas lógicamente posibles son: que no se decida nada, o que se decida. Y si se decide, que se decida en armonía con la doctrina católica tradicional, o sea por la negativa en ambos casos, o no. A su vez, hay dos formas de no decidir nada: que no se decida nada y se lo deje así indeciso, o que se sugiera dejar la decisión en un sentido o en otro a cada Conferencia Episcopal. Y a su vez, también, la decisión por la negativa, única acorde con la doctrina católica, puede ser decidiéndolo así en principio, pero abriendo la puerta en la práctica por vía “pastoral”, o manteniendo, como solamente puede ser católicamente hablando, la coherencia entre la negativa de principio y la correspondiente práctica pastoral.

 

Es importante que aquellos que participen de este evento con la firme voluntad de mantener la verdadera doctrina católica sean conscientes de estas alternativas (y de otras más que se nos puedan escapar) porque lo único que es coherente con la doctrina católica de siempre, y por tanto lo único que le sirve a la Iglesia, es un pronunciamiento para toda la Iglesia, por la negativa en ambos casos, con el expreso rechazo de una práctica pastoral que no sea acorde con dicho pronunciamiento, o, lo que es lo mismo, con la expresa determinación para toda la Iglesia de que la práctica pastoral debe ajustarse en todo a ese pronunciamiento. Las otras alternativas harían entrar a la Iglesia en una oscuridad muy grande. La indefinición sin más abriría la puerta a una especie de “tierra de nadie” doctrinal y pastoral.

 

Hoy por hoy, la referencia inmediata es el Sínodo de Octubre. Si ese Sínodo falla en el sentido de una indefinición total, sólo queda la intervención posterior del Papa, que quedaría encargado de decidir él solo la cuestión, sin sugerencia u orientación alguna del Sínodo, lo cual haría preguntarse por el sentido de las dos convocatorias de la asamblea sinodal misma.

 

La indefinición a nivel universal con encargo a cada Conferencia Episcopal de decidir por su cuenta iría en contra de la catolicidad de la Iglesia. Haría pensar en una especie de federación de Iglesias locales que no tiene nada que ver con la Iglesia Católica, el único Cuerpo del único Señor, Jesucristo.

 

La definición correcta a nivel de principios pero falseada en la práctica “pastoril” (con “i”) es un paso adelante de la heterodoxia en la Iglesia. No resuelve la situación sino que la agrava, remitiendo en todo caso la solución al futuro.

 

Finalmente, la decisión en sentido contrario a la doctrina católica. Si por suma desgracia pasase algo así, la parte que lo impulsase se constituiría por ello mismo en cismática, y la Iglesia entraría en la una de las más grandes crisis de su historia, quedando bien delimitados, única ventaja en medio de tanta tristeza y amargura, los dos campos: el católico y el que no lo es.

 

Debemos pedir la gracia de poder cumplir con la misión histórica que nos asigna la Providencia: defender exitosamente la ortodoxia doctrinal y la unidad de la Iglesia en medio de esta espantosa crisis de los comienzos del siglo XXI.

 

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El precepto dominical

 

José María Iraburu

 

Hay muchas Iglesias en las que un 80% de los bautizados se mantiene habitualmente lejos de la Eucaristía. Esto es un horror. Pero, fácilmente, cuando un horror perdura largamente en una Iglesia –y, más aún, si afecta también a muchas otras–, comenzamos por desdramatizarlo, y acabamos por verlo como casi normal, justificándolo hasta cierto punto. «Es normal que no vayan a una Misa anclada en formas arcaicas, hoy incomprensibles». Y después de todo, «no está el ser cristiano en ir o no a Misa, sino en mucho más que eso: concretamente en la vida de la caridad». Por otra parte, «de poco vale lo hecho por obligación legal: el cristiano ha de moverse siempre por amor». Así pues, «que los cristianos vayan a Misa cuando hayan captado su valor, y no por cumplimiento (cumplo y miento) de un precepto», etc.

 

Ante el panorama de una situación mental y práctica semejante, supongamos que un Obispo o un párroco escribiera a los fieles una Carta pastoral con este esquema aproximado de ideas:

 

«Queridos cristianos de N.:

 

Como quizá habéis ya sabido estos días, la encuesta sobre la asistencia a la Eucaristía dominical nos informa que solamente un 20% de bautizados participa semanalmente en ella. Esto me hace pensar que entre nosotros un 80% de los bautizados no conoce qué es la misa, ignora la verdad de su propia vocación de cristiano, y no tiene fe suficiente para entender hasta qué punto es necesaria la Eucaristía para vivir cristianamente en este mundo y para obtener después la salvación eterna. La fe de la Iglesia, sin embargo, es en todo esto sumamente cierta y luminosa.

 

Fuente y cumbre. El Concilio Vaticano II expresa una convicción ciertísima de la Iglesia cuando dice que "la liturgia es la cumbre a la que tiende toda la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza. De la liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia como de su fuente, y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios a la que las demás obras de la Iglesia tienden como a su fin" (SC 10). Cristianos: sabed, pues, que desde el bautismo sois en Cristo sacerdotes, y que, por tanto, vuestro fin principal en este mundo es proclamar la gloria de Dios y procurar la salvación vuestra y la del mundo.

 

Gloria de Dios. Sabed que "sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para pregonar el poder del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1Pe 2,9). El que ni siquiera una vez por semana, en el Día del Señor, está dispuesto a congregarse con sus fieles hermanos para dar gloria al Creador y gracias al Redentor, sepa que no quiere ser cristiano. No podemos obligarle a serlo, pero debe saberlo.

 

Salvación del mundo. Todos los cristianos, como sacerdotes, tenéis que ser luz y sal del mundo, y en la Eucaristía –y en toda la vida– habéis de ofreceros con Cristo al Padre "por todos los hombres, para el perdón de los pecados". Por todos, y en primer lugar por vosotros mismos, por vuestros hijos y hermanos, por los más próximos. Cristo se ofrece al Padre en la cruz como "Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29.36). Él, que no tenía pecado alguno. Nosotros, que somos pecadores, ¿nos negaremos a ofrecernos con Él, en el santo sacrificio de la Eucaristía? Alejándonos de la misa, ¿le dejaremos solo a Cristo en el Sacrificio de la redención?... Eso sería negarse a ser cristiano.

 

Sacramento de la unidad de la Iglesia. La Eucaristía es el sacramento –signo y causa– de la unidad de la Iglesia. "Todos nosotros andábamos errantes, como ovejas, siguiendo cada uno su camino" (Is 53,6). Pero el Padre nos envió para congregarnos a su Hijo, como Pastor. Y en efecto, Él "murió por el pueblo, para reunir en la unidad a todos los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn 11,52). Hacéis, pues, vana la encarnación y la muerte de nuestro Señor Jesucristo si, despreciando su Sangre, no aceptáis reuniros eucarísticamente en la unidad de la Iglesia. Si no perseveráis en la Eucaristía, os alejáis de la Iglesia, y si os apartáis de la Iglesia, os alejáis de Cristo. No hay vida cristiana sin vida eclesial, ni vida eclesial sin vida eucarística.

 

La Iglesia es una unidad, una comunión, una común-unión, una congregación de gentes antes dispersas y contrapuestas: es una convocación, en la que cada cristiano tiene vocación a integrarse en esa unidad comunitaria. Sabedlo con toda claridad: al que no le interese reunirse semanalmente en la Eucaristía, al que no quiera "perseverar en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la unión, en la fracción del pan [Eucaristía] y en la oración" (Hch 2,42), no le interesa mayormente ser cristiano. Tenga, pues, conciencia de ello. Conozca y reconozca la actitud en que está y la dirección que sigue.

 

Un rebaño. 80% de los bautizados habitualmente alejados de la Eucaristía... ¡Qué horror y qué dolor! ¡Cuántos sacrilegios van también implícitos en esas terribles cifras! Muchachos que reciben el sacramento de la confirmación, estando determinados a dejar la Misa, una vez que lo hayan recibido. Cristianos que, sin confesar primero el grave pecado de su alejamiento habitual, ni arrepentirse de él, se acercan de tarde en tarde, en señaladas celebraciones, a la comunión del cuerpo de Cristo, ¡que es el sacramento de la unidad de la Iglesia! Sabed, cristianos alejados de la Eucaristía, que apenas sois cristianos, pues apenas sois Iglesia... La Iglesia es eucarística, y no tiene ser ni vida al margen de la Eucaristía. Sabed que la Iglesia es un Rebaño, pero un rebaño reunido. Un rebaño disperso no es un rebaño; quizá lo fue o no llegó a serlo; pero lo que está claro es que, en la medida en que está disperso, en esa medida no es Iglesia.

 

Un templo. Vosotros, cristianos, formáis en este mundo, de entre todos los pueblos, un gran Templo de Dios, edificado sobre la roca de Cristo y el fundamento de los apóstoles. De ese Templo "sois piedras vivas, edificados en Casa Espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, gratos a Dios por Jesucristo" (1Pe 2,5). Si no permanecéis trabados en la edificación eclesial, sois como piedras caídas y muertas, desprendidas del edificio. Sois la parte ruinosa de un edificio espiritual que en parte se mantiene aún erguido.

 

Permanecer en Cristo, cuestión de vida o muerte. Cristianos no-practicantes –absurda expresión–, sabed que, alejándoos habitualmente de la Eucaristía, estáis arriesgando vuestra propia salvación eterna. Decidme, si no, cómo hemos de entender palabras de Cristo tan graves como éstas:

 

"Yo soy el pan vivo bajado del cielo... En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día" (Jn 6,51-54). Es en la Eucaristía donde, oyendo la Palabra de Cristo y comiendo su Cuerpo, y uniéndonos a los pastores y a los hermanos en la fe, recibimos la vida de la gracia, la vida eterna. Es así, fundamentalmente, como la Iglesia es y obra en cuanto "sacramento universal de salvación" (Vaticano II: LG 48, AG 1). ¿Te crees tú capaz de atravesar el desierto de este mundo temporal, en un Éxodo que va del Egipto del mundo a la Tierra Prometida del cielo, sin alimentarte con el maná eucarístico? ¿Estás loco? ¿Has perdido el instinto de conservación de tu vida cristiana?

 

"Yo soy la vid, y vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto. El que no permanece en mí es echado fuera, como el sarmiento, y se seca, y los amontonan y los arrojan al fuego para que ardan" (Jn 15,5-6). De muchos modos, es cierto, permanecemos en Cristo, en primer lugar "guardando sus preceptos" (15,10), y el principal de ellos es sin duda la caridad; pero uno de ellos, y bien principal, es precisamente "haced esto en memoria mía" (1Cor 24-25): celebrad la Eucaristía, el memorial de la Redención, "hasta que venga" (26). Es un mandato, no es un consejo dirigido a unos cuantos devotos. ¿Te atreves a desobedecer a Cristo, el Señor, el que "ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos"? ¿Te atreves tú a separarte habitualmente de la santa Vid, para quedar convertido en un sarmiento reseco, sin vida y sin fruto? ¿Conoces tú a qué destino lleva eso?

