Fe y Razón

Revista virtual gratuita

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 6 – Julio de 2006

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)

 

 

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Al día 24/06/2006 teníamos 274 suscriptores. Para que nuestro esfuerzo pueda dar mayores resultados, aspiramos a alcanzar una cantidad mínima de 400 suscriptores antes del mes de septiembre.

Para ello solicitamos la colaboración de nuestros actuales suscriptores. Si cada uno de ustedes consigue otro suscriptor, esta meta será muy fácil de alcanzar. Desde ya, muchas gracias.

Equipo de “Fe y Razón”

 

 

Equipo de Dirección: Diác. Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing. Daniel Iglesias.

Colaboradores: Dr. Carlos Alvarez Cozzi, R. P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Dra. María Lourdes González, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Sr. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Alvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

La defensa de la familia

Equipo de Dirección

Iglesia

Benedicto XVI se encuentra con más de

400.000 miembros de nuevos movimientos

Zenit

Tema central

Documento vaticano constata que la familia es objeto de ataques como nunca en el pasado

Zenit

Tema central

Son ilegales las autorizaciones dadas por el MSP para abortar

Comisión Arquidiocesana de Bioética de Montevideo

Tema central

Reconocimiento legal de las uniones homosexuales

Dr. Carlos Álvarez

Tema central

Mensaje Final del II Congreso Nacional de la Familia

II Congreso Nacional de la Familia

Tema central

"La familia, piedra angular del Estado", según Luis Alberto de Herrera

Ing. Agr. Álvaro Fernández

Filosofía

La fe y la filosofía

Lic. Néstor Martínez

Teología

Cuestiones cruciales sobre la situación actual del laicado

Prof. Guzmán Carriquiry

Documentos

El sacramento del Matrimonio

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica

Libros

Prólogo del libro “II Congreso Nacional de la Familia”

Mons. Dr. Nicolás Cotugno SDB

Eventos

Eventos recomendados

Equipo de Fe y Razón

Oración

Ángelus

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica

 

 

La defensa de la familia

 

Como una oveja obediente, Fe y Razón va siguiendo los pasos del Pastor supremo de la Iglesia:

 

·        En el mes de junio, con motivo del segundo encuentro de los nuevos movimientos eclesiales con el Papa, que tuvo lugar en Roma en la Vigilia de Pentecostés, el Nº 5 de nuestra revista tuvo como tema central precisamente los nuevos movimientos y comunidades eclesiales. En este número informamos sobre ese importante encuentro.

·        Para este mes, con motivo del V Encuentro Mundial de las Familias, que tendrá lugar en Valencia (España) del 1 al 9 de julio, elegimos como tema central del Nº 6 de Fe y Razón justamente la familia. El Papa Benedicto XVI estará en Valencia en los últimos días de este encuentro. Por más información, recomendamos visitar el sitio oficial de este trascendente evento eclesial: http://www.wmf2006.org

 

Es sabido que desde hace algunas décadas los derechos naturales de la familia sufren un ataque sin precedentes en la mayor parte del mundo. Dentro de este contexto adverso, en las últimas semanas han arreciado en el Uruguay las iniciativas políticas y legislativas contrarias a la vida y a la familia, a tal punto que se hace muy difícil responder a todas esas iniciativas simultáneas. Hemos dado prioridad, pues, a algunos de los principales asuntos en discusión, como el reconocimiento público de la existencia de una Comisión Reguladora de la Interrupción de la Gravidez que, contrariando la ley vigente, autoriza la realización de abortos en determinados casos, y el proyecto de ley que daría reconocimiento legal a uniones concubinarias, tanto heterosexuales como homosexuales.

 

Dentro del ancho campo del pluralismo político legítimo para los católicos, Fe y Razón no tiene inclinación partidaria alguna. Sin embargo, intentando mantenernos fieles a nuestro propio lema –“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo”- nos parece oportuno publicar un artículo referido a un escrito del Dr. Luis Alberto de Herrera (uno de los principales políticos uruguayos del siglo XX) acerca de la familia. Esperamos tener más adelante oportunidad de publicar escritos similares de políticos de otros colores partidarios, con igual referencia a la verdad sobre la familia u otros temas esenciales.

 

¿Cómo enfrentar esta ofensiva anti-vida y anti-familia? Nos parece que deberíamos tomar en cuenta, entre otros, los siguientes criterios básicos:

 

1)      Los fieles cristianos laicos deben actuar en plena comunión con la Jerarquía de la Iglesia. Es importante que los católicos laicos ejerciten la “libertad de los hijos de Dios” (Romanos 8,21), pero dentro de un orden justo, bajo la guía del Magisterio eclesial. A su vez pensamos que en el tiempo presente, tan caracterizado por la confusión doctrinal, los laicos necesitan y anhelan escuchar la voz de sus Pastores.

2)      Los cristianos deberían evitar dos errores contrapuestos: el irenismo y el moralismo.

a)      La paz, según la clásica definición de San Agustín, es la “tranquilidad en el orden”. Por lo tanto, no podemos sentirnos totalmente en paz en medio de la injusticia. Rechazando las promesas de los falsos profetas que anuncian una “paz” meramente exterior (cf. Jeremías 6,14), debemos comprometernos con la búsqueda pacífica de una armonía social integral, basada en la obediencia a la voluntad de Dios sobre el hombre.

b)      El cristianismo no empieza ni termina en la ley moral natural, sino en el encuentro personal con Dios en Cristo. En medio de la lucha, a menudo enconada, a escala planetaria de dos cosmovisiones (la cristiana y la secularista) en torno a los derechos de la familia, no es ocioso recordarnos y recordar a los demás que nuestro “no” al aborto, la eutanasia, el mal llamado “matrimonio homosexual”, etcétera es la consecuencia lógica de un “” anterior y más grande a la verdad sobre Dios, que es Amor, y a la verdad sobre el hombre, creado para amar y llamado a participar del Amor divino.

 

Por tercera vez (y ya se va convirtiendo en un hábito estimulante) tenemos el agrado de publicar un aporte inédito del Prof. Dr. Guzmán Carriquiry, Subsecretario del Consejo Pontificio para los Laicos. Se trata de una ponencia suya en la XXI Asamblea Plenaria de dicho Consejo, efectuada en noviembre de 2004. Seguramente nuestros lectores encontrarán de sumo interés este escrito sobre la situación actual del laicado.

 

Rogamos a Dios Padre que, en esta época crítica, proteja a todas las familias del Uruguay y del mundo y las ayude a unirse a la Sagrada Familia de Nazaret y a seguir su ejemplo.

 

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Benedicto XVI se encuentra con más de

400.000 miembros de nuevos movimientos

 

En la vigilia de Pentecostés, en la plaza de San Pedro del Vaticano

 

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 junio 2006 (ZENIT.org).

 

El encuentro de Benedicto XVI con más de 400.000 miembros de nuevos movimientos y comunidades eclesiales, que tuvo lugar en la tarde de este sábado, se convirtió en una manifestación de la unidad en la diversidad propia de la Iglesia católica. Era el segundo encuentro de estas características, después del convocado en Pentecostés de 1998 por Juan Pablo II. En esta ocasión, llegaron hasta la plaza de San Pedro representantes de algo más de cien nuevas realidades eclesiales (dos veces más que hace ocho años). La multitud, de las diferentes razas y orígenes sociales, no pudo ser abrazada por la columnata de Bernini y se extendía como un río humano por la Vía de la Conciliación y las calles adyacentes.

 

«Si vemos esta asamblea, aquí, en la plaza de san Pedro», reconoció el Papa en una homilía dedicada a explicar la obra del Espíritu Santo, «nos damos cuenta de que Él suscita siempre nuevos dones, vemos cómo son diversos los órganos que crea, y cómo actúa siempre de nuevo corporalmente». «Pero en Él la multiplicidad y la unidad van juntas -aclaró-. Él sopla donde quiere. Lo hace de manera inesperada, en lugares inesperados y de formas que antes no se habían imaginado».

 

El viento y una temperatura bastante más baja que la habitual para esas fechas parecían acompañar las palabras del Santo Padre, pronunciadas cuando el sol estaba llegando a su ocaso.

 

«La multiformidad y la unidad son inseparables», aseguró. El Espíritu Santo «quiere vuestra multiformidad, y os quiere para el único cuerpo, en la unión con los órdenes duraderos -las junturas- de la Iglesia, con los sucesores de los apóstoles y con el sucesor de san Pedro». «¡Participad en la edificación del único cuerpo!», exhortó a los movimientos. «Los pastores prestarán atención para no apagar al Espíritu y vosotros no dejaréis de llevar vuestros dones a toda la comunidad».

 

El Papa alentó también el «empuje misionero» de los movimientos. «Quien ha encontrado lo que es verdadero, bello y bueno en su propia vida -¡el único tesoro, la perla preciosa!-, corre para compartirlo por doquier, en la familia, en el trabajo, en todos los ambientes de su propia existencia». Por eso, el Papa pidió a los movimientos y comunidades «ser aún más, mucho más, colaboradores en el ministerio apostólico universal del Papa, abriendo las puertas a Cristo». «Éste es el mejor servicio de la Iglesia a los hombres y de manera totalmente particular a los pobres para que la vida de la persona, un orden más justo en la sociedad y la convivencia pacífica entre las naciones, encuentren en Cristo la "piedra angular" sobre la cual construir la auténtica civilización, la civilización del amor».

 

Algunos de los peregrinos habían llegado muchas horas antes a la plaza de San Pedro para poder escuchar más de cerca la palabra del Papa. Otros le siguieron de lejos a través de grandes pantallas. Antes de llegar el Santo Padre, se recordó con un vídeo algunos de los momentos del encuentro de Pentecostés de 1998 con Juan Pablo II.

 

Siguieron testimonios y reflexiones sobre los compromisos surgidos del segundo congreso de movimientos eclesiales y nuevas comunidades celebrado del 31 de mayo al 2 de junio en Rocca di Papa sobre «La belleza de ser cristianos y la alegría de comunicarlo». Fueron expuestos por Salvatore Martínez, coordinador nacional de la Renovación en el Espíritu Santo en Italia, y por Maria Luigia Corona, cofundadora de la Comunidad Misionera de Villaregia. Un matrimonio del «Regnum Christi» dirigió el tercer misterio glorioso del Rosario, «La venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y su Iglesia».

 

Cuando el Papa llegó, comenzó el rezo litúrgico de las vísperas. Una representante de Chiara Lubich, fundadora de los Focolares, leyó un mensaje dirigido al Papa por los movimientos. A continuación Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de San Egidio, el sacerdote Julián Carrón, presidente de la fraternidad de Comunión y Liberación, y Kiko Argüello, iniciador del Camino Neocatecumenal, comentaron los dos salmos y el cántico del Apocalipsis de las vísperas.

 

Tras la homilía del Papa, se dio paso a la memoria litúrgica del sacramento de la Confirmación, caracterizada por el rito del fuego, por la invocación del Espíritu Santo y por la profesión de fe. Al final, los movimientos dieron gracias al Papa con las palabras de Luis Fernando Figari, fundador del Movimiento de Vida Cristiana, y de Patti Gallagher Mansfield, de la Renovación Carismática Católica.

 

ZS06060413

 

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Documento vaticano constata que la familia es objeto de ataques como nunca en el pasado


«Familia y procreación humana», un texto del Consejo Pontificio para la Familia


CIUDAD DEL VATICANO, martes, 6 junio 2006 (ZENIT.org).

 

«Familia y procreación humana» es el título del documento de 57 páginas que publicó este martes el Consejo Pontificio para la Familia, presidido por el cardenal Alfonso López Trujillo.


El texto constata que la familia es objeto de ataques como nunca en el pasado y pretende por ello «salvar al hombre».


El documento «está destinado a ser objeto de estudio tanto en su doctrina como en su aplicación pastoral», según explica la nota explicativa a cargo de Fray Abelardo Lobato O.P., consultor del Pontificio Consejo para la Familia, recogida por el Vatican Information Service (VIS).


El tema se aborda en cuatro capítulos: «Qué implica la procreación», «Por qué la familia es el único lugar apropiado para ella», «Qué se entiende por procreación integral en la familia», «Qué aspectos sociales, jurídicos, políticos, económicos y culturales lleva consigo el servicio a la familia».


El capítulo quinto presenta «Dos perspectivas complementarias, la teologal, por cuanto la familia es imagen de la Trinidad, y la pastoral, porque la familia está en la base de la iglesia y ella es lugar de la evangelización».


«En este documento se hace referencia sobre todo al Concilio Vaticano II, al Papa Juan Pablo II, que le ha dedicado gran atención, al Catecismo y al reciente “Compendio de la doctrina social de la Iglesia”», recoge la nota.


De este modo, el documento «no sólo se propone lograr una orientación doctrinal del problema, sino también abrir puertas a la investigación futura de las cuestiones que hoy son objeto de discusión».


En la introducción se evocan las palabras de Juan Pablo II en Puebla (1979), cuando afirmó que «la Iglesia posee la verdad sobre el hombre y al mismo tiempo busca la verdad toda entera. El hombre no es sólo el "animal racional", es también un ser familiar. La familia es connatural al hombre y ha sido instituida por Dios».


«Pero hoy el hombre se ha vuelto un gran enigma para sí mismo y vive la crisis más aguda de toda la historia en su dimensión familiar -sigue diciendo el documento-: la familia es objeto de ataques como nunca en el pasado; los nuevos modelos de familia la destruyen; las técnicas de procreación arrojan por la ventana el amor humano; las políticas del control de natalidad conducen al actual "invierno demográfico"».


