Fe y Razón

Revista virtual de suscripción gratuita

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 4 – Mayo de 2006

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)

 

 

Sitio web madre: “Fe y Razón” – www.feyrazon.org - Lo invitamos a visitar “Fe y Razón” con frecuencia.

Blog: Revista Virtual “Fe y Razón” – www.revistafeyrazon.blogspot.com - Aquí podrá encontrar los números anteriores de la revista.

Contacto: contacto@feyrazon.org - Use esta dirección para comunicarse por cualquier asunto, excepto suscripciones.

Suscripciones: suscripcion@feyrazon.org - Por favor indique “Crear suscripción”, “Modificar suscripción” o “Suprimir suscripción” en el “asunto” e incluya los siguientes datos en el cuerpo del mensaje: nombre completo, ciudad o localidad, país, e-mail.

Al día 25/04/2006 teníamos 136 suscriptores de 11 países diferentes.

Solicitamos su colaboración para difundir la revista.

 

 

Equipo de Dirección: Diác. Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing. Daniel Iglesias.

Colaboradores: Dr. Carlos Alvarez Cozzi, R. P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Dra. María Lourdes González, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Sr. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Alvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

Tabla de contenidos

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

El pueblo católico necesita una nueva apologética

Equipo de Dirección

Tema central

El evangelio según Judas y las “nuevas” revelaciones sobre Jesús

Miguel Pastorino

Tema central

Autoridad y canonicidad de los Evangelios

Juan Carlos Riojas Álvarez

Tema central

La cristología de Dan Brown y otros errores de "El Código da Vinci"

Lic. Néstor Martínez

Tema central

¿Constantino inventó el cristianismo?

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Tema central

La fantasía del “invento” vs. la realidad del “descubrimiento”

Dr. Eduardo Casanova

Familia y Vida

Las razones de un converso

Malcolm Muggeridge

Doctrina Social

Anotaciones sobre la actualidad sudamericana

Dr. Guzmán Carriquiry Lecour

Documentos

La Sagrada Escritura

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica

Libros

Opus Dei. Una investigación

Vittorio Messori

Eventos

Eventos recomendables

Varios

Poema

Reverencia

John Henry Newman

 

 

El pueblo católico necesita una nueva apologética

 

Equipo de Dirección

 

Desde que fue publicada en 2003, la novela “El Código da Vinci” de Dan Brown ha sido “el best-seller” de la década, dando una enorme difusión popular a un amplio conjunto de tesis anticristianas y anticatólicas de nulo valor histórico o teológico. La obra citada se apoya en un género literario preexistente (llamémosle “ficción anticatólica”) al cual ha potenciado mucho, dando lugar incluso a una nutrida literatura secundaria, o sea a numerosos libros que tratan acerca de “El Código da Vinci”.

 

¿Cómo ha sido posible que una novela como ésta, tan decididamente anticatólica, haya tenido un éxito tan clamoroso en casi todo el mundo? ¿Por qué tanta gente ha creído que esta fantasiosa obra de ficción representa una verdadera refutación del catolicismo? ¿Por qué tantos cristianos la han leído sin aplicar sobre ella el sentido crítico? El gran éxito editorial de “El Código da Vinci” provoca muchos interrogantes de esta clase, a los que no podemos dar respuestas exhaustivas aquí.

 

Para el viernes 19 de mayo está previsto el estreno mundial de la versión cinematográfica de «El Código da Vinci». Según se anuncia, esta versión se mantiene fiel a la trama de la novela correspondiente, por lo cual presentará al cristianismo como una gran y sangrienta mentira de la que es preciso liberarse. Una aceitada maquinaria de marketing se hará cargo de que esta película sea el mayor evento cinematográfico del año, con muchos millones de espectadores. Seguramente la película dará una difusión superior, cuantitativa y cualitativamente (por el gran poder de la imagen) a las tesis anticristianas de la novela, alcanzando incluso a personas de menor cultura, que no suelen leer libros.

 

Además, en el pasado mes de abril (una semana antes de la Semana Santa y un mes antes del estreno de la película citada) alcanzó gran resonancia en los medios de comunicación social de todo el mundo el anuncio del descubrimiento de un manuscrito del “Evangelio de Judas”, un evangelio apócrifo de contenido gnóstico, muy posterior a los Evangelios canónicos. No obstante, se ha pretendido presentarlo –sin fundamentos serios- como una revelación del verdadero rol del apóstol Judas en la pasión de Cristo, un descubrimiento que supuestamente conmovería la fe en la historicidad de los Evangelios, que la Iglesia sigue afirmando sin vacilaciones.

 

Por estos motivos hemos considerado oportuno dedicar el Nº 4 de “Fe y Razón” principalmente al análisis crítico de “El Código da Vinci” y de la relevancia religiosa del hallazgo del “Evangelio de Judas”.

 

Tantos críticos sensacionalistas han anunciado ya tantas veces descubrimientos que supuestamente afectarían las bases de la fe católica que habría que preguntarles cómo es que esa misma fe puede subsistir tan viva hoy como ayer. Los católicos deberíamos aprovechar estos lamentables escándalos mediáticos para procurar que brille serenamente en el mundo la verdad de Cristo, luz de las gentes. Muchas personas se sentirán impulsadas a saber más acerca de Cristo y de la Iglesia y debemos estar listos para ayudarlos. En este sentido es importante que seamos capaces de demostrar la razonabilidad de la fe católica y de defenderla de las falsas imputaciones que se le hacen.

 

En el ámbito teológico, la disciplina que aborda esta tarea solía ser llamada “apologética”, hoy suplantada por la “teología fundamental”. Aunque la vieja apologética católica incurrió a veces en tendencias racionalistas o en excesos polémicos, cumplió un rol positivo y necesario. La actual teología fundamental suele estar más orientada al estudio dogmático de las nociones de “revelación” y de “fe” o al estudio del método epistemológico de la ciencia teológica. En el descuido del enfoque propiamente apologético ha incidido la influencia de la teología protestante en la teología católica contemporánea; porque en el marco de la clásica contraposición protestante entre la fe y las obras, se tiende a ver a la apologética como una “obra de la razón”. La tendencia fideísta del protestantismo conduce a despreciar el esfuerzo racional por fundamentar la credibilidad de la fe. La fe sería tanto más pura cuanto menos se apoyara en la luz de la razón. Esta actitud antiapologética ha tenido consecuencias muy negativas para el pueblo fiel.

 

La actual situación de crecimiento de toda clase de sectas y de nuevos movimientos religiosos (a menudo no cristianos) en tierras que otrora fueron macizamente católicas impulsa a reconocer la urgente necesidad de una nueva apologética católica. En “Fe y Razón” estamos convencidos de esto; y nos comprometemos a aportar nuestras modestas fuerzas en esa dirección.

 

Permítasenos agregar unas breves observaciones finales: 

·        Siguiendo (aunque desde muy lejos) al maestro G. K. Chesterton, quisiéramos hacer siempre apologética católica con buen humor. Por eso los invitamos a reírse un poco leyendo el disfrutable artículo de Enric Cantín, “Dan Brown no existe”, en el excelente diario virtual Forum Libertas:

http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=5480&id_seccion=5

·        Nuestros hermanos del Opus Dei han sido quizás las mayores víctimas de las feroces calumnias anticatólicas de “El Código da Vinci”. Por tal motivo publicamos parte del primer capítulo de una magnífica investigación periodística de Vittorio Messori que desmonta, pieza por pieza, la pesada “leyenda negra” creada en torno al Opus Dei.

·        Hace poco la publicación en diarios de Dinamarca de unas caricaturas que se burlaban de Mahoma generó violentas protestas en el mundo musulmán y sesudas y preocupadas reflexiones sobre los límites éticos de la libertad de expresión en Occidente. Nada semejante (ni en cuanto a fanatismo ni en cuanto a examen de conciencia) ha sucedido tras la publicación de la obra de Dan Brown, que comparativamente reduce a los caricaturistas daneses a burdos aprendices del arte de la blasfemia. Sin duda los católicos no debemos reaccionar con violencia frente a las cada vez más frecuentes irreverencias contra lo sagrado cristiano por parte de un laicismo agresivamente antirreligioso; pero tampoco cabe que nos crucemos de brazos, indiferentes. Ojalá el poema de Newman que incluimos al final de este número nos ayude a hacer crecer en nosotros la reverencia hacia Nuestro Señor Jesucristo.

 

¡Alabado sea Jesucristo, el Señor resucitado!

 

Vuelve a la tabla de contenidos

 

 

El evangelio según Judas y las “nuevas” revelaciones sobre Jesús

¿Preámbulo al estreno cinematográfico del Código Da Vinci?

 

Miguel Pastorino

sectas@montevideo.com.uy

 

El pasado 9 de abril, National Geographic estrenó un documental sobre “El Evangelio prohibido de Judas”, preguntándose si esta nueva revelación no pondría en tela de juicio las creencias cristianas en general y a la Iglesia católica en particular.

Este manuscrito, formado por 13 planchas de papiro antiquísimo (26 páginas), fue encontrado en el año 1978 en Egipto, a orillas del río Nilo en la zona de Al-Minya, pero fue pasando por varias manos, hasta que se hizo público el pasado 6 de abril en Washington.

El manuscrito fue sacado ilegalmente de Egipto y permaneció durante casi 20 años guardado en un banco de Long Island, en Nueva York, sin que se advirtiera la importancia del hallazgo, hasta que en el 2002 una fundación suiza lo compró y financió la restauración del mismo. La organización quiso venderlo a varios museos, pero por su salida ilegal no pudo hacerlo y decidió hacer un acuerdo con la National Geographic para su divulgación internacional; y así llega hasta nosotros.

 

¿CUÁL ES SU ORIGEN?

Hay importantes datos que pasan inadvertidos para muchos “especialistas” que nos hablan de la “nueva revelación”. Y es que este hallazgo es una traducción copta del siglo IV d.C., de un original anterior escrito en griego entre el 180 y el 190 d.C. O sea que el original es de finales del siglo II y también sabemos que no es cristiano, sino un escrito de sectas gnósticas, cuyas doctrinas saltan a la vista en el texto.

El mismo Ireneo de Lyon lo menciona en su obra Adversus Haereses (s. II), atribuyendo este “evangelio de Judas” a la secta gnóstica de los cainitas (A.H. 1,31,1). En el siglo II en esas zonas rendían culto a Caín (el primer asesino) y también a la Serpiente (Ofitas).

Stephen Emmel, profesor de paleografía copta de la Universidad de Münster y estudioso del manuscrito, afirmó que una vez analizado, será enviado al museo de El Cairo en Egipto en forma permanente.

Este manuscrito es muy importante para la historia de las religiones, como fue el resto de los escritos gnósticos hallados en Nag Hammadi en 1945 y probablemente sea uno de los tantos que se extravió en aquel primer hallazgo de textos gnósticos en Egipto. Vale mucho más para la historia de la teología y para conocer el gnosticismo del siglo II que para revelar algún secreto sobre el cristianismo primitivo o sobre Jesús de Nazareth.

Entenderlo como un documento sobre verdades cristianas es tan ingenuo como si dentro de 2000 años encontraran “El Código Da Vinci” o un libro de la delirante “Metafísica Cristiana New Age” de Conny Méndez y se dijera que eran textos cristianos porque hablan de Jesús y buscaran encontrar en ellos lo que creían los católicos del año 2006. Estarían muy lejos de la realidad.

Además el género literario parece que no lo tienen en cuenta, lo quieren leer como si estuviera escrito al estilo de la historia moderna y el texto tiene casi 1800 años. ¿Ingenuidad o rentabilidad?

 

EL “BOOM” DE LOS EVANGELIOS APÓCRIFOS

En los últimos años ha resurgido un gran interés por documentos antiguos y por la literatura apócrifa, y mucho de ello se debe a una búsqueda ingenua de querer encontrar en estos escritos algunas verdades misteriosas que las iglesias habrían ocultado por miedo a que alguien descubriera “la verdad sobre Jesús” o que “la Iglesia se derrumbe en sus creencias”. Muchos piensan que porque se llamen “evangelios” y aparezca el nombre de un “apóstol” ya eso acreditaría su autenticidad. Pero esto es por falta de información histórica al respecto.

A todo el mundo le gusta que le cuenten la versión “no oficial” o “no autorizada” de los hechos. Lo “no dicho”, lo oculto, aunque sea inexistente, suena interesante y atractivo. Lo misterioso y extraño tiene mayor público que los buenos libros de historia, como sucede con los divagues de Dan Brown y sus novelas pseudohistóricas.

Muchos han afirmado que el estreno mundial del documental sobre “Judas” en el comienzo de la Semana Santa y a un mes del estreno del Código Da Vinci, sea una estrategia sensacionalista de marketing. Y es probable.

 

DISTINGUIENDO UN POCO

Los cuatro evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan son los aceptados por el cristianismo (no sólo por católicos, sino por todas las iglesias cristianas) como fuente cierta y segura de revelación desde comienzos del siglo II hasta hoy y se les llama canónicos.

En cambio se llaman apócrifos –a veces peyorativamente- a los considerados como ajenos a la tradición cristiana. Sin embargo el término apócrifo (apokrypto: oculto) fue usado por los mismos autores de estos textos “ocultos”, dando a entender su perfil esotérico, reservado a una élite de iniciados en sus misteriosas doctrinas. No se les llamó ocultos por estar escondidos, sino por su origen esotérico y luego se hizo costumbre identificar apócrifo con no canónico, no inspirado, etc.

Los cuatro evangelios canónicos (que son regla de fe para los cristianos, y son considerados como inspirados) de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, fueron escritos entre el año 60 y el 95 según los especialistas. Estos escritos pertenecen a las comunidades cristianas de los primeros testigos y tienen un origen apostólico y eran de uso generalizado (católico=universal) en los primeros siglos de la era cristiana. No fueron cambiados ni corregidos y esto lo sabemos porque se dispone de gran cantidad de copias y traducciones hechas en la antigüedad. También se poseen escritos de autores de los primeros siglos que citan y comentan estos textos, lo cual nos permite comparar y ver la fidelidad en la trasmisión hasta nuestros días. No sería posible ocultar algo que fue dado a conocer desde el principio. Además, el criterio de canonicidad tiene que ver con el serio conocimiento del origen de tal o cual evangelio como vinculado directa y realmente a un Apóstol o discípulo del mismo, acreditado a su vez por las otras comunidades cristianas que servían de referentes por estar conectadas también con un origen apostólico.

En el Concilio de Trento (s. XVI) se define dogmáticamente el canon actual de la Biblia, pero ya desde el siglo IV hay elencos completos de los libros canónicos (Concilio de Cartago, 397), y el decreto Gelasiano del Sínodo de Roma (383) es el primer documento romano autorizado con la lista completa del canon. Por lo tanto, ya en los comienzos de la Iglesia la totalidad de los textos del Nuevo Testamento eran considerados como los auténticamente inspirados y de autoridad apostólica.

En torno al Antiguo Testamento, en el siglo XVI la “reforma protestante” en una deseada vuelta a las fuentes acepta el canon de la Biblia hebrea, que no contiene algunos libros que sí tiene la traducción griega (LXX), que era la que se usaba en la primitiva comunidad apostólica. Si bien la Biblia católica incluye 7 libros más del Antiguo Testamento en comparación con las protestantes, en torno al Nuevo Testamento todas las tradiciones cristianas siempre se mantuvieron los 27 libros canónicos que hoy conocemos.

Obviamente que los textos gnósticos, por no ser cristianos, nunca formaron parte de la lista de libros revelados y auténticos entre los cristianos de todos los tiempos.

 

NO HAY NADA OCULTO

Por otra parte, existen otros escritos posteriores, escritos entre el s. II y el IV, los cuales tienen por autores a miembros de distintas sectas gnósticas de la antigüedad y de otros grupos pseudocristianos, cuyos textos fueron llamados también “evangelios” y bajo pseudoepígrafes de Apóstoles –sin conexión histórica con los mismos-, como: “Tomás”, “Pedro”, “María Magdalena”, “Santiago”, “Felipe”, “Andrés”, “Judas”, etc. ¿Qué quiere decir esto? Que usaban el nombre de un apóstol para darle mayor autoridad a esos textos tardíos, y no tenían ninguna relación con las comunidades apostólicas. Y obviamente no fueron escritos por los apóstoles, que murieron en el siglo I.

