Fe y Razón

Revista virtual gratuita de teología

Publicación del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 108 –2 de abril de 2015

 

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

(“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”)

Santo Tomás de Aquino

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

¡Felices Pascuas!

Equipo de Dirección

Magisterio

La unidad de la Iglesia, premisa de la civilización del amor

Papa Beato Pablo VI

Sínodo de la Familia

En las tormentas de la Iglesia, alegres en la esperanza

Pbro. Dr. José María Iraburu

Sínodo de la Familia

Respuestas a las preguntas de los Lineamenta para la recepción y la profundización de la Relatio Synodi –II

Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

Familia y Vida

Proclama en el Día Internacional del Niño por Nacer 2015

Grupos Pro-vida del Uruguay

Historia de la Iglesia

«Los turcos nos masacran». Así nació la primera Cruzada

Angela Pellicciari

Oración

Via Crucis en el Coliseo –Viernes Santo 2005

Cardenal Joseph Ratzinger

 

 

¡Felices Pascuas!

 

Equipo de Dirección

 

1.      Campaña anual de donaciones


Como muchos de ustedes saben, los recursos económicos y materiales del Centro Cultural Católico “Fe y Razón” (CCCFR) son muy escasos. Dependemos casi totalmente del trabajo voluntario de algunos socios del Centro. A pesar de ello y de nuestras grandes limitaciones, gracias a Dios hemos logrado unos cuantos resultados concretos desde 1999 hasta hoy: sitios web, revista virtual, libros, conferencias, cursillos, etc.

 

Hoy se da la situación paradójica de que “Fe y Razón” es más conocido y leído en el exterior que en nuestro propio país (Uruguay), tan necesitado de una renovación de la cultura católica. Para el futuro próximo aspiramos a llevar a cabo un proyecto que nos permitiría llegar a un público más amplio en Uruguay.  Nos referimos a la edición convencional (en papel) de libros y librillos, e incluso –soñando un poco– de esta misma revista. Esas publicaciones impresas nos exigirían disponer de un capital que hoy está lejos de nuestras posibilidades económicas. Además nos obligarían a asociarnos con una editorial que asuma toda una serie de tareas (relación con imprentas, distribución, marketing, recaudación, etc.) que son ajenas a nuestros conocimientos, habilidades y experiencias.

 

Principalmente con miras a ese proyecto, pero sin olvidar la necesidad de cubrir los gastos de nuestras actividades actuales, nos atrevemos a solicitar su generosa contribución con el CCCFR. Si usted desea efectuar una donación en efectivo a nuestro Centro, le ofrecemos las siguientes alternativas.

 

Si usted dispone de una cuenta en PayPal:

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Si usted no tiene una cuenta en PayPal y no puede o no quiere abrir una, por favor escríbanos a feyrazon@gmail.com para acordar una forma de pago. También puede escribirnos a esa dirección para plantearnos sugerencias o consultas. Gustosamente le responderemos a la brevedad posible.


Más allá de su eventual contribución económica, que desde ya agradecemos, nos encomendamos a sus oraciones por nosotros y por nuestra labor apostólica.

 

2.      Conferencia del Prof. José Arturo Quarracino

 

El miércoles 25 de marzo, mientras toda la Iglesia estaba en oración por la fiesta de la Anunciación y el Día Internacional del Niño por Nacer, tuvo lugar en Montevideo una conferencia del Prof. José Arturo Quarracino sobre "Concentración de la riqueza y control de la natalidad", organizada por grupos pro-vida del Uruguay. Ante unas 80 personas, el Prof. Quarracino, experto pro-vida argentino, desveló las raíces del programa mundial de legalización del aborto y destrucción de la familia que llevan adelante grupos como la IPPF, el Population Council, las Naciones Unidas –especialmente su Fondo de Población–, las Fundaciones Rockefeller, Carnegie, Ford, Bill y Melinda Gates, etc., gobiernos como los de Estados Unidos, Gran Bretaña, Holanda, etc. Fue una ocasión para reafirmar el compromiso con la civilización del amor y contra la cultura de la muerte. Al final se leyó la Proclama que también viene en este número de Fe y Razón.

 

3.      Filial Súplica a Su Santidad el Papa Francisco sobre el futuro de la familia

 

Una vez más los invitamos a firmar y/o difundir la Filial Súplica a Su Santidad el Papa Francisco sobre el futuro de la familia. Los firmantes (que a la fecha superan los 155.000) suplican filialmente al Papa Francisco que, para terminar la presente situación de confusión doctrinal entre los fieles católicos, reafirme con claridad la doctrina católica (bíblica y tradicional) sobre el matrimonio y la familia y la necesidad de aplicar coherentemente esa doctrina en la vida y en la práctica pastoral. En el ángulo superior derecho de la página principal se puede elegir el idioma.

 

4.      Horacio Bojorge, La Virgen María según los Evangelistas

 

Tenemos el agrado de comunicarles que el P. Horacio Bojorge SJ estará en Buenos Aires del 9 al 22 de abril próximo para presentar su libro de reciente aparición: “La Virgen María según los Evangelistas”. Después de 40 años se reedita, por tercera vez en Argentina, este librito que tuvo dos ediciones en España, fue traducido al inglés (en USA e India), el portugués, el holandés, el japonés y el coreano. Ahora reaparece en quinta edición, ampliado con un estudio sobre “San Lucas médico griego” y otro sobre “El género literario Evangelio”. Durante los días citados habrá varias presentaciones del libro en distintos lugares de Buenos Aires. Hasta ahora se han concertado las siguientes cuatro presentaciones:


1) Viernes 10 de abril, hora 19.15, Colegio de Mallinckrodt, Edison 139, 1640-Martínez, Bs. As.

2) Martes 14 de abril, hora 19, INFIP –Instituto de Filosofía Práctica, Viamonte 1596.

3) Jueves 16 de abril, hora 19.30 (puede adelantarse al 9 de abril), Instituto Bosch, Suipacha 128 PB Dpto. 1 (esq. Bartolomé Mitre).

4) Sábado 18 de abril, hora 21, Colegio FASTA, Catherina Soler 5942 (Palermo).


A continuación reproducimos una parte del prólogo del libro, que explica su contenido:


“María no es el Evangelio. No hay ningún Evangelio de María. Pero sin María tampoco hay Evangelio. Ella figura en los cuatro. Desde la Anunciación a la Cruz, junto a su hijo Jesucristo. Y desde la Cruz hasta nuestros días, junto a nosotros. “A Jesús por María” no es una invención moderna, es la tradición bimilenaria de la Iglesia. No hay mejores maestros para conocer a María que los mismos evangelistas. Ellos nos transmiten la auténtica figura de María. Esta quinta edición va enriquecida con un capítulo dedicado a san Lucas, el médico griego, el evangelista mariano, el que pintó un retrato de María, el que nos dio acceso al Corazón de María, cofre de los misterios del Santo Rosario. ¿Qué pudo brindarle su origen, su educación, sus estudios médicos en el mundo helenístico de su época? ¿Cómo calibrar el valor de su testimonio y de su capacidad de discernir el hecho cristiano y, sobre todo, ante milagros de orden biológico como la concepción virginal de María? En Lucas parecen conjugarse lo mejor de las dos principales escuelas médicas griegas: la empírica y la pneumática. ¿Lo eligió por esto mismo el Espíritu Santo para blindar el testimonio evangélico contra las posibles dudas del Teófilo ilustrado?” (Horacio Bojorge SJ).

 

5.      Nuestro saludo de Pascua

 

“Dios de eterna misericordia, que reavivas la fe de tu pueblo con la celebración anual de las fiestas pascuales, aumenta en nosotros tu gracia, para que comprendamos a fondo la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del Espíritu que nos ha dado una vida nueva y de la Sangre que nos ha redimido. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que siendo Dios vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.”

 

Estimados lectores: que el Señor conceda a cada uno de ustedes y a sus familias unas muy felices Pascuas de Resurrección.

 

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La unidad de la Iglesia, premisa de la civilización del amor

(Audiencia General, miércoles 28 de enero de 1976)

 

Papa Beato Pablo VI

 

Retornamos a la idea que ha guiado la espiritualidad del Año Santo, idea que debe sobrevivir en el tiempo sucesivo, y que debe caracterizar a este nuevo período de la vida de la Iglesia; y es la idea de la renovación de nuestra mentalidad cristiana. Releamos juntos una página de San Pablo, de la cual podemos derivar muchas enseñanzas útiles para la guía del momento actual que evoluciona en el futuro próximo, rejuvenecido, como en una primavera post-conciliar y post-jubilar. Escribe, de hecho, San Pablo en el capítulo 12 de su carta a los Romanos: «Os exhorto, por lo tanto, hermanos, por la misericordia de Dios, a ofrecer vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; éste es vuestro culto espiritual». ¡Cómo podrían estas solas palabras, digamos casi entre paréntesis, servir como comentario a la reciente Declaración de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe sobre algunas cuestiones de ética sexual, si de verdad queremos entrar en el espíritu superior y original de la concepción cristiana de la vida! Prosigamos la lectura de nuestro texto: «No os conforméis a la mentalidad de este siglo, sino transformaos renovando vuestra mente, para poder discernir la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto…  La caridad no tenga fingimiento; huid del mal con horror, adheríos al bien; amaos los unos a los otros con afecto fraterno, competid en estimaros el uno al otro» (Rom 12,1-2; 9-10).

 

¡Cuántas cosas espléndidas, en términos tan simples y claros! Parece superfluo hacer comentarios. Basta meditar con ánimo sereno y fiel. Ello nos reconduce a aquella preciosa noticia de los Hechos de los Apóstoles, que esculpe el aspecto característico, espiritual y social, de la primera comunidad cristiana: «la multitud de los que habían llegado a la fe tenía un solo corazón y una sola alma» (Act 4,32). Esto nos hace pensar en un primer aspecto de la auspiciada renovación, que Nos hemos llamado «la civilización del amor», y que no es otro que el agape, el amor, la caridad animadora en primer lugar de nuestro estilo de vida.

 

Y bien, esta animación de la vida individual y comunitaria de la Iglesia primero produce y luego supone, como su fundamento constitucional, la unidad en la Iglesia. Si la Iglesia no es interiormente una, en su misterio que la hace vivir de Cristo, y unida, en su configuración estructural y social, que la vuelve místico y visible cuerpo de Cristo, no es más Iglesia. Quien lo quiera puede releer, entre los muchos documentos que ilustran esta verdad, el célebre escrito de San Cipriano acerca de «la unidad de la Iglesia católica» (PL 4, 495-520; BREPOLS, series lat., 3, 243 ss.; cfr. D. TH. C. III, II, 2467 ss.), o vea a San Agustín (Cfr. S. AUGUSTINI De utilitate credendi: PL 42, 65 ss.; y también la obra todavía actual de J. A. MOEHLER, Die Einheit in der Kirche, L’unité dans l’Eglise, Cerf, 1938).

 

A nosotros, incluso sin recurrir a esta áurea literatura, nos será más fácil documentarnos sobre las vías que divergen de la unidad de la Iglesia, y por ende de la capacidad de construir una nueva civilización del amor. Todos pueden hacer un diagnóstico de la moderna tendencia a disolver una verdadera, sólida y operante unidad eclesial, señalando cómo un espíritu de disgregación, de contestación, de libre pluralismo, de fácil crítica, de interpretación personal y a menudo polémica respecto al magisterio de la Iglesia, autorizado e indispensable intérprete y tutor de los factores de la unidad eclesial, ha penetrado en diversas expresiones de la mentalidad del cuerpo místico, de la misma comunión católica (Cfr. L. BOUYER, La décomposition du catholicisme, 1968; Religieux et Clercs contre Dieu, 1975). Un influjo centrífugo del libre examen de origen protestante, un concepto de libertad absoluta, aislado de un respectivo concepto de deber y de responsabilidad, una reseñada trahison des clercs [traición de los intelectuales], es decir un relativismo histórico, y un oportunismo social y político con frecuencia de moda, han debilitado bastante el sentido de la unidad, de la solidaridad, de la caridad dentro de la Iglesia de Dios, sentido estimulado, sí, afortunadamente por el movimiento ecuménico, pero no todavía y no siempre suficiente para la reconquista de una auténtica y orgánica unidad, como la querida por Cristo y animada por el Espíritu Santo.

 

¿Qué haremos nosotros? Reemprenderemos el camino hacia la edificación de la unidad, si algunas veces hubiésemos cedido a una celosa y hostil afirmación de nuestra autonomía espiritual y religiosa, en detrimento de la dócil y viril obediencia a la exigencia de la concordia y de la solidaridad propias de la comunión católica; y estaremos juntos, todos y fraternalmente, con fuerza, con la mirada del alma tendida hacia Jesús crucificado, que dilexit ecclesiam, «amó a la Iglesia y se entregó a Sí mismo por ella» (Eph 5,25). Así; con nuestra Bendición Apostólica.

 

Fuente: http://w2.vatican.va/content/paul-vi/it/audiences/1976/documents/hf_p-vi_aud_19760128.html (la traducción del italiano es de Daniel Iglesias Grèzes).

 

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En las tormentas de la Iglesia, alegres en la esperanza

 

José María Iraburu, sacerdote

 

Parte I

 

–Perdone, pero no veo yo muchos motivos para estar alegres en la esperanza.

–La Santísima Trinidad habita en usted como en un templo. Cristo lo atrae con su gracia hacia el cielo, que está a la vuelta de la esquina… ¿Y no ve motivos para estar alegre en la esperanza?… Necesita leer lo que sigue.

 

–La Iglesia en la tierra está siempre en guerra con el mundo, precisamente para salvarlo de sus gravísimos errores y pecados. «El mundo entero yace bajo el poder del Maligno» (1Jn 5,19). Hay que combatirlo con la fuerza del Salvador para vencerlo y liberar a los hombres. «Yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). Pero lo ha vencido porque lo ha combatido. «No penséis –dice Cristo– que he venido a sembrar paz en la tierra; no vine a sembrar paz, sino espada» (Mt 10,34).

 

Por tanto, como dice el Vaticano II, «toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como una lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas» (GS 13b). «A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final» (GS 37b). Pero muchos ni se enteran de que estamos en guerra… Quizá porque ellos, al menos, no lo están.

 

Sin embargo el Señor anunció con toda claridad esa batalla permanente entre la Iglesia y el mundo: «Si el mundo os odia, sabed que me odió a mí antes que a vosotros. Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por esto el mundo os aborrece… Si a mí me persiguieron, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15,18-20). Pero incluso anunció también esa lucha dentro de la misma Iglesia: «se levantarán muchos falsos profetas, que engañarán a muchos» (Mt 24,11). Será la Iglesia como campo de trigo, en la que el diablo siembra cizaña (Mt 13,25).

 

Esta guerra se da hoy quizá con más gravedad que nunca. No conocemos momentos anteriores de la historia en los que estuviera el mundo tan herméticamente cerrado a la predicación del Evangelio –en China, en las naciones islámicas, en los pueblos laicistas, antes cristianos y hoy apóstatas–. Quizá nunca el diablo ha tenido tanto imperio sobre el mundo. Pongo sólo un ejemplo: la pornografía, que todo lo invade. Por muchos medios, por internet especialmente, la mayoría de los niños y adolescentes actuales, sólo con hacer un clic, en unos pocos años (menos, en unas horas) ha visto mucha más pornografía que la gran mayoría de sus abuelos en toda su vida. Ése es uno de los grandes poderes del príncipe de este mundo, el diablo. Y como ese poder terrible tiene otros muchos.

 

Y en buena parte esa batalla se da dentro de la misma Iglesia católica, como ya lo anunció el Señor. Luz y tinieblas combaten en su interior muy duramente. Es curioso. Nunca ha habido en la Iglesia un corpus doctrinal tan amplio y perfecto como en el tiempo actual; y nunca han proliferado tanto dentro de ella las herejías. Prácticamente no hay actualmente ninguna verdad de la fe católica que no se haya puesto en duda o negado impunemente, al no ser suficientemente combatidos los errores por la Autoridad apostólica y por los teólogos ortodoxos.

 

No me alargo sobre el tema porque ya lo he tratado en este blog en varias ocasiones: (39) Innumerables herejías actuales; (40-41) La Autoridad apostólica debilitada -I (y II); (45-46) Reprobaciones tardías de graves errores -I (y II), increíblemente tardías; (42) Teólogos católicos ortodoxos, pero no combatientes.

 

San Juan Pablo II reconocía: «Es necesario admitir con realismo, y con profunda y atormentada sensibilidad, que los cristianos de hoy, en gran parte, se sienten extraviados, confusos, perplejos, e incluso desilusionados. Se han esparcido a manos llenas ideas contrastantes con la verdad revelada y enseñada desde siempre. Se han propalado verdaderas y propias herejías en el campo dogmático y moral, creando dudas, confusiones, rebeliones. Se ha manipulado incluso la liturgia. Inmersos en el relativismo intelectual y moral, y por tanto en el permisivismo, los cristianos se ven tentados por el ateísmo, el agnosticismo, el iluminismo vagamente moralista, por un cristianismo sociológico, sin dogmas definidos y sin moral objetiva» (discurso 6-II-1981). «Los cristianos de hoy, en gran parte»… (!).

 

Con ocasión del Sínodo 2014-2015 este combate interno de la Iglesia se ha hecho público más que nunca. Luchas semejantes dentro de la historia de la Iglesia pueden hallarse quizá en la gran crisis del arrianismo, y más recientemente durante el surgimiento del modernismo. Pero, frenado éste en tiempos de San Pío X y en años posteriores, ha permanecido siempre latente y ha crecido mucho en los últimos decenios, hasta llegar a expresarse últimamente dentro de la Iglesia en grados nunca antes conocidos.

 

No hemos conocido, por ejemplo, un tiempo de la Iglesia en que se haya hecho el elogio del adulterio, o al menos su exculpación. Pero actualmente hay Obispos y Cardenales, y no digamos teólogos, que en declaraciones públicas afirman que el cónyuge abandonado y divorciado se ve a veces en la necesidad de contraer un «matrimonio» segundo, habiendo fracasado el primero, «por el bien de los hijos», y que en conciencia debe «guardar fidelidad» a este nuevo vínculo nupcial, estimándolo como un «regalo del cielo», como «un acercamiento personal a Dios». Por eso, consolidado este segundo matrimonio en «un largo tiempo», la Iglesia no debe negar a los esposos «la comunión eucarística», atendiendo a su bien espiritual y también al bien de los hijos. Por otra parte, la Iglesia, como lo hacen los Estados modernos, debe dar «reconocimiento» a todas las formas estables de unión sexual…

 

Nunca como hoy en algunas Iglesia locales habían recibido el adulterio y las otras formas de convivencia, igualmente contrarias a la ley de Dios y al orden natural, un «reconocimiento» tan respetuoso y benévolo; tanto que en ciertas Iglesias locales ha llegado a tomar forma de celebración litúrgica. Y lo que es más grave: no se producen todavía en la Iglesia rechazos públicos eficaces de semejantes herejías.

 

***

 

Todos los cristianos estamos obligados a «confesar y defender la fe católica», expresión clásica que rezábamos en la oración de los santos Cirilo y Metodio, patronos de Europa (14 de febrero). Los Obispos y teólogos, por supuesto, se ven especialmente obligados a esa confesión y defensa. Pero, como ya he indicado, este grave deber hoy es cumplido muy escasamente. La actual cultura predominante relativista y liberal hace que muchos se sientan más obligados a respetar la libertad de expresión dentro de la Iglesia que a defender en ella la sagrada ortodoxia.

