FE Y RAZON
"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"
Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo
La
televisión ¿enemiga de la oración?
Diac.
Jorge Novoa
Resulta
difícil que un creyente, luego de sentarse durante varias horas frente al
televisor, se encuentre frente a Dios en la oración. A primera vista, parece ser
que la oración no tiene marketing. No aparece en los spots publicitarios, no
está integrada en las películas ( salvo en las de terror, o en la bendición que
hacen de la mesa, una familia de gánsters), ni tampoco los famosos de la
"pantalla chica"( tal vez sería mejor llamarla chata, cosa que ocurrirá con los
nuevos modelos flat, que han logrado hacer mayor justicia entre el continente y
lo contenido) pueden hablar de oración, pues, han sufrido uno de los males que
genera la cultura contemporánea, para ser parte de ella hay que renunciar a
rezar. Uno de sus trascendentales es la practicidad , todo se puede desechar;
los vasos, los pobres, los platos, los ancianos y los embriones humanos. Todo es
reemplazable y desechable.
Este
nuevo "dios", en un mundo que se pavonea de sus adelantos, va sobre una mesa con
ruedas y dentro de una caja, para ponernos al tanto de lo último, de lo que está
de moda y de lo que vendrá. No prestarle atención es un gravísimo mal, sería
como quedarse al borde del camino, para expresarlo más exactamente, sería estar
"desinformado"(es decir, sin forma). En su bondad, nos anticipa con un desfile
lo que se llevará en la próxima estación, para que podamos estar atentos y no
suframos un aislamiento, llevando "trapos" que ya nadie tiene.
En
su lista de novedades no figura la oración. Ella pertenece a las cosas del
pasado, compañera de una civilización lejana, o a lo sumo, patrimonio de una
tribu de solitarios hombres en vías de extinción, a los que se llama
"creyentes". Aunque, no todos los que pertenecen a esta tribu practican ese
rito. Algunos han cedido ante las formas orientales de evasión,otros, creen más
adaptado al momento presente, tener un analista. De allí nació la rama de los
"creyentes analizados", aunque, algunos prefieren llamarse maduros, para evitar
el título de creyentes (en una cultura pluralista no hay que molestar a los que
no creen).
Para
cualquier espectador, sería fácil llegar a las siguientes conclusiones: se puede
prescindir de la oración, pero, nunca de las nuevas vitaminas, la gimnasia y la
ecología. Es para el mundo y su destino, más trascendente lo que va a anunciar
un peluquero, que un hombre de oración. Es imperdonable, que alguien no sepa la
pasta de dientes que utiliza la conductora del programa, y que en su lugar,
recuerde el nombre de los doce apóstoles de Jesús.
Un
mundo sin oración tiende a quedarse sin aire, está sustentado sobre los hombros
de la vanidad y la prepotencia. Sus propuestas se vuelven confusas e
inconsistentes. Cualquiera opina de todo, con la pretensión de ser profesor. Un
mundo sin oración se vuelve frágil y vulnerable a la televisión. No a esa
televisión hipotética que muchos defienden, en donde hay hombres con buenas
intenciones, que cuando hablan de la violencia y sus consecuencias, se
comprometen en una lucha que puede afectar sus capitales. Es a la televisión
real, a esa que se ríe del bien y lo ridiculiza, subordinándolo al
rating.
"Ser
o no ser", tal vez hoy, como para Hamlet, sea también esa la cuestión, ser
hombre de oración o ser hombre de televisión. Si solamente le dedicáramos a la
oración el tiempo que le dedicamos a la televisión, el mundo sería mejor. Aún es
posible, ojalá nos animemos a intentarlo.