Fe y
Razón
Revista virtual gratuita de teología
Publicación
del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”
Desde
Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura
Nº 106 –2 de febrero de 2015
“Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est”
(“Toda verdad, dígala quien la
diga, procede del Espíritu Santo”)
Santo Tomás de Aquino
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Sección |
Título |
Autor o Fuente |
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Editorial |
Equipo de Dirección |
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Magisterio |
Papa Beato Pablo VI |
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Teología |
María, Madre y Mediadora, Esperanza de la Iglesia en la
hora de la nueva evangelización |
Mons. Dr. Jaime Fuentes |
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Teología |
Ing. Daniel
Iglesias Grèzes |
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Actualidad |
R.P. Antonio Ocaña Pasquau SJ |
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Familia y Vida |
Lic. Néstor Martínez Valls |
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Familia y Vida |
Bradley Miller |
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Oración |
Biblia de Jerusalén |
Apelación filial
al Papa Francisco sobre la familia
Equipo de Dirección
Durante este año la Iglesia Católica deberá pasar por la instancia
crucial de un Sínodo de la Familia en el que un grupo importante de Obispos
intentará un cambio que implica ignorar en la práctica la tradicional doctrina
católica sobre las personas divorciadas vueltas a casar e incluso sobre las
uniones homosexuales, “archivando” en este proceso más de un dogma de fe y
muchas enseñanzas claras y firmes del Magisterio ordinario de la Iglesia.
Con humildad y responsabilidad a la vez, invitamos a nuestros lectores
católicos a mantenerse alertas y a participar, según las posibilidades de cada
uno, en la defensa de la doctrina católica, con la confianza puesta en la
Promesa de Cristo a su Iglesia, según la cual Ella se mantendrá siempre fiel a
su Divino Esposo.
En esta línea, los invitamos a adherirse a la Apelación Filial a Su Santidad el Papa Francisco sobre el futuro de la
familia promovida en el siguiente sitio web: http://www.filialappeal.org/. Dado que
ese sitio aún no está disponible en el idioma español, a continuación ofrecemos
nuestra propia traducción de la versión en inglés de esa apelación, que ya ha
sido firmada por importantes personalidades del ámbito eclesiástico, académico
y político.
*****
Santo Padre,
En vista del Sínodo sobre la familia que tendrá lugar en octubre de 2015,
nos dirigimos filialmente a Su Santidad para expresar nuestros temores y
esperanzas con respecto al futuro de la familia.
Nuestros
temores surgen del ser testigos de
una revolución sexual de décadas de
duración promovida por una
alianza de poderosas organizaciones, fuerzas
políticas y los medios de comunicación
masiva que trabajan de forma consistente
en contra de la existencia misma de la familia como unidad básica
de la sociedad. Desde la llamada
Revolución de la Sorbona de mayo de 1968,
una moralidad opuesta tanto a la ley divina como a la ley natural
se ha impuesto gradual y
sistemáticamente sobre nosotros tan implacablemente como para hacer posible, por ejemplo, enseñar la aborrecible "teoría de
género" a niños pequeños en muchos
países.
La
enseñanza católica sobre el sexto
mandamiento de la Ley de Dios
brilla como un faro frente a este
siniestro objetivo ideológico. Este
faro atrae a muchas personas –abrumadas
por esta propaganda hedonista– al modelo de familia casta
y fecunda enseñado por el Evangelio y acorde con la ley natural.
Su Santidad, a la luz de la información publicada sobre el último Sínodo, observamos con angustia que, para
millones de fieles católicos, el faro parece haberse atenuado ante la embestida de los
estilos de vida difundidos por grupos
de presión anti-cristianos. De
hecho vemos que una confusión extendida
surge de la posibilidad de que se haya abierto una brecha dentro de la
Iglesia que aceptaría el
adulterio –permitiendo a católicos divorciados y luego vueltos a casar civilmente recibir la Santa Comunión– y prácticamente aceptaría incluso las uniones homosexuales, aunque tales
prácticas estén condenadas categóricamente
como contrarias a la ley divina y natural.
Paradójicamente, nuestra esperanza se deriva de esta confusión.
En verdad, en estas circunstancias, una palabra de
Su Santidad es
la única manera de aclarar la creciente confusión entre los fieles. Evitaría que la misma enseñanza de
Jesucristo sea diluida y disiparía la oscuridad que se cierne sobre el futuro de nuestros hijos
si ese faro ya no iluminara su camino.
Santo Padre, Le imploramos que diga esta palabra. Lo hacemos con un corazón dedicado a todo lo que Usted es y representa. Lo hacemos con la certeza de que Su palabra nunca disociará la práctica pastoral de la enseñanza legada por Jesucristo y sus vicarios –ya que esto sólo aumentaría la confusión. En efecto, Jesús nos enseñó muy claramente que debe haber coherencia entre la vida y la verdad (cf. Juan 14:6-7); y Él también nos advirtió que la única manera de no caer es practicar su doctrina (cf. Mateo 7:24-27).
Pidiendo
Su bendición apostólica, Le aseguramos nuestras oraciones a la
Sagrada Familia –Jesús, María y José–, para que ilumine a Su Santidad
en estas circunstancias de importancia
crucial.
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El equilibrio inviolable del «depositum fidei»
[“depósito de la fe”]
Audiencia
General del Miércoles 19 de enero de 1972
Papa Beato Pablo VI
Tratad de poner vuestra mente, vuestro espíritu, de hecho vuestra conciencia de vivir, delante del cúmulo de las cuestiones principales, aquellas que se refieren al origen del universo, el sentido de la vida, el ansia de conocer el destino de la humanidad, el fenómeno religioso que pretende responder a estos problemas, absorbiendo y superando lo que la ciencia y la filosofía nos pueden decir al respecto; y tratad de colocar el hecho cristiano en medio y por encima de tales interrogantes, que reconocidos en sus exigencias ilimitadas llamamos tinieblas, pero que en el encuentro con el hecho cristiano mismo se iluminan, y dejan entrever su misteriosa profundidad y a la vez cierta nueva maravillosa belleza, y sentiréis resonar dentro de vosotros, como si fuesen pronunciadas en este mismo instante, las conocidas palabras del Evangelio de Juan: «La luz brilla en las tinieblas» (Juan 1,5); el panorama del cosmos se ha iluminado como si en la noche hubiese salido el sol, las cosas muestran su orden encantador y todavía explorable; y el hombre casi riendo y temblando de alegría llega a conocerse a sí mismo, y se descubre como el viandante privilegiado que camina, mínimo y supremo, en la escena del mundo, con la simultánea conciencia de tener derecho y capacidad de dominarlo, y de tener a la vez el deber y la posibilidad de trascenderlo en la fascinación de una nueva relación que lo supera: el diálogo con Dios; un diálogo que comienza así: «Padre nuestro, que estás en el cielo…».
No es un sueño, no es una fantasía, no es una alucinación.
Es simplemente el efecto primero y normal del Evangelio, de su luz sobre la pantalla de un alma, que se ha abierto a sus rayos. ¿Cómo se llama esta proyección de luz? Se llama la Revelación. ¿Y cómo se llama
esta apertura del alma? Se llama la fe.
Cosas estupendas, que recogemos en aquel libro sublime de teología y de mística
que se llama el catecismo, es decir el libro religioso de las verdades fundamentales.
Pero esta introducción quiere hoy referirse a cuanto escuchamos sobre una
cuestión sucesiva, que Nos consideramos de máxima importancia con respecto a la
condición ideológica en que hoy se encuentra el hombre pensante religiosamente;
a saber: el contacto con Dios, resultante del Evangelio, ¿es un momento inscrito
en una natural evolución del espíritu humano, la cual todavía continúa mutando y
superándose, o bien es un momento único y definitivo, del cual debemos nutrirnos
sin fin, pero siempre reconociendo inalterable el contenido esencial? La respuesta
es clara: ese momento es único y definitivo. O sea, la Revelación está inserta en
el tiempo, en la historia, en una fecha precisa, en un acontecimiento determinado,
que con la muerte de los Apóstoles se debe considerar concluido y para nosotros
completo (Cfr. Denzinger-Schönmetzer, 3421). La Revelación es un hecho, un acontecimiento,
y al mismo tiempo un misterio, que no nace del espíritu humano, sino que viene
de una iniciativa divina, que ha tenido muchas manifestaciones progresivas,
distribuidas en una larga historia, el Antiguo Testamento; y ha culminado en Jesucristo
(Cfr. Hebreos 1,1; 1 Juan 1,2-3; Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Dei
Verbum, 1). La Palabra de Dios es así finalmente para nosotros el Verbo Encarnado,
el Cristo histórico y luego viviente en la comunidad unida a Él mediante la fe y
el Espíritu Santo, en la Iglesia, es decir su Cuerpo místico.
Así es, hijos queridísimos; y afirmando esto, nuestra doctrina se separa de los errores que han circulado y todavía afloran en la cultura de nuestro tiempo, y que podrían arruinar totalmente nuestra concepción cristiana de la vida y de la historia. El modernismo representó la expresión característica de estos errores, y bajo otros nombres es todavía de actualidad (Cfr. Decreto Lamentabili de San Pío X, 1907, y su Encíclica Pascendi; Denzinger-Schönmetzer, 3401 ss). Podemos entonces comprender por qué la Iglesia católica, ayer y hoy, da tanta importancia a la rigurosa conservación de la Revelación auténtica, y la considera como un tesoro inviolable, y tiene una conciencia tan severa de su deber fundamental de defender y de transmitir en términos inequívocos la doctrina de la fe; la ortodoxia es su primera preocupación; el magisterio pastoral su función primaria y providencial; la enseñanza apostólica fija de hecho los cánones de su predicación; y la consigna del Apóstol Pablo, Depositum custodi [Custodia el depósito] (1 Timoteo 6,20; 2 Timoteo 1,14), constituye para ella un compromiso tal, que sería una traición violar. La Iglesia maestra no inventa su doctrina; ella es testigo, es custodia, es intérprete, es medio; y, para cuanto se refiere a las verdades propias del mensaje cristiano, ella se puede decir conservadora, intransigente; y a quien le solicita que vuelva su fe más fácil, más relativa a los gustos de la cambiante mentalidad de los tiempos, responde con los Apóstoles: Non possumus, no podemos (Hechos de los Apóstoles 4,20).
Esta demasiado sumaria lección no ha terminado aquí, porque faltaría mencionar cómo esta revelación originaria se transmite a través de la palabra, el estudio, la interpretación, la aplicación; es decir cómo ella genera una tradición, que el magisterio de la Iglesia acoge y controla, a veces con autoridad decisiva e infalible. Falta también recordar cómo el conocimiento de la fe y la enseñanza que la expone, o sea la teología, pueden expresarse en medidas, en lenguajes y en formas diversas; es decir cómo es legítimo un «pluralismo» teológico, cuando se mantiene en el ámbito de la fe y del magisterio confiado por Cristo a los Apóstoles y a quienes los suceden.
Y faltará todavía explicar cómo la Palabra de Dios, custodiada en su autenticidad, no es, por eso mismo, árida y estéril, sino fecunda y viva, y destinada no sólo a ser escuchada pasivamente, sino vivida, siempre renovada y también originalmente encarnada en las almas individuales, en las comunidades individuales, en las Iglesias individuales, según las dotes humanas y según los carismas del Espíritu Santo, de los que dispone cualquiera que se hace discípulo fiel de la Palabra viva y penetrante de Dios (Cfr. Hebreos 4,12).
Quizás volvamos a hablar de ello, si Dios quiere. Pero mientras tanto basten estos fragmentos de la doctrina católica para dejarnos pensativos, fervorosos y felices. Con nuestra Bendición Apostólica.
Fuente: http://w2.vatican.va/content/paul-vi/it/audiences/1972/documents/hf_p-vi_aud_19720119.html (la traducción del italiano es de Daniel Iglesias Grèzes).
María, Madre y Mediadora, Esperanza
de la Iglesia
en la hora de la nueva evangelización
Mons. Jaime Fuentes
Obispo de Minas, Uruguay
Minas 2014
Un tiempo de singular esperanza
mariana
Cuando comenzaba el vigésimo quinto año de su pontificado, el 16 de
octubre de 2002, San Juan Pablo II entregó a la Iglesia una preciosa Carta
Apostólica (1) en la que suplicaba –es el verbo exacto– a todos sus miembros a
redescubrir y rezar el Rosario. Las intenciones que movían al Papa a recurrir
de este modo a María tenían una urgencia que, transcurridos más de diez años de
su llamamiento, no ha hecho sino aumentar: la
causa de la paz en el mundo y la de la familia (2).
El santo pontífice albergaba en su alma una grave preocupación, que sólo
la intercesión materna de María, mediante la oración del Rosario, podría trocar
en esperanza: en efecto, escribía, las dificultades que presenta el panorama mundial
en este comienzo del nuevo Milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo Alto, capaz
de orientar los corazones de quienes viven situaciones conflictivas y de
quienes dirigen los destinos de las Naciones, puede hacer esperar en un futuro menos oscuro (3).
Por la extrema gravedad de lo que estaba en juego, después de pedir
encarecidamente a los obispos, sacerdotes y diáconos; a los teólogos, a los
consagrados y consagradas, a las familias, a los ancianos y a los enfermos, a
los jóvenes…, a todos, que rezaran el Rosario, Juan Pablo II terminaba la Carta
suplicando: ¡Que este llamamiento mío no sea en balde! (4)
¿Quién
podría juzgar si el eco que obtuvo fue el que pretendía? Seguramente sí, en
tantos cristianos. Pero es también innegable que día a día es mayor la
oscuridad de nuestro presente: ¿alguien habría imaginado siquiera las tragedias
que hoy sufren millones de cristianos en todo el mundo, a causa de injustas
contradicciones y duras persecuciones de matriz oscuramente religiosa, social o
política?
Por
lo que respecta a la familia, en aquella misma Carta sobre el Rosario, Juan
Pablo II daba la voz de alerta frente a las
fuerzas disgregadoras, tanto de
índole ideológica como práctica, que hacen temer por el futuro de esta fundamental
e irrenunciable institución y, con ella, por
el destino de toda la sociedad. Insistía en la necesidad de fomentar el Rosario en las familias
cristianas (…) para contrastar los
efectos desoladores de esta crisis actual (5). Dada la elocuencia del texto y la evidencia de los hechos, resulta
quizás innecesario glosar, en las circunstancias actuales, estas palabras.