 

En mi artículo Reformadores, moderados y deformadores señalé en 2009 cómo reformadores y deformadores coinciden en apreciar que muchas cosas están mal en la Iglesia y exigen reforma. Pero unos y otros –piensen por ejemplo en la enseñanza de la Humanæ vitæ– difieren luego mucho. –Los deformadores exigen para la reforma que se cambien ciertas doctrinas y normas católicas. –Los reformadores pretenden que esas doctrinas y normas se reafirmen y se apliquen pastoralmente. –Los moderados, por fin, centristas en la plenitud del equilibrio, quieren el mantenimiento de las doctrinas y normas, pero siempre que se silencien convenientemente, y sobre todo que no se exijan ni en la confesión, ni en las cátedras y las publicaciones, ni se impugnen en públicas argumentaciones apologéticas, para evitar así en la Iglesia divisiones públicas y tensiones enojosas. Son éstos quizá los que más daño hacen, porque conociendo la verdad, ni la proclaman ni la defienden.

 

Está claro que entre los católicos que mantienen la ortodoxia hoy prevalecen ampliamente los moderados, que no dan la lucha por los motivos aludidos y por otras razones que después señalaré. Lo eclesialmente correcto es hoy un buenismo oficialista que obliga a pensar que «vamos bien», aunque reconociendo sí, que hay deficiencias, sin duda, «luces y sombras». Y esta actitud es considerada por los moderados como virtuosa, prudente, caritativa, y la mantienen muchas veces con buena conciencia. Incluso fundamentan su actitud en piadosas consideraciones sobre la Providencia divina, la virtud de la esperanza, la obediencia, la filial confianza que debemos a nuestros Pastores sagrados, etc. Y a ello hay que añadir otra nota caracterizadora muy elocuente:

Deformadores y moderados coinciden en el profundo desagrado que les producen los combatientes defensores de la fe. Los primeros porque, acostumbrados al silencio y la impunidad, se ven atacados fuerte y públicamente en sus errores. Los segundos porque ven implícitamente denunciada su práctica neutralidad silenciosa en los combates de la fe. Más aún: no pocos de los más identificados con los defensores de la fe llegan incluso a veces a escandalizarse por los modos apologéticos cada vez más fuertes que van empleando… Y es que no se dan cuenta de que la fuerza y dureza en la defensa de la fe está en función de la fuerza y dureza de las agresiones contra la fe. Intervenciones públicas tan fuertes, por ejemplo, como las recientes de los Cardenales y Obispos Müller, De Paolis, Caffarra, Burke, Brandmüller, Dolan, Pell, Gadecki o Schneider no se habían producido ni siquiera en los momentos más efervescentes de las polémicas posteriores al Vaticano II. Y es porque nunca como hoy se habían producido tan graves y públicas agresiones de algunos Obispos y Cardenales modernistas contra verdades de la fe católica.

 

Los moderados, quizá con buena voluntad, pero con discernimiento erróneo, estiman que un verdadero amor a la Iglesia y a su jerarquía exige un apoyo indiscriminado al presente católico. Y por otra parte –todo hay que decirlo– tienen en cuenta, quizá inconscientemente, que esa actitud no sólo les evita a ellos persecuciones dentro de la comunidad cristiana, sino que les abre caminos ascendentes de prosperidad eclesial… Dios los bendiga. Pero sus actitudes son falsas, se eximen de los buenos combates de la fe, y no conducen a una santa reforma de la Iglesia, sino que la impiden, y llevan a una apostasía siempre creciente.

 

***

 

–Nuestro Señor Jesucristo, los Apóstoles y los santos nos enseñaron que debemos combatir contra las herejías y cómo debemos hacerlo. No se explica fácilmente cómo muchos cristianos actuales, con alegar que «los tiempos han cambiado mucho», se desentienden de las enseñanzas y ejemplos dados por Cristo, los Apóstoles y los santos de veinte siglos de historia de la Iglesia, como si la fidelidad al Evangelio nos obligara hoy a conducirnos en modos contrarios a los que vivieron Cristo y sus santos, e incluso a escandalizarnos de quienes los imitan. No les vale la norma del Maestro: «yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho» (Jn 13,15).

 

Si miramos la predicación de Cristo (25), nos fascina la serena dulzura con la que predica el Evangelio; cómo se comunica con la gente común, sanos y enfermos, justos y pecadores, ricos y pobres, ignorantes y eruditos. Pero hemos de seguir su ejemplo igualmente en su modo de combatir los errores doctrinales, concretamente el gravísimo error de los fariseos, que en su tiempo eran los maestros principales de los judíos. Cambia entonces completamente el tono de su palabra: «raza de víboras, sepulcros blanqueados, guías ciegos, hipócritas, buscadores de los mejores puestos» (Mt 23; Mc 12,38-40; Lc 11,37-41; 20,41-44). Incluso usa a veces el arma terrible de la ironía: «coláis el mosquito y os tragáis el camello» (Mt 23,24). Los avergonzaba y los desprestigiaba públicamente, para liberar así de su maléfico influjo al pueblo que los veneraba.

 

Los Apóstoles, igualmente, denunciaron y combatieron las herejías y los herejes con gran fuerza y frecuencia. No se limitaron a predicar las verdades de Cristo, sino que lucharon con suma energía contra todas las falsificaciones del Evangelio, que ya en su tiempo se dieron, como Jesús había anunciado (Mt 24,11). No callaron, no miraron para otro lado, no pensaron que «la verdad acaba imponiéndose por sí misma», ni estimaron que por sus combates se iba a romper la unidad de la Iglesia: todo lo contrario.

 

San Pedro (2 Pe 2), Santiago (3,15), San Judas (3-23), San Juan (Ap 2-3; 1Jn 2,18.26; 4,1), tratan a los falsos maestros cristianos, herejes y cismáticos, con palabras tan terribles como las usadas por Cristo contra letrados y fariseos. Actualmente, este «lenguaje evangélico» resulta para muchos escandaloso y absolutamente incompatible con la caridad cristiana. Pero son ellos los que están equivocados, no Cristo y los Apóstoles.

 

San Pablo, en casi todas sus cartas, dedica fortísimos ataques contra los falsos doctores del Evangelio, y hace de ellos retratos implacables. «Resisten a la verdad, como hombres de entendimiento corrompido» (2Tim 3,8), son «hombres malos y seductores» (2Tim 3,13), que «no sufren la sana doctrina, ávidos de novedades, que se agencian un montón de maestros a la medida de sus propios deseos, y hechos sordos a la verdad, dan oído a las fábulas» (2Tim 4,3-4). «Pretenden ser maestros de la Ley, cuando en realidad no saben lo que dicen ni entienden lo que dogmatizan» (1Tim 1,7; cf. 6,5-6.21; 2Tim 2,18; 3,1-7; 4,15; Tit 1,14-16; 3,11). Son «individuos tramposos, consumados en las estratagemas del error» (Ef 4,14; cf. 2Tes 2,10-12), y «su palabra cunde como gangrena» (2 Tim 2,17). Les apasiona la publicidad, dominan los medios de comunicación social del mundo, que lógicamente se les abren de par en par. Son «muchos, insubordinados, charlatanes, embaucadores» (Tit 1,10)… ¿Qué buscan estos hombres? ¿Dinero? ¿Poder? ¿Prestigio?… Será distinta en unos y otros su principal pretensión, pero todos buscan por la soberbia el éxito personal en este mundo presente (Tit 1,11; 3,9; 1Tim 6,4; 2 Tim 2,17-18; 3,6). Un éxito que normalmente consiguen (Jn 15,18-27; 1Jn 4,5-6).

 

Todos los santos combatieron los errores de su tiempo (43), al menos todos aquellos que por su misión dentro de la Iglesia estaban especialmente fortalecidos por Cristo para confesar y defender el Evangelio. Todos combatieron los errores y las desviaciones morales de su tiempo, atrayendo frecuentemente sobre sí muy graves penalidades, persecuciones, exilios, cárcel, muerte. Fueron, pues, mártires de Cristo, ya que dieron en el mundo y en la Iglesia «el testimonio de la verdad» (Jn 18,37) con todas sus fuerzas: sin «guardar su vida» cautelosamente (Lc 9,24); sin tener a veces en sus hermanos Obispos apoyo alguno, sino hostilidad y persecución; sin esperar la declaración de un Concilio –aunque ellos lo promovían cuando era preciso–; faltos en ocasiones de la misma confortación del Obispo de Roma.

 

El Oficio de lectura de la Liturgia de las Horas, en el Propio de los Santos, da una mínima biografía de cada uno. Y merece la pena señalar que, cuando trata sobre todo de santos pastores o teólogos, casi siempre recuerda, como mérito destacado –en 42 santos–, que «combatieron los errores de su tiempo» como puede verse en mi artículo citado (43).

 

Es, pues, tradición católica combatir las herejías con duras y claras palabras, y no con silencios o con palabras eufemísticas, indirectas o discretamente alusivas. Ya lo hemos visto en Cristo y sus Apóstoles. Quizá alguno alegue que era «un género expresivo» propio de la cultura semítica de aquel tiempo. Pero resulta que ese «género expresivo» ha sido utilizado igualmente, tanto en Oriente como en Occidente, en todos los siglos de la Iglesia y en todas las culturas católicas. Recordaré sólo dos ejemplos.

 

San Buenaventura (1221-1274), siendo Ministro general de los franciscanos, en su opúsculo Apologia pauperum contra calumniatorem, entra en la polémica contra Gerardo de Abbeville (1225-1272), teólogo de la universidad de París, que encabezaba la oposición a la pobreza extrema profesada novedosamente por las Órdenes Mendicantes. En esta obra el Doctor seráfico no sólo defiende esa pobreza, sino que combate con gran vehemencia a su impugnador principal.

 

«En estos últimos días, cuando con más evidente claridad brillaba el fulgor de la verdad evangélica –no podemos referirlo sin derramar abundantes lágrimas–, hemos visto propagarse y consignarse por escrito cierta doctrina, la cual, a modo de negro y horroroso humo que sale impetuoso del pozo del abismo e intercepta los esplendorosos rayos del Sol de justicia, tiende a obscurecer el hemisferio de las mentes cristianas. Por donde, a fin de que tan perniciosa peste no cunda disimulada, con ofensa de Dios y peligro de las almas, máxime a causa de cierta piedad aparente que, con serpentina astucia, ofrece a la vista, es necesario quede desenmascarada, de suerte que, descubierto claramente el foso, pueda evitarse cautamente la ruina». Pide finalmente oraciones para la conversión de ese «artífice de errores» (del Prólogo).

 

San Pío X (1835-1914), con una lucidez y fuerza semejante a la de Cristo combatiendo a los fariseos, combate los gravísimos errores de los modernistas.

 

«Se extrañan estos hombres de verse calificados por Nos como enemigos de la Iglesia. Pero son ciertamente enemigos de la Iglesia, y no se aparta de la verdad el que diga que ésta no los ha tenido peores. Porque ellos traman la ruina de la Iglesia no desde fuera, sino desde dentro. En nuestros días el peligro está casi en las entrañas mismas de la Iglesia. Conocen ellos bien a fondo la Iglesia. Y han aplicado el hacha no a las ramas, sino a la raíz misma, esto es, a la fe. No hay parte alguna de la fe católica donde no pongan su mano, ninguna que no se esfuercen por corromper. Sus doctrinas les han pervertido el alma de tal modo que desprecian toda autoridad… Basta, pues, de silencio; prolongarlo sería un crimen» (encíclica Pascendi, 1907, 2). Y concluye definiendo el modernismo como «un conjunto de todas las herejías» (38). Es éste un tema que San Pío X comenzó a tratar desde su primera encíclica: «Ya habita en este mundo el “hijo de la perdición” de quien habla el Apóstol (2Tes 2,3)» (encíclica Supremi apostolatus cathedra, 4-X-1903).

 

La claridad mental y la fuerza verbal de la Iglesia para combatir los errores de su tiempo ha sido una tradición constante, semper et ubique, que se inicia en Cristo y sus Apóstoles. ¿Por qué hoy, cuando se han agravado notablemente en la Iglesia las herejías y abusos que la afectaban ya, por ejemplo, en tiempo de las apariciones de la Virgen de Fátima (1917), estos lenguajes claros y fuertes han derivado casi obligatoriamente hacia palabras oscuras y débiles, inclinadas tan frecuentemente a diagnósticos buenistas, perfectamente irreales?… Bueno, en realidad no es contradictorio lo uno con lo otro: «causæ ad invicem sunt causæ».

 

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–Los medios católicos fieles a la Escritura, la Tradición y al Magisterio apostólico hacemos bien cuando con palabras claras y fuertes continuamos ese combate continuo que he señalado, y haríamos mal si lo abandonáramos por irenismo, oportunismo, falso ecumenismo, miedo al mundo, relativismo, complicidad con los errores o simplemente por cobardía. Por lo demás –y adviértase esto atentamente–, incluso los que continuamos hoy esa tradición, al librar «los buenos combates de la fe», usamos normalmente un lenguaje incomparablemente más suave que el empleado por nuestros santos modelos.

 

–Pues bien, nuestro modo de confesar y defender la fe suscita en los cristianos diversas reacciones. Pueden comprobarse, por ejemplo, si exploran un poco los comentarios de nuestros escritos más combativos –o los de otros medios católicos semejantes–. Podrán comprobar que entre quienes nos visitan suelen darse estas diversas actitudes:

 

*La gran mayoría muestran gran alegría y agradecimiento. Por eso son lectores nuestros asiduos. La mayor parte de ellos, al ver combatidas con fuerza las herejías de nuestro tiempo, tan impunemente difundidas, se ven ellos mismos confirmados en la fe católica, que tantas veces ven negada, incluso por algunos Pastores sagrados. Y al recibir argumentos para participar en el combate del lado de Cristo y de la Iglesia, nos muestran su más entusiasta gratitud.

 

*Unos pocos manifiestan indignación porque, siendo contrarios a la doctrina de la Iglesia, se ven directamente impugnados. No se aficionan a nuestro portal, como es lógico. Pero algunos sí nos visitan con morbosa frecuencia, quizá afectados de un extraño sadomasoquismo intelectual.

 

*Otros hay que expresan también su desagrado porque son moderados, y se escandalizan de las acciones públicas de los «confesores y defensores de la fe». En esto hay que advertir que hay moderados de muchas clases. La moderación puede darse en algunos por vulnerabilidad psicológica y afectiva, por educación o por causas semejantes: el contraste polémico les pone enfermos, simplemente. En otros se da ese buenismo moderado por una errónea idea de la virtud de la prudencia. Otros son moderados por horror a la cruz, porque saben que la defensa pública de la fe atrae necesariamente la persecución del mundo y de la parte mundanizada de la propia Iglesia, y prefieren guardar su vida cautelosamente. No faltan los que aspiran por la moderación a medrar dentro de la Iglesia. Ven más aconsejable, y aciertan, para resguardar su pretensión un discreto silencio, aunque éste venga a ser objetivamente un modo de complicidad. Si son Pastores, no quieren verse como San Atanasio (+373), cinco veces expulsado de su sede episcopal de Alejandría, perseguido con particular saña por sus hermanos Obispos activa o pasivamente arrianos. Y en otros la moderación que guardan y exigen se debe a una idea errónea de la unidad de la Iglesia. Temen que los combates por la verdad católica susciten divisiones y quebranten la unidad de la comunidad cristiana; una unidad que, obviamente, sólo es posible en la verdad, en «una sola fe» (Ef 4,5). Sulpicio Severo, biógrafo de San Hilario (+367), refiere que los arrianos decían de él que era un «perturbador de la paz en Occidente» (!) (II,45,4). Y seguían ellos, pacíficamente, negando o dejando que se negara la divinidad de Jesucristo.

 

*Y aún hay otros que, siendo católicos ortodoxos, sufren angustia al leernos, e incluso desesperación. Están de acuerdo con lo que decimos; totalmente de acuerdo. Pero no aceptan que barbaridades doctrinales como las que denunciamos y refutamos se sigan proclamando impunemente, y procedan incluso a veces de Obispos y Cardenales. Sufren lo indecible al conocer, con ocasión de nuestros combates doctrinales, los atroces errores que se difunden a veces en parroquias, catequesis, noviciados, seminarios, facultades de teología, universidades católicas, editoriales y universidades «católicas», sin que se vean combatidos eficazmente. Se exasperan al comprobar que no pocos maestros de graves errores contra la fe son incluso promovidos a cargos importantes en la Iglesia. Aseguran en sus comentarios que avanzamos derecho hacia el abismo y que, si Dios no lo impide, estamos en el umbral de un cisma de proporciones incalculables. Algunos anuncian la inminencia del Anticristo. No son lefebvrianos ni filolefebvrianos. No cargan contra el Concilio Vaticano II y contra el Papa actual y sus predecesores. No; hasta ahí no llegan… Pero están tremendamente desconcertados y doloridos, angustiados y desesperados… ¿Qué haremos nosotros al comprobar un día y otro esas reacciones?

 

Seguiremos la norma del Apóstol: «combate los buenos combates de la fe» (1Tim 6,12). Y más cuando son tan pocos en la Iglesia actual los que se sienten llamados por Dios para cumplir ese ministerio. Piensen un poco: si no denunciamos los errores, para no alarmar a los fieles, no podríamos refutarlos. ¡Y hay que impugnarlos!... Por lo demás, la gran mayor parte de nuestros textos no son polémicos, sino informativos y formativos.

En fin, pensando en estos cristianos angustiados y desesperados –justamente en éstos; lectores nuestros o no–, he escrito este artículo y escribiré, con el favor de Dios, el siguiente.

 

Post post. Un buen amigo y colaborador de InfoCatólica me objeta en privado que la palabra moderados, siendo de suyo la moderación una virtud, no parece la más indicada para expresar lo que con ella quiero decir yo, y con lo que él está plenamente de acuerdo. Y propone otra palabra más unívoca: cobardes. Otro ha habido que proponía la palabra tibios.

 

Pero creo que no aciertan. Muchos de los moderados, quizá la mayoría, no piensan-obran como lo hacen por cobardía o tibieza, sino por mala formación doctrinal, concretamente por semipelagianismo (tan frecuente hoy entre los cristianos «buenos»). Con su moderación procuran «guardar su vida», es decir, la «parte» humana que colabora con la «parte» de Dios en la acción de la gracia. De este modo esperan Obispos, párrocos, fieles laicos servir mejor al Reino de Dios en el mundo, cada uno en su propia vocación. Y esto no es cobardía o tibieza aunque no haya que excluir que a veces lo sean. Es fundamentalmente una mala teología de la gracia, una deficiente formación doctrinal. Si Juan Bautista hubiera sido moderado, no habría denunciado públicamente al Rey por adúltero, porque habría previsto que le cortarían la cabeza, y que así no podría seguir sirviendo al Señor como profeta, hablando en su nombre. Es decir, no habría fallado a su profetismo por cobardía, sino por mala doctrina teológica de la gracia. Dios lo iluminó, lo salvó de ese error y lo asistió para dar testimonio de la verdad. Por eso en mi artículo, cuando caracterizo a los moderados, digo que son «católicos que mantienen la ortodoxia», que no es poco; que «consideran su actitud como virtuosa», «muchas veces con buena conciencia», fundamentándola en «piadosas consideraciones»… que lamentablemente son falsas. 

 

Y aún añadiré otra consideración. Es cierto que todos los cristianos debemos ser «confesores y defensores de la fe», pero no todos tienen una vocación concreta y próxima de Dios para hacer apologética. Algunos, sencillamente, como se dice en Chile, «no tienen dedos para el piano». Se alegran mucho cuando otros combatimos por la fe clara señal de que no son moderados, pero ellos Obispos y sacerdotes, religiosos y laicos no valen para ese concreto ministerio. Dios los bendiga. Humildad: «No debe el hombre tomarse nada, si no le fuere dado del cielo» (Jn 3,27).