 

Confesar a Jesucristo. En la Eucaristía, en el Día del Señor, ya desde el mismo día de su resurrección, los cristianos nos reunimos con los sacerdotes de la Nueva Alianza y con la asamblea fraterna de los fieles, para glorificar a Cristo por su inmensa gloria, para pedirle "Señor, ten piedad de nosotros", en una palabra, para proclamar su grandeza de Salvador en un acto público, solemne y comunitario: para confesarlo ante los ángeles y los santos, ante los creyentes y los incrédulos. Pues bien, aquellos cristianos que habitualmente os mantenéis alejados de la gloriosa Eucaristía –pudiendo asistir a ella, pero teniendo al parecer cosas más importantes que hacer–, recordad la palabra de Cristo: "a todo el que me confesare delante de los hombres, lo confesaré yo delante de mi Padre celestial. Y a quien me negare delante de los hombres, yo lo negaré delante de mi Padre celestial" (Mt 10,32).

 

¡Confesad, cristianos, a Cristo en esta vida pública y litúrgicamente, con todo entusiasmo, si queréis ser confesados por Cristo ante el Padre en la otra! ¡No despreciéis a Cristo, que quiere entregaros en la Eucaristía su Palabra y su Cuerpo, porque desea apasionadamente, hasta la muerte en Cruz, vuestra salvación! ¡No enseñéis a vuestros hijos a despreciar a Cristo! ¡No deis a la Eucaristía una importancia secundaria, que debe ceder, prácticamente, ante cualquier otra cosa! ¡Entrad en el gozo de la Cena del Señor! Y de este modo tendréis la felicidad de dar cumplimiento al mandato apostólico: "¡alegraos siempre en el Señor; de nuevo os digo: alegraos!" (Flp 4,4).

 

Cristiano que desprecias habitualmente la Eucaristía, viviendo normalmente alejado de ella, "¿piensas tú... que escaparás al juicio de Dios? ¿O es que desprecias las riquezas de su bondad, paciencia y longanimidad, desconociendo que la bondad de Dios te atrae a conversión?" (Rm 2,3-4). ¿Quieres y eliges vivir tú y que vivan tu esposa y tus hijos "lejos de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y extraños a la Alianza de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo" (Ef 2,12)? ¿O es que todavía piensas que es posible ser cristiano marginándose de la Eucaristía, es decir, de Cristo-Palabra, de Cristo-Cuerpo eucarístico, de Cristo-Cuerpo místico, congregado en su nombre, presidido por sus pastores?

 

La Iglesia sabe que no pueden los fieles vivir la gracia sin la Palabra divina y el Cuerpo místico y eucarístico de Cristo. Y por esas razones profundísimas, no en forma arbitraria, establece en su tradición canónica secular, que hace falta una grave causa para que los fieles se vean lícitamente eximidos de la obligación que tienen de participar en la Misa los domingos y los demás días de precepto (Código de Derecho Canónico 1247-1248). El precepto dominical, gloriosa obligación de amor, declara simplemente la verdad de las cosas: que sin relación habitual con la Eucaristía, el cristiano fallece –con ley o sin ley, es lo mismo–; se queda sin Cristo, que es la Vida; es decir, se muere.

 

Cristianos, vosotros, sobre todo, los que sois padres de familia: lo mejor que suele haber en vosotros es el amor a vuestros hijos. Con la palabra y el ejemplo, ayudadlos, pues, desde niños a centrarse con vosotros en la Eucaristía, de tal modo que, con la gracia de Dios y la intercesión de la Virgen y San José, forméis siempre una verdadera Familia Sagrada, abierta a todos los bienes de Dios en esta vida y en la otra».

 

Si alguno me dice: «no me gusta el tono», yo habré de decirle: «cámbiale, pues, el tono, pero di eso mismo». Así o de otra forma, en este tono o en otro diverso –o mejor, en todos los tonos y maneras, según personas y circunstancias–, padres y catequistas, Obispos y párrocos, habrán de llamar a la Eucaristía una y otra vez, sin cansarse, a lo largo de años y decenios, en formas tan insistentes como fuere necesario, con campañas y slogans, carteles y trípticos, visitas y cartas circulares, artículos y pastorales, sin reparar en trabajos y en gastos, con conferencias y congresos, libros y folletos sobre la Misa, en plazas, calles y templos. Siempre y en todo lugar, con oportunidad o sin ella.

 

Como dice el Vaticano II, «los trabajos apostólicos [todos los trabajos pastorales] se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo, todos se reúnan, alaben a Dios en medio de la Iglesia, participen en el Sacrificio y coman la Cena del Señor» (SC 10). ¡La vida entera de la Iglesia tiene «su fuente y su fin» en ese encuentro dominical de todos los fieles en el Sacrificio de la Nueva Alianza! Todo lo demás tiene que venir de ahí, como de su fuente, y todo ha de ordenarse a eso, como a su fin.

 

Pues bien, en las Iglesias sin vocaciones sacerdotales estas llamadas a la Eucaristía dominical apenas se producen nunca, al menos con insistencia, con fuerza solemne, pública, comprometedora. O a veces el mensaje se pronuncia con acento tan suave y discreto que no llega al corazón de nadie, y a nadie convierte. Se hacen campañas nacionales y diocesanas sobre la solidaridad, los pobres, el paro, la marginación, el hambre, la xenofobia, los enfermos, la ecología, la contribución económica a la Iglesia, la construcción o restauración de templos, y muchos otros temas de indudable importancia. Pero entre el apremio pastoral de esos importantes asuntos y la exhortación explícita a «permanecer en Cristo» por la Eucaristía dominical viene a haber una proporción como de noventa y nueve a uno. De ahí los fieles sacan la consecuencia de que la Eucaristía tiene su importancia, pero que lo que realmente importa para ser cristiano es todo lo referente a la vida moral, especialmente en cuanto ésta se refiere a cuestiones de justicia social.

 

Vocaciones. ¿Se comprende, pues, cómo es posible que en esas Iglesias un 80% de los bautizados se mantenga lejos de la Eucaristía habitualmente, sin especiales problemas de conciencia? ¿Se comprende también que no haya en ese ambiente casi ningún cristiano que, ante todo y sobre todo, quiera ser «sacerdote de la Nueva Alianza», el hombre que, con la asamblea cristiana, actualiza en la Eucaristía el Sacrificio de la Redención, en el que «Dios está, en Cristo, reconciliando al mundo consigo» (2Cor 5,19)?

 

¿Cómo surgirán vocaciones al sacerdocio pastoral, es decir, vocaciones a la Eucaristía y a la congregación de los fieles, en una Iglesia que, de hecho, no da la prioridad absoluta de sus empeños al culto de Dios y a la redención del mundo en el Mysterium fidei –Cena, Cruz, Resurrección–, es decir, en una Iglesia que está descentrada de su centro absoluto?

 

(José María Iraburu, Causas de la escasez de vocaciones, Fundación GRATIS DATE, Pamplona –http://www.gratisdate.org/nuevas/vocaciones/default.htm–, Capítulo 3, Sección 1).

 

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Los católicos ¡esos idólatras!

 

Carlos Caso-Rosendi

 

Les presento una respuesta solicitada por un amigo que me pidió un poco de ayuda para responder en profundidad a una persona que acusaba a la Iglesia Católica de idolatrar imágenes. Por más que pasan los siglos no se termina el desfile de los que vienen siempre con la misma cantinela y aquí, una vez más, respondemos con solicitud y rogamos a nuestros buenos amigos protestantes que piensen algo nuevo porque esto ya lleva unos cuantos siglos y podríamos cambiar de tema un poquito. Ahí vamos entonces...

 

Autoridad

 

Lo primero que debemos considerar es ¿qué autoridad tiene una persona que critica el uso de las imágenes en la Iglesia Católica aduciendo sinceramente que el uso de imágenes viola un mandamiento? En realidad esa persona no tiene autoridad alguna, pues está usando un libro católico que la Iglesia ha compuesto y autorizado y santificado en varios concilios antiguos. Luego esa persona, que se ha arrogado el derecho de interpretar personalmente aquello que obviamente conoce en forma imperfecta, se planta fuera de la tradición eclesial y trata de volver el sentido de las Escrituras en contra de la vida de la Iglesia. Eso es exactamente lo que hace Satanás cuando tienta a Cristo usando capciosamente lo escrito en el Antiguo Testamento –Mateo 4,1-11–. Agreguemos a eso que la persona tiene la cara de presentarse y decir que los cristianos de veinte siglos se han equivocado y que aquí está él para corregir el error. La palabra arrogancia no alcanza a describir esta actitud tan severa de parte del crítico que se opone a la obra de la comunidad cristiana de las edades como si nada importara sino su propia opinión e interpretación apresurada de algo que ya ha sido considerado varias veces por la comunidad a través de los siglos.

 

Modo

 

El modo de interpretación es en primer lugar absoluto y literalista. Como siempre ocurre con las objeciones protestantes a la práctica milenaria de la fe cristiana, se reduce el sentido de las Escrituras a cierta literalidad conveniente al argumento herético. Para ser válida, esa construcción debería ser consistente, es decir, debería estar de acuerdo con toda la Escritura y consigo misma. Entonces, si ninguna imagen es permisible en los términos que se presentan en forma adversaria, tal forma o modo adverso debe ser aplicado consistentemente a todas las Escrituras y especialmente a las palabras de Cristo.

·         Mateo 18,9: Y si tu ojo te hace caer, sácalo y échalo de ti...

·         Lucas 14,27: Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo.

·         Lucas 9,60: Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios.

 

Si tomamos literalmente estas palabras usando un modo consistente de interpretación literal habría muchos fieles sin ojos, no habría cementerios cristianos, y debiéramos arrastrar una cruz romana el día entero si queremos ser seguidores de Cristo. Obviamente estas palabras se dicen a una comunidad que maneja diestramente, conoce, los símbolos que Cristo emplea para comunicarse: la cruz es la entrega y el sufrimiento cristianos; el arrancarse un miembro es el renunciamiento al deseo de los placeres ilícitos; las personas que no siguen a Cristo están espiritualmente muertas, etc. La comunidad o iglesia comparte con Cristo (y con el pasado, por la Tradición) un lenguaje, una forma de entender las cosas.

 

Este problema protestante de contradicción entre consistencia y literalidad se evidencia muy prontamente cuando se considera el verso eucarístico de Juan 6,53: Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.

 

El protestante entonces cambia de modo interpretativo aquí; ahora desaparece su literalidad y Cristo, nos dicen, debe estar hablando de modo simbólico. El problema con esta disparidad, esta inconsistencia, es que el intérprete debe erigirse en juez absoluto de cómo entender la Biblia y al hacerlo es tentado hábilmente por el demonio para ponerse en el lugar de Dios y de la Iglesia. Esa Iglesia que Cristo estableció para ese propósito y a la cual Él le dio la autoridad de interpretar y sancionar las reglas de vida de la comunidad.

 

El intérprete, ahora completamente cegado al engaño que lo atrapó, lucha contra Dios y contra su descendencia. El demonio lo ha convencido que su misión es santa, urgente y así lo lanza a engañar a otras almas que perecen al ser llevadas a la oscuridad por todos estos pensamientos críticos, que nacen de la falta de fe en Cristo y en Su promesa de mantener eternamente a la Iglesia libre de error doctrinal por medio del Espíritu Santo. Esto es, como puede verse si se lo observa con sinceridad, un grave pecado.

