Fe y Razón

Revista virtual gratuita

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 7 – Agosto de 2006

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)

 

 

Sitio web madre: “Fe y Razón” – www.feyrazon.org - Lo invitamos a visitar “Fe y Razón” con frecuencia.

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Campaña de suscripciones:

Al día 31/07/2006 teníamos 331 suscriptores. Para que nuestro esfuerzo pueda dar mayores resultados, aspiramos a alcanzar una cantidad mínima de 400 suscriptores antes del mes de septiembre.

Para ello solicitamos vuestra colaboración. Si cada uno de ustedes consigue otro suscriptor, esta meta será muy fácil de superar. Desde ya, muchas gracias.

Equipo de “Fe y Razón”

 

 

Equipo de Dirección: Diác. Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing. Daniel Iglesias.

Colaboradores: Dr. Carlos Alvarez Cozzi, Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, R. P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Dra. María Lourdes González, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Sr. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Alvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Las realidades últimas

Equipo de Dirección

Teología

El Demonio y su cola

Vittorio Messori

Tema central

La parusía de Cristo, nuestra resurrección

Comisión Teológica Internacional

Tema central

La hipótesis del limbo es abandonada

Ing. Daniel Iglesias

Tema central

La resurrección de la carne y la vida eterna

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica

Entrevista

Un uruguayo en la Pontificia Comisión Bíblica

Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola

Actualidad eclesial

Benedicto XVI presenta los desafíos que afronta Uruguay

Zenit

Familia y Vida

La abolición del hombre

Asociación Civil “Derecho y Vida”

Familia y Vida

Se realizó en Montevideo la Primera Jornada Arquidiocesana sobre Familia y Vida

Asociación Civil “Derecho y Vida”

Familia y Vida

Principales conceptos expuestos por el Papa Benedicto XVI en Valencia

Ing. Daniel Iglesias

Familia y Vida

La familia y la perspectiva de género

Lic. Néstor Martínez

Familia y Vida

Conclusiones de la Primera Jornada Arquidiocesana sobre Familia y Vida

Mons. Dr. Nicolás Cotugno SDB

Pastoral

Sembrar la esperanza

Diác. Milton Iglesias

Religión

La concepción de Dios en las religiones monoteístas

Dr. Pedro Gaudiano

Doctrina Social

Católicos y vida pública en América Latina

Dr. Guzmán Carriquiry

Internet

Una presencia cristiana en el espacio público

E-cristians

Oración

Te Deum

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica

 

 

Las realidades últimas

 

Equipo de Dirección

 

El mes de agosto trae consigo dos festividades litúrgicas que nos incitan directamente a contemplar las realidades últimas: la Transfiguración del Señor (el día 6 de agosto) y la Asunción de María (el día 15 de agosto). En medio del “tiempo ordinario” del año litúrgico, recibimos así una ayuda para superar la tentación, tan fuerte en nuestros tiempos, de considerar este mundo como la realidad única y definitiva, cerrada sobre sí misma, en última instancia in-trascendente.

 

Recogiendo esta invitación de la liturgia, hemos elegido como tema central del Nº 7 de nuestra revista virtual la escatología, vale decir la parte de la teología dogmática que trata acerca de las realidades últimas. Presentamos pues dos artículos sobre aspectos puntuales de la escatología (la teoría de la “resurrección en la muerte” y la hipótesis del “limbo”) y un texto del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica que da una visión global de la fe de la Iglesia en esta materia.

 

En este número tenemos la alegría de dar una cordial bienvenida al Equipo de la Revista “Fe y Razón” al Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola, miembro de la Pontificia Comisión Bíblica, quien desde hace mucho tiempo colabora con el sitio web “Fe y Razón”, del cual procede la revista homónima. De ahí que publiquemos hoy una jugosa “entrevista virtual” al Padre Barriola. No se la pierdan.

 

Otro foco de interés de este Nº 7 está centrado en torno a la Primera Jornada Arquidiocesana sobre Familia y Vida, celebrada en Montevideo el pasado domingo 23 de julio. Publicamos hoy una crónica de esa Jornada, dos de las ponencias presentadas ese día y las conclusiones de la Jornada expuestas por Mons. Nicolás Cotugno, Arzobispo de Montevideo. Esperamos poder publicar otras ponencias de esta Jornada más adelante.

 

Por último destacamos también la inclusión en este número de un nuevo aporte (el cuarto) del Dr. Guzmán Carriquiry, Subsecretario del Pontificio Consejo para los Laicos. Recomendamos vivamente este excelente y actualísimo escrito sobre los católicos y la vida pública en América Latina. Por su extensión relativamente grande (25 páginas) no hemos incluido el texto completo dentro de este documento, para no agrandar demasiado el archivo adjunto al mail que enviamos a cada suscriptor, sino que hemos incluido un enlace al texto publicado en el sitio web “Fe y Razón”. No dejen que la cibernética pereza de dar un “clic” adicional los prive de la lectura de esta relevante contribución.

 

¡Que el Señor transfigurado los bendiga y les conceda un día resucitar para la vida eterna, en comunión con la Virgen María y todos los bienaventurados!

 

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El Demonio y su cola

 

Vittorio Messori

 

Entre las muchas cosas que me fueron dichas por el Cardenal Ratzinger y anticipadas por el reportaje que precedió a este libro, hay un aspecto no precisamente central que parece haber monopolizado la atención de muchos comentaristas. Como, en verdad, era de preverse, varios artículos, con sus correspondientes títulos, fueron dedicados no tanto a los severos análisis teológicos, exegéticos y eclesiológicos del Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y sí a las alusiones –pocos párrafos, en comparación con las decenas de hojas- sobre aquella realidad que la tradición cristiana indica con el nombre de “Diablo”, “Demonio”, “Satanás”.

 

¿Por qué los comentaristas concentraron su atención en un tema que, repetimos, en modo alguno era central en la palabra del Prefecto?

 

¿Gusto por lo pintoresco, curiosidad divertida por aquello que muchos, tal vez hasta incluso entre los cristianos, consideran como una “sobrevivencia folclórica”, como un aspecto de cualquier forma “inaceptable para una fe que se volvió adulta”? ¿O se trata de algo más profundo, una inquietud enmascarada por la sonrisa? ¿Serena tranquilidad o exorcismo que toma la forma de ironía?

 

No nos compete responder. A nosotros nos cabe, cuando mucho, registrar el hecho objetivo: no hay asunto como el del Demonio para despertar inmediatamente la frenética agitación de los mass-media de la sociedad secularizada.

 

Es difícil olvidar el eco suscitado por el Papa Pablo VI, inmenso y no sólo irónico, o mejor, tal vez hasta incluso rabioso, a veces. Él, hablando durante una audiencia general, en el día 15 de noviembre de 1972, retornó a lo que había dicho en el día 29 de junio del mismo año, en la Basílica de San Pedro, cuando, aludiendo a la situación de la Iglesia, confesaba: “Tengo la sensación de que el humo de Satanás penetró en el templo de Dios por alguna brecha”. Agregó, a continuación, que “si tantas veces, en el Evangelio, retorna en la boca de Cristo la mención de ese enemigo de los hombres”, también para nuestros tiempos él, Pablo VI, creía “en algo preternatural venido al mundo para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio Ecuménico y para impedir a la Iglesia prorrumpir en el himno de alegría, sembrando la duda, la incerteza, la problemática, la inquietud y la insatisfacción”.

 

Ya en ocasión de aquellas primeras alusiones, se levantaron gritos de protesta.

 

Ésta, no obstante, explotó sin frenos, durante meses, en los medios de comunicación social del mundo entero, en aquel 15 de noviembre de 1972 que se volvió famoso: “El mal que existe en el mundo es ocasión y efecto de una intervención en nosotros y en nuestra sociedad de un agente obscuro y enemigo, el Demonio. El mal no es apenas una deficiencia, sino un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y amedrentadora. Rompe con el contexto bíblico y eclesiástico quien se rehúsa a reconocerla como existente; o quien hace de ella un principio que se basta a sí mismo, como si ella no tuviese, como toda criatura, origen en Dios; o aún la explica como una pseudo-realidad, una personificación conceptual fantástica de las causas ignotas de nuestro malestar”.

 

Después de una serie de citas bíblicas en apoyo de su argumentación, continuaba Pablo VI: “El Demonio es el enemigo número uno, es el tentador por excelencia. Sabemos así que ese ser obscuro y perturbador existe realmente y continúa actuando, es el sofista insidiador del equilibrio moral del hombre, el pérfido encantador que sabe insinuarse en nosotros por medio de los sentidos, de la fantasía, de la concupiscencia, de la lógica utópica o de los desordenados contactos sociales, para introducir desvíos…”

 

El Papa lamentaba, a continuación, la insuficiente atención al problema por parte de la teología contemporánea: “Sería un capítulo muy importante de la doctrina católica, a ser reestudiado, este sobre el Demonio y la influencia que él puede ejercer. Sin embargo, esto ocurre poco hoy en día”.

 

Sobre el asunto, evidentemente en defensa de la doctrina presentada nuevamente por el Papa, hubo una intervención de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con el documento de junio de 1975: “Las proposiciones sobre el Demonio son una afirmación indiscutible de la conciencia cristiana”; si “la existencia de Satanás y de los demonios nunca fue objeto de una declaración dogmática” es justamente porque ésta parecía superflua, siendo tal creencia obvia “para la fe constante y universal de la Iglesia, basada en su fuente mayor, la enseñanza de Cristo, como también en aquella expresión concreta de la fe vivida que es la liturgia, que siempre insistió en la existencia de los demonios y en las amenazas que ellos constituyen”.

 

Un año antes de su muerte, Pablo VI quiso volver todavía al asunto, en otra audiencia general: “No nos debe admirar si nuestra sociedad se degrada y si la Escritura acerbamente nos amonesta que `todo el mundo, en el sentido negativo del término, yace bajo el poder del Maligno’, a quien la propia Escritura llama `el Príncipe de este mundo’ “.

 

Después de cada intervención del Papa, siempre sucedieron gritos y protestas; y, curiosamente, sobre todo en aquellos jornales y por parte de aquellos comentaristas a quienes poco debería importar la reafirmación de un aspecto de una fe que dicen rechazar en su totalidad. En esa perspectiva de ellos, la ironía es justificada. ¿Pero por qué la ira?

 

Fuente: Joseph Ratzinger / Vittorio Messori, A fé em crise? O Cardeal Ratzinger se interroga, EPU - Editora Pedagógica e Universitária Ltda., Sao Paulo 1985, Capítulo X – Coisas do Demônio e escatologia, pp. 103-105.

(Traducao do original italiano: Rapporto sulla fede).

 

Notas:

1) Este libro fue publicado en español como: Informe sobre la fe.

2) Este texto fue traducido del portugués para “Fe y Razón” por Daniel Iglesias.

 

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La parusía de Cristo, nuestra resurrección

 

Comisión Teológica Internacional

 

2.1. En el Nuevo Testamento se atribuye a la resurrección de los muertos un momento temporal determinado. Pablo, después de afirmar que la resurrección de los muertos ocurrirá por Cristo y en Cristo, agrega: «Cada uno según el orden que le corresponde: Cristo, el primero de todos; luego, aquellos que estén unidos a él en el momento de su venida» (1 Cor 15, 23: en tê parousia autou). Un acontecimiento concreto está indicado como momento de la resurrección de los muertos. La palabra griega “parousia”  significa “la segunda venida”, aún por llegar, del Señor en la gloria, diferente de la primera venida en humildad (Símbolo de Nicea-Constantinopla, en DS 150: “Y de nuevo vendrá con gloria”); la manifestación de la gloria (cf. Tit 2, 13) y la manifestación de la parusía (cf. 2 Tes 2, 8) se refieren a la misma venida. El mismo acontecimiento se expresa en el Evangelio de Juan (6, 54) con las palabras «en el último día» (cf. también Jn 6, 39-40). Este mismo vínculo entre los acontecimientos se da en la viva descripción de la primera carta a los Tesalonicenses (4, 16-17), y es afirmado por la gran tradición de los Padres: «a su venida todos los hombres resucitarán» (Símbolo Quicumque, en DS 76).

 

A esta afirmación se contrapone la teoría de la «resurrección en la muerte». En su forma principalmente difundida, esta teoría se explica de forma que aparece con grave detrimento del realismo de la resurrección, al afirmar una resurrección sin relación al cuerpo que vivió y que ahora está muerto. Los teólogos que proponen la resurrección en la muerte quieren suprimir la existencia después de la muerte de un «alma separada» a la que consideran como una reliquia del platonismo. Es muy inteligible el temor que mueve a los teólogos favorables a la resurrección en la muerte: el platonismo sería una desviación gravísima de la fe cristiana. Para ella, en efecto, el cuerpo no es una cárcel de la que haya que liberar al alma. Pero precisamente por esto no se entiende bien que los teólogos que huyen del platonismo afirmen la corporeidad final, o sea la resurrección, de modo que no se vea que todavía se trate realmente de «esta carne en la que ahora vivimos» (Fides Damasi, en DS 72). Las antiguas fórmulas de fe hablaban, con otra fuerza, de que había de resucitar el mismo cuerpo que ahora vive.

 

La separación conceptual entre cuerpo y cadáver, o la introducción de dos conceptos diversos en la noción de cuerpo (la diferencia se expresa en alemán con las palabras «Leib» y «Körper», mientras que en otras muchas lenguas ni siquiera se puede expresar) apenas se entienden fuera de círculos académicos. La experiencia pastoral enseña que el pueblo cristiano oye con gran perplejidad predicaciones en las que, mientras se sepulta un cadáver, se afirma que aquel muerto ya ha resucitado. Debe temerse que tales predicaciones ejercen un influjo negativo en los fieles, ya que pueden favorecer la actual confusión doctrinal. En este mundo secularizado en el que los fieles se ven atraídos por el materialismo de la muerte total, sería todavía más grave aumentar sus perplejidades. Por otra parte, la parusía es en el Nuevo Testamento un acontecimiento concreto, conclusivo de la historia. Se fuerzan sus textos, cuando se intenta explicar la parusía como un acontecimiento permanente que no sería otra cosa sino el encuentro del individuo, en su propia muerte, con el Señor.

