Fe y Razón

Revista virtual de suscripción gratuita

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 3 – Semana Santa de 2006

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)

 

 

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Equipo de Dirección: Diác. Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing. Daniel Iglesias.

Colaboradores: Dr. Carlos Alvarez Cozzi, R. P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Dra. María Lourdes González, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Sr. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Alvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

TABLA DE CONTENIDOS

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Si quieres la paz, defiende la vida

Equipo de Dirección

Tema central

Los principios innegociables para la Iglesia en la vida pública

Papa Benedicto XVI

Tema central

Declaración Final del Congreso Internacional sobre

“El embrión humano en la fase de preimplantación”

Pontificia Academia para la Vida - XII Asamblea General

Tema central

Un uruguayo en la Pontificia Academia para la Vida

Prof. Dr. Gustavo Ordoqui Castilla

Tema central

El embrión humano en los 15 primeros días de su existencia ¿es "persona"?

Lic. Néstor Martínez

Tema central

Los delitos no se reglamentan

Prof. Dr. Gustavo Ordoqui Castilla

Tema central

El aborto y la laicidad del Estado

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

Familia y Vida

Amor de esposos

Diác. Milton Iglesias Fascetto

Doctrina Social

La diplomacia de la verdad de la Santa Sede

Papa Benedicto XVI

Ciencia y Fe

Azar y finalidad

Juan Carlos Riojas Álvarez

Documentos

El servicio del cristiano en la política

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia

Reseñas

El coraje de ser católico

C. John McCloskey

Meditación

"Simón, ¿tú me amas?"

Luigi Giussani

 

 

Si quieres la paz, defiende la vida

 

Equipo de Dirección

 

El 5 de diciembre de 2003 el Ministerio de Salud Pública del Uruguay autorizó la venta de Misoprostol, un fármaco indicado para el tratamiento de úlceras gastroduodenales, que también puede ser utilizado (ilegalmente) para producir abortos. El Misoprostol tiene una alta eficacia abortiva durante los dos primeros trimestres del embarazo y puede causar graves problemas de salud a las mujeres que lo utilizan con fines abortivos sin supervisión médica. El uso abortivo de Misoprostol se ha difundido bastante en nuestro país, mientras las autoridades públicas miran para otro lado.

 

También en 2003 la Cámara de Representantes del Uruguay aprobó el proyecto de ley denominado "de Defensa de la Salud Reproductiva", que establecía la libertad de abortar dentro de las primeras doce semanas de embarazo -prácticamente por la sola voluntad de la madre- y presentaba muchas otras características funestas, como la desestimación del rol del padre y la falta de respeto a la objeción de conciencia individual o institucional. El día 4 de mayo de 2004 ese proyecto de ley fue rechazado por la Cámara de Senadores. Alrededor de un 90% de los Senadores y Representantes del actual partido de gobierno votaron a favor del proyecto, dato que al parecer no fue muy tenido en cuenta por muchos católicos en las elecciones nacionales de 2004. En marzo de 2006 varios legisladores de dicho partido político anunciaron su intención de volver a presentar el mismo proyecto de ley en el Parlamento. Este intento fue frenado por el Presidente de la República, personalmente opuesto al aborto, quien se comprometió a vetarlo en caso de que fuera aprobado.

 

La ley vigente en Uruguay desde 1938 considera siempre el aborto como un delito, aunque permite que quede exento de pena en algunos casos. Sin embargo, hace pocos días la prensa anunció que la Facultad de Medicina de la Universidad de la República y el Sindicato Médico del Uruguay presentarán un proyecto para “reglamentar la práctica de abortos autorizados por ley”.

 

También en estos días la prensa uruguaya anunció que el Parlamento podría aprobar próximamente un proyecto de ley que daría reconocimiento legal a las uniones concubinarias heterosexuales u homosexuales.

 

Por estas razones hemos decidido publicar en esta Semana Santa un número extraordinario de la Revista “Fe y Razón”, dedicado sobre todo a la defensa del derecho a la vida y de los derechos del matrimonio y la familia.

 

En este número publicamos en primer lugar un discurso del Papa Benedicto XVI a representantes del Partido Popular Europeo, donde Su Santidad expresa tres principios innegociables para los católicos en la vida pública: el derecho a la vida, los derechos del matrimonio y de la familia y la libertad de educación.

 

A fines de febrero tuvieron lugar en Roma la XII Asamblea General de la Pontificia Academia para la Vida y un Congreso Internacional sobre “El embrión humano en la fase de preimplantación”. En este número publicamos la declaración final de ese Congreso, un comentario del Lic. Néstor Martínez sobre esa declaración y una entrevista al Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, colaborador de “Fe y Razón”, quien participó de ambos eventos como miembro de la citada Academia.   

 

El pueblo uruguayo, como todos los pueblos, ama la paz. La paz es la tranquilidad en el orden; está basada en un orden social justo. Ante los tenebrosos sucesos que hemos descripto al principio de este editorial, recordamos a todos nuestros lectores, particularmente a los uruguayos, aquel famoso lema del Papa Pablo VI: “Si quieres la paz, defiende la vida”.

 

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Los principios innegociables para la Iglesia en la vida pública

Discurso de Benedicto XVI a los participantes en un congreso promovido por el Partido Popular Europeo


CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 29 marzo 2006 (ZENIT, www.zenit.org).

Publicamos el discurso que dirigió este jueves Benedicto XVI al recibir en audiencia a los participantes en un congreso promovido por el Partido Popular Europeo sobre el viejo continente.


* * *


Honorables parlamentarios,

distinguidas señoras y señores:


Con alegría os doy la bienvenida con motivo de las Jornadas de Estudio sobre Europa, organizadas por vuestro grupo parlamentario. Los romanos pontífices siempre han dedicado una atención particular a este continente. La audiencia de hoy es un ejemplo elocuente y se enmarca en la larga serie de reuniones entre mis precursores y los movimientos políticos de inspiración cristiana. Doy las gracias al honorable señor Pöttering por las palabras que me ha dirigido en vuestro nombre, y le hago llegar a él y a todos vosotros mi más cordial saludo.


En estos momentos, Europa tiene que afrontar complejas cuestiones de gran importancia, como la ampliación y desarrollo del proceso de integración europea, la definición cada vez más exacta de política de vecindad dentro de la Unión y el debate sobre su modelo social. Para alcanzar estos objetivos, será muy importante inspirarse con fidelidad creativa en la herencia cristiana que ha dado una aportación decisiva a la hora de forjar la identidad de este continente.


Si valora sus raíces cristianas, Europa será capaz de dar un rumbo seguro a las opciones de sus ciudadanos y de sus pueblos, reforzará su conciencia de pertenecer a una civilización común y alimentará el compromiso de afrontar los retos  del presente para lograr un futuro mejor. Por ello, aprecio el que vuestro grupo haya reconocido la herencia cristiana de Europa, que ofrece valiosas orientaciones éticas para la búsqueda de un modelo social que responda adecuadamente a las exigencias de una economía globalizada y de los cambios demográficos, asegurando el crecimiento y el empleo, la protección de la familia,  igualdad de oportunidades para la educación de los jóvenes y la atención por los pobres.


Además, vuestro apoyo al patrimonio cristiano puede contribuir decisivamente a  la derrota de una cultura que ahora se ha difundido claramente en Europa y que relega a la esfera privada y subjetiva la manifestación de las propias convicciones religiosas. Las  políticas cimentadas en este fundamento no sólo implican el repudio del papel público del cristianismo, sino que más en general excluyen el compromiso con la tradición religiosa de Europa, sumamente clara a pesar de sus variaciones confesionales, convirtiéndose en una amenaza para la misma democracia, cuya fuerza depende de los valores que  promueve (Cf. «Evangelium Vitae», 70).


Dado que esta tradición, precisamente en su así llamada unidad polifónica, transmite valores que son fundamentales para el bien de la sociedad, la Unión Europea sólo podrá verse enriquecida en su compromiso con ella. Sería un signo de inmadurez, o incluso de debilidad, oponerse a ella o ignorarla, en vez de dialogar con ella. En este contexto, hay que reconocer la existencia de una cierta intransigencia laicista que es enemiga de la tolerancia y de una sana concepción laica del estado y de la  sociedad.


Por eso, me complace el que el tratado constitucional de la Unión Europea prevea una relación estructurada y continua con las comunidades religiosas, reconociendo su identidad y su contribución específica. Confío en que la efectiva y correcta aplicación de esta relación comience ahora con la cooperación de todos los movimientos políticos independientemente de las posiciones de partido.


No hay que olvidar que, cuando las Iglesias o las comunidades eclesiales intervienen en el debate público, expresando reservas o recordando principios, no están manifestando formas de intolerancia o interferencia, pues estas intervenciones buscan únicamente iluminar las  conciencias, para que las personas  puedan actuar libremente y con responsabilidad, según las auténticas exigencias de la justicia, aunque esto pueda entrar en conflicto con situaciones de poder y de interés personal.


En la medida en que afecta a la Iglesia católica, el interés principal de sus intervenciones en la vida pública se centra en la protección y la promoción de la dignidad de la persona y por ello presta particular atención a los principios que no son negociables.


Entre éstos, hoy emergen claramente los siguientes:


- protección de la vida en todas sus fases, desde el primer momento de su concepción hasta su muerte natural;


- reconocimiento y promoción de la estructura natural de la familia, como una unión entre un hombre y una mujer basada en el matrimonio, y su defensa ante los intentos de hacer que sea jurídicamente equivalente a formas radicalmente diferentes de unión que en realidad la dañan y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su papel social insustituible;


- la protección del derecho de los padres a educar a sus hijos.


Estos principios no son verdades de fe, aunque queden iluminados y confirmados por fe; están inscritos en la naturaleza humana, y por lo tanto son comunes a toda la humanidad. La acción de la Iglesia en su promoción no es por lo tanto de carácter confesional, sino que se dirige a todas las personas, independientemente de su afiliación religiosa.


Por el contrario, esta acción es aún más necesaria en la medida en que estos principios son negados o malentendidos, pues de este modo se comete una ofensa a la verdad de la persona humana, una grave herida provocada a la justicia misma.


Queridos amigos, exhortándoos a ser testigos creíbles y consecuentes de estas verdades fundamentales con vuestra actividad política, y de forma aún más fundamental con vuestro compromiso de vida auténtica y coherente, invoco sobre vosotros y vuestro trabajo la continua asistencia de Dios, en prenda de la cual os imparto a vosotros y a quienes os acompañan mi bendición.


 [Traducción del original en inglés realizada por Zenit

© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]


ZS06033002

 

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Declaración Final del Congreso Internacional sobre

“El embrión humano en la fase de preimplantación”

 

Pontificia Academia para la Vida - XII Asamblea General

 

En ocasión de la XII Asamblea General, la Pontificia Academia para la Vida (APV) ha celebrado un Congreso Internacional sobre el tema “El embrión humano en la fase de preimplantación. Aspectos científicos y consideraciones bioéticas”. Al término del trabajo desarrollado la APV desea ofrecer a la comunidad eclesial y a la sociedad civil en su conjunto algunas consideraciones sobre lo que ha sido objeto de su reflexión.

 

1. A nadie escapa que gran parte del debate bioético contemporáneo, sobre todo en estos últimos años, está concentrado en torno a la realidad del embrión humano, ya sea considerado en sí mismo o en relación al actuar de los otros seres humanos en sus confrontaciones: esto se explica desde el momento que las múltiples implicancias (científicas, filosóficas, éticas, religiosas, económicas, ideológicas, etc.) ligadas a estos ámbitos, inevitablemente terminan por catalizar diferentes intereses, más que atraer la atención de quienes están en la búsqueda de un actuar ético auténtico.

