Fe y Razón

Revista virtual gratuita

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 5 – Junio de 2006

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)

 

 

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Equipo de “Fe y Razón”

 

 

Equipo de Dirección: Diác. Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing. Daniel Iglesias.

Colaboradores: Dr. Carlos Alvarez Cozzi, R. P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Dra. María Lourdes González, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Sr. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Alvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de Contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Los nuevos movimientos eclesiales, signos de la renovación de la Iglesia

Equipo de Dirección

Tema central

La esperanza de los “movimientos”

Cardenal Joseph Ratzinger

Tema central

Una cualidad renovada

Juan Pablo II

Tema central

El Espíritu Santo fecunda a Su Iglesia

Diác. Jorge Novoa

Tema central

Comunión y Liberación: una experiencia totalizante en el seno de la Iglesia

Santiago Raffo

Tema central

Instituto del Verbo Encarnado: prolongar la Encarnación del Verbo en todo hombre, en todo el hombre y en todas las manifestaciones del hombre

R.P. Lic. Ricardo Clarey IVE

Tema central

Página web dedicada al encuentro de los movimientos con el Papa en Pentecostés

Zenit

Filosofía

Los cuatro niveles de la libertad

Dr. Pedro Gaudiano

Teología

Diaconado Permanente

Diác. Milton Iglesias

Familia y Vida

No se debe legalizar la infidelidad conyugal

Comisión Arquidiocesana de Bioética de Montevideo

Familia y Vida

El embrión humano es persona en la fase de la preimplantación

Comisión Arquidiocesana de Bioética de Montevideo

Documentos

La Iglesia es una

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica

Libros

Andrea Riccardi y la Comunidad de San Egidio

Paloma Gómez Borrero

Oración

Veni Creator

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica

 

 

Los nuevos movimientos eclesiales,

signos de la renovación de la Iglesia

 

Equipo de Dirección

 

En la Vigilia de Pentecostés de 1998 tuvo lugar en Roma el Primer Encuentro de los Movimientos con el Papa. Unas 300.000 personas pertenecientes a diferentes movimientos y comunidades eclesiales se reunieron en la Plaza de San Pedro con Juan Pablo II. El objetivo principal de este encuentro, según las propias palabras del Papa, fue el de impulsar hacia la plena madurez eclesial a los numerosos nuevos movimientos y comunidades surgidos en las últimas décadas.

 

Dentro de pocos días, en la próxima Vigilia de Pentecostés, se llevará a cabo el Segundo Encuentro de los Movimientos con el Papa, convocado por Benedicto XVI, para seguir avanzando en la línea trazada en 1998. Unos cien movimientos eclesiales han confirmado ya su participación en este segundo encuentro.

 

La floración de nuevos movimientos y comunidades eclesiales durante el siglo XX, particularmente en el período post-conciliar, ha generado lo que hoy es uno de los mayores signos de esperanza y de renovación en la actual situación de la Iglesia, no carente de grandes dificultades. En la gesta de estos movimientos –y, obviamente, no sólo en ella- se puede apreciar que el Espíritu Santo sigue obrando maravillas en las almas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo; sigue produciendo abundantes frutos de santidad en un mundo que a menudo parece estar lejos de Dios.

 

Las grandes novedades suelen provocar grandes resistencias; esto se ha comprobado una vez más en nuestro caso. No son pocos en la Iglesia Católica los que ven a los movimientos eclesiales más que nada como un problema o una molestia. El IV Sínodo Arquidiocesano de Montevideo, celebrado en 2005, dio pasos importantes para superar esta actitud, común en ciertos ambientes de nuestra ciudad, al afirmar que los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales son un don del Espíritu Santo a la Iglesia universal y local, sobre todo porque acentúan el protagonismo de los laicos, potencian su misión e inserción en la sociedad y abren muchas veces nuevos espacios de evangelización. El mismo Sínodo expresó su aspiración a que la comunidad diocesana conozca, aprecie y valore los carismas de los que personas y movimientos son portadores y subrayó la necesidad de resolver los eventuales conflictos mediante un diálogo fraterno.

 

En sintonía con el próximo encuentro de los movimientos con el Papa y con la mencionada aspiración de nuestro Sínodo arquidiocesano, el tema central del Nº 5 de Fe y Razón está referido a los nuevos movimientos y comunidades eclesiales. Es sabido que estas nuevas realidades eclesiales son muy heterogéneas entre sí por sus carismas, sus formas jurídicas, sus historias etc. Hemos invitado a representantes de nueve nuevos movimientos o realidades eclesiales a presentar su propia comunidad a nuestros lectores. En este número publicamos los aportes recibidos hasta ahora. En los números sucesivos publicaremos los aportes que nos vayan llegando de otros movimientos.

 

En este nuevo Pentecostés rogamos a Nuestro Señor Jesucristo que, desde Dios Padre, nos envíe al Espíritu Santo, para que Él nos colme de la alegría de Su presencia y de Sus siete dones.

 

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La esperanza de los “movimientos”

 

Cardenal Joseph Ratzinger

 

Pero, pregunto inquieto, ¿su imagen negativa de la realidad de la Iglesia post-conciliar no deja espacio para algunos elementos positivos?

 

Paradójicamente”, responde él, “es exactamente lo negativo lo que se puede transformar en positivo. Muchos católicos, en estos años, hicieron la experiencia del éxodo, vivieron los resultados del conformismo de las ideologías, probaron lo que significa esperar del mundo la redención, la libertad y la esperanza. Qué aspecto tendría una vida sin Dios, un mundo sin Dios, hasta entonces se sabía solamente en teoría. Ahora se constató en la realidad. Es a partir de este vacío que podemos descubrir nuevamente la riqueza de la fe y cómo ella es indispensable. Para muchos, estos años fueron una ardua purificación, como un camino a través del fuego, que abrió la posibilidad nueva de una fe más profunda”.

 

No olvidemos jamás” –continúa él– “que cada Concilio es, ante todo, una reforma que desde el vértice se debe extender hasta la base. Es decir, cada Concilio debe ser seguido por una onda de santidad, para dar realmente fruto. Así fue después de Trento, que, justamente por eso, alcanzó su finalidad de verdadera reforma. La salvación para la Iglesia viene de su interior, pero no está dicho de modo alguno que ella venga de los decretos de la jerarquía. Dependerá de todos los católicos, llamados a darles vida, si el Vaticano II y sus conquistas serán considerados un período luminoso para la historia de la Iglesia. Como Juan Pablo II ha repetido frecuentemente: “La Iglesia de hoy no precisa nuevos reformadores. Ella tiene necesidad de nuevos santos”.”

 

¿No ve, entonces, insisto yo, otras señales positivas además de aquellas que provienen de lo “negativo” de este período de la historia eclesial?

 

“Ciertamente que las veo. No me detengo aquí a hablar del dinamismo de las jóvenes iglesias (como las de Corea del Sur) o de la vitalidad de las iglesias perseguidas, porque eso no puede ser atribuido directamente al Vaticano II, así como no pueden serle atribuidos directamente los fenómenos de la crisis. Lo que abre espacio a la esperanza en el nivel de la Iglesia universal -y esto sucede en el corazón mismo de la crisis de la Iglesia en el mundo occidental- es la aparición de nuevos movimientos, que nadie previó, pero que brotaron espontáneamente de la vitalidad interior de la fe misma. En ellos se manifiesta, aunque discretamente, algo como un período de Pentecostés en la Iglesia.”

 

¿En qué movimientos piensa, especialmente?


“Me refiero al Movimiento Carismático, a los Cursillos, al Movimiento de los Focolares, a las Comunidades Neocatecumenales, a Comunión y Liberación, etc. Ciertamente todos esos movimientos generan también algunos problemas y en mayor o menor medida traen también peligros. Pero eso ocurre en cualquier realidad viva. En forma creciente, encuentro ahora grupos de jóvenes en los que existe una cordial adhesión a la fe integral de la Iglesia. Jóvenes que quieren vivir plenamente esta fe y que traen en sí mismos un gran impulso misionero. La intensa vida de oración, presente en estos movimientos, no lleva a una fuga para el intimismo o a un reflujo para lo privado, sino simplemente a una plena e integral catolicidad. La alegría de la fe que en ella se experimenta trae en sí algo de contagioso. Y en este contexto crecen actualmente, de manera espontánea, nuevas vocaciones para el sacerdocio ministerial y para la vida religiosa”.


Nadie ignora, sin embargo, que entre los problemas suscitados por esos nuevos movimientos se encuentra también el de su inserción en la pastoral general. Su respuesta es inmediata: “Lo que espanta es que todo ese fervor no fue elaborado por algún organismo de programación pastoral, sino que, de alguna manera, surgió por sí mismo. Ese dato, de hecho, trae como consecuencia que los organismos de programación –exactamente cuando quieren ser muy “progresistas”- no saben qué hacer con ellos: no caben en sus planes. Así, mientras surgen tensiones en la inserción de los movimientos en el interior de las instituciones actuales, no existe tensión alguna con la Iglesia jerárquica como tal.”

 

Un juicio, pues, lleno de simpatía. El Cardenal lo confirma: “Surge aquí una nueva generación de la Iglesia, a la que miro con gran esperanza. Encuentro maravilloso que el Espíritu sea nuevamente más fuerte que nuestros programas y que valore algo bien distinto de aquello que habíamos imaginado. En este sentido, la renovación está en camino, discreta pero eficazmente. Viejas formas, que encallaron en la autocontradicción y en el gusto por la negación, salen de escena y lo nuevo ya está en movimiento. Naturalmente, todavía no tiene voz plena en el gran debate de las ideas dominantes. Crece en el silencio. Nuestra tarea, en cuanto encargados de un ministerio en la Iglesia y en cuanto teólogos, es mantenerle abiertas las puertas, prepararle el espacio. Porque las tendencias que prevalecen actualmente se mueven en un rumbo totalmente diferente. Si se observa justamente esta “situación meteorológica general” del espíritu, se debe hablar, como hacíamos antes, de una crisis de la fe y de la Iglesia. Solamente si la reconocemos sin preconceptos podremos también superarla”.

 

Fuente: Joseph Ratzinger / Vittorio Messori, A fé em crise? O Cardeal Ratzinger se interroga, EPU - Editora Pedagógica e Universitária Ltda., Sao Paulo 1985, Capítulo II – Um concílio a ser redescoberto, pp. 26-28.

(Traducao do original italiano: Rapporto sulla fede).

 

Notas:

1) Este libro-entrevista del periodista Vittorio Messori al Cardenal Joseph Ratzinger, entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, hoy Papa Benedicto XVI, fue publicado en español con el título “Informe sobre la fe”.

2) Este texto fue traducido del portugués para “Fe y Razón” por Daniel Iglesias.

 

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Una cualidad renovada

 

Juan Pablo II


PREGUNTA [de Vittorio Messori]

Déjeme señalar que estas palabras Suyas, tan claras, confirman una vez más la parcialidad, la miopía de los que han llegado a sospechar en Usted intenciones «restauradoras», planes «reaccionarios» ante las novedades conciliares.

Usted no ignora que son bien pocos, entre los que siguen siendo católicos, los que ponen en duda la oportunidad de la renovación obrada en la Iglesia. Lo que se discute no es ciertamente el Vaticano II, sino algunas interpretaciones calificadas de disconformes no sólo con la letra de esos documentos sino con el espíritu mismo de los padres conciliares.


RESPUESTA [de Juan Pablo II]

Permítame entonces volver a aquella pregunta suya, que también, como otras, era intencionadamente provocadora: ¿El Concilio abrió las puertas para que los hombres de hoy pudiesen entrar en la Iglesia, o bien las puertas se abrieron para que los hombres, ambientes y sociedades comenzaran a salir de Ella?


La opinión expresada en sus palabras responde en cierta medida a la verdad, especialmente si nos referimos a la Iglesia en su dimensión occidental-europea (aunque seamos testigos de la manifestación, en la misma Europa occidental, de muchos síntomas de renovación religiosa). Pero la situación de la Iglesia debe ser evaluada globalmente. Hay que tomar en consideración todo lo que hoy sucede en la Europa centro-oriental y fuera de Europa, en Norteamérica y en Sudamérica, lo que sucede en los países de misión, en particular en el continente africano, en las vastas áreas del océano Índico y del Pacífico, y en cierta medida en los países asiáticos, incluida China. En muchas de aquellas tierras la Iglesia está construida sobre el fundamento de los mártires y sobre este fundamento crece con vigor renovado, como Iglesia minoritaria, sí, pero muy viva.


A partir del Concilio asistimos a una renovación, que es en primer lugar cualitativa. Si continúan escaseando los sacerdotes y si las vocaciones siguen siendo demasiado pocas, sin embargo aparecen y se desarrollan diversos movimientos de carácter religioso. Nacen sobre un fondo un poco distinto del de las antiguas asociaciones católicas de perfil más bien social, que, inspirándose en la doctrina de la Iglesia sobre esa cuestión, pretendían la transformación de la sociedad, el restablecimiento de la justicia social; algunas iniciaron un diálogo tan intenso con el marxismo que perdieron, en alguna medida, su identidad católica.


Los nuevos movimientos, en cambio, están orientados sobre todo hacia la renovación de la persona. El hombre es el primer autor de todo cambio social e histórico, pero para poder desarrollar este papel él mismo debe renovarse en Cristo, en el Espíritu Santo. Es ésta una dirección muy prometedora ante el futuro de la Iglesia. Antes, la renovación de la Iglesia pasaba principalmente a través de las órdenes religiosas. Así fue en el período después de la caída del Imperio romano con los benedictinos y, en el Medievo, con las órdenes mendicantes, franciscanos y dominicos; así fue en el período después de la Reforma, con los jesuitas y otras iniciativas semejantes; en el siglo XVIII con los redentoristas y pasionistas; en el siglo XIX con dinámicas congregaciones misioneras como los verbitas, los salvatorianos y, naturalmente, los salesianos.


