Fe y Razón
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Nº 4 – Mayo de 2006
“Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu
Sancto est”
“Toda
verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de
Aquino)
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Equipo de Dirección: Diác.
Colaboradores: Dr.
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Sección |
Título |
Autor o Fuente |
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Editorial |
Equipo
de Dirección |
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Tema
central |
El evangelio según Judas y las “nuevas” revelaciones
sobre Jesús |
Miguel Pastorino |
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Tema
central |
Juan Carlos
Riojas Álvarez |
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Tema
central |
La cristología de Dan Brown y otros errores
de "El Código da Vinci" |
Lic.
Néstor Martínez |
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Tema
central |
Ing. |
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Tema
central |
La fantasía del “invento” vs. la realidad
del “descubrimiento” |
Dr. Eduardo Casanova |
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Familia
y Vida |
Malcolm Muggeridge |
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|
Doctrina
Social |
Dr. |
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Documentos |
Compendio
del Catecismo de la Iglesia Católica |
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Libros |
Vittorio
Messori |
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|
Eventos |
Varios |
|
|
Poema |
John
Henry Newman |
El pueblo católico necesita una
nueva apologética
Equipo de Dirección
Desde que fue publicada en 2003, la novela “El Código da Vinci” de Dan Brown ha sido
“el best-seller” de la década, dando
una enorme difusión popular a un amplio conjunto de tesis anticristianas y
anticatólicas de nulo valor histórico o teológico. La obra citada se apoya en
un género literario preexistente (llamémosle “ficción anticatólica”) al cual ha
potenciado mucho, dando lugar incluso a una nutrida literatura secundaria, o
sea a numerosos libros que tratan acerca de “El Código da Vinci”.
¿Cómo ha sido posible que una novela como
ésta, tan decididamente anticatólica, haya tenido un éxito tan clamoroso en
casi todo el mundo? ¿Por qué tanta gente ha creído que esta fantasiosa obra de
ficción representa una verdadera refutación del catolicismo? ¿Por qué tantos
cristianos la han leído sin aplicar sobre ella el sentido crítico? El gran
éxito editorial de “El Código da Vinci”
provoca muchos interrogantes de esta clase, a los que no podemos dar respuestas
exhaustivas aquí.
Para el viernes 19 de mayo está previsto el estreno mundial de la versión cinematográfica de «El Código da Vinci». Según se anuncia, esta versión se mantiene fiel a la trama de la novela correspondiente, por lo cual presentará al cristianismo como una gran y sangrienta mentira de la que es preciso liberarse. Una aceitada maquinaria de marketing se hará cargo de que esta película sea el mayor evento cinematográfico del año, con muchos millones de espectadores. Seguramente la película dará una difusión superior, cuantitativa y cualitativamente (por el gran poder de la imagen) a las tesis anticristianas de la novela, alcanzando incluso a personas de menor cultura, que no suelen leer libros.
Además, en el pasado mes de abril (una semana
antes de
Por estos motivos hemos considerado oportuno dedicar el Nº 4 de “Fe y Razón” principalmente al análisis crítico de “El Código da Vinci” y de la relevancia religiosa del hallazgo del “Evangelio de Judas”.
Tantos críticos sensacionalistas han anunciado ya tantas veces descubrimientos que supuestamente afectarían las bases de la fe católica que habría que preguntarles cómo es que esa misma fe puede subsistir tan viva hoy como ayer. Los católicos deberíamos aprovechar estos lamentables escándalos mediáticos para procurar que brille serenamente en el mundo la verdad de Cristo, luz de las gentes. Muchas personas se sentirán impulsadas a saber más acerca de Cristo y de la Iglesia y debemos estar listos para ayudarlos. En este sentido es importante que seamos capaces de demostrar la razonabilidad de la fe católica y de defenderla de las falsas imputaciones que se le hacen.
En el ámbito teológico, la
disciplina que aborda esta tarea solía ser llamada “apologética”, hoy
suplantada por la “teología fundamental”. Aunque la vieja apologética católica
incurrió a veces en tendencias racionalistas o en excesos polémicos, cumplió un
rol positivo y necesario. La actual teología fundamental suele estar más
orientada al estudio dogmático de las nociones de “revelación” y de “fe” o al
estudio del método epistemológico de la ciencia teológica. En el descuido del
enfoque propiamente apologético ha incidido la influencia de la teología
protestante en la teología católica contemporánea; porque en el marco de la
clásica contraposición protestante entre la fe y las obras, se tiende a ver a
la apologética como una “obra de la razón”. La tendencia fideísta del
protestantismo conduce a despreciar el esfuerzo racional por fundamentar la credibilidad
de
La actual situación de crecimiento de toda clase de sectas y de nuevos movimientos religiosos (a menudo no cristianos) en tierras que otrora fueron macizamente católicas impulsa a reconocer la urgente necesidad de una nueva apologética católica. En “Fe y Razón” estamos convencidos de esto; y nos comprometemos a aportar nuestras modestas fuerzas en esa dirección.
Permítasenos agregar unas breves observaciones finales:
· Siguiendo (aunque desde muy lejos) al maestro G. K. Chesterton, quisiéramos hacer siempre apologética católica con buen humor. Por eso los invitamos a reírse un poco leyendo el disfrutable artículo de Enric Cantín, “Dan Brown no existe”, en el excelente diario virtual Forum Libertas:
http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=5480&id_seccion=5
·
Nuestros hermanos del Opus Dei
han sido quizás las mayores víctimas de las feroces calumnias anticatólicas de
“El Código da Vinci”. Por tal motivo
publicamos parte del primer capítulo de una magnífica investigación
periodística de Vittorio Messori que desmonta, pieza por pieza, la pesada
“leyenda negra” creada en torno al Opus
Dei.
·
Hace poco la publicación en diarios de Dinamarca de unas caricaturas
que se burlaban de Mahoma generó violentas protestas en el mundo musulmán y
sesudas y preocupadas reflexiones sobre los límites éticos de la libertad de
expresión en Occidente. Nada semejante (ni en cuanto a fanatismo ni en cuanto a
examen de conciencia) ha sucedido tras la publicación de la obra de Dan Brown,
que comparativamente reduce a los caricaturistas daneses a burdos aprendices
del arte de
¡Alabado sea Jesucristo, el Señor resucitado!
Vuelve
a la tabla de contenidos
El evangelio según Judas y las “nuevas” revelaciones sobre Jesús
¿Preámbulo al estreno cinematográfico
del Código Da Vinci?
sectas@montevideo.com.uy
El pasado 9 de abril, National Geographic
estrenó un documental sobre “El Evangelio prohibido de Judas”, preguntándose si
esta nueva revelación no pondría en tela de juicio las creencias cristianas en
general y a la Iglesia católica en particular.
Este manuscrito, formado por 13
planchas de papiro antiquísimo (26 páginas), fue encontrado en el año 1978 en Egipto, a orillas del río Nilo en la
zona de Al-Minya, pero fue pasando por varias manos, hasta que se hizo público
el pasado 6 de abril en Washington.
El manuscrito fue sacado ilegalmente de
Egipto y permaneció durante casi 20 años guardado en un banco de Long Island,
en Nueva York, sin que se advirtiera la importancia del hallazgo, hasta que en
el 2002 una fundación suiza lo compró y financió la restauración del mismo. La
organización quiso venderlo a varios museos, pero por su salida ilegal no pudo
hacerlo y decidió hacer un acuerdo con
¿CUÁL
ES SU ORIGEN?
Hay importantes datos que pasan inadvertidos
para muchos “especialistas” que nos hablan de la “nueva revelación”. Y es que
este hallazgo es una traducción copta del siglo IV d.C., de un original
anterior escrito en griego entre el 180 y el 190 d.C. O sea que el original
es de finales del siglo II y también sabemos que no es cristiano, sino
un escrito de sectas gnósticas, cuyas doctrinas saltan a la vista en el
texto.
El mismo Ireneo de Lyon lo menciona en su
obra Adversus Haereses (s. II),
atribuyendo este “evangelio de Judas” a la secta gnóstica de los cainitas
(A.H. 1,31,1). En el siglo II en esas zonas rendían culto a Caín (el primer asesino) y
también a la Serpiente (Ofitas).
Stephen
Emmel, profesor de paleografía copta de la Universidad de Münster y estudioso
del manuscrito, afirmó que una vez
analizado, será enviado al museo de El Cairo en Egipto en forma permanente.
Este manuscrito es muy importante para la
historia de las religiones, como fue el resto de los escritos gnósticos
hallados en Nag Hammadi en 1945 y probablemente sea uno de los tantos que se
extravió en aquel primer hallazgo de textos gnósticos en Egipto. Vale mucho más
para la historia de la teología y para conocer el gnosticismo del siglo II que para
revelar algún secreto sobre el cristianismo primitivo o sobre Jesús de
Nazareth.
Entenderlo como un documento sobre verdades
cristianas es tan ingenuo como si dentro de 2000 años encontraran “El Código Da
Vinci” o un libro de la delirante “Metafísica Cristiana New Age” de Conny
Méndez y se dijera que eran textos cristianos porque hablan de Jesús y buscaran
encontrar en ellos lo que creían los católicos del año 2006. Estarían muy lejos
de la realidad.
Además el género literario parece que no lo
tienen en cuenta, lo quieren leer como si estuviera escrito al estilo de la
historia moderna y el texto tiene casi 1800 años. ¿Ingenuidad o rentabilidad?
EL
“BOOM” DE LOS EVANGELIOS APÓCRIFOS
En los últimos años ha resurgido un gran interés por documentos antiguos
y por la literatura apócrifa, y mucho de ello se debe a una búsqueda ingenua de
querer encontrar en estos escritos algunas verdades misteriosas que las
iglesias habrían ocultado por miedo a que alguien descubriera “la verdad sobre
Jesús” o que “la Iglesia se derrumbe en sus creencias”. Muchos piensan que porque se llamen
“evangelios” y aparezca el nombre de un “apóstol” ya eso acreditaría su
autenticidad. Pero esto es por falta de información histórica al respecto.
A todo el mundo le gusta que le cuenten la
versión “no oficial” o “no autorizada” de los hechos. Lo “no dicho”, lo oculto,
aunque sea inexistente, suena interesante y atractivo. Lo misterioso y extraño
tiene mayor público que los buenos libros de historia, como sucede con los
divagues de Dan Brown y sus novelas pseudohistóricas.
Muchos han afirmado que el estreno mundial del
documental sobre “Judas” en el comienzo de
DISTINGUIENDO UN POCO
Los cuatro evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y
Juan son los aceptados por el cristianismo (no sólo por católicos, sino por
todas las iglesias cristianas) como fuente cierta y segura de revelación desde
comienzos del siglo II hasta hoy y se les llama canónicos.
En cambio se llaman apócrifos –a veces
peyorativamente- a los considerados como ajenos a la tradición cristiana. Sin
embargo el término apócrifo (apokrypto: oculto) fue usado por los mismos autores
de estos textos “ocultos”, dando a entender su perfil esotérico, reservado a
una élite de iniciados en sus misteriosas doctrinas. No se les llamó ocultos por estar escondidos, sino por su origen esotérico y luego se hizo costumbre
identificar apócrifo con no canónico, no inspirado, etc.
Los cuatro evangelios canónicos (que son regla de fe para los
cristianos, y son considerados como inspirados) de Mateo, Marcos, Lucas y Juan,
fueron escritos entre el año 60 y el 95 según los especialistas. Estos escritos pertenecen a las
comunidades cristianas de los primeros testigos y tienen un origen apostólico y
eran de uso generalizado (católico=universal) en los primeros siglos de la era
cristiana. No fueron cambiados ni corregidos y esto lo sabemos porque se dispone
de gran cantidad de copias y traducciones hechas en
En el Concilio de Trento (s. XVI) se define
dogmáticamente el canon actual de la Biblia, pero ya desde el siglo IV hay elencos
completos de los libros canónicos (Concilio de Cartago, 397), y el decreto
Gelasiano del Sínodo de Roma (383) es el primer documento romano autorizado con
la lista completa del canon. Por lo tanto, ya en los comienzos de la Iglesia la
totalidad de los textos del Nuevo Testamento eran considerados como los
auténticamente inspirados y de autoridad apostólica.
En torno al Antiguo Testamento, en el siglo XVI
la “reforma protestante” en una deseada vuelta a las fuentes acepta el canon de
la Biblia hebrea, que no contiene algunos libros que sí tiene la traducción
griega (LXX), que era la que se usaba en la primitiva comunidad apostólica. Si
bien la Biblia católica incluye 7 libros más del Antiguo Testamento en
comparación con las protestantes, en torno al Nuevo Testamento todas las
tradiciones cristianas siempre se mantuvieron los 27 libros canónicos que hoy
conocemos.
Obviamente que los
textos gnósticos, por no ser cristianos, nunca formaron parte de la lista de
libros revelados y auténticos entre los cristianos de todos los tiempos.
NO HAY NADA OCULTO
Por otra parte, existen otros escritos
posteriores, escritos entre el s. II y
el IV, los cuales tienen por autores a miembros de distintas
sectas gnósticas de la antigüedad y de otros grupos pseudocristianos, cuyos
textos fueron llamados también “evangelios” y bajo pseudoepígrafes de Apóstoles
–sin conexión histórica con los mismos-, como: “Tomás”, “Pedro”, “María
Magdalena”, “Santiago”, “Felipe”, “Andrés”, “Judas”, etc. ¿Qué quiere decir
esto? Que usaban el nombre de un apóstol para darle mayor autoridad a esos
textos tardíos, y no tenían ninguna relación con las comunidades apostólicas. Y
obviamente no fueron escritos por los apóstoles, que murieron en el siglo I.
