MIME-Version: 1.0 Content-Type: multipart/related; boundary="----=_NextPart_01C754D3.393EAD30" Este documento es una página Web de un solo archivo, también conocido como archivo de almacenamiento Web. Si está viendo este mensaje, su explorador o editor no admite archivos de almacenamiento Web. Descargue un explorador que admita este tipo de archivos, como Microsoft Internet Explorer. ------=_NextPart_01C754D3.393EAD30 Content-Location: file:///C:/90AC44EF/Barriola-JC-Segundo.htm Content-Transfer-Encoding: quoted-printable Content-Type: text/html; charset="us-ascii"
Miguel
Antonio Barriola
=
Introducción
M= iguel de Unamuno ilustra sugestivamente, por medio de una bella parábola, las relaciones entre lo subjetivo y lo objetivo en el conocimiento humano de las cosas.
P=
ropone
considerar a
&= nbsp; Los tres están en lo justo, en realidad todo eso se encuentra en la pode= rosa encina. Pero malo sería que sólo se fijaran en lo que a cada = uno interesa, descuidando todo lo demás.
&= nbsp; Así ha pasado también con Cristo.
&= nbsp; Disponemos de cuatro accesos evangélicos a su “insondable riqueza” (Ef 3,8), cuatro enfoques, pero que n= o se contradicen entre sí, sino se complementan mutuamente. Uno de ellos expresó la inadecuación entre lo que se podía recoger y todo lo que quedaba: “Por cie= rto que muchos otros signos hizo Jesús ante sus discípulos, que no están escritos en este libro” (Jn 20, 30; ver: 21, 25: = 220;Si se escribieran detalladamente, no alcanzaría el mundo para contener todos los libros que se deberían escribir”).
A=
lgo
similar pasa a lo largo de la historia de
&= nbsp; Es lícito, pues, a cada uno insistir en “su” Jesús, = con tal que no descalabre aquello que su perspectiva no ha podido abarcar, ni desprestigie todo lo que se ofrece en el Nuevo Testamento. De hecho Tomás exclamó: “Señor mío y Dios mío”, pero “su” confesión ya no se separó de la comunidad, para proclamar el = acto de fe en Cristo - Dios más explícito de todo el Nuevo Testame= nto (Jn 20, 28).
S= in embargo, a lo largo de 20 siglos, no faltaron quienes quisieron imponer en exclusiva “su” visión de Cristo y, tantas veces, distorsionando los datos que podían recogerse de las fuentes auténticas.
A=
partándose
de la única custodia segura para la transmisión genuina de la
persona y obra de Jesús, que es la Iglesia, buscaron otros
parámetros de interpretación. Y así, cada uno
ofreció un Cristo a su medida, o a la de la filosofía y moda =
de
P= oco hemos aprendido, en el afán de proponer siempre algo “llamativ= o”, “nuevo”, que esté en sintonía con lo “moder= no”, lo “politically correct= 8221;.
C= risto, es verdad, ha de poder decir una palabra adecuada para cada época; p= ero siempre reconocible y unificable con las que proclamó históricamente y los ecos armónicos que fue suscitando de eda= d en edad, alejando cualquier tergiversación, por halagadora que aparezca para la situación que sea.
&= nbsp; Así, en el correr del año pasado, tuvimos que sufrir el éxito, sin arraigo alguno en la historia (más bien condimentado con burdas traiciones a la misma), del Jesús feminista de Dan Brown[2].
C= reemos que pasa algo semejante, con la obra póstuma de J.L. Segundo, que OB= SUR ha exhumado en octubre de 2006: Ese Dios - Juan Luis Segundo - Versión desgrabada de sus charlas[3]. Porque, de tal manera selecciona rasgos que coincidan con “su” = perspectiva, dejando de lado y despreciando otros, no menos evidentes, que lo subjetivo = se impone considerablemente sobre la totalidad de las noticias que nos dan los Evangelios y el resto del Nuevo Testamento sobre Cristo.
C= omo podrá comprobar el atento y paciente lector, el autor uruguayo no propone “todo” sobre Jesús, sino lo que cabe dentro de “sus” coordenadas previamente establecidas. Siendo así q= ue, al contrario, Jesús mandó a sus discípulos “enseñar todo (=3D pán= ta) lo que les mandé” (Mt 28, 20). “Empezando por Moisés y todos los profetas, les interpretaba en todas las Escrituras las cosas que a ÉL se referían” (Lc 24, 27)[4].
No está mal subrayar “los valores de Jesús”, pero...= ¿no se ponderará su persona incomparable, por encima de cualquier ideal,= que también pudieron abrazar hombres heroicos e ilustres, pero en modo alguno en el rango de Dios?
&= nbsp; A medida que se avanza en la lectura, si se tiene algún conocimiento a= lgo global de la Biblia, de la tradición de la Iglesia y de su magisterio auténtico, va uno comprobando la selectividad preconcebida con que tergiversa el autor hasta contextos inmediatos de los textos que aduce.
&= nbsp; La inquina contra la Iglesia, a la que perteneció (¡Dios le haya otorgado su misericordia!), sale a flote a cada momento, volviéndose especialista en oponer pasajes del mismo Nuevo Testamento unos contra otros= , en revisar la historia eclesiástica, poniendo de relieve sólo lo criticable (según su propia apreciación) y casi nunca lo elogiable, en fin, tratando de guiñar un ojo, para obtener la simpatía de los interlocutores ateos y laicistas.
&= nbsp; Ahora bien, “diálogo” no significa pretender caer simpá= tico a toda costa. Todo honesto intercambio de ideas tiene que precaverse de incurrir en un mimetismo tal con las posiciones diferentes, que disipe los contornos de la propia, llegando hasta a caricaturizarla.
&= nbsp; Dado todo lo que está en juego, para la cultura uruguaya, ante esta desfiguración de la fe católica, habiendo participado del est= upor de varios amigos sacerdotes y laicos, nos pareció brindar un servicio útil, ofreciendo respuesta, lo más fundada posible, a las perspectivas truncas, cuando no sofísticas, que elabora Segundo.
&= nbsp; Podrá parecer ardua y lenta la marcha, pero el trabajo no ha sido para nada fácil. Fue más bien complicado captar lo que el fárrag= o de medias verdades hace inasible. Nos hemos abierto camino como pudimos, a machetazo limpio en el breñal de las tergiversaciones.
&= nbsp; Tampoco se acuse de “reiterativa” a nuestra réplica. No es menos repetitivo el autor estudiado. Lo mismo dígase, en cuanto a lo “polémica” o “apologética”, que pueda parecer esta respuesta. Quien así la sienta, tenga a bien distribuir equitativamente su indignación, pues no menos batallador ha sido Segundo, hasta con el fundador de la orden a la que perteneció: S. Ignacio de Loyola[5].