Junto a las órdenes religiosas de fundación reciente y junto al maravilloso florecimiento de los institutos seculares durante nuestro siglo, en el período conciliar y posconciliar han aparecido estos nuevos movimientos, los cuales, aun recogiendo también a personas consagradas, comprenden especialmente laicos que viven en el matrimonio y ejercen distintas profesiones. El ideal de la renovación del mundo en Cristo nace directamente del fundamental compromiso del Bautismo.


Sería injusto hoy hablar solamente de abandono. Hay también retornos. Sobre todo, hay una transformación profundamente radical del modelo de base. Pienso en Europa y en América, en particular en la del Norte y, en otro sentido, en la del Sur. El modelo tradicional, cuantitativo, se transforma en un modelo nuevo, más cualitativo. Y también esto es fruto del Concilio.


El Vaticano II apareció en un momento en que el viejo modelo comenzaba a ceder el puesto al nuevo. Así pues, hay que decir que el Concilio vino en el momento oportuno y asumió una tarea de la que esta época tenía necesidad, no solamente la Iglesia, sino el mundo entero.


Si la Iglesia posconciliar tiene dificultades en el campo de la doctrina o de la disciplina, no son sin embargo tan graves que comporten una seria amenaza de nuevas divisiones. La Iglesia del Concilio Vaticano II, la Iglesia de intensa colegialidad del episcopado mundial, sirve verdaderamente y de muy diversos modos a este mundo, y se propone a sí misma como el verdadero Cuerpo de Cristo, como ministra de Su misión salvífica y redentora, como valedora de la justicia y de la paz. En un mundo dividido, la unidad supranacional de la Iglesia católica permanece como una gran fuerza, comprobada cuando es el caso por sus enemigos y también hoy está presente en las diversas instancias de la política y de la organización mundial. No para todos es ésta una fuerza que resulte cómoda. La Iglesia repite en muchas direcciones su non possumus apostólico: «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hechos de los Apóstoles 4,20), permaneciendo así fiel a sí misma y difundiendo a su alrededor aquel veritatis splendor que el Espíritu Santo efunde en el rostro de su Esposa.

 

(Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, capítulo XXVI).

 

Fuente: http://es.catholic.net/escritoresactuales/760/2436/articulo.php?id=22613

(en este sitio se encuentra el libro completo).

 

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El Espíritu Santo fecunda a Su Iglesia

 

Diác. Jorge Novoa

 

El Espíritu Santo y la Iglesia en Concilio

 

"Donde está la Iglesia, está también el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de Dios, está la Iglesia y toda gracia, pues el Espíritu es verdad" (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, III, 24, 1: PG 7, 966). Así pues, hay un vínculo íntimo entre el Espíritu Santo y la Iglesia. Él la construye y le dona la verdad; como dice san Pablo, derrama el amor en el corazón de los creyentes (cf. Rom 5, 5). El Espíritu Santo fecunda a su Iglesia en todos los tiempos y responde, seguramente con mayor solicitud, a la oración que implora una acción renovadora, si proviene de Pedro y sus sucesores (1), cuando lo manifiestan como una necesidad imperiosa. Declaraba Juan XIII, "acogiendo como venida de lo alto una voz íntima de nuestro espíritu, hemos juzgado que los tiempos estaban ya maduros para ofrecer a la Iglesia católica y al mundo el nuevo don de un Concilio ecuménico…" (Juan XXIII, Constitución apostólica Humanae Salutis, n. 5).

 

Este deseo, primero sembrado por el mismo Espíritu en el corazón del Pastor de la Iglesia Universal, se une al espíritu humano, como nos lo enseña san Pablo, en su maravilloso capítulo 8 de la epístola a los Romanos: "El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios" (Rom 8, 16)… “Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios" (Rom 8, 26-27).

 

El Papa bueno de afable sonrisa, y ochenta años, convocaría a los obispos del mundo, sucesores de los apóstoles, a un Concilio Universal (2), para escuchar lo que el Espíritu dice a la Iglesia en el trágico siglo XX, y así orar e implorar, por medio de un nuevo Pentecostés, una honda renovación (3). Imploraba Juan XXIII: "Renueva en nuestro tiempo los prodigios como de un nuevo Pentecostés, y concede que la Iglesia santa, reunida en unánime y más intensa oración en torno a María, Madre de Jesús, y guiada por Pedro, propague el Reino del Salvador divino, que es reino de verdad, de justicia, de amor y de paz". El Papa Juan XXIII vislumbraba, "en medio de tantas tinieblas, no pocos indicios que nos hacen concebir esperanzas de tiempos mejores para la Iglesia y la humanidad" (Juan XXIII, Constitución apostólica Humanae Salutis, n. 3).

 

Todo comenzó a manifestarse con una palabra pronunciada a modo de clave hermenéutica: aggiornamento. "Con la ayuda de Dios, los padres conciliares, en cuatro años de trabajo, pudieron elaborar y ofrecer a toda la Iglesia un notable conjunto de exposiciones doctrinales y directrices pastorales. Pastores y fieles encuentran en él orientaciones para llevar a cabo aquella renovación de pensamientos y actividades, de costumbres y virtudes morales, de gozo y esperanza, que era un deseo ardiente del Concilio" (Juan Pablo II, Constitución Apostólica Fidei depositum).

La esposa de Cristo tiene algo para decir al mundo, algo por lo que es, y que está destinado a dar vida al mundo, una verdad eterna que la sustenta y que anida en su Corazón y que en el jardín del mundo está ordenada a germinar. Sería un grave error pensar que los padres conciliares anduvieron a tientas buscando qué decir, sabían claramente cuál era el tesoro que Jesús había depositado en su Iglesia, y que debían anunciarlo, pero piden al Espíritu que sea Él quien abra las puertas que se van cerrando a la verdad del Evangelio en la cultura emergente. "Guardar el depósito de la fe es la misión que el Señor confió a su Iglesia y que ella realiza en todo tiempo. El Concilio ecuménico Vaticano II, (…) tenía como intención y finalidad poner de manifiesto la misión apostólica y pastoral de la Iglesia, a fin de que el resplandor de la verdad evangélica llevara a todos los hombres a buscar y aceptar el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento (cf. Ef 3, 19)" (Juan Pablo II, Constitución Apostólica Fidei depositum, n. 1).

 

El Concilio quería una profunda reforma y de hecho, sentó las bases para su realización. Se puede evaluar la etapa post-conciliar a partir de estas preguntas: ¿Cuál ha sido el resultado del Concilio? ¿Ha sido acogido de manera adecuada? En la recepción del Concilio, ¿qué es lo que ha habido de bueno y qué es lo que ha sido insuficiente o equivocado? ¿Qué queda por hacer? Así respondía Benedicto XVI a estos interrogantes:

"Nadie puede negar que en amplias partes de la Iglesia, la recepción del Concilio tuvo lugar de manera más bien difícil […]Todo esto depende de la justa interpretación del Concilio o -como diríamos hoy- de una hermenéutica adecuada, de una clave de lectura adecuada para su aplicación. Los problemas de recepción nacieron por el hecho de que dos hermenéuticas contrarias se confrontaron y han tenido litigios entre sí. Una ha causado confusión, la otra, de manera silenciosa pero cada vez más visible, ha dado frutos. Por una parte, se da una interpretación que quisiera llamar «hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura»; con frecuencia ha podido servirse de la simpatía de los medios de comunicación y también de una parte de la teología moderna. Por otra parte, se da la «hermenéutica de la reforma», de la renovación en la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, permaneciendo siempre el mismo sujeto único del Pueblo de Dios en camino. La hermenéutica de la discontinuidad corre el riesgo de acabar en una ruptura entre la Iglesia preconciliar y la Iglesia postconciliar. Afirma que los textos del Concilio como tal no serían la auténtica expresión del espíritu del Concilio" (Benedicto XVI, Discurso a cardenales, arzobispos y obispos miembros de la Curia, en la sala Clementina, el 22 de diciembre de 2005).

 

Los nuevos movimientos son parte de la semilla buena que crece lentamente…

 

La reforma propuesta por el Concilio Vaticano II, nos dice Benedicto XVI, se va realizando lentamente. Los distintos vaivenes humanos enlentecen su desarrollo, pero de todas formas, marcha a paso firme el proceso de aplicación y consolidación de las disposiciones conciliares. La ley de la Palabra sembrada, que es presentada bajo la imagen de la semilla, y que aparece narrada en el Evangelio, sigue su proceso de maduración en el interior de la tierra y aunque en su camino encuentre elementos que quieran obstaculizar su aparición, no pasarán de ser intentos que resultarán estériles, porque ella está impulsada por la "fuerza de Dios".

 

"Está claro que este compromiso por expresar de forma nueva una verdad determinada exige una reflexión nueva y una nueva relación vital con ella; está claro también que la nueva expresión puede madurar sólo si nace de una comprensión consciente de la verdad expresada. Por otra parte, la reflexión sobre la fe exige también que se viva esta fe. En este sentido, el programa propuesto por Juan XXIII era sumamente exigente, como es exigente la síntesis de fidelidad y dinámica. Pero allí donde esta interpretación ha sido la orientación que ha guiado la recepción del Concilio, ha crecido una vida nueva y han madurado nuevos frutos. Cuarenta años después del Concilio podemos constatar que lo positivo es más grande y está más vivo de cuanto no lo pareciera en la agitación de los años alrededor de 1968. Hoy vemos que la semilla buena, a pesar de que se desarrolle lentamente, sin embargo crece, y crece así también nuestra profunda gratitud por la obra desarrollada por el Concilio" (Benedicto XVI, Discurso a cardenales, arzobispos y obispos miembros de la Curia, en la sala Clementina, el 22 de diciembre de 2005).

 

Los nuevos movimientos eclesiales son parte de esta semilla buena que se desarrolla lentamente. Lo bueno no debe reducirse a estas realidades eclesiales, pero ciertamente en ellas se manifiesta la belleza de la vida que brota del Espíritu del Señor. El Concilio ha dado un impulso vital en muchas realidades de la vida eclesial (por mencionar algunas: Liturgia, Biblia, dimensión misionera, la misión de los laicos, familia como Iglesia doméstica, la existencia para todos en clave de camino de santificación) e incluso en ellas deben darse procesos de purificación. La Iglesia en sus pastores encauza las posibles desviaciones e incomprensiones. Los Movimientos Eclesiales están, dentro de este proceso, en la etapa de maduración. Ciertamente que el hecho central es el de su pertenencia a la Iglesia Universal y el de su inserción en la iglesia particular y en sus estructuras pastorales.

 

La comunidad eclesial, representada en Ananías, al recibir del Señor la noticia de lo que ha obrado en el perseguidor Saulo, siente temor y desorientación. Estas realidades que obra el Señor, a veces producen desconciertos en la comunidad eclesial. También ella es invitada por su Señor a confiar y discernir, para salir con gozo al encuentro de la obra de Dios, que en esta acción manifiesta su absoluta libertad. El Espíritu sopla donde quiere… con la certeza de que busca el bien de su Esposa amada.

 

"A la Iglesia que, según los Padres, es el lugar "donde florece el Espíritu" (CCC 749), el Consolador ha donado recientemente con el Concilio Vaticano II un renovado Pentecostés, suscitando un dinamismo nuevo e imprevisto. Siempre, cuando interviene el Espíritu produce estupefacción, suscita eventos cuya novedad asombra, cambia radicalmente las personas y la historia. Ésta ha sido la experiencia inolvidable del Concilio ecuménico Vaticano II, durante el cual, bajo la guía del mismo Espíritu, la Iglesia ha redescubierto, como constitutiva de sí misma, la dimensión carismática: "el Espíritu no se limita a santificar y a guiar al Pueblo de Dios por medio de los sacramentos y de los ministerios y adornarlo de virtudes, sino "distribuyendo a cada uno los propios dones como le place a Él" (1Cor 12, 11), distribuye entre los fieles de todo orden gracias especiales... útiles para la renovación y la mayor expansión de la Iglesia" (LG, 12).

El aspecto institucional y carismático son casi coesenciales en la constitución de la Iglesia y concurren, aunque de modo diverso, en su vida, para su renovación y santificación del Pueblo de Dios. Es de este providencial redescubrimiento de la dimensión carismática de la Iglesia, que antes y después del Concilio, se ha afirmado una singular línea de desarrollo de los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades"

(Juan Pablo II, Vigilia de Pentecostés de 1998).

 

Notas:

 

1) En la línea del Papa Juan XXIII, en 1975 el Papa Pablo VI decía: «Sí, la Iglesia tiene necesidad de un nuevo Pentecostés. Tiene necesidad de fuego en su corazón, palabras en sus labios, profecía en la mirada. Entonces, ¿cómo esta renovación espiritual no va a ser una oportunidad para la Iglesia y para el mundo?» En la Vigilia de Pentecostés del 17 de mayo de 1986, el Papa Juan Pablo II decía: «Aquel que es el soplo eterno: el Amor del Padre y del Hijo, nos ha sido dado. El mismo que se le dio a los Apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén. Y nos ha sido dado bajo la forma de diferentes lenguas. En forma de diversos carismas y tareas, de diversas vocaciones y caminos; en forma de una múltiple captación de las necesidades de la Iglesia y del mundo; en forma de múltiples servicios de salvación, de muchos y diversos programas e iniciativas». Publicado en Alfa y Omega (www.alfayomega.es).