Si se siguen estos derroteros, asegura el documento, «nos desviamos hacia un mundo "posthumano". Es preciso salvar al hombre».


«La procreación es el medio de trasmisión de la vida por la unión amorosa del varón y la mujer», subraya el documento, «y debe ser en verdad humana».


Es decir, «fruto de los actos del hombre» y «además fruto del acto humano, libre, racional, responsable de la transmisión de la vida».


«El acto unitivo del hombre y la mujer no puede separarse de su dimensión connatural, que es la procreación, y hace posible la paternidad y maternidad responsable. Sólo desde esta base personal se comprende la moralidad conyugal», aclara.


«Los documentos doctrinales de la Iglesia, como la encíclica "Humanae vitae" y la exhortación apostólica "Familiaris consortio" recurren al fundamento de la dignidad del ser personal y a su dimensión ética. La condena radical del aborto y el rechazo a la separación entre las dos dimensiones, la unitiva y la procreativa, como la reducción de la sexualidad a la mera función fruitiva, tienen su apoyo en el ser personal y en su dignidad».


«Aquí está la clave de la solución, en la comprensión integral de lo humano. Sin una "meta-antropología" que llega al ser, a la sustancia, al espíritu, no hay comprensión integral de lo humano, porque los conceptos de persona y de ser están vaciados de contenido. La moral y la religión, que son valores fundamentales y decisivos, se reducen a "asunto privado". El retorno de la metafísica es urgente para recobrar el sentido de lo humano en el hombre».


El ser humano es un ser familiar y por ello se reviste con las notas de ser social, político, económico, cultural, jurídico y religioso, afirma el texto.


La familia tiene que ver con cada uno de esos aspectos, que le son esenciales. Por eso, señala que la familia requiere servicios, ayuda, protección y constante promoción.


El documento indica cómo deberían desarrollarse cada uno de estos elementos. Resalta la dimensión jurídica y recuerda que la Santa Sede publicó en 1983 la primera «Carta de los derechos de la familia», «una valiente defensa de esta institución».


«La doctrina acerca de la procreación humana integral», concluye el documento, «se corrobora con la teología de la creación y con el misterio de la salvación revelado en Jesucristo y actuado en la nueva evangelización».


«El Creador quiso al ser humano uni-dual y el Redentor asumió la condición familiar en Nazaret y recordó a todos cómo era la familia desde el principio en el plan divino: dos en una sola carne», afirma.

 
ZS06060608

 

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Son ilegales las autorizaciones dadas por el MSP para abortar

Comunicado Nº 4/06

Comisión Arquidiocesana de Bioética de Montevideo

 

A través del diario “El País” de fecha 15 de junio de 2006 y en forma directa por declaraciones de la Ministra de Salud Pública en televisión, la ciudadanía recibió la desagradable sorpresa de que, trasgrediendo frontalmente una vez más el orden jurídico vigente, “por primera vez el MSP autorizó aborto por extrema pobreza”.

Textualmente en el artículo referido se dice:

·        Un tribunal integrado por 5 técnicos es el que decide en el Uruguay cuándo se autoriza la interrupción del embarazo y cuándo no”.

·        Esta comisión dictamina la autorización de un aborto”.

·        Los casos en que mayoritariamente se permite el aborto son…”.

·        Actualmente la comisión asesora está autorizando un promedio de cuatro abortos por mes”.

 El Dr. Bozzolo, presidente de esta comisión (denominada originariamente “Comando de Lucha contra el Aborto Criminal) dijo textualmente:

Si bien no está explícitamente contenido en la ley el caso de las malformaciones del niño, se ha autorizado el aborto en esas circunstancias”.

De lo expuesto y de lo expresado por los propios involucrados no parecen quedar dudas de que en el Ministerio de Salud Pública se autorizan y permiten abortos.

Pues bien, en el orden jurídico vigente no existe ninguna norma ni resolución que autorice semejante ilegalidad, configurando lo actuado y confesado, desde nuestro punto de vista, una grosera transgresión del orden jurídico vigente.

A) Consultado el texto de creación de este Comando (Resolución 10/91 de 25 de enero de 1991 e Instructivo 2/91) no surge ninguna norma que permita autorizar abortos, como tampoco existe en el resto del orden jurídico vigente.

B) Consultados prestigiosos penalistas de nuestro medio sobre esta decisión, se nos informó que la misma es francamente ilegal pues:

a) Según el art. 328 del Código Penal, en los casos de lesión al honor, violación, causas graves de salud de la mujer o razones de angustia económica, cuando se incurre en el delito de aborto, este delito no deja de ser tal, sino que lo que ocurre es que el Juez (no el MSP) está facultado sólo para atenuar o exonerar de pena según el caso.

Entiéndase bien: en este caso las autoridades del MSP, arrogándose funciones que no tiene ni el mismo Poder Judicial, incurriendo en un claro abuso y desviación de poder, autorizan abortos y generan la falsa expectativa de que pueden seguir haciéndolo como si el orden jurídico no existiera o se lo permitiera.

b) Es muy claro el art. 328 del Código Penal cuando ordena en su inciso 1º : “pudiendo el Juez, en el caso de aborto consentido y atendiendo a las circunstancias de hecho, eximir…”

Luego en el inciso 4º, por si alguna duda queda, se reitera “el Juez podrá disminuir la pena de un tercio a la mitad”. La norma es muy clara en el sentido de que el que exime o atenúa penas es sólo y únicamente el Juez.

Jamás vimos o leímos a alguien en nuestro derecho que dijera, con seriedad, que estas penas puede manejarlas un funcionario público -por más jerarquía que tenga- a su leal saber y entender.

Estamos en el caso ante otra intromisión del Poder Ejecutivo en el Poder Judicial, lo que de por sí es muy grave.

c) El Juez a su vez solo actúa después que se comete el delito, analizando si se dieron o no las causales de atenuación o exoneración de pena, no teniendo tampoco facultades de autorización para que el delito de aborto se cometa. El aborto no puede ser autorizado por nadie. Aún cuando operen las causas de exoneración o atenuación de pena, el delito de aborto no desaparece en la legislación vigente.

d) Como si esto fuera poco, el presidente de la Comisión aludida confiesa públicamente con toda tranquilidad que no sólo se están autorizando abortos, sino que incluso se autorizan en casos ni siquiera referidos en la ley como atenuantes o eximentes. Tal lo que sucede con los denominados abortos eugenésicos, o sea los debidos a problemas por malformaciones en los niños.

e) En otro orden, es público y notorio que el Sr. Presidente de la República, como buen médico que es, siempre se opuso al aborto, no por razones religiosas sino por un respeto natural a la vida humana: ¿Cómo se compatibiliza esto con la noticia de que una Secretaría de Estado bajo su dirección está autorizando al menos cuatro abortos por mes al margen de la ley?

f) Lo cierto y concreto es que hoy tenemos abortos públicamente reconocidos y autorizados por el MSP sin que tenga facultades para ello. Esto es muy grave y alguien debe responder por estas vidas de uruguayos desaparecidos en un Estado de Derecho.

En un momento se pretendió reglamentar por decreto el delito de aborto regulado en el Código Penal, actuando en clara transgresión al sistema jurídico. Hoy con toda paz se reconoce que se están autorizando abortos aún en casos ni siquiera referidos en la ley como atenuantes o eximentes. Realmente la situación es muy grave y se actúa en la más absoluta impunidad y en desobediencia del orden jurídico vigente.

ASÍ NO VAMOS POR BUEN CAMINO.

ES HORA DE QUE EL GOBIERNO Y LOS URUGUAYOS TODOS EMPECEMOS A CENTRAR NUESTROS ESFUERZOS EN DEFENDER LA VIDA Y LA CONDICIÓN DE LA MUJER EMBARAZADA EN LUGAR DE BUSCAR NUEVAS FORMAS DE TRANSGREDIR LA LEY, PROPICIANDO LA DESTRUCCIÓN DE VIDAS INOCENTES E INDEFENSAS.

 

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Reconocimiento legal de las uniones homosexuales

 

Un grave problema en el derecho de familia de varios Estados

 

Consideraciones jurídicas y de doctrina social cristiana

acerca de las leyes de reconocimiento normativo

de las uniones entre personas homosexuales

 

Dr. Carlos Alvarez Cozzi (*)

 

I) Introducción. Breve reseña acerca del reconocimiento legal de las uniones civiles homosexuales en los ordenamientos jurídicos de varios Estados. Eficacia extraterritorial de las mismas.

 

Este tipo de uniones han sido ya reguladas jurídicamente en varios países de Europa y América Latina de forma muy similar a la de los matrimonios heterosexuales tradicionales (cf. C. Fresnedo de Aguirre, Curso de Derecho Internacional Privado, T. II, vol. I, F.C.U., Montevideo 2003, pág. 172). Cuando una unión de este tipo se pretende hacer valer en un país que no las ha recogido en su ordenamiento jurídico, surgen inevitablemente problemas de Derecho Internacional Privado.

 

Las regulaciones de las uniones homosexuales en Europa han tenido lugar en Francia, Alemania y Noruega, pero con la limitante de no poder adoptar niños. Sí lo pueden hacer los unidos civilmente en Suecia y Holanda (cf. Diego Fernández Arroyo,  Nuevos desarrollos del Derecho Internacional Privado de Familia en Europa, en: Temas de Derecho Internacional Privado y de Derecho Comunitario, Universidad Católica del Uruguay, Revista uruguaya de Derecho Constitucional y Político, 1997). En general, las consecuencias jurídicas de dichas uniones son: que el registro de dicha unión constituye un impedimento para celebrar matrimonio o registrar otra unión civil homosexual y que la unión se disuelve por fallecimiento de uno de sus miembros o por decisión judicial. Asimismo, todo lo que se refiere a obligaciones alimentarias, régimen impositivo o patrimonial, derechos de habitación, pensiones, seguros, inmigración, etc., está regulado de una manera prácticamente idéntica al matrimonio. (Idem D. Fernández Arroyo).

 

En América Latina, las Provincias argentinas de Buenos Aires y Río Negro han sido las pioneras. Así la primera establece que la “unión civil” se registrará en el Registro Público de Uniones Civiles, para lo cual la pareja deberá demostrar, mediante por lo menos dos testigos, su convivencia anterior, por un período no inferior a dos años, domicilio legal en la capital, así como una residencia de por lo menos dos años de antigüedad a la fecha en que se solicita la formalización de la pareja. Se trata de un acto a celebrarse ante un oficial público, formal y solemne, aunque no igual al de los matrimonios heterosexuales. La ley legaliza la unión conformada libremente por dos personas con independencia de su sexo u orientación sexual. Es decir, que se trata de una figura jurídica distinta al matrimonio y al concubinato. Aunque la ley otorga a la pareja un tratamiento similar que a los cónyuges, produciendo los mismos efectos con relación a algunas cuestiones como la cobertura de asistencia médica, derechos laborales etc., no se les reconoce, en cambio, la posibilidad de adoptar niños ni vocación sucesoria. Asimismo las leyes de esas provincias argentinas prevén causales de disolución de la unión civil como el mutuo acuerdo, la voluntad unilateral de uno de los miembros de la unión civil y el fallecimiento de uno de ellos. Los impedimentos previstos para la unión son: edad y parentesco en tanto no pueden ser menores de edad, si uno o ambos estaban casados deberán primero divorciarse, si habían celebrado antes otra unión civil deberán previamente disolverla, etc.

 

En cuanto a la posible eficacia extraterritorial de estas uniones civiles homosexuales en el extranjero, como equiparadas al matrimonio, entendemos con relación a nuestro país, que ellas deberán ser desconocidas por nuestra judicatura, pero no por razones de orden público internacional uruguayo -como sostiene Fresnedo de Aguirre (C. Fresnedo de Aguirre, ob. cit., pág.173)- que, concebido como conjunto de principios y normas, según lo previsto por el art. 5º de la Convención Interamericana sobre Normas Generales de Derecho Internacional Privado (y la Declaración uruguaya sobre el alcance de la excepción), desplazan el derecho nacional extranjero aplicable en virtud de la conexión de la norma de conflicto, sea éste de fuente convencional o nacional en ausencia de tratado, sino por estar fuera del alcance extensivo de la categoría matrimonio. En caso hipotético que la mayoría de los Derechos del orbe reconocieran legalmente a las uniones civiles homosexuales, entendemos que deberán en ese caso ser desconocidos mediante la excepción de orden público internacional. Para el derecho uruguayo, como para muchos otros, el matrimonio es concebido como la unión estable, voluntaria, de dos personas capaces de distinto sexo, celebrada ante la autoridad correspondiente del lugar del Estado de celebración. Por tanto, cuando la unión, con el alcance variable que pueda tener, sea celebrada por personas del mismo sexo, tal institución está fuera del alcance extensivo de la categoría matrimonio del Derecho uruguayo. Ahora bien, esas uniones civiles en cuanto a sus efectos patrimoniales, podrían ser reconocidas por nuestro ordenamiento jurídico en lo estrictamente relacionado con dicho régimen, buscando su similar con formas societarias, por lo establecido en el art. 3 de la Convención Interamericana de Normas Generales de Derecho Internacional Privado que regula la excepción de institución desconocida.

 
II) Consideraciones formuladas por la Congregación para la Doctrina de la Fe de la Santa Sede el 3 de junio de 2003, siendo su Prefecto el Card. Joseph Ratzinger.

 

Por su enorme relevancia las transcribimos seguidamente.