Estos textos fueron rechazados por las comunidades
cristianas desde sus comienzos, ya que sus contenidos además de ser bastante
fantasiosos sobre la vida de Jesús (acomodados a las doctrinas gnósticas y
esotéricas con un Jesús lejano al histórico) eran irreconciliables con lo
transmitido oralmente y por escrito en las primeras comunidades cristianas.
Sólo unos pocos escritos apócrifos judeocristianos –algunos contaminados de
gnosticismo- influyeron en la liturgia, en historias populares, y en el arte,
pero nunca entraron en el canon. Aunque
se los llame ocultos (apócrifos), no están escondidos en ninguna parte, ya
que se pueden adquirir, hace ya varios años, en cualquier librería que tenga
textos religiosos.
Y los originales tampoco están en algún lugar
secreto del Vaticano –como afirma la película “Estigma”-, sino en diferentes
museos, como el evangelio apócrifo “de Tomás”, que está en el Museo de El Cairo
(Egipto) desde su hallazgo en 1945. Cualquiera los puede leer, pero la Iglesia
nunca los aceptará como regla de fe, ya que éstos no fueron aceptados desde el
principio y no son fuente de revelación para el cristianismo, sencillamente
porque no transmiten la fe de los Apóstoles, sino un Jesús reinventado por las
sectas gnósticas y esotéricas que mezclaban doctrinas de religiones orientales
con la fe de la Iglesia primitiva y elementos de la literatura apocalíptica
judía (apócrifa).
Sencillamente no son evangelios cristianos,
aunque se llamen “evangelios”, ni tienen por autor a ningún apóstol o sucesor
directo del mismo porque fueron escritos fuera de las comunidades cristianas y
entre el fin del siglo II y el siglo IV.
En la época del Canon Muratoriano - que data aproximadamente del 190 DC- el reconocimiento de cuatro evangelios como canónicos y la exclusión de textos gnósticos era un proceso que se encontraba ya sustancialmente completo. No es como muchos creen que en la epoca postapostólica andaban cientos de evangelios circulando entre las comunidades. Porque todos estos textos apócrifos son muy posteriores.
Para el cristianismo existen textos muy antiguos de autores de gran importancia, que sin embargo no entraron en el canon y son poco conocidos. Muchos de ellos nos muestran interesantes datos sobre el cristianismo primitivo, sus celebraciones, sus creencias y enseñanzas, y no por ello se los integró al canon de la Biblia, ni tampoco se los escondió en ningún lado (Didajé o Enseñanza de los Apóstoles, Pastor de Hermas, Carta de Bernabé, 1ª Clemente, etc.)
LOS PRIMEROS CRISTIANOS Y LOS EVANGELIOS
Si leemos a un
gran escritor de la antigüedad como Taciano (110 -?), quien en el siglo II
escribió el Diatessaron (una vida de Jesús que mezcla los evangelios que
conocía), constataremos al leerlo, que sus únicas fuentes son los cuatro
evangelios que hoy llamamos canónicos. En sus escritos, la humanidad y
divinidad de Cristo, así como su mensaje, están tal cual los conocemos por la
tradición cristiana. Y eso que Taciano al final de su vida fue excomulgado por
hereje por pasarse al gnosticismo de los marcionitas, llegando a liderar una
secta conocida como encratitas.
Siendo el
Diatessaron la historia más antigua que se conoce sobre Jesús y de un autor no
ortodoxo, está fundada solamente en los Evangelios auténticamente apostólicos,
de Mateo, Marcos, Lucas y Juan y algunos elementos de fuentes apócrifas judeocristianas,
mas nunca fuentes gnósticas.
Es importante resaltar, contra nuestra
curiosidad por el género biográfico, que los evangelistas no quisieron escribir
una biografía de Jesús; no fue ésta su intención. Ellos entregaban a sus
comunidades la verdad del acontecimiento Jesucristo como fundamento de su fe,
el testimonio de lo vivido y la enseñanza concerniente a
Conclusión: La iglesia no
ocultó ningún evangelio, simplemente descartó desde sus orígenes aquellos
escritos que no tenían origen apostólico y cuyas historias fantásticas
contrastaban con los textos más antiguos. Los verdaderos evangelios para el
cristianismo son los que encontramos en la Biblia (Marcos, Mateo, Lucas y
Juan). Son los más antiguos y no fueron modificados.
QUIÉNES ERAN LOS GNÓSTICOS Y QUÉ CREÍAN
Para comprender el origen y la doctrina de
estos textos tardíos conocidos como “evangelios gnósticos” encontrados
en Nag Hammadi (Egipto), es necesario introducirnos brevemente en el movimiento
que les dio origen, y así comprender el rechazo cristiano por estos textos,
como su no vinculación con el Jesús histórico.
El gnosticismo (gnosis: conocimiento) es
un movimiento espiritual pre-cristiano fruto del sincretismo de elementos
iranios con otros mesopotámicos, de escuelas filosóficas griegas como el
platonismo y el pitagorismo, y de la tradición apocalíptica judía. “Estalla
públicamente a mediados del siglo II como una tendencia poderosa e
identificable con numerosos maestros, diversidad de escuelas y amplia expansión
(Palestina, Siria, Arabia, Egipto, Italia y la Galia)” (García Bazán). Se
caracterizan por buscar la salvación a través del conocimiento reservado a unos
pocos y por un marcado dualismo cosmológico y antropológico. No buscaban
un conocimiento de tipo intelectual, sino espiritual e intuitivo, a saber: el
descubrimiento de la propia naturaleza divina, eterna, escondida y encerrada en la cárcel del cuerpo y
Con el nacimiento del cristianismo, tomará
contacto con éste y dará lugar a una larga lista de sectas que mezclaban
elementos gnósticos y cristianos, confundiendo a las mismas comunidades
cristianas (como hoy pasa con
Los llamados “Evangelios Gnósticos” encontrados
en Nag Hammadi y el de Judas son producto de estas sectas, que son posteriores
a la época apostólica y no tienen un origen verdaderamente cristiano, de ahí
que no se los reconozca como auténticos evangelios. Sin embargo son un
importante hallazgo para conocer el gnosticismo de esa época.
El gnosticismo antiguo, aunque no era homogéneo en sus doctrinas, tenía un importante desprecio por el mundo material y por el cuerpo.
Los gnósticos creían que el mundo
material en el que vivimos es una catástrofe cósmica y que de alguna manera,
chispas de la divinidad han caído, quedando atrapadas
en la materia y necesitan escapar y volver a su origen. El escape de la materia
lo logran cuando adquieren conciencia cabal de su situación y de su origen
divino. Este conocimiento es la “gnosis”. Por lo tanto la única forma de
salvación no es por obra de Dios, sino por la adquisición de la propia
conciencia de tener en sí la “chispa divina”. Muchas de estas doctrinas, como
una “autosalvación”, “autodivinización”, reencarnación, cierto panteísmo y la
diferenciación entre Jesús y Cristo como realidades separadas, vuelven a
aparecer en los movimientos new agers como
Es preciso resaltar que las creencias gnósticas
son fuertemente anticristianas y niegan la encarnación del Verbo, la muerte y
resurrección de Jesús, además de tener una pesimista visión del mundo. Es
gracias al testimonio de muchos escritos cristianos contra los gnósticos que
conocemos muchas de sus creencias. Los dogmas proclamados por el cristianismo
primitivo se fijaron para salvar la fe original de la contaminación de ideas
gnósticas que comenzaron a proliferar en el mundo helenístico y dentro del
imperio romano entre los siglos II y V d.C. Estas sectas y creencias gnósticas son los autores de los llamados
“evangelios gnósticos” con los que algunos se ilusionan en encontrar algo más
original que lo que sabemos de Jesús, pero para su decepción estos textos no
son cristianos, y son muy posteriores a los cuatro que la Iglesia aceptó como
auténticos. Eso sí, muchos gnósticos –al igual que algunas sectas de hoy-
se autoproclamaban los “verdaderos cristianos”, de ahí la confusión de muchos
ante el estratégico uso de la terminología cristiana con contenidos y sentidos
ajenos a la revelación bíblica.
Tampoco es cierto que el gnosticismo fuera un
cristianismo marginal, sino que existía una mutua desacreditación como dos
religiones enemigas. No sólo los cristianos rechazaban a los gnósticos por
tergiversar el mensaje y la vida de Jesús con doctrinas orientales y filosofías
extrañas, sino que los gnósticos también rechazaban y atacaban a los cristianos
ortodoxos por considerarlos seres inferiores espiritualmente. El ataque era
mutuo, sólo que el gnosticismo por su naturaleza sincretista de mezclar
elementos de cualquier religión, asimilaba lo cristiano a su manera y da
impresión de tolerante. Alcanza con leer los mutuos ataques doctrinales de
aquella época. El mismo historiador Paul Johnson escribe: “Los grupos
gnósticos se apoderaron de fragmentos del cristianismo, pero tendieron a
desprenderlos de sus orígenes históricos. Estaban helenizándolo, del
mismo modo que helenizaron otros cultos orientales (a menudo amalgamando los
resultados)...” Pablo luchó esforzadamente contra el gnosticismo pues advirtió
que podía devorar al cristianismo y destruirlo. En Corinto conoció a cristianos
cultos que había reducido a Jesús a un mito. Entre los colosenses halló a
cristianos que adoraban a espíritus y ángeles intermedios. Era difícil combatir
al gnosticismo porque, a semejanza de la hidra, tenía muchas cabezas y siempre
estaba cambiando. Por supuesto, todas las sectas tenían sus propios códigos y
en general se odiaban unas a otras. En algunas confluían la cosmogonía de
Platón con la historia de Adán y Eva, y se la interpretaba de diferentes modos:
así, los ofitas veneraban a las serpientes... y maldecían a Jesús en su
liturgia...” (Historia del cristianismo)
Es un anacronismo imaginar que los gnósticos
eran tolerantes y pluralistas por ser sincretistas, sino que eran dogmáticos en
su propia doctrina.
UNA MIRADA AL MANUSCRITO GNÓSTICO DE “JUDAS”
En el evangelio
gnóstico de Judas, Jesús le dice que será el encargado de liberarlo de su
cuerpo, con un claro desprecio del mismo y marcando la identidad de Jesús como
un ser puramente espiritual, revestido provisoriamente de materia. En estas
referencias se hace explícita la mentalidad gnóstica contra el cuerpo y la
consecuente negación de la salvación en el sentido cristiano original.
En los versículos se
observa claramente la tendencia al elitismo del conocimiento gnóstico por parte
del protagonista (Judas) y el pesimismo en la visión del mundo.
Judas
no habría sido el traidor que vendió a Jesús por 30 monedas de plata, sino el
discípulo privilegiado al que encarga la misión más difícil, sacrificarlo, para
ayudar a su esencia divina a escapar de la prisión del cuerpo y elevarse al
espacio celestial (cosmovisión gnóstica). Esos conceptos de “esencia divina” y
la visión del cuerpo como un simple “traje” no es
bíblica, y por lo tanto tampoco cristiana, más bien nos recuerda al
neoplatonismo.
«Apártate de los demás y te contaré los misterios del reino. Es posible
que lo alcances, pero será para ti motivo de gran aflicción».
«Tú serás el
decimotercero, y serás maldito por generaciones, y vendrás para reinar sobre
ellos». En los últimos días maldecirán tu ascensión a la [generación] sagrada'
''.
«Tú serás el
apóstol maldito por todos los demás. Tú, Judas, ofrecerás el sacrificio de este
cuerpo de hombre del que estoy revestido»
«Y fueron a
Judas y le dijeron: "Aunque en este lugar no hagas el bien, eres un
auténtico discípulo de Jesús".Y él les dijo lo que querían oír. Y lo
entregó. Éste es el fin del evangelio de Judas».
Si leemos los
“evangelios” gnósticos de María, de Felipe y de Judas, veremos que esos textos
siempre posicionan a su apóstol de cabecera como el receptor privilegiado de
las revelaciones gnósticas que traería Jesús. En el caso de Judas es clara una
preferencia de Jesús por contarle cosas en secreto y le advierte de la
oposición de los otros apóstoles.
CUESTIONES DE SENTIDO COMÚN
La Iglesia tuvo que fijar (dogmas) algunas de
las creencias fundamentales de la fe primitiva debido a la confusión que armaron
los escritos gnósticos en muchos cristianos. Los dogmas no modifican lo que se
cree antes, sino que formulan la fe de modo claro y explícito en un lenguaje
que todos entiendan y no en afirmaciones ambiguas que dan lugar a cualquier
interpretación que aleje de la fe original de los apóstoles. Servían para
aclarar al pueblo creyente cuál es la verdadera fe cristiana, en que creyeron
siempre los discípulos de Jesús y para no dejarse confundir por nuevas
doctrinas extrañas al Evangelio que quieran acomodar a Jesús a sus caprichos.
Como sucede ahora con el movimiento New Age, el libro de Urantia, Sixto Paz con
sus telenovelas cósmicas, J.J. Benítez con su caballo de Troya, los seguidores
del Da Vinci Code y las supuestas nuevas revelaciones extraterrestres sobre
Jesús como las del estigmatizado Giorgio Bongiovanni, donde la fantasía que
llena curiosidades siempre quiere ser la versión oculta –esotérica- de
Hace falta que los cristianos se formen mejor en lo
concerniente a su fe y de manera especial en las Sagradas Escrituras. Lo ideal
es no quedarse con la catequesis de niños como si fuera un tratado de teología
y seguir leyendo
La Biblia no cayó del cielo. Es
¿Puedo leer de
cualquier manera algo que no conozco ni su historia, ni su contexto, ni su
origen, ni su sentido original, pretendiendo que sea más legítima mi
interpretación subjetiva que quien de verdad conoce todas las puntas del tema?