Se vuelve por lo tanto ineludible afrontar un problema de fondo: “¿el embrión humano es alguien o cosa?”. Para poder dar una respuesta fundada y coherente a tal interrogante se deben tener en cuenta criterios de acción que sean plenamente respetuosos de la verdad integral del mismo embrión.

A tal fin, según una correcta metodología bioética, es necesario ante todo volver la vista a los datos que la ciencia pone hoy a nuestra disposición para conocer en gran detalle los diversos procesos a través de los cuales un nuevo ser humano inicia su existencia. Tales datos deberían pues ser expuestos a la interpretación antropológica, a fin de evidenciar los significados y los valores emergentes, a los cuales, en fin, hacer referencia para derivar las normas morales del actuar concreto, de la praxis operativa.

 

2. A la luz, entonces, de las adquisiciones más recientes de la embriología es posible fijar algunos puntos esenciales universalmente reconocidos.

 

a) El momento que marca el inicio de la existencia de un nuevo “ser humano” está representado por la penetración del espermatozoide en el óvulo. La fecundación induce toda una serie de eventos articulados y transforma la célula huevo en “cigoto”. En la especie humana penetran al interior del óvulo, el núcleo del espermatozoide (localizado en la cabeza) y un centriolo (el cual tendrá el rol determinante en la formación del huso mitótico en el acto de la primera división celular), la membrana plasmática queda afuera. El núcleo masculino sufre profundas modificaciones bioquímicas y estructurales que dependen del citoplasma del óvulo y que van a predisponer la función que el genoma masculino comenzará rápidamente a desarrollar. Se asiste de hecho a la descondensación de la cromatina (inducida por factores sintetizados en la última fase de la ovogénesis) que hace posible la transcripción de los genes paternos. El óvulo luego del ingreso del espermatozoide completa su segunda división meiótica y elimina el segundo glóbulo polar, reduciendo su genoma a un número haploide de cromosomas a fin de reconstituir en conjunto con los cromosomas aportados por el núcleo masculino el cariotipo característico de la especie.

Al mismo tiempo esto lleva a una “activación” del punto de vista metabólico, en vistas a la primera mitosis.

Siempre es el ambiente citoplasmático del óvulo el que induce al centriolo del espermatozoide a duplicarse constituyendo así el centrosoma del cigoto. Tal centrosoma se duplica en vista a la constitución de los microtúbulos que componen el huso mitótico.

Los dos sets cromosómicos encuentran al huso mitótico ya formado y se disponen en el ecuador en posición de metafase. Siguen las otras fases de la mitosis y al final el citoplasma se divide y el cigoto da vida a los primeros dos blastómeros.

La activación del genoma embrionario es probablemente un proceso gradual. En el embrión unicelular humano están ya activos 7 genes , otros se expresan en el pasaje del estadio de cigoto a aquél de dos células.

 

b) La biología y, más en particular, la embriología proveen la documentación de una definitiva dirección de desarrollo: esto significa que el proceso está “orientado” en el tiempo en la dirección de una progresiva diferenciación y adquisición de complejidad y no puede regresar a los estadios ya recorridos.

 

c) Un ulterior punto adquirido con las primerísimas fases del desarrollo es aquel de la “autonomía” del nuevo ser en el proceso de autoduplicación del material genético.

 

d) Estrechamente correlacionado a la propiedad de la “continuidad” están también las características de “gradualidad” (el pasaje necesario del tiempo de un estadio menos diferenciado a otro más diferenciado) y de “coordinación” del desarrollo (existencia de mecanismos que regulan en un conjunto unitario el proceso de desarrollo). Estas propiedades -al inicio casi descuidadas en el debate bioético- se consideran más importantes en épocas recientes, como motivo de las progresivas adquisiciones que la investigación ofrece sobre la dinámica del desarrollo embrionario, también en el estado de “mórula” que precede la formación del blastocisto. El conjunto de estas tendencias constituye la base para interpretar al cigoto ya como un “organismo” primordial (organismo unicelular) que exprime coherentemente su potencialidad de desarrollo a través de una continua integración, primeramente entre varios componentes internos y luego entre las células a las cuales da lugar luego progresivamente. La integración es ya morfológica y bioquímica.

La investigación en curso desde hace algunos años aporta ulteriores “pruebas” de esta realidad.

 

3. Tales adquisiciones de la moderna embriología necesitan ser sometidas a la valoración de la interpretación filosófico-antropológica para poder acoger el precioso valor que cada ser humano, también en estadio embrionario, lleva con él y expresa. Se trata, entonces, de afrontar la cuestión básica del estatuto moral del embrión.

Es conocido cómo tras varias propuestas hermenéuticas presentes en el debate bioético actual se han indicado diversos momentos del desarrollo embrionario humano a los cuales ligar las atribuciones de su estatuto moral, validando a menudo razones fundadas sobre criterios “extrínsecos” (es decir, partiendo de factores externos al embrión mismo). Pero tal modo de proceder no resulta ser idóneo para identificar realmente el estatuto moral del embrión, desde el momento que cada posible juicio termina por basarse sobre elementos del todo convencionales y arbitrarios.

Para poder formular un juicio más objetivo sobre la realidad del embrión humano y deducir entonces las indicaciones éticas, se necesita tomar más en consideración los criterios “intrínsecos” al mismo embrión; a comenzar propiamente de los datos que el conocimiento científico pone a nuestra disposición. A partir de ellos, se puede asegurar que el embrión humano en la fase de preimplantación es:

a) un ser de la especie humana;

b) un ser individual;

c) un ser que posee en sí mismo la finalidad de desarrollarse en cuanto persona humana y en conjunto la capacidad intrínseca de operar tal desarrollo.

De todo esto ¿se puede concluir que el embrión humano en la fase de preimplantación sea ya realmente una “persona”? Es obvio que tratándose de una interpretación filosófica la respuesta a tal interrogante no sea de “fe definitiva” y permanezca abierta en cada caso a ulteriores consideraciones.

Todavía en propiedad a partir de los datos biológicos disponibles, consideramos que no existe ninguna razón significativa que lleve a negar el ser persona del embrión ya en esta fase. Naturalmente esto presupone una interpretación del concepto de persona de tipo sustancial, es decir referida a la misma naturaleza humana en cuanto tal, rica de potencialidad que se expresará a lo largo de todo el desarrollo embrionario y también luego del nacimiento. Soportando tal posición se observa cómo la teoría de la animación inmediata aplicada a cada ser humano que llega a la existencia se muestra plenamente coherente con su realidad biológica (y además en “sustancial” continuidad con el pensamiento de la Tradición).

“Eres tú que has creado mis vísceras y me has tejido en el seno de mi madre. Te alabo porque me has hecho como un prodigio; son estupendas tus obras; tú me conoces hasta el fondo” recita el Salmo (Sal 139,13-14), refiriéndose a la intervención de Dios en la creación del alma de cada nuevo ser humano.

Del punto de vista moral, luego, más allá de cada consideración sobre la personalidad del embrión humano, el simple hecho de estar en presencia de un ser humano (y sería suficiente también la duda de encontrarse en su presencia) exige en sus confrontaciones el pleno respeto de su integridad y dignidad: cada comportamiento que en cualquier modo pueda constituir una amenaza o una ofensa para sus derechos fundamentales, primero de todos el derecho a la vida, debe considerarse como gravemente inmoral.

En conclusión, deseamos hacer nuestras las palabras que el Santo Padre BenedictoXVI ha pronunciado en su alocución en nuestro Congreso:

“El amor de Dios no hace diferencia entre el recién concebido todavía en el seno de su madre, y el niño, o el joven o el hombre maduro o el anciano. No hay diferencia porque en cada uno de ellos se ve la impronta de la propia imagen y semejanza (Gn 1,26). No hace diferencia porque en todos se ve reflejado el rostro de su Hijo Unigénito, a los que “ha elegido antes de la creación del mundo, predestinándoles a ser sus hijos adoptivos ... según el beneplácito de su voluntad”(Ef 1,4-6)”

(BenedictoXVI, a los participantes a la Asamblea General de la Pontificia Academia para la Vida y al Congreso Internacional sobre “El embrión humano en la fase de preimplantación”, 27/2/2006).

 

[Traducción del original italiano de la Dra. Dolores Torrado]

 

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Un uruguayo en la Pontificia Academia para la Vida

Entrevista al Prof. Dr. Gustavo Ordoqui Castilla 

“Fe y Razón” entrevistó a uno de sus colaboradores: Gustavo Ordoqui Castilla, Doctor en Derecho, Presidente de la Comisión Arquidiocesana de Bioética de Montevideo y Miembro de la Pontificia Academia para la Vida.

- El año pasado fuiste nombrado miembro de la Pontificia Academia para la Vida. Este año participaste por primera vez de la reunión anual de esa Academia Pontificia. ¿Qué te interesa resaltar de esa experiencia?

- En temas de bioética lo importante es poderse nutrir de buena doctrina que realmente esté orientada hacia la defensa de la persona en su integralidad desde la concepción hasta su muerte natural. La evolucion tecnológica y científica ha generado una serie de situaciones o realidades que en principio pueden aparecer como positivas para la sociedad pero que en realidad terminan ofendiendo seriamente a la dignidad de la persona. Pensemos, por ejemplo, en lo que ocurre con las denominadas células madre, con referencia a las cuales se difunde su posible función terapeutica como realmente trascendente y positiva para la comunidad, pero por otro lado lo que no se analiza es de dónde provienen estas células. Si constatamos que el metodo utilizado es “fabricar embriones humanos”, o sea vidas humanas, para luego destruirlas y sacarle estas células, por cierto no parece éste un camino adecuado.

Para conocer la realidad y las soluciones de estas problemáticas por cierto tan complejas uno debe estar correctamente informado y esto es lo que brinda la Academia. Por último agrego que realmente quedé muy bien impresionado de lo que fue el Congreso organizado por la Pontificia Academia Pro vida el 27 y 28 de febrero de este año, donde tuve la oportunidad de escuchar a especialistas de diversos países estudiando específicamente el tema de la vida desde la concepción y hasta antes de la implantación. Tuvimos oportunidad de aprender mucho y consolidar nuestras convicciones en el sentido de que se es persona desde la misma concepción, afirmación ésta que no es una creencia religiosa sino una realidad respaldada por los últimos conocimientos cientificos.

- ¿Qué actividades desarrolla la Pontificia Academia para la Vida?

- La Academia tiene representantes en casi todos los países del mundo que le informan sobre lo que ocurre en temas bioéticos y lo que se realiza a favor de la vida. Respalda con información actualizada y científica todas las inquietudes que puedan plantear sus miembros y nos incentiva al estudio y la investigación en temas de bioética. Actúa como organismo de consulta ante los Estados u organizaciones que realmente les interesa el respeto de la vida humana.

- Eres Presidente de la Comisión Arquidiocesana de Bioética (CAB) desde que Mons. Nicolás Cotugno, Arzobispo de Montevideo, la creó. ¿Cuáles han sido los principales logros alcanzados hasta el momento por la CAB y cuáles son sus principales objetivos a corto y a mediano plazo?

- Como logros podemos decir que hemos creado un grupo de especialistas que seguimos atentamente la problemática bioética del país y hemos actuado cada vez que vimos políticas o iniciativas erróneas. Nuestro medio de expresión son los “comunicados” que emitimos a la opinión publica cada vez que entendemos importante emitir nuestra opinión. Como objetivos a corto plazo tenemos el ampliar nuestro radio de acción tratando de que se creen más Comisiones de Bioética que operen como centro de consulta por ejemplo en sanatorios, mutualistas, universidades.