 

CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

CONSIDERACIONES
ACERCA DE LOS PROYECTOS
DE RECONOCIMIENTO LEGAL
DE LAS UNIONES
ENTRE PERSONAS HOMOSEXUALES

INTRODUCCIÓN

1. Recientemente, el Santo Padre Juan Pablo II y los Dicasterios competentes de la Santa Sede (1) han tratado en distintas ocasiones cuestiones concernientes a la homosexualidad. Se trata, en efecto, de un fenómeno moral y social inquietante, incluso en aquellos Países donde no es relevante desde el punto de vista del ordenamiento jurídico. Pero se hace más preocupante en los Países en los que ya se ha concedido o se tiene la intención de conceder reconocimiento legal a las uniones homosexuales, que, en algunos casos, incluye también la habilitación para la adopción de hijos. Las presentes Consideraciones no contienen nuevos elementos doctrinales, sino que pretenden recordar los puntos esenciales inherentes al problema y presentar algunas argumentaciones de carácter racional, útiles para la elaboración de pronunciamientos más específicos por parte de los Obispos, según las situaciones particulares en las diferentes regiones del mundo, para proteger y promover la dignidad del matrimonio, fundamento de la familia, y la solidez de la sociedad, de la cual esta institución es parte constitutiva. Las presentes Consideraciones tienen también como fin iluminar la actividad de los políticos católicos, a quienes se indican las líneas de conducta coherentes con la conciencia cristiana para cuando se encuentren ante proyectos de ley concernientes a este problema.(2) Puesto que es una materia que atañe a la ley moral natural, las siguientes Consideraciones se proponen no solamente a los creyentes sino también a todas las personas comprometidas en la promoción y la defensa del bien común de la sociedad.

I. NATURALEZA Y CARACTERÍSTICAS IRRENUNCIABLES DEL MATRIMONIO

2. La enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la complementariedad de los sexos repropone una verdad puesta en evidencia por la recta razón y reconocida como tal por todas las grandes culturas del mundo. El matrimonio no es una unión cualquiera entre personas humanas. Ha sido fundado por el Creador, que lo ha dotado de una naturaleza propia, propiedades esenciales y finalidades.(3) Ninguna ideología puede cancelar del espíritu humano la certeza de que el matrimonio en realidad existe únicamente entre dos personas de sexo opuesto, que por medio de la recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus personas. Así se perfeccionan mutuamente para colaborar con Dios en la generación y educación de nuevas vidas.

3. La verdad natural sobre el matrimonio ha sido confirmada por la Revelación contenida en las narraciones bíblicas de la creación, expresión también de la sabiduría humana originaria, en la que se deja escuchar la voz de la naturaleza misma. Según el libro del Génesis, tres son los datos fundamentales del designo del Creador sobre el matrimonio.

En primer lugar, el hombre, imagen de Dios, ha sido creado «  varón y hembra  » (Gn 1, 27). El hombre y la mujer son iguales en cuanto personas y complementarios en cuanto varón y hembra. Por un lado, la sexualidad forma parte de la esfera biológica y, por el otro, ha sido elevada en la criatura humana a un nuevo nivel, personal, donde se unen cuerpo y espíritu.

El matrimonio, además, ha sido instituido por el Creador como una forma de vida en la que se realiza aquella comunión de personas que implica el ejercicio de la facultad sexual. «  Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne  » (Gn 2, 24).

En fin, Dios ha querido donar a la unión del hombre y la mujer una participación especial en su obra creadora. Por eso ha bendecido al hombre y la mujer con las palabras: «  Sed fecundos y multiplicaos  » (Gn 1, 28). En el designio del Creador complementariedad de los sexos y fecundidad pertenecen, por lo tanto, a la naturaleza misma de la institución del matrimonio.

Además, la unión matrimonial entre el hombre y la mujer ha sido elevada por Cristo a la dignidad de sacramento. La Iglesia enseña que el matrimonio cristiano es signo eficaz de la alianza entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef 5, 32). Este significado cristiano del matrimonio, lejos de disminuir el valor profundamente humano de la unión matrimonial entre el hombre la mujer, lo confirma y refuerza (cf. Mt 19, 3-12; Mc 10, 6-9).

4. No existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia. El matrimonio es santo, mientras que las relaciones homosexuales contrastan con la ley moral natural. Los actos homosexuales, en efecto, «  cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso  ».(4)

En la Sagrada Escritura las relaciones homosexuales «  están condenadas como graves depravaciones... (cf. Rm 1, 24-27; 1 Cor 6, 10; 1 Tim 1, 10). Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen esta anomalía sean personalmente responsables de ella; pero atestigua que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados  ».(5) El mismo juicio moral se encuentra en muchos escritores eclesiásticos de los primeros siglos,(6) y ha sido unánimemente aceptado por la Tradición católica.

Sin embargo, según la enseñanza de la Iglesia, los hombres y mujeres con tendencias homosexuales «  deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta  ».(7) Tales personas están llamadas, como los demás cristianos, a vivir la castidad.(8) Pero la inclinación homosexual es «  objetivamente desordenada  »,(9) y las prácticas homosexuales «  son pecados gravemente contrarios a la castidad  ».(10)

II. ACTITUDES ANTE EL PROBLEMA DE LAS UNIONES HOMOSEXUALES

5. Con respecto al fenómeno actual de las uniones homosexuales, las autoridades civiles asumen actitudes diferentes: A veces se limitan a la tolerancia del fenómeno; en otras ocasiones promueven el reconocimiento legal de tales uniones, con el pretexto de evitar, en relación a algunos derechos, la discriminación de quien convive con una persona del mismo sexo; en algunos casos favorecen incluso la equivalencia legal de las uniones homosexuales al matrimonio propiamente dicho, sin excluir el reconocimiento de la capacidad jurídica a la adopción de hijos.

Allí donde el Estado asume una actitud de tolerancia de hecho, sin implicar la existencia de una ley que explícitamente conceda un reconocimiento legal a tales formas de vida, es necesario discernir correctamente los diversos aspectos del problema. La conciencia moral exige ser testigo, en toda ocasión, de la verdad moral integral, a la cual se oponen tanto la aprobación de las relaciones homosexuales como la injusta discriminación de las personas homosexuales. Por eso, es útil hacer intervenciones discretas y prudentes, cuyo contenido podría ser, por ejemplo, el siguiente: Desenmascarar el uso instrumental o ideológico que se puede hacer de esa tolerancia; afirmar claramente el carácter inmoral de este tipo de uniones; recordar al Estado la necesidad de contener el fenómeno dentro de límites que no pongan en peligro el tejido de la moralidad pública y, sobre todo, que no expongan a las nuevas generaciones a una concepción errónea de la sexualidad y del matrimonio, que las dejaría indefensas y contribuiría, además, a la difusión del fenómeno mismo. A quienes, a partir de esta tolerancia, quieren proceder a la legitimación de derechos específicos para las personas homosexuales conviventes, es necesario recordar que la tolerancia del mal es muy diferente a su aprobación o legalización.

Ante el reconocimiento legal de las uniones homosexuales, o la equiparación legal de éstas al matrimonio con acceso a los derechos propios del mismo, es necesario oponerse en forma clara e incisiva. Hay que abstenerse de cualquier tipo de cooperación formal a la promulgación o aplicación de leyes tan gravemente injustas, y asimismo, en cuanto sea posible, de la cooperación material en el plano aplicativo. En esta materia cada cual puede reivindicar el derecho a la objeción de conciencia.

III. ARGUMENTACIONES RACIONALES CONTRA EL RECONOCIMIENTO LEGAL DE LAS UNIONES HOMOSEXUALES

6. La comprensión de los motivos que inspiran la necesidad de oponerse a las instancias que buscan la legalización de las uniones homosexuales requiere algunas consideraciones éticas específicas, que son de diferentes órdenes.

De orden racional

La función de la ley civil es ciertamente más limitada que la de la ley moral,(11) pero aquélla no puede entrar en contradicción con la recta razón sin perder la fuerza de obligar en conciencia.(12) Toda ley propuesta por los hombres tiene razón de ley en cuanto es conforme con la ley moral natural, reconocida por la recta razón, y respeta los derechos inalienables de cada persona.(13) Las legislaciones favorables a las uniones homosexuales son contrarias a la recta razón porque confieren garantías jurídicas análogas a las de la institución matrimonial a la unión entre personas del mismo sexo. Considerando los valores en juego, el Estado no puede legalizar estas uniones sin faltar al deber de promover y tutelar una institución esencial para el bien común como es el matrimonio.

Se podría preguntar cómo puede contrariar al bien común una ley que no impone ningún comportamiento en particular, sino que se limita a hacer legal una realidad de hecho que no implica, aparentemente, una injusticia hacia nadie. En este sentido es necesario reflexionar ante todo sobre la diferencia entre comportamiento homosexual como fenómeno privado y el mismo como comportamiento público, legalmente previsto, aprobado y convertido en una de las instituciones del ordenamiento jurídico. El segundo fenómeno no sólo es más grave sino también de alcance más vasto y profundo, pues podría comportar modificaciones contrarias al bien común de toda la organización social. Las leyes civiles son principios estructurantes de la vida del hombre en sociedad, para bien o para mal. Ellas «  desempeñan un papel muy importante y a veces determinante en la promoción de una mentalidad y de unas costumbres  ».(14) Las formas de vida y los modelos en ellas expresados no solamente configuran externamente la vida social, sino que tienden a modificar en las nuevas generaciones la comprensión y la valoración de los comportamientos. La legalización de las uniones homosexuales estaría destinada por lo tanto a causar el obscurecimiento de la percepción de algunos valores morales fundamentales y la desvalorización de la institución matrimonial.

De orden biológico y antropológico

7. En las uniones homosexuales están completamente ausentes los elementos biológicos y antropológicos del matrimonio y de la familia que podrían fundar razonablemente el reconocimiento legal de tales uniones. Éstas no están en condiciones de asegurar adecuadamente la procreación y la supervivencia de la especie humana. El recurrir eventualmente a los medios puestos a disposición por los recientes descubrimientos en el campo de la fecundación artificial, además de implicar graves faltas de respeto a la dignidad humana,(15) no cambiaría en absoluto su carácter inadecuado.

En las uniones homosexuales está además completamente ausente la dimensión conyugal, que representa la forma humana y ordenada de las relaciones sexuales. Éstas, en efecto, son humanas cuando y en cuanto expresan y promueven la ayuda mutua de los sexos en el matrimonio y quedan abiertas a la transmisión de la vida.

Como demuestra la experiencia, la ausencia de la bipolaridad sexual crea obstáculos al desarrollo normal de los niños eventualmente integrados en estas uniones. A éstos les falta la experiencia de la maternidad o de la paternidad. La integración de niños en las uniones homosexuales a través de la adopción significa someterlos de hecho a violencias de distintos órdenes, aprovechándose de la débil condición de los pequeños, para introducirlos en ambientes que no favorecen su pleno desarrollo humano. Ciertamente tal práctica sería gravemente inmoral y se pondría en abierta contradicción con el principio, reconocido también por la Convención Internacional de la ONU sobre los Derechos del Niño, según el cual el interés superior que en todo caso hay que proteger es el del infante, la parte más débil e indefensa.

De orden social

8. La sociedad debe su supervivencia a la familia fundada sobre el matrimonio. La consecuencia inevitable del reconocimiento legal de las uniones homosexuales es la redefinición del matrimonio, que se convierte en una institución que, en su esencia legalmente reconocida, pierde la referencia esencial a los factores ligados a la heterosexualidad, tales como la tarea procreativa y educativa. Si desde el punto de vista legal, el casamiento entre dos personas de sexo diferente fuese sólo considerado como uno de los matrimonios posibles, el concepto de matrimonio sufriría un cambio radical, con grave detrimento del bien común. Poniendo la unión homosexual en un plano jurídico análogo al del matrimonio o la familia, el Estado actúa arbitrariamente y entra en contradicción con sus propios deberes.

Para sostener la legalización de las uniones homosexuales no puede invocarse el principio del respeto y la no discriminación de las personas. Distinguir entre personas o negarle a alguien un reconocimiento legal o un servicio social es efectivamente inaceptable sólo si se opone a la justicia.(16) No atribuir el estatus social y jurídico de matrimonio a formas de vida que no son ni pueden ser matrimoniales no se opone a la justicia, sino que, por el contrario, es requerido por ésta.

Tampoco el principio de la justa autonomía personal puede ser razonablemente invocado. Una cosa es que cada ciudadano pueda desarrollar libremente actividades de su interés y que tales actividades entren genéricamente en los derechos civiles comunes de libertad, y otra muy diferente es que actividades que no representan una contribución significativa o positiva para el desarrollo de la persona y de la sociedad puedan recibir del estado un reconocimiento legal específico y cualificado. Las uniones homosexuales no cumplen ni siquiera en sentido analógico remoto las tareas por las cuales el matrimonio y la familia merecen un reconocimiento específico y cualificado. Por el contrario, hay suficientes razones para afirmar que tales uniones son nocivas para el recto desarrollo de la sociedad humana, sobre todo si aumentase su incidencia efectiva en el tejido social.

De orden jurídico

9. Dado que las parejas matrimoniales cumplen el papel de garantizar el orden de la procreación y son por lo tanto de eminente interés público, el derecho civil les confiere un reconocimiento institucional. Las uniones homosexuales, por el contrario, no exigen una específica atención por parte del ordenamiento jurídico, porque no cumplen dicho papel para el bien común.