 

2) Juan Pablo II, Constitución Apostólica Fidei depositum: "A ese Concilio el Papa Juan XXIII había asignado como tarea principal custodiar y explicar mejor el precioso depósito de la doctrina católica, para hacerlo más accesible a los fieles y a todos los hombres de buena voluntad. Por consiguiente, el Concilio no tenía como misión primaria condenar los errores de la época, sino que debía ante todo esforzarse serenamente por mostrar la fuerza y la belleza de la doctrina de la fe. "Iluminada por la luz de este Concilio -decía el Papa-, la Iglesia crecerá con riquezas espirituales y, sacando de él nueva energía y nuevas fuerzas, mirará intrépida al futuro".

 

3) "Las voces que de todos los puntos de la tierra Nos llegan, como expresión de alegre esperanza y deseos por el feliz éxito del Concilio Ecuménico Vaticano II, impulsan cada vez más nuestro ánimo a sacar provecho de la buena disposición de tantos corazones sencillos y sinceros, que con amable espontaneidad se vuelven a implorar el auxilio divino para acrecentamiento del fervor religioso, para clara orientación práctica en todo lo que la celebración conciliar supone y nos promete incremento de la vida interior y social de la Iglesia y de renovación espiritual de todo el mundo" (Juan XXIII, Exhortación Apostólica sobre la devoción a San José, promulgada el 19 de Marzo de 1961).

 

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Comunión y Liberación: una experiencia totalizante en el seno de la Iglesia

 

Santiago Raffo

 

“Fe y Razón” entrevistó a Santiago Raffo, 39 años, casado con Gabriela Isasa, con cinco hijos: Juan Pablo, Ignacio, María Magdalena, Agustín y María Lucía. Santiago Raffo es Director de Relaciones Públicas de la Facultad de Teología del Uruguay -donde además cursa estudios- y Responsable Laico de la Parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y San Alfonso (Tapes). En 2005 participó en el IV Sínodo Arquidiocesano de Montevideo y actuó como moderador en el Círculo Sinodal correspondiente al Diaconado Permanente.

 

Comunión y Liberación, una realidad eclesial

Comunión y Liberación (CL) es un movimiento eclesial fundado por don Luigi Giussani (1922-2005), cuyos orígenes se remontan a 1954. Comenzó en la ciudad de Milán y, tras difundirse rápidamente por toda Italia, hoy está presente en cerca de setenta países en todos los continentes y participan de esta experiencia unos 150.000 miembros. CL se autodefine como un movimiento ante todo porque no se configura como una nueva organización o estructura (no hay ficha de inscripción), ni se centra específicamente en ningún aspecto o práctica particular de la vida de la fe; antes bien es una llamada a vivir en el presente la experiencia cristiana propia de la Tradición. El objetivo de la vida de CL es proponer la presencia de Cristo como única y verdadera respuesta a las exigencias profundas de la vida humana en todos los tiempos. En la persona que encuentra y se adhiere a la presencia de Cristo, se genera un movimiento de conversión y testimonio que tiende a incidir sobre el ambiente en el que vive (familia, trabajo, escuela, barrio, sociedad, etc.). Nacido en un instituto como propuesta a los jóvenes con el nombre de Gioventù Studentesca (GS), el movimiento se dirige hoy a todo el mundo, sin distinción de edad, ocupación o posición social.

 

El carisma de CL

«Un carisma - ha escrito don Giussani - se puede definir como un don del Espíritu dado a una persona en un determinado contexto histórico, con el fin de que ese individuo inicie una experiencia de fe que pueda resultar de algún modo útil para la vida de la Iglesia. Subrayo el carácter existencial del carisma: éste hace más convincente, más persuasivo, más “abordable” el mensaje cristiano propio de la tradición apostólica. Un carisma es un terminal último de la Encarnación, es decir, una modalidad particular a través de la cual el Hecho de Jesucristo hombre-Dios me alcanza y, a través de mi persona, puede alcanzar a otros


La esencia del carisma dado a Comunión y Liberación puede resumirse en tres factores:

- en primer lugar, el anuncio de que Dios se hizo hombre (el estupor, la razonabilidad y el entusiasmo por esto): «El Verbo se hizo carne y habita entre nosotros»;

- en segundo lugar, la afirmación de que este hombre - Jesús de Nazaret muerto y resucitado - es un acontecimiento presente en un «signo» de «comunión», es decir, en la unidad de un pueblo guiado como garantía por una persona viva, en última instancia, el Obispo de Roma;

- tercer factor: sólo en Dios hecho hombre y, por tanto, sólo en Su presencia, sólo a través de la forma que permite experimentar Su presencia (por tanto, sólo en la vida de la Iglesia), el hombre puede llegar a ser hombre de forma más verdadera y la humanidad puede ser realmente más humana. Escribe san Gregorio Nacianceno: «Si no fuese tuyo, Cristo mío, me sentiría criatura finita». Únicamente de Su presencia brotan con seguridad la moralidad y la pasión por la salvación del hombre (misión).


Cultura: verificación de la experiencia, acción política, ecumenismo

La vida del movimiento se ha caracterizado siempre por una fecunda actividad cultural. La vivacidad cultural de CL nace de la pasión por verificar la capacidad de la fe cristiana para ofrecer un criterio más fecundo y completo en la lectura de la realidad y de los acontecimientos. La sugerencia de san Pablo: "Valorad todo y quedaos con lo bueno" es para CL la mejor definición del trabajo cultural: todo, en efecto, se puede abordar teniendo como criterio la claridad sobre el hombre aportada por la revelación cristiana, y de todo, como consecuencia de dicho criterio, se puede extraer y valorar lo que es verdadero y bueno. Desde el comienzo, los chicos de don Giussani, apremiados por un ambiente cultural y escolar que, hoy igual que entonces, tiende a marginar el hecho cristiano como hipótesis de lectura de la realidad, se han comprometido, a través de congresos, publicaciones y las llamadas "fichas de revisión", a intervenir sobre cuanto las clases escolares o la actualidad social y cultural ponían en el punto de mira. Junto a este trabajo, se redescubrían y proponían autores, textos y problemas censurados u oscurecidos por la posición cultural dominante. En esta "escuela" han crecido personas y grupos que han dado vida o colaborado, bajo su responsabilidad, en obras culturales de alcance nacional e internacional, y en una miríada de iniciativas donde están presentes tanto el gusto por el encuentro entre experiencias diferentes, como la pasión por comunicar el propium del acontecimiento cristiano. Así han nacido, en Italia y fuera de ella, centenares de centros culturales, decenas de escuelas libres, promovidas a menudo por cooperativas de padres. Han surgido editoriales, se han realizado actividades editoriales y periodísticas, se han promocionado Institutos y Fundaciones a nivel académico, convenciones internacionales (como el anual "Meeting por la amistad entre los pueblos" de Rímini) que han implicado a los nombres más ilustres de la cultura y debatido los temas más candentes de la actualidad. Todo esto ha suscitado en torno al movimiento simpatías y antipatías. Más allá de las inevitables imprecisiones que ese trabajo comporta, a veces existe por parte de quien observa la dificultad, cuando no la cerrazón, para considerar la identidad cristiana como portadora de un juicio original sobre la cultura y la sociedad. Quienes, incluso dentro del llamado mundo católico, consideran la fe como un asunto "de la estratosfera", y no como un factor que incide en la historia y la cultura, preferirían que la comunidad cristiana no se ocupase de cuanto está más allá de la puerta de la sacristía. En una experiencia cristiana comprometida, la dimensión política deriva naturalmente de la dimensión cultural. La acción política, dentro de la concepción de CL, es uno de los campos donde un cristiano está llamado con mayor responsabilidad y generosidad ideal a verificar el criterio unitario que mueve su existencia frente a los problemas planteados por la vida de la sociedad y las instituciones. Dios ha dado poder a los hombres para que trabajen en Su creación a través del compromiso en el ámbito de los propios talentos, de la propia familia, de la sociedad, hasta esa «forma exigente de caridad» - como la definía Pablo VI - que es la política. No debe sorprender, por tanto, que de las filas de CL hayan salido personalidades comprometidas a distintos niveles en la acción política, directamente y bajo su propia responsabilidad. En particular, siguiendo el cauce trazado por la Doctrina social de la Iglesia, lo que anima el compromiso cristiano en política es la defensa del bien sumo, la libertad, condición para que el hombre busque respuestas adecuadas a lo que desea su corazón y sus necesidades reclaman. Libertad amenazada demasiadas veces en la época moderna por las tendencias absolutistas -manifiestas u ocultas- del Estado y de las ideologías que identifican en éste la fuente del derecho individual y la libertad de asociación. La acción política propia de quien se ha educado en CL debe tender, por tanto, a crear las condiciones para que la persona y la sociedad, que se expresan en obras lucrativas, culturales y asociativas, no sean mortificadas o penalizadas por una visión estatalista o el privilegio otorgado a unos pocos, por razones de poder. Una síntesis de la concepción que el movimiento tiene de la política se encuentra perfectamente expresada en el texto de la intervención de don Giussani en la asamblea de la CdO (Compañía de las Obras) lombarda del 6 de febrero de 1987, recogido ahora en la publicación El yo, el poder, las obras (Encuentro, Madrid 2001).

Las batallas que han implicado no sólo a personalidades individuales sino la disponibilidad de todo el movimiento, como la de la libertad de educación y la paridad entre escuela estatal y escuela privada, o la más general por el respeto del principio de "subsidiariedad", tienden a realizar la unidad entre trabajo cultural y acción política. Finalmente, la concepción de cultura propia de CL coincide con el significado más auténtico del término ecumenismo. Éste no es la búsqueda de un mínimo común denominador entre experiencias distintas con el fin de justificar una tolerancia que parece, en realidad, carencia de amor recíproco. Ecumenismo como significado verdadero de cultura indica más bien la capacidad de abrazar incluso la experiencia más lejana y distinta (por ejemplo la experiencia de los monjes budistas del Monte Koya, la cultura ruso-ortodoxa, la tradición judía), en virtud de que haber encontrado, por gracia y no por mérito propio, la verdad permite reconocer cada indicio de verdad y valorarlo.


Caridad: la gratuidad como ley, la obra de la caridad

Las formas de acción caritativa son hoy variadísimas: ir a la parroquia o a un barrio para jugar con los niños, acudir a un asilo a hacer compañía a los ancianos, ayudar a los niños más pequeños a estudiar, compartir situaciones difíciles como la pobreza, la enfermedad psíquica o los estadios terminales de enfermedades incurables, ayudar a buscar un trabajo, etc. También en este caso, al igual que en la dimensión cultural, los desarrollos operativos, desde los más sencillos a los más complejos, están ligados a la iniciativa libre y a la elección de compromiso de los individuos o de los grupos de miembros de CL y no comprometen al movimiento en cuanto tal.


Misión: un testimonio católico

Desde el comienzo los chicos eran educados en la misión también a través del interés por figuras de misioneros comprometidos en lugares lejanos y difíciles. A lo largo de toda su historia, CL ha colaborado con la acción misionera de personalidades significativas (desde Marcello Candia a monseñor Pirovano; desde el Padre Lardo a la Madre Teresa) o de instituciones y órdenes religiosas (los padres del Pime, los padres Combonianos). Pero tuvo importancia sobre todo la propuesta que se hizo a aquellos chicos de bachillerato de los comienzos: sostener responsablemente y por entero (quizá por primera vez en la historia de la Iglesia) una acción misionera en Brasil, en Belo Horizonte, en 1962. La misión en Brasil tiene un significado más allá del hecho de que con la partida de aquellos jóvenes se esparcieron las primeras semillas de la presencia del movimiento en América Latina: en la historia del movimiento, aquel gesto significó que no existe distinción entre la invitación dirigida a un amigo para asistir a la Escuela de comunidad o un gesto de la compañía, y la acción de anuncio cristiano llevada a cabo por muchos misioneros, hoy también de CL, en tierras difíciles de África, Asia o América. Es la misma misión universal de la Iglesia, el mismo anuncio. La misión en el propio ambiente, el testimonio al que reclama el movimiento, se entienden ante todo como ofrecimiento a Cristo de la propia disponibilidad, más que como capacidad de iniciativa o estrategia comunicativa. Bajo este perfil, más que preocuparse por la propia difusión, CL ha entendido siempre la misión como servicio a la misión de la Iglesia y reclamo a la experiencia cristiana en cada ambiente de estudio o trabajo donde sus seguidores se encuentran por todo el mundo.

 

Los gestos fundamentales

Uno de los motivos de sorpresa para quien se acerca a la vida de los miembros de CL es advertir que se trata de una vida normal, en el sentido de que la adhesión al movimiento no comporta obligaciones particulares ni costumbres extrañas.

Una de las características a las que el movimiento siempre ha dado importancia y que lo ha diferenciado pronto del asociacionismo católico tradicional es la ausencia de cualquier forma de inscripción y el énfasis en la importancia de la adhesión libre del individuo a los contenidos y al método educativo del movimiento. Con análoga libertad, la experiencia de CL indica unos gestos fundamentales para un camino personal y comunitario de educación en la fe. Son gestos “fundamentales”, pero ninguno de ellos es considerado obligatorio.


La oración

Una de las características peculiares del movimiento es el cuidado de gestos de oración personal y comunitaria, algo que se concreta en la edición, con imprimatur eclesiástico, de un Libro de las Horas que reproduce parte del Breviario de la Iglesia universal, en el cuidado del canto litúrgico y en el aprendizaje de himnos y cánticos de la Tradición. La participación en la liturgia y en los sacramentos, la costumbre de rezar el Ángelus y la repetición de jaculatorias particularmente significativas de la Tradición (por ejemplo: Veni Sancte Spiritus, Veni per Mariam) tienden a generar en los miembros de CL una familiaridad con el sentido más verdadero y sencillo de la oración.

Ella es, en efecto, el origen de la comunión y el primer fruto de una vida de comunidad auténticamente vivida. La oración es la expresión de la dependencia de Otro que todo hombre razonable y realista advierte.


