FE Y RAZON
"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"
Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo
Un
secreto escondido en el corazón de la Iglesia
Diác.
Jorge Novoa
Cuando
entramos en contacto con la vida de la Iglesia, y descubrimos en ella a los
santos, quedamos cautivados al
contemplar la belleza que se percibe en sus vidas. Ellos esparcen la fragancia
del "buen olor de Cristo". Como enseña la Sagrada Escritura: "Si Cristo es la víctima, nosotros
somos la fragancia que sube del sacrificio hacia Dios, y la perciben tanto los
que se salvan como los que se pierden. Para los que se pierden es olor de muerte
que lleva a la muerte; para los que se salvan, fragancia de vida que conduce
a la vida (II Cor 15-16).
Los
caminos que ellos recorren buscando cumplir la voluntad de Dios, y la obra que
Él realiza en ellos por su gracia, nos deja admirados. Nos hemos encontrado con
la Belleza, ella siempre arrebata el corazón del hombre, poseedora de un
esplendor propio, es portadora de un mensaje del Ser: la Santidad.
Nos
surgen espontáneamente algunas preguntas: ¿qué núcleo íntimo ha sido alcanzado
en estos hombres y mujeres que ha producido en ellos este cambio tan radical?
¿Qué sostiene la entrega en medio de los actos rutinarios de cada día?
En la
Sagrada Escritura, la palabra griega "Kairos", designa al tiempo pero como
momento de Dios. Es la acción salvífica de Dios que "pasa ". Tiene como todas
las acciones de Dios, la eficacia de alcanzar el núcleo de la realidad que toca,
a su "paso" nada queda igual. Dios puede utilizar una infinita gama de medios
para manifestarse, por mencionar
solamente algunos: "la zarza que no se consume","la brisa de la mañana", la voz
nocturna que llama a Eliseo. Estas manifestaciones de Dios realizadas en la
Antigua Alianza, preparaban "la visita" que se realizaría por el Hijo en la
plenitud de los tiempos. Ellas estaban orientadas hacia el potente "sígueme"
de Jesús. En el Hijo unigénito, Dios visita a su pueblo, no de un modo
provisional. Él "pone su morada" entre los hombres para sellar definitivamente
la Nueva Alianza. Basta recordar a Nicodemo (el Maestro de la ley) (Jn 2), la
mujer Samaritana (Jn 3) o al Centurión (Jn 3), ellos expresan la singularidad
del "paso" de Dios que se hace presente en Jesús.
Dos
ejemplos
S.
Francisco de Asís, hoy exaltado por su relación con la naturaleza y por la
actitud armoniosa que mantenía frente a toda la creación, es presentado muchas
veces corriendo por los prados (Hermano sol hermana luna) o conversando con un
lobo ( no el hecho en
sí, pero su presentación a mí me parece un tanto cargada de sentimentalismo),
como características generales que muestran la vida del santo en el modo de su
entrega a Dios. Pero, hay un hecho
en su vida, que realmente impacta y es el protagonizado con su padre. Este le
recrimina sus actitudes y le hace ver, que todo se lo debe a él, incluso lo que
lleva puesto. Francisco se quita la ropa, se la entrega y sale caminando desnudo
por el pueblo. Esto realmente impresiona. Aquí sí, algo lo ha alcanzado en su
núcleo más intimo, y ya nada podrá ser igual. ¿Cuál es el motor que mueve a ésta
decisión?
Madre
Teresa de Calcuta sale de aquel Colegio de la India en el cual educa a jóvenes
de una casta influyente y se va tras la compañía de los leprosos, que llevan en
su cuello un cencerro para alertar a los demás de su presencia peligrosa. Una
presencia enferma, desfigurada y poco agradable. ¿Qué ha ocurrido en ese
corazón? ¿Cuál es el motor que ha puesto en movimiento esta
decisión?
Caminemos
un paso más, y luego de tomada esta decisión, ¿qué es lo que la sostiene? ¿Qué
permite sostener una entrega tan radical, cuando la rutina comienza a llenar de
polvo todos los rincones de la existencia? Cuando parece que a nuestro alrededor
nada cambia.
Al
servicio del amor de Jesucristo
El
motor que los mueve y sostiene es una persona, Jesucristo. Han participado de
esa experiencia maravillosa que anida en el corazón de la Iglesia: han
visto y oído a Jesucristo. Es la presencia de Jesús la que nutre todas
sus acciones, han sido alcanzados por el amor del Señor. Solo el amor de Cristo
puede sostener una entrega tan generosa.
Esta vivencia es la que expresa
San Pablo en su carta a los romanos; ¿quién nos separará del amor de Cristo?
¿Acaso las pruebas, la aflicción, la persecución, el hambre, la falta de todo,
los peligros o la espada? (Rom. 8,35-36). Habiendo encontrado la perla escondida
en el campo, venden todo lo que tienen para ponerse al servicio de ese amor. El
apóstol de las Gentes expresa el dinamismo
de la caridad en su II Cor
5,14, diciendo; el amor de Cristo nos urge.
Si
miramos a estos hombres, comprendemos que sus emprendimientos no están asentados
sobre ellos mismos, se manifiesta claramente la desproporción que hay entra la
obra y los instrumentos. Se apoyan en alguien más fuerte. La fuerza que reciben
gratuitamente y que les da la mayor de las seguridades, es el amor de Cristo.
Nada hay tan seguro como el amor del Señor.
San
Agustín, en sus Confesiones, describe magistralmente la saciedad que produce
encontrarse con el amor del Creador y como, esto lo mueve en el deseo de
alabarlo.
"¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé! Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te
buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú
creaste. Tú estabas conmigo mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti
aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y
rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste
tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me
tocaste, y abráseme en tu paz."
Este
es el secreto escondido en el corazón de la Iglesia: han visto al Señor, y cada
día se apoyan más en la seguridad de su amor. Han gustado su presencia y viven
pendientes de cumplir su voluntad. Este canto de amor que entonan con su
existencia, resuena en el corazón del mundo llenándolo de oxígeno. Nada puede
apartarnos del amor del Señor.