Fe y Razón

Revista virtual gratuita de teología

Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 109 –4 de mayo de 2015

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

(“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”)

Santo Tomás de Aquino

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

¡Feliz Pentecostés!

Equipo de Dirección

Magisterio

Saludo y homilía en la Santa Misa para los fieles de rito armenio

Papa Francisco

Biblia

Inspiración y verdad de la Sagrada Escritura

Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola

Espiritualidad

La alegría pascual cristiana

Pbro. Dr. José María Iraburu

Familia y Vida

La ideología de género, sus peligros y alcances

Conferencia Episcopal Peruana

Caridad

Ayuda a las personas sin techo

Obra Social Pablo VI

Oración

Oración para irradiar a Cristo

Beato John Henry Newman

 

 

¡Feliz Pentecostés!

 

Equipo de Dirección

 

1.      Campaña anual de donaciones


Los recursos económicos del Centro Cultural Católico “Fe y Razón” (CCCFR) son muy escasos. Por eso volvemos a solicitar su contribución, a fin de poder financiar las actividades y proyectos del Centro (sitios web, revista virtual, publicación de libros y librillos, organización de eventos académicos, etc.). De momento disponemos de las siguientes alternativas para una donación en efectivo, puntual o periódica:

·         Cuenta en Redpagos a nombre de FE Y RAZÓN, número de colectivo 44635 (sólo para quienes residen en Uruguay).

·         Cuenta de PayPal a nombre de Daniel Iglesias (Secretario del CCCFR), Email: diglesias59@gmail.com.

 

Si usted desea hacer una contribución pero no le sirve RedPagos ni PayPal, por favor escríbanos a feyrazon@gmail.com para acordar una forma de pago. También puede escribirnos a esa dirección para plantearnos sugerencias o consultas. Gustosamente le responderemos a la brevedad posible.

 

2.      Concentración de la riqueza y control de la natalidad

 

Compartimos la conferencia brindada por el Profesor José Arturo Quarracino, argentino, en Montevideo, Uruguay, el 25 de marzo de 2015, con ocasión del Día Internacional del Niño por Nacer,  en instancia organizada por grupos pro-vida uruguayos. El título de la conferencia es “Concentración de la riqueza y control de la natalidad”. Consideramos que esta conferencia es altamente ilustrativa para el movimiento pro-vida en general, y también para todo aquel que quiera entender un poco más lo que sucede en el mundo hoy día, y que viene sucediendo desde hace por lo menos un siglo y medio. Por favor presione este enlace:

https://www.youtube.com/watch?v=_HFmJqLl3sE#t=18

 

3.      Filial Súplica a Su Santidad el Papa Francisco sobre el futuro de la familia

 

Por tercera vez los invitamos a firmar y difundir la Filial Súplica a Su Santidad el Papa Francisco sobre el futuro de la familia. Los firmantes (que a la fecha superan los 214.000 e incluyen a tres Cardenales y muchos Obispos) suplican filialmente al Papa Francisco que, para terminar la presente situación de confusión doctrinal entre los fieles católicos, reafirme con claridad la doctrina católica (bíblica y tradicional) sobre el matrimonio y la familia y la necesidad de aplicar coherentemente esa doctrina en la vida y en la práctica pastoral. En el ángulo superior derecho de la página principal se puede elegir el idioma.

 

4.      Nuestro saludo de Pentecostés

 

“Oh Dios, que por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.”

 

Estimados lectores: que el Señor Jesús envíe desde el Padre a cada uno de ustedes el gran don del Espíritu Santo, para renovar la faz de la tierra. ¡Feliz Pentecostés!

 

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Saludo y homilía en la Santa Misa para los fieles de rito armenio

Basílica Vaticana, II Domingo de Pascua, 12 de abril de 2015

 

Santo Padre Francisco

 

Saludo al inicio de la Santa Misa

 

Queridos hermanos y hermanas armenios, queridos hermanos y hermanas:

 

En varias ocasiones he definido este tiempo como un tiempo de guerra, como una tercera guerra mundial “por partes”, en la que asistimos cotidianamente a crímenes atroces, a sangrientas masacres y a la locura de la destrucción. Desgraciadamente todavía hoy oímos el grito angustiado y desamparado de muchos hermanos y hermanas indefensos, que a causa de su fe en Cristo o de su etnia son pública y cruelmente asesinados –decapitados, crucificados, quemados vivos–, o bien obligados a abandonar su tierra.

 

También hoy estamos viviendo una especie de genocidio causado por la indiferencia general y colectiva, por el silencio cómplice de Caín que clama: «¿A mí qué me importa?», «¿Soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9; Homilía en Redipuglia, 13 de septiembre de 2014).

 

La humanidad conoció en el siglo pasado tres grandes tragedias inauditas: la primera, que generalmente es considerada como «el primer genocidio del siglo XX» (Juan Pablo II y Karekin II, Declaración conjunta, Etchmiazin, 27 de septiembre de 2001), afligió a vuestro pueblo armenio –primera nación cristiana–, junto a los sirios católicos y ortodoxos, los asirios, los caldeos y los griegos. Fueron asesinados obispos, sacerdotes, religiosos, mujeres, hombres, ancianos e incluso niños y enfermos indefensos. Las otras dos fueron perpetradas por el nazismo y el estalinismo. Y más recientemente ha habido otros exterminios masivos, como los de Camboya, Ruanda, Burundi, Bosnia. Y, sin embargo, parece que la humanidad no consigue dejar de derramar sangre inocente. Parece que el entusiasmo que surgió al final de la segunda guerra mundial está desapareciendo y disolviéndose. Da la impresión de que la familia humana no quiere aprender de sus errores, causados por la ley del terror; y así aún hoy hay quien intenta acabar con sus semejantes, con la colaboración de algunos y con el silencio cómplice de otros que se convierten en espectadores. No hemos aprendido todavía que «la guerra es una locura, una masacre inútil» (cf. Homilía en Redipuglia, 13 de septiembre de 2014).

 

Queridos fieles armenios, hoy recordamos, con el corazón traspasado de dolor, pero lleno de esperanza en el Señor Resucitado, el centenario de aquel trágico hecho, de aquel exterminio terrible y sin sentido, que vuestros antepasados padecieron cruelmente. Es necesario recordarlos, es más, es obligado recordarlos, porque donde se pierde la memoria quiere decir que el mal mantiene aún la herida abierta; esconder o negar el mal es como dejar que una herida siga sangrando sin curarla.

 

Os saludo con afecto y os agradezco vuestro testimonio. Saludo y agradezco la presencia del señor Serž Sargsyan, Presidente de la República de Armenia. Saludo cordialmente también a mis hermanos Patriarcas y Obispos: Su Santidad Karekin II, Patriarca supremo y Catolicós de todos los armenios; Su Santidad Aram I, Catolicós de la Gran Casa de Cilicia; Su Beatitud Nerses Bedros XIX, Patriarca de Cilicia de los Armenios Católicos; los dos Catolicosados de la Iglesia Apostólica Armenia y el Patriarcado de la Iglesia Armenio-Católica.

 

Con la firme certeza de que el mal nunca proviene de Dios, infinitamente Bueno, y firmes en la fe, profesamos que la crueldad nunca puede ser atribuida a la obra de Dios y, además, no debe encontrar, en ningún modo, en su santo Nombre justificación alguna. Vivamos juntos esta celebración con los ojos fijos en Jesucristo Resucitado, Vencedor de la muerte y del mal.

 

Homilía

 

San Juan, que estaba presente en el Cenáculo con los otros discípulos al anochecer del primer día de la semana, cuenta cómo Jesús entró, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros», y «les enseñó las manos y el costado» (20,19-20), les mostró sus llagas. Así ellos se dieron cuenta de que no era una visión, era Él, el Señor, y se llenaron de alegría. Ocho días después, Jesús entró de nuevo en el Cenáculo y mostró las llagas a Tomás, para que las tocase como él quería, para que creyese y se convirtiese en testigo de la Resurrección.

 

También a nosotros, hoy, en este Domingo que San Juan Pablo II quiso dedicar a la Divina Misericordia, el Señor nos muestra, por medio del Evangelio, sus llagas. Son llagas de misericordia. Es verdad: las llagas de Jesús son llagas de misericordia. «Por sus llagas fuimos sanados» (Is 53,5). Jesús nos invita a mirar sus llagas, nos invita a tocarlas, como a Tomás, para sanar nuestra incredulidad. Nos invita, sobre todo, a entrar en el misterio de sus llagas, que es el misterio de su amor misericordioso.

 

A través de ellas, como por una brecha luminosa, podemos ver todo el misterio de Cristo y de Dios: su Pasión, su vida terrena –llena de compasión por los más pequeños y los enfermos–, su encarnación en el seno de María. Y podemos recorrer hasta sus orígenes toda la historia de la salvación: las profecías –especialmente la del Siervo de Yahvé–, los Salmos, la Ley y la alianza, hasta la liberación de Egipto, la primera pascua y la sangre de los corderos sacrificados; e incluso hasta el patriarca Abrahán, y luego, en la noche de los tiempos, hasta Abel y su sangre que grita desde la tierra. Todo esto lo podemos ver a través de las llagas de Jesús Crucificado y Resucitado y, como María en el Magnificat, podemos reconocer que «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación» (Lc 1,50).

 

Ante los trágicos acontecimientos de la historia humana, nos sentimos a veces abatidos, y nos preguntamos: «¿Por qué?». La maldad humana puede abrir en el mundo abismos, grandes vacíos: vacíos de amor, vacíos de bien, vacíos de vida. Y nos preguntamos: ¿Cómo podemos salvar estos abismos? Para nosotros es imposible; sólo Dios puede colmar estos vacíos que el mal abre en nuestro corazón y en nuestra historia. Es Jesús, que se hizo hombre y murió en la cruz, quien llena el abismo del pecado con el abismo de su misericordia.

 

San Bernardo, en su comentario al Cantar de los Cantares (Disc. 61,3-5; Opera omnia 2,150-151), se detiene justamente en el misterio de las llagas del Señor, usando expresiones fuertes, atrevidas, que nos hace bien recordar hoy. Dice él que «las heridas que su cuerpo recibió nos dejan ver los secretos de su corazón; nos dejan ver el gran misterio de piedad, nos dejan ver la entrañable misericordia de nuestro Dios». Es éste, hermanos y hermanas, el camino que Dios nos ha abierto para que podamos salir, finalmente, de la esclavitud del mal y de la muerte, y entrar en la tierra de la vida y de la paz. Este Camino es Él, Jesús, Crucificado y Resucitado, y especialmente lo son sus llagas llenas de misericordia.

 

Los Santos nos enseñan que el mundo se cambia a partir de la conversión de nuestros corazones, y esto es posible gracias a la misericordia de Dios. Por eso, ante mis pecados o ante las grandes tragedias del mundo, «me remorderá mi conciencia, pero no perderé la paz, porque me acordaré de las llagas del Señor. Él, en efecto, “fue traspasado por nuestras rebeliones” (Is 53,5). ¿Qué hay tan mortífero que no haya sido destruido por la muerte de Cristo?» (ibíd.).

 

Con los ojos fijos en las llagas de Jesús Resucitado, cantemos con la Iglesia: «Eterna es su misericordia» (Sal 117,2). Y con estas palabras impresas en el corazón, recorramos los caminos de la historia, de la mano de nuestro Señor y Salvador, nuestra vida y nuestra esperanza.

 

Fuente: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/homilies/2015/documents/papa-francesco_20150412_omelia-fedeli-rito-armeno.html

 

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Inspiración y verdad de la Sagrada Escritura

Algunas impresiones sobre el reciente documento de la Pontificia Comisión Bíblica (1)

 

Miguel Antonio Barriola

 

I –Introducción

 

Que se reúnan diferentes e internacionales expertos en Sagrada Escritura y que a lo largo de cinco años se dediquen a profundizar alguno de los tantos problemas que surgen, sea a personas individuales o a grupos y comunidades, para ofrecer finalmente, como resultado de tanto trabajo, pistas de orientación, es un acontecimiento del que nos venimos beneficiando, especialmente desde que Pablo VI conformó la Pontificia Comisión Bíblica con sus actuales estatutos postconciliares (2). En esta serie de válidos aportes se inscribe el reciente documento, sobre el cual intentaremos ofrecer algunos comentarios.

 

2 –Principales temas

 

Como lo indica su título, la publicación consta de dos partes fundamentales: 1º) Inspiración de la Biblia y 2º) su verdad: clásicos temas para todo aquel que haya tenido que ofrecer el curso de Introducción General a la Sagrada Escritura.

 

Como capítulo conclusivo se proponen interesantes consideraciones sobre “La interpretación de la Palabra de Dios y sus desafíos”, enfocando los problemas o dificultades más salientes que se plantean respecto al segundo tema: la verdad de la Palabra de Dios, como ser: las discusiones actuales sobre la historicidad de diferentes épocas en la Historia salutis (desde la época patriarcal hasta los relatos pascuales), o perplejidades que surgen, por ejemplo, ante la “violencia en la Biblia”, “plegarias de venganza” o “el estado social de la mujer”.

 

Dado que nos detendremos especialmente en algunos puntos de la primera sección (Inspiración), es justo destacar las lúcidas visiones de conjunto y enjundiosos compendios sobre los aportes específicos acerca de los Sinópticos, Juan, Hechos, Pablo, Hebreos y Apocalipsis. Es también muy clarificador el desarrollo del proceso de formación literaria y constitución del canon de ambos Testamentos (Iª Parte, conclusión).

 

3 –La primera sección

 

Con todo, en la parte que indaga sobre lo más propio y original de la Biblia, libro que tiene dos autores, siendo Dios el principal, según el pobre entender de quien esto escribe, se dan procedimientos, que pueden dar lugar a algún que otro cuestionamiento.

 

Ya en el Prefacio, el Card. G. Müller anuncia que: “se debe constatar, ante todo que raramente los escritos sagrados hablan directamente de inspiración (cf. 2 Tim 3,16; 2 Pt 1,20-21), pero muestran continuamente la relación entre sus autores humanos y Dios y expresan en tal modo su proveniencia de parte de Dios” (3).

 

A lo cual se puede comentar que ambos pasajes (2 Tim y 2 Pt) se refieren obviamente al Antiguo Testamento, ya que todavía estaba en curso la composición y compilación completa del Nuevo Testamento. Con todo, bien se podría haber notado simultáneamente (no sólo a raíz de la historia del canon, como se recordará efectivamente, mucho más adelante: p. 101), cómo 2 Pt ya colocaba a la misma altura que “las otras Escrituras” a los escritos de Pablo: “En ellas (cartas de Pablo) hay ciertas cuestiones difíciles de entender, que los ignorantes e inestables tergiversan como hacen con las demás Escrituras (resaltado por mí) para su propia perdición” (ibid., 3,16).

 

Con todo, es verdad que faltan más testimonios explícitos que extiendan el carácter de “Escritura inspirada” a gran parte del resto en el Nuevo Testamento (Los cuatro Evangelios, Hechos, etc.).

 

Se echa en falta, pues, en este documento, el recurso habitual en toda Introducción General a la Sagrada Escritura, a la Tradición de la Iglesia, como único criterio fundante del hecho de la inspiración de “toda” la Biblia. Paso que ha de suponerse establecido ya antes, en la Teología fundamental, dentro de la cual ha de ubicarse el establecimiento del dato de la inspiración bíblica. De lo contrario, no se evita la sospecha de “círculo vicioso”: demostrando la autoridad de la Biblia por la misma Biblia (4).

 

4 –Cuestión de orden

 

Por otra parte, precisamente, al tratar más adelante, detenida y muy claramente las dos citas, que expresamente afirman el carácter inspirado de las Escrituras del Antiguo Testamento, se afirma expresamente: “Para la relación entre el Antiguo Testamento y el testimonio apostólico es importante el hecho –común a 2 Tm y 2 Pt– que los autores hablan de las ‘Escrituras’ después de haber aludido a la propia obra apostólica. Pablo menciona antes su enseñanza y vida ejemplar (2 Tm 3,10-11) y después el papel de las Escrituras (3,16-17). Pedro presenta su cualidad de testimonio ocular y auricular de la transfiguración (2 Pt 1,16-18) y se refiere después a los antiguos profetas (1,19-21). Ambos textos muestran que para los cristianos el contexto inmediato para la lectura e interpretación de las Escrituras inspiradas (del Antiguo Testamento) es el testimonio apostólico. De allí se deduce que también éste último debe ser entendido como inspirado” (5).

 

Opinamos que tales consideraciones, que ponen de relieve la previa predicación o tradición apostólica, deberían haber presidido toda la indagación y no verlas ubicadas casi al final de la primera parte (6).

 

Por lo mismo, se hace saber dos veces que el término “inspiración” o palabras similares son extremadamente raras, sobre todo en el Antiguo Testamento. No obstante, con mucha frecuencia, en los comentarios, en especial del Antiguo Testamento, muy fácilmente se da el paso de la “proveniencia de algún escrito por parte de Dios” a su comunicación “inspirada” por el mismo Dios (7).

 

5 –Distinción de carismas

 

Ahora bien, ya considerando sólo racionalmente situaciones análogas, no es lo mismo el contenido (noticia, mandato, reflexión, etc.) que su expresión.

 

Tomemos, por ejemplo, el caso de un embajador. Recibe de su nación un mensaje a comunicar a otro país, pero después lo transmite con sus propias palabras. Por cierto que el objetivo del envío “dimana” del rey, presidente o gobernante, pero el modo de presentarlo es obra propia del enviado. Sus superiores no son “autores” de la manera concreta en que ha sido formulada la misiva.

 

Análogamente se ha distinguido siempre “la revelación” o procedencia de Dios de alguna verdad u orden a ejecutar, de la manera concreta con que es transmitida. Se trata de dos carismas diferentes: la manifestación sobrenatural (contenido proveniente de Dios) y su comunicación “inspirada”, o sea: compuesta no sólo con los recursos humanos (intelectuales o prácticos), sino también con tal intervención divina en la entrega del mensaje (oral en los profetas o escrita en los hagiógrafos), que Dios mismo resulta ser autor, no ya sólo del mensaje, sino también de su expresión.

 

6 –Ejemplos

 

Tratando de las “revelaciones privadas” (8), nos recuerda A. Royo Marín: “Acontece con mucha frecuencia en tales revelaciones que la actividad intelectual de quien las recibe, sus conocimientos naturales y hasta sus preocupaciones teológicas o científicas contribuyen poderosamente a la formación de ciertos detalles del cuadro, episodio o discurso revelado, alterando su verdadero sentido o introduciendo elementos humanos en mezcla con los divinos. Muchas veces estas alteraciones son debidas indudablemente a los editores y amanuenses o copistas. Y así acontece, v. gr. que las revelaciones de Santa Catalina de Siena, dominica, coinciden totalmente con la doctrina de Santo Tomás y las de la Venerable María de Agreda, franciscana, favorezcan casi siempre la doctrina de Escoto” (9).

 

Tampoco habrá quien niegue que un dogma definido, ya por un Concilio Ecuménico, ya por el Papa ex cathedra, “proviene de Dios”. Sin embargo, tan importante pronunciamiento no está “inspirado”, sigue siendo palabra de hombres y no de Dios. Se trata de “otro carisma”, insigne por supuesto, ya que la expresión dogmática está acompañada por la “asistencia que exime de errores”, mas no por la “inspiración”.

 

Y semejante distinción de procedimientos sobrenaturales no es observable sólo en fenómenos postbíblicos, ya que la misma Escritura nos ofrece ejemplos al respecto.

 

Así, el sueño de las siete vacas gordas y las flacas o las siete espigas lozanas y las otras raquíticas le fue infundido por Dios al faraón (Gen 41,1-7), según le explicará José (ibid., vv. 25 y 32). Sólo que tal “revelación” no estuvo acompañada del juicio necesario para su interpretación. “Carisma” que recibió, en cambio, y ejerció el ya citado José (ibid. vv. 26-33).

 

Lo mismo dígase del sueño de Nabucodonosor sobre la gigantesca estatua con pies de barro. Le fue “revelado” por Dios (ver: Dan 2,28), pero sin la concomitancia del don de su explicación, que sí se le concedió al joven Daniel (ibid., vv. 28-47). Sucedió otro tanto con el segundo sueño del mismo rey: (ibid., 4,1-34; 5,1-27).

 

Por todo lo cual, parece igualmente poco pulida una afirmación como ésta: “La inspiración presupone la revelación y está al servicio de la fiel transmisión de la revelación en los libros de la Biblia” (10).

 

De hecho no se ha de identificar “texto inspirado” con “revelado”, dado que se dan multitud de observaciones, reflexiones, narraciones, que no provienen de una manifestación divina, sino de la simple observación humana. “Zarpamos de Tróade” (Hech 16,11). “Dejó Atenas y se fue a Corinto” (ibid., 18,1) y tantos otros libros o pasajes bíblicos (Proverbios, Cantar, etc.), que son fruto de mera percepción y experiencia común y corriente, sin necesidad de arcanas comunicaciones divinas (11).

 

Lo mismo dígase de esta otra sentencia: “La relación personal con el Señor Jesús, vivida con una fe viva y consciente en su Persona, constituye el fundamento basilar de esta ‘inspiración’, que vuelve a los apóstoles capaces de comunicar, oralmente o por escrito, el mensaje de Jesús, que es la ‘Palabra de Dios’ ”.