 

2.2. «En el último día» (Jn 6, 54), cuando los hombres resucitarán gloriosamente, obtendrán la comunión completa con Cristo resucitado. Esto aparece claramente porque la comunión del hombre con Cristo será entonces con la realidad existencial completa de ambos. Además, llegada ya la historia a su final, la resurrección de todos los consiervos y hermanos completará el cuerpo místico de Cristo (cf. Apoc 6, 11). Por eso Orígenes afirmaba: «Es un solo cuerpo, el que se dice que resucita en el juicio final» (Orígenes, In Leviticum homilia, 7, 2; GCS 29, 378). Con razón, pues, el Concilio XI de Toledo no sólo confesaba que la resurrección gloriosa de los muertos sucederá según el ejemplo de Cristo resucitado, sino también según el «ejemplo de nuestra Cabeza» (DS 540).

 

Este aspecto comunitario de la resurrección final parece disolverse en la teoría de la resurrección en la muerte, ya que tal resurrección se convertiría más bien en un proceso individual. Por ello, no faltan teólogos favorables a la teoría de la resurrección en la muerte, que han buscado la solución en lo que se llama el atemporalismo: afirmando que después de la muerte no puede existir, de ninguna manera, el tiempo, reconocen que las muertes de los hombres son sucesivas, en cuanto vistas desde este mundo; pero piensan que sus resurrecciones en la vida después de la muerte, en la que no habría ninguna clase de tiempo, son simultáneas. Este intento del atemporalismo, de que coincidan las muertes individuales sucesivas y la resurrección colectiva simultánea implica el recurso a una filosofía del tiempo que es ajena al pensamiento bíblico. El modo de hablar del Nuevo Testamento sobre las almas de los mártires no parece sustraerlas ni de toda realidad de sucesión ni de toda percepción de sucesión (cf. Apoc 6, 9-11). De modo semejante, si no hubiera ningún aspecto de tiempo después de la muerte, ni siquiera uno meramente análogo con el terrestre, no se entendería fácilmente por qué Pablo a los tesalonicenses que interrogaban sobre la suerte de los muertos, les habla de su resurrección con fórmulas futuras (anastêsontai) (cf. 1 Tes 4, 13-18). Además una negación radical de toda noción de tiempo para aquellas resurrecciones, a la vez simultáneas y ocurridas en la muerte, no parece tener suficientemente en cuenta la verdadera corporeidad de la resurrección; pues no se puede declarar que es un verdadero cuerpo, si es ajeno a toda noción de tiempo. Inclusive las almas de los bienaventurados, al estar en comunión con Cristo, resucitado de modo verdaderamente corpóreo, no pueden considerarse sin conexión alguna con el tiempo.

 

Fuente: Comisión Teológica Internacional, Algunas cuestiones actuales con respecto a la escatología, 1990, Capítulo 2.

 

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La hipótesis del limbo es abandonada

 

Daniel Iglesias Grèzes

 

En la escuela me enseñaron que los niños sin uso de razón que morían sin recibir el bautismo iban al limbo, un lugar en el que, sin sufrir tormentos, estarían eternamente privados de la visión de Dios. Si bien no se insistía demasiado en este aspecto de la doctrina, se lo presentaba como una verdad incuestionable. Sin embargo, si uno reflexionaba sobre ella, la doctrina sobre el limbo podía suscitar serias dificultades:

 

·         Dado que la esencia del infierno consiste en la separación eterna de Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1035) y puesto que el limbo implica esa separación, en realidad el limbo sería parte del infierno.

·         El pecado original es propio de cada uno, pero no es una falta personal (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 405). Considerando la infinita justicia y la voluntad salvífica universal de Dios, no es fácil comprender por qué no habrían de tener ninguna posibilidad de salvarse los niños muertos sin ningún pecado personal mortal (e incluso sin ningún pecado personal venial).

·         Es cierto que el Magisterio de la Iglesia ha definido que quien muere con sólo el pecado original no puede alcanzar la salvación (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 403). No obstante, en el orden salvífico concreto establecido por Dios, ¿se da realmente esta posibilidad? La Iglesia católica ha enseñado siempre que fuera de ella no hay salvación y que para entrar en ella es necesario recibir el bautismo; pero tradicionalmente la teología católica ha reconocido que, además del bautismo sacramental, existen otras formas de bautismo (bautismo de sangre y bautismo de deseo) que también producen la incorporación a la Iglesia. Las personas no cristianas de buena voluntad pueden alcanzar la salvación por medio de una fe implícita, que implica un voto bautismal implícito (una forma del bautismo de deseo). Por eso, sin desmerecer la importancia fundamental del sacramento del bautismo, cabe preguntarse también acerca de la posibilidad de salvación de los niños sin uso de razón que mueren sin haber recibido dicho sacramento.

 

Después de mi infancia, prácticamente no volví a oír hablar del limbo por muchos años, excepto al leer "La Divina Comedia". De paso observo que Dante Alighieri comprendió bien la relación entre limbo e infierno, dado que ubicó al limbo como primer círculo del infierno.

 

¿Qué dice hoy la Iglesia acerca del limbo? Intentaré mostrar que en este punto ha habido un importante desarrollo doctrinal.

 

Es un hecho muy significativo que el Catecismo de la Iglesia Católica, un compendio muy completo y extenso de la doctrina católica, aun cuando reafirma la doctrina católica tradicional acerca del infierno, el Purgatorio y el Cielo, no diga ni una sola palabra sobre el limbo. En cambio afirma lo siguiente: "En cuanto a los niños muertos sin bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven (cf. 1 Tm 2,4) y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: "Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis" (Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo bautismo" (n. 1261). "En cuanto a los niños muertos sin bautismo, la Liturgia de la Iglesia nos invita a tener confianza en la misericordia divina y a orar por su salvación" (n. 1283).

 

¿Qué implica esta enseñanza del Catecismo en relación con la doctrina tradicional acerca del limbo? Para resolver esta cuestión, me parece adecuado recordar una declaración muy esclarecedora del Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (que asiste al Papa en cuestiones doctrinales), quien fue también el principal responsable de la redacción del Catecismo de la Iglesia Católica. Pues bien, en 1984, durante una entrevista con el periodista Vittorio Messori, el Cardenal Ratzinger (actual Papa Benedicto XVI) dijo lo siguiente:

 

"E1 limbo nunca fue una verdad de fe definida. Personalmente, hablando más que nunca como teólogo y no como Prefecto de la Congregación, yo abandonaría esta que siempre fue apenas una hipótesis teológica. Se trata de una tesis secundaria, al servicio de una verdad que es absolutamente primaria para la fe: la importancia del bautismo. Para decirlo con las palabras mismas de Jesús a Nicodemo: "En verdad, en verdad te digo, si alguien no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios" (Jn 3,5). Abandónese, pues, el concepto de "limbo", si fuera necesario (además, los propios teólogos que lo defendían afirmaban, al mismo tiempo, que los padres podrían evitarlo para el hijo por el deseo del bautismo de él y por la oración); mas no se abandone la preocupación que lo sustentaba. El bautismo jamás fue y no será jamás algo accesorio para la fe". (J. Ratzinger - V. Messori, A fé em crise? O Cardeal Ratzinger se interroga, Editora Pedagógica Universitaria Ltda., Sao Paulo, 1985; p. 113; traducción nuestra).

 

¿Ha cambiado entonces la fe de la Iglesia? Hablando con propiedad, no se trata de un cambio sino de un desarrollo de la doctrina cristiana. El limbo nunca fue un dogma, sino una mera hipótesis teológica; por eso la Iglesia puede dejarlo de lado, como lo está haciendo ahora. La doctrina de la fe siempre se desarrolla a lo largo de la historia. Sin apartarse nunca del depósito de la fe recibido de Cristo, la Iglesia, con el auxilio del Espíritu Santo, va profundizando su comprensión de la Palabra revelada por Dios y explicitando aspectos nuevos que ella contiene implícitamente. Así el Espíritu Santo guía a la Iglesia hacia la verdad completa.

 

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La resurrección de la carne y la vida eterna

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 202-216.

 

«Creo en la resurrección de la carne»

 

202. ¿Qué se indica con el término «carne» y cuál es su importancia?

El término «carne» designa al hombre en su condición de debilidad y mortalidad. «La carne es soporte de la salvación» (Tertuliano). En efecto, creemos en Dios que es el Creador de la carne; creemos en el Verbo hecho carne para rescatar la carne; creemos en la resurrección de la carne, perfección de la Creación y de la redención de la carne.

 

203. ¿Qué significa la expresión «resurrección de la carne»?

La expresión «resurrección de la carne» significa que el estado definitivo del hombre no será solamente el alma espiritual separada del cuerpo, sino que también nuestros cuerpos mortales un día volverán a tener vida.

 

204. ¿Qué relación existe entre la resurrección de Cristo y la nuestra?

Así como Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos y vive para siempre, así también Él resucitará a todos en el último día, con un cuerpo incorruptible: «los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación» (Jn 5, 29).

 

205. ¿Qué sucede con la muerte a nuestro cuerpo y a nuestra alma?

Con la muerte, que es separación del alma y del cuerpo, éste cae en la corrupción, mientras el alma, que es inmortal, va al encuentro del juicio de Dios y espera volverse a unir al cuerpo, cuando éste resurja transformado en la segunda venida del Señor. Comprender cómo tendrá lugar la resurrección sobrepasa la posibilidad de nuestra imaginación y entendimiento.

 

206. ¿Qué significa morir en Cristo Jesús?

Morir en Cristo Jesús significa morir en gracia de Dios, sin pecado mortal. Así el creyente en Cristo, siguiendo su ejemplo, puede transformar la propia muerte en un acto de obediencia y de amor al Padre. «Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con Él, también viviremos con Él» (2 Tm 2, 11).

 

«Creo en la vida eterna»

 

207. ¿Qué es la vida eterna?

La vida eterna es la que comienza inmediatamente después de la muerte. Esta vida no tendrá fin; será precedida para cada uno por un juicio particular por parte de Cristo, juez de vivos y muertos, y será ratificada en el juicio final.

 

208. ¿Qué es el juicio particular?

Es el juicio de retribución inmediata que, en el momento de la muerte, cada uno recibe de Dios en su alma inmortal, en relación con su fe y sus obras. Esta retribución consiste en el acceso a la felicidad del cielo, inmediatamente o después de una adecuada purificación, o bien en la condenación eterna al infierno.

 

209. ¿Qué se entiende por cielo?

Por cielo se entiende el estado de felicidad suprema y definitiva. Todos aquellos que mueren en gracia de Dios y no tienen necesidad de posterior purificación son reunidos en torno a Jesús, a María, a los ángeles y a los santos, formando así la Iglesia del cielo, donde ven a Dios «cara a cara» (1 Co 13, 12), viven en comunión de amor con la Santísima Trinidad e interceden por nosotros.

 

«La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna» (San Cirilo de Jerusalén).

 

210 ¿Qué es el purgatorio?

El purgatorio es el estado de los que mueren en amistad con Dios pero, aunque están seguros de su salvación eterna, necesitan aún de purificación para entrar en la eterna bienaventuranza.

 

211. ¿Cómo podemos ayudar en la purificación de las almas del purgatorio?

En virtud de la comunión de los santos, los fieles que peregrinan aún en la tierra pueden ayudar a las almas del purgatorio ofreciendo por ellas oraciones de sufragio, en particular el sacrificio de la Eucaristía, pero también limosnas, indulgencias y obras de penitencia.

 

212. ¿En qué consiste el infierno?

Consiste en la condenación eterna de todos aquellos que mueren, por libre elección, en pecado mortal. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios, en quien únicamente encuentra el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. Cristo mismo expresa esta realidad con las palabras «Alejaos de mí, malditos al fuego eterno» (Mt 25, 41).

 

213. ¿Cómo se concilia la existencia del infierno con la infinita bondad de Dios?

Dios quiere que «todos lleguen a la conversión» (2 P 3, 9), pero, habiendo creado al hombre libre y responsable, respeta sus decisiones. Por tanto, es el hombre mismo quien, con plena autonomía, se excluye voluntariamente de la comunión con Dios si, en el momento de la propia muerte, persiste en el pecado mortal, rechazando el amor misericordioso de Dios.

 

214. ¿En qué consistirá el juicio final?

El juicio final (universal) consistirá en la sentencia de vida bienaventurada o de condena eterna que el Señor Jesús, retornando como juez de vivos y muertos, emitirá respecto «de los justos y de los pecadores» (Hch 24, 15), reunidos todos juntos delante de sí. Tras del juicio final, el cuerpo resucitado participará de la retribución que el alma ha recibido en el juicio particular.

 

215. ¿Cuándo tendrá lugar este juicio?

El juicio final sucederá al fin del mundo, del que sólo Dios conoce el día y la hora.

 

216. ¿Qué es la esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva?

Después del juicio final, el universo entero, liberado de la esclavitud de la corrupción, participará de la gloria de Cristo, inaugurando «los nuevos cielos y la tierra nueva» (2 P 3, 13). Así se alcanzará la plenitud del Reino de Dios, es decir, la realización definitiva del designio salvífico de Dios de «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1, 10). Dios será entonces «todo en todos» (1 Co 15, 28), en la vida eterna.

 

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Un uruguayo en la Pontificia Comisión Bíblica

Entrevista al Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola

 

“Fe y Razón” entrevistó al Pbro. Miguel Antonio Barriola, Doctor en Sagrada Escritura y Miembro de la Pontificia Comisión Bíblica. El Padre Barriola es uruguayo y reside en Córdoba (Argentina) desde 1991.

           

1.      ¿Qué actividades desarrolla la Pontificia Comisión Bíblica?

Se trata de un organismo auxiliar de la “Congregación para la Doctrina de la Fe”, que funciona a la par de la “Comisión Teológica Internacional” (otro grupo de teólogos, que ayuda a dicha Congregación), fundada esta última por Pablo VIº, después del Vaticano IIº.

La Comisión Bíblica goza de mayor antigüedad, ya que el 2/V/2003 tuvo lugar en Roma la celebración del primer centenario de su fundación, por parte de León XIII (30/X/1902).

En los orígenes su cometido revestía una función triple: a) fomentar eficazmente entre los católicos el estudio bíblico, b) contrastar con medios científicos las opiniones erradas en lo referente a la Sagrada Escritura, c) estudiar e iluminar las cuestiones debatidas y los problemas emergentes en el campo bíblico. Así, por ejemplo, desde 1903 a 1964 la Comisión Bíblica emitió 30 intervenciones en forma de decretos, declaraciones y respuestas sobre asuntos o dudas que se le propusieron.

El 27 de junio de 1971, en el cuadro de la gran obra de reforma postconciliar, Pablo VIº, con el Motu proprio Sedula cura, establecía nuevas normas para la organización y el funcionamiento de la Comisión, a fin de que su actividad fuese más fecunda en la Iglesia. Ya no estará constituida por cardenales, asistidos de consultores, sino que constará de docentes en ciencias bíblicas “provenientes de varias escuelas y naciones, que se distinguen por ciencia, prudencia y sentir católico respecto al magisterio eclesiástico” (art. 3).