 

Contexto histórico

 

Tanto para nuestros ancestros en la fe, los hebreos, como para nosotros, la Ley escrita es “un ayo que nos conduce a Cristo” (Gálatas 3,6) y no un amo inflexible que nos limita a la letra estricta. La ley escrita de Dios, la Escritura, es “útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia” (2Timoteo 3,16) pero no contiene todo lo que la comunidad de creyentes practica y vive. En eso la comunidad misma practica o sea “guarda” la doctrina de la fe: “si me retraso, sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y fundamento de la verdad.” (1Timoteo 3,15) Nunca en la vida de Israel (ni luego en la vida de la Iglesia) se redujo la práctica comunitaria a lo que dice un libro sino a la comunidad de los sabios en Israel que “atan y desatan” razonando la Ley a la luz de su experiencia viva como pueblo. Ambas cosas, lo escrito y lo vivido deben ser consistentes y no pueden ser contradictorios. Sin embargo la Ley no contiene cada detalle litúrgico, legal o práctico. Para determinar esas cosas hay una “cátedra” o silla de Moisés. Palabras de Cristo: “En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; pero no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, pero no hacen. Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas.” (Mateo 23,2-4). Cristo claramente apunta a las buenas instrucciones que emanan de los sabios que estudian la Ley pero nos llama la atención también al lamentable hecho de que son humanos y aunque sus instrucciones son guiadas por la Ley, su forma de vida puede no reflejar la sabiduría de Dios. Con esto Cristo nos recuerda que la Ley opera en el contexto del pecado original del cual nadie puede escapar. Somos jueces injustos y no nos pertenece la perfección personalmente. Lo que sí podemos hacer es vivir en comunidad y guardar la Ley entre todos. Eso fue el pueblo de Israel, un “pueblo santo” apartado para Dios por la Ley. La Iglesia, que es heredera de esa misión es también una comunidad “santa” porque está apartada para el servicio de Dios y guarda en ella las cosas que Dios ha santificado: las Escrituras, la Liturgia, la Santa Tradición. Esas cosas son demasiado grandes como para confiarlas a la interpretación de un hombre solo leyendo la Ley. Si tantos problemas ha habido y aún hay cuando grupos insolentes son tentados a violar la ley de Dios (aún entre obispos y cardenales, como antes ocurrió con los escribas saduceos y fariseos que llegaron a oponer la Ley a Cristo mismo, cometiendo así el peor crimen de la historia) entonces debemos entender que es una premisa falsa que un individuo pueda llegar a construir la religión de la verdad por la sola lectura de la Ley de Dios. Es la Iglesia sometida a Dios, la comunidad, la que guardará como “columna y baluarte” la práctica de la verdad recibida. No hay otra cosa.

 

Contexto lógico

 

Ni los judíos ni los cristianos jamás se guiaron exclusivamente por lo escrito para determinar la liturgia, por ejemplo. Los hebreos guardaron aparte los detalles de las celebraciones levíticas, las cuales están expresadas en la Biblia sólo en forma de bosquejo. Es imposible reconstruir el deber litúrgico hebreo a partir de la Ley Mosaica.

 

Por ejemplo, tomemos la importantísima celebración del Día del Perdón: ¿Cuál es el trabajo de cada sacerdote en el Yom Kippur? ¿Cuántos de ellos participan? ¿Dónde se paran? ¿Qué cantan? ¿Cómo se visten? Hay algún detalle por aquí y por allá en el Antiguo Testamento, pero lo cierto es que si tenemos que reconstruir todo eso por medio de la Biblia estamos en un aprieto porque no hay suficiente información. Se puede tratar de razonar (pobremente) cualquier cosa usando lo que está expresado pero no será más que una hilera de suposiciones en la que –en cada una de las suposiciones– nos podremos equivocar como gravemente se equivocan los que se salen de la Iglesia para tratar de crear la práctica del cristianismo desde la Biblia.

 

El cristianismo no es un libro, es una forma de vida. No existe un libro de mi padre que me diga cómo ser su hijo, o cómo ser un buen argentino, mexicano, cubano, etc. Tampoco hay un libro que contenga todo lo que un cristiano debe ser y cómo se ha de conformar en detalle la comunidad. Para una y otra cosa está la vida familiar, allí donde aprendemos a comportarnos como corresponde al contexto familiar, comunitario, eclesial, etc. (de nuevo 1Timoteo 3,15).

 

La Santa Tradición de la Iglesia es equivalente a la vida familiar de los cristianos donde cada generación aprende de los fieles de la generación precedente porque conviven en la Iglesia guardada por Dios tal como Él lo prometió. De otro modo, no hay manera de tener una Iglesia y terminan siendo varios cientos de miles, como las protestantes, cada uno con su “interpretación” terminal y absoluta, cada uno un papa y cada uno un dios. Todos trabajando en su propia destrucción espiritual y en la destrucción de otras almas que arrastran al error con ellos.

 

El error iconoclasta

 

En la Iglesia aparecen iconoclastas cada tanto y todos comienzan con el mandamiento “no te harás imágenes” y de ahí salieron valdenses, nestorianos, musulmanes, etc. Ya se hicieron varios concilios para tratar ese asunto: “Las imágenes, sea que estén pintadas o en mosaicos o en cualquier otro material apto, deben estar expuestas en las iglesias [...] De hecho, mientras más frecuentemente estas imágenes sean contempladas, tanto más quienes las contemplan son llevados al recuerdo y al deseo de los modelos originales y a ofrecerles, besándolas, respeto y veneración. Ciertamente no se trata de una verdadera adoración, reservada por nuestra fe sólo a la naturaleza divina, sino de un culto similar al que se ofrece a la imagen de la cruz preciosa y vivificante, a los santos evangelios y a otros objetos sagrados, honrándolos con el ofrecimiento de incienso y de luces según la costumbre de los antiguos.” (Concilio de Nicea II, año 787; en: Conciliorum oecumenicorum decreta, p. 138).

 

Por eso no se puede reducir a sola Scriptura el mandamiento de las imágenes porque nos enmarañamos en falsos razonamientos en los que no se tienen en cuenta las distinciones que se aprenden en la vida tradicional de la Iglesia –que es confiable, que no es mala, que nos da vida–. Allí aprendemos que el “no matarás” no es absoluto y literal sino que, como bien entiende el protestante, es relativo. Si yo veo que un asesino va a degollar a un niño, le planto un tiro en la cabeza y no tengo duda que Dios no me castigará por ello pues la autoridad “para algo lleva la espada” (Romanos 13:4); y es autoridad dada por Dios proporcionalmente a cada uno el defender la vida con lo que Él nos ha dado, según lo requieran las circunstancias. Así como hay excepciones al mandamiento de no matar, hay un modo o excepciones al mandamiento sobre las imágenes, que tampoco es literal y absoluto, como ya hemos visto.

 

El contexto es importante: en el mundo antiguo (Egipto, Mesopotamia) la misma imagen era considerada el dios y se le daba servicio sagrado, adoración especial o latría. De ahí nuestra palabra idolatría, o sea adorar ídolos. Ningún católico en su sano juicio cree que la Virgen María está hecha de bronce o de yeso y está puesta ahí en el altar. Todos sabemos que esa imagen es como “la foto” de una persona viva que no podemos ver en este mundo pero existe en los cielos y está allí debido a que Dios la santificó. No la adoramos como adoramos a Dios, eso sería repugnante, pero le damos un grado inferior de adoración (dulía), especial en el caso de María por ser la Madre de Dios. Comencemos por afirmar que nosotros sabemos lo que estamos haciendo. Yo soy católico y no adoro imágenes sin importar lo que diga cualquiera que venga y me espete que sí lo hago. La gran mayoría de las personas católicas saben bien lo que están haciendo en este caso, digan lo que digan Daniel Zappia o Jack Chick.

 

Así que primero viene Dios (latría), luego María (hiper-dulía, por ser la Madre de Dios Encarnado), luego los santos (dulía, el “deber de honrar”), luego, por ejemplo, tu esposa a quien adoras y sirves en el sacramento del matrimonio. En la vieja forma del casamiento (que aún se conserva en inglés) al ponerle en anillo en el dedo a la novia se decía “con mi cuerpo yo te adoro” (“with this body I thee worship”) y eso decía la novia a su vez. En el anglicanismo protestante aún se conserva la fórmula. También “duliamos” o tenemos el deber de honrar a nuestro padre y a nuestra madre por los mismos mandamientos; eso es “adoración” en hebreo, honra reservada, servicio o deber sagrado, pero en menor grado.

 

Cualquier pelmazo sabe que no es lo mismo y la ley no castiga igual darle una patada en el trasero:

·         a un ciudadano común

·         a un policía

·         a un embajador

·         al presidente de la república

 

En el caso del presidente y los funcionarios se incurre en “lesa majestad”, o sea se hiere no solamente a la persona sino a la dignidad que porta por su cargo, la cual le es conferida por la comunidad. Si yo humillo al presidente de México en su calidad de tal, humillo a todo México porque él lo representa, ha sido elegido o apartado para un servicio especial que tiene un carácter superior por lo que significa, como el servicio sagrado (latría, hiperdulía y dulía) que se rinde a los que representan a Dios en nuestra vida espiritual y comunitaria. Como obra de Dios, todos tenemos un grado distinto de dignidad, eso se reconoce aún civilmente.

 

En el caso de Dios, María y los santos; el Papa, los obispos, los ancianos, nuestros padres, etc. todos han sido ordenados por Dios para tener un grado de dignidad que todos respetan entre sí pues tienen el “deber de honrar” (la dulía) y ese deber es proporcional, tal como lo es en las leyes humanas. Pretender que por honrar a la Virgen en una imagen, o a mi madre en un retrato, estoy hiriendo a Dios es un serio pecado que implica creer que Dios está celoso del honor que Él mismo ha concedido a sus santos, a los padres de familia, a los regentes de las naciones, a los sacerdotes, religiosos, esposas y esposos; cada uno en su medida.

 

Habiendo meditado en estas cosas y orando a Dios por claridad y verdad para que nos guarde del Enemigo, adjunto ahora unos breves capítulos del Vademécum de Apologética Católica que tratan de estos asuntos.

