Fe y Razón

Revista virtual gratuita

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 11 – Diciembre de 2006

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)

 

 

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Receso: Dios mediante, Fe y Razón volverá a tomar contacto con sus lectores en el mes de marzo de 2007, después de un merecido descanso (nuestro y vuestro J).

Equipo de “Fe y Razón”

 

 

Equipo de Dirección: Diác. Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing. Daniel Iglesias.

Colaboradores: Dr. Carlos Alvarez Cozzi, Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, R. P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Dra. María Lourdes González, Cr. Rafael Menéndez, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Sr. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Alvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

La Iglesia una y el movimiento ecuménico

Equipo de Dirección

Tema central

La Iglesia subsiste y existe

Lic. Néstor Martínez

Tema central

Textos semiolvidados del Concilio Vaticano II sobre el ecumenismo

Ing. Daniel Iglesias

Tema central

La Iglesia es una

Catecismo de la Iglesia Católica - Compendio

Tema central

El lugar de la Iglesia hoy

Joseph Ratzinger

Espiritualidad

Acompañando a Cristo el Jueves Santo

Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola

Espiritualidad

El seguimiento de Cristo

Diác. Milton Iglesias

Filosofía

Los cuatro niveles de la libertad (2 y 3)

Dr. Pedro Gaudiano

Ciencia y Fe

La matriz cultural cristiana en el desarrollo de la ciencia

Juan Carlos Riojas Álvarez

Oración

Oración del incienso

Catecismo de la Iglesia Católica - Compendio

 

 

La Iglesia una y el movimiento ecuménico

 

Equipo de Dirección

 

1.      La unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia.

El 6 de agosto de 2000, Fiesta de la Transfiguración del Señor, en el marco del Gran Jubileo, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó en Roma la Declaración Dominus Iesus sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia. La Declaración está firmada por el Prefecto y el Secretario de dicha Congregación, es decir el Cardenal Joseph Ratzinger (actual Papa Benedicto XVI) y Tarcisio Bertone (actual Secretario de Estado) respectivamente. Antes de esas firmas, se deja expresa constancia de que “El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la Audiencia del día 16 de junio de 2000, concedida al infrascrito Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con ciencia cierta y con su autoridad apostólica, ha ratificado y confirmado esta Declaración decidida en la Sesión Plenaria, y ha ordenado su publicación.” (El destaque con negritas es nuestro).

La Declaración Dominus Iesus tiene una gran importancia doctrinal, no sólo por su tema, sino también por su estilo. Expone afirmaciones esenciales de la doctrina católica tradicional, en plena sintonía con el Concilio Vaticano II, y recuerda la obligación de los fieles católicos de profesar dichas afirmaciones. Para ello la Declaración, en reiteradas ocasiones, afirma que “debe ser firmememente creída” tal o cual doctrina de la fe católica o bien utiliza otras expresiones igualmente enfáticas.

La introducción de la Declaración Dominus Iesus explica los motivos que llevaron a su publicación. De esa introducción, destacamos el párrafo inicial del número 4:

“El perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por teorías de tipo relativista, que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio). En consecuencia, se retienen superadas, por ejemplo, verdades tales como el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo, la naturaleza de la fe cristiana con respecto a la creencia en las otras religiones, el carácter inspirado de los libros de la Sagrada Escritura, la unidad personal entre el Verbo eterno y Jesús de Nazaret, la unidad entre la economía del Verbo encarnado y del Espíritu Santo, la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo, la mediación salvífica universal de la Iglesia, la inseparabilidad -aun en la distinción- entre el Reino de Dios, el Reino de Cristo y la Iglesia, la subsistencia en la Iglesia católica de la única Iglesia de Cristo.”

En general en ámbitos cristianos no católicos la Declaración Dominus Iesus tuvo una acogida ambivalente: fue bien recibida la parte referida a la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo, por su sólida crítica a la tendencia relativista de ciertas corrientes teológicas contemporáneas; en cambio fue mal recibida la parte eclesiológica, aunque la declaración no hace otra cosa que reiterar y explicar la doctrina del último Concilio al respecto.

Teniendo esto en cuenta, nos ha parecido oportuno tomar como tema central del nº 11 de Fe y Razón la unicidad y la universalidad salvífica de la Iglesia, en relación con el diálogo ecuménico. Los artículos de Néstor Martínez y de Daniel Iglesias abordan este tema desde distintas perspectivas. El texto del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica sintetiza los puntos capitales de la doctrina católica sobre este tema. El texto de Joseph Ratzinger (escrito hacia 1975) tiene una relación tangencial con nuestro tema central, dado que se refiere a la recepción de la doctrina del Concilio Vaticano II en la vida de la Iglesia Católica durante el post-concilio.

 

2.      Un saludo navideño.

Se acerca la fiesta de Navidad de este año de gracia 2006. Alegrémonos, hermanos, con el anuncio del Ángel del Señor a los pastores de la comarca de Belén: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes Él se complace” (Lucas 2,14). Se ha cumplido lo anunciado por los profetas de Israel: la doncella encinta dio a luz un hijo, el Emmanuel, “Dios-con-nosotros” (cf. Isaías 7,14). Nos ha nacido un niño, nos ha sido dado un Salvador. La Palabra de Dios, que existía desde el principio en Dios y era Dios (cf. Juan 1,1), “se hizo carne y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.” (Juan 1,14). “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.” (Juan 3,16-17).

Alimentemos el fuego de nuestra fe en Jesucristo, Redentor del hombre; mantengamos viva nuestra esperanza de su segunda venida; y vivamos este tiempo de gracia con alegría, siendo para todos un signo del amor misericordioso de Dios.

¡Muy feliz Navidad para todos y cada uno de ustedes! Que Dios los bendiga y bendiga a sus familias. Amén.

 

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La Iglesia subsiste y existe

 

Néstor Martínez

 

En el Concilio Vaticano II, en la Constitución DogmáticaLumen Gentium”, al hablar de la relación entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica, se ha prescindido del “es” que era usual en la teología pre-conciliar, la que afirmaba simplemente que la Iglesia de Cristo “es” la Iglesia Católica. Se prescindió de ese “es”, en la medida en que podría significar identificación exclusiva: si algo es cristiano, es católico en el sentido de pertenecer visiblemente a la Iglesia Católica. Contra esto, la Iglesia reconoce que fuera de la comunión visible con la Iglesia Católica hay Iglesias cristianas que tienen sucesión apostólica y sacramentos válidos (ortodoxos) y comunidades cristianas que tienen el Bautismo (protestantes) y, por ello, elementos de verdad y santidad que son bienes propios de la Iglesia de Cristo e impelen a la unidad católica.

 

Pero prescindir del “es” en la redacción del documento, ¿significa negarlo? Sí, en el sentido de identificación exclusiva que arriba vimos. ¿En todo otro sentido?

 

¿Qué otro sentido podría ser? Identificación plena. Es decir, aquel sujeto en que reside en plenitud una cualidad dada, sin que ello impida diversas realizaciones parciales, fuera de dicho sujeto, de esa cualidad.

 

Así, por ejemplo, sólo Dios “es” plenamente, porque sólo Él se identifica irrestrictamente con la “cualidad” de “ser”. Las creaturas, sin embargo, no es que no sean nada: participan del ser, poseen en forma imperfecta, parcial, eso que Dios es en forma plena y total.

 

Cuando decimos que la Iglesia de Cristo “subsiste en” la Iglesia Católica ¿estamos hablando de esa identificación plena, entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia Católica?

 

Algunos niegan esto, pues afirman que la Iglesia de Cristo puede subsistir también en otras Iglesias distintas de la Católica.

 

Pero entonces, parece que ninguna de esas “subsistencias” implicaría una identificación plena. De eso se seguiría que la Iglesia de Cristo como tal no existe hoy entre nosotros, sino solamente “partes” o realizaciones parciales e imperfectas suyas. No nos referimos aquí a la imperfección que viene de los pecados y limitaciones humanas, que ésa la Iglesia la tendrá siempre mientras peregrine en la historia, sino a una imperfección en cuanto Iglesia de Cristo, es decir, a un no ser, pura y simplemente, la Iglesia de Cristo, sino solamente una parte o fragmento de la misma.

 

Pongamos un ejemplo para aclarar. La foto de un escritor famoso, una obra escrita por él, la ropa que usaba, la casa en que vivía, etc., de algún modo “participan” de su ser, de su personalidad, pero sólo la persona del escritor “es”, pura y simplemente, él mismo. Si el “subsistit in” se toma en este sentido de identificación plena, pura y simple, es claro que sólo puede haber una “subsistencia” del tal escritor, lo demás serán participaciones, expresiones limitadas e imperfectas de su personalidad.

 

Si, por el contrario, sólo podemos decir, respecto de ese escritor, que hay una pluralidad de “subsistencias” suyas, que consisten en recuerdos, obras, fotografías, posesiones, etc., eso es otra forma de decir que el escritor en cuestión, hoy día, no existe entre nosotros.

 

El primer sentido de “subsistir”, como identificación plena, es en realidad el único aceptable: los múltiples recuerdos, imágenes, obras, etc., del escritor, no son en realidad “subsistencias” suyas, sino participaciones, reflejos, de su personalidad.

 

Por eso decimos, que si la Iglesia de Cristo no subsiste únicamente en la Iglesia Católica, entonces no subsiste sin más y entonces no existe hoy día entre nosotros.

 

Pero entonces vemos que este sentido del “subsistit in”, único aceptable, equivale propiamente al “es”, entendido, no en el sentido de identificación exclusiva, pero sí en el de identificación plena. La Iglesia de Cristo es la Iglesia Católica, porque sólo en la Iglesia Católica subsiste, es decir, se realiza en plenitud, y por tanto, pura y simplemente, la Iglesia de Cristo.

 

De lo contrario, si decimos que la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica pero no es la Iglesia Católica, ¿deberemos decir entonces que subsiste pero no existe? Porque si no es la Iglesia Católica, lo lógico es pensar que tampoco “es” ninguna de las otras Iglesias. Y entonces ¿existe todavía?

 

Por otra parte, tampoco podría decirse que la Iglesia de Cristo “subsiste en” el conjunto de las Iglesias cristianas históricamente existentes hoy día. Porque dicho conjunto carece de unidad visible, que es como vimos una nota esencial de la Iglesia de Cristo. Y la unidad puramente invisible no es tampoco la unidad que la fe cristiana reconoce a la Iglesia.

 

Vladimir Soloviev fue un cristiano ortodoxo ruso que reconocía el primado del Papa. Sin embargo, no veía la necesidad de convertirse al catolicismo, porque según él, la unidad mística, invisible, de la Iglesia de Cristo no ha sido perjudicada por la ruptura visible. El ya era plenamente católico, decía, siendo ortodoxo, por esa unidad mística e invisible.

 

Contra esto, la Constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II enseña que la Iglesia de Cristo es una sola realidad que tiene dos dimensiones constitutivas: la visible e histórica, y la invisible o mistérica. No hay dos Iglesias, la visible y la invisible, sino una sola Iglesia con dos dimensiones, la visible y la invisible. Así dice en el n. 8:

“Cristo, Mediador único, estableció su Iglesia santa, comunidad de fe, de esperanza y de caridad en este mundo como una trabazón visible, y la mantiene constantemente, por la cual comunica a todos la verdad y la gracia. Pero la sociedad dotada de órganos jerárquicos, y el cuerpo místico de Cristo, reunión visible y comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia dotada de bienes celestiales, no han de considerarse como dos cosas, porque forman una realidad compleja, constituida por un elemento humano y otro divino. Por esta profunda analogía se asimila al Misterio del Verbo encarnado. Pues como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como órgano de salvación a Él indisolublemente unido, de forma semejante la unión social de la Iglesia sirve al Espíritu de Cristo, que la vivifica, para el incremento del cuerpo (cf. Ef 4,16).”

Por tanto, la ruptura visible e histórica es una ruptura en la única Iglesia de Cristo: no hay forma de conservar la plena comunión a nivel puramente espiritual, si se ha roto la comunión en el plano histórico e institucional.