 

Parece que la razón fundamental de “esta inspiración” no ha sido el mero “contacto personal con el Señor Jesús”, aún “vivido con fe viva en su persona”, ya que seguidores de Cristo como los discípulos de Emaús (Lc 24,13-34) experimentaron esa cercanía con el Maestro y, no obstante, se hicieron una idea muy equivocada de su mesianismo (ibid., vv. 21-24). Lo mismo dígase de Pedro, quien, “inspirado”, sin duda por Dios (Mt 16,17), acertó en la definición de la personalidad de su Maestro, pero acto seguido, pese al largo “contacto personal” con ÉL, erró crasamente, rechazando el camino del “Siervo sufriente”, con que Jesús identificaba su mesianismo (ibid., vv. 22-23). Un similar despiste encontramos en la pregunta que le hacen sus más íntimos a Jesús, antes de la Ascensión: “¿Es ahora cuando vas restaurar el reino de Israel?” (Hech 1,6).

 

Igualmente parece poco seguro el siguiente aserto: “Comprobamos, pues, que el mensaje central (‘verdad’) y el modo de recibirlo para atestiguarlo (‘inspiración’) se condicionan mutuamente: se trata siempre de la más intensa y personal comunión de vida con el Padre revelada por Jesús: comunión de vida, que es la salvación”. De acuerdo, pero… ¿se podrá decir lo mismo respecto a Lucas o al autor de Hebreos, que de hecho no tuvieron tal comunión cercana con Jesús?

 

Tampoco queda clara la razón que se da para la “inspiración” de algunos textos bíblicos, basada en que “no es raro el caso de que un escrito bíblico se apoye sobre un texto inspirado anterior y participe de este modo de la misma proveniencia de Dios” (12).

 

Si así fuera, también Flavio Josefo, diversos apócrifos, todos los Santos Padres y tantos teólogos participarían de la inspiración de los múltiples textos bíblicos sobre los cuales se apoyan.

 

Pero aún hay más, porque el mismo documento pareciera admitir esta distinción de dones divinos en un párrafo muy posterior, ya que, al encarar los escritos paulinos, nos encontramos con esta advertencia: “El hecho que su Evangelio le haya sido revelado, no garantiza automáticamente la corrección y fiabilidad de su transmisión” (resaltado mío) (13). De lo que se infiere que, por el solo hecho de haber recibido comunicaciones sobrenaturales, no queda automáticamente garantizada la siguiente presentación de las mismas como “inspirada por Dios”.

 

Parece que la consideración de esta diferencia de dones divinos debería haber sido tratada al principio. En cambio, como se vio en numerosos párrafos, se da la impresión de que siempre están ligados el uno con el otro. Por lo cual, no deja de sentirse cierta incoherencia en los datos ofrecidos por el documento. Insistimos en que una comprobación análoga a la que acabamos de transcribir y más abarcativa de todos los libros bíblicos, debería haber ocupado las primeras reflexiones de todo el estudio (14).

 

7 –Naturaleza de la inspiración

 

Casi nada dedica el presente documento a la natural pregunta sobre cómo una misma obra pueda tener dos autores, uno divino y otro humano, siendo todas y cada una de sus partes debidas a ambos.         Sólo, y casi como de pasada, se puede leer: “La Dei Verbum, n. 11 no especifica en los particulares cuál sea esta relación entre los hombres y Dios, por más que en sus notas (18-20) remita a una explicación tradicional basada sobre la causalidad principal e instrumental” (15).

 

Ahora bien, en dichas tres notas de escritos pontificios hay referencia expresa a la doctrina tomista de la instrumentalidad, como la mejor explicación del enlace entre Dios, autor principal, y los hagiógrafos como “instrumentos”, analógicamente entendidos: no inertes, sino vivientes y usando sus propias facultades intelectuales y volitivas. No se trata, pues de “una teoría” entre tantas, vista la importancia que le concede el supremo magisterio papal.

 

Además, que las notas no han de ser descuidadas se lo puede corroborar, analógicamente, comparando con las referidas a otro tema, que ofrece el mismo nº 11 de la DV. De este modo lo destaca C. Atkinson: “La última pieza en el enredo interpretativo es el valor de las notas. Las notas adicionadas al párrafo 11 fueron usadas para asegurar una interpretación propia del texto como un todo, y en particular, la frase ‘aquella verdad que Dios quiso poner en los escritos sagrados en vistas de la salvación’… La más fuerte articulación del Magisterio de la inspiración plenaria con la inerrancia, Providentissimus 20, está referida por dos veces en esta nota. Así que parece razonable asumir que las notas fueron elegidas para asegurar a los padres conciliares que la enseñanza tradicional de la Iglesia sobre la inerrancia seguía siendo sostenida” (16).

 

Tal menosprecio de las notas respecto a la “instrumentalidad”, por otra parte, tampoco es coherente, con la importancia que se concede a las notas respecto a otro problema: “Para valorizar esta tesis (17), la Dei Verbum, n. 11 cita, fuera de 2 Tim 3,16-17 en la nota 21, el De Genesi ad litteram 2.9.20 y la Epistula 82,3 de San Agustín, el cual excluye de la enseñanza bíblica todo aquello que no es útil a nuestra salvación; y Santo Tomás, basándose en la primera cita de San Agustín, dice en el De Veritate q. 12, a. 2: Illa vero, quae ad salutem pertinere non possunt, sunt extranea a materia prophetiae (sin embargo, las cosas que no se relacionan con la salvación no pertenecen a la materia de la profecía)” (18).

 

No deja uno de preguntarse, por qué aquí son tan importantes las citas y no se les brinda igual atención en las referentes a la “instrumentalidad” (19).

 

Finalmente, no se sabe cómo, si no es por medio de la “instrumentalidad”, se podría explicar la formulación misma del texto conciliar: DV 11: “Dios eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que, obrando Él en ellos y por ellos, escribieron como verdaderos autores todo y sólo lo que Él quería” (destacado por mí). “Por ellos” podría entenderse como que el Señor se sirvió de emisarios, a los que encomendó un recado a transmitir, que después comunicaron con sus propios modos de expresarse. Pero, añadiendo “en ellos”, es claro que se quiere insistir en que Dios no dejó de actuar en todo el siguiente proceso de transmisión, llevado a cabo por los hagiógrafos. Así, al menos, lo entiende P. Grelot: “La influencia de la encíclica Providentissimus es nítidamente perceptible al fin de la frase. La idea de la causalidad instrumental (resaltado mío) se encuentra expresada dos veces en términos tomados del lenguaje corriente: ‘Dios ha usado (adhibuit) hombres…’; ‘obrando Él mismo en ellos y por ellos’ ” (20).

 

Más aún, el mismo texto que comentamos (Ispirazione…), en párrafos posteriores, ofrece una observación que confirma el ver en ese “en ellos” la continuidad del actuar divino, tanto en la comunicación de un contenido, como en su concreción expresiva en sus instrumentos humanos y para nada inertes. En efecto, al explicar el modo de expresarse de Hebreos, se comprueba lo siguiente: “Para hablar de los mediadores, el autor utiliza una expresión curiosa, poco común: Dios habló ‘en’ los profetas, ‘en’ el Hijo; normalmente se dice ‘por medio de’ (Mt 1,22; 2,15, etc.; Hech 28,25). El autor podía tener ante sus ojos la presencia activa de Dios mismo en sus mensajeros” (21). Por consiguiente: no sólo en el comienzo del envío, entregando un mensaje, sino acompañando todo el proceso de la misma comunicación divino-humana.

 

Por todo lo expuesto, da la sensación de una apreciación bastante descuidada al respecto, como la que leemos en la “Conclusión general”, que reza así: “Si, por un lado, se tiene la plena conciencia de que tales escritos han sido compuestos por autores humanos, que los han marcado con la genialidad literaria de cada uno, por otro lado, se les reconoce igualmente una cualidad divina del todo especial, variamente atestiguada por los textos sagrados y variadamente explicada por los teólogos en el curso de la historia” (resaltado mío) (22).

 

Daría la impresión de que esas “variadas explicaciones teológicas” fueran indiferentemente aceptables una u otra, sin mayor problema. No se informa sobre el hecho histórico de que muchas de ellas deforman en vez de aclarar y que algunas han sido rechazadas por el magisterio de la Iglesia. Por ejemplo, no es posible interpretar la colaboración de Dios con el autor humano a la manera de un amanuense, que simplemente trascribe lo que se le dicta. Tal función no hace del copista un “autor” literario, siendo así que, por el contrario, Isaías, Amós, Lucas o Marcos, etc. imprimieron su estilo, teología y tantos rasgos personales; sostenidos igualmente, a lo largo de sus composiciones literarias, por el carisma de la inspiración, no usados como meros títeres o herramientas inertes en manos de un artista.

 

La “inspiración subsecuente” de L. Lessio fue censurada por la Academia de Lovaina. La posición del Beato Cardenal Newman, que reducía la inspiración a “las cosas de fe y costumbres”, se vio rechazada por el Vaticano I (23). También fue criticada la tesis del Cardenal Franzelin, que atribuía a Dios sólo “las ideas”, mientras que su formulación escrita, corría a cuenta de los autores humanos.

 

Queda, pues, la impresión de poco empeño puesto para dilucidar este punto, para nada secundario.

           

8 –¿Libros “inspirados” e “inspirantes”?

 

En varios párrafos del Documento en cuestión nos encontramos con expresiones como la siguiente: “Esta estupenda intencionalidad por parte de Dios, empapa de Dios los escritos que la expresan. Los vuelve inspirados e inspirantes (resaltado mío), o sea, capaces de iluminar y promover la inteligencia y la pasión de los creyentes” (24).

 

Se pregunta uno qué “pasión” podrá sentir quien lea los nueve primeros capítulos de I Crónicas, con sus monótonas listas genealógicas. ¿Es muy “inspirante” el Levítico? Acerca de tal libro escribía L. Alonso Schökel: “De todos los libros del A. T. el Levítico es el más extraño, el más erizado e impenetrable… Menudas prescripciones rituales arredran o aburren al lector de mejor voluntad. Hay cristianos que comienzan con los mejores deseos a leer la Biblia y al llegar al Levítico, desisten” (25). Así y todo es “inspirado”.

 

Tal importancia concedida al lector de la Biblia, hasta considerarlo como leyéndola bajo inspiración del mismo Espíritu Santo que la inspiró a sus autores, proviene, ante todo, de las acentuaciones de la “Nueva Hermenéutica”, que brinda una especial atención a los ecos que todo escrito (o cualquier tipo de obra de arte: música, pintura, escultura) despierta en sus lectores o admiradores.

 

El tema afloró repetidamente en dos simposios que se realizaron en Roma durante el año 1999 (26). Pero, en las discusiones de la primera de estas citadas jornadas de estudio, se elevaron varias voces, advirtiendo el peligro de confusión que provocaría el admitir semejante innovación en el lenguaje teológico. Así, el grupo inglés de discusión propuso las siguientes reservas: “Uno de los miembros sintió, de hecho, que… deberíamos, tal vez, disciplinarnos a nosotros mismos, usando otro término en lugar de inspiración (para estos efectos en el lector), que posee una cualificación teológica precisa” (27).

 

A. Vanhoye insistió en que si se hablara de “inspiración del lector” se tendría que advertir que se lo hace analógicamente, pero sería mejor reservar la inspiración a la acción de escribir (28).

 

Años después, el profesor de Escritura de L’Institut Catholique de París, O. Artus (29), ante esta moderna acentuación de la importancia del “lector”, alertaba no menos: “La articulación entre una hermenéutica de la Escritura (sacando a luz las condiciones de producción del texto, su teología) (30) y una hermenéutica de la lectura (31), tomando en cuenta los efectos del texto sobre sus diferentes lectores, sigue siendo insuficiente y no se hace objeto de consenso: si una insistencia sobre la sola cuestión histórica corre el riesgo de hacer aparecer el texto bíblico como un simple archivo; el atolladero total sobre la cuestión de la historia del texto, observado en numerosos estudios puramente sincrónicos (32), cae en el peligro de otorgar al lector cierta omnipotencia en la interpretación del texto bíblico” (33).

 

Ya décadas antes de esta extensión (a mi ver y el de muchos otros, indebida) del carisma de la inspiración hasta los mismos lectores, se había expresado claramente I. De La Potterie. Explicando DV 12,3, acerca de la interpretación de la Escritura “con el mismo Espíritu con que ha sido escrita”, advertía: “¿Cómo hay que entender la expresión ‘leer e interpretar la Sagrada Escritura en el mismo Espíritu’? El Concilio ha vuelto a tomar la doctrina tradicional de la inspiración, pero sin proponer una explicación teológica. El paralelismo indicado en DV 12,3 no significa ciertamente que el carisma de la inspiración que tenía el hagiógrafo se renueva en el lector y el intérprete de la Escritura (resaltado mío). Pero si tienen ‘el mismo Espíritu’, es necesario que haya algo en común en los tres, una profunda analogía en su modo de afrontar la Escritura. Muchos Padres del Concilio, espontáneamente, han propuesto una explicación muy simple de las palabras eodem Spirituinterpretanda: significan que esta lectura de la Sagrada Escritura, esta interpretación, debe ser hecha ‘a la luz de la fe’. La fe del autor antiguo debe ser la fe del lector e intérprete de hoy: esta misma fe debe penetrar todo trabajo de interpretación” (34).

 

9 –Diversas inquietudes

 

A –Historicidad bíblica

 

Al encarar algunos “desafíos” que se presentan a la interpretación de la Biblia, el primero de todos se refiere a la historicidad de los relatos; sobre todo del Antiguo Testamento, pero no faltan atisbos de estas dificultades también para el Nuevo Testamento.

 

En la p. 188, por ejemplo, nos encontramos con esta perspectiva: “Sin duda, cuando el narrador o los narradores bíblicos describen las promesas divinas y la respuesta de fe del patriarca Abraham (Gn 15,1-6) no se remiten a hechos cuya transmisión secular hubiera sido absolutamente segura. Es más bien la propia experiencia de fe que les ha permitido escribir en aquel modo en el que han escrito, para exponer el significado global de aquellos acontecimientos e invitar a sus connacionales a creer en la potencia y la fidelidad de Dios, que concedió a ellos mismos y a sus antepasados, con frecuencia, atravesar períodos históricos dramáticos. Más que los hechos concretos cuenta la interpretación de los mismos, el sentido que de ellos emerge de la relectura. En efecto, el significado de un período histórico, que ha durado muchos siglos, no puede ser comprendido y transcrito en forma de narración teológica o de poema hímnico si no es con el tiempo. Los escritores bíblicos han meditado, con su fe viva en Dios, sobre la supervivencia de su pueblo a través de los siglos, pese a tantos peligros morales y las tremendas catástrofes que ha debido afrontar y sobre el papel que Dios y la fe en Él habían tenido para tal supervivencia; de esto ellos han podido deducir que fue así también en los comienzos de su historia. Por lo tanto no se debe leer Gen 15 como si se tratase de una crónica, sino como comportamiento normativo querido por Dios, norma que los escritores bíblicos han vivido radicalmente y que así han podido transmitir a su generación y a las futuras”.

 

Según nuestra pobre apreciación, con semejante descripción se desdibuja bastante la realidad de hechos demasiado importantes para una fe que no se basa en sistemas filosóficos o mitológicos, sino en el Dios que intervino en la historia. También se puede comprobar más claramente cómo las noticias del Jesús histórico no son filmaciones de sus andanzas o grabaciones de sus enseñanzas. Pero se consiguen datos suficientes para comprobar su realidad en este mundo.

 

Si las narraciones sobre Abraham hubieran sido religiosamente fabuladas para sostener la fe de los cautivos regresados de Babilonia, ¿no había ni uno solo entre ellos que sospechara de “pío fraude”? ¿Ninguno conocía la propia historia, hasta el punto de dejarse engatusar todo un pueblo por historias nunca antes oídas, por más que fueran vehículo de profundas orientaciones teológicas?

 

¿No se podría haber acudido a serios investigadores, que ofrecen válidos argumentos históricos y arqueológicos, capaces de fundamentar con seriedad la historia patriarcal? (35).

 

Es lo que hace, entre otros muchos, G. Boscolo, al apuntar que “Los descubrimientos arqueológicos han demostrado que las descripciones bíblicas referentes a los patriarcas y su época son demasiado precisas para poder ser tenidas como invenciones, o ser dejadas de lado como privadas de fundamento histórico. El tipo de vida de los patriarcas descrito en el Génesis concuerda históricamente con lo que conocemos del modo de vivir seminómade de los comienzos del IIº milenio y de lo cual tenemos ejemplos en la Historia de Sinuhé y en la tablillas de Mari, Nuzzi y Ebla” (36).

 

En fin, se echa de menos un esfuerzo por no dar la impresión de que tales primeras épocas del pueblo de Dios no contuvieran más que sagas y leyendas, con profundos theologoúmena, no cabe duda, pero carentes de apoyo en la realidad histórica.

 

Enseguida, en la misma página 188, se acude a San Pablo: “En breve, para valorar la verdad de los relatos bíblicos antiguos, es preciso leerlos como fueron escritos y fueron leídos por Pablo mismo: ‘Todas estas cosas les sucedieron a ellos (a los israelitas) como ejemplo y han sido escritas para advertencia nuestra, de nosotros para quienes ha llegado el fin de los tiempos’ (I Cor 10,11)”. Entonces, si hemos de leer como Pablo, ¿se deberá desvalorizar el verbo “suceder”, tomándolo únicamente como equivalente a: todas estas cosas “fueron teologizadas”?

 

B –El mismo tema en el Nuevo Testamento

 

Pasando a datos de los Evangelios, en las pp. 195-196, se apunta lo siguiente: “Hay todavía diferencias notables entre los dos relatos. Según Mateo, María y José, antes del nacimiento de Jesús, habitan en Belén y sólo después de la fuga a Egipto y a consecuencia de una especial advertencia, van a Nazaret. Según Lucas, María y José habitan en Nazaret, el censo los conduce a Belén y, sin fuga a Egipto, vuelven a Nazaret. Es difícil encontrar solución para tales diferencias”.

 

S. Muñoz Iglesias (37) explica sencillamente que del texto se sigue solamente que la Sagrada Familia habitaba en una casa de Belén cuando llegaron los magos.

 

C –La mujer en San Pablo

 

Se sabe cómo, para ciertos feminismos, San Pablo es el prototipo bíblico del “misógino”. Nuestro documento responde muy acertadamente, explicando los principales pasajes paulinos que son sospechosos al respecto (Col 3,18; Ef 5,22-33; I Cor 11,5; 14,33-35) (38).

 

Con todo, no resulta satisfactorio del todo el enfoque con que se encara I Tim 2,11-15 (39). Juzga nuestro documento que “es más difícil y menos defendible, si se lo entiende como principio absoluto, el modo en que I Tim 2,11-15 justifica el estatuto inferior de la mujer, en el ámbito social y eclesial” (40). Y se especifica que los reparos no vienen tanto de la situación social o eclesial en que se sitúa a la mujer, porque, “como en los casos precedentes: la enseñanza y el gobierno estaban reservados en aquellos tiempos a los varones” (41). Lo que suscita objeciones es el modo en que es justificada tal subordinación, “o sea por medio de una interpretación problemática de los relatos de Gen 2-3; el orden de la creación (el varón tiene un estatuto superior, porque fue creado antes que la mujer; cf. Gen 2,18-24) y la caída de la mujer en el Paraíso… Además no es compatible con 1 Cor 15,21-22 y Rom 5,12-21; (42) refleja también una situación eclesial en la que era necesario encontrar argumentos de autoridad para responder a las mujeres que se lamentaban por no poder ejercitar los papeles ya indicados en las asambleas eclesiales. Se muestra que esta lectura de Gen 2-3 está condicionada por las circunstancias del siglo primero” (43).

 

Pensamos que puede darse otra perspectiva, que tomamos de M. Hauke (44). Ante todo, no hay lugar para la supuesta contradicción con I Cor 15,21-22 y Rom 5,12-21, dado que en dichos lugares Pablo está contraponiendo a los “dos Adanes”, el primero, causante de pecado y muerte, y el segundo, Cristo, redentor del desastre desatado por el primero. En cambio, el propio Pablo se ha referido ya a la creación de Adán precedente respecto a Eva, en I Cor 11,3.8.12, tal como en nuestro texto de II Tim 2,11-15. “Aún cuando de hecho… le debiera corresponder al hombre una cierta superioridad debido a su origen y posición anterior, sin embargo estos pensamientos no están lógicamente y necesariamente conectados entre sí: Cristo ha salido del Padre y le está subordinado (45), pero no le es inferior, dado que Él posee la misma naturaleza divina (46). Una auténtica sumisión voluntaria se da sólo en naturalezas que ontológicamente se encuentran en el mismo grado.

 

Por más que en II Tim 2,13 se expresara una cierta superioridad del varón, no sería esto necesariamente una visión ‘anticristiana’. Ya que sin perjuicio del igual valor del ser personal, es posible en el plano natural (que no es idéntico con la situación delante de Dios) pueden darse hombres, como también situaciones vitales, ‘valiosos’ y ‘menos valiosos’… En el ámbito cristiano el matrimonio es bueno, pero la virginidad por el Reino de los cielos es mejor (47); no por eso el amor matrimonial es ‘inferior’ ” (48).

 

I Tim 2,14 supone una más fuerte posibilidad de ser seducida por parte de la mujer, que le impediría presentarse como conductora frente al varón. Se tiene en cuenta la seducción por medio de la ‘serpiente’; que Adán no haya sido seducido de este modo, no significa que él no haya pecado. Por lo mismo no es necesario contraponer I Tim 2,14 a Rom 5,12, donde el pecado de Adán es visto como decisivo, porque los contextos correspondientes de las frases son distintos (49). Por otra parte, el pensamiento de la más fuerte seductibilidad de la mujer nos sale al encuentro en Pablo también en II Cor 11,3” (50).

