Fe y Razón

Revista virtual de suscripción gratuita

Desde Montevideo (Uruguay), al servicio de la evangelización de la cultura

Nº 2 – Abril de 2006

Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est

“Toda verdad, dígala quien la diga, procede del Espíritu Santo” (Santo Tomás de Aquino)

 

 

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Equipo de Dirección: Diác. Jorge Novoa, Lic. Néstor Martínez, Ing. Daniel Iglesias.

Colaboradores: Dr. Carlos Alvarez Cozzi, R. P. Lic. Horacio Bojorge, Pbro. Eliomar Carrara, Dr. Eduardo Casanova, Ing. Agr. Álvaro Fernández, Dra. María Lourdes González, Dr. Gustavo Ordoqui Castilla, Sr. Miguel Pastorino, Sr. Juan Carlos Riojas Alvarez, Dra. Dolores Torrado.

 

 

TABLA DE CONTENIDOS

 

Sección

Título

Autor o Fuente

Editorial

Juan Pablo II y Benedicto XVI

Equipo de Dirección

Tema central

Juan Pablo II

Joseph Ratzinger

Tema central

Conmemoración del primer aniversario del fallecimiento de S.S. Juan Pablo II

Dr. Guzmán Carriquiry

Tema central

Carta de los Derechos de la Familia

(versión resumida)

Santa Sede

Tema central

Los laicos en la Iglesia y en el mundo

Ing. Daniel Iglesias

Tema central

De Juan Pablo II a Benedicto XVI

Dr. Eduardo Casanova

Tema central

El arzobispo de Barcelona señala que la encíclica supone "el relanzamiento de la doctrina social de la Iglesia"

Europa Press

Derecho canónico

Clérigos, cargos públicos y militancia política

Pedro Sánchez

Familia y Vida

Comunicado Nº 1/06

Comisión Arquidiocesana de Bioética de Montevideo

Familia y Vida

Una opinión sobre los temas opinables

Dr. Eduardo Casanova

Familia y Vida

Una historia de vida

Ing. Agr. Álvaro Fernández

Familia y Vida

El embrión humano en sus primeras dos semanas

Dra. Dolores Torrado

 

Familia y Vida

España: «Ridícula» la sustitución de los términos «padre» y «madre» por progenitores A y B

Zenit

Familia y Vida

La preocupación del episcopado español por el embrión humano, a los ojos de un científico

Zenit

Apologética

“New Age”: La punta de un iceberg

Miguel Pastorino

Documentos

El hombre es “capaz” de Dios

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica

Reseñas

Los días del silencio. La herencia de un gran Papa. Textos de Juan Pablo II

Juan Hernández

 

Oración

Oración de la Evangelium Vitae

Papa Juan Pablo II

 

 

Juan Pablo II y Benedicto XVI

 

Equipo de Dirección 

 

El sábado 2 de abril de 2005 murió el Papa Juan Pablo II, cuyo pontificado, extraordinariamente largo y fecundo, seguramente será recordado como uno de los principales de la ya bimilenaria historia de la Iglesia. En los días siguientes, millones de personas de casi todo el mundo se acercaron a los restos mortales del gran Papa para darle su último adiós, llenos de gratitud por el testimonio de santidad que Karol Wojtyla, Siervo de los siervos de Dios, dio hasta el último día de su vida terrena.

 

El martes 19 de abril de 2005 el Colegio de Cardenales reunido en cónclave eligió como nuevo Sucesor de San Pedro al Cardenal Joseph Ratzinger, quien aceptó y decidió tomar el nombre de Benedicto XVI. Recientemente el nuevo Papa publicó su primera carta encíclica, llamada “Deus caritas est” (Dios es amor).

 

En este mes de abril, en el que se cumple el primer aniversario de ambos acontecimientos, la revista “Fe y Razón” tiene como temas centrales el legado de Juan Pablo II a la Iglesia y el primer año del pontificado de Benedicto XVI. Dado que ambos temas son casi inabarcables, la mayoría de los artículos que hemos incluido destacan aspectos particulares de los mismos, no necesariamente los de mayor importancia. Acerca de estos temas, publicamos hoy:

·        Un fragmento de una entrevista de Peter Seewald a Joseph Ratzinger, en el que el entonces Cardenal hace una evaluación de la relevancia histórica del pontificado de Juan Pablo II.

·        Un artículo inédito del Dr. Guzmán Carriquiry, Subsecretario del Pontificio Consejo para los Laicos, acerca del pontificado de Juan Pablo II. El Dr. Carriquiry, laico uruguayo residente en Roma, sintetiza la obra de Juan Pablo II en torno a cinco aspectos centrales: los impulsos de santidad, verdad, comunión, misión y caridad que transmitió a la Iglesia y al mundo. Agradecemos cordialmente al Dr. Carriquiry su magnífica contribución y su gentileza para con esta novel publicación.

·        Sendas síntesis de dos documentos muy importantes, pero quizás insuficientemente conocidos, de dicho pontificado: la exhortación apostólica “Christifideles laici” y la Carta de los Derechos de la Familia.

·        Un artículo del Dr. Eduardo Casanova sobre la continuidad entre los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI en torno a la cultura de la vida.

·        Un breve comentario del Arzobispo de Barcelona sobre la encíclica Deus caritas est de Benedicto XVI. 

 

A partir de este número se incorporan al equipo de “Fe y Razón” Miguel Pastorino, destacado experto uruguayo en el tema de las sectas, y Juan Carlos Riojas Alvarez, mexicano, valioso y perseverante colaborador del “Forum” de “Fe y Razón” desde hace varios años. Les damos la bienvenida y agradecemos sus aportes. Miguel Pastorino contribuirá con la sección de apologética, mediante artículos sobre las sectas y las nuevas religiones. En este número publicamos un artículo suyo sobre la “New Age”.

 

El mes pasado varios legisladores del partido de gobierno intentaron presentar al Parlamento uruguayo un nuevo proyecto de ley para la legalización del aborto. Este intento fue frenado debido a la firme oposición del Presidente de la República, quien anunció que lo vetaría si fuera aprobado. Por consiguiente, inaugurando la sección “Familia y Vida”, en este número publicamos varios artículos y noticias acerca de la amenaza contra el derecho a la vida de las personas no nacidas. Destacamos especialmente el comunicado de la Comisión Arquidiocesana de Bioética de Montevideo.

 

Por la intercesión de la Virgen María, Madre del Redentor, rogamos a Dios todopoderoso que en esta Semana Santa bendiga e ilumine a todos nuestros lectores, a los gobernantes y a los ciudadanos comunes y fortalezca en nosotros el compromiso de defender y promover la dignidad humana en todos sus aspectos.

¡Felices Pascuas de Resurrección!

 

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Juan Pablo II

 

Joseph Ratzinger

 

Peter Seewald: Juan Pablo II ha sido la piedra del siglo XX. El Papa polaco ha influido en la Iglesia más que muchos de sus predecesores. Su primera encíclica, Redemptor hominis (Redentor del ser humano), señaló su programa: las personas, el mundo, los sistemas políticos se habían “alejado de las demandas de la moral y la justicia”. La Iglesia, pues, tenía que suministrar el modelo contrario con una doctrina clara. Esta idea directriz está presente en todas las circulares papales. Contra la “cultura de la muerte”, la Iglesia tenía que proclamar una “cultura de la vida”. ¿Ha proporcionado Juan Pablo II a la Iglesia las bases para que pueda transitar sin tropiezos por el nuevo siglo?

 

Joseph Ratzinger: La auténtica base es Cristo, por supuesto, pero la Iglesia necesita siempre nuevos estímulos, ha de ser continuamente construida. A este respecto, bien podemos afirmar que su pontificado ha ejercido un extraordinario influjo. Ha sido una confrontación con todas las preguntas fundamentales de nuestro tiempo y, además, ha suministrado directamente y propiciado avances positivos.

Las grandes encíclicas del Papa –primero Redemptor hominis, después su tríptico trinitario en el que presenta la imagen de Dios, la gran encíclica de la moral, la encíclica de la vida, la circular sobre la razón y la fe- constituyen hitos y muestran también, como usted ha dicho, la base sobre la que se puede construir de nuevo. En concreto porque el cristianismo siempre necesita manifestarse en este mundo tan cambiante.

Con la misma visión de futuro con la que Tomás de Aquino tuvo que repensar el cristianismo en el encuentro con el judaísmo, el islam y la cultura griega y romana para darle forma, al igual que tuvo que ser pensado de nuevo al comienzo de la edad moderna –con lo que se encaminó hacia la Reforma y hacia los principios del concilio de Trento que determinaron a la Iglesia durante cinco siglos-, así hoy un gran cambio con visión de futuro ha de preservar ilimitadamente tanto la identidad del conjunto como la capacidad de lo viviente para expresarse y representarse de nuevo. Y aquí el actual Pontífice ha prestado sin duda una aportación esencial.

 

Fuente: Joseph Ratzinger, Dios y el mundo. Creer y vivir en nuestra época. Una conversación con Peter Seewald, Editorial Sudamericana, Buenos Aires 2005, pp. 419-421.

 

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Conmemoración del primer aniversario

del fallecimiento de S.S. Juan Pablo II

 

Prof. Dr. Guzmán Carriquiry Lecour

Subsecretario del Pontificio Consejo para los Laicos

 

La presencia del Señor se hizo evidente en el año 2005 de manera misteriosa y pedagógicamente eficaz. Hace un año sucedió un espectáculo sorprendente en torno a San Pedro: miles y miles, centenares de miles de personas confluyeron en Roma, provenientes de todas las regiones de Italia y del mundo entero, espontáneamente, por ímpetus de corazón, para un último saludo a S.S. Juan Pablo II, yaciente de frente a la tumba del apóstol Pedro. Toda la humanidad parecía estar representada en esos momentos. No las convocaba sino el reconocimiento de una paternidad, una capacidad de acogida y un abrazo de caridad de los que los hombres no pueden prescindir, aunque vivan en condiciones de distracción y confusión. Sin duda, en esa peregrinación singular y durante las horas de colas interminables hasta el féretro, hubo muchas conversiones.

 

Un año después no puede ser un sentimiento de “amarcord” lo que nos mueve a reflexionar sobre el gran pontificado de S.S. Juan Pablo II. Y esto, por tres razones. La primera es que nos ponemos en sintonía con aquellas filas interminables de personas que hasta hoy se acercan a su tumba, con la actitud humana más verdadera y profunda, la de la gratitud. La nuestra es la memoria grata de hijos. La segunda razón es que Juan Pablo II nos sigue acompañando, ahora desde la “communio sanctorum”, cuya realidad hacía exclamar a S.S. Benedicto XVI en la homilía de comienzo de su ministerio petrino: “no estamos nunca solos”. Y en tercer lugar, porque el Espíritu Santo y los cardenales reunidos en cónclave nos han dado al más íntimo colaborador del Papa Juan Pablo II como su sucesor, y ahora toda nuestra adhesión afectiva y efectiva va hacia él. No sea que se insinúe la grosera tentación, siempre alimentada por los poderes mundanos, de exaltar la figura del Papa que ya no está más –aunque de vivo se lo lapidase– para pretender contraponerlo al Papa actual. Al contrario, estamos ante la realidad de la misteriosa continuidad entre los sucesores de Pedro, que se despliega a través de la carnalidad de la existencia de la Iglesia, lo que hace que los Papas se expresen mediante biografías y temperamentos muy diversos y, a la vez, gracias al Espíritu interpreten el propio tiempo histórico.

 

Es muy difícil concentrarse sintéticamente en la conmemoración del pontificado de Juan Pablo II, después de más de 26 años de increíble densidad de vida, acontecimientos, iniciativas, documentos... Llevamos grabados en el corazón y aún presentes ante los ojos un agolparse variadísimo de impresiones: la sorpresa de un Papa “venido de un país lejano”, la firma de su primera extraordinaria encíclica programática, “Redemptor Hominis”, el terrible atentado contra su vida en plaza S. Pedro, el agradecimiento en Fátima por la protección de la Madre, el gesto del perdón hacia Alí Agca. Y así suceden las más diversas y conmovedoras imágenes del Papa peregrino a todos los pueblos, en sus más de 100 viajes internacionales (192 países del mundo visitados) y 142 visitas pastorales en Italia. Fue grande su ímpetu ecuménico. Esperaba poder acelerar el proceso de unidad de los cristianos ¡Y cómo olvidar la primera visita a una sinagoga y su oración depositada en el muro de los lamentos de Jerusalén, así como la primera visita a una mezquita! En Asís, recordamos también la primera gran manifestación de los representantes de los diversos patrimonios religiosos de la humanidad. Escuchamos aún al Papa en los pedidos humildes de perdón. Tuve oportunidad de seguirlo en todos los impresionantes encuentros mundiales de jóvenes. Dedicó mucho amor a la familia y la defensa firme de la cultura de la vida. ¿Cómo no recordar también el 30 de mayo de 1998 y su continuo aliento a movimientos y nuevas comunidades eclesiales? Su protagonismo internacional queda ligado al derrumbe del socialismo real, a la superación del mundo bipolar de Yalta, a la caída de los muros, a una Europa llamada a respirar con los dos pulmones, pero también al juicio crítico de la guerra en Irak, de los muros alzados entre los opulentos y los pobres, de la deriva de un ateísmo relativista y libertino, cuestionamientos radicales en la transición hacia un “nuevo orden”. Nos deja también 473 nuevos santos (mientras sus predecesores canonizaron a 300 en los últimos cuatro siglos) y 1.319 nuevos beatos. Todo se concentró en modo admirable en el año del Gran Jubileo. Después, del Papa atleta de Dios, “globetrotter”, a las imágenes de su larga y sufrida enfermedad hasta la agonía. Y aún nos faltaría repasar el brillante artículo en el que el Cardenal Joseph Ratzinger recapitulaba el tesoro de enseñanzas en los muy numerosos documentos pontificios.