 

Imágenes

 

Católicos y protestantes están de acuerdo en que los Diez Mandamientos son de inspiración divina. Los mandamientos aparecen en varios lugares de la Biblia, por ejemplo Éxodo capítulo 20 y Deuteronomio capítulo 5. Es importante considerar que los textos originales no indican dónde comienza y termina cada mandamiento. La numeración por versículos fue establecida en el siglo XI por el Cardenal Hugo de Sancto Claro como ayuda y guía en el estudio de las Escrituras. El orden de los mandamientos que usa la Iglesia Católica es el mismo que usaba San Agustín, ya en el siglo IV y es el mismo que usan los grupos eclesiales luteranos. Algunos grupos eclesiales protestantes usan hoy la división de los Padres Griegos que es un tanto diferente de la usada por San Agustín. En un intento de atacar el uso de imágenes en la adoración, algunos de los reformadores –entre ellos Juan Calvino– decidieron listar “No te harás escultura ni imagen alguna...” como segundo mandamiento. Para los católicos sin embargo, este pasaje es parte integral del primer mandamiento porque así lo sugiere la sintaxis hebrea original. Para no terminar con once mandamientos en la lista, los reformadores juntaron los dos últimos mandamientos en uno solo, incluyendo de hecho a la mujer entre las propiedades o pertenencias. Esta modificación protestante es importante porque rebaja de manera injusta la dignidad de la mujer en la vida cristiana mientras que el decálogo católico preserva el entendimiento cristiano de la dignidad de la mujer, del matrimonio y de la monogamia que prevalecen en el Nuevo Testamento. En un claro exceso de autoridad, los reformadores han ajustado las Escrituras que la Iglesia aceptaba ya por muchos siglos. Su intención de dar énfasis a lo que ellos consideraban injusto (uso de imágenes en la adoración) termina resultando en una disminución de la dignidad de la mujer cristiana creada –tal como el hombre– a la imagen de Dios: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó...” (Génesis 1,27).

 

Éxodo 20,1-6 Entonces pronunció Dios todas estas palabras diciendo: “Yo, Yahvé, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí. No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque yo Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian y tengo misericordia por millares con los que me aman y guardan mis mandamientos.

 

Las instrucciones de Dios en este caso deben ser entendidas en su contexto original. Los israelitas están saliendo de Egipto donde han morado ya por cuatro siglos en medio de una cultura que asignaba a las imágenes las cualidades y el poder de los dioses que representaban. En esas circunstancias es que Dios condena el estilo pagano de adorar las imágenes, tan común en Egipto, una sociedad bien conocida por su religiosidad pagana. El mandamiento no afirma que todas las imágenes sean inherentemente malignas. Tampoco priva a los fieles de usarlas apropiadamente en la adoración y en la liturgia, como comprobaremos luego al estudiar la construcción del Tabernáculo de Israel, construido por los mismos israelitas siguiendo las instrucciones de Dios. Resulta claro, al leer el relato completo del Éxodo –así como otras partes de la Escritura– que lo abominable no son las imágenes por sí mismas sino el adorarlas como si fueran dioses.

 

Éxodo 25,18-20 Harás, además, dos querubines de oro macizo; los harás en los dos extremos del propiciatorio: haz el primer querubín en un extremo y el segundo en el otro. Los querubines formarán un cuerpo con el propiciatorio, en sus dos extremos. Estarán con las alas extendidas por encima, cubriendo con ellas el propiciatorio, uno frente al otro, con las caras vueltas hacia el propiciatorio.

 

Dios dirige a los israelitas a decorar el Arca de la Alianza con imágenes de ángeles.

 

Éxodo 37,7-9 Hizo igualmente dos querubines de oro macizo; los hizo en los dos extremos del propiciatorio; el primer querubín en un extremo y el segundo en el otro; hizo los querubines formando un cuerpo con el propiciatorio en sus dos extremos. Estaban los querubines con las alas extendidas por encima, cubriendo con ellas el propiciatorio, uno frente al otro, con las caras vueltas hacia el propiciatorio.

 

2 Crónicas 3,10-13 En el interior de la sala del Santo de los Santos hizo dos querubines, de obra esculpida, que revistió de oro. Las alas de los querubines tenían veinte codos de largo. Un ala era de cinco codos y tocaba la pared de la sala; la otra ala tenía también cinco codos y tocaba el ala del otro querubín. El ala del segundo querubín era de cinco codos y tocaba la pared de la sala; la otra ala tenía también cinco codos y pegaba con el ala del primer querubín. Las alas desplegadas de estos querubines medían veinte codos. Estaban de pie y con sus caras vueltas hacia la sala. Hizo también el velo de púrpura violeta, púrpura escarlata, carmesí y lino fino y en él hizo poner querubines.

 

Estas esculturas de ángeles fueron construidas para decorar el Templo. Esto jamás hubiera ocurrido si la prohibición divina incluyera a imágenes de todo tipo.

 

2 Crónicas 4,3-4 Debajo del borde había en todo el contorno unas como figuras de bueyes, diez por cada codo, colocadas en dos órdenes, fundidas en una sola masa. Se apoyaba sobre doce bueyes; tres mirando al norte, tres mirando al oeste, tres mirando al sur y tres mirando al este. El mar estaba sobre ellos, quedando sus partes traseras hacia el interior.

 

Estas figuras de bueyes estaban ubicadas conspicuamente en el atrio del templo de Salomón.

 

1 Reyes 7,29 Sobre el panel que estaba entre los listones había leones, bueyes y querubines. Lo mismo sobre los listones. Por encima y por debajo de los leones y de los toros había volutas...

 

Había una gran variedad de imágenes esculpidas en el templo de Salomón y en los sucesivos templos en los que se adoró al Dios de Israel.

 

1 Reyes 6,23 –[Salomón] en el lugar Santísimo hizo dos querubines de madera de olivo; cada uno medía cinco metros de altura.

 

Por propia voluntad, Salomón hizo tallar imágenes de querubines para el templo. Dios no lo había ordenado; sin embargo las imágenes no le resultaron ofensivas.

 

Ezequiel 41,17-19 Desde la entrada hasta el interior de la casa y por fuera, así como en todo el ámbito del muro, por fuera y por dentro, había representado querubines y palmeras, una palmera entre querubín y querubín; cada querubín tenía dos caras: una cara de hombre vuelta hacia la palmera de un lado y una cara de león hacia la palmera del otro lado; así por todo el ámbito de la casa.

 

Como se puede apreciar, este segundo templo también contenía imágenes esculpidas.

 

Hebreos 9,5 Encima del arca, los querubines de gloria que cubrían con su sombra el propiciatorio [...]

 

En el Nuevo Testamento se confirma que había imágenes en el templo del antiguo Israel pero no se menciona para nada que dichas imágenes puedan ser ofensivas a Dios.

 

Éxodo 26,31 Harás un velo de púrpura violeta y escarlata, de carmesí y lino fino torzal; bordarás en él unos querubines.

 

Imágenes bordadas fueron usadas en el santuario del Arca de la Alianza, uno de los lugares más sagrados del Tabernáculo de Israel.

 

Números 21,8 Y dijo Yahvé a Moisés: “Hazte un abrasador y ponlo sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y lo mire, vivirá.”

 

A primera vista, esto parece una violación de la supuesta prohibición de “hacerse imágenes esculpidas"; sin embargo, la instrucción proviene de Dios. Esto deja bien claro la falsedad de la interpretación literalista de que toda imagen labrada es ofensiva a los ojos de Dios. Es interesante notar que Jesús mismo hace referencia a este pasaje en el Nuevo Testamento.

 

Juan 3,14-15 Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna.

 

Los israelitas fueron salvados del veneno de las serpientes luego que Moisés –siguiendo las instrucciones de Dios– construyera la figura de una serpiente, izándola delante del pueblo. Es obvio, entonces, que el mandamiento de Éxodo capítulo 20 no se refiere literalmente a la mera creación de imágenes.

 

Isaías 45,20 Reuníos y venid, acercaos todos, supervivientes de las naciones. No saben nada los que llevan sus ídolos de madera, los que suplican a un dios que no puede salvar.

 

Es la adoración de dioses falsos lo que Dios prohíbe y no el mero uso de imágenes. No hay ninguna parte de las Escrituras que prohíba el hacer o usar imágenes. Las Escrituras prohíben la adoración de imágenes, algo que ningún cristiano se atrevería a hacer.

 

Veneración de reliquias

 

La idea de que ciertos objetos se tornan santos –por estar cercanos a Dios o a una persona santa–viene de siglos antes de Cristo. Tenemos el testimonio del poder asociado con el Arca de la Alianza y la veneración que se le otorgaba. En el Nuevo Testamento también se veneran algunos objetos sagrados.

 

2 Reyes 13,20-21 Eliseo murió y le sepultaron. Las bandas de Moab hacían incursiones todos los años. Estaban unos sepultando a un hombre cuando vieron la banda y arrojando al hombre en el sepulcro de Eliseo, se fueron. Tocó el hombre los huesos de Eliseo, cobró vida y se puso en pie.

 

Éste es un ejemplo de que las reliquias de una persona santa pueden producir milagros, aun hasta el volver a un muerto a la vida.

 

Hechos 19,11-12 Dios obraba por medio de Pablo milagros no comunes, de forma que bastaba aplicar a los enfermos los pañuelos o mandiles que había usado y se alejaban de ellos las enfermedades y salían los espíritus malos.

 

La Escritura relata cómo, por la gracia de Dios, los objetos materiales pueden transmitir su poder. Por ejemplo, los objetos que Pablo tocaba luego podían curar a los enfermos.

 

Mateo 9,20 Jesús se levantó y le siguió junto con sus discípulos. En esto, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto. Pues se decía para sí: “Con sólo tocar su manto, me salvaré.” Jesús se volvió y al verla le dijo: “¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado.” Y se sanó la mujer desde aquel momento.

 

El manto de Jesús no tenía poder en sí mismo sino por la Persona que lo llevaba. Aquí vemos que la “sola fe” no fue suficiente para curar a la mujer, aunque por fe la mujer fue motivada a tocar la orla del manto de Jesús. Ella tuvo que obrar por sí misma al avanzar y tocar el manto. Fue su fe en Jesús combinada con su acción personal la que le devolvió la salud.

 

Mateo 14,35-36 Los hombres de aquel lugar, apenas le reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y le presentaron todos los enfermos. Le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto y cuantos la tocaron quedaron salvados.

 

Uno de los más antiguos mártires de que tenemos noticia es San Policarpo, que murió martirizado en 154 d.C. Aun en esos tempranos tiempos hay registros de que los fieles conservaron y veneraron las reliquias de este amado santo: “Cuando el centurión vio el desorden que estaban causando los judíos, confiscó el cuerpo y de acuerdo a su costumbre, lo cremaron. Finalmente tomamos sus huesos, aun más preciosos que las más costosas gemas y más fino que el oro y lo pusimos en un lugar adecuado. El Señor nos permita, cuando sea posible, que nos reunamos allí con gozo y alegría para celebrar el aniversario de su martirio, para memoria de aquellos que ya han entrado en la lucha y para fortalecimiento de los que tengan que luchar en el futuro.” [1] Nótese adicionalmente la referencia de los fieles a la celebración de días de fiesta en memoria de un santo.

 

Crucifijo

 

El Crucifijo es un símbolo del misterio de la Pascua. De él aprendemos que, para compartir la victoria de la Resurrección, debemos unirnos al sufrimiento de Cristo en la Pasión. Se nos recuerda vívidamente que no hay nacimiento a una nueva vida sin antes morir a esta vida. Es un mensaje que es difícil de aceptar y es por eso que lo debemos tener siempre presente.

 

Números 15,37-41 Yahvé dijo a Moisés: “Habla a los israelitas y diles que ellos y sus descendientes se hagan flecos en los bordes de sus vestidos y pongan en el fleco de sus vestidos un hilo de púrpura violeta. Tendréis, pues flecos para que, cuando los veáis, os acordéis de todos los preceptos de Yahvé. Así los cumpliréis y no seguiréis los caprichos de vuestros corazones y de vuestros ojos, que os han arrastrado a prostituiros. Así os acordaréis de todos mis mandamientos y los cumpliréis y seréis hombres consagrados a vuestro Dios. Yo, Yahvé, vuestro Dios, que os saqué de Egipto para ser Dios vuestro. Yo, Yahvé, vuestro Dios.”