- ¿Cuáles son a tu juicio las mayores amenazas al derecho a la vida y a la cultura de la vida en el Uruguay de hoy y qué podemos hacer para intentar contrarrestarlas?

- Las amenazas a la cultura de la vida en el Uruguay son graves. Alcanza sólo con pensar en las estrategias de los abortistas para tratar de lograr a toda costa una ley o las aspiraciones de algunos médicos para lograr legitimar ciertas técnicas de fecundación artificial que se sustentan en técnicas de destrucción de embriones humanos o en los proyectos de ley de eutanasia hoy denominados de “testamento vital” con los que se pretende poder destruir impunemente la vida de ancianos.

- En 2005 fuiste uno de los miembros sinodales del IV Sínodo Arquidiocesano de Montevideo. ¿Qué opinas sobre las conclusiones aprobadas por los miembros sinodales?

- El IV Sínodo Arquidiocesano fue uno de los eventos más importantes del país en el año 2005. Abrigo la esperanza de que se puedan concretar sus conclusiones que por cierto fueron realmente importantes no sólo para la comunidad catolica sino para la misma sociedad.

- Al final del IV Sínodo Arquidiocesano de Montevideo, Mons. Cotugno anunció, entre otras cosas, la creación de un Instituto Pastoral de Bioética. La CAB está elaborando el plan de estudios de este nuevo Instituto. ¿Cuáles serán los objetivos del Instituto Pastoral de Bioética? ¿Cuándo comenzará a funcionar?

- La enseñanza de la bioética en el país es algo que ya se ha iniciado con el empuje de Universidades de prestigio como son la Universidad Católica del Uruguay y la Universidad de Montevideo. En concreto yo soy profesor de una materia que se denomina Derecho Médico en la que se difunde la bioética personalista aplicada a la relación médico-paciente, que ha despertado singular interés en el alumnado.

Actualmente en el ámbito del Instituto Pastoral de Bioética, que ha sido iniciativa del Sr Arzobispo Monseñor Nicolás Cotugno, se aprobaron los programas y está a punto de comenzar un curso para educadores con el que se busca informar y educar sobre estos temas de tanta utilidad práctica.

- Ya tienes una larga experiencia como docente universitario, tanto en la Universidad de la República como en las Universidades Privadas (Católica y de Montevideo). ¿Qué quisieras subrayar sobre ese aspecto de tu vida?

- La experiencia docente que uno tiene es que los jóvenes quieren que les hablen de estos temas que reflejan la problemática del siglo presente y desean formar su opinión sobre bases ciertas y no contaminadas de hedonismo, utilitarismo y materialismo que bien se sabe no llevan por buen camino.

- Aparte de numerosas obras sobre temas puramente jurídicos, has publicado varios libros sobre temas bioéticos: “Derecho Médico” (en dos volúmenes) y “La sexualidad. Su valor y significado”. ¿Qué estás escribiendo ahora? ¿Planeas publicar otro libro de bioética en el futuro próximo?

- En la actualidad estoy trabajando en temas de derecho ajenos a la bioética y espero próximamente publicar una obra sobre la “Responsabilidad Civil del Profesional liberal”. En materia de bioética estamos dando algunas charlas sobre “Educación Sexual”, en atención a que nos hemos enterado de que el Gobierno piensa imponer un plan de educación sexual altamente peligroso en el que lo único importante parece ser enseñar cómo se usa un preservativo y en el que se carece en absoluto de educación sobre valores humanos.

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El embrión humano en los 15 primeros días de su existencia ¿es "persona"?

Análisis de algunos párrafos de la Declaración final del Congreso Internacional sobre "El embrión humano en la fase de preimplantación", Pontificia Academia para la Vida - XII Asamblea General

 

Lic. Néstor Martínez

 

Citamos (en cursiva y entre comillas) algunos pasajes clave de dicha Declaración y agregamos nuestro comentario:

 

"Se vuelve por lo tanto ineludible afrontar un problema de fondo: “¿el embrión humano es alguien o cosa?” Para poder dar una respuesta fundada y coherente a tal interrogante se deben tener en cuenta criterios de acción que sean plenamente respetuosos de la verdad integral del mismo embrión."

 

De entrada el planteo del problema muestra que muy probablemente las conclusiones del Congreso deberán entenderse en el sentido de que el embrión  humano, en los quince primeros días, es persona. En efecto, no parece posible ser "alguien" sin ser "persona" y, evidentemente, las conclusiones a que llega este Congreso no van en la dirección de que el embrión preimplantatorio sea "cosa".

 

"A tal fin, según una correcta metodología bioética, es necesario ante todo volver la vista a los datos que la ciencia pone hoy a nuestra disposición para conocer en gran detalle los diversos procesos a través de los cuales un nuevo ser humano inicia su existencia. Tales datos deberían pues ser expuestos a la interpretación antropológica, a fin de evidenciar los significados y los valores emergentes, a los cuales, en fin, hacer referencia para derivar las normas morales del actuar concreto, de la praxis operativa."

 

Es importante lo que dice en esta parte la Declaración: la ética no puede apoyarse directamente en la biología, sino que los datos biológicos deben pasar por la mediación filosófica, es decir, antropológica (lo cual supone en última instancia una metafísica), para poder "evidenciar los significados y los valores emergentes", de los cuales se podrá entonces "derivar las normas morales del actuar concreto".

 

Lo vuelve a decir poco después:

 

"Tales adquisiciones de la moderna embriología necesitan ser sometidas a la valoración de la interpretación filosófico-antropológica para poder acoger el precioso valor que cada ser humano, también en estadio embrionario, lleva con él y expresa. Se trata, entonces, de afrontar la cuestión básica del estatuto moral del embrión."

 

En efecto, es cierto que al hablar, por ejemplo, de "individuo vivo de la especie humana" parecen estarse poniendo bases para un juicio ético, es decir, que tal vida debe ser respetada desde que existe, o sea, desde la concepción. Pero eso solamente porque en realidad tal expresión, si se considera en su sentido obvio, es sinónima de "persona", que según Boecio es justamente "sustancia individual de naturaleza racional". Es decir, el lenguaje natural es inevitablemente metafísico y por eso da pie para formulaciones éticas.

 

Dice algo más abajo:

 

"Para poder formular un juicio más objetivo sobre la realidad del embrión humano y deducir entonces las indicaciones éticas, se necesita tomar más en consideración los criterios “intrínsecos” al mismo embrión; a comenzar propiamente de los datos que el conocimiento científico pone a nuestra disposición. A partir de ellos, se puede asegurar que el embrión humano en la fase de preimplantación es:

a) un ser de la especie humana;

b) un ser individual;

c) un ser que posee en sí mismo la finalidad de desarrollarse en cuanto persona humana y en conjunto la capacidad intrínseca de operar tal desarrollo."

 

Aquí se está diciendo, equivalentemente, que el embrión humano, en la fase preimplantatoria, es un individuo de naturaleza humana. Ahora bien, esa es justamente la definición tradicional de "persona", que según Boecio es "sustancia individual de naturaleza racional", como dijimos.

 

Por otra parte, una finalidad intrínseca de "desarrollarse en cuanto persona humana" sólo puede tenerla algo que por naturaleza es un ser personal. La finalidad intrínseca es expresión de la naturaleza de algo, y además, sería absurdo que algo impersonal se "desarrollase en cuanto persona humana".

 

"De todo esto ¿se puede concluir que el embrión humano en la fase de preimplantación sea ya realmente una “persona”? Es obvio que tratándose de una interpretación filosófica la respuesta a tal interrogante no sea de “fe definitiva” y permanezca abierta en cada caso a ulteriores consideraciones.  Todavía en propiedad a partir de los datos biológicos disponibles, consideramos que no existe ninguna razón significativa que lleve a negar el ser persona del embrión ya en esta fase. Naturalmente esto presupone una interpretación del concepto de persona de tipo sustancial, es decir referida a la misma naturaleza humana en cuanto tal, rica de potencialidad que se expresará a lo largo de todo el desarrollo embrionario y también luego del nacimiento."

 

En efecto, no parece posible que un individuo de la naturaleza humana no sea una persona. Se correría el riesgo, en caso de aceptarse esa posibilidad, de ver en la persona algo accidental, agregado posteriormente a la individualidad humana ya constituida. Por eso es importante un "concepto de persona de tipo sustancial", como es el que da la citada definición de Boecio.

 

"Soportando tal posición se observa cómo la teoría de la animación inmediata aplicada a cada ser humano que llega a la existencia se muestra plenamente coherente con su realidad biológica (y además en “sustancial” continuidad con el pensamiento de la Tradición)."

 

Aquí se saca la consecuencia lógica de lo anterior, pero de tal modo, que subraya fuertemente el carácter personal del embrión desde la concepción misma. En efecto, la "animación inmediata" es la tesis que dice que el alma humana espiritual e inmortal es creada-infundida por Dios en el instante mismo de la concepción. Se opone a la tesis de la "animación retardada", la cual, basándose en la biología del tiempo de Aristóteles, sostiene que el alma espiritual es creada-infundida solamente cuando el organismo está suficientemente desarrollado para poder ejercer las funciones intelectuales y volitivas, que sería a eso de los cuarenta días, según Aristóteles.

 

Ésta es la tesis que siguió Santo Tomás de Aquino, el cual aceptó en esto los conocimientos biológicos de su tiempo, los cuales eran muy inferiores a los que poseemos hoy día y que indican, como bien han visto los participantes de este Congreso, que la vida propiamente humana comienza con la concepción misma. Y entonces, pensamos que hoy día Santo Tomás sostendría la "animación inmediata", puesto que efectivamente, en la filosofía tomista, el responsable último del carácter verdaderamente humano de nuestro cuerpo es el alma espiritual. Por eso el texto habla de continuidad "sustancial" con la tradición.

 

La referencia a la "animación inmediata" hace ver que el carácter personal que se atribuye al embrión preimplantatorio debe entenderse en sentido fuerte.

 

"Del punto de vista moral, luego, más allá de cada consideración sobre la personalidad del embrión humano, el simple hecho de estar en presencia de un ser humano (y sería suficiente también la duda de encontrarse en su presencia) exige en sus confrontaciones el pleno respeto de su integridad y dignidad: cada comportamiento que en cualquier modo pueda constituir una amenaza o una ofensa para sus derechos fundamentales, primero de todos el derecho a la vida, debe considerarse como gravemente inmoral."

 

En realidad, nosotros diríamos más aún, siguiendo lo establecido al comienzo por la misma Declaración: o "alguien", o "cosa". Como no parece posible ser "alguien" sin ser "persona", y es evidente que una "cosa" no sería fuente de exigencias éticas, el hecho de que por ser "humano" algo exija respeto en el plano ético sólo se entiende si ser "humano" implica ser "persona humana", como venimos diciendo.

 

Por ello, es cierto que la sola duda, en este caso, implica la obligación de abstenerse de cualquier atentado contra la vida del embrión, pero eso es así, solamente, porque precisamente se trataría de la duda de estar o no estar ante un ser personal, y por eso humano. Entendemos que la hipótesis de esta duda no se justifica en el plano objetivo, sino solamente en el subjetivo, es decir, en el caso de una conciencia insuficientemente informada, que de todos modos, entonces, estaría obligada a respetar la para ella eventual existencia de vida humana personal en el embrión.