Así, se transformó en un órgano consultivo, puesto al servicio del Magisterio, en relación, como ya se indicó, con la Congregación para la Doctrina de la Fe (art. 1). Su Prefecto es también el Presidente de esta misma Comisión Bíblica.

Entre sus más preclaros miembros cabría destacar al propio Papa actual, cuando era el Card. Joseph Ratzinger, que estuvo en su presidencia desde 1982 hasta abril del 2005.

Sus secretarios fueron eximios biblistas católicos: A. Descamps, H. Cazelles, A. Vanhoye (recientemente creado cardenal). En la actualidad se desempeña como secretario el P. Klemens Stock, SJ, que fuera rector y continúa su tarea docente en el Pontificio Istituto Biblico de Roma.

Tampoco habría que olvidar a integrantes como: P. Benoit, OP, R. Brown PSS, I. De La Potterie , S J, J. Dupont, V. Fusco , P. Grelot, S. Lyonnet, el Card. C. M. Martini, A. Penna, G. Ravasi, H. Schlier, G. Segalla, C. Spicq, U. Vanni.

El primer participante de esta Comisión llamado desde América Latina fue el exégeta brasileño Joâo Evangelista Terra Martins, SJ (1983–1989). Otro destacado biblista argentino, A. Levoratti, principal promotor y traductor del Libro del Pueblo de Dios – La Biblia (Madrid - Buenos Aires – 1987 3ª ed.) ha pertenecido a la misma en el período anterior (1990–2001).

Somos ahora tres los latinoamericanos convocados: Ney Brasil Pereira (Brasil), Carlos Zesati Estrada M SpS (México) y quien escribe.

Los miembros son nombrados por el lapso de cinco años, pudiendo ser reelegidos.

De los documentos que ha publicado este organismo, los más recientes, y que mayor eco han obtenido, son: ”La interpretación bíblica en la Iglesia” (1993) y “El pueblo hebreo y sus Sagradas Escrituras en la Biblia cristiana” (2001).

 

2.      Hasta el año pasado la Pontificia Comisión Bíblica fue presidida por el Cardenal Joseph Ratzinger, actual Papa Benedicto XVI, de modo que usted pudo conocerlo y tratarlo de cerca. ¿Qué puede contarnos al respecto?

Mi impresión es la de haber tenido el privilegio de trabajar bajo la guía de un verdadero genio. El Card. Ratzinger casi nunca intervenía en los debates, si bien nunca faltaba a las sesiones matutinas y vespertinas. Pero no se le escapaba detalle. Al fin de las jornadas de estudio proponía una síntesis de lo que se había tratado y discutido, donde se veía hasta qué punto había seguido atentamente los puntos principales que estaban en juego.

La primera vez que me tocó presentar un aporte, lo hice partiendo de la situación calamitosa en que se encontraba la Argentina después de la caída del presidente De la Rúa (2002). Traté de brindar motivos para la esperanza, inspirándome en los escritos paulinos (En la sección “Biblia” de “Fe y Razón” se puede encontrar aquel trabajo: “«La esperanza no quedará defraudada» (Rom 5, 5)”).

Al año siguiente se me acercó el Cardenal, preguntándome: “Come va l’Argentina?”. Dadas las alternativas que se presentaban en aquel año electoral, le respondí: “Tenemos en castellano un dicho que, a mi ver, se aplica bien a la coyuntura: se ha de elegir entre GuateMALA y GuatePEOR”. Captó muy bien el juego de palabras, sonriendo.

Dado que el tema que nos ocupa en la actualidad versa sobre los aportes que puede ofrecer la Biblia a la problemática moral, algunos miembros de la Comisión propusieron que se convocara a algún teólogo moralista, para que nos iluminara desde su especialidad. Otro preguntó qué razones habían llevado a elegir semejante asunto. Entonces intervino el Cardenal Ratzinger, explicando motivos y cometido de los presentes trabajos. Expuso de tal modo que todos dimos por suficiente su aclaración, dejando de lado la invitación a algún moralista.

Según yo lo he visto, es de condición tímida, pero muy afable en su diálogo sencillo, que en lo más mínimo deja transparentar ante sus interlocutores que se encuentran ante un eminente personaje.

Nada parecido, pues, a la imagen distorsionada, creada por cierta prensa, sobre el “Panzerkardinal” o el “Gran Inquisisdor”.

En este último sentido fue reconfortante leer cómo la casi totalidad de la prensa italiana, al hacer balance de su primer año de pontificado, recordaba, con implícita autocrítica, los injustos y apriorísticos enfoques con que fue recibida su designación al solio pontificio. “Pensar que se dijo: «Ya tenemos a un Pastor alemán»”, se lamentaban, señalando, claro está, la feroz alusión al “perro” de dicha raza.

 

3.      ¿Cuáles son, a su juicio, los principales asuntos discutidos hoy en el ámbito de la teología bíblica y la exégesis?

Precisamente en lo que se refiere a la “teología bíblica”, creo que en la actualidad se dibuja algún escepticismo, en cuanto a que sea posible extraer una visión de conjunto de los aportes bíblicos a un cuerpo de doctrina homogéneo y coherente. Después de las grandes obras pioneras de W. Eichrodt y G. Von Rad (protestantes) y P. van Imschoot, L. Köhler (católicos), tal vez en una visión demasiado “positiva” de la individualidad de cada autor (Isaías, Lucas, Pablo, etc.) y de la singularidad de cada época, muchos sostienen que se ha de renunciar a esos grandes cuadros doctrinales, que serían más bien impuestos a la producción bíblica, que resultantes de la misma.

Con todo, parece que hay dos métodos, que se reparten los intentos en este orden: el del ya citado W. Eichrodt, que recoge el material bíblico en torno a un único tema, en este caso la alianza (dividido en tres secciones: Dios y el pueblo; Dios y el mundo; Dios y el hombre), o sino, el que goza de mayores consensos, del también antes mencionado von Rad, que, en una dinámica más diacrónica, considera la teología bíblica del Antiguo Testamento dentro del desarrollo de las tradiciones históricas de Israel. Muchos le reprochan, con todo, el haber dejado de lado grandes ideas bíblicas, como mesianismo y culto. También se ha de estar atento ante las “precomprensiones” implícitas, con las que emprenden semejante tarea, como son los condicionamientos provenientes de la misma confesión protestante o de la opción existencialista en el plano filosófico, por ejemplo la demasiado rígida separación entre historia y kerygma.

Sería extender demasiado esta entrevista bajar a ulteriores precisiones. Sólo quisiera señalar los sugerentes trabajos de P. Beauchamp, como : L’un et l’autre Testament – Essai de lecture (Paris – 1976).

Dado que el mundo bíblico es un océano inabarcable, me he dedicado más al Nuevo Testamento y allí mismo especialmente a S. Pablo.

Últimamente, con todo, estoy abocándome a algunas lecturas de puesta al día sobre el Antiguo Testamento. Por lo que voy observando, han surgido posiciones bastante extremas. La de quienes ponen en tela de juicio la solidez de la historiografía de los autores bíblicos, que según estos autores, comenzaría a ser fiable sólo en tiempos de la monarquía (y no en todos sus períodos). Mientras que otros (generalmente ingleses) son más optimistas respecto a la solidez histórica de los narradores bíblicos.

Entre estos últimos quisiera señalar a: K. A. Kitchen (On the Reliability of the Old Testament, Michigan – Cambridge – 2003). Es digna de ponderación la motivación y trabajo hercúleo que supone semejante empresa.

El mismo Kitchen relata (ibid., XIII), cómo su colega L. Howard Marshall (conocido estudioso del Nuevo Testamento), teniendo como punto de referencia la obra de F. F. Bruce (Are the New Testament Documents Reliable?), le preguntó si no debería haber alguien que ofreciera un servicio semejante respecto al Antiguo Testamento. Kitchen protestó que, en cada caso (N. y A. Testamentos), el trabajo era masivamente desigual. Porque los especialistas del Nuevo Testamento no tienen que extenderse en el tiempo más allá del primer siglo después de Cristo, debiendo emplear sólo el griego y el latín para Europa y el hebreo y arameo para Palestina. En cambio, respecto al estudio del Antiguo Testamento es preciso enfrentarse al menos con dos mil años (tres mil, para todo el telón de fondo histórico), requiriéndose además la habilidad de manejar documentos en cantidad y variedad de lenguas (egipcio, acádico, ugarítico, asirio, hitita, por mencionar sólo algunas). Terminó su réplica, enrostrándole a Marshall: “¡Sé razonable!” (ibid.).

No obstante, acometió este plan de investigación, por lo que voy leyendo, con sólidos resultados.

En cuanto al Nuevo Testamento, dadas las facilidades recién apuntadas, no se impone tanta fatiga, en cuanto a instrumentos, que se ha de manejar.

Pero, en mi pobre impresión, noto en más de un intérprete cierta desenvoltura respecto a la “analogia fidei”, como estableciéndose en una postura “averroísta” de la “doble verdad”. Por una parte, afirman que aceptan los dogmas de la Iglesia (por ejemplo: la virginidad de María), mas, por la otra, sostienen que no encuentran apoyo en los relatos evangélicos.

Véase, por ejemplo, la más que justa reserva, con la que G. Jossa juzga la obra de otro católico (S. Légasse): “Una exigencia análoga, de ofrecer una presentación sintética, pero críticamente fundada, de los principales problemas del proceso de Jesús, mueve también al reciente volumen de S. Légasse... Pero cierta falta de equilibrio en el tratar con relativa amplitud problemas bastante marginales (como el papel histórico de la figura de Judas) y con singular rapidez cuestiones que, al contrario, son esenciales (como el valor de Mc 14, 61–62) y un escepticismo exagerado sobre el contenido histórico de las fuentes evangélicas, que induce a negar atendibilidad a demasiados episodios de los evangelios (el proceso nocturno ante el sanedrín, el recurso de Pilato a la amnistía pascual), a mi parecer, no consienten al autor alcanzar su objetivo” (G. Jossa, Il processo di Gesù, Brescia – 2002 – 11, n.1).

Un fecundo escritor, con exageradas proclividades en este sentido, es el muy difundido A. Álvarez Valdés, con sus artículos siempre breves, de buena pluma periodística, pero por lo común unilaterales, sembrando dudas, casi nunca apoyando o defendiendo la credibilidad de la Biblia, con total ausencia de aparato crítico, escudado en afirmaciones genéricas como: “Los exégetas sostienen hoy en día” (infaliblemente en contra de posturas tradicionales), sin aludir a la más mínima bibliografía y ocultando al lector apresurado las posturas de otros autores, que contradirían con buenos argumentos los que él esgrime.

 

4.      Usted es uruguayo y reside en Córdoba desde hace 15 años (habiendo enseñado allí mismo desde 1975), de modo que conoce bien la situación de la Iglesia en Uruguay y en Argentina. ¿Cuáles son en su opinión las principales diferencias entre ambas situaciones?

Se trata de una pregunta muy delicada, a la vez que complicada y siento que me llevaría una exposición excesiva ser justo en las apreciaciones y fundamentaciones de lo que pudiera yo aquí exponer.

Viniendo al núcleo de “mi” visión de las cosas (que tantos otros podrían equilibrar con puntos de vista correlativos u opuestos), desde mis estudios de juventud quedé fascinado con la obra gigantesca de Sto. Tomás de Aquino y eso en medio de un profesorado por lo general “suareciano”, como solían ser los PP. Jesuítas, que venían al Seminario de Montevideo desde el Colegio Máximo de San Miguel (Argentina).

Al comenzar la filosofía, le tocó a mi grupo la suerte de ser guiado por dos profesores (también jesuítas), que nos iniciaron concienzudamente en los principios tomistas.

A lo largo de mis posteriores estudios (en la Gregoriana: licenciatura en teología, en el Bíblico, licenciatura y doctorado en Ciencias Bíblicas), nunca me aparté de este “primer amor” (Apoc 2, 4). Más aún, me confirmé en él, al observar con qué maestría los grandes exégetas S. Lyonnet e I. De La Potterie echaban mano abundantemente del Aquinate, en su labor hermenéutica muy actual.

Comparando el estado de los estudios en Argentina y Uruguay, era evidente en el Seminario de Villa Devoto el prestigio (ganado casi a puro “autodidactismo” – porque también allí, hasta la década de los 60, enseñaron jesuítas de S. Miguel -), de filósofos y teólogos como R. Ferrara, L. Gera, C. Giaquinta, que fueron verdaderos faros irradiadores de sólida doctrina. Ferrara, pongamos por caso, conoce a fondo al Aquinate, a la vez que es experto en F. Hegel.

En Uruguay, la mayor indiferencia cubría y lo sigue haciendo (fuera de honrosas excepciones, como los heroicos colaboradores de “Fe y Razón”) a la obra de Sto. Tomás, tan recomendada por el constante magisterio de la Iglesia, incluyendo el Vaticano IIº.

Pero, en la actualidad, se están emparejando las situaciones, a mi ver, lastimosamente.

Seguimos admirando la obra póstuma de un Ferrara (El Misterio de Dios – Correspondencias y Paradojas, Salamanca – 2005), con su conocimiento casi exhaustivo de lo antiguo y lo moderno (bien cimentado en Sto. Tomás), pero se nota aquí y allá, en otros exponentes, un cierto recelo ante el magisterio de la Iglesia, posturas que desacreditan a grandes teólogos del pasado en pro de sistemas más que discutibles del presente.

¿Por ejemplo, en lugar de suprimir lisa y llanamente la cátedra de “Teología natural”, para implantar en su lugar la de “Filosofía de las religiones”, ¿no sería lo “católico” (“das katholische «und»”, como decía U. v. Balthasar), una cosa “y” la otra?

 

5.      Usted tiene una larga experiencia como Profesor de Sagrada Escritura, tanto en Montevideo como en Córdoba. ¿Qué quisiera subrayar sobre ese aspecto de su vida?

Ante todo, la desproporción de la tarea con las condiciones muy precarias de tiempo y dedicación, que exigiría un trabajo de esta envergadura.

La exégesis, siempre, pero más que nunca en su estado actual, requiere mucha, casi ininterrumpida lectura, cotejo de posiciones, biblioteca, hemeroteca.

Pero, un profesor del clero diocesano no suele gozar de todo lo que sería necesario, para llevar adelante un trabajo serio y sólido al respecto.