Estos textos fueron rechazados por las comunidades cristianas desde sus comienzos, ya que sus contenidos además de ser bastante fantasiosos sobre la vida de Jesús (acomodados a las doctrinas gnósticas y esotéricas con un Jesús lejano al histórico) eran irreconciliables con lo transmitido oralmente y por escrito en las primeras comunidades cristianas. Sólo unos pocos escritos apócrifos judeocristianos –algunos contaminados de gnosticismo- influyeron en la liturgia, en historias populares, y en el arte, pero nunca entraron en el canon. Aunque se los llame ocultos (apócrifos), no están escondidos en ninguna parte, ya que se pueden adquirir, hace ya varios años, en cualquier librería que tenga textos religiosos.

Y los originales tampoco están en algún lugar secreto del Vaticano –como afirma la película “Estigma”-, sino en diferentes museos, como el evangelio apócrifo “de Tomás”, que está en el Museo de El Cairo (Egipto) desde su hallazgo en 1945. Cualquiera los puede leer, pero la Iglesia nunca los aceptará como regla de fe, ya que éstos no fueron aceptados desde el principio y no son fuente de revelación para el cristianismo, sencillamente porque no transmiten la fe de los Apóstoles, sino un Jesús reinventado por las sectas gnósticas y esotéricas que mezclaban doctrinas de religiones orientales con la fe de la Iglesia primitiva y elementos de la literatura apocalíptica judía (apócrifa).

Sencillamente no son evangelios cristianos, aunque se llamen “evangelios”, ni tienen por autor a ningún apóstol o sucesor directo del mismo porque fueron escritos fuera de las comunidades cristianas y entre el fin del siglo II y el siglo IV.

En la época del Canon Muratoriano - que data aproximadamente del 190 DC- el reconocimiento de cuatro evangelios como canónicos y la exclusión de textos gnósticos era un proceso que se encontraba ya sustancialmente completo. No es como muchos creen que en la epoca postapostólica andaban cientos de evangelios circulando entre las comunidades. Porque todos estos textos apócrifos son muy posteriores.

Para el cristianismo existen textos muy antiguos de autores de gran importancia, que sin embargo no entraron en el canon y son poco conocidos. Muchos de ellos nos muestran interesantes datos sobre el cristianismo primitivo, sus celebraciones, sus creencias y enseñanzas, y no por ello se los integró al canon de la Biblia, ni tampoco se los escondió en ningún lado (Didajé o Enseñanza de los Apóstoles, Pastor de Hermas, Carta de Bernabé, 1ª Clemente, etc.)

 

LOS PRIMEROS CRISTIANOS Y LOS EVANGELIOS

Si leemos a un gran escritor de la antigüedad como Taciano (110 -?), quien en el siglo II escribió el Diatessaron (una vida de Jesús que mezcla los evangelios que conocía), constataremos al leerlo, que sus únicas fuentes son los cuatro evangelios que hoy llamamos canónicos. En sus escritos, la humanidad y divinidad de Cristo, así como su mensaje, están tal cual los conocemos por la tradición cristiana. Y eso que Taciano al final de su vida fue excomulgado por hereje por pasarse al gnosticismo de los marcionitas, llegando a liderar una secta conocida como encratitas.

Siendo el Diatessaron la historia más antigua que se conoce sobre Jesús y de un autor no ortodoxo, está fundada solamente en los Evangelios auténticamente apostólicos, de Mateo, Marcos, Lucas y Juan y algunos elementos de fuentes apócrifas judeocristianas, mas nunca fuentes gnósticas.

Es importante resaltar, contra nuestra curiosidad por el género biográfico, que los evangelistas no quisieron escribir una biografía de Jesús; no fue ésta su intención. Ellos entregaban a sus comunidades la verdad del acontecimiento Jesucristo como fundamento de su fe, el testimonio de lo vivido y la enseñanza concerniente a la salvación. Su objetivo no fue hacer un documental, sino testimoniar y transmitir lo recibido fielmente. Como acertadamente escribe Jesús Álvarez M.: “La fe de los evangelistas no inventa los hechos. Les busca el sentido y los interpreta. La misma fe les obligaba a la más estricta fidelidad a los hechos. Incluso llegaron a morir por ella. Con razón decía Pascal: “Creo de buen grado las historias de cuyos testigos se dejan degollar”. No suele suceder esto cuando las ideologías dirigen la mente del historiador”.

Conclusión: La iglesia no ocultó ningún evangelio, simplemente descartó desde sus orígenes aquellos escritos que no tenían origen apostólico y cuyas historias fantásticas contrastaban con los textos más antiguos. Los verdaderos evangelios para el cristianismo son los que encontramos en la Biblia (Marcos, Mateo, Lucas y Juan). Son los más antiguos y no fueron modificados.

 

QUIÉNES ERAN LOS GNÓSTICOS Y QUÉ CREÍAN

Para comprender el origen y la doctrina de estos textos tardíos conocidos como “evangelios gnósticos” encontrados en Nag Hammadi (Egipto), es necesario introducirnos brevemente en el movimiento que les dio origen, y así comprender el rechazo cristiano por estos textos, como su no vinculación con el Jesús histórico.

El gnosticismo (gnosis: conocimiento) es un movimiento espiritual pre-cristiano fruto del sincretismo de elementos iranios con otros mesopotámicos, de escuelas filosóficas griegas como el platonismo y el pitagorismo, y de la tradición apocalíptica judía. “Estalla públicamente a mediados del siglo II como una tendencia poderosa e identificable con numerosos maestros, diversidad de escuelas y amplia expansión (Palestina, Siria, Arabia, Egipto, Italia y la Galia)” (García Bazán). Se caracterizan por buscar la salvación a través del conocimiento reservado a unos pocos y por un marcado dualismo cosmológico y antropológico. No buscaban un conocimiento de tipo intelectual, sino espiritual e intuitivo, a saber: el descubrimiento de la propia naturaleza divina, eterna, escondida y encerrada en la cárcel del cuerpo y la psique. Un conocimiento reservado a una élite de hombres “espirituales”.

Con el nacimiento del cristianismo, tomará contacto con éste y dará lugar a una larga lista de sectas que mezclaban elementos gnósticos y cristianos, confundiendo a las mismas comunidades cristianas (como hoy pasa con la literatura New Age).

 

Los llamados “Evangelios Gnósticos” encontrados en Nag Hammadi y el de Judas son producto de estas sectas, que son posteriores a la época apostólica y no tienen un origen verdaderamente cristiano, de ahí que no se los reconozca como auténticos evangelios. Sin embargo son un importante hallazgo para conocer el gnosticismo de esa época.

El gnosticismo antiguo, aunque no era homogéneo en sus doctrinas, tenía un importante desprecio por el mundo material y por el cuerpo.

Los gnósticos creían que el mundo material en el que vivimos es una catástrofe cósmica y que de alguna manera, chispas de la divinidad han caído, quedando atrapadas en la materia y necesitan escapar y volver a su origen. El escape de la materia lo logran cuando adquieren conciencia cabal de su situación y de su origen divino. Este conocimiento es la “gnosis”. Por lo tanto la única forma de salvación no es por obra de Dios, sino por la adquisición de la propia conciencia de tener en sí la “chispa divina”. Muchas de estas doctrinas, como una “autosalvación”, “autodivinización”, reencarnación, cierto panteísmo y la diferenciación entre Jesús y Cristo como realidades separadas, vuelven a aparecer en los movimientos new agers como la Metafísica Cristiana de Conny Mendez, Los Ishayas y las modernas sectas gnósticas y esotéricas. Una realidad que a muchos cristianos les pasa desapercibida, debido al uso de un confuso lenguaje esotérico con barniz cristiano, por parte de estos grupos.

 

Es preciso resaltar que las creencias gnósticas son fuertemente anticristianas y niegan la encarnación del Verbo, la muerte y resurrección de Jesús, además de tener una pesimista visión del mundo. Es gracias al testimonio de muchos escritos cristianos contra los gnósticos que conocemos muchas de sus creencias. Los dogmas proclamados por el cristianismo primitivo se fijaron para salvar la fe original de la contaminación de ideas gnósticas que comenzaron a proliferar en el mundo helenístico y dentro del imperio romano entre los siglos II y V d.C. Estas sectas y creencias gnósticas son los autores de los llamados “evangelios gnósticos” con los que algunos se ilusionan en encontrar algo más original que lo que sabemos de Jesús, pero para su decepción estos textos no son cristianos, y son muy posteriores a los cuatro que la Iglesia aceptó como auténticos. Eso sí, muchos gnósticos –al igual que algunas sectas de hoy- se autoproclamaban los “verdaderos cristianos”, de ahí la confusión de muchos ante el estratégico uso de la terminología cristiana con contenidos y sentidos ajenos a la revelación bíblica.

 

Tampoco es cierto que el gnosticismo fuera un cristianismo marginal, sino que existía una mutua desacreditación como dos religiones enemigas. No sólo los cristianos rechazaban a los gnósticos por tergiversar el mensaje y la vida de Jesús con doctrinas orientales y filosofías extrañas, sino que los gnósticos también rechazaban y atacaban a los cristianos ortodoxos por considerarlos seres inferiores espiritualmente. El ataque era mutuo, sólo que el gnosticismo por su naturaleza sincretista de mezclar elementos de cualquier religión, asimilaba lo cristiano a su manera y da impresión de tolerante. Alcanza con leer los mutuos ataques doctrinales de aquella época. El mismo historiador Paul Johnson escribe: “Los grupos gnósticos se apoderaron de fragmentos del cristianismo, pero tendieron a desprenderlos de sus orígenes históricos. Estaban helenizándolo, del mismo modo que helenizaron otros cultos orientales (a menudo amalgamando los resultados)...” Pablo luchó esforzadamente contra el gnosticismo pues advirtió que podía devorar al cristianismo y destruirlo. En Corinto conoció a cristianos cultos que había reducido a Jesús a un mito. Entre los colosenses halló a cristianos que adoraban a espíritus y ángeles intermedios. Era difícil combatir al gnosticismo porque, a semejanza de la hidra, tenía muchas cabezas y siempre estaba cambiando. Por supuesto, todas las sectas tenían sus propios códigos y en general se odiaban unas a otras. En algunas confluían la cosmogonía de Platón con la historia de Adán y Eva, y se la interpretaba de diferentes modos: así, los ofitas veneraban a las serpientes... y maldecían a Jesús en su liturgia...” (Historia del cristianismo)

Es un anacronismo imaginar que los gnósticos eran tolerantes y pluralistas por ser sincretistas, sino que eran dogmáticos en su propia doctrina.

 

UNA MIRADA AL MANUSCRITO GNÓSTICO DE “JUDAS”

En el evangelio gnóstico de Judas, Jesús le dice que será el encargado de liberarlo de su cuerpo, con un claro desprecio del mismo y marcando la identidad de Jesús como un ser puramente espiritual, revestido provisoriamente de materia. En estas referencias se hace explícita la mentalidad gnóstica contra el cuerpo y la consecuente negación de la salvación en el sentido cristiano original.

En los versículos se observa claramente la tendencia al elitismo del conocimiento gnóstico por parte del protagonista (Judas) y el pesimismo en la visión del mundo.

Judas no habría sido el traidor que vendió a Jesús por 30 monedas de plata, sino el discípulo privilegiado al que encarga la misión más difícil, sacrificarlo, para ayudar a su esencia divina a escapar de la prisión del cuerpo y elevarse al espacio celestial (cosmovisión gnóstica). Esos conceptos de “esencia divina” y la visión del cuerpo como un simple “traje” no es bíblica, y por lo tanto tampoco cristiana, más bien nos recuerda al neoplatonismo.

 

«Apártate de los demás y te contaré los misterios del reino. Es posible que lo alcances, pero será para ti motivo de gran aflicción».

«Tú serás el decimotercero, y serás maldito por generaciones, y vendrás para reinar sobre ellos». En los últimos días maldecirán tu ascensión a la [generación] sagrada' ''.

«Tú serás el apóstol maldito por todos los demás. Tú, Judas, ofrecerás el sacrificio de este cuerpo de hombre del que estoy revestido»

«Y fueron a Judas y le dijeron: "Aunque en este lugar no hagas el bien, eres un auténtico discípulo de Jesús".Y él les dijo lo que querían oír. Y lo entregó. Éste es el fin del evangelio de Judas».

Si leemos los “evangelios” gnósticos de María, de Felipe y de Judas, veremos que esos textos siempre posicionan a su apóstol de cabecera como el receptor privilegiado de las revelaciones gnósticas que traería Jesús. En el caso de Judas es clara una preferencia de Jesús por contarle cosas en secreto y le advierte de la oposición de los otros apóstoles.

 

CUESTIONES DE SENTIDO COMÚN

La Iglesia tuvo que fijar (dogmas) algunas de las creencias fundamentales de la fe primitiva debido a la confusión que armaron los escritos gnósticos en muchos cristianos. Los dogmas no modifican lo que se cree antes, sino que formulan la fe de modo claro y explícito en un lenguaje que todos entiendan y no en afirmaciones ambiguas que dan lugar a cualquier interpretación que aleje de la fe original de los apóstoles. Servían para aclarar al pueblo creyente cuál es la verdadera fe cristiana, en que creyeron siempre los discípulos de Jesús y para no dejarse confundir por nuevas doctrinas extrañas al Evangelio que quieran acomodar a Jesús a sus caprichos. Como sucede ahora con el movimiento New Age, el libro de Urantia, Sixto Paz con sus telenovelas cósmicas, J.J. Benítez con su caballo de Troya, los seguidores del Da Vinci Code y las supuestas nuevas revelaciones extraterrestres sobre Jesús como las del estigmatizado Giorgio Bongiovanni, donde la fantasía que llena curiosidades siempre quiere ser la versión oculta –esotérica- de la historia. A la hora del delirio las nuevas versiones de la gnosis se ponen de moda y tienen bastante público entre aquellos que están ávidos de cosas misteriosas y extrañas.

Hace falta que los cristianos se formen mejor en lo concerniente a su fe y de manera especial en las Sagradas Escrituras. Lo ideal es no quedarse con la catequesis de niños como si fuera un tratado de teología y seguir leyendo la Biblia como si fuera un cuentito o en forma literal y fundamentalista como algunas sectas. Si alguien quiere saber sobre la fe cristiana no debería apelar a lo que aprendió de niño como un cuento, sino ahondar madura y profundamente en su fe, ya sea porque su propia fe se lo exige, ya sea para conocer seriamente una religión que no es un cuento de hadas, que se caerá con un hallazgo arqueológico.

La Biblia no cayó del cielo. Es la Palabra de Dios en palabras humanas, producto de un pueblo y de comunidades creyentes. Y sin la fe y el conocimiento que sólo esa comunidad tiene, ¿puede interpretar bien alguien que desconozca la tradición interpretativa de esos textos?

La misma Biblia advierte: “Ante todo tengan presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia; porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios” (2 Pe 1,20).

¿Puedo leer de cualquier manera algo que no conozco ni su historia, ni su contexto, ni su origen, ni su sentido original, pretendiendo que sea más legítima mi interpretación subjetiva que quien de verdad conoce todas las puntas del tema?

Como dijera un antiguo proverbio: “La enfermedad del ignorante es ignorar su propia ignorancia”.

 

¡NO HAY NADA QUE ESCONDER!

La mayoría de las sectas esotéricas y los autores e intelectuales vinculados al ocultismo están convencidos de que el cristianismo tiene “secretos” de contenido religioso que no revela, como si existiese un esoterismo cristiano y les fascina el tema de los evangelios apócrifos y mejor si esta mal manejado y lleno de fantasías insostenibles. Y la verdad es que nunca existió, ni existe tal realidad, en cuanto verdades doctrinales ocultas que sólo una élite cristiana conoce. Eso es una ilusión de algunos, pero que no pocos alimentan.

El punto de partida de la fe cristiana es la aceptación de lo que Dios ha revelado y no de lo que oculta. El cristiano cree que, en Cristo, Dios ha revelado todo lo necesario para la salvación de la humanidad. El cristianismo es una religión exotérica, hacia fuera, universal. Jesucristo mismo envía a todos sus apóstoles a dar a conocer todo lo que él les ha enseñado (Mateo 28,20ss).

La Biblia no es Harry Potter, pero tampoco un libro de Historia Universal con biografías de la historiografía moderna.

Debido a la crisis cultural en la que estamos viviendo, está aconteciendo una nueva emergencia gnóstica y esotérica, de ahí el éxito de toda literatura que se vincule a estas temáticas y el sensacionalismo que se genera con hallazgos con el de este texto gnóstico. Es una pena que pocos conozcan la verdadera historia. Tal vez no quieran saberla porque sus mágicas fantasías caerían al suelo demasiado rápido.

 

EL GRAN COMPLOT: ¿CONSPIRACIÓN DE 2000 AÑOS?