Desde
otra perspectiva, la que mira al interior de la Iglesia, nuestro presente está
también marcado por una oscuridad que pareciera no tener fin. Se advierte de
muchos modos; por ejemplo, en el dolor y el desconcierto que provocan los casos
de pedofilia protagonizados por miembros del clero. Con palabras de Benedicto
XVI en 2010, hay que decir que es una
gran crisis. (…) Realmente ha sido casi como el cráter de un volcán, del que de
pronto salió una nube de inmundicia que todo lo oscureció y ensució, de modo
que el sacerdocio, sobre todo, apareció de pronto como un lugar de vergüenza, y
cada sacerdote se vio bajo la sospecha de ser también así. (6) Estos casos, que siguen apareciendo
aquí y allá, son causa, entre sus muchos efectos dañinos, de una sensible
pérdida de credibilidad en la Iglesia.
En
medio de este triste cuadro, y de manera por completo inesperada –nadie había
pensado en la renuncia de Benedicto XVI hasta que él la anunció– llega a la
Iglesia un nuevo Papa, desde el fin del
mundo, según sus propias palabras. Con una mínima maleta de viaje, el nuevo
sucesor de Pedro trae en su corazón un profundo amor a la Virgen: para Ella, Salus Populi Romani, será la primera
visita, al día siguiente de su elección como Obispo de Roma. Y, como quien
tiene incorporada a su vida ordinaria la certeza de su intercesión materna, a
esa “casa” volverá para rogarle por alguna necesidad importante o para
agradecerle su ayuda: en frecuentes ocasiones, durante un año y medio de
pontificado, el Papa Francisco ha acudido privadamente a rezar a Santa María la
Mayor. Y ha transmitido así a los fieles un renovado aliento de esperanza en
nuestra Madre.
En
julio de 2013, pasados apenas cuatro meses de su elección, su primer viaje
fuera de Italia es al Brasil, para participar en la Jornada Mundial de la
Juventud. Fue un viaje ciertamente histórico, por el número de jóvenes del
mundo entero que se desplazaron a Río y por la acogida llena de cariño que
dispensaron al Papa. Pero, a nuestro juicio, la JMJ también fue histórica, en
el sentido que aquí nos interesa, porque en ella, mediante palabras y gestos,
Francisco dio a conocer con nitidez su hondo espíritu mariano.
Siguiendo siempre la estela de María
El
día 27 de julio de 2013, reunido con los obispos brasileños, el Papa se explaya
hablando de la Madre de Dios y de su misterio y, por la unión inseparable que
existe entre la Virgen y la Iglesia, explicando el modo en que ésta debe vivir
a la luz del misterio de María.
Su
punto de arranque fue la historia de la Virgen de Aparecida, Patrona del
Brasil, cuya imagen, partida en dos, fue rescatada en un río por unos
pescadores… Dijo el Papa: Hay aquí una
enseñanza que Dios nos quiere ofrecer. Su belleza reflejada en la Madre,
concebida sin pecado original, emerge de la oscuridad del río. (…) Los
pescadores no desprecian el misterio encontrado en el río, aun cuando es un
misterio que aparece incompleto. No tiran las partes del misterio. Esperan la
plenitud. Y ésta no tarda en llegar. Hay algo sabio que hemos de aprender. Hay piezas de un misterio, como partes de
un mosaico, que vamos encontrando. Nosotros queremos ver el todo con demasiada
prisa, mientras que Dios se hace ver poco a poco. También la Iglesia debe
aprender esta espera.
La
enseñanza del Papa puede tener, a mi juicio, dos legítimas lecturas. La primera
de ellas, de carácter pastoral, se podría expresar así: es necesario cultivar
la paciencia en la labor apostólica, sin pretender recoger rápidamente los
frutos de nuestro trabajo. La segunda, de orden más teológico, podría
entenderse como aplicación de una consideración que hacía el Papa Benedicto XVI
acerca del desarrollo de la fe mariana de la Iglesia: Existe la historia en la fe. (…) La fe se desarrolla. Y eso incluye
también justamente la entrada cada vez más fuerte de la Santísima Virgen en el
mundo como orientación para el camino, como
luz de Dios, como la Madre por la
que después podemos conocer también al Hijo y al Padre (7).
Continuaba
Francisco explicando vivamente la relación que existe entre el misterio de
Dios, dado a conocer por medio del reflejo de su Madre, y su acogida por parte
de la fe de la gente sencilla, manifestada en la piedad popular: Los pescadores llevan a casa el misterio. La
gente sencilla siempre tiene espacio para albergar el misterio. Tal vez hemos
reducido nuestro hablar del misterio a una explicación racional; pero en la
gente, el misterio entra por el corazón.
Los
pescadores, una vez compuesta la imagen de la Madre encontrada en el río, “agasalham”, arropan el misterio de la
Virgen que han pescado, como si tuviera frío y necesitara calor. Dios pide que
se le resguarde en la parte más cálida de nosotros mismos: el corazón. Después,
los mismos pescadores llaman a sus vecinos para que admiren el misterio de la
Virgen, reflejo de la belleza de Dios. Sin
la sencillez de su actitud, reflexionaba el Papa hablando a los obispos
sobre el trabajo pastoral, nuestra misión
está condenada al fracaso (8).
También
San Juan Pablo II había expresado, en distintas ocasiones, desde el comienzo de
su pontificado, la misma idea: María nos lleva al misterio de su Hijo y del
amor del Padre. Por ejemplo, en su segunda encíclica, Dios es rico en misericordia, explicando que el amor de Dios se
revela por medio de María, que ha hecho
con el sacrificio de su corazón la propia participación en la revelación de la
misericordia divina, hacía considerar que
tal revelación es especialmente fructuosa porque se funda, por parte de la
Madre de Dios, sobre el tacto singular
de su corazón materno, sobre su sensibilidad particular, sobre su especial
aptitud para llegar a todos aquellos que
aceptan más fácilmente el amor misericordioso de parte de una madre (9).
Palabras y gestos. De esta manera Dios se ha revelado a los hombres (10) y, análogamente, así está dando a conocer el Papa Francisco el lugar que ocupa la Santísima Virgen en la vida de los hombres y de la Iglesia.
El 24 de julio
celebró la Misa en el Santuario de Aparecida. Durante la homilía explicó, con
profundidad y sencillez al mismo tiempo, que la Iglesia, cuando busca a Cristo, llama siempre a la casa de la Madre
y le pide: «Muéstranos a Jesús». De
ella se aprende el verdadero discipulado. He ahí por qué la Iglesia va en
misión siguiendo siempre la estela de María (11).
Al
finalizar la Misa llegó el gesto del Papa, expresivo por demás: tomó en sus
brazos la pequeña imagen de Nuestra Señora de Aparecida y así, acunándola,
salió al balcón exterior de la Basílica, para dirigir unas palabras a la
muchedumbre que lo esperaba. Fue muy breve, hizo alguna broma y terminó
dándoles la bendición, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
acompañando sus palabras con el movimiento de la imagen. ¿No fue quizás un modo
elocuente de expresar que por medio de María nos llegan todas las gracias?
Junto a la Madre de la Esperanza, en
la cercanía de la Cruz
15
de agosto de 2013, Solemnidad de la Asunción de la Virgen, día de especial
alegría en la Iglesia. No obstante, aun sin perder el buen humor acostumbrado,
durante la Misa que celebró en Castelgandolfo, Francisco tomó pie de la
relación indisoluble que hay entre María y la Iglesia, para referirse con
extrema claridad al combate que ésta debe sostener frente al demonio.
Vivir
en la Iglesia significa conjugar en sus diversos tiempos y modos el verbo luchar. La Iglesia, representada en el
Apocalipsis por la figura de la mujer, en
la historia vive continuamente las pruebas y desafíos que comporta el conflicto entre Dios y el maligno, el
enemigo de siempre. No debe sorprender que todos los discípulos de Jesús debamos sostener esta lucha. Pero
María no deja solos a sus hijos: María
nos acompaña, lucha con nosotros, sostiene a los cristianos en el combate contra las fuerzas del mal. El Papa
animó a experimentar la cercanía de la Madre rezando el Rosario, que tiene
también, dijo, una dimensión
“agonística”, es decir, de lucha, una oración que sostiene en la batalla contra el maligno y sus cómplices.
También el Rosario nos sostiene en la batalla.
En
la fiesta de la Asunción, Francisco alentó de modo particular a los que sufren
hoy por su fe, a mantener viva la esperanza: la Virgen los comprenderá como
sólo Ella puede hacerlo, pues ha conocido
también el martirio de la cruz: el martirio de su corazón, el martirio del
alma. (…) Donde está la cruz, para nosotros los cristianos hay esperanza,
siempre. (…) Por eso me gusta decir: no os dejéis robar la esperanza (…) porque
esta fuerza es una gracia, un don de Dios que nos hace avanzar mirando al
cielo. Y María está siempre allí, cercana a esas comunidades, a esos hermanos
nuestros, camina con ellos, sufre con ellos, y canta con ellos el Magnificat de la esperanza (12).
Nos
encaminamos hacia la conmemoración del Centenario de las apariciones de Fátima.
Bien sabe la Iglesia que Fátima no es “una advocación más” de la Virgen. Lo que
ocurrió en 1917 en ese rincón de Portugal ha sido y continúa siendo como una ventana de esperanza que Dios abre
cuando el hombre le cierra la puerta, según lo expresó Benedicto XVI el 13
de mayo de 2010. Bien lo sabía también San Juan Pablo II, que en tres ocasiones
viajó a esa “casa” de María…
El
13 de octubre de 2013, aniversario de la última aparición de la Virgen,
Francisco hizo en Roma un acto de consagración delante de su imagen, traída
desde Fátima. Diez días más tarde, quiso dedicar la Audiencia de los miércoles
a mirar a María como imagen y modelo de
la Iglesia (…) “en el orden de la fe, del amor y de la unión perfecta con
Cristo”, como se lee en Lumen gentium
(n. 63). Dijo el Papa que, así como la fe de María es el cumplimiento de la fe
de Israel (…) en este sentido es el modelo de la fe de la Iglesia, que tiene
como centro a Cristo, encarnación del amor infinito de Dios. En el orden de
la caridad, así como María llevó a Jesús, la Iglesia también lo hace: esto es el centro de la Iglesia, ¡llevar a
Jesús! , exclamaba Francisco. María,
modelo de unión con Cristo. Explicó el Papa que María cumplía todas sus
acciones en unión perfecta con Jesús. Pero
esta unión alcanza su culmen en el
Calvario: aquí María se une al Hijo en el martirio del corazón y en el
ofrecimiento de la vida al Padre para la salvación de la humanidad (13).
La misión divina de María: ser Madre
de Dios y de los hombres
El 1 de enero de 2014, Francisco celebró la Misa en honor de la Madre de
Dios, en la Basílica de Santa María la Mayor. Madre de Dios, repitió varias veces en su homilía, saboreando el título principal y esencial de la Virgen
María, explicó. Recordó cómo, durante el Concilio de Éfeso, los habitantes de la ciudad se congregaban a
ambos lados de la puerta de la basílica donde se reunían los obispos, gritando:
“¡Madre de Dios!”. ¿Cuál era el significado de esta espontánea exclamación?
Dos respuestas ofreció el Obispo de Roma: Los fieles, al pedir que se definiera oficialmente este título mariano,
demostraban reconocer ya la divina maternidad. La petición estaba motivada
por un sentimiento muy natural y sobrenatural: es la actitud espontánea y sincera de los hijos, que conocen bien a su
madre, porque la aman con inmensa ternura. Al mismo tiempo, el pedido de
los fieles significaba algo más: es el sensus
fidei del santo pueblo fiel de Dios, que
nunca, subrayó, en su unidad, nunca
se equivoca (14). El reconocimiento
de la maternidad divina de María es, pues, un fruto de ese infalible “instinto
sobrenatural” de los fieles que desde siempre han disfrutado la certeza de ser
realmente hijos de María.
En la misma ocasión, meditando las palabras de Jesús a su Madre al pie
de la cruz (cfr. Jn 19, 27), explicaba Francisco que ellas tienen un valor de testamento y dan al mundo una Madre. Desde ese
momento, la Madre de Dios se ha
convertido también en nuestra Madre. (…) La “mujer” se convierte en nuestra
Madre en el momento en que pierde al Hijo divino. Y su corazón herido se ensancha para acoger a todos los hombres,
buenos y malos, a todos, y los ama como los amaba Jesús. A partir de
ese momento, la Madre de Jesús es también Madre de los hombres y comienza a
cuidar de ellos: en el Calvario mantiene
encendida la llama de la fe en la resurrección de su Hijo, y la comunica con
afecto materno a los demás. María se convierte así en fuente de esperanza y de
verdadera alegría.
Conmovido y entusiasmado, Francisco terminó la homilía del 1 de enero de
este año 2014 invitando a todos los que llenaban el primer santuario mariano de Roma y de todo occidente, y en el cual se
venera la imagen de la Madre de Dios –la Theotokos– con el título de Salus Populi
Romani. (…) a invocarla tres veces,
imitando a aquellos hermanos de Éfeso, diciéndole: ¡Madre de Dios! ¡Madre de
Dios! ¡Madre de Dios! Amén.
Madre amorosa de una Iglesia
esencialmente evangelizadora
María, Madre de Dios, es inseparablemente Madre de todos los hombres. Y
en la Exhortación Apostólica Evangelii
gaudium –que es una cantera de ideas concretas y de sugerencias audaces
para recomenzar una nueva etapa en la labor evangelizadora de la Iglesia– la
Madre del Redentor de los hombres es, realmente, la Alma Mater de la propuesta ardiente de Francisco: Ella es la Madre de la Iglesia
evangelizadora, escribe al finalizar el documento, y sin ella no terminamos de comprender el espíritu de la nueva
evangelización (15).
El capítulo octavo de Lumen
gentium (n. 65) explica cuál es ese espíritu al que se refiere Francisco,
cuando afirma que María es ejemplo de
aquel amor maternal que es
necesario cultivar para dar a luz a Jesucristo en las almas. El Papa dirá ahora
que hay un estilo mariano en la actividad
evangelizadora de la Iglesia. Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la
ternura y del cariño (16).
La Iglesia que impulsa el Papa es una “Iglesia en salida”, de
“discípulos misioneros” que no se achican ante las dificultades y, llenos de
misericordia en sus actitudes y en sus palabras, saben ir a las “periferias
existenciales” para atraer a la Iglesia a muchos que, habiendo conocido a
Jesucristo, lo han abandonado.