Haciendo lo que mis pobres fuerzas y “magra billetera” me posibilitaron, creo haber ofrecido material de estudio atendible, bebido en los mejores autores católicos y los más fiables entre los hermanos protestantes.

No todos han estado conformes con el estilo, más bien expositivo, de mi cátedra. Reconozco que exige un esfuerzo arduo para los alumnos. Pero también sostengo que es necesaria una variedad académica, en la que se ha de poder contar con la atención sostenida de los oyentes. Como sucede, por lo general, en las universidades católicas (y no católicas) de Europa y de tantas otras latitudes.

Pretender que todo profesor sea una suerte de “showman”, para poder ser aceptado, siempre me ha parecido una injusta exageración.

La participación más activa de los alumnos (sin olvidar que el esfuerzo por atender es “muy activo”), está contemplada en las ejercitaciones o “seminarios”, sobre algún tema especial. También he dirigido este tipo de docencia, creo que con algún resultado.

Es lástima que no se pueda esperar del alumnado una mayor pericia en el manejo del latín y del griego. En Montevideo estamos aventajados sobre Córdoba, en cuanto que se imparten cursos también de hebreo.

 

6.      Usted ha producido gran cantidad de escritos, muchos de los cuales permanecen inéditos. ¿Qué está escribiendo ahora? ¿Planea publicar algún libro en el futuro próximo?

Es verdad. Los trabajos que he podido ofrecer se han referido siempre a puntos concretos para artículos de revistas, congresos internacionales o sesiones de estudio, tanto en la trayectoria de la actual Facultad de Teología del Uruguay como en otras casas de formación.

Por ahora no tengo en vista estudio alguno en especial. Me encuentro a la espera de los temas que me propongan los religiosos del Verbo Encarnado de San Rafael (Mendoza), que habitualmente celebran jornadas bíblicas en honor a S. Jerónimo, en torno al día de su fiesta, a fines de setiembre.

Si pudiera gozar de algún año sabático, me gustaría dedicarme a la indagación de la “historicidad” de los libros bíblicos, en especial del Nuevo Testamento, ya que noto, a veces, posturas que causan mi asombro. Por un lado, se profesa por activa y por pasiva que lo característico de la religión judeo-cristiana se diferencia de las otras por su carácter “histórico” (“Historia Salutis”). Por el otro, no se deja de interpretar sólo simbólicamente muchos hechos bíblicos, sobre todo los que tienen que ver con lo milagroso y lo sobrenatural.

 

7.      Usted ha colaborado con el sitio web “Fe y Razón” casi desde sus inicios en 1999. ¿Cómo valora usted esta experiencia?

Como un gran consuelo y un enorme honor. Sostengo que se trata de un esfuerzo fuera de lo común, serio, ponderado, sostenido por la mejor tradición de la Iglesia, en un afán de difusión de la sana doctrina, respondiendo con argumentos más que atendibles a las tesis adversarias, con todo respeto y conocimiento honesto de las posturas diferentes.

La frase de Tomás, con la que han caracterizado su empeño, no pudo haber sido más felizmente lograda, porque indica la apertura a todo tipo de “semillas del Verbo”, esparcidas por doquier, sin caer, con todo, en un sincretismo “new age”, donde todo vale en pro de una vaga camaradería anodina. Es el “Espíritu Santo” una persona muy concreta del Dios Unitrino, el que difunde la verdad por doquier, para hacerla converger hacia la única verdad del Evangelio de Cristo.

No se practica un diálogo meramente cortés, sino el que trata de ir al fondo de las cosas, sin pretensiones de “protagonismos” o rebeldías, que, desgraciadamente, caracterizan a más de un “teólogo” en nuestros días.

El haber podido brindar alguna colaboración en esta empresa, encarada sólo con el único afán de buscar la gloria de Dios y la difusión del Evangelio, ha significado para mí una muy honda satisfacción, entre otras cosas porque ha suscitado igualmente contactos con personas de distintas latitudes, que se han dirigido a mí con consultas, que, a Dios gracias, he podido resolver, con los medios de que dispongo.

Por todo lo cual, no me queda más que agradecer la hospitalidad, que se me ha brindado, al mismo tiempo que rogar al Señor, que sostenga la lucidez de la “razón” de cuantos trabajan para fortalecer la “fe”.

 

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Benedicto XVI presenta los desafíos que afronta Uruguay

Discurso al recibir las cartas credenciales del nuevo embajador

CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 30 junio 2006 (ZENIT.org).

Publicamos el discurso que dirigió Benedicto XVI este viernes al nuevo embajador de Uruguay ante la Santa Sede, Mario Juan Bosco Cayota Zappettino, en la ceremonia de entrega de las cartas credenciales.

* * *

 Señor Embajador:

1. Me es grato darle cordialmente la bienvenida a este acto en que me hace entrega de las Cartas Credenciales de Embajador extraordinario y plenipotenciario de la República Oriental del Uruguay ante la Santa Sede. Le agradezco las amables palabras que me ha dirigido, así como el atento saludo del Señor Presidente de la República, doctor Tabaré Vázquez Rosas, del que se ha hecho portador. Le ruego que le transmita mis mejores deseos de bienestar personal y familiar, así como mis mejores votos de prosperidad y convivencia pacífica y solidaria para esa noble Nación.

2. En su trayectoria histórica, Uruguay ha ido asumiendo los ideales cristianos de justicia y de paz. En su seno conviven pacíficamente y con mutuo respeto diversas concepciones del hombre y su destino, sin que ello menoscabe el aprecio sincero y real por la dimensión religiosa y, en particular, por la misión de la Iglesia. Una muestra del afecto de tantos uruguayos por la Sede Apostólica es, como ha dicho Vuestra Excelencia, el imperecedero recuerdo de las dos visitas a su País de mi venerado predecesor, Juan Pablo II, que ha quedado plasmado en un monumento en el lugar donde celebró su primera Misa en Montevideo.

Desde esta perspectiva, es de esperar que la visión cristiana del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, y llamado a un destino sobrenatural, se pueda manifestar abiertamente en la educación de las nuevas generaciones. En efecto, la tarea educativa no ha de limitarse a lo meramente técnico y profesional, sino que ha de comprender todos los aspectos de la persona, de su faceta social y de su anhelo de trascendencia, que se manifiesta en una de sus más nobles dimensiones, como es el amor.

3. Los valores más altos, arraigados en el corazón de las personas y en el tejido social, son como el alma de los pueblos, que los hace fuertes en la adversidad, generosos en la colaboración leal e ilusionados en la construcción de un futuro mejor y lleno de vida, en la que todos sin excepción tengan la oportunidad de desarrollar la plena dignidad del ser humano. Por eso se ven con preocupación algunas tendencias que tratan de limitar el valor inviolable de la vida humana misma, desde su concepción hasta su ocaso natural, o de disociarla de su ambiente natural, como es el amor humano en el matrimonio y la familia. La Iglesia promueve ciertamente una "cultura de la vida", generosa y creadora de esperanza, y no sólo por motivos estrictamente confesionales. Como bien sabe, Señor Embajador, hay muchas personas eminentes, también en su País, que comparten preocupaciones similares por motivos éticos y racionales.

Con ello se relaciona, por su propia naturaleza, la cuestión de la familia, estructura esencial de la sociedad, y de la unión en matrimonio de un hombre y una mujer, según el designio impreso por el Creador en la naturaleza humana. No faltan quienes desde algunos medios de comunicación social denigran o ridiculizan el alto valor del matrimonio y la familia, favoreciendo así el egoísmo y la desorientación, en vez de la generosidad y el sacrificio necesarios para mantener vigorosa esta auténtica "célula primaria" de la comunidad humana. Fomentar la familia, ayudarla a cumplir sus cometidos indispensables, es ganar también cohesión social y, sobre todo, respetar sus propios derechos, que no pueden ser disipados ante otras formas de unión que pretendieran usurparlos.

4. Hoy día, el vasto problema de la pobreza y la marginación es un desafío apremiante para los gobernantes y responsables de las instituciones públicas. Por otro lado, el llamado proceso de globalización ha creado nuevas posibilidades y también nuevos riesgos, que es necesario afrontar en el concierto más amplio de las Naciones. Es una oportunidad para ir tejiendo como una red de comprensión y solidaridad entre los pueblos, sin reducir todo a intercambios meramente mercantiles o pragmáticos, y en la que tengan cabida también los problemas humanos de cada lugar y, en particular, de los emigrantes forzados a dejar su tierra en busca de mejores condiciones de vida, lo que a veces comporta graves secuelas en el ámbito personal, familiar y social.

La Iglesia, al considerar el ejercicio de la caridad como una dimensión esencial de su ser y su misión, desarrolla de manera abnegada una valiosa atención a los necesitados de cualquier condición o proveniencia, y colabora en esta tarea con las diversas entidades e instituciones públicas con el fin de que a nadie en busca de apoyo le falte una mano amiga que le ayude a superar su dificultad. Para ello ofrece sus recursos personales y materiales, pero sobre todo la cercanía humana que trata de socorrer la pobreza más triste, la soledad y el abandono, sabiendo que «el amor, en su pureza y gratuidad, es el mejor testimonio del Dios en que creemos y que nos impulsa a amar» (Encíclica Deus caritas est, 31, c).

5. Señor Embajador, antes de concluir este encuentro deseo expresarle mis mejores deseos para que la misión que comienza sea fecunda y contribuya a estrechar las relaciones diplomáticas de su País con la Santa Sede, haciéndolas al mismo tiempo fluidas y cordiales. Le ruego nuevamente que se haga intérprete de mis sentimientos y esperanzas ante el Excelentísimo Señor Presidente de la República y demás Autoridades de su País, a la vez que invoco la maternal protección de la Virgen de los Treinta y Tres sobre Vuestra Excelencia, su distinguida familia, sus colaboradores y los queridos hijos e hijas uruguayos.

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La abolición del hombre

Comunicado Nº 1/06 de “Derecho y Vida”

 

Asociación civil (en formación) “Derecho y Vida”

 

El pasado viernes 30 de junio, en el Palacio Legislativo, tuvo lugar un “Coloquio sobre el Proyecto de Ley de Defensa del Derecho a la Salud Sexual y Reproductiva”, organizado por la Comisión de Género y Equidad del Nuevo Espacio. Participaron cinco panelistas: tres partidarios de dicho proyecto de ley (Lilian Abracinskas, Lic. Teresa Herrera, Dr. Manuel Novoa) y dos opositores al mismo, miembros de esta asociación, los Dres. María Lourdes González y Gustavo Ordoqui Castilla.

 

La Dra. González reflexionó sobre las inquietantes perspectivas que los “principios rectores y principios éticos” establecidos en el proyecto de ley plantean en lo referente a la educación sexual. En efecto, del Artículo 3º inciso b) se deduce que toda persona tiene un supuesto derecho a procurar el placer sexual según sus preferencias, salvo el caso del daño directo a otros. Además, del Artículo 3º inciso e) se deduce que toda persona tiene derecho a utilizar prácticamente cualquier medio para evitar la reproducción, sin limitaciones éticas. Lo insólito es que el Estado debe garantizar (art 1) y promocionar (art 6 a2) el ejercicio pleno de estos derechos sexuales.

 

Estos “principios” y otros semejantes manifiestan una ideología fundada sobre una antropología individualista y hedonista y un subjetivismo  moral totalmente inadmisibles.

 

Dado que no podemos desarrollar aquí nuestras profundas discrepancias con esta ideología (cosa que sí haremos en un próximo Comunicado), nos limitamos de momento a señalar su carácter sumamente controvertido. Es inaceptable que el Estado se adhiera formalmente a una filosofía cuestionable. Esto sería un gravísimo atentado a la laicidad correctamente entendida (art 5 de la Constitución).

 

En la primera de sus dos ponencias, el Dr. Ordoqui puso de manifiesto un peligroso aspecto del proyecto de ley, que hasta ahora ha pasado mayormente inadvertido por la opinión pública, introducido como verdadero “caballo de troya”. En efecto, en los Artículos 2º, 4º y 6º el proyecto asume oficialmente la llamada “perspectiva de género”. No es extraño que el proyecto no defina el novedoso concepto de “género”. La ambigüedad terminológica es fundamental para poder lograr la manipulación a través del lenguaje. La “perspectiva de género” es una ideología feminista radical de origen reciente, pero de creciente influencia en círculos de poder de todo el mundo. Sostiene que no es el sexo biológico, sino el “género” (una mera construcción cultural, totalmente modificable por la voluntad de cada uno) el que define la libre orientación sexual de la persona. En definitiva, según esta perspectiva, uno no nace hombre o mujer, sino que se hace hombre o mujer (o gay, lesbiana, bisexual, travesti, etc.) por su propia decisión, más allá de irrelevantes datos biológicos. Preguntamos por qué un Estado laico debería adherirse a la perspectiva de género, una ideología falsa o al menos muy cuestionable en tantos aspectos.

 

En su segunda ponencia el Dr. Ordoqui subrayó que el proyecto de ley viola el derecho fundamental a la vida de los seres humanos no nacidos e incurre en exabruptos jurídicos, al considerar el aborto como un derecho de la mujer, en contradicción con nuestra Constitución (art 9), y como un acto médico (art 16), en contradicción con la esencia de la profesión médica (Juramento Hipocrático).

 

Además, el proyecto no reconoce totalmente el derecho a la objeción de conciencia (art 17) y viola el derecho a la libertad de asociación (art 16), al obligar a todas las mutualistas privadas (independientemente de su ideario) a realizar abortos. Destacó el disertante cómo en esta ocasión en la exposición de motivos ya no se falta más a la verdad inventando porcentajes de mujeres muertas por abortos en condiciones de riesgo y cómo ya no se invoca más a la pobreza de la mujer para justificar el aborto, quedando claro que se busca legalizar al aborto sin causa por la sola voluntad de la mujer.

 

Impresionó la debilidad argumental de los tres expositores favorables al proyecto (Dr. Novoa, Lic. Herrera y Sra. Abracinskas) que se limitaron a repetir la tesis fácilmente refutable de que: el hijo es parte del  cuerpo de su madre y la mujer debe poder hacer con su cuerpo lo que quiera; se debe procurar reducir la mortalidad materna por abortos en condiciones de riesgo a cualquier precio; hay una aceptación social generalizada del aborto; la penalización del aborto es una imposición del dogma católico a toda la población; hasta la semana 12 de embarazo no hay vida humana (Abracinskas, en versión contradictoria con la del Dr. Novoa).