Es falso el argumento según el cual la legalización de las uniones homosexuales sería necesaria para evitar que los convivientes, por el simple hecho de su convivencia homosexual, pierdan el efectivo reconocimiento de los derechos comunes que tienen en cuanto personas y ciudadanos. En realidad, como todos los ciudadanos, también ellos, gracias a su autonomía privada, pueden siempre recurrir al derecho común para obtener la tutela de situaciones jurídicas de interés recíproco. Por el contrario, constituye una grave injusticia sacrificar el bien común y el derecho de la familia con el fin de obtener bienes que pueden y deben ser garantizados por vías que no dañen a la generalidad del cuerpo social.(17)

IV. COMPORTAMIENTO DE LOS POLÍTICOS CATÓLICOS ANTE LEGISLACIONES FAVORABLES A LAS UNIONES HOMOSEXUALES

10. Si todos los fieles están obligados a oponerse al reconocimiento legal de las uniones homosexuales, los políticos católicos lo están en modo especial, según la responsabilidad que les es propia. Ante proyectos de ley a favor de las uniones homosexuales se deben tener en cuenta las siguientes indicaciones éticas.

En el caso de que en una Asamblea legislativa se proponga por primera vez un proyecto de ley a favor de la legalización de las uniones homosexuales, el parlamentario católico tiene el deber moral de expresar clara y públicamente su desacuerdo y votar contra el proyecto de ley. Conceder el sufragio del propio voto a un texto legislativo tan nocivo del bien común de la sociedad es un acto gravemente inmoral.

En caso de que el parlamentario católico se encuentre en presencia de una ley ya en vigor favorable a las uniones homosexuales, debe oponerse a ella por los medios que le sean posibles, dejando pública constancia de su desacuerdo; se trata de cumplir con el deber de dar testimonio de la verdad. Si no fuese posible abrogar completamente una ley de este tipo, el parlamentario católico, recordando las indicaciones dadas en la Encíclica Evangelium Vitæ, «  puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública  », con la condición de que sea «  clara y notoria a todos  » su «  personal absoluta oposición  » a leyes semejantes y se haya evitado el peligro de escándalo.(18) Eso no significa que en esta materia una ley más restrictiva pueda ser considerada como una ley justa o siquiera aceptable; se trata de una tentativa legítima, impulsada por el deber moral, de abrogar al menos parcialmente una ley injusta cuando la abrogación total no es por el momento posible.

CONCLUSIÓN

11. La Iglesia enseña que el respeto hacia las personas homosexuales no puede en modo alguno llevar a la aprobación del comportamiento homosexual ni a la legalización de las uniones homosexuales. El bien común exige que las leyes reconozcan, favorezcan y protejan la unión matrimonial como base de la familia, célula primaria de la sociedad. Reconocer legalmente las uniones homosexuales o equipararlas al matrimonio, significaría no solamente aprobar un comportamiento desviado y convertirlo en un modelo para la sociedad actual, sino también ofuscar valores fundamentales que pertenecen al patrimonio común de la humanidad. La Iglesia no puede dejar de defender tales valores, para el bien de los hombres y de toda la sociedad.

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la audiencia concedida al Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 28 de marzo de 2003, ha aprobado las presentes Consideraciones, decididas en la Sesión Ordinaria de la misma, y ha ordenado su publicación.

Dado en Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 3 de junio de 2003, memoria de San Carlos Lwanga y Compañeros, mártires.

Joseph Card. Ratzinger - Prefecto

Angelo Amato, S.D.B. - Arzobispo titular de Sila - Secretario


(1) Cf. Juan Pablo II, Alocución con ocasión del rezo del Angelus, 20 de febrero de 1994 y 19 de junio de 1994; Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo para la Familia, 24 de marzo de 1999; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2357-2359, 2396; Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Persona humana, 29 de diciembre de 1975, n. 8; Carta sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, 1 de octubre de 1986; Algunas consideraciones concernientes a la Respuesta a propuestas de ley sobre la no discriminación de las personas homosexuales, 24 de julio de 1992; Pontificio Consejo para la Familia, Carta a los Presidentes de las Conferencias Episcopales de Europa sobre la resolución del Parlamento Europeo en relación a las parejas de homosexuales, 25 de marzo de 1994; Familia, matrimonio y «  uniones de hecho  », 26 de julio de 2000, n. 23.

(2) Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, 24 de noviembre de 2002, n. 4.

(3) Cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 48.

(4) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2357.

(5) Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Persona humana, 29 de diciembre de 1975, n. 8.

(6) Cf. por ejemplo S. Policarpo, Carta a los Filipenses, V, 3; S. Justino, Primera Apología, 27, 1-4; Atenágoras, Súplica por los cristianos, 34.

(7) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2358; Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, 1 de octubre de 1986, n. 12.

(8) Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2359; Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, 1 de octubre de 1986, n. 12.

(9) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2358.

(10) Cf. Ibid., n. 2396.

(11) Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, 25 de marzo de 1995, n. 71.

(12) Cf. ibid., n. 72.

(13) Cf. Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiæ, I-II, p. 95, a. 2.

(14) Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, 25 de marzo de 1995, n. 90.

(15) Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Donum vitæ, 22 de febrero de 1987, II. A. 1-3.

(16) Cf. Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiæ, II-II, p. 63, a.1, c.

(17) No hay que olvidar que subsiste siempre «  el peligro de que una legislación que haga de la homosexualidad una base para poseer derechos pueda estimular de hecho a una persona con tendencia homosexual a declarar su homosexualidad, o incluso a buscar un partner con el objeto de aprovecharse de las disposiciones de la ley  » (Congregación para la Doctrina de la Fe, Algunas consideraciones concernientes a la Respuesta a propuestas de ley sobre la no discriminación de las personas homosexuales, 24 de julio de 1992, n. 14).

(18) Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium vitæ, 25 de marzo de 1995, n. 73.

 

III) Conclusiones finales.

 

De lo expuesto, tanto desde el punto de vista del orden jurídico positivo como desde el ángulo de la doctrina social cristiana, surge clara la inconveniencia de reconocer legalmente, por parte de los Estados, a las uniones civiles homosexuales, -estén equiparadas plenamente al matrimonio o no-, por ir contra el derecho natural y encontrarse fuera del alcance extensivo de la categoría matrimonio claramente en la gran mayoría de los Derechos, como en Uruguay. En caso que la mayoría de los Derechos la admitiera, entonces deberá de ser desconocida recurriendo a la excepción del orden público internacional. El matrimonio es un vínculo constituido por definición esencial entre personas de distinto sexo, en tanto éste es un instituto del Derecho de Familia, reconocido como preexistente al propio Estado y no puede pretender asimilarse la unión entre personas del mismo sexo a la institución matrimonial, con la complementariedad física y síquica correspondiente y por ello potencialmente abierta a la vida, que además cumple un fin social que la unión civil homosexual nunca podrá desempeñar.

 

*) Carlos Álvarez Cozzi es Profesor Titular de Derecho Privado en la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración y Profesor Adjunto de Derecho Internacional Privado en la Facultad de Derecho de la Universidad de la República (de Montevideo, Uruguay). Además es consultor jurídico de www.es.catholic.net y miembro de la Comisión Arquidiocesana de Bioética de Montevideo.

 

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Mensaje Final del II Congreso Nacional de la Familia

 

II Congreso Nacional de la Familia

 

1.      Una buena noticia sobre la familia.

Las familias católicas del Uruguay, congregadas junto a nuestros Pastores, nos dirigimos a todos nuestros conciudadanos a fin de:

·        anunciarles la buena noticia sobre la familia revelada por Jesucristo, el Señor Resucitado;

·        invitarlos a colaborar en la defensa y la promoción de la familia, "base de nuestra sociedad" (Artículo 40 de la Constitución de la República), a fin de que la familia sea el corazón de una cultura del amor;

·        transmitirles algunas conclusiones extraídas de las múltiples reflexiones y experiencias compartidas durante el Congreso.

 

2.      Los derechos y deberes de las familias.

"Por el hecho de haber dado la vida a sus hijos, los padres tienen el derecho originario, primario e inalienable de educarlos; por esta razón ellos deben ser reconocidos como los primeros y principales educadores de sus hijos." (Pontificio Consejo para la Familia, Carta de los Derechos de la Familia, Art. 5).

La libertad de elegir la clase de educación que queremos para nuestros hijos es un derecho humano fundamental. La organización del sistema educativo uruguayo no respeta este derecho básico, contrariando lo garantizado por el Artículo 68 de la Constitución y discriminando injustamente a quienes no están de acuerdo con el tipo de educación brindado en los establecimientos de enseñanza del Estado. Nos comprometemos a trabajar para cambiar esta situación inconstitucional y antidemocrática, a fin de que el Estado asuma plenamente su deber de ayudar a los padres a ejercer su derecho de educar a sus hijos conforme a sus propias convicciones.

 

"Las familias tienen el derecho de poder contar con una adecuada política familiar por parte de las autoridades públicas en el terreno jurídico, económico, social y fiscal, sin discriminación alguna" (Pontificio Consejo para la Familia, Carta de los Derechos de la Familia, Art. 9).

La crisis de la familia no es sólo una consecuencia sino también una causa de la pobreza. El fortalecimiento de la familia debe ser un objetivo central de verdaderas políticas de Estado, en esencia independientes de los vaivenes electorales. La familia debe ser asumida como sujeto y objeto político y no como la destinataria de una mera sumatoria de políticas que no la consideran en su unidad. Se debe prestar particular atención a las políticas de empleo.

 

"La vida humana debe ser respetada y protegida absolutamente desde el momento de la concepción." (Pontificio Consejo para la Familia, Carta de los Derechos de la Familia, Art. 4).

El Uruguay vive un momento crítico de su historia en lo que respecta al primero de los derechos humanos, el derecho a la vida. Exhortamos a todos los uruguayos a unir sus fuerzas para:

·        Rechazar la legalización del aborto voluntario.

·        Brindar alternativas válidas a las madres que esperan hijos no deseados.

·        Modificar la normativa vigente en materia de adopciones, a fin de facilitarlas.

·        Prohibir la clonación humana y toda forma de reproducción humana asistida que no respete la dignidad esencial del ser humano.

Nos comprometemos a ser, en estos asuntos fundamentales, la voz y el voto de aquellos que no tienen ni voz no voto.

 

3.      La familia es un capital social.

La familia es la expresión fundamental de la naturaleza social del ser humano. Es una comunidad de personas basada en la alianza conyugal, por la cual un hombre y una mujer se entregan y aceptan mutuamente, estableciendo entre sí una comunión íntima de vida y de amor ordenada al bien de ambos y a la procreación y la educación de los hijos. El matrimonio es una institución natural dotada por el Creador de una muy alta dignidad, que debe ser amparada por la ley civil. No corresponde equiparar el matrimonio con ninguna forma de "unión de hecho".

 

El desarrollo económico de un país depende crucialmente de su "capital humano". La familia tiene un rol fundamental en la formación de este capital, por lo que una estructura familiar débil atenta gravemente contra la economía de una sociedad. La familia educa en virtudes fundamentales para la economía tales como honestidad, responsabilidad, laboriosidad, austeridad y solidaridad.

 

Nuestra civilización, afectada por ideologías materialistas, secularistas, racionalistas, relativistas y utilitaristas, vive una época de crisis moral y espiritual. A menudo los medios de comunicación social transmiten estas ideologías negativas hacia las familias. En este contexto no es fácil para las familias cumplir su misión de ser transmisoras de los valores humanos y cristianos. Las comunidades cristianas (parroquias, colegios, movimientos etc.) deben apoyar a las familias en esta difícil tarea.

 

4.      La familia es el primer camino de la Iglesia.

La familia es una prioridad pastoral para toda la Iglesia. Dado que la familia forma parte del ser del hombre, toda acción pastoral de la Iglesia incide también sobre la familia. Las distintas ramas de la pastoral de conjunto deben ser coordinadas con la pastoral familiar. Por ejemplo, es imprescindible un trabajo conjunto entre la pastoral juvenil y la pastoral familiar en el área del noviazgo. La pastoral familiar debe llegar a todos los integrantes de la familia y tener en cuenta las situaciones de todas las familias (por ejemplo, los problemas propios de las familias rurales, el drama de la emigración que sufren tantas familias uruguayas, etc.).

 

La crisis de fe que afecta a muchas familias dificulta los procesos de iniciación cristiana realizados en parroquias o colegios. La catequesis familiar es una nueva metodología catequética que apunta a apoyar a la familia cristiana para que pueda cumplir eficazmente su misión de educar en la fe. Alentamos a los catequistas del Uruguay a conocer, experimentar y evaluar esta metodología.

 

La Iglesia comparte las alegrías y tristezas de las familias de nuestro país y quiere estar a su lado, ayudarlas a resolver sus problemas en distintos órdenes de la vida y transmitirles el misterio de la fe en el Dios revelado por Cristo. A la miríada de obras sociales eclesiásticas o civiles de inspiración católica de nuestro país se podrían sumar con fruto centros especializados en los problemas de la familia (consultorios familiares, centros de escucha y acogida, pastoral de acompañamiento, etc.)

 

5.      La familia cristiana, iglesia doméstica.

La familia cristiana está fundada sobre el sacramento del matrimonio, que hace a los esposos partícipes del misterio de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia. Como Cristo amó a la Iglesia hasta el extremo y entregó su vida por ella, así los esposos deben amarse y entregarse recíprocamente.