A raíz de la literatura esotérica, los apócrifos y novelas como el Código Da Vinci, no son pocos los que se unen al cultural prejuicio anticatólico y afirman que la Iglesia conspiró para ocultar estos textos a lo largo de la historia. Pero, con un poco de sentido común, vemos que todos los cristianos (un quinto de la humanidad), tanto católicos, como ortodoxos, el protestantismo histórico, anglicanos, bautistas, metodistas, evangélicos y pentecostales, coinciden en los 4 evangelios canónicos del Nuevo Testamento como fuentes fieles de revelación, en la divinidad de Cristo, en la resurrección, y en la mayoría de las verdades fundamentales de la fe cristiana, transmitida por los Apóstoles y sus sucesores.

Sería tonto pensar que la Iglesia católica oculta cosas y que el resto del cristianismo permanece ingenuo y acrítico ante la verdad sobre Jesucristo y los Evangelios. Esto obligaría a pensar en una conspiración de todo el cristianismo mundial a lo largo de 2000 años –no sólo de católicos- por ocultar tantas cosas sobre Jesús. Es insostenible algo así. ¿Nadie se dio cuenta antes de un engaño tan grande? Y si Judas no hubiese existido, o su historia fuera otra, nada hubiera cambiado para el cristianismo, porque es algo muy secundario. El problema es que la información cultural sobre el catolicismo es la de la catequesis de niños y no la teología que cualquier católico formado conoce.

 

¿IGNORANCIA RELIGIOSA?

A nadie le es ajeno el dato de la extendida y creciente ignorancia en materia de cultura religiosa en nuestro país. No tenemos mucha idea de la historia de las religiones, de los símbolos religiosos, del arte religioso, de las distintas mitologías, de los libros sagrados, etc. La existencia o no de Dios es un tema aparte, pero la religión es un hecho humano específico e innegable, que debe ser estudiado desde las diversas disciplinas académicas. Y Uruguay, en comparación con otros países del mundo renguea en lo que a cultura religiosa se refiere. Esto nos deja vulnerables frente a cualquier discurso o interpretación sobre temas religiosos descontextualizados, donde hoy proliferan cientos de libros y revistas, sectas, cursos y conferencias, sobre temas que uno no sabe si se trata de religiosidad o ciencia ficción, y no siempre se tiene herramientas académicas para discernir adecuadamente. Si la gran masa de lectores que se acercan a novelas como “El Código Da Vinci” tuvieran un acceso posible y serio a la historia del cristianismo, no hubiera tenido tanta trascendencia, porque su pretensión de veracidad es insostenible.

Creemos que la enseñanza seria, objetiva, laica, de las distintas religiones en la historia de la humanidad y del presente, tarde o temprano tendrán que incluirse en los programas curriculares de enseñanza, de lo contrario seguiremos siendo incapaces de discernir entre lo real y lo fantástico, incapaces de reconocer una tontería con halo de sabiduría de una verdad histórica.

Las sensacionalistas interpretaciones sobre el tema de los textos apócrifos está siempre pronta para los ávidos clientes de novedades sin mucho fundamento.

 

CONCLUSIÓN

Finalmente, lo que se puede encontrar en el Evangelio de Judas y en los textos gnósticos de Nag Hammadi son cuestiones de mayor interés para los eruditos de la investigación histórica y arqueológica sobre el gnosticismo antiguo, que para el público en general, que apenas comprende la cosmovisión gnóstica como para poder interpretar esos textos, y menos aún si se dieran cuenta que no aporta nada sobre el Jesús histórico y su mensaje.

Los especialistas seguirán trabajando en la autentificación del manuscrito y eso será un valioso aporte a la investigación histórica y al conocimiento del gnosticismo antiguo, pero ni sobre Jesús, ni sobre Judas encontraremos algo nuevo, porque obviamente se trata de un texto gnóstico tardío.

 

(Disponible también en VERITAS: http://www.agenciaveritas.com/articulo.php?cd=56 ).

 

Vuelve a la tabla de contenidos

 

 

Autoridad y canonicidad de los Evangelios

 

Juan Carlos Riojas Álvarez

 

Desde el comienzo de su existencia, la Iglesia cristiana no careció de una autoridad escrita. Ésta era el Antiguo Testamento (AT). Jesús (y sus seguidores) lo aceptará, aun cuando su intención es ofrecer una interpretación más pura y profunda que la de sus contemporáneos. Asimismo, la comunidad cristiana poseía otra autoridad, la del propio Jesús, cuyas palabras, transmitidas inicialmente por medio de la tradición oral, se situaban junto a los preceptos veterotestamentarios, completándolos y corrigiéndolos. Paralelamente corrían las interpretaciones y exhortaciones de los apóstoles sobre la importancia, muerte y mensaje de Jesús, así como sus cartas, con temas de teología y moral, que contribuían a la unión de las comunidades. Aunadas a estos principios de autoridad, se encuentran también las “manifestaciones del Espíritu”, que hacen sentir a las comunidades partícipes de la fuerza e inspiración del mismo Espíritu de Cristo. A medida que el tiempo pasaba, debido a la expansión del mensaje cristiano por muchas partes y por el hecho también de que se iban acabando los testigos directos e inmediatos del Señor, se fueron consignando por escrito los testimonios que daban fe de estas autoridades de la iglesia primitiva, además del AT. Ya Clemente de Roma (según lo afirma Ireneo de Lyon), en el 96, en su carta a la iglesia de Corinto, e Ignacio de Antioquia entre el 107 y 110, hacen abundantes alusiones y semi-citas de palabras del Señor y de cartas de Pablo, de modo que su pensamiento se moldea también en torno a ellas, dejando ver una natural veneración hacia las mismas y situando su propia producción escrita a un nivel inferior de autoridad que el de aquella que manifestaba directa o indirectamente una cercanía al Señor o a sus apóstoles.

 

Hacia fines del siglo I se ha formado un grupo especial de evangelios (los sinópticos y el de Juan), que gozó de mucho más respeto y extensión geográfica de influencia que el resto de las composiciones evangélicas que circulaban entre diversos grupos. A mediados del siglo II, ya los primeros Padres apostólicos introducirán en sus obras citas de esos evangelios, con la misma fórmula de citación que se empleaba para los escritos de la Antigua Alianza. Estas obras aluden repetidas veces a palabras del Señor, aunque encabezándolas normalmente con la fórmula “El Señor dice”, y aun cuando las citas pueden no ser siempre literales, por lo general sólo se cita o se alude de acuerdo con la versión de los cuatro evangelios, lo que refuerza, a la vez, su relevancia y prestigio-autoridad. De igual manera, hacia el 150, gracias a la primera “Apología” de Justino Mártir, sabemos que existía la costumbre de leer litúrgicamente en las asambleas los evangelios (Justino los llama “memorias de los apóstoles”, pero deja claro que esas memorias se llaman evangelios: “Num apostoli, in memoriis suis, quae vocantur evangelia”, Apologia,I,66) junto con los profetas del AT, y que luego se pronunciaba una homilía comentando lo leído. Ello indica que esa colección de evangelios ocupaba ya, al menos en la comunidad de Justino, en Roma, una posición relevante en el culto. También por ese tiempo, el autor (probablemente miembro de la escuela valentiniana en Egipto) del escrito gnóstico conocido como el “Evangelio de la Verdad”, conoce y utiliza a los sinópticos y a Pablo, y también al cuarto evangelio y al Apocalipsis, aunque no formule citas precisas. Y en 31,35-32,34 el escritor alude explícitamente a la parábola de la oveja perdida, interpretándola a continuación alegóricamente por medio de una simbología de los números. La exégesis alegórica es una señal inequívoca de que en el momento de la composición del Evangelio de la Verdad, al menos los sinópticos gozaban de un rango cercano a la sacralidad, pues solamente los libros sagrados son objeto de alegoría. Así, mientras que por su parte la iglesia, cuando entabla alguna discusión con los herejes, apela en forma natural a alguno de estos evangelios como a un argumento decisivo, por otra parte se observa que cuando cada una de estas sectas rompe con la iglesia, conserva siempre un vínculo con alguno de estos cuatro evangelios, al menos para justificar su propia posición doctrinal. De esta manera los ebionitas, judíos fanáticos, se apoyan en Mateo; Marción y los marcionitas, hostiles a los judíos, rechazan el AT pero apelan a Lucas; Cerinto y sus discípulos invocan el evangelio de Marcos, mientras que Valentín y los suyos basan sus especulaciones en el evangelio de Juan. Así pues, a su manera, también los herejes confirman la autoridad de los evangelios.

 

Pero será sólo hasta fines del siglo II que los evangelios adquieren propiamente la condición de canónicos, Los cuatro evangelios son considerados entonces como un conjunto compacto, como un “numerus clausus”: son cuatro, ni más ni menos. Todos los demás textos que reivindican el titulo de evangelios son rechazados como apócrifos (no siempre con ese nombre). Los cuatro evangelios se consideran así como las cuatro formas de la única buena nueva de la salvación, que poseen la misma autoridad que el AT y cuyo texto ha de ser universalmente respetado. De esto da evidencia una lista conteniendo cuáles libros debían considerarse sagrados, y cuáles no, en la principal iglesia de la cristiandad, en Roma, compuesta por un personaje desconocido, hacia el año 200, según se desprende de la crítica interna. Esta lista fue descubierta y publicada en 1740 por el erudito italiano Ludovico Antonio Muratori y es conocida desde entonces como “Canon Muratori” o “fragmento muratoriano”. El texto señala que en aquel tiempo eran ya canónicos en Roma, es decir, “recibidos”, “santificados”, Mt, Mc, Lc y Jn, entre otros escritos neotestamentarios (en total, 23 de los 27 actuales). Se indica también que tales libros tienen un carácter vinculante para la Iglesia, porque son leídos en el culto litúrgico y porque “proceden de los apóstoles”. También, Ireneo de Lyon, hacia el 180, en su “Adversus Haereses”, presenta un canon neotestamentario al que considera como un corpus de escritos apostólicos con la misma autoridad que el AT, y califica a los cuatro evangelios como una unidad inseparable, refiriéndose a ellos como el “evangelio cuadriforme”. Por su parte, Tertuliano cita como sagrados, entre otros escritos del NT, a los cuatro evangelios e igualmente los considera escritos apostólicos con igual autoridad que la Ley y los Profetas y da a su invocación contra los herejes el carácter de argumento jurídico (“argumento evangélico”). Para Tertuliano la norma que regía a la comunidad era doble: por un lado, la “regla de fe” transmitida oralmente; por otro, las escrituras (cristianas y judías, divididas en dos “instrumentos”); pero nada que no pudiera conformarse con la regla de fe podía considerarse escritura. Finalmente, Clemente de Alejandría (quien utiliza el vocablo “canon” en sus escritos, pero no el concepto de “colección de libros”), hacia el 190, realiza una distinción nítida entre los libros que considera vinculantes y sagrados y los que no, colocando a los cuatro evangelios entre los escritos cristianos inspirados con el mismo rango y validez normativa que los del AT.

 

Todos estos autores claramente buscan distinguir lo que es “escritura auténtica” de lo “apócrifo” y aun cuando sus listas de libros sagrados pueden no ser idénticas, sí guardan grandes semejanzas. En particular, todos incluyen, de la pléyade de evangelios, sólo a los sinópticos y a Juan, rechazando como espurios a los demás. Así, a fines del siglo II, nos encontramos con que la cristiandad, extendida por toda la cuenca mediterránea, con una gran diversidad de lengua, mentalidad y cultura, tiene ya un canon neotestamentario muy parecido al actual. Quedan aún algunas dudas y vacilaciones, pero otros escritos son ya explícitamente rechazados.

 

Son varios los criterios cuya influencia puede ser aducida en la formación del canon. Metodológicamente pueden ser divididos en:

 

a) Criterios externos a la Escritura misma:

1. La procedencia apostólica; 2. La antigüedad del escrito; 3. El carácter realista de la fuente histórica; 4. La concordancia con el “criterio de verdad” o doctrina tradicional; 5. La concordancia expresa con la doctrina del AT; 6. El contenido edificante o espiritual del escrito; 7. El destino universal del escrito a toda la Iglesia; 8. Las decisiones eclesiales; 9. La lectura pública litúrgica.

 

b) Criterios internos o espirituales:

La inspiración o procedencia de Dios o de su Espíritu.

 

c) Criterio de los criterios:

La “recepción” de un escrito por la iglesia..

 

Desde luego no todos estos criterios son valorados de la misma forma por todos los estudiosos del tema, pero si parece existir consenso en los siguientes:

 

1. La conformidad con la “regla de la fe”, es decir, la congruencia con lo que la tradición de las comunidades cristianas consideraba como constituyente y normativo de la fe. Aun cuando no existiera una línea divisoria nítida entre ortodoxia y heterodoxia, el conjunto de las iglesias tenia muy claro el contenido dogmático esencial de lo “transmitido”. Es así que el Canon Muratori, Tertuliano e Ireneo rechazan ciertas obras como heréticas por el conjunto de sus doctrinas.

 

2. La proveniencia apostólica o “apostolicidad” de cada escrito. Primaba el origen apostólico, directo o indirecto, real o seudónimo, como lo deja ver el Canon Muratori al excluir como canónico a un escrito con un contenido doctrinal que bien podría considerarse ortodoxo (el Pastor de Hermas), “porque había sido redactado hacía poco en la ciudad de Roma”.

 

3. La aceptación común, esto es, un cierto consenso en el uso continuo por parte de la mayoría de las iglesias de determinados libros, sobre todo como lectura espiritual de las asambleas litúrgicas, como lo expresa Jerónimo en su carta 129, dirigida a Dardanes, prefecto de las Galias, en la que valora a la Epístola a los Hebreos porque “es obra de un varón eclesiástico y se lee continuamente en todas las iglesias”.

 

Existieron desde luego circunstancias que actuaron a modo de catalizadores que aceleraron el proceso interno en la Iglesia hacia la confirmación y sanción del carácter sagrado de unos escritos, cuya santidad, como se ha visto, estaba ya implícita en la práctica. Pero afirmar, como hacen algunos, que esos hechos introducen una radical novedad en el desarrollo de tal proceso, suena tan risible como decir que el catolicismo ha tomado elementos de Lutero o Calvino, porque las decisiones del concilio de Trento, en 1546, fueron consecuencia de la Reforma, puesto que fue ella la que obligó a la Iglesia a precisar tales o cuales puntos de su doctrina.

 

Entre tales hechos tenemos, por una parte, el intento de los apócrifos, que para satisfacer la curiosidad popular tienden a “completar” los evangelios, especialmente con informaciones sobre el período de la vida de Jesús que precede a su vida pública y sobre el relato de la resurrección. Más o menos responde también a este mismo proyecto la empresa de Taciano, que en Siria y hacia el 170, se puso a escribir unos relatos seguidos de la vida de Jesús, tomando a Mateo como base, completado por Juan para el comienzo y el fin, y por Lucas y Marcos para el resto. Estos intentos no sólo sacrifican el mensaje de los evangelios en aras de convertirlos primordialmente en una fuente de datos que satisfagan el gusto y piedad populares, sino que también tienden a separar el acontecimiento de su sentido, a darle una “plusvalía” tratándolo por él mismo como un “en-sí”. Por otra parte tenemos el intento de los escritos gnósticos, que, a la inversa de los apócrifos, sacrifican el acontecimiento en aras de su sentido e interpretan los evangelios a partir de ciertos presupuestos doctrinales ajenos a la tradición, como en el dualismo de Marción, que subordina los evangelios a su sistema y sustituye la visión de los mismos por la suya propia.

 

Ante estas dos posturas, la Iglesia afirmará a los cuatro evangelios como fuente del mensaje auténtico de Jesús, reconocido y enseñado por la tradición apostólica viva de la Iglesia.

 

Vuelve a la tabla de contenidos

 

 

La cristología de Dan Brown y otros errores de "El Código da Vinci"

 

Lic. Néstor Martínez

 

Toda la trama de “El Código da Vinci” se basa en un error cristológico: creer que la fe en la Divinidad de Jesucristo se opone al reconocimiento de su humanidad. Según la novela de Brown, la Iglesia decidió ocultar el matrimonio de Jesús con María Magdalena, porque ese rasgo demasiado “humano” del Salvador revelaría que en realidad no era Dios, sino un “hombre mortal”, cuya divinidad había sido inventada por motivos políticos por Constantino. El punto crucial es que el haber engendrado un hijo (más precisamente: una hija) sería señal clara del carácter mortal, y por tanto, no divino, de Jesucristo (cfr. pp. 290, 291, 315).