 

Dentro de los errores expuestos se destacó la afirmación de la Lic. Herrera de que hasta el Concilio de Trento la Iglesia Católica enseñó que las mujeres no tenían alma, manifestando así una increíble ignorancia en teología e historia de la Iglesia. Uno se pregunta por qué entonces las mujeres católicas se esforzaban por ir al cielo y por qué tantas mujeres eran canonizadas por la Iglesia. ¿Cómo es posible afirmar seriamente que la Iglesia antigua y medieval consideraba a la Virgen María, por ejemplo, como un ser irracional?

 

Los panelistas favorables al proyecto dejaron sin respuesta muchas de las preguntas y objeciones más difíciles del público presente: ¿Cuándo comienza la vida humana? ¿Cómo un derecho se puede transformar en crimen punible de la noche a la mañana (a los 85 días de embarazo)? ¿Cómo se van a medir las doce semanas? ¿En qué quedan los derechos y responsabilidades de los padres (varones)? ¿Cómo se justifica el desconocimiento de la patria potestad y del derecho a la objeción de conciencia personal e institucional? ¿No es cierto que los “principios” del proyecto, desarrollados con coherencia, conducen a considerar al sadomasoquismo, la zoofilia, la necrofilia, la poligamia, la poliandria y un largo etcétera como orientaciones sexuales moralmente legítimas, que el Estado debe tutelar en pie de igualdad con el ejercicio natural de la sexualidad humana?

 

Como pueblo nos encontramos ante una encrucijada decisiva. Se nos propone caminar hacia una legislación libre de toda referencia a un orden moral objetivo. Manifestamos nuestra protesta y nuestro desacuerdo. Y alzamos una voz de alerta: por esta vía nos encaminaríamos hacia una disolución de la sociedad basada en la verdad del hombre. Las consecuencias nefastas de esta opción, ya presentes en germen, no tardarían en desarrollarse.

 

Montevideo, 4 de julio de 2006.

 

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Se realizó en Montevideo la Primera Jornada Arquidiocesana sobre Familia y Vida

Comunicado Nº 2/06 de “Derecho y Vida”

 

Asociación civil (en formación) “Derecho y Vida”

 

Del 1º al 9 de julio de 2006 tuvo lugar en Valencia (España) el V Encuentro Mundial de las Familias, cuyo tema central fue «La transmisión de la fe en la familia». Se estima que un millón y medio de personas asistieron al Encuentro, el que, durante los últimos dos días, contó con la participación del Papa Benedicto XVI.

 

En sintonía con este Encuentro, el pasado domingo 23 de julio de 09:00 a 13:00 horas tuvo lugar en el Hotel Best Western Palladium (en el barrio montevideano del Buceo) la Primera Jornada Arquidiocesana sobre Familia y Vida, organizada por la Comisión Arquidiocesana de Bioética y la Pastoral Familiar Arquidiocesana. El evento se desarrolló en un hermoso salón de actos, con la presencia de unas 70 personas, entre las cuales cabe destacar al Sr. Nuncio Apostólico en Uruguay Mons. Janusz Bolonek, el Secretario de la Nunciatura R.P. Giuseppe Laterza y el Sr. Oscar Bustos, de la ONG argentina “Jóvenes por la Vida”.

 

En el acto de apertura hizo uso de la palabra en primer lugar el Pbro. Ernesto Diano, Vicario para la Familia, quien realizó una introducción general a la Jornada, subrayando que en su viaje apostólico a Valencia el Papa Benedicto XVI “no se apartó del tono de quien propone”. A continuación el Ing. Daniel Iglesias, de la Comisión Arquidiocesana de Bioética, presentó los principales conceptos expuestos por el Papa Benedicto XVI en Valencia, subrayando el anuncio de la verdad sobre la familia y el impulso de determinadas acciones concretas a favor de la familia.

 

Seguidamente se escucharon siete ponencias, cada una de ellas de quince o veinte minutos de duración.

 

Agustín Aishemberg y Margarita Gorlero de Aishemberg, de la Pastoral Familiar Arquidiocesana, presentaron una ponencia sobre el matrimonio como camino de santidad, apoyándose en el Magisterio y en los Padres de la Iglesia y ofreciendo al resto de las ponencias un marco teológico adecuado.

 

La Dra. Inés Garicoïts, Directora del Instituto de Ciencias Familiares, expuso sobre los métodos naturales de regulación de la fecundidad y su esencial diferencia con la anticoncepción. Desde el punto de vista moral no es igual usar métodos naturales para regular los nacimientos que usar métodos artificiales. En esta materia la Iglesia Caólica enseña a los matrimonios herramientas que les permiten conquistar el amor conyugal tal como lo concibió Dios Creador para beneficio de su creatura.

 

El Dr. Alexander Lyford Pike, Director del Instituto de Psiquiatría y Psicología de Montevideo, mostró algunos resultados de recientes estudios científicos sobre anomalías anatómicas y hormonales que inciden en la aparición de la tendencia homosexual en algunas personas y subrayó que mediante terapias cognitivas la mayoría de esas personas puede superar esa tendencia y llegar a ejercer su sexualidad de un modo conforme con la naturaleza humana.

 

El Lic. Néstor Martínez, de la Comisión Arquidiocesana de Bioética, presentó una ponencia sobre la perspectiva de género. Subrayó las diferencias entre el feminismo entendido como reivindicación de los derechos de la mujer y el feminismo radical de género, cuyas fuentes filosóficas se hallan en el nominalismo y el marxismo. La perspectiva de género se aparta de la filosofía realista, propia del sentido común de la humanidad, y sirve de base a las propuestas de supuestos nuevos derechos humanos, como el derecho al aborto y a la homosexualidad.

 

El Dr. Pedro Montano, Profesor de Derecho Penal de la Universidad de la República, destacó que el aborto no debe ser considerado únicamente desde el punto de vista de la política criminal y planteó las líneas fundamentales de un proyecto de ley de promoción solidaria de la mujer, el niño y la familia elaborado por él y otros abogados. Este proyecto contiene disposiciones sobre la ayuda familiar, la asignación familiar de emergencia, la vivienda, la adopción común e internacional, los centros de acogida maternal, las suplencias por licencia maternal y el embrión humano.

 

El Dr. Mariano Brito, Rector de la Universidad de Montevideo, expuso sobre la relación entre la familia y el Estado, destacando la importancia de que el Estado se atenga a su rol subsidiario con respecto a la familia, sin avasallarla, y de que la sociedad civil (y dentro de ella especialmente las asociaciones familiares) asuma el rol protagónico que le corresponde en los asuntos públicos referidos a la familia.

 

El R.P. Lic. Antonio Ocaña SJ, Rector de la Universidad Católica del Uruguay, contrapuso la antropología individualista (que parece prevalecer hoy día), la que propone como ideal al individuo humano con absoluta libertad de elección y sin vínculos permanentes con los demás, a la antropología cristiana, según la cual el hombre nace, se desarrolla y se realiza plenamente sólo a través de su relación con Dios y con los otros. Según la visión cristiana del hombre, el amor, lejos de anular la libertad, es lo único que le da sentido y cumplimiento. Por eso la transmisión de la fe de padres a hijos no es una imposición sino un don magnífico. 

 

Después de un interesante intercambio de preguntas y respuestas entre el público y los panelistas, Mons. Dr. Nicolás Cotugno SDB, Arzobispo de Montevideo, pronunció unas palabras finales, proclamando las Conclusiones de la Jornada. Mons. Cotugno exhortó a todos los fieles católicos, particularmente a los laicos, a oponerse a las inicitivas políticas y legislativas contrarias a los derechos de la familia y anunció que esta Primera Jornada Arquidiocesana sobre Familia y Vida será seguida por otras actividades orientadas en la misma dirección.

 

Todas las ponencias y alocuciones de este evento serán publicadas en un libro y en el blog de la Jornada, que ya está disponible en la siguiente dirección: http://www.primera-jornada.blogspot.com .

 

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Primera Jornada Arquidiocesana sobre Familia y Vida - Montevideo, 23 de julio de 2006

Principales conceptos expuestos por el Papa Benedicto XVI en Valencia

 

Daniel Iglesias Grèzes

 

El propósito de mi presentación es ofrecerles un resumen de los ocho discursos, mensajes y homilías que el Papa Benedicto XVI pronunció durante su viaje apostólico a Valencia los días 8 y 9 de julio de 2006, con motivo del V Encuentro Mundial de las Familias. Durante la ceremonia de bienvenida en el Aeropuerto, el Papa Benedicto XVI manifestó el objetivo de su visita a Valencia con las siguientes palabras:

 

“El motivo de esta esperada visita es participar en el V Encuentro Mundial de las Familias, cuyo tema es «La transmisión de la fe en la familia». Mi deseo es proponer el papel central, para la Iglesia y la sociedad, que tiene la familia fundada en el matrimonio. Ésta es una institución insustituible según los planes de Dios, y cuyo valor fundamental la Iglesia no puede dejar de anunciar y promover, para que sea vivido siempre con sentido de responsabilidad y alegría.”

 

Considerando este doble objetivo del Papa (anunciar y promover el valor fundamental de la familia), dividiremos nuestra exposición en dos partes: una parte doctrinal, orientada a proponer la verdad sobre la familia, y una parte práctica, orientada a impulsar acciones a favor de la familia.

 

Pasemos entonces a la primera parte, o sea al anuncio de la verdad sobre la familia. 

 

En primer lugar el Papa ha subrayado que la familia está fundada sobre la alianza matrimonial entre un hombre y una mujer y ha recordado las propiedades esenciales del matrimonio. En la Vigilia del sábado, durante el Encuentro Festivo y Testimonial, Benedicto XVI dijo lo siguiente:

 

“La familia es el ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y recibir amor. Por eso la Iglesia manifiesta constantemente su solicitud pastoral por este espacio fundamental para la persona humana. Así lo enseña en su Magisterio: "Dios, que es amor y creó al hombre por amor, lo ha llamado a amar. Creando al hombre y a la mujer, los ha llamado en el Matrimonio a una íntima comunión de vida y amor entre ellos, «de manera que ya no son dos, sino una sola carne»".

Ésta es la verdad que la Iglesia proclama sin cesar al mundo. Mi querido predecesor Juan Pablo II, decía que "El hombre se ha convertido en ‘imagen y semejanza’ de Dios, no sólo a través de la propia humanidad, sino también a través de la comunión de las personas que el varón y la mujer forman desde el principio. Se convierten en imagen de Dios, no tanto en el momento de la soledad, cuanto en el momento de la comunión".

La familia […] se apoya sobre todo en una profunda relación interpersonal entre el esposo y la esposa, sostenida por el afecto y comprensión mutua. Para ello recibe la abundante ayuda de Dios en el sacramento del matrimonio, que comporta verdadera vocación a la santidad. […]

La familia es un bien necesario para los pueblos, un fundamento indispensable para la sociedad y un gran tesoro de los esposos durante toda su vida. Es un bien insustituible para los hijos, que han de ser fruto del amor, de la donación total y generosa de los padres. Proclamar la verdad integral de la familia, fundada en el matrimonio como Iglesia doméstica y santuario de la vida, es una gran responsabilidad de todos.

El padre y la madre se han dicho un "sí" total ante Dios, lo cual constituye la base del sacramento que les une; asimismo, para que la relación interna de la familia sea completa, es necesario que digan también un "sí" de aceptación a sus hijos”.

 

En segundo lugar, y en consonancia con el tema central del Encuentro, el Papa subrayó la misión educativa de la familia. En el mismo discurso de la Vigilia, Benedicto XVI dijo lo siguiente:

 

“Junto con la transmisión de la fe y del amor del Señor, una de las tareas más grandes de la familia es la de formar personas libres y responsables. Por ello los padres han de ir devolviendo a sus hijos la libertad, de la cual durante algún tiempo son tutores. Si éstos ven que sus padres -y en general los adultos que les rodean- viven la vida con alegría y entusiasmo, incluso a pesar de las dificultades, crecerá en ellos más fácilmente ese gozo profundo de vivir que les ayudará a superar con acierto los posibles obstáculos y contrariedades que conlleva la vida humana. Además, cuando la familia no se cierra en sí misma, los hijos van aprendiendo que toda persona es digna de ser amada, y que hay una fraternidad fundamental universal entre todos los seres humanos.

Este V Encuentro Mundial nos invita a reflexionar sobre un tema de particular importancia y que comporta una gran responsabilidad para nosotros: "La transmisión de la fe en la familia". Lo expresa muy bien el Catecismo de la Iglesia Católica: "Como una madre que enseña a sus hijos a hablar y con ello a comprender y comunicar, la Iglesia, nuestra Madre, nos enseña el lenguaje de la fe para introducirnos en la inteligencia y la vida de fe".

Como se simboliza en la liturgia del bautismo, con la entrega del cirio encendido, los padres son asociados al misterio de la nueva vida como hijos de Dios, que se recibe con las aguas bautismales.

Transmitir la fe a los hijos, con la ayuda de otras personas e instituciones como la parroquia, la escuela o las asociaciones católicas, es una responsabilidad que los padres no pueden olvidar, descuidar o delegar totalmente. "La familia cristiana es llamada Iglesia doméstica, porque manifiesta y realiza la naturaleza comunitaria y familiar de la Iglesia en cuanto familia de Dios. Cada miembro, según su propio papel, ejerce el sacerdocio bautismal, contribuyendo a hacer de la familia una comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y cristianas y lugar del primer anuncio de la fe a los hijos". […]

Este encuentro da nuevo aliento para seguir anunciando el Evangelio de la familia, reafirmar su vigencia e identidad basada en el matrimonio abierto al don generoso de la vida, y donde se acompaña a los hijos en su crecimiento corporal y espiritual. De este modo se contrarresta un hedonismo muy difundido, que banaliza las relaciones humanas y las vacía de su genuino valor y belleza. Promover los valores del matrimonio no impide gustar plenamente la felicidad que el hombre y la mujer encuentran en su amor mutuo. La fe y la ética cristiana, pues, no pretenden ahogar el amor, sino hacerlo más sano, fuerte y realmente libre. Para ello, el amor humano necesita ser purificado y madurar para ser plenamente humano y principio de una alegría verdadera y duradera.”

 

En la homilía de la Misa de clausura del Encuentro, Benedicto XVI continuó desarrollando el tema de la familia como escuela de humanidad y transmisora de la fe. Dijo lo siguiente:

 

“Ningún hombre se ha dado el ser a sí mismo ni ha adquirido por sí solo los conocimientos elementales para la vida. Todos hemos recibido de otros la vida y las verdades básicas para la misma, y estamos llamados a alcanzar la perfección en relación y comunión amorosa con los demás. La familia, fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, expresa esta dimensión relacional, filial y comunitaria, y es el ámbito donde el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral.