 

Hay una vocación cristiana a la santidad en la vida matrimonial. Es preciso reconocer su altísima dignidad e impulsar a los novios y esposos a cumplir siempre la voluntad de Dios, viviendo lo ordinario de manera extraordinaria. Los padres, fortalecidos por la gracia del sacramento del matrimonio, son los pastores de la familia, iglesia doméstica. Han de ayudar a sus hijos a crecer en santidad y a descubrir y vivir su propia vocación particular, siguiendo a Cristo como María.

 

La familia cristiana participa de la misión de todo el Pueblo de Dios. Debe anunciar el Evangelio de Jesucristo con palabras y obras, sobre todo con el testimonio de una vida familiar ejemplar, yendo al encuentro de los otros y acogiéndolos con calidez, especialmente a las familias en situaciones difíciles o irregulares.

 

Al concluir este mensaje nos dirigimos especialmente a todos los matrimonios del Uruguay, llamando a cada esposo y esposa a renovar la entrega sincera de sí mismo, a construir entre ambos un amor fiel, fecundo, paciente, solidario y misericordioso y a vivir la paternidad responsable con generosidad.

 

Por la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, ama de casa y sede de la Sabiduría, rogamos a nuestro Padre Dios que bendiga a todas las familias del Uruguay y las colme de su gracia, por medio de su Hijo Jesucristo, nuestro único Salvador, en el Espíritu Santo. Amén.

 

Montevideo, 12 de octubre de 2003.

 

Fuente: II Congreso Nacional de la Familia. Montevideo, 11-12 de octubre de 2003, Conferencia Episcopal del Uruguay, Comisión Nacional de Pastoral Familiar, Montevideo 2005, Mensaje Final, pp. 165-168.

 

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"La familia, piedra angular del Estado", según Luis Alberto de Herrera

 

Álvaro Fernández Texeira-Nunes

 

Hace poco estaba releyendo el libro "La Revolución Francesa y Sudamérica", escrito en 1910 por el Dr. Luis Alberto de Herrera, líder indiscutido del Partido Nacional uruguayo durante más de medio siglo y abuelo del ex - Presidente de la República, Dr. Luis Alberto Lacalle Herrera. Mientras repasaba la Introducción -a cargo del entonces diputado Walter Santoro-, a la edición de la Cámara de Representantes publicada en 1988, me impactaron las citas firmes y enérgicas del gran caudillo nacionalista respecto a la importancia de las familias fecundas en el desarrollo de las sociedades. En vista de la gran actualidad del problema en Uruguay, pasé de inmediato a leer el capítulo correspondiente y de ahí a escribir este artículo. Porque es importante recordar la concepción que tenía Herrera sobre la familia, hoy tan desfigurada por aberrantes modelos importados; y porque la familia, en cuanto piedra angular, es anterior al Estado: de lo que se deduce que el Estado debe defender a la institución que le da origen y promoverla a como dé lugar –respetando, desde luego, el principio de subsidiariedad-. Pero démosle la palabra a Herrera.

 

En el Capítulo XII del libro citado, "La actualidad social en Francia", el Dr. Herrera comenta algunos males que aquejaban en ese entonces a dicho país; en particular, afirma que:

 

"Vale la pena detenerse un instante ante el síntoma doloroso ofrecido por la despoblación; y decimos vale la pena, porque de esa calamidad nacional derivan en línea recta, multiplicados prejuicios materiales y morales. (...)

 

La explicación, toda la explicación, la da la tasa de natalidad: la firme y generalizada voluntad de no tener hijos.

 

¡Muchos adultos y pocos niños! Con razón alguien ha dicho que "Francia empieza, lentamente a quedar vacía".

 

Inspirándose en el amargo y aleccionador verismo de Taine, en un artículo sensacional, recién publicado, expone Charles Torquet: "Durante tantos siglos Francia ha sido hogar de ideas nuevas y de progreso que ha podido afirmarse, sin chauvinismo, hasta tiempos recientes que ella trazaba la ruta de la civilización. Ya no se puede decir lo mismo. Sin duda Francia contiene siempre cantidad de grandes espíritus y de eminentes sabios, pero esta producción, como las otras, -comercio, marina, industria, agricultura, etc.- declina en ella y ésta es la consecuencia de una improductividad que entraña todas las otras: la de individuos".

 

El doctor Bertrillon, llevando aún más adentro el filo del escalpelo, acaba de demostrar, con datos irrebatibles, que en la capital son las clases superiores las que engendran menos hijos, dentro del mismo mínimum vulgar. Los nacimientos son dos veces más raros en el barrio del Elíseo, el más rico de París, que en los vecindarios más modestos de la ciudad. Éstas son sus palabras: "En su conjunto, estas cifras traducen una verdad, una verdad impresionante: esto es, que Francia marchará rápidamente a su pérdida porque ella sigue el ejemplo de quienes debieran esclarecerla y aconsejarla".

 

Tan procesal comentario hiere la cuestión en su centro. Porque si bien la despoblación es causa de una serie de perjuicios nacionales crecientes, a su vez ella denuncia uno de los efectos funestos de una gran causa madre: la decadencia moral, patriótica y política de la sociedad francesa.

 

Nada tiene que ver la esterilidad física con la disminución, ya orgánica, de la natalidad. Se ha renunciado a tener prole por cálculo egoísta, por interés bajo de lucro, para no lastimar en un ápice la holgura económica de que se disfruta; porque se prefiere el lujo de las sedas y de los automóviles a la fortuna millonaria de los afectos inconmovibles.

 

Así se da razón al profesor alemán que exclamó: "¡Más féretros que cunas! Éste es el principio del fin. Finis Gallioe. De este modo deben desaparecer, por su propia falta, los pueblos que han roto con las leyes fundamentales de la vida".

 

Es la familia, piedra angular del Estado, la atacada por la aberración dominante.

 

Máximum de placer, mínimum de dolor: ahí está la divisa de la actualidad. Pero el placer entendido en su concepto frívolo, material, ajeno a las angustias de los sentimientos superiores y a las torturas de la abnegación y el deber. Los hijos son considerados obstáculo serio a su conquista porque la maternidad marchita el cuerpo y crea obligaciones de hierro: porque ellos sombrean el horizonte con ansiedades y quitan brillo a la vida de salón.

 

¡Nadie quiere niños! Si acaso uno, cuando más dos. Los perjuicios de esta amputación sentimental son incalculables. Las patrias viven de la transferencia hereditaria de grandes idolatrías, entregadas, con fervor de culto, por cada generación a la generación siguiente. Y bien, cuando los hogares reniegan de la infancia y faltan sus santas curiosidades, (...) y se vive en eterna rebelión tiesa contra la edad, persiguiendo con horror sus huellas obligadas, y se inmolan los cariños exaltados de la sangre, en tan artificiales circunstancias puede afirmarse que se falta a las leyes del patriotismo, rompiendo el eslabonamiento natural y fecundo de las generaciones.

 

En París, se reemplaza a los hijos, tan temidos, por la pasión excesiva de los irracionales. Jamás podrá habituarse el extranjero al espectáculo de esta extraordinaria sustitución que evoca, vívida, aquella referencia de Plutarco: "Viendo César en Roma, según parece, a ciertos forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en brazos perritos y monitos pequeños, les preguntó si las mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por este término, de una manera verdaderamente imperatoria, a los que la inclinación natural que hay en nosotros a la moralidad y la humanidad, debiéndose a solos los hombres, la trasladan a las bestias".

 

En sus romances evangélicos Zola, cumpliendo con un luminoso apostolado, ha puesto estigma de fuego a las madres y padres de su raza que ofenden las leyes de la creación. Las páginas de Fecondité son un monumental homenaje cívico".

 

Hasta aquí los comentarios del Dr. Herrera sobre la realidad demográfica francesa a principios del siglo XX. ¡Qué impresionante paralelismo con la realidad de tantos países de hoy, incluido el Uruguay! El alegato del Dr. Herrera, cargado de sentido común, de argumentos científicos y de principismo bioético, nos lleva a reflexionar sobre la urgente necesidad de promocionar la familia y, con ella, los hogares generosos y fecundos, "millonarios en los afectos", esforzados servidores de la patria y celosos cumplidores de los deberes naturales de todo ser humano.

 

En este sentido, debemos destacar que se necesitan políticas para fomentar las familias numerosas, porque si nos quedamos sin familia, nos quedamos sin gente, nos quedamos sin país. Las cifras cantan: uno de los problemas más acuciantes de la sociedad uruguaya, es la altísima relación de pobladores pasivos/activos. El estancamiento o decrecimiento de la población, determina incrementos en esta relación, con la consiguiente recarga impositiva -a todas luces insoportable- para los trabajadores activos. Por otra parte, nos quejamos a menudo de que "el mercado interno es chico"; nosotros preguntamos, ¿quién se preocupa de agrandarlo?

 

Según datos publicados en marzo de 2000 por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en los países ricos, las pensiones de los jubilados pronto pesarán fuertemente sobre las economías. Para el año 2030 se calcula que en los países miembros de la OCDE la proporción de personas de 65 años ó más, con respecto a la fuerza laboral, será del 32,7%, comparado con el 20,6% actualmente. El estudio de la OCDE confirma que la presión del envejecimiento será uno de los grandes retos que los países industrializados deben afrontar en las próximas décadas. Algo que implica grandes cambios en las finanzas públicas, los sistemas de pensiones, el servicio sanitario, donde habrá necesidad de reformas radicales (1). En Uruguay, donde los indicadores demográficos son similares a los de los países industrializados, las proyecciones son similares: según datos tomados del Censo de Población del INE, en 1963 la relación pasivo/activo era del 11,5%, en 1996 era del 20,06% -casi igual a la relación actual de los países de la OCDE- y las proyecciones para el 2029, de mantenerse las tendencias, son aún mayores que las estimadas para los países de la OCDE: 34,9%.

 

Alguien podrá argumentar que las afirmaciones del Dr. Herrera han perdido actualidad, porque -de acuerdo con las teorías malthusianas-, el mundo está superpoblado. Después de todo acaba de nacer -supuestamente- el habitante número 6.000.000.000. En primer, lugar recordamos a quienes así piensan, que esas teorías datan de 1798 sin que hasta ahora se hayan confirmado; en segundo lugar citamos los pronósticos revelados en Estados Unidos por la revista World Future Society (2), quien solicitó a "Outlook 2000" la realización de los 10 pronósticos más significativos para el próximo milenio. "De los diez pronósticos más importantes aportados por genios científicos, pensadores e investigadores norteamericanos, dos se refieren a augurar el fin del mito de la superpoblación y, más bien, el descenso poblacional. En efecto, el pronóstico 7 augura que "la población del planeta se estabilizará hacia el 2035, mientras que la cantidad de animales domésticos aumentará de manera espectacular"; el pronóstico 10 afirma que "en el siglo XXI las tasas de nacimiento caerán y la esterilidad masculina aumentará en Estados Unidos y Europa debido a la merma de espermatozoides en el semen. Esta cantidad ya disminuyó en 50% desde los años 30, quizás por la presencia de productos químicos en el medio ambiente que afectan la producción de espermatozoides en el ser humano". Esta estabilización de la población mundial se dará aún teniendo en cuenta que "la cantidad de personas con más de cien años de edad pasará de 135.000 en la actualidad a 2,2 millones para el 2050".

 

No cabe duda que Herrera fue un visionario. Sus ideales, sus argumentos racionales, científicos y al mismo tiempo respetuosos de la dignidad humana, no han pasado de moda; por eso, independientemente de su nacionalidad y de la realidad histórica que le tocó vivir, los líderes políticos de hoy, deberían hacerlos propios con particular orgullo y empeño. Nos encontramos en un mundo "ajeno a las angustias de los sentimientos superiores y a las torturas de la abnegación y el deber", en el que sólo queda un camino: fomentar, promover e impulsar a tiempo y a destiempo, en Uruguay y en toda Hispanoamérica, políticas tan audaces como eficaces de promoción y defensa de las familias fecundas; sin olvidar por supuesto, las positivas repercusiones económicas del crecimiento poblacional para la sociedad en su conjunto. He aquí un desafío en el cual ningún hombre de buena voluntad puede dejar de ser protagonista.

 

Notas:

 

1) ZENIT, 22/01/2000, extraído de Il Sole-24 Ore, 16/1/00.

 

2) ACI - 10/12/99 (Washington, DC).

 

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La fe y la filosofía

Lic. Néstor Martínez

La fe tiene una dimensión filosófica. Hay una filosofía cristiana.

Con esto queremos decir ahora, no tanto una filosofía que se deja guiar por la fe cristiana, cuanto una filosofía que viene implícita en la misma Revelación.

A esto se puede objetar que lo que viene por Revelación es teología, no es filosofía.
Sin embargo, la Iglesia ha definido dogmas en materias que son filosóficas. Así, el Concilio Vaticano I, en la Constitución DogmáticaDei Filius”; basándose en Rom. 1, 20ss y en Sab. 13, define que Dios, uno y verdadero, Creador y Señor nuestro, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón, por medio de las cosas creadas.

La Revelación contiene, entonces, algunas verdades de orden filosófico.

Estas verdades, en sí mismas consideradas, son filosóficas. En cuanto son sobrenaturalmente reveladas, son teológicas.

Si se quiere, son filosóficas “quoad substantiam” y teológicas “quoad modum”.

Mientras que las mismas verdades, en tanto que demostradas por la sola razón natural, son filosóficas también “quoad modum”.

Esto tiene consecuencias muy importantes. La más importante de todas tal vez sea ésta: se puede pecar contra la fe también en el plano filosófico.

Porque al negar ciertas verdades filosóficas, se estará negando verdades que son reveladas por Dios.