Como dijera un antiguo proverbio: “La enfermedad del
ignorante es ignorar su propia ignorancia”.
¡NO HAY NADA QUE ESCONDER!
La mayoría de las sectas esotéricas y los autores e intelectuales vinculados al ocultismo están convencidos de que el cristianismo tiene “secretos” de contenido religioso que no revela, como si existiese un esoterismo cristiano y les fascina el tema de los evangelios apócrifos y mejor si esta mal manejado y lleno de fantasías insostenibles. Y la verdad es que nunca existió, ni existe tal realidad, en cuanto verdades doctrinales ocultas que sólo una élite cristiana conoce. Eso es una ilusión de algunos, pero que no pocos alimentan.
El punto de partida de la fe cristiana es la aceptación de lo que Dios
ha revelado y no de lo que oculta. El cristiano cree que, en Cristo, Dios ha
revelado todo lo necesario para la salvación de
La Biblia no es Harry Potter, pero tampoco un libro de Historia Universal con biografías de la historiografía moderna.
Debido a la crisis cultural en la que estamos viviendo, está aconteciendo una nueva emergencia gnóstica y esotérica, de ahí el éxito de toda literatura que se vincule a estas temáticas y el sensacionalismo que se genera con hallazgos con el de este texto gnóstico. Es una pena que pocos conozcan la verdadera historia. Tal vez no quieran saberla porque sus mágicas fantasías caerían al suelo demasiado rápido.
EL GRAN COMPLOT:
¿CONSPIRACIÓN DE 2000 AÑOS?
A raíz de la literatura esotérica, los apócrifos y
novelas como el Código Da Vinci, no son pocos los que se unen al cultural
prejuicio anticatólico y afirman que la Iglesia conspiró para ocultar estos textos
a lo largo de
Sería tonto pensar que
¿IGNORANCIA
RELIGIOSA?
A nadie le es ajeno el dato de la extendida y creciente ignorancia en materia de cultura religiosa en nuestro país. No tenemos mucha idea de la historia de las religiones, de los símbolos religiosos, del arte religioso, de las distintas mitologías, de los libros sagrados, etc. La existencia o no de Dios es un tema aparte, pero la religión es un hecho humano específico e innegable, que debe ser estudiado desde las diversas disciplinas académicas. Y Uruguay, en comparación con otros países del mundo renguea en lo que a cultura religiosa se refiere. Esto nos deja vulnerables frente a cualquier discurso o interpretación sobre temas religiosos descontextualizados, donde hoy proliferan cientos de libros y revistas, sectas, cursos y conferencias, sobre temas que uno no sabe si se trata de religiosidad o ciencia ficción, y no siempre se tiene herramientas académicas para discernir adecuadamente. Si la gran masa de lectores que se acercan a novelas como “El Código Da Vinci” tuvieran un acceso posible y serio a la historia del cristianismo, no hubiera tenido tanta trascendencia, porque su pretensión de veracidad es insostenible.
Creemos que la enseñanza seria, objetiva, laica, de las distintas religiones en la historia de la humanidad y del presente, tarde o temprano tendrán que incluirse en los programas curriculares de enseñanza, de lo contrario seguiremos siendo incapaces de discernir entre lo real y lo fantástico, incapaces de reconocer una tontería con halo de sabiduría de una verdad histórica.
Las sensacionalistas interpretaciones sobre el tema de los textos apócrifos está siempre pronta para los ávidos clientes de novedades sin mucho fundamento.
CONCLUSIÓN
Finalmente, lo que se puede encontrar en el Evangelio de Judas y en los textos gnósticos de Nag Hammadi son cuestiones de mayor interés para los eruditos de la investigación histórica y arqueológica sobre el gnosticismo antiguo, que para el público en general, que apenas comprende la cosmovisión gnóstica como para poder interpretar esos textos, y menos aún si se dieran cuenta que no aporta nada sobre el Jesús histórico y su mensaje.
Los especialistas seguirán trabajando en la autentificación del manuscrito y eso será un valioso aporte a la investigación histórica y al conocimiento del gnosticismo antiguo, pero ni sobre Jesús, ni sobre Judas encontraremos algo nuevo, porque obviamente se trata de un texto gnóstico tardío.
(Disponible también en VERITAS: http://www.agenciaveritas.com/articulo.php?cd=56
).
Vuelve
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Autoridad y canonicidad de los Evangelios
Juan Carlos Riojas Álvarez
Desde el comienzo de su existencia, la Iglesia cristiana no careció de una autoridad escrita. Ésta era el Antiguo Testamento (AT). Jesús (y sus seguidores) lo aceptará, aun cuando su intención es ofrecer una interpretación más pura y profunda que la de sus contemporáneos. Asimismo, la comunidad cristiana poseía otra autoridad, la del propio Jesús, cuyas palabras, transmitidas inicialmente por medio de la tradición oral, se situaban junto a los preceptos veterotestamentarios, completándolos y corrigiéndolos. Paralelamente corrían las interpretaciones y exhortaciones de los apóstoles sobre la importancia, muerte y mensaje de Jesús, así como sus cartas, con temas de teología y moral, que contribuían a la unión de las comunidades. Aunadas a estos principios de autoridad, se encuentran también las “manifestaciones del Espíritu”, que hacen sentir a las comunidades partícipes de la fuerza e inspiración del mismo Espíritu de Cristo. A medida que el tiempo pasaba, debido a la expansión del mensaje cristiano por muchas partes y por el hecho también de que se iban acabando los testigos directos e inmediatos del Señor, se fueron consignando por escrito los testimonios que daban fe de estas autoridades de la iglesia primitiva, además del AT. Ya Clemente de Roma (según lo afirma Ireneo de Lyon), en el 96, en su carta a la iglesia de Corinto, e Ignacio de Antioquia entre el 107 y 110, hacen abundantes alusiones y semi-citas de palabras del Señor y de cartas de Pablo, de modo que su pensamiento se moldea también en torno a ellas, dejando ver una natural veneración hacia las mismas y situando su propia producción escrita a un nivel inferior de autoridad que el de aquella que manifestaba directa o indirectamente una cercanía al Señor o a sus apóstoles.
Hacia fines del siglo I se ha
formado un grupo especial de evangelios (los sinópticos y el de Juan), que gozó
de mucho más respeto y extensión geográfica de influencia que el resto de las
composiciones evangélicas que circulaban entre diversos grupos. A mediados del
siglo II, ya los primeros Padres apostólicos introducirán en sus obras citas de
esos evangelios, con la misma fórmula de citación que se empleaba para los
escritos de
Pero será sólo hasta fines del siglo II que los evangelios adquieren propiamente la condición de canónicos, Los cuatro evangelios son considerados entonces como un conjunto compacto, como un “numerus clausus”: son cuatro, ni más ni menos. Todos los demás textos que reivindican el titulo de evangelios son rechazados como apócrifos (no siempre con ese nombre). Los cuatro evangelios se consideran así como las cuatro formas de la única buena nueva de la salvación, que poseen la misma autoridad que el AT y cuyo texto ha de ser universalmente respetado. De esto da evidencia una lista conteniendo cuáles libros debían considerarse sagrados, y cuáles no, en la principal iglesia de la cristiandad, en Roma, compuesta por un personaje desconocido, hacia el año 200, según se desprende de la crítica interna. Esta lista fue descubierta y publicada en 1740 por el erudito italiano Ludovico Antonio Muratori y es conocida desde entonces como “Canon Muratori” o “fragmento muratoriano”. El texto señala que en aquel tiempo eran ya canónicos en Roma, es decir, “recibidos”, “santificados”, Mt, Mc, Lc y Jn, entre otros escritos neotestamentarios (en total, 23 de los 27 actuales). Se indica también que tales libros tienen un carácter vinculante para la Iglesia, porque son leídos en el culto litúrgico y porque “proceden de los apóstoles”. También, Ireneo de Lyon, hacia el 180, en su “Adversus Haereses”, presenta un canon neotestamentario al que considera como un corpus de escritos apostólicos con la misma autoridad que el AT, y califica a los cuatro evangelios como una unidad inseparable, refiriéndose a ellos como el “evangelio cuadriforme”. Por su parte, Tertuliano cita como sagrados, entre otros escritos del NT, a los cuatro evangelios e igualmente los considera escritos apostólicos con igual autoridad que la Ley y los Profetas y da a su invocación contra los herejes el carácter de argumento jurídico (“argumento evangélico”). Para Tertuliano la norma que regía a la comunidad era doble: por un lado, la “regla de fe” transmitida oralmente; por otro, las escrituras (cristianas y judías, divididas en dos “instrumentos”); pero nada que no pudiera conformarse con la regla de fe podía considerarse escritura. Finalmente, Clemente de Alejandría (quien utiliza el vocablo “canon” en sus escritos, pero no el concepto de “colección de libros”), hacia el 190, realiza una distinción nítida entre los libros que considera vinculantes y sagrados y los que no, colocando a los cuatro evangelios entre los escritos cristianos inspirados con el mismo rango y validez normativa que los del AT.
Todos estos autores claramente buscan distinguir lo que es “escritura auténtica” de lo “apócrifo” y aun cuando sus listas de libros sagrados pueden no ser idénticas, sí guardan grandes semejanzas. En particular, todos incluyen, de la pléyade de evangelios, sólo a los sinópticos y a Juan, rechazando como espurios a los demás. Así, a fines del siglo II, nos encontramos con que la cristiandad, extendida por toda la cuenca mediterránea, con una gran diversidad de lengua, mentalidad y cultura, tiene ya un canon neotestamentario muy parecido al actual. Quedan aún algunas dudas y vacilaciones, pero otros escritos son ya explícitamente rechazados.
Son varios los criterios cuya influencia puede ser aducida en la formación del canon. Metodológicamente pueden ser divididos en:
a) Criterios externos a la Escritura misma:
1. La procedencia apostólica; 2. La antigüedad del escrito; 3. El carácter realista de la fuente histórica; 4. La concordancia con el “criterio de verdad” o doctrina tradicional; 5. La concordancia expresa con la doctrina del AT; 6. El contenido edificante o espiritual del escrito; 7. El destino universal del escrito a toda la Iglesia; 8. Las decisiones eclesiales; 9. La lectura pública litúrgica.
b) Criterios internos o espirituales:
La inspiración o procedencia de Dios o de su Espíritu.
c) Criterio de los criterios:
La “recepción” de un escrito por la iglesia..
Desde luego no todos estos criterios son valorados de la misma forma por todos los estudiosos del tema, pero si parece existir consenso en los siguientes:
1. La conformidad con la “regla
de la fe”, es decir, la congruencia con lo que la tradición de las comunidades
cristianas consideraba como constituyente y normativo de
2. La proveniencia apostólica o “apostolicidad” de cada escrito. Primaba el origen apostólico, directo o indirecto, real o seudónimo, como lo deja ver el Canon Muratori al excluir como canónico a un escrito con un contenido doctrinal que bien podría considerarse ortodoxo (el Pastor de Hermas), “porque había sido redactado hacía poco en la ciudad de Roma”.
3. La aceptación común, esto es, un cierto consenso en el uso continuo por parte de la mayoría de las iglesias de determinados libros, sobre todo como lectura espiritual de las asambleas litúrgicas, como lo expresa Jerónimo en su carta 129, dirigida a Dardanes, prefecto de las Galias, en la que valora a la Epístola a los Hebreos porque “es obra de un varón eclesiástico y se lee continuamente en todas las iglesias”.
Existieron desde luego
circunstancias que actuaron a modo de catalizadores que aceleraron el proceso
interno en la Iglesia hacia la confirmación y sanción del carácter sagrado de
unos escritos, cuya santidad, como se ha visto, estaba ya implícita en
Entre tales hechos tenemos, por
una parte, el intento de los apócrifos, que para satisfacer la curiosidad
popular tienden a “completar” los evangelios, especialmente con informaciones
sobre el período de la vida de Jesús que precede a su vida pública y sobre el
relato de
Ante estas dos posturas, la Iglesia afirmará a los cuatro evangelios como fuente del mensaje auténtico de Jesús, reconocido y enseñado por la tradición apostólica viva de la Iglesia.
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La cristología de Dan Brown y otros errores de "El Código da Vinci"
Lic.
Néstor Martínez
Toda la trama de “El Código da Vinci” se basa en un error cristológico: creer que la fe en la Divinidad de Jesucristo se opone al reconocimiento de su humanidad. Según la novela de Brown, la Iglesia decidió ocultar el matrimonio de Jesús con María Magdalena, porque ese rasgo demasiado “humano” del Salvador revelaría que en realidad no era Dios, sino un “hombre mortal”, cuya divinidad había sido inventada por motivos políticos por Constantino. El punto crucial es que el haber engendrado un hijo (más precisamente: una hija) sería señal clara del carácter mortal, y por tanto, no divino, de Jesucristo (cfr. pp. 290, 291, 315).
El argumento de los eclesiásticos sería, según Brown, el siguiente: “El que engendra hijos humanos, es mortal. Y el que es mortal, no puede ser Dios. Pero Jesús es Dios. Luego, no ha podido engendrar hijos humanos.”
Pero es claro que a esto, Brown contesta lo siguiente: “El que engendra hijos humanos es mortal. Y el que es mortal, no puede ser Dios. Pero Jesús ha engendrado hijos humanos. Luego, no es Dios”.
O sea, él
comparte las premisas del argumento que atribuye a la Iglesia, es decir, en
realidad, el argumento que Brown atribuye a la Iglesia es una proyección de su
propia teología,
Pero resulta que ésa no es la teología católica. El ser mortal no es incompatible para la Iglesia con el ser Dios, pues la fe católica enseña que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, como hombre murió en la Cruz, y resucitó de entre los muertos.