 

Tampoco se han de perder de vista las circunstancias histórico-culturales de agitación especial que se daban entre las mujeres, precisamente en Éfeso. Pablo alerta sobre las “viudas jóvenes ociosas”, que “se acostumbran a ir de casa en casa: con lo cual además de ociosas, se hacen también charlatanas y entrometidas, hablando lo que no conviene” (I Tim 5,13). Avisará no menos contra “los que se introducen en las casas y cautivan a mujerzuelas cargadas de pecados, arrastradas de pasiones de todo tipo, que siempre están aprendiendo y nunca logran llegar al conocimiento de la verdad” (II Tim 3,6-7).

 

Ni se ha de olvidar que Éfeso (al igual que Corinto) (51) era una ciudad céntrica en el Asia Menor, desde el punto de vista comercial, político y religioso. Justamente en esta región estaba especialmente resaltada la posición social de la mujer. En el ámbito cultual el liderazgo femenino estaba particularmente exaltado por la veneración de Cibeles, por las sacerdotisas de Demeter y las ceremonias mistéricas de Isis, que se habían propuesto como programa la igualdad de derechos de la mujer. También las mujeres asumían posiciones dirigentes en el culto de Dionisos, en cuyos ritos todos, iniciados e iniciadas, podían actuar mezcladamente. Muy notable para Éfeso era la adoración de Artemisa, donde las sacerdotisas poseían la prioridad. Este trasfondo histórico, cultural y religioso explica las precauciones paulinas ante posibles extralimitaciones femeninas, que intentarían trasladar las anteriores costumbres paganas a las comunidades y asambleas cristianas. Una vez desaparecidas semejantes y desmedidos reclamos de emancipación femenina, no tienen aplicación aquellas paulinas llamadas de atención, así como la exigencia del “velo” para profetizar (I Cor 11,5-16) (52).

 

Por otro lado, en las mismas “Pastorales” (como en Gal 3,28 y I Cor 11) consta que también suponen la igual dignidad de varones y mujeres en las asambleas de culto cristianas. “Quiero, pues, que los varones oren en todo lugar, alzando unas manos limpias, sin ira ni divisiones; de igual modo, las mujeres convenientemente vestidas” (II Tim 8-9). “En estas líneas aparece claramente que las mujeres en la oración de la liturgia cristiana están junto a los varones. En cambio en el judaísmo, la mujer estaba dispensada de recitar cotidianamente el shemá’, el “Escucha Israel”, plegaria recitada por el fiel judío. Estaba dispensada por el hecho que ella no constituía un sujeto cúltico jurídico. Hasta hoy en las sinagogas está vigente la ley del quorum: el rabí no puede comenzar una celebración si no se llega al quorum de diez varones. Pueden estar presentes nueve varones y mil mujeres y, sin embargo, no se puede comenzar, dado que todavía no se llegó al quorum” (53).

 

No menos aflora el aprecio de Pablo respecto a la capacidad docente de las mujeres en el ámbito familiar. “Evoco el recuerdo de tu (de Timoteo) fe sincera, la que arraigó primero en tu abuela Loide y en tu madre Eunice, y estoy seguro que también en ti” (II Tim 1,5). Uniendo esta noticia con la que sabemos por II Tim 3,14-15, podemos vislumbrar cuánto Timoteo debe a la educación, especialmente “bíblica”, recibida de estas mujeres, ya que el Apóstol allí lo exhorta: “Tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y que desde niño conoces las Sagradas Letras”.

 

 D –¿Inspiración en los libros sagrados de otras religiones?

 

En la p. 241 del documento que se viene comentando, después de indicar en Cristo su condición de “Camino, Verdad y Vida” (Jn 14,6), se observa que “esta esencial centralidad del misterio del Cristo no excluye, más bien resalta las tradiciones antiguas, que, como afirma el mismo Cristo, hablan de Él (cf. Jn 5,39)… Cristo es, en su infinito misterio, el centro que ilumina toda la Escritura”. Pero, inmediatamente sigue este párrafo: “Se abre aquí una perspectiva sobre el modo de comprender la relación entre la Sagrada Escritura y las tradiciones literarias de otras religiones. Una cuestión semejante es de apremiante actualidad para el diálogo interreligioso”.

 

No se ve la conexión, ya que en lo inmediatamente precedente, al hablar de “tradiciones antiguas”, la referencia es a las Escrituras del pueblo elegido (54). No hay allí la menor alusión a “las tradiciones literarias de otras religiones”. De modo que el encadenamiento de ideas resulta bastante forzado. Por lo demás, ya a partir de la p. 229 nos encontramos en el ámbito de la CONCLUSIÓN GENERAL de todo el escrito, en el cual no asomó para nada esta problemática. Se levanta, pues la pregunta acerca de si las conclusiones no van más allá de las premisas.

 

Se continúa considerando lo siguiente: “Su solución (del diálogo interreligioso) no es por cierto fácil, porque se debe conjugar el principio irrenunciable de la ‘unicidad y universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia’ (como recita el título de la Declaración Dominus Iesus de la Congregación para la Doctrina de la Fe) con la justa apreciación de los tesoros espirituales de otras religiones. El presente Documento (Ispirazione…) no ha explicitado las líneas que, a partir de la misma Sagrada Escritura, podrían ser sugeridas a la atención teológica pastoral de la Iglesia. Con todo baste evocar la figura de Balaam (Nm 24) para evidenciar cómo la profecía (inspirada) no sea prerrogativa exclusiva del pueblo de Dios y recordar cómo S. Pablo, en el discurso del Areópago, expresara una adhesión convencida a las intuiciones de poetas y filósofos griegos (cf. Hech 17,28)”.

 

Parece que no basta un recurso genérico a la Dominus Iesus, omitiendo recordar específicamente su Nº 8: “Se propone también la hipótesis acerca del valor inspirado de los textos sagrados de otras religiones. Ciertamente es necesario reconocer que tales textos contienen elementos, gracias a los cuales gran cantidad de personas a través de los siglos, han podido y todavía hoy pueden alimentar y conservar su relación religiosa con Dios. Por lo cual, considerando tanto los modos de acción como los preceptos y doctrinas de las otras religiones, el Concilio Vaticano II –como se recordó antes– afirma que ‘por más que disientan mucho de lo que ella (la Iglesia) profesa y enseña, no pocas veces reflejan un fulgor de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres’.

 

Sin embargo, la Tradición de la Iglesia reserva la cualificación de textos inspirados a los libros canónicos del Antiguo y del Nuevo Testamento, en cuanto inspirados por el Espíritu Santo” (55).

 

La relación de nuestro documento en cuanto al diálogo con posibles “revelaciones y literatura inspirada” de otras religiones hace recordar al modo con que fue tratado este mismo tema por el jesuita profesor del Pontificio Istituto Biblico: P. Bovati (56): “Todo lo dicho precedentemente nos ayuda a decir algo también sobre la revelación de Dios presente en tradiciones religiosas diversas de la hebraico-cristiana, o sea en aquellas culturas que han producido libros sagrados, similares –por ciertos aspectos– a nuestra Biblia. No es una tarea fácil una correcta valoración del fenómeno, hoy de apremiante actualidad” (57).

 

Parece también que está lejos de ser un argumento convincente el recurso al caso de Balaam como apoyo bíblico para sostener la posibilidad de revelación o inspiración en las religiones de los pueblos paganos. Porque el personaje no es evocado por el hecho de doctrinas o escrituras religiosas de su pueblo (asirio: Núm 22,5), sino por el milagro fuera de serie de un extranjero, además: enemigo jurado de Israel, al servicio de Balac moabita, o sea: un individuo con tantas razones de odio contra el pueblo elegido, que, pese a todo, lleva a cabo lo diametralmente opuesto a sus personales intenciones, bendiciendo por cuatro veces al objeto mismo de sus insidias.

 

Después, la adhesión paulina a las intuiciones de poetas y filósofos en el Areópago, no implica necesidad alguna de considerarlas como “reveladas o inspiradas”. Basta apreciar en ellas la “revelación” meramente obtenida de la consideración inteligente del orden natural, tal como la describirá el mismo Pablo en Rom 1,19-20.

 

Por lo demás, que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento asuman leyes (de Hammurabi, por ejemplo) o doctrinas religiosas del tesoro moral o cultural de otros pueblos, no concede a estas obras o ideas la cualidad de haber recibido previas revelaciones o inspiraciones por parte de Dios. La Biblia se vale de noticias políticas, históricas, de la ciencia de aquellos siglos u observaciones de la realidad misma, lo cual no significa necesariamente que estos aportes hayan nacido del estimulo inspirador de Dios.

 

En otro párrafo se observa que “las semina Verbi están esparcidas en el mundo, y no pueden por eso quedarse confinadas sólo en el texto de la Biblia. La Iglesia ha definido lo que tiene por inspirado, pero no se ha pronunciado negativamente sobre todo el resto” (58). Parece que el arriba citado Nº 8 de la Dominus Iesus rechaza claramente esta apreciación.

 

10 –Epílogo

 

Las observaciones que se acaba de formular para nada intentan devaluar el último documento de la Pontificia Comisión Bíblica. En su enorme mayoría de asuntos tratados aporta ricos y compendiosos análisis de diversos asuntos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, soluciones válidas a muchos problemas que surgen en la lectura del pueblo fiel,

 

Sólo, pues, se ha querido acercar algunas aclaraciones o puntos de vista diferentes, que parece todavía están vigentes en la doctrina de la Iglesia acerca de sus Sagradas Letras y que, por ejemplo, han sido tratados o bien con presentación poco ordenada (apresurada identificación de los carismas de la revelación y la consiguiente inspiración), o insinuada muy de paso (naturaleza de la inspiración) y otros problemas, que podrían haber sido encarados con mayor atención al magisterio de la iglesia y la analogia fidei (DV 12).

 

Notas

 

1) Ispirazione e verità della Sacra Scrittura –La parola che viene da Dio e parla di Dio per salvare il mondo, Città del Vaticano (2014).

2) Pablo VI, Sedula cura (27-VI-1971).

3) Ispirazione…, pp. 3-4. Idéntica apreciación en: Ibid., p.16.

4) El documento que estudiamos se aparta nítidamente de esta impresión de círculo vicioso al comenzar el tratado sobre el canon bíblico: “Los libros que hoy componen nuestras Sagradas Escrituras no se autocertifican como ‘canónicos’. Su autoridad motivada en su inspiración debe ser reconocida y aceptada (como proveniente) de la comunidad, ya sea la sinagoga o la Iglesia” (Ibid., pp. 101-102). Clara precedencia, pues, de la tradición, que debería funcionar también para consolidar el “hecho” de la inspiración.

5) Ispirazione…, Conclusiones, p. 94.

6) Por otro lado, la “Conclusión General” (Ibid., pp. 231-233), ubica asimismo a la Tradición como previo manantial de la misma Sagrada Escritura (cosa que se evitó advertir en el texto mismo): “La comunidad creyente vive de una tradición: de hecho ella se siente constituida por la escucha de la Palabra de Dios, puesta por escrito en algunos libros, que han sido entregados como normativos, en cuanto llevan en ellos mismos el sello de su autoridad.

Ésta estaba garantizada ante todo por la autoridad de los escritores, que según una antigua y venerable tradición, habían sido reconocidos como mandados por Dios y dotados del carisma de la inspiración… De hecho la Iglesia, en el paciente y severo trabajo de discernimiento que se prolongó a través de diversos siglos, siempre ha captado que podía recibir como inspirado aquel escrito que estaba en consonancia con el depósito de fe sólida y fielmente custodiado por la comunidad creyente, garantizado por aquellos que Dios había propuesto como pastores y guías de los fieles. El Espíritu actuando en la Iglesia, con la fuerza de inteligencia, que le es propia, facultaba a separar lo que era auténtica comunicación divina de las formas engañosas o no suficientemente fundadoras. Así, en ciertos casos, era rechazado un texto que llevaba el título de un hombre inspirado, mientras que era acogido con veneración un escrito que, no estando garantizado por la firma de un autor reconocido, sin embargo mostraba su impronta inconfundible. Con una extraordinaria percepción de la verdad de la Revelación, la Iglesia se autoconstituye en el reconocimiento obediente de la Palabra de Dios de la cual vive” (Ispirazione…, 231 y 232).

Por consiguiente, primeramente “escucha” (por predicación oral, celebraciones, etc.), o sea TRADICIÓN, y sólo después “puestos por escrito”. Y también: “la autoridad de algunos libros” garantizada por la autoridad de escritores, pero que ha debido ser reconocida ANTES, por una “antigua y venerable tradición” (canon de libros inspirados).

No menos, en la audiencia concedida por el Papa Francisco, al final de estos trabajos, ahora hechos públicos, había insistido en la misma precedencia de la Tradición anterior a su consignación por escrito: “Las Sagradas Escrituras, como sabemos, son el testimonio escrito de la Palabra divina, el memorial canónico que atestigua el acontecimiento de la revelación. La Palabra de Dios, por lo tanto, precede y excede a la Biblia… es preciso ubicarse en la corriente de la gran tradición que, bajo la asistencia del Magisterio, ha reconocido los escritos canónicos como palabra dirigida por Dios a su pueblo” (“Discurso del Santo Padre Francisco a los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica”, en: L’Osservatore Romano –ed. española– 19/IV/2013, p. 3).

7) “Será objetivo de nuestras indagaciones en los textos de la Sagrada Escritura los indicios de la relación entre los autores humanos y Dios, mostrando así la proveniencia divina de estos libros, en otros términos su inspiración” (Ibid…, p.18). “En consecuencia, el concepto amplio de revelación y el más específico de su testificación por escrito (inspiración) son vistos como un único proceso” (ibid., p. 19). “Todo Salmo es testimonio de una relación viva y fuerte con Dios, y sobre esta base podemos decir que proviene de Dios y es inspirado por Dios” (Ibid..., p. 34). ”El Sal 50, en el corazón del Salterio, retoma, entonces, los módulos proféticos; no sólo hace hablar al Señor, sino que hace que toda súplica y todo acto de alabanza sean interpretados como obediencia al mandato divino. Por lo tanto, toda la oración está ‘inspirada’ por Dios” (Ibid…, p. 37). “Esta estupenda intencionalidad por parte de Dios empapa de Dios los escritos que la expresan. Los vuelve inspirados e inspirantes, es decir, capaces de iluminar y promover la inteligencia y la pasión de los creyentes” (Ibid…, p. 42). Es evidente que en todas estas afirmaciones se pasa, sin más, de la proveniencia divina a la inspiración, con que después son transmitidos los Sagrados Libros.

Se podría notar, igualmente, que lo mismo podría decirse de “Los Salmos de Salomón” o de “Los Himnos” de Qumrán.

8) Posteriores al cierre definitivo de la revelación pública, única obligatoria para todo creyente. Por eso, estas “manifestaciones sobrenaturales, pero privadas” son libres de ser aceptadas, aunque a veces sea “temerario” rechazar los comunicados posteriores de Dios, en el curso de la historia de la Iglesia. Por ejemplo negar las apariciones de la Virgen María en Guadalupe o Lourdes.

9) Teología de la perfección cristiana, Madrid (1955) p. 823.

Se está refiriendo al dogma de la Inmaculada Concepción, que no era admitido por Santo Tomás (como tampoco por San Bernardo y San Buenaventura), dado que todavía era materia discutible en teología. Sólo fue dogma de fe en el siglo XIX, por definición dogmática del beato Pío IX (Ineffabilis Deus: 8/XII/1854).

Así pensaba Santa Catalina: “El pecado original se dio en María porque ella procede de la masa de Adán; no por obra del Espíritu Santo, sino del hombre. Como toda aquella masa estaba podrida y corrompida, por eso no podía infundir en aquel alma materia no corrompida, ni propiamente se podía purificar sino por la gracia del Espíritu Santo. Esa gracia no la pudo recibir el cuerpo, sino el alma racional e intelectual. Por eso María no pudo estar limpia de la mancha, sino después de estar el alma infundida en el cuerpo. Esto se realizó por reverencia al Verbo divino, que debía entrar en aquel receptáculo. Como el horno consume la gota de agua en poco tiempo, así hizo el Espíritu Santo con la mancha de pecado original, porque después de ser concebida fue inmediatamente purificada del pecado y se le dio la gracia. Tú sabes, Señor, que ésta es la verdad” (Oraciones y Soliloquios, cap. 16, en: Obras de Santa Catalina de Siena –Diálogo. Oraciones y Soliloquios, Madrid, 1980).

En cuanto a que tal vez se deban estas posturas a “editores o amanuenses”, difiere E. Carli, al informar: “Los nuevos estudios de D. Jordan, Mandonnet, Dupré Theseider y P. Laurenti, pero especialmente los de Valli y Del Conti, dan por resultado que la copia vista y descrita por los discípulos es la misma del Epistolario, del Diálogo y de las Oraciones: no hay ni deformación ni alteración sustanciales” (“Caterina da Siena”, en: Enciclopedia Cattolica, Città del Vaticano –1949– III, 1155).

Por otro lado, como informa C. Ros: Benedicto XIV advirtió que “Santa Catalina, llevada de buena fe, se equivocó al asumir como dicho por la Virgen en sus contemplaciones y visiones lo que oía a menudo en las predicaciones de la orden dominicana. Es algo que ocurre a menudo a los que reciben visiones, que las ven mezcladas con elementos de su propia mente de modo indiscernible, salvo en cosas esenciales” (La Inmaculada en Sevilla, Ed. Castillejo, Sevilla –1994– 153).

Al revés, la ya citada Venerable María de Agreda, como se dijo, se presenta en sus visiones convencida de la Inmaculada Concepción de María, tal como la defendían (con total acierto) los teólogos de su familia religiosa franciscana. Pero no menos, también respecto a esta mística española, se ha de notar: “De todos modos, no obstante que no falten en la Mística Ciudad de Dios errores históricos, geográficos, cronológicos, de lo cual resulta que la obra no contiene sólo ‘revelaciones’, se le ha de reconocer su alto valor ascético y místico” (F. Tinivella, “Agreda, María de”, en: Enciclopedia Cattolica, Città del Vaticano –1948– I, col 571).

Ya Santa Teresa de Jesús distinguía: “Una merced es dar el Señor la merced y otra es entender qué merced es y qué gracia; otra es saber decirla y dar a entender cómo es” (Vida, 17, en: Santa Teresa de Jesús –Obras completas, Madrid/Aguilar –1951– p. 93).

10) Ispirazione…, pp.18-19.

11) El texto que estamos comentando quiere inspirarse en DV 11, de este modo: “ ‘La inspiración’ aparece en cambio como la acción mediante la cual Dios habilita a ciertos hombres, elegidos por Él, para transmitir fielmente por escrito su revelación” (cf. DV, n. 11)” (Ibid..., p. 18). Sin embargo, la formulación conciliar no reduce la inspiración a consignar por escrito “la revelación”, sino que simplemente enseña: “En la redacción de los libros sagrados Dios eligió a hombres que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que obrando Él en ellos y por ellos, escribieron como verdaderos autores todo y sólo lo que Dios quería”. Como se puede observar, ni se menciona la revelación. Porque “todo y sólo lo que Dios quería” incluye, mezclados con revelaciones, datos y noticias recibidos por mera experiencia humana, como las consignadas en nuestro texto.

12) Ispirazione, p. 23.

13) Ispirazione…, p. 71.

14) Hacia el final del presente documento, nos encontramos con esta aclaración: “La tarea de la Comisión Bíblica, solicitada a expresarse sobre tal temática, no es la de ofrecer una doctrina de la inspiración, en concurrencia con lo que se presenta habitualmente en los tratados de teología sistemática; mediante este documento ella (la dicha Comisión) intenta mostrar cómo la misma Sagrada Escritura indica la proveniencia divina de sus testimonios, haciéndose así mensajera de la verdad de Dios. Nos situamos, por lo tanto, en un ámbito de fe: acogemos, en efecto, aquello que la Iglesia nos entrega como Palabra de Dios, y de ella logramos elementos de comprensión, que favorezcan una más madura recepción de tal herencia divina” (Ispirazione, p. 230).

De acuerdo, pero aunque no se trate de una competición con los tratados teológicos, ¿está de más pedir alguna analogia fidei (DV, 12), que al menos evite fusionar (como se hace aquí con frecuencia) los carismas de “proveniencia divina” o “revelación” de contenidos con el de “inspiración” en el acto de ponerlos por escrito? ¿No habría sido conveniente señalar el problema de la conexión entre los “dos autores de este libro excepcional, Dios y el hagiógrafo”? ¿No señala “la misma Sagrada Escritura” hacia la “instrumentalidad”, al indicar repetidas veces, que el Señor habla “por boca de los profetas” (I Rey 17,24; II Cron 36,21.22; Esdr 1,1; Lc 1,70; Hech 1,16; 3,18.21; 4,25 y, sobre todo: II Pt 1,20-21)?

15) Ibid…, p. 17. Más adelante (Ibid…, p. 111) nos encontraremos con una frase similar: “La Constitución no entra en las particularidades del modo de inspiración (cf. la Encíclica del Papa León XIII Providentissimus Deus)”.

16) “The interpretation of Inspiration and Inerrancy as a Hermeneutic for Catholic Exegesis” en: AA. VV, Letter and Spirit –For the sake of our Salvation –The Truth and Humility of God’s Word, Ohio –2010– pp. 221 y 223.