 

Este mandamiento de Dios nos enseña que la contemplación de un objeto puede recordarnos algo que inclina nuestros pensamientos a la santidad.

 

2 Timoteo 2,11-12 Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con Él, también viviremos con Él; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con Él; si le negamos, también Él nos negará.

 

El Crucifijo es un recordatorio de esa importantísima y suprema verdad. Nuestra salvación depende completamente de la Cruz de Jesús, así como la sangre del cordero pascual en el dintel de las puertas significó la salvación de los primogénitos de Israel en Egipto. Los primeros padres de la Iglesia vieron la sangre en el dintel como una prefiguración de la Cruz.

 

Mateo 10,38 El que no toma su cruz y sigue detrás de mí no es digno de mí.

 

Jesús nos habla frecuentemente de su Cruz. ¿La rechazaremos o la aceptaremos? Ésa es la pregunta que debemos hacernos cuando vemos un Crucifijo.

 

Gálatas 6,14 En cuanto a mí, ¡Dios me libre gloriarme si no es en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!

 

Los cristianos que hacen uso y muestra del Crucifijo están siguiendo el ejemplo del apóstol San Pablo y se glorían –en forma visual– en la Cruz de Nuestro Señor.


 

[1] Citado en inglés en: William A. Jurgens, The Faith of the Early Fathers, Vol. 1 p. 31, Publ. Liturgical Press, 1970, Collegeville-Minnesota.

 

Fuente: http://www.casorosendi.com/espanol/320-los-catolicos-esos-idolatras

 

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Conversación sobre los divorciados y la comunión

 

Lic. Néstor Martínez Valls

 

JUAN y ALBERTO trabajan en la misma oficina. JUAN es católico. ALBERTO le plantea un problema.

 

ALBERTO: ¿Cómo es que la Iglesia no permite comulgar a los divorciados?

 

JUAN: La Iglesia sí permite comulgar a los divorciados.

 

ALBERTO: Me refiero a los divorciados vueltos a casar.

 

JUAN: Incluso en ese caso, no necesariamente quedan excluidos de la comunión.

 

ALBERTO: Me refiero a aquellos cuyo primer cónyuge vive todavía.

 

JUAN: En efecto, en esa situación no se puede comulgar. La razón es sencilla: el matrimonio es indisoluble, luego, el que en vida del cónyuge con quien ha contraído matrimonio válido, se une a otra persona, comete adulterio. El adulterio es pecado mortal, y no es posible comulgar en pecado mortal, si se lo hace, se comete un nuevo pecado mortal, que es el sacrilegio. Si se arrepiente de verdad y se confiesa, recibe el perdón en el sacramento de la reconciliación, y puede comulgar. Pero si permanece unido a su nueva pareja, con intenciones de convivir como marido y mujer, no puede al mismo tiempo estar arrepentido de su nueva unión adúltera. Y entonces, no puede recibir la absolución sacramental, y así, no puede comulgar.

 

ALBERTO: Pero en este caso no hay adulterio, porque la persona en cuestión ya se ha divorciado de su primer cónyuge.

 

JUAN: La Iglesia sabe por la fe en la Revelación, que ante Dios el divorcio no existe. Es decir, el matrimonio es indisoluble, como dice Jesús en el Evangelio: "Lo que Dios unió, no lo separe el hombre". "Indisoluble" quiere decir que el vínculo matrimonial no puede ser disuelto por ningún poder en la tierra.

 

ALBERTO: ¿Tampoco por el Estado y sus autoridades legítimas?

 

JUAN: Tampoco. El Estado no está por encima de Dios ni de la ley de Dios.

 

ALBERTO: ¿Y por qué entonces en el Registro Civil se les dice a las personas que están divorciadas y que pueden volver a casarse cada una por su lado?

 

JUAN: Porque en ese aspecto, el Estado moderno no se ajusta a la ley de Dios.

 

ALBERTO: ¿Y la Iglesia no podría cambiar esa ley, que lleva a situaciones tan duras a tantos cristianos?

 

JUAN: En primer lugar, no es la ley la que nos lleva a situaciones duras, sino nuestras opciones libres, contrarias a la ley de Dios. En segundo lugar, la Iglesia no es dueña, sino servidora de la ley de Dios. No tiene el más mínimo poder para cambiar una sola coma de la misma.

 

ALBERTO: ¿Y si la pareja encuentra imposible la convivencia, qué debe hacer, permanecer unida hasta que uno de los dos o los dos salgan lastimados o muertos?

 

JUAN: De ningún modo. La Iglesia admite la "separación de cuerpos". En casos de matrimonios válidamente celebrados, pero en los cuales la convivencia es imposible, porque terminaría resultando en grave daño para uno de los dos, para los dos, o para alguien más, la Iglesia admite la separación y la vida por separado, pero sin nueva unión mientras viva la otra parte, porque el vínculo matrimonial permanece, ya que es indisoluble. Las personas así separadas sí pueden comulgar, si cumplen los requisitos generales.

 

ALBERTO: ¿Entonces los divorciados vueltos a casar deben necesariamente pecar contra el precepto dominical, que dice que hay que ir a Misa todos los Domingos?

 

JUAN: De ningún modo. El precepto vale también para ellos. Deben asistir, no pueden comulgar. El precepto dominical no dice que hay que comulgar todos los Domingos, sino que hay que asistir a Misa todos los Domingos y fiestas de guardar. El que a conciencia entiende que no tiene pecados mortales no confesados, puede comulgar, y es mejor que lo haga, (por supuesto, si además cree verdaderamente en Jesucristo y se esfuerza por seguirlo). El que entiende que está en pecado mortal no debe comulgar hasta que no se haya arrepentido y confesado.

 

La Iglesia condena el pecado, no a los pecadores, a éstos los llama al arrepentimiento y a la reconciliación con Dios. Y si los hermanos que están en esta situación aún no pueden celebrar plenamente su reconciliación con Cristo, y por lo mismo, no pueden comulgar, eso no quita que siguen siendo amados por Dios, y que Él los sigue llamando a que participen, en la medida de lo posible, en la vida de su Iglesia.

 

ALBERTO: Pero la Iglesia sí admite el divorcio en algunos casos.

 

JUAN: No es así. A lo que tú te refieres es a las nulidades matrimoniales. Lo que la Iglesia hace en esos casos no es disolver el vínculo, sino reconocer que el vínculo nunca ha existido, porque había impedimentos graves en el momento de dar el consentimiento. El divorcio, o sea, la disolución del vínculo matrimonial, es algo inexistente e imposible: nadie puede hacerlo.

 

ALBERTO: Nadie puede hacerlo, dices tú, tratándose del matrimonio entre cristianos, celebrado en la Iglesia, porque es un sacramento.

 

JUAN: Pues no. Me refiero a cualquier matrimonio válidamente celebrado, sean o no bautizados o creyentes los contrayentes. Si ha sido celebrado válidamente, es indisoluble, y el divorcio es imposible.

 

ALBERTO: ¿Pero cómo, si no son cristianos, ni bautizados, ni creen en esas cosas?

 

JUAN: ¿Es necesario creer en las leyes de tránsito para estar bajo su jurisdicción?

 

ALBERTO: Claro que no, pero no es la misma cosa: la religión es algo personal, íntimo, que no puede imponerse a los demás.

 

JUAN: Nada de eso tiene que ver con lo que estamos hablando.

 

ALBERTO: ¿Cómo así?

 

JUAN: Veamos. ¿Cuántos dioses hay?

 

ALBERTO: No sé a qué viene esa pregunta.

 

JUAN: Pues es claro, queremos saber si la ley de Dios es la misma para todos los hombres. ¿Cuántos dioses hay?

 

ALBERTO: Pues bien, uno solo.

 

JUAN: Y ese único Dios, ¿es el Creador?

 

ALBERTO: En efecto.

 

JUAN: ¿De todos los católicos, de todos los cristianos, de todos los creyentes, o de todos los hombres y de todas las cosas?

 

ALBERTO: De todos los hombres y de todas las cosas.

 

JUAN: ¿La ley de Dios es distinta para judíos, cristianos, protestantes, católicos, ateos, paganos, musulmanes? ¿O es la misma para todos los hombres?

 

ALBERTO: Pues todos ellos tienen ideas muy distintas, en muchos puntos, acerca de Dios y de su ley.

 

JUAN: No es eso lo que te pregunto.

 

ALBERTO: ¿Cómo?

 

JUAN: No te pregunto lo que los hombres piensan de la ley de Dios, sino acerca de la ley de Dios misma.

 

ALBERTO: ¿Y cómo he de saber?

 

JUAN: Veamos. ¿Todos los hombres son iguales?

 

ALBERTO: Claro.

 

JUAN: Y son todos creaturas de Dios.

 

ALBERTO: En efecto.

 

JUAN: Y la ley de Dios es la que el Creador ha dado a sus creaturas.

 

ALBERTO: Así parece.

 

JUAN: Luego, la ley de Dios es la misma para todos. Dios no es el Dios de los cristianos, ni de los judíos, ni de los musulmanes: es el único Dios, el Dios de todos los hombres y de todo el Universo. Si hay extraterrestres, es el Dios también de ellos. Pues Él es el que ha creado a todos y todas las cosas que no son Él. Los diez mandamientos no son solamente la ley de los judíos o de los cristianos, sino que son la ley de todo ser humano creado por Dios.

 

ALBERTO: ¿Pero entonces es lo mismo ser cristiano que ser musulmán o ateo?

 

JUAN: Claro que no. Jesucristo es la Revelación plena y definitiva de ese único Dios, y la Iglesia Católica es la Iglesia de Cristo. Pero eso no quiere decir que Jesucristo exista sólo para los que creen en Él, y sea Señor solamente de ellos. Más bien, como Hijo de Dios que es, Él es el Señor de todos, cristianos o no, creyentes o no, terrestres o no. Como dice San Pablo: "Todo fue creado por Él y para Él".

 

Lo que sucede, es que entre sus creaturas, algunas lo conocen más, otras, menos. Algunas han llegado a la verdad de que Dios existe, otras, aún no. Unas han llegado a descubrir en Cristo al Hijo de Dios, otras aún no. Unas han llegado a descubrir en la Iglesia Católica la Iglesia de Cristo y de Dios; otras, aún no. Pero la realidad, en sí misma considerada, es una y la misma para todos.

En lo que toca al matrimonio, su institución no depende del Nuevo Testamento ni es obra de la Iglesia cristiana. El matrimonio indisoluble fue instituido por Dios Creador, al crear al hombre y a la mujer, y ordenarlos a la vida de familia. "Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne", dice el libro del Génesis. Es una institución de derecho natural, y por tanto, rige para todo ser humano que viene a este mundo, independientemente de su credo religioso.