 

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Parte II –En las tormentas de la Iglesia, fe, esperanza y caridad

 

–Pues no pide usted poco…

–Es que el Espíritu Santo quiere fortalecer nuestras virtudes teologales, no sea que vayamos a hundirnos.

 

–Graves males sufre hoy la Iglesia, como lo comprobamos en el artículo anterior, que provocan dentro de ella combates muy fuertes, que ya desde el siglo XIX van in crescendo, o si se quiere desde el siglo XVI.

 

Hay males en el campo doctrinal, aunque los moderados, con un voluntarismo buenista, digno de mejor causa, no quieran darles mayor importancia; y aunque los deformadores vean precisamente en esos graves errores, insuficientemente combatidos, la esperanza de una Iglesia nueva; tan nueva que no sería ya la Iglesia Católica de Cristo.

 

Pero hay también en el campo práctico males muy graves, que son consecuencias directas de las muchas falsificaciones de la fe católica, y que provocan en moderados y en deformadores las mismas reacciones ya señaladas. Existen sin duda Iglesias locales pujantes, fieles, en crecimiento. Pero en las Iglesias progresivamente descristianizadas, esos males morales y disciplinares son realmente muy graves: arbitrariedades sacrílegas en la liturgia, especialmente en la Eucaristía; distanciamiento habitual de la Misa dominical en una gran mayoría de bautizados; anticoncepción sistemática en los matrimonios; disminución extrema de la natalidad y de la nupcialidad; desaparición del sacramento de la penitencia; escasez persistente de vocaciones sacerdotales y religiosas; secularización de las misiones, de las grandes obras sociales de caridad, de las escuelas, colegios y Universidades católicas; culto a las riquezas, con la consiguiente aceptación de la injusticia social; paralización de los cristianos en política; debilitación de la Autoridad apostólica ante la refutación de las herejías y ante los abusos disciplinares y litúrgicos; etc.

 

–Todos estos males doctrinales y prácticos producen hoy angustia, e incluso desesperación, en no pocos cristianos, ya desde hace decenios; pero especialmente con ocasión de las públicas batallas doctrinales y disciplinares recientemente suscitadas en la Iglesia. Este artículo, pues, se dirige sobre todo a estos fieles católicos. Ellos no son moderados buenistas –vamos bien, con luces y sombras–, y menos aún son deformadores. Son simplemente católicos angustiados, y algunos de ellos desesperados. Necesitan el riego vivificante de la Palabra divina «como tierra reseca, agostada, sin agua» (Sal 62,2), «a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras permanezcan firmes en la esperanza» (Rm 15,4).

 

«Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos consolar nosotros a todos los atribulados con el mismo consuelo con que nosotros somos consolados por Dios» (2Cor 1,3-4). «El justo vive de la fe» (Rm 1,17; Hab 2,4; Gal 3,11; Heb 10,38, etc.), y «la fe es por la predicación, y la predicación por la palabra de Cristo» (Rm 10,17)… Yo sé bien por qué inicio mi artículo con estas palabras sagradas.

 

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–«Con todo lo precedente ¿no querrá usted convencernos de que el cristiano no debe sufrir, ni entristecerse, ni pasar angustias con los males que afligen a la Iglesia y a la humanidad? No sería un fiel imitador de Cristo y de los santos. Sería un mal cristiano»… Mi respuesta comienza recordando aquella frase de San Pablo, en la que distingue dos modos de tristeza, muy distintos entre sí: «La tristeza según Dios es causa de penitencia saludable, de la que jamás hay por qué arrepentirse. Pero la tristeza según el mundo lleva a la muerte» (2Cor 7,10).

 

Hay, pues, un sufrimiento, una tristeza, una angustia, que espiritualmente son buenos, porque son un acto de caridad, que expresa el dolor por el pecado propio o ajeno, viendo a Dios así ofendido. Y hay también otros que son malos, porque proceden de la voluntad carnal frustrada, de la disconformidad con la voluntad de Dios providente, de la falta de confianza en el Señor, como si los males del mundo y de la Iglesia se le hubieran ido de las manos, escapando de su dominio. Esta tristeza es mala, y hay que luchar contra ella.

 

Cristo ha sido el hombre que más ha sufrido en toda la historia de la humanidad. Los evangelistas, sin temor a escandalizarnos, refieren que Jesús en Getsemaní «comenzó a sentir tristeza y angustia», y dijo a los tres apóstoles que lo acompañaban: «mi alma está triste hasta la muerte» (Mt 26,37-38; cf. Mc 14,33-34). Y este gran sufrimiento, causado por el conocimiento del pecado del mundo pasado, presente y futuro, no se produce sólo en esta proximidad de la Pasión, sino que en cierto modo acompaña toda su vida.

 

Dice Santa Teresa: «¿Qué fue toda su vida sino una cruz, siempre delante de los ojos nuestra ingratitud y ver tantas ofensas como se hacían a su Padre, y tantas almas como se perdían? Pues si acá una que tenga alguna caridad [ella misma] le es gran tormento ver esto, ¿qué sería en la caridad de este Señor?» (Camino de Perfección 72,3).

 

Todos los santos han sufrido a causa del pecado, y han sufrido por amor a Dios y por amor a los pecadores. «Arroyos de lágrimas bajan de mis ojos por los que no cumplen tu voluntad» (Sal 118,136; cf. Lam 3,48-51). San Pablo confiesa: «estoy crucificado con Cristo» (Gál 2,19); «el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (6,14), y «cada día muero» (1Cor 15,31). Mucho sufre porque los judíos rechazan a Cristo: «siento una gran tristeza y un dolor continuo en mi corazón porque desearía yo mismo ser anatema de Cristo por mis hermanos» (Rm 9,2).

 

Pero al mismo tiempo, Cristo ha sido el hombre más feliz del mundo, y nadie ha tenido una alegría comparable con la suya y la de sus santos. Tendrán ustedes que reconocerlo. Nadie se ha sabido tan Amado del Padre como Él. Nadie ha amado a los hombres como Él, y los hombres tenemos alegría en la medida en que amamos, y amamos bien, porque somos imágenes de Dios, que es amor. Nadie ha captado la bondad y belleza del mundo como Cristo, el Primogénito de toda criatura. Nadie ha entendido y admirado como Él los planes de la Providencia divina, siempre plenos de sabiduría, bondad y misericordia. Nadie se ha alegrado tanto con la bondad de los hombres buenos, causada por Él. Nadie ha conocido como Él la fuerza de la gracia, ni se ha alegrado tanto en la conversión de los pecadores.

 

Cristo ha sido el más sufriente y el más feliz de todos los hombres. Es paradójico, pero indiscutible, aunque para nosotros sea un misterio no fácil de explicar. «La perfecta alegría» de San Francisco de Asís, en la mayor desolación, puede darnos una idea de este contraste misterioso, pero real (Florecillas VII). Si quieren profundizar más en esta infinita paradoja, pueden servirles quizá las consideraciones que hago en mi libro El martirio de Cristo y de los cristianos (Fundación GRATIS DATE, Pamplona 2003, pp. 5-12). Lo que ahora más me importa es que aquellos buenos cristianos, que hoy están escandalizados y angustiados por los males del mundo y, sobre todo por los de la Iglesia, hallen la paz en la verdad.

 

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Gloria al Padre nuestro celestial, que por puro amor nos creó, y en Él «vivimos, existimos y somos» (Hch 17,28), sostenidos en cada instante directamente por su manos poderosas. Gloria al Padre que, caídos los hombres en el pecado, «tanto amó al mundo que le entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Nos asegura Jesús que «bien sabe vuestro Padre celestial todo lo que vosotros necesitáis», y si tan bien cuida de las flores del campo y de las aves del cielo, «¿no hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? ¿No valéis vosotros más que ellas?» (Mt 6,25-30)… Más aún, dice Cristo con una enérgica afirmación: «lo que mi Padre me dio es mejor que todo, y nadie podrá arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos una sola cosa» (Jn 10,29-30).

 

Si Dios ha querido ser nuestro Padre y ha querido hacernos hijos suyos, tendrá que cuidarnos. Santa Teresa de Jesús se encarga de recordarlo: «pues en siendo padre nos ha de sufrir, por graves que sean las ofensas. Si nos tornamos a Él como el hijo pródigo, nos ha de perdonar; nos ha de consolar en nuestros trabajos, mejor que todos los padres del mundo; nos ha de regalar, nos ha de sustentar»… (Camino de Perfección 44,2).

 

Gloria al Hijo redentor, que por nosotros y por nuestra salvación se hizo hombre, y entregó su vida en la cruz para remisión de nuestros pecados y para ganarnos la filiación divina. Él nos ha adquirido, al precio de su sangre, como Cuerpo suyo, como Esposa suya en la única Iglesia, de la que está enamorado. «Y nadie aborrece jamás su propia carne, sino que alimenta y la abriga como Cristo a la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo» (Ef 5,29-30).

 

«Él es el que nos ama, y nos ha absuelto de nuestros pecados por la virtud de su sangre» (Ap 1,5). Por tanto, «¿quién nos arrebatará al amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?… [¿Algunos hombres vestidos de negro, con alzacuellos, que dicen barbaridades?] En todas esas cosas vencemos por aquel que nos amó» (Rm 8,35-37).

 

Gloria al Espíritu Santo, el Don supremo del Padre y del Hijo para los hombres. «Yo rogaré al Padre, y os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad» (Jn 14,16). Si Cristo es la Cabeza, el Espíritu Santo es «el alma de la Iglesia» (Vat. II, LG 7; Juan Pablo II, 28-XI-1990). Él nos ilumina la fe, sostiene nuestra esperanza, enciende y acrecienta nuestra caridad, y perfecciona por sus dones el ejercicio de todas las virtudes, permitiéndonos participar así de la vida de la gracia al modo divino. Más aún, Él habita en nosotros, en la unidad del Padre y del Hijo, como en un templo. Siendo esto así, ¿algún cristiano puede autorizarse a vivir angustiado, desesperado, cuando vayan mal las cosas en el mundo y en la Iglesia?

 

Gloria a la Virgen María, que nos ha sido dada como Madre por su hijo unigénito, Jesús. Nosotros, como el discípulo Juan, «la recibimos en nuestra casa» espiritual (Jn 19,25-27). Aquello que dijo el Vaticano II, lo afirma Pablo VI en el Credo del Pueblo de Dios: María «continúa en el cielo ejercitando su oficio maternal con respecto a los miembros de Cristo, por el que contribuye a engendrar y a acrecentar la vida divina de cada una de las almas de los hombres redimidos» (1968, n. 15).

 

San Pío X lo dice con aún mayor ternura: «Debemos decirnos originarios del seno de la Virgen, de donde salimos un día a semejanza de un cuerpo unido a su cabeza. Por esto somos llamados, en un sentido espiritual y místico, hijos de María, y ella, por su parte, nuestra Madre común. “Madre espiritual, sí, pero madre realmente de los miembros de Cristo, que somos nosotros” (San Agustín)» (encíclica  Ad diem illud, 1904). Ella, ascendida en cuerpo y alma junto a Dios, «ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte», de tal modo que «vive siempre para interceder por nosotros» (Heb 7,25). «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios»… ¿Qué lugar hay en un cristiano para la angustia y la desesperación?

 

Gloria a la Iglesia celestial, con la que nos unimos especialmente en la Eucaristía diaria, «con María, la Virgen Madre de Dios, los apóstoles y los mártires, y todos los santos, por cuya intercesión confiamos obtener siempre la ayuda» del Señor (Plegaria eucarística III).

 

Gloria a los santos Ángeles de Dios, revelados en el Antiguo Testamento, pero mucho más claramente en el Nuevo, que cuidan de los hombres, de los discípulos de la Iglesia, de la Esposa de Cristo: «No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque [el Señor] a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos. Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra; caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones. Se puso junto a mí: lo libraré; me invocará y lo escucharé» (Sal 90).

 

Gloria a la Iglesia peregrina, la de la tierra, con su doctrina luminosa, siempre fiel a sí misma, guardada en la verdad por el Espíritu Santo, luz indefectible entre tanta oscuridad y mentira; con su liturgia, sacramentos y sacramentales; con sus Escrituras sagradas, sus Concilios sagrados, los escritos celestiales de sus santos; con aquellos que perseveran en la oración, que llevan fielmente la cruz de cada día; con sus párrocos y Obispos entregados a su gente día a día, con sus misioneros, sus mártires, sus padres de familia, sus niños, sus religiosas activas y contemplativas, sus monjes, sus religiosos, sus vírgenes consagradas, sus iglesitas y sus catedrales por todas partes; con sus innumerables obras de caridad y de beneficencia, especialmente admirables en los países más pobres; con la Roca de Pedro, con el Papa, asegurado por la oración de Cristo: «yo he rogado por ti [Simón Pedro,… Karol Wojtyla, Joseph Ratzinger, Jorge Bergoglio] para que no desfallezca tu fe» (Lc 22,32), y asegurado por la oración de cientos de millones de fieles en todas las Misas, al final de los Rosarios… («por el Papa»). «Pedid y recibiréis» (Jn 16,24); «todo cuanto con fe pidiereis en la oración lo recibiréis» (Mt 21,22)… Un mundo de gracia divina, sobrehumana, celestial ya aquí en la tierra.

 

Hermanos angustiados y desesperados, mirad con los ojos de la fe a la Iglesia, la Esposa bellísima de Cristo. Mirad a Jesús, que «en aquella hora se sintió inundado de gozo en el Espíritu Santo» (Lc 10,31), y «tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5). Descansad, aunque sea por unas horas.

 

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–La fe en la Providencia divina se ha debilitado grandemente en los últimos tiempos, y uno de sus signos es la angustia y desesperación que hoy se apodera de algunos cristianos ante los males del mundo y de la Iglesia. Es la fe en la Providencia la que fundamenta la esperanza y asegura la paz en las almas creyentes. Vayan las cosas como vayan en el mundo y en la Iglesia. Digo que se ha debilitado la fe en la Providencia en los que tienen fe. Porque en quienes carecen de ella, no existe en absoluto, por supuesto. La niegan rotundamente.

 

Predominan hoy en muchos ambientes católicos formas modernas del pelagianismo o de su modo suavizado, el semipelagianismo, que se le asemeja no poco (cf. en este blog 61-65). No se admite fácilmente que un plan de Dios providente dirija la vida del hombre y de las naciones, porque no se cree en la primacía de la gracia (66-75). Se piensa más bien que la línea vital de los pueblos, de la misma Iglesia, es aquella que las opciones libres de los hombres van diseñando. Por tanto, es el hombre, es la parte humana, la que en definitiva decide lo que ha sido, lo que es y lo que será su vida personal, lo mismo que la vida del mundo y de la Iglesia. La misma palabra predestinación, tan importante en la Escritura, en la Tradición y en la teología clásica, prácticamente ha desaparecido de los textos de teología.

 

Es posible que hoy un párroco o profesor de teología diga, por ejemplo, que si tal persona se accidentó en su coche y quedó parapléjica, nada tienen que ver Dios y su providencia divina con tal suceso: ha de atribuirse únicamente a la conducción imprudente del vehículo o a un error del mecánico que lo preparó. La misma Pasión de Cristo no es, según eso, cumplimiento de un plan eterno de Dios, anunciado en las Escrituras. Cristo murió porque los poderosos de su tiempo lo mataron. Y punto. Fue así su muerte, como podría haber sido de otro modo. Estas teologías anti-cristianas sobre la Providencia no suelen tener formulaciones sistemáticas y precisas, que chocarían abiertamente con doctrinas dogmáticas de la Iglesia. Pero se expresan con mucha frecuencia. No me alargaré sobre el tema porque ya lo traté más largamente en (133-134) Cristo vence los males del mundo -I  (y II); (135) Providencia divina –I. Dios nuestro Señor gobierna el mundo y (136) –II. El Señor es justo y misericordioso.

 

La fe en la Providencia fue, sin embargo, en toda la historia de la Iglesia uno de los rasgos más profundos de la espiritualidad popular cristiana. Tanto que muchos refranes y dichos antiguos la expresan: «Dios escribe derecho sobre renglones torcidos», «Que sea lo que Dios quiera», «Dios proveerá», «Así nos convendrá», «No hay mal que por bien no venga», «Dios dirá», «Dios quiera que…», «Si Dios quiere, iremos a…» (cf. Sant 4,15), «Con el favor de Dios», «Gracias a Dios», «Todo está en manos de Dios», «Dios da la ropa según el frío», «Dios aprieta, pero no ahoga», «El hombre propone y Dios dispone», etc.

 

–Recordaré en tesis fundamentales la teología dogmática y espiritual de la Providencia, que hoy tanto falta y tanta falta nos hace. Incluso a veces es expresamente negada.

 

La fe en la Providencia divina es antiquísima, revelada ya a Israel desde el principio, cuando tantas otras verdades le eran desconocidas todavía. «El Señor frustra los proyectos de los pueblos, pero el plan del Señor subsiste por siempre, de edad en edad» (Sal 32,11). «Tu reinado es un reinado perpetuo» (144,13). José, en Egipto, dice a sus hermanos que lo vendieron como esclavo: «No sois vosotros los que me habéis traído aquí. Es Dios quien me trajo y me puso al frente de toda la tierra de Egipto» (Gén 45,8)… «¿Quién puede resistir su voluntad?» (Rm 9,19).

 

–«Todo lo que Dios creó, con su providencia lo conserva y lo gobierna» (Vaticano I: Dz 3003). «Él cuanto quiere lo hace» (Sal 113B,3). «Yo digo: “mi designio se cumplirá; mi voluntad la realizo”… Lo he dicho y haré que suceda, lo he dispuesto y lo realizaré» (Is 46,10-11; cf. 48,3-5)… Está claro: aquí no tose nadie sin el permiso de Dios. Y no hay en el mundo un gramo más de mal que lo que Dios permite. Y todo bien concreto ha sido impulsado por la bondad providente del Rey del Universo. Sabe Dios perfectamente, en su sabiduría omnipotente, lo que promueve y lo que permite. ¿Puede haber algún creyente que se atreva a objetar algo a su gobierno?

 

Dios interviene continuamente en el orden de causalidades intramundano, y a veces en modos extraordinarios, en milagros (cf. mi estudio Los Evangelios son verdaderos e históricos, Fundación GRATIS DATE, Pamplona 2013, concretamente en el apéndice, Los milagros de Jesús según Walter Kasper). Aunque el Cardenal Kasper, y antes que él tantos otros protestantes liberales y modernistas, niegue con no pocos exegetas católicos actuales la mayoría de los milagros de Cristo –es decir, todos–, en cuanto alteraciones eventuales de las leyes internas al mundo, Jesús «hizo muchos milagros», como lo reconocen los mismos que lo condenaron a muerte (Jn 11,47). Así consta en casi todas las páginas de los Evangelios, en la enseñanza del Concilio Vaticano I (Dz 3034), en el Catecismo de la Iglesia Católica (547-553). Israel entiende la historia de la salvación como una serie de acciones de Dios en favor de su pueblo. Y esa historia de intervenciones del Señor continúa en la Iglesia hoy y hasta el fin de los tiempos. La oración de petición no tendría sentido si Dios no interviniera en el mundo. En fin, «cuanto hacemos, eres Tú quien para nosotros lo hace» (Is 26,12). «Nuestro Dios está en los cielos y en la tierra, y todo cuanto quiere lo realiza» (Prov 19,21).

 

La Providencia divina no obra solamente en las grandes líneas de la historia, sino que gobierna lo grande y lo mínimo. No es como enseña Cicerón: «dii magna curant, parva negligunt». Es como dice Cristo: «ni un solo gorrión cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre» (Mt 28,18).