Según la novela, este interés por ocultar el hecho de que el Crucificado era "un hombre mortal" habría llevado a eliminar los Evangelios primitivos, anteriores a Constantino, unos ochenta, según Brown (p. 288), o miles, según otro pasaje de la novela (p. 291), y redactar en su lugar, en el siglo IV, los cuatro Evangelios canónicos, de los cuales se habría eliminado todo lo que hace referencia a la humanidad de Jesucristo.
“Constantino encargó y financió la redacción
de una nueva Biblia que omitiera los evangelios en los que se hablara de los
rasgos “humanos” de Cristo y que exagerara los que lo acercaban a
Por su parte, el
secreto de María Magdalena ha sido conservado desde los tiempos de Jesucristo y
ha sido trasmitido en
Los
descendientes de María Magdalena llegan hasta la dinastía merovingia, de la
cual a su vez descendería Godofredo de Bouillon, el rey del “reino latino de
Jerusalén” instalado tras
Es obvio que toda esta argumentación presenta severas carencias.
En primer lugar, los Evangelios canónicos no esconden para nada la humanidad de Cristo, que nace de mujer, tiene hambre y sed, se cansa, es tentado, está triste, se angustia, sufre en la Cruz y muere, efectivamente, como todo “ser humano mortal”.
En segundo lugar, si el engendrar hijos humanos es incompatible con la Divinidad, no se ve qué lugar queda para la divinidad de la Magdalena, presunta madre de la hija de Jesús, que sin embargo es sostenida en la novela por los que “tienen razón”, los del Priorato de Sión.
Es obvio por otra parte que los Evangelios canónicos han sido redactados mucho antes de Constantino. Su texto se puede reconstruir en buena medida con citas de Padres de la Iglesia anteriores a Constantino.
Por otra parte, no es para nada probable que los Evangelios apócrifos, particularmente los de origen gnóstico, sean especialmente fieles a la humanidad de Jesucristo. Por el contrario, los gnósticos, por lo general, niegan la verdadera humanidad de Jesús. Su error es el “docetismo”, de “dokeo”, apariencia, porque en efecto, dicen que el cuerpo de Jesús era un cuerpo sólo aparente.
En realidad, la teología de Brown concuerda en esto con la gnóstica, pues sostiene la imposibilidad de un contacto verdadero entre lo divino y lo humano. Por su parte, si la Iglesia luchó contra el gnosticismo, no fue tanto porque negasen la Divinidad de Jesús, sino porque negaban su Humanidad.
En efecto, en la hipótesis de Brown se vuelve inexplicable el ardor con que la Iglesia combatió las herejías que afirmaban plenamente la Divinidad de Jesús, pero negaban su humanidad, como el docetismo, el monofisismo, etc. Y nótese que lo más arduo de esa lucha fue después de Constantino. El Concilio de Calcedonia, condena definitiva del monofisismo y defensa enérgica de la verdadera naturaleza humana de Jesucristo, es del año 451.
Pero aquí hay otra contradicción de Brown, porque según la doctrina “verdadera” del paganismo y del Priorato, algo tan carnal como la unión sexual es un medio posible para la unión inmediata con Dios, sin necesidad de la mediación de la Iglesia (p. 384). Pero entonces, ¿qué dificultad habría en que un ser humano mortal que engendra hijos fuese Dios?
Obviamente, no estamos diciendo que Jesús haya tenido hijos, sino que la misma premisa que Brown comparte con la imaginaria teología católica que presenta en su novela, es contradicha por el mismo Brown.
La misma mentalidad de oposición entre lo divino y lo humano aparece cuando se dice en la novela que la Biblia es un producto del hombre, no de Dios (p. 288). Para la doctrina católica, la Biblia es una obra de Dios que se vale de autores humanos. Es decir, creemos que no fue escrita directamente por Dios, ni “cayó del cielo”, cosa que acertadamente rechaza Brown… sino que fue escrita por autores humanos inspirados por Dios.
Hay que recordar además que el gnosticismo tiene su auge en los siglos II y III D.C., de modo que los evangelios gnósticos son posteriores, y no anteriores, a los cuatro Evangelios canónicos. De hecho, la fecha del Evangelio más tardío, el de Juan, se coloca por el 100 D.C.
Es históricamente falso, además, decir que el Concilio de Nicea, reunido bajo Constantino en el 325, definió que Jesús es el Hijo de Dios (p. 290). No fue la filiación divina, sino la consustancialidad entre el Hijo y el Padre, lo que definió Nicea. La filiación divina de Jesucristo era afirmada prácticamente por todos, ortodoxos y herejes, en el cristianismo antiguo.
Y mucho antes, obviamente, de Constantino. Baste para eso leer las obras de los Padres de la Iglesia de los siglos II y III, si es que no se quiere acudir al testimonio mucho más inmediato de los mismos Evangelios, como el de Marcos, que empieza así: “Principio del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”, y que los críticos menos ortodoxos fechan en los años 70. Siempre y cuando no resulte verdadero el descubrimiento del P. O’ Callaghan que lo situaría hacia la década del 50.
Afirma Brown además que la identificación de María Magdalena con una prostituta fue hecha por la Iglesia primitiva para alejar la idea de su matrimonio con Jesús, a fin de “proteger” la divinidad de Jesucristo, como ya se ha dicho (p. 303).
Pero resulta que dicha identificación es en todo caso la tendencia de la Iglesia latina, no de la oriental, cuya tradición exegética más bien distingue entre María Magdalena, la pecadora que lava los pies de Jesús, María de Betania, y la adúltera que aparece en el Evangelio de Juan. Y nótese que es al Oriente, justamente, donde la influencia imperial era más fuerte, porque Constantino trasladó la sede del Imperio de Roma a Constantinopla.
Dice la novela que establecer la divinidad de Cristo era fundamental para la posterior unificación del Imperio y el establecimiento de la nueva base de poder en el Vaticano (p. 290).
Lo cual nos lleva a su vez a preguntarnos, en primer lugar, porqué entonces Constantino trasladó la capital del Imperio de Roma (del “Vaticano”) a Constantinopla, y en segundo lugar, por qué no trasladó también la sede pontificia a Constantinopla. Si trataba según Brown de fortalecer el poder imperial mediante la religión católica, apostólica y romana, ¿qué mejor que hacer que el Papa residiese en Constantinopla, de ser posible en las dependencias mismas del palacio imperial, o al menos, en la misma ciudad que el Emperador? Sólo una razón se lo impidió, de hecho: que Roma era la sede suprema de la Iglesia, no porque fuese la capital del Imperio, sino porque había sido la sede de Pedro.
En la novela
incluso se dice que la Iglesia prohibió “el nombre” de María Magdalena (p.
316). Es cierto que no queda claro si se refiere a que no se podía mencionarla,
o a que no se podía bautizar a alguien con ese nombre… El caso es que no debe
de haber sido ninguna de las dos cosas, por la sencilla razón de que para
Por otra parte, la novela establece un vínculo dudoso entre “paganismo” y “feminismo” y un vínculo imposible entre “paganismo” y “judaísmo”. No es tan claro que el paganismo sea en su totalidad o en su mayoría, o en su esencia, matriarcal. Y es evidentemente claro que el judaísmo no tiene nada que ver con el paganismo. ¡Menos aún con el matriarcado o el feminismo!
Sin embargo, María Magdalena, judía, sería la cabeza de una dinastía dedicada al culto pagano de la “diosa madre”, que por otra parte el autor quiere encontrar ya en el mismo Templo de Jerusalén, donde habría prostitución sagrada, y se veneraría a dos dioses, uno masculino, Jehová, o mejor, Jah, y otro femenino: ¡la Shekiná! (p. 384). Pero la Shekiná no es otro dios, sino que es la gloria de Dios, del único Dios. Hasta el monoteísmo judío se viene abajo en la “reconstrucción” histórica de Brown.
Para Brown, la “maniobra constantiniana” habría tenido por efecto nada menos que imposibilitar la existencia de rabinas judías y de clérigas islámicas! (p. 159). ¡Alcance insospechado no sólo para la influencia imperial, sino incluso para la cristiana!
Ahí mismo dice que
incluso la vergüenza o pudor asociados al acto sexual tendría un origen
relativamente moderno y sería en todo caso posterior a la “caza de brujas” en
Europa hacia fines de
En la página 158 nos enteramos de más cosas. Según ahí se dice, durante tres siglos, la Iglesia dirige una campaña para reeducar a los paganos y practicantes del culto femenino. En esa campaña, la Inquisición publica el “Malleus Maleficarum”.
Se refiere por tanto al libro publicado en el año 1487, o sea, siglo XV. Poniéndonos en la hipótesis más favorable a Brown, éste era el último de esos tres siglos. O sea, que la campaña de “reeducación” de los paganos practicantes del culto femenino habría comenzado en el siglo XIII, unos 9 siglos después de Constantino. ¿No es una demora un poco excesiva?
Informa ahí mismo la novela que durante esos trescientos años, la Iglesia quemó en la hoguera a cinco millones de mujeres. Una simple multiplicación más una división nos da un saldo de 45 hogueras por día durante trescientos años. Un poco demasiado ¿verdad?
En realidad, las cifras que dan otras fuentes son muy distintas:
“Se calcula que hubo cerca de 100.000 causas
de brujería en Europa, de las cuales, la mitad, o sea, unas 50.000 personas
acabaron en
La densidad de
persecución de brujas en Europa (Behringer 1998:65f)2
|
País |
Ejecuciones |
Por cada mil hab. |
Habitantes ca. 1600 |
|
Portugal |
7 |
0,0007 |
1.000.000 |
|
España |
300 |
0,037 |
8.100.000 |
|
Italia |
1000? |
0,076 |
13.100.000 |
|
Países Bajos |
200 |
0,133 |
1.500.000 |
|
Francia |
4000? |
0,200 |
20.000.000 |
|
Inglaterra/Escocia |
1500 |
0,231 |
6.500.000 |
|
Finlandia |
115 |
0,238 |
350.000 |
|
Hungría |
800 |
0,267 |
3.000.000 |
|
Bélgica/Luxemburgo |
500 |
0,384 |
1.300.000 |
|
Suecia |
350 |
0,437 |
800.000 |
|
Islandia |
22 |
0,440 |
50.000 |
|
Chequia/Eslovaquia |
1000? |
0,500 |
2.000.000 |
|
Austria |
1000? |
0,500 |
2.000.000 |
|
Dinamarca/Noruega |
1350 |
1,391 |
970.000 |
|
Alemania |
25000 |
1,563 |
16.000.000 |
|
Polonia/Lituania |
10000? |
2,941 |
3.400.000 |
|
Suiza |
4000 |
4,000 |
1.000.000 |
|
Lichtenstein |
300 |
100,000 |
3.000 |
La mitad de las quemas de brujas se
produjeron como vemos en los estados alemanes, donde fueron ejecutadas 25.000
personas. Mas poniendo el número de ejecuciones en
relación con el de habitantes, vemos que Lichtenstein es el lugar donde más
cruda fue la persecución: 300 quemas con relación a 3000 habitantes,
corresponde a un 10 % de
La documentación correspondiente a la
primera parte de
Las cifras, por inesperadas, resultan
asombrosas. Para Portugal es 1. Para España, 27. Y para Italia, 8. El resto de
un total de ca. 1300 ejecuciones, repartidas entre los tres países, se debieron
a los tribunales civiles y episcopales de los mismos.
En ya anticuados estudios encontramos a
menudo la suposición de que en España, Portugal e Italia, el Santo Oficio tenía
tanto que hacer persiguiendo a judíos, mahometanos y protestantes, que no le
quedaba tiempo para perseguir también a las brujas. La revisión sistemática de
los archivos inquisitoriales nos demuestra algo muy distinto. Calculo que la
Inquisición en los países católicos del Mediterráneo llevó a cabo entre 10.000
y 12.000 procesos de brujería, que, no obstante, fueron sentenciados con penas
menores o absolución.”
Fuente: http://www.mercaba.org/DOSSIERES/brujas.htm
Esta información se confirma en otro sitio que tampoco es católico ni probablemente cristiano:
http://www.religioustolerance.org/wic_burn.htm
Y sin embargo, hay que decir que Brown ha sido superado en su propio terreno. Una hoja web de las “Católicas por el derecho a decidir” (es decir, pseudocatólicas por el derecho a matar mediante el aborto) dice que fueron ¡8 millones de mujeres durante cuatrocientos años! La cita textual es de Francesca Gargallo, BREVE HISTORIA DE LA MUJER, segunda parte, En: FEM, Publicación feminista mensual - Méjico, Septiembre 1990 (Pág. 7).
Recurrimos nuevamente a la calculadora, y obtenemos un promedio de ¡73 hogueras por día durante cuatro siglos! ¿Posible problema de contaminación ambiental?
Por otra parte ¿será que en el Malleus Maleficarum aparece la expresión “mujeres librepensadoras” citada entre comillas en la novela (p. 158)? ¿No sería eso anticiparse al vocabulario de la Ilustración? Al menos una búsqueda que hemos efectuado de dicha expresión en una versión española de la obra, bajada de Internet, no ha encontrado apariciones de la misma.
La conocida asociación entre lo “izquierdo” y lo negativo, expresada por ejemplo en el uso que hacemos de la palabra “siniestro”, se debería a que a su vez se relacionó lo femenino, ya cargado de negatividad por todo lo anteriormente dicho, con lo izquierdo. No queda claro en la obra el porqué de esta última asociación. ¿Es mayor entre los zurdos el porcentaje de mujeres que el de varones? La "maldad" del "lado izquierdo" ¿no viene del hecho obvio de que la inmensa mayoría de la humanidad es hábil de la mano “diestra”, no de la "siniestra"?