 

Ahora bien, conmemorando este gran pontificado, hay que superar dos tentaciones. La primera es la de quedar encandilados por este “impresionismo” abundante y variado de imágenes, en la que cada uno destaca particularidades. La segunda es la de exaltar en tal medida al Papa “magno” hasta convertirlo en un “héroe” considerado aisladamente de la realidad del conjunto de la Iglesia y de su misión. Por eso, casi como juicio sintético y esquema de introducción y recapitulación, es fundamental arriesgar algunos hilos conductores capaces de ordenar y jerarquizar, desde su designio pastoral, toda esa abundancia y variedad de tareas e iniciativas.

 

Karol Wojtyla fue, sin duda, el último Papa que tuvo el don de participar como “padre conciliar” en el Concilio Ecuménico Vaticano II, el evento más importante del siglo XX eclesial, clave de toda inteligencia sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, en el que contribuyó con aportes muy significativos. Del Concilio, Juan Pablo II reconocerá “el fundamento y el comienzo de una gigantesca obra de evangelización del mundo moderno llegado a una nueva encrucijada de la historia de la humanidad en la que competen a la Iglesia tareas de una inmensa gravedad y amplitud”. Considerando el turbulento camino de actuación del Concilio -en el que signos de primavera y de helada se daban conjuntamente, en medio de una gigantesca crisis de renovación eclesial-, al inicio de su pontificado, Juan Pablo II agradeció la sabia, fiel y paciente obra de S.S. Pablo VI, que le había consignado una Iglesia “más inmunizada contra los excesos del autocriticismo: se podría decir que es más crítica frente a las críticas desconsideradas, que es más resistente respecto a las variadas ‘novedades’, más madura en el espíritu de discernimiento, más idónea a extraer de su perenne tesoro ‘cosas nuevas y viejas’, más centrada en el propio misterio y, gracias a todo esto, más disponible para la misión de salvación de todos” (R.H., 4). Ahora se trataba, para el pontificado de Juan Pablo II, de volver a dar dignidad, belleza y vitalidad a una planta aparentemente reseca. Juan Pablo II emprende, pues, en forma incansable y polifacética una obra ingente de reconstrucción, recomposición y revitalización de la Iglesia, que puede ser sintetizada y concentrada en torno a los siguientes hilos conductores:

 

-         el recentramiento kerigmático de una auténtica experiencia cristiana,

-         una renovada responsabilidad por custodiar y trasmitir educativamente el patrimonio de verdades del “depositum fidei”,

-         la reconstrucción del verdadero “sensum ecclessiae”,

-         el despliegue del ímpetu misionero que es propio de la vocación cristiana,

-         el abrazo de la caridad a todas las necesidades de los hombres y los pueblos.

 

El pontificado de Juan Pablo II sobre todo condujo a recentrar la vida de la Iglesia, de los bautizados, de las comunidades cristianas, en lo que es más radical y fontal, más identificante, esencial e insustituible de la experiencia cristiana. Desde el “abrid las puertas a Cristo” hasta el “recomenzar desde Cristo”, teniendo fija la mirada en el rostro del Señor, en toda la profundidad de su misterio de encarnación y redención. Había que vacunarse –¡y aún hay que hacerlo!- contra toda propuesta cristiana que se reduzca a sentimiento espiritual o ideología religiosa, o que busque afanosamente las consecuencias morales, sociales, culturales y políticas de la fe presuponiéndola en forma cada vez más irreal. Al contrario, el pontificado de Juan Pablo II fue como una vigorosa interpelación a todos los bautizados a convertirse en mendigos suplicantes de la gracia de Dios, para poder encontrar a Jesucristo como si lo fuera por la primera vez; o sea, con la misma realidad, actualidad, novedad y poder de persuasión y afecto como lo tuvo el primer encuentro de sus primeros discípulos a las orillas del Jordán. En eso fue fundamental el testimonio de un Papa enamorado de Cristo, profundamente unido a Él en el misterio litúrgico, en la oración personal, en el reconocimiento de su Presencia en la trama de la vida de las personas y naciones, y, por eso, con ímpetu incontenible e infatigable de anunciar a todos los hombres, por todas las vías del hombre, en todos los confines de la tierra, en todos los areópagos, al único Señor y Redentor. Su pedagogía ha sido llamar a todos los que ha encontrado, en las más diversas circunstancias, a confrontarse con Cristo en cuanto presencia que irrumpe en nuestras vidas, con un impacto siempre originario y decisivo, sorprendente, sobreabundante y a la vez respuesta plena a los anhelos de verdad, felicidad, justicia y belleza que laten en el corazón de los hombres y en la cultura de los pueblos. No en vano el texto más citado en su magisterio es aquél de la “Gaudium et Spes”: “Solamente en el misterio del Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio del hombre”. De tal modo, se enfrenta la cuestión fundamental: rehacer la fe de los cristianos. El pontificado de Juan Pablo II ha sembrado por doquier profundas certezas sobre la identidad de los “christifideles” –tan sacudida y a menudo confusa en la primera fase del postconcilio-, cuyas raíces están, hoy y siempre, en el evento de Cristo, que, en el sacramento de la comunidad cristiana, se da y se propone a la libertad de cada persona, llamándola a una decisión para toda su existencia, llamándola a la santidad. No hay otro camino que el de la santidad –lo recordó Juan Pablo II permanentemente– para la renovación de la vida personal y eclesial.

 

Por ser testigo de Cristo, Juan Pablo II fue padre y maestro de muchos. Tuvo que manifestar una vigilante, renovada y firme responsabilidad por la verdad confiada a la Iglesia, dejando atrás muchas parcializaciones y confusiones sufridas en ámbitos eclesiásticos por efectos de derivas ideológicas, y en los últimos tiempos por la progresiva difusión mundial de una cultura relativista que degrada el credo de los católicos a opiniones subjetivas irracionales y tiende a presionar a los creyentes para que compongan un “mix” arbitrario de creencias y comportamientos. Ha sido fundamental la elaboración y difusión del “Catecismo de la Iglesia católica” y ahora también de su “Compendio”. El magisterio de Juan Pablo II ha cubierto una amplísima gama de materias de enseñanzas. Sin embargo, no le ha bastado con enunciarlas y repetirlas, sino que se desplegó en el pontificado una vasta obra educativa para que la radicalidad del Evangelio, el contenido objetivo de la fe y el flujo vivo de su tradición se comunicaran persuasivamente y se acogieran como experiencia estructurante de la persona. Fue testigo y maestro de la razonabilidad de la fe, de su verdad, bien y belleza para la vida del hombre y de las naciones. Supo dar por doquier razones de la esperanza de la que la Iglesia es portadora, en medio de la distracción y confusión de las sociedades del consumo y del espectáculo, ante las multitudes que sufren miseria y violencia, también rescatando lo humano de la destrucción de los regímenes del “socialismo real”.

 

Desde su permanente llamamiento al reencuentro con Jesucristo, Juan Pablo II operó decididamente por la reconstrucción del “sensum ecclessiae”. S.S. Pablo VI había tenido que cargar una pesada cruz cuando advertía la dramática contradicción entre la muy profunda y bella eclesiología de comunión del Concilio -fruto de potente moción del Espíritu Santo en la autocomprensión eclesial del misterio que la constituye– y la ráfaga de “contestaciones”, manipulaciones, laceraciones, crisis y alejamientos que se sufrían en la Iglesia. Todos los fieles fueron invitados a redescubrir la verdad, la densidad, la belleza de ese misterio de comunión, en todas sus dimensiones constitutivas, Cuerpo de Cristo que hace contemporánea su Presencia a todo hombre en todo tiempo y lugar, cuyos gestos sacramentales abrazan y transforman la existencia del pueblo de Dios peregrino en la historia. Mucho se ha hecho para superar una comprensión mundana de la Iglesia como institución de servicios religiosos sometida a la disección analítica, a las propias precomprensiones, medidas y proyectos. La Iglesia no es “nuestra”, es de Dios, arraiga en su misterio, es don para la salvación de los hombres. Había que volver a despertar el estupor ante ese “tremendum mysterium”, que rompe los muros de indiferencia y opresión entre las personas, quienes, por gracia, se reconocen realmente “miembros de un mismo cuerpo”, hechos “uno en Cristo”, en ese “signo de unidad y vínculo de caridad” que es la Eucaristía, fuente y vértice de la vida de los cristianos y de la Iglesia. No basta, sin embargo, tener una buena “idea” de la Iglesia. Juan Pablo II ha llamado y educado a los fieles en un sentido de pertenencia eclesial que pasa por la incorporación en comunidades concretas que sean experimentadas como signos y reflejos luminosos de ese misterio de comunión y en las que los cristianos sean reconfortados y edificados por la fidelidad a la tradición de la Iglesia y por sus dones jerárquicos, sacramentales y carismáticos. Por eso, llamó “providenciales” para nuestro tiempo a las diversas formas paradigmáticas de movimientos eclesiales y nuevas comunidades.

 

Juan Pablo II ha sido un extraordinario Papa misionero, urgido en la tarea apremiante de comunicar a todos los hombres y pueblos, a la humanidad entera, la buena noticia de la salvación, el Evangelio de la vocación, dignidad y destino de la persona, “fuerza de libertad y mensaje de liberación”. Invirtió hasta sus últimas desfallecientes energías en esa tarea. “¡Ay de mí si no evangelizase!” Y quiso desatar detrás de sí una fase de movilización misionera de las comunidades cristianas, poniendo a toda la Iglesia en “status missionis”, impulsando a todos los cristianos a participar en una “nueva evangelización”, nueva en su ardor, en sus métodos y expresiones. ¿No era ésa acaso la intencionalidad del Concilio, retomada por la magnífica y tempestiva “Evangelii Nuntiandi”? No es que Juan Pablo II no fuera bien consciente del desafío de una radical, inaudita y difundida descristianización. Pero ese ímpetu misionero no era mera estrategia de respuesta y, para nada, operación de marketing para hacer más “creíble” y vendible el producto. Juan Pablo II nos ha demostrado nuevamente que la misión no es una tarea que se añada a la experiencia cristiana de modo extrínseco, sino la vocación para la que nos ha sido dada la vida, el ímpetu de comunicación del don extraordinario del encuentro con Cristo que, por ímpetu de gratitud y alegría, se comparte de persona a persona, de familia en familia, de comunidad en comunidad, apasionados por la vida y el destino de los demás. Precisamente en ese dinamismo misionero, el Papa demuestra que la identidad católica no se realiza en encierro protector, en instintos de mera conservación o en ghettos de restauración sino como condición e ímpetu renovados para hacerse presentes, de modo visible, explícito, sin temores ni cálculos, en todos los ambientes y situaciones de vida. Entre ellos, algunos fueron indicados como decisivos para el anuncio del Evangelio y la construcción de formas de vida más humanas: el matrimonio y la familia, las nuevas generaciones juveniles, los ámbitos de educación, cultura y comunicaciones, las experiencias del sufrimiento, el mundo del trabajo y de la construcción social, la vida pública de las naciones. Hay una carga de positividad en la acción misionera de Juan Pablo II que multiplica y valoriza todos los encuentros: una mirada cristiana que asume todo rasgo de bien y verdad, todo clamor de “sentido”, toda nostalgia y anhelo de Dios, dentro del designio divino que se realiza en Cristo. Nos deja el Papa esa afirmación misteriosa y apremiante cuando escribe: “la misión ad gentes está todavía en sus comienzos”.

 

Un Papa que convoca a “abrir las puertas a Cristo” en todos ámbitos de la vida pública, peregrino a las naciones, que abraza en la caridad las necesidades y esperanzas de los hombres, que fortalece la unidad y la adhesión a la verdad en filas católicas, que renueva, enriquece y relanza la doctrina social de la Iglesia, no podía no dar lugar a un nuevo protagonismo de la Iglesia en el escenario mundial, en cuanto testimonio profético del Señor de la historia. Venido de las fronteras de Yalta conduce a la Iglesia hacia la superación del bipolarismo. Hay imágenes exageradas sobre el papel del pontificado en el derrumbe de los regímenes comunistas, pero lo cierto es que, en su detonante polaco, la cruz está erguida en los astilleros “Lenin”, quedando muy claro que construir la ciudad humana sin Dios, contra Dios, es construirla contra el hombre. Concluido el mundo bipolar, en la enorme y dramática transición cultural y búsqueda de un nuevo orden, el pontificado se yergue como autoridad moral, religiosa, pública –el único gran liderazgo mundial– que rescata una fundada confianza en el destino humano, en la dignidad, libertad y derechos de la persona, en el bien común de los pueblos y de la humanidad entera. Pone a la Iglesia en primera fila en la custodia de la vida –que no es mera partícula manipulable de la naturaleza ni elemento anónimo de la ciudad de los hombres-, emprende la buena batalla de la verdadera libertad que no puede ser disociada de la verdad y responsabilidad, suscita una ingente tarea educativa para contrarrestar los poderes de banalización de la conciencia y la experiencia de lo humano, reafirma la familia como célula natural y básica del tejido humano y social cada vez más agredida, funda sobre la subjetividad de la persona y la sociedad renovados paradigmas de desarrollo humano más allá de estatalismos e individualismos. Abraza con la caritas Christi todas las necesidades humanas y, en especial, a los que en diversas situaciones comparten la pasión de Cristo, con amor preferencial a los pobres y a los que sufren. Aboga incansablemente por la paz desde la fuerza del Evangelio y su gran realismo de considerar todos los factores en juego. Indica con libertad y valentía que la gobernabilidad de la actual fase histórica no puede quedar librada al mero peso del poder, del dinero, de las armas, ni puede asentarse sobre el tembladeral del relativismo y del hedonismo, y menos aún puede tolerar que se idolatre la violencia y se utilice y ofenda el nombre de Dios mediante el fundamentalismo terrorista. Hasta sus últimos días no deja de comunicar apasionadamente razones e ideales para vivir y convivir más humanamente, para amar, para mantener viva la esperanza, desde la certeza que las auténticas construcciones humanas sólo pueden encontrar fundamento y cimiento en la única “piedra angular”, tan a menudo descartada por los constructores.