Escuela de comunidad

Además de la invitación a la oración y a la vida normal de sacramentos de todo católico, el movimiento de don Giussani propone a sus miembros, y a quien lo desee, un gesto de catequesis y confrontación de la experiencia, con periodicidad normalmente semanal.

La “Escuela de comunidad” tiene como objetivo ser una verdadera escuela que, mediante la lectura y la comparación con la propia experiencia de textos propuestos por el Centro del movimiento, forme en quienes la siguen una conciencia más clara de la naturaleza del hecho cristiano e ilumine la vida. Los textos propuestos son generalmente del Magisterio o de don Giussani. La Escuela de comunidad es el momento normal de catequesis y encuentro, tanto para los jóvenes de bachillerato y de la universidad como para los adultos. Siguiendo la indicación de don Giussani para cada gesto de la comunidad desde los inicios, también la Escuela de comunidad tiene un carácter público, un valor para todos, en el sentido de que está abierta a la participación de cualquiera, y se propone a menudo en los ambientes de estudio y de trabajo.


Caritativa
La propuesta de la caritativa, que desde los primeros seguidores ha implicado a decenas de miles de jóvenes y de adultos, ha respondido siempre a unos motivos claros. No se trata de dar curso a acciones filantrópicas o de pretender ofrecer con tales iniciativas respuestas exhaustivas a necesidades a menudo vastas y complejas, sino de aprender, a través de la fidelidad a un gesto ejemplar, que la ley última de la existencia es la caridad, la gratuidad.

De tal “escuela” de gratuidad ha nacido en Italia y en el mundo, por medio de la iniciativa libre y responsable de miembros del movimiento o gracias a su colaboración, una serie interminable de actividades pequeñas y grandes con finalidad caritativa, en los campos más dispares: desde la catequesis de niños en las parroquias al acompañamiento de ancianos en los hospitales, desde la acogida en familias de niños o de personas con dificultades a la creación de verdaderas casas-familia para casos difíciles (madres solteras, toxicómanos, deficientes, minusválidos, enfermos de SIDA y enfermos terminales); desde la creación de empresas dedicadas a la reinserción laboral de minusválidos a la fundación de organizaciones no gubernamentales para proyectos de desarrollo y de asistencia en países pobres (por ejemplo AVSI en Italia, ente reconocido por la ONU, y CESAL en España); desde la constitución de fundaciones como el Banco de Alimentos (que proporciona alimento diario a casi un millón de pobres en Italia recogiendo los excedentes de producción alimentaria de grandes y medianas industrias) a la creación de Centros de solidaridad, en donde se ofrece ayuda en la búsqueda de empleo para jóvenes (y no tan jóvenes) desocupados; desde la asistencia en las cárceles de menores en África y América Latina al simple sostenimiento económico de familias en dificultad.

Tratándose en muchísimos casos de obras que unen a la finalidad caritativa una organización de tipo empresarial, puede decirse que estas iniciativas retoman, en clave actual y a menudo bajo la égida del llamado sector non profit, la tradición de las grandes obras caritativas que han marcado la historia de la cristiandad.


Vacaciones
Las vacaciones, en especial las vividas juntos
en la montaña, han sido siempre uno de los momentos privilegiados para descubrir el gusto de la compañía cristiana y la actitud de estupor y respeto en la que ésta educa frente a la realidad de lo creado. Desde el comienzo, los primeros "observadores" se asombraban de cómo don Giussani llevaba de vacaciones a la montaña a grupos a veces numerosos de chicos y chicas, haciendo coincidir este tiempo (al contrario de lo que sucedía y sucede normalmente con los grupos escolares, e incluso con muchas asociaciones católicas) con momentos de gustosa y ordenada compañía y de fuerte propuesta cristiana. Por lo demás, como ya hemos señalado, es durante el denominado tiempo libre cuando se reconoce a qué le prestan verdadera atención en la vida un joven y un hombre, y a qué ideal se entregan. Las vacaciones, vividas en grupo o individualmente con la familia, son también una ocasión "misionera" para proponer la experiencia que se ha encontrado.


Lectura
Otra forma con la cual CL educa en el sentido crítico, el descubrimiento de la dignidad humana y el verdadero rostro de la Iglesia, es la invitación a la lectura de libros (también a través del llamado "libro del mes") y al trabajo cultural, animando así a no olvidar el valor de la belleza tal como emerge en algunas obras de arte de la música clásica, la pintura o el cine. Para los miembros de CL han llegado a ser familiares y objeto de profundización, entre otros, los nombres de Dante, Leopardi, Pascoli, Ada Negri, Pasolini, Montale, Péguy, Eliot, Falco, Soloviev, De Lubac, Dawson, Moeller, Mounier, junto a los de Schubert, Beethoven, Mozart, Donizetti, y a los de Giotto, Antelami, Masaccio, Caravaggio, y también al de Dreyer y otros gigantes de la literatura y el arte.


El canto

Uno de los gestos que señaló el nacimiento y acompañó el desarrollo de Comunión y Liberación es el canto, en especial, el canto común. «El canto - afirma Giussani - es la expresión más alta del corazón del hombre. No existe un servicio a la comunidad comparable con el canto». Ya se trate de cantos litúrgicos, canciones nacidas de la experiencia de algunos miembros de CL (algunas de ellas han dado la vuelta al mundo) u otras pertenecientes al repertorio popular de varias naciones, el cuidado del canto común es signo distintivo de los encuentros de CL. Con el canto, en efecto, la comunidad expresa de modo sintético y persuasivo su propia unidad y el gusto y la conciencia nueva que derivan de ella.

 

[Nota: en esta primera parte del artículo se reproducen textos del sitio web de CL; el resto del artículo es la entrevista propiamente dicha.]


Comunión y Liberación en Uruguay: un testimonio

 

¿Qué etapas ha tenido la historia del movimiento en el Uruguay?

Se podría decir que CL en Uruguay pasó por tres etapas.

En 1985 Don Giussani vino al Uruguay con intención de sembrar las primeras semillas del movimiento en nuestro País. Se reunió en aquel entonces con el Arzobispo, Mons. José Gottardi sdb, para hacerle la propuesta del movimiento. No conozco detalles de la reunión pero nuestra realidad eclesial de entonces estaba bastante distante de la aceptación diocesana de los movimientos en general.

En junio de 1986 Giussani viajó a Córdoba para participar de un encuentro con jóvenes de toda América Latina. Allí fui invitado a participar, aunque fui sin conocer la realidad a la que me iba a enfrentar, dado que yo estaba fuera de la Iglesia y sin ninguna intención de volver a ella.

Cuando llegué al destino, la ciudad de Carlos Paz, nos alojamos en un Monasterio Franciscano. Una vez acomodados nos llevaron a un salón muy grande en el que había alrededor de mil jóvenes de toda América Latina. En el centro una mesa y una silla en la cual estaba sentado un señor muy chiquito y muy feo. Yo a esa altura me preguntaba ¿Qué estoy haciendo aquí? Lo primero que recuerdo de “ese señor” es que dijo llamarse Luigi Giussani y se disculpó porque su gran ignorancia le había impedido aprender a expresarse en español correctamente y debería depender de un traductor. Luego disparó su primer dardo directo al Corazón: “Al encontrar a Cristo me descubrí hombre”.

 

A partir de esa frase comenzó en mí un proceso de transformación, de búsqueda de la santidad y de participación activa en la Iglesia que ya lleva veinte años. De vuelta en Uruguay, comencé a vivir la experiencia de conocer la Iglesia, desde ese momento me inserté en el mundo de la parroquia, el cual nunca abandoné.

En esa primera etapa del movimiento tuvimos muchas dificultades operativas dado que caminábamos solos, cada tanto venía un sacerdote de Argentina pero nunca se logró una presencia real del movimiento en nuestra Arquidiócesis. Aprecié mucho el apoyo de Mons. Pablo Galimberti y desarrollamos muchas actividades en la diócesis de San José, donde siempre nos sentimos como en nuestra casa.

Las visitas desde Argentina se fueron espaciando y llegó un día en que perdimos contacto.

Unos años después, en el 90, se realizó un nuevo intento a partir del interés de un grupo de laicos. Pero la falta de contacto con la experiencia original, de casi todos los participantes de ese nuevo grupo, fue causa de un nuevo revés.

Así fue que durante muchos años la experiencia de CL quedó solamente como el acontecimiento personal gracias al cual retorné definitivamente a la Iglesia a la que había ingresado en el año 1975 cuando teniendo 9 años tomé mi primera y última comunión.

El 22 de febrero de 2005 moría Don Luigi, mi padre espiritual, días más tarde me llegó un artículo por la agencia Zenit sobre el movimiento y decidí escribirles una carta de saludo, recordándoles que Don Gius, como le gustaba que lo llamaran, tenía un hijo aquí en Uruguay que lo recordaba con mucho cariño. A los tres días me llegó un mail de Alver Metalli perteneciente al grupo de los memores domine (consagrados) del movimiento que me decía: "Estimado Santiago, estoy viviendo en Uruguay, desde Italia me reenviaron tu mail, este viernes se reúne la escuela de comunidad en mi casa, estás invitado junto con tu señora. Te espero".

Grande fue mi sorpresa y alegría al enterarme de que recientemente había comenzado una nueva etapa de CL en Montevideo, esta vez sí con todo el apoyo de nuestro Arzobispo Monseñor Nicolás Cotugno y una presencia real del movimiento. Inmediatamente mi esposa y yo nos integramos a esa escuela de comunidad de la que participan personas de diversas edades y profesiones.

El año pasado dos de nuestro jóvenes viajaron al famoso Meeting en la ciudad de Rímini experiencia que se va a repetir este año. Otro grupo participamos de la asamblea de responsables que tuvo lugar en la Maríapolis de O´Higgins en Argentina y también nuestros universitarios participaron como animadores de las vacaciones del movimiento en Bariloche y en varios retiros.

 

¿Qué puedes contarnos sobre la forma en que vives tu vocación particular de miembro de CL?

En esta nueva etapa de consolidación del movimiento en Uruguay, estoy profundizando los vínculos desde la perspectiva de la comunidad. Releyendo ya con más camino andado, los libros que escribió Don Gius y volviendo a descubrir su gran riqueza. Recordando experiencias vividas para poderlas trasmitir a quienes no conocieron al fundador. Ejercitando la paciencia y soportando las críticas de quienes en la Iglesia no comprenden ni toleran la existencia de estas nuevas realidades.

 

¿Cuál es la experiencia de CL en cuanto a su inserción en la vida pastoral de las diócesis en las que está presente?

El movimiento está presente en la Arquidiócesis de Montevideo y en la Diócesis de San José.

Aquí en Montevideo, debido al escaso tiempo que ha trascurrido de esta nueva etapa, recién estamos comenzando nuestra vida como movimiento, tendrá que pasar algún tiempo antes que podamos insertarnos y hacer un verdadero aporte en la vida pastoral de la Arquidiócesis.

En la diócesis de San José, están trabajando activamente tres sacerdotes del movimiento, dos de ellos de nacionalidad argentina, que fueron ordenados por Monseñor Pablo Galimberti y se incorporaron al clero de la diócesis.

 

El año pasado falleció el P. Giussani, fundador de CL. ¿Cómo están viviendo ustedes esta nueva etapa de la vida del movimiento?

El fallecimiento de Don Gius fue muy duro para el movimiento, pero él ya había sentado las bases sólidas de esta experiencia y nos había enseñado a caminar solos, por supuesto que siempre hay una etapa de acomodamiento a la nueva realidad y más aún cuando el que muere es el fundador. Esta etapa el movimiento la viene atravesando con mucha paz y tranquilidad de la mano de Don Julián Carrón, primer sucesor de Don Gius y con el apoyo explícito y amoroso de nuestro querido Papa Benedicto XVI.

 

¿Qué desafíos entrevés para el futuro de CL en el Uruguay?

Haciendo una valoración hacia el futuro, los desafíos aquí en el Uruguay son muchos.

Primero consolidarnos como movimiento, vivenciar nuestra experiencia y trasmitirla a otros. Generar proyectos serios que son parte de la vida de CL, como los explicados anteriormente: misión, caritativa, vacaciones etc., insertarnos en el ambiente universitario, multiplicar las escuelas de comunidad, donde podamos desarrollar un ámbito de discernimiento claro y sereno de la experiencia de Cristo en nuestras vidas.

Si alguno de los lectores tiene interés en conocer nuestra propuesta con mucho gusto lo invitamos a participar en nuestra escuela de comunidad.

Pueden comunicarse a través del mail monsenor@adinet.com.uy o del teléfono 2041442.

Para profundizar la información pueden visitar nuestra página web internacional: www.clonline.org o adquirir nuestra revista “Huellas” en L.E.A. (Librería Editorial Arquidiocesana – Cerrito 477).

 

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Instituto del Verbo Encarnado: prolongar la Encarnación del Verbo

en todo hombre, en todo el hombre y

en todas las manifestaciones del hombre

 

P. Ricardo Clarey

 

“Fe y Razón” entrevistó al R.P. Lic. Ricardo Clarey IVE. Ricardo Clarey fue ordenado sacerdote el 9 de octubre de 1993. Obtuvo la Licenciatura en Exégesis bíblica en el Pontificio Instituto Bíblico (Roma) en 1997. Desde 2001 es Rector del Seminario “María Madre del Verbo Encarnado” (San Rafael, Argentina), del I.V.E. Es profesor de Exégesis del Nuevo Testamento y de Exégesis Fundamental en dicho Seminario, y de Exégesis del Antiguo Testamento y Exégesis del Nuevo Testamento en el Seminario diocesano “Santa María Madre de Dios” (San Rafael, Argentina). Es Director de la revista Diálogo, del Seminario “María Madre del Verbo Encarnado”. Es el responsable del Foro de Exégesis y Teología Bíblica “P. Marie-Joseph Lagrange” (www.foroexegesis.com.ar).