P= or último, se ha realizado este análisis en el mes que el autor destinaba a sus vacaciones. Renunciando a buena parte de ellas, porque pare= ce que vale la pena hacer escuchar otras campanas, no se ha dispuesto del tiem= po ni de los recursos bibliográficos suficientes[6] para un análisis más completo y una síntesis más concisa.
&= nbsp; Se irá, pues, en pos de las elucubraciones segundianas, aportando las necesarias aclaraciones, cuando se lo juzgue necesario.
&= nbsp; Como mapa de ruta, pueden servir estas generalidades:
&= nbsp; Se parte de una comparación entre la primera predicación (Pedro y Pablo) sobre Jesús, poniendo de relieve la (supuesta) divergencia de= la misma con lo que el mismo Jesús comunicó. Él habr&iacu= te;a predicado solamente sobre el Reino y sus valores, mientras que Pedro y Pabl= o se detienen en la persona del propio Jesús.
&nb= sp; Apunta después el autor las (pretendidas) deformaciones, que tuvieron lugar= en la historia posterior del cristianismo, respecto a la idea de Dios (influjos espúreos de la filosofía griega y del mismo Antiguo Testament= o).
&= nbsp; Abunda enseguida en consideraciones lingüísticas, muy discutibles, intentando probar que, en la frase: “Jesús es Dios”, es = el sujeto el que ilumina al atributo y no viceversa.
&= nbsp; Acude a continuación a explorar (de modo tan descaminado) la doctrina de l= os primeros concilios ecuménicos, para terminar con la propuesta del lenguaje poético, con que el Prólogo del Cuarto Evangelio y un himno primitivo cristiano, recogido por Pablo (Filip 2, 5–11) se expr= esan sobre Cristo–Dios.
&= nbsp;
&=
nbsp; Comienza
el camino
<= o:p>
<= span style=3D'mso-tab-count:1'> &= nbsp; Primeramente, alerta el autor uruguayo sobre los dos diferentes ritmos que se puede impri= mir a la consideración cristológica: desde arriba (Cristo–D= ios, que se abaja en la encarnación), o desde abajo (Cristo–hombre, para llegar a su divinidad).
&= nbsp; Al respecto, pensamos que es indiferente de dónde se comience, en la fe actual de la Iglesia, con tal que uno y otro procedimiento no pierda de vis= ta al otro.
&= nbsp; Porque hay dos órdenes posibles para llegar al conocimiento de una cosa. Pa= rtiendo de lo más obvio para nosotros (“prius quoad nos”) o de lo más alejado a nuestro alcance (“prius quoad se&= #8221;, una vez logrado, por el anterior camino). Así, cuando todavía= no se conocían las fuentes del Nilo, todo el mundo se refería al gran río por el delta, que afluía al Mediterráneo o su curso a través de Egipto. Pero una vez que Livingston descubri&oacut= e; sus fuentes (prioritarias, en cuanto a su desembocadura), ya se lo puede investigar, sea desde su desembocadura o a partir de su comienzo, antes des= conocido.
D= entro de tal enfoque, afirma Segundo que Juan comienza con “Jesús al lado de Dios” (ED, 15).
&= nbsp; A lo cual se podría objetar, que no es verdad que sólo a partir= del v. 14 (“El Verbo se hizo carn= e”), considere el Evangelista al Jesús histórico en su himno inici= al. Ya así (terrenal) lo percibe en el v. 6, cuando se refiere al testim= onio de Juan, pues ningún hombre podría salirse de la historia, pa= ra dar noticia de algo experimentado en la eternidad.
&= nbsp; Por lo tanto, ya desde el comienzo se está teniendo en cuenta al Jesús terreno e histórico, sólo que, habiendo ya descubierto en él mismo la dimensión, que únicamente l= a fe puede vislumbrar (su “fuente” en Dios), no hay problema en come= nzar desde lo “prius quoad se&= #8221;.
&=
nbsp; Los
ateos
<= o:p>
<= span style=3D'mso-tab-count:1'> &= nbsp; Siempre habrá que ir gradualmente con los ateos, en lo que se refiere a Cris= to Dios, pero nunca se podrá escamotearles lo distintivo de Jesú= s. Los “valores” que predicó y defendió, tambi&eacut= e;n los promovieron los profetas, filósofos y hombres heroicos.
&= nbsp; Si tales interlocutores no aceptaran sus milagros o resurreción, no reconocerían más que a un Jesús parcial. Como si se alcanzara a alguien la figura de Beethoven, asegurándole que fue un sordo que nació en Bonn y murió en Viena. Es totalmente verídico, pero con sólo eso se pasa por alto lo propio y grandioso del gran compositor.
<=
b>Caricatura
<= o:p>
<= span style=3D'mso-tab-count:1'> &= nbsp; Desprestigiando de entrada una presentación de Jesús–Dios, como poco confiable para un hombre común, ridiculiza los mismos datos evangélicos de esta forma: “Si Jesús dijera: bueno, = se trata de esperar poquitas horas (después de mi muerte), no es para alarmarse tanto porque de todas maneras voy a resucitar el domingo de madru= gada y ahora ya es viernes de tarde”[7]= i>.
&= nbsp; Ya una similar ironía había sido usada por Bultmann, al negar las predicciones de Jesús sobre su pasión y resurrección: = no habría tanto drama, ni por qué afligirse ante la próxi= ma muerte anunciada, si después se la va a superar.
&= nbsp; A la verdad que estos “geniales intérpretes”, olvidan lo obvio. Porque el mismo Jesús echó mano a una realidad muy ilu= strativa, para mostrar cómo, por más que se espere un resultado feliz, = ello no obsta a que se tiemble ante el trago amargo que se ha de beber, para lograrlo. “Cuando una mujer v= a a dar a luz, se aflige porque le ha llegado la hora, pero después de n= acer la criatura, se olvida del dolor a causa de la alegría de que haya nacido un niño en el mundo” (Jn 16, 21)[8].
&= nbsp; Abundando en sus comentarios exagerados (para alejar toda consideración de lo “divino” en Jesús), continúa: “Una perso= na madura jamás va a elegir... a Superman como modelo a imitar, ningún hombre podrá tener sus fantásticos poderes... S= uperman nunca podrá ser testigo de felicidad para nadie”[9].<= /i>
&= nbsp; Se trata de una comparación infeliz e inapropiada, porque Jesús = no cumplió proezas para dejar con la boca abierta a sus admiradores. Pe= ro bien que se comentaba en varias oportunidades su autoridad por encima de lo conocido y su poder extraordinario, que nunca usó con el fin de cose= char aplausos, sino para levantar la mirada, hacer reflexionar, para que la gent= e se preguntara, ya desde los comienzos de su actividad: “¿Qué es esto?” (Mc 1, 27), hasta pas= ar del “esto” a “éste”: “¿Quién es éste, que hasta el vie= nto y el mar le obedecen?” (Mc 4, 41).