Cuando un niño nace, a través de la relación con sus padres empieza a formar parte de una tradición familiar, que tiene raíces aún más antiguas. Con el don de la vida recibe todo un patrimonio de experiencia. A este respecto, los padres tienen el derecho y el deber inalienable de transmitirlo a los hijos: educarlos en el descubrimiento de su identidad, iniciarlos en la vida social, en el ejercicio responsable de su libertad moral y de su capacidad de amar a través de la experiencia de ser amados y, sobre todo, en el encuentro con Dios. Los hijos crecen y maduran humanamente en la medida en que acogen con confianza ese patrimonio y esa educación que van asumiendo progresivamente. De este modo son capaces de elaborar una síntesis personal entre lo recibido y lo nuevo, y que cada uno y cada generación está llamado a realizar. […]

La fe no es, pues, una mera herencia cultural, sino una acción continua de la gracia de Dios que llama y de la libertad humana que puede o no adherirse a esa llamada. Aunque nadie responde por otro, sin embargo los padres cristianos están llamados a dar un testimonio creíble de su fe y esperanza cristiana. Han de procurar que la llamada de Dios y la Buena Nueva de Cristo lleguen a sus hijos con la mayor claridad y autenticidad. […]

La familia cristiana transmite la fe cuando los padres enseñan a sus hijos a rezar y rezan con ellos; cuando los acercan a los sacramentos y los van introduciendo en la vida de la Iglesia; cuando todos se reúnen para leer la Biblia, iluminando la vida familiar a la luz de la fe y alabando a Dios como Padre.

En la cultura actual se exalta muy a menudo la libertad del individuo concebido como sujeto autónomo, como si se hiciera él sólo y se bastara a sí mismo, al margen de su relación con los demás y ajeno a su responsabilidad ante ellos. Se intenta organizar la vida social sólo a partir de deseos subjetivos y mudables, sin referencia alguna a una verdad objetiva previa como son la dignidad de cada ser humano y sus deberes y derechos inalienables a cuyo servicio debe ponerse todo grupo social. La Iglesia no cesa de recordar que la verdadera libertad del ser humano proviene de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios. Por ello, la educación cristiana es educación de la libertad y para la libertad.”

 

Pasemos ahora a la segunda parte de esta exposición, o sea a la propuesta de acciones prácticas a favor de la familia. 

 

En la homilía de la Misa, Benedicto XVI exhortó a los esposos a permanecer abiertos al Espíritu Santo y a pedir su ayuda. Dijo el Papa:

 

“Él no dejará de comunicarles el amor de Dios Padre manifestado y encarnado en Cristo. La presencia del Espíritu ayudará a los esposos a no perder de vista la fuente y medida de su amor y entrega, y a colaborar con él para reflejarlo y encarnarlo en todas las dimensiones de su vida. El Espíritu suscitará asimismo en ellos el anhelo del encuentro definitivo con Cristo en la casa de su Padre y Padre nuestro.”

 

En la Vigilia, Benedicto XVI pidió a toda la comunidad eclesial que apoye a las familias, sobre todo a las que están en situaciones difíciles. Dijo lo siguiente:

 

“Los desafíos de la sociedad actual, marcada por la dispersión que se genera sobre todo en el ámbito urbano, hacen necesario garantizar que las familias no estén solas. Un pequeño núcleo familiar puede encontrar obstáculos difíciles de superar si se encuentra aislado del resto de sus parientes y amistades. Por ello, la comunidad eclesial tiene la responsabilidad de ofrecer acompañamiento, estímulo y alimento espiritual que fortalezca la cohesión familiar, sobre todo en las pruebas o momentos críticos. En este sentido, es muy importante la labor de las parroquias, así como de las diversas asociaciones eclesiales, llamadas a colaborar como redes de apoyo y mano cercana de la Iglesia para el crecimiento de la familia en la fe.”

 

En la homilía de la Misa, el Papa invitó a todos, especialmente a las asociaciones familiares eclesiales, a trabajar a favor del matrimonio y de la familia. Dijo lo siguiente:

 

“Para avanzar en ese camino de madurez humana, la Iglesia nos enseña a respetar y promover la maravillosa realidad del matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que es, además, el origen de la familia. Por eso, reconocer y ayudar a esta institución es uno de los mayores servicios que se pueden prestar hoy día al bien común y al verdadero desarrollo de los hombres y de las sociedades, así como la mejor garantía para asegurar la dignidad, la igualdad y la verdadera libertad de la persona humana.

En este sentido, quiero destacar la importancia y el papel positivo que a favor del matrimonio y de la familia realizan las distintas asociaciones familiares eclesiales. Por eso, "deseo invitar a todos los cristianos a colaborar, cordial y valientemente con todos los hombres de buena voluntad, que viven su responsabilidad al servicio de la familia", para que uniendo sus fuerzas y con una legítima pluralidad de iniciativas contribuyan a la promoción del verdadero bien de la familia en la sociedad actual.”

 

En su discurso en la Vigilia, Benedicto XVI exhortó a los gobernantes a legislar respetando los derechos de las familias. Dijo lo siguiente:

 

Invito, pues, a los gobernantes y legisladores a reflexionar sobre el bien evidente que los hogares en paz y en armonía aseguran al hombre, a la familia, centro neurálgico de la sociedad, como recuerda la Santa Sede en la Carta de los Derechos de la Familia. El objeto de las leyes es el bien integral del hombre, la respuesta a sus necesidades y aspiraciones. Esto es una ayuda notable a la sociedad, de la cual no se puede privar y para los pueblos es una salvaguarda y una purificación.”

 

En su Carta a los Obispos Españoles, entregada durante su visita a la Catedral de Valencia, Benedicto XVI invitó a los Obispos a proseguir una incesante e incisiva pastoral familiar en vuestras diócesis, que haga entrar en cada hogar el mensaje evangélico, que fortalece y da nuevas dimensiones al amor, ayudando así a superar las dificultades que encuentra en su camino.”

 

Además el Papa alentó a los Obispos a seguir combatiendo al secularismo. Escribió lo siguiente:

 

“Conozco y aliento el impulso que estáis dando a la acción pastoral, en un tiempo de rápida secularización, que a veces afecta incluso a la vida interna de las comunidades cristianas. Seguid, pues, proclamando sin desánimo que prescindir de Dios, actuar como si no existiera o relegar la fe al ámbito meramente privado, socava la verdad del hombre e hipoteca el futuro de la cultura y de la sociedad. Por el contrario, dirigir la mirada al Dios vivo, garante de nuestra libertad y de la verdad, es una premisa para llegar a una humanidad nueva. El mundo necesita hoy de modo particular que se anuncie y se dé testimonio de Dios que es amor y, por tanto, la única luz que, en el fondo, ilumina la oscuridad del mundo y nos da la fuerza para vivir y actuar.”

 

Concluimos esta presentación recordando que el domingo 9, durante la ceremonia de despedida en el Aeropuerto, Benedicto XVI encomendó a Dios los frutos del Encuentro, diciendo: “Confío en que, con la ayuda del Altísimo y la maternal protección de la Virgen María, este Encuentro siga resonando como un canto gozoso del amor, de la vida y de la fe compartida en las familias, ayudando al mundo de hoy a comprender que la alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer establecen un vínculo permanente, es un gran bien para toda la humanidad.”

Que así sea.

 

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Primera Jornada Arquidiocesana sobre Familia y Vida - Montevideo, 23 de julio de 2006

La familia y la perspectiva de género

 

Lic. Néstor Martínez

 

Frente a un “feminismo” entendido como reivindicación de los derechos de la mujer, en un contexto de aceptación de la común dignidad de persona humana y de diferencia natural con el varón, se plantea otro feminismo, el feminismo “de género”, para el cual “la inexistencia de una esencia femenina o masculina nos lleva a desechar la supuesta superioridad de un sexo sobre otro” (Marta Lamas).

Citamos a continuación a la “Wikipedia” en Internet, fiel portavoz del pensamiento “políticamente correcto” y de moda:

“Género es una categoría de análisis en sociología y antropología, que más bien corresponde a la idea de rol sexual denotando un conjunto de normas y convenciones sociales del comportamiento sexual de las personas.

Los "Estudios de Género" forman parte de la reciente tradición de los Estudios Culturales (Cultural Studies) que iniciaron en universidades de Inglaterra y Estados Unidos a partir de los 1960s/70s. Sin embargo, sus antecedentes son mucho más antiguos. En 1949, Simone de Beauvoir afirma la frase que inicia el movimiento feminista del siglo XX: "Una no nace mujer, sino que llega a serlo."

El "Género" o rol sexual en sentido amplio es lo que significa ser hombre o mujer, y cómo define este hecho las oportunidades, los papeles, las responsabilidades y las relaciones de una persona.

Mientras que el sexo es biológico, el "Género" o rol sexual está definido socialmente. Por tanto, esos significados variarán de acuerdo con la cultura, la comunidad, la familia y las relaciones, y con cada generación y en el curso del tiempo.

A partir de estos "géneros" aparecen unos estereotipos de género, que son el conjunto de creencias existentes sobre las características que se consideran apropiadas para hombres y para mujeres. Estos serían la feminidad para las mujeres y la masculinidad para los hombres.

Y estos estereotipos a su vez crean los roles sexuales, es decir, es la forma en la que se comportan, realizan su vida cotidiana, hombres y mujeres en base a lo que se considera apropiado para cada uno.”

A esta caracterización de la Wikipedia hay que agregar que la teoría o perspectiva del género es de origen marxista, es decir, se presenta como una variante “feminista” del marxismo. Algunos colocan su origen en un artículo publicado por la antropóloga Gayle Rubin en 1975, titulado “The Traffic in Women: Notes on the Political Economy of Sex”, en el cual hace una adaptación feminista de las teorías de Marx, Engels, Freud, Lacan y Levi-Strauss.

 

La idea de fondo es que la versión tradicional del “género” como basado en la naturaleza humana justifica la dominación y la explotación sobre la base de las diferencias sexuales.

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Estamos por tanto ante una negación de la naturaleza humana, que tiene su base última en la filosofía nominalista que impregna toda la modernidad.

El nominalismo es una corriente filosófica que niega que exista una naturaleza o esencia inmutable de las cosas y que nuestros conceptos nos la puedan dar a conocer. Lo comprendido mediante nuestros conceptos no existe en la realidad independientemente de nosotros. Nuestros conceptos serían solamente productos mentales y, por tanto, cambiantes y variables histórica y culturalmente.

Se opone al realismo, que sostiene que mediante nuestros conceptos, que abstraemos de la experiencia, llegamos a conocer, aunque sea en forma limitada e imperfecta, lo que las cosas son. El realismo sostiene que los individuos sí cambian, obviamente, pero que las naturalezas o esencias de esos individuos son necesarias e inmutables.

Es decir, por ejemplo, si un perro muere, ya no es perro, sino cadáver. Pero la naturaleza o esencia del perro no puede cambiar; concretamente, no puede ser que a partir de una fecha determinada “ser perro” no incluya, como nota necesaria, “ser mamífero”, por ejemplo.

El sentido común nos dice que hay ciertas características necesarias, por ejemplo, para ser un perro, como ser mamífero o ser carnívoro. Sin alguna de esas características, no se puede ser perro.

Pero además, no puede ser que esas características sean en número infinito, porque entonces nunca llegaría a haber perros. Luego, hay un conjunto finito de características que es a su vez necesario y suficiente para que algo sea un perro; es decir, necesario: que no puede faltar ninguna de ellas; y suficiente: que con ellas basta, para que haya un perro.

Eso es la naturaleza o esencia del perro. El perro individual puede cambiar, pero la esencia o naturaleza del perro, no. Y es que si la esencia misma cambiase, o perdería una de esas características, o adquiriría una nueva. En el primer caso, no todas eran necesarias, en el segundo, el conjunto no era suficiente, contra lo que hemos supuesto.

Por eso Aristóteles y Santo Tomás dicen que las esencias de las cosas son como los números: la adición y la sustracción cambian la especie. Es decir, un seis al que se le agrega una unidad no es un seis más grande o un seis transformado, sino un siete. Y un perro que no es un mamífero, no es otra clase de perro, pues no es un perro: es otra clase de animal.

La negación de que exista una naturaleza o esencia de las cosas es aplicada por estas corrientes feministas a la naturaleza humana, con la finalidad de negar que la distinción de sexos sea natural. Por eso son teorías “construccionistas”, es decir, sostienen que lo que nosotros pensamos que es natural, necesario, inmutable, en realidad es fruto de una construcción social, histórica, cambiante.

En el fondo, nos queda una filosofía del puro cambio o devenir, sin ser, sin cosas, sin realidad: una fantasmagoría básica sobre la cual se puede tejer luego los absurdos que se desee.

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Al ser socialmente construido, el género no es inmutable, sino que depende de la libertad humana, que puede tener así la “opción sexual” que quiera, con el único límite de no privar de su libertad sexual a un tercero.

La “opción sexual” la definen algunos como “aquel sexo por el que cada persona se siente atraída”. Aquí hay una contradicción en el sentido de que se presenta como “opción” sexual, por ejemplo, la homosexualidad o la transexualidad y luego se dice que son tendencias irreformables, es decir, que no dependen de la voluntad de la persona, con lo cual no se ve muy bien cómo pueden ser “opciones”. Lo que pasa es que con el término “opción” quieren subrayar el hecho de que la orientación sexual no viene determinada por la “biología”, como dicen ellos.

Habría según esto, al menos cinco “opciones sexuales” igualmente válidas: heterosexual masculino, heterosexual femenino, homosexual masculino, homosexual femenino y bisexual.

La homosexualidad está en la línea de una superación de la tradicional división de sexos y por eso es aliada natural del feminismo radical. El feminismo radical niega que la distinción y complementariedad de sexos sea natural, de ahí se sigue que la homosexualidad no es antinatural, y por tanto, no es inmoral.

Por eso, la homosexualidad es reconocida como un derecho y el movimiento homosexual como algo positivo, puesto que, como dice una autora feminista, muestra que “la sociedad está equivocada respecto a la homosexualidad y a la heterosexualidad: ni la primera es antinatural, ni la segunda es natural” (Marta Lamas).

De ahí se llega también a la lucha contra la maternidad como vocación natural de la mujer y a la reivindicación del aborto como derecho, pues es la forma de liberarse en lo posible del obstáculo que la maternidad supone, principalmente, en estas ideólogas, para la participación en la política.