 

Dios gobierna siempre en su providencia todas las criaturas con amor inmenso y misericordia indecible. «Todas las cosas colaboran al bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28). El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que «Santa Catalina de Siena dice “a los que se escandalizan y se rebelan por lo que les sucede”: “todo procede del amor [de Dios], todo está ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con este fin”. Y Santo Tomás Moro, poco antes de su martirio, consuela a su hija: “Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor”» (n. 313). Por tanto, hemos de ver el amor de Dios en todo lo que sucede. Hemos de dar gracias a Dios «siempre y en todo lugar». Y sin ningún miedo, sin ninguna restricción mental, debemos pedir al Padre providente: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo».

 

La Providencia divina ordena las cosas al mismo tiempo con justicia y con misericordia. Pero, si vale decirlo, aunque no sea exacto, la misericordia divina hace algunas veces sus trampas, no abandonando el mundo al simple juego brutal de sus causalidades internas libres. No. El Señor «no nos trata como merecen nuestros pecados» en pura justicia (Sal 102,10). Santo Tomás de Aquino expresa lo mismo diciendo: «La misericordia divina es la raíz o el principio de todas las obras de Dios, y penetra su virtud, dominándolas. Según esto, la misericordia sobrepasa la justicia, que viene solamente en un lugar segundo» (Summa Theologiae I,21,4).

 

Permitiendo a veces males enormes promueve Dios providente inmensos bienes. Del peor crimen de la historia humana, la Pasión de Cristo, fluyen los mayores bienes para la humanidad en todos los siglos. Si Dios no permitiera perseguidores de la Iglesia, no tendríamos la legión gloriosa de los mártires. Muchas grandes verdades de la fe católica –la divinidad de Jesucristo, la primacía y necesidad absoluta de la gracia, etc.– fueron formuladas por la Iglesia con ocasión de pésimas herejías: «oportet hæreses esse» (1Cor 11,19). Son inescrutables los designios de Dios providente (Rm 11,33-34). Por eso escribe León Bloy que, aunque no lo entendamos, «todo lo que sucede es adorable».

 

Es Cristo, Rey del universo, quien todo lo gobierna con providencia divina, porque a Él le ha sido dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Se sirve, ciertamente, para ello normalmente de causalidades segundas, no sólo de las buenas, sino también de las malas. En todo caso, como todos los días repetimos una y otra vez [aunque no consta que nos enteremos de lo que decimos] «nuestro Señor Jesucristo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén».

 

Los que niegan la Providencia niegan a Dios en cuanto Señor del cielo y de la tierra, y no entienden nada de la historia de la Iglesia y de las naciones. No entienden, por tanto, nada del presente. Y cabe sospechar, sin caer en juicios temerarios, que estas grandes verdades de la fe en la Providencia no están del todo operantes en quienes, ante los tormentosos sucesos actuales de la Iglesia, se hunden en la angustia o incluso en la desesperación, como si no estuviera todo integrado en un plan de Dios providente. Más aún: se creen incluso algunos con motivos sobradamente suficientes para hundirse en tales sentimientos: con-sienten en lo que sienten, no intentan salir de sus sentimientos, y procuran comunicarlos a los demás. Lo que ya es el summum.

 

***

 

Desconcertados. Nadie hoy en la Iglesia Católica tiene derecho para autorizarse a estar desconcertado. Nunca la Iglesia ha tenido un corpus doctrinal tan amplio y perfecto. Sobre cualquier tema que pueda interesarnos: documentos sobre la Escritura, sobre la Liturgia, la Virgen María, el Sacerdocio, la Eucaristía, la Doctrina social… Tenemos el Catecismo de la Iglesia Católica, síntesis amplia y perfecta de la doctrina y disciplina de la Iglesia, autorizada por San Juan Pablo II… Jamás, ni de lejos, ha tenido la Iglesia tantas fuentes abiertas que manan agua viva. Si alguno las desprecia y prefiere beber las aguas de cualquier charco de moda, leyendo le dernier cri, el último aullido ofrecido en tantas librerías religiosas, incluidas muchas diocesanas, no se lamente después de su desconcierto… y de su descomposición.

 

«Pasmaos, cielos, de esto y horrorizaos sobremanera, palabra del Señor. Ya que es un doble crimen el que ha cometido mi pueblo: dejarme a Mí, fuente de aguas vivas, para excavarse cisternas agrietadas, incapaces de contener el agua» (Jer 2,12-13).

 

Indignados. Entre los «buenos» cristianos, no son pocos hoy los que están indignados. Están absolutamente disconformes con el modo providente que nuestro Señor Jesucristo emplea hoy para gobernar su Iglesia, especialmente por los males que permite; pero también por los bienes que no acaba de promover eficazmente. Están indignados, y se reconocen ampliamente autorizados para estarlo. «Hombres de poca fe», que hacen de su ceguera una virtud.

 

«¡Hombre! ¿Quién eres tú para pedir cuentas a Dios? Acaso dice el vaso al alfarero: “¿por qué me has hecho así?” ¿O es que no puede el alfarero hacer del mismo barro un vaso de honor y un vaso indecoroso?» (Rm 9,20-21). «¡Qué insondables son sus juicios e inescrutables su caminos! Porque ¿quién conoció el pensamiento del Señor? ¿Quién fue su consejero?» (Rm 11,33-34). Dice el Señor: «No son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos. Cuanto son los cielos más altos que la tierra, tanto están mis caminos por encima de los vuestros, y por encima de los vuestros mis pensamientos» (Is 55,8-9).

 

Tentados. «¿En qué está pensando el Señor al permitir tantísimos escándalos y tentaciones en el mundo e incluso dentro de la Iglesia, procurándonos tan pocos defensores de la fe y de la disciplina católica? Esto se va a la ruina. Estoy completamente desesperado/a»… Comentarios como éste, al pie de noticias o de artículos, recibimos muchos. Son palabras necias, que no nacen del Espíritu, sino de la carne.

 

Las virtudes son como músculos espirituales (virtus, fuerza), que no se desarrollan bajo la gracia con actos remisos, sino con actos intensos (no se desarrollan levantando un lápiz, sino subiendo un piano al primer piso). Por eso Dios permite en la historia «tiempos recios», para que con su gracia crezcan los fieles en actos muy intensos de virtud. Los tiempos más duros de la historia suelen dar grandes santos, pues son asistidos por inmensas gracias de Dios. «Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas, sino que con la tentación dispondrá el modo de poderla resistir con éxito» (1Cor 10,13).

 

«Tened por sumo gozo veros rodeados de diversas tentaciones, sabiendo que la prueba de vuestra fe engendra paciencia» y fortalece todas las virtudes (Santiago 1,2-3). «Bienaventurado el hombre que soporta la tentación, porque, probado, recibirá la corona de la vida, que Dios prometió a los que le aman» (Santiago 1,12). Bendigamos al Señor de todo corazón, pues nos puso a vivir en momentos de la historia tan duros que sólo con actos heroicos, activados por su gracia, podemos perseverar en la fe verdadera y en el fiel seguimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

 

Preocupados. «Vivo lleno de ansiedad y preocupaciones, pues casi todas las noticias que me llegan del mundo y de la Iglesia son malas. ¿Cómo no voy a estar preocupado/a?… Y lo peor es que estas preocupaciones no me las puedo quitar de la cabeza»… Vamos por partes. Pre-ocuparse es algo morboso: es ocuparse en exceso. Y no poder quitarse de encima las preocupaciones es igualmente un desorden que hace mucho daño: es una falta de libertad personal; pero «para que gocemos de libertad, Cristo nos ha hecho libres» (Gal 5,1), libres también de nuestros propios pensamientos obsesivos. ¿Qué hace usted, pues, cautivo/a en la cárcel de sus preocupaciones, por nobles que sean sus objetos? ¿Cómo es posible que se autorice a estas verdaderas orgías de preocupación, que amargan su vida y la de sus prójimos, que le incapacitan para la oración pacífica y para las obras buenas? ¿Y aún se atreverán a entender sus preocupaciones como actos y actitudes de virtud y de mérito?

 

Léanse Mateo 6,25-34, la parábola de las flores del campo y de las aves del cielo. Escuchen lo que muy claramente manda el Señor: «no os preocupéis». Es un mandato, no un consejo. Y siempre que el Señor nos da la gracia de recibir un mandato suyo, nos da su gracia para que podemos vivirlo (no se queda con los brazos cruzados: a ver cómo nos apañamos para cumplirlo). «No os preocupéis», nos manda el Señor. Y argumenta su mandato. El Padre celestial conoce vuestras necesidades, y cuida de vosotros más que de las plantas y los pájaros, porque valéis mucho más que ellos. No os preocupéis, porque preocuparos no os vale para nada. Orar y ocuparse (ora et labora), sí; pre-ocuparse, no. Sería hacer como un burro, que diera vueltas y vueltas a un pozo sin agua, tratando de sacarla. «El auxilio nos viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra» (Sal 120,2). ¡No os preocupéis! Es un mandato de Cristo: y «vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15,14).

 

Alegres en la esperanza. Un hombre que viaja en un tren pésimo –ruido, hacinamiento, corrientes de aire, sin asiento– va tan feliz porque, por fin, vuelve a casa después de años de exilio, y lo esperan su esposa, sus hijos, su casa. ¿Qué importancia va a dar a todas esas molestias? Ni las nota apenas… Nosotros, en la Iglesia peregrina, viajamos hacia la Casa del Padre, donde Cristo ha ido por delante para prepararnos un lugar (Jn 14,2), y por muy calamitosas que sean las condiciones del mundo y de la Iglesia, por mucho que cueste el parto, «nadie será capaz de quitarnos la alegría» (Jn 16,22). Con toda razón, pues, manda Cristo por el Apóstol: «vivid alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación» (Rm 12,12)… ¿Alguna objeción?… Pero la alegría cristiana tiene un motivo todavía mayor: el amor de Cristo.

 

Alegres en Cristo. Otra vez estamos ante un mandato de Cristo, que nos lo da también por el Apóstol; no es un mero consejo: «Alegraos siempre en el Señor. De nuevo os digo: alegraos… El Señor está próximo. Por nada os inquietéis» (Flp 4,4)… ¡Pues no había pocas razones para inquietarse, cuando dice esto San Pablo, en aquellos tiempos de persecución! Pero, justamente, pocos libros cristianos se han escrito tan exultantes de gozo como las Actas de los mártires, verdaderos partes de victoria, himnos de ingreso directo en el Cielo. Y es que, como lo recuerda el Papa Francisco, «el Evangelio, donde deslumbra gloriosa la Cruz de Cristo, invita insistentemente a la alegría» (exhortación apostólica Evangelii gaudium 5, 24-XI-2013).

 

El Evangelio es la Buena Noticia. El Señor está con nosotros, vive en nosotros (Gál 2,20). Es el sentimiento predominante en los escritos apostólicos, por ejemplo, en las introducciones de las Cartas. Pero ya en el Antiguo Testamento, esperando al Mesías, está vibrante la espiritualidad de la alegría. «Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas y mi carne descansa segura» (Sal 15,8). Es la alegría espiritual un gran don de Dios, que se le debe pedir: «Alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti; porque tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia con los que te invocan» (85,4-5).

 

Paz en la Voluntad divina providente. El que busca hacer su voluntad tiene que estar necesariamente ansioso, lleno de preocupaciones y sufrimientos, pues muchas veces no logra realizar lo que quiere y son innumerables las fuerzas que pueden contrariar sus deseos. Parece un moscardón, introducido en una habitación, que vuela en todas direcciones, chocando con la pared innumerables veces… Por el contrario, el que busca en todo hacer la voluntad de Dios providente vive en paz continua, inalterable, sean cuales fueren las circunstancias del mundo y de la Iglesia. «Hágase en mí según tu palabra», dice María, pues Ella jamás tiene planes propios, voluntad propia. Ella sólo quiere hacer la voluntad de Dios en cada instante; y eso, con su gracia, siempre es posible. Del mismo modo, el cristiano que guarda conformidad total e incondicional con la voluntad de Dios providente, propiamente no sufre nunca contrariedades, pues en todo ve la mano bondadosa del Señor. Cree en la Providencia divina.

 

Hay cristianos hoy que no quieren saber nada ni del mundo ni de la Iglesia, y se mantienen lo más ajenos posible a lo que va sucediendo. No lo soportan, se ponen enfermos, se hunden con las noticias civiles y eclesiásticas. Prefieren no saber nada. Quizá alguno les aconseje: «escapa como un pájaro al monte, porque los malvados tensan el arco, ajustan la saeta a la cuerda, para disparar en la sombra contra los buenos» (Sal 10,1-2)… Puede ser que por dolencias psicológicas o morales sea ése un buen consejo. O porque el Señor los llame al desierto, con una excelsa vocación contemplativa. «¡Qué descansada vida la del que huye el mundanal ruido!» (Fray Luis de León)… Pero en principio no es ésa la vida querida por Dios para el común de los cristianos. Cristo ruega al Padre: «no te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal» (Jn 17,15).

 

Paz en Cristo, hermanos, recibidla de Él mismo. «Yo os doy mi paz; no os la doy como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14,27).

 

«Aunque la higuera no eche yemas y las viñas no tengan fruto, aunque el olivo olvide su aceituna y los campos no den cosechas, aunque se acaben las ovejas del redil y no queden vacas en el establo, yo exultaré con el Señor, me gloriaré en Dios, mi salvador» (Hab 3,17-18).

 

«Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo; con él se alegra nuestro corazón, en su santo nombre confiamos. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti» (Sal 32,20-22).

 

Fuente: José María Iraburu, blog Reforma o apostasía, posts 306-307;

http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1502170656-306-en-las-tormentas-de-la-ig

http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1502240403-307-en-las-tormentas-de-la-ig

 

Índice del blog Reforma o apostasía

 

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XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos

La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo

 

Respuestas a las preguntas de los Lineamenta

para la recepción y la profundización de la Relatio Synodi –II

 

Centro Cultural Católico “Fe y Razón”

 

Tercera parte – La confrontación: perspectivas pastorales

Antes de reproducir las preguntas 23-27 del cuestionario y de proponer nuestras respuestas, comentaremos un párrafo del texto introductorio.

“Al profundizar la tercera parte de la Relatio Synodi, es importante dejarse guiar por el viraje pastoral que el Sínodo extraordinario ha comenzado a delinear, enraizándose en el Vaticano II y en el magisterio del Papa Francisco. A las Conferencias Episcopales compete seguir profundizándolo, involucrando, de la manera más oportuna, a todos los componentes eclesiales, y concretizándolo en su contexto específico. Es necesario hacer todo lo posible para que no se recomience de cero, sino que se asuma el camino ya recorrido en el Sínodo extraordinario como punto de partida.”

 

En cierto sentido es verdad que no se puede recomenzar de cero, porque hay que comenzar por el Evangelio de Jesucristo tal como lo enseña la Iglesia desde hace 2.000 años, asumiendo todos los contenidos de la Divina Revelación transmitidos por la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición de la Iglesia. Sin embargo, por su contexto, parece que la frase “Es necesario hacer todo lo posible para que no se recomience de cero” tiene un sentido diferente. No se trata de una invitación a ser fieles a la doctrina católica, bíblica y tradicional, sino a “dejarse guiar por el viraje pastoral que el Sínodo extraordinario ha comenzado a delinear”. A tenor de las informaciones sobre el Sínodo de 2014, la naturaleza de ese “viraje pastoral” parece ser muy controvertible y controvertida. Por lo tanto, la frase en cuestión puede ser considerada como un intento de limitar indebidamente la libertad de expresión de las Conferencias Episcopales y de orientar sus aportes en una dirección cuestionable.

 

Por otra parte, llama la atención que, como raíces de ese “viraje pastoral”, se mencionen únicamente el Concilio Vaticano II y el magisterio del Papa Francisco, dejando en el olvido el riquísimo magisterio sobre la familia de los Papas Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI.      

 

Preguntas y respuestas

 

23. En la formación de los presbíteros y de los otros agentes pastorales ¿cómo se cultiva la dimensión familiar? ¿Se involucra a las mismas familias?

 

La profusión de lo accidental y agregado puede ir fácilmente en detrimento de lo esencial e imprescindible. Ciertas propuestas o planteos dan la impresión de un “titanismo pastoral” que no puede estar más alejado de la realidad. Y lo peor de todo sería que en la práctica dicho “titanismo pastoral” se redujese a su exacto contrario: el laissez faire teológico y moral que propicie la cómoda siesta eclesial en medio de la creciente corrupción de los fieles.

 

El presbítero no es casado ni es padre de familia. No hace falta que lo sea y no debe serlo. Lo que los fieles necesitamos de él, en primer lugar, no es su experiencia familiar, sino la doctrina de la Iglesia Católica sobre la familia.

 

24. ¿Somos conscientes de que la rápida evolución de nuestra sociedad exige una constante atención al lenguaje en la comunicación pastoral? ¿Cómo testimoniar eficazmente la prioridad de la gracia, de manera que la vida familiar se proyecte y se viva como acogida del Espíritu Santo?

 

Aunque la sociedad esté cambiando a gran velocidad, el lenguaje de la Iglesia no puede ni debe cambiar continuamente, porque ese lenguaje se refiere sobre todo a realidades religiosas y a cuestiones espirituales y morales que no cambian, y que afectan de la misma manera a los hombres de todos los tiempos y lugares.

 

Pero además enfatizamos que el principal problema de la pastoral de hoy no es un problema de lenguaje, sino de filosofía. Los principios fundamentales de la cultura moderna son contrarios al Evangelio y a la doctrina católica. La comunicación pastoral no puede ser una disciplina autónoma respecto de la profesión de fe eclesial. Nuestro Señor Jesucristo no buscó el apoyo de asesores de imagen ni de expertos en comunicación o en marketing. Predicó su Evangelio con sabiduría, sencillez y sinceridad y nos ordenó proceder de la misma manera: Cuando ustedes digan «sí», que sea sí, y cuando digan «no», que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno.” (Mateo 5,37).

 

La mejor forma de decir “perro” es diciendo “perro”. Si el otro no entiende, se le explica. Pero no se le dice “gato” para que entienda. Es posible que al decirle “gato” salte de gozo y asienta con entusiasmo a lo que le predicamos, pero ahí está justamente el mal: un gato no es un perro. No se dice “ser” diciendo “devenir”, ni se dice “verdad” diciendo “apariencia”, ni se dice que Cristo es Dios diciendo que Dios está en Cristo, ni se dice que el pan consagrado es el Cuerpo de Cristo diciendo que lo representa o simboliza, ni se dice que el matrimonio es indisoluble diciendo que en ciertos casos puede “morir”, etc., etc.

 

25. Al anunciar el Evangelio de la familia, ¿cómo se puede crear las condiciones para que cada familia sea como Dios la quiere y sea reconocida socialmente en su dignidad y misión? ¿Qué “conversión pastoral” y qué ulteriores profundizaciones deben ser implementadas en esa dirección?

 

Acerca de la “conversión pastoral”, tan necesaria hoy día, recordamos un magnífico texto del gran Papa San Juan Pablo II (Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, nn. 30-31).

 

“En primer lugar, no dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es la de la santidad. (…) Terminado el Jubileo, empieza de nuevo el camino ordinario, pero hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral. (…) Este don de santidad, por así decir, objetiva, se da a cada bautizado. Pero el don se plasma a su vez en un compromiso que ha de dirigir toda la vida cristiana: «Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Ts 4,3). Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: «Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor».

 

Recordar esta verdad elemental, poniéndola como fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio, podría parecer, en un primer momento, algo poco práctico. ¿Acaso se puede «programar» la santidad? ¿Qué puede significar esta palabra en la lógica de un plan pastoral?

 

En realidad, poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, «¿quieres recibir el Bautismo?», significa al mismo tiempo preguntarle, «¿quieres ser santo?» Significa ponerlo en el camino del Sermón de la Montaña: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48).