17) Justamente, la que acabamos de mentar sobre la “verdad bíblica, en lo referente a la salvación”.

18) Ispirazione, p. 113.

19) En: Ibid…, p. 92, casi de pasada, se asoma la verdad tradicional: “El profeta es sólo instrumento de Dios”.

20) “L’Inspiration de l’Écriture et son interprétation” en: AA. VV., Vatican II –La Révélation divine, Paris (1968) II, 362. El mismo Card. A. Bea (que estuvo al frente de la comisión mixta, que se ocupó de la laboriosa redacción de la Dei Verbum desde el comienzo hasta el final del Vaticano II), explica lo que sigue: “Partamos de la idea de instrumento (resaltado mío) expresada en sustancia en nuestro texto (conciliar) por más que la palabra misma no se encuentre en él… Las palabras ‘Dios recurrió a los hombres… actuando en ellos y por ellos’ demuestran bien que así se expresa la idea de instrumentalidad” (Dei Verbum –La Parole de Dieu et l’ humanité –Commentaires de la Constitution LA RÉVÉLATION DIVINE, Tours, Éd. Mame –1968– p. 156).

Más recientemente, después de haber pasado revista a las diferentes propuestas actuales de explicación respecto a la interacción divino-humana en la composición de la Biblia, M. J. Zia, concluye: “Considerando las muchas teorías de la inspiración bíblica que han sido sugeridas por los autores aquí estudiados, parece que la teoría de la causalidad instrumental, analógicamente entendida, retiene todavía un privilegio como la mejor expresión del fenómeno de la inspiración bíblica” (What are they saying about Biblical Inspiration?, New York-Mahwah/New Jersey –2011– p. 84).

21) Ispirazione, 75.

22) Ispirazione, p. 230.

23) Denz-Hün, 3006.

24) Ispirazione, p. 42. Lo mismo aparece en: Ibid…, pp. 85, 175, 177.

25) Pentateuco, Madrid (1970) II, p. 13.

26) Las actas del primero en: Scrittura ispirata –Atti del Simposio promosso dall’ Ateneo Pontificio Regina Apostolorum –Settembre 1999, Città del Vaticano (2001). Las del segundo en: L’Interpretazione della Bibbia nella Chiesa –Atti del Simposio promosso dalla Congregazione della Dottrina della Fede, Città del Vaticano (2001). Ente los varios defensores del “Dios autor y lector de la Biblia” se encontraba el jesuita argentino H. Simián-Yofré, profesor del Pontificium Institutum Biblicum de Roma, con su aporte: “L’assimilazione di culture straniere nella S. Scrittura (riflessione critica)” en: L’Interpretazione della Bibbia…, p. 94.

27) Scrittura Ispirata…, p. 289.

28) Ibid…, 295. Se podrían multiplicar las intervenciones del congreso disconformes con tal extensión demasiado elástica del concepto y realidad de la inspiración bíblica.

29) También miembro de la Pontificia Comisión Bíblica hasta 2013.

30) Nos permitimos interrumpir para subrayar que se está refiriendo a las circunstancias del origen de una obra: autor, época, etc.

31) Es decir: las actuales acentuaciones de la destinación de la obra al lector.

32) O sea: con prevalencia del método estructuralista, que sólo atiende al texto como resultado final, descuidando sus orígenes históricos (diacronía), imprescindibles también para una recta exégesis.

33) “Dei Verbum. L’exégèse catholique entre critique historique et renouveau des sciences bibliques” en: Gregorianum 86/1 (2005) p. 87.

34) “Interpretazione della Sacra Scrittura nello Spirito in cui è stata scritta –DV 12,3” en: a cura di R. Latourelle, Vaticano II –Bilancio e Prospettive –Venticinque anni dopo –1962-1987, Assisi (1987) p. 229.

35) Así, por ejemplo: K. A. Kitchen, “Founding Fathers or Fleeting Phantoms –The Patriarchs” en: On the reliability of the Old Testament, Michigan-Cambridge (2003) pp. 313-372.

36) En la nota 14 anota: “Por ejemplo; el uso de tener una esclava como concubina (Abraham y Agar); el uso de adoptar al hijo tenido de una esclava (como hace Abraham con Ismael); la ley del levirato por la cual se estaba obligado a casarse con la mujer del hermano muerto sin hijos; la antigua ley hitita vuelve comprensible la compraventa entre Abraham y los hititas de la gruta funeraria de Macpela –Gen 23–. Son algunos ejemplos que dan un color antiguo a las narraciones bíblicas sobre los patriarcas” (“I Patriarchi” en su obra: La Bibbia nella storia –Introduzione Generale alla Sacra Scrittura, Padova –2008– p. 54).

J. Sicré aporta otros datos interesantes en favor de la veracidad histórica de las narraciones patriarcales: “La manera de describir la religión patriarcal, tan distinta de la religión oficial de la época en que se escribe (posterior en siglos y en la que se habrían ‘inventado’ los relatos de Abraham). Los patriarcas, que deberían servir de modelos, no dan culto a Yahvé, sino a diversas manifestaciones del dios supremo cananeo Ilu (El). Si las tradiciones fueran inventadas tampoco se habría dado al protagonista el nombre de Abraham, que nunca más aparece en la Biblia. Puestos a inventar el personaje, habría sido más lógico un compuesto del nombre Yah (abreviatura de Yahvé). ‘Abraham no es ni rey, ni profeta, ni héroe legendario. Aparece como individuo y particularmente como antepasado, como el padre. Su recuerdo se ha debido de transmitir por los que lo consideraban su antepasado’ (citando a W. Vogels, Abraham y su leyenda, p. 6, en la nota 6)”. Tomado de: Introducción al Antiguo Testamento, Estella (2011), p. 380.

37) Los Evangelios de la Infancia –Nacimiento e infancia de Jesús en San Mateo, Madrid (1999), p. 33, n.17.

38) Ispirazione , pp. 221-224.

39) “Que la mujer aprenda sosegadamente y con toda sumisión. No consiento que la mujer enseñe ni domine sobre el varón, sino que permanezca sosegada. Pues primero fue formado Adán; después Eva. Además, Adán no fue engañado; en cambio, la mujer, habiendo sido engañada, incurrió en transgresión, aunque se salvará por la maternidad, si permanece en la fe, el amor y la santidad, junto con la modestia”.

40) Ibid., p. 224.

41) Ibid., p. 225.

42) Pasajes –interrumpimos el texto– en los que ni se nombra a Eva en la culpabilidad original.

43) Ibid., p. 225.

44) “Das Lehrverbot in I Tim 2” en su obra: Das Problematik um das Frauenpriestertum vor dem Hintergrund der Schöpfungs und Erlösungsordnung, Paderborn (1995) pp. 392-399.

45) I Cor 11,3.

46) Ver Filip 2,6.

47) Mt 19,12; I Cor 7,38; DS 1810.

48) M. Hauke, Ibid…, p. 394.

49) En su nota 21, remite Hauke a: C. Spicq, Les Épitres Pastorales, Paris (1969) I, 381, del cual tomamos: “Aquí (Pablo) se atiene sólo a la idea de engaño-seducción, ligada a la noción de pecado (Rom 7,11; 16,18) especialmente el de la mujer… ‘No se dice que Adán no haya pecado, sino que él no ha sido engañado; al contrario, la tara de Eva es de haberse dejado seducir por la peor de las ilusiones; es porque ella era la más crédula que la serpiente la hizo su cómplice’ (SAN AGUSTÍN, Ciudad de Dios XIV, 11). He aquí por qué el Apóstol no puede permitir a las mujeres tener autoridad sobre su marido y sobre todo de enseñar la verdad en la Iglesia, especialmente en Éfeso, donde los doctrinarios esotéricos tienen una adulona clientela femenina (I Tim 5,13 ss)”.

No menos el mismo Spicq, advertirá: “Sea lo que sea, si advertimos la cultura intelectual de las mujeres bajo el Imperio, de su actividad social, de su papel político y religioso, se puede pensar que los argumentos del Apóstol no han convencido a todas las efesinas; pero éste no les niega el acceso a la cátedra de la verdad y al santuario, sino para abrirles bien grandes los caminos de la caridad y del servicio… la más alta nobleza (I Tim 3,11” (Ibid…, 382).

También habría que tener en cuenta que, si se da en la mujer esta mayor posibilidad de ser seducida, no menos se puede ver en ella cierta superioridad, según las atinadas reflexiones de Gertrud von Le Fort. Y quién sabe si por eso mismo fue tentada primeramente por el gran tentador. Porque se podría notar que, por el hecho de que la primera en sucumbir a la serpiente haya sido la mujer, no se sigue que el relator sagrado haya concebido su escenificación porque pensara que era ella “un ser más débil e influenciable”, menor y casi de segunda categoría. Todo lo contrario, la idea de fondo sería: “Corruptio optimi pessima”, como resumimos de la ya mentada G. von Le Fort: es falso decir que Eva cayó por ser la más débil. La historia de la seducción demuestra que fue la más fuerte, superior al hombre…Donde quiera ha sido subyugada la mujer, no sucedió nunca por ser ella la más débil que el hombre, sino por haber sido temida, conocida como más fuerte y con razón, porque desde el momento en que el poder más fuerte no quiere ser abnegado, sino orgullo y autocracia, surge necesariamente la catástrofe… Es cierto que la mujer no es el mal en sí y de por sí –los ángeles caídos la preceden en el pecado, el demonio es masculino– pero tiene en común con él la fuerza seductora… Lo mismo que el ángel caído es más horroroso que el hombre caído, así también la mujer prevaricadora es más terrible que el hombre prevaricador… La Medusa y las Erinias de la leyenda antigua reflejan el horror que inspira la mujer transgresora… La mujer prevaricadora está al comienzo de la historia y está también en el fin de la historia. Por eso el Anticristo no ofrece una forma humana, sino la del monstruo del abismo. Sobre él está sentada la gran prostituta, Babilonia, “madre de las rameras” (Ap 17,5), o sea: la quintaesencia del amor pervertido. Sólo la mujer que ha traicionado su destino puede representar la absoluta esterilidad del mundo, la esterilidad que necesariamente implica la muerte y desolación (La mujer eterna, Madrid –1957– pp. 26-29).

Comentamos, de paso, que tales reacciones de exagerada ansia de emancipación feminista provocan movimientos como “las mujeres autoconvocadas” en la Argentina o los grupos “Femen” en Europa.

50) Ibid…, p. 395. Explicitamos la cita: “Pero me temo que, lo mismo que la serpiente sedujo a Eva con su astucia, se perviertan vuestras mentes…”. Hauke, en su nota 22, aclara: “Con lo cual no debe ir unida devaluación alguna de la mujer”.

51) Donde las mujeres se mostraban especialmente “avanzadas”, tanto que podían competir en los “juegos ístmicos”, en carreras con carros de caballos, etc.

52) Desapareció en la Cartago del siglo III, como consta por Tertuliano (De virginibus velandis, 3; PL II, 940-941. De oratione, 3; PL I, 1295-1298), quien relata cómo las cristianas iban al templo con velo, que se quitaban en el interior del recinto sagrado. No cumplían con la materialidad de la prescripción paulina, pero su sentido se mantenía en esta recomendación del apologista africano: “Yo te ruego, vela tu cabeza… tú haces correr peligro a todas las edades. Revístete de la armadura del pudor (destaque de mi parte), eleva en torno a ti un cerco de modestia, oculta tu sexo detrás de un muro, que no deje escapar tus miradas, ni penetrar las del otro” (De virginibus, 16; PL II, 960).

53) Gianfranco Ravasi, Lettere a Timoteo e a Tito, Bologna (1996), pp. 71-72.

54) “Ustedes estudian las Escrituras, porque en ellas piensan encontrar Vida eterna: ellas dan testimonio de mí” (Jn 5,39).

55) Esta problemática viene siendo agitada especialmente por teólogos católicos de la India. En 1974 se tuvo un seminario de estudios al respecto en Bangalore. Sus resultados fueron publicados bajo la dirección de: D. D. Amalorpavadass, Research Seminar on Non-Biblical Scriptures, Bangalore, NBCLC (1974). Desde entonces han ido apareciendo multitud de ensayos al respecto. Es posible analizar los principales puntos en: R. J. Raja, “La Biblia y los Libros Sagrados de las religiones no-cristianas” en: Actualidad pastoral, XXIX (1996) pp. 140-144. (En el mismo número de la recién citada revista se puede encontrar una bien argumentada réplica por parte de L. H. Rivas, “La inspiración de los libros no-bíblicos” a partir de la p. 283). Uno de los últimos intentos fue el de I. Vempeny, S.J. “Non-Biblical Scriptures” (en el simposio ya mencionado de 1999: Scrittura ispirata, 211-232).

Pero, quien más difundió el tema, y en forma bastante errónea, fue el jesuita belga J. Dupuis, presentándolo en varios artículos y ofreciendo una síntesis de sus posiciones ya en 1991: Jesucristo al encuentro de las religiones (Madrid). Su obra posterior y más discutida fue: Toward a Christian Theology of Religious Pluralism, New York (1997). Llegó a ser decano de Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana. Muchos de sus puntos de vista son expresamente criticados por la Dominus Iesus.

Se ha de recordar también que la Comisión Teológica Internacional había ya hecho advertencias similares en: Cristianismo y religiones, de 1996.

56) “Dio parla per mezzo dei profeti” en: P. Bovati-P. Basta, “Ci ha parlato per mezzo dei profeti –Ermeneutica biblica, Roma / Cinisello Balsamo / Milano (2012) pp. 73-74.

57) Casi las mismas palabras en: Ispirazione, p. 241: “questione di stringente attualità”.

En la nota 60 del artículo que venimos citando, apunta lo siguiente: “Piénsese en la publicación de J. Dupuis, Toward a Christian Theology of Religious Pluralism, New York 1997… que fue objeto de crítica por parte de la Congregación para la Doctrina de la Fe, pero que ha recibido consensos de parte de importantes pastores y teólogos”. Siguen en este mismo artículo idénticos pedidos de confirmación a los casos de Balaam y al discurso de Pablo en el Areópago.

A la verdad que uno se pregunta: por “importantes” que sean, ¿están tales pastores y teólogos por encima de la Congregación para la Doctrina de la Fe? A la vez, ¿no ha recibido la Dominus Iesus no menor acogida y aprobación por parte de otros, también prestigiosos, pastores y teólogos?

58) Ispirazione, p. 242.

           

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La alegría pascual cristiana

 

José María Iraburu, sacerdote

 

Parte I –La alegría pascual cristiana, la que falta al mundo

 

–A mí no acaba de convencerme eso de que tengamos que alegrarnos a fecha fija, porque lo manda el calendario.

–Hace años un párroco rural regañaba un domingo a un feligrés por estar trabajando con la mula en el campo. Y el aldeano repuso: «¿Qué sabe la mula cuando es día de fiesta?»… Pues eso.

 

El tiempo de la Iglesia no es homogéneo, siempre igual. Tampoco son siempre iguales en el ciclo vital de la naturaleza los tiempos sucesivos del año: primavera, verano, otoño e invierno. Cada uno tiene su forma de vida y su fisonomía propia. De modo semejante en el Año de la Iglesia los ciclos vitales de la Iglesia van cambiando, y si la gracia propia de la Cuaresma, por ejemplo, es ser tiempo de conversión y penitencia, la gracia propia del tiempo pascual es la alegría, la anticipación de la vida celestial.

 

Desde el principio de la Iglesia, mucho antes de que se formaran la Cuaresma y los otros tiempos litúrgicos, ya la comunidad cristiana celebraba después de la Resurrección de Cristo la cincuentena de la alegría pascual. Los Padres antiguos decían que los días laborables de la semana eran imagen del tiempo presente, mientras que el domingo, el Día del Señor, era imagen de la eternidad celestial. Y lo mismo entendían del Tiempo pascual dentro del Año Litúrgico.

 

Ya Cristo resucitado al día siguiente al sábado, en el Día del Señor, los cristianos, durante siete semanas, hasta Pentecostés, celebramos la Cincuentena de Pascua como «un gran domingo» (San Atanasio), como «un domingo continuado», imagen de la vida celestial. En este tiempo la llama de la alegría, como el Cirio pascual en la liturgia, ha de arder en el corazón de los discípulos de Cristo sin apagarse. Es la alegría pascual, que anticipa las alegrías definitivas del cielo. La gracia de Dios en este tiempo aviva cada año en nosotros la fe y la esperanza de que «los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros» (Rm 8,18).

 

El Magisterio apostólico ha dado preciosas enseñanzas sobre la alegría cristiana, que es sobre-humana, como lo es la vida de la fe y la caridad. Destaco dos documentos.

Pablo VI, exhort. apost. Gaudete in Domino (9-V-1970), sobre la alegría cristiana.

Papa Francisco, exhort. apost. Evangelii gaudium (24-XI-2013), sobre el anuncio del Evangelio, especialmente los diez primeros números. «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría» (1).

***

 

–El cristianismo es hoy acusado como causa de tristeza para el mundo. Desde que hace unos siglos se inició la apostasía de Occidente es ésta una de las peores y más generalizadas calumnias contra Cristo y su Evangelio. Según ella, la Iglesia de Cristo ha entristecido a la humanidad con la religión del Crucificado, haciéndole perder la ingenua alegría del paganismo antiguo. Una muestra de la difusión de esta mentira diabólica puede verse en aquellas proclamas que llevaron ciertos autobuses: «Es probable que Dios no exista. Disfruta de la vida»… Esta idea, sólo aceptable por mentecatos (mente-capti), ha tenido expositores famosos. Pondré por ejemplo un filósofo y un novelista.

 

Friedrich Nietzsche (1844-1900), hijo de una familia de pastores protestantes, nacido en Leipzig (Sajonia, Alemania), ve con rabia furibunda el cristianismo como el enemigo principal de la vida. «Sería horripilante creer todavía en pecados; todo cuanto hacemos es inocente». «Nada es verdad, todo está permitido», y por tanto hay que vivir «más allá del bien y del mal». Con esas convicciones filosóficas –que en buena medida, más que pensamientos, parecen ser pensaciones de claro origen psicopático–, y viviendo en un marco social todavía cristiano, se comprende que empeñara todas sus fuerzas contra el «crucificado y todo lo que es cristiano o está inficionado de cristiano». En 1889 sufre un colapso mental que dura once años, hasta su muerte.

 

Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936), en su novela El paraíso en la otra esquina (2003) describe la vida de Gauguin, ciudadano de París, que a los 43 años de edad deja su trabajo como agente de bolsa y sale ansiosamente de la civilización occidental, tan marcada por la tenebrosidad del cristianismo, buscando en la luminosidad pagana libre de Tahití y de las Islas Marquesas la alegría de una vida entregada al arte y a un erotismo sin límites. Termina muriendo con terrible agonía, devorado por las enfermedades de su vicio, y sin haber hallado el paraíso terrenal en este valle de lágrimas. 

***

 

–El paganismo fue y es muy triste. Digan lo que digan.

 

Lo fue. Cuando San Pablo, en Romanos 1, hace una descripción de las miserias del mundo pagano –avaricia, maldad, dureza de corazón, perversiones sexuales, homicidios–, hace derivar todos estos males de la negación de Dios. «Trocaron la verdad de Dios [que es luz y alegría] por la mentira [que es oscuridad y tristeza], y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar de al Creador, que es bendito por los siglos, amén. Y por eso los entregó Dios a las pasiones vergonzosas». Toda la necedad mental y la degradación moral de los paganos de Roma la deriva San Pablo de la ignorancia y del desprecio del Creador, plenamente revelado en Cristo.

 

Lo es actualmente. Las enfermedades mentales, la criminalidad, los divorcios, adulterios y abortos, la droga, las guerras incesantes, cada vez más mortíferas, los suicidios, las ideologías políticas que destrozan las naciones y que provocan genocidios y terrorismo, la degradación sexual, y tantas otras miserias indeciblemente entristecedoras, han ido creciendo implacablemente año tras año en las naciones de antigua filiación cristiana. Al perderse la fe, la razón se ha quedado imbécil: no alcanza a conocer, por ejemplo, que el aborto es un homicidio, o que dar los mismos derechos al matrimonio y a la unión homosexual es una enorme estupidez, además de ser una gran injusticia.

 

La fe y la razón se han perdido simultáneamente. Se mató la religión y se murió la filosofía. Sin la luz del Evangelio, los hombres y las sociedades se han quedado muy tristes, aunque no lo reconozcan, y aunque traten de vencer su tristeza con mil gastos, diversiones, placeres, viajes, droga y actividades frenéticamente enajenantes, no lo consiguen en absoluto. No tienen modo de vencer su tristeza porque están en las tinieblas del absurdo, «sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef 2,12)… ¿Es así o no es así? Es así. La realidad lo afirma de modo irrebatible. Al menos en algunas cuestiones la estadística no miente: la curva de la irreligiosidad asciende perfectamente unida a las curvas de la tristeza, de la fealdad, de las enfermedades mentales, de la disgregación de la familia y de la sociedad. Y al aumento de suicidios.

***

 

–El Reino de Dios es luz y alegría. Haré sólo unas breves referencias a tema tan grandioso.

 

La alegría profetizada para los tiempos del Mesías. «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín» (Is 9,2-3). «Consolad, consolad a mi pueblo» (49-52). «Aclamad al Señor, toda la tierra, servid al Señor con alegría» (Sal 99,1-2). «Alégrense y gocen contigo todos los que te buscan» (69,5).