 

¿Qué es el I.V.E. (Instituto del Verbo Encarnado)?

El Instituto del Verbo Encarnado es una Congregación religiosa fundada en la Argentina el 25 de marzo de 1984 por el P. Carlos Buela. Como indicamos en la página de la Casa General (www.ive.org), nuestro Instituto lleva el nombre 'del Verbo Encarnado' en honor al Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, que fue el acontecimiento más grande de la historia. Misterio en el cual centra su espiritualidad y del cual toma ejemplo para poder concretar su fin específico: inculturar el Evangelio, prolongando la Encarnación en todo hombre y en todas las manifestaciones del hombre.

El Instituto del Verbo Encarnado forma parte de la familia religiosa del Verbo Encarnado, constituida por dos Institutos religiosos y una tercera orden laica:

1.      El Instituto 'del Verbo Encarnado' (IVE): es un instituto clerical, es decir, la mayor parte de sus miembros son sacerdotes. Contamos también con religiosos no clérigos llamados hermanos coadjutores. El Instituto tiene dos ramas, una apostólica y una de vida contemplativa. El Superior General actual es el P. Carlos Miguel Buela.

2.      El Instituto 'Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará' (SSVM): es la rama religiosa femenina de nuestra Familia. El Instituto está formado por hermanas tanto de vida apostólica como de vida contemplativa. La Superiora General es la Madre Maria de Anima Christi van Eijk.

3.      La Tercera Orden Secular, la rama laical o asociación de fieles laicos; con diversos niveles de pertenencia, que incluyen, en su nivel más alto, la consagración laical bajo voto.

 

¿Cómo surgió y se desarrolló?

Así relata el P. Carlos Miguel Buela, fundador del Instituto del Verbo Encarnado, la inspiración de la gracia fundacional: 'El domingo 3 de mayo de 1981, mientras estaba confesando en la vieja capilla de la Parroquia 'Nuestra Señora del Rosario' de Villa Progreso (Buenos Aires), creo que antes de Misa de 11 horas, ante el gran número de penitentes a quien sólo yo podía atender por unos pocos minutos, me vino un pensamiento, que rechacé inmediatamente como distractivo, sobre la necesidad de contar en las parroquias con comunidades sacerdotales.

Luego de almorzar y dormir la siesta en casa de mis padres regresé a la Parroquia y estando en la casa parroquial, sería entre las 17 y 18 horas aproximadamente, me vino un pensamiento de que debía fundar una congregación religiosa con tal certeza que nunca dudé ni pude dudar de que Dios era el que quería eso. Igualmente hice discernimiento y examen para analizar si había alguna causa previa que podría ser origen de ese pensamiento y no la encontré... Enseguida llamé por teléfono al Padre Lojoya (a quien conocía desde los 6 años, éramos amigos desde los 9 años) para relatarle lo sucedido'. Dicho domingo 3 de Mayo era la fiesta del Señor de la Quebrada, advocación de un santuario ubicado en San Luis (Argentina): 'La feliz coincidencia nos alegró aún más, porque éramos muy devotos del Santo Cristo y habíamos predicado allí muchos Ejercicios Espirituales con muchos frutos de vocaciones sacerdotales y religiosas, y también, habíamos predicado varias Novenas Patronales...'

El paso siguiente -y necesario- era buscar la aprobación de tal proyecto por un representante de la Iglesia jerárquica: 'Teníamos que encontrar un Obispo que avalara el proyecto...' Dicho obispo será Monseñor León Kruk, obispo de San Rafael, Mendoza (Argentina).

El comienzo de la experiencia de vida religiosa fue en la diócesis de San Rafael, una pequeña y humilde diócesis de Argentina, ubicada en una pintoresca región del Sur de la Provincia de Mendoza, muy cerca de la Cordillera de los Andes. El inicio coincidió con la Fiesta de la Anunciación del Señor, 25 de Marzo de 1984, día en que todos los Obispos del mundo, en unión con el Papa, consagraban el mundo entero al Inmaculado Corazón de María.

Los primeros años (1984 - 1988) fueron intensamente vividos, con el fervor y entusiasmo propios de una obra nueva del Espíritu Santo. A sólo un año de la fundación, una donación permitió que se pudiera vivir la vida religiosa con la plenitud que se quería: se pudo adquirir una pequeña finca en El Toledano, San Rafael; la 'finca' destinada a ser la Casa Madre del nuevo Instituto. Con la aprobación del Obispo de San Rafael, se fundó en dicho terreno la 'Villa de Luján'. La primera Misa fue celebrada el 22 de febrero de 1985, Fiesta de la Cátedra de San Pedro.

Poco a poco el nuevo Instituto comenzaba a extenderse más allá de los límites de la diócesis de San Rafael: el primer lugar fue la diócesis de Añatuya, Provincia de Santiago del Estero. En 1987, el Instituto del Verbo Encarnado traspasa las fronteras de su país de origen, dando los primeros pasos en orden a concretar su proyecto misionero: en febrero se funda la primera misión en el Perú: en la Parroquia de Limatambo, Diócesis de Cuzco. En 1989 la presencia se extendía a Norteamérica: el 1 de julio entraban los primeros sacerdotes del nuevo Instituto en la diócesis de Brooklyn, Nueva York (EE.UU).

Pocos días después pudo concretarse algo que el P. Buela quiso desde el principio para asegurar la formación de sus sacerdotes: una casa en Roma, lo cual permitiría contar con una comunidad de sacerdotes que pudieran perfeccionar sus estudios en las Universidades Pontificias de la Ciudad Eterna. Se comenzó con una comunidad huésped en una casa de religiosas que nos prestaban un sector de la misma para tal fin.

El 27 de diciembre de 1987, Fiesta de San Juan Apóstol, se fundaba oficialmente el Seminario Menor. Había comenzado en el año anterior, 1986, muy pobremente en la Villa de Luján; luego trasladado a la Parroquia San Maximiliano Kolbe (primera parroquia del Instituto en San Rafael), hasta pasar a su destino definitivo.

En el año 1988 se fundaron: el Noviciado masculino (el 22 de Febrero), con el nombre del primer miembro fallecido de nuestra congregación: el seminarista Marcelo Javier Morsella; la Rama femenina de nuestro Instituto con el nombre de 'Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará' (el 19 de Marzo, fiesta de San José); el primer Monasterio de la Rama contemplativa masculina, el Monasterio 'Del Verbo Encarnado' (el 25 de Diciembre). Ese mismo año, el 23 de Septiembre, tuvo lugar el Iº Capítulo General Ordinario. El P. Buela quería, dentro de sus posibilidades, vivir la vida religiosa según las normas del Derecho Canónico. Así fue que, entre otras cosas, dispuso que las autoridades del nuevo Instituto fueran establecidas por elección.

Los años subsiguientes fueron de gran crecimiento, aunque en medio de algunas incomprensiones y dificultades. Un acontecimiento clave para el Instituto fue la fundación del Seminario religioso propio, ya que hasta ese momento los religiosos concurrían a clases al seminario diocesano, también a cargo del Instituto hasta el año 1990. El 16 de abril de dicho año, el Obispo de San Rafael autorizaba la fundación del nuevo seminario, que comenzó a funcionar en la Villa de Luján con el nombre de Seminario Mayor 'María Madre del Verbo Encarnado'. El hecho de contar con un Seminario propio facilitaría la tarea de formar a los seminaristas religiosos de acuerdo al fin específico del Instituto, pudiendo, por ejemplo, estudiar griego, hebreo y las lenguas modernas; enfatizar la dimensión pastoral de la formación; encarar el estudio filosófico-teológico mediante el uso de los textos mismos de Santo Tomás; incorporar como instrumentos de trabajo la computación; organizar Jornadas Tomistas y Jornadas Bíblicas; contar con revista y ediciones propias; seleccionar mejor los profesores; etc.

Otro acontecimiento importantísimo fue la culminación de la redacción de las Constituciones del Verbo Encarnado, en el año 1992; las fundaciones en Rusia, Jerusalén y Taiwán (1993), y Ucrania (1994). Así hasta el IIº Capítulo General Ordinario, celebrado en agosto-septiembre de 1994, que entre otras cosas aprobó internamente las Constituciones y directorios del Instituto, además de organizar las provincias, las autoridades, las maneras y los tiempos de elección.

Los años 1995-2001 marcaron un tiempo de especial prueba para el Instituto, pues se sucedieron en dicho período tres comisarios pontificios, que tuvieron a cargo el gobierno de aquel, quedando suspendido el gobierno propio. Los comisarios fueron los sacerdotes José Antonio Rico O.S.B. (1995-1998), Aurelio Londoño C.M. (1998-1999), y S.E. Monseñor Alfonso Delgado, entonces obispo de Posadas, Argentina (1998-2001). Aún en medio de las pruebas, al Instituto le fue confiada por parte de la Santa Sede una 'Missio sui iuris' en un país asiático, de la ex Unión Soviética: se trata de Tajikistán. Una decisión ulterior de la Santa Sede, comunicada por carta con fecha 11 de abril de 2001, determinaba que la Casa general del Instituto debía trasladarse a la diócesis de Velletri-Segni (Italia) y que debía formarse un gobierno provisorio con la explícita misión de convocar un Capítulo general. El II° Capítulo General Extraordinario se realizó en Segni, entre el 21 y el 28 de Mayo de dicho año. Fue elegido nuevamente el Padre Carlos Buela como Superior General. Muchos y nuevos pedidos de fundaciones han llegado desde entonces, de diversas partes del mundo, muchos muy urgentes y tantos que están aún a la espera de contar con sacerdotes suficientes a fin de poder satisfacerlos. El hito hasta ahora más importante es el que estamos festejando actualmente: la erección canónica del IVE como Instituto religioso de derecho diocesano, con decreto firmado por S.E. Monseñor Andrea María Erba, obispo de Velletri-Segni, el 8 de Mayo de 2004.

 

¿Cuántos miembros tiene hoy?

En estos momentos, después de 22 años de existencia, el IVE está presente en 29 países, en los cinco continentes, en sus 89 Casas religiosas. Las jurisdicciones eclesiásticas en las que se está presente son 60, en todo el mundo. De éstas, 6 son monasterios contemplativos. Los miembros del IVE son 660, de los cuales 285 son sacerdotes (http://www.iveargentina.org/pagpub.asp?page=11). Por su parte, las Servidoras del Señor y la Virgen de Matará (rama femenina del IVE) están constituidas por alrededor de 700 miembros.

 

¿Qué puede contarnos sobre la forma en que vive su vocación particular de miembro del IVE?

En mi caso concreto, ingresé al Instituto en 1986, como seminarista menor, y realicé los estudios de filosofía y teología hasta mi ordenación, el 9 de octubre de 1993. Después de cuatro años de estudio de exégesis bíblica en el Pontificio Instituto Bíblica (Roma y Jerusalén), regresé para colaborar como formador en el Seminario Mayor “María Madre del Verbo Encarnado” (San Rafael, Argentina). Desde junio de 2001 soy rector de dicho Seminario y profesor de Introducción a la exégesis bíblica y Exégesis de Evangelios sinópticos y San Pablo. Tengo a cargo también el Foro de Exégesis y Teología bíblica “P. Marie-Joseph Lagrange” (www.foroexegesis.com.ar).

Para mí ha sido un especial regalo de Dios el haber podido servir a la Iglesia todos estos años en la formación y acompañamiento de las vocaciones sacerdotales de nuestro Instituto. Ciertamente es una tarea de gran responsabilidad, porque se trata de ayudar a ir modelando en el alma de nuestros futuros misioneros las actitudes y los sentimientos de Jesucristo, el Buen Pastor. Las dificultades a las que un consagrado debe enfrentarse hoy son muchas: una cultura predominantemente anticristiana y “cristofóbica”; el campo enormemente grande que aún resta por evangelizar; la confusión doctrinal y moral que reina en tantos ambientes; las pruebas que Dios permite en su providencia que pasemos en distintas circunstancias; etc. Sin embargo, a pesar de todo eso, Jesucristo sigue siendo el único salvador de los hombres, el único que tiene palabras de vida eterna, aquel que con su palabra domina todo el universo. El ejemplo de tantos gigantes en la fe, contemporáneos nuestros, es un claro testimonio de esto: Juan Pablo II, la beata Teresa de Calcuta, San Pío de Pietralcina, y tantos otros. Y es fascinante ayudar a los religiosos en formación a percibir esta realidad grandiosa.

 

¿Cuál es la experiencia del IVE en cuanto a su inserción en la vida pastoral de las diócesis en las que está presente?

Nuestra experiencia es sumamente positiva. Por gracia de Dios no tenemos dificultades al momento de insertarnos en la vida y en el estilo pastoral de cada diócesis en la que estamos, en la medida en que ella misma está íntimamente unida al Papa y a la Iglesia en todo el mundo. Colaboramos con las instituciones diocesanas y brindamos con gusto nuestro apoyo para las iniciativas pastorales que surgen en los distintos campos: vida espiritual, participación litúrgica, formación de los sacerdotes y consagrados, diálogo con los agentes de la cultura, promoción del laicado, ecumenismo y diálogo interreligioso, educación de los niños y jóvenes, apostolado con los medios de comunicación, atención a los pobres y distintas obras de misericordia, etc. Por supuesto, respetando siempre nuestra identidad de religiosos del Instituto del Verbo Encarnado.