 

Como el Concilio mismo explicó, este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos «genios» de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este «alto grado» de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección. Pero también es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía debe enriquecer la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las formas más recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia.”

 

En cuanto a “crear las condiciones para que cada familia sea como Dios la quiere” (¡nada menos!), esto remite en última instancia a la gracia divina. Queda muy por encima de los sueños más alocados del activismo pastoral. No obstante, pensamos que lo más importante que se puede hacer en este sentido es mejorar la preparación para el matrimonio, y muy especialmente la catequesis prematrimonial, que en general es muy pobre. Quizás el único aspecto bueno de la gran disminución de los matrimonios sacramentales es que hoy sería relativamente fácil dar una catequesis prematrimonial mucho más amplia y profunda a las pocas parejas de novios que se casan por la Iglesia. Empero, no parece que en general se esté aprovechando esta oportunidad.

 

26. ¿La colaboración al servicio de la familia con las instituciones sociales y políticas se percibe en toda su importancia? ¿Cómo se pone en práctica de hecho? ¿En qué criterios inspirarse? ¿Qué rol pueden desempeñar en tal sentido las asociaciones familiares? ¿Cómo tal colaboración puede ser sostenida también de la denuncia franca de los procesos culturales, económicos y políticos que minan la realidad familiar?

 

No se puede admitir la ingenuidad de pensar que toda colaboración es buena. Hoy en día, la colaboración con instituciones sociales y políticas (casi siempre secularistas) implica con mucha frecuencia la cooperación con el mal, por lo que en la práctica es más relevante lo que dice la última parte de la pregunta: “la denuncia franca de los procesos culturales, económicos y políticos que minan la realidad familiar”. A menudo esa colaboración significa abrir las puertas de la comunidad eclesial a los maestros o agentes de la perspectiva de género, la legalización del aborto, etc., lo que es una de sus máximas aspiraciones (para neutralizar a su enemigo principal: la Iglesia). Si además son las instituciones secularistas las que aportan los fondos o recursos, eso les servirá para ejercer una tremenda presión dominadora sobre la Iglesia y su mensaje. Por lo tanto, en términos generales, cuanto más lejos esté la pastoral católica del Estado actual y de las ONG secularistas, tanto mejor. No obstante, en ciertas circunstancias particulares se pueden justificar excepciones a este criterio general.

 

27. ¿Cómo favorecer una relación entre familia, sociedad y política que beneficie a la familia? ¿Cómo promover el sostén de la comunidad internacional y de los Estados a la familia?

 

Ante todo, denunciando y combatiendo la ideología de género y afines, que hoy son la guía explícita de muchos Estados en su búsqueda denodada de la destrucción de la familia. Esto implica reconocer que la ONU es hoy uno de los principales motores de la revolución social anticristiana, que tiene alcances genocidas; y también implica dejar de tolerar a la quinta-columna eclesial que promueve el entreguismo ante los avances avasallantes de la política anti-familiar de los Estados.

 

Hemos de pedir con insistencia al Señor que, a través del camino de la cruz de un testimonio cristiano totalmente coherente (que puede llevar incluso al martirio), su intervención providencial y misericordiosa tuerza el rumbo anti-vida y anti-familia que una élite mundial, cada vez más poderosa, impulsa con fuerza creciente, para imponer un brutal “imperialismo demográfico” y la absoluta destrucción de la familia, según la lúcida predicción de Aldous Huxley en su novela Un mundo feliz.

 

28. ¿Cómo se proponen los caminos de preparación al matrimonio de manera de evidenciar la vocación y misión de la familia según la fe en Cristo? ¿Se llevan a cabo como oferta de una auténtica experiencia eclesial? ¿Cómo renovarlos y mejorarlos?

 

Por lo general, la catequesis prematrimonial es bastante pobre. Hay una gran desproporción entre la duración de la catequesis previa a la Primera Comunión (comúnmente tres años) o la Confirmación (comúnmente un año) y la catequesis prematrimonial (comúnmente de una a cinco reuniones). ¿Cómo mejorar esta situación? Éste es un problema difícil. Si todo continúa como hasta ahora, va a seguir ocurriendo que muchas parejas se casan por Iglesia sin la mínima preparación necesaria, con las consecuencias negativas que están a la vista. Si las cosas se hacen más estrictas, probablemente aumente la cantidad de bautizados en concubinato, con o sin matrimonio civil. De todos modos creemos que se debería elegir esta última opción. Para comenzar, se podría establecer que la catequesis prematrimonial tendrá una duración mínima de dos meses, salvo casos excepcionales.

 

29. ¿Cómo la catequesis de iniciación cristiana presenta la apertura a la vocación y misión de la familia? ¿Qué pasos son vistos como más urgentes? ¿Cómo proponer la relación entre bautismo, eucaristía y matrimonio? ¿De qué modo evidenciar el carácter de catecumenado y de mistagogia que los caminos de preparación al matrimonio asumen a menudo? ¿Cómo involucrar a la comunidad en esta preparación?

 

La catequesis de iniciación cristiana necesita una reforma general, no sólo en lo relativo al matrimonio y la familia. Dicha reforma, a nuestro juicio, debería abarcar principalmente los siguientes dos puntos: a) una mejor selección y formación de los catequistas, para que conozcan y se adhieran personalmente a toda la doctrina expuesta en el Catecismo de la Iglesia Católica y sepan no sólo enunciar sino también explicar, fundamentar y defender dicha doctrina; b) la elaboración y el uso de nuevos catecismos o materiales catequéticos plenamente conformes con el Catecismo de la Iglesia Católica, que presenten la doctrina católica de forma integral, sintética y adaptada a sus destinatarios, y tengan muy en cuenta la dimensión apologética que la catequesis requiere en la situación actual, en la que ya no se puede presuponer una fe católica firme en los catecúmenos.

 

Es fundamental que todos los catequistas lean, estudien, aprendan y utilicen continuamente el Catecismo de la Iglesia Católica y el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica (no sólo alguna de sus “adaptaciones”). En este sentido, nos parece que antes de ofrecer cursos de “Teología para Laicos” habría que ofrecer un curso de un año de “Catecismo para Adultos”.

 

En cuanto al tema del matrimonio y la familia en particular, es absolutamente imprescindible que la catequesis de iniciación cristiana vuelva a presentar de forma clara e íntegra el Sexto Mandamiento y la doctrina católica sobre el mismo.

 

En cuanto a la catequesis prematrimonial, debe incluir: a) por una parte, una presentación más o menos sintética (según las circunstancias) de toda la doctrina católica, para subsanar al menos parcialmente la frecuente pobreza de la formación cristiana de los novios; b) por otra parte, una presentación de los aspectos bíblicos, teológicos, morales y canónicos más relevantes acerca del matrimonio y la familia. En particular, se debe enseñar la doctrina de la encíclica Humanae Vitae. Si en la catequesis prematrimonial se enseña a los novios cuáles son los “mejores” anticonceptivos, entonces dicha catequesis ya ha fracasado radicalmente. El tema de la familia no es separable de la crisis de fe que afecta hoy día a la Iglesia en su conjunto.

 

No obstante, se debe evitar que el péndulo vaya hasta el otro extremo y se sustituyan las escasas y breves “charlas prematrimoniales” de hoy por una especie de licenciatura obligatoria en teología del matrimonio.

 

Sería conveniente elaborar manuales o materiales que sirvan como referencia para la catequesis prematrimonial renovada. Por lo dicho más arriba, esos manuales no deberían ser muy extensos y deberían tener un lenguaje comprensible para un lector de cultura media.

 

30. Tanto en la preparación como en el acompañamiento de los primeros años de vida matrimonial, ¿se valora adecuadamente la importante contribución de testimonio y de sostén que pueden dar familias, asociaciones y movimientos familiares? ¿Qué experiencias positivas se pueden referir en este campo?

 

Una parte importante de la cuestión aquí planteada se inscribe dentro de un asunto más general: el de la relación entre las asociaciones y los movimientos católicos con las diócesis y las parroquias. Se trata de un problema muy amplio y complejo, acerca del cual nos limitaremos a proponer que se promueva de ambas partes una actitud de mayor apertura y cooperación mutua. Los movimientos (especialmente) deben evitar la tentación de cerrarse en la práctica sobre sí mismos; y las diócesis y parroquias deben evitar la tentación de imponer una excesiva centralización y uniformidad pastoral.

 

31. La pastoral de acompañamiento de las parejas en los primeros años de vida familiar –se  observó en el debate sinodal– necesita un ulterior desarrollo. ¿Cuáles son las iniciativas más significativas ya realizadas? ¿Qué aspectos hay que incrementar a nivel parroquial, a nivel diocesano o en el ámbito de asociaciones y movimientos?

 

Opinamos que habría que tratar de fortalecer los grupos de matrimonios (de parroquias, asociaciones o movimientos), los retiros o encuentros matrimoniales y otras iniciativas o actividades semejantes, dentro de la perspectiva de una renovación profunda de toda la pastoral eclesial con las notas principales que hemos procurado delinear hasta aquí: superación de la crisis de fe y de la secularización interna en la Iglesia, firme promoción y defensa de la ortodoxia doctrinal, nuevo ardor misionero, práctica de una apologética renovada y de un diálogo evangelizador, fuerte énfasis en la santidad como objetivo principal de toda la pastoral eclesial y en el recurso frecuente y adecuado a los medios tradicionales de santificación (oración, sacramentos, lectura de la Biblia, penitencia, obras de misericordia, dirección espiritual, etc.).

 

32. ¿Qué criterios para un correcto discernimiento pastoral de las situaciones individuales son considerados a la luz de la enseñanza de la Iglesia, para la cual los elementos constitutivos del matrimonio son unidad, indisolubilidad y apertura a la procreación?

 

Los principales criterios de discernimiento pastoral de las distintas situaciones de las parejas deben ser precisamente esos “elementos constitutivos del matrimonio” (o bienes y exigencias fundamentales del amor conyugal): unidad, indisolubilidad, apertura a la procreación y (agregamos) fidelidad y sacramento. Si alguno de los primeros cuatro elementos falta en el mutuo consentimiento no hay matrimonio, ni natural ni sacramental; pero además se debe tener en cuenta que el matrimonio entre bautizados no puede ser sino sacramental. De lo contrario las parejas están en situación objetiva de pecado. En estas parejas puede haber o no haber buena disposición para escuchar el anuncio de la doctrina católica sobre el matrimonio. Si la hay, el anuncio, con la ayuda de la gracia, puede dar fruto o no. Siempre está presente el libre albedrío del ser humano. Pero el anuncio del Evangelio a toda criatura es la primera y más esencial misión de la Iglesia.

 

33. ¿La comunidad cristiana es capaz de involucrarse pastoralmente en estas situaciones? ¿Cómo ayuda a discernir estos elementos positivos y aquellos negativos de la vida de personas unidas en matrimonios civiles de manera de orientarlas y sostenerlas en el camino de crecimiento y de conversión hacia el sacramento del matrimonio? ¿Cómo ayudar a quienes conviven a decidirse por el matrimonio?

 

Podemos ayudar a las personas que conviven fuera del matrimonio ante todo de dos formas: a) anunciándoles el Evangelio de Cristo en su integridad, incluyendo la doctrina sobre la pecaminosidad grave de las relaciones sexuales extramatrimoniales; b) recurriendo a la oración y la fuerza que le es propia, pues sólo Dios, a quien pedimos la conversión de los pecadores, puede mover los corazones para que libremente se abran al anuncio del Evangelio. También tenemos la posibilidad del ayuno y otras mortificaciones (activas y pasivas) voluntariamente asumidas por la conversión de los pecadores en general, y en particular para que regularicen su situación los que conviven irregularmente. Se puede realizar jornadas eclesiales de oración y ayuno con tal finalidad. En ellas se podría incluir un acto penitencial por nuestras propias infidelidades para con la doctrina de la Iglesia, porque sin duda éstas son una de las causas principales de la actual crisis matrimonial y familiar. Y sobre todo se debe impulsar el esfuerzo por mantenerse uno mismo en estado de gracia, sin lo cual no se puede ser un instrumento apto para trabajar por la salvación de las almas según la voluntad de Dios.

 

En cuanto al discernimiento de elementos positivos y negativos y el sostén en el camino de conversión, obviamente el cambio ha de ser de lo negativo a lo positivo. Se debe presentar la grandeza del matrimonio en toda su amplitud. Esto implica necesariamente mostrar a las personas en cuestión las coincidencias y discrepancias de su situación concreta con el modelo normativo del matrimonio cristiano (que no es un mero “ideal”).

 

En cuanto a la acogida y el acompañamiento a las personas en situaciones irregulares, se debe evitar el grave error de pretender que enseguida pasen a celebrar la Eucaristía y a comulgar. Más bien deberían integrarse en un espacio pre-sacramental, análogo a los de los antiguos catecúmenos o penitentes. En este caso se deberá enfrentar valerosamente las previsibles acusaciones de “discriminación” entre quienes van a la Iglesia.

 

34. En particular, ¿qué respuestas dar a las problemáticas planteadas por la permanencia de las formas tradicionales de matrimonio por etapas o arreglado entre familias?

 

El matrimonio arreglado entre familias, mientras no implique la imposición de una pareja contraria a la voluntad del interesado, no produce la nulidad del matrimonio. Esa forma tradicional de matrimonio, comparada con lo que suele ocurrir hoy día en las sociedades occidentales, parece bastante menos mala. De todos modos, corresponde que la evaluación más exacta de esa práctica la hagan quienes la conocen de cerca.

 

El matrimonio por etapas, si implica convivencia marital antes del consentimiento matrimonial propiamente dicho, es contrario a la doctrina católica. Obviamente, esta otra forma tradicional de matrimonio no debe usarse como excusa para proponer algo similar en Occidente.

 

***

 

La introducción a las preguntas 35-39 dice lo siguiente:

 

“Cuidar a las familias heridas (separados, divorciados no vueltos a casar, divorciados vueltos a casar, familias monoparentales) (nn. 44-54)

 

En el debate sinodal se evidenció la necesidad de una pastoral recta del arte del acompañamiento, dando «a nuestro caminar el ritmo saludable de la proximidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana» (Evangelii Gaudium, 169).”

 

Es muy negativo que en la lista de “familias heridas” se haya colado la categoría de los divorciados vueltos a casar. Éstos no constituyen una familia herida, porque no constituyen familia alguna. La familia se basa en el matrimonio, y el adulterio no es matrimonio.

 

Por otra parte, las “heridas” aquí enumeradas son o pueden ser de muy distintos tipos: por ejemplo, dos esposos pueden estar “separados” por razones graves de violencia doméstica o porque el esposo, manteniéndose fiel a su esposa, emigró –provisoriamente solo– en busca de una mayor prosperidad para su familia; otro ejemplo: una familia puede ser “monoparental” porque el padre abandonó a la madre y a sus hijos o porque simplemente falleció. A menudo (como en estos casos) la utilización de un lenguaje sociológico (en lugar de uno teológico) tiende a confundir los males físicos con los males morales.

 

Por otra parte, las metáforas como el “acompañamiento” no dicen nada decisivo sobre los temas principales que se van a discutir en el próximo Sínodo: la comunión a los divorciados vueltos a casar y la admisión de las uniones homosexuales.

 

35. ¿La comunidad cristiana está preparada para hacerse cargo de las familias heridas para hacerles experimentar la misericordia del Padre? ¿Cómo comprometerse para eliminar los factores sociales y económicos que a menudo las determinan? ¿Qué pasos se han dado y qué pasos hay que dar para el crecimiento de esta acción y de la conciencia misionera que la sostiene?

 

La misericordia no puede imponerse a la fuerza a los que no la quieren. Eliminar nada menos que los factores sociales y económicos que determinan (o, mejor dicho, condicionan fuertemente) algunas de estas situaciones sería tarea excesiva incluso para un ejército de titanes. Esta afirmación evidente no debe llevar a esta conclusión falaz: como no se puede remediar las causas, hay que aceptar los efectos, y por lo tanto bendecir, bautizar, absolver y eucaristizar todo. Así suele suceder la deriva del pelagianismo al quietismo. 

 

36. ¿Cómo promover la identificación de líneas pastorales compartidas a nivel de Iglesia particular? ¿Cómo desarrollar al respecto el diálogo entre las diversas Iglesias particulares “cum Petro y sub Petro”?

 

No saliendo a dar por buena la comunión a los divorciados vueltos a casar, como hizo la Conferencia Episcopal Alemana; sí saliendo a advertir de los peligros reales y evidentes del pretendido “viraje pastoral” para la fe católica, como hizo la Conferencia Episcopal Polaca y como hicieron también los Cardenales y Obispos africanos, junto con muchos otros de otros países, después de la pésima “Relatio post disceptationem” de 2014. No obstante, las líneas pastorales esenciales no puede decidirlas la Iglesia local al margen del centro de la catolicidad, que está en Roma.

 

37. ¿Cómo hacer más accesibles y ágiles, y en lo posible gratuitos, los procedimientos para el reconocimiento de los casos de nulidad? (n. 48).

 

En este punto se debe cuidar muy especialmente el delicado equilibrio entre, por un lado, la accesibilidad, agilidad y posible gratuidad de estos procedimientos, y por otro lado las garantías procesales para llegar a un juicio fiable sobre la validez o invalidez del vínculo matrimonial en cuestión (cf. RS, n. 48). Si ese equilibrio se rompiera (por ejemplo, reconociendo nuevas causales de nulidad, de ambigua definición y muy difícil comprobación), la “declaración de nulidad” podría fácilmente tender a convertirse en una forma más o menos hipócrita de “divorcio católico”.

 

38. La pastoral sacramental referida a los divorciados vueltos a casar necesita una mayor profundización, valorando también la praxis ortodoxa y teniendo presente «la distinción entre situación objetiva de pecado y circunstancias atenuantes» (n. 52). ¿Cuáles son las perspectivas en las que moverse? ¿Cuáles los pasos posibles? ¿Qué sugerencias para obviar las formas de impedimentos no debidas o no necesarias?

 

Ante todo se debe recordar que el numeral 52 de la RS no fue aprobado por la asamblea sinodal.

 

Aquí hay que distinguir dos clases de “divorciados vueltos a casar”: los que viven maritalmente con su nueva pareja y los que no. Para los segundos no se plantea ningún problema particular: simplemente pasan por el sacramento de la Penitencia y luego comulgan. El problema lo plantean los primeros. No se puede hacer penitencia mientras no se tiene el propósito de dejar de pecar, y éstos por hipótesis no lo tienen, porque no piensan ni separarse ni convivir como “hermano y hermana”, en cuyo caso pertenecerían al grupo anterior.

 

La praxis ortodoxa implica la admisión del divorcio, cosa absolutamente incompatible con la fe católica (cf. Concilio de Trento, Cánones sobre el Sacramento del Matrimonio, Canon VII).

 

En cuanto a las circunstancias atenuantes, se nos ocurre que podrían ser la ignorancia de la doctrina católica o la presión de las pasiones. La primera debe ser remediada, no tolerada o mantenida para que la persona pueda recibir la absolución. La segunda no exime de culpa. De todos modos, por un lado, para hacer penitencia no hacen falta circunstancias atenuantes; con la gracia de Dios, uno puede arrepentirse de los pecados más horrendos e inexcusables. Por otro lado, si las circunstancias atenuantes eliminaran la culpa, entonces no haría falta ni tendría sentido el “camino penitencial” discutido en el Sínodo de 2014. 

 

En cuanto a las supuestas “formas de impedimentos no debidas o no necesarias”, no hay extraños requisitos rituales o jurídicos que impidan el acceso a los Sacramentos a estas parejas. Simplemente, ellas están en situación objetiva de adulterio y por lo tanto no pueden confesarse válidamente ni comulgar mientras no se arrepientan y hagan sincero propósito de enmienda, que en su caso implica la determinación de disolver la convivencia adúltera o de vivir en adelante como hermano y hermana.