 

En la Nueva Alianza en Cristo, no se instituye el matrimonio como tal, sino que se lo eleva a la dignidad de sacramento. El matrimonio indisoluble lo es para todos los hombres, pero sólo para los cristianos el matrimonio es un sacramento, que comunica la gracia del Espíritu Santo para poder asumir el compromiso matrimonial según el espíritu del Evangelio. El matrimonio cristiano, así ennoblecido y elevado, conserva la indisolubilidad propia del matrimonio como tal.

 

ALBERTO: Es muy sorprendente lo que dices. ¿No te parece excesiva arrogancia de los católicos creer que su religión es en el fondo la única religión, de la cual las demás son sólo realizaciones imperfectas?

 

JUAN: No se trata de arrogancia, sino de que la Iglesia realmente cree en lo que predica y enseña: Que hay un solo y único Dios, que Jesucristo es el único Hijo de Dios, y que Jesucristo es el Fundador de la única Iglesia Católica. La Iglesia ha sido enviada por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, a predicar la buena noticia de la única salvación en Jesucristo. Su misión no es ser arrogante ni no ser arrogante, sino obedecer a Dios.

 

ALBERTO: Pero, si es verdad lo que dices, ¿en qué situación se encuentra la mayoría del género humano?

 

JUAN: La Revelación nos enseña que el hombre necesita la gracia de Cristo para liberarse del pecado que viene de Adán. La situación de la humanidad es trágica si la miramos desde el pecado original y sus consecuencias, pero mucho más fuerte que todo eso es la gracia de Dios por la muerte y Resurrección de Jesucristo. Eso es precisamente lo que la Iglesia debe anunciar al mundo, para que crea y se salve.

 

ALBERTO: ¿Y los que no sean católicos no se han de salvar?

 

JUAN: Se ha de salvar todo aquel que haya sido fiel a la voz de su conciencia y haya hecho todo lo que estaba de su parte por conocer la verdad y vivir de acuerdo con ella. Y todos los que se han de salvar, se han de salvar por la gracia de Jesucristo y de su Iglesia, incluso aunque no lo sepan. No se ha de salvar el que sabiendo que la Iglesia viene de Dios, rehúse prestar fe a su mensaje e incorporarse a ella. La Iglesia tiene de Cristo la misión de anunciar a todos los hombres el Evangelio de la Salvación para que crean y se bauticen, y tengan así la plenitud de los medios de la salvación que sólo se encuentra en la Iglesia de Cristo.

 

ALBERTO: Ahora comprendo que mi problema no es ya si la Iglesia hace bien o no en negar la comunión a los divorciados vueltos a casar, sino que veo que todo el asunto radica en si efectivamente la Iglesia es lo que dice que es, a saber, la mensajera del Hijo de Dios hecho hombre.

 

JUAN: Pues te felicito, porque en efecto sólo ahora comienzas a plantear correctamente la cuestión.

 

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¿Quién creó a Dios?

 

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

 

Objeción. La doctrina cristiana acerca de Dios creador del mundo es inconsistente. A partir del principio de que todo ente tiene una causa, los cristianos deducen que el mundo ha sido creado por Dios. Pero entonces, ¿quién creó a Dios? Frente a esta pregunta sólo caben tres respuestas posibles, todas ellas inadmisibles:

 

1.      Dios fue creado por otro ser distinto de Él. En este caso Dios no sería el Ser Supremo de la religión cristiana.

2.      Dios se creó a Sí mismo. Esto es absurdo, porque nadie puede crearse a sí mismo.

3.      La creación de Dios es un misterio sobrenatural, incomprensible para el hombre. Esto equivale a eludir arbitrariamente la dificultad que supone dar una respuesta racional a la cuestión.

 

Los que plantean esta objeción difieren en cuanto a la caracterización de la respuesta cristiana, la cual oscilaría, según ellos, entre las respuestas segunda y tercera.

 

Respuesta. Las pruebas clásicas de la existencia de Dios (las "cinco vías" de Santo Tomás de Aquino) están basadas en dos principios metafísicos evidentes: el principio de razón de ser y el principio de causalidad. Ninguno de los dos afirma que "todo ente tiene una causa", como suponen los objetantes. De hecho la proposición "todo ente tiene una causa" es falsa.

 

Comenzaremos nuestro análisis con cuatro definiciones:

 

·         Un ente es causado si su razón de ser es otro ente distinto (su causa).

·         Un ente es incausado si su razón de ser es él mismo.

·         Un ser es necesario si es y no puede no ser.

·         Un ser es contingente si es y puede no ser.

 

El principio de razón de ser establece que todo ente (incluso Dios) tiene una razón de ser. Un ente puede tener su razón de ser en sí mismo o en otro ente. Si tiene su razón de ser en sí mismo, entonces es incausado (por definición); no tiene ni necesita tener una causa. Si, en cambio, el ente tiene su razón de ser en otro ente (su causa) entonces es causado (por definición).

 

A partir de aquí, la filosofía tomista demuestra que:

 

·         todo ente incausado es necesario y todo ente necesario es incausado;

·         todo ente causado es contingente y todo ente contingente es causado.

 

Esta última afirmación es el principio de causalidad: todo ente contingente tiene una causa. El principio de causalidad se deduce del principio de razón de ser.

 

Cada una de las "cinco vías" parte de un dato de la experiencia: existen entes que exhiben características tales que denotan su contingencia. A partir de este dato, aplicando sistemáticamente el principio metafísico de causalidad y excluyendo una regresión infinita en la sucesión de causas actualmente subordinadas, se deduce que existe un Ser necesario, al que llamamos "Dios", y que es la Causa Primera de todo ente contingente. Se demuestra además que este Dios es el Ser absoluto, el Ser que existe por Sí mismo, el Ser cuya existencia coincide con su esencia, que es único, que es el Creador del mundo, etc.

 

Dado que Dios es el Ser necesario, es también el Ser incausado. Puesto que Dios no es contingente, no se le puede aplicar el principio de causalidad. Dios no tiene ni necesita una causa porque existe por Sí mismo, es su propia razón de ser, es el Ser absoluto. Por lo mismo también es el Ser increado.

 

Ahora podemos apreciar que la pregunta "¿Quién creó a Dios?" (o su versión más filosófica: "¿Cuál es la causa del ser de Dios?") admite una cuarta respuesta posible, la verdadera respuesta cristiana: Nada ni nadie creó a Dios ni causó el ser de Dios, porque Dios es el Ser incausado e increado.

 

Es verdad que Dios no pudo crearse a Sí mismo ni ser la causa de su propio ser (causa sui). La auto-creación y la auto-causación son conceptos contradictorios en sí mismos, por tanto absurdos. En términos tomistas estos conceptos suponen que un mismo ser podría ser a la vez y en el mismo sentido un ser en acto y un ser en potencia, lo cual es imposible. Jean-Paul Sartre se equivocaba totalmente al creer que la noción de Dios como causa sui era la propia de la teología escolástica medieval. Él ignoraba que esta noción provenía de la teología racionalista del siglo XVII.

 

También es verdad que debemos dar una respuesta racional a la objeción y no escudarnos en el misterio de Dios. Pero la respuesta correcta no es que Dios fue creado quién sabe cómo, sino que no fue creado ni necesitó ser creado, porque es el Ser absoluto, totalmente incondicionado.

 

La pregunta-objeción "¿Quién creó a Dios?" (tan clásica y tan infantil a la vez) supone una profunda incomprensión de la teología cristiana. Quien esto objeta ni siquiera ha comenzado a comprender el significado cristiano de la palabra "Dios".

 

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Esa Misa tenía un reflejo del Cielo


Gaetano Pollio, arzobispo de Kaifeng


Era el año 1951. En esa cárcel anexa a la oficina de la policía, donde los cristianos rezaban, sufrían y se inmolaban día tras día para el triunfo de la fe, tuve el consuelo de revivir escenas de catacumbas.


Tuve ante todo el consuelo de poder celebrar clandestinamente la santa Misa. En la celda me dieron un taburete, y yo pensé: éste será mi altar. Yo tenía un cuenco para beber el agua en ebullición, que en la cárcel nos era dada dos veces al día, y dije: éste será mi cáliz. Al estar yo en esos días bajo acusaciones y procesos de carácter político, los dirigentes comunistas, temiendo que me enfermara o muriera en la cárcel, y ser de ese modo privados de la alegría de verme fusilado, permitieron que me fuera llevado pan de trigo por un catequista de la diócesis, y yo contento: un bocado de este pan será mi hostia.


¿Qué me faltaba todavía para la celebración de la Misa? Faltaba el vino. Con una artimaña logré tener también el vino. En China no existe el vino ni el vinagre de uva, porque tanto el uno como el otro son derivados de cereales. Le pedí al jefe-carcelero una botella de vinagre de uva como medicina, porque –dije– un poco de vinagre en ayunas me daría fuerza. El jefe hizo pedir el vinagre de uva; mis misioneros entendieron y entregaron una botella de vino de misa. La botella fue examinada por jueces, quienes declararon que el contenido era vinagre.


De este modo logré cuatro veces tener el vino. Vestido como convicto, sin ornamentos, sin manteles ni luces, de pie o sentado en tierra frente a ese taburete, ofrecía sobre un pedazo de papel o en la palma de la mano un bocado de pan, ofrecía en esa taza un poco de vino y continuaba la Misa, desde el prefacio hasta la comunión. Impresos en algunos folletos llegué a tener también la Misa de la Virgen y el canon, folletos con los que los misioneros envolvían el pan, y pude celebrar muchas veces el santo sacrificio, desde el comienzo al fin. Lamentablemente, un día un centinela, al hacer pesquisas en la celda, descubrió esos folletos y los desgarró, pero ignorando el contenido.


Celebré cincuenta y nueve veces, siempre eludiendo la atención de los centinelas, quienes muchas veces ingresaron imprevistamente en la celda mientras yo celebraba, pero jamás se dieron cuenta que yo realizaba el acto más sagrado que existe; yo cumplía plenamente las disposiciones policiales. La Misa celebrada en esas condiciones, en una cárcel donde los perseguidores comunistas enfurecían en su lucha satánica para doblegar a los cristianos, esa Misa, digo, tenía un reflejo del Cielo.

La niña de nombre "Pequeña belleza"


Ocho de las muchachas que se mostraron heroicas en la defensa de la fe fueron llevadas a prisión y encerradas en la celda junto a la mía. Entre ellas estaba la mamá de una niña de cuatro años, de nombre Siao Mei, "Pequeña belleza". Esas heroicas mujeres quisieron comunicarse conmigo. ¿Cómo hacer? Pensaron en la niña. Pidieron al jefe-carcelero el permiso, sólo para la pequeña, de poder dejar la celda algunas horas al día para respirar mejor aire.


A causa de la angustia de la celda y de la gracilidad de la niña, el permiso fue concedido. Y Siao Mei, en el patio de la cárcel, cuando los centinelas estaban un poco lejos de mi puerta, se acercaba y a través de la rendija, articulando las palabras, me decía: “¿Cómo está nuestro obispo? Mi mamá y mis tías me mandan a saludarlo. ¿Qué debo decirles?”. Y yo le decía: "Pequeña niña, di a tu mamá y a las tías que no tengan miedo, que sean fuertes y que recen muchos rosarios".