 

En el extremo opuesto, al menos por lo que conocemos de su doctrina, la reciente vidente Vassula Ryden, griega ortodoxa, presenta una visión de la Iglesia de Cristo rota, partida en dos mitades que deben ser reunidas para que vuelva a existir la Iglesia Una. Esto tampoco es aceptable para la doctrina católica. El dicho del Señor: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”, implica la indefectibilidad de la Iglesia, según la promesa del mismo Señor: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

 

Si la Iglesia se hubiese partido en dos, habría perdido su unidad y, por tanto, su ser: las puertas del infierno habrían prevalecido, después de todo, sobre ella. De nada serviría que el Señor quisiese reconstruirla por medio de Vassula y sus adeptos, porque ante todo, ese “Señor” ya habría perdido el derecho a ser creído y adorado, habiendo predicho, en esta hipótesis, algo que no se cumplió, y habiendo prometido, en esa misma hipótesis, algo que no pudo cumplir.

 

Por tanto, no podemos pensar que la ruptura entre la Iglesia Católica y las Iglesias y comunidades cristianas separadas de Roma haya sido una ruptura de la Iglesia Católica misma. La pérdida de la unidad entre esas Iglesias y la Iglesia Universal no ha sido pérdida de unidad de esa Iglesia Universal misma. Las Iglesias locales integran la unidad de la Iglesia Universal en tanto se mantienen en comunión con el centro de la catolicidad, que es la sede de Pedro. La unidad de la Iglesia no surge de un simple entrecruzamiento multilateral de Iglesias locales (que existe sin duda, y es parte de la vida de la Iglesia) sino de la referencia de todas ellas al centro de la catolicidad, que está en Roma. Cuando algunas Iglesias locales se separan de dicho centro, se separan de la unidad católica, pero no pueden destruirla, porque para eso deberían poder destruir la comunión de las otras Iglesias locales, las que permanecen en comunión con la Iglesia Universal, con el centro petrino, y a ese centro mismo.

 

Contra la eclesiología excesivamente espiritualista y optimista de Soloviev, entonces, hay que decir que la ruptura de la unidad visible con la Iglesia Católica es ruptura de la unidad con la Iglesia Católica sin más. Contra la eclesiología excesivamente pesimista que trasuntan los mensajes de Vassula Ryden, hay que decir que la ruptura de la unidad con la Iglesia Católica no es ruptura de la unidad de la Iglesia Católica, ni por tanto tampoco ruptura de la unidad de la Iglesia de Cristo, que subsiste en la Iglesia Católica, porque es, en el sentido de identificación plena, no exclusiva, la Iglesia Católica.

 

Eso no quiere decir que, sin atentar contra la unidad de la Iglesia que confesamos en el Credo, las rupturas y separaciones no hayan sí dañado grandemente a la misma Iglesia Católica, al privarla de elementos o características que desde entonces faltan o no están tan presentes como deberían en el concierto de la catolicidad. Así se entiende el deseo expresado por el Papa Juan Pablo II de que la Iglesia pueda volver a respirar, cuanto antes, con sus dos pulmones: el occidental y oriental. Dice, por ejemplo, en “Novo Milenio Ineunte”, n. 48:

“En esta perspectiva de renovado camino postjubilar, miro con gran esperanza a las Iglesias de Oriente, deseando que se recupere plenamente ese intercambio de dones que ha enriquecido la Iglesia del primer milenio. El recuerdo del tiempo en que la Iglesia respiraba con «dos pulmones» ha de impulsar a los cristianos de oriente y occidente a caminar juntos, en la unidad de la fe y en el respeto de las legítimas diferencias, acogiéndose y apoyándose mutuamente como miembros del único Cuerpo de Cristo.”

Lo cual no se ha de confundir, sin embargo, con otra expresión que a veces se oye, y que distingue y pone como al mismo nivel, a la “Iglesia oriental” y la “Iglesia occidental”. La Iglesia Católica quedaría así reducida a ser la “Iglesia latina” o la “Iglesia occidental”, lo cual contradice su nombre mismo, ya que el significado de “católico” es “universal” y, obviamente, sólo puede haber una Iglesia universal, que no puede ser ni solamente occidental ni solamente oriental.

 

Más bien habría que decir, desarrollando la imagen del Papa Juan Pablo II, que el problema con los cismas y rupturas es justamente que hoy día el pulmón oriental de la Iglesia no está en plena comunión con el resto del Cuerpo de Cristo.

 

Por la misma razón, si bien históricamente se puede hablar de una “Iglesia ortodoxa”, teológicamente no creemos que se pueda, porque falta precisamente un centro visible y jerárquico de unidad de las muchas Iglesias locales de Oriente que se han separado de la comunión con la sede petrina. Es por esto, también, que la expresión “iglesias hermanas” puede aplicarse a Iglesias locales católicas y ortodoxas, pero no a la Iglesia Católica en su conjunto respecto de otra “Iglesia ortodoxa” que estaría a su mismo nivel, como “hermana”, pero que en realidad no tiene otra consistencia teológica que la de una pluralidad de Iglesias locales. Y sobre todo, que no puede haber una “hermana” de la Iglesia Universal.

 

Dice así la “Nota sobre la expresión “Iglesias hermanas”” de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del 30 de Junio del 2000:

“En efecto, en sentido proprio, Iglesias hermanas son exclusivamente las Iglesias particulares (o las agrupaciones de Iglesias particulares: por ejemplo, los Patriarcados y las Metropolías). Debe quedar siempre claro, incluso cuando la expresión Iglesias hermanas es usada en este sentido propio, que la Iglesia universal, una, santa, católica y apostólica, no es hermana sino madre de todas las Iglesias particulares.

11. Se puede hablar de Iglesias hermanas, en sentido propio, también en referencia a Iglesias particulares católicas y no católicas; y por lo tanto también la Iglesia particular de Roma puede ser llamada hermana de todas las Iglesias particulares. Pero, como ya ha sido recordado, no se puede decir propiamente que la Iglesia católica sea hermana de una Iglesia particular o grupo de Iglesias. No se trata solamente de una cuestión terminológica, sino sobre todo de respetar una verdad fundamental de la fe católica: la de la unicidad de la Iglesia de Jesucristo. Existe, en efecto, una única Iglesia, y por eso el plural Iglesias se puede referir solamente a las Iglesias particulares.

En consecuencia es de evitar, como fuente de malentendidos y de confusión teológica, el uso de fórmulas como "nuestras dos Iglesias", que insinúan -cuando se aplican a la Iglesia católica y al conjunto de las Iglesias ortodoxas (o de una Iglesia ortodoxa)- un plural no solamente al nivel de Iglesias particulares, sino también al nivel de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, confesada en el Credo, cuya existencia real aparece así ofuscada.

En fin, se debe también tener presente que la expresión Iglesias hermanas en sentido propio, como es testimoniado por la Tradición común de Occidente y Oriente, puede ser aplicada exclusivamente a aquellas comunidades que han conservado válidamente el Episcopado y la Eucaristía.”

Sin embargo, la ruptura de la comunión de las Iglesias y comunidades cristianas no católicas con la Iglesia Católica no es absoluta ni total. Desde la polémica de San Cipriano de Cartago con el Papa Esteban, por lo menos, quedó claro que puede haber Bautismo válidamente administrado fuera de los límites visibles de la Iglesia. El santo obispo africano sostenía que sólo era sacramento el bautismo administrado dentro de la Iglesia Católica, mientras que el Papa defendía la verdad tradicional de que la eficacia de los sacramentos no depende de la santidad u ortodoxia personal del ministro humano, sino solamente de Cristo y de que se cumpla con los requisitos propios del gesto sacramental. Por lo cual, sostuvo el Papa, el bautismo administrado fuera de la comunión visible con la Iglesia puede ser válido; concretamente, el bautismo que los herejes conferían a sus seguidores en sus congregaciones.

 

Esta relativa independencia de la validez sacramental respecto de la estructura visible de la Iglesia es la que fundamenta teológicamente la afirmación de que las Iglesias y comunidades cristianas separadas poseen verdaderos sacramentos, sea que los tienen todos, como es el caso de los ortodoxos, o al menos el Bautismo, como es el caso de los protestantes. Y esto alcanza para que puedan ser legítimamente llamados “cristianos” y para que entonces se plantee como exigencia el lograr la plena comunión de todos los cristianos, hoy día separados de muchos modos, en la única Iglesia de Cristo, que es el sentido de la tarea ecuménica.

 

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Textos semiolvidados del Concilio Vaticano II sobre el ecumenismo

 

Daniel Iglesias Grèzes

 

Han transcurrido ya más de 40 años desde la clausura del Concilio Vaticano II, esa gran obra del Espíritu Santo para nuestra época. Los documentos conciliares, recibidos al principio con mucho entusiasmo, han ido cayendo paulatinamente en el olvido para la mayoría de los fieles católicos, incluyendo a muchos que tienen una mayor formación doctrinal. En el período post-conciliar, en los sectores eclesiales autodenominados “progresistas” se ha apelado con frecuencia a un supuesto “espíritu del Concilio”, descuidándose la atención a la letra del Concilio, encarnación de su verdadero espíritu. Hoy son poco citados y poco conocidos algunos textos esenciales del Concilio que contradicen frontalmente a corrientes de pensamiento muy arraigadas en nuestra cultura, como por ejemplo el relativismo.

 

El propósito de este modesto artículo es recordar algunos de los textos semiolvidados del último Concilio referidos al ecumenismo, un tema de importancia fundamental en el cual se pueden apreciar hoy no pocas desviaciones con respecto a la auténtica doctrina conciliar. Citaremos pues algunos textos del Concilio, precedidos por un título y seguidos por un comentario, ambos de nuestra autoría. 

 

1)      La Iglesia de Cristo es la Iglesia católica.

“Ésta es la única Iglesia de Cristo, que en el Símbolo confesamos como una, santa, católica y apostólica, y que nuestro Salvador, después de su resurrección, encomendó a Pedro para que la apacentara (cf. Juan 21,17), confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mateo 28,18ss), y erigió perpetuamente como “columna y fundamento de la verdad” (1 Timoteo 3,15). Esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, si bien fuera de su estructura se encuentran muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica.” (Concilio Vaticano II, constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, n. 8).

a)      La Iglesia de Cristo es una y única; no está ni puede estar dividida.

b)      La Iglesia de Cristo subsiste en (o sea, es) la Iglesia católica, puesto que la substancia de la Iglesia de Cristo permanece en la Iglesia católica. No se dice ni podría decirse otro tanto de ninguna otra Iglesia o Comunidad eclesial.

c)      La Iglesia de Cristo es una realidad actual, presente en la historia, visible en el mundo, no un mero proyecto, ideal o entelequia abstracta. Se trata concretamente de la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de San Pedro (el Papa) y los Obispos en comunión con él (los Obispos católicos), de acuerdo con la voluntad de su Divino Fundador.

d)      Los elementos de santidad y verdad presentes en las Iglesias y Comunidades eclesiales no católicas son bienes propios de la Iglesia católica e impulsan a los cristianos no católicos hacia la unidad propia de la Iglesia católica.

 

2)      La Iglesia católica y los cristianos no católicos.