 

En cuanto a la comunión espiritual de las personas divorciadas y vueltas a casar (cf. RS, n. 53), opinamos que, hablando con propiedad, la comunión espiritual no es posible para quien está en pecado mortal. Uno puede presentarse ante la misericordia de Dios con la súplica de que la gracia divina lo convierta y lo perdone, pero probablemente no conviene llamar a eso “comunión espiritual”. Obviamente, si en ese trance se experimenta la contrición, entonces se recibe el perdón de Dios, el estado de gracia y la unión espiritual con Cristo. Se podría pensar en un acto de contrición y un pedido condicional: “Si he recibido la gracia de la contrición, Señor, ven a mí espiritualmente”. Pero todo ello implica el propósito de enmienda, que no está presente en los “divorciados vueltos a casar” del primer grupo, como vimos más arriba.

 

39. ¿La normativa actual permite dar respuestas válidas a los desafíos planteados por los matrimonios mixtos y los inter-confesionales? ¿Hace falta tener en cuenta otros elementos?

 

Opinamos que la normativa actual es correcta, pero a menudo está desvirtuada en la práctica pastoral. Cabe sostener que según el derecho canónico estos matrimonios están prohibidos salvo casos excepcionales en los que se concede una dispensa si se cumple una serie de condiciones precisas y exigentes. Sin embargo, en la práctica estas dispensas parecen haberse convertido en una mera formalidad administrativa que se concede a todas o casi todas las parejas que la solicitan. Hace falta tomar una mayor conciencia de la importancia central que, para la formación de una familia, tiene la fe religiosa plenamente compartida entre los esposos.

 

***

 

La introducción a la pregunta 40 dice lo siguiente:

 

“La atención pastoral de las personas con tendencia homosexual plantea hoy nuevos desafíos, debidos también a la manera en que se proponen socialmente sus derechos.”

 

Las personas homosexuales no tienen derechos específicos ni distintos de los que tienen las personas en general. La homosexualidad en cuanto tal no es fuente de derechos, porque es una falla en las tendencias y/o en el obrar de la persona humana.

 

40. ¿Cómo la comunidad cristiana dirige su atención pastoral a las familias que tienen en su interior personas con tendencia homosexual? Evitando toda injusta discriminación, ¿de qué modo  cuidar de las personas en tales situaciones a la luz del Evangelio? ¿Cómo proponerles las exigencias de la voluntad de Dios sobre su situación?

 

También en estos casos particulares debe aplicarse lo dicho antes en un contexto más genérico. ¿Qué pueden hacer los cristianos por las personas homosexuales? Hacer oración, ayuno y penitencia, predicar el Evangelio en su integridad a ellas y a sus familiares, etc. Nunca se repetirá bastante que el cristiano ama al pecador y (precisamente por eso) odia el pecado. La verdad y la caridad deben ir siempre juntas. La caridad hacia las personas homosexuales implica, entre otras cosas, la necesidad de presentarles muy claramente la doctrina católica que no las condena pero declara desordenada la tendencia homosexual y condena los actos homosexuales. Se debe evitar toda ambigüedad teórica o práctica al respecto, para no caer en un “buenismo” que perjudica a los mismos a los que quiere beneficiar.

 

Es peligroso que los cristianos usen el lenguaje de la “perspectiva de género”: “género”, “orientación sexual”, “opción sexual”, “construcción de la identidad”, “homofobia”, etc., no son palabras neutras, sino que están cargadas de una ideología perversa que, antes de oscurecer los corazones, oscurece las mentes. Por ejemplo, el término “orientación homosexual” sugiere que hay diversas “orientaciones sexuales” posibles, todas igualmente válidas. Es mejor hablar de la “tendencia homosexual”, de la cual el Magisterio nos dice que es objetivamente desordenada.

 

En cuanto al propósito de evitar “toda injusta discriminación”, se debe subrayar y explicar lo de “injusta”, porque existe también la discriminación justa, que es buena por definición. Por ejemplo, la no aceptación de las personas homosexuales como candidatas al sacerdocio católico es una “discriminación justa” y necesaria (cf. Congregación para la Educación Católica, Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas de tendencias homosexuales antes de su admisión al seminario y a las órdenes sagradas, 4 de noviembre de 2005) .

 

Sería muy deseable que el próximo Sínodo dijese explícitamente que las uniones homosexuales no pueden ser legalizadas bajo ningún concepto, con o sin el nombre de “matrimonio”, porque la homosexualidad en cuanto tal no es fuente de ningún derecho; a falta de esto, pensamos que se debe exigir que en ningún momento se sugiera que la “unión civil” homosexual podría ser aceptable si no se la equipara al matrimonio.

 

41. ¿Cuáles son los pasos más significativos que se han dado para anunciar y promover eficazmente la apertura a la vida y la belleza y la dignidad humana de ser madre o padre, a la luz por ejemplo de la Humanae Vitae del Beato Pablo VI? ¿Cómo promover el diálogo con las ciencias y las tecnologías biomédicas de manera que se respete la ecología humana del engendrar?

 

Aquí se ha de tener en cuenta todo lo dicho antes sobre la crisis eclesial y la necesidad de una profunda reforma pastoral, fiel a toda la doctrina católica. Por ejemplo, en la pastoral actual apenas se da espacio a la difusión y enseñanza de los métodos naturales de regulación de la natalidad. Más aún, todo el movimiento pro-vida y pro-familia es mirado con desconfianza o desapego por una parte muy grande de los agentes pastorales. Esto se debe sustancialmente a la colonización mental que ha logrado realizar el partido anti-vida y anti-familia, haciendo que dentro de la misma Iglesia se tache de “fundamentalistas” a los que simplemente tratan de ser católicos coherentes.

 

En cuanto a la segunda “sub-pregunta”, se inscribe dentro del problema más amplio de la cultura católica, hoy muy decaída. ¿Cómo hacer que esa cultura renazca o se renueve? A continuación ofrecemos diez posibles claves.

 

1. La cultura católica brota de la fe católica profesada, celebrada, vivida y rezada en clave de plena fidelidad a Dios, a Jesucristo y a la Iglesia Católica, tanto en el nivel individual como en el nivel colectivo.

 

2. La verdad objetiva existe y el ser humano puede conocerla y comunicarla a otros. El católico debe practicar la filosofía en clave realista, no idealista.

 

3. De entre las muchas filosofías realistas posibles, el Magisterio de la Iglesia Católica reconoce un valor muy especial a la filosofía tomista. El tomismo debe ser considerado como un elemento fundamental, ejemplar e insustituible para la enseñanza y el ejercicio de la filosofía y la teología en la Iglesia.

 

4. El catolicismo es la religión verdadera. La fundamentación de la fe católica debe practicarse en clave apologética, no racionalista ni fideísta. Contra el relativismo imperante, se debe renovar la apologética, en sus tres etapas clásicas (“demostración religiosa”, “demostración cristiana” y “demostración católica”).

 

5. La misión evangelizadora de la Iglesia Católica es universal. Ningún grupo de personas debe ser excluido de la meta pretendida por dicha misión. Por parte de la Iglesia, todo diálogo debe practicarse en clave de evangelización.


6. El ateísmo (teórico o práctico) y el secularismo son hoy los principales enemigos de la fe católica. La cultura católica debe incluir como uno de sus elementos principales el combate contra el ateísmo y el secularismo.

 

7. El bien objetivo existe y el ser humano puede conocerlo y realizarlo. La filosofía moral y la teología moral deben reafirmar la existencia y el valor de la ley moral natural.

 

8. El derecho humano a la vida y los derechos del matrimonio y la familia, hoy sometidos a una gravísima agresión por parte de la cultura predominante en Occidente, son valores morales, políticos y jurídicos fundamentales e irrenunciables. La cultura católica debe fundamentar y reafirmar firmemente dichos valores.

 

9. En la vida cristiana, todo (también la cultura) debe tener como objetivo la gloria de Dios y el bien de los hombres. Superando la tendencia a un academicismo estéril, la cultura católica debe tener siempre muy presentes las interrogantes, las dudas, las carencias, las objeciones, las necesidades y los intereses de las mayorías, tendiendo muchos puentes entre la vida intelectual y las actividades prácticas (pastorales, caritativas, políticas, etc.) de los católicos.

 

10. Teniendo en cuenta la escasez de recursos de sus representantes y el alto valor de Internet como factor de democratización de la información, la cultura católica debe hacer un uso amplio, generoso y prudente de la red de redes como un medio de expresión privilegiado.

 

42. Una maternidad/paternidad generosa necesita estructuras e instrumentos. ¿La comunidad cristiana vive una efectiva solidaridad y subsidiaridad? ¿Cómo? ¿Es valiente en la propuesta de soluciones válidas también a nivel socio-político? ¿Cómo alentar a la adopción y a la acogida como signo altísimo de generosidad fecunda? ¿Cómo promover el cuidado y el respeto de los niños?

 

Por desgracia, muchos católicos votan a favor de partidos políticos cuyos programas son incompatibles con la fe católica y con la doctrina social de la Iglesia. Este problema se agrava cuando la autoridad eclesiástica no deja muy claro para todos que hay principios no negociables en la vida política, por lo que esa clase de voto es inmoral.

 

Por otra parte, pese a la encíclica Evangelium Vitae de San Juan Pablo II, muchos católicos (incluso “prácticos”) ignoran casi todo acerca de la “cultura de la muerte” que lleva más de un siglo operando en el mundo, y eso ayuda a que acojan acríticamente los postulados anti-vida y anti-familia promovidos por una poderosa élite y sus compañeros de ruta por todos los medios de difusión y presión cultural a su alcance. Quizás este estado de ignorancia no sea siempre inculpable. Se nota cierta resistencia incluso dentro de la jerarquía eclesial a la labor de quienes informan sobre el diabólico proceso de reingeniería social anticristiana que está actualmente en curso en casi todo el planeta.

 

43. El cristiano vive la maternidad/paternidad como respuesta a una vocación. ¿En la catequesis se subraya suficientemente esta vocación? ¿Qué itinerarios formativos se proponen a fin de que ella guíe efectivamente las conciencias de los esposos? ¿Se tiene conciencia de las graves consecuencias de los cambios demográficos?

 

Con respecto a los cambios demográficos, lo que piensa la mayoría de la gente (incluyendo a los católicos), es que el mundo está hoy amenazado por el gran peligro de la “superpoblación” o “explosión demográfica”. La “explosión demográfica” es un mito neo-maltusiano, descartado por demógrafos y economistas. Lo que la población mundial está experimentando hoy es una “transición demográfica”, un período de rápido crecimiento entre dos estados de equilibrio: uno anterior caracterizado por una alta natalidad y una alta mortalidad, y uno emergente caracterizado por una natalidad y una mortalidad menores. La transición demográfica ya se ha realizado en gran medida. El mayor problema demográfico actual (ya evidente en muchos países, Uruguay incluido) es el envejecimiento de la población causado por dicha transición.

 

Al mito de la superpoblación se suma hoy el mito del Calentamiento Global Antropogénico Catastrófico, que sirve de instrumento de apoyo a la misma visión anti-natalista: estamos destruyendo el mundo porque somos demasiados; es urgente que los gobiernos promuevan una limitación o reducción de la población mundial mediante la anticoncepción, la esterilización, el aborto, la homosexualidad, etc. Este segundo mito se basa en una teoría científica muy cuestionable y discutida. Opinamos que se debería evitar cualquier declaración o acción que comprometa a la Iglesia Católica con esa teoría y con las ruinosas políticas basadas en ella.

 

44. ¿Cómo combate la Iglesia contra la plaga del aborto, promoviendo una eficaz cultura de la vida?

 

La gran lacra moral de nuestro tiempo no es únicamente la difusión del aborto sino sobre todo su legalización. Este segundo mal es mucho peor aún que el primero porque no mancha sólo a algunos individuos sino a toda la comunidad política. Se debe evitar el error de reducir el problema del aborto a un plano solamente espiritual o moral, ignorando la dimensión política del tema. A menudo los cristianos no hablan del aborto por “respeto humano”, para no herir a personas más o menos próximas. También está muy extendida la proverbial “estrategia del avestruz”, que consiste en esconder la cabeza en la tierra para no ver el peligro que se avecina.

 

No tememos decir que en el tema del aborto se juega el futuro de la evangelización en el mundo actual. No se puede hablar de Jesucristo al mismo tiempo que se tolera o favorece el genocidio de los no nacidos. No hay forma de esconder esa contradicción. La batalla en torno al aborto legal (junto con la batalla en torno al mal llamado “matrimonio homosexual”) es hoy la batalla principal entre la Iglesia y la anti-Iglesia. Aceptar la legalización del aborto es negar la ley moral natural y reducir el quinto mandamiento a un tabú propio de un grupo social excéntrico (los cristianos), que “no tiene derecho a imponer sus creencias al conjunto de la sociedad”. A partir de esa postura el anuncio del Evangelio es imposible. Simplemente, un Evangelio sin quinto mandamiento no es el Evangelio de Cristo. Y un quinto mandamiento recluido en las solas conciencias de los católicos no es católico. 

 

45. Llevar adelante su misión educativa no siempre es sencillo para los padres: ¿encuentran solidaridad y sostén en la comunidad cristiana? ¿Qué itinerarios formativos se sugieren? ¿Qué pasos hay que dar para que la tarea educativa de los padres sea reconocida también a nivel socio-político?

 

Uno de los principales apoyos que la comunidad cristiana puede ofrecer a los padres es condenar explícita y públicamente el voto a los partidos políticos cuyas ideologías y programas de gobierno incluyen el despojar a los padres de su derecho a ser los primeros educadores de sus hijos, haciendo añicos la patria potestad.

 

Otro es vigilar celosamente la calidad doctrinal de todos los contenidos que se trasmiten en la Iglesia, en vez de tolerar, como lamentablemente suele suceder hoy día, todo tipo de errores y desviaciones graves.

 

Para que la tarea educativa de los padres sea reconocida a nivel socio-político, no sólo retóricamente, sino por medio de políticas concretas y eficaces, se requiere un cambio profundo de las principales estructuras de poder, actualmente orientadas por una ideología anti-vida y anti-familia que aspira precisamente a lo contrario: que el Estado sea el principal educador de los niños.

 

46. ¿Cómo promover en los padres y en la familia cristiana la conciencia del deber de la transmisión de la fe como dimensión intrínseca a la misma identidad cristiana?

 

Ante todo promoviendo esa conciencia en toda la Iglesia, a fin de que no suceda lo que sucede hoy día, a saber que Conferencias Episcopales enteras, Cardenales, Obispos y Sacerdotes salen públicamente a rebatir partes fundamentales de la doctrina católica sin que se sepa de consecuencia alguna a nivel disciplinar o canónico. Ese escándalo vuelve aún más difícil, para los padres, la tarea (hoy día ya bastante difícil de por sí) de la educación católica de sus hijos. FIN.

 

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Proclama en el Día Internacional del Niño por Nacer 2015

 

Grupos Pro-vida del Uruguay

 

1) En este tiempo en que tanto se habla de derechos humanos, en Uruguay tenemos “legalizado” el arrebatamiento del derecho inalienable a la vida mediante el homicidio del no nacido. Ante esta situación, volvemos a manifestar nuestra lucha: derogar la injusticia, restituir la dignidad.

 

2) Mediante falsedades que han quedado al descubierto, se ha pretendido y en algunos casos se ha logrado insensibilizar a muchos ante el crimen horrendo del aborto. Hagamos un poco de memoria.

 

3) Antes de la legalización, decían que se hacían 33.000 abortos clandestinos por año en el Uruguay. Falso. El primer año de vigencia de la nueva ley se contaron unos 5.000 abortos; o sea, se daba antes una cifra 600 % mayor que la real. Ésta es una maniobra de exageración típica que se ha practicado sistemáticamente a lo largo de décadas en todo el mundo.

 

4) La explicación dada fue que una ley recién votada habría hecho disminuir la cantidad anual de abortos en 28.000, por el solo hecho de haber sido promulgada, lo cual, obviamente, es completamente absurdo.

 

5) Se dijo además que con la legalización del aborto iban a disminuir los abortos. Falso. El primer año –como dicen – fueron unos 5.000 abortos; el segundo, nos enteramos ahora, unos 8.000.

 

6) Se sigue insultando nuestra inteligencia diciendo que ese aumento se debe a que en el segundo año los abortos se contaron mejor que en el primero.

 

7) También se dijo que con esta “ley” no se quería obligar a nadie a actuar contra su conciencia, pero resulta que ahora se quiere obligar a los médicos y otros agentes de la salud a que hagan abortos y/o a que colaboren con ellos en contra de sus convicciones más profundas.

 

8) El que no respeta la vida de los demás, tampoco respeta la conciencia de los demás.

 

9) Sin duda la población uruguaya no representa un peligro para la “capacidad de carga” del planeta, pero el Uruguay puede servir de punto de entrada para la “legislación” abortista en América Latina.

 

10) El poder mundial enemigo de la vida, la población y la soberanía de las naciones hace tiempo que tiene en el blanco a este continente cuyos países todavía reconocen en forma mayoritaria el carácter delictivo del aborto como violación del derecho a la vida.

 

11) Para complacer a estos poderosos, facilitándoles el camino hacia la implantación de la cultura de la muerte en todo el continente, muchos de nuestros políticos no dudaron en comprometer el futuro mismo de un país despoblado y envejecido votando la “ley” de aborto.

 

12) Se habló mucho de las muertes maternas y los derechos de la mujer falseando los datos, dando la sensación de que había una especie de epidemia de muertes de mujeres por abortos clandestinos.

 

13) Apenas votada la “ley” se pretendió convencernos de que, mágicamente, habíamos pasado a ser de los países con menos muertes maternas por aborto provocado en el mundo. Por lo visto también hay quienes quieren que abortemos nuestro intelecto.

 

14) Se habló largo y tendido sobre los derechos de la mujer, para terminar enviándola a abortar al baño de su casa con Misoprostol. A eso se reducen en esa perspectiva los derechos de la mujer: al derecho de matar a su hijo o su hija.

 

15) No se pensó en ayudar a las mujeres embarazadas en situaciones difíciles. No se pensó en ayudar a las organizaciones como Madrinas por la Vida o Ceprodih, que se encargan actualmente de llevar adelante esa tarea a puro pulmón y generosidad, y con resultados inmensamente superiores a los de las “consultorías” que establece la lamentable “norma”.

 

16) No se pensó en aprobar una ley de ayuda a la mujer embarazada, cuyo proyecto hace ya varias legislaturas que duerme en algún cajón del Parlamento; en vez de ello, se trataron otros temas como el de la marihuana, por ejemplo.

 

17) Por lo expuesto, la lucha continúa y continuará hasta que en el Uruguay se vuelva a reconocer el derecho de todo ser humano a la vida.

 

18) Los uruguayos tenemos la obligación de hacer que desde nuestro Estado se deje de favorecer el crimen. En el Uruguay matar a un inocente tiene que dejar de ser un “derecho”. HAY QUE DEJAR SIN EFECTO LA “LEY” DE ABORTO.

 

19) 8.000 abortos por año significa que A CADA HORA EN PROMEDIO ES ASESINADO “LEGALMENTE” UN INOCENTE EN NUESTRO PAÍS. Mientras esto siga así, hablar de los derechos humanos en el Uruguay será una burla cruel.

 

20) Ya hay por lo menos 13.000 inocentes que han pagado con su vida la actitud de los que promovieron esta “ley” y de los que nada hicieron para evitarla. La sangre de estos inocentes clama, y mancha las manos de los que así actuaron.