 

Finalmente, nos parece sugestiva la siguiente parte del discurso del Papa a los congresistas:

 

BENEDICTO XVI, Discurso al congreso organizado por la Academia pontificia para la vida, 27 de febrero. (O.R. 3/3/06, p. 104):


"El amor de Dios no hace diferencia entre el recién concebido, aún en el seno de su madre, y el niño o el joven o el hombre maduro o el anciano. No hace diferencia, porque en cada uno de ellos ve la huella de su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26). No hace diferencia, porque en todos ve reflejado el rostro de su Hijo unigénito, en quien "nos ha elegido antes de la creación del mundo" (...) eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos (...) según el beneplácito de su voluntad" (Ef. 1, 4-6). Este amor ilimitado y casi incomprensible de Dios al hombre revela hasta qué punto la persona humana es digna de ser amada por sí misma, independientemente de cualquier otra consideración: inteligencia, belleza, salud, juventud, integridad, etc. En definitiva, la vida humana siempre es un bien, puesto que es "manifestación de Dios en el mundo, signo de su presencia, resplandor de su gloria"  (Evangelium vitae, 34) (...) Por eso el Magisterio de la Iglesia ha proclamado constantemente el carácter sagrado e inviolable de toda vida humana, desde su concepción hasta su fin natural (cfr. ib., 57). Este juicio moral vale ya al comienzo de la vida de un embrión, incluso antes de que se haya implantado en el seno materno, que lo custodirá y nutrirá durante nueve meses hasta el momento del nacimiento: "La vida humana es sagrada e inviolable en todo momento de su existencia, también en el inicial que precede al nacimiento" (ib., 61)."


En este pasaje del discurso del Papa, el amor de Dios, que no hace diferencia entre las diversas etapas de la vida del ser humano, es referido a la persona humana, en la medida en que ese amor de Dios revela "hasta qué punto la persona humana es digna de ser amada por sí misma, independientemente de cualquier otra consideración". Con lo cual parece sugerirse que, independientemente de su estado de desarrollo inicial tras la concepción, estamos ante una persona humana.


Por tanto, el hecho de que después diga que "este juicio moral vale ya al comienzo de la vida de un embrión, incluso antes de que se haya implantado en el seno materno", no quiere decir que ese juicio moral pueda no fundarse en el carácter personal del ser humano desde la misma concepción. 

 

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Los delitos no se reglamentan

 

Prof. Dr. Gustavo Ordoqui Castilla

 
En estos días la prensa ha dado la información de que en nuestro país por primera vez en su historia con toda tranquilidad se propone reglamentar la ley penal. Bajo el título "Facultad de Medicina, SMU y ginecólogos presentarán al MSP proyecto para reglamentar la práctica de abortos autorizados por ley" primero Búsqueda y luego El Observador informan sobre una nueva tentativa proabortista que lamentablemente proviene de quienes debieran preocuparse de la defensa de la vida de los uruguayos.

 

Se señala que aunque desde 1938 la ley exime de pena a las mujeres que optan por abortar aduciendo razones de angustia económica, de honor, o que fueron violadas o cuando corren riesgo de vida lo cierto es que estas causales se usan en casos excepcionales. Esta norma penal nunca fue reglamentada y en los hechos no existe el modo de que una mujer pueda interrumpir su embarazo en un hospital y que un médico se atreva a llevar adelante esa intervención, aun invocando estas excepciones.

Se argumenta que con la reglamentación del delito se busca "favorecer que los abortos con indicación médico legal se realicen dentro del sistema sanitario en una forma reglada, precoz, oportuna y segura y brindar un marco de seguridad médico legal a las usuarias, los profesionales de la salud y a las instituciones de asistencia médica". Se dice que la ley establece supuestos en los cuales el aborto no es punible, no es delito, e incluso puede ser un gesto terapéutico obligatorio para los médicos.


En esta propuesta que se eleva al MSP se incurre en graves errores jurídicos que no se deben dejar pasar pues no sólo pretenden justificar la destrucción de la vida de uruguayos y uruguayas inocentes sino que socavan las bases mismas del todo el andamiaje legal.


Nadie duda de que en el ámbito del derecho penal rige el principio de la legalidad conforme al cual sólo la ley puede establecer los delitos y las penas. El Poder Ejecutivo por vía reglamentaria no tiene potestad para tocar ningún artículo del Código Penal pues los delitos no son pasibles de reglamentación. Jamás en la historia del derecho uruguayo se ha visto que a un gobierno se le ocurra ajustar el alcance de un delito por decreto. Si, por ejemplo, el Art. 328 del Código Penal al regular el delito de aborto establece como causal de atenuación de la pena la angustia económica, quien debe determinar si ella existe es el juez y no el Poder Ejecutivo. ¡Pobre sociedad y pobre sistema jurídico si los delitos se comienzan a ajustar por decreto o por resoluciones del Poder Ejecutivo!


La vigencia plena del principio la legalidad en el ámbito penal, que es lo que brinda seguridad y orden en el sistema jurídico, depende de que lo que es delito y sus circunstancias lo disponga el legislador y no de lo que pueda pensar ciertos miembros de la Facultad de Medicina, o del SMU, ciertos ginecólogos o la propia Ministra de Salud Pública.


Además de lo dicho, lo insólito del caso está en que los promotores de esta idea funesta parecen haber olvidado que el aborto en nuestro país sigue siendo un delito contra la personalidad física del hombre (Art. 325 del Código Penal). El hecho de que se hayan previsto atenuantes o eximentes no faculta para pretender ampliar el alcance de estos eximentes a fin de facilitar los caminos para el aborto.

 
Promocionar la forma de abortar más segura, ilustrar sobre nuevos métodos, asesorar sobre qué producto químico se debe tomar para tener supuestamente menos dolor, son todas conductas delictivas que no deben ser autorizadas y menos reglamentadas teniendo en cuenta lo que con toda claridad dispone el Art. 325 bis del Código Penal: "el que colabore en el aborto de una mujer con su consentimiento con actos de participación principal o secundaria será castigado con 6 a 24 meses de prisión".


El Poder Ejecutivo no tiene dentro de sus facultades facilitar el conocimiento de técnicas abortivas, ni alterar la tipificación de los delitos, ni reglamentar conductas delictivas.


Es falso decir que existen "abortos autorizados por ley" (Art. 328 del Código Penal). La ley no autoriza los abortos sino que establece que en casos excepcionales puede aplicarse lo que técnicamente se denomina "excusa absolutoria" que lleva a que se disminuya o exima la pena sobre quien ha cometido el delito de aborto, que no obstante sigue siendo tal.


Si realmente queremos sacar el país adelante debemos preocuparnos más de por qué "cada vez nacen menos uruguayos" (ver El Observador del 4 de abril de 2006), de por qué hoy hay más divorcios que casamientos, de por qué en la reforma tributaria la familia uruguaya ha sido la gran olvidada. No es promocionando la destrucción de la vida de los uruguayos o uruguayas que no pueden quejarse como este país va a salir adelante.

 

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El aborto y la laicidad del Estado

 

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

 

El propósito principal de este artículo es refutar uno de los argumentos favoritos de los partidarios de la legalización del aborto. El argumento es el siguiente:

 

·      Premisa mayor: en un estado laico no debe haber leyes fundadas en dogmas religiosos.

·      Premisa menor: la ley que prohíbe y penaliza el aborto está fundada en los dogmas de la fe católica.

·      Conclusión: por lo tanto, en un estado laico se debe despenalizar y legalizar el aborto.

 

Acerca de la premisa mayor diremos solamente que cuando se afirma, como suele suceder, que “el Uruguay es un país laico”, se comete a la vez dos gruesos errores:

 

·        El primer error es confundir el país con el Estado. Habría que decir en cambio que Uruguay es un país cuyos habitantes tienen distintas definiciones en materia religiosa (siendo la mayoría de ellos católicos) y cuyo Estado se define corrientemente como “laico”. O sea, Uruguay es un país plural en materia religiosa, con un Estado “laico”. El error de confundir Estado y sociedad proviene de los excesos de la ideología estatista, que ha calado hasta los huesos de los uruguayos desde principios del siglo XX.

·       El segundo error consiste en una grave distorsión del significado auténtico de la laicidad del Estado. Conviene recordar que en la Constitución de la República Oriental del Uruguay ni siquiera figuran las palabras “laico”, “laicismo” o “laicidad”. Lo que dice nuestra Constitución es que el Estado no profesa religión alguna. Por lo tanto sería mucho más correcto decir que el Estado uruguayo es aconfesional, en lugar de “laico”, una palabra lastrada por interpretaciones desviadas. Más aún, no es lícito identificar la no confesionalidad del Estado (compatible con una alta valoración del fenómeno religioso en general y de las raíces católicas de nuestra Patria y de nuestra civilización en particular) con un laicismo militante y hostil a la religión, que procura suprimir su influencia en los asuntos públicos y reducirla a una esfera puramente privada. El dualismo esquizofrénico de cierto secularismo que busca establecer un abismo infranqueable entre lo público y lo privado proviene de una falsa antropología que no toma en serio la unidad radical del ser humano ni su índole social. El hombre es siempre inseparablemente individuo y miembro de la sociedad y se manifiesta ineludiblemente como lo que es.

 

Con estas importantes salvedades, dejaremos de lado la premisa mayor y nos concentraremos en refutar la premisa menor, lo cual será suficiente a los efectos de este artículo. La premisa menor del silogismo citado es falsa, por lo cual el razonamiento es inválido.

 

Con frecuencia los proabortistas buscan "confesionalizar" el debate sobre el aborto, catalogando a los antiabortistas como católicos intolerantes, que pretenden imponer sus creencias religiosas a todo el resto de la sociedad. Esto representa una profunda tergiversación del debate. La ley que prohíbe y penaliza el aborto no está fundada en los dogmas de la fe católica, sino en el orden moral objetivo, que todo ser humano (cualquiera que sea su religión) puede conocer por medio de la recta razón. La oposición católica a la legalización del aborto no brota únicamente de dogmas religiosos sino ante todo de un conjunto de verdades compartibles por personas no católicas y de hecho compartidas por muchas de ellas. Para reconocer la inmoralidad del aborto no es necesario profesar la fe cristiana, sino que basta reconocer la ley moral natural inscrita en la conciencia de cada hombre, uno de cuyos preceptos fundamentales es amar y respetar la vida humana.

 

El proceso racional que lleva a concluir que el aborto debe ser penalizado por el Estado consta esencialmente de los siguientes cuatro pasos:

 

1.      El primer paso de nuestra reflexión se sitúa en el ámbito de la ciencia, concretamente de la biología. Los enormes avances de la embriología y de la genética durante el siglo XX ya no dejan lugar a ninguna duda: desde el punto de vista científico es una verdad perfectamente demostrada que el embrión humano es un ser humano desde su concepción. La tesis proabortista de que el embrión (y luego el feto) es parte del cuerpo de la mujer embarazada carece de todo valor científico. En la concepción surge un nuevo individuo de la especie humana, un ser humano distinto del padre y de la madre, único e irrepetible, dotado de la capacidad de desarrollarse de un modo gradual, continuo y autónomo. El embrión humano no es un ser humano en potencia sino un ser humano en acto: embrionario en acto y adulto en potencia.

Quienes se empeñan en negar esta evidencia científica y proponen como comienzo de la vida humana otros momentos del desarrollo embrionario lo hacen movidos por intereses ideológicos. Así, por ejemplo, es totalmente arbitrario fijar el comienzo de la vida humana en la anidación (que ocurre aproximadamente dos semanas después de la fecundación) y llamar “preembrión” al embrión antes de la anidación. Esta falsa definición procura eludir toda barrera ética para la manipulación de embriones humanos durante ese período crucial.

No debemos dejarnos confundir por la manipulación del lenguaje, instrumento capital de la actual estrategia proabortista. Por ejemplo, hoy se suele determinar arbitrariamente que el embarazo comienza en la anidación. Así se puede negar con toda frescura que las píldoras o los dispositivos que impiden la anidación interrumpen un “embarazo”. Pero es científicamente innegable que cuando se impide la anidación se destruye una vida humana; y esto debe ser llamado propiamente “aborto”.