 

La alegría del Bautista y de su madre: «en cuanto oyó Isabel el saludo de María exultó el niño en su seno, e Isabel se llenó del Espíritu Santo». Ella misma lo afirma: «así que sonó la voz de tu saludo en mis oídos [la voz de María], exultó de gozo el niño en mi seno» (Lc 1,41.44). Ya antes de nacer, Cristo alegra de modo inefable a Juan, aún no nacido. Y Juan, ya de mayor, declara que el amigo del esposo «se alegra grandemente de oír la voz del esposo. Por eso mi alegría, que es ésa, ha llegado a su colmo» (Jn 3,29).

 

La alegría de María: «mi alma magnifica al Señor y exulta de alegría en Dios mi salvador» (Lc 1,46-47).

 

La alegría de Cristo, en la plenitud de los tiempos. La «gran alegría» que los ángeles anuncian y comunican a los pastores es el Evangelio, es decir, la buena nueva del nacimiento del Salvador (Lc 2,10). Ésa es la causa por la que los Magos «se alegraron grandemente» (Mt 2,16). Y Cristo, en su ministerio público, se alegra de la sabiduría de los más pequeños: «en aquella hora se sintió inundado de gozo en el Espíritu Santo» (Lc 10,31). Y aún crece más la alegría con la resurrección de Cristo –Magdalena, Emaús, los apóstoles–, con la alegría de su ascensión a los cielos, con la comunicación pentecostal del Espíritu Santo… Basta ya, ¿para qué seguir? Estamos ante una alegría sobre-humana, anticipación del gozo de la vida celeste.

 

Es evidente que, ya en su vida mortal, Jesús es el más feliz de todos los hombres, sencillamente porque el ser humano, que es amor –a imagen de Dios–, es feliz y se alegra en la medida en que ama y se sabe amado. Ahora bien, nadie es amado por Dios y por los hombres –no por todos– como Jesús, y Él lo sabe. Nadie ama a Dios como Jesús, y nadie como Él ama a los hombres, por los que da su vida. Por otra parte, nadie se goza en la bondad y la belleza de las criaturas como Él, el Verbo encarnado, pues «todo fue creado por Él y para Él, y todo subsiste en Él» (Col 1,16-17).

 

Adviértase, por otra parte, que estoy hablando del mismo Jesús del que Santa Teresa dice con toda verdad: «¿qué fue toda su vida sino una cruz, [teniendo] siempre delante de los ojos nuestra ingratitud y ver tantas ofensas como se hacían a su Padre, y tantas almas como se perdían?» (Camino Perf. 72,3). Es el «cada día muero» (1Cor 15,31) de San Pablo. Gran misterio: ningún amor, ninguna alegría, ningún dolor es mayor que el amor, la alegría y el sufrimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. 

***

 

–La alegría de los cristianos es la misma de Cristo, pues hemos de «tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5). «Alegraos siempre en el Señor; de nuevo os digo: alegraos» (4,4). Es una alegría espiritual profunda y continua, que hemos de guardar con extremo cuidado, vayan como vayan las cosas en el mundo y en la Iglesia. Es una alegría que, antes incluso de la venida de Cristo Salvador, ya es pregustada en Israel, como se ve en los salmos: «Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena: porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha» (15,8-11). «Que se alegren los que se acogen a Ti con júbilo eterno. Protégelos, para que se llenen de gozo los que aman tu Nombre» (5,12).

 

La santa Madre Iglesia tiene motivos sobrados para educar a sus hijos en la perfecta y continua alegría. Gracias a la encarnación del Hijo divino, a su pasión y resurrección, a su ascensión al cielo y a la comunicación del Espíritu Santo, gracias a la reconciliación con Dios y a la nueva filiación divina, gracias a la apertura de la puerta del cielo, se suscita en los discípulos de Cristo «esta efusión de gozo pascual, y el mundo entero se desborda de alegría» (Pref. pascual II).

Ahora, en la plenitud de los tiempos, todo es para nosotros motivo de alegría, causa nostræ letitiæ, porque sabemos que todo colabora para el bien de los que aman a Dios (Rm 8,28). A través de todas las vicisitudes de nuestra vida, continuamente estamos recibiendo los cristianos las buenas noticias de la fe y de la esperanza, porque continuamente somos evangelizados. Y por eso, mediante la oración y la ascesis –como veremos en el próximo artículo–, procuramos con todo empeño mantener siempre encendida en el altar de nuestro corazón la llama de la alegría, sin permitir que nada ni nadie la apague.

***

 

Post post. El día en que comenzó InfoCatólica (6-V-2009) publiqué en ella el artículo La alegría cristiana, primero de tres. Y un mes después inicié mi blog Reforma o apostasía (6-VI-2009). Ya cuando comenzamos InfoCatólica «pintaban bastos» en la Santa Madre Iglesia, y dentro de ella no pocos ánimos estaban en la penumbra, en la preocupación y en la tristeza. Por eso, con toda intención, en el primer día de nuestro diario digital escribí sobre La alegría cristiana: hacía falta. Pues bien, en el momento presente, «tal como está el patio» en la Iglesia, me ha parecido conveniente reescribir lo que ya publiqué hace seis años.

 

Parte II –La alegría pascual cristiana, pedirla y procurarla

 

–O sea que los cristianos tenemos que estar siempre alegres… ¿Y nuestro Señor Jesucristo, que en Getsemaní dice «me muero de tristeza», qué?

–Buena pregunta. Siga leyendo.

 

 En el artículo anterior decía que los cristianos, por la oración y la ascesis, hemos mantener siempre encendida en el altar de nuestro corazón la llama de la alegría, sin permitir que nada ni nadie la apague. El Magisterio apostólico de Pablo VI en la exhortación apostólica Gaudete in Domino (9-V-1975) enseña maravillosamente esta doctrina. También en la liturgia de la Iglesia se expresa muchas veces con gran lucidez y profundidad el misterio de la alegría evangélica; por ejemplo, en la Misa del III domingo de Adviento, Dominica lætare. Vamos con ello.

 

***

 

–Por la oración

 

La oración es diálogo filial amistoso con Dios, «en quien vivimos y nos movemos y existimos» (Hch 17,28). ¿Cómo no va a ser siempre la oración causa de nuestra alegría? La oración es intimidad amistosa con Cristo Esposo. Es la respiración del alma. Y si nuestra oración ha de ser continua, como nos lo mandan Cristo (Lc 18,1; 21,36; 24,53) y sus apóstoles (Flp 4,4; 1Tes 5,16-17; 1Pe 4,13), eso significa que siempre hemos de mantener la alegría y la paz por la oración continua. Ella es en cierto sentido el mayor de los dones que recibimos de Dios: podemos en un campo de concentración no tener Biblia, ni Eucaristía, ni sacramentos, ni comunidad cristiana, ni iglesia, ni nada; pero si tenemos acceso al Señor por la oración, nada nos falta.

 

Nos alegra el corazón estar con el Señor, aunque sea calladitos, porque no se nos ocurre nada: tantas veces en la oración no tenemos palabras, ni ideas, ni sentimientos. Pero «el justo vive de la fe» (Rm 1,17) y de la caridad. Y la fe y la caridad nos aseguran que en la oración estamos con el Señor y que el Señor está con nosotros. «Sólo Dios basta». Tenemos alegría en la medida en que tenemos oración.

 

«Él es nuestro auxilio y escudo; con Él se alegra nuestro corazón, en su santo Nombre confiamos» (Sal 32,20-21). «Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve. Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados» (50,9-10).

 

La oración es alabanza y acción de gracias a Dios. Pero no hay nada que alegre tanto al hombre como cantar la gloria de Dios y bendecir su nombre ¡porque para eso ha sido creado principalmente!, para ser en medio de la creación muda el Sacerdote que alza a Dios en alabanza el canto agradecido y entusiasta de todas las criaturas. «Dichoso [feliz, bienaventurado] el pueblo que sabe aclamarte: caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro» (Sal 88,16).Y el hombre, en la plenitud de los tiempos, en Cristo, por obra del Espíritu Santo, recibe un nuevo conocimiento (la fe) y un nuevo amor a Dios (la caridad), y así se hace capaz de alabarlo con «un cántico nuevo», alegrando así su corazón con una alegría nueva, nunca antes conocida.

 

La oración es petición y súplica a Dios. «El mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene. Pero el mismo Espíritu ora en nosotros con gemidos inefables» (Rm 8,26). ¿Y qué es lo que ora en nosotros? «El Espíritu de adopción clama en nosotros ¡Abbá, Padre!» (8,15). Es decir, ora en nosotros el Padrenuestro, las siete grandiosas peticiones que dilatan nuestro corazón en la presencia del Santo y lo mantienen en una gran confianza y alegría. Pedimos con toda el alma que se cumpla en nosotros plenamente la voluntad de Dios. Pedimos con toda fe: «cuanto pidiereis al Padre os lo dará en mi nombre» (Jn 16,23); pero conformándonos anticipadamente con lo que Dios nos dé: «no se haga mi voluntad sino la tuya» (Mc 14,36). Pedimos también, directamente, con audacia, el don de la alegría espiritual: «Alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia Ti; porque Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan» (Sal 85,4-5). «Que se alegren los que se acogen a Ti con júbilo eterno; protégelos, para que se llenen de gozo los que aman tu Nombre. Porque Tú, Señor, bendices al justo, y como un escudo lo rodea tu favor» (5,12-13).

 

***

 

Por la ascesis

 

Alégrense, pues, nuestros corazones en la oración, pero también por el esfuerzo ascético: ora et labora. De dos modos, pues, fundamentales hemos de procurar en nuestra vida cristiana la continua y perfecta alegría:

 

Negativamente. No con-sintamos en sentimientos malos de tristeza. No se autorice, hermano, a estar triste, a cavilar dentro del pozo de su tristeza, alimentándola con negros pensamientos. No le dé la razón al hombre viejo cuando le venga con sus alegaciones: «¿cómo no voy a estar disgustado, si me ha ocurrido esto y lo otro?»… No. De ningún modo. Más bien, pregúntese: «ante esto que ha sucedido, ¿qué hago? ¿Me hundo en la pena o lo acepto como venido de Dios providente? ¿Me disgusto o me quedo tan tranquilo?» La respuesta es obvia. Las cosas tienen la importancia que les damos. Si, por ejemplo, a una ofensa concreta le damos una importancia de 100, nos dolerá como 100; pero si le damos una importancia de 0,001, nos afectará 0,001: prácticamente nada, menos que la picadura de un mosquito, desde luego.

 

Los cristianos, siendo como somos templos de la Santísima Trinidad, y estando en vísperas de entrar para siempre en el cielo, tenemos en el alma una causa de alegría tan grande y continua, que no debemos autorizarnos a la tristeza por las pequeñas nonadas de la vida presente. Bien claramente nos dice Jesús: «bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mt 5,5). Y los Apóstoles nos mandan: «alegraos en la medida en que participáis de los padecimientos de Cristo, para que en la revelación de su gloria exultéis de gozo» (1Pe 4,13); porque «así como abundan en nosotros los padecimientos por Cristo, así por Cristo abunda nuestra consolación» (2Cor 1,5)». Por eso «reboso de gozo en todas nuestras tribulaciones» (7,4). Y «tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros» (Rm 8,18).

 

«¿Qué habéis ido a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento?» (Mt 11,7). Mantengámonos firmes en la alegría. No seamos como niños, que «fluctúan y se dejan llevar por cualquier viento» (Ef 4,12). Un niño llora con indecible amargura cuando la mamá no quiere comprarle un helado, cuando van a ponerle una inyección, cuando otro niño le ha hecho un gesto de burla, cuando… Pero nosotros, en estas cosas, no debemos ser «carnales, como niños en Cristo» (1Cor 3,1). Nuestra casa espiritual no está edificada sobre arena, sino sobre roca, sobre la roca de la misericordia de Dios, que permanece para siempre.

 

Guardemos nuestro propio corazón, sujetándolo en la alegría por la visión de la fe (espantando los cuervos de nuestros negros pensamientos, convenciéndonos de que todo es para nuestro bien; Rm 8,28); por la fuerza de la esperanza («vivamos alegres en la esperanza», Rm 12,12); y por el ardor de la caridad («ansío tu salvación, Señor; tu voluntad es mi delicia», Sal 118,174). Creados a imagen de Dios, que es amor, somos amor, y nada alegra tanto el corazón del hombre como salir del propio egoísmo, volando al cielo azul y alegre con las dos alas de la caridad, el amor a Dios y el amor al prójimo. Podrá haber en nosotros sufrimientos y lágrimas, pero no tristezas malas.

 

Positivamente. Es preciso motivarse continuamente para vivir la verdadera alegría, activando con el auxilio de la gracia la fe, la esperanza, la caridad y todas las virtudes. No basta con no con-sentir en sentimientos de vana tristeza; es necesario estimular continuamente nuestra alegría. Pero éste será el tema del próximo artículo. Termino éste con un par de consideraciones importantes.

 

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La alegría cristiana es siempre pascual. La vida cristiana es siempre una participación en el sufrimiento de la pasión de Cristo y en la alegría de su resurrección. Y es norma absoluta que cuanto más se une un cristiano a la cruz de Jesús, más se goza en la alegría de su resurrección. A más cruz, más alegría. Los santos más penitentes, un San Francisco de Asís, son los más alegres.

Antes de la Hora de las Tinieblas, en la Cena, dice Jesús a los suyos: «Vosotros lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Vosotros os entristeceréis, pero vuestra tristeza se volverá en gozo. La mujer, en el parto, siente tristeza, porque llega su hora; pero cuando ha dado a luz un hijo, ya no se acuerda de la tristeza, por el gozo que tiene de haber traído al mundo un hombre. Vosotros, pues, ahora tenéis tristeza, pero de nuevo os veré, y se alegrará vuestro corazón, y nadie será capaz de quitaros vuestra alegría» (Jn 16,20-22). La alegría cristiana tiene siempre esta condición pascual, crucificada-resucitada, como hace un momento lo veíamos en la enseñanza de Jesús (Mt 5,5) y de los Apóstoles (2Cor 1,5; 7,4).

 

La alegría cristiana tiene en la cruz su clave decisiva. «Cada día muero» (1Cor 15,31). «En cuanto a mí, no quiera Dios que me gloríe sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado por mí y yo para el mundo» (Gál 6,14). Ahí se sitúa el «o padecer o morir» de Santa Teresa de Jesús y de tantos otros santos, como San Pablo de la Cruz. También va por ahí aquella exclamación de San Luis María Grignion de Montfort, dicha en un extraño día en el que todo le era favorable: «ninguna cruz, ¡qué cruz!». O aquellas locuras que poco antes de morir escribía en una carta Santa Teresa del Niño Jesús: «Desde hace mucho tiempo, el sufrimiento se ha convertido en mi cielo aquí en la tierra, y realmente me cuesta entender cómo voy a poder aclimatarme a un país [el cielo] en el que reina la alegría sin mezcla alguna de tristeza» (14-VII-1897). Y el mismo día en que murió: «Todo lo que he escrito sobre mis deseos de sufrir es una gran verdad… Y no me arrepiento de haberme entregado al Amor» (30-IX-1897). Pero vengamos a considerar una duda.

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La «tristeza según Dios» es buena, la «tristeza según el mundo» es mala (2Cor 7,10). Esa distinción nos ayuda a resolver la aparente contradicción entre el mandato de «alegrarnos siempre en el Señor» (Flp 4,4) y la tristeza sufrida a veces por Cristo, que llora la muerte de Lázaro (Jn 11,35), por ejemplo, o que dice en Getsemaní «me muero de tristeza» (Mt 26,38). Y lo mismo la tristeza padecida a veces por los santos.

 

Hago notar, antes de seguir, que las palabras pueden tener en las realidades materiales un sentido unívoco, inequívoco –al pan, pan, y al vino, vino–, que difícilmente pueden lograr los términos que han de significar realidades espirituales. Una mujer, por ejemplo, que no lograba tener hijos y que por fin espera uno, «cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre» (Jn 16,21). ¿Esta mujer en el parto está triste o alegre? Tiene dolores, pero está alegre. El atleta maratoniano que entra victorioso en el estadio sufre, medio asfixiado, pero está alegre y no se cambiaría por nadie. Tristeza y alegría son en principio palabras contradictorias; pero no sufrimiento y alegría. Es posible sufrir con alegría.

 

La tristeza según Dios procede siempre de la caridad y por eso es santa y santificante. Es el dolor por el pecado propio contra Dios («no me arrojes lejos de tu rostro, devuélveme la alegría de tu salvación», Sal 50,13-14) y el dolor por el pecado ajeno («arroyos de lágrimas bajan de mis ojos por los que no cumplen tu voluntad», 118,136; «cada día muero», 1Cor 15,31; «el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo», Gal 6,14). Tanto un cristiano ama a Dios cuanto sufre por el pecado del mundo.

 

La tristeza santa se da al com-padecer a los hermanos que sufren, como el llanto de Jesús ante el duelo de Marta y María, una tristeza que en nada se opone a la voluntad de Dios providente, que ha permitido la muerte de Lázaro («esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella», Jn 11,4). La tristeza santa se da ante todo por la posible perdición de los pecadores: ése es el sufrimiento de Cristo en Getsemaní, es el dolor espiritual lo que le hace sentir pavor, tristeza y angustia hasta «sudar sangre» (Lc 22,42).

 

Sor María de Jesús de Ágreda (1602-1665), como otros santos, al contemplar la pasión de Cristo en el Huerto de los Olivos, recibió de Dios luz para entender que su «pavor y angustia» (Mc 14,33) no era ante todo horror ante la muerte de cruz que se le viene encima, pues conoce perfectamente que «entregando su vida» va a lograr en la cruz la salvación de la humanidad: es decir, que la cruz es un dolor de parto que da a luz a la Iglesia, es «sangre y agua» que brotan de su costado: la Eucaristía y el Bautismo. En realidad su tristeza de Getsemaní, hasta sentirse morir, según explica la venerable M. María de Jesús, es porque conoce «que su pasión y muerte para los réprobos no sólo sería sin fruto, sino que sería ocasión de escándalo y redundaría en mayor pena y castigo para ellos, por haberla despreciado y malogrado… Creció esta agonía en nuestro Salvador con la fuerza de la caridad y con la resistencia que conocía de parte de los hombres para lograr en todos [salvarlos por] su pasión y muerte, y entonces llegó a sudar sangre» (Mística Ciudad de Dios II, 12, 1213-1214; este largo capítulo 12, 1204-1220, es uno de los más lúcidos e impresionantes de toda la obra).

 

Tristezas indecibles sufren los santos por la inmensidad del pecado del mundo, al ver a Dios tan ofendido y despreciado. Pero también sufren gran tristeza en las noches activas del alma, y aún más en las pasivas, por ser en ellos el amor a Dios muy grande, y no alcanzar aún la plena unión con Él.

«Siéntese el alma tan impura y miserable, que le parece estar Dios contra ella, y que ella está contraria a Dios» (San Juan de la Cruz, 2Noche 5,5). «Y si Dios no ordenase que estos sentimientos, cuando se avivan en el alma, se adormeciesen pronto, moriría muy en breves días… Le parece al alma que ve abierto el infierno y la perdición» (6,6). Son dolores de parto, son muerte total del hombre carnal y nacimiento pleno del hombre nuevo: «Salí del trato y operación humana mía a operación y trato de Dios» (4,2). «Y así esta alma será ya alma del cielo celestial y más divina que humana» (13,11). Es indudable que, ya aquí en la tierra, fuera del caso poco frecuente de vocaciones extremadamente victimales, la alegría de los santos en Dios prevalece muy claramente sobre la tristeza.

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La tristeza según el mundo, por el contrario, es dolor culpable del hombre viejo, porque su propia voluntad choca con la voluntad providente de Dios. No tiene nada que ver con la tristeza santa, según Dios, aunque la misma palabra «tristeza» se haya de emplear para designar realidades tan contrarias. Se da esta mala tristeza –porque la persona ama más su propia voluntad que la divina; –porque no confía en Dios, y sufre grandes temores; –porque ha de sufrir y aguantar los caprichos de su corazón egoísta y de sus pasiones desordenadas; –porque su egoísmo le deja solo, cuando más necesitaría ayuda y consuelo; –porque su soberbia le impide pedir ayuda; –porque la vanidad le hace sufrir gran disgusto si en algo falla él públicamente, o cuando sufre alguna ofensa o desprecio; –porque está triste cuando su avidez de riquezas y de prestigio se ve muchas veces frustrada; –porque en la enfermedad se ha disminuido su salud y se rebela contra su situación; –porque no llega a cumplir sus ilusorios proyectos, sea por incapacidad propia o por falta de colaboraciones… Por lo demás, siempre horror a la Cruz la tristeza según el mundo. Es propia de quienes «son enemigos de la Cruz de Cristo. El término de éstos será la perdición, su Dios es el vientre, y la confusión será la gloria de los que tienen el corazón puesto en las cosas terrenas» (Flp 3,18-19). En conclusión:

 

La tristeza según Dios nace de la caridad y es santa, mientras que la tristeza según el mundo es pecado, y del pecado nace. Cuando la sagrada Escritura y los maestros espirituales cristianos nos exhortan a «alegrarnos siempre en el Señor», están llamándonos implícitamente a no con-sentir en los sentimientos de tristeza que sean pecaminosos, o que al menos sean vanos.

 

Parte III –La alegría cristiana, y sus cien motivos

 

–Quedamos en que el paganismo es triste y el cristianismo alegre (I).

–Y en que la alegría cristiana debe ser pedida, procurada y guardada con todo cuidado (II). Veamos ahora finalmente los motivos de la alegría cristiana (y III).