 

21) Tomemos conciencia de que en nuestro “sistema legal” se ha sentado el precedente de que se puede quitar impunemente la vida a un ser humano inocente. Una vez que se ha dado ese paso, la vida de todos puede estar potencialmente en peligro.

 

22) Por una nueva generación de políticos y de ciudadanos en general, que parta de la base del respeto a los derechos de los demás, ante todo a su derecho a la vida, es que convocamos hoy una vez más a unirse a la campaña para que SE DEJE SIN EFECTO LA “LEY” DE ABORTO.

 

Teatro del Centro, Montevideo, 25 de marzo del 2015.

 

Proclama leída luego de la conferencia dictada por el Prof. José Quarracino sobre "Concentración de la riqueza y control de la natalidad", con motivo de la fecha mencionada.

 

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«Los turcos nos masacran». Así nació la primera Cruzada

 

Angela Pellicciari

 

Massimo Bordin, en Radio Radical, es siempre una gran cantera de ideas. Esta mañana reportó una comparación hecha por Obama entre las infamias cometidas por los cristianos en la época de las Cruzadas y de la Inquisición y las actuales fechorías del IS [Estado Islámico]. Yo no estaba en Italia, pero me han dicho que también periodistas italianos se han ejercitado en consideraciones análogas.

 

Brevemente, algunos hechos: si usted se pregunta cómo nunca los musulmanes moderados han alzado la voz contra los crímenes cometidos por los varios califas o pretendientes a tales contra los cristianos, la respuesta es simple y se encuentra en el Corán. El Corán es un libro que no se puede interpretar. El Corán es obedecido porque quien habla es Dios, que lo dicta al profeta. Por lo tanto, el versículo 33 de la sura 5 dice: «En verdad, la recompensa de los que combaten a Dios y a su Mensajero y se dan a corromper la tierra es que ellos serán masacrados, o crucificados, o amputados de las manos y de los pies de los lados opuestos, o desterrados de la tierra». No parece que el Dios bíblico se haya expresado nunca en estos términos.

 

En obediencia al Corán a lo largo del tiempo muchas veces los musulmanes se han adherido a la letra a la voluntad del profeta. Así hicieron los turcos seléucidas en el siglo XI. Leamos algunos extractos de la carta que en 1091 el emperador Alejo Comneno escribe a Roberto I, conde de Fiandra, para describir lo que sucede a los cristianos que viven bajo el dominio turco o que van a Tierra Santa como peregrinos: «circuncidan a los niños y los jóvenes de los Cristianos sobre los bautisterios de los Cristianos, y en desprecio de Cristo vierten la sangre de la circuncisión en los mismos bautisterios, y luego los obligan a orinar en los mismos; y luego los arrastran en las iglesias y los obligan a blasfemar el nombre y la fe de la santa Trinidad. A los que se rehúsan los afligen con innumerables penas y al final los matan. Han depredado a nobles matronas y sus hijas, deshonrándolas en el adulterio, sucediéndose uno tras otro como animales. Otros corrompen torpemente a las vírgenes, poniéndolas frente a sus madres, y obligándolas a cantar canciones viciosas y obscenas, hasta que han terminado sus vicios»; «hombres de toda edad y orden, niños, adolescentes, jóvenes, viejos, nobles, siervos, y, lo que es peor y más vergonzoso, clérigos y monjes, y –¡qué dolor!– lo que desde el inicio de los tiempos nunca fue dicho ni sentido, obispos, son ultrajados con el pecado de Sodoma, y un obispo pereció bajo este pecado obsceno. Contaminan y destruyen los lugares sagrados en modos innumerables, y amenazan a otros de un peor tratamiento. ¿Y quién no llora frente a esto? ¿Quién no siente compasión? ¿Quién no siente horror? ¿Quién no reza?». Los turcos destruyen «casi la tierra entera desde Jerusalén hasta Grecia», las islas, y «ahora no queda casi nada excepto Constantinopla, que amenazan arrebatar muy pronto, a menos que la ayuda de Dios y de los fieles Cristianos Latinos venga velozmente»; «Omitamos el resto para no molestar al lector».

 

El Occidente en 1096 responde a la llamada desesperada del emperador bizantino yendo con grandes sacrificios y gran heroísmo a liberar la tierra de Jesús de la barbarie musulmana imperante en esa época. Es la primera cruzada. Palabras como aquellas pronunciadas por Obama descansan sobre un terreno seguro. Un terreno vuelto sólido por siglos de falsedades históricas hechas pasar por verdad. Como escribe León XIII en 1883: «la ciencia histórica parece ser una conjura de los hombres contra la verdad»; «Demasiados quieren que el mismo recuerdo de los acontecimientos pasados sea cómplice de sus ofensas». La propaganda anticatólica ha pintado a la Iglesia como una especie de asociación para delinquir, violenta, opresiva, intolerante. La propaganda anticatólica ha pintado al Islam como la tierra de la paz y de la tolerancia. Ni siquiera las atrocidades inhumanas cometidas en este tiempo por el Islam que, como lo ha hecho siempre, quiere conquistar el mundo y llegar a Roma, mueven a reflexionar a quien ha sido educado en el odio y el desprecio anticristiano.

 

Fuente: http://www.lanuovabq.it/it/articoli-i-turchi-ci-massacrano-cosi-e-nata-la-prima-crociata-11729.htm (la traducción del italiano es de Daniel Iglesias Grèzes).

 

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Via Crucis en el Coliseo –Viernes Santo 2005

Meditaciones y Oraciones

 

Cardenal Joseph Ratzinger

 

Primera estación: Jesús es condenado a muerte

 

V: Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi.

R: Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

 

Lectura del Evangelio según San Mateo 27,22-23.26: Pilato les preguntó: «¿y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» Contestaron todos: «¡que lo crucifiquen!» Pilato insistió :«pues ¿qué mal ha hecho?» Pero ellos gritaban más fuerte: «¡que lo crucifiquen!» Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.


Meditación.
El Juez del mundo, que un día volverá a juzgarnos, está allí, humillado, deshonrado e indefenso delante del juez terreno. Pilato no es un monstruo de maldad. Sabe que este condenado es inocente; busca el modo de liberarlo. Pero su corazón está dividido. Y al final prefiere su posición personal, su propio interés, al derecho. Tampoco los hombres que gritan y piden la muerte de Jesús son monstruos de maldad. Muchos de ellos, el día de Pentecostés, sentirán «el corazón compungido» (Hch 2,37), cuando Pedro les dirá: «Jesús Nazareno, que Dios acreditó ante vosotros [...], lo matasteis en una cruz...» (Hch 2,22 ss). Pero en aquel momento están sometidos a la influencia de la muchedumbre. Gritan porque gritan los demás y como gritan los demás. Y así, la justicia es pisoteada por la bellaquería, por la pusilanimidad, por miedo a la prepotencia de la mentalidad dominante. La sutil voz de la conciencia es sofocada por el grito de la muchedumbre. La indecisión, el respeto humano dan fuerza al mal.


Oración.
Señor, has sido condenado a muerte porque el miedo al «qué dirán» ha sofocado la voz de la conciencia. Sucede siempre así a lo largo de la historia; los inocentes son maltratados, condenados y asesinados. Cuántas veces hemos preferido también nosotros el éxito a la verdad, nuestra reputación a la justicia. Da fuerza en nuestra vida a la sutil voz de la conciencia, a tu voz. Mírame como lo hiciste con Pedro después de la negación. Que tu mirada penetre en nuestras almas y nos indique el camino en nuestra vida. El día de Pentecostés has conmovido el corazón e infundido el don de la conversión a los que el Viernes Santo gritaron contra Ti. De este modo nos has dado esperanza a todos. Danos también a nosotros de nuevo la gracia de la conversión.

 

Todos: Pater noster, qui es in cælis: sanctificetur nomen tuum; adveniat regnum tuum; fiat voluntas tua, sicut in cælo, et in terra. Panem nostrum cotidianum da nobis hodie; et dimitte nobis debita nostra, sicut et nos dimittimus debitoribus nostris; et ne nos inducas in tentationem; sed libera nos a malo.

 

Stabat mater dolorosa, / iuxta crucem lacrimosa, / dum pendebat Filius.

 

Segunda estación: Jesús con la cruz a cuestas

 

V: Adoramus te, Christe… R: Quia per sanctam crucem…

 

Lectura del Evangelio según San Mateo 27,27-31: Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve, Rey de los judíos!». Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella en la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

 

Meditación. Jesús, condenado por declararse rey, es escarnecido, pero precisamente en la burla emerge cruelmente la verdad. ¡Cuántas veces los signos de poder ostentados por los potentes de este mundo son un insulto a la verdad, a la justicia y a la dignidad del hombre! Cuántas veces sus ceremonias y sus palabras grandilocuentes, en realidad, no son más que mentiras pomposas, una caricatura de la tarea a la que se deben por su oficio, el de ponerse al servicio del bien. Jesús, precisamente por ser escarnecido y llevar la corona del sufrimiento, es el verdadero rey. Su cetro es la justicia (Sal 44,7). El precio de la justicia es el sufrimiento en este mundo: Él, el verdadero rey, no reina por medio de la violencia, sino a través del amor que sufre por nosotros y con nosotros. Lleva sobre Sí la cruz, nuestra cruz, el peso de ser hombres, el peso del mundo. Así es como nos precede y nos muestra cómo encontrar el camino para la vida eterna.

 

Oración. Señor, te has dejado escarnecer y ultrajar. Ayúdanos a no unirnos a los que se burlan de quienes sufren o son débiles. Ayúdanos a reconocer tu rostro en los humillados y marginados. Ayúdanos a no desanimarnos ante las burlas del mundo cuando se ridiculiza la obediencia a tu voluntad. Tú has llevado la cruz y nos has invitado a seguirte por ese camino (Mt 10,38). Danos fuerza para aceptar la cruz, sin rechazarla; para no lamentarnos ni dejar que nuestros corazones se abatan ante las dificultades de la vida. Anímanos a recorrer el camino del amor y, aceptando sus exigencias, alcanzar la verdadera alegría.

 

Todos: Pater noster…

 

Cuius animam gementem, / contristatam et dolentem / pertransivit gladius.

 

Tercera estación: Jesús cae por primera vez

 

V: Adoramus te, Christe… R: Quia per sanctam crucem…

 

Lectura del libro del profeta Isaías 53,4-6: Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.


Meditación.
El hombre ha caído y cae siempre de nuevo: cuántas veces se convierte en una caricatura de sí mismo y, en vez de ser imagen de Dios, ridiculiza al Creador. ¿No es acaso la imagen por excelencia del hombre la de aquel que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de los salteadores que lo despojaron dejándolo medio muerto, sangrando al borde del camino? Jesús que cae bajo la cruz no es sólo un hombre extenuado por la flagelación. El episodio resalta algo más profundo, como dice Pablo en la carta a los Filipenses: «Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,6-8). En su caída bajo el peso de la cruz aparece todo el itinerario de Jesús: su humillación voluntaria para liberarnos de nuestro orgullo. Subraya a la vez la naturaleza de nuestro orgullo: la soberbia que nos induce a querer emanciparnos de Dios, a ser sólo nosotros mismos, sin necesidad del amor eterno y aspirando a ser los únicos artífices de nuestra vida. En esta rebelión contra la verdad, en este intento de hacernos dioses, nuestros propios creadores y jueces, nos hundimos y terminamos por autodestruirnos. La humillación de Jesús es la superación de nuestra soberbia: con su humillación nos ensalza. Dejemos que nos ensalce. Despojémonos de nuestra autosuficiencia, de nuestro engañoso afán de autonomía y aprendamos de Él, del que se ha humillado, a encontrar nuestra verdadera grandeza, humillándonos y dirigiéndonos hacia Dios y los hermanos oprimidos.


Oración.
Señor Jesús, el peso de la cruz te ha hecho caer. El peso de nuestro pecado, el peso de nuestra soberbia, te derriba. Pero tu caída no es signo de un destino adverso, no es la pura y simple debilidad de quien es despreciado. Has querido venir a socorrernos porque a causa de nuestra soberbia yacemos en tierra. La soberbia de pensar que podemos forjarnos a nosotros mismos lleva a transformar al hombre en una especie de mercancía, que puede ser comprada y vendida, una reserva de material para nuestros experimentos, con los cuales esperamos superar por nosotros mismos la muerte, mientras que, en realidad, no hacemos más que mancillar cada vez más profundamente la dignidad humana. Señor, ayúdanos porque hemos caído. Ayúdanos a renunciar a nuestra soberbia destructiva y, aprendiendo de tu humildad, a levantarnos de nuevo.

 

Todos: Pater noster…

 

O quam tristis et afflicta / fuit illa benedica / mater Unigeniti!

 

Cuarta estación: Jesús se encuentra con su Madre

 

V: Adoramus te, Christe… R: Quia per sanctam crucem…

 

Lectura del Evangelio según San Lucas 2,34-35.51: Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma». Su madre conservaba todo esto en su corazón.

 

Meditación. En el Via Crucis de Jesús está también María, su Madre. Durante su vida pública debía retirarse para dejar que naciera la nueva familia de Jesús, la familia de sus discípulos. También hubo de oír estas palabras: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?... El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre» (Mt 12,48-50). Y esto muestra que ella es la Madre de Jesús no solamente en el cuerpo, sino también en el corazón. Porque incluso antes de haberlo concebido en el vientre, con su obediencia lo había concebido en el corazón. Se le había dicho: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo... Será grande..., el Señor Dios le dará el trono de David su padre» (Lc 1,31 ss). Pero poco más tarde el viejo Simeón le diría también: «y a ti, una espada te traspasará el alma» (Lc 2,35). Esto le haría recordar palabras de los profetas como éstas: «Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como un cordero llevado al matadero» (Is 53,7). Ahora se hace realidad. En su corazón habrá guardado siempre la palabra que el ángel le había dicho cuando todo comenzó: «No temas, María» (Lc 1,30). Los discípulos han huido, ella no. Está allí, con el valor de la madre, con la fidelidad de la madre, con la bondad de la madre, y con su fe, que resiste en la oscuridad: «Bendita tú que has creído» (Lc 1,45). «Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18,8). Sí, ahora ya lo sabe: encontrará fe. Éste es su gran consuelo en aquellos momentos.

 

Oración. Santa María, Madre del Señor, has permanecido fiel cuando los discípulos huyeron. Al igual que creíste cuando el ángel te anunció lo que parecía increíble –que serías la madre del Altísimo– también has creído en el momento de su mayor humillación. Por eso, en la hora de la cruz, en la hora de la noche más oscura del mundo, te has convertido en la Madre de los creyentes, Madre de la Iglesia. Te rogamos que nos enseñes a creer y nos ayudes para que la fe nos impulse a servir y dar muestras de un amor que socorre y sabe compartir el sufrimiento.

 

Todos: Pater noster…

 

Quæ mærebat et dolebat / Pia mater, cum videbat / Nati poenas incliti.

 

Quinta estación: El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz

 

V: Adoramus te, Christe… R: Quia per sanctam crucem…

 

Lectura del Evangelio según San Mateo 27,32; 16,24: Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Jesús había dicho a sus discípulos: «El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».


Meditación.
Simón de Cirene, de camino hacia casa volviendo del trabajo, se encuentra casualmente con aquella triste comitiva de condenados, un espectáculo quizás habitual para él. Los soldados usan su derecho de coacción y cargan al robusto campesino con la cruz. ¡Qué enojo debe haber sentido al verse improvisamente implicado en el destino de aquellos condenados! Hace lo que debe hacer, ciertamente con mucha repugnancia. El evangelista Marcos menciona también a sus hijos, seguramente conocidos como cristianos, como miembros de aquella comunidad (Mc 15,21). Del encuentro involuntario ha brotado la fe. Acompañando a Jesús y compartiendo el peso de la cruz, el Cireneo comprendió que era una gracia poder caminar junto a este Crucificado y socorrerlo. El misterio de Jesús sufriente y mudo le ha llegado al corazón. Jesús, cuyo amor divino es lo único que podía y puede redimir a toda la humanidad, quiere que compartamos su cruz para completar lo que aún falta a sus padecimientos (Col 1,24). Cada vez que nos acercamos con bondad a quien sufre, a quien es perseguido o está indefenso, compartiendo su sufrimiento, ayudamos a llevar la misma cruz de Jesús. Y así alcanzamos la salvación y podemos contribuir a la salvación del mundo.


Oración.
Señor, a Simón de Cirene le has abierto los ojos y el corazón, dándole, al compartir la cruz, la gracia de la fe. Ayúdanos a socorrer a nuestro prójimo que sufre, aunque esto contraste con nuestros proyectos y nuestras simpatías. Danos la gracia de reconocer como un don el poder compartir la cruz de los otros y experimentar que así caminamos contigo. Danos la gracia de reconocer con gozo que, precisamente compartiendo tu sufrimiento y los sufrimientos de este mundo, nos hacemos servidores de la salvación, y que así podemos ayudar a construir tu cuerpo, la Iglesia.

 

Todos: Pater noster…

 

Quis est homo qui non fleret, / matrem Christi si videret / in tanto supplicio?

 

Sexta estación: La Verónica enjuga el rostro de Jesús

 

V: Adoramus te, Christe… R: Quia per sanctam crucem…

 

Lectura del libro del profeta Isaías 53,2-3: No tenía figura ni belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros; despreciado y desestimado. Del libro de los Salmos 26,8-9: Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.


Meditación.
«Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro» (Sal 26,8-9). Verónica –Berenice, según la tradición griega– encarna este anhelo que acomuna a todos los hombres píos del Antiguo Testamento, el anhelo de todos los creyentes de ver el rostro de Dios. Ella, en principio, en el Via Crucis de Jesús no hace más que prestar un servicio de bondad femenina: ofrece un paño a Jesús. No se deja contagiar ni por la brutalidad de los soldados, ni inmovilizar por el miedo de los discípulos. Es la imagen de la mujer buena que, en la turbación y en la oscuridad del corazón, mantiene el brío de la bondad, sin permitir que su corazón se oscurezca. «Bienaventurados los limpios de corazón –había dicho el Señor en el Sermón de la montaña–, porque verán a Dios» (Mt 5,8). Inicialmente, Verónica ve solamente un rostro maltratado y marcado por el dolor. Pero el acto de amor imprime en su corazón la verdadera imagen de Jesús: en el rostro humano, lleno de sangre y heridas, ella ve el rostro de Dios y de su bondad, que nos acompaña también en el dolor más profundo. Únicamente podemos ver a Jesús con el corazón. Solamente el amor nos deja ver y nos hace puros. Sólo el amor nos permite reconocer a Dios, que es el amor mismo.


Oración.
Danos, Señor, la inquietud del corazón que busca tu rostro. Protégenos de la oscuridad del corazón que ve solamente la superficie de las cosas. Danos la sencillez y la pureza que nos permiten ver tu presencia en el mundo. Cuando no seamos capaces de cumplir grandes cosas, danos la fuerza de una bondad humilde. Graba tu rostro en nuestros corazones, para que así podamos encontrarte y mostrar al mundo tu imagen.

 

Todos: Pater noster…

 

Pro peccatis suæ gentis / vidit Iesum in tormentis / et flagellis subditum.

 

Séptima estación: Jesús cae por segunda vez

 

V: Adoramus te, Christe… R: Quia per sanctam crucem…

 

Lectura del libro de las Lamentaciones 3,1-2.9.16: Yo soy el hombre que ha visto la miseria bajo el látigo de su furor. Él me ha llevado y me ha hecho caminar en tinieblas y sin luz. Ha cercado mis caminos con piedras sillares, ha torcido mis senderos. Ha quebrado mis dientes con guijarro, me ha revolcado en la ceniza.