La “revolución de la ternura”, que el Papa quiere promover en la Iglesia
para el bien de todos los hombres, tiene en María su paradigma y su esperanza: Al pie de la cruz, en la hora suprema de la
nueva creación, Cristo nos lleva a María. Él nos lleva a ella, porque no quiere
que caminemos sin una madre, y el pueblo lee en esa imagen materna todos los
misterios del Evangelio.(…) Ella es la misionera que se acerca a nosotros para
acompañarnos por la vida, abriendo los
corazones a la fe con su cariño materno (17).
En La alegría del Evangelio,
documento programático del pontificado de Francisco, la Virgen Madre de Dios y
de los hombres es, naturalmente, la intercesora a la que Francisco confía que esta invitación a una nueva etapa
evangelizadora sea acogida por toda la comunidad eclesial. En Ella fija el
Papa la mirada, para que nos ayude a
anunciar a todos el mensaje de salvación y para que los nuevos discípulos se
conviertan en agentes evangelizadores. A la Madre que tenemos en el cielo
le ruega que con su oración maternal nos
ayude para que la Iglesia llegue a ser una casa para muchos, una madre para
todos los pueblos y haga posible el nacimiento de un mundo nuevo (18).
Madre de los hombres, dulce y
eficaz Mediadora
En otro lugar hemos tenido ocasión de estudiar el riquísimo magisterio
mariano que San Juan Pablo II regaló a la Iglesia durante todo su extenso
pontificado (19). La suya fue una preciosa labor de orfebrería en honor de la
Virgen: extrayendo del tesoro de la Revelación joyas preciosas –verdades
antiguas y nuevas–, con el oro de su amor a Santa María forjó un monumento
destinado a perdurar en la Iglesia para siempre. La síntesis de esa maravillosa obra, escribimos entonces, es la mediación maternal, que la Madre de
Dios y de los hombres ejerce en favor de sus hijos y, como el propio Juan
Pablo II enseñó, el reconocimiento de su
función de mediadora está implícito en la expresión “Madre nuestra” (20).
En realidad, en el seno de la fe católica no deja de latir la certeza de
que maternidad espiritual y mediación materna son, en María, realidades
inseparables. Ambas hunden sus raíces en la específica misión de nuestra Madre
en la historia de la salvación, al servicio de la misión redentora de su Hijo.
A lo largo de su primer año y medio de pontificado, el actual Obispo de
Roma ha manifestado también, como sus antecesores, en distintos tonos y de
manera constante, su completa confianza en la intercesión materna de María: en
concreto, como acabamos de ver, para que dé frutos esta nueva etapa
evangelizadora, de tanta amplitud como urgencia, en este tiempo duro, en el que
se desenvuelve la vida de los hombres y, en concreto, la de tantos fieles
cristianos.
Es verdad que, en todas las épocas de la historia han crecido juntos el trigo de la santidad y la cizaña del rechazo de Dios, pero hoy lo vemos de modo realmente tremendo, afirmaba Benedicto XVI durante su viaje a Fátima en el año 2010: la mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia y la Iglesia, por tanto, tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender, de una parte, el perdón, pero también la necesidad de la justicia. El perdón no sustituye la justicia (21). El tiempo no ha hecho más que verificar, con más y peores ejemplos, estas palabras.
¿Cómo interpretar y paliar estas circunstancias, que amenazan la credibilidad de la Iglesia? Pensamos que la respuesta se encuentra en la consideración de que María está tan unida al misterio de la Iglesia –enseñaba el Papa emérito al cumplirse el 40º aniversario del Concilio Vaticano II–, que ella y la Iglesia son inseparables, como lo son ella y Cristo (22). De la misteriosa identificación entre María y la Iglesia se desprende que ésta sólo podrá adentrarse en los misterios gloriosos, después de haber sufrido con Cristo y con María los del dolor. Uno de los mayores teólogos del siglo XX, el Cardenal Charles Journet, lo expresaba con profundidad: antes de llegar a tomar plena conciencia de los efectos de la Redención y de poder formularlos explícitamente, la Iglesia debe comenzar por probarlos en su propia carne (23).
La identificación entre María y la Iglesia –la Iglesia ha alcanzado en María la perfección, enseña el Concilio (24)– nos lleva a comprender, según el mismo autor, que para la Iglesia el tiempo es necesario, las pruebas le son necesarias y los “desafíos” que tiene que enfrentar, no sólo de parte de sus adversarios, sino también de la ignorancia, de la torpeza, de la mediocridad, de los pecados de sus hijos. Más aún, incluso, todo el devenir de la historia, sus progresos, sus catástrofes, le son necesarios a la Iglesia, para obligarla a tomar conciencia, en forma progresiva, cada vez más amplia y más explícita de su propio misterio (25).
No en vano el primer capítulo de la Lumen gentium se titula El misterio de la Iglesia. Quizás en estos 50 años hemos tenido poca conciencia de ésta, su naturaleza sobrenatural, y hemos tratado a la Iglesia según nuestras humanas posibilidades, dando culto a Dios según nuestra sensibilidad; hemos trabajado confiando en nuestras propias fuerzas… (26). Sufrimos ahora un doloroso “caer en la cuenta” del misterio que es la Iglesia y de la íntima relación que la une con su Madre. Así, por medio del dolor, estamos conociendo de alguna manera por vía de conocimiento experimental y afectivo, lo que (la Iglesia) era cuando, frente a Cristo, se encontraba enteramente recapitulada en María; y también para que ella pueda conocer todo lo que es ahora por María (27).
María sabe reconocer las huellas del Espíritu de Dios en
los grandes acontecimientos y también en aquellos que parecen imperceptibles, escribió Francisco (28). Y en la homilía recién citada, Benedicto XVI
afirmaba con segura esperanza: María
refleja a la Iglesia, la anticipa en su persona y, en medio de todas las
turbulencias que afligen a la Iglesia sufriente y doliente, ella sigue siendo
siempre la estrella de la salvación (29). A su vez, Juan Pablo II, ya en su primera encíclica, frente al
difícil trabajo de llevar el misterio de la Redención a todos los hombres,
concluía: ahora nos parece comprender mejor qué significa decir que la Iglesia es
madre, y más aún, qué significa decir
que la Iglesia tiene necesidad de una Madre (30).
En esta perspectiva, pues, de la identificación de la
Iglesia con María y de la necesidad que ella tiene de su intercesión materna
para llevar a cabo la nueva evangelización, nos preguntamos: ¿cómo podría
nuestra Iglesia sufriente –por los pecados de sus hijos y por la virulencia de
los ataques que la acosan– allegarse a la Stella
Maris para rogarle monstra te esse Matrem? (31)
Al convocar el
Año Mariano de 1987-1988, Juan Pablo II se planteaba, con otras palabras, esta
inquietud. Casi al terminar la encíclica
Redemptoris Mater, después de explicar que María «precede» constantemente a la Iglesia en este camino
suyo a través de la
historia de la humanidad, hacía ver que,
además de recordar todo lo que en su
pasado testimonia la especial y materna cooperación de la Madre de Dios en la
obra de la salvación en Cristo Señor, en el Año Mariano la Iglesia debería preparar, por su parte, cara al futuro las vías de esta cooperación (32).
Dicho de otra manera, el Papa deseaba encontrar para la Iglesia de nuestro milenio el iter tutior (33) que facilite a María el ejercicio
de su intercesión materna.
Recomenzar con María: necesidad de un
tiempo fuerte mariano
Esta “Iglesia en salida”, a la que urge contar con hijas e hijos que se reconozcan a sí mismos como “discípulos misioneros”, tiene necesidad de experimentar una vez más la fuerza y la eficacia del recurso sincero, filial y humilde, a la Santa Madre de Dios, Omnipotencia suplicante. El devenir de la historia y, dentro de ella, de la obra de la salvación, nos reconduce intensamente a María: es hora de potenciar aún más el camino mariano de la Iglesia y de su misión. ¿No será ésta ya la hora de proclamar el dogma de la Maternidad espiritual de Santa María, creído y amado por todo el pueblo cristiano? ¿No será éste quizás el gran impulso de santidad y de sentido apostólico que anhelamos?
En el Catecismo de la Iglesia Católica se encuentra esta afirmación: los dogmas son luces en el camino de nuestra fe, lo iluminan y lo hacen seguro (n. 89). La Maternidad espiritual de María, a cuya intercesión y cobijo se acoge hoy Francisco, así como lo hicieron su antecesor y los Papas del siglo XX que lo precedieron es, como ha escrito un reconocido mariólogo, el tema dominante de la doctrina mariana del Concilio y la expresión más familiar del Concilio para presentar del modo más eficaz, también pastoralmente, el lugar que María tiene en la historia de la salvación: la figura de la madre es, de hecho, la más familiar de todas (34).
¿Podría ser, pues, la definición dogmática de la Maternidad espiritual de María, ese iter tutior que facilitara e iluminara la comprensión de la íntima esencia mariana del misterio de la Iglesia e hiciera más firme y seguro –más filialmente cristocéntrico y mariano– el camino de nuestra fe, de nuestra misión evangelizadora y de nuestra caridad fraterna con todos los hombres? Examinemos esta posibilidad, que ha sido objeto de distintas consideraciones.
Por una parte, como se sabe, ya a comienzos del siglo XX, el cardenal Mercier, arzobispo de Malinas, alentó un movimiento para pedir la definición de la Mediación Universal como un nuevo dogma (35). Al comenzar el Concilio Vaticano II, unos 500 (obispos) pedían la definición dogmática de la Mediación universal de la Virgen María. Más de setenta votos piden que se defina su realeza y cuarenta y siete que se defina la corredención mariana (36). Más recientemente, el movimiento Vox Populi Mariae Mediatrici, que ha reunido varios millones de firmas, ha propuesto la definición de los títulos marianos Madre Espiritual de Todos los Pueblos, Corredentora, Mediadora de todas las gracias y Abogada (37). Más cercana aún en el tiempo (febrero de 2008) ha sido la carta de cinco cardenales, enviada a todos los miembros del colegio cardenalicio, en el mismo sentido (38).
Son conocidos los motivos por los que no prosperaron las dos primeras peticiones (39). La propuesta del movimiento Vox Populi Marie Mediatrici indujo a la Santa Sede a preguntar al XII Congreso Internacional de la PAMI, reunido en Czestokowa en 1996, su parecer sobre “la posibilidad y la oportunidad de la definición de los títulos marianos”. La Comisión constituida a tal efecto emitió una breve Declaración que, en síntesis, afirma: 1) Los títulos, tal como son propuestos, resultan ambiguos, ya que pueden entenderse de maneras muy diversas. 2) Por lo que atañe al título de Mediadora, recuerda que la Santa Sede, a principios del siglo XX, dejó de lado la propuesta del Cardenal Mercier. 3) Los títulos y la doctrina contenida en ellos necesitan una mayor profundización en una renovada perspectiva trinitaria, eclesiológica y antropológica. 4) Los teólogos, y de modo especial los no católicos, se manifestaron sensibles a las dificultades ecuménicas que implicaría una definición de dichos títulos (40).
Respondiendo con exactitud a la pregunta de la Santa Sede, la PAMI, como se ve, se expidió negativamente acerca de la definición dogmática de los títulos marianos. Es necesario detenerse aquí, pues es éste, a nuestro juicio, el punto dolens de la cuestión.
En efecto, las peticiones de definición dogmática de los títulos marianos mencionados, se inscriben quizás en un modo de concebir la Mariología diferente del que señaló el Concilio Vaticano II. En el siglo XIX y principios del XX, escribió J. Ratzinger, el pensamiento mariológico estaba orientado ante todo a explicar los privilegios de la Madre de Dios que se compendiaban en sus grandes títulos (41). Debía llegar el Concilio y el magisterio pontificio de Pablo VI y de Juan Pablo II para que la Mariología buscara sus bases no tanto en la especulación teológica como en la Palabra de Dios revelada en la Sagrada Escritura (42).
Este fue el camino seguido por San Juan Pablo II durante todo su pontificado, para que la Iglesia llegara a comprender en profundidad la doctrina, es decir la verdad de la intercesión y mediación materna de la Santísima Virgen, histórica y multisecularmente manifestada en el recurso filial del pueblo cristiano a Ella. Como explica el rector de la Facultad “Marianum”, la historia de los dogmas y de la teología enseña que la Iglesia, después de largas y sufridas discusiones, define una doctrina que entiende plenamente contenida en la divina Revelación (43). En esta perspectiva se comprende que no hayan arribado a buen puerto los movimientos que promovieron y promueven la definición dogmática de los citados títulos marianos.
En este orden de cosas podemos plantearnos esta pregunta: ¿sería la definición dogmática de la doctrina de la Maternidad espiritual de la Santísima Virgen el camino seguro que, arraigando en la vida de la Iglesia, facilitara la comprensión del misterio de su intercesión y mediación maternales? Muchos pastores, teólogos y fieles lo consideran así.
Para ahondar en su conveniencia, es oportuno considerar, ante todo, que el Magisterio mariano de Juan Pablo II –ningún Papa dedicó tanto tiempo a la catequesis mariana (44)– ha constituido una preciosa verificación de que, aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos (45).
En efecto, siguiendo las pautas señaladas por la Lumen gentium (46) para conocer la “mente” del Romano Pontífice, se puede ver que Juan Pablo II fue el primero que llevó a cabo, como Obispo de Roma, lo que él aconsejaba a todos los obispos de la Iglesia: se necesita nuestra fe, nuestra responsabilidad y firmeza para que el don de Cristo al mundo pueda manifestarse en toda su riqueza. Se refería a una fe que no sólo conserve intacto en la memoria el tesoro de los misterios de Dios, sino que también tenga la audacia de abrir y manifestar de modo siempre nuevo este tesoro a los hombres (47). Estudiando el magisterio mariano del Pontífice se llega a la conclusión de que el Papa propuso muy frecuentemente, insistentemente y con profundidad cada vez mayor, sirviéndose de palabras y gestos, la doctrina de la mediación materna de la Santísima Virgen, que, como vimos, es expresión de su Maternidad espiritual. La enseñanza de San Juan Pablo II, en definitiva, ha supuesto para la Iglesia una riquísima explicitación de esa función mariana, contenida en la Revelación que Dios ha confiado a la Iglesia.