 

2.      El segundo paso de nuestra reflexión se sitúa en el ámbito de la filosofía, concretamente de la antropología filosófica. En este punto se puede establecer que todo ser humano es  necesariamente también una persona humana y tiene toda la dignidad que le corresponde a cualquier persona humana.

Los defensores del derecho a la vida debemos evitar el grave error de caer en la tentación antimetafísica, que en este punto se manifiesta por la renuencia o la renuncia a afirmar que el ser humano no nacido es una persona humana. La ciencia biológica obliga sin lugar a dudas a reconocer en el ser humano no nacido a un individuo de la especie humana; pero a pesar de esto hay quienes ponen en duda o niegan que este individuo humano sea una persona humana. La recta reflexión filosófica, sin embargo, conduce a reconocer que es imposible que un ser humano no sea persona humana. Sin esta afirmación de índole metafísica no es posible fundar una correcta antropología y sin una correcta antropología no es posible descubrir el verdadero fundamento de las normas éticas.

Si bien es cierto que en la Edad Media muchos filósofos católicos (incluso Santo Tomás de Aquino) defendieron la tesis de la “animación retardada”, eso se explica por la pobreza del conocimiento científico sobre la generación humana en aquella época, cuando recién comenzaba a nacer la ciencia moderna (en las Universidades fundadas por la Iglesia Católica en toda Europa). Seguramente hoy día, después del descubrimiento del ADN y de tantos otros avances de la biología, aquellos mismos pensadores reconocerían la verdad de la tesis de la “animación inmediata”. Por lo demás la “animación inmediata” se compagina con el hilemorfismo aristotélico-tomista mucho más fácilmente que la “animación retardada”.

 

3.    El tercer paso de nuestra reflexión se sitúa en el ámbito de la filosofía moral o ética.

La persona humana descubre su obligación moral mediante un proceso cognoscitivo que abarca las siguientes etapas:

a)        En primer lugar, la conciencia moral reconoce como verdad evidente la norma moral fundamental: debo hacer el bien y evitar el mal.

b)        En segundo lugar, la razón humana es capaz de conocer con certeza el bien moral o el mal moral de determinadas clases de actos humanos (actos conscientes y libres del hombre), reconociendo así las normas morales particulares. Por ejemplo, se puede establecer de un modo indudable que existe el deber moral de respetar la vida de todo ser humano (es decir, de toda persona humana) inocente.

c)        En tercer lugar, la razón humana puede determinar si un acto humano concreto está de hecho comprendido o no dentro de la clase de actos humanos que una norma moral dada prescribe o proscribe. Por ejemplo, la persona puede reconocer claramente si lo que está haciendo es o no es un aborto voluntario y por tanto un homicidio.

d)        Al cabo de este proceso intelectual, se llega a una conclusión: tengo la obligación moral de hacer esto o de no hacer aquello.

En este punto se debe evitar el grave error del subjetivismo o emotivismo moral, que asume la existencia de una separación absoluta entre el orden del ser (u orden ontológico) y el orden del deber (u orden moral). La ley moral no es una convención arbitraria impuesta al hombre extrínsecamente por medio de un consenso social o por cualquier otro medio. Se trata de una expresión de nuestra propia naturaleza humana. Es la ley intrínseca que rige nuestro desarrollo en cuanto personas. No corresponde entonces separar radicalmente el conocimiento objetivo de las cosas de su valoración, vista como algo puramente subjetivo, sentimental o emocional. Los valores están en las cosas mismas y por eso la razón humana, que puede conocer con certeza la verdad de lo real, puede conocer con certeza también los valores. Por lo tanto puede conocer con certeza el bien moral y el mal moral.

 

4.    El cuarto paso de nuestra reflexión se sitúa en el ámbito de la moral social, más concretamente de la filosofía política. Habiendo establecido en el paso anterior que el aborto es inmoral, ahora debemos determinar si también debe ser ilegal, o sea si el Estado debe prohibirlo y penalizarlo. Los derechos humanos son la contracara de los deberes humanos. Mis derechos son los deberes que los demás seres humanos tienen para conmigo. Dado que existe el deber moral de respetar la vida humana, existe también el derecho humano a la vida. El Estado existe para cuidar y promover el bien común de la sociedad y para ello debe ante todo defender los derechos humanos, en particular el derecho a la vida, necesario para poder ejercer todos los demás derechos humanos. De aquí se deduce que el Estado no puede permitir el aborto sin atentar gravemente contra su propia razón de ser. Por lo tanto el Estado debe prohibir el aborto; y, como una prohibición sin una pena correspondiente es ineficaz, también debe penalizarlo adecuadamente.

En este punto debemos evitar dos graves errores:

a)      El error del liberalismo filosófico, que concibe al Estado como una entidad moralmente neutra. El Estado no es una abstracción, sino una estructura social formada en última instancia por personas humanas. Y la actividad humana (individual o grupal), considerada globalmente, nunca es ni puede ser moralmente neutra. El Estado tiene la obligación de promover el bien común y para ello debe respetar el orden moral objetivo.

b)      El error de la “dictadura del relativismo”, que consiste en considerar el relativismo como una condición necesaria para el ejercicio de la democracia. Así todo ciudadano con convicciones morales inamovibles es tachado falsamente de intolerante y de fundamentalista y su actitud es considerada injustamente como un atentado contra la convivencia pacífica y democrática. 

 

Los cuatro pasos de este proceso racional son tan claros y transparentes que un elemento básico de la estrategia proabortista consiste en tratar de evitar que la gente vea la realidad del aborto y de que piense a fondo sobre ella:

·        Habitualmente los médicos abortistas incumplen total o parcialmente su deber formal de recabar un consentimiento verdaderamente informado de sus “pacientes”. A toda costa procuran evitar que la mujer embarazada se dé cuenta de que el aborto no consiste en la extracción de un mero conjunto de células de su cuerpo sino en la elimación de un ser humano, más precisamente de su hijo.

·        Por la misma razón los proabortistas también procuran evitar que los canales de televisión muestren la realidad del aborto. Saben muy bien que una imagen vale más que mil palabras y que la demostración gráfica de la naturaleza homicida del aborto revelaría sin tapujos toda la inconsistencia y la maldad de sus falaces argumentos. Algunos, habituados a ver en televisión los desbordes de violencia homicida de un Rambo o un Terminator, se vuelven de repente hipersensibles a la efusión de sangre cuando se trata de mostrar la realidad del aborto (o de la pasión de Cristo). No nos dejemos impresionar por esas críticas hipócritas.

·        Por lo general los proabortistas intentan, con gran tenacidad, eludir el debate filosófico acerca de su postura y mantenerse en el terreno de los argumentos "pragmáticos". Usualmente fundamentan esta actitud apelando al relativismo: sería inútil que la sociedad se sumergiera en un debate filosófico acerca de esta cuestión porque no existe una verdad en esta materia y jamás lograríamos ponernos de acuerdo en este nivel. Los proabortistas no se dan cuenta de que su postura "pragmática" es también una postura filosófica: la que confunde verdad y bien con utilidad. El problema fundamental del “pragmatismo” es que no incluye una reflexión profunda sobre el concepto de utilidad: ¿la legalización del aborto es útil para quién y para qué?

El intento de ocultar el corazón del asunto es equivocado y vano. Los proyectos de legalización del aborto deben generar y generan un intenso debate. Cabe desear que, en la medida de lo posible, ese debate sea filosófico, es decir radicalmente racional, y ético, es decir centrado en los valores morales que están en juego. Comenzar por el principio sería una gran contribución a la racionalidad del debate. Y el principio que está en discusión en este asunto es evidentemente el del derecho a la vida de los seres humanos no nacidos. Por lo tanto es necesario plantear insistentemente a los proabortistas una pregunta muy simple y sumamente pertinente, más aún, ineludible: ¿El embrión o el feto es o no es un ser humano? ¿Qué responde usted? Esta pregunta sólo admite tres respuestas: sí, no o no sé. La racionalidad del debate también se vería beneficiada si, dejando de lado la retórica, cada proabortista se animara a alinearse clara y honestamente en torno a una de esas tres únicas alternativas posibles.

 

En suma, los católicos tienen tanta capacidad, tanto derecho y tanto deber como cualquier otro ciudadano de rechazar la gravísima injusticia del aborto mediante argumentos puramente racionales.

 

Llegados a este punto, sin embargo, los católicos debemos evitar un último escollo: el de minusvalorar o callar las motivaciones propiamente religiosas en contra del aborto. Nuestra fe sobrenatural nos impulsa a reconocer a los niños no nacidos no sólo como animales racionales sino también como seres creados a imagen y semejanza de Dios, llamados a ser hijos de Dios. Esta fe no suprime en modo alguno la racionalidad de los argumentos antiabortistas que presentamos antes sino que la complementa y perfecciona. La Palabra de Dios no se opone a la razón humana. Pensar lo contrario equivaldría a sostener que un católico, por el mismo hecho de ser católico, quedaría incapacitado para intervenir en los debates políticos acerca de cualquier asunto con profundas implicaciones éticas. Debemos evitar pues la tentación antidogmática, que procede en definitiva del del liberalismo teológico (quintacolumna del racionalismo dentro de la teología) y facilita el juego del secularismo.

 

Dentro de la Tradición de la Iglesia, junto a una filosofía moral puramente racional hay también una teología moral, elaborada mediante la razón iluminada por la fe. La Divina Revelación no se refiere sólo a misterios estrictamente sobrenaturales sino que contiene también verdades de por sí accesibles a la sola razón. Dentro de esta última categoría se hallan las normas de la ley moral natural. Dios las ha revelado para que todos puedan conocerlas fácilmente, con certeza y sin mezcla de error. El ámbito de competencia del Magisterio de la Iglesia incluye la ley moral natural. Aunque es cierto que nunca ha sido definido solemnemente un dogma en materia moral, también es cierto que según la doctrina católica el Magisterio está perfectamente capacitado para realizar tales definiciones dogmáticas. Además hay verdades que todo católico debe creer firmemente, aunque no hayan sido definidas en forma solemne como dogmas, porque el Magisterio de la Iglesia, por medio de su enseñanza ordinaria, las propone como parte de la Divina Revelación y por ende como definitivas. Dentro de esta categoría está la condena moral del aborto. La Iglesia ha sostenido siempre esa postura y no la variará jamás en el futuro.

 

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Amor de esposos

 

Milton Iglesias Fascetto, DP

 

Jesús en los Evangelios nos habla del amor de los esposos. No se trata de cualquier amor; no es el amor de las telenovelas; no es ese amor tantas veces presentado como auténtico cuando en realidad no lo es. Amor que todo lo permite: abandonar al ser amado, el adulterio, el engaño, la mentira... Eso no es amor.

 

El Evangelio nos lleva a reflexionar sobre cuál es el amor que deben prodigarse los esposos cristianos.

Es un amor de entrega total, de regalarse el uno al otro para siempre (y lo que se regala no se pide que sea devuelto).

Cuando los cristianos nos casamos, tenemos que tener bien claro que, al llamar a Jesús para que sea el unificador de los corazones, cuando los cónyuges se administran mutuamente el Sacramento del Matrimonio, deben saber que es una opción madura, para siempre.

 

Sabemos que somos frágiles, débiles, inconstantes, que nos resulta difícil pronunciar un SÍ para siempre... Pero sabemos que a quienes se casan EN CRISTO, ÉL los acompaña; es el tercero del hogar.