&=
nbsp; Reincidiendo
en la misma cantinela, insiste Segundo: “Si pienso que Jesú=
s lo
sabía todo... no me voy a poner a seguir el camino de alguien que no=
es
un hombre como yo”[10].=
<= span style=3D'mso-tab-count:1'> &= nbsp; Por lo general no “seguimos” y admiramos sólo a quienes se encuentran en nuestro mismo nivel. Sabemos que la gran mayoría nunca será “Premio Nobel” en nada, campeón olímp= ico, gran concertista, etc. No por eso dejarmos de aprender, alabar y aprovechar= nos de los productos de las genialidades ajenas.
&= nbsp; Concluye así: “Decididamente voy a buscar otro testigo que sea como yo”.
&= nbsp; No necesariamente “yo” soy criterio. “Yo” he de salir = de mis límites, ponerme a la escucha de quien es más ducho y, si= se trata no ya de un Einstein o Favaloro, sino del mismo Dios, en medida todavía superior.
&= nbsp; Creyendo sintonizar con ese Jesús, más real, porque “igual que yo”, rescata las enseñanzas de otro ciclo suyo anterior, propu= esto en la misma parroquia de Pocitos, recogiendo una gavilla de actitudes sólo comunes a todo hombre en Jesús[11]= span>. Pero eso también lo manifestaron Sócrates, Cicerón, Gandhi, personajes eximios, pero nada más. ¿A ese nivel reduciremos a Cristo? Entonces sería uno más entre los próceres, no el único.
&= nbsp; Comienza a recalcar (cosa que hará hasta el hartazgo) en un Jesús concebido a la manera de “un hombre como nosotros pero siguiendo u= nos valores que a nosotros nos resultaron valores ejemplares... cosas que están a nuestro alcance”[12]<= /i>.
&= nbsp; Tal presentación de Jesús no se aparta mucho de la consideración con que lo veían los pelagianos: un ejemplo a secundar y nada más. Pero, también podemos encontrar tales “valores” a imitar en Buda, Confucio, Séneca.
&= nbsp; Según nuestra fe, Jesús nos obtuvo, además y de modo único, = la capacidad para realizar esos valores, que sin ÉL serían imposibles de llevar a la práctica: “Sin mí no pueden hacer nada” (Jn 15, 5).
&= nbsp;
&= nbsp; Comienzo del descoyuntamiento en el mismo Nuevo Testamento
&= nbsp; No se va a cansar de alertar que “(a causa de) la dinámica histórica (ahondando cada vez más sobre la divinidad de Crist= o) pueden ir perdiendo fuerza ciertos rasgos fundamentales del Jesús histórico a cuenta de una desajustada ponderación de criterios importantes que deben atenderse cuando se trata de hacer afirmaciones sobre= la humanidad o la divinidad de ese hombre Jesús”[13]<= /i>.
&= nbsp; No se ve por qué una profundización histórica seria tenga= que desfigurar el acercamiento al Jesús real. Porque, consta más = de una vez, cómo los contemporáneos no lograron captar a fondo u= na personalidad eminente, siendo sólo la posteridad la que llega a descubrir sus rasgos más geniales, escondidos a una mirada superfici= al e inmediata. Así, G. Verdi fue descalificado en el conservatorio de música milanés, que hoy lleva su nombre. Kierkegaard era el hazmerreir de toda Copenhagen (incluído su propio hermano carnal y el obispo). En la actualidad se reconoce su genio filosófico y cristian= o. El primer concierto para piano de Tchaikovsky fue descalificado por el gran crítico musical moscovita Anton Rubinstein. En nuestros días = no hay sala de concierto en el mundo que no lo ejecute.
&= nbsp; Análoga y doblemente sucede con Cristo, que no era un genio solamente humano, sino = que sobre todo era y es Dios. Ya lo captaron así los más allegado= s: los primeros Evangelios (los tres Sinópticos); pero Juan, escribiendo con mucho mayor espacio de tiempo, llegó a captar vetas mucho m&aacu= te;s ricas, sólo implícitas en una primera aproximación, ha= sta de hombres creyentes.
&= nbsp; En su propia onda evolucionista, con riesgos deformantes, Segundo se expresa incorrectamente, escribiendo sobre el: “proceso hacia la divinidad= de Jesús”[14].=
&= nbsp; Lo que cabe decir es: el proceso hacia la formulación del hecho = ya aceptado y vivido en la fe de la divinidad de Jesús.
&= nbsp; Elencando a los “destinatarios del reino”, enumera a: “los marginados, los que son tenidos como pecadores... los que tienen hambre... = excluidos de la sociedad, por aquellos a quienes el poder constituido oprimía, política e ideológicamente”[15]<= /i>.
&= nbsp; No lo negaremos, pero también y sobre todo vino Jesús no s&oacut= e;lo para los que “son tenidos por pecadores”, sino para los que lo = son de verdad, es decir todos los hombres, sin exclusión de clases, como= el centurión romano, Zaqueo, José de Arimatea (“hombre rico y discípulo de Jesús”: Mt 27, 57), las mujeres pudientes, que lo servían de su peculio (Lc 8, 1-3).
&= nbsp; Desglosando las preferencias que atribuye a Jesús, observa Segundo que: ̶= 0;genera un inevitable conflicto en primer lugar con la autoridad religiosa que había creado toda una ideología religiosa para justificar la situación”[16].=
&= nbsp; Es una visión meramente política. Para nada apunta a la oposición, a causa ya de las primeras manifestaciones de su calidad divina: el perdón de los pecados otorgado al paralíti= co de Cafarnáum (Mc 2, 8) o a la pecadora, que le lavó los pies = (Lc 7, 48–49); su superioridad sobre el sábado (Mc 2, 23–28)= .
&= nbsp; Aduciendo motivos para el asesinato de Jesús, propone como su única razón, que Jesús anunciaba “un reino que viene a cam= biar radicalmente la vida de los pobres”[17].=
&= nbsp; Reiteramos: ¿se diferencia así en algo de Amós, Isaías, Miqueas? ¿Fue distinto de Teudas o Judas el galileo (Ver: Hech 5, 36–37[18]= span>)?
&= nbsp;
&=
nbsp; ¿Predicó
Jesús sólo “valores”?
<= o:p>
<= span style=3D'mso-tab-count:1'> &= nbsp; Opina Segundo que “Jesús no acentúa la importancia de su persona. No hay un referente habitual sobre la autoridad que él personalmente tenga. Jesús no predica sobre sí mismo. Eso es = muy claro en los Evangelios”[19].=
&= nbsp; Se basa en Mt 5, 11–12 y Lc 6, 22-23, donde Jesús predice a los s= uyos que serán perseguidos, como lo fueron los profetas. Pero pasa por encima, que esta persecución es muy especial, porque: “dirán toda clase de mal contra vosotros por mi causa”. Tienen que alegrarse, porqu= e de la misma manera trataron a los profetas, en cuanto a la hostilidad, no en lo referente a un motivo del todo similar. Ahora hay además una persona= muy especial, que es “signo de contradicición” (Lc 2, 34).