De entre las causas de esta facilidad quisiera destacar dos, que me parece son de especial importancia:

·        Una es la conciencia de Iglesia que buscamos siempre inculcar en nuestros religiosos, que permite pasar por alto detalles menores en aras del bien supremo que es la salvación de las almas. Esta conciencia de Iglesia crece y se robustece en la fidelidad al Papa, fundamento perpetuo de unidad. Es útil al respecto el ejemplo de los grandes pastores de almas: San Ignacio con sus Ejercicios Espirituales, San Alfonso de Ligorio con la predicación de las verdades eternas y las misiones populares, San Juan Bosco con el apostolado con los niños y jóvenes, el Santo Cura de Ars con el ministerio de la confesión, etc.

·        Otra es el estudio profundo del pensamiento y el ejemplo de Santo Tomás de Aquino, que permite tener una visión lúcida y ordenada de la realidad, tanto natural como sobrenatural. Esto hace posible distinguir claramente entre lo sustancial y lo accidental, y ordenar uno a lo otro. Y hace que se tenga claro que si todo lo que hay que bueno y provechoso es por participación de Dios, el mismo Ser subsistente, ¡cuánto más grandioso y eficaz es la gracia, que es una participación más alta, sobrenatural, de Dios! Un gramo de la gracia de Dios, que nos llega por la encarnación redentora de Cristo, vale más y tiene más eficacia que todos los pecados, las aberraciones, los planes, los ejércitos de todo el mundo y de toda la historia.

 

¿Cuáles son las principales actividades del IVE?

Nuestro carisma es la evangelización de la cultura, entendiendo por cultura todas las legítimas manifestaciones del hombre. Evidentemente, hay manifestaciones del hombre que son más importantes porque tienen una relación más profunda con lo que lo constituye en persona.

Por eso, si bien queremos trabajar para que toda manifestación humana sea efectivamente asumida y elevada por Jesucristo, sin embargo damos prioridad a aquellas tareas pastorales que más influyen en la cristianización de la cultura, como son el apostolado de la formación de sacerdotes y consagrados, los medios de comunicación social, la educación de niños y jóvenes, la predicación del Evangelio en las misiones ad gentes, la predicación de misiones populares y Ejercicios espirituales, y las obras de misericordia.

En Argentina y Chile (www.iveargentina.org) tenemos como actividades pastorales el trabajo en nuestras Casas de formación, en varias parroquias, diversas obras de misericordia (Hogares de niños, de ancianos y de discapacitados), un Bachillerato Humanista y distintos proyectos culturales y sociales (Instituto “Domenico Zipoli”, CIDEPROF, etc.).

Estamos totalmente dispuestos a colaborar, en la medida de nuestras posibilidades, con los obispos que así lo soliciten.

 

¿Qué desafíos entrevé para el futuro del IVE?

Aún en medio de todas estas actividades indicadas antes y muchas más, algunos proyectos que estamos llevando adelante son de especial importancia. Uno de ellos es el “Proyecto Cultural Cornelio Fabro” (http://www.corneliofabro.org/default.asp). Se trata del trabajo de publicación de la edición crítica, y la consiguiente profundización, de las obras de este gran sacerdote italiano fallecido en 1995, uno de los principales discípulos de Santo Tomás en nuestros tiempo. El P. Fabro desarrolló una labor asombrosa, profundizando el núcleo teorético del tomismo, centrado en la noción de participación, y poniéndolo en diálogo crítico con el pensamiento contemporáneo. Su exposición del pensamiento de Santo Tomás permite concluir que es este “tomismo esencial” la única alternativa válida al callejón sin salida del pensamiento actual, como indica Juan Pablo II en Fides et ratio.

Otra obra de gran importancia es el Centro de Altos Estudios “San Bruno, Obispo de Segni”, centrado en el estudio sistemático y científico del pensamiento de Santo Tomás y su aplicación concreta a los distintos ámbitos de la vida humana y cristiana en nuestro mundo actual (http://www.sanbrunodisegni.org).

De gran valor, asimismo, son las distintas fundaciones misioneras que el IVE está iniciando o consolidando: Papúa - Nueva Guinea, Ucrania, Siberia, Islandia, Kenia, Sudán, Pakistán, Tartaria, Guyana, Taiwán, Filipinas, Hong Kong, Egipto, etc. De manera especial, destaco por un lado aquellas fundaciones en zona de persecución, y por otro lado la Missio sui iuris en Tajikistán (http://tajikistan.ive.org). Como decíamos antes, se trata esta última de toda una nación, la República de Tayikistán (una de las cinco ex repúblicas de mayoría islámica de la Unión Soviética), confiada por el Papa Juan Pablo II al IVE en 1997. Tenemos la dicha de que Nuestra Señora de Luján, Patrona de los pueblos de la cuenca del Plata, ha sido también declarada Patrona de la República de Tayikistán.

Son innumerables las necesidades de la humanidad y de la Iglesia en estos momentos, y para aportar nuestro humilde servicio es que queremos prepararnos lo mejor posible y tener la mayor disposición de entrega. Por eso nuestra súplica constante al Verbo Encarnado y a su Madre es que nos conceda siempre la gracia de la perseverancia y la fidelidad, y nos bendiga con abundantes vocaciones. Para quienes tengan inquietudes vocacionales: consultasvocacionales@iveargentina.org

 

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Página web dedicada al encuentro de los movimientos

con el Papa en Pentecostés


CIUDAD DEL VATICANO, martes, 9 mayo 2006 (ZENIT.org).

El Consejo Pontificio para los Laicos acaba de publicar la página web www.laici.org para informar sobre la Vigilia de Pentecostés de los movimientos eclesiales y nuevas comunidades con Benedicto XVI, que se celebrará el 3 de junio de 2006.


El sitio ofrece también detalles sobre el congreso mundial que precederá a este encuentro de estas nuevas realidades eclesiales, que tendrá lugar en Rocca di Papa (cerca de Roma) del 31 de mayo al 2 de junio de 2006, sobre el tema «La belleza de ser cristianos y la alegría de comunicarlo».


Es el segundo encuentro de estas características de la historia, tras el convocado en Pentecostés de 1998 por Juan Pablo II.


Como explica la presentación que se hace en la página web del encuentro, esta cita debería «constituir un ulterior paso hacia la meta de la plena "madurez eclesial"», de estas nuevas realidads eclesiales.


«Responsables de unos cien movimientos y comunidades ya han expresado su gratitud al Santo Padre por la invitación y han dado al Consejo Pontificio para los Laicos su disponibilidad para colaborar en la realización de este importante acontecimiento eclesial», informa la página.


El encuentro con el Papa, culminará en la tarde del sábado, 3 de junio, en la plaza de San Pedro.


Más información en pentecoste2006@laity.va

 

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Los cuatro niveles de la libertad

 

Pedro Gaudiano (*)

 

La libertad es una palabra “mágica”, que representa un ideal irrenunciable. Es una de las notas que definen a la persona humana. Permite al hombre alcanzar su máxima grandeza, pero también su mayor degradación.

Como toda realidad compleja, la libertad no se puede captar adecuadamente con una sola mirada. Por eso, siguiendo a Ricardo Yepes Stork, en sucesivos artículos iremos abordando los cuatro niveles de la libertad. Dichos niveles, que se superponen e implican mutuamente, son los siguientes: 1º) la libertad interior o constitutiva; 2º) la libertad de elección o de arbitrio; 3º) El crecimiento y la realización de la libertad; y 4º) la libertad social.

 

1. La libertad interior o constitutiva

 

Éste es el nivel más radical y profundo: la persona humana es un ser libre. Yo soy libre porque soy el dueño de mi intimidad y el dueño de la manifestación de mi intimidad a quien quiero, cuando quiero y como quiero. Esto me “constituye” como persona.

Soy dueño de mi intimidad

La intimidad es el mundo interior, mundo que está abierto para uno mismo y oculto para los demás. Es como el “santuario” de lo humano, un “lugar” donde sólo puede entrar uno mismo, del que uno es dueño. El sentimiento de vergüenza o pudor es la protección natural de la intimidad. Pertenece a mi intimidad todo aquello que considero como “mío”: yo tengo mi casa, mi armario, mi ropa, mi cepillo de dientes... Y si llega cualquier correspondencia a mi nombre, no me gusta que otra persona la abra.

La característica más importante de la intimidad es que no es fija, estática, sino que es dinámica, siempre está como en ebullición. De ella brotan los sentimientos, los pensamientos, los proyectos... es decir, todo lo que hay “dentro” mío. No existen dos intimidades idénticas. Si externamente una persona puede ser identificada por ejemplo por sus huellas dactilares o por el iris de su ojo (ver www.biometricgroup.com, en inglés), cuánto más cada persona es única, original e irrepetible por su propio mundo interior. Nadie, absolutamente nadie, ha sido ni será nunca ni puede ser el “yo” que “yo” soy. Nadie puede usurpar mi personalidad, ni ocupar mi puesto bajo el sol.

 

Soy dueño de la manifestación de mi intimidad

La manifestación de la intimidad se realiza en primer lugar a través del cuerpo y, gracias a éste, también a través del lenguaje y de la acción. Es bueno recordar que yo no solamente “tengo” mi cuerpo, sino que yo “soy” también mi cuerpo. La intimidad se manifiesta ante todo en el rostro y especialmente en los ojos. Se suele decir que “los ojos son la ventana del alma”. Además se manifiesta en los gestos faciales (reírse, llorar, fruncir el ceño, etc.) o corporales (abrazar, acariciar, arrodillarse, un apretón de manos, una patada, etc.).

Es interesante constatar que, en nuestra cultura, la cara y las manos habitualmente están descubiertos. Es por eso que “manifiestan” mejor la propia intimidad. Pero también se expresa la intimidad a través del vestido. Cada uno se presenta ante los demás de determinada manera, según su rol o función social. La personalidad se refleja también en el modo de vestir, en lo que se llama el “estilo”.

Otra forma de manifestar la propia intimidad es el propio hogar. La elección y disposición de los objetos en mi casa, manifiesta quién soy yo. Si yo invito a alguien a mi casa, de alguna manera lo estoy invitando a entrar en mi propia intimidad. Si no, me encuentro con esa persona en la oficina, en el club, en un café o en cualquier otro lugar.

La base de los derechos humanos

La libertad constitutiva, pues, consiste en ser una intimidad libre, un espacio interior que nadie puede poseer si uno no quiere. Soy independiente, autónomo, puedo estar dentro de mí y ahí nadie puede apresarme ni quitarme la libertad. Ningún cautiverio, prisión o castigo es capaz de suprimir este nivel tan profundo de la libertad. Los mártires prefieren la muerte antes que dejar de ser libres. Los cautivos por sus ideales se reafirman en ellos.

De esta libertad interior o constitutiva brota la dignidad de la persona humana y por eso es la base de los derechos humanos y de todo el ordenamiento jurídico. En efecto, de ella brotan los derechos a la libertad de opinión y expresión, el derecho a la libertad religiosa (que incluye no sólo creer en un Ser Absoluto, sino también practicar una fe), el derecho a vivir según dicten las propias creencias y convicciones, etc.

Apertura, actividad, autorrealización

La libertad constitutiva es apertura a todo lo real, no estar atado a unos pocos objetos, sino tener una amplitud irrestricta de posibilidades respecto de los objetos que se pueden conocer y de las acciones que se pueden realizar para alcanzarlos.

Sólo puede encarcelarse a un ser libre. Después de la muerte, el castigo más universalmente aplicado al hombre es quitarle la libertad metiéndolo en una prisión, que es una forma de tortura. Esto no se puede hacer sin causa y procedimiento justos. Pero aún en una cárcel, la persona humana sigue siendo libre interiormente.

La libertad constitutiva es también inquietud de libertad, inclinación a autorrealizarse, a alcanzar el fin de la naturaleza humana del modo en que uno decida hacerlo. Es decir que cada uno se mueve a sí mismo hacia donde uno quiere, para alcanzar su propia plenitud. Esta realización y despliegue implica que uno forje un proyecto de vida que encarne aquellos valores que uno busca o ha encontrado. Esto se puede expresar así: “¡Realízate! ¡Sé el que puedes llegar a ser!”

Soy libre, pero a partir de la “síntesis pasiva”

La libertad constitutiva convive con todo lo que uno ya es, es decir con todo lo pre-consciente o inconsciente. Imaginarse que la libertad consiste en una ausencia total de barreras, de límites, es una utopía: una libertad así sencillamente no existe. El hombre tiene cuerpo, historia, nacimiento y lo que podemos llamar “síntesis pasiva”.

La síntesis pasiva es una “síntesis”, es decir un conjunto de elementos biológicos, genéticos, cognitivos, afectivos, educacionales, culturales, etc.; y es “pasiva” porque el hombre recibe esos elementos pasivamente, los lleva consigo cuando comienza su vida consciente y mientras desarrolla ésta. Así por ejemplo, yo no elegí ser varón o mujer, tener o no hermanos, nacer en un país o en otro, ir a una escuela o a otra, etc. Pero sí soy libre de asumir o no asumir esas condiciones en mi proyecto vital. Debo aceptar mis limitaciones porque son el requisito de mis grandezas. La síntesis pasiva, pues, es todo aquello que nos condiciona en nuestro ser y actuar, quizá sin que nosotros seamos conscientes de ello. En nuestro próximo artículo analizaremos la libertad de elección o de arbitrio.

 

*) Pedro Gaudiano es Doctor en Teología, profesor de Antropología y Fenomenología de la Religión en la Universidad Católica, y profesor de Antropología y Comunicación de Valores en la Familia en el CIEF (Centro de Investigación y Estudios Familiares).

 

Nota – Este artículo fue publicado originalmente en: Boletín del CIEF, nº 37, mayo 2006, pp. 10-11.

 

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Diaconado Permanente

 

Milton Iglesias, D.P.