Si biológicamente es posible, luego vendrán los hijos, que deben ser el fruto del amor de los esposos: hijos buscados, deseados, queridos, esperados, amados. Jamás debe ser una resignación tenerlos, soportarlos como una carga, como algo no deseado.

 

Los padres que no quieren al hijo(a) que viene dan un doloroso espectáculo. Deberían saber que psicológicamente los niños desde que están en el vientre de su madre asimilan todo, pues su inconsciente se carga de todo lo que acontece en la vida de sus padres. Después serán más tranquilos o más nerviosos o con las consecuencias del caso, según haya sido la vida de sus padres, sobretodo de la madre durante el embarazo.

 

Hay madres que se quejan de tener hijos nerviosos, difíciles y ellas fumaron durante todo el embarazo, corrieron de aquí para allá, vivieron en constante stress, discutieron permanentemente con sus esposos, quizás hasta litigaron sobre tener o no al bebé o rechazaron la maternidad... ¿y esperan tener un bebé sano sicológicamente?

 

Los esposos cristianos deben vivir claramente LA UNIDAD. Ello no significa en absoluto la pérdida de la personalidad. Cada uno es quien y como es, tiene su personalidad, pero simplemente deben aceptarse uno al otro tal cual son, no pretender “cambiar” al otro, hacerlo a la medida de “lo que yo quiero”.

 

Algunas veces hemos oído expresiones tales como “No importa, después que me case lo(a) voy a moldear...” ¡Ilusiones! Para eso tienen el noviazgo, tiempo de conocerse, de ver si realmente se aceptan tal cual el otro es.

 

El pensamiento que parece dominar la sociedad en que vivimos es que si uno se aburre del otro, si no se siente feliz, si no logra lo que espera, puede cambiar de pareja. Como si se tratara de un “plan recambio” cualquiera.

 

Jesús claramente nos enseñó que la opción es PARA SIEMPRE. No hay recambio posible. Sólo la muerte los separará.

La sociedad civil rechaza a los que matan, se escandaliza ante la inseguridad, ante los robos, ante las violaciones, asaltos y copamientos y las leyes recogen condenas –aunque muchas veces no se aplican debidamente o no se busca una conversión sincera, profunda, verdadera, o sea una real rehabilitación-. Pero pocas veces se ve rechazar los comportamientos humanos relacionados a la sexualidad mal comprendida.

Hay hombres que se consideran más hombres cuantas más mujeres seducen, mujeres que se consideran más mujeres cuantas más experiencias sexuales tienen con distintos hombres. Esposos(as) que creen poder hacer con otros cosas que no se animan a hacer o a pedir a su cónyuge. ¡Qué error conceptual tan grave!

 

Si hablamos del cine o de la TV constatamos que presentan el triángulo amoroso, el adulterio, el divorcio como algo normal, aceptable. Como si se tratara de vivir en una parte y gozar en otra. Pero no han descubierto que el amor conlleva el gozo y el sacrificio.

 

Cruz y Resurrección van juntas. Habrá momentos de exigencias duras para ambos esposos, momentos de vivir situaciones difíciles que demandarán mucha paciencia, mucho perdón, mucho amor hacia el otro, ver a Jesús en el otro.

           

El esposo será Cristo para su Esposa y ella para él.

Cristo que se da, que se entrega, que da su vida por los demás... Que no le importa perder su vida, darla, regalarla, entregarla, ser del otro.

 

La esposa (o el esposo) será la Iglesia para el otro. La Iglesia que ama a Cristo, que está dispuesta a ser mártir, a sufrir la cruz, a morir por su Señor...

 

El amor entre los esposos exige el diálogo permanente, EN TODO. Hablarlo todo, contarse todo, sentimientos, anhelos, deseos, lo bueno y lo malo, conocerse a fondo, saber acompañarse mutuamente, hacer crecer al otro como persona, hacer crecer al Cristo que vive en el otro. Orar juntos.

 

Los esposos deben vivir su FE, los valores que Cristo enseñó en los Evangelios, pero todos, sin excepciones, dentro de los cuales LA FIDELIDAD tiene particular importancia, pues es fuente de riquezas para toda la familia, para la Iglesia y para la Patria.

 

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La diplomacia de la verdad de la Santa Sede

 

Uno de los puntos relevantes de la doctrina social de la Iglesia es el relativo al mundo internacional y de la diplomacia. En el mismo la Santa Sede y sus representantes ante los Organismos Internacionales cumplen una tarea de voz de los sin voz ayudando a formar conciencia en los valores de la justicia y de la paz. Por ello les presentamos esta disertación de S.S. Benedicto XVI a los superiores de la Secretaría de Estado del Vaticano.

 

Prof. Dr. Carlos Alvarez Cozzi

 

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CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 20 marzo 2006 (ZENIT – www.zenit.org).

Publicamos el discurso que dirigió este sábado Benedicto XVI a los superiores de la Secretaría de Estado, guiados por el cardenal Angelo Sodano, junto a los participantes en el primer encuentro que ha mantenido con representantes de la Santa Sede ante las organizaciones internacionales.

* * *

Señor cardenal y queridos representantes de la Santa Sede ante los organismos internacionales:


Os acojo a todos con afecto en este encuentro, en el que tengo la alegría de tomar contacto por primera vez con vosotros, reunidos aquí en Roma para reflexionar sobre algunas importantes cuestiones del momento actual. A todos vosotros os dirijo mi cordial saludo y doy profundamente las gracias al señor cardenal Secretario de Estado por las palabras que me ha dirigido en nombre vuestro.


La mayor participación de la Santa Sede en las actividades internacionales constituye un estímulo precioso para que pueda seguir dando voz a la conciencia de cuantos componen la comunidad internacional. Se trata de un servicio delicado y fatigoso que -apoyándose en la fuerza, aparentemente inerte pero que en definitiva prevalece, de la verdad- pretende colaborar en la construcción de una sociedad internacional más atenta a la dignidad y a las verdaderas exigencias de la persona humana. En esta perspectiva, la presencia de la Santa Sede ante los organismos internacionales intergubernamentales representa una contribución fundamental al respeto de los derechos humanos y del bien común y, por tanto, a la auténtica libertad y justicia. Nos encontramos ante un compromiso específico e insustituible que puede ser más eficaz si se unen las fuerzas de quienes colaboran con entrega fiel en la misión de la Iglesia en el mundo.


Las relaciones entre los Estados y en los Estados son justas en la medida en que respetan la verdad. Sin embargo, cuando se ultraja la verdad, la paz queda amenazada, el derecho comprometido y entonces, por lógica consecuencia, se desencadenan las injusticias. Éstas son fronteras que dividen a los países de manera mucho más profunda que los confines trazados por los mapas geográficos y, con frecuencia, no son sólo fronteras externas, sino también internas a los Estados. Estas injusticias asumen también nuevos rostros; por ejemplo, el rostro del desinterés y del desorden, que llega a dañar a la estructura de esa célula original de la sociedad, la familia; o el rostro de la prepotencia o de la arrogancia, que puede llegar incluso al arbitrio, acallando a quien no tiene voz o fuerza para que pueda ser escuchada, como sucede en el caso de la injusticia que, hoy, es quizá la más grave, es decir, la que suprime la vida humana naciente.


«Ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte» (1 Corintios 1, 27). Que este criterio de la acción divina, de permanente actualidad, os aliente a no maravillaros y mucho menos a desalentaros, ante las dificultades y las incomprensiones. Sabéis, de hecho, que a través de ellas participáis autorizadamente en la responsabilidad profética de la Iglesia, que pretende seguir alzando su voz en defensa del hombre, incluso cuando la política de los Estados o la mayoría de la opinión pública se mueven en dirección contraria. La verdad, de hecho, encuentra fuerza en sí misma y no en el número de consensos que recibe.


Podéis estar seguros de que os acompaño en vuestra misión, ardua e importante, con atención cordial y con gratitud sincera, asegurándoos también el recuerdo en la oración, mientras os imparto con gusto a todos vosotros mi bendición apostólica.

 

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Azar y finalidad

 

Juan Carlos Riojas Álvarez

 

¿Qué piensan los católicos en relación con la evolución?

 

La Iglesia Católica, en cuanto tal, no cuestiona la evolución como hecho ni sus mecanismos; eso le corresponde a la ciencia. La Iglesia Católica y el Papa no hablan infaliblemente sobre cuestiones científicas. La infalibilidad se aplica acerca de cuestiones de fe y moral o costumbres. Lo cual no impide que cada católico, incluido el Papa, pueda tener su propia perspectiva sobre la teoría científica de la evolución.

 

La Iglesia Católica no cuestiona por tanto una creación evolutiva. Lo que sí cuestiona es una evolución creadora, que es algo sobre lo que la sola ciencia, en función de su propio método, no puede pronunciarse.

 

La doctrina católica afirma que todo depende de Dios y que la creación no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada “in statu viae” (en estado de vía) hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Desde esta perspectiva se habla de Dios como Causa Primera del ser de todo lo que existe y de las criaturas como causas segundas cuya existencia y actividad supone la acción divina.

 

La evolución y demás procesos naturales, en lugar de poner obstáculos a la existencia de la acción divina, son muy congruentes con los planes de un Dios que, porque así lo ha previsto, ordinariamente cuenta con la acción propia de las causas creadas (causas segundas).

 

¿Qué puede decirse de la relación entre fe y razón cuando se tiene en cuenta el tema de la evolución?

 

Todo agente obra por un fin. Actuar por un fin no significa percibirlo necesariamente como tal fin; puede implicar simplemente una meta hacia la cual tiende una acción o proceso en función de determinados factores. En el obrar libre, hay un objetivo de la acción que es conocido de antemano y que ejerce su causalidad final precisamente en cuanto que, advertido por la inteligencia, mueve a la voluntad. Pero también los vivientes irracionales y los seres que carecen en absoluto de conocimiento actúan por un fin, se mueven a determinadas metas. Esta afirmación, por tanto, no prejuzga el problema del indeterminismo. Se habla de tendencias, que son compatibles con la existencia de un cierto indeterminismo; en la física cuántica, que es el ámbito principal donde surge esa situación, se formulan leyes probabilistas, e igualmente en las teorías sobre el caos también se señalan tendencias específicas.

 

La existencia de una finalidad en el obrar natural se puede inducir a partir de una atenta observación de la naturaleza. No sólo la experiencia ordinaria, sino también los logros del progreso científico subrayan ampliamente su presencia.

 

Existen dimensiones que resumen las principales manifestaciones de la finalidad en el obrar natural:

 

-         Direccionalidad.- Se refiere a la existencia de tendencias en torno a pautas en los procesos naturales.

 

-         Cooperatividad.- Se refiere a la capacidad que poseen las entidades y los procesos naturales para integrarse en resultados unitarios.

 

-         Funcionalidad.- Se refiere a que muchas partes de la naturaleza hacen posible, con su actividad, la existencia y la actividad de los sistemas de que forman parte.

 

La naturaleza se nos manifiesta como el despliegue de un dinamismo que se organiza de acuerdo con pautas. Los procesos naturales se desarrollan de modo direccional y selectivo, aún cuando la actualización de las potencialidades naturales involucre también factores aleatorios. Los sistemas naturales poseen características holísticas. Tanto la formación de los sistemas singulares como del sistema total de la naturaleza es posible por la cooperatividad de los dinamismos particulares. La naturaleza posee una fuerte unidad que se manifiesta en la continuidad de sus niveles y en la integración de los niveles más básicos en los niveles de mayor organización.

 

La existencia de dimensiones finalistas en la naturaleza nos lleva al problema de su explicación. Aunque la ciencia experimental no llegue por sí misma más que a aspectos materiales de la realidad, da pie a una reflexión filosófica que puede descubrir aspectos más profundos .No se trata sólo de temas marginales a la ciencia: cada vez que se intenta delimitar su sentido como conocimiento de la realidad, son inevitables las reflexiones filosóficas.