D= e su (segmentada) exégesis concluye: “Para Jesús los discípulos son profetas como él”[20].=
&=
nbsp; Omitiendo
notar que Jesús, en Lc 6, 22, se califica a sí mismo como =
220;Hijo del hombre”, no como un
simple profeta. Por otro lado, ni Moisés, ni profeta alguno colocaro=
n a
sus propias personas como factor distintivo de
&= nbsp; Intentando confirmar su postura sobre la secundariedad de la persona de Jesús e= n su propia prédica, alude al “secreto mesiánico”[21]= span>, por el cual ocultaba sus atributos e impedía que se los divulgara. <= /p>
&= nbsp; Pero no tiene en cuenta la confesión de Pedro (Mc 8, 29), que lo reconoce como Mesías, justamente en tierra extranjera (Cesarea de Filippo, en= lo que hoy es el Líbano), para que no se confundiera su mesianismo con = los anhelos meramente políticos y terrenales, con que lo solían esperar los judíos contemporáneos de Jesús[22]= span>.
&= nbsp; Además, tenemos a Mc 14, 61–62, cuando, en pleno juicio condenatorio, Jesús se presenta como Mesías y más todavía, co= mo el Hijo del hombre sobre las nubes, a la derecha del poder de Dios.
&= nbsp; Avisa Segundo que “Hijo de Dios” no significa que Jesús mismo fuera Dios. Tal títu= lo indicaría, a lo más, “una predilección divina para realizar las obras de Dios”[23]= span>.
&= nbsp; ¿Por qué, entonces, este “Hijo de Dios” (y ningún otro= ) es presentado con alcances trascendentes, más allá de este mundo= , de modo que rechazarlo implica condenación eterna (Mc 9, 38)? El juez supremo, Rey y Señor, será su “propio Hijo”, no cualquier benefactor filantrópico (Mt 25, 31; ver: Mt 21, 37).
E= xagerando notablemente la nota, llegará Segundo a asegurar: “sobre sí mismo deja (Jesús) que los hombres opinen lo que quieran”[24]= span>.
&= nbsp; No tanto, si recordamos cómo no se conforma con ser parangonado con Elías, Juan Bautista o algún otro profeta (Mc 8, 26-30). No tolera que lo acusen de connivencia con el demonio (Mc 3, 20–27). Reprende ásperamente a Pedro (llamándolo Satanás), cua= ndo concibe todavía el mesianismo de su Maestro alejado de la imagen del siervo sufriente (Mc 8, 32–33).
&= nbsp; Está bien observar que Jesús no quiere llamar la atención sobre él mismo, para evitar un falso fervor mesiánico. Pero esto no quiere decir que su persona sea secundaria, esfumada detrás de sus “valores”. El reino está incorporado en ÉL (̶= 0;autobasileia” =3D el reino personificado, como lo definió ya desde hace siglos Orígenes). No vacila en identificar la causa del reino de Dios con la suya propia, y “dejarlo todo = por seguirlo a ÉL”, como anota Pedro (Lc 18, 28), equivale, en= la respuesta de Cristo, a: “deja= rlo todo por el Reino” (Lc 18, 29), que coincide con abandonarlo todo= por “su nombre” (Mt 19,= 29; Mc 10, 29. Marcos une estrechamente como causas de recompensa el haber abandonado todo por el “nombre de Jesús” y el “Evangelio”). Asegura a sus apóstoles que Él disp= one del reino para ellos, como el Padre lo ha dispuesto para ÉL (Lc 22, = 29). ¿Tiene, pues, o no una implicancia insoslayable la persona misma de Jesús en el Reino y no sólo sus “valores”?
&= nbsp; Igual relativización de la persona de Jesús quiere Segundo imponer a sus milagros. Serían expresión de los “valores” d= el Reino, no destinados a atraer y entusiasmar muchedumbres[25]= span>.
&= nbsp; Hay que señalar también que sirven para hacer discernir el carácter divino de Jesús: en Mc 2, 5–12, la curaci&oacu= te;n del paralítico viene a corroborar la facultad exclusivamente divina,= que se ha atribuido Jesús, de perdonar los pecados. Ya recordamos cómo la gente, al experimentarlos, se pregunta: “¿Quién es éste?” (Mt 8, 27; L= c 5, 8).
&= nbsp; Descalificando el interés por la persona de Jesús, relega tal preocupación a los adversarios, que no se preguntan sobre sus “valores”, sino si viene de Dios o no[26]= span>.
&= nbsp; El Jesús de Segundo diría: “Fíjense en el reino.= .. yo no tengo importancia, lo importante es la humanización del hombre”[27]= span>.
&=
nbsp; Hay
en tal comentario una gran simplificación, que una vez más ni=
vela
a Jesús a la altura de cualquier benefactor de
&= nbsp; También el Bautista (en las tesis de Segundo) compartiría la equivocada atención sobre la persona de Jesús, que demostraban sus adversarios. A la pregunta, que aquél le dirige desde la cárc= el, sobre “quién es &eacut= e;l, si el Mesías o hay que esperar a otro”, Jesús remitiría a los hechos – valores: los ciegos ven, los pobres s= on evangelizados.
&= nbsp; Asombroso, porque, incurriendo en su ya inveterado reduccionismo, no se percata Segund= o de que, en el contexto inmediatísimo, Jesús no mueve un dedo para liberar a su precursor de una cárcel injusta y la muerte, que se le venía encima. Los “valores” ya no sirven para él. Pero sí que la persona de Cristo es colocada por ÉL mismo en primera plana: “Dichoso el qu= e no se escandaliza en MÍ” (Lc 7, 23; Mt 11, 6). Tanto, pues, relativiza “los hechos” que la vida ofrecida “por su causa” es mucho más “valiosa” que co= mer o salir del calabozo.
&= nbsp; No nos cansaremos de repetir: si “los valores” estuvieran por enci= ma de la persona de Jesús, Él no sobresaldría por encima = de tantos otros, que lucharon por idénticos ideales. Pero, oigamos anticipadam= ente a Pablo: “Lo que para m&iacut= e; fue lucro, lo tengo ahora, a causa de Cristo, como detrimento... por el cual = i>(Cristo) todo lo tengo por basura (skybala= =3D eis kynas ballo =3D lo que se arroja a los perros) con tal de ganar a Cristo” (Filip 2, 8). ¿Y qué era= eso que Pablo consideraba antes como “lucro”? ¿Una vida de calavera en el lodazal del vicio? Para nada, así calificaba a “= ;los valores” muy altos de la ley revelada por Dios mismo, que él había intentado cumplir meticulosamente, como fariseo que habí= ;a sido, lográndolo sólo por la fe en la persona de Cristo.
