Fe y Razón
Revista virtual gratuita
Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la
evangelización de la cultura
Nº 11 – Diciembre de 2006
“Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu
Sancto est”
“Toda
verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de
Aquino)
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mediante, Fe
y Razón volverá a tomar contacto con sus lectores en el mes de marzo de
2007, después de un merecido descanso (nuestro y vuestro J).
Equipo de “Fe
y Razón”
Equipo de Dirección: Diác.
Colaboradores: Dr.
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Sección |
Título |
Autor o Fuente |
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Editorial |
Equipo
de Dirección |
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Tema
central |
Lic.
Néstor Martínez |
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Tema
central |
Textos semiolvidados del Concilio Vaticano
II sobre el ecumenismo |
Ing. |
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Tema central |
Catecismo
de la Iglesia Católica - Compendio |
|
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Tema
central |
Joseph
Ratzinger |
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Espiritualidad |
Pbro.
Dr. Miguel Antonio Barriola |
|
|
Espiritualidad |
Diác.
Milton Iglesias |
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Filosofía |
Dr. Pedro Gaudiano |
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Ciencia
y Fe |
Juan Carlos Riojas Álvarez |
|
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Oración |
Catecismo
de la Iglesia Católica - Compendio |
La Iglesia una y el movimiento ecuménico
Equipo de Dirección
1. La unicidad y la universalidad salvífica de
Jesucristo y de la Iglesia.
El 6 de agosto de 2000, Fiesta de la
Transfiguración del Señor, en el marco del Gran Jubileo, la Congregación para
la Doctrina de la Fe publicó en Roma
La introducción
de
“El perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en
peligro por teorías de tipo relativista, que tratan de justificar el pluralismo
religioso, no sólo de facto sino
también de iure (o de
principio). En consecuencia, se retienen superadas, por ejemplo, verdades tales
como el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo, la
naturaleza de la fe cristiana con respecto a la creencia en las otras
religiones, el carácter inspirado de los libros de
En general en
ámbitos cristianos no católicos
Teniendo esto
en cuenta, nos ha parecido oportuno tomar como tema central del nº 11 de Fe y Razón la unicidad y la
universalidad salvífica de la Iglesia, en relación con el diálogo ecuménico.
Los artículos de Néstor Martínez y de
2. Un saludo navideño.
Se acerca la fiesta de Navidad de este año de gracia 2006. Alegrémonos, hermanos, con el anuncio del Ángel del Señor a los pastores de la comarca de Belén: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes Él se complace” (Lucas 2,14). Se ha cumplido lo anunciado por los profetas de Israel: la doncella encinta dio a luz un hijo, el Emmanuel, “Dios-con-nosotros” (cf. Isaías 7,14). Nos ha nacido un niño, nos ha sido dado un Salvador. La Palabra de Dios, que existía desde el principio en Dios y era Dios (cf. Juan 1,1), “se hizo carne y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.” (Juan 1,14). “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.” (Juan 3,16-17).
Alimentemos el fuego de nuestra fe en Jesucristo, Redentor del hombre; mantengamos viva nuestra esperanza de su segunda venida; y vivamos este tiempo de gracia con alegría, siendo para todos un signo del amor misericordioso de Dios.
¡Muy feliz Navidad para todos y cada uno de ustedes! Que Dios los bendiga y bendiga a sus familias. Amén.
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Néstor Martínez
En el Concilio Vaticano II, en
Pero prescindir del “es” en la redacción del documento, ¿significa negarlo? Sí, en el sentido de identificación exclusiva que arriba vimos. ¿En todo otro sentido?
¿Qué otro sentido podría ser? Identificación plena. Es decir, aquel sujeto en que reside en plenitud una cualidad dada, sin que ello impida diversas realizaciones parciales, fuera de dicho sujeto, de esa cualidad.
Así, por ejemplo, sólo Dios “es” plenamente, porque sólo Él se identifica irrestrictamente con la “cualidad” de “ser”. Las creaturas, sin embargo, no es que no sean nada: participan del ser, poseen en forma imperfecta, parcial, eso que Dios es en forma plena y total.
Cuando decimos que la Iglesia de Cristo “subsiste en” la Iglesia Católica ¿estamos hablando de esa identificación plena, entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica?
Algunos niegan esto, pues afirman que la Iglesia de Cristo puede subsistir también en otras Iglesias distintas de la Católica.
Pero entonces, parece que ninguna de esas “subsistencias” implicaría una identificación plena. De eso se seguiría que la Iglesia de Cristo como tal no existe hoy entre nosotros, sino solamente “partes” o realizaciones parciales e imperfectas suyas. No nos referimos aquí a la imperfección que viene de los pecados y limitaciones humanas, que ésa la Iglesia la tendrá siempre mientras peregrine en la historia, sino a una imperfección en cuanto Iglesia de Cristo, es decir, a un no ser, pura y simplemente, la Iglesia de Cristo, sino solamente una parte o fragmento de la misma.
Pongamos un ejemplo para aclarar. La foto de un escritor famoso, una obra escrita por él, la ropa que usaba, la casa en que vivía, etc., de algún modo “participan” de su ser, de su personalidad, pero sólo la persona del escritor “es”, pura y simplemente, él mismo. Si el “subsistit in” se toma en este sentido de identificación plena, pura y simple, es claro que sólo puede haber una “subsistencia” del tal escritor, lo demás serán participaciones, expresiones limitadas e imperfectas de su personalidad.
Si, por el contrario, sólo podemos decir, respecto de ese escritor, que hay una pluralidad de “subsistencias” suyas, que consisten en recuerdos, obras, fotografías, posesiones, etc., eso es otra forma de decir que el escritor en cuestión, hoy día, no existe entre nosotros.
El primer sentido de “subsistir”, como identificación plena, es en realidad el único aceptable: los múltiples recuerdos, imágenes, obras, etc., del escritor, no son en realidad “subsistencias” suyas, sino participaciones, reflejos, de su personalidad.
Por eso decimos, que si la Iglesia de Cristo no subsiste únicamente en la Iglesia Católica, entonces no subsiste sin más y entonces no existe hoy día entre nosotros.
Pero entonces vemos que este sentido del “subsistit in”, único aceptable, equivale propiamente al “es”, entendido, no en el sentido de identificación exclusiva, pero sí en el de identificación plena. La Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica, porque sólo en la Iglesia Católica subsiste, es decir, se realiza en plenitud, y por tanto, pura y simplemente, la Iglesia de Cristo.
De lo contrario, si decimos que la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica pero no es la Iglesia Católica, ¿deberemos decir entonces que subsiste pero no existe? Porque si no es la Iglesia Católica, lo lógico es pensar que tampoco “es” ninguna de las otras Iglesias. Y entonces ¿existe todavía?
Por otra parte, tampoco podría decirse que la Iglesia de Cristo “subsiste en” el conjunto de las Iglesias cristianas históricamente existentes hoy día. Porque dicho conjunto carece de unidad visible, que es como vimos una nota esencial de la Iglesia de Cristo. Y la unidad puramente invisible no es tampoco la unidad que la fe cristiana reconoce a la Iglesia.
Vladimir Soloviev fue un cristiano ortodoxo ruso que reconocía el primado del Papa. Sin embargo, no veía la necesidad de convertirse al catolicismo, porque según él, la unidad mística, invisible, de la Iglesia de Cristo no ha sido perjudicada por la ruptura visible. El ya era plenamente católico, decía, siendo ortodoxo, por esa unidad mística e invisible.
Contra esto,
“Cristo, Mediador único, estableció su
Iglesia santa, comunidad de fe, de esperanza y de caridad en este mundo como
una trabazón visible, y la mantiene constantemente, por la cual comunica a
todos la verdad y
Por tanto, la ruptura visible e
histórica es una ruptura en
En el extremo opuesto, al menos
por lo que conocemos de su doctrina, la reciente vidente Vassula Ryden, griega
ortodoxa, presenta una visión de la Iglesia de Cristo rota, partida en dos
mitades que deben ser reunidas para que vuelva a existir
Si la Iglesia se hubiese partido en dos, habría
perdido su unidad y, por tanto, su ser: las puertas del infierno habrían
prevalecido, después de todo, sobre ella. De nada serviría que el Señor
quisiese reconstruirla por medio de Vassula y sus adeptos, porque ante todo,
ese “Señor” ya habría perdido el derecho a ser creído y adorado, habiendo
predicho, en esta hipótesis, algo que no se cumplió, y habiendo prometido, en
esa misma hipótesis, algo que no pudo cumplir.
Por tanto, no podemos pensar que
la ruptura entre la Iglesia Católica y las Iglesias y comunidades cristianas
separadas de Roma haya sido una ruptura de la Iglesia Católica misma. La
pérdida de la unidad entre esas Iglesias y
Contra la eclesiología
excesivamente espiritualista y optimista de Soloviev, entonces, hay que decir
que la ruptura de la unidad visible con la Iglesia Católica es ruptura de la
unidad con la Iglesia Católica sin más. Contra la eclesiología excesivamente
pesimista que trasuntan los mensajes de Vassula Ryden, hay que decir que la
ruptura de la unidad con la Iglesia Católica no es ruptura de la unidad de la
Iglesia Católica, ni por tanto tampoco ruptura de la unidad de la Iglesia de
Cristo, que subsiste en la Iglesia Católica, porque es, en el sentido de
identificación plena, no exclusiva,
Eso no quiere decir que, sin
atentar contra la unidad de la Iglesia que confesamos en el Credo, las rupturas
y separaciones no hayan sí dañado grandemente a
“En esta perspectiva de renovado camino postjubilar, miro con gran
esperanza a las Iglesias de Oriente,
deseando que se recupere plenamente ese intercambio de dones que ha enriquecido
la Iglesia del primer milenio. El recuerdo del tiempo en que la Iglesia
respiraba con «dos pulmones» ha de impulsar a los cristianos de oriente y
occidente a caminar juntos, en la unidad de la fe y en el respeto de las
legítimas diferencias, acogiéndose y apoyándose mutuamente como miembros del
único Cuerpo de Cristo.”