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La diferencia y complementariedad entre los sexos masculino y femenino en la especie humana es un dato natural. Esto quiere decir:

Que necesariamente, por naturaleza, toda persona humana es masculina o femenina.

Que no existe otra “identidad sexual” natural fuera de estas dos.

Eso implica que la identidad sexual, al ser natural, no es objeto de libre elección por parte de las personas.

Esto se debe a que no existe una “identidad genérica” que sea independiente de la naturaleza biológica del ser humano varón y mujer y, por tanto, opcional.

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La antropología de “género” desconoce la unidad sustancial del ser humano, en la cual el alma y el cuerpo no son dos cosas, sino que el alma espiritual es precisamente el núcleo ontológico del cuerpo mismo, lo que lo hace existir, ser cuerpo, ser viviente, ser animal y ser humano.

Por eso mismo, en la sana antropología, el ser humano, varón o mujer, es sexuado, masculino o femenino, en todo su ser, no solamente en el nivel biológico, sino también en el nivel espiritual.

Por la misma razón, no existe en el ser humano lo puramente biológico. Todo en el hombre es humano. Todo está afectado de algún modo por la naturaleza personal del ser humano. Si el sexo es “biológico”, entonces es humano, es parte de la naturaleza de la persona humana. La biología humana no es meramente una biología animal.

La ideología del “género” supone una visión dualista del ser humano, escindido entre una biología puramente infrahumana, despreciable en definitiva, y una libertad desencarnada, independiente del cuerpo y de la biología humanas. Un ángel asexuado en un cuerpo de bestia.

Entre lo “biológico” entendido como mera animalidad y lo “social”, la teoría del género escamotea lo propiamente humano, que es superior a lo meramente animal de la biología, porque es espiritual, racional, y es anterior a lo social, porque no puede haber sociedad humana sin personas humanas individuales.

Y deja en su lugar una “libertad” vacía de contenido, que parece flotar en el aire entre la animalidad biológica y la convencionalidad social.

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Se nos puede objetar que si el ser varón o el ser mujer forman parte de la esencia o naturaleza de la persona humana masculina o femenina, habría que decir que el varón y la mujer serían dos especies distintas, pues una de las notas “necesarias y suficientes” de su esencia sería diferente en cada caso, a saber, masculinidad o femineidad.

Hay que responder que la masculinidad y la femineidad no pertenecen propiamente al plano de la esencia de la persona humana como tal, sino al plano de los accidentes, es decir, al plano de las propiedades o modificaciones de la naturaleza humana. La masculinidad o la femineidad no subsisten, es decir, no existen “en sí”: los que subsisten son el varón y la mujer.

Sin embargo, masculinidad y femineidad no son tampoco determinaciones contingentes y transitorias de la naturaleza humana, sino que configuran en forma necesaria y definitiva a cada persona.

Eso quiere decir que filosóficamente deben ser ubicados entre los “accidentes necesarios”, es decir, que derivan necesariamente de la naturaleza del ser humano, en el sentido ya dicho de que necesariamente el ser humano ha de ser masculino o femenino.

Sin duda que, en lo concreto, esos “accidentes necesarios” que son la masculinidad y la femineidad van acompañados de “accidentes contingentes” que, esos sí, son variables y culturalmente determinados, es decir, la forma concreta en que cada cultura vive la masculinidad y la femineidad.

El asunto es que el interés por trazar la línea entre lo contingente y lo necesario, entre lo social y lo natural, no puede llevarnos a negar la naturaleza humana y el carácter natural de la distinción entre los sexos, así como de ciertos roles que van necesariamente anexos a los mismos como, por ejemplo, la maternidad en el caso de la mujer.

Esto nos permite entender cómo es que la igual dignidad de la persona humana es compatible con la desigualdad de funciones, y por tanto, de deberes y derechos en el contexto de la sociedad humana, para varones y mujeres. Pues la igual dignidad se basa en la común esencia o naturaleza humana, a nivel sustancial, mientras que la diversidad funcional se basa en las diferencias sexuales que son del orden de los accidentes necesarios o “propiedades” de la naturaleza humana.

De hecho, es científicamente innegable la diversidad psicológica y física entre el varón y la mujer.

Parece necesario distinguir, entonces, entre los “derechos del hombre”, por un lado, que son comunes a varones y mujeres, y los “derechos del varón” y los “derechos de la mujer”, por otro, que son específicos para cada sexo. Este terreno nos parece bastante inexplorado al presente.

 

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Conclusiones de la Primera Jornada Arquidiocesana sobre Familia y Vida

 

Mons. Nicolás Cotugno SDB, Arzobispo de Montevideo

 

Al asumir las ricas enseñanzas de Benedicto XVI vertidas en Valencia (España) sobre la familia y la vida – prolongación del riquísimo magisterio de la Iglesia, sobre todo de Juan Pablo II en Familiaris consortio y Evangelium vitae – debemos constatar como una realidad que en nuestro país estamos siendo testigos de un muy peligroso proceso de destrucción de la familia sustentada en el matrimonio.

 

Con sutiles instrumentos de manipulación intelectual y jurídica y con una clara ambigüedad teminológica se consolida cada vez más la mentalidad de que es necesario adaptarse a las nuevas realidades y exigencias sociales. Con pretexto de progreso y modernidad vemos como, con ciertas propuestas legislativas y algunos programas de educación sexual, se ha iniciado un firme proceso de destrucción y tergiversación de los principios y valores básicos de la familia.

 

El relativismo doctrinal y ético que subvierte el sentido de los valores y de las instituciones naturales se advierte en forma cada vez más acuciante.

 

La insuficiencia de leyes que protejan a la mujer, especialmente en su condición de esposa y madre, la convierten en la primera víctima de las manipuladoras políticas antinatalistas y abortistas.

 

Se constata asimismo el aumento de presiones ideológicas, económicas y políticas que pretenden legalizar “modelos” aberrantes de familias, en el marco de estrategias coercitivas de control demográfico fomentado por las últimas Conferencias de El Cairo, Beijing y Estambul y por ciertos organismos internacionales.

 

La Iglesia proclama y promueve el

EVANGELIO DEL AMOR Y DE LA VIDA

 

En virtud, pues, de la razón y del Evangelio denuncia:

 

1.      El promover la existencia de familias en las que no se priorice el valor fidelidad y se patentice la infidelidad. Es gravemente atentatorio contra la institución familiar todo proyecto de ley que propicie la caída del deber de fidelidad por la separación de los cónyuges por determinado período de tiempo.

 

2.      El promocionar en forma generalizada y socialmente aceptada la convivencia prematrimonial con fines de prueba.

 

3.      El pretender usar el término “familia” cuando los que se relacionan sean dos personas homosexuales.

 

4.      El entrometerse del Estado, inadecuadamente, en la educación sexual de los hijos, suplantando la labor y la responsabilidad primaria e insustituible de los padres, violando el principio de laicidad.

 

5.      El imponer, por parte del Estado, como método supuestamente seguro de prevención de enfermedades contagiosas, el uso del preservativo, fomentando la promiscuidad entre los menores y favoreciendo conductas a su vez riesgosas. Ello implica ignorar además, que los únicos países que lograron disminuir el SIDA fueron los que propiciaron políticas de fomento de la pareja estable y la castidad. Tal el caso de Uganda, entre otros países.

 

6.      El promocionar en forma oficial e indiscriminada la anticoncepción o el uso de abortivos químicos, imponiendo políticas antinatalistas que nada bien hacen al país.

 

7.      El considerar como un derecho el poder destruir la vida del ser humano recién concebido.

 

8.      El calificar al aborto como un acto médico y el establecer en todas las instituciones de asistencia médica colectiva la obligatoriedad de abortar.

 

9.      El considerar un derecho el poder producir artificialmente un hijo, destruyendo o congelando embriones humanos sobrantes, desconociendo por otra parte el derecho de éste a tener padres y a desarrollarse en una familia normal.

 

10.  El permitir la comercialización de óvulos, embriones o técnicas de selección respecto al sexo o cualidades del concebido no nacido.

 

11.  El reivindicar como un derecho el poder determinar cuándo se debe segar la vida del enfermo con el pretexto de que deje de sufrir.

 

 

Todo ello sin duda evidencia un claro apartarse de los valores esenciales de los que depende no sólo la consistencia familiar sino la misma estabilidad de la sociedad y el bien común.

 

La Iglesia ve con preocupación que ante situaciones patológicas o de anormalidad, como pueden ser, entre otras, la infidelidad o la destrucción de la vida del recién concebido, en lugar de ser sancionadas, se proponen leyes que las institucionalizan.

 

No se trata de imponer verdades de fe al que no cree en Dios sino de respetar valores que hacen a la esencia misma de la naturaleza humana y de la convivencia social.

 

Estamos olvidando que la familia fundada en el matrimonio constituye “un patrimonio de la humanidad” y es base de la sociedad como se recoge en el art. 40 de la Constitución de la República. O, en palabras de Juan Pablo II: “El futuro de la humanidad se fragua en las familias”.

 

La Iglesia no dejará de exhortar a los cristianos y a todos los hombres de buena voluntad a:

 

1.      Un mayor compromiso por la defensa de la familia y la vida, rechazando los proyectos de ley o documentos de programación política que supongan una amenaza para la integración familiar, para la educación sexual de nuestros hijos, para la vida del hijo por nacer o todo lo que implique una amenaza o agresión para la familia y la vida.

 

2.      Propiciar iniciativas de protección a la mujer embarazada y a las familias numerosas.

 

3.      Acoger, difundir y profundizar el conocimiento de documentos fundamentales del Magisterio de la Iglesia sobre la familia y la vida, expresado sobre todo en la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio  y en la Encíclica Evangelium Vitae de Juan Pablo II.

 

4.      Promover acciones orientadas a que los empresarios y hombres de negocios se interesen y sostengan iniciativas y proyectos de defensa a la familia y la vida.

 

Nuestro IV Sínodo arquidiocesano mira a la familia con particular esperanza y considera la “necesaria presencia transversal de la familia como objeto y sujeto de evangelización que debe estar siempre presente” (Nr. 310).

 

Hablándonos a nosotros los Obispos del Uruguay, en la visita que le hicimos en setiembre de 2001, Juan Pablo II nos decía que “es necesario hacer un discernimiento pastoral sobre las formas alternativas de unión que hoy afectan a la institución de la familia en el Uruguay, especialmente aquellas que consideran como realidad familiar las simples uniones de hecho, desconociendo el auténtico concepto de amor conyugal” (Nr. 8).

 

Quiero destacar el papel protagónico indispensable de los laicos en la familia, siendo –como afirma Juan Pablo II- “el primer campo para el compromiso social de los fieles laicos” (FC 40). En la Visita ad limina citada, el Papa nos recordaba “como deber apremiante ayudar a los padres a ser buenos pastores de la “iglesia doméstica”. En efecto, cuando la familia participa en el ser y la misión de la Iglesia, no solamente se trasforma en sacramento de salvación para sus miembros, sino que además realiza plenamente “su misión de custorida, revelar y comunicar el amor y la vida” (FC 17)” (V.ad l. 9).

 

Quiera María, Madre de la Iglesia y de la familia, la Virgen de los Treinta y Tres, ser Capitana y guía de nuestra Patria salvando la familia y promoviéndola en conformidad con el designio de Dios, a imagen de la Familia de Nazaret.

 

Montevideo, 23 de julio de 2006.

 

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Sembrar la esperanza

 

Milton Iglesias, Diac. Perm.

 

El mundo en el que vivimos vive actualmente una hora difícil y cargada de tensiones, pero los cristianos todos tenemos una meta que cumplir: sembrar la esperanza.

 

Este artículo pretende ser la invitación a vivir este signo y este compromiso: con alegría en nuestras vidas sembrar la esperanza.

 

Cada bautizado(a) debe descubrir su responsabilidad, esa responsabilidad que deberíamos asumir sin claudicaciones.

 

Nunca podemos ni debemos ser ni superficiales ni indiferentes. No es posible vivir sólo para la comodidad, para sí únicamente, como si fuéramos cada uno el ombligo del mundo. Necesitamos construir, servir, amar, dar, tener una dosis elevadísima de caridad, de compasión, ternura y misericordia a imitación de Nuestro Señor Jesucristo.

 

Quizás para la mayoría de nosotros hoy, “dar la vida” no signifique la entrega a la muerte, sino el ocupar todos los lapsos posibles de nuestra existencia, sin descuidar las responsabilidades familiares, profesionales, laborales, sociales, etc. en el servicio paciente a los demás.

¡Cuánta gente hay que necesita que alguien las escuche, las acompañe, las consuele, rece por ella, las instruya, les dé el pan de la palabra y les haga conocer a Jesús o profundizar en su conocimiento!

 

En las filas de las iglesias cristianas no tienen ni tendrán cabida ni los agresivos, ni los violentos, ni los comodones, ni los arribistas, ni mucho menos aquellos que pretendan servirse de su condición eclesial para logros personales.

 

Mucho de la historia gira alrededor de la respuesta de los hombres y mujeres y la comunidad social mira a las instituciones de servicio, a las personas que en ellas trabajan con denodado esfuerzo, las miran con esperanza.

 

Donde sea que un cristiano esté, por su compromiso bautismal debe siempre construir en la fuerza de la justicia y en la fecundidad del amor, una paz auténtica y duradera, planteando lo que fuere necesario a tiempo y a destiempo para que la vida de los ciudadanos todos, lo entiendan o no, se vaya acompasando con el Reino de Dios, ese reino de paz, de amor, de justicia que está o debe estar en este mundo, aunque siempre incompleto, pues sólo pasada la Pascua personal de cada uno se llegará a la plenitud del Reino.

 

Si somos cristianos y cristianas estamos llamados a construir positivamente la paz y trabajar por la paz no es cosa demasiado fácil, porque no faltan quienes siembren el mal –cualquiera sea la forma que éste tenga– ya sea por inconsciencia, o por malignidad o algún propósito indebido. Pero la paz es siempre posible y entre todos debemos hacer la paz.

 

Hagamos hermanos y hermanas el compromiso de profundizar nuestra vida interior, sepamos escuchar al buen Dios que nos habla desde su Palabra para que con madurez interior nazca la luz del equilibrio y nuestro decidido compromiso de trabajar cada día por el bien de la comunidad.

 

Gritemos la fuerza transformadora del amor y seamos fieles a la vocación de servicio que deviene de nuestro compromiso con Dios.

 

Que María la madre amorosa de Jesús y de todos y cada uno de los hombres, mujeres y niños que pueblan el mundo, nos conceda la merced de ser alegres, profundos, comprometidos, fuertes espiritualmente y testigos y predicadores de la paz y del amor.