&= nbsp; Manteniéndose en sus trece, declaraba Segundo con aplomo ante su auditorio: “nos= otros muchas veces, sin darnos cuenta, con la noción de que Jesús es Dios, estamos volviendo al razonamiento de los fariseos. Primero queremos asegurar que Jesús es Dios para después aceptar lo que &eacut= e;l diga, cumplir lo que él mande y eso para Jesús es como poner = la carreta por delante de los bueyes”[28].=
&= nbsp; En este punto, con perdón de Segundo, hemos de coincidir con los farise= os y Juan el Bautista. La equivocación de los primeros consistió en que se atrincheraron detrás de “su” idea de Dios, sin abrirse a las nuevas perspectivas, brindadas por Jesús, que, por otra parte, seguían en consonancia con la criteriología religiosa,= ya conocida por las Escrituras hebreas.
&= nbsp; Porque desde siempre se alertó contra los falsos profetas y lo hizo el mismo Cristo (Mc 13, 21–23), advirtiendo que hasta harán milagros grandes (Mt 24, 24). No bastan “valores”, para seguir a una persona. También muchos embaucadores prometían paz y prosperi= dad, por aquel tiempo. Pero no eran enviados auténticos de Dios.
&= nbsp; Marx, Lenin y Stalin anunciaron asimismo la felicidad a los proletarios. ¡No bastó, como lo probó la historia! El discernimiento de lo div= ino no es, por tanto, una adyacencia, sino central, para seguir o no a Jesús.
&= nbsp;
&nb=
sp; ¿=
;Desfiguración
de Jesús en Pedro?
<= o:p>
<= span style=3D'mso-tab-count:1'> &= nbsp; En la visión de Segundo, Pedro (en su discurso de Pentecostés: H= ech 2, 14- 41) centraria su prédica sobre la persona de Jesús, lo opuesto a lo que habría anunciado Jesús[29]= span>.
&= nbsp; ¡Vaya discípulo (se nos ocurre comentar de entrada), que así se desvía del Maestro! Pero, completando la atención trunca que Segundo dispensa a los textos, ya hemos comprobado cómo su propia pe= rsona no estaba ausente en la prédica misma de Jesús, todo lo contrario.
&= nbsp; Por otro lado, siempre en la óptica segundiana, Pedro omitiría to= da referencia al reino predicado por Jesús (sus “valores” y= la preferencia por los pobres).
P= ero la razón de tal omisión residía en que, simplemente, todo ello era ya conocido por sus oyentes. Después de la prédica histórica de Jesús (no desligada de la centralidad de su pers= ona, como se vio), la mayoría había rechazado al que habló y actuó por el reino y los necesitados. Ahora se trata, precisamente, = de reivindicarlo, por su resurrección y la efusión del Espíritu: “Como ustede= s saben muy bien” (refiriéndose a la vida anterior de Jes&uacu= te;s en medio del pueblo)... a és= te lo resucitó” (Hech 2, 22–23; ver, en igual sentido: Hech 10, 37–38).
&= nbsp; El jesuita uruguayo así comenta Hech 2, 22: “Pedro harí= a lo que Jesús nunca quiso: tratar que los milagros lo llevaran a é= ;l, en vez de llevar al reino. Aquí Pedro presenta los milagros de Jesús como una prueba de que Dios está con Jesús”= ;[30].=
La explicación resulta distorsionante a más no poder, porque, prescindiendo del Cuarto Evangelio, donde Jesús repetidas veces acud= e a sus obras (milagros) para ser acogido (Jn 5, 36; 9, 3–4; 10, 25.32.37–38. Recuérdese el raciocinio de Nicodemo, aceptado por Jesús: “Rabbi, sabemos= que viniste de Dios como maestro, pues nadie puede hacer los signos que t&uacut= e; haces, si Dios no estuviera con él”: Jn 3,2), tenemos igualmente en los Sinópticos la misma actitud: “curó a los enfermos, para que se cumpliese lo dicho p= or el profeta Isaías, que dijo: «él mismo llevó nuestras debilidades y cargó con nuestras enfermedades»”= (Mt 8, 17).
&= nbsp; La unión del reino y su pers= ona queda patente en este dicho de Jesús: “Si yo expulso los demonios por medio del Espír= itu de Dios, eso significa que el reino de Dios ya ha llegado a ustedes.= ” (Mt 12, 28).
&=
nbsp; Otra
exégesis, un tanto sarcástica, al discurso de Pedro (Hech 2,
23–35): “es como si un fariseo se hubiera dado vuelta y hubi=
era
dicho: Yo encuentro pruebas de que Jesús es Dios independientemente =
del
reino y sus valores, que no se merecen ni una sola palabra”[31].=
<= span style=3D'mso-tab-count:1'> &= nbsp; Parcialización total. Como ya se dijo, en el momento era crucial la aceptación de la persona de Jesús, recentísimamente rechazada, pese a sus “valores”. Jesús esperaba una conversión, fuera de quien fuera, también de los fariseos. Ver cómo se quejó= ; de las ciudades rebeldes en torno al Lago de Genezaret, que no recibieron su mensaje, “a pesar de los mila= gros que en ellas se hicieron” (Mt 11, 29).
&=
nbsp; Apuntando
una nueva oposición entre Pedro y Cristo, expone lo siguiente: ̶=
0;esto
que Jesús no quería que apareciera en su predicación (=
su
condición de Señor y Cristo) es lo más central en el
discurso de Pedro”[32].=
<= span style=3D'mso-tab-count:1'> &= nbsp; Distingamos algo verdadero en el comentario de Segundo: Jesús sometía al “secreto mesiánico” las declaraciones públicas de= su verdadera condición (prohibición de hablar de ello a los demonios, que lo conocían mejor que los hombres, a sus discípulos, después de la confesión mesiánica de Pedro: Mt 16, 20), dado que quería evitar las connotaciones políticas, asociadas por aquel entonces a tal título. Con tod= o, el mismo Jesús lo admitió en la misma declaración, recién aludida, de Pedro y ante el Sanedrín (Mc 14, 60–= 62), ahora en plena derrota (humanamente hablando), aunque vencedor en un orden más importante (su resurrección). Allí, contra toda apariencia exterior adversa, llegó la hora de proclamar sus títulos sin ambages y sin lugar a confusiones.
&=
nbsp; Persiste
Segundo en sus posturas al respecto, al interpretar Hech 4, 8-12: “=
;Observen
que Jesús nunca dijo en virtud de quién hacía los
milagros. Recuerden aquello de: no se trata de saber si es Dios o del
príncipe de los demonios... Tengan en cuenta lo que se ha hecho... y
sobre todo vean si están o no de acuerdo”[33].=
<= span style=3D'mso-tab-count:1'> &= nbsp; Comparando con el texto aludido, observemos por nuestra parte, la simplificación total del mismo por parte del comentarista uruguayo. Porque Jesús re= futa claramente que él actúe con poder satánico (“todo reino dividido va a su ruina&= #8221;: Lc 11, 17–18), terminando su diatriba con un fuerte reclamo sobre lo imprescindible de su persona: “El que no está conmigo está contra mí= 8221; (Lc 11, 23)[34].