Pero la revelación definitiva viene al final de toda esta sección. El origen de las guerras está en la testosterona. La agresividad es algo exclusivamente masculino, como lo sabe todo aquel que no ha tenido trato con mujeres jamás en su vida.
Ni es tan fácil
tampoco sostener que el catolicismo sea el símbolo sin par del machismo. Si
vamos al caso, el culto a
El feminismo del Priorato, además, resulta bastante decepcionante, pues nos enteramos al final de la novela que solamente cuatro Grandes Maestres han sido mujeres (p. 544). ¡En novecientos años! ¡Parece menos que esas cuotas mínimas que se ponen algunos partidos políticos! ¡Oh diosa, perdona a tus seguidores!
En la obra se acusa al Papa Clemente V de haber sido el principal instigador de la extinción de los Templarios, y de haber reclutado al rey francés Felipe IV para la misma (p. 202).
La realidad histórica es al revés, por supuesto. La iniciativa fue del rey, que codiciaba los bienes de los Templarios. Clemente V, el primer Papa que vivió en Aviñón, durante lo que se conoce como el “cautiverio” del papado en Francia, era además francés y débil de carácter. Citamos al historiador católico Ludwig Hertling, en su libro “Historia de la Iglesia”; Herder, Barcelona, 1979:
“De súbito, Felipe el Hermoso tuvo noticia de unas inauditas monstruosidades que los templarios practicaban en secreto: idolatría, una desenfrenada licencia y un sinfín de otros crímenes. En el año 1307 hizo encarcelar a todos los templarios franceses, en número de unos dos mil. Las desatentadas acusaciones, cortadas sobre el mismo patrón de las monstruosas calumnias lanzadas por el propio rey contra Bonifacio, no merecían el menor crédito. Que algunos templarios hubiesen faltado a sus deberes, era perfectamente posible, pero lo mismo hubiera podido decirse de los miembros de cualquier otra orden religiosa; mas ni entonces ni más tarde pudo nadie presentar una prueba fehaciente de los crímenes que se le imputaban.
Lo malo era que la orden poseía muchas
riquezas, y como el rey las ambicionaba, había que probar la culpabilidad de
aquélla a cualquier precio. Las posesiones de los templarios tenían el carácter
de fundaciones eclesiásticas de beneficencia, y para que el rey pudiera
confiscárselas necesitaba que el Papa disolviera las fundaciones. Para
intimidar al Papa, le presentó las confesiones de los reos, arrancadas bajo
tormento. El débil Clemente V se dejó acobardar, temeroso, además, de que, si
irritaba a Felipe, éste le forzara a iniciar el proceso contra Bonifacio. Al
final se decidió a convocar un Concilio ecuménico en Vienne (1311), para
sacudirse sobre éste
La extinción de los templarios es uno de los mayores escándalos de toda la historia eclesiástica, y pesa como una losa sobre la memoria de Clemente V, que en ello desempeñó el papel de Pilato.” (pp. 256–257).
Por lo visto, el ser católico y jesuita no le impide a Hertling el denunciar como corresponde la debilidad de Clemente V, ni se puede pensar entonces que su testimonio esté parcializado a favor del Papa. Sin embargo, no dice lo que dice la novela, que la iniciativa partió del Papa, sino que deja claro lo que cualquier historiador serio tiene que reconocer, que la iniciativa fue del ambicioso rey francés, y que la culpa del Papa estuvo en no oponerse con la firmeza y energía necesaria a la injusticia a que se lo quería obligar.
La exposición de
Hertling coincide en lo sustancial con la de
http://es.wikipedia.org/wiki/Orden_del_Temple#Los_nueve_fundadores
Lo que sucede es que Brown necesita que el principal impulsor de la destrucción de los templarios haya sido el Papa, porque sólo así puede explicar la disolución de la orden como consecuencia de la búsqueda del secreto del Grial por parte de la Iglesia, búsqueda que por otra parte no tiene otra finalidad, según Brown, que hacer desaparecer dicha información.
Dice en la p.
203: “El verdadero objetivo del Papa eran
los poderosos documentos que habían hallado y que en apariencia eran su fuente
de poder, pero nunca los encontró.”
Esos documentos de los que habla son justamente, en la novela, los que prueban la relación de María Magdalena con Jesús y la existencia de una descendencia carnal de Jesucristo que llega hasta el mismo Godofredo de Bouillon.
Respecto, finalmente, del famoso “Priorato de Sión”, digamos solamente que existe, o existió, en realidad, pero solamente a partir de 1956, cuando fue fundado en Francia por un tal Pierre Plantard (el apellido aparece en la novela) y otros amigos. Al parecer, se trataba de un grupo antisemita. Dicho Plantard fraguó, según la policía francesa, una falsa genealogía que lo hacía descender de los Merovingios. El resultado final era que él tenía derecho a la corona de Francia. En francés, un artículo bastante completo sobre el tema, en esta dirección de Internet:
http://www.portail-rennes-le-chateau.com/davincicode1.htm
En español, otra
vez
http://es.wikipedia.org/wiki/Priorato_de_Sion
La obra de Brown
revela además una ignorancia bastante elemental de doctrinas, usos y costumbres
de
Aparece por allí un “monje del Opus Dei”, con hábito y todo (pp. 147 y 161). Es sabido que en el Opus Dei no hay monjes.
Además, parece que Brown entiende el título “prelatura personal” en el sentido de que es una “prelatura personal del Papa”, lo dice dos veces (pp. 46 y 59). Es decir, lo de “personal” haría referencia según él a la persona del Papa.
Es sabido, por el contrario, que hace referencia a las personas que integran el Opus Dei: se trata de una prelatura personal, porque está dirigida por un Prelado, es decir, un Obispo, que en vez de tener jurisdicción sobre un territorio, como los Obispos diocesanos, tiene jurisdicción sobre un conjunto de personas que está repartido por todo el planeta.
Peor aún, al comienzo de la novela un personaje que es miembro del Opus Dei dice: “somos una Iglesia Católica” (p. 44). Al parecer, Brown entiende que las órdenes y congregaciones religiosas católicas, y también las prelaturas personales, son otras tantas “Iglesias” dentro de la Iglesia, noción eclesiológica totalmente peregrina e inaudita hasta el presente. Proponemos la hipótesis de que la etimología de “ekklesía” como “congregación” puede haber despistado a Brown. O tal vez, el hecho de que al frente de las prelaturas personales haya un Prelado, es decir, un Obispo. Pero nada de eso justifica llamarlas “Iglesias”.
Dice además, hablando de una religiosa, que es una “mujer del clero” (p. 115). Es sabido por el contrario que en la Iglesia todos los miembros del clero son varones, y que las religiosas no son miembros del clero. Es posible que esto haya sido consecuencia inconsciente de los reflejos feministas de Brown…
Por ahí también su monje opusdeísta dice que “la oración es una dicha solitaria” (p. 116); con lo cual muestra tal monje no haber leído a Santa Teresa de Ávila, ni a San Escrivá de Balaguer, ni tener la menor noción de lo que es la oración cristiana o la oración en general.
Bueno, también dice que los cristianos ignoramos por lo general toda la violencia que se oculta detrás del crucifijo (p. 183). Obviamente. La repetición anual de la lectura de la Pasión en Pascua, el "Via Crucis", etc., sólo han servido para convencernos de que se trata de un cómodo sofá o diván.
Milagrosamente
se reconoce por ahí el interés del Vaticano por la ciencia (p. 189). Pero
claro, el personaje que representa al Opus
Dei lo enjuicia negativamente, y opone la objetividad de la ciencia a
Esto es más que suficiente para mostrar que cuando Brown habla del catolicismo toca de oído. A la vista de los resultados, parece que algunas de sus fuentes han sido otras novelas o algunas películas de Hollywood. O bien, simplemente, su imaginación.
En resumen: ¡Viva “El Señor de los Anillos”!
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Ing.
1.
Introducción.
En “El
Código da Vinci” de Dan Brown se sostiene que la divinidad de Cristo habría
sido ignorada durante los tres primeros siglos de la era cristiana, inventada
luego por el emperador romano Constantino y promulgada por mayoría en el
Concilio de Nicea (el primer concilio ecuménico), en el año 325. Además se
sostiene que, a fin de apuntalar su invención, Constantino habría mandado
destruir los numerosos evangelios que circulaban hasta ese entonces y habría
ordenado y financiado la composición de los cuatro evangelios reconocidos por
la Iglesia como canónicos.
Nos proponemos demostrar el carácter
totalmente falso de esa tesis del origen constantiniano del cristianismo, la
principal de las numerosas tesis anticristianas de esa tristemente célebre obra
de Dan Brown.
Para refutar esa tesis absurda basta recordar
dos hechos evidentes para cualquiera que tenga un mínimo conocimiento del
origen del cristianismo:
·
el Nuevo Testamento fue escrito en el siglo I;
·
el Nuevo Testamento afirma explícitamente la divinidad de Cristo.
A pesar de la obviedad de estos hechos, los
presentaremos con algún detenimiento.
2.
El Nuevo Testamento fue escrito
en el siglo I.
Hay un consenso unánime entre los expertos de
todas las tendencias religiosas y filosóficas acerca de que el Nuevo Testamento
(NT) fue escrito sustancialmente en el siglo I: es seguro que hacia el año 100
se había completado la redacción de los cuatro Evangelios canónicos, los Hechos
de los Apóstoles, el Apocalipsis y la gran mayoría de las Epístolas del NT.
Algunos estudiosos difieren hasta principios del siglo II la redacción de
algunas de las Epístolas. No obstante, todos concuerdan en que alrededor del
año 120 (más de doscientos años antes del Concilio de Nicea) el proceso
redaccional del NT estaba totalmente concluido.
Sin embargo, no nos limitaremos a presentar
un argumento de autoridad. Las razones que fundamentan el consenso referido son
muchas y muy sólidas. Expondremos dos pruebas de la redacción del Nuevo
Testamento (y por ende de los cuatro Evangelios canónicos) antes del siglo IV
(más exactamente, en el siglo I): la prueba basada en las citas patrísticas y
la prueba basada en los manuscritos antiguos.
Acerca de la primera de estas pruebas,
diremos simplemente que se conocen más de 32.000 citas del NT incluidas en las
obras de los Padres de la Iglesia y otros escritores eclesiásticos anteriores al Concilio de Nicea (“antenicenos”).
El NT entero, con la única excepción de once versículos, podría ser
reconstruido a partir de esta sola fuente. Si ya de por sí la teoría
conspiratoria de Dan Brown sobre el origen constantiniano de los Evangelios
canónicos es completamente inverosímil, extenderla suponiendo que Constantino
también habría mandado interpolar estas 32.000 citas en centenares de obras de
los siglos I, II y III, conservadas en millares de copias dispersas por todo el
territorio del Imperio Romano y más allá de sus límites, aumentaría
infinitamente la inverosimilitud de su teoría.
Presentaremos con mayor amplitud la segunda
de las pruebas anunciadas.
Se conocen más de 5.300 manuscritos griegos
antiguos del NT. Además han sobrevivido hasta hoy unos 10.000 manuscritos
antiguos con copias del NT en latín y otros 9.300 con versiones en siríaco,
copto, armenio, gótico y etíope, totalizando más de 24.000 manuscritos antiguos
del NT, una cantidad mucho mayor que la correspondiente a cualquier otra obra
literaria de la Antigüedad, exceptuando el Antiguo Testamento. Las variaciones
del texto encontradas en estos manuscritos son pequeñas y no afectan a la
sustancia de la doctrina cristiana.
En cuanto al canon del NT, Tertuliano afirma
que hacia el año 150 la Iglesia de Roma había compilado una lista de libros del
NT, idéntica a
Las Biblias completas más antiguas son el Códice
Vaticano (circa año 300) y el Códice Sinaítico (circa año 350), conservados en
el Museo Vaticano y el Museo Británico, respectivamente. Los manuscritos del NT
de los tres primeros siglos son fragmentarios: contienen desde unos pocos
versículos hasta varios libros completos. Los más antiguos son los papiros. Los
96 papiros numerados (desde P1 hasta P96) contienen partes de cada libro del NT
excepto 1 y 2 Timoteo.
En 1897-1898 la nueva ciencia de la
papirología se vio sacudida por el descubrimiento de los más de dos mil papiros
de Oxyrhynchus en Egipto. 28 de estos papiros corresponden a 15 de los 27
libros del NT. Veinte de ellos eran más antiguos que los manuscritos más
antiguos del NT conocidos hasta ese entonces.
En 1930-1931 Sir Frederic Kenyon publicó los
papiros Chester Beatty (P45, P46 y P47), los cuales fueron datados como del
período 200-250. Estudios más recientes demuestran que P45 es del año 150 y P46
del año 85, aproximadamente. Estos papiros eran mucho más extensos que los
papiros conocidos hasta entonces: contienen docenas de capítulos de los
Evangelios, los Hechos, las cartas de Pablo y el Apocalipsis.
En los años cincuenta fueron descubiertos los
papiros Bodmer (P66, P72, P73, P74 y P75). El más importante de ellos es P66,
que contiene los primeros 14 capítulos del Evangelio de Juan. Originalmente fue
datado como del año 200, pero estudios más recientes prueban que es del año 125
o anterior.
Hacia 1960 se consideraba a P52 (el
"Papiro Rylands") como el papiro del NT más antiguo. Originalmente
datado como del año 125, hoy se considera más exacta una fecha cercana al año
100. Contiene cinco versículos del capítulo 18 de Juan.
La papirología ha avanzado mucho en los
últimos cincuenta años debido a la disponibilidad de equipamiento moderno y de
miles de papiros utilizables como medios de comparación. La mayor parte de las
redataciones recientes han dado como resultado fechas más tempranas que las
asignadas originalmente.