                                                     

Es de experiencia, es dato indiscutible –aunque haya quien lo niegue–, que allí donde se vive más en Cristo hay más alegría. En mi propia experiencia, recuerdo tantas confirmaciones de la alegría cristiana en familias, en enfermos, en seminarios y noviciados, en ancianos, en riqueza y en pobreza, en sabios e ignorantes, en colegios y escuelas, en paz o en guerra. Es una alegría sencilla la de quienes viven en Cristo, no estimulada por placeres o prestigios, sino nacida de dentro, nacida de Dios. Es a un tiempo humana y sobre-humana.

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Y es que los motivos de la alegría cristiana son innumerables.

 

Sabernos amados por Dios es la causa principal de la alegría evangélica. «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo unigénito» (Jn 3,16). Dios nos lo entrega a los hombres en la Encarnación, en la Cruz, en la Eucaristía. «Él nos amó y nos envió a su Hijo, víctima expiatoria por nuestros pecados» (1Jn 4,10). «Dios probó (sinistesin, demostró, acreditó, garantizó) su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8). En gloriosa consecuencia, los cristianos, en la medida en que somos cristianos, somos felices, estamos alegres, vayan las cosas como vayan a nuestro alrededor o en nosotros mismos, porque sabemos que ninguna criatura de arriba o de abajo «podrá arrancarnos al amor de Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro» (8,39).

 

Dios, por puro amor, habita en nosotros como en un templo. Y esto alegra necesariamente nuestros corazones. «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y en él haremos morada» (Jn 14,23). La Iglesia es el templo de Dios entre los hombres; pero cada uno de los fieles, personalmente, es «templo del Espíritu Santo» (1Cor 6,15.19; 12,27). Hemos pasado, pues, de la soledad –una de las mayores penalidades del hombre–, a la compañía continua de las Personas divinas. Ya nunca, por tanto, estamos solos, pues somos siempre cuatro: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo y yo. ¿Es o no es como para estar «alegres, siempre alegres en el Señor» (Flp 4,4)?

 

Hemos pasado de las tinieblas a la luz, de la mentira a la verdad, gracias a Cristo. Ya no estamos a oscuras, en las tinieblas, perdidos, dándonos golpes con las cosas, tristes, sin saber ni de dónde venimos ni a dónde vamos, sin entender nada de lo que pasa en el mundo o en nosotros mismos. Cristo nos libró de estar cautivos del «Padre de la Mentira», el diablo (Jn 8,44), el príncipe de las tinieblas. Y ahora estamos alegres porque somos «hijos de la luz» (12,36). «Yo soy la Luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida» (8,12). Oscuridad-tristeza, luz-alegría.

 

Hemos pasado del egoísmo a la caridad, pues gracias a Cristo «el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por la fuerza del Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rm 5,5). Ahora podemos amar a Dios y al prójimo –al hermano, al cónyuge, a los pobres y enfermos, a los pecadores, a vecinos y colaboradores, a los amigos y a los enemigos– con la misma fuerza sobre-humana del amor divino. Y sabemos que así como lo que más entristece al hombre es no amar, amar poco, amar mal, lo que más lo alegra es amar mucho, amar bien y amar a todos. 

 

Por la caridad, ya no estamos sordos y mudos ante Dios y ante los hermanos. Nos alegra la oración, el diálogo con Dios: «dichoso el pueblo que sabe aclamarte, Señor, caminará a la luz de tu rostro. Tu Nombre es su gozo cada día, tu justicia es su orgullo» (Sal 88,16-17). Y nos alegra también el diálogo con los hermanos, pues la caridad nos libra de ser para ellos, por la falta de amor, como sordos y mudos.

 

Hemos pasado del pecado a la gracia. Cristo nos ha librado de vivir aplastados bajo el peso de nuestras culpas. El pecado entristece, debilita, destruye al pecador. «No tienen descanso mis huesos a causa de mis pecados. Mis culpas sobrepasan mi cabeza, son un peso superior a mis fuerzas. Mis llagas están podridas y supuran por causa de mi insensatez. Voy encorvado y encogido, todo el día camino sombrío, no hay parte ilesa en mi carne. Estoy agotado, desecho del todo» (Sal 37). Así es: «la maldad da muerte al malvado» (33,22). Tenía razón León Bloy: «la única tristeza es la de no ser santos». Y toda la alegría está en la gracia, en la unión con Dios y en la santidad. «Tu gracia vale más que la vida» (62,4).

 

Hemos pasado del miedo continuo a la confianza filial en nuestro Padre celestial. ¡Cuántas tristezas vienen en los hombres mundanos de la ansiedad, del miedo a qué pasará en esto y en lo otro! Cristo, por el contrario, nos alegra llevándonos al abandono confiado en la Providencia divina, que es siempre paternal, amorosa, solícita. «Todas las cosas colaboran para el bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28). Por eso, «aunque pase por valle de tinieblas no temeré mal alguno, porque Tú vas conmigo» (Sal 22,4). El justo «no temerá las malas noticias, su corazón está firme en el Señor, su corazón está seguro, sin temor» (112,7-8). En realidad no hay para los cristianos malas noticias, pase lo que pase, pues todas son buenas noticias, todas son Evangelio bajo la acción de la Providencia divina. Continuamente son evangelizados por las vicisitudes penosas o gozosas de la vida.

 

Hemos pasado en Cristo de la muerte a la vida, es decir, de la enfermedad, de la vitalidad espiritual escasa y triste, a la vida sana e inmortal. «Yo he venido para que tengan vida, y vida abundante» (Jn 10,10). «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si alguno come de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo» (6,51). «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba… Ríos de agua viva correrán de su seno» (7,37-38).

 

Ya no vivimos odiando el dolor, sino amando la Cruz. Los hijos de las tinieblas, que con sus pecados atrajeron sobre sí las siete copas de la ira, gimen abrumados bajo el sufrimiento. «Pero no se arrepintieron… y blasfemaron contra Dios» (Apoc 16,9.21), acrecentando así sus dolores. Es cierto que también el cristiano, atravesando este «valle de lágrimas», ha de sufrir a veces noches oscuras, deficiencias psíquicas muy penosas, grandes dolores por los pecados propios y por los pecados del mundo. Pero sufre siempre con paz y esperanza, en pie, junto a la Cruz salvadora –como la Virgen: stabat Mater–. Dice como San Pablo, «ahora me alegro en mis padecimientos por vosotros, y suplo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24). Sabe que sus propios dolores, porque son realmente sufrimientos de Cristo, participan así de su inmenso valor expiatorio y santificante: «ave Crux, spes unica». «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en todas nuestras penalidades» (2Cor 1,3-4).

 

Por Cristo ya no sufrimos contrariedades, pues sólo queremos que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios. Nosotros, como Cristo, no hemos venido a este mundo a hacer nuestra voluntad, sino a cumplir la voluntad de Dios (Jn 6,38). Hacer día a día la Voluntad divina, ése es «nuestro alimento» (4,34). En consecuencia, nunca sufrimos «contrariedades». Éstas las sufren quienes viven queriendo siempre que se cumpla su propia voluntad, y tantas veces se ven frustrados. Pero nosotros tenemos ya concentrado todo nuestro empeño en cumplir la voluntad de Dios providente: «hágase tu voluntad». Incondicionalmente: «aquí está la esclava del Señor; hágase en mí» según Su voluntad. Y de este modo, sin apegos desordenados de la voluntad, guardados en la humildad y en la confianza filial, ya no sufrimos las muchas penalidades que proceden de las voluntades propias, de la soberbia, de la vanidad o de la ambición desordenada. En la humildad de Cristo vivimos con paz y gozo en la esperanza.

 

Los cristianos estamos alegres porque aspiramos a las cosas de arriba, no a las de abajo (Col 3,1-2). Por eso sabemos bien que «por la momentánea y ligera tribulación se nos prepara un peso eterno de gloria incalculable, y no tenemos puestos los ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles, pues las visibles son temporales, y las invisibles, eternas» (2Cor 4,18). Los otros, en cambio, los que viven «sin esperanza y sin Dios en este mundo» (Ef 2,12), los que tienen «a su vientre por dios, y no piensan más que en las cosas de la tierra» (Flp 3,19), siempre están sufriendo por cosas vanas, y son como niños que lloran sin consuelo por un juguete roto, por una inyección, por tener que irse a la cama. Los hombres nuevos en Cristo viven, por el contrario, en este mundo «como forasteros y emigrantes» (1Pe 2,11). Tenemos conciencia de que «somos ciudadanos del cielo» (Flp 3,20) y «buscamos las cosas de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios» (Col 3,1).

***

 

Objeción. «Dice usted, gratuitamente, que los cristianos estamos alegres, etc. etc., y todo eso suena muy bien. Pero no querrá negarnos que tantísimas veces esto no es así». Respondeo dicendum: Los cristianos no están alegres cuando no viven cristianamente. Es decir: están alegres en la medida en que viven el Evangelio de Cristo. Quod erat demonstrandum.

 

Vengan y comparen, hagan el favor. A ver dónde encuentran ustedes más alegría, en un matrimonio cristiano que anda por los caminos del Evangelio, o en aquel otro que vive según el mundo. Díganme dónde hallan la verdadera alegría, en un sacerdote o religioso que vive sólo para la gloria de Dios y la santificación de los hermanos, o en otro que vive «abandonado a los deseos de su corazón» (Sal 80,13; Rm 1,24). Miren a los jóvenes, y reconozcan la diferencia entre aquellos que, por la gracia de Cristo, tienen un alma sana, o en tantos otros que «están muertos por sus delitos y pecados» (Ef 2,1). Ni siquiera hay comparación posible. Y no merece la pena discutir lo indiscutible.

 

Perdónenme que insista. Díganme quién es más feliz: el que perdona las ofensas o el que las guarda y colecciona con amargura en el rencor; el que es humilde o el que sufre por la soberbia y la vanidad; el que sabe dar al necesitado o el que está en la cárcel de su egoísmo; el que es casto y tiene dominio sobre su cuerpo o el que vive esclavo de sus pasiones; el que vive con Dios, en oración continua, o el que vive la soledad indecible del que no tiene fe en Dios; el que orienta su vida para el bien de los demás, o el que busca únicamente su propio gusto y provecho; el que tiene hijos o el que sólo tiene perros… Que no, que no hay ni comparación, digan lo que digan ateos y pecadores. 

 

Sigamos a Cristo por «el camino estrecho que lleva a la vida» (Mt 7,14), y conoceremos «la perfecta alegría», la de Jesús, la de San Pablo, la de San Francisco de Asís y la de todos los santos. Recordemos siempre que nuestro Salvador «decía a todos: el que quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. Porque quien quiere salvar su vida, la perderá, y quien perdiere su vida por mi causa, la salvará» (Lc 9,23-24). Y «todo el que haya dejado casa o mujer o hermanos o padres o hijos por causa del reino de Dios» (18,29), «recibirá el céntuplo ahora, en este mundo, en casas, hermanos y hermanas, y madres, hijos y campos, juntamente con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna» (Mc 10,30).

 

Pero, como dice Santa Teresa, «no acabamos de creer que aun en esta vida da Dios ciento por uno» (Vida 22,15). O San Anselmo (+1109): «Yo te pido, Señor, que reciba todo lo que prometes por tu fidelidad, para que mi gozo sea perfecto. Que éste sea el hambre de mi alma y la sed de mi cuerpo: que todo mi ser lo desee, hasta que entre en el gozo del Señor, que es Dios trino y uno, bendito en todos los siglos. Amén» (Proslogion 26).

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Post post. Hay, por supuesto, muchísimos otros motivos permanentes para la alegría en la vida cristiana. Tener a la Virgen María como madre, la compañía de los ángeles, la comunión de los santos, que nos mantiene unidos a los bienaventurados del cielo, el seguro perdón de los pecados, la Eucaristía que guarda la presencia de Cristo en esta vida y nos anticipa la vida celestial, todo el mundo, en fin, de la gracia y de los sacramentos, etc.

 

Fuente: José María Iraburu, Blog Reforma o apostasía, posts 315, 316 y 318.

 

Índice de Reforma o apostasía

 

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La ideología de género, sus peligros y alcances

(en base al informe "La desconstrucción de la mujer" de Dale O'Leary)

 

Comisión ad-hoc de la mujer

Comisión Episcopal de Apostolado Laical

Conferencia Episcopal Peruana

 

Presentación

 

Se ha estado oyendo durante estos últimos años la expresión "género" y muchos se imaginan que es solo otra manera de referirse a la división de la humanidad en dos sexos, pero detrás del uso de esta palabra se esconde toda una ideología que busca precisamente hacer salir el pensamiento de los seres humanos de esta estructura bipolar.

 

Los proponentes de esta ideología quieren afirmar que las diferencias entre el varón y la mujer, fuera de las obvias diferencias anatómicas, no corresponden a una naturaleza fija que haga a unos seres humanos varones y a otros mujeres. Piensan más bien que las diferencias de manera de pensar, obrar y valorarse a sí mismos son el producto de la cultura de un país y de una época determinados, que les asigna a cada grupo de personas una serie de características que se explican por las conveniencias de las estructuras sociales de dicha sociedad.

 

Quieren rebelarse contra esto y dejar a la libertad de cada cual el tipo de "género" al que quieren pertenecer, todos igualmente válidos. Esto hace que hombres y mujeres heterosexuales, los homosexuales y las lesbianas, y los bisexuales sean simplemente modos de comportamiento sexual producto de la elección de cada persona, libertad que todos los demás deben respetar.

 

No se necesita mucha reflexión para darse cuenta de lo revolucionaria que es esta posición, y de las consecuencias que tiene la negación de que haya una naturaleza dada a cada uno de los seres humanos por su capital genético. Se diluye la diferencia entre los sexos como algo convencionalmente atribuido por la sociedad, y cada uno puede "inventarse" a sí mismo.

 

Toda la moral queda librada a la decisión del individuo y desaparece la diferencia entre lo permitido y lo prohibido en esta materia. Las consecuencias religiosas son también obvias. Es conveniente que el público en general se dé clara cuenta de lo que todo esto significa, pues los proponentes de esta ideología usan sistemáticamente un lenguaje equívoco para poder infiltrarse más fácilmente en el ambiente, mientras habitúan a las personas a pensar como ellos. Este librito puede ayudar mucho en precisar conceptos y llamar a una toma de posición con respecto a la mencionada ideología.

 

Mons. Oscar Alzamora Revoredo, S.M.

Obispo Auxiliar de Lima, Miembro de la CEAL

Lima, Abril 1998.

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La Ideología de Género. Sus Peligros y Alcances

 

"El género es una construcción cultural; por consiguiente no es ni resultado causal del sexo ni tan aparentemente fijo como el sexo... Al teorizar que el género es una construcción radicalmente independiente del sexo, el género mismo viene a ser un artificio libre de ataduras; en consecuencia hombre y masculino podrían significar tanto un cuerpo femenino como uno masculino; mujer y femenino, tanto un cuerpo masculino como uno femenino". (1)

 

Estas palabras que podrían parecer tomadas de un cuento de ciencia ficción que vaticina una seria pérdida de sentido común en el ser humano, no son otra cosa que un extracto del libro Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity (“El Problema del Género: el Feminismo y la Subversión de la Identidad”) de la feminista radical Judith Butler, que viene siendo utilizado desde hace varios años como libro de texto en diversos programas de estudios femeninos de prestigiosas universidades norteamericanas, en donde la perspectiva de género viene siendo ampliamente promovida.

 

Mientras muchos podrían seguir considerando el término 'género' como simplemente una forma cortés de decir 'sexo' para evitar el sentido secundario que 'sexo' tiene en inglés, y que por tanto 'género' se refiere a seres humanos masculinos y femeninos, existen otros que desde hace ya varios años han decidido difundir toda una "nueva perspectiva" del término. Esta perspectiva, para sorpresa de muchos, se refiere al término género como "roles socialmente construidos".

 

La IV Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre la Mujer, realizada en setiembre de 1995 en Pekín, fue el escenario elegido por los promotores de la nueva perspectiva para lanzar una fuerte campaña de persuasión y difusión. Es por ello que desde dicha cumbre la "perspectiva de género" ha venido filtrándose en diferentes ámbitos no sólo de los países industrializados, sino además de los países en vías de desarrollo.

 

Definición del término "género"

 

Precisamente en la cumbre de Pekín, muchos de los delegados participantes que ignoraban esta "nueva perspectiva" del término en cuestión, solicitaron a sus principales propulsores una definición clara que pudiera iluminar el debate. Así, la directiva de la conferencia de la ONU emitió la siguiente definición: "El género se refiere a las relaciones entre mujeres y hombres basadas en roles definidos socialmente que se asignan a uno u otro sexo".

 

Esta definición creó confusión entre los delegados a la cumbre, principalmente entre los provenientes de países católicos y de la Santa Sede, quienes solicitaron una mayor explicitación del término ya que se presentía que éste podría encubrir una agenda inaceptable que incluyera la tolerancia de orientaciones e identidades homosexuales, entre otras cosas. Fue entonces que Bella Abzug, ex-diputada del Congreso de los Estados Unidos intervino para completar la novedosa interpretación del término "género": "El sentido del término 'género' ha evolucionado, diferenciándose de la palabra 'sexo' para expresar la realidad de que la situación y los roles de la mujer y del hombre son construcciones sociales sujetas a cambio".

 

Quedaba claro pues que los partidarios de la perspectiva de género proponían algo mucho más temerario como por ejemplo que "no existe un hombre natural o una mujer natural, que no hay conjunción de características o de una conducta exclusiva de un solo sexo, ni siquiera en la vida psíquica" (2). Así, "la inexistencia de una esencia femenina o masculina nos permite rechazar la supuesta 'superioridad' de uno u otro sexo, y cuestionar en lo posible si existe una forma 'natural' de sexualidad humana" (3).

 

Ante tal situación, muchos delegados cuestionaron el término así como su inclusión en el documento. Sin embargo, la ex-diputada Abzug abogó férreamente en su favor: "El concepto de 'género' está enclavado en el discurso social, político y legal contemporáneo. Ha sido integrado a la planificación conceptual, el lenguaje, los documentos y programas de los sistemas de las Naciones Unidas... los intentos actuales de varios Estados Miembros de borrar el término 'género' en la Plataforma de Acción y reemplazarlo por 'sexo' es una tentativa insultante y degradante de revocar los logros de las mujeres, de intimidarnos y de bloquear el progreso futuro".

 

El apasionamiento de Bella Abzug por incluir el término en Pekín llamó la atención de muchos delegados. Sin embargo, el asombro y desconcierto fue mayor luego que uno de los participantes difundiera algunos textos empleados por las feministas de género, profesoras de reconocidos Colleges y Universidades de los Estados Unidos. De acuerdo a la lista de lecturas obtenida por el delegado, las "feministas de género" defienden y difunden las siguientes definiciones:

 

- Hegemonía o hegemónico: ideas o conceptos aceptados universalmente como naturales, pero que en realidad son construcciones sociales.

- Desconstrucción: la tarea de denunciar las ideas y el lenguaje hegemónico (es decir aceptados universalmente como naturales), con el fin de persuadir a la gente para creer que sus percepciones de la realidad son construcciones sociales.

- Patriarcado, patriarcal: institucionalización del control masculino sobre la mujer, los hijos y la sociedad, que perpetúa la posición subordinada de la mujer.

- Perversidad polimorfa, sexualmente polimorfo: los hombres y las mujeres no sienten atracción por personas del sexo opuesto por naturaleza, sino más bien por un condicionamiento de la sociedad. Así, el deseo sexual puede dirigirse a cualquiera.

- Heterosexualidad obligatoria: se fuerza a las personas a pensar que el mundo está dividido en dos sexos que se atraen sexualmente uno al otro.

- Preferencia u orientación sexual: existen diversas formas de sexualidad –incluyendo homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales y trasvestis– como equivalentes a la heterosexualidad.

- Homofobia: temor a relaciones con personas del mismo sexo; personas prejuiciadas en contra de los homosexuales. (El término se basa en la noción de que el prejuicio contra los homosexuales tiene sus raíces en el ensalzamiento de las tendencias homosexuales).

 

Estas definiciones fueron tomadas del material obligatorio del curso "Re-imagen del Género" dictado en un prestigioso College norteamericano. Asimismo, las siguientes afirmaciones corresponden a la bibliografía obligatoria del mismo:

 

"La teoría feminista ya no puede darse el lujo simplemente de vocear una tolerancia del 'lesbianismo' como 'estilo alterno de vida' o hacer alusión de muestra a las lesbianas. Se ha retrasado demasiado una crítica feminista de la orientación heterosexual obligatoria de la mujer". (4)

 

"Una estrategia apropiada y viable del derecho al aborto es la de informar a toda mujer que la penetración heterosexual es una violación, sea cual fuere su experiencia subjetiva contraria." (5)

 

Las afirmaciones citadas podrían parecer suficientemente reveladoras sobre la peligrosa agenda de los promotores de esta "perspectiva". Sin embargo, existen aún otros postulados que las "feministas de género" propagan cada vez con mayor fuerza: "Cada niño se asigna a una u otra categoría en base a la forma y tamaño de sus órganos genitales. Una vez hecha esta asignación nos convertimos en lo que la cultura piensa que cada uno es –femenina o masculino–. Aunque muchos crean que el hombre y la mujer son expresión natural de un plano genético, el género es producto de la cultura y el pensamiento humano, una construcción social que crea la 'verdadera naturaleza' de todo individuo." (6)

 

Es así que para las "feministas de género", éste "implica clase, y la clase presupone desigualdad. Luchar más bien por desconstruir el género llevará mucho más rápidamente a la meta" (7).