 

¿No nos da la ciencia por sí misma esa explicación?

 

Considerada desde la filosofía de la naturaleza, la teoría evolucionista puede ciertamente mostrar las condiciones necesarias de la evolución, pero no las suficientes. Muestra ciertos aspectos de la causa material y eficiente, pero elimina por completo el problema de la causa formal y final (teleología).

 

En efecto, si bien la selección natural puede desempeñar una función en la formación del orden de la naturaleza, no puede ser la causa propia de ese orden. La selección consiste en dejar pasar a una parte de los candidatos y cerrar las puertas a otros y, en ese sentido, puede llegar a producir una situación más ordenada. Sin embargo, para poder seleccionas unos candidatos, es necesario que existan previamente: es imposible seleccionar unas propiedades positivas si no han sido producidas previamente. En cualquier caso, las propiedades deben producirse mediante causas propias. Los sistemas biológicos son el resultado de causas positivas, no del filtro de la selección.

 

Podría decirse que esas causas son las mutaciones genéticas, que no se producen de modo finalista, sino al azar. Pero esa afirmación, aunque igualmente contiene una parte de verdad, puede ser también una fuente de equívocos si se la interpreta como una explicación “completa”. En efecto, aunque se produzcan muchas mutaciones aleatorias, sólo resultarán viables unas pocas, concretamente aquellas que puedan integrarse funcionalmente dentro de un programa muy complejo que ya está actuando. Que exista la posibilidad de esas sucesivas integraciones, enormemente sutiles, que conducen a niveles crecientes de complejidad, deja la puerta abierta a los interrogantes acerca de las virtualidades, las tendencias y su explicación última.

 

¿Dónde debe buscarse la explicación última del orden natural?

 

La ciencia experimental supone que existe un orden natural, pues el conocimiento científico busca leyes constantes. Se trata de un presupuesto que la ciencia no examina ni discute, aunque lo constata. Si no existiese ese orden, no sería posible la ciencia.

 

La filosofía natural se pregunta explícitamente por el orden natural, y lógicamente lo atribuye a la naturaleza propia de cada ser, que no es otra cosa sino su esencia, considerada como principio de las acciones propias: según sea su esencia o su naturaleza, un ser tendrá la capacidad de actuar de determinados modos. Su materialidad está determinada, no es un puro caos, y esa determinación da razón de la esencia y operaciones características de cada tipo de seres, de su finalidad. Si no hubiera una finalidad, las acciones serían absolutamente indeterminadas, lo que equivale a decir que no habría acciones (no puede haber acción alguna cuando no existe en lo absoluto un modo de actuar), y, de hecho, las hay.

 

¿Cuál es la razón de ser de la naturaleza activa propia de los diferentes elementos de nuestro universo?

 

Tómese cualquier sistema dinámicamente ordenado de elementos activos, como el de nuestro propio universo, en el que diferentes elementos activos se ordenan a la interacción recíproca regular. En tal sistema, donde cada una de las propiedades básicas de los elementos activos se definen por su relación con los otros en el sistema, ni un solo elemento puede explicar su propia naturaleza, o ser la razón suficiente de su propia naturaleza activa en cuanto existente y operante, a menos que también sea la razón suficiente de todos los otros elementos que se relacionan con él recíprocamente. Pero esto es imposible. Porque, entonces, este elemento tendría que ser primero en actividad que los demás (con prioridad causal, no necesariamente temporal), y responsable de ellos; y, al mismo tiempo, tendría que presuponerlos, ya que sus propiedades activas se ordenan todas a la interacción con ellos, según una ley. Así tendría que ser, por naturaleza, presupuesto activo de los otros- en cuanto constituidos recíprocamente con relación a él mismo –y, además ser independiente y responsable de estas propiedades correlativas en los otros, por medio de las cuales se define su propia naturaleza activa. Es claro que esto no se cumple.

 

Este gran orden cósmico, por consiguiente, es uno en el que se conjuntan muchos elementos, en la unidad de grandes leyes comprensivas de interacción mutua. Pero este orden puede tener su última razón suficiente, su fundamentación inteligible, sólo en una causa capaz de ordenar así a los múltiples agentes activos en una sola unidad. Este agente unificador, ordenador, que debe realizar la unidad del orden recíproco primero (causal) para la operación actual de estos agentes, en términos de unos efectos futuros todavía-no-existentes, sólo puede ser una Mente. De hecho, ésta es casi una definición de inteligencia: el poder de construir creativamente un nuevo orden desde la mera posibilidad. Esta Mente Cósmica Ordenadora debe trascender, como es obvio, al sistema que ordena. De otro modo, no podría operar sino hasta que el sistema ya estuviese listo; sería anterior e independiente y, a la vez, dependiente del mismo sistema.

 

Este argumento vale para cualquier orden dinámico básico en nuestro universo o en cualquier otro. Pues, sin alguna organización primitiva de los elementos activos básicos en un sistema de mutua interacción, anterior a su operación actual, nada podría suceder en lo absoluto, ni siquiera por casualidad; los elementos, si los hay, se cruzarían en un total aislamiento atómico mutuo. No habría un mundo como tal, en absoluto. Sólo una mente, capaz de configurar creativamente un orden desde la posibilidad, podría establecer la mutua ordenación básica de estas naturalezas activas, anterior a su operación actual en el orden existencial.

 

No importa qué tan simple pueda ser el estado original de energía del universo, éste evoluciona hacia unos elementos activos determinados, que presentan una orientación dinámica para combinarse por medio de la interacción mutua en formas regulares. Alguna orientación dinámica anterior debió haber existido, al interior del estado original de energía, para evolucionar así hacia un orden dinámico determinado. De otra manera, habría surgido totalmente de la nada, sería en principio ininteligible, sin razón suficiente alguna o lo que fuera, lo cual no es una explicación en absoluto, sino una huída intelectual. Nótese también, que aún si el orden particular que surge del estado simple original de energía lo hace puramente por casualidad- lo cual es muy discutible-, cualquier orden, el que sea, tendría que haber estado ordenado al interior de sí mismo, si se va a producir algo determinado, para que sea, en absoluto, un orden cósmico discernible.

 

Cualquier orden determinado, ya sea estable en sí mismo o se origine de un estado físico primero, debe estar fundamentado, a fin de cuentas, en una Mente Ordenadora, trascendente al sistema mismo.

 

Con respecto al desarrollo evolutivo de los seres vivientes, no importa qué tanta casualidad pueda haber en las condiciones externas del medio ambiente que estos organismos explotan para evolucionar, lo que permanece para todo el proceso como la primera condición esencial es el dinamismo interno, el impulso dinámico infatigable de los organismos para interactuar en determinadas formas con otros agentes en el universo que los rodea, para explotar activamente las oportunidades que se les ofrecen por casualidad. Este innato y positivo impulso de sobrevivir, de actuar, de interactuar, no puede provenir de ninguna de las azarosas condiciones externas. Debe estar integrado a las potencialidades activas de las mismas naturalezas de los organismos, preestructurados para interactuar en formas básicas determinadas. Es este impulso innato lo que no ofrece la teoría de la evolución; pero que en último término debe estar predeterminado por alguna Mente creativa ordenadora que pueda, por sí sola, trasponer las posibilidades inteligibles del orden, pasar de la idea creativa a la existencia actual con un enorme poder.

 

¿No es anulada esa finalidad natural de que se habla por los “fallos” que se observan en el transcurso de la evolución?

 

La existencia misma de defectos naturales también supone la presencia de un fin en el obrar natural. Si las acciones no se dirigieran a un objetivo, no se podría hablar de defecto, de falta de consecución de un fin, ya que algo es deficiente en la medida en que no alcanza lo que es propio de su naturaleza.

 

El proceso evolutivo admite desaciertos (extinción y competencia entre poblaciones, no adaptación, etc.,); más aún, necesita de los cambios del entorno que amplifiquen fluctuaciones y creen inestabilidades, sin las cuales no habría transformación, cambio de las formas.

 

Tanto la existencia de los defectos naturales, como el azar y la casualidad, no anulan la finalidad, sino que manifiestan simplemente la contingencia de los agentes naturales, que no siempre logran su fin.

 

¿Esa Mente creativa ordenadora es a su vez creada?

 

En lo que se ha argumentado faltaría el paso denominado imposibilidad de retroceso al infinito, que en este caso sería la serie de entes inteligentes que a su vez son dirigidos. No hay inconveniente en plantearlo, pero puesto que el punto de partida del argumento es la presencia de regularidad, orden e intencionalidad en los seres irracionales en general, la necesidad de poner últimamente una providencia para todo el mundo está, en todo caso, implícita. Se concluye, pues, en la existencia de una Mente Suprema Ordenadora, que responde a la definición nominal de Dios. Esto es, Un Dios personal creador, concebido como Causa Primera del ser y del obrar de todo lo que existe y actúa, y que no encuentra ningún problema para gobernar una naturaleza en la que existen el indeterminismo y el azar; un Dios que conoce todo perfectamente, de un modo distinto al nuestro, y abarca en su conocimiento y en su poder absolutamente todo.

 

Finalmente, ¿quiere Dios el mal que observamos en el mundo?

 

Ante todo debe observarse que este planteamiento no tiene que ver con la ciencia natural, sino que entra por completo en el terreno filosófico y teológico.

 

Dios no puede querer el mal, pues si así fuera, la voluntad divina, sumo bien, sería su causa. Pero el mal no es propiamente una cosa, un ente, sino algo que se opone al bien como privación. El mal, en cuanto mal, no puede ser apetecido por nadie-ni por la voluntad humana ni por el apetito natural-ya que el mal no es más que privación de un bien debido, existe en un sujeto, que como tal es bueno. Si lo que se está intentando mostrar entonces es que es lógicamente imposible que Dios y el mal que encontramos en el mundo coexistan, entonces se debe probar que es imposible para Dios tener suficientes razones morales para permitir la cantidad de males o la clase de males que existen; y nadie ha podido nunca probar tal afirmación, ni podría, a menos que fuera poseedor de la propia omnisciencia divina.

 

De la misma manera que Dios se dice omnisciente, se dice omnipotente: la razón de que no se produzcan más cosas de las que de hecho se producen está en que Dios no es omnivolente. Dios no obra por necesidad de naturaleza y su omnipotencia no está limitada al actual curso de cosas.

 

No habría mal una vez quitado el orden del bien, en cuya privación el mal consiste; y no habría ese orden final, si Dios no existiese. Sin el conocimiento de Dios, no tendríamos siquiera la noción propia de mal.

 

No se trata tampoco de que lo creado como tal, por ser creado, participado y por tanto limitado, sea malo; todo ente es bueno, el mal es “la privación de algún bien particular, en algo bueno”.La finitud no es el mal. Lo creado es bueno en cuanto es: el ente y el bien se convierten.

 

Fuentes:

Filosofía de la naturaleza, Mariano Artigas, EUNSA, Pamplona, 2003.

Las fronteras del evolucionismo, Mariano Artigas, EUNSA, Pamplona, 2004.

Teología natural, Ángel Luis González, EUNSA, Pamplona, 2000.

Física, Filosofía y Teología. Una búsqueda en común, George V. Coyne, SJ. (comp.) UPAEP, Puebla, 2002.

Metafísica, Tomás Melendo, EUNSA, Pamplona ,2001.

Introducción a la Filosofía, Arno Anzenbacher, HERDER, Barcelona, 1993.

Razón e incertidumbre, Carlos Pereda, Siglo XXI Editores, México, D.F., 1994.