La eucaristía detrás de los barrotes


La celda donde estaban detenidas las ocho jóvenes y Siao Mei se había convertido en un santuario: en ella, el sufrimiento cotidiano era santificado y muchas veces pudo ingresar furtivamente la hostia consagrada. Al no estar bajo proceso, sino sólo bajo interrogatorios que tenían la finalidad de encabezar acusaciones contra nosotros, las jóvenes podían recibir la comida de los parientes, a través de los carceleros. Mis misioneros pensaron hacerles llegar la eucaristía, consuelo y fuerza de nuestra peregrinación terrenal.


En China, los panes son pequeños, hechos en forma de cono, cocinados con agua al vapor, todo miga, sin corteza. Si se les hace una incisión, se puede esconder fácilmente en ellos cualquier cosa pequeña y sutil. Los misioneros escondían en estos panes algunas partículas consagradas; luego los panes eran llevados a la cárcel por los parientes de las jóvenes y entregados a los carceleros, quienes los llevaban a la celda. Las heroicas detenidas cortaban los panes y encontraban en ellos las hostias consagradas y después comulgaban con sus propias manos.


Éstos eran ciertamente los días más felices, pues Jesús ingresaba en esa celda para santificarla y para darles nueva fuerza. En esa triste cárcel pasamos varias fiestas: eran días de dulces memorias religiosas, de esperanza en la victoria de la Iglesia, de alegría por ofrecer a Jesús los propios padecimientos. Ésos fueron los días de la Ascensión, de Pentecostés, de Corpus Christi, de los primeros viernes y sábado de mes y de otros domingos. Jesús descendía en mi celda y transustanciaba en sus preciosísimos cuerpo y sangre un pedazo de pan y unas pocas gotas de vino depositadas en un cuenco, mientras que en la otra celda Jesús ingresaba para encontrar corazones amigos y fieles, precisamente gracias a las manos de gente que lo odiaba.


Cada vez que esas testigos de la fe recibían la eucaristía dejaban una partícula en un pan, y allí sentadas sobre esterillas hacían adoración todo el día y en silencio. Estaba prohibido rezar en voz alta en la cárcel, pero desde esos corazones la oración se elevaba cálida y penetraba en los cielos.


Muchísimas veces pensé que esa inmunda celda que escondía al Rey de reyes era más preciosa que nuestras iglesias, con demasiada frecuencia desiertas. En una entrega apasionada y total esas mujeres manifestaban su amor a Jesús y su fidelidad: morir pero no someterse a un gobierno ateo, morir pero no apostatar.


A la tarde, la que no había comulgado en la mañana consumía la última partícula. Cesaba la adoración, caían las tinieblas de la noche, se habrían de escuchar nuevas lágrimas y gemidos, pero el fervor de nuestras almas continuaba y crecía el propósito de inmolarse como Jesús.


El viático llevado por el pequeño ángel


Un día las cristianas que languidecían en la celda próxima a la mía tuvieron un gesto digno de sus hermanas de los primeros siglos de la Iglesia. En el tercer patio de la cárcel estaba detenida una de sus amigas, Giuseppina Ly, quien por su fe y por su valentía había sido relegada a una celda húmeda y oscura. Las mujeres pensaron: es necesario mandarle la eucaristía.


¿Cómo hacer? Pensaron nuevamente en la pequeña Siao Mei. Durante algunos días la instruyeron bien. Cuando llegó la hora en la que el centinela solía abrir la puerta para hacer salir de la celda a Siao Mei, las cristianas tomaron una partícula consagrada, la envolvieron en un pañuelo limpio y la pusieron en el bolsillo del vestido de la niña, justamente sobre su corazón. La madre de la niña tomó entre sus brazos a la criatura, la levantó al nivel de su rostro y le preguntó: “Dime, Siao Mei, si el centinela te encuentra la hostia, ¿qué harás?”. La niña dijo tranquilamente: "La comeré y no se la daré al carcelero".


Estas palabras conmovieron el corazón paterno del Santo Padre Pío XII, cuando le conté la historia de Siao Mei, en la audiencia privada que tuve con él cuando volví de China. Esas palabras le hicieron exclamar: "¡Es una respuesta dogmática!"


Querida Siao Mei, tú habías comprendido que si una mano sacrílega hubiese intentado profanar la hostia santa, tú, aunque inmadura, podías recibir a Jesús, pero no podías darle la partícula a un carcelero comunista, enemigo de Dios y pagano.


El candado crujió, la puerta se abrió. Siao Mei salió sonriendo de la celda, se quedó en el primer patio jugando sola y se trasladó al segundo patio. En el tercer patio la guardia quiso echarla. Era una guardia con una mueca desdeñosa, una que había dado prueba de fidelidad y que era capaz de saber apretar entre las cadenas a no pocos inocentes. "Quiero ver a mi tía Giuseppina Ly", dijo Siao Mei. "No puedes", respondió con dureza la guardia. "¿Por qué no puedo? Es mi tía". Y comenzó a gritar: "¡Tía Giuseppina, tía Giuseppina!"


La centinela la regañó ásperamente y quiso empujar a la niña fuera del patio, pero Siao Mei comenzó deliberadamente a llorar amargamente y a sollozar. La centinela, temiendo ser acusada de haber golpeado a la niña, abrió con prontitud la celda de Giuseppina Ly e introdujo allí al pequeño ángel. La inocente Siao Mei entregó a Giuseppina el hermoso pañuelo... Se produjo un silencioso recogimiento en esa celda, luego hubo otro grito y se abrió nuevamente la puerta. Así, con el grito y con algún pequeño capricho, Siao Mei logró llevar cuatro veces la comunión a la tía ficticia.


Mientras en esa tenebrosa cárcel se emitían sentencias criminales contra los inocentes o contra los seguidores de Cristo, mientras se renovaban escenas de terror y de horror, nosotros vivíamos escenas de piedad y de amor, escenas de los primeros siglos de la Iglesia.

 

(Traducción en español de José Arturo Quarracino, Temperley, Buenos Aires, Argentina).

 

Fuente: http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1351054?sp=y

 

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Juventud católica francesa: saciada de progresismo eclesiástico y laicismo político, ávida de una sociedad con valores morales

 

Tradición y Acción

 

Lo que nadie esperaba: emerge en Francia una nueva generación de católicos cada vez más conservadores y comprometidos con la renovación moral del país, que da las espaldas al clero progresista y a los decrépitos «valores republicanos» del laicismo, con un marcado sentido de militancia. El hecho no se restringe a Francia, pero es allí donde se manifiesta como la faceta más saliente de un fenómeno que es mundial: una nueva leva de católicos comprometidos en la defensa de la institución familiar y en la vigencia de la moral en la sociedad.

 

Por sus características, esta juventud ha causado consternación a la misma Conferencia Episcopal francesa, afirma el vaticanista Jean-Marie Guénois en la revista Figaro Magazine. Sucede –explica– que el episcopado francés está con «mala conciencia» por haber cortejado durante décadas al socialismo y al comunismo, bajo pretexto de «conquistar la clase obrera».

 

Pero tras «modernizarse» al punto de diluir la identidad eclesiástica hasta hacerla casi irreconocible, a finales del siglo XX la Conferencia Episcopal se percató de que con ello había perdido su influencia sobre una clase trabajadora cada vez más conservadora y refractaria a la prédica revolucionaria.

 

Entonces el órgano episcopal cambió de estrategia, buscando presentar una nueva imagen de «Iglesia joven», desacralizada e igualitaria. ¿El resultado? «Hoy –dice Guénois– puede haber perdido su propia juventud», es decir, al sector católico juvenil, incluyendo buena parte del clero joven.

 

Muchos obispos –agrega–, aunque se jactaban de su argucia en leer los «signos de los tiempos», han mostrado una inexplicable «ceguera» al ignorar la inmensa transformación ocurrida en el espíritu de esos jóvenes, cada vez más orientados hacia valores familiares y tradicionales.

 

Podemos mencionar un hecho característico, que hemos acompañado de cerca: mientras en el año 2013 cientos de miles de católicos, en su gran mayoría jóvenes, tomaban las calles en Francia para protestar contra el proyecto de ley socialista de «matrimonio» homosexual, el Consejo Familia y Sociedad del Episcopado francés se movía en sentido exactamente opuesto. Y en vez de rechazar categóricamente tales uniones antinaturales, exhortaba a que se valore la «riqueza» contenida en la amistad homosexual y proponía otorgar a las parejas del mismo sexo una «unión civil mejorada»...

 

¿Qué significa ahí «mejorada»? Para el católico, habiendo una situación de pecado la única forma posible de «mejorarla» es abandonarla, tal como mandó Nuestro Señor: «no peques más» (Juan 5,14 y 8,11). Pero para el órgano episcopal «mejorar» esas uniones pecaminosas y antinaturales parece ser favorecerlas, dotándolas de un beneficio legal a su medida...

 

Salen a luz disensiones entre obispos

 

Hubo por cierto, señala Guénois, obispos que se pronunciaron a favor de las masivas movilizaciones ciudadanas en pro de la moral familiar. Pero la mayoría se resistió a participar en ellas, y varios incluso siguen cooperando con el poder socialista.

 

Finalmente los desacuerdos sobre el tema terminaron dividiendo a los obispos. En la sesión plenaria anual de la Conferencia Episcopal, realizada en Lourdes en abril de 2014, los resistentes a la línea progresista se desahogaron como nunca lo habían hecho antes.

 

La gota que rebasó el vaso fue la invitación de la Conferencia Episcopal a una líder feminista radical, Fabienne Brugère, para disertar en una jornada nacional de responsables de pastoral familiar diocesana.

 

Esa activista revolucionaria, explica Guénois, es «discípula de Judith Butler, la ‘papisa’ norteamericana de la ideología de género», que llega a considerar que las diferencias entre los sexos no existen, son una pura «ficción social». Por eso la insólita invitación «fue vista, a justo título, como una verdadera provocación por varios obispos y delegados diocesanos». Y generó un terremoto de reacciones de tal monta, que obligó a cancelar el evento.

 

Cifras que retratan una realidad profunda

 

Esta juventud conservadora no es un fenómeno surgido de la nada, o de las masivas manifestaciones en contra del «matrimonio» homosexual. Su origen remonta más lejos y toca más hondo.

 

Se trata de una generación formada en un ambiente de renovado aprecio por la vida familiar. Ella quiere la interioridad, la oración y la cultura, explica Guénois. Por eso no entiende el desorden y la vulgaridad que se apoderó del clero y del culto en muchas parroquias católicas.

 

No se interesa por las disputas de la época posconciliar. En cambio, quiere mostrarse ufana de su catolicidad.

 

Según dos encuestas mencionadas por Figaro Magazine, el 90% de los jóvenes participantes de las gigantescas movilizaciones denominadas La Manif pour Tous («La manifestación para todos») son católicos practicantes de entre 16 y 30 años.

 

El seis por ciento de ellos va a Misa todos los días. Para el 77%, la devoción eucarística ocupa un papel «esencial» o «muy importante» en la vida. Y quieren entender la Sagrada Eucaristía en un sentido genuinamente católico y no con las distorsiones modernistas.

 

De esta generación, el 72% prefiere el nombre de «católico» en lugar de «cristiano», al contrario de lo que sucedía en los años 70. Y el 58% se siente cómodo con la enseñanza moral de la Iglesia, sobre todo en lo que respecta a la moral conyugal.