Trabajos recientes de Carsten Peter Thiede y
Philip Comfort han demostrado que los papiros P64 y P67 son dos fragmentos del
mismo manuscrito original, que contiene parte del Evangelio de Mateo. P64 es
llamado "Papiro Magdalen", debido a que es conservado en el Magdalen
College de Oxford. P67 es conservado en Barcelona. En 1901 el Rev. Charles
Huleatt dató a P64 como del siglo III. En
Este descubrimiento es muy importante porque
según la gran mayoría de los exégetas actuales el Evangelio de Mateo habría
sido escrito hacia el año 80. Como además una mayoría todavía más contundente
de los expertos atribuye la mayor antigüedad al Evangelio de Marcos, resulta
que la redacción de Mateo y de Marcos habría tenido lugar al menos veinte o
treinta años antes que lo que era generalmente admitido en medios académicos.
Este descubrimiento tiene grandes consecuencias, que apenas han comenzado a ser
evaluadas, en la cuestión de la historicidad de los Evangelios. Es un duro
golpe a las teorías sobre el supuesto origen mitológico del cristianismo,
porque la formación de un mito requiere, entre otras cosas, bastante tiempo, un
tiempo que no puede haber existido si, como sostiene la tradición católica
desde siempre, los Evangelios sinópticos fueron compuestos mientras aún vivían
San Pedro y los demás apóstoles, testigos oculares de los acontecimientos de la
vida de Jesús.
Pero la revolución de los papiros no se
detiene aquí. En 1947 unos beduinos redescubrieron accidentalmente en Qumran la
biblioteca de la secta judía de los esenios, destruida en el año 68. Las cuevas
de Qumran no contenían ningún texto griego, salvo la cueva 7, donde fueron
encontrados 19 fragmentos en lengua griega, 18 de ellos papiros en forma de
rollos. Dos de los textos de la cueva 7 (7Q1 y 7Q2) fueron inmediatamente
identificados como pertenecientes a la Biblia de los LXX (la primera versión
griega del Antiguo Testamento). El resto de los papiros (cada uno de ellos muy
fragmentario) permanecieron no identificados durante mucho tiempo.
En 1972 el jesuita español José O'Callaghan
descubrió que el texto del papiro 7Q5 encajaba perfectamente con Marcos
6,52-53. Posteriormente un análisis computarizado reveló que ése era el único
texto griego antiguo conocido que concordaba con 7Q5. Los principales
papirólogos del mundo han aceptado como indudable esa identificación de 7Q5.
Usando microscopio electrónico, fotografía infrarroja y otras evidencias,
Thiede dató 7Q5 como del año 50. La mayoría de los estudiosos que atacan las
conclusiones de O'Callaghan y Thiede no son papirólogos sino exégetas que se
rehúsan a aceptar que el Evangelio de Marcos pudo haber sido escrito tan
tempranamente, porque esto contradice gran parte de su propia obra exegética.
Aún más segura es la identificación de 7Q4
con 1 Timoteo 3,16-4,3, también propuesta por O'Callaghan y confirmada por
estudios posteriores. La datación exacta de 7Q4 es difícil, pero este papiro es
obviamente anterior al año 68, lo cual concuerda con la probable composición de
1 Timoteo en el año 55. Es importante notar que muchos exégetas actuales
consideran que las cartas 1 Timoteo, 2 Timoteo y Tito no serían del mismo San
Pablo, sino de un discípulo suyo que, utilizando el nombre de su maestro, las
habría escrito después del martirio de éste (año 67), incluso después del año
100. La identificación de 7Q4 ha destruido esta hipótesis. En la formación de
esta hipótesis, que es la que prevalece en el campo protestante, ha influido el
hecho de que en estas tres cartas paulinas se pueden detectar numerosos
indicios (referencias a la jerarquía eclesiástica, etc.) de lo que autores
protestantes llaman "protocatolicismo".
En resumen, la identificación y la datación
de P64, P67, 7Q4 y 7Q5 ha demostrado que gran parte de los Evangelios y de los
otros libros del NT fueron escritos antes del año 70, año de la destrucción de
Jerusalén por parte del Emperador romano Tito.
3.
El Nuevo Testamento afirma
explícitamente la divinidad de Cristo.
El NT, escrito (según hemos demostrado) en el
siglo I, afirma inequívocamente, muchas veces y de muchas maneras, la divinidad
de Cristo. Es posible demostrar que la fe en la divinidad de Cristo está
implícita en todo el NT, por ejemplo mostrando que el título “Señor”,
frecuentemente aplicado a Cristo, no se refiere a un señorío cualquiera sino al
señorío absoluto e ilimitado de Dios. Sin embargo, en bien de la brevedad, nos
limitaremos a citar nueve textos del NT donde se afirma explícitamente la
divinidad de Jesucristo, el Hijo de Dios:
a) Juan 1,1: "En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios."
Este versículo, comienzo
del Evangelio de Juan, identifica de la manera más formal posible a la Palabra
de Dios (Jesucristo, el Hijo) con Dios. Esto significa que el Hijo es Dios como
el Padre: un mismo Dios, no un segundo Dios. Aunque unos pocos eruditos de
tendencia antitrinitaria han rechazado la traducción tradicional de este
versículo, por su clara afirmación de la divinidad de Jesucristo, esta
traducción permanece muy firme: la inmensa mayoría de los eruditos, a lo largo
de dos milenios, a pesar de sus muy diversas tendencias religiosas y
filosóficas, la ha sostenido.
b) Juan 1,18: "A Dios nadie lo ha visto jamás: un Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado."
Esta versión del versículo final del prólogo del Evangelio de Juan es una variante representada en varios manuscritos antiguos. En la mayoría de los manuscritos se lee "el Hijo único" en lugar de "un Dios Hijo único". Los dos textos expresan con distintas palabras la misma creencia fundamental de la comunidad cristiana primitiva.
c) Juan 20,28: "Tomás le contestó: `Señor mío y Dios mío´."
Aquí el Apóstol Santo Tomás se
dirige a Jesucristo resucitado.
d) Romanos 9,5: "y los patriarcas; de los cuales también procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén."
e) Filipenses 2,5-11: "Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre."
Este texto magnífico, que sintetiza todo el misterio de Cristo, contiene un himno que muy probablemente es anterior a la obra escrita de San Pablo. Aquí se enuncian claramente, además de la preexistencia y la encarnación del Hijo, cuatro afirmaciones decisivas:
i) Cristo es de condición divina, de naturaleza divina; es decir, Cristo es Dios.
ii) Cristo es igual a Dios (el Padre). Por lo tanto Cristo es Dios como el Padre. A pesar de ser Dios, el Hijo renunció a manifestar visiblemente su igualdad con Dios al asumir la naturaleza humana en la Encarnación.
iii) Dios (el Padre) concedió a Cristo el santo e inefable nombre de Dios.
iv) Toda rodilla se debe doblar ante Cristo y toda lengua debe confesar que Él es el Señor (o sea, Dios). Las alusiones a Isaías 45,23 ("toda rodilla se doble", "y toda lengua confiese"), donde lo mismo se dice de Yahweh, subrayan aún más el carácter divino del título "Señor", de por sí evidente en este contexto.
f) Tito 2,13: "aguardando la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo".
g) Hebreos
1,8: "Pero del Hijo: `Tu trono, ¡oh
Dios!, por los siglos de los siglos´"
h) 2
Pedro 1,1: “Simeón Pedro, siervo y
apóstol de Jesucristo, a los que por la justicia de nuestro Dios y Salvador
Jesucristo les ha cabido en suerte una fe tan preciosa como la nuestra.”
i) Apocalipsis 1,8: "Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, Aquel que es, que era y que va a venir´, el Todopoderoso."
Quien habla aquí es Jesucristo, el Señor resucitado.
Por otra parte, también en este punto podemos recurrir a los Padres de la Iglesia y otros escritores eclesiásticos anteriores al Concilio de Nicea para obtener una prueba complementaria a la prueba escriturística que hemos expuesto. En las numerosas obras de los Padres antenicenos encontramos abundantísimos testimonios de la fe cristiana en la divinidad de Cristo durante los siglos I, II y III.
4. Conclusión.
El Concilio de Nicea no hizo otra cosa que reexpresar la tradicional fe cristiana sobre la divinidad de Cristo, profesada desde el principio por los apóstoles. Lo hizo por medio de una definición dogmática cuya intención principal era rechazar la herejía arriana, que negaba la divinidad del Hijo, contra la doctrina tradicional.
Durante dos milenios la Iglesia fundada por el mismo Jesucristo ha transmitido la fe en la divinidad de Cristo, expresada por escrito en los Evangelios, escritos poco después de la muerte y resurrección de Cristo. Hoy unos dos mil millones de cristianos (católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes) se mantienen fieles a este aspecto capital de la revelación bíblica: la divinidad de Cristo. A quienes hayan sentido que “El Código da Vinci” conmueve los fundamentos de la fe cristiana, los invitamos a reconocer la solidez de las evidencias que hemos expuesto y la inconsistencia de las “razones” que esa obra de ficción pretende oponer al consenso universal de las Iglesias y comunidades eclesiales cristianas.
Por último, exhortamos a los cristianos a profundizar sus conocimientos bíblicos para que estén en condiciones de dar razón de su esperanza a todo aquel que se lo pida.
Nota: Para la composición del apartado 2 utilizamos datos tomados de:
N.T. Ancient Manuscripts, en: http://www.biblefacts.org/history/oldtext.html
y Pastor V.S. Herrell, Papyrology
and the Dating of the New Testament, en:
http://www.christianseparatist.org/briefs/sb4.09.htm
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La fantasía del “invento” vs. la realidad del
“descubrimiento”
Dr.
Hace tiempo que diversos autores, desde el campo
de la sociología, la bioética, la antropología, la psicología, la teología y
otras disciplinas, promueven un proceso de despersonalización
deshumanizante. Esta despersonalización se expresa por una progresiva
corrupción en la racionalidad del
discurso y en la libertad de las
opciones planteadas. La racionalidad en el conocimiento y la libertad en su
aplicación son precisamente las características específicas del ser humano, del
ser persona, que se pierden en el contemporáneo fenómeno de globalización que
afecta nuestra cultura.
La globalización se relaciona con el consumo
masivo de un producto, de una idea, de una “versión” de la realidad, de una
“opinión”, que no necesariamente coincide con el beneficio de los consumidores,
sino con los intereses del mercado de producción y consumo. Se masifica el
consumo, atendiendo cada vez más a los intereses comerciales de lucro, antes
que a la verdad racionalmente conocida, y al bien, libremente escogido. La
evidencia científica y la libertad personal pasan a tener una importancia
secundaria para la difusión masiva del producto, primando el “interés del
mercado”. Así entendemos el mecanismo globalizante y despersonalizante.
El consumo globalizado, masificado y masivo se
caracteriza precisamente por esa pérdida de racionalidad y de libertad, que se
basa en eslóganes. La aplicación de este conocimiento, no crítico, no
analítico, no fundado en la realidad objetiva, lleva a opciones no libres.
Cuando sólo interesa la producción, vinculada al consumo, priman los intereses
de quienes quieren imponer un producto o determinada “versión” u “opinión” de
En estos carriles culturales es posible, y casi
necesario, esperar un crecimiento de la superstición y la brujería, como el que
actualmente se comprueba en nuestra sociedad. Si bien este fenómeno contrasta
con el desarrollo científico y tecnológico, es coherente con el hábito de dejar
de lado las opciones racionales y libres, personales. En este clima las nuevas
sectas aparecen como los hongos después de la lluvia y sus adherentes crecen,
al mismo tiempo que disminuyen quienes militan en la religión, que basa la
relación del hombre con Dios, en el conocimiento racional teológico, y en la
caridad, como máxima expresión de la libertad humana.
En los últimos años ha tenido lugar un nuevo
“avance” en este proceso de irracionalidad, que se manifiesta en el consumo de
fantasías, transmitidas por los medios de comunicación masiva, en forma de
libros o películas, con historias tan absurdas como las que pretenden deformar
“El Código
Da Vinci”, publicado por Dan Brown, si no el primero, fue quizá el caso más
conocido de este tipo de “productos”. Por su éxito comercial en el mercado
consumidor alentó nuevos y variados ensayos, que mantuvieron tres
características idénticas en las ulteriores “producciones”: a) el interés
económico-lucrativo que procura una masiva globalización en el consumo; b) la
fantasía que se basa en postulados irracionales; y c) en provocar la atención
del público, a través de enunciados que resultan llamativos, por un contenido
morboso y por su presentación bajo una forma histriónica y escandalosa.
El “éxito” de haber afirmado que Jesús no murió,
ni fue crucificado, puede llegar a ser tan “rentable”, como el afirmar que se
fugó con María Magdalena hacia la India... o hacia Francia, según las versiones
más actualizadas. En la misma línea de Dan Brown ha aparecido recientemente en
EE.UU. otro «best seller», el “Evangelio
de Tomás”, proponiendo un evangelio que “nos evita la crucifixión, hace innecesaria la resurrección y no nos
obliga a creer en ningún Dios llamado Jesús”. Parecería que pudiese
“fabricarse” la realidad más conveniente, de acuerdo con las preferencias del
consumidor, y esa filosofía no tiene por qué dejar a la Revelación fuera de ese
proceso de “realidades producidas”. Aunque por el momento el fenómeno se ha
visto limitado al Evangelio, no dudamos que algún autor creativo, con
conocimientos escriturísticos, podrá extender el mismo “arte” al Antiguo
Testamento, incluyendo también a Abraham, a Moisés y a los profetas.