Orden y caos, Eduardo Césarman, Ediciones Gernika, México, D.F., 1986.

 

El servicio del cristiano en la política

 

Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 570.

 

570. Cuando en ámbitos y realidades que remiten a exigencias éticas fundamentales se proponen o se toman decisiones legislativas y políticas contrarias a los principios y valores cristianos, el Magisterio enseña que “la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral.”

En el caso de que no haya sido posible evitar la puesta en práctica de tales programas políticos, o impedir o abrogar tales leyes, el Magisterio enseña que un parlamentario, cuya oposición personal a las mismas sea absoluta, clara, y de todos conocida, podría lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de dichas leyes y programas, y a disminuir sus efectos negativos en el campo de la cultura y de la moralidad pública. Es emblemático al respecto el caso de una ley abortista. Su voto, en todo caso, no puede ser interpretado como adhesión a una ley inicua, sino sólo como una contribución para reducir las consecuencias negativas de una resolución legislativa, cuya total responsabilidad recae sobre quien la ha procurado.

Téngase presente que, en las múltiples situaciones en las que están en juego exigencias morales fundamentales e irrenunciables, el testimonio cristiano debe ser considerado como un deber fundamental que puede llegar incluso al sacrificio de la vida, al martirio, en nombre de la caridad y de la dignidad humana.

La historia de veinte siglos, incluida la del último, está valiosamente poblada de mártires de la verdad cristiana, testigos de fe, de esperanza y de caridad evangélicas. El martirio es el testimonio de la propia conformación personal con Cristo Crucificado, cuya expresión llega hasta la forma suprema del derramamiento de la propia sangre, según la enseñanza evangélica: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto”.”

 

 

El coraje de ser católico

 

C. John McCloskey

 

Reseña de: George Weigel. El coraje de ser católico. Crisis, reforma y futuro de la Iglesia. Planeta. Barcelona (2003). 226 págs. 17,50 €. T.o.: The Courage To Be Catholic. Traducción: Claudia Casanova.

 

A principios de 2002 las revelaciones sobre abusos sexuales del clero crearon la mayor crisis que ha sufrido la Iglesia católica en Estados Unidos. En medio de la avalancha informativa, los hechos reales se mezclaban con las impresiones aventuradas, mientras que otros aspectos quedaban en la sombra. Por eso es clarificador el libro El coraje de ser católico, escrito por George Weigel, el conocido biógrafo de Juan Pablo II, que con la suficiente perspectiva y sin perder de vista la actualidad describe la crisis, analiza sus causas y sugiere las inevitables reformas.

 

El libro de Weigel es una crónica, directa y relativamente breve, de la crisis y sus raíces, que termina con sugerencias de reforma. Este examen es realista y enérgico, pero no abiertamente acusatorio ni pesimista. Weigel conoce bien la historia de la Iglesia. Señala que la gran mayoría de los concilios fueron convocados para abordar la necesidad de renovación y reforma en momentos difíciles para la Iglesia y el mundo. De ahí que casi siempre fueran seguidos de varias décadas de confusión hasta que se aplicaron sus conclusiones. Cabía esperar que tras el Concilio Vaticano II ocurriera lo mismo. Lo que quizás no se esperaba era que la época posconciliar coincidiera con enormes vuelcos mundiales en la cultura, las artes, la política, la técnica, los medios de comunicación.

 

Distorsión de la identidad sacerdotal

La convulsión posconciliar alcanzó una cumbre el año pasado con la crisis de los abusos sexuales. Durante seis meses seguidos, a partir de enero de 2002, salieron a la luz numerosos abusos de menores cometidos por sacerdotes a lo largo de treinta años, en algunos casos con encubrimiento por parte de los obispos. Esta fue la causa inmediata de la crisis, que se puede considerar en vías de cerrarse tras la renuncia del Cardenal Law, arzobispo de Boston. Al grave perjuicio causado a tantos jóvenes y a sus familias con estos actos abominables, se suma un daño incalculable al prestigio de la Iglesia y a la confianza en la labor pastoral del clero.

Pero la crisis tiene otras causas más fundamentales. En particular, Weigel se centra en la distorsión de la identidad del sacerdote durante los quince años siguientes al Vaticano II y que empezó a remitir con la elección de Juan Pablo II. Como dice, “el sacerdote católico no es simplemente un funcionario religioso, un hombre autorizado a llevar a cabo cierto tipo de actividades eclesiásticas. Un sacerdote católico es un icono, una representación viva del eterno sacerdocio de Jesucristo. Hace que Cristo esté presente en la Iglesia de una forma muy particular, al actuar in persona Christi, ‘en nombre de Cristo’, en el altar y al administrar los sacramentos”.

 

En qué no consiste el problema

Weigel se preocupa también de precisar la naturaleza exacta de la crisis que estalló al comienzo de 2002. ¿Era simplemente una cuestión de pederastia por parte de unos pocos sacerdotes o era un programa anticatólico organizado por los medios de comunicación para destruir la Iglesia y el sacerdocio? De hecho, la gran mayoría de los casos consistían en actos deshonestos con chicos adolescentes, lo que lleva a la conclusión clara de que los culpables eran sacerdotes con inclinaciones homosexuales.

Pero, como escribe Weigel, “si nos propusiéramos describir con precisión la crisis de abusos sexuales como una crisis cuya principal manifestación eran los abusos homosexuales, se podrían formular otro tipo de preguntas sobre la cultura gay. Y eso precisamente era lo que algunos no deseaban que sucediese, entre los que se incluyen los teólogos disidentes de la moral católica”. Los relativamente pocos pederastas sistemáticos eran una pequeña minoría de los autores de abusos sexuales.

Aunque la prensa no creó la crisis, la información no reflejaba bien la realidad. Se difundió “la errónea impresión de que la crisis de abusos sexuales del clero era un fenómeno que seguía produciéndose en ese mismo instante, que era de una magnitud sin precedentes y que estaba fuera de control, cuando, en realidad, salieron a la luz poquísimos casos de abusos que hubieran sido cometidos en la década de los noventa”.

 

Reformar los seminarios

Tras analizar los orígenes de la crisis, Weigel sugiere posibles soluciones. La más importante es reformar los seminarios, que en las últimas décadas han acumulado un historial desastroso. La mala formación que han dado ha llevado a la incertidumbre sobre puntos clave de moral y doctrina, y a que no se entienda la verdadera misión de los laicos.

En lo sucesivo, habrá que valorar la idoneidad de los candidatos al sacerdocio no sólo mediante pruebas psicológicas, sino sobre todo examinando cómo conocen y practican la fe, y su fidelidad a ella, así como su aptitud para la misión evangelizadora. El autor señala que deben ser capaces de vivir la virtud de la castidad como preparación para el celibato apostólico y deben haber sido educados en la grandeza del celibato en cuanto don por el que Cristo los configura consigo mismo. Deben ser formados en la “teología del cuerpo” enseñada por Juan Pablo II, para que lleguen a entender la correspondiente grandeza del sacramento del matrimonio.

¿Cómo remediar la aparente escasez de sacerdotes en Norteamérica? Responde Weigel: “La solución no está en hacer el sacerdocio más fácil ni en abandonar la disciplina del celibato, sino en que los obispos y los sacerdotes se tomen mucho más en serio el fomentar vocaciones”. Estoy de acuerdo con él sólo en parte. Creo que el remedio incluye oraciones y sacrificios por las vocaciones, el ejemplo atractivo de sacerdotes felices y santamente celosos, y –lo que de ningún modo es menos importante– que los católicos vuelvan a tener familias numerosas. También discrepo de Weigel cuando propone no excluir entre los posibles candidatos al sacerdocio a homosexuales que hayan demostrado ser capaces de vivir la castidad.

De todas formas, tiene razón Weigel cuando dice: “Las diócesis (...) en las que el obispo habla a sus sacerdotes sobre vocaciones en toda confirmación y ordenación, insiste en que se rece por las vocaciones en todas las misas, tiene una pastoral de vocaciones despierta y enérgica, llevada por un sacerdote capaz, e invita a la gente joven a reunirse con él y plantearse la llamada al sacerdocio; estas diócesis, decíamos, han descubierto que la respuesta es generosa. Los jóvenes quieren que se los llame a una vida de heroísmo”. De hecho, en los últimos años han repuntado las vocaciones al sacerdocio y, con la próxima reforma de los seminarios que vendrá, en parte, gracias a la visita apostólica, cabe esperar sacerdotes mucho mejores, aunque el número total quizás descienda drásticamente por el inevitable envejecimiento.

 

Nota: Fr. C. John McCloskey (www.frmccloskey.com) es director del Catholic Information Center de la archidiócesis de Washington (www.cicdc.org).

 

Fuente: Aceprensa, Servicio 44/03.

 

 

"Simón, ¿tú me amas?"

 

Luigi Giussani

 

... El gallo cantó por tercera vez. Jesús salió de la sala... y Simón Pedro, siguiendo el ruido, miró hacia allí. Lo vio y "lloró amargamente".

 

El mismo Pedro que desde aquel momento se volvió vergonzoso y asustadizo, perennemente asustado, aunque no lograba contener sus habituales acciones impulsivas, pues las hacía, luego se paraba bloqueado por la vergüenza, por la vergüenza del recuerdo...

 

...estaba allí apartado, aquella mañana en la orilla... todos estaban allí alrededor aquella mañana, en silencio temeroso, asustados, así que ninguno preguntaba nada porque todos sabían que era el Maestro.

 

En el frescor de aquella hora matutina con la pesca -esos peces que todavía se agitaban detrás de ellos- después de una noche árida de frutos estaban allí comiendo pescado... el pescado preparado por Él que había pensado también en su comida porque volverían cansados. El Señor se había tendido cerca, estaba allí cerca, comiendo con ellos. El Señor lo miraba. Él miraba, pero no de frente porque sentía más vergüenza de lo normal... El Señor quizás lo miró insistentemente hasta que Pedro, cohibido por aquella mirada fija, se dio la vuelta, como diciendo: "¿Qué quieres?"

 

Y Jesús, inmediatamente, sin dejar pasar ni un instante: "Simón, ¿me amas más que éstos?" Se lo decía al que lo había ofendido, se lo decía al temperamento más inclinado a la incoherencia, al traidor. Después de Judas, él. Pero en él era evidente que estaba Cristo.

 

"Señor, tú sabes que te quiero". No podía dejar de volver la cara y dar su respuesta. Tenía que hacerlo. Si no, habría sido una mentira. Lo amaba; lo había traicionado, pero lo amaba. Por eso se volvió hacia Cristo y le dio esa respuesta que nunca había desaparecido de él excepto en aquellos momentos terribles.

 

Le dio la respuesta que continuamente lo hacía estar vuelto hacia Él, estuviese donde estuviese, en la barca, en el mar de la mañana, entre la muchedumbre, en la montaña, cuando estaba en casa y Él no estaba allí... siempre estaba vuelto hacia Él.

 

No es verdad que te haya odiado, no es verdad que no te haya amado... porque "tú sabes, Señor, que te amo". Pero es lo contrario de lo que has hecho... No sé cómo, pero sé que es así.

 

"Simón, ¿tú me amas?" No dijo: "No peques, no traiciones, no seas incoherente". No tocó nada de todo esto. Sólo dijo: "Simón, ¿tú me amas?"

 

Ninguno de nosotros consigue escapar completamente al hecho de que podemos amar a Cristo exactamente tal como somos. Cristo es quien se complace con nosotros, conmigo, dice San Pedro llorando, con la Magdalena, la Samaritana, el asesino.

 

Cristo es aquel que se complace conmigo y por ello me perdona. Me ama y me perdona.

 

 

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