 

El argumento de los eclesiásticos sería, según Brown, el siguiente: “El que engendra hijos humanos, es mortal. Y el que es mortal, no puede ser Dios. Pero Jesús es Dios. Luego, no ha podido engendrar hijos humanos.”

 

Pero es claro que a esto, Brown contesta lo siguiente: “El que engendra hijos humanos es mortal. Y el que es mortal, no puede ser Dios. Pero Jesús ha engendrado hijos humanos. Luego, no es Dios”.

 

O sea, él comparte las premisas del argumento que atribuye a la Iglesia, es decir, en realidad, el argumento que Brown atribuye a la Iglesia es una proyección de su propia teología, la de Brown.

 

Pero resulta que ésa no es la teología católica. El ser mortal no es incompatible para la Iglesia con el ser Dios, pues la fe católica enseña que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, como hombre murió en la Cruz, y resucitó de entre los muertos.

 

Según la novela, este interés por ocultar el hecho de que el Crucificado era "un hombre mortal" habría llevado a eliminar los Evangelios primitivos, anteriores a Constantino, unos ochenta, según Brown (p. 288), o miles, según otro pasaje de la novela (p. 291), y redactar en su lugar, en el siglo IV, los cuatro Evangelios canónicos, de los cuales se habría eliminado todo lo que hace referencia a la humanidad de Jesucristo.

 

“Constantino encargó y financió la redacción de una nueva Biblia que omitiera los evangelios en los que se hablara de los rasgos “humanos” de Cristo y que exagerara los que lo acercaban a la divinidad. Y los evangelios anteriores fueron prohibidos y quemados.” (p. 291).

 

Por su parte, el secreto de María Magdalena ha sido conservado desde los tiempos de Jesucristo y ha sido trasmitido en la Edad Media a una sociedad secreta llamada el “Priorato de Sión”. Los miembros del Priorato de Sión reconocen la divinidad de María Magdalena y la adoran (p. 319: “la divinidad femenina perdida”).

 

Los descendientes de María Magdalena llegan hasta la dinastía merovingia, de la cual a su vez descendería Godofredo de Bouillon, el rey del “reino latino de Jerusalén” instalado tras la primera Cruzada. Godofredo habría fundado en Jerusalén el “Priorato de Sión”, el cual poco después habría creado los Templarios, que serían su “brazo armado”. Entre los “grandes maestres” del priorato figurarían Newton, Boyle, Leonardo da Vinci, Víctor Hugo, Jean Cocteau y otros.

 

Es obvio que toda esta argumentación presenta severas carencias.

 

En primer lugar, los Evangelios canónicos no esconden para nada la humanidad de Cristo, que nace de mujer, tiene hambre y sed, se cansa, es tentado, está triste, se angustia, sufre en la Cruz y muere, efectivamente, como todo “ser humano mortal”.

 

En segundo lugar, si el engendrar hijos humanos es incompatible con la Divinidad, no se ve qué lugar queda para la divinidad de la Magdalena, presunta madre de la hija de Jesús, que sin embargo es sostenida en la novela por los que “tienen razón”, los del Priorato de Sión.

 

Es obvio por otra parte que los Evangelios canónicos han sido redactados mucho antes de Constantino. Su texto se puede reconstruir en buena medida con citas de Padres de la Iglesia anteriores a Constantino.

 

Por otra parte, no es para nada probable que los Evangelios apócrifos, particularmente los de origen gnóstico, sean especialmente fieles a la humanidad de Jesucristo. Por el contrario, los gnósticos, por lo general, niegan la verdadera humanidad de Jesús. Su error es el “docetismo”, de “dokeo”, apariencia, porque en efecto, dicen que el cuerpo de Jesús era un cuerpo sólo aparente.

 

En realidad, la teología de Brown concuerda en esto con la gnóstica, pues sostiene la imposibilidad de un contacto verdadero entre lo divino y lo humano. Por su parte, si la Iglesia luchó contra el gnosticismo, no fue tanto porque negasen la Divinidad de Jesús, sino porque negaban su Humanidad.

 

En efecto, en la hipótesis de Brown se vuelve inexplicable el ardor con que la Iglesia combatió las herejías que afirmaban plenamente la Divinidad de Jesús, pero negaban su humanidad, como el docetismo, el monofisismo, etc. Y nótese que lo más arduo de esa lucha fue después de Constantino. El Concilio de Calcedonia, condena definitiva del monofisismo y defensa enérgica de la verdadera naturaleza humana de Jesucristo, es del año 451.

 

Pero aquí hay otra contradicción de Brown, porque según la doctrina “verdadera” del paganismo y del Priorato, algo tan carnal como la unión sexual es un medio posible para la unión inmediata con Dios, sin necesidad de la mediación de la Iglesia (p. 384). Pero entonces, ¿qué dificultad habría en que un ser humano mortal que engendra hijos fuese Dios?

 

Obviamente, no estamos diciendo que Jesús haya tenido hijos, sino que la misma premisa que Brown comparte con la imaginaria teología católica que presenta en su novela, es contradicha por el mismo Brown.

 

La misma mentalidad de oposición entre lo divino y lo humano aparece cuando se dice en la novela que la Biblia es un producto del hombre, no de Dios (p. 288). Para la doctrina católica, la Biblia es una obra de Dios que se vale de autores humanos. Es decir, creemos que no fue escrita directamente por Dios, ni “cayó del cielo”, cosa que acertadamente rechaza Brown… sino que fue escrita por autores humanos inspirados por Dios.

 

Hay que recordar además que el gnosticismo tiene su auge en los siglos II y III D.C., de modo que los evangelios gnósticos son posteriores, y no anteriores, a los cuatro Evangelios canónicos. De hecho, la fecha del Evangelio más tardío, el de Juan, se coloca por el 100 D.C.

 

Es históricamente falso, además, decir que el Concilio de Nicea, reunido bajo Constantino en el 325, definió que Jesús es el Hijo de Dios (p. 290). No fue la filiación divina, sino la consustancialidad entre el Hijo y el Padre, lo que definió Nicea. La filiación divina de Jesucristo era afirmada prácticamente por todos, ortodoxos y herejes, en el cristianismo antiguo.

 

Y mucho antes, obviamente, de Constantino. Baste para eso leer las obras de los Padres de la Iglesia de los siglos II y III, si es que no se quiere acudir al testimonio mucho más inmediato de los mismos Evangelios, como el de Marcos, que empieza así: “Principio del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”, y que los críticos menos ortodoxos fechan en los años 70. Siempre y cuando no resulte verdadero el descubrimiento del P. O’ Callaghan que lo situaría hacia la década del 50.

 

Afirma Brown además que la identificación de María Magdalena con una prostituta fue hecha por la Iglesia primitiva para alejar la idea de su matrimonio con Jesús, a fin de “proteger” la divinidad de Jesucristo, como ya se ha dicho (p. 303).

 

Pero resulta que dicha identificación es en todo caso la tendencia de la Iglesia latina, no de la oriental, cuya tradición exegética más bien distingue entre María Magdalena, la pecadora que lava los pies de Jesús, María de Betania, y la adúltera que aparece en el Evangelio de Juan. Y nótese que es al Oriente, justamente, donde la influencia imperial era más fuerte, porque Constantino trasladó la sede del Imperio de Roma a Constantinopla.

 

Dice la novela que establecer la divinidad de Cristo era fundamental para la posterior unificación del Imperio y el establecimiento de la nueva base de poder en el Vaticano (p. 290).

 

Lo cual nos lleva a su vez a preguntarnos, en primer lugar, porqué entonces Constantino trasladó la capital del Imperio de Roma (del “Vaticano”) a Constantinopla, y en segundo lugar,  por qué no trasladó también la sede pontificia a Constantinopla. Si trataba según Brown de fortalecer el poder imperial mediante la religión católica, apostólica y romana, ¿qué mejor que hacer que el Papa residiese en Constantinopla, de ser posible en las dependencias mismas del palacio imperial, o al menos, en la misma ciudad que el Emperador? Sólo una razón se lo impidió, de hecho: que Roma era la sede suprema de la Iglesia, no porque fuese la capital del Imperio, sino porque había sido la sede de Pedro.

 

En la novela incluso se dice que la Iglesia prohibió “el nombre” de María Magdalena (p. 316). Es cierto que no queda claro si se refiere a que no se podía mencionarla, o a que no se podía bautizar a alguien con ese nombre… El caso es que no debe de haber sido ninguna de las dos cosas, por la sencilla razón de que para la Iglesia María Magdalena es una Santa, cuya fiesta se celebra el 22 de Julio. Y es claro que desde el principio la Iglesia alentó el poner nombres de santos a los hijos que se bautizaban. La prueba de ello es la gran cantidad de Magdalenas que hay a lo largo de la historia.

 

Por otra parte, la novela establece un vínculo dudoso entre “paganismo” y “feminismo” y un vínculo imposible entre “paganismo” y “judaísmo”. No es tan claro que el paganismo sea en su totalidad o en su mayoría, o en su esencia, matriarcal. Y es evidentemente claro que el judaísmo no tiene nada que ver con el paganismo. ¡Menos aún con el matriarcado o el feminismo!

 

Sin embargo, María Magdalena, judía, sería la cabeza de una dinastía dedicada al culto pagano de la “diosa madre”, que por otra parte el autor quiere encontrar ya en el mismo Templo de Jerusalén, donde habría prostitución sagrada, y se veneraría a dos dioses, uno masculino, Jehová, o mejor, Jah, y otro femenino: ¡la Shekiná! (p. 384). Pero la Shekiná no es otro dios, sino que es la gloria de Dios, del único Dios. Hasta el monoteísmo judío se viene abajo en la “reconstrucción” histórica de Brown.

 

Para Brown, la “maniobra constantiniana” habría tenido por efecto nada menos que imposibilitar la existencia de rabinas judías y de clérigas islámicas! (p. 159). ¡Alcance insospechado no sólo para la influencia imperial, sino incluso para la cristiana!

 

Ahí mismo dice que incluso la vergüenza o pudor asociados al acto sexual tendría un origen relativamente moderno y sería en todo caso posterior a la “caza de brujas” en Europa hacia fines de la Edad Media. ¡De lo que uno se viene a enterar!

 

En la página 158 nos enteramos de más cosas. Según ahí se dice, durante tres siglos, la Iglesia dirige una campaña para reeducar a los paganos y practicantes del culto femenino. En esa campaña, la Inquisición publica el “Malleus Maleficarum”.

 

Se refiere por tanto al libro publicado en el año 1487, o sea, siglo XV. Poniéndonos en la hipótesis más favorable a Brown, éste era el último de esos tres siglos. O sea, que la campaña de “reeducación” de los paganos practicantes del culto femenino habría comenzado en el siglo XIII, unos 9 siglos después de Constantino. ¿No es una demora un poco excesiva?

 

Informa ahí mismo la novela que durante esos trescientos años, la Iglesia quemó en la hoguera a cinco millones de mujeres. Una simple multiplicación más una división nos da un saldo de 45 hogueras por día durante trescientos años. Un poco demasiado ¿verdad?

 

En realidad, las cifras que dan otras fuentes son muy distintas:

 

“Se calcula que hubo cerca de 100.000 causas de brujería en Europa, de las cuales, la mitad, o sea, unas 50.000 personas acabaron en la hoguera. Pero, como podemos ver, la intensidad de las persecuciones varió mucho de país a país.

 

La densidad de persecución de brujas en Europa (Behringer 1998:65f)2

País

Ejecuciones

 Por cada mil hab.

Habitantes ca. 1600

Portugal

7

0,0007

1.000.000

España

300

0,037

8.100.000

Italia

1000?

0,076

13.100.000

Países Bajos

200

0,133

1.500.000

Francia

4000?

0,200

20.000.000

Inglaterra/Escocia

1500

0,231

6.500.000

Finlandia

115

0,238

350.000

Hungría

800

0,267

3.000.000

Bélgica/Luxemburgo

500

0,384

1.300.000

Suecia

350

0,437

800.000

Islandia

22

0,440

50.000

Chequia/Eslovaquia

1000?

0,500

2.000.000

Austria

1000?

0,500

2.000.000

Dinamarca/Noruega

1350

1,391

970.000

Alemania

25000

1,563

16.000.000

Polonia/Lituania

10000?

2,941

3.400.000

Suiza

4000

4,000

1.000.000

Lichtenstein

300

100,000

3.000


La mitad de las quemas de brujas se produjeron como vemos en los estados alemanes, donde fueron ejecutadas 25.000 personas. Mas poniendo el número de ejecuciones en relación con el de habitantes, vemos que Lichtenstein es el lugar donde más cruda fue la persecución: 300 quemas con relación a 3000 habitantes, corresponde a un 10 % de la población. A la cabeza del extremo opuesto de la escala, con una intensidad de un fracción de unidad por mil, encontramos a Portugal, España e Italia, los únicos países que conservaron la Inquisición, adaptándola a su nueva base nacional.

 

La documentación correspondiente a la primera parte de la Edad Moderna, que es la época que nos interesa, es tan abundante, que nos permite con gran seguridad decir cuántas de las quemas de brujas registradas se debieron a la Inquisición.

 

Las cifras, por inesperadas, resultan asombrosas. Para Portugal es 1. Para España, 27. Y para Italia, 8. El resto de un total de ca. 1300 ejecuciones, repartidas entre los tres países, se debieron a los tribunales civiles y episcopales de los mismos.

 

En ya anticuados estudios encontramos a menudo la suposición de que en España, Portugal e Italia, el Santo Oficio tenía tanto que hacer persiguiendo a judíos, mahometanos y protestantes, que no le quedaba tiempo para perseguir también a las brujas. La revisión sistemática de los archivos inquisitoriales nos demuestra algo muy distinto. Calculo que la Inquisición en los países católicos del Mediterráneo llevó a cabo entre 10.000 y 12.000 procesos de brujería, que, no obstante, fueron sentenciados con penas menores o absolución.”

 

Fuente: http://www.mercaba.org/DOSSIERES/brujas.htm

 

Esta información se confirma en otro sitio que tampoco es católico ni probablemente cristiano:

 

http://www.religioustolerance.org/wic_burn.htm

 

Y sin embargo, hay que decir que Brown ha sido superado en su propio terreno. Una hoja web de las “Católicas por el derecho a decidir” (es decir, pseudocatólicas por el derecho a matar mediante el aborto) dice que fueron ¡8 millones de mujeres durante cuatrocientos años! La cita textual es de Francesca Gargallo, BREVE HISTORIA DE LA MUJER, segunda parte, En: FEM, Publicación feminista mensual - Méjico, Septiembre 1990 (Pág. 7).

 

Recurrimos nuevamente a la calculadora, y obtenemos un promedio de ¡73 hogueras por día durante cuatro siglos! ¿Posible problema de contaminación ambiental?

 

Por otra parte ¿será que en el Malleus Maleficarum aparece la expresión “mujeres librepensadoras” citada entre comillas en la novela (p. 158)? ¿No sería eso anticiparse al vocabulario de la Ilustración? Al menos una búsqueda que hemos efectuado de dicha expresión en una versión española de la obra, bajada de Internet, no ha encontrado apariciones de la misma.

 

La conocida asociación entre lo “izquierdo” y lo negativo, expresada por ejemplo en el uso que hacemos de la palabra “siniestro”, se debería a que a su vez se relacionó lo femenino, ya cargado de negatividad por todo lo anteriormente dicho, con lo izquierdo. No queda claro en la obra el porqué de esta última asociación. ¿Es mayor entre los zurdos el porcentaje de mujeres que el de varones? La "maldad" del "lado izquierdo" ¿no viene del hecho obvio de que la inmensa mayoría de la humanidad es hábil de la mano “diestra”, no de la "siniestra"?

 

Pero la revelación definitiva viene al final de toda esta sección. El origen de las guerras está en la testosterona. La agresividad es algo exclusivamente masculino, como lo sabe todo aquel que no ha tenido trato con mujeres jamás en su vida.

 

Ni es tan fácil tampoco sostener que el catolicismo sea el símbolo sin par del machismo. Si vamos al caso, el culto a la Virgen María se compagina menos con el machismo que las creencias de otras religiones.

 

El feminismo del Priorato, además, resulta bastante decepcionante, pues nos enteramos al final de la novela que solamente cuatro Grandes Maestres han sido mujeres (p. 544). ¡En novecientos años! ¡Parece menos que esas cuotas mínimas que se ponen algunos partidos políticos! ¡Oh diosa, perdona a tus seguidores!