Meditación.
La tradición de las tres caídas de Jesús y del peso de la cruz hace pensar en la caída de Adán –en nuestra condición de seres caídos– y en el misterio de la participación de Jesús en nuestra caída. Ésta adquiere en la historia formas siempre nuevas. En su primera carta, San Juan habla de tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Interpreta de este modo, desde la perspectiva de los vicios de su tiempo, con todos sus excesos y perversiones, la caída del hombre y de la humanidad. Pero podemos pensar también en cómo la cristiandad, en la historia reciente, como cansándose de tener fe, ha abandonado al Señor: las grandes ideologías y la superficialidad del hombre que ya no cree en nada y se deja llevar simplemente por la corriente han creado un nuevo paganismo, un paganismo peor que, queriendo olvidar definitivamente a Dios, ha terminado por desentenderse del hombre. El hombre, pues, está sumido en la tierra. El Señor lleva este peso y cae y cae, para poder venir a nuestro encuentro; Él nos mira para que despierte nuestro corazón; cae para levantarnos.


Oración. Señor Jesucristo, has llevado nuestro peso y continúas llevándolo. Es nuestra carga la que te hace caer. Pero levántanos Tú, porque solos no podemos reincorporarnos. Líbranos del poder de la concupiscencia. En lugar de un corazón de piedra danos de nuevo un corazón de carne, un corazón capaz de ver. Destruye el poder de las ideologías, para que los hombres puedan reconocer que están entretejidas de mentiras. No permitas que el muro del materialismo llegue a ser insuperable. Haz que te reconozcamos de nuevo. Haznos sobrios y vigilantes para poder resistir a las fuerzas del mal y ayúdanos a reconocer las necesidades interiores y exteriores de los demás, a socorrerlos. Levántanos para poder levantar a los demás. Danos esperanza en medio de toda esta oscuridad, para que seamos portadores de esperanza para el mundo.

 

Todos: Pater noster…

 

Quis non posset contristari, / Christi matrem contemplari, / dolentem cum Filio?

 

Octava estación: Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén


V: Adoramus te, Christe… R: Quia per sanctam crucem…

 

Lectura del Evangelio según San Lucas 23,28-31: Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: «dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces empezarán a decirles a los montes: «Desplomaos sobre nosotros»; y a las colinas: «Sepultadnos»; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?

 

Meditación. Oír a Jesús cuando exhorta a las mujeres de Jerusalén que lo siguen y lloran por Él nos hace reflexionar. ¿Cómo entenderlo? ¿Se tratará quizás de una advertencia ante una piedad puramente sentimental, que no llega a ser conversión y fe vivida? De nada sirve compadecer con palabras y sentimientos los sufrimientos de este mundo, si nuestra vida continúa como siempre. Por esto el Señor nos advierte del riesgo que corremos nosotros mismos. Nos muestra la gravedad del pecado y la seriedad del juicio. No obstante todas nuestras palabras de preocupación por el mal y los sufrimientos de los inocentes, ¿no estamos tal vez demasiado inclinados a dar escasa importancia al misterio del mal? En la imagen de Dios y de Jesús al final de los tiempos, ¿no vemos quizás únicamente el aspecto dulce y amoroso, mientras descuidamos tranquilamente el aspecto del juicio? ¿Cómo podrá Dios –pensamos– hacer de nuestra debilidad un drama? ¡Somos solamente hombres! Pero ante los sufrimientos del Hijo vemos toda la gravedad del pecado y cómo debe ser expiado del todo para poder superarlo. No se puede seguir quitando importancia al mal contemplando la imagen del Señor que sufre. También Él nos dice: «No lloréis por mí; llorad más bien por vosotros... porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?»


Oración.
Señor, a las mujeres que lloran les has hablado de penitencia, del día del Juicio cuando nos encontremos en tu presencia, en presencia del Juez del mundo. Nos llamas a superar una concepción del mal como algo banal, con la cual nos tranquilizamos para poder continuar nuestra vida de siempre. Nos muestras la gravedad de nuestra responsabilidad, el peligro de encontrarnos culpables y estériles en el Juicio. Haz que caminemos junto a Ti sin limitarnos a ofrecerte sólo palabras de compasión. Conviértenos y danos una vida nueva; no permitas que, al final, nos quedemos como el leño seco, sino que lleguemos a ser sarmientos vivos en Ti, la vid verdadera, y que produzcamos frutos para la vida eterna (cf. Jn 15,1-10).

 

Todos: Pater noster…

 

Tui Nati vulnerati, / tam dignati pro me pati, / poenas mecum divide.

 

Novena estación: Jesús cae por tercera vez

 

V: Adoramus te, Christe… R: Quia per sanctam crucem…

 

Lectura del libro de las Lamentaciones 3,27-32: Bueno es para el hombre soportar el yugo desde su juventud. Que se sienta solitario y silencioso, cuando el Señor se lo impone; que ponga su boca en el polvo: quizá haya esperanza; que tienda la mejilla a quien lo hiere, que se harte de oprobios. Porque el Señor no desecha para siempre a los humanos: si llega a afligir, se apiada luego según su inmenso amor.

 

Meditación. ¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad del corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de Él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a Él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual Él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison –Señor, sálvanos (cf Mt 8,25).


Oración.
Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros, quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, quedamos en tierra y Satanás se alegra, porque espera que ya nunca podamos levantarnos; espera que Tú, siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero Tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos.

 

Todos: Pater noster…

 

Eia mater, fons amoris, / me sentire vim doloris / fac, ut tecum lugeam.

 

Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras


V: Adoramus te, Christe… R: Quia per sanctam crucem…

 

Lectura del Evangelio según San Mateo 27,33 -36: Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo.

 

Meditación. Jesús es despojado de sus vestiduras. El vestido confiere al hombre una posición social; indica su lugar en la sociedad, le hace ser alguien. Ser desnudado en público significa que Jesús no es nadie, no es más que un marginado, despreciado por todos. El momento de despojarlo nos recuerda también la expulsión del paraíso: ha desaparecido en el hombre el esplendor de Dios y ahora se encuentra en el mundo desnudo y al descubierto, y se avergüenza. Jesús asume una vez más la situación del hombre caído. Jesús despojado nos recuerda que todos nosotros hemos perdido la «primera vestidura» y, por tanto, el esplendor de Dios. Al pie de la cruz los soldados echan a suerte sus míseras pertenencias, sus vestidos. Los evangelistas lo relatan con palabras tomadas del Salmo 21,19 y nos indican así lo que Jesús dirá a los discípulos de Emaús: todo se cumplió «según las Escrituras». Nada es pura coincidencia, todo lo que sucede está dicho en la Palabra de Dios, confirmado por su designio divino. El Señor experimenta todas las fases y grados de la perdición de los hombres, y cada uno de ellas, no obstante su amargura, es un paso de la redención: así devuelve Él a casa la oveja perdida. Recordemos también que Juan precisa el objeto del sorteo: la túnica de Jesús, «tejida de una pieza de arriba abajo» (Jn 19,23). Podemos considerarlo una referencia a la vestidura del sumo sacerdote, que era «de una sola pieza», sin costuras (Flavio Josefo, Ant. jud., III, 161). Éste, el Crucificado, es de hecho el verdadero sumo sacerdote.

 

Oración. Señor Jesús, has sido despojado de tus vestiduras, expuesto a la deshonra, expulsado de la sociedad. Te has cargado de la deshonra de Adán, sanándolo. Te has cargado con los sufrimientos y necesidades de los pobres, aquellos que están excluidos del mundo. Pero es exactamente así como cumples la palabra de los profetas. Es así como das significado a lo que aparece privado de significado. Es así como nos haces reconocer que tu Padre te tiene en sus manos, a Ti, a nosotros y al mundo. Concédenos un profundo respeto hacia el hombre en todas las fases de su existencia y en todas las situaciones en las cuales lo encontramos. Danos el traje de la luz de tu gracia.

 

Todos: Pater noster…

 

Fac ut ardeat cor meum / in amando Christum Deum, / ut sibi complaceam.

 

Undécima estación: Jesús clavado en la cruz

 
V: Adoramus te, Christe… R: Quia per sanctam crucem…

 

Lectura del Evangelio según San Mateo 7,37-42: Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el Rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza: «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz». Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos».

 

Meditación. Jesús es clavado en la cruz. La Sábana Santa de Turín nos permite hacernos una idea de la increíble crueldad de este procedimiento. Jesús no bebió el calmante que le ofrecieron: asume conscientemente todo el dolor de la crucifixión. Su cuerpo está martirizado; se han cumplido las palabras del Salmo: «Yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 21,27). «Como uno ante quien se oculta el rostro, era despreciado... Y con todo eran nuestros sufrimientos los que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba» (Is 53,3 ss). Detengámonos ante esta imagen de dolor, ante el Hijo de Dios sufriente. Mirémoslo en los momentos de satisfacción y gozo, para aprender a respetar sus límites y a ver la superficialidad de todos los bienes puramente materiales. Mirémoslo en los momentos de adversidad y angustia, para reconocer que precisamente así estamos cerca de Dios. Tratemos de descubrir su rostro en aquellos que tendemos a despreciar. Ante el Señor condenado, que no quiere usar su poder para descender de la cruz, sino que más bien soportó el sufrimiento de la cruz hasta el final, podemos hacer aún otra reflexión. Ignacio de Antioquía, encadenado por su fe en el Señor, elogió a los cristianos de Esmirna por su fe inamovible: dice que estaban, por así decir, clavados con la carne y la sangre a la cruz del Señor Jesucristo (1,1). Dejémonos clavar a Él, no cediendo a ninguna tentación de apartarnos, ni a las burlas que nos inducen a darle la espalda.


Oración.
Señor Jesucristo, te has dejado clavar en la cruz, aceptando la terrible crueldad de este dolor, la destrucción de tu cuerpo y de tu dignidad. Te has dejado clavar, has sufrido sin evasivas ni compromisos. Ayúdanos a no desertar ante lo que debemos hacer. A unirnos estrechamente a Ti. A desenmascarar la falsa libertad que nos quiere alejar de Ti. Ayúdanos a aceptar tu libertad «comprometida» y a encontrar en la estrecha unión contigo la verdadera libertad.

 

Todos: Pater noster…

 

Sancta mater, istud agas, / Crucifixi fige plagas / cordi meo valide.

 

Duodécima estación: Jesús muere en la cruz

 

V: Adoramus te, Christe… R: Quia per sanctam crucem…

 

Lectura del Evangelio según San Juan 19,19-20: Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Del Evangelio según San Mateo 27,45-50.54: Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde Jesús gritó: «Elí, Elí lamá sabaktaní», es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Al oírlo algunos de los que estaban por allí dijeron: «A Elías llama éste». Uno de ellos fue corriendo; enseguida cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo». Jesús, dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios».

 

Meditación. Sobre la cruz –en las dos lenguas del mundo de entonces, el griego y el latín, y en la lengua del pueblo elegido, el hebreo– está escrito quien es Jesús: el Rey de los judíos, el Hijo prometido de David. Pilato, el juez injusto, ha sido profeta a su pesar. Ante la opinión pública mundial se proclama la realeza de Jesús. Él mismo había declinado el título de Mesías porque habría dado a entender una idea errónea, humana, de poder y salvación. Pero ahora el título puede aparecer escrito públicamente encima del Crucificado. Efectivamente, Él es verdaderamente el rey del mundo. Ahora ha sido realmente «ensalzado». En su descendimiento, ascendió. Ahora ha cumplido radicalmente el mandamiento del amor, ha cumplido el ofrecimiento de Sí mismo y, de este modo, manifiesta al verdadero Dios, al Dios que es amor. Ahora sabemos que es Dios. Sabemos cómo es la verdadera realeza. Jesús recita el Salmo 21, que comienza con estas palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 21,2). Asume en Sí a todo el Israel sufriente, a toda la humanidad que padece, el drama de la oscuridad de Dios, manifestando de este modo a Dios justamente donde parece estar definitivamente vencido y ausente. La cruz de Jesús es un acontecimiento cósmico. El mundo se oscurece cuando el Hijo de Dios padece la muerte. La tierra tiembla. Y junto a la cruz nace la Iglesia en el ámbito de los paganos. El centurión romano reconoce y entiende que Jesús es el Hijo de Dios. Desde la cruz, Él triunfa siempre de nuevo.

 

Oración. Señor Jesucristo, en la hora de tu muerte se oscureció el sol. Constantemente estás siendo clavado en la cruz. En este momento histórico vivimos en la oscuridad de Dios. Por el gran sufrimiento, y por la maldad de los hombres, el rostro de Dios, tu rostro, aparece difuminado, irreconocible. Pero en la cruz te has hecho reconocer. Porque eres el que sufre y el que ama, eres el que ha sido ensalzado. Precisamente desde allí has triunfado. En esta hora de oscuridad y turbación, ayúdanos a reconocer tu rostro. A creer en Ti y a seguirte en el momento de la necesidad y de las tinieblas. Muéstrate de nuevo al mundo en esta hora. Haz que se manifieste tu salvación.

 

Todos: Pater noster…

 

Fac me vere tecum flere, / Crucifixo condolore, / donec ego vixero.

 

Decimotercera estación: Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre


V: Adoramus te, Christe… R: Quia per sanctam crucem…

 

Lectura del Evangelio según San Mateo 27,54-55: El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios». Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderle.

 

Meditación. Jesús está muerto, de su corazón traspasado por la lanza del soldado romano mana sangre y agua: misteriosa imagen del caudal de los sacramentos, del Bautismo y de la Eucaristía, de los cuales, por la fuerza del corazón traspasado del Señor, renace siempre la Iglesia. A Él no le quiebran las piernas como a los otros dos crucificados; así se manifiesta como el verdadero cordero pascual, al cual no se le debe quebrantar ningún hueso (cf Ex 12,46). Y ahora que ha soportado todo, se ve que, a pesar de toda la turbación del corazón, a pesar del poder del odio y de la ruindad, Él no está solo. Están los fieles. Al pie de la cruz estaba María, su Madre, la hermana de su Madre, María, María Magdalena y el discípulo que Él amaba. Llega también un hombre rico, José de Arimatea: el rico logra pasar por el ojo de la aguja, porque Dios le da la gracia. Entierra a Jesús en su tumba aún sin estrenar, en un jardín: donde Jesús es enterrado, el cementerio se transforma en un vergel, el jardín del que había sido expulsado Adán cuando se alejó de la plenitud de la vida, de su Creador. El sepulcro en el jardín manifiesta que el dominio de la muerte está a punto de terminar. Y llega también un miembro del Sanedrín, Nicodemo, al que Jesús había anunciado el misterio del renacer por el agua y el Espíritu. También en el Sanedrín, que había decidido su muerte, hay alguien que cree, que conoce y reconoce a Jesús después de su muerte. En la hora del gran luto, de la gran oscuridad y de la desesperación, surge misteriosamente la luz de la esperanza. El Dios escondido permanece siempre como Dios vivo y cercano. También en la noche de la muerte, el Señor muerto sigue siendo nuestro Señor y Salvador. La Iglesia de Jesucristo, su nueva familia, comienza a formarse.

 

Oración. Señor, has bajado hasta la oscuridad de la muerte. Pero tu cuerpo es recibido por manos piadosas y envuelto en una sábana limpia (Mt 27,59). La fe no ha muerto del todo, el sol no se ha puesto totalmente. Cuántas veces parece que estás durmiendo. Qué fácil es que nosotros, los hombres, nos alejemos y nos digamos a nosotros mismos: Dios ha muerto. Haz que en la hora de la oscuridad reconozcamos que Tú estás presente. No nos dejes solos cuando nos aceche el desánimo. Y ayúdanos a no dejarte solo. Danos una fidelidad que resista en el extravío y un amor que te acoja en el momento de tu necesidad más extrema, como tu Madre, que te arropa de nuevo en su seno. Ayúdanos, ayuda a los pobres y a los ricos, a los sencillos y a los sabios, para poder ver por encima de los miedos y prejuicios, y para que te ofrezcamos nuestros talentos, nuestro corazón, nuestro tiempo, preparando así el jardín en el cual puede tener lugar la resurrección.

 

Todos: Pater noster…

 

Vidit suum dulcem Natum / morientem, desolatum, / cum emisit spiritum.

 

Decimocuarta estación: Jesús es puesto en el sepulcro


V: Adoramus te, Christe… R: Quia per sanctam crucem…

 

Lectura del Evangelio según San Mateo 27,59-61: José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.

 

Meditación. Jesús, deshonrado y ultrajado, es puesto en un sepulcro nuevo con todos los honores. Nicodemo lleva una mezcla de mirra y áloe de cien libras para difundir un fragante perfume. Ahora, en la entrega del Hijo, como ocurriera en la unción de Betania, se manifiesta una desmesura que nos recuerda el amor generoso de Dios, la «sobreabundancia» de su amor. Dios se ofrece generosamente a Sí mismo. Si la medida de Dios es la sobreabundancia, también para nosotros nada debe ser demasiado para Dios. Es lo que Jesús nos ha enseñado en el Sermón de la montaña (Mt 5,20). Pero es necesario recordar también lo que San Pablo dice de Dios, el cual «por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento. Pues nosotros somos [...] el buen olor de Cristo» (2 Co 2,14-15). En la descomposición de las ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el perfume que conduce a las sendas de la vida. En el momento de su sepultura, comienza a realizarse la palabra de Jesús: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12,24). Jesús es el grano de trigo que muere. Del grano de trigo enterrado comienza la gran multiplicación del pan que dura hasta el fin de los tiempos: Él es el pan de vida capaz de saciar sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el sustento vital: el Verbo de Dios, que es carne y también pan para nosotros, a través de la cruz y la resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús resplandece el misterio de la Eucaristía.

 

Oración. Señor Jesucristo, al ser puesto en el sepulcro has hecho tuya la muerte del grano de trigo, te has hecho el grano de trigo que muere y produce fruto con el paso del tiempo hasta la eternidad. Desde el sepulcro iluminas para siempre la promesa del grano de trigo del que procede el verdadero maná, el pan de vida en el cual te ofreces a Ti mismo. La Palabra eterna, a través de la encarnación y la muerte, se ha hecho Palabra cercana; te pones en nuestras manos y entras en nuestros corazones para que tu Palabra crezca en nosotros y produzca fruto. Te das a Ti mismo a través de la muerte del grano de trigo, para que también nosotros tengamos el valor de perder nuestra vida para encontrarla; a fin de que también nosotros confiemos en la promesa del grano de trigo. Ayúdanos a amar cada vez más tu misterio eucarístico y a venerarlo, a vivir verdaderamente de Ti, Pan del cielo. Auxílianos para que seamos tu perfume y hagamos visible la huella de tu vida en este mundo. Como el grano de trigo crece de la tierra como retoño y espiga, tampoco Tú podías permanecer en el sepulcro: el sepulcro está vacío porque Él –el Padre– no te «entregó a la muerte, ni tu carne conoció la corrupción» (Hch 2,31; Sal 15,10). No, Tú no has conocido la corrupción. Has resucitado y has abierto el corazón de Dios a la carne transformada. Haz que podamos alegrarnos de esta esperanza y llevarla gozosamente al mundo, para ser de este modo testigos de tu resurrección.

 

Todos: Pater noster…

 

Quando corpus morietur, / fac ut animæ donetur / paradisi gloria. Amen.

 

Bendición

 

V: Dominus vobiscum.

R: Et cum spiritu tuo.

V: Sit nomen Domini benedictum.

R: Ex hoc nunc et usque in sæculum.

V: Adiutorium nostrum nomine Domini.

R: Qui fecit cælum et terram.

V: Benedicat vos omnipotens Deus, Pater, et Filius, et, Spiritus Sanctus.

R: Amen.

 

Fuente: http://www.vatican.va/news_services/liturgy/2005/documents/ns_lit_doc_20050325_via-crucis_sp.html

 

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“Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él.” (Documento de Aparecida, n. 229).

 

 

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