Lo cual no se ha de confundir,
sin embargo, con otra expresión que a veces se oye, y que distingue y pone como
al mismo nivel, a
Más bien habría que decir, desarrollando la imagen del Papa Juan Pablo II, que el problema con los cismas y rupturas es justamente que hoy día el pulmón oriental de la Iglesia no está en plena comunión con el resto del Cuerpo de Cristo.
Por la misma razón, si bien
históricamente se puede hablar de una “Iglesia ortodoxa”, teológicamente no
creemos que se pueda, porque falta precisamente un centro visible y jerárquico
de unidad de las muchas Iglesias locales de Oriente que se han separado de la
comunión con la sede petrina. Es por esto, también, que la expresión “iglesias
hermanas” puede aplicarse a Iglesias locales católicas y ortodoxas, pero no a
la Iglesia Católica en su conjunto respecto de otra “Iglesia ortodoxa” que
estaría a su mismo nivel, como “hermana”, pero que en realidad no tiene otra
consistencia teológica que la de una pluralidad de Iglesias locales. Y sobre
todo, que no puede haber una “hermana” de
Dice así
“En efecto, en sentido proprio, Iglesias hermanas son exclusivamente
las Iglesias particulares (o las agrupaciones de Iglesias particulares: por
ejemplo, los Patriarcados y las Metropolías). Debe quedar siempre claro,
incluso cuando
11. Se puede hablar de Iglesias hermanas, en sentido propio, también en
referencia a Iglesias particulares católicas y no católicas; y por lo tanto
también la Iglesia particular de Roma puede ser llamada hermana de todas las
Iglesias particulares. Pero, como ya ha sido recordado, no se puede decir
propiamente que la Iglesia católica sea hermana de una Iglesia particular o
grupo de Iglesias. No se trata solamente de una cuestión terminológica, sino
sobre todo de respetar una verdad fundamental de la fe católica: la de la
unicidad de la Iglesia de Jesucristo. Existe, en efecto, una única Iglesia, y
por eso el plural Iglesias se puede referir solamente a las Iglesias
particulares.
En consecuencia es de evitar, como fuente de malentendidos y de
confusión teológica, el uso de fórmulas como "nuestras dos Iglesias",
que insinúan -cuando se aplican a la Iglesia católica y al conjunto de las
Iglesias ortodoxas (o de una Iglesia ortodoxa)- un plural no solamente al nivel
de Iglesias particulares, sino también al nivel de la Iglesia una, santa,
católica y apostólica, confesada en el Credo, cuya existencia real aparece así
ofuscada.
En fin, se debe también tener presente que
Sin embargo, la ruptura de la
comunión de las Iglesias y comunidades cristianas no católicas con la Iglesia
Católica no es absoluta ni total. Desde la polémica de San Cipriano de Cartago
con el Papa Esteban, por lo menos, quedó claro que puede haber Bautismo válidamente
administrado fuera de los límites visibles de
Esta relativa independencia de la
validez sacramental respecto de la estructura visible de la Iglesia es la que
fundamenta teológicamente la afirmación de que las Iglesias y comunidades
cristianas separadas poseen verdaderos sacramentos, sea que los tienen todos,
como es el caso de los ortodoxos, o al menos el Bautismo, como es el caso de
los protestantes. Y esto alcanza para que puedan ser legítimamente llamados
“cristianos” y para que entonces se plantee como exigencia el lograr la plena
comunión de todos los cristianos, hoy día separados de
muchos modos, en
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Textos
semiolvidados del Concilio Vaticano II sobre el ecumenismo
Han transcurrido ya más de 40 años desde la clausura del Concilio Vaticano II, esa gran obra del Espíritu Santo para nuestra época. Los documentos conciliares, recibidos al principio con mucho entusiasmo, han ido cayendo paulatinamente en el olvido para la mayoría de los fieles católicos, incluyendo a muchos que tienen una mayor formación doctrinal. En el período post-conciliar, en los sectores eclesiales autodenominados “progresistas” se ha apelado con frecuencia a un supuesto “espíritu del Concilio”, descuidándose la atención a la letra del Concilio, encarnación de su verdadero espíritu. Hoy son poco citados y poco conocidos algunos textos esenciales del Concilio que contradicen frontalmente a corrientes de pensamiento muy arraigadas en nuestra cultura, como por ejemplo el relativismo.
El propósito de este modesto artículo es recordar algunos de los textos semiolvidados del último Concilio referidos al ecumenismo, un tema de importancia fundamental en el cual se pueden apreciar hoy no pocas desviaciones con respecto a la auténtica doctrina conciliar. Citaremos pues algunos textos del Concilio, precedidos por un título y seguidos por un comentario, ambos de nuestra autoría.
1)
La Iglesia de Cristo es la Iglesia católica.
“Ésta es
a) La Iglesia de Cristo es una y única; no está ni puede estar dividida.
b) La Iglesia de Cristo subsiste en (o sea, es) la Iglesia católica, puesto que la substancia de la Iglesia de Cristo permanece en la Iglesia católica. No se dice ni podría decirse otro tanto de ninguna otra Iglesia o Comunidad eclesial.
c) La Iglesia de Cristo es una realidad actual, presente en la historia, visible en el mundo, no un mero proyecto, ideal o entelequia abstracta. Se trata concretamente de la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de San Pedro (el Papa) y los Obispos en comunión con él (los Obispos católicos), de acuerdo con la voluntad de su Divino Fundador.
d) Los elementos de santidad y verdad presentes en las Iglesias y Comunidades eclesiales no católicas son bienes propios de la Iglesia católica e impulsan a los cristianos no católicos hacia la unidad propia de la Iglesia católica.
2)
La Iglesia católica y los cristianos no
católicos.
“La Iglesia se reconoce unida por muchas razones con quienes, estando
bautizados, se honran con el nombre de cristianos, pero no profesan la fe en su
totalidad o no guardan la unidad de comunión bajo el sucesor de Pedro... De
esta forma, el Espíritu suscita en todos los discípulos de Cristo el deseo y la
actividad para que todos estén pacíficamente unidos, del modo determinado por
Cristo, en una grey y bajo un único Pastor. Para conseguir esto, la Iglesia
madre no cesa de orar, esperar y trabajar, y exhorta a sus hijos a la
purificación y renovación, a fin de que la señal de Cristo resplandezca con más
claridad sobre la faz de la Iglesia.” (Concilio Vaticano II,
constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen
gentium, n. 15).
a)
La Iglesia católica reconoce que los
cristianos no católicos (en sentido sociológico o jurídico) son verdaderos
cristianos, es decir católicos (en sentido teológico), siempre y cuando hayan
recibido válidamente el sacramento del bautismo y profesen los dogmas
principales de la fe cristiana (expresados por ejemplo en el Credo Apostólico).
b)
Los cristianos no católicos pertenecen a la
Iglesia católica de una forma imperfecta. Esa imperfección no se refiere
directamente a la condición moral de esas personas, sino a una profesión de fe
incompleta o a una comunión incompleta con la Iglesia universal.
c)
El Espíritu de Dios suscita en los cristianos
el deseo de la unidad perfecta en el modo determinado por Cristo, es decir, en
el seno de la Iglesia católica fundada por Él y guiada por el Papa, Pastor
supremo a quien Él encomendó el cuidado de su grey.
d)
La unidad perfecta de todos los cristianos
hará que la Iglesia sea más claramente señal de Cristo, sacramento de Cristo.
3)
El objetivo del movimiento ecuménico.
“Promover la restauración de la unidad
a)
El objetivo del movimiento ecuménico es la
restauración de la unidad
b)
Muchas Comuniones cristianas se presentan a sí
mismas como la verdadera herencia de Jesucristo, pero no todas pueden serlo en
lo que tienen de peculiar y específico (lo que las distingue de las demás y las
contrapone a ellas), ya que la verdad es sólo una; la verdad no puede
contradecir a
4)
Es necesario que los cristianos no católicos se
incorporen plenamente a la Iglesia católica.
“Sin embargo, los hermanos separados de nosotros, ya individualmente, ya
sus Comunidades e Iglesias, no disfrutan de aquella unidad que Jesucristo quiso
dar a todos aquellos que regeneró y convivificó para un solo cuerpo y una vida
nueva, y que
a)
Los cristianos no católicos no disfrutan
plenamente de la unidad de la Iglesia.
b)
Por voluntad de Dios, sólo por medio de la
Iglesia católica, sacramento universal de salvación, se puede alcanzar la
plenitud de los medios de salvación. Por eso es justo, conveniente y necesario
que se incorporen a ella todos los cristianos no católicos.
c)
La Iglesia católica es
5)
El diálogo ecuménico y las conversiones
individuales.