 

El trabajo de más de 25 años en la viña del Señor ha sido incesante, en intensidad, extensión y profundidad, consumiéndose en una siembra cuyos tiempos y modalidades de germinaciones, crecimientos y maduraciones dependen sólo del Patrón de la Viña. No puede esperarse todo ni siquiera de tan largo y fecundo Pontificado. Todavía hoy arrastramos muy dentro la radicalidad de la crisis de fe que se ha sufrido en los más variados niveles e instancias de la vida de la Iglesia. Quizás el designio pastoral, misionero, de Juan Pablo II no contó con suficientemente atentos, fieles e inteligentes seguidores y “multiplicadores” para que sus ímpetus de santidad, verdad, comunión, misión y caridad impregnaran más profundamente toda la vida de la Iglesia universal y de las Iglesias locales, y especialmente la vida de “agentes pastorales”, comunidades religiosas e instituciones educativas. Nadie puede sentirse exonerado de un examen de conciencia respecto a su respuesta ante tan preciosa herencia. Lo cierto es que toca ahora a S.S. Benedicto XVI conducir a la Iglesia por nuevos caminos y enfrentar la “buena batalla” de la fe -de la custodia, permanencia y transmisión de la fe-, en las condiciones de nuestro tiempo. La gratitud por el pontificado de Juan Pablo II no puede hoy concluir sino en la total adhesión a Benedicto XVI, en la comunión afectiva y efectiva con Él, en la oración a Dios para que lo sostenga cada vez más en tan magna tarea. El Siervo de Dios Juan Pablo II intercede ante Dios por él y por todos nosotros en la morada eterna.

 

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Carta de los Derechos de la Familia (versión resumida)

Santa Sede

La Santa Sede, tras haber consultado a las Conferencias Episcopales, presenta ahora esta Carta de los Derechos de la Familia e insta a los Estados, Organizaciones Internacionales y a todas las Instituciones y personas interesadas, para que promuevan el respeto de estos derechos y aseguren su efectivo reconocimiento y observancia.

Artículo 1

Todas las personas tienen el derecho de elegir libremente su estado de vida y por lo tanto derecho a contraer matrimonio y establecer una familia o a permanecer célibes.

Artículo 2

El matrimonio no puede ser contraído sin el libre y pleno consentimiento de los esposos debidamente expresado.

Artículo 3

Los esposos tienen el derecho inalienable de fundar una familia y decidir sobre el intervalo entre los nacimientos y el número de hijos a procrear, teniendo en plena consideración los deberes para consigo mismos, para con los hijos ya nacidos, la familia y la sociedad, dentro de una justa jerarquía de valores y de acuerdo con el orden moral objetivo, que excluye el recurso a la contracepción, la esterilización y el aborto.

Artículo 4

La vida humana debe ser respetada y protegida absolutamente desde el momento de la concepción.

Artículo 5

Por el hecho de haber dado la vida a sus hijos, los padres tienen el derecho originario, primario e inalienable de educarlos; por esta razón ellos deben ser reconocidos como los primeros y principales educadores de sus hijos.

Artículo 6

La familia tiene el derecho de existir y progresar como familia.

Artículo 7

Cada familia tiene el derecho de vivir libremente su propia vida religiosa en el hogar, bajo la dirección de los padres, así como el derecho de profesar públicamente su fe y propagarla, participar en los actos de culto en público y en los programas de instrucción religiosa libremente elegidos, sin sufrir alguna discriminación.

Artículo 8

La familia tiene el derecho de ejercer su función social y política en la construcción de la sociedad.

Artículo 9

Las familias tienen el derecho de poder contar con una adecuada política familiar por parte de las autoridades públicas en el terreno jurídico, económico, social y fiscal, sin discriminación alguna.

Artículo 10

Las familias tienen derecho a un orden social y económico en el que la organización del trabajo permita a sus miembros vivir juntos y que no sea obstáculo para la unidad, bienestar, salud y estabilidad de la familia, ofreciendo también la posibilidad de un sano esparcimiento.

Artículo 11

La familia tiene derecho a una vivienda decente, apta para la vida familiar y proporcionada al número de sus miembros, en un ambiente físicamente sano que ofrezca los servicios básicos para la vida de la familia y de la comunidad.

Artículo 12

Las familias de emigrantes tienen derecho a la misma protección que se da a las otras familias.

22 de octubre de 1983.

Nota: Para leer el texto completo de la Carta de los Derechos de la Familia haga clic aquí.

 

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Los laicos en la Iglesia y en el mundo

 

Ing. Daniel Iglesias Grèzes

 

La VII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada en Roma durante el mes de octubre de 1987, trató el tema de la vocación y misión de los fieles laicos en la Iglesia y en el mundo. Al término de sus trabajos, los Padres sinodales pidieron al Sumo Pontífice que, a su debido tiempo, ofreciese a la Iglesia universal un documento conclusivo sobre dicho tema. El 30 de diciembre de 1988, Su Santidad Juan Pablo II emitió la exhortación apostólica post-sinodal Christifideles Laici, cuyo objetivo es suscitar y alimentar una más decidida toma de conciencia del don y de la responsabilidad que todos los fieles laicos tienen en la comunión y en la misión de la Iglesia.

 

Partiendo de la parábola de los obreros de la viña (Mateo 20,1-16), el Papa desarrolla el tema de la vocación cristiana: Dios llama a cada uno de nosotros a trabajar en su viña. A nadie le es lícito permanecer ocioso. En la parábola, la viña representa al mundo, que debe ser transformado según el designio divino. Sin embargo, la viña encierra un misterio: los fieles cristianos no son simplemente los obreros que trabajan en la viña, sino que forman parte de la viña misma (Juan 15,5: "Yo soy la vid; vosotros los sarmientos"). La Iglesia misma es, por tanto, la viña evangélica.

 

Unidos a Cristo y a su Iglesia por el Bautismo, sacramento de la fe, los fieles laicos deben tener conciencia no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia. Los fieles laicos participan según el modo que les es propio del triple oficio de Jesucristo, sacerdote, profeta y rey. La modalidad que distingue a los fieles laicos es su carácter secular, es decir su inserción y participación en las realidades terrenas o temporales. Todos los hijos e hijas de la Iglesia son llamados por Dios a la santidad. Los fieles laicos deben santificarse en el mundo, o sea en la vida profesional y social ordinaria.

 

El misterio de la Iglesia es un misterio de comunión. La participación de los fieles laicos en la vida de la Iglesia asume distintas formas personales o asociadas e incluye el ejercicio de diversos ministerios, oficios, funciones y carismas confiados por el Espíritu Santo para enriquecer a la Iglesia-Comunión.

 

La comunión eclesial es una comunión misionera. Los fieles laicos son corresponsables de la misión de la Iglesia: anunciar el Evangelio a todos los hombres con la fuerza del Espíritu Santo. Dada la actual situación del mundo y de la Iglesia, ha llegado la hora de emprender una nueva evangelización. El Papa desarrolla las líneas principales que deben seguir los cristianos para vivir el Evangelio sirviendo a la persona y a la sociedad.

 

La gracia de Dios es multiforme. Existe en la Iglesia una variedad de vocaciones particulares según las diversas edades, sexos, cualidades y condiciones de vida. Juan Pablo II dedica un mensaje particular a los niños, los jóvenes, los ancianos, los enfermos, etc. y nos habla de la colaboración de los hombres y de las mujeres en la misión de la Iglesia.

 

Por último el Papa destaca la importancia de la formación de los fieles laicos, que deben madurar continuamente para dar siempre más fruto. ¿No sería conveniente que, respondiendo a este llamado del Vicario de Cristo, los laicos dedicáramos algunas horas a la lectura y meditación de la riquísima exhortación apostólica Christifideles Laici?

 

Nota: Para leer la exhortación apostólica Christifideles Laici haga clic aquí.

 

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De Juan Pablo II a Benedicto XVI

 

Dr. Eduardo Casanova

 

Introducción

Los coordinadores de la revista virtual Fe y Razón plantearon a sus lectores y colaboradores un tema que resulta un desafío para el intelecto de todo católico que haya leído las encíclicas de Juan Pablo II y la primera publicada por el actual Papa, Benedicto XVI. Lo consideramos un desafío, por cuanto resulta al mismo tiempo, una tarea necesaria y difícil. Pero es ante todo una tarea grata, porque comprobamos una clara continuidad y coherencia en el Magisterio.

Sin duda, no pretendemos analizar toda la obra doctrinal que nos ha regalado Juan Pablo II en sus escritos, dirigidos no sólo a los católicos, sino a todos los seres humanos que quisiesen escucharlo con un espíritu abierto: “A todas las personas de buena voluntad” (Dedicatoria de Evangelium Vitae). Sólo destacaremos aquí el carácter humanista de sus enseñanzas, tomando a la vida humana como valor ético de referencia. El bien y la verdad, el “esplendor de la verdad”, los conocemos en la vida humana, como reflejo de su imagen y semejanza con Dios.

Desde las páginas de Evangelium Vitae nos ha sido posible recordar verdades tan antiguas como las referidas por el Génesis, “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gn 2, 26). Pero no sólo en torno a la imagen y semejanza de esa hechura con el Creador, sino también pudimos recordar la teleología humana, su vocación, al servicio de la promoción de la vida y el desarrollo de la persona: “Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla” (Gn 2, 28).  Básicamente, por anverso y por reverso, se dice la misma cosa: el desarrollo humano, la fecundidad sobre la tierra, utilizando la naturaleza creada, comienza y termina, se ata, al “multiplicarse”, al llenar cooperativa y solidariamente la tierra. Ello implica no sólo una asociación procreativa, como clásicamente se ha entendido, sino una cooperación mutua con otros seres humanos para dominar y someter todo lo creado.

Desconocer estos fundamentos lleva a una cultura de la muerte, a comprobar que “nuestras ciudades corren el riesgo de pasar a ser sociedades de ‘con-vivientes’ a sociedades de excluidos” (EV n° 18)

Desde estos conceptos, Juan Pablo II define la cultura de la vida, como algo absolutamente reñido con el homicidio en el que “se viola el parentesco ‘espiritual’ que agrupa a los hombres en una única familia” (EV n° 8). La cultura de la vida “es mucho más que un existir en el tiempo. Es tensión hacia una plenitud de vida, es germen de una existencia que supera los mismos límites del tiempo” (EV n° 34) A diferencia de cualquier otro cultivo, de cualquier otro germen, la cultura de la vida humana, se distingue de toda otra vida por su trascendencia, por no agotarse en el tiempo de su corporeidad.

 

El inicio del puente

La propia etimología de la palabra “pontífice” evoca el significado de “puente”. En este sentido Juan Pablo II fue un gran pontífice, también al abrir un camino nuevo para entender la cultura como actividad humana vinculada a la promoción de la vida: no existe cultura, como no existe ningún cultivo, que no promueva el desarrollo de la vida. Ese concepto, aplicado a la vida humana, implica desarrollo, educación de la libertad (como potencialidad de desarrollo) para alcanzar la plenitud del bien y la verdad.

Cultura, vida, desarrollo y libertad son conceptos que se integran en un mismo significado, dado por su “vínculo constitutivo con la verdad” (EV n° 19). Ese “vínculo” debe ser educado para lograr una libre adhesión al bien y a la verdad. No se trata de un “vínculo” impuesto: implica una convicción, no una imposición. Los cristianos comprobamos por experiencia histórica, que las promesas hechas por Jesús, acerca del Espíritu Santo, no fueron ni serán defraudadas: “… cuando Él venga, convencerá al mundo…” (Jn 16, 7). En el cristianismo, a diferencia de otras religiones, la “convicción” sustituye a la “sumisión”, cuyo término por ejemplo, da significado al Islam. Pero la “convicción” exige educación, enseñanza, como lo recuerda Juan Pablo II en Dominum et Vivificantem cuando hace referencia a esta promesa evangélica: “ha sido prometido como el que ‘enseñará’…” (DV n° 27).

La adhesión inteligente y libre al bien y a la verdad es el requisito imprescindible para reconocer a Jesús como Camino, Verdad y Vida, especialmente en épocas en las que como las actuales predominan los fundamentalismos de diferente signo, materialista o espiritualista. La libertad debe ser educada para abrazarse al bien: “la verdad ilumina la inteligencia y modela la libertad del hombre, que de esta manera es ayudado a conocer y amar al Señor”, nos recuerda Juan Pablo II en Veritatis Splendor (VS Prólogo). Esa educación ha de ser la que ilumine “toda acción humana, la búsqueda secreta y el impulso íntimo que mueve la libertad” (VS n° 7)

 

El otro extremo del puente

El planteo y propuestas de Juan Pablo II son continuados por su Sucesor.