 

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La concepción de Dios en las religiones monoteístas

 

Pedro Gaudiano (*)

 

A la hora de analizar una religión, existe el riesgo de fijarse solamente en algunos detalles externos que son secundarios y darles una gran importancia. Por esos detalles se puede juzgar todo un conjunto, lo cual puede llevar a formarse un juicio equivocado de esa religión. Para conocer con cierto rigor científico una religión, es necesario entrar en un análisis detallado de sus creencias y estructuras (ver nuestro artículo “¿Qué es la religión?”, en Boletín CIEF N° 29, abril 2004, pp. 10-11 ). Un elemento básico para dicho análisis es, sin duda, la concepción de Dios que tiene cada religión. En el presente artículo nos vamos a referir solamente a las religiones monoteístas, es decir, aquellas que creen en un solo Dios.

 

Según su orden cronológico de aparición, las religiones monoteístas son tres: el judaísmo, que se remonta al año 2.000 a.C; el cristianismo, fundado por un judío del primer siglo llamado Jesús, tiene sus raíces en las Escrituras hebreas; el islam, que surge con Mahoma hacia el año 610 d.C., y su libro sagrado, el Corán, que también debe mucho a las Escrituras hebreas (en el Corán se considera a Abraham y a Jesús como profetas).

 

Las tres religiones monoteístas que actualmente existen en el mundo nacieron en el marco geográfico de lo que se conoce como Oriente Medio, es decir, un conjunto de países situados entre Egipto y Arabia, por el sur, y Turquía e Irán, por el norte. En el centro de esa zona geográfica discurren los ríos Tigris y Éufrates, auténtica espina dorsal de todo este territorio en el que se han desarrollado grandes civilizaciones.

 

EL JUDAISMO

Moisés, Jesús, Mahler, Marx, Freud y Einstein... ¿qué tuvieron en común estas personas? Todos eran judíos y, de diferentes maneras, todos han afectado la historia y la cultura de la humanidad. Es evidente que los judíos han sido notables por miles de años. La Biblia misma da testimonio de eso. El judaísmo, pues, es una de las religiones que más han influido en la historia de la humanidad, tanto por su experiencia religiosa y su actitud ante la vida, como por encontrarse en la raíz del llamado mundo occidental.

Dos características marcan y distinguen al judaísmo:

·        La primera, su sentido de comunidad, de pueblo: la religiosidad no es asunto individual sino algo comunitario, colectivo, incluso nacional.

·        La segunda, es la idea de que Dios no permanece ajeno a los hombres, sino que se manifiesta en la propia historia.

Actualmente hay en el mundo unos quince millones de judíos: seis de ellos están en Estados Unidos; casi cuatro, en Israel, y el resto, esparcido por el mundo, especialmente en Rusia y Europa oriental. Aunque sus costumbres varían considerablemente, forman un pueblo muy unido.

 

EL DIOS DE LOS JUDÍOS

Para el judaísmo, hay un Dios único, Yahvé, que habla y se revela en la historia y actúa en ella para liberar a su pueblo. Sus palabras y sus revelaciones se han ido produciendo a lo largo de toda la historia del pueblo: comenzaron con Abraham, con el que hizo una alianza; siguieron, sobre todo, con Moisés, al que comunicó la Ley; más tarde continuaron con los profetas.

El Dios de los judíos es inaccesible, totalmente distinto de los hombres, pero a la vez cercano y preocupado por la vida del pueblo, al que se va revelando progresivamente. Todas estas revelaciones van acompañadas de acciones liberadoras de Dios. Es completamente trascendente y eterno. Creador del universo y de todo lo que existe: de la tierra, de la luz, de los animales, del hombre y de la mujer, a quienes hizo a semejanza suya. Liberador de la opresión.

No está ligado a ninguna fuerza especial, aunque se puede manifestar en una zarza ardiendo, en la palabra de un profeta o en algún fenómeno natural.

Ha revelado su ley al pueblo judío, al que ha elegido para ser luz de la humanidad y dentro del cual nacerá el Mesías.

 

EL CRISTIANISMO

El cristianismo es la religión más importante hoy en el mundo si consideramos el número de sus seguidores (1.900 millones). Es la que más ha influido en la civilización occidental (Europa y América), que a su vez es la civilización más fuerte del mundo. Está dividido en tres grupos:

·                                            Los católicos (960 millones) están presentes con mayor o menor intensidad en casi todos los países del mundo. Su centro espiritual está en Roma.

·                                            Los protestantes (460 millones) se encuentran principalmente en Europa del norte y central y en Estados Unidos Se separaron de la Iglesia católica en el siglo XVI.

·                                            Los ortodoxos (215 millones) se extienden principalmente por Oriente Medio, Grecia y países de la comunidad de estados independientes. Se separaron de la Iglesia Católica en el siglo XI.

·                                            El resto de cristianos abarca unos 265 millones.

 

EL DIOS DE LOS CRISTIANOS

Para el cristianismo existe una sola divinidad pero tres Personas Divinas: el Padre (creador), el Hijo (redentor) y el Espíritu Santo (santificador). Esto se conoce como el misterio de la Santísima Trinidad.

El Hijo de Dios se hizo hombre en el seno de la Virgen María para abrir el camino del hombre hacia Dios. Es el misterio de la Encarnación. Jesús de Nazaret es una persona divina, el Hijo, en dos naturalezas: divina y humana. Es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, igual en todo a los hombres excepto en el pecado.

Hoy nadie duda de que hubo en Judea, en tiempos de Tiberio, en los inicios de nuestra era, un judío llamado Jesús o Cristo. Así lo atestigua no sólo el Nuevo Testamento, sino también autores extrabíblicos, ya sea judíos (Flavio Josefo, Thallos) o paganos (los romanos Plinio el Joven, Publio Cornelio Tácito, Cayo Suetonio Tranquilo). Con Jesús se inicia el cristianismo. La figura de Jesús es universalmente admirada como modelo de perfección humana, pero el cristiano va más allá reconociendo no sólo la calidad humana de Jesús, sino su divinidad. De esta manera, el Dios Yahvé del Antiguo Testamento pasa a ser el Dios Padre de Jesús.

Los cuatro evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) no son una biografía de Jesús, sino la manifestación de una convicción profunda de sus primeros discípulos: Jesús de Nazaret es el mesías anunciado por los profetas, es el Hijo de Dios. Así pues, el cristianismo es la religión de los que creen que Jesucristo es Hijo de Dios. Es el Dios hecho hombre que, tras su predicación, fue ejecutado en la cruz y resucitó. Vino a anunciar a todos los hombres, sin exclusión, la buena nueva de la salvación definitiva.

 

EL ISLAM

El islam extiende su influencia en una amplia zona que va desde el norte de África hasta la India por el este y hasta los Urales por el norte. Por el número de seguidores (950 millones) es la segunda religión en orden de importancia, después del cristianismo. En los países en donde es religión mayoritaria, ejerce una enorme influencia en la cultura y en las costumbres.

Es [en la óptica islámica; nota del editor] la tercera religión revelada por Dios a los hombres, después del judaísmo y del cristianismo. En realidad no se presenta como una nueva religión, sino que pretende restablecer la primera revelación hecha por Dios a Abraham, Moisés, David, María y Jesús.

Islam significa entregarse o someterse a la voluntad de Dios. Quien practica el islam es un musulmán (del término árabe muslim, “el que se somete a Dios”); llamarlo mahometano sería una ofensa, ya que implica un culto personal a Mahoma, cosa totalmente prohibida en el islam.

 

El DIOS DE LOS MUSULMANES

[También; nota del editor] En el islam hay un monoteísmo absoluto: no existe más que un solo Dios, Alá, dueño y señor del universo. Es totalmente otro, único, trascendente e impenetrable. Creador, omnipotente y misericordioso, irrepresentable.

Dios cumple cuatro funciones respecto al universo y a la humanidad: crea, mantiene o sustenta, dirige y juzga. El juicio será la actividad final de Dios. Los “elegidos” irán al paraíso, y los “perdedores” al infierno; aunque Dios es misericordioso y perdonará a quien lo merezca.

Por tanto el musulmán cree en la vida futura y en la resurrección de todos los seres tras un juicio final que determinará quién irá al infierno y quién al paraíso.

 

* Pedro Gaudiano es Doctor en Teología, profesor de Antropología y Fenomenología de la Religión en la Universidad Católica. En el Centro de Investigaciones y Estudios Familiares (CIEF) es profesor de Antropología y Comunicación de Valores en la Familia.

 

Nota: Este artículo fue publicado en el «Boletín CIEF», N° 31, agosto 2004, pp. 12-13.

 

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Católicos y vida pública en América Latina (Dr. Guzmán Carriquiry)

 

[Para acceder a este escrito haga clic en el título]

 

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Una presencia cristiana en el espacio público

 

Fuente: www.e-cristians.net

 

¿Qué es e-cristians?

Es una asociación constituida por otras asociaciones y entidades, así como por personas físicas, que actúa en Cataluña y se extiende a través de Internet y la web e-cristians.net por toda España y por todo el mundo hispánico.

 

¿Cuál es su objetivo?

·        Promover la presencia de la concepción cristiana en el espacio público, es decir hacer llegar los fundamentos, el sentido y la interpretación cristiana a toda nuestra vida colectiva (política, social, cultural y económica) incidiendo de manera específica en los medios de comunicación, en especial en las nuevas tecnologías, como Internet.

·        Para ello promueve la colaboración de los católicos para que participen de acuerdo con sus posibilidades, porque de esta colaboración nacen sinergias, más capacidades, mayores oportunidades de hacerse presente y transmitir el sentido del cristianismo a la sociedad y al mundo.

 

¿Cómo actúa e-cristians?

Por medio de objetivos concretos de alcance. Actualmente tiene en funcionamiento como medio de opinión, formación y servicio, la Web e-cristians.net y, en proyecto, Cristianos en red.

 

¿Qué ofrece la web e-cristians.net?

·        La revista: las mejores opiniones de actualidad, la información, su contexto, y los grandes temas de actualidad tratados en clave cristiana. Documentación, enlaces con otras fuentes para profundizar.

·        El portal: la puerta de acceso a las webs católicas de habla castellana y catalana de todo el mundo.

·        La asociación: el espacio dedicado a difundir las actividades y campañas de la asociación y las webs de todas las entidades asociadas con sus contenidos, información y servicios específicos.

·        Los servicios a la comunidad. Un ámbito en constante ampliación y renovación acorde con la dinámica, iniciativa y demanda de nuestra comunidad de usuarios: "Cristianos en red", selección y comentarios de libros, formación, etc.

 

¿Qué otras actividades promueve e-cristians?

·        Construir un signo de mutuo reconocimiento y testimonio en el espacio público.

·        Compartir la experiencia cristiana desde sensibilidades, orientaciones y prácticas distintas.

·        Generar respuestas formuladas desde la Fe y el Magisterio y desarrollarlas desde la razón en los debates fundamentales de nuestra sociedad.

·        Construir una comunidad de inteligencia y de recursos intelectuales.

·        Configurar un espacio de encuentro de cristianos, de creyentes y de no creyentes, para encontrar respuestas desde fundamentos cristianos, a los retos y problemas concretos de nuestro tiempo.

 

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Te Deum

 

 

A ti, oh Dios, te alabamos,
a ti, Señor, te reconocemos.

A ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.

Los ángeles todos,
los cielos y todas las potestades te honran.

Los querubines y serafines
te cantan sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del universo.

Los cielos y la tierra
están llenos de la majestad de tu gloria.

A ti te ensalza
el glorioso coro de los Apóstoles,
la multitud admirable de los Profetas,
el blanco ejército de los mártires.

A ti la Iglesia santa,
extendida por toda la tierra, te proclama:

Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de adoración,
Espíritu Santo, Defensor.

Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.
Tú eres el Hijo único del Padre.

Tú, para liberar al hombre,
aceptaste la condición humana
sin desdeñar el seno de la Virgen.

Tú, rotas las cadenas de la muerte,
abriste a los creyentes el reino del cielo.

Tú te sientas a la derecha de Dios
en la gloria del Padre.

Creemos que un día
has de venir como juez.

Te rogamos, pues,
que vengas en ayuda de tus siervos,
a quienes redimiste con tu preciosa sangre.

Haz que en la gloria eterna
nos asociemos a tus santos.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.

Sé su pastor
y ensálzalo eternamente.

Día tras día te bendecimos
y alabamos tu nombre para siempre,
por eternidad de eternidades.

Dígnate, Señor, en este día
guardarnos del pecado.

Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor,
venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

En ti, Señor, confié,
no me veré defraudado para siempre.

 

Te Deum laudámus:
te Dóminum confitémur.

Te aetérnum Patrem,
omnis terra venerátur.

tibi omnes ángeli, tibi caeli
et univérse potestátes:

tibi chérubim et séraphim
incessábili voce proclámant:

Sanctus, Sanctus, Sanctus,
Dóminus Deus Sábaoth.

Pleni sunt caeli et tema
maiestátis glóriae tuae.

Te gloriósus
apostolórum chorus,
te prophetárum laudábilis númerus,
te mártyrum candidátus laudat exércitus.

Te per orbem terrárum
sancta confitétur Ecclésia,

Patrem imménsae maiestátis;
venerándum tuum verum et únicum Fílium; Sanctum quoque Paráclitum Spíritum.

Tu rex glóriae, Christe.
Tu Patris sempitérnus es Fílius.

Tu, ad liberándum susceptúrus
hóminem,
non horruísti Vírginis úterum.

Tu, devícto mortis acúleo,
aperuísti credéntibus regna caelórum.

Tu ad déxteram Dei sedes,
in glória Patris.

Iudex créderis
esse ventúrus.

Te ergo quaésumus,
tuis fámulis súbveni, quos pretióso
sánguine redemísti.

Ætérna fac cum sanctis tuis
in glória numerári.

Salvum fac pópulum tuum, Dómine,
et bénedic hereditáti tuae.

Et rege eos, et extólle illos
usque in aetérnum.

Per síngulos dies benedícimus te;
et laudámus nomen tuum
in sæculum, et in sæculum sæculi.

Dignáre, Dómine,
die isto sine peccáto nos custodíre.

Miserére nostri, Dómine,
miserére nostri.

Fiat misericórdia tua,
Dómine, super nos,
quemádmodum sperávimus in te.

In te, Dómine, sperávi:
non confúndar in aetérnum.

 

Fuente: Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, Apéndice, A) Oraciones comunes.

 

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