“Todas estas
cosas, cuando son realizadas prudente y pacientemente por los fieles de la
Iglesia católica bajo la vigilancia de los pastores, contribuyen al bien de la
justicia y de la verdad, de la concordia y de la colaboración, del espíritu
fraterno y de la unión; para que por este camino, poco a poco, superados los
obstáculos que impiden la perfecta comunión eclesiástica, todos los cristianos
se congreguen en la única celebración de la Eucaristía, para aquella unidad de
una y única Iglesia que Cristo concedió desde el principio a su Iglesia y que
creemos que subsiste indefectible en la Iglesia católica y esperamos que crezca
cada día hasta la consumación de los siglos.
Es evidente que la labor de preparación y reconciliación de cuantos
desean la plena comunión católica se diferencia por su naturaleza de la labor
ecuménica; no hay, sin embargo, oposición alguna, puesto que ambas proceden del
admirable designio de Dios.” (Concilio
Vaticano II, decreto sobre el ecumenismo, Unitatis
redintegratio, n. 4).
a)
La Iglesia de Cristo, vale decir la Iglesia
católica, siempre ha sido, es y será una. La unidad y la indefectibilidad son
dones que Cristo concedió desde el principio a Su Iglesia.
b)
No obstante, la unidad de la Iglesia puede
“crecer” en el tiempo, en la medida en que se realice y manifieste de un modo
cada vez más perfecto la unidad y la comunión de todos los cristianos en
c)
Es evidente que el diálogo ecuménico no puede
oponerse a la labor orientada a apoyar las conversiones individuales de
cristianos no católicos hacia el catolicismo, labor que también procede del
admirable designio de Dios. Lamentablemente hoy se tiende a oponer falsamente
ambos aspectos de la misma tarea evangelizadora, dejándose de lado la búsqueda
de conversiones individuales por temor a ofender a nuestros socios en el
diálogo ecuménico y a recibir de ellos la acusación de “proselitismo”. Este
último es ciertamente condenable cuando se busca obtener conversiones por
motivos puramente mundanos (aumento de poder, de prestigio, etc.). Pero no
corresponde descartar, junto a ese falso “proselitismo”, también el justo empeño en ayudar a conducir a todos
los cristianos hacia la perfecta comunión con
6)
El ecumenismo de la verdad y la caridad.
“La manera y el sistema de exponer la fe católica no debe convertirse, en
modo alguno, en obstáculo para el diálogo con los hermanos. Es de todo punto
necesario que se exponga claramente toda
a)
El “ecumenismo de la caridad” y el “ecumenismo
de la verdad” no deben ser dos esfuerzos yuxtapuestos o independientes entre
sí. El verdadero ecumenismo debe estar fundado tanto en la caridad como en
b)
Existe hoy entre los católicos una tendencia a
no discutir con nuestros hermanos separados acerca de los aspectos de la fe cristiana
que siguen siendo controvertidos. Si bien es cierto que es más importante lo
que nos une que lo que nos separa, sería un grave error subestimar las
diferencias que subsisten entre ambas partes. La división de los cristianos no
se debe a simples malentendidos, que podrían superarse con un poco de buena
voluntad, diplomacia y política eclesiástica. Los cismas y herejías que están
en el origen de esas divisiones proceden de graves pecados y serios errores que
han tenido enormes consecuencias históricas y que no se desvanecerán por sí
mismos ni por medio de decretos arbitrarios. Hace falta dialogar sobre las
diferencias de fondo con humildad, caridad, sabiduría, fortaleza y
perseverancia, sin ceder a la tentación de construir precipitadamente una falsa
unidad basada en un máximo común denominador de nuestras creencias respectivas.
c)
La apertura al diálogo sólo resulta fecunda
cuando implica a la vez un respeto firme y total de la identidad de cada una de
las partes. No sería conducente un diálogo en el que una de las partes ocultase
aspectos esenciales de su identidad por temor a una reacción negativa de las
demás partes.
Que el Espíritu Santo
haga arder en nuestros corazones el deseo de la comunión plena de todos los
cristianos en
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Tabla de Contenidos
Catecismo de la Iglesia Católica
– Compendio, nn. 161-164.
161. ¿Por qué la Iglesia
es una?
La Iglesia es una porque tiene como origen y modelo
la unidad de un solo Dios en la Trinidad de las Personas; como fundador y
cabeza a Jesucristo, que restablece la unidad de todos los pueblos en un solo
cuerpo; como alma al Espíritu Santo, que une a todos los fieles en la comunión
en Cristo. La Iglesia tiene una sola fe, una sola vida sacramental, una única
sucesión apostólica, una común esperanza y la misma caridad.
162. ¿Dónde
subsiste
163. ¿Cómo
se debe considerar entonces a los cristianos no católicos?
En las Iglesias y comunidades eclesiales que se
separaron de la plena comunión con la Iglesia católica se hallan muchos
elementos de santificación y verdad. Todos estos bienes proceden de Cristo e
impulsan hacia la unidad católica. Los miembros de estas Iglesias y comunidades
se incorporan a Cristo en el Bautismo; por ello los reconocemos como hermanos.
164. ¿Cómo
comprometerse a favor de la unidad de los cristianos?
El deseo de restablecer la unión de todos los
cristianos es un don de Cristo y un llamamiento del Espíritu; concierne a toda
la Iglesia y se actúa mediante la conversión del corazón, la oración, el
recíproco conocimiento fraterno y el diálogo teológico.
Vuelve a la
Tabla de Contenidos
Joseph
Ratzinger
Tal vez
sea precipitado afirmar que la fase de crisis se está convirtiendo, desde hace
algún tiempo, en fase de consolidación. Preguntémonos primero qué es lo que
debe retenerse de lo anterior. La síntesis que hemos intentado trazar en las
breves pinceladas precedentes parece anticipar un diagnóstico acusadamente
negativo. ¿Ha quedado algo más que un montón de ruinas de experimentos
fracasados? ¿Se han transformado definitivamente Gaudium et spes en luctus
et angor? (*) ¿Fue el Concilio un
camino equivocado, que debemos desandar para salvar a la Iglesia? Son cada vez
más altas las voces que así lo afirman y sus partidarios son cada vez más
numerosos. Entre los fenómenos innegables de los últimos años se cuenta el del
constante crecimiento de grupos integristas, en los que encuentra respuesta el
anhelo de piedad, del calor del misterio. Y es preciso precaverse de
descalificar tales procesos. Es indudable que hay aquí zelotismo sectario, que
es el polo opuesto del catolicismo. Nunca se ofrecerá demasiada resistencia a
esta tendencia. Pero es también preciso preguntarse con absoluta seriedad por
qué estos estrechamientos y desviaciones de la fe y de la piedad pueden ejercer
tanto influjo y atraerse a personas que ni en razón de su fe ni de su
psicología personal son proclives al sectarismo. ¿Qué es lo que les empuja
hacia un ámbito al que en realidad no pertenecen? ¿Por qué han perdido el
sentimiento de que
¿Qué
decir, pues? Para empezar, entiendo que el decurso de los acontecimientos de
estos diez años han puesto una cosa en claro: una interpretación del Concilio
que entiende sus textos dogmáticos tan sólo como preludios de un espíritu
conciliar aún embrionario, que considera el conjunto tan sólo como un camino
hacia Gaudium et spes y que contempla, a su vez, a este último documento
tan sólo como el primer compás de una continuación rectilínea siempre hacia
nuevas mezclas y combinaciones con lo que se designa como progreso; una
interpretación así no sólo está en contradicción con lo que los mismos padres
conciliares quisieron y opinaron, sino que es llevada ad absurdum por el
curso mismo de los acontecimientos. Allí donde se recurre al «espíritu del
Concilio» en contra de sus palabras expresas y se destila únicamente un vago
desarrollo que corre a lo largo de la Constitución pastoral, este espíritu se
convierte en fantasma y lleva al desatino. Las ruinas que esta postura ha
causado ya son tan palpables que no es posible discutirlas en serio. Se ha
visto también con no menor claridad que la contemporánea configuración del
mundo ha dejado, hace ya mucho tiempo, de ofrecer una magnitud unitaria. De una
vez por siempre, el progreso de la Iglesia no puede consistir en un abrazo
tardío con la edad moderna, tal como nos ha enseñado, de forma
irrefutable, la teología de América Latina. Y aquí radica su derecho a clamar
por
¿Quiere
esto decir que es preciso derogar el Concilio mismo? En modo alguno. Significa
sencillamente que aún no se ha iniciado la aceptación auténtica del Concilio.
Lo que ha devastado a la Iglesia del último decenio no ha sido el Concilio,
sino la negativa a aceptarlo. Así lo pone de manifiesto el análisis de la
historia de las repercusiones de Gaudium et spes. Lo que se pretendía
pasar como Concilio era, en muy buena medida, expresión de una actitud que no
puede invocar en su apoyo las afirmaciones de este texto, pero que puede
reconocerse de hecho como tendencia, tanto en su devenir como en algunas
formulaciones concretas. La tarea no es, pues, ignorar el Concilio, sino
descubrir el Concilio real y profundizar su auténtica voluntad, a la luz de las
experiencias vividas desde entonces. Y esto implica que no hay punto de retorno
al Syllabus, que pudo constituir una primera toma de posición en el
enfrentamiento con el liberalismo y el amenazante marxismo, pero que en modo
alguno puede ser la palabra última y definitiva. Ni el abrazo ni el ghetto pueden
resolver, a la larga, el problema de la edad moderna para los cristianos. Queda
el hecho de que aquella «demolición de los bastiones» que ya en 1952 pedía Hans
Urs von Balthasar era, en realidad, una tarea a plazo vencido.