No parecen haber revertido esas “influencias y condicionamientos de carácter internacional, que producen y favorecen situaciones de injusticia y violencia en las que se degrada y vulnera la vida humana de poblaciones enteras” (EV n° 18). Tampoco parecerían haberse atenuado los fundamentalismos de uno y otro signo. No se ha conseguido superar las limitaciones comprobadas al escribirse la encíclica Veritatis Splendor cuando reclamaba “una mejor comprensión de las exigencias morales en los ámbitos de la sexualidad humana, de la familia, de la vida social, económica y política” (VS n° 4). Actualmente, cuando se escribe Deus Caritas Est, se dice: “Vemos cada día lo mucho que se sufre en el mundo a causa de tantas formas de miseria material o espiritual, no obstante los grandes progresos en el campo de la ciencia y de la técnica” (DCE n° 30 a).

Ante esta situación, ¿cuál es la “continuidad” que mencionábamos al principio, respecto a un mismo Magisterio católico, apostólico y romano? ¿Es acaso, solamente, la continuidad que constata la misma situación preocupante de un mundo que se mantiene deshumanizado, pese a los avances de la ciencia y de la técnica? No, es una continuidad, que es la misma que trasciende al tiempo, y que se mantiene con la misma lozanía de la Buena Nueva, el mismo Mensaje siempre Nuevo.

A los planteos de Juan Pablo II, hoy se responde refiriéndonos al amor de Dios. ¿Dónde advertimos la continuidad?  Ya que Dios es Amor (Jn 4, 16), en dicho Amor puede encontrarse el verdadero significado de la libertad humana y la necesidad de su educación. La educación para el conocimiento de la verdad es necesaria para alcanzar el desarrollo en plenitud de todas las potencialidades humanas... correspondiendo al Amor. Es el mismo evangelista Juan, el que nos dice que: “conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32).

Es frecuente, al agravarse la crisis del mundo actual, que muchos se pregunten en forma incrédula, por el amor de Dios: “¿por qué, -dicen- Dios permite tantas injusticias; si es todopoderoso e infinitamente bueno, por qué permite tanta maldad y sufrimiento, tanta injusticia en el mundo?” A esta pregunta responde Benedicto XVI en su encíclica Deus Caritas Est, citando a San Agustín: “Dios está más dentro de mí que lo más íntimo mío […] en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco” (DCE n° 17 y 18).

La pregunta de los incrédulos tiene una respuesta: Dios es todopoderoso, pero no para dejar de ser Dios. Dios no puede tampoco dejar de ser Amor. Por ello tampoco puede dejar de respetar la libertad humana, pues implicaría tanto como renunciar a que los seres humanos perdiesen la capacidad para corresponder a su Amor: no es posible amar sin libertad.

La persona humana es imagen y semejanza de Dios (Gn 2, 26), precisamente por ser persona, por su carácter personal, de inteligencia racional y libre, que le da la capacidad de amar, de reconocerse amado y corresponder a ese amor. Por ello, Dios nunca podrá dejar de respetar esa libertad (a pesar de todos los pesares), porque implicaría tanto como renunciar a Su Amor y al requerimiento de correspondencia, que ese Amor implica.

El puente con Juan Pablo II queda constituido por un mismo Magisterio, que se funda en la libertad, como requisito para corresponder el Amor de Dios. Es el mismo requisito que exige como condición, la educación de la libertad personal: “la Iglesia tiene el deber de ofrecer, mediante la purificación de la razón y la formación ética, su contribución específica, para que las exigencias de la justicia sean compatibles y políticamente realizables” (DCE n° 28 a).

Estas expresiones de Benedicto XVI nos hacen reflexionar, acerca de estos deberes que tiene la Iglesia, para la “purificación de la razón y la formación ética”, y acerca de la responsabilidad que para ello tienen todas las universidades católicas del mundo.

Estas reflexiones nos recuerdan especialmente las expresiones de Juan Pablo II en nuestro país, cuando en nuestra universidad católica insistía en la necesidad de “crear esa original institución que llamamos Universidad, donde se intentan conjugar los distintos aportes del acervo cultural de la humanidad [...] para formar un mundo más fraterno y humano, una cultura más verdadera y más bella, más acogedora de cada hombre” (Juan Pablo II, Discurso en la Universidad Católica D. A. Larrañaga, 7 de mayo de 1988).

La continuidad de la que hablábamos al principio, queda confirmada en la misma necesidad de respeto por la vida y la libertad humana, sin exclusiones, y proyectada al desarrollo pleno del ser humano: “estas orientaciones -ante el avance del progreso- se han de afrontar en diálogo con todos los que se preocupan seriamente por el hombre y su mundo” (DCE n° 27).

 

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El arzobispo de Barcelona señala que la encíclica supone "el relanzamiento de la doctrina social de la Iglesia"

 

Europa Press - 27/01/2006.

Monseñor Martínez Sistach considera que el texto de Benedicto XVI es una "clara continuidad con el magisterio de Juan Pablo II"

 

El arzobispo de Barcelona, monseñor Lluís Martínez Sistach, manifestó ayer que la encíclica de Benedicto XVI "se sitúa en clara continuidad con el magisterio de Juan Pablo II". También recomendó que "todos hagamos un esfuerzo para asumir y aplicar la doctrina" que expresa el Papa en el texto, "tanto en el ámbito personal como en las Iglesias locales y las comunidades cristianas".


En declaraciones a Europa Press, monseñor Sistach puntualizó que el sexo sin amor "instrumentaliza y explota a las personas, las degrada y convierte el ser humano en objeto de consumo y en mercancía".


Para monseñor Sistach, este aspecto es uno de los "más proféticos" del documento, aunque "no nuevo", ya que Juan Pablo II ya había insistido antes en esta doctrina.


El arzobispo de Barcelona subrayó que esta encíclica supone "el relanzamiento de la doctrina social de la Iglesia, a la que Juan Pablo II dedicó tres recordadas encíclicas". En este sentido, monseñor Sistach aseguró que el texto "no pasará desapercibido lo que dice sobre el marxismo".


Monseñor Sistach señaló "el carácter central en el cristianismo de los temas tratados" en la encíclica. Así, afirmó que los temas centrales que aborda Benedicto XVI son "Dios, Jesucristo, el mandamiento del amor y su aplicación concreta a sus diversos ámbitos, la misión de la Iglesia en la sociedad, las relaciones entre religión y política -que es siempre una cuestión de actualidad- y la acción caritativa de la Iglesia como tal, es decir, su servicio caritativo institucional".


Asimismo, señaló que "Benedicto XVI nos ha facilitado mucho la recepción de su primera encíclica" y confió en que "un tema tan central como el del amor cristiano pueda ayudar al ecumenismo y a las relaciones interreligiosas".

 

Nota: Para leer la carta encíclica Deus caritas est haga clic aquí.

 

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Clérigos, cargos públicos y militancia política

 

Pedro Sánchez

 

El Pbro. Uberfil Monzón, perteneciente al clero secular de la Arquidiócesis de Montevideo,  desempeña desde 2005 un cargo en el Poder Ejecutivo de la República Oriental del Uruguay: el de Director del Instituto Nacional De Alimentación (INDA). Además el Pbro. Monzón ha reconocido públicamente que es un militante del Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros (MLN-T) desde hace unos 40 años. A raíz de estos hechos le ha sido prohibido temporalmente el ejercicio público del ministerio sacerdotal.

 

Dado que algunas declaraciones públicas sobre este caso han presentado de forma confusa, errónea o incompleta la legislación de la Iglesia universal acerca de determinadas obligaciones de los clérigos, nos parece oportuno reproducir aquí los cánones pertinentes del Código de Derecho Canónico:

 

Canon 285, inciso 3: “Les está prohibido a los clérigos aceptar aquellos cargos públicos que llevan consigo una participación en el ejercicio de la potestad civil.”

 

Canon 287, inciso 2: “[Los clérigos] No han de participar activamente en los partidos políticos ni en la dirección de asociaciones sindicales, a no ser que, según el juicio de la autoridad eclesiástica competente, lo exijan la defensa de los derechos de la Iglesia o la promoción del bien común.”

 

Agregaremos unos pocos comentarios:

1.      Mientras que la prescripción del canon 287 #2 prevé la posibilidad de una dispensa, la del canon 285 #3 no prevé esa posibilidad.

2.      La prohibición incondicionada del canon 285 #3 se aplica a cualquier cargo que implique una participación en el poder civil (ejecutivo, legislativo o judicial).

3.      La posibilidad de dispensar a un clérigo de la prescripción del canon 287 #2 está sujeta a una condición muy exigente, difícilmente aplicable al caso de la larga militancia del Pbro. Uberfil Monzón en el Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros.

4.      Las prohibiciones de los cánones 285 #3 y 287 #2 no afectan a los diáconos permanentes (cf. canon 288), pero sí a los religiosos (cf. canon 672).

 

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Comunicado Nº 1/06

 

Comisión Arquidiocesana de Bioética de Montevideo

 

La Comisión Arquidiocesana de Bioética, ante las recientes declaraciones del Sr. Presidente de la República referidas a la posible legalización del aborto, desea expresar su total apoyo a su firme postura contraria a dicho proyecto de ley, por las siguientes razones:

 

1-     El aborto no es una cuestión de credos o de creencias religiosas.  Ello no obsta a que distintas religiones se hayan pronunciado a favor del respeto por la vida desde la concepción hasta la muerte natural en atención a una concepción antropológica que, en nuestro caso, es coherente con la Revelación y el Magisterio de la Iglesia Católica.

 

2-     El Sr. Presidente no hace más que actuar como defensor de los valores esenciales consagrados en nuestra Constitución que refieren a la protección de la vida humana y especialmente la de los más débiles e indefensos.

 

3-     Como médico y como máxima autoridad pública, el presidente Tabaré Vázquez ha asumido verdades incuestionables: la vida humana comienza desde el momento de la concepción y desde entonces debe ser protegida contra cualquier tipo de agresión, ya sea mecánica, quirúrgica o química.

 

4-     Es también destacable que como médico no haya olvidado los compromisos del juramento hipocrático: más allá de todo lo que se pueda hacer a favor de la defensa de los derechos de la mujer, lo primero es no hacer daño a sus hijos, defendiendo sus derechos de madre.

 

5-     Respaldamos una actitud clara y valiente, que al margen de especulaciones electoralistas, defiende la verdad y la justicia en la preservación de la vida de los uruguayos. El pleno desarrollo de los seres humanos, más allá de cualquier dificultad, es siempre incompatible con el homicidio.

 

6-     La legítima preocupación por la eventual pobreza de las madres y de sus hijos al nacer no justifica como solución la destrucción de vidas humanas sino que, por el contrario, nos impone el deber de buscar soluciones legislativas tendientes a promocionar a la mujer embarazada y a su familia contemplando, entre otros, los aspectos de vivienda, educación, laborales y de seguridad social.

 

7-     Por último, destacamos que el deber de respetar los derechos humanos, como el de la vida, no depende de mayorías parlamentarias ni plebiscitarias, sino del orden moral natural que hace a la verdad y a la justicia.

 

Montevideo, marzo de 2006.

 

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Una opinión sobre los temas opinables

 

Dr. Eduardo Casanova

 

Cada vez nos resulta más frecuente comprobar que, bajo el pretexto de la libertad de opinión y con la falsa excusa del consenso, se pretenden justificar conceptos que carecen de fundamento científico y conductas que no son éticas. En este sentido nos parece necesario destacar que no es “materia opinable” la evidencia científica y no es tampoco “materia de consenso” la propuesta de conductas contrarias al ordenamiento moral.

La “cultura de la encuesta” y el mito de una pseudo-democracia pretenden que la verdad se alcanza por el voto de las mayorías. Sin embargo, la opinión mayoritaria puede resultar tan absurda y rechazable como el mismo “argumento de autoridad”, que termina toda discusión y búsqueda de la verdad, con el fácil recurso de asegurar que “lo dice éste o aquél”.

Algo de lo que venimos sosteniendo lo comprobamos en temas referidos a la vida humana, por ejemplo para promocionar el aborto a nivel de la opinión pública. Es un discurso frecuente sostener que, dado que no hay unanimidad de criterios, el tema debería plebiscitarse o bien discutirse en el Parlamento, como si el Parlamento (por su sola autoridad) o el plebiscito (por la sola acumulación de votos) pudiesen promulgar con legitimidad aquello que es falso o es verdadero, lo que es ético o lo que es inmoral, respecto a la vida humana.

En nuestros días y en nuestro país, se repite el debate tanto sobre la posibilidad de despenalizar el aborto, como sobre la de estimular medios anticonceptivos que resultan abortígenos. Tanto para lo uno como para lo otro, se recurre a razones que, sin ser científicas, se pretende respaldar por el puro consenso, incluso de científicos, pero que no utilizan la evidencia para sostener sus afirmaciones. Ello ocurre por ejemplo, cuando se pretende fijar arbitrariamente el inicio del embarazo varios días después de que se inicia la vida biológica. Se pretende que, por la sola razón de que sea sostenido por diversas personas (incluso médicos, biólogos o bioeticistas), sea válido, aunque carezca de evidencia científica objetiva. En otros casos, se pretende validarlo como postulado aprobado por una mayoría de ciudadanos o de legisladores. Sin embargo, ni los plebiscitos ni los acuerdos parlamentarios alcanzan por sí mismos categoría de verdad científica ni de justificación ética.