Recientemente señalaba el predicador de
El nuevo fenómeno editorial-publicitario tiene
raíces profundas en una filosofía, como la del invento-descubrimiento, que no
es nueva en su renuncia a la racionalidad, ni a la evidencia científica del
bien, que es
Un ejemplo de lo que venimos sosteniendo,
respecto a “adaptar” el descubrimiento al invento, en una “retórica de producción
de conocimiento”, tuvo lugar al “descubrirse” la imagen, en negativo
fotográfico, impreso en la Sábana de Turín, también conocida como Santa
Síndone. La evidencia científica que documentaba la Pasión, Muerte y
Resurrección de Jesús de Nazaret, fue desechada por considerar que ese negativo
fotográfico procedía de
Las historias que actualmente se “inventan”
sobre el Evangelio, aún con su original fantasía, no son tan novedosas. Son
parte de un fenómeno antiguo y conocido, que desprecia la realidad objetiva
cuando la evidencia científica no se adecua a sus intereses, para optar por la
“retórica producción de conocimiento”.
Esta “retórica” es la que alimenta la “necedad” (“nesciencia”, falta de ciencia), señalada por el citado P.
Cantalamessa cuando afirma que: “no
podemos permitir que el silencio de los creyentes sea tomado por vergüenza y
que la buena fe (¿o la necedad?) de millones de
personas sea burdamente manipulada por los medios de comunicación sin levantar
un grito de protesta en nombre no sólo de la fe, sino también del sentido común
y de la sana razón”. Debemos recordar que ambas cosas que se reclaman, son
los caracteres que se pierden en la actual escalada global de
despersonalización, “burdamente
manipulada” desde distintas organizaciones internacionales: la
racionalidad, la sana razón, es
oscurecida; y la libertad, que permitiría levantar
un grito de protesta, es acallada, silenciada y ocultada.
Notas:
1) LOLAS, F., Proposiciones para una teoría de la medicina, Ed. Universitaria.
Santiago de Chile 1992, p. 32. (texto destacado en el
original).
2) Zenit, viernes 14 de abril 2006: El predicador del Papa denuncia: La Pasión
de Jesús, sometida a «rentable» manipulación.
3) Jn. 3, 19.
4) ANSÓN, F.,
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1)
Malcolm Muggeridge
"Fue la firmeza de la posición
católica en contra de la anticoncepción y contra el aborto lo que finalmente me
hizo decidirme a ser católico... La posición de la Iglesia es absolutamente
correcta. Es para su honra eterna que se ha opuesto a la anticoncepción aun
cuando su posición no fuera tomada en cuenta por el mundo. Creo que con el
pasar de la historia la gente reconocerá que fue un gallardo esfuerzo para
prevenir el desastre moral... He encontrado un lugar de descanso en
Malcolm Muggeridge, Confessions of a 20th-Century Pilgrim, San Francisco: Harper &
Row, 1988, 138-141,134-135.
Fuente: http://www.voxfidei.com/prodigos/6604.htm
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Es con verdadero gusto y honor que volvemos a
incluir en la revista un artículo del gran intelectual católico laico
uruguayo, Prof. Dr.
Prof. Dr.
***
Anotaciones sobre la actualidad sudamericana
Dr.
Hoy una nueva fase de turbulencia sacude
América Latina. Esta vez tiene mucho más cuerpo y peso que la explosión del
volcán centroamericano de los años ochenta, porque afecta toda Sudamérica. Se
ha ido arremolinando con el protagonismo de Chávez, las recientes victorias electorales
de Bachelet en Chile y Evo Morales en Bolivia, la consolidación de poder de
Kirchner en Argentina y los gobiernos “progresistas” de Lula en Brasil y Tabaré
Vázquez en Uruguay. El espinazo andino está conmovido y todo el cuerpo
sudamericano se pone en movimiento tenso.
Se hace difícil dar un juicio sintético sobre
la coyuntura actual, sin caer en lo meramente reactivo (y, por eso,
reaccionario) ante lo que se percibe sólo como confusión, amenaza y peligro, o
sin pretender cubrir la variedad y complejidad de situaciones con la capa de
ideologismos gastados o de verborragias tan iracundas como simplistas.
Es evidente que se ha ido dando un viraje
hacia la “izquierda”, en la constelación que algunos llaman “grosso modo” como populista-progresista.
¿Pero de qué izquierda se trata en una fase histórica e ideológica
post-comunista? Nada tiene que ver con la estrategia guerrillera de los años
sesenta-setenta, si bien la realidad no está vacunada suficientemente respecto
a eventuales estallidos puntuales de violencia. No son sus actores principales
los viejos partidos comunistas y socialistas, hoy desgastados y marginales. No
está a la orden del día
La turbulencia actual sudamericana se
inscribe ciertamente en la onda larga de la gigantesca y convulsa transición
epocal, desatada desde la conclusión del bipolarismo USA-URSS, y alimentada por
la aceleración y difusión de la revolución tecnológica, las dinámicas de
globalización-regionalización, el paso de los mesianismos ideológicos al
relativismo hedonista, las renovadas identificaciones culturales y religiosas,
el terrorismo del fundamentalismo islámico y la elevación de los niveles de
violencia y guerra... Es en medio de todo esto que se da la búsqueda dramática
de un nuevo orden mundial. Aunque más bien marginal en el escenario mundial,
también América Latina se ha visto conmovida. Nada puede ser igual que antes.
Caídos los muros, resurgida la utopía del
mercado autorregulador, América Latina intentó subirse al carro de los
vencedores y siguió prolijamente las recetas del “consenso de Washington”.
Inútil es demonizar nuestro pasado, de viraje en viraje. Hubo cosas buenas que
funcionaron y que no hay que echar por
No se afrontaron problemas cruciales
inevitables que ahora hacen eclosión. No hay políticas serias si no se afronta
el triste record de ser la región con las mayores desigualdades del mundo. Los
vastos sectores de excluidos del Estado y del mercado ya no son más marginados
resignados y silenciosos. El mundo “informal” de las masas que invadió ciudades
y ocupó crecientes ámbitos sociales y económicos (si bien, por lo general, de
supervivencia) tiende a nuevas y emergentes expresiones políticas, que son
canales de desahogo, protesta y protagonismo.
Los campesinos indígenas, los más humillados
y explotados, los más necesitados de justicia y liberación, ahora han dejado de
estar petrificados en el terruño de las altas montañas sino que han confluido
también en ese pulular popular en medio de las megalópolis desequilibradas y
violentas, bajo un bombardeo de imágenes que alimentan expectativas y
agresividades. Desde la derecha con Toledo y desde la izquierda con Morales
reaparecen brujos y chamanes en ceremonias de investiduras políticas en templos
de viejas divinidades: hacer resurgir un pasado pre-hispánico y pre-cristiano
es arcaísmo grotesco, que no lleva a ninguna parte, después de 500 años de
mestizaje étnico y cultural. Hay que valorizar, por cierto, todas las raíces,
“todas las sangres” –como dice el título del libro del peruano José M.
Arguedas– pero las referencias al europeísmo, al indigenismo y al
afroamericanismo son sólo pertinentes a causa de un mestizaje incompleto y
lacerado pero desde el que emerge la auténtica originalidad histórico-cultural
que llamamos América Latina. ¡Son incomparablemente más “latinoamericanos”
Nuestra Señora de Guadalupe y su Hijo! Quizás este repliegue identitario está
alimentado por un rencor oculto anti-católico de “leyenda negra” o de aquel
indigenismo que se “vende” mejor en el marketing de recursos europeos y
norteamericanos más dispuestos a invertir a favor de “indios” exóticos que de campesinos
muy pobres (aunque se trate exactamente de las mismas personas).
Ideólogos “iluminados”, a la derecha y a la
izquierda, no ven otra cosa que el tradicional “populismo” latinoamericano,
sinónimo de confusión, mote despectivo e indeterminado con el que pretenden
exorcizar la irrupción de nuevos sectores sociales y actores políticos. Y por
cierto que la realidad les da motivos abundantes para ello, porque esa
irrupción no puede estar exenta de confusiones, exasperaciones e intemperancias
que obnubilan, mazacotes ideológicos, desplantes temperamentales y proverbiales
retóricas que se vuelcan a menudo en verborragias más o menos virulentas.
Nos preguntamos: ¿puede extrañar también la
vuelta al “antiimperialismo” en tiempos de super-exposición global de los
Estados Unidos y de su ausencia de prioridad, estrategia y no digamos
solidaridad respecto a América Latina, mientras el ALCA, casi difunto,
demuestra que pretende mucho para sus intereses y concede bastante poco para
los eventuales socios más débiles y vulnerables? ¡Qué incapacidad para asociar
a sus “vecinos” en una auténtica dinámica de solidaridad y desarrollo!
En la situación sudamericana actual se asiste
por cierto a inevitables dosis de confusión y asoman aquí y allá peligros
reales y graves de derivas autoritarias. Hay que custodiar nuestras frágiles
democracias, resistentes desde más de un cuarto de siglo; son un bien que ha
costado muchos sufrimientos, sangre y luchas. A la vez se advierten síntomas
“calientes” de rebelión contra arraigadas y estridentes injusticias, reclamos
de dignidad de los pueblos, clamores por apostar a un futuro diverso. Hay
también una mayor conciencia de un destino sudamericano común y de tener que
contar sobre todo en las propias fuerzas. Pero “del dicho al hecho hay un gran
trecho”. Una cosa son las proclamas encendidas, pero otra muy diversa y mucho
más compleja y difícil es el gobierno realista de la cosa pública, sus
estrategias y programas de transformación y construcción, en medio de escasos
márgenes de maniobra y de situaciones difícilmente controlables. Es tentación
la de contraponer, dividir, polarizar e insultar para reinar, pero la
gigantesca obra de reconstrucción y liberación de un pueblo exige contar con el
mayor consenso popular, nacional e ideal de energías. Es fácil acumular las
tintas acusatorias sobre los chivos emisarios que cargan con nuestros males,
pero mucho más difícil es asumir seriamente la grave responsabilidad de ir
definiendo y actuando, desde las propias circunstancias, nuevos paradigmas de
desarrollo, de justicia, a la altura y en las condiciones de nuestro tiempo. Es
contradictorio apostar retóricamente por el imprescindible repensamiento,
desbloqueo y relanzamiento del MERCOSUR y por caminar decididamente hacia
Querer embretar la realidad dentro de
esquemas ideológicos y poner la confianza sólo en la conquista y ejercicio del
poder termina llevando o a la violencia, e incluso la dictadura, o a la
corrupción; en todo caso a
La promoción de un crecimiento económico
persistente y autosostenido, la gradual superación de los muros de
desigualdades y exclusiones, la incorporación tecnológica y modernización de
los sectores productivos con alto valor agregado, la elevación de los niveles
educativos en cantidad y calidad, la reconstrucción del tejido familiar y
social, la consolidación y extensión de una auténtica democracia, la
construcción de un Estado que no sea ineficiente, sofocante y meramente
asistencialista y de un mercado que logre ser inclusivo y no excluyente, el
camino de integración y solidaridad hacia el mercado común y la confederación
sudamericana... son grandes y exigentes tareas históricas que requieren firme paciencia
y serena inteligencia. Requieren todavía sangre, sudor y lágrimas de pueblos
protagonistas, conscientes de que sólo del sacrificio, de la movilización de
todas sus energías de dignidad, laboriosidad, empresarialidad y solidaridad, de
ímpetus profundos de fraternidad, se podrá avizorar espirales verdaderos de
esperanza.
No podemos saltear la obra paciente, ingente,
capilar, global de una educación de las personas, a todos los niveles, porque
nada es bueno si no requiere, implica y sostiene un crecimiento de humanidad,
en todas sus dimensiones (razón y libertad, dignidad y responsabilidad,
fraternidad y solidaridad, formación y competencia, laboriosidad y
creatividad). Sólo un amor más grande que nuestras medidas humanas es revolucionario, a la medida de auténticas construcciones
humanas, y perdura en el tiempo. Los mejores recursos de humanidad de nuestros
pueblos vienen del arraigo de la fe cristiana en su tradición y cultura,
siembra potente de dignidad de las personas, de fraternidad por reconocimiento
de paternidad común, de pasión por la justicia contra las opresiones del
pecado, de esperanza siempre renovada contra toda esperanza. Toda insidia
contra esa tradición católica es en América Latina antipopular, antinacional,
antilatinoamericana. Nada de verdaderamente humano se construye arrastrando
ideologías anacrónicas que ya han demostrado todas sus miserias, crímenes y
fracasos, ni desde el neoliberalismo radical, el relativismo hedonista y los
subproductos culturales de las decadentes sociedades superburguesas del consumo
y el espectáculo. Hay quienes se disfrazan con máscaras “progresistas”
promoviendo la liberalización abortiva, la manipulación genética, la eutanasia
y la eugenesia, porque serviles a los grandes poderes que buscan imponer una cultura
global inducida y homologada, que atenta contra la cultura de la vida,
neomalthusiana, y que desfibre el temple humano de nuestros pueblos. Si los
movimientos políticos populares tuvieron siempre, más allá de episodios
efímeros de contraposición con
Un hecho que impresiona en este contexto: en
estos 25 últimos años, que son los más extensos de democratización en casi toda
América Latina, en los que ha habido profundos recambios de formas y dirigentes
políticos, ¿cuántas importantes y significativas presencias católicas han
emergido como liderazgos de primer plano en los nuevos escenarios públicos de
las naciones? La respuesta puede ser desolante. Pero se trata de un epifenómeno
y de un índice. La actual coyuntura latinoamericana hace más notorio el déficit
que se advierte a diversos niveles de
Falta “latinoamericanizarse” de nuevo. Falta
sobre todo, para cada uno de nosotros, algo todavía mucho más importante.