 

En la obra se acusa al Papa Clemente V de haber sido el principal instigador de la extinción de los Templarios, y de haber reclutado al rey francés Felipe IV para la misma (p. 202).

 

La realidad histórica es al revés, por supuesto. La iniciativa fue del rey, que codiciaba los bienes de los Templarios. Clemente V, el primer Papa que vivió en Aviñón, durante lo que se conoce como el “cautiverio” del papado en Francia, era además francés y débil de carácter. Citamos al historiador católico Ludwig Hertling, en su libro “Historia de la Iglesia”; Herder, Barcelona, 1979:

 

De súbito, Felipe el Hermoso tuvo noticia de unas inauditas monstruosidades que los templarios practicaban en secreto: idolatría, una desenfrenada licencia y un sinfín de otros crímenes. En el año 1307 hizo encarcelar a todos los templarios franceses, en número de unos dos mil. Las desatentadas acusaciones, cortadas sobre el mismo patrón de las monstruosas calumnias lanzadas por el propio rey contra Bonifacio, no merecían el menor crédito. Que algunos templarios hubiesen faltado a sus deberes, era perfectamente posible, pero lo mismo hubiera podido decirse de los miembros de cualquier otra orden religiosa; mas ni entonces ni más tarde pudo nadie presentar una prueba fehaciente de los crímenes que se le imputaban.  

 

Lo malo era que la orden poseía muchas riquezas, y como el rey las ambicionaba, había que probar la culpabilidad de aquélla a cualquier precio. Las posesiones de los templarios tenían el carácter de fundaciones eclesiásticas de beneficencia, y para que el rey pudiera confiscárselas necesitaba que el Papa disolviera las fundaciones. Para intimidar al Papa, le presentó las confesiones de los reos, arrancadas bajo tormento. El débil Clemente V se dejó acobardar, temeroso, además, de que, si irritaba a Felipe, éste le forzara a iniciar el proceso contra Bonifacio. Al final se decidió a convocar un Concilio ecuménico en Vienne (1311), para sacudirse sobre éste la responsabilidad. Sin embargo, los padres no se declararon convencidos por las pruebas y documentos que se les presentaron y se resistieron a sentenciar la culpabilidad de los templarios. Muchos de éstos, en el entretanto, habían sido ya ajusticiados. El Papa, acosado incesantemente por el rey, que asistía también al Concilio, encontró finalmente la escapatoria de disolver la orden por un simple acto de provisión apostólica, sin necesidad de dictar sentencia formal, cosa para la cual el Papa está siempre facultado con respecto a cualquier orden religiosa. En cuanto a los bienes, para no defraudar la finalidad de las fundaciones, fueron atribuidos a los caballeros de Rodas y a otras órdenes militares, aunque muy poco fue lo que llegó realmente a sus manos. Prosiguieron las ejecuciones, que difícilmente pueden considerarse como actos de provisión administrativa. Finalmente, en 1314, el gran maestre Jacobo de Molay, que hasta el final defendió la inocencia de los suyos, pereció en la hoguera.

 

La extinción de los templarios es uno de los mayores escándalos de toda la historia eclesiástica, y pesa como una losa sobre la memoria de Clemente V, que en ello desempeñó el papel de Pilato.” (pp. 256–257).

 

Por lo visto, el ser católico y jesuita no le impide a Hertling el denunciar como corresponde la debilidad de Clemente V, ni se puede pensar entonces que su testimonio esté parcializado a favor del Papa. Sin embargo, no dice lo que dice la novela, que la iniciativa partió del Papa, sino que deja claro lo que cualquier historiador serio tiene que reconocer, que la iniciativa fue del ambicioso rey francés, y que la culpa del Papa estuvo en no oponerse con la firmeza y energía necesaria a la injusticia a que se lo quería obligar.

 

La exposición de Hertling coincide en lo sustancial con la de la “Wikipedia” (que tampoco se caracteriza en general por ser favorable al cristianismo, pero que por esta vez parece bastante objetiva) en Internet:

 

http://es.wikipedia.org/wiki/Orden_del_Temple#Los_nueve_fundadores

 

Lo que sucede es que Brown necesita que el principal impulsor de la destrucción de los templarios haya sido el Papa, porque sólo así puede explicar la disolución de la orden como consecuencia de la búsqueda del secreto del Grial por parte de la Iglesia, búsqueda que por otra parte no tiene otra finalidad, según Brown, que hacer desaparecer dicha información.

 

Dice en la p. 203: “El verdadero objetivo del Papa eran los poderosos documentos que habían hallado y que en apariencia eran su fuente de poder, pero nunca los encontró.”

Esos documentos de los que habla son justamente, en la novela, los que prueban la relación de María Magdalena con Jesús y la existencia de una descendencia carnal de Jesucristo que llega hasta el mismo Godofredo de Bouillon.

 

Respecto, finalmente, del famoso “Priorato de Sión”, digamos solamente que existe, o existió, en realidad, pero solamente a partir de 1956, cuando fue fundado en Francia por un tal Pierre Plantard (el apellido aparece en la novela) y otros amigos. Al parecer, se trataba de un grupo antisemita. Dicho Plantard fraguó, según la policía francesa, una falsa genealogía que lo hacía descender de los Merovingios. El resultado final era que él tenía derecho a la corona de Francia. En francés, un artículo bastante completo sobre el tema, en esta dirección de Internet:

 

http://www.portail-rennes-le-chateau.com/davincicode1.htm

 

En español, otra vez la “Wikipedia”:

 

http://es.wikipedia.org/wiki/Priorato_de_Sion

 

La obra de Brown revela además una ignorancia bastante elemental de doctrinas, usos y costumbres de la Iglesia Católica.

 

Aparece por allí un “monje del Opus Dei”, con hábito y todo (pp. 147 y 161). Es sabido que en el Opus Dei no hay monjes.

 

Además, parece que Brown entiende el título “prelatura personal” en el sentido de que es una “prelatura personal del Papa”, lo dice dos veces (pp. 46 y 59). Es decir, lo de “personal” haría referencia según él a la persona del Papa.

 

Es sabido, por el contrario, que hace referencia a las personas que integran el Opus Dei: se trata de una prelatura personal, porque está dirigida por un Prelado, es decir, un Obispo, que en vez de tener jurisdicción sobre un territorio, como los Obispos diocesanos, tiene jurisdicción sobre un conjunto de personas que está repartido por todo el planeta.

 

Peor aún, al comienzo de la novela un personaje que es miembro del Opus Dei dice: “somos una Iglesia Católica” (p. 44). Al parecer, Brown entiende que las órdenes y congregaciones religiosas católicas, y también las prelaturas personales, son otras tantas “Iglesias” dentro de la Iglesia, noción eclesiológica totalmente peregrina e inaudita hasta el presente. Proponemos la hipótesis de que la etimología de “ekklesía” como “congregación” puede haber despistado a Brown. O tal vez, el hecho de que al frente de las prelaturas personales haya un Prelado, es decir, un Obispo. Pero nada de eso justifica llamarlas “Iglesias”.

 

Dice además, hablando de una religiosa, que es una “mujer del clero” (p. 115). Es sabido por el contrario que en la Iglesia todos los miembros del clero son varones, y que las religiosas no son miembros del clero. Es posible que esto haya sido consecuencia inconsciente de los reflejos feministas de Brown…

 

Por ahí también su monje opusdeísta dice que “la oración es una dicha solitaria” (p. 116); con lo cual muestra tal monje no haber leído a Santa Teresa de Ávila, ni a San Escrivá de Balaguer, ni tener la menor noción de lo que es la oración cristiana o la oración en general.

 

Bueno, también dice que los cristianos ignoramos por lo general toda la violencia que se oculta detrás del crucifijo (p. 183). Obviamente. La repetición anual de la lectura de la Pasión en Pascua, el "Via Crucis", etc., sólo han servido para convencernos de que se trata de un cómodo sofá o diván.

 

Milagrosamente se reconoce por ahí el interés del Vaticano por la ciencia (p. 189). Pero claro, el personaje que representa al Opus Dei lo enjuicia negativamente, y opone la objetividad de la ciencia a la fe. Nos preguntamos entonces: ¿qué pasa con el efectivo interés del Opus Dei por la ciencia?

 

Esto es más que suficiente para mostrar que cuando Brown habla del catolicismo toca de oído. A la vista de los resultados, parece que algunas de sus fuentes han sido otras novelas o algunas películas de Hollywood. O bien, simplemente, su imaginación.

 

En resumen: ¡Viva “El Señor de los Anillos”!

 

Vuelve a la tabla de contenidos

 

 

¿Constantino inventó el cristianismo?

 

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

 

1.      Introducción.

En “El Código da Vinci” de Dan Brown se sostiene que la divinidad de Cristo habría sido ignorada durante los tres primeros siglos de la era cristiana, inventada luego por el emperador romano Constantino y promulgada por mayoría en el Concilio de Nicea (el primer concilio ecuménico), en el año 325. Además se sostiene que, a fin de apuntalar su invención, Constantino habría mandado destruir los numerosos evangelios que circulaban hasta ese entonces y habría ordenado y financiado la composición de los cuatro evangelios reconocidos por la Iglesia como canónicos.

 

Nos proponemos demostrar el carácter totalmente falso de esa tesis del origen constantiniano del cristianismo, la principal de las numerosas tesis anticristianas de esa tristemente célebre obra de Dan Brown.

 

Para refutar esa tesis absurda basta recordar dos hechos evidentes para cualquiera que tenga un mínimo conocimiento del origen del cristianismo:

·        el Nuevo Testamento fue escrito en el siglo I;

·        el Nuevo Testamento afirma explícitamente la divinidad de Cristo.

A pesar de la obviedad de estos hechos, los presentaremos con algún detenimiento.

 

2.      El Nuevo Testamento fue escrito en el siglo I.

Hay un consenso unánime entre los expertos de todas las tendencias religiosas y filosóficas acerca de que el Nuevo Testamento (NT) fue escrito sustancialmente en el siglo I: es seguro que hacia el año 100 se había completado la redacción de los cuatro Evangelios canónicos, los Hechos de los Apóstoles, el Apocalipsis y la gran mayoría de las Epístolas del NT. Algunos estudiosos difieren hasta principios del siglo II la redacción de algunas de las Epístolas. No obstante, todos concuerdan en que alrededor del año 120 (más de doscientos años antes del Concilio de Nicea) el proceso redaccional del NT estaba totalmente concluido.

 

Sin embargo, no nos limitaremos a presentar un argumento de autoridad. Las razones que fundamentan el consenso referido son muchas y muy sólidas. Expondremos dos pruebas de la redacción del Nuevo Testamento (y por ende de los cuatro Evangelios canónicos) antes del siglo IV (más exactamente, en el siglo I): la prueba basada en las citas patrísticas y la prueba basada en los manuscritos antiguos. 

 

Acerca de la primera de estas pruebas, diremos simplemente que se conocen más de 32.000 citas del NT incluidas en las obras de los Padres de la Iglesia y otros escritores eclesiásticos anteriores al Concilio de Nicea (“antenicenos”). El NT entero, con la única excepción de once versículos, podría ser reconstruido a partir de esta sola fuente. Si ya de por sí la teoría conspiratoria de Dan Brown sobre el origen constantiniano de los Evangelios canónicos es completamente inverosímil, extenderla suponiendo que Constantino también habría mandado interpolar estas 32.000 citas en centenares de obras de los siglos I, II y III, conservadas en millares de copias dispersas por todo el territorio del Imperio Romano y más allá de sus límites, aumentaría infinitamente la inverosimilitud de su teoría.

 

Presentaremos con mayor amplitud la segunda de las pruebas anunciadas.

Se conocen más de 5.300 manuscritos griegos antiguos del NT. Además han sobrevivido hasta hoy unos 10.000 manuscritos antiguos con copias del NT en latín y otros 9.300 con versiones en siríaco, copto, armenio, gótico y etíope, totalizando más de 24.000 manuscritos antiguos del NT, una cantidad mucho mayor que la correspondiente a cualquier otra obra literaria de la Antigüedad, exceptuando el Antiguo Testamento. Las variaciones del texto encontradas en estos manuscritos son pequeñas y no afectan a la sustancia de la doctrina cristiana.

En cuanto al canon del NT, Tertuliano afirma que hacia el año 150 la Iglesia de Roma había compilado una lista de libros del NT, idéntica a la actual. Se conserva un fragmento casi completo de esta lista en el Canon Muratoriano del año 170.

Las Biblias completas más antiguas son el Códice Vaticano (circa año 300) y el Códice Sinaítico (circa año 350), conservados en el Museo Vaticano y el Museo Británico, respectivamente. Los manuscritos del NT de los tres primeros siglos son fragmentarios: contienen desde unos pocos versículos hasta varios libros completos. Los más antiguos son los papiros. Los 96 papiros numerados (desde P1 hasta P96) contienen partes de cada libro del NT excepto 1 y 2 Timoteo.

 

En 1897-1898 la nueva ciencia de la papirología se vio sacudida por el descubrimiento de los más de dos mil papiros de Oxyrhynchus en Egipto. 28 de estos papiros corresponden a 15 de los 27 libros del NT. Veinte de ellos eran más antiguos que los manuscritos más antiguos del NT conocidos hasta ese entonces.

En 1930-1931 Sir Frederic Kenyon publicó los papiros Chester Beatty (P45, P46 y P47), los cuales fueron datados como del período 200-250. Estudios más recientes demuestran que P45 es del año 150 y P46 del año 85, aproximadamente. Estos papiros eran mucho más extensos que los papiros conocidos hasta entonces: contienen docenas de capítulos de los Evangelios, los Hechos, las cartas de Pablo y el Apocalipsis.

En los años cincuenta fueron descubiertos los papiros Bodmer (P66, P72, P73, P74 y P75). El más importante de ellos es P66, que contiene los primeros 14 capítulos del Evangelio de Juan. Originalmente fue datado como del año 200, pero estudios más recientes prueban que es del año 125 o anterior.

Hacia 1960 se consideraba a P52 (el "Papiro Rylands") como el papiro del NT más antiguo. Originalmente datado como del año 125, hoy se considera más exacta una fecha cercana al año 100. Contiene cinco versículos del capítulo 18 de Juan.

La papirología ha avanzado mucho en los últimos cincuenta años debido a la disponibilidad de equipamiento moderno y de miles de papiros utilizables como medios de comparación. La mayor parte de las redataciones recientes han dado como resultado fechas más tempranas que las asignadas originalmente.

 

Trabajos recientes de Carsten Peter Thiede y Philip Comfort han demostrado que los papiros P64 y P67 son dos fragmentos del mismo manuscrito original, que contiene parte del Evangelio de Mateo. P64 es llamado "Papiro Magdalen", debido a que es conservado en el Magdalen College de Oxford. P67 es conservado en Barcelona. En 1901 el Rev. Charles Huleatt dató a P64 como del siglo III. En 1953 C. H. Roberts lo redató alrededor del año 200. En 1995, usando técnicas modernas y los rollos del Mar Muerto, Thiede reasignó a P64/P67 la fecha del año 60.

Este descubrimiento es muy importante porque según la gran mayoría de los exégetas actuales el Evangelio de Mateo habría sido escrito hacia el año 80. Como además una mayoría todavía más contundente de los expertos atribuye la mayor antigüedad al Evangelio de Marcos, resulta que la redacción de Mateo y de Marcos habría tenido lugar al menos veinte o treinta años antes que lo que era generalmente admitido en medios académicos. Este descubrimiento tiene grandes consecuencias, que apenas han comenzado a ser evaluadas, en la cuestión de la historicidad de los Evangelios. Es un duro golpe a las teorías sobre el supuesto origen mitológico del cristianismo, porque la formación de un mito requiere, entre otras cosas, bastante tiempo, un tiempo que no puede haber existido si, como sostiene la tradición católica desde siempre, los Evangelios sinópticos fueron compuestos mientras aún vivían San Pedro y los demás apóstoles, testigos oculares de los acontecimientos de la vida de Jesús.

 

Pero la revolución de los papiros no se detiene aquí. En 1947 unos beduinos redescubrieron accidentalmente en Qumran la biblioteca de la secta judía de los esenios, destruida en el año 68. Las cuevas de Qumran no contenían ningún texto griego, salvo la cueva 7, donde fueron encontrados 19 fragmentos en lengua griega, 18 de ellos papiros en forma de rollos. Dos de los textos de la cueva 7 (7Q1 y 7Q2) fueron inmediatamente identificados como pertenecientes a la Biblia de los LXX (la primera versión griega del Antiguo Testamento). El resto de los papiros (cada uno de ellos muy fragmentario) permanecieron no identificados durante mucho tiempo.