Dadas estas circunstancias parece imprescindible realizar las siguientes precisiones:

 

1.      Al parecer estamos todos de acuerdo en que la vida humana tiene igual categoría aunque sea pequeña, tiene los mismos derechos a ser vivida y genera los mismos deberes a ser respetada. Por ello no podemos justificar su homicidio, por el solo hecho de que en la “realidad” sea frecuente dicha agresión. Cuando se habla de “realidad”, se sustituye la evidencia científica objetiva por la mera constatación de una determinada práctica o preferencia del público, recogida a través de una encuesta o interpretada por los  parlamentarios. Desde luego, esta “realidad” es muy diferente de la evidencia científica, que recoge un fenómeno que no depende de una voluntad o de una mayoría de voluntades, sino de un ordenamiento presente en la naturaleza estudiada, con una reiteración y una extensión que le da carácter de ley. Es esa ley la que tiene valor de referencia, no la ley presente en una “realidad”, que no necesariamente coincide con el ordenamiento moral natural. Si no fuese así, el actual incremento en el uso de la pasta base debería considerarse como una señal de la realidad, que podría inducirnos a aprobar su uso y hasta a recomendarlo.

2.      Parece claro que el elemento de referencia para interpretar esa “realidad”, en relación al conocimiento de lo que es mejor para el ser humano, y para regular su conducta en un sentido ético es la relación con el ordenamiento moral, presente en la naturaleza objetiva del cosmos, de la que forma parte el ser humano. No de otra manera puede entenderse la salud individual y la salud del cuerpo social y familiar integrado. No se trata de una simple “opinión”, ni de un mero “consenso de opiniones”, sino de una relación coherente con el bien de la persona y de su desarrollo en plenitud. Depende fundamentalmente de excluir opciones que no pueden considerarse auténticamente “libres”, ni legítimas, cuando causan un daño real al ser humano individual o a la sociedad en su conjunto. En este sentido, la orientación hipocrática de primum non nocere, lo primero es no hacer daño, sigue oficiando de referencia ética fundamental.

3.      Es frecuente comprobar por ejemplo, en relación con los abusos que sufre la mujer en diversos lugares del mundo, que ese solo hecho se utilice como argumento para legitimar el aborto. Como si el atropello realizado contra un ser humano, legitimase el atropello a realizarse contra otro, que ni es responsable de la situación de su madre, ni es capaz de defenderse de ella. Si realmente deseamos promover los derechos de la mujer, deberíamos en propiedad no dejarla de concebir como madre, para atribuirle una “licencia para matar” a su propio hijo. ¿De qué consenso, de qué “realidad” estamos hablando? ¿Cuál es la mayoría plebiscitaria o parlamentaria que justificaría esta opción como de validez ética?

4.      Nos llama la atención que legisladores que se proclaman a sí mismos como defensores de los derechos humanos, y particularmente de los derechos de la mujer, no tengan una  imaginación más creativa para proponer otros medios, para que las mujeres puedan encarar sus embarazos de modo más positivo y en favor del desarrollo humano.

5.      El derecho a opinar y a debatir, desde luego siempre existe, pero en la medida que esas opiniones y esos debates, no agravien el derecho de los demás. No puede debatirse, ni opinarse, de modo legítimo, acerca de si deben o no ser respetados los derechos de personas de otras razas o religiones. Tampoco debería debatirse u opinarse, ni en el Parlamento, ni en ningún otro ámbito, acerca del derecho que tienen otros seres humanos para  mantener su propia vida. ¿Nada menos que en el Parlamento se pretende violar el derecho a la vida, de los más débiles e indefensos, y ello, bajo el pretexto de defender derechos humanos? ¿Podemos debatir acerca del modo de compatibilizar el asesinato de los inocentes e indefensos, con la defensa de los derechos humanos?

6.      Si para despenalizar el aborto debemos partir de que es un hecho frecuente y realizado en condiciones de riesgo, deberíamos razonar que podría también despenalizarse la rapiña. Si es cierto que lucran muchas clínicas clandestinas que realizan abortos, también es cierto que la sociedad gasta muchísimo dinero en reprimir delitos contra la propiedad privada. Aplicando criterio similar al que se propone para el aborto, se  podría despenalizar también el hurto y la rapiña. De este modo, no sólo se solucionaría la sobrepoblación carcelaria, sino que se aliviaría a toda la sociedad de un enorme peso económico. Pero ello, como es evidentemente absurdo y de grave riesgo, simplemente no se plantea. Resulta evidente entonces, que el carácter ético y científico de esa actitud deriva sólo de que se afecten aquellos que, aunque sean inocentes, no puedan defenderse por sí mismos. A ellos se les condena a muerte.

 

De estas reflexiones rescatamos un aspecto que nos parece fundamental: la libertad sólo puede proclamarse en la medida que se defienda la vida de los demás, que es condición para ejercer la misma libertad. De otro modo, no defendiendo la libertad a vivir de los más indigentes y necesitados, tampoco podrá defenderse ningún derecho.

 

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Una historia de vida

 

Álvaro Fernández Texeira-Nunes

 

Cuenta la historia que a fines del siglo XIX un poderoso jefe político del interior del país abusó sexualmente de una adolescente de apenas 13 años que era nada más ni nada menos que la hermana menor de su legítima esposa. Como en aquellos tiempos no estaba de moda abortar a los hijos "no deseados", enviaron a la joven a pasar su embarazo en una estancia, donde meses más tarde dio a luz un hijo varón. Entregaron al niño al cuidado de una señora, que luego lo entregó a otra, y se desentendieron del "problema". Al parecer, ni el padre ni la madre volvieron a ver al niño. Y ello a pesar de que, fallecida la hermana mayor, el caudillo se terminó casando con la joven de la que había abusado y tuvo con ella varios hijos legítimos.

 

Para los partidarios del aborto -y aún para algunos de los que dicen estar en contra-, éste es un caso típico de abuso sexual de una menor, en el que debiera haberse permitido, cuando no obligado, a la niña abortar para salvaguardar sus "derechos", etc., etc., etc.

 

Gracias a Dios, pese a su hipocresía y a su bajeza, el viejo caudillo no llegó a quitar la vida a su hijo, inocente de su presencia en el mundo. El niño vivió, creció y, ya adulto, le cantó a la vida y al amor. Tan bien lo hizo, que terminó siendo conocido como "El Zorzal Criollo"... Grabó infinidad de discos y fue el cantante más famoso y admirado del Río de la Plata. Desde sus discos, sigue cantando. Y cada vez lo hace mejor...

 

¿A la muerte de cuántos "Carlitos" habrán contribuido las feministas y los políticos que apoyan en aborto?

 

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El embrión humano en sus primeras dos semanas

 

Dra. Dolores Torrado

 

Persona humana es la unidad sustancial compuesta por cuerpo y alma. El cuerpo humano está “animado” (alma – ánima) por un alma espiritual, racional y libre.

 

Cada hombre tiene determinadas capacidades, ejecuta operaciones y se comporta de cierta manera, pero siempre es el mismo a lo largo de su vida, se diferencia de los otros, como “alguien” que es único e irrepetible. Como persona, es sujeto de derechos inviolables, entre ellos, el más básico, el derecho a la vida.

 

La persona es esencialmente racional y libre. Ello puede comprobarse en distintas manifestaciones que tienen lugar en el razonamiento abstracto, la categorización y el pensamiento lógico, en la comunicación a través de un lenguaje conceptual y en la capacidad de modificar racionalmente el ambiente en que vive, tanto en beneficio propio como en el de toda la sociedad.

 

Se es esencialmente persona humana aunque la racionalidad no se encuentre actualizada en el plano de la naturaleza, en un espacio-tiempo concreto, con expresión en el plano de la fenomenología. Es persona el minusválido, el embrión, el enfermo terminal o en coma profundo, aunque no se manifieste su racionalidad en circunstancias concretas de un lugar y un momento determinados.

 

El ser persona pertenece al orden ontológico: la persona es o no es. No se puede ser más o menos persona. Tampoco se puede ser preembrión o prepersona. El término preembrión (con menos de 15 días, antes de su implantación uterina), se utiliza en la legislación de algunos países para negar el carácter de persona (sujeto de derechos), que sin embargo ya es digna de protección jurídica. Resulta contradictorio que se niegue su condición personal aunque se reconozca su esencia y naturaleza humana, pero se hace para justificar su manipulación, su utilización como material de experimentación e industria.

 

Los conceptos de Tertuliano “es ya hombre, aquel que lo será”, coinciden con el hecho de que el embrión humano es desde el inicio un verdadero individuo humano. La unidad y continuidad del desarrollo embrionario requiere que desde el momento de la concepción sea un individuo de la especie humana, una persona.

 

Al concepto de persona están ligados los de dignidad y valor. El ser humano es fin en sí mismo, es inviolable y goza de derechos y deberes fundamentales, no es disponible, no puede utilizarse como medio ni como instrumento para otros.

 

Programa de desarrollo.

 

La vida de la persona requiere de un programa de desarrollo, de una secuencia de mensajes ordenados en el tiempo y coordinados en el espacio. Al fusionarse los gametos del padre y de la madre se pone en marcha la información contenida en los pronúcleos de esos gametos, iniciándose la emisión del programa. Con este primer desarrollo del mensaje genético ha comenzado la existencia de un nuevo ser humano, de una persona.

 

La singularidad de la vida es consecuencia de la singularidad genética y de su ubicación espacio-temporal específica. Este segundo aspecto es tan importante como el primero, y puede advertirse por ejemplo en los gemelos univitelinos, que pese a ser genéticamente idénticos son personas diferentes por existir en un espacio y en un tiempo diferente, que es el que corresponde a su corporeidad individual.

 

Dejando de lado el caso especial de los gemelos, cada individuo es genéticamente idéntico a sí mismo, desde el cigoto, pasando por todas y cada una de las etapas de la vida, hasta llegar a su muerte natural.

 

El cigoto se autoorganiza y determina su propia información de modo de que su proceso vital continúe ordenadamente y de manera irreversible, para constituirse en embrión, en feto, en recién nacido, en niño y así sucesivamente.

 

Este programa, que “autoconstruye” el propio cuerpo, no está enteramente predeterminado por la carga genética; en cada etapa de la vida la información genética se expresa de diferente forma, modificándose por la información que es recibida desde el medio ambiente (información epigenética), prolongándose el proceso a lo largo de toda la vida.

 

Fecundación.

 

La fecundación es un proceso que se inicia con el reconocimiento y activación mutuo de los gametos masculino y femenino (células haploides, que contienen 23 cromosomas, a diferencia de los 46 contenidos por las diploides) y que concluye constituyendo el cigoto.

 

Los espermatozoides luego de experimentar su capacitación en el tracto genital femenino, son atraídos a las trompas de Falopio. Uno de ellos se acerca al óvulo, se fusiona con su membrana y lo penetra. Se forma así un nuevo individuo unicelular, el cigoto, que está dotado de una nueva información genética procedente del padre y madre, pero distinta a la de ellos. Queda organizado un individuo dotado de 46 cromosomas, de la especie humana, con un ADN único y singular, compuesto por un patrimonio genético propio.

 

El inicio de la emisión del mensaje genético comunica al cigoto una identidad individual que se desarrollará según un programa que actualmente posee y que le habilita a un desarrollo coordinado y continuo, gradual.

 

El cigoto es la única verdadera célula totipotencial. Es una célula polarizada, que ya tiene definidos sus polos cefálico-caudal y sus polos dorso-ventrales, presentes en su primera división, cuando ya se encuentran trazados los ejes de su próxima estructura corporal. La primera división mitótica, en el estado de dos células, se produce entre las 25 y 33 horas de producida la fecundación.

 

Las primeras divisiones celulares son asincrónicas. Ello significa que los blastómeros (células iniciales) no se dividen todos al mismo tiempo. Por ello en sus primeras etapas tienen un número impar de células, comparando el polo superior respecto al inferior, que será el de la futura implantación. Las que derivan de la primera división, van a dar lugar en su evolución, a la existencia de dos tipos celulares diferentes: a) el que corresponde al embrión y b) el que forma el trofoblasto que da lugar al tejido extraembrionario. Estas segundas células son las del polo inferior.

 

Durante las primeras etapas del desarrollo se produce una segmentación sucesiva de las células que componen el embrión (mórula), sin que haya un incremento de su tamaño. Se encuentra todavía dentro de la zona pelúcida, que rodeaba primitivamente al óvulo. En el momento en que la mórula penetra en la cavidad uterina, pasa a la etapa de blastocisto.

 

Al finalizar la primera semana el embrión aumenta el número de células y comienza el proceso de implantación en la pared uterina, proceso que se completa al final de la segunda semana.

 

A partir de las primeras divisiones comienza la etapa de diferenciación celular como consecuencia de la expresión de diferentes genes (información ya contenida en el cigoto) para constituir los distintos tipos de tejidos, órganos y sistemas.

 

Evidencia científica.

 

La evidencia científica muestra:

 

1.      Que el nuevo ser es una unidad biológica que se desarrolla en perfecta coordinación, como un todo.

2.      Que todas sus actividades están coordinadas. El embrión no es un mero acúmulo de células, sino que ya desde la etapa de cigoto es un individuo humano actualizado en un espacio y tiempo determinados.

3.      Su desarrollo es continuo, no presentando saltos cualitativos. Permanece siendo siempre el mismo individuo, como lo seguirá siendo luego en su vida extrauterina hasta el momento de su muerte.

4.      Su desarrollo es gradual; alcanza gradualmente su desarrollo en una sucesión no sólo de formas estructurales sino también de funciones, cuya maduración se prolongará mucho más allá de su nacimiento y, en cierto sentido, durante toda su vida extrauterina. El propio fenómeno que conocemos bajo los términos de desarrollo humano puede concebirse iniciado desde el cigoto, como condición para alcanzar los grados más elevados de maduración socio-familiar, política y económica.