La
Iglesia no puede elegir las épocas en las que desea vivir. Después de
Constantino, tuvo que buscar una manera de convivir con el mundo distinta de la
que le había sido impuesta en la época de las persecuciones. Sería necio
romanticismo deplorar el cambio constantiniano mientras que, al mismo tiempo,
se cae a los pies de un mundo del que supuestamente quiere liberarse a
Visión panorámica,
una comparación
Llegados
al final, intentaré presentar, no sin ciertas vacilaciones, el drama de estos
diez años, con su línea ascendente y su peripecia, a través de una parábola
que, dada la enorme dureza de nuestras experiencias, podría tacharse de evasión
absolutamente inoportuna al reino de
Su Don
Quijote comienza con una bufonada, con una amarga burla que no es mero producto
de la desnuda fantasía o simple diversión literaria. El alegre auto de fe que
el cura y el barbero llevan a cabo, en el capítulo 6, con los libros del pobre
hidalgo, tiene un aire absolutamente real: se echa afuera el mundo medieval y
se tapia la puerta de entrada: pertenece ya irremisiblemente al pasado. En la
figura de Don Quijote, una nueva era se burla de
Pero en
el curso de la novela, le ocurre al autor algo curioso. Poco a poco, comienza a
cobrar afecto al loco caballero. Esto se advierte no sólo en el hecho de que se
sintiera molesto por la burla de un plagiador, que convertía al noble loco en
vulgar payaso. Tal vez en la contraimagen del falso Don Quijote advirtió
plenamente, por vez primera, que su loco tenía un alma noble, que su locura de
consagrar su vida a la protección de los débiles y a la defensa de la verdad y
la justicia tenía grandeza en sí. Tras la locura, descubre Cervantes la
sencillez: «Al caballero pobre no le
queda otro camino para mostrar que es caballero sino el de la virtud, siendo
afable, bien criado, cortés y comedido y oficioso; no soberbio, no arrogante,
no murmurador y, sobre todo, caritativo». ¡Qué noble locura aquella que
hace que Don Quijote elija una profesión en la que: «...ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras,
liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos,
caritativo con los menesterosos, y finalmente, mantenedor de la verdad, aunque
le cueste la vida el defenderla»! Las locuras insensatas se han convertido
en amable espectáculo en el que se hace perceptible un corazón puro. Más aún,
el núcleo de la locura, que ahora llega al nivel de la conciencia, coincide con
el extrañamiento de la bondad en un mundo cuyo realismo se burla, por lo demás,
de aquel que acepta la verdad como realidad y que arriesga la vida en su
defensa. Aquella altiva seguridad con que Cervantes había quemado los puentes
que quedaban a sus espaldas y se había reído del tiempo antiguo, se torna ahora
en melancolía por lo perdido. No se trata de un retorno al mundo de las novelas
de caballería, pero sí de mantenerse despierto para aquello que nunca debe
perderse y de ver bien el peligro que amenaza a los hombres cuando, al quemar
el pasado, pierden parte de sí mismos.
¿No
hemos vivido también nosotros, en estos diez años transcurridos desde Gaudium
et spes, experiencias que, aunque a diferente nivel, no son del todo
dispares de las que subyacen bajo la transformación de Don Quijote? Hemos roto
con lo anterior, llenos de osadía y de autoconciencia. Nos hemos entregado
también a más de un real auto de fe sobre libros escolásticos que nos parecían
locas novelas de caballería, que no hacían sino llevarnos a regiones de
fantasía y nos embelesaban con peligrosos gigantes, cuando en realidad teníamos
que enfrentarnos con las filantrópicas acciones de la técnica y sus aspas de
molinos de viento. Hemos tapiado, orgullosos y seguros de la victoria, la
puerta de una época del pasado y declarado ya disuelto y desaparecido todo lo
que había tras ella.
En la
literatura conciliar y postconciliar es innegable la existencia de una especie
de burla, con la que, como alumnos ya maduros, queríamos despedirnos de
anticuados libros de texto. Pero, mientras tanto, ha llegado hasta nuestros
oídos y nuestros espíritus otro tipo de burla, que se ha mofado de nosotros más
de cuanto habíamos imaginado y querido. Lentamente, ha desaparecido la sonrisa
de nuestros labios. Lentamente hemos advertido que tras las puertas cerradas
existen cosas que no deben perderse, si no queremos perder nuestras almas. Por
supuesto, no podemos ni queremos retroceder al pasado. Pero debemos estar
preparados para aceptar con nueva mentalidad lo que, en las vicisitudes de los
tiempos, es auténtico soporte. Buscarlo con espíritu firme y sereno, atreverse
a la locura de lo verdadero con alegre corazón y sin concesiones es, a mi entender, la tarea del hoy y del mañana: el verdadero
núcleo del servicio al mundo de la Iglesia, su respuesta a «los gozos y esperanzas, las tristezas y las
angustias de los hombres de nuestro tiempo».
Nota:
*)
"Luctus
et angor" (tristezas y angustias) son las palabras que, en el texto
conciliar, vienen inmediatamente a continuación de los vocablos de introducción
"Gaudium et spes".
Fuente: Joseph Ratzinger, Teoría de los principios teológicos,
Herder, Barcelona, 1985, pp. 467–472.
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Acompañando a Cristo el Jueves
Santo
(Hora Santa predicada en
de las
Religiosas de María Inmaculada – Abril 2006)
Pbro. Miguel
Antonio Barriola
A la queja de Jesús: “¿No pudieron velar una hora conmigo?” (Mt 26, 40), responde la
Iglesia con la “hora santa”, tratando de reparar la modorra de los más íntimos
del Señor, por medio de la contemplación más atenta que nos sea posible.
Adentrándonos en el misterio de esta noche
tan central en la historia de la humanidad toda, recordemos cómo Jesús temía y
a la vez esperaba estos momentos, en los que, superando su estado de ánimo tan
acongojado, sembraba para los futuros siglos, lo que muy pobremente podían
captar sus propios contemporáneos y amigos más allegados.
Así lo advirtió a Pedro: “No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo
comprenderás” (Jn 13, 7).
Y tan profundo e insondable era su legado,
que iba a ser necesario “otro maestro”, para que la Iglesia entera lo fuera
asimilando a lo largo de los tiempos. “Tengo
todavía muchas cosas que decirles, pero no las pueden comprender ahora. Cuando
venga el Espíritu de la Verdad, ÉL los introducirá en toda la verdad” (Jn
16, 12-13).
Además, sin nosotros y tantas generaciones
que nos han precedido, aquella sublime despedida y testamento no tendrían
sentido, ya que nos encontramos incluidos en la oración filial y eficaz de
Cristo: “No ruego solamente por ellos,
sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí” (Jn 17, 20).
Jamás, por otra parte, agotaremos estas
riquezas, pero nunca hemos de cansarnos de sumergirnos en ellas, siguiendo la
invitación de Pablo: “¡Que Cristo habite
en sus corazones por la fe y sean arraigados y edificados en el amor! Así
podrán comprender con todos los santos [pues no alcanza nuestra limitada
inteligencia ni la de todo el mundo] cuál
es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad [Pablo no se cansa
de amplificar toda dimensión], en una palabra, podréis conocer el amor de
Cristo, que supera todo conocimiento [se nos invita a “conocer” lo
“incognoscible”]” (Ef 3, 18–19).
Siempre, pues, nos va a “superar”, pero no
por eso hemos de dejar de acercarnos con nuestra pobre vasija, para servirnos
de esta catarata desbordante de amor.
Llegando ya a estas sublimes y dramáticas
escenas, podemos adelantar que la totalidad del Evangelio se encuentra en
En efecto, así lo expresa Él mismo: “He deseado ardientemente comer esta Pascua
con vosotros, antes de Mi Pasión” (Lc 22, 14). Y, según la solemnísima
obertura, con
Más todavía: la enjundia de la Biblia toda,
su meollo mismo emerge espléndidamente en este episodio fundamental.
En efecto, Jesús celebrará
Pero, no sería una fiesta como las
anteriores. Ya la celebración judía era central e importantísima, mas de ahora en adelante no se conmemorará solamente la
independencia de la esclavitud egipcia y el posterior tratado de alianza en el
Sinaí, sino que, dentro de la continuidad con el pueblo judío, aparece algo
totalmente inédito, nuevo.
Recordemos cómo, en Ex. 24, después de haber
promulgado la ley, que el pueblo se comprometió a observar, Moisés, tomando
sangre, que significa la “vida” (cuando se pierde la sangre, se extingue
automáticamente la existencia animal y humana: ver Lev 17,11), roció el altar
de doce piedras, que representaba a Dios y también al pueblo, para significar
el estrecho vínculo vital que se establecía, por medio de aquel rito, entre Dios
e Israel.
Pero la inmensa mayoría de los anales
históricos bíblicos (ya casi enseguida de pacto tan solemne; Ex 32: adoración
infiel del becerro de oro, siguiendo por Josué, Jueces, Libros de Samuel,
Reyes, Crónicas, Profetas) serán una triste demostración de las infidelidades y
rebeldías constantes de aquel pueblo de “dura cerviz”, para con su Dios (ver el
tremendo, a la vez que tierno capítulo 16 de Ezequiel).
Sin embargo el Señor, pese a que mandaba
constantemente a sus emisarios, los profetas, que tampoco eran escuchados, no
se echo atrás, sino que se las ingenió para restaurar a fondo esta trágica
situación.