&=
nbsp; Respecto
al milagro, que el mismo Pedro cumplió, invocando el nombre de
Jesús, así se expide nuesro autor: “(para Pedro) es
más importante saber en virtud de quién se hizo la obra que el
valor que la obra tiene en sí misma”[35].=
<= span style=3D'mso-tab-count:1'> &= nbsp; Es que el jefe de los Apóstoles no es Cristo. Él tiene que justificar en nombre de quién ha realizado aquella curación extraordinaria. Las “obras en sí mismas”, también= las habían llevado a cabo profetas anteriores, pero ahora se trata de “milagros” operados por la fuerza de Jesús resucitado, no por cualquier otro hombre, por santo y prestigioso que fuera. Aquí e= ra necesario poner más de relieve a la fuente única del prodigio, que a la “obra en sí”.
&=
nbsp; Segundo,
como lo hará con frecuencia, se ataja ante posibles reacciones
escandalizadas de su público: “Por favor, no estoy diciendo=
que
Pedro esté equivocado o que diga disparates. Sólo quiero hacer
notar la curiosa diferencia que se da entre la predicación de
Jesús y la... de Pedro. Es un elemento que hay que tener en cuenta si
queremos reflexionar en todo el proceso histórico-teológico q=
ue
nos lleva hacia la divinidad de Cristo”[36].=
<= span style=3D'mso-tab-count:1'> &= nbsp; En primer lugar: ¿No está “equivocado” un disípulo que no sigue los pasos de su maestro? Porque así prácticamente lo presentó (erróneamente) Segundo a Ped= ro. Además: ya se vio cómo la insistencia en la centralidad de su persona estaba presente en el mismo anuncio de Cristo, sólo que cubi= erta de discreción en cuanto a sus títulos, debido a las confusas expectativas que tales atributos despertaban entre el pueblo hebreo de entonces.
&= nbsp; Y, si Pedro no dijo “disparates”, ¿no se imponía un esfuerzo por mostrar, dentro de la diferencia de circunstancias, la continu= idad entre las mismas? Así, veremos en adelante cómo Segundo siemb= ra aquí y acullá “islotes ortodoxos”, como para amortiguar el impacto de sus propuestas demasiado osadas. Pero no alcanzan = para contrabalancear a la preponderancia de sus excesos.
&= nbsp; Prosigue la conferencia en su visión tan unilateral, afirmando que, para Pedro, Jesús es fa= ctor de salvación independientemente del reino, que no se rechaza, pero tampoco se menciona[37]= span>.
&=
nbsp; Es
que “intelligenti pauca=
8221;
(=3D poco basta al inteligente). Ahora lo urgente es tratar de llamar la
atención sobre el crédito debido a
&= nbsp; Llegamos ahora a otro “caballito de batalla” muy congenial a este autor = y a muchos seguidores de la Teología de la Liberación: Jesú= ;s promete conflicto, mientras que Pedro no menciona dificultades, sino al revés, anuncia que van a ser salvados[38]= span>.
&= nbsp; Nos hallamos ante una mayúscula restricción de los datos bíblicos. Porque Pedro y Juan están siendo juzgados por el mi= smo tribunal que condenó a Cristo (Hech 4, 6: Anás, Caifás= ). Con valentía enrostran (¡vaya conflicto, que hace de tel&oacut= e;n de fondo a toda la escena!) a sus jueces: “En nombre de Nuestro Señor Jesucristo nazareno, al que ustedes crucificaron y al que Dios resucitó de entre los muertos, en Él está en pie éste (el paralítico) sano ante ustedes. Éste es la = piedra que fue rechazada por ustedes, los constructores, que fue hecha pied= ra angular” (Hech 4, 10–11). ¿Puede imaginarse mayor conflicto? Todo el contexto es de oposición y persecución, que va a = ir aumentando en lo que resta del relato lucano. Pedro terminará desafi= ando a las autoridades religiosas: ̶= 0;Piensen si es justo obedecerles a ustedes, en lugar de obedecerle a ÉL”= ; (Hech 4, 19). No estamos, pues, ante coordenadas tan “distintas”= ;. Se verá enseguida que Segundo no atiende a este tipo de “confl= icto”, porque no es de orden sociológico, sino “religioso”.
N= o se cansa Segundo de acumular “diferencias” entre Pedro y Jes&uacut= e;s, cuando observa que el primero propone a sus oyentes que se bauticen, para entrar en la comunidad de Jesús, no para construir el reino, sino pa= ra que se les perdonen los pecados, señalando la fuerza de Dios, que vi= ene verticalmente[39].
&= iexcl;Qué simplismo! Porque la conversión supone adherir a todo lo que propone Jesús y el pecado no tiene sólo un sentido “vertical”, de ofensa a Dios, sino que va asimismo contra los hermanos pobres o de cualquier condición. También Jesús proponía la conversión y el perdón de los pecados, sie= ndo esto último, para él, más importante que la salud corp= oral, como lo da a entender, borrando primero sus culpas al paralítico, pa= ra sólo después librarlo de su postración (Mc 2, 5).
I= nsistiendo sobre las disimilitudes entre Pedro y Jesús, apunta Segundo que aquel supera a éste en conseguir adeptos[40]= span>.
C= osa que no ha de sorprendernos, ya que fue prevista por el propio Jesús: “La mies es mucha, los obreros p= ocos. Rueguen, pues, al Señor de la mies, para que envíe obreros a = su mies” (Lc 10, 2). “= Les digo que muchos vendrán de Oriente y Occidente y se sentarán = con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos” (Mt 8, 11). “Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea y Samaría, hasta los confines de = la tierra” (Hech 1, 8).
S= egundo se lamenta de que los conflictos, que aparecen, sean sólo de orden religioso[41].
P= ero... ¿se puede relativizar así una faceta tan profunda para todo hombre y comunidad? ¿Valen sólo los “valores socioeconómicos” de Jesús? La actitud religiosa auténtica abarca poderosamente toda la vida, incluída la just= icia para con todos, en primer lugar con Dios. Además se trataba, en la Iglesia primera, nada menos que de contrariar a los jefes religiosos y autoridades romanas, para predicar libremente sobre el ajusticiado de hacía 50 días. Se ve, una vez más, hasta qué pu= nto es, el de Segundo, un cuadro totalmente alejado de texto y contexto.
&= nbsp; Llegará a sostener que los mártires de la Iglesia mueren por causas muy diferentes a las de Jesús[42]= span>.
&= nbsp; Pero Jesús murió por su pretensión mesiánica y de paridad con Dios, ya que el punto máximo, que desembocó en su condena, fue la acusación de blasfemia (Mc 14, 64).