“La Iglesia se reconoce unida por muchas razones con quienes, estando bautizados, se honran con el nombre de cristianos, pero no profesan la fe en su totalidad o no guardan la unidad de comunión bajo el sucesor de Pedro... De esta forma, el Espíritu suscita en todos los discípulos de Cristo el deseo y la actividad para que todos estén pacíficamente unidos, del modo determinado por Cristo, en una grey y bajo un único Pastor. Para conseguir esto, la Iglesia madre no cesa de orar, esperar y trabajar, y exhorta a sus hijos a la purificación y renovación, a fin de que la señal de Cristo resplandezca con más claridad sobre la faz de la Iglesia.” (Concilio Vaticano II, constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, n. 15).

a)      La Iglesia católica reconoce que los cristianos no católicos (en sentido sociológico o jurídico) son verdaderos cristianos, es decir católicos (en sentido teológico), siempre y cuando hayan recibido válidamente el sacramento del bautismo y profesen los dogmas principales de la fe cristiana (expresados por ejemplo en el Credo Apostólico).

b)      Los cristianos no católicos pertenecen a la Iglesia católica de una forma imperfecta. Esa imperfección no se refiere directamente a la condición moral de esas personas, sino a una profesión de fe incompleta o a una comunión incompleta con la Iglesia universal.

c)      El Espíritu de Dios suscita en los cristianos el deseo de la unidad perfecta en el modo determinado por Cristo, es decir, en el seno de la Iglesia católica fundada por Él y guiada por el Papa, Pastor supremo a quien Él encomendó el cuidado de su grey.

d)      La unidad perfecta de todos los cristianos hará que la Iglesia sea más claramente señal de Cristo, sacramento de Cristo.

 

3)      El objetivo del movimiento ecuménico.

“Promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno de los principales propósitos del Concilio ecuménico Vaticano II. Porque una sola es la Iglesia fundada por Cristo Señor; muchas son, sin embargo, las Comuniones cristianas que a sí mismas se presentan ante los hombres como la verdadera herencia de Jesucristo; todos se confiesan discípulos del Señor, pero sienten de modo distinto y siguen caminos diferentes, como si Cristo mismo estuviera dividido. Esta división contradice abiertamente a la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña a la causa santísima de la predicación del Evangelio a todos los hombres.” (Concilio Vaticano II, decreto sobre el ecumenismo, Unitatis redintegratio, n. 1).

a)      El objetivo del movimiento ecuménico es la restauración de la unidad entre todos los cristianos en la Iglesia de Cristo, no la restauración de la unidad de la Iglesia, puesto que la Iglesia nunca ha perdido la unidad, esa característica esencial suya.

b)      Muchas Comuniones cristianas se presentan a sí mismas como la verdadera herencia de Jesucristo, pero no todas pueden serlo en lo que tienen de peculiar y específico (lo que las distingue de las demás y las contrapone a ellas), ya que la verdad es sólo una; la verdad no puede contradecir a la verdad. Todos los discípulos de Cristo deben tener un mismo sentir y un mismo obrar en lo referente a la voluntad de Dios, tal como ésta ha sido revelada por Cristo y transmitida por la Iglesia.

 

4)      Es necesario que los cristianos no católicos se incorporen plenamente a la Iglesia católica.

“Sin embargo, los hermanos separados de nosotros, ya individualmente, ya sus Comunidades e Iglesias, no disfrutan de aquella unidad que Jesucristo quiso dar a todos aquellos que regeneró y convivificó para un solo cuerpo y una vida nueva, y que la Sagrada Escritura y la venerable Tradición de la Iglesia confiesan. Porque únicamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es el auxilio general de salvación, puede alcanzarse la total plenitud de los medios de salvación. Creemos que el Señor encomendó todos los bienes de la Nueva Alianza a un único Colegio apostólico, al que Pedro preside, para constituir el único Cuerpo de Cristo en la tierra, al cual es necesario que se incorporen plenamente todos los que de algún modo pertenecen ya al Pueblo de Dios. Este pueblo, durante su peregrinación terrena, aunque permanezca sometido al pecado en sus miembros, crece en Cristo y es guiado suavemente por Dios, según sus secretos designios, hasta que llegue gozoso a la entera plenitud de la gloria eterna en la Jerusalén celestial.” (Concilio Vaticano II, decreto sobre el ecumenismo, Unitatis redintegratio, n. 3).

a)      Los cristianos no católicos no disfrutan plenamente de la unidad de la Iglesia.

b)      Por voluntad de Dios, sólo por medio de la Iglesia católica, sacramento universal de salvación, se puede alcanzar la plenitud de los medios de salvación. Por eso es justo, conveniente y necesario que se incorporen a ella todos los cristianos no católicos.

c)      La Iglesia católica es la verdadera Iglesia de Cristo, aunque permanezca sometida al pecado en sus miembros y no haya alcanzado aún, en su porción terrenal (la Iglesia militante), la entera plenitud de la gloria eterna, que sin embargo pertenece ya a su porción celestial (la Iglesia triunfante).

 

5)      El diálogo ecuménico y las conversiones individuales.

“Todas estas cosas, cuando son realizadas prudente y pacientemente por los fieles de la Iglesia católica bajo la vigilancia de los pastores, contribuyen al bien de la justicia y de la verdad, de la concordia y de la colaboración, del espíritu fraterno y de la unión; para que por este camino, poco a poco, superados los obstáculos que impiden la perfecta comunión eclesiástica, todos los cristianos se congreguen en la única celebración de la Eucaristía, para aquella unidad de una y única Iglesia que Cristo concedió desde el principio a su Iglesia y que creemos que subsiste indefectible en la Iglesia católica y esperamos que crezca cada día hasta la consumación de los siglos.

Es evidente que la labor de preparación y reconciliación de cuantos desean la plena comunión católica se diferencia por su naturaleza de la labor ecuménica; no hay, sin embargo, oposición alguna, puesto que ambas proceden del admirable designio de Dios.” (Concilio Vaticano II, decreto sobre el ecumenismo, Unitatis redintegratio, n. 4).

a)      La Iglesia de Cristo, vale decir la Iglesia católica, siempre ha sido, es y será una. La unidad y la indefectibilidad son dones que Cristo concedió desde el principio a Su Iglesia.

b)      No obstante, la unidad de la Iglesia puede “crecer” en el tiempo, en la medida en que se realice y manifieste de un modo cada vez más perfecto la unidad y la comunión de todos los cristianos en la única Iglesia y la única Eucaristía.

c)      Es evidente que el diálogo ecuménico no puede oponerse a la labor orientada a apoyar las conversiones individuales de cristianos no católicos hacia el catolicismo, labor que también procede del admirable designio de Dios. Lamentablemente hoy se tiende a oponer falsamente ambos aspectos de la misma tarea evangelizadora, dejándose de lado la búsqueda de conversiones individuales por temor a ofender a nuestros socios en el diálogo ecuménico y a recibir de ellos la acusación de “proselitismo”. Este último es ciertamente condenable cuando se busca obtener conversiones por motivos puramente mundanos (aumento de poder, de prestigio, etc.). Pero no corresponde descartar, junto a ese falso “proselitismo”, también  el justo empeño en ayudar a conducir a todos los cristianos hacia la perfecta comunión con la verdadera Iglesia de Cristo (la Iglesia católica), para mayor gloria de Dios y bien de las almas.

 

6)      El ecumenismo de la verdad y la caridad.

“La manera y el sistema de exponer la fe católica no debe convertirse, en modo alguno, en obstáculo para el diálogo con los hermanos. Es de todo punto necesario que se exponga claramente toda la doctrina. Nada es tan ajeno al ecumenismo como ese falso irenismo, que daña a la pureza de la doctrina católica y oscurece su genuino y definido sentido.” (Concilio Vaticano II, decreto sobre el ecumenismo, Unitatis redintegratio, n. 11).

a)      El “ecumenismo de la caridad” y el “ecumenismo de la verdad” no deben ser dos esfuerzos yuxtapuestos o independientes entre sí. El verdadero ecumenismo debe estar fundado tanto en la caridad como en la verdad. Promover y defender la verdad es en sí mismo un acto de caridad de fundamental importancia.

b)      Existe hoy entre los católicos una tendencia a no discutir con nuestros hermanos separados acerca de los aspectos de la fe cristiana que siguen siendo controvertidos. Si bien es cierto que es más importante lo que nos une que lo que nos separa, sería un grave error subestimar las diferencias que subsisten entre ambas partes. La división de los cristianos no se debe a simples malentendidos, que podrían superarse con un poco de buena voluntad, diplomacia y política eclesiástica. Los cismas y herejías que están en el origen de esas divisiones proceden de graves pecados y serios errores que han tenido enormes consecuencias históricas y que no se desvanecerán por sí mismos ni por medio de decretos arbitrarios. Hace falta dialogar sobre las diferencias de fondo con humildad, caridad, sabiduría, fortaleza y perseverancia, sin ceder a la tentación de construir precipitadamente una falsa unidad basada en un máximo común denominador de nuestras creencias respectivas.

c)      La apertura al diálogo sólo resulta fecunda cuando implica a la vez un respeto firme y total de la identidad de cada una de las partes. No sería conducente un diálogo en el que una de las partes ocultase aspectos esenciales de su identidad por temor a una reacción negativa de las demás partes.

 

Que el Espíritu Santo haga arder en nuestros corazones el deseo de la comunión plena de todos los cristianos en la única Iglesia de Cristo y nos guíe día tras día hasta alcanzar esa unidad completa. Amén.

 

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La Iglesia es una

 

Catecismo de la Iglesia Católica – Compendio, nn. 161-164.

 

161. ¿Por qué la Iglesia es una?

La Iglesia es una porque tiene como origen y modelo la unidad de un solo Dios en la Trinidad de las Personas; como fundador y cabeza a Jesucristo, que restablece la unidad de todos los pueblos en un solo cuerpo; como alma al Espíritu Santo, que une a todos los fieles en la comunión en Cristo. La Iglesia tiene una sola fe, una sola vida sacramental, una única sucesión apostólica, una común esperanza y la misma caridad.

 

162. ¿Dónde subsiste la única Iglesia de Cristo?

La única Iglesia de Cristo, como sociedad constituida y organizada en el mundo, subsiste en (subsistit in) la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él. Sólo por medio de ella se puede obtener la plenitud de los medios de salvación, puesto que el Señor ha confiado todos los bienes de la Nueva Alianza únicamente al colegio apostólico, cuya cabeza es Pedro.

 

163. ¿Cómo se debe considerar entonces a los cristianos no católicos?

En las Iglesias y comunidades eclesiales que se separaron de la plena comunión con la Iglesia católica se hallan muchos elementos de santificación y verdad. Todos estos bienes proceden de Cristo e impulsan hacia la unidad católica. Los miembros de estas Iglesias y comunidades se incorporan a Cristo en el Bautismo; por ello los reconocemos como hermanos.

 

164. ¿Cómo comprometerse a favor de la unidad de los cristianos?

El deseo de restablecer la unión de todos los cristianos es un don de Cristo y un llamamiento del Espíritu; concierne a toda la Iglesia y se actúa mediante la conversión del corazón, la oración, el recíproco conocimiento fraterno y el diálogo teológico.

 

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El lugar de la Iglesia hoy

 

Joseph Ratzinger

 

Tal vez sea precipitado afirmar que la fase de crisis se está convirtiendo, desde hace algún tiempo, en fase de consolidación. Preguntémonos primero qué es lo que debe retenerse de lo anterior. La síntesis que hemos intentado trazar en las breves pinceladas precedentes parece anticipar un diagnóstico acusadamente negativo. ¿Ha quedado algo más que un montón de ruinas de experimentos fracasados? ¿Se han transformado definitivamente Gaudium et spes en luctus et angor? (*) ¿Fue el Concilio un camino equivocado, que debemos desandar para salvar a la Iglesia? Son cada vez más altas las voces que así lo afirman y sus partidarios son cada vez más numerosos. Entre los fenómenos innegables de los últimos años se cuenta el del constante crecimiento de grupos integristas, en los que encuentra respuesta el anhelo de piedad, del calor del misterio. Y es preciso precaverse de descalificar tales procesos. Es indudable que hay aquí zelotismo sectario, que es el polo opuesto del catolicismo. Nunca se ofrecerá demasiada resistencia a esta tendencia. Pero es también preciso preguntarse con absoluta seriedad por qué estos estrechamientos y desviaciones de la fe y de la piedad pueden ejercer tanto influjo y atraerse a personas que ni en razón de su fe ni de su psicología personal son proclives al sectarismo. ¿Qué es lo que les empuja hacia un ámbito al que en realidad no pertenecen? ¿Por qué han perdido el sentimiento de que la gran Iglesia es su hogar? ¿Son acaso del todo injustos sus reproches? ¿No es -por poner un ejemplo- realmente curioso que no se escucharan reacciones episcopales contra las destrucciones llevadas a cabo en el centro mismo de la liturgia similares a las que se escuchan ahora en contra del uso del Misal de la Iglesia, cuya existencia, después de todo, sólo data de la época de Pío V?  Digámoslo una vez más: no pueden adoptarse comportamientos sectarios, pero tampoco debemos rehuir un examen de conciencia para averiguar por qué ocurren tales cosas.