Así, por medio de Jeremías (31, 31 ss.),
vaticina una “Nueva Alianza”, que no
será como la que pactó con los padres de antaño, sino que avisaba que Él mismo,
Dios, pondría su ley en el corazón.
La ley no sería una realidad hermosa y santa,
pero exterior e inalcanzable, sino que penetraría en lo más íntimo de cada
miembro del pueblo de Dios.
Podríamos ilustrar la situación con los casos
extremos de tantos enfermos, que necesitan una transfusión de sangre, porque su
propio elemento vital no alcanza para sostenerlos en vida. Hasta se practican
hoy en día trasplantes de corazón, porque la gravedad de ciertos pacientes es
tal, que ni siquiera su propio órgano central les basta.
Esto, que es excepcional en la vida
corriente, se vuelve regla general en la relación de amistad con Dios. Nadie
está capacitado para poner por obra la justísima y perfecta ley de Dios.
Es lo que podemos leer en la angustiosa
descripción de Pablo en Rom 7, 12-13. Confiesa que los preceptos de Dios son
irreprochables y rectísimos, pero él (y todo hombre) es “carne”, es decir:
debilidad, incapacidad para poner en práctica tan hermosas indicaciones
morales.
Con el fin de iluminar nuevamente con otra
metáfora esta penosa condición, pensemos en la angustia de quien admira las
espléndidas carreteras, por las que se puede viajar seguramente (bien
asfaltadas, señalizadas convenientemente), pero se encuentra sin carburante en
su motor, o se ve paralítico.
La misma belleza de esas rutas le hace
percibir doblemente su impotencia; hay tanta posibilidad de desplazarse
cómodamente al alcance de la mano, pero “yo” me encuentro muy lejos de poder
beneficiarme con tales ventajas. Si nadie me auxilia (rueda de “auxilio”), me
veo condenado a la inacción.
En el “camino de la ley” (comparación
frecuentísima en la Biblia para señalar los mandamientos divinos: ver todo el
Sal 119), si Dios no nos “llena el tanque”, como lo prometió, no podremos dar
un paso.
Ezequiel, unos 50 años después de Jeremías,
ya en el exilio babilónico, retoma la profecía de
Es por eso que S. Pablo, haciendo la síntesis
de ambas promesas expresará, ya contemplando el cumplimiento de esa novedad: “Ya no hay condenación para quienes viven
unidos a Cristo. Porque la ley [Jeremías] del
Espíritu [Ezequiel], que da la
vida, me libró, en Cristo Jesús, de la ley del pecado y de
Con todo, ni Jeremías ni Ezequiel habían
especificado el medio, por el cual Dios introduciría su “ley – espíritu” en el interior de los hombres.
Al Hijo de Dios, Jesús, como ya lo
sintetizaba Pablo, le tocó revelar el modo concreto de esta “transfusión” de
sangre divina en nosotros.
Justamente en
En la formulación de Marcos y Mateo: “Ésta es mi sangre de la alianza” (ver: Mt 26, 28). Ya se percibe la
notoria diferencia: no se trata de sangre de corderos sacrificados, sino de la sangre del mismo Jesús (“mi” sangre),
cordero de Dios por excelencia, que quita el pecado del mundo (ver: Jn 1, 19;
19, 36; Apoc 5, 6).
S. Pablo (el primero - antes de los
evangelistas- que nos transmitió la institución de la Eucaristía; I Cor 11,
22–27) y Lucas, sacan a la luz lo que ya está incluido en la narración de
Marcos y Mateo: “Este cáliz es
La sangre de Cristo, pues, no es “rociada”
externamente, como sucedió con el pueblo de Israel a los pies de la montaña
santa, sino que es internalizada, ya que se nos manda a los cristianos “beber”
esa sangre, que es
Por eso, en cada Eucaristía, resuena la orden
de Cristo, que actualiza y condensa toda la historia de la salvación, eficaz y
realmente, en el banquete del altar cristiano.
Pero, ¿a quiénes fue encomendado semejante
tesoro tan lleno de profundas vetas vitales y de santificación?
Jesús ordenó a los Doce: “Hagan esto en memoria mía”
(I Cor 11, 25). Y... ¿qué era “esto”?
Nada menos que la transformación de un poco de pan en su cuerpo y algo de vino
en su sangre preciosa y redentora.
Ahora bien, ¿qué hombre, por sobresaliente y
eximio que sea, será apto para realizar semejante cosa?
El mandato de Jesús, entonces, lleva consigo
la capacitación para, con poderes superiores y divinos, llevar por la historia
y hacer presente un tesoro tan preciado.
Junto a la Eucaristía, pues, asistimos al
regalo del sacramento del orden sagrado.
Y las circunstancias de este regalo
misericordioso de Jesús han de hacernos reflexionar sobre la mirada de profunda
fe con que hemos de considerar a los revestidos de tal cometido en la vida de
la Iglesia.
Porque... ¿quiénes fueron los primeros
destinatarios de tan sublime misión?
S. Lucas recuerda que, en
Para no hablar de la tozudez de Pedro, el
líder de todos, que cree saber más sobre sí mismo y su fidelidad, que el mismo
Jesús (Mt 26, 30–35; Jn 13, 36-38).
A hombres rudos entrega Jesús sus tesoros más
preciados. No, por consiguiente, porque eran especialmente dotados o santos,
sino porque el mismo Jesús iría supliendo en ellos lo que les faltaba.
El hecho ha de afinar nuestra mirada de fe en
la consideración de los ministros ordenados en medio de
No debemos percibir este misterio con ojos
superficiales: “El padre tal es muy simpático, aquel muy sabio. Pero éste otro
es poca cosa y ostenta tantos defectos”.
Los santos nos dan la pauta para la
apreciación justa. Nos sirva de ejemplo S. Francisco de Asís. Él, con toda su
santidad, no quiso ser ordenado sacerdote. Se quedó como diácono, porque se
consideraba indigno del ministerio presbiteral.
¡Qué nos queda, a los pobres y llenos de
miseria, que hemos aceptado el pastoreo en la Iglesia! Pero alguien ha de
seguir adelante con la misión del mismo Cristo, como Pedro, el renegado
arrepentido.
El mismo santo de Asís nos indica la actitud
correcta, en otro episodio de su vida. Recorriendo las aldeas de Italia, se
acercó a una, cuyo párroco no llevaba una vida muy ejemplar.
Los feligreses, dirigiéndose al santo, le
preguntaron: “¿Te parece que hemos de
obedecer a un hombre así?” Francisco, arrodillándose, besó las manos de
aquel hombre, declarando: “Estas manos me
dan el cuerpo y la sangre de Cristo”.
Jesús aclaró con antelación y
sacramentalmente en
ÉL se da a todos, pero se va sumergiendo cada
vez más en una soledad más densa.
Por eso, tuvo una feliz intuición de este
aspecto el genio de Leonardo da Vinci (del que se han hecho tantas distorsiones
absurdas en el film basado en la torpe novela de Dan Brown), cuando, en lugar
de representar a Jesús con Juan reclinado en su pecho, como era usual en al
arte medieval, colocará al Redentor solitario, en el medio, mientras grupos de
apóstoles gesticulan y discuten entre ellos.
El propio Jesús lo adelantó: “Uds. se dispersarán... y me dejarán solo.
Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo” (Jn 16, 32).
La oración de Getsemaní, prolongará esta
soledad y el diálogo angustioso de Jesús con este Padre, que “estará siempre
con él”, aunque no de manera sensiblera, sino en medio de la oscuridad más
densa.
Así se adentra en la oración más dramática de
su vida. Al acabar las tentaciones, que preludiaban a su vida pública, Lucas
había anotado: “Una vez agotadas todas
las formas de tentación, el demonio se alejó de él hasta el momento oportuno” (Lc 4,13). Finalizando la escena del
Huerto de los Olivos, Jesús dirá: “Ésta
es la hora de Uds. y del poder de las
tinieblas” (Lc 22, 53. Ver: Jn 14, 30).
Notemos que Jesús toma consigo a los tres que
eran sus predilectos, dentro de los Doce (ver: Mc 5, 37), a los mismos que
había hecho testigos de su gloriosa transfiguración (Mc 9, 2 y paralelos).
Entonces se había oído la voz del Padre: “Éste
es mi Hijo querido, escúchenlo”. Jesús, eligiendo nuevamente a Pedro,
Santiago y Juan como sus acompañantes más cercanos, está implícitamente
enseñando que hay que prestarle atención en los dos montes, tanto en el Tabor
como en el Calvario, al cual Getsemaní fue una tremenda preparación. Allí es
donde Jesús va a responder a la voz, que lo presentaba como Hijo preferido de
Dios, por medio de una palabra muy tierna (que ningún judío había dirigido a su
Dios), designándolo como “Abbá” (= papito). Justamente en una circunstancia tan
dolorosa, en la que casi está entablando una lucha con los designios divinos
(ver: Mc 14, 36).
Este episodio fue tan brutal para el recuerdo
cristiano, que fuera mismo de los Sinópticos, dejó sus huellas en otros
escritos del Nuevo Testamento.
Así, S. Juan, adelantando el momento (según
su manera bastante libre de ordenar los acontecimientos), coloca un suceso muy
similar, hacia el final de la vida pública de Jesús, todavía en Jerusalén.
Unos griegos quieren ver a Jesús, pero él, en
lugar de mecerse en su fama, que traspasa fronteras, se concentra en lo que
está próximo a desencadenarse. “El grano de trigo que tiene que morir”, para
dar fruto. No obstante, se turba ante esta perspectiva y vacila: “¿Qué diré: «Padre, líbrame de esta hora?».