P= ara Segundo, Esteban es lapidado por herejía (no tal para la fe cristian= a), un mero conflicto “religioso”. Pero ahí precisamente se = ve cómo la religión no es cosa de poca monta. En ella va la vida, que por su supremo “valor”, el mismo Cristo–Dios, puede s= er tronchada. Esteban no era Jesús, pero se entregó a la muerte = por confesar lo que el mismo Señor atestiguó de sí mismo. = El protomártir fue linchado (sin juicio) por los mismos que eliminaron = a Jesús[43]= span>.
P= ara acentuar divergencias, reitera Segundo que Jesús murió por de= fender a los pobres[44]. Entonces: ¿Fue muy diferente de Espartaco? ¿A qué se deberá la acusación recién mentada de “blasfemia= ” en pleno juicio ante el Sanedrín?
E=
n su
afán por alejar de Jesús toda cercanía con la divinidad
(que después, ante textos ineludibles, interpretará
todavía de forma tan ambigua), encuentra Segundo que “todav=
ía
(en esta segunda obra=
de
Lucas) no se llega a decir: Jesús es Dios”[45].=
S= in embargo, se lo demuestra de forma equivalente, como en los Sinóptico= s: la nube (Hech 1, 9), que envuelve a Jesús en su Ascensión al cielo, es un atributo exclusivo de Dios. Él habló de “su Padre” (1, 4), de modo muy distinto al que podría hacerlo cualquier creyente, o sea, conociendo= y disponiendo de su promesa (1, 4. 7), tal como en el famoso “logion johanneum” (Mt 11, 27= ), que supone, indudablemente, la divinidad del Hijo, porque a Dios no lo puede conocer, sino alguien que sea también de nivel divino. Y si só= ;lo el Hijo puede “revelarlo”, eso significa que está por en= cima de hombres comunes y corrientes, que es Dios, en pocas palabras.
Al acceder al mensaje paulino, de pasada, deja caer Segundo uno de esos “toques ortodoxos”, a los que nos referimos anteriormente: &= #8220;La gente va descubriendo en él (Jesús), características c= ada vez más cercanas a Dios. Por ejemplo, Jesús aparece con el po= der de perdonar los pecados, cosa que es un atributo aplicable solamente a algu= ien que sea el mismo Dios”[46]<= /i> .
I= mpecable. Sólo que, si así lo acepta sinceramente, ha sido bastante deshonesto, al suponer una divergencia de Pedro con su Maestro, por el hech= o de que propusiera en Pentecostés el perdón de los pecados, por m= edio del bautismo en el nombre del Señor Jesús[47]= span>.
B= revemente: se nos ocurre que lo apuntado aquí por Segundo debería haberlo adelantado, para no dar la impresión, demasiado exagerada por su exposición anterior, de oposición entre Jesús y sus predicadores.
P= or otra parte, NUNCA MÁS tendrá en cuenta nuestro autor esta calidad “divina” de Jesús, perdonador de pecados.
<= o:p>
<= b>También Pablo distorsionaría a Jesús[48]<= o:p>
<= o:p>
I= gual que lo hizo con Pedro, piensa Segundo que Pablo introdujo una interpretaci&oacu= te;n diferente de la historia de Jesús[49]= span>.
N= o para mientes el escritor uruguayo en que Pablo se remite constantemente a la predicación primitiva, concorde en toda la Iglesia (Gal 2, 9; I Cor = 15, 11)[50]= span>.
L= legará Segundo a aseverar: “Pablo... añadirá a la historia terrestre de Jesús, otra historia como si Jesús fuera un habitante de otro planeta que entra en este mundo para cumplir un plan de D= ios que es diferente[51] del que el mismo Jesús fue desarrollando a lo largo de su vida entre nosotros. Como si su vida aquí fuera nada más que la fachada = de una cosa más importante que Dios quiso llevar a cabo con él”[52]= span>.
S= e ha de recordar que los escritos de Pablo son circunstanciales. No pretenden una “Summa Theologica” o cristológica. Su correspondencia supone un primer anuncio previo (Kerygma) y, por eso, no es una narración. Enfrenta problemas surgidos en sus comunidades.
L= a manera con que Segundo describe la predicación paulina se acerca más bien a la del gnosticismo (vida terrena de Jesús, como “fachada” de otra historia “divina”. Como si pudier= an ser contrapuestas una y otra historia).
A= sí y todo, la diferencia de la propuesta paulina es comprensible tambié= n, dada la nueva situación, que, no obstante, mantiene su continuidad c= on lo antecedente. Jesús intervino en la vida de Pablo como el Cristo glorioso y el Apóstol no hará más que desarrollar coherentemente cuanto el mismo Jesús resucitado aclaró a los caminantes de Emaús (Lc 24, 25–27). También ellos habían abrazado los “valores de Jesús”, pero sin = la profundidad necesaria, desligándolos de su persona y destino pascual= .
O= frece “más de lo mismo”, declarando que, para Pablo, Cristo ll= ega desde Dios con una misión, que no es igual a la que él históricamente sirvió y dijo que tenía[53]= span>.
N= o hay tal discrepancia, sino solamente la explanación de lo que ya era el núcleo de su misión terrenal.
Si sostiene Segundo que Pablo junta esas “dos historias” de Jesús, aunque no afirme que Jesús está identificado con Dios[54]= span>, ¿a qué fin enfatizar tanto las diferencias? Además, ya estaban unidas germinalmente antes de Pablo. Él y Juan no hacen más que sacar a plena luz lo que se encontraba implícito. No = lo inventan.
Si alguien hablara solamente de la bellota, sin tener en cuenta a la encina originada de aquella, parcializaría dos etapas que dinámicame= nte constituyen un solo ser, en sus distintas situaciones, que están íntimamente implicadas.
P= or otra parte, si bien es controvertido su sentido, tendría que haberse enfrentado Segundo con Rom 9, 5 : &= #8220;De los cuales (judíos) es C= risto según la carne, que es por siempre Dios bendito sobre todas las c= osas. Amén”[55]= span>.
E= l plan eterno de Dios con Jesús (la historia diferente a la terrenal) no aparecería tan claro (en la óptica de Segundo) en la forma co= mo predica el Jesús real, histórico. Lo que pasó en Pales= tina necesita de otra explicación para que se le entienda como plan de Di= os[56]= span>.
A= soma allí la mera oposición, propia de la teología liberal (culminada en Bultmann) entre el “Jesús real e históric= o” y el “Cristo de la fe”. Pero la resurrección no tergiversó los datos anteriores, nada añadió, que no tuviera su raíz en el Jesús “real e histórico”. Su luz nueva no crea datos antes inexistent= es, sino que los contempla en su nueva claridad.
T= ambién Lázaro resucitó, pero nada en su vida previa apuntaba a una confirmación y salida a luz plena de una personalidad sobresaliente,= en la medida en que lo había sido Jesús.