En segundo lugar,
es un gozoso hecho que, desde hace no pocos años, se verifica en todas partes, por parte de los
fieles (sacerdotes y laicos), un recurso extraordinario a la intercesión de la
Madre, en buena medida debido a las apariciones y revelaciones de la Virgen, de
las que se tienen noticias en los cinco continentes (48) aunque también a veces
por temor, y en busca de su protección maternal ante la inminencia de la
persecución y quizás de la muerte (49). En consecuencia, teniendo en cuenta que el
Pueblo de Dios cuando cree no se
equivoca, aunque no encuentre palabras para expresar su fe (…) y que Dios dota
a la totalidad de los fieles de un instinto de la fe –el sensus fidei– que
ayuda discernir lo que viene realmente de Dios (50), no se ve que haya dificultad alguna para que el Sumo Pontífice
declare explícitamente o confirme que la Maternidad espiritual de María es una
verdad que pertenece al depositum fidei,
puesto que no se puede excluir que en un
cierto momento del desarrollo dogmático,
la inteligencia tanto de las realidades como de las palabras del depósito de la
fe pueda progresar en la vida de la Iglesia, y el Magisterio llegue a proclamar
algunas de estas doctrinas también como dogmas de fe divina y católica (51).
El gran peso de las razones a favor
1) Al clausurar la
tercera sesión del Concilio, Pablo VI expuso un principio de comprensión de la
misión de la Iglesia que, en la turbulencia que hoy la agita, es un refugio
inalterable: el conocimiento de la
verdadera doctrina católica sobre María será siempre la llave de la exacta
comprensión del misterio de Cristo y de la Iglesia (52). Precisión clave la del
Pontífice, desde el momento en que por todas partes se difunden ideas erróneas
sobre el Verbo Encarnado y sobre la Iglesia, que comparten el desconocimiento
de su naturaleza sobrenatural. El acto pontificio definitorio acerca de la
Maternidad espiritual de María, ¿no sería el disparador de un renovado descubrimiento del misterio sublime de la Santísima Virgen
y, en consecuencia, del misterio de la filiación de los hombres en Cristo su
Hijo (hijos del Padre en el Hijo por el Espíritu Santo) y, por tanto, del
misterio de la Iglesia?
2) En ese mismo sentido, y en continuidad con lo que acabamos
de decir, parece oportuno señalar que, cumplidos 50 años del Concilio Vaticano
II y moviéndonos en su horizonte doctrinal, es necesario redescubrir y
fomentar, a la luz del misterio materno de María, el carácter materno de la Iglesia. El Papa Francisco, como hemos
visto en apenas pocos ejemplos, no se cansa de predicar sobre este tema
esencial. Como escribió J. Ratzinger, una
eclesiología puramente estructural hará degenerar a la Iglesia en un programa
de actuación (peligro al que estaría expuesta, también, “la nueva evangelización”).
Sólo mediante lo mariano se concreta
también plenamente el ámbito afectivo en la fe, y con ello se alcanza la
correspondencia humana a la realidad del Logos encarnado (53). La
reafirmación dogmática de la convicción, ya presente en la fe del pueblo de
Dios, acerca de María como Madre espiritual de todos los hombres, ¿no llevaría
a toda la Iglesia a profundizar en el significado de la vocación bautismal
cristiana y de la unidad del pueblo de Dios?
3) La proclamación de la Maternidad espiritual de María y el
ejercicio de su maternal intercesión significaría también, en el plano
pastoral, por esas mismas razones, un
reforzamiento del sentido de la esperanza cristiana de los fieles. ¿No
supondría también un reforzamiento en ellos, de la comprensión de su identidad
de cristianos y, por expresarlo así, una defensa oportuna de los valores que
caracterizan el significado de la existencia humana vivida bajo la luz de
Cristo, colmada de esperanza y capaz de transmitir esperanza? Los obispos latinoamericanos manifestaban su preocupación
porque numerosas personas pierden el
sentido trascendente de sus vidas y abandonan las prácticas religiosas, y, por
otro lado, que un número significativo de católicos está abandonando la Iglesia
para pasarse a otros grupos religiosos (54). Los obispos europeos diagnosticaban en 2003: los hombres viven hoy sin esperanza. En la raíz del problema está
el intento de hacer prevalecer una antropología
sin Dios y sin Cristo. Esta forma de pensar ha llevado a considerar al
hombre como «el centro absoluto de la realidad, haciéndolo ocupar así
falsamente el lugar de Dios y olvidando que no es el hombre el que hace a Dios,
sino que es Dios quien hace al hombre. El olvido de Dios condujo al abandono
del hombre, por lo que no es extraño que en este contexto se haya abierto un
amplísimo campo para el libre desarrollo del nihilismo en la filosofía; del
relativismo en la gnoseología y en la moral; y del pragmatismo y hasta del
hedonismo cínico en la configuración de la existencia diaria. La cultura europea da la impresión de
ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como
si Dios no existiera (55).
4)
La Iglesia del siglo XXI tiene necesidad particular de mujeres formadas a semejanza de su Madre (generosas hasta el
heroísmo, abnegadas hasta el amor a la Cruz, audaces y perseverantes, amantes
de la familia y expertas en humanidad). ¿Acaso la proclamación dogmática de la
Maternidad espiritual de María no supondría un extraordinario incentivo en la
mujer cristiana, para despertar la dimensión evangelizadora de su condición
personal de hija de Dios a imagen de Cristo y de María?
5) Vivimos en un tiempo de “pensamiento débil”, de un subjetivismo que todo lo relativiza y, simultáneamente, la nuestra es una época de credulidad, en la que encuentran su lugar, como verdades de fe, fantasías asombrosas. Muchas personas sedientas de certeza, ¿cabe dudar de que se acercarán a la Iglesia atraídas por la seguridad del Magisterio infalible que garantice la realidad divina de la Maternidad espiritual de la Virgen, de su amable cercanía a todos los hombres?
6) Las definiciones de los dogmas marianos, escribía Journet, se corresponden secretamente con los grandes acontecimientos de la Iglesia (56). Y después de ilustrar su afirmación con ejemplos de la historia, se adelantaba a nuestro tiempo y en 1954, apenas cuatro años después de la definición dogmática de la Asunción, escribía: la doctrina de la mediación corredentora de la Virgen (57), que quizás será definida el día de mañana, recordará a los cristianos que, a imagen de María, unida al sacrificio redentor que su Hijo ofrecía en el Calvario por toda la humanidad, ellos son invitados, en un universo cada vez más solidario económicamente pero cada vez más dividido espiritualmente, a ser en Cristo y por Cristo con toda la Iglesia, no solamente miembros “salvados”, sino miembros “salvadores” de este mundo contemporáneo que les es hostil y de los millones de almas que encierra (58). Siendo la nueva evangelización un proyecto apostólico de gran aliento y de dimensiones universales, que ha de ser llevado adelante por todos los cristianos, ¿no encontraría un fuerte punto de apoyo y una fuente de desarrollo en la firme convicción de fe de contar para su realización con la eficaz intercesión de la Madre de la Iglesia y de cada uno de los fieles?
7) “¡Abrid las puertas a Cristo!”, exclamaba Juan Pablo II al comenzar su pontificado. Nadie pudo prever entonces, ni cómo ni cuándo se realizaría esa deseada apertura al Verbo Encarnado y a la Iglesia de los países dominados por el comunismo, en los cuales hoy vive la Iglesia en libertad. El acto pontificio del que estamos tratando, al mismo tiempo que solemne expresión de gratitud de la Iglesia para con su Madre, ¿no aparece como prenda de la anhelada cooperación de la Iglesia con María, para acometer la nueva etapa de la evangelización?
8) Comentando el sentido del dogma de la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma al Cielo, Joseph Ratzinger entendía que la fuerza motriz decisiva en esta definición fue el culto a María; que el dogma, por así decir, tiene su origen, su fuerza motriz y también su objetivo no sólo en el contenido de una proposición, cuando más bien en un homenaje, en un acto de exaltación (59).
9) Conviene recordar las lecciones de la historia: ella enseña que, pese a ciertas apariencias en
contrario, ha sido siempre una situación
de amenaza para la Iglesia la que ha conducido a la formulación de los dogmas (60).
En estos momentos, el fundamentalismo musulmán es en distintos lugares de la
tierra un gran obstáculo para la vida de muchos de nuestros hermanos en la fe.
Pero sería un error confundir este extremismo con las personas que profesan
serenamente la religión musulmana que, como se sabe, manifiesta respeto y
cariño especial a la Madre de Jesús. La definición dogmática de su Maternidad
espiritual, ¿no contribuiría en gran medida a un entendimiento mayor de los
musulmanes con los cristianos?
10) En la religión
judía, María no tiene significación. No obstante, ¿acaso no supondría un
estímulo importante para su conocimiento y estudio, si el Papa Francisco, que
fomenta incansablemente el diálogo judeo-cristiano, propone con el mayor grado
de solemnidad, la Maternidad espiritual de todos los hombres de la Hija de
Sión?
Tiempo de superar por
elevación los inconvenientes
1) Dejemos la palabra al Papa emérito Benedicto XVI, que expone la primera aparente dificultad que ofrece un acto como el que estamos proponiendo. Subrayamos los aspectos que nos parecen relevantes para nuestro tema.
Cuando se estaba muy cerca de la definición dogmática de la asunción en cuerpo y alma de María al cielo, se pidieron las opiniones de todas las facultades de teología del mundo. La respuesta de nuestros profesores fue decididamente negativa. En este juicio se hacía notar la unilateralidad de un pensamiento que tenía presupuestos no sólo históricos, sino incluso historicistas. La tradición venía a ser identificada con lo que era documentable en los textos. El patrólogo Altaner, profesor de Würzburg –pero a su vez procedente de Breslau– había demostrado con criterios científicamente irrebatibles, que la doctrina de la asunción en cuerpo y alma de María al cielo era desconocida antes del siglo V: por tanto, no podía formar parte de la ‘tradición apostólica’, y este fue el dictamen compartido por todos los profesores de Munich. El argumento es indiscutible, si se entiende la tradición en sentido estricto como la transmisión de contenidos y textos documentados. Era la postura que sostenían nuestros profesores. Pero si se entiende la tradición como el proceso vital, con el que el Espíritu Santo nos introduce en toda la verdad y nos enseña a comprender aquello que al principio no alcanzamos a percibir (cf. Jn 16, 12s), entonces el ‘recordar’ posterior (cf. Jn 16, 4) puede describir algo que al principio no era visible y que, sin embargo, ya estaba en la palabra original (61).
2) Salvatore Perrella, rector de la Facultad “Marianum”, estudiando la posibilidad de definir dogmáticamente la mediación de la Virgen, se hacía una pregunta que hay que considerar: ¿puede una doctrina que no está plenamente madura, ser objeto de definición dogmática, en un tiempo (…) de desencanto o de cansancio ecuménico? (62). Dicho de otra manera, ¿cómo afectaría al ecumenismo la definición de la Maternidad espiritual de María?, aspecto que ya había sido considerado en el voto de Czestokowa de 1996 (63).
En lo que respecta
al diálogo con los protestantes hay que tener en cuenta que el abismo que
separa ambas realidades se ha hecho demasiado profundo. (…) Realmente hay que
constatar que el protestantismo ha dado pasos que más bien lo alejan de
nosotros: con la ordenación de mujeres, la aceptación de uniones homosexuales y
cosas semejantes. Hay también otras posturas éticas, otras conformidades con el
espíritu de la actualidad que dificultan el diálogo. Naturalmente, al mismo
tiempo hay en las comunidades protestantes personas que tienden vivamente hacia
la auténtica sustancia de la fe y que no aprueban esta actitud de las grandes
Iglesias (64).
Las
cosas son distintas en la relación de la Iglesia Católica con la Ortodoxa (65) y,
particularmente, por la fe y la piedad marianas que distinguen a estas Iglesias
hermanas. Lo que es obligatorio como
doctrina dogmática para todos los ortodoxos, dice el teólogo ortodoxo A.
Stawrowsky, son las siguientes
definiciones de la Iglesia sobre la Santísima Virgen María: 1.- Ella es Madre
de Dios y no sólo Madre de Cristo: Theotokos, según la definición del III Concilio ecuménico de Éfeso, del 431. 2.-
Ella es siempre Virgen. (…) 3.- Ella es la intermediaria del género humano ante
su Hijo, según la definición del IV Concilio ecuménico (66).
Esta
coincidencia doctrinal anima a continuar con particular esperanza el diálogo
ecuménico con la Iglesia Ortodoxa: según
la lógica de su corazón materno, presagiaba Juan Pablo II, Ella (María) nos ayudará a hallar el camino del acuerdo mutuo entre el Occidente
católico y el Oriente ortodoxo (67).
La profunda piedad hacia la Madre de Dios nos ha llevado a un profundo acuerdo entre católicos y ortodoxos sobre el valor de la
presencia de María en la vida cristiana (68). El Concilio Pan-ortodoxo que
se prepara actualmente (69) es, ciertamente, una gran esperanza: teniendo en
cuenta que para esas Iglesias las
decisiones del Concilio son infalibles (70), ¿no cabe esperar que la unidad
buscada cristalice, al menos, en un acuerdo para honrar definitivamente a la
Madre de Dios como Madre nuestra?
Consultar al pueblo cristiano
Es
conocida la disputa sostenida en su tiempo por John H. Newman, a raíz de un
artículo que publicó en el Rambler. Con
ejemplos tomados de la historia, el futuro Cardenal defendía la importancia de
consultar a los laicos cuando se prepara una definición dogmática. ¿Por qué? La respuesta es inmediata: porque el cuerpo
de los fieles es uno de los testigos del carácter tradicional de la doctrina
revelada, y porque dicho consensus a
través de la Cristiandad es la voz de la Iglesia Infalible (71).
El
Beato Newman, cuyo pensamiento influyó no poco en la eclesiología del Concilio
Vaticano II, en particular por lo que se refiere a la doctrina del sensus fidelium consagrada en la
Constitución Lumen gentium (72), explicaba que, al prepararse una definición dogmática, el laicado tendrá un testimonio para dar; pero si hay una instancia
en la que debería ser consultado, es
respecto de doctrinas concernientes directamente a lo devocional. (…) El
pueblo fiel tiene una especial función en lo que respecta a aquellas verdades
doctrinales relacionadas con lo cultual. (…) Y la Santísima Virgen es preeminentemente objeto de devoción, razón por
la cual, repetimos, aun cuando los Obispos ya se habían pronunciado
favorablemente a favor de su absoluta impecabilidad (se refiere a la
consulta que hizo Pío IX antes de definir la Inmaculada Concepción), el Papa, no contento con esto, quiso
conocer el parecer de los fieles (73).