Si para eso ha llegado esta hora. Padre, glorifica tu nombre” (Jn 12,
27–28). Una voz se oyó y muchos pensaron que un ángel le había hablado, tal
como el que acompañará a Jesús en el Huerto, según Lucas (22, 43).
También el autor de Hebreos ha recogido estos
conmovedores momentos (Hebr 5, 7–10). Describe la oración convulsionada de
Jesús, explicando que “con súplicas y
plegarias, con fuertes gritos y lágrimas
(se dirigió) al que podía salvarlo de la muerte y fue escuchado por su humilde
sumisión”.
Uno puede preguntarse: ¿cómo es que “fue
escuchado”, cuando más bien se lo envió a la muerte, de la que pedía ser
liberado?
Es que el Padre, mandándolo a la cruz, le
concedió algo mucho más grande: ser vencedor de la misma muerte y no sólo para
él mismo, sino para todos los hombres, porque según sigue el texto: “De este modo alcanzó la perfección y llegó
a ser causa de salvación eterna para
todos los que le obedecen” (Hebr 5,9).
Este profundo autor nos advierte asimismo
que, “por medio de sus propios
sufrimientos aprendió lo que
significa obedecer” (Hebr 5, 8). ¿Cómo puede aprender el Hijo de Dios, siendo ÉL mismo Dios perfectísimo y
omnisapiente?
Es que debía realizar, ahora, con un nuevo
punto de partida, lo que vivía en paz desde toda
El terrible trance de Getsemaní nos enseña
que se aplica al mismo Jesús la declaración paulina: “No sabemos orar como es debido” (Rom 8, 25). También Jesús anduvo
balbuceando, hasta dar con los términos exactos de la oración perfecta.
Y lo asombroso es que hasta llegará a
desdecirse de su misma magistral lección sobre
En efecto, preceden primeramente tres
adjetivos posesivos de segunda persona: “TU
nombre, TU reino, TU voluntad”. Sólo con ese telón de
fondo viene después lo necesario para nuestra vida: el pan, el perdón de las
ofensas, no caer en la tentación, liberación del maligno.
En el Huerto, en cambio, según desglosa Mateo
las Peticiones de Jesús, podemos calibrar el desconcierto que reinaría en el
corazón del “Maestro”, ya que se aparta del orden por él sabiamente
establecido.
Primero expresa: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz”. Sólo después,
en un segundo lugar: “Pero no se haga mi
voluntad sino la tuya” (Mt 26, 39).
La segunda vez, ya va admitiendo en su
horizonte, que podría juntarse su deseo con el del Padre: “Padre mío, si no puede pasar
este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad” (Mt 26, 38).
Este desorden interior (respecto a las claras
enseñanzas que impartiera cuando estaba libre de semejantes tensiones), lo
había él mismo declarado, sin esconder nada: “Mi alma siente una tristeza de muerte” (Mt 26, 38).
Tal descripción siempre causó escándalo a
gente presumidamente “noble”.
Así Celso (uno de los más feroces enemigos de
la fe cristiana) denigraba a los creyentes, comparando la actitud serena y
valiente de Sócrates ante su muerte, con el ”cobarde”
Jesús frente a
Jesús, en cambio, cae rostro en tierra (Mc
14, 35), suda sangre (Ls 22, 44), necesita un ángel que lo sostenga (Lc 22,
43), interrumpe por tres veces su plegaria, para buscar consuelo en sus
discípulos.
Para nuestra fe, lejos de ser esto una
vergüenza, significa la gran misericordia de Dios, que no nos arroja una
limosna a la distancia, sino que quiere entreverarse a fondo con nuestras
debilidades, para extraernos de las mismas, sólo por su obediencia al Padre “hasta la muerte y muerte de cruz”
(Filip 2, 8) y no por la arrogancia altanera, que se fía de las propias fuerzas
y cualidades.
Jesús nos enseña el recto camino: no se
pierde en poses heroicas, admite su desvalimiento, se confía, por más que todo
clame en contra, a su “Abbá”.
En cambio, Pedro, que se había desatado en
bravatas: “Aunque todos te abandonen, YO NO” (Mt 26, 33), poniendo de
relieve ese “YO” en contraposición a “todos los demás”. Pero no oró, dejándose
amodorrar.
Por lo mismo, al llegar la hora de la verdad,
el que fue humilde y sincero, acompañando también la agonía con la oración
desolada, salió reconfortado.
El que se durmió, sin pedir la vitamina que
sólo Dios puede dar, mostrará cobardemente la hilacha de su poquedad.
Lloremos con Pedro, que se dejó mirar por
Cristo (Lc 22, 61-62). Aprendamos como él a desconfiar de nosotros mismos y a
esconder el “YO”.
En efecto, cuando el Resucitado le preguntará
(en Reminiscencia tácita de sus anteriores valentonadas, que desembocaron en la
triple negación) si lo “amaba más que estos”, hará desaparecer su anterior
egoísmo, remitiéndose solamente a la ciencia superior del Señor sobre su mismo
corazón: “Señor, TÚ lo sabes todo, TÚ
sabes que TE amo” (Jn 21, 17).
En estos acontecimientos capitales de nuestra
redención no figura María, la Madre de Jesús. Pero, así como ella no es el
Evangelio, pero sin ella no hay Evangelio, análogamente, sin su seno virginal
no tendríamos el “cuerpo de Cristo”, que se hace presente en la Eucaristía por
la fuerza de Cristo otorgada a su Iglesia en el sacramento del orden.
Bien poéticamente lo presenta el poeta de la
Eucaristía, Sto. Tomás de Aquino: “AVE
VERUM CORPUS NATUM DE MARIA VIRGINE, VERE
PASSUM, INMOLATUM IN CRUCE PRO
HOMINE”.
Sin cuerpo humano, no habría sido posible la inmolación de Jesús en la cruz y sólo María ofreció su maternidad, para dar “cuerpo pasible” al Hijo eterno de Dios.
Por esto, el mismo Jesús, antes aún de ingresar al mundo, previendo su sacrificio, expresaba, según Hebr 10, 5ss.: “Tú no has querido sacrificios ni oblación, en cambio me has dado un cuerpo... para hacer, Dios, tu voluntad” (Sal 40, 7-9).
¿Quién suministró ese “cuerpo”, sino la Virgen y Madre María?
Sería provechoso repasar, las
hermosas reflexiones de Juan Pablo IIº sobre María y la Eucaristía, en su
encíclica: “Ecclesia de Eucharistia”.
No hubo mejor tabernáculo, que el seno purísimo de María. Con ella, nunca cesemos de meditar estos altísimos Misterios en nuestros corazones (ver: Lc 2, 19.51).
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Seguir a Cristo exige una decisión fuerte porque
Cristo pide un compromiso total, un amor exclusivo.
En primer lugar nos pide estar despiertos,
darnos cuenta que el Señor es el que llama. Hay que estar preparados. Los que
ignoran la invitación son echados afuera.
Exige un cambio radical, hay que volver a
nacer. Elegir entre dos señores incompatibles: Dios o la vanagloria del mundo.
No es posible la neutralidad.
Esta opción es una alternativa de vida o
muerte, es para gente decidida. Hay que tomarlo en serio y la decisión debe ser
fuerte.
En todo momento Cristo nos obliga a optar. Supone
un esfuerzo para entrar por la puerta estrecha (Lc 13,24), aceptar el yugo. No
mirar para atrás para no desviar el surco. Exige un amor de preferencia.
También la decisión por Cristo nos exige no esperar provechos terrenos del
Evangelio (Lc 9,57).
Por eso Cristo exige probarse a sí mismo con
una decisión fuerte. Optar por Cristo significa afirmarse en el sólido
fundamento de la práctica, aumento de Fe y sacrificio (Mt.7,24-27).
La traducción cristiana de esto es: “tomar
la Cruz” (Mt 10,37; Lc 14,26).
¿Por qué Cristo pide esto? ¿Cuál es el
motivo? Él ha dicho que hay otros valores, otros tesoros. Él lo ha centrado en
tres palabras: Reino, Evangelio, Jesucristo.
El secreto de haber descubierto el Reino como
un valor superior, exclusivo, supremo (Lc 12,32-34; Mt 13,44-45). Este secreto
es la perla y el tesoro escondidos. En el último caso, el secreto de una
persona, la persona de Cristo encontrada: “todo
lo tengo por basura al haber encontrado a Cristo” (Filip. 3,8).
El Reino es el don de Dios, es el motivo
radical, el encuentro supremo. EL es el secreto, la justificación.
Terminemos esta reflexión contemplando la
grandeza de Cristo, nuestro amigo, nuestro Dios y Señor, nuestro hermano,
nuestro Salvador, nuestra Vida, amor, maestro, gozo, descanso. Amor exclusivo
que es para nosotros amor de consagración y sin este amor a Jesucristo es
imposible la entrega, es imposible seguirlo y ser testigo suyo para los demás.
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Los cuatro niveles de la libertad (2 y 3)
Pedro Gaudiano
En un
artículo anterior hemos explicado en qué consiste “la libertad interior o
constitutiva” (véase
2. La libertad de elección o de arbitrio
La realidad no es blanca ni negra, sino gris, a veces con matices más oscuros, a veces con matices más claros. Por eso, para comprender mejor en qué consiste la libertad de elección, analizaremos dos posturas extremas, y luego seguramente nos podremos situar en una postura de equilibrio que parece la más verdadera.