En 1972 el jesuita español José O'Callaghan descubrió que el texto del papiro 7Q5 encajaba perfectamente con Marcos 6,52-53. Posteriormente un análisis computarizado reveló que ése era el único texto griego antiguo conocido que concordaba con 7Q5. Los principales papirólogos del mundo han aceptado como indudable esa identificación de 7Q5. Usando microscopio electrónico, fotografía infrarroja y otras evidencias, Thiede dató 7Q5 como del año 50. La mayoría de los estudiosos que atacan las conclusiones de O'Callaghan y Thiede no son papirólogos sino exégetas que se rehúsan a aceptar que el Evangelio de Marcos pudo haber sido escrito tan tempranamente, porque esto contradice gran parte de su propia obra exegética.

Aún más segura es la identificación de 7Q4 con 1 Timoteo 3,16-4,3, también propuesta por O'Callaghan y confirmada por estudios posteriores. La datación exacta de 7Q4 es difícil, pero este papiro es obviamente anterior al año 68, lo cual concuerda con la probable composición de 1 Timoteo en el año 55. Es importante notar que muchos exégetas actuales consideran que las cartas 1 Timoteo, 2 Timoteo y Tito no serían del mismo San Pablo, sino de un discípulo suyo que, utilizando el nombre de su maestro, las habría escrito después del martirio de éste (año 67), incluso después del año 100. La identificación de 7Q4 ha destruido esta hipótesis. En la formación de esta hipótesis, que es la que prevalece en el campo protestante, ha influido el hecho de que en estas tres cartas paulinas se pueden detectar numerosos indicios (referencias a la jerarquía eclesiástica, etc.) de lo que autores protestantes llaman "protocatolicismo".

 

En resumen, la identificación y la datación de P64, P67, 7Q4 y 7Q5 ha demostrado que gran parte de los Evangelios y de los otros libros del NT fueron escritos antes del año 70, año de la destrucción de Jerusalén por parte del Emperador romano Tito.

   

3.      El Nuevo Testamento afirma explícitamente la divinidad de Cristo.

El NT, escrito (según hemos demostrado) en el siglo I, afirma inequívocamente, muchas veces y de muchas maneras, la divinidad de Cristo. Es posible demostrar que la fe en la divinidad de Cristo está implícita en todo el NT, por ejemplo mostrando que el título “Señor”, frecuentemente aplicado a Cristo, no se refiere a un señorío cualquiera sino al señorío absoluto e ilimitado de Dios. Sin embargo, en bien de la brevedad, nos limitaremos a citar nueve textos del NT donde se afirma explícitamente la divinidad de Jesucristo, el Hijo de Dios:

 

a)      Juan 1,1: "En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios."

Este versículo, comienzo del Evangelio de Juan, identifica de la manera más formal posible a la Palabra de Dios (Jesucristo, el Hijo) con Dios. Esto significa que el Hijo es Dios como el Padre: un mismo Dios, no un segundo Dios. Aunque unos pocos eruditos de tendencia antitrinitaria han rechazado la traducción tradicional de este versículo, por su clara afirmación de la divinidad de Jesucristo, esta traducción permanece muy firme: la inmensa mayoría de los eruditos, a lo largo de dos milenios, a pesar de sus muy diversas tendencias religiosas y filosóficas, la ha sostenido.

b)      Juan 1,18: "A Dios nadie lo ha visto jamás: un Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado."

Esta versión del versículo final del prólogo del Evangelio de Juan es una variante representada en varios manuscritos antiguos. En la mayoría de los manuscritos se lee "el Hijo único" en lugar de "un Dios Hijo único". Los dos textos expresan con distintas palabras la misma creencia fundamental de la comunidad cristiana primitiva.

c)      Juan 20,28: "Tomás le contestó: `Señor mío y Dios mío´."

Aquí el Apóstol Santo Tomás se dirige a Jesucristo resucitado.

d)      Romanos 9,5: "y los patriarcas; de los cuales también procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén."

e)      Filipenses 2,5-11: "Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre."

Este texto magnífico, que sintetiza todo el misterio de Cristo, contiene un himno que muy probablemente es anterior a la obra escrita de San Pablo. Aquí se enuncian claramente, además de la preexistencia y la encarnación del Hijo, cuatro afirmaciones decisivas:

i)        Cristo es de condición divina, de naturaleza divina; es decir, Cristo es Dios.

ii)       Cristo es igual a Dios (el Padre). Por lo tanto Cristo es Dios como el Padre. A pesar de ser Dios, el Hijo renunció a manifestar visiblemente su igualdad con Dios al asumir la naturaleza humana en la Encarnación.

iii)     Dios (el Padre) concedió a Cristo el santo e inefable nombre de Dios.

iv)     Toda rodilla se debe doblar ante Cristo y toda lengua debe confesar que Él es el Señor (o sea, Dios). Las alusiones a Isaías 45,23 ("toda rodilla se doble", "y toda lengua confiese"), donde lo mismo se dice de Yahweh, subrayan aún más el carácter divino del título "Señor", de por sí evidente en este contexto.

f)        Tito 2,13: "aguardando la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo".

g)      Hebreos 1,8: "Pero del Hijo: `Tu trono, ¡oh Dios!, por los siglos de los siglos´"

h)      2 Pedro 1,1: “Simeón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo les ha cabido en suerte una fe tan preciosa como la nuestra.”

i)        Apocalipsis 1,8: "Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, Aquel que es, que era y que va a venir´, el Todopoderoso."

Quien habla aquí es Jesucristo, el Señor resucitado.

 

Por otra parte, también en este punto podemos recurrir a los Padres de la Iglesia y otros escritores eclesiásticos anteriores al Concilio de Nicea para obtener una prueba complementaria a la prueba escriturística que hemos expuesto. En las numerosas obras de los Padres antenicenos encontramos abundantísimos testimonios de la fe cristiana en la divinidad de Cristo durante los siglos I, II y III.

 

4.      Conclusión.

El Concilio de Nicea no hizo otra cosa que reexpresar la tradicional fe cristiana sobre la divinidad de Cristo, profesada desde el principio por los apóstoles. Lo hizo por medio de una definición dogmática cuya intención principal era rechazar la herejía arriana, que negaba la divinidad del Hijo, contra la doctrina tradicional.

 

Durante dos milenios la Iglesia fundada por el mismo Jesucristo ha transmitido la fe en la divinidad de Cristo, expresada por escrito en los Evangelios, escritos poco después de la muerte y resurrección de Cristo. Hoy unos dos mil millones de cristianos (católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes) se mantienen fieles a este aspecto capital de la revelación bíblica: la divinidad de Cristo. A quienes hayan sentido que “El Código da Vinci” conmueve los fundamentos de la fe cristiana, los invitamos a reconocer la solidez de las evidencias que hemos expuesto y la inconsistencia de las “razones” que esa obra de ficción pretende oponer al consenso universal de las Iglesias y comunidades eclesiales cristianas.

 

Por último, exhortamos a los cristianos a profundizar sus conocimientos bíblicos para que estén en condiciones de dar razón de su esperanza a todo aquel que se lo pida.

 

Nota: Para la composición del apartado 2 utilizamos datos tomados de:

N.T. Ancient Manuscripts, en: http://www.biblefacts.org/history/oldtext.html

y Pastor V.S. Herrell, Papyrology and the Dating of the New Testament, en:

http://www.christianseparatist.org/briefs/sb4.09.htm

 

Vuelve a la tabla de contenidos

 

 

La fantasía del “invento” vs. la realidad del “descubrimiento”

 

Dr. Eduardo Casanova

 

Hace tiempo que diversos autores, desde el campo de la sociología, la bioética, la antropología, la psicología, la teología y otras disciplinas, promueven un proceso de despersonalización deshumanizante. Esta despersonalización se expresa por una progresiva corrupción en la racionalidad del discurso y en la libertad de las opciones planteadas. La racionalidad en el conocimiento y la libertad en su aplicación son precisamente las características específicas del ser humano, del ser persona, que se pierden en el contemporáneo fenómeno de globalización que afecta nuestra cultura.

 

La globalización se relaciona con el consumo masivo de un producto, de una idea, de una “versión” de la realidad, de una “opinión”, que no necesariamente coincide con el beneficio de los consumidores, sino con los intereses del mercado de producción y consumo. Se masifica el consumo, atendiendo cada vez más a los intereses comerciales de lucro, antes que a la verdad racionalmente conocida, y al bien, libremente escogido. La evidencia científica y la libertad personal pasan a tener una importancia secundaria para la difusión masiva del producto, primando el “interés del mercado”. Así entendemos el mecanismo globalizante y despersonalizante.

 

El consumo globalizado, masificado y masivo se caracteriza precisamente por esa pérdida de racionalidad y de libertad, que se basa en eslóganes. La aplicación de este conocimiento, no crítico, no analítico, no fundado en la realidad objetiva, lleva a opciones no libres. Cuando sólo interesa la producción, vinculada al consumo, priman los intereses de quienes quieren imponer un producto o determinada “versión” u “opinión” de la realidad. Estos eslóganes, a menudo vacíos de objetividad y racionalidad, sólo pretenden un beneficio de lucro y no de servicio.

 

En estos carriles culturales es posible, y casi necesario, esperar un crecimiento de la superstición y la brujería, como el que actualmente se comprueba en nuestra sociedad. Si bien este fenómeno contrasta con el desarrollo científico y tecnológico, es coherente con el hábito de dejar de lado las opciones racionales y libres, personales. En este clima las nuevas sectas aparecen como los hongos después de la lluvia y sus adherentes crecen, al mismo tiempo que disminuyen quienes militan en la religión, que basa la relación del hombre con Dios, en el conocimiento racional teológico, y en la caridad, como máxima expresión de la libertad humana.

 

En los últimos años ha tenido lugar un nuevo “avance” en este proceso de irracionalidad, que se manifiesta en el consumo de fantasías, transmitidas por los medios de comunicación masiva, en forma de libros o películas, con historias tan absurdas como las que pretenden deformar la Revelación. Nos interesa llamar la atención, respecto a que se trata de una tendencia que resulta compatible con ciertas corrientes académicas de bioeticistas, que pretenden reivindicar el “invento” sobre el “descubrimiento”. Cuando Fernando Lolas discute la relación entre el “invento” y el “descubrimiento”, señalando para ello que “…desde la retórica de la producción de conocimiento […] no hay verdades ‘allá afuera’ listas para ser descubiertas. La realidad es un producto de la percepción, no su causa.” (1) Siguiendo la línea de este razonamiento, podríamos llegar a concluir que la propia Revelación (como realidad “producto de la percepción”), no cabría que sea “descubierta”, sino “inventada”, de acuerdo con las preferencias y tendencias del consumidor, del mercado. Esto parecería que es lo que hoy estamos “descubriendo”, en la nueva “retórica de producción de conocimiento”.

 

El Código Da Vinci”, publicado por Dan Brown, si no el primero, fue quizá el caso más conocido de este tipo de “productos”. Por su éxito comercial en el mercado consumidor alentó nuevos y variados ensayos, que mantuvieron tres características idénticas en las ulteriores “producciones”: a) el interés económico-lucrativo que procura una masiva globalización en el consumo; b) la fantasía que se basa en postulados irracionales; y c) en provocar la atención del público, a través de enunciados que resultan llamativos, por un contenido morboso y por su presentación bajo una forma histriónica y escandalosa.

 

El “éxito” de haber afirmado que Jesús no murió, ni fue crucificado, puede llegar a ser tan “rentable”, como el afirmar que se fugó con María Magdalena hacia la India... o hacia Francia, según las versiones más actualizadas. En la misma línea de Dan Brown ha aparecido recientemente en EE.UU. otro «best seller», el “Evangelio de Tomás”, proponiendo un evangelio que “nos evita la crucifixión, hace innecesaria la resurrección y no nos obliga a creer en ningún Dios llamado Jesús”. Parecería que pudiese “fabricarse” la realidad más conveniente, de acuerdo con las preferencias del consumidor, y esa filosofía no tiene por qué dejar a la Revelación fuera de ese proceso de “realidades producidas”. Aunque por el momento el fenómeno se ha visto limitado al Evangelio, no dudamos que algún autor creativo, con conocimientos escriturísticos, podrá extender el mismo “arte” al Antiguo Testamento, incluyendo también a Abraham, a Moisés y a los profetas.

 

Recientemente señalaba el predicador de la Casa Pontificia, el P. Raniero Cantalamessa, que: “Personas que jamás se molestarían en leer un análisis serio de las tradiciones históricas sobre la pasión, muerte y resurrección de Jesús, son fascinadas por cada nueva teoría según la cual Él no fue crucificado y no murió”. A propósito de este fenómeno, hacía especial hincapié en el carácter “rentable” que lo sustenta: “Se habla mucho de la traición de Judas, y no se percibe que se está repitiendo. Cristo sigue siendo vendido, ya no a los jefes del Sanedrín por treinta denarios, sino a editores y libreros por miles de millones de denarios” (2). Cuando ocurre un agravio al Bien y a la Verdad, de los que el ser humano es imagen y semejanza, suele haber un móvil económico. También lo hay en el aborto y la eutanasia, en la promoción de la promiscuidad sexual, en el uso de drogas y de pornografía. Existe también en este caso, en publicaciones morbosas que lucran con el escándalo y la fantasía.

 

El nuevo fenómeno editorial-publicitario tiene raíces profundas en una filosofía, como la del invento-descubrimiento, que no es nueva en su renuncia a la racionalidad, ni a la evidencia científica del bien, que es la moral. Es una tendencia casi tan antigua como el hombre mismo y se encuentra definida por San Juan: “la luz vino al mundo, pero los hombres prefirieron las tinieblas a la luz porque sus obras eran malas” (3). Es el “estilo de vida” (las obras) las que determinan el pensamiento, en lugar de que sea la luz (la inteligencia racional), la que ordene la conducta de modo ético. Por no actuar de acuerdo al pensamiento, se termina pensando según se actúa.

 

Un ejemplo de lo que venimos sosteniendo, respecto a “adaptar” el descubrimiento al invento, en una “retórica de producción de conocimiento”, tuvo lugar al “descubrirse” la imagen, en negativo fotográfico, impreso en la Sábana de Turín, también conocida como Santa Síndone. La evidencia científica que documentaba la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret, fue desechada por considerar que ese negativo fotográfico procedía de la Edad Media, más de diez siglos después de que tuviesen lugar los acontecimientos del Gólgota. Dado que los asombrosos “descubrimientos”, en los que participaron la NASA y los científicos más competentes del mundo, no coincidían con los propios intereses, no importó que se demostrase la autenticidad del descubrimiento con una probabilidad en contra, frente a 225 mil millones de posibilidades a favor (4). Se prefirió “inventar” el conocimiento de que en la Edad Media, ya se había inventado la fotografía. Una vez más se escogieron las tinieblas y se desechó la luz de la verdad, y se hizo por las mismas razones de siempre. No importó que debiese acudirse a las tinieblas más espesas e inverosímiles: ello permitía ocultar las obras, los intereses mezquinos… ¡bien valía la pena el “invento”!

 

Las historias que actualmente se “inventan” sobre el Evangelio, aún con su original fantasía, no son tan novedosas. Son parte de un fenómeno antiguo y conocido, que desprecia la realidad objetiva cuando la evidencia científica no se adecua a sus intereses, para optar por la “retórica producción de conocimiento”. Esta “retórica” es la que alimenta la “necedad” (“nesciencia”, falta de ciencia), señalada por el citado P. Cantalamessa cuando afirma que: “no podemos permitir que el silencio de los creyentes sea tomado por vergüenza y que la buena fe (¿o la necedad?) de millones de personas sea burdamente manipulada por los medios de comunicación sin levantar un grito de protesta en nombre no sólo de la fe, sino también del sentido común y de la sana razón”. Debemos recordar que ambas cosas que se reclaman, son los caracteres que se pierden en la actual escalada global de despersonalización, “burdamente manipulada” desde distintas organizaciones internacionales: la racionalidad, la sana razón, es oscurecida; y la libertad, que permitiría levantar un grito de protesta, es acallada, silenciada y ocultada.

 

Notas:

 

1) LOLAS, F., Proposiciones para una teoría de la medicina, Ed. Universitaria. Santiago de Chile 1992, p. 32. (texto destacado en el original).

 

2) Zenit, viernes 14 de abril 2006: El predicador del Papa denuncia: La Pasión de Jesús, sometida a «rentable» manipulación.

 

3) Jn. 3, 19.

 

4) ANSÓN, F., La Sábana Santa, Últimos hallazgos, 1999, Palabra, Madrid 1999, pp. 113-121.