En
la oportunidad de realizar un acto extraordinario de magisterio acerca de la
doctrina de la Maternidad espiritual de María, el camino señalado por Newman se
presenta como muy necesario: por el valor teológico del consensus fidelium y también por la fina sensibilidad de la
responsabilidad que tienen los laicos en la Iglesia, cultivada durante este
medio siglo post conciliar. Los medios de comunicación actuales permitirían hoy
realizar una extraordinaria consulta mundial, para conocer el parecer de los
fieles antes de realizar el acto al que nos referimos.
La ley del progreso mariano, al servicio del progreso en
el anuncio de la fe y en la misión evangelizadora
Es natural preguntarse –más todavía en este tiempo en el que vivimos bajo la dictadura del relativismo (74)– cuál será la reacción que provocará, ad extra y ab intra Ecclesiae, un acto de magisterio solemne pontificio, infalible por su naturaleza.
No es aventurado
decir que, para los que pertenecen a otras confesiones distintas de la Iglesia
Católica y viven en la lógica de la tolerancia racionalista, resultará un acto
intolerable. En consecuencia, el Papa será atacado por todos los medios de
comunicación “tolerantes”. Pero bien sabe Francisco, al igual que su antecesor
y que todos los Obispos de Roma, que la
Iglesia, el cristiano y sobre todo el papa, debe contar con que el testimonio
que tiene que dar se convierta en escándalo, no sea aceptado, y que, entonces,
sea puesto en la situación de testigo, en la situación de Cristo sufriente (75).
Se puede adelantar, por otra parte, que en el seno de la Iglesia ha de verificarse la “ley del progreso mariano”, de la que el Cardenal Journet escribió en su obra cumbre. La densidad de la cita justifica su extensión. Por la identidad que existe entre María y la Iglesia, el gran teólogo suizo hacía ver que, por un destino a la vez trágico y grandioso, los progresos de la piedad mariana y eclesial, a medida que son más necesarios a la Iglesia, obligada a tomar una conciencia sin cesar más neta de su diferencia específica, por la cual ella es la sal de la tierra, corren el riesgo al mismo tiempo de separar más y más a los pueblos que ella tiene la misión de evangelizar.
Las definiciones
dogmáticas sobre la Virgen y la Iglesia (…) tienen el
efecto, por un lado, de reunir las fuerzas vivas de la Iglesia cara a los
supremos combates y, por otro, de alejarla cada vez más de un mundo en el que
su ley es vivir –“Padre, no te pido que los saques del mundo, sino que los
guardes del mal” (Jn 17, 15)– para
llevarle la sangre de la redención.
Aquí abajo, la ley de lo sobrenatural es no poder
comenzar a reunir si no es venciendo muchas resistencias. Desde el principio,
Cristo no puede anunciar el sacramento por excelencia de la unidad de su
Iglesia, sin aumentar las divisiones: “Desde ese momento, muchos de sus
discípulos lo dejaron y no fueron más con Él” (Jn 6, 66).
La misma ley continúa rigiendo en la Iglesia. Hace falta
comprender con suficiente magnanimidad que, cuando se preparan nuevas definiciones dogmáticas del magisterio
solemne, muchos cristianos, que a pesar de todo permanecerán fieles a su fe
católica hasta el final, se dejarán sin embargo invadir y se sentirán heridos
por consideraciones “demasiado humanas”, de las que ninguno de nosotros puede
creerse totalmente eximido. Cuando tratan de pensar individualmente, los vemos
dividirse en dos grupos extremos.
Unos, en los cuales el celo no está incontaminado, se exaltan pensando poder lanzar al mundo nuevos desafíos, con el fin de agravar su situación y de precipitar su catástrofe. Otros lamentan que se agrande el desgarrón por el que la Iglesia se separa no solamente del mundo, sino también de las Iglesias disidentes; se afligen por lo que se atreven a llamar un endurecimiento progresivo de la revelación evangélica, y lloran con toda la sinceridad de sus corazones, debido a la inoportunidad de nuevas definiciones.
Solamente la
contemplación de la ley trágica y grandiosa del progreso del reino de Dios en
el tiempo es capaz de levantar el corazón de los cristianos, por encima de
estas dos formas contrarias de error. La Iglesia, que no está hecha de nuestros defectos y
lleva al Espíritu Santo, sabe adónde va. Ninguno de sus hijos lo sabe
plenamente; solamente Dios, que es Maestro de la historia y de la marcha de la
Iglesia (76).
De la Iglesia en Latinoamérica
En este tiempo de especial prueba que le ha tocado vivir a la Iglesia y al mundo, la “ley del progreso del reino de Dios en el tiempo”, según escribía Journet, no puede no considerar el papel que tendría la Iglesia que vive en Latinoamérica.
En efecto, el precioso tesoro –así lo calificó Benedicto XVI– que ella posee es la piedad popular, de la cual trató extensamente el Documento de Aparecida (77) y que encuentra su más hermosa manifestación en la devoción a María Santísima: ella se ha hecho parte del caminar de cada uno de nuestros pueblos, entrando profundamente en el tejido de su historia y acogiendo los rasgos más nobles y significativos de su gente. Las diversas advocaciones y los santuarios esparcidos a lo largo y ancho del Continente testimonian la presencia cercana de María a la gente y, al mismo tiempo, manifiestan la fe y la confianza que los devotos sienten por ella. Ella les pertenece y ellos la sienten como madre y hermana (78).
Una expresión no menor de este sentimiento mariano colectivo fue la petición que la totalidad de los obispos mexicanos elevó al Papa Pío XII, el 14 de octubre de 1954, pidiendo la definición dogmática de la Maternidad espiritual de María. Volvieron a insistir ante Juan XXIII el 16 de octubre de 1959 (79), una vez anunciada la convocatoria del Concilio Vaticano II. Como es sabido, no entraba en las intenciones del Concilio definir dogmas.
Aun castigados muchos países de América Latina por distintas manifestaciones de violencia y hostigados por fuerzas disgregadoras de la familia, la piedad popular sigue siendo en sus gentes una expresión de sabiduría sobrenatural, porque la sabiduría del amor no depende directamente de la ilustración de la mente sino de la acción interna de la gracia. Por eso, la llamamos espiritualidad popular (80). María Santísima, Reina de la familia y Reina de la paz, ¿no esperará de la sabiduría de sus hijos latinoamericanos que, en el próximo Sínodo sobre la Familia, propongan a Francisco, hijo de la piedad mariana bajo la cual nació y creció y que fomentó con ardor, proclamar solemnemente a María, Madre espiritual de los hombres, para la gloria de Dios y el bien de la Iglesia y de toda la humanidad?
Para concluir
La hora de la Cruz y la de la Resurrección, siempre contiguas e inseparables en la historia de la Esposa de Cristo, han sido también, en todo momento, hora de recogimiento en torno a Nuestra Madre Santa María.
Quiera Dios que, al exaltar la Iglesia solemnemente en nuestros días la amorosa Maternidad espiritual de la Señora, y su incansable y todopoderosa Mediación por nosotros ante su Hijo, resuene eficazmente en la conciencia de los cristianos y, a través de ellos, en toda la Humanidad, el eco de su buen consejo: “Haced lo que Él os diga”.
Que Él bendiga asimismo nuestros deseos y nuestras acciones en honor de su Madre, que es también Madre nuestra.
1) JUAN
PABLO II, Carta Ap. Rosarium Virginis Mariae, 16-X-2002.
2) Ibidem., n. 6
3) Ibidem., n. 40. Subrayado nuestro.
4) Ibidem., n. 41.
5) Ibidem., n. 6. Subrayado nuestro.
6) BENEDICTO XVI, Luz del mundo, Barcelona 2010, p. 30.
7) Ibidem., p. 172. Subrayado nuestro.
8) FRANCISCO, Discurso al episcopado brasileño, en Río de Janeiro, 27-VII-2013, en http://w2.vatican.va. Todas las citas del Papa Francisco son tomadas de esta fuente.
9) JUAN PABLO II, Enc. Dives in misericordia, 30-XI-1980, n. 11. Subrayado en el original.
10) Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. Dog. Dei Verbum, n. 2.
11) FRANCISCO, Homilía en la Basílica del Santuario de Nuestra Señora de Aparecida, 24-VII-2013.
12) FRANCISCO, Homilía en Castelgandolfo, 15-VIII-2013. Subrayado nuestro.
13) FRANCISCO, Audiencia, Plaza de San Pedro, 23-X-2013. Subrayado nuestro.
14) FRANCISCO, Homilía
1-I-2014. Subrayados nuestros.
15) FRANCISCO, Ex. Ap. Evangelii gaudium, 24-XI-2013, n. 284.
16) Ibidem., n. 288. Subrayado nuestro.
17) Ibidem. Subrayado nuestro.
18) Ibidem.
19) J. FUENTES, Todo por medio de María. Juan Pablo II y la mediación maternal de la Santísima Virgen, 2ª. Rosario 2010.
20) JUAN PABLO II, Audiencia 1-X-1997, en La Virgen María, Madrid 1998, p. 239.
21) BENEDICTO XVI, Palabras a los periodistas durante su viaje a Portugal, 11-V-2010. En www.vatican.va (Descarga, 6-VII-2012).
22) BENEDICTO XVI, Homilía en el 40º aniversario del Concilio Vaticano II. En www.vatican.va (Descarga, 6-VII-2012).
23) CH. JOURNET, Esquisse du dévelopment du dogme marial, Paris 1954, p. 144.
24) CONCILIO
VATICANO II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 65.
25) CH. JOURNET, o.c., p. 145. Subrayado nuestro.
26) Vid. Evangelii
gaudium, ns. 76-109. Francisco dedica no pocas páginas a este problema.
27) CH. JOURNET, o.c., p. 145.
28) FRANCISCO, Ex. Ap. Evangelii gaudium, n. 288.
29) BENEDICTO XVI, Homilía 40º aniversario, cit.
30) JUAN PABLO II, Carta enc. Redemptor hominis, cit., n. 22. Subrayado nuestro.
31) Himno Ave Maris Stella.
32) JUAN
PABLO II, Carta enc. Redemptoris Mater, cit., n. 49.
33) Cfr. Himno Ave Maris Stella.
34) D. BERTETTO, Maria la Serva del Signore. Mariologia, Nápoles 1988, pp. 539-540, cit. en J. L. BASTERO DE ELEIZALDE, Virgen singular. La reflexión teológica mariana en el siglo XX, Madrid 2001, p. 223s. Como se sabe, Pablo VI, en la Ex. Ap. Signum magnum, (13-V-1967) salió al cruce de quienes pensaban que el culto a la Virgen podría ir en desmedro de la centralidad de la liturgia o del movimiento ecuménico. En este documento, refiriéndose a la maternal función de cooperadora en el nacimiento y en el desarrollo de la vida divina en cada una de las almas de los hombres redimidos que desarrolla María, concluyó: Ésta es una muy consoladora verdad, que por libre beneplácito del sapientísimo Dios forma parte integrante del misterio de la humana salvación: por ello ha de mantenerse como de fe por todos los cristianos (13-V-1967, n. 8).
35) J. L. BASTERO DE ELEIZALDE, Virgen
singular, o.c., p. 236ss, en que explica con detalle este tema. Vid. tb. R. LAURENTIN, Pétitions internationales pour une définition dogmatique de la
médiation et la corédemption, en
Marianum 48 (1996) pp. 446ss. I. CALABUIG, O.S.M., Un dossier inedito: gli Studi di due Commisioni Pontificie sulla
definibilità della mediazione universale di Maria, en Marianum 133 (1985) I-II, pp.10ss.
36) M. GARRIDO BONAÑO, O.S.B, El culto a la Virgen María en las Actas del Concilio Vaticano II, en La Mariología desde el Vaticano II hasta hoy, en Estudios Marianos, vol. LVIII (1993), p. 13. Vid. tb., J.A. RIESTRA, María en la vida de la Iglesia y de los cristianos (Redemptoris Mater nn. 25-49), en Scripta Theologica (1987), XIX 3, p. 672.
37) Vid. M.I. MIRAVALLE, El Dogma y el Triunfo, México 1998. Y la página web del movimiento: www.fifthmariandogma.com. Vid. tb., J. FERRER ARELLANO, La Mediación materna de la Inmaculada, esperanza ecuménica de la Iglesia. Hacia el quinto dogma mariano, Madrid 2006.
38) Vid. J. FUENTES, Todo por medio de María., o.c., pp. 188s.
39) Vid. J. L. BASTERO DE ELEIZALDE, Virgen singular, o.c., pp. 248ss.
40) Cfr. L’Osservatore Romano, edición en español, 13-VI-1997, p. 12.
41) J. RATZINGER-H.U. VON BALTHASAR, María, Iglesia naciente, Madrid 1999, p. 33.
42) El cardenal Ratzinger hacía notar, refiriéndose a la Redemptoris Mater, el nuevo planteamiento de la mariología que ha escogido el Papa: no se trata de desplegar ante nuestra contemplación asombrada misterios que descansan sobre sí mismos, sino de entender el dinamismo histórico de la salvación, que nos engloba, nos asigna nuestro lugar en la Historia, dando y exigiendo. María no está, ni simplemente en el pasado, ni sólo en lo alto del cielo, asentada en el ámbito reservado de Dios; está aquí y sigue presente y activa en el actual momento histórico; es aquí y ahora una persona que actúa. Su vida no está sólo detrás de nosotros, ni simplemente sobre nosotros; como el Papa subraya continuamente, nos precede. Nos explica nuestro momento histórico, no mediante teorías sino actuando, mostrándonos el camino a seguir (Ibid., p. 33s).
43) S. M. PERRELLA, Impronte di Dio nella storia. Apparizioni e Mariofanie, Padova
2011, p. 263.
44) S. M. PERRELLA, Juan Pablo II, el Papa de la “mediación materna” de la Madre del Redentor, en la Presentación a J. FUENTES, Todo por medio de María, o.c., p. 15.
45) CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, n. 66.
46) Vid. Cons. Dogm. Lumen gentium, n. 25.
47) JUAN PABLO II, ¡Levantaos! ¡Vamos!, Buenos Aires 2004, p. 178s.