5.      El embrión que cumple con su ciclo vital mantiene su identidad, su individualidad, y su unicidad: es siempre el mismo e idéntico individuo.

 

Bibliografía:

·        Bioética para todos. Ramón Lucas Lucas. Trillas, México,2003.

·        Los primeros quince días de una vida humana. Natalia López Moratalla - María J. Iraburu Elizalde. Eunsa, Navarra, 2004.

 

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España: «Ridícula» la sustitución de los términos

«padre» y «madre» por progenitores A y B


VALENCIA, miércoles, 8 marzo 2006 (ZENIT.org-Veritas).

El arzobispo de Valencia, monseñor Agustín García-Gasco, califica en su carta de esta semana de «ridículo» haber sustituido en el registro civil los términos «padre» y «madre» por «progenitor A» y «progenitor B», respectivamente.


Según informó Aván, el prelado advierte que «quienes se dedican a anular la identidad familiar, quienes están haciendo desaparecer el significado jurídico y social de “ser padre” y de “ser madre” están poniendo sus consignas ideológicas para destruir la sociedad familiar y, con ella, la sociedad misma».


Como consecuencia de la ley que permite las uniones entre personas del mismo sexo, incluyendo la adopción de niños, el Boletín Oficial del Estado establece con una orden del Ministerio de Justicia la creación de un nuevo formulario de libro de familia, en el que se utilizarán los términos «progenitor A» y «progenitor B» en lugar de «padre» y «madre».


Para monseñor García-Gasco, «la legislación española en materia de matrimonio y familia es cada día más mentirosa, sectaria y radical» y, además, «falta a la verdad del ser humano y a la misma naturaleza».


En su carta pastoral, el arzobispo invita a las familias a «romper silencios absurdos» porque «quejarnos o reírnos de las disparatadas políticas antifamiliares no basta», y anima a considerar el V Encuentro Mundial de las Familias como «una ocasión privilegiada para que las familias de todo el mundo manifiesten su iniciativa y su solidaridad».


ZS06030810

 

Fuente: www.zenit.org

 

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La preocupación del episcopado español

por el embrión humano, a los ojos de un científico


Comentario del doctor Justo Aznar, de la Academia Pontificia para la Vida


MADRID, lunes, 13 marzo 2006 (ZENIT.org).

Publicamos los comentarios del doctor Justo Aznar -miembro de la Academia Pontificia para la Vida- sobre la nota que, bajo el título «Ante la licencia legal para clonar seres humanos y la negación de protección a la vida humana incipiente», publicó el Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal española abordando la nueva Ley de Técnicas de Reproducción Humana Asistida (LTRHA), recientemente aprobada en el Congreso de los Diputados de España (Zenit, 22 febrero 2006).


Los comentarios del especialista fueron difundidos el pasado miércoles por «Análisis Digital», órgano informativo de la archidiócesis de Madrid.


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Comentarios a la nota del episcopado sobre la nueva Ley de Reproducción Asistida


Justo Aznar

Médico del Hospital de Valencia

Miembro de la Academia Pontificia para la Vida


El pasado jueves día 16 de febrero el Congreso de los Diputados dio el visto bueno al proyecto de ley presentado por la Comisión de Sanidad y Consumo, sobre «Técnicas de Reproducción Humana Asistida». Dicho proyecto de Ley suscita importantes problemas éticos, por lo que el Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española, se ha creído en la obligación de difundir una Nota «ante la licencia legal para clonar seres humanos y la negación de protección a la vida humana incipiente» [Zenit, 10 febrero 2006. Ndr]. En la propia Nota del Comité Ejecutivo Episcopal se apostilla que los obispos «[somos] conscientes de que nuestra firme denuncia de esta Ley y de las prácticas a las que se refiere, puede ser presentada falsamente como un prejuicio religioso de un grupo social contrario al avance de la ciencia». Por ello, parece de interés reflexionar sobre la misma analizándola en profundidad.


En primer lugar, merece destacar que, aunque la opinión de los obispos españoles se circunscribe, por su propia naturaleza, al área moral, su magisterio está basado en consideraciones científicas debidamente razonadas. Para analizar esto me referiré a los cuatro puntos en los que en la Nota se evalúan aspectos técnicos de la ley.


En efecto, en el primer punto se denuncia que la ley va a permitir la «clonación terapéutica». Ciertamente hay que admitir que en la nueva ley sobre «Técnicas de reproducción humana asistida», no se hace ninguna referencia concreta a que se vaya a permitir la denominada «clonación terapéutica». Sin embargo, en el punto 3 de su artículo 1, se dice que «se prohibe la clonación de seres humanos con fines reproductivos». Es decir, parece que al referirse tan explícitamente a la clonación reproductiva no se condena cualquier otro tipo de clonación humana, lo que indirectamente puede inducir a pensar que se permite la clonación terapéutica. Seguramente esta ambigüedad en el texto legal es lo que ha inducido a los obispos a comentar en su Nota que la nueva ley va a permitir la clonación de seres humanos.


Sin embargo, me permito hacer dos consideraciones adicionales: la primera es que, hasta el momento actual, no se ha podido demostrar que los productos biológicos obtenidos por transferencia nuclear somática, la denominada «clonación terapéutica», hayan sido realmente embriones humanos, pues las experiencias del grupo coreano que públicamente manifestó que lo había conseguido, han sido desautorizadas por fraudulentas y las del equipo de Newcastle, el primero en Europa en anunciar que había clonado un embrión humano, no pudieron realmente confirmarse, pues los «embriones» conseguidos no vivieron más allá de 4 ó 6 días. La segunda, es que con este tipo de experiencias, hasta el momento actual, no se ha curado a nadie, por lo que no se le debe denominar «clonación terapéutica». En efecto, las células madre obtenidas a partir de estos «embriones» clonados no pueden ser aplicadas a seres humanos con fines terapéuticos, por muchas razones biológicas, de entre las cuales no es la menos importante que pueden generar tumores si esas células madre se transfunden a un paciente. Por ello, estimo que los obispos alertan, con toda razón, sobre unos hechos experimentales que presentan, además de la ineludible valoración ética negativa que merecen, pues indudablemente vana servir para destruir vidas humanas inocentes, importantes lagunas científicas.


Con relación al segundo punto comentado por los obispos, en el que se afirma que esta ley va a favorecer la creación de embriones humanos «sobrantes» de las prácticas de reproducciones asistida, que van a ser destinados a experimentaciones biomédicas, nada parece más cierto, ya que la ley 45/2003 de 21 de noviembre tenía como objetivo fundamental no permitir que se generaran más embriones de los que se fueran a implantar. Así se trataba de evitar que se produjeran embriones excedentes que hubiera que congelar, por lo que se resolvería de raíz el problema de los bancos de embriones congelados, de los que en España no hay menos de 200.000. Pues bien, la ley actual permite generar el número de embriones que el clínico que dirige el proceso estime conveniente, para una mayor eficiencia técnica. Como por otro lado, no se permite implantar más de tres, para evitar los embarazos múltiples, que como se sabe son peligrosos para madre e hijos, indudablemente se va a favorecer el que sobren embriones que deberán ser congelados. Es decir, no solamente no se va a resolver el acuciante problema de los bancos de embriones congelados, sino que se va a dar cobertura legal a su creación.


Con relación al tercer punto, en el que la Nota episcopal se refiere al diagnóstico genético preimplantacional, indudablemente no es posible abordar aquí un tema tan amplio como éste, sólo me referiré a dos aspectos concretos. Primero, con el diagnóstico genético preimplantacional se pretenden dos objetivos, evitar que nazcan niños con determinados tipos de enfermedades hereditarias y crear niños-medicamento. En relación con el primer objetivo, y ante el problema de una pareja en la que alguno de sus miembros padece o es portador de una alteración genética de carácter hereditario y que quiera tener hijos, se puede, por fecundación in vitro, generar un número elevado de embriones, generalmente más de cinco. Después por un procedimiento técnico de biología molecular, se averigua si alguno o algunos de esos embriones esta libre de la enfermedad o del factor genético de riesgo correspondiente, y solamente a éste, o a uno de éstos si son varios, se le permite vivir, el resto se congela o se destruye.


Evidentemente es ésta una clara técnica eugenésica pues selecciona a los embriones humanos por sus condiciones de salud. Conviene además añadir que con esta técnica no se cura a nadie, como equivocadamente se ha puesto de manifiesto en algunos medios de comunicación, pues lo que únicamente se hace es permitir nacer a los niños sanos, terminando con la vida de los enfermos. Por tanto, no parece ilógico que los obispos alerten sobre la connotación ética negativa que esta práctica merece.


El segundo tema al que me quería referir es a los niños medicamento. Con esta técnica lo que se persigue es generar, por fecundación in vitro, un numero no determinado de embriones, para seleccionar alguno de ellos, que no padezca la enfermedad hereditaria que sufren sus padres y, que ya ha heredado un hermano nacido. Así de este embrión generado, cuando nazca el niño, se podrá obtener el material biológico necesario para tratar al hermano enfermo. Aunque la finalidad de esta práctica puede aparentar un cierto humanitarismo, no hay que olvidar que aquí también se desechan, destruyéndolos o congelándolos, no solo los embriones que han heredado la enfermedad, sino también los embriones sanos que no sean inmunológicamente compatibles con su hermano enfermo. Es decir, no solamente se van a destruir seres humanos portadores de un gen patológico, sino también niños sanos por el simple motivo de no ser inmunológicamente compatibles con su hermano enfermo, algo que desde un punto de vista ético parece difícilmente justificable.


Finalmente los obispos alertan sobre las imprevisibles consecuencias que puede acarrear la creación de híbridos creados a partir de fusionar gametos humanos y animales. En relación con ello, y aunque este proyecto de ley establece que no se permitirá el desarrollo de estos seres más allá de la primera división celular, lo cierto es que se abre la puerta a la creación de híbridos de hombre y animal, algo que puede ser calificados como una de las técnicas más aberrantes que la ciencia médica puede plantear.


Para concluir, me gustaría añadir que si, como en la Nota se indica, «no es posible a los diputados católicos apoyar esta ley con su voto», ello sin duda es debido a que ningún católico, y yo diría que ningún hombre sensato, y por ende también ningún político que se defina como tal, puede dar su aprobación a una ley que va abrir la puerta a experiencias con embriones dirigidas directamente a utilizarlos como material de investigación, algo absolutamente incompatible con la dignidad que cualquier ser humano intrínsecamente posee, aunque sea en su fase embrionaria más incipiente.


ZS06031320

 

Fuente: www.zenit.org

 

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“New Age”: La punta de un iceberg

 

 

Miguel A. Pastorino P.

sectas@montevideo.com.uy

 

Este artículo es un resumen del publicado en noviembre de 2004 en el quincenario católico “Entre Todos” de la Arquidiócesis de Montevideo, luego de la Consulta Internacional realizada en la Ciudad del Vaticano del 14 al 16 de junio de 2004.

 

En febrero de 2003 el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso del Vaticano publicó un informe, el primero sobre el fenómeno de la “New Age” (Nueva Era), titulado “Jesucristo portador de agua viva...”, y pronto dará a conocer el segundo, continuación de aquél y que se llamará “Reflexión pastoral sobre la Nueva Era” fruto de la Consulta Internacional que tuvo lugar en la Santa Sede, en el mes de junio de 2004, de la cual participé junto a otros 21 especialistas de otros países y miembros de la Curia Romana.

Aunque mucho se ha escrito en los años noventa acerca de la Nueva Era y aun el Vaticano haya publicado su propia reflexión, debemos tener en cuenta que la Nueva Era asume en América Latina y en el Uruguay rasgos, expresiones y énfasis particulares respecto de su manifestación europea y norteamericana, que es preciso conocer.

La propagación, en las librerías y supermercados, de inelegantes anaqueles exhibiendo volúmenes de autoayuda, esoterismo, secretos espirituales, magia, rei ki, gurús orientales, astrología, terapias sanadoras, “Insight”, técnicas adivinatorias, ángeles y un sinfín de temas exóticos directa o indirectamente ligados a lo religioso, es una constatación para cualquiera de nosotros. Este “boom” literario no es más que la punta de un iceberg cuyo cuerpo mayor se hunde en aguas más profundas y veladas.

 

¿Qué es la Nueva Era?

La “New Age” (Nueva Era) no es una secta, no, ni una religión. Es, más bien, una vaga, dilatada e imprecisa corriente sociocultural, en que confluyen, acríticamente y sin ánimo de concierto, una caterva de ingredientes provenientes de las más diversas fuentes: religiones tradicionales, magia, terapias alternativas, gnosticismo, ocultismo, psicología transpersonal, espiritismo, física cuántica, ecología, meditación, ovnis, pensamiento positivo, teosofía, místicos, maestros espirituales...

Es frente a este panorama que el ecléctico consumidor de la Nueva Era, ávido de experiencias-cumbre, alérgico a toda manifestación espiritual que implique vínculos o compromisos institucionales, adopta y escoge los elementos que mejor se avengan con sus deseos o búsquedas personales.

Dilatada y cambiante, sin fundadores concretos y visibles, sin expresiones sociales y programáticas orgánicas, la Nueva Era evoluciona calladamente, propagándose en la intimidad y multiplicación de cursos, artículos ocasionales, revistas, libros, talleres, seminarios, gurús, conferencistas y a través de un extendido tejido de grupos pseudorreligiosos y sectas. Sus ideas y prácticas, su literatura y "espiritualidad" va penetrando también los poros de las grandes religiones e iglesias históricas.

 

¿Cuál es su origen?