Algunos afirman que la libertad de elección del hombre está disminuida, y, en el caso más extremo, se llega a afirmar que no existe, no es real, sino que sólo es aparente. Desde esta postura, se llega a afirmar que ninguna acción humana es libre, porque el ser humano está determinado por la síntesis pasiva (concepto que hemos explicado en el artículo anterior, al desarrollar la libertad interior o constitutiva). En el caso de un criminal, por ejemplo, esta postura sostiene que no cometió un crimen libre y voluntariamente, sino que lo hizo determinado, es decir, obligado, por la síntesis pasiva.
En el extremo opuesto al anterior se sitúan aquellos que sostienen que lo más importante del ser humano es su capacidad de elegir. O sea que yo soy libre porque puedo elegir. No importa que lo que yo elija me haga daño a mí o a los demás. Desde esta postura, se llega a afirmar que todas las acciones humanas son libres, afirmación que no tiene en cuenta la existencia de la síntesis pasiva.
Según esta postura, todo es elegible, en especial los valores y el estilo de vida de cada uno. Este modo de entender la libertad va acompañado necesariamente de la idea de que todos los valores son igualmente buenos para aquel que libremente los elige, porque lo que los hace buenos no es que en sí mismos lo sean o lo dejen de ser, sino que son libremente elegidos. Todo lo que se elige libremente es valioso por ser ocasión de que se ejercite la libertad.
Entre las dos posturas anteriores existe el llamado “justo medio”, que no es una línea químicamente pura equidistante de los dos extremos, sino que es una franja, cuyos límites son algo difusos. La mayoría de las personas pueden situarse en esta franja, que, para cada persona, se puede correr un poco a veces hacia un extremo, a veces hacia el otro. Esta postura de equilibrio es la más difícil de alcanzar y de mantener a lo largo del tiempo. Desde esta postura, se puede sostener algunas afirmaciones:
a) Ni ninguna acción humana es libre, ni tampoco todas las acciones humanas son libres, sino que solamente algunas acciones humanas son libres, aunque el número de dichas acciones efectivamente libres es menor del que a uno le gustaría. En efecto, muchas veces no actuamos como querríamos actuar. Por ejemplo, no decimos lo que pensamos acerca de algún integrante de la familia por mantener la paz familiar. O no encaramos las decisiones de nuestro jefe en el trabajo por temor a perder nuestra fuente de ingresos. Es decir que, a veces, las circunstancias se nos imponen.
b) Estamos condicionados por la síntesis pasiva. Esto quiere decir que se acepta que estamos más o menos condicionados o influenciados por la síntesis pasiva, pero no determinados por ella.
c) Al elegir tenemos dos opciones: acertar o errar. Muchas personas no toman decisiones por temor a equivocarse. Si la decisión fue acertada, la persona se siente bien, satisfecha consigo misma, contenta, realizada... Podríamos decir que crece y se fortalece como persona. Pero, como decían los antiguos, “errar es humano”. Cuando uno toma una decisión equivocada, se le abren dos posibilidades:
Ø Uno puede reconocer el error y al menos intentar rectificarlo. Todos somos expertos para reconocer y señalar los errores de los demás, pero reconocer los errores propios es algo difícil, y exige mucha humildad y sinceridad de parte de uno mismo. A veces se puede rectificar un error totalmente, por ejemplo, al devolver algo que le saqué a otra persona. Pero a veces la rectificación total es imposible, por ejemplo, al querer rectificar la calumnia que se lanzó contra otra persona. En este caso, pues, alcanza con el intento de rectificarse. Uno puede aprender y adquirir experiencia de los errores que cometió. Como resultado final, también aquí uno crece y se fortalece como persona.
Ø Pero uno puede no reconocer el error que cometió y puede reiterarlo muchas veces. De esa manera uno adquiere un hábito negativo o vicio, lo cual va a redundar en un empobrecimiento y debilitamiento de la propia libertad personal.
3.
Crecimiento y realización de la libertad
La libertad no es algo fijo o estático, sino que puede crecer o disminuir. Crece por la adquisición de virtudes, se debilita por la adquisición de vicios y se realiza a través del proyecto vital.
Virtudes y vicios son hábitos. Un hábito es una disposición más o menos estable en la persona, que la inclina a realizar una acción cada vez con mayor facilidad. Con la palabra virtud normalmente se entiende un comportamiento “piadoso”, como “hacer obras de caridad” o cosas similares. “Virtuoso” parece sinónimo de “bondadoso” y de “espíritu débil”. Una forma conveniente de captar el significado de una palabra es acudir a su etimología. El término “virtud” proviene del latín “vis”, que significa “fuerza”. Por lo tanto, quien adquiere una virtud adquiere una fuerza, una fortaleza para actuar de un determinado modo, y por lo tanto es superior y más excelente. Es por eso que parece adecuado no olvidar el sentido clásico del término “virtud”, si bien en la actualidad ha sido reemplazado por el muy difundido término “valor”. En efecto, más que “educación en virtudes” hoy se ha extendido la expresión “educación en valores”.
La virtud es,
pues, un fortalecimiento de
Cualquier persona puede desarrollar cualquier hábito, porque los hábitos no son algo innato, sino que se adquieren. Y el único modo de adquirir un hábito –ya sea una virtud o un vicio– es a través de la repetición de acciones voluntarias.
Para responder a esta pregunta vamos a proponer un método que consta de los tres pasos siguientes:
1º) Fijarse un fin en
Ø Elegir aquella virtud que más me guste. Puede ser cualquiera, por ejemplo, paciencia, tolerancia, respeto, generosidad, sinceridad, etc.
Ø Elegir la virtud opuesta a mi principal defecto. Por ejemplo, si me doy cuenta que soy ansioso e impaciente, puedo elegir fijar en mi mente la virtud de la paciencia.
Ø Elegir un aspecto de mi “sombra positiva”. Carlos Jung denomina “sombra” al conjunto de aspectos positivos o negativos que están en el inconsciente personal y que, por lo tanto, yo no tengo conciencia de que están en mí, pero los veo proyectados claramente en otra persona de mi mismo sexo. Aquí interesa acentuar sólo los aspectos positivos de la “sombra”. Para eso puede ayudar pensar en una persona de mi mismo sexo a la que yo admiro profundamente porque me parece una persona íntegra, y porque yo veo claramente en esa persona tal o cual virtud, o cualidad o aspecto positivo. Seguramente esa persona, objetivamente, tenga esa virtud. Pero si a mí me llama la atención, es porque quizá esa virtud está como latente en mi inconsciente. Probablemente yo sienta que esa virtud que reconozco con claridad en esa otra persona, es algo que está muy lejos de mí. Y en efecto, se trata de una potencialidad que yo puedo fijar en mi mente como para crecer en mi libertad.
2º) Fijarse un plazo determinado. Conviene que no sea un plazo demasiado largo. Puede ser por ejemplo dos días, o cuatro, a lo máximo una semana.
3º) Vivir atento. Este tercer paso parece el más sencillo pero es el más difícil. No se trata de hacer algo extraordinario, sino simplemente de estar atento durante el tiempo que yo mismo me fijé. ¿Atento a qué? Atento a las pequeñas cosas que van sucediendo a lo largo del día. Y cuando se me presente cualquier ocasión de poner en práctica aquella virtud que yo antes fijé en mi mente, entonces realizaré esa acción, sin ningún tipo de justificaciones. Por ejemplo, si elegí fijar la virtud de la generosidad por una semana, durante ese tiempo voy a ponerla en práctica todas y cada una de las ocasiones que la vida cotidiana me presente de ser generoso.
Si pienso que este tercer paso es sencillo, estaré muy equivocado. Conviene recordar que cuando un avión se llena de pasajeros, se cierran las puertas, se dirige hacia la pista, toma velocidad y decola... al decolar ya consumió la mayor parte del combustible que tenía en sus tanques. Lo más difícil, lo que consume más energía, es comenzar a poner en práctica la virtud que elegí. Poco a poco, con la repetición de acciones, iré adquiriendo la virtud que me propuse, y entonces realizaré esas acciones con mayor facilidad.
A pesar de que uno siga los tres pasos antes mencionados, seguramente no llegará a alcanzar un grado heroico de una virtud... pero sin duda alcanzará un grado mayor de esa virtud del que tenía antes. Y como todas las virtudes están unidas entre sí, al crecer en una de ellas, al mismo tiempo y sin darme cuenta, estaré creciendo en otras, y de esa manera voy a crecer en mi libertad, voy a “fortalecerme” más en mi voluntad. Pero hay que tener en cuenta que lo mismo sucede con los vicios. Un vicio nunca se da aisladamente, sino que también están unidos entre sí, y uno trae otro, y finalmente se empobrece o debilita la voluntad.
La libertad humana se realiza a lo largo del tiempo a través de lo que se llama el proyecto vital. El proyecto vital está conformado por aquellas grandes decisiones que uno toma en la vida, y que van marcando como un camino, una ruta. Después, hacia dentro de ese camino, cada persona deberá tomar otra serie de elecciones, cuyo dinamismo está constituido por el “soltar para agarrar”, es decir que, cuando uno toma una opción, necesariamente debe abandonar otra serie de posibilidades. Así por ejemplo, un proyecto vital puede estar constituido por una opción profesional o por la opción de contraer matrimonio.