A= gudizando las discrepancias, querrá hacer ver Segundo algo que no es comprobab= le en modo alguno: “Vean, por ejemplo, lo que tantas veces hemos oído y repetido: el designio de Dios era que Jesús muriera por los hombres. Fíjense que una afirmación tan común entre nosotros, nunca aparece en los evangelios. Por de pronto Jesús no tenía esa idea, de ahí el grito que lanza en la cruz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste? Ciertam= ente que en el momento que va a morir no le encuentra razón a su muerte, = cree que es un abandono de Dios, no el cumplimiento de un proyecto planificado p= or Dios”[57]= span>.
<=
span
style=3D'mso-spacerun:yes'> Permítasenos comentar, que t=
al
interpretación es falsa de toda falsedad. Porque contamos con Mc 10,=
45:
“El Hijo del hombre no vino p=
ara
ser servido sino para servir y dar su vida por la redención de
muchos”. No es menos clara la presentación de M=
ateo
(26, 28): “Ésta es mi =
sangre
de la alianza, que se derramará por muchos para el perdón =
de
los pecados”[58]<=
/a>.
E= n cuanto al grito de la cruz es claro que Jesús está recitando el Salm= o 21 (que finaliza con tonos de esperanza: vv. 22 y 55). Esto es patente, porque= las oraciones personales que conocemos de Jesús invocan a Dios como R= 20;Padre” (Mt 11, 25; Mc 14, 36= ; Jn 11, 41; 17, 1).
I=
nvita
todavía Segundo a profundizar las divergencias: “Comparen y
diferencien esta función asignada a Jesús (muerte redentora) con el
Jesús que históricamente muere por haberse comprometido en la
defensa de los pobres”[59].=
E= n los datos que han recogido los cuatro evangelistas sobre ambos juicios condenatorios de Jesús (judío y romano) ni una sola vez se al= ude a esta razón, propuesta por Segundo como causante de la muerte de Jesús. Igualmente, por lo que venimos haciendo notar, no se da tal novedad (en Pablo) más que para la selectividad practicada por el au= tor uruguayo en el Nuevo Testamento y las interpretaciones apriorísticas= a las que somete los textos escogidos.
E= s muy grave afirmar que se trata de “cosas extraordinariamente novedosas”[60]= span>. Primero, porque “todo” el contexto sinóptico (no el arteramente cercenado) no se contrasta para nada con la normal floraci&oacu= te;n (en el plan divino) de comienzos más recatados, pero ya en tensión dinámica a su desenlace final. Después, debido= a que no es posible contraponer en el Nuevo Testamento una sección (Sinópticos) a otra (Hechos, Cartas, Apocalipsis). La Iglesia primer= a no era una masa amorfa, que habría admitido prosperar en su seno cualqu= ier tipo de elucubración. La vigilancia de sus pastores era constante y alerta. Ellos eran “testigos<= /i>” (Hech 1, 22; 10, 39), no fabuladores. Todos los cristianos “perseveraban en la doctrina de los apóstoles” (ibid., 2, 42 ) y si alguien llegaba a diferir = en puntos discutidos, se reunía toda la Iglesia para esclarecerlos (Hech 15; recordar el pasaje ya citado de Gal 1, 8–9).
S= egundo se refiere a Rom 4, 24–25, como para señalar que Pablo no trat= a a Jesús como Dios, dado que “resucitado” por Dios, comenta entre paréntesis, que “no resucitó por su propia virtud”[61]= span>.
E= s que el Hijo eterno, al encarnarse, en su anonadamiento dejó al Padre que lo glorificara (Filip 2, 5. 9).
M=
artillea
nuestro autor con tesón digno de mejor causa: “Una vez
más: Jesús no pensó morir por nuestros pecados.
Murió por... oponerse a la opresión que los poderosos
ejercían sobre los más débiles”[62].=
Y= a vimos que es falso, aduciendo textos válidos de los Evangelios. Jesú= ;s alertó a los pecadores que serán juzgados por Dios y no sólo por faltas contra los necesitados, sino por haberlo renegado a ÉL, a su persona: “Si = alguno se avergüenza de mí y mis palabras... también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre y con los santos ángeles” (Mc 8, 38).
T=
ronchando
notablemente toda la teología de la redención, ridiculiza el
sacrificio expiatorio de Cristo: “Entonces, en el plan divino, Dio=
s se
ofrece una víctima a sí mismo para poder perdonar los pecados=
a
los hombres”[63].=
La realidad era que los hombres presentaban sacrificios a Dios, pero dada su imperfección, Dios mismo la subsana, haciendo posible que “un hombre” singular, porque no es un mero ser humano, ofreciera su propia vida, de manera agradable a Dios, Padre.
&= iquest;Acaso la mamá, que corrige los balbuceos de sus hijos pequeños, que= la quieren homenajear, se estará ofreciendo un autobombo?
N= uevamente, en referencia a Rom 5, 6, la muerte de Cristo, interpretada como satisfacción por los pecados, daría a la cruz de Cristo ̶= 0;una significación distinta de la histórica”[64]= span>.
Es incomprensible que semejante trastorno exegético haya pasado sin levantar protestas en la comunidad primitiva.
S=
uena
irreverente este comentario: “El Jesús histórico no
tenía ni idea de nosotros los uruguayos”[65].=
&= iquest;No estaríamos, tal vez, incluídos entre los que Jesús previó viniendo de Oriente y Occidente al reino de Dios (Mt 8, 11) o entre “todas las naciones= ”, que comparecerán ante el Hijo del hombre (Mt 25, 32)? ¿No rezó Jesús, no sólo por los que iba a enviar inmediata= mente, sino también “por todo= s los que creyeran por medio de ellos”(Jn 17, 20)? Y si Pablo pudo deci= r: “Cristo me amó = y se entregó a sí mismo por mí”(Gal 2, 20), ¿lo habrá pensado en exclusividad para él solo?
C= aricaturiza Segundo: “Solamente un ser de otro planeta, un ser venido del ciel= o, podía hacer un sacrificio tal que consiguiera el perdón de los pecados de todos los hombres”[66]<= /i>.
Se distorsiona la doctrina paulina, porque Jesús vino sí del cie= lo, no se lo puede negar[67]= span>, pero también, enseña el mismo Pablo, que “fue hecho de la semilla de David, según la carne” (Rom 1, 3).
D= irá el conferencista que el Jesús de Pablo es un hombre.
P= ero, si así lo admite, déjese de hablar de “un ser de otro planeta”. Jesucristo es un solo ser, con s= us dos naturalezas, como se explicitará, con todo derecho y fundamento = en la Escritura, en Éfeso y Calcedonia.
R= ecorriendo (muy someramente) otros lugares paulinos, concluye que “no se dice todavía que Cristo es Dios”[68].=