48) Cfr. Actas del 22º Congreso Mariológico-Mariano Internacional, celebrado por la PAMI en Lourdes (2008) sobre las apariciones de la Virgen.- Ya en 1991 la revista TIME, nada sospechosa, por cierto, de partidismo católico, advertía el fenómeno del crecimiento de la devoción mariana en el mundo. En el último número de ese año, la revista tituló su cover story “The search for Mary”. Entre otras cosas escribía: Aunque la presencia de la Virgen ha empapado a Occidente durante centenares de años, todavía queda sitio para admirarla, ahora tal vez más que nunca (...) Un renacimiento popular de la fe en la Virgen se está dando a lo largo de todo el mundo. Millones de devotos llenan sus santuarios, muchos de ellos gente joven (p. 49). Y más adelante: Cualquiera que sea el aspecto de María que la gente prefiera destacar y abrazar, es seguro que todos los que la buscan encuentran en ella algo que sólo una madre santa puede dar (p. 52).
49) “Durante la fiesta de la Asunción en la ciudad kurda de Erbil,
principal objetivo del Estado Islámico, los cristianos la celebraron desvelando una enorme Virgen María situada
sobre una columna a una altura de quince metros. Para que vea, para que proteja
a los cristianos y para que sepan que allí están ellos. A escasos
kilómetros del frente, la Virgen ha dado
ánimo a una comunidad cansada y aterrada y
sirve ahora como una fuente de esperanza. Una imagen que además gira sobre sí
misma para poder mirar a todas las direcciones para hacer presente que ella
está en todas partes y que no abandona a sus hijos. El proyecto llevaba
planeado mucho tiempo y justamente se ha podido inaugurar cuando la situación
es más extrema. Un cristiano local dice que “ahora
todo el mundo sabe que éste es un país cristiano”. (Religión en libertad, 27-8-2014). (Descargado, 28-8-2014).
50) FRANCISCO, Ex. Ap. Evangelii gaudium, n. 119.
51) CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Nota doctrinal ilustrativa de la fórmula conclusiva de la Professio
fidei, 29-VI-1998.
52) PABLO VI, Discurso en la clausura de la tercera sesión del Concilio Vaticano II, 21-XI-1964, en Concilio Vaticano II, Constituciones, Decretos, Declaraciones, BAC, Madrid 1966, p. 1037.
53) J. RATZINGER, María, Iglesia naciente, o.c., p. 19. El autor continúa: En
este punto veo yo la verdad de la expresión “María, vencedora de todas las
herejías”: donde se da ese enraizamiento afectivo, existe la vinculación “ex
toto corde” –desde el fondo del corazón– con el Dios personal y su Cristo y
resulta imposible la refundición de la cristología en un “programa” de Jesús,
que puede ser ateo y puramente material: la experiencia de estos últimos años
corrobora hoy de manera asombrosa lo acertado de estas viejas palabras.
54) CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y DEL CARIBE, Documento conclusivo de Aparecida, 2007, n. 98 f).
55) JUAN
PABLO II, Ex. Ap. Ecclesia
in Europa, 28-VI-2003, n.
9.
56) Ch. JOURNET, o.c., p. 144.
57) La utilización del término “corredención” para
señalar el papel de la Virgen en la obra salvífica de su Hijo es un tema sobre
el que existen opiniones diversas: vid., por ej., J. GALOT, Maria. La donna nell’opera della salvezza,
Roma 1991, pp. 239-292, en el que estudia y defiende esta prerrogativa mariana.
También, en otro sentido, J. RATZINGER, La
sal de la tierra, Madrid 1997, p. 195s. Journet, gran teólogo, seguramente
hablaría hoy de la doctrina de la mediación materna de María, incluyendo en
ella su corredención.
58) Ch. JOURNET, o.c., p. 145. Subrayado nuestro.
59) J. RATZINGER, La Figlia di Sion. La devozione di Maria nella Chiesa, Milano 1979, p. 70, cit. en P. BLANCO, María en los escritos de Joseph Ratzinger, en Scripta de María 5 (2008) 309-334.
60) M. SCHMAUS, La Verdad, encuentro con Dios, Madrid 1966, p. 135.
61) BENEDICTO XVI, Mi vida. Recuerdos 1927-1997, Madrid 1998, cit. en P. BLANCO, María en los escritos…
62) S. PERRELLA, Impronte di Dio..., cit., p. 263.
63) Vid. supra.
64) BENEDICTO XVI, Luz del mundo, o.c., p. 107.
65) Vid. Ibidem, pp. 99-104.
66) A. STAWROWSKY, La Sainte Vierge Marie. La doctrine de L’Immaculée Conception, Mar 1973, 37-38, cit. en J. GALOT, Maria, la donna… o.c., p. 381.
67) JUAN PABLO II, Discurso a los Cardenales de todo el mundo, convocados para el Consistorio extraordinario, 13-VI-1994, en www.vatican.va (Descarga 16-VII-2012).
68) J. GALOT, o.c., p. 380.
69) Vid. el sitio web oficial de la Iglesia Ortodoxa rusa: www.mostpat.ru
70) BENEDICTO XVI, La sal de la tierra, o.c., p. 195.
71) J. H. NEWMAN, Los fieles y la tradición, Buenos Aires 2006, p. 63.
72) Vid. Lumen
gentium, n. 12.
73) J. H. NEWMAN, o.c., p. 110s. Subrayado nuestro.
74) Vid. BENEDICTO XVI, Luz del mundo, o.c., pp. 104ss.
75) Ibidem. p. 22.
76) Ch. JOURNET, L’Église du Verbe Incarnée, II, París 1951, p. 430s.
77) Cfr.
Documento conclusivo, ns. 258-265.
78) Ibidem, n. 269.
79) Los textos
respectivos, en latín, se encuentran en La
Maternidad espiritual de María. Estudios Teológicos. Comisión Nacional pro
definición dogmática de la Maternidad espiritual de María. Insigne y Nacional
Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, 1961.
80) Documento
conclusivo, n. 263.
Fe
y duda son incompatibles entre sí
Ing. Daniel Iglesias Grèzes
Hay quienes piensan que, en materia religiosa, la fe es compatible con la duda. Es una postura absurda, porque viola el principio metafísico de no contradicción: algo no puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido. El asentimiento es un acto de la inteligencia. Es tener una proposición por verdadera. El que cree en una afirmación religiosa asiente a ella, mientras que el que duda de esa misma afirmación no asiente a ella, ni tampoco a la afirmación contraria; y simplemente no es posible asentir y no asentir al mismo tiempo y en el mismo sentido a la misma afirmación. Es lógicamente posible: 1) creer en Cristo y dudar de los ángeles custodios; 2) creer en Dios hoy y dudar de Él mañana; 3) creer que el quinto mandamiento es una tradición cultural benéfica y dudar de que sea un mandamiento divino. Lo que es lógicamente imposible es creer y dudar (no creer) en la misma verdad de fe, al mismo tiempo y en el mismo sentido.
Más aún, el Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que la duda es un
pecado contra la fe:
“El primer mandamiento [“Amarás a Dios sobre todas las cosas”] nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras de pecar contra la fe:
La duda voluntaria respecto a la fe descuida o rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y la Iglesia propone creer. La duda involuntaria designa la vacilación en creer, la dificultad de superar las objeciones con respecto a la fe o también la ansiedad suscitada por la oscuridad de ésta. Si la duda se fomenta deliberadamente, puede conducir a la ceguera del espíritu.” (n. 2088).
¿Qué clase de duda es pecado? La duda en sentido estricto, que implica dejar de creer, aunque sea momentáneamente. En ese sentido, la fe sana y madura es la de quien nunca duda de la verdad de la misma fe. La "noche oscura del alma" por la que pasaron algunos santos no tiene relación con dudas de fe, sino con la aridez en la oración, con la atenuación o desaparición de sentimientos religiosos, etc. La fe de un santo, por la gracia de Dios y su libre cooperación, se mantiene firme aun en lo más hondo de esa "noche oscura". Sólo así se puede superar esa gran prueba.
La tentación de la duda es algo distinto a la duda misma, al igual que, más en general, tentación y pecado son cosas diferentes. Por supuesto, es posible sufrir la tentación de dudar acerca de una o varias verdades de fe sin caer en esa tentación. En sí misma, la tentación no es pecado. En el Padrenuestro pedimos a Dios Padre que no nos deje caer (que nos sostenga) en la tentación. La duda puede estar presente en el creyente como tentación (por ejemplo, la tentación de convertir las dificultades en dudas); pero si cae en esa tentación, no cree, al menos mientras duda. Podemos sentir la tentación de la duda y podemos caer en la tentación de dudar, pero también, con la ayuda de Dios y de los hermanos en la fe, podemos levantarnos y volver a creer. Y a la inversa, la fe puede estar presente en el no creyente como "tentación" (veleidad, anhelo ineficaz) de creer; pero si "cae" (o más bien se eleva) en esa "tentación" buena, aceptando el don de la fe, entonces no duda, al menos mientras cree.
La fe es certeza y confianza firmes. Es una forma de conocimiento, y por tanto de convicción. Si creo de verdad en algo, estoy convencido de que es verdad. Ahora bien, si creo en algo porque he llegado a conocerlo directamente por mis propios medios (razón, experiencia, sentidos), eso no es fe. Se trata de fe cuando conozco algo por medio de mi confianza en un testimonio ajeno fidedigno. Es fe humana cuando se trata de un testimonio humano; y fe divina cuando se trata de un testimonio divino (la Palabra de Dios).
La fe firme es certeza, pero no es una de "nuestras certezas" en el sentido de que la hayamos alcanzado por nuestro propio esfuerzo (como la certeza que tengo de la verdad de tantos teoremas matemáticos). Es certeza que nos viene dada gratuitamente por Dios, cuando le damos toda nuestra confianza, como debe ser. Confiar en la certeza de la fe no es falta de humildad, sino todo lo contrario.
No es lo mismo dudar de una verdad de fe que sentir el peso de una dificultad intelectual relacionada con esa misma verdad. Zacarías fue castigado por haber dudado de la revelación del Ángel. En cambio la Virgen María creyó en el Anuncio del Ángel, a pesar de su dificultad para entender cómo podría cumplirse ese anuncio. Un cristiano, sin dejar de creer firmemente en el dogma trinitario, puede tener muchas dificultades para entender qué quiere decir que Dios es uno en naturaleza y trino en personas y cómo compaginar ambas cosas. El Beato John Henry Newman, quizás el mayor teólogo del siglo XIX, lo expresó muy bien (lo cito aproximadamente, de memoria): “Dificultad y duda son dos magnitudes inconmensurables entre sí. Diez mil dificultades no hacen una sola duda”.
No se debe extender la certeza de la fe más allá de su alcance legítimo. El creyente cristiano no tiene respuestas a todas las preguntas, pero sí tiene las respuestas reveladas por Dios en Cristo a las preguntas más hondas del ser humano. A estas últimas respuestas, él asiente firmemente por fe divina y católica. La duda legítima no se refiere a esas respuestas sino a otras cosas conexas; por ejemplo: creo firmemente que Dios me llama a ser santo, pero ¿cómo he de vivir yo concretamente mi vocación cristiana a la santidad? Con respecto a esta última pregunta pueden surgir muchas dudas legítimas, que he de intentar aclarar por medio de la oración, la reflexión, el consejo, etc.
Aunque la fe es un asentimiento firme, no colma totalmente nuestra ansia de verdad. A partir del punto firme de la fe, nuestras mentes siguen moviéndose esforzadamente en busca de una verdad más plena, más total. Esta búsqueda es la tarea de la teología, "fides quaerens intellectum" (la fe en busca de comprensión). El cristiano cree firmemente en toda verdad revelada por Dios aunque a menudo dude sobre cuál es la mejor manera de insertar una determinada verdad de fe en el conjunto de todas las verdades conocidas por él; o sobre cómo profundizar esa verdad coordinándola con las demás.
Hoy en día muchos abusan de una de las “siete palabras” de Jesús Crucificado –“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo 27,46)–, argumentando que en su agonía Jesús dudó del amor de Dios Padre hacia Él. Esa interpretación es totalmente errónea y hasta blasfema. Jesús estaba rezando un salmo que expresa la confianza en Dios del inocente perseguido. Citaré algunos fragmentos de una hermosa catequesis del Papa Benedicto XVI que explica esto muy bien:
“Es el Salmo 22, según la tradición judía, 21 según la tradición greco-latina, una oración triste y conmovedora, de una profundidad humana y una riqueza teológica que hacen que sea uno de los Salmos más rezados y estudiados de todo el Salterio. (…)
Este Salmo presenta la figura de un inocente perseguido y circundado por los adversarios que quieren su muerte; y él recurre a Dios en un lamento doloroso que, en la certeza de la fe, se abre misteriosamente a la alabanza. En su oración se alternan la realidad angustiosa del presente y la memoria consoladora del pasado, en una sufrida toma de conciencia de la propia situación desesperada que, sin embargo, no quiere renunciar a la esperanza. (…)
Como es sabido, el grito inicial del Salmo, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», es citado por los evangelios de san Mateo y de san Marcos como el grito lanzado por Jesús moribundo en la cruz (cf. Mt 27,46; Mc 15,34). Ello expresa toda la desolación del Mesías, Hijo de Dios, que está afrontando el drama de la muerte, una realidad totalmente contrapuesta al Señor de la vida. Abandonado por casi todos los suyos, traicionado y negado por los discípulos, circundado por quien lo insulta, Jesús está bajo el peso aplastante de una misión que debe pasar por la humillación y la aniquilación. Por ello grita al Padre, y su sufrimiento asume las sufridas palabras del Salmo. Pero su grito no es un grito desesperado, como no lo era el grito del salmista, en cuya súplica recorre un camino atormentado, desembocando al final en una perspectiva de alabanza, en la confianza de la victoria divina. Puesto que en la costumbre judía citar el comienzo de un Salmo implicaba una referencia a todo el poema, la oración desgarradora de Jesús, incluso manteniendo su tono de sufrimiento indecible, se abre a la certeza de la gloria. «¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?», dirá el Resucitado a los discípulos de Emaús (Lc 24,26). En su Pasión, en obediencia al Padre, el Señor Jesús pasa por el abandono y la muerte para alcanzar la vida y donarla a todos los creyentes.” (Papa Benedicto XVI, Audiencia General del Miércoles 14/09/2011).