 

En noviembre de 1964 el Concilio Ecuménico Vaticano II sentó las bases para el restablecimiento en la Iglesia latina del Diaconado como grado propio y permanente de la Jerarquía (LG 29). No obstante en las Iglesias de Oriente se mantuvo siempre.

 

San Ignacio de Antioquía decía que una Iglesia particular que no tuviera los tres órdenes sagrados (Obispos, Presbíteros y Diáconos) era impensable. Subrayaba además cómo el ministerio del Diácono no es sino el “ministerio de Jesucristo, el cual antes de los siglos estaba en el Padre y ha aparecido al final de los tiempos”. Agregaba: “No son diáconos para comidas o bebidas, sino ministros de la Iglesia de Dios”. La Didascalia Apostolorum y los Padres de los siglos sucesivos, así como también los diversos Concilios y la praxis eclesiástica testimonian la continuidad y el desarrollo del dato revelado.

 

El 18/07/1967 el Papa Pablo VI publicó el Motu Propio Sacrum Diaconatus Ordinem, que contenía normas concretas para el restablecimiento y el 15/08/1972 publicó el Motu Propio Ad Pascendum que complementó el antes mencionado.

 

El Concilio dio testimonio de honor al Diaconado en la constitución Lumen Gentium, porque luego de ocuparse de los Obispos y los Presbíteros puso de manifiesto la dignidad de las funciones diaconales y las enumeró.

 

¡Qué bueno que el Pueblo de Dios tenga claro cuáles son estas funciones! Por ello las vamos a enumerar:

1.      Asistir durante las funciones litúrgicas al Obispo y al Presbítero en todo lo que le compete según las normas de los diferentes libros rituales.

2.      Administrar solemnemente el bautismo a niños y adultos.

3.      Conservar la Eucaristía, distribuirla a sí y a los demás, llevar el viático a los moribundos e impartir al pueblo con la sagrada píxide la bendición llamada Eucarística.

4.      Asistir a los matrimonios y bendecirlos en nombre de la Iglesia.

5.      Administrar sacramentales, presidir los ritos fúnebres y sepulcrales.

6.      Leer a los fieles los libros divinos de la Escritura e instruir y animar al pueblo.

7.      Presidir los oficios del culto y las oraciones donde no esté presente el Obispo o el Presbítero .

8.      Dirigir la celebración de la palabra de Dios, sobretodo cuando falte el Obispo o el Presbítero para hacerlo.

9.      Cumplir perfectamente, en nombre de la Jerarquía, las obligaciones de caridad y administración, así como las obras de asistencia social.

10.  Guiar legítimamente en nombre del Obispo o del Párroco las Comunidades dispersas.

11.  Promover y sostener las actividades apostólicas de los laicos.

 

No todas las comunidades eclesiales –quizás en muchas partes del mundo- han descubierto todas las potencialidades evangelizadoras del ministerio diaconal.

 

Algo que a esta altura quisiera resaltar es que en el caso del Diaconado Permanente de hombres casados, se es diácono desde el matrimonio y no a pesar de éste o contra éste.

 

¿Por qué lo precedente? Porque a veces hay Comunidades que se quejan de que la presencia del Diácono en ella no es, como la del Presbítero, “a toda hora”, aunque hoy día muchos hermanos Presbíteros ocupan tiempo de su ministerio en enseñanza en Institutos escolares, liceales, Facultades de Teología, Institutos de Formación Catequética, etc. etc.

El Diácono casado tiene que repartir su tiempo entre su Familia, su Trabajo (salvo que esté jubilado y muchas veces aún así debe buscar quehaceres que le complementen ingresos) y el trabajo Eclesial. Es el famoso trípode del que siempre hemos hablado: Familia, Trabajo, Iglesia. Y en todas partes se es diácono.

 

Gracias a Dios, y lo que prueba que es su voluntad, tanto por el apoyo y la valorización que la Jerarquía hace de este ministerio (recientemente el Papa Benedicto XVI dirigiéndose a sus diáconos romanos los llamó Servidores de la Verdad), los Arzobispos y Obispos de muchísimas diócesis del mundo, los hermanos Presbíteros y sobre todo el diálogo cada vez más profundo, sincero y abierto con los Seminaristas, van haciendo desaparecer las tensiones que pudieron en algún momento dificultar en la práctica la acción pastoral o pretender reducirla a muy poca cosa, y todos vamos descubriendo y aprendiendo que nuestros ministerios son complementarios, no opuestos.

 

Por la imposición de manos del Obispo, el Diácono Permanente es creado como ministro ordenado, por lo tanto no será Obispo ni Presbítero, pero tampoco laico, sino clérigo (Canon 266) y su ministerio es triple: de la Palabra, de la Liturgia y de la Caridad, oficios éstos que giran en torno a Cristo servidor. Presbíteros y Diáconos son como dos brazos del Obispo, cada uno con sus funciones propias y complementarias, ya que sólo el Obispo tiene la plenitud del orden sagrado y es el centro de la vida de la Iglesia particular.

 

Sería deseable por cierto que en todo el mundo, y quizás hasta por expresa disposición Jerárquica, cuando se eleven oraciones al Señor por las vocaciones, se incluyan siempre las Sacerdotales, Diaconales, Religiosas, de especial Consagración y ¿por qué no al Matrimonio si éste es una vocación concreta a la cual está llamada la mayoría del pueblo de Dios? (Actualmente hay tantos que atentan contra la vida matrimonial pretendiendo que “todo vale”).

 

Es preciso que todo el Pueblo de Dios insistentemente ore por las vocaciones Sacerdotales, pues ¿que haríamos si nos faltan quienes “hagan la Eucaristía”, quienes nos reconcilien con Dios, con la Comunidad y con nosotros mismos, quienes administren la Santa Unción a los enfermos? Pero tampoco debemos descuidar orar para que no falten diáconos, servidores de la verdad, predicadores de la Palabra, administradores de cuanto está en sus funciones enunciadas, que complementen a los Sacerdotes para que ellos puedan dedicarse más plena y perfectamente a lo que les es propio y que resulta indelegable.

 

A quienes lean este artículo les digo: No tengan miedo, cuando un Diácono Permanente o Transitorio proclama el Evangelio o predica y enseña es voz de Cristo, Dios y hombre verdadero, pues ha recibido del Obispo el oficio de proclamarlo, predicarlo, anunciarlo en las asambleas, debiendo convertirlo en fe viva, enseñarlo y cumplirlo. Son mensajeros del Evangelio.

La ordenación diaconal confiere el Espíritu de los siete dones, el de sabiduría e inteligencia, el de consejo y fortaleza, el de ciencia, el de piedad y del santo temor de Dios. Pueden entonces recurrir a un Diácono en búsqueda de consejo, de dirección espiritual, de consuelo, no de confesión ni reconciliación, porque ésta está reservada al primer y segundo orden (Obispos y Presbíteros).

 

Oren hermanos y hermanas para que todos los Diáconos (transitorios o permanentes) del mundo se conviertan en agentes de paz, de armonía, de justicia, ya que tenemos en virtud del oficio diaconal la responsabilidad de promover y buscar el Reino de Dios y su justicia, respondiendo a la consagración a ser de por vida, sacramento, signo vivo y eficaz, del misterio de servicio de Cristo en su Iglesia, signos visibles de Cristo servidor en este mundo.

 

Que María Santísima nos conceda la merced de ser fieles testigos de su Hijo, servidores en la Iglesia por Él fundada.

 

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No se debe legalizar la infidelidad conyugal

Comunicado Nº 2/06

 

Comisión Arquidiocesana de Bioética de Montevideo

 

Con verdadero asombro tomamos conocimiento de la existencia de un proyecto de ley en la Cámara de Diputados por el que se legaliza en determinadas circunstancias la infidelidad conyugal. Se propone cambiar el texto del Art. 127 del Código Civil estableciendo: “cesa el deber de fidelidad por la separación de hecho de forma interrumpida y voluntaria de por lo menos uno de los cónyuges por más de 60 días”. Los argumentos dados para la reforma son el de que “hay que acompasar los cambios de la sociedad” y es necesario “aggiornar” el Código Civil.

En esta descabellada propuesta legislativa, por cierto (hasta donde llega nuestra información) carente de antecedentes en el derecho comparado, se incurre en gruesos errores de tipo jurídico y filosófico.

 

Desde el punto de vista jurídico se dan diversas incoherencias:

A.     Después del día 60 los esposos siguen casados sin que esté vigente el deber de fidelidad pues éste ha cesado, o sea, se implanta una verdadera “patente para la infidelidad”. Así estamos ante un matrimonio “sui generis” que puede vivir en la infidelidad, lo que supone en sí una verdadera subversión o atentado no sólo al orden natural sino a la misma racionabilidad y lógica jurídica, teniendo en cuenta que la esencia misma del matrimonio, aun desde antes de Cristo, está en la permanencia del vínculo y la fidelidad.

B.     En ningún momento se prevé que si el matrimonio vuelve a su vida normal después de los 60 días termina la “patente para la infidelidad”, por lo que, como dijimos, permanece el vínculo matrimonial sin deber de fidelidad, lo que es como un verdadero “títere sin cabeza”.

C.     Se incurre en una grave incoherencia al dejar el adulterio como causal vigente de divorcio (Art. 148.l del CC) y, por otro lado, legalizar la coexistencia de la relación matrimonial y la “patente para la infidelidad” después de los 60 días.

D.     Se comete otra incoherencia en dejar vigente el Art. 183 del CC, que establece la pérdida de la pensión alimenticia si después del divorcio se lleva una vida desarreglada y, por otro lado, ya desde la vigencia de la relación matrimonial se autoriza en estos casos la infidelidad conyugal.

 

No podemos olvidar que en el respeto del deber natural de fidelidad está involucrado no sólo el honor del cónyuge sino el respeto por los hijos y la misma familia. Ésta se encuentra fundada en el matrimonio y éste a su vez está sustentado en la fidelidad y la estabilidad del vínculo. Constituye además un principio de orden público internacional uruguayo el matrimonio monogámico, basado naturalmente en la unicidad y fidelidad del vínculo, que lleva a desconocer por esa excepción a la aplicación del derecho extranjero regularmente aplicable, la validez de matrimonios poligámicos, celebrados en el extranjero, en nuestro ordenamiento jurídico. Esto no es un capricho o invento de la Iglesia sino una realidad impuesta por la misma naturaleza humana. Configura una verdadera subversión contra la naturaleza y la familia pretender que coexistan la relación matrimonial y la autorización para la infidelidad.

Claramente se pretende lograr un caudal político con la simpatía de los partidarios del amor libre, del libertinaje sexual y de todos los que hicieron de la infidelidad fuente de cobardes trofeos e instrumento de deshonra para la(el) esposa(o) y de verdadera destrucción para los hijos y la misma familia.

Una vez más vemos con tristeza que además se usa el posible aumento de casos de infidelidad como argumento para justificar la legalización de lo que es francamente incorrecto. Al igual que lo que ocurrió con el homicidio del aborto, como en la sociedad había muchos en lugar de analizar cómo reducirlos lo que se propuso fue legalizarlo. Por este camino, como existen muchos robos sería bueno legalizar la rapiña para evitar los delitos. Como se advierte, son argumentos realmente absurdos.

Esta propuesta legislativa, lejos de “aggiornar” al Código Civil, de aprobarse le impondrá una mancha sin precedentes, como la que se pretendió lograr cuando en el proyecto de ley de aborto se calificó a éste como acto médico. Único país en el mundo al que se le ocurren semejantes locuras. Tampoco es verdad que sea necesario acompasar los tiempos pues la infidelidad no es ni será una novedad. Lo que realmente sí es una novedad absurda es que se pretenda legalizar la infidelidad.

Sin duda no vamos por buen camino. Días pasados se proponía reglamentar el delito de aborto, cuando bien se sabe que los delitos no se reglamentan. Hoy se propone patentizar la infidelidad dentro de la vida matrimonial cuando bien sabemos que la esencia misma de esta relación humana sustancial se sustenta en la misma fidelidad. No sabemos con qué otro dislate nos encontraremos la semana entrante. Resulta realmente preocupante la involución de los valores que, al parecer, pretenden imponer ciertos legisladores en nuestra sociedad.

     

Montevideo, 8 de mayo de 2006.

 

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El embrión humano es persona en la fase de la preimplantación

Comunicado Nº 3/06

 

Comisión Arquidiocesana de Bioética de Montevideo

 

Con fecha 29 de abril de 2006, se publicó la Declaración Final del Congreso organizado por la Pontificia Academia para la Vida (PAV) donde se analizó el tema “del embrión humano en la fase preimplantatoria”.

La gran importancia del tema, desde un punto de vista esencialmente práctico, está marcada por el hecho de que algunas personas procuran desconocer los derechos personales del embrión en las primeras etapas de su vida, para manipularlo con criterios utilitaristas y economicistas, disponiendo así de él con total impunidad. El utilitarismo señalado se relaciona con actos tales como: la clonación terapéutica con el fin de “utilizar” embriones para extraer de él células madre; la congelación de embriones denominados “sobrantes”, en los procesos de fecundación “in vitro”; el uso de diferentes métodos abortígenos, como la denominada píldora del día después; la práctica de procedimientos eugenésicos, guiados por el diagnóstico preimplantacional, que selecciona el sexo u otras características personales, para elegir y desechar embriones, como si fuesen cosas y no personas.

Como se advierte, en todos estos temas está sustancialmente interesada la bioética, el derecho, la economía y otras disciplinas relacionadas con los derechos humanos poseídos en titularidad, desde la concepción hasta la muerte. Estos derechos no dependen de algo tan subjetivo como la opinión, el consenso o el interés utilitario de algunos grupos de personas, sino de algo de mayor valor objetivo, llamado por Evangelium Vitae (EV n° 19),el vínculo constitutivo con la verdad”, que no somete a las personas a decisiones consensuadas de intereses utilitarios.