 

El feminismo de género

 

¿Pero en qué consiste el "feminismo de género" y cuál es la diferencia con el comúnmente conocido feminismo? Para comprender más en profundidad el debate en torno al término “género”, vale la pena responder a esta pregunta.

 

El término "feministas de género" fue acuñado en primer lugar por Christina Hoff Sommers en su libro Who Stole Feminism? ("¿Quién se robó el feminismo?"), con el fin de distinguir el feminismo de ideología radical surgido hacia fines de los ‘60, del anterior movimiento feminista de equidad. Aquí las palabras de Hoff Sommers: "El feminismo de equidad es sencillamente la creencia en la igualdad legal y moral de los sexos. Una feminista de equidad quiere para la mujer lo que quiere para todos: tratamiento justo, ausencia de discriminación. Por el contrario, el feminismo del 'género' es una ideología que pretende abarcarlo todo, según la cual la mujer norteamericana está presa en un sistema patriarcal opresivo. La feminista de equidad opina que las cosas han mejorado mucho para la mujer; la feminista del 'género' a menudo piensa que han empeorado. Ven señales de patriarcado por dondequiera y piensan que la situación se pondrá peor. Pero esto carece de base en la realidad norteamericana. Las cosas nunca han estado mejores para la mujer que hoy conforma 55% del estudiantado universitario, mientras que la brecha salarial continúa cerrándose" (8).

 

Al parecer, este "feminismo de género" tuvo una fuerte presencia en la Cumbre de Pekín. Así lo afirma Dale O'Leary, autora de numerosos ensayos sobre la mujer y participante en la Conferencia de Pekín, quien asegura que durante todas las jornadas de trabajo, aquellas mujeres que se identificaron como feministas abogaron persistentemente por incluir la "perspectiva del género" en el texto, por la definición de "género" como 'roles socialmente construidos' y por el uso de "género" en sustitución de 'mujer' o de masculino y femenino.

 

De hecho todas las personas familiarizadas con los objetivos del "feminismo de género" reconocieron inmediatamente la conexión entre la mencionada ideología y el borrador del "Programa de Acción" del 27 de febrero que incluía propuestas aparentemente inocentes y términos particularmente ambiguos.

 

Neo-marxismo

 

En palabras de Dale O'Leary, la teoría del "feminismo de género" se basa en una interpretación neo-marxista de la historia. Comienza con la afirmación de Marx de que toda la historia es una lucha de clases, de opresor contra oprimido, en una batalla que se resolverá solo cuando los oprimidos se percaten de su situación, se alcen en revolución e impongan una dictadura de los oprimidos. La sociedad será totalmente reconstruida y emergerá la sociedad sin clases, libre de conflictos, que asegurará la paz y prosperidad utópicas para todos.

 

O'Leary agrega que Frederick Engels fue quien sentó las bases de la unión entre el marxismo y el feminismo. Para ello cita el libro "El Origen de la Familia, la Propiedad y el Estado", escrito por el pensador alemán en 1884, en el que señala: "El primer antagonismo de clases de la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio monógamo, y la primera opresión de una clase por otra, con la del sexo femenino por el masculino" (9).

 

Según O'Leary, los marxistas clásicos creían que el sistema de clases desaparecería una vez que se eliminara la propiedad privada, se facilitara el divorcio, se aceptara la ilegitimidad, se forzara la entrada de la mujer al mercado laboral, se colocara a los niños en institutos de cuidado diario y se eliminara la religión. Sin embargo, para las "feministas de género", los marxistas fracasaron por concentrarse en soluciones económicas sin atacar directamente a la familia, que era la verdadera causa de las clases.

 

En ese sentido, la feminista Shulamith Firestone afirma la necesidad de destruir la diferencia de clases, más aún la diferencia de sexos: "... asegurar la eliminación de las clases sexuales requiere que la clase subyugada (las mujeres) se alce en revolución y se apodere del control de la reproducción; se restaure a la mujer la propiedad sobre sus propios cuerpos, como también el control femenino de la fertilidad humana, incluyendo tanto las nuevas tecnologías como todas las instituciones sociales de nacimiento y cuidado de niños. Y así como la meta final de la revolución socialista era no sólo acabar con el privilegio de la clase económica, sino con la distinción misma entre clases económicas, la meta definitiva de la revolución feminista debe ser igualmente –a diferencia del primer movimiento feminista– no simplemente acabar con el privilegio masculino sino con la distinción de sexos misma: las diferencias genitales entre los seres humanos ya no importarían culturalmente" (10).

 

Cuando la naturaleza estorba

 

Es claro pues que, para esta nueva "perspectiva de género", la realidad de la naturaleza incomoda, estorba, y por tanto debe desaparecer. Al respecto, la propia Shulamith Firestone decía: "Lo 'natural' no es necesariamente un valor 'humano'. La humanidad ha comenzado a sobrepasar a la naturaleza; ya no podemos justificar la continuación de un sistema discriminatorio de clases por sexos sobre la base de sus orígenes en la Naturaleza. De hecho, por la sola razón de pragmatismo empieza a parecer que debemos deshacernos de ella" (11).

 

Para los apasionados defensores de la "nueva perspectiva", no se deben hacer distinciones porque cualquier diferencia es sospechosa, mala, ofensiva. Dicen además que toda diferencia entre el hombre y la mujer es construcción social y por consiguiente tiene que ser cambiada. Buscan establecer una igualdad total entre hombre y mujer, sin considerar las naturales diferencias entre ambos, especialmente las diferencias sexuales; más aún, relativizan la noción de sexo de tal manera que, según ellos, no existirían dos sexos, sino más bien muchas "orientaciones sexuales".

 

Así, los mencionados promotores del "género" no han visto mejor opción que declarar la guerra a la naturaleza y a las opciones de la mujer. Según O'Leary, las "feministas de género" a menudo denigran el respeto por la mujer con la misma vehemencia con que atacan el irrespeto, porque para ellas el "enemigo" es la diferencia.

 

Sin embargo, es evidente que no toda diferencia es mala ni mucho menos irreal. Tanto el hombre como la mujer –creados a imagen y semejanza de Dios– tienen sus propias particularidades naturales que deben ser puestas al servicio del otro, para alcanzar un enriquecimiento mutuo. Esto, claro está, no significa que los recursos personales de la femineidad sean menores que los recursos de la masculinidad; simplemente significa que son diferentes. En tal sentido, si aceptamos el hecho de que hombre y mujer son diferentes, una diferencia estadística entre hombres y mujeres que participen en una actividad en particular podría ser, más que una muestra de discriminación, el simple reflejo de esas diferencias naturales entre hombre y mujer.

 

No obstante, ante la evidencia de que estas diferencias son naturales, los propulsores de la "nueva perspectiva" no cuestionan sus planteamientos sino más bien atacan el concepto de naturaleza. Además, consideran que las diferencias de "género", que según ellos existen por construcción social, fuerzan a la mujer a ser dependiente del hombre y, por ello, la libertad para la mujer consistirá, no en actuar sin restricciones indebidas, sino en liberarse de "roles de género socialmente construidos". En ese sentido, Ann Ferguson y Nancy Folbre afirman: "... las feministas deben hallar modos de apoyo para que la mujer identifique sus intereses con la mujer, antes que con sus deberes personales hacia el hombre en el contexto de la familia. Esto requiere establecer una cultura feminista revolucionaria auto-definida de la mujer, que pueda sostener a la mujer, ideológica y materialmente 'fuera del patriarcado'. Las redes de soporte contra-hegemónico material y cultural pueden proveer substitutos mujer-identificados de la producción sexo-afectiva patriarcal, que proporcionen a las mujeres mayor control sobre sus cuerpos, su tiempo de trabajo y su sentido de sí mismas." (12).

 

Con dicho fin, Ferguson y Folbre diseñan 4 áreas claves de "ataque":

 

1) Reclamar apoyo económico oficial para el cuidado de niños y los derechos reproductivos.

2) Reclamar libertad sexual, que incluye el derecho a la preferencia sexual (derechos homosexuales/lesbianos).

3) El control feminista de la producción ideológica y cultural (es importante porque la producción cultural afecta los fines, el sentido de sí mismo, las redes sociales y la producción de redes de crianza y afecto, amistad y parentesco social).

4) Establecer ayuda mutua: sistemas de apoyo económico a la mujer, desde redes de identificación única con la mujer, hasta juntas de mujeres en los sindicatos que luchen por los intereses femeninos en el trabajo asalariado. (13)

 

Una buena excusa: la mujer

 

Luego de revisar la peculiar "agenda feminista", Dale O'Leary evidencia que el propósito de cada punto de la misma no es mejorar la situación de la mujer, sino separar a la mujer del hombre y destruir la identificación de sus intereses con los de sus familias. Asimismo, agrega la experta, el interés primordial del feminismo radical nunca ha sido el de mejorar directamente la situación de la mujer ni aumentar su libertad. Por el contrario, para las feministas radicales activas, las mejoras menores pueden obstaculizar la revolución de clase sexo/género. Esta afirmación es confirmada por la feminista Heidi Hartmann que radicalmente afirma: "La cuestión de la mujer nunca ha sido la 'cuestión feminista'. Ésta se dirige a las causas de la desigualdad sexual entre hombres y mujeres, del dominio masculino sobre la mujer" (14).

 

No en vano, durante la Conferencia de Pekín, la delegada canadiense Valerie Raymond manifestó su empeño en que la cumbre de la mujer se abordara paradójicamente "no como una 'conferencia de la mujer' " sino que "los temas debían enfocarse a través de una 'óptica de género' ".

 

Así, dice O'Leary, la "nueva perspectiva" tiene como objeto propulsar la agenda homosexual/lesbiana/bisexual/transexual, y no los intereses de las mujeres comunes y corrientes.

 

Roles socialmente construidos

 

Para tratar este punto, tomemos la definición de "género" señalada en un volante que fuera circulado en la Reunión del ComPrep (Comité Preparatorio de Pekín) por partidarias de la perspectiva en cuestión. "Género se refiere a los roles y responsabilidades de la mujer y del hombre que son determinados socialmente. El género se relaciona a la forma en que se nos percibe y se espera que pensemos y actuemos como mujeres y hombres, por la forma en que la sociedad está organizada, no por nuestras diferencias biológicas".

 

Vale señalar que el término 'rol' distorsiona la discusión. Siguiendo el estudio de O'Leary, el 'rol' se define primariamente como parte de una producción teatral en la cual una persona, vestida especialmente y maquillada, representa un papel de acuerdo a un libreto escrito. El uso del término 'rol' o de la frase 'roles desempeñados' transmite necesariamente la sensación de algo artificial que se impone a la persona. Cuando se sustituye 'rol' por otro vocablo –tal como vocación–, se pone de manifiesto cómo el término 'rol' afecta nuestra percepción de identidad. Vocación envuelve algo auténtico, no artificial, un llamado a ser lo que somos. Respondemos a nuestra vocación a realizar nuestra naturaleza o a desarrollar nuestros talentos y capacidades innatos. En ese sentido, por ejemplo, O'Leary destaca la vocación femenina a la maternidad, pues la maternidad no es un 'rol'.

Cuando una madre concibe a un hijo, emprende una relación de por vida con otro ser humano. Esta relación define a la mujer, le plantea ciertas responsabilidades y afecta casi todos los aspectos de su vida. No está representando el papel de madre; es una madre. La cultura y la tradición ciertamente influyen sobre el modo en que la mujer cumple con las responsabilidades de la maternidad, pero no crean madres, aclara O'Leary.

 

Sin embargo, los promotores de la "perspectiva de género" insisten en decir que toda relación o actividad de los seres humanos es resultado de una "construcción social" que otorga al hombre una posición superior en la sociedad y a la mujer una inferior. Según esta perspectiva, el progreso de la mujer requiere que se libere a toda la sociedad de esta "construcción social", de modo que el hombre y la mujer sean iguales.

 

Para ello, las "feministas de género" señalan la urgencia de "desconstruir estos roles socialmente construidos", que según ellas, pueden ser divididos en tres categorías principalmente:

 

- Masculinidad y feminidad. Consideran que el hombre y la mujer adultos son construcciones sociales; que en realidad el ser humano nace sexualmente neutral y que luego es socializado en hombre o mujer. Esta socialización, dicen, afecta a la mujer negativa e injustamente. Por ello, las feministas proponen depurar la educación y los medios de comunicación de todo estereotipo y de toda imagen específica de género, para que los niños puedan crecer sin que se les exponga a trabajos "sexo-específicos".

- Relaciones familiares: padre, madre, marido y mujer. Las feministas no sólo pretenden que se sustituyan estos términos "género-específicos" por palabras "género-neutrales", sino que aspiran a que no haya diferencias de conducta ni responsabilidad entre el hombre y la mujer en la familia. Según Dale O'Leary, ésta es la categoría de "roles socialmente construidos" a la que las feministas le atribuyen mayor importancia porque consideran que la experiencia de relaciones "sexo-específicas" en la familia es la principal causa del sistema de clases "sexo/géneros".

- Ocupaciones o profesiones. El tercer tipo de "roles socialmente construidos" abarca las ocupaciones que una sociedad asigna a uno u otro sexo.

 

Si bien las tres categorías de "construcción social" ya podrían ser suficientes, el repertorio de las "feministas de género" incluye una más: la reproducción humana, que, según dicen, también es determinada socialmente. Al respecto, Heidi Hartmann afirma: "La forma en que se propaga la especie es determinada socialmente. Si biológicamente la gente es sexualmente polimorfa y la sociedad estuviera organizada de modo que se permitiera por igual toda forma de expresión sexual, la reproducción sería resultado sólo de algunos encuentros sexuales: los heterosexuales. La división estricta del trabajo por sexos, un invento social común a toda sociedad conocida, crea dos géneros muy separados y la necesidad de que el hombre y la mujer se junten por razones económicas. Contribuye así a orientar sus exigencias sexuales hacia la realización heterosexual, y a asegurar la reproducción biológica. En sociedades más imaginativas, la reproducción biológica podría asegurarse con otras técnicas." (15)

 

El objetivo: desconstruir la sociedad

 

Queda claro pues, que la meta de los promotores de la "perspectiva de género", fuertemente presente en Pekín, es el llegar a una sociedad sin clases de sexo. Para ello, proponen desconstruir el lenguaje, las relaciones familiares, la reproducción, la sexualidad, la educación, la religión, la cultura, entre otras cosas. Al respecto, el material de trabajo del curso Re-imagen del Género, dice lo siguiente: "El género implica clase, y la clase presupone desigualdad. Luchar más bien por desconstruir el género llevará mucho más rápidamente a la meta. Bien, es una cultura patriarcal y el género parece ser básico al patriarcado. Después de todo, los hombres no gozarían del privilegio masculino si no hubiera hombres. Y las mujeres no serían oprimidas si no existiera tal cosa como 'la mujer'. Acabar con el género es acabar con el patriarcado, como también con las muchas injusticias perpetradas en nombre de la desigualdad entre los géneros" (16).

 

En tal sentido, Susan Moller Okin escribe un artículo en el que se lanza a pronosticar lo que para ella sería el "soñado futuro sin géneros": "No habría presunciones sobre roles masculino o femenino; dar a luz estaría conceptualmente tan distante de la crianza infantil, que sería motivo de asombro que hombres y mujeres no fueran igualmente responsables de las áreas domésticas, o que los hijos pasaran mucho más tiempo con uno de los padres que con el otro. Sería un futuro en el que hombres y mujeres participen en número aproximadamente igual en todas las esferas de la vida, desde el cuidado de los infantes hasta el desempeño político de más alto nivel, incluyendo los más diversos tipos de trabajo asalariado. Si hemos de guardar la más mínima lealtad a nuestros ideales democráticos, es esencial distanciarnos del género... Parece innegable que la disolución de roles de género contribuiría a promover la justicia en toda nuestra sociedad, haciendo así de la familia un sitio mucho más apto para que los hijos desarrollen un sentido de justicia" (17).

 

Para ello, también proponen la "desconstrucción de la educación" tal como se lee en el discurso que la Presidenta de Islandia, Vigdis Finnbogadottir, diera en una conferencia preparatoria a la Conferencia de Pekín organizada por el Consejo Europeo en febrero de 1995. Para ella, así como para todos los demás defensores de la "perspectiva de género", urge desconstruir no sólo la familia sino también la educación. Las niñas deben ser orientadas hacia áreas no tradicionales y no se las debe exponer a la imagen de la mujer como esposa o madre, ni se les debe involucrar en actividades femeninas tradicionales. "La educación es una estrategia importante para cambiar los prejuicios sobre los roles del hombre y la mujer en la sociedad. La perspectiva del 'género' debe integrarse en los programas. Deben eliminarse los estereotipos en los textos escolares y concientizar en este sentido a los maestros, para asegurar así que niñas y niños hagan una selección profesional informada, y no en base a tradiciones prejuiciadas sobre el ‘género’ " (18).

 

Primer blanco, la familia

 

"El final de la familia biológica eliminará también la necesidad de la represión sexual. La homosexualidad masculina, el lesbianismo y las relaciones sexuales extramaritales ya no se verán en la forma liberal como opciones alternas, fuera del alcance de la regulación estatal... en vez de esto, hasta las categorías de homosexualidad y heterosexualidad serán abandonadas: la misma 'institución de las relaciones sexuales', en que hombre y mujer desempeñan un rol bien definido, desaparecerá. La humanidad podría revertir finalmente a su sexualidad polimorfamente perversa natural" (19).

 

Estas palabras de Alison Jagger, autora de diversos libros de texto utilizados en programas de estudios femeninos en Universidades norteamericanas, revelan claramente la hostilidad de las "feministas del género" frente a la familia. "La igualdad feminista radical significa, no simplemente igualdad bajo la ley y ni siquiera igual satisfacción de necesidades básicas, sino más bien que las mujeres –al igual que los hombres– no tengan que dar a luz... La destrucción de la familia biológica, que Freud jamás visualizó, permitirá la emergencia de mujeres y hombres nuevos, diferentes de cuantos han existido anteriormente" (20).

 

Al parecer, la principal razón del rechazo feminista a la familia es que para ellas esta institución básica de la sociedad "crea y apoya el sistema de clases sexo/género". Así lo explica Christine Riddiough, colaboradora de la revista publicada por la institución internacional anti-vida Catholics for a Free Choice ("Católicas por el derecho a elegir"): "La familia nos da las primeras lecciones de ideología de clase dominante y también imparte legitimidad a otras instituciones de la sociedad civil. Nuestras familias son las que nos enseñan primero la religión, a ser buenos ciudadanos... tan completa es la hegemonía de la clase dominante en la familia, que se nos enseña que ésta encarna el orden natural de las cosas. Se basa en particular en una relación entre el hombre y la mujer que reprime la sexualidad, especialmente la sexualidad de la mujer" (21).

 

Para quienes tienen una visión marxista de las diferencias de clases como causa de los problemas, apunta O'Leary, 'diferente' es siempre 'desigual' y 'desigual ' siempre es 'opresor'. En este sentido, las "feministas de género" consideran que cuando la mujer cuida a sus hijos en el hogar y el esposo trabaja fuera de casa, las responsabilidades son diferentes y por tanto no igualitarias. Entonces ven esta 'desigualdad' en el hogar como causa de 'desigualdad' en la vida pública, ya que la mujer, cuyo interés primario es el hogar, no siempre tiene el tiempo y la energía para dedicarse a la vida pública. Por ello afirman: "Pensamos que ninguna mujer debería tener esta opción. No debería autorizarse a ninguna mujer a quedarse en casa para cuidar a sus hijos. La sociedad debe ser totalmente diferente. Las mujeres no deben tener esa opción, porque si esa opción existe, demasiadas mujeres decidirán por ella" (22).

 

Además, las "feministas de género" insisten en la desconstrucción de la familia no sólo porque según ellas esclaviza a la mujer, sino porque condiciona socialmente a los hijos para que acepten la familia, el matrimonio y la maternidad como algo natural. Al respecto, Nancy Chodorow afirma: "Si nuestra meta es acabar con la división sexual del trabajo en la cual la mujer maternaliza, tenemos que entender en primer lugar los mecanismos que la reproducen. Mi recuento indica exactamente el punto en el que debe intervenirse. Cualquier estrategia para el cambio cuya meta abarque la liberación de las restricciones impuestas por una desigual organización social por géneros, debe tomar en cuenta la necesidad de una reorganización fundamental del cuidado de los hijos, para que sea compartido igualmente por hombres y mujeres" (23).

 

Queda claro que para los propulsores del "género" las responsabilidades de la mujer en la familia son supuestamente enemigas de la realización de la mujer. El entorno privado se considera como secundario y menos importante; la familia y el trabajo del hogar como "carga" que afecta negativamente los "proyectos profesionales" de la mujer. Este ataque declarado contra la familia, sin embargo, contrasta notablemente con la Declaración Universal de los Derechos Humanos promulgada, como es sabido, por la ONU en 1948. En el artículo 16 de la misma, las Naciones Unidas defienden enfáticamente a la familia y al matrimonio:

 

“1. Los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión, a casarse y fundar una familia; y disfrutarán de iguales derechos en cuanto al matrimonio, durante el matrimonio y en caso de disolución del matrimonio.