La ortodoxia cristiana y católica, entonces, no consiste solamente en profesar todas las verdades reveladas que son teológicas “quoad substantiam”, es decir, las verdades que tienen que ver con misterios sobrenaturales como la Trinidad y lo que de ella se deriva.

Y de aquí se sigue que un modo de corromper la fe de los fieles es inducirlos a negar ciertas verdades filosóficas manteniendo, en apariencia al menos, todas las verdades propiamente teológicas.

De hecho la filosofía moderna, o niega esas verdades filosóficas que la Revelación trasmite, o niega la posibilidad de conocerlas filosóficamente.

En el primer caso, se trata de filosofías que contradicen la visión cristiana del ser.

Al adoptarlas, lo que se hace es deformar en su base la fe cristiana. Pensemos por ejemplo en el hegelianismo, con su reducción del ser al devenir. Si esto se aplica a la teología, entonces tenemos un Dios cambiante e identificado con el mundo, que no es el Dios de la Revelación.

Por este camino, un cristiano llegará necesariamente a una forma de racionalismo filosófico, que somete la fe a la razón, si no es que se queda a medio camino, inestablemente, en una especie de “doble verdad”: hegeliano en filosofía, realista y cristiano en teología.

En teología, entonces, ese cristiano será fideísta; en filosofía, racionalista. Porque las verdades teológicas deberá sostenerlas a contrapelo de lo que le dice la razón filosófica.

Ésta es una postura contradictoria, porque entre las mismas verdades teológicas, al menos “quoad modum”, hay, como vimos, verdades filosóficas.

En el segundo caso, se trata de filosofías que niegan la metafísica y se estacionan en un agnosticismo radical respecto del ser de las cosas.

Estos cristianos, se podría decir, mantienen las verdades filosóficas propias de la fe cristiana, pero solamente por fe, es decir, para ellos son filosóficas solamente “quoad substantiam”, no “quoad modum”.

Sin embargo, resulta que por ello mismo, estos cristianos están yendo en contra de la Revelación, pues ésta contiene, como dijimos, no solamente algunas verdades que de suyo son filosóficas, sino también la afirmación de que estas verdades pueden ser conocidas por la sola luz natural de la razón, es decir, comentamos nosotros, filosóficamente.

Es decir, el agnosticismo metafísico es contrario a la fe cristiana.

Dicho de otro modo: paradójicamente, el que sostiene que solamente por la fe se puede llegar a ciertas verdades de orden filosófico, va en contra de esa misma fe.

Es posible, ciertamente, que un cristiano no conozca ninguna forma de conocer filosóficamente, con certeza, la existencia de Dios, o que todavía no la haya encontrado, pero eso no lo exime de profesar, con la Iglesia, que tal conocimiento filosófico es posible, aunque él personalmente todavía no sepa cómo alcanzarlo.

Y eso lo lleva a oponerse a los agnosticismos metafísicos y a hacer la crítica de los mismos, porque son contradictorios con su propia fe y porque, aunque no encuentre aún una vía filosófica cierta hacia la existencia de Dios, sí puede encontrar, filosóficamente, las fallas de los argumentos con que intenta imponerse el agnosticismo filosófico.

Si por el contrario, este cristiano adopta el punto de vista agnóstico en filosofía, mantendrá las verdades filosóficas de la Revelación solamente por fe, pero se trata entonces de un fideísmo herético, cuya base es en última instancia filosófica: el agnosticismo de origen empirista o kantiano.

Esto es grave, porque la teología católica enseña que el que peca contra una verdad de fe, peca contra toda la fe y ya no puede decirse que tenga la fe teologal, sino que a lo sumo tendrá la fe humana de los herejes. Una fe que no se apoya en última instancia en la Palabra de Dios, sino en el propio raciocinio humano, una fe que no salva y que no hace a su portador miembro de la comunidad de los creyentes. Curiosamente, pero no tanto, este fideísmo se basa, en última instancia, en una postura racionalista.

Por ello se entiende mejor la insistencia de los Papas en recomendar a Santo Tomás, que tan admirablemente supo ilustrar la capacidad metafísica natural de la inteligencia humana en orden a su armonía con la verdad sobrenaturalmente revelada: no se trata solamente de hacer posible el encuentro entre la fe y la razón, o de evangelizar la cultura, sino de salvaguardar la fe misma del pueblo cristiano.

Y se entiende también el encarnizamiento con que los enemigos de la fe católica atacan a Santo Tomás. Al igual que su Maestro, Santo Tomás resulta hoy día signo de contradicción.

Un ejemplo típico de lo que venimos diciendo lo tenemos en el ideólogo marxista italiano Antonio Gramsci. Fue considerado en su tiempo un heterodoxo del marxismo, porque a diferencia del leninismo, no ponía el acento en las contradicciones económicas de clases como medio para llegar violentamente al poder, sino en la lenta transformación de la cultura, en orden a conquistar el poder político por una estrategia silenciosa, gradual, a largo plazo. A los leninistas ortodoxos aquello parecía una vuelta al “idealismo burgués” que privilegiaba la “superestructura”.

Sin embargo, el peso histórico de Gramsci tal vez lo estemos viendo recién hoy día, en que los partidos de izquierda acceden al poder en muchos lugares, incluso en nuestro mismo país, luego de haber trabajado durante años la mentalidad de los pueblos mediante políticas, justamente, culturales, de largo plazo.

En realidad, muchas de las características más salientes del momento cultural actual, el relativismo, la negación de la naturaleza humana, la perversión hasta límites insospechados de las más elementales y básicas nociones del sentido común a nivel especulativo y moral, el proyecto, en fin, de “reinventar” al ser humano desde la misma raíz, proyecto satánico que resume el “serán como dioses” del comienzo de la historia, casan admirablemente con los postulados básicos de la filosofía gramsciana.

En este número de “Fe y Razón” dedicado a la familia y a la vida y a la crisis que hoy día se vive en nuestra sociedad respecto de las mismas, no podía faltar la mención de la influencia gramsciana en estos temas.

Pues bien, Gramsci, italiano, sabía que el principal adversario con que tendría que lidiar era la cultura cristiana de su pueblo y centraba su ataque en los siguientes frentes: la familia, la Iglesia y el realismo filosófico del sentido común.

Esto incluye, en buen criollo, el tomismo. Es interesante que otro marxista que al final fue expulsado del Partido Comunista francés, Henri Lefebvre, diga, en un libro que escribió cuando aún pertenecía al partido, que las dos únicas cosmovisiones consistentes que se enfrentaban en su tiempo eran el marxismo y el tomismo.

Es sabido que Gramsci ha tenido influencia en algunas teologías de la liberación, las más conocidas, las de corte marxista, y que por ejemplo Paulo Freire, ampliamente divulgado en su momento en nuestro medio por sus aportes pedagógicos, estaba bajo la influencia del gramscismo.

Y es que Gramsci, al parecer, apostaba al suicidio “desde dentro” de la Iglesia Católica, que en su opinión debía perecer, no mediante una persecución violenta, sino mediante la lenta y sutil transformación de la mentalidad de los católicos mismos, ante todo de los dirigentes y los intelectuales.

Eso arroja una luz muy sugestiva sobre la marginación de que viene siendo objeto el tomismo en muchos ambientes eclesiales, desde hace ya muchos años. Por eso mismo, se impone con más razón aún a los católicos el deber de fortalecerse en la fe, limpiando la razón de adherencias filosóficas extrañas y contrarias a la Revelación cristiana, y profundizando para ello, en la medida de las posibilidades de cada uno, en la perenne sabiduría filosófica y teológica de Santo Tomás de Aquino, constantemente recomendada por el Magisterio de la Iglesia.

 

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Consejo Pontificio para los Laicos

XXI Asamblea plenaria, 24-28 de noviembre de 2004

 

Cuestiones cruciales sobre la situación actual del laicado

 

Prof. Guzmán Carriquiry

 

Intentaré una introducción esquemática sobre las cuestiones cruciales del laicado en nuestro tiempo, con la esperanza que sea sugestiva, estimulante, provocativa, capaz de suscitar nuevas reflexiones sobre un tema con vastas y múltiples repercusiones.

 

Una premisa y diez puntos.

 

La premisa es que debemos ser conscientes que somos protagonistas de una gran corriente histórica contemporánea que fuera llamada de “promoción del laicado”, que hunde sus raíces históricas en la segunda mitad del siglo XIX y que se desarrolla como una de las características que marcará el siglo XX eclesial. Desde el punto de vista crítico, esta corriente implica la superación de las huellas clericalistas presentes en el rostro y la praxis de la Iglesia en la época tridentina tardía, causadas por la reacción resistente y defensiva ante el asedio de la modernidad secularizada bajo el impulso de las dos instancias críticas de la Reforma protestante y de la Ilustración. Desde el punto de vista proposicional, esta corriente manifiesta y suscita una renovada autoconciencia de la vocación, dignidad, identidad de los fieles laicos, de su pertenencia, corresponsabilidad, participación en la comunión eclesial, de su responsabilidad y contribución singular a la misión.

 

En este marco, enunciaré sólo 10 hipótesis de juicio sobre cuestiones cruciales que se presentan al inicio del siglo XXI (con la advertencia que éstas se implican y se entrelazan unas con otras).

 

Primera hipótesis. Los bautizados en la Iglesia católica son más de mil millones. El 98% de los bautizados son laicos, pero de éstos sólo una media aproximada entre el 5 y el 10% participa en lo que se considera un índice necesario pero no suficiente de la praxis cristiana: el precepto dominical. Para muchos el bautismo ha quedado sepultado bajo una capa de indiferencia y olvido en medio de una inaudita descristianización. Y de ese 10% hay un alto porcentaje que vive la propia confesión cristiana en modo fragmentario y episódico, seleccionando las verdades de la doctrina y la moral de la Iglesia que desean seguir, con poca repercusión en la propia existencia. Alguien dijo que el laicado es como un gigante dormido, un enorme potencial sin explotar. La primera hipótesis de juicio, es decir, la primera cuestión crucial es cómo viene acogido el don de la fe, cómo uno lo abraza, cómo lo vive y lo piensa, cómo lo celebra, cómo lo comunica. La primera cuestión crucial es la fe de los cristianos –¡es el acontecimiento de Cristo en la vida de la persona! - y no las circunstancias ni las tareas que deben enfrentar.

 

La segunda hipótesis de juicio. Siempre necesitamos – y hoy más que nunca – de una vasta y perseverante misión capilar de evangelización, de catequesis, de educación en la fe, de formación cristiana de los bautizados, de iniciación a la madurez cristiana. Esta tarea requiere:

-         Incorporar al bautizado en la corriente de la tradición católica (corriente de gracia y santidad, de doctrina y caridad, de cultura cristiana y de obras).

-         Dar “forma” a la vida en todas sus dimensiones, yendo más allá del tranquilo divorcio entre fe y vida, entre fe y cultura.

-         Suscitar una sensibilidad y una mentalidad católicas que generen un hábito de mirar toda la realidad y de juzgarlo todo a la luz de la fe.

 

Tercera hipótesis de juicio. Diría que una cuestión crucial que aún se plantea es la que llamaría la “acogida de las enseñanzas del Concilio Vaticano II”, o también, la conciencia y la profundización de la identidad de los fieles laicos. Sabemos que el Vaticano II ha sido un gran acontecimiento del Espíritu que se encuentra en la base de la autoconciencia y autorrealización de la Iglesia en el mundo contemporáneo. Esta conciencia renovada de la identidad de los laicos resplandece especialmente en el eje de las enseñanzas entre la Lumen gentium y la Gaudium et spes, con un complemento que es la Apostolicam actuositatem. Posteriormente, en el camino sinodal que retomó y desarrolló estas enseñanzas, hemos recibido el don de la Exhortación apostólica post-sinodal Christifideles laici. Pues bien, muchos laicos se han quedado como destinatarios y clientes pasivos de servicios religiosos, alimentando la imagen de una Iglesia que se identifica con los sacerdotes. Otros viven el post-Concilio como si la Iglesia fuese el escenario de tres corporaciones (clero, religiosos y laicos) en tensión y lucha por la distribución de poderes, derechos y funciones. También hemos sufrido una primera fase post-conciliar de crisis, de prueba, de secularización de clérigos seguida después por una cierta clericalización de los laicos. Parece, entonces, importante reafirmar y difundir lo que significa de verdad ser “christifideles laicos”. El sustantivo es “christifideles” (es decir, lo que es más radical, originario, anterior e interior de todo estado de vida: lo común es la gracia de filiación, es común la vocación a la santidad, única e indivisa es la fe, la esperanza y la caridad). “Laicos” indica la modalidad, aunque con un profundo sentido teológico y sociológico, en el que se realiza la novedad cristiana derivada del bautismo. Hay que mantener con claridad la diferencia entre sacerdocio común y sacerdocio ministerial, entre estado de vida secular y estado de vida religioso; hay que mantener la peculiaridad de cada ministerio y estado de vida en la circularidad complementaria de la comunión eclesial.

 

Cuarta hipótesis de juicio: una cuestión crucial es la vocación a la santidad de todos los cristianos y, por ende, también de los fieles laicos. Ésta es la fuente de la conversión, renovación, crecimiento y apostolado. La vida cristiana está hecha de santidad. Juan Pablo II ha hablado mucho en sus catequesis sobre la santidad (“no tengáis miedo de ser santos”) y ha propuesto a muchos testigos de santidad como modelos paradigmáticos, edificantes, ejemplos de realización humana, de perfección en la caridad. Se trata de una llamada apremiante para redescubrir la nueva criatura que somos desde el momento del bautismo y crecer hacia la estatura para la cual hemos sido creados, regenerados y destinados, hasta llegar a exclamar como el apóstol: “no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”. Hoy tenemos necesidad de santos esposos, padres santos, políticos santos, empresarios y sindicalistas santos, científicos y artistas santos...