En el referido Congreso, en el que participaron miembros de esta Comisión Arquidiocesana y en el que estuvieron presentes además científicos católicos y no católicos de reconocido nivel internacional, se debatieron las distintas posturas y se priorizó con respaldo científico el hecho hoy incuestionable de que:

a) la vida humana comienza con la concepción;

b) se es persona desde que se tiene vida humana, no existiendo etapas anteriores denominadas eufemísticamente “preembrión” o “prepersona”.

 

Se entendieron como aspectos científicos reconocidos universalmente que:

A) la existencia de un nuevo ser humano se inicia con la penetración del espermatozoide en el ovocito;

B) a partir de la fecundación tiene lugar una serie de acontecimientos articulados, que culminan con la formación del cigoto;

C) desde el mismo instante de la concepción el cigoto ya tiene las propiedades de autonomía, continuidad y gradualidad para su desarrollo, por lo que constituye un organismo en acto. Ninguna de las etapas de su desarrollo, tampoco la primera, condicionará su carácter personal: no será más ni menos persona, como cigoto, como pre-escolar o pre-universitario.

Las investigaciones que se están llevando a cabo en los últimos tiempos, no hacen más que aportar pruebas de esta realidad, con el que se inicia su historia personal, sin solución de continuidad durante todo su desarrollo, hasta la muerte.

 

En concreto, puede afirmarse que el embrión humano en la fase preimplantatoria es:

a) un ser de la especie humana;

b) un ser individual;

c) un ser personal, en el inicio de una sucesión gradual y continuada de etapas de desarrollo. Este carácter personal es esencial al ser humano, y es “actual” durante toda su vida, con independencia de que sus potencias o facultades (también intelectuales), puedan impedir su expresión, ya sea por inmadurez o por enfermedad.

 

La conclusión final del Congreso fue la de que no existe ninguna razón significativa para negar que el embrión sea persona en la fase preimplantatoria. Por el contrario, todas las evidencias científicas confirman que el cigoto debe considerarse un individuo personal, porque su historia no presenta interrupciones en el tiempo de su desarrollo.

Desde el punto de vista moral, por encima de cualquier consideración sobre la personalidad del embrión, el simple hecho de estar en presencia de un ser humano (y sería suficiente incluso la duda de encontrarse en su presencia), exige el pleno respeto de su integridad y dignidad. Todo comportamiento que de algún modo pueda constituir una amenaza o una ofensa a sus derechos fundamentales (el primero de los cuales es el derecho a la vida), ha de considerarse gravemente inmoral.

Después de todo lo expuesto, queda muy claro que el aborto en todas sus versiones, quirúrgica, química o mecánica; la reproducción artificial; la clonación que destruya células embrionales; el uso de abortivos tales como la llamada píldora del día después; el dispositivo intrauterino (DIU); y los anticonceptivos que impiden la anidación uterina del embrión, provocando su aborto, son prácticas francamente inmorales.

Es conveniente recordar que la “Declaración Universal sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos” de la UNESCO de 1977, en su art. 10, recuerda un principio básico de la ética médica, al afirmar que la libertad científica no es absoluta, sino que ésta siempre debe de estar sujeta al “respeto a los derechos humanos, de las libertades fundamentales y de la dignidad humana de los individuos”.

 

Queda claro en virtud de todo lo antes expuesto, que el embrión humano, desde que existe, debe ser considerado como un individuo personal.

Por ello, la Comisión Arquidiocesana de Bioética ha entendido importante difundir estos conceptos con el objetivo de dejar bien en claro, que el embrión humano desde la concepción es una persona y por tanto digna de ser respetada en su derecho fundamental a la vida.

 

Montevideo, 15 de mayo de 2006.

 

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La Iglesia es una

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 161 al 164.

 

161. ¿Por qué la Iglesia es una?

La Iglesia es una porque tiene como origen y modelo la unidad de un solo Dios en la Trinidad de las Personas; como fundador y cabeza a Jesucristo, que restablece la unidad de todos los pueblos en un solo cuerpo; como alma al Espíritu Santo, que une a todos los fieles en la comunión en Cristo. La Iglesia tiene una sola fe, una sola vida sacramental, una única sucesión apostólica, una común esperanza y la misma caridad.

 

162. ¿Dónde subsiste la única Iglesia de Cristo?

La única Iglesia de Cristo, como sociedad constituida y organizada en el mundo, subsiste en (subsistit in) la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él. Sólo por medio de ella se puede obtener la plenitud de los medios de salvación, puesto que el Señor ha confiado todos los bienes de la Nueva Alianza únicamente al colegio apostólico, cuya cabeza es Pedro.

 

163. ¿Cómo se debe considerar entonces a los cristianos no católicos?

En las Iglesias y comunidades eclesiales que se separaron de la plena comunión con la Iglesia católica se hallan muchos elementos de santificación y verdad. Todos estos bienes proceden de Cristo e impulsan hacia la unidad católica. Los miembros de estas Iglesias y comunidades se incorporan a Cristo en el Bautismo; por ello los reconocemos como hermanos.

 

164. ¿Cómo comprometerse a favor de la unidad de los cristianos?

El deseo de restablecer la unión de todos los cristianos es un don de Cristo y un llamamiento del Espíritu; concierne a toda la Iglesia y se actúa mediante la conversión del corazón, la oración, el recíproco conocimiento fraterno y el diálogo teológico.

 

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Andrea Riccardi y la Comunidad de San Egidio

 

Paloma Gómez Borrero

 

Hacía quince años que se libraba en Mozambique una guerra civil cruel e interminable. El FRELIMO, el partido en el poder, y los guerrilleros de la RENAMO luchaban encarnizadamente y la mayoría de las víctimas, como siempre, eran los habitantes de las aldeas. Inocentes entre dos fuegos, pues como dice el proverbio africano, “cuando dos elefantes luchan, quien sufre es la hierba”. Las Naciones Unidas mediaban en el conflicto sin éxito, tratando de acabar con tanto odio y violencia. En Roma, en un antiguo monasterio carmelita del barrio del Trastevere, la comunidad eclesial de San Egidio perseguía el mismo objetivo. Su lema “junto a los pobres sin fronteras” ilustra su diplomacia paralela, casi podríamos llamarla freelance, hecha de oración y diálogo, de constancia y fe. Mientras organizaban encuentros de plegarias por la paz, durante dos años, unas veces en Roma y otras en Maputo, se sentaron a la misma mesa con las delegaciones rivales. San Egidio demostró lo que afirma Juan Pablo II: que “la paz es posible, la paz es un don que nos ha traído Cristo. Nuestro mundo puede cambiar y no es esclavo de un futuro inevitable”.

 

Lo que no consiguieron los líderes políticos del Palacio de Cristal neoyorquino, lo logró esta comunidad eclesial que vive la propia fidelidad al Evangelio en el servicio a los más pobres. Lo logró, a fin de cuentas, “la diplomacia del corazón”.

 

A partir de la paz en Mozambique, a San Egidio la llaman “la ONU del Trastevere”: a su forma de intervenir en los conflictos, Butros-Ghali la definió como “la fórmula de Roma”; y Madeleine Albright calificó a la comunidad de “a wonderful people” (una gente maravillosa).

 

San Egidio no se detuvo en Mozambique; serán heraldos de paz en todos aquellos puntos candentes del tablero mundial. Paracaídas de paz destinado a zonas del planeta como Argelia, Albania, Kosovo, Ruanda, Burundi, Oriente Medio o Yugoslavia, que se están precipitando en caída libre hacia el abismo de la guerra.

 

¿Quién ha hecho posible este milagro? Esto se preguntan quienes oyen hablar por vez primera de la Comunidad de San Egidio.

 

El movimiento nació en 1968, en plena protesta estudiantil, en una famosa escuela romana, el Liceo Virgilio. Andrea Riccardi, un estudiante de dieciocho años, con ascendente y carisma sobre sus compañeros, decidió organizar encuentros en una sala junto al oratorio de San Felipe Neri, a los que acudían jóvenes como él, que se interrogaban sobre la pobreza y la dificultad de vivir en una gran ciudad. Acababa de terminar el Concilio Vaticano II y el clima era propicio a las discusiones y los proyectos. Los estudiantes en torno a Andrea Riccardi deciden aplicar el Evangelio a la vida cotidiana y dedicar tiempo y energías a los desheredados de Roma. Y descubren que el Tercer Mundo está a pocos pasos de la puerta de casa…

 

El germen de la aventura internacional nace en los barrios de los marginados. Del cinturón de pobreza de la Ciudad Eterna, la Comunidad de San Egidio pasa a los bidonville de los otros continentes. Hoy son más de veinte mil los “sanegidianos”; no llevan ningún signo externo que les identifique ni pronuncian votos. Son un ejército de voluntarios con el ideal común de vivir según los preceptos evangélicos y al servicio de los más pobres y abandonados, en una moderna interpretación del principio ora et labora.

 

El trabajo por la paz y el diálogo interreligioso es otra de las múltiples actividades de la comunidad. Su fundador, Andrea Riccardi, ha cumplido los cincuenta años, enseña historia contemporánea en la Universidad de Roma y continúa transmitiendo fuerza y entusiasmo. Cada día a las ocho de la tarde, salvo cuando está fuera de Roma, se reúne con “los chicos”, en la basílica de Santa María del Trastevere. Rezan y dialogan. El profesor Riccardi les habla de sus experiencias, del espíritu de oración, del servicio a los pobres, del diálogo entre hombres, culturas y religiones…

 

Por la pequeña puerta de la sede de la comunidad, en la trasteverina plaza de San Egidio, han entrado políticos, jefes de Estado, de Gobierno, altos prelados… En 1975 les visitó el rector de la Universidad Gregoriana, el jesuita Carlo María Martini; después de conocerles pidió a Andrea Riccardi entrar a formar parte del grupo de voluntarios que visitaban a inmigrantes y mendigos. Hoy el padre Martini es cardenal arzobispo de Milán, pero sigue estrechamente vinculado a la comunidad.

 

En el 25º aniversario de la fundación, fue Juan Pablo II quien puso el broche de oro a un cuarto de siglo “a lo San Egidio”. El Papa también entró por la puertecilla lateral del viejo convento, para confirmar con sus palabras la misión encomendada. “No tenéis -les dijo- más objetivo que el de la Caridad.”

 

Con ocasión de las bodas de plata de la congregación, al profesor Riccardi le enviaron una carta de felicitación los responsables de las más importantes órdenes religiosas, jesuitas, benedictinos, dominicos: “Muchos habrán pensado que estabais locos, pero al final vosotros teníais razón. Gracias por lo que sois.”

 

El 7 de febrero, en la basílica de San Juan de Letrán, el cardenal vicario de Roma, Camilo Ruini, celebró la misa por el 33º aniversario de la fundación. Días antes, Andrea Riccardi recibió el enésimo premio por su labor. La UNESCO había otorgado a San Egidio el reconocimiento más importante de este organismo, el “premio Felix Houphoet-Boigny por la búsqueda de la paz”. Se lo concedió un jurado internacional presidido por Henry Kissinger, “por los esfuerzos a favor de la comprensión ecuménica, del entendimiento entre todas las religiones y por su labor a favor de la paz en Mozambique, Argelia, Guinea Bissau y Yugoslavia…”

 

El semanario norteamericano Time ha encabezado con el nombre de Andrea Riccardi la lista de los diez italianos más destacados del siglo XX, un decálogo en el que figuran nombres como Gianni Agnelli y Susanna Tamaro. Son “los diez magníficos que de una infinidad de maneras conducen a Italia, il Bel Paese, hacia el nuevo milenio”.

 

Fuente: Andrea Riccardi, San Egidio, Roma y el mundo, Plaza & Janés Editores S.A., Barcelona 2001, Prólogo de Paloma Gómez Borrero, pp. I-IV.

 

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Veni Creator

 

Veni, creátor Spíritus,

mentes tuórum vísita,

imple superna gratia,

quae tu creasti péctora.

Qui díceris Paráclitus,

altíssimi donum Dei,

fons vivus, ignis, cáritas,

et spiritalis unctio.

Tu septiformis múnere,

dígitus paternae déxterae,

tu rite promíssum Patris,

sermone ditans gúttura.

Accende lumen sénsibus,

infunde amórem córdibus,

infirma nostri córporis

virtute firmans pérpeti.

Hóstem repellas longius

pacemque dones prótinus;

ductore sic te praevio

vitemus omne nóxium.

Per Te sciamus da Pátrem

noscamus atque Fílium,

teque utriusque Spíritum

credamus omni témpore.

Deo Patri sit gloria,

et Filio, qui a mortuis

surréxit, ac Paráclito,

in saeculórum saécula. Amen.

 

***

 

Ven, Espíritu creador,

visita las almas de tus fieles,

llena con tu divina gracia

los corazones que creaste.

Tú, a quien llamamos Paráclito,

don de Dios Altísimo,

fuente viva, fuego, caridad

y espiritual unción.

Tú derramas sobre nosotros los siete dones;

Tú, dedo de la diestra del Padre;

Tú, fiel promesa del Padre

que inspiras nuestras palabras.

Ilumina nuestros sentidos,

Infunde tu amor en nuestros corazones

y, con tu perpetuo auxilio,

fortalece la debilidad de nuestro cuerpo.

Aleja de nosotros al enemigo,

danos pronto la paz,

nuestro director y guía

para que evitemos todo mal.

Por Ti conozcamos al Padre,

al Hijo revélanos también;

Creamos en Ti, Su Espíritu

por los siglos de los siglos.

Gloria a Dios Padre

y al Hijo, que resucitó,

y al Espíritu Consolador,

por los siglos de los siglos. Amén.

 

Fuente: Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, Apéndice, A) Oraciones comunes.

 

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