 

¿Qué decir, pues? Para empezar, entiendo que el decurso de los acontecimientos de estos diez años han puesto una cosa en claro: una interpretación del Concilio que entiende sus textos dogmáticos tan sólo como preludios de un espíritu conciliar aún embrionario, que considera el conjunto tan sólo como un camino hacia Gaudium et spes y que contempla, a su vez, a este último documento tan sólo como el primer compás de una continuación rectilínea siempre hacia nuevas mezclas y combinaciones con lo que se designa como progreso; una interpretación así no sólo está en contradicción con lo que los mismos padres conciliares quisieron y opinaron, sino que es llevada ad absurdum por el curso mismo de los acontecimientos. Allí donde se recurre al «espíritu del Concilio» en contra de sus palabras expresas y se destila únicamente un vago desarrollo que corre a lo largo de la Constitución pastoral, este espíritu se convierte en fantasma y lleva al desatino. Las ruinas que esta postura ha causado ya son tan palpables que no es posible discutirlas en serio. Se ha visto también con no menor claridad que la contemporánea configuración del mundo ha dejado, hace ya mucho tiempo, de ofrecer una magnitud unitaria. De una vez por siempre, el progreso de la Iglesia no puede consistir en un abrazo tardío con  la edad moderna, tal como nos ha enseñado, de forma irrefutable, la teología de América Latina. Y aquí radica su derecho a clamar por la liberación. Si la postura crítica de los últimos diez años lleva a estas nuevas ideas, si despeja el conocimiento de que es preciso leer el Vaticano II en su totalidad y, además, orientado hacia los textos teológicos centrales y no a la inversa, entonces tal vez esta reflexión puede ser fecunda para toda la Iglesia y pueda ayudar a la consolidación, mediante una reforma más sobria y objetiva. No es la Constitución pastoral la norma y medida de la Constitución de la Iglesia, y menos aún la intención -arrancada de su contexto- de los párrafos de la introducción, sino a la inversa: sólo la totalidad, en su exacta centralización, es el auténtico espíritu del Concilio.

 

¿Quiere esto decir que es preciso derogar el Concilio mismo? En modo alguno. Significa sencillamente que aún no se ha iniciado la aceptación auténtica del Concilio. Lo que ha devastado a la Iglesia del último decenio no ha sido el Concilio, sino la negativa a aceptarlo. Así lo pone de manifiesto el análisis de la historia de las repercusiones de Gaudium et spes. Lo que se pretendía pasar como Concilio era, en muy buena medida, expresión de una actitud que no puede invocar en su apoyo las afirmaciones de este texto, pero que puede reconocerse de hecho como tendencia, tanto en su devenir como en algunas formulaciones concretas. La tarea no es, pues, ignorar el Concilio, sino descubrir el Concilio real y profundizar su auténtica voluntad, a la luz de las experiencias vividas desde entonces. Y esto implica que no hay punto de retorno al Syllabus, que pudo constituir una primera toma de posición en el enfrentamiento con el liberalismo y el amenazante marxismo, pero que en modo alguno puede ser la palabra última y definitiva. Ni el abrazo ni el ghetto pueden resolver, a la larga, el problema de la edad moderna para los cristianos. Queda el hecho de que aquella «demolición de los bastiones» que ya en 1952 pedía Hans Urs von Balthasar era, en realidad, una tarea a plazo vencido.

 

La Iglesia no puede elegir las épocas en las que desea vivir. Después de Constantino, tuvo que buscar una manera de convivir con el mundo distinta de la que le había sido impuesta en la época de las persecuciones. Sería necio romanticismo deplorar el cambio constantiniano mientras que, al mismo tiempo, se cae a los pies de un mundo del que supuestamente quiere liberarse a la Iglesia. Las luchas entre el sacerdocio y el imperio en la edad media,  las disputas con las Iglesias nacionales ilustradas de los primeros tiempos de la edad moderna, son intentos por dar solución adecuada a los graves problemas que ha ido planteando, en el decurso de sus diversos períodos históricos, un mundo hecho cristiano. En la época del Estado secular y de los mesianismos marxistas, en la época de los problemas económicos y sociales a escala mundial, en la época del dominio ejercido sobre el mundo por la ciencia y la técnica y del nostálgico temor de autodestrucción del hombre por el camino de la ciencia, también la Iglesia se ve enfrentada, de forma enteramente nueva, a la pregunta de su lugar exacto en este mundo y ante sus necesidades. Tuvo que desprenderse de muchas cosas que habían prometido seguridad en el pasado y que habían entrado a formar parte de ella como algo natural y evidente. Tuvo que derribar viejos bastiones y confiarse únicamente al escudo de la fe, a la fuerza de la palabra, que es su único poder verdadero y permanente. Pero no puede calificarse de derribo de bastiones al hecho de que ahora ya no tenga nada que defender o a que pueda vivir de otras fuerzas distintas de aquellas de las que nació: la sangre y el agua del costado abierto del Señor crucificado (Jn 19,31-37). «En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!; yo he vencido al mundo» (Jn 16,33), palabras que tienen vigencia también en nuestros días.

 

Visión panorámica, una comparación

 

Llegados al final, intentaré presentar, no sin ciertas vacilaciones, el drama de estos diez años, con su línea ascendente y su peripecia, a través de una parábola que, dada la enorme dureza de nuestras experiencias, podría tacharse de evasión absolutamente inoportuna al reino de la poesía. Pero, con toda la insuficiencia y la dudosidad inherentes a toda comparación, no creo que esté a tanta distancia de nuestras propias experiencias, porque se trata de la expresión poética que tal vez más perfecta y acabadamente reflejó el drama de la despedida de la edad media y la irrupción de la edad moderna; y ello a través de la pluma de un autor que se sabía «más versado en desdichas que en versos»: Miguel de Cervantes.

 

Su Don Quijote comienza con una bufonada, con una amarga burla que no es mero producto de la desnuda fantasía o simple diversión literaria. El alegre auto de fe que el cura y el barbero llevan a cabo, en el capítulo 6, con los libros del pobre hidalgo, tiene un aire absolutamente real: se echa afuera el mundo medieval y se tapia la puerta de entrada: pertenece ya irremisiblemente al pasado. En la figura de Don Quijote, una nueva era se burla de la anterior. El caballero se ha vuelto loco. Despertando de los sueños de antaño, una nueva generación se enfrenta con la verdad desnuda y sin afeites. En la alegre burla de los primeros capítulos hay algo de eclosión, de la seguridad de sí de una nueva época que olvida los sueños, que ha descubierto la realidad y está orgullosa de ello.

 

Pero en el curso de la novela, le ocurre al autor algo curioso. Poco a poco, comienza a cobrar afecto al loco caballero. Esto se advierte no sólo en el hecho de que se sintiera molesto por la burla de un plagiador, que convertía al noble loco en vulgar payaso. Tal vez en la contraimagen del falso Don Quijote advirtió plenamente, por vez primera, que su loco tenía un alma noble, que su locura de consagrar su vida a la protección de los débiles y a la defensa de la verdad y la justicia tenía grandeza en sí. Tras la locura, descubre Cervantes la sencillez: «Al caballero pobre no le queda otro camino para mostrar que es caballero sino el de la virtud, siendo afable, bien criado, cortés y comedido y oficioso; no soberbio, no arrogante, no murmurador y, sobre todo, caritativo». ¡Qué noble locura aquella que hace que Don Quijote elija una profesión en la que: «...ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras, liberal en las obras,  valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con los menesterosos, y finalmente, mantenedor de la verdad, aunque le cueste la vida el defenderla»! Las locuras insensatas se han convertido en amable espectáculo en el que se hace perceptible un corazón puro. Más aún, el núcleo de la locura, que ahora llega al nivel de la conciencia, coincide con el extrañamiento de la bondad en un mundo cuyo realismo se burla, por lo demás, de aquel que acepta la verdad como realidad y que arriesga la vida en su defensa. Aquella altiva seguridad con que Cervantes había quemado los puentes que quedaban a sus espaldas y se había reído del tiempo antiguo, se torna ahora en melancolía por lo perdido. No se trata de un retorno al mundo de las novelas de caballería, pero sí de mantenerse despierto para aquello que nunca debe perderse y de ver bien el peligro que amenaza a los hombres cuando, al quemar el pasado, pierden parte de sí mismos.

 

¿No hemos vivido también nosotros, en estos diez años transcurridos desde Gaudium et spes, experiencias que, aunque a diferente nivel, no son del todo dispares de las que subyacen bajo la transformación de Don Quijote? Hemos roto con lo anterior, llenos de osadía y de autoconciencia. Nos hemos entregado también a más de un real auto de fe sobre libros escolásticos que nos parecían locas novelas de caballería, que no hacían sino llevarnos a regiones de fantasía y nos embelesaban con peligrosos gigantes, cuando en realidad teníamos que enfrentarnos con las filantrópicas acciones de la técnica y sus aspas de molinos de viento. Hemos tapiado, orgullosos y seguros de la victoria, la puerta de una época del pasado y declarado ya disuelto y desaparecido todo lo que había tras ella.

 

En la literatura conciliar y postconciliar es innegable la existencia de una especie de burla, con la que, como alumnos ya maduros, queríamos despedirnos de anticuados libros de texto. Pero, mientras tanto, ha llegado hasta nuestros oídos y nuestros espíritus otro tipo de burla, que se ha mofado de nosotros más de cuanto habíamos imaginado y querido. Lentamente, ha desaparecido la sonrisa de nuestros labios. Lentamente hemos advertido que tras las puertas cerradas existen cosas que no deben perderse, si no queremos perder nuestras almas. Por supuesto, no podemos ni queremos retroceder al pasado. Pero debemos estar preparados para aceptar con nueva mentalidad lo que, en las vicisitudes de los tiempos, es auténtico soporte. Buscarlo con espíritu firme y sereno, atreverse a la locura de lo verdadero con alegre corazón y sin concesiones es, a mi entender, la tarea del hoy y del mañana: el verdadero núcleo del servicio al mundo de la Iglesia, su respuesta a «los gozos y esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo».

 

Nota:

*) "Luctus et angor" (tristezas y angustias) son las palabras que, en el texto conciliar, vienen inmediatamente a continuación de los vocablos de introducción "Gaudium et spes".

 

Fuente: Joseph Ratzinger, Teoría de los principios teológicos, Herder, Barcelona, 1985, pp. 467–472.

 

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Acompañando a Cristo el Jueves Santo

(Hora Santa predicada en la Casa Generalicia

de las Religiosas de María Inmaculada – Abril 2006)

 

Pbro. Miguel Antonio Barriola

 

A la queja de Jesús: “¿No pudieron velar una hora conmigo?” (Mt 26, 40), responde la Iglesia con la “hora santa”, tratando de reparar la modorra de los más íntimos del Señor, por medio de la contemplación más atenta que nos sea posible.

Adentrándonos en el misterio de esta noche tan central en la historia de la humanidad toda, recordemos cómo Jesús temía y a la vez esperaba estos momentos, en los que, superando su estado de ánimo tan acongojado, sembraba para los futuros siglos, lo que muy pobremente podían captar sus propios contemporáneos y amigos más allegados.

Así lo advirtió a Pedro: “No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás” (Jn 13, 7).

Y tan profundo e insondable era su legado, que iba a ser necesario “otro maestro”, para que la Iglesia entera lo fuera asimilando a lo largo de los tiempos. “Tengo todavía muchas cosas que decirles, pero no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, ÉL los introducirá en toda la verdad” (Jn 16, 12-13).