Quizás hemos vivido mucho tiempo recostados y confiados
en la tranquila posesión de la fe católica en nuestros pueblos. Quizás hemos
salido cansados de muchas laceraciones y pruebas sufridas en las primeras
décadas de conmociones post-conciliares y nos hemos algo reposado en más
tranquilos ritmos del “tran-tran” eclesiástico. Pero ahora que ese precioso don
y patrimonio está sometido a potentes y profundas tendencias de erosión y se
arremolina turbulenta la realidad latinoamericana, nos cuesta ponernos en
tensión dramática, recomenzando con la novedad de un reencuentro con
Jesucristo. “Al comienzo del ser
cristiano no hay una decisión ética o una gran idea –nos recuerda S.S.
Benedicto XVI en su Encíclica “Deus
caritas est” ¡y se refiere a nuestro presente!- sino el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da a la
vida un nuevo horizonte y con ello la dirección decisiva” (n. 1).
Si es verdadero reencuentro -con la misma
realidad, novedad, actualidad y poder de afecto y persuasión de aquel encuentro
vivido por sus primeros discípulos en la riberas del Jordán... o por los
“juandiego” del “nuevo mundo” 500 años ha-, entonces abraza y cambia toda la
vida (afectos, trabajos, empeños), toda la mirada sobre la realidad, la
inteligencia de las cosas, las tareas que se afrontan. Entonces suscita una
renovada pasión por la vida y el destino de los latinoamericanos -desde esa
“fusión” del amor a Dios y a los prójimos de la que escribe Benedicto XVI en su
encíclica- y se despliega un celo apostólico para compartir la verdad, la
belleza y el bien del don recibido y experimentado. Entonces hace vivir la
pertenencia a la comunidad cristiana como reflejo y signo de ese misterio de
comunión, que es flujo de nueva sociedad –una familia de hermanos,
reconciliados no obstante todos nuestros límites, ya no más extraños ni
indiferentes, ni esclavos de las dialécticas de enemistad y contraposición,
donde el amor se demuestra más fuerte que el odio y que la muerte– a la que
todos ansiamos. Entonces nos confiamos sobre todo a la misericordia de Dios,
porque solos no vamos a ninguna parte.
Hoy existe la amenaza apremiante de acabar con
esa “anomalía” mundial que es la originalidad histórico-cultural que llamamos
América Latina, sellada por la fe católica. Poderes mundiales se sirven de las
comparsas más variadas para seguir radicalizando una creciente hostilidad e
intolerancia contra la profesión de la fe católica. Pretenden una apostasía de
masas. Y se combinan con las crecientes formas de limitación de la libertad y
persecución que los cristianos sufren en tierras de los fundamentalismos
religiosos. En tierras latinoamericanas asoman aquí y allá los mismos signos de
intolerancia y agresividad, buscando erosionar lo que persiste como sustrato
católico en la cultura de los pueblos y desvirtuar ese alto nivel de confianza
y credibilidad del que
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Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 18-24.
18. ¿Por qué decimos que
Decimos que
19. ¿Cómo se debe leer
20. ¿Qué es el canon de las
Escrituras?
El canon de las Escrituras es el elenco completo de todos los escritos
que
21. ¿Qué importancia tiene el Antiguo Testamento para los cristianos?
Los cristianos veneran el Antiguo Testamento como verdadera Palabra de Dios: todos sus libros están divinamente inspirados y conservan un valor permanente, dan testimonio de la pedagogía divina del amor salvífico de Dios y han sido escritos sobre todo para preparar la venida de Cristo Salvador del mundo.
22. ¿Qué importancia tiene el Nuevo Testamento para los cristianos?
El Nuevo Testamento, cuyo centro es Jesucristo, nos transmite la verdad definitiva de la Revelación divina. En él, los cuatro Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, siendo el principal testimonio de la vida y doctrina de Jesús, constituyen el corazón de todas las Escrituras y ocupan un puesto único en la Iglesia.
23. ¿Qué unidad existe entre el Antiguo y el Nuevo Testamento?
La Escritura es una porque es única la Palabra de Dios, único el proyecto salvífico de Dios y única la inspiración divina de ambos Testamentos. El Antiguo Testamento prepara el Nuevo, mientras que éste da cumplimiento al Antiguo: ambos se iluminan recíprocamente.
24. ¿Qué función tiene
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Capítulo 1 – Un informe para los editores
Vittorio Messori
Aquí tienen lo que he conseguido
averiguar. Ha pasado bastante más de un año desde que decidí investigar -como
un cronista con aires de detective- tal y como lo habría hecho sobre
Pongo las cartas sobre
La realidad en la que me he sumergido, para intentar descifrarla, es mucho más
consoladora o inquietante, mucho más prometedora o amenazante (todo depende del
punto de vista; aquí, sin embargo, no son fáciles las medias tintas) de lo que
la mayoría de los católicos ni siquiera sospecha. Pero, desde luego, mucho más
de lo que yo pensaba.
No es sólo la realidad presente lo que me ha hecho pensar. Me impresiona
imaginar lo que puede ser en el futuro. "Estamos sólo al comienzo de una
grandísima aventura", he escuchado de labios de muchos de la Obra, con una
seguridad tan desconcertante como desprovista (al menos, así me lo ha parecido)
de pomposa arrogancia.
En 1928, esta institución de la Iglesia contaba con un único miembro, el
fundador; hoy se acerca a los ochenta mil (mitad mujeres, mitad hombres), de
más de noventa nacionalidades, con una presencia que crece continuamente en
todos los continentes. En Europa, hay cuarenta y seis mil miembros del Opus
Dei; en América, veintisiete mil, y siete mil en Asia y Oceanía. En Africa, el
crecimiento es algo lento, aunque se está acelerando, (un millar de miembros).
Me han recordado con frecuencia los de "dentro", con certeza serena,
las palabras del fundador: "el Opus Dei es un mar sin orillas".
Por decirlo con palabras de un observador que, sin formar parte del Opus Dei,
lo conoce por dentro, realmente sorprendente se mire como se mire: "no es
temerario afirmar que está ocurriendo, discretamente y a menudo en silencio,
una especie de revolución. La importancia eclesial del Opus Dei y su proyección
social están empezando a notarse ahora. Sólo el tiempo la dará a conocer en
toda su amplitud".
Es indispensable añadir una precisión. Las personas que creen en el Evangelio y
lo leen desde una perspectiva católica, saben cuánta verdad encierran las
palabras que Jesús dirige a Simón, hijo de Jonás: "Tú eres Pedro, y sobre
esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán
contra ella" (Mt 16, 18).
Así está escrito. Para los creyentes, la Iglesia, edificada sobre los sucesores
de Simón-llamado-Piedra, llegará hasta la consumación de los tiempos, hasta el
gran final del regreso glorioso de Cristo. Pero lo que no está escrito es en
qué condiciones perdurará hasta entonces.
Estos mismos creyentes deben rechazar cualquier actitud triunfalista ante el
futuro, pues los Evangelios recogen también muchas referencias enigmáticas e
inquietantes (en Lucas "Pero el Hijo del hombre, cuando vuelva,
¿encontrará fe sobre la tierra?", 18, 8; en Mateo: "se levantarán
muchos falsos profetas y engañarán a muchos; por la abundancia de la iniquidad,
el amor de muchos se enfriará...", 24, 11 y ss.); en Pablo ("que
nadie os engañe de ninguna manera, porque antes ha de venir la apostasía y se
ha de manifestar el hombre de iniquidad, el hijo de la perdición", 2 Tes
2, 3), y en otros muchos textos del Nuevo Testamento.
Sin embargo, sea cual sea el imprevisible futuro de la Iglesia, me parece
bastante previsible que, en su seno, el Opus Dei tendrá mucho que decir. Es
más, pienso que constituirá una estructura bien cimentada, cualesquiera que
sean las dimensiones (acrecentadas o reducidas) del rebaño eclesial -ya sea
grande o pequeño- en los tiempos venideros.
No aspiro a suplantar a profetas y adivinos en su arriesgada profesión: mis
conclusiones no son más que el balance razonado de los datos obtenidos a lo
largo de mi investigación, y sobre los cuales reflexioné a la luz de los
trends, de las constantes y de las desviaciones que han caracterizado a los
veinte siglos de historia cristiana.
Parece verificarse de nuevo una paradoja nada infrecuente: las presuntas
"vanguardias", es decir, esos sectores que se autoproclamaban (y así
les consideraban muchos) "el futuro", resultan ser en realidad el
pasado. Mientras el presente y -probablemente- el mañana van (e irán) hacia lo
que parecía ser un legado del pasado, destinado a ser superado por lo
"nuevo".
En efecto, desde hace algunos decenios, en el ambiente clerical lo nuevo estaba
representado, en opinión de muchos, por el catolicismo autoproclamado
"progresista", ese que con tanta frecuencia ambicionaba, más que el
diálogo, la fusión (en la praxis e incluso en la teoría) con el marxismo y, en
general, con las fuerzas llamadas "de izquierdas".
De golpe -con la caída y el descrédito irreparables de la superstición
marxista, confundida también por creyentes como "ley científica de la
historia"-, ese Catolicismo se ha topado no con los profetas del 2000,
sino con los supervivientes de una ideología decimonónica y cubierta de polvo.
Basta recordar, por ejemplo, a las figuras católicas que, en la Italia de los
años sesenta y setenta, aceptaron ser elegidos al Parlamento en las listas
comunistas, como "avanzadillas" -así se proclamaban ellos- de las
masas cristianas. Hoy han quedado, de golpe, reducidos a caricaturas
anacrónicas. Y pensar que pontificaban -solemnes y venerados-, invitando a la
Jerarquía (no pocas veces intimidada, o al menos paralizada) a que declarase
que la Biblia no era sino el anuncio y la confirmación de El capital o de los
Cuadernos desde
El Opus Dei ha atravesado los años de la contestación clerical en silencio,
manteniéndose firme en la Tradición y el Magisterio: en el del Papa, claro,
porque no han faltado algunos obispos que parecían vacilar ante un presunto
"progresismo", que luego el paso del tiempo ha vuelto retrógrado. Por
esta fidelidad a prueba de bomba, la Obra fue despreciada como algo anacrónico,
se desconfió de ella como si fuera una especie de quiste preconciliar que
agonizaría ante lo Nuevo-que-avanza.
Por el contrario, si aquella presunta "novedad" se ha vuelto
anticuada de golpe y de modo irremediable, lo que parecía "viejo"
goza de buena salud (por ejemplo: frente a la caída de las vocaciones, que
continúa en casi toda la Iglesia, a pesar de débiles e insuficientes signos de
recuperación, hay aquí una expansión metódica y continua), y además se
confirman las previsiones de que tendrá cada vez más peso y prestigio en la
Iglesia del futuro.
Nota: Se puede leer el libro completo en:
http://www.todosloslibros.info/texto_articulo.php?libro=108&tipo_libro=9
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Conferencia
Título: ¿Qué hay de cierto tras “El Código da Vinci”?
Conferencista: Miguel A. Pastorino.
Fechas: Martes 2 y Jueves 4 de mayo de 2006.
Hora de comienzo: 19:00.
Lugar: Líbrería Paulinas – Colonia 1311 esq. Yaguarón (Montevideo).
Teléfono: 900 6820.
*******
Curso
Título: Curso para Novios d-A2.
Organizador: Instituto de Ciencias Familiares.
Fechas: Sábados, del 6 de mayo al 8 de julio de 2006.
Horario: de 20:00 a 22:00.
Lugar: Bulevar Artigas 2714 (Montevideo).
Teléfonos: 480 6075 – 486 0060 int. 103 – 099 937 002.
E-mail: icf2004@adinet.com.uy
Costo: $ 500 por persona.
*******
Boicot
Actividad: Ir al cine a ver cualquier película excepto “El Código da Vinci”.
Fechas: Viernes 19, Sábado 20 y Domingo 21 de mayo de 2006 (fin de semana del estreno mundial).
Lugar: Cines de todo el mundo.
Propuesta de: Barbara Nicolosi, miembro de
( http://www.catholicacademy.org ).
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John Henry Newman
I bow at Jesu's
name, for 'tis the Sign
Of awful mercy
towards a guilty line
Of shameful
ancestry, in birth defiled,
And upwards from a
child
Full of unlovely
thoughts and rebel aims
And scorn of
judgement-flames,
How without fear can
I behold my Life,
The Just assailing
sin, and death-stain'd in the strife?
And so, albeit His
woe is our release,
Thought of that
woe aye dims our earthly peace;
The Life is hidden
in a Fount of Blood!
And this is
tidings good
For souls who,
pierced that they have caused that woe,
Are fain to share
it too.
But for the many
clinging to their lot
Of wordly ease and
sloth, 'tis written: "Touch Me not".
***
Me inclino ante el nombre de Jesús, pues es
el Signo
De tremenda misericordia hacia un linaje culpable.
De
estirpe vergonzosa, manchado en el nacimiento,
Y
desde niño en adelante
Lleno
de pensamientos feos y designios rebeldes
Y
desdén por las llamas del juicio,
¿Cómo
puedo sin temor contemplar mi Vida,
El Justo
al asalto del pecado y ensuciado de muerte en la refriega?
Y
así, aunque Su dolor es nuestra liberación,
Pensar
en ese dolor siempre oscurece nuestra paz terrena.
¡La
Vida está escondida en una Fuente de Sangre!
Y
éstas son buenas noticias
Para
las almas que, traspasadas por haber causado ese dolor,
Están también contentas de compartirlo.
Pero
para los muchos que se aferran a su porción
De
comodidad y pereza mundanas, está escrito: "No Me toques".
John Henry Newman, Verses on various occasions, 89.
Fuente: Newmaniana, Nº 38 (Mayo 2003), p. 19.
Traducción revisada por Fe y Razón.
"Newmaniana" es una publicación de
“Amigos de Newman en la Argentina”.
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