La libertad se mide según aquello para lo cual se use. Uso poca libertad para decidir si tomo un vaso de agua o un vaso de vino; uso más libertad para decidir si elijo una profesión u otra; mayor es la libertad que uso para dar el consentimiento matrimonial; y al final de la vida, al enfrentarse ante lo Absoluto, uno tiene la posibilidad de hacer el máximo uso de su libertad.
Todo hombre y
mujer merece aspirar a cosas grandes, a metas altas o ideales, aunque alcanzarlos sea algo difícil. El riesgo y la
dificultad son propios de las tareas que valen la pena y de los valores más
altos. Si no hay un fin alto y atrayente, la elección se reduce a lo trivial e
irrelevante, y la persona se empobrece vitalmente. Todo el mundo tiene un
determinado proyecto vital mediante el cual cree poder ser feliz: su ideal.
Llegar a ser el que uno quiere, o no llegar, tener éxito o fracasar en ello,
tiene mucho que ver con la felicidad y el sentido de
Nota: Este artículo fue publicado originalmente en «Boletín del CIEF».
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La matriz cultural cristiana en el desarrollo de la ciencia
Juan Carlos Riojas Álvarez
La ciencia moderna principió cuando algunos intelectuales se apartaron de las creencias espirituales y se convencieron de que el universo físico es todo lo que existe, ¿correcto? Equivocado. De hecho, encontraremos a algún decidido creyente en Dios en el arranque de casi todo campo del conocimiento científico.
¿Pero
cómo es eso posible -dirán algunos- con “todos (¿?) esos
científicos”, como Giordano Bruno o Galileo Galilei, que
Pues bien, Giordano Bruno, un
dominico apóstata, no fue un científico, sino un filósofo, que adoptó el
copernicanismo no por razones científicas, sino en función de sus
especulaciones filosóficas, sin desarrollar un pensamiento sistemático; Bruno
hizo su fama en Europa como predicador itinerante del hermetismo -la religión new age de esos días- y del panteísmo.
No sólo va más allá del sistema ptolemaico geocéntrico, que entonces imperaba,
sino que va más allá del mismo Copérnico y su heliocentrismo. ¡El universo es
infinito -grita- y el centro soy yo! Su condena tuvo que ver directamente con
su invariable rechazo y desprecio en general hacia el cristianismo. Que no
debió haber recibido el trato que recibió es algo que no se discute, pero de
ahí no se deduce en modo alguno que
Lo que un episodio como éste muestra es cómo la verdad y la unidad religiosa configuraban el mismo núcleo del estado medieval y cómo el poder civil no toleraba ningún atentado contra estos dos valores. Hoy resulta difícil de comprender esta mezcolanza político religiosa, pero el hecho es que así se organizaba la sociedad de antaño. Posiblemente tampoco se entienda en el futuro cómo la legislación militar castiga hoy con la pena de muerte a un soldado que abandona el puesto de guardia en tiempos de guerra.
Como lo expresara en su momento el cardenal Angelo Sodano, el caso Giordano Bruno nos recuerda que «la verdad sólo se impone con la fuerza de la misma verdad» y que, por tanto, la verdad «debe ser testimoniada en el respeto absoluto de la conciencia y de la dignidad de cada persona».
De igual manera, el proceso de Galileo, único caso en su género, no fue, como tantas veces se afirma, el resultado de un conflicto entre la ciencia y la fe, sino la consecuencia de un debate interno entre los católicos sobre el modo de interpretar las implicaciones religiosas de la incipiente ciencia natural.
En aquellos momentos,
A Galileo se le pidió que sólo
tuviera en cuenta sus ideas como una mera suposición por conveniencia de
cálculo, una “hipótesis” en el lenguaje de aquel tiempo, sin tomar literalmente
los conceptos de Copérnico como verdades y sin tratar de aproximarlos a lo
escrito en
Y aunque las críticas de Galileo
a la posición tradicional estaban fundadas, ni él ni nadie poseían en aquellos
momentos argumentos definitivos para demostrar el heliocentrismo. Ni siquiera
Tycho Brahe, considerado como uno de los mejores, si no acaso el mejor
observador de cuerpos celestes de su tiempo, había podido medir los
desplazamientos estelares (paralaje) que deberían observarse si
Asimismo, como puede verse en sus
cartas a su amigo y discípulo Benedetto Castelli, matemático de Pisa, y a
Finalmente, no fue la ciencia de
Galileo, sino su afán de interpretar
La sustitución del programa tolemaico por el copernicano no se dio de golpe y porrazo, y en vano se buscará un orden metódico o progresos debidos a la aplicación de estrictos criterios para comprobar la efectividad de cada una de las distintas instancias en que esto ocurrió. No sería sino hasta después de la publicación en 1687 de los desarrollos teóricos de Newton (quien naciera el mismo año en que Galileo fallecía de muerte natural, sin calabozos, torturas, ni hogueras) que la comunidad científica pudo contar con un nuevo y promisorio programa de investigación, integrando los logros de Galileo en una teoría mucho más amplia. En Italia y otros países católicos, el copernicanismo se siguió discutiendo y, a medida que se fueron encontrando justificaciones teóricas y pruebas experimentales, se abrió paso en el mundo de la nueva ciencia.
En 1741 Benedicto XIV mandaría
entonces que el Santo Oficio concediera el imprimatur
a la primera edición de las obras completas de Galileo. En la siguiente edición
de libros prohibidos, la de 1757, fueron retirados todos los que apoyaban la
teoría heliocéntrica y, por tanto, también los de Galileo (en la que habían
sido colocados “donec corrigatur”, es
decir, hasta que se les diera forma hipotética a los pasajes que afirmaban el
movimiento de
Evidentemente la ciencia moderna requiere la combinación de matemáticas, experimentación y control experimental. Pero muchas veces ha sido presentada como un inicio brusco y alejado de la fe religiosa.
Esta actitud es una pura etiqueta que dejaría sin explicación un fenómeno tan complejo como el origen de la ciencia y que la evidencia histórica demuestra que fue un proceso de elaboración progresivo y que desencadenó la aparición de la ciencia moderna en el siglo XVII.
En este proceso influyó positivamente la matriz cultural cristiana porque proporcionó una base de creencias culturalmente aceptadas que facilitaban los supuestos en los que se podía desarrollar la ciencia.
¿Qué creencias cristianas y teístas impregnaban la cultura?
1- Creencia en un Dios personal creador y providente, del mundo como obra racional de la sabiduría divina (por tanto, cognoscible por poseer una racionalidad interna),
2- Creencia en el hombre como imagen y semejanza de Dios (capaz, por tanto, de conocer el mundo).
3- Creencia en el carácter contingente del mundo externo a nosotros mismos y al que hace referencia el mandato divino de conocer y dominar la naturaleza.
Estas creencias dieron una base en la cual tenía sentido la empresa científica y el testimonio de los grandes pioneros de la nueva ciencia corrobora la importancia que ejercieron de hecho. En los siglos anteriores se realizaron trabajos que prepararon lentamente el camino para la revolución científica del siglo XVII.
¿Cuáles son los presupuestos en los que se fundamenta la ciencia desde su inicio?
1- Presupuestos epistemológicos:
Capacidad humana para enfrentarse a la naturaleza como un objeto, construir modelos y contrastar su validez recurriendo a la experimentación: se supone, por tanto, la existencia de un sujeto que posee una capacidad argumentativa, y una estructura cognoscitiva que le permite enlazar los aspectos materiales y los intelectuales.
2- Presupuestos ontológicos:
Se refieren a la existencia de una naturaleza, independiente de nuestra voluntad, que tiene una consistencia propia y posee un orden específico: una estructura en diferentes niveles relacionados entre sí de modo unitario. La naturaleza debe ser, además, inteligible, o sea, capaz de ser conceptualizada de modo lógico y coherente.
3- Presupuestos éticos:
Se refiere a que la actividad científica es una actividad humana dirigida a unos objetivos determinados; desarrollamos esta actividad porque consideramos que sus objetivos son valores. Con lo cual podemos enlazar los valores que presupone la ciencia con los valores que dan sentido a nuestra existencia.
Los presupuestos expuestos (el que hay un orden natural estable que puede ser conocido por nosotros) y que son una base a partir de la que se desarrolla ciencia, fueron sólidamente fundamentados por la matriz cultural cristiana que impregnó los siglos previos al siglo XVII, en el que despegó la ciencia moderna.
Desde luego que conocimientos
científicos dispersos se han dado en casi todas las civilizaciones de
Fuentes:
Mariano Artigas, Ciencia, razón y fe, 1ª Edición, EUNSA, España, 2004.
Vittorio Messori, Leyendas negras de la Iglesia, 9ª Edición, Planeta, España, 2000.
Carlos Pereda, Razón e incertidumbre, 1ª Edición, Siglo Veintiuno Editores, México, 1994.
Oración del
incienso
(tradición copta)
Oh
Rey de la Paz, danos tu Paz
y perdona nuestros pecados.
Aleja a los enemigos de la Iglesia
y guárdala, para que no desfallezca.
Emmanuel,
Dios con nosotros,
está entre nosotros
en la gloria del Padre
y del Espíritu Santo.
Bendícenos
y purifica nuestro corazón
y sana las enfermedades
del alma y del cuerpo.
Te
adoramos, oh Cristo,
con el Padre de bondad
y con el Espíritu Santo,
porque has venido, nos has salvado.
Fuente: Catecismo de la Iglesia Católica – Compendio, Apéndice, A) Oraciones comunes.
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