Además, sin nosotros y tantas generaciones que nos han precedido, aquella sublime despedida y testamento no tendrían sentido, ya que nos encontramos incluidos en la oración filial y eficaz de Cristo: “No ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí” (Jn 17, 20).

Jamás, por otra parte, agotaremos estas riquezas, pero nunca hemos de cansarnos de sumergirnos en ellas, siguiendo la invitación de Pablo: “¡Que Cristo habite en sus corazones por la fe y sean arraigados y edificados en el amor! Así podrán comprender con todos los santos [pues no alcanza nuestra limitada inteligencia ni la de todo el mundo] cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad [Pablo no se cansa de amplificar toda dimensión], en una palabra, podréis conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento [se nos invita a “conocer” lo “incognoscible”]” (Ef 3, 18–19).

Siempre, pues, nos va a “superar”, pero no por eso hemos de dejar de acercarnos con nuestra pobre vasija, para servirnos de esta catarata desbordante de amor.

 

 

Llegando ya a estas sublimes y dramáticas escenas, podemos adelantar que la totalidad del Evangelio se encuentra en la Última Cena de Jesús.

En efecto, así lo expresa Él mismo: “He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros, antes de Mi Pasión” (Lc 22, 14). Y, según la solemnísima obertura, con la que Juan inicia el relato de la Pasión y Resurrección: “Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, Él, que había amado a los suyos, que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13, 1). “Éis télos”, con la misma raíz, con la que concluirá el ciclo de su vida terrestre: “Tetéleka” (= todo está consumado: Jn 18, 29).

Más todavía: la enjundia de la Biblia toda, su meollo mismo emerge espléndidamente en este episodio fundamental.

En efecto, Jesús celebrará la tercera Pascua de su vida pública (ver: Jn 2, 13; la primera; 6, 4: la segunda y la final, ahora).

Pero, no sería una fiesta como las anteriores. Ya la celebración judía era central e importantísima, mas de ahora en adelante no se conmemorará solamente la independencia de la esclavitud egipcia y el posterior tratado de alianza en el Sinaí, sino que, dentro de la continuidad con el pueblo judío, aparece algo totalmente inédito, nuevo.

Recordemos cómo, en Ex. 24, después de haber promulgado la ley, que el pueblo se comprometió a observar, Moisés, tomando sangre, que significa la “vida” (cuando se pierde la sangre, se extingue automáticamente la existencia animal y humana: ver Lev 17,11), roció el altar de doce piedras, que representaba a Dios y también al pueblo, para significar el estrecho vínculo vital que se establecía, por medio de aquel rito, entre Dios e Israel.

Pero la inmensa mayoría de los anales históricos bíblicos (ya casi enseguida de pacto tan solemne; Ex 32: adoración infiel del becerro de oro, siguiendo por Josué, Jueces, Libros de Samuel, Reyes, Crónicas, Profetas) serán una triste demostración de las infidelidades y rebeldías constantes de aquel pueblo de “dura cerviz”, para con su Dios (ver el tremendo, a la vez que tierno capítulo 16 de Ezequiel).

Sin embargo el Señor, pese a que mandaba constantemente a sus emisarios, los profetas, que tampoco eran escuchados, no se echo atrás, sino que se las ingenió para restaurar a fondo esta trágica situación.

Así, por medio de Jeremías (31, 31 ss.), vaticina una “Nueva Alianza”, que no será como la que pactó con los padres de antaño, sino que avisaba que Él mismo, Dios, pondría su ley en el corazón.

La ley no sería una realidad hermosa y santa, pero exterior e inalcanzable, sino que penetraría en lo más íntimo de cada miembro del pueblo de Dios.

Podríamos ilustrar la situación con los casos extremos de tantos enfermos, que necesitan una transfusión de sangre, porque su propio elemento vital no alcanza para sostenerlos en vida. Hasta se practican hoy en día trasplantes de corazón, porque la gravedad de ciertos pacientes es tal, que ni siquiera su propio órgano central les basta.

Esto, que es excepcional en la vida corriente, se vuelve regla general en la relación de amistad con Dios. Nadie está capacitado para poner por obra la justísima y perfecta ley de Dios.

Es lo que podemos leer en la angustiosa descripción de Pablo en Rom 7, 12-13. Confiesa que los preceptos de Dios son irreprochables y rectísimos, pero él (y todo hombre) es “carne”, es decir: debilidad, incapacidad para poner en práctica tan hermosas indicaciones morales.

Con el fin de iluminar nuevamente con otra metáfora esta penosa condición, pensemos en la angustia de quien admira las espléndidas carreteras, por las que se puede viajar seguramente (bien asfaltadas, señalizadas convenientemente), pero se encuentra sin carburante en su motor, o se ve paralítico.

La misma belleza de esas rutas le hace percibir doblemente su impotencia; hay tanta posibilidad de desplazarse cómodamente al alcance de la mano, pero “yo” me encuentro muy lejos de poder beneficiarme con tales ventajas. Si nadie me auxilia (rueda de “auxilio”), me veo condenado a la inacción.

En el “camino de la ley” (comparación frecuentísima en la Biblia para señalar los mandamientos divinos: ver todo el Sal 119), si Dios no nos “llena el tanque”, como lo prometió, no podremos dar un paso.

Ezequiel, unos 50 años después de Jeremías, ya en el exilio babilónico, retoma la profecía de la Nueva Alianza (Ez 36, 26 ss.), aunque introduciendo algunos cambios. Ya no anuncia que Dios pondrá “su ley” en el interior, sino, El Señor expresa ahora: “Pondré mi espíritu en vuestros corazones”.

Es por eso que S. Pablo, haciendo la síntesis de ambas promesas expresará, ya contemplando el cumplimiento de esa novedad: “Ya no hay condenación para quienes viven unidos a Cristo. Porque la ley [Jeremías] del Espíritu [Ezequiel], que da la vida, me libró, en Cristo Jesús, de la ley del pecado y de la muerte. Lo que no podía hacer la ley, reducida a la impotencia por la carne, Dios lo hizo, enviando su propio Hijo, en una carne semejante a la del pecado. Así ÉL condenó el pecado en la carne, para que la justicia del ley se cumpliera [nótese la voz pasiva, indicando que no somos nosotros los que “cumplimos”, sino el “Espíritu de Dios” con nuestra colaboración] en nosotros, que no caminamos [imagen “vial”] conforme la carne, sino al espíritu(Rom 8, 1–4).

Con todo, ni Jeremías ni Ezequiel habían especificado el medio, por el cual Dios introduciría su “ley – espíritu” en el interior de los hombres.

Al Hijo de Dios, Jesús, como ya lo sintetizaba Pablo, le tocó revelar el modo concreto de esta “transfusión” de sangre divina en nosotros.

Justamente en la última Pascua de su vida mortal, Jesús dirá casi las mismas palabras que Moisés al pie del Sinaí: “Ésta es la sangre de la alianza” (Ex 24, 8), pero introduciendo interesantes novedades, que le dan un sentido inédito, aunque ya previsto por Jeremías y Ezequiel.

En la formulación de Marcos y Mateo: “Ésta es mi sangre de la alianza” (ver: Mt 26, 28). Ya se percibe la notoria diferencia: no se trata de sangre de corderos sacrificados, sino de la sangre del mismo Jesús (“mi” sangre), cordero de Dios por excelencia, que quita el pecado del mundo (ver: Jn 1, 19; 19, 36; Apoc 5, 6).

S. Pablo (el primero - antes de los evangelistas- que nos transmitió la institución de la Eucaristía; I Cor 11, 22–27) y Lucas, sacan a la luz lo que ya está incluido en la narración de Marcos y Mateo: “Este cáliz es la Nueva Alianza que se sella en mi sangre( I Cor 11, 25; Lc 22, 20).

La sangre de Cristo, pues, no es “rociada” externamente, como sucedió con el pueblo de Israel a los pies de la montaña santa, sino que es internalizada, ya que se nos manda a los cristianos “beber” esa sangre, que es la NUEVA ALIANZA, hecha propia, asimilada, como la comida, que se incorpora al flujo sanguíneo de quien se alimenta con ella. Si bien en esta comida sucede más bien al revés, ya que no nivelamos a Cristo a la altura de nuestra existencia caduca, sino que ÉL nos asume en “su” vida eterna: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6, 50).

Por eso, en cada Eucaristía, resuena la orden de Cristo, que actualiza y condensa toda la historia de la salvación, eficaz y realmente, en el banquete del altar cristiano.

 

 

Pero, ¿a quiénes fue encomendado semejante tesoro tan lleno de profundas vetas vitales y de santificación?

Jesús ordenó a los Doce: “Hagan esto en memoria mía” (I Cor 11, 25). Y... ¿qué era “esto”? Nada menos que la transformación de un poco de pan en su cuerpo y algo de vino en su sangre preciosa y redentora.

Ahora bien, ¿qué hombre, por sobresaliente y eximio que sea, será apto para realizar semejante cosa?

El mandato de Jesús, entonces, lleva consigo la capacitación para, con poderes superiores y divinos, llevar por la historia y hacer presente un tesoro tan preciado.

Junto a la Eucaristía, pues, asistimos al regalo del sacramento del orden sagrado.

Y las circunstancias de este regalo misericordioso de Jesús han de hacernos reflexionar sobre la mirada de profunda fe con que hemos de considerar a los revestidos de tal cometido en la vida de la Iglesia.

Porque... ¿quiénes fueron los primeros destinatarios de tan sublime misión?

S. Lucas recuerda que, en la misma Cena, los escogidos especialmente por Jesús, se encontraban enzarzados en la discusión, que, una vez más, pretendía indagar quién era el más grande entre todos (Lc 22, 24). Estaban a leguas de distancia de lo que Jesús les estaba confiando. Los mismos, instruidos por Jesús, sobre la diferencia de situaciones, cuando fueron enviados a predicar y los peligros inminentes, a los que alude ahora Jesús, indicando que debían hacerse de una espada, le comentan burdamente, entendiendo literalísticamente la comparación de Jesús: “Aquí hay dos espadas”. El Maestro tiene que responder, ante la enésima incomprensión: “¡Basta!” (Lc 22, 36).

Para no hablar de la tozudez de Pedro, el líder de todos, que cree saber más sobre sí mismo y su fidelidad, que el mismo Jesús (Mt 26, 30–35; Jn 13, 36-38).

A hombres rudos entrega Jesús sus tesoros más preciados. No, por consiguiente, porque eran especialmente dotados o santos, sino porque el mismo Jesús iría supliendo en ellos lo que les faltaba.

El hecho ha de afinar nuestra mirada de fe en la consideración de los ministros ordenados en medio de la Iglesia. Sonvasos de barro”, como se definía a sí mismo S. Pablo (II Cor 4, 7), pero que, no menos y asombrosamente guardan un “tesoro”.

No debemos percibir este misterio con ojos superficiales: “El padre tal es muy simpático, aquel muy sabio. Pero éste otro es poca cosa y ostenta tantos defectos”.

Los santos nos dan la pauta para la apreciación justa. Nos sirva de ejemplo S. Francisco de Asís. Él, con toda su santidad, no quiso ser ordenado sacerdote. Se quedó como diácono, porque se consideraba indigno del ministerio presbiteral.

¡Qué nos queda, a los pobres y llenos de miseria, que hemos aceptado el pastoreo en la Iglesia! Pero alguien ha de seguir adelante con la misión del mismo Cristo, como Pedro, el renegado arrepentido.

El mismo santo de Asís nos indica la actitud correcta, en otro episodio de su vida. Recorriendo las aldeas de Italia, se acercó a una, cuyo párroco no llevaba una vida muy ejemplar.

Los feligreses, dirigiéndose al santo, le preguntaron: “¿Te parece que hemos de obedecer a un hombre así?” Francisco, arrodillándose, besó las manos de aquel hombre, declarando: “Estas manos me dan el cuerpo y la sangre de Cristo”.