*****
En este tramo final
del artículo recordaremos algunos pasajes evangélicos en los que Jesús reprocha la incredulidad o la poca fe.
Mateo 6,30: “Pues si a la hierba del campo, que hoy es y
mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros,
hombres de poca fe?”
Mateo 8,26: “Díceles: «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?» Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y
sobrevino una gran bonanza.”
Mateo 13,58: “Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe.”
Mateo 14,30-31: “Pero,
viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse,
gritó: «¡Señor, sálvame!» Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»”
Mateo 16,8: “Mas Jesús, dándose cuenta, dijo: «Hombres de
poca fe, ¿por qué estáis hablando entre vosotros de que no tenéis
panes?”
Mateo 17,19-20: “Entonces los
discípulos se acercaron a Jesús, en privado, y le dijeron: «¿Por qué nosotros
no pudimos expulsarle? Díceles:
«Por vuestra poca fe. Porque yo os aseguro: si tenéis fe
como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se
desplazará, y nada os será imposible.»”
Marcos 6,6: “Y se maravilló de
su falta de fe. Y recorría los pueblos del
contorno enseñando.”
Marcos 9,21-24: “Entonces él preguntó a su padre: «¿Cuánto tiempo hace
que le viene sucediendo esto?» Le dijo: «Desde niño. Y muchas veces le ha
arrojado al fuego y al agua para acabar con él; pero, si algo puedes, ayúdanos,
compadécete de nosotros.» Jesús le dijo: «¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es
posible para quien cree!» Al instante, gritó el padre del muchacho: «¡Creo, ayuda a mi poca fe!»”
Marcos 16,14: “Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado.”
Lucas 12,28: “Pues si a la hierba que hoy está en el campo y mañana se
echa al horno, Dios así la viste ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe!”
Juan 20,27: “Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.»”
Los enemigos de mis
enemigos no son mis amigos
Antonio Ocaña Pasquau s.J.
El 7 de Enero de este año 2015,
dos terroristas islámicos (Chérif
y Said Kouachi)
asaltaron el local del semanario Charlie Hebdo en París y asesinaron a ocho
miembros de su redacción («Charb», «Cabu», «Tignous», Georges Wolinski, Philippe Honoré, el economista Bernard Maris –quien
firmaba bajo el
seudónimo «Oncle Bernard»–, el
corrector Mustapha Ourad y la columnista y psicoanalista Elsa Cayat). Esos dos terroristas pertenecían a la
organización Al Qaeda, que rivaliza con el Estado Islámico en el proyecto de
reimplantar el Islam en su versión más violenta. Ambas organizaciones son
responsables de muchísimos asesinatos de cristianos en Medio Oriente, lo que ha
llevado a que centenas de miles de ellos emigren de sus territorios
ancestrales.
Alejados geográficamente, pero emparentados ideológicamente
con ellos, los terroristas de Boko Haram han hecho en Nigeria cosas como
irrumpir en tres iglesias durante la Misa de Navidad de 2011 (Santa Teresa en Medalla, y otras dos en Jos y Gadaka) haciendo explotar bombas en su interior (matando al
menos a cuarenta personas), o secuestrar a centenares de niñas cristianas en
Chibok y venderlas para los harenes. Según la ACNUR, hay alrededor de un
millón de cristianos entre Nigeria y Camerún que han huido de sus hogares para
escapar de los ataques de los fanáticos. Así pues, no hay duda de que el
ala radical del Islam, la misma que atacó a Charlie Hebdo, es enemiga de los
cristianos.
Por otra parte, el semanario Charlie Hebdo, apelando a la
libertad de expresión, lleva años atacando a los cristianos en sus puntos más
venerados, y de manera mucho más soez que a los musulmanes: ha dibujado a la
Santísima Trinidad copulando entre sí, a Jesús con un falo en la mano diciendo:
“Dios mío, bendice este falo que me voy a comer”, a la Virgen abierta de
piernas y dando a luz a Jesús y otras muchas imágenes más cuyo tema da
vergüenza sólo nombrarlo; esas imágenes pueden contemplarse en Internet…
Uno de los que los apoyan (CLAUDIO FANTINI en el diario El País de Montevideo, Bitácora del 14 de enero de 2015), opina que cualquier pero a la libertad de expresión “convierte a ésta en un oxímoron”, es decir, en una contradicción. Y cita en su apoyo una autoridad: “El profesor de Georgetown, Héctor Schamis, habla del ‘derecho a blasfemar’, explicando que no fue concebido con la intención ‘malévola’ de ofender a los creyentes, sino como parte esencial de la secularidad”. De su mano, concluye: “Sin derecho a blasfemar, no hay separación entre religión y Estado; por lo tanto no hay sociedad secular”.
No hay duda de que gente así, tan convencida de que es necesario ofendernos para vivir en libertad, son enemigos nuestros. Sin duda no es legítimo ponerlos en el mismo grupo: son dos tipos de enemigos muy distintos. Los primeros tienen las armas y matan; los segundos tienen la pluma y sólo humillan y ofenden.
En la lucha entre los fusiles y la pluma no se puede dar la razón a los fusiles, pero ¿habrá que dársela siempre a la pluma? Acabamos de ver que algunos partidarios de la pluma no admiten que ésta exprese ningún pero; no se trata de discutir libremente, atendiendo a hechos, datos y razones: o hay derecho a ofender a los creyentes o estamos bajo la opresión de las religiones.
¿Qué nos queda a los creyentes en Jesucristo? Desde luego repetirnos que los enemigos de nuestros enemigos no son nuestros amigos: los que matan a los dibujantes de Charlie Hebdo, que nos ofenden con su pluma, no son nuestros amigos; pero las plumas que ofenden a los que nos matan en Medio Oriente o en Nigeria tampoco lo son. Ambos son enemigos nuestros.
¿Qué hacer? ¿Dejar
que se exterminen entre sí? Eso sería lo lógico si nosotros fuéramos enemigos
de nuestros enemigos. Pero somos cristianos y debemos vencer, en primer lugar,
la enemistad que hay en nosotros. Jesús nos dijo: «Ustedes han oído
que se dijo: “Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo.” Pero yo les
digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean
hijos de su Padre que está en el cielo. Él hace que salga el sol sobre malos y
buenos, y que llueva sobre justos e injustos. Si ustedes aman
solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa recibirán? ¿Acaso no hacen eso
hasta los recaudadores de impuestos? Y si saludan a
sus hermanos solamente, ¿qué de más hacen ustedes? ¿Acaso no hacen esto hasta
los gentiles? Por tanto, sean
perfectos, así como su Padre celestial es perfecto.» (Mateo 5,43-48)
Es difícil ser perfecto como el Padre. Pero habrá que
comenzar por algo.
¿Nuestros enemigos se habrían ofendido si el Cardenal de París hubiera convocado a un solemne funeral en Notre Dame para implorar a Dios el eterno descanso de todos esos hermanos muertos: Chérif Kouachi, Said Kouachi, «Charb», «Cabu», «Tignous», Georges Wolinski, Philippe Honoré, «Oncle Bernard», Mustapha Ourad y Elsa Cayat? Probablemente sí; ambos bandos se habrían ofendido ante nuestra libertad de expresión.
Eso no debe ser un obstáculo para que pidamos por ellos en nuestra oración silenciosa. Que Nuestro Padre tenga misericordia de todos esos hijos suyos.
Lic.
Néstor Martínez Valls
Respecto de la ley de aborto, aportamos nuestro
punto de vista y las razones en que se apoya.
El aborto es malo, pero el aborto legalizado es
peor. Que se cometa el mal es malo; que se lo convierta en un derecho y se
niegue por ley el verdadero derecho, que es atropellado, es abominable.
La legalización del aborto no afecta solamente a la
vida de los no nacidos que son asesinados, ni sólo a las madres que cargan para
siempre con ese peso en sus vidas, sino a la sociedad toda, a la cual se obliga
a presenciar cotidianamente el espectáculo de la violación jurídicamente
consentida del más básico y elemental de los derechos humanos, y a convivir con
ello. Eso afecta los valores en general, la educación y formación de las nuevas
generaciones, en definitiva, el bien común de la sociedad.
El terrible mal cotidiano que significa el aborto
legalizado no desaparece por razones electorales ni de coyuntura estratégica. A
los que no se les permite nacer no les importan los resultados de los
referéndums o de los llamados a referéndum, ni la mayor o menor vigencia que el
tema de su eliminación tenga en la opinión pública. Cada nuevo homicidio es tan
fresco y sangrante como el primero.
La única actitud que imaginamos ante una situación
así es la denuncia permanente de la misma y la búsqueda continua de su
superación. Lo peor que le puede pasar a una sociedad es acostumbrarse a tener
legalizado el crimen del no nacido, y eso puede muy bien ocurrir si se callan
las voces que denuncian esa aberración. Sin duda que en algunas ocasiones la
derogación de la ley de aborto será más probable y factible que en otras, pero
eso no cambia el hecho de que el mal está instalado y no queda otra alternativa
que denunciarlo y exigir que esa “norma” injusta sea derogada, hasta que
efectivamente lo sea.
A los que el Estado injustamente impide que vivan, se les debe conservar el derecho a la memoria y a la denuncia de la terrible injusticia que se comete con ellos, y no condenarlos por segunda vez al silencio y a ser un “tabú” social inmencionable. No se puede permitir que el silencio generalizado termine por crear en la mentalidad común una especie de “prescripción del derecho a la vida de los no nacidos”.
Vuelve a la Tabla de Contenidos
«Matrimonio homosexual»: la nueva dictadura
Bradley Miller
(Para conocer algunas de las consecuencias de la institucionalización
del mal llamado «matrimonio homosexual», basta asomarse a Canadá, país en el
que lleva diez años aprobado. El think
tank estadounidense Witherspoon Institute,
especializado en los fundamentos morales de la sociedad y la familia, ha
publicado el siguiente estudio en su página www.thepublicdiscourse.com, traducido al español por www.forosdelavirgen.org).
(Alfa y Omega/InfoCatólica). Los ingenieros sociales occidentales
están introduciendo en esta parte del mundo el «matrimonio» entre personas del
mismo sexo, con la consigna de la igualdad de derechos para la minoría
homosexual. Todos nos preguntamos qué pasará en el futuro con esta medida
polémica. Pero podemos atisbar el futuro mirando cuál fue el resultado en los
países pioneros. Ya cumplidos los diez años desde que Canadá estableció la
legislación de «matrimonio» entre personas del mismo sexo, se constituye en un
laboratorio para los demás países.
En estos diez años se puede ver una restricción al derecho de
libertad de expresión, a los derechos de los padres en la educación de sus
hijos, y a los derechos de autonomía de las instituciones religiosas, junto con
un debilitamiento del matrimonio como institución.
Más allá de las diferencias culturales, sociales y de jurisprudencia entre
Canadá y otros países, la experiencia canadiense es la mejor evidencia
disponible sobre el impacto a corto plazo del «matrimonio» del mismo sexo en
una sociedad democrática.
1. Vulnera los derechos humanos
El efecto formal de las decisiones judiciales (y la
legislación posterior) que establecieron el «matrimonio» homosexual civil en Canadá
era simplemente que las personas del mismo sexo podrían conseguir que el
Gobierno reconozca su relación como matrimonio. Pero el efecto legal y cultural
fue mucho más amplio. Lo que sucedió fue la adopción de una nueva ortodoxia:
que las relaciones homosexuales son, en todos los sentidos, el equivalente del
matrimonio natural, y que el «matrimonio» del mismo sexo por lo tanto debe ser
tratado de manera idéntica al matrimonio natural en el Derecho y en la vida
pública.
Un corolario es que cualquiera que rechace la nueva
ortodoxia debe estar actuando sobre la base de la intolerancia y la
animadversión hacia los gays y las lesbianas. Cualquier declaración de
desacuerdo con el «matrimonio» civil de personas del mismo sexo se considera
una manifestación directa de odio hacia un grupo minoritario sexual. Cualquier
explicación razonada (por ejemplo, las que se ofrecían en los argumentos
jurídicos) de que el «matrimonio» homosexual es incompatible con una concepción
del matrimonio que responda a las necesidades de los hijos del matrimonio, de
estabilidad, fidelidad y permanencia –lo que a veces se llama la concepción
conyugal del matrimonio–, es desestimada de inmediato como mero pretexto.
Cuando uno entiende la oposición al «matrimonio» del mismo sexo
como una manifestación de intolerancia y de odio puro, se hace muy difícil de
tolerar permanentemente el disenso. Así sucedió en Canadá: los términos de
participación en la vida pública cambiaron muy rápidamente. Los funcionarios
encargados de tramitar el matrimonio civil fueron los primeros en sentir el
borde duro de la nueva ortodoxia; varias provincias se negaron a permitir a los
funcionarios su derecho de conciencia para negarse a presidir bodas
homosexuales, y exigieron su renuncia. Al mismo tiempo, las organizaciones
religiosas, como los Caballeros de Colón, fueron multados por negarse a
alquilar sus instalaciones para la celebración de esas bodas.
2. Afecta el derecho a la libertad
de expresión
El impacto de la nueva ortodoxia no se ha limitado al número relativamente
pequeño de personas en riesgo de ser obligadas a apoyar o celebrar un
«matrimonio» del mismo sexo. El cambio ha afectado ampliamente a las personas,
incluyendo a los clérigos, que deseen hacer públicos los argumentos acerca de
la sexualidad humana.
Mucho discurso que era posible antes de la aprobación del
«matrimonio» homosexual ahora conlleva riesgos. Muchos de los que han
persistido en expresar su desacuerdo han sido objeto de investigaciones por
parte de comisiones de derechos humanos y (en algunos casos) de procedimientos
ante los tribunales de derechos humanos. Los que son pobres, con poca educación
y sin afiliación institucional han sido objetivo especialmente fácil de las
leyes anti discriminación, no siempre aplicadas de manera uniforme. Algunos han
sido condenados a pagar multas, pedir disculpas, comprometerse a nunca hablar
públicamente sobre estos asuntos de nuevo. Esto ha incluido a personas que
escriben cartas a los editores de los periódicos locales, y ministros de
pequeñas congregaciones de cristianos. Un obispo católico enfrenta dos demandas
impulsadas por comentarios que hizo en una carta pastoral sobre el matrimonio.