Como podrá conjeturar el lector, las raíces de la “New Age” se abisman en los siglos remotos de la historia. Pero entre los precursores modernos de este complejo movimiento ha de citarse a Madame H. P. Blavatsky, fundadora de la Sociedad Teosófica (1875), cuyos postulados perviven entre los principales de la Nueva Era, y también a Rudolf Steiner y Alice Bailey. Ya más recientemente, en la década del 60, las Comunidades “Esalen”, en California, y “Findhorn”, en Escocia, se constituyeron, de hecho, en los centros experimentales y cunas del actual movimiento.

La Nueva Era viene infiltrándose en la intimidad de una cultura occidental fragmentada, desconsolada de sí misma, melancólica de sus propias fuentes, descreída de la razón, deshabitada de divinidad, fatigada, sin rumbos ciertos. "Un mundo en el que no sólo no sabemos adónde nos dirigimos, sino tampoco adónde deberíamos dirigirnos. (...) Ignoramos cuáles serán los elementos que darán forma al futuro... El viejo siglo no ha terminado bien." (Eric Hobsbawm). La mayoría de las personas que se sienten estimuladas y atraídas por la “New Age”, buscan auténticamente un sentido trascendente de la vida, amor, paz interior, consuelo físico y espiritual en medio de estas sociedades resecadas espiritualmente. Parafraseando a Chesterton podemos decir que cuando se deja de creer en Dios, no necesariamente no se cree en nada, sino que se comienza a creer en cualquier cosa.

Pero es necesario señalar que muchos de los precursores, gurús y difusores de la Nueva Era forman parte de una verdadera "conspiración" contra las grandes religiones, especialmente los monoteísmos (judaísmo, cristianismo e islam), a las cuales no se opone frontalmente, sino que anuncia simple y alegremente haberlas superado y sucedido, presentándose como la única religión, o mejor dicho “espiritualidad” del futuro, post cristiana, manifestándose como una espiritualidad cósmica y "holística", como un “despertar a una nueva conciencia”, respetuosa de sus adeptos, pues la única ley es la de la propia subjetividad de sus creyentes.

 

La crisis cultural y la crisis de las religiones.

La crisis de la modernidad, con su alergia a la autoridad, a la burocracia, a las mediaciones institucionales, ha puesto en crisis todas las instituciones modernas. Entre ellas, las grandes iglesias. Su lugar es ocupado por las llamadas “vías alternativas", ya en el campo médico, político o religioso.

La lógica instrumental de la tecnoeconomía ha ido por su parte colonizando la cultura, convirtiendo todo en mero producto de consumo. También "lo divino" es volcado al mercado en útiles envases descartables. Los urgidos clientes, deseosos de refrescantes dosis para el alma, van abrazando sucesivamente una y otra técnica espiritual, o varias a la vez, con la mente y el bolsillo fijos en su eficacia. Un floreciente y múltiple negocio se ha erigido entre nosotros, pródigo en fantasía, temas y libros afiebrados -prohijando como nuevas, turbulentamente, doctrinas e ideas seculares, cuando no milenarias-, en prolíficos grupos sectarios y movimientos pseudorreligiosos con apariencia empresarial... ¿O empresas con apariencia religiosa?

En lugar de vernos enriquecidos con la diversidad e identidad de cada una de las religiones, en lugar de preservar su historia, raíz y tradición, en lugar de asistir al diálogo entre ellas, la "New Age" va demoliéndolas una por una, disolviéndolas y transformándolas en una única espiritualidad cósmica, sin límites ni configuraciones definidas. Por otra parte, los fundamentalismos integristas son, en el fondo, una reacción extrema y peligrosa contra este impulso de disolución y difuminación religiosas. ¿Una estrategia más de la globalización del pensamiento único en su expresión religiosa?

 

Una espiritualidad de mercado.

En esta corriente cada cual se siente libre de incorporar a su personal credo aquellas vivencias, prácticas y ofertas que considere convenientes, ya sin yugo, ya sin censores, ya sin instituciones ni mediaciones que se interpongan en el camino. ¿Una religiosidad adecuada al sistema neoliberal que coloniza todos los ámbitos con su lógica instrumental, transformándolo todo en algo que se puede usar según el capricho de cada cual, a gusto del consumidor? ¿Un Dios a mi imagen y semejanza?

La “New Age” no acepta ninguna verdad que esté fuera del ámbito de la propia experiencia. Una libertad que deriva en el dogmatismo de la pura subjetividad: lo que a mí me gusta, lo que yo siento... porque a mí me gusta, porque yo lo siento así. Mera intimidad de sensaciones placenteras. Una “espiritualidad” que no sólo no une, sino que nos aleja cada vez más a unos de otros, que nos va encerrando a cada cual en un recóndito y esotérico ego, donde ya no hay lugar para el “molesto prójimo”. Una espiritualidad acorde a la mentalidad consumista donde no queda tiempo para mirar al otro, tan sólo satisfacer la propia necesidad.

 

La Era de Acuario y la tradición gnóstico-esotérica.

El mismo nombre "New Age” remite a una concepción astrológica de la historia. El tiempo presente es el del pasaje de la era de Piscis –que correspondería a la era cristiana-, a la era de Acuario –que corresponde a la Nueva Era-. Con la llegada astrológica de Acuario nacerá una nueva humanidad, un nuevo orden mundial, una nueva forma de vivir y comprender la religiosidad, una era de paz, abundancia y armonía..., una Nueva Era donde las religiones clásicas, y sobre todo el cristianismo, alcanzarían su fin y un nuevo paradigma emerge, listo para revelarnos sus secretos.

El “gran secreto” de los movimientos gnósticos, siempre reservados a una élite, ahora se vende en el “mercado religioso”. Mediante una iniciación progresiva en un cierto conocimiento (gnosis en griego), se alcanza la verdad escondida: “somos la divinidad”. He aquí las tres etapas de esta conciencia: “Dios está dentro de mí”, luego “Dios y yo somos una misma realidad”, y finalmente “Yo Soy Dios”.

La conciencia del “Yo Soy” es la conciencia de la propia divinidad. Es la conciencia panteísta (pan: todo; theos: Dios); por esta vía espiritual Dios no es ya una Persona. Ahora se trata de una energía impersonal que todo lo invade y de la cual somos parte. Ya no hay distinción, “todo es la divinidad”, todo es “energía”.

Esta concepción se alimenta de la milenaria tradición esotérica (del griego esoteros: lo oculto), la cual canoniza a toda una serie de personajes de dudosa reputación y grandes maestros del ocultismo occidental, junto a magos, alquimistas, masones, rosacruces y teósofos. Círculos herméticos, logias masónicas y sociedades ocultistas caminaron siempre por carriles paralelos a los de las religiones tradicionales buscando secretos ocultos y una filosofía perenne. Pero la Nueva Era hace del esoterismo algo exotérico, es decir público. Por ello la difusión de tanta literatura sobre ángeles, cábala, alquimia, libros apócrifos y la fascinación por la brujería y las religiones precristianas (celtas, egipcios, asirios, etc).

Siguiendo a sus precursores teósofos, la Nueva Era ha puesto también el énfasis en las religiones transpersonalistas (que llamamos orientales) como el budismo y el hinduismo, de las que la Nueva Era toma los elementos que más le interesan, descontextualizándolos de su cosmovisión original.

No quieren saber nada con la ascesis, ni con el sacrificio, sólo crear una religiosidad para hombres y mujeres de éxito, donde no hay fracasos, ni debilidad, ni error. Toman de las religiones de oriente sólo lo que les conviene.

 

Ecología mística, Channeling, y Maestros ascendidos.

Una nueva sensibilidad ecológica, de carácter animista y panteísta –nuestro planeta recibe el apelativo de Madre Tierra (la primordial diosa Gaia)- colorea la atmósfera “New Age", sacralizando toda la naturaleza hasta el punto de divinizarla.

La práctica del channeling (canalización) forma parte del abigarrado y pintoresco panorama de la Nueva Era. Es una versión moderna del espiritismo en que, por medio de ciertas “técnicas” se invocan espíritus de difuntos, así como también de ángeles, extraterrestres y “seres de luz” (?). Volúmenes de amplia difusión, como Un curso de milagros o el Libro de Urantia son fruto de locuaces voces del más allá, que peroran desde el otro mundo. ¿Acaso se trata de ediciones postmortem?

Los adeptos a la Nueva Era pretenden abrir sus mentes generosamente a numerosos "maestros espirituales" o "ascendidos", guías de la humanidad, que les dictarían en su conciencia lo que han de hacer, pensar y sentir, de tal manera que cada uno apela a su “maestro” o “ángel” para justificar sus acciones o decisiones irracionales. Estos “maestros ascendidos”, avatares, son hermanados y yuxtapuestos unos a otros en una perpleja y solidaria enumeración:  Henoc, Elías, Moisés, Paracelso, El Morya, Noé, Mahachohan, Pitágoras, Confucio, Jesús de Nazareth, Hermes Trismégisto, Elohim, Buda, Nichiren, Mahoma, Krishna, Melquisedec, Maitreya, el Rey Arturo, Minerva, Nabucodonosor, Serapis Bei, Lady Rowena, San Juan Bautista, Eliphas Lévi, Sanat Kumara, el Arcángel Miguel, M. Eckhart, Nanak, Francis Bacon, la Virgen de Fátima, el Conde de Saint Germain... y también algún E.T. Todos ellos serían manifestaciones del único “cristo cósmico”.

Bajo el título de "METAFÍSICA CRISTIANA" –que no tiene nada de cristiana-, librillos y cursos saturan nuestro medio en un clima y lenguaje espiritualmente abiertos, positivos y agradables, pero no son más que instancias de iniciación al esoterismo, a la confusión irracional y con cierta peligrosidad psicológica para quienes la practican. Tal vez ésta sea una de las más delirantes manifestaciones “new agers” en Latinoamérica y de mayor difusión en Montevideo.

 

Entre novelas, manuales de autoayuda y revistas de moda.

Entre los autores vinculados al movimiento directa o indirectamente podemos mencionar a M. Blavatsky, Annie Besant, Rudolf Steiner, Alice Bailey, Eileen Caddy, Marylin Ferguson, Michael Murphy, David Spangler, Louise L. Hay, la notable actriz Shirley McLaine, Claudio María Domínguez, Enrique Barrios (con sus libritos sobre Ami, el niño de las estrellas), y los sacerdotes católicos Ricardo L. Gerula y Lauro Trevisan.

Pero las ideas de la “New Age” subyacen y se propalan en novelas que se constituyen en fenómenos de ventas editoriales, como las de Brian Weiss y Dan Brown. Casos como “La Novena Revelación” (y siguientes) o el famoso "El Código da Vinci" –invisible en cuanto a su calidad literaria-, son ciertamente un emblema de las zozobras e inquietudes en que navega la Nueva Era, que han sumido en recónditas vacilaciones a más de un lector incauto.

Se multiplican toda clase de libros y artículos de dudosos autores sobre temas sibilinos y gnósticos, evangelios apócrifos manipulados, conocimientos secretos supuestamente “ocultados” por la Iglesia católica, cursos de parapsicología, adivinación, control mental, piramidología, chamanes, turismo astral, cábala, ufología, radiestesia, etc. Y así se van repletando los anaqueles de librerías y las góndolas de supermercados con toneladas de sus publicaciones.

Como habrá podido inferir el lector, en el terreno espiritual de la "New Age" cabe todo tipo de siembra y cualquiera es sembrador. Si uno se acerca, por dar un ejemplo, a las charlas de los lunes en el Ateneo, podrá advertir títulos como: "Fe iluminada y no dogmática”, “Transmutar la energía”, “El Arcángel san Miguel y el maestro Saint Germain”, “Invocación al rayo violeta”, “Tarot angélico”, etc.

La superchería de numerosos mercaderes se aprovecha de la desinformación y la ingenuidad de mucha gente en temas religiosos.

 

Magia y ocultismo con fachada científica.

La cosmovisión de la Nueva Era pretende ser holística, integradora y lograr la fusión entre religiones y ciencia. Procura emplear un lenguaje pseudocientífico y se afana en presentar temas espirituales con un ropaje científico y viceversa. Esto explica la promoción de todo tipo de terapias alternativas y de pseudoterapias, tal es el caso, por dar un ejemplo, de la “Terapia de vidas pasadas”. Supuestos psicólogos enseñan técnicas hipnóticas para regresar a supuestas vidas anteriores. Y así encontramos toda clase de fetichistas, astrólogos, videntes y brujos cobijados bajo nebulosos títulos como el de “parapsicólogo” o “terapeuta”.

En el fondo está el viejo anhelo de la magia y de la ciencia: tener técnicas que logren manipularlo todo para propio beneficio y para sostener sus postulados como “científicos” recurren a la psicología de James y Jung, a la física cuántica de F. Capra, y a algunos escritos de Lessing, Teilhard de Chardin, Maslow, A. Huxley y muchos otros.

No olvidemos que la religión (cualquiera que sea) religa al hombre, lo pone en relación y de ahí se desprende una ética hacia el otro y hacia el medio en el que vive, en cambio la magia es meramente instrumental, funcionalista y desinteresada del bien común.

 

De la meditación a la locura...

Aunque algunas terapias de supuesto origen oriental (llamadas "alternativas" o "complementarias") puedan contener elementos valiosos, es necesario decir que, en el contexto en que son presentadas y vividas por la "New Age" en Occidente, la mayoría de ellas han deparado graves lesiones psicológicas y secuelas espirituales en muchos de sus adherentes. Baste mencionar que los viajes astrales, la invocación de maestros ascendidos, las meditaciones de hiperventilación y expansión de la conciencia, las regresiones hipnóticas y la casi totalidad de los métodos de control mental han generado delirios místicos, o de influencia, esquizofrenias, desdoblamientos de personalidad y otros diversos estados psicopatológicos.