 

«Espiritual y cultivada, esta nueva generación que se afirma católica sin complejos perturba a una parte de los obispos», dice Guénois, porque ella actúa libremente, segura de sus objetivos y desvinculada de un clero que abandonó la dimensión histórica de la Cristiandad y de la cultura católica. El 99% ha recibido su formación católica en el seno de la familia, y no en movimientos de Iglesia.

 

Un nuevo sentido de militancia católica

 

La presencia de esa corriente señala en Francia el despertar de un catolicismo nuevamente militante, insumiso a los clichés gastados de la modernidad, y también desinteresado de los partidos políticos, que, por su parte, la buscan pero sin éxito.

 

Este desinterés político-partidario alcanza a los ciudadanos de toda edad, y se revela claramente en un sondeo de IFOP dado a conocer el 11 de mayo de 2015. Dos tercios de los franceses (65%) ya «no son más sensibles a los términos ‘república’ y ‘valores republicanos’», que «no les dicen verdaderamente nada porque... han perdido su valor y significado».

 

En la raíz de este desinterés hay sobre todo escepticismo ante «la falta de credibilidad de la palabra ‘política’. Los electores se han vuelto muy desconfiados. Y se espera que sean aún más escépticos cuando los responsables políticos invocan grandes principios», dice Vicent Tournier, del Instituto de Estudios Políticos de Grenoble.

 

La «generación inédita» está sorprendiendo a propios y extraños

 

Decepcionada de un lado con los pastores conniventes con una revolución cultural que agrede la fe y la familia, y de otro lado con los políticos exponentes de una democracia fraudulenta y agotada, hija de un laicismo que sólo genera corrupción, esta juventud católica configura una «generación inédita» , inesperada, que está sorprendiendo a propios y extraños.

 

Ella se muestra, dice Guénois, como «una señal precursora de un posible despertar del catolicismo en Francia. Codiciada, sorprendente, inspirada, esta generación de insumisos es un vivero de talentos que aún no ha dicho su última palabra». Lo cual augura, a medio plazo, un renacer religioso y cultural a partir del cual Francia pueda recuperar su identidad histórica esencial, de «hija primogénita de la Iglesia».

 

Fuente: http://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=24008

 

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Weigel alza la voz contra el desastre de la Iglesia en Alemania

 

Jorge Soley

 

George Weigel es todo un personaje. Conocedor como pocos tanto de las grandes tendencias como de los entresijos de la Iglesia, pertenece al minoritario club de los estadounidenses con mirada y preocupaciones que van mucho más allá de sus fronteras, como lo atestigua su presencia de modo regular en Europa. Su nombre, además, ha quedado vinculado al de San Juan Pablo II, a quien conoció en profundidad y del que nos dejó la que es hasta el momento la mejor biografía. Uno puede no compartir el cien por ciento de lo que dice y escribe, pero hay que reconocerle que cuando mete el bisturí, lo cual hace con esa libertad y ausencia de precaución con que suelen escribir los norteamericanos. Acostumbra a cortar por donde más duele (seguramente porque es la zona que está infectada). Puede ser afilado y cortante, un jab directo a la mandíbula que deja K.O. a sus rivales. Es lo que acaba de suceder con su último post en el blog de First Things titulado La crisis alemana de la Iglesia católica.

 

Creo que la Iglesia católica en Alemania es más que Kasper y Marx (hoy mismo La cigüeña de la torre nos lo recuerda), pero me parece que, con esta salvedad, el retrato que hace George Weigel del estado de la Iglesia en Alemania es certero, valiente y demoledor. Cuando acabé de leerlo pensé que poco más podía añadir y que ayudaba a comprender lo que estamos viviendo. Así que me apresuré a traducirlo para darlo a conocer. Le cedo la palabra a Weigel.

 

“La Iglesia del siglo XXI debe mucho al catolicismo alemán del siglo XX: por su generosidad hacia los católicos del Tercer Mundo; por el testimonio de los mártires como Alfred Delp, Bernhard Lichtenberg y Edith Stein; por sus contribuciones a los estudios bíblicos, a la teología sistemática y moral, la renovación litúrgica y la doctrina social de la Iglesia, a través de las cuales el catolicismo alemán jugó un papel muy relevante en los esfuerzos del Vaticano II para renovar el testimonio católico en el tercer milenio. En el Concilio, no fue sólo el Rin el que fluyó en el Tíber; no olvidemos el Sena, el Mosa, el Potomac y el Vístula. Pero el flujo del Rin fue fuerte.


Lo que sencillamente intensifica el impacto al leer el informe de los obispos alemanes para el Vaticano en preparación para el próximo sínodo de octubre. Uno de mis amigos con quien me escribo regularmente lo considera una declaración de cisma de facto. Yo lo leo como un involuntario cri du coeur: una confesión de desastre catequético y fracaso pastoral a escala nacional, a los que el episcopado alemán no tiene ninguna respuesta excepto urgir a los demás a que sigan por el camino que ha llevado al catolicismo en Alemania a una profunda incoherencia.

 

Cuando uno trata de hablar de esta catástrofe con clérigos alemanes de nivel, rara vez se encuentra, en nuestros días, una apertura seria, nacida del reconocimiento de que algo ha ido terriblemente mal y de que se debe encontrar otro enfoque para la evangelización y la catequesis, una actitud enraizada en la alegría del Evangelio predicado y vivido en su plena integridad. Más bien, lo que se encuentra normalmente es una terca insistencia. “Usted no entiende nuestra situación” es la antífona, típicamente dicha con cierta vehemencia.

 

Sin embargo, ¿se trata realmente de que nosotros, obtusos no alemanes, no lo entendemos? Las estadísticas de práctica religiosa entre los católicos alemanes, o con mayor precisión la falta de ella, no es ningún secreto pontificio. Esas estadísticas se encarnan en lo que los visitantes pueden observar en las ciudades alemanas el domingo: iglesias casi vacías. Ahora llega este informe para el sínodo, sugiriendo que, en materia de matrimonio, familia, moral del amor humano y las cosas que cuentan para una verdadera felicidad, el pensamiento católico alemán es prácticamente indistinguible del de los no creyentes.

 

Y aún así el episcopado alemán sugiere que la respuesta es bajar aún más el listón de la doctrina y la práctica católica, ahora a escala global. Es bastante notable. Y ciertamente se hablará de ello, y no favorablemente, en Roma en octubre.

 

En octubre de 2001 tuve una interesante conversación de dos horas con el cardenal Karl Lehmann, ahora uno de los pesos pesados de la jerarquía alemana. Hablamos de la crisis de fe en toda Europa (y la crisis demográfica de Europa, relacionada con la anterior) largo tiempo. Luego el cardenal me ofreció un ejemplar de su libro más reciente, “Ahora es el momento de pensar en Dios”. Debo decir que encontré el título… llamativo. Ya entiendo que lo eligió como un desafío al secularismo reinante en nuestra época, pero uno no podía dejar de preguntarse: ¿De qué otra cosa este distinguido erudito, y sus colegas en las más elevadas alturas de la teología alemana, han estado hablando todos estos años?

 

Para no hacer el cuento muy largo, habían estado hablando acerca de hablar-sobre-Dios: es decir, habían estado “persiguiendo sus propias colas” para tratar de responder a la crisis de la fe en la modernidad tardía. Y al hacerlo, quedaron atascados en el interior de lo que el filósofo polaco Wojciech Chudy, un bisnieto intelectual de Juan Pablo II, ha llamado la “trampa de la reflexión” post-kantiana: pensar-sobre-el pensamiento-sobre-el pensamiento, en lugar de pensar sobre la realidad, en este caso el Evangelio y sus verdades. Menos elegantemente, yo describiría la “trampa de la reflexión” de Chudy como el pozo de arenas movedizas de un subjetivismo que se convierte en auto-absorción, de la que es muy difícil sacarse a uno mismo y responder a la llamada del Maestro, “Ven y sígueme”.

 

La crisis católica alemana no es primordialmente institucional; la Iglesia Católica es el segundo mayor empleador de Alemania y sus instituciones son sólidas. La crisis es de fe. El catolicismo alemán está en crisis porque los católicos alemanes no han abrazado al Señor Jesús y su Evangelio con pasión, convicción y alegría, y están buscando su felicidad en otro lugar. Esto es triste; esto es trágico; esto es desalentador.

 

Pero también es algo que no se puede recomendar como un modelo para los demás, excepto como una advertencia acerca de los efectos de rendirse al espíritu de la época.”

 

Fuente: http://infocatolica.com/blog/archipielago.php/1505211154-weigel-alza-la-voz-contra-el#more28441

 

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Veni Creator

 

Veni Creator Spiritus,

Mentes tuorum visita,

Imple superna gratia,

Quae Tu creasti, pectora.

Qui diceris Paraclitus,

Donum Dei Altissimi,

Fons vivus, ignis, caritas,

Et spiritalis unctio.

Tu septiformis munere,

Digitus paternae dexterae,

Tu rite promissum Patris,

Sermone ditans guttura.

Accende lumen sensibus,

Infunde amorem cordibus,

Infirma nostri corporis,

Virtute firmans perpeti.

Hostem repellas longius,

Pacemque dones protinus;

Ductore sic Te praevio,

Vitemus omne noxium.

Per Te sciamus da Patrem

Noscamus atque Filium;

Teque utriusque Spiritum

Credamus omni tempore.

Deo Patri sit gloria,

Et Filio, qui a mortuis

Surrexit, ac Paraclito

In saeculorum saecula.

Amen.

_______________________

 

Ven, Espíritu Creador,

visita las mentes de tus fieles,

llena de la gracia celestial

los pechos que creaste.

Tú, a quien llamamos Paráclito,

don de Dios Altísimo,

fuente viva, fuego, caridad

y unción espiritual,

Tú, siete veces dador,

dedo de la diestra del Padre,

Tú, fiel promesa del Padre,

inspira el discurso en las gargantas,

enciende la luz en los sentidos,

infunde el amor en los corazones,

a nuestro débil cuerpo

da fuerza perpetua,

repele lejos al enemigo,

y danos pronto la paz.

Siendo Tú nuestro guía

evitaremos todo daño.

Por Ti conozcamos al Padre

y conozcamos también al Hijo,

y en Ti, que eres el Espíritu de ambos,

creamos en todo tiempo.

Gloria a Dios Padre,

y al Hijo que de entre los muertos

resucitó, y al Paráclito,

por los siglos de los siglos.

Amén.

 

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“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

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5.       Miguel Antonio Barriola, “Cristo amó a la Iglesia” (Ef 5,25). Reflexiones sobre la cristología de J. L. Segundo y la eclesiología de H. Küng.

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9.       Daniel Iglesias Grèzes, Soy amado, luego existo. Reflexiones sobre el darwinismo, el diseño inteligente y la fe cristiana.

10.    María Cristina Araújo Azarola, ¡Atrévanse a pensar! Selección de escritos filosóficos.

11.    Néstor Martínez Valls, “No sin grave daño”. La necesidad urgente de la filosofía tomista en la Iglesia y en el mundo.

                                                              

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