 

 

Jesús aclaró con antelación y sacramentalmente en la Cena Pascual, lo que sucedería sombría y cruelmente en los siguientes acontecimientos.

ÉL se da a todos, pero se va sumergiendo cada vez más en una soledad más densa.

Por eso, tuvo una feliz intuición de este aspecto el genio de Leonardo da Vinci (del que se han hecho tantas distorsiones absurdas en el film basado en la torpe novela de Dan Brown), cuando, en lugar de representar a Jesús con Juan reclinado en su pecho, como era usual en al arte medieval, colocará al Redentor solitario, en el medio, mientras grupos de apóstoles gesticulan y discuten entre ellos.

El propio Jesús lo adelantó: “Uds. se dispersarán... y me dejarán solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo” (Jn 16, 32).

La oración de Getsemaní, prolongará esta soledad y el diálogo angustioso de Jesús con este Padre, que “estará siempre con él”, aunque no de manera sensiblera, sino en medio de la oscuridad más densa.

Así se adentra en la oración más dramática de su vida. Al acabar las tentaciones, que preludiaban a su vida pública, Lucas había anotado: “Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de él hasta el momento oportuno” (Lc 4,13). Finalizando la escena del Huerto de los Olivos, Jesús dirá: “Ésta es la hora de Uds. y del poder de las tinieblas” (Lc 22, 53. Ver: Jn 14, 30).

Notemos que Jesús toma consigo a los tres que eran sus predilectos, dentro de los Doce (ver: Mc 5, 37), a los mismos que había hecho testigos de su gloriosa transfiguración (Mc 9, 2 y paralelos). Entonces se había oído la voz del Padre: “Éste es mi Hijo querido, escúchenlo”. Jesús, eligiendo nuevamente a Pedro, Santiago y Juan como sus acompañantes más cercanos, está implícitamente enseñando que hay que prestarle atención en los dos montes, tanto en el Tabor como en el Calvario, al cual Getsemaní fue una tremenda preparación. Allí es donde Jesús va a responder a la voz, que lo presentaba como Hijo preferido de Dios, por medio de una palabra muy tierna (que ningún judío había dirigido a su Dios), designándolo como “Abbá” (= papito). Justamente en una circunstancia tan dolorosa, en la que casi está entablando una lucha con los designios divinos (ver: Mc 14, 36).

Este episodio fue tan brutal para el recuerdo cristiano, que fuera mismo de los Sinópticos, dejó sus huellas en otros escritos del Nuevo Testamento.

Así, S. Juan, adelantando el momento (según su manera bastante libre de ordenar los acontecimientos), coloca un suceso muy similar, hacia el final de la vida pública de Jesús, todavía en Jerusalén.

Unos griegos quieren ver a Jesús, pero él, en lugar de mecerse en su fama, que traspasa fronteras, se concentra en lo que está próximo a desencadenarse. “El grano de trigo que tiene que morir”, para dar fruto. No obstante, se turba ante esta perspectiva y vacila: “¿Qué diré: «Padre, líbrame de esta hora?». Si para eso ha llegado esta hora. Padre, glorifica tu nombre” (Jn 12, 27–28). Una voz se oyó y muchos pensaron que un ángel le había hablado, tal como el que acompañará a Jesús en el Huerto, según Lucas (22, 43).

También el autor de Hebreos ha recogido estos conmovedores momentos (Hebr 5, 7–10). Describe la oración convulsionada de Jesús, explicando que “con súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas (se dirigió) al que podía salvarlo de la muerte y fue escuchado por su humilde sumisión”.

Uno puede preguntarse: ¿cómo es que “fue escuchado”, cuando más bien se lo envió a la muerte, de la que pedía ser liberado?

Es que el Padre, mandándolo a la cruz, le concedió algo mucho más grande: ser vencedor de la misma muerte y no sólo para él mismo, sino para todos los hombres, porque según sigue el texto: “De este modo alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Hebr 5,9).

Este profundo autor nos advierte asimismo que, “por medio de sus propios sufrimientos aprendió lo que significa obedecer” (Hebr 5, 8). ¿Cómo puede aprender el Hijo de Dios, siendo ÉL mismo Dios perfectísimo y omnisapiente?

Es que debía realizar, ahora, con un nuevo punto de partida, lo que vivía en paz desde toda la eternidad. Y esto significaría para él un duro aprendizaje. Como ya lo dijo S. Lucas respecto a Jesús niño: “Iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres” (2, 52).

El terrible trance de Getsemaní nos enseña que se aplica al mismo Jesús la declaración paulina: “No sabemos orar como es debido” (Rom 8, 25). También Jesús anduvo balbuceando, hasta dar con los términos exactos de la oración perfecta.

Y lo asombroso es que hasta llegará a desdecirse de su misma magistral lección sobre la oración. Ya que en el “Pater”, nos había indicado la justa jerarquía de valores, en la que debíamos ubicar nuestras peticiones.

En efecto, preceden primeramente tres adjetivos posesivos de segunda persona: “TU nombre, TU reino, TU voluntad”. Sólo con ese telón de fondo viene después lo necesario para nuestra vida: el pan, el perdón de las ofensas, no caer en la tentación, liberación del maligno.

En el Huerto, en cambio, según desglosa Mateo las Peticiones de Jesús, podemos calibrar el desconcierto que reinaría en el corazón del “Maestro”, ya que se aparta del orden por él sabiamente establecido.

Primero expresa: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz”. Sólo después, en un segundo lugar: “Pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26, 39).

La segunda vez, ya va admitiendo en su horizonte, que podría juntarse su deseo con el del Padre: “Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad” (Mt 26, 38).

Este desorden interior (respecto a las claras enseñanzas que impartiera cuando estaba libre de semejantes tensiones), lo había él mismo declarado, sin esconder nada: “Mi alma siente una tristeza de muerte” (Mt 26, 38).          

Tal descripción siempre causó escándalo a gente presumidamente “noble”.

Así Celso (uno de los más feroces enemigos de la fe cristiana) denigraba a los creyentes, comparando la actitud serena y valiente de Sócrates ante su muerte, con el ”cobarde” Jesús frente a la suya. El gran filósofo (como nos lo relata su discípulo Platón), antes de beber el veneno mortal de la cicuta, al que lo habían condenado los jueces atenienses, sostuvo un plácido discurso sobre la inmortalidad del alma. Exhortaba a los suyos a no llorar, porque no iba a morir Sócrates, sino su cuerpo (según su concepción dualista) .

Jesús, en cambio, cae rostro en tierra (Mc 14, 35), suda sangre (Ls 22, 44), necesita un ángel que lo sostenga (Lc 22, 43), interrumpe por tres veces su plegaria, para buscar consuelo en sus discípulos.

Para nuestra fe, lejos de ser esto una vergüenza, significa la gran misericordia de Dios, que no nos arroja una limosna a la distancia, sino que quiere entreverarse a fondo con nuestras debilidades, para extraernos de las mismas, sólo por su obediencia al Padre “hasta la muerte y muerte de cruz” (Filip 2, 8) y no por la arrogancia altanera, que se fía de las propias fuerzas y cualidades.

Jesús nos enseña el recto camino: no se pierde en poses heroicas, admite su desvalimiento, se confía, por más que todo clame en contra, a su “Abbá”.

En cambio, Pedro, que se había desatado en bravatas: “Aunque todos te abandonen, YO NO (Mt 26, 33), poniendo de relieve ese “YO” en contraposición a “todos los demás”. Pero no oró, dejándose amodorrar.

Por lo mismo, al llegar la hora de la verdad, el que fue humilde y sincero, acompañando también la agonía con la oración desolada, salió reconfortado.

El que se durmió, sin pedir la vitamina que sólo Dios puede dar, mostrará cobardemente la hilacha de su poquedad.

Lloremos con Pedro, que se dejó mirar por Cristo (Lc 22, 61-62). Aprendamos como él a desconfiar de nosotros mismos y a esconder el “YO”.

En efecto, cuando el Resucitado le preguntará (en Reminiscencia tácita de sus anteriores valentonadas, que desembocaron en la triple negación) si lo “amaba más que estos”, hará desaparecer su anterior egoísmo, remitiéndose solamente a la ciencia superior del Señor sobre su mismo corazón: “Señor, lo sabes todo, sabes que TE amo” (Jn 21, 17).

 

 

En estos acontecimientos capitales de nuestra redención no figura María, la Madre de Jesús. Pero, así como ella no es el Evangelio, pero sin ella no hay Evangelio, análogamente, sin su seno virginal no tendríamos el “cuerpo de Cristo”, que se hace presente en la Eucaristía por la fuerza de Cristo otorgada a su Iglesia en el sacramento del orden.

Bien poéticamente lo presenta el poeta de la Eucaristía, Sto. Tomás de Aquino: “AVE VERUM CORPUS NATUM DE MARIA VIRGINE, VERE PASSUM, INMOLATUM IN CRUCE PRO HOMINE”.

Sin cuerpo humano, no habría sido posible la inmolación de Jesús en la cruz y sólo María ofreció su maternidad, para dar “cuerpo pasible” al Hijo eterno de Dios.

Por esto, el mismo Jesús, antes aún de ingresar al mundo, previendo su sacrificio, expresaba, según Hebr 10, 5ss.: “Tú no has querido sacrificios ni oblación, en cambio me has dado un cuerpo... para hacer, Dios, tu voluntad” (Sal 40, 7-9).

¿Quién suministró ese “cuerpo”, sino la Virgen y Madre María?

Sería provechoso repasar, las hermosas reflexiones de Juan Pablo IIº sobre María y la Eucaristía, en su encíclica: “Ecclesia de Eucharistia”.

No hubo mejor tabernáculo, que el seno purísimo de María. Con ella, nunca cesemos de meditar estos altísimos Misterios en nuestros corazones (ver: Lc 2, 19.51).

 

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El seguimiento de Cristo

 

Milton Iglesias Fascetto, D.P.

 

Seguir a Cristo exige una decisión fuerte porque Cristo pide un compromiso total, un amor exclusivo.

 

En primer lugar nos pide estar despiertos, darnos cuenta que el Señor es el que llama. Hay que estar preparados. Los que ignoran la invitación son echados afuera.

Exige un cambio radical, hay que volver a nacer. Elegir entre dos señores incompatibles: Dios o la vanagloria del mundo. No es posible la neutralidad.

Esta opción es una alternativa de vida o muerte, es para gente decidida. Hay que tomarlo en serio y la decisión debe ser fuerte.

En todo momento Cristo nos obliga a optar. Supone un esfuerzo para entrar por la puerta estrecha (Lc 13,24), aceptar el yugo. No mirar para atrás para no desviar el surco. Exige un amor de preferencia. También la decisión por Cristo nos exige no esperar provechos terrenos del Evangelio (Lc 9,57).

 

Por eso Cristo exige probarse a sí mismo con una decisión fuerte. Optar por Cristo significa afirmarse en el sólido fundamento de la práctica, aumento de Fe y sacrificio (Mt.7,24-27). La traducción cristiana de esto es: “tomar la Cruz” (Mt 10,37; Lc 14,26).

 

¿Por qué Cristo pide esto? ¿Cuál es el motivo? Él ha dicho que hay otros valores, otros tesoros. Él lo ha centrado en tres palabras: Reino, Evangelio, Jesucristo.

 

El secreto de haber descubierto el Reino como un valor superior, exclusivo, supremo (Lc 12,32-34; Mt 13,44-45). Este secreto es la perla y el tesoro escondidos. En el último caso, el secreto de una persona, la persona de Cristo encontrada: “todo lo tengo por basura al haber encontrado a Cristo” (Filip. 3,8).

 

El Reino es el don de Dios, es el motivo radical, el encuentro supremo. EL es el secreto, la justificación.