 

Quinta hipótesis de juicio: una cuestión crucial es poner como fundamento de la vida cristiana, de la vida de los laicos, el primado de la gracia. Quizás hemos confiado demasiado en nuestros métodos, técnicas, planes, proyectos... El cristianismo no es un sentimiento, ni una ideología religiosa, ni un macro-proyecto, ni una utopía; menos aún un “sueño”. El cristianismo es el acontecimiento de un don, del don de una Presencia, del don del encuentro de Jesucristo, que es don de salvación. Sin éste, no podemos hacer nada. La verdadera actitud humana y cristiana es pedir que se manifieste en nuestra vida. Somos pobres pecadores suplicantes, mendigos de la gracia para reconocer en nuestra vida el Misterio de Dios y poder adherirnos con un pronto, obediente “fiat”, como el de María. Por ello, es fundamental la oración, la participación en la oración de la Iglesia, es decir, en la liturgia y en los sacramentos (fuente y culmen de la vida cristiana), que se prolonga en el arte y en la disciplina de la oración personal y familiar, en la adhesión a los dones del Espíritu. Es necesario invocar que se renueve el encuentro con Jesucristo en las circunstancias concretas de la vida, experimentando con estupor la misma realidad, la misma novedad, el mismo poder de persuasión y de afecto que este encuentro suscitó en los primeros discípulos del Señor. Siempre como un nuevo inicio.

 

Sexta hipótesis. Una cuestión crucial es que los fieles laicos redescubran y vivan la pertenencia a la Iglesia como misterio, en toda su profundidad y densidad, en toda su verdad y belleza. Pablo VI tuvo que cargar una pesada cruz: ¿Cómo era posible que el Concilio, con su profunda y bellísima eclesiología, fuese actuado en medio de fuertes corrientes de desafección, contestación, manipulación, reduccionismos y abandono de la Iglesia por parte de no pocos de sus hijos? La Iglesia no es una institución religiosa entre otras. No es sólo una conciencia moral de la humanidad. Menos aún se trata de una gran organización no gubernamental de humanismo filantrópico. No se define nunca por sus éxitos políticos o culturales. Ella es un gran misterio, sacramento de la Presencia de Dios, cuerpo del Verbo encarnado, que prolonga esta Presencia en el tiempo y en el espacio para ser contemporánea a todo hombre a través del pueblo cristiano. Es necesario, por ello, educar a los cristianos a una gozosa gratitud y a una viva responsabilidad que surja del sentido de pertenencia a la Iglesia. Es necesario educar a vivir las dimensiones inescindibles, humana y divina, de la naturaleza de la Iglesia, con todos los factores que la constituyen (Palabra y Sacramentos, Sucesión apostólica y jerárquica, sacerdocio ministerial y sacerdocio común, comunidad y carismas...). Es necesario educar a los fieles en el sentido vertical y horizontal del misterio de comunión, como milagro de unidad que atrae a todos y derriba los muros de la indiferencia entre los hombres, de la manipulación, de la explotación y opresión, formas mundanas y pecaminosas de las relaciones humanas.

 

Séptima cuestión crucial para los fieles laicos: vivir toda la vida como una vocación, es decir, vivir la vocación cristiana en las circunstancias ordinarias de la vida familiar, laboral y social. Se trata de la dimensión secular de los laicos. Esto significa, ante todo, experimentar en la propia vida, y dar testimonio, que Jesucristo es la respuesta sobreabundante y exhaustiva a los interrogantes y a los anhelos sobre el sentido de la vida, sobre el significado de toda la realidad; Jesucristo es la respuesta a los deseos de realización humana, de felicidad, de belleza, de paz, de justicia que emergen de la naturaleza humana, del “corazón” de los hombres, deseos que no admiten confines y que no pueden quedar frustrados. ¡Sólo Él! A los laicos les toca mostrar con la propia vida el rostro de los redimidos, la potencia y la fecundidad de la caridad, la buena noticia de la dignidad de la persona, el verdadero sentido de la razón y de la libertad, una sorprendente novedad de vida en todos los ambientes y en todas las circunstancias. Esto es contrario a toda caricatura de “fuga mundis” o a toda forma de clericalización (es decir, de repliegue eclesiástico y anonimato mundano).

 

Octava hipótesis de juicio: hay cinco ámbitos o tareas fundamentales para el testimonio cristiano de los laicos y para la construcción de nuevas formas de vida más humanas en las cuales se entrevén los signos del Reino de Dios ya presente y operante:

-         La familia, fundada sobre el sacramento del matrimonio entre hombre y mujer, comunidad de amor y vida, célula basilar del tejido humano y social, escuela de humanidad e iglesia doméstica, hoy más que nunca agredida en su naturaleza misma, en su unidad, en su finalidad.

-         El trabajo, como co-creación, signo y crecimiento de dignidad, ámbito de solidaridad y santificación.

-         La política, como formación y apoyo a nuevas, competentes, valientes y coherentes generaciones y militantes cristianos de la política, en un tiempo en que, por una parte, el laicismo agresivo de la cultura dominada por el relativismo político y moral pretende confinar a la Iglesia a la dimensión privada (y ni siquiera a ésta, basta ver la manipulación en el ámbito del matrimonio y la procreación) reformulando su presencia y su mensaje según el designio del poder; y por otra parte, en un tiempo en el que se han desintegrado las tradicionales formas históricas y culturales del compromiso político de los cristianos.

-         La educación, porque todo inicia, encuentra su fuerza y depende de la conciencia del “yo” de la persona, de su libertad y responsabilidad, de su crecimiento integral, puesto delante a una verificación de la tradición como hipótesis educativa.

-         La cultura, como llamada a la presencia cristiana en los nuevos aerópagos del ámbito universitario, de la investigación científica, de las innovaciones tecnológicas, del discernimiento de las corrientes ideológicas post-modernas, de las creaciones artísticas y del cada vez más importante campo de las comunicaciones de masas.

 

Noveno desafío crucial es la superación de la diáspora de los cristianos en la sociedad, superación de su asimilación mundana, del anonimato, de la fractura entre fe privada y compromiso público, a través de una labor de formación en la fe y en la doctrina social de la Iglesia, de convergencia de ideales, de tensión hacia la unidad para saber afrontar las grandes cuestiones del momento actual que estamos viviendo. La Doctrina Social de la Iglesia propone tres principios ideales, hoy día actualísimos: dignidad de la persona (jamás reducible a una partícula de la naturaleza o a un elemento anónimo de la ciudad humana), subsidiariedad (como compromiso de la propia libertad, participación asociativa y democrática desde las bases, superando una confianza excesiva en el poder del Estado y en la mano invisible del mercado) y la solidaridad, expresión de la caridad, especialmente con los más pobres, los que sufren, los excluídos, los oprimidos; solidaridad vivida como buenos samaritanos y como constructores de formas de vida más dignas, más justas, más pacíficas, derribando muros de inicua indiferencia, violencia, egoísmo y desigualdad. Hay como un “programa” para este compromiso cristiano y para esta convergencia ideal: la defensa de la vida como don, desde la concepción hasta la muerte natural; la salvaguarda del sentido y misión del matrimonio y de la familia; la libertad de educación y todo lo que ello implica; la defensa de la “libertas ecclesiae” que es fuente y garantía de cualquier otra libertad; la promoción de los derechos naturales de la persona y de las naciones; la creación de un tejido de obras de caridad, de educación, de salud, de trabajo, de asistencia y solidaridad que sean como piezas de una sociedad que cambia y mejora; la construcción de la paz desde lo “micro” hasta lo “macro” con el realismo y la profecía de aquellos que son conscientes de todos los factores de la realidad; la lucha por la libertad y formas políticas democráticas en la vida de las naciones; el desarraigo de toda forma de ideología, violencia y terrorismo; la cooperación con los países y las poblaciones más pobres y la búsqueda de modalidades para superar las grandes desigualdades entre el Norte y el Sur del mundo; la solidaridad efectiva con los más pobres y abandonados; la búsqueda de un orden internacional nuevo, más justo, más equilibrado y pacífico, hacia una concepción y experiencia del mundo como familia humana. Todo esto con la certeza que Cristo es la piedra angular de toda construcción verdaderamente humana, con la disponibilidad a colaborar con los otros hermanos cristianos, creyentes de otras religiones y hombres de buena voluntad según este “programa”. Hoy más que nunca la Iglesia y los cristianos son – y deben serlo siempre más, a pesar de tantos límites y obstáculos – custodios de la vida, custodios de la razón y la libertad, custodios de una ecología humana de convivencia, custodios de los grandes ideales de la paz y de la justicia, custodios de la esperanza.

 

El décimo desafío crucial es el de saber edificar, proponer y hacer que los fieles laicos encuentren comunidades cristianas que los ayuden a vivir su vocación, a educarlos en la fe, a crecer en santidad, a ser protagonistas de la misión y dar testimonio de servicio en el mundo. Es decir: los fieles tienen necesidad de ser atraídos e incorporados, abrazados y sostenidos, acompañados y alimentados por comunidades cristianas que sean para ellos ámbitos de vida nueva, signo y reflejo del misterio de comunión, método y camino educativos, por el encuentro y seguimiento de Cristo en la compañía de sus discípulos. No basta la asistencia periódica a ritos religiosos ni referencias abstractas a la Iglesia. Es necesario, más que nunca, ambientes comunitarios, eclesiales, en los cuales se pueda vivir la vocación de manera razonable, persuasiva, atractiva, exigente hasta la radicalidad, misericordiosa y compasiva, llena de fidelidad y esperanza. Éstas pueden ser comunidades parroquiales, nuevas comunidades, movimientos, comunidades de consagrados u otras formas de hermandad y acompañamiento cristiano; en todo caso, comunidades en camino, modalidades de compañía guiada hacia el destino, ámbitos reconfortantes y edificantes por la fidelidad a la Iglesia y a su tradición, sostén de un gran amor.

 

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El sacramento del Matrimonio

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 337-350.

 

337. ¿Cuál es el designio de Dios sobre el hombre y la mujer?

Dios, que es amor y creó al hombre por amor, lo ha llamado a amar. Creando al hombre y a la mujer, los ha llamado en el Matrimonio a una íntima comunión de vida y amor entre ellos, «de manera que ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19, 6). Al bendecirlos, Dios les dijo: «Creced y multiplicaos» (Gn 1, 28).

 

338. ¿Con qué fines ha instituido Dios el Matrimonio?

La alianza matrimonial del hombre y de la mujer, fundada y estructurada con leyes propias dadas por el Creador, está ordenada por su propia naturaleza a la comunión y al bien de los cónyuges, y a la procreación y educación de los hijos. Jesús enseña que, según el designio original divino, la unión matrimonial es indisoluble: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mc 10, 9).


339. ¿De qué modo el pecado amenaza al Matrimonio?

A causa del primer pecado, que ha provocado también la ruptura de la comunión del hombre y de la mujer, donada por el Creador, la unión matrimonial está muy frecuentemente amenazada por la discordia y la infidelidad. Sin embargo, Dios, en su infinita misericordia, da al hombre y a la mujer su gracia para realizar la unión de sus vidas según el designio divino original.

 

340. ¿Qué enseña el Antiguo Testamento sobre el Matrimonio?

Dios ayuda a su pueblo a madurar progresivamente en la conciencia de la unidad e indisolubilidad del Matrimonio, sobre todo mediante la pedagogía de la Ley y los Profetas. La alianza nupcial entre Dios e Israel prepara y prefigura la Alianza nueva realizada por el Hijo de Dios, Jesucristo, con su esposa, la Iglesia.

 

341. ¿Qué novedad aporta Cristo al Matrimonio?

Jesucristo no sólo restablece el orden original del Matrimonio querido por Dios, sino que otorga la gracia para vivirlo en su nueva dignidad de sacramento, que es el signo de su amor esponsal hacia la Iglesia: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo ama a la Iglesia» (Ef 5, 25).

 

342. ¿Es el Matrimonio una obligación para todos?

El Matrimonio no es una obligación para todos. En particular, Dios llama a algunos hombres y mujeres a seguir a Jesús por el camino de la virginidad o del celibato por el Reino de los cielos; éstos renuncian al gran bien del Matrimonio para ocuparse de las cosas del Señor tratando de agradarle, y se convierten en signo de la primacía absoluta del amor de Cristo y de la ardiente esperanza de su vuelta gloriosa.

 

343. ¿Cómo se celebra el sacramento del Matrimonio?

Dado que el Matrimonio constituye a los cónyuges en un estado público de vida en la Iglesia, su celebración litúrgica es pública, en presencia del sacerdote (o de un testigo cualificado de la Iglesia) y de otros testigos.

 

344. ¿Qué es el consentimiento matrimonial?

El consentimiento matrimonial es la voluntad, expresada por un hombre y una mujer, de entregarse mutua y definitivamente, con el fin de vivir una alianza de amor fiel y fecundo. Puesto que el consentimiento hace el Matrimonio, resulta indispensable e insustituible. Para que el Matrimonio sea válido el consentimiento debe tener como objeto el verdadero Matrimonio y ser un acto humano, consciente y libre, no determinado por la violencia o la coacción.

 

345. ¿Qué se exige cuando uno de los esposos no es católico?