 

Vuelve a la tabla de contenidos

1)       

Las razones de un converso

 

Malcolm Muggeridge

 

"Fue la firmeza de la posición católica en contra de la anticoncepción y contra el aborto lo que finalmente me hizo decidirme a ser católico... La posición de la Iglesia es absolutamente correcta. Es para su honra eterna que se ha opuesto a la anticoncepción aun cuando su posición no fuera tomada en cuenta por el mundo. Creo que con el pasar de la historia la gente reconocerá que fue un gallardo esfuerzo para prevenir el desastre moral... He encontrado un lugar de descanso en la Iglesia Católica... el Padre Bidone, un clérigo italiano, y la Madre Teresa han sido las mayores influencias en mi decisión final."

Malcolm Muggeridge, Confessions of a 20th-Century Pilgrim, San Francisco: Harper & Row, 1988, 138-141,134-135.

 

Fuente: http://www.voxfidei.com/prodigos/6604.htm

 

Vuelve a la tabla de contenidos

 

 

DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

 

Es con verdadero gusto y honor que volvemos a incluir en la revista un artículo del gran intelectual católico laico uruguayo, Prof. Dr. Guzmán Carriquiry, Subsecretario del Pontificio Consejo para los Laicos. En este caso trata sobre un tema de gran actualidad, cual es el de la realidad política, social y económica latinoamericana y sus desafíos, enfocados desde la visión de un católico a las puertas de la realización de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.

 

Prof. Dr. Carlos Alvarez Cozzi

 

***

 

Anotaciones sobre la actualidad sudamericana

 

Dr. Guzmán Carriquiry Lecour

 

Hoy una nueva fase de turbulencia sacude América Latina. Esta vez tiene mucho más cuerpo y peso que la explosión del volcán centroamericano de los años ochenta, porque afecta toda Sudamérica. Se ha ido arremolinando con el protagonismo de Chávez, las recientes victorias electorales de Bachelet en Chile y Evo Morales en Bolivia, la consolidación de poder de Kirchner en Argentina y los gobiernos “progresistas” de Lula en Brasil y Tabaré Vázquez en Uruguay. El espinazo andino está conmovido y todo el cuerpo sudamericano se pone en movimiento tenso.

 

Se hace difícil dar un juicio sintético sobre la coyuntura actual, sin caer en lo meramente reactivo (y, por eso, reaccionario) ante lo que se percibe sólo como confusión, amenaza y peligro, o sin pretender cubrir la variedad y complejidad de situaciones con la capa de ideologismos gastados o de verborragias tan iracundas como simplistas.

 

Es evidente que se ha ido dando un viraje hacia la “izquierda”, en la constelación que algunos llaman “grosso modo” como populista-progresista. ¿Pero de qué izquierda se trata en una fase histórica e ideológica post-comunista? Nada tiene que ver con la estrategia guerrillera de los años sesenta-setenta, si bien la realidad no está vacunada suficientemente respecto a eventuales estallidos puntuales de violencia. No son sus actores principales los viejos partidos comunistas y socialistas, hoy desgastados y marginales. No está a la orden del día la Revolución (con “R” mayúscula y pretensiones mesiánicas) sino en reductos de rarificación ideológica y en sobresaltos retóricos. El derrumbe del socialismo real arrastró, desde lo que fue su hegemonía en el movimiento socialista, a la socialdemocracia, que queda empantanada en un pragmatismo confuso, sin horizontes ni grandes ideales, reflejando y difundiendo los aires culturales de la sociedad del consumo y el espectáculo. ¿Qué significa proclamar “socialismo o muerte” frente al enyesamiento moribundo del socialismo cubano, que arrastra anémico, sin fuerza propulsora ni renovadora, una alta dosis de los terribles males que derrumbaron el polo comunista mundial?

 

La turbulencia actual sudamericana se inscribe ciertamente en la onda larga de la gigantesca y convulsa transición epocal, desatada desde la conclusión del bipolarismo USA-URSS, y alimentada por la aceleración y difusión de la revolución tecnológica, las dinámicas de globalización-regionalización, el paso de los mesianismos ideológicos al relativismo hedonista, las renovadas identificaciones culturales y religiosas, el terrorismo del fundamentalismo islámico y la elevación de los niveles de violencia y guerra... Es en medio de todo esto que se da la búsqueda dramática de un nuevo orden mundial. Aunque más bien marginal en el escenario mundial, también América Latina se ha visto conmovida. Nada puede ser igual que antes.

 

Caídos los muros, resurgida la utopía del mercado autorregulador, América Latina intentó subirse al carro de los vencedores y siguió prolijamente las recetas del “consenso de Washington”. Inútil es demonizar nuestro pasado, de viraje en viraje. Hubo cosas buenas que funcionaron y que no hay que echar por la borda. Pero lo cierto es que todo concluyó en mayor vulnerabilidad económica, mayores pobrezas, mayores desilusiones, frustraciones, exasperaciones. Además, se agotaron definitivamente viejos equilibrios políticos y se crearon vacíos de poder.

 

No se afrontaron problemas cruciales inevitables que ahora hacen eclosión. No hay políticas serias si no se afronta el triste record de ser la región con las mayores desigualdades del mundo. Los vastos sectores de excluidos del Estado y del mercado ya no son más marginados resignados y silenciosos. El mundo “informal” de las masas que invadió ciudades y ocupó crecientes ámbitos sociales y económicos (si bien, por lo general, de supervivencia) tiende a nuevas y emergentes expresiones políticas, que son canales de desahogo, protesta y protagonismo.

 

Los campesinos indígenas, los más humillados y explotados, los más necesitados de justicia y liberación, ahora han dejado de estar petrificados en el terruño de las altas montañas sino que han confluido también en ese pulular popular en medio de las megalópolis desequilibradas y violentas, bajo un bombardeo de imágenes que alimentan expectativas y agresividades. Desde la derecha con Toledo y desde la izquierda con Morales reaparecen brujos y chamanes en ceremonias de investiduras políticas en templos de viejas divinidades: hacer resurgir un pasado pre-hispánico y pre-cristiano es arcaísmo grotesco, que no lleva a ninguna parte, después de 500 años de mestizaje étnico y cultural. Hay que valorizar, por cierto, todas las raíces, “todas las sangres” –como dice el título del libro del peruano José M. Arguedas– pero las referencias al europeísmo, al indigenismo y al afroamericanismo son sólo pertinentes a causa de un mestizaje incompleto y lacerado pero desde el que emerge la auténtica originalidad histórico-cultural que llamamos América Latina. ¡Son incomparablemente más “latinoamericanos” Nuestra Señora de Guadalupe y su Hijo! Quizás este repliegue identitario está alimentado por un rencor oculto anti-católico de “leyenda negra” o de aquel indigenismo que se “vende” mejor en el marketing de recursos europeos y norteamericanos más dispuestos a invertir a favor de “indios” exóticos que de campesinos muy pobres (aunque se trate exactamente de las mismas personas).

 

Ideólogos “iluminados”, a la derecha y a la izquierda, no ven otra cosa que el tradicional “populismo” latinoamericano, sinónimo de confusión, mote despectivo e indeterminado con el que pretenden exorcizar la irrupción de nuevos sectores sociales y actores políticos. Y por cierto que la realidad les da motivos abundantes para ello, porque esa irrupción no puede estar exenta de confusiones, exasperaciones e intemperancias que obnubilan, mazacotes ideológicos, desplantes temperamentales y proverbiales retóricas que se vuelcan a menudo en verborragias más o menos virulentas.

 

Nos preguntamos: ¿puede extrañar también la vuelta al “antiimperialismo” en tiempos de super-exposición global de los Estados Unidos y de su ausencia de prioridad, estrategia y no digamos solidaridad respecto a América Latina, mientras el ALCA, casi difunto, demuestra que pretende mucho para sus intereses y concede bastante poco para los eventuales socios más débiles y vulnerables? ¡Qué incapacidad para asociar a sus “vecinos” en una auténtica dinámica de solidaridad y desarrollo!

 

En la situación sudamericana actual se asiste por cierto a inevitables dosis de confusión y asoman aquí y allá peligros reales y graves de derivas autoritarias. Hay que custodiar nuestras frágiles democracias, resistentes desde más de un cuarto de siglo; son un bien que ha costado muchos sufrimientos, sangre y luchas. A la vez se advierten síntomas “calientes” de rebelión contra arraigadas y estridentes injusticias, reclamos de dignidad de los pueblos, clamores por apostar a un futuro diverso. Hay también una mayor conciencia de un destino sudamericano común y de tener que contar sobre todo en las propias fuerzas. Pero “del dicho al hecho hay un gran trecho”. Una cosa son las proclamas encendidas, pero otra muy diversa y mucho más compleja y difícil es el gobierno realista de la cosa pública, sus estrategias y programas de transformación y construcción, en medio de escasos márgenes de maniobra y de situaciones difícilmente controlables. Es tentación la de contraponer, dividir, polarizar e insultar para reinar, pero la gigantesca obra de reconstrucción y liberación de un pueblo exige contar con el mayor consenso popular, nacional e ideal de energías. Es fácil acumular las tintas acusatorias sobre los chivos emisarios que cargan con nuestros males, pero mucho más difícil es asumir seriamente la grave responsabilidad de ir definiendo y actuando, desde las propias circunstancias, nuevos paradigmas de desarrollo, de justicia, a la altura y en las condiciones de nuestro tiempo. Es contradictorio apostar retóricamente por el imprescindible repensamiento, desbloqueo y relanzamiento del MERCOSUR y por caminar decididamente hacia la Unión Sudamericana y, a la vez, operar confusamente contra ello, como quienes se embarcan unilateralmente por soluciones separadas que no suman, quienes cortan puentes, quienes pagan tributo a su fragilidad o quienes provocan o azuzan dialécticas de contraposición entre países hermanos. Tenemos, por cierto, necesidad de corredores bi-oceánicos, anillos energéticos regionales, “tradings” productivos extensivos hasta la constitución de compañías multinacionales sudamericanas y latinoamericanas, liberalización comercial y complementación económica entre países hermanos, unidad de intereses e ideales para negociar y conquistar nuevos mercados a 360 grados, pero tenemos sobre todo necesidad de recomenzar desde la reconstrucción de la persona y la conciencia de ser pueblo, o sea de los sujetos protagonistas de todo cambio y construcción que no se revelen efímeros o ilusorios.

 

Querer embretar la realidad dentro de esquemas ideológicos y poner la confianza sólo en la conquista y ejercicio del poder termina llevando o a la violencia, e incluso la dictadura, o a la corrupción; en todo caso a la derrota. Sólo quienes se muestren capaces de recapitular y repensar, reformular y reproponer las matrices culturales e ideales de los pueblos latinoamericanos y a bregar con realismo, pasión y competencia por sus intereses comunes podrán tener futuro.

 

La promoción de un crecimiento económico persistente y autosostenido, la gradual superación de los muros de desigualdades y exclusiones, la incorporación tecnológica y modernización de los sectores productivos con alto valor agregado, la elevación de los niveles educativos en cantidad y calidad, la reconstrucción del tejido familiar y social, la consolidación y extensión de una auténtica democracia, la construcción de un Estado que no sea ineficiente, sofocante y meramente asistencialista y de un mercado que logre ser inclusivo y no excluyente, el camino de integración y solidaridad hacia el mercado común y la confederación sudamericana... son grandes y exigentes tareas históricas que requieren firme paciencia y serena inteligencia. Requieren todavía sangre, sudor y lágrimas de pueblos protagonistas, conscientes de que sólo del sacrificio, de la movilización de todas sus energías de dignidad, laboriosidad, empresarialidad y solidaridad, de ímpetus profundos de fraternidad, se podrá avizorar espirales verdaderos de esperanza.

 

No podemos saltear la obra paciente, ingente, capilar, global de una educación de las personas, a todos los niveles, porque nada es bueno si no requiere, implica y sostiene un crecimiento de humanidad, en todas sus dimensiones (razón y libertad, dignidad y responsabilidad, fraternidad y solidaridad, formación y competencia, laboriosidad y creatividad). Sólo un amor más grande que nuestras medidas humanas es revolucionario, a la medida de auténticas construcciones humanas, y perdura en el tiempo. Los mejores recursos de humanidad de nuestros pueblos vienen del arraigo de la fe cristiana en su tradición y cultura, siembra potente de dignidad de las personas, de fraternidad por reconocimiento de paternidad común, de pasión por la justicia contra las opresiones del pecado, de esperanza siempre renovada contra toda esperanza. Toda insidia contra esa tradición católica es en América Latina antipopular, antinacional, antilatinoamericana. Nada de verdaderamente humano se construye arrastrando ideologías anacrónicas que ya han demostrado todas sus miserias, crímenes y fracasos, ni desde el neoliberalismo radical, el relativismo hedonista y los subproductos culturales de las decadentes sociedades superburguesas del consumo y el espectáculo. Hay quienes se disfrazan con máscaras “progresistas” promoviendo la liberalización abortiva, la manipulación genética, la eutanasia y la eugenesia, porque serviles a los grandes poderes que buscan imponer una cultura global inducida y homologada, que atenta contra la cultura de la vida, neomalthusiana, y que desfibre el temple humano de nuestros pueblos. Si los movimientos políticos populares tuvieron siempre, más allá de episodios efímeros de contraposición con la Iglesia, un sustrato cultural católico, hoy en cambio se nota en muchos de ellos, y en quienes los guían, un cierto respeto mezclado con una creciente indiferencia, hostilidad y a veces abierta agresividad contra la Iglesia y su mensaje.

 

Un hecho que impresiona en este contexto: en estos 25 últimos años, que son los más extensos de democratización en casi toda América Latina, en los que ha habido profundos recambios de formas y dirigentes políticos, ¿cuántas importantes y significativas presencias católicas han emergido como liderazgos de primer plano en los nuevos escenarios públicos de las naciones? La respuesta puede ser desolante. Pero se trata de un epifenómeno y de un índice. La actual coyuntura latinoamericana hace más notorio el déficit que se advierte a diversos niveles de la Iglesia católica respecto a un juicio certero, a un discernimiento profundo, a perspectivas motivadoras sobre lo que está en juego respecto al destino de los latinoamericanos. Falta por doquier pensamiento, falta iniciativa, falta meter a fuego prioridades, falta debatir abiertamente sobre lo que más importa, falta cuajar convergencias firmes y motivadoras en medio de tanta generosidad dispersa.

 

Falta “latinoamericanizarse” de nuevo. Falta sobre todo, para cada uno de nosotros, algo todavía mucho más importante. Quizás hemos vivido mucho tiempo recostados y confiados en la tranquila posesión de la fe católica en nuestros pueblos. Quizás hemos salido cansados de muchas laceraciones y pruebas sufridas en las primeras décadas de conmociones post-conciliares y nos hemos algo reposado en más tranquilos ritmos del “tran-tran” eclesiástico. Pero ahora que ese precioso don y patrimonio está sometido a potentes y profundas tendencias de erosión y se arremolina turbulenta la realidad latinoamericana, nos cuesta ponernos en tensión dramática, recomenzando con la novedad de un reencuentro con Jesucristo. “Al comienzo del ser cristiano no hay una decisión ética o una gran idea –nos recuerda S.S. Benedicto XVI en su Encíclica “Deus caritas est” ¡y se refiere a nuestro presente!- sino el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da a la vida un nuevo horizonte y con ello la dirección decisiva” (n. 1).

 

Si es verdadero reencuentro -con la misma realidad, novedad, actualidad y poder de afecto y persuasión de aquel encuentro vivido por sus primeros discípulos en la riberas del Jordán... o por los “juandiego” del “nuevo mundo” 500 años ha-, entonces abraza y cambia toda la vida (afectos, trabajos, empeños), toda la mirada sobre la realidad, la inteligencia de las cosas, las tareas que se afrontan. Entonces suscita una renovada pasión por la vida y el destino de los latinoamericanos -desde esa “fusión” del amor a Dios y a los prójimos de la que escribe Benedicto XVI en su encíclica- y se despliega un celo apostólico para compartir la verdad, la belleza y el bien del don recibido y experimentado. Entonces hace vivir la pertenencia a la comunidad cristiana como reflejo y signo de ese misterio de comunión, que es flujo de nueva sociedad –una familia de hermanos, reconciliados no obstante todos nuestros límites, ya no más extraños ni indiferentes, ni esclavos de las dialécticas de enemistad y contraposición, donde el amor se demuestra más fuerte que el odio y que la muerte– a la que todos ansiamos. Entonces nos confiamos sobre todo a la misericordia de Dios, porque solos no vamos a ninguna parte.