 

Terminemos esta reflexión contemplando la grandeza de Cristo, nuestro amigo, nuestro Dios y Señor, nuestro hermano, nuestro Salvador, nuestra Vida, amor, maestro, gozo, descanso. Amor exclusivo que es para nosotros amor de consagración y sin este amor a Jesucristo es imposible la entrega, es imposible seguirlo y ser testigo suyo para los demás.

 

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Los cuatro niveles de la libertad (2 y 3)

 

Pedro Gaudiano

 

En un artículo anterior hemos explicado en qué consiste “la libertad interior o constitutiva” (véase la Revista Virtual «Fe y Razón» Nº 4); en el presente artículo abordaremos la libertad de elección o de arbitrio y el crecimiento y realización de la libertad; y en un próximo artículo desarrollaremos la libertad social.

 

2. La libertad de elección o de arbitrio

La realidad no es blanca ni negra, sino gris, a veces con matices más oscuros, a veces con matices más claros. Por eso, para comprender mejor en qué consiste la libertad de elección, analizaremos dos posturas extremas, y luego seguramente nos podremos situar en una postura de equilibrio que parece la más verdadera.

Libertad de elección por defecto

Algunos afirman que la libertad de elección del hombre está disminuida, y, en el caso más extremo, se llega a afirmar que no existe, no es real, sino que sólo es aparente. Desde esta postura, se llega a afirmar que ninguna acción humana es libre, porque el ser humano está determinado por la síntesis pasiva (concepto que hemos explicado en el artículo anterior, al desarrollar la libertad interior o constitutiva). En el caso de un criminal, por ejemplo, esta postura sostiene que no cometió un crimen libre y voluntariamente, sino que lo hizo determinado, es decir, obligado, por la síntesis pasiva.

Libertad de elección por exceso

En el extremo opuesto al anterior se sitúan aquellos que sostienen que lo más importante del ser humano es su capacidad de elegir. O sea que yo soy libre porque puedo elegir. No importa que lo que yo elija me haga daño a mí o a los demás. Desde esta postura, se llega a afirmar que todas las acciones humanas son libres, afirmación que no tiene en cuenta la existencia de la síntesis pasiva.

Según esta postura, todo es elegible, en especial los valores y el estilo de vida de cada uno. Este modo de entender la libertad va acompañado necesariamente de la idea de que todos los valores son igualmente buenos para aquel que libremente los elige, porque lo que los hace buenos no es que en sí mismos lo sean o lo dejen de ser, sino que son libremente elegidos. Todo lo que se elige libremente es valioso por ser ocasión de que se ejercite la libertad.

Libertad de elección en su justo medio

Entre las dos posturas anteriores existe el llamado “justo medio”, que no es una línea químicamente pura equidistante de los dos extremos, sino que es una franja, cuyos límites son algo difusos. La mayoría de las personas pueden situarse en esta franja, que, para cada persona, se puede correr un poco a veces hacia un extremo, a veces hacia el otro. Esta postura de equilibrio es la más difícil de alcanzar y de mantener a lo largo del tiempo. Desde esta postura, se puede sostener algunas afirmaciones:

a)      Ni ninguna acción humana es libre, ni tampoco todas las acciones humanas son libres, sino que solamente algunas acciones humanas son libres, aunque el número de dichas acciones efectivamente libres es menor del que a uno le gustaría. En efecto, muchas veces no actuamos como querríamos actuar. Por ejemplo, no decimos lo que pensamos acerca de algún integrante de la familia por mantener la paz familiar. O no encaramos las decisiones de nuestro jefe en el trabajo por temor a perder nuestra fuente de ingresos. Es decir que, a veces, las circunstancias se nos imponen.

b)      Estamos condicionados por la síntesis pasiva. Esto quiere decir que se acepta que estamos más o menos condicionados o influenciados por la síntesis pasiva, pero no determinados por ella.

c)      Al elegir tenemos dos opciones: acertar o errar. Muchas personas no toman decisiones por temor a equivocarse. Si la decisión fue acertada, la persona se siente bien, satisfecha consigo misma, contenta, realizada... Podríamos decir que crece y se fortalece como persona. Pero, como decían los antiguos, “errar es humano”. Cuando uno toma una decisión equivocada, se le abren dos posibilidades:

Ø      Uno puede reconocer el error y al menos intentar rectificarlo. Todos somos expertos para reconocer y señalar los errores de los demás, pero reconocer los errores propios es algo difícil, y exige mucha humildad y sinceridad de parte de uno mismo. A veces se puede rectificar un error totalmente, por ejemplo, al devolver algo que le saqué a otra persona. Pero a veces la rectificación total es imposible, por ejemplo, al querer rectificar la calumnia que se lanzó contra otra persona. En este caso, pues, alcanza con el intento de rectificarse. Uno puede aprender y adquirir experiencia de los errores que cometió. Como resultado final, también aquí uno crece y se fortalece como persona.

Ø      Pero uno puede no reconocer el error que cometió y puede reiterarlo muchas veces. De esa manera uno adquiere un hábito negativo o vicio, lo cual va a redundar en un empobrecimiento y debilitamiento de la propia libertad personal.

 

3. Crecimiento y realización de la libertad

La libertad no es algo fijo o estático, sino que puede crecer o disminuir. Crece por la adquisición de virtudes, se debilita por la adquisición de vicios y se realiza a través del proyecto vital.

Virtudes y vicios son hábitos. Un hábito es una disposición más o menos estable en la persona, que la inclina a realizar una acción cada vez con mayor facilidad. Con la palabra virtud normalmente se entiende un comportamiento “piadoso”, como “hacer obras de caridad” o cosas similares. “Virtuoso” parece sinónimo de “bondadoso” y de “espíritu débil”. Una forma conveniente de captar el significado de una palabra es acudir a su etimología. El término “virtud” proviene del latín “vis”, que significa “fuerza”. Por lo tanto, quien adquiere una virtud adquiere una fuerza, una fortaleza para actuar de un determinado modo, y por lo tanto es superior y más excelente. Es por eso que parece adecuado no olvidar el sentido clásico del término “virtud”, si bien en la actualidad ha sido reemplazado por el muy difundido término “valor”. En efecto, más que “educación en virtudes” hoy se ha extendido la expresión “educación en valores”.

La virtud es, pues, un fortalecimiento de la voluntad. Gracias a ella uno puede hacer cosas que antes parecían imposibles. Esto se ve con claridad en la virtud física que se consigue mediante un entrenamiento deportivo que permite llegar a batir récords. El entrenamiento permite adquirir una fuerza que produce facilidad para el esfuerzo.

Cualquier persona puede desarrollar cualquier hábito, porque los hábitos no son algo innato, sino que se adquieren. Y el único modo de adquirir un hábito –ya sea una virtud o un vicio– es a través de la repetición de acciones voluntarias.

¿Cómo crecer en libertad?

Para responder a esta pregunta vamos a proponer un método que consta de los tres pasos siguientes:

1º) Fijarse un fin en la mente. Esto significa elegir una virtud y grabársela en la mente. Para elegir esa virtud, básicamente existen tres caminos:

Ø      Elegir aquella virtud que más me guste. Puede ser cualquiera, por ejemplo, paciencia, tolerancia, respeto, generosidad, sinceridad, etc.

Ø      Elegir la virtud opuesta a mi principal defecto. Por ejemplo, si me doy cuenta que soy ansioso e impaciente, puedo elegir fijar en mi mente la virtud de la paciencia.

Ø      Elegir un aspecto de mi “sombra positiva”. Carlos Jung denomina “sombra” al conjunto de aspectos positivos o negativos que están en el inconsciente personal y que, por lo tanto, yo no tengo conciencia de que están en mí, pero los veo proyectados claramente en otra persona de mi mismo sexo. Aquí interesa acentuar sólo los aspectos positivos de la “sombra”. Para eso puede ayudar pensar en una persona de mi mismo sexo a la que yo admiro profundamente porque me parece una persona íntegra, y porque yo veo claramente en esa persona tal o cual virtud, o cualidad o aspecto positivo. Seguramente esa persona, objetivamente, tenga esa virtud. Pero si a mí me llama la atención, es porque quizá esa virtud está como latente en mi inconsciente. Probablemente yo sienta que esa virtud que reconozco con claridad en esa otra persona, es algo que está muy lejos de mí. Y en efecto, se trata de una potencialidad que yo puedo fijar en mi mente como para crecer en mi libertad.

2º) Fijarse un plazo determinado. Conviene que no sea un plazo demasiado largo. Puede ser por ejemplo dos días, o cuatro, a lo máximo una semana.

3º) Vivir atento. Este tercer paso parece el más sencillo pero es el más difícil. No se trata de hacer algo extraordinario, sino simplemente de estar atento durante el tiempo que yo mismo me fijé. ¿Atento a qué? Atento a las pequeñas cosas que van sucediendo a lo largo del día. Y cuando se me presente cualquier ocasión de poner en práctica aquella virtud que yo antes fijé en mi mente, entonces realizaré esa acción, sin ningún tipo de justificaciones. Por ejemplo, si elegí fijar la virtud de la generosidad por una semana, durante ese tiempo voy a ponerla en práctica todas y cada una de las ocasiones que la vida cotidiana me presente de ser generoso.

Si pienso que este tercer paso es sencillo, estaré muy equivocado. Conviene recordar que cuando un avión se llena de pasajeros, se cierran las puertas, se dirige hacia la pista, toma velocidad y decola... al decolar ya consumió la mayor parte del combustible que tenía en sus tanques. Lo más difícil, lo que consume más energía, es comenzar a poner en práctica la virtud que elegí. Poco a poco, con la repetición de acciones, iré adquiriendo la virtud que me propuse, y entonces realizaré esas acciones con mayor facilidad.

A pesar de que uno siga los tres pasos antes mencionados, seguramente no llegará a alcanzar un grado heroico de una virtud... pero sin duda alcanzará un grado mayor de esa virtud del que tenía antes. Y como todas las virtudes están unidas entre sí, al crecer en una de ellas, al mismo tiempo y sin darme cuenta, estaré creciendo en otras, y de esa manera voy a crecer en mi libertad, voy a “fortalecerme” más en mi voluntad. Pero hay que tener en cuenta que lo mismo sucede con los vicios. Un vicio nunca se da aisladamente, sino que también están unidos entre sí, y uno trae otro, y finalmente se empobrece o debilita la voluntad.

La realización de la libertad

La libertad humana se realiza a lo largo del tiempo a través de lo que se llama el proyecto vital. El proyecto vital está conformado por aquellas grandes decisiones que uno toma en la vida, y que van marcando como un camino, una ruta. Después, hacia dentro de ese camino, cada persona deberá tomar otra serie de elecciones, cuyo dinamismo está constituido por el “soltar para agarrar”, es decir que, cuando uno toma una opción, necesariamente debe abandonar otra serie de posibilidades. Así por ejemplo, un proyecto vital puede estar constituido por una opción profesional o por la opción de contraer matrimonio.

La libertad se mide según aquello para lo cual se use. Uso poca libertad para decidir si tomo un vaso de agua o un vaso de vino; uso más libertad para decidir si elijo una profesión u otra; mayor es la libertad que uso para dar el consentimiento matrimonial; y al final de la vida, al enfrentarse ante lo Absoluto, uno tiene la posibilidad de hacer el máximo uso de su libertad.

Todo hombre y mujer merece aspirar a cosas grandes, a metas altas o ideales, aunque alcanzarlos sea algo difícil. El riesgo y la dificultad son propios de las tareas que valen la pena y de los valores más altos. Si no hay un fin alto y atrayente, la elección se reduce a lo trivial e irrelevante, y la persona se empobrece vitalmente. Todo el mundo tiene un determinado proyecto vital mediante el cual cree poder ser feliz: su ideal. Llegar a ser el que uno quiere, o no llegar, tener éxito o fracasar en ello, tiene mucho que ver con la felicidad y el sentido de la vida. La realización de un proyecto vital propio, libremente decidido y realizado, es lo que da autenticidad y sentido a la propia vida.

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente en «Boletín del CIEF».