El especialista J. M. Baamonde hablando de las inducciones a estados de trance escribe: “Estas similitudes, también, indicarían la inconveniencia de fomentar estos estados alterados de conciencia, por el riesgo implícito de generar serias perturbaciones psíquicas a raíz de personificaciones y automatismos inconscientes que, en ciertos casos, asumirán el carácter de delirios sistematizados... Una de las consecuencias más habituales es la generación de brotes esquizofrénicos de diversa intensidad, en asistentes a estos cultos que cuenten con una subestructura psicótica”.

           

Nuevas sectas para la Nueva Era.

A partir de los ochenta en los EE.UU. y de los noventa en el resto del mundo, las sectas de mayor crecimiento –que son precisamente las que enarbolan la bandera de la Nueva Era- vienen prometiendo y ofreciendo toda suerte de bienestar por medio de estas técnicas "espirituales", técnicas muy costosas para el bolsillo y peligrosas para la salud. Muchos de estos grupos se presentan, no como Iglesias, sino como Institutos o Centros de Rehabilitación personal, donde el lenguaje pseudocientífico y las estrategias de marketing son una simple fachada, bajo la cual se esconde una verdadera secta destructiva.

 

La avalancha del esoterismo.

El enorme caudal de información esotérica se ha vuelto público, distorsionado y generador de no poca confusión, sobre todo para aquellos que no conocen un mínimo de historia de las religiones y no distinguen la verdad de la ficción literaria y, más aún, para los que su cristianismo no pasa de un simple “barniz”.

De esta manera se ha desarrollado una avalancha de literatura, películas y conferencias que dan nuevas interpretaciones a los conceptos y categorías teológicas del cristianismo, vaciándolas de sus contenidos originales, recreando y resignificándolo todo en clave ocultista y gnóstica, hasta el punto de querer “devolver” al cristianismo las “verdades secretas” escondidas durante siglos por la malvada Iglesia Católica.

El esoterismo actual es un buen negocio para más de un charlatán que se aprovecha de la ingenuidad de tantos sedientos de verdad, de paz, de amor y de armonía interior..., de Dios.

           

La Nueva Era dentro de la Iglesia.

Juan Pablo II se ha pronunciado varias veces advirtiendo que el principal desafío para la Iglesia es la penetración de la Nueva Era en su propia pastoral. Retiros, catequesis, prédicas, manuales de aquí y allá trasuntan el universo de la "New Age". Y no son pocos los que se han dejado fascinar por otras “luces de colores” porque Jesucristo no les hace arder el corazón. ¿Habremos los cristianos opacado el misterio de Cristo? ¿Habremos ocultado el pozo de agua viva? ¿Habremos enmascarado de ideologías y racionalismos la fascinante presencia en el mundo de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios? ¿Transparentamos como Iglesia la luz de Cristo que resplandece sobre su rostro? 

 

¿Católicos new agers?

En muchos retiros la Palabra de Dios es progresivamente dejada de lado. En su lugar, de modo creciente, se proponen técnicas psicológicas, meditativas y esotéricas. En varias parroquias se ofrecen cursos de Rei Ki y de Yoga muy poco purificados de sus contenidos orientales (karma, reencarnación, panteísmo, "chakras"...). El Eneagrama –un diagrama de tipología de la personalidad- es otra de estas técnicas promovidas, la cual se habría originado en el misticismo sufí... pulida, reinterpretada y difundida por iniciados en el esoterismo como Claudio Naranjo y Óscar Ichazo –fundador de la secta Arica-, seguidores del ocultista Gurdjief. Algunos jesuitas especialistas en el tema, que fueron devotos de esta práctica en EE.UU., se lamentan hoy de su ingenuidad.

Muchos catequistas, fascinados con novelas como las de P. Coelho, comenzaron, sin pretenderlo, a cambiar aspectos fundamentales de la fe. Y en algunos colegios regalan a los adolescentes el librillo Ami, el niño de las estrellas, cuyos contenidos nos disponen a la Era de Acuario, y cuyo Dios no es otra cosa que un conjunto de vibraciones energéticas.

Son muchos los católicos que se sienten ofendidos al ser observados por sus prácticas directa o indirectamente contrarias al Evangelio de Jesucristo y a las orientaciones de la Iglesia. Sus sinceras búsquedas espirituales no son suficientes. Hay que volver a decir que solamente Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida, que no hay otro nombre dado a los hombres por el cual podamos ser salvados (Hch 4,12). Estamos necesitados de una renovación pastoral que inicie en los misterios de Dios a los fieles, que los disponga al encuentro personal y comunitario con el único Dios que salva, sana y libera.

 

El gran desafío.

El primer informe Vaticano afirma: “...una invitación a encontrarse con Jesucristo,... tendrá más peso si se ve que quien la realiza es alguien que ha sido profundamente tocado por su propio encuentro con Jesús; porque lo hace no uno que simplemente ha oído hablar de Él, sino alguien que está seguro de “que Él es realmente el salvador del mundo (Jn. 4,42)”.

No es cuestión de copiar a las sectas, ni de consentir una espiritualidad sensiblera y emocionalista, sino de volver a la auténtica fuente: Jesucristo, en toda su verdad y sin recortes ni reduccionismos ideológicos conservadores o progresistas.

Es urgente leer la sed de Dios de nuestra gente y dar respuestas eficaces. No es cuestión de métodos, es cuestión de testimonio, es cuestión de ver en los católicos el ardor de Jesucristo, de cristianos que vivan la pasión por el pobre, por el que sufre y no se queden en discursos morales, de cristianos que irradien el amor de Dios y el gozo de anunciar sus maravillas. Sólo así los jóvenes podrán ver un cristianismo para ellos, que los mueva a soñar, a ser auténticos, a vivir con un Dios vivo y verdadero. Sólo así encontrarán un Dios que los arranque de un mundo cerrado en el consumo, el inmediatismo y la superficialidad que congela tantos corazones.

Una tarea como ésta nos exige mucha humildad y apertura a un Dios que no se cansa de insistirnos en la primacía de su gracia, de su amor y de su Palabra que no pasa de moda.

Si hay una crisis en la Iglesia, es una crisis de espiritualidad; y he ahí donde hemos de renovarnos volviendo a la fuente, para no salir a buscar otros pozos donde nos vendan caricaturas de la verdadera experiencia de Dios.

           

Orientaciones surgidas en la consulta internacional.

El documento vaticano de próxima aparición, "Reflexión pastoral sobre la Nueva Era", ofrecerá elementos para discernir el uso de las diversas técnicas promovidas por la Nueva Era, que permitirán tanto evitar las condenas injustas como los concordismos ingenuos.

Algunos de los criterios contenidos en el documento son:

1.      que la técnica sea aceptada por el conocimiento científico vigente;

2.      que esté libre de inducir patologías psíquicas y del deterioro de la salud mental;

3.      que esté libre de transmitir la ideología religiosa de la Nueva Era;

4.      que acerque a Dios en lugar de alejarnos de Él;

5.      que tenga un correcto marco de referencia doctrinal y moral;

El documento también exhorta al diálogo sano y maduro entre las religiones, la inclusión del mundo de las religiones y nuevos movimientos religiosos en los programas académicos y de formación pastoral, la formación de acompañantes espirituales y sobre todo la prioridad pastoral que deben tener los retiros y los centros de espiritualidad cristiana. Invita asimismo a las iglesias a crear equipos de estudio, nacionales e internacionales, acerca de estos temas y a evitar toda propaganda "New Age" dentro de los ámbitos católicos.

 

El mismo San Pablo nos advierte:

Predica a tiempo y a destiempo, corrige, reprende y exhorta, hazlo con mucha paciencia y conforme a la enseñanza. Porque vendrá el tiempo en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino que, llevados por sus propios deseos, se rodearán de multitud de maestros que les dirán palabras halagadoras, apartarán los oídos de la verdad y los desviarán hacia las fábulas. Tú sin embargo, procura ser siempre prudente, soporta el sufrimiento, predica el evangelio y dedícate plenamente a tu ministerio.” (2 Tim 4,2-5).

 

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El hombre es “capaz” de Dios

 

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2-5.

 

2. ¿Por qué late en el hombre el deseo de Dios?

Dios mismo, al crear al hombre a su propia imagen, inscribió en el corazón de éste el deseo de verlo. Aunque el hombre a menudo ignore tal deseo, Dios no cesa de atraerlo hacia sí, para que viva y encuentre en Él aquella plenitud de verdad y felicidad a la que aspira sin descanso. En consecuencia, el hombre, por naturaleza y vocación, es un ser esencialmente religioso, capaz de entrar en comunión con Dios. Esta íntima y vital relación con Dios otorga al hombre su dignidad fundamental.

 

3. ¿Cómo se puede conocer a Dios con la sola luz de la razón?

A partir de la creación, esto es, del mundo y de la persona humana, el hombre, con la sola razón, puede con certeza conocer a Dios como origen y fin del universo y como sumo bien, verdad y belleza infinita.

 

4. ¿Basta la sola luz de la razón para conocer el misterio de Dios?

Para conocer a Dios con la sola luz de la razón, el hombre encuentra muchas dificultades. Además no puede entrar por sí mismo en la intimidad del misterio divino. Por ello, Dios ha querido iluminarlo con su Revelación, no sólo acerca de las verdades que superan la comprensión humana, sino también sobre verdades religiosas y morales que, aun siendo de por sí accesibles a la razón, de esta manera pueden ser conocidas por todos sin dificultad, con firme certeza y sin mezcla de error.

 

5. ¿Cómo se puede hablar de Dios?

Se puede hablar de Dios a todos y con todos, partiendo de las perfecciones del hombre y las demás criaturas, las cuales son un reflejo, si bien limitado, de la infinita perfección de Dios. Sin embargo, es necesario purificar continuamente nuestro lenguaje de todo lo que tiene de fantasioso e imperfecto, sabiendo bien que nunca podrá expresar plenamente el infinito misterio de Dios.

 

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Los días del silencio. La herencia de un gran Papa.

Textos de Juan Pablo II

 

Juan Hernández

 

Reseña de: Juan Pablo II. Los días del silencio. La herencia de un gran Papa, Ciudad Nueva, Madrid 2005, 144 páginas, 10 euros.

 

Algunos de los últimos documentos y palabras de Juan Pablo II, cuando hablaba con su cuerpo enfermo más que con palabras.

 

“¡Qué abandonados nos hemos sentido tras el fallecimiento de Juan Pablo II!, el papa que durante 26 años ha sido nuestro pastor y guía por el camino a través de nuestros tiempos”. Éstas son palabras de Benedicto XVI, en el inicio de su pontificado. Recogen también el sentimiento de millones de personas que, en los últimos años, han caminado en la Iglesia guiados por el carisma del Papa que llegó del frío.

 

Juan Pablo II ya es conocido como el Grande. No es accidental que le correspondiera a él introducir a la Iglesia en el tercer milenio y que, bajo su pontificado y a iniciativa suya, se vivieran momentos intensos en la Iglesia. Los Encuentros Mundiales de la Juventud, el Jubileo, las canonizaciones… así como su figura mediática, han modelado las últimas décadas del catolicismo y han influido, no poco, en los acontecimientos de las historia reciente (basta pensar en la caída del muro).

 

Es difícil medir la herencia de este pontificado. En parte porque muchas cosas han de ser asimiladas y otras saldrán a la luz cuando pasen los años y sean decantadas por el tamiz de la historia. Pero todos tenemos la imagen de ese pontífice vigoroso, aún en su enfermedad. Este librito, que es homenaje, es también recopilatorio de las últimas palabras de Juan Pablo II, cuando le era más difícil hablar y, sobre todo, nos dejaba el mensaje de su cuerpo enfermo y sostenido, así parece, sólo por la Cruz de Cristo.

 

Esta breve antología, limitada a los últimos meses de su vida, recoge además de su testamento, fragmentos de las diversas intervenciones. Sobresalen los dedicados a la Virgen María, a los sacerdotes y a contagiar el amor a Jesucristo.

 

Aquel grito con el que inició su pontificado: “No tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo”, lo mantuvo durante todo su gobierno. Incluso lo oímos al final, cuando le fallaba la voz. En el vicario reconocíamos la enseñanza del Maestro y aún su silencio resultaba elocuente.

 

Libro, pues, de homenaje a un gran Papa y útil para paladear sus últimas palabras y, con ellas, rehacer el camino de los últimos 26 años de la Iglesia.

 

Fuente: www.forumlibertas.com

 

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Oración de la Evangelium Vitae

 

Papa Juan Pablo II


Oh María,

aurora del mundo nuevo,

Madre de los vivientes,

a Ti confiamos la causa de la vida:

mira, Madre, el número inmenso

de niños a quienes se impide nacer,

de pobres a quienes se hace difícil vivir,

de hombres y mujeres víctimas

de violencia inhumana,

de ancianos y enfermos muertos

a causa de la indiferencia

o de una presunta piedad.

Haz que quienes creen en tu Hijo

sepan anunciar con firmeza y amor

a los hombres de nuestro tiempo

el Evangelio de la vida.

Alcánzales la gracia de acogerlo

como don siempre nuevo,

la alegría de celebrarlo con gratitud

durante toda su existencia

y la valentía de testimoniarlo

con solícita constancia, para construir,

junto con todos los hombres de buena voluntad,

la civilización de la verdad y del amor,

para alabanza y gloria de Dios Creador

y amante de la vida.

Amén.


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