 

La V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano es una cita a la que no se puede faltar, un hito crucial en el camino de la Iglesia y los pueblos de América Latina, una interpelación que no puede provocar sólo respuestas anodinas o resistencias burocráticas. Es fase analógicamente similar, porque crucial, aunque en muy diversas condiciones históricas, a lo que se vivió en los debates encendidos que prepararon la III Conferencia General en Puebla de los Ángeles. Pero “Puebla” fue gestada en medio de grandes conmociones, debates y trabajos. Es demasiado poco el tiempo disponible hacia la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, prevista para mayo de 2007, para sacudir letargos, inercias y mansas rutinas particulares y suscitar una movilización global y participativa de las Iglesias locales, que tenga repercusiones en los sectores sociales, en ámbitos culturales y en la vida pública de la región. Los que hoy apenas caminan en limitados círculos, sin mayor eco público en el conjunto de América Latina, ¿podrán correr, y por buen camino y con muy claras metas y horizontes, en sólo un año de desafíos nuevos no tematizados y sin su debida jerarquización según su incidencia e importancia? Urge pensar y debatir a fondo sobre nuestra circunstancia, desde las más variadas instancias eclesiales. Y esto, con una conciencia dramática y urgida: si la tradición católica no se convierte en cuerpo y sangre, en vida nueva entre nosotros, en unidad capaz de discernir y abrazar muchas particularidades -y, por el contrario, sigue siendo erosionada- pierden nuestros pueblos y pierde la catolicidad entera.

 

Hoy existe la amenaza apremiante de acabar con esa “anomalía” mundial que es la originalidad histórico-cultural que llamamos América Latina, sellada por la fe católica. Poderes mundiales se sirven de las comparsas más variadas para seguir radicalizando una creciente hostilidad e intolerancia contra la profesión de la fe católica. Pretenden una apostasía de masas. Y se combinan con las crecientes formas de limitación de la libertad y persecución que los cristianos sufren en tierras de los fundamentalismos religiosos. En tierras latinoamericanas asoman aquí y allá los mismos signos de intolerancia y agresividad, buscando erosionar lo que persiste como sustrato católico en la cultura de los pueblos y desvirtuar ese alto nivel de confianza y credibilidad del que la Iglesia católica goza aún por parte de los pueblos, que en ella se sienten en casa, y es refugio, protección, consuelo y esperanza. Lo más peligroso es todo límite a la acción de la Iglesia como educadora y regeneradora de personas, familias y pueblos. No en vano la pulverización destructiva de relaciones familiares y del tejido social deja a los individuos en condiciones siempre más agudas de fragilidad y desamparo y, por eso, más dependientes de los designios de quienes detentan los poderes mundanos. Se toquen las campanas de alerta y vigilancia y, sobre todo, se ponga la Iglesia en movimiento, en camino propositivo y fecundo, capaz de asumir, discernir y orientar, desde Cristo, todo lo que se está viviendo y sufriendo, combatiendo y esperando en la actual situación de los pueblos latinoamericanos. No faltará la compañía protectora e intercesora de Nuestra Señora (la de Guadalupe y Aparecida) y de los santos latinoamericanos. No nos faltará la presencia, la guía y la palabra de Benedicto XVI.

 

Vuelve a la tabla de contenidos

 

 

La Sagrada Escritura

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 18-24.

 

18. ¿Por qué decimos que la Sagrada Escritura enseña la verdad?

Decimos que la Sagrada Escritura enseña la verdad porque Dios mismo es su autor: por eso afirmamos que está inspirada y enseña sin error las verdades necesarias para nuestra salvación. El Espíritu Santo ha inspirado, en efecto, a los autores humanos de la Sagrada Escritura, los cuales han escrito lo que el Espíritu ha querido enseñarnos. La fe cristiana, sin embargo, no es una “religión del libro”, sino de la Palabra de Dios, que no es “una palabra escrita y muda, sino el Verbo encarnado y vivo” (San Bernardo de Claraval).

 

19. ¿Cómo se debe leer la Sagrada Escritura?

La Sagrada Escritura debe ser leída e interpretada con la ayuda del Espíritu Santo y bajo la guía del Magisterio de la Iglesia, según tres criterios: 1) atención al contenido y a la unidad de toda la escritura; 2) lectura de la Escritura en la Tradición viva de la Iglesia; 3) respeto de la analogía de la fe, es decir, de la cohesión entre las verdades de la fe.

 

20. ¿Qué es el canon de las Escrituras?

El canon de las Escrituras es el elenco completo de todos los escritos que la Tradición Apostólica ha hecho discernir a la Iglesia como sagrados. Tal canon comprende cuarenta y seis escritos del Antiguo Testamento y veintisiete del Nuevo.

 

21. ¿Qué importancia tiene el Antiguo Testamento para los cristianos?

Los cristianos veneran el Antiguo Testamento como verdadera Palabra de Dios: todos sus libros están divinamente inspirados y conservan un valor permanente, dan testimonio de la pedagogía divina del amor salvífico de Dios y han sido escritos sobre todo para preparar la venida de Cristo Salvador del mundo.

 

22. ¿Qué importancia tiene el Nuevo Testamento para los cristianos?

El Nuevo Testamento, cuyo centro es Jesucristo, nos transmite la verdad definitiva de la Revelación divina. En él, los cuatro Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, siendo el principal testimonio de la vida y doctrina de Jesús, constituyen el corazón de todas las Escrituras y ocupan un puesto único en la Iglesia.

 

23. ¿Qué unidad existe entre el Antiguo y el Nuevo Testamento?

La Escritura es una porque es única la Palabra de Dios, único el proyecto salvífico de Dios y única la inspiración divina de ambos Testamentos. El Antiguo Testamento prepara el Nuevo, mientras que éste da cumplimiento al Antiguo: ambos se iluminan recíprocamente.

 

24. ¿Qué función tiene la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia?

La Sagrada Escritura proporciona apoyo y vigor a la vida de la Iglesia. Para sus hijos, es firmeza de la fe, alimento y manantial de vida espiritual. Es el alma de la teología y de la predicación pastoral. Dice el Salmista: “lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal 119,105). Por esto la Iglesia exhorta a la lectura frecuente de la Sagrada Escritura, pues “desconocer la Escritura es desconocer a Cristo” (San Jerónimo).

 

Vuelve a la tabla de contenidos

 

 

Opus Dei. Una investigación

Capítulo 1 – Un informe para los editores

 

Vittorio Messori

 

Aquí tienen lo que he conseguido averiguar. Ha pasado bastante más de un año desde que decidí investigar -como un cronista con aires de detective- tal y como lo habría hecho sobre la Mafia. No sobre la mafia siciliana, sino sobre una institución española: el Opus Dei, la Obra, como la llaman en castellano.


Pongo las cartas sobre la mesa. Para transmitir lo que he conseguido saber necesitaré todas las páginas del informe que ahora entrego, pero quiero anticipar (y no es una astucia para incitar a la lectura, sino simplemente "colocar la noticia al principio", como dice la primera regla del periodismo) que no lamento haber retrasado otros trabajos previstos en mi agenda para dedicarme a éste.


La realidad en la que me he sumergido, para intentar descifrarla, es mucho más consoladora o inquietante, mucho más prometedora o amenazante (todo depende del punto de vista; aquí, sin embargo, no son fáciles las medias tintas) de lo que la mayoría de los católicos ni siquiera sospecha. Pero, desde luego, mucho más de lo que yo pensaba.


No es sólo la realidad presente lo que me ha hecho pensar. Me impresiona imaginar lo que puede ser en el futuro. "Estamos sólo al comienzo de una grandísima aventura", he escuchado de labios de muchos de la Obra, con una seguridad tan desconcertante como desprovista (al menos, así me lo ha parecido) de pomposa arrogancia.


En 1928, esta institución de la Iglesia contaba con un único miembro, el fundador; hoy se acerca a los ochenta mil (mitad mujeres, mitad hombres), de más de noventa nacionalidades, con una presencia que crece continuamente en todos los continentes. En Europa, hay cuarenta y seis mil miembros del Opus Dei; en América, veintisiete mil, y siete mil en Asia y Oceanía. En Africa, el crecimiento es algo lento, aunque se está acelerando, (un millar de miembros).


Me han recordado con frecuencia los de "dentro", con certeza serena, las palabras del fundador: "el Opus Dei es un mar sin orillas".


Por decirlo con palabras de un observador que, sin formar parte del Opus Dei, lo conoce por dentro, realmente sorprendente se mire como se mire: "no es temerario afirmar que está ocurriendo, discretamente y a menudo en silencio, una especie de revolución. La importancia eclesial del Opus Dei y su proyección social están empezando a notarse ahora. Sólo el tiempo la dará a conocer en toda su amplitud".


Es indispensable añadir una precisión. Las personas que creen en el Evangelio y lo leen desde una perspectiva católica, saben cuánta verdad encierran las palabras que Jesús dirige a Simón, hijo de Jonás: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" (Mt 16, 18).


Así está escrito. Para los creyentes, la Iglesia, edificada sobre los sucesores de Simón-llamado-Piedra, llegará hasta la consumación de los tiempos, hasta el gran final del regreso glorioso de Cristo. Pero lo que no está escrito es en qué condiciones perdurará hasta entonces.


Estos mismos creyentes deben rechazar cualquier actitud triunfalista ante el futuro, pues los Evangelios recogen también muchas referencias enigmáticas e inquietantes (en Lucas "Pero el Hijo del hombre, cuando vuelva, ¿encontrará fe sobre la tierra?", 18, 8; en Mateo: "se levantarán muchos falsos profetas y engañarán a muchos; por la abundancia de la iniquidad, el amor de muchos se enfriará...", 24, 11 y ss.); en Pablo ("que nadie os engañe de ninguna manera, porque antes ha de venir la apostasía y se ha de manifestar el hombre de iniquidad, el hijo de la perdición", 2 Tes 2, 3), y en otros muchos textos del Nuevo Testamento.


Sin embargo, sea cual sea el imprevisible futuro de la Iglesia, me parece bastante previsible que, en su seno, el Opus Dei tendrá mucho que decir. Es más, pienso que constituirá una estructura bien cimentada, cualesquiera que sean las dimensiones (acrecentadas o reducidas) del rebaño eclesial -ya sea grande o pequeño- en los tiempos venideros.


No aspiro a suplantar a profetas y adivinos en su arriesgada profesión: mis conclusiones no son más que el balance razonado de los datos obtenidos a lo largo de mi investigación, y sobre los cuales reflexioné a la luz de los trends, de las constantes y de las desviaciones que han caracterizado a los veinte siglos de historia cristiana.


Parece verificarse de nuevo una paradoja nada infrecuente: las presuntas "vanguardias", es decir, esos sectores que se autoproclamaban (y así les consideraban muchos) "el futuro", resultan ser en realidad el pasado. Mientras el presente y -probablemente- el mañana van (e irán) hacia lo que parecía ser un legado del pasado, destinado a ser superado por lo "nuevo".


En efecto, desde hace algunos decenios, en el ambiente clerical lo nuevo estaba representado, en opinión de muchos, por el catolicismo autoproclamado "progresista", ese que con tanta frecuencia ambicionaba, más que el diálogo, la fusión (en la praxis e incluso en la teoría) con el marxismo y, en general, con las fuerzas llamadas "de izquierdas".


De golpe -con la caída y el descrédito irreparables de la superstición marxista, confundida también por creyentes como "ley científica de la historia"-, ese Catolicismo se ha topado no con los profetas del 2000, sino con los supervivientes de una ideología decimonónica y cubierta de polvo.


Basta recordar, por ejemplo, a las figuras católicas que, en la Italia de los años sesenta y setenta, aceptaron ser elegidos al Parlamento en las listas comunistas, como "avanzadillas" -así se proclamaban ellos- de las masas cristianas. Hoy han quedado, de golpe, reducidos a caricaturas anacrónicas. Y pensar que pontificaban -solemnes y venerados-, invitando a la Jerarquía (no pocas veces intimidada, o al menos paralizada) a que declarase que la Biblia no era sino el anuncio y la confirmación de El capital o de los Cuadernos desde la cárcel. Les dieux sen vont...


El Opus Dei ha atravesado los años de la contestación clerical en silencio, manteniéndose firme en la Tradición y el Magisterio: en el del Papa, claro, porque no han faltado algunos obispos que parecían vacilar ante un presunto "progresismo", que luego el paso del tiempo ha vuelto retrógrado. Por esta fidelidad a prueba de bomba, la Obra fue despreciada como algo anacrónico, se desconfió de ella como si fuera una especie de quiste preconciliar que agonizaría ante lo Nuevo-que-avanza.


Por el contrario, si aquella presunta "novedad" se ha vuelto anticuada de golpe y de modo irremediable, lo que parecía "viejo" goza de buena salud (por ejemplo: frente a la caída de las vocaciones, que continúa en casi toda la Iglesia, a pesar de débiles e insuficientes signos de recuperación, hay aquí una expansión metódica y continua), y además se confirman las previsiones de que tendrá cada vez más peso y prestigio en la Iglesia del futuro.

 

Nota: Se puede leer el libro completo en:

http://www.todosloslibros.info/texto_articulo.php?libro=108&tipo_libro=9

 

Vuelve a la tabla de contenidos

 

 

Eventos recomendables

 

Conferencia

 

Título: ¿Qué hay de cierto tras “El Código da Vinci”?

Conferencista: Miguel A. Pastorino.

Fechas: Martes 2 y Jueves 4 de mayo de 2006.

Hora de comienzo: 19:00.

Lugar: Líbrería Paulinas – Colonia 1311 esq. Yaguarón (Montevideo).

Teléfono: 900 6820.

 

*******

 

Curso

 

Título: Curso para Novios d-A2.

Organizador: Instituto de Ciencias Familiares.

Fechas: Sábados, del 6 de mayo al 8 de julio de 2006.

Horario: de 20:00 a 22:00.

Lugar: Bulevar Artigas 2714 (Montevideo).

Teléfonos: 480 6075 – 486 0060 int. 103 – 099 937 002.

E-mail: icf2004@adinet.com.uy

Costo: $ 500 por persona.

 

*******

 

Boicot

 

Actividad: Ir al cine a ver cualquier película excepto “El Código da Vinci”.

Fechas: Viernes 19, Sábado 20 y Domingo 21 de mayo de 2006 (fin de semana del estreno mundial).

Lugar: Cines de todo el mundo.

Propuesta de: Barbara Nicolosi, miembro de la Catholic Academy for Communication Arts Professionals

( http://www.catholicacademy.org ).

 

Vuelve a la tabla de contenidos

 

 

Reverencia

 

John Henry Newman

 

I bow at Jesu's name, for 'tis the Sign

Of awful mercy towards a guilty line

Of shameful ancestry, in birth defiled,

And upwards from a child

Full of unlovely thoughts and rebel aims

And scorn of judgement-flames,

How without fear can I behold my Life,

The Just assailing sin, and death-stain'd in the strife?

 

And so, albeit His woe is our release,

Thought of that woe aye dims our earthly peace;

The Life is hidden in a Fount of Blood!

And this is tidings good

For souls who, pierced that they have caused that woe,

Are fain to share it too.

But for the many clinging to their lot

Of wordly ease and sloth, 'tis written: "Touch Me not".

 

***

 

Me inclino ante el nombre de Jesús, pues es el Signo

De tremenda misericordia hacia un linaje culpable.

De estirpe vergonzosa, manchado en el nacimiento,

Y desde niño en adelante

Lleno de pensamientos feos y designios rebeldes

Y desdén por las llamas del juicio,

¿Cómo puedo sin temor contemplar mi Vida,

El Justo al asalto del pecado y ensuciado de muerte en la refriega?

 

Y así, aunque Su dolor es nuestra liberación,

Pensar en ese dolor siempre oscurece nuestra paz terrena.

¡La Vida está escondida en una Fuente de Sangre!

Y éstas son buenas noticias

Para las almas que, traspasadas por haber causado ese dolor,

Están también contentas de compartirlo.

Pero para los muchos que se aferran a su porción

De comodidad y pereza mundanas, está escrito: "No Me toques".

 

John Henry Newman, Verses on various occasions, 89.

Fuente: Newmaniana, Nº 38 (Mayo 2003), p. 19. Traducción revisada por Fe y Razón.

"Newmaniana" es una publicación de “Amigos de Newman en la Argentina”.

 

Vuelve a la tabla de contenidos

 

 

Este mensaje no es un SPAM. Si desea cancelar su suscripción, por favor escríbanos a: suscripcion@feyrazon.org