 

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La matriz cultural cristiana en el desarrollo de la ciencia

 

Juan Carlos Riojas Álvarez

 

La ciencia moderna principió cuando algunos intelectuales se apartaron de las creencias espirituales y se convencieron de que el universo físico es todo lo que existe, ¿correcto? Equivocado. De hecho, encontraremos a algún decidido creyente en Dios en el arranque de casi todo campo del conocimiento científico.

 

¿Pero cómo es eso posible -dirán algunos- con “todos (¿?) esos científicos”, como Giordano Bruno o Galileo Galilei, que la Iglesia asesinó?

 

Pues bien, Giordano Bruno, un dominico apóstata, no fue un científico, sino un filósofo, que adoptó el copernicanismo no por razones científicas, sino en función de sus especulaciones filosóficas, sin desarrollar un pensamiento sistemático; Bruno hizo su fama en Europa como predicador itinerante del hermetismo -la religión new age de esos días- y del panteísmo. No sólo va más allá del sistema ptolemaico geocéntrico, que entonces imperaba, sino que va más allá del mismo Copérnico y su heliocentrismo. ¡El universo es infinito -grita- y el centro soy yo! Su condena tuvo que ver directamente con su invariable rechazo y desprecio en general hacia el cristianismo. Que no debió haber recibido el trato que recibió es algo que no se discute, pero de ahí no se deduce en modo alguno que la Iglesia fuera enemiga de la ciencia.

 

Lo que un episodio como éste muestra es cómo la verdad y la unidad religiosa configuraban el mismo núcleo del estado medieval y cómo el poder civil no toleraba ningún atentado contra estos dos valores. Hoy resulta difícil de comprender esta mezcolanza político religiosa, pero el hecho es que así se organizaba la sociedad de antaño. Posiblemente tampoco se entienda en el futuro cómo la legislación militar castiga hoy con la pena de muerte a un soldado que abandona el puesto de guardia en tiempos de guerra.

 

Como lo expresara en su momento el cardenal Angelo Sodano, el caso Giordano Bruno nos recuerda que «la verdad sólo se impone con la fuerza de la misma verdad» y que, por tanto, la verdad «debe ser testimoniada en el respeto absoluto de la conciencia y de la dignidad de cada persona».

 

De igual manera, el proceso de Galileo, único caso en su género, no fue, como tantas veces se afirma, el resultado de un conflicto entre la ciencia y la fe, sino la consecuencia de un debate interno entre los católicos sobre el modo de interpretar las implicaciones religiosas de la incipiente ciencia natural.

 

En aquellos momentos, la Iglesia católica representaba, desde el punto de vista sociocultural, la potencia más pujante del orbe. Había entonces en Europa 108 Universidades, algunas más en las Américas españolas y portuguesas y ninguna en territorios no cristianos. El Observatorio Astronómico Vaticano, el más antiguo del mundo, estaba en funcionamiento desde 1579. Desde la óptica estrictamente científica, no había en toda Europa nada comparable con el Colegio Romano de los jesuitas. Galileo, como cualquier matemático y astrónomo de su generación, lo sabía muy bien y trató de conseguir por todos los medios, no sólo que la autoridad religiosa tolerase el copernicanismo, sino, además, que lo adoptara oficialmente. La tolerancia del copernicanismo la tenía ya conseguida, pues, de hecho, la hipótesis astronómica copernicana había circulado libremente en los países católicos desde su formulación. En la Universidad de Salamanca, por ejemplo, se explicaba desde 1561, y preferentemente desde 1594. De hecho el sistema copernicano fue utilizado para elaborar el calendario gregoriano de 1582. El canónigo y fidelísimo católico polaco Copérnico, que llegaría a ser elegido miembro de la Academia Pontificia, dedicó expresamente su famosa obra “Las revoluciones de los mundos celestes” al Papa Pablo III y contó con el imprimatur de un cardenal dominico. Incluso al copernicano y reformador Kepler le llegó una invitación para enseñar en territorio pontificio, en la prestigiosa Universidad de Bolonia.

 

A Galileo se le pidió que sólo tuviera en cuenta sus ideas como una mera suposición por conveniencia de cálculo, una “hipótesis” en el lenguaje de aquel tiempo, sin tomar literalmente los conceptos de Copérnico como verdades y sin tratar de aproximarlos a lo escrito en la Biblia (en la actualidad, los ingenieros de la NASA, bajo ciertas condiciones computan trayectorias para satélites utilizando el satélite como origen de coordenadas, y pretendiendo que la Tierra, el Sol y todo lo demás gire en torno al satélite).

 

Y aunque las críticas de Galileo a la posición tradicional estaban fundadas, ni él ni nadie poseían en aquellos momentos argumentos definitivos para demostrar el heliocentrismo. Ni siquiera Tycho Brahe, considerado como uno de los mejores, si no acaso el mejor observador de cuerpos celestes de su tiempo, había podido medir los desplazamientos estelares (paralaje) que deberían observarse si la Tierra estuviera en movimiento.

 

Asimismo, como puede verse en sus cartas a su amigo y discípulo Benedetto Castelli, matemático de Pisa, y a la Gran Duquesa de Toscana Cristina de Lorena, Galileo no dejaba de exponer la forma en que el heliocentrismo se podía compaginar con la Sagrada Escritura.

 

Finalmente, no fue la ciencia de Galileo, sino su afán de interpretar la Biblia según su ciencia, la que le llevó al famoso juicio. El error de la Inquisición fue más que nada un error de exégesis; no se atrevieron a adoptar la postura ya defendida por Cayetano ni fueron capaces de vislumbrar qué diría de aquellos textos la hermenéutica bíblica del siglo XX. Todavía no se había planteado el tema de las diferentes formas de expresión, de los géneros literarios dentro de la Biblia, etc., si bien reconocían claramente que, si la tesis copernicana fuese demostrada palmariamente, no habría más remedio que cambiar los criterios exegéticos vigentes (como lo deja ver por ejemplo el Cardenal Roberto Bellarmino en una carta del 12 de abril de 1615 dirigida al carmelita Foscarini). Estos criterios no estaban claros en el ambiente cultural unitario de aquel entonces, a diferencia de ahora que están ya muy asentados.

 

La sustitución del programa tolemaico por el copernicano no se dio de golpe y porrazo, y en vano se buscará un orden metódico o progresos debidos a la aplicación de estrictos criterios para comprobar la efectividad de cada una de las distintas instancias en que esto ocurrió. No sería sino hasta después de la publicación en 1687 de los desarrollos teóricos de Newton (quien naciera el mismo año en que Galileo fallecía de muerte natural, sin calabozos, torturas, ni hogueras) que la comunidad científica pudo contar con un nuevo y promisorio programa de investigación, integrando los logros de Galileo en una teoría mucho más amplia. En Italia y otros países católicos, el copernicanismo se siguió discutiendo y, a medida que se fueron encontrando justificaciones teóricas y pruebas experimentales, se abrió paso en el mundo de la nueva ciencia.

 

En 1741 Benedicto XIV mandaría entonces que el Santo Oficio concediera el imprimatur a la primera edición de las obras completas de Galileo. En la siguiente edición de libros prohibidos, la de 1757, fueron retirados todos los que apoyaban la teoría heliocéntrica y, por tanto, también los de Galileo (en la que habían sido colocados “donec corrigatur”, es decir, hasta que se les diera forma hipotética a los pasajes que afirmaban el movimiento de la Tierra de manera absoluta). Sería en 1838 que F. Bessel diera la prueba astronómica definitiva de la existencia de paralaje con respecto a las estrellas “fijas”, al medir un pequeño desplazamiento en la posición de la estrella 61 Cygni.

 

Evidentemente la ciencia moderna requiere la combinación de matemáticas, experimentación y control experimental. Pero muchas veces ha sido presentada como un inicio brusco y alejado de la fe religiosa.

 

Esta actitud es una pura etiqueta que dejaría sin explicación un fenómeno tan complejo como el origen de la ciencia y que la evidencia histórica demuestra que fue un proceso de elaboración progresivo y que desencadenó la aparición de la ciencia moderna en el siglo XVII.

 

En este proceso influyó positivamente la matriz cultural cristiana porque proporcionó una base de creencias culturalmente aceptadas que facilitaban los supuestos en los que se podía desarrollar la ciencia.

 

¿Qué creencias cristianas y teístas impregnaban la cultura?

 

1- Creencia en un Dios personal creador y providente, del mundo como obra racional de la sabiduría divina (por tanto, cognoscible por poseer una racionalidad interna),

 

2- Creencia en el hombre como imagen y semejanza de Dios (capaz, por tanto, de conocer el mundo).

 

3- Creencia en el carácter contingente del mundo externo a nosotros mismos y al que hace referencia el mandato divino de conocer y dominar la naturaleza.

 

Estas creencias dieron una base en la cual tenía sentido la empresa científica y el testimonio de los grandes pioneros de la nueva ciencia corrobora la importancia que ejercieron de hecho. En los siglos anteriores se realizaron trabajos que prepararon lentamente el camino para la revolución científica del siglo XVII.

 

¿Cuáles son los presupuestos en los que se fundamenta la ciencia desde su inicio?

 

1- Presupuestos epistemológicos:

 

Capacidad humana para enfrentarse a la naturaleza como un objeto, construir modelos y contrastar su validez recurriendo a la experimentación: se supone, por tanto, la existencia de un sujeto que posee una capacidad argumentativa, y una estructura cognoscitiva que le permite enlazar los aspectos materiales y los intelectuales.

 

2- Presupuestos ontológicos:

 

Se refieren a la existencia de una naturaleza, independiente de nuestra voluntad, que tiene una consistencia propia y posee un orden específico: una estructura en diferentes niveles relacionados entre sí de modo unitario. La naturaleza debe ser, además, inteligible, o sea, capaz de ser conceptualizada de modo lógico y coherente.

 

3- Presupuestos éticos:

 

Se refiere a que la actividad científica es una actividad humana dirigida a unos objetivos determinados; desarrollamos esta actividad porque consideramos que sus objetivos son valores. Con lo cual podemos enlazar los valores que presupone la ciencia con los valores que dan sentido a nuestra existencia.

 

Los presupuestos expuestos (el que hay un orden natural estable que puede ser conocido por nosotros) y que son una base a partir de la que se desarrolla ciencia, fueron sólidamente fundamentados por la matriz cultural cristiana que impregnó los siglos previos al siglo XVII, en el que despegó la ciencia moderna.

 

Desde luego que conocimientos científicos dispersos se han dado en casi todas las civilizaciones de la antigüedad. Sin embargo, en ninguna de esas civilizaciones se inició la ciencia en el sentido estricto que hoy tiene: estudio sistemático de los fenómenos naturales utilizando la razón para encontrar sus causas y relaciones. Siempre han sido conocimientos más o menos dispersos, que no llegaban a formar una verdadera disciplina científica. Sin embargo, en la civilización cristiana sí se desarrollaron las ciencias tal como hoy las conocemos. Al igual que en ella comenzaron las Universidades y la educación para todos.

 

Fuentes:

Mariano Artigas, Ciencia, razón y fe, 1ª Edición, EUNSA, España, 2004.

Vittorio Messori, Leyendas negras de la Iglesia, 9ª Edición, Planeta, España, 2000.

Carlos Pereda, Razón e incertidumbre, 1ª Edición, Siglo Veintiuno Editores, México, 1994.

 

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Oración del incienso
(tradición copta)

 

Oh Rey de la Paz, danos tu Paz
y perdona nuestros pecados.
Aleja a los enemigos de la Iglesia
y guárdala, para que no desfallezca.

 

Emmanuel, Dios con nosotros,
está entre nosotros
en la gloria del Padre
y del Espíritu Santo.

 

Bendícenos
y purifica nuestro corazón
y sana las enfermedades
del alma y del cuerpo.

 

Te adoramos, oh Cristo,
con el Padre de bondad
y con el Espíritu Santo,
porque has venido, nos has salvado.

 

Fuente: Catecismo de la Iglesia Católica – Compendio, Apéndice, A) Oraciones comunes.

 

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