Para ser lícitos, los matrimonios mixtos (entre católico y bautizado no católico) necesitan la licencia de la autoridad eclesiástica. Los matrimonios con disparidad de culto (entre un católico y un no bautizado), para ser válidos, necesitan una dispensa. En todo caso, es esencial que los cónyuges no excluyan la aceptación de los fines y las propiedades esenciales del Matrimonio y que el cónyuge católico confirme el compromiso, conocido también por el otro cónyuge, de conservar la fe y asegurar el Bautismo y la educación católica de los hijos.

 

346. ¿Cuáles son los efectos del sacramento del Matrimonio?

El sacramento del Matrimonio crea entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo. Dios mismo ratifica el consentimiento de los esposos. Por tanto, el Matrimonio rato y consumado entre bautizados no podrá ser nunca disuelto. Por otra parte, este sacramento confiere a los esposos la gracia necesaria para alcanzar la santidad en la vida conyugal y acoger y educar responsablemente a los hijos.

 

347. ¿Cuáles son los pecados gravemente contrarios al sacramento del Matrimonio?

Los pecados gravemente contrarios al sacramento del Matrimonio son los siguientes: el adulterio; la poligamia, en cuanto contradice la idéntica dignidad entre el hombre y la mujer y la unidad y exclusividad del amor conyugal; el rechazo de la fecundidad, que priva a la vida conyugal del don de los hijos; y el divorcio, que contradice la indisolubilidad.

 

348. ¿Cuándo admite la Iglesia la separación física de los esposos?

La Iglesia admite la separación física de los esposos cuando la cohabitación entre ellos se ha hecho, por diversas razones, prácticamente imposible, aunque procura su reconciliación. Pero éstos, mientras viva el otro cónyuge, no son libres para contraer una nueva unión, a menos que el matrimonio entre ellos sea nulo y como tal declarado por la autoridad eclesiástica.

 

349. ¿Cuál es la actitud de la Iglesia hacia los divorciados vueltos a casar?

Fiel al Señor, la Iglesia no puede reconocer como matrimonio la unión de divorciados vueltos a casar civilmente. «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio» (Mc 10, 11-12). Hacia ellos la Iglesia muestra una atenta solicitud, invitándoles a una vida de fe, a la oración, a las obras de caridad y a la educación cristiana de los hijos; pero no pueden recibir la absolución sacramental, acercarse a la comunión eucarística ni ejercer ciertas responsabilidades eclesiales mientras dure tal situación, que contrasta objetivamente con la ley de Dios.

 

350. ¿Por qué la familia cristiana es llamada Iglesia doméstica?

La familia cristiana es llamada Iglesia doméstica porque manifiesta y realiza la naturaleza comunitaria y familiar de la Iglesia en cuanto familia de Dios. Cada miembro, según su propio papel, ejerce el sacerdocio bautismal, contribuyendo a hacer de la familia una comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y cristianas y lugar del primer anuncio de la fe a los hijos.

 

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Prólogo del libro “II Congreso Nacional de la Familia”

 

Mons. Nicolás Cotugno

Arzobispo de Montevideo

Presidente de la Comisión Nacional de Pastoral Familiar (período 1997-2003).

 

Los días 11 y 12 de octubre de 2003 se realizó en Montevideo el Segundo Congreso Nacional de la Familia, bajo el lema "Familia: Germen de Vida y Esperanza de mi País".

 

El Congreso fue precedido por una ardua labor de preparación, desarrollada a lo largo de casi dos años: múltiples reuniones del Consejo Nacional, las Comisiones Diocesanas y la Comisión Nacional de Pastoral Familiar, publicación de seis números de una nueva revista (“Pastoral Familiar”), con una amplia tirada y con “fichas” concebidas para orientar la reflexión de los grupos de familias en todo el país, “Pre-Congresos” en las distintas Diócesis, etc.

 

Esta labor fermental tendió a consolidar la pastoral familiar, otorgándole a ésta el lugar que le corresponde en el marco de la pastoral de conjunto. En efecto, dado que “el hombre es el camino de la Iglesia” y que el hombre es un “ser familiar” -es decir, un ser que naturalmente nace, crece y madura en el seno de una familia-, resulta que la familia es el primer camino de la Iglesia. De ahí que se pueda afirmar que la familia es un “trascendental de la pastoral”. O sea, toda la acción pastoral de la Iglesia debe tomar en cuenta la dimensión familiar inherente al ser humano. He aquí un tema que convendría analizar en profundidad en las Parroquias, los movimientos, los servicios... ¡Cuánto se podría mejorar todavía en procura de una adecuada complementación entre la pastoral familiar, por un lado, y la catequesis, la pastoral juvenil, la pastoral social etc., por otro lado! 

 

El primer día del Congreso (sábado 11) tuvo lugar la parte académica en el Colegio y Liceo San Francisco de Sales (Maturana), con una concurrencia de unas 1.300 personas. Las doce ponencias, divididas en cuatro módulos, tuvieron un muy buen nivel y dejaron muchos elementos de reflexión a los participantes, planteando temas que seguramente dejarán huellas en la pastoral familiar nacional. Los cuatro testimonios llegaron al corazón de todos los presentes, manifestando biográficamente la acción santificadora del Espíritu de Dios en las familias cristianas. Los 24 talleres permitieron a los participantes del Congreso profundizar en los temas planteados por los expositores, en una forma dialogal y participativa.

 

El segundo día del Congreso (domingo 12) tuvo lugar la Fiesta de la Familia en el Palacio Peñarol, con una concurrencia de unas 3.000 personas. Todo contribuyó a hacer de este día una verdadera fiesta: los espectáculos musicales (con diversos coros y conjuntos musicales), los testimonios y la notable actuación especial de Luis Landriscina y el P. Mamerto Menapace, quienes aportaron su cuota de humor abierto al Misterio (Landriscina) y de reflexión cristiana a partir del aspecto humorístico (Menapace). La Eucaristía, Celebración de la Familia, fue el broche de oro de este inolvidable Congreso, por el cual damos gracias a Dios y a todos los que aportaron su trabajo, durante los años 2002 y 2003, para preparar su digna celebración.

 

Como se hizo después del Primer Congreso Nacional de la Familia (realizado en 1994 en la Universidad Católica del Uruguay), también en esta ocasión se ha publicado un libro con las alocuciones, las ponencias y los testimonios presentados en el Congreso. En esta oportunidad se han recogido las intervenciones completas de los oradores, gracias a la oportuna grabación de las mismas. Esperamos que este libro sirva de ayuda para que las familias cristianas y los agentes de la pastoral familiar reanuden la reflexión sobre los importantes temas planteados en el Congreso, profundizándolos, sacando conclusiones y llevándolas a la práctica.

 

En esta época de cambios acelerados, que configura un verdadero cambio de época, asistimos desde hace algunas décadas a una grave crisis de la familia fundada en el matrimonio. El divorcio, la unión libre y otros males semejantes se están volviendo cada vez más frecuentes. Sin embargo los cristianos no debemos caer en el error de comportarnos como “profetas de calamidades” (según decía el Beato Papa Juan XXIII), regodeándonos en pronosticar un futuro intra-mundano cada vez más sombrío. Es necesario e importante denunciar las injusticias, pero más todavía lo es anunciar el Evangelio y confiar en el triunfo definitivo del bien sobre el mal. Nuestro Señor Jesucristo nos dice a nosotros hoy: “No teman. Yo he vencido al mundo”. “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. “El que permanece en Mí y Yo en él, dará mucho fruto”. “Los cielos y la tierra pasarán, pero mi palabra no pasará”.

 

Dos culturas o civilizaciones se enfrentan hoy en día en todo el mundo y su pugna es especialmente intensa en nuestra civilización occidental: siguiendo al Magisterio pontificio reciente, podemos denominarlas la cultura de la muerte y la civilización del amor. Trabajar a favor de la extensión de la civilización del amor es parte esencial de la misión de la familia cristiana.

 

Vale la pena mencionar que, a pesar de las invitaciones cursadas y de haber sido un evento cuantitativa y cualitativamente muy importante de la confesión religiosa mayoritaria del Uruguay, la que se identifica con las raíces de la Patria, nuestro Congreso no contó con la presencia de autoridades nacionales ni departamentales y tuvo una escasa cobertura en los medios de comunicación social. No pretendo analizar aquí las causas de hechos como éste, pero sí deseo subrayar que, a fin de cumplir más plenamente su misión de defensa y promoción de la vida y la familia, la Iglesia Católica deberá incrementar su presencia en el espacio público. Para ello los católicos tendremos que superar el influjo de una ideología laicista que intenta excluir a la religión de ese espacio y deberemos actuar siempre de acuerdo con la conocida máxima de San Agustín: “Unidad en lo necesario, libertad en lo opinable, caridad en todo”.

 

El  Segundo Congreso Nacional de la Familia ha marcado un hito en el camino de la Iglesia peregrina en el Uruguay. En el contexto de una sociedad secularizada que sufre una enconada embestida contra los derechos y deberes de las familias, los católicos uruguayos hemos reafirmado nuestra visión de la familia como santuario de la vida, como escuela del más rico humanismo y como un bien para la sociedad, una célula básica para la construcción de una sociedad más justa y fraterna; y, sobre todo, hemos profesado nuestra fe en el Evangelio de Jesucristo acerca de la vida y la familia, comprometiéndonos a hacer de nuestras familias cristianas, con el auxilio de la Gracia, pequeñas “iglesias domésticas”, en las que los padres ejerzan con amor y responsabilidad su misión de ser “pastores” de sus hijos, guiándolos en el camino hacia el Padre.

 

La mayor parte de la existencia terrena de la Palabra de Dios hecha carne, Jesucristo, transcurrió en la apacible intimidad de la Sagrada Familia de Nazareth. De los largos años que van entre el episodio del niño Jesús perdido y hallado en el Templo de Jerusalén y el comienzo de su vida pública, los Evangelios nos dicen solamente lo siguiente:

Bajó con ellos y vino a Nazareth, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.” (Lucas 2,51-52).

Quiera Dios que, contemplando a Jesús, María y José y siguiendo sus huellas, nuestras familias se conviertan cada día más, mediante el encuentro con Jesús, el Señor resucitado, en germen de vida, semilla del Reino y signo de esperanza para nuestro querido país.

 

Fuente: II Congreso Nacional de la Familia. Montevideo, 11-12 de octubre de 2003, Conferencia Episcopal del Uruguay, Comisión Nacional de Pastoral Familiar, Montevideo 2005, Prólogo, pp. III-VI.

 

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Eventos recomendados

 

Talleres, Mesa Redonda y Concierto

 

Título: Talleres de Formación sobre Arte y Evangelización.

A cargo de: Pbro. Robin Traverso (Vicario Pastoral de Montevideo), Lic. Ítalo Fernández, Prof. Luis Loureiro, Sr. Alejandro Reyna, Diác. Jorge Novoa.

Fecha: Sábado 1 de julio de 2006.

Horario: de 14:00 a 20:00.

Lugar: Colegio Nuestra Señora de Lourdes, Amazonas 1616 esq. Av. Rivera (Malvín - Montevideo).

Entrada: Gratis.

Auspicia: Vicaría Pastoral de la Arquidiócesis de Montevideo.

Colaboran: Colegio Nuestra Señora de Lourdes y Spa Bethel.               

Por información: jubal@montevideo.com.uy

 

*******

 

Jornada

 

Título: Primera Jornada Arquidiocesana sobre Familia y Vida.

Expositores: Agustín Aishemberg y Margarita Gorlero, Dra. Inés Garicöits, Dr. Alexander Lyford-Pike, Dr. Pedro Montano, R.P. Lic. Antonio Ocaña SJ, Dr. Mariano Brito y otros destacados expositores.

Organizan: Pastoral Familiar Arquidiocesana y Comisión Arquidiocesana de Bioética.

Fecha: Domingo 23 de julio de 2006.

Horario: de 10:00 a 17:30.

Lugar: Hotel Best Western Palladium (Tomás de Tezanos 1146, Buceo, Montevideo).

Teléfono: 628 8484.

Costo: Entrada gratis. Costo del lunch a determinar.

 

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Ángelus

 

Ángelus Dómini nuntiávit Maríae.

Et concépit de Spíritu Sancto.

Ave, María…

Ecce ancilla Dómini.

Fíat mihi secúndum vérbum túum.

Ave, María…

Et Vérbum caro fáctum est.

Et habitávit in nobis.

Ave, María…

Ora pro nobis, sancta Dei génetrix,

ut digni efficiámur promissiónibus Christi.

Orémus.

Grátiam túam, quaésumus, Dómine, méntibus nostris infunde;

ut qui, Ángelo nuntiante, Christi Fílii tui incarnatiónem cognóvimus,

per passiónem eius et crúcem, ad resurrectionis glóriam perducámur.

Per eúndem Chrístum Dóminum nóstrum. Amen.

Gloria Patri…

 

***

 

El ángel del Señor anunció a María.

Y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo.

Dios te salve, María…

He aquí la esclava del Señor.

Hágase en mí según tu palabra.

Dios te salve, María…

Y el Verbo de Dios se hizo carne.

Y habitó entre nosotros.

Dios te salve, María…

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,

para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo.

Oremos.

Infunde, Señor, tu gracia en nuestras almas,

para que, los que hemos conocido, por el anuncio del Ángel,

la Encarnación de tu Hijo Jesucristo,

lleguemos, por los méritos de su Pasión y su Cruz, a la gloria de la Resurrección.

Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Gloria al Padre…

 

Fuente: Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, Apéndice, A) Oraciones comunes.

 

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