Especialmente desde algunos procesos contra Mark Steyn y la revista
Maclean, en 2009, se ha restaurado un punto de vista más amplio de la libertad
de expresión. Y en respuesta a la protesta pública tras el asunto
Steyn/Maclean, el Parlamento de Canadá revocó recientemente el estatuto
jurisdiccional de la Comisión Canadiense de Derechos Humanos para perseguir el
«discurso de odio». Pero el costo financiero de la lucha contra la máquina de
los derechos humanos sigue siendo enorme –Maclean ha gastado cientos de miles
de dólares en honorarios de abogados–. Y estos casos pueden tardar hasta una
década en resolverse. Una persona común con pocos recursos que ha llamado la
atención de una comisión de derechos humanos no tiene ninguna esperanza de
apelar a los tribunales para su alivio; una persona así tan sólo puede aceptar
la advertencia de la comisión, pagar una multa (relativamente) pequeña, y luego
observar la directiva de permanecer para siempre en silencio. Siempre que estas
herramientas permanezcan a la disposición de las comisiones –para las cuales la
nueva ortodoxia no da ninguna base teórica para tolerar la disidencia–
participar en un debate público sobre el «matrimonio» homosexual es cortejar la
ruina.
Presiones similares pueden ser –y son– ejercidas sobre los
disidentes por profesionales de los órganos de gobierno (como los colegios de
abogados, colegios de profesores y similares) que tienen facultades legales
para sancionar a los miembros de la profesión por conducta impropia. Las
expresiones de desacuerdo con el carácter razonable de la institucionalización
de los «matrimonios» homosexuales son comprendidas por estos organismos como
actos de discriminación ilegal, que son materia de censura profesional.
Los maestros están particularmente en riesgo de una acción disciplinaria, y
aunque sólo hagan declaraciones públicas criticando el «matrimonio» homosexual
fuera de las aulas, siguen siendo considerados como creadores de un ambiente
hostil para los estudiantes gays y lesbianas. Otros lugares de trabajo y las
asociaciones voluntarias han adoptado políticas similares, como resultado de
que han interiorizado que, en esta nueva ortodoxia, el desacuerdo con el
«matrimonio» homosexual es discriminación ilegal que no debe ser tolerada.
3. Disminuyen los derechos de los
padres en la educación pública
La institucionalización del «matrimonio»
homosexual ha
generado un sutil pero penetrante cambio en la patria potestad en la educación
pública. El debate sobre cómo hablar del «matrimonio» del mismo sexo en el aula
es muy parecido al debate sobre el lugar de la educación sexual en las escuelas
y sobre las pretensiones gubernamentales de ejercer autoridad primaria sobre
los niños. Pero, si la educación sexual ha sido siempre un asunto discreto, en
el sentido de que, por su naturaleza, no puede penetrar en la totalidad del
plan de estudios, el «matrimonio» homosexual es de una base diferente.
Dado que uno de los principios de la nueva ortodoxia es que las
relaciones del mismo sexo merecen el mismo respeto que damos a cualquier
matrimonio, sus proponentes han tenido un éxito notable en la exigencia de que
el «matrimonio» homosexual sea presentado de manera positiva en el aula.
Reformas curriculares en jurisdicciones como British Columbia ahora impiden que
los padres ejerzan su poder de veto sobre las prácticas educativas polémicas.
Los nuevos planes de estudios están impregnados de referencias
positivas a los «matrimonios» del mismo sexo, no sólo en una disciplina, sino
en todas. Frente a esta estrategia de difusión, la única defensa parental es
eliminar a los hijos de la escuela pública por completo. Los tribunales han
sido indiferentes a las objeciones de los padres: si los padres se aferran a “fanatismos
obsoletos”, entonces los niños deben cargar con el peso de la «disonancia
cognitiva»; ellos deben absorber cosas contradictorias entre el hogar y la
escuela, mientras la escuela trata de ganar.
Las reformas, por supuesto, no fueron vendidas al público como
una cuestión de aplicación de la nueva ortodoxia. En su lugar, el fundamento
declarado era prevenir el acoso escolar, es decir, promover la aceptación de la
juventud gay y lesbiana y los hijos de las familias del mismo sexo.
Se trata de un objetivo loable para fomentar la aceptación de las
personas. Pero el medio elegido para lograrlo es una grave violación de la
familia; es nada menos que el adoctrinamiento deliberado de los niños (sobre
las objeciones de sus padres) en una concepción del matrimonio que es
fundamentalmente hostil a lo que los padres entienden que son los mejores
intereses para los niños. Se frustra la capacidad de los padres para llevar a
sus hijos a comprender el matrimonio para que sea propicio su crecimiento como
adultos. A una edad muy temprana, se enseña a los niños que la razón de ser del
matrimonio no es otra cosa que la satisfacción de los deseos cambiantes de
adultos por tener compañía.
4. Altera el derecho de autonomía de
las instituciones religiosas
A primera vista, el clero y los lugares de culto aparecían
en gran parte inmunes a la coacción para realizar «matrimonios» del mismo sexo.
De hecho, éste fue el gran pacto de la legislación del «matrimonio» del mismo
sexo: que el clero mantendría el derecho a no realizar «matrimonios» que violen
sus creencias religiosas. Los lugares de culto no podían ser reclutados en
contra de los deseos de las entidades religiosas.
Debería haber quedado claro desde el principio qué estrecha era
esta protección. Sólo evita que el clero sea obligado a llevar a cabo
ceremonias de «matrimonio». No funciona, como hemos visto, como escudo contra
el escrutinio de las comisiones de derechos humanos sobre los sermones o cartas
pastorales. Deja a las congregaciones vulnerables a problemas legales si se
niegan a alquilar sus instalaciones auxiliares a parejas del mismo sexo para
sus ceremonias, o a cualquier otra organización que pretenda utilizar la
instalación para promover una visión de la sexualidad totalmente en desacuerdo
con las suyas.
Tampoco se impide a los gobiernos
provinciales y
municipales retener los beneficios a las congregaciones religiosas a causa de
su doctrina sobre el matrimonio. Por ejemplo, el Proyecto de Ley 13 de la misma
ley de Ontario obliga a las escuelas católicas a acoger clubes de la Gay-Straight Alliance (y a usar ese
nombre en particular), y también prohíbe a las escuelas públicas alquilar sus
instalaciones a las organizaciones que no estén de acuerdo con el código de la
nueva ortodoxia. Teniendo en cuenta que muchas congregaciones cristianas
pequeñas alquilan auditorios de escuelas para llevar a cabo sus servicios de
adoración, es fácil darse cuenta su vulnerabilidad.
5. Cambia la concepción pública del
matrimonio
Se ha argumentado que si el «matrimonio» homosexual está
institucionalizado, nuevas categorías matrimoniales pueden ser aceptadas, como
la poligamia. Una vez que se abandona la concepción conyugal del matrimonio, y
se la sustituye por una concepción del matrimonio que tiene como criterio la
búsqueda de compañía adulta, no hay ninguna base de principios para negar la
extensión de licencias de matrimonio a las uniones polígamas y al llamado
«poliamor».
En otras palabras, si el matrimonio se trata de satisfacer los
deseos adultos de compañía, y si los deseos de algunos adultos abarcan acuerdos
cada vez más novedosos, ¿cómo podemos negarlos? No se pretende evaluar aquí
esta afirmación, sino simplemente informar cómo este escenario se juega en Canadá.
Una prominente comunidad polígama en British Columbia se envalentonó
en gran medida por la creación de «matrimonios» del mismo sexo, y proclamó
públicamente que ya no había base de principios para la criminalización
continua de la poligamia. De todos los tribunales canadienses, sólo un tribunal
de primera instancia en British Columbia ha discutido sobre si prohibir la
poligamia es constitucional, y pidió una opinión consultiva al gobierno de la
provincia. La prohibición penal de la poligamia fue confirmada, pero sobre una
base estrecha que define como poligamia a los matrimonios civiles múltiples. El
tribunal no se refirió al fenómeno de múltiples matrimonios de derecho
consuetudinario. Así que, hasta ahora, las formas dominantes de la poligamia y
el poliamor que se practican en Canadá no han obtenido la condición legal, pero
tampoco han enfrentado obstáculos prácticos.
La lección es ésta: una sociedad que institucionaliza el
«matrimonio» homosexual no tiene por qué institucionalizar la poligamia. Pero
el ejemplo de British Columbia sugiere que la única manera de hacerlo es hacer
caso omiso de los principios. El razonamiento del caso de la poligamia no dio
ninguna explicación convincente de por qué sería discriminatorio no extender la
concepción de «matrimonio» para los gays y las lesbianas, y no lo sería para
los polígamos y poliamorosos. De hecho, el fallo parece que descansa sobre una animadversión
hacia polígamos y poliamorosos, lo que no es una base jurídica estable.
6. No aumenta la práctica del matrimonio
En cuanto a la práctica del matrimonio, es demasiado pronto
para decir mucho. Los datos del censo de 2011 establecen que, en primer lugar,
el matrimonio está en declive en Canadá, como en gran parte de Occidente; en
segundo lugar, el «matrimonio» homosexual es un fenómeno estadísticamente
menor; y tercero, hay muy pocas parejas del mismo sexo (casadas o no) con niños
en el hogar.
Hay aproximadamente 21.000 «matrimonios» del mismo sexo en Canadá, fuera de
los 6,29 millones de parejas casadas. Las parejas del mismo sexo (casadas y
solteras) constituyen el 0,8% de todas las parejas en Canadá; el 9,4% de las
64.575 parejas del mismo sexo tienen hijos en el hogar, y el 80% de ellas son
parejas lesbianas. Por el contrario, el 47,2% de las parejas heterosexuales
tienen hijos en el hogar. Canadá dejó el seguimiento del divorcio de personas
del mismo sexo después de 2008, y nunca ha proporcionado datos sobre este
fenómeno.
Lo que se desprende de estos datos es que el «matrimonio» del mismo
sexo, contrariamente a los argumentos que se manejaron, no tiene el poder de
impulsar una cultura renaciente del matrimonio en Canadá. Tampoco existen datos
censales (de una forma u otra) para argumentos empíricos que unan la
institucionalización del «matrimonio» del mismo sexo a la estabilidad del
matrimonio.
Sin datos empíricos sobre las tasas de
divorcio (que no
están disponibles en Canadá), nos quedamos con argumentos conceptuales. En este
sentido, la experiencia canadiense no puede proporcionar mucha información. Nos
quedamos con la pregunta: ¿la institucionalización del «matrimonio» del mismo
sexo descansa en una concepción del matrimonio que hace especial hincapié en la
estabilidad, así como en la concepción conyugal? Si no es así, entonces podemos
razonablemente creer que el «matrimonio» homosexual va a acelerar la aceptación
cultural de una concepción del matrimonio –el modelo de compañerismo adulto–
que ha hecho mucho daño social en los últimos cincuenta años.
·
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interesar: Congregación para la Doctrina de la Fe, Atención pastoral a personas homosexuales.
¡Alma mía, bendice a Yahveh!
¡Yahveh, Dios mío, qué grande eres!
Vestido de esplendor y majestad,
arropado de luz como de un manto,
Tú despliegas los cielos lo mismo que una tienda,
levantas sobre las aguas tus altas moradas;
haciendo de las nubes carro tuyo,
sobre las alas del viento te deslizas;
tomas por mensajeros a los vientos,
a las llamas del fuego por ministros.
Sobre sus bases asentaste la tierra,
inconmovible para siempre jamás.
Del océano, cual vestido, la cubriste,
sobre los montes persistían las aguas;
al increparlas Tú, emprenden la huída,
se precipitan al oír tu trueno,
y saltan por los montes, descienden por los
valles,
hasta el lugar que Tú les asignaste;
un término les pones que no crucen,
por que no vuelvan a cubrir la tierra.
Haces manar las fuentes en los valles,
entre los montes se deslizan;
a todas las bestias de los campos abrevan,
en ellas su sed apagan los onagros;
sobre ellas habitan las aves de los cielos,
dejan oír su voz entre la fronda.
De tus altas moradas abrevas las montañas,
del fruto de tus obras se satura la tierra;
la hierba haces brotar para el ganado,
y las plantas para el uso del hombre,
para que saque de la tierra el pan,
y el vino que recrea el corazón del hombre,
para que lustre su rostro con aceite
y el pan conforte el corazón del hombre.
Se empapan bien los árboles de Yahveh,
los cedros del Líbano que Él plantó;
allí ponen los pájaros su nido,
su casa en su copa la cigüeña;
los altos montes, para los rebecos,
para los damanes, el cobijo de las rocas.
Hizo la luna para marcar los tiempos,
conoce el sol su ocaso;
mandas Tú las tinieblas, y es la noche,
en ella rebullen todos los animales de la selva,
los leoncillos rugen por la presa,
y su alimento a Dios reclaman.
Cuando el sol sale, se recogen,
y van a echarse a sus guaridas;
el hombre sale a su trabajo,
para hacer su faena hasta la tarde.
¡Cuán numerosas tus obras, Yahveh!
Todas las has hecho con sabiduría,
de tus criaturas está llena la tierra.
Ahí está el mar, grande y de amplios brazos,
y en él el hervidero innumerable
de animales, grandes y pequeños;
por allí circulan los navíos,
y Leviatán que Tú formaste para jugar con él.
Todos ellos de Ti están esperando
que les des a su tiempo su alimento;
Tú se lo das y ellos lo toman,
abres tu mano y se sacian de bienes.
Escondes tu rostro y se anonadan,
les retiras su soplo, y expiran
y a su polvo retornan.
Envías tu soplo y son creados,
y renuevas la faz de la tierra.
¡Sea por siempre la gloria de Yahveh,
en sus obras Yahveh se regocije!
El que mira a la tierra y ella tiembla,
toca los montes y echan humo.
A Yahveh mientras viva he de cantar,
mientras exista salmodiaré para mi Dios.
¡Oh, que mi poema le complazca!
Yo en Yahveh tengo mi gozo.
¡Que se acaben los pecadores en la tierra,
y ya no más existan los impíos!
¡Bendice a Yahveh, alma mía!
Fuente: Biblia de
Jerusalén.
“Hoy se hace necesario rehabilitar la
auténtica apologética que hacían los Padres de la Iglesia como explicación de
la fe. La apologética no tiene por qué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo
que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice
San Pablo "haciendo la verdad en la caridad" (Ef 4,15). Los discípulos
y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética
renovada para que todos puedan tener vida en Él.”
(Documento de Aparecida, n. 229).
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