2. Sólo mediante libre y pleno consentimiento de los futuros esposos podrá contraerse el matrimonio.

3. La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado.”

 

Sin embargo, los artífices de la nueva "perspectiva de género" presentes en la cumbre de la mujer pusieron al margen todas estas premisas y por el contrario apuntaron desde entonces la necesidad de "desconstruir" la familia, el matrimonio, la maternidad y la feminidad misma para que el mundo pueda ser libre.

 

En cambio, los representantes de las principales naciones comprometidas con la defensa de la vida y los valores familiares que participaron en Pekín alzaron su voz en contra de este tipo de propuestas, sobre todo al descubrir que el documento de la cumbre eliminaba arbitrariamente del vocabulario del programa las palabras "esposa", "marido", "madre", "padre". Ante tal hecho, Barbara Ledeen, Directora del Independent Women Forum, una organización de defensa de la mujer ampliamente reconocida en Estados Unidos, señaló: "El documento está inspirado en teorías feministas ultra radicales, de viejo sello conflictivo, y representa un ataque directo a los valores de la familia, el matrimonio y la femineidad".

 

El Papa Juan Pablo II, por su parte, tiempo antes de la Conferencia de Pekín, ya había insistido en señalar la estrecha relación entre la mujer y la familia. Durante el encuentro que sostuvo con Gertrude Mongella, Secretaria General de la Conferencia de la Mujer, previo a la cumbre mundial, dijo: "No hay respuesta a los temas sobre la mujer que pueda pasar por alto la función de la mujer en la familia… Para respetar este orden natural, es necesario hacer frente a la concepción errada de que la función de la maternidad es opresiva para la mujer".

 

Lamentablemente, la propuesta del Consejo Europeo para la Plataforma de Acción de Pekín fue completamente ajena a las orientaciones del Santo Padre. "Ya es hora de dejar en claro que los estereotipos de géneros son anticuados: los hombres ya no son únicamente los machos que sostienen la familia ni las mujeres sólo esposas y madres. No debe subestimarse la influencia psicológica negativa de mostrar estereotipos femeninos" (24).

 

Ante esta postura, O'Leary escribe en su informe que si bien es cierto que las mujeres no deben mostrarse únicamente como esposas y madres, muchas sí son esposas y madres, y por ello una imagen positiva de la mujer que se dedica sólo al trabajo del hogar no tiene nada de malo. Sin embargo, la meta de la perspectiva del 'género' no es representar auténticamente la vida de la mujer, sino una estereotipificación inversa según la cual las mujeres que "sólo" sean esposas y madres nunca aparezcan bajo un prisma favorable.

 

Salud y derechos sexuales y reproductivos

 

En la misma línea, las "feministas de género" incluyen como parte esencial de su agenda la promoción de la "libre elección" en asuntos de reproducción y de estilo de vida. Según O'Leary, "libre elección de reproducción" es la expresión clave para referirse al aborto a solicitud; mientras que "estilo de vida" apunta a promover la homosexualidad, el lesbianismo y toda otra forma de sexualidad fuera del matrimonio. Así, por ejemplo, los representantes del Consejo Europeo en Pekín lanzaron la siguiente propuesta: "Deben escucharse las voces de mujeres jóvenes, ya que la vida sexual no gira sólo alrededor del matrimonio. Esto lleva al aspecto del derecho a ser diferente, ya sea en términos de estilo de vida –la elección de vivir en familia o sola, con o sin hijos– o de preferencias sexuales. Deben reconocerse los derechos reproductivos de la mujer lesbiana" (25).

 

Estos "derechos" de las lesbianas incluirían también el "derecho" de las parejas lesbianas a concebir hijos a través de la inseminación artificial, y de adoptar legalmente a los hijos de sus compañeras.

Pero los defensores del "género" no sólo proponen este tipo de aberraciones sino que además defienden un "derecho a la salud" que, en honor a la verdad, se aleja por completo de la verdadera salud del ser humano. En efecto, ignorando el derecho de todo ser humano a la vida, estos proponen el derecho a la salud, que incluye el derecho a la salud sexual y reproductiva. Paradójicamente, esta "salud reproductiva" incluye el aborto y, por tanto, la muerte de seres humanos no nacidos.

 

No en vano, las "feministas de género" son fuertes aliadas de los ambientalistas y poblacionistas. Según O'Leary, aunque las tres ideologías no concuerdan en todos sus aspectos, tienen en común el proyecto del aborto. Por un lado, los ambientalistas y poblacionistas consideran esencial, para el éxito de sus agendas, el estricto control de la fertilidad y para ello están dispuestos a usar la "perspectiva de género". La siguiente cita de la Division for the Advance of Women (División para el Avance de las Mujeres) propuesta en una reunión organizada en consulta con el Fondo de Población de la ONU, revela la manera de pensar de aquellos interesados primariamente en que haya cada vez menos gente que vea el "género": "Para ser efectivos en el largo plazo, los programas de planificación familiar deben buscar no sólo reducir la fertilidad dentro de los roles de género existentes, sino más bien cambiar los roles de género a fin de reducir la fertilidad" (26).

 

Así, los "nuevos derechos" propuestos por las "feministas de género" no se reducen simplemente a los derechos de "salud reproductiva" que, como hemos mencionado ya, promueven el aborto de un ser humano no nacido, sino que además exigen el "derecho" a determinar la propia identidad sexual. En un volante que circuló durante la Conferencia de Pekín, la ONG International Gay and Lesbian Human Rights Commission (Comisión Internacional de los Derechos Humanos de Homosexuales y Lesbianas) exigió este derecho en los siguientes términos: "Nosotros, los abajo firmantes, hacemos un llamado a los Estados Miembros a reconocer el derecho a determinar la propia identidad sexual; el derecho a controlar el propio cuerpo, particularmente al establecer relaciones de intimidad; y el derecho a escoger, dado el caso, cuándo y con quién engendrar y criar hijos, como elementos fundamentales de todos los derechos humanos de toda mujer, sin distingo de orientación sexual".

 

Esto es más preocupante aún si se toma en cuenta que para las "feministas de género" existen cinco sexos. Rebecca J. Cook, docente de Leyes en la Universidad de Toronto y redactora del aporte oficial de la ONU en Pekín, señala, en la misma línea de sus compañeros de batalla, que los géneros masculino y femenino serían una "construcción de la realidad social" y que deberían ser abolidos. Increíblemente, el documento elaborado por la feminista canadiense afirma que "los sexos ya no son dos sino cinco", y por tanto no se debería hablar de hombre y mujer, sino de "mujeres heterosexuales, mujeres homosexuales, hombres heterosexuales, hombres homosexuales y bisexuales".

 

La "libertad" de los propulsores del "género" para afirmar la existencia de cinco sexos contrasta con todas las pruebas científicas existentes según las cuales sólo hay dos opciones desde el punto de vista genético: o se es hombre o se es mujer. No hay absolutamente nada, científicamente hablando, que esté en el medio.

 

Ataque a la religión

 

Si bien las "feministas de género" promueven la "desconstrucción" de la familia, la educación y la cultura como panacea para todos los problemas, ponen especial énfasis en la "desconstrucción" de la religión, que, según dicen, es la causa principal de la opresión de la mujer. Numerosas ONG acreditadas ante la ONU se han empeñado en criticar a quienes ellos denominan "fundamentalistas" (cristianos católicos, evangélicos y ortodoxos, judíos y musulmanes, o cualquier persona que rehúse ajustar las doctrinas de su religión a la agenda del "feminismo de género"). Un video promotor del Foro de las ONG en la Conferencia de Pekín, producido por Judith Lasch, señala: "Nada ha hecho más por constreñir a la mujer que los credos y las enseñanzas religiosas".

 

De la misma manera, el informe de la Reunión de Estrategias Globales para la Mujer contiene numerosas referencias al fundamentalismo y a la necesidad de contrarrestar sus supuestos ataques a los derechos de la mujer. "Toda forma de fundamentalismo, sea político, religioso o cultural, excluye a la mujer de normas de derechos humanos de aceptación internacional, y la convierten en blanco de violencia extrema. La eliminación de estas prácticas es preocupación de la comunidad internacional".

 

De otro lado, el informe de la reunión preparatoria a la Conferencia de Pekín organizada por el Consejo Europeo en febrero de 1995 incluye numerosos ataques a la religión: "El surgimiento de toda forma de fundamentalismo religioso se considera como una especial amenaza al disfrute por parte de la mujer de sus derechos humanos y a su plena participación en la toma de decisiones a todo nivel en la sociedad" (27); "... debe capacitarse a las mujeres mismas, y dárseles la oportunidad de determinar lo que sus culturas, religiones y costumbres significan para ellas." (28)

 

Vale señalar que para el "feminismo de género", la religión es un invento humano y las religiones principales fueron inventadas por hombres para oprimir a las mujeres. Por ello, las feministas radicales postulan la re-imagen de Dios como Sophia: Sabiduría femenina. En ese sentido, las "teólogas del feminismo de género" proponen descubrir y adorar no a Dios, sino a la Diosa. Por ejemplo, Carol Christ, autodenominada "teóloga feminista de género" afirma lo siguiente: "Una mujer que se haga eco de la afirmación dramática de Ntosake Shange: 'Encontré a Dios en mí misma y la amé ferozmente' está diciendo: 'El poder femenino es fuerte y creativo'. Está diciendo que el principio divino, el poder salvador y sustentador, está en ella misma y que ya no verá al hombre o a la figura masculina como salvador" (29).

 

Igual de extrañas son las palabras de Elisabeth Schussler Fiorenza, otra "teóloga feminista de género" que niega de raíz la posibilidad de la Revelación, tal como se lee en la siguiente cita: "Los textos bíblicos no son revelación de inspiración verbal ni principios doctrinales, sino formulaciones históricas… Análogamente, la teoría feminista insiste en que todos los textos son producto de una cultura e historia patriarcal androcéntrica." (30)

 

Además, Joanne Carlson Brown y Carole R. Bohn, también autodenominadas teólogas de la "escuela feminista de género", atacan directamente al cristianismo como propulsor del abuso infantil: "El cristianismo es una teología abusiva que glorifica el sufrimiento. ¿Cabe asombrarse de que haya mucho abuso en la sociedad moderna, cuando la imagen teológica dominante de la cultura es el 'abuso divino del hijo' - Dios Padre que exige y efectúa el sufrimiento y la muerte de su propio hijo? Si el cristianismo ha de ser liberador del oprimido, debe primero liberarse de esta teología" (31).

 

Por todo ello, los dueños de la "nueva perspectiva" promueven el ataque frontal al cristianismo y a toda figura que lo represente. En 1994, Rhonde Copelon y Berta Esperanza Hernández elaboraron un folleto para una serie de sesiones de trabajo de la Conferencia Internacional de Población y Desarrollo de El Cairo. El folleto atacaba directamente al Vaticano por oponerse a su agenda, que entre otras cosas incluye los "derechos a la salud reproductiva" y por consecuencia al aborto. "Este reclamo de derechos humanos elementales confronta con la oposición de todo tipo de fundamentalistas religiosos, con el Vaticano como líder en la organización de oposición religiosa a la salud y a los derechos reproductivos, incluyendo hasta los servicios de planificación familiar" (32).

 

Contrastantes con todas estas posturas de ataque y agresión a la religión, a la Iglesia, concretamente al Vaticano, son las posturas de la mayoría de mujeres del mundo, que según el informe de O'Leary defienden sus tradiciones religiosas como la mejor de las protecciones de los derechos y la dignidad de la mujer. Mujeres católicas, evangélicas, ortodoxas y judías agradecen en particular las enseñanzas de sus credos sobre el matrimonio, la familia, la sexualidad y el respeto por la vida humana.

 

La Santa Sede, por su parte, señaló en los meses previos a Pekín el peligro de la tendencia en el texto planteado por la ONU a dejar de lado el derecho de las mujeres a la libertad de conciencia y de religión en las instituciones educativas.

 

Conclusión

 

En palabras de Dale O'Leary, el "feminismo de género" es un sistema cerrado contra el cual no hay forma de argumentar. No puede apelarse a la naturaleza, ni a la razón, la experiencia o las opiniones y deseos de mujeres verdaderas, porque según las "feministas de género" todo esto es "socialmente construido". No importa cuánta evidencia se acumule contra sus ideas; ellas continuarán insistiendo en que es simplemente prueba adicional de la conspiración patriarcal masiva en contra de la mujer.

Sin embargo, existen muchas personas que, quizás por falta de información, aún no están al tanto de la nueva propuesta y de los peligrosos alcances de la misma. Vale la pena, pues, conocer esta "perspectiva de género", que, según informaciones fidedignas, en la actualidad no sólo está tomando fuerza en los países desarrollados sino que, al parecer, también ha empezado a filtrarse en nuestro medio. Basta revisar algunos materiales educativos difundidos no sólo en los colegios del país sino también en prestigiosas universidades.

 

Ahora bien, en Estados Unidos el "feminismo de género" ha logrado ubicarse en el centro de la corriente cultural norteamericana. Prestigiosas universidades y Colleges de los Estados Unidos difunden abiertamente esta perspectiva. Además, numerosas series televisivas norteamericanas hacen su parte difundiendo el siguiente mensaje: la identidad sexual puede "desconstruirse" y la masculinidad y femineidad no son más que "roles de géneros construidos socialmente".

 

Si tomamos en cuenta que el avance de las tecnologías ha logrado que dichos programas con toda la nueva "perspectiva de género" lleguen diariamente a los países en vías de desarrollo, principalmente a través de la televisión por cable, sin descartar los muchos otros medios que existen en nuestro tiempo, esto nos pone ante un nuevo reto que debe ser enfrentado lo antes posible para evitar las graves consecuencias que ya está ocasionando en el Primer Mundo.

 

Más aún cuando, en palabras de O'Leary, la "desconstrucción" de la familia y el ataque a la religión, la tradición y los valores culturales que las "feministas de género" promueven en los países en desarrollo afecta al mundo entero.

 

Referencias bibliográficas

 

1) Judith Butler, Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity, Routledge, New York, 1990, p. 6.

2) Véase el trabajo de Cristina Delgado, Reporte sobre la Conferencia Regional de Mar de Plata, Argentina, en el que recoge diversas citas de "feministas de género".

3) Allí mismo.

4) Adrienne Rich, "Compulsory Heterosexuality and Lesbian Existence", Blood, Bread and Poetry, p. 27.

5) Allí mismo, p. 70.

6) Lucy Gilber & Paula Wesbster, "The Dangers of Feminity", Gender Differences: Sociology of Biology?, p. 41.

7) Gender Outlaw, p. 115.

8) Entrevista a Christina Hoff Sommers en: Faith and Freedom, 1994, p. 2.

9) Frederick Engels, The Origin of the Family, Property and the State, International Publishers, New York, 1972, pp. 65-66.

10) Shulamith Firestone, The Dialectic of Sex, Bantam Books, New York, 1970, p. 12.

11) Allí mismo, p. 10.

12) Ann Ferguson & Nancy Folbre, "The Unhappy Marriage of Patriarch and Capitalism", Women and Revolution, p. 80.

13) Allí mismo.

14) Heidi Harmann, "The Unhappy Marriage of Marxism and Feminism", Women and Revolution, South End Press, Boston, 1981, p. 5.

15) Allí mismo, p. 16.

16) Gender Outlaw, p. 115.

17) Susan Moller Okin, "Change the Family, Change the World", Utne Reader, Marzo/Abril, 1990, p. 75.

18) Council of Europe, "Equality and Democracy: Utopia or Challenge?", Palais del'Europe, Strausbourg, Febrero 9-11, 1995, p. 38.

19) Alison Jagger, "Political Philosophies of Women's Liberation", Feminism and Philosophy, Littlefield, Adams & Co., Totowa, New Jersey, 1977, p. 13.

20) Allí mismo, p. 14.

21) Christine Riddiough, "Socialism, Feminism and Gay/Lesbian Liberation", Women and Revolution, p. 80.

22) Christina Hoff Sommers, Who Stole Feminism?, Simon & Shuster, New York, 1994, p. 257.

23) Nancy Chodorow, The Reproduction of Mothering, U. of CA Press, Berkeley, 1978, p. 215.

24) Council of Europe, "Equality and Democracy: Utopia of Challenge?", Palais del'Europe, Strausbourg, Febrero 9-11, 1995.

25) Allí mismo, p. 25.

26) "Gender Perspective in Family Planning Programs", Division for the Advancement of Women.

27) Council of Europe, "Equality and Democracy: Utopia of Challenge?", Palais del'Europe, Strausbourg, Febrero 9-11, 1995, p. 13.

28) Allí mismo, p. 16.

29) Carol Christ, Womanspirit Rising, p. 277.

30) Elisabeth Schussler Fiorenza, In Memory of Her, Crossroad, New York, 1987, p. 15.

31) Joanne Carlson Brown & Carole R. Bohn, Christianity, Patriarchy and Abuse: A Feminist Critique, p. 26.

32) Rondhe Copelon & Berta Esperanza Hernández, Sexual and Reproductive Rights and Health as Human Rights: Concepts and Strategies; An Introduction for Activitists, Human Rights Series, Cairo, 1994, p. 3.

 

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Ayuda a las personas sin techo

 

Obra Social Pablo VI

Web: www.osp6.org

Email: ospablovi@gmail.com

 

La Obra Social Pablo VI es una asociación civil católica cuyo objetivo es promover el desarrollo humano integral y servir a las personas sin techo. Fue fundada en Montevideo (Uruguay) el 25/08/1992 e inscripta en el Registro de Personerías Jurídicas el 12/02/1993 con el Nº 6.061. Su actual Comisión Directiva está formada por: Daniel Iglesias, Rafael Eiris, Alessio Ortolani, Claudio Garófalo, Piero Ortolani, Julio Aznárez y Marcelo Scavuzzo.

 

Gestiona cuatro hogares para personas en situación de calle en Montevideo:

·         Hogar “Pablo VI” (desde 1995): Nueve de Abril 1690 (Cordón),  tel. 2924 4582 - 2924 7353. Refugio nocturno para 20 adultos mayores. Convenios con el Ministerio de Salud Pública (MSP) y el Banco de Previsión Social (BPS).

·         Hogar “Casita del Señor” (desde 2000): Luis Arcos Ferrand 4783 (Malvín Norte), tel. 2525 3314. Hogar transitorio autogestionado para 10 señoras adultas mayores. Convenio con el BPS.

·         Hogar “La Milagrosa” (desde 2012): Av. Agraciada 2410 (Aguada), tel. 2929 1799. Centro diurno para 30 adultos mayores y refugio nocturno para 30 adultos mayores. Convenio con el BPS.

·         Hogar “Mons. Jacinto Vera” (desde 2012): Canelones 1540 (Cordón), tel. 2411 2630 – 2410 3574. Hogar de 24 horas para madres con niños (35 personas). Convenio con el Ministerio de Desarrollo Social (MIDES).

 

Colabore con nosotros. Nuestra asociación necesita su apoyo para consolidar y mejorar su trabajo a favor de algunas de las personas más pobres de nuestro país.

 

Usted puede hacer una contribución mensual a la Obra Social Pablo VI llamando una sola vez desde su teléfono fijo (en Uruguay) a uno o más de los siguientes números telefónicos:

·         0908 3201 - $ 50

·         0908 3202 - $ 100

·         0908 3203 - $ 200

·         0908 3204 - $ 400

 

Los montos respectivos (en pesos uruguayos) serán incluidos cada mes en la factura de su servicio de Antel, hasta nuevo aviso de su parte. Si lo desea, usted puede solicitar la baja en cualquier momento, escribiendo a: ospablovi@gmail.com.

 

Por favor difunda esta información entre sus familiares y amigos.

 

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Oración para irradiar a Cristo

 

Beato John Henry Newman

 

Amado Señor,
ayúdame a esparcir tu fragancia donde quiera que vaya.
Inunda mi alma de espíritu y vida.
Penetra y posee todo mi ser hasta tal punto
que toda mi vida sólo sea una emanación de la tuya.
Brilla a través de mí, y mora en mí de tal manera
que todas las almas que entren en contacto conmigo
puedan sentir tu presencia en mi alma.
Haz que me miren y ya no me vean a mí sino solamente a Ti, oh Señor.
Quédate conmigo y entonces comenzaré a brillar como brillas Tú;
a brillar para servir de luz a los demás a través de mí.
La luz, oh Señor, irradiará toda de Ti, no de mí;
serás Tú quien ilumine a los demás a través de mí.
Permíteme pues alabarte de la manera que más te gusta,
brillando para quienes me rodean.
Haz que predique sin predicar, no con palabras sino con mi ejemplo,
por la fuerza contagiosa, por la influencia de lo que hago,
por la evidente plenitud del amor que te tiene mi corazón.
Amén.

 

Fuente: http://www.aleteia.org/es/religion/articulo/oracion-para-irradiar-a-cristo-del-beato-newman-5797249246298112

 

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“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

Contacto: feyrazon@gmail.com

 

 

Fundadores: Ing. Daniel Iglesias, Lic. Néstor Martínez, Diác. Jorge Novoa.

 

Equipo de Dirección: Ing. Daniel Iglesias, Lic. Néstor Martínez, Ec. Rafael Menéndez.

 

Colaboradores: Mons. Dr. Miguel Antonio Barriola, R. P. Lic. Horacio Bojorge SJ, Mons. Dr. Antonio Bonzani, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Carlos Caso-Rosendi, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Mons. Dr. Jaime Fuentes, Dr. Pedro Gaudiano, Diác. Prof. Milton Iglesias Fascetto (+), Pbro. Dr. José María Iraburu, Diác. Jorge Novoa, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla,  Miguel Pastorino, Santiago Raffo, Juan Carlos Riojas Álvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

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